Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

lunes, 6 de abril de 2020

RESEÑA: Hijas del norte.

HIJAS DEL NORTE

Título: Hijas del norte.

Autora: Sarah Hall, una de las mejores novelistas jóvenes del Reino Unido según la revista "Granta", ha ganado en dos ocasiones el Premio Portico, y también ha sido galardonada con el Premio Betty Trask, el Premio Commonwealth a la primera novela, el Premio BBC de relato, el Premio John Llewellyn Rhys o el Premio E. M. Forster entre otros. Es autora las novelas - traducidas al español todas ellas - La frontera del lobo, Madame Zero y la hermosa indiferencia e Hijas del norte. (Fuente: Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Catalina Martínez Muñoz.

Sinopsis: El estado de la nación ha cambiado. Con la mayoría del país inundado, los recursos controlados por el gobierno, y guerras en curso en Sudamérica y en China, Inglaterra está irreconocible. En este mundo de precariedad y extenuante trabajo industrial, la Autoridad insiste en que todas las mujeres lleven dispositivos de contracepción. Hermana nos cuenta su historia desde su celda: cómo soñó con escapar a una comuna de mujeres que viven en Carhullan, una granja fortificada en las remotas colinas de Cumbria, y cómo esa huida no fue más que el inicio de su lucha. Un testimonio del triunfo del individuo en circunstancias extremas, y una novela de extraordinaria imaginación y complejidad emocional. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: pausada, explícita, implícitamente reflexiva, sugerente, imposible no asociarla con su referente literario, en ocasiones débil argumentalmente... En el año 1985 la editorial McClelland and Stewart publicó la que décadas más tarde se convertiría en la novela más influyente de los últimos años: El cuento de la criada de la escritora canadiense Margaret Atwood. Esta distopía protagonizada por Offred - una mujer considerada un objeto cuyo valor reside solamente en su capacidad para traer niños al mundo en una sociedad distópica extremadamente machista y de corte ultra religioso - y en la que la rebelión contra dicho sistema totalitario parte del uso de las principales y más obvias tesis del feminismo marcó un antes y un después en la evolución del género. Hasta ese momento ninguna autora o autor se había atrevido a denunciar las violaciones como arma contra las mujeres, evidenciar las desigualdades de género que todavía perviven en nuestra sociedad y hasta reflexionar entorno a lo escandaloso que supone la gestación subrogada (que en el caso de la novela adquiere tintes más bestias y moralmente reprochables) en una novela distópica. El cuento de la criada supuso el salto a la fama de la autora - sobre todo en el ámbito anglosajón - y el reconocimiento a través de los galardones más prestigiosos dentro del género de la ciencia ficción. Sin embargo, hasta el finales de la pasada década, la novela de Atwood era conocida sólo por las y los amantes más apasionados del género. Y no fue hasta 2017 cuando, gracias a la sobresaliente adaptación televisiva, el libro consiguió una popularidad de proporciones mundiales. De pronto todo el mundo se interesó por la novela, y como consecuencia, por el resto de la producción literaria de Atwood, un legado, por fortuna, muy extenso y variado. Este enorme éxito propició que el año pasado la autora viese publicada la esperada continuación - y digo esperada porque el final de El cuento de la criada dejó más incógnitas que respuestas - y que un aluvión de autoras y autores se lanzasen a escribir distopías con mensaje feminista como si no hubiera un mañana. Dando como resultado obras de notable calidad literaria y obras que, por el contrario, se quedaron simplemente en un intento de igualar en originalidad a la maestra que hoy es Margaret Atwood. A todas luces insuperable. Hoy el libro que tengo el placer de reseñar pertenece, no a esa oleada tras la repercusión de la serie de televisión, sino a una anterior, la que no tuvo esa referencia audiovisual y que en este caso concreto no consigue despegar del todo. Hijas del norte: intenso himno a la rebelión feminista 


Hijas del norte es una novela que vio la luz por primera vez en el año 2007. Tuvo su recorrido y popularidad en el ámbito anglosajón y, en base a lo que la historia nos narra, podríamos hablar de un libro profético en muchos sentidos. Aunque la influencia de El cuento de la criada sea clara y a pesar de que muchas de las cuestiones que aborda la novela de Hall ya fueron tratadas y criticadas por la propia Atwood. Sin embargo, cabría preguntarse por qué ahora y no en el momento en el que fue publicada no se tradujo a otros idiomas, entre ellos el español. Podemos argumentarlo recurriendo a motivos editoriales, pero también al hecho de que temas como el ecofeminismo, la discriminación de la mujer en los totalitarismos literarios de corte distópico o la propia respuesta de las mujeres oprimidas por medio del feminismo no estaban a la orden del día en nuestros debates más acuciantes. No fue hasta finales de la pasada década cuando por fin pudimos ver a los parlamentarios de nuestro país discutir entorno al feminismo, la desigualdad salarial, los micromachismos o la libertad sexual de las mujeres. A eso debemos añadirle la poca o nula importancia del feminismo o la perspectiva de género en los distintos ámbitos de la sociedad, incluyendo lo académico, médico, administrativo, judicial o militar por citar algunos ejemplos. Por no hablar que lo catalogado como feminista no conseguía hasta hace muy poco un lugar destacado en las librerías o bibliotecas públicas. Tuvo que llegar el #MeToo, el escandalo Weinstein, el juicio a la manada de San Fermín, las huelgas del 8 de Marzo y la presencia de miles de activistas al rededor del mundo con la posibilidad de poseer un altavoz desde el que hablar para que, de pronto, libros como El segundo sexo de Simone de Beauvoir o Política sexual de Kate Millett dejasen de coger polvo para ocupar un lugar destacado en las tiendas. Al calor de estos acontecimientos y movimientos, no es de extrañar que una novela como El cuento de la criada volviese a la primera línea después de tantos años, y lo más importante, a conquistar esta vez sí a millones de lectores al rededor del mundo. Por eso, y teniendo en cuenta el año de publicación de Hijas del norte, muy pocos lectores sosteníamos la idea de que fuera una novela del montón, de las que decidieron copiar descaradamente el estilo de Atwood, de las que se apuntaron a lo que tristemente acabó por convertirse en moda literaria. Al concebirse en un momento de cero debate al respecto, pensaba que estaba ante una buena historia. Y sí, es una buena historia, aunque con algunos peros. 


En un futuro más o menos cercano, Inglaterra se ha visto sacudida por una catástrofe medioambiental dejando a medio país bajo las aguas. La crisis alimentaria se dispara como consecuencia de las inundaciones y los más afortunados subsisten gracias a la ayuda humanitaria proveniente de Estados Unidos. En medio de este panorama, surge La Autoridad, un gobierno totalitario proveniente de las zonas habitables que impone un brutal control demográfico, en el que las libertades, y muy especialmente las de las mujeres, se verán duramente recortadas. Entre las polémicas y abusivas medidas: la implantación de un chip uterino de contracepción bajo pena de reeducación o en los casos más graves de arresto. En esta nueva realidad la explotación laboral se reviste de obligación social, la carestía y el racionamiento son el pan de cada día de sus habitantes, el consumo de electricidad o internet están restringidos, los medios de comunicación son controlados y extraordinariamente limitados por el estado, el toque de queda es de obligatorio cumplimiento y un halo de resignación impide las manifestaciones y antiguas reivindicaciones. Ese es el totalitarismo de Hijas del norte, régimen en el que sobrevive una mujer a la que llamamos Hermana, protagonista absoluta de la novela, y a través de su testimonio conoceremos su disconformidad, su espíritu rebelde, y por supuesto, su huida a unas remotas colinas de Cumbria - maravilloso paisaje por cierto - en busca de la comuna feminista y autosuficiente de Carhullan, cuya milicia lucha para derrocar el sistema impuesto por La Autoridad. Dictada en primera persona, Hijas del norte está estructurada en siete capítulos a modo de archivos penitenciarios, como si de un interrogatorio o una crónica de sucesos se tratase. Este modo de presentar la historia es bastante original y de algún modo práctico, ya que la autora puede centrarse en las partes que de verdad le interesan sin necesidad de dar muchas explicaciones al lector de por qué esto sí se aborda y esto no. Dicho esto, creo que es en este apego a la forma - la confesión - y ese constante distanciamiento al modelo que Atwood mostró en El cuento de la criada es tal vez lo que más flojea de esta novela. Mientras Atwood limitó la posibilidad de expresar la rebeldía de su protagonista partiendo de su fuero interno a través de sus emociones y pensamientos - lo que potencia enormemente la escalofriante denuncia - Hall convierte a Hermana y el resto de mujeres que aparecen en la novela son directamente guerreras. Esta falta de introspección psicológica en Hijas del norte no hace sino flaquear una trama a priori atractiva para el lector. Por no hablar de incoherencias como la de que La Autoridad permita la existencia de una comuna de mujeres llamada Carhullan en la que la clandestinidad brilla por su ausencia. O la excepcionalidad de que nos topemos con un gobierno totalitario que impida a las mujeres tener hijos cuando, en la realidad histórica, la mayoría de regímenes autoritarios - exceptuando el caso de la política del hijo único en la China comunista - tienden a promover una mayor natalidad. 



Su ritmo es endiablado a ratos, pausado y reflexivo cuando toca, tiende a una progresiva decadencia hacia el final de la novela. Pero eso no quita que estemos ante una novela en la que explícitamente el grito y llamada a la rebelión feminista por parte de una comuna ecofeminista - de hecho resaltaría este aspecto como uno de los más interesantes del libro - contra lo totalitario, en este caso contra  todo lo que representa La Autoridad, no sea meritoria y digna de mención. Aunque la novela decaiga, los aspectos inverosímiles de su trama y esa falta de acercamiento al lado menos emotivo de la protagonista. En definitiva, que en tiempos de coronavirus y obligado encierro, las novelas distópicas pueden abrirnos una puerta a la reflexión, independientemente de lo que como lectoras y lectores queramos asociar como buena o mala literatura. La novela de Hall, por ir cerrando mi extensa argumentación, se mueve entre el homenaje - que no copia - a una de las grandes y más influyentes novelas dentro del género (llegando a ser visionaria en algunos aspectos) y la pena por no haber conseguido esa redondez que la haría perfecta. Lo que pudo ser y no es. El quiero pero me quedo corta. Aún así, y por apuntar un dato positivo, creo que estamos ante el inicio de una prometedora carrera literaria en la que, si tuviera voz y voto en este asunto, le aconsejaría a la propia Hall que siga en esa búsqueda de su propia voz literaria. Que los referentes están muy bien, pero que al fin y al cabo el hallar la personalidad es casi lo más importante en literatura. Con lecturas, trabajo y esfuerzo se consigue. Si la autora se aplica esta máxima estoy convencida de que veremos una Sarah Hall más curtida y única. 

Hijas del Norte: una historia de injusticia, totalitarismos, comunas ecofeministas, naturaleza, reflexión, rebelión, confesión, opresión, libertad... La novela que, es posible, queráis leer durante estos días de obligatoria cuarentena. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me llamo hermana. Ese es el nombre que me pusieron hace tres años. Es como me llaman las demás. Es como me llamo a mí misma. Antes de eso mi nombre no tenía importancia. No recuerdo que se usara. Ya no responderé a ese nombre ni me oiré decirlo en voz alta. No daré muestras de reconocerlo. No existe. Me llamaréis Hermana. Fui la última mujer que salió en busca de Carhullan."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Alianza Editorial

jueves, 26 de marzo de 2020

RESEÑA: Nevada

NEVADA

Título: Nevada.

Autora:  Claire Vaye Watkins (Bishop, California, 1984) se crio en el desierto de Mojave, primero en Tecopa, California, y después en Pahrump, Nevada. Tras graduarse en la Universidad de Nevada en Reno, obtuvo un Máster en Bellas Artes en la Universidad de Ohio State. Es autora de la colección de cuentos Nevada (2012) y de la novela Gold Fame Citrus (2015), y sus relatos y ensayos han aparecido en publicaciones como Granta, Tin House, Freeman’s, The Paris Review, Story Quarterly, New American Stories, Best of the West, The New Republic, The New York Times o Pushcart Prize XLIII. Por Nevada ganó, entre otros, el Story Prize, el Dylan Thomas Prize, el Rosenthal Family Foundation Award de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras y el Silver Pen Award del Salón de la Fama de Escritores de Nevada. Actualmente es profesora asistente en la Universidad de Michigan y junto con su marido, Derek Palacio, coordina la Mojave School, un taller de escritura creativa para niños. (Fuente: Editorial).


Editorial: Malas Tierras.

Idioma: Inglés.

Traductor: Ce Santiago.

Sinopsis: la llegada de un turista italiano altera la cotidianidad de un rancho de prostitución. Un buscador de oro descubre los límites de su férreo individualismo cuando intenta salvar a una adolescente embarazada. Años después de haber llevado a su mejor amiga a un encuentro degradante en una habitación de hotel de Las Vegas, una mujer sufre las consecuencias emocionales de sus actos. La búsqueda de un punto de partida sirve a Watkins para asumir y reinventar su propio legado —su padre fue Paul Watkins, segundo de a bordo de Charles Manson—  en una historia que emerge del caos y la destrucción de Helter Skelter. En cada uno de los diez relatos que componen esta colección, Claire Vaye Watkins ofrece una mitología del oeste de Estados Unidos. Sus personajes, que orbitan alrededor de los vastos espacios de este territorio, tratan de buscar la redención a pesar de —y a menudo debido a— las dificultades y la violencia a las que se ven sometidos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: potente, original, en la que lo humano y el territorio se dan la mano, magistral, sin ningún relato que sobre, impecable, una nueva voz a la que debemos seguir muy de cerca... Estamos confinados. Sí, lo se, no es ninguna novedad. Y encima el pasado domingo nos levantamos con la noticia de que esta situación va a alargarse, presumiblemente, otros quince días más. Todavía rememoro lo fría que estaba el agua del jarro metafórico, y es que últimamente, por desgracia, es una situación que se repite día tras día. Como Bill Murray en el Día de la Marmota, como si el reloj de nuestro salón se hubiese entrado en un bucle espacio temporal del que es imposible salir. O al contario, como si sus manecillas congeladas nos recordasen que hasta que todo esto pase - aunque ahora se nos antoja lejano dicho día - éstas no volverán a funcionar. Por eso es importante buscar ese refugio que nos ayude a sobrellevar mejor los días en blanco y las horas en las que la incertidumbre no nos deja pensar. Y en ese sentido los libros, como esa cueva en medio de la tormenta, no se si pueden salvarnos de la situación pero sí al menos resguardarnos hasta que el clima mejore. Los lugares a los que nos es imposible viajar físicamente por culpa - vamos a tirar de humor literario - del que "no debe ser nombrado" los visitamos a través de las páginas noveladas, ensayísticas, teatrales o poéticas. Es uno de los pocos consuelos de los que gozamos, al menos por el momento. Así que estos días de incertidumbre he decidido regresar, la segunda vez en lo que llevamos de mes, al Valle de la Muerte (del cual ya hablé hace unas semanas gracias al ensayo de Mary Huner Austin). A este paso voy a autoconvencerme de que existe una mágica y extraña conexión entre mi persona y dicho lugar a pesar de que todo ha sido producto de la mayor de las casualidades. Si con Austin nos aproximamos al lugar desde una cronología - la de principios de siglo XX - y desde una perspectiva englobada en el Nature Writing, con el libro que hoy tengo el inmenso placer de reseñar este acercamiento es más novelístico, brutal, íntimo y en el que, por primera vez en mucho tiempo, no he encontrado ni un solo relato prescindible, o lo que es lo mismo, perfecto en su idea y ejecución. Nevada: oda a la idiosincrasia, geografía y el dolor de la América profunda.


Nada más abrir este volumen de relatos por la primera página el lector se lleva dos sorpresas capaces de desencajar mandíbulas y exclamar un "what the fuck" en voz alta. La primera es una cuestión de edad, ya que con solo 28 años Claire Vaye Watkins publicó estos textos, aunque en más de una entrevista ha señalado que la idea de Nevada se empezó a fraguar mientras asistía a la Universidad de Reno gracias a las historias que su madre le contaba sobre el estado en el que había pasado gran parte de su vida - a pesar de haber nacido en pleno desierto de Mojave  en California - y auspiciada finalmente por la impactante biografía de su padre. De hecho, en otra entrevista, esta vez concedida a un medio de comunicación español, la escritora confesó que "es la figura de mi padre la que me empujó a ser novelista". Es aquí donde viene la mayor de las revelaciones, la que pone los pelos de punta, la que no vas a poder creerte a la primera de cambio. Y es que Claire es hija de Paul Watkins. Así de buenas a primeras este nombre no nos dice nada hasta que lo googleamos y descubrimos estupefactos que el padre de la talentosa novelista fue miembro de la Familia Manson cuya épica huida - recorriendo más de cinco kilómetros en medio del desierto acompañado de mujeres a las que había ayudado a liberar de la secta -  y su testificación en contra de Charles Manson en el juicio fueron determinantes para la condena, así como la revelación de las tesis del Helter Skelter. Watkins no asesinó a nadie - de hecho se unió a la familia persiguiendo su sueño de triunfar en la música - pero sí se dedicó a proveer al líder de mujeres para luego acostarse con ellas. Sin duda, un acto moralmente también reprobable. Sin embargo, Claire Vaye Watkins no ha conseguido situarse como una de las mejores narradoras estadounidenses de la actualidad por ser hija de un ex miembro de la Familia, sino por una carrera literaria que ha ido construyendo con tesón amparada por la crítica más especializada del país siendo Nevada uno de los debuts más sorprendentes. En él encontramos referencias a Flanney O´Connor - al despojar a sus personajes de moralina - a Cormac McCarty - en cuyas novelas el territorio acaba influyendo de manera determinante en los personajes y en la trama - pero también de su propia percepción personal del lugar, de los anhelos de un lugar del que siempre ha deseado escapar pero al que irremediablemente desea volver cuando siente vaciarse o incluso la figura de su padre. Un progenitor al que Claire, a pesar de su turbulenta biografía, no puede evitar echar de menos y cuyas vivencias pesan, convirtiéndose en material novelístico para narrar, desde un punto de vista oblicuo, la historia no contada del fin de la contracultura.


Ejemplo de ello es el relato que precisamente abre la antología, ese que directamente deja impactado al lector y que lleva por título Fantasmas cowboys. En él la autora nos habla de su padre, de la muerte de su madre, de George Spahn - dueño del famoso rancho Spahn que permitió a la familia Manson alojarse allí en sus días de ceguera al que Quentin Tarantino quiso homenajear en Erase una vez en Hollywood - de Razor Blade Baby - una niña nacida en el rancho y que la autora cree que podría ser su hermanastra - o de la fundación de la ciudad de Reno. Huelga decir, aunque suene muy típico, que este es sin duda el relato que más me ha gustado de todo el libro. Su aproximación a la figura del padre, esos saltos temporales entre el pasado y el presente, el retrato de esa familia de asesinos, el especial trato que se ofrece de George Spahn - ajeno por completo a los planes de Manson - las viejas leyendas del territorio, recuerdos de la propia autora y sobre todo la capacidad de trasladarte al lugar y embadurnarte del polvo del desierto logran enmarcar un relato en el que lo verídico se entre mezcla con una historia jamás contada y que pone los pelos de punta. Entre los diez cuentos que componen Nevada el texto ya mencionado es tal vez el más llamativo - y no me extraña - pero si por algo considero este volumen como uno de los más completos que he leído en años es debido a ese perfecto equilibro entre la idea primigenia y al rededor de la que orbitan todos los relatos y la ejecución de éstos a través de un estilo ultra depurado, muy minucioso y que, sin embargo, consigue generar la sensación de libertad creativa. Perfeccionamiento para dar rienda suelta a un universo que la autora crea al rededor de un territorio, unos personajes y unos valores que han caracterizado desde tiempos remotos al estado de Nevada sin caer en lo trillado ni el estereotipo. De hecho, a Watkins no le interesa lo más mínimo ahuyentar al lector, se esfuerza por quitarle de la cabeza la idea de que en su tierra sólo hay rocas rojizas, calor, Las Vegas y los mal conocidos como "paletos americanos". Tampoco lo edulcora, no lo idealiza. Simplemente se sitúa en un punto medio de índole personal, retratándolo como un lugar con sus claroscuros, en el que si quieres prosperar, debes salir de él y al mismo tiempo regresar para reconectar con tus raíces. Esto es algo que nos sucede constantemente. Quien trabaja en la gran ciudad y ha nacido en un pueblo volverá a él y viceversa. Y no debería sorprendernos, que Claire Watkins quiera reencontrase consigo misma en el Valle de la Muerte es similar a quien retorna por unos días a su pequeña aldea en medio de la estepa castellana. Lugares en los que muy poca gente querría vivir pero que, sin embargo, sirven de bálsamo para quienes se han criado allí.


En esa línea discurren el resto de relatos: Pasado perfecto, pasado continuo, pasado simple - en el que un turista italiano encuentra un burdel en medio del desierto mientras su compañero de viaje sigue desaparecido en el desierto - Lo que menos falta nos hace - donde el narrador mantiene correspondencia con alguien al que no conoce ni ha visto jamás pero del que conserva unas huellas tomadas tras un accidente - Rondine al nido - en el que dos amantes se sinceran confesándose mutuamente sus mayores crímenes - Los placeres - brillante retrato de la fiebre del oro y la mentalidad expansionista de los pioneros americanos en la California de 1849 - o Medusa - protagonizado por un antiguo minero que cada 5 de julio sale a recoger los restos de los fuegos artificiales y que acaba encontrándose a una chica inconsciente en las inmediaciones del lago seco Black Rock-. En todos ellos los personajes añoran lo que fueron en algún momento de sus vidas, buscan en dicho pasado los resquicios que les permitan autoconvencerse de ello, lo que les hacía felices y en definitiva en donde todo iba y estaba bien. Un tiempo en el que no cargaban con el peso del dolor de haber perdido algo o alguien, un dolor que en la actualidad se hace más presente, dominando por los errores o las malas decisiones. Leyendo estos cuentos experimenté la misma sensación, como no podía ser de otra manera,  que con La tierra de poca lluvia de Mary Hunter Austin - salvando las diferencias cronológicas y los temas que aborda - en el sentido de considerar el propio desierto, su orografía y habitantes como el protagonista principal del propio volumen. Sin embargo, y al contrario que me sucedió con Austin, las perspectivas que usa Watkins para aproximarse a él radican más en la relación del ser humano con el lugar que con la experiencia más filosófica y de concienciación medioambiental. En Nevada, los personajes abrazan la tierra, sienten el impacto del aire seco, observan el desolador paisaje rocoso, incluyendo sus espectaculares puestas de sol, las cuales se les antojan rutinarias, sin novedad alguna. Viven su realidad, y en ella se evidencia la prevalencia de ciertas ideas heredadas de los pioneros, las cuales por cierto excluyen y discriminan a las mujeres con una brutalidad pasmosa. Las Vegas también son el escenario de esta antología. Una metrópoli de casinos, timbas de póker, ruletas, espectáculos variopintos y hoteles de lujo como símbolo de prosperidad económica, pero también de la tumba del sueño americano. Muchos quieren huir de él, otros lo adoran en exceso, una parte se resigna a habitar en él y la otra consigue dejar el hostil paisaje atrás. Sin embargo, tal y como le ocurre a la propia autora, les resulta inevitable abandonarlo de por vida. Sus raíces han brotado en medio de las ruinas de lo que en su día fue el paraíso de vaqueros en el apogeo colonialista y de hippies en su etapa más decadente. Y eso es algo que no se puede cambiar.

Nevada: diez historias de locura, ideales, perversión, quiebra de los sueños, amor, aridez, huidas desesperadas, retornos balsámicos... Un libro de cuentos que os evadirá de todo y de todos, de eso se trata en estos días.

Frases o párrafos favoritos:

"Quién sabe cuándo y por qué ofrecemos las partes de nosotros mismos que ofrecemos."

"No existía ningún bálsamo para el espacio que él dejó. De haber existido —si la ciencia hubiese desarrollado un ungüento para la pena del alma o una pastilla para el mal de amores—, no lo habría usado. Yo quería que doliera. Yo quería una angustia catastrófica."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!


sábado, 21 de marzo de 2020

RESEÑA: Las Furias.

LAS FURIAS

Título: Las furias.

Autora: Katie Lowe, se graduó en la Universidad de Birming­ham. Es licenciada en Lengua y Literatura Inglesa y tiene un máster en Literatura y Vanguardia. Las Furias, traducida a varios idiomas, es su primera y aclamada novela. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductora: Virginia Maza.

Sinopsis: En 1998, una chica de dieciséis años —vestida de blanco y meciéndose en un columpio— aparece muerta en el elitista colegio femenino Elm Hollow, emplazado en una pequeña localidad costera con un tenebroso pasado vinculado a los procesos por brujería del siglo XVII.  Un año antes, tras la muerte de su padre y su hermana en un trágico accidente, Violet comienza sus estudios en la prestigiosa institución, donde enseguida se siente fascinada por tres de sus compañeras y por su carismática y misteriosa profesora de arte, quien la invita a formar parte de un selecto y secreto grupo de clases sobre mitología. Muy pronto, la figura de las furias, divinidades romanas de la venganza, empieza a ejercer tal magnetismo sobre las adolescentes que estas se ven arrastradas sin control hacia su lado más oscuro. ¿Hasta dónde llegarán para protegerse mutuamente... o para destruirse? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: entretenida, amena, con una aproximación inminentemente juvenil, tenebrosa, terrorífica por momentos, perversa, atractiva, poco profunda, con un mensaje feminista que resuena con fuerza... Las Furias - o Erinias en la mitología griega - son personificaciones femeninas de la venganza que perseguían a los culpables de ciertos crímenes. Según Hesíodo (uno de los grandes poetas de la antigua Grecia) son hijas de la sangre derramada por el pene de Urano sobre Gea cuando su hijo Crono lo castró, siendo por tanto divinidades ctónicas, es decir, dioses o espíritus procedentes del inframundo en oposición a las divinidades telúricas (más celestes). Al contrario que Hesíodo, que no fijó un número concreto de Furias, Virgilio - otro de los grandes escritores de la era clásica - determinó la existencia de tres, las cuales respondían a los nombres de Alecto ("la implacable"), Megera ("la celosa") y Tisífone ("la vengadora del asesino"). La primera castiga los delitos morales, la segunda los de infidelidad y la tercera los de sangre. Su representación ha variado a lo largo de la historia, sin embargo, la gran mayoría de escritores y artistas pictóricos coinciden en pintarlas como seres vengadores con serpientes enroscadas en sus cabellos, portando látigos y antorchas y con sangre manando de sus ojos en lugar de lágrimas. También que se decía que tenían grandes alas de murciélago o que hasta el cuerpo de perro. Fuerzas primitivas a los dioses del Olimpo, las Furias moraban por Érebo (o el Tártaro según otras leyendas) y solo regresaban a la tierra para castigar a los criminales vivos. En obras como la Ilíada, Homero les otorgó un poder ilimitado, es decir, que podían perseguir al criminal en cuestión más allá de su propia muerte, extendiéndose al inframundo, donde eran sometidos a las torturas más terribles e inimaginables hasta hacerles perder la cabeza (de ahí que su nombre latino, "Furias", derive precisamente de "furor" como sinónimo de "locura"). El criminal podía escapar del tormento sólo si encontraba a alguien que purificases sus crímenes. Las Furias tuvieron su protagonismo en la obra de Esquilo Las Euménides en donde éstas persiguen a Orestes por haber matado a su propia madre en venganza por el asesinato de su padre Agamenón. Se cuenta que durante su primera representación provocó el terror en los espectadores al situar a las Erinias o Furias en el coro. Las Furias aparecen en el sexto círculo del infierno de la Divina Comedia, visitan al Fausto de Goethe, se convierten en moscas en una novela de Sartre, son el terror de Morfeo en una historieta del comic The Sandman de Neil Gaiman e incluso hacen acto de presencia en un capítulo de la popular serie de los 90 Xena la Princesa Guerrera. Dentro de la literatura más actual encontramos un interesante, y muy juvenil ejemplo de actualización de estas criaturas mitológicas en el libro que hoy reseño para todas y todos vosotros. La Furias: la ira de las brujas en tiempos del Me Too.


La novela juvenil está viviendo desde finales de los años 90 hasta nuestros días su particular era de oro. Y aunque todavía la critica más arcaica sigue considerando a este género - caracterizado por mantenerse a modo de transición entre la literatura infantil y la de adultos - algo menor en comparación con otros géneros, lo cierto es que lo juvenil está más en boga que nunca. Hasta el punto de que podemos encontrar lectores de prácticamente todas las edades que son amantes o usuarios asiduos de sus formas de narrar. J.K. Rowlling fue la que abrió la veda en ese sentido consiguiendo, no solo que un niño y posteriormente adolescente llamado Harry Potter se haya convertido con el tiempo en uno de los personajes más famosos de la literatura, también reconfigurando los códigos de escritura del género juvenil para siempre. Tras ella vinieron muchas y muchos más que, con mayor o menor fortuna, han logrado que sus libros hayan alcanzado la categoría de "culto" o pertenecientes a la cultura popular de masas. Mención a parte merece la gran aceptación que tiene lo juvenil en España, siendo con diferencia el género que más se lee entre los adolescentes y no tan adolescentes. En nuestro país fue sin duda Laura Gallego la que resucitó de alguna manera una tradición antes cultivada por autoras como Ana Maria Matute, Carmen Martín Gaite o Elena Fortún entre otras y otros. Una tradición que actualmente sigue en auge gracias a escritoras como Victoria Álvarez, Beatriz Esteban o el tándem que forman Iria G. Parente y Selene M. Petalos escribiendo a dos manos. Desde tiempos de J. R. Tolkien se ha asociado la literatura juvenil - o Young Adult - con los recursos propios de la fantasía. Dragones, hadas, elfos, gigantes, árboles parlantes, magos. Hasta el punto de que muchos siguen sosteniendo que la literatura juvenil va implícita la fantasía. Sí, es cierto que una gran parte de lo que se publica de este género se sitúa en estos códigos, sin embargo, a lo largo de estos últimos años hemos sido testigos de la evolución que ha experimentado. Un cambio en lo transversal, en la utilización de otros géneros literarios para contar historias dentro del marco de lo juvenil. Hoy en día podemos aproximarnos a una librería y adquirir novela juvenil de temática social, de ciencia ficción, histórica, romántica o incluso próxima a los códigos del terror. Es precisamente en este último, en el que es capaz de hacernos temblar de miedo, donde debemos situar la novela que Katie Lowe ha escrito desde una ambientación y puntos de vista totalmente juveniles - y seriéfilos si me lo permitís - con una clara intencionalidad feminista. Aspectos de los cuales hablaremos con más detenimiento en los siguientes párrafo.


Cuando tuve por primera vez el presente libro entre mis manos, a su autora me la presentaron como la sucesora de Shirley Jackson. Sí, la misma que nos metió el miedo en el cuerpo con novelas como Siempre hemos vivido en el castillo, La Lotería o La Maldición de Hill House. Sí, es una exitosa y novedosa serie de Netflix, pero también una de las mejores novelas de terror del pasado siglo XX. De hecho, sin la existencia y el talento literario de Jackson, es muy posible que un tal Stephen King no hubiese desarrollado toda su cosmogonía terrorífica y por supuesto no se habría convertido en el referente mundial que es hoy. Era lógico que con dicha carta de presentación desconfiase en un primer momento, ya que los ejercicios pretenciosos no hacen sino alejarme de dicha lectura. Perola presencia de brujas, el que estuviese ambientado en un internado con oscuros orígenes, y lo más importante, el que llevase por título Las Furias me convencieron de que era un libro al que debía aproximarme, aunque sólo fuera por amarlo o repudiarlo una vez finalizada su lectura. Tras formar parte de ese selecto grupo de libros que escogí para finalizar el pasado año 2019, mi parecer no se decantó hacia el calificativo de "maravilla absoluta" ni al de "fracaso estrepitoso". Simplemente se mantuvo en una especie de punto medio, aunque con una serie de aspectos que inclinaron ligeramente la balanza hacia la satisfacción. Para empezar, y como ya he avanzado en el anterior párrafo, Las Furias es una novela perteneciente al género juvenil, cosa que por cierto desconocía por completo cuando inicié su lectura allá por el mes de diciembre. Este hecho me sorprendió de buenas a primeras, pero posteriormente decidí tomarlo como un regalo, como un reencuentro con mis orígenes lectores más añorados. Su prosa sencilla, su adictivo ritmo, su habilidad para esconder el misterio, su poca profundidad narrativa - que no reflexiva - la ambientación. así como esa potencia visual en lugar de ahuyentarme me engancharon. Tal vez en el fondo estaba deseando leer literatura juvenil, aunque no lo manifestase en voz alta y aunque su aproximación al terror me hiciese olvidar de que el público al que va dirigido fundamentalmente es el adolescente. En Las Furias Violet, una joven de 16 años que no consigue superar las secuelas de un accidente, entra a formar parte del prestigioso instituto femenino Elm Hollow. Un internado fundado en el siglo XVII y cuya historia está ligada a los procesos por brujería que tuvieron lugar en aquella época. Es allí entre un decano experto en brujería, un grupo de misteriosas chicas y una profesora, Anabelle, que organiza clases de mitología clásica para un selecto grupo de alumnas donde Violet deberá moverse y adaptarse. A toda esta nueva cotidianeidad se le añadirá el conocimiento de crímenes acontecidos tiempo atrás en las inmediaciones del lugar y el descubrimiento de "las Furias" como entres oscuros a los que se puede invocar para atormentar a quien te ha hecho daño. Dicho esto, está claro que Hogwarts ha dejado de ser el colegio más peligroso de la ficción en comparación con Elm Hollow.


Las influencias aquí son muy claras. En el plano literario está claro que Katie Lowe bebe de la influencia de Shirley Jackson, sobre todo en lo que a preocupaciones y temáticas se refiere. Sin embargo, ni Jackson ni Lowe comparten una cosa fundamental como es la coetaneidad. Mientras la primera desarrolló su carrera literaria a principios y mediados del siglo XX, la segunda es una autora de pleno siglo XXI. Algo capital para apreciar, por supuesto, el diferente trato y perspectiva a los temas que las unen como maestra y alumna. Mientras la primera usa lo sobrenatural de una forma más sutil para evidenciar que la cara abominable de la condición humana, en la segunda el elemento terrorífico es ultra explícito, hasta el punto de que vemos y sentimos el poder de las brujas o "Furias" en este caso. Por otro lado, y aquí es una opinión puramente personal, mientras leía la presente novela no paraba de encontrar conexiones con Las vírgenes suicidas de Jeffrey Egenides. La forma con la que se inicia el libro, el tono de las jóvenes, así como su cohesión casi mística me han recordado enormemente a las hermanas Lisbon, cuyo poder de atracción y de misterio era bastante similar. Por ir finiquitando este apartado de influencias, os adjuntaré una más, la que más me gusta y más gracia me hace. Y es que Las Furias de Katie Lowe recuerda muchísimo al planteamiento y el estilo de la serie American Horror Story, y en concreto a su tercera temporada - la más celebrada e icónica de todas - titulada Coven. En ella, los espectadores asistimos a una historia desarrollada en un colegio femenino de brujería  en crisis ante la posible extinción de las descendientes de Salem y todos los tejemanejes al rededor de sus alumnas, profesoras y demás personajes foráneos a la institución. Una vez expuesto el argumento y tras haber leído Las Furias no podemos hablar de descarada copia pero sí de una especie de homenaje, aunque con la ausencia de una Madison Montgomery o una Fiona Goode. Para ponerle punto y final me gustaría hablar, aunque sea brevemente, del núcleo de la novela, el sol sobre el que pivotan el resto de planetas, la verdadera razón de ser y el motivo que empujó a Lowe a escribir esta novela resucitando a las Furias, figuras mitológicas por cierto poco reivindicadas en la literatura. Cuando me he referido antes a este libro como una historia de brujas en tiempos del Me Too lo he hecho con toda la certeza del mundo, ya que por un lado la autora ha querido en primera instancia construir una historia donde el feminismo y la sororidad fuesen los temas subyacentes entre lenguaje teen y lo terrorífico, y por otro lado, usar la figura de las Furias para evidenciar el poder de las mujeres para luchar contra las injusticias. En la novela Violet, Robin, Grace y Alex las invocan contra los hombres. Hombres que las agreden, las insultan, las acosan y las violan. Ellas se erigen entonces como herederas de una sabiduría ancestral, transmitida de generación en generación a través de las tragedias, los procesos de brujería y el arte. Por eso las mujeres, ante cualquier retroceso de derechos que nos afecte, nos sentiremos más próximas ellas, a nuestras antepasadas quemadas en la hoguera, arrojadas a acantilados o a esas Furias que persiguen la justicia a través de manifestaciones, motines, barricadas y demás actos revolucionarios. Lowe nos ha dado la clave, seamos Furias, señalemos la injusticia, acabemos con el patriarcado, sin esperar a que nadie lo haga por nosotras.

Las Furias: una historia de brujería, invocaciones, asesinatos, adolescentes misteriosas, mitología, justicia, feminismo, unión... Si estos días de encierro necesitáis una novela de abstracción total, esta es la que necesitáis.

Frases o párrafos favoritos:

"Les enseñaré todo lo que sé y todo lo que mis predecesoras han sabido: la fuerza de las mujeres llevadas por la ira, los destinos que tenemos reservados y las furias que poseemos. Les ayudaré a desplegar las alar y a sacarles los ojos a los que nos miren; les enseñaré a quemar con fuego justo y a purificar el mundo a través del conocimiento. Les hablaré de belleza, venganza, locura y muerte, y si lo calcinan todo y vuelven a empezar, cuanto más, mejor."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Siruela

lunes, 16 de marzo de 2020

RESEÑA: El boxeador polaco.

EL BOXEADOR POLACO

Título: El boxeador polaco.

Autor: Eduardo Halfon nació en 1971 en la ciudad de Guatemala. Ha publicado Esto no es una pipa, Saturno (2003), De cabo roto (2003), El ángel literario (2004), Siete minutos de desasosiego (2007), Clases de hebreo (2008), Clases de dibujo (2009), El boxeador polaco (2008), La pirueta (2010), Mañana nunca lo hablamos (2011), Elocuencias de un tartamudo (2012), Monasterio (Libros del Asteroide, 2014), Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), Duelo (Libros del Asteroide, 2017) y Biblioteca bizarra (2018). Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano, serbio, portugués, holandés, japonés, noruego y croata. En 2007 fue nombrado uno de los treinta y nueve mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. En 2011 recibió la beca Guggenheim, y en 2015 le fue otorgado en Francia el prestigioso Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana. Su última novela, Duelo, fue galardonada con el Premio de las Librerías de Navarra (España), el Prix du Meilleur Livre Étranger (Francia) y el Edward Lewis Wallant Award (EE. UU.). En 2018 recibió el Premio Nacional de Literatura de Guatemala, el mayor galardón literario de su país natal. Actualmente vive en París, becado por la Universidad de Columbia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Un abuelo polaco cuenta por primera vez la historia secreta del número que lleva tatuado en el antebrazo. Un pianista serbio añora su identidad prohibida. Un joven indígena maya está desgarrado entre sus estudios, sus obligaciones familiares y su amor por la poesía. Una hippie israelí anhela respuestas y experiencias alucinógenas en Antigua Guatemala. Un viejo académico reivindica la importancia del humor. Todos ellos, seducidos por algo que está más allá de la razón, buscan lo hermoso y lo efímero a través de la música, las historias, la poesía, lo erótico, el humor o el silencio, mientras un narrador −profesor universitario y escritor guatemalteco también llamado Eduardo Halfon− empieza a rastrear las huellas de su personaje más enigmático: él mismo. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, al mismo tiempo lenta, embaucadora, capaz de hacer con el lector lo que le de la gana, interesante, con una reflexión entorno a los usos de la autoficción, desigual, intelectual... El año pasado, a nivel personal y literario, se produjo un importante acontecimiento: el descubrimiento, casi por sorpresa, de un autor nuevo con una voz literaria única llamado Eduardo Halfon. Y no sólo eso, sino que a partir de entonces estuve atenta a todo lo que se editaba de él en España. El hallazgo se produjo por el azar del destino al recibir por parte de Jekyll and Hill - de las editoriales independientes más singulares de este país - dos ejemplares muy peculiares y distintos entre sí. Yo en ese momento aún no lo sabía, pero estaba a punto de que mi cabeza hiciese "clic" con la lectura de dichos libros. El primero, bajo el extraño título Biblioteca bizarra, me volvió loca gracias a esa mezcla entre ensayo, ficción, crónica periodística y episodios de la propia vida del autor. A la vez que proseguía ávida su lectura, mi cabeza no paraba de darle vueltas a las reflexiones que aquellas páginas me suscitaban al mismo tiempo que mi cara reflejaba una mueca oscilante entre la perplejidad y la felicidad. El segundo, de corte más tradicional y con el sugerente título de Saturno, me lo ventilé en un sólo día. Está claro que era un cuento, extraordinariamente breve, pero era tan fuerte lo que en él se contaba que era imposible que despegase los ojos de la letra impresa. De nuevo, tal y como había sucedido con Biblioteca bizarra, volvieron a aparecer las dudas de si lo que estaba leyendo era una reproducción fidedigna de los pensamientos del autor respecto a su padre. ¿El resultado? Pues que una vez más no me quedó más remedio que arrodillarme ante sus pies. Pasado aquel caluroso verano llegó la gran noticia: con motivo de su décimo aniversario, Libros del Asteroide - editorial de las más queridas por los lectores - iba a editar la novela que hoy tengo el placer de reseñar. Sin pensármelo dos veces, y en cuanto tuve la oportunidad, no dudé solicitar un ejemplar para poder leerlo y reseñarlo una vez pasase su tiempo de reposo. Sin embargo, y a pesar de que el resultado en general ha sido positivo, en el fondo me esperaba algo más.  El boxeador polaco: el autor como protagonista de su propio relato.


Nada en estcapa a la subjetividad, o lo que es lo mismo, a la percepción y opinión personal que vertemos sobre cualquier cuestión. Las circunstancias son mil, imposibles de mencionar en una sola página, pero eso en cierta medida enriquece todo debate que se genera a posteriori, nada más ver una película, escuchar un disco o de poner punto y final a una lectura. En el caso de El boxeador polaco creo que cabrían una serie de reflexiones. Para empezar, debemos partir de que no es un volumen de relatos que se haya escrito en la más rabiosa de las actualidades, sino que, al contrario, Halfon lo firmó y publicó en la pasada década. Esa que ahora mismo se nos antoja extraordinariamente lejana pero cuyo recuerdo todavía nos retumba detrás de la oreja. Desde entonces, el manuscrito ha viajado de editorial en editorial hasta que Libros del Asteroide quiso recuperarlo y reeditarlo coincidiendo con la celebración de los diez años que habían pasado desde que viera por primera vez la luz allá por el 2009. No obstante, y he ahí la cuestión, la edición que ahora mismo tengo en mis manos es diferente a la primera versión ya que desde la propia editorial, y para esta nueva reimpresión, se ofreció al autor la libertad de que ordenase los relatos según su idea original. Los cuales (imagino que por razones editoriales) no estaban dispuestos tal y como se los encuentra el lector actual si toma la presente edición entre sus manos. Desconozco por completo cual era el orden anterior, ni siquiera me interesaba Eduardo Halfon en el 2009 - año en el que descubrí y me obsesioné con la novela policíaca - así que en ese sentido no puedo decir nada. Lo que sí que señalaré, a menos como dato a tener en cuenta, es la crucial importancia que tiene elaborar un buen ordenamiento de relatos, no sólo en esta, sino en cualquier antología. No es baladí que, por ejemplo, el libro se inicie con la lectura del relato más llamativo, que a mitad se coloque otro igual o más impactante y que el del final sea o bien uno demoledor o uno que actúe como crepúsculo, y por tanto, tenga un cariz más reflexivo. Hay antologías de todo tipo, y por supuesto, no todas se rigen a este patrón expuesto, si bien es cierto que la mayoría de ellas parecen amoldarse a él, ya sea por intuición o por estrategia de marketing. Se como sea, lo que está claro es que en El boxeador polaco en particular, tal y como el lector se la encuentra si la adquiere es un estilo bastante tradicional y al mismo tiempo efectivo.


Ahondando, esta vez sí, en el contenido, forma y temáticas que abordan los relatos me gustaría decir en primer lugar que su lectura me ha parecido inmersiva, estupendamente escrita pero con los habituales altibajos de cualquier libro de cuentos. Como siempre sucede, ni todos los textos son buenos ni todos van a conseguir el objetivo que todo escritora o escritor persigue con su profesión: que sus palabras resuenen en tu cabeza formando parte de tu memoria y esencia como persona. Como os he contado en el primer párrafo, venía de leerme otros títulos de Halfon y de "flipar en colores" con su manera de narrar sus preocupaciones. Sin embargo, con el Boxeador Polaco - seguramente por las altas expectativas que había depositado en dicha lectura - no acabó llenándome del todo. Aún así, hay algunos aspectos a resaltar que merecen toda nuestra atención como lectores sibaritas que somos. En primer lugar, un recurso muy clásico, el que todos los cuentos estén conectados entre sí y todo ellos, aquí va la novedad, protagonizados por el propio autor. Si lo analizamos desde el punto de vista de la creación literaria no puedo parar de aplaudir, hasta con las orejas, el que Halfon haya tenido la valentía de desnudarse de esa manera ante los lectores de medio mundo. Huelga decir que, obviamente, desconocemos que es real o que no, que le ha sucedido de verdad o es simplemente producto de su imaginación. Los limites de la autoficción, como ya sabéis, son extremadamente endebles. En ellos, Halfon nos desgrana su relación de pareja, viajes varios, encuentros, ponencias, recuerdos, remordimientos, borracheras, caladas, pensamientos, errores y demás episodios autobiográficos formando un anecdotario que escapa al morbo y a lo intrascendente. Si algo podemos destacar de la prosa de Eduardo Halfon es su capacidad de embaucar al lector, hasta el que no acostumbra a leer con mayor frecuencia. Su poder para agarrarte y no soltarte, mantenerte en vilo y dejarte marchar una vez pones punto final a cualquiera de sus escritos es de alabar. Sin duda, Halfon es uno de los pocos escritores capaces de contener la tensión narrativa, y con ella la de todos los lectores. En El boxeador polaco lo consigue, no siempre, pero el regusto de la lectura en su conjunto al final acaba desequilibrando ligeramente la balanza hacia opiniones más favorables. Por destacar algún relato, obviamente el que da título a la antología resulta el más interesante a ojos de una lectora graduada en Historia y experta en Historia Contemporánea. Una breve historia inspirada en el abuelo del propio Halfon - que escapó de un campo de concentración gracias a la ayuda de, como no, un boxeador polaco - y que el autor descubrió en el momento en el que se percató de los números que su abuelo llevaba tatuados en el antebrazo. Eso fue de pequeño, cuando no supo el significado de dichos dígitos hasta que, una vez adulto, pudo compartir un whisky a medias y escuchar la gran historia que escondían. Y mientras, a la espera de la gran revelación, el niño que Halfon fue siempre creyó que era el número de teléfono de su abuelo que, para recordarlo siempre, había decidido tatuárselo sobre la piel. Esta mentira familiar, este relato oculto, este secreto es al rededor del que pivotan el resto de relatos, unidos por el rol protagónico de su autor, así como de otros temas como la culpa, la búsqueda, el desarraigo o la intelectualidad. Para terminar diremos que la antología de Halfón, más allá de los detalles estilísticos o narrativos, lo que suscita es una pertinente reflexión entorno a las posibilidades del género de la autoficción. Un género que nos abruma - no hay más que echar un vistazo a los catálogos online de las librerías para apreciar su ingente cantidad - y demasiado canónico que necesita con urgencia una renovación conceptual y replantear las formas de abordarlo. Algo que Eduardo Halfon ha conseguido a través de la fusión con otro género, más ancestral, muchísimo más tradicional, y en los tiempos que corren, el más versátil y de más éxito entre los lectores del siglo XXI. Hablamos del cuento, hablamos de la tradición oral y por consiguiente, de la esencia de nosotras y nosotros mismos, justo la conclusión que se extrae del presente libro. El poder de la literatura para abordar preocupaciones hereditarias y perennes.

El boxeador polaco: una historia de memoria, descubrimiento, afrontar la realidad, universitarios, divagaciones, escritoras, escritores... Una historia dentro de otra, y de otra, y de otra.

Frases o párrafos favoritos:

"No tardé tanto en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de su número."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 10 de marzo de 2020

RESEÑA: La tierra de poca lluvia.

LA TIERRA DE POCA LLUVIA

Título: La tierra de poca lluvia.

Autora: Mary Huner Austin (1868-1934) fue novelista, dramaturga, poeta y una pionera del movimiento feminista y de los derechos de las minorías indígenas de Norteamérica. Figura destacada de la literatura de su tiempo, entre sus amigos se contaron Ambrose Bierce, Jack London y Sinclair Lewis. Además de La tierra de poca lluvia, considerado un clásico en su género, escribió obras como The basket woman y The arrow maker, centradas en la vida de las tribus indias. Su libro Taos pueblo, que incluye fotografías de Ansel Adams y del que se lanzó una reducida tirada de poco más de cien copias, es hoy una apreciada rareza bibliográfica. La tierra de poca lluvia fue adaptada a la televisión en 1989, con Helen Hunt como protagonista. (Fuente: Hermida Editores).


Editorial: Hermida Editores.

Idioma: ingles.

Traductor: José Luis Piquero.

Sinopsis: la sensibilidad de Mary Hunter Austin ha sido comparada con la de Thoreau, Muir o Edward Abbey, quien prologa una de las ediciones americanas del libro. Su exquisito lenguaje da vida a una espiritualidad centrada en la tierra, siendo precursora en la opinión de que el paisaje es esencialmente femenino: fértil y generoso, seductor y hechicero. Las mujeres sobreviven en un territorio dominado por una naturaleza ingobernable. Austin nos describe a una mujer para la que es más fácil vivir sin marido que lo previsto por las convenciones sociales. Leyendas de minas de oro y otras como las del Hassaympa, que consigue que quien bebe de sus aguas vea los hechos bajo el prisma romántico, y del que la misma autora bebió en dos ocasiones. La enseñanza que podemos extraer del libro es que quien sea capaz de vivir en estos paisajes que parecen desolados descubre que las míseras preocupaciones del mundo civilizado no tienen importancia. 

Su lectura me ha parecido: profunda, bella, estilísticamente concreta, estética, única, íntima, observadora, ecologista, pionera, una joya dentro del "Natural Writing"... Existe en el mundo un lugar bautizado con el terrible nombre de el "Valle de la Muerte". Y a juzgar por las imágenes que aparecen en el buscador de Google, al instante comprendes por qué se llama así.  No, no es el lugar en el que habita Lucifer en persona - aunque bien podría - ni estamos ante una especie de volcán expulsando furiosa lava de su cráter. De hecho, según como se mire, se podría considerar una belleza a ojos del ser humano a pesar de su abrasador aspecto. Ubicado al sureste de California, el Valle de la Muerte tiene el dudoso honor de poseer dos de los desiertos - el de Mojave y el de Colorado - más áridos de los Estados Unidos, siendo su punto más alto el Telescope Peak ( a 3,366 metros). No muy lejos de allí fluye el río Amargosa, albergando una pequeña depresión llamada Badwater, que con 86 metros por debajo del nivel del mar se convierte en el punto más bajo de Norteamérica. Desde hace siglos sus tierras son el hogar de la tribu de nativos americanos Timbisha, cuyo nombre hace referencia al ocre rojo que se puede elaborar a partir de una arcilla muy abundante en el lugar. Actualmente algunas familias pertenecientes a esta tribu siguen viviendo allí, aunque desposeídas de su forma de vida tradicional. La historia del Valle de la Muerte es trágica, ya que en sus tierras perecieron muchos pioneros que, movidos por la famosa fiebre del oro, en su intento por incursionar en él. En 1850, y tras haber extraído tanto oro como plata, se descubrió el Bórax - imprescindible para la fabricación, décadas más tarde, de detergentes y pesticidas así como en la industria joyera - y desde entonces no se ha dejado de explotar la zona. Aunque hay informes que lo desmienten, se dice que el 10 de julio de 1913 con una temperatura de 134 grados se convirtió en el lugar más caliente de la tierra. Verdad o no, a día de hoy todavía no ha habido ningún lugar que haya sobrepasado dicha escalofriante marca, aunque tiempo al tiempo. Por otro lado, y no menos importante, el Valle de la Muerte ha sido escenario de numerosas películas y morada de La Familia Manson desde que en 1968 ocuparon dos ranchos abandonados en sus alrededores. Sin embargo, entre todo este anecdotario cabría mencionar a la escritora Mary Hunter Austin, cuyo libro tengo hoy el placer de reseñar, mira al valle desde una perspectiva naturalista, social y de género. Muy en consonancia con su actitud adelantada para su época y con la propia idiosincrasia del paisaje. La tierra de poca lluvia: un cielo inmenso sobre el "País de las Fronteras Perdidas".


Desde hace unos años lo que hoy conocemos como "Nature Writing" - o literatura sobre naturaleza - se ha convertido en un pilar fundamental de toda librería que se precie. Un género literario de origen puramente norteamericano (inspirado en las diferentes investigaciones de carácter antropológico y biológico que estaban teniendo lugar en Inglaterra) que desde mediados de siglo XVIII no ha dejado de dar a luz algunos de los textos más influyentes de los últimos tiempos. Toda una paradoja si tenemos en cuenta que actualmente Estados Unidos es uno de los países más contaminantes del mundo y cuyo presidente niega rotundamente la existencia del cambio climático. Incoherencias históricas a parte, lo que está claro es que la preocupación por el medio ambiente, así como la reflexión en torno a la búsqueda de sociedades utópicas en las que el ser humano convive con la naturaleza en plena harmonía, tuvieron gran repercusión, siendo el siglo XIX el momento en el que esta primera ola del "Nature Wtriting" traspasaría fronteras. Sin duda, el Walden de Henry David Thoreau fue y sigue siendo el libro más famoso de esta corriente literaria y durante años el modelo que autores y autoras tomaron como referente. En él, su autor narra los dos años, dos meses y dos días que vivió en una cabaña construida por él mismo y próxima al lago Walden - de ahí el título del libro - . Con esta existencia tan solitaria, sostenible y libre, Thoreau pretendió reflejar varias cosas: por un lado, demostrar que la vida en la naturaleza es la mejor para todo aquel que ansíe con liberarse de las cadenas de una sociedad industrial, y por el otro, concienciar de la importancia de los recursos naturales así como de su correcto aprovechamiento. Con Walden, Thoreau se adelantó un siglo a las primeras protestas ecologistas al calor del movimiento contrario a la Guerra de Vietnam y el movimiento Hippie. Quién le iba a decir que 161 años después una joven llamada Greta Thunberg asistiría a las cumbres climáticas para exigir a los líderes de las potencias mundiales medidas urgentes para combatir el cambio climático. Unas medidas que por supuesto, parten de Thoreau y de tantos otros autores que introdujeron por primera vez términos como reciclaje o economía colaborativa. Sin embargo, como siempre sucede, son pocas las autoras que nos han llegado del pasado que como Thoreau, Emerson y tantos otros se preocuparon por la sostenibilidad y de ofrecer una visión más o menos atractiva de la vida en el campo. Y de entre todas ellas, el caso de Mary Hunter Austin se revela como uno de los más particulares, no sólo por ensalzar la belleza de un lugar en el que muy pocos querrían vivir, también por hacerlo desde una mirada femenina y comprometida con los derechos tanto de las mujeres como de los nativos americanos.


Mary Huner Austin, además de codearse con escritores de la talla de H.G. Wells o Jack London entre otros, dedicó toda su vida al estudio de la vida de los nativos americanos en los distintos desiertos de California. Una pasión intelectual que le llevó a instalarse durante gran parte de su biografía en el ya citado Valle de la Muerte y que plasmó en distintas obras - las cuales esperemos que sean traducidas al español más pronto que tarde - entre las que sobresale La tierra de poca lluvia. Es en medio de la suave arena del desierto de Mojave, las montañas de roca rojiza, los vestigios de la ocupación por parte de los colonos y las distintas leyendas que sobrevuelan el lugar donde Austin sitúa al lector, haciéndole partícipe del paisaje y de su extrema climatología. Muchos han definido este libro como un acto de amor hacia la naturaleza y las distintas formas de acercarse a ella, y sinceramente, creo que en esta ocasión han dado en el clavo porque, más allá de un estilo que bascula entre lo pragmático y lo poético, Austin consigue que nada más finalizar su lectura nos entren ganas de comprar unos billetes y viajar a la California más desconocida. Esa en la que las mansiones, las hamburgueserías, los estudios de cine o las estrellas de un kilométrico paseo no tendrían cabida. Más bien estorbarían, viciarían, en definitiva, estropearían un lugar ya de por sí mágico sin necesidad de focos o efectos especiales. A través de los ojos de Austin observamos el sol posarse sobre las montañas (y esos tonos anaranjados y azulados que la tenue luz deja a su paso). Morimos de calor en pleno desierto mientras la arena se eleva sobre nuestros pies. Saludamos al viento - protagonista de estos textos - mientras sentimos su suave movimiento acariciando nuestras mejillas. Atisbamos, a lo lejos, una pequeña casa de madera en medio de la nada (seguramente levantada durante la fiebre del oro que consumió a más de un aventurero). Nos dejamos aconsejar y guiar por sus ancestrales habitantes de los cuales, esta vez sí, no podemos evitar fiarnos a pies juntillas. Aprendemos de su cultura, de sus oficios, de sus paseos, hasta de como se teje un cesto. Si hasta el tejón se convierte en uno más de la familia. Esta familia llamada biosfera. Sin embargo, no todo es bello en el gran desierto. En él también hay sombras, inconvenientes, piedras en el camino y, en ocasiones, un ambiente extraordinariamente sórdido. Consciente de sus conocimientos, Austin no pone éstos a disposición de la imaginación del lector, sino que en sus catorce píldoras literarias - en las que se alterna el relato y el ensayo - lo terrenal se antepone a lo sublime. La autora no se inventa un lugar, ni siquiera trata de hacerlo más atractivo de lo que en realidad es, simplemente pone las cartas sobre la mesa. Y aunque el poso de la leyenda nos nuble a veces el entendimiento, no debemos olvidar que es uno de los lugares más secos del planeta, y que por tanto, esos billetes debemos comprarlos con conocimiento. Tal y como dicta el sentido común, tal y como querría la propia Mary Hunter Austin.


Leyendo La tierra de poca lluvia no pude evitar acordarme del personaje de Ada McGrath - bellísimamente interpretado por Holly Hunter - en la película El Piano. En ella, el espectador es testigo de una serie de escenas exuberantes tanto por su hermosura como por el papel que juega la naturaleza autóctona en el significado intrínseco de la cinta. En ellas, vemos a Ada McGarth y a su hija Flora - a quien da vida Anna Paquin - como son llevadas en volandas por los marineros hasta llegar a la orilla de una remota playa de Nueva Zelanda. Una vez allí, ambas deben esperar a que un grupo de trabajadores del que será el futuro marido de Ada vayan en su ayuda, ya que la agreste orografía hace imposible el traslado de sus pertenecias. Haciendo uso de los hierros que abultan sus enormes faldas, consiguen construir un refugio en el que poder pasar la noche. No debemos olvidar que la película está ambientada en el siglo XIX, por lo que la moda de la mujer de dicha época era bastante llamativa y compleja. Si avanzamos en su visionado, observamos como los árboles en ocasiones actúan como protectores y obstáculos al mismo tiempo. Como la playa - y sobre todo el piano que en ella habita por culpa del marido de Ada - simboliza la libertad. Como las raíces dificultan sus pasos. Como las montañas ejercen un poder intimidatorio sobre sus nuevos huéspedes. Como el barro se aferra a los pies manchándolos e inmovilizando su huida cuando el peligro acecha tras el filo del hacha. Como los aborígenes neozelandeses - cuya presencia a lo largo de la película es notoria - son de los pocos que saben domar a la hostil flora y fauna. Y por supuesto, como la profundidad de sus aguas son capaces de llevarse consigo lo que más apreciamos, tanto si estamos de acuerdo como si no. Las cordilleras, los lagos, los bosques... Todo juega en contra de las mujeres. Al menos en lo que a convivencia con dicho paisaje se refiere, ya que hasta hace poco a nosotras no se nos solía educar para que las escalemos, los naveguemos o los atravesemos. Calladitas, modositas y serviles. Así de simple. Como Ada en El Piano. Un personaje que representa el lado más extremo de este opresor patriarcado (la pobre ni siquiera es capaz de articular palabra además de sufrir constantemente una doble represión: la artística y la sexual). De ahí que durante siglos fuesen pocas las que se atreviesen a subir las grandes montañas, recorrer las rutas más largas del mundo o que simplemente se asentasen en aquellos lugares impensables por estar desprovistos de las comodidades que ofrecen las pequeñas y grandes ciudades. A esas, muchos las tildaban de locas o simplemente eran consideradas hombres pues se lanzaban a la aventura en un mundo en el que eran una pequeña minoría. Por fortuna, las cosas han cambiado, hasta el punto de que ya no se nos hace raro encontrarnos mujeres en grupos senderistas o entrenando para subir al Everest. En ese sentido, por las pioneras y por las que vivieron al margen de los dictados de la sociedad machista de su tiempo en lugares impensables, debemos acercarnos a ellas, a figuras como la de Mary Huner Austin, cuyo ejemplo puede dar alas a futuras intelectuales, biólogas, aventureras, escritoras o simplemente amantes del maravilloso espectáculo que la naturaleza nos brinda todos los días del año. Y todo ello sin necesidad de tener una pantalla delante.

La tierra de poca lluvia: catorce historias de aprendizaje, feminismo, dificultades, acantilados, animales salvajes, aridez, etnología, orígenes, virtudes, peligros... Un libro que querrás llevarte a todas partes, hasta los lugares más impredecibles.

Frases o párrafos favoritos:

"Una tierra de ríos perdidos, con muy poco en ella que se pueda amar; pero una tierra a la que, una vez que se visita, hay que volver inevitablemente. Si no fuera así, poco habría que decir de ella".

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores