Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

martes, 20 de abril de 2021

RESEÑA: Amar y revivir.

 AMAR Y REVIVIR


Título: Amar y revivir. 

Autora: Mary W. Shelley (1797-1851) narradora, escritora, ensayista y biógrafa británica. Hija de del filósofo político William Godwin y de la teórica feminista Mery Wollstonecraft, frecuentó los más selectos ámbitos culturales y literarios de la mano de su esposo el poeta Percy Bysshe Shelley. Su obra más importante sin duda, fue Frankenstein, nacida tras una apuesta entre Lord Byron, John William Polidori, Percy Shelley y la propia Mary durante las vacaciones del año 1816 en una mansión Cerca de Ginebra. Tras el fallecimiento de su esposo, se dedicó en cuerpo y en alma a la educación de su único hijo y a forjar su carrera como escritora, sin embargo, la última década de su vida estuvo dominada por enfermedades probablemente asociadas al tumor cerebral que acabaría con ella en el año 1851. Además de Frankenstein, Mary Shelley es autora de MathildaEl útlimo Hombre Falkner entre otros.


Editorial: Hermida Editores. 

Idioma original: inglés. 

Edición: Gonzalo Torné.

Traductores/Correctores: Germán Molero y Hermida Editores. 

Sinopsis: Un romano regresa a la vida y se ve obligado a contemplar su Roma natal transformada y alterada por el tiempo; un joven ingiere (creyendo que se trata de un filtro de amor) una poción que al volverle inmortal le condena a ver envejecer y morir a todos sus seres queridos; un caballero romántico sufre la irrupción de un doble que amenaza con arrebatarle su vida; una doncella se debate entre el amor y la lealtad deja su decisión en manos de una santa que la obliga a dormir en una pequeña terraza sobre un acantilado; la única posibilidad de redención de un noble calavera pasa por cambiar de cuerpo con un horrible duende... Estos son algunos de los nervios narrativos que animan nuestra selección de relatos con los que Mary Shelley prolonga el magisterio que exhibió en Frankenstein. Ambientados en una Italia tan bella como peligrosa, en estos relatos se suceden una secuencia de amores desesperados, situaciones límite y vidas presionadas por la irrupción de la guerra... Pero ante todo estos relatos prolongan la indagación pionera de Mary Shelley sobre los claroscuros de una ciencia que empezaba a parecer capaz de todo, sin haberse podido plantear todavía sus consecuencias morales. Un campo prodigioso que a veces se confunde con los últimos coletazos del mundo de la hechicería. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, mágica, sobrenatural, gótica, imaginativa, un envidiable pulso narrativo, una ensoñación... Cuando leí por primera vez a Mary Shelley lo hice sin arnés, a lo loco, sin esperar aterrizar en una superficie lo más segura posible. Y casi fue la mejor manera de adentrarme en ella y en su universo literario. Sin pensarlo mucho, motivada por su inquebrantable y resplandeciente aura de pionera de la ciencia ficción, así como de gran maestra del terror y de algunos de los subgéneros que de él partieron con mayor o peor gloria. Por supuesto lo hice a través de Frankenstein, su obra cumbre, que duda cabe, pero por entonces la única que por aquel entonces podías encontrar en las estanterías de las librerías. Si bien es cierto que no era su único texto traducido - con el tiempo fui poco a poco recopilando todos ellos, cual acérrima fan en tiempos donde el terror prácticamente no se estilaba - sí era y es el que copa, eclipsa, relegando a un lugar menos visible el resto de su producción literaria. Hecho que ha provocado un absoluto y patológico desconocimiento hacia todas aquellas obras escritas con anterioridad o posteridad a su novela más insigne. Dolorosas injusticias a parte - de las que hablaré largo y tendido a lo largo de la presente reseña - lo cierto es que Frankenstein es magistral, trascendente e historia de la literatura a infinidad de niveles. No sólo por el tratamiento de sus personajes, el revolucionario uso de la especulación científica para reflexionar y ahondar entorno a los peligros y avances de la misma en un contexto en el que ésta iba ganando mayor peso en detraimiento de la superstición religiosa o las magistrales descripciones en las que los contrastes entre paisaje - desolador, como el hielo que protagoniza la primera parte de la novela - y emociones humanas son enormes. También por sugerir en tiempos de románticos empedernidos (recordemos, las interpretaciones por parte de lectores, escritores, intelectuales y crítica especializada de Frankenstein son inabarcables) toda una serie de debates y cuestiones realmente adelantados a su época. Mis favoritos, los más visionarios, como el que asegura que Frankenstein ya anticipa las relaciones sociales de poder y sumisión de la era industrial - donde el empresario burgués (el Doctor Frankenstein) somete al proletariado (La criatura) y lo maneja a su antojo y capricho sin importar cualquier tipo de necesidad o sentimiento - o aquel en el que se argumenta la mención implícita de la teoría Queer en la novela de Mary Shelley - recordemos, el ser que el Doctor Frankenstein crea en su laboratorio no tiene sexo, de hecho, no se especifica en ningún momento de la novela - así como todo el proceso hetero cultural que ha acabado por convencer a la gente de que el "monstruo" de Frankenstein en realidad es un hombre y no un ser de género no binario. Una vez soltada toda la perorata sobre porqué os tenéis que leer Frankenstein sí o sí - aunque podamos hablar de él en términos literarios cercanos a lo terrorífico no da miedo, os lo aseguro, palabrita de lectora edde género - queda referirnos al resto de sus obras, a las bastardas, aquellas ensombrecidas por el poder mediático que suscita el renombrado libro. De esa Mathilda - una romántica oda a la nostalgia y la soledad en clave autobiográfica - El último hombre - difícil de encontrar traducida a día de hoy y que la convierte, también, en pionera del género distópico - de su Diario del duelo - recién traducido al español y en el que somos testigos de sus desahogos ante la muerte de su marido Percy Shelley - o de sus cuentos, los cuales pueblan de pistas sobre sus ambientaciones, preocupaciones o temas literarios favoritos. Algo que, desde Hermida Editores y en colaboración con Gonzalo Torné - escritor y conocedor de la obra del grupo de la Villa Diotati - han querido remediar. Amar y revivir: la antología que los amantes de Mary Shelley necesitábamos. 


Amar y revivir se compone de trece relatos en total. Trece historias que ofrecen diferentes sensaciones según el tipo de lector que se enfrente a ellas. Para los que, por un lado, no hayan leído nada de Mary Shelley, ni siquiera Frankenstein, pues estos textos le llegarán con una inusitada frescura, sobre todo si eres amante de lo sobrenatural, la magia y las ambientaciones históricas con tintes gótico-románticos (muy en mi caso, sobre todo esto último). Para los que, por otro, seáis amantes de la autora británica, tengáis unas cuantas nociones de su breve biografía (más allá de lo acontecido en la Villa Diodati) y, sobre todo, os encante Frankenstein, con Amar y revivir vais a disfrutarlo más si cabe, ya que se pueden apreciar no sólo temáticas presentes en la famosa novela de Mary Shelley, también registros e historias que plagan de matices una carrera literaria más rica de lo que muchas y muchos piensan. En cualquier caso, ya sea porque no has leído nada de ella antes o porque te conoces obra y milagros de todo lo que tenga que ver con sus libros, Amar y revivir se revela como otra posible puerta de entrada a su universo literario, más ameno tal vez, pero sin descuidar la complejidad y la trascendencia filosófica que posee Frankenstein. Como ya he dicho y a grandes rasgos la presente antología permite a su autora, así como a las y los lectores, transitar entre distintas ideologías, movimientos artísticos, sensibilidades emocionales o periodos históricos muy concretos. Aquí viajamos desde el espíritu romántico - al que se adscribieron artistas, músicos, novelistas o poetas coetáneos como Lord Byron, Gustavo Adolfo Bécquer, Friedrich Schiller, José de Espronceda, Caspar David Friedrich, Eugène Delacroix, Ludwig van Beethoven, Francisco de Goya, Víctor Hugo o Rosalía de Castro entre otras/os - a los arcos apuntados de una iglesia o castillo gótico - casi siempre en ruinas o habitado por un ser malévolo - a los últimos coletazos de la magia en contraste con la irrupción de la ciencia - de hecho, podría tratarse del gran tema que une a todos los relatos - hasta llegar a lo contemporáneo en debates, que no el contexto. Porque si por algo todas y todos le debemos respeto absoluto a Mary Shelley, hasta los que no leen ciencia ficción o pasen del terror, es por su enorme capacidad para poner sobre la palestra cuestiones enormemente avanzadas para su época. Ideas que a día de hoy debatimos acaloradamente en comidas familiares, en cafeterías o tras la tribuna de oradores del congreso pero que Shelley ya planteó en pleno siglo XIX. Cuando la ciencia comenzaba a ganarle terreno a la religión, y todavía más importante, cuando las mujeres escritoras seguían firmando bajo "anónimo" o pseudónimo masculino (algo que la propia Mary Shelley vivió en sus carnes). 


Por ir desgranando algunos de los relatos más interesantes que componen Amar y revivir para así  aprender un poco más de la autora inglesa, empezaremos por uno de los que más me ha sorprendido. Aquel que lleva por título Ferdinando Eboli donde, a pesar de envolvernos en una atmósfera tremendamente gótica y de encontrarnos todos los topicazos de la misma, el relato presenta dos elementos enormemente modernos. El primero de ellos, la presencia del doppelgänger - la figura del doble en la literatura - como augurio de la muerte para quien se encuentra cara a cara con él. No es un recurso nuevo, de hecho es el propio movimiento romántico el que lo rescata de las leyendas medievales, pero sí resulta interesante la modernización del mismo a través de la pluma de Shelley, adelantándose décadas a las novelas de August Strindberg - a quien se le atribuye el origen de la palabra  doppelgänger - a El Doble de Fiódor Dostoievsky, a los relatos de Guy de Maupassant, a El Doctor Jekyll y Míster Hyde de Robert Louis Stevenson y por supuesto a todas las series (Twin Peaks), películas (El gabinete del Doctor Caligari) y novelas de terror que de una manera u otra han hecho uso de él en los siglos posteriores. El segundo de ellos viene por su protagonista, Adalinda, que aunque encaje en el prototipo de doncella gótica, Shelley le otorga una determinación y arrojo que la alejan de cualquier estereotipo femenino en literatura. Siguiendo con este tema, imposible de obviar como el feminismo y la denuncia de la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres (ambos presentes en su literatura) se traslada al relato La novia de la Italia moderna, donde la crítica a la hipocresía de la religión y, sobre todo, a los matrimonios de conveniencia a los que se debían someter muchas mujeres de su época - este relato está ambientado en el presente de la autora - se convierte en un alegato a la independencia y a la libertad de elección, también lo que a cuestiones amorosas se refiere. Aunque, sin lugar a dudas, mi relato favorito es Valerio, el romano reanimado, donde Shelley introduce a un romano de la época imperial en la Roma de principios de siglo XIX. Un relato que nos permite, no solo admirar la fidelidad histórica y una capital diferente a lo que en su día fue durante sus siglos de mayor gloria, también reflexionar entorno a la decadencia y esplendor que, a pesar de los siglos, siguen padeciendo las ciudades. Una oda al paso del tiempo que debería sobresalir dentro de la producción literaria de la autora. Para los que quieran referencias claras a Frankenstein tenemos El mortal inmortal, donde las constantes apelaciones a la moralidad de ciertas prácticas científicas apelan constantemente a su obra magna. Aunque a decir verdad, la antología está plagada de títulos - el revivir de su título es la señal más clara - que irremediablemente evocan al famoso texto y nos hacen pensar que Mary Shelley estaba, de alguna manera, destinada a escribir una novela como Frankenstein. Por último, cabe señalar su fijación y pasión por Italia, ya que casi todos los relatos están ambientados allí. Pero la Italia de Shelley no es pletórica, luminosa y llena de jolgorio, sino un lugar oscuro, tenebroso, plagado de antiguos torreones, castillos y mazmorras donde sus protagonistas se enfrentan a los dilemas más trascendentales. Tradición literaria - la influencia de El castillo de Oranto de Walpole es clara - y connotaciones autobiográficas - Shelley pasó varias etapas de su vida en dicho país - se dan de la mano en esta antología para ofrecernos una mirada diferente de una autora que, de manera injusta, quedó ensombrecida por la presencia de su icónica e inmortal criatura. 

Amar y revivir: trece historias de redención, amor, aventuras, castillos góticos, transformaciones, pociones, magia, oscuridad, romanticismo... El legado de Mary Shelley más allá de Frankenstein

Frases o párrafos favoritos: 

"Roma ha caído, de acuerdo, pero el mundo sigue venerándola. Es una visión muy hermosa asistir a cómo sus descendientes, por alejados que estén de sus modelos, han tratado de consevar sus templos. De todas las partes del mundo acuden viajeros deseosos de visitarlos, y sólo se alejan de Roma a regañadientes. Para muchos hombres, todo lo que se conserva dentro de estas murallas es un templo sagrado... aunque fuese profanado tantas veces. La compasión debe mezclarse con la indignación si queremos ser justos. Ni la edad ni el dolor han logrado destruir el espíritu de Roma. Si se apoderase de mí la mayor de las desgracias, encontraría un gran consuelo en saber que he vivido en Roma. Si un hombre de su época reviviese en Atenas, ¿no tendría mayores motivos para estar triste usted?"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores

miércoles, 14 de abril de 2021

Reseña: Panza de Burro

PANZA DE BURRO

Título: Panza de Burro. 

Autora: Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995). Creció entre gatos y flores de bruja y, al cumplir los dieciocho, comenzó sus estudios de periodismo en la Universidad de la Laguna (ULL). Después de incontables cambios de residencia, se mudó a Madrid en verano de 2017, para cursar el Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Desde entonces, ha sido becaria, camarera y dependienta de una famosa tienda de lencería. Como periodista, ha escrito para la sección de Cultura del diario 20Minutos y para diferentes medios, como Tentaciones (El País), Oculta Lit, LOLA (BuzzFeed), Quimera o Vice. Sus textos literarios han sido incluidos en varias revistas digitales y en papel. También en antologías como Macaronesia, de La Galla Ciencia; Los muchachos ebrios, antología de la poesía jovencísima transoceánica, de La Tribu, o Piel fina. Poesía joven española (Maremagnum, 2019). Es autora del poemario Mujer sin párpados (Versátiles Editorial, 2017) y el fanzine Primavera que sangra (2017), un breve análisis poético sobre su relación con el dolor menstrual y que en 2020 apareció en la editorial Demipage. Ha participado en varios eventos literarios, como el festival cordobés de poesía Cosmopoética 2018 y es codirectora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. El pasado 2019 fue galardonada con el accésit del XXXI Premio Ana María Matute de narrativa de mujeres. Panza de burro es su primera novela y uno de los mayores éxitos de crítica y público del pasado 2020. Hace unos días se incluyó su nombre en la famosa lista de GRANTA de los mejores autores menores de 35 años. 


Editorial: Barrett

Idioma: español. 

Sinopsis: es verano, principios de los 2000 y estamos en un pueblo del norte de Tenerife. Allí acompañaremos a la protagonista, a la que Isora se dirige como Shit, recorriendo las empinadas calles del lugar, siempre oscurecidas, alejadas de la imagen idílica que siempre hemos asociado al paisaje canario, bajo el amparo de un cielo siempre nublado. A medida que conocemos sus rincones y su gente, seremos testigos de como Shit inicia su particular viaje hacia el autodescubrimiento, iniciático, dejando atrás la adolescencia para abrazar todas aquellas sensaciones nuevas que comienza a experimentar. Todo ello a través de su mejor amiga Isora. 

Su lectura me ha parecido: cálida, hermosa, ambigua, punzante, feroz, poética, con unas protagonistas inolvidables y que ya forman parte de la memoria colectiva de toda una generación, desmitificadora, en los márgenes, política, con un armazón lingüístico que ensalza la idiosincrasia (en este caso de lo canario) como pocas veces se ha hecho en la literatura de este país... Hace poco, mientras paseábamos por las calles de una semi desierta Valencia en el día de su más distinguido patrón, hablaba con mi pareja sobre aquellas novelas en las que el uso del lenguaje resultase determinante. Lo sé, existen otros temas más distendidos, más amenos, menos aburridos. Pero es lo que sucede cuando de pronto se te enciende la bombilla. Cuando estás en pleno proceso de documentación y redacción de la reseña de un libro - de los más importantes publicados el pasado año - y necesitas contrastar opiniones. Él, tras pensarlo y tras sacarle a colación, como ejemplo, el caso de Juan Rulfo en Pedro Páramo, me habló de nuestro clásico más importante. Y es que Cervantes en El Quijote quiso dejar bien claro la negativa impresión que a don Alfonso de Quijano le producía la forma de hablar de su más fiel escudero. Su lenguaje llano, desprovisto de florituras novelísticas, de esa epicidad que tanto caracteriza a su compañero de aventuras y anclado en la fonética del pueblo era siempre corregido con el antiguo Hidalgo. Sin duda, una de las primeras muestras, ya no solo de elitismo social, también de elitismo cultural que podemos apreciar en la literatura española y universal. De ahí otros nombres y novelas desfilaron por mi cabeza. Desde aquellas de tiempos decimonónicos en las que el lenguaje se empleaba para diferenciar clases sociales - desde Benito Pérez Galdós a Clarín, pasando por Emilia Pardo Bazán - a las escritas por autoras y autores latinoamericanos, los cuales, jamás han tenido reparos en plasmar el habla de sus lugares de origen para, a través de él, reflexionar entorno al amor, la venganza, la muerte, la vejez y todos los grandes temas que la literatura ha contribuido a universalizar. Aún recuerdo aquel impresionante descenso a los infiernos que supuso leer, durante el verano pandémico, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor. El terror más perturbador cuando me acerqué a los cuentos de Mariana Enríquez. O el nudo en el estómago que me produjo Mandíbula de Mónica Ojeda. México, Argentina y Ecuador. Tres países, tres autoras, tres formas de atrapar al lector sin dejarse la impronta lingüística por el camino. Respecto a España, Miguel Delibes - uno de mis favoritos - supo trasladar al papel lo que suponía vivir en lo que hoy conocemos como España Vaciada en una época en la que ni tan siquiera esa cuestión estaba en los debates político-sociales. Aunque cierto es que durante muchas décadas - esa terrible y pesada losa llamada Franquismo - la diversidad estuvo mal vista o directamente prohibida, también a nivel de bilingüismo o dejes típicos de algunos territorios - aunque estos tuviesen como lengua principal el castellano - actualmente se vive una celebración de la riqueza del lenguaje. Sobre todo en el terreno del audiovisual. Hemos pasado de esconder los acentos en televisión a escuchar y alabar lo gallego, andaluz, catalán, murciano, euskera o canario por citar algunos ejemplos. Algo que, por supuesto, ha acabado trasladándose a la literatura, a la escrita por una generación muy concreta y en boga, la de los millenials, los cuales han sabido reivindicar - algunos con gran talento - la pluralidad lingüística y social con historias muy de ahora, del presente precario o del pasado, cuando no existía ni Twitter ni Instagram. Siendo ésta la última generación virgen tecnológicamente hablando. Y dentro de todas ellas, la de Andrea Abreu - nacida hace veintiséis años en Icod de los Vinos - sobresale con mayor esplendor. Panza de Burro: oda al lenguaje, a la inocencia salvaje y a ese mar de nubes que parece envolverlo todo. 


Nacida en un taller de escritura creativa y escrita en un contexto de precariedad - Abreu tuvo que compaginar el sacar adelante la presente novela con un empleo como dependienta para una conocida marca de lencería - Panza de Burro se revela como un triunfo ante la adversidad, ante las zancadillas del capitalismo y, por supuesto, la visivilización del trabajo de escritora/or por y a pesar de las circunstancias. En esta historia de superación y lucha contra la adversidad, el libro en cuestión podría haber pasado perfectamente desapercibido, sin pena ni gloria, como le ocurre a la gran mayoría de los textos que se publican en este país. Triste pero cierto. Sin embargo, algo hizo que Panza de Burro se quedase, anclado, a las estanterías de las librerías de todo el país. A esa mesa de novedades por la que desfilan miles y miles de títulos. Y, en última instancia, a ese hueco en nuestra memoria, reservada única y exclusivamente a los mejores recuerdos literarios. Aquellos que no se borran tan fácilmente, ni siquiera con la mítica goma de borrar Milán. Ahí, entre best-sellers, long-sellers, libros de autoayuda, de cocina, erótica, policíaca, romántica, histórica, juvenil... La mayoría de ellos, como ya he dicho, de efímera trayectoria. Ahí está, inmóvil, como si tuviese reserva, un privilegio que solo pueden disfrutar las y los más grandes. Para después esfumarse, rápidamente, porque los lectores han corrido raudos y veloces a por él, atraídos por el boca a boca (sin duda, uno de los principales éxitos de la novela) y por la promesa de encontrar algo distinto a lo que han leído antes. Lo cogen, lo ojean, lo huelen incluso, hacen la cola, pagan y se van. Nada, ni los exabruptos de algunos fieles a la RAE, ni los comentarios paternalistas o machistas vertidos sobre su autora por su juventud, ni una pandemia mundial - su publicación se retrasó debido al confinamiento - han podido con el fenómeno Panza de Burro. En aquella ocasión, y en vista de aquellas reseñas aparecidas en tiempos de desescalada y paulatina apertura de comercios, el escepticismo no hizo su entrada triunfal, como habitualmente suele ocurrir. Quise leerlo, devorarlo, tenerlo entre mis manos durante los días o semanas que su lectura requiriese, comprobar que era cierto, que las críticas no exageraban, con la promesa de trasladarme a Canarias por unas horas. Me lo creí y llegó, de los primeros, junto a otras lecturas igualmente deseadas durante los meses que pasé (y pasamos) encerrada en mi casa. Y lo leí, con el calor de Agosto en pleno apogeo. Y me dejé llevar, fui echadita palante, tan sin miedo y me sumergí, placentera y llanamente, en el interior del volcán. 


Además de su enorme difusión gracias a las recomendaciones boca-oreja, la grandeza de Panza de Burro reside en dos motivos muy concretos. El primero tiene que ver con el localismo y la importancia de el uso del lenguaje. Como ya he avanzado en la sinopsis, la novela está ambientada en verano y en un pueblo del Norte de Tenerife, presumiblemente (aunque no se mencione en ningún momento) en Icod de los Vinos, lugar del que Andrea Abreu hoy por hoy es su hija predilecta. Si bien es cierto que la historia juega a la ambigüedad narrativa - es decir, puedes tomar como verdaderos los hechos que se narran o por el contrario asumir que es todo producto de la imaginación de su autora, yo personalmente me mantengo en una posición intermedia - lo importante de todo esto es que Abreu nos presenta una Canarias diferente, alejada del imaginario peninsular, de los hoteles atestados de guiris, de las playas cada vez más estandarizadas a las demandas de los extranjeros. Aquí estamos en el norte de la isla, donde el cielo luce un manto de nubes grises, donde pocas veces penetra la luz del sol y las playas lucen una negra arena volcánica. Esto no es lo urbanita, sino una ruralidad peculiar, bañada por la calima, el polvo y el empedrado de sus calles. Y sí, la vegetación es exótica, pero contrasta con las gentes del lugar, con las perennes tradiciones y, sobre todo, su habla. Es en este punto, como ya dije en el primer párrafo, donde la novela gana en credibilidad, personalidad e intencionalidad política. En Panza de Burro el lenguaje es fundamental, así como la alteración del orden lógico - o lo que el español estandarizado entiende por lógico - de las frases para adaptarlas al habla y al vocabulario canario. Dejando bien claro desde el primer momento la importancia de preservar la lengua frente a cualquier maniobra de emborronamiento de la herencia cultural recibida. Un potente mensaje que cae como una bomba en un contexto de una cada vez más exacerbada reacción nacionalista tanto desde posicionamientos más progresistas como desde los más reaccionarios y contrarios a la diversidad lingüística existente en este país. Con sus distintos tratamientos - Abreu retrata a la perfección las diferencias entre el habla de las abuelas y el habla de las dos protagonistas - la novela irrumpe en este acalorado debate como un soplo de aire fresco, permitiendo al lector descubrir una Canarias autentica, más cercana a las cenizas del volcán y no tanto a la arena blanca de las playas masificadas de Santa Cruz de Tenerife. No obstante, esta novela se habría quedado en un mero ejercicio lingüístico más de no haber sido por la universalidad de su trama. La historia de amistad entre la protagonista (a la que conocemos como Shit) e Isora es el segundo motivo por el que su lectura cala hondo en el lector. Una amistad en tonalidades grisáceas, como las nubes que vuelan bajo (el propio fenómeno meteorológico característico del archipiélago que da nombre a la novela) en la que una sobresale por encima de la otra, donde una es más atrevida que otra, donde una imita a la otra. Shit e Isora pasean, juegan, chatean por el Messenger, se bañan en la playa y se masturban juntas. Autodescubrimiento precoz, nítido, ausente de tabúes, con el que me he sentido especialmente identificada y que pocas veces vemos correctamente representado en literatura. Amistad imperfecta, como la vida misma, pero grandiosa, a la altura de Lila y Lenú en la saga La amiga estupenda de Elena Ferrante o de Sofía Montalvo y María León en Nubosidad Variable de Carmen Martín-Gaite. Unión que conmueve, que engancha, que no puedes parar de observarlas en su cada vez más atenuada inocencia. Como remate final a esta reseña, y tras haberos convencido de que se puede hacer activismo a través del lenguaje, solo me queda animaros a que os adentréis en él, que no estamos ni ante una novela postureo ni un producto manufacturado - aunque en esta colección de Barrett la importancia de la editora, en este caso Sabina Urraca, ha sido crucial - sino frente a un texto del que espero que el tiempo juegue a su favor y acabemos hablando de él como hoy lo hacemos de Nada de Carmen Laforet o de El Camino de Miguel Delibes. 

Panza de Burro: una historia de amistad, tardes de juegos bebiendo sevená, fisquitos de sol entre las nubes, confidencias, abuelas que hacen de madres, ceniza, volcán, autoaprendizaje, construcción de personalidades... Léanlo ¡shit!

Frases o párrafos favoritos: 

"Le hubiese seguido al baño, a la boca del volcán, me hubiese asomado con ella hasta ver el fuego dormido, hasta sentir el fuego dormido del volcán dentro del cuerpo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett

martes, 6 de abril de 2021

RESEÑA: Madre soltera.

 MADRE SOLTERA


Título: Madre soltera. 

Autora: Marina Yuszczuk (Argentina, 1978) es escritora y editora del sello Rosa Iceberg. Ha publicado los libros de poesía Los que la gente hace (Blatt & Ríos, 2012), El cuidado de las manos (Melón Editora, 2012), Madre soltera (Mansalva, 2014; Las Afueras, 2020) y La ola de frío polar (Gog y Magog, 2015). También ha publicado los libros de cuentos Los arreglos (Rosa Iceberg, 2017) y ¿Alguien será feliz? (Blatt & Ríos, 2019) y la novela La inocencia (Iván Rosado, 2017). Es Doctora en Letras por la Universidad Nacional de la Plata y colabora con el periódico Página/12 como crítica de cine. 


Editorial: Las Afueras. 

Idioma: Castellano. 

Sinopsis: Madre soltera es un poemario sobre la maternidad de la autora, con sus conflictos, placeres y contradicciones. Una obra que nos sacude con un anhelo tierno y violento al mismo tiempo y que ha alcanzado el estatus de libro de culto en su país. Marina Yuszczuk nos habla del cuerpo y el deseo, de la incertidumbre del embarazo y la intensidad del parto, del entusiasmo y el desánimo que despiertan la crianza. Y lo hace con unos versos bellísimos y feroces que quedarán en la memoria de los lectores. 

Su lectura me ha parecido: desbordante, íntima, natural, despojada de artificios, desmitificador, confesional, valiente... Ser madre es una idea que no entra dentro de mis planes, al menos a corto plazo. Como tampoco sé si lo estará de aquí a unos años. Cuando por fin pueda mantenerme económicamente y permitirme un hogar que pueda considerar mío. En el pueblo o en la ciudad. En la costa o en la montaña. Con la brisa marina golpeando los cristales de la habitación o las hojas de los abetos llamando a la robusta puerta de madera. El simple hecho de que una personita esté creciendo dentro del cuerpo de una mujer siempre me ha parecido algo ajeno. De otro planeta. Nunca he sido de acariciar barrigas, de hablar al futuro bebé buscando una reciprocidad en forma de patada o codazo y, por supuesto, jamás he hecho gala de ese paternalismo tan rancio que recae sobre las embarazadas en el que todo el mundo, incluidos algunos hombres, te dice lo que tienes que hacer. Al contrario. Tenía y siempre tengo más preguntas que consejos, inquietudes que lanzo desde el mayor de los respetos, sin esa búsqueda de la respuesta más amable o complaciente. Una desnudez física y emocional que por desgracia no es fácil de hallar, y menos delante de toda la troupe familiar, normalmente más pendiente de proteger que de dejar actuar con libertad. Alguna vez he soñado que lo era, que mi barriga se hinchaba, como un globo. Que pesaba, que no podía caminar, que me tapaba los oídos, en busca de acallar las exigencias. Aquellas que implícitamente desean que actúes de una forma concreta, aquellas que esperan por tu parte el ejercicio de un modelo muy concreto de maternidad, aquellas que se lanzan, inclementes, sobre tu conciencia si la respuesta que ofreces no satisface lo que ellos esperan de ti. Y llora, y grita, y no deja dormir, y los pañales, y el biberón, y la falta de tiempo, y la falsa promesa de corresponsabilidad, y la desgarradora autoculpa y la cueva, esa famosa y angosta cueva de la que muchas autoras madres hablan, nada que ver con la de Platón, en la que existe cobijo, pero también la angosta rueda de cuidados de la que es casi imposible salir. No es de extrañar que, por estos motivos, la maternidad se haya convertido en un tema literario, engrandecido en los últimos años como consecuencia del auge del feminismo y su correspondiente interseccionalidad e interdisciplinariedad. Son tantos los textos que han aparecido en nuestro panorama libresco que me es imposible citarlos todos. Y aunque si bien es cierto que existen obras que se han adueñado de nuestros corazones lectores por derecho propio, el texto del que hoy vengo a hablaros destaca por transmitir el mismo mensaje a través de un formato que, si bien está con nosotras/os desde el origen de los tiempos, andaba falto de una perspectiva de genero que, por fortuna, una nueva generación de poetas se está encargando de otorgar. Madre soltera: un peldaño poético a añadir a la lo que hoy llamamos "nuevas maternidades". 


A riesgo de meterme en un berenjenal o hacer - no os ofendáis por el chascarrillo empleado por favor - intrusismo maternal, me dispongo a hablaros de un breve poemario que, aunque originalmente se publicó en 2014 en Argentina, no apareció en España hasta el malogrado 2020. De hecho, su portada (en perfecta consonancia metafórica con el contenido del mismo) no podía reflejar mejor el paisaje que mis ojos observaban cuando quería "escapar" de las cuatro paredes de mi habitación. Aquellas sábanas de colores que alguien colgaba en el edificio de enfrente, aquellas danzas perfumadas de Norit al calor del sol vespertino pero, sobre todo, aquel niño que arrojó sin querer su pelota de goma por la azotea, los llantos que le precedieron y la amabilidad de un hombre que se la devolvió con ayuda de un vecino de la misma finca. Imágenes, recuerdos, anécdotas del confinamiento global que ahora, releyendo algunos de estos versos, han regresado con mayor nitidez. De la mano de Marina Yuszczuk nos sumergimos en un océano en calma, persiguiendo la línea del horizonte, donde los tesoros marinos pueden rozarse con la punta de los dedos. Sin embargo, este océano revela su lado más salvaje, embravecido, con olas sobre las que cabalgar, esquivando los destellos de la tormenta, escapando del fondo del mar, en el que también podemos hundirnos, sin remedio, entre criaturas temibles y una perenne oscuridad. O lo que es lo mismo, en una gran oda al hecho de ser madre en todo su esplendor, pero también en toda su marea de contradicciones y abismos. Entre una poesía más lírica y la prosa poética - dos formatos que Yuszczuk maneja a la perfección - llegamos a la mitad del poemario con la sensación de que nos falta algo, no por vagancia o poca destreza por parte de su autora, sino porque los temas y las perspectivas ya las hemos leído en otros lugares. Pero entonces, llega el poema "XXXV", un largo poema en prosa precedido de una advertencia - "Ahora presten atención, porque llegamos al centro del libro" - en el que se nos narra un parto, el nacimiento que justifica el libro, la razón de ser que vehicula el poemario y lo describe como pocas veces se ha hecho. Directo, franco, despojado de idealismos o heroísmos y lúcido. Tremendamente lúcido. Este niño que nace es la consecuencia de un "error" - el cual también es anunciado en las primeras páginas - de un embarazo que no tenía que haber tenido lugar, un imprevisto que, sin embargo, generará una serie de aprendizajes prematuros. Unas enseñanzas a  las que tanto la madre como el recién nacido hacen frente desde las antípodas de lo que la sociedad tradicional ordena. 


Frases aparentemente triviales. Párrafos descriptivos. Poesía de la lactancia. Versos que evocan la vida prematernidad. Y una voz - la de Marina Yuszczuk, y por extensión, la de todas las madres - que se hace oír como un altavoz en medio del gentío o desde un lugar, apartado, escondido, con su hijo en brazos. Ejercicios narrativos sobresalientes, metáforas que embellecen la irritabilidad, emociones naturales, desnudas, casi salvajes. Aquí la maternidad no es perfecta, sino que equilibra esa dicotomía entre alegría y desesperación. Dos caras de una misma moneda no siempre mostradas a plena luz del día, ya sea por prejuicios sociales o por la maldita sensación de no acertar nunca, de estar haciendo las cosas mal, de que la culpa pese más que el orgullo. Mi favorito, aquel en el que nos habla de la cueva que supone para muchas mujeres la crianza de un recién nacido, los primeros meses de contacto, de un amor tan apabullante como físico, pero también de la privación de otros placeres, de esa imposibilidad de salir de casa, de los cuidados las 24 horas que dejan a las mujeres totalmente exhaustas. A su vez, el poema "XXXIII" donde habla de los bebés en los bares - os sorprendería la cantidad de niños que se ven en dichos lugares - la incomodidad de los carritos y, por supuesto, una pequeña mención a la paternidad. Pero no una paternidad cualquiera, sino a esas generaciones de padres que nos precedieron y que, a pesar de su imperfección mayúscula, algunos han acabado observándola con cierta nostalgia. Algo que, por el contrario, no sucede con las madres, a las que les cae un vómito de reproches continuo, por mínimo que sea el "error" - por llamarlo de alguna forma - cometido. Y es que lo hemos mamado (nunca mejor dicho) desde la cuna. Madres que son repudiadas por sus hijos por no haber estado ahí cuando las necesitaban, madres que pagan con el desprecio de sus hijos por haber abandonado el hogar sin avisar, madres a las que se les reprocha su estricto carácter - o su nulo instinto maternal - y en el extremo más trágico, madres que directamente son encarceladas, condenadas a muerte o asesinadas por sus propios hijos. Dicho esto ¿No estamos ante una retórica tremendamente despiadada contra las madres que no se amoldan al rol tradicional? ¿Es posible que nos hayan convencido de que es más grave que la madre se marche de casa que que lo haga el padre? ¿No nos han enseñado, o mandado señales a través de los medios de entretenimiento masivos, que cuando una madre sale de casa para no volver la unidad familiar se desmorona mientras que si es el padre el que lo hace la situación es completamente diferente? Está bien que se hable de maternidad en literatura, que se visibilicen los cuidados, la diversidad, la depresión postparto, el parto en sí o la violencia obstetricia entre otros aspectos. Sin embargo, creo sinceramente que debería ahondarse en la citada problemática para ir deconstruyendo los tótems sociológicos y culturales que nos avasallan desde que pronunciamos la primera palabra hasta que cerramos los ojos definitivamente. No será fácil, nadie dijo que lo fuera, pero con educación - la palabra mágica y que tantas alegrías produce si se emplea correctamente - puede conseguirse. 

Madre soltera: un viaje a través de la vida, el desencanto, la alegría, las dificultades, las ambigüedades, el cansancio, la depresión, la satisfacción... Una buena noticia dentro del renovado panorama poético e intelectual. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Una idea florece en el corazón como una planta con espinas". 

"Ahora estamos saliendo de la cueva
o ya salimos
tenemos una casa que parece un hogar
tenemos ropa
pero los otros meses me escondí con mi hijo en 
    una cueva."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras Editorial

domingo, 28 de marzo de 2021

RESEÑA: Hechizo total.

 HECHIZO TOTAL


Título: Hechizo total. 

Autor: Simon Hanselmann (Launceston, Australia, 1981) vive su infancia y adolescencia en la localidad con mayor índice de criminalidad de toda Australia. Su padre es un "motero" y su madre una adicta a la heroína que recurre a los pequeños hurtos y ayudas sociales para sacar adelante a su hijo. A los 8 años Hanselmann realiza ya sus primeros fanzines. En su adolescencia, el dibujante comienza a recibir terapia para tratar episodios de ansiedad y depresión, y poco después comienza a consumir alcohol y las drogas psicotrópicas en abundancia. En 2001 abandona el hogar materno y entre 2009 y 2011 se instala en Londres. Desde 2005 dibuja el drama adolescente parcialmente autobiográfico Girl Mountain, que en 2010 constaba ya de más de 200 páginas de las aproximadamente 1.000  de las que se compone el proyecto hasta la fecha inédito. En 2008 dibuja por primera vez, para una exposición, a una bruja y su gato, a quienes pronto se sumaría un búho. Megg, Mogg y Owl se convierten inmediatamente en el interés principal del autor. En 2012 crea un tumblr donde ofrece las historias de estos personajes al público, que rápidamente se convierten en un fenómeno viral. En 2013, año de su consagración como dibujante, pasó de ver publicados sus cómics en pequeñas tiradas y autoediciones a ser publicado por las grandes editoriales especializadas y a recibir algunos de los premios más prestigiosos del sector. Hanselmann es autor de los comics Hechizo total, Melancolía, Bahía de san Búho, El mal camino, Meg & Mogg y Hail Satan! (todos ellos de la serie Meg, Mogg y Owl) así como de la serie Truth Zone (en la que los personajes se dedican a destripar o loar la obra de otros autores de cómic) entre otros. 


Editorial: Fulgencio Pimentel. 

Idioma original: inglés. 

Traductores: César Sánchez y Alberto G. Marcos. 

Sinopsis: Hechizo total es la primera entrega de la serie en curso Megg, Mogg y Owl, una sitcom en forma de tebeo protagonizada por la bruja Megg, su gato Mogg y el búho Búho, sin olvidar personajes como el excesivo Werewolf Jones, el nigromante Mike y el monstruo asustaniños transexual Moco. A partir de aquí, la serie se centra en pequeños capítulos autoconclusivos en los que Simon Hanselmann va desarrollando una comedia generacional, luminosa y descreída a partes iguales, que irá convirtiéndose poco a poco en una fotografía apenas deformada del Zietgeist contemporáneo. Las tramas giran entorno a la vida cotidiana, repartida mayormente entre el sofá de la casa y los pasillos del centro comercial cercano. Una convivencia, la de esta serie de personajes imposibles, marcada por las bromas pesadas, el consumo indiscriminado de drogas y el visionado maratoniano de series de televisión, sus únicas vías de escape ante una realidad frustrante. Por las fisuras del humor a veces cafre y a veces sutil, ocasionalmente cruel de Hanselmann, se filtra una sensibilidad única que invita al lector a descodificar una soterrada clave de miedo, depresión, confusión y abulia. 

Su lectura me ha parecido: nihilista, hiriente, extrema, con personajes que parecen sacados de un mal sueño (o un mal viaje, depende de como se mire), lisérgica, cruel en sus derivas humorísticas, dolorosa y muy, pero que muy burra... Era el 31 de marzo de 2020. Ya llevábamos unos cuantos días confinados en nuestras casas. Aunque no los suficientes como para añorar la vida (a la que pronto le seguiría la llamada "nueva normalidad") que a día de hoy estamos deseando recuperar. Y eso que el 2019 no fue un gran año, más bien fue una bajona, aunque comparado con el 2020 hacemos bueno cualquiera de los que le antecedieron. Y cuando digo cualquiera es cualquiera. En esas estábamos, asistiendo a las terribles cifras de contagiados y muertos, aplaudiendo a las ocho de la tarde - a pesar del frío y la lluvia, resistimos, nunca mejor dicho - aprendiendo a hacer pan - o a requemar bizcochos en el horno - haciendo más deporte que nunca - había que estar preparados para cuando permitiesen salir para hacer footing, aunque el simple hecho de correr de tu casa al parque e traduzca en jadeos y falta de aire - subiendo videos al TickTock compulsivamente y engullendo una serie tras otra, como si de una bolsa de patatas fritas se tratara. Así nos encontrábamos la inmensa mayoría de habitantes del hemisferio norte, capitalista como los que más y atascados en la tóxica cultura del "yoismo". Aquella mañana de finales del infame marzo estaba tirada, con la regla, sin muchas ganas de hacer nada productivo. Me faltaba el tarro de Nutella, una cuchara y mi boca manchada del tan delicioso como indigesto manjar. Decadencia en estado puro. Pero no, en lugar de guarrear me dirigí a mi apreciada biblioteca y saqué de ella el cómic más, como ahora se dice mucho, "shockeante" que había leído en años. Toda la decostrucción, todos los autoaprendizajes, todo ese tiempo señalando lo que me parecía bien o mal, todo ese tiempo repensando conceptos dentro de la era de lo políticamente correcto se fueron literalmente por el agujero del váter. Me lo bebí en una tarde, en un par de horas, y aunque no me libró del amargo sabor del ibuprofeno - por supuesto, la bajona siguió intermitentemente más allá de dicha la menstruación - sí consiguió distraerme, aunque sólo fuese un rato, a base de sketches autoconclusivos de lo más bestias, sórdidos y, tras capas y capas de barbaridades a lo Jakass, profundamente tristes. Aunque los personajes, paradójicamente, parezcan sacados del Mago de Oz más oscuro o de una versión extremísima de Shrek. Hechizo total: la trasgresión corrosiva como terapia ante la depresión. 


Hoy, en este espacio de crítica y debate, me encuentro ante un acontecimiento realmente excepcional. No solo por el simple hecho de que este es el segundo cómic que reseño a lo largo de los años que llevo escribiendo en él - el primero fue un Mortadelo y Filemón bastante "polémico" alláh por los años de la Mari Castaña - también por encontrarme ante uno de los más famosos Enfants Terribles de la novela gráfica. Un dibujante australiano llamado Simon Hanselmann - cuya biografía está trágicamente atravesada por una infancia difícil, el padecimiento de ansiedad y depresión como consecuencia de ello así como su acercamiento a las drogas y el alcohol - que, en un intento por exorcizar los demonios interiores y aplacar los demoledores efectos de dichas enfermedades mentales comenzó a contar historias - inminentemente autobiográficas - a través de los personajes de la bruja Megg, el gato Mogg y el búho Búho sin autocensuras, contemplaciones y desde un estilo corrosivo hasta decir basta. La idea no es original, de hecho es bien sabido que los personajes de Megg, Mogg y Búho surgieron de la cabeza de Hellen Nicoll y de la pluma de Jan Pienkowski en forma de populares cómics infantiles. A partir de ellos, lo que hizo Hanselmann fue retorcerlos, darles volumen y dotarles de una perversa amoralidad, de un entorno sucio, claustrofóbico, propenso al hastío, a los pensamientos más locos que os podáis imaginar y a que los personajes se vean arrastrados a la autodestrucción. De esta forma tenemos a Megg - una bruja que se apunta a cualquier exceso para escapar a sus terroríficas tendencias depresivas - a Mogg - un gato fumeta y sibilino, él es el instigador de la mayor parte de las ideas descabelladas, cuya atracción sexual por Megg es notoria y explícita - y a Búho - el receptor de todas las desagradables "putadas" y de la bestialidad que el resto de personajes es capaz de ejercer -. Al rededor de ellos, otros personajes se elevan como auténticos roba escenas profesionales. El más importante, Werewolf Jones, un lobo que representa directamente lo que jamás de los jamases haría una persona si estuviese en su sano juicio. Su excesivo comportamiento (por no llamarlo barbaridades en toda regla) - que va desde meterse un electrodo por el recto a frotarse el escroto con un rallador de cocina, pasando por el intento de violación a Búho que luego resultaría ser una "broma" de cumpleaños - pone a prueba constantemente la tolerancia del lector. Hasta el punto de cuestionarte tus propios límites a la hora de leer - y de contemplar en este caso - según que escenas. Algo que, en la era de lo políticamente correcto, supone un contrapunto a tener en cuenta si lo que se pretende es iniciar un debate al respecto. Como habéis podido comprobar no es un cómic ni para todos los públicos ni para todos los gustos, buscando desde el ala más decadente del underground a ese lector leído - más allá de la novela gráfica - que no se escandalice ante viñetas en las que aparece zoofilia, consumo desenfrenado de estupefacientes, laceraciones, coprofagia, palabrotas, aberraciones sexuales y toda una serie de personajes miserables, en los límites de la sociedad pero que, al mismo tiempo, acabas siguiendo sus "andanzas" alucinógenas a la espera de la próxima burrada. Todo ello con un humor igual de hiriente ante el que, al igual que el comportamiento de Werewolf, no sabes como reaccionar. Muy a lo Shacha Baron Cohen en Borat. Dicho de otra forma, de nuevo, funambulismo sobre la delgada línea que separa la risa de la ofensa. 


Además de su estructura muy de Sitcom - como si a Los Simpson hubiesen amanecido en el universo de Irvine Welsh - con pequeñas historietas autoconclusivas, esas viñetas en las que la expresividad del dibujo hace innecesario el empleo de bocadillos o una álgida escalada de la incomodidad magnética, Hechizo total es, sobre todo, un grito, entre vómito, botellines de cerveza y porros de auxilio. Como ya he mencionado en el anterior párrafo, Simon Hanselmann proyecta gran parte de sus vivencias y su relación con la depresión - y las enfermedades mentales en general - sobre sus personajes, en especial sobre Megg. Resultan especialmente terroríficas las partes en las que Hanselmann baja a los infiernos de la dolencia para retratarnos, desde una expresividad inquietante, lo que Megg - claramente el alter ego del propio Hanselmann - siente. Las eternas noches en blanco, sin dormir, mirando el techo, con los ojos rojos, incapaces de cerrarse. Los momentos en los que Megg acude al alcohol o a las drogas como medio de evasión, pero entonces sus efectos se vuelven en su contra provocándole alucinaciones o un estado de depresión aún mayor. O mi favorito por su simbolismo, la ilustración que antecede al presente párrafo, en la que tres cabezas de tez pálida, cabello enmarañado y ojos inyectados en sangre vomita bilis negra sobre la habitación, la cama y la propia Megg que, como cabía de esperar, sigue mirando al techo. Sin duda estos retratos, con tono pesadillesco, a una enfermedad tan devastadora como es la depresión, y en general esa representación y visivilización de las enfermedades mentales a través del comic me parece de lo más acertado. Algo que se eleva a la categoría de necesario cuando, además, partimos de una inspiración autobiográfica. Y es que Hechizo total - primera parte de una saga de comics de la que nos deparan muchas más entregas - se erige como uno de esas novelas gráficas que mejor ha sabido captar los problemas de los jóvenes del siglo XXII. Una época en la que la desesperanza, el paro y la exigencia de más y más requisitos abocan a toda una generación a emplearse en trabajos precarios, a posponer los planes de vida, a presenciar como los sueños se hacen añicos ante sus ojos, a seguir buscando curro sin mucho éxito o, directamente, a marcharse fuera de las fronteras que les vieron nacer. Trayendo consigo unas consecuencias que, a nivel psicológico, agravan el problema más aún. El debate está sobre la mesa, aunque, como hemos podido comprobar en las últimas semanas - recordemos el desagradable comentario que un diputado de la bancada del PP soltó cuando Iñigo Errejón decidió usar su intervención en la sesión de control para hablar sobre las enfermedades mentales durante la crisis del Covid - todavía existe ciertos prejuicios totalmente inaceptables en los tiempos que corren. Cierto que Hechizo total es una representación bastante más desagradable y tremendamente perturbada del asunto, hasta el punto de que resulta irreal - más allá de que sus personajes sean las versiones sucias de los clásicos y entrañables personajes de cuento - pero, no es el esperpento, llevado a sus últimas consecuencias, uno de los mejores espejos donde deformar la realidad para así criticarla como es debido. 

Hechizo total: una historia de decadencia, borracheras, drogas, fiestas de la bajona, depresión, aberraciones, personajes extremos... Un cómic de los que hay que leer, hasta en tiempos de pandemia. 

Párrafos o frases favoritas: 

"Creo que el cerebro se me cae a pedazos". 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Fulgencio Pimentel

sábado, 20 de marzo de 2021

RESEÑA: Los que cambiaron y los que murieron.

 LOS QUE CAMBIARON Y LOS QUE MURIERON


Título: Los que cambiaron y los que murieron. 

Autora: Barbara Comyns (1909-1992). Nació en el condado inglés de Warwickshire, en una familia venida a menos. Estudió arte en Londres y contrajo matrimonio con Arthur Price, un pintor con el que tuvo dos hijos. Se ganó la vida de las formas más variopintas: vendedora de coches antiguos, modelo, cocinera o criadora de caniches. En 1945, se casó en segundas nupcias con Richard Comyns, un funcionario del Forgein Office que trabajaba bajo las ordenes de Kim Philby y con quien viviría en Ibiza y en Barcelona durante dieciséis años. De sus novelas cabe destacar: Y las cucharillas eran de Woolworths (1950), La hija del veterinario (1959), The Skin Chairs (1962), El enebro (1985), Mr. Fox (1987) y The House of Dolls (1989), entre otras. Murió en Shropshire en 1992. 


Editorial: Gatopardo Ediciones. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Inés Clavero. 

Sinopsis: El verano de 1911 se promete feliz para los habitantes del condado de Warwickshire. Nadie se imagina que una misteriosa pandemia está a punto de partir la comunidad en dos: los que cambiaron y los que murieron. "¿Quién será la próxima víctima que se cobrará esta locura mortífera?", se pregunta el periódico local. Un episodio de resonancias bíblicas preludia la llegada de la epidemia: el río se desborda, anegando los campos y trayendo el caos a la ya de por sí caótica vida de la familia Willoweed. Los patos nadan por el caserón inundado, cerdos sin vida flotan a la deriva y el viudo Ebin y sus hijas navegan en un bote de remos por el jardín sumergido. A la destrucción natural le sigue una serie de calamidades, muertes y suicidios que parecen fruto de un apocalipsis planeado más que del azar. La búsqueda de una explicación a la epidemia despierta el afán persecutorio de algunos lugareños. Pero hay quien aprovecha la situación para pescar en el río revuelto. Es el caso de Ebin, que retoma la vocación periodística, aún a costa de contribuir al pánico con el sensacionalismo de sus artículos, sin sospechar que la enfermedad no tardará en llamar a su puerta. 

Su lectura me ha parecido: ácida, pesadillesca, cruda, trágica, disparatada, con un humor negrísimo absolutamente delicioso, desmitificadora, siniestra, devastadora a todos los niveles... El pasado 14 de marzo se cumplió un año exacto del decreto de Estado de Alarma, de aquella comparecencia histórica en la que el presidente del gobierno, tratando de ocultar bajo una rectitud labial su compungimiento, pronunciaba las palabras más difíciles. De la noche a la mañana pasamos de tomar las calles a deshabitarlas, de coger el trasporte para ir al trabajo a levantarnos de la cama para dirigirnos teletrabajo, de atender a la lección de la profesora/or desde el pupitre a hacerlo desde la mesa de nuestro cuarto, de comprar la ansiada chaqueta en tienda a tenerla en un solo clic, a perdernos en la inmensidad de la pantalla de cine a consumir, insaciables, a través de las plataformas de steeming. Después vinieron los paseos, los aforos, las distancias sociales - o de seguridad - los geles, los cierres perimetrales, los permisos y, por supuesto, las mascarillas que, de un tiempo a esta parte, han acabado convirtiéndose en el complemento más importante. Sin embargo, poco o nada nos hemos parado a pensar en lo literario, en la palabra escrita, en aquello que se publicará influenciado, claro está, por las nuevas dinámicas adquiridas y en definitiva por las consecuencias de la pandemia a todos los niveles. Aunque todavía es un poco pronto para hablar de "literatura pandémica" o "generación Covid", si que es cierto que ya empiezan a asomar los primeros textos que abordan el actual contexto de crisis e incertidumbre. De hecho, podemos distinguir dos claras tendencias: la primera más ensayística (abordando los retos de la ciencia, la necesidad de una mayor inversión en sanidad pública, reflexionando entorno al origen del virus desde un punto de vista biológico, el abordaje de las distintas epidemias acaecidas a lo largo de la historia y los cambios que éstas han provocado o cuantificando las consecuencias de la pandemia a nivel económico entre otros muchos temas) y la segunda puramente testimonial (desde aquel primer texto que apareció editado en Seix Barral sobre la experiencia del confinamiento narrado por una habitante de Wuhan hasta auténticos diarios de la cuarentena publicados en distintos medios de comunicación). No obstante, también ha proliferado la reedición o recuperación de algunos textos clásicos sobre la materia. Desde La peste de Albert Camus - el libro más socorrido y leído durante el confinamiento - hasta 1984 de George Orwell - por aquello de que vivíamos una Distopía - pasando por el Decameron de Bocaccio, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, La gran plaga de Daniel Defoe o Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia de Dacia Maraini entre otros muchos. Algo que, visto con perspectiva, es mejor que una novela escrita de prisa, al calor de los acontecimientos, y sin su correspondiente periodo de reflexión posterior. De entre todos los títulos que han renacido en popularidad, algunos desde unas cenizas casi extintas, destaca especialmente el escrito por la autora inglesa Barbara Comyns en los años 50. Un libro en el que, si bien todo gira al rededor de una perturbadora pandemia, demuestra la destreza de su autora para, en primer lugar, construir un personaje de los que no te dejan dormir por las noches, y en segundo lugar, cargarse la idílica imagen literaria de un lugar tan ensalzado en el pasado para devolver al lector una postal nueva y revolucionaria al mismo tiempo. Hablamos por supuesto de Los que cambiaron y los que murieron: nunca antes la campiña inglesa dio tanto miedo y tanta risa. 


"Los patos atravesaron nadando las ventanas del salón. El peso del agua las había abierto a la fuerza, de modo que los animales entraron en el interior. Circunnavegaron la estancia entre graznidos de aprobación, después partieron otra vez hacia al exterior para explorar el maravilloso nuevo mundo que había llegado durante la noche." Así, de esta forma tan abrupta y directa, comienza Los que cambiaron y los que murieron. Unas líneas a las que, más adelante, se le añade una serie de descripciones de toda clase de animales muertos. Ovejas, gatos, caballos, perros... Un trágico bestiario de criaturas habituales en las hermosas tierras del condado de Warwikshire - lugar de nacimiento de la propia Barbara Comyns - perecidos en una fortuita y extraña riada. De buenas a primeras la imagen impacta, ya no sólo por su explicitud (cabe mencionar que la presente novela fue prohibida en Irlanda por este motivo), también por la visceral rotura con una cierta tradición literaria que buscó en la campiña inglesa una exacerbada idealización de la vida campestre. Sin duda Jane Austen fue una de las mayores contribuidoras. Sus paisajes exuberantes y llenos de belleza ya son indisociables del lugar, hasta el punto de conquistar nuestro imaginario popular y convertirlo en un género literario en sí mismo. La lista es larga: Edmund Crispin, Barbara Pym, Josephine Tey, Sarah Perry, Stella Gibons... Así como las localidades emblemáticas de esta zona: Castle Combe, Lacock, Bibury, Dunster, Shaftesbury o el propio Stratford-Upon-Avon (pueblo natal de William Shakespeare). La trama de estas novelas tiene un patrón muy claro en el que se orbita al rededor de un conflicto - muy problemático pero salvable - con personajes pintorescos, casi todas protagonizadas por una heroína arquetípica, grandes dosis de humor británico, mucho salseo amoroso, un pelín de crítica social (sin pasarse) y una resolución que contenta a todo el mundo. Este topicazo británico - que en el fondo me encanta y engancha como lectora - contrasta en gran medida con lo que Barbara Comyns le plantea al lector, por no decir que arrasa, cual pantanosa riada, todos los estereotipos asociados. Precisamente ese arranque impactante y mortífero ya te avisa de que esto no es una novela británica al uso ambientada en los Costwolds. Aunque, si bien es cierto que antes del incidente todo era muy típico. Que si nombres florales, que si mermeladas, que si los huertos, que si las herramientas para cultivar, que si las vestimentas típicas, que si la sonrisa perenne en el rostro... Barbara Comyns pega carpetazo con una historia que, aunque ambientada en dicho lugar, nada tiene que ver con las de sus antecesores. Dejando bien claro que la belleza puede quebrarse. Que la desgracia llega hasta al más precioso de los pueblos ingleses. Ya sea por medio de un lodazal de ovejas muertas o de síndromes esquizofrénicos. En definitiva, en forma de una extrañísima epidemia. 


Además de inundar casas y provocar que los habitantes del lugar se tengan que trasladar al centro en un bote de remos, la pandemia adquiere tintes más siniestros cuando, de pronto, los lugareños son asaltados por un extraño síndrome u enfermedad que provoca manías persecutorias y delirios que conducen al suicidio. Diezmando de esta forma la población de manera repentina y sistemática. Como si de pronto la calamidad se hubiese posado sobre el pueblo sin esperanzas de que ésta acabe disipándose, como la niebla, esa tan característica de Inglaterra. Envueltos en esta catástrofe que parece salida del Apocalipsis Bíblico, nos encontramos a los Willoweed, una familia que se presenta, en un antagonismo extremo, como los únicos vertebradores de la novela. Si bien, como ya hemos comentado, los personajes literarios situados en la campiña inglesa parecen no enfadarse jamás (o si lo hacen pronto se les pasa), aquí son todo lo contrario. Empezando por Ebin, viudo y pésimo padre al que despidieron del periódico local que ve en la epidemia la oportunidad de relanzar su carrera a base de generar sensacionalismo y alarma social, y terminando con la abuela Willoweed, la glotona, rica, déspota y energúmena matriarca de la familia. El primero se aprovecha de las desgracias ajenas para enriquecerse y poder seguir dándole a la bebida mientras que la segunda se ríe, a carcajada limpia, de las penurias de sus vecinos. En medio, las hijas de Ebin - Emma y Hattie - privilegiadas testigos de la letal enfermedad y de la desidia familiar. De nuevo, Comyns se aleja de la tradición literaria para ofrecernos un descarnado retrato del alma humana del que no se salva nadie, ni siquiera la familia más pudiente. Por quedarme con uno me quedo con la abuela, de hecho, su grotesco retrato me ha recordado por momentos a otra infame abuela, la de la trilogía de Klaus Y Lucas de Agota Kristof, solo que más aseada y con más dinero en el bolsillo. Sin duda, uno de esos personajes que te descolocan y te acompañan días y noches, hasta en tus peores pesadillas. A pesar de alejarse lo máximo posible del intocable canon, Comyns decidió dejar el humor, ese tan típico, tan británico, tan de proporcionar diálogos divertidos a la par que inteligentes con, eso sí, un retorcimiento sarcástico e irónico en su vertiente más oscura. Puro humor negro que, como cabía de esperar, casa a la perfección con lo que se está narrando. En último lugar y para ir finalizando sólo me queda por lanzar un oportuno llamamiento a autoras/es, imprentas, librerías y muy especialmente a editoriales. Está bien ir publicando textos ambientados en la terorífica actualidad, de hecho, al cabo de un tiempo éstos pueden ser sujetos de lectura crítica, ensayos, tesis doctorales o simplemente convertirse en nuevos clásicos de la literatura. Sin embargo, y a la espera de que lleguen historias que de verdad recojan gran parte de la incertidumbre provocada por "el bicho" - como muchas y muchos se han empeñado erróneamente en llamarlo - y que sean producto de una larga reflexión y viaje interno, deberíamos apostar por los que ya están. Por aquellas pandemias verídicas que los autores supieron describir - ya sea porque lo vivieron en su propia piel o porque se atrevieron a usarlas como pretexto para criticar su propio presente o directamente porque vieron en ellas el vehículo narrativo perfecto para contar una gran historia - así como las ficticias, sin duda las más complejas, cuya destreza imaginativa nos conduce a caminos literarios poco transitados. Es poco probable que el mundo asista a una pandemia como la que se inventa de Barbara Comyns, cuya inspiración no puede beber más de los ídolos e ídolas del terror contemporáneo. Lo que está claro es que, como reza su apropiado título, ante cualquier acontecimiento de gravísimas consecuencias hay dos clases de personas: las que se adaptan a la nueva realidad tratando de sobrevivir al cambio y las que perecen con el consuelo de que la historia, según en que lugares, las recordará siempre. 

Los que cambiaron y los que murieron: una historia de riadas, extrañas muertes, familias desestructuradas, hambre de poder, inquina, desgracia, humor ante el que no sabes si reír o llorar... La prueba de que la campiña inglesa puede dejar de ser aquel reducto de paz, alegría y sosiego donde no puede sobrevenir el terror más primitivo

Frases o párrafos favoritos: 

"Se rió para sus adentros y se contentó un poco. Aunque le gustaría tanto campar a sus anchas por el pueblo y oír como los gritos salían por las ventanas de las casas y quizá incluso ayudar a socorrer a alguno de los desafortunados afectados. Le encantaría encontrarse con alguien que se creyera perseguido por los monstruos. De momento solo se habían dado cinco casos, pero llegarían más (...) La imagen del viejo Ives devorado por unos monstruos imaginarios le levantó considerablemente el ánimo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones