Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 22 de junio de 2018

RESEÑA: A la deriva.

A LA DERIVA

Título: A la deriva.

Autora: Penelope Fitzgrald (1916-2000) de soltera Knox, era hija del editor de Punch, Edmund Knox y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, el criptógrafo Willy Knox y del estudioso de la Biblia Wildfred Knox. Fue educada en caros colegios de Oxford. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la BBC. En 1941 se casó con Desmond Fitzgerald, un soldado irlandés, con el que tuvo tres hijos. Durante algunos años vivió en una casa flotante en el Támesis. Autora tardía, Penelope Fitzgerald publicó su primer libro en 1975, a los cincuenta y ocho años, una biografía del pintor prerrafaelista Edward Brune-Jones. En 1977 publicó su primera novela, The Golden Child, una historia cómica de misterio ambientada en el mundo de los museos. A lo largo de los siguientes cinco años publicó cuatro novelas vagamente autobiográficas, que la consagraron como una de las figuras más importantes dentro de la nueva narrativa inglesa. Con La librería, publicada en 1978, fue finalista del Booker Prize, premio que finalmente consiguió con su siguiente novela, A la deriva. Siguieron Human Voices y At Freddie´s. En este punto, Fitzgerald declaró que ya estaba cansada de escribir sobre su propia vida, y se decantó por la novela que desvelaba hechos y acontecimientos del pasado, desde un punto de vista histórico. La primera de ellas sería Inocencia, desarrollada en la Italia de los años 50 y que narra la historia de amor entre la hija de un aristócrata arruinado y un médico comunista. En 1988 publicó El inicio de la primavera, que tiene lugar en el Moscú de 1913. Siguieron La puerta de los ángeles y La flor azul, esta última centrada en la vida del poeta alemán Novalis.


Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductor: Mariano Peyrou.

Sinopsis: Nenna James, una joven canadiense sin medios para alquilar una vivienda en Londres de principios de los 60, vive con sus dos hijas en una barcaza anclada en el Támesis. Ninguna de las tres "pertenece ni al agua ni a la tierra firme", y comparten su existencia con unos vecinos que se encuentran, como ellas, a la deriva: Willis, un artista que intenta vender su decrépita nave a pesar de su pésimo estado. Richard, que vive a bordo del Lord Jim con su mujer, Laura, aunque ella preferiría mudarse a otro sitio, O Maurice, que ni siquiera protesta cuando la barcaza empieza a llenarse de objetos robados. Todos ellos van a contracorriente, en un espacio en el que podrían primar la sencillez y la libertad de la vida excéntrica, pero que se ve salpicado por los pequeños reveses de cualquier existencia humana.

Su lectura me ha parecido: delicada, ágil, triste, con una reflexión capaz de ablandar al corazón más duro, poderosamente autobiográfica, con unos personajes memorables...Queridas lectoras y lectores, como muchos ya sabréis, sobre todo si estáis atentos a las redes sociales, que hace unas semanas emprendí el que es hasta el momento mi segundo viaje a tierras inglesas. A pesar del retraso de dos horas que enturbió gran parte de aquella primera jornada, eso no impidió que el resto de días que pasé allí no resultasen inolvidables. Para mi siempre es un placer pisar suelo británico, ya que como historiadora me siento bastante conectada a la tradición intelectual de este país, al igual que a su historia a lo largo de los siglos. Por no hablar que su literatura, la cual desde siempre me ha fascinado. Durante este viaje tuve la oportunidad de conocer el Támesis, el río más importante del país y que atraviesa la capital, desde dos perspectivas muy diferentes. Primero desde la más habitual, es decir, desde el plano más urbano. Todos los que han visitado Londres habrán cruzado algunos de sus famosos puentes, en especial el de Westminster (con vistas al parlamento y al London Eye) y el Puente de la Torre (el más emblemático de la ciudad y que conduce a habitantes y turistas a la Torre de Londres, uno sus monumentos más importantes declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO). Y no se hasta que punto los visitantes no quedan impresionados por la bravura y anchura del Támesis, en el que incluso se pueden apreciar pequeños remolinos de agua en ciertos puntos de su paso por la capital británica. El río destaca entre una ciudad en la que las iglesias barrocas o victorianas se mezclan con rascacielos de cristal y en donde, a pesar de toparnos con pequeñas playas (una de ellas a la altura de El Globo), éstas son inmediatamente engullidas por la marea (de hecho una servidora pagó las consecuencias de acercarse demasiado a la orilla con una chopada de pies). En segundo lugar sólo hay que alejarse del centro de la ciudad para contemplar el Támesis más bucólico, tranquilo e idílico incluso. A la altura de Isleworth, un barrio situado en el conocido como Gran Londres, pude pasear a escasos metros de su orilla sin peligro a mojarme. Rodeada de patos, cisnes palomas y demás logré incluso mojarme los dedos y observar la imponente naturaleza semisalvaje que al otro lado se erigía. Fue en ese momento cuando entendí la importante influencia que el Támesis ha tenido tanto en la historia como en la cultura del país, además de trasladarme, casi en el acto, a una de mis lecturas más recientes y que hoy tengo el placer de reseñar y recomendar. A la deriva: historias de desarraigo ancladas en el Támesis.


La historia de como A la deriva acabó instalándose de forma permanente en mi apreciada y cada vez más nutrida librería tiene todos los ingredientes de una novela de amor. La primera vez que vi un libro de Penelope Fizgerald, como ya expliqué en su momento, fue hace mucho tiempo, ni siquiera recuerdo bien en qué momento anímico me encontraba ni el contexto en el que se produjo dicho acontecimiento. Pero la cuestión es que sucedió, y todo lo que vino después no pudo ser más maravilloso. Aquel libro de Fizgerald no podía ser otro que La librería, éxito de critica y de ventas recientemente popularizado en este país gracias a la adaptación de Isabel Coixet (vencedora de los Premios Goya de este año). Mi relación con La librería fue todo un viaje lleno de obstáculos, empezando por esa primera lectura de la sinopsis, pasando por una sanción de la biblioteca pública durante las pasadas vacaciones de verano (pues su lectura se alargó más de lo esperado y se me olvidó por completo renovarlo por internet) y finalizando primero con un sentimiento de tristeza total (pues no os imagináis lo que me apenó estregárselo a la bibliotecaria tras una de las mejores experiencias lectoras que recuerdo) y segundo con la euforia de poder reseñarlo gracias a Impedimenta. A día de hoy, La librería reposa en el cuarto estante de mi biblioteca particular, desde donde contempla la vida pasar y mis momentos de regocijo a la hora de escoger una nueva lectura. Un privilegiado lugar del que sólo ha partido cuando una servidora ha necesitado de su terapéutico poder, ese poder que sólo las palabras tienen y que tanto bien hacen a quien necesita desesperadamente levantar el ánimo. Por eso, en cuanto me enteré que Impedimenta iba a traducir y publicar una nueva novela de Penelope Fitzgerald no me lo pensé dos veces. Sin embargo, como buena crítica literaria que se precie, me pasé por su catálogo para conocer más detalles de ésta. Su título, A la deriva, así como el carácter autobiográfico que parecía tener me conquistaron, hasta el punto de que la impaciencia se apoderó por unos segundos de mi carácter habitualmente tranquilo y sosegado. Había disfrutado tanto con La librería, con sus personajes, con su planteamiento, con su sensibilidad, con esa reflexión entorno a los libros y a las librerías. Había sentido tantas cosas que no podía dejar pasar la oportunidad de revivirlas de nuevo. Y aunque la sinopsis de A la deriva revelaba una temática bastante diferente a la de La librería, estaba convencida de que se convertiría también en una experiencia lectora inolvidable. A la deriva llegó en un sobre, junto con un completísimo dossier, pero con ella también llegó esa lectura que tanto tiempo había esperado y que al poco pude disfrutar durante mis largas noches de mayo.


Pasando a abordar en este tercer párrafo el apartado más crítico de la reseña, comenzaremos apuntando que A la deriva presenta una lectura amena, sencilla, sin barroquismos de ninguna clase y que discurre, cual río (como el Támesis) de forma pausada, a la vez que torrencial, hasta el final. A la deriva voló literalmente entre mis manos, hasta el punto de que en tan sólo una semana terminé de leerlo, algo que no me pasaba desde hacía muchos meses. En ese momento, y lo digo con total sinceridad, estaba necesitada de una buena lectura, que no fuese demasiado extensa en cuanto a páginas pero que estuviese bien escrita y pareció que A la deriva llegó en el momento más oportuno. A día de hoy muy pocos dudan del don de Penelope Fizgerald para contar historias, y digo contarlas en vez de escribirlas porque a medida que el lector se adentra en alguna de sus novelas tiene la sensación de que está ante un cuento, algo más largo de lo habitual, que perfectamente puede leerse en voz alta ante un reducido número de asistentes. Es tal la intimidad y la delicadeza que Fitzgerald  consigue en sus novelas que el que se adentra en ellas siente el corazón lleno, rebosante de esa sensación que solo los lectores conocen y que parece tatuar una sincera sonrisa en el rostro durante unos segundos, aunque su contenido sea lo más triste que haya leído en mucho tiempo. Por otro lado, es imposible obviar el carácter autobiográfico que acompaña a las novelas de Fitzgerald. Si en La librería esa huella es importante, en A la deriva lo es todavía más, ya que si nos detenemos en su biografía el lector puede pensar y asociar su etapa en la que estuvo viviendo en un barco sobre el Támesis con lo que se narra en la presente novela. Penélope Fitzgerald es el mejor ejemplo de que la experiencia es la mejor fuente de inspiración, algo que es completamente cierto, pues todos los que se dedican al noble arte de la escritura acaban tirando de experiencias personales para poder o bien crear personajes o como temas principales de la trama novelística. A la deriva narra una historia con diversas lecturas. Estamos ante una protagonista, Nenna, una canadiense que vive con sus hijas, Martha y Tilda, a bordo del Grace, anclado en el río Támesis. Los problemas económicos y la negativa de su marido inglés a vivir con ella y las niñas serán los ejes sobre los que giran estos tres personajes a lo largo de la novela. Pero Nenna, Martha y Tilda no están solas, pues el Grace comparte espacio con otros barcos habitados por sus particulares inquilinos. Por un lado está Richard Blacke, el único con un buen trabajo, que junto con su esposa Laura viven en el Lord Jim (claro homenaje a Joseph Conrad). Un matrimonio que sortea muchas dificultades, entre las que se encuentra la negativa de ella a seguir viviendo en un barco. Por otro nos topamos con Sam Willis, un artista bohemio especializado en marinas que quiere vender su "Acorazado" antes de que se hunda en las aguas del Támesis. Y por último el lector se encuentra con Maurice, un ave nocturna ávida de buena conversación que sin alterarse reacciona cuando un día descubre la nave de su barco, el Rochester, llena de objetos robados. Unos secundarios de lujo que, a pesar de los errores que cometen a lo largo del libro, el lector no puede evitar amarlos, al igual que a Rayada, la gata de Nenna, mentalmente inestable según palabras de la protagonista y que protagoniza algunos de los momentos más divertidos del libro. Por no hablar de Martha y Tilda, las espabiladas y deslenguadas hijas de Nenna que iluminan la historia cada vez que hacen acto de presencia. Como habéis podido comprobar, A la deriva se caracteriza, además de por unos personajes inolvidables, también por esa extraordinaria y equilibrada balanza entre el humor y el drama. Empezando por los nombres de los barcos (que reflejan la personalidad de sus dueños) hasta las situaciones cotidianas que se producen a bordo. No debemos olvidar que todos ellos viven en el Támesis por una razón, por una historia que arrastran y que en algunos casos es realmente dramática, pero es ahí donde Fizgerald actúa con maestría al dotar algunas escenas de un finísimo humor, un humor típicamente británico con la ironía como protagonista. Consiguiendo de este modo que el lector pase de la sonrisa a la seriedad más reflexiva. Por último es necesario dedicar unas líneas a alabar la atmósfera que envuelve esta novela y que en ocasiones roza la sinestesia total. El lector puede oler y sentir la humedad del Támesis, al mismo tiempo que lucha por encontrar el equilibrio si éste discurre ligeramente embravecido y mientras contempla, a lo lejos, los privilegios de quienes pueden permitirse vivir fuera del agua.


Como bien expone Allan Hollinghurst en el prólogo de esta edición, el pasado y el presente están muy presentes a lo largo de la novela, sobretodo en relación al Támesis, río que sustenta los barcos de los personajes y que en ocasiones actúa como el verdadero protagonista de esta historia. Un Támesis que se extiende parte en dos la capital británica favoreciendo con el tiempo la aparición de nuevos barrios y la construcción de monumentales puentes. Es cerca de uno de ellos, el de Battersea. donde se ubica la historia de Nenna y el Grace. Una zona, la que rodea al Battersea, que ha experimentado muchísimos cambios a lo largo de su historia. Empezando por el astillero Graves, cuya existencia se extendió durante todo el siglo XIX y en el que trabajaron como barqueros notables pintores británicos como Turner o Whitsler entre otros, pasando por las viviendas de protección oficial post-victorianas que se alzaban sobre serpenteantes callejuelas y apiñadas frente al río, hasta finalizar con las imponentes y modernas construcciones erigidas a finales del XX principios del XXI que han convertido los barrios de Battersea y Chelsea (unidos por el famoso puente) en los más pijos de la capital. Las ciudades evolucionan, al igual que sus habitantes, sin embargo, lo que parece no desaparecer del todo es el terrible sentimiento de desarraigo, de sentirte lejos del lugar en el que en realidad quieres estar, de observar como tu existencia transcurre a través de medios de vida alternativos y nada seguros. Todo eso parece experimentarlo Nenna, la protagonista de A la deriva, convirtiéndose su caso en el ejemplo paradigmático. Canadiense y acostumbrada a otro tipo de vida, se resigna a vivir en una barca en el Támesis ante los problemas económicos y un marido que no quiere ejercer las responsabilidades que la paternidad exige. Una mujer que se siente mal por vivir en el hueco que nadie quiere pero que al mismo tiempo se niega a abandonar esa forma de vida, pues, en algún momento de su vida ella lo ha llegado a considerar suyo y de nadie más. Un modelo de personaje femenino que, por cierto, ya encontramos en La librería, pues su protagonista llega también a un lugar desconocido para ella con la intención de hacer su vida allí, a pesar de la guerra silenciosa y el boicot hacia su negocio y a su persona. El desarraigo en todas sus vertientes, por tanto, parece ser la temática predominante de la literatura de Penélope Fitzgerald, y no es de extrañar, pues de ese tiempo a esta parte éste no ha desaparecido del interior del ser humano. Cada vez que éste sale de su área de confort, ya sea de su casa, de su grupo de amigos, de sus tareas cotidianas o de cualquier actividad que implique o se asocie a estabilidad, éste no tarda en experimentarlo. Unos de una manera menos evidente, tragándose de golpe su orgullo, y otros, los más humanos, de forma más explícita, tanto que necesitan compartir sus sensaciones con los demás. El desarraigo produce añoranza, tristeza, resignación, impotencia...Y que no sólo se puede sufrir si vives en un país extranjero, también lo puedes experimentar hasta en tu propio barrio al no tener la oportunidad de ser parte del sistema y tener que vivir al margen de este porque directamente te han expulsado salvajemente. Vivir en un barco, como los personajes de A la deriva, es una alternativa, pero en la época era sinónimo de fracaso y pobreza. Actualmente eso ha cambiado, pues muchos asociamos la vida marítima con el romanticismo, lo bohemio o el lujo desmedido. Todo hipocresía al fin y al cabo. Una hipocresía que no deja ver y que nos ciega de lo verdaderamente importante: que el desarraigo no ha desaparecido, aunque éste ya no se pasee por la cubierta de un barco anclado en el muelle de cualquier ciudad del mundo. Si algo nos enseña esta novela son las diferentes y duras caras de la moneda en cuanto a esta cuestión y que el desarraigo, a pesar de todo,  produce solidaridad colectiva, una solidaridad muy particular y que el sistema jamás aceptaría. A la deriva: una historia de amistad, historias personales, desavenencias, humor, tristeza, incomprensión, belleza, optimismo...Una lucha por mantenerse a flote.

Frases o párrafos favoritos:

"- Bueno, me siento como si estuviera en el paro. No hay nada tan solitario como estar en el paro, aunque estés en una cola con miles de personas. No sé en que voy a pensar si no tengo que estar todo el tiempo preocupada por él. No sé que voy a hacer con mi mente. - Una vaga melancolía se apoderó de ella - Tampoco estoy segura de qué hacer con mi cuerpo."

Película/Canción: a la espera de que alguna directora o director se anime a adaptar A la deriva, os dejo con la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Simplemente preciosa, y encima impregnada del universo literario de Penélope Fitzgerald.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 19 de junio de 2018

RESEÑA: El coleccionista de libros.

EL COLECCIONISTA DE LIBROS
Título: El coleccionista de libros.

Autora: Alice Thompson, nacida en Edimburgo, además de Justine, que en 1996 recibió el ex aequo con Graham Swift el premio James Tait Black Memorial a la mejor ópera prima, ha publicado otras seis novelas. A lo largo de su carrera ha recibido becas del Creative Scotland y del Scottish Arts Council. En la actualidad, trabaja como profesora de Escritura Creativa en su ciudad natal.


Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductor: Raquel G. Rojas.

Sinopsis: en la Inglaterra eduardiana, Violet parece llevar una vida de ensueño: un marido caballeroso, un hijo adorable, una lujosa residencia...Pero la creciente obsesión por uno de los preciados libros que colecciona su esposo - un misterioso volumen de cuentos de hadas guardado bajo llave - hará que su idílica existencia comience a tambalearse. Asediada por unas perturbadoras alucinaciones que amenazan su cordura, ingresa temporalmente en un sanatorio. Pero cuando, a su regreso, descubre que una bella y enigmática niñera ha ocupado su lugar, los horrores padecidos durante su internamiento no serán nada en comparación con lo que su propio hogar le tiene reservados...

Su lectura me ha parecido: sencilla, rápida, misteriosa, reflexiva, envolvente, ejemplo de toda esta corriente de renovación del género gótico, original aunque con claros homenajes...Queridas lectoras y lectoras que me leéis, como bien sabréis en el mundo hay muchos tipos de lectores. Los hay fieles a un género concreto, a una autora o autor, a una temática, a un periodo histórico o incluso a un personaje literario concreto. Existen los que leen por las noches antes de sucumbir al peso de los párpados, los que prefieren el día para deleitarse con una buena lectura, los que entran en parada cardiaca cuando se encuentran un libro subrayado, los que no toleran que se doblen las páginas a modo de marcapáginas, los que les cuesta prestar cualquiera de sus apreciados títulos, los que por el contrario no tienen problemas en prestar las novelas que más le han gustado para que otro las disfrute, los que no dudan en escribir comentarios en los márgenes, los que inundan de posits cada página. Y en lo que al acto de leer se refiere no debemos olvidarnos de los que no pueden dejar de leer hasta que no hayan acabado el capítulo, los que no sucumben a las manías lectoras y van leyendo a su bola, los que piensan que perder el marcapáginas es equivalente al fin del mundo o los que directamente son capaces de acordarse de la página en la que van sin necesidad de que un papel que señale por que página vas (de esa clase de lectores conocí una vez a uno en la facultad y todavía a día de hoy sigue sorprendiéndome su privilegiada memoria). Sin embargo, en la humanidad existen mayoritariamente dos tipos de lectores. En primer lugar, los que compran libros para leerlos en profundidad, saborearlos, manosearlos, olerlos si hace falta. En definitiva, los que se preocupan por su contenido y lo que éste pueda aportar a su vida o a su curiosidad intelectual. Y en segundo lugar, los que adquieren libros para directamente coleccionarlos y no para leerlos, sin otra utilidad que tenerlos expuestos en la estantería de turno, bien colocaditos y a la vista de todos. En el libro que hoy tengo el placer de reseñar hacen acto de presencia estos dos últimos especímenes de lectores, tan extremos que ambos pueden rozar la locura pero que le sirven a la autora, Alice Thompson, para construir una novela de lo más interesante y recomendable. El coleccionista de libros: la Rebecca Eduardiana.


La historia de como El coleccionista de libros llegó a mi manos fue fruto del interés puramente personal. Aunque tengo que confesar que al principio este libro estuvo a punto de no formar parte de mi apreciada y adorada estantería. Me explico. Como habéis podido comprobar a raíz de mis últimas reseñas, me ha dado por adentrarme en la literatura de un periodo histórico en el que pensé que no volvería a adentrarme con tanta pasión: el siglo XIX. Primero fueron las novelas de Jane Austen, las cuales sirven como transición intelectual entre el XVIII y el XIX. Después vinieron una serie de escritoras anglosajonas de la era victoriana para mi desconocidas hasta el momento que vieron publicados sus relatos en diferentes periódicos. Luego crucé al otro lado del charco y me adentré en las novelas de fantasmas estadounidenses, descubriendo así la faceta menos conocida de Louisa May Alcott. Más adelante, y cuando creí que ya el futuro no me podía deparar más sorpresas, voy y me animo a releer Cumbres borrascosas, sí, ese libro que tanto destrocé hace unas cuantas semanas pero que me sirvió para comprender mejor ciertos aspectos de la época. Y por si fuera poco, además de leer artículos que han brotado a raíz del bicentenario de Frankenstein, no he podido evitar sumarme a esa corriente tan imperante en los últimos meses, a esa moda literaria que nos está dando muchas alegrías pero también alguna que otra picia. Críticas a parte, he de confesaros que ya iba siendo hora de que irrumpiese en el panorama novelístico a nivel mundial estas influencias literarias tan típicas del XIX. Es posible que Frankenstein y Emily Brontë hayan tenido parte de culpa de todo esto, ¿pero sabéis qué? Que me alegro, porque una servidora ya estaba un poco hastiada de los vampiros, los zombis y la novela erótica de pésima calidad. Como comentaba, esta nueva moda literaria ha traído consigo la publicación y traducción al castellano de infinidad de novelas que, imitando o inspirándose en las novelas del XIX, especialmente en la tradición victoriana, han conseguido cosechar gran éxito de crítica y público. Y entre ellas, El coleccionista de libros, escrito por Alice Thompson, destacaba enormemente, ya que a diferencia de otros libros del mismo estilo (es decir, en los que lo sobrenatural o lo inquietante esta muy presente en la trama) éste estaba colocado donde en la sección que le correspondía, en concreto en la de terror. Librería a la que ibas encontrabas ese consenso respecto al libro, ni siquiera el volumen de relatos Damas oscuras (en donde los fenómenos paranormales eran continuos) logró codearse con libros de Poe o Lovecraft en una misma estantería. Esta particularidad, junto con las críticas de Stephen King e Ian Rankin me abrumaron e hicieron que al principio rechazase la idea de leerlo. ¿La razón? Básicamente porque muchas veces me ha pasado que por fiarme de la opinión de X autora o autor me he llevado verdaderas decepciones. ¿Qué lo cambió todo? El enterarme de que El coleccionista de libros homenajeaba a uno de esos eternos pendientes y que aún me duele no haber leído: Rebecca de Daphne du Maurier. No sabía lo que Alice Thompson podía aportarme con su novela, como también desconocía si saldría ilesa de su lectura. Lo que si sabía era que aquello no podía perdérmelo. Por esa misma razón, El coleccionista de libros acabó llegando a mi estantería y acompañándome, junto con otras lecturas, en mi reciente viaje a tierras británicas. Una elección totalmente acertada ya que ha conseguido colarse en la lista de lo mejor que he leído este año.


Centrándonos en la crítica propiamente dicha, vamos a ser sinceros. Si existe un adjetivo que defina a la perfección la lectura de El coleccionista de libros ese es voraz. Las páginas vuelan en manos del lector, hasta el punto de que éste ni siquiera se da cuenta de que éste se ha leído de golpe unas treinta aproximadamente. Sin embargo, el que su lectura sea extraordinariamente rápida no quiere decir que estilísticamente no merezca una reseña, pues ésta, a pesar de no destacar por su belleza o su prosa retórica, debo reconocer que es bastante sencilla y ligera. Tanto que el que se adentra en su lectura puede situarse en pocas líneas en el meollo del asunto, trasladarse de época histórica o incluso comenzar a empatizar con los personajes. Todo esto, junto con el hecho de que El coleccionista de libros sobrepasa por muy poco las 200 páginas, podría hacernos pensar que el destino de este libro es el de vender mucho para luego acabar recogiendo polvo en los estantes de las concurridas librerías. Y en cierto modo su extremada sencillez narrativa y la facilidad que tiene la autora para ir al grano, algo que se agradece en ocasiones por cierto, podría jugarle una mala pasada. Sin embargo, en mi caso no ocurrió eso, pues gracias a una serie de características que desgranaremos a continuación, ésta ha conseguido rápidamente alojarse en mi memoria. Una novela que aloja en su interior una narración para nada compleja y compuesta de pequeñas y breves descripciones, pues 203 páginas no dan para mucho más, debe tener algo más para que resulte al más atractiva para el lector. La incógnita se desvela cuando de pronto el lector se topa con unos personajes tan singulares como siniestros. En El coleccionista de libros, Thomspon demuestra que se le da verdaderamente bien construir personajes, así como su mundo particular, el que los rodea, con sus manías, contradicciones incluso objetos fetiche. Cuando te adentras en esta novela experimentas constantemente la sensación de que no estás dentro de un libro, sino en medio de una película de las que se hacían antes, esas que duraban una eternidad pero que sin embargo eres incapaz de apartar la mirada de ellas. La trama es sencilla: Violet, la protagonista, vive la vida que siempre quiso tener en una bonita casa,  junto a su marido Archie (un hombre misterioso y de carácter perturbador que colecciona libros de gran antigüedad) y su hijo Félix. Parece una existencia idílica hasta que un día descubre un volumen de cuentos de hadas que su marido tenía guardado bajo llave, el cual debió pertenecer a Rose, su primera esposa. A partir de ahí, Violet comienza a experimentar alucinaciones y ataques de celos, por lo que su marido toma la decisión de ingresarla temporalmente en un centro psiquiátrico. A su vuelta a casa, tras la traumática experiencia que vive durante su estancia en el sanatorio, descubre que su marido ha contratado a una niñera llamada Clara, la cual parece haber ocupado poco a poco su lugar en la familia. Soy incapaz de seguir resumiendo la trama de la novela, pues a partir de este punto estaría entrando en terreno peliagudo por la cantidad de spoilers que tendría que revelar, pero lo que estoy dispuesta a deciros que El coleccionista de libros es una mezcla entre Rebecca y los cuentos más inquietantes de la gran Angela Carter. Esta influencia va más allá de aspectos de la trama o el estilo, constituyendo verdaderos homenajes literarios a dos de los pilares literarios de esta escritora. En el caso de Rebecca no hay más que releer la sinopsis de la novela y detenerse en los enfermizos celos de la protagonista para darse cuenta de que es casi un calco de la mítica novela de Du Maurier. Y respecto a Angela Carter, el que la trama gire entorno a un libro de cuentos, y de hadas más concretamente, no hace sino confirmar que Carter sigue influyendo en las nuevas generaciones de escritoras y escritores británicos. Estamos por tanto ante una novela metaliteraria, en la que una vez más se reflexiona entorno al inmenso poder de la literatura y a como los libros pueden influir en las personas, hasta el punto de llevarles a la locura. Ya lo vimos en El Quijote o en Madame Bovary y El coleccionista de libros parece renovar esta reflexión con un estilo fresco y desde lo más terrenal. En cuanto a los personajes, por fin me he topado con dos realmente atractivos: Violet y Archie. Parecen polos opuestos, y en realidad lo son, viviendo cada uno en su propia esfera inculcada por los roles de género (pública y doméstica). De este modo, cuando ambos personajes chocan, la novela gana interés. Una simple conversación entre ambos es suficiente para apreciar que es más lo que los separa que lo que los une. De los dos me quedo con Violet, pues aunque la enfermiza obsesión que tiene Archie con su colección de libros es muy interesante, Violet representa una realidad que merece toda nuestra atención como lectores y que no escapa de la volatilidad de la locura, una locura que a diferencia de su marido, tiene más que ver con el contenido de una lectura que con la mera exhibición de poder intelectual. Por último, decir que El coleccionista de libros no da miedo. A veces las editoriales suelen crear muchas expectativas respecto a ciertas lecturas, algo que sucede con esta novela. Es misteriosa, perturbadora, inquietante incluso estaría dispuesta aceptar el calificativo de "espectáculo gótico" que Stephen King utiliza para describir esta lectura. Pero terrorífico no, porque de verdad, no lo es. Y si no me creéis, adentraros en él, que en última instancia es lo que recomiendo que hagáis.  


Si El coleccionista de libros resulta atractivo para el lector, además de por lo que hemos comentado antes, también lo es por la época en la que Alice Thompson ha decidido ambientar la novela. La historia, como se explica en la contraportada, transcurre en la conocida como época eduardiana. Un periodo que arranca con la muerte de reina inglesa Victoria I, por tanto con el fin de la era victoriana, y la coronación de su hijo Eduardo VII y que se extiende más allá de la muerte del monarca en 1910 hasta llegar al fin de la I Guerra Mundial. Este periodo dentro de la historia de Reino Unido se caracteriza en primer lugar por un carácter de transición, en el que pasamos del esplendor del imperio de la era victoriana a la progresiva desintegración del mismo hasta desembocar en el primer gran conflicto bélico a nivel mundial. La época eduardiana fue sinónimo de cambios en el plano político (un creciente interés por las ideas socialistas y la irrupción de los movimientos sufragistas), en el social (la aparición del ocio) y en lo cultural (el modernismo tiñe de vanguardia muchos países europeos). Pero también la era eduardiana, como todas las eras anteriores a ella, refleja como la mujer sigue sufriendo las consecuencias de un patriarcado que evoluciona al compás de los cambios, en especial, a la par que los avances científicos o psicológicos. No debemos olvidar que es en esta época en la que la psicología como disciplina médica gana gran popularidad, sobre todo entre las clases más pudientes, las cuales no dudaban  en abrirse ante un especialista en el campo y dejarse guiar por sus consejos, como si éstos fueran los más importantes. Es en estos años en los que Sigmund Freud irrumpe con el psicoanálisis y libros como La interpretación de los sueños, en el que plantea que los sueños representan la realización alucinatoria de los deseos del ser humano, y por consecuencia, una vía de acceso al inconsciente mediante el empleo de la "asociación libre" de los símbolos más importantes del sueño. A su vez, Sigmund Freud abordó en sus estudios el tratamiento de la Histeria, y es en este punto concreto en donde lo verídico y lo que se narra en El coleccionista de libros parecen darse la mano. Como he comentado en el anterior párrafo, Violet, la compleja protagonista de esta novela sufre una serie de episodios alucinógenos producto de su enfermiza obsesión por un libro propiedad de su marido, el cual debió pertenecer en realidad a Rose, la primera mujer de este. Ante esta situación, el marido no se lo piensa dos veces y decide mandarla a un sanatorio, eufemismo de psiquiátrico o manicomio, en donde piensa que la curarán de su dolencia. Todo esto, por supuesto, sin preguntarle directamente a ella y sin saber en realidad lo que le sucede. Cuando Violet llega a este lugar contempla espantada los métodos que emplean los médicos con las internas (entre los que se encuentran las agresivas terapias de electroshoks, encierros prolongados en habitaciones minúsculas o interminables sesiones de psicoanálisis). Al igual que Violet, muchas de estas mujeres no tienen realmente un problema mental serio, sino que en realidad se trata de mujeres incomprendidas a las que, por haberse saltado las normas, las convenciones sociales o por no responder correctamente a las obligaciones de su papel como esposa o madre, se les interna para intentar corregir esa incorrecta actitud. En pocas palabras, en realidad lo que estas mujeres tenían era una depresión de proporciones estratosféricas, pero nadie les hacía caso, ni siquiera quisieron escucharlas, simplemente por el mero hecho de que no se concebía un matrimonio o una maternidad imperfecta. Todo tenían que ser sonrisas, disponibilidad, diligencia, felicidad...Y si no, entonces eras una histérica o algo mucho peor. En este punto no puedo evitar acordarme de lo que le sucedió por ejemplo a la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman, cuando un médico le prohibió escribir para poder recuperarse completamente tras ser diagnosticada de agotamiento nervioso cuando en realidad lo que padecía era una depresión postparto. Como tampoco desentenderme de lo que hacían con las sufragistas que encarcelaban tras las redadas durante las manifestaciones. Desde que estaban histéricas hasta decir que directamente tenían el demonio dentro de su cuerpo. Tampoco es casualidad la histeria esté representada por una mujer en el famoso cuadro titulado La lección en la Salpêtrière. Nada es producto del azar o de la mera coincidencia. A las mujeres, y lo digo así de claro, se las quería sumisas, quietas, dedicadas a sus labores. Pero cuando de pronto una de ellas manifestaba públicamente su disconformidad o mostraba actitudes que hacían peligrar la convivencia en el hogar, entonces había que enderezarla, tratar de hacerle entrar en razón ¿y qué mejor manera de hacer entrar en razón a una mujer que internarla en un psiquiátrico? Por fortuna esa época ya pasó y la mujer ha avanzado en muchos campos, incluso en campos como la medicina o la psicología. Sin embargo, todavía hay mucho machistas sueltos, y con gran adicción a las redes sociales, que desean que las mujeres no tengamos ni criterio, ni opinión y que se supriman todos nuestros derechos adquiridos. Y eso chicas y chicos, da mucho miedo. El coleccionista de libros: una historia de celos, traición, obsesión, enfermedad, incomprensión, envidia...Una novela que te atrapa y no te suelta hasta que pones punto y final a su lectura.

Frases o párrafos favoritos:

"Estaba deseando que su marido, Archie, regresara de Londres. Las doradas cabezas de los narcisos que bordeaban la entrada permanecían inmóviles. Más tarde, quizá un criado les llevase algo de beber a la salita y Archie se recostaría en el sillón junto a la chimenea y le contaría como le había ido el día en el trabajo. Mientras aguardaba, volvió a el llanto que procedía de la habitación del bebé."

Película/Canción: como no hay noticias de lo primero, he optado por adjuntar una bella pieza de música clásica que de seguro os trasportará a la casa de este particular matrimonio formado por Violet y Archie, así como a los lomos de su particular colección de libros.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

viernes, 15 de junio de 2018

RESEÑA: Teoría King Kong.

TEORÍA KING KONG

Título: Teoría King Kong.

Autora: Virgine Despentes (Nancy, Francia, 1969) es novelista y directora de cine. A los diecisiete años dejó el instituto y se marchó a Lyon, donde encontró empleo en una tienda de discos, colaboró en revistas musicales, cantó en un grupo de rap y trabajó en un peep-show. La popularidad le llegó con su primera novela, Fóllame, que fue llevada a la gran pantalla. Desde entonces ha publicado Perras sabias, Lo bueno de verdad, Teen Spirit, Bye Bye Blondie y Apocalypse bebé. Publicado por primera vez en 2006, Teoría King Kong la convirtió en uno de los referentes del postfeminismo. Despentes es también autora de la trilogía Vernon Subtext, un relato demoledor de la sociedad contemporánea que la ha reafirmado como una voz imprescindible de las letras francesas.


Editorial: Penguin Random House.

Idioma: francés.

Traductor: Paul B. Preciado.

Sinopsis: Teoría King Kong es uno de los grandes libros de referencia del feminismo y de la teoría de género, un incisivo ensayo en el que Despentes comparte su propia experiencia para hablarnos sin tapujos ni concesiones sobre la prostitución, la violación, la represión del deseo y la pornografía, y para contribuir al derrumbe de los cimientos de la sociedad patriarcal.

Su lectura me ha parecido: impactante, extraordinariamente ágil, sin concesiones, sin censuras, directa, seca, dura, agresiva, necesaria, poderosamente reflexiva, una bomba en manos del lector...Todo lector que se precie, o al menos que lo exhiba públicamente, tiene en su biblioteca particular un libro explosivo. No tiene por qué conservarlo bien colocadito en la estantería de su estudio, simplemente también pudo hacer acto de presencia en su vida de manera fugaz, rápida, sin que diese tiempo a nada más que a reflexionar largo y tendido en silencio, tratando de digerir lo leído y de asumir que no volveremos a ser las mismas o los mismos tras su lectura. Estos libros tienen la particularidad de que cuando el lector se enfrenta a ellos, ya sea por recomendación o por un irrefrenable deseo personal, algo en tu cerebro parece activarse, encenderse o incluso experimentar un intenso pero beneficioso terremoto mental. En definitiva, son autenticas bombas de relojería que, una vez activadas, las consecuencias a corto y largo plazo pueden ser tanto imprevisibles como claves para nuestra formación intelectual. El libro que hoy tengo el placer de presentaros y reseñar significó un antes y un después y su efecto en mi fue similar al de una explosión, controlada eso si, pero que nunca pensé que llegaría a afectarme tanto. Un texto que sé que debí reseñar hace mucho tiempo, en concreto durante las últimas semanas del mes de abril, en las que el morado volvió a teñir las plazas y las calles de las grandes ciudades de este país, consiguiendo unir nuestras voces bajo un mismo clamor exigiendo justicia. Un ensayo que justo, por casualidades de la vida, cayó en mis manos durante aquellas  jornadas de estupefacción y de indignación colectiva. Un ejemplar con el que he discrepado en algunos puntos pero que he aplaudido enérgicamente en otros. En definitiva, un volumen que llevaba mucho tiempo queriendo leer, y a partir de su lectura crítica, reflexionar sobre uno de los temas más importantes y actuales del momento. Teoría King Kong: el mejor ejemplo de como en ocasiones el ruido y la furia consiguen dar resultado.


La historia de como Teoría King Kong llegó a mis manos es bien sencilla. Aunque para comprenderla mejor es necesario que nos unamos a la rueda del tiempo y viajemos unos cuantos años atrás, en concreto, al momento en el que comencé a interesarme por el feminismo. Como muchos bien sabréis, ya que lo he explicado mil veces en este espacio de crítica y opinión, mi interés tanto personal como intelectual respecto a la teoría feminista nació de una lectura, en concreto de la profunda lectura de La mística de la feminidad de Betty Friedan. Como mujer, antes de meterme de lleno en el libro de Friedan, había sido consciente de los comportamientos machistas que cada día sucedían y siguen sucediendo a mi alrededor, incluso los condenaba. Sin embargo, hasta que, por azares del destino, Friedan y su teoría no cayeron en mis manos no fui de verdad consciente de lo mucho que queda por hacer y de todo ese machismo maquillado que nos han vendido como algo progresista y liberador para la mujer.  La mística de la feminidad, cuya lectura realicé a raíz de un trabajo que tenía que realizar en el último curso de la carrera, me empujó a adentrarme en un tipo de literatura que no me era desconocida para nada pero en la que no me había adentrado desde la perspectiva de género, con esa mirada crítica que el feminismo te da y que en ocasiones provoca más de una discusión si la manifiestas en público. Es en este contexto, mientras buscaba lecturas que se adaptasen a esa necesidad lectora tan específica, cuando me topé por primera vez con la Teoría King Kong. A partir de esa primera noticia, en las posteriores semanas me encontré con ese título citado en un artículo científico que estaba utilizando para completar la teoría de una de las asignaturas del master. Ese hecho no lo interpreté como una simple casualidad, sino como una señal de que debía incluir a Teoría King Kong en la lista de eternos pendientes. Aunque para seros sincera, éste título escaló rápidamente posiciones hasta colocarse en los primeros puestos, es decir, entre aquellos libros que necesitaba leer con urgencia. Pero no fue hasta la Feria del Libro de este año celebrada en mi ciudad natal cuando por fin me animé a adquirir Teoría King Kong, a un precio bastante asequible y con nueva edición a cargo de Pengüin Random House. Hasta ahí todo normal, no difiere de cualquier otra historia que he contado anteriormente por aquí. No obstante, fue el contexto lo que hizo que aquel acto, el simple acto de comprar dicho libro, se convirtiese en algo importante. Hacía un par de días que la sociedad española asistía con estupefacción al veredicto de la polémica sentencia de "la manada", tanto es así que el sentimiento de rechazo y solidaridad con la victima se extendió por todos los ámbitos, incluso en el cultural, llegando a las numerosas ferias del libro que se estaban celebrando a lo largo y ancho del territorio nacional. Vi con muy buenos ojos que, en el caso de la feria del libro a la que acudo desde que era pequeña, todas las casetas tuviesen expuestos carteles en repulsa de la sentencia y en apoyo a la denunciante. Fue entonces cuando, navegando en las redes sociales, descubrí a no pocas usuarias o incluso desde los medios de comunicación citando en sus publicaciones fragmentos de Teoría King Kong. Si ya iba con la intención de comprarlo, todo este conglomerado de acontecimientos no hicieron más que reafirmarme en mi decisión. Inicié su lectura a los pocos días de adquirirlo, por lo que los ecos del "No es no" todavía resonaban a diario en la televisión, internet y en las conversaciones de WhatsApp. Resultado: no pude elegir mejor momento que aquel.


Antes de iniciar este párrafo con mi sincera opinión sobre la lectura que nos ocupa, me gustaría confesar que por primera vez desde que redacto reseñas en este blog, he tenido que echar mano de papel y boli para estructurar mi escrito. Normalmente no suelo hacerlo, ni siquiera con los clásicos más complejos, las palabras simplemente me salen solas. El que haya tenido que recurrir a una técnica diferente para llevar a cabo esta reseña ya dice mucho de la complejidad del libro al que nos enfrentamos, por lo que procuraré ser lo más concreta y clara posible. Centrándonos, ahora si, en la crítica propiamente dicha, comenzaremos apuntando que Teoría King Kong presenta una lectura rápida, tan rápida que es muy fácil que muchos, como me sucedió a mi en su momento, el libro no durase más de una semana entre las manos. Pero si tuviera que quedarme con otros adjetivos serían los de agresiva y necesaria para definir esta lectura. Agresiva por el estilo que emplea Despentes en todo momento y que no abandona hasta que el lector pone punto y final al libro. Una agresividad que se mezcla con la rabia y que nos dan pistas de por donde van a ir los tiros y de que su autora no está dispuesta a hablar con eufemismos, con mentiras o con medias verdades. Las cosas son como son y tienen un nombre, Despentes lo sabe y por eso no se corta en referirse a ellas de este modo, algo que sinceramente es de agradecer. A veces uno necesita leer libros así de sinceros. Y necesaria, en segundo lugar, en el sentido de que la humanidad necesita estos libros, sobre todo para no caer en la ignorancia ni en definiciones maniqueas y falsas sobre el feminismo, lo que éste defiende o las reivindicaciones históricas del mismo. Puede que el estilo no satisfaga a todos, eso lo se, pero ¿qué queréis que os diga? Leer la palabra "follar" doscientas veces y en todos los tiempos verbales no me molesta, lo que de verdad me molesta es que la gente hable sin saber y que esté calando en la sociedad una visión de lo que significa ser feminista que da vergüenza ajena. Teoría King Kong se compone de varios capítulos en los que se abordan los temas que preocupan a Virgine Despentes en relación con el feminismo. A pesar del tamaño y el breve volumen de sus páginas son muchos los temas que abarca este ensayo, tales como el  porno, la prostitución, los roles de género en la sociedad actual o la cultura de la violación entre otros muchos. Reflexiones que entremezcla, y esto es lo importante, desde un carácter aterradoramente autobiográfico. Este aspecto implica por un lado que el lector no pueda soltar este libro de sus manos hasta llegar a la última página y que éste se vea obligado a pensar sobre lo que acaba de leer y digerirlo de la mejor forma posible para luego formar en su cabeza una opinión propia. En Teoría King Kong, Despentes nos narra de manera descarnada su propia violación, la cual sufrió cuando no era más que una adolescente. Así como su experiencia como prostituta durante su juventud, y a raíz de ella su polémica perspectiva respecto a ella. Por no hablar de su interesante reflexión entorno al porno y su industria, tema que según la propia Despentes debería investigarse más desde el ámbito intelectual, o el desgarrador análisis que hace sobre todo lo que roda a la violación, desde lo autobiográfico, pero también con una actitud furiosa y sincera, diciendo las cosas como son, justo lo que el lector esta pidiendo a gritos desde hace muchos años. Este ha sido sin duda uno de los temas que más me ha impactado y más me ha hecho reflexionar. Como lector puedes estar más o menos de acuerdo con lo que se expone en Teoría King Kong, pues el ensayo no es un género infalible, pero lo que está claro es que Despentes sabe de lo que habla y evidencia como el feminismo vive en constante transformación al compás de los tiempos. Una transformación, u evolución, que lleva aparejado el debate y la discusión, algo que sin duda se produce tras la lectura de este libro. Por último, y para ir cerrando este apartado señalar el interesante formato con el que la editorial, en este caso Pengün Random House, ha decidido editar este clásico del feminismo. Ya no nos estamos refiriendo al diseño de la portada, el cual no puede ser más bonito, sino a sus reducidas dimensiones, las cuales son perfectas para poder, por ejemplo, llevarlo en la mochila o en el bolso sin que descoyuntarte las cervicales. Esto tiene evidentemente otra lectura, la que demuestra que el feminismo está más de actualidad que nunca, y que por tanto, es algo que debemos tener siempre a mano.



Más que una reflexión final, y aprovechando que tenemos en esta ocasión a una de las autoras más políticamente incorrectas de las letras francesas actuales, lo que vengo a plasmar en esta ocasión es un llamamiento, un manifiesto contra algo que me parece tremendamente horrible y que por desgracia todavía sigue pasando a día de hoy. La violación existe, sí, aunque muchos se tapen los oídos y no quieran escuchar y aunque exista un sector de la población que pretenda desacreditar a las que hablan públicamente de ella, existe y punto, no hay más discusión. Y si existe la violación tal y como se entiende, es decir, las relaciones sexuales no consentidas, eso es porque en este país, desde hace muchísimos años tenemos un gravísimo problema. Desde que el mundo es mundo la violación siempre ha estado a la orden del día, sobretodo la ejercida por el varón sobre la mujer, en las que la agresión física siempre estaba presente y en las que incluso la víctima no vivía para contarlo. Pues bien, esa actitud que muchos definen como medievalista sigue reproduciéndose en nuestra era, la contemporánea según los parámetros de la historia, de la misma y salvaje forma. ¿Por qué existe la violación entonces? Muy simple, porque desde siempre se ha considerado a la mujer como un mero objeto que se puede manosear, golpear, romper, tirar, lanzar contra el suelo o hacer uso de él cuando al hombre le apetezca, sin importar la opinión de la mujer. A eso se le añade otra creencia con origines ancestrales, la que dice que las mujeres somos por naturaleza débiles, sin fuerza, incapaces de hacer lo mismo que un hombre, al que se presupone la fuerza, el conocimiento, la inteligencia y el poder. Los baluartes de la cultura occidental, hombres en su mayoría, se encargaron en el pasado de difundir ese mantra para que los hombres no perdiesen su estatus superior al de las mujeres. Y por si alguna casualidad una mujer pretendía posicionarse a su misma altura, ya se encargarían de hacerle entrar en razón de la peor de las maneras. Esto explica el por qué las mujeres que han destacado en sus respectivos campos permanecieron durante siglos sepultadas por el peso de la historia, una historia escrita con pluma patriarcal. La asociación de la mujer con un objeto y la creencia de que son inferiores a los hombres legitima a estos para cometer la atrocidad de violar a una mujer. Luego justifican su acción en casposos comentarios del tipo "es que iba borracha" o "es que iba provocando". Pero la realidad es más simple: los hombres, no todos por supuesto, violan a las mujeres porque se creen superiores a las mujeres, y no porque lleve minifalda o se porque haya bebido más alcohol de la cuenta. ¿Cómo se soluciona esto? La respuesta también es fácil, con educación, desde casa y desde el ámbito de las escuelas, institutos e universidades. Si en su casa un chico observa comportamientos machistas los acabará reproduciendo, al igual que si una chica contempla a diario como sus hermanos no se ocupan de las tareas de la casa, ella acabará asumiendo entonces que su papel es el de estar con su madre y hermanas haciendo la comida o lavando la ropa. Y en los centros educativos más de lo mismo. Si no se nombran a todas esas mujeres importantes para la historia, si no se explica cuales fueron sus logros, si no se incluyen en los planes de estudio es obvio que las mujeres se sientan desprovistas de referentes y que tengan que acudir a referentes masculinos que, a pesar de sus admirables carreras, siempre lo tuvieron más fácil que sus colegas femeninas en las distintas disciplinas de la ciencia, música, literatura o pintura entre otras. Con estas enseñanzas por un lado se conseguirá educar a ambos sexos en igualdad y por otro a que las mujeres no se achanten o agachen la cabeza, pues podrán recurrir a sus ídolas siempre que lo necesiten para que les inspiren y les demuestren que si ellas pudieron en el pasado las mujeres del presente no iban a ser menos. Hace unos días, mientras promocionaba por Facebook una de mis reseñas más recientes, la de Damas oscuras en concreto, un usuario no dudó en atacarme diciendo que estaba hasta los mismísimos del "ultrafeminazismo" (palabra que por cierto no existe) subvencionado y que no lo leería aunque aquel fuese el único libro sobre la faz de la tierra. Respeto todas las opiniones, si no quiere leerlo, él se lo pierde. Si quiere vivir en la ignorancia está en su derecho, nadie le censura, para que luego digan que las feministas andamos censurándolo todo. Si algo demuestra este comentario, además de su extraordinaria capacidad para inventar palabras, es que la educación en igualdad es necesaria, y que con igualdad podremos desterrar las actitudes y comportamientos  machistas, entre los que se encuentra la violación. Si os ha parecido un texto más duro de lo habitual no me pienso disculpar, no lo hace Virgine Despentes en su libro, así que yo tampoco. Ni por esto ni por nada de lo que tenga relación con mi carrera profesional, pues he conseguido, a pesar de la nula enseñanza de la secundaria desde una perspectiva de género, tener referentes, y eso no me lo va a quitar nadie, y mucho menos el patriarcado de caverna. Teoría King Kong: un texto reivindicativo, lúcido, actual, que obliga a un agitado debate posterior a su lectura...Un imprescindible del feminismo que toda lectora y lector debe tener en su estantería.

Frases o párrafos favoritos:

"Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica."

"En la literatura femenina, los ejemplos de confrontación o hostilidad contra los hombres son rarísimos. Censurados. Yo pertenezco a ese sexo que ni siquiera tiene derecho a tomárselo mal. Colette, Duras, Beauvoir, Youcenar, Sagan, toda una historia de escritoras que juegan  mantener un perfil bajo, a dar la razón a los hombres, a disculparse por escribir repitiendo cuanto les aman, les respetan, les adoran y que, sobre todo, no quieren - pese a lo que escriben - echarlo todo por la borda. Todas sabemos que, en caso contrario, la manada se ocupará cuidadosamente de darnos nuestro merecido."

Película/Canción: pues ni una cosa ni la otra. Dado que estamos ante uno de los textos feministas más importantes de los últimos años he preferido adjuntar una entrevista muy interesante y completa del programa La Tuerka, en la que Pablo Iglesias entrevista a Virgine Despentes coincidiendo con la reedición de Teoría King Kong.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

martes, 12 de junio de 2018

RESEÑA: La vida y las aventuras de Jack Engle.

LA VIDA Y LAS AVENTURAS DE JACK ENGLE

Título: La vida y las aventuras de Jack Engle.

Autor: Walt Whitman (West Hils, Long Island 1819 - Camden, Nueva Jersey 1882). Segundo de nueve hijos de un matrimonio cuáquero, a los once años tuvo que abandonar los estudios para ayudar económicamente a su familia. Trabajó como profesor, taquígrafo y periodista durante muchos años, y gracias a esos empleos pudo acercarse al mundo de la escritura. Después de las primeras incursiones literarias con la novela Franklin Evans, en la que denunciaba la plaga social del alcoholismo, la carrera de Whitman se orientó esencialmente hacia la poesía y, en 1855, publicó, costeando él mismo los gastos de impresión, Hojas de hierba, una colección de poemas que fue enriqueciendo y revisando en varias ediciones, a lo largo de toda su vida y que lo consagró como uno de los escritores más influyentes de la literatura norteamericana. Su obra, rompedora y visionaria desde un punto de vista estilístico y argumental, trata temas diversos que van desde lo político-social - fue un encendido opositor a la expansión de la exclavitud en Estados Unidos - hasta la sexualidad del individuo. Murió en la localidad de Camden a los 72 años de edad.


Editorial: Funambulista.

Idioma: inglés.

Traductor: Mercedes Gutiérrez.

Sinopsis: publicada anónimamente en 1852, narra las aventuras y desventuras de Jack Engle, un joven huérfano que busca el sentido de la vida, el amor y un lugar bajo el sol en un mundo de picapleitos sin escrúpulos, virtuosos cuáqueros, actrices encantadoras y malandrines inolvidables.. Todo ello convive en este melodramático - pero al mismo tiempo lleno de humor - folletín de misterio e intriga en un entorno urbano, el Nueva York de mediados del siglo XIX.

Su lectura me ha parecido: interesante, a ratos divertida, en ocasiones terrible por la situación de los personajes, inocente, iniciática...No se si he comentado alguna vez por aquí que, y si no lo confieso sin problemas ahora mismo, El club de los poetas muertos es una de mis películas favoritas. Lo se, dado que soy una apasionada de la lectura y de la literatura es normal que esta cinta me gustase, por el contrario, lo que resulta verdaderamente sorprendente es que existan muchos detractores de ésta. Algo que sinceramente, y con todo el respeto del mundo, me parece increíble. Volviendo al tema que nos ocupa, El club de los poetas muertos está dentro de mi selecta lista de películas imprescindibles. Pero si algo diferencia a esta cinta de otras de mis favoritas, las cuales no voy a nombrar porque si no este párrafo sería eterno, es que la descubrí en un momento bastante delicado anímicamente. Durante la etapa estudiantil todos te dicen que tienes que perseguir tus sueños, que no debes desistir en el intento y que con trabajo duro los frutos no tardarán en aparecer. Lo que nadie te dice es que una vez finalices esa maravillosa y dura etapa, en la que los apuntes conviven con las relaciones sociales, es que la que sigue a continuación es más dura, más devastadora psicológicamente, menos estimulante en muchos sentidos y en la que esos sueños confeccionados durante años se rompen haciéndose añicos contra el suelo. Es en ese contexto, durante los años previos a finalizar la carrera, en los que por primera vez sentí ese vértigo ante el abismo que pronto se abriría ante mi, cuando redescubrí El club de los poetas muertos. El pesimismo inundaba las conversaciones que tenía con compañeras/os de carrera y nadie era capaz de ver el lado positivo, es más, alguno incluso me confesó que en más de una ocasión estuvo a punto de dejarse la carrera ante la falta de perspectivas profesionales y laborales que ofrece una carrera como la de Historia. Yo, aunque nunca me he arrepentido de haberla cursado, no pude evitar sentirme invadida por ese oscuro sentimiento de fracaso. Estaba comenzando a perder la fe en la humanidad y en las humanidades, tan maltratadas como ignoradas. Y entonces, El club de los poetas muertos me demostró que no todo estaba perdido, que las letras podían calar hondo en las futuras generaciones y que podían servir para cuestionar y cambiar los comportamientos sociales. Si antes la película había pasado sin pena ni gloria ante mis ojos, en aquellos momentos cobró un nuevo sentido, más revolucionario, más crítico, más inconformista. En pocas palabras vino a evidenciar, mediante el uso de la imagen, los diálogos y unos personajes inolvidables, lo que yo había estado defendiendo desde hacía mucho tiempo: la literatura puede cambiar a las personas, y por extensión, al mundo entero. ¿Por qué os he soltado todo este rollo sobre El club de los poetas muertos? Los que la hayan visto lo saben de sobra, pues la culpa de que hoy siga manteniendo esta opinión la tiene Walt Whitman. El escritor y poeta cuyos versos son pronunciados enérgicamente por el profesor Keating y sus alumnos a lo largo del film, un autor del que hoy tengo el placer de hablar a través de La vida y las aventuras de Jack Engle: la novela que la humanidad estuvo a punto de perderse.


La historia de como La vida y las aventuras de Jack Engle llegó a mis manos tiene dos partes. La primera de ellas tiene que ver con cómo y de que forma conocí la existencia de Walt Whitman, la cual he resumido bastante bien en el primer párrafo de la reseña. Muchos escuchamos por primera vez oír hablar de Walt Whitman en las clases de literatura impartidas por el inolvidable profesor Keating, interpretado por el gran Robin Williams, en El club de los poetas muertos. El "¡Oh capitán! ¡Mi capitán!", poema por cierto compuesto para honrar la memoria del presidente Lincon tras su asesinato, resuena en la memoria colectiva de todos los que en su día la vimos y la disfrutamos. Pero también, gracias a la película, supimos quien era Walt Whitman. Nos interesamos por él, por su biografía y por su producción poética, la cual va mucho más allá del famoso verso que El club de los poetas muertos convirtió en inmortal. Sin embargo, desgraciadamente no fue mi caso. La cinta me animó a conocer un poco más a este autor, sobre todo en lo que a datos biográficos se refiere, pero para nada me empujó a adentrarme en su literatura, y menos si se trataba de poesía. Los que lleváis más tiempo leyéndome sabréis que mi idilio con la poesía es relativamente reciente. Aunque había tenido que leer a poetas durante el colegio, el instituto y sobre todo en Bachiller (Charles Baudelaire siempre estará en mi corazón) por voluntad propia no era de las que se solía comprar un libro de poesía por que si, porque el cuerpo y el intelecto me lo pidiesen a gritos. Si me volviesen a preguntar, tal vez la respuesta sería diferente, pues ciertos autores, los cuales he leído recientemente, me han demostrado como la poesía puede contarnos una historia, expresar sentimientos, reivindicar derechos o incluso criticar los defectos de este mundo. La cuestión, volviendo al tema que nos ocupa, es que no leí en su momento ningún poema de Walt Whitman porque en aquellos momentos de mi vida, prefería enriquecer mi curiosidad intelectual básicamente con novelas. Y la cosa siguió así durante muchos años. Sabía que Walt Whitman estaba ahí, en un cajón, esperando ansiosamente a que una servidora lo liberase de ese injusto encierro. La cosa cambió cuando un día, de pronto, me topé con la noticia de que se había descubierto una novela desconocida de Whitman titulada La vida y las aventuras de Jack Engle, la cual los críticos literarios, dos siglos después de que fuese escrita, describían entre halagos. Este acontecimiento en su momento me llamó bastante la atención, Whitman había conseguido por fin que le hiciese caso, aunque fuese gracias a un golpe de suerte del investigador. Sin embargo, no fue hasta que me enteré de que la editorial Funambulista, con la que llevo colaborando bastante tiempo, iba a ser una de las que editaría La vida y las aventuras de Jack Engle no me di cuenta de que aquello podía ser una señal, el aliciente que me faltaba para adentrarme por fin en un texto escrito por Whitman. En cuanto pude hacerme con él no pude evitar manosearlo y abrir los ojos como platos, me sentí tan afortunada de tenerlo por fin en mis manos. Por avatares del tiempo y de la vida, no encontré el momento de enfrentarme a su lectura con la predisposición necesaria, pero cuando por fin lo hice, supe que La vida y las aventuras de Jack Engle sería uno de los tesoros más preciados de mi estantería.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La vida y las aventuras de Jack Engle presenta una lectura ligera, dinámica, pero con ciertos momentos absoluta simpleza. Algo que sinceramente me ha sorprendido, ya que no estamos ante ningún escritor aficionado, sino con el autor de Hojas de hierba. Poemario al que muchos expertos no han dudado en calificar, no se si exageradamente ya que todavía no me he adentrado en él, como la Ilíada del Nuevo Mundo. Lo que sucede con la novela que reseñamos y que ya digo, me parece bastante chocante, tiene su por qué en el hecho de que ésta aparecía publicada por entregas en el The Sunday Dispach durante el año 1852. Ya lo comenté en su momento con los Penny Dreadfuls en la reseña de Sweeney Tood y vuelvo a hacer hincapié en ello. Al tratarse de una novela escrita y publicada por entregas, algo por cierto muy popular en la época y hasta hace cuatro días también, la calidad empeora, sobre todo si tenemos en cuenta que éstos se publicaban normalmente semanalmente. La historia debía ser por tanto sencilla, atractiva, que consiguiese enganchar a los usuarios del periódico o revista en cuestión. Sin embargo, eso no significa que estas publicaciones no aporten nada al lector más allá del mero disfrute y pasatiempo. Es más, es en este tipo de historias en las que tal vez encontremos más reflejada a la sociedad de ese momento, con la mayor de las simplezas y sin barroquismos, sí, pero más concisa imposible. En el caso de La vida y las aventuras de Jack Engle el propio título ya lo dice todo, pues el lector está ante la historia de su protagonista Jack Engle, la cual transcurre en el Nueva York de mediados del siglo XIX. Como todo protagonista que se precie, Jack Engle tiene unas características muy bien definidas y particulares. Huérfano a edad temprana y convirtiéndose por tanto en un joven sin futuro aparente, deambula por los suburbios de la Gran Manzana. Afortunadamente, un afable lechero lo salva a tiempo de ser engullido por la violenta ley de la calle, la cual no conoce ni la compasión ni las segundas oportunidades. Aún así, eso no evita que Jack Engle acabe trabajando para Covert, un abogado que se enriquece a costa del sufrimiento de la gente. Por culpa de este villano de manual, Jack Engle se verá envuelto en sus artimañas y acabará enredado en una trama de estafas y engaños en la que no faltan ni el humor, lo criminal y hasta una bailarina española. A lo largo de la novela, Jack Engle conocerá la desdicha, el lado más oscuro del ser humano y el amor. Todo ello desde la humildad y el instinto de supervivencia que le confiere la clase a la que pertenece. Si nos ponemos quisquillosos, podríamos encontrar ciertas similitudes con la picaresca española. Jack Engle y Lázaro solo se diferencian en la edad y en el contexto histórico de sus tramas, pero la base es la misma: la del huérfano que trata de sobrevivir en un mundo podrido. Dickens hizo lo mismo y justo en el XIX, aunque con mucha más carga dramática, con su Oliver Twist, por lo que podríamos decir que esta trama nunca va a desaparecer del todo. No estamos hablando de que los autores se copien entre si, sino que actualizan este convencionalismo tan clásico y lo adaptan a su estilo y objetivo como escritores. Además de esta conceptualización del Lazarillo norteamericano, Whitman dota a esta novela de una paleta de temas importantes en su momento como el debate entorno al consumo de alcohol, la esclavitud, la clase obrera o los movimientos sociales. Sus reflexiones sobre la multiculturalidad y la inmigración parecen atemporales si no fuera porque fueron escritas en pleno siglo XIX. Es en estos detalles en los que el lector se percata de que está ante algo importante, una obra menor en este caso, pero que justifica que su autor, Walt Whitman esté en el olimpo de los grandes de la literatura norteamericana. En cuanto a personajes no puedo más que aplaudir la construcción de Jack Engle, cuya inteligencia, vitalidad y optimismo destacan en un ambiente de lo más hostil y en el que ha crecido toda su vida. Pero también, Covert merece un párrafo entero, pues Whitman ha creado un personaje tan despreciable como interesante, tanto que éste logra permanecer en la memoria de quienes lo conocen a través de sus engaños y triquiñuelas. Por mi parte, y cerrando este párrafo de la mejor manera posible, sólo diré que ya está todo dicho y que ahora es vuestro turno. Espero que después de todo lo dicho, no lo dudéis ni un segundo más y os metáis de lleno en su lectura. Merece la pena.


Cuando alguien se adentra en La vida y las aventuras de Jack Engle no puede evitar sucumbir ante la cantidad de temas que el autor ofrece al lector para que éste los tome entre sus manos y reflexione a través de sus palabras. Sin embargo, de entre todos ellos, los cuales hemos nombrado muy brevemente en el párrafo anterior, uno es el que destaca sobre el resto de forma significativa. Puede que antes éste pasase completamente desapercibido para el lector, pero en los tiempos que corren, tan agitados políticamente hablando, una servidora no ha podido evitar rescatarlo y reflexionar a partir de él en este último párrafo. A lo largo de la novela, Jack Engle aprenderá de la vida, será testigo de como la bondad humana es la esperanza en un mundo donde es más fácil hacer daño que hacer el bien, de que las calles de Nueva York son un microcosmos propio (con sus leyes y líderes visibles), de que si luchas hasta el final el esfuerzo será recompensado y de que se puede conocer el amor incluso en tiempos intempestivos. Pero también, y este es tal vez el tema central de este libro, observará y se dará cuenta de una terrible paradoja, y es que la corrupción no sólo ocurre entre las clases más desfavorecidas, sino que ésta es ágil y consigue trepar hasta puestos más altos dentro de la pirámide social. Llegando a personas como Covert, el malo de la novela, quien hace uso de ella en su profesión de abogado para lucrarse a costa del sufrimiento de sus clientes, los cuales en su mayoría están desesperados. ¿Nos suena no? Seguro que muchos al leer la palabra "corrupción" han pensado directamente, y no de forma voluntaria, en los últimos años, en los que los ciudadanos de este país desayunábamos con un nuevo caso de corrupción. El enésimo a la larga lista que políticos, empresarios y demás personalidades de alto rango social han confeccionado a lo largo de todo este tiempo. Al principio nos indignaban, nos escandalizaban y soltábamos algún taco mientras nos echábamos las manos a la cabeza. Incluso había quien se pellizcaba para comprobar si no estaba aún soñando o peor, dentro de una terrible pesadilla. En aquella época salíamos a la calle, alzábamos la voz, clamábamos que la justicia fuese igual para todos y no hacíamos más que pedir la dimisión inmediata del político de turno que se había manchado las manos de corrupción. Ha pasado el tiempo, un par de años, no más, y parece que nos resbala la situación, hasta el punto de que ya no nos sorprende que se destapen nuevos casos en los que cuatro privilegiados se lucran con el dinero de los demás. Eso si, la indignación no ha desaparecido, pero ésta se manifiesta frente al televisor, sentados en el sofá, en conversaciones de bar o durante las comidas familiares. Nos hemos inmunizado ante la corrupción, es un hecho. Si desde los medios de comunicación, en especial la televisión, han conseguido que asistamos impasibles a las noticias de oriente medio en las que se nos muestran cadáveres sin ninguna censura, la propia política ha conseguido lo imposible, que refunfuñemos y ya está. Así de simple, sin que tenga más consecuencia que una pequeña pataleta. Hace unos días, afortunadamente, por fin la corrupción generalizada tuvo su escarmiento en el congreso de los diputados. Algo que desde la distancia aplaudí con euforia, pero no es momento de quedarnos atrás, porque la corrupción tiene que seguir combatiéndose, como hace Jack Engle en esta novela. Desde la cotidianeidad o desde los puestos de influencia. Desde las calles, desde los micrófonos, desde los escaños. Con fraude es imposible que una sociedad avance, bien lo sabía Walt Whitman que no dudó en plasmarlo en esta novela de recomendable lectura y que nos devuelve la confianza en el ser humano. La vida y aventuras de Jack Engle: una historia de pillaje, violencia, bondad, engaños, artimañas, sufrimiento, crimen, amor, esperanza...Un canto a la vitalidad desde las oscuras calles de Nueva York.

Frases o párrafos favoritos:

"Ojalá el demonio del Jardín del Edén le hubiese desvelado al joven el camino de la felicidad."

Película/Canción: de momento no hay noticias de una posible adaptación cinematográfica o televisiva de esta novela. Hasta que este acontecimiento tenga lugar os adjunto la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. No es de las mejores de Scorsese, pero merece una mención especial.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Funambulista

viernes, 8 de junio de 2018

RESEÑA: Cumbres borrascosas.

CUMBRES BORRASCOSAS

Título: Cumbres borrascosas. 

Autora: Emily Brontë (Yorkshire 1818-1848). Era la quinta de seis hermanos, en 1820 la familia se trasladó a Haworth, donde su padre fue nombrado párroco anglicano. En 1838 comenzó a trabajar como institutriz en Law Hill. Más tarde, junto a su hermana Charlotte, fue alumna de un colegio privado en Bruselas, hasta que la muerte de su tía la hizo volver a Inglaterra. Emily entonces se quedó a partir de entonces como administradora de la casa familiar. En 1847 publica Cumbres borrascosas con seudónimo masculino. Una novela que con el paso del tiempo se ha convertido en uno de los grandes textos de la literatura universal, a pesar de que inicialmente, debido a su innovadora estructura, desconcertó a los críticos de la época. Aquejada de tuberculosis murió en 1848, tan solo un año después de publicar su única novela, a la edad de 30 años. Además de Cumbres borrascosas, Emily Brontë escribió un buen numero de poemas, firmados con su habitual seudónimo, Ellis Bell. 


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor:

Sinopsis: la poderosa y hosca figura del atormentado Heathcliff domina Cumbres borrascosas, novela apasionada y tempestuosa cuya sensibilidad se adelantó a su tiempo. Los brumosos y sombríos páramos de Yorkshire son el singular escenario donde se desarrolla con fuerza arrebatadora esta historia de venganza y odio, de pasiones desatadas y amores desesperados que van más allá de la muerte y que hacen de ella una de las obras más singulares y atractivas de todos los tiempos.

Su lectura me ha parecido: lenta, tediosa, con unos personajes demasiado extremados para mi gusto, adelantada a su tiempo, estéticamente perfecta, de estructura narrativa interesante, importante a pesar de todo...Queridas lectoras y lectores, si habéis estado atentos a las redes sociales sabréis que hace unos días me encontraba en Londres, una de las ciudades más grandes en las que he estado y que pude descubrir de una forma bastante especial. De todos los lugares que visité durante mi estancia en la capital británica, tres todavía permanecen en mi memoria. El primero de ellos es el conocido como Parque de Richmond, un entorno idílico, verde y rebosante de naturaleza que me impactó enormemente. No saben lo afortunados que son los londinenses al tener a las afueras de la ciudad un paraje como aquel, en donde el olor a tierra mojada es constante, en donde a escasos metros del camino los ciervos campan a sus anchas y en el que no puedes evitar echar una cabezadita tumbada en la hierba. Mientras caminaba por sus serpenteantes senderos se me vinieron a la cabeza las novelas de Jane Austen, de hecho en algún momento pensé que de entre los árboles iba a surgir la figura de Elizabeth Bennet, pero también noté un ligero pálpito, como si literariamente hubiese estado allí antes. La forma de los troncos, las inmensidad de sus praderas, incluso la forma con la que el viento mecía el césped...Todo me resultaba familiar. El segundo de ellos, la National Portait Gallery, lugar que atesora los retratos de grandes personalidades de todos los sectores profesionales del país. Desde primeros ministros, pasando por reyes o militares y finalizando con influyentes escritores, cantantes o activistas. Un museo en el que tuve el privilegio de ver con mis propios ojos los cuadros y fotografías de escritoras y sufragistas de la talla de Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, Virginia Woolf, Harriet Taylor Mill, Emily Pankhurst o Millicent Fawcet entre otras. Al igual que el retrato de la autora que acompaña esta reseña, bastante pequeño por cierto.Y en tercer lugar, como no podía ser de otra manera, fue la Abadía de Westminster. Un impresionante templo gótico al que pensé que nunca entraría. Lo primero que haces es mirar al techo y recrearte en sus bóvedas de crucería, luego conforme te adentras en la abadía, diriges automáticamente la mirada a los lados y al suelo, no vaya a ser que pases por alto la tumba de alguna importante y británica celebridad histórica. De entre todos los rincones del monumento, sin duda, el Rincón de los Poetas es el que más turistas concentra, pues en él se encuentran las sepulturas u homenajes a las grandes plumas del país. Y entre todos los ilustres nombres, los de tres mujeres destacaban enormemente, los de las hermanas Brontë (Charlotte, Emily y Anne). Tres hermanas que, aunque enterradas en otros lugares de la geografía británica, nadie duda de su importancia y legado escrito con letras de oro en la historia de la literatura. Dicho encontronazo con la placa conmemorativa, la contemplación del retrato y las laderas del Parque de Richmond me hicieron rememorar en el acto una de mis últimas lecturas antes del viaje, que no es otra que la que hoy tengo el placer de reseñar. Mentiría si dijera que ésta novela me ha gustado, pero también sería deshonesta con vosotros si afirmase que no he sacado ninguna reflexión tras su lectura. Las segundas oportunidades tienen que ser aprovechadas, incluso en el mundo de la literatura. Cumbres borrascosas: romance y pasiones desatadas sobre un oscuro fondo de misterio.


Mi historia con Cumbres borrascosas, como he comentado en más de una ocasión, es la historia de una enorme decepción. La primera vez que escuché hablar de él fue durante mi adolescencia, durante ese proceso de aprendizaje autodidáctico que llevé a cabo en las áreas que más me apasionan: la historia y la literatura. Recuerdo leer el nombre de las tres hermanas en un manual que habíamos adquirido gracias a la compra de un periódico. No era gran cosa lo que se decía de ellas, lo que por otro lado es realmente preocupante, pero para mi fue suficiente. A partir de ahí me interesé más por su obra y por la vida de las hermanas Brontë. De hecho, a día de hoy su historia verídica me parece de lo más extraordinaria, a pesar de que muriesen demasiado jóvenes y de que sus novelas no gusten a todo el mundo. El que tres mujeres en pleno siglo XIX decidiesen dedicar parte de su tiempo a la literatura y a intentar que sus trabajos saliesen a la luz en un mundo de hombres me parece una proeza extraordinaria. Vale que las novelas se parecen ligeramente entre si y que la crítica fue dura con algunas de ellas, pero el hecho de que para conseguirlo tuviesen que recurrir a pseudónimos masculinos dice mucho de la época que les tocó vivir y de lo difícil que era para una escritora poder ver publicados sus textos. De las tres, sin duda, Emily Brontë ha sido la que ha acabado eclipsando al resto de sus hermanas con Cumbres borrascosas. Que para más inri es su única novela escrita y publicada. Se le atribuye una larga colección de poemas, sí, pero Emily Brontë consiguió lo que muy pocas escritoras y escritores han conseguido, que se le recordase y homenajease después de muerta por un sólo título. Todo eso, además de algunos datos biográficos, me empujaron a leer Cumbres borrascosas. Fue durante un verano en el pueblo, durante las horas de la siesta. Os aseguro que estaba muy motivada, que puse todo de mi parte, que me adentré en su lectura con la mejor de las intenciones...Pero me aburrió soberanamente. Creo que no llegue a las 50 páginas leídas, lo cual tratándose de mi es una verdadera anomalía. No entendía nada, odiaba a Heathcliff, Catherine me caía mal, la narración era extremadamente lenta, se me cerraban los ojos... De ser uno de los libros cuya lectura esperaba con más ganas pasó a ser un verdadero suplicio. Tras esta traumática experiencia, deposité Cumbres borrascosas en la estantería de mis padres, lugar en el que todavía sigue reposando. Muchos a estas alturas del relato os preguntaréis cómo es posible que le haya acabado dando una segunda oportunidad a un libro cuya lectura no me había gustado nada. La respuesta de nuevo tiene nombre de mujer: Anne Brontë. Su novela más célebre e injustamente infravalorada, Agnes Grey, consiguió que me reconciliase con la familia Brontë. Tanto es así que, a falta de descubrir la producción literaria de Charlotte, a día de hoy la novela de la menor de las Brontë es mi favorita. Pasaron los meses y llegó el momento de darle una oportunidad a Emily Brontë, además del centenario de su nacimiento, estaba a punto de marcharme una semana a Inglaterra, así que tomé en mis manos la espectacular edición conmemorativa de Alianza Editorial y comencé optimista su relectura. Tras, esta vez sí, finalizar mi viaje a través de sus páginas descubrí dos cosas: la primera, que leí Cumbres borrascosas en un momento de poca madurez intelectual, y la segunda, que aunque mi opinión siga siendo negativa, he conseguido ver más allá de lo superficial y entender por qué Cumbres borrascosas ha pasado a la historia como una de las mejores novelas escritas en lengua inglesa.


Vamos al grano. La lectura de Cumbres borrascosas me resultó pesada, hasta el punto de tornarse en ocasiones insoportable. Este defecto tiene un por qué, y es que aproximadamente durante las primeras 100 páginas la narración transcurre demasiado despacio. Si bien es cierto que en ellas se nos presentan los personajes, el escenario y demás aspectos importantes para la trama, Emily Brontë parece recrearse en ellos de una forma circular, como si sobrevolase al rededor de ellos, lo que como consecuencia ofrece grandes e interesantes descripciones pero que dificultan el seguimiento de la historia. Como he podido leer en otras reseñas, muchos son los que han sentido la tentación de abandonar su lectura antes de llegar a la página 100, algo completamente normal dado lo que he comentado antes. Sin embargo, os animo a que sigáis adelante, que no desesperéis, porque a partir de la 101 la cosa se pone ligeramente interesante. Muchas son las interpretaciones y los estudios realizados respecto a esta novela, pero la mayoría de ellos coincide en definir a Cumbres borrascosas como una novela "matryoshka". Las muñecas matryoshkas, por si no lo sabíais, son típicas de Rusia y su originalidad consiste en que se encuentran huecas, albergando en su interior una nueva muñeca de un tamaño más reducido, y esta a su vez otra, así hasta toparnos finalmente con una de un tamaño extraordinariamente pequeño. El número de éstas es variable, normalmente se componen de cinco o siete muñecas, aunque pueden ser muchas más siempre que el número de éstas sea impar. ¿Por qué os he soltado este rollo de las muñecas matryoshkas? Porque, al igual que sucede con éstas, Cumbres borrascosas constituye en si una trama en la que vamos descubriendo nuevos detalles, pero muy poco a poco y sin excesivos sobresaltos, hasta llegar al núcleo, a la matryoshka más pequeña, el verdadero tesoro, el que se guarda bajo siete llaves o en el interior de siete matryoshkas de mayor tamaño. Parece una tontería, pero hasta ese momento no se habían encontrado precedentes en la literatura de esa precisión tan milimétrica y que acentuaba la sensación de misterio en la trama. A esto hay que sumarle una narración a dos bandas (el señor Lookwood nos narra la historia en primera persona el presente mientras que Ellen nos habla de la historia del lugar y episodios del pasado), las elipsis temporales y una extrema caracterización de personajes. Todas estas características concibieron a Cumbres borrascosas como una novela singular y novedosa en su tiempo, todo ello a pesar de que los críticos de la época no la recibieron con un aplauso unánime y de que en un primer momento se llegó a insinuar que el libro lo había escrito la hermana mayor, Charlotte, debido a su madurez. Respecto a lo último, a los personajes extremos, es tal vez lo que menos me ha gustado de la novela, pues éstos son tan apasionados, tan exagerados, con unos caracteres tan volátiles e incapaces de apreciar los claroscuros de la vida (pues para ellos o todo es blanco o todo es negro, no hay término medio). Puede ser un atrevimiento, pero, a lo largo de su lectura no pude evitar comparar a los personajes de Cumbres borrasocas con los de las telenovelas televisivas. Tal vez de esta novela parta esa i fluencia, lo que está claro es que ese romanticismo exacerbado es marca de la casa, el sello personal de Emily Brontë. Centrándonos en los personajes he de confesar que no he conseguido empatizar con ninguno de ellos. Y eso es terrible. Catherine me siguió pareciendo una estúpida, Edgar Linton un imbécil, Hareton demasiado desgraciado, Joseph excesivamente temperamental e Isabela Linton bastante tonta. Sin embargo, si que hubo un personaje que lo encontré ligeramente más interesante en comparación con el resto, que no es otro que el gran protagonista de la novela: Heathcliff. La primera vez que leí Cumbres borrascosas no me cayó nada bien, de hecho, no puede ser más huraño, tiránico y egoísta este protagonista. No obstante, y tras la relectura de la novela, me di cuenta de que hay algo más allá y de que Heathcliff es un personaje menos plano de lo que Emily Brontë nos ha querido mostrar. Su desagradable actitud con el resto de personajes tiene un por qué, lo que significa que a lo largo del libro el lector no puede evitar ya no compadecerse, porque el odio que rebosa este personaje no tiene justificación, sino admirar su construcción. Heathcliff podría ser el perfecto ejemplo de malo literario memorable y que acaba gustando al público. No está a la altura de Drácula pero si próximo al Lord Voldemort de Harry Potter. Un personaje que inspira rechazo pero que al mismo tiempo no puedes evitar amarlo, aunque sea un poco. Finalmente, y a diferencia de aquel lejano primer contacto con Cumbres borrascosas, he de confesar que Emily Brontë es una maestra de la ambientación. Es capaz de sumergir al lector en la frialdad de un paraje tan hermoso como tormentoso, en donde las colinas y los caminos de tierra se extienden a lo largo y ancho del lugar, donde la niebla parece actuar como un personaje más y en donde se alzan las principales fincas, Cumbres borrascosas y la Granja de los Tordos, lugares en los que tiene lugar la trama y que se han acabado erigiéndose en el imaginario colectivo. En resumen podríamos acabar diciendo que Cumbres borrascosas es sin duda un libro que no releería, dos veces es suficiente, pero que me ha servido para apreciar detalles que en su momento pasé por alto y que en un futuro ¿quién sabe? Tal vez puedan resultarme inspirarme.


No me gusta Cumbres borrascosas. Así de simple. Antes odiaba esta novela a muerte, y ahora, aún habiendo encontrado cuestiones que me parecen interesantes durante su relectura, sigue sin resultarme atractivo personalmente. Tampoco me gustó en su momento El Gran Gatsby, el cual sé que leí en el momento menos indicado anímicamente y que sin duda merece una segunda oportunidad. Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez también me resultó infumable, sin embargo, con el paso del tiempo he conseguido entender su mecánica literaria, por lo que finalmente acabé apreciándolo que no amándolo. La Celestina se me atragantó durante mi adolescencia, fue una lectura obligatoria y no entendía por qué nos torturaban con la lectura de aquel libro. Y por si fuera poco, La plaza del Diamante de Mercè Rodoreda se me hizo insoportable, hasta el punto de que creí que aquel control de lectura lo suspendía seguro. Como veis, todos tenemos una lista de libros que odiamos y que por un motivo u otro los hemos guardado en el cajón de los traumas literarios. Sin embargo, y esto es completamente cierto, no sabéis lo mucho que cuesta decir esto en voz alta. Que un clásico de la literatura no te guste parece ser sinónimo de, en muchos círculos, incultura, incomprensión, falta de profundidad, falta de madurez intelectual, incluso un sacrilegio si por casualidad te encuentras ante una o un fan de un escritor/a o de un libro en concreto que a ti no te ha entusiasmado. Pero al contrario también pasa. De hecho, en mi círculo de amigos del instituto me consideraban un bicho raro por no haber leído la saga completa de Harry Potter y la de Crepúsculo. Y ya encontrándome en la universidad la odiosa trilogía de Cincuenta sombras de Grey. Aunque en este último caso afortunadamente cundió la sensatez y fueron pocas las personas que me preguntaron por qué no me los había leído. Si dices que no te gusta un clásico de la literatura, malo, y si te atreves a confesar que no te gusta X best seller, peor. Y en ambos casos esas personas fanáticas de esos autores y libros te someten a un interrogatorio digno del CSI, consiguiendo al final que te sientas mal por no haber leído dicha novela de este escritor en concreto. ¿Pues sabéis que os digo? Que viva el espíritu crítico. Ni los clásicos de la literatura universal son la panacea de lo que es correcto y maravilloso, ni los best sellers una tendencia a la que tienes que os tenéis que sumar si o si. Ni una cosa ni la otra. Quien critica a Orgullo y prejuicio, por poner un ejemplo, diciendo que no le ha gustado por X razón, siempre que sea desde el respeto tiene toda mi admiración. Y quien decide soltar la bomba de que no le gustan los Juegos del Hambre argumentando sus razones aplaudiré a esa persona sin dudarlo. Los libros, ya sean clásicos o no, se leen, se saborean, se huelen, se tocan, pero también se cuestionan. Sin disparidad de opiniones no hay debate, y no es posible el debate sin espíritu crítico, y sin espíritu crítico en definitiva, estamos vendidos al sistema, el cual pretende amoldarnos a unos gustos determinados. En definitiva, el mensaje con el que quiero que os quedéis es el siguiente: decid lo que pensáis, sin importaros el agradar o lo que pensarán los demás. Atreveros a criticar a los clásicos, a analizarlos, a destrozarlos si queréis. Que ser clásico no significa que sea intocable, y si no me creéis, buscad las interpretaciones de éstos, decidme si eso es o no críticas a la obra en concreto. Cumbres borrascosas: una historia de amor, celos, machismo, avaricia, mentiras, misterio, espectaculares mansiones, envolventes parajes...Una novela que espero, desde la más absoluta sinceridad, que leáis, a pesar de esta reseña y de la humilde opinión de una servidora.

Frases o párrafos favoritos:

"No soy yo quien ha desgarrado tu corazón. Has sido tú, y al desgarrártelo has destrozado el mío."

"En esta tierra no solemos simpatizar con los forasteros, a no ser que ellos empiecen a simpatizar con nosotros."

Película/Canción: existen tres importantes adaptaciones cinematográficas de Cumbres borrascosas. La primera estrenada en el año 1939 protagonizada por Larwence Oliver y Merle Oberón, la segunda del año 1992 con Juliette Binoiche y Ralph Fiennes encarnando a los protagonistas y la más reciente, del año 2011, dirigida por la directora británica Andrea Arnold y protagonizada por la estrella joven del momento Kaya Scodelario. Pero como a mi lo clásico me atrae más, he decidido adjuntaros el tráiler de la primera de ellas. Todo un documento histórico al tratarse de una película de los años 30.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial
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