domingo, 23 de febrero de 2020

RESEÑA: Un romance de provincias.

UN ROMANCE DE PROVINCIAS

Título: Un romance de provincias.

Autor: Kornel Filipowicz  (Ternópil, 1913- Cracovia 1990). Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, su familia emigró a Cieszyn (Polonia) en donde el joven encontró un excepcional ambiente de tolerancia entre diferentes gentes y religiones que anhelaría el resto de su vida. Muy pronto ese precario equilibrio saltaría por los aires con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su colaboración con el movimiento de resistencia Polska Ludowa (Polonia Popular) le valió ser internado en un campo de concentración de donde logró escapar milagrosamente. Una vez acabada la contienda se instaló en Cracovia, ciudad en la que intentó recuperar, junto a su mujer, la pintora Maria Jarema (1908-1958), el clima de convivencia y efervescencia cultural anterior a la guerra mediante su labor como escritor, editor de revistas y dinamizador cultural. Su espíritu crítico y su compromiso con la libertad le llevaron a enfrentarse en diversas ocasiones con la censura del régimen comunista instaurado en el país a partir de 1945. Este contexto determinó en buena medida su estilo narrativo caracterizado por la economía narrativa y el uso de la ironía y la alusión. Kornel Filipowicz falleció en Cracovia en 1990. Dejó escritos más de treinta libros entre narrativa, poemarios y guiones cinematográficos. Un romance de provincias es su primera obra traducida al español. Kornel Filipowicz es uno de los autores más fascinantes de la brillante generación de escritores polacos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. También uno de los más desconocidos fuera de sus fronteras. Este desconocimiento no solo responde a lo poco que el propio Filipowicz se preocupó por su carrera literaria y sí de apurar la vida hasta el último instante, también a que decidiera hacerlo en compañía (y a veces a la sombra) de la Nobel Wisława Szymborska. (Fuente: Editorial).



Editorial: Las Afueras.

Idioma: polaco.

Traductora: Teresa Benítez.

Sinopsis: En un pequeño pueblo a las orillas del Vístula, Elzibieta lleva una vida ordenada y monótona. Una vida marcada igualmente por la sucesión de los ciclos naturales y las convenciones sociales. En ese mundo autoconcluso y cerrado la llegada de un poeta desde Varsovia abrirá una grieta que no dejará de ensancharse hasta el inesperado desenlace. Escrita en 1960, Un romance de provincias es una obra de rara perfección. Con un estilo claro y conciso, Filipowicz hace un retrato de la vida en provincias y sus gentes, de su tedio gris y las ataduras a las que son sometidas las mujeres; un retrato profundamente humano que conseguirá traer a la memoria del lector algunos de los mejores libros de Natalia Ginzburg y Carmen Martín Gaite. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: pequeña, rural, con una protagonista muy interesante, algo manida, romántica, triste conforme nos acercamos al final, ligeramente feminista, capaz de asfixiar desde el microcosmos, una agradable novedad en mi biblioteca... Hace unos meses, como va siendo habitual desde que me inicié en el noble arte de la reseña literaria, llegaron dos libros muy diferentes a mi buzón. El primero, titulado Breves escenas de una vida agitada, está escrito por nada más y nada menos que Jenny Marx. Que para quienes no lo sepan, fue una escritora, articulista, pensadora y política prusiana nacida en 1814. Proveniente de una familia de alta alcurnia, Jenny es autora de ocho importantes artículos de carácter ensayístico que vieron la luz en algunas de las revistas alemanas más importantes de la época. Además de plasmar en el libro citado unas líneas más arriba - su único texto por el momento traducido al español - algunos momentos destacados de su vida. Desgraciadamente, Jenny pasó a la historia por ser la mujer del filósofo Karl Marx. Poco importa que ésta fuese la primera mujer de la historia en formar parte de la Liga de Comunistas, que diese conferencias en la Unión de Trabajadores Alemanes, que se convirtiese en la relaciones públicas organizando reuniones entre los distintos líderes afines al ideario comunista de su tiempo o que - y esto sí que es escandaloso - ayudase a su marido a terminar las últimas páginas del Manifiesto Comunista. Sí, ese libro que - más allá de ser una lectura obligatoria si te examinas de filosofía en Selectividad - removió conciencias y provocó uno de los puntos de inflexión más importantes en la historia de la humanidad. Después de su publicación en 1848, el mundo ya no volvió a ser el mismo. Tanto es así que no tenemos que irnos a la antigua URSS, a Cuba o a Corea del Norte para observar como sus postulados todavía retumban en nuestro presente, hasta el punto de ser abrazado por unos, detestado por otros y reformulado por quienes pretenden una sociedad más igualitaria en todos los sentidos. Sin embargo, y a pesar de que Karl Marx y Engels - autores oficiales del manifiesto - nadie reconoció el trabajo de Jenny. ¿Alguien se ha preguntado qué habría ocurrido si ella no hubiese ayudado a su marido en la redacción de esos últimas páginas? ¿Somos conscientes de que sin Jenny Marx, la intelectual a la sombra del genio, la historia hubiese sido muy diferente? A juzgar por los hechos, está claro que nadie se ha hecho estas preguntas. A lo largo de los siglos han existido ilustres consortes, unos más famosos que otros, pero a los que les ha unido el apoyo a sus respectivas parejas tanto en el ámbito profesional como en el personal. Aunque eso significase, como en el caso de Jenny Marx, que tu aportación a la historia se olvide para siempre. En esta ocasión, os traigo una rara avis, una peculiaridad, de esas que la sociedad patriarcal nunca ha visto con buenos ojos. Y es que el autor del segundo libro en cuestión - el cual protagoniza la presente reseña - fue pareja de la laureada poeta polaca Wisława Szymborska. Que por si no lo sabíais era una de las mejores escritoras de su país tras la Segunda Guerra Mundial y merecedora, en el año 1996, del Premio Nobel de Literatura. ¡Casi nada! Esta claro que la cosa va de un consorte talentoso - faltaría más - que siempre supo el lugar que le correspondía al lado de una gran y talentosa mujer. Un caso único en su especie que merece toda nuestra atención en forma de crítica literaria a uno de los pocos libros que se han traducido al español de él. Un romance de provincias: ansias de independencia bañadas por los cuchicheos y el Vístula.


Un romance de provincias, como revela su explicito título, narra precisamente eso, una historia de amor en plena campiña polaca. Hablar de esta historia es referirnos en primer lugar a Elzbieta, la joven y para nada convencional protagonista de la presente novela. A simple vista, todo lo que se puede esperar de una mujer de 24 años de la época: modosita, gentil, bella y con el don para tocar el piano (y de paso sacarse unos dineros enseñando a algunos de los habitantes del pueblo en el que vive). Su casa está situada en la plaza del pueblo, epicentro de la actividad local y de la rumorología popular, siendo habitada por nuestra heroína y su madre que, viuda y enferma, ejerce un intenso control sobre la muchacha. Sin embargo, y como pasa en muchas novelas, Elzbieta no es lo que parece a ojos de la gente. En realidad, en lo más profundo, la pobre solo desea escapar de allí. Le aburre la monotonía del lugar y la cerrazón de sus habitantes así como de sus aspiraciones personales. Se asfixia en esa casa y en compañía de esa madre que la ha condenado, sin ella quererlo, a ser una eterna ama de casa entre visillos, cuidados y regañinas vespertinas. Su espíritu ya no se conforma con los paisajes naturales que rodean el lugar, ni con el sonido de los pájaros, ni siquiera con los rayos de sol que caprichosamente impactan en las fachadas de las casas. Necesita nuevos retos, nuevas emociones, que algo haga menos insoportable su día a día. Y para colmo su madre quiere casarla con Soniewicz, un ingeniero brillante, un hombre bueno pero aburrido que no para de cortejarla a pesar de la enorme diferencia de edad que los separa. Elzbieta sabe que a su lado jamás será feliz y no está dispuesta a hacer ningún esfuerzo en favor de los planes de su progenitora. Coincidiendo con este principio de rebeldía, al pueblo llega un poeta proveniente de Varsovia llamado Fabian Milobrzeski para ofrecer una conferencia a los lugareños. A ojos de la joven, el literato es todo lo contrario a Soniewicz: es guapo, atrevido, sofisticado, sin pelos en la lengua, inteligente y con el que podría pasar horas y horas hablando de cuestiones intelectuales. Sin pensárselo dos veces, Elzbieta se acerca a hablar con él tras la charla en busca de evasión, como si aquel hombre fuese capaz de sacarle, por unas horas, de aquel mortecino lugar. Entre paseos y visitas guiadas, el poeta - seguro de su experiencia - decide no marcharse tan pronto e ir ganándose poco a poco la confianza de la chica, algo esquiva al principio, pero ansiosa por encontrar una salida. La inocencia y la desesperación la llevan a evadirse, sin pensar que en el pueblo la gente tiene el oído muy fino y una tendencia a ir difundiendo cotilleos. Es entonces cuando las intenciones de don juan del poeta y la condena social se ciernen inexorablemente sobre Elzbieta. La asfixia, ahora sí, se torna en ahogo.


De buenas a primeras, y aquí tengo que ser sincera, la historia de amor que Filipowicz nos narra en la presente novela - ¿o deberíamos estar hablando de cuento a juzgar por su breve extensión? - no me ha interesado tanto como lo que la envuelve. Dicho de otra forma, el triangulo amoroso que se plantea me ha parecido muy típico - demasiado tal vez - aunque, y por fortuna, la decisión de localización y de tratamiento por parte del autor me ha parecido acertadísima. Los lectores están cansados de leer novelas en las que los avatares de una pareja de enamorados o en proceso de desintegración tiene que hacer frente a los numerosos problemas se les presentan en el marco de un idílico prado lejos del mundanal ruido (lo se, mi amor por Thomas Hardy queda más que demostrado). No obstante, estos personajes, a pesar de encontrarse en un lugar de una belleza incuestionable, están muy equivocados. Jamás están lejos del mundanal ruido, más bien lo tienen encima, pisándoles los talones, al acecho, detrás de cada esquina, llenando de habladurías sus hasta entonces ensordecidos oídos. Pocas veces me he acercado a un texto tan asfixiante como este en el que, como bien reza la contraportada, si que he podido entroncar con el estilo de autoras que, como Filipowicz, ahondan en la idiosincrasia social de los pueblos o las ciudades pequeñas. En ese sentido, Natalia Guinzburg, Rosa Chacel o Ana María Matute son buenos referentes y escritoras a las que acudir tras haber leído Un romance de provincias y a la inversa. En este relato, su autor se alza como experto en micro espacios capaces de crear una sensación de claustrofobia y angustia en el lector, todo ello a pesar de que, paradójicamente, nos encontremos en un lugar totalmente abierto y en contacto perpetuo con la naturaleza. Como se suele decir, a veces los lugares idílicos y aparentemente tranquilos pueden convertirse en tu peor pesadilla. O como reza Peyton Place, una de mis novelas favoritas y poco reivindicadas: "pueblo pequeño, infierno grande". No debemos olvidarnos, claro está, del feminismo que impregna la novela en lo que a la construcción del personaje de Elzbieta se refiere. Nuestra protagonista, más allá de la comparación que cada lectora o lector establezca con Emma Bovary (por momentos he creído atisbar una pizca de su espíritu inconformista) lo que está claro es que Elzbieta se presenta como el icono feminista del libro al desear aspirar a algo más. Cuidar a su madre, casarse con un soso o seguir viviendo en aquel pueblo plagado de cotillas no entran en sus planes, algo que poco a poco irá reivindicando con más y más visibilidad. Por último, destacar la novedad de ambientar esta historia en la Polonia rural de postguerra. Un contexto y sobre todo un entorno que el propio autor conoce a la perfección que supone una interesante novedad en cualquier biblioteca. No hay nada más estimulante que una escritora/or te consiga trasladarte en el espacio y el tiempo a un lugar que, por motivos geográficos, nos pilla demasiado lejos y por tanto nos es desconocido. Para terminar, y a modo de conclusión final, sólo me queda reivindicar la suerte que tenemos como lectores de que existan editoriales - pequeñas en su mayoría - cuya valentía impulsa que autores como Filipowicz (Un romance de provincias es la primera en traducirse al español) entren en el mercado editorial y en las librerías particulares de muchos lectores. Evidenciando la inexistencia de fronteras en la aproximación a otras literaturas europeas. Algo que, si lo trasladamos al terreno político, parece que retrocedemos a pasos agigantados.

Un romance de provincias: una historia de amor, engaño, ansias de libertad, domesticidad, cultura popular, chismes, existencias impuestas, rebeldía... Un libro para leer con lupa y quedarse con lo que se haya bajo la superficie.

Frases o párrafos favoritos:

"Elzbieta vivía ahora en ese ambiente singular que solo logra crear alrededor de la persona una ciudad pequeña en la que todo el mundo se conoce, donde todo se sabe y cada intento de ocultar algo privado al ojo de la opinión pública se vuelve en contra del individuo. La sociedad de una ciudad pequeña cree que tiene derecho a saberlo todo, a clasificarlo y a decidir si el asunto constituye un secreto a voces. Sin embargo, hay algo de humano en la crueldad de esa institución: el individuo que anda en boca de todos tiene la ventaja de ignorar que está siendo objeto de habladurías. El mecanismo de esta institución funciona con más o menos eficacia, pero siempre es consecuente, en el sentido de que consigue que nadie del entorno más cercano de la persona calumniada se entere de lo que está sucediendo. Por tanto, si no hubiera sido por Turlej, Elzbieta habría vivido ajena al hecho de que todo el mundo conocía su historia y todos hablaban de ella."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Corstesía de Las Afueras Editorial

martes, 18 de febrero de 2020

RESEÑA: La revolución de las flâneuses.

LA REVOLUCIÓN DE LAS FLANEUSES

Título: La revolución de las flâneuses.

Autora: Anna Mª Iglesia (1986) es licenciada en filología italiana y en teoría de la literatura y literatura comparada, y doctora por la Universidad de Barcelona con la tesis "La narrativa del espacio urbano y de sus prácticas. El París del siglo XIX y la flanerie". Periodista cultural, colabora con distintos medios - The Objective, El Confidencial, Letra Global, Turia, La esfera de Papel, Altair - donde escribe principalmente sobre literatura y el mundo editorial. Es redactora jefe de Librújula, donde se encarga tanto de la edición bimensual en papel como de la edición digital. Es lectora profesional, pero, sobre todo, lectora vocacional.


Editorial: Wunderkramer

Idioma: español.

Sinopsis: La imagen del flâneur recorriendo las calles del París del siglo XIX se ha convertido en un icono cultural. Pero, ¿y las flâneuses? Ellas también existieron, aunque fueran invisibilizadas o denostadas. Su voluntad de hacerse presentes en el espacio urbano y reclamar una voz propia abrió paso a una serie de derechos que aún hoy necesitamos consolidar: derecho a ocupar las calles; derecho a mirar sin ser vistas; derecho a no consumir ni ser consumidas; derecho a existir en solitario; derecho a la autoría. Este recorrido crítico por la historia de las flâneuses, que reúne a un nutrido grupo de escritoras, pensadoras y activistas, es de plena vigencia y se convierte en todo un manifiesto literario y feminista que reivindica el caminar como acto de insubordinación.

Su lectura me ha parecido: amena, profunda, amplia en lo que a ámbitos de estudio se refiere, breve en su extensión, con un mensaje directo y claro, de carácter didáctico, analítica, cosmopolita, revolucionaria, absolutamente inspiradora... Hace unos años asistí a un ciclo de conferencias organizadas por la UIMP en la ciudad de Santander. Dicha actividad formaba parte del máster de especialización en Historia Contemporánea que por aquel entonces estudiaba y cuyo objetivo era juntar a alumnos de las distintas universidades con la intención de que, durante una semana, pudiésemos intercambiar opiniones, debatir y asistir a las actividades que desde la dirección se ofrecían. Una de ellas consistió en una charla sobre historia urbana, tema aburrido por excelencia pero que, sin embargo, y a pesar de que el conferenciante se deshizo en obviedades varias, consiguió llamar mi atención.

   Desde el siglo XVIII las ciudades europeas han experimentado grandes cambios, todos ellos en consonancia con las exigencias sociales, económicas y políticas que emanaban de sus habitantes así como de las noticias que llegaba desde el otro lado de las almenas. Fueron precisamente ellas, las murallas, las primeras en sufrir estos cambios al demolerse en la mayoría de las urbes. Lo que antes servía para limitar su crecimiento y de excusa para establecer impuestos a quienes quisieran, por ejemplo, vender sus productos dentro de su jurisdicción, en el XIX carecían de un sentido práctico. Éstas ya no eran inmunes a los ataques del exterior - la evolución técnica de las máquinas de guerra fue notable - y por si fuera poco, al alcanzar en algunos lugares la desorbitada cifra de un millón de habitantes, se hizo absolutamente necesaria su demolición para dar lugar a nuevos barrios y a un cinturón fabril que cambiaría el paisaje de las ciudades para siempre. Los hacinamientos - causantes de la proliferación de graves enfermedades - y estrechos callejones tan habituales en época medieval y moderna daban paso a avenidas, ramblas, bulevares y a una planificación urbanística en cuadrícula - heredada de los romanos - que hizo más fácil el ordenamiento y distribución de los ciudadanos. La gente podía, por fin, pasear con total amplitud y contribuir, sin a penas darse cuenta, al nacimiento del ocio. Sin embargo, el conjunto - siempre el conjunto - englobaba tanto a hombres como a mujeres en esta conferencia además de que ni siquiera señaló la necesidad de investigar este campo de estudio desde una perspectiva de género. En ese momento me enfadé, pero demostré cobardía, ni siquiera fui capaz de intervenir para indicar su importancia dentro de la historia. Pasados los años y al madurar aquel recuerdo comprendí que, como es algo que la sociedad no ha asumido y naturalizado, es normal que ni siquiera se mencione o se obvie, de ahí el papel de educar en igualdad desde la mismísima cuna. Actualmente las mujeres pasean, corren, se dirigen a lugares, observan, toman apuntes, divagan, reflexionan, escrutan, debaten... Pero hubo un tiempo no tan lejano en el que todo lo mencionado no estaba bien visto y en el que la ciudad - de puertas para fuera - era un entorno hostil y discriminatorio para la mujer. Ensayos como el que hoy reseño nos conciencian de ese pasado, del carácter patriarcal de las ciudades y de como los argumentos intelectuales de Anna María Iglesia pueden tener su importancia en pleno siglo XXI. La revolución de las flâneuses: a la conquista feminista de la calle y de la esfera pública.


   Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, permítanme un mero apunte de carácter terminológico. Si por definición consideramos flâneur como esa figura masculina que  deambula por os callejones normalmente asociada con actividades artísticas como la pintura o la escritura, la flâneuse queda lejos de aquella injusta y lapidaria definición con la que el poeta Charles Baudelaire se refería a ellas. Para el autor de Las flores del mal, la flâneuse era efímera, aquella que transita por el empedrado suelo y desaparece, de pronto, sin dejar rastro. Esta imagen fantasmagórica es, paradójicamente, la que durante muchos años ha predominado tanto en el relato cultural predominante como en las distintas fuentes en las que se hace referencia a dicho término. Y lo recalco desde la más mordaz ironía pues lo que no se distingue, lo que no tiene forma corpórea, lo que parece desvanecerse tiende a no existir. Si los fantasmas no existen, las mujeres que hicieron de la acción de caminar una reivindicación política - a las cuales Baudelaire dotó de un carácter etéreo - tampoco. Curiosamente, en la sociedad en la que el término flâneuse adquiere un significado diferente (siglo XIX) se creía fervientemente en la presencia de espíritus, lo que dio lugar a una corriente esotérica - la cual también acabó influyendo en el arte, la música o a la literatura - muy fuerte que trajo consigo la proliferación de médiums, espiritistas, magos y demás profesiones mal vistas en tiempos pasados. Las sesiones de Ouija se hicieron tan populares como la ópera, el ballet o las novelettes de terror. Dicho esto, sería interesante poder contactar con el fantasma de una de aquellas flâneuses, aunque probablemente no nos guste lo que tenga que decirnos respecto a su ausencia en manuales de historia, filosofía, sociología, antropología, política, bellas artes o economía. Por qué sí, nuestras antepasadas tenían inquietudes muy diversas en numerosos campos del saber. Lástima que el patriarcado les pusiese - coloquialmente hablando - un "punto en la boca" e interpretase sus zancadas como mero entretenimiento para "lucirse". Porque esa es otra, para la sociedad del XIX - aunque en tiempos de Rousseau ya se hablaba de ello - la flâneuse salía a la calle con la única intención de ser observada, ya que las actividades importantes según su género se realizaban en el ámbito privado, entre la cocina y el cuarto de los niños, entre las relaciones conyugales y las obligaciones en el hogar. De ese modo, la presencia de la flâneuse en las calles era reducida a un objeto de consumo para la mirada masculina o del  flâneur. Convencionalismo que una serie de mujeres, a lo largo de varias generaciones, han contribuido a destruir y transformar.  


   En La revolución de las flâneuses Anna Mª Iglesia - filóloga italiana, doctora y periodista cultural - plantea en seis capítulos de sugerente título ("Derecho a ocupar las calles", "Espectadoras activas: derecho a mirar sin ser vistas", "La falsa Libertad del comercio: derecho a no consumir ni ser consumidas" "Viajeras y parias: derecho a existir solas", "Una identidad propia: derecho a la autoría" y "Caminar como forma de insubordinación") la dualidad entre las dos realidades a las que se enfrentaban las mujeres de mediados de siglo XIX. La de aceptar la tradición y situarse en un rol pasivo - el cual sería observado, narrado o ilustrado por el flâneur - o la de escapar de la mirada masculina y no conformarse con ser el objeto creativo (eufemísticamente llamado también "musa"). Las que optaron por la segunda opción lo manifestaron de dos modos: o identificarse como hombre (tal y como hizo, por ejemplo, George Sand en lo que a vestimenta se refiere) o directamente escapar de los cánones y estereotipos asociados al género femenino. Las flâneuses se autoexcluyeron - deliberadamente - del sistema y asumieron su condición de "parias" dentro de éste, como acto de rebeldía y de transformación. Para ellas, este sería el primer paso hacia la quiebra del orden social y la inclusión de las mujeres como creadoras, viajeras o espectadoras de su entorno, y por extensión, de la realidad de su tiempo. En este ensayo - de carácter didáctico y agradecidamente ameno - Iglesia repasa su historia. Desde la considerada como la primera flâneuse - vinculada a la prostitución y pagando un precio muy alto por adentrarse en lo público - la mujer trabajadora - que recorre la ciudad influida por unas necesidades económicas y un horario - la mujer burguesa - cuya percepción del paseo va ligada al ocio - o las intelectuales que llevaron su condición de flâneuses a cuestionar el orden social. Tirando de una amplia bibliografía, Iglesia resucita a Luisa Carnés, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos o a Flora Tristán entre otras autoras para citar algunas de las opiniones vertidas al respecto desde diferentes posiciones. Sin embargo, este libro no se entendería sin Una habitación propia de Virginia Woolf, y es que este clásico del feminismo es donde encontramos la verdadera conexión, la clave que nos hace entender el ensayo de Iglesia. Según Woolf, para conseguir llevar a cabo una actividad intelectual, la mujer debe tener dinero - independencia económica - y un cuarto propio en donde poder refugiarse. Iglesia va más allá al plantear y dotar de un carácter más universal a la figura de la flâneuse. Una vez tenemos nuestra habitación, ahora toca conquistar las calles, las plazas, los parques, los cafés, las avenidas... Porque los cambios sociales se consiguen estando, manifestándose y ejerciendo la ciudadanía en igualdad. Que los pasos no sean lúdicos ni una mera distracción, deben ser activos, trasgresores y sobre todo observadores. Seamos nosotras las que escribamos y rompamos el marco en el que se nos ha educado para reclamar mayor visibilidad. Eso mismo pensaban muchas mujeres en el XIX, algo que Iglesia pretende con éxito trasladar al presente.


   Mientras leía el presente libro no pude evitar acordarme de algunos nombres de mujer. Primero de Maruja Mallo y Margarita Manso que, junto con Salvador Dalí y Federico García Lorca protagonizaron un sonado escandalo para la época. En una entrevista para RTVE, la propia Mallo relató aquel acontecimiento con estas palabras: “Un día se nos ocurrió a Federico, a Dalí, a Margarita Manso y a mí quitarnos el sombrero porque decíamos que parecía que estábamos congestionando las ideas y, atravesando la Puerta del Sol, nos apedrearon llamándonos de todo”. A partir de ahí nació el grupo de Las Sinsombrero, mujeres pertenecientes a la generación del 27 que destacaron en disciplinas como la escritura, la pintura o la música. Fueron nuestras flâneuses patrias pero no las únicas. Otra gran mujer que tuve presente durante la lectura fue a Carmen de Burgos. Una figura por fortuna ahora cada vez más reivindicada y toda una pionera en el periodismo - fue una de las primeras corresponsales de guerra de la historia al cubrir la Guerra de Marruecos - que recorría las calles del Madrid de principios de siglo XX en busca de noticias o de inspiración para sus novelas, artículos y ensayos. Por desgracia, y a medida que avanzaba, otros nombres unidos a la tragedia asaltaron mi memoria. Como el de Laura Luelmo, aquella profesora de dibujo que fue raptada y asesinada mientras practicaba deporte al aire libre. Como el de Diana Quer, que murió tras ser previamente secuestrada en el camino de vuelta a casa después de pasar la noche con unas amistades en las fiestas de un conocido pueblo gallego. O como los de Toñi, Miriam y Desiré; más conocidas como "Las niñas de Alcasser" y cuyo caso puso en evidencia la carroña televisiva y la necesidad de un cambio en la ética periodística. Y como olvidarme de ella, la chica a la que cinco hombres violaron en un portal durante los Sanfermines de 2016, cuya valentía al denunciar y la posterior - aunque polémica en un primer momento - sentencia sentó un precedente y el debate entorno a la reforma del código penal. Probablemente jamás conozcamos su nombre, pero poco importa, su actitud fue y seguirá siendo un ejemplo para todas. Por último, y no menos importante, en mi retina todavía guardo las imágenes de las dos huelgas feministas a las que he asistido. Miles de mujeres clamamos por nuestros derechos, los ya consolidados y los que todavía, en pleno siglo XXI, aún siguen sin llegar. Imposible conocer todos sus rostros, pancartas, mensajes, consignas, lemas; aún así me acuerdo de la unión entre nosotras, se la atronadora sororidad y de esa marea morada que en España fue histórica. Aquellos 8 de marzo ocupamos masivamente las calles y caminamos, todas juntas, como forma de insubordinación y de protesta. Más que nunca fuimos  flâneuses , recogimos el testigo de nuestras antepasadas del siglo XIX y marchamos con paso firme. Caminar como acto político, justo lo que Anna María Iglesia propone en su ensayo, justo lo que nunca se nos debe olvidar. Por mucho que el fantasma de la ultraderecha nos quiera frenar, debemos seguir siendo paseantes incómodas.

La revolución de las flâneuses: historia, transversalidad, feminismo, universalidad, reflexiones, debates, perseverancia... Un ensayo imprescindible en toda biblioteca que se precie.


Frases o párrafos favoritos:

"Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos seguir siendo paseantes incómodas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Wunderkramer

martes, 11 de febrero de 2020

RESEÑA: Al faro.

AL FARO
Título: La señora Dalloway.

Autora: Virginia Woolf (1882-1941), pilar de la narrativa contemporánea y figura central del Grupo de Bloomsbury, cultivó con éxito la novela escribiendo títulos tan memorables como La señora Dalloway, Al faro o Las olas entre otras. Al mismo tiempo también se atrevió con el ensayo literario (El lector común), el político (Tres guineas), el feminista (Una habitación propia), la biografía (Roger Fry) y sendos volúmenes de cuentos. También lo que podríamos denominar un nuevo género: la biografía semificticia, como el caso de Orlando. Miembro de lo que se ha denominado la aristocracia intelectual británica, a su muerte suicidándose en el río Ouse, cercano a su domicilio.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: José Luis López Muñoz.

Sinopsis: Virginia Woolf (1882-1941) encontró en la amalgama de sentimientos, pensamientos y emociones que es la subjetividad el material idóneo para alumbrar su obra literaria. Basada en los recuerdos infantiles de los veranos que la autora pasó en la costa de Cornualles y centrada en la figura de una mujer, la señora Ramsay, Al faro (1927) gira en torno al tema de la inexorabilidad del paso del tiempo y a la contraposición entre el orden y el caos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: compleja, densísima, muy exigente, hermosa, carente de acción, desbordante de poesía, con ausencia de diálogos, en donde lo importante no es el qué sino el cómo, una de las novelas más brillantes de su autora... Además de la belleza agreste de Islandia, otro lugar que he descubierto recientemente navegando por el Google - el barco/avión para los pobres - han sido Las Hébridas, y en concreto, la conocida como Isla de Skye. Para situarnos un poco geográficamente en el mapa os comento que nos tenemos que situar en el noroeste de Escocia, en esa amalgama de islas que rara vez se les presta atención y que, sin embargo, han formado parte del paisaje natural de infinidad de series y películas. Un territorio mágico que posee la superficie más montañosa del país, incluyendo Cuillin - una espectacular y rocosa cordillera de origen volcánico - diversas penínsulas, así como pequeñas islas - Rona, Raasay, Scalplay y Soay - las cuales se sitúan a su alrededor. La Isla de Skye posee, además, un importante patrimonio histórico-artístico compuesto por castillos, antiguas mansiones y las pequeñas zonas habitadas (aunque sin duda Potree es la más pintoresca de todas), por no habar de sus yacimientos arqueológicos de la época mesolítica. La isla ha sido testigo de asentamientos de cazadores recolectores, de migraciones, de hambrunas y del nacimiento de clanes que habitaban en lugares como el Dungevan Castle o el Armadale Castle (este último morada del clan Donald, uno de los más poderosos durante el siglo XVIII). Por último, el lugar ha estado siempre unido a la mitología y a las historias ancestrales, lo cual ha servido de inspiración para dos creaciones literarias de desigual popularidad. La primera se trata de la canción tradicional The Skye Boat Song basada en la huida de Carlos Eduardo - jacobita y descendiente de la casa Estuardo -. La segunda, inspirada en los veranos de su infancia y haciendo referencia al famoso faro de Neist Point - construido en el año 1909 y situado en una imposible lengua de tierra que antaño se consideraba el fin del mundo - Virgninia Woolf escribió su novela más profunda, introspectiva y brillante. Digna de un Premio Nobel al cual, por supuesto, ni siquiera optó. Al faro: la introspección y el paso del tiempo como metáforas crepusculares.


   Leer a Virginia Woolf es un placer, un privilegio, pero también un reto. Ya no sólo por la trascendencia de su persona y biografía en la historia de la literatura universal, también por el hecho de que la mayoría de sus libros se mueven en unas cotas formales y de estilo extraordinariamente elevadas. Y por supuesto, sin olvidarnos del hecho de que en cada uno de ellos, la autora británica hace un despliegue de reflexiones y debates muy pertinentes en la época en la que vieron la luz. Unos más amoldados a las preocupaciones que ya manifestaban otras autoras o autores coetáneos y otros - sobre todo los que tienen más que ver con el feminismo, y más en concreto con la identidad sexual y de género - se adelantaron décadas y casi un siglo a los discursos y reivindicaciones ahora de tan candente actualidad. El mundo de principios del siglo XX era testigo del nacimiento, iniciación y consagración de una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. Sin embargo, y a pesar de que ya tenía en su haber novelas como Fin del viaje (1915) o La señora Dalloway (1927) - esta última un claro ejemplo de la construcción de personajes femeninos potentes así como de la aglutinación del debate entorno al cambio de era - a Woolf le faltaba ese libro que por fin la consagrase en el olimpo literario. El hito llegó tan sólo dos años después gracias al perfeccionamiento de su prosa ya impecable de por si y tras haber encontrado la inspiración que necesitaba en sus más felices recuerdos de la infancia. Esos en los que una niña llamada Virginia Stephen - apellido de soltera - correteaba por la playa de St Ives (Cornualles) y pasaba los veranos en Talland House junto a sus padres y hermanos con vistas a Porthminster, y sobre todo, al faro de Godrevy. De todo ese paisaje y de la tradición modernista de Proust y Joyce - del cual Woolf era una gran admiradora - caracterizada por relegar la trama de la novela a un segundo plano en favor de la belleza de la prosa se empapó y se puso a escribir, dando como resultado en mayo de 1927 la novela que le abriría, por fin, las puertas de la eternidad. Al faro - título explícito y metafórico al mismo tiempo - fue considerada por la crítica de su momento como una originalidad dentro del panorama literario de la época al usar recursos propios de la poesía nunca antes aplicados en el género novelístico. Dejando de este modo un abrumador poso de belleza estilística y un ancho margen para la introspección filosófica. Un año más tarde, Virginia Woolf iría un paso más allá con Orlando, su novela más original, experimental y extraordinariamente avanzada a su tiempo al plantear la transformación de un hombre a mujer a lo largo de varios siglos. Sin embargo, si hay una novela que marca un antes y un después en la carrera de Woolf y por extensión en la historia de la literatura esa es Al faro.


   No os voy a mentir, Al faro es hasta el momento la novela más difícil de Virginia Woolf. La más pesada, la más intimista y en ocasiones la más aburrida que he leído hasta la fecha. Y sin embargo, al mismo tiempo, cuando por fin - y recalco lo del "por fin" con cierto alivio - consigues llegar a la última página sientes algo parecido a cuando finalizas la lectura de Hamlet, Madame Bovary, La metamorfosis o el Infierno de la Divina Comedia por citar algunos ejemplos. Dicho de otra forma: da igual si lo que has leído lo has entendido o no, da lo mismo si ese camino recorrido ha resultado un suplicio, nada importa, porque acabas de dejar atrás una novela de las que hacen historia, de las que marcan época, y en este caso concreto, de las que por si fuera poco representan una doble revolución. La del estilo y la del feminismo, porque no debemos olvidar que Virginia Woolf fue una pionera en la reivindicación, a través de la literatura, de la identidad femenina, de su independencia económica y de su papel en el ámbito de la escritura. Se que hay obras que aunque consideradas clásicos, lamentablemente, no han sobrevivido al paso del tiempo. Ya sea por su farragoso estilo, por los desfasados debates que esta plantea o porque simplemente, en el mundo actual, no consigue encontrar su hueco. Sin embargo, en el caso de Al faro - por muy tortuosa que sea  - su influencia y vigencia no deja de sorprender a viejos y a nuevos lectores que se acercan por primera vez a ella. Adentrándonos en la crítica propiamente dicha, y tras la advertencia al inicio del presente párrafo, diremos que la quinta novela de Virginia Woolf cuenta los pensamientos y observaciones - que no historia - de la familia Ramsay en el intervalo de diez años separados en tres partes bien diferenciadas. Remarco lo de pensamientos y observaciones porque Al faro, como buena novela modernista, da prioridad al estilo que a la trama. De hecho, no podemos hablar de una novela plagada de acciones o de diálogos, al contrario, la poca preocupación por trazar una línea argumental más profunda y la ausencia de conversaciones entre los personajes hacen que en ocasiones el lector se pierda, se frustre o incluso que acabe abandonando la lectura. Por eso, y en contra de los "fastbooks" tan habituales en las librerías de hoy en día, la lectura de Al faro debe ser reposada, calmada, sin agobios, sin pretensiones de acabarla en el menor tiempo posible. Si por el contrario nos tomamos a Virginia Woolf como una autora de fácil digestión contribuiremos, desgraciadamente, a que su literatura se olvide o se convierta en la pesadilla de millones de lectores al rededor del mundo. Si no hemos entendido algo, no debe ser motivo para sulfurarnos, sino una oportunidad para regresar a esa página, a ese párrafo o a esa palabra y realizar una segunda lectura. Seguro que entonces aprenderemos algo nuevo, o no, pero nunca lo sabrás si no lo intentas.


   A pesar de esa intención por parte de la autora de hacernos más partícipes de la reflexión que de los avances de una trama casi inexistente, Woolf si que consigue introducirte en el contexto - principios de siglo XX - y en los pensamientos que definieron una época. La familia Ramsay, con sus tensiones familiares y la imagen del faro como promesa incumplida, representa la pérdida de la subjetividad, el problema de la percepción y un ejemplo de desintegración paulatina ya manifiesta en la primera parte de la novela y siendo más evidente a medida que avanzan los años. Además, el libro enfatiza hasta la saciedad en la importancia de las emociones infantiles, en esos primigenios sentimientos que nacen entre juegos y decepciones que las niñas y los niños no saben muy bien como encajarlas la primera vez que les asaltan. Tal vez uno de los temas que más le preocupan a la propia Woolf es precisamente ese, el de una mirada desposeída de crueldad y pensamientos malsanos envuelta en un paisaje - adoro sus poéticas descripciones sobre la Isla de Skye - idílico y en el que todavía queda hueco para la inocencia en un mundo a punto de venirse abajo. De ahí que, posteriormente, incida en esa transición, en ocasiones traumática, a la vida adulta. Ese ecosistema viciado en el que los sentimientos duelen tras una ardua batalla. Nadie te prepara para ello, no existe una asignatura en el colegio, surge solo, sin que nos demos cuenta, es innato. Aunque como todo haya veces en las que entra a la fuerza, sin previo aviso y sin que nosotras/os queramos. En ese sentido he creído atisbar algunos tintes autobiográficos más allá de sus baños en el mar Céltico. Como si pudiese observar, a lo lejos, esas imágenes que tanto la inspirarían, antesala, por supuesto, de sus primeras depresiones. Las mismas que años más tarde se agudizarían hasta acabar prematuramente con su vida bajo las aguas del río Ourse. Más allá de lo evidente, Al faro explora y se sumerge en el fondo de una sociedad - aunque lo más conveniente sería referirse al término "nación" - a punto de vivir la Primera Guerra Mundial, recordemos, uno de los episodios más impactantes y sangrientos donde la estupidez y la locura convergieron prolongándose en la cabeza de quienes la sufrieron. Aquí no hay soldados retornados, ni historias truculentas del campo de batalla, pero sí las consecuencias morales que para Reino Unido significó la contienda. Preludio, conflicto y esperanza. Así se podrían titular las tres partes de la novela. Una primera en la que se nos muestra el clima de tensión entre la señora y el Señor Ramsay, en la que más se observan las desigualdades de género y en la que Lily Briscoe - amiga de la familia - empieza a retratar a la señora Ramsay y a su hijo James en medio de inseguridades y un mar de dudas. Una segunda inundada por la oscuridad de la guerra, el destino trágico de algunos de sus personajes y la necesidad de otorgar un sentido al tiempo, a la ausencia y por supuesto a la muerte. Por último, en su tercera parte, y tras diez años después de los acontecimientos relatados en la primera parte, la familia visita por primera vez el faro - una década antes ese mismo deseo expresado por la señora Ramsay le es negado - al tiempo que Lily acaba su obra con más seguridad y confianza que al inicio. Al faro podría leerse como una reivindicación feminista o un retrato de una sociedad hoy inexistente, pero en mi opinión, pienso que por encima de todo ello, la novela de Woolf es una oda al paso del tiempo y al valor que cada uno y de forma subjetiva le damos a dichos acontecimientos que dejamos atrás. Un tiempo que se pone en marcha, que se acelera, que se paraliza con la guerra y que posteriormente vuelve a avanzar hacia el horizonte, hacia ese faro en medio de la nada, hacia esa promesa incumplida en un intento por retroceder y enmendar los errores.

Al faro: una historia de pensamientos, opiniones, quebrantos, paisajes de ensueño, guerra, reflexiones filosóficas, infancia, madurez, creatividad en tiempos de crisis... Una novela en la que las manecillas del reloj parecen jugar, a su antojo, con las emociones del lector.



Frases o párrafos favoritos:

"Comenzaba a sentir ese agobio que produce la repetición de una misma vida cuando ningún interés la encauza y ninguna esperanza la sostiene."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 4 de febrero de 2020

RESEÑA: Imposible salir de la tierra.

IMPOSIBLE SALIR DE LA TIERRA

Título: Imposible salir de la tierra.

Autora: Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970). Hija de argentinos que llegaron a Chile tras el golpe militar, su primer vinculo con la literatura surge de una imagen nocturna de doble dimensión: su madre, sentada cada noche en la orilla de la cama, en los primeros años de la década de los setenta, leyéndole historias de Sherezade. Y la de la hija del visir, sentada en la orilla de la cama del sultán despechado (que se ha propuesto matar a una mujer cada noche), atreviéndose a contarle historias con un final abierto y dejando que el suspenso pactado cada noche la salve de la muerte. Tras haber desarrollado su talento literario en el instituto y de haber estudiado periodismo participó en talleres y realizó una Maestría y un Doctorado en Literatura. Ha escrito para diversas revistas como Rocinante, Gatopardo, Rolling Stone, El Malpaseante y Anfibia. Su primer libro, la novela En voz baja, publicada en 1996, fue su despegue en el mundo literario donde ha cosechado muchos éxitos. Por destacar algunos: finalista del Premio Planeta de Casamérica en 2007 por Dile que no estoy, el Premio Altazor 2006 por Últimos fuegos o el Premio Anna Seghers en 2008 al mejor autor latinoamericano del año. Recientemente, en 2018, ha quedado finalista del Premio Herralde de novela con El sistema del tacto. Imposible salir de la tierra es su volumen de relatos escritos entre 2005 y 2015, publicados en diversos periódicos, libros y revistas o completamente inéditos hasta la fecha.


Editorial: Editorial Barrett.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Imposible salir de la Tierra es una colección de los mejores relatos de Alejandra Costamagna, una figura sin la cual no podría entenderse la literatura actual chilena y latinoamericana. En sus historias, apasionantes y sorprendentes, tienen cabida las relaciones prohibidas, los amores perdidos y unos personajes brutales y conmovedores con todas sus contradicciones, obsesiones y delirios. Con una prosa brillante y precisa, Alejandra Costamagna crea un mundo del que no podrás y no querrás escapar.

Su lectura me ha parecido: diáfana, sincera, aparentemente pesimista, fría desde la perspectiva de la cotidianeidad, alejada de los grandes relatos, más centrada en las pequeñas luchas, desigual al tratarse de una antología de relatos, plagada de personajes unidos por un sólo objetivo... Hay semanas en las que deseas salir de la tierra. Metafóricamente. Pero también literalmente. Días en los que sientes que te pesan los hombros, en los que sientes que estás perdiendo el tiempo, en los que deseas viajar en el tiempo para recomenzar o cambiar aspectos de tu pasado. Jornadas maratonianas, de no tener un hueco en tu cabeza para tus verdaderas pasiones, de médicos, de inconscientes comeduras de tarro que lo único que consiguen es ralentizar tu trabajo, no cumplir con los objetivos marcados. Mañanas que te las pasas mirando el techo de la habitación, buscando algo, eso que tanto ansías y que no aparece por ninguna parte, ni siquiera entre las manchas del gotelé. Tardes de automotivación que se tornan en desesperación porque algo ha fallado. Llamémoslo "imprevisto de última hora" o "distracción fortuita" que consigue poner patas arriba el horario que previamente te habías marcado. Ante esta situación sales a la calle, con la excusa de despejar tus neuronas de la tormenta eléctrica. A veces corres, otras aprietas el paso, aunque lo que en realidad haces es pasear lentamente, como si acompañases a una corte de hormigas. Observas a tu alrededor, deseas encontrar algo novedoso, algo que haga de tu existencia más atractiva, pero lo único que encuentras son descampados, edificios a medio construir y polvo, mucho polvo. Cierras los ojos, piensas en algo bonito, te recreas en ello hasta que te duelen los párpados. Al abrirlos, todo se ha esfumado y vuelta a empezar, asumiendo con resignación que lo imaginado será simplemente eso, algo maravilloso pero producto de tu subconsciente. Hay semanas en las que deseas salir de la tierra, dejarlo todo atrás, desaparecer. El problema viene cuando hay mil y un motivos por los que es, voluntaria e involuntariamente, imposible partir. Mientras leía a Alejandra Costamagna - magnífico descubrimiento - pensaba en todo eso y en como su envoltorio puede tornarse perverso e irreal. Imposible salir de la tierra: once cuentos que te mantienen los pies en el suelo y la cabeza en otros lares.


   Sara Gallardo, Samantha Schweblin, Ana María Shua, Laura Restrepo o Ariana Harwicz. Quizás a alguna de vosotras/os no os suenen para nada estos nombres. Y no me extraña, ya que las autoras latinoamericanas han permanecido siempre a la sombra de sus colegas escritores, y no digamos cuando a mediados de siglo XX el mundo asistió al despertar - también llamado "boom" - de la literatura procedente de países como Mexico, Colombia, Perú o Argentina. Un movimiento imparable que se extendería a lo largo de las siguientes décadas. Por supuesto, sus nombres nos los han tatuado a fuego en nuestra cabeza: Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Adolfo Bioy Casares, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y por supuesto Gabriel García Márquez como punta de lanza del movimiento. Sin embargo, y sin desmerecer su enorme talento literario, poco se habla, por ejemplo, de Elena Garro, o de Gabriela Mistral, o de Rosario Ferré o de Silvina Ocampo o de María Luisa Bombal entre otras. Si hacemos una búsqueda rápida, observamos como solamente estas dos últimas aparecen mencionadas y reconocidas como escritoras precursoras de terrenos literarios como el realismo mágico o los cuentos de carácter  metafísicos tan característico de esta oleada creativa. Si indagamos un poco más, descubrimos - en la misma página de Wikipedia dedicada al boom latinoamericano - un nombre de mujer más, el de Elena Garro, relegada a la categoría de "Otras figuras" junto con Clarice Lispector (que aunque Brasileña, importante es la influencia de esta corriente literaria en sus novelas y ensayos) cuando, y está demostrado que su novela Los recuerdos del porvenir - publicada varios años antes que Cien años de soledad - asienta los pilares del realismo mágico del que acabarían asociándose con el nombre de Gabriel García Márquez. Con estas palabras no busco desmerecer el talento del escritor colombiano, faltaría más, simplemente aspiro a que los que lean estas líneas entiendan que en este mundo existen hombres y mujeres, y que como tales, merecemos conocer la historia de ambos y estudiar sus aportaciones a la humanidad en igualdad y sin discriminación o silencio alguno. Actualmente, algunas editoriales parece que han escuchado la llamada del feminismo, por lo que en sus catálogos, de la noche a la mañana, autoras latinoamericanas de primer orden - tanto las que protagonizan en panorama literario actual como las que ya no están y podemos considerar verdaderas maestras - copan las listas de ventas y de premios internacionales. A mi estantería, el año pasado, vinieron para quedarse las nombradas en el primer párrafo. Escritoras que, además de trasladarnos a universos e historias increíbles, llevan con orgullo el sentirse pertenecientes a un nuevo movimiento cultural que en los últimos años no ha hecho más que dar alegrías al calor de los numerosos despertares sociales que están teniendo lugar en países como Chile, Argentina o Puerto Rico. De todas ellas, Sara Gallardo es la que, a pesar de pertenecer a la generación pionera, sus textos han cobrado protagonismo gracias a una impresionante labor de recuperación. Samantha Schweblin (capaz de trasladar el concepto de Black Mirror a la Argentina del siglo XXI) Ana María Shua (una bestia del microrelato), Laura Restrepo (la más internacional) o Ariana Harwicz (cuya última novela me heló la sangre) dan la bienvenida a otras autoras de reciente incorporación a mi estantería como Mónica Ojeda, Valeria Luiselli, Rosario Ferré o Alejandra Costamagna. Esta última, la autora del libro que a continuación reseñaremos.


   Lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi por primera vez la portada y el título del presente volumen de relatos fue que estaba en mi terreno, que en su interior me toparía con cuentos de ciencia ficción o al menos próximos a ella. Comprendedme, la poca concección de la sinopsis y esa nave - la cual parece más pequeña de lo que en realidad sería - a punto de despegar o de aterrizar ¿quién sabe? me hicieron pensar que me pasaría aquellos días de septiembre pegada a historias que me hiciesen viajar a inexplorados planetas. No obstante, y a pesar de mis expectativas, me encontré con algo muy distinto y a la vez cercano a lo que una servidora se imaginó. Haciendo honor a su título - Imposible salir de la tierra - Costamagna escribe una serie de relatos cortos plagados de personajes que desean con todas sus fuerzas escapar. Pero no hablamos de una huida geográfica, sino de ellos mismos, de su propia existencia. En otras palabras, a estos protagonistas les duele el simple hecho de respirar, porque de donde quieren marcharse es de su propia identidad, de su propio cuerpo, de su razón de ser en este mundo que no hace más que oprimirles, estrujarles, asfixiarles. De ahí que aparezcan ligeras pinceladas de ciencia ficción, ya que su máxima aspiración, en todos los casos, se consigue a través de la muerte, pero a pesar de ello, los personajes sostienen la búsqueda de otra solución, aunque ésta sea a todas luces imposible. No es de extrañar que, con este hilo conductor, la prosa de Costamagna sea fría, algo distante y ausente de cualquier atisbo de sentimentalismo o dramatismo. Son historias tan tremendas y realistas que incluso sus finales felices - o medio felices - resultan imposibles de encontrar en la vida real, de ahí que hablemos de ficción realista con toques de irrealidad que parecen cercanos a la ciencia ficción. Pero la diferencia es que el género que tanto cultivaron Asimov o Lem se sustenta sobre bases científicas bastante verosímiles, Costamagna no busca verosimilitud en los deseos de sus personajes, de hecho, algunos resultan enormemente incomprensibles, sin embargo, consigue que el lector acabe comprendiéndolos y al menos sopesando sus argumentos. Cada uno de los cuentos que componen esta antología contienen rarezas, obsesiones, peculiares relaciones humanas que nos hacen ver la fragilidad sobre la que se sustenta la vida y las relaciones sociales. Una realidad que, aunque incómoda, debemos aprender a observar, y sobre todo, a entender.

  Por citar algunos de los relatos más representativos de la pluma de Costamagna destacaría, por supuesto, el que da nombre al libro - Imposible salir de la tierra - en donde Julieta (una joven de 19 años que se debate entre terminar como "planta" o como "perro" a causa de un tumor y cuya capacidad de toma de decisiones le ha sido arrebatada) busca en la muerte su única vía de escape para trascender más allá de la vida. El problema viene cuando Raquel, hermana de Julieta, se aferra a las pocas esperanzas que quedan, como si aún existiese solución. Pero Julieta no quiere ser una "planta" - entiéndase como estado vegetativo - a ella hace tiempo que todo le da igual y lo único que quiere es terminar con todo antes de que su hermana cometa una locura en pos del amor fraternal y las "buenas intenciones". Seguidamente, otro texto que me causó una honda reflexión fue Are you ready donde, desde la ironía mas mordaz, se aborda el tema de la muerte. Desde lo que conlleva dicho acontecimiento - confusión, llanto, palabras en muchas ocasiones vacías y eufemismos para referirse al hecho de fallecer - hasta lo que significa desde la perspectiva del muerto - silencio sepulcral, frialdad, piel vacía y la sensación de lo que pudo ser y nunca fue - así como lo concerniente a la propia liturgia - la cual acaba, irremediablemente, convirtiéndose en un acto social más allá del motivo que ha unido a todas/os al rededor de un ataúd -. La hipocresía sobrevuela sobre el féretro y al protagonista todo eso, como bien leemos, le produce una repugnancia difícil de digerir. Por último, "Naturalezas muertas" aborda la dependencia afectivo-amorosa entre Martín Canossa - un hombre acabado y sostenido por el revulsivo de los antidepresivos - y Alia Votti - una mujer en la que Canossa acaba volcando todas sus esperanzas -. Alia Votti se convierte en la nueva droga de Canossa, la persona que conseguirá sacarlo del abismo cuando, en realidad, la solución a sus problemas pasa con hacer las paces consigo mismo. La relación parece ir viento en popa hasta el momento en el que Votti comienza a mostrar indiferencia hacia sus palabras o actos. Es entonces cuando Canossa comienza a sufrir las consecuencias de haberse olvidado de él mismo y de una mente perpetuamente obsesiva y despierta.

   En este último párrafo concluiremos destacando el talento de Costamagna, en primer lugar, para crear personajes totalmente normales en su contexto social pero con fantasías - las de experimentar su propia inexistencia - que escapan de la lógica o de las convenciones de una cultura asentada en los valores de la religión católica. Y en segundo lugar, para concienciarnos de que, en cualquier momento de nuestra vida, podemos ser Julieta o Martín Canossa. En otras palabras, que podemos ansiar nuestra desaparición en el momento más inesperado, estando cuerdos y hasta en un momento en el que las circunstancias de cualquier signo nos sonrían de oreja a oreja. Pero como bien reza Costamagna. es imposible, al menos por el momento - y si la ciencia no lo democratiza - salir de este mundo y observarlo tras un cristal a salvo de cualquier peligro procedente de la raza humana. Imposible salir de la tierra: once historias de irrealidad, de terrenidad, de pequeñas desgracias personales, de deseos inmorales a ojos de la sociedad, de adicciones, de muerte, de un halo de esperanza... Un libro, y sobre todo una autora, procedente de un país (Chile) en el que Isabel Allende va a tener que acabar compartiendo protagonismo literario.

Frases o párrafos favoritos:

“Ahora, esta noche húmeda en la capital, el hombre está de pie en la boletería de un cine, a punto de conocer a la persona que extirpará, milagrosamente o no, los aguijones de su cabeza.”

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barret Editorial