Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 11 de febrero de 2020

RESEÑA: Al faro.

AL FARO
Título: La señora Dalloway.

Autora: "Virginia Woolf (1882-1941), pilar de la narrativa contemporánea y figura central del Grupo de Bloomsbury, cultivó con éxito la novela escribiendo títulos tan memorables como La señora Dalloway, Al faro o Las olas entre otras. Al mismo tiempo también se atrevió con el ensayo literario (El lector común), el político (Tres guineas), el feminista (Una habitación propia), la biografía (Roger Fry) y sendos volúmenes de cuentos. También lo que podríamos denominar un nuevo género: la biografía semificticia, como el caso de Orlando. Miembro de lo que se ha denominado la aristocracia intelectual británica, a su muerte suicidándose en el río Ouse, cercano a su domicilio.


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: José Luis López Muñoz.

Sinopsis: Virginia Woolf (1882-1941) encontró en la amalgama de sentimientos, pensamientos y emociones que es la subjetividad el material idóneo para alumbrar su obra literaria. Basada en los recuerdos infantiles de los veranos que la autora pasó en la costa de Cornualles y centrada en la figura de una mujer, la señora Ramsay, Al faro (1927) gira en torno al tema de la inexorabilidad del paso del tiempo y a la contraposición entre el orden y el caos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: compleja, densísima, muy exigente, hermosa, carente de acción, desbordante de poesía, con ausencia de diálogos, en donde lo importante no es el qué sino el cómo, una de las novelas más brillantes de su autora... Además de la belleza agreste de Islandia, otro lugar que he descubierto recientemente navegando por el Google - el barco/avión para los pobres - han sido Las Hébridas, y en concreto, la conocida como Isla de Skye. Para situarnos un poco geográficamente en el mapa os comento que nos tenemos que situar en el noroeste de Escocia, en esa amalgama de islas que rara vez se les presta atención y que, sin embargo, han formado parte del paisaje natural de infinidad de series y películas. Un territorio mágico que posee la superficie más montañosa del país, incluyendo Cuillin - una espectacular y rocosa cordillera de origen volcánico - diversas penínsulas, así como pequeñas islas - Rona, Raasay, Scalplay y Soay - las cuales se sitúan a su alrededor. La Isla de Skye posee, además, un importante patrimonio histórico-artístico compuesto por castillos, antiguas mansiones y las pequeñas zonas habitadas (aunque sin duda Potree es la más pintoresca de todas), por no habar de sus yacimientos arqueológicos de la época mesolítica. La isla ha sido testigo de asentamientos de cazadores recolectores, de migraciones, de hambrunas y del nacimiento de clanes que habitaban en lugares como el Dungevan Castle o el Armadale Castle (este último morada del clan Donald, uno de los más poderosos durante el siglo XVIII). Por último, el lugar ha estado siempre unido a la mitología y a las historias ancestrales, lo cual ha servido de inspiración para dos creaciones literarias de desigual popularidad. La primera se trata de la canción tradicional The Skye Boat Song basada en la huida de Carlos Eduardo - jacobita y descendiente de la casa Estuardo -. La segunda, inspirada en los veranos de su infancia y haciendo referencia al famoso faro de Neist Point - construido en el año 1909 y situado en una imposible lengua de tierra que antaño se consideraba el fin del mundo - Virgninia Woolf escribió su novela más profunda, introspectiva y brillante. Digna de un Premio Nobel al cual, por supuesto, ni siquiera optó. Al faro: la introspección y el paso del tiempo como metáforas crepusculares.


   Leer a Virginia Woolf es un placer, un privilegio, pero también un reto. Ya no sólo por la trascendencia de su persona y biografía en la historia de la literatura universal, también por el hecho de que la mayoría de sus libros se mueven en unas cotas formales y de estilo extraordinariamente elevadas. Y por supuesto, sin olvidarnos del hecho de que en cada uno de ellos, la autora británica hace un despliegue de reflexiones y debates muy pertinentes en la época en la que vieron la luz. Unos más amoldados a las preocupaciones que ya manifestaban otras autoras o autores coetáneos y otros - sobre todo los que tienen más que ver con el feminismo, y más en concreto con la identidad sexual y de género - se adelantaron décadas y casi un siglo a los discursos y reivindicaciones ahora de tan candente actualidad. El mundo de principios del siglo XX era testigo del nacimiento, iniciación y consagración de una de las más grandes escritoras de todos los tiempos. Sin embargo, y a pesar de que ya tenía en su haber novelas como Fin del viaje (1915) o La señora Dalloway (1927) - esta última un claro ejemplo de la construcción de personajes femeninos potentes así como de la aglutinación del debate entorno al cambio de era - a Woolf le faltaba ese libro que por fin la consagrase en el olimpo literario. El hito llegó tan sólo dos años después gracias al perfeccionamiento de su prosa ya impecable de por si y tras haber encontrado la inspiración que necesitaba en sus más felices recuerdos de la infancia. Esos en los que una niña llamada Virginia Stephen - apellido de soltera - correteaba por la playa de St Ives (Cornualles) y pasaba los veranos en Talland House junto a sus padres y hermanos con vistas a Porthminster, y sobre todo, al faro de Godrevy. De todo ese paisaje y de la tradición modernista de Proust y Joyce - del cual Woolf era una gran admiradora - caracterizada por relegar la trama de la novela a un segundo plano en favor de la belleza de la prosa se empapó y se puso a escribir, dando como resultado en mayo de 1927 la novela que le abriría, por fin, las puertas de la eternidad. Al faro - título explícito y metafórico al mismo tiempo - fue considerada por la crítica de su momento como una originalidad dentro del panorama literario de la época al usar recursos propios de la poesía nunca antes aplicados en el género novelístico. Dejando de este modo un abrumador poso de belleza estilística y un ancho margen para la introspección filosófica. Un año más tarde, Virginia Woolf iría un paso más allá con Orlando, su novela más original, experimental y extraordinariamente avanzada a su tiempo al plantear la transformación de un hombre a mujer a lo largo de varios siglos. Sin embargo, si hay una novela que marca un antes y un después en la carrera de Woolf y por extensión en la historia de la literatura esa es Al faro.


   No os voy a mentir, Al faro es hasta el momento la novela más difícil de Virginia Woolf. La más pesada, la más intimista y en ocasiones la más aburrida que he leído hasta la fecha. Y sin embargo, al mismo tiempo, cuando por fin - y recalco lo del "por fin" con cierto alivio - consigues llegar a la última página sientes algo parecido a cuando finalizas la lectura de Hamlet, Madame Bovary, La metamorfosis o el Infierno de la Divina Comedia por citar algunos ejemplos. Dicho de otra forma: da igual si lo que has leído lo has entendido o no, da lo mismo si ese camino recorrido ha resultado un suplicio, nada importa, porque acabas de dejar atrás una novela de las que hacen historia, de las que marcan época, y en este caso concreto, de las que por si fuera poco representan una doble revolución. La del estilo y la del feminismo, porque no debemos olvidar que Virginia Woolf fue una pionera en la reivindicación, a través de la literatura, de la identidad femenina, de su independencia económica y de su papel en el ámbito de la escritura. Se que hay obras que aunque consideradas clásicos, lamentablemente, no han sobrevivido al paso del tiempo. Ya sea por su farragoso estilo, por los desfasados debates que esta plantea o porque simplemente, en el mundo actual, no consigue encontrar su hueco. Sin embargo, en el caso de Al faro - por muy tortuosa que sea  - su influencia y vigencia no deja de sorprender a viejos y a nuevos lectores que se acercan por primera vez a ella. Adentrándonos en la crítica propiamente dicha, y tras la advertencia al inicio del presente párrafo, diremos que la quinta novela de Virginia Woolf cuenta los pensamientos y observaciones - que no historia - de la familia Ramsay en el intervalo de diez años separados en tres partes bien diferenciadas. Remarco lo de pensamientos y observaciones porque Al faro, como buena novela modernista, da prioridad al estilo que a la trama. De hecho, no podemos hablar de una novela plagada de acciones o de diálogos, al contrario, la poca preocupación por trazar una línea argumental más profunda y la ausencia de conversaciones entre los personajes hacen que en ocasiones el lector se pierda, se frustre o incluso que acabe abandonando la lectura. Por eso, y en contra de los "fastbooks" tan habituales en las librerías de hoy en día, la lectura de Al faro debe ser reposada, calmada, sin agobios, sin pretensiones de acabarla en el menor tiempo posible. Si por el contrario nos tomamos a Virginia Woolf como una autora de fácil digestión contribuiremos, desgraciadamente, a que su literatura se olvide o se convierta en la pesadilla de millones de lectores al rededor del mundo. Si no hemos entendido algo, no debe ser motivo para sulfurarnos, sino una oportunidad para regresar a esa página, a ese párrafo o a esa palabra y realizar una segunda lectura. Seguro que entonces aprenderemos algo nuevo, o no, pero nunca lo sabrás si no lo intentas.


   A pesar de esa intención por parte de la autora de hacernos más partícipes de la reflexión que de los avances de una trama casi inexistente, Woolf si que consigue introducirte en el contexto - principios de siglo XX - y en los pensamientos que definieron una época. La familia Ramsay, con sus tensiones familiares y la imagen del faro como promesa incumplida, representa la pérdida de la subjetividad, el problema de la percepción y un ejemplo de desintegración paulatina ya manifiesta en la primera parte de la novela y siendo más evidente a medida que avanzan los años. Además, el libro enfatiza hasta la saciedad en la importancia de las emociones infantiles, en esos primigenios sentimientos que nacen entre juegos y decepciones que las niñas y los niños no saben muy bien como encajarlas la primera vez que les asaltan. Tal vez uno de los temas que más le preocupan a la propia Woolf es precisamente ese, el de una mirada desposeída de crueldad y pensamientos malsanos envuelta en un paisaje - adoro sus poéticas descripciones sobre la Isla de Skye - idílico y en el que todavía queda hueco para la inocencia en un mundo a punto de venirse abajo. De ahí que, posteriormente, incida en esa transición, en ocasiones traumática, a la vida adulta. Ese ecosistema viciado en el que los sentimientos duelen tras una ardua batalla. Nadie te prepara para ello, no existe una asignatura en el colegio, surge solo, sin que nos demos cuenta, es innato. Aunque como todo haya veces en las que entra a la fuerza, sin previo aviso y sin que nosotras/os queramos. En ese sentido he creído atisbar algunos tintes autobiográficos más allá de sus baños en el mar Céltico. Como si pudiese observar, a lo lejos, esas imágenes que tanto la inspirarían, antesala, por supuesto, de sus primeras depresiones. Las mismas que años más tarde se agudizarían hasta acabar prematuramente con su vida bajo las aguas del río Ourse. Más allá de lo evidente, Al faro explora y se sumerge en el fondo de una sociedad - aunque lo más conveniente sería referirse al término "nación" - a punto de vivir la Primera Guerra Mundial, recordemos, uno de los episodios más impactantes y sangrientos donde la estupidez y la locura convergieron prolongándose en la cabeza de quienes la sufrieron. Aquí no hay soldados retornados, ni historias truculentas del campo de batalla, pero sí las consecuencias morales que para Reino Unido significó la contienda. Preludio, conflicto y esperanza. Así se podrían titular las tres partes de la novela. Una primera en la que se nos muestra el clima de tensión entre la señora y el Señor Ramsay, en la que más se observan las desigualdades de género y en la que Lily Briscoe - amiga de la familia - empieza a retratar a la señora Ramsay y a su hijo James en medio de inseguridades y un mar de dudas. Una segunda inundada por la oscuridad de la guerra, el destino trágico de algunos de sus personajes y la necesidad de otorgar un sentido al tiempo, a la ausencia y por supuesto a la muerte. Por último, en su tercera parte, y tras diez años después de los acontecimientos relatados en la primera parte, la familia visita por primera vez el faro - una década antes ese mismo deseo expresado por la señora Ramsay le es negado - al tiempo que Lily acaba su obra con más seguridad y confianza que al inicio. Al faro podría leerse como una reivindicación feminista o un retrato de una sociedad hoy inexistente, pero en mi opinión, pienso que por encima de todo ello, la novela de Woolf es una oda al paso del tiempo y al valor que cada uno y de forma subjetiva le damos a dichos acontecimientos que dejamos atrás. Un tiempo que se pone en marcha, que se acelera, que se paraliza con la guerra y que posteriormente vuelve a avanzar hacia el horizonte, hacia ese faro en medio de la nada, hacia esa promesa incumplida en un intento por retroceder y enmendar los errores.

Al faro: una historia de pensamientos, opiniones, quebrantos, paisajes de ensueño, guerra, reflexiones filosóficas, infancia, madurez, creatividad en tiempos de crisis... Una novela en la que las manecillas del reloj parecen jugar, a su antojo, con las emociones del lector.



Frases o párrafos favoritos:

"Comenzaba a sentir ese agobio que produce la repetición de una misma vida cuando ningún interés la encauza y ninguna esperanza la sostiene."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 4 de febrero de 2020

RESEÑA: Imposible salir de la tierra.

IMPOSIBLE SALIR DE LA TIERRA

Título: Imposible salir de la tierra.

Autora: Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970). Hija de argentinos que llegaron a Chile tras el golpe militar, su primer vinculo con la literatura surge de una imagen nocturna de doble dimensión: su madre, sentada cada noche en la orilla de la cama, en los primeros años de la década de los setenta, leyéndole historias de Sherezade. Y la de la hija del visir, sentada en la orilla de la cama del sultán despechado (que se ha propuesto matar a una mujer cada noche), atreviéndose a contarle historias con un final abierto y dejando que el suspenso pactado cada noche la salve de la muerte. Tras haber desarrollado su talento literario en el instituto y de haber estudiado periodismo participó en talleres y realizó una Maestría y un Doctorado en Literatura. Ha escrito para diversas revistas como Rocinante, Gatopardo, Rolling Stone, El Malpaseante y Anfibia. Su primer libro, la novela En voz baja, publicada en 1996, fue su despegue en el mundo literario donde ha cosechado muchos éxitos. Por destacar algunos: finalista del Premio Planeta de Casamérica en 2007 por Dile que no estoy, el Premio Altazor 2006 por Últimos fuegos o el Premio Anna Seghers en 2008 al mejor autor latinoamericano del año. Recientemente, en 2018, ha quedado finalista del Premio Herralde de novela con El sistema del tacto. Imposible salir de la tierra es su volumen de relatos escritos entre 2005 y 2015, publicados en diversos periódicos, libros y revistas o completamente inéditos hasta la fecha.


Editorial: Editorial Barrett.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Imposible salir de la Tierra es una colección de los mejores relatos de Alejandra Costamagna, una figura sin la cual no podría entenderse la literatura actual chilena y latinoamericana. En sus historias, apasionantes y sorprendentes, tienen cabida las relaciones prohibidas, los amores perdidos y unos personajes brutales y conmovedores con todas sus contradicciones, obsesiones y delirios. Con una prosa brillante y precisa, Alejandra Costamagna crea un mundo del que no podrás y no querrás escapar.

Su lectura me ha parecido: diáfana, sincera, aparentemente pesimista, fría desde la perspectiva de la cotidianeidad, alejada de los grandes relatos, más centrada en las pequeñas luchas, desigual al tratarse de una antología de relatos, plagada de personajes unidos por un sólo objetivo... Hay semanas en las que deseas salir de la tierra. Metafóricamente. Pero también literalmente. Días en los que sientes que te pesan los hombros, en los que sientes que estás perdiendo el tiempo, en los que deseas viajar en el tiempo para recomenzar o cambiar aspectos de tu pasado. Jornadas maratonianas, de no tener un hueco en tu cabeza para tus verdaderas pasiones, de médicos, de inconscientes comeduras de tarro que lo único que consiguen es ralentizar tu trabajo, no cumplir con los objetivos marcados. Mañanas que te las pasas mirando el techo de la habitación, buscando algo, eso que tanto ansías y que no aparece por ninguna parte, ni siquiera entre las manchas del gotelé. Tardes de automotivación que se tornan en desesperación porque algo ha fallado. Llamémoslo "imprevisto de última hora" o "distracción fortuita" que consigue poner patas arriba el horario que previamente te habías marcado. Ante esta situación sales a la calle, con la excusa de despejar tus neuronas de la tormenta eléctrica. A veces corres, otras aprietas el paso, aunque lo que en realidad haces es pasear lentamente, como si acompañases a una corte de hormigas. Observas a tu alrededor, deseas encontrar algo novedoso, algo que haga de tu existencia más atractiva, pero lo único que encuentras son descampados, edificios a medio construir y polvo, mucho polvo. Cierras los ojos, piensas en algo bonito, te recreas en ello hasta que te duelen los párpados. Al abrirlos, todo se ha esfumado y vuelta a empezar, asumiendo con resignación que lo imaginado será simplemente eso, algo maravilloso pero producto de tu subconsciente. Hay semanas en las que deseas salir de la tierra, dejarlo todo atrás, desaparecer. El problema viene cuando hay mil y un motivos por los que es, voluntaria e involuntariamente, imposible partir. Mientras leía a Alejandra Costamagna - magnífico descubrimiento - pensaba en todo eso y en como su envoltorio puede tornarse perverso e irreal. Imposible salir de la tierra: once cuentos que te mantienen los pies en el suelo y la cabeza en otros lares.


   Sara Gallardo, Samantha Schweblin, Ana María Shua, Laura Restrepo o Ariana Harwicz. Quizás a alguna de vosotras/os no os suenen para nada estos nombres. Y no me extraña, ya que las autoras latinoamericanas han permanecido siempre a la sombra de sus colegas escritores, y no digamos cuando a mediados de siglo XX el mundo asistió al despertar - también llamado "boom" - de la literatura procedente de países como Mexico, Colombia, Perú o Argentina. Un movimiento imparable que se extendería a lo largo de las siguientes décadas. Por supuesto, sus nombres nos los han tatuado a fuego en nuestra cabeza: Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Adolfo Bioy Casares, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y por supuesto Gabriel García Márquez como punta de lanza del movimiento. Sin embargo, y sin desmerecer su enorme talento literario, poco se habla, por ejemplo, de Elena Garro, o de Gabriela Mistral, o de Rosario Ferré o de Silvina Ocampo o de María Luisa Bombal entre otras. Si hacemos una búsqueda rápida, observamos como solamente estas dos últimas aparecen mencionadas y reconocidas como escritoras precursoras de terrenos literarios como el realismo mágico o los cuentos de carácter  metafísicos tan característico de esta oleada creativa. Si indagamos un poco más, descubrimos - en la misma página de Wikipedia dedicada al boom latinoamericano - un nombre de mujer más, el de Elena Garro, relegada a la categoría de "Otras figuras" junto con Clarice Lispector (que aunque Brasileña, importante es la influencia de esta corriente literaria en sus novelas y ensayos) cuando, y está demostrado que su novela Los recuerdos del porvenir - publicada varios años antes que Cien años de soledad - asienta los pilares del realismo mágico del que acabarían asociándose con el nombre de Gabriel García Márquez. Con estas palabras no busco desmerecer el talento del escritor colombiano, faltaría más, simplemente aspiro a que los que lean estas líneas entiendan que en este mundo existen hombres y mujeres, y que como tales, merecemos conocer la historia de ambos y estudiar sus aportaciones a la humanidad en igualdad y sin discriminación o silencio alguno. Actualmente, algunas editoriales parece que han escuchado la llamada del feminismo, por lo que en sus catálogos, de la noche a la mañana, autoras latinoamericanas de primer orden - tanto las que protagonizan en panorama literario actual como las que ya no están y podemos considerar verdaderas maestras - copan las listas de ventas y de premios internacionales. A mi estantería, el año pasado, vinieron para quedarse las nombradas en el primer párrafo. Escritoras que, además de trasladarnos a universos e historias increíbles, llevan con orgullo el sentirse pertenecientes a un nuevo movimiento cultural que en los últimos años no ha hecho más que dar alegrías al calor de los numerosos despertares sociales que están teniendo lugar en países como Chile, Argentina o Puerto Rico. De todas ellas, Sara Gallardo es la que, a pesar de pertenecer a la generación pionera, sus textos han cobrado protagonismo gracias a una impresionante labor de recuperación. Samantha Schweblin (capaz de trasladar el concepto de Black Mirror a la Argentina del siglo XXI) Ana María Shua (una bestia del microrelato), Laura Restrepo (la más internacional) o Ariana Harwicz (cuya última novela me heló la sangre) dan la bienvenida a otras autoras de reciente incorporación a mi estantería como Mónica Ojeda, Valeria Luiselli, Rosario Ferré o Alejandra Costamagna. Esta última, la autora del libro que a continuación reseñaremos.


   Lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi por primera vez la portada y el título del presente volumen de relatos fue que estaba en mi terreno, que en su interior me toparía con cuentos de ciencia ficción o al menos próximos a ella. Comprendedme, la poca concección de la sinopsis y esa nave - la cual parece más pequeña de lo que en realidad sería - a punto de despegar o de aterrizar ¿quién sabe? me hicieron pensar que me pasaría aquellos días de septiembre pegada a historias que me hiciesen viajar a inexplorados planetas. No obstante, y a pesar de mis expectativas, me encontré con algo muy distinto y a la vez cercano a lo que una servidora se imaginó. Haciendo honor a su título - Imposible salir de la tierra - Costamagna escribe una serie de relatos cortos plagados de personajes que desean con todas sus fuerzas escapar. Pero no hablamos de una huida geográfica, sino de ellos mismos, de su propia existencia. En otras palabras, a estos protagonistas les duele el simple hecho de respirar, porque de donde quieren marcharse es de su propia identidad, de su propio cuerpo, de su razón de ser en este mundo que no hace más que oprimirles, estrujarles, asfixiarles. De ahí que aparezcan ligeras pinceladas de ciencia ficción, ya que su máxima aspiración, en todos los casos, se consigue a través de la muerte, pero a pesar de ello, los personajes sostienen la búsqueda de otra solución, aunque ésta sea a todas luces imposible. No es de extrañar que, con este hilo conductor, la prosa de Costamagna sea fría, algo distante y ausente de cualquier atisbo de sentimentalismo o dramatismo. Son historias tan tremendas y realistas que incluso sus finales felices - o medio felices - resultan imposibles de encontrar en la vida real, de ahí que hablemos de ficción realista con toques de irrealidad que parecen cercanos a la ciencia ficción. Pero la diferencia es que el género que tanto cultivaron Asimov o Lem se sustenta sobre bases científicas bastante verosímiles, Costamagna no busca verosimilitud en los deseos de sus personajes, de hecho, algunos resultan enormemente incomprensibles, sin embargo, consigue que el lector acabe comprendiéndolos y al menos sopesando sus argumentos. Cada uno de los cuentos que componen esta antología contienen rarezas, obsesiones, peculiares relaciones humanas que nos hacen ver la fragilidad sobre la que se sustenta la vida y las relaciones sociales. Una realidad que, aunque incómoda, debemos aprender a observar, y sobre todo, a entender.

  Por citar algunos de los relatos más representativos de la pluma de Costamagna destacaría, por supuesto, el que da nombre al libro - Imposible salir de la tierra - en donde Julieta (una joven de 19 años que se debate entre terminar como "planta" o como "perro" a causa de un tumor y cuya capacidad de toma de decisiones le ha sido arrebatada) busca en la muerte su única vía de escape para trascender más allá de la vida. El problema viene cuando Raquel, hermana de Julieta, se aferra a las pocas esperanzas que quedan, como si aún existiese solución. Pero Julieta no quiere ser una "planta" - entiéndase como estado vegetativo - a ella hace tiempo que todo le da igual y lo único que quiere es terminar con todo antes de que su hermana cometa una locura en pos del amor fraternal y las "buenas intenciones". Seguidamente, otro texto que me causó una honda reflexión fue Are you ready donde, desde la ironía mas mordaz, se aborda el tema de la muerte. Desde lo que conlleva dicho acontecimiento - confusión, llanto, palabras en muchas ocasiones vacías y eufemismos para referirse al hecho de fallecer - hasta lo que significa desde la perspectiva del muerto - silencio sepulcral, frialdad, piel vacía y la sensación de lo que pudo ser y nunca fue - así como lo concerniente a la propia liturgia - la cual acaba, irremediablemente, convirtiéndose en un acto social más allá del motivo que ha unido a todas/os al rededor de un ataúd -. La hipocresía sobrevuela sobre el féretro y al protagonista todo eso, como bien leemos, le produce una repugnancia difícil de digerir. Por último, "Naturalezas muertas" aborda la dependencia afectivo-amorosa entre Martín Canossa - un hombre acabado y sostenido por el revulsivo de los antidepresivos - y Alia Votti - una mujer en la que Canossa acaba volcando todas sus esperanzas -. Alia Votti se convierte en la nueva droga de Canossa, la persona que conseguirá sacarlo del abismo cuando, en realidad, la solución a sus problemas pasa con hacer las paces consigo mismo. La relación parece ir viento en popa hasta el momento en el que Votti comienza a mostrar indiferencia hacia sus palabras o actos. Es entonces cuando Canossa comienza a sufrir las consecuencias de haberse olvidado de él mismo y de una mente perpetuamente obsesiva y despierta.

   En este último párrafo concluiremos destacando el talento de Costamagna, en primer lugar, para crear personajes totalmente normales en su contexto social pero con fantasías - las de experimentar su propia inexistencia - que escapan de la lógica o de las convenciones de una cultura asentada en los valores de la religión católica. Y en segundo lugar, para concienciarnos de que, en cualquier momento de nuestra vida, podemos ser Julieta o Martín Canossa. En otras palabras, que podemos ansiar nuestra desaparición en el momento más inesperado, estando cuerdos y hasta en un momento en el que las circunstancias de cualquier signo nos sonrían de oreja a oreja. Pero como bien reza Costamagna. es imposible, al menos por el momento - y si la ciencia no lo democratiza - salir de este mundo y observarlo tras un cristal a salvo de cualquier peligro procedente de la raza humana. Imposible salir de la tierra: once historias de irrealidad, de terrenidad, de pequeñas desgracias personales, de deseos inmorales a ojos de la sociedad, de adicciones, de muerte, de un halo de esperanza... Un libro, y sobre todo una autora, procedente de un país (Chile) en el que Isabel Allende va a tener que acabar compartiendo protagonismo literario.

Frases o párrafos favoritos:

“Ahora, esta noche húmeda en la capital, el hombre está de pie en la boletería de un cine, a punto de conocer a la persona que extirpará, milagrosamente o no, los aguijones de su cabeza.”

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barret Editorial

jueves, 23 de enero de 2020

RESEÑA: Los felices días del verano.

LOS FELICES DÍAS DEL VERANO

Título: Los felices días del verano.

Autor: Fulco di Verdura (Palermo, 1898 – Londres, 1978), último duque de Verdura, creció en un entorno en el cual desarrolló una vívida imaginación, un salvaje sentido del humor y un gran amor por los animales. Impresionada con su trabajo como creador de joyas, Coco Chanel lo convirtió en diseñador jefe de joyas de su marca. En 1934, Di Verdura dejó Chanel para abrir un salón en la Quinta Avenida de Nueva York, visita indispensable para las estrellas del cine y el teatro del momento, así como para la alta sociedad norteamericana. En 1973, convertido en una celebridad, se retiró a Londres, donde continuó dibujando y pintando. (Fuente: Editorial).


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: inglés. h

Traductora: Txaro Santoro.

Sinopsis: Fulco di Verdura es uno de esos elegantes escritores secretos, amado por unos escogidos lectores de todo el mundo, que primero se da a conocer en un mundo ajeno en apariencia a la literatura; en su caso, el de la moda (junto a la gran Coco Chanel). En este libro de memorias, que tiene muchos momentos a la altura de El Gatopardo, pero donde un gran sentido del humor (hasta la risa) baña el relato, Di Verdura describe su idílica infancia en la magnífica Villa Niscemi, centro para él de un mundo y un tiempo inolvidables: la aristocrática Palermo anterior a la Primera Guerra Mundial. En esos felices días sicilianos, las travesuras infantiles conviven con la primera ópera, la muerte de los ancestros queridos con los jardines espectaculares que dora el sol, las lecciones de sus institutrices inglesas con los helados memorables o las fiestas más sorprendentes…Todo ello perdura en el recuerdo del autor, de prodigiosa memoria, décadas después. En este maravilloso libro nos seduce con anécdotas de sus familiares, sus excéntricos vecinos o los animales con los que tanto disfrutaba junto a su hermana, al mismo tiempo que retrata el progresivo desarrollo de su sensibilidad. Pero esa prosa evocadora sabe narrar la «acción» como el mejor novelista, así que estas páginas no son sólo de la estirpe de Proust, sino que también nos hacen pensar en el Stendhal de las Crónicas italianas. (Fuente: Editorial)

Su lectura me ha parecido: ligera, curiosa, interesante, glamorosa, veraniega, con ecos de El Gatopardo, bien escrita, maravillosamente descriptiva, un sorprendente documento histórico... Ahora llueve a cantaros sobre los tejados y terrazas de mi ciudad. Llueve tanto que parece que las gotas agujerean el suelo y los truenos rompen los cristales. Hace días que no salgo de casa, y no es un encierro voluntario, ya que si por mi fuera saldría a pasear por las calles del barrio o habría una visita a alguna de las tiendas del centro. Menos mal que por el momento mi trabajo me permite poder resguardarme de la tormenta cuando ésta ruge sin piedad, otras personas, por desgracia, no tienen la misma suerte. Últimamente, y aunque el sonido del agua caer siempre me ha relajado, cuando acontecen días de oscuridad y humedad pienso en el mar, en la playa y en los aromas que desde la infancia pertenecen a mi memoria particular. Cuando era pequeña me bañaba, me embadurnaba y construía mil y un castillos en la orilla. Siendo una adolescente la empecé a aborrecer, el simple hecho de que mi piel mojada entrase en contacto con la arena me agobiaba. Supongo que me volví más perezosa entonces. Años más tarde volví a ella con fuerza, gracias en parte a las lecturas de temática estival que durante tantos meses había devorado. Comprendí entonces la innata conexión que nos ata a las personas que hemos nacido en la costa con esa azulada línea del horizonte y el microcosmos que rodea al concepto de "vacaciones en el mar" el cual, desde el punto de vista literario, ofrece infinitas posibilidades. Ahora, en medio del aguacero, me apetece escuchar su salada melodía y perderme en el infinito en lugar de observar, día sí y día también, edificios de hormigón. Es esas estoy mientas, a mi izquierda, reposa uno de los libros que han marcado mi verano playero y que, a riesgo de parecer enormemente inoportuno dada la climatología, me ha apetecido rescatar de mi librería y hablaros de él. La urgencia manda, a pesar del tiempo adverso, las bajas temperaturas o el cementerio de paraguas en el que se ha convertido la calle. Los felices días del verano: la infancia de Fulco di Verdura bañada por el sol y la decadencia de la aristocracia siciliana.


   Para poder entender en su conjunto el libro que hoy tengo el placer de reseñar, es importante conocer, aunque sea muy brevemente, algunas pinceladas de la biografía de su autor. Fulco di Verdura nació el 20 de marzo de 1898 en la ciudad de Palermo (Sicilia). Descendiente de aristócratas - los Verdura y los Murata de la Cerda - Fulco se crió en un ambiente privilegiado en el que los juegos en el jardín y las fiestas de alta alcurnia con otros ilustres nobles eran parte de la cotidianeidad de su rango social. Fulco heredó el título de duque al fallecer su padre. Dicha distinción le proporcionó libertad, pero económicamente en la Italia de los años 20 su situación no estaba tan boyante, por lo que se buscó un empleo que se ajustase a su posición y que le proporcionase los ingresos suficientes para llevar la vida de lujos a la que estaba acostumbrado desde niño. De este modo - y tras hacer contactos en exclusivas fiestas - fue como acabó trabajando para la mismísima Coco Chanel en el diseño de las joyas de la futura marca. Esta unión empresarial duró unos largos ocho años, los cuales aprovechó para ensanchar su red de clientes en el otro lado del atlántico, llegando a considerarse como el joyero preferido de las celebrities hollywoodienses del momento. Sus motivos de inspiración floral y su profesionalidad al frente de su propia empresa lo llevaron a colaborar con pintores como Salvador Dalí y con empresarios como Vincent Astor, por lo que se podría decir que Fulco di Verdura supo moverse con bastante soltura entre la élite intelectual y burguesía en tiempos de colapso y retrocesos políticos. Así mismo, y como curiosidad significativa, mencionar que él fue primo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa autor de El Gatopardo, una de las obras cumbre de la literatura italiana del siglo XX. Dicho esto, y siguiendo con lo último que he comentado, podemos asegurar que existe una conexión más allá de los lazos familiares y de clase social entre Verdura y Lampedusa; sino que en el plano literario tanto El Gatopardo como Los felices días del verano hablan prácticamente de lo mismo. Ambos están escritos desde épocas distintas pero no tan alejadas en el tiempo - el primero en 1958 y el segundo en 1976 -. Los dos se mueven en los ambientes círculos aristocráticos, y aunque existen diferencias de estilo y tono, la cronología en la que se ambientan los textos casi se solapa - la historia de El Gatopardo transcurre entre 1860 y 1919 haciendo especial hincapié en la unificación italiana,  mientras que la de Los felices días del verano se acopla a la Italia anterior a la Primera Guerra Mundial -. Y por si fuera poco, los dos escritores no esconden su nostalgia hacia aquellos años, por motivos bien distintos, pero ahí está, latente en cada página. Si la de Lampedusa es de carácter político-social, la de Verdura es más mundana, menos profunda, más terrenal en comparación con la de su ilustre primo. ¿Y cuál es la gran diferencia entre un libro y otro? Que mientras El Gatopardo aborda la decadencia de la nobleza siciliana desde un punto de vista más público, Los felices días del verano se adentra en lo privado, en la cotidianeidad, en lo a priori superfluo y carente de interés para narrarnos los cambios en las élites italianas.


   Lejos de encontrarnos ante un texto carente de personalidad, en Los felices días del verano Fulco di verdura nos introduce desde una perspectiva muy privilegiada - en ambos sentidos de la palabra - y desde la madurez adulta en el retrato de su infancia, y lo más importante, de lo que para él significó ser niño en ese contexto histórico. Fuente inagotable de novelas, ensayos, poesías y obras teatrales, la niñez jamás dejará de regalarnos impresionantes textos, algunos de ellos hoy clásicos de la literatura universal. Así como proporcionar al lector infinidad de aproximaciones desde perspectivas y géneros totalmente opuestos entre sí. En el caso del libro de Verdura, éste nos plantea una estructura clásica dentro del terreno testimonial con, evidentemente, recursos novelescos que contribuyen a hacer de su lectura más atractiva. Como ya podemos intuir, y a pesar de encontrarnos ante un documento histórico de gran valor, Fulco se agarra esa máxima tantas veces escuchada y leída en este tipo de textos de "quizás no ocurrió de este modo, pero así me lo contaron, o así me gusta recordarlo". ¿Esto qué quiere decir? Pues simplemente que el autor hace un pacto no escrito con el lector que, al igual que sucede en la autoficción, en el que se admite las trampas de la memoria y las subjetividades a las que ésta puede conducir. El propio Verdura es honesto al reconocer tal realidad y al asegurar que en ocasiones lo verídico puede confundirse entre algunas licencias que éste usa para hacer más atractivo el libro. De este modo, los lectores, los cuales siempre tienen la última palabra, tienen la libertad de asimilar que es cierto y que es completamente falso; encendiendo la chispa que hace tan atractivas estas peculiares memorias. El texto arranca con un recuerdo, con el de la imponente Villa Niscemi - situada en la populosa ciudad de Palermo - en donde pasa toda su infancia, para después enlazarlo con sendas e interesantes descripciones del paisaje y sus gentes. A través de su divertida y curiosa mirada de niño, Fulco nos guía por cada una de las espectaculares estancias de la mansión, detallando las principales características arquitectónicas y los diversos animales que en ella habitan. A continuación, y sin olvidarnos del despampanante y árido jardín - sin duda las escenas más hermosas del libro - nos describe los habitantes (humanos). Empezando por su hermana mayor, su temperamental abuela, algunos parientes lejanos, el personal del servicio, las niñeras inglesas y por supuesto algunos de sus más ilustres antepasados. Cada personaje y anécdota que Fulco plasma sobre el papel funcionan como fotos de la vida en aquel lugar, y por extensión, el día a día de la alta sociedad. No debemos de pasar por alto que Verdura era - así, sin medias tintas - un niño "pijo" de su época, y por tanto, es muy probable que muchos de sus comentarios nos resulten hipócritas y superfluos. Pero os diré una cosa, en cualquier aproximación histórica hay que leer de todo y a todos, tanto a los que tuvieron una vida muy dura como a los que la tienen solucionada desde la mismísima cuna. Así podremos conseguir una visión más amplia del periodo, en este caso en concreto, de la Italia anterior a la Primera Guerra Mundial.


  Una de las cuestiones que más me ha llamado la atención del libro, además de su cosmopolitismo en las expresiones tanto en francés e italiano que nos topamos a lo largo de su lectura (no debemos olvidar que el presente texto está escrito originariamente en inglés a pesar del origen siciliano del autor), ha sido por supuesto el momento en el que Fulco di Verdura descubre la crueldad infantil. Él mismo se reconoce como un niño caprichoso, un alumno perezoso y fácilmente irritable. Una criatura que llevaba locas a las institutrices y primas con sus trastadas pero que, sin embargo, empieza a comprender a una edad muy temprana la sensibilidad y el valor del arte. Su gran descubrimiento pue sin duda la ópera, así como las representaciones pictóricas y grandes obras de teatro. Espectáculos a los que, debido a su privilegiado estatus social, pudo acceder y disfrutar sin problemas. Siendo conscientes de su posterior trayectoria profesional, es normal que el pequeño Fulco acabase por imbuirse en esa espiral de creatividad, aunque desde una perspectiva insólita y poco predecible. Personalmente, una de las imágenes que también merecen un pequeño espacio en este párrafo es la del terremoto que en el año 1908 tuvo lugar la ciudad de Mesina siendo, junto con la ciudad Regio de Calabria, completamente destruidas. Tras dicho seísmo, un tsunami con olas de hasta 12 metros sacudió la costa calabresa llevándose por delante la vida de entre 75.000 y 200.000 personas. Los temblores llegan hasta la Villa Niscemi, y la inquietud se apodera de sus inquilinos. Sin embargo, lo más interesante de este capítulo es la solidaridad que la propia ciudad de Palermo demuestra ante aquella inesperada tragedia. Casi no vemos el paisaje devastador, sólo lo que Fulco nos cuenta a partir de conversaciones entre los adultos, aún así, el lector no puede evitar estremecerse e ir corriendo a internet para comprobar la devastación y los cadáveres en blanco y negro. Por ir acabando esta reseña, concluiremos diciendo que el libro de Fulco di Verdura se erige como unas memorias muy al uso de las clases altas de la sociedad, en el que la buena literatura se funde con un testimonio único de un acontecimiento que, sin ser del todo llamativo, fue fundamental para entender los cambios de mentalidad y el mundo anterior al primer gran conflicto bélico de la historia universal. El mundo estaba cambiando, lo sabemos desde el presente y lo supieron algunas y algunos de sus protagonistas - tanto ilustres nombres como voces procedentes del anonimato - y estaba dándose en muchos lugares de aquella Europa post siglo XIX. Una Europa que, en lo que a la alta alcurnia se refería, seguía como si la entrada del nuevo siglo no hubiese tenido lugar. Una clase privilegiada que, cegada por su poder, su influencia y su dinero no atisbaba a ver lo que estaba por venir, lo que ya asomaba desde el horizonte, ese hedor a muerte procedente de las futuras trincheras. Esos hechos, esas etapas de transición, son fundamentales para entender los grandes hitos de la historia que, por desgracia, suelen normalmente quedarse en un segundo plano. De ahí que textos como el de Fulco di Verdura sean imprescindibles ya no sólo para comprender un hecho concretísimo, también para poderlos enmarcar dentro de una cronología más amplia en la que podamos comparar desde una actitud crítica. En la literatura, el final del verano es, como ya lo mencionamos en Vozdevieja, símbolo del cierre de una etapa vital - de infancia a adolescencia, de adolescencia a madurez o de madurez a vejez - pero en este testimonio, el ocaso de la estación más calurosa permite el nacimiento de una época más turbulenta, oscura y decisiva.

Los felices días del verano: una historia de nobles, primas, arbolados jardines, barrocas estancias, juegos en la playa, ilustres parientes, abuelas convertidas en matriarcas, travesuras, lujos, fiestas, tardes interminables... El libro que os hará más llevaderas la lluvia, la nieve y los días de encierro involuntario.

Frases o párrafos favoritos:

"Para mí continuará siendo lo que siempre fue: “La Casa”, la única casa que realmente he amado, con ese amor que no conoce reservas y que sólo puede albergar un niño".

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

viernes, 17 de enero de 2020

RESEÑA: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

SIEMPRE LA MISMA NIEVE, Y SIEMPRE EL MISMO TÍO

Título: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

Autora: Herta Müller (Nitzkydorf 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir de su país por su relevante papel en defensa de los derechos de la minoría alemana. Desde 1987 vive en Berlín. Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. En 2015 le concedieron el Premio Heinrich-Böll. Es autora de El hombre es un gran faisán del mundo, En tierras bajas, La piel de zorro, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mi misma, El rey se inclina y mata, La bestia del corazón, Hambre y seda, En la trampa y Mi patria era una semilla de manzana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: alemán.

Traductora: Isabel Díaz Adánez

Sinopsis: El discurso de agradecimiento que dio Herta Müller al recibir el Premio Nobel de 2009 comienza así: «La peripecia de una niña que cuida vacas en un valle hasta llegar aquí, hasta el Ayuntamiento de Estocolmo, es muy extraña». No hay textos que expliquen mejor que sus ensayos ese camino desde la aldea rumana hasta el mundo de la gran literatura. La obra de Herta Müller es una construcción rica y compleja que se nutre de sus experiencias, y como tal refleja la profunda sensibilidad de una autora que se ha posicionado con firmeza para defender sus ideales más allá de la esfera política, como una forma de concebir el mundo. En los textos que componen este libro habla de su niñez y de su juventud, relata la persecución que sufrió por parte de los servicios secretos, reflexiona sobre cuestiones de su propia escritura y comenta las lecturas de autores clave para ella por su faceta literaria o política. Una obra imprescindible y muy personal de una de las autoras más lúcidas e importantes de nuestros días. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: sorprendente, muy interesante, en donde los elementos autobiográficos se filtran a través de formas pertenecientes a la ficción, lírica, sencilla, un descubrimiento, capital para conocer en profundidad la obra y la biografía de la Premio Nobel de Literatura... Cuando el lector se aproxima a una obra en concreto lo hace movida o movido por mil y un intereses. Es posible que haya dado con ese libro por recomendación de una persona cercana, por el boca a boca de las redes sociales - tan habitual en los tiempos que corren - o simplemente por el mero capricho de disfrutar de un buen texto. Los hay que leen obligados, cansados, por compromiso; pero también por afición, pasión o un particular interés intelectual. También existen los que, selectivamente, eligen sus lecturas en función de los gustos o apetencias que en ese momento saben que deben satisfacer, como quien come porque tiene el estómago vacío. Pueden guiarse a partir de los géneros en los que se sienten como peces en el agua, por esa autora o autor que les mantuvo en vilo hasta las tantas de la madrugada, por el interesante tema que dicho libro aborda críticamente o con precisión, o simplemente porque quieren matar el aburrimiento con una historia que no les haga pensar mucho; por lo que en este caso no todos las novelas o ensayos valen. Y por último, están los que siempre van más allá de las palabras escritas, los que se quedan horas y horas reflexionando sobre lo que acaban de leer, los que leen con un ojo siempre puesto en cuestiones como el contexto histórico, la vida de la escritora/or de turno o la visión que ésta o éste tiene sobre determinados debates y como éstos pueden o no encajar en el mundo que nos rodea. Oscilando entre categorías se halla una servidora. Hay momentos en los que, por A o por B, me apetece adentrarme en historias que abordan temas muy determinados, como de pronto me apetece algo más ligerito en épocas en las que siento que la cabeza me va a explotar. Sin embargo, siempre acabo haciéndome muchas preguntas, demasiadas tal vez, pero ninguna con menos valiosa que la anterior. ¿Qué habrá pensado al escribir esto? ¿En qué lugar suele trabajar? ¿Acompañará sus quebraderos de cabeza con un música de fondo? ¿Con una taza de café tal vez?¿O con algo más fuerte? ¿Cómo se le ocurrió eso? ¿Cuántas veces habrá sufrido el síndrome de la importora/or? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo habrá escuchado furtivamente mientras caminaba por la calle o en el transporte público? ¿Cuánto tiempo le llevo la investigación?... Y lo más importante: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿En qué medida su vida ha marcado su literatura? Para estos y otros interrogantes del estilo tenemos libros como el que hoy tengo el placer de reseñar. Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: la escritora tras el Premio Nobel de Literatura 2009.


   Lo reconozco. El título de este libro no puede ser más llamativo. Aún recuerdo la cara de prima que se me quedó la primera vez que vi este libro en una librería. No sabía qué pensar. ¿Era una broma o simplemente la autora tiene un don maravilloso para ponerle nombre a sus criaturas literarias? En cuanto pude, por fin, dedicarle tiempo y días a su lectura descubrí que así también se titula uno de los numerosos textos que componen el volumen, un escrito que, si bien es brillante, resume a la perfección su razón de ser en el panorama literario actual. Autora de importantes novelas, articulista, conferenciante y reconocida con algunos de los premios más importantes - incluyendo el Nobel - Herta Müller es una de las quince mujeres en recibir el máximo galardón de las letras a nivel internacional. Sin embargo, y antes de adentrarnos en la crítica propiamente dicha, debemos en primer lugar ahondar brevemente en la biografía de dicha escritora. Herta Müller nace en el año 1953 en Nitzkydorf, un pequeño pueblo situado al suroeste de Rumanía. Descendiente de inmigrantes suabos, Müller pertenecía a la minoría alemana asentada en la región desde hacía varios siglos. Nieta de un granjero cuyas tierras fueron expropiadas por el régimen comunista e hija de una madre deportada a la Unión Soviética en 1945 donde pasó cinco años en un campo de trabajo y de un padre camionero y exmiembro de las SS que curaba su cargo de conciencia aferrado a una botella de alcohol, Herta creció rodeada de silencios y numerosos tabúes entorno al pasado de su familia. Ya en la universidad, y tras haber aprendido rumano en la escuela, Müller acudía asiduamente a las reuniones de un grupo de escritores rumano-alemanes. Tiempo después, dichos encuentros acabaron conformando lo que se conoce como el círculo literario "Adam Müller-Guttembrunn" en el que Müller era la única mujer. Tras negarse a colaborar con el servicio secreto de la dictadura, Herta fue despedida de la fabrica en la que trabajaba como traductora técnica. Es entonces cuando las amenazas y los interrogatorios de la Securitate se sucedieron. Hasta tal punto llegó la situación que Müller tomó la decisión de exiliarse a Alemania Occidental junto a su marido y su madre. Una vez allí no cesó en su empeño por denunciar las atrocidades que el régimen de Cartaescu estaba cometiendo contra sus ciudadanos, una lucha que se prolongó más allá de la caída del muro de Berlín o la desmantelación de la URSS. En lo que a su carrera literaria se refiere, aunque desde bien pequeña manifestó un especial interés por las lenguas y la escritura, no fue hasta que comenzó a trabajar en la fábrica técnica de Tehnometal cuando empezó a escribir las primeras líneas de una extensa carrera literaria. En cuanto al tema principal de su obra, como no podía ser de otra forma, es la dictadura rumana y las terribles consecuencias en la población civil. La infancia, el desarraigo, el mundo rural, la pobreza, la segunda guerra mundial, la intolerancia, la corrupción o la inmigración son otras de las preocupaciones de Müller como autora. Debido a su activismo contra Cartaescu, y sobre todo a partir de la publicación de Tango opresivo en los años ochenta, se le prohibió publicar en Rumanía a pesar de que sus libros cosechaban gran éxito de público y crítica fuera de sus fronteras. Huelga decir que hasta que el régimen comunista rumano cayó, sus libros estuvieron prohibidos y censurados y que la concesión del Premio Nobel de Literatura en el 2009 provocó que millones de lectores al rededor del mundo se interesasen en aquel oscuro periodo de la historia.


   Una vez investigas un poco sobre su peculiar e interesante vida no puedes evitar a continuación querer conocer a esta autora más en profundidad a través de las diversas novelas que ha publicado. Y eso es precisamente lo que Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío provoca en el lector, la necesidad de seguir leyendo más y más. Tal vez, al no haber leído nada de Herta Müller antes de dar con el presente libro, la inquietud haya alcanzado unos niveles muy altos. Sin embargo, para quienes hayan ahondado en su producción literaria con anterioridad, este libro podrá aportar una mirada más amplia y complementaria. Desde un estilo depurado, sencillo y sin ocultar un lirismo que se podría considerar como su sello de identidad como escritora, Müller va desgranando algunos aspectos de su biografía a través de breves ensayos y artículos que podrían perfectamente pasar por relatos dada la implicación literaria de éstos. En ocasiones ni cuenta te das de que lo novelístico - en cuanto a las formas - invade lo real. Su sincera y osada pluma recorre el pasado nazi del patriarca de la familia, la traumática experiencia de su madre en un campo de trabajo, sus enriquecedoras reuniones en círculos intelectuales, el terror con el que tuvo que convivir al ser consciente de que la inteligencia rumana estaba tras sus pasos, sus dudas y opiniones acerca del noble arte de la escritura, su vida en Berlín, su mirada desde el exilio o algunos episodios concretos de su infancia. En ese sentido, resultan especialmente interesantes textos como "Cada palabra sabe del círculo vicioso" - el primero con el que el lector se topa nada más abrir el libro - o "Mucho cuerpo para tan poco motor" - testimonio único de la complicada relación con su padre -. Sin olvidarnos de sus constantes referencias a los autores que inspiran su obra tales como el filósofo rumano Cioran - exiliado en Francia - el poeta Oskar Pastor - constantemente idolatrado por Müller - o Theodor Kramer - autor judío muy poco conocido por el gran público - entre otros. Y por si fuera poco, Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío contiene tanto el discurso que la autora pronunció durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel y las palabras que posteriormente dedicó durante la tradicional cena de los premiados. Ambos testimonios de incalculable valor tanto literario como histórico. Al igual que le sucedió a autores como Jorge Semprún (deportado al campo de concentración de Buchenwald y autor de, entre otros libros, El largo viaje), Primo Levy (también cautivo en el campo de concentración nazi de Monowice y cuyas experiencias plasmó sus memorias Si esto es un hombre y La tregua) o Aleksandr Solzhenitsyn (que tras pasar por varios campos de trabajo de la URSS escribió el voluminoso Archipiélago Gulag), la obra de Herta Müller podría ser apreciada y doblemente valorada. En primer lugar, desde lo puramente literario, y en segundo lugar desde su poderoso carácter testimonial acerca del horror del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu en Rumanía. Dicho esto, y por ir concluyendo la presente reseña, podríamos definir a Müller, no sólo como una gran escritora, también como uno de esos personajes inquebrantables, que supo y sigue defendiendo sus ideas contrarias al poder hasta las últimas consecuencias y un ejemplo de la independencia del pensamiento intelectual frente a lo establecido. No sé si a vosotros os habrán entrado ganas de leer El hombre es un gran faisán del mundo o En tierras bajas - dos de sus más aclamadas novelas - tras haber leído esta crítica. Pero en lo que a mi respecta estoy deseando acercarme a la biblioteca de mi barrio para ver que libros tienen de ella. Si lecturas como esta incitan a la incontinencia intelectual, entonces es que Herta Müller ha conseguido su objetivo.

Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: una historia de denuncia, de injusticia, de desigualdad, de confesiones personales, de discursos institucionales, de prestigio, de exilio, de terror, de literatura... Un libro que, tras su lectura, querréis volver a él.

Frases o párrafos favoritos:

"¿Llevas un pañuelo?, me preguntaba mi madre todas las mañanas en la puerta de casa, antes de salir a la calle. Yo no llevaba. Y, como no llevaba, tenía que volver a mi cuarto a coger un pañuelo. No lo llevaba ningún día, porque cada mañana esperaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre, por la mañana, me cuidaba. En las horas que seguían y para el resto de cosas del día ya tenía que arreglár­melas sola. La pregunta "¿Llevas un pañuelo?" era una mues­tra indirecta de cariño. Una muestra directa habría resultado embarazosa —eso no es cosa de campesinos—. El amor se disfrazaba de pregunta. Solo así se podía expresar en tono seco, como una orden, como cualquier instrucción sobre el trabajo. En tono hosco, incluso subrayaba la ternura. Todas las mañanas me encontraba delante de la puerta: una vez sin pañuelo y la segunda con pañuelo. Y entonces ya sí salía a la calle, como si llevando el pañuelo también se viniera mi madre conmigo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

martes, 14 de enero de 2020

RESEÑA: Vozdevieja.

VOZDEVIEJA

Título: Vozdevieja.

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Vozdevieja es su primera, y muy prometedora, novela. Fuente: Editorial.


Editorial: Blackie Books.

Idioma: español.

Sinopsis: Tiene nueve años. Su nombre es Marina, pero en el cole la llaman Vozdevieja. Este verano en Sevilla, el primero después de la Expo del 92, es tan largo y tan seco que ella no sabe si llorar o reír. Si quiere que todo cambie o que todo siga igual. Porque aún juega con muñecas Chabel pero ya mira revistas para adultos. Porque su madre está enferma y ella ya se imagina en un convento rodeada de huerfanitas. Porque todo el mundo, también su padre, insiste en desaparecer. Porque su mejor amiga es su abuela, quien le guisa, la peina, se deja cortar esas uñas como alacranes, le cuenta su amor por Felipe González, le dice tranquila, le enseña nuevos tacos, le cose vestidos de flores. Luego sale y esos vestidos le molestan tanto como si fueran de lija. Y aun así, Marina siempre tiene hambre: de vida, y de filetes empanados. Una voz única, tierna, lírica y divertidísima. Una primera novela tan inolvidable como la primera vez que te pasa algo importante.

Su lectura me ha parecido: tierna, cercana, fluida, fresca, espontanea, muy alejada del retrato de la infancia blanca tradicional, ocasionalmente perturbadora, castiza, con unos personajes (en especial la protagonista) que consiguen tocarte el corazón, poco concreta en algunos pasajes, nostalgia en estado puro... Antes de meterme de lleno a criticar y a hablaros de la que considero una de las mejores lecturas del año que hace unas semanas hemos dejado atrás, me gustaría comunicaros que, ahora sí que sí, una servidora ha vuelto con todas las ganas del mundo para seguir escribiendo las reseñas literarias de esos libros que me han acompañado y siguen acompañándome allá donde voy. Dicho esto, no sería justo empezar la reseña de esta novela - una de las grandes sorpresas del año - sin comentar que, por primera vez en mucho tiempo, como lectora me he permitido salir un poco de mi área de confort. Esa en la que inconscientemente, y no sé muy bien por qué, ignoraba aquellos libros escritos por autoras y autores jóvenes de nacionalidad española. Durante mucho tiempo mi cabeza estuvo en los clásicos (sobre todo en ciertos clásicos), en determinados géneros (los cuales cualquiera que eche un vistazo por este espacio y las redes sociales sabrá a cuales me estoy refiriendo), en el ensayo (especialmente de temática feminista o histórica) y sobre todo en realizar un rescate de todas esas autoras que, desde mi punto de vista, consideraba que merecen más atención de la que en su momento se les prestó. Y sigo en ello, nunca dejaré de nutrirme de todas estas lecturas ni de seguir ampliando mi conocimiento respecto algunas temáticas y pensamientos. Así como continuar poniendo sobre la mesa la ficción y la no ficción de escritoras olvidadas por la historia. Sin embargo, necesitaba urgentemente escuchar a las voces de mi generación, o al menos a las que hablasen de los problemas, sentimientos y debates varios que tanto nos importan y preocupan. Ese interés despertó a la vez que conseguía, después de mucho tiempo, reilusionarme con la escritura, con la escritura de mis propios textos, que aunque no ocupen más de una hoja, para mi simbolizan un logro, una explosión con la que ansiaba desde hacía años. Desde entonces, y siempre que tuve ocasión, no dudé en hacerme con una buena cantidad de libros escritos por en su inmensa mayoría autoras nacidas en los años 80 y 90 del pasado siglo o que, habiendo nacido en décadas anteriores, no pierden la perspectiva de los tiempos que corren. Y aunque si bien es cierto que el género en el que estoy encajando mis microrelatos se encuentre en las antípodas de estas novelas en lo que a género literario se refiere, si que me han permitido situarme como autora, reflexionar sobre la cronología más acuciante o regresar a infancias y adolescencias con las que de alguna forma pueda, por fin, empatizar con lo que se está narrando. En el caso que hoy nos ocupa una servidora no era consciente de lo que sucedía a su alrededor, ya que la novela que tengo el placer de reseñar transcurre en el año en el que nací, 1993, el año de las niñas de Alcasser, de la reelección de Felipe González, de una de las peores recesiones económicas, de la Macarena y del bajón tras Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Precisamente en el seco verano sevillano de 1993 situamos a Marina, a su madre, a su abuela, y por supuesto, a la autora de la presente novela. Vozdevieja: un tragicómico retrato de niñez a golpe de nostalgia noventera.


   El que Vozdevieja, durante los meses que duró la campaña de promoción editorial, estuviese respaldado e incluso recomendado por Elivira Lindo - una de las autoras más importantes de este país y que precisamente gran parte de su producción literaria tiene su razón de ser en esa aproximación a la infancia desde una perspectiva cercana al público juvenil - no es una mera casualidad, sino un anticipo de lo que el lector se va a encontrar en el interior de Vozdevieja. Y es que la mirada tierna y ocurrente propia de esa etapa vital está muy presente, algo que, por supuesto, recuerda a los personajes más entrañables de la autora gaditana de nacimiento y madrileña de adopción como el inolvidable y siempre inquebrantable Manolito Gafotas. Sin embargo, la gran diferencia entre la saga de Lindo y la novela de Elisa Victoria es que, en esa aparente apacible infancia, la autora incide en la otra cara de la moneda, en esa oscuridad que todo núcleo familiar posee y que bajo el paraguas de la hipocresía se trata de ocultar para que la luz del sol no ose si quiera rozarla. Por supuesto esta no es una historia de secretos familiares, ni de historias terroríficas acontecidas en el ámbito privado. Vozdevieja está planteada como una novela-radiografía en la que, por un lado, Victoria nos cuenta como era la sociedad española de 1993 y por el otro nos adentra, sin morbo o autocompasión, en las imperfecciones de la vida doméstica, en los claroscuros de una familia que, como tantas en este país, tiene disfuncionalidades. Empezando por esto último, comenzaremos hablando de Marina, absoluta y rotunda protagonista de la novela. Una niña sevillana de tan sólo nueve años de edad a la que poco a poco iremos conociendo, hasta el punto de que, a medida que avancemos en la historia, queramos abrazarla, consolarla o participar en alguno de sus juegos y ocurrencias varias. Marina pasa gran parte de su tiempo con su abuela, su madre la tuvo en un momento en el que no se sentía preparada y ahora se encuentra sumida en una depresión, tenemos a un padre ausente, al novio de la madre el cual intenta, sin mucho éxito, reemplazarlo de alguna manera. Y por si fuera poco estamos ante el primer verano antes de que empiece las clases en un nuevo colegio de monjas después de tantas mudanzas.  Es en este entorno de la periferia Sevillana, en esos barrios obreros de ladrillos rojos, en esas plazas ardientes al calor del agosto andaluz, en esos coloridos y carcomidos futbolines y en esas tardes de aburrimiento - sí, en los 90 aún nos aburríamos - mirando lo que ponían en la tele donde situamos a Marina y su cotidianeidad.

   Un aspecto que juega muy a favor de este libro, como ya he comentado antes, es esa aproximación a lo innombrable, a esos "tabúes" pertenecientes al ámbito doméstico sin dramatismos de ningún tipo y desde una mirada curiosa, pícara y deliciosamente tierna. Marina no vive ajena a la realidad de su entorno familiar, sino que ella misma es una espectadora más de las virtudes y las imperfecciones de sus seres queridos. Especialmente memorables son sus conversaciones con su abuela - el otro gran personaje de la novela - mientras la acompaña al baño y observa como hace pis, pero también sus juegos en los que las muñecas se restriegan, las siestas de su madre en bragas, los comics para adultos que Marina lee a escondidas o la violencia que subyace entre los niños del barrio. Lejos de mostrar la imagen de infancia blanca perfecta, Elisa Victoria coge lo impúdico y te lo pone ante los ojos del lector y ante los ojos de una niña de nueve años, a través de los cuales veremos como normal todo ese desorden cotidiano que protagoniza cada uno de los días de aquel largo verano de 1993. A partir de ahí, Elisa Victoria se permite el lujo de introducir temas de reflexión tan necesarios como la curiosidad por el sexo - por el cual Marina se interesa precozmente - la mentira infantil, las historias familiares, la enfermedad, el rechazo, la soledad, la diferencia generacional o el miedo a no encajar. Todo eso desde la perspectiva de una niña con el don innato de la curiosidad, la picardía y la cálida voz de quien desea que le traten como una adulta y no como una niña, de quien teme al fin del verano mientras se baña en la playa de Marbella junto a su abuela, de quien odia que se refieran a ella despectivamente como "vozdevieja".


   Por otro lado, Vozdevieja trasciende más allá de la individualidad de Marina y de su retrato único y desprejuiciado de la infancia, sino que Elisa Victoria eleva a su protagonista a la categoría de doble testigo. Primero de la realidad que la rodea en lo privado y segundo de la sociedad castiza y humilde a la que pertenece. En ese sentido, en lo literario se podría comparar con lo que Miguel Delibes hizo en El príncipe destronado al situar a Moncho - ese niño celoso de su hermana pequeña - entre dos mundos: entre el de la historia que acontece y el del contexto de una familia adinerada en el Madrid de los últimos años de la dictadura franquista. Y en lo audiovisual, Carlitos en Cuéntame es el narrador de su propia historia familiar a lo largo de décadas y décadas de la historia más reciente de España y al mismo tiempo se alza como la voz de toda una generación que, al igual que él, también ha vivido directa o indirectamente los sucesivos acontecimientos históricos que se muestran en la serie. En el caso de Vozdevieja, Elisa Victoria nos conduce por las calles de la periferia sevillana, nos sumerge en el salado aroma del mar Marbellí, en los chiringuitos de playa atestados de gente, en esos balcones llenos de ropa interior, en esos bancos donde antaño la gente quedaba para hablar sin tener un móvil entre las manos, en esos parques en los que los niños se pasaban toda la tarde jugando al pilla-pilla o a la gallinita ciega. Y por supuesto en las mentes de los vecinos, en el socialismo de Felipe González, en la desazón por la crisis económica, en sus mundanas preocupaciones o en el fantasma de la Expo, un eufórico espejismo del que a día de hoy quedan los recuerdos, las infraestructuras y el llamado "cementerio de Curros". De lo particular a lo colectivo. De la anécdota a lo trascendente. Entre esos mundos se mueve Marina - claramente el alter ego de la propia Elisa Victoria - aderezado con infinidad de referencias a la cultura de los años 90. Desde dibujos animados como Bola de Dragón Sailor Moon a series como Los Vigilantes de la playa, Salvados por la campana o Melrose Place pasando por la música de Diana Ross o James Brown, las meriendas cargadas de calorías como el Bollycao y sin olvidarnos de los comentarios hacia Carmen Sevilla presentando el Telecupón. Tal vez sea esta la única pega que le pondría a esta novela en su conjunto, el divagar y recrearse demasiado en todos estos guiños a la época que, por muy simpáticos o efectivos que resulten - no todos los revivals televisivos y novelísticos de décadas como los 80 y 90 del pasado siglo no son siempre buenos o necesarios - a veces corren el riesgo de que la tensión narrativa se rompa, viniéndose abajo la novela entera. Por fortuna, y aunque si que había veces en los que la historia rozaba el límite de la inconcreción, Elisa Victoria sale airosa de su primera incursión en la narrativa con tintes realistas. De hecho, dados sus inicios en géneros más experimentales, es de aplaudir el hecho de que haya sido capaz de escribir un silce of life tan particular, personal, cálido, tragicómico y entrañable. Dicho esto, le auguro una carrera enormemente prometedora y larga a la autora sevillana y por supuesto, cruzo los dedos por una posible adaptación cinematográfica, porque la novela tiene potencial visual y no sería descabellada la idea de guionizarla ahora que los 90 vuelven a provocarnos la lagrimilla de la nostalgia.

   Vozdevieja: una historia de infancia, mentiras, juegos en la calle, conversaciones entre abuela y nieta, enfermedad, despertares precoces, comics, muñecas Chabel, picardía, aprendizaje... Una novela generacional con aspiraciones transversales.

Frases o párrafos favoritos:

"Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books.