Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

jueves, 23 de septiembre de 2021

RESEÑA: Un par de cómicos.

 UN PAR DE CÓMICOS


Título: Un par de cómicos. 

Autor: Don Carpenter (California, 1931-1995) escribió numerosas novelas, cuentos y guiones de cine a lo largo de veintidós años de carrera. Su primera novela, Dura la lluvia que cae, se publicó en 1966. A ésta le siguieron títulos como Un par de cómicos (1979) o La promoción del 49 (1985). Fue alabado por la crítica y sus colegas, pero su obra nunca llegó a un público masivo. Víctima de una serie de enfermedades que lo acabaron incapacitando, se suicidó en 1995 antes de acabar su última novela, Los viernes en Enrico´s, terminada y prologada por Jonathan Lethem y publicada por Sexto Piso en 2015. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés.

Traductor: Rubén Martín Giráldez.

Sinopsis: Desde hace años. Jim Larson y Dave Ogilvie forman un célebre dúo cómico cómodamente asentado en la fama. Cuando no están actuando en Las Vegas o de gira por el país, se encuentran en Hollywood grabando alguna de sus taquilleras películas. La amistad entre Dave y Jim parece haber sobrevivido al tiempo, al éxito (también al extraño cansancio que éste conlleva), a la implacable maquinaria del show business, e incluso a algún que otro avispado agente que quiere que Jim emprenda una carrera en solitario. A pesar de todo, siempre han sabido moverse como pez en el agua en un mundillo que conocen y aman, sin pagar, aparentemente, un peaje demasiado caro. Aún así, cíclicamente, Jim necesita desaparecer sin avisar a nadie, y Dave teme que alguna de esas veces sea la definitiva y todo acabe. 

Su lectura me ha parecido: tragicómica, ligera, burlesca, implacable en su retrato de lo que sucede tras las bambalinas del mundo del espectáculo, ausente de sentimentalismos, una brisa entre un panorama literario a rebosar de intranscendentes dramas... La risa, esa que aflora de nuestros labios y garganta, como si de una idea que por necesidad tenemos que exponer en voz alta, para que todo el mundo la oiga, hasta los comensales situados a la otra punta del restaurante. Cuantos más mejor. Porque, si de algo vive la risa es de la compañía, de una comunión de afines que dan su aprobación en forma de más carcajadas. Complacientes, sinceras, comedidas, exageradas, con implicaciones nasales, lagrimales, vocales o todo a la vez. No hay una risa única, como tampoco aquello que nos conduce a ella. Dentro del infinito catálogo, los libros - adscritos al género humorístico - figuran en un puesto destacado a pesar, eso sí, del descrédito vertido más por la crítica que por parte del público, el cual, se entrega a ellas cual fan de una legendaria banda de rock. Homero fue, como en casi todo todo, pionero del noble arte de conseguir que nos partiéramos la caja con su epopeya Batracomiomaquia. Al igual que Aristófanes, Menandro o Luciano de Samosata con sus obras de teatro que bailaban entre lo pícaro, lo explícito y la sátira social. Siglos más tarde encontraríamos aquellos autores que provocaron cierta hilaridad en tiempos medievales tales como Chaucer, Martínez de Toledo o el Arcipreste de Talavera, capaz de aunar el carácter cortesano con ingenio verbal. Aunque el Decamerón de Boccaccio se considera uno de los textos de humor más importantes de la historia de la literatura - y en los últimos tiempos una suerte de manual para sobrevivir a una pandemia a base de contar historias cada cual más loca y subida de tono que la anterior - no podemos olvidarnos de nuestros patrios Fernando de Rojas con La Celestina y esa misteriosa o misterioso anónimo (no descartemos que fuese una mujer la que escribiese tremendo libro) que figura bajo El lazarillo de Tormes. Dos obras de impensable importancia que saben moverse entre los recovecos de la tragicomedia sin olvidarse de un despiadado retrato de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde llegarían Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o William Shakespeare para renovar - en el caso del primero la novela y los tres siguientes el teatro - provocando regocijos desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días. Y más cercanos a la actualidad Sharpe, Whodehouse, Waugh, Durrell, Lodge, Pratchett, Jardiel Poncela, Fo o Gómez de la Serna entre otros. Todos ellos influenciados por escritores tan dispares como Wilde, Dikens, Twain, Valera o Zúñiga (nótese la ausencia de autoras en este género, lo cual nos debería hacer pensar). Luego, y tras este breve pero entretenido repaso a la historia de la literatura más desternillante, está Carpenter. Un guionista curtido en una escritura precisa y no exenta de comicidad que nos regaló una joya desconocida - al menos para una servidora - que nos habla de lo que se esconde tras los focos, de la otra cara de la fama, de las apariencias forzosas cuando, en el mundo de las icónicas parejas humorísticas, uno de los integrantes decide bajarse del barco. Un par de cómicos: jocosidad y desenfreno tras el dorado cartel de Hollywood. 


En su extraordinaria labor por rescatar novelas de un injusto ostracismo, la editorial Sexto Piso se afana por traernos de vuelta la obra de Don Carpenter. Escritor de una dilatada experiencia de, ojo, veintidós años dedicada a la escritura de escaletas y diálogos para el séptimo arte. Autor de gran agilidad estilística y poseedor de un imaginario literario indisociable de su biografía - o más bien de sus vivencias entorno a la dorada Babilonia, más conocida como la industria Hollywoodiense - que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto en el año 1995. Dicho esto, y a falta de haberme leído su obra póstuma y editada por la mencionada editorial Los viernes en el Enrico´s, Un par de cómicos viene a iniciar lo que se la venido a llamar la Trilogía de Hollywood, en la que Carpenter nos sumerge en el brillante pero podrido mundo del show business para hacernos reír pero también para revelarnos lo que todos ya sabemos aunque nunca viene mal recordarlo de vez en cuando: que el negocio del cine norteamericano, fascinante donde los haya, tiene el poder de colocarte en lo más alto de la fama planetaria como, al mismo tiempo, condenarte al más absoluto de los olvidos. Dicho de otra forma, unos días estás arriba, con las estrellas del firmamento, y otros en el sótano del fracaso del que se antoja complicada su salida. En el caso de Un par de cómicos (la primera novela que nos llega de esta temática abordada por Carpenter) no estamos tanto en un terreno pantanoso donde somos testigos de la decadencia de un actor o actriz cuyo tiempo de gloria ha quedado atrás, ni ante algo parecido a El crepúsculo de los Dioses hecho novela, sino en el meollo de una historia de amistad más allá del ámbito profesional que está a punto de llegar a su fin. Como los grupos de música, los dúos míticos o, por supuesto, las legendarias parejas de cómicos, muchos han acabado separándose y, por consiguiente, poniendo fin a sus carreras para volar, con mejor o peor suerte, en solitario. Justo lo que les sucedió a Dean Martin y Jerry Lewis (pareja cómica en la que claramente se inspira la novela de Carpenter) mientras el primero sucumbió ante los egos de su compañero de profesión por culpa de las críticas de la prensa y, como consecuencia, su popularidad fue cayendo con los años, el segundo despegó y creció hasta convertirse en uno de los humoristas y directores más importantes de la historia del cine. 


Con un poso de comicidad con atisbos de patetismo y dramatismo - o lo que es lo mismo, lo que llamamos comedia triste - Carpenter nos habla de Jim Larson y Dave Oglive (magnífico perfilamiento de ambos personajes tanto en sus virtudes como en sus numerosos defectos), de su historia en común, de sus idas y venidas (sobre todo por parte de Jim influenciado por un productor que le insta a abandonar a Dave para actuar en solitario), de las fiestas glamurosas y regadas de alcohol que ambos se pegan y, sobre todo, de la sordidez y perversidad que impregna la trastienda del mundo de los teatros o sets de rodaje. Especialmente memorables son los pasajes en los que describen sus inicios, su primer encuentro y el inicio de la amistad que, ahora, está a punto de truncarse. Así como las insistentes arengas del productor, las lamentaciones y meditaciones de Dave en su rancho de Somona, el satirizante retrato del Hollywood de los 60-70 (décadas que cambiarían la industria para siempre) o el propio ambiente de las juergas - con aparición de Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, incluida - desinhibidas y plagadas de arquetipos que le sirven al autor como ejemplos para acentuar la degradación social y moral. Una fauna de interesados y carroñeros a ojos de alguien que, paradójicamente, forma parte de la propia maquinaria. Ligereza y pericia en sus diálogos - la mano de guionista es prácticamente palpable en cada página - Un par de cómicos no deja de ser el reflejo, bastante trasnochado, de la vida misma en cuanto a relaciones sociales se trata. El ser humano tiende a relacionarse con otras personas, ya sea por afinidades concretas - amor, amistad, trabajo, familia, ocio... - o por interés, sin llegar a estrechar un vínculo particular, simplemente por la coyuntura de la situación. Éstas pueden ser duraderas, tanto que solo la muerte acabará por truncarlas. Pero, ¿qué pasa cuando algo falla? ¿Cuando ya no reconoces a la persona con la que has pasado gran parte de tu vida? ¿Cuándo existen más diferencias que puntos en común? ¿Cuándo vuestros intereses difieren por completo? ¿Cuándo has aborrecido la compañía de quien, hasta hace poco, era imprescindible en tu vida? Los ciclos existen, y en lo que a relaciones sociales éste está a la orden del día. Por eso evolucionamos, exploramos nuevos territorios que en ese momento nos resultan más atractivos, en definitiva, cambiamos. Y en ese camino, seguramente, algunos de los que considerábamos una extensión de nosotros mismos acaben quedándose por el camino. Ley de vida dicen, como sucede en la novela de Carpenter. Sin duda, la mejor bisagra entre esa lectura trascendental de 1.000 páginas y ese cuento que exige toda tu atención. 

Un par de cómicos: una novela solvente, crítica, sin complejos temáticos y literarios, entretenida, que vuela en tus manos sin descuidar el contenido... Sin chistes malos pero con una buena dosis de tragedia burlona. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hacer películas es aburrido, y trabajar en Las Vegas es aterrador: ésa es la principal diferencia. Después de nueve o diez horas de aburrimiento, lo único que quiero hacer es irme a casa y ver la televisión, pero después de dos horas de terror, el mundo parece un lugar maravilloso."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

viernes, 17 de septiembre de 2021

RESEÑA: Eisejuaz.

 EISEJUAZ


Título: Eisejuaz. 

Autora: Sara Gallardo (Buenos Aires 1931-1988) publicó las novelas Enero (1958), Pantalones azules ( 1963), Los galgos, los galgos (1968, ganadora del Premio Municipal), Eisejuaz (1971) y La rosa en el viento (1979). Escribió también literatura para niños y un libro de relatos, El país del humo (1977). Además de como narradora, Gallardo destacó como periodista, y durante años colaboró, entre otras, con la revista Confirmado, así como en el diario La Nación. Los artículos publicados en estos medios aparecen compilados en Macaneos. Las columnas de Confirmado (2016) y Los oficios (2018). 


Editorial: Malas Tierras. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Eisejuaz es una novela escrita en estado de gracia, Sara Gallardo se instala en las fisuras del lenguaje para crear Eisejuaz, uno de los personajes más enigmáticos e inolvidables de la literatura latinoamericana: un indio mataco que escucha la voz de Dios en una lagartija y que renuncia a todo para seguir un llamado de consecuencias desastrosas para su comunidad. Es una novela fronteriza en más de un sentido: se sumerge en el paisaje del norte argentino y en el mundo indígena arrasado por el extravictimismo, y evade los lugares comunes del regionalismo a través de la creación de una lengua fascinante y llena de alteraciones gramaticales. Eisejuaz "barbariza" el cristianismo con su cosmovisión indígena en la que Dios tiene rostro animal; su yo es curiosamente descentrado y está compuesto por muchos otros, pues "un animal demasiado solitario se come a sí mismo". Gallardo se inspiró en un viaje a Salta en 1967, al que partió buscando historias para su comuna en un seminario. En un hotel de Embarcación - a un costado del río Bermejo - conoció al cacique wichí Lisandro Vega, con quien pasó horas conversando y que le sirvió de modelo para Eisejuaz

Su lectura me ha parecido: arriesgada, subyugante, compleja, sombría, con un lenguaje propio, no apta para lectores poco experimentados, alegórica, única... Cuando leí, allá por el añorado (hasta la extenuación) 2019, Enero de Sara Gallardo no sabía lo que me podía encontrar en su interior. Accedí a su lectura como quien deambula por un rincón nuevo de la ciudad. Ese callejón en pleno barrio del Carmen - lo siento, últimamente estoy en modo chovinista con mi terreta - por el que jamás has caminado, a pesar de haber pateado en exceso justo la paralela. Más concurrida, más luminosa, más excesiva. Esa vía peatonal en la que sobresalen sillas de madera colocadas en círculo, geranios entre los barrotes, grafitis camuflados en la pared del fondo, azulejos en los balcones, bicicletas apoyadas en las fachadas, sábanas al vuelo y alguna canción de reguetón chungo que, sin embargo, acompaña perfectamente la soledad del lugar. Curiosa estampa la de aquellos rituales - con los que, por desgracia, ya es difícil toparse en una ciudad como Valencia - que nos sumergen en tiempos pasados. Sacándonos, por unos instantes, de nuestra área de confort, o mejor dicho, de nuestra parcelita en la que nos hemos o nos han acostumbrado a vivir. Con Enero me topé con una escritura poderosa, íntima, con su grado de complejidad, pero excepcional. Me expulsó, literalmente, de esa fortaleza que había construido con literatura costumbrista (española y norteamericana especialmente) con su dosis de suciedad y descarnada critica social, con aquellas autoras francesas que forman parte de mi corpus escritoril, autobiografía, autoficción, parte de la ciencia ficción distópica que tanto amo, cuentos y sí, autoras latinoamericanas que en nada se parecían a Gallardo. De hecho creo, sinceramente, que aquellas que había leído anteriormente, con gran pasión, no le llegaban ni a la suela del zapato. Y siguen sin sobrepasarla. De ahí mi inmensa alegría cuando, hace unas semanas, fui testigo de la unánime decisión de las integrantes de "Exceso de bondad" (llámese club de lectura o conclave de mujeres inteligentes y talentosas) en el que salió Los galgos, los galgos como la novela a leer y comentar en nuestro próximo aquelarre lector. Y no me extraña. La editorial Malas Tierras ha tirado la casa y el chalet por la ventana en la necesaria reedición de este clásico, demasiado escondido por desgracia, de las letras argentinas. Sin duda será un reencuentro muy deseado al que llego con la ventaja de haber saboreado su literatura, en pequeñas porciones, pero igual de apasionantes a pesar de su particularidad. Los días pasan, ya queda menos para tenerlo entre mis manos pero, mientras tanto, deleitémonos con otro de sus libros, otro impecable rescate literario al que, solo las y los más valientes, pueden acercarse. Eisejuaz: un viacrucis religioso entre las escarpadas montañas y la miseria de las comunidades indígenas. 



Nacida en Buenos Aires en el año 1931, y como ya dije en su momento, Sara Gallardo representa una de las plumas más interesantes y hasta hace bien poco escondidas del panorama literario latinoamericano. Si bien es cierto que sus columnas en revistas y periódicos tan populares en Argentina tales como La Nación o Primera Plana entre otras publicaciones le granjearon enorme popularidad entre los años 60 y 70, éstas acabaron por impregnarla de una imagen de frivolidad - debido a los temas que abordaba en ellas - que impidió degustar su enorme talento literario en toda su dimensión. Viajera incansable, cronista de aquello que no siempre aparece en las portadas y autora de sendas obras a reivindicar, murió a finales de los años 80 de un ataque de asma en la ciudad que la vio nacer y crecer en su talento tanto periodístico como literario. La justicia, finalmente, la aupó al lugar que debería haberle correspondido, junto a aquellos señores que inspiraron a lo que posteriormente se acabaría conociendo como "Boom latinoamericano" gracias a esa reivindicación (ojo, de la generación millenial) algo tardía en este nuevo siglo. Fue en uno de sus incontables viajes cuando, estando en la provincia argentina de Salta (al norte del país) en 1967, se topó con Lisandro Vega. Un terrateniente de la etnia wichí - asentados en el país andino desde la Guerra del Chaco que enfrentó a Paraguay con Bolivia - con el que habló durante días. De aquellos encuentros y charlas surgió la que probablemente sea - a falta de leer Los galgos, los galgos - Eisejuaz, su novela más extrema. No en cuanto a contenido, pero sí en lo que a la forma en la que se articula la historia que encierra sus 199 páginas. Desde un extraño monólogo que parece sacado del propio subconsciente, Gallardo teje la historia de Lisandro Vega - también conocido como Eisejuaz o Ése También. Un "mataco" originario del norte argentino que cree haber sido bendecido por el Señor para cumplir una misión. De hecho, éste se le aparece en varias ocasiones, siendo la primera, en la que Dios hace acto de presencia mientras friega los platos en el hotel donde trabaja, la que acaba por desencadenar su perturbadora obsesión. Será su encuentro con Paqui, un indio moribundo al que le salva la vida y sus posteriores cuidados, lo que le hará transitar a través del desierto en un grotesco como patético viacrucis entre el fanatismo y la cordura, las raíces y las hachas que las arrancaron, las cordilleras y la miseria. Porque sí, Eisejuaz habla de colisiones, de derrotas, de pasados gloriosos que se dan de bruces con la pobreza y la explotación a la que los indígenas se ven sometidos por parte de los terratenientes. De paisajes caducos en medio del polvo. Todo ello, llevado, a una suerte de éxtasis religioso amargo. 


Lejos de quedarse ahí, Sara Gallardo saca la artillería pesada para contarnos la historia de Eisejuaz. Munición, pistolas, rifles en forma de un armazón literario que te deja sin aliento. De ahí mi advertencia, la de no adentrarse en ella a menos que lleves un tiempo acumulando lecturas, muy especialmente si estas están escritas por autoras u autores latinoamericanos en las que el lenguaje lo sea todo, o al menos el eje sobre el que pivota la novela. Eisejuaz atrapa, engulle, pero también abruma. Todo ello gracias a el uso magistral de los registros y, sobre todo, un excelente equilibrio entre la parquedad llevada al extremo - diálogos, silencios que cortan la respiración, elipsis dignas de aplauso - y la impulsividad de la palabra hablada. Sin olvidarnos de una buscada alteración gramatical, desconcertante en ocasiones, difícil de seguir si no se va preparado para su lectura, pero cautivadora en el momento en el que decides subirte al carro. Solo entonces puedes apreciar la grandeza de Gallardo y su don para atraparnos en su particular universo literario. Cuesta encontrar sucesores contemporáneos a su escritura - tal vez el surgimiento de la literatura periférica en nuestro país de la mano de una generación de autoras y autores nacidos en los 90 en la que, salvando cualquier complejo, se han atrevido a experimentar con el lenguaje, costumbres y acentos de sus lugares de procedencia más allá del centralismo o eje Madrid/Barcelona - aunque sí un referente, coetáneo, el de Juan Rulfo, quien ya jugó con los límites de este en sus famosísimos textos Pedro Páramo o El llanero en llamas. Su perversión de la palabra, así como de la mente de nuestro protagonista quien, sucumbido al fanatismo religioso y a una terquedad casi psicótica embebida de una quimera totalmente desfasada, no hace sino mostrarnos una atmósfera indígena rebosante de toda clase de imaginería. Plantas, animales, caminos, rocas, arroyos... Todos ellos a las ordenes de un catolicismo impuesto que, a medida que vas embadurnándote de ocres y grumos terrosos, al final no sabes qué es lo mejor. Si la religión ancestral anterior a la conquista o la que trajimos los españoles e impusimos sin respetar su opinión. Su voluntad, la de hacer el bien, acaba paradójicamente llevándose por delante a los suyos, así como sus actos, los cuales conducen a desgracias ajenas y propias. En conclusión, podríamos alabar a Eisejuaz por su valentía lingüística, por su atrevimiento casi suicida o por ese escalofriante fresco sobre la realidad wichí. Pero, y por encima de todo, por su explícita crítica a lo sumo, a lo exagerado, a lo que excede el límite. En definitiva a aquellos individuos que, creyéndose tocados por el dedo de su dios particular, se creen con el derecho a liderar inverosímiles quimeras sin medir el alcance de las consecuencias y en tiempos donde la razón ha soterrado, en parte, toda clase de superstición. 

Eisejuaz: una historia de llamadas divinas, inconsciencia, pobreza, sabiduría indígena, religión, intolerancia, muerte, patetismo, profundos cimientos... Todo un reto que merece la pena emprender. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dejé de trabajar. Y me había hecho una casa de para colorada bien atrás de las vías del tren. Y volví a pescar, a hacer changas, preparándome. Y pasé dos años preparándome, hablando con el Señor, esperando el día escrito por él, la llegada de aquel que me anunciaron, ése a quien debía entregar las manos. Y comiendo, durmiendo, pasé cada día, así como la raza de los hombres los pasa en esta tierra, que es esperando."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Malas Tierras

jueves, 9 de septiembre de 2021

RESEÑA: Heridas abiertas.

 HERIDAS ABIERTAS


Título: Heridas abiertas. 

Autora: Begoña Méndez (Palma, 1976) es licenciada en Lingüística General y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. También en la UB, se remasterizó en Literatura de la Era Digital y más tarde fue Premio Extraordinario en el máster de Humanidades de la UOC, con un trabajo centrado en Diario de juventud de la escritora uruguaya Idea Vilariño. Es profesora de lengua y literatura en una escuela de adultos y colaboradora en las revistas culturales Pliego Suelto, El Cultural y Mercurio. Ha publicado Una flor sin pupila y la mujer de nieve (Sloper, 2019), artefacto literario hecho de versos, escritura automática y collages. Heridas abiertas es su último texto publicado. 


Editorial: Wunderkrammer. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Santa Teresa, Soledad Acosta, Zenobia Camprubí, Teresa Wilms Montt, Lily Íñiguez, Marga Gil Roësset, Idea Vilariño, Susan Sontag, Alejandra Pizarnik y Mariana Eva Pérez son las diez autoras objeto de este ensayo. Leerlas es irse de viaje hacia los límites de la existencia y de la identidad, pues en sus cuadernos personales donde se mostraron desnudas en extremo, con sus deseos y su dolor expuestos. Si los diarios empezaron siendo herramientas censoras y vigilantes por parte de instancias de autoridad (la Iglesia, la madre, el marido...), ellas consiguieron transformarlos - aunque pagaran un alto precio por ello - en espacios de libertad. Este libro existe por todas las mujeres que transformaron su malestar y marginalidad en parajes para la rebelión artística, en territorios para la insubordinación y la conquista de sí. 

Su lectura me ha parecido: personal, interesante, demasiado breve, literario, delicioso, un suspiro en manos de la o el lector más ávido, íntimo... Comencé a escribir un diario al rededor de los once años. En una etapa tal vez demasiado temprana. Ni la constancia ni un objetivo concreto más allá de plasmar lo que había hecho durante las jornadas en las que se me ocurría abrirlo para escribir en él dominaban mis impulsos. Cumpleaños, exámenes de matemáticas que suspendía, algún que otro secreto que a día de hoy suscitaría más risas que inquietud, juegos en el patio, las salidas de los domingos en familia... En resumidas cuentas, poca cosa. Sin embargo, a medida que fui creciendo e iba siendo consciente de que la escritura - como acto en sí - se había convertido en una parte intrínseca de mi, redacté otro diario, allá por los quince años (etapa que recuerdo con cierto desasosiego, la secundaria, ya sabéis) y que duró, con periodos de sequía intermitente, hasta más o menos el primer año de universidad. Ahí la tenacidad y la disciplina fueron mayores. El sentarme, todos (o casi todos) los días a escribir un poco de, no solo lo que acontecía en mi vida (más interesante que cuando aún estaba en primaria), también aquellas inquietudes y reflexiones que a una servidora más le importaban. Aquí las primeras veces - desengaños, desamores, desilusiones, descubrimientos y demás palabras iniciadas por "des" - se confundían con opiniones acerca de temas de la actualidad de entonces, apuntes para posibles "proyectos" literarios reducidos a meras anotaciones sueltas en medio de disertaciones personales - maldito síndrome de la impostora - o incluso el testimonio de aquello que no entendía y que, ya sea por desconfianza o vergüenza - no me atrevía a preguntar. Por supuesto, a pesar de que las sesiones de escritura intimista se convirtieron en una especie de ritual en una habitación propia a día de hoy extinguida, ni el estilo, ni la forma, ni siquiera el contenido que vomitaba cada tarde sobre las páginas me importaban. La función estética o el sentido literario eran ajenos a mi persona cuando quería exponer pasajes tan reservados. Solo los empleaba cuando rascaba tiempo entre exámenes y trabajos para escribir algún relato o un capítulo más de aquella novela influida por Física o Química y las escenas de amor de las novelas juveniles que solía leer a esa edad. Jamás pensé que un diario pudiese ser tomado en serio a esos niveles - y eso que los quince leí el Diario de Anna Frank, con todas las consecuencias que aquello trajo consigo - hasta que me percaté del poder de dicho género (a nivel histórico) para ofrecernos un tipo de información igual de válida que la que podemos encontrar en otra clase de documentos, así como llegar a trascender desde lo personal a lo político. Normal que, tiempo después, devorase todo aquello que tuviese un punto de autobiográfico, incluyendo algunos diarios - no tantos como me gustaría - de aquellas autoras capitales en mi panteón literario. En mis manos, de nuevo, un pequeño ensayo que nos ahonda en el género, así como en la escritura personal de una serie de escrituras que la cultivaron. Heridas abiertas: un apasionante recorrido por la palabra escondida. 


Aunque para los fans del buen thriller de misterio con toques de terror - del malo ya andamos más que saturadas/os - el título de este ensayo pueda llevar al lector de a pie a confundirlo con esa maravilla escrita por Gillian Flynn, éste se nos presenta de una forma muy particular. En primer lugar, englobado en la magnífica (aunque demasiado breve, lo siento, tenía que volver a decirlo) colección Chaiers, editada por la interesantísima editorial Wunderkrammer. Una colección de no ficción que busca introducir, que no informar, de aquellos temas de interés que, por decirlo de alguna forma, escapan a lo generalista. De ahí que en su mayoría estén vinculados a aspectos relacionados con la literatura, como objeto de estudio así como de reflexión personal o persiguiendo una intención más cercana a lo intelectual. En segundo lugar, la portada, ilustrada con una Calcedonia roja (marca de la casa en cada ejemplar que publican de la nombrada colección). Un mineral de sílice que en una de sus múltiples variedades - llamada Cornalina - presenta un tono rojizo intenso. Prefecto, en este caso, para crear un diálogo estético entre título y cubierta. Cuando la observamos, no solo vemos dicho pedrusco, sino que inconscientemente creemos percibir una metáfora, la de la propia carne abriéndose tras un profundo corte, dejando al descubierto la sangre. En otras palabras, aquello que nos mantiene vivos, burbujeantes, como el relieve de la roca escarlata. A su vez, también se asemeja a un órgano, al corazón si me apuras, latente, de nuevo, símbolo de aquello que no se ve pero que, sin embargo, palpita bajo nuestro pecho. Como veis, la sugestiva portada no para de darnos pistas de lo que podemos encontrarnos dentro. Y por último, y a riesgo de parecer una fetichista de lo visual - aspecto crucial a la hora de que un libro, además de por su sinopsis, acabe formando parte de las estanterías de tu cuarto - su tamaño, pequeño, ligero, no mucho más grande que la palma de mi mano. Lo cual favorece el transito y la movilidad del objeto, y del conocimiento, más allá del salón o la biblioteca. No existe, evidentemente, un interés especial a la hora de justificar el porqué esta editorial y no otras para comentar la parte extraliteraria, muy importante, por cierto, de la creación de cualquier proyecto de carácter editorial. Pero cuando el trabajo es bueno y está bien hecho, se reconoce. Y si es editando ensayos - aunque sean de carácter más divulgativo - todavía más. 


En lo que a su contenido se refiere, como ya he comentado, nos encontramos ante un texto puramente introductorio - para que tu, una vez finalices su lectura, vayas a tu librería más cercana y arrambles con los diarios que se han publicado de las autoras que en él se menciona - y en el que, primando un orden cronológico y temático, te va exponiendo a cada una de ellas a través de la escritura de sus diarios. De este modo, Heridas abiertas podría definirse como una aproximación, que no profundización, a el lado más íntimo de escritoras como Santa Teresa de Jesús, Zenobia Camprubí, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik o Susan Sontag entre las más conocidas, o de Marga Gil Roësset y Teresa Wilms Mott, cuyos nombres son más desconocidos para el público en general. Tras un breve pero impecable primer capítulo en el que, a modo de introducción, Méndez aborda la historia del género desde sus orígenes hasta la revolución cultural que se produjo entre los siglos XVIII y sobre todo el XIX, al irrumpir, por un lado, lo que conocemos como "individuo moderno" - el paso de la liturgia a la lectura privada fue clave para su surgimiento - y por otro el concepto moderno de familia - erigida sobre la base de unos afectos que en anteriores épocas no existían -. Una vez superado dicho prólogo, el lector se sumerge en la escritura de cada una de las autoras que aparecen en el presente ensayo, transitando por sus textos memorialísticos. Desde la más alejada de su tiempo - la ya mencionada Santa Teresa de Jesús que en 1560 escribió su Libro de la Vida como ejercicio de control exigido a sus confesores - a autoras de los siglos XIX y XX en donde apreciamos como el diario constituye una herramienta de control tricéfalo: materno, marital o como un medio de supervivencia. Este, por ejemplo, es el caso de Zenobia Camprubí, escritora perteneciente al grupo de las Sin sombrero que durante décadas solo se le conocía como la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. En sus diarios, según Méndez, apreciamos no solo su depurada técnica, también los síntomas de una época en la que las mujeres transitaban entre la obediencia y la subversión, entre no eclipsar al marido de turno y el poder de unas palabras que, tiempo después, la han colocado en el lugar que se merecían, al lado y, en ocasiones, por encima del señor Premio Nobel. Seguidamente, escritoras como  Marga Gil Roësset o Teresa Wilms Mott ponen el foco en las mujeres que todavía no tienen ni el espacio ni la autonomía para desarrollar una literatura personal. Reivindicando aquellos territorios u espacios que por derecho, al igual que los hombres, también les pertenecen. Habitaciones propias que para vidas tan intensas que, en ocasiones, han desembocado en el suicidio  (como es el caso de Alejandra Pizarnik). Para cada autora escribirlos significó una cosa, así como las motivaciones que las llevaron a ello. Pero si algo podemos destacar, a modo de cierre, de este ensayo - con el que me he quedado con ganas de más - es la pasión de su autora por descubrirnos estas desconocidas facetas en muchos casos para, en última instancia, reivindicar ese paisaje poético, esas atmósferas seguras, esas soledades buscadas en las que la escritora deposita la palabra sobre cortes sangrantes. 

Heridas abiertas: un ensayo reivindicativo, cercano, divulgativo, plagado de reflexiones para subrayar, que invita a buscar, investigar, empaparse... La oportunidad para descubrir autoras, escrituras y perspectivas pocas veces tenidas en cuenta. 

Frases o párrafos favoritos: 

"En los diarios, la intimidad se genta en el tuétano de la experiencia cotidiana y emerge en la soledad de la habitación o de la casa. Una escritora enclaustrada que, sin embargo, quiere irse a algún otro lado. Porque hay en las diaristas, aun en las más secretas y en sobras, incluso en las más periféricas, una voluntad de ser leídas, conscientes como son del valor de su labor literaria."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Wunderkrammer

jueves, 2 de septiembre de 2021

RESEÑA: Todo cambia. Crónica de los Cazalet.

TODO CAMBIA

CRÓNICA DE LOS CAZALET


Título: Todo cambia. Crónicas de los Cazalet. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Raquel G. Rojas. 

Sinopsis: Década de 1950. Con el fallecimiento de la Duquesita, matriarca indiscutible del clan de los Cazalet, desaparecen también para siempre los últimos vestigios del mundo de ayer, ese entorno privilegiado en el que prosperó la familia, un universo de grandes mansiones y leales sirvientes, un perfecto equilibrio entre clase, ocio y tradición. Y si bien los más mayores no encuentran ya las claves para descifrar el futuro, los divorcios, los affaires, el equilibrio entre el matrimonio y la maternidad, entre los ideales y las ambiciones, hacen que tan poco las jóvenes generaciones puedan trazar con decisión un nuevo rumbo para sus vidas. En una tan nostálgica como esperanzada, Navidad, convergerán todos una vez más en Home Place, quizá la única certeza, un frágil asidero mientras todo sigue, mientras todo cambia...

Su lectura me ha parecido: pulcra, ágil, en la que todo discurre de forma natural, magnífica, elegante, más concisa quizás, cercana, haciendo más partícipe al lector de la historia que revisita por quinta y última vez, nostálgica, emocionante... Últimamente no dejo de pensar en lo que está por venir. No hablo a nivel personal, eso es otro cantar y es que el nubarrón de la incertidumbre - como el que hace unos días cubría por completo una ciudad en pleno optimismo postvacacional - todavía no se ha ido del todo. Sino de lo que este loco mundo es capaz, en un giro brusco de guión, de ofrecernos. Como esa inesperada trama que te sorprende en el clímax de las buenas películas. Como ya comenté en la lejana reseña de Testamento de juventud de Vera Brittain, las consecuencias psicológicas de la pandemia comienzan a notarse, sobre todo en mi generación. Aquella que jamás vivió una guerra o ni siquiera escuchó hablar de ella más allá de los libros de historia. Aquella que, por un lado, respeta a sus mayores con gran devoción y, paradójicamente, por otro lado, los contagia tras una noche de desmadre, alcohol y carreras delante de la policía. Aquella que observa las fotos de sus antepasados con la misma fascinación de quien se planta frente a la Piedra Rosetta al tiempo que ve como la ansiedad que ya anidaba en su estómago crece cada vez más deprisa al tiempo que el futuro parece desvanecerse en el horizonte. Unos por exceso y otros por defecto. Lo cierto es que todos los cambios que ha traído consigo la Pandemia del Covid-19 son o bien aceptados con una aplastante resignación o, por el contrario, ignorados sistemáticamente, construyéndose cada individuo una visión, un mantra, un universo paralelo donde, a pesar de las restricciones y la gente muriéndose aún en los hospitales, somos felices y revivimos una y otra vez la Nochevieja del 2019. Sin mascarillas, bailando hasta altas horas de la madrugada, besándonos, abrazándonos. Sin embargo, cuando una enfermera me inyectó la primera dosis de la vacuna, vi un rayo de luz. Un pequeño síntoma de esperanza para una sociedad luchadora y desmemoriada a partes iguales. Y aunque sé que queda mucho camino por recorrer, que las vacunas no nos harán invencibles - como muchos piensan - y que la pandemia no remitirá de la noche a la mañana como por arte de magia, algo ha empezado a cambiar. Tal vez quienes creyeron que libertad es sinónimo de libertinaje dejarán de pertenecer a la masa alienada. O quizás, por fin, esto nos sirva para poner el foco en las enfermedades mentales y aprobar una especie de plan nacional que las combata con todos los medios posibles. Es posible que el teletrabajo haya venido para quedarse, que se ponga en valor los cuidados, que la investigación salga reforzada... Aunque también cabe la posibilidad de que nos volvamos aún más salvajes dentro del capitalismo, que la locura consumista sea exacerbada y acabemos, como consecuencia, quitándole años al planeta tierra. Los aires de cambio, sea el que sea, están más cerca que nunca, algo que se respira en el libro del que hoy os voy a hablar. Vidas que evolucionan, que se estancan o simplemente que abren la puerta a horizontes inesperados. Horizontes que, en esta ocasión, se acaban imponiendo a pesar de esa melancolía hacia tiempos pasados. La primera reseña de la temporada en la que ponemos punto y final a una historia de amor entre lectora y saga literaria que, sinceramente, no quería que terminase. Todo cambia: el último regreso a Home Place. 


Que tengamos con nosotras/os el quinto volumen de la saga de los Cazalet - una historia, como tantas otras del género de té y tacitas, pero que, en su grandeza narrativa, trasciende más allá del salseo o de los problemas intrascendentales de las clases altas atrincheradas tras los ladrillos de una mansión custodiados por el servicio de turno - es un acontecimiento casi extraordinario. Pensad que Todo cambia se publicó en el 2013, veintitrés años después de la publicación de la mítica primera entrega de la saga, dieciocho desde la cuarta entrega (la cual, durante muchos años, se pensaba que ponía punto y final al viaje literario) y tan solo un año antes de su muerte en el año 2014. Por tanto, el lapso de tiempo entre un ejemplar y otro es extraordinariamente amplio, décadas en las que Reino Unido había cambiado completamente y, lo más interesante, ni siquiera se era consciente del terremoto político que estaba por venir y que caracterizó el final de la pasada década. Hablamos, por supuesto, del Brexit y de las consecuencias económicas, políticas, sociales y hasta culturales que éste ha provocado. De ahí que leer Todo cambia se convierta en una experiencia tanto curiosa como inocente. Ya que es maravilloso observar como Elizabeth Jane Howard - ojo, a sus noventa años - fue capaz de mantener el mismo tono y el mismo estilo narrativo intacto. A pesar de los cambios históricos que el país había sufrido por el camino y, por otro lado, en una sociedad que comenzaba a estar más pendiente de las pantallas de los teléfonos móviles que de observar a su alrededor. De hecho, sinceramente, estoy convencida de que, después de todo por lo que hemos pasado - pandemia incluida - si Jane Elizabeth Howard hubiera aguantado hasta los noventa y ocho años (la edad que tendría si hoy en día viviera) estoy convencida de que habría habido un cambio. Al menos en lo que al tono se refiere. Más pesimista. Tal vez menos melancólico. Con un horizonte todavía más difuso. En todo caso, siempre es un placer lecturas por las que, por mucho que pase el tiempo, consigan arrancarnos una sonrisa o nos mantengan pegados a las páginas durante horas. Porque, si de algo estoy segura es que Howard, además de elevar literariamente en calidad un género tan popular como tradicionalmente denostado por el ala más progre de la intelectualidad británica, es de iluminarnos el camino en tiempos de zozobra, enfermedad y hartazgo generalizado. 


La historia avanza y con ella sus principales personajes. En este último libro viajamos a la Inglaterra de 1956 y la autora, a modo de prólogo, nos sitúa argumentalmente por si acaso nos habíamos olvidado de lo que ha sucedido en los anteriores libros. Como si de el recordatorio que emiten al principio de una serie de televisión se tratara. Esto al lector puede gustarle más o menos, pero lo cierto es que, teniendo en cuenta que la anterior entrega se publicó en 1995, probablemente existiera una generación que no conociera ni la trama ni sus protagonistas. De hecho, este es un clarísimo ejemplo de saga que debes leer en el orden establecido. Ni libros independientes ni cualquier cosa que se le parezca. Del uno al cinco, sin saltarse ninguno, porque si no, te perderás y no disfrutarás plenamente de una lectura que merece la pena conocer. Seguidamente, el primer golpe en el estómago del fan; la muerte de la Duquesita, la matriarca, el personaje más querido. Como si de pronto, por establecer un punto de comparación, en Downton Abbey se muriera Violet (personaje interpretado por la siempre genial Maggie Smith). La última pieza que ancla a los Cazalet a aquel tiempo que tanto me fascinó en Los años ligeros y que, en esta última entrega, parece enterrarse poco a poco. Un pasado de distracciones, baños en la playa, paseos, descanso y, en definitiva, la calma antes de la tormenta, la de aquella Europa de principios de siglo XX que ignoraba la sangrienta y tumultuosa deriva que acabaría tomando dicho siglo. A todo esto, cabe decir que, lejos de ser un destripe - me encanta esta nueva palabra que viene a sustituir al "spoiler" de hace unos años - lo pone directamente en la contraportada. Tras dicho hecho, el lector presencia el devenir del resto de personajes en su crecimiento, madurez y, como es normal, el transcurso de sus vidas. Todo cambia, sin embargo, está plagado de anécdotas, de las voces de los actores de la novela recordando aquello de lo que fueron testigos en el pasado pero, sin embargo, desde un carácter despreocupado, como si aquellos tiempos pasaron a mejor vida y solo importase los problemas de su generación. Aunque aquí todos tienen su cota de protagonismo - con sus buenas o pésimas decisiones - Howard otorga más presencia a las voces de los nietos, aquellos que en la primera novela conocimos de pequeños y aquí ya se han convertido en mujeres y hombres dispuestos a enfrentarse a cualquier cambio, en una ciudad cada vez más cosmopolita y una política cada vez más propicia a implantar el estado de bienestar, que esté por llegar. Si bien es cierto que la ironía no desaparece (ya es marca de la casa) en esta ocasión lo melodramático - bien entendido - parece anteponerse a cualquier otra cosa. No es para menos teniendo en cuenta que cualquier fin de ciclo merece su pequeña dosis de lagrimitas en los ojos. No obstante, y a medida que avanzas en su lectura, tienes la sensación de que cada uno de ellos te toma de la mano, te da dos besos, o un abrazo y se va poco a poco despidiendo. Eso ocurre como a más de la mitad del voluminoso libro. Y claro, Howard consigue que no quieras abandonarlos, que te resistas a soltarles de la muñeca, a deshacer ese cobijo literario en el que te has sentido feliz durante tanto tiempo. El último tramo de la novela es realmente emotivo. Hasta el punto de que te emocionas con cada puerta que se cierra en Home Place. Epicentro de una familia literaria que me llevo conmigo para cuando la desesperanza azote mi vida, como las olas llegando a la orilla, arrastrando consigo todo lo malo, tragándoselo, llevándoselo al mar de los profundos acantilados. 

Todo cambia: una historia de avances, familia, nuevos aires, optimismo, pasar página, recuerdos evocados, adioses que huelen a césped recién mojado... Broche de oro a una de las sagas de mi vida. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Pero la casa siempre ha permanecido igual. Si cierro los ojos, puedo describir cada detalle de cualquier habitación, del huerto y el bosque con el arroyo que lo atraviesa. Podrías llevarme con los ojos vendados y sabría donde estamos en cada momento. Lo que intento decir que es que todos sentimos lo mismo. Llevamos esta casa dentro y nunca la olvidaremos. Creo que somos afortunados por tener un ligar tan querido que recordar de corazón."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

miércoles, 28 de julio de 2021

RESEÑA: Agostino

 AGOSTINO


Título: Agostino. 

Autor: Alberto Moravia (1907-1990) nació en Roma con el nombre de Alberto Pincherle. Considerado uno de los más refinados novelistas del siglo XX, demostró un precoz y deslumbrante talento plasmado en una extensa producción literaria que incluye ensayos, piezas teatrales, artículos periodísticos y reportajes de viajes. Máximo exponente del existencialismo italiano, Moravia ha explorado con gran agudeza temas como la sexualidad y la alienación social en los libros convertidos en clásicos de la literatura universal, entre los cuales destacan Los indiferentes (su exordio literario, de 1929), El desprecio, El conformista, La campesina El aburrimiento. Muchas de sus novelas han sido adaptadas a la gran pantalla por directores de la talla de Godard o De Sica; de Agostino también existe una versión cinematográfica estrenada en 1962 bajo la dirección de Mauro Bolognini. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma original: italiano. 

Traductora: Raquel Olcoz.

Sinopsis: Agostino es una historia de un despertar sexual, de la abrupta pérdida de la inocencia por parte de un atormentado adolescente de la burguesía romana; es el relato de su educación sentimental, que se consuma en el seno de una idílica relación madre-hijo en la que el amor materno es correspondido por un sentimiento ambivalente: una atracción a la vez ingenua e impura, etérea y carnal, que empieza a fermentar en Agostino el día en que su madre, conoce, durante unas vacaciones en la playa toscana, a un hombre con el que coquetea. Su inesperada aparición desata en Agostino una inquietud hasta entonces desconocida. El brusco descubrimiento de su madre es, también y antes que nada, una mujer convierte su inocente sentimiento de admiración y amor filial en una edípica pulsión erótica que turba al adolescente. Desorientado y resentido, en un orgulloso acto de rebelión, Agostino intenta liberarse del dulce yugo materno y se integra en una pandilla de gamberros que lo repele y lo atrae, y a la que se aferra con masoquista determinación para superar la crisis existencial que marcará su ingreso en la edad adulta. 

Su lectura me ha parecido: fascinante, retorcida, sutil, ligera, brillante, con una inspiración deliciosamente clásica, sórdida por momentos, tierna en su primera parte, obsesiva, veraniega en última instancia... Sófocles. El poeta, el dramaturgo, el político, el teórico y el sacerdote. Pero sobre todo, el maestro indiscutible de la tragedia clásica griega. Aquel que se enfrentó en más de treinta ocasiones a otros autores del olimpo dramático - legendaria fue su rivalidad con Eurípides - en las conocidas como Grandes Dionisias. Celebraciones en honor al dios Dionisio en las que los grandes dramaturgos del momento competían entre sí para alzarse con el honor de haber representado la mejor historia ante centenares de personas. Espectadores que, sentados en las hileras de piedra que conformaban el teatro - una de las mayores aportaciones de la Grecia clásica a la historia de la humanidad - y sin saberlo, estaban haciendo historia. Ante sus ojos desfilaron los textos que hoy consideramos capitales para entender, no solo la evolución de la literatura hasta nuestros días, también aquello que, como sociedad, hemos ido reproduciendo a lo largo de los siglos. Y es que no hay mejor escaparate de la condición humana, así como de las ideologías, tradiciones y demás recovecos oscuros del alma que aquello capaz de traducirse en una representación. Emoción a través de miradas, monólogos, cuerpos en movimiento y - en el caso que nos ocupa - enormes máscaras que evidenciaban el estado de ánimo del personaje en cuestión. Imprescindible herencia a la que, a pesar de la invasión de las nuevas tecnologías, nos resistimos a renunciar. De entre todas aquellas maravillosas propuestas dramáticas, una sobresale por encima de todas: Edipo Rey. La gran tragedia griega por excelencia, compuesta por diversos elementos y temas aún presentes en la literatura contemporánea. A saber los caprichos del destino - entre el libre albedrío y la fatalidad del error trágico - los riesgos del acceso al conocimiento - según que clase de conocimiento por supuesto - la importancia de los Dioses en la cotidianeidad - de hecho, se deja muchas veces en sus manos las decisiones más importantes de la trama - el control del estado, la ceguera como metáfora del arrepentimiento ante los crímenes cometidos, así como elemento irónico, ya que en la tragedia, Tiresias (a pesar de su ceguera) es el único personaje que sabe la que se le viene encima a Edipo. Y, como no, el incesto. En primer plano y sin ningún tipo de cortapisa. Entre madre e hijo. Sin saberlo, sin conocer su verdadero parentesco hasta la tremenda anagnórisis. Dicho tema, de los más importantes de la obra, serviría de inspiración al propio Freud para elaborar su famoso "Complejo de Edipo" donde argumentó que el primer despertar sexual se da durante la infancia hacia el progenitor de sexo opuesto. Freud se basó en Edipo Rey para demostrar que los deseos incestuosos están ligados a nuestra herencia humana más primitiva, y por tanto, susceptible de heredarse o de experimentar dichas pulsiones sexuales. Algo de lo que tomó buena nota el escritor italiano Alberto Moravia, protagonista de la reseña de hoy que, con su breve texto, demostró, no solo su maestría a la hora de actualizar clásicos de la literatura, también su perspicacia a la hora de enganchar al lector pese a que las imágenes que reproduce en su cabeza rezumen a erotismo y perversión. Agostino: la tragedia juvenil acechante entre sombrillas y cuerpos al sol. 


Agostino lo tiene todo para ser la novela perfecta de cualquier verano. Esa que por sus ligeras dimensiones - 115 páginas de nada - te llevarías a cualquier lugar (playa, pueblo, camping, apartamento...), que por la sinopsis encandila por su baño - nunca mejor dicho - de todos los tópicos de la estación más deseada por muchas/os y que incluso, gracias a ese maravilloso diseño de portada - con ese modelo de silla playera que dejaba marcas en la piel cada vez que te levantabas de ella y ese amarillo chillón de fondo - consigue transportarte a las playas italianas, a la sal en los labios y a los chapuzones mediterráneos. El título, Agostino, también juega en su favor, convirtiendo esta apuesta de Altamarea Ediciones (la editorial que nos está proveyendo de lo mejorcito del pasado y del presente de la literatura italiana, sin olvidarnos de su reciente incursión en lo nacional en un intento por dar voz a nuevas plumas del panorama literario español) en un acierto de cara a unos meses en los que el entretenimiento gana a sesudos planteamientos. Sin embargo, y a pesar de que el paisaje vacacional estrella está presente - con todos los tópicos, claro está, de mediados de siglo XX - Agostino se revela como una actualización, por la vía de lo narrativo, de la ya citada tragedia griega Edipo Rey. En una deriva, eso sí, más estilizada, pero igual de desasosegante e impactante. En ella, el joven protagonista (cuyo nombre da título a la novela) ve quebrado todo su naif e idílico mundo interior al enterarse de que su madre ha conocido a un hombre por el que empieza a sentirse sexualmente atraída. Lleno de rabia, al ver que la mujer que más ama en el mundo - en el sentido más perturbador de la palabra - decide romper con esa admiración que tanto le profesaba y rebelarse de la mejor forma que se le ocurre. Juntándose con malas compañías y uniéndose a una banda de chiquillos que solo buscan meterse en problemas, cada cual más gordo que el anterior. Alberto Moravia construye un relato en continuo descenso en lo que a formas se refiere - que no en calidad, por supuesto - pasando de un estilo limpio, inocente, en donde asistimos con cierto resquemor y ternura a la relación de Agostino con su madre, a un embrutecimiento verbal y físico sustituyendo los modales exquisitos por apodos pandilleros (acepta que le apoden "Pisa" por su lugar de nacimiento) y por una actitud chulesca ante el supuesto "abandono" físico y psicológico perpetrado por su, antaño, querida y adorada madre. En otras palabras, clasicismo revestido de oportuna contemporaneidad digna de ser analizada y reflexionada. Aunque la inclemencia de Lorenzo nos invite a no pensar y a tirarnos sobre la colorida toalla, Agostino persiste en nuestra memoria. 


Desde una tercera persona muy particular, la cual conoce todos los pormenores y pensamientos que a Agostino se le pasan por la cabeza, Moravia nos regala una narración plagada de rupturas, siendo la más importante la que evidencia el abismo existente entre hijo y madre - que no de madre e hijo - al rededor de la cual pivota toda la novela. Al igual, y esto es importante señalarlo, la descripción a través del tormento de un hijo desplazado, cuyo comportamiento edípico y fascinación casi erótica no le deja pensar más allá del "trauma" que crea en su mente, de aquella regla no escrita que asegura que las mujeres, cuando son madres, dejan automáticamente de serlo. Como ya he señalado, Agostino no es una novela que lo critique o que se posicione explícitamente a favor de las libertades femeninas, como tampoco es una novela feminista al uso, ni Moravia un aliado de dicha causa, Más bien se sugiere, subyace, por debajo, como un temblor, entre conversaciones materno filiales y pasajes cargados de gran belleza y sentido metafórico. No obstante, desde mi punto de vista, lo que hace Moravia en Agostino es simplemente un ejercicio de aproximación literaria a dicho supuesto para efectuar el mejor retrato de la ideología machista que envuelve el relato. Desde antes del nacimiento, a las mujeres ya se nos carga de estereotipos y de deberes que cumplir. Cuando somos niñas, estos aumentan, al igual que las prohibiciones o las recomendaciones de lo que debes o no hacer. Sin embargo, en esta imperfecta sociedad, en el momento en el que te viene la regla, automáticamente dejas de ser una niña y asciendes un peldaño más en la escalera patriarcal. Ya no eres una chiquilla, ahora, eres una mujer, aunque tengas doce años y todavía te guste correr tras una pelota en el parque o balancearte en los columpios con una sonrisa de oreja a oreja. Aunque, en el fondo, no entiendas lo que sucede o lo que significa ser una mujer. Después, cuando decides tener hijos, entonces ya no eres mujer, eres madre. Palabra que devora despiadadamente - como un tiburón a su presa - a todo lo demás. Y sí, eres madre, hasta la tumba, pero nada más. De ahí que antaño (y hoy en día) se sigue castigando o criticando a toda aquella madre que se escapa a las convenciones de su estatus. Como, por ejemplo, en el caso de ser madre soltera, viuda o divorciada - o incluso casada, lo mismo da - el iniciar una relación sentimental con otra persona, tener relaciones sexuales sin compromiso o simplemente sentirse atraída por alguien. Todo eso se muestra en Agostino de una forma sucia y psicológicamente hostil hasta desembocar en un clima tan insoportable como contradictorio a pesar del espíritu veraniego que la envuelve. Lo mejor, además de las incomodas escenas voyeurs, su final. Una dolorosa torta que - en su concepción de novela de iniciación que, a su vez, escapa a los tópicos de la misma - acaba por romper la burbuja de pureza y desparramar su contenido en un festín de cruda realidad. ¿Perfecta para el verano? Por supuesto. Ligereza y oscuridad aseguradas. Y los helados y cócteles que no falten. 

Agostino: una historia de perversión, erotismo, "abandono", rebeldía, celos, complejos de Edipo, transiciones, revelaciones traumáticas, violencia psicológica... La nouvell que te hará regresar, una y otra vez, a una de las épocas de mayor esplendor de la literatura italiana. 


Frases o párrafos favoritos: 

"Agostino se sentó bajo la sombrilla y esperó. Le parecía que la excursión de la madre se estaba prolongando más de lo normal. Y, olvidando que el joven del patín había llegado más tarde de lo habitual y que no había sido la ,madre la que quiso irse sola, sino que había sido él quien había querido desaparecer, se decía a sí mismo que, aquellos dos, seguro que habían aprovechado su ausencia para hacer esas cosas de las que le habían hablado los muchachos y Saro. Ante esta idea, no sentía ningún tipo de celos, sino más bien un nuevo y extraño escalofrío de complicidad, de que su madre actuara así con el joven, que se fuera con él cada día en patín y que, en esos momentos, lejos de miradas indiscretas, entre el cielo y el mar, se abandonara entre aquellos brazos. Era justo, y él ya perfectamente capaz de darse cuenta de ello. Entre estos pensamientos escrutaba el mar, y buscaba en él a los dos amantes."

¡Un saludo y feliz verano!

Cortesía de Altamarea Ediciones