martes, 22 de diciembre de 2020

RESEÑA: Un tiempo nuevo. Cónicas de los Cazalet.

 UN TIEMPO NUEVO

CRÓNICAS DE LOS CAZALET


Título: Un tiempo nuevo. Crónicas de los Cazalet. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Celia Montolío. 

Sinopsis: Estamos en 1945, la guerra ha terminado. El momento, tan anhelado por los Cazalet, ha llegado finalmente, pero una Inglaterra atormentada por las privaciones y la desintegración del Imperio ensombrece la emoción por la noticia. En Home Place, la Navidad tendrá este año un sabor agridulce: el de la luminosa promesa de una nueva era, el de la añoranza de una época que no habrá de volver. La convivencia forzada toca a su fin y la recobrada libertad obliga a que cada uno elija su propio camino. Y en esa difícil reorganización, los chicos llevan ya pantalón largo, las niñas se han convertido en mujeres, las parejas separadas por las armas luchan por recomponerse, mientras que aquellas que durante el conflicto permanecieron unidas tal vez deban ahora reconocer su fracaso... Un futuro incierto, una pátina de melancolía que parece recubrir todas las cosas y, sin embargo, también ese esperanzador viento que reaviva la confianza en un nuevo tiempo. 

Su lectura me ha parecido: ágil, sin perder el ritmo, igual de interesante, con una mayor empatía hacia los personajes, esperanzador, tal vez el volumen más intenso de toda la saga... Hay veces que una lectura llega a tus manos y pasa, no hasta el punto de usar la muletilla "sin pena ni gloria", pero sí con la sensación de que has quemado una etapa más, un volumen más antes de culminar con el esperado final. Algo que, para bien o para mal, ocurre en casi todas las sagas literarias. Sin embargo, para mi sorpresa, la cuarta entrega de las Crónicas de los Cazalet, con el paso de los meses, se ha ido revelando como una lectura más próxima a nuestro tiempo que muchas de las que ahora copan las estanterías por tratar temas relacionados con la pandemia que actualmente se cierne sobre nuestras cabezas, bolsillos y deseos frustrados. Como si de una maravillosa casualidad se tratase, la novela de Elizabeth Jane Howard centra las aventuras y desventuras de una de las familias más famosas de la literatura británica en un contexto muy concreto que invita a establecer pertinentes paralelismos. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra amaneció eufórica. Muchos fueron los que se lanzaron a las calles, corearon el himno y mostraron, con pecho henchido, lo orgullosos que se sentían de pertenecer a su país. Sin embargo, a su alrededor, las secuelas de los bombardeos todavía persistían en forma de esqueletos de ladrillo, piedra y hierro donde antes habían viviendas, escuelas o aquellos primeros centros comerciales. Paisaje al que se añadiría una profunda crisis económica, moral y de subsistencia que retrasó unos cuantos años la plena recuperación. Por no hablar de que, en el lejano horizonte, comenzaba a vislumbrarse un pequeño tornado, imparable, cargado de nuevas ideas, dispuesto a trastocar de arriba a bajo la vida de no sólo a los británicos, también la del resto del mundo. No puedo evitar pensar que, aunque no estemos en este punto - ni siquiera nos podemos sentir con el derecho a levantarnos orgullosos tal y como está el panorama - sí que podemos apreciar una luz, muy pequeña, al final del túnel mientras que, rodeados todavía de los efectos de la pandemia, tratamos de asimilar de golpe y porrazo todos los cambios (muchos de ellos inesperados) que ésta ha traído consigo. Sé que comparar la crisis de la Covid-19 con la Segunda Guerra Mundial es una absoluta locura, por no hablar de anacronismo severo. Sin embargo, quiero pensar que, salvando las distancias, en unos meses o en un año - ojalá - estaremos precisamente en ese punto. En ese instante en el que podremos gritar "victoria" pero rodeados aún de las secuelas económicas, políticas, sociales y hasta psicológicas que ésta ha dejado tras de si. Pero hasta que eso llegue queda mucho tiempo, espacio que, a las puertas de la Navidad, deberíamos rellenar con responsabilidad y lecturas como la que hoy os traigo. Repito, sorprendentemente la más próxima a nuestras actuales emociones. Un tiempo nuevo: la incertidumbre, las nuevas generaciones y la reconstrucción familiar. 


Si en la anterior entrega asistimos a uno de los finales más abiertos, dejando a la familia Cazalet - a los que con el paso de los años les he acabado cogiendo cariño - en los estragos de la Segunda Guerra Mundial, Un tiempo nuevo (tal y como anticipa su propio título) nos sitúa en el momento en el que se pone punto y final a dicho conflicto bélico, a siete años de cruentos enfrentamientos, y sobre todo, al mayor genocidio acontecido en suelo Europeo hasta ese momento. Londres y la euforia tras la guerra protagonizan unas primeras páginas realmente intensas, hasta el punto de que la autora logra a través de su pluma que el propio lector se contagie del sentimiento de unión, del gentío, de los ríos de gente inundando las principales plazas y de ese patriotismo tan común en el pueblo británico cuando la adversidad se antepone a la positividad. Sin embargo, no es ahí donde encontramos a los Cazalet, sino en la ya famosa mansión de Home Place, frente a la agitada costa de Brighton. Un hogar afectado por la contienda que, si Confusión vimos como ésta se transformaba en un improvisado hospital así como en un lugar de almacenaje de víveres, ahora recobra poco a poco su esencia, esa pizca de sofisticación que tanto nos enamoró en el primer libro de la saga. Un tiempo nuevo es la historia de un hogar, pero también de sus habitantes que, forzados o no por las circunstancias, se han visto obligados a convivir durante los años más aciagos del conflicto, alejados de las bombas que asolaban a la capital pero sin escapar de la tragedia y de los desastres de cualquier contienda. Tal vez esta cuarta entrega de la Saga de los Cazalet sea, precisamente, la más emotiva. De hecho, cuando rememoro su lectura sólo me vienen a la cabeza las palabras "emoción" y "esperanza". En primera instancia, la emotividad de su lectura viene dada por una mayor familiaridad con cada uno de los personajes. Los vas conociendo más, ya tienes a tus favoritos, a los que te caen mal, los que desearías que les fueran mejor las cosas, los que directamente tirarías por un puente (aunque en este caso a tanto no llego) y tras un intenso suspenso en las vidas de cada uno de los miembros de esta extensa familia - con el Brigada y la Duquesita a la cabeza - es hora de que cada uno recomponga su vida o inicie la senda de su propio camino. Habrá quien lo tendrá más fácil, otros no tanto y quienes, ante su valentía y atrevimiento a la hora de afrontar los cambios que depara el futuro más inmediato, aplaudes sin dudarlo. Unos se adaptarán mejor, otros con mayor dificultad y otros, como los más mayores - esa generación que protagonizó las dos primeras entregas - los observarán con cierto escepticismo. Si algo llama la atención de Un tiempo nuevo es el hecho de que asistimos a una mayor presencia de los personajes masculinos en la trama. Si en Confusión eran ellas las protagonistas, en esta entrega serán ellos los que protagonicen los conflictos más notorios. La rima con los tiempos en los que se ambienta la novela es más que evidente, pasamos de una época en la que las mujeres ganaron protagonismo y peso - en parte gracias a que los hombres fueron a combatir al frente y fueron ellas las que asumieron sus trabajos en los pueblos y ciudades - a una en la que lo masculino retorna y los modelos de familia tradicional de entonces se anclan en la sociedad. En lo que a cuestiones de estilo se refiere, Howard no pierde ni el pulso, ni el sosiego cuando toca, ni la intriga cuando la historia lo exige. Al fin y al cabo, estamos ante una de las reinas del "salseo" British del siglo XX. 


Últimamente en internet - y sobre todo en las redes sociales - no paro de leer reflexiones y demás opiniones respecto a dos temas literarios. El primero de ellos es el de todos los años: las múltiples listas de los mejores libros del 2020. Recordemos, el año de la pandemia, del confinamiento, de las mascarillas, el gel, las distancias de seguridad, los aforos, los cierres perimetrales, de fronteras, de abrazos contenidos, de besos en la distancia, de videollamadas, de visivilización de la precariedad laboral, del paro, de la soledad, de la frustración, de la muerte... En definitiva un año para olvidar en el que, paradójicamente y en lo que a literatura se refiere, se han publicado y leído libros realmente buenos, de esos que sorprendentemente no te esperas encontrar en las listas más valoradas. Por otro lado, en segundo lugar, últimamente veo y leo a muchos lectores con la necesidad de leer novelas amenas, divertidas, entretenidas, cuyo tema principal no sea un dramón, ligeras... En otras palabras una novela "feel good" de toda la vida. De hecho son el tipo de libros más preguntados en librerías, los más solicitados, comprados, regalados y leídos; sobre todo en las fechas en las que estamos. Este fenómeno no es casual, ya que llevamos un añito de aupa y - a pesar de que todavía existen masoquistas literarios en el mundo, entre los que se encuentra una servidora - la mayoría de letra heridos no quiere ni sufrir, ni comerse la cabeza con una sesuda reflexión, ni asistir a dramones de lágrima fácil. Lo que quieren es despejarse, que le cuenten historias divertidas, capaces de distraerles, hacerles reír o evadirles de una realidad que parece haber superado a la ficción. Nada de política, economía, antropología, terror o de ciencia ficción (y menos aún si son distopías o si en su sinopsis contiene la palabra "pandemia", "virus mortal" o "desabastecimiento"). Cuanto menos quebraderos de cabeza mejor. Jane Austen, a finales de siglo XVIII, era la reina del "feel good" Georgiana en este caso. De esas historias plagadas de salseo amoroso que todavía consiguen que te quedes anclado al sofá o a la cama durante horas. Novelas en las que el drama cobraba proporciones exageradas y casi cómicas, en donde los problemas de las clases más pudientes de la época se ridiculizaban y en donde las mujeres se alzaban como las grandes y complejas protagonistas que eran. Libros que, en última instancia, invitaban a que pasase la luz a través del cristal. Justo lo que Elizabeth Jane Howard, dos siglos después, consiguió con su famosa saga. Una suerte de Comedia Humana adaptada a la idiosincrasia británica, con su justa dosis de humor, enredos varios y esperanza, mucha esperanza. Esa segunda palabra que revoloteaba en mi cabeza mientras escribía la presente reseña. Porque es precisamente eso, y no otra cosa, lo que mucha gente necesita, esperanza. Esperanza en que todo esto pase y que volvamos, gracias a varias vacunas, a eso que había ante de marzo. Y si no lo conseguimos del todo, al menos que podamos acariciarlo con la yema de nuestros dedos, suavemente, sintiéndonos igualmente vencedores, como los ingleses tras la "V" de Churchill, como nosotros cuando la aguja traspase la piel. 

Un tiempo nuevo: una historia de cambios, resistencias, ímpetus, vidas que echan a andar, puertas que se abren, puertas que se cierran... Una magnífica preparación para el colofón final que, esperemos, sea memorable. 


Frases o párrafos favoritos: 

"Aunque la guerra había terminado, daba la sensación de que era la última Navidad de la guerra, y en ciertos aspectos no fue muy distinta. Todavía era difícil conseguir comida, aunque Archie se las apañó para traer dos lomos de salmón ahumado, pero con veinte comensales (Simon trajo a un amigo de la universidad que no dijo ni pío salvo para hablar de Mozart) ni si quiera con eso bastó. Estaban todos menos Louise, que se había ido a Hatton, y Teddy y su esposa, que aún no habían vuelto de Estados Unidos. A los niños más mayores los mandaron en bloque a dormir a Mill Farm, con Rachel y Sid a la cabeza, pero a las horas de las comidas, a excepción del desayuno, la familia entera convergía en Home Place."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

lunes, 14 de diciembre de 2020

RESEÑA: Kuessipan.

 KUESSIPAN


Título: Kuessipan. 

Autora: Joan Fontaine (Uashat, Canadá, 1987) es una escritora canadiense perteneciente a la nación algoquiana innu. Nacida en la reserva de Uashat, con siete años se trasladó junto a su madre a la ciudad de Quebec, donde terminó su formación, realizó estudios universitarios de creación literaria y actualmente vive junto con su hijo. Ha publicado dos novelas: Kuessipan, que tuvo un gran impacto, con una mención al Premio de los Cinco Continentes de Francofonía, y Manikanetish, inspirada en sus alumnos adolescentes de la reserva de Uashat. Es coodirectora de la antología literaria de las Primeras Naciones Tracer un chemin: Meshkanatsheu. Fue una de las "mujeres del año" de la edición quebequesa de Elle y "revelación del año" de la revista especializada Les Libraires. 


Editorial: Pepitas de Calabaza. 

Idioma original: francés. 

Traductora: Lucia Lucuix

Sinopsis: Kuessipan evoca la vida cotidiana en la reserva innu de Uashat. Con una escritura altamente poética, luminosa, de una sensibilidad muy femenina y con un componente reivindicativo exento de cualquier tipo de cólera, Naomi Fontaine habla de lugares, de rostros conocidos y amados. De cazadores nómadas. De pescadores nostálgicos. De vidas al rededor de una bahía que refleja las cosas de la tierra. De liebres. Del pan tradicional. De rituales. De tambores de piel de caribú. De niños que crecen. De ancianos que se reúnen para recordar el pasado. De salmones. De abetos. De barreras invisibles e invisibles. De placeres efímeros. Del alcohol que todo lo mata. De viajes en tren. Y, sobre todo, de la certeza de que la vida es un conjunto de piezas que hay que ensamblar para que surja la magia. 

Su lectura me ha parecido: cruda, intensa, de lectura pausada, fragmentaria, dura en su desnudez, bella en sus vaivenes poéticos, ligeramente reivindicativa, como congelada en el tiempo... Este año, más que nunca, las ganas de marcharme a un lugar solitario han aumentado. Un sitio en el que el bosque quedase a pocos kilómetros. En donde los frondosos senderos se abrieran ante mí como mágicos pasillos sacados del cuento más hermoso. Donde el agua formara un espejo cuando el invierno azotase con toda su rabia. Donde las hojas cristalizasen, las piedras temblaran y las chimeneas humearan. Un lugar donde la tierra creciera, dejando al descubierto una paleta de colores que los urbanitas desconocen por completo. Con esos tonos anaranjados, verdes, ocres y violetas cuando la primavera decide abrir la puerta. A veces me despierto con la humedad del campo pegada a la nariz en una de las muchas alucinaciones somnolientas, esas que no consigues probar su veracidad o falsedad, esas que tanto deseas en el fondo pero que se escapan, como dientes de león, entre tus manos. Sorbes el café, frente a ti, la ventana te ofrece un campo de hormigón armado. Pero tú ansías ver un manto mojado, la lluvia resbalarse por entre las hojas y los atisbos de una incipiente niebla. Un fantasmagórico paisaje que, en lugar de atemorizarte, inunda de regocijo una tarde de escritura altamente productiva. Mi Cumbres borrascosas ideal, sin Heathcliff y sin todo el melodrama, sería algo parecido a las Highlands escocesas o las Hébridas. Esas islas en el fin del mundo, aisladas de cualquier peligro, problema, temor. Con el faro que tan bien describió Virginia Woof en una de sus más logradas novelas como guía y las rocas de Storr arañando el grisáceo cielo. Así son los sueños, bonitos, perfectos, idealizados hasta la extenuación. A la hora de cogerlos de la mano, bajarlos a la tierra, sumergirlos en las aguas del barreño y observar la aplastante soledad que te rodea, de pronto ya no ves con malos ojos las vistas al patio interior o al descampado inundado tras la tromba de agua. Nada como un buen baño de realidad para entender que los lugares más fríos, remotos y con tradiciones aún entroncadas con un pasado tan remoto como las leyendas que pueblan su imaginario no están exentos de su lado menos atractivo y áspero. El turismo y el capitalismo nos han educado así y tal vez, sobre todo en los tiempos que corren, ya va siendo hora de volver a atrás y deshacer lo aprendido para ofrecer una perspectiva más realista y, por supuesto, con el conocimiento de la realidad y del día a día de quienes habitan dichas zonas. En esta reseña no os voy a hablar ni de las Orcadas, ni de la isla de Skye, sino de algo menos conocido: la reserva de Uashat. Un pedacito de tierra canadiense donde cazadores nómadas e instrumentos antiquísimos conviven con una cotidianeidad bañada por el poco reconocimiento, la nieve, la depresión y los sueños de quienes sólo desean prosperar fuera de sus invisibles muros. Kuessipan: una canción helada, un testimonio ardiente. 


Al asomarse por vez primera a esta novela fragmentaria - de una libertad estructural alucinante y que ya va siendo habitual en la literatura en general - una tiene la sensación de estar viviendo un autentico privilegio al alcance de muy pocos. Es como si la propia Naomi Fontaine - autora del libro - no pusiera resistencias a la llegada de inquietos lectores al lugar de donde proceden sus más profundas raíces, pero con una importante advertencia previa. Para que éste sea consciente de que lo que está a punto de leer no es la imagen más idílica ni de la nieve, ni del frío, y por supuesto, ajena a cualquier tipo de blanqueamiento de la situación de su comunidad dentro del grandísimo país como es Canadá. Sin embargo, lo que te encuentras nada más lees la primera página es poesía, denuncia también, pero sobre todo poesía, encerrada en un témpano de hielo, pero lírica al fin y al cabo. Su estructura en pequeños párrafos (algunos de ellos no llegan a ocupar la página entera) narrándote en cada uno de ellos la cotidianeidad o pequeñas historias ambientadas en Uashat - reserva innu situada en Quebec y a la cual pertenece la escritora - ayuda a que los recursos propios del verso fluyan de manera ágil a ojos del lector. Sintiéndose, por un lado, abrumado ante las emociones que Fontaine es capaz de transmitir a través de un magistral talento para la ambientación y la condensación de lo mejor y lo peor del alma humana, y por otro tristeza, impotencia, una pelota de lana en el estómago. En Kuessipan, Fontaine no busca la lágrima fácil - aunque algunos de sus relatos bien podrían merecerlas - sino una emoción en pequeñito, íntima, pero cuyo carácter trascendental acaba provocando un torrente de sensaciones gratificantes en el lector. La dualidad modernidad-tradición están muy presentes en la novela, hasta el punto de que considero que ese y no otro es el verdadero vehículo del texto, lo que lo engrandece, en otras palabras, su razón de ser. Rimando, de este modo, con una de las corrientes literarias de más actualidad. En los últimos años ha acontecido una especie de boom de lo que se conoce como "literatura rural" o "ruralismo literario". Movimiento literario que, aunque por desgracia ha acabado derivando en una moda que no ha hecho sino banalizar o tirar por tierra la grandeza estilística de los primeros libros, ha conseguido revitalizar temas que creíamos arcaicos o superados como la vida en el pueblo, el trabajo en el campo, la idea de ruralidad, lo determinante de los orígenes, el éxodo (esta vez a la inversa, de las ciudades al campo), las relaciones intergeneracionales (en especial con los abuelos) y evidentemente la reivindicación de estos lugares no sin su correspondiente baño de realidad y crítica a las costumbres más intolerables. En otras palabras, y por poner como referencia a nuestro país: los Delibes de la generación Millenial. Respecto a Naomi Fontaine, si bien por edad correspondería de pleno con esta nueva ornada, en cuanto a estilo se aleja del costumbrismo casi cañí - al que aquí le hemos puesto un altar desde el punto de vista tanto literario como cinematográfico - para ahondar en la introspección, en la fragilidad y en lo inquebrantable, como ese hielo que no parece derretirse, como esos tambores de caribú, como esas leyendas que sobreviven al paso de los siglos, como esos ancianos que, nostálgicos de tiempos pasados, se niegan a abandonar las costumbres de su pueblo, las cuales la metrópoli trató en su momento de arrebatarles. En Kuessipan los niños maduran demasiado pronto, las adolescentes se quedan embarazadas antes de la mayoría de edad, los cazadores aún son nómadas, los árboles parecen conversar con los humanos, la depresión inunda la mente de quienes no soportan vivir allí y la soledad se torna en la compañía más desasosegante. Como veis, nada que ver con lo nuestro, con ese carácter extrovertido, el color o el sello "typical spanish" pero, al mismo tiempo, entroncados en lo que no se ve o no queremos ver. 


Lejos de una mirada autocompasiva o extremadamente beligerante, Naomi Fontaine - a pesar de ser ella misma una escritora indígena nativa de la reserva de Uashat - ha decidido enfocar su Kuessipan hacia, en primer lugar, la desmitificación de la vida en lugares como el que la vio nacer, mostrando su realidad desde la más absoluta franqueza (no exenta de una exquisita poesía, como ya hemos comentado), y en segundo lugar, homenajear todo aquello que hace único a Uashat. Su texto parece congelado en el tiempo, tanto en su brevedad como en su intencionalidad expositiva, en unos recuerdos de niña y adolescente, en historias verídicas o procedentes de la imaginación cuyo deshielo sólo compete al lector de turno. Para ella, el legado de su pueblo es universal: desde las manos hundidas en la masa de pan hasta los secretos que esconde la bahía, pasando por los muchos rituales o el pequeño riachuelo congelado por el frío. A su vez, Kuessipan se alza como una novela altamente política, en su implícita crítica, no tanto al colonialismo o a la pérdida de la identidad, como a esos hombres y mujeres perdidos, habitantes de un mundo cada vez más cambiante, rápido, globalizado que busca la renovación constante antes que la pausa. Una disociación que se critica a través de la inexistencia o fracaso del Mito del Buen Salvaje. De este modo Naomi Fontaine ofrece una panorámica en la que asistimos a una idea caduca del romanticismo nómada frente a una supervivencia cada vez más desesperada. Como si estos hombres y mujeres viviesen en una capsula temporal y al mismo tiempo en una realidad que les impide día a día ejercer sus trabajos - por muy rudimentarios, duros o desfasados en tecnología que sean - o incluso manifestar su identidad cultural. No debemos olvidar que los Innus fueron los primeros pobladores de Canadá y que de un tiempo a esta parte, son los principales afectados laboralmente, políticamente, económicamente y hasta psicológicamente de las consecuencias adversas de la reubicación. Porque todo sea dicho, a los Innus, al igual que tantas y tantas tribus indias de Norteamérica, fueron invadidos por los colonos - en este caso Franceses - en algunos casos masacrados y posteriormente expulsados de sus tierras ancestrales para vivir en reservas alejadas de sus lugares de origen. De hecho, dadas estas circunstancias, no me extraña que en muchos de estos lugares la depresión y el alcoholismo estén casi a la orden del día. Al mismo tiempo que existe esta frustración como comunidad, también podemos observar como los problemas de la globalización afectan más si cabe a su forma de vida, como el paulatino declive de la pesca y la caza tal y como las habían ejercido tradicionalmente, así como los efectos de la contaminación y un exacerbado ocio hacia el nido, sobre todo por parte de los más jóvenes o de los que quieren escapar de ese microcosmos antes de darse a la bebida para evadirse de su desgracia. Sin embargo, en todo paisaje helado el sol acaba saliendo, aunque sea tras los blancos tejados, rebotando en los lagos, entrando por puertas y ventanas. En definitiva, que la ternura se antepone a la dureza de la vida, o eso es lo que Naomi Fontaine quiere que extraigamos de Kuessipan. No es un mensaje extraído del último best seller de autoayuda, tampoco una frase motivadora con la que podemos toparnos en redes sociales. Simplemente es una pequeña esperanza, un reconocimiento un bello optimismo que el observador - o lector - más inteligente podrá hallar en el lugar más deprimente. En el invierno más crudo, asfixiante, expectante al surgimiento de una nueva primavera. 

Kuessipan: una historia de identidad, tradición, cazadores, ancianos contadores de historias, botellines de cerveza, existencias desorientadas, paso del tiempo, amistades, maternidades, cabañas en medio del hielo... Un libro para masticarlo, digerirlo, pensarlo y repensarlo. 

Frases o párrafos favoritos: 

    "Los recalcitrantes se cierran en banda, se enfrentan a la autoridad. Su combate: criar a la carne, educarla para que se conviertan en hombres, en mujeres, en una nación que se les parezca, que no dominará, que subsistirá, que vivirá. 
    El anciano de piel blanca se ha vestido con sus plumas y sus ropas de colores. Se ha puesto sus mocasines. lo que hace de él un indio. Pipa en mano, irá a parlamentar con el jefe del Estado." 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza

miércoles, 9 de diciembre de 2020

RESEÑA: El vientre vacío.

 EL VIENTRE VACÍO


Título: El vientre vacío. 

Autora: Noemí López Trujillo (Bilbao, 1988) reportera y feminista, ambas cosas gracias a su madre, Lourdes, obrera del hogar. López escribe desde pequeña inspirada por su padre, José María, quien se declaró a Lourdes por carta, aunque lo hace de manera profesional desde 2011, tras licenciarse en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Desde entonces ha pasado por las redacciones de varios medios como ABC, 20minutos, El Español, y ha colaborado de manera habitual en eldiario.es, La Marea y El País. También ha publicado en otros medios como El Confidencial, Jot Down y El País Semanal, y ha dirigido su propia sección en los programas radiofónicos Un alto en el camino (Onda Cero, 2018) y La Ventana (Cadena Ser, 2019). En diciembre de 2017 publicó en Podium Podcast (Radio Prisa) Lo conocí en un Corpus, un documental sonoro que investiga el asesinato de Ana Orantes veinte años después del crimen machista. En noviembre de ese mismo año, obtuvo el Premio de Periodismo Joven sobre Violencia de Género que otorga el Instituto de la Juventud de España (Injuve) por sus reportajes sobre violencia machista en El Español. López es también coautora del libro Volveremos. Memoria oral de los que se fueron durante la crisis (2016). Actualmente escribe reportajes de temática social, siempre desde una perspectiva de género, en la productora y agencia Newtral. 


Editorial: Capitan Swing. 

Idioma: español. 

Sinopsis: A menudo les pregunto a mis amigas como se ven dentro de diez años. Sabemos qué haremos la semana que viene, pero no dentro de tres meses. ¿Tendré trabajo? ¿Me echarán de mi casa? ¿Habré conocido a alguien? La capacidad de predecir cómo serán nuestras propias vidas no existe porque la precariedad ha dinamitado la posibilidad de visualizar nuestro futuro. Las dinámicas se han configurado para que todo dure poco: compra lo que vas a cenar hoy, ya veremos como comes mañana; quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso. La incertidumbre que ha generado la crisis ha hecho tambalear no sólo nuestras expectativas, sino también nuestras certezas más primitivas, aquellas que pensé que siempre se mantendrían incluso cuando no tuviese nada material a lo que aferrarme: un hijo, por ejemplo. Un panorama en el que no se permite nada más que el pensamiento cortoplacista, la pura supervivencia. Un escenario donde plantearse tener hijos da pánico. Pero no tenerlos, cuando lo deseas tanto, también. Este libro trata sobre el retraso en la edad de maternidad en la generación que va de los 25 a los 35. También de las que cuando iban a lanzarse a tener un bebé, se quedaron sin curro. Reflexiona sobre el miedo a tener hijos y sobre el miedo a no tenerlos jamás. Un relato colectivo que habla sobre nuestros cuerpos atravesados por la precariedad. Y sobre todo en un paréntesis hasta no sabremos cuando. 

Su lectura me ha parecido: breve, interesante, oportuno, necesario desde su perspectiva de género, ameno, autobiográfico, testimonial y muy duro, durísimo... Hubo una época, que también es la de ahora, en la que cada vez que hablabas con una amiga/o o conocido las miradas se dirigían directamente al suelo. Un tiempo en el que la curva de la sonrisa se tornó de una amargura perpetua, en el que el ir sin rumbo fijo se había convertido en el deporte de moda, en el que el pájaro de la pesadumbre parecía sobrevolar las cabezas de aquella generación que ahora roza la treintena. La mayoría de ellos sin techo propio, conviviendo aún con los padres, los hermanos, la abuela, en paro indefinido o soportando trabajos ultraprecarios con tal de poder aspirar a algo más. Jóvenes que, habiendo terminado sus estudios con dieces, se ven abocados a un cortoplacismo insoportable, a malvivir como falsos autónomos o a aceptar condiciones laborales que, lejos de ser las más justas, acaban por desembocar en frustración, insatisfacción, tristeza. ¿Dónde quedan aquellos sueños que tanto nos prometieron? ¿Queda algo del "si te esfuerzas conseguirás todo lo que te propongas"? ¿En qué lugar se ha escondido el Misterwonderfulismo del que, consciente o inconscientemente, nos hemos ingenuamente empapado? ¿Podemos afirmar que, a no ser que hayas nacido en el entorno más privilegiado, todos estamos en, con perdón, mierda más absoluta? Porque ahora, por mucho trabajo que tengas, nada te garantiza esa seguridad perenne de la que tanto nos hablaron si éramos buenos, estudiábamos lo que quisiéramos y encima con las mejores calificaciones de toda la clase. Nadie te prepara, por otro lado, para recibir cien veces no cuando, se supone, que eres lo más de lo más. Nada es suficiente, ni las carreras, ni los postgrados, ni los idiomas si la experiencia previa es lo más importante. En esta encarnizada batalla individualista a la que el capitalismo más salvaje nos ha abocado, parece que eso de dar primeras oportunidades no se estila, son más de segundas, aunque con mil y un requisitos para los que necesitamos dos vidas más para conseguirlos. La angustia entonces se apodera de tu estómago. Comes poco. Te pesan las manos, los pies, el alma. Caminas hacia la cama una noche más. Te distraes un rato con la serie o libro de turno. Apagas la luz. Tratas de cerrar los ojos. El currículum, el Linkedin, el InfoJobs, el Trabajea, el inglés, el chino, el finés, el paquete office, la inexperiencia, los portazos, los silencios, casi 30 y aún viviendo con tus padres, el teléfono que no suena, el correo que no llega, el sí que se hace de rogar. La culpa asalta tus neuronas. Sigues sin dormirte. Son las tres y tus párpados no obedecen ninguna orden. A la mañana siguiente, pinchazo en el estómago. Posición fetal. El gotelé del techo te recuerda que sigues durmiendo en la habitación de tu infancia. Tienes veintisiete. A esa edad tu madre ya estaba casada. Tenía trabajo. Tenía planes. Quería tenerte a ti. Te acaricias la barriga. El dolor no remite. Primera lágrima del día. Aguantas un rato más tumbada. Desearías dormirte durante meses. O no despertar. Vivir en la inconsciencia de los sueños, donde parece que eres alguien. Pero algo te empuja a abandonar la quimera y metes los pies en las pantuflas. Una nueva jornada se abre ante tus ojos. Respiras la luz entrando por la ventana y te convences, o finges, de que todo va a ir bien. Aguja en el abdomen. Hubo una época, que también es la de ahora, donde la flecha de la precariedad atraviesa, perfora, hiere los sueños de algunas mujeres, hasta los más primitivos, esos que, como bien señala Noemí López Trujillo, parecían inquebrantables, como el hecho de ser madres. Deseo postergado, relegado, esperando la tan ansiada estabilidad que parece no llegar nunca. Vientre vacío: cuando la maternidad se retrasa. 



Reconozco que no atiné bien a la hora de leer el presente ensayo de Noemí López Trujillo. Y es que aquellas semanas de abril de 2020 en las que estuvimos confinados y en las que ya podíamos avistar, desde nuestras ventanas, la enorme crisis económica que se nos venía encima no fueron, sin duda, las mejores que digamos. Sin embargo, una ingenuidad supina me empujó a adentrarme en sus páginas, como quien compra un libro sin haber leído previamente la sinopsis. El resultado no pudo ser más lacrimógeno, hasta el punto de tener que abandonar su lectura uno o dos días para retomarlo una vez vaciado el vaso de las lágrimas. Jamás pensé que un ensayo pudiera removerme tanto por dentro, y no precisamente por el tema de la maternidad (la cual ni siquiera me planteo) sino por ese retrato que la autora ofrece de la generación, mi generación, envuelta en lo que hoy se conoce como precariedad y sin visos de poder salir de ella, al menos a corto plazo. Cuando terminé de leerlo aún seguíamos aplaudiendo a las ocho de la tarde desde los balcones, y por supuesto, ya empezaba a hablarse de la mayor hecatombe financiera de nuestro siglo. Pasó lo que quedaba de primavera, aquel extraño verano enmascarillados y el otoño más raro. Ahora, a las puertas de la Navidad - la pesadilla para cualquier epidemiólogo - e imbuidos en una situación laboral todavía más compleja, me siento capacitada para hablaros de este libro que, como las buenas noticias, llegó a mi puerta para, en un ejercicio de masoquismo literario sin precedentes, abrir nuevas vías dentro del pensamiento feminista, y sobre todo, de la sociedad en la que, por suerte o por desgracia, me ha tocado vivir. Sorprende en primera instancia su estilo sencillo, cercano, capaz de acariciar al lector con cada palabra. Yo, que me esperaba algo más árido, en tiempos de reclusión, lo agradecí enormemente. Tal vez por eso su principal tesis - la imposibilidad de que las mujeres que desean tener hijos no puedan tenerlos por culpa del pensamiento cortoplacista y la inestabilidad en el trabajo entre otras muchas causas - llegue tanto. Por eso y por la fuerza de los testimonios que la autora aglutina alrededor de dicha idea. Voces cercanas que prestan sus palabras al servicio de quienes ansían leerlas, con la fortuita desventura de reconocerse en ellas. Vientre vacío es como un espejo, liso, sin imperfección alguna, en el que las mujeres podemos vernos reflejadas. Donde la autora fuerza a que te enfrentes a él, con dureza, sin contemplaciones para después. una vez dada la espalda, sentirnos acompañadas, respaldadas, comprendidas. "No estamos solas" parece gritar Vientre vacío desde la trascendencia de unas pocas páginas. 



Si tuviera que definir Vientre vacío con una palabra sería "fotografía". Y es que este ensayo es precisamente eso, una foto, una instantánea de la sociedad española ante, durante y tras la crisis económica de 2008 en toda su crudeza, reflexión y consecuencias. De ahí que, más allá del tema central, cuya vigencia en los tiempos del #MeToo y de un feminismo cada vez más globalizado gracias a la interconexión y sororidad a través de las diferentes redes sociales, Vientre vacío se alza como un texto estático, anclado a un contexto muy determinado y a unas personas - testimonios - que viven en él. Todo ello sin descuidar ese estilo, insisto, muy próximo y que pretende meter el dedo en la yaga, en el problema, en ese paréntesis institucionalizado y por supuesto en esa siempre necesaria perspectiva de género. Porque la verdad sea dicha, el feminismo del siglo XXI ha hablado mucho de las mujeres que no quieren tener hijos, de como la sociedad - desde mil y un frentes - todavía exige esa preñez, del término "mala madre", de la ausencia del supuesto "instinto maternal" en muchas mujeres, de su idealización, de la violencia obstetricia... Pero poco se ha hablado de las que lo desean desde siempre, de las que quieren pero no pueden por culpa de la inestabilidad laboral, por la imposibilidad de volar del nido, por la simple razón de no poder ofrecer a la futura criatura un techo y una manutención adecuadas, por ese pensamiento cortoplacista que nos obliga (no sólo a las mujeres) a no saber qué haremos más allá de la semana, por la incertidumbre en la que se ha convertido nuestro día a día. En definitiva, porque, si no sabemos cuidar de nosotras mismas, ¿cómo narices vamos a ser capaces de cuidar de un hijo? Si es que por arrebatarnos, este sistema nos ha robado hasta la posibilidad de pensarlo si quiera cuando, en tiempos no tan lejanos, era una cuestión que se planteaba con total normalidad. A la gente, sobre todo de una determinada generación, que escucha estos razonamientos les parece impensable. Pero la realidad es que existen más madres que ejercen la maternidad a partir de los 40 que a los 25 o 30 años. Trayendo como consecuencia una caída demográfica en el número de nacimientos, lo que a la larga acaba repercutiendo en el numero de trabajadores y en el futuro de las pensiones. Que dentro de unos años la generación del Baby Boom (caracterizada, precisamente, por una explosión de bebes nacidos en las décadas de los 60 y 70) se jubila, y con estos datos tan preocupantes a ver quien garantiza la pensión digna a tantas y tantas personas. Por no hablar de que la precariedad, en última instancia, lleva aparejado un importante sesgo de género. Ya que las mujeres, al contrario que los hombres, no podemos esperar, tenemos los óvulos contados y nuestra cuenta atrás acaba demasiado pronto. Las opciones no tardan en abrirse paso: congelación, fecundación, adopción...Pero, ¿cómo afrontar todo ese abanico de alternativas si no podemos asegurar un alquiler a fin de mes, que nuestro trabajo dure más allá del año o si simplemente ante la imposibilidad de independizarnos? Noemí López Trujillo ha pulsado el botón de la cámara, el flash es cegador, pero el resultado no deja de ser un retrato de nuestra generación que ni el filtro Valencia logra maquillar en su angustioso realismo. Sólo espero que dicha foto se quede precisamente en eso, en una foto, que la sociedad española avance y supere lo retratado y a la que podamos volver no precisamente para reproducirla, sino para aprender de ella. No obstante, mi lado pesimista (afianzado a fuerza de recibir muchas veces un "no" como respuesta) me dice que esto va para largo y que como no pongamos solución pronto, los vientres vacíos serán más comunes en nuestro paisaje demográfico. 

Vientre vacío: un ensayo sobre sueños frustrados, despidos, inestabilidad, aspiraciones rotas, maternidades aplazadas, mujeres que se lanzan a tener hijos y las echan del curro, mujeres que desearon serlo, mujeres que lo son en las peores circunstancias, mujeres que siguen esperando... Una radiografía de nuestra pobreza millenial. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Noto la rabia arder dentro de mí. No, no tenemos todo el tiempo del mundo, ni siquiera tenemos nuestro propio tiempo. Estamos todos en una habitación a oscuras pasando la mano por la pared, a tientas, tratando de no tropezar."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Capitán Swing

martes, 1 de diciembre de 2020

RESEÑA: Nacimiento y muerte del ama de casa.

 NACIMIENTO Y MUERTE DEL AMA DE CASA


Título: Nacimiento y muerte del ama de casa. 

Autora: Paola Masino (1908-1989) fue una intelectual de vanguardia, una figura icónica en los círculos artísticos y literarios europeos del siglo XX. La vida doméstica no le convenía, pero le sirvió de inspiración para su novela más célebre, Nacimiento y muerte del ama de casa, un "libro maldito" según su autora porque, tras ser censurado durante el fascismo, la imprenta fue bombardeada, y tuvo que reescribirlo de memoria. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma original: italiano. 

Traductor: Pepa Linares. 

Sinopsis: En esta prodigiosa novela escrita entre 1938 y 1939, se narra la metamorfosis de una niña en ángel del hogar. La niña pasa su infancia escondida en un baúl, donde indaga los misterios de la vida y la muerte, olvidada de todos. Ignora los deberes propios de su género y desespera a su madre hasta que, ya adolescente, asume su destino asfixiante, la suerte de la mujer adulta, y se convierte en aquello que siempre odió: la perfecta ama de casa. 

Su lectura me ha parecido: densa, a ratos pesada, con capítulos demasiado estirados, pesadillesca, con toques surrealistas, contundente en su crítica, imprescindible como documento histórico, oportuna en un momento como el actual... Cuando se decretó el segundo estado de alarma de nuestra historia democrática debido al descontrol de la pandemia del Coronavirus muchas y muchos se llevaron las manos a la cabeza, atónitos, pero expectantes ante los meses que se nos venían encima. Nadie se imaginó que todas y todos viviríamos un confinamiento como el que padecimos durante los meses de marzo, abril y mayo. Y aún menos quienes, acostumbrados a coger coches, autobuses, metros, bicicletas, patinetes eléctricos o cualquier medio de transporte (incluyendo el que involucra ambas piernas en movimiento sobre el asfalto) para ir a trabajar se veían de pronto, de la noche a la mañana, obligados a ejercer su curro desde su dormitorio, comedor, cocina, recibidor, pasillo o, los más afortunados, despacho con balcón atestado de plantas. De pronto las videollamadas, los problemas de conexión o de infraestructura, las interrupciones, los auriculares y las conversaciones a una pantalla se volvieron tan cotidianas como las tostadas del desayuno o la sintonía del telediario a media mañana. Pronto surgieron los primeros problemas. las primeras exigencias, desembocando todo ello en un interesante debate, negociaciones con sindicatos y patronal y, finalmente, en una nueva ley que pretende regular el teletrabajo en tiempos pandémicos. Así transcurrió este cambio de paradigma, este viaje hacia la nueva normalidad plagado de actualizaciones, puestas a punto y digitalización en tiempo récord con la dificultad que eso entrañaba. Sin embargo, existe un sector profesional, cuya rutina prácticamente no se vio alterada ni con el confinamiento ni con la pandemia que estaba teniendo lugar fuera de nuestras casa. Estamos hablando, claro está, de las "obreras del hogar" o las tradicionalmente llamadas "amas de casa". Mujeres prácticamente en su totalidad que siguieron desempeñando un trabajo invisible, poco valorado socialmente, realmente ingrato y por supuesto cero remunerado. Ellas nunca dejaron de cocinar, poner lavadoras, limpiar y de bajar a comprar (con toda la prudencia del mundo, pero no por ello, susceptibles al riesgo de contagio). Un trabajo que no abrió informativos, ni protagonizó las portadas de los principales medios, ni las tertulias en programas de sobremesa, ni suscitó un intenso debate social a pie de calle. Su labor pasa desapercibida, cual fantasma, vagando por las estancias, recibiendo todo tipo de reproches, comentarios ingratos y vómitos de hipocresía. De ahí que lecturas como la que hoy os traigo a colación (de una vigencia atronadora a pesar de haberse escrito en los años 30) se antojen importantes para una futura y necesaria reflexión entorno al papel del ama de casa en la historia, y por extensión, en nuestro contexto, cada vez más tecnológico y desprovisto de empatías. Nacimiento y muerte del ama de casa: contra el ángel del hogar, contra el fascismo. 


El discurso imperante en la Italia de 1938, y que perduró hasta 1941, era el más reaccionario dentro de la ideología fascista, sobre todo en lo que a las mujeres se refiere. En tan sólo cuatro años el gobierno de Mussolini había conseguido implantar en la sociedad su ideal femenino, el de esa ama de casa sin más aspiraciones que la atención del marido y la crianza de los hijos. O lo que es lo mismo: "Ocupaos de la casa, traed hijos al mundo y llevad los cuernos". Palabras de Pepa Linares, traductora de la presente obra, que sin duda constituyen el mejor resumen de lo que el estado y el pueblo italiano esperaba de sus mujeres. Este malvado y denigrante propósito se acabó llevando a cabo mediante las conocidas como "campañas demográficas" que, aunque se pusieron en marcha en 1927, no fue hasta los años 30 cuando empezaron a dar sus frutos. Unas campañas cuyo único propósito era el de limitar el papel de las mujeres única y exclusivamente al trabajo doméstico al tiempo que ensalzaban su figura y como engendradora de niños para la Nación. La estrategia, por supuesto, pasaba por una serie de restricciones mediante paulatinas medidas legislativas que culminarían con el famoso decreto-ley de 1938 que, entre otras cosas, limitaba la participación de las mujeres en la vida pública, así como al acceso a la enseñanza superior o su incorporación a la vida laboral en algunas profesiones (sobre todo las más masculinizadas). Es precisamente en el año 1938, con la entrada en vigor del polémico decreto, cuando una escritora de orígenes aristocráticos llamada Paola Masino tiene la idea de escribir una novela cuya razón de ser es precisamente la crítica a ese ángel del hogar fascista impuesto con tanto ahínco desde las más altas esferas del régimen. Librada de los deberes de esposa y madre, poseedora de una gran educación y pareja del escritor Massimo Bontempelli (perteneciente al partido fascista en sus primeros años) se dedicó a seguirle por Florencia y París al tiempo que trabaja como articulista para algunas de las revistas más importantes de Italia. Pero no es hasta 1938 cuando el partido fascista, cada vez más extremista y recrudecido, expulsa a Bontempelli por sus posturas críticas. Ambos huyen en una especie de exilio político a Venecia, ciudad en la que Masino encontrara su particular cárcel desde la que poder escribir el que ella misma definiría como su "libro maldito". Y remarco lo de "maldito" porque la publicación y trayectoria de Nacimiento y muerte del ama de casa es de las más rocambolescas e injustas de la literatura. Empezando por el ensañamiento de la censura fascista sobre el texto, siguiendo con la bomba que durante la guerra cayó sobre la editorial destruyendo las últimas pruebas de la novela (las cuales ya estaban listas para su impresión) y acabando con su reescritura a partir de notas, manuscritos y textos supervivientes de aquella primera versión en el año 1945, una vez finalizada la contienda. Sin olvidar su tardío éxito durante los años del feminismo de segunda ola con términos como "mística de la feminidad" y "el mal que no tiene nombre" de plena actualidad por aquel entonces. Actualmente la figura de Paola Masino goza de una gran reivindicación por parte de la tercera hornada de activismo e intelectualidad feminista del siglo XXI hasta el punto de internacionalizarse y salir, por fin, de las fronteras italianas. Y es que, a pesar de que la propia autora llegó a reconocer que entre correcciones, retrasos y cúmulos de mala suerte había desarrollado un cierto distanciamiento respecto al texto, lo cierto es que la universalidad de su crítica, así como su intención no dejan de resultar a día de hoy necesarias. 


Nacimiento y muerte del ama de casa se presenta ante el lector como una de esas lecturas cuya premisa no puede ser más atractiva. Sin embargo, la novela de Masino también es densa, farragosa en ocasiones, con unos capítulos que parecen durar una eternidad y escenas que, a pesar de su importancia, a nivel estilo resultan demasiado largas. Como si la autora quisiese recrearse en ellos a conciencia para conseguir un objetivo empático con el lector. Objetivo que, al estirarse tanto las situaciones, en ocasiones pueden llegar a aburrir, o peor, a agobiar al lector. Y no hay nada más peligroso para un libro que éste acabe abandonándolo por falta de motivación o simplemente porque siente sus expectativas frustradas. Dejando a un lado este pequeño apunte - o advertencia, según como queráis llamarlo - Nacimiento y muerte del ama de casa narra la historia de una niña, cuyo nombre jamás conocemos y a la que acabamos llamando Ama de Casa (en clara crítica a lo que se espera de ella por parte del fascismo italiano de la época). Una niña que, en un intento por escapar de su familia y de lo que el destino le tiene preparado como futura mujer, decide esconderse en un baúl. Allí se hartará a leer y descubrirá los misterios de la vida y la muerte. Cuando Ama de Casa cumple una determinada edad - no se especifica pero se intuye que es próxima a la mayoría de edad - la familia decide que su tiempo de huida ha terminado y que tiene que asumir de una vez su papel en la sociedad. Primero se presenta en sociedad - sin duda, la mejor parte de todo el libro - y posteriormente deberá casarse con un pariente rico mucho más mayor que ella. Ante esta situación la joven, viendo como lo detestado durante su infancia acaba alcanzándola de pleno, como ese monstruo que anida tras la puerta, acaba entrando en una espiral de locura que la conducirá a un final tan previsible como indeseado al mismo tiempo. Teniendo en cuenta lo mencionado, existen dos influencias muy claras en el texto de Masino. Por un lado, la del movimiento surrealista en su vertiente más alucinógena. El mismo hecho de que Ama de Casa se encierre en un baúl, una escena que nos puede retrotraer a las fantasías infantiles de Lewis Carroll en Alicia en el País de las Maravillas, ya nos sirve como introducción a las pesadillas que la azotarán de adulta ante la imposibilidad de escapar del terrible destino. Unas imágenes tan potentes que el lector no podrá olvidar en mucho tiempo. Por otro lado, la presencia de Kafka y La metamorfosis, creando un sugerente paralelismo. Si en la novela de Kafka Grégor Samsa se convierte en insecto, en la novela de Masino Ama de Casa acaba transformándose en aquello que siempre odió sin necesidad de que le crezcan alas o sus manos muten a delgadas patas. Lo cual es más terrorífico si cabe. En última instancia, y a pesar de la dificultad que su lectura entraña, el libro de Paola Masino no deja de ser un recordatorio de que, a pesar de los diferentes avances respecto a los derechos de las mujeres, todavía existen hombres que siguen mandándonos a fregar, a cocinar o a tender cuando ven su poder - ya sea público o en un ámbito más privado - peligrar. Cuando una mujer les replica, les contradice o simplemente manifiesta su opinión. Esto no hace más que darme la razón. El machismo está lejos de erradicarse, como también esa malsana idea de que las mujeres hemos nacido con el don para administrar una casa, criar niños y poner lavadoras. De ahí la importancia de la educación en igualdad, desde la misma cuna, y el necesario cambio de paradigma a una mayor independencia. Masino nos habla desde la Italia más oscura, la de los años 30, la misma que obligaba a las mujeres a desprenderse de sus sueños para abrazar al marido y a la escoba. Pero en ocasiones su eco resuena entre las paredes, desde el interior del microondas, como un susurro, en el oído de la vecina, la amiga, la abuela o tu propia madre mientras a fuera, la gente sigue como si nada. 

Nacimiento y muerte del ama de casa: una historia de renuncias, quiebra de las aspiraciones, deberes fascistas, sociedades oprimidas, impersonalidad, pesadillas... Una distopía doméstica tan real como la vida misma. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Fue así como el Ama de Casa se dio cuenta de que, pequeña o grande, la casa era una rueda de molino a la que habían atado el día de la boda (…) Con todas sus fuerzas, quiso encontrar una razón que le hiciese grato o admisible el martirio, como a todas las demás"

"Tenías que demostrarme que incluso en el acto de zurcir un calcetín puede hallarse un universo y no que he abandonado el universo para dedicarme a zurcir calcetines."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial