viernes, 29 de marzo de 2019

RESEÑA: Juventud sin Dios.

JUVENTUD SIN DIOS

Título: Juventud sin Dios.

Autor: Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901- París, 1938) El intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth es considerado uno de los escritores en lengua alemana con una visión más lúcida de los acontecimientos políticos y sociales que llevaron a la sociedad alemana a la Segunda Guerra Mundial. Autores como Hermann Hesse, Thomas Mann, Joseph Roth y Peter Handke manifestaron admiración por su obra. En 1931 fue galardonado, junto con Erik Reger, con el Premio Kleist. En 1933, con la llegada de Hitler al poder en Alemania, se mudó a Viena y en 1938 a París, donde murió al caerle encima la rama de un árbol durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos. (Fuente: Nórdica Libros).


Editorial: Nórdica libros.

Idioma: alemán.

Traductor: Isabel Hernández.

Sinopsis: "Al igual que hizo Michael Haneke muchos años después en La cinta blanca, Ödön von Horváth narra en esta prodigiosa novela los orígenes del nacionalsocialismo y cómo la semilla del mal ya estaba presente en los jóvenes y en su educación. El narrador de Juventud sin Dios es un joven profesor a quien el director del colegio le pide que no corrija a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, y le recuerda, además, que su obligación es «educar para la guerra». Los valores patrióticos se inculcan en una especie de campamento paramilitar en el que se producirá un crimen misterioso. Horváth escribió esta obra en el verano de 1937, exiliado en Henndorf, en las proximidades de Salzburgo, y se publicó ese mismo año, alcanzando rápidamente una gran popularidad, incluso en el extranjero, siendo traducida a diez idiomas en los dos años siguientes. Las referencias a la realidad del nazismo son el elemento central en una obra en la que el autor describe una curiosa mezcla de la Alemania nazi con la Austria prefascista." (Sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: intrigante, ágil, inquietante, perversa, sorprendente, cero optimista, espeluznante... "Una crisis económica nunca trae nada bueno". Con estas palabras exactas sentenció la profesora de historia que tuve en cuarto de la ESO a raíz de una pregunta de un compañero o compañera (no recuerdo bien) mientras abordábamos las consecuencias del famoso crack del 29. Y no, no lo decía en relación a lo que el pueblo norteamericano sufriría tras una de las crisis más famosas y cinematográficas del capitalismo. En ese momento no le di tanta importancia, pero, al cabo de unos meses, cuando nos tocó enfrentarnos a la crudeza del Nazismo, supe entonces que aquellas palabras tenían más peso de lo que al principio me pareció. Si algo me ha enseñado la historia, tanto en mis años de estudiante de secundaria como posteriormente durante la carrera, es a pensar a largo plazo, a estar al día con lo que pasa en el mundo, a no quedarme con una sola opinión (de hecho, desde hace un tiempo que me he acostumbrado a ver las noticias del día en tres telediarios diferentes para desayunar, comer y cenar) para formarme un espíritu lo más crítico posible, pero sobre todo, a ser consciente de que la historia, muy a mi pesar, puede repetirse. Y esto, a día de hoy, no es un tópico o una frase bonita sin más sacada de cualquier página de citas célebres, por desgracia para todas/os es muy real. Y si no, que nos lo digan a nosotros, con el panorama que actualmente tenemos a nivel político, económico y social. Un caldo que a lo largo de todo este tiempo ha hervido a fuego lento y que ahora, a las puertas de las elecciones nacionales más inciertas de la historia de nuestro país, puede desbordar en cualquier momento. Tengo miedo, no lo voy a ocultar. Miedo de que las palabras de mi profesora del instituto (la más antipática e inspiradora que he tenido en mi vida) resuenen constantemente en mi cabeza cada vez que pongo la tele, de que esté siendo testigo de un discurso de odio y de desinformación que creía que la sociedad había superado, y lo más importante, tengo miedo de que, lecturas como la que hoy tengo el placer de reseñar, puedan estar teniendo lugar a mi lado. Juventud sin Dios: desenmascarando al Nazismo.


Las motivaciones que me llevaron a hacerme, gracias a Nórdica libros, con un ejemplar de Juventud sin Dios fueron en concreto dos. La primera, en parte, viene justificada por esa sobredosis que toda y todo futuro historiador experimenta cuando de pronto, un día, le hablan del Nazismo en el Instituto. En mi caso, para seros sincera, fue bastante heavy. Me obsesioné tanto, hasta el punto que, aquel mismo año, hice tres trabajos para tres asignaturas diferentes sobre esta temática. ¿El resultado? Llegué a los siguientes cursos siendo una experta en el tema, y a la carrera con la sensación que lo que había aprendido por el camino eran simplemente las migajas de lo que posteriormente descubriría en aquellas abarrotadas aulas. Luego, como es normal, vino el desencanto. Tanta sobredosis, sea de lo que sea, nunca es buena. Para después caer en el hastío (cosa que ahora me da mucha pena). Por fortuna, el Máster consiguió aportarme una mirada diferente, nuevas herramientas y sobre todo, nuevos nombres a los que poder acercarme relacionados con la etapa más oscura de la historia del país germano. La base entonces, estaba ahí, en continua formación, autoalimentándose y ampliándose a una velocidad, que si bien era pausada, su constancia, por el momento, no ha desaparecido. Además de esta razón, la segunda motivación que me impulsó fue, y gracias de nuevo a un profesor (uno de los más sabios, temidos e imponentes de la facultad), mi descubrimiento por la conocida como "época de entreguerras" o lo que es lo mismo, los años 20 y 30 del pasado siglo XX. Nunca pensé que aquellos años de desenfreno y posterior crisis económica diesen tanto de si, y menos descubrir que, un periodo tan corto de tiempo pudiese asentar las bases de lo que ocurrió después y que todas y todos conocemos. Eso me fascinó. Lejos de quedarse ahí la cosa, también descubrí las figuras de algunas de las y los intelectuales más potentes de Europa. ¡Y yo que hasta ese momento pensaba que la vanguardia literaria estaba en Estados Unidos con Scott Fitzgerald y compañía! ¡Que equivocada estaba! ¡Ojalá Herman Hesse, Emmy Henings, Leonhard Frank, Thomas Man y sobre todo Stefan Zweig hubiesen aparecido en mi vida antes! ¡La de noches que habría pasado en vela! ¡La de libros que habría descubierto! ¡La de historias maravillosas que abría devorado! La vida es la que es así, impredecible y en este sentido algo injusta. Sin embargo, y como es imposible (de momento) retroceder en el tiempo, dicha carencia la completo leyendo sus libros y descubriendo por el camino a otras y otros autores. De ese modo fue como conseguí dar con Ödön von Horváth, del que por supuesto jamás había escuchado hablar, y cuya biografía me resultó extraordinariamente breve y valiosa al mismo tiempo. Juventud sin Dios es, por el momento, el primer libro suyo que leo, y de verdad, espero que no sea el único.


En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, y saltándome todos los protocolos seguidos anteriormente, comenzaré por lo primero que ve el lector nada más toparse con la presente edición: su portada. En serio, desde aquí me gustaría felicitar a quien o a quienes hayan trabajado en el diseño de esta, así como a la mente brillante que tuvo la genial idea de escoger esa foto de las Juventudes Hitlerianas como carta de presentación. El objetivo es claro: contextualizar al lector y provocar inquietud. Dicho con palabras más coloquiales, dar yuyu. Lo del contexto queda claro nada más fijas la mirada en ella, pero, ese segundo golpe de efecto es magistral. Las miradas de esos dos niños que, uniformados, dirigen al lector consiguen cortar la respiración, helar la sangre, que éste se sienta incómodo. ¿Son de verdad niños alemanes bajo el Tercer Reich o por el contrario se han escapado de alguno de los pasajes de Los chicos del maíz? Pronto lo sabremos, mientras tanto, podemos asegurar a ciencia cierta que el objetivo se cumple con creces. Cuando el lector se adentra en Juventud sin Dios se encuentra, para su más grata sorpresa, con una narración ágil, dinámica, que va directa al grano, con unos capítulos realmente breves (alguno no alcanza las tres páginas), cuyos títulos rezuman una simpleza de manual pero que, sin embargo, jamás pierde la intención de la novela en su conjunto. Porque sí, queridas y queridos lectores, una novela de este calibre esconde ya no sólo una intención (la cual desgranaremos en el siguiente párrafo) sino que además, tal y como está narrada (desde un estremecedor pesimismo), Horváth nos conduce hacia una de esas reflexiones que impactan por su dureza y por estar, por desgracia, próximas a la realidad. La historia la hemos visto muchas veces reproducida tanto en la literatura y el cine. Juventud sin Dios narra, en una claustrofóbica y perpleja primera persona, la experiencia de un profesor de historia y geografía en un colegio masculino austríaco en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En una de sus clases, el protagonista decide reprender a un alumno por un comentario racista sobre la inferioridad de los negros. A partir de ahí, la situación se complica para el profesor, siendo su actitud reprochada por profesores, padres, alumnos y miembros de la comunidad, además de ser testigo de como, poco a poco, la educación de los chicos y chicas del lugar se está redirigiendo hacia una paulatina militarización. Ante esta situación, el profesor se siente un incomprendido. Busca con desesperación a quien pueda entender lo que está sucediendo y dar respuesta a esos miedos que lo acosan. Y aunque le cuesta dar con ellos (ese otro Julio César y un párroco caído en desgracia), la cobardía y un necesario instinto de supervivencia comenzarán a apoderarse de él. El ambiente se vicia, el contexto es el que es, la despersonalización ha comenzado (ahora sus alumnos responden a iniciales no a nombres completos), la automatización, el lavado de cabeza y el adiestramiento (ya no moralmente, también físicamente) ha comenzado. Nunca es suficiente si lo que está por llegar es una nueva guerra más mortífera que la anterior. Este es el punto de partida, y entre clases y entrenamientos en las colonias durante las vacaciones de verano, el lector no sólo se nutre de párrafos que apuntan directos a nuestra memoria (algunos son para enmarcar) o de diálogos en donde la metáfora adquiere un toque terrorífico, también consigue de ser consciente de un comportamiento que tristemente repetimos casi a diario. Esos "yo paso", "me la suda" o ese "mirar hacia otro lado" nunca dolieron tanto como en Juventud sin Dios. Una sonora bofetada de realidad que nos despierta, de golpe y porrazo en una sociedad, desgraciadamente la actual, que en parte se ha nutrido de estos comportamientos. Pocas veces la escritura y la posterior publicación de una novela han estado más justificadas, tanto en el momento en el que ésta vio por primera vez la luz (nada más y nada menos que en el 1937, un año terrible para ser un intelectual de izquierdas en la Austria prefascista) como en el momento actual (en el que estamos siendo testigos de un espeluznante rebrote de las tendencias fascistas en Europa y Estados Unidos). Por último, y antes de pasar a la más que pertinente reflexión final, es posible, como ya he podido comprobar en muchas reseñas, que la de Horváth no sea una novela que satisfaga algunas expectativas. Sin embargo, dejadme deciros que Juventud sin Dios es sin lugar a dudas un documento histórico, una reliquia de un tiempo convulso que guarda más misterios de lo que aparenta. Así que sed pacientes y mantened los ojos bien abiertos. Palabra de historiadora.


La rama de un árbol le arrebató la vida a Ödön von Horváth mientras, bajo una intensa lluvia, paseaba por los Campos Elíseos en el año 1938. Muchos lamentaron entonces su muerte, incluyendo grandes personalidades de la cultura germana y austríaca. Y no era para menos, Horváth se iba de este mundo con tan solo treinta y siete años. Por fortuna para todos, durante su corta vida le dio tiempo a escribir, entre otros textos, el que hoy ocupa toda nuestra atención, cuya simpleza narrativa no enturbia una intencionalidad clara y universal. Todos hemos escuchado muchas veces que sin educación, el mundo es lugar menos seguro, o que la ignorancia crea monstruos. Pues francamente, no les falta razón, ya que ambas afirmaciones son totalmente ciertas. ¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo, que se hace muy poco o nada para favorecer el aprendizaje educativo, en otras palabras, que en el fondo, a unas ciertas élites no les interesa que las nuevas generaciones aprendan más de lo estrictamente necesario. Y no estamos hablando sólo de conocimientos generales, también de todas esas herramientas indispensables para desarrollar el espíritu crítico, eso tan incómodo que, si se emplea con inteligencia y agudeza, es capaz de sonrojar a hasta a la persona más poderosa del mundo. La historia, a lo largo de los siglos, ha demostrado que la educación, además de conocimiento, es poder, y por tanto, un  privilegio al alcance de muy pocos. Durante la Edad Media por ejemplo, las clases más desfavorecidas estaban privadas de toda opción de acceso a una educación superior, favoreciendo a una élite nobiliaria capaz de poder costearse unos estudios en las universidades más famosas de Europa. Hoy en día ese patrón está desfasado. Ya no hay una clase nobiliaria al uso, las mujeres pueden acceder libremente a la educación superior y no existe discriminación por sexo o raza al respecto. Y si bien todavía prevalece una brecha social entre clases, el derecho a la educación es universal. Con este panorama y con una de las generaciones mejor preparadas de la historia, ¿cómo es posible que existan partidos de ultraderecha? O lo más preocupante ¿por qué la gente les vota? La explicación a este paradójico fenómeno la encontramos en un clásico: "la gente ve demasiado la tele". Frase a la que le deberíamos añadir varias coletillas como: "y el ordenador", "y el móvil" "y Netflix"... Pues, según varios estudios, actualmente existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que ya no consumen tanta televisión o directamente ya no la ven. ¿Es ese el problema? Pues sinceramente sí, entre otros, porque mientras mantienes los ojos pegados a la pantalla, por muy informado que crees estar, al final, resulta que no lo estás tanto. Eso es lo que consiguen las redes sociales, que además de ofrecerte la información personalizada (por tanto, sesgada) acabas quedándote con los titulares y no con el contenido de la misma. Y si a eso, además, le añadimos el poder de atracción de las grades plataformas digitales (capaces de conseguir que te tires todo un día haciéndote maratones de tu serie favorita), conseguimos la alienación total. Si algo nos enseña Horváth en Juventud sin Dios es a que con un poco de desinformación se puede conseguir que el humanismo quede aplastado por la irracionalidad del Nazismo. Traducido a nuestro tiempo:  que la gente pase de querer saber más sobre lo que pasa a su alrededor y que sólo le preocupe la calidad de las fotos de su teléfono móvil, el filtro Valencia o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. La ignorancia crea monstruos, y si además se fomenta, éstos pueden acabar devorándonos a todos. Juventud sin Dios: una historia de paradojas, cobardía, fanatismo, intolerancia, supervivencia, enfrentamiento, desamparo, con un hilo de esperanza algo descorazonadora... La prueba de que el ser humano ha vuelto a tropezar con la misma piedra.

Frases o párrafos favoritos:

"Que estos críos rechacen todo lo que para mí es sagrado no me parece tan grave. Lo que resulta más grave es como lo rechazan, sin conocerlo. Y lo peor de todo es que no quieren conocerlo de ningún modo. Para ellos, pensar es odioso."

Película/Canción: al igual que hiciese Ödön von Horvath en 1937, en el terreno cinematográfico el director alemán Michael Haneke dirige y estrena en el año 2009 La cinta blanca. Una película que describe la vida en un pequeño pueblo de Alemania de principios de siglo XX en donde tienen lugar una serie de extraños sucesos. Al final, la cinta de Haneke no deja de ser una búsqueda de los orígenes de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De ahí que se compare tanto con la novela de Horváth. Por eso y porque es un peliculón, es de justicia que en esta ocasión adjuntase su correspondiente tráiler. Espero que os animéis a verla.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

martes, 26 de marzo de 2019

RESEÑA: Estudios de lo salvaje.

ESTUDIOS DE LO SALVAJE

Título: Estudios de lo salvaje.

Autora: "Barbara Baynton (Scone, Australia 1857 - Melbourne, Australia 1929) No obstante, ella siempre sostuvo que había nacido cinco años después, en 1862, y no fue este el único dato biográfico que falsearía. Hasta sus nietos creyeron que había sido la hija ilegítima de dos irlandeses que se enamoraron en el barco que los llevaba a Australia, cuyos nombres eran distintos a los de sus verdaderos progenitores. También cambió la profesión de su padre e hizo que pasara de carpintero a terrateniente. Esta ficción se gestó cuando Baynton se trasladó a Sídney después de que su primer marido la abandonara con tres hijos a su cargo. En 1890, al día siguiente de haber obtenido el divorcio, se casó con su segundo marido, Thomas Baynton, con quien empezó una nueva vida. Su ascenso social fue inmediato, y pronto algunos de sus relatos comenzaron a ver la luz en la revista The Bulletin. Seis de ellos se reunirían en la antología Estudios de lo salvaje, publicada en Londres en 1902, en Gerald Duckworth and Company, después de que varios editores australianos la rechazaran por sus descripciones poco benévolas de las regiones del interior del país. No hay en sus textos el más mínimo rastro de orgullo nacional, como tampoco esa exaltación romántica por la vida de los habitantes de las zonas más despobladas, que empapaba la literatura australiana predominante en la década de 1890. Su segundo marido murió en 1904, y ella comenzó a invertir en bolsa y en antigüedades, lo que derivaría en una pasión por el mundo de las joyas que persistió hasta su muerte. Publicó Human Toll, su única novela, en 1907, y en 1917 vio la luz Cobbers, una nueva antología de relatos que añadía dos a los ya recogidos en Estudios de lo salvaje. Durante la Primera Guerra Mundial vivió en Inglaterra, y en 1921 se casó con su tercer marido, el barón Headley. A pesar de la brevedad de su producción literaria, la visión personalísima de Barbara Baynton ha sido reconocida como una de las más significativas de la creación literaria australiana. Murió en Melbourne, el 28 de mayo de 1929." (Fuente: Impedimenta).



Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: "Una joven embarazada baja de un tren en una estación desierta para recorrer un camino inhóspito y salvaje. Una mujer se enfrenta a la soledad de su cabaña después de talar un árbol y ser derribada por una de las ramas, que la deja inmovilizada. Una madre ha de abandonar su casa para defenderse del ataque de un hombre, y huye con su hijo atado al pecho. Los relatos de Barbara Baynton sitúan a sus protagonistas en el paisaje indómito de las regiones australianas del interior, lejos de las ciudades, y las somete al aislamiento y los rigores de un entorno feroz que las obliga a luchar por su propia supervivencia día tras día, con la única compañía de sus perros. No hay ayuda, no hay miradas afables ni compasión en la naturaleza inexplorada a la que llegan los personajes de Baynton. Su único recurso es el de la resistencia, la obstinación e incluso la ira." (Sinopsis editorial). 

Su lectura me ha parecido: intensa, agreste, estremecedora, desmitificadora, cruda, brutal, sin margen para el buenísimo o la complacencia... Hace unos años vi la que para mi es una de las películas más hermosas, hostiles y feministas de la historia (por encima de mi adoradísima Thelma y Louise): El piano. Llevaba un tiempo arrastrando las ganas de ponerme con ella, y cuando por fin pude hacerlo, aquella tarde gris y aguantando un catarro de mil demonios, mis ojos no pudieron despegarse de la pantalla. Empezando por esos primeros y memorables acordes que aún suenan en mi cabeza y finalizando por esa escena en la que la protagonista (una magistral y honesta Holly Hunter), aún atada a su amado piano, levita en la inmensidad del océano pacífico, cual alga mecida por las caprichosas mareas del fondo marino. Más impresionante fue lo que, a continuación, sucede después, pues a pesar de que aquel instrumento ha formado parte de su vida desde niña, comprende que merece más la pena nadar, ascender y subir a la superficie. Morir junto a los recuerdos o abrazar una nueva vida en esa primera bocanada de aire. Aunque, sin duda, a parte del carisma de Anna Paquin (tan tierna como despiadada) lo que de verdad se me quedó grabado en la memoria fue ese viaje, esa toma de tierra, ese desembarco en una tierra, Nueva Zelanda, cuya naturaleza parecía abrumadora. Y digo parecía, porque, en los siguientes quince minutos la percepción del espectador gira 180 grados. No todo es tan bello ni tan idílico, y menos para una madre y una hija del XIX. Las imágenes de ellas siendo levantadas por rudos y maleducados marineros para evitar que sus espectaculares vestidos (con corsé y aros de acero incluidos) se mojasen es impresionante. Nunca una película, en ese sentido, expresó tan bien la oposición de dos mundos tan opuestos pero que, sin embargo, en esta ocasión están condenados a soportarse. Barro, sudor, humedad, charcos, lluvia... Pero precedido de una maravillosa playa en la que Jane Campion nos regala las escenas más memorables del film. Algo parecido sentí cuando, hace unas semanas, me adentré en los hostiles relatos de Barbara Baynton, en los que el lector está en la obligación de luchar en contra de esa idílica concepción para arrojarse a una realidad, la de la Australia más rural, hermosa, sí, pero sumamente peligrosa. Estudios de lo salvaje: género y supervivencia.


La historia de como esta colección de cuentos llegó a mis manos y a mi idolatrada estantería es bien sencilla. Aunque para seros más sincera, lo cierto es que, a pesar de que jamás había oído hablar de Barbara Baynton (así como de tantas y tantas otras escritoras por desgracia), sí que me apasiona, desde el punto de vista de la escritura incluso, todas aquellas historias de ambientación rural. Si para mi, la playa es el entorno en el que en mi imaginario como escritora tienen lugar los acontecimientos próximos al descubrimiento y el paso de la adolescencia a la madurez, el campo representa eso y algo más. Y ese algo más tiene mucho que ver con el hecho de que el mundo rural siempre se ha considerado la cuna de la tradición, del retorno, de los recuerdos, del ocaso de nuestras vidas... Pero también pueden ser entornos en los que la asfixia, el rechazo o la soledad pueden adquirir protagonismo. Una de las primeras autoras que leí en ese sentido fue a Edna O´Brien, una autora irlandesa cuya producción literaria de marcado carácter autobiográfico está orientada a un discurso realmente crítico con el mundo rural, en este caso del de los pueblos irlandeses de principios de siglo XX. Cuando, por ejemplo, finalizas la lectura de Un lugar pagano el lector acaba generando sentimientos encontrados. Por un lado, encuentras en sus palabras una rabiosa crítica a toda esa tradición inamovible que durante años la protagonista (alter ego de la propia O´Brien) tiene que soportar. Sin embargo, por otro lado, no puedes evitar que la curiosidad invada tu mente, hasta el punto de desear hacer las maletas y planificar unas vacaciones de verano en la Irlanda más profunda. Estas contradicciones, totalmente humanas, sostienen gran parte del sentido y finalidad de la literatura. Así mismo, y aunque ya he repetido en más de una ocasión mi total desagrado, debo reconocer que la descripción que Emily Brontë hace al inicio de su única novela es de las mejores que he leído. Esas impresionantes y ya icónicas fincas (Cumbres Borrascosas y los Tordos) elevándose sobre unas praderas que, lejos de mostrar una verdosa luz, su sequedad pone en situación al lector. No estamos ante una novela romántica sin más, sino ante algo más agresivo, apasionado, frío, como el viento que sin duda creemos resbalar por nuestras mejillas mientras contemplamos dicho paisaje. No debo olvidarme, si mi explicación pretende ser sincera, de esa maravilla de Picnic en Hanging Rock. Misterio a raudales, un delicioso toque gótico al más puro estilo british, un paisaje que oscila entre la espectacularidad y lo terrorífico y una autora, Joan Lindsay, jugando constantemente con la ambigüedad de su trama (todavía hay quien cree que los sucesos acaecidos aquel San Valentín de 1900 son ciertos). Desde esas obras, entre otras muchas, he ido ampliando mis conocimientos, mi inspiración y mi biblioteca con sendos títulos. Estudios sobre lo salvaje fue, en ese sentido, una de mis últimas incorporaciones, pensando que su lectura podría arrojar un toque de amplitud, un nuevo punto de vista, una mirada de la que poder extraer todo lo que a mi como lectora y escritora me interesa. Tras su correspondiente degustación lectora, saqué en claro dos conclusiones: la primera, que el campo puede matar, y la segunda, que Joan Lindsay le debe a Barbara Baynton mucho más que el compartir nacionalidad.


Como ya he comentado en numerosas ocasiones, reseñar relatos siempre entraña una cierta complicación. Ya no sólo en lo que al mayor o menor número de historias se refiere, sino también a la variedad temática que éstos puedan encerrar. El estilo es el mismo: depurado, limpio, ágil, pero sobre todo, ausente de complacencia o autocensura. Los cuentos que el lector se encuentra en Estudios de lo salvaje, son precisamente eso, pequeñas capsulas, breves tesoros que describen una época y situaciones a las que, por su crudeza y violencia, las mujeres no desearían enfrentarse jamás. Y digo mujeres porque son ellas las absolutas protagonistas de cada uno de ellos. Sin embargo, esto no exime a que los hombres del temor a padecer alguna de estas historias, aunque sea en sus peores pesadillas. El miedo no entiende de género, así es y debería serlo. No obstante, el que Barbara Baynton haya decidido, conscientemente quiero pensar, que sean mujeres las que protagonicen estos relatos tan hostiles y cero edulcorados, nos debería hacer pensar. Estamos a principios de siglo XX, siglo en el que el movimiento sufragista comienza a cobrar importancia y a extenderse por numerosos países. No debemos de olvidar que en Australia las mujeres pueden ejercer su derecho a voto nada más y nada menos que desde 1092, dieciséis años antes que en Reino Unido, veintinueve años antes que en España o cuarenta y dos años antes que en Francia. De este modo, Australia se convirtió, junto con Nueva Zelanda (país que había logrado aprobar el sufragio universal femenino en 1893 gracias a la lucha de la sufragista Kate Sheppard), en uno de los países pioneros en este ámbito. Casualmente, en el mismo año que tiene lugar tan importante conquista social, Estudios de lo salvaje es publicado por la editorial inglesa Gerald Duckworth and Company. Todo eso tras el rechazo unánime de varios editores australianos al considerar que sus descripciones del Bush (el interior de Australia) distaban mucho de ser benévolas. Es cierto, sus descripciones de la Australia más rural no dejan lugar a dudas, pero, ¿y si no era eso lo que de verdad les molestaba a los editores? ¿Y si la razón por la que rechazaron publicar los relatos en su país natal responde más a una cuestión puramente machista? ¿Y si lo que les escama no es su opinión sobre el Bush sino que sean mujeres las que se enfrentan a las adversidades del mundo rural? El azar quiso poner, aquel glorioso 1902, a una autora Australiana en el mapa, escritora que, con el tiempo, logró convertirse en una de las más importantes y fundamentales de la literatura en un país situado en los confines del mundo. En el relato "La compañera de Squaker" (mi favorito y el más brutal) vemos a una mujer talando árboles y sufrir un accidente como consecuencia. En "Billy Skywonkie" son las aborígenes australianas las que hacen frente a la hostilidad del medio y a la los abusos por parte de los hombres. Y en "Una iglesia en la maleza" es la sociedad, en este caso una comunidad alejada de todo elemento utópico, la que oprime a la mujer. No menos interesante, a pesar de ser uno de los más flojos del volumen, es "Mano tullida", el único relato protagonizado por un hombre pero en el que, sin embargo, podemos hallar una desnudez total respecto a estereotipos masculinos al conferirle a su personaje de un sentimiento de temor frente a lo desconocido. Mujeres que luchan contra las fuerzas de la naturaleza (con mejor o peor suerte) y hombres con una doble psicología (la de la cara más despiadada del patriarcado por un lado y la emocional por otro, enterrada bajo capas y capas de educación sexista). Eso es lo que nos encontramos en la obra de Baynton, además de los pilares fundamentales de una tradición literaria tan sólida que sus ecos llegaron hasta la mismísima Joan Lindsay. De hecho, Picnic en Hanging Rock podría considerarse, salvando las distancias, como la perfecta heredera de Estudios de lo salvaje al recoger y hacer propios esa imagen tan desmitificadora del campo con ese delicioso toque gótico que bien podemos apreciar en su relato "La soñadora", justo el que abre la presente edición. Como acabáis de comprobar, las distancias temporales son salvables en el momento en el que alguien consigue, con sus escritos, remover la conciencia de quien tiene abiertas las puertas al conocimiento y a la inspiración.


Reconozco que a la hora de ponerme a escribir este párrafo estuve a punto de centrarlo en hablar de su autora, de Barbara Baynton, cuya biografía es del todo desconcertante (su afición a falsear algunos datos de su pasado me dejó bastante perpleja). Sin embargo, y teniendo en cuenta algunas de las principales reflexiones que se agolparon en mi cabeza tras finalizar su lectura, me centraré en algo más importante, en hablar de la vida en el campo. Todas y todos tenemos en mente una imagen bastante idealizada de lo que es una jornada en el mundo rural. En parte, por culpa del turismo y esa visión tan bucólica que siempre nos han tratado de vender, porque sí, al final todo se reduce pura y exclusivamente a términos capitalistas. Cada vez que un pueblo sale por la tele, automáticamente destacamos las virtudes de vivir en el campo (aire puro, lejos del ajetreo, menos preocupaciones...), las cuales, por supuesto, son totalmente imaginadas. Incluso el turismo rural, cuya demanda ha ido creciendo de un tiempo a esta parte en adeptos, no se aproxima ni en sueños a la verdadera vida en el campo. Esta muy bien, eso no lo niego, alquilar una casa rural en ese pueblo perdido en medio de los Pirineos oscenses o en esa semi deshabitada aldea perdida entre campos de Castilla. Claro que es precioso. Sin embargo, tanto quien consume ese tipo de turismo debería ser consciente de que, en temporada baja, los pueblos son auténticos desiertos demográficos, así como lugares en los que la vida no es tan fácil. La falta de recursos (incluyendo en ocasiones los sanitarios), sumado a la ausencia de lugares de entretenimiento al uso (como por ejemplo un simple cine), las inclemencias meteorológicas que padecen algunos de ellos (sobre todo en el frío y largo invierno), las escasas conexiones, su geografía, su orografía, así como sus particularidades propias hacen de estos lugares entornos menos atractivos para aquellos que conciben el mundo rural como el paraíso. Por no hablar, por supuesto, del trabajo, que en muchas ocasiones está enfocado al trabajo de la tierra. En una época en la que se ha puesto de moda tener pequeños huertos urbanos en los balcones y en los barrios de las grandes ciudades en un intento por ser más ecologistas, a veces se nos olvida que, si no fuera por todos esos agricultores que trabajan de sol a sol labrando y sembrando la tierra, hoy no tendríamos ni frutas ni verduras en los supermercados. Pero más allá de esa estampa bucólica en la que las granjas se nos presentan como algo parecido a un parque de atracciones donde los animales campan a sus anchas, de lo que deberíamos estar hablando es de el papel de las mujeres en el mundo rural. Una figura que afortunadamente con el paso del tiempo ha pasado de ser esa figura invisible a reconocerse y a ampararse en asociaciones en favor de sus derechos dentro del sector primario. Quien conozca este mundo, en especial desde esa literatura rural tan popular en los últimos tiempos, se habrá dado cuenta de que éste relato es sesgado, ya que narra los acontecimientos o su realidad desde una perspectiva masculina cuando, en realidad, deberíamos estar hablando de más realidades. Pues, ¿no es igual de interesante lo que una campesina, una agricultora, una ganadera o una pastora nos puedan contar sobre su vida en el campo? Barbara Baynton no sólo fundó una corriente literaria cuya influencia en Australia es notable, sino que además, nos desmonta dos patrones. En primer lugar, al dibujar un paisaje del Bush más realista, lejos de esa lírica patriótica tan en boga en su época. Y en segundo lugar, al preferir que sea la mujer y no el hombre el que haga frente a la bestia, que no es otra que la propia naturaleza. Estudios de lo salvaje: seis historias de veracidad, tensión, hostilidad, paisajes perversos, violencia... Seis relatos de lo salvaje, pero también de destreza.

Frases o párrafos favoritos:

"La mujer llevaba la bolsa con el hacha, el mazo y las cuñas; el hombre, el cazo y las bolsas limpias de comida. La sierra la llevaban entre los dos, de modo que parecía que caminaban unidos por ella. La mujer era más alta que el hombre, y la firmeza de su cuerpo, tan distinto del que él, que caminaba con flojera, arrastrando los pies y dejando caer los hombros, hacía que la diferencia entre ambos resultara más evidente. Los hombres la llamaban "la compañera del Squeaker", y todos parecían estar de acuerdo en que no había mejor camarada de pelo largo con unas enaguas puestas. Las mujeres de los colonos agrícolas habían intentado retarla a que se pusiera unas ropas más femeninas, pero la compañera del Squeaker no les hizo ni caso, si es que llegó a escuchar siquiera lo que querían."

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, y a pesar de que su trama nada tiene que ver a priori con Estudios de lo salvaje, me gustaría adjuntaros la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de la presente reseña. La de mi película favorita por cierto.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

viernes, 22 de marzo de 2019

RESEÑA: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

MARY POPPINS
VUELVE MARY POPPINS

Título: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

Autora: "P. L. Travers, preudónimo de Helen Lyndon Goff (1899-1996) nació en Australia, si bien en 1925 se trasladó a Inglaterra, donde adaptó su nuevo nombre y residió el resto de su vida. Admiradora de James M. Barrie - creador de Peter Pan -, fue una mujer de fuerte personalidad y temperamento independiente cuyo carácter vivo y curioso la llevó a viajar por buena parte del mundo. Además de ser la creadora de Mary Poppins, la niñera más famosa de la literatura, también fue actriz de teatro, periodista y autora de poemas que vieron la luz en revistas como The Bulletin o Traid. Así mismo, Travers participó en la famosa adaptación musical de Disney en calidad de asesora de producción." (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Borja María Bercero.

Sinopsis: "popularizados en todo el mundo por la versión cinematográfica que de ellas hiciera en 1964 Walt Disney, las aventuras de Mary Poppins son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Con todo, a través de la singular institutriz, P.L. Travers dio vida a un personaje a caballo entre el hada buena de cuya protección y virtudes todos hemos deseado gozar, en nuestra fantasía, alguna vez, y un espíritu más misterioso que, por sus poderes, parece estar arraigado en el sustrato mismo de la Naturaleza. El presente volumen reúne las dos primeras novelas de la serie - Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins - junto con las ilustraciones que para la primera edición de la obra hizo Mary Shepard." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: mágica, original, bien estructurada en cuanto a su primera parte, algo más caótica en cuanto a la segunda, interesante, a ratos tierna, extraordinariamente diferente... ¿Quién todavía tiene vivo en su memoria el recuerdo de una mujer sobrevolando con un paraguas y un bolso de flores sobre el oscuro cielo de Londres? ¿Quién no ha deseado, en esos días de viento intenso, poder volar sobre las nubes? ¿Quién no ha buscado por los tejados a los saltimbanquis deshollinadores? ¿Quién no ha soñado con meterse, de un salto, en el interior de un dibujo pintado a tiza sobre el sucio suelo? ¿Quién no se ha sorprendido tarareando o directamente cantando alguna de sus pegadizas canciones? ¿Quién no es capaz de soltar de carrerilla "supercalifragilísticoespialidoso" sin fallar ni una sola palabra? ¿Quién no ha sentido rabia cuando el Señor Banks le obliga a su hijo, Michael Banks, a depositar un penique en el banco en lugar de dárselo a la mujer de las palomas? ¿Quién no se acuerda de la mujer de las palomas? ¿Quién no sabe que con un poco de azúcar la vida se ve de otra manera? ¿Quién no querría pasarse los días levitando como el Tío Albert? ¿Quién no habría deseado observar desde el catalejo del Almirante Boom la Calle del Cerezo? ¿Quién no se ha partido de risa con los momentos delirantes protagonizados por las criadas Ellen la Sra Brill? ¿Quién no ha sentido una punzada en el corazón con la escena de las cometas, justo en la que el inquebrantable Señor Banks, tan adulto y responsable, vuelve a ser niño por unos instantes? ¿Quién no ha sentido ternura por Jane y Michael Banks, especialmente cuando detallan a sus padres, punto por punto, las razones por las que deberían contratar una niñera? ¿Quién no ha querido ser alguna vez Bert? ¿Quién no se ha visto contagiada/do por su perenne vitalidad y sentido del humor? ¿Quién no ha deseado tener el poder de ordenar su cuarto con sólo chasquear los dedos? ¿Quién no ha deseado subir las escaleras sentado en la barandilla? Y la gran cuestión: que levante la mano quien haya visto esta película de la factoría Disney como mínimo unas diez veces, la mayoría de ellas durante la infancia. Si es que somos animales de costumbres, y con lo que nos gusta todavía más. Ahora bien, ¿qué pasaría si os dijera que la niñera más famosa de la literatura no es, sobre el papel, como vosotros os la imaginabais? ¿Y si Julia Andrews estaba interpretando una versión más edulcorada de ésta? ¿Y si el libro no se corresponde al 100% con nuestros recuerdos cinéfilos? Esta claro que no se puede tener todo en esta vida, y menos en lo que a nuestros tótems infantiles se refiere, pues corres el riesgo de decepcionarte o de ver, a partir del momento en el que descubres su verdadera esencia, ese personaje o esa película con otros ojos. Y esto último es justo lo que, a mi particularmente, me ha sucedido con ella, con la gran Mary Poppins. Una niñera mágica, sí, pero de su tiempo.


La primera vez que vi la película de Mary Poppins quedé completamente fascinada. Era incapaz de apartar la mirada del televisor. Recuerdo con especial cariño las escenas en las que las personas de carne y hueso interactuaban con auténticos dibujos animados o la de los deshollinadores saltando de tejado en tejado en un frenético y divertido baile. Para mi, una de las más memorables del film. Adoraba a Mary Poppins, pero creo que en su momento empatizaba más con Bert (¡grandioso Dick van Dick!), que era todo alegría, diversión, optimismo y jolgorio; el contrapunto perfecto en una historia en la que Julie Andrews, Mary Poppins, representaba una felicidad más contenida con un toque de responsabilidad debido a su trabajo. Alucinaba con las caras de sorpresa de Jane y Michael Banks, los niños a los que Poppins cuida (¡abrían tanto la boca!), me reía con las criadas (tan serias y a la vez tan desternillantes), con ese hilarante Tío Albert (todo un señor personaje), con  el Almirante Boom (cuyos cañonazos provocaban más de un terremoto en el número 17 de la Calle del Cerezo) y con la decrepitud de los banqueros (uno de ellos, el dueño del banco, era incapaz de tenerse en pie sin ayuda). Por no hablar del Señor Banks (el personaje que más odiaba de pequeña) y la Señora Banks (¡que era sufragista y yo sin saberlo a mis cinco años de edad!) cuyo papel en la película es meramente anecdótico. En definitiva, creo que todas y todos, o al menos una gran parte de mi generación, ha crecido con los clásicos infantiles de Disney, entre los que no podía faltar las aventuras de la niñera inglesa. De un tiempo a esta parte, y tras dedicarle un necesario visionado una vez tuve la madurez suficiente como para darme cuenta de que el Señor Banks es un personaje más profundo de lo que parece y de la escandalosa crítica a la figura de la sufragista personificada en la Señora Banks (sus movimientos mientras canta "Socia Sufragista" así como su actitud cómica y despreocupada respecto a sus hijos configuran una imagen peyorativa y ridícula de uno de los mayores movimientos sociales de la historia), he llegado a la conclusión de que Mary Poppins es una de las películas que más ha marcado mi infancia. Todavía a día de hoy me sorprendo canturreando o tarareando alguna de sus pegadizas y maravillosas canciones. Sin embargo, muy pocos de los que disfrutamos de ella, sabíamos que se trataba de una adaptación, y que por tanto, existía no sólo un libro, sino ocho en total. Toda una saga dedicada a aquella niñera que volaba y hablaba con los animales. A pesar de ello, nunca sentí la necesidad de aproximarme a ella a través de los libros de P. L. Travers (de nuevo, una autora condenada a esconderse tras un pseudónimo y unas siglas para poder publicar). Tenía a Mary Poppins en un pedestal y temía que los libros pudieran producir grietas en él. Pero entonces llegaron las navidades de 2018, y con ellas, una nueva película de la niñera mágica (película que por cierto aún no he visto). Algo que desde Alianza Editorial no quisieron dejar escapar, por lo que acabaron, coincidiendo con su estreno, reeditando y publicando un volumen con las dos primeras entregas de la saga: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins (con las ilustraciones originales incluidas). Y en ese momento, como muchos ya habréis adivinado, no pude resistirme. Una vez en mis manos y en mi estantería, esperé al mejor momento para acercarme a él, justo después de una de esas lecturas que te rompen por dentro. Tardé más de lo que habría imaginado en leerlo, de hecho, lo dejé reposar entre parte y parte. Obteniendo como resultado, no sólo una experiencia más sosegada, sino una perspectiva más amplia y analítica sobre este clásico de la literatura juvenil.


Antes de adentrarme en la reseña propiamente dicha, me gustaría hacer una advertencia. Quien piense que el libro es igual que la película esta muy equivocada/do. No hay ni una sola adaptación cinematográfica fiel al producto original en el que ésta se inspira. Ni una. ¿Por qué? Muy fácil, porque el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes a pesar de sus puntos en común. Una película puede captar a la perfección el paisaje, la intención de la autora/or, el mensaje que el libro quiere transmitir, la psicología de los personajes e incluso saber reproducir con gran exactitud pasajes que podemos leer sobre el papel. Sin embargo, la mirada de la directora/or, así como la limitación del tiempo (¿os imagináis, por ejemplo, una adaptación cinematográfica de Los Pilares de la tierra fiel al libro? No, ¿verdad? Yo tampoco, y ya me cuesta creer que Rydley Scott lo consiguiese condensar en una miniserie de ocho episodios) son dos de los aspectos que provocan que una adaptación cinematográfica nunca sea a gusto de todos. Este es el caso de Mary Poppins, aunque para ser más sincera, la versión de Robert Stevenson dista mucho del libro, pero muchísimo. La verdad es que nunca he sido de las que ahonda en las diferencias entre X libro y la película, en el caso de que ésta exista por supuesto. Sin embargo, y teniendo en cuenta su magnitud (pues creo que estamos ante uno de los muchos ejemplos de cintas que devoran al libro) no lo puedo prometer. Para empezar, en cuanto a su lectura, diremos que ésta se hace amena, entretenida, aunque contiene una cierta dificultad. Y es aquí, en este punto precisamente, donde reside una de las mayores críticas que se le puede hacer a la novela de Travers. Tanto Mary Poppins como Vuelve Mary Poppins no son novelas al uso, sino un conjunto de pequeños relatos que la autora ha decidido juntar para construir lo que hoy podemos leer y tener en nuestras estanterías. De hecho, da la sensación de que éstos fueron escritos por separado, e incluso me atrevería a decir que en diferentes momentos. ¿Entonces es un libro de cuentos? No, pues a pesar de su independencia (pues Travers nos narra pequeñas aventuras que Mary Poppins vive sola,  junto a los hijos de los Banks o acompañada de otros personajes, cada cual más loca, surrealista y divertida) hay un hilo que los guía, lo que permite que evolucione al calificativo de novela, dotándola además de una coherencia argumental a pesar de esa explosión de fantasía. Esto es lo que sucede en Mary Poppins y que personalmente echo en falta en Vuelve Mary Poppins, en donde ese hilo, ese conducto, ese nexo es más invisible, y por tanto, las historias que se narran son un tanto inconexas. Si Mary Poppins es el orden dentro del caos, Vuelve Mary Poppins es la anarquía sin un sentido claro. En cuanto a lo que se nos narra, especialmente la primera parte, difiere bastante de la adaptación cinematográfica. Si bien hay escenas memorables que en aparecen en la novela (como la visita al Tío Albert o la importancia de la mujer de las palomas, aquí de los pájaros), la mayoría de historias se pasaron por alto. No obstante, si hay un detalle en particular que yo destacaría al respecto es la diferencia entre la Mary Poppins de Travers y la Mary Poppins de Julie Andrews (o de Disney). En el libro, Travers crea una protagonista menos entrañable, más seca, antipática y hasta estricta. En otras palabras, más pegada a la realidad de su época, en la que las institutrices inglesas respondían a esos estereotipos. De hecho, sólo hay un momento en todo el libro en el que creo que podríamos encontrar a esa Mary Poppins que tanto adoramos, y es en la escena en la que se encuentra con Bert. Ahí podemos casi observar un atisbo de sonrisa. Sin embargo, la riqueza de esta lectura reside en otros detalles que en la película pasaron completamente por alto, como son, por ejemplo, el origen de los poderes de la protagonista y la explicación a su forma de ser. Y la respuesta no puede ser más nostálgica y hermosa. ¿Es mejor el libro que la película entonces? No sabría que deciros. Personalmente ha supuesto una especie de shock, pero la novela no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, ni más ni menos. Creo que, en este caso en particular, se debería dar una oportunidad a su lectura, ya que son muchos los aspectos desconocidos para el gran público que merecerían conocerse respecto del personaje de Mary Poppins. Y por favor, olvidaos de la versión de Disney cuando lo leáis. Sé que es difícil, que el "supercalifragilísticoespialidoso" es un recuerdo muy poderoso, pero intentadlo, sólo así podréis disfrutar de esta lectura. Seguid mi consejo, por vosotros y por la verdadera Mary Poppins.


Es posible que La Cenicienta sea, con total seguridad, la película que mas veces he visto durante mi infancia, y curiosamente, de la que guardo menos recuerdos (salvo, obviamente, ese inolvidable "Bibidi, Babidi Bum que aún sigo tarareando a mis 26 años de edad). Aunque para películas imprescindibles, Lo que el viento se llevó, ese interminable pero maravilloso clasicazo del siglo XX que, habiéndolo visto muy pocas veces, consigo evocar en mi memoria sin demasiada dificultad. Como podéis comprobar, todas y todos tenemos productos culturales idealizados. Ya sea porque nos han acompañado durante la infancia, o porque han irrumpido en un momento clave de nuestras vidas. Sea como sea, el caso es que al nombrarlo, releerlo o visionarlo de nuevo, consiguen transportarnos directamente a esos instantes que, por un motivo u otro, quedan alojados en la memoria para siempre. Sin embargo, y pasado un tiempo, cuando la madurez llama a la puerta para asentarse en el sofá de la vida, la mirada que tenemos sobre dichos productos culturales puede cambiar o incluso mostrarse reticente a dichos cambios. Nadie ha dicho que fuera fácil asumir que, por ejemplo, la Cenicienta no tuviese más ambiciones que las de casarse para poder salir del infierno en el que su madrastra le tenía sumida. O que Bella, tan lectora e inteligente, acabase casándose con su captor. O que películas como Forest Gump o la saga Rambo fuesen una visión simplona y patriótica respectivamente de la Guerra de Vietnam. O que Grease, sí, esa película que muchas y muchos tenemos entre nuestras imprescindibles, tenga uno de los finales más machistas de la historia. O que El Rey León, además de ser una adaptación del inolvidable Hamlet de William Shakespeare, contuviese una escena (la de Scar con las hienas desfilando) cuya semejanza con algunas partes de El triunfo de la Voluntad de Leni Reifenstahl sea tan clamorosa. ¿Y qué me decís de Harry Potter? Esa saga de libros y de películas que ha marcado a toda una generación repleta de lagunas argumentales por culpa de una autora a la que no le importa saltarse el canon cada dos por tres en favor de la trama (algo que, en Animales fantásticos, adquiere proporciones realmente grotescas y escandalosas). ¿Y qué pensáis de mi idolatrada Lo que el viento se llevó? Repleta de racismo y clasismo. Esos mismos sentimientos encontrados los experimentarían, muy probablemente, los fans de Woody Allen (tras conocer su polémica vida películas como Annie Hall no se vuelven a ver de la misma forma), los de Shakespeare in love (cuyo productor no es otro que el malogrado Harvey Wenstein) o los del cantante Michael Jackson (a quien el controvertido documental Living in Neverland está perjudicando económicamente aún después de muerto). Son muy pocas y pocos los que aún les cuesta creer que, en el mundo de la literatura, Pablo Neruda violase a una camarera de piso, que Cortázar ocultase el talento literario de Aurora Bernárdez (la que fuese su compañera sentimental durante gran parte de su vida) o que Lewis Carroll tuviese una obsesión con Alice Liddell, la niña que inspiró Alicia en el país de las maravillas. Esos son sólo ejemplos ilustrativos de nuestros constantes debates internos respecto a algunos libros o películas que, con el paso del tiempo, no han conseguido sobrevivir a la crítica, totalmente justificada en muchos casos, que lanzamos desde el siglo XXI. Lejos de prohibir su lectura o visionado, lo que deberíamos hacer es aceptar que, nuestros héroes pueden ocultar un monstruoso secreto, que esa película que creíamos tan perfecta a lo mejor es más machista de lo que parece o que ese libro tan inolvidable tal vez contenga cantidades ingentes de racismo. La mirada crítica es importante, así como su aplicación. Si lo analizamos fríamente, la saga de Mary Poppins no deja de ser una reproducción de los roles de género tradicionales y, en su versión cinematográfica, una crítica encubierta al sufragismo. Pero... ¿Quién le dice que no a una tarde de palomitas a su lado? De nuevo, la contradicción humana está servida. Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins: una historia de fantasía, infancia, locura, mundos mágicos, disciplina, imaginación, ternura... Una maravillosa locura literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado a la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa se estremeció.

Película/Canción: hemos hablado de ella durante toda la reseña, así que la adaptación musical de 1964 por parte de la factoría Disney es posiblemente la más importante e influyente de todas las que se han hecho. Protagonizada por Julie Andrews (quien se llevó por esta película el Oscar a Mejor Actriz Protagonista) y Dick van Dick; la cinta no fue fácil de rodar, en parte debido a las continuas desavenencias entre P.L. Travers y el propio Walt Disney. Tal fue el enfado de ésta al comprobar que la película no reflejaba la verdadera esencia de su personaje que desautorizó la posibilidad de rodar una segunda parte. Además de la versión de 1964, la novela de Travers ha tenido otras adaptaciones (dos de ellas soviéticas), algunas para televisión y recientemente se ha estrenado la segunda parte (Vuelve Mary Poppins). Sin embargo, y a pesar de que ésta última está de moda, permitirme que me recree en aquella primera adaptación, la del "supercalifragilísticoespialidoso", la que nos enamoró tan sólo con un poco de azúcar.


Y aunque me es complicado escoger una sola canción de entre todas las que se cantan en la película, he decidido adjuntaros una de las menos conocidas y que a mi en particular me gusta bastante. A veces lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo que la gente suele ignorar, puede convertirse en algo grandioso.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

jueves, 14 de marzo de 2019

RESEÑA: Luz brillante

LUZ BRILLANTE

Título: Luz brillante.

Autora: Kaori Ekuni (Tokio, 1964) es una de las escritoras más conocidas y de mayor prestigio en Japón. Tras graduarse en literatura japonesa por la Universidad Femenina de Mejiro, cursó un año de estudios en la Universidad de Delaware (EEUU). A los veinte años consiguió que un poema suyo fuera publicado en la revista de poesía Eureka y, en 1987, recibió el premio de literatura infantil Pequeño Cuento de Hadas por La historia de Kusanojo. Dos años después obtiene el Premio Fémina por 409 Radcliffe, relato que narra su experiencia universitaria en EEUU. Su primera novela, Luz brillante, obtiene el prestigioso Premio Murasaki Shikibu en 1992 y se convierte en un éxito internacional, con adaptación al cine en Japón y serie de televisión en Corea del Sur. Ha ganado asimismo numerosos premios, entre los cuales destacan el Premio Kawabata por El perro y la armónica (2012) y el Premio Tanizaki por Salamanquesas, ranas y mariposas (2015). Muchas de sus novelas han tenido su adaptación a la gran pantalla. Su última novela publicada hasta la fecha es Eterno atardecer de verano (2017). (Fuente: Funambulista).


Editorial: Funambulista.

Idioma: japonés.

Traductor: Juan Francisco González Sánchez.

Sinopsis: "Shoko y Mutsuki llevan casados diez días cuando empiezan a contarnos su historia. Una pareja - él es médico, y ella, traductora de italiano - que lleva, aparentemente, una vida matrimonial de lo más corriente. Sin embargo, poco a poco, a través de las voces de los dos protagonistas, descubrimos una realidad diferente respecto a la que muestran: ¿es la suya una inión de conveniencia detrás de la cual ambos se ocultan y se escudan? Mutsuki es homosexual y tiene un amante, Kon, que es su pareja real, un chico extravertido del que siempre ha estado enamorado; Shoko, en cambio, sufre una inestabilidad emocional que la lleva a la depresión y al abuso del alcohol. De mutuo acuerdo, se encuentran el uno en el otro el apoyo y el amor para eludir a las convenciones sociales, pero el tener que esconderse y no poder ser sí mismos ante los demás tal vez les dificulte conseguir la armonía y la felicidad deseadas. O no..." (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: limpia, intensa, atemporal en todos los aspectos, frágil, acogedora, crítica, menos japonesa de lo que me esperaba... Hace unos meses la novela que hoy tengo el placer de reseñar se vio envuelta en la polémica en España, aunque para ser más exactos, no fue el contenido del libro en sí lo que despertó las críticas, sino su faja. Como bien sabréis, y si no lo explico ahora mismo, en el mundo editorial-librero la "faja" es el papel o cartón que muchas veces encontramos sobre la portada del libro en cuestión a modo de solapa. Es habitual encontrarnos con ellas en los ejemplares que se venden en librerías o quioscos y, siempre, sirven para que el lector, a modo de orientación, sepa de qué va o las críticas que se han hecho al respecto. Es habitual encontrarnos en dichas "fajas" con citas de autoras/es o de medios de comunicación sobre lo que les ha parecido el libro o incluso con frases extraídas de alguna de sus páginas. Son, en pocas palabras, el primer contacto del lector con el libro antes de detenerse en su correspondiente sinopsis. Existen detractores acérrimos de las fajas (pues en ocasiones molestan o sobran), lectores indiferentes, otros que las adoran y un último grupo que directamente las colecciona (entre los que, a la fuerza, se incluye una servidora). Como habéis podido comprobar, el mundo de las "fajas" dentro del marketing editorial es más profundo e interesante de lo que parece. Sin embargo, en ocasiones, el contenido de algunas de estas "fajas" han resultado ser de lo más desafortunadas. Primero fue la cuenta de la librería independiente Deborahlibros la que denunció el caso, y tras ella, una catarata de comentarios en twitter clamando, con toda la razón del mundo, la tremenda injusticia que desde la editorial se estaba cometiendo contra Kaori Ekuni. "La Murakami femenina" lucía la "faja" del primer libro que se traducía al español de la autora asiática. ¿Alguien se ha percatado de que al contrario esto no sucede? ¿Qué jamás encontraremos "fajas" que recen: "El Ekuni masculino" refiriéndose a Haruki Murakami? Y aunque, cierto es, que Ekuni parece adecuarse a toda esa corriente de autoras y autores asiáticos tremendamente occidentalizados en cuanto a su estilo de escritura, eso no quita para que se le reduzca a una versión menor de su compatriota. Sin duda, estamos, una vez más, ante un nuevo caso de machismo que, conscientemente o inconscientemente, por desgracia está a la orden del día. Dicho esto, y en parte por culpa de esta polémica, el libro de Kaori Ekuni cayó finalmente en mis manos. Luz brillante: nuevos roles para una sociedad instaurada en la hipocresía y los prejuicios.


Parte de la historia de como Luz brillante llegó a mi vida os la he contado en el primer párrafo. La polémica siempre me ha atraído. Pero más allá de dicha casualidad, tengo que confesar que no tenía motivos para desconfiar de la novela de Kaori Ekuni. Mi relación con la literatura japonesa ha sido siempre espléndida, entretenida, un tranquilo riachuelo por el que han ido fluyendo historias cotidianas, de extraordinaria sensibilidad, perfectamente escritas, pero con la particularidad de que suceden a miles y miles de kilómetros de donde como lectora me hallo. Todo comenzó, como muchas lectoras y lectores de mi generación, con Haruki Murakami, ese señor japonés cuyas novelas estaban en boca de todo el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, un autor conseguía unir y poner de acuerdo a muchas personas que, como yo, aman la literatura. Los pocos libros que me he leído de él, en especial esa maravilla titulada Tokio Blues, me absorbieron durante semanas. Creo que su literatura fue lo más cerca que estuve, hasta ese momento, de que me doliese el estómago. Y no precisamente de dolor, sino de tristeza, desazón, impotencia. Tras él llegaron otros, algunos de ellos de reciente publicación, los cuales, por desgracia, no consiguieron captar esas emociones que tanto recordaba de Tokio Blues. Uno de ellos, Los años de peregrinación del chico sin color (el título se las trae) me decepcionó tanto que desde entonces y hasta ahora no he vuelto a tocar un libro de Murakami, situación que, en los últimos días trato de revertir. No debemos prejuzgar tan a la ligera aunque las circunstancias nos tienten a ello. Después de Murakami, por supuesto, vinieron otros, aunque lo más correcto sería decir otras, pues mi aproximación a la literatura japonesa escrita por mujeres fue paulatina. No trepidante, pues pocas veces se me ha presentado la oportunidad, pero sí ascendente. Un camino largo que prefiero recorrer despacio, para no saturarme, para que, en el caso de que me topase con una decepción, el golpe fuese lo más leve posible. Yoko Ogawa y Hiromi Kawakami fueron mis autoras fetiche durante una buena temporada. Pero era hora de adentrarme en otras autoras, es más, me apetecía encontrar a una autora que, como Murakami, tuviese un toque occidentalizado sin llegar a ser Kazuo Ishiguro (que por razones obvias no se le puede considerar un escritor cien por cien oriental). No es que no me guste la literatura japonesa puramente oriental, de hecho creo que es la más cercana a la esencia del país y la que personalmente más me gusta. Sin embargo, estaba dispuesta a volver atrás sobre mis pasos, con la esperanza de toparme con alguna autora que hubiese pasado desapercibida por el camino. Finalmente un correo y una polémica me sacaron de mi incesante búsqueda. Kaori Ekuni y su Luz brillante habían irrumpido en mis inquietudes lectoras y, sin a penas intuirlo, vino a mi estantería para quedarse.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Luz brillante presenta una lectura amena, delicada y tremendamente íntima. Algo que por cierto, parece ser un mantra en la literatura japonesa. Cuando tengo la oportunidad de adentrarme en una novela del país nipón, tengo la sensación de estar sentada en el porche de una sauna situada sobre cualquier lago del norte de Europa. Pero también, y esto siempre me ha relajado, mirando fijamente al horizonte. Montaña o playa, me es igual, lo importante es fijar la vista en el infinito y no pensar en lada, al menos es lo que a mi me sucede cuando estoy sobre una montaña o frente al ancho mar. Eso mismo, la sensación de paz total, es lo que siento cada vez que me adentro en cualquier libro procedente de Asia, y muy especialmente si éste proviene de Japón, país dueño de una cultura milenaria tan ancestral o más que las que conocemos en occidente. Sin embargo, con Luz brillante me sucedió algo particular, y es que a parte de encontrar esa relajación que siempre espero, a parte de su carácter tan introspectivo (y eso la hace más parecida a Murakami de lo que podríamos pensar), me topo con un poso de crítica social inusitado. No me esperaba para nada esa fuerza al denunciar, por ejemplo, que la homosexualidad en Japón sigue siendo un tabú, así como el complejo mundo de las enfermedades mentales en la mujer. La sorpresa que me lleve fue mayúscula, tanto que fue precisamente eso lo que de verdad me enganchó de la novela. Su denuncia trasciende, precisamente porque aborda cuestiones que nos competen a todas y a todos, y sobre todo, porque la trama que nos narra Luz brillante, no nos es por desgracia ajena. La historia de Mutsuki (un médico homosexual que mantiene a escondidas una relación sentimental con Kon, el verdadero amor de su vida) y la de Shoko (una brillante traductora de italiano que ahoga en alcohol sus problemas de inestabilidad emocional por culpa de una medicina psiquiátrica anclada aún en el machismo) es la historia de dos seres necesitados de comprensión, ayuda, tolerancia y por supuesto de libertad. Pero en lugar de eso, la todavía férrea sociedad japonesa de los años 90 (sí, habéis leído bien, de los 90) acaba convenciendo a estas dos almas  de que la mejor tapadera para seguir con sus respectivas vidas es el matrimonio. Ambos se respetan, saben todo el uno del otro, pero no se aman como dos enamorados, sino que actúan como una suerte de compañeros de piso en la intimidad y de cara a la galería como un matrimonio feliz. Aún así ¿serán capaces de soportar la presión? ¿Sucumbir a la convivencia marital para salvaguardar sus verdadera forma de ser? ¿Acabarán ambos ahogados en una existencia donde el secreto y la ocultación se conviertan en rutina? ¿O ésta acaba convirtiéndose, finalmente, en el mejor medio para alcanzar su ansiada libertad? De lo que sucede al final, como es obvio, no os lo voy a contar. Eso mejor que os lo cuente Kaori Ekuni. Sin embargo, si os han inquietado los anteriores interrogantes, que sepáis que tienen lugar, a través de las palabras, y en forma de caminos a escoger. Una bifurcación trascendental, importante, vital. La novela fluye como un torrente hasta su punto de inflexión, que no es otro que el momento en el que Shoko, quién sabe si por un arrebato o por sentirse amada por alguien, empieza a interesarse por Kon, la pareja de su marido. Es entonces cuando, entre sexo y convivencia a tres, el lector asiste a un juego de poder dentro de este particular trío, en donde la mujer, en este caso Shoko, será la más perjudicada por culpa de los celos de Mutsuki. De nuevo, el dedo hurgando en lo más profundo de la llaga, el dedo de Kaori Ekuni, implacable, sobre las debilidades de un país con muchas caras.


Para la portada de la edición en español de Luz brillante, la editorial no pudo elegir mejor cuadro. Los que duermen y el que vela por ellos (1870) del pintor prerrafaelita Simeon Solomon no sólo inspiró a Kaori Ekuni para escribir la presente novela, sino que además, representa a la perfección la esencia de su historia y a sus propios personajes. Mientras Shoko y Mutsiki, marido y mujer por conveniencia, parecen haber sucumbido a un eterno sueño, un tercero en discordia, Kon, aparece despierto y en actitud seria, como si quisiera transmitirnos algo al espectador. Por si fuera poco, la autora también reveló el ostracismo al que fue condenado Simenon por ser homosexual. Ya puedes ser talentoso, tener conocimientos sobre el alma humana y ser capaz de saberlo plasmar sobre una pintura, que como se sepa que te gustan más los hombres que las mujeres, ya no existes para la comunidad académica de la época. Como habéis podido comprobar, Simenon tiene muchas cosas en común con Mutsiki y Shoko al mismo tiempo. Pues, los tres son personas a los que el sistema rechaza sistemáticamente, a los dos primeros por su condición sexual y a la segunda por no amoldarse a lo que se espera de ella como mujer. Y es que Japón, de un tiempo a esta parte, vive en una gran paradoja en lo que a su sociedad se refiere. La novela lo muestra en toda su crudeza la presión que existe por parte de las familias sobre sus hijos, sobre todo en lo que a cuestiones amorosas se refiere. Esta muy mal vista la soltería, tanto que, en parte debido a esa exigencia, alto es el porcentaje de consumo de aplicaciones de citas, así como de las que, directamente, te ofrecen la posibilidad de alquilar una novia o novio por horas para esa boda, esa cena o ese cumpleaños en el que está presente toda la familia. Por no hablar de las operaciones estéticas, sujetas a la moda del momento y con el objetivo, por supuesto, de encontrar esa pareja de tus sueños. Las apariencias duelen, y en Japón parecen llevarlas hasta un extremo casi distópico. Por otro lado, y como contraposición, recientemente se ha revelado que, paradójicamente, Japón es el país en el que más está creciendo la soltería, sobre todo entre las mujeres y los hombres más jóvenes. En el año 2017 se calculó que alrededor de un 69% de la población masculina permanece soltera en Japón frente al 59% de mujeres, de entre los cuales, un 43% de jóvenes de menos de 34 años son vírgenes. La consecuencia de todo esto es un descenso brutal de la natalidad, se estima que en los últimos cinco años sólo nacieron 8,4 niños por cada mil habitantes. Cifras realmente preocupantes que, según todos los sondeos, Japón retrocedería con el paso de los años a niveles propios de principios de siglo XX. ¿Las causas? El culto al trabajo (imperante desde la Segunda Guerra Mundial y principal motivo por el cual a día de hoy Japón es uno de los países más avanzados del mundo), el trabajar de sol a sol (o de tren a tren más bien), la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral, la popularización de otras alternativas al placer tradicional (el consumo de pornografía así como juguetes sexuales de todo tipo se han disparado en los últimos años) o el individualismo social al que ha conducido los nuevos avances tecnológicos están detrás de estas cifras. En los años en los que se ambienta Luz brillante, los 90, el matrimonio era algo sagrado en la sociedad nipona. Ahora, dos décadas después, el país se debate entre una tradición en plena decadencia y una realidad a la que estoy a la que seguiremos, uno a uno, el resto de países. Luces y sombras de un país en donde los empleados de algunos hoteles son robots y en el que un hombre, y esto es completamente cierto, se ha casado con un holograma de su personaje femenino favorito de una serie de dibujos animados. Luz brillante: una historia de ocultación, mentiras, apariencias, falsedad, pasión, insatisfacción, deseos de libertad... El secreto mejor guardado de la literatura japonesa actual.

Frases o párrafos favoritos:

"La luz del interior del piso reflejaba en los cristales de las ventanas, recién abrillantados, y allí estábamos todos: el hombre violeta y la planta de Kon, el marido gay y la esposa alcohólica, entre los destellos de aquellos finos cristales."

Película/Canción: los libros de Kaori Ekuni han sido en su mayoría adaptados a la gran pantalla. Por desgracia, la adaptación de Luz brillante, estrenada en el año 1991, no ha tenido mucha repercusión en nuestro país. Aún así, he conseguido encontrar el tráiler de ésta, en japonés por supuesto. Si alguien de la blogsfera es un amante de la cultura nipona y la ha visto, por favor, que me escriba. Estaría interesada en verla, subtitulada o doblada a ser posible. Espero que os guste.


¡Un saludo y a seguir leyendo!


jueves, 7 de marzo de 2019

RESEÑA: No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación.

NO ES PARA TANTO

Título: No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación.

Editora: Roxane Gay (Nebraska, EEUU, 1974) Escritora feminista, profesora, editora y comentarista, Gay trabaja como profesora asociada de Inglés en la Universidad Purdue, escribe regularmente artículos para el New York Times, es fundadora de Tiny Hardcore Press, editora de ensayos para The Rumpus, y coeditora en PANK, organización sin ánimo de lucro de colectivos de artes literarias. Gran parte de su trabajo trata de analizar y deconstruir los temas feministas y raciales a través de la lente de sus experiencias personales con la raza, la identidad de género y la sexualidad. Es autora de la colección de cuentos Ayiti (2011), la novela An Untamed State (2014), la colección de ensayos Mala feminista (2014) y Hunger (2016). También editó el libro Girl Crush: Women’s Erotic Fantasies. Además de sus contribuciones regulares en Salon y el desaparecido HTMLGiant, sus escritos han aparecido en numerosos medios y publicaciones como Best American Mystery Stories 2014, Best American Short Stories 2012, Best Sex Writing 2012, A Public Space, Mc Sweeney’s, Tin House, Oxford American, American Short Fiction, West Branch, Virginia Quarterly Review, NOON, Bookforum, Time, Los Angeles Times, The Nation y el New York Times Book Review. (Fuente: Capitán Swing).


Testimonios: Aubrey Hirsch, Jill Cristman, Claire Schwartz, Lynn Melnick, Brandon Taylor, Emma Smith-Stevens, AJ McKenna, Lisa Mecham, Vanessa Mátir, Ally Sheedy, xTx, So Mayer, Nora Salem, Lyz Lenz, Amy Jo Burns, V. L. Sleek, Michelle Chen, Gabrielle Union, Liz Rosema, Antony Frame, Samhita Mukhopadhyay, Miriam Zolia Pérez, Zoë Medeiros, Sharisse Tracey, Stacey May Fowles, Elisabeth Fairfield Stokes, Meredith Talusan, Nicole Boyce y Elissa Bassist.

Editorial: Capitán Swing.

Idioma: inglés.

Traductora: Gemma Deza Guil.

Sinopsis: "En esta valiosa y reveladora antología, la escritora y crítica cultural Roxane Gay recoge piezas —algunas originales y otras ya publicadas— que abordan lo que significa vivir en un mundo donde las mujeres deben medir el acoso, la violencia y la agresión que enfrentan cotidianamente, y donde «de manera rutinaria, se las cuestiona, desacredita, denigra, mancilla, menosprecia, se las trata con condescendencia y se las usa para desahogarse, porque se mofan de ellas y les hacen luz de gas» por hablar de ello. La recopilación incluye ensayos de conocidas escritoras, artistas, intérpretes y críticas, como las actrices Ally Sheedy y Gabrielle Union, o las escritoras Amy Jo Burns, Lyz Lenz y Claire Schwartz. Abarcando una amplia gama de temas y experiencias, desde una exploración de la epidemia de violación integrada en la crisis de refugiados hasta relatos en primera persona de abuso sexual infantil, se trata de una colección profundamente honesta y personal, provocativa y desgarradoramente sincera, que refleja el mundo en el que vivimos y es al mismo tiempo una llamada a la acción para dejar de conformarnos con el «no es para tanto». Esta edición incluye un prólogo de Jana Leo, autora de Violación: Nueva York (2017)." (Fuente: Capitán Swing).

Su lectura me ha parecido: dolorosa, impactante, lacerante, dura, como consecuencia más reposada de lo habitual, diversa, rabiosamente actual, incómoda, absolutamente necesaria... Como ya he comentado en más de una ocasión, la primera vez que leí una escena de violación fue en Los pilares de la tierra de Ken Follett allá por el año 2011. En aquella novela de estratosférico número de páginas, una de las protagonistas, Aliena, era violada por William Hamleigh, obsesionado desde el principio de la novela con ella, aprovecha la toma del ficticio condado de Shering para llevar a cabo su venganza tras ser rechazado por ésta. Me impactó, hasta tal punto que todavía a día de hoy la sigo recordando en mi cabeza. Sin embargo, al igual que las diferentes relaciones sexuales (consentidas eso sí) que tienen lugar a lo largo de sus 1. 068 páginas obedecen a una mirada extraordinariamente patriarcal. Por aquellos mismos años me topé con otra violación descrita en otra novela, casualidad o no, de género histórico medieval. Pero a diferencia de la de Los pilares de la tierra, la de Ellen, protagonista de Forjada en cobre, está tratada desde una perspectiva diferente, más profunda, menos distante. ¿Tal vez el hecho de que Forjada en cobre lo escribiera una mujer, Katia Fox, y no un hombre sea el quid de la cuestión? Obviamente sí. Tras aquellas lecturas, otras escenas de violación pasearon ante mis ojos. Júpiter a Calisto, don Fernando a Dorotea, el Comendador a Laurencia, los Infantes de Carrión a las hijas del Cid,  Tarquinio a Lucrecia, Holofernes a Judith, Tereo a Filomela, Alec a Tess o Popeye a Temple Drake... Distintas épocas, distintos ámbitos sociales, distintas culturas, misma mirada; la del hombre. ¿Qué pasa con la mujer? ¿Qué no importa su experiencia si la violencia sexual se ejerce contra ella? ¿Nadie ha pensado que su perspectiva también cuenta? ¿Y los hombres? ¿Alguien me puede citar una novela en la que se aborde el tema de la violación en el que la víctima sea un hombre? ¿Tampoco han pensado que, y más con todo lo que estamos conociendo en los últimos tiempos, su testimonio puede ser valioso? El silencio el interlocutor es espectral, absoluto. Nadie quiere hablar. ¿Vergüenza? ¿Desconocimiento? ¿O las dos cosas al mismo tiempo? Lo que está claro es que el machismo no sólo agrede, viola o mata, sino que además silencia. Una realidad que, afortunadamente, antologías (tan valientes como urgentes) como de la que hoy os hablo pretenden revertir. No es para tanto: ¿O sí?


Cuando el volumen de No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación llegó a mis manos ya me había adentrado en otra de esas novelas polémicas (Oh... de Philipe Djian) cuyo poso de reflexión todavía perdura en mi memoria. Por primera vez una novela me había puesto contra la espada y la pared, obligándome a reflexionar entorno a si la actitud de la protagonista ante una violación era o no feminista. Lecturas de este tipo son las que me motivan como crítica literaria, pero también me sirvió para darme cuenta de la debilidad de nuestras convicciones en cuanto se nos presenta la tesitura de elegir entre blanco o negro. Sin pensar que en medio hay una infinita amalgama de tonalidades perfectamente compatibles. No obstante, en cuando tuve en mis manos el nuevo libro de Roxane Gay, esta vez como editora, tuve la sensación de haber esperado años a que llegase dicho momento, el momento de adentrarme, sin ficciones de ninguna clase, en las verdaderas consecuencias sociales, económicas y políticas de implica el concepto "violación" desde una perspectiva verídica, dolorosamente verídica. Como he comentado en más de una ocasión, aquí y en otros medios, hay ciertos temas a los que me cuesta aproximarme desde una mirada sosegada, en otras palabras, que no puedo evitar enfadarme, ponerme triste o que me duela el estómago cada vez que mis ojos se topan con ciertos temas. Uno de ellos, como no podía ser de otra forma, es la violación. Y a pesar de que No es para tanto era un libro que había implorado, desde el punto de vista tanto personal como intelectual, desde hacía mucho tiempo, no encontraba el momento de adentrarme en él sin caer en la descalificación y encontrarme al borde de la lágrima. Finalmente y aunque reconozco que postergué su lectura demasiado tiempo, he llegado a la conclusión de que ante libros como el que Roxane Gay (a quien había seguido la pista tras la publicación en España de Mala feminista) ha construido a base de voces, unas más conocidas que otras, es imposible dejar las emociones a un lado. Si su lectura te duele, si te hace agachar la cabeza, si provoca el llanto, si consigue que le dediques más tiempo, si sientes impotencia, si se te escapa algún taco lleno de rabia, si no se te va de la cabeza el último testimonio leído, si necesitas cerrar los ojos para asimilar lo que acabas de leer; entonces, ha merecido la pena el viaje, por muy duro que resulte. Porque hay que leer, aunque nos incomode, aunque sepamos que no vamos a salir indemnes, que es justo lo que sucede con No es para tanto. Tras leerlo, una ya no es la misma.


Tras un atípico segundo párrafo (pues no es para menos) pasamos al apartado más crítico, aunque en este caso, aviso, me es imposible redactar una reseña al uso, así como valorar la redacción de cada uno de los testimonios que se incluyen en esta antología. No es cuestión de moralidad ni una falta de empatía, algo de lo que por supuesto no careces una vez dejas atrás esta lectura, simplemente me parecería de mal gusto adentrarme en el estilo o en la forma de narrar estas experiencias tan traumáticas, pues en el fondo sentiría que no estoy haciendo lo correcto. Una vez expuesta esta pequeña aclaración, comenzaré diciendo que No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación es literalmente eso, aviso para navegantes, notas sobre la cultura de la violación. Pero, ¿qué es exactamente la cultura de la violación? Para quien no lo sepa, aunque a estas alturas dudo que falte alguien que no haya oído en su vida hablar de dicho término, es usado para describir una cultura en la cual la violación es un problema social y cultural al ser aceptada y normalizada debido a las actitudes sociales sobre el género, el sexo y la sexualidad. Utilizado por primera vez en los años 70, coincidiendo con la segunda ola feminista, se aplicó en su momento a la cultura norteamericana de su tiempo. Sin embargo, y con el paso del tiempo, dicho término ha acabado aplicándose a otros países en donde la violación es tolerada y por tanto no condenada. Una realidad que, por desgracia, se sigue dando, hasta en los países más desarrollados del mundo. Sería hipócrita pensar que sólo en los países tercermundistas tienen que hacer frente a este problema sabiendo que, sin ir más lejos, aquí en España hemos tenido el caso de "La Manada". Tan indignante como terriblemente mediático. La cultura de la violación se manifiesta fundamentalmente a través de la aceptación de las violaciones como un hecho cotidiano. Una vez sabemos esto, cualquiera que tenga dos dedos de frente podrá apreciar como ésta se reproduce por diversos canales: la pornografía, las series de televisión, los telediarios, las películas, la publicidad e incluso el propio lenguaje. Todo ello acaba por confeccionar, directa o indirectamente, modelos a imitar y que son considerados como buenos cuando en realidad conducen a la toxicidad y a construir los cimientos de una sociedad distorsionada, esterotipada e inexistente. Uno de los objetivos y la razón de ser del libro que hoy reseñamos, según Roxane Gay, es "educar a los potenciales agresores", y no puedo estar más de acuerdo. Con educación es como se combate la ignorancia, pero también la alienación. Cuanto más material, cuantas más opciones, cuanto mayor es el conocimiento, mayor es el espíritu crítico. Y ya si a eso le añadimos una educación en igualdad, en la que en vez de ocultar, sesgar o menospreciar, se enseñe a que las mujeres no son menos importantes que los hombres es posible que con el paso de los años la cultura de la violación acabe siendo cosa del pasado. Una vez dejas atrás el prólogo y la introducción, el lector se sumerge en la verdadera dureza, en esos desgarradores 29 testimonios de mujeres y dos hombres (pues también los hay). Algunas voces más conocidas que otras (entre las que encontramos actrices o escritoras por ejemplo), de diferentes procedencias, pero todas con un nexo común: el de haber sufrido la violación y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. No voy a detenerme en cada uno de ellos, pues no querría que esta reseña se convirtiese en un pozo de fango y morbosidad, pero sí me gustaría detenerme en el hecho de que, a pesar de la transversalidad de sus testimonios (clase social, edad, raza, relación con su propio cuerpo, experiencias previas, identidad sexual, de género...), sí que encontramos presente en cada uno de ellos el efecto más inmediato de la cultura de la violación: el sentimiento de culpabilidad. Algo que, por otro lado, no ocurriría si desde los puestos de autoridad (policía, médicos, jueces...) o familiares (padre, madre, hermanos, amigos...) no se dijesen cosas del tipo: "es que vas provocando", "¿qué no cerraste bien las piernas?", "eso te pasa por salir a estas horas y sola". Con frases como estas, las cuales todas y todos hemos escuchado alguna vez decir, consiguen que la persona que ha sufrido una violación acabe sintiéndose culpable y que el que de verdad tiene la culpa, el violador, salga de rositas, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad. Esto evidencia dos cosas, la primera, que la sociedad ampara a los violadores, y la segunda, que la sociedad escupe sobre las víctimas. Así de sencillo, así de explícito. Por último, y no menos importante, en No es para tanto llama la atención, dentro de esa amalgama de testimonios, las diferentes formas de afrontar la violación. Mientras que por un lado unas voces se consideran víctimas, por el contrario, otras se consideran como supervivientes, negándose a definirse bajo el paraguas del victimismo. Aunque sin duda, el momento más tremendo para muchas de ellas es el de tomar conciencia de que la palabra que define lo que les ha sucedido es "violación". Es entonces cuando comienza la verdadera lucha por seguir viviendo siempre con el fantasma del trauma sobrevolando en su subconsciente. "No es para tanto" es seguramente otra de esas infames frases que jamás desearíamos oír asociadas a una agresión sexual, pero en este caso, creo que no había título mejor para la presente antología, pues sí señoros, sí es para tanto, ¡vamos que si lo es!


"Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia." Estas palabras, o más bien este extracto, pertenece a una narración más larga en la que Pablo Neruda (sí, no me he confundido de nombre) detalla parte de sus peripecias cuando, en 1929, se encontraba como embajador en Colombo, capital de Sri Lanka. Una vez conocemos este vergonzoso episodio del autor chileno, descrito por cierto en sus memorias Confieso que he vivido, es difícil que volvamos a leer con la misma mirada su extensa y fantástica producción poética.  Sin embargo, y dejando de lado esta cuestión, detengamos por un momento en el tono de este fragmento, de esta confesión. Sobre todo en su tramo final, en cuando el poeta hace referencia a la reacción de la mujer mientras está siendo violada, porque sí, es una violación en toda regla. Él la compara con una estatua, y encima, por si fuera poco, se queja de que adquiriese dicha actitud fría. Si la mirada patriarcal no hubiese nublado la vista del poeta chileno, se habría percatado de que ella (de la cual nunca sabremos por desgracia su nombre) seguramente estuviese aterrada, muerta de miedo, deseando que aquello pasase lo más rápido posible para salir corriendo. Se sabe que aquella mujer era una limpiadora que acudía a diario a trabajar a la embajada y que probablemente fuese de clase baja. Y es que en esta historia la discriminación es doble, al ser mujer y con pocos recursos económicos, difícilmente pudo denunciar o tener la posibilidad de enfrentarse a su agresor. ¿Quién la creería? La respuesta, lamentablemente, muchas y muchos la conocemos. El año pasado, en pleno auge del #MeToo, la periodista y novelista Cristina Fallarás lanzó la iniciativa que, bajo el hastag #Cuéntalo, provocó que miles y miles de mujeres dejasen a un lado el "qué dirán" y el miedo para narrar sus traumáticas experiencias relacionadas con la violación, el abuso sexual y el acoso. La respuesta fue abrumadora, hasta el punto de que numerosos medios de comunicación no tardaron en hacerse eco de la noticia. Hasta la propia Fallarás agradeció la enorme acogida que tuvo aquel simple hastag, pero sobre todo, se enorgulleció de haber conseguido que bajo aquellas ocho palabras se aglutinasen tantas y tantas historias, algunas de ellas tan duras como inimaginables. Si algo nos enseña No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación es que, a pesar de haber alcanzado muchas metas, la sociedad todavía debe aprender en materia de igualdad para dejar atrás aberrantes actos, como la violación, y para construir los pilares de un mundo más justo. Tal vez las redes sociales no sean el mejor lugar para aprender, pero sí para generar conciencia y crear unas redes de sororidad que traspasen fronteras. Ojalá todas aquellas mujeres se sintiesen arropadas sabiendo que no estaban solas, ojalá todas las voces de la presente antología consigan vivir para ver a las futuras generaciones ejercer como ciudadanas y ciudadanos en plena igualdad, ojalá aquella limpiadora estuviese viva para contarlo, para denunciarlo, para gritar a los cuatro vientos que hasta los ídolos pueden ser auténticos monstruos. No es para tanto. Notas sobre la cultura de la violación: 29 testimonios de horror, desesperación, recuerdo, tristeza, superación, convivencia con el trauma, desahogo, reflexión, introspección, análisis... 29 historias para leer, releer, asimilar, llorar y recomendárselas a quienes todavía creen que las leyes contra la violencia de género deberían desaparecer.

Frases o párrafos favoritos:

"Miré hacia mi hija, que ahora estaba en los columpios y me di cuenta de que llevaba 30 años culpándome por algo que me sucedió cuando tenía solo seis”.

"“La única manera que yo veo efectiva de llevar a cabo esta educación es desmantelando la construcción que hace pasar el abuso sexual como acto sexual”.

"La violación si es para tanto porque es una estructura: no un exceso, ni una monstruosidad, sino la conclusión lógica del capitalismo heteropatriarcal, es el efecto de ese feo eufemismo polisilábico que designa al poder estatal”.

Película/Canción: existen, pocas por desgracia, algunas películas que han abordado el tema de la violación desde una perspectiva feminista. Sin embargo, ya que quedan menos de 24 horas para que la huelga feminista tenga lugar, ¿qué mejor forma de exigir respeto que cantando? Si es que Aretha Franklin era toda una genia.


¡Un saludo, a seguir leyendo y larga vida a la huelga feminista!

Cortesía de Capitán Swing