Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 2 de abril de 2019

RESEÑA: Historias reales.

HISTORIAS REALES

Título: Historias reales.

Autora: Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) allí creció hasta ingresar en la Universidad de Melbourne. Dio clases en diferentes institutos, pero en 1972 fue despedida por responder a las preguntas de sus alumnos sobre sexo. Garner comenzó entonces a trabajar como periodista. Es autora de una amplia producción literaria tanto de ficción como de no ficción. Su primera novela, Monkey Grip (1977), ganó el National Book Council de Australia y fue adaptada al cine en 1982. Desde entonces, Garner ha publicado varias novelas, cuentos cortos, ensayos y reportajes. La habitación de invitados (2008) es su último título de ficción y uno de sus libros más reconocidos. Entre sus obras de no ficción destacan The First Stone (1995), un controvertido reportaje sobre un caso de abuso sexual en la Universidad de Melbourne; Historias reales (1996; Libros del Asteroide, 2018) y La casa de los lamentos (2014). En 2006 Helen Garner recibió el primer Melbourne Prize for Literature en reconocimiento a su carrera. (Fuente: Libros del Asteroide).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Helen Garner visita un depósito de cadáveres y se va de crucero en un barco ruso; la despiden de un colegio por hablar de sexo con sus alumnos; asiste a un parto y a una boda; escribe sobre cumplir los cincuenta, sobre su familia y sobre el revuelo causado por uno de sus libros. Garner vive y observa, y luego lo cuenta con inteligencia y compasión. Sus piezas de no ficción, escritas originalmente para prensa, abarcan los más diversos temas: «siempre vendrá una idea a salvarme justo cuando esté a punto de sentarme ante el abismo de comenzar una novela». En todas ellas encontramos aquello que solo la auténtica literatura es capaz de darnos: trozos de vida. Helen Garner es una de las más importantes escritoras australianas contemporáneas; Historias reales reúne sus principales piezas de no ficción, reportajes y artículos seleccionados por la propia autora entre los más destacados de su dilatada carrera. (sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, vocacional, con personalidad, veraz, sincera, en ocasiones autobiográfica, perfecta para una desconexión temporal de todo lo que huela a ficción inverosímil... Es un hecho, en Jimena de la Almena llevamos una racha importante de autoras australianas cuyos libros han sido reseñados en este espacio de crítica y opinión a lo largo del pasado mes de marzo. La casualidad, de nuevo, ha querido que mis investigaciones semanales se dirijan a uno de los países más remotos y fascinantes de la tierra, cuya historia no hace sino sorprenderme a cada nuevo dato que descubro. Sin embargo, y en un último intento por toparme con algo excepcional, decidí indagar en su literatura, faceta poco conocida de un lugar en el que las playas paradisíacas y el agreste paisaje conviven de una forma casi mágica. Cual fue mi sorpresa que, tras mirar en la Wikipedia (página a la que siempre acudo en primer lugar para extraer fuentes primarias sin mayores dificultades, sí, las que aparecen citadas y en ocasiones con enlaces justo debajo de la información), pude comprobar que en ésta sólo se nombraba a una mujer, Anna Maria Bunn, autora de The Guardian: a tale, considerada por muchos como la primera novela escrita y publicada por una mujer australiana. ¿El resto? Todo hombres, incluyendo su único Premio Nobel de literatura, concedido a Patrick White en el año 1973. A continuación tecleé el nombre de "Anna Maria Bunn" en Google. La respuesta que me dio el buscador me hirvió la sangre pues, no sólo me topé con una página de Wikipedia en inglés dedicada solo y exclusivamente a ella (repito, tuve que teclear su nombre, no seguir un enlace desde "Literatura de Australia"), sino que además, otros nombres de australianas ilustres del mundo de las letras se sucedieron ante mis ojos. Rosa Campbell Praed, Matilda Jane Evans, Louisa Lawson, Ethel Pedley, Louise Mack, Mary Gaunt, Louisa Atkinson, Jennings Carmichael y por supuesto Barbara Baynton (considerada por muchos críticos como la gran innovadora y renovadora dentro del panorama literario australiano y cuya obra más importante reseñamos la semana pasada). La cuestión entonces es bien sencilla. Me parece estupendo que tengan, la inmensa mayoría de ellas, página propia en el mayor portal de búsqueda de información, pero, ¿no sería lógico que también estuviesen presentes, junto con sus colegas masculinos, en "Literatura en Australia"? En vistas de esta tremenda injusticia y en relación con la reseña que nos ocupa, me gustaría recalcar que, si no es por estas pioneras, muchas escritoras australianas que lo están dando todo hoy en día y cuyas novelas han llegado por fortuna a nuestras estanterías, no existirían. Como tampoco existirían mujeres que, como Helen Garner, persiguen la verdad a golpe de pluma y buen periodismo. Historias reales: la tranquilidad de lo verídico.


La historia de como el libro de Helen Garner llegó a mis manos surgió debido a una imperiosa necesidad, a una urgencia lectora, a una desesperada búsqueda de lecturas enmarcadas dentro de la no ficción. De toda la vida, y esto la gente que me conoce lo podrá afirmar, me he sentido atraída por la ficción. Al principio desde todas sus ramas (incluyendo la más abstracta y fantástica), para ir con el paso del tiempo especializándome (hubo una época que sólo leía historias con marcado tinte social) y finalmente volver a abrirme a aquellos géneros a los que un día les cerré la puerta (incluyendo al terror y a la ciencia ficción de corte distópico, hoy por hoy, dos de mis géneros literarios favoritos). Con la conocida como "no ficción" reconozco, me costó más hacerme a ella, y eso que estudié Historia, una de esas carreras en las que tienes la obligación de leer, sí o sí, muchos ensayos. Durante los años que duró mi experiencia universitaria alterné la ficción con la no ficción siempre que pude. De hecho, hubo épocas en las que me agobiaba tanto que, como si de una medicina se tratase, necesitaba reencontrarme, aunque fuera con unas pocas líneas, con algo inventado, imaginado, salido de la mente de la autora/or y que aunque su inspiración fuese, yo que sé, la vida de una familia de clase burguesa durante el contexto de la Primera Guerra Mundial, me hiciera pensar en ese periodo desde otra perspectiva. Desde la de querer estar ahí y desde la de "me tengo que estudiar este mismo tema para los exámenes de junio". Casualmente, por esa época me dio por leer el Hobbit (toda una proeza teniendo en cuenta lo relativamente negada que he sido para la literatura fantástica). Ironías del destino, una vez acabada la carrera fue cuando me picó el gusanillo por la no ficción y los ensayos de corte histórico (y si abordaban los sujetos de estudio desde una perspectiva de género mucho mejor), así como algunas fuentes históricas que durante la carrera ni se me hubiera pasado por la cabeza adentrarme en ellas. Suspenso en coherencia amigas y amigos. De entre todos aquellos libros que pasaron por mis manos, si hubo uno en concreto que provocase que, muchos años después, tenga las Historias reales de Helen Garner entre mis manos, ese es Voces de Chernóbil, de la periodista, escritora y Premio Nobel de Literatura Alexandra Alexiévich. Era periodismo, sí, pero desde una mirada descontaminada, veraz, directa, impactante, con la intención de hacer reflexionar al lector, en donde no existe lugar para la indiferencia. Y lo más importante, elaborado a partir de testimonios que, desde una precisión que sonrojaría a más de uno que se considera "historiador", son tratados como lo que son, testimonios de un hecho, sin censura, bien escogidos, bien presentados, tal cual fueron confesados a la propia Alexiévich. Expuestos al lector, quien en última instancia es el que debe opinar sobre ellos desde una mirada critica y conocedora de los hechos. Aquel libro me dejó tan impactada que, no sólo acabé leyendo más libros de Alexiévich, sino que busqué insistentemente otros ensayos o crónicas periodísticas similares. Fue durante esa exhaustiva odisea cuando, de pronto, Helen Garner se alzó ante mis ojos como una oportunidad de seguir ampliando mis miras en un momento de ligero desencanto con la ficción (los finales inverosímiles de mis últimas lecturas tuvieron la culpa). Gracias a Libros del Asteroide pude hacerme con un ejemplar, llevármelo de viaje a Soria, leerlo entre migas y torreznos y ponerle punto y final una ve regresé a casa con la convicción de que existe el buen periodismo.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que son dos las palabras que mejor definen lo que el lector se va encontrar una vez inicie la lectura de Historias reales: relato y verdad. En primer lugar, y a pesar de que el libro de Garner se compone de una serie de artículos periodísticos publicados en diferentes medios de comunicación, su presentación es puramente literaria, muy cercana precisamente al cuento o a la narración breve. Agrupados bajo cuatro títulos muy peculiares (El señor Tiarapu, Canta por la cena, La chaqueta violeta y De crucero) que a su vez actúan como una especie de capítulos, cualquiera pensaría que está ante un libro de relatos que ante una serie de pequeñas crónicas periodísticas. Además de la disposición de estos textos, ese carácter literario también se traslada a la forma que tiene Garner de abordar las noticias, casi siempre partiendo de anécdotas personales, acontecimientos que le han marcado significativamente o simplemente a colación de una noticia en particular y con una versatilidad que la pone a la altura de las y los grandes cronistas. A la vez que vas dejando atrás cada una de sus páginas, el lector tiene la sensación de que no está leyendo un artículo de opinión novelizado, sino una historia con recursos literarios al uso y todo. Me llama especialmente la atención que además de "rigurosa" y "precisa" una de las citas que acompaña la presente edición de Libros del Asteroide la califique su prosa como "seca" (la del Wall Street Journal), algo que particularmente no entiendo. Pues, bajo mi punto de vista, siempre sujeto a cualquier debate o discrepancia, creo que "seca" no es el mejor adjetivo para definir su prosa. Seco, creo, es cuando en un texto sueltas las frases no con la intención de producir belleza o harmonía, sino para crear más tensión para que la relación con el lector sea algo más distante. Sin embargo, en Historias reales se aprecia más una calidez y un claro intento de no alejar tanto éste de lo que se está leyendo. Y eso, queridísima Garner, se agradece. En segundo lugar, lo que diferencia este libro de muchos otros de su estilo es la potente verdad que emanan cada una de sus historias, cumpliendo de este modo una de las máximas del periodismo. Vivimos tiempos donde la llamada "máquina del fango" está a pleno rendimiento, y no solo en el terreno de las fake news. Un fenómeno que no hace más que viciar el ambiente y, como consecuencia, permitir la caída de la credibilidad en los medios de comunicación por parte de la sociedad. Por eso, que el lector habitual de ensayos o crónicas periodísticas se encuentre con un libro como Historias reales permite una vía por la que poder respirar aire puro, sin contaminación, sin peligro a caer en sensacionalismos o mentiras para favorecer a los intereses del poder. Podría, en el caso de los artículos, detenerme en cada uno de ellos. Decir que en el titulado ¿Por qué sólo le duele a las mujeres? aborda con un ligero toque de humor la falta de educación sexual femenina en los colegios e institutos, que en Un álbum de recortes sienta a sus cuatro hermanas a hablar sobre los trapos sucios de su propia familia, que en Canta por la cena aborda su curiosa experiencia en su primer festival literario al que asistió como escritora o que en Matar a Daniel trata de esclarecer los porqués de un terrible asesinato (sin duda, el texto más impactante). Podría pasear, lentamente, y hablaros de cada uno de ellos. Sin embargo, una de las virtudes de este texto en concreto y en general del buen libro de crónicas periodísticas es que no te lo cuenten demasiado. Saber lo justo y necesario. Así cuando te haces el animo y lo tomas entre tus manos mientras te acomodas en la cama a la luz de la lamparita, el primer contacto puede ser más intenso, y por tanto, menos prejuicioso.


En los últimos años los lectores hemos apreciado como cada vez más y más estanterías se llenan de textos calificados con el término anglosajón "non fiction". Esto no es una novedad, ya que a lo largo de la historia de la literatura, las modas han ido yendo y viniendo, y la apuesta por los ensayos de toda la vida, al igual que sucedía con otra clase de libros, irrumpía en el panorama editorial con una fuerza descomunal para, al cabo de unos meses, evaporarse de los escaparates de la librerías más importantes del mundo. Sin embargo, y a diferencia de otras ocasiones, la venta de ensayos se ha disparado, forzando la aparición de una lista paralela a la que todas y todos conocemos, esa que enumera de mayor a menor los libros más vendidos en el terreno de la ficción. Ahora, los lectores de todo el globo pueden consultar que libro de "non fiction" o "no ficción" es el que más gente se lleva a sus casas. Lo cual es un gran paso. No obstante, dentro de esta tendencia cada vez más ascendente (la cual podría explicarse debido al contexto en el que estamos inmersos, donde la televisión comienza a verse como un medio contaminado por los intereses políticos y económicos de quienes de verdad gobiernan sobre nuestras vidas), hay un subgénero que está tomando la delantera, el llamado y conocido como "true crime". Tan desarrollado por algunas series norteamericanas de corte policíaco, ahora parece trasladarse al papel para seguir ganando legiones y legiones de fieles seguidores. Pero, ¿en qué consiste entonces el "true crime"? Muy sencillo, consiste en la elaboración de un ensayo periodístico a partir de un suceso que, por A o por B, ha conmocionado o conmocionó en su momento a la sociedad de un determinado país. Y tal y como revela el propio nombre de este popular subgénero, este suceso debe haber sucedido de verdad, de lo contrario, estaríamos ante una novela de misterio policíaca de toda la vida. Aunque durante la época victoriana algunos autores coquetearon con él (base más o menos verídica para luego dar rienda suelta a su imaginación y siempre influenciados por el sensacionalismo de los Penny Dreadfuls), no fue hasta mediados de siglo XX cuando nos topamos con el que probablemente sea el "true crime" más famoso de la literatura. Por supuesto, estamos hablando de A sangre fría escrita por Thruman Capote en 1965. La historia de aquel injustificable y sangriento asesinato a una familia en el tranquilo pueblo de Holcomb (Kansas) sacudió la opinión pública, lanzó una feroz crítica contra el sistema judicial estadounidense y dio una lección de talento periodístico a toda la profesión. Opiniones contrastadas antes que morbo. Literatura antes que amarillismo. Testimonio antes que prejuzgar. Creó escuela, eso no cabe duda, Muchos de las y los periodistas que le sucedieron trataron de ponerse a su altura, algunos con gran éxito (el caso de Gay Talese, Thomas Wolffe o la ya mencionada Premio Nobel Svetlana Alexiévich) y desde sus distintas sensibilidades periodísticas. Sin embargo, la falta de nombres femeninos dentro de este popular subgénero dentro de la crónica periodística no dejaba de ser escandalosa hasta hace unos años. Tuvieron que llegar entonces periodistas como Helen Garner, entre otras, para que el mundo supiera que las mujeres también escribían sobre sucesos. Aunque en Historias reales apreciamos más facetas de su autora, Garner es una consumada autora de "true crime" que, lejos de convertirse en superventas, consiguen hacer reflexionar al lector sobre cuestiones verdaderamente incómodas. El periodismo es una valiosa fuente primaria, y Garner lo sabe, por eso sus escritos, pegados a la realidad más palpable, nos enternecen, nos indignan,  nos escuecen, nos duelen y por último nos estremecen. Historias reales: veintiocho crónicas cotidianas, extraordinarias, escalofriantes, reflexivas... Al fin y al cabo, veintiocho historias verídicas.

Frases o párrafos favoritos:

"Es de esos desconocidos que ves a veces en un lugar público con algo en su forma de comportarse que te dan ganas de abordarlos para decirles “Cuénteme la historia de su vida, por favor. Cuénteme todo lo que usted sabe y yo no”

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, en esta ocasión, dejadme que os adjunte esta pieza tan divertida y original de Leroy Anderson. En mi cabeza siempre la he asociado con alguna escena en blanco y negro protagonizada por una intrépida o intrépido periodista.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

viernes, 29 de marzo de 2019

RESEÑA: Juventud sin Dios.

JUVENTUD SIN DIOS

Título: Juventud sin Dios.

Autor: Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901- París, 1938) El intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth es considerado uno de los escritores en lengua alemana con una visión más lúcida de los acontecimientos políticos y sociales que llevaron a la sociedad alemana a la Segunda Guerra Mundial. Autores como Hermann Hesse, Thomas Mann, Joseph Roth y Peter Handke manifestaron admiración por su obra. En 1931 fue galardonado, junto con Erik Reger, con el Premio Kleist. En 1933, con la llegada de Hitler al poder en Alemania, se mudó a Viena y en 1938 a París, donde murió al caerle encima la rama de un árbol durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos. (Fuente: Nórdica Libros).


Editorial: Nórdica libros.

Idioma: alemán.

Traductor: Isabel Hernández.

Sinopsis: "Al igual que hizo Michael Haneke muchos años después en La cinta blanca, Ödön von Horváth narra en esta prodigiosa novela los orígenes del nacionalsocialismo y cómo la semilla del mal ya estaba presente en los jóvenes y en su educación. El narrador de Juventud sin Dios es un joven profesor a quien el director del colegio le pide que no corrija a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, y le recuerda, además, que su obligación es «educar para la guerra». Los valores patrióticos se inculcan en una especie de campamento paramilitar en el que se producirá un crimen misterioso. Horváth escribió esta obra en el verano de 1937, exiliado en Henndorf, en las proximidades de Salzburgo, y se publicó ese mismo año, alcanzando rápidamente una gran popularidad, incluso en el extranjero, siendo traducida a diez idiomas en los dos años siguientes. Las referencias a la realidad del nazismo son el elemento central en una obra en la que el autor describe una curiosa mezcla de la Alemania nazi con la Austria prefascista." (Sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: intrigante, ágil, inquietante, perversa, sorprendente, cero optimista, espeluznante... "Una crisis económica nunca trae nada bueno". Con estas palabras exactas sentenció la profesora de historia que tuve en cuarto de la ESO a raíz de una pregunta de un compañero o compañera (no recuerdo bien) mientras abordábamos las consecuencias del famoso crack del 29. Y no, no lo decía en relación a lo que el pueblo norteamericano sufriría tras una de las crisis más famosas y cinematográficas del capitalismo. En ese momento no le di tanta importancia, pero, al cabo de unos meses, cuando nos tocó enfrentarnos a la crudeza del Nazismo, supe entonces que aquellas palabras tenían más peso de lo que al principio me pareció. Si algo me ha enseñado la historia, tanto en mis años de estudiante de secundaria como posteriormente durante la carrera, es a pensar a largo plazo, a estar al día con lo que pasa en el mundo, a no quedarme con una sola opinión (de hecho, desde hace un tiempo que me he acostumbrado a ver las noticias del día en tres telediarios diferentes para desayunar, comer y cenar) para formarme un espíritu lo más crítico posible, pero sobre todo, a ser consciente de que la historia, muy a mi pesar, puede repetirse. Y esto, a día de hoy, no es un tópico o una frase bonita sin más sacada de cualquier página de citas célebres, por desgracia para todas/os es muy real. Y si no, que nos lo digan a nosotros, con el panorama que actualmente tenemos a nivel político, económico y social. Un caldo que a lo largo de todo este tiempo ha hervido a fuego lento y que ahora, a las puertas de las elecciones nacionales más inciertas de la historia de nuestro país, puede desbordar en cualquier momento. Tengo miedo, no lo voy a ocultar. Miedo de que las palabras de mi profesora del instituto (la más antipática e inspiradora que he tenido en mi vida) resuenen constantemente en mi cabeza cada vez que pongo la tele, de que esté siendo testigo de un discurso de odio y de desinformación que creía que la sociedad había superado, y lo más importante, tengo miedo de que, lecturas como la que hoy tengo el placer de reseñar, puedan estar teniendo lugar a mi lado. Juventud sin Dios: desenmascarando al Nazismo.


Las motivaciones que me llevaron a hacerme, gracias a Nórdica libros, con un ejemplar de Juventud sin Dios fueron en concreto dos. La primera, en parte, viene justificada por esa sobredosis que toda y todo futuro historiador experimenta cuando de pronto, un día, le hablan del Nazismo en el Instituto. En mi caso, para seros sincera, fue bastante heavy. Me obsesioné tanto, hasta el punto que, aquel mismo año, hice tres trabajos para tres asignaturas diferentes sobre esta temática. ¿El resultado? Llegué a los siguientes cursos siendo una experta en el tema, y a la carrera con la sensación que lo que había aprendido por el camino eran simplemente las migajas de lo que posteriormente descubriría en aquellas abarrotadas aulas. Luego, como es normal, vino el desencanto. Tanta sobredosis, sea de lo que sea, nunca es buena. Para después caer en el hastío (cosa que ahora me da mucha pena). Por fortuna, el Máster consiguió aportarme una mirada diferente, nuevas herramientas y sobre todo, nuevos nombres a los que poder acercarme relacionados con la etapa más oscura de la historia del país germano. La base entonces, estaba ahí, en continua formación, autoalimentándose y ampliándose a una velocidad, que si bien era pausada, su constancia, por el momento, no ha desaparecido. Además de esta razón, la segunda motivación que me impulsó fue, y gracias de nuevo a un profesor (uno de los más sabios, temidos e imponentes de la facultad), mi descubrimiento por la conocida como "época de entreguerras" o lo que es lo mismo, los años 20 y 30 del pasado siglo XX. Nunca pensé que aquellos años de desenfreno y posterior crisis económica diesen tanto de si, y menos descubrir que, un periodo tan corto de tiempo pudiese asentar las bases de lo que ocurrió después y que todas y todos conocemos. Eso me fascinó. Lejos de quedarse ahí la cosa, también descubrí las figuras de algunas de las y los intelectuales más potentes de Europa. ¡Y yo que hasta ese momento pensaba que la vanguardia literaria estaba en Estados Unidos con Scott Fitzgerald y compañía! ¡Que equivocada estaba! ¡Ojalá Herman Hesse, Emmy Henings, Leonhard Frank, Thomas Man y sobre todo Stefan Zweig hubiesen aparecido en mi vida antes! ¡La de noches que habría pasado en vela! ¡La de libros que habría descubierto! ¡La de historias maravillosas que abría devorado! La vida es la que es así, impredecible y en este sentido algo injusta. Sin embargo, y como es imposible (de momento) retroceder en el tiempo, dicha carencia la completo leyendo sus libros y descubriendo por el camino a otras y otros autores. De ese modo fue como conseguí dar con Ödön von Horváth, del que por supuesto jamás había escuchado hablar, y cuya biografía me resultó extraordinariamente breve y valiosa al mismo tiempo. Juventud sin Dios es, por el momento, el primer libro suyo que leo, y de verdad, espero que no sea el único.


En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, y saltándome todos los protocolos seguidos anteriormente, comenzaré por lo primero que ve el lector nada más toparse con la presente edición: su portada. En serio, desde aquí me gustaría felicitar a quien o a quienes hayan trabajado en el diseño de esta, así como a la mente brillante que tuvo la genial idea de escoger esa foto de las Juventudes Hitlerianas como carta de presentación. El objetivo es claro: contextualizar al lector y provocar inquietud. Dicho con palabras más coloquiales, dar yuyu. Lo del contexto queda claro nada más fijas la mirada en ella, pero, ese segundo golpe de efecto es magistral. Las miradas de esos dos niños que, uniformados, dirigen al lector consiguen cortar la respiración, helar la sangre, que éste se sienta incómodo. ¿Son de verdad niños alemanes bajo el Tercer Reich o por el contrario se han escapado de alguno de los pasajes de Los chicos del maíz? Pronto lo sabremos, mientras tanto, podemos asegurar a ciencia cierta que el objetivo se cumple con creces. Cuando el lector se adentra en Juventud sin Dios se encuentra, para su más grata sorpresa, con una narración ágil, dinámica, que va directa al grano, con unos capítulos realmente breves (alguno no alcanza las tres páginas), cuyos títulos rezuman una simpleza de manual pero que, sin embargo, jamás pierde la intención de la novela en su conjunto. Porque sí, queridas y queridos lectores, una novela de este calibre esconde ya no sólo una intención (la cual desgranaremos en el siguiente párrafo) sino que además, tal y como está narrada (desde un estremecedor pesimismo), Horváth nos conduce hacia una de esas reflexiones que impactan por su dureza y por estar, por desgracia, próximas a la realidad. La historia la hemos visto muchas veces reproducida tanto en la literatura y el cine. Juventud sin Dios narra, en una claustrofóbica y perpleja primera persona, la experiencia de un profesor de historia y geografía en un colegio masculino austríaco en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En una de sus clases, el protagonista decide reprender a un alumno por un comentario racista sobre la inferioridad de los negros. A partir de ahí, la situación se complica para el profesor, siendo su actitud reprochada por profesores, padres, alumnos y miembros de la comunidad, además de ser testigo de como, poco a poco, la educación de los chicos y chicas del lugar se está redirigiendo hacia una paulatina militarización. Ante esta situación, el profesor se siente un incomprendido. Busca con desesperación a quien pueda entender lo que está sucediendo y dar respuesta a esos miedos que lo acosan. Y aunque le cuesta dar con ellos (ese otro Julio César y un párroco caído en desgracia), la cobardía y un necesario instinto de supervivencia comenzarán a apoderarse de él. El ambiente se vicia, el contexto es el que es, la despersonalización ha comenzado (ahora sus alumnos responden a iniciales no a nombres completos), la automatización, el lavado de cabeza y el adiestramiento (ya no moralmente, también físicamente) ha comenzado. Nunca es suficiente si lo que está por llegar es una nueva guerra más mortífera que la anterior. Este es el punto de partida, y entre clases y entrenamientos en las colonias durante las vacaciones de verano, el lector no sólo se nutre de párrafos que apuntan directos a nuestra memoria (algunos son para enmarcar) o de diálogos en donde la metáfora adquiere un toque terrorífico, también consigue de ser consciente de un comportamiento que tristemente repetimos casi a diario. Esos "yo paso", "me la suda" o ese "mirar hacia otro lado" nunca dolieron tanto como en Juventud sin Dios. Una sonora bofetada de realidad que nos despierta, de golpe y porrazo en una sociedad, desgraciadamente la actual, que en parte se ha nutrido de estos comportamientos. Pocas veces la escritura y la posterior publicación de una novela han estado más justificadas, tanto en el momento en el que ésta vio por primera vez la luz (nada más y nada menos que en el 1937, un año terrible para ser un intelectual de izquierdas en la Austria prefascista) como en el momento actual (en el que estamos siendo testigos de un espeluznante rebrote de las tendencias fascistas en Europa y Estados Unidos). Por último, y antes de pasar a la más que pertinente reflexión final, es posible, como ya he podido comprobar en muchas reseñas, que la de Horváth no sea una novela que satisfaga algunas expectativas. Sin embargo, dejadme deciros que Juventud sin Dios es sin lugar a dudas un documento histórico, una reliquia de un tiempo convulso que guarda más misterios de lo que aparenta. Así que sed pacientes y mantened los ojos bien abiertos. Palabra de historiadora.


La rama de un árbol le arrebató la vida a Ödön von Horváth mientras, bajo una intensa lluvia, paseaba por los Campos Elíseos en el año 1938. Muchos lamentaron entonces su muerte, incluyendo grandes personalidades de la cultura germana y austríaca. Y no era para menos, Horváth se iba de este mundo con tan solo treinta y siete años. Por fortuna para todos, durante su corta vida le dio tiempo a escribir, entre otros textos, el que hoy ocupa toda nuestra atención, cuya simpleza narrativa no enturbia una intencionalidad clara y universal. Todos hemos escuchado muchas veces que sin educación, el mundo es lugar menos seguro, o que la ignorancia crea monstruos. Pues francamente, no les falta razón, ya que ambas afirmaciones son totalmente ciertas. ¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo, que se hace muy poco o nada para favorecer el aprendizaje educativo, en otras palabras, que en el fondo, a unas ciertas élites no les interesa que las nuevas generaciones aprendan más de lo estrictamente necesario. Y no estamos hablando sólo de conocimientos generales, también de todas esas herramientas indispensables para desarrollar el espíritu crítico, eso tan incómodo que, si se emplea con inteligencia y agudeza, es capaz de sonrojar a hasta a la persona más poderosa del mundo. La historia, a lo largo de los siglos, ha demostrado que la educación, además de conocimiento, es poder, y por tanto, un  privilegio al alcance de muy pocos. Durante la Edad Media por ejemplo, las clases más desfavorecidas estaban privadas de toda opción de acceso a una educación superior, favoreciendo a una élite nobiliaria capaz de poder costearse unos estudios en las universidades más famosas de Europa. Hoy en día ese patrón está desfasado. Ya no hay una clase nobiliaria al uso, las mujeres pueden acceder libremente a la educación superior y no existe discriminación por sexo o raza al respecto. Y si bien todavía prevalece una brecha social entre clases, el derecho a la educación es universal. Con este panorama y con una de las generaciones mejor preparadas de la historia, ¿cómo es posible que existan partidos de ultraderecha? O lo más preocupante ¿por qué la gente les vota? La explicación a este paradójico fenómeno la encontramos en un clásico: "la gente ve demasiado la tele". Frase a la que le deberíamos añadir varias coletillas como: "y el ordenador", "y el móvil" "y Netflix"... Pues, según varios estudios, actualmente existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que ya no consumen tanta televisión o directamente ya no la ven. ¿Es ese el problema? Pues sinceramente sí, entre otros, porque mientras mantienes los ojos pegados a la pantalla, por muy informado que crees estar, al final, resulta que no lo estás tanto. Eso es lo que consiguen las redes sociales, que además de ofrecerte la información personalizada (por tanto, sesgada) acabas quedándote con los titulares y no con el contenido de la misma. Y si a eso, además, le añadimos el poder de atracción de las grades plataformas digitales (capaces de conseguir que te tires todo un día haciéndote maratones de tu serie favorita), conseguimos la alienación total. Si algo nos enseña Horváth en Juventud sin Dios es a que con un poco de desinformación se puede conseguir que el humanismo quede aplastado por la irracionalidad del Nazismo. Traducido a nuestro tiempo:  que la gente pase de querer saber más sobre lo que pasa a su alrededor y que sólo le preocupe la calidad de las fotos de su teléfono móvil, el filtro Valencia o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. La ignorancia crea monstruos, y si además se fomenta, éstos pueden acabar devorándonos a todos. Juventud sin Dios: una historia de paradojas, cobardía, fanatismo, intolerancia, supervivencia, enfrentamiento, desamparo, con un hilo de esperanza algo descorazonadora... La prueba de que el ser humano ha vuelto a tropezar con la misma piedra.

Frases o párrafos favoritos:

"Que estos críos rechacen todo lo que para mí es sagrado no me parece tan grave. Lo que resulta más grave es como lo rechazan, sin conocerlo. Y lo peor de todo es que no quieren conocerlo de ningún modo. Para ellos, pensar es odioso."

Película/Canción: al igual que hiciese Ödön von Horvath en 1937, en el terreno cinematográfico el director alemán Michael Haneke dirige y estrena en el año 2009 La cinta blanca. Una película que describe la vida en un pequeño pueblo de Alemania de principios de siglo XX en donde tienen lugar una serie de extraños sucesos. Al final, la cinta de Haneke no deja de ser una búsqueda de los orígenes de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De ahí que se compare tanto con la novela de Horváth. Por eso y porque es un peliculón, es de justicia que en esta ocasión adjuntase su correspondiente tráiler. Espero que os animéis a verla.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

martes, 26 de marzo de 2019

RESEÑA: Estudios de lo salvaje.

ESTUDIOS DE LO SALVAJE

Título: Estudios de lo salvaje.

Autora: "Barbara Baynton (Scone, Australia 1857 - Melbourne, Australia 1929) No obstante, ella siempre sostuvo que había nacido cinco años después, en 1862, y no fue este el único dato biográfico que falsearía. Hasta sus nietos creyeron que había sido la hija ilegítima de dos irlandeses que se enamoraron en el barco que los llevaba a Australia, cuyos nombres eran distintos a los de sus verdaderos progenitores. También cambió la profesión de su padre e hizo que pasara de carpintero a terrateniente. Esta ficción se gestó cuando Baynton se trasladó a Sídney después de que su primer marido la abandonara con tres hijos a su cargo. En 1890, al día siguiente de haber obtenido el divorcio, se casó con su segundo marido, Thomas Baynton, con quien empezó una nueva vida. Su ascenso social fue inmediato, y pronto algunos de sus relatos comenzaron a ver la luz en la revista The Bulletin. Seis de ellos se reunirían en la antología Estudios de lo salvaje, publicada en Londres en 1902, en Gerald Duckworth and Company, después de que varios editores australianos la rechazaran por sus descripciones poco benévolas de las regiones del interior del país. No hay en sus textos el más mínimo rastro de orgullo nacional, como tampoco esa exaltación romántica por la vida de los habitantes de las zonas más despobladas, que empapaba la literatura australiana predominante en la década de 1890. Su segundo marido murió en 1904, y ella comenzó a invertir en bolsa y en antigüedades, lo que derivaría en una pasión por el mundo de las joyas que persistió hasta su muerte. Publicó Human Toll, su única novela, en 1907, y en 1917 vio la luz Cobbers, una nueva antología de relatos que añadía dos a los ya recogidos en Estudios de lo salvaje. Durante la Primera Guerra Mundial vivió en Inglaterra, y en 1921 se casó con su tercer marido, el barón Headley. A pesar de la brevedad de su producción literaria, la visión personalísima de Barbara Baynton ha sido reconocida como una de las más significativas de la creación literaria australiana. Murió en Melbourne, el 28 de mayo de 1929." (Fuente: Impedimenta).



Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: "Una joven embarazada baja de un tren en una estación desierta para recorrer un camino inhóspito y salvaje. Una mujer se enfrenta a la soledad de su cabaña después de talar un árbol y ser derribada por una de las ramas, que la deja inmovilizada. Una madre ha de abandonar su casa para defenderse del ataque de un hombre, y huye con su hijo atado al pecho. Los relatos de Barbara Baynton sitúan a sus protagonistas en el paisaje indómito de las regiones australianas del interior, lejos de las ciudades, y las somete al aislamiento y los rigores de un entorno feroz que las obliga a luchar por su propia supervivencia día tras día, con la única compañía de sus perros. No hay ayuda, no hay miradas afables ni compasión en la naturaleza inexplorada a la que llegan los personajes de Baynton. Su único recurso es el de la resistencia, la obstinación e incluso la ira." (Sinopsis editorial). 

Su lectura me ha parecido: intensa, agreste, estremecedora, desmitificadora, cruda, brutal, sin margen para el buenísimo o la complacencia... Hace unos años vi la que para mi es una de las películas más hermosas, hostiles y feministas de la historia (por encima de mi adoradísima Thelma y Louise): El piano. Llevaba un tiempo arrastrando las ganas de ponerme con ella, y cuando por fin pude hacerlo, aquella tarde gris y aguantando un catarro de mil demonios, mis ojos no pudieron despegarse de la pantalla. Empezando por esos primeros y memorables acordes que aún suenan en mi cabeza y finalizando por esa escena en la que la protagonista (una magistral y honesta Holly Hunter), aún atada a su amado piano, levita en la inmensidad del océano pacífico, cual alga mecida por las caprichosas mareas del fondo marino. Más impresionante fue lo que, a continuación, sucede después, pues a pesar de que aquel instrumento ha formado parte de su vida desde niña, comprende que merece más la pena nadar, ascender y subir a la superficie. Morir junto a los recuerdos o abrazar una nueva vida en esa primera bocanada de aire. Aunque, sin duda, a parte del carisma de Anna Paquin (tan tierna como despiadada) lo que de verdad se me quedó grabado en la memoria fue ese viaje, esa toma de tierra, ese desembarco en una tierra, Nueva Zelanda, cuya naturaleza parecía abrumadora. Y digo parecía, porque, en los siguientes quince minutos la percepción del espectador gira 180 grados. No todo es tan bello ni tan idílico, y menos para una madre y una hija del XIX. Las imágenes de ellas siendo levantadas por rudos y maleducados marineros para evitar que sus espectaculares vestidos (con corsé y aros de acero incluidos) se mojasen es impresionante. Nunca una película, en ese sentido, expresó tan bien la oposición de dos mundos tan opuestos pero que, sin embargo, en esta ocasión están condenados a soportarse. Barro, sudor, humedad, charcos, lluvia... Pero precedido de una maravillosa playa en la que Jane Campion nos regala las escenas más memorables del film. Algo parecido sentí cuando, hace unas semanas, me adentré en los hostiles relatos de Barbara Baynton, en los que el lector está en la obligación de luchar en contra de esa idílica concepción para arrojarse a una realidad, la de la Australia más rural, hermosa, sí, pero sumamente peligrosa. Estudios de lo salvaje: género y supervivencia.


La historia de como esta colección de cuentos llegó a mis manos y a mi idolatrada estantería es bien sencilla. Aunque para seros más sincera, lo cierto es que, a pesar de que jamás había oído hablar de Barbara Baynton (así como de tantas y tantas otras escritoras por desgracia), sí que me apasiona, desde el punto de vista de la escritura incluso, todas aquellas historias de ambientación rural. Si para mi, la playa es el entorno en el que en mi imaginario como escritora tienen lugar los acontecimientos próximos al descubrimiento y el paso de la adolescencia a la madurez, el campo representa eso y algo más. Y ese algo más tiene mucho que ver con el hecho de que el mundo rural siempre se ha considerado la cuna de la tradición, del retorno, de los recuerdos, del ocaso de nuestras vidas... Pero también pueden ser entornos en los que la asfixia, el rechazo o la soledad pueden adquirir protagonismo. Una de las primeras autoras que leí en ese sentido fue a Edna O´Brien, una autora irlandesa cuya producción literaria de marcado carácter autobiográfico está orientada a un discurso realmente crítico con el mundo rural, en este caso del de los pueblos irlandeses de principios de siglo XX. Cuando, por ejemplo, finalizas la lectura de Un lugar pagano el lector acaba generando sentimientos encontrados. Por un lado, encuentras en sus palabras una rabiosa crítica a toda esa tradición inamovible que durante años la protagonista (alter ego de la propia O´Brien) tiene que soportar. Sin embargo, por otro lado, no puedes evitar que la curiosidad invada tu mente, hasta el punto de desear hacer las maletas y planificar unas vacaciones de verano en la Irlanda más profunda. Estas contradicciones, totalmente humanas, sostienen gran parte del sentido y finalidad de la literatura. Así mismo, y aunque ya he repetido en más de una ocasión mi total desagrado, debo reconocer que la descripción que Emily Brontë hace al inicio de su única novela es de las mejores que he leído. Esas impresionantes y ya icónicas fincas (Cumbres Borrascosas y los Tordos) elevándose sobre unas praderas que, lejos de mostrar una verdosa luz, su sequedad pone en situación al lector. No estamos ante una novela romántica sin más, sino ante algo más agresivo, apasionado, frío, como el viento que sin duda creemos resbalar por nuestras mejillas mientras contemplamos dicho paisaje. No debo olvidarme, si mi explicación pretende ser sincera, de esa maravilla de Picnic en Hanging Rock. Misterio a raudales, un delicioso toque gótico al más puro estilo british, un paisaje que oscila entre la espectacularidad y lo terrorífico y una autora, Joan Lindsay, jugando constantemente con la ambigüedad de su trama (todavía hay quien cree que los sucesos acaecidos aquel San Valentín de 1900 son ciertos). Desde esas obras, entre otras muchas, he ido ampliando mis conocimientos, mi inspiración y mi biblioteca con sendos títulos. Estudios sobre lo salvaje fue, en ese sentido, una de mis últimas incorporaciones, pensando que su lectura podría arrojar un toque de amplitud, un nuevo punto de vista, una mirada de la que poder extraer todo lo que a mi como lectora y escritora me interesa. Tras su correspondiente degustación lectora, saqué en claro dos conclusiones: la primera, que el campo puede matar, y la segunda, que Joan Lindsay le debe a Barbara Baynton mucho más que el compartir nacionalidad.


Como ya he comentado en numerosas ocasiones, reseñar relatos siempre entraña una cierta complicación. Ya no sólo en lo que al mayor o menor número de historias se refiere, sino también a la variedad temática que éstos puedan encerrar. El estilo es el mismo: depurado, limpio, ágil, pero sobre todo, ausente de complacencia o autocensura. Los cuentos que el lector se encuentra en Estudios de lo salvaje, son precisamente eso, pequeñas capsulas, breves tesoros que describen una época y situaciones a las que, por su crudeza y violencia, las mujeres no desearían enfrentarse jamás. Y digo mujeres porque son ellas las absolutas protagonistas de cada uno de ellos. Sin embargo, esto no exime a que los hombres del temor a padecer alguna de estas historias, aunque sea en sus peores pesadillas. El miedo no entiende de género, así es y debería serlo. No obstante, el que Barbara Baynton haya decidido, conscientemente quiero pensar, que sean mujeres las que protagonicen estos relatos tan hostiles y cero edulcorados, nos debería hacer pensar. Estamos a principios de siglo XX, siglo en el que el movimiento sufragista comienza a cobrar importancia y a extenderse por numerosos países. No debemos de olvidar que en Australia las mujeres pueden ejercer su derecho a voto nada más y nada menos que desde 1092, dieciséis años antes que en Reino Unido, veintinueve años antes que en España o cuarenta y dos años antes que en Francia. De este modo, Australia se convirtió, junto con Nueva Zelanda (país que había logrado aprobar el sufragio universal femenino en 1893 gracias a la lucha de la sufragista Kate Sheppard), en uno de los países pioneros en este ámbito. Casualmente, en el mismo año que tiene lugar tan importante conquista social, Estudios de lo salvaje es publicado por la editorial inglesa Gerald Duckworth and Company. Todo eso tras el rechazo unánime de varios editores australianos al considerar que sus descripciones del Bush (el interior de Australia) distaban mucho de ser benévolas. Es cierto, sus descripciones de la Australia más rural no dejan lugar a dudas, pero, ¿y si no era eso lo que de verdad les molestaba a los editores? ¿Y si la razón por la que rechazaron publicar los relatos en su país natal responde más a una cuestión puramente machista? ¿Y si lo que les escama no es su opinión sobre el Bush sino que sean mujeres las que se enfrentan a las adversidades del mundo rural? El azar quiso poner, aquel glorioso 1902, a una autora Australiana en el mapa, escritora que, con el tiempo, logró convertirse en una de las más importantes y fundamentales de la literatura en un país situado en los confines del mundo. En el relato "La compañera de Squaker" (mi favorito y el más brutal) vemos a una mujer talando árboles y sufrir un accidente como consecuencia. En "Billy Skywonkie" son las aborígenes australianas las que hacen frente a la hostilidad del medio y a la los abusos por parte de los hombres. Y en "Una iglesia en la maleza" es la sociedad, en este caso una comunidad alejada de todo elemento utópico, la que oprime a la mujer. No menos interesante, a pesar de ser uno de los más flojos del volumen, es "Mano tullida", el único relato protagonizado por un hombre pero en el que, sin embargo, podemos hallar una desnudez total respecto a estereotipos masculinos al conferirle a su personaje de un sentimiento de temor frente a lo desconocido. Mujeres que luchan contra las fuerzas de la naturaleza (con mejor o peor suerte) y hombres con una doble psicología (la de la cara más despiadada del patriarcado por un lado y la emocional por otro, enterrada bajo capas y capas de educación sexista). Eso es lo que nos encontramos en la obra de Baynton, además de los pilares fundamentales de una tradición literaria tan sólida que sus ecos llegaron hasta la mismísima Joan Lindsay. De hecho, Picnic en Hanging Rock podría considerarse, salvando las distancias, como la perfecta heredera de Estudios de lo salvaje al recoger y hacer propios esa imagen tan desmitificadora del campo con ese delicioso toque gótico que bien podemos apreciar en su relato "La soñadora", justo el que abre la presente edición. Como acabáis de comprobar, las distancias temporales son salvables en el momento en el que alguien consigue, con sus escritos, remover la conciencia de quien tiene abiertas las puertas al conocimiento y a la inspiración.


Reconozco que a la hora de ponerme a escribir este párrafo estuve a punto de centrarlo en hablar de su autora, de Barbara Baynton, cuya biografía es del todo desconcertante (su afición a falsear algunos datos de su pasado me dejó bastante perpleja). Sin embargo, y teniendo en cuenta algunas de las principales reflexiones que se agolparon en mi cabeza tras finalizar su lectura, me centraré en algo más importante, en hablar de la vida en el campo. Todas y todos tenemos en mente una imagen bastante idealizada de lo que es una jornada en el mundo rural. En parte, por culpa del turismo y esa visión tan bucólica que siempre nos han tratado de vender, porque sí, al final todo se reduce pura y exclusivamente a términos capitalistas. Cada vez que un pueblo sale por la tele, automáticamente destacamos las virtudes de vivir en el campo (aire puro, lejos del ajetreo, menos preocupaciones...), las cuales, por supuesto, son totalmente imaginadas. Incluso el turismo rural, cuya demanda ha ido creciendo de un tiempo a esta parte en adeptos, no se aproxima ni en sueños a la verdadera vida en el campo. Esta muy bien, eso no lo niego, alquilar una casa rural en ese pueblo perdido en medio de los Pirineos oscenses o en esa semi deshabitada aldea perdida entre campos de Castilla. Claro que es precioso. Sin embargo, tanto quien consume ese tipo de turismo debería ser consciente de que, en temporada baja, los pueblos son auténticos desiertos demográficos, así como lugares en los que la vida no es tan fácil. La falta de recursos (incluyendo en ocasiones los sanitarios), sumado a la ausencia de lugares de entretenimiento al uso (como por ejemplo un simple cine), las inclemencias meteorológicas que padecen algunos de ellos (sobre todo en el frío y largo invierno), las escasas conexiones, su geografía, su orografía, así como sus particularidades propias hacen de estos lugares entornos menos atractivos para aquellos que conciben el mundo rural como el paraíso. Por no hablar, por supuesto, del trabajo, que en muchas ocasiones está enfocado al trabajo de la tierra. En una época en la que se ha puesto de moda tener pequeños huertos urbanos en los balcones y en los barrios de las grandes ciudades en un intento por ser más ecologistas, a veces se nos olvida que, si no fuera por todos esos agricultores que trabajan de sol a sol labrando y sembrando la tierra, hoy no tendríamos ni frutas ni verduras en los supermercados. Pero más allá de esa estampa bucólica en la que las granjas se nos presentan como algo parecido a un parque de atracciones donde los animales campan a sus anchas, de lo que deberíamos estar hablando es de el papel de las mujeres en el mundo rural. Una figura que afortunadamente con el paso del tiempo ha pasado de ser esa figura invisible a reconocerse y a ampararse en asociaciones en favor de sus derechos dentro del sector primario. Quien conozca este mundo, en especial desde esa literatura rural tan popular en los últimos tiempos, se habrá dado cuenta de que éste relato es sesgado, ya que narra los acontecimientos o su realidad desde una perspectiva masculina cuando, en realidad, deberíamos estar hablando de más realidades. Pues, ¿no es igual de interesante lo que una campesina, una agricultora, una ganadera o una pastora nos puedan contar sobre su vida en el campo? Barbara Baynton no sólo fundó una corriente literaria cuya influencia en Australia es notable, sino que además, nos desmonta dos patrones. En primer lugar, al dibujar un paisaje del Bush más realista, lejos de esa lírica patriótica tan en boga en su época. Y en segundo lugar, al preferir que sea la mujer y no el hombre el que haga frente a la bestia, que no es otra que la propia naturaleza. Estudios de lo salvaje: seis historias de veracidad, tensión, hostilidad, paisajes perversos, violencia... Seis relatos de lo salvaje, pero también de destreza.

Frases o párrafos favoritos:

"La mujer llevaba la bolsa con el hacha, el mazo y las cuñas; el hombre, el cazo y las bolsas limpias de comida. La sierra la llevaban entre los dos, de modo que parecía que caminaban unidos por ella. La mujer era más alta que el hombre, y la firmeza de su cuerpo, tan distinto del que él, que caminaba con flojera, arrastrando los pies y dejando caer los hombros, hacía que la diferencia entre ambos resultara más evidente. Los hombres la llamaban "la compañera del Squeaker", y todos parecían estar de acuerdo en que no había mejor camarada de pelo largo con unas enaguas puestas. Las mujeres de los colonos agrícolas habían intentado retarla a que se pusiera unas ropas más femeninas, pero la compañera del Squeaker no les hizo ni caso, si es que llegó a escuchar siquiera lo que querían."

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, y a pesar de que su trama nada tiene que ver a priori con Estudios de lo salvaje, me gustaría adjuntaros la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de la presente reseña. La de mi película favorita por cierto.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

viernes, 22 de marzo de 2019

RESEÑA: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

MARY POPPINS
VUELVE MARY POPPINS

Título: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

Autora: "P. L. Travers, preudónimo de Helen Lyndon Goff (1899-1996) nació en Australia, si bien en 1925 se trasladó a Inglaterra, donde adaptó su nuevo nombre y residió el resto de su vida. Admiradora de James M. Barrie - creador de Peter Pan -, fue una mujer de fuerte personalidad y temperamento independiente cuyo carácter vivo y curioso la llevó a viajar por buena parte del mundo. Además de ser la creadora de Mary Poppins, la niñera más famosa de la literatura, también fue actriz de teatro, periodista y autora de poemas que vieron la luz en revistas como The Bulletin o Traid. Así mismo, Travers participó en la famosa adaptación musical de Disney en calidad de asesora de producción." (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Borja María Bercero.

Sinopsis: "popularizados en todo el mundo por la versión cinematográfica que de ellas hiciera en 1964 Walt Disney, las aventuras de Mary Poppins son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Con todo, a través de la singular institutriz, P.L. Travers dio vida a un personaje a caballo entre el hada buena de cuya protección y virtudes todos hemos deseado gozar, en nuestra fantasía, alguna vez, y un espíritu más misterioso que, por sus poderes, parece estar arraigado en el sustrato mismo de la Naturaleza. El presente volumen reúne las dos primeras novelas de la serie - Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins - junto con las ilustraciones que para la primera edición de la obra hizo Mary Shepard." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: mágica, original, bien estructurada en cuanto a su primera parte, algo más caótica en cuanto a la segunda, interesante, a ratos tierna, extraordinariamente diferente... ¿Quién todavía tiene vivo en su memoria el recuerdo de una mujer sobrevolando con un paraguas y un bolso de flores sobre el oscuro cielo de Londres? ¿Quién no ha deseado, en esos días de viento intenso, poder volar sobre las nubes? ¿Quién no ha buscado por los tejados a los saltimbanquis deshollinadores? ¿Quién no ha soñado con meterse, de un salto, en el interior de un dibujo pintado a tiza sobre el sucio suelo? ¿Quién no se ha sorprendido tarareando o directamente cantando alguna de sus pegadizas canciones? ¿Quién no es capaz de soltar de carrerilla "supercalifragilísticoespialidoso" sin fallar ni una sola palabra? ¿Quién no ha sentido rabia cuando el Señor Banks le obliga a su hijo, Michael Banks, a depositar un penique en el banco en lugar de dárselo a la mujer de las palomas? ¿Quién no se acuerda de la mujer de las palomas? ¿Quién no sabe que con un poco de azúcar la vida se ve de otra manera? ¿Quién no querría pasarse los días levitando como el Tío Albert? ¿Quién no habría deseado observar desde el catalejo del Almirante Boom la Calle del Cerezo? ¿Quién no se ha partido de risa con los momentos delirantes protagonizados por las criadas Ellen la Sra Brill? ¿Quién no ha sentido una punzada en el corazón con la escena de las cometas, justo en la que el inquebrantable Señor Banks, tan adulto y responsable, vuelve a ser niño por unos instantes? ¿Quién no ha sentido ternura por Jane y Michael Banks, especialmente cuando detallan a sus padres, punto por punto, las razones por las que deberían contratar una niñera? ¿Quién no ha querido ser alguna vez Bert? ¿Quién no se ha visto contagiada/do por su perenne vitalidad y sentido del humor? ¿Quién no ha deseado tener el poder de ordenar su cuarto con sólo chasquear los dedos? ¿Quién no ha deseado subir las escaleras sentado en la barandilla? Y la gran cuestión: que levante la mano quien haya visto esta película de la factoría Disney como mínimo unas diez veces, la mayoría de ellas durante la infancia. Si es que somos animales de costumbres, y con lo que nos gusta todavía más. Ahora bien, ¿qué pasaría si os dijera que la niñera más famosa de la literatura no es, sobre el papel, como vosotros os la imaginabais? ¿Y si Julia Andrews estaba interpretando una versión más edulcorada de ésta? ¿Y si el libro no se corresponde al 100% con nuestros recuerdos cinéfilos? Esta claro que no se puede tener todo en esta vida, y menos en lo que a nuestros tótems infantiles se refiere, pues corres el riesgo de decepcionarte o de ver, a partir del momento en el que descubres su verdadera esencia, ese personaje o esa película con otros ojos. Y esto último es justo lo que, a mi particularmente, me ha sucedido con ella, con la gran Mary Poppins. Una niñera mágica, sí, pero de su tiempo.


La primera vez que vi la película de Mary Poppins quedé completamente fascinada. Era incapaz de apartar la mirada del televisor. Recuerdo con especial cariño las escenas en las que las personas de carne y hueso interactuaban con auténticos dibujos animados o la de los deshollinadores saltando de tejado en tejado en un frenético y divertido baile. Para mi, una de las más memorables del film. Adoraba a Mary Poppins, pero creo que en su momento empatizaba más con Bert (¡grandioso Dick van Dick!), que era todo alegría, diversión, optimismo y jolgorio; el contrapunto perfecto en una historia en la que Julie Andrews, Mary Poppins, representaba una felicidad más contenida con un toque de responsabilidad debido a su trabajo. Alucinaba con las caras de sorpresa de Jane y Michael Banks, los niños a los que Poppins cuida (¡abrían tanto la boca!), me reía con las criadas (tan serias y a la vez tan desternillantes), con ese hilarante Tío Albert (todo un señor personaje), con  el Almirante Boom (cuyos cañonazos provocaban más de un terremoto en el número 17 de la Calle del Cerezo) y con la decrepitud de los banqueros (uno de ellos, el dueño del banco, era incapaz de tenerse en pie sin ayuda). Por no hablar del Señor Banks (el personaje que más odiaba de pequeña) y la Señora Banks (¡que era sufragista y yo sin saberlo a mis cinco años de edad!) cuyo papel en la película es meramente anecdótico. En definitiva, creo que todas y todos, o al menos una gran parte de mi generación, ha crecido con los clásicos infantiles de Disney, entre los que no podía faltar las aventuras de la niñera inglesa. De un tiempo a esta parte, y tras dedicarle un necesario visionado una vez tuve la madurez suficiente como para darme cuenta de que el Señor Banks es un personaje más profundo de lo que parece y de la escandalosa crítica a la figura de la sufragista personificada en la Señora Banks (sus movimientos mientras canta "Socia Sufragista" así como su actitud cómica y despreocupada respecto a sus hijos configuran una imagen peyorativa y ridícula de uno de los mayores movimientos sociales de la historia), he llegado a la conclusión de que Mary Poppins es una de las películas que más ha marcado mi infancia. Todavía a día de hoy me sorprendo canturreando o tarareando alguna de sus pegadizas y maravillosas canciones. Sin embargo, muy pocos de los que disfrutamos de ella, sabíamos que se trataba de una adaptación, y que por tanto, existía no sólo un libro, sino ocho en total. Toda una saga dedicada a aquella niñera que volaba y hablaba con los animales. A pesar de ello, nunca sentí la necesidad de aproximarme a ella a través de los libros de P. L. Travers (de nuevo, una autora condenada a esconderse tras un pseudónimo y unas siglas para poder publicar). Tenía a Mary Poppins en un pedestal y temía que los libros pudieran producir grietas en él. Pero entonces llegaron las navidades de 2018, y con ellas, una nueva película de la niñera mágica (película que por cierto aún no he visto). Algo que desde Alianza Editorial no quisieron dejar escapar, por lo que acabaron, coincidiendo con su estreno, reeditando y publicando un volumen con las dos primeras entregas de la saga: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins (con las ilustraciones originales incluidas). Y en ese momento, como muchos ya habréis adivinado, no pude resistirme. Una vez en mis manos y en mi estantería, esperé al mejor momento para acercarme a él, justo después de una de esas lecturas que te rompen por dentro. Tardé más de lo que habría imaginado en leerlo, de hecho, lo dejé reposar entre parte y parte. Obteniendo como resultado, no sólo una experiencia más sosegada, sino una perspectiva más amplia y analítica sobre este clásico de la literatura juvenil.


Antes de adentrarme en la reseña propiamente dicha, me gustaría hacer una advertencia. Quien piense que el libro es igual que la película esta muy equivocada/do. No hay ni una sola adaptación cinematográfica fiel al producto original en el que ésta se inspira. Ni una. ¿Por qué? Muy fácil, porque el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes a pesar de sus puntos en común. Una película puede captar a la perfección el paisaje, la intención de la autora/or, el mensaje que el libro quiere transmitir, la psicología de los personajes e incluso saber reproducir con gran exactitud pasajes que podemos leer sobre el papel. Sin embargo, la mirada de la directora/or, así como la limitación del tiempo (¿os imagináis, por ejemplo, una adaptación cinematográfica de Los Pilares de la tierra fiel al libro? No, ¿verdad? Yo tampoco, y ya me cuesta creer que Rydley Scott lo consiguiese condensar en una miniserie de ocho episodios) son dos de los aspectos que provocan que una adaptación cinematográfica nunca sea a gusto de todos. Este es el caso de Mary Poppins, aunque para ser más sincera, la versión de Robert Stevenson dista mucho del libro, pero muchísimo. La verdad es que nunca he sido de las que ahonda en las diferencias entre X libro y la película, en el caso de que ésta exista por supuesto. Sin embargo, y teniendo en cuenta su magnitud (pues creo que estamos ante uno de los muchos ejemplos de cintas que devoran al libro) no lo puedo prometer. Para empezar, en cuanto a su lectura, diremos que ésta se hace amena, entretenida, aunque contiene una cierta dificultad. Y es aquí, en este punto precisamente, donde reside una de las mayores críticas que se le puede hacer a la novela de Travers. Tanto Mary Poppins como Vuelve Mary Poppins no son novelas al uso, sino un conjunto de pequeños relatos que la autora ha decidido juntar para construir lo que hoy podemos leer y tener en nuestras estanterías. De hecho, da la sensación de que éstos fueron escritos por separado, e incluso me atrevería a decir que en diferentes momentos. ¿Entonces es un libro de cuentos? No, pues a pesar de su independencia (pues Travers nos narra pequeñas aventuras que Mary Poppins vive sola,  junto a los hijos de los Banks o acompañada de otros personajes, cada cual más loca, surrealista y divertida) hay un hilo que los guía, lo que permite que evolucione al calificativo de novela, dotándola además de una coherencia argumental a pesar de esa explosión de fantasía. Esto es lo que sucede en Mary Poppins y que personalmente echo en falta en Vuelve Mary Poppins, en donde ese hilo, ese conducto, ese nexo es más invisible, y por tanto, las historias que se narran son un tanto inconexas. Si Mary Poppins es el orden dentro del caos, Vuelve Mary Poppins es la anarquía sin un sentido claro. En cuanto a lo que se nos narra, especialmente la primera parte, difiere bastante de la adaptación cinematográfica. Si bien hay escenas memorables que en aparecen en la novela (como la visita al Tío Albert o la importancia de la mujer de las palomas, aquí de los pájaros), la mayoría de historias se pasaron por alto. No obstante, si hay un detalle en particular que yo destacaría al respecto es la diferencia entre la Mary Poppins de Travers y la Mary Poppins de Julie Andrews (o de Disney). En el libro, Travers crea una protagonista menos entrañable, más seca, antipática y hasta estricta. En otras palabras, más pegada a la realidad de su época, en la que las institutrices inglesas respondían a esos estereotipos. De hecho, sólo hay un momento en todo el libro en el que creo que podríamos encontrar a esa Mary Poppins que tanto adoramos, y es en la escena en la que se encuentra con Bert. Ahí podemos casi observar un atisbo de sonrisa. Sin embargo, la riqueza de esta lectura reside en otros detalles que en la película pasaron completamente por alto, como son, por ejemplo, el origen de los poderes de la protagonista y la explicación a su forma de ser. Y la respuesta no puede ser más nostálgica y hermosa. ¿Es mejor el libro que la película entonces? No sabría que deciros. Personalmente ha supuesto una especie de shock, pero la novela no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, ni más ni menos. Creo que, en este caso en particular, se debería dar una oportunidad a su lectura, ya que son muchos los aspectos desconocidos para el gran público que merecerían conocerse respecto del personaje de Mary Poppins. Y por favor, olvidaos de la versión de Disney cuando lo leáis. Sé que es difícil, que el "supercalifragilísticoespialidoso" es un recuerdo muy poderoso, pero intentadlo, sólo así podréis disfrutar de esta lectura. Seguid mi consejo, por vosotros y por la verdadera Mary Poppins.


Es posible que La Cenicienta sea, con total seguridad, la película que mas veces he visto durante mi infancia, y curiosamente, de la que guardo menos recuerdos (salvo, obviamente, ese inolvidable "Bibidi, Babidi Bum que aún sigo tarareando a mis 26 años de edad). Aunque para películas imprescindibles, Lo que el viento se llevó, ese interminable pero maravilloso clasicazo del siglo XX que, habiéndolo visto muy pocas veces, consigo evocar en mi memoria sin demasiada dificultad. Como podéis comprobar, todas y todos tenemos productos culturales idealizados. Ya sea porque nos han acompañado durante la infancia, o porque han irrumpido en un momento clave de nuestras vidas. Sea como sea, el caso es que al nombrarlo, releerlo o visionarlo de nuevo, consiguen transportarnos directamente a esos instantes que, por un motivo u otro, quedan alojados en la memoria para siempre. Sin embargo, y pasado un tiempo, cuando la madurez llama a la puerta para asentarse en el sofá de la vida, la mirada que tenemos sobre dichos productos culturales puede cambiar o incluso mostrarse reticente a dichos cambios. Nadie ha dicho que fuera fácil asumir que, por ejemplo, la Cenicienta no tuviese más ambiciones que las de casarse para poder salir del infierno en el que su madrastra le tenía sumida. O que Bella, tan lectora e inteligente, acabase casándose con su captor. O que películas como Forest Gump o la saga Rambo fuesen una visión simplona y patriótica respectivamente de la Guerra de Vietnam. O que Grease, sí, esa película que muchas y muchos tenemos entre nuestras imprescindibles, tenga uno de los finales más machistas de la historia. O que El Rey León, además de ser una adaptación del inolvidable Hamlet de William Shakespeare, contuviese una escena (la de Scar con las hienas desfilando) cuya semejanza con algunas partes de El triunfo de la Voluntad de Leni Reifenstahl sea tan clamorosa. ¿Y qué me decís de Harry Potter? Esa saga de libros y de películas que ha marcado a toda una generación repleta de lagunas argumentales por culpa de una autora a la que no le importa saltarse el canon cada dos por tres en favor de la trama (algo que, en Animales fantásticos, adquiere proporciones realmente grotescas y escandalosas). ¿Y qué pensáis de mi idolatrada Lo que el viento se llevó? Repleta de racismo y clasismo. Esos mismos sentimientos encontrados los experimentarían, muy probablemente, los fans de Woody Allen (tras conocer su polémica vida películas como Annie Hall no se vuelven a ver de la misma forma), los de Shakespeare in love (cuyo productor no es otro que el malogrado Harvey Wenstein) o los del cantante Michael Jackson (a quien el controvertido documental Living in Neverland está perjudicando económicamente aún después de muerto). Son muy pocas y pocos los que aún les cuesta creer que, en el mundo de la literatura, Pablo Neruda violase a una camarera de piso, que Cortázar ocultase el talento literario de Aurora Bernárdez (la que fuese su compañera sentimental durante gran parte de su vida) o que Lewis Carroll tuviese una obsesión con Alice Liddell, la niña que inspiró Alicia en el país de las maravillas. Esos son sólo ejemplos ilustrativos de nuestros constantes debates internos respecto a algunos libros o películas que, con el paso del tiempo, no han conseguido sobrevivir a la crítica, totalmente justificada en muchos casos, que lanzamos desde el siglo XXI. Lejos de prohibir su lectura o visionado, lo que deberíamos hacer es aceptar que, nuestros héroes pueden ocultar un monstruoso secreto, que esa película que creíamos tan perfecta a lo mejor es más machista de lo que parece o que ese libro tan inolvidable tal vez contenga cantidades ingentes de racismo. La mirada crítica es importante, así como su aplicación. Si lo analizamos fríamente, la saga de Mary Poppins no deja de ser una reproducción de los roles de género tradicionales y, en su versión cinematográfica, una crítica encubierta al sufragismo. Pero... ¿Quién le dice que no a una tarde de palomitas a su lado? De nuevo, la contradicción humana está servida. Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins: una historia de fantasía, infancia, locura, mundos mágicos, disciplina, imaginación, ternura... Una maravillosa locura literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado a la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa se estremeció.

Película/Canción: hemos hablado de ella durante toda la reseña, así que la adaptación musical de 1964 por parte de la factoría Disney es posiblemente la más importante e influyente de todas las que se han hecho. Protagonizada por Julie Andrews (quien se llevó por esta película el Oscar a Mejor Actriz Protagonista) y Dick van Dick; la cinta no fue fácil de rodar, en parte debido a las continuas desavenencias entre P.L. Travers y el propio Walt Disney. Tal fue el enfado de ésta al comprobar que la película no reflejaba la verdadera esencia de su personaje que desautorizó la posibilidad de rodar una segunda parte. Además de la versión de 1964, la novela de Travers ha tenido otras adaptaciones (dos de ellas soviéticas), algunas para televisión y recientemente se ha estrenado la segunda parte (Vuelve Mary Poppins). Sin embargo, y a pesar de que ésta última está de moda, permitirme que me recree en aquella primera adaptación, la del "supercalifragilísticoespialidoso", la que nos enamoró tan sólo con un poco de azúcar.


Y aunque me es complicado escoger una sola canción de entre todas las que se cantan en la película, he decidido adjuntaros una de las menos conocidas y que a mi en particular me gusta bastante. A veces lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo que la gente suele ignorar, puede convertirse en algo grandioso.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial