Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 12 de julio de 2019

RESEÑA: Dos en una torre.

DOS EN UNA TORRE

Título: Dos en una torre.

Autor: Thomas Hardy (1840-1928) fue uno de los principales escritores de la Inglaterra victoriana. Sus novelas, entre las que destacan, aparte de Tess, El regreso del nativo, Jude el Oscuro o Los habitantes del Bosque entre otras, están llenas de fuerza y pasión, y suelen contraponer el medio rural con el urbano y al individuo con la sociedad que lo rodea. Dos en una torre es una de las novelas menos conocidas del autor pero no por ello de las más interesantes.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Miguel Ángel Pérez Pérez.

Sinopsis: Lady Constantine se aburre en su finca del suroeste de Inglaterra por la ausencia de su marido, hasta que un día, en una torre de la heredad, conoce a Swithin St Cleeve, diez años más joven que ella, de posición social inferior, muy atractivo y estudiante de astronomía. Esa torre se convertirá en el centro de su romance secreto, pero enseguida el mundo exterior empezará a interponerse entre ellos. "Dos en una torre" es una arrebatadora novela de Thomas Hardy en la que las constantes de su obra (la estrechez moral de la sociedad, la desigualdad entre los sexos, la rebeldía femenina y su derecho a elegir) vuelven a estar presentes y la inmensidad del universo que Swithin recorre con su telescopio contrasta con la pequeñez y mezquindad de la vida en la tierra. (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Densa, compleja, con un halo pesimista, con un poso infinitamente reflexivo, siempre pegado a los debates de su época entorno a los problemas sociales... La primera vez que cayó una novela de Thomas Hardy entre mis manos fue por un motivo muy concreto relacionado con lo académico. Aquella aproximación a la lectura de Tess la de los d´Urberville - cuyo recuerdo aún regresa de vez en cuando a mi cabeza - no sólo me proporcionó unas de las mejores semanas dentro de mi experiencia lectora, sino que con él aprendí sobre un tema tan complejo y tan fascinante como es el de la visión patriarcal de la mujer durante la Inglaterra victoriana (periodo que, por cierto, abarca todo el siglo XIX). El libro de Thomas Hardy consiguió en su momento lo que pocas lecturas lograrían posteriormente: aunar mi pasión por la historia de género y abrirme las puertas de un campo de investigación poco ortodoxo dentro de la historia como es el conocimiento del pasado a través de los textos puramente literarios. Tess la de los d´Urberville me demostró como la ficción puede revelarnos cuestiones relacionadas con el contexto - en este caso el de la Inglaterra agraria de la época -, con la propia ideología de la autora o autor en cuestión así como las distintas corrientes de pensamiento imperantes, introducirnos en el ámbito más privado - ese al que en ocasiones cuesta tanto acceder desde otro tipo de fuentes - y todo ello para ofrecer tanto al historiador como al docente una herramienta más a la hora de enfrascarse en una investigación o preparar las clases de cualquier colegio e instituto. Como habéis podido comprobar, la literatura y la historia casan perfectamente, y aunque si bien es cierto que parece que Thomas Hardy no predicaba con el ejemplo - según algunas biografías y novelas de ficción - acabó revelándose como una voz que, desde su privilegiada posición de hombre-blanco-heterosexual, "criticó" - ya veremos el por qué de las comillas - el machismo al que eran sometidas las mujeres. Con ese recuerdo regresé a su prosa a través del libro que hoy tengo el placer de reseñaros que, aunque no alcance la calidad de Tess, lo cierto es que encontramos algunas de las claves de su mundo y su estilo narrativo. Dos en una torre: firmamentos y constelaciones para explicar la hipocresía, los prejuicios y las desigualdades sociales de la Inglaterra victoriana.

   Pongámonos en contexto. La era Victoriana, por decirlo de alguna forma, parió o dio lugar a toda una generación de autoras y autores cuyas creaciones literarias, en su mayoría, han conseguido no sólo prevalecer en el tiempo, sino que además han logrado ingresar en el olimpo de la literatura universal, y por tanto, impregnadas de un halo divino e inquebrantable. Tal vez los más conocidos, por supuesto, sean en primer lugar las hermanas Brontë - ¡como olvidarlas! Para bien o para mal claro está, pues por un lado asentaron las bases de la literatura romántica por excelencia pero por el otro algunas de sus obras no consiguieron atraparme lo suficiente - y en segundo lugar Charles Dickens - sí, ese señor que escribió muchas más cosas además de Canción de Navidad o Oliver Twist y cuya literatura hay que cogerla con mucha, mucha, mucha paciencia -. Pero no fueron los únicos, ya que el XIX británico dio lugar al surgimiento de uno de los géneros más consumidos por los lectores (incluso del siglo XXI) de la mano de un Arthur Conan Doyle en estado de gracia, a la aparición de uno de los cuentos más famosos de la historia escrito por Lewis Carroll y cuya protagonista a día de hoy y gracias a Disney se ha reinventado convirtiéndose un icono pop, a la irrupción de un personaje tan icónico como desdichado llamado Dorian Gray (parido de la revolucionaria imaginación de Oscar Wilde), a la popularidad del vampiro como criatura del mal gracias a Bram Stocker, al perfeccionamiento de la novela de aventuras (y de piratas) con Robert Louis Stevenson a la cabeza, al nacimiento de la novela histórica tal y como hoy la conocemos impulsada por Walter Scott, a la aparición de numerosas revistas que contribuyeron a acostumbrar a sus suscriptores a una lectura de novelas por entregas (con la ansiedad que eso conllevaba)... Además de haber comprobado como de escondidas estaban las mujeres escritoras en esta época - algo que se debe señalar siempre - lo que esta claro es que Inglaterra vivió su edad de plata entre teorías de la evolución, el imperialismo, el ferrocarril y un paisaje fabril en el fondo. Y en ese contexto encontramos a un autor llamado Thomas Hardy que, aunque no es tan famoso como sus coetáneos, ha conseguido, poco a poco, hacerse un hueco y llegar a nuestras mesitas de noche gracias a sus historias donde el pesimismo y lo social están tatuados en cada una de sus novelas.

   Centrándonos en la reseña en cuestión, comenzaremos diciendo que (además de resultar un poco pesada de leer) Dos en una torre es una obra perteneciente a esa etapa de transición que podemos apreciar en la producción literaria de Hardy. De sus primeras novelas en las que lo romántico y los elementos bucólicos están más presentes a libros, escritos en la década de los 90 del siglo XIX, en donde la crítica social se agudiza así como la oscuridad de sus tramas. Ejemplos de la primera etapa, por ejemplo, sería Lejos del mundanal ruido, y de la segunda Jude el oscuro o la ya mencionada anteriormente Tess la de los d´Urberville. En ese sentido, Dos en una torre comprendería cronológicamente su periodo de desarrollo y maduración, dicho de otra forma, de transición a lo que estaba por venir. Como bien reza su contraportada, la novela de Hardy narra la historia de Viviette Constantine, una mujer adinerada que, cansada de sostener la promesa que le hizo a su marido (el cual parece que nunca volverá de su viaje a África) y decide salir del cascarón de soledad en el que había permanecido durante todo este tiempo, aunque siempre sintiéndose culpable por ello. Es entonces cuando repara en la conocida como "Aguja de Rings-Hill" una hermosa torre que, lejos de estar abandonada, es el lugar de refugio intelectual de Swithin St Cleeve, un joven inteligente y ambicioso que cada noche observa desde la torre y con su telescopio las estrellas. Al conocerse, Viviette siente enorme curiosidad por la astronomía, hasta el punto de hacer todo lo posible para que Swithin continúe con sus estudios para que consiga ser astrónomo real, la cual parece ser su única pasión en el mundo. Pronto esta relación estudiante-mecenas se torna en algo más, sobre todo por parte de Viviette, quien cree que se está enamorando del aspirante a astrónomo. Con esta trama, a priori demasiado previsible y cursi, Hardy construye una narración encima un robusto pilar que posteriormente apreciaremos en sus novelas más oscuras: la escenificación de dos mundos totalmente opuestos. Por un lado, el de ese marido ausente - que representa no sólo el pasado, peso de la tradición, el poder de las promesas y en definitiva de lo terrenal y correcto - y por otro el de Swithin - siempre pegado a las estrellas, a las constelaciones, a la ambición, al ilimitado conocimiento y por tanto a lo imaginado e inmaterial -. Y en medio de ambos está Viviette, la cual se debate entre lo que se espera de ella como mujer casada y sus ansias de libertad viviendo nuevas experiencias. Ahí nos topamos con el Hardy un pelín crítico con los convencionalismos sociales, y digo un pelín porque en comparación con otras de sus novelas ésta es ligeramente más edulcorada. Pero lejos de quedarse ahí, el autor británico añade otras pertinentes reflexiones entorno a la mezquindad humana, la falta de privacidad de las personas, la ausencia de independencia femenina o las dificultades de ascender socialmente. Además, ¿no se respira cierto negativismo? ¿Cómo si los propios mecanismos sociales fuesen capaces de arruinarle la vida a una persona para toda la vida? Así es Thomas Hardy, dramático hasta la médula, pero también uno de los pocos que supo captar los problemas de índole social de la Inglaterra victoriana para posteriormente plasmarlos sobre el papel.

   Thomas Hardy y el feminismo. El feminismo y Thomas Hardy. Un nombre y un movimiento (con una gran base de teoría política, filosófica, económica, cultural y social detrás) unidos por muchos críticos, académicos y lectores de todo el mundo. Una unión a la que una servidora, personalmente, le chirría un poco. Ya me sucedió lo mismo cuando me adentré en Jane Eyre - pues no entendí que veían de feminista en ella - o en Cumbres Borrascosas - novela que contiene uno de los personajes literarios más tóxicos de la literatura universal - o en la producción literaria de Jane Austen - algo que descubrí con el paso del tiempo y una vez leídas casi todas sus obras -. Al cabo del tiempo entendí que sí, es posible que la vida de estas tres autoras no se correspondía con la de las mujeres de su tiempo, algo que por supuesto se puede tomar como modelo e inspiración para las futuras generaciones. En eso sí fueron unas pioneras. No obstante, sus novelas distan bastante de considerarse precursoras dentro del movimiento feminista, a pesar de que se nos presenten a sus protagonistas independientes ideológicamente y en algunos casos económicamente. Sus destinos siempre estarán, de una forma u otra, unidos al patriarcado materializado en un hombre con ilustre apellido. Hombres cuyos caracteres y comportamientos, si habéis leído las referidas novelas, son terriblemente machistas. Pero estamos hablando de novelas de principios del siglo XIX, Thomas Hardy escribió más bien a finales de dicha era. Sin embargo, si algo nos demostró Hardy a los lectores que no hace falta tener a hombres ruines - aunque en sus novelas abundan - para condenar socialmente el comportamiento poco ortodoxo de la protagonista. No hay más que recordar el bárbaro castigo que sufre Tess - protagonista de Tess la de los d´Urberville - por quedarse embarazada - fruto de una violación recordemos - antes del matrimonio. Como posteriormente es repudiada por Angel cuando ésta le confiesa su "impureza" y como, en uno de esos finales tan épicos como odiosos, Tess es finalmente condenada por haber tratado de aspirar a la independencia.

   La férrea y atrasada sociedad victoriana es la que hunde a Tess y la que condiciona a la protagonista de Dos en una torre (preocupada por el qué dirán respecto a su romance con un joven al que ella le dobla en edad y posición social). Algo que a Hardy se le da muy bien reflejar, cual fatalista griego en la época industrial, pero que no deja de caer en la moralina de siempre, la que reza ese mantra que hemos oído hasta la saciedad, ese que dice que como hagas X cosa (que como mujer está mal visto, prohibido, condenado o fuera de tu alcance) lo pagarás muy caro. Hay quien ha intentado ver en esto una crítica a la desigualdad del sexo femenino frente al masculino en una época, recordemos, en la que los movimientos sufragistas estaban empezando a tomar impulso en Reino Unido. Sin embargo, es posible que el tono pesimista y moralizante de Hardy de lugar a otras interpretaciones menos amables y alejadas de esa etiqueta de "aliado" del movimiento feminista de la época. Al fin y al cabo, Hardy era un hombre de su tiempo, muy de su tiempo. Tanto que se cuido mucho de relegar a su segunda esposa Florence Dugdale - novelista también - a la condición de secretaria personal. ¿Hipocresía entonces? Sí y mucha. Aún así hay que leer a Hardy, no sólo porque fue un gran escritor, también para poder criticar con más fundamento esa teoría tan peculiar y contradictoria en si misma llamada feminismo liberal. Dos en una torre: una historia de amor, libertades reprimidas, búsqueda, estrellas, observación, prejuicios sociales... Una novela que demuestra que el cielo no tiene límites, salvo que seas mujer en pleno siglo XIX.

Frases o párrafos favoritos:

"Él le preguntó por la cantidad de estrellas que creía que eran visibles en ese momento. [...]
- Ah, pues miles... cientos de miles -dijo en tono ausente.
-No. Sólo hay unas tres mil. ¿Y cuántas cree que podemos ver con la ayuda de un telescopio potente?
- No me atrevo a dar una cifra.
-Veinte millones. De manera que, para lo que fuesen hechas las estrellas, desde luego no fue para alegrarnos la vista. Pasa lo mismo con todo lo demás: Nada se hizo para el hombre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 9 de julio de 2019

RESEÑA: Mujeres de los fiordos.

MUJERES DE LOS FIORDOS

Título: Mujeres de los fiordos.

Autoras: Trude Marstein (Tønsberg, 1973) Karin Fossum (Sandefjord, 1954) Inger Haldis Halvari (Tana, 1952) Hanne Ørstavik (Tana, 1969) Beate Grimsrud (Bærum, 1963) Merethe Lindstrøm (Bergen, 1963) Gro Dahle (Oslo, 1962) Karin Sveen (Hamar, 1948) Laila Stien (Nordland, 1946) Herbjørg Wassmo (Vesterålen, 1942) Bjørg Vik (Oslo, 1935-2018).



Editorial: Nórdica.

Idioma: noruego.

Traductoras/es: Cristina Gómez-Baggethun, Juan Gutiérrez-Maupomé, Gabriela Macchi, Anne-Lise Cloetta, Mª Josep Udina, Pablo Osorio, Carmen Freixanet, Kristi Baggethum, Ulrikke Kase Evensen, Mario Puertas, Inés Armestro, Lorena Catalina López,

Sinopsis: esta antología recopila relatos de once escritoras noruegas contemporáneas, de entre 35 y 85 años, pertenecientes a generaciones y credos literarios muy diversos, pero en las que encontraremos rasgos comunes. Como casi siempre en la literatura, también en estos relatos el tema recurrente son las relaciones humanas. Por lo general, melancolía y realismo aparecen como dos caras de la misma moneda. Los personajes de estos relatos son hombres y mujeres de carne y hueso, con sus anhelos y sus traumas, sus ilusiones y sus decepciones, en una terca búsqueda de algo que proporcione sentido. Cada relato está traducido por un traductor diferente, que, pensamos, proporciona una riqueza especial a la antología: once escritoras y once traductores, entre los cuales hay tanto latinoamericanos como españoles, hecho que se refleja también en el lenguaje final de los relatos, en los que se ha querido respetar las diferencias y la riqueza de esta lengua que hablamos tantos pueblos distintos.

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, amena, con unos relatos muy diferentes entre sí y al mismo tiempo con un mensaje que emerge poderosamente de sus páginas, cálidos y gélidos, contemporáneos, sociales, muy necesarios... Al igual que hice en la pasada reseña, en esta ocasión he vuelto a tirar de archivo para revisar a cuantas autoras u autores del país del salmón y los fríos paisajes invernales había dedicado un espacio destacado. Y de nuevo, la sorpresa no pudo ser más mayúscula ya que la búsqueda me ha devuelto tan sólo tres nombres. Imperdonable, os lo digo de verdad. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedía con las escritoras y escritores alemanes, en esta ocasión si que hay más presencia de mujeres - dos frente a uno - además de poder apreciarse la relación personal que he mantenido - literariamente claro - respecto a la literatura procedente de dichas tierras. Como ya comenté en más de una ocasión, la novela policíaca escandinava fue una especie de iniciación para mi, al igual que lo fue para millones de lectores en todo el mundo que hace unos años, de pronto, supimos poner a Noruega y Suecia en el mapa gracias a sus historias en las que un crimen atroz y unas narraciones trepidantes consiguieron mantener en vilo a muchas y muchos que deslizábamos los ojos sobre el papel. De hecho, no es de extrañar que la primera reseña de una novela escrita por un autor - que no autora - procedente del norte de Europa fuese de este género (Viajo sola de Samuel Bjork). Desde esa primera entrada ha llovido bastante, tanto que no fue hasta el 92 de agosto de 2016 cuando nos topamos con una maravilla de libro (Nada crece a la luz de la luna de Torbog Nedreaas) de un género y un estilo completamente diferentes a la anterior. Por no hablar de la tercera en discordia (Historia de las abejas de Maja Lunde) cuya lectura deberíamos reivindicar a día de hoy por su mensaje ecologista. Esta última la publiqué en enero de 2017 y hoy, julio de 2019 regreso después de mucho tiempo a tierras noruegas para hablar del noble arte de escribir relatos con una perspectiva de género y para presentaros una antología que hará las delicias de quienes en pleno verano, busquen lecturas más refrescantes. Mujeres de los fiordos: diez escritoras al servicio de la creación literaria y la construcción de un nuevo modelo de mujer.

   No será ni la primera ni la última reseña que haga de una antología, por eso, y antes de empezar a meternos de lleno en lo importante, cabe recordar que, debido a la cantidad de relatos que ésta en concreto presenta, es posible que no me centre en los pormenores de cada uno de ellos, como también cabe la posibilidad de que alguno se quede sin nombrar. Mi reseña será, por tanto, lo más amplia posible. Dicho esto, comenzaremos apuntando que el volumen de relatos Mujeres de los fiordos - de nuevo reeditado por Nórdica para gusto y disfrute de los lectores más sibaritas - presenta una lectura desigual (algo completamente habitual en este tipo de libros), pero que sin embargo mantiene un ritmo y una constancia dignas de mención. Es posible que todos los cuentos lo componen no sean de tu agrado - ya te digo yo que es así - pero es innegable el trabajo de edición que existe detrás de él, pocas veces reconocido y que en esta ocasión merece un aplauso. Tras un pertinente prólogo a cargo de Cristina Gómez-Baggrthun - traductora precisamente del primer relato de esta antología - Mujeres de los fiordos nos sumerge en la gélida cotidianeidad de un país en el que a pesar de los fríos paisajes, de la anodina vida de sus habitantes y de las incomodidades que - llevados siempre por los prejuicios - creemos que sufren como consecuencia de vivir en un lugar como Noruega. A pesar de todo eso, una llama surge, un candor se apodera de la escena embriagando a personajes y lectores. Al final va a resultar que las y los noruegos no son tan inquebrantables o duros como un témpano de hielo.

   Los relatos que se encuentran dentro de Mujeres de los fiordos presentan diversas particularidades. La primera es su desigual extensión - hay relatos que sobrepasan las 30 páginas mientras que hay otros que no llegan ni a las 3 -. La segunda tiene que ver con la uniformidad en cuanto a estilos empleados y géneros en los que se decide insertar el escrito, los cuales se enmarcarían dentro de la temática puramente social y contemporánea. La tercera, y tal vez la más interesante desde el punto de vista literario, es la brecha de edad. En esta antología encontramos autoras que abarcan los 35 a los 85 años de edad. Esto hace que las diferencias entre las más jóvenes y las más ancianas se ensanche de una manera abismal, llegando incluso a sostener opiniones totalmente enfrentadas entre ellas sobre ciertos temas abordados en los relatos. No obstante y a pesar de ese muro aparentemente infranqueable, lo cierto es que cada cuento - y por supuesto cada autora - encuentra un lugar para darse la mano, un nexo de unión que acerca a las generaciones más apegadas a nuestro contexto, así como a las que conservan en su memoria los recuerdos de una vida y un tiempo de los que, aunque no volverán, siempre puede aprender. La sencillez de su prosa las reconcilia, pero también los temas que se abordan - aunque desde distintas miradas - contribuyen a sostener esta alianza. Bajo el paraguas de las relaciones humanas - una constante en esta antología - se articulan situaciones que dan lugar a reflexiones de poderoso calado social como el sexo, las relaciones familiares, la importancia de la infancia o los episodios fugaces a los que asistimos sin darnos cuenta. En general, como ya he comentado anteriormente, existe una cierta línea de estilo muy marcada por la sencillez, lo directo y la objetividad. Si bien es cierto que en algunos de ellos sus autoras se han esmerado más y han tratado de innovar coqueteando con lo poético y experimental pero sin llegar a ser demasiado arriesgados. Como conclusión a este párrafo podríamos decir que, y citando las palabras de Cristina Gómez-Baggrthun en el correspondiente prólogo: "(...) probablemente lo que haga grande a una literatura sea su capacidad para trascender lo local y los corazones de personas de muy diversos orígenes." Dicho de otra forma, la literatura es capaz de traspasar fronteras - y no sólo físicas - para hacernos conscientes de la universalidad de las tramas, simple reflejo en ocasiones de la vida real.

   Lo privado es político, bien lo demuestra esta antología al confeccionar entre todos una especie de nueva mujer que resurge entre principios de siglo XX y finales de éste. A lo que también - y muy necesariamente - deberíamos añadir algo más, y es que el lenguaje también puede hacer que nos preguntemos sobre el porqué del significado y el peso de las palabras. Y en ese sentido, la traducción juega un papel fundamental. La profesión del la o el traductor ha ido ganando importancia a lo largo de los últimos años, prueba de ello es el aumento de demanda de este tipo de profesionales, y no siempre en relación con el mundo puramente editorial. No obstante, son muy pocas las veces que se les reconoce su trabajo, de hecho, sus nombres pasan la mayoría de las veces desapercibidos a ojos del lector y de los críticos literarios. Sin ir más lejos, hace relativamente poco que el famoso - y poco valorado - programa Página Dos decidió incluir los nombres de las y los traductores de los libros que se hacen mención en dicho espacio televisivo. Por no hablar, como ya va siendo habitual, de la invisibilidad de su trabajo, condenados a un trabajo en régimen de autónomo, y por tanto, casi desconocido para la gran mayoría de la población. En la presente antología, y como reza la correspondiente contraportada, se hace especial hincapié en el hecho de que cada relato ha sido traducido por una traductora o traductor diferente, entre los cuales encontramos tanto españoles como latinoamericanos. Esta circunstancia no sólo hace que este volumen destaque de entre tantos libros de relatos similares, sino que además consigue llenar de riqueza lingüística al lector que se adentra en él. El respeto a la riqueza del español es tan abrumador que sin pretenderlo da toda una lección a todos aquellos que no creen en la variedad de lenguas, acentos, y por consiguiente, culturas propias de cada pueblo. Los relatos acontecen en Noruega, que en nuestro idioma - y sabiendo esta decisión editorial - nos llegan de una forma más especial, más abierta, más rica y por supuesto, menos intolerante. Mujeres de los fiordos: diez historias de amor, relaciones sexuales, infancia, amistad, relaciones paterno-filiales, encuentros fortuitos en discotecas, poesía, sencillez, cierta vanguardia... Diez cuentos para enamorarse de un país y de sus autoras.

Frases o párrafos favoritos:

"Pero no tuvo tiempo de esperar. Antes de que mis miembros hubiesen podido acompañarlo por las empinadas cuestas del amor, él había llegado y se había apagado, y yo, mi laguna, no llegué a sentirme suavemente agarrada en tu profundidad."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

jueves, 4 de julio de 2019

RESEÑA: Nadie con los terneros.

NADIE CON LOS TERNEROS

Título: Nadie con los terneros. 

Autora: Alina Herbing ( Lübeck, 1984) vive en Berlín y Colonia. Estudió Filología e Historia en Greifswald, Literatura Alemana Moderna en Berlín, así como Escritura Literaria y Creativa y Periodismo Cultural en Hildesheim. Ha publicado diversos textos en antologías y revistas. Nadie con los terneros (2017) es su primera novela. Herbin es profesora de Escritura Literaria en la Academia de Artes de Colonia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Volcano Libros.

Idioma: alemán.

Traductora: Claudia Toda Castán.

Sinopsis: Christin, una joven de veinticinco años, vive con su novio, Jan, que trabaja y administra una explotación ganadera junto a su padre en una pequeña localidad del norte de Alemania, cerca del antiguo Muro. Mientras que la vaquería lo es todo para Jan, el sueño de Christin es vivir en una gran ciudad, vestir zapatos de tacón y tener un trabajo de oficina. Un sueño al que debe renunciar por su dependencia emocional y financiera. Para huir del trabajo y ganar su propio espacio, Christin recurre a la mentira ocasional y a las escapadas con un ingeniero de una empresa de mantenimiento mayor que ella.

Su lectura me ha parecido:

Amena, desmitificadora, antiromantica, implacable, realista, violenta, rozando lo despiadado, tremendamente actual... Hace unas semanas y a propósito de la presente reseña revisé el historial de entradas, con el único objetivo de ver cuanto espacio le había dedicado a la literatura germana en los últimos años. Y la verdad es que es para preocuparse. En todo este tiempo sólo he reseñado doce (sí, habéis leído bien) doce libros escritos por autoras u autores alemanes. Y lo más llamativo, además de este pésimo dato, fue descubrir dos cosas verdaderamente sorprendentes y que deberían conducirnos a una reflexión más profunda. En primer lugar, la abundancia de historias pertenecientes o bien al periodo entreguerras (tan turbulento como apasionante) o bien de las décadas siguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial. Entre las cuales, como no podía ser de otra forma, nos topamos con lecturas de inspiración autobiográfica (varias de ellas incluso consideradas como fieles autobiografías) y con otras más ficticias pero sin despegarse del todo de la realidad de su momento. Y en segundo lugar, lo más preocupante, y es que abundan en mi archivo más escritores que escritoras germanas. Algo que, con el tiempo y de manera consciente, he tratado de subsanar poco a poco. ¿Cuál es la conclusión a la que llego con esto? Pues, por un lado, que mi amor por los años 20 y 30 del siglo pasado sigue igual de intacto, y por otro lado, que hacen falta más libros escritos por mujeres en lengua alemana ya no sólo en este espacio de opinión y debate, sino para que también acaben, con el tiempo, formando parte de mi biblioteca material y mental. ¿Qué hacer entonces? Pues muy fácil, apostando por voces femeninas - y no cesar en el empeño nunca - al mismo tiempo que abriéndonos a otras épocas, como la actual, en donde seguro encontramos novelas interesantes que nos hablen desde el presente más o menos inmediato. O lo que es lo mismo, desde la Alemania del progreso económico, la Alemania de la hegemonía política, la Alemania de Merkel... O mejor aún, desde la Alemania desconocida y cuya cara parece ser menos amable. Nadie con los terneros: el campo como condena y la ciudad como vía de escapatoria.

   En todo esto no sólo sorprende la juventud de su autora - nacida en 1984 y por tanto perteneciente a una generación que, aunque nacida en tiempos de la Guerra Fría, no ha vivido su adolescencia y desarrollo profesional con las limitaciones de ésta - sino que además Nadie con los terneros resulta ser su primera novela. Aunque a decir verdad, y desde todo el respeto del mundo, creo que deberíamos ir a estas alturas dejar de concebir "joven" con "inexperiencia. Dos palabras que para muchos siempre van juntas y cogidas de la mano. Claro que las primeras obras son imperfectas, cualquier escritora o escritor con un mínimo de autocrítica te sacará infinidad de defectos a su opera prima - el caso de Almudena Grandes respecto a Las edades de Lulú es uno de los más clamorosos en las letras españolas. No obstante, cuando el trabajo está bien hecho y la novela es sorprendentemente solvente - que las hay - se debería reconocer independientemente de la edad que tenía cuando le vino de pronto la inspiración. Además de este eterno y siempre abierto debate, lo importante es que el lector sepa que en este caso la juventud no entiende de límites, y menos en lo que a talento narrativo se refiere. Si bien es cierto que la historia ya la hemos visto reproducida en infinidad de formatos - y no sólo en lo estrictamente literario - en esta ocasión nos topamos con un tono extraordinariamente chocante, además de unas localizaciones espaciales y temporales que no son habituales encontrarnos en la literatura alemana.

   Áspera, brutal y en ocasiones cruda. Con estas tres palabras podríamos definir perfectamente y a grandes rasgos la lectura de Nadie con los terneros. Pero estaríamos sin duda quedándonos en la superficie, en ese lugar en el que como lectoras y lectores nos sentimos cómodos y en el que sabemos que nada ni nadie nos hará daño. ¿Qué aburrido no? Eso mismo pensaría Herbing durante el proceso de escritura, y por eso podemos hablar de una novela que sin contemplaciones nos hace bajar hasta los infiernos y alterarnos nuestra idealizada percepción sobre las cosas. Porque, al igual que su lectura, el campo también puede ser, en ocasiones, áspero, brutal y crudo. Desde la desesperada mirada de su protagonista Christin - a la que al principio coges un poco de manía pero a la que después entiendes perfectamente - nos adentramos en el desierto de Mecklenburg-Vorpommern. Que para quienes no lo sepáis es no de los dieciséis estados de los que se compone Alemania. Delimitada al norte por el Báltico, al oeste con el estado de Schleswig-Holstein, al suroeste con la Baja Sajonia, al sur con Brandemburgo y al este con Polonia; Mecklenburg-Vorpommern es una región de carácter prácticamente rural, en donde la agricultura todavía a día de hoy sostiene a gran parte de su población y que en comparación a otros estados Alemanes el porcentaje dedicado a la explotación del campo es superior. Es muy importante saber esto ya que, en Nadie con los terneros, es la geografía lo que condiciona la vida de sus habitantes, entre los que se encuentra por supuesto Christin. Es normal que a lo largo de su lectura tengamos la sensación de que, a pesar de su verdoso paisaje, Shattin (pueblo en el que se desarrolla la trama) nos parezca una especie de páramo desolado, cubierto de campos de cultivo, animales, pequeñas aldeas y granjas diseminadas. Sin duda un desierto en la mente de Christin, quien no sueña con acabar sus días entre estiércol y el cacarear del gallo a primera hora de la mañana, sino con una vida más interesante e independiente en la gran ciudad. Le sobran argumentos para largarse, empezando por su relación con su novio (la cual no puede ser más tóxica) y acabando por su padre (alcohólico y sin esperanzas de abandonar dicha adicción). Pero también una urgente necesidad de realización personal, de escapar y vivir la vida que siempre quiso para ella. Por ello, en cuanto se le presenta la oportunidad - gracias a un ingeniero llamado Klaus y con alguna mentira de por medio - no duda en agarrarse a ella. Nada en la novela de Herbing deja al lector impasible, ni la actitud de los habitantes de Shattin, ni los celos enfermizos de Jan, ni siquiera el olor a abono. Porque sí, su autora en lugar de maquillar realza, describe y presenta sin cortapisas la vida en el campo desde la perspectiva de Christin. Una veinteañera sin apenas formación, condenada a una existencia que no se la desearía ni a mi peor enemigo y con la esperanza de subirse a un tren para no volver nunca más.

   En tiempos en los que se reivindica el retorno a los pueblos. En una semana en la que hemos asistido a protestas de carácter vecinal y medioambiental en el pleno corazón de Madrid. En un siglo, el XXI, en el que por fin nos hemos dado cuenta que el calentamiento global es una realidad y no una falacia como nos han hecho creer empresarios y políticos. En definitiva, en años en los que la causa ecologista está más viva y de actualidad que nunca, una novela como Nadie con los terneros nos propone justo lo contrario. Un camino a la inversa que, si lo pensamos fríamente, lleva siendo habitual desde siempre. No hace falta irse muy lejos en la historia para encontrar casos muy parecidos o similares a lo que se narra en la novela de Herbing. Pensemos en nuestras abuelas y abuelos, nacidos en su mayoría en pueblos de Teruel, Albacete, Zaragoza, Cuenca, Soria o Cáceres por citar algunos ejemplos. Pensemos en sus lugares de procedencia que - salvando las distancias temporales y espaciales - no eran los mejores para desarrollar ya no sólo sus ambiciones personales, sino que en aquellas pequeñas localidades veían su futuro coartado por la pobreza, la falta de oportunidades laborales o incluso por asfixiante peso de la tradición. Por todo ello no dudaron en emigrar en masa a ciudades como Barcelona, Valencia, Bilbao o a la propia capital en busca de un futuro y una vida mejor. Como he comentado antes, actualmente se aboga por la vida en el campo, por los cultivos ecológicos, por recuperar o salvar a pueblos en vías de extinción o por ofrecer - en el ámbito del turismo - pacs que combinan alojamiento más trabajo en granjas. Todo por y para que el cliente disfrute de una vida campestre plena. Sin embargo, hay que decir que ni la vida en el mundo rural es perfecta, así como tampoco lo es vivir en una gran urbe. Las megalópolis de hormigón gris no son del todo atractivas, pero es que tras ese halo bucólico, de ese cúmulo de estereotipos, descubrimos que el verdor de los campos esconden también muchos inconvenientes. En Nadie con los terneros, Herbing nos propone una reflexión un tanto paradójica en un momento en el que parece instaurarse la nostalgia, el regreso a los orígenes, a la comunión del ser humano con la naturaleza. La de que a día de hoy hay personas, como Christine, que ven en el asfalto la materialización de sus sueños y en la tierra un lugar en el que simplemente se hunden los pies. Nadie con los terneros: una historia de escapatoria, agobio, olores fuertes, animales de granja, violencia de género, urbanidad, ruralidad... Una primera y gran novela que, espero, sea el inicio de algo mucho más ambicioso.

Frases o párrafos favoritos:

"Unas cuantas moscas se posan en los ojos del ternero y le recorren la boca. La vaca lo empuja otra vez y las espanta, pero enseguida vuelven y por un momento pienso en meterme en uno de los chamizos y quedarme ahí tirada hasta que los hierbajos me crezcan por encima. Justo entonces las vacas del bebedero se echan a un lado y Jan aparece entre ellas por la pradera. Guardo el móvil."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Volcano Libros

sábado, 29 de junio de 2019

RESEÑA: Cuadernos de Medusa vol. II

CUADERNOS DE MEDUSA VOL.II

Título: Cuadernos de Medusa vol. II

Autoras/es: África Beltrán, Pilar Pedraza, Margaryta Yakovenko, Luna Miguel, Inmaculada Pérez Parra, Eleazar Herrera, Darío Gael Gómez de Barreda, Cynthia Veneno, Cristina Jurado, Beatriz Sevilla, Atenea Bioque, Aránzazu Ferrero, Ajla Henic,

Editorial: Amor de Madre.

Idioma: español.

Sinopsis: Cuadernos de Medusa vol. II es un compendio de trece relatos escritos por autoras y autores comprometidos con el movimiento feminista y con la representación de los colectivos LGBTQ+. En Cuadernos de Medusa vol. II vas a encontrar de todo. La diversidad sigue siendo la protagonista, y de ahí que en este mismo objeto puedas verte envuelta en la más pura, mágica y divertida fantasía o en la más absoluta, desgarradora y dolorosa realidad. Todas estas perspectivas, por muy distintas que sean, se unen en un mismo cometido: hacer brillar aquello que el mundo insiste en mantener oculto. ¡Bienvenida a nuestro microcosmos literario, donde la diversidad se alza como bandera y como grito de guerra!

Su lectura me ha parecido:

   Variada, interesante en cuanto a su planteamiento conceptual, inclusiva, feminista, plagada de fantasía, inundada al mismo tiempo de realidad, dolorosa, esperanzadora, combativa, absolutamente necesaria...Algo está cambiando, el suelo tiembla bajo nuestros pies, un olor nuevo se respira en el ambiente y en el interior de los libros. ¿Tal vez esté pasando? ¿Podemos hablar de revolución o simplemente de los cimientos que pretenden impulsarla más pronto que tarde? De un tiempo a esta parte, las librerías se han llenado de autoras (noveles, expertas, veteranas...) algo que no ha sido como suele decirse, "de golpe y porrazo", sino que al contrario de lo que muchas y muchos piensan ha sido parte de un largo proceso. Un camino al que hemos contribuido desde todos los procesos de creación editorial. Empezando por el gran público, siempre imprescindible, y acabando por quienes apuestan desde el sector del libro por dar más visibilidad y voz a plumas en las que antaño nadie hubiese confiado, sin olvidarnos, por supuesto de las autoras, sin las cuales esto, de verdad, no hubiese sido posible, ni siquiera en sus mejores sueños. Sin voluntad no se mueven montañas, sin perseverancia las cosas no salen solas, sin conciencia no contribuimos a avanzar y sobre todo, sin valentía, los derechos fundamentales jamás se conseguirán. Antologías como la que hoy tengo el placer de reseñaros demuestran como la palabra, y con ella la literatura, pueden aunar entretenimiento (leer siempre lo es y siempre lo será) y conciencia social. Justo la que se necesita en los tiempos que corren, cada vez más oscuros y terriblemente familiares. Cuadernos de Medusa Vol.II: trece historias para la reflexión, el feminismo, la lucha LGTBI+ y la imaginación.

   Con Cuadernos de Medusa volví a La Batisfera (de la cual ya os hablé en una reseña anterior), un templo del café, los refrescos y los buenos libros a escasos metros de la playa en donde, de nuevo, tuvo lugar una de esas presentaciones memorables. Al llegar, los libreros me recibieron con los brazos abiertos - estaba claro que se acordaban de mi y de Agua en los pulmones, la novela en cuya puesta de largo participé en calidad de moderadora/presentadora - y me condujeron a la cafetería en donde, no sólo pude desvirtualizar a las editoras de Amor de Madre Victoria e Inmaculada, sino que también pude saludar - con apretón de manos y besos de cortesía incluidos - a dos de las autoras cuyos relatos componían este segundo volumen. De pronto me vi ante Aránzazu Ferrero y Pilar Pedraza sin saber a penas que decir, me costó articular palabra. El relato de la primera era el que inauguraba esta segunda entrega - muy interesante por cierto - y el de la segunda pues era uno de los que más me había gustado - y además, ¿quién no se pondría nerviosa teniendo delante a una de las grandes autoras españolas de terror? -. Al contrario que aquella presentación de Pulpture, en esta ocasión acudí como público. Éramos pocas - más que pocos - sí, pero no por ello ávidas de preguntas, inquietudes y debate. Aquel rincón de La Batisfera se convirtió durante una hora en un lugar de distensión donde se abordaron numerosos temas y de los que como lectora y escritora necesitaba nutrirme con urgencia. La amabilidad de Victoria e Inmaculada fue abrumadora, así como ese ratito que me quedé charlando con Pilar Pedraza compartiendo mis impresiones. Con Aránzazu no tuve la misma suerte, ya que se tuvo que ir antes del coloquio final - queda pendiente - pero aún así sus palabras también me suscitaron alguna que otra pertinente reflexión. Cuando regresé a mi casa al caer la noche me llevé una experiencia inolvidable, así como la certeza de que desde nuestro papel como críticos y público debemos apoyar a las editoriales independientes, y más cuando su carácter reivindicativo trasciende a lo literario.

   Hablar del segundo volumen de Cuadernos de Medusa implica no sólo adentrarse en un conjunto de relatos cada cual más diferente al anterior (miradas, perspectivas, estilos...), también hablar de lo que para mi es el eje central y la razón de ser de esta nueva entrega: el mito de Medusa. Como bien sabréis, Medusa es un ser ctónico - procedente del mundo de los muertos y los espíritus - mitológico, con cuerpo de mujer, cuyo cabello esta repleto de serpientes y con el poder de convertir en piedra a todo aquel que mirase fijamente sus ojos. Decapitada por Perseo - quien posteriormente usó su cabeza como arma - y luego entregada a Atenea para que la colocase en su escudo, ha vivido desde la antigua Grecia infinidad de interpretaciones y reinterpretaciones. Aunque en resumidas cuentas, la mayoría de todas ellas coinciden en identificar a Medusa con la quintaesencia del mal convirtiéndose de este modo en el mito patriarcal perfecto y que como tal ha perdurado a lo largo de los siglos. En resumidas cuentas, Medusa representa el papel central de las mujeres - da igual la época en la que nos encontremos - o lo que es lo mismo, la mujer que logra posicionarse en ámbitos a los que solo los hombres habían llegado por su condición masculina. Una cultura androcéntrica donde héroes como Perseo están llamados a degollar - metafóricamente hablando - las identidades femeninas trasgresoras, consideradas por ellos como simples obstáculos en su domino ancestral. Este mito se ha ido reproduciendo a lo largo de la historia - todavía como historiadora tengo dudas de que Juana la Loca estuviese de verdad loca - llegando incluso a colarse en recientes campañas electorales - recordemos lo sucedido en la cartelería de la campaña de Donald Trump respecto a su contrincante Hilary Clinton - o en las series de televisión más actuales - ¡Malditos guionistas! ¡Qué habéis hecho con Daenerys Targaryen! -. Más allá de todo eso, es interesante - teniendo en cuenta lo expuesto - como Amor de Madre ha construido al rededor de esta deidad femenina un discurso que articula muchos temas y discurre por muchos frentes. Desprendiéndose de su interpretación heteropatriarcal e utilizando su furia - porque no olvidemos que fue violada - para redefinir no sólo el mito, también para actuar como reacción al machismo todavía imperante en nuestra sociedad.

   Cada una de las serpientes del cabello de Medusa correspondería a uno de los trece relatos reunidos bajo su protección y permanente sororidad. Es evidente que, como en cualquier libro de relatos - y más en el que encontramos diferentes autoras y autores - no existe una uniformidad. Hay textos mejores y textos que (a pesar de que el mensaje es igual de potente) por lo que sea no me han llegado tan hondo como esperaba en un primer momento. Hay relatos de acción, de fantasía, imbuidos en lo social, de ambientación puramente histórica, terriblemente realistas, millenials y hasta algún coqueteo con el género de superhéroes. Los hay más cercanos a nuestro tiempo, pero también de los que se adentran en épocas pasadas para rastrear los mismos temas, y por supuesto, los que la acción transcurre en tierras lejanas. Sus personajes nos pueden sonar más o menos, a pesar de llevar años muertos, ser la viva imagen de nuestra vecina, parecerse a cualquier persona que pasa a nuestro lado por la calle, erigirse como auténticos icónicos o simplemente no haber existido nunca salvo en la imaginación de quien lo inventa. Feminismo, transexualidad, lucha social, hermafoditismo, fanatismo religioso, políticas patriarcales, violaciones, inclusión, racismo, homofobia, abuso de poder, culpa, violencia, misoginia, suicidio, guerra, depresión, explotación sexual, acoso, islamofobia... Sin censuras, sin eufemismos, con libertad, y por supuesto desde el más absoluto de los respetos.

   Vivimos tiempos confusos, en constante cambio, en donde las nuevas tecnologías cabalgan a nuestro lado y en donde conectividad se ha tornado en una obligatoriedad. Sin embargo, algo muy peligroso permanece, algo entroncado con los valores tradicionales que han construido nuestras sociedades desde los cimientos hasta las agujas. Unos valores machistas que, en vez de desaparecer de una vez por todas, parece que - en gran medida gracias a un tsunami llamado "ultraderecha" - no sólo permanecen sino que cada día ganan nuevos adeptos. Esta involución social se cura, en parte, leyendo, leyendo mucho, muchísimo, y especialmente a autoras y autores cuya producción literaria no está, por así decirlo, en los lugares de honor, sino que se encuentra en los márgenes, tanto de lo temático como en lo histórico. Ayer sin ir más lejos asistimos al 50 aniversario de las manifestaciones espontaneas y posterior represión de Stone Wall - a las cuales por cierto hace mención uno de los relatos más logrados -. Sin duda uno de los episodios más importantes de la historia, así como de la lucha del colectivo LGTBI+ pero que, por desgracia, muy poca gente conoce. Lo mismo sucede con la lucha feminista y las manifestaciones del día 8 de Marzo, a las cuales todavía hay quien mira con escepticismo y desprecio sin conocer su verdadero. Sin ir más lejos, uno de los ejemplos más claros de esta supina ignorancia son las recientes "iniciativas" que abogan por instaurar el "Día del hombre" o el llamado "Orgullo Hetero". Campañas tras las que, por supuesto, se esconden partidos o organizaciones manifiestamente racistas, homófobas, xenófobas, misóginas y de inspiración neonazi, neofranquista o neofascista. En honor al célebre grabado de Goya diré lo de siempre, que el sueño de la razón produce monstruos, pero también incultura, fanatismo, autómatas al servicio del poder. Carentes de amplitud de miras y por supuesto de empatía, comprensión y reconocimiento. Porque parece ser que es mejor vivir enfrentados que en armonía, disfrutando de toda clase de diversidad. Si para algo sirven editoriales como Amor de Madre y libros como Cuadernos de Medusa es para combatir todo ese odio, para desmontar las estructuras patriarcales, y creo que lo más importante, para seguir aprendiendo y luchando por una sociedad mejor.

Cuadernos de Medusa Vol. II: trece historias de inclusión, violencia patriarcal, feminismo, critica, representación LGTBI+, diversidad, respuesta... La revolución se hace en las calles, pero también en la literatura.

Frases o párrafos favoritos:

"Es hermafrodita. Siempre quise tener uno a mi alcance para comprender muchas cosas sobre los órganos de la reproducción que los maestros no nos habéis explicado nunca, o por ignorancia o por vergüenza. Sin embargo, nada hay de vergonzoso en el cuerpo de esta chica, o mejor dicho, chico. O chico y chica, lo que prefieras. Y gracias a él he aprendido muchas cosas que no están en Aristóteles."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Amor de Madre

martes, 25 de junio de 2019

RESEÑA: Orlando

ORLANDO

Título: Orlando.

Autora: Virginia Woolf (1882-1941), pilar de la narrativa contemporánea y figura central del Grupo de Bloomsbury, cultivó con éxito la novela escribiendo títulos tan memorables como La señora Dalloway, Al faro o Las olas entre otras. Al mismo tiempo también se atrevió con el ensayo literario (El lector común), el político (Tres guineas) y la biografía (Roger Fry). También lo que podríamos denominar un nuevo género: la biografía semificticia, como el caso de Orlando. Miembro de lo que se ha denominado la aristocracia intelectual británica, a su muerte (suicidándose en el río Ouse, cercano a su domicilio), el poeta T. S. Eliot escribió que se habían dado en su vida y obra unas características tan singulares e inéditas dentro del mundo anglosajón que difícilmente se repetirían. Una opinión que la posterior publicación de sus diarios, cartas y varias biografías han confirmado. Su ensayo feminista, Una habitación propia, es uno de los más aclamados e influyentes desde el momento de su publicación.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductora: María Luisa Balseiro.

Sinopsis: desde su nacimiento en la Inglaterra isabelina como varón, Orlando va atravesando épocas y geografías hasta los mismos años en que la autora escribe, en un continuo viaje vital que incluye asimismo la transformación de varón a mujer. Llevado en volandas como en un sueño, el lector vive a través de su peculiar protagonista muchas vidas, muchas aventuras, al tiempo que asiste a una de las más sugerentes exploraciones de la identidad sexual plasmadas nunca en la ficción.

Su lectura me ha parecido:

   Revolucionaria, adelantada a su tiempo, menos densa de lo que me esperaba, totalmente atemporal, transgresora, divertida en ocasiones, cuyas reflexiones están más de actualidad que nunca... Cada vez que alguien pronuncia el nombre de Virginia seguido del apellido Woolf es como si un rayo impactase contra el suelo, como si hubiese pasado un ángel, como si la piedra más pesada hubiese sido colocada sobre los hombros de los presentes. Sí, la escritora británica tiene fama de dura y de poseer una de las plumas más originales a la vez que más complejas de la literatura universal. De hecho, es por eso, junto a un supino desconocimiento de su obra por parte de las generaciones más jóvenes - ¡maldito sistema educativo! - lo que ha provocado que generaciones y generaciones hayan pasado por este mundo sin haberse adentrado en algunos de sus títulos más emblemáticos. Y lo más preocupante, que generaciones y generaciones de mujeres hayan pasado de largo frente a libros como Una habitación propia o La señora Dalloway, ignorando los poderosos mensajes feministas que esperaban ser leídos y sacados del ostracismo que provoca cualquier estantería de cualquier librería. Afortunadamente, una nueva corriente - la cual está en constante transformación y redefinición - parece haber espoleado a las mujeres y hombres que están destinados a dirigir el futuro de la humanidad para que devorasen insaciables a Virginia Woolf y el contenido de sus novelas. De un tiempo a esta parte, la autora británica vive una especie de segunda vida gracias al movimiento feminista, el cual no ha dudado en ensalzar su figura como una deidad inquebrantable e intocable. Un legado, el de su contundente producción literaria, que no hace sino recordarnos como el poder de las palabras es capaz de perdurar en  el tiempo y volcar sobre la sociedad, y justo en el momento más urgente, toda una serie de ideas a las cuales deberíamos prestar más atención. Virginia Woolf nunca dejará de sorprendernos, y más con libros como el que hoy tengo el privilegio de reseñar. Orlando: una biografía andrógina.

   Me costó adentrarme en la literatura de Virginia Woolf. Sí, y lo digo con toda la sinceridad del mundo. Porque me he dado cuenta de que a pesar de que sabía de la existencia de al menos un libro escrito por esta autora - una añeja edición de Las olas que todavía aguarda su turno en la estantería del comedor - nadie, absolutamente nadie me incentivó a leerlo. Esto no es ni resentimiento ni un ejercicio de autoflagelación por mi parte, simplemente expongo una situación, la de que, a pesar de que en casa la lectura estaba y sigue estando a la orden del día, me faltó una piza de apoyo externo, un empujón por parte del temario o de alguna o algún profesor para que acabase decidiéndome por dicha lectura. Si al menos Virginia Woolf - con lo que fue ella - hubiese aparecido en alguna de las páginas de mi libro de texto de lengua, de historia o incluso de filosofía; tal vez en algún momento de mi adolescencia me hubiese adentrado en él, por muy difícil que fuera su lectura y aunque no hubiese entendido a la primera lo que la novela quería transmitir. Eso se cura con curiosidad y ganas de seguir aprendiendo. Sin embargo, si en los institutos prima el memorizar y el no ahondar en el porqué de las cosas, es muy difícil que una alumna o alumno genere inquietudes más allá de aspirar al aprobado. Y si a eso le añades la poca o nula visibilidad a las mujeres en los temarios de primaria, secundaria y bachillerato; la situación es todavía peor. De lo que no se habla es porque automáticamente no existe, o lo que es lo mismo, si Virginia Woolf no aparece en el lugar que le corresponde como escritora feminista, entonces es que no fue para tanto, no fue tan importante. Tuvo que pasar un tiempo para que me diese cuenta de lo que me había perdido por el camino y de lo mucho que queda todavía por hacer en materia de igualdad en todos los ámbitos, incluyendo el de la investigación en historia. Poco a poco vamos desenterrando mujeres ilustres sepultadas bajo el polvo del patriarcado y también devolviéndolas al lugar que les corresponde por derecho y justicia dentro de su correspondiente cronología. Gracias a esto si todavía no me he leído Las olas no es porque desconozca a Virginia Woolf, sino porque prefiero adentrarme en otras novelas antes, novelas como Orlando. Sin duda, todo un descubrimiento.

   Antes de que el lector se adentre en la lectura de esta original biografía éste se topa con una dedicatoria muy reveladora. Pocas veces suelo hacer caso a las frases que la autora o autor de turno dedica en agradecimiento a una o a un grupo de personas, así como las citas colocadas a una página de dar comienzo la novela. No obstante, en esta ocasión no pude evitar sonreír al leer el nombre de la afortunada. Virginia Woolf dedicó Orlando en 1928 a Vita Sackville-West - aristócrata, escritora, poeta, diseñadora de jardines y amante de la propia Virginia - ya que se había inspirado en ella a la hora de escribirla. Vita Sackville-West se había casado con Harold Nicolson, con quien mantendría una relación abierta, cosa muy común en los grupos artísticos e intelectuales del  Grupo de Bloomsbury - al que Virginia Woolf pertenecía - pero mal visto para el resto de la sociedad de la época, una sociedad a punto de abandonar el canon victoriano para abrazar la modernidad del nuevo siglo. Tal vez fuese la libertad con la que Sackville-West vivía su vida lo que acabó por prender la mecha ya no sólo de la pasión - tuvieron una relación durante unos años - también de la pluma de Woolf, dando lugar a una de las obras más singulares y avanzadas de su tiempo. Más allá de la confirmación de este romance, Orlando es un documento de grandísimo valor dada su calidad literaria, la excepcionalidad de su trama y sobre todo el mensaje que con ella Woolf pretendía lanzar al mundo. La novela de Woolf narra la vida de Orlando, un joven noble y con gran afición a la literatura que vive en plena edad dorada del periodo Isabelino y al que acompañaremos en su viaje físico, sentimental y corporal a lo largo de varios periodos de la historia. Tras un largo sueño durante el periodo de la Restauración, Orlando se despierta siendo mujer gracias a la intervención de tres espíritus (Nuestra Señora de la Pureza, Nuestra Señora de la Castidad y Nuestra Señora de la Modestia). Curiosamente, tres espíritus que simbolizan el canon social al que la mujer debía adscribirse en esa época. Es a partir de ese momento cuando Orlando, ahora desde el sexo femenino, vivirá la condición femenina desde sus propias carnes, incluyendo el desprecio que los ilustrados del XVIII o la misma sociedad de la Inglaterra Victoriana del XIX.

   Irónica, satírica, Orlando parece a priori una crítica a la férrea separación de las etapas históricas, dado que a lo largo de la novela los cambios fluyen sin importar límites temporales o espaciales, y por supuesto, una exhaustiva novela histórica. Sin embargo, algo subyace entre líneas, algo que tiene mucho que ver con la exquisita ambigüedad con la que Woolf dota al personaje de Orlando. Su aspecto andrógino en lugar de despistar refuerza la trama, así como el valor intelectual de la novela en su conjunto y el nivel de trasgresión. Recordemos que estamos ante una historia en la que un hombre se convierte tras un largo sueño en una mujer, pero también podríamos hablar de fluidez sexual, ya que en ocasiones - y hay unas cuantas - el lector tendrá dudas respecto al sexo del o la protagonista. De este modo podríamos hablar de Orlando como el primer personaje transexual famoso de la historia de la ficción y casualmente, el que le reportó más popularidad a su autora. Un personaje que, como hemos comentado en el anterior párrafo, saboreará las mieles de una época en la que si eres hombre puedes conseguir lo que te propongas - como escribir obras teatrales a lo Shakespeare o ser el favorito de la reina Isabel I - y que, por el contrario, sufrirá la discriminación, la injusticia y el descrédito de intelectuales y empresarios fabriles por el simple hecho de ser mujer. Las obligaciones de un sexo a otro distan tanto la una de la otra, que a pesar de la evolución histórica de la novela - 300 años -, el lector asiste a una verdad como una catedral: la de que por mucho que pase el tiempo, hay cosas que no cambian, que siguen igual. Los avances científicos siguen imparables, la moda evoluciona, el comercio se moderniza, al igual que la política, la cultura, las ideas o la concepción de Estado. No obstante, Woolf tiene razón, el machismo y el ninguneo al considerado "sexo débil" sigue y sigue, por los siglos de los siglos, intacto, inamovible, sin que a nadie se le ocurra simplemente deshacerse de él.

   Además de concienciarnos de la latencia del machismo en nuestra sociedad - tan presente en nuestros días como en la época Georgiana - y lejos de quedarse completamente satisfecha, Woolf regala al lector una última reflexión más poderosa que la anterior, más importante, más revolucionaria. Sí, sabemos que Orlando cambia de sexo - de hombre a mujer - con todo lo que eso implica - de hombre de éxito a mujer discriminada por la sociedad -. Sin embargo, en ningún momento apreciamos como Orlando cambia de carácter, de actitud o de opinión. En otras palabras, Orlando sigue siendo la misma persona desde que nace en el siglo XVI hasta que la vemos por última vez a principios de siglo XX. Lo cual demostraría que el cambio de sexo sólo implica el cambio de género, y es el género - que tradicionalmente ha explicado las características asignadas a tanto a hombres como a mujeres - lo que de verdad cae como una losa sobre Orlando. No es la biología, sino los roles los que permiten que el protagonista viva toda clase de privilegios - incluso sexuales - al principio de la novela y lo que penaliza a la protagonista al final de ésta. ¿Se adelantó Virginia Woolf con esta novela a la segunda ola feminista de los 60-70? ¿Estamos ante uno de esos pequeños milagros que de vez en cuando contribuyen a llenar de prestigio a la literatura? ¿Quiso entonces Woolf exponer lo que Kate Millet diría a mediados de siglo XX? ¿Lo de que el género, independientemente del sexo, es una cuestión social? Las respuestas a estas preguntas parecen contestarse solas o a medida que nos adentramos en este portento de novela. Orlando es feminismo, fantasía, un libro que maravillará a las y los historiadores, la perfecta lectura para iniciarse con Woolf, pero sobre todo, es revolución y la confirmación de la existencia de mentes tan prodigiosas y visionarias como la de aquella mujer nacida en Kensington, criada en el círculo prerrafaelita, cuya madurez intelectual alcanzó en el número 64 de Gordon Square del barrio de Bloomsbury y que puso fin a su vida bajo las aguas del río Ouse.

Orlando: una historia de evolución, discriminación, privilegios, machismo, periodos históricos, ambigüedad, cambios, roles de género, valentía, entereza... El ejemplo en el que todas y todos los aspirantes a escritores deberíamos fijarnos.  

Párrafos o frases favoritas:

"Armados como ellos están con toda clase de armas, mientras que a nosotras nos impiden conocer el alfabeto."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

viernes, 21 de junio de 2019

RESEÑA: Amor de monstruo.

AMOR DE MONSTRUO

Título: Amor de monstruo.

Autora: Katherine Dunn ( Garden City 1945- Portland 2016) pasó toda su infancia de mudanza en mudanza. Su padre los abandonó antes de cumplir dos años y su madre era artista. Quizá por eso escribiría años más tarde sobre ferias itinerantes de extraños personajes. Quizá por eso, ella misma pasó largas temporadas viajando por todo el mundo. Abandonó la carrera porque ya estaba escribiendo y la navidad de 1967 conoció al hombre con el que pasaría su vida. Empezaron viajando a México, Newfoudland, Sevilla y Boston, donde remató su primera novela, Attic. Mientras criaba a sus hijos, trabajó como camarera, pintando casas y haciendo doblaje. También presentaba un programa de radio en Portland y enseñó escritura creativa. Todo esto le dejaba tiempo para otra afición: en 1981 empezó a escribir sobre boxeo, que se convirtió en una de sus especialidades. De hecho, empezó a boxear a los 40 años. El éxito de Amor de monstruo, finalista del National Book Award, con más de medio millón de copias vendidas y que despertaría el interés de cineastas como Tim Burton, que compró los derechos, le permitió centrarse más en la escritura. Después, aún trabajaría en su cuarta novela antes de fallecer.



Editorial: Blackie Books.

Idioma: inglés.

Traductor: Jordi Mustieles Rebullida.

Sinopsis: muchos ven en Olympia Binewski un monstruo: es enana, albina, jorobada. Sin embargo, nada hay menos monstruoso que amar. Y Olympia ama a Al y Lil, porque diseñaron cada una de sus malformaciones. Ama a Chick, su hermano pequeño, por su bondad infinita y su ingenuidad sin mácula. Ama a Elly y a Iphy, las siamesas, las más bellas y virtuosas pianistas. Ama a Arturo, el chico que nació con aletas allí donde debiera tener extremidades, más que a nadie en este mundo. Ama a Miranda, pese a que ésta no sabe que salió de su vientre. Tanto la ama que la seguirá allá donde vaya para que nada le falte. Ama a la señora Lick aunque sabe que no debe, pese a que esta invierte su fortuna en corregir a los monstruos como ella. Los ama tanto que haría lo que fuese por protegerlos. Y a aquellos que la llaman monstruo, que la saltan con la mirada o le disparan atrincherados en aparcamientos, a esos también podría aprender a amarlos.

Su lectura me ha parecido:

   Original, dura, lenta en ocasiones, atrayente al mismo tiempo, con un elenco de personajes inmejorable, tierna, poderosamente reflexiva, desconcertante, perturbadora, deliciosamente extravagante... Tras haber dirigido la adaptación cinematográfica más famosa de Drácula (la de Bela Lugosi por supuesto) el director estadounidense Tod Browning rodó en 1932 la que es considerada como una de las películas más polémicas e incómodas de la historia: Freaks (La parada de los monstruos en España). Una cinta en la que el espectador asiste a la cotidianeidad dentro de un circo ambulante y sus peculiares habitantes. A la trapecista, el forzudo, el payaso o la domadora de focas, se le unen varios enanos, unas gemelas siamesas, dos "cabezas de alfiler", un torso viviente, un medio hombre, una mujer sin brazos, una mujer barbuda y una mujer ave entre otros muchos personajes. Actores de carne y hueso con deformidades físicas reales desfilan durante los 64 minutos de película, algunos de ellos incluso, protagonizando las escenas más memorables. Su estreno fue difícil desde el primer momento, siendo prohibido su visionado en países como Reino Unido o Estados Unidos durante décadas. ¿El resultado? Un estrepitoso fracaso en taquilla y la ira de los productores de la Metro-Galdwyn-Mayer, quienes retiraron a Browning todo su apoyo e influencia en la industria. Desmayos, gritos, amagos de abortos, vómitos, insultos... Estaba claro que la sociedad de los años 30 no estaba del todo preparada para una cinta de estas características, para una película en la que se destierran prejuicios dotando de humanidad a personas que, a ojos de todo el mundo, eran simplemente monstruos. Lástima que Browning no viviese lo suficiente para comprobar como, treinta años más tarde, su película era reestrenada de nuevo por todo lo alto (durante el Festival de Venecia de 1962) y considerada inmediatamente por la crítica como un clásico injustamente maltratado. Ahora sí, la sociedad de los 60 ya estaba preparada para ver en pantalla aquellos actores, aquella trama y aquellas malformaciones que entonces horrorizaron a más de un espectador. Imágenes que, en lugar de repugnar, despertaban ternura e incluso empatía. La visibilidad que Browning les dio a estos interpretes (en muchos casos procedentes de ferias y circos) creó escuela y una legión de cineastas y escritores que no dudaron en perpetuar su influencia. La filmografía de Tim Burton es un ejemplo, así como la reciente y premiada American Horror Story - cuya cuarta temporada es un homenaje - pero en el terreno de la literatura Katherine Dunn fue una de las que tomó el testigo y lo plasmó en la peculiar novela que hoy tengo el placer de reseñar. Amor de Monstruo: ¡Larga vida a los freaks!

   La publicación del libro de Katherine Dunn se vivió como un enorme acontecimiento en los Estados Unidos de los años 80. Series como Stranger Things nos han recordado - o descubierto en la mayoría de los casos - lo mucho que significó dicha década en la cultura estadounidense, y de rebote para resto del mundo occidental. Como dijo alguien muy sabio, quien controla el dinero controla el mundo, por lo que muchas y muchos no tardaron en copiar, imitar, adaptar o directamente introducir algunos de los aspectos más punteros que lo estaban "petando" en el país norteamericano. Sin embargo, uno de los aspectos clave en lo que a cultura se refiere, tuvo lugar precisamente en la meca del cine. Algo pasaba en Hollywood, los cimientos se tambaleaban, nuevos rostros se abrían paso para iniciar una revolución cinematográfica que marcaría un antes y un después en la historia del cine. Algunos, como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o George Lucas pusieron los cimientos con sus respectivos y rompedores estilos de dirección y guion. Sin embargo, fue otro nombre, otra la persona que vino a elevar dicha revolución y a situarla un peldaño más arriba. Hablo, por supuesto, de Steven Spielberg. Sí, ese director acusado por la crítica de hacer sólo películas para niños pero que consiguió cosas como que tuviéramos reparos en bañarnos en el mar durante varios veranos,  que toda una generación quisiese estudiar arqueología y la siguiente paleontología, que quisiéramos ir en busca de tesoros piratas, que mirásemos con recelo la pantalla de cualquier televisión a altas horas de la madrugada, que desconfiásemos de los Furbies por su extraordinario parecido con los Gremlins o que mirásemos hacia el cielo convencidos de la existencia de extraterrestres habitando en mundos todavía por descubrir. Sus películas no sólo forman parte de nuestra memoria y de la cultura popular, sino que además, consiguió algo muy importante, elevar a los altares a la literatura de género, o lo que es lo mismo, hacer que nos gustase aún más la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Es en ese contexto, cuando muchos habían caído rendidos ante ET, en el que aparece Amor de monstruo, a finales de la década, casi coincidiendo con el despegue de Tim Burton, cuya filmografía se llenó de oscuridad y criaturas socialmente marginadas para hacernos reflexionar sobre el amor, la apariencia, la humanidad y los prejuicios. Sin Spielberg - entre otros tantos - el cine de género no habría salido del ostracismo, sin esa generalizada puesta en valor de personajes fuera de la norma en las películas probablemente el libro de Katherine Dunn habría pasado desapercibido. Afortunadamente, eso no ha pasado, ya que a día de hoy podemos disfrutar - ¡por fin! - de este clásico contemporáneo de la literatura de género.

   Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos avisando que Amor de monstruo no es un libro fácil de leer. La dureza de su historia así como ese ritmo ligeramente desigual - es curioso como un mismo libro puede resultarte dificultoso y ameno de leer al mismo tiempo - hacen de la novela de Dunn un camino tortuoso pero fascinante. Porque eso sí, el tema así como la propia idiosincrasia de la novela consiguen que - a pesar de lo ya mencionado - el lector no pueda apartar los ojos de las páginas. La narración, en un primer momento, podría recordar escandalosamente a la trama de La parada de los monstruos. No obstante, por fortuna, sólo podemos hablar de la cinta de Tod Browning como la gran inspiración de Amor de monstruo, tan grande que por momentos parece un homenaje casi intencionado. A diferencia de la historia de los freaks del circo ambulante más famoso de la historia del cine, en la novela de Dunn los Binewski - estrellas de la feria de "La Fabulonia" - tienen diversas malformaciones no por nacimiento sino por un sinfín de transgresiones consentidas, buscando precisamente eso, la imperfección. Porque el matrimonio Binewski - Al y Crystal - está al frente de un negocio, y por mucho espectáculo circense que sea, tiene que ser rentable, y si para eso sus hijos deben ser lo más extraordinarios posible, pues se hace todo lo posible para que así sea. Bajo esta premisa - moralmente reprochable - el lector asiste a la cotidianeidad del circo y al día a día de todos estos hijos. Todo narrado desde la perspectiva de la albina, calva y jorobada Olympia - la entrañable y extremadamente leal protagonista - cuya peculiar mirada nos muestra a los demás integrantes del circo: el ambicioso Arty (llamado "Aqua Boy" porque nació con aletas), las virtuosas Elly e Iphy (siamesas) y el pequeño Chick (con sus habilidades con la telequinesia). Con una bondadosa primera persona, Dunn nos sumerge en una montaña rusa de emociones y extravagancias donde en los picos más altos encontramos un dramatismo y una violencia predecible pero no en cotas tan perturbadoras. Algo que ese marco de terror gótico ayuda a potenciar. Amor de monstruo, en última instancia, presentaría una lucha entre la cruda realidad - la de una sociedad que nunca los aceptará y que buscará la forma de revertir sus malformaciones - y el amor infinito que destila Olympia, tan puro, tan inocente, tan en ocasiones irracional que traspasa el papel para acariciar el corazón de los lectores.

   Una de las consecuencias que tuvo el estreno y popularización en los años 60 de la cinta maldita de Tod Browning fue que a partir de ese momento la palabra "freak" se usase para referirse a alguien anómalo, extraño, peculiar o marginal. Con el paso del tiempo el término adoptó otro significado para hablar de quienes, de forma generalizada, llevan a termino un comportamiento trasgresor con las normas y comportamientos sociales. De este modo, "freak" evolucionó a "freaky", siendo un freaky (friqui en castellano) alguien cuya obsesión o gusto por un hobby es desmesurada, hasta el punto de convertirlo en su forma de vida. No hace falta que me explaye más en cuestiones morfológicas y terminológicas, pues todas y todos sabemos que de un tiempo a esta parte lo friqui está bien visto cuando hace unos años en los institutos, por ejemplo, se marginaba. La o el friqui era el blanco de todas las burlas, hasta el punto de llegar a convertirse en casos de bullyng. Por eso, no deja de resultar paradójico que quienes en antaño se mofaban de los friquis ahora se declaren o se definan precisamente con esa palabra. Hoy en día todos somos friquis, hasta de lo que tradicionalmente nunca se ha considerado friqui. Dejando a un lado esta breve pero muy necesaria apreciación, creo que deberíamos, en esta cuestión, remontarnos de vez en cuando a los orígenes del término, a esa película que lo popularizó, a esa puesta en valor - ya no sólo de las malformaciones o las diferentes patologías que dan lugar a ellas - también a esa humanidad que reside en cada una y uno de nosotros y que por supuesto también poseen los que durante tantos siglos se ha marginado, condenado, maltratado, ocultado, discriminado o matado. Porque sin querer parafrasear a cierto presidente del gobierno, todos somos seres humanos y tenemos sentimientos, experimentamos emociones: nos enamoramos, nos enojamos, nos entristecemos, nos alegramos... ¿Acaso aún existen prejuicios hacia quienes son físicamente diferentes a nosotros? ¿Es posible que aún haya gente que se sienta incómoda con su presencia o directamente piensen que no deberían existir? Lamentablemente, y a tenor de algunas cosas que se oyen por televisión en prime time, así sigue siendo. Amor de monstruo: una historia de amor infinito, mitos, violencia, circo, relaciones familiares... Una novela que demuestra el poder de la literatura para espantar a los prejuicios.

Frases o párrafos favoritos:

"¡Serás lela! Esto lo escriben los normas para asustar a los normas. ¿Sabes quiénes son esos monstruos y demonios y espíritus malignos? Tú y yo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books 

martes, 18 de junio de 2019

RESEÑA: Peach

PEACH

Título: Peach.

Autora: Emma Glass (Swansea 1987) estudió Literatura Inglesa y Escritura Creativa en la Universidad de Kent, y posteriormente, Enfermería Pediátrica en la Universidad de Swansea. Vive en Londes, donde trabaja como enfermera. Peach es su primera novela.


Editorial: Sexto Piso.

Iidioma: Inglés.

Traductor: Mariano Peyrou

Sinopsis: Algo terrible le ha ocurrido a Peach. Le duele caminar y sólo tambaleándose es capaz de llegar a casa, donde la pesadilla continúa: sus padres no parecen darse cuenta de nada. Peach deberá recomponerse sola, juntar los pedazos que quedan de sí misma, antes de retomar la rutina de su vida diaria: su novio Green, sus amigos, las clases. Pero no es fácil concentrarse cuando le asalta el recuerdo de una enorme boca abierta, cuesta comer cuando siente el estómago hinchado como un tambor y es imposible dormir cuando el olor a grasa achicharrada llena sus fosas nasales. A pesar de que intenta cerrar los ojos ante lo que ha sucedido, Peach comienza al fin a entender qué debe hacer para superarlo y a reunir el valor necesario para llevarlo a cabo. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Onírica, de una originalidad abrumadora, sinestésica, dolorosa, poética, terrorífica, visual, redentora, metafórica, perfecta en cuanto a su extensión... Acertar a la primera es el sueño de cualquier escritora o escritor, y más actualmente, donde la inmediatez ha contribuido a que el éxito - en cualquier disciplina o ámbito profesional - sea cada vez más efímero. ¿Ejemplos? Unos cuantos. Fuera de nuestras fronteras Emily Brontë con Cumbres borrascosas, su primera y única novela - sí, lo habéis leído bien - consiguió la fama universal. Lástima que su prematuro fallecimiento nos privase de más historias, así como de su desarrollo y madurez como escritora. Aún así, con ella se asentaron las bases del melodrama y de la novela romántica por excelencia. Lo mismo le sucedió a Harper Lee quien, que en el año 1962 publicó uno de los mayores pelotazos editoriales de la historia de las letras norteamericanas: Matar a un ruiseñor. Con esta novela no sólo ayudó a redefinir la dirección que estaba tomando el mundo de las letras en su país, sino que además lo hizo con rotundidad, con un impecable estilo y con una trama que hurgaba precisamente en la llaga, en los problemas que seguían enquistados en la sociedad estadounidense. Fue tan clamorosa su crítica hacia el racismo y ese hincapié en la pérdida de la inocencia que Hollywood no tardó en adaptarla en una de esas cintas que perduran en la memoria de quienes ven en el cine algo más allá de lo puramente estético. Regresando a nuestro país, no podemos pasar por alto que en el año 1945 - en plena postguerra - una joven catalana llamada Carmen Laforet se alzaba con el primer Premio Nadal de la historia, y lo hizo con 23 primaveras y por otro clásico de las letras españolas: Nada. Sin duda, una hazaña teniendo en cuenta no solo el contenido de la obra, también por el hecho de que por fin fuese una mujer la que -  un país en donde la dictadura las había recluido en el hogar al cuidado de los hijos - rompiese ese techo de cristal. La obra que hoy tengo el inmenso placer de reseñar también es la primera de su autora, un debut tan sorprendente que aún se me eriza la piel solo de pensarlo. Una novela que, aunque probablemente no esté a la altura de las obras citadas, destaca por su autenticidad, una personalidad que va más allá de toda convención literaria y que destaca entre los miles de libros que se pueden publicar en un año en este país y en todo el mundo. Peach: la palabra mordisqueada y sinestesia extrema.

   Fue una decisión casi sin meditar. De hecho, ya había echado el ojo a otro libro de la misma editorial cuya trama apuntaba maneras. Sin embargo, fue una breve reseña en redes sociales la que me hizo de la noche a la mañana cambiar de opinión. Las cosas suceden así, de repente, por sorpresa, sin planificación alguna. Da vértigo, de hecho, en cuanto tuve la novela de Emma Glass entre mis manos por primera vez, una nube de oscuro escepticismo cubrió mi cabeza. Siempre sucede, sobre todo con lo nuevo, lo inexplorado, lo que consigue que salgamos de nuestra área de confort. No obstante, una mariposa empezó a revolotear en mi estómago, ascendiendo rápidamente hasta mis mejillas, las cuales se tornaron de un rojo fresa. Estaba excitada, ansiosa, expectante. No tenia ni idea de lo que Emma Glass iba a significar como autora para mi, como tampoco desconocía que, semanas más tarde, su primer hijo - porque para las y los escritores enfrascarse en la escritura de un libro es como un embarazo, con su gestación y su correspondiente parto incluidos - acabaría alojándose en mi memoria. Un recuerdo arropado, tapado hasta la nariz, resguardado, temeroso de ser aplastado o directamente olvidado en un simple descuido. Sé que suena un tanto pretencioso y que estas palabras pueden haber rozado la cursilería - ¿y qué más da? - pero pocos son los elogios y las reseñas que el cuento o novela breve (según como se mire) de Emma Glass está recibiendo en prensa y por estos mundos de internet cuando todas y todos deberíamos pegar inmediatamente nuestra nariz sobre sus páginas y respirar el aroma de la arena, de la hierba mojada, de la salchicha, de los intestinos a la brasa y por supuesto del melocotón.

   Cuando el lector se adentra en Peach se espera cualquier cosa menos lo que está a punto de leer. Es más, la sinopsis es la que es - de hecho parece muy típica a priori - pero la sorpresa que alberga su interior a una servidora (y ya es decir) le dejó sin palabras. Hay libros que el lector recuerda con posterioridad por su trama, otros por sus giros inesperados, otros por su exquisita ambientación y otros por la impecable construcción de personajes. Peach no entraría en ninguna de esas cuatro categorías, más bien podríamos definirlo con un clásico: "no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta". Ese grupo de libros cuya personalidad consigue abrumar, hasta el punto de que no nos interesemos ni por el tiempo histórico, ni por la complejidad de la trama, si hasta logra que esos personajes secundarios queden difuminados a medida que vamos dejando atrás las páginas. Lo importante, lo que nos emociona, lo que hace que lloremos o estallemos de risa es lo estético, el estilo empleado, en definitiva, la forma con la que la autora ha decidido contarnos la historia. En este punto es importante señalar la impresionante capacidad sinestesia de la presente novela, llegando incluso a traspasar los límites de lo puramente literario para adentrarnos en un territorio más físico que imaginado. El universo de Glass tiene un componente fantástico y onírico al mismo tiempo, una especie de realismo mágico adaptado a los nuevos tiempos y con la particularidad de que se puede manosear, chupar y olisquear. En Peach, las palabras huelen y se degustan. ¡Hacía tanto tiempo que no encontraba una lectura en la que pudiese distinguir el sabor del miedo, de la ira, de la culpa o de la incertidumbre! Plagada de metáforas - empezando por los nombres de los personajes, asociados siempre a objetos comestibles o a lugares altamente relajantes - la novela de Glass es, además, la historia de una pesadilla, y de las más terroríficas. ¡Dios! ¡Es tan visual ¡Tan texturizado que hasta podía adaptarse, si llegase el momento, en dibujos animados! Un viaje al corazón del dolor, a la sangre que lo bombea, a las vísceras, a los vómitos, a la saliva, a la grasa hecha carne, al chasquido en el cerebro, a ese momento en el que todo se vuelve oscuro, o en el caso de Peach - inolvidable protagonista del libro - una bola en el estómago. Lleno de matices, Glass construye uno de los debuts más interesantes de los últimos años al que, por supuesto, no voy a reprochar por brevísima extensión (a penas 115 páginas), pues así, sin alardes ni pretensiones, es perfecta.

   Al principio de la novela, Peach sufre la violencia más brutal por parte del patriarcado, algo que pretende esconder a sus seres más queridos - incluidos padres, novio y mejor amiga - y toma la decisión de recomponerse y superarlo física y mentalmente ella sola, sin ayuda de nadie, sin pensar que tal vez, la mejor solución es apoyarse en los que sabes que no te harán daño. El problema viene cuando ese problema, por no contarlo, se hace cada vez más y más grande, hasta el punto de que ni siquiera la propia Peach es capaz de sostenerlo, ni siquiera con sus propias manos. La barriga se hincha más, y más, y más. Pero Peach calla, sufre en silencio lo que le ha sucedido, trata de seguir con su vida, pero la pelota es cada vez más grande y su piel está a punto de rasgarse por el peso de la terrible experiencia que ha decidido mantener en secreto. Así de metafórico resulta la historia de Peach, que no deja de ser la historia de tantas y tantas mujeres a lo largo y ancho del planeta tierra que prefieren callar antes que contarlo. Esta tan normalizada la cultura de la violación, los micro machismos y la violencia sistemática sobre las mujeres que muchas sienten miedo. Callar antes que hablar. Agujas clavadas en las entrañas antes que la liberación. Culpa antes que justicia. Con su novela, Emma Glass nos sumerge en un microcosmos cotidiano con elementos fantásticos, pero también nos invita a reflexionar sobre lo mucho que todavía queda por hacer para desterrar la desigualdad, la violencia de género y el machismo más rancio de nuestra sociedad. Su relato duele, duele mucho, pero es un dolor necesario, pues nos compete a todas y a todos revertir la situación. Despertar del eterno sueño y reaccionar.  Peach: una historia de miedo, silencio, agresión, desconfianza, inseguridad, presión, autoengaño, incomprensión... Más allá de un extraordinario debut literario.

Frases o párrafos favritos:

"Tengo miedo. Me froto los ojos. Lo veo. Se tambalea, se balacea bajo la farola. Me hace un gesto con su brazo salchicha. Agita sus dedos como salchichas. Piel grasienta y reluciente bajo la luz naranja. Pernas largas que parecen salchichas deslizándose sobre la acera. Grueso. Gordo. Se tambalea. Sigue tambaleándose. Se tambalea."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso
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