Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 13 de julio de 2021

RESEÑA: A la izquierda, donde el corazón.

 A LA IZQUIERDA, DONDE EL CORAZÓN


Título: A la izquierda, donde el corazón. 

Autor: Leonhard Frank (Wüzburg 1882-Múnich 1961) e origen humilde, llevó a cabo múltiples trabajos: mecánico, chófer, pintor de edificios, celador de hospital... Gracias a su talento para la pintura estudió bellas artes durante seis años en Múnich y en 1910 se instaló en Berlín. Humanista, pacifista y antifascista, llevado por la exaltación de la bohemia de Múnich y más tarde por la efervescencia intelectual y artística de Berlín, Frank creyó siempre en el poder transformador de la literatura. Durante la Primera Guerra Mundial se exilió a Suiza. Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en este periodo. En 1918 volvió a Alemania, convencido ya de dedicar su vida a la escritura, que le proporcionaría premios tan prestigiosos como el Theodor Fontane o el Kleist. Su novela Karl y Anna obtuvo un gigantesco éxito internacional, se convertía en una obra de teatro representada en salas de todo el mundo e incluso Hollywood se inspiraría en ella para la película Desire Me. A pesar de esto, en 1933 se prohibieron y quemaron todos sus libros en Alemania. Se exilió entonces de nuevo: primero a Suiza, luego a Francia (donde fue hecho prisionero tres veces) y, más tarde, a Portugal y Estados Unidos. Tras diecisiete años de exilio, regresó a un país en ruinas, pero eso no impidió que siguiese escribiendo. Frank es también autor de la fundamental A la izquierda, donde está el corazón.


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: alemán. 

Traductora: Esther Cruz Santaella. 

Sinopsis: Michael Vierkant abandona muy pronto su lugar de origen, la pobreza de su familia, para perseguir un sueño: convertirse en artista. Autodidacta que considera los cafés su propia universidad, vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo en la bohemia de Múnich de principios de siglo XX, para luego arrojarse a los "locos años veinte" berlineses: cabarets, fiestas, conciertos, tertulias literarias... Pero a pesar de las luces y el brillo de la metrópolis, el ambiente político comienza a ser agónico, crepuscular. Esta novela autobiográfica en gran parte, nos sumerge en unas décadas excepcionales, revelándonos todo un mundo fascinante: desde los ardores belicistas que anunciaron la Primera Guerra Mundial hasta las promesas de felicidad del periodo de entreguerras, desde la crisis económica hasta el ascenso del nazismo. Sin olvidar el exilio ( todos los exilios de su protagonista), la Francia ocupada por los nazis, el trabajo de Vierkant en Hollywood como guionista...

Su lectura me ha parecido: realista, objetiva, alejada de los grandes relatos autobiográficos, honesta, entretenida, con cierto punto amargo, sencilla en su lenguaje, lúcida, serena, un acierto su recuperación... Es el patrón de siempre. El que se ajusta a las medidas de la escritora o escritor de meteórico ascenso. El que escribe hasta sangrar, el que se rompe la cabeza tratando de encontrar la metáfora adecuada para la escena mas crucial del libro, el que no descansa en su delirante obsesión con cada palabra, cada frase, cada capítulo. La perfección es su perdición, pero también su pasaporte hacia las estrellas, las de la literatura, coronadas con una aureola tan brillante que es capaz de cegar a quienes se atrevan a mirarlas directamente a los ojos. Como si todavía quedase un resquicio de humanidad, de ser corriente y moliente, en su chispeante iris. No hablamos, por supuesto, de aquellas carreras literarias regadas por el alcohol y otras sustancias más fuertes - ¿o tal vez sí? Nunca se sabe - más bien nos detenemos en aquellas y aquellos, cuya fama alcanzó altas cotas de popularidad, pero que, por una serie de circunstancias (en la mayoría de casos ajenas a la propia figura de la autora o autor en cuestión) han acabado en el más absoluto olvido hasta ahora. La rama de un árbol que cayó durante una tormenta eléctrica en la París de los años 30 fue la causante de la muerte de Ödön von Horváth. Privando a la humanidad entera del talento de un escritor cuyas obras - Un hijo de nuestro tiempo y Juventud sin dios, las dos únicas novelas traducidas al español - auguraban un futuro literario a la altura del todo poderoso Stefan Zweig. El machismo, por el contrario, fue la tumba de Unica Zürn. Escritora polifacética donde las haya, fue representante del movimiento poético anagmático, así como el espejo en el que se mirarían artistas como Salvador Dalí, André Breton o Marcel Duchamp entre otros. Su suicido en los años 70 a causa de la enfermedad mental que arrastraba desde hacía más de una década tampoco ayudaron a que su literatura - destacando, por supuesto, Primavera sombría - encontrara nicho de lectores en un tiempo en el que todo lo concerniente a la salud mental era reducido al peor de los tabúes. Por último, el escritor que hoy ocupa nuestro tiempo - Leonhard Frank - gozó de enorme fama en la Europa de entreguerras, codeándose con autores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el ya citado Stefan Zweig. En otras palabras, la creme de la creme de la época. Sin embargo, fue el Nazismo lo que frenó casi en seco su carrera literaria, al incluir su nombre en la lista de autores prohibidos y siendo sus libros quemados públicamente en sendas hogueras de la barbarie. A pesar de todo, ya en el exilio, a Frank le dio tiempo a escribir uno de sus mejores trabajos que, junto con Karl y Anna, conforman un díptico imprescindible sobre el que observamos los trágicos y azarosos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Pero para entonces su obra, así como su figura, ya se habían diluido en la memoria colectiva. Ya nadie sabía quien era Leonhard Frank. Tuvo que venir Errata Naturae para que, en España, supiéramos de su existencia. Y cuando por fin pudimos conocerlo, después de tanto tiempo, el idilio no pudo ser más intenso. A la izquierda, donde el corazón: literatura y vida en tiempos convulsos. 


Resulta enormemente complicado abordar la reseña de un libro de estas características, ya que una no sabe muy bien si lo que acaba de leer es o no cierto. Si de verdad su autor experimentó aquella anécdota en sus carnes o si, por el contrario, sucumbió a la ficción como una especie de punto de fuga a través del que liberar la pesada carga autobiográfica. Sea alter ego o él mismo, lo cierto es que, en lo que a su sinopsis se refiere resulta sencillo resumirla. La o el lector que se adentre en A la izquierda, donde el corazón - ojo a su precioso título - se topará con una historia dividida en dos grandes etapas, dos enormes actos tras el telón de la historia de la primera mitad del siglo XX. En el primero vemos como Michael Vierkant - o el propio Leonhard Frank al que no dejaremos de seguirle la pista - un joven de humilde origen y con talento para convertirse en un artista llega a Múnich durante las primeras décadas del nuevo siglo. Un tiempo en el que los valores tradicionales que marcaron el devenir de todo el XIX fueron dando paso a una modernidad sedienta de nuevos adeptos. Atraído por el carácter bohemio del ambiente artístico e intelectual de la ciudad, el pobre Michael se mueve con prudencia, tímidamente, inseguro, por los círculos en los que aspira a entrar como pintor. Sin embargo, y en una carambola del destino, su camino no estará en la pintura, sino en la literatura, terreno que acabará dominando hasta el punto de hacerse notar entre los integrantes de las élites culturales a las que tanto admira. Su nombre comienza a estar en boca de todos, como una joven promesa a la que, si bien le falta madurez y escribir su obra definitiva, merece la pena tener en cuenta en las tertulias. Liberándose, poco a poco, de su falta de confianza en sí mismo, Michael comenzará a frecuentar cafés, reuniones y fiestas. Empapándose del espíritu de los llamados "locos años veinte" y asentando un estilo literario realista de claro compromiso social. La tan ansiada obra maestra no tarda en llegar, y lo hace a finales de la festiva década - coincide en años con la publicación de Karl y Anna, la obra maestra del propio Frank, lo que nos hace pensar que hay más verdad que ficción en el presente texto - así como el reconocimiento de la crítica y el público. Sin embargo, como anticipa la propia y escueta biografía que la editorial proporciona del autor, el declive de Michael se iniciará con la llegada del Nazismo al poder en Alemania. Con su internamiento en un campo de concentración francés y con su huida de película, llevando consigo un manuscrito escondido entre su ropa, hacia Estados Unidos. Allí seguirá trabajando, como guionista, sin adaptarse del todo al carácter del país y en unas condiciones totalmente invisibles para alguien que tuvo la fama en sus manos. Tiempo después, Michael regresará a Alemania, a su querido país, con la esperanza de reencontrarse con lo que dejó atrás. Pero, desgraciadamente, este tremendo segundo acto finaliza con un desalentador descubrimiento, el de que el lugar que consideró su hogar ha cambiado tanto que resulta irreconocible a los ojos de quien se lo bebió con ansia durante sus años de mayor esplendor. 


A medio camino, como ya he comentado, entre la ficción más atrayente y el ejercicio puramente autobiográfico, Leonhard Frank va desgranando una vida desde una extraña pero conmovedora distancia. El uso de la tercera persona es sin duda el elemento más determinante a la hora de crear esa sensación de alejamiento a la vez que de proximidad. En otras palabras, aproximar al lector a la historia que te quiere contar sin que, por el camino, acabe dañado. Algo que, por supuesto, pasa con muchas autoras o autores que toman la valiente pero arriesgada decisión de contar su vida, o parte de ella, ya que los recuerdos, dependiendo de su carácter o la forma en la que se presenten en la memoria, pueden doler más o menos. No estamos ante una narración pormenorizada de su extenso anecdotario ni ante un texto anclado en la autoficción, tan en boga en los últimos años, de hecho, Frank no se expone tanto, guardándose para sí mismo - y que se ha acabado llevando a la tumba - aquellas cuestiones pendientes que, en la cabeza del lector, irrumpen como interrogantes o preguntas que jamás podrán tener respuesta. Dejando, por tanto, en manos de éste la interpretación de las mismas. Renegando de cualquier tipo de amargura, Frank opta por centrarse en la pureza del relato, sin recrearse en la tragedia de forma desmedida. Todo ello, claro está, tomándose unas licencias estilísticas realmente adecuadas para la composición de la novela, como ese mimo con el que cuenta ciertos episodios importantes que le pasan a Michael. Tales como las largas veladas en los cabarets o en las tertulias literarias, en las cuales, casi se puede oler el tabaco, escuchar el ritmo de los tacones de las bailarinas sobre el escenario, apreciar el sutil verter del coñac sobre las copas de aquellos intelectuales enfrascados en discusiones - algunas más trascendentes que otras - o incluso el tacto de las páginas que Michael llena de ideas para sus futuras novelas. Especialmente memorable es la construcción del momento en el que conoce a su mujer, el cual estuvo rondándome en la cabeza durante semanas. A la altura de su coetáneo Stefan Zweig en sus magistrales Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. Así mismo, el libro es un no parar en ese sentido, un autentico desfile de gente: personalidades, amigos, enemigos, amantes, personas con las que se cruza y jamás vuelve a saber de ellas... Imprimiendo mayor riqueza al libro. Su realismo objetivo - en el que el autor se especializó como el que más - le permite crear un discurso de gran profundidad, a pesar de su ambigüedad con los hechos, regalando a los lectores una autentica crónica de una época con grandes dosis de emoción y verdad literaria. Mi parte favorita, el final, cuando el autor se reencuentra con las ruinas de las calles por las que alguna vez transitó. Trauma sobre felicidad ya extinta. De ahí la importancia de este libro como augurio, no solo del final de una carrera literaria ensombrecida por las fauces del fascismo, también de una época. El crepúsculo de quienes vivieron antes de que el horror cercenara aquel pedacito de actividad bohemia e intelectual que palpitó en pleno corazón de Europa. 

A la izquierda, donde el corazón: una historia de recuerdos, tertulias, literatura, arte, noches eternas, oscuridad, guerra, exilio, soledad, reencuentro devastador... Literatura e historia, una vez más, dándose la mano. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El escritor que no tiene detrás a su país cae en el abismo en la lista del respeto, como acciones de poco valor. Lo aceptó con serenidad y se retiró en sí mismo: estaba solo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

jueves, 1 de julio de 2021

RESEÑA: Muro fantasma.

 MURO FANTASMA


Título: Muro fantasma. 

Autora: Sarah Moss (Glasgow, 1975) creció en Manchester y estudió en la Universidad de Oxford. En la actualidad, trabaja como profesora de Escritura Creativa en la Universidad de Warwick. Es autora de seis novelas, entre ellas Tierra fría (Duomo, 2010), Night Walking (2011) o The Tidal Zone (2016). Muro fantasma fue escrogido como uno de los libros del año por The Times, The Guardian, The Times Literary Supplement, Financial Times, The Spectator y New Statesman. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Vanesa García Cazorla. 

Sinopsis: a lo largo de sus dieciséis años de vida, Silvie ha aprendido de su padre, aficionado a la historia de la Edad del Hierro, como vivían los antiguos britanos - qué tipo de túnicas vestían, qué raíces comestibles recolectaban, cómo encontraban agua potable - y también como morían algunas de sus mujeres y niñas: atadas de pies y manos, ahogadas en un pantano, víctimas de sacrificios rituales a manos de su propia tribu. La familia de Silvie participa en una "experiencia" organizada por un profesor de arqueología para sus estudiantes: recrear, en una acampada en los páramos del norte de Inglaterra, la vida de los britanos; adoptar sus costumbres y adaptarse a sus condiciones de vida, subsistiendo con lo que la naturaleza ofrece. A medida que pasan los días, Silvie se da cuenta de que el afán de su padre por imitar con mayor fidelidad el pasado pone en peligro el delicado equilibrio de la convivencia del grupo, y se pregunta con pavor qué estará dispuesto a sacrificar, en el nombre de la pureza cultural, ese hombre autoritario y temperamental que tan bien conoce. 

Su lectura me ha parecido: inquietante, perturbadora, extrema, asfixiante, crítica, breve, contundente en su pertinente reflexión, visual, perversa... La arqueología experimental, englobada dentro de las ciencias sociales, podríamos definirla como una ciencia auxiliar de la historia, y muy especialmente de la propia arqueología. Antaño fuera del plan educativo de la carrera de Historia, hoy día, integrada como una disciplina más a pesar de abarcar otras áreas del conocimiento como la biología, la economía, la agricultura, la medicina o la gastronomía entre otros muchos saberes. A través del empleo de diferentes técnicas o la propia implicación de la arqueóloga/o en la elaboración de toda clase de objetos u actividades de toda índole, la arqueología experimental trata de comprender las fases empleadas por nuestros antepasados a la hora de realizar sus actividades cotidianas. Desde elaborar cerámica durante la Grecia Clásica, hasta tallar puntas de flecha en la Prehistoria, pasando por la construcción de castillos medievales, el uso de la rueca durante la Edad Moderna o la propia navegación en tiempos de la Ruta de la Seda. Esta recreación del uso y modo de obtención de los materiales permite a los arqueólogos desechar ideas y modificar teorías una vez son comparados con el objeto original. De esta forma pueden estudiarse al mismo tiempo los métodos de fabricación, la procedencia de la materia prima y los usos que, una vez construidos, les daban. Los fines pueden ser didácticos (incluyendo la animación sociocultural en museos o yacimientos y lo puramente turístico), así como científicos. Porque, a diferencia de la arqueología clásica, en la que se limita a estudiar los hechos del pasado que dejaron una huella visible (vestigios, manuscritos, monumentos, testimonios...), la experimental recoge el saber etnográfico invisible más allá de la organización social (hablamos, por supuesto, del esfuerzo, el trabajo y la dureza de la vida de las mujeres y hombres del pasado). Pues bien, una vez soltado todo este rollo ¿os imagináis una situación límite con la arqueología experimental como telón de fondo? ¿A una persona que prefiere vivir como los habitantes de la Edad del Hierro antes que en su propio presente? ¿Alguien que arrastra su familia a convivir con un grupo de investigadores que se dedica, con aspiraciones intelectuales, a reproducir la cotidianeidad de aquellos antepasados hasta sus últimas consecuencias? Recalco lo de "últimas consecuencias" ya que, aunque en clave de ficción, la escritora escocesa Sarah Moss nos ha regalado a los lectores una historia con esta tan original como estremecedora premisa. Muro fantasma: un folk horror en tiempos del Brexit. 


Las polémicas declaraciones de un político de extrema derecha británico en las que instaba a la recuperación de ciertos valores medievales una vez saliese el Brexit adelante y la exposición Scotland´s People del National Museum de Escocia donde se exponían los cuerpos y objetos de quienes habitaron la frontera durante la Edad del Hierro fueron las dos principales fuentes de inspiración que Sarah Moss empleó para la escritura de Muro Fantasma. Una novela que, a pesar de estar ambientada en uno de los muchos campos de trabajo donde se lleva a cabo técnicas propias de la arqueología experimental, nos sumerge en el conocido como Folk Horror, un género tanto literario como cinematográfico cuya popularidad ha ido in crescendo a lo largo de los últimos años a la vez que asistíamos, atónitos, a una vertiginosa sucesión de acontecimientos de carácter ultraconservador. Una relación que, lejos de parecer casualidad, rima con los tiempos que corren. Años en los que hemos tratado de escapar - literal y figuradamente - al campo para huir de todos los males propios de las grandes urbes, confiando en que, entre árboles y pueblos de aspecto idílico, no hubiera racismo, paro, machismo, neonazis o explotación laboral entre otras muchas dolencias del sistema. Al tiempo que, como locos, muchos hacían las maletas para mudarse de la ciudad al campo (últimamente a causa del Coronavirus), las mentes de las y los novelistas se pusieron manos a la obra, al igual que muchas y muchos cineastas, quienes vieron en estas circunstancias el caldo de cultivo perfecto para, o bien a través de espinosas palabras o bien desde la imagen más terrorífica, hablarnos de nuestras inseguridades, miedos o, incluso, de los problemas de idealizar tanto nuestro pasado histórico. De ahí el título, en relación con el famoso Muro de Adriano que aparece en la novela, pero construido de cero, sin piedras, desde lo tergiversado. A pesar de que cada vez que me adentraba en Muro fantasma me imaginaba el rostro de Silvie, la protagonista, con el rostro de la actriz Florence Pugh - protagonista absoluta de Midsommar, una de mis películas de terror favoritas - y el grupo de arqueología experimental en algo parecido a la secta que aparece en la película, lo cierto es que una idea no dejaba de sobrevolar en mi cabeza a medida que avanzaba en su lectura. Aquella que confirmaba mis sospechas respecto al libro, y es que, además de ser una gran novela breve Sarah Moss quiso encerrar en aquel "idílico" paisaje de Northumbria una llamada de atención a quienes piensan que cualquier tiempo fue mejor o, directamente, se dedican a mutilar el pasado histórico en favor de sus intereses personales. Algo muy propio de los sistemas totalitarios del siglo XX y que en Muro fantasma lo hallamos personificado en el personaje de Bill, el padre de Silvie, conductor de autobuses de profesión y cuya pasión - aunque más bien obsesión - por la Edad del Hierro le lleva a construir su propia versión de dicho periodo adecuándolo a su retrógrado pensamiento y su hiriente machismo. Para Bill no existe otra verdad que la suya propia y el pasado, por supuesto, fue como él quiere que sea. Y quien lo cuestiona o no acata sus órdenes, aunque sea por un descuido, entonces el castigo a la "antigua usanza" es severo y totalmente desproporcionado. 


No hace falta ser una experta/o en la Edad del Hierro para entender lo que sucede en Muro fantasma. De hecho, a pesar de que su autora se ha documentado para su escritora y aunque haya soltado algunas cuestiones básicas sobre el tema, esto, en comparación con el verdadero corazón del libro, no deja de ser una forma de preparación. Una base sobre la que el lector repose y se sienta cómodo antes de sumergirlo en la vorágine y la locura que se desata en ese asentamiento ficticio. Su lectura es rápida, voraz, con capítulos largos que nos permiten no solo conocer a los personajes en profundidad - sobre todo el de Silvie, ya que junto a ella seremos testigos de lo que sucede - también reservar la suficiente fuerza mental para el siguiente impacto. Sin embargo, y a pesar de lo que pueda parecer, Muro fantasma no es una novela de terror al uso, de esas que te impide conciliar el sueño por las noches, como si sucedió, en mi caso, con Misery de Stephen King o Mandíbula de Mónica Ojeda. Más bien nos encontramos ante un texto inquietante, con una atmósfera abierta - no dejamos de estar en una pradera al aire libre - pero a su vez viciada y agobiante debido a la actitud de Bill y su impacto sobre su mujer e hija. Eso no quita que las situaciones que Moss describe en él no sean calificadas como terroríficas, sobre todo las que tienen lugar en su tramo final, contadas desde la contención pero sin dejar de lado la desesperación y la incredulidad de Silvie al ser consciente, con horror, de lo que su padre está dispuesto a hacer por seguir a raja tabla las costumbres de las sociedades de su tiempo. Aunque aquello suponga la quiebra del ya de por si débil equilibrio del grupo acampado y sobrepase el límite que separa lo racional de lo irracional en pleno siglo XXI. Porque una cosa es vestirse como ellos, comer como ellos, dormir como ellos, obtener alimento como ellos... Pero otra cosa muy distinta es escarmentar a quien no sea puro en su recreación histórica - la de Bill, por supuesto - con la muerte o la tortura ceremonial. De ahí que el primer capítulo, de los más breves, en el que se narra, precisamente, el fallecimiento de una mujer en un sacrificio ritual durante la Edad de Hierro, no en la actualidad, sirva como terrible anticipo de lo que está por llegar. A diferencia de otras novelas, en las que los personajes parecen vivir en una gran mentira, aquí Silvie sabe, aunque con matices, que todo es mentira. De hecho, será su ligera ignorancia sobre el periodo lo que le acarreará incontables problemas con su padre, incluyendo el más atroz de todos, así como el machismo al que Bill la somete. A ella y a su madre. Escudando dicho comportamiento en la supuesta sociedad patriarcal que imperaba en Edad del Hierro. Sin embargo, el segundo aspecto importante de la novela es precisamente ese, el no saber a ciencia cierta si se dio o no este tipo de desigualdad. De este modo, Sarah Moss nos invita a abandonar ideas preconcebidas respecto a estos primeros pobladores, a no dar todo por sentado solo porque, a lo largo de la historia, la mujer ha sido la relegada en lugar de la punta de lanza de la escena pública. A sostener, en definitiva, la hipótesis de que también pudieron ser ellas las que ostentaron el poder. En Muro fantasma, además de criticar el clima de apropiacionismo histórico derivado de la aprobación del Brexit, Moss aboga, de forma explícita, por la normalización de la perspectiva de género a la hora de conocer o investigar nuestro pasado, también en la prehistoria, disciplina no siempre querida - en mi caso estudiarla me produjo algún quebradero de cabeza - pero esencial para entender el origen de nuestras propias sociedades sedentarias. 

Muro fantasma: una historia de investigación histórica, tiranía paterno filial, experimentación, misoginia, locura, terroríficos rituales, abnegación, rebeldía... El terror rural ha llegado para quedarse, echar raíces y hacer felices a quienes desean empaparse de él. 

Frases o párrafos favoritos: 

"A lo largo del día, a medida que nos acercábamos a los confines de la ciudad, mi padre fue poniéndose de mejor humor, pese a que las praderas estuvieran surcadas por carreteras sobre pilotes que atravesaban el paisaje. Aquel primer día el Muro no era más que un mero foso, aunque al menos era un foso romano, eso sí, una manifestación física de la resistencia de los britanos que aún marcaba aquella tierra, y se veía que mi padre extraía fuerzas de ésta."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

miércoles, 23 de junio de 2021

RESEÑA: Ninguno de nosotros volverá.

 NINGUNO DE NOSOTROS VOLVERÁ


Título: Ninguno de nosotros volverá. 

Autora: Charlotte Delbo (Vigneaux-sur-Seine 1913 - París, 1985). Hija de emigrantes italianos a los diecisiete comenzó a trabajar como secretaria en la capital francesa. En 1932 se adhirió a las Juventudes comunistas, y dos años más tarde conoció a Georges Dudach, muy activo en el seno del partido, con el que se casó en 1936. Un año más tarde, se convirtió en la secretaria de Louis Jouvet, entonces director del Thêatre de l´Athénnée. El 2 de marzo de 1942, Charlotte y su marido fueron arrestados por las brigadas especiales de la policía francesa. Delbo fue encarcelada en La Santé, donde vio a Dudach por última vez el 23 de mayo, el mismo día que fue fusilado. Fue trasladada a Auschwitz-Birkenau el 24 de enero de 1943 en un convoy con otras doscientas treinta mujeres, la mayoría miembros, como ella, de la Resistencia. A principios de 1944 fue trasladada de nuevo, esta vez al campo de Ravensbrück, y en abril de 1945 fue liberada, después de veintisiete meses de cautiverio. De las doscientas treinta mujeres del convoy que llegó a Auschwitz, regresaron cuarenta y nueve. Unos meses después, mientras se recuperaba en un sanatorio suizo, Delbo comenzó a escribir Ninguno de nosotros volverá, que se convertiría, veinticinco años más tarde, en el primer volumen de la trilogía Auschwitz y después. En 1947, comenzó a trabajar para la ONU en Ginebra y vivió en Suiza doce años. A su regreso a París trabajó como asistente del filósofo Henri Lefebvre, a quien había conocido en 1932. Allí falleció a los setenta y dos años. 

Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: en 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivieron cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libris de su elogiada trilogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia. Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de la vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese hacer sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria. 

Su lectura me ha parecido: dolorosa, escalofriante, realista, trágica, impecable, insospechadamente poética, impactante, monumental, un testimonio que el feminismo del siglo XXI debería leer con igual o mayor avidez... Llevamos dos años duros. Lo sé. Venimos de un 2020 que se las pintaba glorioso. Con aquella publicidad emulando la locura y el desenfreno de los famosos años 20 del siglo pasado que comenzó a emitirse en las Navidades del 2019. Todos estábamos eufóricos. Una nueva década se abría ante nosotros. Parecíamos haber dejado atrás los peores años de nuestra vida. Aquellos ahogados entre precariedad, paro e inestabilidad económica. En otras palabras, nos creímos los amos del mundo. Por eso el golpe dolió tanto. Una violenta patada en un estómago henchido de optimismo que acabó explotando, salpicando cada rincón del lugar en el que, a partir de ese momento, se convertiría en nuestra particular cárcel de oro. Una catarsis emocional que arrastramos durante semanas, meses, por los pasillos revestidos de gotelé, por esa cocina que redescubrimos - algunos con pasión y otros con cierto hastío - o por ese pequeño balconcito - si es que tuviste suerte de comprar o alquilar un piso con unas vistas que no fueran al deslunado grisáceo y atestado de ropa interior tendida - al que pronto convertimos en nuestro particular oasis. A fuera, el silencio reinaba, aunque los ecos de colapso y muerte que procedían de los hospitales eran cada vez más fuertes, desesperados, desgarradores. Unos aplausos a las ocho de la tarde nos hermanaban - hubo quien descubrió que tenía vecinos majos justo en el edificio de enfrente - pero no nos evadían de la tragedia, cuya proximidad nos atormentaba, apretando aún más el nudo formado en nuestra barriga a principios de marzo. La tristeza (esto es así, y quien no quiera verlo es que de verdad está hecho de piedra en lugar de piel humana) comenzó a instaurarse en nuestras vidas, como una compañera más, caminando a nuestro lado, sin darnos tregua, como si de ella dependiera cada compartimento de nuestra cotidianeidad. En mi caso, y os voy a ser sincera, me da la sensación de que se ha tornado crónica. De que ha ascendido un nivel, como en el Candy Crush, pero sin toda esa gama de colores fluorescentes que dañan el entendimiento y la vista. Una invisible pesadilla que, sumada a otras cuestiones de índole personal, a veces acaba por sumirme en un estado de apatía y con la lágrima al borde del llanto. Por eso, y porque sé que no soy la única que sufre esta especie de desazón pandémica, no me apetecía mucho leer Literatura Concentracionaria. Una suerte de masoquismo intelectual y más en los tiempos que corren. En los que tratamos de huir de todo aquello que nos apene, acongoje o simplemente nos haga reflexionar más de la cuenta. Y sobre todo, donde la muerte - salvando las distancias, por supuesto - es omnipresente. Comprenderéis que no quería echar más leña al fuego, más desazón sobre el desconsuelo acumulado. Pero la historia nos interpela, así como los testimonios que surgen de ella. Los cuales, por muy terroríficos que sean, están ahí para iluminar nuestro conocimiento, rellenar de saber aquellas lagunas que otros, por desgracia, se empeñan en desecar. Y a eso, chicas/os, jamás debemos darle la espalda. Ninguno de nosotros volverá: la noche que no cesa. 


Estamos en 1945 en la habitación de un sanatorio suizo. Me imagino la luz, a pesar del gélido paisaje, atravesando, inclemente, el cristal de la ventana. Salpicando de claroscuros el rostro de Charlotte Delbo, una de las pocas supervivientes de aquel convoy de doscientas mujeres hacinadas que llegó a Auschwitz-Birkenau en el invierno de 1943. ¿Su delito? Haber luchado contra el nazismo desde la clandestinidad y conocer a gran parte de los líderes de la conocida como Resistencia francesa. Ella se salvó, la liberaron, regresó, tuvo la oportunidad de sanar sus heridas físicas y mentales; no como algunas de sus compañeras, cuyos cuerpos acabaron apilados en montañas de cadáveres, abandonados en medio de la nieve, gaseados o convertidos en un negro humo que se podía ver a varios kilómetros a la redonda. Creo que el día que decidió, mientras trataba de asimilar todo lo sufrido, empuñar la pluma para escribir el inicio de su famosa trilogía, recordó todo esto. Segundos más tarde - los cuales se extendieron a lo largo de varios años - buscó las palabras más certeras, aunque doliesen, para dotar de literatura (sin recursos enormemente rimbombantes o que condujesen a una frivolidad poco deseada en este caso) el dolor de las palizas, de los días sin probar bocado, de las torturas, en definitiva, de la muerte que la rodeaba en su terrorífica cotidianeidad. Así me imagino a Charlotte, una mujer herida, por dentro y por fuera, haciendo un esfuerzo enorme por contar la verdad, su verdad, de lo acontecido en los campos de concentración y de exterminio de la Alemania Nazi. Sin embargo, como resultado, Delbo nos legó el que es considerado como uno de los primeros testimonios de lo que más adelante pasó a llamarse Literatura Concentracionaria. Un una semilla literaria que acabaría por devenir en género propio a medida que los supervivientes fueron escribiendo sus vivencias. De entre los más conocidos no podemos dejar de citar los de Primo Levi, Elie Wiesel, Ramón J. Sender o el de Leo Classen - éste último de gran actualidad por su reciente reimpresión y por tratarse de uno de los primeros testimonios del "triangulo rosa", o lo que es lo mismo, de un hombre homosexual enviado a un campo de concentración por dicho motivo - . Sin embargo, el de Charlotte Delbo destaca, no solo por su pronta publicación, también por tratase de uno de los primeros testimonios femeninos en estas lides. A partir de entonces se abrió la veda, con la aparición de la trilogía Auschwitz y después, a que otras mujeres víctimas del nazismo pudiesen alzar la voz. La lista es enorme: Violeta Friedman, Ruth Klüger, Helga Weiss, Anise-Postel Vinay, Edith Bruck, Germaine Tillon u Odette Elina entre otras muchas. La experiencia femenina acababa de irrumpir, entre tanto testimonio de varón, para evidenciar que la violencia ejercida sí distinguía por sexos. Tal y como nos lo cuenta, desde un estremecedor estilo, la propia Charlotte Delbo. 


En la presente edición de Libros del Asteroide - con nueva traducción por parte de Regina López Muñoz - se recogen las dos primeras entregas de la trilogía a saber Ninguno de nosotros volverá (la cual da nombre al título bajo el que se ha decidido publicar ambos textos) y Un conocimiento inútil. Su tercera entrega, La mesura dels dies, por el momento está traducida y publicada en lengua catalana por la importante editorial Club Editor. Por lo que, en la presente reseña, solo podemos hablar de las primeras dos entregas, ambas correspondientes a su llegada, la experiencia en los campos de concentración y la posterior liberación en un glorioso capítulo titulado "La mañana de la libertad". Todo ello, como ya hemos comentado en el anterior párrafo, desde una mirada única que, entre otras cosas, nos revela como fue el cautiverio de millones de mujeres por aquellos horribles años. Las imágenes que la página devuelve son verdaderamente terroríficas. Desde la mujer a la que le rapan varias veces la cabeza a las salvajes torturas cometidas por las guardianas del campo, pasando por la falta de enseres de higiene íntima femenina, el cadáver como manjar para las ratas, la esterilización, los perros entrenados para morder a los prisioneros si estos se resentían de su tarea, el sonido del silbato como preludio de la muerte... Así hasta que el lector no puede más y necesita reposar la lectura durante unos días antes de atreverse a sumergirse en ella de nuevo. En el campo de concentración también se dan paradojas, como la de aquella prisionera que decide acortar el camisón de rayas - la coquetería no está reñida con el cautiverio concluye la autora tras una poderosa reflexión entorno a la perdida de identidad en aquellos lugares - o como la de la propia Delbo al encenderse un cigarrillo con un mechero perteneciente a una SS el día de la liberación. Así como momentos que en algunos casos salvan a las prisioneras de caer en en la depresión o el suicidio, como el hallazgo de un ejemplar de El misántropo de Molière que decidieron en el mismo barracón representarla durante dos horas y cuyos pasajes no dudaban en recitar antes de apagar las luces. Constituyendo uno de las pocas bocanadas de oxigeno, de aire, de liberación dentro del más absoluto terror. A fuera, la gente cae fulminada sobre el barro o la nieve, dentro, dos horas de magia, que les hacían resistir a pesar de que los efectos del cansancio, las palizas y la desnutrición eran cada vez más acuciantes en su cuerpo y en su salud mental. Sorprende, en última instancia pero no por ello menos importante, el juego estilístico que Delbo emplea para contar su testimonio. En lugar de una primera persona a camino entre la fragilidad y una actitud inquebrantable a pesar de todo, aquí encontramos segundas personas perfectamente construidas que aparecen, inesperadamente, a lo largo del libro. Párrafos más extensos de carácter más oral, microrrelatos que actúan como pequeños golpes de efecto visuales - algunos de ellos consiguen helarte la sangre - e incluso poesía, versos que evocan lugares, sensaciones y huecos que solo la memoria puede llenar. Todo esto, en conjunto, ensalza no solo su lectura, sino su originalidad dentro del género. Demostrando que hasta del horror más insoportable se puede hacer literatura sin desvirtuar o emborronar el relato y su trascendental importancia para la historia. Charlotte Delbo es una superviviente más de la peor cara del Nazismo, de las pocas que regresaron de aquel hacinado trayecto. Y como tantas otras, quiso dejar constancia de lo sufrido entre barracones, comandantes de las SS y esqueléticos cadáveres. Sin embargo, a diferencia de muchos de los textos escritos y publicados desde entonces, Delbo no se conformó con verter palabras cual río descontrolado, quiso hallar las palabras adecuadas, un formato más híbrido y otorgar un protagonismo inusitado a las mujeres prisioneras. Una perspectiva de género que, en los tiempos que corren, deberíamos tener en cuenta a la hora de abordar dicho periodo tanto si lo que se pretende es enseñar en un instituto como armar una investigación de carácter histórico. Así como, si estamos ante una lectora/or corriente, saciar su apetito intelectual y teñir, un poco más, su mirada hacia un morado cada vez más intenso. 

Ninguno de nosotros volverá: una historia de horror, supervivencia, violencia, sororidad femenina... Un ejercicio de memoria y literatura digno de estudio y reivindicación en tiempos de defensa democrática contra los neofascismos europeos que, en pleno siglo XXI, pretenden que caminemos hacia atrás. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga por el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde". 

"Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el fríos soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto."

"Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el reencuentro (...) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección hacia las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer se engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 8 de junio de 2021

RESEÑA: Una chica es una cosa a medio hacer.

 UNA CHICA ES UNA COSA A MEDIO HACER


Título: Una chica es una cosa a medio hacer. 

Autora: Eimerar McBride (Liverpool, 1975) se mudó a Irlanda cuando tenía tres años. Creció en Tubbercurry, vivio en los condados de Sligo y de Mayo, y finalmente se mudó a los diecisiete años a Londres, donde estudió en el Drama Centre. A la muerte de su hermano, hizo un viaje a Rusia y comenzó a escribir. La intimidad que estableció con el lenguaje le condujo a una revelación y recuperó el gaélico como lengua literaria. Una chica es una cosa a medio hacer representa su debut literario y fue escrita en tan solo seis meses, cuando Eimear McBride contaba veintisiete años de edad. Tras casi una década sin encontrar editor, la novela apareció en un pequeño sello independiente inglés, Galley Beggar, y constituyó una de las mayores sorpresas de la temporada editorial inglesa, alzándose con el premio Desmond Elliot, el Baileys Women´s Prize for Fiction, el Kerry Group Irish Novel of the Year y el Geoffrey Faber Memorial Prize. Más tarde se publicaría en Estados Unidos, de la mano de la prestigiosa editorial Coffe House Press, hasta ser fichada por Faber & Faber. Su segunda novela, The Lesser Bohemians (2016), se hizo con el premio James Tait Black Memorial Prize, y fue selecionada para los premios Goldsmith y RSL Encore. En 2020 ha publicado su tercera novela, Strange Hotel. Ha prologado libros de la destacada escritora y poeta rusa Anna Ajmatóva y de la irlandesa Edna O´Brien, y es colaboradora habital en medios como The Guardian, TLS y The New Stataesman. Actualmente vive en Norwich junto a su marido y su hija. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: gaélico. 

Traductor: Rubén Martín Giráldez. 

Sinopsis: una novela deslumbrante sobre los pensamientos, el despertar sexual y la incomodidad de una chica irlandesa que se precipita hacia la edad adulta, mientras se dirige continuamente a un "tú": su hermano menor, gravemente enfermo. El trauma de la enfermedad recorre el texto con brutal detalle, y el tono desafiante y la atmósfera angustiosa, debido a la fe católica inquebrantable de su madre, se funden para alumbrar una manera de relacionarse con el mundo poderosa y extrema. Un relato feroz que no nos habla del vivir, sino del sobrevivir. 

Su lectura me ha parecido: densa, abrumadora, a ratos dolorosa, violenta, extrañamente original en las formas, outsider, desestructurada (o desmembrada), rota, un torrente oral en busca de impacto... A lo largo de todo este tiempo han sido muchas las novelas leídas. Es tal el número de ficciones que han pasado por mis manos, reposado en cualquier parte de mi casa - incluso en los lugares más insospechados - y que han acabado encontrando su hueco, como si de un privilegio se tratara, en mi adorada estantería que es imposible fijar una cifra concreta. Sé que no soy la única, aunque haya quien se sorprenda de mi voraz apetito lector, glotón desde la adolescencia y que he acabado perfeccionando hasta convertirme en una suerte de gourmet literaria. Hace tiempo que para mi no todo vale, ni siquiera aquella saga de entregas policíacas nórdicas que con gran apetito engullía como si de Donuts se tratasen o aquella novela histórica, una de las que acabó por convencerme que estudiar Historia y no Derecho, era la mejor de las opciones, que degusté apasionadamente, tanto que acabé gastando el propio papel de tanto releer las mismas páginas una y otra vez. Ahora, aunque muy de vez en cuando aún me sorprendo observándolos con cierta nostalgia o acudiendo a aquellos pasajes que en su momento tanto me aportaron, son otras lecturas las que han acabado formando mi corpus, mi estructura, mi razón de ser como escritora en continuo aprendizaje y como lectora incapaz de negar la sofisticación de la palabra. Los ojos me hacen chiribitas con aquella trama que, aunque típica, me conduzca por caminos nunca antes transitados. Con ese lenguaje rico sin ser pretencioso, gustoso en lugar de rimbombante, dulce pero sin pasarse con el azúcar. Con ese paisaje henchido de belleza que se rompe llenándose de suciedad y desasosiego. Con esos diálogos que te transportan de la carcajada más estridente al borde de los párpados empapados. Con esos personajes, o ese personaje, tan carismático en lo excesivo pero también en lo intimista, los dos extremos me valen. Y sobre todo, con la última cucharada, con ese botón del pantalón desabrochado, las ganas de repetir a sabiendas de que ha sido toda una experiencia intelectual. Respecto a la novela de la que hoy tengo el placer de hablaros costó hincarle el cubierto, demasiado tal vez, como si de un filete de solomillo excesivamente hecho se tratase. Para después dejarme fluir, en su acidez y amargura, entre sus muchos matices sensoriales. Dejando muy claro, a pesar de todo, que hay que seguir la pista a su autora, Eimear McBride, aunque solo sea para comprobar si seguirá por esta atrevida estela o, por el contrario, sucumbirá a formas más convencionales. Una chica es una cosa a medio hacer: enfermedad, carne, infancia robada y Dios. 


Una historia ambientada en la Irlanda más rural, en la que el catolicismo todavía sigue rigiendo la vida de sus habitantes más allá de cualquier cuestionamiento ateísta o moral, donde asistimos a la historia de una protagonista a la que arrebatan, de golpe y porrazo, la inocencia de los trece años, a su correspondiente huida, a las secuelas del trauma y, por si fuera poco, con uno de los títulos más perturbadores y originales que he visto en años. Yo no sé vosotros pero poco tardé en hacerme con él, así como abrirlo por la primera página. El susto vino en el primer párrafo, cuando me topé con palabras sueltas, frases extremadamente cortas y puntos seguidos que, con rabia, parecían escupir sobre la cara del lector. Y sin embargo, llenos de poesía, como si a pesar del pequeño tropiezo, aún existiese algo de esperanza en el texto. De hecho, no pude evitar sentir, en última instancia, que estaba ante una novela que me recordaba a aquellos primeros escritos de adolescencia. Cuando tiendes a enfatizar una acción o cualquier sentimiento a través de la forma, como si la máxima de "cuanto más cortas sean las frases mejor" sirviese para todos los textos. La ternura, entonces, se apoderó de mi. Sin embargo, a esas primeras líneas les siguieron las demás y la novela continuaba con el mismo estilo, acentuándolo más, como si del momento cumbre de una Ópera se tratara, conforme se aproximaba al final. Estaba dentro, vaya si lo estaba, pero para mi gusto la fórmula empleada - tan valiente como arriesgada - acaba resultando un agitado maridaje entre densidad, sorpresa y necesidad de reposar la lectura por miedo a desear tirar la toalla. A pesar de todo, y esto hay que comentarlo, el ejercicio literario que Eimear McBride lleva a cabo en Una chica es una cosa a medio hacer es brutal, a la altura de aquellas plumas curtidas en trabajo, años de práctica y cierto don que solo se le concede a unos pocos. Cuesta creer que la autora británica - aunque de corazón irlandés - tardase tan solo seis meses en escribirla ya que, todo en ella, es superlativo. Esa fragmentación (bella y cruda al mismo tiempo), esa sensación de inconexión (como si te estuviese contando mil cosas y una al mismo tiempo) y, sobre todo, esa ausencia de sintaxis (ante la que cualquier lector inexperto hubiera pedido socorro a gritos) confieren al texto una originalidad digna de aplaudirse, aunque también el peligro de no ser comprendida por el gran público. De hecho, creo que el mayor error es precisamente ese, el de no advertir de que Eimear McBride juega en otra liga, en una superior a las formas del Best Seller. Pensad que se la ha llegado a comparar tanto en tradición como en escritura con nada más y nada menos que James Joyce y Edna O´Brien. Dos titanes, a su manera, de la literatura Irlandesa, que poco tienen que ver el uno con el otro - sobre todo si tenemos en cuenta que Joyce directamente es la liga en mayúsculas - pero que, sin embargo, han sabido, al igual que McBride dejar patentes sus sellos personalísimos, así como de su visión de Irlanda muy cercana a la contemporaneidad de los propios autores. Si no avisas, si no alertas de la complejidad de la misma, el batacazo puede ser memorable. Por suerte, en mi caso no fue tan aparatoso. Pero pudo haberlo sido de no haber existido una trama lo suficientemente potente como para que el lector no lo abandonase a la primera de cambio. Ahogado en la plomiza lluvia y el verdoso paisaje irlandés. 

Si hemos dicho que la revolución - por emplear un término más o menos conveniente - se produce en la forma de contarnos la historia, el contenido no puede ser más clásico, aunque positivamente osado también teniendo en cuenta lo que se está narrando. No hay que pasar por alto que a McBride le costó diez años encontrar una editorial que se atreviese a publicar la presente novela. Quiero pensar que el envoltorio no convencería a muchos editores, sin embargo, me apuesto lo que sea a que el narrar un tema tan delicado como el abuso sexual en la infancia, además de ofrecer una visión pésima y crítica del fervor católico, no sentaría muy bien a una Irlanda que, aún en los años 70, seguía - y sigue - muy apegada a algunas de sus tradiciones más arraigadas. El éxito posterior una vez hallada la editorial - independiente, por supuesto - que puso los medios para que ésta viera la luz resulta un acto de verdadera justicia poética, pero también de que los tiempos estaban cambiando, al igual que la sociedad, la cual ya no estaba dispuesta a callar según que ciertos comportamientos hasta entonces asumidos, ocultados y que teñían de impunidad a los verdaderos culpables. En Una chica es una cosa a medio hacer sabemos que estamos en Irlanda - primero en un pueblo y más tarde en una ciudad universitaria - pero desconocemos el nombre de éstas, al igual que el nombre bajo el que responden los personajes. Tampoco sabemos exactamente en que tiempo espacio temporal nos encontramos, la sola presencia de un Walkman en un pasaje en el que la autora tiene doce años nos hace una idea de que nos movemos entre mediados o finales de los 80. Esta difusa ambientación nos sumerge en un entorno que, aunque real, parece contener elementos propios de la ficción, en este caso, de la visión que tiene la propia McBride de su tierra de adopción, que no de nacimiento. Aún así, pronto aparecen los problemas endémicos que nos atan a la tierra, aquellos que supuran entre los poros de la piel, aquellos ante los cuales, en la presente novela, su autora nos convierte en incómodos personajes. Aquí el machismo grita, es lacerante y se hace presente de la forma más cruel posible, en este caso, a partir de la violación de la protagonista por parte de un familiar. Pero es que en el libro tenemos la constante presencia de la sombra del catolicismo, y de esa madre fanática, cruel y con un a tendencia a la autovictimización, cubriendo los rostros de quienes a su lado se encuentran. La crueldad es manifiesta en lo familiar, escolar, filial y hasta en lo psicológico; provocando una inestabilidad tanto en la imagen como en las palabras. Lo único que parece sostener a la protagonista, aunque ello implique estar cerca de quien la violó, en medio de tanta maldad es, paradójicamente la enfermedad, la de su hermano mayor - un tumor cerebral que irrumpe siendo aún un bebé y cuyas secuelas son patentes - único receptor de sus desahogos, ya que es a él a quien va dirigido el texto, así nos lo deja claro McBride prácticamente desde el minuto uno. Al igual que nuestra herida protagonista, en esta novela todos están, como reza el título a medio hacer, dañados por las vicisitudes de la vida o las conductas totalmente condenables amparadas siempre por una sociedad machista y tradicional que no duda en dar alas, aunque ello implique mayor sufrimiento. El padre ausente, la madre violenta, el hijo enfermo, los familiares retorcidos o la propia narradora, cuyo desamparo nos hace compadecernos de ella, querer defenderla durante su horrible adolescencia, evitar la violación, ese traumático e infernal despertar sexual que tan bien se describe en la novela. A todos les falta algo, como a la mayoría de los seres humanos: amor, afecto, reconocimiento, educación, sexo, dinero, alimento que llevarse a la boca... Un pedacito de alma sesgada que McBride, desde la originalidad estilística, ha querido mostrárnosla en su expresión más horrible. Muchas son las novelas que abordan infancias de verdadero cuento de terror pero pocas, muy pocas, consiguen hacerlo con personalidad y un arrojo casi suicida. 

Una chica es una cosa a medio hacer: una historia de enfermedad, confesiones entrecortadas, poesía, dolor insoportable, violación, inocencia robada, huidas, palizas, praderas por las que correr campo a través, lágrimas en los ojos, desmembramientos... Para Eimear McBride el infierno, al contrario que nuestro admirado Dante Alighieri, está en el camino que une la habitación de invitados con el cuarto de los niños. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dentro de mí. Pasándome de largo. Él. Duele. Pasado mi pecho apretados los dientes apretados mis pulmones apretados mi cerebro apretado aplastar mi sangre sabiendo adónde ir mi corazón para cuando bien puede pasar el tema. Hacer que. Me haga. Y le doy (...) Soy un amasijo de sangre y vergüenza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 1 de junio de 2021

RESEÑA: Sanguínea.

 SANGUÍNEA


Título: Sanguínea. 

Autora: Gabriela Ponce (Quito, 1977) es escritora, directora de teatro y profesora de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. Ha publicado el libro de cuentos Antropofagias (2015, Premio del Ministerio de Cultura de Ecuador), el monólogo Cama, entro de una antología teatral Penumbra (2016) y la obra de teatro Lugar (2017, Premio Gallegos Lara). Sus cuentos han aparecido en varias antologías nacionales e internacionales. Forma parte del consejo editorial de la revista digital Sycorax, dedicada a la reflexión y a la crítica cultural. Es parte del colectivo Mitómana/Artes Escénicas y cofundadora de Casa Mitómana, invernadero cultural. Como escritora, directora y productora, ha llevado a escena las siguientes obras teatrales: Tazas Rosas de Té (2016, Premio Dramaturgia Inédita de la Fundación Teatro Nacional Sucre y Premio Francisco Tobar García del Municipio de Quito); Esas Putas Asesinas, adaptación para la escena del cuento de Roberto Bolaño (2015); Caída, Hemisferio Cero (2014). Su obra de teatro Entrada en la Pérdida (2013) ganó el premio internacional Escritura de las Diferencias y fue escenificada en Cuba y publicada en Francia. En el año 2020 publicó Sanguínea, su primera novela que ha sido recientemente adaptada al teatro en el año 2021. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: español. 

Sinopsis: en un entorno de naturaleza agreste y en relaciones salvajes, la protagonista de Sanguínea entre y sale de cavernas y cuerpos, de espacios fantasmales habitados o deshabitados, de vínculos atravesados por la pérdida, la negación del futuro y la esperanza. Sanguínea es el registro del flujo de conciencia y de una crisis íntima: la historia de una mujer que se desliza sobre unos patines por caminos abruptos y trata de enfrentar una deriva amorosa, una inesperada e imposible maternidad y el más doloroso de los desprendimientos. Pero Sanguínea también es una novela sobre la resistencia. De resistencia del cuerpo contra el cuerpo. Una novela de revelaciones turbadoras. Una novela que grita. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, poética, con toques eróticos, íntima, salvaje en lo que al entorno se refiere, corporal, extrema, como un incesante torrente... Nos horroriza la sangre. O al menos a la menstrual. Aquella que mancha bragas y compresas durante unos días al mes. Esa que, cuando llega por primera vez, es sinónimo de acceso a la adultez cuando tan solo eres un niña que no entiende lo que está pasando. La misma que hace que te den calambres en las piernas y sientas miles de bombas estallar en la parte baja del vientre. La que te afanas por ocultar, desde bien temprano, en el colegio, para que nadie sepa que te ha bajado por miedo a posibles burlas. Mismo modus operandi que no dudas en reproducir más allá de la mayoría de edad, en la universidad, en el trabajo, mientras tomas unas cervezas con tus amigos en el bar de siempre. Está tan interiorizado el esconder, como si de un anillo robado se tratara, el tampón en el bolsillo de tu vaquero que parece que hayamos nacido con eso, con una sensación de vergüenza azotándonos sin piedad cada vez que el rojo tiñe la sábana de la cama. Así, a modo de cuadro abstracto sobre lienzo blanco recién estrenado. Hay algo poético en la menstruación, de hecho, no será ni la primera ni la última pieza lírica que lea dedicada al tema, sobre todo de un tiempo a esta parte. Sin embargo, hay quien también ve algo asqueroso, horrible, indigno de ser fotografiado, mencionado o simplemente mostrado en televisión. De ahí que la regla sea azul clarito, y no escarlata, en los incontables anuncios que nos tragamos entre película de sobremesa y programa de actualidad. Publicidad que hemos engullido sin nosotras quererlo, donde las modelos saltan a la comba o hacen el pino, donde la sangre cían se vierte sobre la compresa a cuenta gotas para luego evaporarse - como si nunca hubiese existido - y por supuesto, donde la palabra "tabú" sobrevuela en su patriarcal retórica. Sí, sabemos que son coloridas historias que venden productos destinados a la higiene personal de las mujeres durante el periodo, pero, a pesar de ello, todavía seguimos evitando el tema y tratándolo como si fuera algo innombrable, como el malo de Harry Potter, aquello que está ahí, desde que el mundo es mundo, y a la vez nos afanamos por ocultar - incluso nosotras mismas - bajo términos carentes de profundidad y desprovistos de su crudo realismo. Definir a la novela que hoy tengo el placer de reseñar como un libro sobre la regla  sería completamente injusto. Es cierto que ésta tiene su particular y necesario protagonismo, pero Gabriela Ponce ha compuesto un retablo de temas mucho más amplio, sinuoso, delicado y brutal. Sanguínea: el cuerpo de la mujer como reflexión y campo de batalla. 


Gabriela Ponce, autora de la presente novela, es directora de teatro y profesora de artes escénicas. Un detalle biográfico y profesional que, aunque llamativo, puede pasar desapercibido para el lector menos experimentado y que poco o nada le importe las posibles influencias en la obra de cualquier escritora escritor. Sin embargo, en el caso de Ponce, este aspecto se convierte en algo significativo dado que en Sanguínea la presencia de lo escénico y, sobre todo, de lo físico, es notoria y palpable. Si hay algo que sorprende de la novela es precisamente su concepción teatral dentro de lo estrictamente narrativo. Aquí no hay acotaciones, ni descripciones de las acciones que ejecuta cada personaje, ni una estructura típica que nos haga pensar que estamos ante un texto para ser representado. No obstante, Ponce coloca al cuerpo - de la protagonista y por extensión el de todas las mujeres - en el centro de la obra, del montaje, de lo literario. Como punto cardinal a partir del que salen, como si de disparos se tratasen, reflexiones entorno a lo que éste es capaz de albergar, expulsar, supurar, mostrar. Al igual que una pieza de danza contemporánea - de hecho, no paraban de venirme imágenes de alguno de los muchos montajes escénicos a los que he asistido en calidad de espectadora - Sanguínea discurre, se tambalea, se encabrita, como un caballo desbocado en medio de un prado, en soledad. Su grito es sonoro, resuena sobre el escenario, al igual que los golpes de los brincos y movimientos que la actriz efectúa para goce y disfrute. Su cuerpo, como ya hemos dicho, epicentro del todo, rebosa de emociones imprimidas por la pluma, o dicho de otra forma, por una clara intención de rendir tributo a lo que se puede tocar, acariciar, besar, chupar. Hallando, entre tanto dolor - porque, como bien describe Ponce, el cuerpo sufre - una suerte de belleza sumamente intensa, que no idealizada. Y es tan real que muchas mujeres podemos identificarnos en ello, hasta el punto de debatir entorno a los deseos femeninos en la era del consentimiento, en los marcos feministas que, a pesar de reaccionarias proclamas, resultan enormemente liberadores. A pesar de estar leyendo párrafos de prosa fina y cuasi sensual, no es descabellado imaginarse, por unos instantes, a una intérprete llevar sobre las tablas lo que en ella se narra. Tanto en una declamación a viva voz como a partir de un lenguaje corporal igual de impactante. 


Sanguínea narra la historia de una mujer, una narradora omnipresente que, tras romper con su marido, intenta salir adelante en una huida desesperada hacia adelante siendo ella misma. Lo hace como quiere, como puede, como le nace de dentro. Y en ese tránsito se entrega al cuerpo, al lado salvaje de este, sin cortarse un pelo a la hora de experimentar, fundiéndose con un paraje de naturaleza indómita, entregándose a otros cuerpos - desde el plano sexual y social - en un intento por conocerse, autodescubrirse para, en última instancia, salvarse de lo que no quiere llegar a ser. En un monólogo tan fluido como incesante - como la sangre que recorre nuestro cuerpo - la protagonista nos parapeta frente a una especie de diario íntimo, frente a una confesión torrencial, como la incapacidad de controlar los pensamientos propios, tan vertiginosa como hermosa. A partir de aquí, Ponce da rienda suelta a su creatividad y a su faceta más escénica para mostrarnos escenas impactantes, icónicas, más allá de lo que a la protagonista se le pasa por la cabeza en su abrumador discurso. Dando la sensación de que éstas, por muy narrativas que sean, son capaces de traspasar el papel. En cuanto al contenido, Ponce huye de cualquier conservadurismo al hablarnos de temas altamente sensibles para una mente más cerrada, compacta, intolerante en la mayoría de los casos. Aquí el embarazo tiene una faz azabache que poco tiene que ver con lo que siempre nos han inculcado, incluso de niñas, sobre lo que significa tener a una personita habitando en tu vientre. En la novela la menstruación se ve, se toca, se huele. Un acto de tangibilidad revolucionario que busca una clara visibilización, así como de una concienciación social al respecto. Por fin la sangre es roja y se vierte sobre los muslos blanquecinos, formando ríos, venas a la vista, a plena luz del día, gritando, ordenando ser observadas, sobre todo por los ojos más puritanos. Aquí también hay abandono deseado, renuncia consciente de la maternidad, proponiendo otros modelos igual de válidos, además de una necesidad del derecho a abortar. Tema de intermitente actualidad en los medios de comunicación que, sin embargo, está presente en nuestra palpable realidad. Todo en Sanguínea es sensorial: la casa-cueva, la adopción (otro de los grandes temas del libro), el aprendizaje, los afectos, los duelos íntimos. También el cuerpo: fluidos, sangre, vómitos, semen, lágrimas, leche materna. Y por supuesto lo que provocan: dolor, ardor, deseo, insatisfacción, gula, frío... Todo ello, sin caer en lo ordinario, en comunión y ausencia de cualquier tabú. Como veis, Ponce no se guarda nada en este lírico ejercicio literario ejecutado con mano maestra. Valiente y necesario que busca, al fin y al cabo, que todas y cada una de nosotras dejemos de actuar como si la reprobación fuese nuestra madre y la vergüenza nuestro padre. 

Sanguínea: una historia de liberación, búsqueda, dolor, placer, erotismo, bravío, aprendizaje... De un cuerpo que sufre, llora y sangra; pero que también se eriza y se corre de placer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y así va cubriendo nuestros cuerpos la noche de un halo de intimidad en medio del cual ambos nos quedamos dormidos: él, ebrio, yo, con una náusea que me despierta cada tanto y me hace correr por trozos de hielo para meterme en la boca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya