Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

miércoles, 31 de octubre de 2018

RESEÑA: Cárcel y Estrofas del éter.

CÁRCEL Y ESTROFAS DEL ÉTER


Título: Cárcel y Estrofas del éter.

Autora: Emmy Hennings (Flensburgo 1885-Sorengo-Lugano 1948), escritora y actriz alemana, es conocida por formar parte del germen del movimiento DADÁ al poner en marcha el Cabaret Voltaire en Zúrich en 1916, junto a su pareja sentimental, Hugo Ball. Sin embargo, Hennings ya tenía una prolongada carrera artística en el seno de la cultura expresionista alemana, como actriz y cantante de cabarets, y con poesía publicada desde 1913 en libros y revistas. Además, le acompañaba una biografía bastante turbulenta que incluía la adicción a las drogas, la prostitución y episodios carcelarios que relataría en su primera novela, Cárcel (1919). Tras la peripecia dadaísta, de la que ella y Ball reniegan muy pronto, ambos deciden llevar una vida ascética en el cantón suizo de Tesino, desde donde no dejó de publicar de forma continuada - y en el olvido - novelas, poemarios, relatos y libros biográficos.




Editorial: El Paseo.

Idioma: alemán.

Traductor: Fernando González Viñas.

Sinopsis: aquí se reúnen, por primera vez en nuestro idioma, sus creaciones más célebres: su novela Cárcel (1919), donde relató su estancia en presidio, con un estilo totalmente desacostumbrado en su época y ciertas formas desapasionadas que prefiguran la narración existencialista; y la antología de su primera poesía, titulada Estrofas del éter, que añade a su primer poemario publicado, La última alegría (1913), piezas aparecidas en las revistas expresionistas y dadaístas entre 1915 y 1916, y en cuyo conjunto resulta un pionero canto a la vida en el límite.

Su lectura me ha parecido: desprejuiciada, libre, directa, descarnada, muy crítica, intensa, con inesperados toques de humor, un milagro...Queridas lectoras y lectores, la historia nunca dejará de sorprenderme para bien pero también para mal, no hay término medio. Cuando te repiten constantemente, por citar un ejemplo, que en el año 1962 le concedieron el Premio Nobel de Medicina a James Watson, Maurice Wilkins y a Francis Crick por descubrir la estructura molecular del ADN en el año 1953 te lo crees. Lo pone en los libros de texto, la profesora o el profesor de turno lo menciona en clase, ¿existen motivos para desconfiar de dicha información? Ninguno aparentemente. No obstante, en cuanto haces un poco de trabajo de campo, en otras palabras, en cuanto tecleas la palabra ADN en Google, y buscas donde nadie buscaría, te topas con un nombre de mujer: Rosalind Franklin. Una científica británica, apasionada de la química y por desgracia, la gran olvidada en toda esta historia. Franklin trabajó y formó parte del equipo que realizó tan importante descubrimiento, además de averiguar la estructura de los virus tras horas y horas pegada al microscopio. Sin embargo, las actitudes machistas de sus compañeros de laboratorio (y el mundo de la ciencia en general) y una temprana muerte a los treinta y siente años (provocada sin duda por las prolongadas exposiciones a la radiación durante sus experimentos) le privaron del reconocimiento que merecía. El de Rosalind Franklin es un ejemplo, sí, pero no el único. No os imagináis la cara que se me quedó cuando descubrí que uno de los fundadores del movimiento Dadaísta (uno de los más extravagantes e influyentes de la historia a nivel cultural) fue una mujer llamada Emmy Hennings, cuya biografía no puede ser más apasionante y turbulenta a partes iguales. Esta claro que existe un complot patriarcal para que estos nombres no resuenen en los ecos de la historia. Por fortuna, somos muchas las personas que deseamos conocerlas y parece que las editoriales pequeñas son de nuevo las que primero responden a nuestra insistente llamada. Cárcel y Estrofas del éter: lo mejor que he leído en este 2018.

La historia de como este libro llegó a mis manos se podría resumir en la siguiente frase: "tenía hambre de autoras nuevas y desconocidas." Pero seamos sinceras, si lo dejase ahí la reseña perdería toda su gracia. Si de algo estoy orgullosa es de poderos contar, hasta donde me alcanza la memoria por supuesto, los pormenores de mi relación con el texto literario en cuestión, desde el momento en el que mis ojos se posan por vez primera en su portada hasta el día en el que, tras haber puesto punto y final a su lectura, me enorgullezco o me arrepiento de haberme adentrado en él. Así que, lectoras y lectores que visitáis este cibernético portal dedicado a los libros, permitidme esta pequeña licencia.  Regresando al tema que nos ocupa, Emmy Hennings y todo su ingenio y creatividad aparecieron por sorpresa en mi vida en un momento de crisis. No de índole personal, ni profesional, sino lectoril, en otras palabras, que estaba bastante saturada de leer obras consideradas clásicos de la literatura universal. Nunca os miento, y menos en este espacio, pero no puedo negar que a veces es necesario desconectar de ellos por unas semanas. Apoyo y defiendo firmemente la lectura de los clásicos, de hecho, si son clásicos será por algo, por lo que su lectura al menos esta a priori justificada. Pero también recomiendo, aunque suene un poco basto, que los mandéis "a tomar por saco" de vez en cuando. Siempre podréis acudir de nuevo a ellos y os aseguro que nadie os mirará mal si decís que todavía no os habéis leído El Quijote o La Divina Comedia antes de los treinta años. Pues bien, una servidora se encontraba ante un panorama desolador, tremendo, en el que nunca antes me había hallado. De hecho, casi tomo la drástica decisión de no leer en una buena temporada (lo que a libros se refiere claro; la Muy Historia, Fotogramas y los prospectos de los medicamentos no entran dentro de esa categoría). Por ello, cuando Emmy Hennings (porque fue ella, sólo ella) entró primero por mis ojos para después propagarse directa al resto de sentidos, la sensación que experimenté fue similar a la de beber agua cuando estás al borde de la deshidratación. Es exagerado, lo se, y no me arrepiento de hacer esta comparación porque, de verdad, así fue como ocurrió. Me motivó, como he dicho al principio, el hecho de que buscase desesperadamente escritoras desconocidas o semidesconocidas para el público en general, pero también esa desconexión de la complejidad y estilo retórico de otras obras. El aire comenzó a soplar de nuevo, colándose en mi cuarto, moviendo la cortina, inundando de frescura la estancia, una frescura llamada Emmy y apellidada Hennings. Y dicho esto, ya que estamos, me gustaría dar un abrazo, aunque sea virtual a El Paseo, editorial responsable de haber apostado por esta autora. Gracias, muchas gracias, habéis hecho un gran favor a los lectores españoles traduciendo y publicando esta maravilla.

En lo que a la reseña se refiere, comenzaremos apuntando que la editorial, muy acertadamente, nos trae dos propuestas, dos textos, dos creaciones literarias estructuralmente muy diferentes entre si (una es una novela y la otra un conjunto de poemas) pero que en esencia reflejan a la perfección tanto el estilo como la personalidad de su autora. En esta crítica abordaremos ambas facetas, desde la profesionalidad, pero también desde la brevedad, aunque ya advierto que en lo que a Emmy Hennings se refiere hay mucho que decir. Lo primero que el lector ve nada más tomar este libro entre sus manos es su extraña portada. Oscura, con una gama cromática nada atractiva, incluso da la sensación de que estuviese cubierto por una ligera capa de polvo. ¿Metáfora acaso del olvido al que se ha condenado a su autora? Pronto descubrimos que la mujer que aparece en el centro es precisamente Emmy Hennings, ataviada con un vestuario que nos recuerda a tiempos pasados y con una pose nada natural, lo que nos hace suponer que ésta instantánea fue tomada a propósito o durante alguna representación dadaísta. No lo sabemos. Sin embargo,sin darnos cuenta, ésta nos ha metido de lleno en lo que encontraremos en su interior, que no es otra cosa que Cárcel y Estrofas del éter. En primer lugar, centrándonos en Cárcel, una especie de novela corta que en cuanto a extensión se ajusta perfectamente a los cánones de la época pero de cuyo contenido no podemos decir lo mismo. Hennings no se anda con rodeos y enseguida, desde la primera línea, mete al lector en la historia. Lo que no consiguieron otros escritores en obras más importantes y que han pasado a la historia de la literatura, Hennings lo consigue fácilmente. A partir de ahí, el lector se adentrará en un viaje lúgubre en el que será testigo directo de una experiencia terriblemente verídica narrada desde un momento cronológico no muy alejado de los años en los que ésta aconteció. ¿Es una crónica? No, mejor aún, es una autobiografía novelada. Las autobiografías, en su inmensa mayoría, suelen ser bastante pesadas, hasta el punto de que como no estés interesado de verdad en ese personaje concreto que narra su historia, es fácil que acabes abandonando su lectura y no regreses a ella nunca más por el trauma que ésta te ha dejado. Los detalles morbosos, tales como los líos románticos o los secretos inconfesables, a veces no son suficiente. Sin embargo, al ser una autobiografía novelada, nos encontramos con una narración mucho más ágil, que entra mejor por los ojos del lector y que, en este caso específicamente, su estilo entre amargo, expresionista (tan típico de la época) y con inesperados toques de humor hacen de éste un libro para el recuerdo y digno de recomendación. Cárcel narra la experiencia carcelaria que sufrió la autora durante dos meses por haber robado cuatro perras a un cliente mientras ejercía la prostitución. Porque sí, estamos ante una mujer que fue prostituta, cabaretera, morfinómana, actriz, cantante y poeta en tiempos de caos que supo rodearse de algunos de los grandes artistas del momento. Una influencia que resultaría determinante en su vida y que acabó sacando lo mejor de ella, artísticamente hablando. Además de evidenciar un estilo literario tan estridente como el mundo que la rodeaba, Cárcel es en última instancia una denuncia al sistema penitenciario, policial y judicial de la época. Algo que no debería sorprendernos a priori, son muchos los escritores que han bebido de su experiencia en prisión para criticarlo a través de novelas o ensayos, pero que, no obstante, llama la atención. La mirada no es la misma, y eso debería servir de aliciente para que los lectores se interesasen por este libro. En segundo lugar, este volumen contiene, a parte de una selección de fotografías cuya función es puramente didáctica, una selección de poemas que bajo el título Estrofas del éter, cobran mayor interés. Ya he contado en más de una ocasión que la poesía no había sido uno de mis géneros predilectos de lectura, y sigue estando ahí, relegada a un segundo plano. Pero permitirme que en esta ocasión me salga de mi zona de confort y os recomiende leer la poesía de Emmy Hennings. No hay humor dentro de lo trágico, como si ocurre con Cárcel, pero si desolación, tristeza, desamparo, vacío, soledad y sobre todo adicción, mucha adicción. Creo que no he leído algo tan próximo a la dependencia en mi vida. Hennings te agarra, te sacude, te remueve el estómago con sus palabras, con esos deseos de consumir morfina, con esa oscuridad que se cierne sobre ella cada vez que finaliza una función en el cabaret. Si en Cárcel vemos a la Emmy más literaria y lúcida (a pesar de las circunstancias en la celda) aquí contemplamos a la Emmy desgarrada, cuyo único consuelo es sucumbir a las drogas para conseguir olvidar su complicada existencia. De nuevo autobiográfica, y una vez más, sobresaliente.


"Siempre hemos sentido lo mismo, sólo que lo vemos desde un punto de vista diferente." Estas palabras pertenecen al cantante, músico, compositor y polémico Premio Nobel de Literatura norteamericano Bob Dylan. Una frase que caería en saco roto de no ser porque tiene toda la razón del mundo. Los seres humanos tenemos los mismos sentimientos, que podría equivaler también a nuestra capacidad de reacción ante una situación determinada, pero la diferencia radica en que no todos somos iguales ni todos observamos igual. Si algo me ha enseñado la carrera de historia es la diferencia que hay a la hora de relatar experiencias personales, cuyos testimonios son en ocasiones la base de artículos, libros o estudios académicos muy importantes. Trabajos en donde el historiador busca, encuentra, escucha, los coteja con la información existente, los encuadra en el contexto y finalmente, si es conveniente, los incluye en dicho escrito para su futura publicación. ¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué saco a relucir este tema? ¿Qué tiene que ver con Emmy Hennings y su producción literaria? La respuesta a todas esas preguntas es muy simple: la historia de las mujeres, y su experiencia personal, ha sido ignorada durante años por los historiadores. Antes, la historia la contaban los protagonistas, en donde, y esto es cierto, encontramos a más de una mujer (monarcas, guerreras, nobles...). Luego, con la llegada de los estudios postcoloniales, comenzó a existir una preocupación por lo anónimo, por la sociedad en general, por aquellas personas que desde los márgenes de la historia nos podían relatar su opinión acerca de un tema concreto del pasado. Y centrándonos en el tema que nos ocupa, el tema de las cárceles a lo largo de la historia ha suscitado gran interés desde este punto de vista. Sin embargo, hasta hace cuatro días, el historiador había centrado sus escritos desde una perspectiva completamente masculina. Esta bien que la sociedad conozca como era el día a día en las cárceles de hombres a principios de siglo XX en Alemania por ejemplo, pero, ¿y las mujeres? ¿Qué ha sido de ellas? ¿Acaso no eran encarceladas igual que los hombres? Pero claro, su historia no era tan interesante, ¿Qué podían aportar que los testimonios de ex presidiarios no aportasen? Fácil: otra mirada, otra visión, o como dice Dylan, otro punto de vista. Porque la verdad sea dicha, el trato a las mujeres en las instituciones penitenciarias era terrible, si, pero la forma de ejercer la violencia o el temor era diferente a la ejercida contra los hombres. Incluso en la vida cotidiana en la cárcel la diferencia entre sexos, en lo que a trato se refiere, era distinta. Emmy Hennings ofrece mil y un ejemplos al lector de lo que sucedía dentro de la cárcel, de como eran tratadas las mujeres y de como hacían para sobrevivir entre rejas. Este es un ejemplo, pero lo que quiero decir con todo esto es que hay que escuchar a las mujeres. No podemos, como historiadores que somos, ignorar la historia de la mitad de la humanidad. Está en nuestras manos darles voz y difusión, para que como Emmy Hennings no desaparezcan. Pero también es trabajo del lector, porque, ¿de qué sirve el trabajo empleado si luego quien recibe esa información la tira a la basura? Hay que ser más conscientes del mundo en el que vivimos, y de que la voz de una mujer tiene el mismo valor que la de un hombre. Solo de esta forma entenderemos nuestra propia historia y esa violencia especifica durante años ejercida contra el sexo femenino. Cárcel y Estrofas del éter: unos textos sinceros, vanguardistas, terribles, lúcidos, que golpean al lector... La excusa para descubrir a la olvidada dama del Dadaísmo.

Frases o párrafos favoritos:

“En el patio de la prisión preventiva vi la sonriente superioridad de los rostros de las mujeres y muchachas que hacen la calle; de las muchachas que vencen y son suficientemente gallardas como para declararse vencidas. Tamaña amabilidad parece ser peligrosa, pues se la encierra entre sólidos muros”.

Película/Canción: a falta de encontrar algún video más o menos bueno sobre Emmy Hennings, os adjunto el enlace de una película dadá. Cercano a las performances de hoy en día, el movimiento Dadaísta sirvió de trampolín para que muchas mujeres desarrollasen sus respectivas facetas artísticas dentro de los terrenos de la pintura, la música, el cine, la literatura o el teatro. Por desgracia, muchos de sus nombres nos son hoy completamente desconocidos.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de El paseo editorial

viernes, 26 de octubre de 2018

RESEÑA: De la mujer. Selección de obras.

DE LA MUJER.
SELECCIÓN DE OBRAS

Título: De la mujer.

Autora: Concepción Arenal (Ferrol 1820-Vigo 1893). Tras la muerte de su madre quedó como heredera de los bienes familiares, a la edad de 21 años, lo que le permitió retomar la aspiración de completar su formación intelectual (anhelo no comprendido hasta ese momento por la familia). Para ello ingresó como oyente en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid vestida de hombre. Después de descubrirse su engaño, el rector hubo de admitir a Arenal a pesar de esta, de manera magistral, un examen de ingreso. Tras una excelente trayectoria literaria y toda una vida dedicada a la ayuda de los desfavorecidos y a mejorar su situación (participó en proyectos de construcción de casas baratas para obreros, fue visitadora de prisiones de mujeres...) falleció en la ciudad de Vigo a los 73 años de edad. Como escritora es reconocida por sus obras de carácter social: la denuncia de las condiciones de las cárceles (Estudios penitenciarios), la mendicidad (La beneficencia, la filantropía y la caridad) o la situación de los obreros (La cuestión social. Cartas a un obrero y a un señor). Sus escritos por la defensa de los derechos de la mujer, recogido en esta obra, son los que han hecho ser considerada una de las pioneras en el movimiento feminista en España junto con Emilia Pardo Bazán.


Editorial: Triskel Ediciones.

Idioma: castellano.

Sinopsis: esta obra compila, por primera vez, los escritos feministas más importantes de Concepción Arenal, autora considerada una de las pioneras del movimiento por la defensa de los derechos de la mujer en España. Los tres textos que componen la selección son: La mujer del porvenir, donde Arenal combate intelectualmente las presuntas limitaciones genéticas de la mujer y su futuro en la sociedad; La mujer en su casa, en el que analiza y supera los planteamientos de la obra anterior, así como os problemas a los que bene hacer frente la mujer de la época para alcanzar la dignidad social y política; por último, en La educación de la mujer, la autora detalla la que considera la gran condición para que la mujer logre su objetivo de igualdad de derechos, la educación.

Su lectura me ha parecido: en dos palabras: absolutamente necesaria. Sin más adjetivos, ni calificativos, ni demás descripciones. Tan simple, tan conciso, tan preciso. Queridas lectoras y lectores, es un hecho, el feminismo ha venido para quedarse. Y no sólo lo digo yo, sino los medios de comunicación, las redes sociales, la industria editorial, el ámbito de la educación, el de la empresa, el del sector primario, el secundario y por supuesto el terciario. Incluso la propia calle, donde al fin y al cabo se fraguan muchos de los cambios sociales, lo sabe. Al principio, como es normal, no puedes evitar sentir cierta euforia interna, por fin ha pasado y lo que llevas tanto tiempo defendiendo, manifestando y pensando parece materializarse en algo más grande e importante. Os aseguro que el comprobar, sobre todo a través de los principales canales de información, que no eres la única y que existen otras personas que comparten tu misma visión sobre el tema reconforta. A eso y a esa red de solidaridad, compañerismo y ayuda entre mujeres se le conoce con el nombre de "sororidad", algo que ha hecho posible que a día de hoy podamos hablar del resurgir del movimiento feminista, no solo en España, también a nivel global. Entonces, cuando todo parecía ir encaminado en la buena dirección, irrumpe la fuerza del capitalismo, ahogando los discursos y convirtiendo las históricas reivindicaciones en "moda". Ejemplos los podemos encontrar a todas horas. Desde las camisetas con mensajes explícitamente feministas (fabricadas casualmente por los mismos que no respetan los derechos de las mujeres que las confeccionan en los países tercermundistas donde tienen instaladas sus fábricas), hasta ciertos rostros conocidos definiéndose de repente como feministas (cuando hasta ese momento habían tratado de esquivar el término), pasando por esa sorprendente preocupación por parte de las corporaciones más importantes del país, algunas de ellas propietarias de las cadenas privadas de mayor audiencia que no dudan en sumarse a la causa (sin hacer autocrítica y reproduciendo sin roles sangrantemente machistas). Afortunadamente, y aunque dentro del mundo de la literatura hay títulos que dejan mucho que desear, parece que algunas editoriales, sobre todo las más humildes (siempre las más humildes)  parece que han sabido captar el mensaje. Ejemplo de ello ha sido la enorme cantidad de reediciones de clásicos feministas que actualmente encontramos en nuestra librería cercana. Ya sea novela u ensayo, todos parecen tener una nueva oportunidad, o la primera por desgracia para de la mayoría de ellos, de trasladar al lector de a pie mensajes cuya vigencia sigue intacta al paso del tiempo. Uno de ellos, el que hoy vuelvo a tener entre mis manos, me habló de educación, de valores, de derechos, de dignidad...Pero también me descubrió a una de las grandes pioneras cuyo estilo, por culpa del patriarcado, no había degustado hasta ahora. De la mujer: el feminismo según Concepción Arenal.


La historia de como esta colección de textos fue a parar a mi cada vez más abarrotada estantería (sí, el fantasma de la segunda fila ha vuelto) es larga, por lo que es posible que a lo largo de este párrafo desconectéis y paséis al siguiente o simplemente dejéis de leer esta reseña. Pero ¿sabéis que os digo? que no me importa, porque esta también es la historia de una injusticia que debe ser relatada. Una injusticia cuyo nombre no es otro que invisibilización. Desde bien pequeña he sentido como míos personajes femeninos sacados de la factoría Disney. La Bella Durmiente, Bella, Jasmin, Ariel...Aunque mi favorita, según me han contado mis padres, era la Cenicienta. Esa chica de desgraciada existencia a la que un apuesto príncipe rescata y la convierte en su esposa. Muchas niñas, hoy mujeres, de mi generación hemos crecido con esos referentes, hasta el punto de que llegamos a creernos que lo mejor que nos podía pasar era tener "novio" o algo parecido a ello. De hecho, cuando una de la clase decía tener novio (que casi siempre resultaba ser un compañero de clase) enseguida se convertía en la más popular y en la más envidiada al mismo tiempo. ¡Que tiempos aquellos! ¡Que inocentes éramos! En lugar de meternos por los ojos otros referentes, en lugar de explicarnos que las princesas de Disney respondían a un modelo de mujer caduco y alejado de la realidad, nos dejaron estar, libres, pero con el deseo de que un príncipe azul nos defendiese o suspirase por nuestros huesos. Llegó la Secundaria, otros personajes femeninos del ámbito cinematográfico habían irrumpido con fuerza, pero de nuevo la falta de referentes hacía que cayésemos una y otra vez en comportamientos machistas. En los temarios de las asignaturas todos eran tíos. Los teoremas, las formulas matemáticas, los descubrimientos científicos, las guerras, las conquistas, los reinos, las teorías filosóficas, las pinturas, las novelas, los poemas, las obras de teatro, las hazañas deportivas...Todo lo habían hecho los tíos. De vez en cuando, y cuando menos te lo esperabas, los profesores pronunciaban nombres como los de Isabel la Católica, Marie Curie, Emilia Pardo Bazán, Mercé Rodoreda, Isabel II o Victoria I de Inglaterra. Pero eso era la anécdota, el resto, tíos y más tíos. Y lo peor de todo es que en aquellos momentos ni lo pensabas, ni te cuestionabas el por qué las mujeres no tenían tanta presencia en los libros de texto, el por qué no habían mujeres filósofas o artistas por ejemplo. Hubiese estado bien que alguien hubiese levantado la mano para quejarse al respecto, pero en lugar de eso, nuestra cabeza estaba a otras cosas, como por ejemplo en acudir a clase lo más monas posible y en los cotilleos de índole sentimental. Yo reconozco haber sido en la secundaria un verso libre, no especialmente sobresaliente en los estudios (aunque si trabajadora), curiosa, que no escondía mis gustos  y que se negaba a reírle las gracias al o la popular de turno. Algo que me acarreó algún que otro problema pero que sin duda me preparó para lo que vendría después: la dureza de los estudios universitarios. Fue finalmente ahí, mientras estudiaba tercero de Historia, cuando entablé mi primer contacto con Concepción Arenal. Fue breve, demasiado breve, pero intenso, tan intenso que desde entonces me juré que en algún momento me detendría largo y tendido en el pensamiento de la escritora gallega. Durante esa etapa, la más rica intelectualmente hablando de mi vida, descubrí el feminismo, biografías de mujeres de las que jamás había oído nombrar y una perspectiva, la de género, en cuyos parámetros me muevo siempre a la hora de escribir un artículo o de abordar una reseña. Ese día llegó, gracias a la editorial Triskel, y en cuanto el tiempo me lo permitió, pude por fin cumplir la promesa de deleitarme con sus escritos compilados bajo el título De la mujer. Cuando finalicé su lectura, y en lugar de dejarlo en la estantería hasta nuevo aviso, éste reposó en mi mesa de trabajo durante semanas. Acababa de leer a una de las grandes, a una mujer formidable cuya labor tendría que haber servido de inspiración para todas nosotras, a esa intelectual bárbara, adelantada a su tiempo, en definitiva a ese modelo de mujer al que habría que homenajear y seguir.


Centrándonos, ahora si, en la reseña propiamente dicha, comenzaré por apuntar una cuestión que me parece importante. En lo que a ensayos se refiere no hay una fórmula infalible. Los hay extraordinariamente entretenidos y ágiles, que se leen del tirón, consiguiendo que la información que éste quiere transmitir llegue a buen puerto. Pero también los hay que son todo lo contrario: pesados, densos, cuya lectura exige una mayor implicación del lector en todos los sentidos. En el caso del que hoy reseñamos, De la mujer, pertenece sin duda a este segundo. Pero ojo, que su lectura abrume no significa que sea malo, al contrario, y más tratándose de este libro, deberíamos de estar todo el mundo dando las gracias a Concepción Arenal. ¿Por qué? Pues porque que un texto así, en el que se habla de asuntos tan importantes como la condición femenina, merece leerse, releerse y tenerlo siempre a mano. Y en el caso de que alguien quiera abandonar su lectura, no hay problema, los ensayos no son como las novelas, de hecho, la forma de leerlos y de aproximarse a su contenido es completamente diferente. Así que mi consejo es, primero, que nadie se lea un ensayo pensando que es una novela, y segundo, que si lo abandonas no pasa absolutamente nada. Ahí radica la belleza del ensayo, que puedes volver a él y consultar de nuevo, dejarlo estar de nuevo y no perderte nada. Una vez hecha esta pequeña aclaración, y a parte de la complejidad de su estilo (no debemos olvidar que Concepción Arenal fue una mujer que vivió en el siglo XIX), es importante comentar que este libro no responde a una obra concreta, sino a varios textos recopilados, ordenados y expuestos a modo de homenaje y reconocimiento. En este punto deberíamos destacar la impagable labor de documentación y de edición llevada a cabo por la Editorial Triskel, pero también su valentía, pues aunque es probable que la idea de este libro surgiese a raíz del contexto en el que aún seguimos inmersos, el publicar a Concepción Arenal no deja de ser por ello menos meritorio. El libro como tal se divide en tres bloques temáticos perfectamente diferenciados (La mujer y el porvenir, La mujer de su casaLa educación de la mujer) con la intención de ofrecer al lector un amplio espectro desde el que poder abordar la cuestión principal, que no es otra que la situación de la mujer en la España de mediados y finales del siglo XIX. Por no extenderme más de lo necesario, pues son muchos los temas que se tratan en el libro, sólo me centraré en los que a mi juicio considero interesantes. En primer lugar, Arenal aporta un concepto a mi juicio interesante, el de la "socialización". Y recalco lo de interesante porque, aplicado a cuestiones de género, era bastante novedoso en la época. Según Arenal, la preparación de la mujer para estar en casa anula lo social, pero al mismo tiempo, a ésta se le exige que participe y se mueva en lo externo, en lo puramente social, pero entonces, si la mujer en cuestión sabe moverse como pez por el agua en estos ámbitos entonces es recriminada. Encontramos por tanto una paradoja: privamos a las mujeres de lo social al mismo tiempo que demonizamos a las que lo ejercen. Sin duda una contradicción más que se suma a la larga lista de incongruencias producidas por la cultura patriarcal. En segundo lugar, la o el que se adentre en De la mujer comprobará la admiración que Arenal siente respecto a los movimientos sufragistas, en especial por el estadounidense. Es la época, en 1848 había tenido lugar la Declaración de Seneca Falls y el libro de Mary Wollstonecraft (Vindicación de los derechos de la mujer) comenzaba a servir de inspiración a los primeros movimientos feministas anglosajones. Por tanto, ¿es posible que Arenal fuese una de las intelectuales que introdujo la idea de sufragismo en España? La respuesta es sí. Sin embargo, Arenal, en tercer y último lugar, hace un llamamiento a la calma, a ir con cautela, a no anticiparse. La lucha por los derechos de las mujeres es necesaria, eso lo repite constantemente, pero apunta a que los objetivos deben alcanzarse poco a poco y solo tras haber recibido una educación en igualdad. De hecho, hay un momento del libro en el que parece dudar respecto a otorgarle el voto a las mujeres (pues según ella se le estaría dando a los maridos) para después rectificar y referirse a él como un elemento empoderador para éstas. Ideas, reflexiones, opiniones, conciencia feminista...Todo eso se respira en De la mujer. Capítulos en los que, aunque me he dejado muchos temas en el tintero, encontraréis una mirada singular y avanzada a su tiempo.


Madrid, año 1841, un alumno al que nadie ha visto antes se incorpora a las clases en la Facultad de Derecho de Madrid. Es atento, silencioso, disciplinado, apunta todo cuando puede sin entretenerse con las bromas de los compañeros. Su aspecto también resulta peculiar (pelo corto, capa y sombrero de copa) para los estándares de la moda de entonces. Todos creen que es un excéntrico, que quiere llamar la atención, que es rico, seguramente hijo de algún terrateniente de provincias. Pero entonces, un día se descubre que aquel señor tan extravagante es en realidad una mujer, una mujer llamada Concepción Arenal. Como ella, muchas mujeres durante el siglo XIX se vieron obligadas a vestir de hombres para poder asistir a la Universidad en España, cuya entrada al sexo femenino estaba completamente vetada. Tras el escandalo que supuso la revelación de su verdadera identidad, Arenal fue sometida a un examen para demostrar sus conocimientos de Derecho. El resultado de la prueba fue tan excelente que el rector se vio obligado a readmitirla, esta vez, sin necesidad de ningún disfraz. Sin embargo, y a pesar de que Arenal atesoró un conocimiento fundamental en su futura carrera intelectual, tuvo que aprender en el marco de una comunidad educativa que se negaba a enseñar a las mujeres. No pudo matricularse, tuvo que asistir de oyente y no realizó más exámenes, por lo que jamás recibió título universitario alguno. Además, tampoco se le permitió interactuar con el resto de compañeros de clase. Cada mañana, el bedel de la universidad la recogía en la puerta de la facultad y la conducía a una habitación preparada para ello. Una vez allí, el profesor la recogía, la conducía al aula, la sentaba en una zona apartada, y al concluir, la devolvía a dicha habitación, donde Arenal esperaba al siguiente profesor de la siguiente clase. Y así cuatro años, hasta 1845, año en el que finalizó su último curso de Derecho. Hoy en día, en muchos países del mundo las mujeres hemos conseguido vencer esa prohibición, superando incluso en número de matriculas a los hombres en lo que a estudios universitarios se refiere. Cada vez hay más mujeres en las aulas, es un hecho. Sin embargo, todavía existen ciertas profesiones, sobre todo en el ámbito científico y tecnológico, en donde el número de mujeres es menor respecto al de los hombres. Algo que no ocurre por ejemplo en las carreras de letras, donde está demostrado que hay más mujeres tomando apuntes en sus aulas que hombres. Pero tampoco debemos olvidarnos de que, en otras partes del globo, las niñas no pueden ir a clase, ya sea por falta de dinero o por cuestiones culturales, siempre relacionadas con los roles de género. Sin ir más lejos, hay países en los que las mujeres todavía tienen prohibido el acceso a cualquier tipo de educación, desde la primaria y ya no digamos los estudios superiores. A pesar de ello, en el mundo occidental tenemos el tema de la educación como algo normalizado, habitual, que forma parte de nuestro día a día y por supuesto, en la que las mujeres están incluidas, tanto como docentes como alumnas. Por eso, y haciendo honor al ejemplo de Concepción Arenal, no debemos olvidar de donde venimos, que nuestro camino hacia la conquista de un derecho tan fundamental como es el de la educación estuvo lleno de piedras, curvas y grietas. Y por supuesto, una vez tengamos esa conciencia histórica, usarla para poder mejorar el mundo, para ayudar a todas esas niñas y mujeres privadas de educación, para denunciar la situación, en definitiva, para clamar, gritando si hace falta, que las mujeres no somos menos que los hombres y que por tanto, ya que hemos estudiado en igualdad de condiciones, merecemos las mismas oportunidades laborales que nuestros iguales. La educación lo es todo, ya lo decía Concepción Arenal en pleno siglo XIX, unas reflexiones que bien podrían aplicarse a nuestros días, tan convulsos pero gloriosos para la lucha feminista. De la mujer: un texto valiente, complejo, breve, acertado, reflexivo...Un libro escrito por y para las mujeres de entonces y las de ahora.

Frases o párrafos favoritos:

"Así, pues, el régimen actual, debilitando a la mujer física, intelectualmente y moralmente, la hace más desgraciada y menos útil a la sociedad y a la familia, y es con frecuencia una víctima que, en vez de redimir, contribuye a inmolar a los que la sacrifican."

Película/Canción: en el año 2012 se estrenó en Televisión Española la película La visitadora de cárceles. Una cinta para televisión en la que se narra la impagable labor de Concepción Arenal en las cárceles de mujeres, dignificando a las presas y mejorando las instalaciones de estos lugares.  Sin duda, uno de los episodios biográficos más interesantes de su vida. Tanto la ambientación como la dirección no tienen precio, al igual que la maravillosa interpretación de Blanca Portillo como Arenal. De hecho, ya que estamos y teniendo en cuenta los tiempos que corren, la cadena pública debería reponerla de nuevo. No es una exigencia, es una necesidad.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Triskel Ediciones

lunes, 8 de octubre de 2018

RESEÑA: Tiempo de espera. Crónicas de los Cazalet.

TIEMPO DE ESPERA
CRÓNICAS DE LOS CAZALET.

Título: El tiempo de espera. Crónicas de los Cazalet.

Autor: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.

Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductora: Cecilia Montolío.

Sinopsis: estamos en 1939, Hitler acaba de invadir Polonia y los primeros nubarrones de la guerra van ensombreciendo la vida de los Cazalet: en su residencia de Sussex hay que cegar la luz de las ventanas, la escasez de alimentos empieza a hacerse notar y las exigencias del esfuerzo bélico obligan a los miembros de la familia a enfrentar complicadas decisiones. Algunos hombres - los ancianos, los lisiados - tienen que resignarse a ver como los demás son llamados a luchar por su país; otros, en cambio, solo querrían regresar intactos a casa tras el infierno de Dunquerque. Pero son las mujeres quienes, en suelo inglés, ocupan en realidad la escena con una fuerza y un estoicismo sin fisuras durante los primeros compases de la contienda. Y los más jóvenes, vitalistas y ocupados en conquistar esa libertad de acción que confunden con ser adulto, olvidan demasiado deprisa que, de haber un paraíso, se encuentra en los años que ellos, y todo el continente europeo, están dejando atrás definitivamente.

Su lectura me ha parecido: interesante, amena, entretenida, ligeramente más oscura que su anterior entrega, más feminista, con ritmo, inconfundiblemente british...Pocas veces sucede en el mundo de la cultura, y en este caso en el del cine, que en un mismo año se estrenen dos películas que, desde dos perspectivas muy diferentes entre si, narren el mismo acontecimiento histórico. Por un lado, Dunquerke, dirigida por el popular director británico Christopher Nolan y estrenada en el verano de 2017.  Un film que narra, desde la perspectiva de los soldados, aviadores y civiles lo acontecido durante la batalla y la  traumática evacuación de las tropas inglesas en la playa de esta localidad al norte de Francia. Y por otro lado, la no menos magnífica El instante más oscuro, del también británico Joe Wright, cuya trama gira entorno al personaje del primer ministro británico Winston Churchill durante los días en los que el acontecimiento tuvo lugar  y las decisiones políticas al respecto. Dos películas, dos directores, dos miradas alejadas (una en el campo de batalla y la otra al otro lado del Canal de la Mancha) que se complementan a la perfección y que enriquecen, audiovisualmente hablando, la aproximación a un episodio histórico como lo fue lo acontecido en Dunquerke entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940. Es más, estoy convencida de que sin estas películas, muchos seguirían sin saber lo que sucedió y sin que les sonase siquiera. Respecto a esta coincidencia temática, existen mil y un teorías. Hay quien opina que es pura casualidad, otros se decantan por pensar que la batalla acontecida durante la II Guerra Mundial merecía ser abordada cinematográficamente (aunque su aniversario no coincidiese con una fecha tan redonda) y los más originales han querido ver en ambas películas una feroz crítica al Brexit. Sea como fuese, lo que está claro es que la II Guerra Mundial, en especial desde la perspectiva británica, está volviendo con fuerza al panorama cultural, algo de lo que no se libra el mundo del libro. Ejemplo de ello es, por supuesto, la traducción por primera vez al español de LA SAGA (así en mayúsculas) inglesa por excelencia que narró el devenir del Reino Unido durante esos años, unos años marcados por una guerra que cambió para siempre a sus habitantes. Tras la ligereza de esos años previos a la contienda ahora, Elisabeth Jane Howard nos presenta Tiempo de espera: tiempo de no retorno.


La historia de como este volumen llegó a mis manos es muy fácil, de hecho, lo recuerdo prácticamente como si hubiese sucedido ayer. Sin embargo, Tiempo de espera no reposaría sobre uno de los estantes de mi librería de no  haber sido por su primera entrega, Los años ligeros. Jamás había oído hablar de la saga, y mucho menos de su autora, Elisabeth Jane Howard, hasta que un día, por casualidades de la vida, me topé con dicho libro en una concurrida librería de mi ciudad. Su portada, su autora, su sinopsis, esa aura tan british que desprende la novela y que en el fondo tanto me gusta. Sin pensármelo dos veces decidí hacerme con un ejemplar y gracias a Siruela, éste me llegó en el momento más oportuno. Durante aquel verano, el de 2017, Los años ligeros fue una de mis lecturas escogidas, y sin duda, una de las más recordadas posteriormente. En pocas palabras, estaba deseando continuar con la saga (la cual se compone de cinco libros en total) y aunque sabía que la editorial tenía pensado continuar publicandola y traduciendola, los meses se me hacían eternos, esperando noticias al respecto. Fue entonces cuando, sin pensarlo siquiera, pues como es normal, con el tiempo mis ansias de segunda parte se fueron diluyendo poco a poco, conocí la gran noticia. Siruela sacaría en marzo de 2018 Tiempo de espera, continuación de Los años ligeros. Las alegría y las ganas de tenerlo entre mis manos se apoderaron por unos segundos de mi. Además, tanto el diseño de portada (muy parecido con el que apostaron en Los años ligeros) en el que aparece una panorámica de lo que parece ser la playa de Brighton en todo su explendor, así como el volumen de la novela (ligeramente más extensa), convirtieron a éste en uno de mis libros más esperados. Lo sorprendente de esta historia fue que, de nuevo por sorpresa, Tiempo de espera llegó al buzón sin previo aviso, dentro de un paquete, sin haberlo solicitado previamente (algo que no suele suceder muy a menudo) y en perfectas condiciones. Desde entonces y hasta el momento de su correspondiente lectura veraniega estuvo esperando pacientemente a ser elegido, a convertirse en mi nuevo compañero de aventuras y desventuras, según el cristal con el que se mire. Actualmente, y tras este nuevo reencuentro entre novela y lectora, cruzo los dedos para poder viajar de nuevo a la Inglaterra de los años 40 de la mano de Confusión, tercer volumen de la saga que Siruela publicará próximamente.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Tiempo de espera presenta una lectura ligera y relajada. En cuanto el lector se sumerge en ella, es inevitable no sentirse invadido por el aroma del mar de Sussex y por ese sofisticado sello británico que a tantos fans cautiva, incluida a una servidora. Sin embargo, algo ha cambiado de un tiempo a esta parte. El mar de Sussex, cuyas olas llegan hasta la mismísima y pintoresca Brighton, está más embravecido de lo habitual, y ese ambiente inocente y chic de la primera entrega parece desaparecer paulatinamente. Los nubarrones llegan a Inglaterra y a la vida de la familia Cazalet, de cuyas aventuras y desventuras pudimos ser testigos en Los años ligeros. Si la primera entrega finalizaba con el discurso de Chamberlain de 1938 tras la conferencia de Múnich y con esa calma tensa ante lo que pudiera suceder, Tiempo de espera arranca un año más tarde y de la forma más contundente posible, con la invasión de Polonia por parte de los Nazis. De nada sirve recrearse en el verano pasado, cuyo recuerdo perdura a lo largo de esta segunda parte como símbolo de lo añorado pero también de lo que nunca volverá. Poco importan las fiestas, las meriendas en el campo, los baños en la playa, los largos paseos, las travesuras infantiles...En definitiva, los años previos al desastre al que pronto se vería abocado el país. Esas potentes primeras quince páginas marcan de alguna manera un punto de inflexión en la saga, tornándose ligeramente más oscura en comparación con la anterior. Si bien es cierto que Howard no deja ni un momento de lado ese toque que hace de esta novela más británica que la reina Isabel II, la autora parece querer alejarse de lo que ya sabíamos y continuar hacia adelante, al compás del devenir de los acontecimientos históricos. En Los años ligeros conocimos a todos sus personajes, de hecho, podríamos afirmar que el primer volumen de la saga podría constituir un esquema en si mismo. Un retablo de relaciones amorosas, filiales y familiares perfecto para poner al lector en situación. Al contrario que Tiempo de espera, que actuaría como vehículo para el verdadero desarrollo de los Cazalet. Nuevo contexto, nueva situación, nuevas ideas...Las cuales impactan en la vida de todos ellos y a las que tendrán que hacer frente en mayor o menor medida. Esta claro que la guerra es el tema al rededor del que gira toda la trama de la novela, aunque sería injusto negar la importancia de las diferencias generacionales, más visibles que nunca a medida que se acerca el conflicto. Los mayores desearían arrimar el hombro por su país aún sabiendo que dicha tarea no les corresponde y los más jóvenes se dividen entre los que están dispuestos a arriesgar su vida en suelo francés y los que por el contrario abogan por el pacifismo evitando a toda costa ser reclutados. Y a diferencia de la anterior novela, es en esta donde las mujeres por fin ejercen el peso que les corresponde. Aprovechando la coyuntura histórica, Howard decide proveer a sus personajes femeninos de esa iniciativa y ese empuje poco vistos en Los años ligeros. La guerra fuerza a ello, a que sus verdaderos caracteres, sueños y ambiciones salgan a la luz. Es entonces cuando ellas, sin pensarlo, los toman entre sus manos, con la certeza de no soltarlos nunca. A pesar de este giro en la construcción de los personajes, seguimos leyendo descripciones de la vida cotidiana de la época, detalles meramente anecdóticos (pero con su buena dosis de crítica) encuadrados dentro de la mejor novela costumbrista, en este caso, ambientada en los años cuarenta del siglo XX. Las batallas importan, pero éstas se diluyen, dejando que todo el protagonismo recaiga en cada uno de sus personajes. Lo coral abruma, al igual que la insana sensación de incertidumbre ante lo que pueda suceder en el próximo capítulo, y una vez finalizada su lectura, en el siguiente volumen.


El año que curse el tercer año de la carrera asistí a una de las conferencias más esperadas, la del escritor castellonense Santiago Posteguillo, famoso por sus novelas históricas ambientadas en la Antigua Roma. No tenía pensado ir, ni siquiera sabía que ésta iba a tener lugar, pero una compañera me puso al día y decidí cambiar mis planes de aquella tarde para poder acudir a la sonada charla. A grandes rasgos, y desde la máxima de las humildades y un humor un tanto peculiar, Posteguillo nos habló de la importancia del proceso de documentación a la hora de enfrentarse a una novela y no morir en el intento. La sala estaba abarrotada de alumnos en su mayoría, aunque en las últimas filas pude divisar los rostros de algunas profesoras y profesores de departamentos tan cercanos entre si como Prehistoria y Arqueología. A excepción de una profesora de Contemporánea que acudió a titulo personal, sin duda motivada por las novelas de Posteguillo, ni rastro de otros docentes de los departamentos de Antigua, Medieval, Moderna y Contemporánea. Al contemplar tan desolador panorama entendí inmediatamente por qué no habían acudido a la conferencia, y es que según parece, las novelas históricas no están bien vistas entre el ambiente académico, y mucho menos en una facultad como la de historia. Yo, que durante todo ese tiempo me habían repetido una y otra vez que la novela histórica no era la mejor lectura para entender un tema concreto de la historia, me revelé contra un criterio que creía injustificado. A veces pienso que los profesores nos decían eso porque nos creían ignorantes, incapaces de discernir entre lo verídico y la mentira, cuando lo cierto es que del instituto y de casa en algunos casos accedemos con una base de conocimientos bastante aceptable. Claro que ni Los Pilares de la Tierra es la panacea del arte gótico, ni las novelas de Posteguillo la biblia sobre la vida cotidiana en Cartago o una de las últimas de Ildefonso Falcones un tratado sobre la situación de los gitanos en la Sevilla del siglo XVIII. Pero, queridas lectoras y lectores, éstas y otras muchas lecturas de estas características constituyen la razón por la que muchos estudiantes de Segundo de Bachillerato deciden estudiar Historia. Es obvio que no son el vivo reflejo de la época en la que estas novelas se ambientan, de lo contrario, sus escritoras y escritores no se habrían forrado. Como también puedo comprar el argumento de que las relaciones entre los personajes son propias del siglo XXI (aún me acuerdo de las apasionadas y explícitas escenas de sexo de Los Pilares de la Tierra o ese lenguaje poco barroco de aquella novela que leí sobre la princesa de Éboli allá por los años de la picor). Pero no me negarás que, como novelas que son, merecen toda la atención por parte de las y los intelectuales de la historia. Las novelas históricas no reflejarán la realidad del Siglo I Antes de Cristo, del 1492 o de 1812; pero si representan el pensamiento del XXI. Solo hay que detenerse en los pequeños detalles, al por qué de la ambientación escogida, al por qué de esos personajes, al por qué del tratamiento de por citar un ejemplo, las huelgas, el nacionalismo o la corrupción. ¿Alguien se ha preguntado por qué en las novelas históricas, en su mayoría, abunda la presencia de mujeres empoderadas? Los puristas te dirán que es un error, que la autora o autor está incurriendo en un anacronismo tan grande como una falla. ¿Y no será que existe una preocupación por el tema? ¿Y si la respuesta se encuentra a nuestro alrededor? ¿Y si estamos siendo un tanto tiquismiquis con este tema cuando deberíamos lanzarnos a estudiar cómo se percibe X época de la historia desde la mirada del siglo XXI? Novelas como la que hoy reseñamos nos entretienen, pero también nos meten de lleno en la historia, llenando de curiosidad a sus lectores, lectores que, puede que en un futuro no tan lejano, quieran saber más y seguir cultivando su saber en una carrera como la de Historia o desde otras disciplinas. Por ello, os insto a que no dejéis de leer novelas históricas. ¿Y si alguien os disuade en vuestro empeño? No os preocupéis, aún queda esperanza entre las generaciones más jóvenes. O si la paciencia no es vuestro fuerte, podéis soltarle toda esta parrafada. Tiempo de espera: una historia de incertidumbre, despedidas, cambios, solidaridad, renovación, lucha...Una novela que no os podéis perder.

Frases o párrafos favoritos:

"Alguien había apagado la radio y, a pesar de que el salón estaba lleno de gente, reinaba un silencio absoluto, un silencio en el que Polly sentía, y casi oía, los latidos de su corazón. Mientras nadie hablase, mientras nadie se moviese, la paz no habría llegado aún a su fin..."

Película/Canción: el 22 de Junio del año 2001 la BBC estrenó el primer episodio de la adaptación de la saga escrita por Elisabeth Jane Howard. Aquí os adjunto los primeros segundos de éste, con la intención de que, tras leeros los libros, le deis una oportunidad a la serie.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

martes, 2 de octubre de 2018

RESEÑA: Ubú Rey.

UBÚ REY

Título: Ubú Rey.

Autor: Alfred Jarry (Laval, 1873-París 1907). Dramaturgo, poeta y novelista francés conocido por sus hilarantes obras de teatro y su estilo de vida disoluto y excéntrico. Hijo de un acomodado negociante de telas, Jarry se presentó tres veces al concurso de acceso a École Normale Supériure pero suspendió. Ingresó entonces en La Sorbona para cursar estudios de literatura pero no logró licenciarse. Obtuvo pronto el éxito literario con sus poemas en verso y prosa original. A los veinte años publicó su primera obra. Poco después murió su madre, y a los dos años su padre, quien le dejó una cuantiosa herencia, lo cual, sumado a su prematuro éxito, le permitió llevar una existencia despreocupada durante buena parte de su vida. De 1894 a 1895 dirige junto con Remy Gourmont la lujosa revista satírica Ymagier. Pero tras una riña con Gourmont decide fundar su propia revista, Perhindérion, de la que solo se publican dos números. Posteriormente trabaja para el director Lugné-Poe que le confía la programación de la temporada del Têâtre de l´Ouvre, en París, lugar en el que se estrenará en 1896 Ubú Rey, su obra más conocida. Una vez lapidada su fortuna, Jarry abandonará su lujoso piso en el Boulevard Saint-Germain e irá cambiando de domicilio constantemente, alternando sus estancias en un modesto apartamento en Rue de la Cassette, en el distrito IV de París, con sus temporadas en las casas de amigos como el pintor Henri Rousseau o el compositor Claude Terrasse. Acosado por los acreedores y completamente arruinado, muere de una meningitis tuberculosa en 1907. Además de Ubú Rey, a Jarry le debemos óperas bufas, espectáculos de cabaret, su novela Le Surmâle, su obra por entregas La Dragonne y la invención de pseudociencia Patafísica (la ciencia de las soluciones imaginarias) y de cuya influencia bebieron artistas como Marcel Duchamp o Joan Miró entre otros.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: Francés.

Traductor: Wenceslao-Carlos Lozano.

Sinopsis: situada ficticiamente en Polonia - lo que equivale a decir "en ninguna parte" o "en todas" - Ubú Rey, obra bufa, sátira implacable y guiñolesca válida para todo tiempo y lugar, se ha convertido por derecho propio en uno de los grandes clásicos de la literatura. Con la creación del personaje de Ubú, Alfres Jarry dio forma genialmente al emblema del ser humano egoísta, mediocre, despreciable y mezquino que suele abundar en las fangosas aguas del poder y pulular en ellas siempre atento a su medro y a su perturbación, sin importar quien caiga en su camino.

Su lectura me ha parecido: desternillante, perturbadora, terrorífica, marciana, alucinante, disparatada, con muchos momentos en los que lloras de la risa, soez, directa, sin filtros, poderosamente reflexiva...Queridas lectoras y lectores, lo voy a decir sin rodeos, hoy nos encontramos ante una brillante locura. Es más, me hace muchísima ilusión poderos hablar de esta obra de teatro por motivos más que obvios.  Dicen que el texto forma parte de un ciclo de obras menores, cuya primera versión su autor escribió a la temprana  a edad de quince años, según él, inspirándose en sus profesores del instituto de Rennes. Dicen, desde el ámbito académico, que éste constituye una burla y parodia de la obra Macbeth de William Shakespeare. Dicen, para más inri, que el que su personaje principal luzca en la panza el dibujo de una espiral (algo puramente subjetivo y relacionado con el ámbito del atrezzo, pero no por ello menos importante) simboliza el sumum del egocentrismo. Dicen también que su estreno sobre las tablas fue un autentico escandalo en la capital francesa. Dicen las crónicas que se tuvo que interrumpir la representación al menos en dos ocasiones debido a los abucheos de una parte del público por un lado y a los vítores de los vanguardistas por otro. Dicen que un tal William Yeats, que resultó ser una de las figuras claves en el renacimiento literario de Irlanda durante los primeros años de siglo XX y merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1923, escribió en sus memorias a propósito de la noche del estreno: "Después de nosotros, El Dios Salvaje." Dicen, además que Alfred Jarry, su autor, a quien el impacto de la obra le pilló desprevenido, comenzó a comportarse como el protagonista, llegando incluso a portar un revolver que solía disparar cuando se encontraba bajo los efectos de la absenta (arma que, casualidades de la vida, acabó siendo adquirida años más tarde por Pablo Picasso). Y por último, y más importante, dicen que este texto fue el precursor de movimientos artísticos tan importantes como el surrealismo, el dadaísmo y por supuesto del teatro del absurdo. Dicho esto (y tras haber invadido Polonia de nuevo y, ¡mierdra! cagarme por enésima vez en mi moco verde) os presento Ubú Rey: la comedia que mejor refleja, a su manera, lo grotesco del poder.


La historia de como este ejemplar de Ubú Rey llegó a mis manos es bastante reciente. Sin embargo, no escuché hablar de la obra hasta que, durante una fría tarde de enero del año 2012, el profesor de teatro nos comunicó que íbamos a representarla en junio. Nadie sabía nada, ni siquiera conocíamos a quien la escribió allá por la última década del siglo XIX, incluso hubo quien exclamó al combrobar que la primera palabra que se pronunciaba en la obra era, sin filtro alguno, "mierdra" (es decir, "mierda"). Todo nos sonaba tan extraño, pero a la vez tan excitante. De creer que nos subiríamos a las tablas con algo más convencional, llamémoslo Shakespeare o García Lorca (sí, es uno de mis sueños interpretativos que me aún me quedan por cumplir), a meternos en un registro a caballo entre lo brutal (llegando a lo gutural la mayor parte del tiempo) y lo excepcional (pues dentro de ese aparente sinsentido, se escondía un mensaje tan atronador como atemporal). A las pocas semanas, y tras leer el texto doscientas mil veces, se repartieron los papeles. Junto con otras tres estupendas compañeras, a una servidora le tocó dar vida a Madre Ubú o Tía Ubú dependiendo de las traducciones. Al principio fue todo júbilo, era mi primer papel principal y estaba exultante, no cabía en mi de gozo. Pero al cabo de unos cuantos días bajé a la tierra y empecé a temblar. Dar vida a un personaje como Tía Ubú (aunque en mi corazón siempre será Madre Ubú) fue de lo más difícil que he hecho a nivel interpretativo. Gracias a ese personaje descubrí una versión de mi misma que me repugnaba por un lado pero que por otro me proporcionó las mayores carcajadas de mi vida. Aprendí a andar espatarrada, a chillar, a alargar las frases, a exagerar mis movimientos, a adquirir posiciones que en la vida real corresponderían a una edad más avanzada a la mía, a abrir los ojos como platos, a jalear, a dejar salir mi lado más bruto, a ver en mi personaje el vivo reflejo de la fauna que muchas veces se prodiga por los platós de televisión, a ser más sibilina, egoísta, pragmática, más echada para adelante...En definitiva, a ser más valiente sobre el escenario. Si el personaje de Tía Ubú existiese en la vida real (aunque estoy convencida de que sí ) no querría juntarme con ella ni con el ambiente que la acompaña. Pero de lo que estoy segura es que, gracias a su fuerza y maldad, conseguí esa seguridad que tanto necesitaba, ya no sólo en la actuación, sino en mi día a día. Había veces que caminaba con la intención de comerme el mundo y me lo comía, literalmente. Y si encima a eso le añades la ilusión de ese primer año de universidad y esos compañeros que actuaron conmigo (no os olvido chicos) la experiencia fue totalmente intensa. Pasaron las semanas, los meses, los años y Ubú Rey siguió estando ahí. Incluso había veces que sin querer en mi cabeza lo evocaba, sobre todo al contemplar algunas noticias y escándalos en los medios de comunicación. Hasta que un día, sin previo aviso, Ubú Rey volvió a mi vida en forma de libro, el libro que a continuación reseñaré y que de seguro me acompañará toda la vida.


Tras un segundo párrafo plagado de nostalgia, pasaremos a comentar por qué tenéis que leer y ver, si tenéis la oportunidad, una representación de Ubú Rey. En primer lugar, ésta no es una obra de teatro corriente y al uso. De hecho, creo que es uno de los pocos textos teatrales que más me ha sorprendido durante la lectura y con los que más he disfrutado, ya no sólo por su lenguaje (el cual conocía de sobra) sino por las diferentes traducciones que existen al respecto. En la presente, elaborada (ironías del destino) por Wenceslao Carlos-Lozano, encontramos una traducción que desconocía de Ubú Rey, en la que Madre Ubú es Tía Ubú y la expresión "¡Por mi chápiro verde!" es sustituida por "¡Por mi moco verde!". No digo que lo del moco verde (la cual causó sensación cuando hice alusión a ella en Instagram) tenga su gracia, de hecho, provoca que el lector y el espectador sienta más asco y vea al protagonista más hilarante aún. Pero ¿qué queréis que os diga? Con mi chápiro verde soy más feliz que una perdiz, aunque nos costase lo suyo averiguar el significado de la palabra en su momento. Salvo ese pequeño comentario, totalmente subjetivo, sobre la traducción, el resto no puede ser más extraordinario. Que una obra de teatro arranque literalmente con un "¡mierdra!" no puede ir a peor, sino ir a más, y eso es justo lo que sucede en Ubú Rey. La obra de Alfred Jarry pone en escena la rocambolesca y estremecedora historia de un desequilibrado mental, narcisista, egocéntrico (de ahí la espiral de su atuendo más clásico), grosero y brutal Tío Ubú, quien, instigado por su mujer (la manipuladora, avariciosa, inteligente e igual de maleducada Tía Ubú) invade Polonia, derroca a su rey (quien comparte nombre con nuestro querido traductor), destierra a sus descendientes y gobierna en el reino con mano de hierro y sangre, mucha sangre. Pero tranquilos, no estamos ante una obra de teatro de alto contenido violento (aunque si bien es cierto que se han subido a las tablas propuestas ligeramente más explícitas en ese sentido) sino ante algo menos ofensivo, más caricaturesco, más cercano al teatro de marionetas, pero igual de polémico. El lenguaje empleado por Jarry (tan ingenioso como soez), la construcción de Tío Ubú (quien merece capítulos y capítulos de reflexión) y su puesta en escena (la cual se adelantó unas décadas al surrealismo y al teatro del absurdo) pusieron el nombre de su autor en el centro del candelero social de la época. Hasta entonces nadie se había atrevido a reflexionar sobre temas tan espinosos como la corrupción, el abuso de poder, el sin sentido de la violencia o la decadencia de la nobleza (la cual ya empezaba a manifestar síntomas de debilidad por aquel entonces) desde una mirada totalmente disparatada y plagada de sin sentidos bien hilados y coherentes en la mente del espectador. Los personajes en Ubú Rey no son personas ni seres humanos normales,  sino que se comportan como autenticas bestias sacadas de cualquier zoológico. En ella, los personajes actúan las veces, metafóricamente claro, de leones, gacelas, gusanos, sanguijuelas, serpientes, flamencos, lobos, monos, cotorras...En definitiva un lado animal que Jarry conoce muy bien y que parece fusionarse a la perfección con la idiosincrasia de los personajes, como si de una segunda piel se tratase. ¿Y que me decís de Polonia? Ese país en el que transcurre la obra y que bien podría también pasar en cualquier otro lugar. A parte del cachondeo más evidente (pues Polonia se disolvió y se refundó muchas veces a lo largo de su historia), Polonia se convierte en símbolo de que cualquier estado es susceptible de padecer el mismo destino, de esa anarquía, de esa extrema subida de impuestos, de esas masacres, en definitiva, de estar gobernada por alguien como Tío Ubú. Por último, y antes de pasar a la pertinente reflexión final, solo me queda deciros que por favor leáis primero la obra, y si por casualidad ésta se representa en vuestra ciudad, que corráis a comprar una entrada. Le estaréis haciendo un favor a los que viven del teatro, pero también a vosotros mismos, pues esas risas que Ubú Rey produce son realmente terapéuticas.


Efectivamente. Sé lo que estáis pensando. No es casualidad que a lo largo de la reseña haya resaltado el hecho de que, en la versión más clásica de la obra, Tío Ubú lleve dibujada en su oronda panza una espiral (símbolo del egocentrismo más absoluto). Como tampoco lo es el que haya decidido adjuntar la enésima caricatura de Donald Trump de las muchas que pululan por internet desde el día que conocimos la noticia de que se iba a convertir en el Presidente de los Estados Unidos. No, no es un acto inocente ni improvisado, aunque he de confesaros que el toparme con este dibujo, en el que se compara a Trump con Tío Ubú, si que no me lo esperaba. Una fortuita casualidad que me ha reafirmado aún más en hablaros del tema que ya tenía pensado tratar en este último párrafo. Queridas lectoras y lectores, es un hecho, estamos rodeados de Tíos Ubús. En la calle, en el supermercado, en el transporte público, en el trabajo, en nuestro propio hogar...Tal vez no nos lo hayamos planteado antes, pero, es muy posible que el compañero con el que compartáis café a medio día, el que se sienta a vuestro lado en el metro o incluso la persona con la que compartís vida bajo un mismo techo; escondan en el fondo una personalidad muy parecida a la de Tío Ubú. ¿Pero sabéis qué es lo peor de todo? Que hemos dejado que tipos así escalen los puestos de poder, llegando en ocasiones hasta la cima, o lo que es lo mismo, a convertirse en jefes de gobierno, presidentes de entidades financieras, dueños de importantes empresas y demás representantes de los diferentes ámbitos de la sociedad. Aunque sinceramente, lo que más duele es comprobar como en la mayoría de los casos los hemos aupado los propios ciudadanos. Los motivos nunca los entenderé, hay quien los vota por cachondeo, por falta de perspectivas, porque les dicen lo que en ese momento quieren oír, por morbo...Pero también porque a ciertos poderes les interesa tenerlo en un cargo de máxima responsabilidad. ¿Qué es mejor? ¿Tener a un idealista con fuertes convicciones o a un egocéntrico, narcisista y que se comporta como un niño para así manipularlo, cual marioneta, al antojo de quien más le convenga? Es posible que con esta descripción se os haya venido inmediatamente a la cabeza la imagen de Donald Trump desatado en uno de sus numerosos mítines. Pero también, las de otros Tíos Ubús, como por ejemplo Silvio Berlusconi en Italia o Jesús Gil (cuya lista de cargos da miedo enumerar teniendo en cuenta la personalidad del susodicho). Y voy a decir más, con Ubú Rey, Alfred Jarry se anticipó unas décadas a lo que sucedería en Europa durante la primera mitad del siglo XX. Una Europa en la que empezaron a brotar las figuras de una serie de dictadores cuyas formas de actuar y ejercer el poder no distaban mucho de las de Tío Ubú en el trono de Polonia. Da miedo pensar que ha sido el conjunto de la sociedad la que ha otorgado el máximo poder a personajes tan grotescos, tan parecidos al Tío Ubú que Alfred Jarry imaginó gruñir y gritar "¡mierdra!". Sin dejar de lado este tema, me llama poderosamente la atención que, en el caso de las mujeres con cargos de gran responsabilidad no nos topemos con una Tía Ubú. La explicación parece simple, a las mujeres se nos ha educado para no destacar, para no fanfarronear, para ser fieles, para no alardear delante de la gente, para estar calladas y dejar que los hombres hablen por nosotras. La gran mujer detrás de un gran hombre (algunos de ellos grandes de verdad) que, en el caso de Ubú Rey, tiende a ser sibilina y manipuladora, todo un tópico que trata de dar respuesta a por qué las mujeres no deben ejercer el poder ocupando puestos importantes. Ubú Rey es una obra de teatro machista, y lo digo con total sinceridad y a pesar del cariño que le tengo a este texto, hija de su época y de la mentalidad patriarcal de finales de siglo XIX principios del XX. Y vista desde el presente, podemos sacar dos cosas en claro. La primera, que los Tíos Ubús existen, y algunos de ellos son los responsables de dirigir nuestras vidas, algo que debería hacernos reflexionar. Y segundo, que el machismo de la obra nos despierta y nos puede ayudar a cambiar la situación. Moraleja: menos Tíos Ubús en el poder y más mujeres en las altas esferas desprovistas de los tópicos de Madre Ubú. Ubú Rey: una historia de ambiciones desmedidas, gruñidos, tacos, golpes de estado, monarquías en decadencia, tiranos con panza, subordinados inútiles...Una obra de teatro visionaria.

Frases o párrafos favoritos:

"TÍO UBÚ: ¡Mierdra!
TÍA UBÚ:  Muy bonito, Tío Ubú, menudo golfante está usted hecho.
TÍO UBÚ: ¡A que le rompo la crisma Tía Ubú!
TÍA UBÚ: No es a mí, Tío Ubú, sino a otro al que habría que asesinar.

Película/Canción: aunque existen infinidad de compañías que han representado Ubú Rey sobre las tablas, esta vez me he decantado por algo distinto. En el año 2003 se estrenó en Polonia una interesante adaptación cinematográfica de la obra que, bajo el título Ubu Król, se mostraba una versión grotesca del país inmediatamente después de la caída del comunismo.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial
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