Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

domingo, 23 de enero de 2022

RESEÑA: Ensayo y (error) Benidorm.

 ENSAYO Y ERROR BENIDORM


Título: Ensayo y error Benidorm. 

Autoras/es: Leo Bassi, Joaquín Rodríguez, María Teresa Campos, Iago Carro, Ana Fernández, Vicenta Orquín, Marta Sanz, Josa Ppiqueres, Carlos Ferrater, Felipe Hernández, Alberto del Castillo, Ion de Sosa, Alberto Alcaraz, los alumnos del CEIP Ausias March de Benidorm, Boris Strzelczyk, Javier Calderón, Kike García, Alejandro Guijarro, Christina Linares y Kike Parra. 

Editorial: Barrett

Idioma: español. 

Sinopsis: con un desarrollo urbanístico muy particular, eficiente y sostenible, Benidorm es conocida como la "Nueva York del Mediterráneo" por la cantidad de rascacielos que dibujan su silueta, y que tratan de alojar la ingente cantidad de turistas que todos los años la visitan. Al igual que su arquitectura, sus habitantes y sus costumbres culturales, económicas y sociales han evolucionado a pasos agigantados desde que a mediados del siglo XX el Boom turístico transformara Benidorm. Ensayo y (error) Benidorm es una reflexión sobre la ciudad de Benidorm que trata todos estos aspectos de una forma singular, desterrando el concepto de ciudad con un turismo rancio o anticuado o el arquetipo de destrucción costera. Aquí participan veinte profesionales de diferentes ámbitos, dando una visión heterogénea y multidisciplinar. La arquitectura (Carlos Ferrater) y el urbanismo (Iago Caro), el cine (Ion de Sosa), la música (Joaquín Rodríguez de Los Nikis) o la literatura (Marta Sanz y Kike Parra) entre otros. 

Su lectura me ha parecido: entretenida, amena, interesante, magnética, literaria, fotogénica, melómana, cinéfila, estética, divertida, desprejuiciada, inspiradora... Durante el proceso de reconexión con el presente libro - cuya lectura tuvo lugar en el primer tramo del segundo agosto pandémico que transcurrió tranquilamente entre procesiones a la playa, tardes de helados de frambuesa observando el ligero transitar de los retostados turistas y siestas al son de la telenovela de turno - revisité Nieva en Benidorm de Isabel Coixet. Cinta que, al contrario de lo que muchos críticos y espectadores opinaron al respecto, me parece soberbia en su baile de imágenes más propias de un sueño que de la propia realidad. En ella, un acertadísimo Timothy Spall dando vida a un insulso aunque entrañable Peter Riordan se adentra en la idiosincrasia de una ciudad que parece crecer hacia el cielo. Sus ojos se ciegan ante el primer rayo de sol nada más salir del aeropuerto, el cual no duda en fotografiar en cuanto llega a la lujosa habitación de un hermano que no da señales de vida situada en uno de los rascacielos más altos de la imponente urbe. Obsesionado con los fenómenos climatológicos - cliché británico donde los haya - toma instantáneas también del moteado cielo que protagoniza su primer día en un lugar en el que se siente perdido. Sus ojos son el vivo reflejo de la incredulidad, la sorpresa, pero también de ciertos prejuicios sobre Benidorm, destino favorito de los ingleses en el que, sin embargo, se siente como un pez fuera del agua. Encorvada, su figura resulta cómica a cada paso y descubrimiento que la ciudad levantina le brinda. Como cuando irrumpe en plena clase de baile de jubilados en medio del paseo marítimo, cuando prueba por vez primera el pulpo y las anchoas con tomate o, sobre todo, cuando deambula entre luces de neón, despedidas de solteras, flayers de clubs de strippers, camellos ofreciendo su mercancía - incluyendo, como es lógico, la viagra en su catálogo de ofertas lisérgicas - y compatriotas desfasando hasta límites que rozan el ridículo más espantoso mientras el Yes Sir, Can Boogie aporrea los tímpanos del pobre protagonista. Imitadores de Elvis, serpientes, tangas en forma de bogavante y espectáculos eróticos en los que se extraen perlas de la vagina. Todo tiene cabida en el espectáculo kitsch que es la noche en Benidorm. O más bien de ese Benidorm, de ese microcosmos particular que la directora nos ha querido mostrar. En el mar de rascacielos, nuestro Peter Riordan se percibe un intruso, una hormiga cuyas facciones transitan entre el estupor y la famosa cortesía británica en cuestión de segundos. Al final, Peter acabará aclimatándose al lugar de la mano de una serie de personajes que le mostrarán el Benidorm menos conocido, vacío, silencioso, rodeado de esqueletos de la fiebre inmobiliaria y de arquitectura ensoñadora (le perdonamos los planos de la Muralla Roja a pesar de encontrarse en Calpe). Plagado de historias, como la de la breve estancia de Sylvia Plath en la ciudad durante su luna de miel, que convergen con una serie de acontecimientos climáticos totalmente excepcionales en una ciudad donde el sol aplasta chiringuitos, balcones, hebillas de sandalias y la piel de los guiris. Esta es una mirada, una más, la cinematográfica, de las muchas que a lo largo de los últimos años se han vertido sobre la ciudad que más sentimientos encontrados provoca, y no solo a los que la visitan por vez primera, ya que con cada nueva estancia ésta se eleva, nunca mejor dicho, en un trencadís de formas, aristas y posibilidades. Benidorm no te lo acabas, bien lo demuestra la fascinación que sigue suscitando y las miradas que en este peculiar ensayo convergen, cual cóctel de exótico nombre servido con sombrillita y bengala en el mítico Café San Remo. Ensayo y error  Benidorm: fenómeno histórico, artístico y sociológico. 


Sin pretensiones más allá del disfrute lector y el descubrimiento de nuevas perspectivas multidisciplinares acerca de la ciudad mediterránea con más rascacielos, Ensayo y error Benidorm irrumpe en el panorama literario con gran acierto. No solo por esa inmejorable portada obra del fotógrafo británico Martin Parr - al que, por supuesto, se le dedica un interesante capítulo en el presente libro - con esa maravillosa señora de bañador morado metalizado, gorra verde, ojos cerrados y brazos extendidos a los lados recibiendo la inclemencia del Lorenzo más veraniego a la que inconsciente he acabado llamando Margaret o Concha (según como me pillase). También por esa colección de textos que ayudan al lector a ponerse en situación hasta acabar por quitarle capas y capas de prejuicios acumulados durante décadas respecto a la imagen preconcebida que todas y todos hemos atesorado cuando se habla de Benidorm. Salvo algunas defensas que se vierten al respecto, sobre todo las tocantes a la cuestión medioambiental con las que, particularmente, estoy más en desacuerdo - e ahí mi particular conflicto, otras personas lo tendrán con otros aspectos - lo cierto es que Ensayo y error  Benidorm contiene pequeñas piezas periodísticas, ensayísticas, testimoniales o de carácter más literario que bien podrían haber aparecido en alguno de los planos que Coixet le dedicó a la ciudad. Desde la historia del viaje en vespa que emprendió Pedro Zaragoza (alcalde de Benidorm) hacia Madrid en 1953 para convencer a Franco de que el bikini será la clave de un modelo turístico que perdura hasta nuestros días y no una prenda que merecía arder en el infierno a la del flotador gigante en forma de pato que Leo Bassi colocó en la playa que le valió a la ciudad y al propio cómico el ingreso en el Guiness de los Récords. Pasando por la del festival punk Funtastic Dracula que eligió la ciudad de Benidorm como sede en el año 2009 por sus discotecas en forma de platillos volantes, la del primer hotel construido en la ciudad - el Hotel Joya - regentado por un almadrabero y una ama de casa en los años 60, la de los inicios del famoso festival de la canción que descubrió a Raphael o a Julio Iglesias e incluso la del multitudinario funeral en el cementerio municipal a Manolo Escobar, quien llevaba años viviendo allí. 



Lugar en el que se rodaron películas como Sueñan los androides de Ion de Sosa y que despierta la creatividad de escritores como Marta Sanz, Kike Parra - sin lugar a dudas los textos que más me han gustado del libro - o Esther García Llovet con su más reciente novela Spanish Beauty rebosa en un imperfecto maridaje de hormigón, pubs donde se celebran las principales festividades británicas y agua marina. Pero Benidorm es mucho más que el turismo de cuño franquista que reza "sol y playa" que hemos acabado naturalizando, sobre todo los que como una servidora han nacido de cara al Mediterráneo y se han criado durante una parte del año entre asfalto o empedrado, tardes infinitas al sol, paellas domingueras - o arroces negros, a banda o del senyoret que están más ricos - salitre y pies sumergidos en la arena de la playa. Benidorm, ante todo, y parafraseando las palabras de Kike Parra, "es el Nueva York para quienes no han soñado nunca con ir a Nueva York". Un trozo de litoral con el que miles de familias que nunca habían visto el mar soñaban cada año en una época donde las necesidades apretaban y el consuelo se resumía en quince días tostados al sol alejados del ajetreo propio de la capital o de la en ocasiones insoportable monotonía de ese pueblo de lo que hoy conocemos como España vaciada. Epicentro de la felicidad de una incipiente clase media española que acabó convirtiendo a Benidorm en referente turístico a costa de la propia historia de un municipio en el que la pesca era, hasta ese momento, su único modo de vida. Para acabar, un testimonio, el de Martina Navarro, una niña del colegio público Ausias March que en 2008 contó que lo que más le gusta del lugar donde vive es la calle de su abuela. La razón: allí se puede pasear. Cuanta verdad resumida en tan pocas palabras. Y lo más importante, ¿variará el testimonio de las nuevas generaciones de benidormenses de aquí a unos años? Tal vez, como apunta otra alumna llamada Laura Monroy, tras la última revolución social en el año 2038 y, tras la sequía de 2020, los habitantes deberán ir rapados para mantener una máxima limpieza para evitar enfermedades. No lo sabremos, aunque lo de las pandemias mundiales y las mascarillas en un Benidorm totalmente irreconocible y solitario, como el semblante de Peter Riordan, ya forman parte de su paisaje. Pero eso ya es otra historia. 

Ensayo y error Benidorm: una historia de música, cine, literatura,  fotografía, arquitectura, gastronomía, sombrillas, tumbonas, hoteles, turistas, nativos... Una cápsula hortera elevada a lo cool. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Benidorm es la idea de una mente capitalista pensando en cómo tiene que ser el turismo y el ocio para la clase media y baja. Con el paso de los años, Benidorm se ha convertido en la ciudad que tiene ganas de ser Benidorm."

"Los primeros años nos establecemos en la parte alta, al lado de la escuela; con el tiempo vamos bajando hasta conseguir un apartamento frente al mar. Como si fuéramos turistas todo el año, sin formar nunca parte de la ciudad cerrada. Nos acompañan otros turistas perpetuos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett



domingo, 16 de enero de 2022

RESEÑA: Crónica de un silencio.

 CRÓNICA DE UN SILENCIO


Título: Crónica de un silencio. 

Autora: Lidia Chukóvskaia (San Petersburgo, 1907 - Moscú, 1996). Cultivó distintos géneros: poesía, memorias, crítica literaria y narrativa. Gracias a su padre - el famoso escritor para niños, traductor y crítico Kornei Chukovski -, tuvo acceso al mundo de la intelligentsia rusa durante un periodo especialmente tumultuoso. Su segundo marido fue Matvéi Bronstein - físico teórico pionero -, arrestado en 1937 y ejecutado un año después, lo que acrecentó su deseo de denunciar una verdad que vertió en todas sus obras. Errata Naturae ha publicado Sofía Petrovna. Una ciudadana ejemplar, novela escrita durante esa época y que no pudo publicarse en su país hasta cincuenta años después, e Inmersión. Íntima amiga de Anna Ajmátova, una de sus obras principales consiste en la consignación de veinte años de conversaciones y vivencias con la poeta, tal y como Eckermann hizo con Goethe. Ese texto fundamental será igualmente publicado por Errata Naturae. 


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma original: ruso. 

Traductora: Marta Rebón. 

Sinopsis: frente a un jurado de escritores, desvalida, casi ciega y sin apoyo alguno, Lidia Chukóvskaia ha de defenderse a sí misma. Estamos en 1974 y todo depende de esta sesión de la Unión de Escritores: el derecho a seguir publicando o la erradicación de sus libros de todas las bibliotecas de la URSS; la existencia de una posteridad para su obra o la completa supresión de su nombre y del título de cualquiera de sus libros de todas las publicaciones del país. Al final, quedará excluida incluso de la comisión del Patronato Literario de su padre, el gran intelectual Kornéi Chukovski, y tampoco podrá aparecer en las biografías que se le dediquen. No será solo una escritora silenciada, sino también un personaje horrado de la vida de sus seres queridos. Las consecuencias de esta sesión no solo se vinculan a la literatura o al pasado: vigilada de cerca por el KGB, quedará aislada de todos sus amigos. Algo especialmente difícil para una mujer de su edad: ya no se le permite recibir ni los medicamentos ni los bolígrafos especiales que solían traerle del extranjero... Tras este proceso de expulsión, Chukóvskaia se convertirá durante décadas en una escritora olvidada. Este libro no narra únicamente aquel juicio, sino toda una vida y obra dedicadas a combatir el miedo con la palabra, el silencio con el testimonio. 

Su lectura me ha parecido: interesante, reflexiva, muy documentada (en lo que a acontecimientos se refiere vividos se refiere), contundente, oscuro, con pinceladas de ironía, crítico, valioso... El silencio, aplastante y rotundo silencio. Que actúa, cual apisonadora, sobre ese espacio indefinido que lo rodea, envolvente, acariciando lo inmaterial, lo abstracto, lo que se escapa de entre las manos. Silencios hay muchos, pero dos de ellos resuenan últimamente en mi cabeza, sobre todo tras releer algunos párrafos del presente libro. El silencio buscado, por un lado, es el que últimamente más reclamamos, sobre todo quienes realizamos una tarea artística en condiciones enormemente desfavorables, los que pretenden, gracias a él, alcanzar una meta o un logro anecdótico o importante en la vida - ahí la subjetividad de cada uno es la que actúa como balanza - así como los que, y cada vez son más, necesitan parar, detenerse, sentirse suspendidos, respirar aliviados, desconectar de esa banda sonora cotidiana que abruma nuestra existencia. Como ya he dicho, y me incluyo, los adeptos a este tipo de silencio han ido creciendo. Ante la saturación de malas noticias, los nuevos giros de guion que la pandemia está trayendo en esta sexta temporada (u ola) y un mundo cada vez más rápido, en el que parece que si no te subes al avión no eres nadie, cualquiera desearía la orgásmica serenidad que veces produce no escuchar ni el más mínimo de los ruidos. Ni siquiera aquellos que toleramos o que incluso veneramos con toda nuestra pasión. Sin embargo, existe otra clase de sigilo se agolpaba en mis primigenias impresiones tras descubrir la prosa de Lidia Chukóvskaia: el impuesto, el condenatorio, en otras palabras, el no deseado. Capaz de desmenuzar en migas de pan el trabajo de toda una vida, de apagarse bajo toneladas de polvo, de silenciar cualquier palabra escrita o pronunciada a viva voz, de encerrar cualquier grito de auxilio bajo cuatro llaves para después tirarlas al mar embravecido, borrar las huellas de nuestro paso por este mundo. Convertirnos, finalmente, en la nada al negarnos la propia existencia. Como ya sabemos, muchas escritoras a lo largo de la historia han sufrido de este ostracismo silencioso, sobre todo por las injustas reglas que en su día fijo, y aún hay quien las sigue a rajatabla,  algo llamado patriarcado. Pero también, unido a ello, encontramos casos en los que el contexto político que les tocó vivir jugó en contra de sus escritos y sus correspondientes vidas literarias. Hasta el punto de eliminar de un plumazo la existencia de, ya no solo sus libros, sino la propia persona como individuo en una sociedad. Lidia Chukóvskaia no fue ajena a dicha injusticia - en su caso por haber denunciado la persecución de escritores en la Rusia soviética de los años 60 y 70 - y no dudó en legarnos el testimonio de la traumática experiencia que, por defender sus ideas, supuso perderlo todo, incluso su derecho a seguir escribiendo. Crónica de un silencio: el olvido como el peor castigo. 


Crónica de un silencio nace de la necesidad de denunciar la censura imperante e institucionalizada que se aplicó durante el gobierno de la URSS, de la cual ella misma fue, al mismo tiempo, testigo y víctima. Recordemos que Lidia Chukóvskaia - popular escritora de novelas, poemas y crítica literaria por aquel entonces y quien había comenzado a mostrarse contraria al régimen soviético en el momento en el que su marido fue eliminado durante la purga estalinista - se enfrentaba a la posibilidad de ser borrada, literalmente, del mapa literario y social debido a sus posicionamientos a favor de la liberación de escritores como Sájarov o Solzhenitsin entre otros muchos. A partir de ese hecho, y en dos partes bien diferenciadas, Chukóvskaia comienza a escribir el presente texto tras su expulsión de la conocida como Unión de Escritores, órgano intelectual compuesto por escritores afines a la URSS que se encargaban tanto de aprobar qué era publicable y qué no en los territorios que componían la Unión de Repúblicas Soviéticas, como de castigar a aquellas autoras o autores que se atrevieran a desafiar a las leyes establecidas. En su primera parte, escrita en 1974, Chukóvskaia era muy consciente de la sentencia de dicho tribunal y de que no podría publicar nunca más en su país, por lo que no deja de sorprender la serenidad y el pulso narrativo a la hora de contar, minuciosamente, todos los detalles del traumático proceso. Así como el de otros compañeros de letras, tales como los de Mandelstam o Bajtín (condenados al destierro) o los problemas que también sufrieron la poeta Anna Ajmatóva (a quien le unía una amistad de muchos años) el escritor y Premio Nobel de Literatura Boris Pasternak (cuya novela más célebre, Doctor Zhivago, no se publicó en Rusia hasta los años 80 a pesar de haber sido un éxito de crítica, engrandecido posteriormente con su impresionante adaptación cinematográfica, en los países del bloque capitalista). Por otro lado, en su segunda parte - plagada de escritos fechados en 1977 y 1978 - nos topamos con una serie de textos complementarios al grueso de esa detallada primera parte, sin abandonar esa inclemente primera persona y acentuando aún más si cabe el carácter ensayístico que impregna el conjunto de la obra. En ella, Chukóvskaia ahonda en más autores y en otras situaciones de censura, además de desplegar ante el lector un mapa cronológico de en qué momentos de la historia de URSS acontecen dichas injusticias intelectuales. Trascendiendo de lo individual - su propio proceso de borrado de la historia de la literatura rusa, en ese momento soviética - a lo universal y colectivo. Irónico, duro, sorpresivo a cada nueva página, Crónica de un silencio se nos presenta como un importante documento histórico que invita, no solo a repensar la investigación de lo acontecido durante los años en los que la URSS existió como una importante potencia mundial hasta su desaparición a finales de siglo XX, también a reflexionar sobre el término "censura" más allá de el caso soviético. En tiempos en los que andamos a vueltas con una censura mal entendida o criminalizada bajo el término "dictadura de los progres" y en los que otro tipo de censura más peligrosa, en el caso de este país proveniente de círculos próximos al ultracatolicismo y a la ultraderecha, aporrea la puerta cada dos por tres, Chukóvskaia nos azuza desde el pasado para tomar más consciencia de los peligros a los que nos enfrentamos en el presente. 

Crónica de un silencio: una historia de injusticia, espionaje, olvidos sistemáticos, condena, denuncia, crítica, censura... Testimonios que hacen de la historia la mejor de las herramientas para seguir caminando hacia adelante. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Su mezquina venganza y su rencor han sustituido los fundamentos de la cultura: la apasionada memoria creativa que nutre con su savia los brotes del futuro."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

sábado, 8 de enero de 2022

RESEÑA: Mi padre el pornógrafo.

 MI PADRE EL PORNÓGRAFO


Título: Mi padre el pornógrafo. 

Autor: Chris Offutt (Lexington, Kentucky, 1958) pasó su infancia y primera juventud en Handelman, Kentucky, una población minera de doscientos habitantes que ya no existe. Tras licenciarse en la Universidad de Morehead, recorrió los Estados Unidos a dedo y trabajó en más de cincuenta empleos. Alumno de James Salter y Frank Conroy en el curso de escritura creativa de la Universidad de Iowa, Chris Offutt debutó con su libro de relatos Kentucky seco (1992; Sajalín, 2019). Al que le seguiría, en el campo de la literatura breve, Lejos del bosque (1999; Sajalín, 2021). Offutt es autor de tres novelas, The Good Brother (1997) y Noche cerrada (2018; Sajalín 2020) y Los cerros de la muerte (2021; Sajalín 2021) - esta última la primera de una trilogía -. Así como de tres memoirs, Dos veces el mismo río (1993; Malas Tierras 2022), No Heroes: A Memoir of Comming Home (2002) y Mi padre el pornógrafo (2016; Malas Tierras 2019). Sus relatos y ensayos han aparecido en publicaciones como The New York Times, Harper´s, Esquire, GQ, Playboy, Tin House y The Oxford American. La revista Granta lo incluyó en su lista de veinte jóvenes escritores norteamericanos en 1996. Además, ha escrito guiones para las series True Blood, Weeds y Treme, y ha sido nominado a un Emmy. En la actualidad vive en el condado de Lafayette, Misisipi. 


Editorial: Malas Tierras. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Ce Santiago. 

Sinopsis: cuando Andrew Offutt murió, heredó un escritorio, un rifle y ochocientos kilos de porno. Andrew fue considerado el rey de la pornografía escrita del siglo XX, con una carrera literaria que comenzó como medio para pagar la ortodoncia de su hijo y que ponto cobró vida hasta alcanzar su punto álgido durante la década de los setenta, cuando la popularidad comercial de la novela erótica llegó a su apogeo. Con su esposa ejerciendo como mecanógrafa, Andrew escribió desde su casa en las colinas de Kentucky, encerrado en una oficina en la que nadie osaba entrar, más de cuatrocientas novelas. Pero, cuanto más escribía, más crecía su ambición y más difícil era para sus hijos formar parte de ese mundo. En el verano de 2013, Chris regresó a su cuidad natal para ayudar a su madre, ya viuda, a salir de la casa de su infancia. Cuando comenzó a leer los manuscritos y las cartas de su padre, por fin tuvo la oportunidad de conocer a aquel hombre difícil, voluble y, a veces, cruel al que había amado y temido a partes iguales, y se dio cuenta de que en ausencia de su padre, podría dar sentido a su vida y a su legado. 

Su lectura me ha parecido: impactante, áspera, dura, adictiva, piadosa, inmersiva, severa, explosiva, catártica, tenebrosa, plagada de claroscuros, emotiva en su justísima medida... Cuando una se aproxima, con paso sigiloso pero decidido, a la sección de "Biografías" el resultado suele ser, cuanto menos, algo decepcionante. Los reyes y reinas, tan importantes como inmortales gracias a los libros de texto, son los que copan más del 50% de la sección, así como aquellos ministros, banqueros, duques, marqueses, condes, presidentes y demás advenedizos que se codearon con los que ostentaban la corona por legitimación divina. De todos ellos, siempre hay hueco para los más contemporáneos, aquellos que, inexplicablemente, suscitan cierto interés en una importante parte de los lectores y cuya literatura deja mucho que desear. Seguidamente, nos topamos con los mediáticos que, aún teniendo toda la vida por delante, deciden posar sus cortas y respectivas biografías en manos de un autor/a s sueldo o confiar en el poder de su talento en el noble arte de la escritura para plasmar como ha sido su vida desde que nacieron hasta el mismísimo momento en el que deciden rellenar la página en blanco. Por supuesto, éstas son las más solicitadas, las más aclamadas por el público más generalista, las que primero se agotan en cualquier librería que se precie. Pero, también, las primeras en llegar a los templos del libro de segunda mano o a Wallapop. Después, y no por ello menos importante, encontramos las biografías bisagra, las que actúan como puente entre lo que se considera "alta" y "baja" literatura. Entiéndase alta, por citar un ejemplo, las biografías que Stefan Zweig le dedicó a monarcas como María Antonieta o María Estuardo, y baja, la que alguien escribió sobre otra princesa más llana, más de andar por casa, más del pueblo. Esas suelen estar protagonizadas por toda una serie de personajes que, lejos de ahuyentarnos, consiguen atraernos aún más si cabe gracias a ese halo de leyenda que la cultura popular - y alguna serie de Netflix o HBO - ha contribuido a otorgarles a pesar de no haber llevado la vida más ejemplarizante. Pablo Escobar, Diego Armando Maradona o la pareja de atracadores Bonnie y Clyde serían un ejemplo perfecto en estas lides. Y por último, tras hurgar un buen rato en las estanterías, una servidora acaba topándose con los desconocidos. Rostros que observan desde el otro lado del papel, nombres antaño anónimos, plumas que - con mayor o peor talento - tratan de acercarnos a las vidas de quienes, hasta ese instante, no eran más que polvo en la historia. Algunas de ellas de tal calibre que incluso llegan a considerarse clásicos instantáneos de lo biográfico, a la altura de los que dedican su esfuerzo a escribir sobre Isabel la Católica, Godoy, Kurt Cobain o Magallanes entre otros muchos, descubriéndonos personajes imposibles de olvidar. Esto es precisamente lo que le sucede al libro que hoy tengo el placer de reseñar, digno heredero - aunque con muchos matices por supuesto y sin entrar en rimbombancias absurdas - de Franz Kafka cuando decidió criticar el carácter abusivo y déspota de su progenitor en Carta al padre. Mi padre el pornógrafo: el imposible equilibrio entre la severidad y la misericordia. 


De un tiempo a esta parte ya son pocas las personas que no conocen el nombre de Chris Offutt. Autor, a mi juicio, poco reivindicado y que, hasta hace unos años, era habitual en pequeños grupúsculos de lectores amantes de la grit lit. De un tiempo a esta parte, y sobre todo gracias a la puesta en valor del noir y del neonoir tanto en literatura como en cine (Fargo es la punta de lanza, pero no la única), Offutt ha conseguido por fin colocarse en primera línea en el terreno novelístico gracias a su acercamiento a un nada artificioso y crudo retrato de las miserias humanas presentes en lo que comúnmente hemos venido a llamar, sin demasiado acierto, la Norteamérica profunda. Kentucky seco es sin duda su obra más celebrada - un volumen de relatos que está empezando a ser tenido en cuenta en muchas escuelas de escritura creativa - pero tanto Noche cerrada como Lejos del bosque (novela y antología de cuentos respectivamente) engrosan una producción literaria tan interesante como valiosa. Y aunque el pasado otoño volvió al candelero de la actualidad gracias al inicio de su primera trilogía - la cual ha inaugurado con ese libro de formidable título llamado Los cerros de la muerte - lo cierto es que, a pesar de haber coqueteado con el mundo de las series de televisión, Offutt se nos descubre como un excelente autor de no ficción. Por desgracia (aunque la editorial Malas Tierras pronto pondrá remedio a tal injusticia) solo nos ha llegado traducido al español Mi padre el pornógrafo. Libro que una servidora, siguiendo ese instinto que me ha aportado el mismo número de alegrías y que de decepciones a lo largo de todo este tiempo, acabó devorando con ansia durante los últimos meses de un julio, el de 2021, no muy distinto al de 2020. Recuerdo todavía las miradas de extrañeza y perplejidad de alguno de los parroquianos de aquella cafetería de la calle Molinell cuando, en mis descansos de la hora del almuerzo tras unas intensas horas entre montañas de libros y conversaciones a pie de mostrador, se me ocurría sacar el libro para seguir degustándolo al compás del café con leche y tostada de tomate. Y no me extraña. Yo misma me quedé algo perpleja la primera vez que tuve noticias de su existencia. Su título desprendía incomodidad mirases por donde mirases, al igual que el inquietante montaje de su portada - donde aparece el propio autor de niño y de adulto - y, sobre todo, esa mirada severa, esos ojos con cierto toque sombrío, esa cara de pocos amigos que, sin duda, no invita de buenas a primeras a leerlo. Sin embargo, y a riesgo de fastidiarla - soy plenamente consciente de que este libro no es para todos - os animo a que superéis la portada y su impactante título para adentraros en la perturbadora historia de uno de los escritores más prolíficos y desconocidos del siglo XX. Ahora bien, no saldréis indemnes de ella. Quien avisa no es traidor. 



Al igual que su hijo, el padre de Chris Offutt - Andrew J. Offutt V - también fue escritor. Uno de los que se inició, no por amor a las letras, sino por motivos económicos (había que pagarle la ortodoncia al niño). Uno de los que se encerraba en su oscuro despacho, de los que trabajaban día y noche, de los que echaba mano de la esposa - que triste resulta el personaje de Jodie McCabe Offutt - para que le ayudase a mecanografiar, corregir o pasar a limpio las novelas sin recibir una pizca de reconocimiento. Uno de los que no dejaba que sus hijos se acercara a su máquina de escribir bajo amenaza o levantando un muro infranqueable, de los que se llenó de ambición, de los que prefería frecuentar convenciones plagadas de frikis a pasar tiempo con su prole. Uno de severos castigos, machista redomado, de los que ignoraba a sus hijos, hasta el punto de no llegar a conocerlos del todo. Pero, a cambio, Offutt padre era uno de los que escribía ferozmente, a la carrera, como si le fuera la vida en ello, usando para ello hasta veinte pseudónimos diferentes - el más memorable el de John Cleve - obteniendo como resultado más de 400 novelas cortas. Un Marcial Lafuente Estefanía del pulp, la fantasía, la ciencia ficción y del porno. Sobre todo del porno. Ya que es el género que más frecuentó y del que más títulos contabilizó el propio Offutt tras la muerte del patriarca. De hecho, esta peculiar biografía arranca con dicho fallecimiento, las conversaciones con la que fuera su esposa y todo el material que Chris Offutt encontró en su despacho, lugar que, como ya hemos comentado, le estaba vetado y sobre el que parece haber caído una especie de maldición en forma de incómodo legado. Porque sí, no es fácil asumir que tu padre, además de escribir novelas de gran carga sexual en las que daba rienda suelta a toda una clase de perversiones que a día de hoy nos parecerían intolerables, tampoco ejerció como tal. ¿O sí? A pesar de la dejadez, su incapacidad para dedicarle tiempo a todo lo que no fueran sus novelas o el maltrato psicológico que ejercía contra su mujer. En un honesto y magistral ejercicio literario - no estamos muy alejados de lo que hizo Mary Karr en El club de los mentirosos al retratar la problemática relación con sus padres - Offutt nos narra la vida de su padre desde sus inicios como hijo de la Gran Depresión hasta sus últimos días, pasando por su momento de mayor apogeo y popularidad - los 70 fueron los años del boom de la novela de ciencia ficción erótica - y sin olvidar a aquellos personajes secundarios fundamentales, como lo fueron su madre y sus hijos. Es en este punto donde Offutt consiguió ganarme por completo como lectora al incluirse a él mismo dentro de la propia historia en busca de una catarsis emocional, dicho de otra forma, de ajustar cuentas con su pasado. En Mi padre el pornógrafo no solo descubrimos al hombre cruel, maniático e implacable que fue Andrew J. Offutt V, también al propio Chris Offutt durante aquellos años y los que le sucedieron a la muerte de éste. Especialmente doloroso fue descubrir los abusos que Chris sufrió de niño por parte de un desconocido a cambio de dinero - y que confesó muchísimos años después - de las dudas que aquello le produjo respecto a su sexualidad, la hostilidad del lugar en el que vivían - en las montañas de Kentucky - sus intentos de huir, su responsabilidad como hermano mayor - a los seis años tenía que hacerse cargo de sus hermanos y de las tareas de la casa mientras sus padres estaban de convención - así como la repulsión al sexo que padeció cuando descubrió el material pornográfico y, muy especialmente, ese cómic inédito que dibujaba como vía de escape para sus obsesiones y pulsiones. Las de un hombre al que, según sus propias palabras, la escritura le había impedido ser un asesino en serie. La escritura como terapia, o la terapia como escritura, así podríamos definir a este libro crítico al tiempo que piadoso, despiadado y a la vez emotivo, sin medias tintas y, sin embargo, gris. Moviéndose en una tan incomprensible como acertada distancia exorcizante en la que, matando al padre, consigue el mejor de los ensayos biográficos. 

Mi padre el pornógrafo: una historia de desidia, maltrato, frialdad, obsesiones, novelas que se escriben como churros, recuerdos amargos, infancias difíciles, escritura compulsiva... Los demonios de la creación literaria y sus consecuencias. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Rara vez papá nos dejaba la casa sobre la que se ostentaba el dominio absoluto. Cuando lo hacía iba a convenciones, un ambiente que saciaba su ego en todos los sentidos. Terminó por acostumbrarse a esos dos extremos y se mostraba resentido cuando su familia no lo trataba como lo trataban los fans. Lo decepcionábamos con nuestra necesidad de tener un padre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

jueves, 30 de diciembre de 2021

RESEÑA: La muela.

 LA MUELA


Título: La muela. 

Autora: Rosario Villajos (Córdoba, 1978). Formada en Bellas Artes, ha trabajado en la industria musical, cinematográfica y artística. Ha publicado la novela Ramona (Mrs. Danvers, 2019) y la novela gráfica Face (Ponent, 2017). Gran parte de su obra tiene la marca de lo efímero, de lo que no podrá ser reciclado ni restaurado. Su última novela, La muela (Aristas Martínez, 2021) se ha convertido en un éxito de crítica y público.


Editorial: Aristas Martínez. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Rebeca huye de su familia, del duelo no superado por la muerte de su padre y de una madre, casi ciega, que deja a cargo de su hermana. Ahora busca su lugar en Londres, donde sobrevive con un trabajo de cincuenta horas semanales en una sucia buhardilla compartida con ratones, a base de sopas de microondas, conversaciones imaginarias con David Attenborough y su hermana al otro lado del teléfono como único soporte. Sus nuevas amistades y futuras metas resultan tan efímeras como el empeño por comunicarse en otro idioma, y su soledad se vuelve tan profunda como el hueco donde estaba su muela.

Su lectura me ha parecido: contemporánea, ácida, perturbadora, intensa, destructora, cautivadora, triste, irónica, tremendamente divertida... Este año las mujeres me han dado muchas alegrías. Así, tal cual, como suena, y si hace falta con la boca bien abierta. Para alguien que se ha criado con referentes masculinos en esto del noble arte de la palabra escrita es toda una revolución. Y más si, repasando un poco la enorme lista de libros engullidos como si del Monstruo de las Galletas se hubiera adueñado de mi cuerpo y apetito, las mejores lecturas han sido firmadas por mujeres llamadas Bárbara, Maggie, Unica, Elisa, Marta, Emma, Anna o Bonnie entre otras muchas. Nadie dijo que fuera fácil, que ese camino de rosas que tanto nos prometieron no existía y que en su lugar se alzaba una empinada pista forestal por la que se deslizan toda clase de balones, ruedas, más piedras. Convirtiendo lo que supuestamente nos hemos ganado tras siglos de lucha feminista en una despiadada partida de balón-tiro. Por eso, cuando saltó la noticia de que eran tres señores los que se escondían tras el famoso pseudónimo de "Carmen Mola" - firmante del último y más polémico Premio Planeta de, por supuesto, toda su historia - se me abrieron las carnes. No me considero una persona especialmente interesada por estos asuntos (aunque he de confesar que donde esté un buen salseo literario que se quite cualquier serie turca de sobremesa) pero no debemos pasar por alto la estocada mortal que ha supuesto dicha decisión para uno de los premios que, ojo, en sus inicios nos descubrió a autoras tan importantes a día de hoy como Ana María Matute, Concha Alós o Soledad Puértolas. Aunque tampoco debería sorprendernos. Sin ir más lejos en Babelia - sí, ese suplemento cultural de El País en el que muchas personas depositan su eterna confianza a la hora de elegir la próxima lectura y que algunos toman como el santo patrón de lo que está de moda en literatura - hasta no hace mucho eran los hombres los que copaban la famosa lista. Esa en la que una serie de escritores y críticos eligen los mejores libros publicados a lo largo del año. Hecho que la pandemia, y quiero creer que el feminismo también, ha cambiado drásticamente, aunque todavía observamos como el porcentaje sigue siendo inferior. Así como la sonada ausencia de autoras españolas en dicho recopilatorio en su edición del presente año, el aciago 2021, al que muchos estamos deseando darle portazo. Pero bueno, quedémonos con lo bueno, con los las lecturas vibrantes, con aquellas escritoras que me han puesto el estómago del revés y la cabeza cerca de una picadora de carne. Con ellas, con las que solitas - sin necesidad de dos cabezas pensantes más - han conseguido alumbrar en un periodo al que llamaron, con demasiada prisa, el de la recuperación. Voces como la de Rosario, incluida en otra lista, la más personal, en mi salón de la memoria selectiva, en el cajoncito de las referentes. La muela: el amargo y cachondo hueco de la pérdida.
 

Londres abruma. Desde el momento en el que pones un pie en el aeropuerto de Stansted o en el de Heathrow. Desde esa regia mirada que Isabel II te echa mientras te diriges hacia no sé que terminal. Desde que te metes en el tube y descubres que las escaleras mecánicas parecen no tener fin y que bajan hasta el mismísimo centro de la tierra. Desde que, a la salida lde la estación de Waterloo, te topas con la primera placa dedicada a los caídos durante la Primera Guerra Mundial que trabajaron en dicho lugar (la primera de muchísimas, por cierto, y no todas dedicadas exclusivamente a dicha contienda). Desde que ves por vez primera el Big Ben - no es tan grande como parece pero sí ostentosamente dorado - el parlamento, Picadilly Circus, el Tower Bridge, la abadía de Westminster (el mayor cementerio de famosos en el que he estado en mi vida), todos los rascacielos del distrito financiero, ese barco de la armada aparcado en la orilla del Támesis - ignoro si seguirá allí - el propio Támesis (con sus molinillos y corrientes), el British Museum (si eres historiadora/or el síndrome de Stendhal es complicado de gestionar), los sucesivos mercadillos de Portobello (mi hermano y yo buscamos como locos la famosa puerta de Nothing Hill y las casitas de colores), Brick Lane o Camden Town (donde de verdad me agobié). Sin olvidarnos de los parques como Hyde Park y Richmond Park. Toda una experiencia si eres de los que, como yo, sabe apreciar la belleza anárquica de la naturaleza agreste mientras te imaginas que en cualquier momento pueden aparecer el señor Darcy (en cuanto a Orgullo y prejuicio soy de la generación Knightley-Macfayden, lo siento) y Elisabeth Bennet. Menos su reloj más universal, todo es grande, imponente, a lo bestia, en sintonía con la famosa flema británica, nostálgicos del imperio, convirtiendo en hormiguitas a sus habitantes y en pulguitas a quienes llegan por vez primera a la ciudad que tanto hemos visto a través de los libros de texto o del buscador de Google. Es en ese Londres, el abrumador e insaciable, capaz de sacar las fauces a pasear, en el que Rosario Villajos nos ha querido situar. Y esto es muy importante ya que la literatura, al contrario de lo que podemos encontrar en otros formatos más mayoritarios - esa romantización del exilio millennial y boomer del que muy a menudo hacen uso programas como Españoles por el mundo o Callejeros viajeros ha hecho más mal que bien - rezuma sinceridad y crudeza a la hora de retratar los viajes sin regreso, motivados por una supuesta mejora del nivel de vida en todos los aspectos (laboral, emocional, sentimental, social) y que, en ocasiones, no son sinónimo de cambios a mejor. Con todo, Londres me encantó, en serio. Conseguí acostumbrarme a su opulencia, días grises, los silencios en el vagón y sus largas distancias. Y eso que fue mi hermano, y no yo, el que se tiró dos años viviendo en una buhardilla muchísimo más adecentada que la de Rebeca en La muela, sin ratones, con el ruido de los aviones de fondo en un barrio residencial cercano al tramo más bello del Támesis. Con el Asda, un estadio de rugby y la casa donde Van Gogh vivió durante su estancia en el Gran Londres entre 1873 y 1874 cerca. Los estudios fueron la razón y aunque estoy convencida de que volvería a hacerlo, los momentos duros no se los quitó nadie, por mucha cultura underground empapada o cuadros de la National Gallery admirados. Algo de lo que bien sabe Rebeca en su Londres de chimeneas industriales en desuso y cabinas telefónicas que huelen a pis.
 

En La muela, Rosario Villajos nos narra con descaro, crudeza y, sobre todo, grandes dosis de sorna las peripecias de Rebeca. Una joven que decide mudarse a Londres con su pareja en un intento por cambiar de vida y de paso huir de su propia familia, así como de aquellas cuentas pendientes emocionales no superadas. Creyéndose todas las promesas más propias de un eslogan de Míster Wonderful que de la vida misma, se ve muy pronto de bruces con la realidad que parece devorarla a pasos agigantados hasta conducirla a la pérdida de la muela y su consecuente y particular naufragio. Sin duda, no es la caída de dicho molar lo que de verdad nos tiene que importar como lectores, sino el hueco que queda, la ausencia intolerable para unos, brillante metáfora de lo que arrastra la propia Rebeca a lo largo de la novela y en lo que podemos vernos casi todos identificados. La pérdida del arraigo, de lo conocido, de esa figura paterna irremplazable, de esas esperanzas de una carrera profesional de éxito, de ese bonito apartamento tantas veces construido en su imaginación, de esa vida junto al ser amado, de la dignidad, de la salud. Todo ello reflejado, a modo de epicentro, en ese pequeño vacío en la sonrisa de Rebeca. Lejos de conformarse con unas formas simplonas y excesivamente tradicionalistas, Rosario Villajos toma la decisión de añadirle una capa gruesa del mejor humor, negrísimo, irónico e hiriente en algunos casos. Memorables son, por ejemplo, los pasajes en los que se refiere a su hermana pequeña - a la cual apoda Gabino por su enorme parecido al actor Gabino Diego - en los que es imposible no contener la risa. Así como los momentos, que son muchos, en los que se burla literalmente de las miserias de la protagonista - incluyendo de su propia formación universitaria en la que había depositado toda su fe a la hora de entrar por la puerta grande en el mercado laboral - sus parodias sobre la infalibilidad de las apps de citas, sus ingeniosas reflexiones entorno a la maternidad (o más bien ante la imposibilidad de ejercerla), esas ratas que inundan su decadente buhardilla - no sé por qué me acordé del Dickens más accesible - las relaciones que establece con las compañeras de curro - y la consecuente e insalvable brecha cultural y generacional que se establece - sus propios y desastrosos intentos por comunicarse en un idioma que a penas domina... Por no hablar de esos pequeños y gloriosos momentos en el que la protagonista parece desdoblarse y replicarse a sí misma a través de otra Rebeca - no a lo Gollum, más bien a lo Pepito Grillo - que proyecta su mirada en el futuro. En una de esas se hace referencia muy brevemente a la pandemia del Covid-19 desde un tiempo, el de la novela, en el que a pesar de las miserias, todavía éramos felices. A vueltas de nuevo con la contemporaneidad, La muela no escatima en ingeniosos recursos para dotar a la narración de una mayor hilaridad como planos del metro de Londres, callejeros, conversaciones de WhatsApp, fotos pixeladas - no diremos de qué - esquemas, dibujos hechos por la propia autora y hasta una divertidísima fotonovela (sin duda, mi favorito). A pesar de su urgencia e intrahistoria - la novela, a pesar del revestimiento humorístico, no deja de narrar la amargura que sufre Rebeca - La muela se puede entender como una relectura de aquellos clásicos del XIX en los que la crítica social y el retrato de la pobreza era su razón de ser. He citado antes a Charles Dickens, pero también pensé en Los miserables de Víctor Hugo y en su descarnado retrato de quienes no tenían nada para llevarse a la boca. No hemos evolucionado mucho desde entonces, todavía hay quien, como Fantine, se ve obligado a prostituirse a cambio de dinero para la manutención de su hija. Sin embargo, como bien apunta Rosario Villajos, estos nuevos miserables, jóvenes criados bajo la premisa de prosperidad, hijos de la generación que vivió mejor que sus padres, sobrecualificados, con smartphone y cuenta de Instagram se ven igualmente aplastados por un capitalismo feroz que premia la insana competitividad frente a la igualdad de oportunidades. Contemporánea, sí, pero por desgracia hay cosas que nunca cambian. 

La muela: una historia de desorientación, precariedad, ratones, sueños hechos añicos, promesas que se desvanecen, quiebras, crueldades, inseguridad, situaciones con las que te ríes a carcajada limpia... Con humor, las "putadas" del neoliberalismo se llevan mejor. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Las uñas le parecen breves después de años mordiéndoselas, muestran una fina y constante medialuna negra. Los dientes, lo que queda de ellos, tienen el mismo tono marrón que los posos del té, solo que, en lugar de futuro, dejan ver en ellos perfectamente el pasado. Y luego está el olor; no es solo el sudor, sino la acidez de su PH mezclada con grandes cantidades de tabaco y, sobre todo, de marihuana. Hasta el semen te huele a marihuana, piensa Rebeca cuando el hombre le pasa el papel higiénico por la barriga. 

"A Hermana Menor solo la llaman por el nombre de sus pacientes. Los que la conocen de toda la vida la llaman Gabino a sus espaldas por su parecido con el actor Gabino Diego. Hermana Menor sabía que este era su mote durante la infancia, pero hoy por hoy no se imagina o no se para siquiera a pensar si alguien la sigue llamando así, a parte de Rebeca, claro, que sí lo hace abiertamente, aunque, desde que se arregló la boca, ya no es tan fea. De hecho, nunca lo ha sido. Tan solo era fea por odiosa comparación con su hermana en el pueblo donde vivían y donde se conocían todos. Allí Rebeca era como una Dulcinea del Toboso, la más bella del lugar; pero ahora vive en Londres donde hay gente mucho más guapa que ella y, además, le falta una muela."

¡Un saludo y feliz año nuevo!

Cortesía de Aristas Martínez  

lunes, 20 de diciembre de 2021

RESEÑA: Hija de sangre y otros relatos.

 HIJA DE SANGRE Y OTROS RELATOS


Título: Hija de sangre y otros relatos. 

Autora:  Octavia E. Butler (Pasadena, Estados Unidos, 1947 - Lake Forest Park, Estados Unidos, 2006). La apodada como "la gran dama de la ciencia ficción" vivió su infancia en un barrio interracial, siendo criada por su abuela y su madre y devorando cada revista sobre dicho género que caía en sus manos. Años más tarde ingresó en la California State University, la cual abandonó para comenzar a estudiar Escritura Creativa en la Universidad de los Ángeles llegando a recibir su título de profesora asociada en Artes en 1968 en el Pasadena Community College. Así mismo, también estudió en el Screenwriter´s Guild Open Door Program y en el Clarion Sciencie Writer´s Workshop, donde asistió a clase con el maestro de la ciencia ficción Harlan Ellison. Su primera historia, Crossover, fue publicada en la antología Clarion de 1971. Pattermaster, su primer a novela, fue el primer volumen de una serie de cinco entregas - Mind of my mind (1997), Survivor (1978), Wild Seed (1980) y Clay´s Ark (1984) -. Con la publicación de Parentesco en 1979, Butler logró mantenerse como escritora a tiempo completo y al fin el reconocimiento a su obra. Butler también es autora de la trilogía Xenogenesis, de La parábola del sembrador (1993) así como de una colección de cuentos cortos publicados bajo el título Hijo de sangre y otras historias (1995). Ha ganado algunos de los premios más prestigiosos que reconocen las obras de ciencia ficción, entre ellos el Premio Locus, el Premio Hugo, el Premio Nébula o el Premio Science Fiction Chronicle. 


Editorial: Consonni. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Arrate Hidalgo. 

Sinopsis: Esta colección de siete cuentos y dos ensayos, publicados y escritos entre los años sesenta y noventa, es una introducción perfecta para quienes descubren a Octavia Butler y un título imprescindible para los incondicionales. Traducida ahora por primera vez al español, fue en su día incluida en la lista anual de destacados del New York Times. Incluye dos de sus más aclamados relatos cortos Hija de sangre, relato ganador en 1984 de los prestigiosos premios literarios Hugo y Nébula, y Sonidos de habla, también ganador de un premio Hugo al año siguiente. Inéditos hasta su publicación en esta antología, se encuentran Amnistía y El libro de Martha. Cada texto viene acompañado de un epílogo de la misma autora y los ensayos consejos precisos sobre la escritura. En ellos, Butler relata sus vicisitudes como mujer negra y escritora en una época, en la que el género fantástico estaba dominado por hombres blancos. 

Su lectura me ha parecido: potente, enriquecedora, reflexiva, muy original, honesta, distópica, utópica, crítica, reivindicativa, tremendamente vigente... La ciencia ficción ha sido siempre uno de los géneros más populares de la historia de la literatura, al menos desde que en el siglo XIX una escritora inglesa de tan solo veinte años llamada Mary Shelley - maestra absoluta también del terror - lo inventase para la posteridad en una de las obras más importantes de todos los tiempos. Hablamos, por supuesto, de Frankenstein o el Moderno Prometeo. Género que, a pesar de haber aumentado las posibilidades creativas dentro del campo de la escritura, se vio sumido en un injusto ostracismo al que solo unos pocos valientes se atrevieron a asomarse. No obstante, con la irrupción del feminismo, el antirracismo o los movimientos por los derechos LGTBI y, muy especialmente, la merecidísima segunda vida de un libro como El cuento de la criada de la también grandísima, y varias veces candidata al Nobel, Margaret Atwood - llamado a convertirse en clásico de la literatura - han supuesto un antes y un después en la percepción social hacia el género. Si antes la ciencia ficción era automáticamente despreciada - sobre todo por las élites culturares del momento - y concebida como literatura menor, o más en concreto, un reducto para el goce y disfrute de unos pocos frikis, ahora es raro no toparse con alguien que hable de ella con mil y un halagos. Hasta el punto de convertirse en objeto de estudio y debate intelectual. Y es que el género está plagado de auténticos eruditos: George Orwell, Aldous Huxley, Philip K. Dick, Anthony Burgess, Ray Bradbury, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Richard Matheson... Pero también de eruditas: la ya citada Margaret Atwood, Ursula K. le Guin, Johanna Russ, Sheri S. Tepper, Elia Barceló, Analee Newitz, V. E. Schwab, Nnedi Okorafor, Laura Fernández... Si hasta Emilia Pardo Bazán hizo sus pinitos en el género con relatos como La cabeza a componer o su primera novela Pascual López: autobiografía de un estudiante de medicina. Al calor de este clima de cambio y reivindicación, en España muchas editoriales especializadas en el género han visto reforzada su posición - tales como Gigamesh o los sellos Minotauro o Fancy de Planeta o Penguin Random House respectivamente - pero también ha favorecido la irrupción de editoriales más pequeñas como Consonni, Pulpture, Crononauta, Tryskel, Aristas Martínez, Bunker, Nova (esta absorbida por Penguin), Shackleton entre otras. Así como la aparición de portales web relevantes como La nave invisible - en el que buscar visibilizar las autoras de género - o podcasts como Marea Nocturna o Escritoras de Urras. El cambio ha sido drástico, capaz de darle un vuelco a dos ideas erróneas. La primera, que la ciencia ficción es cosa de marginados y raritos (aunque paradójicamente, incluso cuando se denigraba, era uno de los géneros más populares). Y la segunda, a nivel de escritura, que la ciencia ficción es un terreno de hombres blancos y heterosexuales, estereotipo que Octavia Butler - de la que hemos hablado largo y tenido aquí - tumbó con su presencia y galardones en un momento en el que la lucha por los derechos sociales de la comunidad afroamericana atravesaba su momento más efervescente. Hija de sangre y otros relatos: el black lives matter de los 70 no está reñido con la ciencia ficción más trasgresora. 


En ocasiones la obra literaria y el contexto histórico que la ha visto nacer son completamente indisociables el uno del otro. Ocurre con La divina comedia, El Quijote, El segundo Sexo o incluso con Hamnet (cuya reseña publiqué la semana pasada). Algo que también sucede con Hija de sangre y otros relatos de Octavia Butler, cuya lectura es un constante diálogo con los Estados Unidos de mediados de siglo debido a que, en su mayoría, los textos fueron escritos al calor de las protestas, marchas y manifestaciones llevadas a cabo por la comunidad afroamericana exigiendo sus derechos en un país que los seguía discriminando sistemáticamente. Mientras la lucha seguía en la calle y a medida que iban alcanzando más conquistas sociales durante los 60, 70 y 80 del pasado siglo, una escritora Octavia Butler irrumpía en el panorama literario de su país con una serie de escritos que pusieron patas arriba el canon que se había seguido hasta ese momento, cambiando la historia de la literatura de ciencia ficción para siempre. En un mundo de hombres blancos, Butler supo, no sin haber peleado lo indecible, hacerse un hueco entre ellos ganando varios de los premios más prestigiosos del género tales como el Nébula o el Hugo entre otros muchos, convirtiéndose en la primera de muchas cosas. No solo su condición de mujer, también las de mujer negra y lesbiana, dotó a sus novelas, ensayos y relatos de una perspectiva nunca antes explorada en la ciencia ficción y que a la larga, resultaría crucial para las futuras generaciones de escritoras y escritores deseosos de explorar este campo de la literatura en pleno siglo XXI. Convirtiéndose, casi en el acto, en todo un referente atemporal. Reivindicada hasta la saciedad en los últimos años - no hay más que ver las reediciones de algunas de sus obras más importantes por parte de editoriales como Capitán Swing o Consonni entre otras - la obra de Butler respira vigencia. Ya no solo por sus alegatos antirracistas y el afrofeminismo tan cercano a las tesis de Angela Davis, también por lo que respecta al contexto social en el que actualmente nos movemos. En el que parecen haber resucitado, como si de una pesadilla se tratase, toda una clase de viejas ideologías intolerantes, xenófobas, homófobas y antifeministas que creíamos haber enterrado definitivamente bajo kilos de tierra. Algo que en Estados Unidos no ha dejado de sucederse, sobre todo desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y la visibilidad que han adquirido las protestas contra la violencia policial y los crímenes racistas. De ahí que los relatos de Octavia Butler resulten más necesarios que nunca, arrojando crítica, inclusión y diversidad en un mundo que, de nuevo, parece que tiene que volver a pelear por unos derechos ganados en el pasado. 


Centrándonos en la lectura en cuestión, todas y todos conocíamos el talento de Butler para la novela, pero al menos una servidora desconocía el inmenso potencial que esconden sus narraciones más cortas. Y es que, como siempre he sostenido, una o un gran escritor se mide en su capacidad de síntesis, en ser capaz de condensar sus inquietudes y estilo en un cuento. O al menos atendiendo a lo que, desde la academia, se ha considerado como tal. Con su extensión, sus reglas, sus parámetros. Hija de sangre y otros relatos - antología que Consonni ha traducido y publicado por primera vez en nuestro país - resulta casi un ejemplo perfecto de como debería escribirse un relato de ciencia ficción, solo comparable con aquellos relatos que Ray Bradbury se sacaba de la manga para hacernos la vida más amena a la vez que aprendías un poco de ciencia y de las posibilidades de esta en clave de humor. A diferencia de, por ejemplo, Crónicas marcianas, Butler traza una serie de cuentos con un tono menos distendido, menos afable, planteando futuros donde los seres humanos hemos fracasado a todos los niveles. Convirtiéndonos en extranjeros dentro de planetas imaginados, esclavos de nuestros propios inventos ideológicos o sufriendo las más terribles consecuencias de nuestra propia ambición. Desde convertirnos en objeto de estudio por parte de unos alienígenas con aspecto de insectos en Hija de sangre - donde además se plantea la posibilidad del embarazo masculino - a sufrir enfermedades genéticas que nos conducen a la autodestrucción en La tarde, la mañana y la noche, pasando por esa inquietante sociedad que, por culpa de un virus, ha perdido la posibilidad para comunicarse a través del habla en Sonidos de habla - sin duda, mi relato favorito de la antología -. De hecho, ahondando un poco más en este cuento, Butler plantea una regresión hacia un primitivísimo violento que ha conseguido helarme la sangre. Obviamente como sociedad no estamos en esa situación pero asusta observar como la comunicación, o mejor dicho, la falta de ella, es un problema cada vez más preocupante, algo de lo que las nuevas tecnologías, y más en concretamente las redes sociales, tienen mucha culpa. Por otro lado, y no menos importante, la antología se completa con tres textos que se salen de la norma. El primero de ellos, el que lleva por título Al otro lado, nos introduce en la vida de una mujer que trabaja en empleos precarios en medio de una aplastante soledad mientras anhela el amor de un hombre encarcelado y convertirse en escritora. Durísimo relato por ese retrato de las relaciones tóxicas, pero también por esa desazón que provocan los sueños rotos. Un cuento que, a pesar de no tener toques cifi, golpea de la misma forma que el resto. A continuación, dos micro ensayos (Obsesión positiva y Furor Scribendi) en los que Butler nos cuenta los inicios de su amor por la literatura y la historia de sus numerosos rechazos editoriales, así como los consejos que ella misma nos da para convertirse en escritor, insistiendo muy especialmente en la perseverancia. A priori la inclusión de estos textos en medio de la antología puede resultar extraño, desconcertante, pero al ofrecer la mirada más humana de la autora que hay detrás de tan excepcionales relatos entiendes un poco mejor su escritura y los motivaciones personales que la llevaron a escribirlos. La antología se cierra, a modo de epifanía, con su cuento más optimista, El libro de Martha, de inspiración bíblica en el que una joven es elegida para encontrar la manera de que la humanidad no acabe exterminándose de puro egoísmo. Un cierre perfecto que contribuye, no solo a agrandar la leyenda de Octavia Butler, también a que el lector acabe metiendo sus ojos en otros de sus libros. Que son muchos y, afortunadamente, cada vez más accesibles. 

Hija de sangre y otros relatos: nueve historias de extinción, especulación científica, antirracismo, feminismo, condición humana, experimentos, virus, pandemias, pequeños huecos para la esperanza... Una antología que todo amante de la Ciencia Ficción debería tener en su estantería. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Supongo que es porque nos han vuelto a desplazar del centro del universo. A los seres humanos digo. A lo largo de la historia, en los mitos y hasta en la ciencia, nunca hemos dejado de colocarnos en el centro y nunca han dejado de desalojarnos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Consonni