jueves, 25 de julio de 2019

RESEÑA: Lanzarote.

LANZAROTE

Título: Lanzarote.

Autor: Michel Houellebecq (Saint-Pierre, Reunión, 1958) es poeta, ensayista y novelista, «la primera star literaria desde Sartre», según se escribió en Le Nouvel Observateur. Su primera novela, Ampliación del campo de batalla (1994), ganó el Premio Flore y fue muy bien recibida por la crítica española. En mayo de 1998 recibió el Premio Nacional de las Letras, otorgado por el Ministerio de Cultura francés. Su segunda novela, Las partículas elementales (Premio Novembre, Premio de los lectores de Les Inrockuptibles y mejor libro del año según la revista Lire), fue muy celebrada y polémica, igual que Plataforma. Houellebecq obtuvo el Premio Goncourt con El mapa y el territorio, que se tradujo en treinta y seis países, abordó el espinoso tema de la islamización de la sociedad europea en Sumisión y ha vuelto a levantar ampollas con Serotonina. Las seis novelas han sido publicadas por Anagrama, al igual que Lanzarote, El mundo como supermercado, Enemigos públicos (conversaciones con Bernard-Henri Lévy), Intervenciones, En presencia de Schopenhauer y los libros de poemas Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento, reunidos en el tomo Poesía, y el volumen posterior Configuración de la última orilla. Houellebecq ha sido galardonado también con el prestigioso Premio IMPAC (2002), el Schopenhauer (2004) y, en España, el Leteo (2005). (Fuente: Editorial).


Editorial: Anagrama.

Idioma: francés.

Traductor: Javier Calzada.

Sinopsis: en el segmento de las vacaciones crazy techno afternoons, a la isla de Lanzarote le resulta difí­cil rivalizar con Corfú o Ibiza. Ni pensar siquiera en el turismo verde, ni en el turismo cultural. En Lanzarote, como testimonian las fotos de Houellebecq, el paisaje es como mí­nimo lunar..., si ni marciano, según la agencia de viajes. Sin embargo, es posible encontrarse con interesantes especí­menes humanos: véase, por ejemplo, Pam y Bárbara, lesbianas alemanas no exclusivas... lo que puede originar interesantes combinaciones. ¿Serán capaces de seducir a Rudi, el inspector de policí­a luxemburgués exiliado en Bruselas? ¿O bien éste se incorporará a la secta de los azraelianos, a fin de preparar la regeneración de la humanidad por los extraterrestres? Y lo más importante, ¿se lo pasará bien nuestro héroe durante su semana de vacaciones? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, perfectamente condensada pero más de lo mismo, "divertida" a su manera, escandalosa (de nuevo a su manera), irritante en ocasiones, con un toque nihilista, inquietante... Estos días, como no podía ser de otra manera, nuestras redes sociales se petan de las ya tradicionales listas de los libros que sí o sí debes meter en tu maleta. Normalmente, dichos artículos - procedentes de los medios de comunicación más importantes - vienen encabezados por una idílica fotografía. Una en la que sólo vemos mar, arena, chanclas de la playa, una sombrilla, un sol abrasador y una o un modelo sujetando un libro abierto (a veces en una posición realmente inverosímil). A continuación, la famosa lista, de no más de diez títulos - o menos incluso - cuya presencia se debe o bien a su ambientación (típicamente veraniega), o bien porque es el best seller del año (la objetividad por supuesto brilla por su ausencia) o bien el título de turno que se mete con calzador gracias al increíble poder de los grupos editoriales de turno (independientemente de su calidad literaria). Hasta ahí todo bien, pero... ¿Por qué nadie piensa en los que en vez de pasar las vacaciones playa deciden irse a una casa rural? ¿Por qué todo el mundo da por hecho que el destino más deseado sabe a mojitos y huele a protector solar? ¿Por qué se obvian a los pueblos? ¿Por qué no hay fotos de gente leyendo sentados en una cutre silla plegable en medio del campo o en la puerta de la casa de sus antepasados a la fresca? ¿Y qué pasa con los que no tienen vacaciones porque no se las pueden permitir o simplemente se quedan todo el mes currando? ¿Por qué no dedicarles una lista a ellos también? ¿Por qué no ilustrarla con una bañera hasta los topes de agua o un solitario balcón de edificio de siete plantas como premio de consolación?... Evidentemente eso parece que no vende, eso o que las y los que se dedican a elaborar las famosas listas no han tenido pueblo de veraneo en su vida. Disculpad mi tono tan destroyer pero, el calor y la incertidumbre me consumen. Aún así esto tiene su parte positiva, y es que sin quererlo os acabo de poner en situación, pues el autor del libro que protagoniza la última reseña antes de las vacaciones de verano no puede ser más desestabilizador. Por algo en su país le conocen como l´enfant terrible de las letras francesas. Se lo ha ganado a pulso. Eso y ser uno de los escritores con los que mayor relación intelectual he tenido. Lanzarote: nihilismo marciano, decadente y veraniego.

   Los que me sigáis desde hace tiempo por aquí conoceréis a la perfección mi relación amor-odio con Michel Houellebecq. Amor dado que Sumisión - para mi, la mejor y más accesible de sus novelas - supuso un flechazo en mi vida como lectora y odio - además de por el TFM - debido a las numerosas discrepancias que mantuve y sigo manteniendo respecto algunos aspectos de su literatura y estilo empleado. De hecho, para toda aquella o aquel que pretenda iniciarse con Houellebecq que sepa varias cosas: la primera, que no es un autor de fácil digestión, y la segunda, que al encuentro con su lectura hay que ir con la mente muy abierta, extraordinariamente abierta. No pido que dejes a un lado tus convicciones sociales a un lado, simplemente os aconsejo que os adentréis en él, que dejéis que la cosa fluya, y después, tras un necesario reposo, opinéis al respecto, y con dureza además. Hablad del machismo en Houellebecq - porque hay para rato - o de su descarado racismo - más de lo mismo - o de su ambigua posición respecto a temas tan delicados como la ultraderecha o la defensa de la prostitución. Eso sí, sólo tras haber leído alguna de sus obras, pues es mejor señalar y reseñar - que no prohibir - si se conoce a fondo el objeto de debate. Sólo así podremos combatir y hacer más visibles los estereotipos que todavía, a día de hoy, sobreviven en la literatura actual. Dejando a un lado - al menos de momento - las cuestiones más críticas, diré que Lanzarote formó parte de esas lecturas de Houellebecq que analicé con suma dedicación para mi trabajo final de máster. Recuerdo cuando lo tomé prestado de una biblioteca pública cercana y de como en una mañana - mientras hacía tiempo sentada frente a uno de los anchos escritorios de la Joan Reglá entre almuerzo y actividad complementaria - me lo leí entero. Me sucede muy a menudo, y no es un secreto que los libros duren pocos días entre mis manos. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no encontraba una lectura que me sumergiese tanto que consiguiese dicho milagro. Su estilo no me sorprendió, ya estaba acostumbrada a él, sí lo hizo por el contrario su contenido que, dentro de lo habitual consiguió proporcionarme claves que posteriormente usaría con mayor o menor acierto en mi respectivo trabajo de investigación.

   Centrándonos en lo realmente importante, diremos que Lanzarote presenta una lectura bicéfala. Es decir, si te pilla con ganas de leer e interés, es muy posible que te la ventiles en un solo día (como me pasó a mi), pero por el contrario, si accedes a ella con cierta desgana y poca inquietud, probablemente acabes tirándolo por la ventana. Porque eso es cierto, en Lanzarote no encontramos nada nuevo ni revolucionario, eso que nos haga replantearnos la lectura, esa chispa que se nos aloje en el cerebro y tarde mucho en consumirse. De hecho, podríamos definirla como más Houellebecq - con todo lo que ello implica - pero en formato breve. Tengo que reconocer que, aunque tuviese la sensación de estar leyendo lo mismo que el autor ya nos expuso en otras novelas, me pareció muy interesante su brevedad, su síntesis, el ser capaz de plasmar su sello personal - ¡y tan personal! - con 103 páginas. Esta claro que no estamos ante una obra maestra de la literatura, pero hay que reconocer al menos el mérito. Si en la anterior reseña hablábamos de fusión de géneros - ensayo y novela - en esta ocasión podemos hablar en los mismos términos, ya que Houellebecq nos propone un viaje - muy peculiar como veremos - hacia tierras canarias de la mano del omnipresente y personalísimo estilo novelístico y las cualidades del diario de viaje. No se puede hablar de guía turística pero sí de una mirada peculiar no sólo hacia la propia isla - que actúa como un personaje más - también una feroz critica hacia el turismo vacacional. Pero además de todo eso - y sin olvidar las fotos del paisaje marciano de Lanzarote que el autor adjunta en el presente texto - este cuento narra una historia. Una historia que los que hemos buceado con frecuencia en la literatura del escritor francés conocemos de sobra, hasta podría decirse que carece de efecto sorpresa. Salvo por ese protagonista - y supuesto alter ego - y algunos momentos lúcidos acompañado de ese policía luxemburgués llamado Rudi - con más capas de lo que pensamos a simple vista - el resto del relato ya nos lo sabemos. Ni el viaje, ni el sexo explícito con las turistas alemanas - en donde da rienda suelta al machismo más hiriente - , ni las visitas a playas o paisajes volcánicos, ni la irrupción de esa secta azraeliana consiguen hacer de este relato algo destacable para el lector habituado a Houellebecq. Ahora bien. si lo que buscas es iniciarte con su literatura, creo que Lanzarote es la mejor de las opciones posibles. Aunque sinceramente, y si os van las emociones fuertes, yo os recomendaría Sumisión. Os volará la cabeza.

   Aún así, y a pesar de todo, es impresionante encontrar algunos aspectos dentro de Lanzarote que nos puedan aportar claves para entender actualmente el mundo que nos rodea. Por algo Michel Houellebecq es uno de los mejores cronistas del lado más oscuro del capitalismo y de lo que cobija bajo su enorme paraguas de acero. Pesimismo en estado puro, así definiría Lanzarote, pero también el resto de su producción literaria. Aderezado, como no, con un toque nihilista postmoderno que no deja de producir - en las novelas de Houellebecq - inquietantes reflexiones. Eso si, bailando entre dos aguas, en medio de una persistente ambigüedad, el lector no distingue si lo que está leyendo es una crítica o una mera descripción. Un ataque desde un posicionamiento ideológico o un relato de lo que ven sus ojos. Lo mismo sucede con su acercamiento a temas que, pese a su delicadeza, Houellebecq no duda en arremangarse y pringarse hasta arriba sin ningún remordimiento ni sentimiento de culpa. En Lanzarote se habla en numerosas ocasiones del terrorismo islámico - no olvidemos que la novela se publicó en el año 2000 - relacionándolo con su supuesta actividad en Europa. Y más en concreto en un barrio de la capital belga llamado Molenbeek en el que Rudi - personaje imprescindible en este relato - cree que existe una red terrorista. También se aborda uno de los males endémicos de las sociedades actuales, como es la soledad, representada tanto en Michel como en Rudi (pero desde dos perspectivas completamente diferentes). Una soledad producida por el complejo encaje en este nuevo orden cultural y global, una soledad que conduce a uno de los personajes a coquetear con una raruna secta y como consecuencia a cometer actos despreciables desde el punto de vista ético y moral. Si lo pensamos, la verdad es que da miedito. Es inquietante pensar como la xenofobia ha crecido de un tiempo a esta parte, como un barrio como Molenbeek ha quedado señalado y estigmatizado de por vida - hasta por la Wikipedia - como la soledad se ha convertido en la compañera de muchos de nosotros y como muchas y muchos han encontrado espacios en los que descargar toda su ira amparados por unos partidos de ultraderecha cada vez más fuertes y con mayor poder de persuasión. Lanzarote no sólo hace una radiografía, a su manera, de los inicios del nuevo milenio, sino que demuestra como no es necesario pertenecer a una secta para conseguir lavarte completamente el cerebro.

Lanzarote: una historia de sexo, vacaciones veraniegas, playa, paisaje lunar, marcianos, soledad, pesimismo... Estamos perdidos, y Houellebecq (desde su mirada) lo sabe.

Frases o párrafos favoritos:

"Seguí diciendo que los habitantes de Lanzarote, a pesar de su curiosa actitud reservada, no se diferencian de otros autóctonos en lo tocante a su relación con la belleza del paisaje en el que viven. Insensible por completo al esplendor de su entorno natural, el autóctono se dedica, en general, a destruirlo... para desesperación del turista, ser sensible ansioso de dicha. Cuando el turista le ha hecho ver la belleza, el autóctono es capaz de verla, de conservarla y de organizar explotación comercial en forma de excursiones."

¡Un saludo, a seguir leyendo y feliz verano!

viernes, 19 de julio de 2019

RESEÑA: Illska La maldad.

ILLSKA LA MALDAD

Título: Illska La maldad.

Autor: Eiríkur Örn Norðdahl (Reikiavik, 1978) es uno de los más destacados narradores islandeses de su generación. En 2012, su cuarta novela, Illska, llamó poderosamente la atención de crítica y público. Traducida a siete idiomas, Illska ha sido merecedora del Premio de Literatura de Islandia (2013), el Premio de los Libreros al mejor libro islandés (2012) o el Premio Transfuge a la mejor novela escandinava (2015), entre otras nominaciones. Su quinta novela, Heimska. La estupidez, ha recibido también el Premio Transfuge a la mejor novela escandinava en 2017. (Fuente: Editorial).


Editorial: Hoja de Lata.

Idioma: islandés.

Traductor: Enrique Bernárdez.

Sinopsis: 1. Esta es la historia (de amor) de Agnes y Ómar, que se encuentran una gélida madrugada en el centro de Reikiavik. Ella, obsesionada con el Holocausto, estudia el auge de los populismos xenófobos en Europa. Él, un filólogo islandés, malvive con trabajos precarios. 2. Esta es también la historia (de deseo) de Agnes y Arnór. A ella ya la conocemos. Él es un neonazi cultivado y dialogante, al que Agnes entrevista para su tesis. Toda la autoestima que le falta a Ómar la tiene Arnór. 3. Esta es, sin duda, la historia de la infancia de Arnór. Y la de su anillo vibrador para el pene. 4. Esta es, por desgracia, la historia del pueblecito lituano de Jurbarkas, donde en 1941 los colabora- cionistas locales, amparados por el ocupante nazi, masacraron a todos los judíos de la aldea. Allí vivían los cuatro bisabuelos de Agnes. Dos eran judíos y dos, ejecutores. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Extraña, chocante, complejísima de leer, poco convencional, altamente reflexiva, literal, actual, sobrecogedora, intensa, no sales indemne de ella... Todas y todos los lectores hemos asumido, hasta llegar a interiorizarlo, el hecho de que existe una norma ancestral en la literatura. Una regla no escrita pero que centra grandes consensos, ya seas experto o no en el tema. Hayas o no hayas escrito una novela o pretendas o no pretendas escribirla en un futuro no muy lejano. Y es que existe una especie de canon inquebrantable, inviolable, que define a un texto literario desde el punto de vista más estricto y clásico posible. Existen cientas, miles, millones de historias que, pasadas por el filtro de la palabra escrita, podrían calificarse como clásicas y por tanto muy apegadas a lo estrictamente correcto. Pero... ¿Y si os dijera que se puede escribir una gran obra saltándose todos y cada uno de los artículos de lo bien visto académicamente? ¿Y si pasamos de todo eso y buscamos nuevas formas de expresión escrita? ¿Y si el camino está en prestarle más atención a la forma, indagando en todas las posibilidades a nuestro alcance, sin obviar el contenido? ¿Y si el cómo se iguala al qué? ¿Y si el qué consigue gracias al cómo que el mensaje de la novela llegue más a los lectores? ¿Y si indagamos en las formas de comunicación actuales? ¿Qué pasaría si introdujéramos un pequeño cambio? ¿Qué sucedería si en medio de dos narraciones indirectamente conectadas entre sí le añadimos párrafos propios del ensayo? ¿Y si además conseguimos que la trama esté tan, tan, tan pegada a la actualidad más acuciante, precisamente para que el lector no vuelva a ser el mismo tras la experiencia? ¿Qué obtendríamos? ¿Cuál sería el resultado?... La respuesta la encontramos materializada en uno de los libros más peculiares e interesantes - históricamente y literariamente hablando - con los que he tenido el honor de toparme en los últimos meses. Illska La Maldad: una amalgama nítida sobre la memoria del holocausto, la investigación histórica, la crisis económica y sus oscuras consecuencias.

   Antes de entrar en el meollo del asunto, tengo que decir que esta ha sido con creces una de las reseñas más difíciles a las que me he enfrentado en lo que llevo de año. Sólo la redacción de sendas críticas sobre volúmenes de relatos - escritos cada uno por una autora/or diferente - me había conseguido poner contra las cuerdas, entre la espada y la pared, entre el vértigo de creer que no podrás con ello y la valentía de tirar hacia adelante. Y no es para menos ya que, además de su contenido (del que hablaremos largo y tendido a lo largo de este escrito) lo que de verdad me ha dado más quebraderos de cabeza ha sido su personalísima estructura. Tanto mientras me adentraba en su correspondiente lectura como ahora a la hora de redactar mis impresiones. Siendo lo más concreta posible diré que, por un lado y para no asustar demasiado al personal, Illska La Maldad no reviste dificultad alguna. De hecho, si te pones - y siempre que no tengas otra cosa que hacer - la novela vuela entre tus manos. Sin embargo, y a pesar de esa urgencia que la propia novela exige del lector, hay que ir poco a poco, muy poco a poco, sin olvidar esa literalidad, pero con muchísima cautela para captar todo lo que el autor nos quiere contar. Porque todo hay que decirlo, la novela de Norðdahl, a pesar de su agilidad, es un ejemplo más de como por muy poco corres el riesgo de que el lector acabe abandonándolo y odiándolo sin piedad cuando, sinceramente, no lo merece. Por otro lado, y tal vez lo más importante, es señalar que la complejidad reside en la forma en la que el autor te plantea la historia. Además de los dos hilos narrativos que la sustentan, Norðdahl se permite el lujo de alternándolos con elementos propios del ensayo de la manera más explícita posible, en otras palabras, plasmando sin contemplación alguna datos históricos en medio de la propia narración. Esto, si el escritor hubiese sido mediocre, la novela hubiese caído por su propio peso. Pero resulta que no es el caso de Eiríkur Örn Norðdahl, pues juega con la carta maestra: que el tema al rededor del que pivota la trama es lo suficientemente interesante como para que el lector se lo piense dos veces antes de echarse para atrás. En Illska La Maldad todo tiene un por qué, una intención, un orden - extraño - pero un orden. Y aunque parezca que la trama vaya por momentos más despacio - los cuales resultan en ocasiones algo desesperantes - y aunque las partes más ensayísticas se parezcan más a entradas de Wikipedia que a reflexiones al uso todo es por algo. De hecho, ¿acaso no se asemeja al formato con el que los telediarios nos informan de las noticias? Breves, concisas y buscando crear opinión.

   Sería bastante indignante referirnos a Illska La Maldad con una sola palabra, como también faltaríamos el respeto a su autor si sólo nos centrásemos en lo aparente y no en las diversas capas que la componen. Podríamos decir que en la novela de Norðdahl es rica tanto en temas como en las reflexiones que de ellos se desprenden. Illska La Maldad habla de la crisis económica de 2008 y consecuencias de ésta, las cuales a veces no necesitan ni siquiera palabras que las describan tales como el desempleo y la precariedad laboral (representado en el personaje de Ómar), así como el surgimiento de una nueva corriente de extrema derecha en los países nórdicos (representado en el personaje de Arnór). Habla del importante papel que desempeña la memoria en las sociedades occidentales y democráticas (reflejado en el personaje de Ágnes). Cuestión que, aún a día de hoy, aún reviste controversia. No debemos obviar la existencia de países (como por ejemplo España) cuya relación con su pasado más reciente sigue siendo traumática o la certeza de que ésta - la memoria - puede caer en criterios más subjetivos que objetivos históricamente dependiendo el color que en ese momento se siente en la silla del poder. Habla también, y esto me ha encantado particularmente, de los entresijos de una investigación en el área de Historia. Resulta que, por desgracia, no abundan muchas novelas en las que la protagonista - Ágnes en este caso - se enfrente a la recopilación de fuentes, búsqueda de datos, maduración, esquematización y posteriormente redacción de un trabajo final de Máster en Historia. No os hacéis una idea de lo identificada que me he sentido en algunos fragmentos, y aunque discierna en algunas cuestiones metodológicas, se agradece esta visibilidad. Estudiar Historia es duro, muy duro, pero meterse de lleno en una investigación lo es todavía más. Y por último y no menos importante - aunque como he dicho la novela abarca infinidad de interesantes cuestiones - habla y diserta sobre los límites entre el bien y el mal. Poniendo al lector en el dilema de escoger - independientemente de ideologías, partidos políticos o cuestiones morales - entre lo que éste considerare correcto o incorrecto. Como he dicho, en Illska La Maldad, nada es arbitrario. Nada, ni siquiera la sorpresa que genera en el lector el saber que todos somos maleables, vulnerables, impresionables. Tal vez por eso hoy podemos hablar de neofascimo, neonazismo o neofranquismo. Tal vez por eso exista una urgencia por contar este tipo de historias en el formato que sea - como Utoya, dirigida por Paul Greengrass y estrenada en Netflix, en donde se cuenta los atentados del 22 de Julio de 2011 en Noruega perpetrados por el terrorista ultraderechista Anders Behring Breivik - o como la presente novela. Sin embargo, por mucho que se cuente o se enseñe la historia, nunca será suficiente, y menos si todavía existen personas en el mundo capaces de negar el Holocausto o de querer - mediante la amplificación que ofrece cualquier partido político - volver atrás en el tiempo.

Illska La Maldad: una historia de amor, límites morales, memoria, subjetividad, debates internos, acuciantes realidades, pensamientos reaccionarios, labor investigadora, lealtad, compromiso, crítica, justicia... La historia que jamás debemos olvidar.

Frases o párrafos favoritos:

"- ¿Y qué me dices del chiste del establo? - preguntó Agnes.
- ¿Qué coño es el chiste ese del establo?
Agnes levantó las cejas y puso morritos mientras le daba vueltas a si seguir o no. Hasta entonces, prácticamente en todas las ocasiones le habían contestado con el chiste del establo en cuanto preguntaba a los nacionalistas sobre emigrantes de segunda, tercera y cuarta generación.
- Si una rata nace en un establo, ¿la rata será un caballo?"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hoja de Lata

viernes, 12 de julio de 2019

RESEÑA: Dos en una torre.

DOS EN UNA TORRE

Título: Dos en una torre.

Autor: Thomas Hardy (1840-1928) fue uno de los principales escritores de la Inglaterra victoriana. Sus novelas, entre las que destacan, aparte de Tess, El regreso del nativo, Jude el Oscuro o Los habitantes del Bosque entre otras, están llenas de fuerza y pasión, y suelen contraponer el medio rural con el urbano y al individuo con la sociedad que lo rodea. Dos en una torre es una de las novelas menos conocidas del autor pero no por ello de las más interesantes.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Miguel Ángel Pérez Pérez.

Sinopsis: Lady Constantine se aburre en su finca del suroeste de Inglaterra por la ausencia de su marido, hasta que un día, en una torre de la heredad, conoce a Swithin St Cleeve, diez años más joven que ella, de posición social inferior, muy atractivo y estudiante de astronomía. Esa torre se convertirá en el centro de su romance secreto, pero enseguida el mundo exterior empezará a interponerse entre ellos. "Dos en una torre" es una arrebatadora novela de Thomas Hardy en la que las constantes de su obra (la estrechez moral de la sociedad, la desigualdad entre los sexos, la rebeldía femenina y su derecho a elegir) vuelven a estar presentes y la inmensidad del universo que Swithin recorre con su telescopio contrasta con la pequeñez y mezquindad de la vida en la tierra. (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Densa, compleja, con un halo pesimista, con un poso infinitamente reflexivo, siempre pegado a los debates de su época entorno a los problemas sociales... La primera vez que cayó una novela de Thomas Hardy entre mis manos fue por un motivo muy concreto relacionado con lo académico. Aquella aproximación a la lectura de Tess la de los d´Urberville - cuyo recuerdo aún regresa de vez en cuando a mi cabeza - no sólo me proporcionó unas de las mejores semanas dentro de mi experiencia lectora, sino que con él aprendí sobre un tema tan complejo y tan fascinante como es el de la visión patriarcal de la mujer durante la Inglaterra victoriana (periodo que, por cierto, abarca todo el siglo XIX). El libro de Thomas Hardy consiguió en su momento lo que pocas lecturas lograrían posteriormente: aunar mi pasión por la historia de género y abrirme las puertas de un campo de investigación poco ortodoxo dentro de la historia como es el conocimiento del pasado a través de los textos puramente literarios. Tess la de los d´Urberville me demostró como la ficción puede revelarnos cuestiones relacionadas con el contexto - en este caso el de la Inglaterra agraria de la época -, con la propia ideología de la autora o autor en cuestión así como las distintas corrientes de pensamiento imperantes, introducirnos en el ámbito más privado - ese al que en ocasiones cuesta tanto acceder desde otro tipo de fuentes - y todo ello para ofrecer tanto al historiador como al docente una herramienta más a la hora de enfrascarse en una investigación o preparar las clases de cualquier colegio e instituto. Como habéis podido comprobar, la literatura y la historia casan perfectamente, y aunque si bien es cierto que parece que Thomas Hardy no predicaba con el ejemplo - según algunas biografías y novelas de ficción - acabó revelándose como una voz que, desde su privilegiada posición de hombre-blanco-heterosexual, "criticó" - ya veremos el por qué de las comillas - el machismo al que eran sometidas las mujeres. Con ese recuerdo regresé a su prosa a través del libro que hoy tengo el placer de reseñaros que, aunque no alcance la calidad de Tess, lo cierto es que encontramos algunas de las claves de su mundo y su estilo narrativo. Dos en una torre: firmamentos y constelaciones para explicar la hipocresía, los prejuicios y las desigualdades sociales de la Inglaterra victoriana.

   Pongámonos en contexto. La era Victoriana, por decirlo de alguna forma, parió o dio lugar a toda una generación de autoras y autores cuyas creaciones literarias, en su mayoría, han conseguido no sólo prevalecer en el tiempo, sino que además han logrado ingresar en el olimpo de la literatura universal, y por tanto, impregnadas de un halo divino e inquebrantable. Tal vez los más conocidos, por supuesto, sean en primer lugar las hermanas Brontë - ¡como olvidarlas! Para bien o para mal claro está, pues por un lado asentaron las bases de la literatura romántica por excelencia pero por el otro algunas de sus obras no consiguieron atraparme lo suficiente - y en segundo lugar Charles Dickens - sí, ese señor que escribió muchas más cosas además de Canción de Navidad o Oliver Twist y cuya literatura hay que cogerla con mucha, mucha, mucha paciencia -. Pero no fueron los únicos, ya que el XIX británico dio lugar al surgimiento de uno de los géneros más consumidos por los lectores (incluso del siglo XXI) de la mano de un Arthur Conan Doyle en estado de gracia, a la aparición de uno de los cuentos más famosos de la historia escrito por Lewis Carroll y cuya protagonista a día de hoy y gracias a Disney se ha reinventado convirtiéndose un icono pop, a la irrupción de un personaje tan icónico como desdichado llamado Dorian Gray (parido de la revolucionaria imaginación de Oscar Wilde), a la popularidad del vampiro como criatura del mal gracias a Bram Stocker, al perfeccionamiento de la novela de aventuras (y de piratas) con Robert Louis Stevenson a la cabeza, al nacimiento de la novela histórica tal y como hoy la conocemos impulsada por Walter Scott, a la aparición de numerosas revistas que contribuyeron a acostumbrar a sus suscriptores a una lectura de novelas por entregas (con la ansiedad que eso conllevaba)... Además de haber comprobado como de escondidas estaban las mujeres escritoras en esta época - algo que se debe señalar siempre - lo que esta claro es que Inglaterra vivió su edad de plata entre teorías de la evolución, el imperialismo, el ferrocarril y un paisaje fabril en el fondo. Y en ese contexto encontramos a un autor llamado Thomas Hardy que, aunque no es tan famoso como sus coetáneos, ha conseguido, poco a poco, hacerse un hueco y llegar a nuestras mesitas de noche gracias a sus historias donde el pesimismo y lo social están tatuados en cada una de sus novelas.

   Centrándonos en la reseña en cuestión, comenzaremos diciendo que (además de resultar un poco pesada de leer) Dos en una torre es una obra perteneciente a esa etapa de transición que podemos apreciar en la producción literaria de Hardy. De sus primeras novelas en las que lo romántico y los elementos bucólicos están más presentes a libros, escritos en la década de los 90 del siglo XIX, en donde la crítica social se agudiza así como la oscuridad de sus tramas. Ejemplos de la primera etapa, por ejemplo, sería Lejos del mundanal ruido, y de la segunda Jude el oscuro o la ya mencionada anteriormente Tess la de los d´Urberville. En ese sentido, Dos en una torre comprendería cronológicamente su periodo de desarrollo y maduración, dicho de otra forma, de transición a lo que estaba por venir. Como bien reza su contraportada, la novela de Hardy narra la historia de Viviette Constantine, una mujer adinerada que, cansada de sostener la promesa que le hizo a su marido (el cual parece que nunca volverá de su viaje a África) y decide salir del cascarón de soledad en el que había permanecido durante todo este tiempo, aunque siempre sintiéndose culpable por ello. Es entonces cuando repara en la conocida como "Aguja de Rings-Hill" una hermosa torre que, lejos de estar abandonada, es el lugar de refugio intelectual de Swithin St Cleeve, un joven inteligente y ambicioso que cada noche observa desde la torre y con su telescopio las estrellas. Al conocerse, Viviette siente enorme curiosidad por la astronomía, hasta el punto de hacer todo lo posible para que Swithin continúe con sus estudios para que consiga ser astrónomo real, la cual parece ser su única pasión en el mundo. Pronto esta relación estudiante-mecenas se torna en algo más, sobre todo por parte de Viviette, quien cree que se está enamorando del aspirante a astrónomo. Con esta trama, a priori demasiado previsible y cursi, Hardy construye una narración encima un robusto pilar que posteriormente apreciaremos en sus novelas más oscuras: la escenificación de dos mundos totalmente opuestos. Por un lado, el de ese marido ausente - que representa no sólo el pasado, peso de la tradición, el poder de las promesas y en definitiva de lo terrenal y correcto - y por otro el de Swithin - siempre pegado a las estrellas, a las constelaciones, a la ambición, al ilimitado conocimiento y por tanto a lo imaginado e inmaterial -. Y en medio de ambos está Viviette, la cual se debate entre lo que se espera de ella como mujer casada y sus ansias de libertad viviendo nuevas experiencias. Ahí nos topamos con el Hardy un pelín crítico con los convencionalismos sociales, y digo un pelín porque en comparación con otras de sus novelas ésta es ligeramente más edulcorada. Pero lejos de quedarse ahí, el autor británico añade otras pertinentes reflexiones entorno a la mezquindad humana, la falta de privacidad de las personas, la ausencia de independencia femenina o las dificultades de ascender socialmente. Además, ¿no se respira cierto negativismo? ¿Cómo si los propios mecanismos sociales fuesen capaces de arruinarle la vida a una persona para toda la vida? Así es Thomas Hardy, dramático hasta la médula, pero también uno de los pocos que supo captar los problemas de índole social de la Inglaterra victoriana para posteriormente plasmarlos sobre el papel.

   Thomas Hardy y el feminismo. El feminismo y Thomas Hardy. Un nombre y un movimiento (con una gran base de teoría política, filosófica, económica, cultural y social detrás) unidos por muchos críticos, académicos y lectores de todo el mundo. Una unión a la que una servidora, personalmente, le chirría un poco. Ya me sucedió lo mismo cuando me adentré en Jane Eyre - pues no entendí que veían de feminista en ella - o en Cumbres Borrascosas - novela que contiene uno de los personajes literarios más tóxicos de la literatura universal - o en la producción literaria de Jane Austen - algo que descubrí con el paso del tiempo y una vez leídas casi todas sus obras -. Al cabo del tiempo entendí que sí, es posible que la vida de estas tres autoras no se correspondía con la de las mujeres de su tiempo, algo que por supuesto se puede tomar como modelo e inspiración para las futuras generaciones. En eso sí fueron unas pioneras. No obstante, sus novelas distan bastante de considerarse precursoras dentro del movimiento feminista, a pesar de que se nos presenten a sus protagonistas independientes ideológicamente y en algunos casos económicamente. Sus destinos siempre estarán, de una forma u otra, unidos al patriarcado materializado en un hombre con ilustre apellido. Hombres cuyos caracteres y comportamientos, si habéis leído las referidas novelas, son terriblemente machistas. Pero estamos hablando de novelas de principios del siglo XIX, Thomas Hardy escribió más bien a finales de dicha era. Sin embargo, si algo nos demostró Hardy a los lectores que no hace falta tener a hombres ruines - aunque en sus novelas abundan - para condenar socialmente el comportamiento poco ortodoxo de la protagonista. No hay más que recordar el bárbaro castigo que sufre Tess - protagonista de Tess la de los d´Urberville - por quedarse embarazada - fruto de una violación recordemos - antes del matrimonio. Como posteriormente es repudiada por Angel cuando ésta le confiesa su "impureza" y como, en uno de esos finales tan épicos como odiosos, Tess es finalmente condenada por haber tratado de aspirar a la independencia.

   La férrea y atrasada sociedad victoriana es la que hunde a Tess y la que condiciona a la protagonista de Dos en una torre (preocupada por el qué dirán respecto a su romance con un joven al que ella le dobla en edad y posición social). Algo que a Hardy se le da muy bien reflejar, cual fatalista griego en la época industrial, pero que no deja de caer en la moralina de siempre, la que reza ese mantra que hemos oído hasta la saciedad, ese que dice que como hagas X cosa (que como mujer está mal visto, prohibido, condenado o fuera de tu alcance) lo pagarás muy caro. Hay quien ha intentado ver en esto una crítica a la desigualdad del sexo femenino frente al masculino en una época, recordemos, en la que los movimientos sufragistas estaban empezando a tomar impulso en Reino Unido. Sin embargo, es posible que el tono pesimista y moralizante de Hardy de lugar a otras interpretaciones menos amables y alejadas de esa etiqueta de "aliado" del movimiento feminista de la época. Al fin y al cabo, Hardy era un hombre de su tiempo, muy de su tiempo. Tanto que se cuido mucho de relegar a su segunda esposa Florence Dugdale - novelista también - a la condición de secretaria personal. ¿Hipocresía entonces? Sí y mucha. Aún así hay que leer a Hardy, no sólo porque fue un gran escritor, también para poder criticar con más fundamento esa teoría tan peculiar y contradictoria en si misma llamada feminismo liberal. Dos en una torre: una historia de amor, libertades reprimidas, búsqueda, estrellas, observación, prejuicios sociales... Una novela que demuestra que el cielo no tiene límites, salvo que seas mujer en pleno siglo XIX.

Frases o párrafos favoritos:

"Él le preguntó por la cantidad de estrellas que creía que eran visibles en ese momento. [...]
- Ah, pues miles... cientos de miles -dijo en tono ausente.
-No. Sólo hay unas tres mil. ¿Y cuántas cree que podemos ver con la ayuda de un telescopio potente?
- No me atrevo a dar una cifra.
-Veinte millones. De manera que, para lo que fuesen hechas las estrellas, desde luego no fue para alegrarnos la vista. Pasa lo mismo con todo lo demás: Nada se hizo para el hombre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 9 de julio de 2019

RESEÑA: Mujeres de los fiordos.

MUJERES DE LOS FIORDOS

Título: Mujeres de los fiordos.

Autoras: Trude Marstein (Tønsberg, 1973) Karin Fossum (Sandefjord, 1954) Inger Haldis Halvari (Tana, 1952) Hanne Ørstavik (Tana, 1969) Beate Grimsrud (Bærum, 1963) Merethe Lindstrøm (Bergen, 1963) Gro Dahle (Oslo, 1962) Karin Sveen (Hamar, 1948) Laila Stien (Nordland, 1946) Herbjørg Wassmo (Vesterålen, 1942) Bjørg Vik (Oslo, 1935-2018).



Editorial: Nórdica.

Idioma: noruego.

Traductoras/es: Cristina Gómez-Baggethun, Juan Gutiérrez-Maupomé, Gabriela Macchi, Anne-Lise Cloetta, Mª Josep Udina, Pablo Osorio, Carmen Freixanet, Kristi Baggethum, Ulrikke Kase Evensen, Mario Puertas, Inés Armestro, Lorena Catalina López,

Sinopsis: esta antología recopila relatos de once escritoras noruegas contemporáneas, de entre 35 y 85 años, pertenecientes a generaciones y credos literarios muy diversos, pero en las que encontraremos rasgos comunes. Como casi siempre en la literatura, también en estos relatos el tema recurrente son las relaciones humanas. Por lo general, melancolía y realismo aparecen como dos caras de la misma moneda. Los personajes de estos relatos son hombres y mujeres de carne y hueso, con sus anhelos y sus traumas, sus ilusiones y sus decepciones, en una terca búsqueda de algo que proporcione sentido. Cada relato está traducido por un traductor diferente, que, pensamos, proporciona una riqueza especial a la antología: once escritoras y once traductores, entre los cuales hay tanto latinoamericanos como españoles, hecho que se refleja también en el lenguaje final de los relatos, en los que se ha querido respetar las diferencias y la riqueza de esta lengua que hablamos tantos pueblos distintos.

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, amena, con unos relatos muy diferentes entre sí y al mismo tiempo con un mensaje que emerge poderosamente de sus páginas, cálidos y gélidos, contemporáneos, sociales, muy necesarios... Al igual que hice en la pasada reseña, en esta ocasión he vuelto a tirar de archivo para revisar a cuantas autoras u autores del país del salmón y los fríos paisajes invernales había dedicado un espacio destacado. Y de nuevo, la sorpresa no pudo ser más mayúscula ya que la búsqueda me ha devuelto tan sólo tres nombres. Imperdonable, os lo digo de verdad. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucedía con las escritoras y escritores alemanes, en esta ocasión si que hay más presencia de mujeres - dos frente a uno - además de poder apreciarse la relación personal que he mantenido - literariamente claro - respecto a la literatura procedente de dichas tierras. Como ya comenté en más de una ocasión, la novela policíaca escandinava fue una especie de iniciación para mi, al igual que lo fue para millones de lectores en todo el mundo que hace unos años, de pronto, supimos poner a Noruega y Suecia en el mapa gracias a sus historias en las que un crimen atroz y unas narraciones trepidantes consiguieron mantener en vilo a muchas y muchos que deslizábamos los ojos sobre el papel. De hecho, no es de extrañar que la primera reseña de una novela escrita por un autor - que no autora - procedente del norte de Europa fuese de este género (Viajo sola de Samuel Bjork). Desde esa primera entrada ha llovido bastante, tanto que no fue hasta el 92 de agosto de 2016 cuando nos topamos con una maravilla de libro (Nada crece a la luz de la luna de Torbog Nedreaas) de un género y un estilo completamente diferentes a la anterior. Por no hablar de la tercera en discordia (Historia de las abejas de Maja Lunde) cuya lectura deberíamos reivindicar a día de hoy por su mensaje ecologista. Esta última la publiqué en enero de 2017 y hoy, julio de 2019 regreso después de mucho tiempo a tierras noruegas para hablar del noble arte de escribir relatos con una perspectiva de género y para presentaros una antología que hará las delicias de quienes en pleno verano, busquen lecturas más refrescantes. Mujeres de los fiordos: diez escritoras al servicio de la creación literaria y la construcción de un nuevo modelo de mujer.

   No será ni la primera ni la última reseña que haga de una antología, por eso, y antes de empezar a meternos de lleno en lo importante, cabe recordar que, debido a la cantidad de relatos que ésta en concreto presenta, es posible que no me centre en los pormenores de cada uno de ellos, como también cabe la posibilidad de que alguno se quede sin nombrar. Mi reseña será, por tanto, lo más amplia posible. Dicho esto, comenzaremos apuntando que el volumen de relatos Mujeres de los fiordos - de nuevo reeditado por Nórdica para gusto y disfrute de los lectores más sibaritas - presenta una lectura desigual (algo completamente habitual en este tipo de libros), pero que sin embargo mantiene un ritmo y una constancia dignas de mención. Es posible que todos los cuentos lo componen no sean de tu agrado - ya te digo yo que es así - pero es innegable el trabajo de edición que existe detrás de él, pocas veces reconocido y que en esta ocasión merece un aplauso. Tras un pertinente prólogo a cargo de Cristina Gómez-Baggrthun - traductora precisamente del primer relato de esta antología - Mujeres de los fiordos nos sumerge en la gélida cotidianeidad de un país en el que a pesar de los fríos paisajes, de la anodina vida de sus habitantes y de las incomodidades que - llevados siempre por los prejuicios - creemos que sufren como consecuencia de vivir en un lugar como Noruega. A pesar de todo eso, una llama surge, un candor se apodera de la escena embriagando a personajes y lectores. Al final va a resultar que las y los noruegos no son tan inquebrantables o duros como un témpano de hielo.

   Los relatos que se encuentran dentro de Mujeres de los fiordos presentan diversas particularidades. La primera es su desigual extensión - hay relatos que sobrepasan las 30 páginas mientras que hay otros que no llegan ni a las 3 -. La segunda tiene que ver con la uniformidad en cuanto a estilos empleados y géneros en los que se decide insertar el escrito, los cuales se enmarcarían dentro de la temática puramente social y contemporánea. La tercera, y tal vez la más interesante desde el punto de vista literario, es la brecha de edad. En esta antología encontramos autoras que abarcan los 35 a los 85 años de edad. Esto hace que las diferencias entre las más jóvenes y las más ancianas se ensanche de una manera abismal, llegando incluso a sostener opiniones totalmente enfrentadas entre ellas sobre ciertos temas abordados en los relatos. No obstante y a pesar de ese muro aparentemente infranqueable, lo cierto es que cada cuento - y por supuesto cada autora - encuentra un lugar para darse la mano, un nexo de unión que acerca a las generaciones más apegadas a nuestro contexto, así como a las que conservan en su memoria los recuerdos de una vida y un tiempo de los que, aunque no volverán, siempre puede aprender. La sencillez de su prosa las reconcilia, pero también los temas que se abordan - aunque desde distintas miradas - contribuyen a sostener esta alianza. Bajo el paraguas de las relaciones humanas - una constante en esta antología - se articulan situaciones que dan lugar a reflexiones de poderoso calado social como el sexo, las relaciones familiares, la importancia de la infancia o los episodios fugaces a los que asistimos sin darnos cuenta. En general, como ya he comentado anteriormente, existe una cierta línea de estilo muy marcada por la sencillez, lo directo y la objetividad. Si bien es cierto que en algunos de ellos sus autoras se han esmerado más y han tratado de innovar coqueteando con lo poético y experimental pero sin llegar a ser demasiado arriesgados. Como conclusión a este párrafo podríamos decir que, y citando las palabras de Cristina Gómez-Baggrthun en el correspondiente prólogo: "(...) probablemente lo que haga grande a una literatura sea su capacidad para trascender lo local y los corazones de personas de muy diversos orígenes." Dicho de otra forma, la literatura es capaz de traspasar fronteras - y no sólo físicas - para hacernos conscientes de la universalidad de las tramas, simple reflejo en ocasiones de la vida real.

   Lo privado es político, bien lo demuestra esta antología al confeccionar entre todos una especie de nueva mujer que resurge entre principios de siglo XX y finales de éste. A lo que también - y muy necesariamente - deberíamos añadir algo más, y es que el lenguaje también puede hacer que nos preguntemos sobre el porqué del significado y el peso de las palabras. Y en ese sentido, la traducción juega un papel fundamental. La profesión del la o el traductor ha ido ganando importancia a lo largo de los últimos años, prueba de ello es el aumento de demanda de este tipo de profesionales, y no siempre en relación con el mundo puramente editorial. No obstante, son muy pocas las veces que se les reconoce su trabajo, de hecho, sus nombres pasan la mayoría de las veces desapercibidos a ojos del lector y de los críticos literarios. Sin ir más lejos, hace relativamente poco que el famoso - y poco valorado - programa Página Dos decidió incluir los nombres de las y los traductores de los libros que se hacen mención en dicho espacio televisivo. Por no hablar, como ya va siendo habitual, de la invisibilidad de su trabajo, condenados a un trabajo en régimen de autónomo, y por tanto, casi desconocido para la gran mayoría de la población. En la presente antología, y como reza la correspondiente contraportada, se hace especial hincapié en el hecho de que cada relato ha sido traducido por una traductora o traductor diferente, entre los cuales encontramos tanto españoles como latinoamericanos. Esta circunstancia no sólo hace que este volumen destaque de entre tantos libros de relatos similares, sino que además consigue llenar de riqueza lingüística al lector que se adentra en él. El respeto a la riqueza del español es tan abrumador que sin pretenderlo da toda una lección a todos aquellos que no creen en la variedad de lenguas, acentos, y por consiguiente, culturas propias de cada pueblo. Los relatos acontecen en Noruega, que en nuestro idioma - y sabiendo esta decisión editorial - nos llegan de una forma más especial, más abierta, más rica y por supuesto, menos intolerante. Mujeres de los fiordos: diez historias de amor, relaciones sexuales, infancia, amistad, relaciones paterno-filiales, encuentros fortuitos en discotecas, poesía, sencillez, cierta vanguardia... Diez cuentos para enamorarse de un país y de sus autoras.

Frases o párrafos favoritos:

"Pero no tuvo tiempo de esperar. Antes de que mis miembros hubiesen podido acompañarlo por las empinadas cuestas del amor, él había llegado y se había apagado, y yo, mi laguna, no llegué a sentirme suavemente agarrada en tu profundidad."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

jueves, 4 de julio de 2019

RESEÑA: Nadie con los terneros.

NADIE CON LOS TERNEROS

Título: Nadie con los terneros. 

Autora: Alina Herbing ( Lübeck, 1984) vive en Berlín y Colonia. Estudió Filología e Historia en Greifswald, Literatura Alemana Moderna en Berlín, así como Escritura Literaria y Creativa y Periodismo Cultural en Hildesheim. Ha publicado diversos textos en antologías y revistas. Nadie con los terneros (2017) es su primera novela. Herbin es profesora de Escritura Literaria en la Academia de Artes de Colonia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Volcano Libros.

Idioma: alemán.

Traductora: Claudia Toda Castán.

Sinopsis: Christin, una joven de veinticinco años, vive con su novio, Jan, que trabaja y administra una explotación ganadera junto a su padre en una pequeña localidad del norte de Alemania, cerca del antiguo Muro. Mientras que la vaquería lo es todo para Jan, el sueño de Christin es vivir en una gran ciudad, vestir zapatos de tacón y tener un trabajo de oficina. Un sueño al que debe renunciar por su dependencia emocional y financiera. Para huir del trabajo y ganar su propio espacio, Christin recurre a la mentira ocasional y a las escapadas con un ingeniero de una empresa de mantenimiento mayor que ella.

Su lectura me ha parecido:

Amena, desmitificadora, antiromantica, implacable, realista, violenta, rozando lo despiadado, tremendamente actual... Hace unas semanas y a propósito de la presente reseña revisé el historial de entradas, con el único objetivo de ver cuanto espacio le había dedicado a la literatura germana en los últimos años. Y la verdad es que es para preocuparse. En todo este tiempo sólo he reseñado doce (sí, habéis leído bien) doce libros escritos por autoras u autores alemanes. Y lo más llamativo, además de este pésimo dato, fue descubrir dos cosas verdaderamente sorprendentes y que deberían conducirnos a una reflexión más profunda. En primer lugar, la abundancia de historias pertenecientes o bien al periodo entreguerras (tan turbulento como apasionante) o bien de las décadas siguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial. Entre las cuales, como no podía ser de otra forma, nos topamos con lecturas de inspiración autobiográfica (varias de ellas incluso consideradas como fieles autobiografías) y con otras más ficticias pero sin despegarse del todo de la realidad de su momento. Y en segundo lugar, lo más preocupante, y es que abundan en mi archivo más escritores que escritoras germanas. Algo que, con el tiempo y de manera consciente, he tratado de subsanar poco a poco. ¿Cuál es la conclusión a la que llego con esto? Pues, por un lado, que mi amor por los años 20 y 30 del siglo pasado sigue igual de intacto, y por otro lado, que hacen falta más libros escritos por mujeres en lengua alemana ya no sólo en este espacio de opinión y debate, sino para que también acaben, con el tiempo, formando parte de mi biblioteca material y mental. ¿Qué hacer entonces? Pues muy fácil, apostando por voces femeninas - y no cesar en el empeño nunca - al mismo tiempo que abriéndonos a otras épocas, como la actual, en donde seguro encontramos novelas interesantes que nos hablen desde el presente más o menos inmediato. O lo que es lo mismo, desde la Alemania del progreso económico, la Alemania de la hegemonía política, la Alemania de Merkel... O mejor aún, desde la Alemania desconocida y cuya cara parece ser menos amable. Nadie con los terneros: el campo como condena y la ciudad como vía de escapatoria.

   En todo esto no sólo sorprende la juventud de su autora - nacida en 1984 y por tanto perteneciente a una generación que, aunque nacida en tiempos de la Guerra Fría, no ha vivido su adolescencia y desarrollo profesional con las limitaciones de ésta - sino que además Nadie con los terneros resulta ser su primera novela. Aunque a decir verdad, y desde todo el respeto del mundo, creo que deberíamos ir a estas alturas dejar de concebir "joven" con "inexperiencia. Dos palabras que para muchos siempre van juntas y cogidas de la mano. Claro que las primeras obras son imperfectas, cualquier escritora o escritor con un mínimo de autocrítica te sacará infinidad de defectos a su opera prima - el caso de Almudena Grandes respecto a Las edades de Lulú es uno de los más clamorosos en las letras españolas. No obstante, cuando el trabajo está bien hecho y la novela es sorprendentemente solvente - que las hay - se debería reconocer independientemente de la edad que tenía cuando le vino de pronto la inspiración. Además de este eterno y siempre abierto debate, lo importante es que el lector sepa que en este caso la juventud no entiende de límites, y menos en lo que a talento narrativo se refiere. Si bien es cierto que la historia ya la hemos visto reproducida en infinidad de formatos - y no sólo en lo estrictamente literario - en esta ocasión nos topamos con un tono extraordinariamente chocante, además de unas localizaciones espaciales y temporales que no son habituales encontrarnos en la literatura alemana.

   Áspera, brutal y en ocasiones cruda. Con estas tres palabras podríamos definir perfectamente y a grandes rasgos la lectura de Nadie con los terneros. Pero estaríamos sin duda quedándonos en la superficie, en ese lugar en el que como lectoras y lectores nos sentimos cómodos y en el que sabemos que nada ni nadie nos hará daño. ¿Qué aburrido no? Eso mismo pensaría Herbing durante el proceso de escritura, y por eso podemos hablar de una novela que sin contemplaciones nos hace bajar hasta los infiernos y alterarnos nuestra idealizada percepción sobre las cosas. Porque, al igual que su lectura, el campo también puede ser, en ocasiones, áspero, brutal y crudo. Desde la desesperada mirada de su protagonista Christin - a la que al principio coges un poco de manía pero a la que después entiendes perfectamente - nos adentramos en el desierto de Mecklenburg-Vorpommern. Que para quienes no lo sepáis es no de los dieciséis estados de los que se compone Alemania. Delimitada al norte por el Báltico, al oeste con el estado de Schleswig-Holstein, al suroeste con la Baja Sajonia, al sur con Brandemburgo y al este con Polonia; Mecklenburg-Vorpommern es una región de carácter prácticamente rural, en donde la agricultura todavía a día de hoy sostiene a gran parte de su población y que en comparación a otros estados Alemanes el porcentaje dedicado a la explotación del campo es superior. Es muy importante saber esto ya que, en Nadie con los terneros, es la geografía lo que condiciona la vida de sus habitantes, entre los que se encuentra por supuesto Christin. Es normal que a lo largo de su lectura tengamos la sensación de que, a pesar de su verdoso paisaje, Shattin (pueblo en el que se desarrolla la trama) nos parezca una especie de páramo desolado, cubierto de campos de cultivo, animales, pequeñas aldeas y granjas diseminadas. Sin duda un desierto en la mente de Christin, quien no sueña con acabar sus días entre estiércol y el cacarear del gallo a primera hora de la mañana, sino con una vida más interesante e independiente en la gran ciudad. Le sobran argumentos para largarse, empezando por su relación con su novio (la cual no puede ser más tóxica) y acabando por su padre (alcohólico y sin esperanzas de abandonar dicha adicción). Pero también una urgente necesidad de realización personal, de escapar y vivir la vida que siempre quiso para ella. Por ello, en cuanto se le presenta la oportunidad - gracias a un ingeniero llamado Klaus y con alguna mentira de por medio - no duda en agarrarse a ella. Nada en la novela de Herbing deja al lector impasible, ni la actitud de los habitantes de Shattin, ni los celos enfermizos de Jan, ni siquiera el olor a abono. Porque sí, su autora en lugar de maquillar realza, describe y presenta sin cortapisas la vida en el campo desde la perspectiva de Christin. Una veinteañera sin apenas formación, condenada a una existencia que no se la desearía ni a mi peor enemigo y con la esperanza de subirse a un tren para no volver nunca más.

   En tiempos en los que se reivindica el retorno a los pueblos. En una semana en la que hemos asistido a protestas de carácter vecinal y medioambiental en el pleno corazón de Madrid. En un siglo, el XXI, en el que por fin nos hemos dado cuenta que el calentamiento global es una realidad y no una falacia como nos han hecho creer empresarios y políticos. En definitiva, en años en los que la causa ecologista está más viva y de actualidad que nunca, una novela como Nadie con los terneros nos propone justo lo contrario. Un camino a la inversa que, si lo pensamos fríamente, lleva siendo habitual desde siempre. No hace falta irse muy lejos en la historia para encontrar casos muy parecidos o similares a lo que se narra en la novela de Herbing. Pensemos en nuestras abuelas y abuelos, nacidos en su mayoría en pueblos de Teruel, Albacete, Zaragoza, Cuenca, Soria o Cáceres por citar algunos ejemplos. Pensemos en sus lugares de procedencia que - salvando las distancias temporales y espaciales - no eran los mejores para desarrollar ya no sólo sus ambiciones personales, sino que en aquellas pequeñas localidades veían su futuro coartado por la pobreza, la falta de oportunidades laborales o incluso por asfixiante peso de la tradición. Por todo ello no dudaron en emigrar en masa a ciudades como Barcelona, Valencia, Bilbao o a la propia capital en busca de un futuro y una vida mejor. Como he comentado antes, actualmente se aboga por la vida en el campo, por los cultivos ecológicos, por recuperar o salvar a pueblos en vías de extinción o por ofrecer - en el ámbito del turismo - pacs que combinan alojamiento más trabajo en granjas. Todo por y para que el cliente disfrute de una vida campestre plena. Sin embargo, hay que decir que ni la vida en el mundo rural es perfecta, así como tampoco lo es vivir en una gran urbe. Las megalópolis de hormigón gris no son del todo atractivas, pero es que tras ese halo bucólico, de ese cúmulo de estereotipos, descubrimos que el verdor de los campos esconden también muchos inconvenientes. En Nadie con los terneros, Herbing nos propone una reflexión un tanto paradójica en un momento en el que parece instaurarse la nostalgia, el regreso a los orígenes, a la comunión del ser humano con la naturaleza. La de que a día de hoy hay personas, como Christine, que ven en el asfalto la materialización de sus sueños y en la tierra un lugar en el que simplemente se hunden los pies. Nadie con los terneros: una historia de escapatoria, agobio, olores fuertes, animales de granja, violencia de género, urbanidad, ruralidad... Una primera y gran novela que, espero, sea el inicio de algo mucho más ambicioso.

Frases o párrafos favoritos:

"Unas cuantas moscas se posan en los ojos del ternero y le recorren la boca. La vaca lo empuja otra vez y las espanta, pero enseguida vuelven y por un momento pienso en meterme en uno de los chamizos y quedarme ahí tirada hasta que los hierbajos me crezcan por encima. Justo entonces las vacas del bebedero se echan a un lado y Jan aparece entre ellas por la pradera. Guardo el móvil."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Volcano Libros