sábado, 29 de junio de 2019

RESEÑA: Cuadernos de Medusa vol. II

CUADERNOS DE MEDUSA VOL.II

Título: Cuadernos de Medusa vol. II

Autoras/es: África Beltrán, Pilar Pedraza, Margaryta Yakovenko, Luna Miguel, Inmaculada Pérez Parra, Eleazar Herrera, Darío Gael Gómez de Barreda, Cynthia Veneno, Cristina Jurado, Beatriz Sevilla, Atenea Bioque, Aránzazu Ferrero, Ajla Henic,

Editorial: Amor de Madre.

Idioma: español.

Sinopsis: Cuadernos de Medusa vol. II es un compendio de trece relatos escritos por autoras y autores comprometidos con el movimiento feminista y con la representación de los colectivos LGBTQ+. En Cuadernos de Medusa vol. II vas a encontrar de todo. La diversidad sigue siendo la protagonista, y de ahí que en este mismo objeto puedas verte envuelta en la más pura, mágica y divertida fantasía o en la más absoluta, desgarradora y dolorosa realidad. Todas estas perspectivas, por muy distintas que sean, se unen en un mismo cometido: hacer brillar aquello que el mundo insiste en mantener oculto. ¡Bienvenida a nuestro microcosmos literario, donde la diversidad se alza como bandera y como grito de guerra!

Su lectura me ha parecido:

   Variada, interesante en cuanto a su planteamiento conceptual, inclusiva, feminista, plagada de fantasía, inundada al mismo tiempo de realidad, dolorosa, esperanzadora, combativa, absolutamente necesaria...Algo está cambiando, el suelo tiembla bajo nuestros pies, un olor nuevo se respira en el ambiente y en el interior de los libros. ¿Tal vez esté pasando? ¿Podemos hablar de revolución o simplemente de los cimientos que pretenden impulsarla más pronto que tarde? De un tiempo a esta parte, las librerías se han llenado de autoras (noveles, expertas, veteranas...) algo que no ha sido como suele decirse, "de golpe y porrazo", sino que al contrario de lo que muchas y muchos piensan ha sido parte de un largo proceso. Un camino al que hemos contribuido desde todos los procesos de creación editorial. Empezando por el gran público, siempre imprescindible, y acabando por quienes apuestan desde el sector del libro por dar más visibilidad y voz a plumas en las que antaño nadie hubiese confiado, sin olvidarnos, por supuesto de las autoras, sin las cuales esto, de verdad, no hubiese sido posible, ni siquiera en sus mejores sueños. Sin voluntad no se mueven montañas, sin perseverancia las cosas no salen solas, sin conciencia no contribuimos a avanzar y sobre todo, sin valentía, los derechos fundamentales jamás se conseguirán. Antologías como la que hoy tengo el placer de reseñaros demuestran como la palabra, y con ella la literatura, pueden aunar entretenimiento (leer siempre lo es y siempre lo será) y conciencia social. Justo la que se necesita en los tiempos que corren, cada vez más oscuros y terriblemente familiares. Cuadernos de Medusa Vol.II: trece historias para la reflexión, el feminismo, la lucha LGTBI+ y la imaginación.

   Con Cuadernos de Medusa volví a La Batisfera (de la cual ya os hablé en una reseña anterior), un templo del café, los refrescos y los buenos libros a escasos metros de la playa en donde, de nuevo, tuvo lugar una de esas presentaciones memorables. Al llegar, los libreros me recibieron con los brazos abiertos - estaba claro que se acordaban de mi y de Agua en los pulmones, la novela en cuya puesta de largo participé en calidad de moderadora/presentadora - y me condujeron a la cafetería en donde, no sólo pude desvirtualizar a las editoras de Amor de Madre Victoria e Inmaculada, sino que también pude saludar - con apretón de manos y besos de cortesía incluidos - a dos de las autoras cuyos relatos componían este segundo volumen. De pronto me vi ante Aránzazu Ferrero y Pilar Pedraza sin saber a penas que decir, me costó articular palabra. El relato de la primera era el que inauguraba esta segunda entrega - muy interesante por cierto - y el de la segunda pues era uno de los que más me había gustado - y además, ¿quién no se pondría nerviosa teniendo delante a una de las grandes autoras españolas de terror? -. Al contrario que aquella presentación de Pulpture, en esta ocasión acudí como público. Éramos pocas - más que pocos - sí, pero no por ello ávidas de preguntas, inquietudes y debate. Aquel rincón de La Batisfera se convirtió durante una hora en un lugar de distensión donde se abordaron numerosos temas y de los que como lectora y escritora necesitaba nutrirme con urgencia. La amabilidad de Victoria e Inmaculada fue abrumadora, así como ese ratito que me quedé charlando con Pilar Pedraza compartiendo mis impresiones. Con Aránzazu no tuve la misma suerte, ya que se tuvo que ir antes del coloquio final - queda pendiente - pero aún así sus palabras también me suscitaron alguna que otra pertinente reflexión. Cuando regresé a mi casa al caer la noche me llevé una experiencia inolvidable, así como la certeza de que desde nuestro papel como críticos y público debemos apoyar a las editoriales independientes, y más cuando su carácter reivindicativo trasciende a lo literario.

   Hablar del segundo volumen de Cuadernos de Medusa implica no sólo adentrarse en un conjunto de relatos cada cual más diferente al anterior (miradas, perspectivas, estilos...), también hablar de lo que para mi es el eje central y la razón de ser de esta nueva entrega: el mito de Medusa. Como bien sabréis, Medusa es un ser ctónico - procedente del mundo de los muertos y los espíritus - mitológico, con cuerpo de mujer, cuyo cabello esta repleto de serpientes y con el poder de convertir en piedra a todo aquel que mirase fijamente sus ojos. Decapitada por Perseo - quien posteriormente usó su cabeza como arma - y luego entregada a Atenea para que la colocase en su escudo, ha vivido desde la antigua Grecia infinidad de interpretaciones y reinterpretaciones. Aunque en resumidas cuentas, la mayoría de todas ellas coinciden en identificar a Medusa con la quintaesencia del mal convirtiéndose de este modo en el mito patriarcal perfecto y que como tal ha perdurado a lo largo de los siglos. En resumidas cuentas, Medusa representa el papel central de las mujeres - da igual la época en la que nos encontremos - o lo que es lo mismo, la mujer que logra posicionarse en ámbitos a los que solo los hombres habían llegado por su condición masculina. Una cultura androcéntrica donde héroes como Perseo están llamados a degollar - metafóricamente hablando - las identidades femeninas trasgresoras, consideradas por ellos como simples obstáculos en su domino ancestral. Este mito se ha ido reproduciendo a lo largo de la historia - todavía como historiadora tengo dudas de que Juana la Loca estuviese de verdad loca - llegando incluso a colarse en recientes campañas electorales - recordemos lo sucedido en la cartelería de la campaña de Donald Trump respecto a su contrincante Hilary Clinton - o en las series de televisión más actuales - ¡Malditos guionistas! ¡Qué habéis hecho con Daenerys Targaryen! -. Más allá de todo eso, es interesante - teniendo en cuenta lo expuesto - como Amor de Madre ha construido al rededor de esta deidad femenina un discurso que articula muchos temas y discurre por muchos frentes. Desprendiéndose de su interpretación heteropatriarcal e utilizando su furia - porque no olvidemos que fue violada - para redefinir no sólo el mito, también para actuar como reacción al machismo todavía imperante en nuestra sociedad.

   Cada una de las serpientes del cabello de Medusa correspondería a uno de los trece relatos reunidos bajo su protección y permanente sororidad. Es evidente que, como en cualquier libro de relatos - y más en el que encontramos diferentes autoras y autores - no existe una uniformidad. Hay textos mejores y textos que (a pesar de que el mensaje es igual de potente) por lo que sea no me han llegado tan hondo como esperaba en un primer momento. Hay relatos de acción, de fantasía, imbuidos en lo social, de ambientación puramente histórica, terriblemente realistas, millenials y hasta algún coqueteo con el género de superhéroes. Los hay más cercanos a nuestro tiempo, pero también de los que se adentran en épocas pasadas para rastrear los mismos temas, y por supuesto, los que la acción transcurre en tierras lejanas. Sus personajes nos pueden sonar más o menos, a pesar de llevar años muertos, ser la viva imagen de nuestra vecina, parecerse a cualquier persona que pasa a nuestro lado por la calle, erigirse como auténticos icónicos o simplemente no haber existido nunca salvo en la imaginación de quien lo inventa. Feminismo, transexualidad, lucha social, hermafoditismo, fanatismo religioso, políticas patriarcales, violaciones, inclusión, racismo, homofobia, abuso de poder, culpa, violencia, misoginia, suicidio, guerra, depresión, explotación sexual, acoso, islamofobia... Sin censuras, sin eufemismos, con libertad, y por supuesto desde el más absoluto de los respetos.

   Vivimos tiempos confusos, en constante cambio, en donde las nuevas tecnologías cabalgan a nuestro lado y en donde conectividad se ha tornado en una obligatoriedad. Sin embargo, algo muy peligroso permanece, algo entroncado con los valores tradicionales que han construido nuestras sociedades desde los cimientos hasta las agujas. Unos valores machistas que, en vez de desaparecer de una vez por todas, parece que - en gran medida gracias a un tsunami llamado "ultraderecha" - no sólo permanecen sino que cada día ganan nuevos adeptos. Esta involución social se cura, en parte, leyendo, leyendo mucho, muchísimo, y especialmente a autoras y autores cuya producción literaria no está, por así decirlo, en los lugares de honor, sino que se encuentra en los márgenes, tanto de lo temático como en lo histórico. Ayer sin ir más lejos asistimos al 50 aniversario de las manifestaciones espontaneas y posterior represión de Stone Wall - a las cuales por cierto hace mención uno de los relatos más logrados -. Sin duda uno de los episodios más importantes de la historia, así como de la lucha del colectivo LGTBI+ pero que, por desgracia, muy poca gente conoce. Lo mismo sucede con la lucha feminista y las manifestaciones del día 8 de Marzo, a las cuales todavía hay quien mira con escepticismo y desprecio sin conocer su verdadero. Sin ir más lejos, uno de los ejemplos más claros de esta supina ignorancia son las recientes "iniciativas" que abogan por instaurar el "Día del hombre" o el llamado "Orgullo Hetero". Campañas tras las que, por supuesto, se esconden partidos o organizaciones manifiestamente racistas, homófobas, xenófobas, misóginas y de inspiración neonazi, neofranquista o neofascista. En honor al célebre grabado de Goya diré lo de siempre, que el sueño de la razón produce monstruos, pero también incultura, fanatismo, autómatas al servicio del poder. Carentes de amplitud de miras y por supuesto de empatía, comprensión y reconocimiento. Porque parece ser que es mejor vivir enfrentados que en armonía, disfrutando de toda clase de diversidad. Si para algo sirven editoriales como Amor de Madre y libros como Cuadernos de Medusa es para combatir todo ese odio, para desmontar las estructuras patriarcales, y creo que lo más importante, para seguir aprendiendo y luchando por una sociedad mejor.

Cuadernos de Medusa Vol. II: trece historias de inclusión, violencia patriarcal, feminismo, critica, representación LGTBI+, diversidad, respuesta... La revolución se hace en las calles, pero también en la literatura.

Frases o párrafos favoritos:

"Es hermafrodita. Siempre quise tener uno a mi alcance para comprender muchas cosas sobre los órganos de la reproducción que los maestros no nos habéis explicado nunca, o por ignorancia o por vergüenza. Sin embargo, nada hay de vergonzoso en el cuerpo de esta chica, o mejor dicho, chico. O chico y chica, lo que prefieras. Y gracias a él he aprendido muchas cosas que no están en Aristóteles."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Amor de Madre

martes, 25 de junio de 2019

RESEÑA: Orlando

ORLANDO

Título: Orlando.

Autora: Virginia Woolf (1882-1941), pilar de la narrativa contemporánea y figura central del Grupo de Bloomsbury, cultivó con éxito la novela escribiendo títulos tan memorables como La señora Dalloway, Al faro o Las olas entre otras. Al mismo tiempo también se atrevió con el ensayo literario (El lector común), el político (Tres guineas) y la biografía (Roger Fry). También lo que podríamos denominar un nuevo género: la biografía semificticia, como el caso de Orlando. Miembro de lo que se ha denominado la aristocracia intelectual británica, a su muerte (suicidándose en el río Ouse, cercano a su domicilio), el poeta T. S. Eliot escribió que se habían dado en su vida y obra unas características tan singulares e inéditas dentro del mundo anglosajón que difícilmente se repetirían. Una opinión que la posterior publicación de sus diarios, cartas y varias biografías han confirmado. Su ensayo feminista, Una habitación propia, es uno de los más aclamados e influyentes desde el momento de su publicación.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductora: María Luisa Balseiro.

Sinopsis: desde su nacimiento en la Inglaterra isabelina como varón, Orlando va atravesando épocas y geografías hasta los mismos años en que la autora escribe, en un continuo viaje vital que incluye asimismo la transformación de varón a mujer. Llevado en volandas como en un sueño, el lector vive a través de su peculiar protagonista muchas vidas, muchas aventuras, al tiempo que asiste a una de las más sugerentes exploraciones de la identidad sexual plasmadas nunca en la ficción.

Su lectura me ha parecido:

   Revolucionaria, adelantada a su tiempo, menos densa de lo que me esperaba, totalmente atemporal, transgresora, divertida en ocasiones, cuyas reflexiones están más de actualidad que nunca... Cada vez que alguien pronuncia el nombre de Virginia seguido del apellido Woolf es como si un rayo impactase contra el suelo, como si hubiese pasado un ángel, como si la piedra más pesada hubiese sido colocada sobre los hombros de los presentes. Sí, la escritora británica tiene fama de dura y de poseer una de las plumas más originales a la vez que más complejas de la literatura universal. De hecho, es por eso, junto a un supino desconocimiento de su obra por parte de las generaciones más jóvenes - ¡maldito sistema educativo! - lo que ha provocado que generaciones y generaciones hayan pasado por este mundo sin haberse adentrado en algunos de sus títulos más emblemáticos. Y lo más preocupante, que generaciones y generaciones de mujeres hayan pasado de largo frente a libros como Una habitación propia o La señora Dalloway, ignorando los poderosos mensajes feministas que esperaban ser leídos y sacados del ostracismo que provoca cualquier estantería de cualquier librería. Afortunadamente, una nueva corriente - la cual está en constante transformación y redefinición - parece haber espoleado a las mujeres y hombres que están destinados a dirigir el futuro de la humanidad para que devorasen insaciables a Virginia Woolf y el contenido de sus novelas. De un tiempo a esta parte, la autora británica vive una especie de segunda vida gracias al movimiento feminista, el cual no ha dudado en ensalzar su figura como una deidad inquebrantable e intocable. Un legado, el de su contundente producción literaria, que no hace sino recordarnos como el poder de las palabras es capaz de perdurar en  el tiempo y volcar sobre la sociedad, y justo en el momento más urgente, toda una serie de ideas a las cuales deberíamos prestar más atención. Virginia Woolf nunca dejará de sorprendernos, y más con libros como el que hoy tengo el privilegio de reseñar. Orlando: una biografía andrógina.

   Me costó adentrarme en la literatura de Virginia Woolf. Sí, y lo digo con toda la sinceridad del mundo. Porque me he dado cuenta de que a pesar de que sabía de la existencia de al menos un libro escrito por esta autora - una añeja edición de Las olas que todavía aguarda su turno en la estantería del comedor - nadie, absolutamente nadie me incentivó a leerlo. Esto no es ni resentimiento ni un ejercicio de autoflagelación por mi parte, simplemente expongo una situación, la de que, a pesar de que en casa la lectura estaba y sigue estando a la orden del día, me faltó una piza de apoyo externo, un empujón por parte del temario o de alguna o algún profesor para que acabase decidiéndome por dicha lectura. Si al menos Virginia Woolf - con lo que fue ella - hubiese aparecido en alguna de las páginas de mi libro de texto de lengua, de historia o incluso de filosofía; tal vez en algún momento de mi adolescencia me hubiese adentrado en él, por muy difícil que fuera su lectura y aunque no hubiese entendido a la primera lo que la novela quería transmitir. Eso se cura con curiosidad y ganas de seguir aprendiendo. Sin embargo, si en los institutos prima el memorizar y el no ahondar en el porqué de las cosas, es muy difícil que una alumna o alumno genere inquietudes más allá de aspirar al aprobado. Y si a eso le añades la poca o nula visibilidad a las mujeres en los temarios de primaria, secundaria y bachillerato; la situación es todavía peor. De lo que no se habla es porque automáticamente no existe, o lo que es lo mismo, si Virginia Woolf no aparece en el lugar que le corresponde como escritora feminista, entonces es que no fue para tanto, no fue tan importante. Tuvo que pasar un tiempo para que me diese cuenta de lo que me había perdido por el camino y de lo mucho que queda todavía por hacer en materia de igualdad en todos los ámbitos, incluyendo el de la investigación en historia. Poco a poco vamos desenterrando mujeres ilustres sepultadas bajo el polvo del patriarcado y también devolviéndolas al lugar que les corresponde por derecho y justicia dentro de su correspondiente cronología. Gracias a esto si todavía no me he leído Las olas no es porque desconozca a Virginia Woolf, sino porque prefiero adentrarme en otras novelas antes, novelas como Orlando. Sin duda, todo un descubrimiento.

   Antes de que el lector se adentre en la lectura de esta original biografía éste se topa con una dedicatoria muy reveladora. Pocas veces suelo hacer caso a las frases que la autora o autor de turno dedica en agradecimiento a una o a un grupo de personas, así como las citas colocadas a una página de dar comienzo la novela. No obstante, en esta ocasión no pude evitar sonreír al leer el nombre de la afortunada. Virginia Woolf dedicó Orlando en 1928 a Vita Sackville-West - aristócrata, escritora, poeta, diseñadora de jardines y amante de la propia Virginia - ya que se había inspirado en ella a la hora de escribirla. Vita Sackville-West se había casado con Harold Nicolson, con quien mantendría una relación abierta, cosa muy común en los grupos artísticos e intelectuales del  Grupo de Bloomsbury - al que Virginia Woolf pertenecía - pero mal visto para el resto de la sociedad de la época, una sociedad a punto de abandonar el canon victoriano para abrazar la modernidad del nuevo siglo. Tal vez fuese la libertad con la que Sackville-West vivía su vida lo que acabó por prender la mecha ya no sólo de la pasión - tuvieron una relación durante unos años - también de la pluma de Woolf, dando lugar a una de las obras más singulares y avanzadas de su tiempo. Más allá de la confirmación de este romance, Orlando es un documento de grandísimo valor dada su calidad literaria, la excepcionalidad de su trama y sobre todo el mensaje que con ella Woolf pretendía lanzar al mundo. La novela de Woolf narra la vida de Orlando, un joven noble y con gran afición a la literatura que vive en plena edad dorada del periodo Isabelino y al que acompañaremos en su viaje físico, sentimental y corporal a lo largo de varios periodos de la historia. Tras un largo sueño durante el periodo de la Restauración, Orlando se despierta siendo mujer gracias a la intervención de tres espíritus (Nuestra Señora de la Pureza, Nuestra Señora de la Castidad y Nuestra Señora de la Modestia). Curiosamente, tres espíritus que simbolizan el canon social al que la mujer debía adscribirse en esa época. Es a partir de ese momento cuando Orlando, ahora desde el sexo femenino, vivirá la condición femenina desde sus propias carnes, incluyendo el desprecio que los ilustrados del XVIII o la misma sociedad de la Inglaterra Victoriana del XIX.

   Irónica, satírica, Orlando parece a priori una crítica a la férrea separación de las etapas históricas, dado que a lo largo de la novela los cambios fluyen sin importar límites temporales o espaciales, y por supuesto, una exhaustiva novela histórica. Sin embargo, algo subyace entre líneas, algo que tiene mucho que ver con la exquisita ambigüedad con la que Woolf dota al personaje de Orlando. Su aspecto andrógino en lugar de despistar refuerza la trama, así como el valor intelectual de la novela en su conjunto y el nivel de trasgresión. Recordemos que estamos ante una historia en la que un hombre se convierte tras un largo sueño en una mujer, pero también podríamos hablar de fluidez sexual, ya que en ocasiones - y hay unas cuantas - el lector tendrá dudas respecto al sexo del o la protagonista. De este modo podríamos hablar de Orlando como el primer personaje transexual famoso de la historia de la ficción y casualmente, el que le reportó más popularidad a su autora. Un personaje que, como hemos comentado en el anterior párrafo, saboreará las mieles de una época en la que si eres hombre puedes conseguir lo que te propongas - como escribir obras teatrales a lo Shakespeare o ser el favorito de la reina Isabel I - y que, por el contrario, sufrirá la discriminación, la injusticia y el descrédito de intelectuales y empresarios fabriles por el simple hecho de ser mujer. Las obligaciones de un sexo a otro distan tanto la una de la otra, que a pesar de la evolución histórica de la novela - 300 años -, el lector asiste a una verdad como una catedral: la de que por mucho que pase el tiempo, hay cosas que no cambian, que siguen igual. Los avances científicos siguen imparables, la moda evoluciona, el comercio se moderniza, al igual que la política, la cultura, las ideas o la concepción de Estado. No obstante, Woolf tiene razón, el machismo y el ninguneo al considerado "sexo débil" sigue y sigue, por los siglos de los siglos, intacto, inamovible, sin que a nadie se le ocurra simplemente deshacerse de él.

   Además de concienciarnos de la latencia del machismo en nuestra sociedad - tan presente en nuestros días como en la época Georgiana - y lejos de quedarse completamente satisfecha, Woolf regala al lector una última reflexión más poderosa que la anterior, más importante, más revolucionaria. Sí, sabemos que Orlando cambia de sexo - de hombre a mujer - con todo lo que eso implica - de hombre de éxito a mujer discriminada por la sociedad -. Sin embargo, en ningún momento apreciamos como Orlando cambia de carácter, de actitud o de opinión. En otras palabras, Orlando sigue siendo la misma persona desde que nace en el siglo XVI hasta que la vemos por última vez a principios de siglo XX. Lo cual demostraría que el cambio de sexo sólo implica el cambio de género, y es el género - que tradicionalmente ha explicado las características asignadas a tanto a hombres como a mujeres - lo que de verdad cae como una losa sobre Orlando. No es la biología, sino los roles los que permiten que el protagonista viva toda clase de privilegios - incluso sexuales - al principio de la novela y lo que penaliza a la protagonista al final de ésta. ¿Se adelantó Virginia Woolf con esta novela a la segunda ola feminista de los 60-70? ¿Estamos ante uno de esos pequeños milagros que de vez en cuando contribuyen a llenar de prestigio a la literatura? ¿Quiso entonces Woolf exponer lo que Kate Millet diría a mediados de siglo XX? ¿Lo de que el género, independientemente del sexo, es una cuestión social? Las respuestas a estas preguntas parecen contestarse solas o a medida que nos adentramos en este portento de novela. Orlando es feminismo, fantasía, un libro que maravillará a las y los historiadores, la perfecta lectura para iniciarse con Woolf, pero sobre todo, es revolución y la confirmación de la existencia de mentes tan prodigiosas y visionarias como la de aquella mujer nacida en Kensington, criada en el círculo prerrafaelita, cuya madurez intelectual alcanzó en el número 64 de Gordon Square del barrio de Bloomsbury y que puso fin a su vida bajo las aguas del río Ouse.

Orlando: una historia de evolución, discriminación, privilegios, machismo, periodos históricos, ambigüedad, cambios, roles de género, valentía, entereza... El ejemplo en el que todas y todos los aspirantes a escritores deberíamos fijarnos.  

Párrafos o frases favoritas:

"Armados como ellos están con toda clase de armas, mientras que a nosotras nos impiden conocer el alfabeto."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

viernes, 21 de junio de 2019

RESEÑA: Amor de monstruo.

AMOR DE MONSTRUO

Título: Amor de monstruo.

Autora: Katherine Dunn ( Garden City 1945- Portland 2016) pasó toda su infancia de mudanza en mudanza. Su padre los abandonó antes de cumplir dos años y su madre era artista. Quizá por eso escribiría años más tarde sobre ferias itinerantes de extraños personajes. Quizá por eso, ella misma pasó largas temporadas viajando por todo el mundo. Abandonó la carrera porque ya estaba escribiendo y la navidad de 1967 conoció al hombre con el que pasaría su vida. Empezaron viajando a México, Newfoudland, Sevilla y Boston, donde remató su primera novela, Attic. Mientras criaba a sus hijos, trabajó como camarera, pintando casas y haciendo doblaje. También presentaba un programa de radio en Portland y enseñó escritura creativa. Todo esto le dejaba tiempo para otra afición: en 1981 empezó a escribir sobre boxeo, que se convirtió en una de sus especialidades. De hecho, empezó a boxear a los 40 años. El éxito de Amor de monstruo, finalista del National Book Award, con más de medio millón de copias vendidas y que despertaría el interés de cineastas como Tim Burton, que compró los derechos, le permitió centrarse más en la escritura. Después, aún trabajaría en su cuarta novela antes de fallecer.



Editorial: Blackie Books.

Idioma: inglés.

Traductor: Jordi Mustieles Rebullida.

Sinopsis: muchos ven en Olympia Binewski un monstruo: es enana, albina, jorobada. Sin embargo, nada hay menos monstruoso que amar. Y Olympia ama a Al y Lil, porque diseñaron cada una de sus malformaciones. Ama a Chick, su hermano pequeño, por su bondad infinita y su ingenuidad sin mácula. Ama a Elly y a Iphy, las siamesas, las más bellas y virtuosas pianistas. Ama a Arturo, el chico que nació con aletas allí donde debiera tener extremidades, más que a nadie en este mundo. Ama a Miranda, pese a que ésta no sabe que salió de su vientre. Tanto la ama que la seguirá allá donde vaya para que nada le falte. Ama a la señora Lick aunque sabe que no debe, pese a que esta invierte su fortuna en corregir a los monstruos como ella. Los ama tanto que haría lo que fuese por protegerlos. Y a aquellos que la llaman monstruo, que la saltan con la mirada o le disparan atrincherados en aparcamientos, a esos también podría aprender a amarlos.

Su lectura me ha parecido:

   Original, dura, lenta en ocasiones, atrayente al mismo tiempo, con un elenco de personajes inmejorable, tierna, poderosamente reflexiva, desconcertante, perturbadora, deliciosamente extravagante... Tras haber dirigido la adaptación cinematográfica más famosa de Drácula (la de Bela Lugosi por supuesto) el director estadounidense Tod Browning rodó en 1932 la que es considerada como una de las películas más polémicas e incómodas de la historia: Freaks (La parada de los monstruos en España). Una cinta en la que el espectador asiste a la cotidianeidad dentro de un circo ambulante y sus peculiares habitantes. A la trapecista, el forzudo, el payaso o la domadora de focas, se le unen varios enanos, unas gemelas siamesas, dos "cabezas de alfiler", un torso viviente, un medio hombre, una mujer sin brazos, una mujer barbuda y una mujer ave entre otros muchos personajes. Actores de carne y hueso con deformidades físicas reales desfilan durante los 64 minutos de película, algunos de ellos incluso, protagonizando las escenas más memorables. Su estreno fue difícil desde el primer momento, siendo prohibido su visionado en países como Reino Unido o Estados Unidos durante décadas. ¿El resultado? Un estrepitoso fracaso en taquilla y la ira de los productores de la Metro-Galdwyn-Mayer, quienes retiraron a Browning todo su apoyo e influencia en la industria. Desmayos, gritos, amagos de abortos, vómitos, insultos... Estaba claro que la sociedad de los años 30 no estaba del todo preparada para una cinta de estas características, para una película en la que se destierran prejuicios dotando de humanidad a personas que, a ojos de todo el mundo, eran simplemente monstruos. Lástima que Browning no viviese lo suficiente para comprobar como, treinta años más tarde, su película era reestrenada de nuevo por todo lo alto (durante el Festival de Venecia de 1962) y considerada inmediatamente por la crítica como un clásico injustamente maltratado. Ahora sí, la sociedad de los 60 ya estaba preparada para ver en pantalla aquellos actores, aquella trama y aquellas malformaciones que entonces horrorizaron a más de un espectador. Imágenes que, en lugar de repugnar, despertaban ternura e incluso empatía. La visibilidad que Browning les dio a estos interpretes (en muchos casos procedentes de ferias y circos) creó escuela y una legión de cineastas y escritores que no dudaron en perpetuar su influencia. La filmografía de Tim Burton es un ejemplo, así como la reciente y premiada American Horror Story - cuya cuarta temporada es un homenaje - pero en el terreno de la literatura Katherine Dunn fue una de las que tomó el testigo y lo plasmó en la peculiar novela que hoy tengo el placer de reseñar. Amor de Monstruo: ¡Larga vida a los freaks!

   La publicación del libro de Katherine Dunn se vivió como un enorme acontecimiento en los Estados Unidos de los años 80. Series como Stranger Things nos han recordado - o descubierto en la mayoría de los casos - lo mucho que significó dicha década en la cultura estadounidense, y de rebote para resto del mundo occidental. Como dijo alguien muy sabio, quien controla el dinero controla el mundo, por lo que muchas y muchos no tardaron en copiar, imitar, adaptar o directamente introducir algunos de los aspectos más punteros que lo estaban "petando" en el país norteamericano. Sin embargo, uno de los aspectos clave en lo que a cultura se refiere, tuvo lugar precisamente en la meca del cine. Algo pasaba en Hollywood, los cimientos se tambaleaban, nuevos rostros se abrían paso para iniciar una revolución cinematográfica que marcaría un antes y un después en la historia del cine. Algunos, como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o George Lucas pusieron los cimientos con sus respectivos y rompedores estilos de dirección y guion. Sin embargo, fue otro nombre, otra la persona que vino a elevar dicha revolución y a situarla un peldaño más arriba. Hablo, por supuesto, de Steven Spielberg. Sí, ese director acusado por la crítica de hacer sólo películas para niños pero que consiguió cosas como que tuviéramos reparos en bañarnos en el mar durante varios veranos,  que toda una generación quisiese estudiar arqueología y la siguiente paleontología, que quisiéramos ir en busca de tesoros piratas, que mirásemos con recelo la pantalla de cualquier televisión a altas horas de la madrugada, que desconfiásemos de los Furbies por su extraordinario parecido con los Gremlins o que mirásemos hacia el cielo convencidos de la existencia de extraterrestres habitando en mundos todavía por descubrir. Sus películas no sólo forman parte de nuestra memoria y de la cultura popular, sino que además, consiguió algo muy importante, elevar a los altares a la literatura de género, o lo que es lo mismo, hacer que nos gustase aún más la fantasía, la ciencia ficción y el terror. Es en ese contexto, cuando muchos habían caído rendidos ante ET, en el que aparece Amor de monstruo, a finales de la década, casi coincidiendo con el despegue de Tim Burton, cuya filmografía se llenó de oscuridad y criaturas socialmente marginadas para hacernos reflexionar sobre el amor, la apariencia, la humanidad y los prejuicios. Sin Spielberg - entre otros tantos - el cine de género no habría salido del ostracismo, sin esa generalizada puesta en valor de personajes fuera de la norma en las películas probablemente el libro de Katherine Dunn habría pasado desapercibido. Afortunadamente, eso no ha pasado, ya que a día de hoy podemos disfrutar - ¡por fin! - de este clásico contemporáneo de la literatura de género.

   Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos avisando que Amor de monstruo no es un libro fácil de leer. La dureza de su historia así como ese ritmo ligeramente desigual - es curioso como un mismo libro puede resultarte dificultoso y ameno de leer al mismo tiempo - hacen de la novela de Dunn un camino tortuoso pero fascinante. Porque eso sí, el tema así como la propia idiosincrasia de la novela consiguen que - a pesar de lo ya mencionado - el lector no pueda apartar los ojos de las páginas. La narración, en un primer momento, podría recordar escandalosamente a la trama de La parada de los monstruos. No obstante, por fortuna, sólo podemos hablar de la cinta de Tod Browning como la gran inspiración de Amor de monstruo, tan grande que por momentos parece un homenaje casi intencionado. A diferencia de la historia de los freaks del circo ambulante más famoso de la historia del cine, en la novela de Dunn los Binewski - estrellas de la feria de "La Fabulonia" - tienen diversas malformaciones no por nacimiento sino por un sinfín de transgresiones consentidas, buscando precisamente eso, la imperfección. Porque el matrimonio Binewski - Al y Crystal - está al frente de un negocio, y por mucho espectáculo circense que sea, tiene que ser rentable, y si para eso sus hijos deben ser lo más extraordinarios posible, pues se hace todo lo posible para que así sea. Bajo esta premisa - moralmente reprochable - el lector asiste a la cotidianeidad del circo y al día a día de todos estos hijos. Todo narrado desde la perspectiva de la albina, calva y jorobada Olympia - la entrañable y extremadamente leal protagonista - cuya peculiar mirada nos muestra a los demás integrantes del circo: el ambicioso Arty (llamado "Aqua Boy" porque nació con aletas), las virtuosas Elly e Iphy (siamesas) y el pequeño Chick (con sus habilidades con la telequinesia). Con una bondadosa primera persona, Dunn nos sumerge en una montaña rusa de emociones y extravagancias donde en los picos más altos encontramos un dramatismo y una violencia predecible pero no en cotas tan perturbadoras. Algo que ese marco de terror gótico ayuda a potenciar. Amor de monstruo, en última instancia, presentaría una lucha entre la cruda realidad - la de una sociedad que nunca los aceptará y que buscará la forma de revertir sus malformaciones - y el amor infinito que destila Olympia, tan puro, tan inocente, tan en ocasiones irracional que traspasa el papel para acariciar el corazón de los lectores.

   Una de las consecuencias que tuvo el estreno y popularización en los años 60 de la cinta maldita de Tod Browning fue que a partir de ese momento la palabra "freak" se usase para referirse a alguien anómalo, extraño, peculiar o marginal. Con el paso del tiempo el término adoptó otro significado para hablar de quienes, de forma generalizada, llevan a termino un comportamiento trasgresor con las normas y comportamientos sociales. De este modo, "freak" evolucionó a "freaky", siendo un freaky (friqui en castellano) alguien cuya obsesión o gusto por un hobby es desmesurada, hasta el punto de convertirlo en su forma de vida. No hace falta que me explaye más en cuestiones morfológicas y terminológicas, pues todas y todos sabemos que de un tiempo a esta parte lo friqui está bien visto cuando hace unos años en los institutos, por ejemplo, se marginaba. La o el friqui era el blanco de todas las burlas, hasta el punto de llegar a convertirse en casos de bullyng. Por eso, no deja de resultar paradójico que quienes en antaño se mofaban de los friquis ahora se declaren o se definan precisamente con esa palabra. Hoy en día todos somos friquis, hasta de lo que tradicionalmente nunca se ha considerado friqui. Dejando a un lado esta breve pero muy necesaria apreciación, creo que deberíamos, en esta cuestión, remontarnos de vez en cuando a los orígenes del término, a esa película que lo popularizó, a esa puesta en valor - ya no sólo de las malformaciones o las diferentes patologías que dan lugar a ellas - también a esa humanidad que reside en cada una y uno de nosotros y que por supuesto también poseen los que durante tantos siglos se ha marginado, condenado, maltratado, ocultado, discriminado o matado. Porque sin querer parafrasear a cierto presidente del gobierno, todos somos seres humanos y tenemos sentimientos, experimentamos emociones: nos enamoramos, nos enojamos, nos entristecemos, nos alegramos... ¿Acaso aún existen prejuicios hacia quienes son físicamente diferentes a nosotros? ¿Es posible que aún haya gente que se sienta incómoda con su presencia o directamente piensen que no deberían existir? Lamentablemente, y a tenor de algunas cosas que se oyen por televisión en prime time, así sigue siendo. Amor de monstruo: una historia de amor infinito, mitos, violencia, circo, relaciones familiares... Una novela que demuestra el poder de la literatura para espantar a los prejuicios.

Frases o párrafos favoritos:

"¡Serás lela! Esto lo escriben los normas para asustar a los normas. ¿Sabes quiénes son esos monstruos y demonios y espíritus malignos? Tú y yo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books 

martes, 18 de junio de 2019

RESEÑA: Peach

PEACH

Título: Peach.

Autora: Emma Glass (Swansea 1987) estudió Literatura Inglesa y Escritura Creativa en la Universidad de Kent, y posteriormente, Enfermería Pediátrica en la Universidad de Swansea. Vive en Londes, donde trabaja como enfermera. Peach es su primera novela.


Editorial: Sexto Piso.

Iidioma: Inglés.

Traductor: Mariano Peyrou

Sinopsis: Algo terrible le ha ocurrido a Peach. Le duele caminar y sólo tambaleándose es capaz de llegar a casa, donde la pesadilla continúa: sus padres no parecen darse cuenta de nada. Peach deberá recomponerse sola, juntar los pedazos que quedan de sí misma, antes de retomar la rutina de su vida diaria: su novio Green, sus amigos, las clases. Pero no es fácil concentrarse cuando le asalta el recuerdo de una enorme boca abierta, cuesta comer cuando siente el estómago hinchado como un tambor y es imposible dormir cuando el olor a grasa achicharrada llena sus fosas nasales. A pesar de que intenta cerrar los ojos ante lo que ha sucedido, Peach comienza al fin a entender qué debe hacer para superarlo y a reunir el valor necesario para llevarlo a cabo. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Onírica, de una originalidad abrumadora, sinestésica, dolorosa, poética, terrorífica, visual, redentora, metafórica, perfecta en cuanto a su extensión... Acertar a la primera es el sueño de cualquier escritora o escritor, y más actualmente, donde la inmediatez ha contribuido a que el éxito - en cualquier disciplina o ámbito profesional - sea cada vez más efímero. ¿Ejemplos? Unos cuantos. Fuera de nuestras fronteras Emily Brontë con Cumbres borrascosas, su primera y única novela - sí, lo habéis leído bien - consiguió la fama universal. Lástima que su prematuro fallecimiento nos privase de más historias, así como de su desarrollo y madurez como escritora. Aún así, con ella se asentaron las bases del melodrama y de la novela romántica por excelencia. Lo mismo le sucedió a Harper Lee quien, que en el año 1962 publicó uno de los mayores pelotazos editoriales de la historia de las letras norteamericanas: Matar a un ruiseñor. Con esta novela no sólo ayudó a redefinir la dirección que estaba tomando el mundo de las letras en su país, sino que además lo hizo con rotundidad, con un impecable estilo y con una trama que hurgaba precisamente en la llaga, en los problemas que seguían enquistados en la sociedad estadounidense. Fue tan clamorosa su crítica hacia el racismo y ese hincapié en la pérdida de la inocencia que Hollywood no tardó en adaptarla en una de esas cintas que perduran en la memoria de quienes ven en el cine algo más allá de lo puramente estético. Regresando a nuestro país, no podemos pasar por alto que en el año 1945 - en plena postguerra - una joven catalana llamada Carmen Laforet se alzaba con el primer Premio Nadal de la historia, y lo hizo con 23 primaveras y por otro clásico de las letras españolas: Nada. Sin duda, una hazaña teniendo en cuenta no solo el contenido de la obra, también por el hecho de que por fin fuese una mujer la que -  un país en donde la dictadura las había recluido en el hogar al cuidado de los hijos - rompiese ese techo de cristal. La obra que hoy tengo el inmenso placer de reseñar también es la primera de su autora, un debut tan sorprendente que aún se me eriza la piel solo de pensarlo. Una novela que, aunque probablemente no esté a la altura de las obras citadas, destaca por su autenticidad, una personalidad que va más allá de toda convención literaria y que destaca entre los miles de libros que se pueden publicar en un año en este país y en todo el mundo. Peach: la palabra mordisqueada y sinestesia extrema.

   Fue una decisión casi sin meditar. De hecho, ya había echado el ojo a otro libro de la misma editorial cuya trama apuntaba maneras. Sin embargo, fue una breve reseña en redes sociales la que me hizo de la noche a la mañana cambiar de opinión. Las cosas suceden así, de repente, por sorpresa, sin planificación alguna. Da vértigo, de hecho, en cuanto tuve la novela de Emma Glass entre mis manos por primera vez, una nube de oscuro escepticismo cubrió mi cabeza. Siempre sucede, sobre todo con lo nuevo, lo inexplorado, lo que consigue que salgamos de nuestra área de confort. No obstante, una mariposa empezó a revolotear en mi estómago, ascendiendo rápidamente hasta mis mejillas, las cuales se tornaron de un rojo fresa. Estaba excitada, ansiosa, expectante. No tenia ni idea de lo que Emma Glass iba a significar como autora para mi, como tampoco desconocía que, semanas más tarde, su primer hijo - porque para las y los escritores enfrascarse en la escritura de un libro es como un embarazo, con su gestación y su correspondiente parto incluidos - acabaría alojándose en mi memoria. Un recuerdo arropado, tapado hasta la nariz, resguardado, temeroso de ser aplastado o directamente olvidado en un simple descuido. Sé que suena un tanto pretencioso y que estas palabras pueden haber rozado la cursilería - ¿y qué más da? - pero pocos son los elogios y las reseñas que el cuento o novela breve (según como se mire) de Emma Glass está recibiendo en prensa y por estos mundos de internet cuando todas y todos deberíamos pegar inmediatamente nuestra nariz sobre sus páginas y respirar el aroma de la arena, de la hierba mojada, de la salchicha, de los intestinos a la brasa y por supuesto del melocotón.

   Cuando el lector se adentra en Peach se espera cualquier cosa menos lo que está a punto de leer. Es más, la sinopsis es la que es - de hecho parece muy típica a priori - pero la sorpresa que alberga su interior a una servidora (y ya es decir) le dejó sin palabras. Hay libros que el lector recuerda con posterioridad por su trama, otros por sus giros inesperados, otros por su exquisita ambientación y otros por la impecable construcción de personajes. Peach no entraría en ninguna de esas cuatro categorías, más bien podríamos definirlo con un clásico: "no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta". Ese grupo de libros cuya personalidad consigue abrumar, hasta el punto de que no nos interesemos ni por el tiempo histórico, ni por la complejidad de la trama, si hasta logra que esos personajes secundarios queden difuminados a medida que vamos dejando atrás las páginas. Lo importante, lo que nos emociona, lo que hace que lloremos o estallemos de risa es lo estético, el estilo empleado, en definitiva, la forma con la que la autora ha decidido contarnos la historia. En este punto es importante señalar la impresionante capacidad sinestesia de la presente novela, llegando incluso a traspasar los límites de lo puramente literario para adentrarnos en un territorio más físico que imaginado. El universo de Glass tiene un componente fantástico y onírico al mismo tiempo, una especie de realismo mágico adaptado a los nuevos tiempos y con la particularidad de que se puede manosear, chupar y olisquear. En Peach, las palabras huelen y se degustan. ¡Hacía tanto tiempo que no encontraba una lectura en la que pudiese distinguir el sabor del miedo, de la ira, de la culpa o de la incertidumbre! Plagada de metáforas - empezando por los nombres de los personajes, asociados siempre a objetos comestibles o a lugares altamente relajantes - la novela de Glass es, además, la historia de una pesadilla, y de las más terroríficas. ¡Dios! ¡Es tan visual ¡Tan texturizado que hasta podía adaptarse, si llegase el momento, en dibujos animados! Un viaje al corazón del dolor, a la sangre que lo bombea, a las vísceras, a los vómitos, a la saliva, a la grasa hecha carne, al chasquido en el cerebro, a ese momento en el que todo se vuelve oscuro, o en el caso de Peach - inolvidable protagonista del libro - una bola en el estómago. Lleno de matices, Glass construye uno de los debuts más interesantes de los últimos años al que, por supuesto, no voy a reprochar por brevísima extensión (a penas 115 páginas), pues así, sin alardes ni pretensiones, es perfecta.

   Al principio de la novela, Peach sufre la violencia más brutal por parte del patriarcado, algo que pretende esconder a sus seres más queridos - incluidos padres, novio y mejor amiga - y toma la decisión de recomponerse y superarlo física y mentalmente ella sola, sin ayuda de nadie, sin pensar que tal vez, la mejor solución es apoyarse en los que sabes que no te harán daño. El problema viene cuando ese problema, por no contarlo, se hace cada vez más y más grande, hasta el punto de que ni siquiera la propia Peach es capaz de sostenerlo, ni siquiera con sus propias manos. La barriga se hincha más, y más, y más. Pero Peach calla, sufre en silencio lo que le ha sucedido, trata de seguir con su vida, pero la pelota es cada vez más grande y su piel está a punto de rasgarse por el peso de la terrible experiencia que ha decidido mantener en secreto. Así de metafórico resulta la historia de Peach, que no deja de ser la historia de tantas y tantas mujeres a lo largo y ancho del planeta tierra que prefieren callar antes que contarlo. Esta tan normalizada la cultura de la violación, los micro machismos y la violencia sistemática sobre las mujeres que muchas sienten miedo. Callar antes que hablar. Agujas clavadas en las entrañas antes que la liberación. Culpa antes que justicia. Con su novela, Emma Glass nos sumerge en un microcosmos cotidiano con elementos fantásticos, pero también nos invita a reflexionar sobre lo mucho que todavía queda por hacer para desterrar la desigualdad, la violencia de género y el machismo más rancio de nuestra sociedad. Su relato duele, duele mucho, pero es un dolor necesario, pues nos compete a todas y a todos revertir la situación. Despertar del eterno sueño y reaccionar.  Peach: una historia de miedo, silencio, agresión, desconfianza, inseguridad, presión, autoengaño, incomprensión... Más allá de un extraordinario debut literario.

Frases o párrafos favritos:

"Tengo miedo. Me froto los ojos. Lo veo. Se tambalea, se balacea bajo la farola. Me hace un gesto con su brazo salchicha. Agita sus dedos como salchichas. Piel grasienta y reluciente bajo la luz naranja. Pernas largas que parecen salchichas deslizándose sobre la acera. Grueso. Gordo. Se tambalea. Sigue tambaleándose. Se tambalea."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

viernes, 14 de junio de 2019

RESEÑA: Confusión. Crónicas de los Cazalet.

CONFUSIÓN
CRÓNICAS DE LOS CAZALET

Título: Confusión. Crónicas de los Cazalet.

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.(Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductora: Celia Montolío.

Sinopsis: primavera de 1942, el mayor conflicto armado de la historia de la humanidad se adentra en su cuarto año. Las incursiones aéreas y el racionamiento son moneda corriente, el caos se ha convertido en una forma de vida. Sin embargo, algo empieza a moverse entre los jóvenes Cazalet: el tiempo de espera ha terminado y el ingreso en el incitante mundo adulto parece haber llegado por fin. Bajo la pétrea moral victoriana del sacrificio y el esfuerzo bélico apuntan, sobre todo para las mujeres, unos hábitos menos encorsetados que permiten amar y trabajar con mayor libertad. Y así, en una sucesión de nacimientos y pérdidas, de matrimonios y relaciones ilícitas, va desarrollándose la vida del clan, de sus amigos y de sus amantes, que con la cabeza alta siguen adelante y sueñan con la paz después de la guerra, con el momento en que las familias volverán a reunirse y las heridas empezarán a sanar, con la igualdad y la justicia que el nuevo orden traerá consigo, con el día en que, definitivamente, acabará tanta confusión.

Su lectura me ha parecido:

   Igualmente interesante, con un inquebrantable ritmo, más oscura respecto a la anterior entrega - y ya es decir -, más madura, cuyos personajes experimentan los mayores cambios, sin perder la esencia del primer volumen, con el desenlace más abierto... No, no es verano, aunque a veces lo parezca. Por fortuna o por desgracia aún no hemos cambiado de estación, a pesar de que nuestro armario revele lo contrario o que hayamos pisado la arena de la playa antes de la mágica noche de San Juan. La época más calurosa del año está plagada de pequeñas tradiciones a las que es imposible renunciar. Como la de atiborrarse a helados de chocolate -  fresa o frutos del bosque en mi caso -, que el sol acaricie nuestra piel - pero no en exceso - lo suficiente como para presumir a la vuelta de vacaciones entre nuestros conocidos, dejarte mecer por el vaivén de las olas del mar, saborear el frescor de cualquier gazpacho, cambiarte de sitio constantemente para quedarte siempre bajo la protección de la sombrilla o fijar la vista en el horizonte. Eso para los que tienen playa, para los que tienen pueblo la cosa es bien distinta, como la posibilidad de escaparte todos los días al campo, dar largos paseos, disfrutar de las tardes "a la fresca", visitar algún lugar cercano, atiborrarte de turismo cultural a pequeña escala, las paellas o barbacoas en medio de la naturaleza, escuchar el canto de los pájaros, despertarte con el cacareo del gallo, aprender de las costumbres del lugar o sentirte de alguna manera conectado con tus raíces. Sin embargo, si para mi hay una tradición que nunca cambia es la de tirarse en cualquier cama/sofá/sillón/hamaca/silla plegable y disfrutar, libro en mano, de la tranquilidad de una lectura reposada y a ser posible en soledad. Desde hace tres años, la familia Cazalet me ha acompañado durante aquellos momentos de desconexión con sus idas y venidas, con sus encuentros y desencuentros, con sus amores y desamores, con sus amistades y enemistades. En definitiva, con todas aquellas historias que definían una época, una mentalidad concreta, un estatus social y por supuesto a los miembros de una familia que con el tiempo he acabado cogiendo cariño. No, no es verano, pero los Cazalet, protagonistas de una de las sagas más british de la historia de la literatura, han vuelto antes de tiempo. Confusión: la II Guerra Mundial llega, ahora sí, a Home Place.

   Revisando un poco las etiquetas del blog me he dado cuenta que lo que más he leído a lo largo de los últimos seis años ha sido literatura de autoras y autores procedentes de la Gran Bretaña. Y no es para menos. Patria de William Shakespeare, Mary Shelley, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker, Jane Austen, Charles Dickens, H.G Wells, George Orwell, las hermas Brontë, Thomas Hardy, George Elliot y tantos otros, han conseguido ya no sólo inventar o renovar géneros ya existentes, también que millones de lectores en todo el mundo queramos viajar a la capital o a otras ciudades y pueblos del frío país. No obstante, y a grandes rasgos, si algo se les ha dado bien a las escritoras y escritores ingleses han sido, muy especialmente, los melodramas de época. Y no me refiero al estilo de esas telenovelas que muchos nos hemos tragado alguna vez después de comer y cuyas tramas parecen no avanzar nunca. Me refiero a eso, pues el culebrón tira mucho de lo melodramático, pero bien hecho. Con un ritmo constante, que aunque lento, sea capaz de mantener al lector en vilo, a la espera del siguiente capitulo. Con ambientaciones históricas de ensueño - o bien durante la Inglaterra victoriana o bien durante los primeros del siglo XX (extendiéndose a las dos guerras mundiales, los años 20 o las décadas de 40 y 50). Y por supuesto, con tramas en las que se aborde la historia de una familia a lo largo del tiempo, con sus traiciones, amores, desavenencias, momentos de solidaridad y en donde el relato de los habitantes de los márgenes de la historia - el servicio por ejemplo - sea en ocasiones fundamental. Ejemplos hay muchos. En el terreno televisivo - ya que últimamente estamos muy seriéfilas/os - podemos hablar de Arriba y abajo (esa serie que nos mostró las diferencias entre los problemas de los ricos burgueses y los de la ama de llaves, la cocinera y el mayordomo en la Inglaterra de principios de siglo XX), de Downton Abbey (una revisión de Arriba y abajo con una Maggie Smith en todo su esplendor) o La saga de los Forsyte (basada en las novelas de John Glasworthy y ambientada en la época victoriana). Incluso las series menos convencionales (como la sorprendente Peaky Blinders o la magnética The Crown) cuentan la historia de una familia, la de los Shelby en los bajos fondos del Birmingham de principios de siglo y la de la propia familia real británica desde el ascenso de Isabel II al trono. Como veis, todo queda en familia para los ingleses, en la literatura también, de hecho la Saga de los Cazalet - de la que de momento hay cuatro libros traducidos y publicados en España - no habría tenido cabida sin la influencia de Arriba y abajo. Tanto es así que los libros de Elizabeth Jane Howard fueron adaptados a la pequeña pantalla con gran éxito de espectadores. Ahora Siruela nos recuerda, apostando por esta saga, que los melodramas se pueden hacer bien, más que bien, hasta resultar interesantes, hasta enganchar como cualquier capítulo de las series antes mencionadas.

   Ahondando más en los aspectos más críticos diremos que Confusión - recordemos, cuarto volumen de la saga de los Cazalet - nos devuelve inmediatamente a Home Place, al Londres más gris y a la vida de esta adinerada familia. Pero algo ha cambiado, algo que durante los anteriores libros simplemente se anunciaba como un mal augurio, como un terrible presagio, como algo que si no se frenaba iba a arrasar a todo y a todos. Ese algo no es otra cosa que la irrupción, por fin, de la II Guerra Mundial y sus consecuencias políticas, económicas, sociales y culturales en el pueblo británico. Recordemos, Reino Unido - a pesar de sus intentos por frenar los peligrosos deseos expansionistas de Hitler entregándole los Sudetes bajo el gobierno de Chamberlain - no es hasta la invasión de Polonia por parte de las tropas Nazis en 1939 cuando finalmente - y ya con Churchill como primer ministro - no tolera más la situación y se posiciona del lado de los aliados. A partir de entonces Reino Unido entra en uno de los conflictos más sangrientos de la historia, donde serán muchas las bajas las que sufrirá el bando británico (incluyendo civiles debido a los numerosos bombardeos que sufre especialmente la capital del país). Es en este contexto donde debemos situar la trama de Confusión, una etapa que, dada su especial virulencia, provocará que los miembros de la familia de los Cazalet experimenten numerosos cambios. A diferencia de las otras entregas, en esta las mujeres de la familia, por fin, van a ser las absolutas protagonistas de la historia. Conforme el lector se va adentrando en la historia descubrirá a todas estas mujeres en facetas muy diferentes respecto a las que la autora había dejado dibujadas en la anterior novela. Habrán deseos de independencia, transiciones entre la infancia a la adolescencia, momentos de soledad y de incertidumbre ante el destino de los miembros masculinos de la familia que participan en la contienda, arrebatos de nostalgia, conciencia del paso del tiempo, compromisos inesperados, madurez, incorporación de éstas al mundo laboral, tensión, desahogos, tristeza, valentía... En definitiva, un extenso mapa sobre el que Howard irá situando las distintas actitudes con las que las mujeres Cazalet hacen frente a la guerra, además de presentarnos un panorama social nuevo en donde serán precisamente los derechos de éstas supondrán la gran conquista a todos los niveles. Confusión es Segunda Guerra Mundial, pero también misterio, lo cual marca un punto de inflexión en lo que a la saga se refiere. Sin desvelar más de la cuenta, sólo os diré que el final de la presente entrega no puede ser más interesante a nivel de intriga, hasta el punto de dejarte en vilo, en tensión, contando los días para poder adentrarte en el cuarto volumen. Cuarto volumen que, por cierto, podéis encontrar ya en vuestra librería más cercana.

Confusión es, con diferencia, el libro más oscuro de la saga. Bombardeos, hambre, tristeza, muerte, tensión, incertidumbre... Todo ello con un irresistible regusto british, un filtro que a pesar de la crudeza de la época no hace sino suavizar algunos aspectos de la misma. Sin embargo, al contrario de lo que sucede en las dos entregas anteriores - en las que el regusto final no puede ser más desasosegante - en esta ocasión el lector toca, al finalizar su lectura, tierra firme tras años en guerra luchando por librar al mundo de un terrible destino. Subimos al tren cansados, medio dormidos, con ganas de no despertar en mucho tiempo pero también con el deseo de abrazar, tocar, besar y perdernos en los ojos de quienes hemos dejado atrás en nuestro viaje hacia la crudeza de la guerra. Pensamos en los que se han quedado en la ansiada tierra y enseguida nos damos cuenta que sus heridas son igual de profundas que las nuestras. Pero todo ha acabado, por fin podemos respirar tranquilos, volver a la normalidad, visitar ese lugar que nos recuerda nuestras raíces y contemplar lo mucho que ha cambiado el paisaje en nuestra ausencia. Pensamos, como no, en los que ya no están.  En los que se despidieron en el andén y ya nunca más regresaron a nuestras vidas, y por supuesto, a los que se desangraron en el campo de batalla. Las noticias se agolpan, parece que la guerra en otros lugares fue peor, mucho peor. Se habla de hasta seis millones de personas fallecidas en los conocidos como "campos de la muerte". Aún así damos las gracias por haber vuelto para poder mirar al futuro de nuevo, con otros ojos, pero con mayor esperanza si cabe. Así seguramente se sentirían muchos soldados británicos a la vuelta del frente. Nadie se lo reprocha, es su experiencia, desde sus ojos y tienen derecho a afrontar lo que vendrá de la mejor forma posible. De hecho, tras finalizar la lectura de Confusión, una es consciente del peso de la historia - en este caso bañada con mucha sangre - y de los esfuerzos que a partir de ahora van a ser necesarios para sobreponerse y avanzar. Andar hacia adelante pero teniendo siempre presente el largo camino recorrido, mirando de vez en cuando a atrás para no equivocarnos y no cometer los mismos errores. Esa máxima, muchas décadas después y en vista de lo que actualmente está sucediendo en Europa, parece haberse olvidado.

Confusión: una historia de valentía, familia, mujeres fuertes, adversidades, guerra, destrucción, madurez, esperanza... El gran punto de inflexión en la novela río más importante de la literatura británica.

Frases o párrafos favoritos:

"Tan incapaz era de recordarla sin sumergirse en una abrumadora sensación de pérdida y de nostalgia que sabía que lo mejor que podía hacer era no pensar en ella en absoluto, y con ese fin abandonó de nuevo al sueño, un sueño roto y agitado."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

martes, 11 de junio de 2019

RESEÑA: Una bruja.

UNA BRUJA

Título: Una bruja.

Autor: August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912) era hijo de un pequeño agente de comercio y de una antigua sirvienta. Estudió medicina en la  Universidad de Uppsala, sin que obtuviera la licenciatura. Antes de dedicarse a las letras fue preceptor, actor, enfermero, periodista y bibliotecario. Bajo la influencia de Ibsen y Kierkegaard, a los 20 años se inició en la escritura de piezas teatrales. En 1879 publicó la novela El cuarto rojo, que lo consagró como escritor e introdujo el naturalismo en la literatura sueca, aunque es La señorita Julia (1896), quizá su obra teatral más valorada, la que mejor representa este periodo.  Tuvo una agitada vida sentimental que reflejó en algunas de sus obras, sobre todo en los treinta relatos de Casarse. Contrajo tres matrimonios fallidos; el primero, en 1877,  con la finlandesa Siri von Essen, del cual nacieron tres hijos. Viajó con ella por Europa y se estableció en París, donde escribió Noches de un sonámbulo (1883), y en Suiza. Influido por Nietzsche, en 1889 publica el relato Tschandala y al año siguiente la novela En las islas. Tras la ruptura con Siri en 1891, vuelve a casarse con la periodista Frida Uhl, y en 1901 con la actriz Harriett Bosse. Tras una crisis que lo llevó al borde de la locura, regresó a París en 1894 después de una breve estancia en Inglaterra. Se interesó por el ocultismo, la pintura y la fotografía. Strindberg abordó todos los géneros literarios, entre ellos la novela autobiográfica. Murió a los 63 años de un cáncer de estómago. (Fuente: Editorial).


Editorial: Hermida Editores.

Idioma: sueco.

Traductora: Elda García-Posada

Sinopsis: Ambientada en el siglo XVII, cuando los juristas suecos ilustrados dejaron de ejecutar mujeres por brujería, esta novela de Strindberg, inédita en castellano, fue publicada en 1890, en medio de la tormenta sentimental por la que atravesaba el escritor a raíz de una crisis con su infiel esposa. La confusión con la que vivió este episodio se refleja en la ambigüedad del retrato que ofrece de Tekla Clement, la «bruja» a la que se refiere el título de la novela. Tekla tuvo una infancia pobre y creció en una posada-burdel de Estocolmo frecuentada por marineros. Sin embargo, consigue avanzar en la escala social, una experiencia que tan pronto hace que se sienta muy segura de sí misma como todo lo contrario. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Rabiosa, voraz, producto de la peliaguda situación sentimental por la que atravesaba su autor, a ratos injusta con su protagonista, moralista, fascinante... Queridas lectoras, estimados lectores, por fin ha llegado el día. Ese que tanto he demorado a propósito - ya que una lectura de estas características necesita un reposo y su correspondiente proceso de documentación - y que ahora puedo plasmar sobre el cibernético papel en blanco. Mentiría si no dijera que este ha sido uno de los libros que más me ha cabreado de lo que llevo leído este 2019, pero al mismo tiempo, uno de los que más he disfrutado de su lectura. Hermida Editores irrumpió hace unos años en el panorama literario español con un catálogo de lo más impresionante, ya no sólo por el hecho de atreverse a editar La comedia humana de Balzac - lo cual es de valientes - sino también por descubrir autoras y autores semi o completamente desconocidos al gran público. Por ello, era de esperar que incluyeran más pronto que tarde algún texto del peculiar escritor sueco August Strindberg - aunque lo de "peculiar" se me queda corto -. Lo que no me esperaba es que lo hiciesen con una obra que, además de ser inédita en castellano, despertase en mi tantos sentimientos encontrados. Por un lado, que su misoginia - por momentos ligeramente suavizada - me hiciese tomar durante una fracción de segundo la decisión de no adentrarme en nada más que estuviese firmado por este gigante de las letras suecas del XIX. Pero por otro lado, me fascinaba su ambientación, la fuerza narrativa, esa magistral forma de condensar tanta información en tan pocas páginas, esa sensación de estar peleándote contigo misma, ese esfuerzo por autoconvencerte de que estás ante un texto de su tiempo y al mismo tiempo sin poder evitar leerlo con una lente morada. Hay libros que se olvidan, libros que pasan desapercibidos, libros que no te importaría que no volviesen a tus manos una vez los prestas, libros intrascendentes, libros que cogen polvo, libros incapaces de soportar el paso del tiempo. Esto último es precisamente lo que le sucede al presente libro - lo cual no impide una lectura, reseña y reflexión más que pertinentes - eso sí, de lo que nadie podrá tachar al cuento de Strindberg es de ser prescindible. Una bruja: cuando un desengaño amoroso produce monstruos.

   De nuevo un relato - es imposible referirse a Una bruja como novela - cuya razón de ser viene precedida por la biografía del propio autor. Un August Strindberg - dramaturgo, precursor del teatro de la crueldad y del absurdo en Suecia, polemista y autor de referencia dentro de la literatura nórdica - que precisamente no estaba en su mejor momento. Lo encontramos solo, en el París de la década de los 80 del siglo XIX, seguramente caminando, a paso lento, dejando reposar todo el peso de su cuerpo sobre los transitados adoquines parisinos en busca de algo que consiga paliar su mal de amores. Había dado por finalizado su matrimonio con la actriz finlandesa Siri von Essen. Las acusaciones de adulterio por parte de él, así como las sospechas de una salud mental en deterioro por parte de ella hicieron que la relación - tormentosa desde el primer momento - saltase por los aires. Por aquel entonces Strindberg ya había alcanzado la fama con tan solo treinta años con la publicación de su novela El cuarto rojo, no obstante, en cuanto podía siempre buscaba alejarse de todo y de todos - incluyendo su propia familia - y sumirse en la más absoluta soledad. Tal vez por eso, con el paso del tiempo, acabó sufriendo manía persecutoria, visiones y delirios (decía escuchar voces y chillidos a su alrededor) lo que no hizo más que aumentar la intensidad de una producción literaria ya de por si contundente. Fue tras la ruptura con Siri von Essen cuando su poderosa imaginación se desparramó sobre el escritorio y acuchilló con su pluma el papel, para que después ardiese en manos de los futuros lectores. Así nació Una bruja, pequeña joya literaria que bebe de dos inspiraciones que tienen que ver con, en primer lugar, la afición del autor por el espiritismo y lo oculto, y en segundo lugar, con el propio contexto sentimental de duelo ante el desamor (y no será el único).

   Nada más abrir el libro por la primera página, una se da cuenta de que Strindberg va a ser implacable a pesar de ese pausado comienzo, preámbulo meramente situacional que prepara al lector para una narración ascendente. Como bien se puede apreciar en la sinopsis, el autor nos guiará a través de la historia de Tekla Clement, una joven procedente de un entorno extremadamente humilde que se cría entre una posada-burdel, los gritos de los marineros, las conversaciones entre prostitutas y los relatos de su padre aguacil, en ese momento, una de las profesiones peor vistas de Suecia. A medida que va creciendo, Tekla sueña con poder librarse de todas las tareas que su madre le obliga a hacer. Al principio, con fingir estar enferma, se conforma, pero no será suficiente y la ambición la llevará a aspirar a algo más. Su convicción - tras la ceremonia de su Confirmación - de que todos son iguales, y por tanto, que tienen el derecho a prosperar en la vida, se traduce en una lucha por intentar ascender en la compleja y hermética jerarquía social de la Suecia del siglo XVII. No obstante, el punto de inflexión no será su matrimonio con un rico comerciante, sino su amistad con Ebba, una muchacha de clase alta a la que la propia Tekla tratará de imitar y entrar en su circulo de amistades. Si os dais cuenta, Strindberg ya nos ha puesto en bandeja una trama ya de por si atractiva y que perfectamente podríamos encontrar en cualquier novela histórica al uso. Pero la particularidad de Una bruja no es lo que te cuenta sino como te lo cuenta, como la narración va in crescendo hasta desembocar en un redondo delirio final que no se entendería sin el contexto en el que Strindberg decide ambientar la novela. El lector se sumerge en la Suecia del XVII, una época de enormes contrastes.  La edad moderna trae consigo cambios a todos los niveles (desarrollo de las monarquías absolutistas, imperialismo trasatlántico, reforma, contrarreforma, filosofía cartesiana, descubrimientos científicos cruciales, edad de oro de la literatura, máxima expresión del barroco...) pero en lo que avances sociales se refiere todavía nos encontramos con sociedades ancladas en las costumbres y en la superstición medieval. Uno de los ejemplos más famosos en ese sentido es la pervivencia de la idea de la existencia de las brujas. De hecho, es durante los siglos XV y XVIII donde tiene lugar el periodo de mayor fanatismo y rechazo hacia estas mujeres que, según las leyendas de la época, robaban bebés para entregárselos al diablo. Es en este y no en otro donde Strindberg permite a Tekla transitar, trepar socialmente y ejercer de manera inconsciente su particular hechizo. Su poder reside en saber crear las condiciones idóneas para que el camino a su ansiada meta sea cada vez menos espinoso. Algunos lo llamarán suerte, otros buena estrella, otros inteligencia, otros manipulación y la inmensa mayoría brujería. A decir verdad, no se necesitan muchos elementos fantásticos para contar la historia de una bruja, ergo, de una mujer cuyo delito, como el de otras muchas, fue no conformarse con lo dado o con lo que como perteneciente al sexo femenino se esperaba de ella.

   No podemos hablar de Una bruja sin hacer alusión a la misoginia. Y es que a lo largo de la novela son numerosos los episodios en los que Strindberg arremete contra Tekla, para el autor, el aler ego de su exesposa Siri von Essen. Si bien existen momentos en los que podemos apreciar un leve atisbo de hondura personal y psicológica en la protagonista, esta claro que Strindberg lo que buscó con la escritura de este cuento fue una catarsis emocional - como si de una terapia se tratase - para finalmente dar carpetazo a esa etapa traumática etapa de su vida. Obviamente, y sobre todo si lo leemos desde la perspectiva actual, no pude evitar cabrearme con Strindberg. Había perdido la oportunidad de realizar una obra en la que su personaje femenino principal trascendiese como una crítica al sistema patriarcal, responsable de la quema de las "brujas", pero en lugar de eso, Strindberg lanza sapos y culebras sobre las mujeres que, como Tekla, ansían con aspirar a algo mejor. Es entonces, en el momento en el que el lector pone punto y final a Una bruja, cuando las interpretaciones y las preguntas acerca de lo que acaba de leer se apelotonan en la cabeza. ¿Deberíamos justificar la misoginia de su autor teniendo en cuenta parámetros cronológicos? ¿Se podría hablar de un relato con poso universal? ¿Estamos ante una obra menor pero perfecta para explicar la parte emocional dentro del proceso de escritura? Y lo más importante ¿No estamos acaso ante una fabula moralizante? En donde se advierte a la mitad de la humanidad del peligro de invadir la esfera de lo masculino. En otras palabras de querer comportarse como un hombre Recordemos que Tekla lo que busca es ascender socialmente, por tanto es ambiciosa, pero la ambición no era una cualidad bien vista en una mujer, al contrario, se condenaba duramente. A veces incluso con las mismas penas que a las parteras, científicas o filosofas. Para la sociedad de la edad moderna, brujas todas. Y que como tales debían arder en las hogueras de las plazas públicas. ¡Cuantas ideas, avances y teorías se habrán carbonizado? ¿Cuantas mujeres extraordinarias perecieron en el calor de unas llamas supuestamente purificadoras? ¿Cuántas de ellas fueron borradas de la historia tras haberlas reducido literalmente a cenizas? Las cazas de brujas nacieron como salvaje control patriarcal y también como elemento amedrentador para las mujeres con inquietudes entonces solo reservadas para los hombres. Por eso, y porque algunos pretenden en pleno siglo XXI volver al XVII, es importante reivindicarlas como lo que fueron: mujeres avanzadas a su tiempo que vieron sus vidas interrumpidas por la superstición, el fanatismo instigado por el poder y el machismo.

   Una bruja: una historia de ambición, sueños, perversas moralejas, mentalidades medievales, ambiente cortesano, bajos fondos... La catártica expiación.

Frases o párrafos favoritos:

"Hallaba un recién descubierto placer en mortificar su cuerpo, mientras contemplaba la vida que se extendía ante ella odiosa, como un hostil poder oscuro que morara en su interior."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de: Hermida Editores

jueves, 6 de junio de 2019

RESEÑA: Un domingo en el campo.

UN DOMINGO EN EL CAMPO

Título: Un domingo en el campo.

Autor: Pierre Bost nació en Lasalle en 1901, creció en Le Havre y se instaló en París poco después de la Primera Guerra Mundial. Entre 1924 y 1945 publicó más de una docena de novelas y ensayos, buena parte de ellos siguiendo la estela de Marcel Proust. Fue uno de los escritores y periodistas más importantes del periodo de entreguerras y, años después, uno de los mejores guionistas del cine francés de posguerra (autor o coautor de los guiones de filmes tan célebres como El diablo en el cuerpo, Juegos prohibidos, ¿Arde París?, Sinfonía pastoral o El relojero de Saint-Paul). Sus trabajos más importantes son Faillite (1928), Le scandale (1931, Premio Interallié 1931), Porte-Malheur (1932) y Un domingo en el campo (1945), tras el cual no volvió a escribir más novelas. Murió en 1975 en París. (Fuente: Editorial).


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: francés.

Traductora: Regina López Muñoz.

Sinopsis: Monsieur Ladmiral, un anciano pintor de éxito, aunque algo convencional, se establece en las afueras de París, donde su hijo Gonzague lo visita con su familia cada domingo. Como en casi todas las reuniones familiares, se come, se bebe, se charla… y se «callan cosas». Todo es como siempre ha sido, hasta que Irène, la hija adorada, aparece por sorpresa. Mientras que Gonzague lleva una vida aburrida de clase media, Irène —una mujer liberada y sociable, que rara vez visita a su padre— es, en buena medida, un secreto para todos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Breve, sencilla, impresionista, con un irresistible toque de melancolía, encantadora, en la que parece que no pasa nada pero sucede todo... Durante años fantaseé con la posibilidad de tener una casa en el campo. En mi cabeza los muros de piedra se confundían con suntuosas enredaderas que ascendían hasta la techumbre. En mis pensamientos, el jardín sería el lugar donde podría relajarme del estrés, del tráfico, del olor a suciedad y de ese bullicio que en ocasiones se torna en insoportable. Tendría un huerto, con las frutas y hortalizas que me apeteciese, y un limonero presidiendo todo ese espectáculo de vida. Habrían rosas, violetas, lavanda, margaritas y en medio una mesita con sillas. Seguramente se nos comerían las abejas, mosquitos y demás seres de la fauna invertebrada. Pero con solo imaginarme el olor que desprenderían mis imaginarias flores, todo parecía posible. En mis sueños, los más irrealizables, también divisaba una terraza donde hacer vida social y en el que podría encontrar cierto sosiego para poder escribir alguno de tantos proyectos en blanco almacenados en el ordenador. En realidad, y para seros sincera, nunca pensaba en cómo sería el interior de la ansiada casa, eso era superficial, lo importante estaba a fuera, en el campo, en esa extensión de terreno en consonancia con la naturaleza, en esos matorrales, y sobre todo, en las infinitas posibilidades de uso y disfrute. Pero los sueños son eso, simples sueños. Y como a este paso no creo que dichas ambiciones consigan materializarse, prefiero, al menos por el momento, imaginarme a través de los libros que me encuentro allí, un domingo cualquiera, dejando pasar el tiempo y esperándolas venir mientras observo a una mariposa posarse sobre los pétalos de un rojo geranio. Un domingo en el campo: oda a la nostalgia y ácido retrato familiar.

   Cuando me decidí, por fin y tras mucho esperar, iniciar la lectura de este cuento - o novela corta, según como se mire - no sabía lo que me iba a encontrar entre sus escasas 86 páginas. Desde el primer momento que lo vi expuesto a la entrada de una de las librerías más importantes de mi ciudad caí rendida ante su sinopsis y ante un penetrante halo de misterio que lo hacía demasiado atractivo a mis ojos. Sin embargo, y como siempre suele suceder, otras lecturas - más o menos urgentes, depende de las temporadas o los arrebatos en lo que apetencias lectoras se refiere - pasaron por encima de la de Bost. Algunas de ellas más malas que el demonio, otras en cambio excelentes propuestas, las cuales hicieron que poco a poco me fuera "olvidando" de ese magnetismo que sentí la vez que tuve Un domingo en el campo entre mis manos. El tiempo pasó y con la llegada de la primavera, las ganas y el interés por dicho librito renacieron, brotaron, florecieron en medio del frío bosque en el que se había convertido mi curiosidad intelectual con tanta lectura invernal. Había llegado el momento de adentrarse en el jardín, en esa casa, en la personalidad de su intrigante protagonista, en los recovecos de la naturaleza que rodean la trama, en ese conflicto que se avecina y que - como reza la contraportada - destapará algún que otro secreto. ¿Y sabéis que os digo? Que el viaje a la Francia rural prebélica, pero sobre todo, al seno de esta familia ha sido precioso a la par que sorprendente.

   En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, comenzaremos diciendo que Un domingo en el campo presenta una trama y un estilo de escritura de una pasmosa sencillez. Tanto es así que ésta vuela en manos del lector - yo me lo terminé en dos días exactamente - y los más inconformistas dirán que no es para tanto, que la historia que cuenta ya la hemos visto tanto en el cine como en otras novelas, que en realidad pasar, pues no pasa mucho. Contradiciendo estas posiciones - las cuales son muy habituales en cuanto a relatos se refiere - diré que Un domingo en el campo sí, juega con recursos ya explotados anteriormente, que sí, que en ocasiones da la sensación que la historia no tiene evolución debido a la cronología de la narración - todo sucede durante las 24 horas de un domingo en el campo - pero, sí que suceden cosas, ¡vamos si suceden! Lo que pasa es que hay que estar muy atentos y seguir a pies juntillas todos los detalles y pistas que el autor deja por el pedregoso camino hasta conducir a esa idílica casa de campo. La novela de Bost es una novela de personajes, como bien demuestra la perfecta construcción de cada uno de ellos, desde el más insignificante y secundario hasta el más importante, todos tienen una personalidad muy marcada y equilibrada respecto a la historia. Simplemente la justa y necesaria ¿para qué pedir más? En primer lugar tenemos a Monsieur Ladmiral - protagonista absoluto del cuento - anciano, pintor de éxito, solitario, con una descarada ironía capaz de provocar incomodos silencios - algunos de ellos divertidos por cierto - y cuyo amor por sus dos hijos - Gonzague e Irène - es tan desigual, tan perverso, tan condescendiente y al mismo tiempo tan fascinante. A su derecha tenemos a Gonzague, el hijo sufridor, el marido atento, el perfecto padre de familia y que trata por todos los medios ganarse el amor de su padre visitándolo con toda la troupe cada domingo. Y a su izquierda Irène, la hija ausente, liberada, avanzada a su época, sociable, soltera y emprendedora. Los celos, las envidias y las críticas veladas resultan sutiles pero igual de dolorosas que una puñalada en el estómago  y contrasta con esa patina de cotidianeidad - o costumbrismo - con la que el autor adorna la trama. Si por algo destaca este relato es precisamente por el contraste entre lo rutinario y lo extraordinario - que se desata con la inesperada llegada de Irène a la casa -, pero sobre todo, entre el abandono de una época gloriosa y el comienzo de una nueva todavía por descubrir.

   La nostalgia es el gran tema que planea constantemente al rededor de Monsieur Ladmiral y en general sobre toda la novela. No debemos olvidar el contexto en el que se ambienta - en una Francia prebélica, a punto de ser testigo de la primera de las grandes carnicerías humanas que asolarán Europa en los siguientes años -. Por lo que el lector inmediatamente puede sacar conclusiones respecto su intencionalidad y aventurar alguna que otra interpretación. ¿Y si este relato fuera más allá de sus personajes? ¿Y si éstos simbolizan a los principales actores temporales de la época? ¿Y si estamos ante una novela, breve en este caso, que pretende homenajear a una era que se va y describir la incertidumbre de la que esta a punto de tener lugar? No sería tan descabellado teniendo en cuenta las características de sus personajes. Monsieur Ladmiral representaría, siguiendo esta teoría, al ciudadano francés frente a una difícil disyuntiva. La de elegir entre lo anterior o lo nuevo, entre lo viejo y lo actual, entre sus mejores años y un futuro aún por definirse. En ese sentido, Gonzague sería la juventud anclada y poco receptiva a un cambio de paradigma e Irène, por el contrario, simbolizaría la modernidad bien entendida . De hecho, ni siquiera el sexo es baladí, ya que lo conservador parece adquirir formas masculinas y lo avanzado rasgos femeninos. No debemos olvidar que es durante esta época cuando, por ejemplo, las mujeres empiezan a reclamar sus derechos en cuanto a sufragio y representatividad en política entre otros muchos. Derechos que, precisamente los hombres, siempre se negaron a conceder obstaculizando su concesión y aprobación en numerosas ocasiones. Monsieur Ladmiral se encuentra, por tanto, en medio de ambos hijos, entre dos formas de vivir su contexto, entre el pasado y el futuro. Y es entonces cuando la nostalgia se apodera del anciano, esos recuerdos de juventud, ese aroma que le devuelve a los momentos más felices de su vida. ¿Será capaz de afrontar los nuevos retos del siglo XX? ¿O por el contrario permanecerá como una roca, aferrado al poder de lo vivido durante el XIX? La respuesta, la tendréis que encontrar en el interior de sus páginas.

Un domingo en el campo: una historia de envidias, desdén, naturaleza domesticada, paseos por el campo, conflicto, emancipación femenina, disputas, costumbrismo... Un cuento que demuestra que las predilecciones paternas existen, que no hemos cambiado mucho de un tiempo a esta parte y que es posible tener un jardín ausente de árboles frutales. Palabra de Monsieu Ladmiral.

Frases o párrafos favoritos:

"Cuando el señor Ladmiral se quejaba de estar envejeciendo lo hacía mirando muy fijamente a su interlocutor, y en un tono provocador que parecía invitar a que lo contradijeran. Quienes no lo conocían bien lo malinterpretaban y respondían educadamente, como se hace siempre, que menuda ocurrencia, que el señor Ladmiral estaba como un roble y que los enterraría a todos. Entonces el señor Ladmiral se enfadaba y se remitía a las pruebas: ya no podía trabajar a la luz de la lámpara, que levantaba hasta cuatro veces por las noches, se le quedaban lo riñones molidos cada vez que serraba madera, y para colmo, y eso nadie podría rebatírselo, tenía mas de setenta años. (...) Más valía, por tanto, no intentar contradecirlo cuando se quejaba de estar envejeciendo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae