Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 20 de octubre de 2020

RESEÑA: Incienso.

 INCIENSO


Título: Incienso. 

Autora: Eileen Chang (1920-1995) nació en el seno de una familia de clase alta de Shanghái. Su madre fue una mujer moderna educada en Inglaterra; su padre un adicto al opio de ideas tradicionales. El matrimonio terminó en divorcio y Eileen quedaría bajo la custodia de su padre, hasta que los maltratos a los que éste la sometía la obligaron a irse a vivir con su madre. Tras la invasión japonesa en Hong Kong en 1941, en cuya universidad estudiaba literatura, volvió a la también ocupada Shanghái, donde empezó a publicar en revistas los cuentos y nouvelles que la convirtieron en una famosa escritora. En 1944 se casó con Hu Lancheng, un político que colaboraba con los japoneses y del que se divorciaría tres años después. La llegada de los comunistas al poder la llevaría a EEUU en 1955, donde moriría cuarenta años más tarde sin haber vuelto nunca a China. Durante sus años en EEUU, Chang dio clases en distintas universidades y continuó escribiendo ensayos, narrativa y guiones para películas rodadas en Hong Kong, durante el régimen comunista sus libros quedaron relegados en la China continental por motivos políticos. En los años noventa, coincidiendo con la apertura del régimen y el ascenso de una pujante clase media, su obra fue redescubierta con gran éxito. Entre sus libros destacan La jaula doradaLa rosa roja y la rosa blanca, Incienso, Un amor que destruye ciudades y Deseo y peligro (llevada al cine por el oscarizado director Ang Lee en 2007).


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: chino. 

Traductora: Anne-Hélène Suárez. 

Sinopsis: cuando Ge Weilong se presenta inesperadamente en casa de su tía, la señora Liang, para pedirle que la acoja y así poder proseguir con sus estudios en Hong Kong, no se imagina hasta qué punto ese encuentro cambiará su vida. La señora Liang le abrirá las puertas a un ambiente mundano, regido por la suntuosidad y la hipocresía, y Weilong tendrá que decidir si quiere formar parte de él. Así arranca la primera de las dos novelas cortas que contiene este volumen: un retrato esplendido de la decadente China colonial. Dos historias que, como apunta la narradora, se leen en el tiempo que tarda en arder un puñado de incienso. 

Su lectura me ha parecido: sorprendente, bella, que te deja con ganas de más, metafóricamente interesante, con unos personajes interesantes en su construcción - sobre todo en lo que se refiere al primer texto - una foto del Hong Kong anterior a la Segunda Guerra Mundial en todo su esplendor y convivencia colonial... Existe el dicho de "somos lo que comemos" o el de "dime qué comes y te diré como eres". Ambos son muy parecidos, por no decir que los dos conducen a la misma conclusión salida, casi, de los universos multicolores de Mister Wonderfull. Yo, sinceramente, soy más del de "enséñame tu librería y te diré quien eres". Cierto, me lo acabo de inventar, está visto que últimamente reboso imaginación, hasta en los terrenos más insospechados. Dejando a un lado las mamarrachadas de turno, lo cierto es que, si nos paramos todas y todos frente a nuestra librería - en otras palabras, nuestro templo cultural más personal y en ocasiones intransferible - descubriremos que abundan lecturas de autoras y autores estadounidenses, españoles o franceses entre otras muchas nacionalidades. En mi caso, las y los ingleses ganan por mayoría, aunque en los últimos años la literatura latinoamericana, la norteamericana y la procedente de países tanto del norte como del este de Europa han aumentado con el paso de los años. Al igual que el color, de un tono crema normalito a un negro cada vez más azabache. Por decirlo de alguna manera, así describo últimamente mi deriva hacia lo oscuro, siniestro, turbulento. Más allá de eso, lo que de verdad me preocupó fue descubrir la poca representación que tenía en los estantes de literatura procedente de países como Japón, Corea del Sur, Vietnam o China por citar algunos ejemplos. Es más, estoy convencida de que a vosotras y a vosotros también os sucede. Y no, esos libros de Haruki Murakami que tanto has releído no compensan el olvido sistémico más allá de las editoriales especializadas de turno (cuya labor pocas veces es reconocida). En lo que a China compete - ya que es el lugar de nacimiento de la autora del libro que pasaremos a continuación a reseñar - el lector de a pie sólo se acuerda de Confucio - algunos, por desgracia, gracias al chiste fácil que me niego en este espacio de crítica y opinión a reproducir - o de Sun Tzu y su Arte de la guerra - actualmente sigue siendo el libro chino más traducido y trascendente en occidente - y para de contar. Afortunadamente , y desde hace unos años, Libros del Asteroide ha ido arrojando luz sobre una de sus escritoras menos conocidas para el público generalista. Una pluma que describió como nadie la época precomunista - con sus virtudes y defectos - aunque fuese finalmente condenada al exilio por el régimen de Mao Tse Tung en el año 1955. A pesar de que en los últimos años su escritura se viese influenciada por las formas occidentales, sus textos anteriores a la década de los 50 aún consiguen acercarnos como nadie a una época histórica trascendental en la historia de china, a esa convivencia entre el tradicionalismo y la modernidad y, sobre todo, a sus aromas. Incienso: la sencillez luminosa, incluso antes de extinguirse la llama. 


Dividida en dos partes - Primer incensario y Segundo incensario - el libro de Eileen Chang asienta de alguna manera los parámetros literarios en los que la autora se va a desenvolver, como pez en el agua, a lo largo de toda su producción novelística. Ya lo vimos en Un amor que destruye ciudades (reseñada que podéis encontrar también en el blog) y lo volvemos a apreciar en Incienso, aunque con más lírica, menos contención y una aproximación más intensa al Hong Kong de entreguerras y previo al ascenso del Comunismo en China. Usando el símil del incienso, cuya fragancia se desprende tras la chispa provocada por una cerilla, Chang va poco a poco adentrando al lector en su mundo, desde una pasmosa sencillez y unas descripciones realmente embriagadoras. Llama especialmente la atención su forma de aproximarse a la cotidianeidad de las situaciones, así como la inclusión de una paleta de colores tan fascinante como abrumadora. A través de ellos, Chang nos describe un vestido, un plato de comida tradicional o una estancia con la misma facilidad con la que puede evocarnos la incomodidad, la pobreza, la envidia, el amor o la enemistad. Partiendo de los que todas y todos conocemos: azul intenso, rojo resplandeciente, esmeralda o amarillo crema. Pero también de otros completamente desconocidos para mí como el cardenillo - similar al turquesa y que se forma al rededor de objetos de cobre o latón por culpa de la humedad - otorgando, de este modo, mayor originalidad a ambos textos. Por otro lado, al igual que sucede, al parecer, en lo que conocemos de su corpus narrativo, Chang siente especial fijación por retratar, visibilizar y poner sobre la mesa como era la vida en el Hong Kong cosmopolita - rara vez observamos otra realidad que no sea esa - y en especial las relaciones entre sus habitantes y las influencias anglosajonas que, por culpa de la colonización, acabaron por implosionar en la cultura, sociedad y costumbres de un país, tradicionalmente, muy apegado a lo tradicional. En relación a esto último y como autora, Chang se posiciona de forma muy crítica en el Segundo Incensario, elaborando un relato lúcido y en el que se plantea una situación bastante comprometida. Seguidamente, ambos textos quedan irremediablemente marcados por otro de los grandes intereses de su autora: el de visibilizar la realidad de las mujeres chinas en este contexto tan determinante. Si en Primer Incensario el lector sigue los pasos de Ge Weilong - una joven que se debate entre ir a la escuela y después buscar un trabajo o llevar una vida cómoda estrechamente unida a los placeres - , en el Segundo Incensario es el estilo de vida colonialista y la falta de educación sexual en las mujeres lo que hará que, tras la boda de Roger y Susie, se desencadenen los inesperados acontecimientos. Si me tengo que quedar con uno, me inclinaría por el primero. Weilong es un personaje fascinante, el de la tía odioso pero al que no puedes evitar querer, esa aproximación a la vida acomodada (con tradiciones ancestrales y desdén a las doncellas incluidos) así como la reflexión final de Weilong - tan triste como comprensible si tenemos en cuenta el contexto en el que nació el relato - merecen un lugar destacado en mi memoria lectora. 


La vida de Eileen Chang - la cual hemos empezado a conocer gracias a la traducción de sus novelas al Español y a la encomiable labor de Libros del Asteroide de traerla por primera vez a las librerías de este país - parece no distanciarse mucho de las tramas de sus novelas. Ya desde sus primeros años de vida podemos captar una de sus influencias, al ser educada por una madre moderna y viajera y por un padre de ideas tradicionales y adicto al opio. Uno la maltrataba, la otra le dio la oportunidad de ver mundo una vez aquel matrimonio tocó a su fin. De ahí su preocupación por hacer hincapié en las problemáticas relaciones entre lo autóctono y las influencias extranjeras, entre una sociedad todavía anclada en valores reaccionarios a unas costumbres que, si bien arrasaron con parte de la idiosincrasia del país, para algunos supuso toda una fuente de inspiración. A los 23 años, que se dice pronto, Eileen Chang ya era toda una afamada escritora, sin embargo, dicho estatus no la libró de las duras críticas por parte de algunos colegas de profesión al ofrecer un estilo muy liviano y casi complaciente de la ocupación colonial. Época en la que, por cierto, muchos autores dejaron de escribir como protesta ante la invasión. Perdidamente enamorada de Hu Lancheng, hombre de dudosa reputación y ministro de propaganda del gobierno pro Japonés de Wuhan (sí, la mismísima Wuhan, no es una broma), Eileen Chang escribió sus obras más importantes al tiempo que tenía lugar la invasión nipona y los escarceos de su marido con otras mujeres. Divorciada de Lacheng - tras tres años de larga espera - vivió con incomodidad la llegada del comunismo a su país. De la noche a la mañana, Chang pasó de reputada escritora a una presencia incómoda para el régimen de Mao. No es de extrañar que tras la llegada del Maoísmo al poder, decidiese exiliarse a los Estados Unidos, lugar en el que ejerció como profesora en diferentes universidades y puso un pie en la industria hollywoodiense gracias a su talento como guionista. Sus textos, desde entonces, se vieron irremediablemente empapados del occidentalismo estadounidense pero jamás dejó de mirar más allá del océano Pacífico, más allá de la gran Muralla a ese país que literariamente tanto le aportó. El final de Eileen Chang fue triste, muriendo en Los Angeles en la década de los 90 sin haber podido volver a China, y aunque en los últimos tiempos se haya reivindicado, por fin, su literatura dentro del panorama literario de su tierra, eso no nos libra del amargor de saber que, de haber vivido un poco más, tal vez sus ojos hubieran sido testigos del éxito, tardío, pero éxito. La importancia de Chang, además del redescubrimiento de una autora desconocida traducida por vez primera al español, radica en su biografía, en sus ideas implícitas y en su valioso testimonio literario. ¿Os imagináis que hubiese cambiado de opinión? ¿Qué se hubiese unido a sus compañeros escritores y hubiese dejado de publicar durante la época colonial? A estas alturas se me antoja imposible. 

Incienso: dos historias de tradición, modernidad, independencia, tutelas, sofisticación, choque colonialista, relaciones de poder, domesticidad, interiores... La sinestesia hecha literatura. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La calle era un caos de fuegos artificiales y petardos volando en cualquier dirección. La pareja tenía que hacerse a un lado cada dos por tres para evitar las cometas rojas y verdes (…) Frente a todo este gentío, toda esa luz, todas esas mercancías, se extendían, sombríos, el cielo y el mar - una desolación, un espanto sin límite - igual que su futuro."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

lunes, 12 de octubre de 2020

RESEÑA: Documento 1.

 DOCUMENTO 1


Título: Documento 1. 

Autor: François Blais. Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps...), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de "nombres improbables extraídos de los anales de la literatura". François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento 1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: francés. 

Traductora: Luisa Lucuix. 

Sinopsis: Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec, pasan sus horas muertas viajando con Google Maps, descubriendo los nombres más curiosos de ciudades de EEUU y las historias que hay detrás de ellos. Un buen día deciden emprender un viaje real a una localidad perdida que les ha llamado la atención: Bird-in-Hand (Pájaro en mano), pero para emprender ese viaje necesitan dos cosas, dinero y un coche. No se les ocurre una idea mejor que pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. 

Su lectura me ha parecido: divertida, directa, ligera, extraña, con unos personajes que rozan lo apático, triste, acertada, memorable... Surrealismo, confusión, como estar inmersa en una película apocalíptica. Esas que te tragas a las cuatro de la tarde mientras calientas con tu culo el hueco del sofá, esas que por lo general no te crees y acabas durmiéndolas hasta que el rugido de tu estómago te avisa de que es la hora de meterte un Colacao con galletas entre pecho y espalda. Pero entonces pasa y de la noche a la mañana no puedes salir de tu casa porque hay un virus campando a sus anchas sesgando la vida de tus vecinos. Te acojonas, compras toneladas de papel higiénico, no puedes esquivar la sugestión. Entras en pánico ante cada estornudo, carraspeo o leve dolor de garganta. Tanto que le pides a tus convivientes que ni se te acerquen, aunque sea para proponerte hacer pan casero juntos, aunque sea para ver la enésima serie de Netflix. Aún así, todavía conservas un pequeño resquicio de esperanza. "Sólo son quince días" piensas mientras haces planes en tu cabeza. "¿Dónde me voy esta Semana Santa?" "¿No suspenderán las procesiones verdad?" "¿Es verdad que las Fallas se aplazan al verano?" Pasan esos quince días, y otros quince, y quince más. Es un no parar. Entonces tú, que eres una lectora empedernida, repelente en algunos aspectos - estás al día de todo, te sabes los nombres de todos y lo sabes todo del mundillo - decides desempolvar todos aquellos libros cuya trama transcurre dentro del hogar. Poco te importa el género, como si es de terror, como si es una novela de Stephen King en la que su protagonista se dedica a asesinar a quienes no llevan la mascarilla puesta por la calle. A estas alturas del panorama ya no te sorprende nada. La casualidad hace que de entre todas esas historias claustrofóbicas o en las que abundan idealizadas odas al microondas de la cocina te topas con un tal François Blais. No te suena, jamás lo has oído mencionar, pero la sinopsis y su colorida portada - la viva imagen de la cuarentena pero sin aplausos de por medio y con gente paseando libremente por la calle - acaban convenciéndote. Ya es abril, sabes desde hace unas semanas que no va a haber Feria del Libro, así que te consuelas leyendo la novela de François Blais sentada en el balcón, rodeada de plantas y con el olor a tabaco del vecino descendiendo desde el sexto. Una carcajada, un suspiro, un capítulo más devorado. Así hasta que te das cuenta de que todo lo mencionado anteriormente es mentira - salvo alguna cosa - y que la literatura, sólo la literatura, es capaz de salvarnos en los peores momentos, justo lo que consiguió François Blais, sus desesperanzados protagonistas y la poca inventiva que todavía conservo. Documento 1: metaliteratura, precariedad, un sueño y Google Maps. 


Para las y los lectores poco convencionales, que se pasan durante horas buscando ese libro que - no tiene porque ser una novedad de reciente publicación - les vuele la tapa de los sesos o que, simplemente, les permita vivir unas aventuras de cariz épico, Documento 1 será su desesperación que no perdición. Porque, si bien es cierto que podríamos enmarcarlo en esa categoría literaria en la que entrarían las autenticas rarezas y delicatessen novelísticas, en la novela de François Blais no pasan grandes cosas, ni se desatan tramas que te hacen estar pegada al texto durante horas, ni un desarrollo extremadamente profundo de los personajes que lo habitan. Aquí, para empezar, casi no salimos del piso de alquiler en el que conviven Tess y Jude - maravillosa referencia, por cierto, a dos de los personajes más importantes de la literatura de Thomas Hardy - dos jóvenes apáticos, tristes, sosos y aparentemente conformistas. Y remarco lo de "aparentemente" porque el gran cambio de la novela se produce a partir de esa pequeña evolución (por no decir minúscula) en la que, un poco hastiados de pasarse horas viajando a través de Google Maps, toman la decisión de desvirtualizar uno de sus lugares favoritos: Bird-in-Hand. De ahogar su tiempo libre tras una dura jornada vendiendo bocadillos en el SubWay descubriendo los pueblos con los nombres más raros de EEUU a tomar la iniciativa, aunque sea de una desgana crónica, para emprender por fin el viaje que tanto han anhelado en sus sueños cibernéticos. El problema viene cuando ni un empleo en el SubWay te permite reunir el dinero suficiente como para irte de vacaciones, de ahí que se les ocurra, casi a la desesperada, pedir una subvención al estado para escribir una novela y usar el dinero para poder marcharse por fin. Todo ello sin tener ni pajotera idea de como se escribe una novela. Tess, en ese sentido y en aras de una sinceridad tan abrumadora como inquietante a partes iguales, llega incluso a dirigirse al lector, como si de una actriz mirando a la cámara se tratase, para confesarle lo evidente, que ella de literatura y de juntar palabras sobre el papel no entiende, y mucho menos los manuales, los cuales le producen más de un dolor de cabeza. Jude, por su parte y al igual que Tess, no dudan en aprovecharse del dinero público y de un pobre escritor (enamorado de Tess) que les presta su nombre para que pidan la ayuda económica. 


La novela, descrita así, puede parecer un verdadero tostón, pero en realidad - y sobre todo en el momento tan excepcional en el que la leí - encierra una serie de virtudes que han acabado por inclinar la balanza. En primer lugar, una constante sensación claustrofóbica pero cómoda para el lector. ¿Quién no se ha sentido encerrado y a la vez a salvo en el propio hogar? Últimamente la mayoría de personas que habitamos en este mundo, pero antes de la pandemia, esa paradoja ya se daba y en el tiempo prepandémico en el que se mueven Tess y Jude, aunque ahora nos parezca irreal y un documento casi arqueológico de la vida antes del desastre. En segundo lugar, Documento 1 contiene la pareja de personajes más aburrida, parca, triste y deliciosamente aburrida que he tenido el placer de conocer a través de la literatura. Con empleos de mierda, con salarios de mierda y pisos de mierda; ambos pertenecen a la que ya se conoce como la "Generación Perdida" del siglo XXI, imbuidos en un capitalismo salvaje que casi no les deja respirar, o lo que es lo mismo, aspirar a algo más que pasarse su vida atendiendo a desagradecidos clientes en la franquicia de comida rápida de turno. Dos jóvenes que, a pesar de las circunstancias, disfrutan a su manera de las aficiones más extrañas, como la de hacer turismo virtual. Eso les pirra, pero también se convierte en su terrible consuelo. Si no podemos viajar por falta de pasta, siempre nos quedará el Google Maps. En tercer lugar, a raíz de esto último, el halo de tristeza que impregna la novela es constante. Una tristeza crónica, fruto de las consecuencias de la crisis económica y la falta de expectativas tanto laborales como personales, que no sólo afecta a Tess y a Jude, también a todo lo que los rodea. Convirtiendo su día a día en un campo de minas que ambos se han negado volver a atravesar por miedo a hacerse daño de nuevo, adoptando un irritante conformismo frente a una valentía que les precipitaría a un pozo sin fondo. No todo es desazón en esta novela, ya que en cuarto lugar, el pequeño rayo de esperanza se abre cuando deciden estafar para poder, al menos por un mes, abandonar su anodina existencia. Y con él llega el humor. Un humor muy irónico y descacharrante que funciona a la perfección y que cobra especial genialidad en el momento en el que aparece este escritor que decide venderse por amor a Tess, aunque existan atisbos de correspondencia. Pero es que también hay escenas tronchantes antes de todo eso, cuando elaboran la surrealista lista de pueblos con nombres raros de Estados Unidos, cuando descubren la belleza de Bird-in-Hand (su destino soñado), cuando Tess le suelta a Jude que son infelices y éste le llama gótica, la monotonía del SubWay o hasta en los momentos de distensión, de no hacer nada, también como lector te ríes. François Blais consigue que tanto Tess como Jude parezcan dos animalillos de sobra adaptados a su medio - casa, casa y más casa - que al sacarlos de su hábitat natural, al atreverse a emigrar, cambiar de aires, se sientan completamente extraños, fuera de lugar, como si la novedad no fuese con ellos. Algo que se puede apreciar, por ejemplo, en su memorable final. En última instancia, hacía años que no leía una novela con un carácter metaliterario tan potente que, más allá de tomar prestados los nombres de sus protagonistas del universo hardyano, el libro va también de como escribir una novela, de sus dificultades y de la desesperación de estos dos seres tan fuera de onda por ceñirse a los manuales que han encontrado en la biblioteca. Tras leer Documento 1 a la futura o futuro escritor se le quitan todas esas ínfulas de superioridad, y al que es muy dado a criticar a los escritores - a los cuales suele referirse como "muertos de hambre" - por fin se le podrá la mejilla roja de la merecida bofetada. Para acabar, simplemente decir que, a pesar de que durante el confinamiento muchas y muchos descubrimos las bondades y desventajas de no salir de casa en casi tres meses, es triste pensar que antes de todo esto ya existía la precariedad, el desempleo, la desmotivación y, por supuesto, millones de personas pegándose el viaje padre a Hawái, París, Nueva York o Tokio. Sin moverse de casa, eso sí. 

Documento 1: una historia de aficiones extrañas, internet, pobreza, chantajes, amores no correspondidos, tristeza, humor, sueños imposibles de cumplir sin fraudes de por medio... El no viaje al rededor del globo terráqueo desde la comodidad del sofá, de la cama o del balcón selvático. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. ("Y viviremos como príncipes . Y criaremos conejos. ¡´Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George"). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con esto, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos un poquito. Cuando le dije eso a Jude ("¡Me parece que somos infelices tío!"), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamo gótica."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett

lunes, 5 de octubre de 2020

RESEÑA: Helena de Esparta.

 HELENA DE ESPARTA


Título: Helena de Troya. 

Autora: Loreta Minutilli (Bari, 1995) es licenciada en física y está haciendo un doctorado en astrofísica en Bolonia. Helena de Esparta, su primera novela, es una versión contemporánea de la Ilíada, narrada a través de la voz y experiencias de la propia Helena desde el interior de las murallas de Troya. La autora ha logrado habitar con inteligencia y delicadeza la piel de una figura mitológica que durante siglos ha sido desdeñada como voluble y portadora de desgracias. En su lugar, relata una historia de anulación femenina y de búsqueda de la libertad que le confiere por fin una dimensión humana al personaje. 


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: Italiano. 

Traductor: Ramón Buenaventura. 

Sinopsis: A Helena de Troya nadie le ha pedido nunca que cuente su versión de la historia. Es esta. Cuando Helena vuelve a Esparta tras el famoso asedio de Troya, Menelao le pregunta por qué decidió desencadenar una guerra. La respuesta de Helena es sencilla: era el único modo de demostrar su existencia, de ser escuchada en un mundo dominado por los hombres. "Cuenta pues", le responde Menelao. Y Helena comienza su relato. 

Su lectura me ha parecido: amena, sencilla, desmitificadora, humana, real, biográfica, feminista, contundente en su argumentación, una perfecta introducción a la cultura clásica desde una perspectiva de género... Cuando iba al instituto mi asignatura favorita era la de Historia. "¡Menuda novedad!" exclamaréis algunos ya que, como he contado en más de una ocasión, tiempo después acabé estudiando dicha carrera. Cuatro años de mi vida en los que me di cuenta que para ser historiadora tienes que saber un poco de todo (incluyendo botánica, economía, sociología, cine, nutrición, medicina y tener un poco de maña para sacar los nódulos de una punta Gravetiense entre otras muchas cosas), tratar de mantener la mente lo más abierta y objetiva posible (hasta cuando te toca analizar un artículo del Fuero de los Trabajadores) y, sobre todo, saber valorar si te compensa gastarte tus cuartos en el libro del profesor de turno (aunque te jure y perjure que es vital su lectura si tu objetivo es aprobar la asignatura). Pero bueno, hoy no os vengo a hablar de mi etapa universitaria, sino de la escolar, la del instituto, tan determinante como conflictiva. Jamás tuve dudas acerca de mis predilecciones académicas - y cuando digo jamás es jamás - de hecho era una especie de rara avis entre mis compañeros, inmersos en un mar de dudas y sin saber muy bien qué hacer con su vida. Historia se me daba bien, era una de las pocas asignaturas con las que disfrutaba de verdad, la única en la que era la mejor de la clase (por encima de los catalogados como empollones) y en la que, a pesar de que la profesora no era la alegría de la huerta que digamos, conseguía aprovecharlas más allá de las cuatro paredes del aula. Siendo así mi pasión por la materia, a día de hoy todavía me sorprendo de mi falta de miras y del nulo espíritu crítico que mostré por aquel entonces ante el escandalo que supone la ausencia de mujeres importantes en un temario como el de historia. Y las pocas que se nombraban, muy de vez en cuando, tendían a presentar biografías muy escuetas o adheridas a las corrientes historiográficas más rancias. 


Hasta no hace mucho como alumna asumí que, por citar el ejemplo más sangrante, Isabel II - reina de España entre 1833 y 1868 - fue una monarca incompetente, fácilmente manipulable y adúltera, sobre todo adúltera. Sí, nos teníamos que aprender de cabo a rabo las características de su reinado, pero de ella, como personaje histórico, se me quedó eso. Años más tarde descubrí la necesaria y siempre estimulante perspectiva de género. Una aproximación intelectual e interdisciplinar que cambió mi forma de observar la historia, de vivir el presente y de paso deconstruir aquellos discursos machistas que durante siglos han sido plenamente aceptados. Ahora sé que Isabel II tenía las ideas claras, que se dejaba aconsejar por quien ella quería y que se negaba a asumir el papel de ángel del hogar dentro de la corte. Nunca quiso parecerse a Victoria de Inglaterra (el modelo de reina-madre por excelencia) como tampoco dejarse ningunear por quien no comulgaba con sus ideas, por lo que no dudó en ejercer su libertad, incluso en el terreno amatorio. Está claro que su reinado lo que se dice bueno no fue, de ahí las numerosas críticas que condujeron a su abdicación y exilio en 1868 con la Gloriosa, pero una cosa es eso y otra muy distinta es que los libros de texto reproduzcan una y otra vez la versión de los opositores, configurando una imagen de Isabel II simplista e injusta. Quiero pensar que las cosas están cambiando, que en los libros de historia la presencia de mujeres es cada vez más abundante. Pero si no es así, si todavía seguimos con los parámetros de siempre, libros como el que hoy os descubro pueden servirnos de inspiración para el urgente cambio de paradigma. Helena de Esparta: cuando las mujeres toman la palabra. 


Las únicas imágenes de Elena de Esparta - que no de Troya - que me vienen a la cabeza, aunque procedan de diferentes disciplinas, están cortadas por el mismo patrón. La primera de ellas, la Helena de la película Troya (2004). Todo un espectáculo de batallas y efectos especiales con poco rigor histórico al servicio del lucimiento de su estrella: un Brad Pitt acertado en los combates cuerpo a cuerpo dando vida a uno de los Aquiles más abruptos y amorales de la historia del cine. Una cinta en la que Diane Kruger - la actriz del momento - daba vida a Helena, una Helena enamorada de Paris - un insípido Orlando Bloom - y cuyo romance viven en secreto. Al enterarse Menelao - marido de Helena y rey espartano - decide conquistar Troya como venganza a la infidelidad con ayuda de su hermano Agamenón y, por supuesto, de Aquiles. El protagonismo de Helena se diluye a medida que avanza la trama, como ya hemos dicho, la supuesta historia de amor y la personalidad de ella no son el reclamo, sino el lucimiento del actor norteamericano. Ni si quiera el desastroso final - traicionando vilmente el texto de Homero - en el que Helena y Paris huyan juntos tras el asedio final nos impide apartar la mirada de la melena rubia de Aquiles, o de Brad Pitt, que en esta ocasión viene a ser lo mismo. La segunda de ellas, no es que nos topemos con una Helena con poco peso en la historia, sino que en esta ocasión directamente ausente. Todos conocemos a grandes rasgos el Juicio de Paris - aunque cabría profundizar en él para entender los entresijos del origen del conflicto armado - así como sus diferentes representaciones pictóricas a lo largo de la historia. Mi favorita no sorprende, es la que pintó Rubens en 1648, esa en la que vemos unos cuerpos femeninos alejados de toda idealización - con controversia añadida ya que no está claro que en la leyenda original dijese expresamente que las tres diosas se desnudaran ante Paris para mostrarle su belleza física - y en la que podemos apreciar un interesante estudio del paisaje que rodea la acción. Pero, como ya he dicho antes, ni rastro de Helena. Es la gran ausente dentro dentro del cuadro, del juicio y de un asunto que le afectará de lleno. ¿No tendría entonces derecho a estar presente? Menos mal que existen escritoras como la italiana Loreta Minutilli para restaurar, humanizar, y sobre todo, dar voz a un personaje al que nadie le ha pedido que relatase su versión de los hechos acaecidos. 


A lo Gorgias en Elogio a Helena - el primer texto de la literatura universal que se atrevió a defender su inocencia - pero bajo el prisma y las gafas moradas del siglo XXI, Minutilli construye un breve relato partiendo de una invitación, la de Menlao a Helena, para que cuente su historia, su punto de vista respecto a lo acaecido tiempo atrás. Desde ese preciso instante, los lectores somos conscientes del poder inabarcable del patriarcado, capaz de otorgar permiso o no a una mujer para que ésta simplemente hable o exprese su opinión. Helena aprovecha entonces para mostrar, tanto a Menelao como al propio espectador que asiste a esta conversación, la verdad de los hechos, su verdad, destruyendo ideas preconcebidas, mitos surgidos al rededor de su figura y, por supuesto, los motivos que la llevaron a ser pieza clave en el estallido de la Guerra de Troya. Siguiendo un eje cronológico perfectamente estructurado dentro de la novela, el lector descubrirá en esta reescritura de la famosa fábula mitológica las vivencias de una mujer amante de su tierra - recordemos que era espartana, no troyana - inteligente, curiosa y que sueña con instruirse en las disciplinas para ella prohibidas. Presa de su extraordinaria belleza, Helena será objeto de vejaciones, mercadeos entre reyes como si de una bonita tinaja de vino se tratase y hasta de violaciones. Resultan especialmente impactantes las páginas que la autora dedica al mal llamado "rapto de Helena" por parte de Teseo y Pirítoo. A ese "rapto" a partir de ahora deberíamos añadirles las palabras "violación" y "humillación", ya que tras llevársela en contra de su voluntad mientras bailaba en el santuario de Artemisa de Ortia, Pirítoo y Teseo, en un espeluznante cara o cruz, se echaron a suertes la violación de Helena, siendo este segundo el que acabó quebrando el alma de la joven. Las rimas con los tiempos que corren - y con las numerosas manadas que siguen impunemente campando a sus anchas - son escalofriantes pero absolutamente necesarias. Asombra la capacidad de Minulilli para imbuir al lector en la historia, así como su basto conocimiento sobre la figura de Helena de Esparta y su constante insistencia en destacar aspectos que jamás nos habíamos planteado entorno a su personalidad, ideas políticas o aspectos más privados como su condición sexual. Para la autora, Helena se sabe atractiva, ama su cuerpo, pero prefiere disfrutarlo ella misma, sin a penas compartirlo y menos con un hombre (de hecho el contacto carnal con el sexo opuesto la repele). De ahí que se sugiera la posibilidad de que se sintiese más atraída intelectual y sexualmente por las mujeres. Helena quiere escucharlas, aprender de ellas, adorarlas y al mismo tiempo sentirse admirada. No es de extrañar que acabe reflexionando, urdiendo tramas y acabando en los brazos de Paris - al que por cierto no ama y aquí pintan como un inútil -  con el único propósito de participar en la vida política, conversar, tomar decisiones y salir de la jaula de oro para poder, por ejemplo, pasear por la calle. La vanidad es su mayor defecto, y Minutilli, lejos de idealizar a su protagonista hasta la extenuación, la acepta con sus pros y sus contras, con sus traumas y sus fortalezas, logrando así un retrato más creíble que el que Homero ofreció en La Ilíada. Por último, antes de acabar, me gustaría rescatar las palabras de Chimamanda Ngozi Adichie en su famoso librito El problema de la historia única: "Las historias importan. Importan muchas historias. Las historias se han usado para desposeer y calumniar, pero también pueden usarse para facultar y humanizar. Pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden restaurarla." Con este discurso, Chimamanda resume a la perfección la esencia de la novela de Loreta Minutilli, la de proponer una nueva mirada descontaminada de la escritura patriarcal, lejos de considerarse como la mala del cuento y mostrando a una mujer ambiciosa, dolida pero capaz de sobreponerse a las adversidades, con mil y un contradicciones cuyo deseo era ocupar el lugar que durante siglos ha pertenecido a los hombres. Y para eso, como en cualquier lucha, el primer paso es desobedecer. 

Helena de Esparta: una historia de lucha personal, política, intrigas, feminismo, sororidad, adversidades, violación, injusticias históricas... El relato mitológico más famoso de la historia como jamás te lo habían contado. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Quería hacerlo sin pedirte permiso. Quería sentir a otro hombre dentro de mí y descubrir si era culpa tuya el hecho de que no lograse experimentar el menor placer en la cama, y no es así. Quería sentir remordimiento, angustia, miedo, soledad, quería estar desorientada, sentirme perdida, estudiar lenguas, costumbres, personas, pensar en un modo de sobrevivir sola. Quería esperar y temblar y beberme cada momento de mi vida de modo caótico y desordenado, y no había otro modo de hacerlo, ¿comprendes?"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 29 de septiembre de 2020

RESEÑA: Desierto sonoro.

DESIERTO SONORO


Título: Desierto sonoro. 

Autora: Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los ensayos Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), todos ellos publicados en Sexto Piso. Ha colaborado, entre otros, en medios como The New York Times, Granta, The Guardian o El País. Sus obras, traducidas a más de veinte lenguas, han sido galardonadas dos veces con el Los Angeles Times Book Prize y con el American Book Award, y en dos ocasiones fueron finalistas del National Book Critics Circle Award. En la actualidad, reside en Nueva York.


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductores: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli 

Sinopsis: Un matrimonio en crisis viaja en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo. Mientras el coche familiar atraviesa el vasto territorio norteamericano, los dos niños, sentados en el asiento trasero confunden las noticias de la crisis migratoria con el genocidio de los pueblos originarios de Norteamérica. En su imaginación, estas historias se entremezclan, dando lugar a una aventura que es la historia de una familia, un país y un continente. 

Su lectura me ha parecido: extensa, aguda en su aproximación a los conflictos, emotiva, paisajística, sensorial, magnética, fotográfica, documentada, una gran metáfora... La primera, y por el momento única vez, que fui a Asturias tenía doce o trece años, no lo recuerdo bien. Salimos prontísimo de mi pueblo, situado en plena Sierra de Albarracín, con la intención de estar en Gijón por la tarde, a ser posible, antes de que se nos hiciera de noche en plena carretera. De los primeros kilómetros de viaje sólo me acuerdo de algún que otro pueblo coronado con su ruinoso castillo medieval y de la polilla que mi hermano casi se tragó por llevar la ventanilla demasiado baja. Actualmente sigue enfadándose cada vez que sale el tema, pero es que sigue siendo memorable. A continuación me vienen imágenes de eternos campos de trigo dorándose bajo el sol. Campos de Castilla sucediéndose, uno tras otro, y otro, y otro. Parecían no acabarse. Entre medio Burgos y su catedral observada, no sin admiración, desde la dolorosa lejanía del tráfico. Y más trigo, y más amarillo, y más pueblos que parecían sacados de una película de Almodóvar. Hasta que, de pronto, un túnel. Una oscuridad intermitente y amenizada con pequeños destellos de luz cada vez que atravesábamos el corazón de una nueva montaña. Estábamos buceando bajo la Cordillera Cantábrica y yo pensando que la bordearíamos, que vería impresionantes acantilados. En fin, mi gozo en un pozo. Recuerdo que el último tramo un negro prolongado hizo que por un momento me temiese lo peor, que nuestro destino estaría al final de dicho túnel, sin posibilidad de deleitarme con nada más que no fuera asfalto o edificios de siete plantas. Por fortuna, una explosión verdosa irrumpió ante nuestro más inocente asombro. Sabíamos que el norte era verde, verde intenso, verde humedad, ese que no abunda tanto por el Mediterráneo y que con gusto me llevaría un cachito para mi tierra. Huelga decir que, además de las montañas totalmente pobladas, lo primero que vimos fue una vaca - muy estereotipado lo sé, pero es que sucedió de verdad así - y un inclemente cielo grisáceo, incapaz de dejar pasar el mínimo rayo de sol. Gijón, Oviedo, Cudillero... Cada una a su estilo pero impregnadas de la herencia pesquera y minera que tanto ha caracterizado la zona. No así en Santander - otro de mis largos viajes, aunque aquella vez fue en tren - con mansiones de estilo neovictoriano salpicadas a lo largo del paseo marítimo de la Playa del Sardinero y lugar de veraneo por excelencia de la clase adinerada en la España de principios de siglo XX, incluyendo la propia familia real (algún día hablaré de mi experiencia durmiendo una semana en el Palacio de la Magdalena). O en Almería, una pequeña ciudad en medio de un mítico secarral - aún sigo soñando con visitar los estudios de las películas del Espagueti Western - y pueblos cercados por auténticos océanos de plástico. Con todo esto pretendo que seáis conscientes de la diversidad geográfica, ambiental y los diferentes derroteros históricos por los que han transitado las distintas zonas que conforman España en concreto; haciendo del país un lugar de fuertes contrastes. Lo mismo sucede en Francia, Japón, Italia, Marruecos o el mismo Estados Unidos por citar varios ejemplos. De hecho, si me lo permitís, nos quedaremos un rato en este último, nos subiremos al coche, llenaremos el depósito y emprenderemos un intenso viaje a través de uno de sus paisajes más cinematográficos para adentrarnos en dos de las heridas - tanto personales como históricas - más sangrantes de su corta existencia. Desierto sonoro: un road trip literario, un drama familiar y los conflictos más acuciantes con Monument Valley como telón de fondo. 


La idea para la presente novela le vino a Valeria Luiselli, una de las escritoras mejicanas más leídas y respetadas a nivel internacional, tras escribir en el año 2016 Los niños perdidos. Hasta la fecha, su ensayo más importante. En él, Luiselli recoge y reflexiona sobre las voces y las experiencias de los miles de niños que cada año cruzan la frontera entre México y Estados Unidos con el promesa de un futuro mejor, alejados de la violencia y la pobreza de su lugar de origen. Las circunstancias que envolvieron la escritura de dicho texto fueron, además, las más idóneas, ya que la propia Luiselli se encontraba en aquellos momentos esperando su correspondiente Green Card (nombre con el que se conoce al documento necesario para poder trabajar en EEUU) a la vez que se estaba produciendo un importante incremento de este tipo de inmigración y con las elecciones que darían como ganador a Donald Trump caldeando el ambiente. No es de extrañar que, con dicho panorama, Luiselli haya acabado dando forma a un texto que, a pesar de moverse dentro del terreno ficcional, se eleva como un documento casi arqueológico de la época actual. Puede parecer una exageración el hecho de haber empleado las palabras "documento" y "arqueológico" en la misma frase, pero creedme cuando os digo que, en esta ocasión, estamos ante uno de esos libros inolvidables desde el punto de vista literario y trascendentales desde su aspecto multitemático, así como su aproximación al campo documental. Partiendo de la base de un road trip - o road book si queréis - Luiselli nos sienta al lado de una familia de cuatro miembros (un un padre, una madre y un hijo y una hija) que se embarcan en la odisea - porque así es como el lector lo percibe) de viajar desde Nueva York hasta Arizona. Desde el cosmopolitismo y los infinitos rascacielos a la aridez del desierto y las postales fordianas. Desde la intelectualidad cultural a la hostilidad de la última frontera. Ya sólo por eso, por ese pedazo viajazo que se pega la familia en cuestión, ya merece la pena adentrarse en Desierto sonoro. Son tan bellas las descripciones, tan perceptibles los sonidos, tan vivos los colores, tan abrasador ese calor que cae con toda su furia sobre el capó del coche, tan luminosos los letreros yankees, tan desoladora esa casa de madera en medio de la nada, tan oxidados esos convoys de mercancías abandonados desde ni se sabe cuando, tan mítico, tan irreal, tan impactante, tan destructivo, tan sinestésico, tan hermoso a pesar de todo. ¿Alguien se ha preguntado aluna vez a que suena el desierto? ¿Y una megalópolis como Nueva York? ¿Qué puntos en común podemos encontrar? ¿Qué diferencias insalvables existen entre ambos mundos? Y lo más importante, ¿Pueden ilustrarnos sobre la forma en la que dichos sonidos se han transmitido y nuestra forma de interpretarlos a lo largo de la historia? La respuesta es afirmativa y nos la da, por supuesto, la misma Valeria Luiselli. 


Además de esta reflexión entorno a la transmisión del relato - que como historiadora he aplaudido con entusiasmo - Desierto sonoro transita entre dos aguas especialmente agitadas. La primera de ellas tiene que ver con los dos motivos por los que dicha familia emprende el viaje. Tanto el padre como la madre son dos prestigiosos documentalistas y cada uno de ellos persigue su propia hazaña dentro de dicho campo. Él, obsesionado con las tribus de los nativos americanos y su terrible sino en las reservas tras las Guerras Indias, se traslada a Arizona para documentarse e inventariar toda clase de fuentes sobre los últimos apaches libres y Gerónimo. Ella, por el contrario, ansía con viajar un poco más abajo, hasta la mismísima frontera, para encontrarse con las hijas de una conocida que han migrado solas desde un país latinoamericano para encontrarse con su madre. No es casualidad la elección de estos temas dignos de investigación documentalística, ya que representan dos puntos negros dentro de la historia de los Estados Unidos. El uno por las pretensiones imperialistas por parte de los colonos tornadas en un autentico genocidio contra los nativos americanos y que precisamente por su lejanía en el tiempo está en peligro de caer en el olvido. Aún conociendo la existencia de pequeños grupos reunidos en las reservas - lugares de la vergüenza, tristeza y alcohol -  que no cejan en su empeño por reivindicar su identidad, sus costumbres y su legitimidad. Al fin y al cabo ellos ya estaban allí muchos siglos antes de que el hombre y la mujer blanca pisasen por primera vez suelo norteamericano. El otro, por desgracia, sigue más vivo que nunca. No hay más que poner la televisión o hacer un pequeño ejercicio de memoria para evocar las escalofriantes imágenes de padres separados de sus hijos en los centros de internamiento de la frontera. Por no hablar de la promesa estrella de aquella campaña electoral de 2016 por parte del actual presidente de los Estados Unidos de levantar un muro con México, de hormigón esta vez, más alto, más robusto, imposible de escalar. ¿Nos suena verdad? Con todo esto Valeria Luiselli no sólo pretende hacer un mapa histórico de la historia más reciente del país que finalmente la acogió como periodista y escritora de renombre - situando el estado de Arizona como paradigma de las heridas no cicatrizadas y las surgidas en los últimos años - también sacarle los colores a una nación anclada en un anacrónico imperialismo al cual es incapaz de renunciar. Por otro lado, el otro mar en el que la autora se siente más cómoda tiene que ver con el drama familiar, los problemas de los progenitores - al borde de la ruptura - que intentan ocultar y aparentar normalidad ante sus hijos. Unos niños que, como buenos niños, no hacen más que preguntar y confundir las historias de sus padres, las historias de los nativos americanos con las de los niños que cruzan la frontera, creando ellos mismos, a la poste, su propio relato. Resulta tierno y divertido observar la confusión de los pequeños, así como la confección de una diáspora inventada que acabarán buscando por su cuenta. Desde el primer momento sabemos que la cosa no está bien, que ese matrimonio está condenado a su desintegración, pero la conjunción de historias y circunstancias hacen que el lector dude de que la ruptura pueda o no producirse. De lo íntimo a lo visible. De lo privado a lo público. De lo anecdótico a lo trascendental. De lo particular a lo inabarcable. Así nos lleva Luiselli, de la mano, a través de cajas, recuerdos, fotografías, documentos, rollos de película, guiones, maletas llenas de ropa... Objetos que conforman la identidad de los protagonistas al tiempo que los reduce a un pequeño grano de arena en medio del desierto. Un lugar mágico, cargado de mitología. Antaño, hogar de tribus apaches. Ahora, lugar de peregrinación para los amantes del western y principal escenario de la vergüenza perpetrada contra el inmigrante que sólo desea prosperar en la supuesta tierra de la libertad. Leyendo la presente novela una no sólo aprende a desmitificar a uno de los países más poderosos del globo, también a apreciarlo en toda su dimensión, con sus virtudes y sus sombras, en ocasiones, más alargadas si cabe. 

Desierto sonoro: una historia de quiebros, injusticias históricas, olvido, memoria, tragedias familiares, relatos inventados, sonidos, olores, colores, texturas, sabores... Un viaje imposible de olvidar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo nos enseña a callar."

"Tal vez diría que documentar es cuando se suma cosa y luz, luz menos cosa, fotografía tras fotografía; o cuando se agrega sonido, más silencio, menos sonido, menos silencio. Lo que se tiene al final, son todos los momentos que no forman parte de la experiencia real."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

miércoles, 23 de septiembre de 2020

RESEÑA: Sus hijos después de ellos.

 SUS HIJOS DESPUÉS DE ELLOS


Título: Sus hijos después de ellos. 

Autor: Nicolas Mathieu (Épinal, Francia, 1978). Después de estudiar historia y cinematografía se trasladó a París y en 2014 publicó su primera novela, Aux animaux la guerre, premio Erckmann-Chatrain, y colaboró en la adaptación para convertir su libro en una serie televisiva que emitió France 3. Su segunda novela, Sus hijos después de ellos, además de entusiasmar a la crítica, ha recibido el Premio Goncourt 2018 y otros muchos galardones, entre ellos el Premio Blù de la asociación Jean-Marc Roberts, el Feuille d´Or de la Spiess- Le Central a la segunda novela. En la actualidad, Nicolas Mathieu reside en Nancy. 


Editorial: Adn (Alianza Novelas). 

Idioma: francés. 

Traductora: Amaya García Gallego. 

Sinopsis: Agosto de 1992 en el oeste de Francia: un valle olvidado, unos altos hornos extinguidos, un lago y el calor canicular de la noche. Anthony tiene catorce años y, por puro aburrimiento, acaba robando, junto a su primo, una canoa para ir a curiosear a la famosa playa nudista de la orilla de enfrente. Allí lo que espera es el primer amor, el primer verano, el que marca todo lo que le sucederá después. Así se inicia el drama de la vida. Este libro es la novela de un valle, de una era y de la adolescencia; es el relato político de una juventud que tiene que encontrar su propio camino en un mundo agonizante. Cuatro veranos, cuatro momentos, desde Smells like a teen spirit al Mundial de fútbol de 1998, para relatar unas vidas que transcurren a toda velocidad en esa Francia intermedia, la de las ciudades medianas y las zonas residenciales, entre el aislamiento rural y el hormigón de los polígonos. La Francia de Johnny Hallyday, la de los pueblos que se divierten en las atracciones de feria y se enfrentan a concursos de televisión; la de los hombres que se consumen en el tajo y las mujeres enamoradas que se marchitan a los veinte años. Un país en la retaguardia de la globalización, atrapado entre la nostalgia y el declive, la decencia y la rabia. 

Su lectura me ha parecido: entretenida, íntima, generacional, con constantes referencias a la cultura popular francesa, noventera hasta decir basta, veraniega, claustrofóbica en cierto modo, bella, desesperada... El verano, la estación más deseada y odiada a partes iguales. Unos por la libertad que para ellos representa la arena, una tumbona y el horizonte azul contemplado a través de unas oscuras gafas de sol. Otros por el horror materializado en camisas chorreantes de sudor, sombrillas que no protegen correctamente del sol o el simple hecho de matarte a trabajar mientras el resto se pega la vida padre. Los veranos tienden a recordarse, a evocarse, a reproducirse en bucle, como si de una canción del Spotify se tratase. Sobre todo aquellos que, de alguna manera, han marcado nuestra vida, algunos sustancialmente y otros para siempre. Cada veraneante estival es un mundo. Están los que se alquilan un apartamento en la costa y se pasan los quince días de la playa a la cama, o de la playa al chiringuito, o de la playa a la discoteca, o de la playa a la playa. Los que, hijos del éxodo rural, se pasan los días de vacaciones en la casa del abuelo o de la abuela que todavía conserva en el pueblo del que un día, hace muchos años, salió en busca de un futuro mejor. Pero también, no debemos olvidarnos, los hay que no tienen ni apartamento en la playa ni ningún familiar cercano con vivienda en la España rural y la ciudad, la jungla de asfalto, se convierte en su refugio hasta que la rueda comience a dar vueltas de nuevo amparados por una resignada virgen de agosto. En esta subjetiva clasificación también incluiremos, como no, a las y los privilegiados que consiguen viajar al extranjero una vez al año; algunos de los cuales, no sin cierta desidia, desprecian lo que el país que les ha visto nacer puede ofrecerles. Los veranos que hunden su ancla en nuestra memoria tienden a ser los mismos: el de la infancia (por ser de los primeros, aunque la nitidez de las vivencias no sea del todo fiable), el de la adolescencia (episodios concretos, idealizados hasta la exageración y de algún modo determinantes) y los de la edad adulta o madurez (cuando o bien estás harta/o de volver siempre al mismo lugar y te despides por un tiempo de él o bien se produce una inusitada reconciliación con lo que tanto repudiaste y ahora observas con ojos menos prejuiciosos). Y hablando de veranos, este ha sido especialmente memorable, no sólo por el hecho de que hayamos sacado a pasear la mascarilla (hasta en la playa) o que nuestras manos se hayan convertido en un muestrario de geles hidroalcohólicos. También por haber sido el verano de los redescubrimientos. De pronto esa calle del centro no es tan fea como parecía o ese sendero que conduce al pueblo de al lado es menos difícil de lo que recordábamos. Si hasta la Giralda, la Catedral de Santiago o la Muralla de Ávila nos vuelven a resultar hermosos. Como si el haber permanecido meses sin salir de casa hubiese alterado nuestra percepción y ahora se nos antoje todo nuevo, impactante, deslumbrante. Precisamente de calores aplastantes, de descubrimientos - y algún que otro redescubrimiento - y de las peculiaridades de cualquier idiosincrasia patria (en este caso la francesa) va la novela que hoy reseño para todas vosotras/os. Merecedora del Goncourt y perteneciente a una tendencia literaria en ascenso. Sus hijos después de los nuestros: adolescencia noventera y decadencia industrial de la Francia periférica. 


Si hace unos años la nostalgia ochentera parecía invadirlo todo, sobre todo a nivel cinematográfico y seriéfilo. Algunos lo achacaron al arrollador éxito de la serie de Netflix Stranger Things - sobresaliente en su primera temporada, predecible en las dos siguientes - ya que en ella, además de Demogorgons y niñas con poderes telequinéticos (inolvidable Eleven), la ficción se revelaba como un brutal y bello homenaje a una década clave a nivel cultural, cuyos iconos han acabado imponiéndose, con todo el derecho del mundo, en los primeros puestos dentro de nuestro imaginario popular. Su visionado te hacía revisitar clásicos como Los Cazafantasmas, Los Goonies, Tiburón, la saga de Indiana Jones, Top Gun, Regreso al futuro, Terminator o La historia interminable. Así como volver a sumergirte en los acordes de los Village People, Bonny Tyler, The Police, Europe, Blondie, Madonna o Def Lepard. Otros por el contrario achacaron este revisionismo a que la mayoría de las películas citadas cumplían la friolera de veinticinco años - algo que cuesta de asimilar ya que su esencia sigue tan o más vigente que entonces - . Por el contrario, a menos que yo sepa, a nivel literario la fiebre de los 80 no tuvo tanta repercusión más allá de alguna novela ambientada en dicha época que pasó por el mercado editorial sin mucha gloria. Lo que sí sucedió en España en particular, y esto es importante reseñar, fue una revisión menos idílica de lo que significó la Movida Madrileña. Un movimiento socio-cultural imprescindible para entender las nuevas corrientes artístico-literarias que entraron como un torrente en nuestro país - algunas de ellas todavía prevalecen en campos como el cinematográfico, el musical o el de la creación literaria - y que llenaron el país de libertad y luz pero que, en su génesis, también se observan muchas sombras. Pues bien, si los 80 volvieron con fuerza, los 90 han irrumpido por una puerta todavía más grande. El estreno - cumpliendo la profecía que le hizo Laura Palmer al agente Cooper en la famosa Habitación Roja de que volverían a verse dentro de veinticinco años - de la tan ansiada como sorprendente tercera temporada de Twin Peaks en el año 2017 ya era un aviso de lo que estaba por llegar. Y aunque el amor en la Lombardía de los años ochenta entre Elio y Oliver en Call me by your name nos dejó mudos de asombro también aquel lejano 2017, los 90 estaban a punto de llamar al timbre. Esta vez sí que la literatura se atrevió a coger el guante, lo que ha provocado el surgimiento de nuevas voces (la mayoría mujeres) nacidas en dicha década o que la vivieron marcadas/os por el conflicto entre la tradición y la modernidad. Elisa Victoria, Sally Ronney, Andrea Abreu, Angelo Nestore, Marina L. Riudoms, Anna Pacheco, Luna Miguel, Emma Cline, Víctor Parkas... La lista es larguísima. Películas como Las niñas (2020) de la directora Pilar Palomero o Verónica (2018) de Paco Plaza, una nueva reivindicación del disco Nevermind de Nirvana, ese acercamiento intelectual a los iconos culturales de la época como la Ruta del Bakalao o que de cara al próximo invierno las camisas de leñador vuelvan a estar de moda (herederas del estilo desaliñado y grunge de Kurt Kobain) revelan esta nueva fiebre retro. Algo parecido sucede con Sus hijos después de ellos, novela en la que su autor ha pretendido mostrar al mundo, más allá de las fronteras físicas de su país, como era ser joven o adulto en los turbulentos 90. El resultado se revela fascinante y demasiado autóctono a partes iguales. 


Sus hijos después de ellos atrapa desde el primer momento, haciendo las delicias de todas aquellas lectoras/es que sientan, como una servidora, especial debilidad por las novelas ambientadas en lo más caluroso del caluroso verano. Y más aún cuando de repente descubrimos que la acción trascurrirá a lo largo de cuatro estíos bien diferentes (1992, 1994, 1996 y 1998 respectivamente). Cuatro fechas que el autor no ha escogido al azar así por que sí, sino que, en su conjunto, pretenden englobar toda una época dentro de la historia de Francia. De este modo Mathieu va de lo colectivo a lo particular, hablando de acontecimientos trascendentes en el devenir del país - como el desmantelamiento de la industria - así como otros no tan importantes a simple vista pero que desde el punto de vista popular aún siguen rememorándose - como el Mundial de Futbol de 1998 donde Francia se alzó con la ansiada copa -. Todo ello como telón de fondo sobre el que se proyecta la historia de los personajes de esta novela. Ambientada en un valle del este cuyo nombre el autor se inventa para la ocasión, la novela arranca con toallas extendidas sobre la tierra, Ray-Bans falsas, porros, bocadillos de queso y el robo de una canoa por parte de Anthony y su primo para ir a la zona nudista con la única intención de ver chicas en toples. Todo ello con un halo de decadencia bajo el implacable sol dorando sus blanquecinas pieles. Su inicio no puede ser más perverso e interesante a partes iguales. Pillaje adolescente envuelto en una mediocridad - percibida tanto por los personajes como por el propio lector que se adentra en sus páginas - que no desaparecerá e irá in crescendo a medida que avancemos en su lectura. A partir de ahí iremos conociendo mejor a Anthony - hijo de una clase obrera a punto de extinguirse que emprende una huida hacia adelante tratando de escapar de un destino parecido al de su propio padre - a Step - hija de la burguesía provinciana con deseos de aspirar a algo mejor convertida en el intermitente amor de Anthony - y Hacine - hijo de la inmigración y de los márgenes de la sociedad, consigue aún así ascender a pesar de su azarosa caída en picado -. Entre motocicletas robadas, Música de Nirvana, coches de choques, drogas, barrios marginales, fábricas abandonadas y las primeras experiencias sexuales los jóvenes parecen transitar en un paisaje sociológico plagado de pesimismo. En donde los símbolos de la época - como la música de Johnny Hallyday - cobran un gran protagonismo. Fue sin duda en este punto en el que como lectora tal vez me sentí fuera de la historia. Si fuera francesa o conociese más a fondo su historia más reciente a nivel cultural y sobre todo televisivo tal vez hubiese disfrutado de otra forma la novela de Mathieu. El autor ha querido hacer una radiografía tan exacta de los 90 franceses que hay cosas que se me escapaban. Eso sí, me ha encantado saber que nuestros vecinos también enfrentaban a pueblos en un programa de televisión veraniego, como nuestro Grand Prix pero sin la vaquilla, claro está. 


Leyendo esta historia de adolescentes rebeldes, de ciudades cuyo esplendor ha pasado a mejor vida, de padres que proyectan sus frustraciones y sueños sobre sus hijos (sí, en esta novela los progenitores juegan un papel clave), de vasos de tubo arrojados al suelo tras la borrachera y de tragedias personales; me he dado cuenta de que nuestra historia más reciente ha transitado por derroteros más o menos parecidos. Nosotros también sufrimos una traumática reconversión industrial, vivimos un año concreto de gloria - en nuestro caso el 92 - y algunos episodios que nos volvían de golpe y porrazo a una realidad que, por muchas exposiciones universales o juegos olímpicos que se celebrasen, seguía estando ahí. También, al igual que les sucede a los protagonistas del libro, los jóvenes de los 90 caminaban entre dos realidades, la de las generaciones anteriores (en particular la de los padres y sobre todo los abuelos) y la de un presente cuyo desenlace de preveía incierto pero prometedor. Por si fuera poco, aquella fue la última generación virgen de nuevas tecnologías. La última que jugaba a juegos de mesa, a las muñecas o al pilla pilla en lugar de entretenerse con una aplicación de la Tablet. La última que consiguió dejar volar su imaginación o entablar una conversación con amigas/os sin la necesidad de estar mirando cada dos por tres la pantalla de un teléfono móvil. En definitiva, la última capaz de sostener la mirada sin bajar la cabeza. A pesar de que el pesimismo fue la tónica de la década, lo cierto es que durante ese tiempo también nos sentimos un poco los reyes del mambo, los amos del mundo. Por fin parecía que se nos empezaba a tomar en serio, que la gente encontraba trabajo sin dificultad alguna, que podíamos dormir tranquilos, con la certeza de que nada malo nos sucedería. Visto con los ojos del 2020, del confinamiento, de las mascarillas, de los geles, de la distancia de seguridad, de las restricciones, del brutal paro. Con los ojos de un mundo percibido como apocalíptico (sobre todo desde los medios de comunicación) y en el que todo parece haber cambiado para peor, nos entra la risa floja, la carcajada más histriónica, peor que la del Joker. Esa que tanto miedo nos hizo sentir y que, sin a penas quererlo, se ha convertido en un recuerdo más de la antigua normalidad. Un trasto más en ese cajón que con tanto cariño guardamos en nuestra cabeza, esperando tiempos mejores. Mientras tanto, parafraseando a Humphrey Bogart en Casablanca, siempre nos quedarán aquellos veranos noventeros. 

Sus hijos después de ellos: una historia de amor adolescente, huidas hacia adelante, robos, engaños, heridas sin cicatrizar, decadencia, periferia, pueblos de fiesta, lagos refrescantes, fiestas hasta el amanecer, inseguridades... Un Smells like a teen spirit en toda regla y a la francesa. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El sol caía a plomo sobre las aguas del lago confiriéndoles la densidad del petróleo. De tanto en tanto, esa superficie de terciopelo se estremecía al pasar una carpa o un lucio. El chico sorbió. El aire estaba cargado con ese mismo olor a lodo y a tierra plúmbea por el sol. El mes de julio le había salpicado de pecas la espalda, ya ancha. No llevaba puesto a parte de un pantalón de fútbol viejo y un par de Ray-Ban falsas. Hacía un calor para morirse, pero eso no lo explicaba todo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de AdN Novelas