Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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viernes, 9 de noviembre de 2018

RESEÑA: La cámara diabólica

LA CÁMARA DIABÓLICA

Título: La cámara diabólica.

Autor: "Ernest William Hornung (Middlesbrough, Inglaterra, 1866 - San Juan de la Luz, Francia, 1921). Aquejado de asma desde la infancia, a los diecisiete años zarpó rumbo a Australia donde pasaría dos años por motivos de salud, experiencia que inspiró el ambiente de muchas de sus novelas. En 1893 contrajo matrimonio con Constance Aimée Monica Doyle, hermana del creador de Sherlock Holmes. Es conocido principalmente por los personajes de A. J. Raffles, un ladrón de guante blanco del Londres victoriano, y su compañero Bunny Manders, inspirados en parte por los célebres Watson y Holmes y en parte por Oscar Wilde y lord Alfred Douglas. La neumonía fue la causa de su fallecimiento a los cincuenta y cinco años." (Fuente: Defausta).


Editorial: Defausta.

Idioma: inglés.

Traductora: Susana Prieto Mori.

Sinopsis: "Pocket Upton, estudiante en un internado inglés, soñador, asmático y fascinado por las historias de crímenes y aventuras recibe permiso para pasar el día en Londres, ocasión que aprovecha para comprar un revólver en una casa de empeños. Pero las cosas no salen como él espera y pierde el último tren de regreso al internado. Sin saber a dónde ir, decide pasar la noche a la intemperie. El ruido de un disparo lo despierta de madrugada: está caminando dormido, con el revólver en la mano y un cadáver en el suelo junto a él un misterioso extranjero que se ofrece a ayudarlo. Pocket, asustado, lo sigue a ciegas hasta su casa, donde descubrirá que no todo es como se lo han hecho creer y tendrá que desentrañar el misterio de la cámara diabólica." (Fuente: Defausta).  

Su lectura me ha parecido: misteriosa, tediosa en su inicio, trepidante en su final, típica, con un protagonista zoquete, un espeluznante secundario, un habilidoso inspector, muy de su época...La historia de la literatura no para de darnos sorpresas. Tan agradables como chocantes. Ejemplo de ello lo encontramos en el autor del libro que hoy reseñamos. Nadie lo predijo, de hecho, es posible que esta casualidad, fruto de los azares del amor y del destino, nunca hubiese tenido lugar. Pero la cuestión es que sucedió. Ernest William Hornung, así se llamaba el autor en cuestión,  pasó de ser un completo desconocido a convertirse en el cuñado (sí, habéis leído bien) de no un escritor cualquiera, sino de uno de los más grandes del siglo XIX y cuya influencia en la novela policíaca fue determinante, hasta el punto de traspasar los límites de lo literario y trascender a la cultura popular. Estamos hablando, como no, del gran Arthur Conan Doyle, padre de Sherlock Holmes y el Doctor Watson, el detective y el médico más famosos de la literatura universal. Dejando a un lado la vertiente chistosa que siempre despierta la figura del "cuñado" en nuestra sociedad, lo cierto es que, una vez el lector conoce esta anécdota no puede evitar especular al respecto. Porque, y esto ha quedado bastante claro en la sinopsis de la presente novela, a Hornung también le dio por escribir novela policíaca, en donde el misterio y lo esotérico estaban muy presentes. Fórmula que, por otro lado, también empleó Doyle para sus escritos, en especial si Sherlock Holmes y el Doctor Watson los protagonizaban. ¿La relación entre cuñados sería modélica tal y como parece confirmar la cita de Arthur Conan Doyle que encontramos en la contraportada? ¿Escribirían juntos? ¿Compartirían sus avances e ideas? ¿Tendrían piques entre ellos? ¿O por el contrario existía una rivalidad? ¿Celos de Hornung hacia Doyle? De momento, y aunque está claro que ahí hay un buen material para una futura película, no podemos hacer más que suposiciones y adentrarnos en la literatura de ambos. Yo ya lo he hecho y el resultado podéis comprobarlo a continuación, en los siguientes párrafos. La cámara diabólica: misterio, investigación y "espíritus" en el Londres victoriano.


Nadie duda que el policíaco es uno de los géneros más apreciados por los lectores, el que más se consume, de los más amados, el que más adeptos tiene, el que más engancha. Cuando sale a la venta una nueva novela de este tipo, ésta suele convertirse, en la mayoría de los casos, automáticamente en un best seller mundial. Además de lo nombrado, el policíaco es el rey de las continuaciones. Pocos son los libros adscritos a este género que no se hayan convertido en una saga, o que al menos, no hayan disfrutado de una segunda parte, una segunda parte que no consigue estar a la altura del libro que dio comienzo el fenómeno. Sin embargo, y tras haber sido testigos de varias modas literarias al respecto (la nórdica, la francesa, la americana y hasta la española), parece que ha llegado el momento que muchos lectores de buena novela negra (y recalco lo de buena) estábamos esperando. No ha sido de golpe, como sucede habitualmente, sino que de forma sigilosa los lectores hemos empezado a ver como las editoriales y las propias librerías colocaban frente a nuestras narices a las madres y a los padres del género policial. Nuevas ediciones de Agatha Christie se alzaban majestuosas en los escaparates, las portadas de las aventuras de Sherlock Holmes atraían todas las miradas, y por si fuera poco, entre tanto nombre conocido, aparecieron novelas cuyas autoras u autores desconocíamos entre el público de este país. En pocas palabras, la novela policíaca inglesa, la más famosa y clásica de la literatura, estaba de vuelta y con grandes sorpresas bajo el brazo. Con esto no quiero decir que las novelas policíacas que se publican actualmente sean todas un bodrio, faltaría más, de hecho, podría citaros algunas impresionantes y que hace un tiempo reseñé en este mismo espacio. No obstante, pienso que, aunque sea de vez en cuando, debemos mirar hacia atrás, redescubrir el género, ir a sus orígenes. Todo eso para entender el contexto en el que surgieron las primeras obras y algo sobre la vida de quienes las escribieron. Para empezar Athur Conan Doyle es una buena opción, aunque personalmente me atrevería, y lo digo por experiencia, con alguna autora o autor que no estuviera tan bien colocado en el olimpo de los grandes. A veces resulta más interesante si cabe, pues no te enfrentas a él con la misma intención que si lo hicieras con los Diez negritos de Agatha Christie por ejemplo. Eso mismo busqué cuando, por casualidad, me topé con La cámara diabólica. Andaba bastante saturada de novela policíaca actual, y necesitaba desesperadamente sumergirme en un clásico del génro, a ser posible del XIX y de cuya escritora/or nada supiese. Fue entonces cuando una reseña en el fantástico blog Las Inquilinas de Netherfield me descubrió a E.W Hornung y su interesante novela. Su trama (de misterio con aparentes toques de humor), los elementos fantasmagóricos  y por supuesto, el hecho de que fuese pariente de Arthur Conan Doyle consiguieron que sucumbiese y acabase con un ejemplar entre mis manos. ¿El resultado? Mejor de lo que esperaba a pesar de su tedioso inicio.  


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La cámara diabólica presenta una lectura ligeramente desigual a lo largo de las dos partes (al menos a mi juicio) que componen la novela. Que el principio de un libro, sea cual sea el género literario, genere pesadez y una sensación de aburrimiento en el lector es lo peor que puede pasar. Esto sucede en la novela de Hornung, justo en el momento clave, en el que se debe presentar a los personajes principales y en el que se debe situar la trama. Si no llega a ser por el personaje de Pocket (cuya construcción me genera sentimientos enfrentados) la novela se habría venido abajo en las primeras diez hojas. Menos mal que el resto de personajes y la segunda parte (o trama según como queramos llamarlo) consigue levantar, afortunadamente, una historia abocada al fracaso. En resumidas cuentas, podríamos decir que La cámara diabólica va de menos a más, de un tropiezo casi suicida a una pasmosa agilidad que consigue reconducir al lector hacia un final bien resuelto y sin fisuras. A grandes rasgos, la novela de Hornung se compone de varios personajes, tan peculiares y diferentes entre si que, en otro contexto, pensaríamos que estamos ante una comedia de corte británico. En primer lugar tenemos a Pocket Upton, un fantasioso, vago, con tendencia a perder el tiempo de la forma más absurda posible y asmático estudiante que acude desde el internado donde estudia (¿Eton tal vez?) a la capital británica para ser tratado de su problema respiratorio. Siendo totalmente sincera, y a pesar de que me he reído bastante con este personaje, sobre todo en la primera parte de la novela, Pocket me resulta un personaje de lo más insoportable. Es tan ridículo, tan estúpido, con tan pocas luces que resulta totalmente inverosímil. Vale que al cabo de unas cuantas páginas deja de ser tan imbécil, aún así no me vais a hacer cambiar de opinión. Por no hurgar más en la herida, concluiremos diciendo que, y aunque es el toque humorístico de la novela, Pocket es un "imbécil concienzudo" tal y como reza el primer capítulo de la novela. Menos mal que, y para regocijo del lector, irrumpe Baumgartner, un siniestro médico alemán que acoge primero a Pocket en su casa tras el incidente en Hyde Park (porque si, Pocket se verá envuelto en un suceso en el que el sonambulismo y un disparo se entremezclan y del que Baumgartner dice ser el único testigo) para luego manipularlo y aterrorizarlo aprovechando la influenciable personalidad del joven. Sinceramente, en mi cabeza Baumgartner era una mezcla de Míster Jeckyll y Nosferatu, y aunque sea un personaje plano más, por lo menos resulta atractivo para el lector. El acierto de Hornung en este sentido viene con la construcción del detective Thrush, pero sobre todo, con la relación que éste mantiene con la familia del desaparecido, constituyendo esto último los pasajes más interesantes de la novela. En La cámara diabólica hay de todo: misterio, espiritismo, ligeros toques de terror, investigación, una ambientación de ensueño, crimen, fantasmas y hasta un interesante debate entorno a la consciencia y el sueño muy freudiano. Sin embargo, y esto no suele pasar casi nunca, la novela de Hornung tiene los mejores títulos de capítulos que he visto en mucho tiempo. Divertidos, irónicos, explícitos en algunos casos, cuya lectura puede incurrir en un serio riesgo de spoiler para el lector. Con todos estos elementos es imposible no definir a esta novela, a modo de conclusión, como un producto de su tiempo, plagada de clichés que, aunque a mi me pareció una lectura desigual, de seguro hará las delicias de quienes no se conforman con la novela policíaca actual.


Por último, para este cuarto párrafo dedicado al debate y a la reflexión, he querido guardarme el verdadero eje de la novela, lo más importante, más allá de la trama y de sus personajes. El verdadero secreto del libro está, aunque no lo parezca, en su propio título. Cuando el lector lo lee, lo obvio es pensar que en algún momento de su lectura se topará con la susodicha "cámara diabólica". Y a partir de ahí, bienvenidas son las teorías al respecto, cada una más extraordinaria que la anterior: exorcismo, el mal, lo terrenal, ¿un cuarto de tortura de inspiración medieval tal vez? ¿O simplemente el lugar de reunión de una secta satánica o de un grupo de aristócratas aficionados a las sesiones de espiritismo? Siento defraudar a quien haya pensado en cualquiera de esas posibilidades, pues, erramos al creer que se refiere a algo tan simple como un cuarto y las acciones, de tinte diabólico claro, que en él se producen. La cámara diabólica, queridas y queridos, a la que se hace alusión en la novela es una cámara fotográfica. ¡Como lo oís! Resulta que hace alusión a una cámara, cuyo nombre técnico es estereoscópica, cuyo efecto es similar, a muchos años luz por supuesto, al 3D de hoy en día. Y si a eso le añadimos el hecho de que en aquella época, y no sólo en la Inglaterra victoriana, existía una especie de fascinación entorno a la muerte, el uso de este tipo de cámara resulta más perturbador si cabe. Según parece, existían personas que aseguraban poder captar, metafóricamente claro, el alma de las personas una en el momento en el que éstas fallecían. En las fotografías aparece como una especie de nube blanca saliendo del cuerpo del futuro cadáver, un efecto perturbador pero que, entre otros motivos, también se puede deber a una mala fijación del objetivo a la hora de realizar la instantánea. Sin embargo, y a pesar de que lo de la cámara diabólica responde una vez más a esa fascinación que durante el siglo XIX se dio entorno a la muerte, ¿no me digáis que no resulta interesante? Hasta marciano diría yo. Pero no os imagináis la cara que se me quedó cuando, indagando un poco en el tema, descubrí que existe una disciplina que estudia precisamente este tipo de fotografía, la llamada fotografía psíquica, un campo de investigación que ha llegado hasta nuestros días y que se extiende a ámbitos no sólo de la historia del arte, también de la psicología o la geriatría. Incluso parece ser que aún a día de hoy existen académicos que defienden este tipo de fotografía, dándole credibilidad a las teorías del XIX, asegurando que es posible captar la vida humana en el momento en el que ésta sale del cuerpo. Todo esto, la cámara diabólica y su posterior influencia en el ámbito académico, no hace sino suscitarme algunas reflexiones. La más importante, el hecho de que el ser humano teme y a la vez siente fascinación por lo inalcanzable, por lo imposible, por lo que nunca llegaremos a constatar o a dar por bueno. Y la muerte, en ese sentido, se erige como la reina en esta materia. Las personas tememos a la muerte, pero al mismo tiempo, deseamos desentrañar sus misterios. Una paradoja digna de estudio, sea cual sea el campo, y de la que es importante ser consciente, sobre todo para saber de donde venimos y a donde vamos como sociedad cada vez más conectada pero con un poso de superstición todavía difícil de solventar. La cámara diabólica: una historia de misterio, investigación, perspicacia, personajes excesivamente marcados, niebla, pesquisas policiales...Una novela victoriana más, un tapiz de las creencias, mitos y miedos de la sociedad británica del XIX.

Frases o párrafos favoritos:

(...) no hay dinero ni poder en la tierra que pueda invocar o conjurar a nuestra voluntad el espíritu de lo que en su día fue una persona."

Película/Canción: en esta ocasión y a falta de una adaptación cinematográfica o televisiva, os adjunto una pieza musical de Jenkins. Además de escucharla obsesivamente durante los días posteriores al descubrimiento, creo que es bastante idónea y capta la esencia de una novela como La cámara diabólica.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Defausta Editorial

viernes, 23 de marzo de 2018

RESEÑA: La fruta más negra.

LA FRUTA MÁS NEGRA

Título: La fruta más negra.

Autor: Wallace Thruman (Salt Lake City, 1902- Nueva York 1934), escritor, periodista y dramaturgo afroamericano, estudió periodismo en la Universidad de California antes de trasladarse a Nueva York a principios de los años veinte, atraído como tantos otros por el resplandor del Renacimiento de Harlem. Brillante, culto e irreverente, pronto se convirtió en el enfant terrible del Renacimiento. En 1926 fundó, junto a Langston Hughes, Aaron Douglas y Zora Neale Hurston, la revista Fire!!, que en su estética rompedora y sus textos vitriólicos amenazó con tumbar los pilares más conservadores de la sociedad de Harlem. En 1927 sorprendió con La fruta más negra al retratar de forma implacable los prejuicios raciales en los propios afroamericanos. Su desmedida adicción al alcohol fue minando su salud, ya se encontraba en un estado muy desmejorado cuando, en 1913, escribió la novela considerada como epitafio del Renacimiento, Infants of Spring. Murió de tuberculosis en 1934. Tenía 32 años. (Fuente: Defausta).


Editorial: Defausta.

Idioma: inglés.

Traductor: Susana Prieto Mori.

Sinopsis: Emma Lou Morgan, una joven negra de piel oscura, nacida en una familia de afroamericanos de piel clara, sufre la discriminación de su entorno a causa de su color de piel. En busca de un lugar donde pueda sentirse acogida e integrada, decide acudir a la Universidad de los Angeles, donde se encuentra con la misma situación de exclusión social. Hastiada, abandona sus estudios y se traslada a Harlem, Nueva York, donde lucha por encontrar un lugar en el mundo se recrudece. (Fuente: Defausta).

Su lectura me ha parecido: dura, controvertida, amena, valiente, ágil, rompedora en su momento, vigente 91 años después, toda una sorpresa...La historia de la humanidad, como todas y todos sabemos, se ha definido por las acciones de una serie de personajes importantes. Reinas/es, revolucionarias/os, científicas/os, escritoras/es, políticas/os, guerreras/os, pintoras/es...Todos y cada de uno de ellos, desde sus respectivos ámbitos, han pasado a la historia de forma inmediata. Sin embargo, en el transcurso de la misma y en el firmamento de los acontecimientos, una serie de estrellas fugaces atraviesan el cielo hasta desaparecer en la inmensa oscuridad. Su paso es efímero, rápido, pero su recuerdo permanece en nuestra memoria. Este símil se le podría aplicar a ciertos personajes de la historia, que, a pesar de haber fallecido a una edad demasiado temprana, su aportación a la historia política, económica, social y cultural sigue recordándose a día de hoy. Una de esas personalidades fugaces en el terreno de lo exclusivamente artístico-cultural, y con permiso del club de los 27, es Wolfrang Amadeus Mozart. Niño prodigio casi desde la cuna y autor de las óperas y piezas más recordadas de la música clásica. ¿Quién no ha tarareado la sinfonía número 40? ¿Quién no se estremece ante las primeras notas del Réquiem? ¿Quién no ha intentado cantar en la ducha la aria de La Flauta Mágica sin dejarse la voz y la dignidad por el camino? Tuvo la mala suerte de morir demasiado joven, a los 35 años, y en su época prácticamente olvidado por todos. Sin embargo, su aportación a la historia de la música es especial, por lo que a día de hoy se le homenajea, respeta y estudia. Con tres años menos, a los 32, falleció el autor del libro que hoy tengo el placer de reseñar. Otra estrella fugaz de la que nunca sabremos qué más podría haber escrito si las consecuencias de sus excesos con la bebida no nos hubiesen privado de su talento. La fruta más negra: en busca de un lugar en el mundo, en busca de un refugio contra el racismo.


La historia de como La fruta más negra llegó a mis manos es bien sencilla, pero en esta ocasión, como en tantas otras, es necesario comenzar por el verdadero principio. No es la primera vez que en este espacio reseño un libro de este tipo, concerniente a los problemas de la segregación racial en Estados Unidos, y por consiguiente, no es el primer libro que me leo sobre el tema. Este interés y acercamiento a la literatura afroamericana tiene su origen, si mal no recuerdo, en unas clases de la maravillosa asignatura Historia de los Estados Unidos. Como en toda clase de historia que se precie, no había día en el que no nos adentrásemos en algunos textos, en documentos de importancia histórica que en última instancia sirven para contextualizar y para que los conocimientos de la teoría quedasen más asentados y se comprendiesen mejor. Uno de aquellos primeros textos fue, contra todo pronóstico, un texto literario, se trataba en concreto de un fragmento de La cabaña del Tío Tom, escrito por Harriet Beecher Stowe y publicado en 1852. Un libro en el que se aborda el tema de la esclavitud desde una actitud crítica y contraria a la misma, destacando su carácter inmoral y la maldad que puede suscitar en quienes la defienden. Un texto que, por circunstancias que ya comenté en su momento, no escogí para el trabajo final de la asignatura. La mística de la feminidad de Betty Friedan pudo entonces con la segregación racial de mediados de siglo XIX. Sin embargo, a lo largo de los siguientes años, fueron varios los libros de estas características, aunque esta vez si escritos por autores afroamericanos, los que pasaron por mis manos. Los más memorables: Doce años de esclavitud y Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. El primero, de Solomon Northup, me acercó al tema desde la autobiografía y el segundo, de Maya Angelou, me hizo apreciar el tema de la segregación racial desde una perfectiva de género. Por lo que había, en ese sentido, cubierto dos campos muy importantes para aproximarse a un tema concreto. Pero entonces, y de manera inesperada, apareció ante mis ojos La fruta más negra, libro del que jamás había oído hablar y cuyo autor desconocía por completo. Una vez supe quién era el escritor, su biografía, la época en la que se publica la novela, pero sobre todo, su sinopsis, no me lo pensé dos veces. Necesitaba descubrir que era aquello del Renacimiento del Harlem y como todo ese movimiento, tan famoso en lo musical, se trasladaba al terreno novelístico. En cuanto lo tuve en mis manos lo degusté, despacio, al son de lo que su lectura, conduciendo a un resultado de lo más satisfactorio aunque con matices.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La fruta más negra presenta una lectura rápida, ágil y veloz me atrevería a decir. A medida que devoras un capítulo tras otro, el lector tiene la sensación de que este libro no se corresponde con la época en la que fue escrito, finales de los años 20 del pasado siglo, sino con la fast literature tan típica de los tiempos que corren. En momentos en los que no te apetece pensar y si lo que pretendes es despejar la mente, La fruta más negra puede ser la solución. Sin embargo, no nos engañemos. Esa rapidez en cuanto a ritmo se complementa con dos factores fundamentales que elevan el estatus de la novela: la construcción de la protagonista y el ambiente espacio-temporal en el que se desarrolla la trama. El primero de ellos, concerniente a la presentación y descripción de la protagonista, es una absoluta pasada. Emma Lou, así se llama nuestra heroína, natural de Idaho, sufre en sus propio entorno la doble discriminación: la de ser mujer y la de ser negra oscura en una familia de negros de piel clara. Una adolescente que, vistas las pocas expectativas de futuro que le ofrece Idaho, decide emprender un viaje en busca de un lugar en el que no se le discrimine por su color de piel y su sexo. Pero la búsqueda se complica y su periplo la llevará primero a la Universidad en California y posteriormente al barrio de Harlem en Nueva York, lugar en el que esa misión parece estancarse y tornarse más difícil a pesar de estar inmersa en un autentico movimiento cultural como fue el Renacimiento del Harlem. Ese deseo de sentirse acogida e integrada le empujará de la inocencia adolescente a una madurez casi desesperanzadora, por tanto, nos encontramos, una vez más, ante una novela de viaje. Un viaje interno y que vertebra por completo la novela. Esto, unido a la empatía que desprende el personaje de Emma Lou, capaz de traspasar el papel, son elementos más que suficientes para que una novela de este estilo funcione. A esa abrumadora presencia de una protagonista bien construida y empática, se añade, en segundo lugar, los diferentes escenarios en los que se desarrolla la novela, siendo el barrio de Harlem, Nueva York, el más icónico y mejor tratado de todos. Es obvio, si nos vamos a la biografía de Wallace Thurman, podremos comprobar que sabía de lo que hablaba y constatar que el Renacimiento del Harlem es trascendental en su breve producción literaria. Aquel renacer del arte negro en la comunidad de afroamericanos residentes en el neoyorkino barrio de Harlem durante los años 20 ayudó a que una serie de músicos, pintores y novelistas viviesen su particular edad de oro. Thurman fue, como muchos otros/as, partícipe de todo aquel movimiento cultural, pero a su vez, también supo captar las debilidades del mismo. Pues, al igual que le sucede a la protagonista, en medio de aquel ambiente de fiesta, jazz y literatura, no consigue sentirse plenamente integrada al existir la doble discriminación de la que antes hemos hablado. La fruta más madura, por tanto, se anticipa a lo que Maya Angelou denunciaba en Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, retratando a la sociedad afroamericana plagada de prejuicios hacia sus propios miembros. Desmitificando de este modo, esa cohesión social tan fuerte que tantas veces hemos visto en las películas. Además de abordar una cuestión clave: el de que las mujeres afroamericanas también eran discriminadas por su sexo. Por último, si algo no queda del todo bien desarrollado en La fruta más negra son los personajes secundarios con los que Emma Lou se encuentra a lo largo del libro, abundantes en cuanto a numero pero carentes de complejidad, por lo que pasan sin pena ni gloria por la novela, sin poder competir con la excepcional construcción física y psicológica de la joven de Idaho.


Adentrándonos en territorio puramente reflexivo, en esta ocasión me gustaría dirigir el tema de debate y discusión hacia un territorio algo polémico pero de necesaria meditación por parte de todos. No hay duda que el Renacimiento del Harlem es uno de los temas centrales de La fruta más negra, un movimiento cultural que se desarrolló durante las primeras décadas del siglo XX y que contribuyó, no sólo a la difusión del arte en todas sus expresiones realizado por personas de raza negra, también a cimentar en el mundo occidental reconocimiento del mismo, el cual, como todo, al final acabó cayendo en el estereotipo clásico del afroamericano tocando el saxo, cuando en realidad se realizaron muchas otras cosas más allá de la popularización del Jazz. Durante el Renacimiento del Harlem se compuso, se tocaron instrumentos, se cantó, se escribió, se inauguraron rompedoras revistas culturales, se pintó, se vendió arte, se bailó, se inauguraron míticos clubs nocturnos, se pusieron sobre la mesa los temas que preocupaban a los afroamericanos de entonces, se reflexionó sobre el papel de la comunidad en la sociedad...Una autentica revolución en definitiva, pero, como toda revolución cultural, condenada a desaparecer. Cuando hablamos de revoluciones fracasadas inevitablemente pensamos en el ejemplo de Mayo del 68, cuyo espíritu e influencia arrasó en muchos países occidentales y que acabó disipándose con el paso del tiempo. Algo parecido sucedió con la llamada Movida Madrileña, más parecida en lo cultural al Renacimiento del Harlem, que marcó la década de los 80 en España y que con el cambio de década pareció desinflarse. Sin embargo, y en contra de muchos que creen, muchas de las cosas que aportaron estas revoluciones siguen hoy en día vigentes. Sin el Mayo del 68 el 15M, las Primaveras Árabes, el movimiento ecologista, el feminismo de segunda y tercera ola,  el "No Future" del movimiento Punk, la lucha por los derechos LGBT+, el "Ocupy Wall Street" entre otros no hubiesen tenido lugar. Como tampoco el movimiento Hippie en EEUU, la Primavera de Praga, las protestas contra la matanza de Tlatelolco en México o la famosa imagen de un hombre plantándole cara a los tanques durante las protestas en la plaza de Tiananmén en 1989. Con la Movida Madrileña lo mismo. Sin ella nombres como Fernando Colomo, Pedro Almodóvar, Alaska, Fernando Trueba, Martirio, Ana Juan, Nacho y José María Cano, Vicente Molina Foix, Patricia Gadea, José María Sanz Beltrán "Loquillo", Antonio y Nacho Vega, Tino Casal, Ana Torroja o Agatha Ruiz de la Prada hoy nos sonarían a chino. Y muchos de nosotros no habríamos hecho nuestros auténticos himnos como el "A quién le importa" de Alaska y los Pegamoides, "La chica de ayer" de Nacha Pop o "Enamorado de la moda juvenil" de Radio Futura. Y por último, volviendo al Renacimiento del Harlem, sin él, Louis Amstrong no hubiese pasado a la historia como uno de los mejores trompetistas de la historia y probablemente, no se hubiesen asentado las bases del movimiento en favor de los derechos civiles que los definiría en las décadas venideras. En el terreno literario es ahora, en pleno siglo XXI, cuando las editoriales están empezando a traducir y editar los libros clave de este movimiento, entre los que La fruta más negra brilla con luz propia. Las revoluciones culturales nacen, viven intensamente y mueren demasiado pronto. Pero su espíritu, como acabamos de comprobar, sigue vigente, prendiendo la mecha de nuevas reivindicaciones, agitando las conciencias, despertando el espíritu crítico. La fruta más negra: una historia de desorientación, búsqueda, jazz, fiestas, juventud, racismo...Una novela que ha venido para quedarse.

Frases o párrafos favoritos:

"En un momento se los tragó el torbellino del jazz. Era imposible dar pasos largos. Había demasiadas piernas buscando moverse en libertad en aquella zona abarrotada. (...) No se dijeron nada el uno a la otra. Ella se fijó en que el rostro de compañero parecía animado por un éxtasis interno. "Debe ser la música", pensó Emma Lou. Luego le llegó una bocanada de su aliento cargado de licor."

Película/Canción: para homenajear mejor a lo que fue el Renacimiento del Harlem ¿qué mejor que hacerlo al son de Louis Amstrong? Personalmente creo que no hay mejor tributo que su voz y el sonido de su inseparable trompeta.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Defausta Editorial

miércoles, 11 de octubre de 2017

RESEÑA: Jurgen o la comedia de la justicia.

JURGEN O LA COMEDIA DE LA JUSTICIA

Título: Jurgen o la comedia de la justicia.

Autor: James Branch Cabell (Richmond, Virginia 1879-1958). Pertenecía a una familia bien situada en la siempre clasista sociedad sureña. Una circunstancia que le facilitó ser readmitido en la Universidad William and Mary, tras ser expulsado por tener una relación con un profesor considerada demasiado íntima por las autoridades universitarias. Tras licenciarse se dedicó a la literatura y al periodismo. Durante su vida publicó cincuenta y dos libros incluyendo novelas, relatos, poesía y recopilaciones de artículos. Su obra precursora del género fantástico, fue inmensamente popular, siendo Jurgen o la comedia de la justicia su libro más conocido. (Fuente: Defausta).

Editorial: Defausta.

Idioma: inglés.

Traductor: Susana Prieto Mori.

Sinopsis: en el antiguo reino de Poictesme, Jurgen, un prestamista en la cincuentena, sale una noche en defensa de un caballero oscuro. Como recompensa, el caballero hace desaparecer a Lisa, la exigente y parlanchina esposa de Jurgen. Obligado por su sentido del deber, Jurgen se embarca entonces en una aventura que lo llevará por una serie de reinos fantásticos en busca de su esposa. En este viaje se cruzará con toda clase de seres mitológicos, recuperará su juventud, se reencontrará con sus antiguos amores, se casará varias veces, explorará sus relaciones familiares y tratará de encontrar no solo a su esposa, sino también la justicia, la satisfacción personal y el motor de sus deseos. (Fuente: Defausta).

Su lectura me ha parecido: ágil, trepidante, satírica, tópica en cierto sentido, interesante desde el punto de vista interpretativo, con un humor socarrón...Queridos lectores y lectoras, ya es un hecho, la literatura fantástica nunca va a desaparecer. Todo lector o lectora lo sabe, y de hecho, muchos de vosotros tendréis entre vuestros predilectos a escritores o escritoras versados en estas lides. No importa los años transcurridos, ni la evolución que ha experimentado el género, ni su reciente conversión en objeto de consumo de masas, sus historias siempre acabarán importando a cualquier persona, incluso en algunos casos, como podemos comprobar en los tiempos que corren, a convertirse en una pasión que invada su vida por completo. Vivimos tiempos de cierto esplendor en este sentido. Los textos clásicos de fantasía se reeditan en espectaculares ediciones, nuevos títulos inundan las estanterías de las librerías más importantes, grupos de rol nacen al calor de estas historias míticas, hasta la televisión y el cine han logrado sacar tajada de esta fiebre por los dragones y demás animales fantásticos que parece no cesar. Y aunque existen muchos críticos de este género, tachándolo de superficial y sin calidad literaria, lo cierto es que el fantástico es uno de los géneros con más jugo del que aparenta. El truco, saber leer entre líneas e informarnos previamente de la época en la que se escribió. De esta forma, y os lo digo por experiencia, lograremos aprovechar cada página y cada novela de este tipo que pase por nuestras manos. El libro que hoy tengo el placer de presentaros pertenece a ese selecto club de clásicos del género, que a pesar de haber sido sepultado por otros títulos de mejor calidad literaria, no podemos ignorar la influencia que tuvo en futuros escritores y escritoras que contribuyeron a dar una vuelta de tuerca al género. Jurgen o la comedia de la justicia: un viaje, un atípico protagonista y mil y un seres maravillosos.


La historia de como Jurgen o la comedia de la justicia llegó a mis manos fue de lo más imprevista. Aunque deberíamos empezar nuestra narración partiendo del hecho de que no me considero una ávida lectora de novela fantástica. No es que tenga algo en contra de este tipo de libros o historias, simplemente, no me han llamado tanto la atención como otro tipo de novelas de otros géneros literarios. De hecho, cuando estaba en el colegio y ya más tarde en el instituto me consideraba una rara avis en ese sentido. Mientras mis compañeros de clase intentaban leer El Señor de los Anillos o se peleaban por el último ejemplar de Harry Potter o de Memorias de Idhún en la biblioteca, yo me entretenía con otras lecturas. Si bien es cierto que le di una oportunidad a algunos libros, la verdad es que por aquella época tuve muy claro que prefería las películas antes que los libros. La cosa no cambió con mi ingreso en la universidad, pues, las aventuras del joven mago y a la epopeya de Frodo Bolson fueron sustituidas por algo llamado Juego de Tronos, cuyas tramas plagas de sexo, violencia y dragones lograron acaparar a millones de personas primero frente a unas páginas, después frente a un ordenador y más tarde, los que podían permitírselo, delante del televisor. Este último fenómeno sigue aún en alza, y aunque le di una oportunidad al primer libro de la saga, el resultado fue el mismo, preferí mil veces, aunque con reticencias, la serie que el libro. Con el tiempo y en parte debido a esa nostalgia de la infancia y adolescencia, las películas de Harry Potter, que no los libros, acabaron por convertirse en algo importante para mi. Sin embargo, no lograba hacerme el animo y leer ya no los libros que se publicaban en esos momentos, sino los clásicos, esos de los que ha bebido gran parte de los autores de novela fantástica actual. Eso cambió hace un tiempo, cuando descubrí el terror sobrenatural de William Hope Hodgson en La casa en los confines de la tierra. A partir de ahí, y muy de vez en cuando, acabé desempolvando algunos títulos clásicos, incluso me llegué a leer El Hobbit con un sorprendente buen resultado. En el caso de Jurgen o la comedia de la justicia jamás había oído hablar de él, nunca, ni siquiera aparecía en los libros de literatura universal que tengo en casa. Sólo lo había visto, y de pasada, expuesto en los estantes de algunas librerías de mi ciudad. Cuando comencé a colaborar con Defausta recibí un paquete con dos libros, uno era La culpa de Kate Chopin, que tenía muchas ganas de leer, y el Jurgen de Branch Cabell, novedad de la editorial en aquel momento. Recuerdo que tardé mucho tiempo en hacerme el animo, no estaba muy convencida de su lectura, incluso llegué a achacarle muchos prejuicios, todos ellos infundados. Jurgen o la comedia de la justicia no era un libro que me llamase especialmente la atención en aquellos momentos. Sin embargo, cuando superé aquellos temores, descubrí un libro poco corriente y aunque no acabó por convertirse en uno de mis preferidos, si que merece toda nuestra atención en lo que respecta a algunos puntos de su trama.

En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Jurgen o la comedia de la justicia presenta una lectura rápida, ligera y tremendamente amena. Una narración en la que abundan los diálogos y descripciones las justas y necesarias. Tal vez, en lo que respecta a esto último, sea lo que más eche en falta. Las descripciones, queramos o no, en ocasiones son necesarias, y en el caso de la literatura fantástica resultan imprescindibles, sobre todo para que el lector se situé y pueda hacerse una idea del ambiente en el que nos vamos a mover. En lo referente a la historia que se narra nos topamos con una trama clásica y novedosa al mismo tiempo. Clásica al tratarse de una novela donde aparecen ciertos tópicos de la literatura fantástica, como son la inspiración medieval, la presencia de temas como el honor, el amor, el deber o el valor y la sobreabundancia de criaturas mágicas que van haciendo acto de presencia a lo largo de la historia. Si hay dos elementos que delatan esa clara influencia en las leyendas del pasado son la presencia de Merlín y la espada de Excalibur, personaje y objeto mundialmente conocidos y a los que en esta novela, Cabell parece hacerles un merecido homenaje. Por otro lado, decimos que es novedosa por una serie de cuestiones que se salen del canon habitual. Para empezar, Jurgen, el protagonista de la novela, no es el prototipo de héroe que se espera. Ni es joven, ni es fiel y por supuesto, se deja llevar en ocasiones por sus intereses. Tampoco responde al prototipo de esposa el personaje de Lisa, convirtiéndola en la no-amada. Sin embargo, lo que si apreciamos es la abrumadora presencia del deber, elemento clásico en la literatura de aventuras medievales, aunque Jurgen parece asumirlo más bien por obligación y por el peso de la tradición que por sus verdaderos sentimientos. En este sentido, Jurgen o la comedia de la justicia se trata probablemente de una ácida sátira a este género, muy cercano al estilo que mucho tiempo después hizo tan célebre al gran Terry Prachett. Parodia y ridiculez para llegar al lector menos inesperado. Seguidamente, cabe destacar el peculiar juego al que Cabell se suma a lo largo de las 334 páginas de la novela, y es que partiendo de lo sencillo y usando locos juegos de palabras, el autor trata de esconder lo complejo. De esta forma, el autor deja al lector solo ante las letras, obligándole a perderse entre los entresijos literarios para tratar de entender lo que ha querido decir en realidad. En relación con esto último, y como no podía ser de otra forma, Cabell guarda un as en la manga, que no es otro que una intensa crítica a la sociedad de su tiempo, sobre todo en cuestiones de moralidad. Tanto es así que esta novela fue llevada a juicio por la Liga de Nueva York por la Supresión del Vicio, algo que evidentemente realzó la popularidad del libro y de su protagonista en especial, convirtiéndolo en el azote y símbolo contra la tradición y la falta de libertades en cuanto a la sexualidad masculina y femenina. Por último, un pequeño apunte, pues no podemos pasar por alto las similitudes entre Jurgen y la comedia de la justicia con la Divina Comedia de Dante. Ya no sólo por su estructura en la que el protagonista pasa de un lugar a otro, también por esa búsqueda de lo más preciado. Un ascenso continuado hacia un objetivo tan idílico como posible.

Deteniéndonos unos instantes en la historia que esta novela narra, observamos como la justicia aparece de forma casi constante, acompañando cada paso de Jurgen. Incluso en el propio subtítulo aparece de forma bastante significativa, como otorgándole un peso necesario, vital para el entendimiento de lo que Cabell ha querido contarnos. En Jurgen o la comedia de la justicia, éste último término se presenta como el mayor atributo que por tradición debe poseer el héroe para lograr reponer el buen nombre o enmendar una traición, burla, violación o cualquier desacato que éste o los suyos hayan podido sufrir. Sin embargo, como ya hemos comentado, Jurgen no es un héroe al uso, por lo que a pesar de que la emplea desde un primer momento, éste no hace más que traicionarla constantemente, siendo él mismo el culpable de nuevas injusticias. En resumidas cuentas, Cabell, de forma irónica y con humor pretende hacernos ver que la virtud de la justicia idealizada puede engendrar más injustica. Pero, una vez finalizas su lectura, además de sentir cierto sosiego, una servidora por lo menos no ha podido evitar hacerse preguntas, todas ellas relacionadas con la justicia. ¿Qué entendemos por justicia? ¿Se consigue fácilmente? ¿Es igual para todos? ¿Tiene diferentes varas de medir? Según la RAE, por justicia se entiende como principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Más abajo nos topamos con una acepción que la define como conjunto de virtudes y otra como pena o castigo público. Una vez consultadas todas las definiciones, podemos confirmar que evidentemente seguimos aplicando al pie de la letra dicho significado. Por un lado la justicia como virtud favorable en una persona, algo que sin quererlo nos retrotrae a aquellos cantares de gesta, a aquellos poemas trovadorescos e incluso hasta el propio Quijote. La forma de expresarlo ha evolucionado evidentemente, pero seguimos valorando positivamente dicha forma de ser que puede en ocasiones traducirse en comportamiento. Y por otro lado, como ya observamos todos los días en los telediarios, la justicia sigue sin ser igual para todos. Ejemplos no faltan, sino que rebosan, colmando la paciencia de los que se ven perjudicados por ese lado oscuro. Es más, incluso en Jurgen o la comedia de la justicia, observamos como el proceso de búsqueda de su no-amada es lento, costoso, con muchos baches. Muy semejante al camino para lograr una verdadera justicia, lento, costoso y con muchos baches, muchos de ellos puestos a conciencia para dificultar el proceso. En fin, si algo nos enseña Jurgen o la comedia de la justicia es que la justicia puede parodiarse y ridiculizarse hasta límites insospechados. Convertirse precisamente en eso, en una comedia. Sin embargo, no podemos perder de vista que ésta, en el mundo real, es algo muy serio y que desgraciadamente, y por mucho que nos lo quieran hacer creer, ésta no es igual para todos. Jurgen o la comedia de la justicia: una historia de amor-odio, valentía, cobardía, traición, infidelidad, justica, monstruos, magos, combates, comprensión...Una novela fantástica para tiempos surrealistas.

Párrafos o frases favoritas:

"Hay una historia que se cuenta en Poictesme que dice: en los tiempos antiguos vivía un prestamista llamado Jurgen, pero su esposa lo llamaba a menudo cosas mucho peores. Era una mujer llena de vida, con poco talento para el silencio. Su nombre, dicen, era Adelais, pero la gente de ordinario la llamaba dama Lisa."

Película/Canción: a falta de una cosa y otra, os adjunto la pieza de música épica que me ha acompañado en la redacción de esta reseña.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Defausta Editorial

lunes, 3 de julio de 2017

RESEÑA: La culpa.

LA CULPA

Título: La culpa.

Autor: Kate Chopin (1850-1904), comenzó su carrera literaria tras la muerte de su marido. Escribió dos novelas y gran cantidad de relatos, además de cuentos infantiles. Su obra causó controversia por su directo tratamiento de la sexualidad y su abordaje de temas tabú para la época. Actualmente es reconocida como una autora fundamental de la literatura feminista, y su segunda novela, El despertar, se ha convertido en un clásico.

Editorial: Defausta.

Idioma: inglés.

Traductor: Susana Prieto Mori.

Sinopsis: Thérèse Lafirme se ve obligada al enviudar a ocuparse de sola de su plantación en Luisiana. Sus fuertes convicciones morales y religiosas le impiden aceptar la proposición matrimonial de David Hosmer, un hombre se negocios divorciado, pese al profundo amor que tiente por él. Un magnífico retrato de una sociedad sureña económicamente desgarrada por las tensiones raciales y el eterno conflicto entre las necesidades personales, familiares y sociales.

Su lectura me ha parecido: breve, intensa, muy avanzada para su época, clásica, interesante, controvertida...Queridos lectores y lectoras, la literatura norteamericana, a pesar de ser una de las más jóvenes, está plagada de grandes escritores. Caracterizada por la influencia anglosajona en las primeras épocas y por su capacidad de evolucionar hacia un estilo más autóctono en última instancia, ésta ha sabido estar presente entre nuestras lecturas habituales. A todos se nos viene algún nombre a la cabeza. La inolvidable poesía de Walt Whitman, las oportunas reflexiones de Henry David Thoreau, las descripciones psicológicas de Nathaniel Hawthorne, la feroz crítica de Mark Twain o la revolución en el relato que llevó a cabo el grandísimo Edgar Allan Poe. La lista es larguísima ya en el siglo XIX, a la que se añadirían autores como William Faulkner, T.S Eliot, Raymond Chandler, F. Scott Fitzgerald, Henry Miller, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Truman Capote, Paul Auster, Philip Roth o Tenesse Williams entre otros. No obstante, es más difícil que nos acordemos de ellas, pues también hubo mujeres escritoras en los Estados Unidos de América. No suelen ser sus nombres los primeros que se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en literatura estadounidense, pero lo cierto es que las había. Emily Dikinson, Edith Wharton, Gertrude Stein, Flannery O´Connor, Harper Lee, Maya Angelou o Sylvia Plath pertenecen a ese privilegiado y selecto club de las que consiguieron hacerse un importante hueco en el panorama literario y cultural de su país natal. No obstante, entre los recovecos de la historia, encontramos otros nombres de mujer que injustamente no aparecen tan asiduamente junto al sus coetáneos, como es el caso de la autora cuya novela hoy tengo el placer de reseñar. La culpa: una vuelta de tuerca a las historias de amor tradicionales.


La historia de como La culpa llegó a mis manos fue sencilla, pero es necesario empezar por el verdadero principio. Como bien sabréis, durante estos últimos años, como lectora y como persona, he tomado la decisión de ampliar mis horizontes y no acallar esa maravillosa curiosidad que desde siempre he tenido hacia los libros y la literatura. Esa inquietud, que en ocasiones me ha dado buen resultado, me ha llevado a interesarme por un cierto tipo de libros, esos que parecen nuevos ante nuestros ojos pero que en realidad no lo son, esos que llevan años e incluso siglos publicados, esos que aparecen traducidos por primera vez en mucho tiempo al castellano, esos cuyo título y autor no nos suenan de nada, esos que cuentan historias que en muchos casos son igual de buenas que las de los más insignes, esos que cuya pluma nos transportan a mundos y que nos ofrecen otras perspectivas de un mismo tema... En definitiva, los best sellers están muy bien pero, aunque sea de vez en cuando, uno necesita empaparse de esas pequeñas y desconocidas joyitas. La culpa de Kate Chopin pertenecía a esa clase de libros, lo supe nada mas leer tanto la escueta biografía de la autora como la sinopsis del libro. Además de ser uno de esos tesoros literarios que no se encuentran tan fácilmente, estaba escrito por una mujer, y si duda, fue esto último lo que me hizo desear adentrarme en sus paginas. Lo veía, cada vez que me adentraba en alguna de las librerías que pueblan mi ciudad, ahí, expuesto, humildemente, pero derrochando atractivo literario. Finalmente y gracias a Defausta, pude por fin satisfacer ese hambre lector que llevaba tantos meses dentro de mi. Tardé un tiempo en poder iniciar su lectura como tocaba, aún así, y sólo cuando mis dedos acariciaron la última página, supe que mi instinto seguía más en forma que nunca.



En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La culpa presenta una lectura entretenida, ágil y sorprendentemente amena. La verdad es que siempre es un gustazo comprobar como la literatura universal es capaz de atraer incluso al lector menos versado en estas lides. En mi caso, me alegró enormemente toparme con un libro que por un lado viene de una época apasionante de la historia de Estados Unidos y que por otro, no deja de resultar tan actual para los tiempos que corren. Seguidamente, he de confesar que, irremediablemente y espero no estar cometiendo un sacrilegio, La culpa me recordó ligeramente al universo de Lo que el viento se llevó. El mundo rural, la protagonista de fuerte carácter, las diferencias entre el campo y la ciudad, la situación de los esclavos afroamericanos, un amor apasionado, envidias feroces...Todo aquel que me conozca un poco sabrá que soy una auténtica fan de esa famosa película, si, se que es infinitamente larga y que ahora aburriría a más de uno, pero no puedo evitarlo. Me fascinan sus diálogos, la fotografía, el vestuario y la interpretación de Vivien Leigh como la famosísima Escarlata O´Hara siempre será uno de mis referentes. Como era de esperar y aunque La culpa se diferencia un poco de Lo que el viento se llevó, disfruté mucho de esta experiencia lectora, me gustó de alguna manera reencontrarme con ese mundo tan cinematográfico y literario al mismo tiempo que tanto me fascina. Eso si, en La culpa me faltó un poco de descripción del contexto histórico en el que se desarrolla la novela. Cuando me adentro de un libro, sea el que sea, me gusta observar como la acción de los personajes se ven condicionadas por la época y sus hechos históricos. Sin embargo, en La culpa, a penas se ofrecen pinceladas, si bien es cierto que enseguida intuimos que nos encontramos en plena Guerra de Secesión, pero en ningún momento se hace referencia a ella, ni parece que exista un problema racial con los sirvientes de la casa. Esto puede significar dos cosas, o bien que la autora simpatizase con la causa del sur o que, simplemente, quisiese dar más protagonismo al drama de sus personajes principales, lo que parece más probable. En relación con esto último, cabe mencionar que La culpa narra una historia de amor atípica, donde no tiene cabida el sentimentalismo tan típico de este tipo de novelas, lo cual, el lector acaba agradeciendo enormemente. Y en donde además, nos topamos con dilemas morales que para esa época eran trascendentales, como la cuestión del divorcio enfrentado a las fuertes y arraigadas creencias religiosas. No quiero desvelar mucho más en este sentido, pues, creo que lo mejor es que el lector acabe de descubrirlo por su cuenta, pero, os aseguro que la historia, desde ese prisma no tiene desperdicio. Por último, dos breves apuntes. En primer lugar, me ha sorprendido toparme con el acento, si es que se le puede llamar así, de los esclavos afroamericanos. Seguramente no sea el término más correcto, pero, sinceramente, creo que ha sido todo un acierto reflejarlo, pues enriquece fonéticamente la novela. Y en segundo lugar, una pequeña pega, el tamaño de la letra unido a la falta de espacio en el interlineado disuaden un poco su lectura. En mi caso no ha sido así, pero, quien no esté acostumbrado, puede jugar en contra del libro y de la historia que en él se narra.  


En este último párrafo, y hoy más que nunca, quiero dejar constancia de mi opinión. Antes meditaba sobre el tema a abordar en la reflexión final. Mi cabeza giraba entorno a cuestiones como el mundo del campo, la atemporalidad de esta novela o las representaciones femeninas y masculinas que Kate Chopin realiza en esta novela. Sin embargo, un artículo en prensa lo cambió todo. Hace unos días, la polémica saltaba del papel a las redes sociales, Javier Marías, conocido escritor y habitual columnista, cargó contra el feminismo moderno y criticó las alabanzas hacia la poetisa Gloria Fuertes, pues, según su opinión, no es tan buena como nos quieren hacer creer. Dejando a un lado la cuestión de Gloria Fuertes, una escritora como la copa de un pino por cierto, me gustaría a propósito de esta reseña comentar algo. Todos conocemos a autoras ilustres que han pasado a la historia: Jane Austen, Charlotte Brontë, Edith Wharton, Carmen Laforet, Rosa Chacel, Emilia Pardo Bazán...Eso está claro, pero, ¿sabemos quién fue Marian Engel? ¿Angela Carter? ¿Luisa Carnés? ¿Frances Burney? ¿Torbor Nedreaas? ¿Sofía Fédorchenko? ¿Margaret Cavendish? ¿O la propia Kate Chopin? ¿No verdad? ¿Por qué será? Javier Marías diría que porque no fueron buenas en su tiempo y se burlaría del feminismo por tratar de ponerlas en valor, yo digo que ha sido el machismo más repugnante el que ha permitido que caigan en el olvido.  Pues queridos lectores y lectoras, éstas autoras, han sido algunas de las que han irrumpido en mi vida por sorpresa gracias a esa impresionante labor que están realizando algunas de las editoriales más humildes pero enormemente comprometidas con el lector. Unas me han gustado más que otras, eso está claro, pero, no por ello, desprecio su trabajo, su labor en el campo de la literatura, sus estilos y sus temas tan oportunos para los tiempos que corren. Es más, y parece que a Marías se le ha olvidado, que muchas de las autoras que nombra, sufrieron en carne propia el machismo de su época, las dificultades para poder llegar a publicar, y como no, las barreras que les impedía estar intelectualmente a la altura de los hombres. Sin ir más lejos, en el caso de dos autoras españolas que el artículo se nombran, la una fue rechazada una tras otra sus candidaturas a ingresar en la RAE y la otra vio como su carrera literaria se truncaba por envidias de sus compañeros escritores y por un contexto de postguerra que retenía a las mujeres en el hogar. Es cierto que ahora, todas ellas reciben el respeto y la admiración de los lectores del siglo XXI, pero también hay que ser conscientes de lo mucho que ellas pelearon y el esfuerzo que editorialmente se ha hecho para situarlas en el lugar que les corresponde. Con esa perspectiva histórica y esa concienciación uno aprende a ser más abierto de mente, más analítico, más crítico y ver más allá de esos argumentos que sólo hacen que menospreciar el trabajo de las editoriales y de las autoras también. Libros como La culpa, tan bien escritos y tan modernos para su tiempo, nos deben hacer reflexionar sobre la importancia de ese rescate literario, de ese amor por los lectores, de ese compromiso con la sociedad, de ese intento por ofrecer a las futuras generaciones de mujeres modelos en los que poder reflejarse o imitar. No todo es maravilloso ni estupendo en los libros escritos por mujeres, pero, hay literatura más allá del corpus clásico, más historias, más mujeres increíbles que están deseando ser leídas, aunque en muchos casos éstas lo hagan desgraciadamente desde la tumba. La culpa: una historia de amor, ambición, campos de algodón, envidias, religión...Una novela recuperada para el gran público, un libro que llega desde el pasado para reflexionar sobre el presente.

Frases o párrafos favoritos:

"Seguía preguntándose "¿Hice lo correcto?", y debía acatar la respuesta a aquella pregunta, ya fuera con la fría satisfacción de haber cumplido esa virtud o con el imperecedero remordimiento que apuntaba a una meta en cuyas laberínticas posibilidades su alma se perdía y desvanecía."

Película/Canción: aunque todavía no existan noticias de una posible adaptación cinematográfica o televisiva, aquí os dejo la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña, evocadora y delicada.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Defausta Editorial