Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 29 de noviembre de 2019

RESEÑA: Claus y Lucas.

CLAUS Y LUCAS

Título: Claus y Lucas.

Autora: Agota Kristof  (Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011). Por motivos políticos tuvo que exiliarse de su país para, en 1956, instalarse en Suiza. Tras cinco años trabajando en una fábrica de relojes, Kristof decidió aprender francés, lengua en la que escribió en 1986 su primera novela, El gran cuaderno, primera pieza de la trilogía protagonizada por Claus y Lucas, a la que seguirían La prueba (1988) y La tercera mentira (1992). Ha escrito otras obras de teatro y de narrativa, entre las que se encuentra el relato autobiográfico La analfabeta (2004), en el que Kristof recoge una breve parte de su intensa vida. Sin embargo, la trilogía de Claus y Lucas se sigue considerando su obra maestra, por la que recibió importantes galardones como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea. (Fuente: Editorial).


Editorial: Libros del Asterioide.

Idioma: francés.

Traductoras: Ana Herrera y Roser Berdagué.

Sinopsis: en un país en guerra ocupado por un ejército extranjero, dos hermanos, Claus y Lucas, han sido abandonados por su familia y puestos al cuidado de su abuela, a la que sus vecinos llaman la Bruja. La barbarie del convulso mundo en el que viven les lleva a emular la crueldad que ven en él. De una inteligencia superior, serán capaces de utilizar cualquier recurso para sobrevivir, pero una vez asegurada su supervivencia intentarán poner remedio a muchas de las dramáticas situaciones que les rodean. Los distintos caminos que terminan eligiendo al final de la guerra marcarán sus vidas para siempre. Formado por las novelas El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira, el tríptico Claus y Lucas es un retrato poliédrico de la complejidad humana, un libro extraordinario sobre los horrores de la guerra y los totalitarismos. Basado en las vivencias infantiles de su autora, una exiliada húngara que lo escribió en francés, este libro que se publicó por primera vez a finales de los años ochenta es un auténtico clásico moderno. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Brutal, adictiva, sincera, violenta, obscena, con un poso  autobiográfico, controvertida, impactante, escatológica, plagada de imágenes imposibles de olvidar, con personajes que tampoco consigues sacarte de la cabeza, diferente, única, un arrollador torrente emocional en el sentido más amplio de la palabra, maravillosamente dividida, construida y planificada, espeluznante, terrorífica... Como habéis podido comprobar, esta es con diferencia la reseña en la que más adjetivos he empleado para describirla, y aún así, siento que me quedo corta. Y es que no es para menos. Todo comenzó con un simple anuncio en redes sociales, cargado de entusiasmo eso sí, pero que podría haber pasado perfectamente desapercibido de no haber sido por el contenido de dicha noticia y porque, también en los mundos del Twitter y del Instagram, existen bibliófilas y bibliófilos empedernidos que saben distinguir un buen libro a la legua. Esa maravillosa novela iba a volver a estar de actualidad gracias a Libros del Asteroide, editorial nada sospechosa de haber publicado y reeditado en los últimos años autenticas joyas de la literatura, algo que los lectores aprobaron y aplaudieron a rabiar. De pronto su título estaba por todas partes: en las conversaciones internautas, en los foros, en los muros de algunos de los portales literarios más importantes o como protagonista de las historias de cientos de bookstagramers. Y en todos ellos, alabanzas tales como: "El libro que tenéis que leer antes de morir", "si no lo leéis ya estás tardando", "lectura obligatoria", "imprescindible", "su lectura te cambiará la vida"... Yo misma compartí la buena nueva, a pesar de que la sombra del escepticismo acechaba sobre cada uno de aquellos gritos de júbilo, sin ser consciente de que, un tiempo más tarde, estaría subscribiendo y dando la razón a cada uno de ellos. Es evidente que esta novela - aunque lo correcto sería decir "novelas" - no ha modificado ni un ápice de mi realidad cotidiana, pero os puedo asegurar, a riesgo de ser demasiado entusiasta, que Agota Kristof - bendito descubrimiento - ha conseguido que me reencuentre con el género autobiográfico, que me demuestre como éste también puede ser extraordinariamente trasversal, que me haya devuelto la esperanza respecto a la posibilidad de encontrarte con literatura de calidad sin necesidad de recurrir a los clásicos, y lo más importante, que se convierta en uno de mis referentes literarios en lo que a escritura se refiere. Con estas palabras nos adentramos en la oscuridad aberrante del ser humano, en los otros desastres de la guerra y sus correspondientes consecuencias para reseñar el que sin duda ha sido uno de los libros que como lectora y autora más me ha marcado este año. Claus y Lucas: el sueño de la razón produce monstruos y totalitarismo.


  Para empezar, como ya he señalado en el anterior párrafo, Claus y Lucas no es el título de una novela, sino el que engloba a una trilogía compuesta por: El gran cuaderno (1986), La prueba (1988)y La tercera mentira (1992). Novelas que Libros del Asteroide ha tenido la genial idea de juntar en una reedición que, sin duda, llega en un momento clave y crítico respecto al panorama político europeo. Un contexto en el que la ultraderecha ha pasado de ser un fantasma del pasado a ser una realidad formando parte o apoyando gobiernos - como sucede en Italia, Austria, Polonia, Hungría y España - o simplemente entrando con fuerza en los parlamentos de países como Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, Dinamarca o Finlandia. Por no hablar que en Estados Unidos, una de las naciones más poderosas del mundo, está actualmente gobernada por un empresario especulador procedente de la jet set americana que no duda en atacar a las mujeres, a los inmigrantes, a los homosexuales, y en definitiva a todo aquel que representa una supuesta "amenaza" para el país. En esas estábamos - y seguimos estando - cuando a principios de febrero salió a la venta Claus y Lucas, calificada por los críticos como una de las denuncias más demoledoras hacia el totalitarismo de cualquier signo y escrita por una autora - Agota Kristof - que paradójicamente se exilió por culpa de la proliferación de estos sistemas políticos en la Europa del este tras la Segunda Guerra Mundial. Suiza fue su país de acogida, país al que huyó con su marido y una hija de cuatro meses, en el que encontró un trabajo en una fábrica de relojes que le permitiría un sustento y algo de tiempo para dedicarse a la escritura y que fue testigo de la publicación - en francés - de los libros por los que será eternamente recordada. Con una ambigüedad autobiográfica (lo cual hace más aterradora la experiencia lectora) Kristof nos narra El gran cuaderno la historia de dos niños gemelos - cuyos nombres se corresponden con el de la trilogía - a los cuales su madre, incapaz de alimentarlos en una ciudad constantemente amenazada por las bombas, entrega a su abuela. Una mujer terrible, perversa, violenta, sospechosa de haber asesinado a su marido y que desconocía la existencia de sus nietos. Entre protestas e insultos, la abuela acoge a los niños en su casa a las afueras de un pueblo sin nombre tratándoles, desde el minuto uno, como si fuesen escoria, basura, perros. A partir de este momento, el lector será testigo de las brutalidades, la miseria, el pillaje y de la dura disciplina de aprendizaje - autoeducación con los pocos medios que disponen a su alcance y ejercicios extenuantes para fortalecer su cuerpo y ocultar sus emociones - que tanto Klaus como Lucas se autoimponen para sobrevivir en una sociedad cada vez más envilecida y martirizada por sus gobernantes, invasores y sus presuntos liberadores.

   Como ya comenté en su momento, y para que os sirva de orientación, una servidora experimentó asco, odio, rabia, impotencia, pena, repugnancia, fascinación y un nudo en el estómago imposible de describir. Y tan sólo llevaba cuarenta páginas leídas. Cuarenta páginas en las que advertí no sólo un excepcional talento narrativo, también la singularidad de una historia tantas veces contada pero nunca desde esa extrema frialdad. Leer El gran cuaderno es como tocar directamente el hielo, sin protección alguna, y sentir como se te congela la sangre a medida que los personajes van descendiendo en su particular infierno moral. Jamás había leído escenas tan duras, esas que si fuesen reales apartarías inmediatamente la mirada, esas que retratan al ser humano en la horrorosa desesperación, en su apogeo más monstruoso, esas que aún me producen escalofríos con solo rememorarlas. Claro que la brevedad de sus capítulos - los cuales rara vez superan las dos hojas de extensión - unido a unos giros en la trama totalmente inesperados y al uso de unas frases muy cortas desde un "nosotros" correspondiente a la voz de los hermanos y a sus anotaciones en el cuaderno, hacen de esta experiencia lectora más inversiva si cabe. Mención especial merecen todos y cada uno de los personajes, empezando por sus protagonistas - los cuales al final se acaban convirtiendo en seres sin escrúpulos capaces de soportar cualquier calamidad - y acabando por Cara de Liebre - no os hacéis una idea del shock que supuso leer lo que le sucede al final de la novela - sin olvidarnos, por supuesto, de la abuela. Terror en estado puro. Esa bestialidad, esa potencia, ese titán de la maldad hecha mujer con rostro ajado por el paso del tiempo merece un lugar privilegiado entre los mejores personajes literarios de la historia. Señalar, que duda cabe, el importantísimo papel que juega la naturaleza, el pueblo y la sucia y destartalada casa de campo - situada cerca de la línea fronteriza - en la que conviven abuela y nietos durante todo el transcurso de la guerra, metáfora de la sequedad y brutalidad tanto de lo cotidiano como del conflicto bélico.


   Tanto críticos como lectores no dudan en señalar a El gran cuaderno como la mejor y más lograda entrega de toda la trilogía. Sin embargo, los dos títulos que la completan, aunque menos interesantes en cuanto a su estilo narrativo, su contenido no es para nada desdeñable. Si la primera entrega nos narraba la traumática infancia de Claus y Lucas, en La prueba - sin capítulos y contada desde un narrador omnisciente - Agota Kristof nos cuenta la historia de los dos hermanos tras su separación, ahondando en las diferencias entre el entorno rural y el de la gran ciudad y en como lo acontecido en la primera parte de la trilogía condiciona de forma salvaje algunos aspectos de su vida. Tales como el trabajo, el amor, la familia, el compromiso político o su relación con el pasado. A continuación, en La tercera mentira - desde una interesante primera persona y dividida en dos partes - el lector asiste a un desenlace de altura, al esperado reencuentro muchos años después y al cuestionamiento de los hechos anteriormente narrados a base de revelaciones sorprendentes que caen como bombas antes de ese final digno de enmarcar. Si bien es cierto que El gran cuaderno podría perfectamente existir sin el sustento de los otros dos libros - dada su singularidad y calado emocional - tanto La prueba como La tercera mentira en su conjunto nos proponen las claves esenciales para entender las motivaciones que llevaron a su autora a escribir esta trilogía, las cuales acaban agrupadas y resguardadas bajo el paraguas de la mayor de las inquietudes: la de una desnuda denuncia a la herida de las guerras, a la puñalada social que supuso el nazismo y el comunismo de la Unión Soviética y a la huella que todo aquello dejó en la población, especialmente en los que, como Claus y Lucas, no conocieron otra realidad durante gran parte de sus desdichadas vidas. Dicho esto, ya sólo me queda exponer tres cuestiones.  En primer lugar, contener la respiración al mismo tiempo que instar a seguir luchando para que una parte de nuestra historia más reciente, la más oscura, no se vuelva a repetir ni a materializar en hombres y mujeres que resuciten discursos de los años 30 y 40. En segundo lugar, dar las gracias a ese lado arbitrario de la vida por haber permitido toparme con Agota Kristof cuando menos lo esperaba y, casualmente, en el momento que más lo necesitaba. De ahora en adelante siempre estaré a tus pies. Y en tercer lugar, por favor, por vuestro bien y en nombre de la buena literatura, haceos con un ejemplar. Me lo agradeceréis de por vida. No, no son palabras vacías, sino verdades como puños, como los de esa terrible abuela, como los de esos niños a los que la guerra y el totalitarismo cambió para siempre.

   Claus y Lucas: una historia de abusos, canalladas, abandonos, autodidactismo, voluntades férreas, venganzas explosivas, relaciones tóxicas, palizas, humillaciones, perspectivas, paso del tiempo... La triada del mal, de la supervivencia y del recuerdo.

Frases o párrafos favoritos:

   “La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.
   Nosotros la llamamos abuela.
   La gente la llama la Bruja.
   Ella nos llama “hijos de perra”.
   La abuela es menuda y flaca. Lleva una pañoleta negra en la cabeza. Su ropa es gris oscuro. Lleva unos zapatos militares viejos. Cuando hace buen tiempo va descalza. Su cara está llena de arrugas, de manchas oscuras y de verrugas de las que salen pelos. Ya no tiene dientes, al menos que se vean.
  La abuela no se lava jamás. Se seca la boca con la punta de la pañoleta cuando ha comido o ha bebido. No lleva bragas. Cuando tiene que orinar, se queda quieta donde está, separa las piernas y se mea en el suelo, por debajo de la falda. Naturalmente, eso no lo hace dentro de casa”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 26 de noviembre de 2019

RESEÑA: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.

EL VERANO EN QUE MI MADRE
TUVO LOS OJOS VERDES

Título: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.

Autora: Tatiana Ţîbuleac (1978, Chisináu, Moldavia) hija única de un periodista y de la correctora de un periódico, ya en la universidad empezó a colaborar con diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera mientras realizaba sus estudios de Periodismo y Comunicación. Se dio a conocer en 1995, cuando empezó la columna "Historias verdaderas" en el periódico flux, uno de los diarios más importantes en lengua rumana. En 1999 empezó a trabajar en televisión como una de las reporteras principales del telediario de la cadena pro tv, donde consolidó su papel dentro del periodismo de corte social. Su primer libro, una colección de relatos titulada Fábulas modernas, se publicó en 2014. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016), su primera novela, impactó a crítica y lectores, y se consideró un auténtico fenómeno literario en Rumanía. Ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos y la revista literaria rumana Observator Cultural, y está siendo traducida a numerosos idiomas. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio. Actualmente, Ţîbuleac sigue trabajando en el mundo de la comunicación audiovisual y vive en París con sus dos hijos. (Fuente: Editorial).

Editorial: Impedimenta.

Idioma: rumano.

Traductora: Marian Ochoa de Eribe.

Sinopsis: Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, Aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Intensa, delicada, rabiosa al principio, constructiva seguidamente, reflexivo en su tramo final, poética, con una capacidad metafórica admirable, lacrimógena, brutal... La figura de la madre, a lo largo de la historia, siempre ha estado rodeada de un halo de inquebrantable misticismo, como una figura religiosa a la que le debes todo - desde la vida hasta el mantenerte siempre a flote - y a la que veneras a pies juntillas todos y cada uno de sus mandamientos. Por eso, cuando de pronto entre tus manos aparecen libros en los que el protagonista desearía directamente matar a su madre, cuando el odio que le tiene es mayor incluso que el amor que en algún momento de su biografía le profesó, cuando eso sucede, no podemos evitar escandalizarnos y echarnos las manos a la cabeza. Tenemos tan interiorizada la sacra figura materna que la creemos incorruptible cuando, en realidad, mi madre, la tuya y la de ese desconocido que viaja a tu lado en el autobús son seres de carne y hueso. Mujeres que poseen las mismas virtudes y debilidades que cualquier persona de nuestro al rededor. Crueles y amables. Envidiosas o generosas. Conformistas o inconformistas. Irónicas o apocadas. Resignadas o ambiciosas...  Como el dios Jano, nadie en este planeta nace con una sola faz, sino que metafóricamente venimos al mundo con una personalidad poliédrica, plagada de características y una personalidad propia. Algo que, en el caso de las mujeres - y sobre todo en las que son madres - acaba mutando en una sola, como si todas las que deciden tener hijos perdiesen eso que las hace únicas por el camino para encomendarse a un destino más sacro y a salvo de cualquier profanación. Hace tiempo que las madres se cayeron de dicho pedestal. Las madres, simplemente, no son perfectas y la actualidad literaria más acuciante parece haberse enterado por fin de esa realidad tantas veces ignorada. Por eso no son pocos los libros que ahondan y reflexionan entorno a su figura, a su concepto, a su cuerpo; ningún campo parece quedarse atrás en estos interesantes análisis. Ni siquiera el novelístico, el cual encuentra en Tatiana Ţîbuleac - la gran sensación de las letras rumanas - y en el libro que hoy tengo el placer de reseñar un espacio lírico, doloroso y profundamente conmovedor. El verano en que mi madre tuvo los ojos azules: del órdago adolescente a la comprensión de la madurez.


   Alesky, nuestro protagonista y peculiar narrador, está lleno de resentimiento. Desde bien pequeño siempre se ha creído fuera de lugar, un hijo no deseado en aquel núcleo familiar a la sombra de una hermana adorable que, por desgracia, fallece siendo una niña. Y lo cierto es que en realidad nunca se ha sentido querido. Para él, su padre es el ausente, el que nunca está, el que un día hizo las maletas y se largó de casa. Esa figura fantasmal contrasta con la que Alesky tiene de su madre, la cual queda bien clara desde el primer párrafo, desde el mismo arranque de la novela en el que leemos lo siguiente: "Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento." En tan sólo cinco frases Ţîbuleac ya nos ha presentado casi en su totalidad a quien va a ser nuestro acompañante durante todo el libro. Un adolescente cuyo odio hacia la figura de la madre es casi enfermizo, que además tiene problemas psiquiátricos - los cuales acentúan su virulencia en el momento en el que deja de tomarse la medicación - es mal estudiante y cuya única preocupación es seguir perteneciendo a la pandilla de amigos con las hormonas aún más revotadas. Un joven que no oculta su enfermedad y que observa a su progenitora desde una mirada alterada y desquiciante. Ante un espejo deformado que le devuelve el reflejo de alguien malvado y poseedor de todos los defectos posibles. A medida que nos adentramos en el relato - y más a partir del momento en el que la enfermedad de la madre irrumpe en su vida avanzando galopante - percibimos un cambio en Alesky. De pronto ya no le parece tan terrible pasar el verano en un pueblo de la campiña francesa junto a su madre en lugar de estar de juerga con sus colegas en Ámsterdam. De pronto la misma ferocidad con la que la reprendía constantemente adquiere un significado diferente. La locura se torna en devoción y la oscura lente de sus ojos se torna de una lucidez casi mística. Si antes su madre parecía tener muecas de terrible indiferencia o la risa más estúpida del mundo; ahora se eleva como una criatura mágica ante Alesky, una hada de largos cabellos, enfermiza figura y de unos relucientes ojos verdes - los cuales estarán presentes a lo largo y ancho de todo el libro - incapaces de inspirar temor o algún tipo de maldad.


    Sin duda el dominio de lo sensorial, lo poético, lo emotivo y sobre todo de lo metafórico son sin duda los puntos clave para entender no sólo esta historia, sino el estilo de una autora - Tatiana Ţîbuleac - que ha caído en el panorama literario internacional como agua de mayo. La potencia del libro arranca en la primera frase ya citada - ¿cómo se puede descargar tanta ira en tan pocas líneas? - y continua en un viaje casi alucinógeno en el que el lector es testigo del viaje vital de Alesky, desde el pozo de sapos y culebras hasta ese redescubrir la figura sobre la que tantas pestes ha echado. Y en ese aprendizaje se nos desvelan esos pequeños detalles que hacen de la madre no tan estúpida o anodina como Aleksy nos quería hacer creer. En el fondo, ella era una mujer llena de sueños, ilusiones, proyectos; los cuales se vieron truncados en el momento en el que se quedó embarazada Alesky sin quererlo y tras cometer el error de casarse con el padre de la criatura, el cual al final no resultó ser ni un buen marido ni un buen padre. La maternidad socavada, esa posición invisible y los constantes ataques de su primogénito hacen que su historia, al menos durante la primera parte de la novela, quede totalmente desdibujada. Algo que no ocurre en su gloriosa segunda parte, donde la poética se vuelve cada vez más extraordinaria y el protagonismo recae sobre ella y su existencia, la cual está, paradójicamente, en vías de evaporación. Hay historias que importan desde su inminente contenido, pero hay otras en la que el cómo adquiere un peso importante. Este es el caso de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es un ejemplo más de destreza narrativa, personalidad literaria y sobre todo del buen uso de las emociones. Pocas son las frases o los párrafos exentos de belleza, de hecho, la brevedad de sus capítulos - algunos de ellos precedidos por frases de ensueño en las que los que se homenajea esas esmeraldas que tiñen su iris -  permite al lector admirar, inspirar y sentir mejor todo ese lenguaje, toda esa buena literatura al servicio de un público en busca de nuevas experiencias narrativas. Pero no todo es hermoso en esta historia. La sombra de la muerte es cada vez más alargada, y ni siquiera el paso del tiempo - en donde vemos a un Alesky convertido en un perturbado artista de éxito - consigue alejarle de su recuerdo y de sus particulares demonios interiores. Es entonces cuando, paradójicamente, en el momento en el que más solo se va quedando, sólo entonces, comienza a entender a su madre y a recuperar su cariño y su amor. Afectos que se verán arrastrados por una mortífera ráfaga de viento. Ţîbuleac ha parido a un protagonista difícil de olvidar, perfectamente construido y cuyos desequilibrios mentales no sólo nos emocionan o repugnan a partes iguales, sino que también nos ayudan a entender la soledad del diferente y a como el arte, en ocasiones, actúa como una pastilla que palia pero no cura, como la única forma de comunicarse en un mundo en el que, individualmente, también ha dejado de existir. A medida que avanzaba en la lectura de esta novela sentía envidia, sana por supuesto, pero también gran admiración. Dentro de los países del este de europa, Rumanía es un país muy a tener en cuenta dentro del panorama literario internacional, un país que, de seguro, más pronto que tarde recibirá una gran alegría en forma de Premio Nobel de Literatura de la mano de Mircea Cărtărescu. Sin embargo, no debemos descartar la posibilidad de que, con el tiempo, empleemos los mismos términos para referirnos a la moldava Tatiana Ţîbuleac. Una autora que ha pasado de novel a experta dando un puñetazo emocional en el corazón de los lectores dejando claro, de una vez por todas, que ha venido para quedarse.

   El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes: una historia de distorsión, idealización, odio encarnizado, revelaciones vitales, soledad, sensibilidad artística, reaprendizaje, desarmes emocionales... La novela que os hará abrazar a vuestras madres con una lágrima pendiendo de las pestañas, al menos eso es lo que me sucedió a mi.

Frases o párrafos favoritos:

"El campo de girasoles había perdido los pétalos y ahora parecía un rostro destrozado por el acné."

"Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro."

"Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Reseña: María Estuardo.

MARÍA ESTUARDO

Título: María Estuardo.

Autor: Alexandre Dumas (1802-1870) fue uno de los autores más populares en la Francia del siglo XIX. Siguiendo los pasos de su padre, un general aristócrata, a los catorce años ingresó en la academia militar para después enrolarse en el ejercito. Polígrafo, viajero y vividor incombustible, cultivó diversos géneros, de la literatura fantástica y de terror a la novela histórica y de aventuras, pasando por los libros de viajes. Sus novelas más emblemáticas, El conde de Montecristo (1844) y Los tres mosqueteros (1846), aparecieron originalmente como folletines, y desde entonces no han dejado de entretener a generaciones sucesivas de lectores. Entre 1839 y 1841, Dumas publicó, en colaboración con otros autores, la serie de dieciocho volúmenes "Crímenes célebres", de la que forma parte María Estuardo. (Fuente: Editorial).


Editorial: Gatopardo.

Idioma: francés.

Traductora: Teresa Clavel.

Sinopsis: "Hay, entre los reyes, nombres predestinados al infortunio", se nos advierte al inicio de este libro. En la Escocia del siglo XVI, el máximo exponente de esta sentencia fue la reina María Estuardo, cuya trágica y novelesca vida inspiró a Alexandre Dumas para escribir esta biografía. Inteligente, culta y de una belleza hechizante, la joven María Estuardo se educó en la corte de Francia, donde se le auguraba un futuro brillante. Sin embargo, su vida fue un sinfín de calamidades desde su regreso a Escocia para hacerse cargo del trono hasta su prolongada caída en desgracia: abdicación, exilio, cautiverio y muerte por decapitación en el castillo de Fotheringhay, tras ser acusada de planear el asesinato de su prima, la reina Isabel I de Inglaterra. Desde entonces, la figura de María Estuardo no ha dejado de ser objeto de interpretaciones ambivalentes: adúltera e instigadora de asesinatos, valiente defensora del catolicismo en un país desgarrado por las guerras de religión, víctima heroica de intrigas políticas y juegos de poder, mujer de pasiones turbulentas que no supo pacificar su propio reino.

Su lectura me ha parecido:

   Entretenida, curiosa, estupendamente documentada, inminentemente novelesca, perfecta para acercarse por primera vez al personaje histórico, fundamental para quienes ya tengan un bagaje al respecto, muy de consumo rápido, en ocasiones hasta adictiva... La primera vez que supe de ella fue gracias a mi autodidacta formación en Historia Moderna a través de los dosieres de la Muy Historia - ojalá no desaparezcáis nunca - durante mis años de instituto. ¿La razón? Tuve un profesor que en lugar de avanzar con el temario se quedó obnubilado con los elementos de tortura de la inquisición medieval (hice un trabajo de uno en concreto al que apodaron "la pera" y desde entonces sigo espantándome como el primer día). La primera vez que la vi en pantalla grande fue en Elizabeth. La Edad de Oro. Fue muy fugaz, tanto que ni siquiera en ese momento me percaté de que era ella. De hecho, me es imposible recordar que actriz tuvo el honor de interpretarla, al menos durante unos minutos. La culpable de esta injusticia fue Cate Blanchet, que con su soberbia interpretación de Isabel I eclipsaba a cualquier otro personaje. Así que estaba totalmente justificado. La segunda vez fue en una clase de Historia Moderna Universal, asignatura que repetí aquel año y que me tocó recuperar en horario de tardes. No conseguí reconciliarme con la materia, ni con la época, pero sí apreciar una de las mejores interpretaciones que he visto hasta la fecha de la mano de la grandiosa Katherine Hepburn. La primera vez vi a una actriz interpretarla en la pequeña pantalla no hace mucho, en 2016, cuando en Televisión Española emitió los capítulos de una serie llamada "Reinas" producida por José Luis Moreno en la que contaban la rivalidad entre ella e Isabel I. Totalmente prescindible y mala hasta decir basta. Tengo pendiente ver la última adaptación cinematográfica en la que se baten en un duelo interpretativo Saroise Ronan y Margot Robbie. Aunque con todos mis respetos yo estaría en el bando de la que ha sido capaz de interpretar a Harley Quinn, darle una bofetada a Leonardo Di Caprio en El lobo de Wall Street o dar vida a la polémica patinadora Tonya Harding - ¿y el Oscar pa cuando? -. Por último, la primera y por el momento única vez que la vi - sí, aunque fuera bajo un bellísimo sarcófago de piedra tallada y esculpida - fue durante mi último viaje a la capital británica en el que tuve el privilegio de visitar la Abadía de Westminster. Sin duda, fue uno de los momentos más emocionantes de dicho recorrido, además de los más irónicos. La justicia divina - o Jacobo I de Inglaterra - quiso que los huesos de su madre reposasen junto a los de su prima Isabel I, con la que estuvo en guerra y que finalmente resultó ser su verdugo, la que dio la orden de encerrarla y mandarla decapitar. Si eso no es mala leche o karma yo no sé lo que es. En definitiva, hoy me pongo mis mejores galas y activo mi faceta como historiadora para hablaros de un personaje apasionante, de esos que consiguen hacer que ames la historia. Pero también de un autor al cual he conseguido, por fin, perderle el miedo. María Estuardo: la biografía al servicio de lo novelístico y el "salseo" de la época.

   Sí, este es el primer libro que leo de Dumas. Sí, sé que es un delito no haberme adentrado en su literatura antes. Y cuando digo antes es cuando era adolescente. Creedme, no estoy diciendo ninguna locura, ya que con Alexandre Dumas se ha educado la generación de nuestros padres. Ellos querían formar parte de los tres mosqueteros o se pasaban horas y horas leyendo y siguiendo minuto a minuto la venganza de Edmundo Dantés. Como si de una serie de televisión se tratase. Sin embargo, cuando alcancé la edad de descubrirlo por vez primera, el volumen de sus páginas me disuadió, tanto que durante años lo evité, como la peste, como una peligrosa alergia. Menos mal que la historia en primer término y después esa maravillosa asignatura de Literatura Universal en Segundo de Bachiller me abrieron los ojos, consiguiendo que me reconciliase con eso que llaman "clásicos", los cuales, tiempo atrás, había huido despavorida. ¡Que estúpida fui! Si alguien, cuando tenía quince años, me hubiera dicho que las novelas de Alexandre Dumas duran un suspiro entre los dedos de las manos, si alguien me hubiera aconsejado leer sus libros porque, y es cierto, su endiablado ritmo te atrapa desde el minuto uno. Si alguien me hubiese despejado la cabeza de prejuicios y me hubiera insistido, probablemente hoy Alexandre Dumas sería uno de mis autores favoritos. No obstante, y haciendo honor al dicho "más vale tarde que nunca" me puse hace unos meses las pilas con el autor francés de la mano de su faceta menos conocida pero enormemente apasionante. La del Alexandre Dumas biógrafo. En concreto, del Alexandre Dumas biógrafo de grandes personajes de la historia como lo fue María Estuardo. Según he podido investigar, la novela que hoy reseño, forma parte de una colección de 18 volúmenes que, bajo el título "Crímenes celebres", pretendían contar la vida de, por un lado, los criminales más famosos de la historia, y por otro lado, la de aquellos hombres y mujeres que, por circunstancias excepcionales, acabaron sus días asesinados o ejecutados. Dicha antología se publicó entre 1839 y 1841 por la editorial parisina Rue Louis le Grand, siendo traducida al español en 1858. A pesar de que a día de hoy hay varios estudios que ponen en duda la autoría de Dumas respecto a algunos relatos - los cuales, al parecer, se fraguaron a base de colaboraciones que el propio autor francés no reconoció desde su privilegiada posición de editor - "Crímenes célebres" perseguía dos objetivos. El primero, a base de una exhaustiva documentación judicial y con un estilo sencillo, acercar las historias de estos personajes ligados al crimen o a la tragedia a los lectores menos académicos. Y el segundo, satisfacer las exigencias de un público cada vez más ávido de sucesos sangrientos y de villanos convertidos en héroes. Estamos en plena era del Penny Dreadful, y Alexandre Dumas quiso sumarse a la moda. No obstante, y a diferencia de los ecos del ficticio y gore Sweeney Tood cuya influencia cruzó el Canal de la Mancha, "Crímenes célebres" tienen un poso bibliográfico nada desdeñable, aunque su principal objetivo era lucrarse y saciar el ansia capitalista de la época.

   En ese sentido el volumen de María Estuardo podría encajar perfectamente en la segunda categoría de la colección, esa en la que Dumas quiso otorgar a los finales trágicos - y con litros de sangre - su especial protagonismo. Y, sinceramente, no podría haber elegido mejor personaje histórico. Como bien sabréis - y si no os lo cuento a continuación - María Estuardo (1542-1587) hija de Jacobo V de Escocia y María de Gisa, sucedió en el trono a su padres con a penas seis días de vida. Pasó parte de su infancia en Francia, donde se casó con Francisco II y esperó pacientemente a su mayoría de edad. Tras su breve experiencia como reina de Francia (ya que Francisco II murió de forma repentina), María regresó a Escocia y cuatro años más tarde se casó con su primo hermano Enrique Estuardo, unión de la que nacería su único hijo, el futuro Jacobo VI. En febrero de 1567, Enrique es asesinado en el jardín de su residencia. Todos pensaron que James Hepburn, primer Duque de las Islas Órcadas y cuarto Conde de Bothwell, había orquestado su muerte para poder casarse con María Estuardo. Algo que acabó sucediendo en 1567 tras ser absuelto de todos los cargos. Tras un levantamiento contra la pareja, María fue encarcelada en el castillo del lago Leven - espectacular por cierto - y durante su cautiverio fue forzada a abdicar en favor de su hijo, que por aquel entonces contaba con un año de edad. Tras un primer intento fallido de recuperar el trono, María huyó hacia el sur en busca de la protección de su prima, Isabel I de Inglaterra. Pero había un problema, y es que la última reina de la saga de los Tudor odiaba a María, ya no solo porque representaba un modelo más "femenino" de ejercer el trono, también porque numerosos católicos ingleses la consideraban la legítima soberana. Muchos de los cuales habían participado en el conocido como Levantamiento del Norte - no, no estaban los Stark ni Jon Snow - en el que un conjunto de nobles pretendieron derrocar a Isabel I para reemplazarla por María Estuardo. Ante dicha amenaza, Isabel no dudó en confinarla en varios castillos durante dieciocho años para, tras un juicio en el que se la declaró culpable de conspiración, mandarla decapitar en el castillo de Fotheringhay en 1587 a la edad de cuarenta y cuatro años. No sé vosotras y vosotros, pero en mi humilde opinión creo que, más allá de la cronología o los personajes reales, esta historia ha servido de base y de inspiración para novelas, películas, obras de teatro, óperas y series de televisión. Porque, ¿no es lo suficientemente atrayente una trama en la que se explore el odio encarnizado entre dos personas que además son familia? Y en la que además, se le añadan dosis de política e intrigas cortesanas. Si lo que queréis es eso, éste, la María Estuardo de Dumas, es sin duda vuestro libro.



   Tras haber leído esta biografía - novelada por supuesto - me quedan claras dos cosas. La primera, que Alexandre Dumas es el precursor de lo que hoy conocemos como Best Seller. De hecho, se podría decir que él mismo fue el autor de masas de la época. El Ken Follet del XIX. Escribía novelas, folletines, libros de viajes, ensayos o relatos de terror como churros. Y lo mejor de todo es que lo hacía bien. Si bien es cierto que una obra no puede gustar a todo el mundo por igual, lo cierto es que el talento de este escritor para crear historias o para, a partir de hechos reales, presentarte un libro de más de 200 páginas - como es el caso de María Estuardo - es por lo menos admirable. Centrándonos en esta novela en concreto, el estilo que Dumas emplea es endiabladamente adictivo, tanto que, tanto si conocíais o no la historia de esta desdichada reina, vais a alucinar con como está contada. Dumas es el maestro de lo trepidante, de convertir una novela histórica corriente y moliente en algo más cercano a la novela de misterio o al culebrón renacentista en esta ocasión. Pero también es hábil en el manejo del morbo, de la intriga, de toda esa clase de recursos literarios que mantienen al lector con la vista pegada, literalmente, sobre el papel. Sus personajes, a veces, parecen sacados de otras de sus novelas más que de la crónica histórica. Y eso puede enfadar a más de un historiador o historiadora purista, algo que en mi caso no ha conseguido para nada. Es más, ha conseguido que disfrutase como una niña con una historia real pero extremadamente novelesca. Si hasta había capítulos en los que aquello se acercaba más a las obras de William Shakespeare con unos personajes tan pasionales, tan malvados, tan héroes, tan trágicos, tan dramático todo, y ya de paso, con el umbral de la paciencia demasiado bajo. Y diréis que pierde la verosimilitud, y yo os digo que para nada, que eso no sucede, ni siquiera en los momentos en los que la trama se ve en peligro por culpa de las contradicciones de las fuentes consultadas. Dumas sale airoso del aprieto tirando de más documentación - porque eso sí, la novela está fuertemente sustentada - consiguiendo que pasemos por alto sus inclinaciones y preferencias respecto a los personajes. Disimulo 0 en cuanto a quienes le caían bien, mal o fatal. Y la segunda, pero no por ello menos importante, es la necesidad de seguir reivindicando el género biográfico para aproximarse a la historia. Los que acabamos estudiando una carrera en la que el pasado está siempre en nuestro presente sabemos muy bien en qué momento nos empezó a apasionar esto de acercarnos a épocas para estudiarlas o aprender de ellas. Y en muchos casos, las biografías - tanto noveladas como académica - se convierten en el primer contacto, destello, la chispa que activa la curiosidad por un mayor conocimiento. Creo que independientemente de si te encanta (hasta el punto de querer estudiar la carrera) como si eres una o un mero aficionado, las biografías son la perfecta iniciación en estas lides. Y más si lo haces de la mano de grades autoras como Dumas. Personalmente, y después de haber leído María Estuardo, estoy pensando muy seriamente en indagar en más obras que aborden dicho periodo, y también, por si fuera poco, atreverme con un Dumas más extenso y todavía más novelesco.

   María Estuardo: una historia de lacrimógenas tragedias, destierros insoportables, sangre, venganza. envidias cortesanas, intrigas, conspiraciones, palacios, duques, monarcas...Un retrato pasional y claroscuro de una mujer que vivió con la certeza de que podía reinar, aunque aquello le costase la cabeza.

Párrafos o frases favoritas:

   "Hay entre los reyes, nombres predestinados al infortunio: en Francia, ese nombre es Enrique. Enrique I fue envenenado, a Enrique II lo mataron en un torneo, a Enrique III y Enrique IV los asesinaron. En cuanto a Enrique V, cuyo pasado ha sido ya tan funesto, sólo Dios sabe lo que le reserva el futuro.
   En Escocia, ese nombre es Estuardo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

sábado, 16 de noviembre de 2019

RESEÑA: El nenúfar y la araña.

EL NENÚFAR Y LA ARAÑA

Título: El nenúfar y la araña.

Autora: Claire Legendre (Niza, 1979) oscila desde su primer libro, Making-off (publicado cuando tenía dieciocho años), entre la novela negra y la autoficción (Viande, La méthode Stanislavski, L’écorchée vive, Photobiographies). Vivió en Roma (haciendo una residencia en Villa Médici, en el año 2000) y en Praga antes de establecerse en Quebec, donde desde 2011 imparte clases de creación literaria en la Universidad de Montreal. (Fuente: Editorial).


Editorial: Tránsito.

Idioma: francés.

Traductora: Laura Salas Rodríguez.

Sinopsis: El nenúfar y la araña es un relato literario y autobiográfico sobre cómo el miedo nos ata las manos. Explora los síntomas, las raíces y la génesis de la angustia, desde la más íntima hasta la más universal. En este libro profundo y ágil, elegante y salpicado de ironía, Claire Legendre  desmonta a lo largo de sus cortos capítulos —que son también fragmentos de vida— los mecanismos psicológicos, físicos y sociales asociados a la angustia que provoca la imposible necesidad de tener el control. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Adictiva, introspectiva, cuya lectura se pasa volando, íntimo, psicológica, entre lo autobiográfico, el ensayo y algunos toques de terror, de alguna manera universal... Al igual que Claire Legendre, a una servidora le dan pavor las arañas. Desde bien pequeñita, desde que una comenzó a recorrer mi pierna, desde que el pasado verano le cayó del árbol a mi madre una enorme - os prometo que lo era - en el hombro mientras disfrutábamos de un día de apacible tranquilidad campestre en familia. Era blanca, gris, negra. No lo recuerdo bien. Pero no se me olvida el grito que pegué nada más verla. Se escuchó por toda la Sierra de Albarracín. Tampoco soporto las escaleras de caracol - lo cual es un problema siendo historiadora y una apasionada de los monumentos históricos - miedo que descubrí mientras subía las de la Torre del Miguelete (un campanario gótico de unos 207 escalones que forma parte del complejo catedralicio de la ciudad de Valencia). También me da miedo, en relación a las escaleras, esas en las que hay un hueco entre peldaño y peldaño. Soy como James Stewart en Vértigo - nunca antes se interpretó, rodó y visibilizó mejor la acrofobia en el séptimo arte - del gran Alfred Hitchcock. Bajo mis pies el suelo parece tan lejano que sólo de pensarlo tiemblo. Como aquella vez durante un viaje a Tarragona en el que tuve que recurrir al ascensor - cristalizado - para poder subir al último piso de la Torre del Pretor si quería ser testigo de las mejores vistas de la ciudad. Me dan miedo las polillas (sobre todo las que al desplegar sus alas son más grandes que la palma de tu propia mano), las agujas, quedarme ciega, quedarme sorda (de ahí que no me guste llevar el volumen de los cascos por encima de 10), la oscuridad (sobre todo cuando he tenido un mal día), la página en blanco (el terror de toda escritora), las montañas rusas (desde el Colosus de Port Aventura), no despertar de una pesadilla, sufrir un accidente de tráfico (de ahí mis reticencias a no sacarme el carnet de conducir al menos de momento),  los imprevistos, a los cambios (creo que mi mayor temor), la anarquía, ciertos políticos (en las pasadas elecciones a todos los de Vox), la desinformación, no saber qué camino escoger (y en eso sigo), trabajar en algo que odio, la desmemoria, que la gota colme finalmente el vaso... Parece fácil, pero os aseguro que me ha costado muchísimo escribir este párrafo, y es que hablar de nuestros miedos es difícil. Por eso, admiro la osadía y el atrevimiento con los que Claire Legendre, autora del libro que hoy tengo el placer de reseñar, ha escrito este libro. Un texto tan interesante como importante en los tiempos que corren. El nenúfar y la araña: literatura de lo hipocondriaco.

   Tal y como Irene Rodrigo comenta en su último video en su canal Léeme dedicado a la "autoficción", parece ser que no tenemos muy clara la definición de dicho género literario - tan de moda en estos tiempos - y menos aún las y los que se dedican a estudiarlo en profundidad. Cada uno tiene una opinión al respecto, cada cual más dispar a la anterior. Sin embargo, sí que debemos señalar algo que, coincidiendo con la presentadora y divulgadora literaria, hay que tener muy en cuenta. En primer lugar, como ya he comentado en más de una ocasión, vivimos en un mundo cada vez más de puertas para adentro, en donde nuestras preocupaciones han pasado de ser colectivas a ser personales. Ahora nos importa más lo que nos pasa, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras opiniones - algo que la irrupción de las redes sociales ha ayudado a asentar -. En definitiva, que el yo y nadie más que yo, directa o indirectamente, ha pasado a ser el centro de todo. En segundo lugar, como los seres humanos somos cotillas por naturaleza, el toparnos con un libro en el que se nos venda la idea de que un porcentaje de lo que ocurre en el libro es verídico no puede ser más tentador. Sin embargo, hay que tener en cuenta, como señala Rodrigo, el pacto ambiguo que firmamos cuando accedemos a leer un texto de estas características. Una ambigüedad que reside en lo personal, en lo subjetivo, en lo que tu, como lector, otorgues más o menos credibilidad. Por eso, en una sociedad cada vez más introvertida y en la que son muchas las autoficciones que nos podemos encontrar en las estanterías de cualquier librería, es de agradecer que de vez en cuando nos demos de bruces con algún título que, sin dejar de ser autoficción, te saque de la zona de confort. Eso es precisamente lo que hace Claire Legendre con El nenúfar y la araña, ya que en esta ocasión estamos ante un libro que va más allá de lo autobiográfico al resaltar, entre todos los aspectos de su vida, una cuestión en concreto: los miedos. Aunque más bien tendríamos que estar hablando en clave sinonímica. Los temores, los pavores, los pánicos, los canguelos, los horrores, los terrores. Todo eso que hace que el cuerpo se detenga en seco, que no puedas evitar soltar un grito o simplemente que no seas capaz de reaccionar. Llevamos muchos de ellos en nuestro interior, como pequeños secretos, pero que en el momento de la verdad no sabemos disimular, contener, encerrar. ¿Y si ha llegado el momento, gracias a Legendre, de no avergonzarnos por ellos?

   Para que os hagáis una idea, El nenúfar y la araña entró en mi vida durante las vacaciones del pasado verano y aún sigo recordando algunos de sus pasajes e identificándome con algunas reflexiones que la autora vierte sobre el papel. Partiendo de un eje claramente cronológico, Legendre va contándonos su vida a través de lo que le da miedo. Desde la profecía de que morirá a los veintisiete años - para de este modo ingresar en la malograda lista de cantantes fallecidos a esa misma edad - para lo que se fue mentalizando desde que una gitana le leyese la mano en el patio del colegio cuando tenía nueve. Tenía claro que, llegados los veintisiete, moriría en un accidente de tráfico - ya que a esa edad la gente no fallecía por enfermedad, sino por cuestiones más fortuitas e inesperadas - y que para evitarlo, su amiga Lisa y ella se suicidarían saltando al vacío en un pedregoso acantilado, coincidiendo con el aniversario de la muerte de su idolatrado Jim Morrison. Pero eso no sucedió y entonces, al cumplir los veintisiete, Legendre se dio cuenta de que no existía ninguna fecha fija para morir, sino que cualquiera podría ser perfecta para que la parca irrumpiese y se la llevase definitivamente. Es entonces cuando la autora se explaya más y la narración, a pesar de su poso autobiográfico, se hace extrañamente trepidante, como si de una novela de misterio se tratase. Miedo a la enfermedad - de ahí el 50% del título del libro - al abandono, a que el amor se acabe, a volar, a las arañas, a hablar en público, a merecer todo lo malo, a ser juzgado sin justificación, y en definitiva, a vivir. Tras leer esto, parece que el lector esté ante una sucesión de excusas o de síntomas producto de una mente excesivamente hipocondríaca. Sin embargo, al contrario de lo que puede interpretarse como una simple enumeración de fobias, El nenúfar y la araña es una singularidad dentro del panorama editorial actual, atestado de yoismos sin fundamento. Una voz personalísima que desde las entrañas y la osadía, la autora se abre en canal ante el lector más exigente, ofreciendo un eslabón más dentro de la autoficción. Porque hay muchas formas de contar una vida, pero hacerlo desde lo que menos nos gusta, confesando al mundo eso que te mantiene siempre en alerta, es una exposición muy pocas veces apreciada. Ahora bien, la decisión de lo que creamos cierto o no de lo que nos cuenta, compete sola y exclusivamente a quien se adentra entre sus páginas. El pacto, por tanto, continua siendo ambiguo.


   En última instancia queda por saber, a raíz de la concienzuda lectura de este libro, si alguna vez, si en un futuro el miedo podrá ser erradicado. O al menos paliarlo. Ya existen, como comenta la propia autora, tratamientos contra los síntomas (estrés, nauseas, taquicardias...) pero que, irremediablemente, no curan lo que produce dicha reacción. Eliminas lo visible pero no el origen, siempre oculto entre las capas de piel en nuestro inconsciente. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que se nos inculcó que el miedo - como concepto abstracto y en todas sus manifestaciones - había que cortarlo de raíz, y que la mejor forma era enfrentarse a él. Simplemente. Sin medias tintas. Situarse a pocos pasos de él y sufrirlo para superarlo de una vez por todas. Como si fuera tan fácil. Como si la sociedad exigiese total inmunidad ante él. De este modo, y como habréis podido deducir, el miedo también sufre de los roles de género, al menos es lo que durante tantos años nos inculcaron tanto en casa como en la escuela. Las niñas debían ser temerosas, asustadizas, y de este modo ser el blanco perfecto de las bromas y las chanzas. Eso no estaba mal visto, se aceptaba. Otra cosa eran los chicos, a los cuales no se les permitía padecer alguna fobia o sentir pánico. No. Ellos debían ser incorruptibles, implacables y no temer a nada ni a nadie. Unos Chuck Norris en miniatura. Con esta educación es normal que las mujeres, muy a nuestro pesar, arrastremos más miedos de los que deberíamos y que los hombres, bajo su coraza de hierro, se esfuercen por mantener un rostro férreo e impenetrable. Afortunadamente cada vez se oyen menos esos comentarios que buscan perpetuar estereotipos. Parece que poco a poco nos vamos dando cuenta que el miedo no entiende de sexos, y lo más importante, tampoco de vergüenzas. Porque el miedo es algo natural, universal, y como tal no debemos ocultarlo cuando éste intenta salir al exterior. Hay que expulsarlo. Es en cierto modo terapéutico. Catárquico. Liberador.

El nenúfar y la araña: una historia de síntomas, tristeza, autobiografía, personalidad, sustos, angustias, terrores... Un libro al que acercarse con sigilo y devorarlo antes de que el ser arácnido se pose sobre vuestra cabeza.  

Frases o párrafos favoritos:

"Los fóbicos lo saben: la presencia de la araña en la habitación es mucho más odiosa que la araña en sí. (…). Porque si hay algo peor que el hecho de que te colonice una araña —o un tumor— es que te colonicen sin que tú lo sepas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Tránsito

martes, 12 de noviembre de 2019

RESEÑA: De la educación de las Damas.

DE LA EDUCACIÓN DE LAS DAMAS

Título: De la educación de las damas para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres.

Autor: Poulain de la Barre (París 1647 - Ginebra 1725) fue un escritor, sacerdote, profesor y filósofo cartesiano. Procedente de una familia burguesa, durante toda su infancia y adolescencia se formó para acceder a la carrera eclesiástica, llegando a alcanzar el grado de bachiller de teología por la Universidad de la Sorbona. Fue ordenado sacerdote católico en 1688, aunque posteriormente se convirtió al calvinismo, siendo por ello repudiado por su familia. Fue perseguido y, después de la revocación del edicto de Nantes (1685), tuvo que huir a Ginebra. Acogido como ciudadano en Suiza, allí se casi, tuvo dos hijos y se dedicó hasta el fin de sus días a la enseñanza. Participó activamente, durante sus años de universidad, en los diversos debates intelectuales de la época que estaban teniendo lugar en las calles y en los salones parisinos, espacios de libertad y emancipatorios. Así fue como entró en contacto con las nuevas corrientes cartesianas, llegando a convertirse a la nueva filosofía. Más adelante, en los salones literarios, entra en contacto con el movimiento Preciosista y sus querellas de las mujeres. Consciente de las exigencias de las aristócratas francesas para poder acceder al mundo intelectual y su cuestionamiento sobre la autoridad marital, Poulain de la Barre no dudó en secundar sus reivindicaciones a través de ensayos como De l’égalité des deux sexes, discours physique et moral où l’on voit l’importance de se défaire des préjugez (1676),  De l’excellence des hommes contre l’égalité des sexe (1675) y De l’éducation des dames pour la conduite de l’esprit dans les sciences et dans les mœurs (De la educación de las damas para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres; 1674) convirtiéndose en uno de los precursores del feminismo. A su vez, Barre también escribió sendos textos sobre la defensa del francés como lengua o sobre los exámenes públicos de conciencia.


Editorial: Cátedra.

Idioma: francés.

Traductor: Ana Amorós.

Sinopsis: Poulain de la Barre, discípulo de Descartes, destina su obra De la educación de las Damas, al igual que sus demás tratados, a la difusión de la filosofía cartesiana: se inscribe dentro de la polémica sobre las mujeres que se extiende en el ámbito mundano y cortesano de la segunda mitad del siglo XVII, y centra el debate sobre la igualdad de los sexos en la instrucción femenina, cuestión que será crucial en los siglos venideros. Poulain de la Barre es un filósofo de la modernidad, un preilustrado. El feminismo le es, sin duda, deudor por haber sido el primero en dotar a este de un fundamento racional incuestionable, suministrando el gran argumento ilustrado: en nombre de la razón se derivan iguales derechos para los dos sexos, y el primero de ellos es el derecho a ejercitarla para poder desarrollarse plenamente como ser humano. El derecho a la educación no consiste en otra cosa.

Su lectura me ha parecido:

  Difícil, muy compleja, densa, idónea para lecturas más sosegadas, inminentemente didáctica, necesariamente reflexiva, expositiva, dialogada (hasta con el lector), feminista, interesante, oportuna, universal, por supuesto filosófica, todo un descubrimiento... Mientras buscaba información para la redacción de esta reseña me topé con algo muy curioso, y es que parece ser que existe cierta controversia por parte de los estudios feministas en lo concerniente a la conocida como "primera ola feminista". Por un lado, las investigaciones europeas, sitúan el inicio de este movimiento político-económico-social-cultural en el periodo de la ilustración, exactamente a mediados de siglo XVIII, argumentando que a pesar de los antecedentes - como el de Christine de Pizan en el siglo XV con La ciudad de las damas - es durante la crisis del sistema absolutista cuando se empieza a fraguar el llamado feminismo moderno. Para ellos, el  Siglo de las Luces ampara las polémicas entorno a la naturaleza de la mujer y el cuestionamiento de la jerarquización de los sexos. Por el contrario, la genealogía del feminismo de inspiración anglosajona (especialmente la estadounidense), asegura que la primera ola se inició coincidiendo con el movimiento sufragista que se desarrolló tanto en EEUU como en Reino Unido a mediados de siglo XIX, teniendo como momento culmen la Declaración de Seneca Falls (1848), texto resultante de una reunión de feministas, abolicionistas y asociaciones políticas de talante liberal que puso de manifiesto las desigualdades entre hombres y mujeres. De este modo, esta segunda corriente no incluye gran parte del legado acaecido durante la edad moderna, en este caso, consta como un antecedente. Como veis, ha pasado el tiempo, los años y los siglos y el feminismo - como campo de estudio interdisciplinar - aún sigue siendo rico en cuanto a teorías y corrientes intelectuales. Sin embargo, en lo que coinciden prácticamente todos es en señalar a tres nombres fundamentales como - ya sean antecedentes o precursores - los que desde el plano académico y político se dedicaron a desarrollar la base de la conciencia feminista. Fundamental para, no sólo para las décadas venideras, también para el presente más acuciante. Dos  de ellos son nombres de mujeres que todos los versados en estas lides conocemos: la francesa Olympe de Gouges - autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1790) que murió guillotinada por su apoyo a los Girondinos - y la británica Mary Wollstonecraf - autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792) y madre de Mary Shelley -. El tercero fue Poulain de la Barre, un joven cura que defendió la inclusión de la mujer en el pensamiento filosófico tanto como tema como desde lo inminentemente práctico, es decir, que ellas también tuviesen el derecho de expresar sus opiniones y a plasmarlas sobre el papel para ser posteriormente difundidas entre los círculos culturales del momento. Pensamientos que no dudó en volcarlos sobre su ensayo más famoso y que hoy tengo el placer de reseñar. De la educación de las Damas: un feminista preilustrado en la era del Barroco.


   Cuando descubrí que Poulain de la Barre se adscribía a la filosofía cartesiana no pude evitar rememorar ese angustioso Segundo de Bachillerato y, en concreto, a ese pensador del XVII, cuyo apellido inspira dicha corriente intelectual y el, por desgracia, se convirtió en mi cruz durante todo el curso. Hablo, como no, de René Descartes, cuyo discurso se me hizo muy pesado de aprender y arduo de entender. De hecho, a día de hoy, y tras haber superado la Selectividad y una asignatura de primero de carrera en la que me volví a encontrar con su pensamiento, confieso que sigo sin entender algunos aspectos de su corpus metafísico. Descartes fue un filósofo que se atrevió con todo, desde formular los pilares de la "moral provisional" dentro de la filosofía moral a adentrarse en el mundo científico para reflexionar entorno a disciplinas como las matemáticas, la física o la química. Hasta se atrevió a afirmar, entorno al concepto de la razón, que los animales eran seres sin conciencia ni inteligencia, incapaces de sentir dolor o ansiedad al carecer de alma, cosa que sí poseen los seres humanos. Como veis, ese ente incorpóreo también era objeto de sus desvelos intelectuales. Sin embargo, Descartes es fundamentalmente conocido por ser el autor del Discurso del Método, donde plantea la necesidad de una reforma del entendimiento de cara a abordar los problemas y retos que la nueva ciencia - la de la época por supuesto - requería. Para ello, creó un método de investigación fundamentado en la lógica, el análisis geométrico y en el álgebra. Incorporando a su vez la llamada "duda metódica" - dudar de todo - para llegar a la "verdad" - con su correspondiente moral provisional - que le llevará a crear el primer principio de su nueva filosofía: "Pienso, luego existo". Sí, esa frase que hemos escuchado en más de una ocasión - y no necesariamente en contextos filosóficos - es en realidad el argumento que revolucionó el pensamiento de la época, por la cual Descartes estableció la existencia de Dios y que acabó situando al oriundo de La Haye en Touraine como el padre de la filosofía moderna. Su influencia fue tal que, en las décadas y siglos venideros fueron muchos los pensadores que difundieron sus ideas o incluso adscribieron sus teorías al cartesianismo. Uno de ellos fue nuestro protagonista, Poulain de la Barre, que, desde las trincheras del conocimiento, le dio una especie de reciclaje feminista a las ideas de Descartes.

   A modo de historia novelada inminentemente didáctica, anticipándose a obras de la Ilistración y sin perder de vista su carácter de tratado filosófico, en De la educación de las damas Poulain de la Barre nos sumerge en los diálogos de tres personajes llamados Sofía, Timandro, Eulalia y Estasímaco. A través de los cuales el autor reflexiona entorno al derecho de las mujeres a recibir la misma educación que los hombres ya que, tirando de argumentación cartesiana, considera son igual de válidas que sus colegas masculinos. A partir de la teoría de las dos sustancias formulada por René Descartes, la de la "res extensa" (o sustancia extensa) y la "res cogitans" (o sustancia pensante), Poullain de la Barre los usa para concebir la universalidad no genérica de la razón y reconocer a las mujeres la misma competencia de su uso. En un vocablo menos académico, que el sexo femenino tiene cuerpo, pero es la capacidad de pensar, la de ser "res cogitans" la que determina esa igualdad de la que habla su autor. Si Descartes proponía una visión más antropocéntrica del discurso del método, Poulain de la Barre aporta de este modo el argumento para considerar a las mujeres como tema al rededor del que también debería girar la filosofía, así como la necesidad de que éstas puedan instruirse para estar a la altura de los pensadores hombres. Para De la Barre la mujer pasa a ser un objeto epistemológico en un momento en el que comenzaba a fraguarse un género de vindicación - influenciado por las ideas de la reforma y el cartesianismo - que pusieron la base de un concepto de igualdad - entre hombres claro - bastante potente contra todo lo que representaba el Antiguo Régimen que, sin embargo, excluía sin piedad a las mujeres. En otras palabras, hasta que no se pelearon (derramando mucha sangre en algunos casos) los derechos del hombre no se pudo vindicar los de la mujer. Para él, la diferencia entre los sexos no concierne más que al cuerpo y sus correspondientes particularidades biológicas (como la reproducción en el caso de ellas), que en lo que a inteligencia se refiere no existe distinción alguna y que en todo caso habría que distinguir entre las mujeres más o menos instruidas. Y es en este punto, desde una lectura procedente del siglo XXI claro está, podemos señalar el elitismo de su autor. Debido a su origen burgués y a los círculos intelectuales en los que se movía no es de extrañar que De la Barre concibiese su pensamiento entorno a las mujeres de clases altas o burguesas, excluyendo al resto de la población femenina procedente de la base de la pirámide estamental. Ellas, evidentemente, no estaban ni en sus pensamientos ni en sus textos filosóficos. Huelga decir que, en cuanto a estilo, nos topamos con un texto farragoso, cuya lectura requiere de una paciencia infinita y que sólo es apta para quienes de verdad estén interesados en el tema. No apta para lectores poco acostumbrados al lenguaje filosófico o adictos a la literatura efímera.


   ¿Estamos entonces ante un aliado de la causa feminista en pleno Barroco? ¿Un hombre adelantado a su tiempo? ¿O simplemente frente a un escritor que, formalmente e ideológicamente, se anticipó a la Ilustración? Sí y no. En primer lugar no podemos pasar por alto que Poulain de la Barre era un hombre de su tiempo, y como buen hombre de su tiempo estaba condicionado no sólo por su sexo - dominante muy a su pesar - también por el feminismo filosófico de la época que le tocó vivir. Estaba a favor de la igualdad entre hombres y mujeres, además de apoyar la instrucción académica de éstas porque consideraba que eran igual de inteligentes que los hombres, y que por tanto eran igual de válidas para participar en tertulias filosóficas o publicar libros en los que manifestasen sus ideas. Incluso, tal y como refleja el subtítulo de la presente obra - para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres - poder aspirar a estudiar en las universidades carreras de ciencias. Sin embargo, dudo mucho que estuviese a favor de otros aspectos como el divorcio o el sufragio femenino. En cuanto a su influencia en los filósofos ilustrados es más que notable, sin ir más lejos Jean-Jacques Rousseau se inspiró en De la educación de las Damas, en cuanto a estilo literario y poderoso poso didáctico, para su Emilio o De la Educación. Eso sí, Rousseau no dudó - quién sabe con qué intención - en apropiarse de uno de los personajes de la obra de De la Barre - el de Sofía en concreto - para conducirla a un destino totalmente diferente. Confinarla en el ámbito de lo privado y otorgarle de una educación siempre en relación al hombre. Parafraseando al propio Rousseau, las mujeres deben: "Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos y hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que desde su niñez se las debe enseñar. En tanto no alcancemos este principio, nos desviaremos de la meta, y todos los preceptos que les demos no servirán de ningún provecho para su felicidad ni para la nuestra". Leyendo esto queda claro que a Rousseau - uno de los padres de la Ilustración y artífice el contrato social - la causa feminista le traía al pairo. Al menos Poulain de la Barre, desde su posición privilegiadamente elitista, pensó al menos en ellas, dándose cuenta de que las mujeres piensan y que por tanto merecen recibir la misma educación que la que se ofrece a  los hombres, especialmente en ámbitos como las matemáticas, la física, la biología, la astronomía o la química. Más allá de influencias, apropiaciones y demás cuestiones, lo que saco en claro después de haber leído a Poulain de la Barre es que, en primer lugar, la historia no dejará nunca de sorprenderme con el hallazgo de personajes interesantes, y en segundo lugar, reivindicar, aún en pleno siglo XXI, el acceso de las mujeres a una buena educación, especialmente para las niñas. No debemos pasar por alto que todavía a día de hoy hay muchos países del mundo donde se les impide ir a la escuela o ven interrumpida su educación por motivos culturales, políticos, económicos o sociales. En este mundo no debería existir impedimento alguno para que una mujer pueda estudiar y conseguir completar su formación con garantías. Poulain de la Barre nos lo recuerda desde el siglo XVII, si la mente no tiene sexo, si la mujer y el hombre son iguales, si los dos poseen la misma capacidad de asimilación de conocimientos, en la educación no debería tampoco existir esa distinción.

De la educación de las Damas: un texto de aprendizaje, feminismo preilustrado, diálogos, debates, cartesianismo... Un texto pionero para leer, releer y volver a él las veces que haga falta.

Frases o párrafos favoritos:

"La mente no tiene sexo"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Cátedra 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

RESEÑA: Enero.

ENERO

Título: Enero.

Autora: Sara Gallardo (Buenos Aires 1931-1988) publicó las novelas Enero (1958), Pantalones azules ( 1963), Los galgos, los galgos (1968, ganadora del Premio Municipal), Eisejuaz (1971) y La rosa en el viento (1979). Escribió también literatura para niños y un libro de relatos, El país del humo (1977). Además de como narradora, Gallardo destacó como periodista, y durante años colaboró, entre otras, con la revista Confirmado, así como en el diario La Nación. Los artículos publicados en estos medios aparecen compilados en Macaneos. Las columnas de Confirmado (2016) y Los oficios (2018). (Fuente: Editorial).


Editorial: Malas Tierras.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Los días se suceden con aparente calma en una estancia del campo argentino. En torno a la mesa, la familia de Nefer, protagonista adolescente de Enero, conversa sobre la hacienda y la feria bovina, pero Nefer no escucha; presa de la angustia y ajena a lo que la rodea, guarda un secreto que, como un hongo negro y creciente, la consume: tras ser violada por un trabajador local, ha quedado embarazada. Pronto llegará la cosecha, y para entonces ya nada tendrá remedio. ¿Qué puede hacer una chica sola, en el campo, para no tener ese hijo que nacerá en invierno? ¿Y si galopa? ¿Y si reza? ¿Sucederá así un milagro? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Breve, aterradora, de una compleja sencillez, atemporal, con un vocabulario acertado pero dificultoso, crítico, social, brutal, una joya que debería haberse publicado en España hace mucho tiempo... Una vez, y por casualidad, escuché la triste e injusta historia de la hermana de una de mis tatarabuelas. Una joven, cuyo nombre no consigo recordar, que se quedó embarazada del señorito de la casa donde trabajaba formando parte del servicio doméstico y que murió a consecuencia de un aborto. La inexactitud y la bruma parecen envolver dicho episodio familiar. Ya que no es algo de lo que se hable mucho, incluso a veces dudo de si aquello ocurrió de verdad o si es producto de la confusión entre otras tantas anécdotas de mis antepasados. Sin embargo, la cuestión es que, independientemente de la credibilidad que subjetivamente le otorguemos, ha conseguido que me planteé la siguiente pregunta. ¿Por qué un hecho de estas características aparece como una nebulosa que emborrona la memoria de quien la trasmite o directamente desaparece de los recovecos de ésta? La respuesta la encontramos, como no podía ser de otra manera, en los mecanismos de defensa de psique que las personas usamos cuando se menciona lo innombrable, o dicho de otra manera, ese acontecimiento que por la razón que sea no queremos rememorar. La tradición y las convenciones morales o religiosas suelen estar detrás, pues, quien se quedaba embarazada fuera del matrimonio era, en muchos casos, rechazada, condenada por la sociedad y hasta repudiada del hogar familiar. Y si llegaba, como en el caso de mi antepasada, a abortar, entonces quedaba marcada de por vida. No obstante, lo que de verdad deberíamos preguntarnos, lo que más nos debería preocupar, es sin duda las circunstancias que envolvieron los hechos. Cabe la posibilidad de que desease de verdad acostarse con el señorito, pero ¿acaso alguien ha pensado que también podría haberse tratado de una violación? ¿Y la decisión de abortar? ¿La obligaron? ¿Se lo aconsejaron? ¿O simplemente fue ella, en soledad, la que tomó la decisión? ¿Fue espontaneo? ¿Provocado? ¿Y si fue esto último? ¿En qué condiciones lo habría llevado a cabo? ¿La ayudó alguien? ¿Alguna persona de confianza? ¿Un completo desconocido? ¿Tendría conocimientos sobre la materia? ¿Formaría parte de una red clandestina?... No sé si alguien de mi entorno más cercano se ha hecho todas estas preguntas, pero de lo que sí estoy segura es que, como no se hable de ello, ésta y otras historias similares no conseguirán despegarse de esa niebla, corriendo el riesgo de esfumarse para siempre. No pude evitar acordarme de esta historia, y menos conseguir despegarla de mis pensamientos a medida que conocía a Nefer que, al igual que mi antepasada, simplemente quería abortar. Enero: una lucha personal, un clamor mundial, un derecho universal.


   La primera vez que tuve noticias de este libro estaba atravesando una etapa en la que la literatura latinoamericana brillaba por su ausencia tanto en mis lecturas habituales como en mi ya abarrotada estantería. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, y sin apenas darme cuenta, autoras como Samantha Schweblin, Ariana Harwicz, Alejandra Costamagna o la recientemente galardonada con el Herralde de Novela Mariana Enriquez desfilaron ante mis ojos con novelas o libros de relatos tan originales como sugestivos. Ahora mismo, si me preguntasen, estaría abierta a leerme, por fin (secreto inconfesable) Cien años de soledad, Pedro Páramo o a adentrarme en la poesía de escritoras como Elena Garro, Gabriela Mistral o Alejandra Pizarnik. Y todo eso gracias a Enero, de Sara Gallardo, una de tantas literatas que, por desgracia, conocemos poco o nada en nuestro país. Los días que dediqué a leer este relato mientras pasaba mis vacaciones estivales en el pueblo, un lugar en el que inevitablemente estás en permanente contacto con la naturaleza, contribuyeron a que la experiencia lectora fuese tal vez más inmersiva, más especial y por supuesto, más dura. A grandes rasgos, Enero cuenta la historia de Nefer - aunque lo más correcto sería decir que la autora nos hace partícipes y privilegiados testigos de su existencia - una chica de dieciséis años que acaba de descubrir que está embarazada, y que ese embarazo ha sido fruto de una violación perpetuada por un trabajador de la zona. En tan sólo siete páginas, Gallardo consigue, no sólo mostrarnos esas dos realidades paralelas que tienen lugar en una misma escena - la de la familia de Nefer preocupada por la feria bovina y la de la propia Nefer que sólo piensa en la desgracia que le acaba de caer encima - también que el lector sienta unas ganas tremendas de abrazarla. En las siguientes - hasta llegar al total y escaso total de ciento seis - asistimos sin remedio a todos los pensamientos que se pasan por la cabeza de la protagonista. Desde la inquietud de no saber qué hacer, hasta la angustia por tener que ocultar y llevar el embarazo en secreto, pasando por sus propias obsesiones - como el deseo de que el Negro fuese el padre del bebé - o la certeza de que, si no hace algo pronto, la criatura nacerá con el frío del invierno (de ahí el título del cuento). Si lo cuenta, sabe que entonces ella perderá la voz y serán otros los que tomarán decisiones por ella - serán los patrones, ni siquiera su propia familia podrá intervenir - por lo que la muerte, como última y desesperada opción, parece sobrevolar también los pensamientos de Nefer. Nadie parece entenderla, ayudarla ni ser capaz de ponerse en su piel en la Argentina rural de los años cincuenta, un entorno hostil que no hace más que rechazarla y ponerle las cosas más difíciles. El lector seguirá los pasos de Nefer a través de un estilo poéticos, simbólico, por momentos claustrofóbico y plagado de jerga propia del campesinado argentino - de ahí que en ocasiones la lectura me haya resultado por momentos difícil - en su odisea por escapar del destino que por ser mujer joven, pobre y embarazada fuera del matrimonio le espera. Se hace corto, sí, pero el cuento que Sara Gallardo nos lega a la sociedad consigue su doble objetivo: que amplíes horizontes narrativos a través de un costumbrismo literario al que poco a poco nos estamos acostumbrando los lectores más voraces y que, por supuesto, acabes siendo consciente de que la trama de Enero, desgraciadamente, sigue más vigente que nunca.


   Una de las lecciones más importantes de mi etapa universitaria y que de vez en cuando me repito, como un mantra, cada vez que me enfrento a cualquier reseña literaria me la dio Isabel Burdiel, profesora y catedrática de Historia - experta en el siglo XIX español y muy especialmente en la figura de Isabel II -  y tutora de mis respectivos TFG y TFM. Ante la tarea de, en ambos trabajos, enfrentarme a textos literarios para analizarlos desde una perspectiva histórica - la del siglo XX en concreto - a partir de un tema en concreto (el totalitarismo de los regímenes políticos y económicos en el primero de ellos y la islamofobia en Francia en el segundo de ellos), Burdiel señaló, ante mi insistencia de abusar de la palabra "reflejar", que estaba errando en mi planteamiento. Lo correcto era referirse a estos documentos como una "representación" y no como un "reflejo" del momento que están narrando en ese momento. Y tenía razón, ya que las novelas describen desde un indiscutible y subjetivo punto de vista lo que la autora o el autor observa a su alrededor y no colocan la realidad ante un espejo para que de como resultado una fotografía lo más exacta posible. La literatura siempre se ha movido por inquietudes personales, posicionamientos políticos, historias trasmitidas de generación en generación, preocupaciones intelectuales, sociales, económicas... En definitiva, que ninguna novela, obra de teatro, ensayo o poema nace desde la objetividad ni de la neutralidad. Por eso Sara Gallardo escribió este libro - a los veintisiete años de edad - porque el tema del aborto en el momento en el que la autora empezó a plasmar la historia de Nefer hasta el año de su publicación - 1958 - era todavía un tema tabú, del que nadie se atrevía a hablar en voz alta y que se ocultaba por ser considerado una atrocidad por numerosos sectores de la sociedad argentina. Hoy, sesenta y un años después, miles de mujeres de todo el país salen a las calles reclamando la legalización del aborto, la seguridad de su práctica - higiénicamente y judicialmente - y la posibilidad de que éste sea gratuito - ya que siempre son las mujeres más desfavorecidas de la sociedad las que tienen más difícil la posibilidad de llevarlo a cabo -. Sus protestas se han oído en medio mundo y el verde, el color con el que las manifestantes han asociado con esta lucha, ha teñido numerosas muestras de solidaridad de colectivos feministas fuera de sus fronteras. Sin embargo, el 9 de agosto de 2018, el Senado argentino volvió a dar la espalda a las mujeres al decir "no" al aborto - 38 noes frente a 31 síes - en una votación histórica dejando al país con la existente ley (que data de 1921) en la que las mujeres sólo pueden abortar en caso de violación o si supone un riesgo para la vida de la madre. Sin duda, un golpe muy duro para toda aquella marea verde que, concentrada frente al edificio del Senado y bajo la incesante lluvia que calló durante toda la jornada, esperaban ese ansiado cambio en la ley. Si nos atenemos a lo que Sara Gallardo expresa en el presente relato, mi parecer es el lógico, el de perseverar en la lucha, en seguir movilizando a la gente y en conseguir mayor repercusión internacional. Porque no queremos a más chicas que se vean en la misma situación que Nefer, sino una sociedad amparada por una ley adaptada a los nuevos tiempos y a la perspectiva de género, tan importante como necesaria.

Enero: una historia de desesperanza, incomprensión, dolor, amargura, invisibilidad, injusticia, presión, hostilidad, crítica... Un cuento cuya lectura se hace más necesaria que nunca.

Frases o párrafos favoritos:

"Porque los días están amadrinados, llega uno y sabemos que el otro viene, y también el otro, y el otro más, y hay que aguantarse, porque el hombre es un pobrecito que no puede levantar el cuchillo y decir: no quiero más días, sin decir: no quiero más hombre y arreglar tal vez las cosas metiéndose el cuchillo en la barriga. Porque los días son como una tropa sin fin pasando una tanquera."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Malas Tierras