Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

RESEÑA: El cielo es azul, la tierra blanca.

EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA

Título: El cielo es azul, la tierra blanca.

Autor: Hiromi Kawakami (Tokio 1958) estudió Ciencias naturales y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela. Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. Kawakami es autora de novelas como Algo que brilla como el mar, Abandonarse a la pasión, Amor imperfecto, Vidas frágiles, noches oscurasLos amores de Nishino. Aunque mundialmente es conocida por El cielo es azul, la tierra es blanca.


Editorial: Acantilado.

Idioma: japonés.

Traductor: Marina Bornas Montaña.

Sinopsis: Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria. Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. Entre ambos se establece un pacto tácito para compartir la soledad. Escogen la misma comida, buscan la compañía del otro y les cuesta separarse, aunque a veces intenten escapar el uno del otro: el maestro, en el recuerdo de una mujer que un día lo abandonó; Tsukiko, en un antiguo compañero de clase.

Su lectura me ha parecido: intensa, pequeña, frágil, gastronómica, sencilla, contundente, dolorosa, terriblemente deprimente...Queridos lectores, hay libros que enganchan, que arrasan a su paso, que conectan al instante, incluso con el lector menos leído. Los hay que impactan, que atraen, que seducen, hasta el punto de convertirse en una de esas lecturas que recomendarías a todo el mundo. Otros, por el contrario, su sola lectura hace que quieras sacarte los ojos, maldecir y lanzar el ejemplar por la ventana más cercana. Incluso existen aquellos que, precedidos de siglos de fama mundial, logran que uno se traslade directamente al pasado, viviéndolo en primera persona, extrayendo de él aquello que lo hace especial, único a ojos de la literatura universal. Pero también, y cuando ocurre es algo a lo que debemos prestar mucha atención, se editan libros duros, tremendamente duros, tan duros que duele. No hace falta que nos narren una historia extremadamente profunda, basta que el escritor o escritora en cuestión tenga las entrañas y el estilo adecuados. Sólo así, el lector que se enfrenta a este tipo de novelas acaba sintiendo dolor en las tripas y la sensación de que le acaba de pasar un camión por encima. Algo bueno deben de estar haciendo en Japón para haber creado una cantera de autores y autoras expertos en estas lides, es decir, en incomodar al lector sin desperdiciar ni un ápice de belleza estilística. A nadie se le escapa que Murakami es el escritor japonés más famoso en la actualidad, cuya carrera literaria se ha construido a base de este tipo de historias. Pero no hay que olvidarse de escritoras como Hiromi Kawakami, cuyo estilo nada tiene que envidiarle al autor de Tokio Blues o Kafka en la orilla y que hoy descubrimos una de sus obras más importantes. El cielo es azul, la tierra blanca: la compañía de la soledad.


La historia de como este libro llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sincera, llevaba mucho tiempo interesada en él. Se que es muy fuerte lo que voy a contar, pero, respecto a El cielo es azul, la tierra blanca, lo cierto es que cuando salió a la venta quedé impactada por su bonita portada, leí la sinopsis rápidamente y lo olvidé. Sí, así fue. No recuerdo exactamente qué pasó pero este libro me llamó la atención en su momento. Por un lado, si que me acuerdo que éste era un libro que estaba por todas partes, adornando los escaparates de las librerías más importantes de mi ciudad, incluso los propios trabajadores lo recomendaban a sus clientes. En aquel momento me dije que debía hacer caso a esas indicaciones y no dejarme embaucar por otros títulos que aparecían cada mes sobre los estantes, relucientes, recién salidos de la imprenta. Sin embargo, y por causas que todavía desconozco, no volví a prestar atención a este libro. Seguramente la última novedad editorial del año me tuvo ocupada, o simplemente, no aprecié lo suficiente ni a este libro ni a su autor, pues, fijaos hasta donde llegó mi pasotismo e ignorancia que yo pensé durante mucho tiempo que éste libro lo había escrito un hombre. Terrible prejuicio. Cada vez que me acuerdo de aquello me dan ganas de darme un par de bofetones. El caso es que, tras un tiempo sin escuchar hablar de él, de pronto, este mismo año, me topé con una serie de novelas japonesas muy interesantes. Las había editado Alfaguara y la verdad es que despertaron mi curiosidad al instante. Pero, y a pesar de que ya estaba apuntando sus títulos en mi interminable lista de pendientes, tenía la certeza de que uno de los títulos me sonaba de algo, de haberlo visto en otra parte, editado por otra editorial. Cual fue mi sorpresa cuando, tan sólo unas semanas después, a punto de comenzar las vacaciones de verano, en el club de lectura al que asisto desde hace relativamente poco, me encuentro con que el próximo libro a leer y comentar es El cielo es azul, la tierra blanca. Mi cara de sorpresa lo dijo todo. No podía creer que aquel libro, al que había ninguneado de esa manera y cuyo título había leído sobre la portada de aquellas ediciones de Alfaguara, fuese la lectura que ocuparía parte mis vacaciones de verano, en concreto, el último tramo de éstas. A pesar de toda esa injusta historia previa y publicada por la editorial Acantilado, lo cierto es que El cielo es azul, la tierra es blanca acabó gustándome.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que El cielo es azul, la tierra blanca presenta una lectura por un lado intensa y difícil y por el otro rápida y ágil. Es importante que nos detengamos unas líneas en hablar precisamente de lo primero, pues, en mi más humilde opinión, es lo que marca enormemente esta novela. El cielo es azul, la tierra blanca es una novela que tira de un estilo duro, un estilo que como hemos comentado al principio de la reseña, pretende lograr que el lector empatice hasta límites insospechados con la historia, una historia que por el otro lado resulta bastante deprimente y triste. Con personajes particularmente inadaptados socialmente y cuyos dramas personales traspasan la barrera entre novela y lector, haciendo que éste último experimente los mismos sentimientos. Por otro lado, algo que empieza a ser un mantra en la literatura japonesa, el respeto a la belleza literaria y a ese estilo delicado, tan delicado que crees que se va a desvanecer en cualquier momento. De ahí el gran contraste: depresión extrema mezclado con un estilo que no renuncia a la calidad literaria. Se que es un tipo de libro que muchos viviríais con mucha intensidad, tanta que entendería a quien me diga que no le gusta pasarlo mal con un libro. Pero queridos lectores y lectoras, si de verdad queremos conocer lo que se está haciendo en otras partes del mundo, es necesario conocer entre otras cosas su literatura, y con ella a sus autores y sus historias. Centrándonos en la historia, la verdad es que no nos topamos con la historia más profunda psicológicamente del mundo, es más, su premisa es sencilla, y en ocasiones, la sencillez vale más que cualquier otro barroquismo. Esta es la historia de dos personas cuya experiencia personal y forma de ser es tan extraña como perturbadora. La soledad forma parte de sus vidas, de forma permanente, y ambos se sienten atraídos el uno hacia el otro precisamente por eso, por tener ese terrible sino en común. No existen segundas personas, como tampoco personajes lo suficientemente relevantes como para forjar ese encuentro. Son ellos mismos los que sienten la necesidad del uno hacia el otro. En relación a esto cabe comentar que ambos, tanto Tsukiko como el Maestro tienen personalidades muy para adentro, tan introspectivas, tan retraídas en si mismos, tan escuetos, que todo ello contribuye a que el lector no le quede más remedio que compadecerse de ellos, desearles que la vida les vaya mejor, que salgan de ese pozo sin fondo en el que se encuentran. Seguidamente, El cielo es azul, la tierra blanca se podría considerar una novela gastronómica, pues, la comida juega un papel fundamental dentro de la trama. Durante los encuentros que ambos personajes establecen, los elementos más importantes de la gastronomía japonesa están presentes, como articuladores en las conversaciones o formando parte de las mismas. De alguna manera constituye la excusa para que ambos encuentren puntos en común. Finalmente, y antes de dar paso a la pertinente reflexión final, temas como el peso del pasado, de las decisiones que uno toma a lo largo de la vida, la formación escolar, el erotismo o la familia son algunos de los temas que también aparecen con mayor o menor intensidad en este relato de penas ahogadas en una botella de sake.


Si algo predomina sobre las páginas de El cielo es azul, la tierra blanca es una abrumadora presencia de la soledad en todas sus formas y concepciones. La soledad de quien se siente perdido y que sobrevive al día a día sin un rumbo fijo. La soledad de quien pierde inesperadamente a un ser muy querido. La soledad del incomprendido por su familia. La soledad del que ha decidido hacer su vida sin esperar nada a cambio. La soledad de la vida pasar frente a la barra de una taberna. La soledad producto de haber dejado a demasiada gente en el camino. La soledad ante la incapacidad o dificultad de abrirse a los demás. La soledad de una eterna, a la espera de que ese buen recuerdo regrese de nuevo para que todo vuelva a ser como antes. La soledad del inadaptado, de quien no se siente a gusto con el tiempo en el que le ha tocado vivir. La soledad ante la falta de perspectivas en el ámbito profesional y personal. La soledad de quien implora ayuda sin que nadie acuda en su rescate, sin que nadie la escuche. La soledad de quien ha decidido estar solo o sola...En definitiva, como habéis podido comprobar, en la novela aparecen infinidad de tipos de soledad. Nos puede gustar o no, incluso habrá quien quiera negarlo, pero la soledad no es un problema en si mismo cuando ésta es escogida libremente. Actualmente, en un mundo híper conectado y en donde las relaciones sociales han experimentado un enorme cambio gracias a las nuevas tecnologías y a las redes sociales, parece que quien no publica cada día una foto con sus amigos en el Facebook o en el Twitter tiene vida social, ni amigos, en otras palabras, que resulta una persona asociable a ojos de la sociedad, una sociedad cada vez más superficial por cierto. Cuesta encontrar a quien no piense de esa forma, e incluso a quienes no asocien la cantidad de amigos que tienes en Instagram con una vida socialmente activa. La realidad, en la mayoría de ocasiones, puede ser muy diferente a lo que se refleja en las redes sociales, pues los likes no son la receta de la popularidad y son numerosas las personas que acaban siendo las víctimas de su propia y supuesta "felicidad virtual". Por eso, y porque en ocasiones el ser humano la necesita con urgencia, las personas escogen la soledad como modo de evasión y de descanso de todo este despropósito cibernético. Es cierto que es agradable estar en compañía de alguien de confianza, pero también hay quienes se las apañan y viven perfectamente en soledad. Debemos despojar a la soledad de esa interpretación patológica que le ha agregado la sociedad a lo largo de la historia. En el caso de El cielo es azul, la tierra blanca descubrimos a dos personajes que viven la soledad, y es cierto, el lector encuentra la soledad de estos personajes terrible, pero sólo a través de ella logran encontrarse, confesarse, y finalmente, amarse. No hay que obligar a nadie a vivir en soledad, pero tampoco a despojar de ella a quien la desee. El cielo es azul, la tierra blanca: una historia de amor, comida, encuentros reconfortantes, recuerdos dolorosos, fragilidad...El maridaje perfecto entre sencillez e intensidad.

Frases o párrafos favoritos:

"En noches como esta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme vacío que crece sin parar."

Película/Canción: como no hay noticias al respecto, os he adjuntado la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Gran película, espero poder leer pronto el libro.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

lunes, 18 de septiembre de 2017

RESEÑA: Los años ligeros. Crónica de los Cazalet.

LOS AÑOS LIGEROS
CÓNICAS DE LOS CAZALET

Título: Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet.

Autor: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.

 Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductor: Celia Montolío.

Sinopsis: el de 1937 y el de 1938. Dos veranos inolvidables, a salvo bajo la dorada luz de Sussex, donde los días se consumen en una sucesión de juegos infantiles y picnics en la playa. Tres generaciones de la acomodada familia Cazalet reunidas en su finca natal. Los quehaceres de dos abuelos, cuatro hijos, nueve nietos, innumerables parientes políticos, criados y animales domésticos que abarcan desde lo cotidiano hasta lo más trascendental: el chófer conduce demasiado despacio, los niños rescatan a su gato de lo alto de un árbol, los adultos hablan de la amenaza de una nueva guerra, y los sueños y pasiones que acechan bajo su charla ligera apenas opacan la indolente rutina de los últimos años felices que en mucho tiempo conocerá Inglaterra.

Su lectura me ha parecido: interesante, muy bien estructurada, bastante convencional en algunos aspectos, relajada, con ese indiscutible toque british...Queridos lectores y lectoras, el mes pasado, mientras disfrutaba de una tarde en la playa en compañía de mi hermano y mis primos, me di cuenta de algo que me hizo que pensar. No se en qué momento salió el tema pero acabamos hablando sobre si nos dieran a elegir, que destino para viajar erigiríamos. Recuerdo que uno dijo Estados Unidos, el otro La India, la otra Japón y yo dije el norte de Francia o el sur de Inglaterra. Al instante, todos exclamaron con incredulidad. "¡Eso está muy cerca!", "Ahí puedes ir en cualquier momento", "¿No quieres ver Nueva York?" Lo cierto es que no me acuerdo de lo que contesté, supongo que preferí callarme o seguramente rectifiqué mi respuesta, pero lo cierto es que en aquel momento dije lo que de verdad pensaba y eso, era lo que de verdad importaba. Desde hace un tiempo a esta parte, tanto Sussex como la costa de Normandía son paisajes que siempre he admirado. No sólo por su singularidad, también porque encuentro aquellos emplazamientos lugares de paz, de descanso, de descubrimiento, de naturaleza, de una riqueza cultural e histórica impresionante, espacios en los que poder sentarte y observar el horizonte. Ese profundo mar cuyas aguas han sido testigo de tanta historia. Claro que me gustaría ir a descubrir Estados Unidos, Sudamérica, Asia o incluso Australia pero, donde de verdad me gustaría estar, al menos una vez en la vida, es admirando los acantilados de Seven Sisters, visitando el Mont Saint-Michel, paseando por una playa con tanta historia como la de Normandía o embobándome con Brighton, una ciudad que mantiene la estética de aquellas viejas fotografías de principios de siglo XX. Y es precisamente en el paisaje de este último lugar, situado en el condado de Sussex, donde tiene lugar la apasionante trama del libro que hoy tengo el placer de reseñar. Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet: exquisita mezcla entre dramatismo, frivolidad y paseos por la playa.


La historia de como el primer ejemplar de la saga Crónicas de los Cazalet llegó a mis manos fue sencilla. Desde siempre me ha gustado la literatura, eso se nota a la legua, pero sobre todo, estudiarla desde una perspectiva más histórica. En otras palabras, leerlas con una mirada más amplia y analítica al mismo tiempo, fijándome en los temas e ideas predominantes de los mismos, comprobando como éstos reciben diferentes tratos o se abordan desde diferentes perspectivas. Todo ello determinado siempre por el momento en el que la novela es concebida en la mente del escritor o escritora. Por ello, y porque la verdad sea dicha, siento especial debilidad por la literatura inglesa, sentí cierta curiosidad cuando Los años ligeros se cruzó en mi camino. Lo primero que me impactó fue el interesante diseño de portada, muy convencional por un lado y bastante novedoso por el otro. La imagen que mucha gente tiene de Inglaterra se asocia especialmente con lo típico: el Big Ben, la reina Isabel II, el London Bridge, la Unión Jack, el té...Pero no hay que olvidar que Reino Unido es una isla y que una parte muy importante de Inglaterra está bañada por el mar. Y es precisamente eso, ese ambiente distendido de la clase adinerada paseando por lo que parece un puerto de recreo lo que se observa en la portada de este libro. Sin duda, una imagen muy poco común y que despertó inmediatamente mi interés por esta novela. La sinopsis, en el momento en el que sostuve el ejemplar entre mis manos, hizo el resto. ¿Cómo iba a ser incapaz de resistirme a un título así? Sabía que si no lo hacía estaría traicionando a mi instinto, así que en cuanto pude, y gracias a Siruela, Los años ligeros llegó al buzón antes de lo que esperaba. Sin embargo, no fue hasta estas vacaciones cuando por fin pude iniciar su lectura. Este ha sido sin duda el libro que más ha viajado este año, acompañándome primero al campo para más tarde protagonizar mis escapadas a la playa. Unas vacaciones en las que por supuesto no faltaron ni las lecturas después de comer y esas últimas líneas antes de dormirme. Sólo tras abandonar la historia de la familia Cazalet y de despedirme de todos y cada uno de sus miembros, supe que ésta había sido la lectura del verano.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Los años ligeros presenta una lectura lenta, sosegada, pero para nada pesada y tediosa. Tengo que reconocer que tras leer el primer capítulo me asusté un poco, pues, encontraba una narración demasiado ralentizada, demasiado quizás, lo que hizo que por un momento saltasen todas las alarmas. ¿Me había precipitado? ¿Había depositado demasiadas esperanzas en este libro? Al final, y tras varias tardes de lectura, comprendí que me había equivocado, pues, es precisamente en ese a priori defecto donde reside toda su virtud. Se podría decir que Los años ligeros es una lectura perfecta para quienes busquen historias de gran envergadura argumentaría y temporal, para quienes estén acostumbrados a ese tipo de historias que avanzan, lentamente, y que en ocasiones parecen no avanzar, pero que si les das una oportunidad, acaban por sorprenderte. Este tipo de novela se le conoce con el nombre de "novela río", es decir, una narración larga en la que se cuenta la historia de una serie de personajes a lo largo del tiempo, incidiendo en su evolución y transformación. Este estilo narrativo se puede apreciar en algunas series de televisión que se adscriben bajo el género de la telenovela. En lo que respecta a la literatura, son novelas río En busca del tiempo perdido de Proust, La comedia humana de Balzac o incluso la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego de George R.R Martin, y Los años ligeros, aunque en este caso es más extremo pues se trata de una saga de varios libros, entraría dentro de esta categoría. Por tanto, y cerrando este apartado dentro de la reseña, os aconsejo que si tenéis la oportunidad de leer este libro lo hagáis sin prisas, tranquilamente, a ser posible que os pille de vacaciones, pues, es como mejor lo disfrutaréis y no correréis el riesgo de desaprovechar una buena lectura. Seguidamente, estamos ante una novela en la que, como ya he dicho, se narra la historia de los Cazalet. Una familia inglesa, de clase alta y que responde perfectamente al estereotipo que los gentleman y ladys que tantas veces hemos visto en la televisión. Las relaciones entre señores y criados que aparecen en Arriba y abajo o la frivolidad de la clase alta de Downton Abbey son también las señas de identidad de Los años ligeros. Sin embargo, y aquí viene lo interesante, ésta no es una novela escrita en los años 30 del XX, sino que apareció en los 90 del XX. Podría considerarse una novela histórica, cierto, pero más bien me inclino a pensar que Howard, al planear la saga de los Cazalet, quiso no sólo que el lector se acercase a una época tan icónica y cinematográfica, sino criticarla en cierto modo. No nos vamos a topar con una crítica destructiva, pero si con una ligera exageración en el comportamiento de algunos de estos personajes, acentuando de esta forma las debilidades de cada uno de ellos. Por último, unos pequeños apuntes. En primer lugar, la presencia de algo tan esencial como el paisaje. Adecuado, hermoso, pintoresco. Muy en consonancia con uno de los grandes temas de esta primera entrega y que sugiere una pertinente reflexión. Y en segundo lugar, el abrumador número de personajes, que, como cabía de esperar, en este tipo de novela suelen ser numerosos. Por fortuna, la editorial Siruela ofrece al principio de la novela dos "croquis" para que el lector no se líe con los nombres de los personajes. Para los que les va más el modo tradicional, el árbol genealógico de la familia, y para los que no quieren calentarse la cabeza, un esquema que incluye los criados que cada hijo posee. Con esto no hay excusa que valga, así que a leer a Elizabeth Jane Howard.


Como ya he comentado en el anterior párrafo, Los años ligeros, al tratarse de una novela de largo recorrido, presenta una gran cantidad de temas importantes. El amor, el matrimonio, el dinero, la posición social, las diferencias de clase, la infancia, el turismo o incluso la guerra son algunos de ellos. Sin embargo, de entre todos ellos, un particular "carpe diem" se eleva por encima, manteniéndose omnipresente durante toda la narración. Como todos bien sabemos, "carpe diem" es una locución latina que literalmente significa "toma el día", lo que se traduce como "aprovecha el momento". A lo largo de la historia lo hemos encontrado reflejado en la literatura, la pintura e incluso en la música, convirtiéndose en uno de los grandes temas de reflexión y de modo de vida. Si en la Edad Media se usaba ante el miedo a la muerte, es decir, disfruta porque mañana a lo mejor ya no lo cuentas, en el Renacimiento, influenciado por los ideales de belleza, se refería con respecto a la vejez del hombre. Pero es el Barroco cuando el "carpe diem" adquiere el significado universal que se ha trasladado hasta nuestros días, con esa influencia medieval pero presentando a la muerte más oscura y horrible. En los años ligeros, al igual que aparece en muchas novelas, el "carpe diem" se presenta constantemente a modo de fiestas, reuniones entre los diferentes miembros de la familia, paseos a caballo, picnics en la playa... Todo ello para rellenar el tiempo, distraerse, evadirse, olvidarse de que están en los veranos de 1937 y 1938, los últimos veranos que Inglaterra vivirá en paz. Una burbuja que los protege del exterior. A medida que vamos avanzando en la novela, pero sobre todo, en los últimos capítulos, el lector y los personajes van siendo poco a poco conscientes de la que se les viene encima en los próximos años y que nada volverá a ser como antes. Pero hasta ese momento, la vida de los Cazalet en la casa familiar es apacible y llena de pequeñas distracciones, siendo conscientes de que éstas pueden ser las últimas. Si algo he apreciado tras leer Los años ligeros es que incluso la realidad supera a la ficción, pues, nosotros mismos, sin darnos a penas cuenta, aplicamos al pie de la letra esa máxima de disfrutar ante la brevedad de la vida. Bajo expresiones como "aprovecha, que la vida son dos días" la sociedad se vuelca de lleno en hacer lo que le apetece en ese momento, por muy intrascendental que sea o loco que sea. La cuestión es realizarlo, porque corres el riesgo de arrepentirte cuando es demasiado tarde. Todos lo hemos pensado alguna vez, es algo tan arraigado en nosotros que ya es algo innato, que sale solo. Un comportamiento cultural que hemos racionalizado e interiorizado. Una forma de vida que nos ayuda a sobrevivir al día a día, aunque la realidad en ocasiones un auténtico infierno. Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet: una historia de amor, fiestas, bailes, vacaciones, paseos por la playa, diferencias sociales, criados, señores, sueños, deseos...Sin duda, la novela del verano.

Párrafos o frases favoritas:

"En esos momentos, la casa surgió ante ella, luz dorada en las ventanas cuadradas, sonidos lejanos de los criados fregando los cacharros mientras pasaba por delante de las dependencias de la cocina. Para cuando llegó a la casita e indicó el fatigoso el empinado ascenso de las empinadas escaleras, los efectos del jerez se le habían empezado a pasar, y al pensar en hacer el crucigrama en la cama (un autentico lujo) comprendió que el periódico no hablaría más que de la Situación, del verdadero y terrible estado en el que estaba sumida Europa y que tan frívolamente había apartado su cabeza durante todo el camino de vuelta a casa. Tan pendiente había estado del sol que se había olvidado de los nubarrones."

Película/Canción: en los años 90 las Crónicas de los Cazalet fue adaptada por la BBC tanto a la radio como a la televisión, logrando un gran éxito de audiencia. Ante la imposibilidad de poder adjuntar un tráiler de la serie, os dejo con la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de la reseña. Una de mis bandas sonoras favoritas.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela


martes, 12 de septiembre de 2017

RESEÑA: Jardín de Invierno.

JARDÍN DE INVIERNO

Título: Jardín de Invierno.

Autor: Valerie Fritsch (1989) creció entre Graz y Carinthia, en Austria. Tras graduarse en 2007, completó sus estudios en fotografía y ha trabajado desde entonces como fotógrafa. Ha publicado en numerosas revistas literarias, participando en antologías, y sus textos han sido leídos en la radio. Además, ha participado en la escritura de guiones de teatro y de cine. Su primera novela Die VerkörperungEN se publicó en 2012. En 2015 ganó el Premio de Literatura Peter Rosegger por su segunda novela, Jardín de Invierno.




Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: austríaco.

Traductor: Eduardo Gil Bera.

Sinopsis: Anton Invierno ha crecido en un idílico jardín con su numerosa familia, y su abuela es el epicentro de su mundo. En el horizonte se vislumbran la ciudad y el mar pero son mundos muy distantes, ignotos, universos paralelos. Todo es posible en la infancia, y en aquel jardín, hasta que Anton abandona el paraíso y se dirige a la ciudad, donde se dedica a criar aves, atrincherado en una azotea desde donde contempla el mundo. El apocalipsis parece inminente, y los suicidios están a la orden del día. Entonces, en medio del reino del caos y de la muerte, conoce a Frederike, y ella le sigue sin mediar palabra. Semanas antes de que el mundo se acabe, ellos se enamoran perdidamente por primera vez.

Su lectura me ha parecido: bucólica, descriptiva, bien escrita, demasiado etérea para mi gusto, bella, valiente...Queridos lectores y lectoras, como todos bien sabréis, el relato corto, el microrelato y la novela corta están más de moda que nunca. No obstante, y esto lo afirmo desde la propia experiencia personal, pienso que éste fenómeno trasciende a lo que "se lleva", que va más allá de un estilo imperante, y que son los propios escritores, sobre todo los más jóvenes, los que toman la iniciativa. Las redes sociales, el WhatsApp, Internet...Todo eso ha cambiado nuestras vidas de arriba abajo, pero, si por algo se define nuestro tiempo es por la inmediatez, una inmediatez que gracias a estas nuevas tecnologías, exigimos en todos los ámbitos de nuestro día a día. Por eso, en el terreno de la escritura, son muchos los escritores, tanto los conocidos como los que vienen pisando fuerte, los que han sabido adaptarse a esta nueva realidad, más rápida, en donde deseamos tenerlo todo al momento. Gracias a esto,  las narraciones cortas viven hoy su momento dorado. Cuanto más rápido y sencillo sea lo que leo mejor. Esto esta bien, pues, no deja de ser un ejercicio literario interesante, pero el problema viene cuando esa escritura se ve empobrecida por esa imperiosa exigencia. Por ello, es de agradecer que, de vez en cuando, el lector se tope con libros como el que hoy tengo el placer de reseñar, que aunque no es perfecto, arroja un poco de vida más allá de la simpleza. Jardín en Invierno: la poesía hecha novela.


La historia de como Jardín de Invierno llegó a mis manos es la historia de un fortuito descuido. Ya he comentado en más de una ocasión que desde hace unos años decidí ampliar horizontes e intentar conseguir colaboraciones con editoriales de este país, y la verdad sea dicha, desde el primer momento sentí una gran responsabilidad, pero también orgullo. Que grandes editoriales de este país confíen en tus reseñas levanta la moral a cualquiera. Pues bien, por medio de una de ellas, en este caso gracias a Alianza Editorial, una mañana del mes de mayo, el cartero me dejó en el buzón un sobre menos voluminoso de lo normal. Yo había acordado la lectura y la reseña de El despertar, de Line Papin, autora extraordinariamente joven de la cual pronto tendréis noticias en una futura entrada en este espacio. De modo que en ese momento pensé que se trataba de ese ejemplar. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no sólo me habían enviado El despertar, sino que un libro titulado Jardín de Invierno lo acompañó en ese viaje por correo desde la editorial hasta el patio de mi casa. Aunque ya conocía de su existencia y aunque ya había oído hablar de él en Página 2, la sorpresa fue mayúscula. En cuanto me fue posible me puse en contacto con Alianza y les comenté lo que había pasado, por si querían subsanar el error. Finalmente, acepté leer y reseñar aquella breve novela que había llegado a mi de la forma más sorprendente que recordaba. Evidentemente, y debido a que me pilló en un momento de bajón, tardé un tiempo en animarme con su lectura. No porque no me apeteciese leer en concreto esta novela, directamente, no tenía ganas de leer nada, ni siquiera esos libros que tanto había ansiado con leer en el pasado. Finalmente y justo antes de las vacaciones estivales, tomé dicho ejemplar entre mis manos y comencé a pasar sus páginas, una tras otra, hasta llegar a la última. Jardín en Invierno no se iba a convertir en una de mis lecturas favoritas, pero si que logró dos cosas, que regresase el frío y que me llevara conmigo una pertinente y necesaria reflexión.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Jardín en Invierno presenta una lectura sencilla, ligera, pero que exige por parte del lector una lectura más pausada, más recreativa, más evocadora si cabe. Si por algo destaca esta novela de tan sólo 147 páginas, es por la belleza de su prosa. Se nota que su joven autora, la austríaca Valerie Fritsch, ha prestado especial atención a este aspecto fundamental de toda creación literaria. Es más, tal y como está planteada la historia, el estilo poético es precisamente el que mejor se amolde a ella, más que un estilo directo y frío o uno que se deje llevar por el sentimentalismo más empalagoso. Sin embargo, y a pesar de todo ese trabajo, lo cierto es que en ocasiones Fritsch se pasa de retórico, de bucólico, de poético si lo queremos llamar así. Convirtiendo lo que en un principio parecía una novela tremendamente hermosa estilísticamente en un libro donde hay momentos donde la narración se atasca. Para seros sincera, yo soy una amante de este tipo de literatura, en donde los elementos poéticos juegan un papel fundamental en la narración y exposición de la historia. No obstante, reconozco que tanto recargamiento no le favorece en nada a una historia que parecía pintar bien. Hay quien opina que este estilo no funciona en textos largos y si en relatos cortos, yo pienso que todo es posible si se sabe usar en su justa medida. Pero no todo es malo en Jardín de Invierno, pues, por lo mencionado anteriormente, el lector no se encontrará una frase o un párrafo que no resulte hermoso a sus ojos. Todos ellos, y lo digo muy en serio, son dignos de enmarcar. Seguidamente, en lo que respecta a la historia, nos topamos con un inicio bastante sorprendente, por su esmero y descripción de un paisaje en el que todos querríamos estar en algún momento de nuestra vida. Ese jardín nevado y en donde se junta la diversión con los sueños, nos topamos con Anton Invierno. Dejando de lado ese inevitable símil que más de uno habrá establecido con la omnipresente Juego de Tronos en lo que respecta al nombre y apellido del protagonista, estamos ante un personaje superficial en un primer momento pero que a medida que avanzamos en la historia, va desprendiéndose de capas, dejándonos como resultado un interesante retrato del joven de nuestro tiempo. Por otro lado, el tema del apocalipsis es tratado de forma sutil, nada que ver con esas novelas en las que se aborda con actitud tremendista. Es más, por el propio estilo, parece incluso ser bello, ese fin de la humanidad y de lo que conocemos se torna en algo que exhala horror, pero también una estética digna del movimiento romántico de principios del XIX. La muerte es algo aterrador, pero no por ello, carece de un punto atractivo, estéticamente hablando por su puesto. La pintura lleva haciéndolo toda la vida ¿por qué no en la literatura? Finalmente, y aunque pensaba que eso no ocurriría por ese recargamiento poético, si que se puede vislumbrar una poderosa y tremenda reflexión, tan poderosa que es importante que la desarrollemos en el siguiente párrafo.


Muchas personas que he conocido y que pertenecen a mi generación me han dicho lo mismo cuando, por casualidades de la vida, nuestros caminos se han vuelto a encontrar. "Hoy todo el difícil", "No hay trabajo de lo mío", "¿Para qué he estudiado entonces?", "No hay futuro", "No se qué hacer con mi vida"... Todas éstas y más son algunas de las expresiones que más he escuchado en todo este tiempo desde que finalicé los estudios universitarios. Evidentemente, nadie nos va a traer el trabajo a casa, pero nadie nos ha regalado nada. Son muchos años de estudio, ilusión y esfuerzo los que de la noche a la mañana se desvanecen en cuestión de segundos y sin que a ninguno de los que ostenta el poder le importe. Por ello, ese pesimismo, ese derrotismo o incluso ese sentimiento de desarraigo y decepción para con nuestro país y nuestros gobernantes son los que imperan hoy por hoy entre las personas de mi generación, una generación con la que se ha metido todo el mundo pero que sinceramente lo está pasando mal y sufre cada vez que ve como su luz al final del túnel se va apagando poco a poco. De esta forma, a los llamados millennials, no nos queda otra que tragar y aceptar cualquier cosa, aunque ésta no tenga nada que ver con nuestros intereses o con lo que hayamos estudiado en la universidad. Algunos si pueden, y los que no, no tienen otra opción que hacer las maletas y enfrentarse a una vida lejos de tus seres queridos para poder hacer, si hay suerte, lo que de verdad deseas. La desazón, la falta de perspectivas, la incertidumbre y con la inmigración en el horizonte como, en ocasiones, única opción de subsistencia. Todos estos temas aparecen a lo largo de Jardín de Invierno, incluyendo el de la búsqueda de nuevas oportunidades fuera del lugar donde naciste, convirtiendo a Anton Invierno, como ya he comentado al principio de esta reseña, en un reflejo más o menos fiel de lo que muchos jóvenes sienten. Sin embargo, una servidora, partícipe de este generalizado sentir y que en ocasiones no puede evitar venirse abajo ante la falta de oportunidades y las cada vez más estrictas exigencias a la hora de tratar de encontrar, ya no un trabajo, sino un lugar acorde con tus ambiciones y expectativas; quiero creer que hay espacio para soñar, para luchar, para poder alcanzar nuestros objetivos más ansiados. Me han llamado "fantasiosa" por atreverme a decirlo, aunque también "valiente", y con éste último me quedo, pues sin valentía no hay nada, sólo conformismo. Un conformismo que los que ostentan el poder han pretendido generalizar entre mi generación, cortando las alas a los soñadores y bajándoles a una tierra plagada de graduados que ven su vida pasar mientras sirven en las terrazas de los bares y restaurantes. Todos tenemos miedo, todos sentimos esa inseguridad con respecto a nuestro futuro, todos somos un poco Anton Invierno, pero todos tenemos derecho a ser más felices y perseguir nuestros sueños. Jardín de Invierno: una historia de amor, incertidumbre, desarraigo, inmigración, fantasía, añoranza, caos, búsqueda de nuestro lugar...Un libro que invita a creer.

Frases o párrafos favoritos:

"Mientras afuera el mundo se deshacía en mil pedazos, las personas se acostaban juntas porque no sabían hacer con sus cuerpos que aún permanecían sanos otra cosa que apegarse entre sí en medio de todos los añicos. Del miedo a la muerte brotaban el deseo y la lujuria."

Película/Canción: hasta que eso ocurra, os adjunto la pieza musical que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Querido Handel, tú si que sabes crear atmósferas envolventes y verdaderamente emotivas.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

viernes, 8 de septiembre de 2017

RESEÑA: Regreso a Berlín .

REGRESO A BERLÍN

Título: Regreso a Berlín.

Autor: Verna B. Carleton (1914-1967) de madre inglesa y padre de ascendencia alemana, nació en New Hampshire, Estados Unidos. Se casó en México con Frida Kahlo y Diego Rivera como testigos, donde vivió durante la Segunda Guerra Mundial y donde frecuentaba los círculos artísticos de los exiliados alemanes. Allí se hizo amiga de los grandes escritores Ana Seghers y Egon Erwin Kisch. Escribió artículos para diversos medios, como el Saturday Evening Post o The New Yorker. En París su hogar adoptivo, había conocido a Sylvia Beach y a Walter Benjamin y se había encontrado con muchas personalidades de la vida literaria. Hasta su muerte en 1967, fue amiga íntima de la fotógrafa Gisèle Freund, a quien acompañó a Alemania en 1957. Regreso a Berlín, su primera novela, recibida con entusiasmo en su época, se inspira en aquel viaje: Freund se había exiliado en los años treinta debido al nazismo; para ella, volver a poner un pie en territorio alemán era una difícil decisión vital: de Alemania y los alemanes no quería saber nada, pero tampoco lograba liberarse de sus recuerdos. Verna la alentó a hacer aquel revelador viaje...que también era, en realidad, una búsqueda de su propio pasado.

Editorial: Errata Naturae.

Idioma: inglés.

Traductor: Laura Salas Rodríguez.

Sinopsis: como las viejas y buenas historias, esta fascinante novela comienza en un buque repleto de pasajeros muy distintos entre sí. Tras un largo viaje por el Caribe, lleno de conversaciones y complicidades, el londinense Eric Devon, su esposa Nora y una lúcida periodista estadounidense deciden viajar a un Berlín que se recupera de los desastres de la última guerra y de los perversos efectos del nazismo. Vacilante y presa de los fantasmas de otro tiempo, Eric, por fin, se enfrentará allí a su pasado, oculto durante décadas. Nada es lo que parecía ser: Eric irá asistiendo, página a página, capítulo a capítulo, a una serie de revelaciones que lo harán cambiar para siempre.

Su lectura me ha parecido: intensa, sensible, introspectiva, con mucha personalidad, fascinante, necesaria...Queridos lectores y lectoras, hay historias que son necesarias de contar. La mayoría de ellas son producto de la imaginación del autor o autora en cuestión, pero también existen las que nacen de dentro, de las entrañas, del interior de nosotros mismos, que como un torrente, exponemos en público o vertemos sobre el papel. Algunas hablan de visiones del mundo enfrentadas, otras hablan de los límites de los sentimientos, de hasta que punto el ser humano es capaz de albergar tanto amor, tanta generosidad, tanto sacrifico, tanto dolor. Incluso existen las que denuncian, las que reivindican, las que muestran al mundo los problemas sociales que hoy en día ahogan y destrozan vidas. También las hay que no escatiman en detalles y éstas, por muy breves que sean, acaban por convertirse en un pedazo de sinceridad, de verdad, un retal dentro de la vida del propio escritor o escritora, que, por el motivo que sea, decide mostrar tal y como es, o al menos, una parte de su ser. Esas en su mayoría son las que logran, si están bien armadas y escritas, que su recuerdo permanezca en la retina del lector. Hay historias que merecen contarse, ya sean ficticias o inspiradas en un hecho real. No deben pasar desapercibidas ante nuestros ojos, pues, en un mundo cada vez más frío y olvidadizo, una luz cálida nunca viene mal en momentos de desesperación. Historias como la que se narra en el libro que hoy tengo el placer de reseñar son excepcionales, ya no sólo por la cantidad de emotividad que arroja, también para que aprendamos a mirar al pasado y encontrar en él las claves para mejorar nuestro presente más inmediato. Esa y muchas más son las conclusiones que el lector extrae tras leer un libro titulado Regreso a Berlín: una Alemania en reconstrucción, un hombre incapaz de recordar y un futuro de tensa incertidumbre.


La historia de como Regreso a Berlín llegó a mis manos y a formar parte de mi apreciada estantería es bien sencilla. Pero para seros completamente sincera, también es la historia de una inquietud intelectual que hace unos años se despertó en mi interior. Como muchos ya sabréis, mi amor por la historia comenzó gracias a dos temas que poco a poco y en gran medida de forma autodidáctica fui aprendiendo, por un lado la Edad Media, periodo por el que me interesé gracias a las páginas de Ken Follett, y por otro lado todo lo que tuviese que ver con la II Guerra Mundial. En lo que respecta a este último no me interesaban las tácticas militares ni las batallas en si, si temas tan importantes y escalofriantes como las entrañas del nazismo, pero sobre todo, el Holocausto. De hecho, aquel ya lejano tercero de la ESO, se convirtió en el año del descubrimiento de un horror que me impactó y me despojó de parte de esa inocencia que llevaba años arrastrando. Conforme pasaban los años y los cursos académicos, la II Guerra Mundial se convirtió para mi en un tema bastante secundario de interés intelectual. Esto se debió a dos causas, la primera el hartazgo y la manía que le cogí mientras cursaba la carrera, y la segunda, el descubrimiento de otros problemas históricos que merecían toda mi atención e interés. No fue hasta el año pasado, mientras cursaba el Master de especialización en Historia Contemporánea, cuando, de pronto, la II Guerra Mundial volvió a entrarme por los ojos gracias a el conocimiento y estudio de testimonios y de las políticas de memoria empleadas tras la contienda. Un mundo nuevo parecía abrirse ante mis ojos y yo no iba a desaprovechar aquella atractiva oportunidad. A partir de ahí leí libros que, desde la ficción o no, me transportaban temporalmente a aquellos debates y épocas. El lector, Tú no eres como otras madres o el testimonio escrito de Anise Postel-Vinay son algunos de los libros que han pasado por mis manos, una lista a la que debo incluir Regreso a Berlín. Fruto de dicho acercamiento al tema, era obvio que una servidora acabase haciéndose con un ejemplar, obteniendo como resultado una lectura fascinante y bastante cercana a esa realidad que muchos vieron en carne propia.


Centrándonos en lo que nos ocupa, comenzaremos diciendo que Regreso a Berlín presenta una lectura amena, intensa y que invita al lector a detenerse, a pensar. El buen libro no sólo consigue transmitir emociones, también crea un poso de reflexión en la que el que quiera puede sumergirse y sacar sus propias conclusiones una vez sales a la superficie. Y todo eso, lo posee esta novela, cuya complejidad reside precisamente en esa mano tendida a quien busca algo más que una simple novela sobre las consecuencias de la II Guerra Mundial. Seguidamente, el título ya nos lo evidencia, estamos ante una historia en la que se narra un regreso, una palabra a la que le deberíamos incorporar algunos adjetivos como los de "revelador", "traumático" y "redentor" en último término. Basándose en una experiencia real y vivida por la propia autora, se construye la historia de Eric Devon, que junto con su esposa Nora y una periodista que ha conocido a bordo de un buque que navega por el Caribe, viaja a Berlín, su ciudad, su infancia, su juventud y que a su regreso, sólo se mantiene el esqueleto de lo que en su día fue. Esta es la premisa perfecta para adentrarnos no sólo en una época concreta, la Alemania de los años 50 post-Hitler, también en el debate que empezó a surgir al calor de aquellos primeros años de reconstrucción, conversaciones que versaban sobre lo vivido, lo acontecido, sobre esa ansiada reparación psicológica que tardaría años en llegar. Pocas obras de ficción nos han llegado en lengua castellana sobre este periodo tan paradójico, en el que se asistía al llamado "milagro alemán" y en el que al mismo tiempo la sociedad todavía seguía lamiéndose las heridas de una de las guerras más sangrientas que se recuerdan. Progreso y recuperación acelerada versus trauma y sentimiento de culpa. En ese sentido, Eric Devon resulta el personaje más interesante de la novela, pues, representa a la perfección un sentimiento que rondaría la cabeza de muchos por aquellos años, dominado por la incredulidad, el rencor, la vergüenza, y al mismo tiempo, la belleza de esos recuerdos de infancia y juventud ligados a aquella ciudad, aquel país, aquellos ciudadanos. Por otro lado, resulta realmente magistral por parte de Carleton de mantener una personalidad narrativa muy fuerte, sin venirse abajo en ningún momento, destacando por encima de todo esa acentuada intensidad de las emociones, logrando que el lector no pueda evitar ser engullido por la tragedia, el dolor, la pérdida, pero también, por ese sentimiento de esperanza, de ver la luz al final del túnel, aunque dicha luz conduzca a donde todos y todas bien sabemos si recordamos la historia. A esto ayuda, por supuesto, una narración nada tediosa, que fluye perfectamente hasta desembocar en ese reflexivo final. Regreso a Berlín entra por los ojos, y no sólo por el acertado diseño de su portada. Por último, un pequeño inciso. La presencia de la periodista en la historia me ha resultado bastante inverosímil en algunos aspectos. Cierto que este libro está basado en una experiencia personal, que este personaje es el narrador de la historia y que evidentemente la periodista no es otra que la propia autora del libro. Sin embargo, el que logre ganarse la confianza de Eric y Nora en tan poco tiempo, hasta el punto de acompañarlos en un viaje tan íntimo como importante emocionalmente para Eric resulta demasiado forzado en ocasiones.


En lo que respecta a la reflexión final, y como no podía ser de otra forma, voy a destinarla a hablar sobre algo incómodo. Si, queridos lectores y lectoras, de algo que parece molestar, que solamente con nombrarlo, mucha gente en este país saca las uñas y empieza a desacreditar al o la valiente que ha osado al menos, pronunciarse al respecto. Hablo, lectores y lectoras, de memoria histórica. Todos estaréis cansados de ver en la televisión como los que dicen ser expertos en la materia, se dedican a especular y a hablar sin conocimiento, soltando auténticas barbaridades, la mayoría de ellas provenientes de esa enseñanza adulterada y falsa del pasado. Una visión en donde las generalidades y los despropósitos están servidos. Pues, sinceramente, no sabéis lo que duelen ese tipo de declaraciones en horario de máxima audiencia, ya no sólo para quienes nos dedicamos profesionalmente a la historia, también lo es para todos aquellos que lloran la muerte de un familiar frente a una cuneta, una fosa común o a veces ni eso, a falta de conocer donde ha ido a parar el cuerpo de su ser querido. Y esto es así porque cuando se tuvo la oportunidad, no se hicieron las cosas como tocaba. "¡No!" exclamaba el político de turno "No hay que remover el pasado, no hay que abrir heridas. Miremos al futuro, que es lo más importante." El problema es que en esa desesperada huida hacia adelante arrastras el sufrimiento de aquellos a los que no quieres escuchar ni ayudar, prolongando esa agonía un año más. y otro, y otro...Tal y como se muestra en Regreso a Berlín, nos encontramos ante uno de los escenarios más desoladores, el de una ciudad tan importante como la capital de Alemania, convertida en la sombra de lo que una vez fue. Pero también, y eso es gracias a la empatía y pericia de Verna B. Carleton, se observa como ese debate precisamente comienza a aparecer en las conversaciones y en el percibir de los ciudadanos de Berlín. No se puede usar a bote pronto el término "memoria histórica", ni siquiera se concibe como tal, sino que se expresa mediante palabras como "derecho", "reparación", "recuperación", "memoria", "justicia", "recuerdo"...En definitiva, un sentimiento casi unánime que los Alemanes aguardaron durante mucho tiempo hasta que, una vez desaparecida al URSS y tras la caída del Muro de Berlín, se pudo hablar del tema, reflexionar entorno a sus consecuencias, sus implicaciones. Pero sobretodo, el gobierno de esos años pudo poner en marcha políticas de la memoria que permitieron que lo que sucedió no cayese en el olvido, haciendo una dura pedagogía de lo acontecido y sacando de ello las herramientas suficientes para poder llevar a cabo esa transición psicológica que el país necesitaba con urgencia. Es cierto que la que llevó a cabo Alemania con respecto al nazismo, el holocausto y la II Guerra Mundial no es la mejor política de memoria que se ha hecho, pero se hizo, algo de lo que España no puede presumir, pues aquí no se ha hecho nada al respecto, y como no se den prisa, muy a nuestro pesar, las futuras generaciones seguirán teniendo esa visión sesgada de la Guerra Civil, del Franquismo y de los primeros años de la Transición que todo el mundo considera modélica. Berlín logró reconstruirse, con esfuerzo y tras años de dolorosa espera, Madrid y otras capitales de España no pueden decir lo mismo. Regreso a Berlín: una historia de tristeza, reencuentros, vergüenza, arrepentimiento, memoria, redención...Una novela de reconstrucción física y personal.

Frases o párrafos favoritos:

"Nunca antes me había dado cuenta de hasta qué punto la emigración alemana forzada por el nazismo se ha distribuido por el mundo. A veces es horripilante excavar tanto en el pasado ¿Somos supervivientes de verdad o meros fantasmas todavía incapaces de abandonar la carne?"

Película/Canción: aunque mantengo la esperanza de que ambas cosas se produzcan, lo cierto es que no hay noticias de que este libro se adapte al cine o alguien componga una canción inspirada en su trama. No obstante, y como es habitual, os adjunto la pieza de música clásica que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Bach siempre logra removerme por dentro.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

martes, 5 de septiembre de 2017

RESEÑA: La Pimpinela Escarlata.

LA PIMPINELA ESCARLATA

Título: La Pimpinela Escarlata.

Autor: Emmuska "Emma" Orczy (1865-1947) nació en Hungría y fue la segunda hija del barón Félix Orczy, compositor y director de orquesta, y de su esposa Emma Wass. Emma recibió una educación religiosa en conventos tanto de Bruselas como de París, hasta que la familia decidió instalarse en Londres. A la edad de quince años, entró en la Escuela de Arte del Oeste de Londres, donde comenzó su amor por la pintura y el dibujo. Algunas de sus obras fueron expuestas en la Royal Academy. Aunque es autora de numerosas obras, debe básicamente su fama a La Pimpinela Escarlata, escrita para teatro en 1902 y, tras un éxito rotundo, publicada como novela en 1905. La Baronesa de Orczy publicó más de trece colecciones de relatos cortos entre 1905 y 1928, inspirados todos ellos en su primera novela. Estas colecciones se conocen bajo el nombre Serie Pimpinela Escarlata.


Editorial: Literatura Random House.

Idioma: inglés.

Traductor: Juan Leita.

Sinopsis: la historia transcurre a finales del siglo XVIII, durante el Reinado del Terror, cuando el despreciado gobierno jacobino impuesto tras la Revolución Francesa es incapaz de discernir la identidad oculta de un caballero cuyas heroicidades son ignominia del nuevo régimen. De este justiciero solo se sabe que es inglés y que se hace llamar la Pimpinela Escarlata. Líder de una cuadrilla de diecinueve hombres valerosos, arriesgará cuanto posee para salvar de la guillotina a miembros de la aristocracia francesa, en este clásico de aventuras donde abundan el heroísmo, el suspense, el amor, los ideales y la venganza.

Su lectura me ha parecido: sorprendente, interesante, llena de ingenio, cinematográfica, ágil, reflexiva a ratos, enormemente entretenida...Todos sabemos quien es el Zorro, y no sólo porque Antonio Banderas haya ofrecido una interpretación para la posteridad, aunque el verdadero Don Diego de la Vega era en realidad Anthony Hopkins. Este héroe californiano surgió de la creativa mente de Johnston McCulley y como todos bien sabemos, posteriormente dio lugar a toda una cultura popular entorno a su personaje que el cine acabó por convertirlo en inmortal. Lo mismo le sucedió a El Coyote de José Mallorquí Figuerola, al Llanero Solitario de George W. Trendle o al mismísimo Batman, creado por Bob Kane. Todos ellos nos suenan, unos más que otros, pero seguro que los hemos visto citados en algún libro o reflejados en sus correspondientes adaptaciones cinematográficas con mayor o menor éxito. Pero todo tiene un principio. Si, y ese principio, esa influencia literaria, ese modelo en el que los citados autores han encontrado la inspiración se llama Sir Percy Blakeney, más conocido como la Pimpinela Escarlata. Al pronunciar su nombre, enseguida la gente recuerda el personaje, las tramas, incluso la última adaptación al cine. Pero, y esto es lo más triste de todo, nadie recuerda a su autora, porque si, fue una mujer la que inventó dicho héroe de ficción. Por eso y porque el libro que hoy tengo el placer de reseñar lo vale, dedicamos esta entrada a La Pimpinela Escarlata: acción y justicia de la mano en un contexto que invita a reflexionar.


La historia de como La Pimpinela Escarlata llegó a mis manos tiene su origen en el verano del 2016. Como muchos bien sabréis, tengo especial predilección por las Bibliotecas Públicas. No sólo me han salvado en más de una ocasión, sino que además, las considero verdaderos templos del saber que muchos de los que dicen conocer deberían pisar en más de una ocasión. De entre todas las que suelo visitar, una de ellas, una de las más céntricas de la ciudad, se ha convertido con el paso del tiempo en uno de esos lugares mágicos y reconfortantes. Desde que era pequeña, dicho espacio lleno de libros ha formado parte de mis recuerdos, vivencias que han aflorado de nuevo gracias a esos habituales paseos, buscando ese libro, esa novela, ese título que logre sorprenderme. En uno de esos agradables recorridos, mis ojos se dieron de bruces con La Pimpinela Escarlata. A pesar de ser una edición bastante reciente, lo cierto es que la encontré encajada entre un montón de gruesos libros. De buenas a primeras, no me sonaba de nada, jamás había escuchado hablar de la Pimpinela Escarlata, como tampoco de su autora Emma Orczy, quien aparecía como Baronesa Orczy. Al abrir una de las primeras páginas, descubrí más datos de la autora. Esta pequeña biografía y la trama fueron los motivos que me empujaron a llevarme prestado este ejemplar. La Pimpinela Escarlata viajó conmigo aquel año y acabó convirtiéndose en una de las lecturas del verano pasado. Cuando sobrepasé la fecha límite que marcaba la duración del préstamo bibliotecario, me tocó acercarme y entregarlo en mano a la encargada de turno, con la sensación de que se me habían quedado demasiadas cosas en el tintero. Su lectura me resultó inspiradora y durante los siguientes meses no podía evitar darle vueltas a algunas cuestiones que aparecen de refilón en el libro. Tenía cosas que contar, pero, nunca veía el momento oportuno de plasmarlas. Pero de pronto, cual señal del destino, escuché hablar del Proyecto Adopta una Autora. Llevaba algún tiempo queriendo inscribirme, necesitaba encontrar a una autora cuya producción literaria me hubiese marcado, y entonces el nombre de Emma Orczy se cruzó en mi mente, como un rayo. Fue así como, justo un año después, en el verano de 2017, volví a la Calle del Hospital y me llevé de nuevo aquel ejemplar de La Pimpinela Escarlata. No había cambiado, sin hojas rotas, sin subrayados, con el mismo atractivo del primer día. Actualmente, La Pimpinela Escarlata todavía reposa sobre mi escritorio, esperando a que gracias a Adopta una Autora, muchos de vosotros descubráis su historia y a la escritora que la hizo posible.


En este tercer párrafo dedicado a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La Pimpinela Escarlata presenta una lectura muy sencilla, trepidante, ágil, logrando que el lector no desfallezca durante la lectura. No hay más que darse cuenta de cual es el género literario en el que se inserta esta historia. El de aventuras es probablemente uno de los sub géneros literarios más infravalorados en la actualidad, destinado, y de forma cada vez más residual, a la literatura infantil y juvenil. Sin embargo, y aunque muchos crean que éste es sencillo en cuanto a su composición y escritura, lo cierto es que para escribir una buena novela de aventuras requiere de imaginación, conocimiento del género, pero sobre todo, talento literario. Tu puedes escribir un relato de aventuras, pero sin ese pulso narrativo rápido y moderado al mismo tiempo, la historia resultaría mediocre. En el caso de Emma Orczy sabe narrar, sabe escribir y no duda en demostrarlo en cada página, manteniendo al lector casi en vilo momentos después de que finalicen los combates de espadachines. Seguidamente, es de destacar que la autora tuvo en quien fijarse a la hora de crear un personaje tan particular como la Pimpinela Escarlata. Es notable la influencia de Alejandro Dumas, ya no sólo en el estilo empleado, también por ese, aunque renovado, enfrentamiento entre el bien y el mal, entre la codicia y la justicia, entre la corrupción y la lealtad. Sin embargo, y a diferencia del maestro francés, la Pimpinela Escarlata es un justiciero que se toma la justicia por su mano con tal de evitar una situación injusta. Sir Percy Blakeney es algo así como un Robin Hood del siglo XVIII, no roba a los ricos para dárselo a los pobres, pero si libra a éstos primeros de las consecuencias de unos gobernantes cada vez más tiranos. Por otro lado, es importante resaltar al personaje de Marguerite Saint-Just, que tiene puntos de encuentro con la Mylady de Los Tres Mosqueteros, pero en el que apreciamos una evolución bastante notable. Saint-Just es una mujer que carece del carácter sibilino de Mylady, pero que posee una fuerza y una convinción dignas de admirar. Comprometida políticamente, justa, con las ideas claras, valiente y a la que las amenazas o el peligro no logran amedrentarla. En ese sentido, nos encontramos ante una heroína con muchas cualidades que no sólo la convierten en el interés romántico del protagonista, también en una pionera en cuanto a la construcción de personajes femeninos en la literatura. Tampoco hay que pasar por alto, en relación a la confección de la novela, la destreza de Orczy a la hora de presentar al lector escenas realmente familiares. Es obvio que los cineastas que se han atrevido con el género de aventuras han bebido mucho de la literatura, pero es que en el caso de La Pimpinela Escarlata, dichos fragmentos inevitablemente nos recuerdan a esa tradición cinematográfica. No es de extrañar que gran parte de esta novela haya servido de inspiración para muchos directores enamorados de las posibilidades estéticas y de acción que ofrecen novelas como La Pimpinela Escarlata. Finalmente, sólo me cabe apuntar que ésta es una edición bastante cuidada, incluyendo una serie de ilustraciones que ayudan a que este libro sea más atractivo estéticamente a ojos del lector más exigente.


Como acabo de comentar, además de ser una de esas novelas pioneras e innovadoras en algunos campos de la literatura universal, La Pimpinela Escarlata es también una lectura muy atemporal. Y esto es así gracias a ese abrumador mensaje que aparece a lo largo de sus 331 páginas. En su libro, Emma Orczy quería que el lector se diese cuenta de algo muy importante: que el poder en todas sus formas puede llegar a corromper. Esto, a medida que uno va leyendo La Pimpinela Escarlata, parece interiorizarlo de forma completamente natural, sin sorprender si quiera, como si estuviésemos acostumbrados a verlo en nuestro alrededor, en nuestro día a día. Y es absolutamente cierto, pero, no está de más que desde la literatura se haga hincapié en esto, pues, precisamente por esa falta de escandalo, resultan esenciales reflexiones como estas. Todos conocemos algún ejemplo, desde el que hemos escuchado nombrar hasta los grandes ejemplos que pueblan la historia universal. Sin ir más lejos, la propia Revolución Francesa, contexto en el que se desarrolla La Pimpinela Escarlata, es uno de los grandes ejemplos de como el poder puede llegar a desembocar en verdaderas calamidades. De una revolución llevada a cabo por el pueblo y respaldada por las ideas ilustradas a la instauración durante un periodo corto de tiempo del llamado Régimen del Terror. Un gobierno que como bien se aprecia en la imagen, hacía uso de la guillotina y no siempre contra gente que de verdad la merecía. Dejando de lado el hecho de que dicha sentencia es totalmente reprobable, en esa época y hoy en día, hay que tener en cuenta que muchos de los que fueron condenados a la guillotina eran completamente inocentes, solamente tuvieron la mala suerte de encontrarse en el lugar y en el momento menos adecuado, bajo un gobierno que había perdido por completo el oremus y que ejercía el poder de una forma sangrienta. Como este, muchos ejemplos de similares características han acontecido a lo largo de la historia, incluso, sin ir más lejos, el aprovecharse de una posición privilegiada con fines personales es algo que en España debería sonarnos por la cuenta que nos trae. No hace falta que exponga caso por caso, pues, todos los conocemos, nos indignamos en un primer momento y después, sin saber muy bien por qué, se nos olvida de un plumazo. El sistema está construido con un perverso mecanismo, de manera que si por la mañana ponemos el grito en el cielo por el caso de corrupción de turno, a la noche nos adormecen con entretenimiento, para tenernos mansos, dóciles, manipulables, para que ya ni nos acordemos de por qué estábamos tan enfadados esa mañana. A veces pienso que nos va el masoquismo, pero también opino que deberían existir más personas como la Pimpinela Escarlata, que posean un sentimiento de la justicia noble y que ayuden a las víctimas de ese abuso de poder. El mensaje de Emma Orczy es simple: nadie esta a salvo de ser arrastrado por quienes tienen influencia, pero si se puede despertar y comenzar a actuar, pasar a la acción, despertar conciencias y  hacer visible el problema a todo el mundo, incluyendo a los verdugos de esa injusticia. La Pimpinela Escarlata: una historia de aventuras, luchas, misterio, intriga, conspiración, arrojo, amor, crítica al abuso de poder...Una novela de capa y espada que engancha y sorprende.

Frases o párrafos favoritos:

"Una muchedumbre enfurecida, hirviente y vociferante de seres que sólo de nombre eran humanos, pues a la vista y al oído no parecían sino bestias salvajes, animados por las bajas pasiones, la sed de venganza y el odio. La hora, un poco antes del crepúsculo, y el lugar, la barricada del Oeste, el mismo sitio en el que una década después, un orgulloso tirano erigiría un monumento imperecedero a la gloria de la nación y su propia vanidad."

Película/Canción: existen dos adaptaciones cinematográficas de esta novela. La primera de 1934 y la segunda de 1982, además de una popular serie de televisión producida por la BBC en el año 1999. Aquí os dejo con el tráiler de la segunda de las adaptaciones:


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Reseña dentro del proyecto Adopta una Autora

martes, 29 de agosto de 2017

RESEÑA: El motel del voyeur.

EL MOTEL DEL VOYEUR

Título: El motel del voyeur.

Autor: Gay Talese (Ocean City, Nueva Jersey 1932), de raíces italianas fue periodista en The New York Times entre 1956 y 1965 y ha escrito en The New Yorker, Time, Harper´s Magazine o Esquire, que señaló su artículo Frank Sinatra está resfriado como el mejor que jamás publicaron sus páginas. Junto con Tom Wolfe, se considera el padre del Nuevo Periodismo. En 2012 recibió el Premio Reporteros del Mundo, otorgado por El Mundo, en reconocimiento a toda su obra, que incluye Retratos y encuentros o El silencio del héroe, una extraordinaria recopilación de sus crónicas deportivas. En 1971 publicó Honrarás a tu padre, monumental crónica sobre la mafia que inspiró Los Soprano y fue elegido como uno de los mejores libros de no ficción del año por Qué Leer. En 1992 narró la historia de la familia Talese en Los hijos, a la que siguió Vida de un escritor. El motel del voyeur es su último libro.

Editorial: Alfaguara.

Idioma: inglés.

Traductor: Damià Alou.

Sinopsis: a principios de 1980, Gay Talese recibió una carta de un hombre de Colorado que le hacía partícipe de un secreto sorprendente: había comprado un motel para dar rienda suelta a sus deseos de voyeur. En los conductos de ventilación instaló una "plataforma de observación" a través de la cual espiaba a sus clientes. Talese viajó entonces a Colorado, donde conoció a Gerald Foos y pudo comprobar con sus propios ojos la veracidad de la historia. Además, tuvo acceso a sus diarios: un registro secreto de las costumbres sociales y sexuales de su país. Pero Foos había sido testigo también de un asesinato, y no lo había delatado. Tenía, pues, muchos motivos para permanecer en el anonimato, y Talese pensó que esta historia nunca vería la luz. Hoy, Foos está listo para hacerla pública y Talese puede darla a conocer.

Su lectura me ha parecido: interesante, atrayente, reveladora, sutil, perspicaz, honesta, para nada tediosa, un descubrimiento... La historia de la literatura está plagada de lugares emblemáticos. Ciudades, pueblos, aldeas, monumentos, casas particulares, campos, bosques, praderas, lagos, ríos, océanos, cafeterías, restaurantes, prostíbulos, librerías, puentes, caminos...Y como no podía ser de otra forma, las escritoras y los escritores han acabado rindiéndose también ante los hoteles. Si lectoras y lectores, esos espacios inmóviles, que aguantan inexplicablemente el paso del tiempo y en cuyas habitaciones han vivido, permanentemente o temporalmente, personas de toda clase y condición. Seguro que rápidamente se nos viene a la cabeza el famosísimo hotel Overlook (Colorado)que Stephen King describió en El resplandor y que posteriormente Kubrik lo convirtió en uno de los hoteles más famosos del cine, aunque originalmente éste se llame Stanley. Como no recordar el hotel Ruán, donde Emma Bovary y Leon Dupis daban rienda suelta a su pasión o el Hotel des Bains, donde Gustav von Aschenbach se aloja en la novela de Thomas Mann La muerte en Venecia. Seguramente, quien sea un forofo de Cortázar recordará que su monumental Rayuela abundan los hoteles. Sin embargo, muy pocos conocen que fue en uno concretamente llamado Esmeralda donde el reputado autor escribió dicha obra. A diferencia de los nombrados en este párrafo, el lugar en el que se ambienta la historia del libro que hoy reseñaremos es un modesto motel, de carretera, sencillo, pero que sin duda, por sus características, logra por si solo convertirse en un protagonista más dentro de la narración. Al oír la palabra motel es imposible que el lector no la asocie con el ficticio Bates Motel, espacio en el que Hichcock ambientó Psicosis. Pero a partir de ahora, y espero que por mucho tiempo, se recuerde el Manor House gracias a El motel del voyeur: obsesión, tratado social y periodismo de calidad.


La historia de como El motel del voyeur llegó a mis manos es bastante curiosa. Desde siempre, incluso ya encontrándome estudiando la carrera de Historia, me han atraído más la novela que el ensayo puro y duro. Esto fue así durante un tiempo, es más, no disfrutaba igual cuando me tocaba leer algún libro de filosofía o algún artículo científico. Me gustaba lo que leía, aprendía y resultaba a mis ojos muy instructivo, pero no lograba que aquellos textos me llegasen a apasionar tanto como cuando me adentraba en cualquier buena novela. Todo eso cambió, creo recordar, cuando por casualidades de la vida, tuve que leerme La Mística de la Feminidad de Betty Friedan. Escogí su libro para hacer el trabajo de una asignatura sobre Historia de Estados Unidos y de un día para otro, se convirtió en uno de esos libros que marcarían no sólo mi interés por la literatura y el pensamiento feminista, también logró entreabrir esa puerta tantos años cerrada. Por vez primera, sentí curiosidad por lo real, lo no ficción, esos libros que sin grandes pretensiones logran hablarte de temas de gran actualidad desde la veracidad que implica el ensayo en todas sus dimensiones. Desde ese momento, por mis manos han pasado diversos títulos que se ajustan a esta descripción, hasta llegar a la que se convertiría en uno de mis referentes, Svetlana Aleksiévich. Con ella y con Voces de Chernóbil me introduje de pleno en en el llamado periodismo literario, y para seros sincera, la experiencia me encantó. Tanto que posteriormente he ido ampliando mis lecturas dentro de este tipo de ensayo. Y gracias a ese descubrimiento, y tras indagar un poco en el género, llegué hasta la obra de Gay Talese, respetado periodista y autor de grandes libros de investigación periodística. Al principio, me interesé enormemente por Honrarás a tu padre, pero El motel del voyeur se cruzó en mi camino y el que pudiese tomarlo prestado de la biblioteca de mi barrio, acabó por sepultar mi curiosidad por aquella monumental crónica sobre la mafia. Inicié su lectura al poco tiempo y no sólo acabó por convertirse en una de las lecturas de este verano, sino en un imprescindible con mayúsculas.


Centrándonos en lo que de verdad importa, diremos que El motel del voyeur presenta una lectura amena, muy sutil y que va ganando a medida que vas avanzando. Es inevitable que, hasta el lector menos experimentado en estas lides, acabe leyendo este libro llevado por el morbo. Y puede que así sea, pero, hay que reconocer que Gay Talese, como buen periodista que es, no se deja llevar por la especulación ni por la polémica, sino que cuenta lo sucedido, así, sin más, de la forma más transparente posible. Tras la publicación de este libro en Estados Unidos vino lo previsible: la polémica y el buscarle tres pies al gato. Sin embargo, para el lector siempre le quedará el consuelo de que Talese obró bien, prueba de ello es que esperó a que el verdadero protagonista, Gerald Foos, estuviese preparado para contar su historia. Por otro lado, estamos ante un libro peculiar, un ensayo periodístico, cuya estructura es tremendamente marcada, por la que el lector avanza sin problema alguno. Aunque eso si, tengo que reconocer que cuando el autor llega al meollo del asunto, es decir, al diario del voyeur, la lectura adquiere una dimensión distinta. Si pensabas que iba a ser una narración sin más, estás muy equivocado, El motel del voyeur guarda muchos ases en la manga, y es trabajo del lector sorprenderse cuando los encuentre. Seguidamente, y en lo relativo a esa historia que Talese nos presenta, la verdad es que parece sacada de una película de las de antes. De hecho, en mi mente las imágenes que recreaba eran de una tonalidad uniforme, con ecos al Bates Motel y al Gran Hotel del Norte de Twin Peaks. Pero es cierta, tan cierta como que la lluvia moja el suelo, y alrededor de esa irrefutable verdad, se construye un relato de enormes implicaciones. Cuando el lector se enfrenta a un texto verídico, lo que ocurre es que no puede evitar hacerse preguntas, muchas más que si estás ante un relato ficticio: ¿cómo? ¿cuándo? pero sobre todo, ¿por qué? Ese "por qué" rondaba continuamente mi cabeza y aunque encontrase gran parte de la respuesta en la particular obsesión sexual de Foos, seguía preguntándomelo, pues, esta visto que el ser humano está dispuesto a todo, y cuando digo a todo es a todo, incluso a violar la privacidad tras una mirilla. Cabe mencionar que El motel del voyeur es la conclusión de una investigación periodística pero también un tratado social. Al igual que le sucediese al Marqués de Sade con su producción literaria, Gerald Foos en su particular diario relata no sólo lo que sus ojos ven, si no lo que implícitamente significan esas escenas de sexo en las habitaciones del Manor House. Si el lector sabe leer entre líneas se dará cuenta de que las relaciones sexuales son el hilo conductor perfecto para representar a la sociedad de su tiempo. Y en el caso de El motel del voyeur estamos hablando de un periodo comprendido entre los 60 y los 80 aproximadamente, lo que resulta todavía más interesante, pues podemos apreciar la evolución de la sociedad estadounidense, partiendo del acto sexual hasta llegar a cuestiones políticas, económicas, sociales y culturales de gran envergadura. Por último, algo enormemente perturbador. Con El motel del voyeur, Talese consigue que el lector se sienta cómplice de Foos y del propio autor. Hasta el punto de que, como bien afirma un crítico del The New York Times: "uno puede admirar este libro y al mismo tiempo arrancarse los ojos". Talese suelta la bomba, la comparte con quiera adentrarse en sus páginas, cuenta lo sucedido, reflexiona sobre ello y confiesa sus sentimientos encontrados respecto al personaje de Gerald Foos. De esta forma, Talese consigue sincerarse con el lector, eso si, dejando a éste con la sensación de haber sido testigo también de las escapadas de Foos a la "plataforma de observación", o lo que es peor, de haber espiado al propio Foos.


En lo que respecta a la reflexión final, era obvio que tratándose de El motel del voyeur, ésta no podía faltar. Y aunque el tema del voyerismo da para más de un debate pertinente, mis palabras las quiero dirigir en otra dirección. Para ser más concreta, es necesario que las apunte directamente sobre los platós de televisión. Si, y es que me sobran razones y argumentos para decir que en este país el trabajo de algunos periodistas deja mucho que desear. A nadie se le debería escapar esta verdad, hace unos días, debido al atentado terrorista que tuvo lugar en las Ramblas de Barcelona, todo el país fue testigo de como algunos que se denominan "profesionales de la comunicación", comenzaron a especular desde el minuto uno. No había pasado ni media hora de los atentados y en las principales cadenas de televisión ya se estaba polemizando, sin darse cuenta de que con sus palabras, conseguían banalizar un acontecimiento tan trágico como crucial de cara a Septiembre, mes en el que se retoma la actividad parlamentaria. Nadie parecía darse cuenta, los españoles ya estábamos lo suficientemente sugestionados por las imágenes que poco a poco aparecían en pantalla como para indignarse por la actitud de los ya conocidos como "tertulianos". Y lo más grave es que esta no es la primera vez que ocurre. En este país los medios de comunicación que en teoría deberían de proporcionar información al ciudadano desde la honestidad que da la profesionalidad y los años dentro de la profesión, han acabado sucumbiendo al espectáculo, al contenido vacío y a la apariencia. Todo con tal de ser tendencia en las redes sociales, porque ahora para nuestra desgracia, se mide en función de cuantos likes consigues en Facebook. Evidentemente, en este país todavía quedan buenos periodistas y es cierto que las nuevas tecnologías pueden hacer que una noticia llegue a más gente, otra cosa es la intención que haya detrás de quien controla dichos canales de difusión. Leyendo a Gay Talese en El motel del voyeur me he dado cuenta de este problema, es más, una servidora no ha podido evitar rendirse ante su talento literario y su calidad como periodista. Da igual en qué medios ha trabajado, dónde ha escrito sus artículos, no me importa si es de derechas o de izquierdas, ni sus opiniones sobre ciertos temas de debate en EEUU. Con este libro Talese irradia verdad, honestidad, humildad, respeto hacia el entrevistado, cautela respecto a las fuentes usadas, pero sobre todo, compromiso con la profesión. Un buen periodista debe escuchar, no dejarse embaucar por cualquier información, mostrar espíritu crítico, llegar hasta el fondo del asunto, saber reflexionar sobre ello, plantear debates a los lectores y a ser posible, buscarle las cosquillas al poder, pues, es una de las armas de contención que todo país democrático posee. Informar desde lo verídico, no desde la mentira o el morbo. Muchos periodistas, cuyos nombres no quiero citar, deberían aprender de Gay Talese, no es el mejor periodista del mundo, pero si uno de los más profesionales que existen. El motel del voyeur: una historia de obsesión, secretos, revelaciones, delito, asombro, promiscuidad, calidad periodística...Un libro difícil de olvidar.

Frases o párrafos favoritos:

"Querido señor Talese: (...) Durante mucho tiempo he querido contar esta historia, pero no tengo talento suficiente y me da miedo que me descubran."

Película/Canción: se ha sabido recientemente que los prestigiosos directores Sam Mendes y Steven Spielger han declinado sus ofertas para rodar una película basada en el libro. Mientras esperamos a que se aclaren los rumores, os adjunto la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Lo se, me muero por un café y una tarta de cerezas.


¡Un saludo y a seguir leyendo!
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