miércoles, 23 de junio de 2021

RESEÑA: Ninguno de nosotros volverá.

 NINGUNO DE NOSOTROS VOLVERÁ


Título: Ninguno de nosotros volverá. 

Autora: Charlotte Delbo (Vigneaux-sur-Seine 1913 - París, 1985). Hija de emigrantes italianos a los diecisiete comenzó a trabajar como secretaria en la capital francesa. En 1932 se adhirió a las Juventudes comunistas, y dos años más tarde conoció a Georges Dudach, muy activo en el seno del partido, con el que se casó en 1936. Un año más tarde, se convirtió en la secretaria de Louis Jouvet, entonces director del Thêatre de l´Athénnée. El 2 de marzo de 1942, Charlotte y su marido fueron arrestados por las brigadas especiales de la policía francesa. Delbo fue encarcelada en La Santé, donde vio a Dudach por última vez el 23 de mayo, el mismo día que fue fusilado. Fue trasladada a Auschwitz-Birkenau el 24 de enero de 1943 en un convoy con otras doscientas treinta mujeres, la mayoría miembros, como ella, de la Resistencia. A principios de 1944 fue trasladada de nuevo, esta vez al campo de Ravensbrück, y en abril de 1945 fue liberada, después de veintisiete meses de cautiverio. De las doscientas treinta mujeres del convoy que llegó a Auschwitz, regresaron cuarenta y nueve. Unos meses después, mientras se recuperaba en un sanatorio suizo, Delbo comenzó a escribir Ninguno de nosotros volverá, que se convertiría, veinticinco años más tarde, en el primer volumen de la trilogía Auschwitz y después. En 1947, comenzó a trabajar para la ONU en Ginebra y vivió en Suiza doce años. A su regreso a París trabajó como asistente del filósofo Henri Lefebvre, a quien había conocido en 1932. Allí falleció a los setenta y dos años. 

Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: en 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivieron cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libris de su elogiada trilogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia. Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de la vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese hacer sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria. 

Su lectura me ha parecido: dolorosa, escalofriante, realista, trágica, impecable, insospechadamente poética, impactante, monumental, un testimonio que el feminismo del siglo XXI debería leer con igual o mayor avidez... Llevamos dos años duros. Lo sé. Venimos de un 2020 que se las pintaba glorioso. Con aquella publicidad emulando la locura y el desenfreno de los famosos años 20 del siglo pasado que comenzó a emitirse en las Navidades del 2019. Todos estábamos eufóricos. Una nueva década se abría ante nosotros. Parecíamos haber dejado atrás los peores años de nuestra vida. Aquellos ahogados entre precariedad, paro e inestabilidad económica. En otras palabras, nos creímos los amos del mundo. Por eso el golpe dolió tanto. Una violenta patada en un estómago henchido de optimismo que acabó explotando, salpicando cada rincón del lugar en el que, a partir de ese momento, se convertiría en nuestra particular cárcel de oro. Una catarsis emocional que arrastramos durante semanas, meses, por los pasillos revestidos de gotelé, por esa cocina que redescubrimos - algunos con pasión y otros con cierto hastío - o por ese pequeño balconcito - si es que tuviste suerte de comprar o alquilar un piso con unas vistas que no fueran al deslunado grisáceo y atestado de ropa interior tendida - al que pronto convertimos en nuestro particular oasis. A fuera, el silencio reinaba, aunque los ecos de colapso y muerte que procedían de los hospitales eran cada vez más fuertes, desesperados, desgarradores. Unos aplausos a las ocho de la tarde nos hermanaban - hubo quien descubrió que tenía vecinos majos justo en el edificio de enfrente - pero no nos evadían de la tragedia, cuya proximidad nos atormentaba, apretando aún más el nudo formado en nuestra barriga a principios de marzo. La tristeza (esto es así, y quien no quiera verlo es que de verdad está hecho de piedra en lugar de piel humana) comenzó a instaurarse en nuestras vidas, como una compañera más, caminando a nuestro lado, sin darnos tregua, como si de ella dependiera cada compartimento de nuestra cotidianeidad. En mi caso, y os voy a ser sincera, me da la sensación de que se ha tornado crónica. De que ha ascendido un nivel, como en el Candy Crush, pero sin toda esa gama de colores fluorescentes que dañan el entendimiento y la vista. Una invisible pesadilla que, sumada a otras cuestiones de índole personal, a veces acaba por sumirme en un estado de apatía y con la lágrima al borde del llanto. Por eso, y porque sé que no soy la única que sufre esta especie de desazón pandémica, no me apetecía mucho leer Literatura Concentracionaria. Una suerte de masoquismo intelectual y más en los tiempos que corren. En los que tratamos de huir de todo aquello que nos apene, acongoje o simplemente nos haga reflexionar más de la cuenta. Y sobre todo, donde la muerte - salvando las distancias, por supuesto - es omnipresente. Comprenderéis que no quería echar más leña al fuego, más desazón sobre el desconsuelo acumulado. Pero la historia nos interpela, así como los testimonios que surgen de ella. Los cuales, por muy terroríficos que sean, están ahí para iluminar nuestro conocimiento, rellenar de saber aquellas lagunas que otros, por desgracia, se empeñan en desecar. Y a eso, chicas/os, jamás debemos darle la espalda. Ninguno de nosotros volverá: la noche que no cesa. 


Estamos en 1945 en la habitación de un sanatorio suizo. Me imagino la luz, a pesar del gélido paisaje, atravesando, inclemente, el cristal de la ventana. Salpicando de claroscuros el rostro de Charlotte Delbo, una de las pocas supervivientes de aquel convoy de doscientas mujeres hacinadas que llegó a Auschwitz-Birkenau en el invierno de 1943. ¿Su delito? Haber luchado contra el nazismo desde la clandestinidad y conocer a gran parte de los líderes de la conocida como Resistencia francesa. Ella se salvó, la liberaron, regresó, tuvo la oportunidad de sanar sus heridas físicas y mentales; no como algunas de sus compañeras, cuyos cuerpos acabaron apilados en montañas de cadáveres, abandonados en medio de la nieve, gaseados o convertidos en un negro humo que se podía ver a varios kilómetros a la redonda. Creo que el día que decidió, mientras trataba de asimilar todo lo sufrido, empuñar la pluma para escribir el inicio de su famosa trilogía, recordó todo esto. Segundos más tarde - los cuales se extendieron a lo largo de varios años - buscó las palabras más certeras, aunque doliesen, para dotar de literatura (sin recursos enormemente rimbombantes o que condujesen a una frivolidad poco deseada en este caso) el dolor de las palizas, de los días sin probar bocado, de las torturas, en definitiva, de la muerte que la rodeaba en su terrorífica cotidianeidad. Así me imagino a Charlotte, una mujer herida, por dentro y por fuera, haciendo un esfuerzo enorme por contar la verdad, su verdad, de lo acontecido en los campos de concentración y de exterminio de la Alemania Nazi. Sin embargo, como resultado, Delbo nos legó el que es considerado como uno de los primeros testimonios de lo que más adelante pasó a llamarse Literatura Concentracionaria. Un una semilla literaria que acabaría por devenir en género propio a medida que los supervivientes fueron escribiendo sus vivencias. De entre los más conocidos no podemos dejar de citar los de Primo Levi, Elie Wiesel, Ramón J. Sender o el de Leo Classen - éste último de gran actualidad por su reciente reimpresión y por tratarse de uno de los primeros testimonios del "triangulo rosa", o lo que es lo mismo, de un hombre homosexual enviado a un campo de concentración por dicho motivo - . Sin embargo, el de Charlotte Delbo destaca, no solo por su pronta publicación, también por tratase de uno de los primeros testimonios femeninos en estas lides. A partir de entonces se abrió la veda, con la aparición de la trilogía Auschwitz y después, a que otras mujeres víctimas del nazismo pudiesen alzar la voz. La lista es enorme: Violeta Friedman, Ruth Klüger, Helga Weiss, Anise-Postel Vinay, Edith Bruck, Germaine Tillon u Odette Elina entre otras muchas. La experiencia femenina acababa de irrumpir, entre tanto testimonio de varón, para evidenciar que la violencia ejercida sí distinguía por sexos. Tal y como nos lo cuenta, desde un estremecedor estilo, la propia Charlotte Delbo. 


En la presente edición de Libros del Asteroide - con nueva traducción por parte de Regina López Muñoz - se recogen las dos primeras entregas de la trilogía a saber Ninguno de nosotros volverá (la cual da nombre al título bajo el que se ha decidido publicar ambos textos) y Un conocimiento inútil. Su tercera entrega, La mesura dels dies, por el momento está traducida y publicada en lengua catalana por la importante editorial Club Editor. Por lo que, en la presente reseña, solo podemos hablar de las primeras dos entregas, ambas correspondientes a su llegada, la experiencia en los campos de concentración y la posterior liberación en un glorioso capítulo titulado "La mañana de la libertad". Todo ello, como ya hemos comentado en el anterior párrafo, desde una mirada única que, entre otras cosas, nos revela como fue el cautiverio de millones de mujeres por aquellos horribles años. Las imágenes que la página devuelve son verdaderamente terroríficas. Desde la mujer a la que le rapan varias veces la cabeza a las salvajes torturas cometidas por las guardianas del campo, pasando por la falta de enseres de higiene íntima femenina, el cadáver como manjar para las ratas, la esterilización, los perros entrenados para morder a los prisioneros si estos se resentían de su tarea, el sonido del silbato como preludio de la muerte... Así hasta que el lector no puede más y necesita reposar la lectura durante unos días antes de atreverse a sumergirse en ella de nuevo. En el campo de concentración también se dan paradojas, como la de aquella prisionera que decide acortar el camisón de rayas - la coquetería no está reñida con el cautiverio concluye la autora tras una poderosa reflexión entorno a la perdida de identidad en aquellos lugares - o como la de la propia Delbo al encenderse un cigarrillo con un mechero perteneciente a una SS el día de la liberación. Así como momentos que en algunos casos salvan a las prisioneras de caer en en la depresión o el suicidio, como el hallazgo de un ejemplar de El misántropo de Molière que decidieron en el mismo barracón representarla durante dos horas y cuyos pasajes no dudaban en recitar antes de apagar las luces. Constituyendo uno de las pocas bocanadas de oxigeno, de aire, de liberación dentro del más absoluto terror. A fuera, la gente cae fulminada sobre el barro o la nieve, dentro, dos horas de magia, que les hacían resistir a pesar de que los efectos del cansancio, las palizas y la desnutrición eran cada vez más acuciantes en su cuerpo y en su salud mental. Sorprende, en última instancia pero no por ello menos importante, el juego estilístico que Delbo emplea para contar su testimonio. En lugar de una primera persona a camino entre la fragilidad y una actitud inquebrantable a pesar de todo, aquí encontramos segundas personas perfectamente construidas que aparecen, inesperadamente, a lo largo del libro. Párrafos más extensos de carácter más oral, microrrelatos que actúan como pequeños golpes de efecto visuales - algunos de ellos consiguen helarte la sangre - e incluso poesía, versos que evocan lugares, sensaciones y huecos que solo la memoria puede llenar. Todo esto, en conjunto, ensalza no solo su lectura, sino su originalidad dentro del género. Demostrando que hasta del horror más insoportable se puede hacer literatura sin desvirtuar o emborronar el relato y su trascendental importancia para la historia. Charlotte Delbo es una superviviente más de la peor cara del Nazismo, de las pocas que regresaron de aquel hacinado trayecto. Y como tantas otras, quiso dejar constancia de lo sufrido entre barracones, comandantes de las SS y esqueléticos cadáveres. Sin embargo, a diferencia de muchos de los textos escritos y publicados desde entonces, Delbo no se conformó con verter palabras cual río descontrolado, quiso hallar las palabras adecuadas, un formato más híbrido y otorgar un protagonismo inusitado a las mujeres prisioneras. Una perspectiva de género que, en los tiempos que corren, deberíamos tener en cuenta a la hora de abordar dicho periodo tanto si lo que se pretende es enseñar en un instituto como armar una investigación de carácter histórico. Así como, si estamos ante una lectora/or corriente, saciar su apetito intelectual y teñir, un poco más, su mirada hacia un morado cada vez más intenso. 

Ninguno de nosotros volverá: una historia de horror, supervivencia, violencia, sororidad femenina... Un ejercicio de memoria y literatura digno de estudio y reivindicación en tiempos de defensa democrática contra los neofascismos europeos que, en pleno siglo XXI, pretenden que caminemos hacia atrás. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga por el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde". 

"Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el fríos soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto."

"Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el reencuentro (...) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección hacia las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer se engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 8 de junio de 2021

RESEÑA: Una chica es una cosa a medio hacer.

 UNA CHICA ES UNA COSA A MEDIO HACER


Título: Una chica es una cosa a medio hacer. 

Autora: Eimerar McBride (Liverpool, 1975) se mudó a Irlanda cuando tenía tres años. Creció en Tubbercurry, vivio en los condados de Sligo y de Mayo, y finalmente se mudó a los diecisiete años a Londres, donde estudió en el Drama Centre. A la muerte de su hermano, hizo un viaje a Rusia y comenzó a escribir. La intimidad que estableció con el lenguaje le condujo a una revelación y recuperó el gaélico como lengua literaria. Una chica es una cosa a medio hacer representa su debut literario y fue escrita en tan solo seis meses, cuando Eimear McBride contaba veintisiete años de edad. Tras casi una década sin encontrar editor, la novela apareció en un pequeño sello independiente inglés, Galley Beggar, y constituyó una de las mayores sorpresas de la temporada editorial inglesa, alzándose con el premio Desmond Elliot, el Baileys Women´s Prize for Fiction, el Kerry Group Irish Novel of the Year y el Geoffrey Faber Memorial Prize. Más tarde se publicaría en Estados Unidos, de la mano de la prestigiosa editorial Coffe House Press, hasta ser fichada por Faber & Faber. Su segunda novela, The Lesser Bohemians (2016), se hizo con el premio James Tait Black Memorial Prize, y fue selecionada para los premios Goldsmith y RSL Encore. En 2020 ha publicado su tercera novela, Strange Hotel. Ha prologado libros de la destacada escritora y poeta rusa Anna Ajmatóva y de la irlandesa Edna O´Brien, y es colaboradora habital en medios como The Guardian, TLS y The New Stataesman. Actualmente vive en Norwich junto a su marido y su hija. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: gaélico. 

Traductor: Rubén Martín Giráldez. 

Sinopsis: una novela deslumbrante sobre los pensamientos, el despertar sexual y la incomodidad de una chica irlandesa que se precipita hacia la edad adulta, mientras se dirige continuamente a un "tú": su hermano menor, gravemente enfermo. El trauma de la enfermedad recorre el texto con brutal detalle, y el tono desafiante y la atmósfera angustiosa, debido a la fe católica inquebrantable de su madre, se funden para alumbrar una manera de relacionarse con el mundo poderosa y extrema. Un relato feroz que no nos habla del vivir, sino del sobrevivir. 

Su lectura me ha parecido: densa, abrumadora, a ratos dolorosa, violenta, extrañamente original en las formas, outsider, desestructurada (o desmembrada), rota, un torrente oral en busca de impacto... A lo largo de todo este tiempo han sido muchas las novelas leídas. Es tal el número de ficciones que han pasado por mis manos, reposado en cualquier parte de mi casa - incluso en los lugares más insospechados - y que han acabado encontrando su hueco, como si de un privilegio se tratara, en mi adorada estantería que es imposible fijar una cifra concreta. Sé que no soy la única, aunque haya quien se sorprenda de mi voraz apetito lector, glotón desde la adolescencia y que he acabado perfeccionando hasta convertirme en una suerte de gourmet literaria. Hace tiempo que para mi no todo vale, ni siquiera aquella saga de entregas policíacas nórdicas que con gran apetito engullía como si de Donuts se tratasen o aquella novela histórica, una de las que acabó por convencerme que estudiar Historia y no Derecho, era la mejor de las opciones, que degusté apasionadamente, tanto que acabé gastando el propio papel de tanto releer las mismas páginas una y otra vez. Ahora, aunque muy de vez en cuando aún me sorprendo observándolos con cierta nostalgia o acudiendo a aquellos pasajes que en su momento tanto me aportaron, son otras lecturas las que han acabado formando mi corpus, mi estructura, mi razón de ser como escritora en continuo aprendizaje y como lectora incapaz de negar la sofisticación de la palabra. Los ojos me hacen chiribitas con aquella trama que, aunque típica, me conduzca por caminos nunca antes transitados. Con ese lenguaje rico sin ser pretencioso, gustoso en lugar de rimbombante, dulce pero sin pasarse con el azúcar. Con ese paisaje henchido de belleza que se rompe llenándose de suciedad y desasosiego. Con esos diálogos que te transportan de la carcajada más estridente al borde de los párpados empapados. Con esos personajes, o ese personaje, tan carismático en lo excesivo pero también en lo intimista, los dos extremos me valen. Y sobre todo, con la última cucharada, con ese botón del pantalón desabrochado, las ganas de repetir a sabiendas de que ha sido toda una experiencia intelectual. Respecto a la novela de la que hoy tengo el placer de hablaros costó hincarle el cubierto, demasiado tal vez, como si de un filete de solomillo excesivamente hecho se tratase. Para después dejarme fluir, en su acidez y amargura, entre sus muchos matices sensoriales. Dejando muy claro, a pesar de todo, que hay que seguir la pista a su autora, Eimear McBride, aunque solo sea para comprobar si seguirá por esta atrevida estela o, por el contrario, sucumbirá a formas más convencionales. Una chica es una cosa a medio hacer: enfermedad, carne, infancia robada y Dios. 


Una historia ambientada en la Irlanda más rural, en la que el catolicismo todavía sigue rigiendo la vida de sus habitantes más allá de cualquier cuestionamiento ateísta o moral, donde asistimos a la historia de una protagonista a la que arrebatan, de golpe y porrazo, la inocencia de los trece años, a su correspondiente huida, a las secuelas del trauma y, por si fuera poco, con uno de los títulos más perturbadores y originales que he visto en años. Yo no sé vosotros pero poco tardé en hacerme con él, así como abrirlo por la primera página. El susto vino en el primer párrafo, cuando me topé con palabras sueltas, frases extremadamente cortas y puntos seguidos que, con rabia, parecían escupir sobre la cara del lector. Y sin embargo, llenos de poesía, como si a pesar del pequeño tropiezo, aún existiese algo de esperanza en el texto. De hecho, no pude evitar sentir, en última instancia, que estaba ante una novela que me recordaba a aquellos primeros escritos de adolescencia. Cuando tiendes a enfatizar una acción o cualquier sentimiento a través de la forma, como si la máxima de "cuanto más cortas sean las frases mejor" sirviese para todos los textos. La ternura, entonces, se apoderó de mi. Sin embargo, a esas primeras líneas les siguieron las demás y la novela continuaba con el mismo estilo, acentuándolo más, como si del momento cumbre de una Ópera se tratara, conforme se aproximaba al final. Estaba dentro, vaya si lo estaba, pero para mi gusto la fórmula empleada - tan valiente como arriesgada - acaba resultando un agitado maridaje entre densidad, sorpresa y necesidad de reposar la lectura por miedo a desear tirar la toalla. A pesar de todo, y esto hay que comentarlo, el ejercicio literario que Eimear McBride lleva a cabo en Una chica es una cosa a medio hacer es brutal, a la altura de aquellas plumas curtidas en trabajo, años de práctica y cierto don que solo se le concede a unos pocos. Cuesta creer que la autora británica - aunque de corazón irlandés - tardase tan solo seis meses en escribirla ya que, todo en ella, es superlativo. Esa fragmentación (bella y cruda al mismo tiempo), esa sensación de inconexión (como si te estuviese contando mil cosas y una al mismo tiempo) y, sobre todo, esa ausencia de sintaxis (ante la que cualquier lector inexperto hubiera pedido socorro a gritos) confieren al texto una originalidad digna de aplaudirse, aunque también el peligro de no ser comprendida por el gran público. De hecho, creo que el mayor error es precisamente ese, el de no advertir de que Eimear McBride juega en otra liga, en una superior a las formas del Best Seller. Pensad que se la ha llegado a comparar tanto en tradición como en escritura con nada más y nada menos que James Joyce y Edna O´Brien. Dos titanes, a su manera, de la literatura Irlandesa, que poco tienen que ver el uno con el otro - sobre todo si tenemos en cuenta que Joyce directamente es la liga en mayúsculas - pero que, sin embargo, han sabido, al igual que McBride dejar patentes sus sellos personalísimos, así como de su visión de Irlanda muy cercana a la contemporaneidad de los propios autores. Si no avisas, si no alertas de la complejidad de la misma, el batacazo puede ser memorable. Por suerte, en mi caso no fue tan aparatoso. Pero pudo haberlo sido de no haber existido una trama lo suficientemente potente como para que el lector no lo abandonase a la primera de cambio. Ahogado en la plomiza lluvia y el verdoso paisaje irlandés. 

Si hemos dicho que la revolución - por emplear un término más o menos conveniente - se produce en la forma de contarnos la historia, el contenido no puede ser más clásico, aunque positivamente osado también teniendo en cuenta lo que se está narrando. No hay que pasar por alto que a McBride le costó diez años encontrar una editorial que se atreviese a publicar la presente novela. Quiero pensar que el envoltorio no convencería a muchos editores, sin embargo, me apuesto lo que sea a que el narrar un tema tan delicado como el abuso sexual en la infancia, además de ofrecer una visión pésima y crítica del fervor católico, no sentaría muy bien a una Irlanda que, aún en los años 70, seguía - y sigue - muy apegada a algunas de sus tradiciones más arraigadas. El éxito posterior una vez hallada la editorial - independiente, por supuesto - que puso los medios para que ésta viera la luz resulta un acto de verdadera justicia poética, pero también de que los tiempos estaban cambiando, al igual que la sociedad, la cual ya no estaba dispuesta a callar según que ciertos comportamientos hasta entonces asumidos, ocultados y que teñían de impunidad a los verdaderos culpables. En Una chica es una cosa a medio hacer sabemos que estamos en Irlanda - primero en un pueblo y más tarde en una ciudad universitaria - pero desconocemos el nombre de éstas, al igual que el nombre bajo el que responden los personajes. Tampoco sabemos exactamente en que tiempo espacio temporal nos encontramos, la sola presencia de un Walkman en un pasaje en el que la autora tiene doce años nos hace una idea de que nos movemos entre mediados o finales de los 80. Esta difusa ambientación nos sumerge en un entorno que, aunque real, parece contener elementos propios de la ficción, en este caso, de la visión que tiene la propia McBride de su tierra de adopción, que no de nacimiento. Aún así, pronto aparecen los problemas endémicos que nos atan a la tierra, aquellos que supuran entre los poros de la piel, aquellos ante los cuales, en la presente novela, su autora nos convierte en incómodos personajes. Aquí el machismo grita, es lacerante y se hace presente de la forma más cruel posible, en este caso, a partir de la violación de la protagonista por parte de un familiar. Pero es que en el libro tenemos la constante presencia de la sombra del catolicismo, y de esa madre fanática, cruel y con un a tendencia a la autovictimización, cubriendo los rostros de quienes a su lado se encuentran. La crueldad es manifiesta en lo familiar, escolar, filial y hasta en lo psicológico; provocando una inestabilidad tanto en la imagen como en las palabras. Lo único que parece sostener a la protagonista, aunque ello implique estar cerca de quien la violó, en medio de tanta maldad es, paradójicamente la enfermedad, la de su hermano mayor - un tumor cerebral que irrumpe siendo aún un bebé y cuyas secuelas son patentes - único receptor de sus desahogos, ya que es a él a quien va dirigido el texto, así nos lo deja claro McBride prácticamente desde el minuto uno. Al igual que nuestra herida protagonista, en esta novela todos están, como reza el título a medio hacer, dañados por las vicisitudes de la vida o las conductas totalmente condenables amparadas siempre por una sociedad machista y tradicional que no duda en dar alas, aunque ello implique mayor sufrimiento. El padre ausente, la madre violenta, el hijo enfermo, los familiares retorcidos o la propia narradora, cuyo desamparo nos hace compadecernos de ella, querer defenderla durante su horrible adolescencia, evitar la violación, ese traumático e infernal despertar sexual que tan bien se describe en la novela. A todos les falta algo, como a la mayoría de los seres humanos: amor, afecto, reconocimiento, educación, sexo, dinero, alimento que llevarse a la boca... Un pedacito de alma sesgada que McBride, desde la originalidad estilística, ha querido mostrárnosla en su expresión más horrible. Muchas son las novelas que abordan infancias de verdadero cuento de terror pero pocas, muy pocas, consiguen hacerlo con personalidad y un arrojo casi suicida. 

Una chica es una cosa a medio hacer: una historia de enfermedad, confesiones entrecortadas, poesía, dolor insoportable, violación, inocencia robada, huidas, palizas, praderas por las que correr campo a través, lágrimas en los ojos, desmembramientos... Para Eimear McBride el infierno, al contrario que nuestro admirado Dante Alighieri, está en el camino que une la habitación de invitados con el cuarto de los niños. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dentro de mí. Pasándome de largo. Él. Duele. Pasado mi pecho apretados los dientes apretados mis pulmones apretados mi cerebro apretado aplastar mi sangre sabiendo adónde ir mi corazón para cuando bien puede pasar el tema. Hacer que. Me haga. Y le doy (...) Soy un amasijo de sangre y vergüenza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 1 de junio de 2021

RESEÑA: Sanguínea.

 SANGUÍNEA


Título: Sanguínea. 

Autora: Gabriela Ponce (Quito, 1977) es escritora, directora de teatro y profesora de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. Ha publicado el libro de cuentos Antropofagias (2015, Premio del Ministerio de Cultura de Ecuador), el monólogo Cama, entro de una antología teatral Penumbra (2016) y la obra de teatro Lugar (2017, Premio Gallegos Lara). Sus cuentos han aparecido en varias antologías nacionales e internacionales. Forma parte del consejo editorial de la revista digital Sycorax, dedicada a la reflexión y a la crítica cultural. Es parte del colectivo Mitómana/Artes Escénicas y cofundadora de Casa Mitómana, invernadero cultural. Como escritora, directora y productora, ha llevado a escena las siguientes obras teatrales: Tazas Rosas de Té (2016, Premio Dramaturgia Inédita de la Fundación Teatro Nacional Sucre y Premio Francisco Tobar García del Municipio de Quito); Esas Putas Asesinas, adaptación para la escena del cuento de Roberto Bolaño (2015); Caída, Hemisferio Cero (2014). Su obra de teatro Entrada en la Pérdida (2013) ganó el premio internacional Escritura de las Diferencias y fue escenificada en Cuba y publicada en Francia. En el año 2020 publicó Sanguínea, su primera novela que ha sido recientemente adaptada al teatro en el año 2021. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: español. 

Sinopsis: en un entorno de naturaleza agreste y en relaciones salvajes, la protagonista de Sanguínea entre y sale de cavernas y cuerpos, de espacios fantasmales habitados o deshabitados, de vínculos atravesados por la pérdida, la negación del futuro y la esperanza. Sanguínea es el registro del flujo de conciencia y de una crisis íntima: la historia de una mujer que se desliza sobre unos patines por caminos abruptos y trata de enfrentar una deriva amorosa, una inesperada e imposible maternidad y el más doloroso de los desprendimientos. Pero Sanguínea también es una novela sobre la resistencia. De resistencia del cuerpo contra el cuerpo. Una novela de revelaciones turbadoras. Una novela que grita. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, poética, con toques eróticos, íntima, salvaje en lo que al entorno se refiere, corporal, extrema, como un incesante torrente... Nos horroriza la sangre. O al menos a la menstrual. Aquella que mancha bragas y compresas durante unos días al mes. Esa que, cuando llega por primera vez, es sinónimo de acceso a la adultez cuando tan solo eres un niña que no entiende lo que está pasando. La misma que hace que te den calambres en las piernas y sientas miles de bombas estallar en la parte baja del vientre. La que te afanas por ocultar, desde bien temprano, en el colegio, para que nadie sepa que te ha bajado por miedo a posibles burlas. Mismo modus operandi que no dudas en reproducir más allá de la mayoría de edad, en la universidad, en el trabajo, mientras tomas unas cervezas con tus amigos en el bar de siempre. Está tan interiorizado el esconder, como si de un anillo robado se tratara, el tampón en el bolsillo de tu vaquero que parece que hayamos nacido con eso, con una sensación de vergüenza azotándonos sin piedad cada vez que el rojo tiñe la sábana de la cama. Así, a modo de cuadro abstracto sobre lienzo blanco recién estrenado. Hay algo poético en la menstruación, de hecho, no será ni la primera ni la última pieza lírica que lea dedicada al tema, sobre todo de un tiempo a esta parte. Sin embargo, hay quien también ve algo asqueroso, horrible, indigno de ser fotografiado, mencionado o simplemente mostrado en televisión. De ahí que la regla sea azul clarito, y no escarlata, en los incontables anuncios que nos tragamos entre película de sobremesa y programa de actualidad. Publicidad que hemos engullido sin nosotras quererlo, donde las modelos saltan a la comba o hacen el pino, donde la sangre cían se vierte sobre la compresa a cuenta gotas para luego evaporarse - como si nunca hubiese existido - y por supuesto, donde la palabra "tabú" sobrevuela en su patriarcal retórica. Sí, sabemos que son coloridas historias que venden productos destinados a la higiene personal de las mujeres durante el periodo, pero, a pesar de ello, todavía seguimos evitando el tema y tratándolo como si fuera algo innombrable, como el malo de Harry Potter, aquello que está ahí, desde que el mundo es mundo, y a la vez nos afanamos por ocultar - incluso nosotras mismas - bajo términos carentes de profundidad y desprovistos de su crudo realismo. Definir a la novela que hoy tengo el placer de reseñar como un libro sobre la regla  sería completamente injusto. Es cierto que ésta tiene su particular y necesario protagonismo, pero Gabriela Ponce ha compuesto un retablo de temas mucho más amplio, sinuoso, delicado y brutal. Sanguínea: el cuerpo de la mujer como reflexión y campo de batalla. 


Gabriela Ponce, autora de la presente novela, es directora de teatro y profesora de artes escénicas. Un detalle biográfico y profesional que, aunque llamativo, puede pasar desapercibido para el lector menos experimentado y que poco o nada le importe las posibles influencias en la obra de cualquier escritora escritor. Sin embargo, en el caso de Ponce, este aspecto se convierte en algo significativo dado que en Sanguínea la presencia de lo escénico y, sobre todo, de lo físico, es notoria y palpable. Si hay algo que sorprende de la novela es precisamente su concepción teatral dentro de lo estrictamente narrativo. Aquí no hay acotaciones, ni descripciones de las acciones que ejecuta cada personaje, ni una estructura típica que nos haga pensar que estamos ante un texto para ser representado. No obstante, Ponce coloca al cuerpo - de la protagonista y por extensión el de todas las mujeres - en el centro de la obra, del montaje, de lo literario. Como punto cardinal a partir del que salen, como si de disparos se tratasen, reflexiones entorno a lo que éste es capaz de albergar, expulsar, supurar, mostrar. Al igual que una pieza de danza contemporánea - de hecho, no paraban de venirme imágenes de alguno de los muchos montajes escénicos a los que he asistido en calidad de espectadora - Sanguínea discurre, se tambalea, se encabrita, como un caballo desbocado en medio de un prado, en soledad. Su grito es sonoro, resuena sobre el escenario, al igual que los golpes de los brincos y movimientos que la actriz efectúa para goce y disfrute. Su cuerpo, como ya hemos dicho, epicentro del todo, rebosa de emociones imprimidas por la pluma, o dicho de otra forma, por una clara intención de rendir tributo a lo que se puede tocar, acariciar, besar, chupar. Hallando, entre tanto dolor - porque, como bien describe Ponce, el cuerpo sufre - una suerte de belleza sumamente intensa, que no idealizada. Y es tan real que muchas mujeres podemos identificarnos en ello, hasta el punto de debatir entorno a los deseos femeninos en la era del consentimiento, en los marcos feministas que, a pesar de reaccionarias proclamas, resultan enormemente liberadores. A pesar de estar leyendo párrafos de prosa fina y cuasi sensual, no es descabellado imaginarse, por unos instantes, a una intérprete llevar sobre las tablas lo que en ella se narra. Tanto en una declamación a viva voz como a partir de un lenguaje corporal igual de impactante. 


Sanguínea narra la historia de una mujer, una narradora omnipresente que, tras romper con su marido, intenta salir adelante en una huida desesperada hacia adelante siendo ella misma. Lo hace como quiere, como puede, como le nace de dentro. Y en ese tránsito se entrega al cuerpo, al lado salvaje de este, sin cortarse un pelo a la hora de experimentar, fundiéndose con un paraje de naturaleza indómita, entregándose a otros cuerpos - desde el plano sexual y social - en un intento por conocerse, autodescubrirse para, en última instancia, salvarse de lo que no quiere llegar a ser. En un monólogo tan fluido como incesante - como la sangre que recorre nuestro cuerpo - la protagonista nos parapeta frente a una especie de diario íntimo, frente a una confesión torrencial, como la incapacidad de controlar los pensamientos propios, tan vertiginosa como hermosa. A partir de aquí, Ponce da rienda suelta a su creatividad y a su faceta más escénica para mostrarnos escenas impactantes, icónicas, más allá de lo que a la protagonista se le pasa por la cabeza en su abrumador discurso. Dando la sensación de que éstas, por muy narrativas que sean, son capaces de traspasar el papel. En cuanto al contenido, Ponce huye de cualquier conservadurismo al hablarnos de temas altamente sensibles para una mente más cerrada, compacta, intolerante en la mayoría de los casos. Aquí el embarazo tiene una faz azabache que poco tiene que ver con lo que siempre nos han inculcado, incluso de niñas, sobre lo que significa tener a una personita habitando en tu vientre. En la novela la menstruación se ve, se toca, se huele. Un acto de tangibilidad revolucionario que busca una clara visibilización, así como de una concienciación social al respecto. Por fin la sangre es roja y se vierte sobre los muslos blanquecinos, formando ríos, venas a la vista, a plena luz del día, gritando, ordenando ser observadas, sobre todo por los ojos más puritanos. Aquí también hay abandono deseado, renuncia consciente de la maternidad, proponiendo otros modelos igual de válidos, además de una necesidad del derecho a abortar. Tema de intermitente actualidad en los medios de comunicación que, sin embargo, está presente en nuestra palpable realidad. Todo en Sanguínea es sensorial: la casa-cueva, la adopción (otro de los grandes temas del libro), el aprendizaje, los afectos, los duelos íntimos. También el cuerpo: fluidos, sangre, vómitos, semen, lágrimas, leche materna. Y por supuesto lo que provocan: dolor, ardor, deseo, insatisfacción, gula, frío... Todo ello, sin caer en lo ordinario, en comunión y ausencia de cualquier tabú. Como veis, Ponce no se guarda nada en este lírico ejercicio literario ejecutado con mano maestra. Valiente y necesario que busca, al fin y al cabo, que todas y cada una de nosotras dejemos de actuar como si la reprobación fuese nuestra madre y la vergüenza nuestro padre. 

Sanguínea: una historia de liberación, búsqueda, dolor, placer, erotismo, bravío, aprendizaje... De un cuerpo que sufre, llora y sangra; pero que también se eriza y se corre de placer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y así va cubriendo nuestros cuerpos la noche de un halo de intimidad en medio del cual ambos nos quedamos dormidos: él, ebrio, yo, con una náusea que me despierta cada tanto y me hace correr por trozos de hielo para meterme en la boca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya