Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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lunes, 21 de marzo de 2022

RESEÑA: El Evangelio.

 EVANGELIO


Título: El Evangelio. 

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Con Vozdevieja, su primera novela, consiguió gran éxito de público y crítica. Algo que le ha permitido ver publicados algunos de sus relatos en sendas antologías. Con El Evangelio y El quicio - novela ilustrada por Mireia Pérez - ha acabado por confirmarse como una de las grandes voces de este país. 



Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español.

Sinopsis: Lali tiene que hacer prácticas de magisterio, pero olvida echar la instancia. Cuando descubre que le han asignado un colegio de monjas ya es demasiado tarde. Sin embargo tendrá que superar el miedo y aprender que también esos niños necesitan lo mejor de ella, que también el amor se desvanece, que también los adultos incumplen las promesas expedidas. 

Su lectura me ha parecido: amarga, retratista, con un humor triste que surge en el momento más inesperado, ágil, generacional, algo desangelada.... Cuando tuve noticias de la editorial Blackie Books ya me habían impactado sus famosísimas ediciones. Caracterizadas por una gruesa tapa dura, una robustez categórica y, sobre todo, unas portadas que ya pertenecen a la historia de la edición de este país. Yo los conocí con Amor de monstruo, una novela de terror freak escrita por Katherine Dunn muy a lo American Horror Story, muy a lo Tim Burton cuando su estilo no se había diluido al compás de los encargos, franquicias y films fallidos. Sinceramente, me alucinó, ya que por aquel entonces seguía muy apegada a lo insólito y a las historias donde cierta fantasía oscura conseguía colarse en la realidad más visceral, algo a lo que sigo estando ligada aunque los caminos que conducen a ello se hayan ampliado considerablemente. Después llego Mo Daviau y su Lena y Karl, novela que, literalmente, me voló la cabeza, convenciéndome una vez más de que, a la hora de abordar la ciencia ficción, todavía existen perspectivas inexploradas. Como aquella que Daviau consiguió al aunar los viajes en el tiempo con la melomanía más nostálgica, haciendo realidad el sueño de todo amante del rock, poder teletransportarte al concierto de tus sueños, de tu vida o a aquel en el que te hubiera gustado saltar, cantar a grito pelado y vibrar con cada canción sin importar que, por aquel entonces, tu existencia no estuviera ni siquiera programada. También, en uno de esos veranos tórridos, me llegó en su edición de bolsillo una barbaridad llamada Peyton Place de Grace Metalious que, en un cruce entre lo mejor de Patricia Highsmith y toda la tradición adscrita al gótico sureño norteamericano da como resultado la novela que dio lugar a series tan célebres como Melrose Place y Twin Peaks. Con ese pueblo en el que ve alterada su anodina existencia con pequeños e inquietantes sucesos, esa arquitectura ordenada y uniforme - una de las cosas que más yuyu me da, lo confieso -  y, sobre todo, esos vecinos a través de los que podemos vislumbrar un despiadado retrato de la sociedad estadounidense de los años 50. Como veis, parte de mi educación sentimental en lo que a literatura actual fantástico-terrorífica con toques cifi se la debo a Blackie, editorial que, más allá de estos tres inamovibles referentes, me ha permitido descubrir a autores como Juarma, Taylor Jenkis Reid, Desireé de Fez, Muriel Spark o la propia Elisa Victoria, cuya novela Vozdevieja se ha convertido en todo un referente de la literatura española actual. Algo que ha venido en parte a repetir en la novela que hoy tengo el placer de reseñaros que, aunque en mi caso no ha sido lo que esperaba, confirmamos la continuidad de una autora interesante y de un genuino estilo narrativo. El Evangelio: los problemas de la generación Millenial (o Z) entre docencia y crucifijos. 



Elisa Victoria, a través de sus escritos, derrocha talento, frescura, seguridad, además de una marcada personalidad literaria que la ha posicionado como una autora de extremos - la manida dualidad del "o la odias o la amas" - así como la asunción del calificativo, por parte de la prensa, de escritora "generacional". Algo que, en el caso de esto segundo, lo considero bastante cierto. Pero más allá de lo que puedan decir de ella los más populares tabloides de este país, lo cierto es que Victoria ha regresado con fuerza, con contundencia y, sobre todo, con una de las mejores ediciones que ha parido Blackie Books desde sus oficinas en Barcelona. Con ese negro sotana, esa tipografía dorada que entronca directamente con esas biblias de bolsillo (sin perder ese plus ceremonioso o solemne que siempre ha caracterizado a la institución desde tiempos inmemoriales) al tiempo que se acerca al público más teen, con ese relieve en forma de cruz, esas tijeras en el centro y, sobre todo, ese canto rosa obispo tan llamativo. Sin duda, Blackie Books ha tirado la casa por la ventana con la segunda novela de una de sus autoras estrella, echando el resto en una de las mejores campañas de marketing editorial con un diseño que - aunque sigo enamorada de la edición de Vozdevieja - no ha dejado indiferente a nadie. Dejando a un lado cuestiones más artísticas y empresariales (de las cuales en esta ocasión era muy difícil escapar) lo cierto es que El evangelio no ha cumplido del todo las expectativas con las que una servidora llegaba a su lectura. Aunque, y esto es importante, es necesario reconocer cierta evolución y asentamiento del universo "victoriano" - precariedad laboral, infancias bajo el paraguas de las abuelas/os, ausencia de la figura paterna, incertidumbre congénita, costumbrismo andaluz, humor escatológico, dramas y desaliento juvenil - en la presente novela. Si bien es cierto que me esperaba, como prometían algunas reseñas, una crítica despiadada al sistema educativo español actual y, muy especialmente, al que se ejerce en los colegios católicos - algo que, sinceramente, se queda en agua de borrajas - me he topado, como cierta compensación la confirmación de que tendremos Elisa Victoria para muchos años, más allá de si el libro sea bueno o malo. Volviendo a lo que comentaba al principio, la autora sevillana lleva con gran orgullo eso de considerarse una escritora del momento, del aquí, del ahora, sin olvidarse de los orígenes - Vozdevieja es un ejemplo - y con una desalentadora mirada hacia un futuro que no parece existir. Ejemplo de esto último es la relación que acaba estableciendo Lali (la pizzera-futura maestra a la que, por culpa de un descuido, acaban asignándole las prácticas en un colegio de monjas) con los niños y niñas a los que da clase. Criaturas educadas bajo la férrea batuta de la religión y un exhaustivo control sobre su comportamiento, trascendiendo más allá de lo puramente educativo. Miradas puras sobre las que Lali - alter ego de la propia Elisa Victoria - vierte una profunda reflexión entorno a su porvenir y las formas de lidiar con él desde una mirada triste, con ciertos momentos para el humor, aunque éste tamiza sobre el gran tema principal de la novela, que no es otro que la ausencia de expectativas. El Evangelio, en última instancia, más allá de su protagonista - con la que puedes empatizar más o menos - sus turnos en la pizzería, la relación con su familia, las prácticas y de las ideas preconcebidas sobre la educación en colegios católicos, de lo que te habla es de la oscuridad, del azabache. No el de la vestimenta de los curas, sino el de la incerteza, aquel al que por desgracia parecen habernos condenado a esa generación (mi generación) que tildan de ninis al tiempo que le exigen lo imposible para acceder, ya no a un trabajo, sino a una vida o a un espejismo de lo que nuestros progenitores consiguieron.

El Evangelio: una historia de conciencia, precariedad, educación justa y crítica, monjas de toda clase y condición, subtextos, alumnos imperfectos, hipocresía, pesadez vital.... El provocador artefacto de una autora cada vez más henchida y convencida de sus interesantes y efectivos recursos literarios. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Mundo maldito, llévame a mí si quieres que ya estoy podrida de todas formas pero no me chafes a Alberto, a Alberto déjamelo tranquilo dando saltos en su cada vestido de gato, déjamelo que haga dibujos, que plante árboles, que baile, que le ponga retos crueles, que se escape, que no se haga mayor como un cadáver dentro de un cuerpo grande con el que sea imposible volver a comunicarse, que no se queden sus huesitos arrojados en el interior de un tonto que monte un negocio vinculado con el diablo y se pase las jornadas firmando papeles y hablando con despotismo. No me pudras a este niño, mundo asqueroso, solo te pido eso, asústame a mí, enférmame, tortúrame, échame a una zanja y que nunca me encuentren, hazme daño a mí y a ese niño que nada lo vuelva malo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

viernes, 12 de marzo de 2021

RESEÑA: Al final siempre ganan los monstruos.

 AL FINAL SIEMPRE GANAN LOS MONSTRUOS


Título: Al final siempre ganan los monstruos. 

Autor: Juan Manuel López, Juarma (Diefontes, Granada, 1981). Desde los catorce años dibuja y escribe, aunque la mayoría de las cosas que ha escrito permanecen inéditas (aún) y sus ilustraciones están casi todas descatalogadas. Es, no obstante, un referente en el mundo del cómic underground. Ha publicado tebeos y fanzines como Me gustas pero dentro de un nicho (autoeditado, 2020), Historia inventada del punk, con guiones de Jorge B. Ortiz (Ondas del Espacio, 2017), Romance neanderthal (Ultrarradio, 2016), Amor y policía (Ultrarradio, 2014) o Libertad para lo mío (Ultrarradio, 2013), entre muchos otros. Ha trabajado como jornalero, obrero de la construcción y camarero, entre otras muchas cosas. También autoeditó un poemario, Poemas escritos a navajazos (2017), casi dos décadas después de haberlo escrito. Al final siempre ganan los monstruos es la primera novela que publica. Fue escrita entre octubre y diciembre de 2017 en un Club de Lectura que él mismo creó en una red social. Participaron sesenta y cinco personas, para las que Juarma escribía sobre la marcha, sin guiones e ideas previas. El entusiasmo de sus lectores hizo que finalmente entrelazase las tramas, y que crease alrededor de los personajes todo un mundo ficticio que sin embargo se antoja de lo más real. 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Todas sus historias empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla mucho de ellos, pero no sabe nada de lo que les pasa. Son los que se perdieron, los que andan en la droga, los que se perdieron, los que andan en la droga, los que no se adaptan, los raros. El Juanillo, el Jony, Lolo, la Vanessa y el Cucaracha. Treintañeros con el pelo teñido y la música demasiado alta en el coche, beben cerveza y comen bolsas de patatas fritas, usan Tinder y se meten rayas, llegan tarde si es que llegan. Drogas, atracos chapuceros, líos en el trabajo y en el amor, mentiras y PlayStation. Todos sus problemas empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla de ellos, pero no tiene ni idea de qué sienten. 

Su lectura me ha parecido: coral, eléctrica, rápida, pesimista, amarga, generacional, descarnada, con pequeños huecos para el humor, nostálgica, convulsiva, un cóctel que te deja echa polvo... Odio las fajas. Las odio con ganas, con rabia, con una inquina que raya la exageración. Y no, no me estoy refiriendo a la prenda de vestir, esa que condena a las mujeres a amoldarse a unos cánones asquerosamente patriarcales. Sino a la de papel, la de mil y un colores, esa que siempre se engancha a la portada de un libro. Más allá de la promoción de una obra en concreto, jamás entenderé el porqué de dicho gasto, de la cantidad de papel desperdiciado en favor de una publicidad - que en la mayoría de casos no se necesita - y en detrimento del Amazonas. Sobre ella, frases, con todas las tipografías posibles, en negrita, en mayúsculas, en blanco, el arcoíris entero. La mayoría de ellas rimbombantes, exageradas, edulcoradas, buscando convencer al lector de turno, hasta el más avispado, el más curtido, el que de verdad ha leído. La mayoría de veces lo consiguen, y si no, que se lo pregunten a una servidora. Por su culpa he llegado a engullir verdaderas chapuzas literarias. Todavía recuerdo la faja de aquella novela de Sylvia Townsend Warner - cuando por aquel entonces devoraba todo lo que sonase a british - en la que se la definía como una gran novela cuando, en realidad, su lectura no sólo me aburrió, también provocó que me alejase de las numerosas novelas que se estaban traduciendo de ella en nuestro país. Una relación truncada que, por desgracia, sigue a día de hoy. Aunque las más memorables, en el podio reservado para los despropósitos en estas lides, tenemos los casos de Patria de Fernando Aramburu y el de Gente normal de Sally Ronney. El primero por esas fajas que casi tapan el título calificándolo como el mejor libro español de lo que llevamos de siglo XXI para después toparme con una prosa vaga y unos capítulos cortísimos. Y el segundo por la poca profundidad y la relación de los protagonistas, consistente en unas idas y venidas absurdas que, si hubiese existido un poco de comunicación, la novela habría sido muy diferente o directamente tal vez no habría novela, quien sabe. Algo que, por supuesto, no prometía su faja. A estas alturas todavía sigo siendo una hater de las fajas, y a mucho orgullo. Sin embargo, en las últimas semanas se ha obrado el milagro, una de las pocas excepciones que puedes contar con los dedos de una mano y que sólo pasa de año en año. Y es que en el caso de la novela de Juan Manuel López - Juarma en el mundo literario y en el cómic underground - la faja dice la verdad. Y no porque la cita sea de Cristina Morales - escritora que despierta pasión y odio a partes iguales y sin que exista término medio - sino porque de un perfecto resumen - aunque lo de Teresa de Jesús podría suscitar algún debate - abre la puerta a toparte con algo más, a rebasar las expectativas que las palabras-frases Trainspoitting, pueblo de Graná y hasta la polla de tó han dejado en nuestro subconsciente. Con todo, deciros que a veces, sólo a veces, las fajas no mienten y que, sin más preámbulos, me dispongo a hablaros de una de las sorpresas novelísticas de la temporada. Al final siempre ganan los monstruos: el ocaso de una generación regado de malas decisiones, desencanto, drogas y litronas de cerveza.  


De un club de lectura en Facebook en 2017 - donde Juarma iba publicando fragmentos de la presente novela  - a la autoedición en 2018 con la editorial granadina Camping Motel - y en una limitadísima edición - a finalmente, y en pleno 2021, la edición bajo el prestigioso sello Blackie Books. Editorial que, de un tiempo a esta parte, ha demostrado ser una experta en descubrir a autoras/es españoles y lanzarles al estrellato a base de auténticos bombazos literarios. La apuesta por Santiago Lorenzo - Los asquerosos eclipsó casi toda su obra anterior, también publicada en Blackie - así como la irrupción de Elisa Victoria - que con su Vozdevieja sentó un importante precedente dentro de la literatura social ambientada en la infancia y con ligeros toques autobiográficos tan en boga en los últimos años - o de Miqui Otero - sus novelas Rayos y Simón, la más reciente, actualmente son de las más queridas entre los lectores - son buen ejemplo de ello. Así que, siguiendo con esa lógica de otorgar mayor visibilidad a las nuevas voces del panorama literario español, Al final siempre ganan los monstruos se encuentra en esa línea. Aunque, como pasa con casi todos los textos patrios publicados por la editorial catalana, las historias más comunes y universales siempre acaban plasmándose desde un punto de vista nuevo, o si lo preferís, necesario dentro de las preocupaciones y los temas que los lectores más exigentes ansían ver por escrito. Se ha hablado largo y tendido - influenciado, claro está, por la dichosa faja - de la abrumadora comparación con la literatura del escritor británico Irvine Welsh (autor de la ya citada Trainspoitting y de otras novelas igual de importantes como Skagboys, Porno o La vida sexual de las gemelas siamesas entre otras), también de su acercamiento a William Faulkner (entiendo que en lo que a lo rural se refiere) y a Carson McCullers (donde los personajes inadaptados pueblan gran parte de su obra). Y sí, puedo estar de acuerdo, pero a medida que vamos sumando más y más referentes - habría que preguntarle también al propio autor sobre qué piensa al respecto - pienso que éstos acaban distorsionando la historia que Juarma, con unas tragaderas y una honestidad que quitan el hipo, nos quiere contar desde su asfixiante localismo. Con el recorrido que ésta ha tenido, desde aquellos sesenta y cinco seguidores que se engancharon a las escenas o diálogos que el autor escribía sobre la marcha y sin una idea predeterminada, desde aquella primera edición ultra independiente y, sobre todo, de la presente publicación - recordemos, cuatro años después de que  se fraguara en los marcos de una red social como Facebook - ya merece la pena leerla, o al menos que nos pique un poco la curiosidad. No debemos pasar por alto que si por algo es conocido Juarma no es por su plena dedicación a la escritura de novelas, sino por labrarse una larga carrera como dibujante y creador. Siendo especialmente prolífero en el campo del cómic, los fanzines y las redes sociales, donde su humor negro ha despertado tanto animadversión como fascinación. Conociendo un poco su trayectoria tanto artística como literaria, me gustaría pensar que hay algo de ello en Al final siempre ganan los monstruos, sobre todo en la construcción de ese mundo propio - tan habitual en la novela gráfica - con marcada personalidad al tiempo que, la universalidad de sus temas, hacen que, a pesar de sus particularidades propias, nos sintamos pertenecientes a ese pueblo, a Villa de la Fuente. Aunque jamás hayamos pisado los Montes Orientales de Granada, aunque seamos de esa planicie costera llamada Valencia Capital, aunque nos guste más la copa de vino tinto que la cerveza recalentada. 


El crítico - o lector - más torpe dirá que Al final siempre ganan los monstruos va de drogas, fiesta, atracos y peleas con el cine quinqui o mal llamado realismo sucio - etiqueta de la que, por cierto, su autor reniega categóricamente - como principal referente visual. El más abierto - o si lo preferís menos prejuicioso - sabrá apreciar las diferentes capas que dotan de profundidad al presente texto. Que sí, que los protagonistas esnifan coca, se emborrachan en la discoteca de turno, cometen delitos, mienten a sus parejas y familiares, se dan de ostias, dicen tacos, tienen malos viajes y hasta hay alguna que otra esquela. De no haberlo, la credibilidad sería nula. Sin embargo, Al final siempre ganan los monstruos camina, como si de un ejercicio funambulista se tratase, entre dos cuestiones que, de forma consciente, engrandecen el relato aportándole oxigeno, agilidad y calidad literaria. La primera de ellas tiene que ver con el mismo planteamiento al presentarnos toda una variedad de personajes cada cual más distinto al anterior. Es impresionante observar lo bien trabajados que están, desde su forma de hablar - hasta el punto de llegar a distinguirlos a partir de los insultos empleados pues, cada uno tiene, por decirlo de alguna manera, su favorito - su forma de pensar, sus problemas, sus traumas - algunos verdaderamente gordos - sus errores, logros, manías... En definitiva, todo lo que nos constituye como seres humanos. Cada capítulo es una voz diferente, un prisma nuevo, un relato adicional que nos ofrece la misma acción desde unos ojos nuevos. Algo que se caería, como un castillo de naipes, de no ser por su frenético ritmo, similar al de un paseo en moto a toda velocidad. Una novela coral que acaba sucumbiendo al frenesí de principio a fin, provocando un efecto efervescente muy parecido al de las drogas. Subidón de adrenalina que baja hasta el suelo, de golpe y porrazo, escociendo las rodillas, haciendo imposible no comparar el tramo final de la lectura con una brutal resaca tirada en el sofá, rodeada de los restos lisérgicos de la noche anterior. La segunda, y más importante si cabe, es la referente al plano temático, a las preocupaciones del propio autor que erupcionan en cada página. Y es que más allá de las alucinaciones - esa luz que lo perturba todo - u otros efectos nocivos que la droga provoca en los protagonistas, Al final siempre ganan los monstruos no es más que la historia de una amistad a prueba de riñas, desastres, cables cortados y ruedas pinchadas. Una unión que sale reforzada, a pesar de las movidas y los muertos. Un grupo con problemas, los de la generación del "podéis hacer todo lo que os propongáis" pero a la que la crisis económica atropelló y dejó abandonada en el arcén, la misma que se consume en precariedad, en pisos compartidos o entre los peluches de su infancia. Esa que todo el mundo acusa, pero que nadie escucha y que está más cerca de la treintena que de la llamada Generación Z. Aquí convulsionan, mandan a la mierda todo, sucumben a los placeres del alcohol y las drogas, se suben al tren, se evaden de la terrible situación socio-económica que les ha tocado vivir para después regresar, ojerosos, a seguir buscándose las castañas, aunque los medios no sean los más legales del mundo. Además de un certero y pesimista retrato de la frustración de la juventud española ante la ineficacia del sistema, aquí todos viven, o mejor dicho, sobreviven, en Villa de la Fuente, epicentro de esta historia y del descontento, de áridas adolescencias, del desconsuelo de seguir adelante, aunque pese, aunque no quieran. Y es que los monstruos, como reza su título, irremediablemente acaban invadiéndolo todo. Pero al menos están ahí, para recordar, para escupir, para dar fe de ello. Para contar lo que nadie quiere escuchar. 

Al final siempre ganan los monstruos: una historia de amistad, camaradería, muerte, luces mortíferas, parejas rotas, mentiras, asfalto, cerveza, desesperación, canalladas... Una novela sobre un lugar y sobre la imposibilidad de abandonarlo. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Al principio era una luz amarilla, como un destello en un ángulo muerto de los ojos. No sé, no soy muy entendido en esto y supongo que tendrá algún nombre más científico. Pero vamos, tú me entiendes lo que te quiero decir. Sí. Como un parpadeo que cuando giras la cabeza ya no está. Como si apareciera una estrella fugaz y de repente se esfumase. Como la luz de un teléfono móvil cuando tienes una notificación. Solo que mido uno ochenta y tres y la luz la veo a la altura de mis ojos. Es imposible que sea el móvil. De hecho, muchas veces lo siguiente que hago es ubicar el teléfono, queriéndome convencer de que se trata de eso. Pero que hostias. No. Al principio era ocasional. Ya sabes. Ir de noche por la calle y ver la luz. Estar leyendo un libro y ver la luz. Hablar con alguien y girar la cabeza porque he visto la luz. No le daba mucha importancia. Pero llevo mucho tiempo en que la puta luz me está rayando un poco y no he sido capaz de contárselo a nadie."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

martes, 24 de noviembre de 2020

RESEÑA: La reina del grito.

 LA REINA DEL GRITO


Título: La reina del grito. 

Autora: Desirée de Fez (Barcelona, 1977) es periodista y critica de cine especializada en fantástico y terror. Colabora habitualmente en la revista Fotogramas, en La Finestra Indiscreta de Catalunya Ràdio y en los programas de televisión Página Dos y Punts de Vista, ambos de TVE. También es miembro del equipo del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya-Sitges y conduce el podcast Marea Nocturna (Radio Primavera Sound), programa de referencia sobre cine fantástico y de terror. Además, imparte clases en las escuelas de FXAnimation: Barcelona3D& Film School y La Casa del Cine; en esta última, dirige un seminario sobre cine de terror hecho por mujeres. Es autora de la antología Películas clave del cine de terror moderno (Ribinbook, 2007), Pantalla rasgada: Quince conversaciones con cineastas y escritores sobre sueños y cine (Arkadin Ediciones, 2014; escrito con Jordi Sánchez-Navarro); y los libros de cine de J.A. Bayona Lo imposible. El libro de la película (Norma Editorial, 2012) y Un monstruo viene a verme: El arte de la película y la visión de sus autores (Norma Editorial, 2016). También ha participado en numerosas publicaciones colectivas en torno a cineastas como Sam Raimi, Abel Ferrara, Don Siegel, Jim Jarmusch, Joseph Losey o Rainer Werner Fassbinder. De su labor como coordinadora destacan los libros para el festival de Sitges Neoculto (Calamar Ediciones, 2012), Takashi Miike: La provocación que llegó de Oriente (Calamar Ediciones, 2013) y Seven. Los pecados de David Fincher (Tyrannosaurus Books, 2015). Es superfán de Jerry Lewis, Mel Brooks, las canciones tristas, los estilismos de Melanie Grifith en Armas de mujer, el vino blanco (caro) y Buenos Aires, aunque nunca ha estado allí. Tiene una colección de camisetas envidiable. Y es madre de una niña y un niño que, ya desde pequeños, heredaron de ella su fascinación por la fantasía y el terror. 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Tengo miedo a caminar sola de noche por la calle. Miedo a no ser aceptada. Miedo a obsesionarme con el amor romántico. Miedo a desactivar los roles tradicionales en mis relaciones sentimentales y familiares. Miedo a desear. Miedo a mi propio cuerpo y al ajeno. Miedo a engordar y a envejecer. Miedo a fracasar como madre, y a la presión social por la maternidad. Miedo a la pérdida. Miedo, en general, a no estar a la altura. Tengo mucho miedo. Todo el rato. Pero el cine de terror me ha ayudado desde que era niña: a la vez que alimentaba mis temores y generaba muchos nuevos, me ha brindado un lugar en el que cobijarme, en el que aprender. Ahora que tengo más herramientas para combatirlo soy capaz de enfrentarme a él. De ganar al miedo. 

Su lectura me ha parecido: personal, sugerente, biográfico, cautivador, ameno, reflexivo, cercano, feminista, esclarecedor, con pretensiones que van más allá del relato intimista o la propia crítica cinematográfica, la sorpresa inesperada del terrorífico 2020... La "reina del grito" - traducción del archiconocido término anglosajón "Scream Queen" - hace referencia, en lo que a la industria del séptimo arte se refiere, a aquella actriz que, por los títulos de su filmografía, se asocia con las películas de terror. Ya sea por su aparición en una escena de gran intensidad interpretativa o por interpretar a una víctima frecuente o constante de una cinta de dicho género. La etiqueta de "Scream Queen" también se suele utilizar, de una forma más especifica, para referirse a personajes que se ven envueltos en una situación límite, en la que su vida corra un gran peligro y en las que necesiten la ayuda de otro sujeto para ser librados de tan aciago destino. Dado que prácticamente la mayoría de estos tropos narrativos - no debemos olvidar el importante peso que tiene la literatura en la historia del cine - eran interpretados por mujeres, el término acabó asociándose a toda joven atractiva en apuros necesitada de su particular "salvador" (siempre un hombre) para rescatarla del asesino, la casa en llamas o de su propia autodestrucción. Una de las actrices a la que la crítica no dudó en endosarle esta etiqueta fue a Fay Wray, recordada sobre todo por sus desgañitados gritos en la primera - y mejor - versión de King Kong en el año 1933. Su icónico papel atrapada en las garras del simio más famoso del cine en lo alto del Empire State Building la convirtió en las primeras Scream Queens, término que la propia Wray abrazó, reivindicó e hizo gala de él en películas como El malvado Zaroff (1932) o Los crímenes del museo (1933). Aunque si tenemos que hablar de la más famosa y trascendental de todas - con permiso de Vera Miles, Barbara Steele, Sissy Spaceck o Heather Langerkamp entre otras - tenemos que referirnos, y de paso poner un altar, a Jamie Lee Curtis. La reina del grito por excelencia y cuyo papel en la madre de todos los slasher (La noche de Halloween, 1978) ya es historia cinéfila. Y es que, ironías del destino, la hija de Janet Leigh - cuyo asesinato en la ducha en Psicosis dejó a medio mundo petrificado a la par que horrorizado - acabó  pasándolo mal en pantalla huyendo de Mike Mayers, y con ella, todos los espectadores. Hubieron más, muchas más, pero las jóvenes vienen pisando fuerte, como Emma Roberts - American Horror Story no sería nada sin ella - o Anya Taylor-Joy - descubierta en La Bruja y de rabiosa actualidad gracias a Gambito de Dama -. Y aunque, si bien es cierto que estas nuevas reinas del grito son más resolutivas y hasta son capaces de liberarse de aquello que las atemoriza, a cuchillazo limpio si hace falta, cuesta creer que hasta hace cuatro días el terror fuese un género de hombres - tanto a nivel fandom como en la dirección, escritura y producción - si, paradójicamente, muchos de los temas que trata son exclusivamente femeninos. ¿O no es Midsommar una metáfora de las relaciones tóxicas desde la perspectiva de una chica joven? ¿O La semilla del Diablo del temor al embarazo? ¿O El Exorcista del fracaso maternal? ¿O Carrie de la menstruación? Nuevas miradas, análisis e interpretaciones feministas se dan cita en el presente y más personal ensayo de la crítica cinematográfica Desirée de Fez en, valga la redundancia, La reina del grito: el cine de terror bajo la lente violeta. 


A Desirée de Fez la conocí, como muchos amantes de la lectura, gracias al programa Página Dos. Uno de los pocos espacios televisivos dedicados única y exclusivamente a hablar de libros y de lo que de ellos pudiera desprenderse. Prensa, música, pintura, escultura, debates aún vigentes, todo tipo de géneros, cine... Nada queda fuera de este maravilloso formato que, aunque de cortísima duración, consigue no plegarse a cuestiones puramente corporativistas. Algo bueno tenía que tener el que se emita en La 2, uno de los mejores canales de la televisión pública de este país. Respecto a esta última sección, hasta hace poco era ella, la propia Desirée de Fez, la que se encargaba de hablarnos de las nuevas adaptaciones cinematográficas y de paso, recomendarnos algún texto que, sin desvincularnos del cine, podía interesar al lector más sibarita. Más que sus críticas cinematográficas, yo lo que me apuntaba eran sus lecturas por si, en un futuro no tan lejano, podía empezar a confeccionar ese apartado tan deseado en mi biblioteca particular dedicado al cine. A sus directoras/os, a sus biógrafos, a la teoría pura y dura, a los conversatorios, a algún libro de fotografía, a guiones y a sus actores y actrices, esos que tanto admiro y que en ocasiones envidio. Un trabajo en el que tienes el privilegio de ponerte en la piel de personajes ajenos a tu vida, a tu ideología, a tu físico, a tu ética y a tu propia personalidad es de lo más duro y hermoso que conozco. Y lo dice una servidora, que coqueteó con la actuación, que en pleno Segundo de Bachillerato se planteó seguir el camino de la interpretación, que aún en la Universidad se atrevió con las vanguardias, el teatro en verso y el musical, que a día de hoy, en tiempos inciertos, aún sigue echándolo de menos. Amo el cine, desde aquella primera película de Disney vista en una sala repleta de niñas y niños entusiasmados, hasta aquellas películas que, de un modo u otro, han marcado mi gusto tanto literario como cinéfilo. Thelma y Louise, El Piano, Los santos inocentes, Rebeca, Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, El apartamento, La pasión de Juana de Arco, El espíritu de la colmena, cualquier película de los Hermanos Marx, Pulp Fiction, Tiburón, Suspiria, Carrie, El Exorcista... Me falta muchísima cultura cinematográfica, muchísima. Casi no he visto películas mudas, ni de la edad dorada de Hollywood, ni asiáticas - Parásitos, me da vergüenza decirlo, es la primera película surcoreana que he visto -  ni de la nouvelle vague, ni del neorrealismo italiano, ni de los nuevos cines americanos - salvo los directores más conocidos - ni westerns, ni actioners de los 80, ni clásicos sudamericanos, ni iconos castizos, ni westerns, ni una ingente cantidad de títulos a cada cual más imprescindible que el anterior. Ni Fellini, ni Igmar Bergman - este me duele especialmente - ni Trufaut, ni Pasolini, ni Godard, ni Hitchcock fuera de sus icónicos títulos, ni Scorsese en su totalidad, como tampoco algunas de las películas más importantes de Polanski - esto sí es imperdonable - o Woody Allen, o William Friedkin, o Brian de Palma, o Agnes Varda, o Tarantino, o Lynch, o Billy Wilder... Son tantos y todos tan buenos, se supone, que a veces me siento abrumada ante tanta película para tan poca vida sobre la tierra. De ahí que acuda de vez en cuando a los libros, a los ensayos cinematográficos, como el de Desirée de Fez - toda una revolución desde la aproximación teórica y sensorial del que me explayaré con gusto a continuación - en los que busco elementos teóricos e históricos para entender el contexto que parió dichos productos de consumo, la sociedad que los vio por vez primera y lo que significaron a posteriori. Eso sí, con La reina del grito me ha pasado justo lo contrario, que en vez de apuntar textos sobre cine, como sí hacía cuando veía Página Dos, aquí me he liado a apuntar títulos de películas. Si es que el saber no ocupa lugar, como tampoco las estanterías de DVDs o los gigas en el disco duro de tu ordenador. 


Nadie, absolutamente nadie me preparó para la lectura de La reina del grito. Un ensayo en el que, además de engrosar la lista de películas de terror pendientes - algunas de las cuales jamás había oído ni siquiera nombrar - su autora nos expone una interpretación feminista de las mismas. Todo ello a partir de una apertura en canal (nunca mejor dicho) respecto a sus experiencias más personales y de un riguroso y ameno análisis de aquellos miedos que impregnan dichas cintas y que a la propia autora le han marcado de una forma u otra. Sin duda es precisamente lo primero, el mostrarse de la forma más íntima ante el lector, es lo que sin duda atrapa, porque entronca a la perfección con el género cinematográfico que aborda, así como con los terrores particulares acaecidos en la vida real de la autora que acaban rimando con películas como It Follows, Crash o Babadook. Y es que a partir de la lectura de La reina del grito, os lo aseguro, ya no volveréis a mirar con los mismos ojos - los patriarcales - algunos de los clásicos más importantes del terror. Por citar algunas de las reflexiones citaré en primer lugar las vertidas sobre Carrie, con esa escena inicial en la que el espectador es testigo de como a la protagonista le viene la regla en pleno vestuario del instituto y del posterior bullying perpetrado por sus compañeras de clase lanzándole tampones y compresas a la cara. Mientras se protege del ataque, Carrie se retuerce ante un dolor extraño, incomprensible, nadie le ha hablado de ello, y menos su madre, ese ser malvado y ultra religioso que la atemoriza de puertas para adentro. Pasaje de adolescencia pura y dura que, en más de una ocasión - ese miedo a que alguien se percate de que llevas una compresa metida en el bolsillo de camino al baño - lo he vivido en carne propia. Por no hablar de sus análisis respecto a La posesión - cuyo visionado, al abordar el miedo a que las mujeres hagamos lo que nos venga en gana fuera de los roles patriarcales, irradia actualidad - El Exorcista - cuya perspectiva sobre las buenas o malas madres jamás se me había pasado por la cabeza - o La noche de Halloween - miedo a no ser aceptada por el grupo al tiempo que critica la doble moral del slasher respecto a la libertad femenina -. Si hasta cuando habla de La Profecía, según de Fez, la película que más miedo le dio de pequeña, me hizo viajar a aquel hall de la academia de inglés en el que por una incompresible razón decidieron poner Pesadilla en Elm Street para amenizar la espera a que terminara la clase. Si como resultado, la autora sintió pánico a que la cinta de video de dicha película se quedara enganchada al reproductor - cosa que le sucedió de verdad - yo pasé unas semanas entre el terror a doblar las esquinas y el insomnio por el miedo a dormirme por si en mis sueños se colaba el deforme Freddy Krueger. La reina del grito también se revela como un interesante anecdotario. Las ediciones del Festival de Sitges, sus primeras experiencias yendo al cine con su primo - el capítulo de Crash es imprescindible - sus opiniones discordantes respecto al Rape and Revange - tan idolatrado por Tarantino - sus embarazos - inolvidable también el capítulo dedicado a Quién puede matar a un niño de Chico Ibáñez Serrador - o esa conversación algo tensa con uno de los directores del fantástico español más importantes de la actualidad. Una chica vuelve a casa sola de noche, Prevenge, Body Horror, The Final Girl, La semilla del diablo, Tales from de Loop... Todas ellas bajo la lupa morada en el contexto más propicio para el debate, la reflexión y las miradas con perspectiva de género. Por ello, más allá de su ausencia de tecnicismos y aplaudida accesibilidad, el ensayo de Desirée de Fez se revela como un libro que habla de nosotras, las mujeres, y de los temores que sólo nosotras padecemos. Porque, por mucho que los hombres quieran ser comprensivos con sus parejas/madres/hermanas/amigas, lo cierto es que jamás llegarán a sentir lo que significa que te acosen por la calle, los apresurados pasos durante los nocturnos regresos a casa, las agresiones y por supuesto las violaciones por el simple hecho de ser mujer. Dicen que el cine es el espejo de la realidad, al igual que lo fue la pintura durante gran parte de la historia. Un espejo - liso o deformado - sobre el que se proyectan historias narradas a través de imágenes en movimiento. Unas imágenes que, en última instancia, nos devuelven el reflejo de una realidad con la que podemos sentirnos identificadas. Una realidad en ocasiones terrorífica que nos golpea, desde la metáfora, haciéndonos ver que a veces la ficción no se aleja tanto de la realidad. 

La reina del grito: un ensayo de temores, escapadas al cine, pases de prensa, feminismo, relaciones tóxicas, pelis de terror, pasión por el cine... Un libro para leerlo y no parar de recomendarlo a grito pelado, como las Scream Queens clásicas. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Una chica vuelve a casa sola de noche es de 2014, tiene ya unos años. Cuando la vi, ya no era una niña. Pero reconozco que en aquel momento aún no había hecho el ejercicio real de rebelarme contra ese miedo. Ni siquiera me había cuestionado por qué lo había aceptado sin más y me había acostumbrado a vivir con él."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

martes, 15 de septiembre de 2020

RESEÑA: La entrometida.

 LA ENTROMETIDA


Título: La entrometida. 

Autora: Muriel Spark (Edimburgo, 1918) de padre judío y madre anglicana, como muchas mujeres artistas, tardó en encontrar su voz en medio de una vida de dificultades. Se casó muy joven y siguió a su marido hasta África donde trabajó como profesora. Poco tiempo después, en 1944, se embarcó en un transporte de tropas y volvió a Londres, dejando atrás Rodesia (la actual Zimbabue) a su marido y a su hijo. En Londres desempeñó diversos oficios; el más sorprendente, el de colaboradora en una oficina de contraespionaje del Ministerio de Asuntos Exteriores. Su labor allí era difundir noticias falsas para confundir a los alemanes. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se consagra a la escritura, atravesando duros periodos de los cuales encontramos eco en varias de sus novelas, que nos hablan de un tiempo de juventud en el cual la escritora llegó a pasar hambre. En principio escribe poesía y crítica literaria. Después algunas piezas teatrales para la radio, la biografía de varias figuras literarias del siglo XIX como Emily Brönte o Mary Shelley, y más de una veintena de novelas. Muriel escribía a mano, sin apenas correcciones y por un solo lado, en cuadernos especiales de espiral importados de su Escocia natal. Tras la publicación y éxito de sus primeras novelas, se traslada a Estados Unidos para escapar del medio literario británico que sentía que la oprimía. En 1979 abandona Nueva York con destino Italia. Allí vivirá hasta su muerte, en abril de 2006, en un pequeño pueblo de la Toscana, dejando una novela inacabada. Recibió premios y distinciones, entre ellos, el título de dama del Imperio Británico en 1993 y el Premio David Cohen de Literatura Británica por el conjunto de su obra, en 1997, reconociendo así a la más brillante de las escritoras de postguerra de Gran Bretaña. 




Editorial: Blackie Books. 

Idioma: Inglés. 

Traductora: Lucrecia M. de Sáenz. 

Sinopsis: Fleur Talbot debe sobrevivir en el increíblemente clasista y machista Londres de después de la Segunda Guerra Mundial. Y ella no quiere solo sobrevivir; quiere vivir y quiere hacerlo a su manera. Ingresa en la Asociación Autobiográfica, un club donde un esnob le encarga reescribir los libros de memorias de un grupo de millonarios excéntricos. En paralelo a este trabajo, donde ella intuye un peligroso fraude, consuela a la esposa de su amante, un tipo gris que, a su vez, se liará con un poeta. Todos piensan que es una entrometida pero nada más lejos de la realidad. Ella solo quiere escribir su primera novela. Cada vez le es más difícil diferenciar ficción y realidad. Le hablan de llevar una vida más convencional, de casarse, pero ella no le gustan ni las novelas ni las vidas demasiado normales. 

Su lectura me ha parecido: corta, sencilla, muy bien escrita, repleta de giros, con tintes autobiográficos, con una protagonista inolvidable, entretenida, divertida... Durante el confinamiento, como crítica literaria y por supuesto como lectora, no podía evitar sentir cierto desasosiego, una pequeña pero insistente punzada en el estómago cada vez que, desde el gobierno, alargaban más y mas nuestro tiempo confinados en colmenas de hormigón. Ante una falta absoluta de creatividad por mi parte - cometí el error de pensar que aquella situación resultaría beneficiosa de cara a fortalecer mi habito de escritura en los arduos terrenos de la ficción - me volqué en la redacción de reseñas, en los directos temáticos (gracias a los cuales acabé perdiendo un poco la vergüenza a hablar sola ante la pantalla de un móvil) y a fin de cuentas en amenizar aún más si cabe la larga espera. No sé si lo conseguí, yo quiero pensar que sí y que, al menos, conseguí que unos pocos se leyeran algunas de las muchas recomendaciones que lanzaba desde un comedor atestado de libros. Mientras eso sucedía, observaba con verdadera preocupación la terrible pausa a la que se había visto obligado - no sin razón - el sector editorial de este país. Cese de actividad en imprentas, catálogos interrumpidos, libros publicados a principios de marzo olvidados tras la persiana de las librerías, cancelación de presentaciones, retrasos, distribuidoras sin a penas actividad, ferias del libro atrasadas o directamente suspendidas, novedades movidas al mes de septiembre... Un terremoto de enormes proporciones dentro de un ámbito ya de por si delicado, siempre en la cuerda floja. Lejos de achantarse, el sector se vio obligado a potenciar el teletrabajo, digitalizar a la velocidad del rayo sus catálogos y a ofrecer otras vías de promoción y fomento de la lectura a través de las redes sociales o plataformas como You Tube, Skype o Zoom. Todo con tal de no ver su nombre escrito en la lista de empresas engullidas por la crisis del Coronavirus. Aún así, y a pesar de estar dejándose la piel por sobrevivir, una servidora tendía a ser más pesimista. Que la cosa iba a durar más tiempo de lo que en realidad fue, que hasta bien entrado el otoño no pisaría una librería, si hasta llegué a pensar que el verano nos lo íbamos a pasar del balcón a la cama con el ventilador azotando las gotas de sudor. Afortunadamente esto no sucedió - aunque de las mascarillas en la playa no conseguimos librarnos - y la rueda comenzó, lenta y cautelosa, a funcionar de nuevo. La novela que hoy tengo el placer de reseñar pertenece a esa primera remesa de libros que llegó a mi buzón unas cuantas semanas después de aquel primer paseo por placer, de ese deseado caminar de una hora, cerca de mi casa y en el que el sol se deshacía en generosidad. Un libro que, hace unos meses era imposible su venta en las librerías y que ahora, en pleno septiembre, se nos revela como una de las lecturas más adecuadas para el mes en el que nos encontramos. La entrometida: la gran anécdota hecha novela. 


Para quienes seáis completamente ajenos a este libro y sobre todo a su autora, ahí va un poco de contextualización histórica. Reino Unido a finales de la Segunda Guerra Mundial era un país en la ruina, situación materializada no sólo en la destrucción evidente a ojos de todo el mundo por culpa de los incesantes bombardeos sobre su capital y otras ciudades de mayor o menor importancia, también a efectos económicos y sociales el país atravesaba una de sus épocas de mayor penuria. Hasta la década de los 60 con la implantación del Estado de Bienestar - una serie de medidas que introdujeron, entre otras cosas, la sanidad y la educación pública por primera vez en dicho país - Reino Unido vivió uno de sus momentos más delicados, hasta el punto de provocar en la población (sin duda influidos por los efectos adversos de la crisis posbélica) un cambio de mentalidad que tardó casi una década en producirse con la llegada de los Laboristas al poder al final de los aciagos 50. Fue precisamente este clima de reconstrucción, miseria, paro y dificultades el que vio nacer a toda una generación de escritoras - sí, en femenino - que, desde sus distintos estilos y géneros predilectos, capitanearon una forma de escribir más atrevida, directa, revolucionaria y audaz. Todo ello partiendo del clasicismo marca de la casa, de las grandes referentes femeninas de la literatura británica, de mujeres protagonistas con una interesante evolución y de abrumadoras críticas al mundo surgido tras el cataclismo de la contienda. Cada una optó por la que le resultaba más sangrante: el machismo, la falta de oportunidades laborales, la hipocresía de la Genrty, las contradicciones de la clase media, el hambre, el clasismo, los fantasmas de la guerra o el resurgimiento de lo peor del alma humana cuando algo se altera o todo vuelve a derrumbarse. A esta generación pertenecieron escritoras como Penelope Fizgerald - recordemos, la autora de La librería - Barbara Comyns - cuyo libro Los que cambiaron y los que murieron está teniendo una segunda vida gracias a la pandemia del Covid-19 - Elizabeth Taylor - no, no es la actriz, es la autora de Un alma cándida y de unas cuantas novelas más - Barbara Pym - cuya obra está recuperando de forma impecable la editorial Gatopardo - o la propia Muriel Spark, que como habréis podido comprobar, es la escritora de la que hablaremos largo y tendido a través de La entrometida


Imposible hablar de La entrometida sin dedicar unas cuantas líneas a Fleur Talbot, la absoluta protagonista de esta novela y de algún modo el propio alter ego de Muriel Spark. Insisto en referirme a ella en esos términos ya que existen muchas similitudes entre la personalidad y la biografía de la propia autora, sobre todo de su etapa de penurias económicas - la cual coincidió con el despegue de su carrera como escritora - y Fleur Talbot. Esta irónica (ahí el homenaje a Jane Austen está muy presente) y carismática joven encuentra trabajo en un lugar muy peculiar, desempeñando funciones aún más peculiares. En la conocida como Asociación Autobiográfica, dirigida por un puñado de snobs, Fleur se dedica a reescribir y a corregir los libros de memorias de un grupo de millonarios totalmente excéntricos al tiempo que persigue su propio sueño. Que no es otro que el de llegar algún día a publicar la novela que con tanta pasión y trabajo está escribiendo. A partir de ahí, los problemas se suceden, así como sus desavenencias y acercamientos al resto de personajes. Todo ello a través de la mirada de Fleur, la cual, como lectora, me ha enamorado, porque discurre por los cauces habituales, con sus opiniones, sus cambios de idea, sus peculiares reflexiones - esa comparación que establece entre dos personajes femeninos ficticios con una rosa debido al difícil carácter de ambas resulta entre simplona y cómica pero coherente en respecto a la personalidad de Fleur - y su extraordinario pragmatismo. Porque así es Talbot, si algo no le gusta lo dice, si hay una piedra en el camino la esquiva, si su amante se vuelve un obstáculo en su camino hacia su preciado objetivo lo deja. Ella sueña con ser escritora, vivir de ello y no está dispuesta ni a renunciar ni a conformarse con poco. Su ambición es empática, al menos con el lector, algo que no consigue con el resto de personajes secundarios, los cuales no dejan de cuestionarse su verdadera valía. Llama la atención el poco dibujo literario que Spark realiza sobre los sujetos que pivotan al rededor de Fleur, logrando de forma intencionada una presencia más diluida y caracteres más sumisos. Sin embargo, permitidme destacar a Sir Quentin - el jefe de Fleur, henchido de envidia ante el talento de su empleada - Lady Edwina - la madre de Quentin, vista como una loca a ojos de todos menos por Fleur - y Dottie - amiga de Fleur, esposa del hombre con quien se acuesta que, a su vez, la engaña con un poeta -. ¿Menudo lío no? Con este pequeño entramado de odios, inesperadas alianzas y desengaños amorosos, esta novela va a hacer las delicias de las y los amantes del salseo de época.  


Sin duda, una de las mayores virtudes de esta novela, demás de su inspiradora protagonista, la encontramos en la doble vía temporal que Muriel Spark introduce a través de un estilo plagado de breves pero potentes descripciones. Dos épocas muy diferenciadas - la de 1949, cuando Fleur Talbot entra a trabajar en la Asociación Autobiográfica y la del presente, cuando Talbot ya es una escritora de enorme éxito - que confluyen, a través de un ejercicio narrativo de ir hacia adelante o hacia atrás a través de los recuerdos, en lo que podríamos llamar el gran relato de lo anecdótico. En otras palabras, como un pequeño acontecimiento en la vida ficticia de Talbot puede llegar a ser determinante para su futuro, en este caso como autora superventas. Algo que, por supuesto, sucede en la vida real. La de veces que un momento a nuestro juicio transitorio o carente de importancia cimienta nuestro propio devenir profesional o personal. Si antes hemos dicho que las escritoras británicas de esta generación - englobada a finales de los 40, toda la década de los 50 y los primeros 60 - denunciaron algunas de las injusticias más acuciantes de su tiempo, Muriel Spark, lejos de quedarse atrás, abrió con La entrometida el melón del machismo en una época en la que, tras la Segunda Guerra Mundial y, a pesar de las exigencias de cambio, todavía pervivían ciertas creencias, comportamientos y estereotipos relacionados con la incorporación de la mujer al mercado laboral. Bajo este paraguas, Spark se adentra en una cuestión más específica, como son las dificultades que entrañaba para una chica joven trabajar en el mundo editorial del Londres de los años 40. Una circunstancia que, si nos atenemos a la biografía de la autora, fue difícil, plagada de obstáculos - algunos de ellos propiciados por sus compañeros masculinos - burlas y toda una serie de menosprecios para dejarle claro que el mundo de los libros no era el lugar indicado para una señorita. En lugar de achantarse, Muriel Spark escribió La entrometida que, en su génesis, presenta una crítica brutal al mundo de la edición londinense, incidiendo especialmente en el hecho de como, desde sus diferentes departamentos, se trata a las mujeres. De hecho, el título viene muy al pelo ya que, en el trabajo de Fleur Talbot, en cuanto ofrece una opinión discordante o no oculta sus inconformismo a la hora de optar a algo más, enseguida todos creen que es una entrometida, granjeándose la animadversión de muchos compañeros. Por desgracia, poco ha cambiado la situación, y aunque el número de mujeres que trabajan en el mundo del libro ha aumentado en los últimos años, todavía encontramos hombres en su mayoría ocupando los sillones de las editoriales más importantes o engrosando un mayor porcentaje en la dirección de distribuidoras, en los puestos de poder o en la configuración de jurados en lo que a premios literarios se refiere. Sin olvidarnos de la abismal diferencia entre ganadores y ganadoras de dichos galardones, en la que los primeros todavía siguen estando a la cabeza cuando deberíamos perseguir una igualdad real, también en lo premiable. Con todo esto y a pesar de que es una lectura para nada complicada y que se lee en un "tris", las pullas que Spark lanza desde cada una de sus páginas no tiene desperdicio alguno. Dejando muy claro desde el minuto uno que las entrometidas en realidad son de fiar, mucho más que las señoras plegadas y orgullosas de seguir reproduciendo roles patriarcales. Esas que a menudo podemos encontrar en ciertos partidos políticos cuya puerta de entrada se sitúa a la derecha, a la extrema derecha. 

La entrometida: una historia de sueños, perseverancia, trabajo, odios, machismo, sororidad femenina, triángulos cómicos, jefes déspotas, lores estúpidos... Una novela que, aunque sea para pasar un buen rato, deberíais leer. 

La entrometida: 

Frases o párrafos favoritos: 

"Cuando alguien dice que en la vida no sucede nada, yo le creo. En cambio, debe comprenderse que al artista le sucede todo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

lunes, 1 de junio de 2020

RESEÑA: Todos quieren a Daisy Jones.

TODOS QUIEREN A DAISY JONES

Título: Todos quieren a Daisy Jones. 

Autora: Taylor Jenkins Reid (1983) es capaz de construir personajes memorables porque trabajó durante mucho tiempo para directores de cásting que seleccionaban actores. Después de un periodo como profesora, comenzó a publicar sus propias historias en 2013. Desde entonces sus novelas han entrado en todas las listas de ventas y miles de clubes de lectura, la gran prueba de hasta que punto los lectores la adoran. Todos quieren a Daisy Jones, Best Seller de New York Times, cautivó a Reesse Whiterspoon, que la ha defendido en numerosas entrevistas y ha impulsado una miniserie sobre el libro. Fascinada tanto por El gran Gatsby como por El principito, también por textos de Nora Ephron, Jenkins Reid escribe cada día acompañada de un té helado, un refresco de cola y, sobre todo, de su perro. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Lucía Barahona. 

Sinopsis: Tiene el mundo a sus pies, pero todo se le va de las manos. Ella es la estrella de rock más importante del planeta. Todos tienen una opinión sobre ella. Todos sueñan con ella. Todos buscan ser como ella. Todos quieren algo de ella. 

Su lectura me ha parecido: adictiva, verosímil, un chute de buena música, ágil, cinematográfica, seriéfila, con unos personajes muy atractivos en su complejidad, retrato de una época de desfase a todos los niveles, poseedor de una potente reflexión entorno a la figura de la mujer artista.. Definitivamente ya es un hecho, la cultura de las series de televisión ha llegado a la literatura. No lo digo yo, sino Taylor Jenkins Reid - autora de esta interesante novela que hoy reseño - al presentarnos en el apartado formal una historia estructurada para ser rodada, interpretada y cortada en ocho capítulos (número estándar en la actualidad) de una hora cada uno. Una estructura que, los más puristas van a repudiar inmediatamente, ya que en ocasiones no sabes si estas leyendo un guion o prosa al uso. A mi tesis debemos sumar los intereses de Reese Whiterspoon - actriz, ganadora de un Oscar en el año 2006 por la película Walk the Line y actual artífice gracias a su productora Pacific Standard de algunas de las series feministas más importantes de los últimos años, siendo la maravillosa Big Little Lies la más conocida por el gran público - por adaptar en un formato más pequeño, miniserie en concreto, la novela de Jekins Reid. Si tendemos a pensar mal, podríamos deducir con facilidad la posibilidad de que este libro haya nacido por y para este fin, sobre todo a juzgar por la forma en la que está escrito (de lo cual ya hablaremos más adelante). Lo que está claro es que, mal que les pese a algunos, las series de televisión han ido ganando tanto en calidad como en complejidad argumental gracias a la revolución del sreeming de la mano de Netflix. Una revolución - a la que ha arrastrado otros canales de televisión convencionales como HBO o la FOX y propiciado la creación de otras plataformas como Amazon, Filmin o la reciente Disney Plus - que se antoja imparable. Algo que, por supuesto, hemos podido comprobar durante el largo confinamiento. Y os lo dice alguien que se ha visto unas cuantas series y que ahora mismo compagina tres ficciones al mismo tiempo. Soy así, una biblioteca seriéfila y cinéfila con patas y no lo puedo remediar. Por otro lado, creo que es importante señalar los cambios en el comportamiento de los espectadores a raíz de esta revolución seriéfila. Ya no sólo el hecho de que la profesión de showruner - el guionista de toda la vida - se haya convertido en una de las más deseadas en los últimos años (lo cual en parte me alegra desde el punto de vista de la creación artística), también ha provocado una evolución en la forma de consumir un producto de estas características. Lejos de las apuestas a la antigua usanza de por ejemplo HBO - un capítulo a la semana - Netflix te cuelga todos los capítulos de golpe, sin esperas, lo que genera una ansia y un consumo rápido de ficción. Esta fast-serial no invita al reposo, a la reflexión (aunque la serie en cuestión lo requiera) y elimina de un plumazo la tan molesta como necesaria impaciencia del espectador, factor fundamental para ganar un público más fiel (los casos de Juego de Tronos o El Ministerio del Tiempo lo reflejan). Esa falta de paciencia está llegando poco a poco a la literatura - de ahí que las editoriales ya no apuesten por libros de más de 1.000 páginas a no ser que seas Ken Follett - y a la publicación de ficciones cada vez más influenciadas por las posibilidades de adaptación. El caso de la novela de Taylor Jenkins Reid podría adscribirse a esta corriente (a pesar de tener más de 400 páginas) pero es una rara avis al presentarnos una historia que arrambla con todo y cuya lectura, a pesar de las formas, es un constante disfrute. Sin duda, uno de los libros de la temporada y de mi cuarentena. Todos quieren a Daisy Jones: un falso documental literario al servicio de melómanos y amantes de la música en general. 


Y tras esta chapa entorno a la literatura y su inevitable relación con la cultura de las series en la actualidad, me dispongo a abrir el melón, o dicho de otra forma, a hablaros del aspecto más llamativo de la novela: la forma. Como si de un guion se tratase - el nombre del personaje, dos puntos y su correspondiente parlamento - Taylor Jenkins Reid construye una novela peculiar en ese aspecto. Sin repetirnos demasiado, ya me he explayado a gusto en el primer párrafo, os confesaré que a pesar de todo a mi me ha gustado. No me ha molestado ni me ha dificultado a la hora de adentrarme en la historia que la autora nos cuenta. Si bien es cierto que de buenas a primeras choca, una vez te acostumbras a esa peculiaridad, prácticamente te olvidas de ese estilo guionizado y extraordinariamente marcado. Es muy probable que si la historia no hubiese sido la que es, una servidora habría abandonado la lectura al finalizar los primeros capítulos de cortesía. Pero es que la trama es lo suficientemente llamativa como para que, o bien te gastes tus dineros en este libro o bien acabes leyéndolo con una predisposición especialmente positiva. Ambientada en los años 70 del pasado siglo, y en concreto en el mundo de la industria musical de aquella época - con sus conciertos, giras, drogas, sexo y mucho rock and roll - Jenkins Reid nos cuenta la historia de fundación, inicio, triunfo, separación y olvido del grupo de música The Six a través de los testimonios de los propios miembros de la banda, así como de quienes fueron testigos de cada una de sus etapas. Centrando especialmente la atención en el testimonio de Daisy Jones - la arrolladora, compleja, salvaje y talentosa protagonista de la novela - quien gracias a su voz y magnetismo sobre el escenario consigue llevar a The Six - hasta ese momento un grupo de moderado éxito - a lo más alto. Una de las mayores virtudes de la novela se presenta nada más empaparte de la historia de estos personajes, ya que en Todos quieren a Daisy Jones lo que se cuenta es ficción, pero su verisimilitud es tan extrema que el lector se cree que ese grupo existió de verdad. A riesgo de quedar como una pardilla en los anales de internet, os confesaré que busqué The Six en Google. Tenía que cerciorarme de su existencia, me consta que no he sido la única a la que le ha pasado y sinceramente en el fondo deseaba que el buscador me devolviese videos de conciertos, un documental o al menos una entrada en Wikipedia sobre Daisy Jones. Mi gozo en un pozo. Con esto Jenkins Reid ya me conquistó como lectora. Que una novela consiga que creas cierto lo que sus páginas transmiten me parece el mayor logro y por el que todas y todos deberíamos rendirnos ante el talentazo de esta autora. De nuevo, y dentro de una ambientación melómana, la editorial Blackie Books lo ha vuelto a hacer. Los que flipasteis con Lena y Karl de Mo Davidau, a pesar de ser más clásica en cuanto a la trama, Todos quieren a Daisy Jones os va a dejar con el mismo buen sabor de boca. 


Para darle más realismo y veracidad a la trama, su autora se ha empleado a fondo en cuatro aspectos fundamentales: ambientación histórica, conocimiento de la escena musical (en especial del rock) de la época, la construcción de personajes memorables y la estructura de falso documental. En primer lugar, la reconstrucción literaria que hace Jenkis Reid de los Estados Unidos de los años 70 es un aplauso rotundo, y lo más sorprendente es que lo logra sin la necesidad de unas descripciones de cinco páginas - señor Follett, tome nota - las cuales yo como lectora, si están bien escritas, no me importa adentrarme en ellas. De hecho, en su momento fui una de las kamikazes que se tragó las más de diez páginas explicativas del estilo gótico medieval en Los Pilares de la Tierra (la historia del arte tuvo la culpa). Con la presente novela Jenkins Reid consigue con poco lo que para muchos es sinónimo de una explicación que no viene al cuento y sirve más como relleno que otra cosa. Al igual que las buenas novelas de terror - a las malas mejor ni acercarse - la ambientación es clave para el entendimiento de la trama, llegando esta a influir de forma determinante en los personajes. En Todos quieren a Daisy Jones los valores de la contracultura, a pesar de haber vivido su apogeo a finales de la anterior década, todavía siguen presentes, al igual que las formas de ocio y disfrute de la juventud de entonces. Lejos de endulzarla, su autora no esconde los claroscuros, incluyendo la crudeza de las drogas, los desfases de las fiestas, la delincuencia juvenil, el racismo o el desarraigo. Incluso las tesis del movimiento feminista y de la liberación sexual de entonces están presentes, sobre todo en la génesis de los personajes femeninos, asumiendo los cambios y reivindicaciones como algo natural, y por tanto, visibles al resto de actores que interactúan con ellas. Enorgullece el empoderamiento de estas mujeres, sobre todo cuando les toca desmentir estereotipos, superar barreras o hacerse valer en medio de un grupo de "gallitos de corral". En segundo lugar, Jenkins Reid da una clase magistral al exponer su basto conocimiento sobre la industria musical de ese tiempo. Y no hablo a nivel de saberse al dedillo los grupos musicales que lo "petaban" entonces. Es alucinante observar como recrea al milímetro, por ejemplo, como es la relación entre una banda y su discográfica, los posibles rifirrafes, la jerarquía dentro de estas empresas dedicadas al descubrimiento de millonarios pelotazos musicales, el dinero que se mueve dentro del negocio, la poca ética que en ocasiones impera en este mundo, las "putadas" entre miembros de la formación, la publicidad, las formas de enfrentarse a la hoja en blanco durante la composición de una canción, los procesos creativos... Y todo ello, de nuevo, sin necesidad de repetirse o extenderse demasiado. Jenkins Reid es capaz de contarte todo eso en pocas palabras, manteniendo el pulso narrativo y al mismo entreteniendo al lector hasta el punto de conseguir que éste no pueda parar de leer. 


En tercer lugar, Todos quieren a Daisy Jones se podría definir perfectamente como una novela de personajes, simple y llanamente, ya que en base a sus testimonios se construye toda la arquitectura literaria. Es fácil encontrar similitudes entre The Six y la banda británica Fleetwood Mac (aunque en una reciente entrevista Jenkins Reid confesó haberse inspirado en los Eagels), aunque sin duda, corroborado a su vez por la autora, Daisy Jones es la encarnación de Stevie Niks - la cantante que estaba llamada a cambiar para siempre la música británica -. Pero como siempre sucede, los celos, los desencuentros, los amores no correspondidos y los excesos acabaron quemando a un grupo al que auguraban grandes cosas. Lo mismo sucede con The Six, unos componentes a los que el lector llega a conocer a fondo y a ser testigo de sus logros, éxitos y desgracias varias. Es tal el nivel empático que el lector desarrolla con todos ellos - no hay ninguno, bajo mi punto de vista, que no tenga fallos a nivel de construcción física y psicológica - que en ocasiones deseas que el libro no acabe, que siga hacia adelante, que exista vida más allá del triunfo fugaz de una banda inexistente. Y de entre todos ellos, Daisy Jones es la punta de lanza, el personaje sobre el que pivota todo, la cantante talentosa de pasado adinerado que se escapa de su jaula de oro en busca de independencia y libertad. Esa mujer de carácter arrollador, vibrante, capaz de cautivar al público, que llora, que se enamora, que estalla de ira, cuyas líneas de diálogo son las mejores del libro y que, por supuesto, jamás se considerará menos que nadie y defenderá a muerte su posición en el grupo. "No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien" palabras pronunciadas en la ficción por la líder de un grupo de rock setentero que suponen una carta de presentación rotunda y poderosamente feminista. Lejos de los discursos tan machirulos que vinculan la creatividad artística masculina con la presencia de una mujer reducida precisamente a eso, a un ser totémico sin más aspiración que la de servir de estímulo al artista, Daisy Jones directamente se define como ese alguien, la artista que compone y realiza el trabajo intelectual. Teniendo en cuenta que muchas de estas "musas" - el caso de Dora Maar respecto a Picasso por ejemplo - fueron en muchos casos mujeres brillantes machacadas por ego machista de sus compañeros sentimentales, que un personaje, aunque sea desde la ficción, rompa con ese calificativo es totalmente inspirador. Ya por eso deberían leer esta novela todas las adolescentes de este planeta. Por último, y no menos importante, la técnica del falso documental en la literatura no me ha podido parecer más original. Hasta el momento es un recurso que solo había visto en el cine en películas como REC o Yo Tonya y por supuesto en series como Modern Family o Los Simpsons. Una técnica la del mockumentary - nombre por el que se conoce dentro de la jerga cinematográfica - permite a la directora o director aproximarse a la realidad, mostrar a los entrevistados en su faceta más intima hasta lograr cierto grado de empatía por parte del espectador. Eso, aplicado a la literatura, es rarísimo, y por eso resulta una maravillosa sorpresa. ¿Es ésta una de las reseñas más largas del blog? Sí. ¿Puede que me haya enrollado más de la cuenta? Probablemente. ¿Es suficiente toda la información que os acabo de vomitar? No, nunca es suficiente, pero voy a parar. Porque podría tirarme párrafos hablando de esta novela de Taylor Jenkins Reid, pero soy consciente y se parar cuando toca, aunque me cueste a veces horres. Simplemente diré, para cerrar esta extensa reseña, que os la tenéis que leer. No va a pasar a la historia de la literatura, pero si queréis pasar un buen rato leyendo algo que merece la pena, os lo recomiendo. A mi me salvó parte de la cuarentena, a lo mejor os salva a vosotros de la siguiente (nótese la ironía). 

Todos quieren a Daisy Jones: una historia de música, pasión, acordes, duros comienzos, drogas, sexo, rock and roll, éxito, estrellas fugaces, testimonios, nostalgia setentera... La novela que, esta vez sí, me gustaría ver adaptada. ¡Date prisa Reese!

Frases o párrafos favoritos: 

"No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Blackie Books

martes, 14 de enero de 2020

RESEÑA: Vozdevieja.

VOZDEVIEJA

Título: Vozdevieja.

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Vozdevieja es su primera, y muy prometedora, novela. Fuente: Editorial.


Editorial: Blackie Books.

Idioma: español.

Sinopsis: Tiene nueve años. Su nombre es Marina, pero en el cole la llaman Vozdevieja. Este verano en Sevilla, el primero después de la Expo del 92, es tan largo y tan seco que ella no sabe si llorar o reír. Si quiere que todo cambie o que todo siga igual. Porque aún juega con muñecas Chabel pero ya mira revistas para adultos. Porque su madre está enferma y ella ya se imagina en un convento rodeada de huerfanitas. Porque todo el mundo, también su padre, insiste en desaparecer. Porque su mejor amiga es su abuela, quien le guisa, la peina, se deja cortar esas uñas como alacranes, le cuenta su amor por Felipe González, le dice tranquila, le enseña nuevos tacos, le cose vestidos de flores. Luego sale y esos vestidos le molestan tanto como si fueran de lija. Y aun así, Marina siempre tiene hambre: de vida, y de filetes empanados. Una voz única, tierna, lírica y divertidísima. Una primera novela tan inolvidable como la primera vez que te pasa algo importante.

Su lectura me ha parecido: tierna, cercana, fluida, fresca, espontanea, muy alejada del retrato de la infancia blanca tradicional, ocasionalmente perturbadora, castiza, con unos personajes (en especial la protagonista) que consiguen tocarte el corazón, poco concreta en algunos pasajes, nostalgia en estado puro... Antes de meterme de lleno a criticar y a hablaros de la que considero una de las mejores lecturas del año que hace unas semanas hemos dejado atrás, me gustaría comunicaros que, ahora sí que sí, una servidora ha vuelto con todas las ganas del mundo para seguir escribiendo las reseñas literarias de esos libros que me han acompañado y siguen acompañándome allá donde voy. Dicho esto, no sería justo empezar la reseña de esta novela - una de las grandes sorpresas del año - sin comentar que, por primera vez en mucho tiempo, como lectora me he permitido salir un poco de mi área de confort. Esa en la que inconscientemente, y no sé muy bien por qué, ignoraba aquellos libros escritos por autoras y autores jóvenes de nacionalidad española. Durante mucho tiempo mi cabeza estuvo en los clásicos (sobre todo en ciertos clásicos), en determinados géneros (los cuales cualquiera que eche un vistazo por este espacio y las redes sociales sabrá a cuales me estoy refiriendo), en el ensayo (especialmente de temática feminista o histórica) y sobre todo en realizar un rescate de todas esas autoras que, desde mi punto de vista, consideraba que merecen más atención de la que en su momento se les prestó. Y sigo en ello, nunca dejaré de nutrirme de todas estas lecturas ni de seguir ampliando mi conocimiento respecto algunas temáticas y pensamientos. Así como continuar poniendo sobre la mesa la ficción y la no ficción de escritoras olvidadas por la historia. Sin embargo, necesitaba urgentemente escuchar a las voces de mi generación, o al menos a las que hablasen de los problemas, sentimientos y debates varios que tanto nos importan y preocupan. Ese interés despertó a la vez que conseguía, después de mucho tiempo, reilusionarme con la escritura, con la escritura de mis propios textos, que aunque no ocupen más de una hoja, para mi simbolizan un logro, una explosión con la que ansiaba desde hacía años. Desde entonces, y siempre que tuve ocasión, no dudé en hacerme con una buena cantidad de libros escritos por en su inmensa mayoría autoras nacidas en los años 80 y 90 del pasado siglo o que, habiendo nacido en décadas anteriores, no pierden la perspectiva de los tiempos que corren. Y aunque si bien es cierto que el género en el que estoy encajando mis microrelatos se encuentre en las antípodas de estas novelas en lo que a género literario se refiere, si que me han permitido situarme como autora, reflexionar sobre la cronología más acuciante o regresar a infancias y adolescencias con las que de alguna forma pueda, por fin, empatizar con lo que se está narrando. En el caso que hoy nos ocupa una servidora no era consciente de lo que sucedía a su alrededor, ya que la novela que tengo el placer de reseñar transcurre en el año en el que nací, 1993, el año de las niñas de Alcasser, de la reelección de Felipe González, de una de las peores recesiones económicas, de la Macarena y del bajón tras Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Precisamente en el seco verano sevillano de 1993 situamos a Marina, a su madre, a su abuela, y por supuesto, a la autora de la presente novela. Vozdevieja: un tragicómico retrato de niñez a golpe de nostalgia noventera.


   El que Vozdevieja, durante los meses que duró la campaña de promoción editorial, estuviese respaldado e incluso recomendado por Elivira Lindo - una de las autoras más importantes de este país y que precisamente gran parte de su producción literaria tiene su razón de ser en esa aproximación a la infancia desde una perspectiva cercana al público juvenil - no es una mera casualidad, sino un anticipo de lo que el lector se va a encontrar en el interior de Vozdevieja. Y es que la mirada tierna y ocurrente propia de esa etapa vital está muy presente, algo que, por supuesto, recuerda a los personajes más entrañables de la autora gaditana de nacimiento y madrileña de adopción como el inolvidable y siempre inquebrantable Manolito Gafotas. Sin embargo, la gran diferencia entre la saga de Lindo y la novela de Elisa Victoria es que, en esa aparente apacible infancia, la autora incide en la otra cara de la moneda, en esa oscuridad que todo núcleo familiar posee y que bajo el paraguas de la hipocresía se trata de ocultar para que la luz del sol no ose si quiera rozarla. Por supuesto esta no es una historia de secretos familiares, ni de historias terroríficas acontecidas en el ámbito privado. Vozdevieja está planteada como una novela-radiografía en la que, por un lado, Victoria nos cuenta como era la sociedad española de 1993 y por el otro nos adentra, sin morbo o autocompasión, en las imperfecciones de la vida doméstica, en los claroscuros de una familia que, como tantas en este país, tiene disfuncionalidades. Empezando por esto último, comenzaremos hablando de Marina, absoluta y rotunda protagonista de la novela. Una niña sevillana de tan sólo nueve años de edad a la que poco a poco iremos conociendo, hasta el punto de que, a medida que avancemos en la historia, queramos abrazarla, consolarla o participar en alguno de sus juegos y ocurrencias varias. Marina pasa gran parte de su tiempo con su abuela, su madre la tuvo en un momento en el que no se sentía preparada y ahora se encuentra sumida en una depresión, tenemos a un padre ausente, al novio de la madre el cual intenta, sin mucho éxito, reemplazarlo de alguna manera. Y por si fuera poco estamos ante el primer verano antes de que empiece las clases en un nuevo colegio de monjas después de tantas mudanzas.  Es en este entorno de la periferia Sevillana, en esos barrios obreros de ladrillos rojos, en esas plazas ardientes al calor del agosto andaluz, en esos coloridos y carcomidos futbolines y en esas tardes de aburrimiento - sí, en los 90 aún nos aburríamos - mirando lo que ponían en la tele donde situamos a Marina y su cotidianeidad.

   Un aspecto que juega muy a favor de este libro, como ya he comentado antes, es esa aproximación a lo innombrable, a esos "tabúes" pertenecientes al ámbito doméstico sin dramatismos de ningún tipo y desde una mirada curiosa, pícara y deliciosamente tierna. Marina no vive ajena a la realidad de su entorno familiar, sino que ella misma es una espectadora más de las virtudes y las imperfecciones de sus seres queridos. Especialmente memorables son sus conversaciones con su abuela - el otro gran personaje de la novela - mientras la acompaña al baño y observa como hace pis, pero también sus juegos en los que las muñecas se restriegan, las siestas de su madre en bragas, los comics para adultos que Marina lee a escondidas o la violencia que subyace entre los niños del barrio. Lejos de mostrar la imagen de infancia blanca perfecta, Elisa Victoria coge lo impúdico y te lo pone ante los ojos del lector y ante los ojos de una niña de nueve años, a través de los cuales veremos como normal todo ese desorden cotidiano que protagoniza cada uno de los días de aquel largo verano de 1993. A partir de ahí, Elisa Victoria se permite el lujo de introducir temas de reflexión tan necesarios como la curiosidad por el sexo - por el cual Marina se interesa precozmente - la mentira infantil, las historias familiares, la enfermedad, el rechazo, la soledad, la diferencia generacional o el miedo a no encajar. Todo eso desde la perspectiva de una niña con el don innato de la curiosidad, la picardía y la cálida voz de quien desea que le traten como una adulta y no como una niña, de quien teme al fin del verano mientras se baña en la playa de Marbella junto a su abuela, de quien odia que se refieran a ella despectivamente como "vozdevieja".


   Por otro lado, Vozdevieja trasciende más allá de la individualidad de Marina y de su retrato único y desprejuiciado de la infancia, sino que Elisa Victoria eleva a su protagonista a la categoría de doble testigo. Primero de la realidad que la rodea en lo privado y segundo de la sociedad castiza y humilde a la que pertenece. En ese sentido, en lo literario se podría comparar con lo que Miguel Delibes hizo en El príncipe destronado al situar a Moncho - ese niño celoso de su hermana pequeña - entre dos mundos: entre el de la historia que acontece y el del contexto de una familia adinerada en el Madrid de los últimos años de la dictadura franquista. Y en lo audiovisual, Carlitos en Cuéntame es el narrador de su propia historia familiar a lo largo de décadas y décadas de la historia más reciente de España y al mismo tiempo se alza como la voz de toda una generación que, al igual que él, también ha vivido directa o indirectamente los sucesivos acontecimientos históricos que se muestran en la serie. En el caso de Vozdevieja, Elisa Victoria nos conduce por las calles de la periferia sevillana, nos sumerge en el salado aroma del mar Marbellí, en los chiringuitos de playa atestados de gente, en esos balcones llenos de ropa interior, en esos bancos donde antaño la gente quedaba para hablar sin tener un móvil entre las manos, en esos parques en los que los niños se pasaban toda la tarde jugando al pilla-pilla o a la gallinita ciega. Y por supuesto en las mentes de los vecinos, en el socialismo de Felipe González, en la desazón por la crisis económica, en sus mundanas preocupaciones o en el fantasma de la Expo, un eufórico espejismo del que a día de hoy quedan los recuerdos, las infraestructuras y el llamado "cementerio de Curros". De lo particular a lo colectivo. De la anécdota a lo trascendente. Entre esos mundos se mueve Marina - claramente el alter ego de la propia Elisa Victoria - aderezado con infinidad de referencias a la cultura de los años 90. Desde dibujos animados como Bola de Dragón Sailor Moon a series como Los Vigilantes de la playa, Salvados por la campana o Melrose Place pasando por la música de Diana Ross o James Brown, las meriendas cargadas de calorías como el Bollycao y sin olvidarnos de los comentarios hacia Carmen Sevilla presentando el Telecupón. Tal vez sea esta la única pega que le pondría a esta novela en su conjunto, el divagar y recrearse demasiado en todos estos guiños a la época que, por muy simpáticos o efectivos que resulten - no todos los revivals televisivos y novelísticos de décadas como los 80 y 90 del pasado siglo no son siempre buenos o necesarios - a veces corren el riesgo de que la tensión narrativa se rompa, viniéndose abajo la novela entera. Por fortuna, y aunque si que había veces en los que la historia rozaba el límite de la inconcreción, Elisa Victoria sale airosa de su primera incursión en la narrativa con tintes realistas. De hecho, dados sus inicios en géneros más experimentales, es de aplaudir el hecho de que haya sido capaz de escribir un silce of life tan particular, personal, cálido, tragicómico y entrañable. Dicho esto, le auguro una carrera enormemente prometedora y larga a la autora sevillana y por supuesto, cruzo los dedos por una posible adaptación cinematográfica, porque la novela tiene potencial visual y no sería descabellada la idea de guionizarla ahora que los 90 vuelven a provocarnos la lagrimilla de la nostalgia.

   Vozdevieja: una historia de infancia, mentiras, juegos en la calle, conversaciones entre abuela y nieta, enfermedad, despertares precoces, comics, muñecas Chabel, picardía, aprendizaje... Una novela generacional con aspiraciones transversales.

Frases o párrafos favoritos:

"Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books.