martes, 28 de mayo de 2019

RESEÑA: Vida en el jardín.

VIDA EN EL JARDÍN

Título: Vida en el jardín

Autora: Penélope Lively (El Cairo - 1933). Pasó su infancia en Egipto, pero a los doce años fue enviada a Inglaterra. Estudió Historia Moderna en el St. Anne’s College de Oxford. Saltó a la fama con Astercote (1970), su primera obra publicada, y desde entonces se ha consolidado como autora de literatura infantil, recibiendo importantes galardones como el Premio Whitbread al mejor libro infantil por A Stitch in Time (1976) o la Medalla Carnige por The Ghost of Thomas Kempe (1973). Su primera incursión en la literatura para adultos, The Road to Lichfield (1977), fue nominada para el Premio Booker, galardón que ganaría en 1985 gracias a Moon Tiger. Sus obras indagan en el poder de la memoria como arma individual, así como en las diferencias entre los testimonios oficiales y los relatos personales. Lively también ha escrito no ficción y varios guiones para televisión y radio, y ha colaborado con diferentes revistas y periódicos. Es miembro de la Real Sociedad de Literatura, y en 1989 fue nombrada Oficial de la Orden del Imperio Británico. Actualmente vive en Londres.


Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductor: Alicia Frieyro

Sinopsis: ¿Fue antes la escritora o el jardín? Penelope Lively se embarca en un fascinante viaje a través de los jardines que han marcado su vida. Desde el gran jardín de la casa en la que se crio, en El Cairo, hasta el que tenía su abuela en los inclinados campos de Somerset, pasando por la exuberante floresta de El paraíso perdido de Milton y los coloridos laberintos de Alicia en el País de las Maravillas, así como los jardines de escritores, como Virginia Woolf, Elizabeth Bowen o Philip Larkin. Literatura, mujer y naturaleza. Un embriagador recorrido que nos lleva de vuelta al hogar primigenio de la humanidad.

Su lectura me ha parecido:

   Compleja, histórica, literaria, muy instructiva, extremadamente especializada, plagada de detalles curiosos, lenta a ratos, perfecta para los amantes del noble arte de la jardinería... Uno de los primeros recuerdos que se me vienen a la memoria relacionado con los jardines, como no podía ser de otra forma, es la de una servidora correteando por el parque que había justo debajo de mi casa. La verdad es que no se le puede considerar parque ni jardín, ya que simplemente consistía en un pequeño trozo de tierra con césped entre una sucia acera y la pared rojiza del edificio. Sin embargo, a mis pocos años de edad, aquello me parecía enorme, sobre todo por la presencia de un imponente chopo cuya robustez ha sobrevivido el paso del tiempo. En la acera de enfrente, otro parque de mi infancia, con columpios y un pequeño jardín que pocas veces pisaba. Recuerdo la tierra blanca en mis pantalones, en mis zapatos, en mis manos. ¡Que poca gracia les hacía a mis padres que me ensuciara! Con los años, aquel parque acabó sufriendo una remodelación que lo cambió para siempre. Ya no era el rincón de mi inocente memoria, pero la verdad, reconozco que el cambio ha ido a mejor. ¡Si hasta se podría decir que el jardín es más bonito! Si continuo recordando, una imagen asalta mi cabeza, la del Jardí del Túria, ese inmenso parque que atraviesa y parte en dos la ciudad de Valencia. Ese lugar, antiguo cauce del río, que estuvo a punto de no existir por culpa de una medida más práctica que ecológica. Ese lugar cuyos puentes, a día de hoy vestigios de las diversas épocas históricas que marcaron a la urbe, delimitan tramos bien diferenciados. Desde los más clásicos (como las que se encuentran entre el Pont de la Mar, el Pont de Sant Josep, el Pont de la Trinitat o el Pont del Reial entre otros) hasta los más modernos (como el Pont de Montolivet o el Pont de l´Asut de l´Or, muy cerca de ambos se encuentra precisamente el complejo de la Ciudad de las Artes y las Ciencias). Ese mismo lugar, testigo de excursiones escolares, carreras, paseos en bici, reflejos en el agua de sus fuentes, festivales, exposiciones al aire libre, improvisadas clases de yoga, ciencia y de música, mucha música. Ese pulmón al que, por desgracia, hace mucho tiempo que no visito. Todos y cada uno de estas pequeñas películas, tan diseminadas como caprichosas, han regresado con fuerza a medida que iba avanzando en la lectura del libro que hoy tengo entre mis manos. Un ensayo que, aunque complicado, consigue perforar en la memoria de cada una de nosotras/os para mostrarnos como los jardines, y por extensión los parques, han formado inconscientemente parte de nuestra identidad. Vida en el jardín: naturaleza domesticada en estado puro.

   Cuando decidí adentrarme en la lectura del libro de Penélope Lively lo hice con muchas ganas, pensado que el contenido que me iba a encontrar en sus páginas sería de fácil digestión. ¡Que equivocada estaba! No sólo me topé con una narración extraordinariamente lenta en algunas partes (lo cual tampoco es sinónimo, en este caso en concreto, de mala literatura aunque sí de dificultosa), sino que además, su carácter instructivo me hizo en ocasiones alejarme de lo que estaba contando, distanciarme, para el día siguiente entrar en internet y buscar aquello que no me había quedado claro. A lo largo de la carrera he leído muchos manuales (o capítulos de manuales), algo que resulta tedioso, sobre todo si estás obligada a leerlos porque su contenido es vital para aprobar el examen o bien si lo que estas leyendo no te interesa para nada. Sin embargo, cuando te topas con ese manual, que aunque aburrido en su exposición, consigue que acabes interesándote por un aspecto o un tema, entonces dicho manual ha cumplido con su función. Eso mismo me sucedió con Vida en el jardín, que aunque no consiguiese implicarme emocionalmente al 100% en su lectura, sí que conseguí por el contrario aprender muchas técnicas de jardinería, tipos de jardines que evolucionan a lo largo de la historia, nombres de flores, de composiciones estéticas e incluso, como comentaremos a continuación, algunas curiosidades de los jardines más famosos de la historia. Mi inexperiencia en estas lides me jugó una mala pasada (si bien me gustan los jardines, no soy capaz de cuidar las plantas de mi balcón), aún así, todas y todos los interesados en la jardinería y su mundo no duden en echar un vistazo al libro de Penélope Lively, seguro que lo encontrarán apasionante.

   Esas exhaustivas descripciones, así como los incontables tecnicismos de la jerga (a la cual aún me tengo que amoldar) no impiden al lector sumergirse en lo importante: el fascinante viaje a través de la historia de los jardines. Es en estas partes donde la autora, tirando incluso de autobiografía - trasladándonos al jardín de su infancia en El Cairo -  da rienda suelta a su pasión por los jardines en un tono que oscila entre la seriedad característica del ensayo y una emoción casi contagiosa. Cuando alguien habla de lo que más le gusta hacer en el mundo, de esa afición que lleva toda la vida desempeñando sin buscar nada a cambio, lo hace con una alegría que desborda las páginas. Y eso es justo lo que le sucede a Penélope Lively, la jardinería ha marcado su vida, hasta el punto de influir en su faceta como escritora de cuentos infantiles. Algo que debería hacernos reflexionar sobre lo poco que a veces valoramos lo más simple, aquello que nos hace felices y que a veces nos cuesta exteriorizar por el miedo al que dirán o a dar la impresión de ser poco serias/os. Vida en el jardín es un despliegue de interesantes anécdotas sin fin. Comenzando por una descripción de como sería el famoso y bíblico Jardín del Edén, continuando con los impresionantes Jardines Colgantes de Babilonia, los jardines del antiguo Egipto, los de los romanos - prestando especial atención al caso de Pompeya, una de las urbes más fascinantes del periodo -, los huertos medievales - en especial ese afán por cultivar plantas medicinales en las tierras propiedad de reputados monasterios -, la espectacularidad de Versalles y la rectitud de los jardines victorianos. Todo eso para enlazarlo con el jardín pintado - en donde Monet o Klimt no podían faltar -, los jardines inventados - especial mención a la composición floral y arquitectónica del que aparece en Alicia en el País de las Maravillas - y los jardines reales, propiedad de personalidades tan importantes como Virginia Woolf, Elizabeth Bowen o Philip Larkin. Si lo leemos desde una perspectiva histórica, asistimos a un recorrido la mar de instructivo, sobre todo para los más versados en estas lides. No obstante, Lively construye una metáfora entre el jardín y el tiempo. Nace, crece, se desarrolla, se marchita, muere, renace y vuelta a empezar. Algo similar a lo que sucede con las experiencias vitales, nuestro crecimiento como personas, nuestro inevitable final y la posibilidad de renacer en momentos de verdadera adversidad.

   Actualmente, además de Los Viveros - jardín ilustre en la ciudad de Valencia, actual enclave del Museo de Ciencias Naturales y de la Feria del Libro - mi jardín favorito es el de Monforte. Lo descubrí siendo una niña, cuando acompañaba a mi madre a rehabilitación en una clínica cercana al lugar y me maravilló desde el primer momento. Cercano a las universidades y rodeado de un muro de mampostería, el de Monforte se alojaría inmediatamente en mi memoria por sus naranjos, sus suntuosas fuentes, sus rosaledas, su laberinto, sus numerosas esculturas - divinidades griegas, Sócrates y hasta unos primigenios leones del congreso formaban parte este peculiar conjunto artístico- su puentecito, sus bancos, su interesante mirador, su glorieta, su palacete... ¡Si hasta tiene una pequeña cascada! Fueron muchas las veces que de camino a la parada del autobús tras una larga tarde entre las cuatro paredes de la Facultad de Geografía e Historia sentí la tentación de adentrarme de nuevo en él. No obstante, pocas fueron al final. Y una de ellas, la recuerdo perfectamente, lo hice sola, tras uno de esos días nefastos que todas y todos tenemos. Había hecho el último examen de la carrera y tenía miedo, miedo de fracasar, del incierto y oscuro futuro laboral, de lo que me depararía el futuro más próximo. Y lo peor de todo, no sabía si iba a ser capaz de afrontarlo cuando la red de la estabilidad desapareciese bajo mis pies. Ignoro lo que aconteció los días siguientes, pero de lo que sí estoy segura es de que sentada frente a la fuente de la Diosa Flora conseguí relajarme y alejar los fantasmas de la inseguridad por unos minutos. Hay quien dice que los seres humanos están intrínsecamente conectados con la naturaleza ya que durante siglos hemos dependido de ella en todos los aspectos. Con el auge de las ciudades, las porciones de tierra han dado paso a torres de cemento y toda clase de mobiliario urbano. Al abrir las ventanas, el horizonte se nos antoja perturbado o inexistente. Y en lugar de escuchar el rumor de la hierba mecerse bajo el sol abrasador, una ruidosa orquesta de asfalto nos espeta un atronador saludo. Por eso, y especialmente cuando necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos, es importante volver al origen, a esos olores ancestrales, a ese respiro en medio de tanto caos, a ese jardín que, aunque domesticado a nuestro antojo, relaja la dureza de lo urbano con formas naturales y en ocasiones - muy pocas - abandonadas al libre albedrío y la anarquía. Aunque pretendamos negarlo, en realidad, jamás hemos abandonado nuestras raíces ni olvidado de donde venimos. Vida en el jardín: una historia de especies, tipos de arreglos florares, técnicas de cultivo, ilustres lugares de esparcimiento, infancia, madurez, vejez, evolución, tipologías, pasión... El jardín habitado y el imaginado.

Frases o párrafos favoritos:

"Las dos actividades centrales de mi vida - quitando escribir - han sido leer y cuidar mi jardín."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de: Impedimenta 

viernes, 24 de mayo de 2019

RESEÑA: El sabor de las penas.

EL SABOR DE LAS PENAS

Título: El sabor de las penas.

Autor: Jud Morgan, nació y se crió en Peterborough, en el este de Inglaterra. Ademas de El sabor de las penas, ha publicado cinco novelas más, aún no traducidas al español tales como The secret life of William Shakespeare, Indiscretion, The King´s touch o A Little Folly entre otras.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductora: María Corniero.

Sinopsis: Cumbres Borrascosas de Emily, Jane Eyre de Charlotte, Agnes Grey de Anne... Tres novelas inolvidables obra cada una de las hermanas Brontë que siguen emocionándonos y atrapándonos aún hoy. Pero ¿cómo pudieron ser la existencia, los sinsabores, los amores de las mujeres que idearon estas historias? Jude Morgan novela en El sabor de las penas la oscura existencia de las tres hermanas en la rectoría Haworth, regentada por su padre Patrick en los inhóspitos páramos de Yorkshire. Allí transucrren sus vidas, plagadas de penalidades, de las que escapan fantaseando con mundos imaginarios, mucho más atractivos que la realidad, y con la escritura. Y de estas páginas que crean con magnífica verosimilitud la historia y la época en que vivieron surge una novela intensa, teñida por las mismas emociones y desgarros que transmitieron sus obras.

Su lectura me ha parecido:

   Entretenida, tremendamente irregular, con una narración algo confusa, excesivamente lúgubre, pesimista hasta decir basta, un trampolín para sumergirte en las fuentes históricas que importan... Aproximarse a la vida de un personaje histórico concreto desde la literatura o la investigación histórica siempre conlleva sus riesgos. Salvo que dicha figura ilustre, gracias a la correspondiente investigación previa, sea rescatada de debajo de la espesa y alérgica capa de polvo, y por tanto, una novedad ante los ojos de millones de lectores en todo el mundo; en el resto de casos no hay vuelta atrás, o lo tomas o lo dejas. Siempre habrá quien reconozca el trabajo de la o el biógrafo (hasta el punto de presentar el objeto de tus desvelos en universidades o centros de estudios especializados) o que, desde la pasión por el conocimiento, pueda aproximarse a un género tan poco dado a mover a las masas. Pero también, por supuesto, habrá quienes aporten argumentos de peso contrarios a la biografía en cuestión. Éstos provienen, sobre todo, o bien investigadores especializados en su figura, o directamente, si la mujer o el hombre de quien escribes tiene tirón, de un "fandom" realmente puesto en el tema. Todo tienes sus inconvenientes y hay que conocerlos si se ha tomado la decisión de aventurarse a escribir un proyecto literario de estas características. No obstante, también existe otra vía, igual de laboriosa pero en apariencia menos arriesgada: la de optar por una novela que narre la vida de X persona que existió de verdad. Pero claro, se puede hacer muy bien - son incontables los ejemplos - simplemente bien o regular. Por desgracia, el libro que hoy tengo entre mis manos de nuevo, encaja en la tercera categoría, no por ser un aburrimiento o por falta de documentación, sino por mostrar una visión demasiado oscura de la vida del trío de hermanas más famoso de la literatura. El sabor de las penas: la imperfecta novela sobre el legado de las hermanas Brontë.

   Cuando accedí a darle una oportunidad a El sabor de las penas a penas sabía en donde me estaba metiendo. De hecho, como ya he comentado en más de una ocasión - y seguiré repitiéndolo siempre que se presente la ocasión - no soy una entusiasta acérrima de las hermanas Brontë. Si acaso, sólo me quedo con Anne,  a mi juicio la más talentosa, avanzada para la época y más ninguneada por la crítica y por los especialistas. Agnes Grey no puede ser más interesante si la analizamos desde una perspectiva de género. De las otras dos, por descarte, me quedo con Charlotte, porque Jane Eyre está bastante bien escrita - a pesar de ese final que desmonta por completo cualquier teoría feminista que se haya podido formular entorno a ella - y porque nos presenta a una protagonista que o la odias o la amas. Por último, con Emily - paradójicamente la que mejor suerte ha corrido de las tres en cuanto a popularidad tras su muerte - tengo un problema serio, y es que Cumbres borrascosas es uno de esos clásicos que respetaré, sí, pero desde la distancia, desde la posición de alguien que no consiguió conectar con sus personajes, ni con la trama ni con ese melodrama tan telenovelesco. Sólo sus paisajes - y sobre todo ese espectacular inicio - se salvan por los pelos de la quema metafórica (no nos pongamos pirómanos ahora de repente). Aún así, y a pesar de esa agridulce relación entre el universo Brontë, tenía ganas de leer una novela sobre sus vidas. En esos momentos me pareció interesante observar como, en este caso Jude Morgan, se aproximaba a la obra de las ilustres hermanas no tanto desde una perspectiva puramente biográfica, sino más bien cercana a un medio menos farragoso de leer. No os imagináis lo aburridas que resultan en ocasiones leer algunas de estas vidas aparentemente apasionantes. Si algo me ha enseñado El sabor de las penas - tras su azarosa lectura - es que el estilo es vital, lo que mantiene en estos casos al lector enganchado a la página. De lo contrario, el libro se convierte en una sucesión de indigeribles capítulos que ponen en peligro esa mágica conexión tan básica en la literatura. El sabor de las penas resultó ser, por lo tanto, un quiero y no puedo. ¿Entretenido? Por supuesto, pero plagado de "peros".

   Como he comentado antes, no estamos ante una biografía, sino frente a una novela que pretende hacer las veces de puente entre la bibliografía especializada y la ficción más especulativa. De hecho, no pasa por alto las veces en las que Morgan no tiene más remedio que sucumbir a la invención en los episodios donde la oscuridad es más acuciante. Esto no es un delito, ni está mal visto por la comunidad literaria, por no hablar de que en el mundillo de la novela histórica es el pan nuestro de cada día. Sin embargo, esta pequeña licencia que todos asumimos como coherente puede volverse en contra del propio autor. Ya que al asumir la responsabilidad de rellenar de ficción los huecos carentes de información el autor aporta, sin querer, su visión personal sobre el tema, lo cual puede cambiar mucho la historia. Algo que si existe un club de fans potente puede crear opiniones enfrentadas, dado que no a todo el mundo le gusta leer una versión contraria a la suya. ¿Cuál es entonces la visión de Jude Morgan respecto a las Brontë? Pues tremendamente pesimista. Hasta el punto que resulta por momentos inverosímil. ¿De verdad no tuvieron un momento bonito en sus vidas? ¿De verdad su existencia fue una concatenación de desgracias, cada una más trágica que la anterior? Es cierto que ninguna de ellas lo tuvo fácil, y menos siendo mujeres en plena era victoriana, pero me cuesta creer que no existiesen pequeños rayos de sol entre tanta niebla. Y si a todo eso le añades una narración un tanto desconcertante en la que se cambia constantemente de tiempo verbal y en la que se echa de menos un peso contundente, algo que estilísticamente te ate a la historia, convierten en El sabor de las penas en una novela más sobre las hermanas Brontë. Pese a todo, el texto de Morgan es disfrutable, con un mínimo grado de entretenimiento y con una base lo suficientemente atrayente como para que el lector sienta al menos cierta curiosidad sobre la figura de las tres escritoras más allá de sus escritos. Como no, la base de Elisabeth Gaskell está ahí (amiga íntima de Charlotte y autora de una de las primeras biografías de la mayor del clan Brontë), pero cabría hacer una reflexión al respecto. Es verdad que el testimonio de Gaskell es de los más verídicos que existen, dado a su profunda amistad con la autora de Jane Eyre y por ser coetánea a la vida de al menos una de ellas. Sin embargo, ¿es suficiente? ¿Seguro que no hay más documentos que complementen la visión de Gaskell? Pues al fin y al cabo estamos ante una perspectiva más, una opinión que merece ser contrastada sin desestimar su valor tanto histórico como documental.

   ¿Sabremos alguna vez cómo fueron en realidad Charlotte, Emily y Emily Brontë? Probablemente nunca podamos ni siquiera aventurarlo. Tal vez la versión oficial, a la que se agarra Jud Morgan con todas sus fuerzas en El sabor de las penas, sea la más asentada y popular de todas. Esa que dice que Charlotte - insegura en cuanto a su aspecto físico pero valiente y decidida - era la que tenía más claro que quería ser escritora, que Emily - solitaria y de difícil carácter - a penas salió de Haworth y que Anne - la más mimada e influenciada por su tía - fue durante décadas la gran olvidada por la crítica literaria. Esa que, por extensión, nos asegura que Branwell - hermano díscolo y alcohólico con un futuro prometedor tirado por la borda - tuvo una vida aún más oscura que la de sus hermanas, o que Partick Brontë - el patriarca de la familia - mantenía  sus hijas recluidas en la rectoría pero con la libertad de poder leer cuanto quisieran de su espectacular librería. No obstante, también existen teorías - algunas de ellas muy locas - que hablan de incesto - entre Emily y Branwell - de homosexualidad - en el caso de Branwell - o incluso de celos entre hermanas - estudios apuntan a que la causa de que la obra de Anne Brontë haya tardado tanto en salir a la luz se debió al empeño de Charlotte por ocultarla, menospreciar su trabajo o incluso destruirla -. Entre realidad, ficción y especulaciones varias, lo que está claro es que independientemente de si amamos en su conjunto la prosa de dichas autoras o si por el contrario la aborrecemos, la cuestión es que no podemos pasar por alto su ejemplo. Tres mujeres, perdidas entre agrestes páramos y siendo constantemente juzgadas y controladas por el machismo de la época, fueron capaces de unir fuerzas para sacar adelante tres novelas que a la larga formarán parte de la literatura universal. Y todo ello, como he dicho, sin moverse a penas de Yorkshire y entre los muros de la rectoría de Haworth. Su legado literario sirve, sin duda, como ejemplo ya no sólo para todas aquellas niñas que sueñan con ser escritoras, también para hacernos ver a las mujeres que cualquier empresa es posible con esfuerzo, dedicación y muchas horas de trabajo. Paradójicamente, y aunque tuvieron que firmar bajo pseudónimo, Charlotte, Emily y Anne vivieron su anodina existencia ajenas al hecho de que media Inglaterra se estuviese preguntando, maravillada, quienes eran los hermanos Bell. Sólo Charlotte - durante un corto periodo de tiempo - disfrutó de las mieles del éxito mientras sus hermanas aguardaban a que la historia, por fin, las devolviese al lugar que les correspondía.

   El sabor de las penas: una historia de unión, sororidad femenina, reclusión, alcoholismo, rivalidades, mucha oscuridad... Una novela que te empuja a investigar el universo Brontë mas allá de lo que todo el mundo sabe.

Frases o párrafos favoritos:

   "- ¿Entonces no quieres que lo que escribes agrade a los lectores? ¿Qué efecto pretendes causarles?  
     Emily adopta su vieja pose de estar a la escucha y luego rompe a reír, como si una voz invisible le hubiera contado un chiste.
     - Pretendo enfurecerlos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 21 de mayo de 2019

RESEÑA: Ellen Foster

ELLEN FOSTER

Título: Ellen Foster.

Autora: Kaye Gibbons (Estados Unidos, 1960) escribió Ellen Foster, su primera novela, mientras estudiaba literatura en Chapel Hill. El libro fue galardonado con el prestigioso premio Sue Kaufman a la mejor primera obra, obteniendo inmediatamente el reconocimiento de crítica y lectores. Hoy en día este libro se considera un clásico de la cultura popular gracias a sus sucesivas ediciones y adaptaciones al teatro y al cine. A partir de esta, siguieron varias novelas como A Virtuous Woman (1989), A Cure for Dreams (1991), Charms for the Easy Life (1993), Sights Unseen (1996), On the Occasion of My Last Afternoon (1998) o Divining Women (2004). En 2005 publicó una secuela de su primera novela, The Life All Around Me by Ellen Foster. (Fuente: Editorial).


Editorial: Las Afueras.

Idioma: inglés.

Traductora: María José Rodellar.

Sinopsis: Cuando era pequeña pensaba en cómo matar a mi padre.” Así empieza Ellen Foster, una de las contadas obras cuya protagonista, al igual que el Huckleberry Finn de Mark Twain o la Pecola Breedlove de Toni Morrison, ha entrado por derecho propio en la cultura popular norteamericana.
Ellen es una niña de once años que, haciendo gala de una inteligencia y una determinación fuera de lo común, busca su lugar en el mundo mientras todo parece tambalearse a su alrededor. Ambientada en un Sur en el que el racismo, la exclusión y la violencia forman parte del paisaje cotidiano, este libro, a medio camino entre la novela de formación y el gótico sureño, también es una obra repleta de lirismo, humor y humanidad. Una obra memorable sobre la búsqueda del amor y la amistad, repleta de imágenes que no abandonarán al lector y que entusiasmará a los lectores de Flannery O’Connor o Carson McCullers. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Dura, brutal, con una narradora tan carismática como difícil de olvidar, demasiado breve, rabiosamente crítica, último eslabón de una larga tradición literaria dentro de Estados Unidos, capaz de provocar la empatía más abrumadora en el lector... No todas las novelas - aunque debería referirme a los libros en general - pasan a la historia, y las que lo consiguen lo hacen en función a una serie de volátiles y casi imprevisibles causas. Existen las que, debido a la forma en la que están escritas, automáticamente se convierten en referentes para las futuras generaciones de escritoras/es. Existen también las que, en relación con lo primero, acaban engrosando los temarios de las carreras de humanidades, catalogándolas de imprescindibles para el conocimiento o aproximación a un tema determinado de nuestro pasado, por muy lejana que resulte su literatura y por mucho que ésta se envuelva en una retórica fantástica - fijaos en el caso de El Señor de los Anillos o de Alicia en el País de las Maravillas por ejemplo -. Existen, además, las que irrumpen en un momento concreto de la historia, eclosionando en circunstancias de verdadero cambio, crisis o inicio de nuevas etapas históricas. Esas acompañan a los protagonistas de dichos acontecimientos, tanto en sus pensamientos como en los lemas de sus correspondientes pancartas. Pero también, existen novelas cuya autora o autor no pasará a la historia precisamente por el conjunto de su producción literaria, sino por la grandiosa y laboriosa construcción de su protagonista. Sherlock Holmes, Frankenstein, Emma Bovary, Jane Eyre, Peter Pan, Gregor Samsa, Holden Caulfield, Anna Karenina, Jay Gatsby, Pinocho, John Long Silver, Robinson Crusoe, Harry Potter,  Pipi Calzaslargas... La lista es lo suficientemente infinita y clarificadora como para ir añadiendo más nombres a ella. Aunque a decir verdad, y en relación con el libro que hoy tengo el placer de reseñar, debería incluir dos ilustres personajes de la literatura norteamericana. Los cuales han contribuido a enriquecerla en un momento de verdadera urgencia creativa. Ellos son, por supuesto, Tom Swayer y Huckleberry Finn. Dos niños, los dos nacidos en el sur de los Estados Unidos, dos amigos y en última instancia dos inadaptados cuya vida discurre en los márgenes de la sociedad. Algo que también encontramos en la protagonista que Kaye Gibbons construye y entrega como un preciado tesoro al lector. Ellen Foster: la supervivencia entre ríos de alcohol, campos de algodón sureños y rayos de sol llamados sororidad femenina.  

   Kaye Gibbons pare a su personaje más memorable durante su etapa universitaria. Las aulas de Chapell Hill y las clases de literatura fueron el entorno perfecto para que Ellen Foster tomase voz propia, sin perder de vista toda esa tradición dentro de la literatura norteamericana a la que hacíamos referencia anteriormente. De esta novela se han dirimido unas cuantas interpretaciones, algunas poniendo sobre la mesa las posibles conexiones u inspiraciones con tres importantísimas obras del imaginario literario de dicho país, tales como Matar a un ruiseñor, El guardián entre el centeno o incluso hay quien la ha comparado con la evocadora narración de Jo, la eterna protagonista de Mujercitas. Sin embargo, y atendiendo no tanto en su contexto - la novela fue publicada en los años ochenta del pasado siglo - como sí a su temática y forma de abordarla, a mi me parece que la mayor influencia es la de Huckleberry Finn. Para refrescaros la memoria, decir que la novela de Mark Twain narra las peripecias del mejor amigo de Tom Swayer en un intento por hacer de ésta una suerte de continuación de su obra más célebre. Sin embargo, y por fortuna, Huckleberry Finn resultó ser algo más que una simple segunda parte, sino que con el tiempo acabó convirtiéndose en uno de los mayores clásicos de la literatura estadounidense. La fórmula fue sencilla: ambientación temporalmente actual (la de mediados de siglo XIX), el paisaje sureño retratado con una brutalidad extrema, la narración en primera persona desde la perspectiva del propio Huck (recordemos, un niño de 12 años) y la construcción de una grandísima paradoja (la de que Huck, criado en la superioridad de los blancos, padece las consecuencias de una familia desestructurada). Un siglo más tarde y con una fórmula casi calcada decidió Kaye Gibbons construir a su Ellen Foster. No estamos en el despiadado sur de los inicios de la Guerra de Secesión, pero sí en el sórdido sur de la década de los 60. Dos épocas bien alejadas en el tiempo que confluyen sin embargo en lo importante: en un contexto de auge racista como ambientación de una historia de superación, viaje (tanto físico como psicológico) y en el que la violencia se ejercerá - al menos en un primer plano - sobre la población, en teoría, más privilegiada en dichos marcos temporales.

   Con el recuerdo de Huckleberry Finn en la memoria, diremos que Ellen Foster - como personaje - es una niña proveniente de una familia situada en las antípodas de la imagen que proyectaban los anuncios, las revistas o las series de televisión de la America Way of Life. Nada más iniciar su lectura, y para mayor alivio del lector, pronto somos conscientes de que lo peor ha pasado. Ellen se encuentra en un nuevo hogar bajo la tutela de una mujer a la que llama "mi nueva mamá", su tono espontaneo y risueño contrasta enormemente con la historia que ella misma nos narra, lo cual nos hace pensar que probablemente haya pasado un tiempo desde que dejase atrás todo aquel incansable periplo en busca de ese ansiado amor materno y paterno. Por lo tanto, la incertidumbre y la tensión narrativa residen, ya no en el que pasará, sino en el previsible descenso a los infiernos, a la posibilidad de no soportar las secuelas de un pasado tan traumático. De este modo, es inevitable volver - narrativamente hablando - una y otra vez al pasado, a lo que no quisimos leer, a esa terrible convivencia con una madre maltratada - la cual acaba suicidándose - y con un padre alcohólico, a esos familiares que no quisieron hacerse cargo de ella, a esa abuela cuyo odio visceral hacia al padre es proyectado sobre la propia Ellen. Existe una constante necesidad de poner al lector en situación, pero también de hacerle ver, una y otra vez, que Ellen Foster ha vivido demasiado para su edad.

   Sin embargo, y para mayor equilibrio y verosimilitud, no todo es oscuridad en Ellen Foster. De hecho, además de su forma de afrontar los acontecimientos - controlando sus emociones y demostrando determinación a la hora de tomar decisiones -, podemos hablar de dos elementos que arrojan un poco de luz entre tanta crueldad. El primero de ellos está representado por una bondadosa maestra de arte llamada Julia que decide acogerla en su casa durante un tiempo. En ella, Ellen consigue cierta paz y tranquilidad a la espera de saber con qué pariente se queda próximamente. Y el segundo - y más importante dentro de esta historia - su amistad con una niña negra llamada Starletta. Sin duda, pequeños y memorables respiros aliviados para una trama ya de por si viciada con grandes dosis de crueldad y violencia. Esta relación dentro de la novela es vital para entender el paralelismo con Huckleberry Finn, ya que Gibbons construye sobre esta amistad la paradoja a la que hemos hecho mención al principio de la presente reseña. Pues, al igual que Huck traba amistad con un esclavo negro fugado en busca de la libertad y juntos emprenden un peligroso viaje sobre las aguas del Missisipi, Ellen encontrará el apoyo en Starletta - criada entre algodones a pesar de proceder de un entorno humilde - para iniciar su particular viaje a través de los recuerdos y la aceptación de los mismos. La esperanza existe, y en esta novela es doble y tiene nombre de mujer.

   Podría finalizar esta disertación literaria con una de esas reflexiones sobre el poder de la amistad en tiempos revueltos, pero también, y a riesgo de meterme en un jardín, hablar sobre la importancia de este tipo de narraciones en el contexto actual. No hace falta detallar por qué pienso que Estados Unidos atraviesa uno de sus periodos más inciertos, radicales y regresivos de toda su historia. Por ello, creo que novelas como la de Kaya Gibbons son merecedoras de una segunda vida en el corazón de los lectores ya no sólo estadounidenses, sino del resto del mundo. Pues el poderoso mensaje que transmite se traduce en una sonora y pertinente bofetada al establishment social que durante tanto tiempo nos ha comido la cabeza con la enfermiza idea de la superioridad entre etnias o razas. A Ellen Foster no le hacen daño los marginados - que en su momento era la comunidad afroamericana - sino sus propios parientes blancos, y por tanto, superiores según las teorías racistas de la época. De hecho, la propia Foster se siente más cerca de los discriminados por el sistema que de los que componen la masa privilegiada. Desmontando los pilares del mundo de los adultos, Gibbons nos muestra lo fácil que resulta acercarse a valores cívicos y de convivencia tan necesarios en nuestro tiempo. Y más aún cuando en el sillón del poder se sienta un Trump, un Salvini o un Jair Bolsonaro.

Ellen Foster: una historia de superación, desarraigo, soledad, impotencia, supervivencia, alcoholismo, locura, esperanza... Una novela que se enquista en la memoria del lector, deseando una esperada y pertinente continuación.

Frases o párrafos favoritos:

"Podría quedarme toda la noche leyendo. No puedo dormirme si no leo. Hay un momento en el que el cerebro no tiene nada constructivo que hacer y se dedica a dar vueltas. Yo le obligo a dejar de hacerlo leyendo hasta que se apaga del todo. Es que creo que es mejor hacer alguna cosa hasta el momento en que te duermes."

"Y yo me quedé allí sintiéndome lista por saber la verdad y todo lo que puede pasar cuando menos te lo esperas."

"Ojalá se atraganten. Ojalá se atraganten y se mueran y yo prenderé fuego a la casa y los quemaré a todos. Hasta a mi propio padre y así terminará todo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras

miércoles, 15 de mayo de 2019

RESEÑA: Lo que Maisie sabía

LO QUE MAISIE SABÍA

Título: Lo que Maisie sabía.

Autor: Henry James (1843-1916), escritor americano, nacionalizado británico, está considerado uno de los grandes novelistas de finales del siglo xix y principios del xx. De su extensa obra cabe destacar novelas y relatos tan conocidos como: Daisy Miller (1878), Washington Square (1881), Retrato de una dama (1881), Las bostonianas (1886), Los papeles de Aspern (1888), Otra vuelta de tuerca (1898), Las alas de la paloma (1902) o La copa dorada (1904). (Fuente: Editorial).


Editorial: Gatopardo.

Idioma: inglés.

Traductor: Sergio Pitol.

Sinopsis: Lo que Maisie sabía cuenta la historia de Maisie, una niña que a causa del divorcio de sus padres se ve obligada a vivir un periodo de seis meses con cada uno de ellos. Entre madre, padre, madrastra, padrastro, institutrices y niñeras, Maisie intentará comprender, con mirada inocente y mente perspicaz, el complejo mundo de los adultos, en el que la ambigüedad, la hipocresía, el engaño y la culpa constituyen su entramado emocional y sentimental. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Concentrada, a ratos densa, oscura, con un narrador adecuado para esta historia, profunda, humana, bien escrita (no es para menos), terriblemente actual... Resulta muy curioso que se me ocurriera una tarde, mientras aguardaba en la habitación de un hospital junto a mi hermano, iniciarme precisamente en la lectura de Otra vuelta de tuerca, la novela con la que me enamoré de Henry James. Estadounidense de nacimiento, británico como rebelión. Barroco en sus novelas, accesible en sus relatos. Retratista del alma humana por las mañanas, autor de terror gótico por la noche. Aunque dicha obra (la cual un siglo después Amenábar adaptaría con gran acierto y con una Nicole Kidman en uno de sus papeles más icónicos) se adecuase a lo segundo más que a lo primero - a pesar de esa radiografía psicológica marca de la casa - poco me importó en cuanto tuve la oportunidad de leer la primera página. Desde entonces, y siempre que puedo, trato de reunir en mi biblioteca todo lo que puedo de él - el leerlo de inmediato, como sucede con todo lector, es otro cantar -. Sin embargo, con la novela que tengo de nuevo entre mis manos es diferente, pues tanto su extensión (317 páginas de Henry James pueden ser una gloria o un pequeño suplicio), así como su temática - dura hasta decir basta a pesar de su aparente simpleza - me hacían replantearme una y otra vez su lectura. Hasta el punto de enfocar mi interés en títulos menores del autor a sabiendas que ésta era una de sus mejores novelas. Desvíos claramente intencionados e injustificados que desembocaron, como no podía ser de otra forma, en una oportunidad muy bien aprovechada, digerida, llorada y por supuesto leída. Lo que Maisie sabía: una niña como escudo y testigo de los cristales rotos de un espejo llamado matrimonio.


   Adentrarse en la prosa de Henry James es similar a adentrarse en un laberinto. Nunca sabes si vas a conseguir salir de él rápidamente o, por el contrario, tardaras en encontrar la salida y te perderás entre callejones sin salida o caminos que parecen conducir a ninguna parte. Lejos de alarmaros (ya que a Henry James hay que leerlo sí o sí tanto si eres un lector común como si tu sueño es poder vivir algún día de la escritura), lo que pretendo con mis palabras es aportar toda la sinceridad del mundo. Los clásicos no son fáciles, y menos cuando superan las 300 páginas, y en el caso de Henry James son palabras mayores. Ya nos lo avisó la que fuera su discípula, amiga y confidente durante muchos años - la grandísima Edith Wharton - al admitir que algunos pasajes de su extensa obra resultaban bastante incomprensibles. La admiración implica sinceridad, algo que todas y todos los que nos dedicamos a la crítica literaria deberíamos tatuarnos en la piel, o si no queremos llegar a esos extremos, al menos prestar atención a la relación entre maestro y alumna - aventajada en este caso - en lo que intercambios de impresiones se refiere. Con respeto, pero sin dejar de lado la verdad. Dicho esto, no puedo estar más de acuerdo con Wharton, ya que en esta obra en concreto, en ocasiones - debido a un barroquismo inusitado - al lector se le hace bola. Sin embargo, para que el efecto derivado de su estilo inusitadamente barroco fuese más  leve - ya que en este caso es imposible aportar un remedio - como lectora me concentré en lo que James me estaba contando, y a partir de ahí dejarme llevar. No hay nada más efectivo que cambiar el chip de "lectora común" a "lectora-historiadora" para acabar maravillándome de su atemporalidad, porque sí, lo que sucede en Lo que Maisie sabía podría bien estar aconteciendo al otro lado del rellano.

   Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Lo que Maisie sabía debemos empezar por algo capital, algo que confiere de originalidad la presente novela, algo de lo que muchas veces no nos damos cuenta y que resulta imprescindible para cualquier historia: la particularidad de su narrador. Acostumbrada a toparme con narradores en primera persona o con narradores omniscientes capaces de conocer hasta los sentimientos más ocultos de los personajes, de pronto, Henry James me sorprende con un interlocutor en una tercera persona muy poco convencional. Lo podemos catalogar como frío, impasible, pero personalmente creo que el adjetivo más adecuado para definirlo es el de "distante". Es decir, nos narra la historia pero sin llegar a involucrarse al 100% en ella, dando la sensación de que tiene opiniones propias - las cuales no duda en verter ante el asombro del lector - y sobre todo, que no quiere - por deseo personal - contar más de lo que realmente sabe del asunto. Este narrador no cae bien, no busquéis empatizar con él, no forcéis la maquinaria, pues ahí está la magia de esta novela, en la originalidad de un autor que ha decido contarnos lo que pasa desde la distancia, algo que por cierto, encaja perfectamente con el argumento y la trama. Lo que Maisie sabía cuenta, como habéis podido leer en la sinopsis, la historia de un matrimonio que se rompe con una hija en común. Una historia a la que el lector asiste con verdadera vergüenza, estupor, impotencia e indignación al descubrir como, tanto el padre como la madre, usan a la pequeña para fastidiarse el uno al otro. Y mientras tanto Maisie, de tan solo seis años, acaba entrando sin ella quererlo en un mundo de emociones adultas que ni ella misma comprende. Resulta abrumador como el lector consigue empatizar con la niña, hasta el punto de sentir la misma tristeza, la misma confusión y misma la sensación de estar perdida/o en una dinámica que no le corresponde para su edad. Lejos de solucionarse el problema con una custodia compartida - seis meses con cada uno - los tiras y aflojas entre sus padres recién separados continuarán. De esta forma, Maisie deberá acostumbrarse a vivir en dos realidades diferentes - sus padres consiguen rehacer sus vidas - con dos familias que no siempre tienen ganas o tiempo para ocuparse de ella, ya que la propia Maisie simboliza el recuerdo del fracaso matrimonial. O al menos eso es lo que nos quiere transmitir el narrador desde su "objetivo" punto de vista. A medida que vas avanzando, el lector asiste al proceso de crecimiento y maduración de Maisie, quien sobrevive como puede a la situación, algo que prolonga la angustia y la preocupación del lector, el cual acaba odiando a los padres y sobre protegiendo - como si fuera su propia hija - a la pobre Maisie. Por último, y antes de pasar al siguiente párrafo, me gustaría destacar la magnífica habilidad del autor a la hora de confeccionar y dotar de psicología a los personajes infantiles. Ya lo demuestra en Otra vuelta de Tuerca - Miles y Flora aún me siguen dando escalofríos - y de nuevo encontramos a Maisie, una niña que ya tiene padres, pero aún así, Henry James consigue que queramos adoptarla, sacarla de aquella casa, llevárnosla para cuidarla en un lugar mejor.

   Resulta decepcionante comprobar lo poco que el ser humano ha cambiado. Sobre todo respecto a algunos temas, los cuales, por arraigo social y cultural, parecen no evolucionar nunca. Dicho esto, es importante comentar que la obra de Henry James resulta bastante pionera en ese sentido. Ya no sólo en lo que al argumento de la misma se refiere - que de seguro devino en escandalo - pues por primera vez el lector pudo adentrarse en la espesura y en la oscuridad que en ocasiones reinan en lo privado, en la casa, en ese hogar que desde el XIX nos han intentado vender como idílico. También desde el punto de vista universal ya que, como podemos observar tanto a nuestro alrededor como nada más poner la tele, las relaciones tras el divorcio - y más cuando hay uno o más niños en común - no siempre son buenas. Algunas series de televisión muy conocidas en este país se lo toman a humor - hasta llegar a lo histriónico - pero la realidad es que los que más sufren en ese sentido, los niños, ven afectado su mundo en un momento crucial en sus vidas, en pleno desarrollo y siendo testigos de los rifirrafes entre sus propios padres. Sin embargo, a pesar de su avanzado planteamiento narrativo, no debemos olvidar que Lo que Maisie sabía es hija de su tiempo, como lo fue el propio Henry James. ¿Recordáis mi insistencia entorno al particular narrador de esta novela? Sí, pues en ese caso ¿no estamos entonces ante un narrador que, social y culturalmente, podría también ser un arquetipo de su época? ¿Esa frialdad y esos posicionamientos partidistas que en la mayoría de ocasiones otorga al padre no lo delatan? Y lo más importante ¿nos está queriendo su autor lanzar un mensaje de que, en cuestiones de divorcio, el hombre es el que siempre gana? ¿Crítica social entonces? No lo creo ¿reflejo de los cambios y resistencias de una época? Respuesta correcta.

Lo que Maisie sabía: una historia de enfrentamientos, tristeza, impotencia, infancia alterada, incomprensión, egoísmos, desconcierto... La trascendencia de un debate social en constante ebullición.

Frases o párrafos favoritos:

"Así, la fuerza principal de la niña procedía de su aguda sensación de ser espectadora, de la larga costumbre de ser, desde un principio, motivo de discusiones y en contra la violencia de estás -tenía una cierta idea del juego de fútbol- una especie de compensación por el hecho de verse condenada a tan peculiar pasividad. A menudo esa sensación le permitía ser espectadora de su propia vida, como si la observase con la nariz aplastada detrás de una ventana."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

viernes, 10 de mayo de 2019

RESEÑA: La canción de los vivos y los muertos.

LA CANCIÓN DE LOS VIVOS Y LOS MUERTOS

Título: La canción de los vivos y los muertos.

Autora: Jesmyn Ward (DeLisle, Misisipi, 1977) es autora de las novelas Where the Line Bleeds (2008) y Quedan los huesos, que en 2011 obtuvo en Estados Unidos el National Book Award. También es autora del libro de memorias Men We Reaped (2013), finalista del National Book Critics Circle Award, y editora de la antología de ensayos y poemas The Fire This Time: A New Generation Speaks About Rce (2016). La publicación en 2017 de La canción de los vivos y los muertos le valió de nuevo el National Book Award, convirtiéndose en la primera autora de la historia de Estados Unidos en ganarlo en dos ocasiones. (Fuente: Editorial).


Editorial: Sexto Piso.

Idioma: inglés.

Traductor: Francisco González López.

Sinopsis: Jojo, de trece años, y su hermana menor Kayla viven con sus abuelos negros en una granja en la costa del Golfo de Misisipi, con la compañía siempre esporádica de su madre, Leonie, una mujer que desearía ser mejor madre de lo que es, atormentada y en ocasiones reconfortada por las visiones de Given, su hermano asesinado cuando era adolescente. Cuando el padre de Jojo y Kayla, un hombre blanco, va a salir de prisión –Parchman Farm, la misma penitenciaría en la que el abuelo de Jojo cumplió una condena injusta durante su juventud–, Leonie insiste en ir a recogerlo con los niños. Durante el azaroso viaje, Jojo, Kayla y Leonie deberán aprender a relacionarse como familia, y Jojo conocerá a Richie, otro niño con quien descubrirá el legado de la esclavitud y la importancia de reconciliarse con el pasado. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

  Áspera, sinestésica, inquietante, con un ritmo algo irregular, sin contemplaciones, con tres genuinos narradores, racial, sólida, sobrenatural, fantasmagórica... Al reencontrarme con el libro que hoy tengo el inmenso placer de reseñar, no he podido evitar volver a esa enseñanza, a ese aporte, a ese grandísimo consejo que nos dieron uno de los primeros días del curso de escritura creativa al que asistí hace unos años y que parece repetirse como un mantra allá por donde vayas. Esa máxima que dice que en literatura es muy difícil innovar en cuanto a temática, pues ya se ha escrito de todo, absolutamente de todo. Sin embargo el reto y lo esencial, y más en los tiempos que corren, es hacerlo desde una perspectiva diferente. En resumen, que la forma y el punto de vista harán de tu escrito algo singular, y por consiguiente único. Está comprobado que cuando el lector se adentra en una historia cuyos temas (universales hasta decir basta) son abordados desde una mirada más tradicional, éste tiende a olvidar dicho argumento. Convirtiéndose automáticamente en un libro más del montón. Oscuro destino, terrible condena. Sin embargo, todas aquellas novelas (y relatos, y ensayos, y poemarios...) construidos desde una narración menos conservadora, acaban alojados, ya no sólo en la cabeza, también, y es casi lo más importante, en el corazón de los lectores. Eso mismo sucede con Jesmyn Ward, una escritora que ha sido capaz de contarnos algo que ya sabemos (los problemas raciales en los Estados Unidos) pero a partir de un género totalmente sorprendente y que nos obliga a nosotros como lectores a observar dicha problemática desde un prisma menos racional pero igualmente abrumador. La canción de los vivos y los muertos: un himno mágico y redentor a ritmo de góspel.

   Lo primero que llama la atención una vez comienzas a leer la novela de Ward es la rapidez con la que el lector más sibarita consigue captar cada una de las influencias literarias. Y al contrario de lo que pudiéramos pensar, Ward es, como todas y todos los escritores de este planeta, una autora en crecimiento y en constante aprendizaje. De ahí que, como es obvio, se nutra de la maestría de los ancestros y demás figuras inquebrantables de la literatura universal, tanto de la más "lejana" en el tiempo como la más reciente. La canción de los vivos y los muertos tiene reminiscencias a Toni Morrison (la literatura como elemento para avivar debates todavía vigentes y golpear a la sociedad con el poder de la memoria, en este caso, la memoria de la comunidad afroamericana en  Estados Unidos), ecos de Eudora Welty (escritora sureña a la que la propia Ward homenajea en un párrafo de la novela) o rasgos de Flanney O´Connor (en lo que al peso de lo moral que siempre acompaña a algunos de los personajes, condicionando sus acciones y su actitud frente a la vida). Pero sin duda, La canción de los vivos y los muertos no tendría su razón de ser sin la silenciosa pero notable presencia de William Faulkner en prácticamente todo el libro. Con esto no estoy diciendo, por descontado, que Ward no tenga estilo propio - aunque nos encontremos todavía ante una autora en pleno desarrollo, todo hay que decirlo - simplemente constato una evidencia, la de que ha nutrido el estómago de la inspiración creadora con paisajes semejantes a los que podemos encontrar en esa américa profunda que tan bien describió Faulkner y, por supuesto, con esa insistencia en subrayar los trances familiares, esos momentos de cambio cuyas consecuencias pueden ser tan imprevisibles como irreversibles. Si por algo Faulkner se ha ganado estar en el olimpo de las letras estadounidenses es precisamente por esa profundización en esos dramas domésticos para otorgarles un carácter más universal y épico. Convirtiéndolos en el centro, en el eje al rededor de la que giran todo y todos. A Yesmyn Ward se le da bien tambalear los cimientos de la unión familiar, pero también - y es ahí donde encontramos la clave de su singularidad en ciernes - introducir el realismo mágico (¡bendito Gabo!) justo en el momento adecuado, tornando las escenas de una lucidez que contrarresta la irregularidad en lo que a tensión narrativa se refiere. Como hemos dicho, nadie nace enseñado, y aunque Jesmyn Ward tenga dos National Book Awards en su haber - uno precisamente por la presente obra -  siempre se puede mejorar.

   Son varios los narradores presentes en La canción de los vivos y los muertos. En primer lugar Jojo, un niño de trece años que vive junto a su pequeña hermana Kayla en la casa de sus abuelos maternos. Una pareja formada por Ma, la abuela - convencida del poder curativo de las plantas y de la presencia de espíritus, creencias que, sin embargo, no le han ayudado a paliar el cáncer que padece - y por Pa, el abuelo - quien lleva todo el peso de la familia y los recuerdos y secretos de su estancia injusta en la cárcel sobre sus hombros -. La despreocupación de sus padres, así como la convivencia diaria con sus abuelos y el asumir los cuidados de Kayla, han conferido a Jojo de una madurez impropia para su edad. Por otro lado, asistimos a la historia de Leonie, la madre biológica de Jojo y Kayla. Una mujer superada por las circunstancias - nunca deseó ser madre - y adicta a las drogas. De hecho, en su cabeza ni Jojo ni Kayla son su mayor preocupación, sino es Michael - padre de los niños y su camello - a quien tiene constantemente en sus pensamientos. Es sin duda, bajo mi punto de vista, el narrador mejor construido de todos, sobre todo por esa constante presencia - más allá del recuerdo - de Given, el hermano de Leonie que fue asesinado impunemente. Una constante que se acentúa a medida que avanzamos en su lectura. Por último, el lector se topa con Richie, el fantasma de un chico que murió demasiado joven cuya importancia se justifica ya que es él el que nos relata las historias del abuelo cuando estaba en la cárcel, esas historias que Pa cuenta a su nieto. Richie, como buen espíritu atormentado, se pega a Jojo - de hecho, él cree verlo y lo toma como su amigo invisible - con el objetivo de buscar una especie de redención. Estos tres narradores - los humanos y el fantasma - confluyen en el momento en el Leonie, ante la inminente salida de Michael de la cárcel, decide coger el coche, montar a sus hijos en él y conducir hasta el centro penitenciario. Con este punto de partida Ward nos sumerge en una dinámica en esencia realista, con un trasfondo de crítica social brutal, pero al mismo tiempo, en una tónica que tiene a la presencia fantasmagórica como protagonista. ¿Estamos en ese sentido ante una novela con tintes góticos? No, porque dichos espíritus no persiguen un objetivo maligno, aunque en ocasiones den un poco de "yuyu" ¿Entonces, ante algo más Dickensiano? Sí, ya que vemos como esa barrera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se rompe sin necesidad de que hablen entre ellos. El notar su presencia, el verlos y el intercambiar miradas es suficiente como para que se produzca ese quiebre. Además, como en Canción de Navidad, los fantasmas actúan indirectamente como motor, como impulso a las acciones de los verdaderos protagonistas, que no son otros que una familia desestructurada en medio de una road movie - podría perfectamente plantearse una adaptación cinematográfica - y sobre los que parece reposar el permanente y endémico conflicto racial.

   Y es en este punto precisamente en el que debemos detenernos como lectores, aunque sea unos minutos, para ahondar en la poderosa reflexión que Ward plantea en esta novela. "Cada generación es diferente a la anterior" mantra que no dejamos de escuchar cuando en los medios de comunicación hacen referencia a los abismos que - en ocasiones - separan unas generaciones de otras. No hay que irse muy lejos para comprobar lo ciertas que son esas palabras ya que en nuestro propio círculo familiar se dan a diario. Los nietos no pensamos igual que nuestros pares, y éstos, por descontado, difieren de lo que puedan opinar nuestros mayores. Desde la cuestión más pequeña hasta la más trascendental, las diferencias brotan, algo que puede provocar más de un conflicto o choque intergeneracional con mayores o menores consecuencias. En La canción de los vivos y los muertos Ward explora dichos espacios que separan unas generaciones de otras, incluso, como venimos señalando, si éstas pertenecen al mismo núcleo familiar. No obstante, la autora añade más enjundia a este complejo debate aportando una peculiaridad, la peculiaridad de estar ante una familia afroamericana, y por consiguiente, una de las comunidades más castigadas de la historia de los Estados Unidos. Es fácil - gracias al cine - acordarse de algunas injusticias cometidas contra ellos (esclavitud, tortura, discriminación...) y de como dicho recuerdo pasa de generación en generación creando una memoria colectiva a la que durante muchos años se le negó toda posibilidad de manifestarse. En la novela de Ward vemos como, lejos de cerrarse, el conflicto sigue más vivo que nunca, algo que se traslada de abuelos a hijos y de padres a nietos. Las historias no son las mismas, como tampoco ese relato que cada generación transmite (la experiencia de Pa es diferente a la de Leonie) dejando patente ese espacio que separa a unos de otros. Sin embargo, lo que prevalece, lo que se mantiene, ese nexo que los une como familia a pesar de su desestructuración es la certeza de que, aunque se hayan alcanzado muchos derechos, la comunidad afroamericana sigue siendo objeto de estigmatización social. Podríamos concluir entonces que, en los tiempos que corren - con Trump en la Casa Blanca - esa necesidad de conciliar esperanza con el rencor, en otras palabras, seguir hacia adelante sin perder la memoria para seguir reivindicando, parece ser la que defiende Ward en un país en el que, por desgracia, el relato de la comunidad afroamericana ha interesado bastante poco hasta hace cuatro días. Y a todas luces la vía más factible. Algo que contrasta con otros países en los que su relación con los acontecimientos más oscuros de su historia más reciente sigue siendo terriblemente tóxica.

La canción de los vivos y los muertos: una historia de tránsito, descubrimiento, fantasmas, recuerdos, conflictividad racial, discriminación, adicciones, relaciones familiares... Una novela para reflexionar sobre la convivencia, la prevalencia y las huidas hacia adelante.

Frases o párrafos favoritos:

"El hogar tiene que ver con la tierra. Si la tierra se abre para ti. Si tira de ti tan fuerte que el espacio entre tú y ella se funde y sois sólo uno y late como si fuera tu corazón. Al mismo tiempo. El sitio donde vivía mi familia… es un muro. Es un suelo duro, madera. Luego cemento. Sin nada abierto. Sin latido. Sin aire."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso.

martes, 7 de mayo de 2019

RESEÑA: Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad.

MAMÁ DESOBEDIENTE
UNA MIRADA FEMINISTA A LA MATERNIDAD

Título: Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad.

Autora: Esther Vivas (Sabadell, 1975)Licenciada en Periodismo y Máster en Sociología, desde que Esther Vivas se convirtió en madre ha escrito numerosos artículos sobre maternidades, parto y lactancia. Es autora y coautora de diversos libros sobre sistema agroalimentario y movimientos sociales, entre ellos El negocio de la comida (2014), Planeta indignado (2012), En pie contra la deuda externa (2008) o Supermercados, no gracias (2007). Colabora como analista política en varios medios de comunicación, forma parte del consejo asesor de la revista Viento Sur y fue galardonada en 2015 con un Premio Biocultura al periodismo comprometido con la ecología. (Fuente: Editorial).


Editorial: Capitán Swing.

Idioma: español.

Sinopsis: ser madre no es una tarea fácil. Vivimos en una sociedad hostil a la maternidad. No es sencillo quedarte embarazada, tener un parto respetado, dar de mamar donde y cuando quieres, compaginar la crianza y el empleo. Todo el mundo se cree que puede juzgarte. Parece que tenemos que escoger entre una maternidad neoliberal supeditada al mercado o una maternidad patriarcal sacrificada. Pero ¿dónde queda nuestro derecho a vivir sin imposiciones la experiencia materna? Si tomamos el principio feminista de que lo personal es político, el reto consiste en politizar la maternidad en sentido emancipador. No se trata de idealizarla, sino de reconocer su papel fundamental en la reproducción social, otorgarle el valor que le corresponde. Una vez las mujeres hemos acabado con la maternidad como destino, toca poder decidir cómo queremos vivirla. En este libro, Esther Vivas habla de temas invisibles como la infertilidad, el embarazo, la pérdida gestacional, el parto, la violencia obstétrica, el puerperio, la lactancia, el negocio del biberón… Lo hace a través del ensayo, la literatura y su experiencia personal. Una mirada feminista y desobediente a la maternidad.

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, ameno, revelador, extraordinariamente completo, feminista, honesto, impactante en algunas partes, con un riguroso y accesible número de fuentes citadas... Cuando un día de febrero me escribieron desde la redacción de À Punt para preguntarme si estaba interesada en aportar una lectura para un artículo que publicarían en su página web con el motivo del 8 de Marzo me hicieron la persona más feliz del mundo. Recuerdo que estaba en Soria, esperando a que mi hermano saliera del teatro donde acababa de representar una obra de danza dedicada a la vida y obra de Antonio Machado. Entonces, entre el frío de la noche y la alegría, me pareció el mejor momento para dar la noticia (la cual conocía desde aquella misma mañana). A la vuelta, lo primero que hice fue ponerme manos a la obra, pensar en todos aquellos libros escritos por mujeres que habían sido determinantes en mi vida desde una perspectiva intelectual así como en la órbita más personal. Tras una criba lo tuve claro, envié dos propuestas a la periodista que había contactado conmigo, de las cuales se escogió finalmente uno, el de mi queridísima y amada Charlotte Perkins Gilman. De ese modo, contribuía a que El papel pintado de amarillo se difundiera un poco más. En aquella lista de mujeres feministas del ámbito cultural valenciano (sí, es muy fuerte que me incluyeran entre tanta profesional con mayor prestigio que yo) se encontraban nombres como los de la escritora María Bastarós, la periodista Laura Bellver, la presentadora Victoria Maso, la divulgadora literaria Irene Rodrigo, la subdirectora de La Veu Ingrid Lafita, las traductoras Núria Molines y Carla Bataller, la librera Alodia Clemente, la editora Mercè Pérez y mi querida compañera de instagramsfera Paloma Martínez. Una de ellas (Alodia Clemente en concreto) recomendó el libro que hoy me dispongo a reseñar. Un ensayo que, con el paso de los meses, ha conseguido cierta repercusión mediática, tanto es así que su segunda edición, así como las constantes recomendaciones por parte de un sector muy concienciado, parecen totalmente justificadas. Mamá desobediente: la maternidad desde una sincera lente morada.

   Ahora bien, ¿qué hace una chica como yo leyendo un libro como éste? La respuesta más rápida sería, precisamente, no responder. Pero lo cierto es que fueron varios los factores que influyeron en mi toma de decisión. Uno de ellos fue, sin duda, mi nulo interés por este tipo de ensayos. En lo que al terreno literario se refiere, he leído infinidad de novelas en las que se aborda el tema de la maternidad desde todas las miradas posibles (desde la más patriarcal hasta la más feminista). De hecho, en los últimos años, las relaciones familiares, en particular con las madres, se han convertido en una inquietud dentro de mi faceta como escritora. Y no a partir de una perspectiva idílica precisamente (ya me conocéis me apasiona el drama y lo siniestro). No obstante, en lo que a ensayos que abordan el tema de "ser madre" siempre me han repelido, ¿será por mi poca disposición a ser madre, al menos por el momento? ¿Será porque aún no estoy en la edad de pensar en esas cuestiones? ¿O simplemente un cúmulo de prejuicios, totalmente justificados, derivados de esa literatura de autoayuda relacionada con la crianza que nos vende la idea de que las madres deben ser súper heroínas inquebrantables? Sinceramente, es un cúmulo de todo eso. Y por si fuera poco, ni siquiera a nivel histórico (de investigación y crecimiento intelectual) me ha atraído lo suficiente como para adentrarme en textos más especializados. Eso si, que yo recuerde, las únicas aproximaciones que he hecho a este tema siempre han sido puntuarles y a las cuales no he vuelto a regresar. Como cuando, durante una clase de prehistoria, dedicamos media hora a analizar el fenómeno artístico de las llamadas venus (como la de Willendorf) de las cuales se decía que podían representar a diosas de carácter maternal o la vez que, en un momento de distensión en historia antigua, el profesor nos habló de los amuletos que les colgaban a los recién nacidos en la antigua Roma (que casi siempre eran figuritas de penes erectos). Pero sin duda, la mayor aproximación que tuve a temas de maternidad fue cuando ahonde en un ensayo histórico La mística de la feminidad de Betty Friedan. Ahí si me enfrenté a los problemas de ser madre, sus dificultades, los modelos de feminidad y maternidad, así como a los diferentes canales de difusión de estos roles. Uno de ellos, el de las enseñanzas del Doctor Benjamin Spock (no, no es el de Star Trek) en El libro del sentido común del cuidado de bebés y niños - ¡ojo! Sigue siendo uno de los best sellers más importantes de todos los tiempos - no podían ser más terribles. Como adentrarse en una pesadilla de terror. En definitiva, entre que la maternidad no es mi campo de investigación y que nunca me ha atraído, normal que tuviese al principio reservas cuando, hace unos meses, de dieron la oportunidad de poder reseñar Mamá desobediente. No tenía claro que aquel libro, escrito por Esther Vivas, pudiese aportarme algo más que unas semanas de distracción lectora. Reconozco que me costó entrar, hacerme con su estilo, pero una vez superado, Vivas me soltó una bofetada de realidad que me obligó a cerrar la boca, despedirme de los prejuicios y dejarme llevar.

   Mamá desobediente no es un libro de usar y tirar, ni muestra una simplona visión de la maternidad, ni siquiera una lista de requisitos a seguir si se pretende abordar el tema desde una perspectiva feminista. Nada de eso. El libro de Vivas resulta ser un completísimo ensayo, y además crítico, que expone de manera ordenada y temática como los tentáculos del capitalismo más salvaje han llegado hasta lo privado, hasta eso que consideramos una decisión propia, como es el tener o no tener descendencia. Y por si fuera poco, para mi sorpresa, el lector podrá encontrar en él una retrospectiva con tres ejes fundamentales: el sanitario, el antropológico y el histórico. Vivas, desde una honestidad pasmosa, nos expone una a una las etapas del proceso reproductivo, desde la concepción a la crianza, pasando por el propio parto, el aborto y su correspondiente duelo (tema que, por desgracia, aún sigue siendo un tabú en nuestra sociedad) a lo largo de la historia hasta llegar al presente más inmediato. Según Vivas, las mujeres hemos sido manipuladas, incluso sin darnos cuenta, en favor de los avances médicos - tendemos a depositar toda nuestra confianza en los profesionales al considerar que nosotras no tenemos ni idea de como proceder, o más bien, de hacernos creer que somos unas totales ignorantes respecto al tema - o simplemente debido al desconocimiento de nuestro propio cuerpo - fundamental en lo que al campo del feminismo se refiere.

   Esta desinformación da lugar a que, en ocasiones, la experiencia del parto sea difícil, abrumadora, terrorífica, incluso con el paso del tiempo traumática para la madre; y es que tras sufrir el desaliento de un sistema que no consiente ni un momento de debilidad y que tiende a infantilizarlas, las mujeres se ven desamparadas en un supuesto "estado de bienestar" que en lugar de echar una mano, parece echarla directamente al cuello. Sin ayudas, sin apoyos, sin empatía, con unos permisos de maternidad insuficientes, con una baja paternal irrisoria (aumentados en los últimos meses pero sin posibilidad de ser transferidos) y sin la comprensión de una sociedad que no cesa en su empeño por hacer sentir a estas mujeres culpables por no sentir felicidad ante la maternidad. Si hubo un apartado que me produjo escalofríos ese fue el apartado de la violencia obstetricia, en donde la autora no se corta en hablar de ésta como la última frontera de la violencia de género. Aportando casos, datos y algunos de los párrafos más inquietantes - negligencias médicas, profesionales machistas, maniobras prohibidas que se siguen poniendo en práctica sin el consentimiento de la madre, violencia verbal... -. Sin duda, la parte más instructiva y por desgracia silenciada de la cadena que desemboca en el alumbramiento. Por otro lado, esa crítica al llamado matriarctivismo - término del que hasta este mismo momento jamás había hablar - que pretende llevar a cabo una vuelta al conservadurismo de las madres confinadas en sus hogares cuidando a sus hijos como único objetivo de sus vidas, no puede ser más certera y actual. Así como esa asociación entre lactancia y control patriarcal con un doble rasero - si das el pecho te van a criticar al igual que si tomas la decisión de no hacerlo - y la capitalización de la misma, haciendo que las madres se sientan inseguras e incapaces. Como si se tratase de una prueba para dictaminar si eres mejor o peor madre.

   Una de las mayores virtudes del presente ensayo - pues lo es con todas las letras - es esa crítica a las instituciones (y por extensión al capitalismo en general) desde la propia biografía de la autora. Dicen que la experiencia es la madre de la ciencia, algo que no siempre es cierto, pero que en este caso, Vivas parece aplicar - o valerse de ella - para desarrollar todas sus inquietudes sobre las distintas fases del proceso maternal. Mención especial merece esa extensa documentación (a la cual se puede acceder fácilmente y en algunos casos al momento) perfectamente citada, como todo buen ensayo, algo que sin duda la distancia de otros textos que pretenden ser más decálogos que libros con una buena base sobre la que, con posterioridad, ir construyendo el edificio correspondiente. En este caso, llamado maternidad feminista. Con todo esto sólo me quedan por comentar dos cosas al respecto. En primer lugar, que os adentréis en él. Independientemente de si tenéis hijos o no - aunque va directamente dirigido a las madres, su academicismo hace que trascienda esa barrera a priori irrompible - os recomiendo su lectura. Sobre todo porque aprenderéis, os instruiréis, os nutriréis intelectualmente incluso. Y ya puestos, en el caso de que alguna de las lectoras que me esté leyendo tiene el deseo de ser madre, tendréis las herramientas suficientes como para enfrentaros al hecho de serlo y de tener más autonomía en la toma de vuestras propias decisiones al respecto. En segundo lugar, y creo que también es importante, porque el "día de la madre" son todos los días y no sólo el primer domingo de mayo. Jornada en la que proliferan los regalos - muchos de ellos atendiendo a los roles de género tradicionales - los ramos de flores, los cursis mensajes que nos petan el Whatsap y una tradición anual: los anuncios machistas. Anuncios que nos lanzan el mensaje de que las madres tienen que ser un 97% entregadas, un 3% egoístas y tener 0% quejas. Anuncios a los que deberíamos dar una patada para mirar al futuro de forma combativa, enarbolando siempre la bandera de la igualdad.

   Mamá desobediente: un libro sobre historia, antropología, sanidad, sociología, etnografía, economía, política, feminismo... La historia de millones de mujeres dentro del planeta llamado "capitalismo".

Frases/párrafos favoritos:

"La violencia obstétrica es la última frontera de la violencia de género, una violencia física y psicológica ejercida contra las mujeres por el solo hecho de serlo. (...) Se trata en definitiva de una violencia silenciada, aceptada y justificada por la sociedad y las instituciones y, a menudo, también por sus propias víctimas, mujeres que son insultadas, maltratadas, agredidas, engañadas, infantilizadas en centros médicos, normalmente durante el parto, pero también en el embarazo y el posparto."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Capitán Swing