Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

jueves, 17 de enero de 2019

RESEÑA: Las soldadesas.

LAS SOLDADESAS

Título: Las soldadesas.

Autor: Ugo Pirro (1920-2008), nombre artístico de Ugo Mattone, nació en Battipaglia, Apulia. Es conocido sobre todo por su extraordinaria y prolífica producción como guionista cinematográfico, que le valió dos nominaciones a los Óscar (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y El jardín de los Finzi-Contini) y la fama de cineasta contestatario y políticamente comprometido gracias a películas como La clase obrera va al paraíso u Operación ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco. Su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial influyó en su temprana producción literaria, de la que forma parte Las soldadesas, su exordio como narrador. Otros títulos destacados de Pirro son Jovanca y las otras, Cinco mujeres marcadas, Frío furor y Mi hijo no sabe leer.



Editorial: Altamarea.

Idioma: italiano.

Traductor: Gerardo Mataliana Medina.

Sinopsis: Segunda Guerra Mundial, ocupación italiana de Grecia. Una misión muy peculiar rompe la alucinada monotonía de la vida militar de un joven teniente de estancia en Volos. Tendrá que ir a Atenas para recoger a un grupo de prostitutas griegas y entregarlas a las tropas italianas apostadas por diferentes puntos de la península helénica. Empieza así su viaje a través de una Grecia amiga y hostil, bella y desfigurada por la guerra y por el hambre. Un itinerario no sólo geográfico sino también interior, un periplo formativo que el joven soldado emprende niño y acaba hombre, después de haber conocido en el arco de unos pocos años el amor, la compasión, la vergüenza, el rencor y el remordimiento.

Su lectura me ha parecido: durísima, interesante, tremenda, reflexiva, sin adornos, salvaje, dolorosa, de esas que no puedes quitarte de la cabeza... Como muchos ya sabréis, uno de los temas que más de obsesionaron durante mi adolescencia fue el de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en cuanto descubrí que durante dicha contienda tuvo lugar uno de los mayores exterminios de vidas humanas, a lo que posteriormente se le conoció con el nombre de "Holocausto", no hubo quien me disuadiese durante aquel curso, a mis quince años de edad, de aprovechar cualquier oportunidad (trabajos de clase), para hablar sobre ello. Años más tarde, ya encontrándome en las aulas de la facultad de Geografía e Historia, me desencanté por completo del tema. Las causas: un profesor bastante descafeinado en sus lecciones y un hartazgo respecto a ese periodo concreto de la historia. Un hartazgo provocado, entre otras cosas, por una saturación, ya que, por si no lo sabíais, La Segunda Guerra Mundial y en concreto el Holocausto son los temas estrella que a toda o a todo interesado por la historia ha devorado, los que los alumnos (ya sean de secundaria, bachiller o universitarios) esperan con más ansia para ser abordados en clase, los que (ya sea por morbo o por verdadero interés) consiguen cambiar a las personas. Tras conocer lo sucedido durante los años que duró la contienda una ya no es la misma. Aunque con el paso del tiempo dediques tus pesquisas intelectuales a otros ámbitos, siempre acabarás regresando ahí, indirectamente incluso, pues el mundo cambió tras esa guerra, ese desembarco, esas ciudades devastadas, pero sobre todo, tras esas fotografías tomadas en Auschwitz.  Sin embargo, y a pesar de que todo parece ya contado, investigado, hablado, debatido, escuchado, verificado, fotografiado, publicado... Las y los otros protagonistas de la Segunda Guerra Mundial tienen aún mucho que decir. No me estoy refiriendo a esos grandes personajes que la historia nos ha puesto en bandeja, cuyas posaderas reposaron sobre sillas del Reichstag, la Casa Blanca o el parlamento de Westminster, sino a aquellos cuyas voces aún nos son completamente desconocidas, aquellos que, aún fallecidos, pueden arrojar luz sobre ciertos episodios de un mismo acontecimiento, distintas perspectivas de lo que todos sabemos o creemos conocer. Ejemplo de ello, como no podía ser de otra forma, es el libro que hoy tengo el placer de reseñar, cuyas páginas nos trasladan a aquellos años, a aquella mortífera guerra, pero también a un escenario (por desgracia) no tan conocido ni estudiado y a unos personajes que bien podrían haber existido. Todo ello bajo la pluma de un autor, del que hasta ese momento jamás había oído hablar, que vuelca sus experiencias como soldado en la contienda para hablarnos de la crueldad y la compasión humanas. Las soldadesas: cuando la boca del infierno se llamó Grecia.


La historia de como Las soldadesas llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sinceros, irrumpió de forma totalmente inesperada. No lo vi venir, no me lo imaginaba, ni siquiera concebía la idea de que un libro así pudiese existir. Hasta el día que la editorial Altamarea (especializada en literatura italiana) acaparó gran parte de la prensa, así como las reseñas de muchas compañeras/os de la red con esta novela, a mi la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial no me resultaba interesante. Ojo, que no digo que sea un episodio carente de contenido intelectual o indigno de estudiarse, al contrario, lo que sucedió es que, como a mucha gente, me interesó más en su momento lo más llamativo de esta contienda, que como todos bien sabréis, fue el régimen Nazi y todo lo que giraba al rededor suyo. Sé que suena muy típico, pero, ¿quién puede asistir impasible a unas clases de historia en las que se habla de una política que llevó el imperialismo y la intolerancia, en todas sus vertientes, a límites tan extremos? ¿Quién no se queda algo traumatizado cuando, por primera vez, la profesora habla de campos de concentración en los que se eliminaba sistemáticamente a seres humanos? ¿Qué mentes tan retorcidas fueron capaces de llevar a cabo todas aquellas atrocidades? La respuesta, todas y todos la sabemos. No obstante, y esto pasa en todas y cada una de las áreas de conocimiento en las que una o un estudiante puede especializarse una vez acabas la carrera de Historia, el mapa de los acontecimientos es basta, enorme y en ocasiones inabarcable. De ahí el desconocimiento del alumnado en algunos aspectos de nuestra historia, la falta de profundización en las distintas perspectivas (incluyendo la de género o la queer entre otras muchas) o el ninguneo respecto a ciertos episodios que, aún teniendo lugar en el mismo año que, por ejemplo, la toma de París por los Nazis, no son tenidos en cuenta. Los motivos, o bien la profesora/or no es experto en el tema o bien no lo considera importante para explicarlo. Esto fue lo que, simple y llanamente, sucedió ya no sólo con la figura de Benito Mussolini durante la guerra (al cual, por supuesto, abordamos al principio, cuando se instaura el fascismo en Italia, y no volvimos a saber de él hasta el final de la contienda, con sangrienta anécdota incluida), también respecto al papel que Italia desempeñó en la misma. Las menciones no sirven de nada, decir que Italia participó en la guerra y punto no vale si no profundizas, algo que por supuesto no se produjo. Esto impidió que, por ejemplo, pasase por alto la invasión de Grecia por parte de las tropas fascistas el 28 de octubre de 1940. Que, como consecuencia de ello, no supiera nada respecto, ni siquiera que la península helénica había estado sometida a las tropas del eje. Y en última instancia, que no me interesase por el tema, por falta de incentivación fundamentalmente, hasta que, como he comentado antes, leí la primera reseña de Las soldadesas de Ugo Pirro. Tras aquel primer contacto lo tuve claro, aquel libro no sólo me iba a ampliar conocimientos sino que iba a suplir una carencia académica que aquel joven profesor de Historia Contemporánea Universal no supo suplir. Pasó el tiempo y conseguí hacerme con un ejemplar gracias a Altamarea, ejemplar que por supuesto me bebí entero, sin pensar en el dolor que aquel brebaje me iba a provocar en el estómago y en el alma.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo, a modo de advertencia, que en Las soldadesas no hay lugar ni para contemplaciones ni para recreaciones excesivamente literarias. Quien espere de ella una lectura blandita, complaciente y que recurra constantemente a la autocensura; que se abstenga, o mejor, que lo lea tras haberse curtido en mil y un batallas literarias, con la crudeza que eso implica. Subestimar a Ugo Pirro, quien en este texto se revela como un narrador directo y de gran potencia visual, es un error garrafal, y más teniendo en cuenta que Las soldadesas no es más que la consecuencia de su experiencia en el frente. No debemos pasar por alto que Pirro fue combatiente en Yugoslavia, Cerdeña y por supuesto Grecia, escenario de esta novela y lugar al que regresa literariamente hablando. No es de extrañar que, tras el trauma de la contienda, decidiese canalizar sus sentimientos, vivencias y demás experiencias horrendas del frente de la mejor forma que sabe. A unos les dio por pintar, a otros por el cine, pero Pirro decidió que la escritura sería su modo de vida, a la vez que su vía de escape, su medicina, su terapia para sobrellevar una juventud truncada primero por el fascismo y luego por la guerra. ¿El resultado? Una carrera como guionista muy sólida, con un estilo extraordinariamente contestatario, reconocido internacionalmente y, en el caso de Las soldadesas, una prosa igual de comprometida y lacerante. Definir la obra de Pirro resulta complicado, sobre todo si una recuerda su crudeza, su fusión de géneros (pues bien podríamos estar hablando de una suerte de perversa road movie trasladada al papel), sus realistas y abrasivas descripciones, "ese momento" (del que algunas reseñas han hecho spoiler sin contemplación alguna) y los sentimientos a flor de piel que me provocó nada más finalizar su lectura, esa travesía, ese viaje a través de una Grecia hambrienta, destruida, arrasada por la guerra. Discernir entre lo verídico o la fantasía, de nuevo, para el lector más exigente se presenta como una laboriosa tarea. Mi opinión es que sí, que el joven protagonista es Ugo Pirro y que sí, efectivamente, desde los altos mandos fascistas en Grecia le ordenaron cumplir aquella insólita misión. Más allá de eso, lo que está claro es que, espero que intencionadamente, el autor buscó hablar de uno de los episodios más ignorados de la Segunda Guerra Mundial, al menos para el gran público, al mismo tiempo que mostrarnos una de las caras menos conocidas y por desgracia más desapercibidas de cualquier guerra, como fue el mundo de la prostitución, en concreto, durante la ocupación fascista de Grecia. Como bien apunta la sinopsis, el joven protagonista tiene que recoger a un grupo de prostatitas en la capital para luego repartirlas por los diferentes campamentos fascistas que se encontraban a lo largo de la península con el fin de "levantar la moral" a las tropas. Además de, en lo cinematográfico, recordarme constantemente a Apocalypse Now, y en lo literario, a un moderno Corazón de las tinieblas, lo que se desprende de esa historia es una amalgama de temas muy conocidos por el gran publico pero que aquí, en Las soldadesas, adquieren un matiz memorable. Esos paisajes destruidos que el protagonista recorre, ese hambre tatuado en los cuerpos de las meretrices de un burdel de Atenas, ese olor permanente a muerte, esa extraña y tierna relación con las prostitutas, las terribles razones por las que estas mujeres se vieron obligadas a ejercerla, la evolución de la relación del joven con una de las prostitutas llamada Eftijía (de la cual él el se llega a enamorar), las guerras por conseguir un pedazo de pan, las ejecuciones, los cuerpos en las cunetas, los niños famélicos, ese paso de la juventud a la madurez siempre de fondo, esa sensación de que estás leyendo una novela de iniciación o aprendizaje única,"ese momento" (tan fuerte como desgarrador)... Todo tiene su lugar en esta novela, dejando para la posteridad unas imágenes (pues Pirro era más guionista que novelista) que bien podrían hacernos temblar o incluso sollozar, pero también apuñalar nuestro estómago. Las soldadesas se ganó a pulso, y por méritos propios, estar en la lista de lo mejor que había leído en 2018. Espero que tras leer esta reseña no os acobardéis y me hagáis caso, ¿quién sabe? Es posible que esta lectura os haga pensar, reflexionar, descubrir que aún quedan muchas cosas por contar y que la guerra escuece, devora, aplasta, veja, amputa, viola; deja cicatrices imposibles de sanar.


En primer lugar, en el año 1942 se estableció el primer prostíbulo alemán en un campo de concentración, El de Mauthausen fue el primero, seguido del de Auschwitz en 1943 y el de Buchenwad en 1944. Fueron creados con el objetivo de crear un incentivo de colaboración para los prisioneros. Sin embargo, sus instalaciones fueron finalmente utilizadas por los kapos, funcionarios y criminales en su mayoría. Lejos de incentivar la productividad e los verdaderos cautivos, lo que provocó fue la proliferación de un mercado de cupones entre los altos mandos. Se calcula que al menos más de 34.140 mujeres fueron violadas en aquellos lugares y que la mayoría de ellas fueron trasladadas desde el campo de concentración Ravensbrück. Además de contraer enfermedades de transmisión sexual, lo cual las condenaba a una muerte segura, muchas de ellas fueron obligadas a someterse a esterilizaciones o abortos, los cuales en la mayoría de los casos provocaban su fallecimiento. El tema de la prostitución en los campos de concentración no aparece en los relatos de supervivientes hasta el año 1972, cuando se publicó la primera edición de Heinz Heger´s Book - traducido al español como Los hombres del triangulo rosa - un documento pionero narrado en primera persona sobre el internamiento de los homosexuales en los campos de concentración.  Hasta entonces, tema desconocido en la historiografía y para el gran público. Pero no fue hasta los años 90 del pasado siglo cuando las investigaciones de historiadoras de la talla de Christa Paul o Christa Schulz contribuyeron a desmontar el tabú de la prostitución femenina forzosa en dichos lugares. En segundo lugar, en 1981 salieron por primera vez a la luz los testimonios de mujeres como la coreana Lee Ok-seon, que con quince años fue raptada por el Ejercito Imperial para ejercer la prostitución. A pesar de su juventud, Ok-seon cuenta que tenía que acostarse con más de cincuenta soldados al día, o de lo contrario, recibían violentas palizas. Como ella, se calcula que más de 200.000 jóvenes procedentes de países como China, Corea, Filipinas y Japón fueron secuestradas y forzadas a ejercer la prostitución en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en la cual Japón tuvo un papel muy activo defendiendo a las potencias del eje en el pacífico contra los Estados Unidos. Pasado el tiempo, todavía encontramos en la sociedad nipona gente que niega su existencia, revisionistas que sostienen que las barbaridades cometidas contra las "mujeres de solaz" - como comúnmente se les suele conocer - fueron una invención para menoscabar la historia japonesa. Ya van quedando menos supervivientes de la violencia sexual, y las pocas que aún viven (algunas de ellas sobrepasan los ochenta años de edad) siguen esperando una disculpa más sincera que la que recibieron en el año 2007 por parte del gobierno de Japón, además de que las promesas de compensación (tanto social como económica) se cumplan. Y en último lugar, se ha escrito mucho sobre el Día D o la Batalla de Berlín, pero hasta hace bien poco no se ha puesto el foco en contar y sacar a la luz las historias de todas aquellas mujeres que fueron violadas por las tropas aliadas por un lado y soviéticas por el otro. En cuanto al desembarco de Normandía, se estima que unas 17.000 mujeres francesas fueron violadas por soldados norteamericanos. Y en cuanto una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial, estudios llevados a cabo por el historiador británico Anthony Beevor y el testimonio anónimo de Una mujer en Berlín arrojan luz sobre una tragedia que condenó a muchas mujeres agredidas sexualmente por las tropas soviéticas a un sangrante ostracismo. Tampoco debemos olvidar que de una violación tan terrible como la que sufrió Lynne Jones, esposa del novelista Anthony Burgess, en suelo británico y perpetrada por un grupo de soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, salió una de las novelas más escalofriantes y que el cine acabó convirtiendo en un icono: La Naranja Mecánica. Una denuncia y feroz crítica al sinsentido de la violencia, una violencia gratuita que por desgracia, en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos aprendido a normalizar. Las soldadesas de Ugo Pirro nos habla, entre otros muchos temas, de como una sociedad tan machista como la de mediados de siglo XX engendraba monstruos capaces de cometer las mayores barbaridades contra la población, en especial contra las mujeres. Pero también, y eso debe quedarnos a todas/os claro, la importancia de hablar, de escribir, de narrar. Pues si algo no se conoce, si no se menciona, si no se investiga, si permanece oculto, si nadie pone voz a los testimonios, si nadie los lleva ante las altas esferas, si nadie los da a conocer al público en... Entonces, para la sociedad, no pasó, ergo, no existió. Las soldadesas: una historia de guerra, hambre, destrucción, muerte, violaciones, prostitución forzosa, aprendizaje a golpe de realidad... La novela por la que los lectores estaremos eternamente agradecidos a Altamarea.

Frases o párrafos favoritos:

"-Eftijía, no somos enemigos... Las cosas son así... Nunca lo hemos sido... No se llega a serlo de un día para otro, no basta con una orden desde arriba para que nazca el odio en el interior. Para que crezca el odio se necesita tiempo... A veces no es suficiente ni siquiera un siglo... El amor es diferente: un chico ve a una chica y se enamora al instante... No..., no..., no hay una sola razón que justifique esta sangre..., esta hambre que os consume hasta la vergüenza... "

Película/Canción: si tuviera conocimientos sobre dirección cinematográfica y mucho dinero, estoy convencida de que llevaría esta historia a la gran pantalla. Que no os quepa la menor duda. Pero como eso no va a suceder (al menos en los próximos diez años, soy optimista a pesar de todo) os adjunto una pieza de la BSO de Zorba the Greek. Una cinta protagonizada por Anthony Quin y Alan Bates en la que la música del compositor griego Mikis Theodorakis habla por si sola. Puede que la pieza en cuestión sea demasiado alegre para lo que se narra en Las soldadesas, pero no he podido evitar recrearme en su sonido tan directo a la raíz de lo que musicalmente es Grecia para redactar la presente reseña.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea

viernes, 11 de enero de 2019

RESEÑA: La mujer singular y la ciudad.

LA MUJER SINGULAR Y LA CIUDAD

Título: La mujer singular y la ciudad.

Autora: Vivian Gornick (el Bronx, Nueva York 1935). Tras estudiar en la universidad, comenzó a escribir en el Village Voice - donde empezó a darle voz al movimiento feminista hasta convertirse en una de las voces más reconocibles de los Estados Unidos en este campo -, y, posteriormente, en medios como The New York Times o The Nation. Es autora de un buen número de ensayos, textos críticos, periodísticos y memorias, siempre desde una clara perspectiva de género, que ha sido su rasgo clave como periodista y escritora. Es autora de Apegos feroces, un éxito de crítica y público, merecedor de sendos galardones. La mujer singular y la ciudad es el segundo volumen de sus memorias, nominado al National Book Critics Cirle Award en 2015.


Editorial: Sexto Piso.

Idioma: inglés.

Traductora: Raquel Vicedo.

Sinopsis: continuación natural de Apegos feroces, en La mujer singular y la ciudad Vivian Gornick sigue mostrándose como una mujer lúcida, sensible e insobornable que, siendo la realidad como es, no acepta su lugar en el mundo. La mujer singular y la ciudad es un mapa fascinante y emotivo de los ritmos, los encuentros fortuitos y las amistades siempre cambiantes que conforman la vida en la ciudad, en este caso, de Nueva York - una ciudad, nos dice Gornick, que hace soportable su soledad -. Mientras pasea por las calles de Manhattan, de nuevo en compañía de su madre o sola, Gornick observa lo que ocurre a su alrededor, interactúa con extraños, busca su propio reflejo en los ojos de un desconocido. Y se reconoce en su amistad de más de veinte años con Leonard - un hombre que vive su propia felicidad con sofisticación y que la ha ayudado "a comprender la misteriosa naturaleza de las relaciones humanas más que ninguna otra relación íntima que haya tenido" -, pues ambos comparten la necesidad de encontrar un agravio que combatir.

Su lectura me ha parecido: sencilla, pulcra, tremendamente urbana, autobiográfica, reflexiva, honesta, singular (haciendo honor a su título), sin llegar a eclipsar a su anterior volumen... Queridas lectoras y lectores, hoy me siento especialmente nostálgica. Al reencontrarme con el presente libro no he podido evitar revivir una sensación que experimenté hace unos meses. Es más, creo que en más de una ocasión me he referido a este episodio reciente de mi biografía para introducir la reseña de sendos textos que a lo largo de todo este tiempo han pasado por mis manos. Pero me da igual, me apetece volver a él, al momento en el que fui consciente de como una ciudad puede devorarte en cuestión de segundos. Como muchos ya sabréis, hace unos meses regresé a Londres para visitar a mi hermano, que por aquel entonces estudiaba allí y se alojaba en Isleworth (un barrio más de los muchos que componen el conocido como Gran Londres, situado a las afueras de dicha ciudad). Y como era obvio, además de pasear por los parques (algunos de ellos enormes) que ofrecía aquella tranquila zona y respirar la pureza de su aire, también quise volver a la gran urbe, esa que tantas veces había visto en el cine, esa que el año anterior visité por vez primera, esa que me dejó impresionada, esa que todavía guardaba rincones por descubrir. Los que me conocen saben que no hay nada que más me guste que viajar, algo que por desgracia no suelo hacer muy a menudo (poderoso caballero es Don Dinero). Pero las pocas veces que he salido al extranjero (las cuales puedo contar con los dedos de una sola mano) las he vivido intensamente, tanto que de regreso al dulce hogar sólo tengo ganas de hablar lo justo y necesario, tirarme en la cama y dormir. Por eso, lo que sucedió durante aquella segunda visita a la capital inglesa no sólo me llenó de nuevas experiencias, sino que también provocó una importante reflexión, la de darme cuenta de que existen ciudades, ciudades más grandes y Londres. Sus incontables barrios, ese Támesis tan imponente, los monumentos (a lo grande por supuesto), las largas distancias que hay que recorrer (incluso en transporte público), ese halo tan icónico, esos descensos a los infiernos cada vez que cogíamos el metro... Esa sensación de sentirte una hormiga entre tanta espectacularidad. En el momento en el que me encontré ante uno de los rascacielos de la City, el cual había engullido en protagonismo a una iglesia del XIX que aún se conservaba intacta desde entonces (porque sí, a pesar de todo, la huella de la era victoriana sigue presente en cada calle), me sentí pequeña, superada, incapaz de entender por qué pensaba de esa forma. Al toparme, tiempo después, con la lectura que hoy tengo el placer de reseñar, regresé a aquel recuerdo. Si Londres me había hecho sentir pequeña, no me quiero imaginar lo que tiene que ser adentrarse en las calles de Nueva York, en donde los edificios conquistan, literalmente, el cielo. De eso y de mucho más nos habla de Vivian Gornick en La mujer singular y la ciudad: conversaciones sobre la amistad, el feminismo moderno y la geografía urbana.


La historia de como la nueva novela de Vivian Gornick llegó a mis manos, obviamente, no hubiese tenido lugar sin precisamente la existencia de Gornick. Antes de ella, muchas de mis lecturas eran ensayos feministas puros y duros, y aunque había hueco para alguna novela escrita con las gafas moradas, y a pesar de que conseguían en su mayoría entusiasmarme, cuando llegó Gornick a mi biblioteca y a mi vida, necesité con urgencia seguir leyendo más textos suyos. Si no habéis leído Apegos feroces, queridas y queridos, ya estáis tardando. Fue una de mis mejores lecturas del pasado 2018, coincidiendo con muchos lectores que no dudaron en situar a esta lectura entre sus favoritos del año que estábamos dejando atrás. Y por si fuera poco, para ratificar toda esta marea Gornick, dicho título acabó ganando, en España, premios tan prestigiosos como el del Gremio de Libreros de Madrid del 2017 y el reconocimiento de muchos medios de comunicación como La Vanguardia en su conocido suplemento cultural (Cultura(s)). Desde entonces, cada vez que pisa nuestro país, la última para presentar precisamente el libro que hoy reseñamos, todas las lectoras y lectores le hacemos la ola. Apegos feroces, como ya comenté en su momento, llegó a mis manos de la forma más inesperada pero sin duda, empujada por esa amalgama de títulos feministas que (por convicción en unos casos o interés comercial por desgracia en otros) las editoriales ofrecieron al lector durante los dos últimos años. Desde que puse punto y final a su lectura esperé con impaciencia la irrupción de otro título de Gornick, en el que nos introdujese, como ya hiciese con maestría en Apegos feroces, en las relaciones familiares desde una perspectiva de género y en la que volviese a aparecer la madre de la autora (tan irritante como fascinante). Sólo pedía eso, no era mucho, hasta me llegaba a contentar con una suerte de spin off (tan habituales en el cine) pero en el fondo ansiaba una segunda parte de Apegos feroces. Mis peticiones parecieron ser escuchadas por las y los responsables de Sexto Piso, y digo parece porque el pasado 2018 decidieron traducir y publicar en España La mujer singular y la ciudad, la cual publicitaron bajo la premisa de que se trataba de la continuación natural de Apegos feroces. El subidón que me dio el día que conocí la noticia no fue normal. Pasó un tiempo antes de que, por fin, el nuevo libro de Vivian Gornick reposase sobre mis manos. Finalmente llegó, con una pequeña raja en la portada por culpa de un cartero que quiso meter en un buzón tan pequeño un libro tan grande, pero llegó, y eso era lo importante. Tras su ansiada lectura, la cual no me llevó demasiado tiempo, saqué varias conclusiones: la primera, que aún seguía enfadada con el cartero, y la segunda, que no igualaba o superaba ni por asomo a Apegos feroces, lo cual me decepcionó ligeramente.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha voy a seros sincera. Quien espere en La mujer singular y la ciudad un libro parecido a Apegos feroces que deseche rápidamente esa idea de la cabeza. ¿Pero puede, tal y como afirma Sexto Piso, constituir una suerte de segunda parte? Sí y no al mismo tiempo. Por un lado, en lo que a estilo se refiere, si que podríamos hablar de una especie de continuidad al respecto. Gornick no se despega de las características que hicieron de Apegos feroces un gran libro. La honestidad vuelve a aparecer, al igual que la sencillez (lo cual en ocasiones se agradece, pues a veces lo más simple puede convertirse en lo mejor de cualquier narración) y por supuesto esas ganas de contar las cosas sin pelos en la lengua, sin necesidad de ir dando rodeos, justo lo he hace de Gornick una escritora atrayente para cualquier tipo de lector. Sin embargo, no podemos hablar al 100% de una continuación ya que, por desgracia o por fortuna según como se mire, la intención de la autora en La mujer singular y la ciudad es hablar de otros temas, algunos ya mencionados en Apegos feroces, otros totalmente nuevos, pero con la profundidad que merecen. Volvemos a reencontrarnos con Vivian (pues cabe recordar que nos encontramos ante una especie de autobiografía que oscila entre la novela y el ensayo al mismo tiempo) y por supuesto con su madre (a la que muchos ya echábamos de menos). Pero desgraciadamente, el protagonismo no recae en ellas, en sus vidas, en sus pensamientos, en sus constantes viajes al pasado o en sus guerras dialécticas entre madre e hija que se aman y no se soportan (las relaciones filiales son un autentico misterio); sino en lo que sucede a su alrededor. A las personas que acuden raudas al trabajo, las que comparten asiento en el metro, a las que la pobreza ha condenado a pedir limosna en unas mastodónticas avenidas, la complejidad arquitectónica de los rascacielos de Manhattan, la evolución de barrios como Brooklin o el Bronx, la desgarradora sensación de ser devorado por placas de hormigón, la fiebre consumista, los teatros, las cafeterías, los parques, el río Hudson, el recuerdo de las Torres Gemelas... En definitiva, el antes y el después de una mega ciudad como Nueva York. Esto, como me sucedió al principio de su lectura, me generó sentimientos encontrados. Por un lado reconocía su espíritu y algunos de sus personajes que tanto me habían entusiasmado, pero por otro, sus continuas divagaciones me hicieron pensar que aquello no era lo que me esperaba. La frustración estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, lo positivo fue encontrarme con que dichas reflexiones que la autora propone son realmente interesantes. De hecho, es esto lo que salva a la novela de quedarse en una especie de "segunda parte fallida". Entre todos los temas que se abordan en esta novela existen ciertas constantes, a pesar de todo, que se mantienen a lo largo del relato (verídico para más inri). La primera, la amistad de más de veinte años de la autora con Leonard, para mi el otro gran protagonista del libro, la cual transcurre por un camino plagado de altibajos y en donde la ironía y el humor acido son constantes en sus conversaciones mientras pasean por las calles de la Gran Manzana. Constancia sería la palabra con la que definiría su relación, acompañada de otras como confianza, respeto y admiración. En segundo lugar, como no podía ser de otra forma, el feminismo, tan patente a lo largo de su existencia (ya lo dejó muy claro en Apegos feroces) y que impregna cada ámbito profesional, personal o intelectual que emprende. Perteneciente a la generación que impulsó la segunda ola feminista, Gornick es activista, un altavoz, consciente su condición de mujer singular - como tantas y tantas compañeras - y de un discurso que aboga por su independencia, por la construcción de una autoestima con fuertes y robustos pilares. Tal vez por eso, en España, su literatura ha tenido tanto éxito. Tal vez necesitemos reinterpretar la sociedad en la que nos ha tocado vivir para reforzar un empoderamiento propio. Discursos que hoy, más que nunca, son totalmente necesarios. A modo de recapitulación concluiremos diciendo que La mujer singular y la ciudad no es un hibrido entre autobiografía y ensayo que, aunque mantiene el espíritu de su obra cumbre, entabla un diálogo con el lector sobre otros importantes y oportunos temas.


A finales del siglo XIX, el escritor inglés George Gissing publicó The Odd Women, que traducida al español vendría a significar "la mujer singular". En él, Gissing aborda temas como el papel de la mujer en la sociedad, la doble moral respecto a los géneros, así como el movimiento feminista de la época. Para Vivian Gornick, una de las conclusiones que extrae de dicha lectura, y ya de paso lo que despierta una de las mejores reflexiones del libro, es el "hallazgo", por decirlo de alguna manera, del término "singular". Si para Gissing "singular" significa "mujeres sin pareja", de ahí su peculiaridad, para Gornick, retorciendo magistralmente, como sólo ella sabe hacerlo, lo asume para hablar de algo tan importante como la lucha feminista, sosteniendo la tesis de que cada cincuenta años, desde la época de la Revolución Francesa, surge una generación de mujeres "nuevas", "libres"; singulares al fin y al cabo. Un término, el de "singular", que en última instancia engloba muchas características asociadas a esa individualidad femenina en tiempos donde ésta era vista como una rareza, un escandalo, un atrevimiento, un acto de valentía. Si rememoramos el título del presente libro, comprobamos como "singular", con toda su carga de significado, acaba emparejado a otro término igual de complejo, como es el de "ciudad". ¿Todo en orden entonces? Evidentemente no. La pregunta que, tras leer esta última obra de Gornick me rondó durante días en la cabeza fue el por qué de ese título, pero sobre todo, por qué ese "y" en medio de "mujer singular" y "ciudad". Tras recuperar unos apuntes de una conferencia a la que asistí en unas jornadas para historiadoras/es en Santander me di cuenta de que el título estaba bien planteado, por no decir que era el más adecuado, por desgracia, para reflejar una realidad, la de que la mujer y la ciudad han sido a lo largo de la historia mundos totalmente opuestos. Si la ciudad implica trabajo, ajetreo, tráfico, actividad política, comercial, empresarial, relaciones sociales, acontecimientos culturales de primer orden, lugar donde se producen acontecimientos trascendentes (a pequeña y a gran escala) y en el que acoge las expresiones, opiniones y manifestaciones de sus habitantes; la mujer, para el patriarcado, siempre ha sido sinónimo de hogar, de recogimiento, de esfera privada, de contención. Por eso cuando cada cincuenta años, según la teoría de Vivian Gornick, una mujer se despoja de sus obligaciones patriarcales y pone un pie en la calle con la intención de adentrarse en sus calles, supone una autentica revolución. La ciudad es un lugar de oportunidades, pero al mismo tiempo uno de los más hostiles, en especial para las mujeres, donde en un primer momento no encontraban su sitio o bien fuera el hogar o bien lejos de aquellos espacios ideados por los hombres y exclusivamente femeninos. Además, en una ciudad como Nueva York (sobre todo a principios de siglo XX) para una mujer que soñaba con alcanzar la cima de sus aspiraciones profesionales era todo un reto. Las ciudades, desde la primera hasta la última, siempre fueron territorio de los hombres, hasta el punto de exaltar su hombría en cada esquina (¿soy la única que piensa que los rascacielos de la Gran Manzana son una metáfora perfecta de virilidad y poder patriarcal?). De ahí ese "y" en el título de este libro, que no sólo demuestra una gran habilidad de su autora a la hora de hacernos reflexionar con lo más inesperado, sino que además evidencia que "mujer" y "ciudad" son dos términos todavía en conflicto, que no terminan de cuajar. Recordemos, para Vivian Gornick la "mujer singular" no está dispuesta a acatar las leyes del patriarcado. Por tanto, ¿hay hueco para ellas en la ciudad? ¿Siguen siendo las metrópolis, en la actualidad, lugares hostiles y de rechazo para las mujeres? Y si así fuera, ¿cómo podemos contribuir a que esto no suceda? La mujer singular y la ciudad: una historia de verdadera amistad, feminismo, reflexión, construcción, periodismo, asfalto, semáforos en ámbar... Un homenaje a Nueva York desde una mirada violeta.

Frases o párrafos favoritos:

"Hay dos tipos de amistades: aquellas en las que las personas se animan mutuamente y aquellas en las que las personas deben estar animadas para estar juntas. En la primera categoría, uno hace hueco para verse; en la segunda, uno busca un hueco en la agenda."

Película/Canción: aunque sería interesante ver materializado en lenguaje audiovisual la retórica y los personajes reales que protagonizan el día a día de Vivian Gornick, parece ser que no hay guionista lo suficientemente valiente como para llevarlo a cabo. Mientras espero a que ese deseo se haga realidad, os adjunto una canción sobre la ciudad de Nueva York. Que se aparte Frank Sinatra o Alicia Keys, Mecano y su "No hay marcha en Nueva York" puede alegrarte el día. Ojo, la canción es tan pegadiza y las rimas tan simples que luego no me culpes de estar tarareándola mientras te duchas, andas por la calle o en pleno atasco. ¡Quedáis todos avisados!


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

lunes, 7 de enero de 2019

RESEÑA: Fariña.

FARIÑA

Título: Fariña.

Autor: Nacho Carretero (A Coruña, 1981). Empezó en redacciones y después huyó para ser freelance. Ha publicado en todo medio escrito que se le ponía a tiro, desde Jot Down al XL Semanal pasando por Gatopardo o El Mundo. Escribió sobre el genocidio de Ruanda, sobre el ébola en África, sobre Siria, sobre su tía Chus y hasta sobre su amado Deportivo de La Coruña. Actualmente es reportero en El País.  Contar la historia del narcotráfico gallego era un sueño periodístico enquistado en su cerebro desde que era un neno. 


Editorial: Libros del KO.

Idioma: español.

Sinopsis: nunca Galicia comercializó un producto con tanto éxito. Aunque ahora parezca una pesadilla lejana, en los años 90 el 80 por ciento de la cocaína desembarcaba en Europa por las costas gallegas. Aparte de su privilegiada posición geográfica, Galicia disponía de todos los ingredientes necesarios para convertirse en una «nueva Sicilia»: atraso económico, una centenaria tradición de contrabando por tierra, mar y ría, y un clima de admiración y tolerancia hacia una cultura delictiva heredada de la época de los «inofensivos» y «benefactores» capos del tabaco. Los clanes, poderosos y herméticos, crecieron en un clima de impunidad afianzada gracias a la desidia (cuando no complicidad) de la clase política y de las fuerzas de seguridad. A través de testimonios directos de capos, pilotos de planeadoras, arrepentidos, jueces, policías, periodistas y madres de toxicómanos, Nacho Carretero retrata con minuciosidad un paisaje criminal con frecuencia infravalorado. En el imaginario popular, ese costumbrismo kitsch de capos con zuecos y relojes de oro ha oscurecido el potencial destructivo de un fenómeno que arrasó el tejido social, económico y político de Galicia. Fariña incluye, además, un repaso inédito por los clanes que siguen operando hoy en día. Porque en contra de la creencia mediática y popular —tal y como demuestra este libro—, el narcotráfico sigue vivo en Galicia.

Su lectura me ha parecido: apasionante, reveladora, trepidante, bien construida, sorprendente, cuyo final deja un poso de impotencia, irónicamente adictiva... Lo siento. Así de claro lo digo, siento haber creado tantas expectativas a lo largo de las últimas semanas de 2018, pero el trabajo de la crítica literaria tiene sus riesgos, como que tu opinión discierna del resto, como que ésta no sea del agrado de la autora/or, como que dediques más espacio a una serie de libros en concreto y recibir críticas por ello o que no llegues a tiempo para redactar la reseña del libro del año; que es justo lo que sucedió. La vida, como suele decirse, ha conseguido que mire el lado bueno de cada tropiezo. Y pensándolo detenidamente, he llegado la conclusión de que no hemos cambiado mucho de un tiempo a esta parte, algo que, por otro lado, hace de este día el momento más idóneo para la publicación de la presente reseña. Hace poco decíamos adiós a un 2018 cargadito de acontecimientos históricos. Algunos, como la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil, la llegada de la ultraderecha al gobierno de Italia o la irrupción de Vox en las elecciones andaluzas, dan bastante miedito. Otros, como la exitosa moción de censura contra Mariano Rajoy, y consecuencia de ello, el inicio del mandato de Pedro Sánchez como presidente del gobierno de España, los veíamos imposibles. Y algunos de los más sonados en lo que a social se refiere, como la multitudinaria huelga de 24 horas que millones de mujeres secundaron a lo largo y ancho del mundo el día 8 de marzo, nos hacen pensar que no todo esta perdido y que todavía queda esperanza. Sin embargo, a lo largo del 2018 la actualidad nos dejó algunas perlitas que bien merecerían un punto y a parte en nuestro particular y breve resumen del año. Tan espeluznantes, tan increíbles, tan vergonzosas, tan anacrónicas... Parecen sacadas de la mente de Huxley, Orwell o Bradbury, pero no, fueron tan reales que muchos casi se cayeron de culo al conocerlas a través de los telediarios de todo el país. Noticias que, por desgracia, no nos son tan ajenas, que por coyuntura histórica conocemos perfectamente y que por desgracia padecimos durante gran parte de nuestra historia más reciente. Una de aquellas perlitas, o lo que es lo mismo, uno de aquellos atropellos a la libertad de expresión lo sufrió en sus propias carnes Nacho Carretero y el personal de la humilde y por aquel entonces poco conocida editorial Libros del KO cuando la mañana del 20 de febrero de 2018 se despertaron con la noticia de que el libro que hoy tengo el honor de reseñar había sido secuestrado, y por tanto, quedaba totalmente prohibida su impresión y comercialización de nuevos ejemplares del mismo en todo el territorio español. Lo malo: pérdidas millonarias que casi acaban con la editorial. Lo bueno: la inmediata elevación a los altares. Fariña: cuando el polvo blanco cubrió las costas, las casas y la memoria de los gallegos.


La historia de como Fariña llegó a mis manos no tiene desperdicio. Antes del escandalo en el que se vio envuelto el libro y su autor, a penas había oído hablar de él. Una breve reseña en medios de comunicación, alguna entrevista Nacho Carretero y un programa de Página Dos en el que se citó a dicho libro como ejemplo de ensayo periodístico actual. Hasta ahí todo lo que sabía de Fariña. Y hubiese seguido así de no haber sido por la decisión de una juez de Alejandra Pontana, cuya decisión de acordar el secuestro cautelar del libro de Carretero a raíz de una denuncia del ex alcalde de O Grove (Pontevedra) al autor y a la editorial por una supuesta vulneración de su derecho al honor. Una decisión totalmente desproporcionada, lamentable, injustificable y que suponía un fragrante atentado contra la libertad de expresión. A partir de ese momento, todo el mundo puso el ojo, el interés y su dinero sobre un texto cuya trayectoria había pasado casi desapercibida en el panorama editorial español. Si algo les gusta a las cadenas de televisión, en especial a las privadas, es la polémica, pero sobre todo el morbo que suscitan, que traducido al lenguaje televisivo se materializaría en una audiencia de proporciones estratosféricas. Mensajes de apoyo en redes sociales, debates entorno al tema con afines y detractores en horario de máxima audiencia, entrevistas a los protagonistas (incluyendo al demandante), librerías que no dudaron en manifestar su rechazo al secuestro colocando los volúmenes de Fariña en sus escaparates, campañas de crowfunding para ayudar económicamente a la editorial a hacer frente a la demanda, la velocidad a la que se vendieron los últimos ejemplares, los desorbitados precios que se ofrecían en Wallapop (se llegó a especular con que se habían vendido libros por valor de 500 o 1.000 euros al conocerse su prohibición), la proliferación de copias pirata de descarga gratuita en la red... Si la intención del ex alcalde de O Grove era la de que su nombre no se viese relacionado con el narcotráfico gallego, la magnitud de la noticia acabó devolviéndole una bofetada, pues el fenómeno Fariña no hizo más que crecer a partir del secuestro. Después, como bien sabréis, vino la serie que, casualidades de la vida, llevaba desde hacía tiempo guardada en un cajón de Atresmedia esperando su turno. Poco les faltó a las jefazas y jefazos del grupo audiovisual para sacarlo, quitarle el polvo y dar el visto bueno a su emisión. Y para colmo, la serie resultó ser una de las mejores del panorama televisivo español. Distinta, valiente, frenética, honesta, con un reparto 100% gallego, con unas interpretaciones que quitan el hipo (Javier Rey aún sigue recogiendo premios por su papel de Sito Miñanco) y en la que (¡oh cielos!) los espectadores escuchábamos más de dos palabras en gallego seguidas y a sus actores y actrices hablar el español con acento de su tierra. Nunca antes expresiones como "cara de cona", "parvo", "fillo de puta" o por supuesto "manda carallo" tuvieron tanta aceptación. Finalmente, en junio del pasado año se levantó el secuestro, algo que provocó, por un lado, que la editorial (sumida en una pesadilla económica y psicológica desde entonces) volviese a editarlo, y por otro, que las librerías se hinchasen a vender ejemplares a lo loco. Fue durante esa fiebre post secuestro, en la que la gente hacia acopio de dinero para adquirirlo, cuando una servidora se vio arrastrada por ella. La curiosidad me pudo, lo reconozco, pero a día de hoy no me arrepiento de haber comprado el libro de Nacho Carretero en formato digital. Aún a riesgo de que las expectativas quedasen finalmente frustradas por culpa de la publicidad que se le dio a la novela. De esta historia cabe extraer dos reflexiones. La primera, que la libertad de expresión en España está más cuestionada que nunca. Y la segunda, que lo prohibido, lo polémico o lo escandaloso atrae hasta al lector más inesperado.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Fariña presenta una lectura rápida, ágil, que parece desaparecer en manos del lector y  que consigue (tirando de ironía) "enganchar" desde la primera página. Reconozco, como he comentado al principio de esta reseña, que me sentí atraída por esta lectura tras el secuestro. De hecho, a medida que iba adentrándome en sus páginas, estaba deseando toparme con el nombre del ex alcalde de O Grove, José Alfredo Bea Gondar, finalmente el leer su nombre sobre el papel  poco me importó, pues todo lo que había leído antes de llegar a ese momento me dejó completamente impresionada. La relación entre el lector y el libro de Nacho Carretero es muy curiosa pues, a pesar de encontrarnos ante un ensayo, periodístico para ser más exactos, la sensación que su lectura transmite es la misma que la de estar sumergidos en una novela. Hasta los adjetivos que he empleado para describirla son los mismos que utilizaría ante cualquier ficción de calidad. Pero no, por desgracia, Carretero no nos está contando una historia inventada a pesar de mantener un pulso digno de aprendizaje. He ahí una de las virtudes de Fariña, por no decir la más llamativa junto con su contenido, tan revelador, tan bien abordado y documentado, tan perturbador... Antes de adentrarnos en su contenido, es importante señalar la presentación de los capítulos que componen el libro. Especial mención merecen los primeros, empleados por el autor única y exclusivamente para poner al lector en situación, en contexto y en los que se nos cuentan los orígenes del verdadero germen del narcotráfico gallego, lo que propicia los hechos que después continuaremos leyendo en  Fariña, que no es otro que la cultura del contrabando. No me esperaba toparme de buenas a primeras con un capítulo en el que Carretero se remontase tan atrás en el tiempo, a esos primeros naufragios documentados de la Edad Media hasta el siglo XIX, pasando por los que encallaron en sus costas durante la Edad Moderna. Fue interesante descubrir que los habitantes de los pueblos costeros ya hacían acopio de las mercancías de dichos barcos naufragados, en su mayoría ingleses. Y de todas aquellas historias, la de la leche condensada fue sin duda la más memorable y divertida. Tras estos breves capítulos, el autor entra de lleno en los orígenes del contrabando: el estraperlo. Comida, electrodomésticos, metales, armas, medicinas y hasta inmigrantes cruzaban la frontera hispano-lusa tanto por mar como por tierra. El estraperlo gallego vivió su máximo apogeo durante la dictadura Franquista, en especial durante los primeros años de la postguerra. La penicilina entonces se convierte en el bien más preciado. Pero no es hasta los años 50 cuando el estraperlo evoluciona al contrabando gracias a materiales como el cobre, la chatarra y en especial el tabaco, convirtiéndose con el tiempo en el producto estrella. Los contrabandistas, como bien cuenta Carretero, gozaron de gran simpatía entre la población, pues se les consideraban ejemplo de valentía. Se jugaban la vida cada vez que salían a descargar cajetillas de tabaco de las lanchas. Tanto es así que los niños los veían como referentes, hasta el punto de querer trabajar en ello de mayores. Todo este clima de aceptación, la tradición previa, la complicidad de la Guardia Civil (políticos, empresarios...) y la irrupción de una nueva y suculenta mercancía (el hachís y la cocaína)  fue el caldo de cultivo para que en Galicia viviese una de sus décadas más oscuras. A partir de ahí, el estilo se vuelve más duro, contundente, pues si en los primeros capítulos había lugar para la ironía y la chanza, a pesar de la seriedad de su texto, es en los capítulos siguientes donde de verdad el lector va a conocer la realidad del narcotráfico gallego en todo su esplendor. Desde capítulos dedicados a sus principales protagonistas (Sito Miñanco, Laureano Oubina, el clan de los Charlines con Manuel Charlín primero y su hija Pilar Charlín después a la cabeza y Vicente Otero entre otros), sus actuaciones, redes, capítulos dedicados a la narcopolítica y a la narcojusticia (los más escalofriantes de todo el libro), así como los entresijos de la investigación policial y la Operación Nécora. Aunque sin duda son especialmente emotivos e interesantes los que dedica a los grandes olvidados de toda esta historia como Carmen Avendaño, la cabeza más visible de la lucha contra el narcotráfico, y tantas y tantas personas que sufrieron sus consecuencias y exigieron justicia a los capos. Es un libro incómodo, no voy a negarlo, de hecho, sale todo el mundo, y cuando digo todo el mundo es todo el mundo, incluyendo varios presidentes de la Xunta (sí Feijoo, tú y el yate, por supuesto que sales), empresarios varios, altos mandos de la Guardia Civil e incluso un ex presidente del Gobierno (M. Rajoy, al que no dudaron en darle la patada desde su tierra por negarse a convivir con los contrabandistas). Para finalizar este apartado más crítico, me limitaré solamente a decir que, de no haber sido por el bombo mediático, es muy probable que no hubiese leído Fariña. Sin embargo, esta lectura en concreto (a pesar de no ser el primer ensayo periodístico que leo) me ha introducido en un tema, el narcotráfico, que ha despertado mi interés. Es posible que tras Fariña caigan en mis manos otros libros de un estilo parecido, como los de Roberto Saviano. De hecho, y corregirme si me equivoco, probablemente Carretero le deba mucho a Saviano, y no sólo en lo que a su trepidante estilo se refiere. No sé si Fariña pasará a la historia, lo que si sé es que se hablará mucho de este libro, para bien o para mal, durante unos cuantos años.


Este 2019 está a punto de conmemorarse un terrible aniversario, un acontecimiento con el que muchos, por desgracia, amanecimos. Una de esas noticias que nunca desearías escuchar, y menos en un país donde se supone que la libertad de expresión goza de buena salud, o eso es lo que creíamos. Ya se nos había olvidado el vergonzoso incidente con los titiriteros cuando de pronto la historia comenzó a repetirse, materializada en las ya conocidas "24 horas más oscuras". La mañana del 20 de febrero de 2018, el mismo día que se conoció la noticia del secuestro de Fariña, el Tribunal supremo ratificó la sentencia a tres años y medio de cárcel que previamente había impuesto la Audiencia Nacional al rapero Valtonyc. Sus delitos: el enaltecimiento del terrorismo e injurias en la corona presentes en sus versos de rap. Al caer la noche le llegó el turno a Nacho Carretero y su Fariña. Pero lejos de finalizar, la actualidad más acuciante nos tenía preparado un último acto en forma de censura artística. A la mañana siguiente, el artista Santiago Sierra era testigo de como la organización de ARCO (la exposición más importante de arte contemporáneo y abstracto de España) retiraba su obra Presos Políticos en la España Contemporánea (en la que aparecían pixelados los rostros de Oriol Junqueras, Jordi Cuixart y los de los jóvenes de Altsasu entre otros) de las paredes a instancias de IFEMA. La verdad cabrea, y a juzgar por las citadas y desproporcionadas decisiones que se tomaron al respecto, también es motivo de prohibición, ocultación... En definitiva, de censura. ¿Cómo es posible que un ensayo, una canción o una obra artística sean ofensivas? ¿No lleva la humanidad asistiendo a ataques contra la libertad de expresión desde que el mundo es mundo? ¿Por qué nos escandalizamos? ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué es lo que en los últimos años ha provocado infinidad de denuncias surrealistas que, bajo el paraguas del "delito de odio", han conseguido sentar en los tribunales a cantantes, tuiteros, actores, escritores, grupos artísticos feministas o a cofradías de fiestas patronales? Lejos de entrar en polémicas, aunque sé que acabaré pronunciándome al respecto a lo largo de este párrafo, sólo me limitaré a, en el caso de Fariña, resumirlo en una frase: que aburrido sería el mundo sin la polémica o lo que la gente cree por polémica. Ojo ante la volatilidad de interpretaciones y subjetividad que encierra dicha palabra. Lo que a uno le puede parecer polémico, otro lo puede ver como lo más normal del mundo o extraer una reflexión, pues lo polémico muchas veces suscita urgentes debates. Aunque, si volvemos a Fariña, "polémico" no es el adjetivo que mejor le definiría, sino "reveladora", pues independientemente de que te guste o no su estilo, Carretero nos revela una realidad, la de la Galicia de los años 80 y 90 del pasado siglo, la de una Galicia que a punto estuvo de ser engullida por el narcotráfico, una Galicia dividida entre los que se lucraban del negocio y los que, hartos de ver a sus hijos morir, protestaron frente a sus grandes mansiones. Una Galicia que, con el beneplácito de sus gobernantes, casi se convierte en la Sicilia del Atlántico. Una Galicia que creemos conocer pero que en realidad se aleja de su estereotipo más reproducido. Una Galicia a la que aún le quedan muchos años de desintoxicación. A veces es necesaria la irrupción de este tipo de libros (ensayos periodísticos ajenos al sensacionalismo) para conocer una realidad. Choca que lo diga alguien que siempre ha abogado por los manuales y lecturas especializadas de historia (y a la que por cierto le molesta ver como periodistas escriben libros académicos de historia), pero en esta ocasión, como en tantas otras, la crónica periodística puede ayudar a la historiadora/or a aproximarse a una realidad y sobre todo a un lenguaje, a unas costumbres y lo más importante, la mirada con la que se cuentan X hechos. A sangre fría de Thruman Capote se ha convertido en una fuente imprescindible para muchos historiadores, ¿por qué no iba a engrosar Fariña esa exclusiva lista en la que, por supuesto, no todos son bienvenidos? Por todo ello, y por el bien de todas las profesiones relacionadas con lo literario, intelectual o artístico, pido a  particulares anónimos y a asociaciones varias (cuyos nombres son de sobra conocidos) que por favor nos dejen en paz. La verdad (expresada por medio de cualquier disciplina) escuece, emociona, remueve estómagos, provoca solidaridad, empatía, asco, impotencia, ganas de cambiar las cosas... ¿De verdad nos quieren privar de todo eso? Fariña: una historia de avaricia, pobreza, complicidad, desfachatez, corrupción, muerte... La ventana a la que muchos no querrían asomarse.

Frases o párrafos favoritos:

"La joya de la corona era el cabo Finisterra, fin de la Tierra para los romanos, embarcadero de Caronte para los griegos, kilómetro cero del Camino de Santiago para los cristianos y un precioso cabo colgando al Atlántico para el visitante común. También un excelente y escarpado escenario para descargar fardos."

Película/Canción: el año pasado se estrenó la adaptación televisiva del ensayo de Nacho Carretero con las interpretaciones de Tristán Ulloa, Javier Rey, Antonio Durán "Morris", Carlos Blanco, Isabel Naveira, Tamar Novas y Marta Larralde entre otros. Con la crítica y el público en el bolsillo, no ha dejado de recibir reconocimientos y prestigiosos premios. Entre ellos, el Ondas 2018 a la mejor serie y los premios Iris 2018 a la mejor ficción, mejor actor protagonista, mejor dirección y mejor guión. Actualmente cosecha tres nominaciones a los Premios Feroz. Aquí os adjunto la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña, banda sonora por supuesto de la serie.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

viernes, 28 de diciembre de 2018

RESEÑA: El ala izquierda.

EL ALA IZQUIERDA

Título: El ala izquierda.

Autor: Mircea Cărtărescu (Bucarest 1956) es poeta, narrador, ensayista y conferenciante universitario. Doctor en Literatura Rumana por la Facultad de Letras de la Universidad de Bucarest goza de gran predicamento tanto dentro como fuera de las fronteras de Rumanía, siendo uno de los más importantes teóricos del posmodernismo rumano. De su obra poética, que cultivó a lo largo de toda la década de los ochenta, destaca El Levante (1990; Premio de la Unión de Escritores Rumanos). Cărtărescu dio el salto a la narrativa con el volumen de cuentos Nostalgia (1993; Premio de la Academia Rumana), que se abre con su célebre relato El Ruletista. Siguió Lulu (1994), novela tortuosa y genial que indaga en el misterio del doble, y que le valió el Premio ASPRO. Su proyecto Cegador (1996-2007), una críptica trilogía que adopta la forma de una mariposa. Recientemente ha publicado el volumen de cuentos Las Bellas Extranjeras (2010; Premio Euskadi de Plata de Narrativa), una sátira rayana en lo grotesco que narra secuencias de la vida literaria genuinamente rumanas pero también cosmopolitas, y que se ha convertido en un auténtico éxito de ventas en su país, así como El ojo castaño de nuestro amor (2012), un volumen de relatos autobiográficos que sirve como nexo para entender el conjunto de su obra. En 2015 publicó la monumental novela Solenoide, considerada su obra más madura hasta la fecha. Sus textos han sido traducidos al inglés, al italiano, al francés, al español, al polaco, al sueco, al búlgaro y al húngaro. Es el autor rumano más apreciado en el extranjero; en 2018 recibió el Premio Formentor de las Letras, uno de los galardones más prestigiosos del mundo literario, y algunos consideran que podría ser el primer escritor en lengua rumana en obtener el Premio Nobel de Literatura.



Editorial: Impedimenta.

Idioma: rumano.

Traducción: Marian Ochoa de Uribe.

Sinopsis: El ala izquierda es el volumen que abre Cegador, la monumental trilogía en forma de mariposa considerada de modo unánime la obra maestra del escritor rumano Mircea Cărtărescu.  Circos errantes, agentes de la Securitate, gitanos adictos s la flor de la amapola, una oscura secta, la de los Conocedores, que controla todo lo invisible, un ejército de muertos vivientes y una hueste de ángeles bizantinos enviados para combatirlos, un iluminado albino que burla a la muerte, jazz underground en una Nueva Orleans soñada, la irrupción del comunismo en Rumanía... Un visceral ejercicio de autoexploración literaria sobre la naturaleza femenina y la madre, viaje ficticio a través de la geografía de la ciudad de Bucarest que se convierte en el escenario de una historia universal.

Su lectura me ha parecido: densa, lenta, tediosa por momentos, hasta el punto de fantasear con su posible abandono, y sin embargo bella, espectacular, con unas descripciones que quitan el hipo, impresionante, bárbara, totalmente recomendable (aunque sólo para lectores experimentados)... Hace un tiempo, en una de las sesiones vespertinas de hasta, el momento, el único curso de escritura creativa al que he asistido, leímos un relato de Javier Marías. Y digo relato porque la profesora enfocó las clases en esa dirección, con el objetivo de que todas y todos los presentes asimilásemos las técnicas propias del relato corto en sus diferentes formas y géneros. Aunque a día de hoy no estoy totalmente segura de que aquello que leímos en voz alta se correspondía a un texto corto o al principio de una de sus novelas más famosas. Independientemente de su extensión y si se trataba de un cuento o no, el caso es que entre varias personas deslizamos nuestros ojos por la curva de sus palabras, palabras que no podían ser más pesadas en medio de una narración aún más pesada. Lo que contaba era una chorrada, lo más simple del mundo: un hombre casado que ve desde la ventana (o balcón, no recuerdo bien) a una mujer de blanco que lo llama por su nombre desde la calle y en medio de la oscuridad de la noche. Una historia así se podría haber contado desde diferentes puntos de vista y por supuesto, desde cualquier género. ¿Y si es su hermana, su madre o su novia de adolescencia? ¿Y si es producto de la imaginación del protagonista? ¿Y si esa mujer busca venganza? ¿Y si su encuentro propiciará un cataclismo? ¿Y si después de ese encuentro nada vuelve a ser igual? ¿Y si un simple intercambio de miradas revela algo más que una simple amistad? ¿Y si en realidad no fuese una mujer sino un androide? Cabían todas y cada una de las posibilidades. Sin embargo, Marías decidió contárnosla desde el realismo más puro, algo muy difícil pues corres el riesgo de que el lector acabe desesperándose ante la lentitud de la trama. Recuerdo que su lectura se me hizo eterna, hecho que, junto con sus casposos artículos, me ha hecho por ahora alejarme de la literatura del autor madrileño. Lo curioso es que en realidad el realismo me encanta, sobre todo el de ciertos autores y autoras del XIX, ilustra a la perfección como era esa época, además de la opinión del escritor sobre ciertos temas que en esa época tuvieron mucha repercusión o generaron infinidad de debates. Sin embargo, y a pesar de ello, tuve miedo, miedo de enfrentarme a algo de este calibre viniendo de una pluma del siglo XXI. Desconocía lo que me podía deparar y el ejemplo de Marías me aterraba, temía el momento de toparme con una literatura de ese calibre, actual y decimonónica al mismo tiempo. Entonces, y sin a penas preverlo, me lancé a la piscina, sin red, en contra de lo que muchos lectores me recomendaron. La curiosidad fue mi motor, el único para seros sincera, y el resultado fue un chapuzón en un mar de sentimientos encontrados, tan dispares, tan variopintos. Hay libros que ponen a prueba, uno de ellos, el que hoy tengo el placer de reseñar, hacen de esta profesión, la de la crítica literaria, todo un reto. El ala izquierda: el lector frente a la bestia, la geografía urbana y la mariposa.


La historia de como El ala izquierda (primera entrega de la trilogía literaria Cegador) llegó a mis manos fue totalmente inesperada. De hecho, no miento si os digo que leer a Cărtărescu no entraba dentro de mis planes de este año que ha entrado en tiempo de descuento. Desde que tuve noticia siempre me atrajo este escritor rumano, sobre todo El Ruletista, relato que había publicado hace unos años Impedimenta para más tarde incluirlo en el volumen Nostalgia. Sin embargo, esa atracción no era del todo intensa en un primer momento, pues en cuanto empecé a leer las reseñas de algunos de sus libros comencé a sentir miedo, pavor. Dichas críticas me hicieron creer que Mircea Cărtărescu pertenecía al siglo XX pero escribía como un escritor del XIX. Ese dato me alejó de la idea de leer al autor de Solenoide durante una buena temporada, a pesar, claro está, de que en todas y cada una de las breves reseñas sus autoras/es elevaban cada uno de sus libros en pedestales de oro y alabastro. Y por si fuera poco, a pesar de que soy una admiradora, en lo que a literatura se refiere, de algunas escritoras y escritores del XIX. Si hay un autor que desde siempre me ha dado respeto, hasta el punto de no querer ni asomarme a sus páginas por miedo a un colapso lector, ese es sin duda Marcel Proust. Los lectores puristas que veneran a los clásicos hasta límites insospechados seguramente habrán abandonado la lectura de esta reseña. ¿Cómo es posible que aún no me haya adentrado en la literatura del genio francés? La respuesta reside en el hecho de que desde siempre se ha identificado a su obra con calificativos como "pesado", "aburrido" o "tedioso". Los mismos que por ejemplo se le atribuyen al Ulisses de James Joyce y que a pesar de, éste sí, reposar sobre los estantes de mi biblioteca particular, tardaré muchos años en atreverme a con su lectura. Por aquel entonces, y ahora creo que de forma totalmente errónea, asociaba a Cărtărescu con Proust. Y eso que, repito, no había leído a ninguno de ellos. Los prejuicios en literatura son, y en eso vamos estar todos de acuerdo, horribles. Puedes haber leído estudios de la obra, artículos, comentarios, opiniones al respecto, pero no es igual. Hasta que no te lees el libro al que hacen referencia no vas a poder formularte una opinión al respecto. En definitiva, que durante unos años me poseyó el espíritu de Elisabeth Bennett y juzgué antes de conocerlo de verdad, antes de apreciarlo, antes si quiera de leerlo, de pegar la nariz sobre sus hojas, cosa que hice no hace mucho. Creo que en aquella ocasión me poseyó el espíritu aventurero de Phileas Fog. Se ve que necesitaba emociones fuertes en mi vida lectora, que estaba más abierta a lo que me echasen, que no me importaba ni el peligro, ni las curvas ni la posibilidad de acabar sucumbiendo a un más que previsible suplicio. Muchos seguidores de la blogsfera y de la multitudinaria comunidad llamada Instagram me aconsejaron de lo contrario, que no me metiera de lleno en una lectura como El ala izquierda, que me arrepentiría, que empezase con El Ruletista, que era una locura inciarse en la literatura del autor con la trilogía. Aunque también hubo quien de me deseó suerte, y os aseguro que su tono, al menos por escrito, parecía verídico, como si estuviese a punto de embarcarme en un viaje sin retorno. Como dijo una vez Alexis de Tocqueville: "La vida es para asumirla con valentía" así que el leerme un libro de 422 páginas de Mircea Cartaescu y teniendo en cuenta la fama que le precede, podría perfectamente considerarse como una proeza cargada de arrojo. A las pocas semanas, muy a mi pesar, comprendí todos aquellos comentarios, pues hubo partes de la novela en las que me quise hacer el harakiri. Sin embargo, y con perspectiva, hoy pienso que hice bien en descubrir a Cărtărescu con la trilogía Cegador, pues me ha abierto a un mundo de posibilidades dentro de la literatura que desconocía por completo, además de liberarme de ciertos prejuicios y reforzarme en la idea de que, en ocasiones, y sólo en ocasiones, la forma es más importante que el contenido.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que El ala izquierda (recordemos, primera parte de la trilogía Cegador) no es un libro para todos los gustos ni para todos los lectores. Quien esté acostumbrado a una literatura más sencilla, rápida y fácil de digerir; la novela de Cărtărescu se le hará bola. Para enfrentarse a su lectura hace falta un entrenamiento previo a base de buena literatura realista del XIX y de algunos novelistas del XX como Tom Woolf o William Faulkner entre otros. Con esto no quiero decir que no leáis esta novela en concreto, pero si que os atengáis a las consecuencias, que os familiaricéis con estos libros tan inmensos antes de adentraros en el abismo, pues en ocasiones, El ala izquierda se convierte en una especie de odisea entre lo sublime y lo perverso del ser humano llevado al extremo, a una retórica literaria nada fácil de digerir. No os lo voy a negar, su lectura me ha parecido pesada, tediosa, insoportable en ciertos tramos y extraordinariamente absorbente. De hecho, ahora que lo pienso, absorbente sería el adjetivo perfecto para este libro, ya que requiere de una implicación y de un trabajo por parte del lector pocas veces visto en la literatura. Otros libros, por no decir la inmensa mayoría, pasan por nuestras manos a la velocidad de la luz. Pueden habernos llegado más o menos, pero la cuestión es que el tiempo que le dedicas es mínimo, lo justo para entretenerte y seguir la historia a pies juntillas. Sin embargo, existen otra clase de libros, entre los que podemos encontrar a El ala izquierda y en general toda la literatura de Cărtărescu, que exigen un mayor rigor, seriedad, seguimiento y entrega. Algo que en el caso de esta novela es absoluta. Muy pocos son los lectores que lo soportan, pero también os digo que el esfuerzo merece la pena, porque entre página y página, El ala izquierda despliega una belleza narrativa absolutamente abrumadora. No voy a referirme a su lectura con el Síndrome de Sthendal, pero la de Cărtărescu ha rozado dicho calificativo. Especialmente memorable es el párrafo en el que el autor nos habla de esa mancha violácea en la piel de la madre del protagonista, esa imperfección vista como algo singular al describirla como una mariposa en su cadera izquierda. El subconsciente habla de nuevo en una novela plagada de memorables fragmentos, tan oníricos como realistas. En cuanto a su estructura, y según mi humilde opinión, Cărtărescu ha decidido, en un giro sorprendente de los acontecimientos, presentarnos su trilogía rindiendo homenaje a otro de los grandes de la literatura: Dante Alighieri. De este modo, El ala izquierda representaría el infierno, siguiendo esa escala ascendente que ideo dante en la Divina Comedia. Cărtărescu nos hace viajar a través de los orígenes en primer lugar para luego ir creciendo con el protagonista, sin despegarnos de su lado, siendo testigos de sus pensamientos y de lo que sus ojos observan. Hacer un resumen de El ala izquierda es complicadísimo dado la cantidad de situaciones y personajes que tienen lugar y aparecen en la novela. Podríamos decir que narra el viaje hacia el corazón del alma femenina con todas sus capas y complejidades, pero también la historia del protagonista en busca de la madurez (¿alter ego del propio Cărtărescu?), la de una ciudad como Bucarest de mediados de siglo XX, la de una madre y un hijo durante la Dictadura Comunista, la de una perpetua alucinación provocada por el consumo de drogas, la del movimiento cultural y literario en Rumanía o la de una extraña secta que amenaza con cambiar mentalidades en favor de oscuros propósitos (metáfora sin duda de la represión de toda dictadura)... Y si tenemos un problema para hablar de una trama, las dificultades para definir su estilo son notables. Esa fusión entre lo sobrenatural, lo espectral, la crítica política y lo cómico-costumbrista abrazan a quien se atreve, valientemente, a cabalgar sobre sus palabras. En definitiva y para ir cerrando este apartado, me gustaría deciros a modo de recapitulación que El ala izquierda es una lectura difícil, plagada de una belleza singular, un placer a los ojos del lector y con infinidad de lecturas a nivel de trama e intención. Pero mentiría si no dijera que, a pesar de su lentitud y sus páginas ausentes de diálogos, ya no soy la misma tras su lectura.


La literatura es mágica, evocadora, divertida, tierna y armoniosa. Pero también, la literatura es abstracción, caos, anarquía, libre y nada complaciente. Unas veces te acuna, te acuesta, te arropa y te da un beso de buenas noches antes de apagar la luz. Otras, por el contrario, te zarandea, te golpea, te viola, te traumatiza, te destroza por dentro, de deja ko en medio de una calle oscura y solitaria invadida por la oscuridad más terrorífica. Te hace reír a lágrima viva, pero también puede que esas lágrimas respondan a un estímulo menos cómico y más reflexivo o empático. Nadie conoce la fórmula perfecta para escribir una buena novela, ni siquiera los que creen tener la potestad de dar lecciones al respecto. Todos aprendemos, nadie nace enseñado, el problema viene cuando se peca de soberbia y una antepone su opinión al resto, despreciando o minusvalorando otras opciones igual de válidas. Cada texto literario es único en su especie, aunque a grandes rasgos podríamos hablar de dos tipos de historias: las que su contenido nos remueve las entrañas y las que su forma consigue pincharnos donde más nos duele. Las primeras son las más comunes, las que tienen un inicio, un nudo y un desenlace bien marcados y cuyo recurso para sorprender al lector parece residir en la propia trama, en la construcción de sus personajes (más o menos compleja) y en el objetivo que la autora o el autor quiera llevar a cabo en la novela en cuestión. Poco importa la forma, si esto se escribe así, si decides alterar la construcción de las frases, si no hay casi descripciones, si hay un exceso de diálogos; lo importante es el mensaje y su trascendencia a través de las acciones que construyen la narración. Uno de los ejemplos más puros que he leído y que podría perfectamente ajustarse a esa descripción es Blade Runner, o lo que es lo mismo, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. El título, como acabáis de comprobar es lo de menos, a pesar de que el primero fue el escogido para su adaptación cinematográfica, el envoltorio y sobre todo el ir directamente al meollo del asunto, de lo que se nos quiere contar es más importante que el cómo nos lo quieres contar. El resto, como bien sabéis, queda a la merced de la imaginación del lector. Las segundas, las que parecen preocuparse por la belleza del lenguaje, abundan menos. Tal vez nos hemos acostumbrado a consumir un tipo de literatura que, aunque excelente en su idea, no responden a esa necesidad estilística, a esa preocupación por la estructura, por los capítulos, por el vocabulario...En general este tipo de historias no cuentan nada que no se haya escrito ya, es más, la simpleza de sus tramas defraudaría al lector más exigente. Pero al revestirlas de personalidad literaria (no siempre barroca o pasada de rosca), consigues que la trama pase de simple a memorable en cuestión de páginas. En general estos autores son recordados por sus novelas, pero también por su forma de narrarlas, de expresarlas, de envolverlas, sumergiendo al lector en una experiencia totalmente inmersiva y que en ocasiones requiere un esfuerzo extra. Ejemplo de ello sería, por supuesto, El ala izquierda, capaz de trasladarnos a lugares extraños, a una trama difícilmente resumible a través de un estilo tan embriagador como arduo, como cuando escalas la ladera de una escarpada montaña. ¿Cuál de los dos es mejor? Ninguno, simplemente ambos modelos deben coexistir, por el bien de la literatura, pero sobre todo, por el bien de los que componemos el último eslabón de la industria editorial, los lectores. El ala izquierda: una historia de reflexión constante, madurez, infancia, maternidad, relaciones familiares, regímenes autoritarios, alucinaciones, geografía... El primer y memorable vuelo de una mariposa llamada vida. 

Frases o párrafos favoritos:

"El pasado lo es todo, el futuro no es nada, no existe otro sentido del tiempo.

Película/Canción: a falta de lo primero, os adjunto la canción que me ha acompañado durante la redacción de la presente reseña. Ecléctica, envolvente y misteriosa; como las alas de una mariposa.


¡Un saludo, a seguir leyendo y feliz navidad!

Cortesía de Impedimenta

jueves, 20 de diciembre de 2018

RESEÑA: Un poco menos que ángeles.

UN POCO MENOS QUE ÁNGELES

Título: Un poco menos que ángeles.

Autora: Barbara Pym (1913-1980) nació en Oswestry, Shropshire. Se licenció en literatura inglesa en St. Hilda´s College, en Oxford. En la Segunda Guerra Mundial prestó servicio en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Armada británica. Posteriormente trabajó en el Instituto Internacional Africano en Londres. A lo largo de su vida escribió varias novelas, entre las que destacamos Mujeres excelentes (1952), Jane y Prudence (1953), Un poco menos que ángeles (1955), Los hombres de Wilmet (1958), No Fond Return of Love (1961), Murió la dulce paloma (1978), A Few Green Leaves (1980). Tras su muerte en 1980, se publicó su diario, A Very Private Eye (1985). Junto a Elizabeth Taylor está considerada una de las escritoras inglesas más importantes de la segunda mitad del siglo XX.


Editorial: Gatorpardo

Idioma: inglés.

Traductora: Irene Oliva Luque.

Sinopsis: esta novela narra la historia de los amores, trabajos y las esperanzas de un grupo de antropólogos. Catherine Oliphant es escritora y vive con el apuesto antropólogo Tom Mallow. Su relación se tambalea cuando él comienza a tontear con una estudiante, Deirdre Swan. Al enterarse, Catherine empieza a mostrarse interesada por el solitario antropólogo Alaric Lydgate. Al enredo amoroso se le añadirán los tejemanejes de los compañeros de Deirdre y la competitividad que existe entre ellos por ganar una prestigiosa beca de investigación.

Su lectura me ha parecido: dulce, amable, irónica a más no poder, especialmente divertida, con un regusto austenita imposible de disimular... El año pasado, casi por estas mismas fechas, incluí en la ya tradicional lista de "mejores lecturas" a Mujeres excelentes. Una deliciosa novela escrita por la Barbara Pym, editada por Gatopardo Ediciones y que sin duda supuso un gran descubrimiento, además de la demostración de que el humor puede ser novelado, y si éste es inglés todavía más. Aquella fue una de las lecturas que me acompañó en los días previos a las vacaciones de verano y la disfruté tanto que no pude contenerme, llegando incluso a escribir personalmente a la editorial para felicitarles por el buen ojo que habían tenido al apostar por esta autora inglesa y su microcósmos particular, que no es otro que el de la Inglaterra de los años 50 y 60 del pasado siglo XX pero con aires de otra época, más lejana, igual de apasionante y que tuvo como protagonista a la gran Jane Austen.  Sobrevalorada para unos, pionera para otros, un ejemplo en el que deberíamos mirarnos todas las mujeres que aspiramos a convertimos en escritoras. La cuestión es que su literatura provocó la eclosión, siglos más tarde, de Barbara Pym, hoy en día considerada una de sus herederas en lo que a escritura se refiere que no dudó en pasar a cada uno de sus personajes por el filtro Austen para crear historias tan divertidas como inolvidables a pesar de su a edulcorada puesta en escena. Debido al gran éxito que supuso en España la traducción y publicación de Mujeres excelentes, la editorial siguió apostando por Pym. Desde entonces hasta ahora son tres las novelas de Pym que el lector puede adquirir en cualquier librería o biblioteca de barrio, aunque la editorial se está afanando por regalarnos un cuarto volumen en verano de 2019. Entre ellas, la que hoy tengo el placer de reseñar. Una novela que se encuentra en la misma línea de su novela mas conocida y que ha permitido reencontrarme con ese toque british que tanto echaba de menos. Un poco menos que ángeles: amor, celos, amistad y rivalidad académica con algún que otro problema burocrático de por medio.
                       

La historia de como esta novela acabó entre mis manos no hubiese sido posible, como ya habréis intuido en el primer párrafo, sin la irrupción de Mujeres excelentes en el verano de 2017. Como ya comenté en su momento no fue un libro que me llamase especialmente la atención, de hecho, el encontrarme tantas reseñas positivas me hizo sospechar, ir con pies de plomo, dirigirme a dicho libro con mucha cautela. La misma historia de siempre: libro que tanto los lectores como la crítica no duda en ponerlo por las nubes para luego, una vez te adentras en su lectura, pegarte el batacazo del siglo al descubrir que tampoco era para tanto. Eso me sucedió con Mujeres excelentes durante un tiempo, hasta que, y vencida por una insaciable curiosidad (pues en el fondo quería comprobar si todo aquellos maravillosos comentarios eran ciertos) decidí darle una oportunidad. La bofetada que sentí fue memorable, metafóricamente hablando, al igual que esa expresión de asombro. Se me cayó literalmente la cara de vergüenza y sólo me quedó confirmar a modo de reseña que Mujeres excelentes era todo eso y más. Incluso vi justa la comparación que algunas y algunos hacían respecto a Jane Austen, algo que con otras escritoras en concreto hubiese criticado, negado y hasta maldecido. Hacía tiempo que no me pasaba, que no encontraba justificadas las críticas, y es que la novela de Pym, además de estar bien escrita, te hacía pasar un buen rato, alegraba mi sesión de lectura, esperaba a que fuese de noche para retomarla y continuar por donde lo había dejado el día anterior. No es que a raíz de esto me volviese una fan absoluta de Barbara Pym, pues hay otros géneros y autoras que me llenan más, pero si de su estilo y de su forma de contarnos las relaciones de pareja de la Inglaterra de mediados de siglo XX, sacándole todo el partido que se merece a las situaciones completamente anodinas y que para otros autores no merecen ni siquiera un poco de atención. El recuerdo de Mujeres excelentes me acompañó durante mucho tiempo, aunque con el paso del tiempo éste se fue diluyendo, dejando hueco a otras lecturas que en aquellos momentos acaparaban toda mi atención. Sin embargo, a punto de empezar las vacaciones de verano, conocí la noticia de que Gatopardo iba a publicar Un poco menos que ángeles, algo que me hizo primero exclamar de alegría y afinar los oídos para enterarme te todo lo concerniente a este ejemplar al respecto. La única pega que le encontré fue su título, tan blandito, tan dulce, tan ñoño, como esa canción de ABBA que traducida al castellano viene a decir "creo en angelitos"... Tras hacerme con ella y resistirme durante unos meses a su lectura, pues pillé un momento en el que el terror acaparó gran parte de mis sesiones de mantita, sofá y libro, conseguí hacerme el ánimo. Una vez llegué a la última página saqué dos conclusiones bien claras: la primera, que seguía sin convencerme el título, y la segunda, que el regreso al universo de Barbara Pym no pudo ser mejor.

Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Un poco menos que ángeles presenta una lectura amena, ágil, a ratos un tanto previsible (uno de los pocos fallos, junto con el título, que ahora mismo me vienen a la cabeza), retorcida en cuanto al enredo (derivando hacia lo cómico), pero sobre todo, extraordinariamente divertida. No te partes la caja con sus ocurrencias, que las hay y a borbotones, pero si sonríes, sueltas una ligera risilla, no demasiado estridente (como si me sucedió con la lectura de Wilt de Thom Sharpe o con la última novela de Ian McEwan) o simplemente sonríes, tímidamente, como las mujeres de esta novela, algunas de ellas en las antípodas de lo que la sociedad quiere que sean. La historia es sencilla. Un poco menos que ángeles narra las peripecias de un grupo de personas: una escritora (protagonista absoluta de la novela), su marido (reputadísimo antropólogo), la amante de éste, la madre y la tía de ésta última, una bibliotecaria, su hermana, su otro hermano (un antropólogo de segunda e incapaz de escribir su propio libro con sus investigaciones) y dos estudiantes (de antropología, ¡como no!) obsesionados por conseguir una beca de investigación. Con esta amalgama de personajes, alejados de la construcción plana o de la excesiva caracterización, Barbara Pym construye una historia de líos, malentendidos, celos que matan con la mirada y situaciones absurdas en el marco de una pugna intelectual por ascender dentro de la compleja aristocracia universitaria. Nadie se salva de hacer mella en el lector que los conoce, en especial Catherine Oliphant (la escritora cuyo apellido es un claro homenaje a Margaret Oliphant, una de las escritoras de terror más famosas de la época victoriana), su arrogante compañero sentimental el antropólogo Tom Mallow (cuya única preocupación es el trabajo, ergo, sus investigaciones dentro del ámbito académico), las hermanas Mabel y Rhoda (cuyas diferencias de opinión respecto a ciertos temas arrancan más de una sonrisa en el lector), Alaryc (personaje frustrado, amargado, envidioso y que mantiene una constante lucha consigo mismo y con sus conocimientos que, sin embargo, de poco le sirven a la hora de la verdad) y los ambiciosos e intrépidos estudiantes Mark Penflod y Digby Fox (sin duda, el dúo dinámico de la novela). A parte de la genialidad de sus personajes, Un poco menos que ángeles destaca por sus sutiles y bien expuestas metáforas que, aunque no se nombren explícitamente, el lector las asimila hasta el punto de posibilitar una reflexión a partir de ellas. Una de las más clamorosas es el hecho de que Pym nos presente una novela en la que se abordan las diferentes relaciones sociales entre sujetos de marcada personalidad a la vez que nos introduce en los pormenores de los estudios de la antropología, ciencia que precisamente estudia los comportamientos humanos. Abordado desde lo indirecto y aderezado con un humor muy característico, elevan la nota de esta novela de aprobado a notable. Mención a parte merece, como ya comenté en su momento en relación a Mujeres extraordinarias, el humor, parecido, por no decir calcado al que empleaba Jane Austen en Emma, Orgullo y prejuicio o Lady Susan entre otras. No hay mejor arma que la ironía para evidenciar las equivocaciones del ser humano, Barbara Pym lo sabe bien y por eso no ha dudado en adoptarlo una y otra vez no sólo en ésta novela en concreto, también en la cuasi totalidad de su obra. La coralidad y la variedad de edades, trabajos, mentes más liberales o más cuadriculadas se entremezcla con una sutileza que, en última instancia y a modo de conclusión, reviste de profesionalidad a una novela en la que lo que nos parece a insignificante cobra un singular y divertido protagonismo.


“Yo no soy una de esas mujeres excelentes que pueden simplemente quedarse en casa, comerse un huevo cocido, prepararse una taza de té y estar espléndidas, pensó, ¡pero qué bien le vendría serlo!" . Con estas palabras Barabara Pym aglutina su razón de ser en el mundo de la literatura, su personalidad, su constante a lo largo y ancho de sus páginas. Nadie puede reprochar a Pym de haber creado unos personajes que, desde una apariencia conservadora y aparentemente rancia, brote un espíritu libre con el que nos gustaría toparnos más a menudo y no sólo en el terreno de la palabra escrita. Personajes como Catherine Oliphant, de quien nos podríamos tirar horas y horas hablando, cuya fortaleza y mayor virtud radica en una férrea independencia de los hombres. A pesar de vivir bajo en mismo techo con Tom Mallow, Catherine se reafirma en dos cuestiones. La primera, que ella jamás se comportaría como otras mujeres que conoce, mujeres excelentes (atento al descarado guiño de la autora a su novela más famosa) que se levantan por las mañanas temprano para preparar el desayuno a sus maridos o un té, como viene siendo una constante a lo largo de la novela (tan británicos). Esta acción cotidiana viene a decirnos, en otras palabras, que no está dispuesta a caer en las exigencias que por ser mujer está obligada a cumplir, y por supuesto, a pensar en ella antes que en el resto, antes que un hombre en definitiva. Y la segunda, la cuestión matrimonial. En el libro, Catherine y Tom viven juntos, bajo un mismo techo, son pareja pero sin un anillo de por medio. Algo que no les impide llevar una vida normal. Catherine lo tiene claro, no necesita el matrimonio para ser feliz ni para reafirmarse como mujer. De hecho, cuando los problemas empiezan a aparecer en la pareja, es ella la que toma las riendas de su vida, guiada por su innata independencia, convencida de sus posibilidades sin la necesidad de tener a un hombre a su lado. En este sentido, a diferencia de su idolatrada Jane Austen quien sí creía en el matrimonio y su importancia en la vida de toda mujer (no le podemos pedir mucho a una mujer que vivió en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX), Pym modela unos personajes femeninos que, en un mundo tan conservador y no tan alejado del universo austenita, consiguen sobreponerse sobre los estereotipos, los prejuicios y lo que se espera de ellas. A pesar de todo, las novelas de Pym en general lanzan un mensaje claro y contundente, el de que el mundo no necesita mujeres perfectas, atentas, dóciles, serviciales, sumisas, excelentes, dispuestas a preparar un aperitivo o una merienda copiosa o de obedecer a pies juntillas las órdenes del marido, padre o hijo de turno. En resumen, de dejar de ser ellas mismas. ¿Y si en realidad lo que la sociedad necesita son otro tipo de mujeres? Imperfectas, con personalidad, que se equivocan, que no se rigen por la corrección política, que luchan por sus sueños, que aspiran a comerse a bocados la vida sin que nadie se lo impida, con independencia, pasión y tesón. ¿Y si en realidad las mujeres excelentes son de verdad estas últimas? ¿Y si dejasen de ser un poco menos que ángeles? ¿Ángeles del hogar? ¿Ángeles protectores? ¿Y si hacemos que bajen a la tierra y se comporten como de verdad quieren ser? ¿No sería maravilloso? Un poco menos que ángeles: una historia de enredo, envidias académicas, antropología, emancipación femenina, grandes dosis humor irónico... Una novela perfecta para pasar un buen rato en compañía de una taza de Earl Grey.

Párrafos o frases favoritas:

"Pero seguro que había, o tenía que haber, alguna amiga íntima, alguna antigua compañera del colegio a quien pudiera recurrir. ¿Alguien que viviese en un piso compartido, que trajinara de acá para allá para prepararle unos huevos revueltos y café en un hornillo de gas y después se sentara con ella, dispuesta a escuchar sus confidencias?”

Película/Canción: a falta de una adaptación audiovisual, he decidido adjuntar la pieza de BSO que me ha acompañado a lo largo de la escritura de la presente reseña. Lo sé, pertenece a un western, pero en mi cabeza siempre la he asociado o bien al espíritu de Cantando bajo la lluvia o a la vida tranquila y apacible a las afueras de cualquier ciudad británica que tanto nos muestra la literatura. La imaginación no está reñida con la realidad.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones
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