viernes, 26 de junio de 2020

RESEÑA: Mujer al borde del tiempo.

MUJER AL BORDE DEL TIEMPO

Título: Mujer al borde del tiempo. 

Autora: Marge Piercy (Detroit, Michigan, 1936) es autora de dieciocho colecciones de poesía, una biografía, diecisiete novelas, un libro de cuentos, una colección de ensayos y una obra de teatro. Su trabajo ha sido traducido a diecinueve idiomas y ha recibido numerosas distinciones, incluyendo el prestigioso premio de poesía Golden Rose y el premio de ciencia ficción Arthur C. Clarke. Piercy es activista social, voz clave del movimiento New Left de los sesenta y los setenta, y miembro de la organización no gubernamental Women´s Institute for Fredoom on the Press desde 1977. Vive en Cape Cod con su marido, el novelista Ira Wood. 


Editorial: Consonni. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Helen Torres. 

Sinopsis: Una mujer chicana, Connie Ramos, ha sido encarcelada injustamente en una institución mental de Nueva York. Las autoridades la consideran un peligro para sí misma y para los demás, e incluso su familia ha dejado de apoyarla. Pero Connie tiene un secreto, una forma de escapar de los confines de su celda: ella puede ver el futuro. Esta novela es una trasformadora visión de dos futuros... y de como uno u otro pueden llegar a hacerse realidad. Por un lado, un tiempo de equidad sexual y racial, de dignidad medioambiental, un tiempo en el que es posible alcanzar una realización personal sin precedentes, donde todo el mundo participa por sorteo del gobierno y la educación es comunitaria. Por otro, Connie también es testigo de otra posibilidad con un resultado muy distinto: una sociedad de explotación grotesca, en donde la que las fronteras entre personas y mercancías han sido definitivamente borradas.

Su lectura me ha parecido: extensa, reflexiva, inmersiva, rabiosamente actual a pesar de haberse escrito en los años 70, audaz, feminista, crítica con el capitalismo occidental, escrita desde las trincheras para imaginar posibles mundos utópicos... En la década de los 60 del pasado siglo se inició lo que se conoce como Segunda ola del feminismo, la cual viviría su etapa de mayor esplendor en los años 70 hasta acabar en los años 80. A pesar de que las teorizantes no consiguen ponerse de acuerdo - hay quien sitúa esta segunda juventud del movimiento a finales de los años 40 y quien por el contrario la fija en los años 60 coincidiendo con la publicación de La mística de la feminidad de Betty Friedan - lo cierto es que las reivindicaciones no son las mismas que las de las mujeres que participaron, allá por el siglo XIX y principios del XX, en la primera ola y por supuesto el epicentro del movimiento se traslada. Para empezar, si antes estudiamos un feminismo cuya voz se escucha sobre todo desde Europa, en esta ocasión, el terremoto tendrá lugar en Estados Unidos, país desde el cual saldrán todas las teorías e ideas que influirán a posteriori más allá de sus fronteras físicas. Aunque la publicación de El segundo sexo de Simone de Beauvoir (texto clave para el pensamiento feminista) es un autentico hito, lo cierto es que no fue hasta La mística de la feminidad de Betty Friedan (menos filosófico, más práctico, más accesible para el gran público, más crítico con los medios de masas de la época) cuando el feminismo da un vuelco y más tras conocerse los resultados de una investigación en la que se evidenciaba la discriminación de la mujer norteamericana en todos los aspectos de la vida. La nueva agenda será en relación a los derechos reproductivos - aborto, uso de anticonceptivos - y la igualdad salarial respecto a los hombres entre otros muchos temas. Además, por primera vez en la historia el movimiento feminista vivirá un intenso debate entorno a la inclusión de las mujeres lesbianas dentro del mismo. Debate a día de hoy a todas luces ya superado que, sin embargo, en su momento creó una gran división dentro de las filas, llegando a tener líderes del mismo como Betty Friedan posicionándose en contra (recordemos el famoso "efecto lavanda" con el que ella misma argumentaba el dejarlas fuera de las reivindicaciones propias del feminismo). Por aquel entonces también existían debates entorno a la interseccionalidad del movimiento respecto a otros colectivos, alguno de los cuales, a día de hoy, todavía hay quien cuestiona su pertenencia al mismo (como el caso de las mujeres trans, tema de reciente actualidad y que ha cobrado dimensiones mundiales gracias a un tránsfobo tweet de la escritora J.K. Rowlling). Polémicas a parte, lo que está claro es que esta nueva y más avanzada lucha feminista tuvo sus protagonistas más visibles en el ámbito político, pero también en el literario. Siendo este ámbito uno de los más desconocidos para el gran público. Espero que esta reseña, visto el panorama, sirva para reivindicar a una de sus representantes más interesantes y talentosas como lo fue Marge Piercy. Mujer al borde del tiempo: ¿hacia dónde queremos ir?


Sin duda, Marge Piercy es una de las grandes escritoras unidas a este feminismo de segunda ola - adorada, por cierto, por la gran Gloria Steinem - fue también toda una pionera en el género de la ciencia ficción y el fantástico. Llegando a engrosar una enorme cantidad de títulos de ambos géneros en su haber, siendo Mujer al borde del tiempo su novela más memorable y recordada por generaciones de lectoras y lectores en el ámbito anglosajón. Cuesta entender como un libro casi coetáneo en el tiempo a Los Desposeídos de Ursula K. Le Guin - la autora que abrió camino en esto de que una mujer pudiese escribir sobre viajes espaciales o planetas inexplorados, aunque tuviese que soportar durante toda su carrera el machismo y desprecio de sus colegas varones - y que fue fundamental para la educación literaria de Margaret Atwood - autora de El cuento de la criada - no tuviese tanto recorrido fuera de la cultura inglesa y norteamericana. Tal vez, una de las razones fuese el desprestigio que durante décadas sufrió la ciencia ficción dentro de los círculos literarios más conservadores, ya que el imaginarse futuros apocalípticos o los conflictos dentro de una nave que viaja por una ficticia galaxia al parecer no se consideraban "alta literatura" al gustarle tanto a las masas. Puede ser que, el hecho de que fuese una mujer su autora, y además feminista, disuadiese a los editores a la hora de atreverse a encargar su correspondiente traducción, de publicarlo y exhibirlo en los escaparates de las mejores librerías. Aunque, sin duda, y a pesar que comparto las tres causas mencionadas, también es cierto que la sociedad no estaba aún preparada para leer un texto de estas características. Un libro en el que, por ejemplo, reflexiona entorno al género no binario y la posibilidad de que se normalice y que la gente se defina de este modo sin temor a discriminación, burlas o violencia. Una novela en la que, entre otras muchas cosas, la protagonista no responde ni a los cánones de belleza establecidos, ni a un estatus económico boyante, ni siquiera es una estadounidense blanca, y por tanto, privilegiada en muchos aspectos. Se llama Connie Ramos, es chicana - término con el que se refieren a los estadounidenses de ascendencia mexicana - es pobre y gorda. Tres características - física, económica y racial - que de seguro por aquel entonces molestarían a más de una o uno. Ya que hasta hace cuatro días no se concedía la ficción sin que la o el protagonista se adecuase al modelo heteropatriacal racista, sexista y homófobo. En resumidas cuentas, estaríamos hablando de un personaje bastante avanzado a su tiempo, y justo en unos años en los que la palabra "inclusión" en literatura era más propio, precisamente, de las utopías que del mundo real. Sin duda, en ese sentido, Connie Ramos nació en la ficción para inspirarnos y guiarnos a todas y a todos. 


En Mujer al borde del tiempo Connie Ramos ha sido encarcelada injustamente en una institución mental de Nueva York. Aunque su historial delictivo es largo, así como sus antecedentes de violencia psicótica, en esta ocasión, Ramos no merecía dicha condena. La autoridades no dudan en considerarla un peligro para los demás y para sí misma, hasta el punto de que, ni siquiera su propia familia, ha dejado de apoyarla. Sin embargo, Connie logrará mantener un pequeño contacto con el exterior gracias a la irrupción de Luciente, una persona procedente del futuro que la ayudará y acompañará en su largo periplo hasta lograr la libertad. Su día a día en el psiquiátrico le sirve a la autora para criticar, precisamente, las jerarquías existentes actualmente en la sociedad y su relación con el poder o la autoridad. Además de denunciar la histórica y terrorífica violencia que en dichas instituciones se ha practicado prácticamente al amparo de un todavía vergonzoso desconocimiento de las enfermedades mentales, de unas máximas erróneas asumidas tanto por los facultativos como por parte de las familias de los internos y por supuesto de los abusos perpetrados para "curar" o más bien neutralizar al paciente. En los tiempos que corren, con todo el conocimiento que tenemos al respecto de las enfermedades mentales, así como una cada vez mayor concienciación, hacen que asistamos a la novela de Piercy con bastante miedo, llegando en ocasiones a horrorizarnos del desdén y superioridad con la que los médicos tratan a las y los internos en dicha institución mental. Esa claustrofóbica casi lobotomizada atmósfera contrasta enormemente con lo que Luciente le muestra a Connie Ramos, con esa futurista aldea llamada Mattapoisett que encarna la mejor de las utopías posibles. Gracias a una conexión mental con esa extraña criatura del futuro, Connie consigue apreciar como en Mattapoisett no existen las clases sociales, y por tanto, la certeza de la inexistencia de "jefes" y "explotados". Para lograr este justo equilibrio, en Mattapoisett los cargos públicos son rotativos, de esta forma, todo el mundo puede tener acceso a la vida política, y por tanto, conseguir un modelo extraordinariamente participativo. En la idílica aldea se cuida de la comunidad del mismo modo que se cuida a la naturaleza, considerando a todo individuo como alguien imprescindible, a no ser que su voluntad sea renegar de ella, atacar el bien común o la integridad de cualquier persona. Por supuesto, no existe la propiedad privada, como tampoco el apego por lo material. Seguidamente, encontramos una educación comunitaria, un lugar en el que es posible alcanzar la realización personal plena, en el que no existe  ni discriminación por sexo gracias a la abolición del género - de hecho, el género no binario está completamente normalizado en Mattapoisett - ni por razas tras haber mezclado los genes de toda la población manteniendo identidades culturales separadas, ni por supuesto, por un mayor o menor poder adquisitivo por lo ya mencionado anteriormente. Sin embargo, al mismo tiempo Connie observará, tras haber desarrollado con el tiempo su capacidad de vinculación a Luciente, otro futuro que dista mucho de parecerse al de Mattapoisett. Una distopía en la que un pequeño porcentaje de la población (los más adinerados) vive más de treinta años, en la que una explotación de proporciones salvajes se cierne sobre los pobres, en la que las mujeres particularmente sufrirán la violencia más atroz, en donde la esclavitud vuelve a ser legal y en la que las fronteras entre personas y mercancías han desaparecido. Un futuro dantesco al que parecen abocados si se llevan a cabo unos experimentos que unos científicos quieren llevar a cabo usando como ratas de laboratorio a las y los propios internos del psiquiátrico. El destino está en manos de Connie. ¿Dejará que los mad doctors se salgan con la suya o por el contrario se resistirá para que la humanidad aspire a una sociedad rural-futurista como la de Mattapoisett? La respuesta la obtendréis tras leer casi 500 páginas de pura ciencia ficción feminista. 


Sin duda, uno de los aspectos que he aplaudido a rabiar ha sido la brillante construcción de su personaje principal. Consuelo Camacho Ramos - así se llama de verdad - más allá de su complejidad psicológica dentro de la historia que plantea Piercy, es toda una declaración de intenciones si pensamos en como ha estado y sigue estando el mundo actualmente. En una sociedad en la que las distintas comunidades tradicionalmente discriminadas por el sistema, de pronto, que una mujer hispana o chicana sea la protagonista de una novela de ciencia ficción pura es ya de entrada toda una revolución, pues se carga a martillazos los pilares del canon oficial que ha prevalecido en este género durante décadas. Lejos de quedarse ahí, Piercy la dota de dos pluses de vulnerabilidad y que molestan enormemente al capitalismo más salvaje - es gorda y pobre - dejando claro no sólo la diversidad social, también el hecho de que las personas expulsadas de sus encorsetadas formas pueden viajar en el tiempo, tomar decisiones importantes para el futuro de la humanidad y en última instancia salvar al mundo. De hecho, a lo largo del libro el lector acompañará a Connie en una especie de viaje Inter temporal, que no iniciático, hacia la aceptación de sus virtudes y defectos. Ella que viene de la oscuridad y de un estrato social en el que el sexismo, el racismo, la gordofobia o la aporofobia son el pan de cada día poco a poco verá recuperada su autoestima, logrando en ese tiempo ser mejor persona que quienes la internaron injustamente. Connie Ramos sería, dicho de forma burda, todo lo que Trump desprecia, pero que con su presencia y potencia como personaje conseguiría dejarlo a la altura del betún. Por otro lado, además de la influencia de la segunda ola feminista que ya he comentado al principio de la presente reseña, me quedo también con la importante reflexión que pivota a lo largo de toda la novela que, aunque densa en su extensión, todas y todos deberíamos leer. Y es que una vez más la ciencia ficción - tan menospreciada por la alta literatura - nos da la lección que ahora en pleno siglo XXI, y sobre todo, en medio de la que ya podríamos considerar como la pandemia más importante de los últimos tiempos, la sociedad necesita. Si algo demuestra Mujer al borde del tiempo es que todas y todos importamos, y lo que es más importante, tenemos más poder del que creemos para poder cambiar las cosas. Pensamos que somos el último eslabón de una cadena de montaje dentro de una enorme máquina que, como la maravillosa Metrópolis, parece engullir a individuos sin piedad alguna. Que somos como Chaplin en Tiempos modernos, atornillando una pieza como autómatas impotentes que ven como el mundo avanza en una dirección que nos sentimos incapaces de corregir. Pero lo cierto es que con nuestras decisiones y una mayor o menor participación en la sociedad podemos cambiar las cosas, hacerlas avanzar, retroceder, virar el rumbo, dejarlo tal y como está o incluso cambiar la mentalidad de comunidades enteras. Votar en unas elecciones es tal vez el ejemplo más fácil que se me ocurre, pero también existe el activismo, la escritura, el arte, la enseñanza o simplemente el manifestar nuestro punto de vista, aunque sea en un grupo reducido de personas. Nunca se sabe cuando se podrá prender la mecha. Eso sí, una advertencia, la novela lo dice bien claro: siempre habrán personas que querrán cambiar las cosas para bien y las que, por el contrario, preferirán escoger un camino cuyas consecuencias serán nefastas. Ahí es donde entra, sin duda, el espíritu crítico y los intereses personales de cada una y uno. Nosotros decidimos, como Connie Ramos, que no se nos olvide. 

Mujer al borde del tiempo: una historia de amistad, futuros alternativos, utopías, distopías, intereses ocultos, conquista de la autoestima, feminismo de los 70... Una novela que nos interpela directamente obligándonos a escoger qué futuro queremos para las generaciones venideras. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El objetivo de crear futuros es hacer que la gente pueda imaginar qué quiere y qué no quiere que pase, y quizás hacer algo al respecto."

¡Un saludo, ánimo y a seguir leyendo!

Cortesía de Consonni

jueves, 18 de junio de 2020

RESEÑA: La casa intacta.

LA CASA INTACTA

Título: La casa intacta. 

Autor: Willem Frederik Hermans (1921-1995) fue un prolífico y versátil escritor holandés. Escribió ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas; de ellas cabe destacar El cuarto oscuro de Damocles (1958) y No dormir nunca más (1966). En los años setenta tuvo un papel relevante en el desenmascaramiento de Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo falsas rutas de huida a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En 1977, Hermans obtuvo el Premio de Literatura Holandesa, el galardón literario más prestigioso de los Países Bajos. Junto con Harry Mulisch y Gerard Reve, está considerado uno de los tres grandes (De Grote Drie) escritores de la literatura holandesa de posguerra. 


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: holandés. 

Traductora: Catalina Ginard Féron. 

Sinopsis: Europa del Este, 1944. Un soldado holandés que lucha con un grupo de partisanos se refugia en una casa abandonada de aspecto señorial durante un cese de hostilidades. La casa está casi intacta por los estragos de la batalla, y el partisano se instala en ella como si la guerra no hubiese tenido lugar: se baña, se viste con ropa que encuentra en el armario, come restos de comida. Cuando las fuerzas alemanas recuperan la plaza y unos soldados nazis llaman a la puerta, él decide hacerse pasar por el propietario de la casa. Pero ¿cómo se las arreglará para mantener el engaño?

Su lectura me ha parecido: breve, sutil, en ocasiones explícita, pesadillesco, original en cuanto a su premisa, contundente, perversa, antipatriótica, antibelicista, universal... Durante la cuarentena huía, como quien escapa de un animal peligroso, de cualquier referencia literaria al interior, al hogar, a las pesadas cuatro paredes de mi cuarto. De ahí que, salvo alguna excepción, la mayoría de las lecturas que me han acompañado en el confinamiento han sido historias que acontecían fuera, más allá de los muros de la gran ciudad, en la Galicia rural, en la Italia bañada por el sol de una tarde de verano, en la California más chiflada que os podáis imaginar, en la gira de un grupo de rock inventado de los años 70, en algún lugar perdido del atlántico tras sufrir un accidente de avión durante la Segunda Guerra Mundial y hasta en un bibliobús que tenía a la mismísima Isabel II de Inglaterra entre sus usuarios más ilustres. Por supuesto, también me he mecido al son de la espiral autodestructiva de los personajes del cómic Hechizo Total, entretenido yendo de un lado a otro de la enorme casa de muñecas ideada por Patricia Esteban Erlés, llorado acompañada de Delphine de Vigan y su Nadie se opone a la noche - sin duda, el mejor libro de todos los que me leí durante el encierro - o partiéndome de risa con la inoperancia de los personajes de Documento 1 - en última instancia, los más apegados a la realidad y a la precariedad crónica de la sociedad actual -. Todos ellos libros en los que el factor introspectivo (y por tanto de reclusión) era imprescindible para poderlos apreciar en todo su esplendor. Sin embargo, siempre trataba de viajar, aunque fuese a través de mi imaginación, a todos aquellos lugares que, por el momento, son imposibles de visitar. Me angustiaba la idea de no volver a pisar la calle en mucho tiempo. Dicho así suena un tanto exagerado, pero sed conscientes de la incertidumbre, el alarmismo y la dramática situación que estaba teniendo lugar en los meses de marzo y abril. Unos hechos a los que estábamos obligados a hacer frente, sin anestesia alguna, sin que nadie nos hubiera preparado o mentalizado para ello. En mi caso, la medicina la encontré en parte en esas lecturas que me permitieron llenar un poco de aire los pulmones y despejar la cabeza de esos pensamientos trágicos que de vez en cuando me asaltaban por la noche o me producían dolor de barriga. Ahora que la desescalada es un hecho - y ya veremos si no nos tendremos que arrepentir de nuestra rapidez a la hora de gestionarla - he creído conveniente redactar y publicar la reseña del siguiente cuento. Un relato de interior, pero también de exteriores. Una narración que oscila entre el oasis en medio del caos y el horror de una guerra que se antoja la más sangrienta de la historia. La casa intacta: el retrato más macabro, helado y despiadado del sinsentido de la guerra.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, cabe presentar un poco a su autor Willem Frederik Hermans. Nacido en Ámsterdam en el año 1921, es uno de los escritores holandeses más importantes de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Con inquietudes científicas desde niño, Hermans trató de subsistir con la escritura en los duros años de la reconstrucción, algo que le obligó a desempeñar otros trabajos para poder mantenerse en una Holanda con las heridas de la guerra todavía abiertas. Sin haber participado en ella, su producción literaria está enormemente marcada por ésta. Además, por si fuera poco, Hermans se erigió en la década de los 70 como uno de los responsables a la hora de desenmascarar a Friedrich Weinreb. En este punto, permitidme que me detenga, ya que creo que es muy importante que sepáis un poco de esta historia - ya no sólo como curiosidad histórica, también porque, de cara a la novela que hoy reseñamos, lo encuentro bastante oportuno -. Veréis, el tal Friedrich Weinreb fue un economista y escritor judío que, durante los años de la ocupación nazi en Holanda, se dedicó a vender rutas seguras para los judíos que deseaban escapar del país. Las gente, desesperada, no dudaba en desembolsar grandes sumas de dinero con tal de escapar del horror y de una muerte segura en los campos de concentración. Sin embargo, la  ruta supuestamente segura fue en realidad una trampa para que los judíos cayesen en la trampa y acabasen arrestados por los nazis. Cuando fue descubierto en 1944, dejó su casa y se escondió en el pequeño pueblo de Ede. Tras la liberación y una vez capturado por los aliados, fue encarcelado tres años acusado de fraude y colaboracionismo. Pero no fue hasta 1969 cuando, a raíz de unas memorias publicadas ese mismo año, en las que afirmaba su intención de brindar a aquellos judíos esperanza de supervivencia, además de la creencia de que los Países Bajos iban a ser liberados antes de que los nazis ordenaran la deportación. El debate sobre su culpabilidad o inocencia se extendió durante décadas, llegando a su punto más álgido y acalorado en la década de los 70. Fueron muchos los intelectuales que se mojaron y dieron su opinión al respecto, entre ellos el propio Hermans, que lo señaló como culpable de la muerte de aquellas gentes. Años más tarde, y en un intento de poner fin al debate, el gobierno pidió al Instituto de los Países Bajos para la Documentación de la Guerra que investigase el asunto. Finalmente en 1976, y tras haber realizado un trabajo de documentación, cotejo y entrevistas a los pocos supervivientes que quedaban de los hechos, se presentó un informe en el que se señalaba la falsedad del testimonio que Weinreb plasma en sus memorias, señalando su intencionalidad estafadora y ascendiendo a 70 el número de victimas que la famosa "ruta". Esta pequeña pincelada de historia, que a priori parece no venir a cuento más allá de la opinión del propio autor al respecto, va más allá de lo meramente anecdótico. Ya que me permite a mi como crítica literaria enmarcaros no sólo en la época - asumo que todos la domináis más o menos - también en ese retrato de la maldad en estado puro. Una maldad que, en tiempos de guerra, se expone de la forma más explícita, naciendo del interior de personas que jamás imaginarías, mostrando que no existen límites en cuanto a crueldad humana se refiere. Weinreb supo ocultarla de la forma más retorcida y sibilina, una liga a la que los personajes de La casa intacta jamás podrían aspirar. 



Ambientada en un lugar desconocido de la Europa del este y en pleno apogeo de las hostilidades entre ambos bandos, asistimos a la historia de un soldado holandés - cuyo nombre jamás sabremos - que, en medio de un cese de disparos, decide separarse de sus compañeros partisanos y refugiarse en una casa abandonada y de aspecto señorial. La sorpresa es mayúscula cuando descubre que dicha mansión a penas se ha visto afectada por las bombas o los disparos de metralla, si hasta sigue emanando agua caliente. Una vez en su interior, el soldado se queda a vivir en ella, disfrutando de los objetos y comodidades de sus estancias, así como de las comida que los anteriores dueños no pudieron llevarse a la boca. La situación se le antoja idílica en medio del caos bélico, una especie de oasis en medio del bravo océano. Pero llegan los Nazis, recuperan la plaza y llaman a la puerta del caserón. A partir de ese momento, el soldado deberá fingir ser entonces el propietario de dicho lugar para evitar una muerte segura. Con esta premisa tan atractiva, Hermans ya consiguió que una servidora se interesase por esta novela corta - por no hablar de relato - y eso que, como ya he comentado en más de una ocasión, hacía años que no me adentraba en una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Mi aproximación a ella había sido desde una perspectiva más ensayística, memorialística, más pegada a los hechos que a la ficción que esta puede inspirar en cualquier pluma más o menos talentosa. Una vez vencido el escepticismo, La casa intacta duró pocos días en mi mesita de noche. Lo devoré. Con ansia. Con entusiasmo. Su brevedad fue determinante, pero también la forma con la que Hermans consigue que el lector no despegue los ojos del papel. A pesar de buscar siempre lo lírico en una narración, en esta ocasión adoré la hosquedad de su estilo, sin duda a corde con el contexto y la historia que se narra. Lejos de resultarme molesta, esa sequedad me impactó, me subyugó, hasta el punto de querer atesorar todos aquellos recursos, como si de una clase de escritura creativa se tratara. La casa intacta se adhiere perfectamente a la tesis de que, si quieres contar una historia en la que suceden cosas abominables, las palabras y el tono deben ir en consonancia si lo que se pretende es dejar huella en la memoria del lector. Así que gracias Hermans, gracias por esta lección de estilo. 


Dicho esto, y al hilo de lo ya expuesto, cabe rescatar el término "universo sádico" al que el escritor Cees Nooteboom hace referencia en el epílogo de la presente edición. Y es que en el relato de Hermans la violencia se presenta en toda su crudeza, explícita por momentos, incómoda de leer y que actúa como vehículo natural a lo largo de toda la narración. El lector se enfrenta a escenas inenarrables, atroces, pero todas ellas justificadas de cara a la intención por parte del autor en denunciar el sinsentido de la violencia. Algo que se acentúa si tenemos en cuenta el pensamiento nihilista de su protagonista - sólo ansía sobrevivir a cualquier precio - y la incursión de otros personajes que, independientemente de su posicionamiento ideológico u político, son capaces de cometer las mayores barbaridades en pos de una causa o un ideal en muchos casos maniqueo. Un acercamiento arriesgado pero efectivo que en los tiempos que corren nunca viene mal tener presente, sobre todo si de lo que se trata es de mandar un mensaje en favor de la no violencia cuando, a la vista está, todavía quedan resquicios de intolerancia y de agresiones movidas por el racismo, la xenofobia o la homofobia. Aunque Hermans lo capitalice en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la denuncia traspasa los límites temporales, alcanzando un estatus universal. Por otro lado, y ya para acabar, señalar la importancia de la casa, y sus características propias, dentro de la historia. Como si se tratara de un personaje más - el más importante diría yo - la mansión en la que el soldado se queda a vivir actúa como refugio más o menos habitable (hay que tener en cuenta que está teniendo lugar una sangrienta batalla y que haya sobrevivido de la forma en la que Hermans nos la describe es por lo menos increíble dentro de la verosimilitud que como lector quieras otorgarle a la novela) frente al terror que se vive a fuera. Al mismo tiempo, cada estancia actúa como un espacio propio, que en ocasiones parece condicionar al protagonista, incitándole a realizar ciertos comportamientos o a la toma de determinadas decisiones. Cuando los nazis irrumpen en sus dominios, la casa dejará de proteger al partisano, mostrando su cara más hostil, dejándole vendido y solo ante el peligro de que descubran su verdadera identidad. Este recurso no es nuevo, de hecho, son muchas las autoras y autores que, desde géneros muy dispares, han concebido novelas o relatos en los que su presencia es absolutamente imprescindible. Julio Cortázar, Edgar Allan Poe, Isabel Allende, Martine Desjardins, Daphne Du Maurier, Shirley Jackson, Adelaida García Morales... La lista es interminable. Nadie puede negar el tirón y las posibilidades de introspección y reflexión que tienen las casas - mansiones, pisos pequeños, apartamentos en la playa, casas perdidas en el monte, adosados - dentro de la literatura. Por lo que no es de extrañar que en los próximos meses, por culpa de la crisis del coronavirus, los lectores asistamos a una avalancha de novelas en las que las estructuras físicas como psicológicas de lo que comúnmente llamamos "hogar" sean elementos protagónicos. Tal vez se cree un nuevo género, una nueva generación que explore la intimidad y lo privado en tiempos de incertidumbre y enfermedad. Conociendo el estilo y una vez leído el relato de Hermans, estoy convencida de que todavía quedan otros puntos de vista que abordar desde lo clásico, aunque dicha mirada parta del interior, de unos ojos que observan el exterior con miedo, sintiendo el peso del techo sobre sus hombros, consolándose de que, al menos, se encuentra a salvo. Al menos de momento.

La casa intacta: una historia de terror, guerra, violencia gratuita, protección, lujos inesperados, ambigüedad, antipatriotismo, egoísmo, supervivencia... Un libro que, en tiempos de desescalada, tal vez nos atrevamos, esta vez sí, a leer.

Frases o párrafos favoritos: 

"Era como si todo este tiempo ella hubiese representado un papel y sólo ahora se mostrara tal y como había sido siempre en realidad: una cueva ventosa, llena de escombros e inmundicia."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

jueves, 11 de junio de 2020

RESEÑA: Mi hermana, asesina en serie.

MI HERMANA, ASESINA EN SERIE

Título: Mi hermana, asesina en serie. 

Autora: Oyinkan Braithwaite (Lagos, Nigeria 1988) nacida en una de las ciudades portuarias más importantes de Nigeria, pronto se trasladó a Gran Bretaña para estudiar en las universidades de Kingston y Surrey, donde se formó en Escritura Creativa y Derecho. Trabajó durante un tiempo en el sector editorial y en el periodismo, y publicó primer libro de relatos, The Driver (2010. Mi hermana, asesina en serie (2018) es su primera novela, siendo merecedora del Premio Anthony a mejor debut, quedando en segundo lugar en la categoría "Thriller" de los Choice Awards 2019 de Goodreads y se encontraba entre los seleccionados al Premio The Best 2019 en la librería La Central en la categoría de Literatura en castellano. En 2012 regresó a Nigeria, donde sigue residiendo en la actualidad. 



Editorial: Alpha Decay. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Montse Meneses Vilar. 

Sinopsis: Ayoola tiene un serio problema con sus novios: cuando se cansa de ellos, cuando le decepcionan, o a veces sin motivo aparente, los mata. Ya lleva tres, lo cual la convierte, en cierta manera, en una asesina en serie. La única que lo sabe es su hermana Korede, que movida por un amor fraternal cara vez más en el alambre, ha ayudado a Ayoola a eliminar pistas, cubrir sus pasos y, en definitiva, evitar que se descubra que aquellas misteriosas desapariciones de hombres jóvenes que se están produciendo en Lagos llevan su marca letal. Por si la situación no fuera suficientemente complicada, Korede contempla horrorizada cómo su hermana empieza a salir con el hombre de sus sueños - el médico del hospital en el que trabaja como enfermera -, por lo que deberá replantearse su rol de cómplice, si no quiere que este triangulo amoroso termine en un baño de sangre. 

Su lectura me ha parecido: adictiva, trepidante, rápida, original hasta decir basta, con unos personajes femeninos muy potentes, con un humor negro absolutamente delicioso, oportunamente deslocalizada a nivel espacial, inquietante, fascinante, un cambio entre tanto thriller corriente y moliente... Como ya he dicho en más de una ocasión, no soy una persona a la que le atraigan - al menos por ahora - las historias encerradas dentro de lo estrictamente policial/thriller. Si bien éste último si que me interesa desde un punto de vista didáctico - no sabéis lo mucho que aprendes del thriller a la hora de confeccionar la psicología de los personajes negativos o de saber estructurar una trama para que jamás pierda el interés - desde hace unos años lo policial no me interesa para nada. Os hablo desde la experiencia, desde mi primer flechazo con esta explosiva unión en plena adolescencia gracias a las cotidianas y frías novelas de Camilla Läckberg, pasando por ese subidón que me produjo leer por primera vez a Joel Dicker y descubrir que había vida más allá de los crímenes acontecidos en tierras nórdicas. Luego regresé a los helados paisajes de Noruega y Suecia especialmente. Después me alejé, rápidamente, tomé un tren para no volver a esas manidas formas y personajes arquetípicos para centrarme en otro tipo de literatura. Quería sacar temporalmente de mi cabeza el mal sabor de boca que me dejaron aquellas últimas lecturas de las cuales, sinceramente, no guardo un buen recuerdo. Años más tarde, el regreso se produjo a lo grande de la mano de un francés, de Emmanuel Cárrere, uno de esos autores que todo el mundo dice que debes leer. Una servidora, desconfiada por naturaleza, no se fiaba de todas esas buenas palabras y halagos que rozaban la exageración. Pero ¿qué queréis que os diga? El señor Carrére y su adversario - el A sangre fría francés - me demostraron como a veces, y sólo a veces, la masa anónima tiene razón. Aquí no había una investigación policial al uso, ni un detective chapado a la antigua, ni una escritura con homenajes a las grandes novelas policíacas inglesas (las únicas que de vez en cuando tolero y consiguen sacarme alguna sonrisa); aquí Carrére enfrentaba al lector contra Jean-Claude Romand, un asesino real cuyo crimen a día de hoy - y por mucho que el autor desgranase las causas - seguimos sin comprender. Tras él vino la novela que hoy tengo el inmenso placer de reseñar, un libro de trama social con cuerpo de thriller, algo gore, que engancha desde el minuto uno y que se acabó convirtiendo en mi segunda mejor lectura del pasado 2019. Año en el que vivíamos completamente ajenos al terremoto que acaecería justo al inicio de una nueva década. Mi hermana, asesina en serie: la influencia de la violencia patriarcal en la Nigeria de principios de siglo XXI. 


La novela de Oyinkan Braithwaite - una escritora nigeriana de treinta y dos años - ha caído como una bomba dentro de la industria editorial. Y es que, a mi juicio, son varios los motivos por los que todo el mundo debería leerla, más allá de su calidad narrativa, de su ritmo endiablado o de sus casi icónicos personajes. En primer lugar, lo que llama la atención es que, ya de entrada, por fin abrimos horizontes geográficos. Me explico. El lector amante del policiaco o el thriller ha crecido al amparo de los clásicos - como sucede en otros géneros literarios - y sobre todo gracias a unas y unos autores cuya mayoría proceden del ámbito europeo y sobre todo norteamericano. Y claro está, las tramas y las formas son muy británicas, francesas, suecas, alemanas, españolas, italianas o americanas por citar algunos ejemplos de países en los que estos géneros tienen mucho tirón; hasta el punto de haber creado escuela propia. Pero ¿qué pasa con los japoneses? ¿Y los chinos? ¿Y los argentinos? ¿Y los argelinos? ¿Y los sudafricanos? ¿Y los tailandeses? ¿Y los iraníes?... ¿Qué pasa? ¿Que en esos países no hay buenas y buenos escritores de novela negra? ¿O es que nuestro eurocentrismo crónico nos impide concebirlo en nuestra cabeza plagada de enseñanzas que no exploran más allá de los Urales o de nuestro adorado Mediterráneo? ¿Qué nos impide adentrarnos en ellos? 

Hasta hace unos años era impensable encontrar literatura actual escrita por autoras y autores situados geográficamente fuera de lo estrictamente norteamericano o europeo (exceptuando a movimientos como el "realismo mágico" procedente de Sudamérica o a autores como Murakami, Kahdara, Mishima, Pamuk, Mernisi, Cohelo entre otros muchos). Por fortuna, es cada vez más habitual toparse con estantes o escaparates en los que podemos encontrar no sólo una inmensa variedad de convergencias entre géneros literarios, sino que además éstos están escritos por gentes procedentes de todos los países del globo terráqueo. El ejemplo más claro es el del libro que hoy ocupa toda nuestra atención. Mi hermana, asesina en serie es un thriller, con toques policiales - sin que ésta tenga una presencia abrumadora en la trama - ambientado en Lagos y escrito por una autora nacida en dicha ciudad. Dicho así parece que carezca de importancia, pero a nivel canon es importante, ya que el lector va a tener el privilegio de salirse de las encorsetadas formas a las que está habituado para adentrarse en algo distinto y en una ambientación realmente original. Imagino que para Braithwaite escribir una novela ambientada en su Nigeria natal es lo más normal del mundo - como Carmen Martín-Gaite respecto a Madrid o Paul Auster respecto a Nueva York - y eso no debería sorprendernos. Sin embargo, como hemos estado tan parapetados dentro de una concha, alejados de otras realidades literarias, pues en cierto modo veo hasta lógica tanta fascinación. Lejos de quedarse en las meras descripciones de una de las ciudades más bulliciosas y populares en de Nigeria, Braithwaite lo adereza con toques de contexto histórico. El de una ciudad a principios de siglo XXI, una urbe tan dinámica como peligrosa enmarcada en una coyuntura de cambios económicos y demográficos que, por supuesto, reflejarán el problema de desigualdad y la problemática convivencia de la tradición y la modernidad existente en la actual sociedad africana. No es Londres, ni Estocolmo, ni París, ni un pequeño pueblo perdido en el Medio Oeste americano; pero Lagos y su geografía urbana son igual de atractivas y fascinantes. 


A esta amplitud de miras desde un punto de vista literario se le suma una trama que significa un soplo de aire fresco - por no decir "huracán" - en un género como el thriller. Para empezar, la propia estructura de la novela y el estilo que la autora emplea son muy acertados. A partir de una prosa rápida, pero no exenta de profundidad narrativa, en la que no se anda por las ramas y no se recrea en nimiedades que no vienen al cuento (como esas odiosas e innecesarias descripciones que a veces inundan páginas y páginas de novela sin ningún sentido más allá de complacer la vanidad del propio autor) y potenciando aquellos momentos o escenas que de verdad lo merecen - y que en muchas ocasiones esconden una reflexión muy pertinente entorno al patriarcado o las relaciones fraternales -. Todo ello aglutinado en capítulos extraordinariamente cortos, no sólo consigue que el lector se lea el libro de una sentada, sino que tenga la sensación de haber asistido a una clase magistral respecto a la cómo se escribe una buena novela de suspense con grandes dosis de crítica social y desde una perspectiva marcadamente feminista. Otro de los grandes aciertos del libro, por no decir el mayor, es la construcción de sus dos protagonistas femeninas. Por un lado tenemos a Ayoola - guapa, seductora, que parece no tener más ambición que el divertirse y trabajar ocasionalmente en su marca de ropa - y por el otro tenemos a Korede - una pulcra enfermera acostumbrada al trabajo duro, a las ordenes y a vivir a la sombra de su hermana Ayoola -. Mientras la primera ha sido toda su vida una insubordinada y rebelde, la segunda ha asumido una responsabilidad y un saber estar casi perfectos, como si quisiera compensar la actitud de su hermana, como si esto le hiciera, en cierto modo, mejor persona. Sin embargo, Ayoola tiene un defecto de los gordos, y es que tiene un serio problema con sus novios, a los cuales asesina cuando se cansa de ellos, la decepcionan o a veces sin motivo aparente. Cada vez que esto sucede, Ayoola siempre recurre a Korede para que la ayude a limpiar la escena del crimen y a deshacerse de los cadáveres aprovechándose de sus conocimientos en desinfección e higiene. Ante esta situación, la lealtad de Korede hacia su hermana siempre se mantiene en la cuerda floja - de hecho, llega a desconfiar de la versión que Ayoola le da de los hechos, sosteniendo la posibilidad de que el asesinato fuese algo consciente y premeditado y no un simple arrebato como Ayoola asegura - pero el amor que, a pesar de todo, le profesa y un irremediable sentimiento de protección son más fuertes y acaba por no delatarla a la policía. Dos caras de una misma moneda pero concebidas en la mente de su autora como el Ying y el Yang, la noche y el día, el calor y el frío. Dos polos opuestos que, irremediablemente, acaban necesitándose. Cada nuevo asesinato fortuito es una gota más que llena el vaso, quebrando un poco más la paciencia de Korede. La cosa se complica cuando, de la noche a la mañana Tade, el médico del que Korede está secretamente enamorada, comienza a interesarse sentimentalmente por Ayoola. Es a partir de ese momento cuando Korede ve su mundo tambalearse bajo sus pies. Por un lado no quiere hacer daño a su hermana apartándola de Tade, pero por otro lado no quiere que el amor de su vida acabe muerto sobre un charco de sangre. Sin duda, una trama que, partiendo de lo manido, su autora consigue retorcerlo hasta convertirlo en algo nuevo e inquietantemente atractivo para quien se adentre en ella. Con un humor negrísimo - muy similar al de la fantástica serie Killing Eve - escenas rozando lo gore y los continuos giros de la trama, convierten a Mi hermana, asesina en serie en una novela a tener en cuenta si como escritora/or pretendes adentrarte en el tortuoso y apasionante mundo del thriller sin caer en los estereotipos de turno. Y si tu ambición en la vida no es llegar a publicar una novela, Mi hermana, asesina en serie te entretendrá a lo grande durante unas cuantas semanas.  


Una vez abordado aspectos más centrados en el estilo y la trama, toca en última instancia referirse a lo más importante y crucial para entender la grandeza de este thriller racializado. Y es que de su lectura se desprenden acertadísimas y muy oportunas reflexiones entorno a los grandes temas que hoy preocupan a la sociedad contemporánea. Por un lado, la crítica feminista y la construcción de personajes femeninos fuertes pero no infalibles. Una de las grandes virtudes de esta novela es precisamente el haber conseguido crear de la nada a Korede y Ayoola. Dos mujeres, hermanas, unidas por la violencia patriarcal que vehicula prácticamente toda la novela y que marca sus distintas personalidades. Capaces de subvertir y pervertir, en última instancia, con los dos principales roles de género que se asocian tradicionalmente a las mujeres. Mientras Korede representa a ese modelo de mujer buena, amable y extremadamente paciente, Ayoola encarnaría el ideal de mujer bella capaz de encandilar fácilmente a los hombres. Mientras la primera lleva por bandera el esfuerzo, la resignación, el control y el respeto por las normas, la segunda es anárquica, visceral, irresponsable y libre. Si bien la primera su papel de matriarca tradicional la lleva a convertirse en cómplice de asesinato, el poder de seducción de la segunda va acompañado de una navaja con la que arrebata la vida de aquellos hombres que se sienten poderosos en su privilegiada posición dentro del patriarcado, ya sea por temor o crueldad. Roles que, como bien podremos comprobar, y a pesar de ser en teoría asumidos, nunca serán del todo perfectos para los ojos de la gente. Y es que a las mujeres siempre se nos ha criticado por todo. Si estás gorda, adelgaza. Si estas delgada, come más. Si no te apetece tener relaciones sexuales, es sinónimo de estrecha. O si por el contrario eres tú la que toma la iniciativa, entonces eres una puta. Ejemplos, miles de millones, tantos que nos faltarían hojas para poder apuntarlos todos. Otra de los aspectos que Mi hermana, asesina en serie pretende demostrar es una obviedad que, hasta en los tiempos que corren, deberíamos saber ya, sobre todo en lo que respecta a la causa feminista. La unión hace la fuerza, tan simple como eso, y si hay desunión, pues difícilmente se podrá llevar cualquier empresa a buen puerto. La unión que existe entre Ayoola y Korede va más allá de la fraternal, sus experiencias convergen en el trauma compartido, en el odio a la figura de su padre, cuyos ataques y vicios marcaron la infancia de ambas. Un hombre que no dudaba en mostrar su fuerza y cuya navaja, que acabará empuñando Ayoola, acabará en el pescuezo de quienes como él ejercen la violencia más cruel contra las mujeres, independientemente de si son unas completas desconocidas o sus propias hijas. A lo largo de la historia los hombres siempre han querido sepáranos, generar discordia entre grupos de mujeres, alentando la falsa creencia de que "nos pones verdes entre nosotras" o "criticamos a la que no está". ¿Por qué? ¿Qué necesidad? ¿Por qué no abogar por una convivencia, incluso con el sexo masculino, más sana y sin atisbos de toxicidad? La novela de Braithwaite es un claro ejemplo de reflexión entorno a ello. Y por último, ya para acabar, en tiempos del Black Lives Matter, creo que es un buen momento, no sólo para visibilizar el racismo que sigue teniendo lugar en Estados Unidos - y ya de paso en el resto del mundo - también para reivindicar y visibilizar lo máximo que podamos todas esas obras, independientemente del género al que se adscriban, escritas por autoras y autores negros. Le haremos un gran favor a la humanidad, a la sociedad y por supuesto a nosotras/os mismos. 

Mi hermana, asesina en serie: una historia de perversión, sangre, feminismo, asesinatos, dos hermanas tan opuestas como unidas entre sí, amor no correspondido, violencia patriarcal, reversión... Una novela que devoraréis de principio a fin. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Ayoola me convoca con estas palabras: Korede, lo he matado. Yo esperaba no volver a oírlas nunca más."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alpha Decay 

sábado, 6 de junio de 2020

RESEÑA: El salvaje interior y la mujer barbuda.

EL SALVAJE INTERIOR Y LA MUJER BARBUDA

Título: El salvaje interior y la mujer barbuda. 

Autora: Pilar Pedraza (Toledo, 1951) es escritora y doctora en Historia del Arte por la Universidad de Valencia, donde ejerció como docente e investigadora hasta 2011, cuando comenzó a dedicarse por completo a la escritura. Su obra comprende tanto la narrativa como el ensayo, habiendo publicado novelas como La pequeña pasión (1990), El amante germano (2017), Pánikas (2018), antologías como Arcano 13 (2000) o Mistyc Topaz (2016) y estudios sobre cine y género como Máquinas de amar (2018) o Jean Cocteau (2016). 


Editorial: Antipersona. 

Idioma: español. 

Sinopsis: a finales de siglo XIX, los teatros de las grandes capitales europeas y los circos que recorrían las provincias acogieron uno de los espectáculos más sobrecogedores y sorprendentes que se habían visto nunca. Cada noche el público asistía a una función asombrosa que incluía mujeres barbudas, hermanos siameses, hombres de fuerza extraordinaria y seres con cuerpos extraños y deformes. Sin embargo, en realidad los espectáculos de prodigios y monstruos no eran tan novedosos. La utilización de personas aquejadas de deformidades y enfermedades desconocidas para la diversión del público y las élites se remontaba a mucho antes, con los bufones que los nobles y reyes tenían en las cortes. Con ellos, y con las historias de los niños criados en los bosques y las leyendas de hombres que vivían al margen de la civilización, la cultura europea había creado la figura del salvaje interior, del diferente al que se podía humillar y perseguir porque se situaba fuera de los límites de lo humano. Una construcción del otro que servirá después para justificar el saqueo y el genocidio de la población de las colonias, pero también el maltrato y la explotación de todo aquel que desafiaba el orden social con su aspecto o su comportamiento. 

Su lectura me ha parecido: amena, instructiva, original, literaria, cinematográfica, interesante, atractiva, filosófica, poderosamente reflexiva, actual, trasgresora desde el punto de vista de la investigación histórica, absolutamente necesaria en los oscuros tiempos que corren... "¡Odio la literatura española!" es sin duda la exclamación que más he escuchado desde que hace unos años tuve la loca y genial idea de abrir este blog, la cual se ha ido amplificando con los años y a medida que iba metiendo la cabeza en las distintas y más populosas redes sociales. ¿Literatura inglesa? Excelente, ¿Literatura francesa? Maravillosa, ¿Literatura norteamericana? Imprescindible, ¿Literatura rusa? Universal, ¿Literatura italiana? Bellísima, ¿Literatura latinoamericana? En un imparable ascenso... Pero, cuando preguntas o haces mención a lo de aquí, la gente de pronto parece llevarse las manos a la cabeza, lanzando toda clase de improperios que por supuesto no voy a reproducir en este espacio. En parte los entiendo perfectamente. No hay más que observar el panorama y las mentes que la protagonizan. Desde escritores - en masculino por supuesto - que parecen erigirse como élites del pensamiento contemporáneo y del manejo correcto del español desde su correspondiente sillón en la RAE cuyo sesgo ideológico dista mucho de ir al compás de las reivindicaciones políticas y sociales actuales (Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte y compañía) hasta toda una serie de autoras/es que, por tener un millón de seguidores en Instagram, las editoriales no dudan en ponerles un contrato editorial sobre la mesa, aunque no tengan inquietudes literarias, aunque no hayan escrito en su vida, aunque sea, en ocasiones, a costa de un precario Ghost Writer. Poderoso caballero es Don Dinero. Pasando por toda una serie de literatos que, salvando algunas honrosas excepciones, son máquinas de Best Sellers de pobre literatura y simplonas tramas. Son los que suelen escribir un libro al año, los que generan la cola más larga en Sant Jordi, los que entrevistan en televisión, los garantes de unas editoriales ávidas de dinero y lectores a los que, poco a poco, se les va educando en el consumo rápido y en la superficialidad. Dicho esto, y aprovechando la reseña de este impresionante librito - cuanto contenido en tan pocas páginas - me gustaría reivindicar la figura de Pilar Pedraza. Toledana de nacimiento y valenciana de adopción, Pedraza es una de las autoras españolas más originales y sorprendentes del panorama literario español, además de erigirse como una de las pioneras de la literatura de terror en nuestro país. De la quinta de Rosa Montero - ambas nacieron el mismo año - y nueve años mayor que Almudena Grandes, no se entiende la poca repercusión de su obra más allá de los círculos de la literatura de género. Una producción caracterizada por sus ambientaciones inquietantes, la presencia de lo sobrenatural, pertinentes reflexiones entorno a la identidad de género o la sexualidad y, en la mayoría de sus obras, la influencia de la cultura clásica y los mitos que de ella bebemos la sociedad actual desde tiempos ancestrales. Entusiasta y amable en el trato cercano - tuve el placer de hablar un rato con ella durante una presentación - ha confesado en más de una ocasión que cada libro que escribe supone una especie de "tesis doctoral", algo que en el caso del libro que hoy reseño se nota, a pesar de su extraordinaria sintetización, donde hace un ejercicio de investigación histórico-fílmico-literaria digno de ser reconocido. El salvaje interior y la mujer barbuda: la reivindicación y dignificación del universo "freak" con la mirada puesta en el turbulento presente. 


Compuesto por dos ensayos independientes pero complementarios entre sí - El salvaje interior en el imaginario europeo y La mujer pilosa: entre la enfermedad y el espectáculo - con su correspondiente archivo fotográfico y apartado bibliográfico (lo cual se agradece) Pilar Pedraza construye un libro de gran importancia de cara a futuras investigaciones en disciplinas tan variadas como la historia, la historia del arte, el cine, la filosofía, antropología o la literatura. Si la aproximación a los llamados "márgenes" es una tendencia en alza dentro del estudio intelectual de un tiempo a esta parte, el texto de Pedraza los supera y baja más abajo, hasta toparse con toda una serie de actores históricos injustamente olvidados y a los que, todavía a día de hoy por desgracia, muchos miran con espanto o repulsión. Su peculiar interés por adentrarse en rincones poco explorados por las ramas del conocimiento anteriormente mencionadas supone un impulso enorme de cara a la ampliación de perspectivas merecedoras de ser estudiadas y tenidas en cuenta dentro de los ámbitos universitarios, además de una inspiración para futuras investigadoras e investigadores con inquietudes más allá de lo convencional y los grandes temas. De carácter inminente divulgativo, aunque como ya he comentado con la intencionalidad de servir de referente y de abrir el camino hacia la redacción de otros libros similares, Pilar Pedraza guía al lector a través de la historia de niños salvajes, enanos, "hombres lobo" y mujeres pilosas (a las que prácticamente dedica por entero uno de los ensayos) entre otras mujeres y hombres que, por sus enfermedades o físicos fuera del canon establecido, fueron marginados, repudiados, maltratados o sirviendo como entretenimiento para las más altas élites a lo largo de los siglos. Todo ello en base a una documentación en la que podemos encontrar desde referencias a clásicos de la literatura universal (como Los viajes de Gulliver, Drácula, Robinson Crusoe, Frankenstein o la obra filosófica de Montaigne y Rousseau) a referencias históricas en relación al tema (como la presencia de enanos en las cortes europeas desde la Edad Media, la celebración de la Krypteia o la eugenesia practicadas en Esparta). Pasando por algunos de los más significativos ejemplos dentro de la historia del arte (Velázquez es tal vez el mejor ejemplo pero no el único) y por la cantidad de menciones a películas (Häxan, La mujer pantera, La isla de las almas perdidas, El Hombre Elefante, El planeta de los simios, La parada de los monstruos, El malvado Zaroff, Se acabó el espectáculo...). La lista en éste último es sin duda impresionante, tanto es así que su lectura se ha complementado con una pequeña lista donde iba apuntando cada uno de los títulos fílmicos. A ver si consigo poco a poco verlos todos. 


En el primero de los dos ensayos distingue una evolución en la percepción de lo que la sociedad consideraba como "salvaje". Como bien expone, desde siempre ha existido una abrumadora fascinación por el "salvaje europeo". El habitualmente velludo hombre que habita en los bosque, silvestre, caníbal, uno más entre la fauna animal, capaz de mutar en criaturas fantásticas, así como mostrar signos de divinidad o bestialidad. Una figura representada ya en el arte grecorromano cuya existencia complicaba la antropología cristiana durante la Edad Media ante la imposibilidad de concebir la presencia de alguien a caballo entre los dos mundos, entre el de los hombres y el de Dios. El renacimiento lo degradó al último escalón, por debajo del hombre civilizado, coincidiendo con su mayor y más visible presencia en espectáculos bufonescos en las cortes reales más prestigiosas del mundo occidental. Siglos más tarde, una serie de novelistas y filósofos comenzaron a atribuir virtudes frente a los vicios de la sociedad aunque siempre con polémica, ya que existía en el pensamiento europeo una tensión entre la visión positiva y la más negativa. Desde autores como Daniel Dafoe quien propuso en su Robinson Crusoe la posibilidad de que cualquier ser humano, involuntariamente, puede llegar a experimentar con lo salvaje y acabar conviviendo perfectamente en esa realidad, a literatos como Jonathan Swift, cuya percepción negativa del hombre salvaje se ve perfectamente reflejada en la repulsión que experimenta Gulliver respecto a los yahoos (estúpidos, sucios y dotados de un lenguaje a penas entendible). Pero no fue hasta Jean Jaques Rousseau cuando, desde una perspectiva filosófico-didáctica, atribuyó al "salvaje" cualidades positivas. Lejos de los estereotipos y viviendo en un estado anterior a la civilización, es alto, fuerte y de complexión atlética. Erigiéndose no como un asilvestrado, sino como una abstracción, un símbolo de lo que en su día fuimos como sociedad y que poco a poco hemos ido dejando atrás. Lo presenta con ventajas morales, ya que al no estar viciado por la codicia, la envidia o el afán de poder lo hace mejor que muchos ciudadanos de las grandes urbes. Eso sí, jamás será un referente moral, para Rousseau, es simplemente bondadoso. Ya en pleno siglo XIX, la revolución psicológica y antropológica trajo consigo un cambio significativo. Lejos de asociar el "salvaje" como un hombre primitivo y en contacto con la naturaleza, aparece el término que da precisamente nombre al primer ensayo, el de el "salvaje interior". Si antes el "salvaje" vivía en el bosque y alejado de la civilización, ahora se presenta la hipótesis de que todas y todos podemos tener un salvaje dentro, o lo que es lo mismo, que cualquiera de nosotros puede llegar a experimentar pulsiones que despierten el monstruo en el corremos el riesgo de convertirnos. La novela que mejor lo ejemplificó esto fue El extraño caso del Doctor Jekill y Mister Hyde de Robert Louis Stevenson al reflejar las dos personalidades totalmente opuestas que puede albergar una persona. Una teoría que, con ciertos matices, se ha ido manteniendo hasta nuestros días dando el salto de los libros a la pantalla en cintas como Psicosis o M. El vampiro de Dusseldorf


Una vez tenemos clara la teoría respecto al "salvaje" - muy al grano y sin irse por las ramas - Pedraza, ahora sí, en su segundo ensayo, se explaya contándonos la historia de los conocidos como "freaks", y muy especialmente de las mujeres barbudas o pilosas (ambos términos aparecen en el libro) a las cuales dedica prácticamente las mejores páginas del ensayo. Ellas son la razón de ser de este libro, cuyas vidas - desgraciadas en muchos casos - la autora desgrana con un estilo atractivo y atrayente para el lector. Para empezar, al igual que muchos de los considerados "freaks", deja clara su condición de enfermos. Como ya hemos comentado, desde la edad media han ido asociados al mundo del espectáculo, del circo, del burlesque, del entretenimiento y, por supuesto, objeto de burla, fascinación y repulsión por parte de quienes asistían a dichos espectáculos. Entre finales del siglo XIX y principios del XX las conocidas como "paradas de los monstruos" o "circos de los horrores" itinerantes eran muy habituales y populares. El morbo y un terrible sentimiento de superioridad respecto a los integrantes de dichas caravanas se convertían en las principales motivaciones de dichos espectadores, además de que el simple hecho de contemplar, por ejemplo, a la "oruga humana" ya era toda una experiencia de la que posteriormente se vanagloriaban. Dicho esto, lo que el público desconocía es que la "oruga humana" en realidad es un hombre o una mujer que padece el síndrome de tetraamelia - enfermedad congénita rara caracterizada por la presencia de malformaciones múltiples destacando la ausencia de cuatro extremidades -. Así como "la mujer ave" - llamada así debido al Síndrome de Seckel consistente en una microcefalia y maxilar interior reducido entre otras muchas anomalías producidas por un crecimiento retrasado del feto en el útero de la madre -. Lo mismo sucede con las mujeres pilosas, las cuales padecen Hirsutismo que consiste en el crecimiento del vello terminal en la mujer, o dicho de otro modo, la aparición de pelo siguiendo el patrón masculino de distribución en zonas andrógeno-dependientes (barbilla, cuello, areolas mamarias, tórax, muslos, espalda y las zonas inmediatamente superiores e inferiores al ombligo). La enfermedad los marca desde la cuna, condenándolos en muchos casos a una vida como simples atracciones de feria capaces de despertar admiración, miedo o repulsión por parte de quienes los observan desde sus cómodas butacas. Lejos de seguir con esta arcaica perspectiva, Pedraza los dignifica cediéndoles todo el protagonismo de su ensayo, además de abordar su existencia desde una perspectiva tremendamente humana, todo lo contrario que las gentes de su tiempos, los cuales se referían a ellos como "monstruos o "salvajes". En este segundo ensayo conocemos la historia de Antonieta Gosalvus - hija de un hirsuto perteneciente a la corte Francesa del siglo XVI - Barbara Urselin - exhibida durante años bajo el nombre de la "Mujer Cubierta" en la Alemania del siglo XVII - Julia Pastrana - mejicana nacida en el siglo XIX, conocida como "La mujer más fea del mundo" y de desdichada vida como artista de circo, su cuerpo fue momificado y exhibido durante décadas en numerosas exposiciones - Clementine Delait - francesa y protagonista de la portada del presente libro, llegó a dar clases de Arte y Cultura popular en la Universidad de Los Ángeles - y de Jennifer Miller - nacida en 1961 y fundadora del vanguardista Circus Amok de temática explícitamente queer, bailarina, activista y azote de las políticas de Bush - entre otras muchas. Dentro de un contexto - el actual - en el que por desgracia se escuchan demasiadas barbaridades y cada vez más comentarios o manifestaciones cargadas de intolerancia contra lo que a día de hoy se considera como "diferente", creo que no está de más la presencia de un ensayo de estas características al alcance de todo el mundo. Así no sólo despertaremos inquietudes intelectuales o educaremos en valores positivos, sino que además podremos ampliar nuestro conocimiento respecto a los grandes olvidados de la historia y del propio sistema. Los que son sistemáticamente apartados u ocultados simplemente por padecer una enfermedad rara o no amoldarse físicamente a los modelos de hombre y mujer tradicionales. Si hasta hay quien monta en cólera cada vez que ve la axila de una mujer sin depilar. Como si de una atrocidad se tratase, como si la presencia de pelo fuese algo perjudicial para la vista. Y eso que no son mujeres hirsutas, porque de padecer dicha enfermedad, seguro que la ira de "foro coches" sería todavía más furibunda. Como veis, la sociedad está cada vez más enferma de intolerancia, por lo que el libro de Pilar Pedraza se antoja más imprescindible que nunca. 

El salvaje interior y la mujer barbuda: una historia de "salvajes", mujeres pilosas, bufones, cortes europeas, circos de los horrores, museos de la vergüenza, visibilidad, reivindicación, filosofía, literatura, cine, pintura... ¿Qué hacéis que no lo habéis leído todavía?

Frases o párrafos favoritos: 

"El cuerpo es un territorio de opresiones. Las mujeres sufren por tener que plegarse a una imagen, y para ellas una barba es inconcebible. Una mujer no lleva barba. Ante todo, tiene que ser femenina. Yo he tenido miedo a esos clichés. Legitimar la diferencia es legitimar los sufrimientos. Seré, pues, una mujer barbuda, sin que eso sea diferente."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Antipersona

lunes, 1 de junio de 2020

RESEÑA: Todos quieren a Daisy Jones.

TODOS QUIEREN A DAISY JONES

Título: Todos quieren a Daisy Jones. 

Autora: Taylor Jenkins Reid (1983) es capaz de construir personajes memorables porque trabajó durante mucho tiempo para directores de cásting que seleccionaban actores. Después de un periodo como profesora, comenzó a publicar sus propias historias en 2013. Desde entonces sus novelas han entrado en todas las listas de ventas y miles de clubes de lectura, la gran prueba de hasta que punto los lectores la adoran. Todos quieren a Daisy Jones, Best Seller de New York Times, cautivó a Reesse Whiterspoon, que la ha defendido en numerosas entrevistas y ha impulsado una miniserie sobre el libro. Fascinada tanto por El gran Gatsby como por El principito, también por textos de Nora Ephron, Jenkins Reid escribe cada día acompañada de un té helado, un refresco de cola y, sobre todo, de su perro. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Lucía Barahona. 

Sinopsis: Tiene el mundo a sus pies, pero todo se le va de las manos. Ella es la estrella de rock más importante del planeta. Todos tienen una opinión sobre ella. Todos sueñan con ella. Todos buscan ser como ella. Todos quieren algo de ella. 

Su lectura me ha parecido: adictiva, verosímil, un chute de buena música, ágil, cinematográfica, seriéfila, con unos personajes muy atractivos en su complejidad, retrato de una época de desfase a todos los niveles, poseedor de una potente reflexión entorno a la figura de la mujer artista.. Definitivamente ya es un hecho, la cultura de las series de televisión ha llegado a la literatura. No lo digo yo, sino Taylor Jenkins Reid - autora de esta interesante novela que hoy reseño - al presentarnos en el apartado formal una historia estructurada para ser rodada, interpretada y cortada en ocho capítulos (número estándar en la actualidad) de una hora cada uno. Una estructura que, los más puristas van a repudiar inmediatamente, ya que en ocasiones no sabes si estas leyendo un guion o prosa al uso. A mi tesis debemos sumar los intereses de Reese Whiterspoon - actriz, ganadora de un Oscar en el año 2006 por la película Walk the Line y actual artífice gracias a su productora Pacific Standard de algunas de las series feministas más importantes de los últimos años, siendo la maravillosa Big Little Lies la más conocida por el gran público - por adaptar en un formato más pequeño, miniserie en concreto, la novela de Jekins Reid. Si tendemos a pensar mal, podríamos deducir con facilidad la posibilidad de que este libro haya nacido por y para este fin, sobre todo a juzgar por la forma en la que está escrito (de lo cual ya hablaremos más adelante). Lo que está claro es que, mal que les pese a algunos, las series de televisión han ido ganando tanto en calidad como en complejidad argumental gracias a la revolución del sreeming de la mano de Netflix. Una revolución - a la que ha arrastrado otros canales de televisión convencionales como HBO o la FOX y propiciado la creación de otras plataformas como Amazon, Filmin o la reciente Disney Plus - que se antoja imparable. Algo que, por supuesto, hemos podido comprobar durante el largo confinamiento. Y os lo dice alguien que se ha visto unas cuantas series y que ahora mismo compagina tres ficciones al mismo tiempo. Soy así, una biblioteca seriéfila y cinéfila con patas y no lo puedo remediar. Por otro lado, creo que es importante señalar los cambios en el comportamiento de los espectadores a raíz de esta revolución seriéfila. Ya no sólo el hecho de que la profesión de showruner - el guionista de toda la vida - se haya convertido en una de las más deseadas en los últimos años (lo cual en parte me alegra desde el punto de vista de la creación artística), también ha provocado una evolución en la forma de consumir un producto de estas características. Lejos de las apuestas a la antigua usanza de por ejemplo HBO - un capítulo a la semana - Netflix te cuelga todos los capítulos de golpe, sin esperas, lo que genera una ansia y un consumo rápido de ficción. Esta fast-serial no invita al reposo, a la reflexión (aunque la serie en cuestión lo requiera) y elimina de un plumazo la tan molesta como necesaria impaciencia del espectador, factor fundamental para ganar un público más fiel (los casos de Juego de Tronos o El Ministerio del Tiempo lo reflejan). Esa falta de paciencia está llegando poco a poco a la literatura - de ahí que las editoriales ya no apuesten por libros de más de 1.000 páginas a no ser que seas Ken Follett - y a la publicación de ficciones cada vez más influenciadas por las posibilidades de adaptación. El caso de la novela de Taylor Jenkins Reid podría adscribirse a esta corriente (a pesar de tener más de 400 páginas) pero es una rara avis al presentarnos una historia que arrambla con todo y cuya lectura, a pesar de las formas, es un constante disfrute. Sin duda, uno de los libros de la temporada y de mi cuarentena. Todos quieren a Daisy Jones: un falso documental literario al servicio de melómanos y amantes de la música en general. 


Y tras esta chapa entorno a la literatura y su inevitable relación con la cultura de las series en la actualidad, me dispongo a abrir el melón, o dicho de otra forma, a hablaros del aspecto más llamativo de la novela: la forma. Como si de un guion se tratase - el nombre del personaje, dos puntos y su correspondiente parlamento - Taylor Jenkins Reid construye una novela peculiar en ese aspecto. Sin repetirnos demasiado, ya me he explayado a gusto en el primer párrafo, os confesaré que a pesar de todo a mi me ha gustado. No me ha molestado ni me ha dificultado a la hora de adentrarme en la historia que la autora nos cuenta. Si bien es cierto que de buenas a primeras choca, una vez te acostumbras a esa peculiaridad, prácticamente te olvidas de ese estilo guionizado y extraordinariamente marcado. Es muy probable que si la historia no hubiese sido la que es, una servidora habría abandonado la lectura al finalizar los primeros capítulos de cortesía. Pero es que la trama es lo suficientemente llamativa como para que, o bien te gastes tus dineros en este libro o bien acabes leyéndolo con una predisposición especialmente positiva. Ambientada en los años 70 del pasado siglo, y en concreto en el mundo de la industria musical de aquella época - con sus conciertos, giras, drogas, sexo y mucho rock and roll - Jenkins Reid nos cuenta la historia de fundación, inicio, triunfo, separación y olvido del grupo de música The Six a través de los testimonios de los propios miembros de la banda, así como de quienes fueron testigos de cada una de sus etapas. Centrando especialmente la atención en el testimonio de Daisy Jones - la arrolladora, compleja, salvaje y talentosa protagonista de la novela - quien gracias a su voz y magnetismo sobre el escenario consigue llevar a The Six - hasta ese momento un grupo de moderado éxito - a lo más alto. Una de las mayores virtudes de la novela se presenta nada más empaparte de la historia de estos personajes, ya que en Todos quieren a Daisy Jones lo que se cuenta es ficción, pero su verisimilitud es tan extrema que el lector se cree que ese grupo existió de verdad. A riesgo de quedar como una pardilla en los anales de internet, os confesaré que busqué The Six en Google. Tenía que cerciorarme de su existencia, me consta que no he sido la única a la que le ha pasado y sinceramente en el fondo deseaba que el buscador me devolviese videos de conciertos, un documental o al menos una entrada en Wikipedia sobre Daisy Jones. Mi gozo en un pozo. Con esto Jenkins Reid ya me conquistó como lectora. Que una novela consiga que creas cierto lo que sus páginas transmiten me parece el mayor logro y por el que todas y todos deberíamos rendirnos ante el talentazo de esta autora. De nuevo, y dentro de una ambientación melómana, la editorial Blackie Books lo ha vuelto a hacer. Los que flipasteis con Lena y Karl de Mo Davidau, a pesar de ser más clásica en cuanto a la trama, Todos quieren a Daisy Jones os va a dejar con el mismo buen sabor de boca. 


Para darle más realismo y veracidad a la trama, su autora se ha empleado a fondo en cuatro aspectos fundamentales: ambientación histórica, conocimiento de la escena musical (en especial del rock) de la época, la construcción de personajes memorables y la estructura de falso documental. En primer lugar, la reconstrucción literaria que hace Jenkis Reid de los Estados Unidos de los años 70 es un aplauso rotundo, y lo más sorprendente es que lo logra sin la necesidad de unas descripciones de cinco páginas - señor Follett, tome nota - las cuales yo como lectora, si están bien escritas, no me importa adentrarme en ellas. De hecho, en su momento fui una de las kamikazes que se tragó las más de diez páginas explicativas del estilo gótico medieval en Los Pilares de la Tierra (la historia del arte tuvo la culpa). Con la presente novela Jenkins Reid consigue con poco lo que para muchos es sinónimo de una explicación que no viene al cuento y sirve más como relleno que otra cosa. Al igual que las buenas novelas de terror - a las malas mejor ni acercarse - la ambientación es clave para el entendimiento de la trama, llegando esta a influir de forma determinante en los personajes. En Todos quieren a Daisy Jones los valores de la contracultura, a pesar de haber vivido su apogeo a finales de la anterior década, todavía siguen presentes, al igual que las formas de ocio y disfrute de la juventud de entonces. Lejos de endulzarla, su autora no esconde los claroscuros, incluyendo la crudeza de las drogas, los desfases de las fiestas, la delincuencia juvenil, el racismo o el desarraigo. Incluso las tesis del movimiento feminista y de la liberación sexual de entonces están presentes, sobre todo en la génesis de los personajes femeninos, asumiendo los cambios y reivindicaciones como algo natural, y por tanto, visibles al resto de actores que interactúan con ellas. Enorgullece el empoderamiento de estas mujeres, sobre todo cuando les toca desmentir estereotipos, superar barreras o hacerse valer en medio de un grupo de "gallitos de corral". En segundo lugar, Jenkins Reid da una clase magistral al exponer su basto conocimiento sobre la industria musical de ese tiempo. Y no hablo a nivel de saberse al dedillo los grupos musicales que lo "petaban" entonces. Es alucinante observar como recrea al milímetro, por ejemplo, como es la relación entre una banda y su discográfica, los posibles rifirrafes, la jerarquía dentro de estas empresas dedicadas al descubrimiento de millonarios pelotazos musicales, el dinero que se mueve dentro del negocio, la poca ética que en ocasiones impera en este mundo, las "putadas" entre miembros de la formación, la publicidad, las formas de enfrentarse a la hoja en blanco durante la composición de una canción, los procesos creativos... Y todo ello, de nuevo, sin necesidad de repetirse o extenderse demasiado. Jenkins Reid es capaz de contarte todo eso en pocas palabras, manteniendo el pulso narrativo y al mismo entreteniendo al lector hasta el punto de conseguir que éste no pueda parar de leer. 


En tercer lugar, Todos quieren a Daisy Jones se podría definir perfectamente como una novela de personajes, simple y llanamente, ya que en base a sus testimonios se construye toda la arquitectura literaria. Es fácil encontrar similitudes entre The Six y la banda británica Fleetwood Mac (aunque en una reciente entrevista Jenkins Reid confesó haberse inspirado en los Eagels), aunque sin duda, corroborado a su vez por la autora, Daisy Jones es la encarnación de Stevie Niks - la cantante que estaba llamada a cambiar para siempre la música británica -. Pero como siempre sucede, los celos, los desencuentros, los amores no correspondidos y los excesos acabaron quemando a un grupo al que auguraban grandes cosas. Lo mismo sucede con The Six, unos componentes a los que el lector llega a conocer a fondo y a ser testigo de sus logros, éxitos y desgracias varias. Es tal el nivel empático que el lector desarrolla con todos ellos - no hay ninguno, bajo mi punto de vista, que no tenga fallos a nivel de construcción física y psicológica - que en ocasiones deseas que el libro no acabe, que siga hacia adelante, que exista vida más allá del triunfo fugaz de una banda inexistente. Y de entre todos ellos, Daisy Jones es la punta de lanza, el personaje sobre el que pivota todo, la cantante talentosa de pasado adinerado que se escapa de su jaula de oro en busca de independencia y libertad. Esa mujer de carácter arrollador, vibrante, capaz de cautivar al público, que llora, que se enamora, que estalla de ira, cuyas líneas de diálogo son las mejores del libro y que, por supuesto, jamás se considerará menos que nadie y defenderá a muerte su posición en el grupo. "No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien" palabras pronunciadas en la ficción por la líder de un grupo de rock setentero que suponen una carta de presentación rotunda y poderosamente feminista. Lejos de los discursos tan machirulos que vinculan la creatividad artística masculina con la presencia de una mujer reducida precisamente a eso, a un ser totémico sin más aspiración que la de servir de estímulo al artista, Daisy Jones directamente se define como ese alguien, la artista que compone y realiza el trabajo intelectual. Teniendo en cuenta que muchas de estas "musas" - el caso de Dora Maar respecto a Picasso por ejemplo - fueron en muchos casos mujeres brillantes machacadas por ego machista de sus compañeros sentimentales, que un personaje, aunque sea desde la ficción, rompa con ese calificativo es totalmente inspirador. Ya por eso deberían leer esta novela todas las adolescentes de este planeta. Por último, y no menos importante, la técnica del falso documental en la literatura no me ha podido parecer más original. Hasta el momento es un recurso que solo había visto en el cine en películas como REC o Yo Tonya y por supuesto en series como Modern Family o Los Simpsons. Una técnica la del mockumentary - nombre por el que se conoce dentro de la jerga cinematográfica - permite a la directora o director aproximarse a la realidad, mostrar a los entrevistados en su faceta más intima hasta lograr cierto grado de empatía por parte del espectador. Eso, aplicado a la literatura, es rarísimo, y por eso resulta una maravillosa sorpresa. ¿Es ésta una de las reseñas más largas del blog? Sí. ¿Puede que me haya enrollado más de la cuenta? Probablemente. ¿Es suficiente toda la información que os acabo de vomitar? No, nunca es suficiente, pero voy a parar. Porque podría tirarme párrafos hablando de esta novela de Taylor Jenkins Reid, pero soy consciente y se parar cuando toca, aunque me cueste a veces horres. Simplemente diré, para cerrar esta extensa reseña, que os la tenéis que leer. No va a pasar a la historia de la literatura, pero si queréis pasar un buen rato leyendo algo que merece la pena, os lo recomiendo. A mi me salvó parte de la cuarentena, a lo mejor os salva a vosotros de la siguiente (nótese la ironía). 

Todos quieren a Daisy Jones: una historia de música, pasión, acordes, duros comienzos, drogas, sexo, rock and roll, éxito, estrellas fugaces, testimonios, nostalgia setentera... La novela que, esta vez sí, me gustaría ver adaptada. ¡Date prisa Reese!

Frases o párrafos favoritos: 

"No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Blackie Books