Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 7 de mayo de 2022

RESEÑA: Ayer

 AYER


Título: Ayer. 

Autora: Agota Kristof ((Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011). Por motivos políticos tuvo que exiliarse de su país para, en 1956, instalarse en Suiza. Tras cinco años trabajando en una fábrica de relojes, Kristof decidió aprender francés, lengua en la que escribió en 1986 su primera novela, El gran cuaderno, primera pieza de la trilogía protagonizada por Claus y Lucas, a la que seguirían La prueba (1988) y La tercera mentira (1992). Ha escrito otras obras de teatro y de narrativa, entre las que se encuentra el relato autobiográfico La analfabeta (2004), en el que Kristof recoge una breve parte de su intensa vida. Sin embargo, la trilogía de Claus y Lucas se sigue considerando su obra maestra, por la que recibió importantes galardones como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea.


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductor: Ana Herrera. 

Sinopsis: Sándor Lester, exiliado en una fría ciudad europea, lleva una vida solitaria y monótona. Inmerso en una rutina alienante en la fábrica de relojes en la que trabaja, pasa sus ratos libres escribiendo, frecuentando a gente en su misma situación o en compañía de Yolande, una mujer a la que no ama. Un día conoce a Line, una nueva empleada de la fábrica que procede del mismo país. Aunque está casada y tiene una hija de corta edad, Sándor se enamorará de la recién llegada y entre los dos surgirá un vínculo tan íntimo y esencial como doloroso y destructivo. 

Su lectura me ha parecido: breve, precisa, desasosegante, sin artificios, al hueso, tristísima, lírica, tosca, sombría, melancólica, impactante... La primera vez que leí a Agota Kristof me adentraba en la milla de oro de mi ciudad. Amparada en el nombre de un poético autor, sus portales no eran de otro mundo, ni sus balcones, ni siquiera los seguratas-porteros que las custodiaban. No como sus tiendas de decoración minimalista y letreros tan estilosos como relevadores en cuanto a su caché o valor de mercado. Esas cuyos escaparates parecen gritarte lo mucho que molan, lo caras que son y que jamás podrás si quiera poner un pie en ellas. Cruzar la barrera que separa a quienes frecuentan los alrededores del Mercado de Colón y los que nos tiramos a las rebajas de cualquiera de las tiendas que riegan la calle Colón pertenecientes al imperio Inditex. Emma Stone o Alicia Vikander te saludan, pretenden calar entre el populacho, venderte la idea de que, aunque no te puedas permitir un bolso de Louis Vuitton o una escultura de Lladró, siempre quedará la ilusión, el deseo, la fascinación por aquello que jamás podrás poseer. Una frialdad calculada escondida tras los ojos verdes de la primera y los almendra de la segunda. Entre clase y clase de un curso del paro que estaba realizando en unas oficinas situadas al principio de aquella calle y tras una rápida pero embelesada contemplación a la explosión de Rococó que representa el Palacio del Marqués de Dos Aguas, se me ocurrió empezar la lectura que llevaba tiempo postergando, sin saber muy bien porqué. Quedé tan atrapada por aquellas primeras descripciones de los horrores más perturbadores, terroríficos y escatológicos incluso de la guerra que estaba teniendo lugar en las páginas y en la película que estaba construyendo en mi imaginación que casi llego tarde a la explicación sobre el la comunicación en Facebook. Recuerdo que durante las horas que sucedieron a aquella lectura no pude pensar en otra cosa que no fuese en esa abuela rolliza, malvada y guarra - de no lavarse en un mes, entiéndase - y en lo mucho que, a pesar de detestarla a rabiar, me estaba fascinado como personaje. En mi memoria resurgió Annie Wilkies, protagonista de Misery, psicópata de la página en blanco, sádica pesadilla nocturna a la que mi yo adolescente había aupado al Olimpo de la creación literaria. Flechazos que, tanto en un caso como en el otro, he conseguido mantener intactos y firmes, defendiéndolos hasta la saciedad allá por donde voy. Continué en los días posteriores, la pasión fue en aumento, a pesar de haber dejado atrás esa burrada llamada El gran cuaderno. Cada una de las tres entregas de la trilogía me despertaba sentimientos bien diferentes, pero todos convergentes en la figura de su autora, de quien los había plasmado sobre el papel, de una mujer llamada Agota Kristof que, para mi sorpresa, escribió aquello en una lengua que no era la suya, sino en una que le vino de improviso, sin desearlo y a la que se tuvo que acostumbrar si quería prosperar allí donde la habían acogido en calidad de refugiada política. Entonces pensé que el descubrirla frente a uno de los edificios más bellos de la ciudad resultaba irónico, ahora siento que Agota se ha convertido en una autora de mi canon personal, tan imprescindible como rica en su forma de aproximarse a lo molesto, visceral, crudo. En otras palabras, aquello que no queremos ver. Luego amplías, lees otros títulos, te empapas de ellos sabiendo que, aunque no estén a la altura de la obra cumbre, Agota jamás defrauda. Ayer: el dolor del exilio, del pasado y de la creatividad ahogada en el trabajo mecánico. 


La desolación que una siente una vez pone punto y final a la lectura de esta pequeña novela debería ser una advertencia, sobre todo si la o el lector que se aventura a adentrarse en ella lo hace desde un ímpetu descontrolado. De todas formas, no hay nada mejor que iniciarse en la prosa de Agota que por este pequeño y amargo bombón de licor. Tan amargo que una servidora se estremece con tan solo recordarlo. Y es que la historia de Sándor Lester - magnífica elección del nombre en un claro homenaje al también expatriado Sándor Marai - actúa como vehículo narrativo así como catalizador de todas las emociones que su autora decide transmitir a través de él. Sosteniendo todo el peso de una trama que, a pesar de su aparente sencillez, esconde matices dignos de mención. Sándor es uno de los personajes más tristes de la literatura, al menos de la literatura a la que una ha accedido por el momento. Un rostro compungido, ausente, que se deja llevar por la inercia de un trabajo mecanizado y tremendamente alienante - esa gris fábrica de relojes - atormentado por un pasado que trata de dejar atrás y cuya única vida social fuera del trabajo la componen Yolande - una mujer con la que se acuesta pero no ama - y los exiliados del bar que, como el propio Sándor, no consiguen adaptarse al país que, por diversas circunstancias, han tenido que huir. Un hombre de imperturbable rostro, a lo Buster Keaton sin gracia, con frustrados sueños de grandeza literaria, ya sea por su falta de disciplina o por su falta de talento, ahí el lector es el que debe opinar. Imágenes que compone en su cabeza, sobre el papel o en la cárcel de tinta negra de la que jamás logran salir. La llegada de Line, una mujer casada y madre de una hija procedente del lugar en el que nació Sándor, pondrá patas arriba la anodina existencia del protagonista. Introduciendo a la o el lector en un juego literario en el que la ambigüedad jugará un papel fundamental. Una relación platónica en la que nos moveremos entre la cruda realidad y los deseos del propio protagonista, creando una tensa incertidumbre entre lo que es real y no, entre lo que está pasando y lo a Sándor le gustaría que pasase. Lo poético y onírico, a su vez, se cuelan en la narración de Kristof, otorgando al relato un toque más extraño y bello en una trama ya de por si oscura, convirtiéndose en el contrapunto necesario para sostenerla. Su parquedad narrativa - frases cortas, desnudas, carentes retórica banal, capaces de helar la sangre - así como ese toque siempre autobiográfico - la autora también trabajó en una fábrica de relojes - contribuyen, por otro lado, a ensombrecer más la narración. Y es que aunque ese punto lírico se cuele entre diálogos y descripciones, es importante mantener el sello de identidad, esa marcada personalidad que siempre ha caracterizado a Kristof tanto en su vertiente más larga - Klaus y Lucas - como en su faceta más sintética - Ayer -. Y aunque posea ciertos giros que te cambian de golpe y porrazo la percepción que tienes (y sientes) hacia los personajes, lo cierto que para una servidora esta nouvelle no se puede ni siquiera comparar con aquella magnífica trilogía que tanto me marcó, de hecho, por muy bien escrita que esté, no está ni siquiera a su altura. Sin embargo, esta lectura no solo me ha hecho admirarla más, también explorar otros campos temáticos al rededor de los que articular una trama, tales como la alienación que provoca el trabajo mecanizado - y su consecuente sometimiento psicológico - además del naufragio de las ideas literarias, de esos pequeños rayos de esperanza en unas circunstancias en las que ni el propio contexto ni el propio protagonista que las alumbra tienen cabida. Agota se condensa, se encoge, se atenúa; pero incluso achicándose escribe las mejores historias. Aunque tras su lectura te entren ganas de meterte en la cama, taparte con una manta y derramar alguna lágrima, como Sándor, en la más absoluta soledad. 

Ayer: una historia de decepciones, huida, asfixia, lírica lóbrega, frialdad, abatimiento, autoengaño, perturbación, destierro... La perfecta entrada al universo literario de Agota Kristof. 

Frases o párrafos favoritos: 

"En la cabeza todo se desarrolla con dificultad. Pero, en cuanto se escribe, los pensamientos se transforman, se deforman y todo se vuelve falso. A causa de las palabras."

"El tiempo se desgarra. ¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? ¿Los soles elípticos paralizados en el espacio negro? ¿Dónde encontrar el camino volcado hacia el vacío? Las estaciones han perdido su significado. Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 14 de diciembre de 2021

RESEÑA: Hamnet.

 HAMNET


Título: Hamnet. 

Autora: Maggie O´Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte. 1972). Es autora de siete novelas: After You’d Gone (2000), My Lover’s Lover (2002), The Distance Between Us (2004, ganadora del premio Somerset Maugham), La extraña desaparición de Esme Lennox (2007), La primera mano que sostuvo la mía (2010; Libros del Asteroide, 2018), Instrucciones para una ola de calor (2013) y Tiene que ser aquí (2016; Libros del Asteroide 2017), y un libro de memorias, Sigo aquí (2017; Libros del Asteroide, 2019). Su última obra, Hamnet (2020; Libros del Asteroide 2021) ha supuesto su definitiva consagración al recibir el prestigioso Women´s Prize for Fiction, así como aparecer en las listas de los mejores libros del año 2020 del Washington Post y del The New York Times. 


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Concha Cardeñoso. 

Sinopsis: Agnes, una muchacha peculiar que parece no rendir cuentas a nadie y que es capaz de crear misteriosos remedios con sencillas combinaciones de plantas, es la comidilla de Stratford, un pequeño pueblo de Inglaterra. Cuando conoce a un joven preceptor de latín igual de extraordinario que ella, se da cuenta enseguida de que están llamados a formar una familia. Pero su matrimonio se verá puesto a prueba, primero por sus parientes y después por una inesperada desgracia. Partiendo de la historia familiar de Shakespeare, Maggie O´Farrell transita entre la ficción y la realidad para trazar una hipnótica recreación del suceso que inspiró una de las obras literarias más famosas de todos los tiempos. La autora, lejos de fijarse únicamente en los acontecimientos conocidos, reivindica con ternura las inolvidables figuras que habitan en los márgenes de la historia y ahonda en las pequeñas grandes cuestiones de cualquier existencia: la vida familiar, el afecto, el dolor y la pérdida. El resultado es una prodigiosa novela que ha cosechado un enorme éxito internacional y confirma a O´Farrell como una de las voces más brillantes de la literatura inglesa actual. 

Su lectura me ha parecido: inmensa, fascinante, conmovedora, dolorosa, oportunamente reivindicativa, con una prosa que parece acariciar cada palabra, coherente, abrumadora, la gran sorpresa del año... Como ya sabréis, sobre todo los que me seguís desde aquel día que tuve la genial idea de reorientar el contenido del presente blog hacia la crítica literaria, mi relación con le género histórico ha sido peculiar. De atiborrarme, como si no hubiera un mañana durante mi adolescencia, de novelas policíacas nórdicas lúdicas y con grandes dosis de lo que a día hoy se considera "salseo", pasé a una inagotable obsesión por la obra de Ken Follett, y en concreto por su obra más célebre: Los Pilares de la Tierra. Entendedme, estaba en Segundo de Bachillerato, absolutamente enamorada de la asignatura (que no del profesor, que era para darle de comer a parte) de Historia del Arte, especialmente de la arquitectura Gótica, cuyas características estudiaba con gran pasión. Con esta predisposición, normal que acabara rendida a Follett en el momento en el que dicho ladrillo cayó en mis manos. Fui, a juzgar por conversaciones a posteriori, de las pocas personas que se atrevió a leerse de pe a pa los pasajes más técnicos, en los que con un soporífero para unos, interesante para otros estilo describía la evolución en la construcción de la catedral del ficticio pueblo de Kingsbridge. Por supuesto, como ya he comentado en mil y un ocasiones, fue una novela de primeras veces. La primera vez que fui consciente de las costuras de una novela (las cuales quedarían superadas en el momento en el que leí Madame Bovary). La primera vez que leí una escena de una violación (ejemplo de cómo no debe escribirse una escena de estas características). Y, por supuesto, la primera vez que como lectora me enfrenté a pasajes de alto voltaje sexual de gran explicitud (ahí es donde de verdad se notaba que los personajes no eran del siglo XII sino del XXI). De ahí salté a su continuación que, salvo las partes en las que se hablaba de la Peste Bubónica, consideré totalmente prescindible. A su trilogía The Century (que a falta de una relectura, mi favorito sigue siendo el último). Así como cualquier otra novela que pudiera recordarme a esa novela ambientada durante el periodo de la Anarquía y la Guerra Civil que tanto me entusiasmó, obteniendo como resultado algunos tropezones mayúsculos como La catedral del mar o Mar de fuego. A mi juicio, copias baratas que trataron de imitar lo inimitable. Como cuando Stephenie Mayer se hizo de oro con la saga Crepúsculo y una horda de escritores comenzaron a publicar novelas juveniles protagonizadas por vampiros modernizados. Aunque, sinceramente, la avalancha que le siguió a Cincuenta sombras de Grey fue casi peor. Tan solo un año más tarde, los manuales de historia me absorbieron, hasta el punto de llegar a alejarme de la novela histórica - algunos de mis profesores nos intentaron convencer de que era un género menor al que no debíamos prestarle demasiada atención - y optar por aquellos clásicos que no me había animado a leer. Por aquel entonces mi opinión hacia el género cambió, me volví más crítica, exigente, selectiva. Ya no me valían esas tramas repetitivas o esos personajes sin alma. Me sentía completamente alejada de dichas formas, que no encontraba novelas dentro de lo histórico que respondiesen a una nuevas inquietudes o al menos que se alejasen del best-seller al uso. Pero entonces, inesperadamente, llegó Maggie O´Farrell - una autora a la que no había prestado demasiada atención tras haber leído su memoir Sigo aquí - con la novela que había esperando durante tantos años bajo el brazo. Dicho de otra forma, aquella que me devolviese la fe en la novela histórica y que, por el camino, acabó convirtiéndose en una de las mejores lecturas del año. Hamnet: la puesta en valor de las mujeres que habitaron en los márgenes de la historia. 


Sin duda, la publicación de Hamnet ha sido una de las mayores sorpresas de este año por dos motivos principalmente. El primero, por su autora, Maggie O´Farrell. La escritora norirlandesa ya había dado indicios de evolución a medida que su producción literaria se ampliaba con cautela. Sin saturar un mercado editorial atestado de novedades cada vez más volátiles, dejando espacio entre un libro y otro para, de pronto, tomar impulso con historias que, si bien las hemos leído en tantas otras novelas, prosperan gracias a su particular forma de escribir. Cercana, empática y capaz de captar las emociones más intrínsecas del ser humano, dotándolas de un virtuosismo cada vez más abrumador. La autora de La extraña desaparición de Esme Lenox, La primera mano que sostuvo la mía o de Tiene que ser aquí es uno de los grandes nombres de la ficción contemporánea actual. Por lo que, los hemos seguido más o menos de cerca su trayectoria a través de sus novelas, sabíamos que tarde o temprano firmaría esa obra que constataría su gran valía en el campo de las letras, ese libro que marcara un punto de inflexión y que, puestos a imaginar, abriría el famoso abanico de ideas a explorar por las y los autores de un futuro que ya es inmediato. Pero nadie, absolutamente nadie, ni siquiera una servidora, esperaba toparse con esa barbaridad llamada Hamnet. Ya no solo por lo que O´Farrell, en un ejercicio de renovación dentro de un campo literario, como es la novela histórica, que muchas y muchos ya dábamos por perdida, ha conseguido trasladar al papel. También por la enorme calidad literaria que desprende el texto. El salto, la evolución y la madurez literaria que ha alcanzado con Hamnet es epatante, abrumadora, digna de señalarse en cada reseña que se escriba sobre el presente libro. Porque sí, la historia es la que es, la podemos leer en la contraportada, pero la cuestión está no en la idea en sí, sino en la forma con la que ha decidido llevarla a cabo. Y, sobre todo, por la necesidad - o más bien deber - que la autora tenía respecto a los futuros lectores de la misma. Que no es otro que el de plantarnos una historia, no sabemos si del todo cierta o más bien nacida de su propia imaginación, pero que resulta enormemente plausible si tenemos en cuenta lo olvidada y silenciada que ha estado la voz de las mujeres en la historia. Es tanta la verdad que se desprende de ella, tanta cercanía y tal grado de documentación (el estudio de la época, hasta el más ínfimo detalle, sobre todo de la vida cotidiana que hay en esta novela) que parece recoger el testigo de las y los grandes escritores que se atrevieron a indagar en el pasado para narrar historias universales. Hamnet sería, sin exagerar, lo que a Umberto Eco El nombre de la rosa, solo que con un tono ligeramente más divulgativo y las gafas violetas bien ajustadas. Y conseguir, por si fuera poco, una accesibilidad inusitada, lo cual ha permitido que Hamnet llegase a un público más amplio, más allá de los forofos de lo histórico, más allá de reticencias, más allá de reductos eruditos o incluso de aquellos que todavía, a día de hoy, se niegan a leer historias escritas por mujeres. Ahí es donde radica el segundo aspecto sorpresivo, el haber sido capaz de aunar tres tipos de públicos: el especializado, el reacio y el generalista. 


Sería injusto definir Hamnet como una simple novela histórica por el hecho de estar ambientada en la Inglaterra del siglo XVI. Ya que, como ya he avanzado, el libro de O´Farrell transita con grandísima fluidez hacia otros géneros. De hecho, podríamos decir que éste, el contexto histórico, actúa como catalizador, como ese necesario centro a partir del cual desarrollar una trama que nos conducirá por caminos inusitados. Como ya desprende su sinopsis, el lector está ante uno de los personajes femeninos mejor construidos del 2021, el de Agnes. Una mujer inteligente, de arrolladora personalidad y con un don especial para la elaboración de remedios caseros gracias a su basto conocimiento en plantas y las propiedades de cada una de ellas. Esta curandera tiene el don de la premonición, de la anticipación, lo cual le acarrea muchas satisfacciones en su trabajo de sanar al prójimo pero también el rechazo y la envidia de los habitantes de Stratford, los cuales ven en ella poco menos que una bruja a la que, por otro lado, les conviene tener cerca para remediar sus enfermedades. Su vida dará un radical giro cuando conozca a un hombre. El lector sabrá poco de él - de hecho lo conocerá bajo como el "preceptor de latín" y no por su nombre - pero se enamoran apasionadamente, hasta el punto de llegar a casarse y a tener descendencia. No obstante, es en este punto donde la novela se volverá más oscura, triste, y magistral a medida que vas avanzando. Y es que no solo la muerte de Hamnet - uno de los hijos de la pareja a muy corta edad - condiciona la experiencia lectora, también el hecho de que nos esté contando la historia de uno de los grandes genios de la literatura universal, cuya identidad desconoceremos hasta bien avanzada la trama, desde una perspectiva inusitada e ignorada por los historiadores: lo doméstico. Desde esa casa, esa cocina, esas tareas, esos cuidados (en ese sentido, Hamnet es también una oda a ellos) esos hijos, esos suegros de oscuro cariz y, sobre todo, desde esos pensamientos que asaltan la cabeza de quien fue la esposa del que sería el dramaturgo más famoso del mundo. Shakespeare desde Agnes, desde su mirada cristalina, desde su peculiar forma de ver el mundo, la de una mujer adelantada a su tiempo que, sin embargo, no puede escapar a su destino en un entorno patriarcal, como tampoco al enorme dolor que acaecerá en dicho hogar. Muy pocas veces he sido testigo de una narración tan estremecedora y a la vez tan hermosa referida a un hecho tan traumático como es el duelo. Sus descripciones agitan, golpean, empapan ese tramo de una tangible humanidad. Especialmente memorables son las descripciones sinestésicas, en especial cuando se atreve a narrar lo inenarrable, como la textura de un cadáver. Capaz de trascender y convertir la novela de O´Farrell en un drama que escapa de la lágrima fácil para hacernos ser partícipes del mismo desde la conciencia de lo que está sucediendo y desde la más profunda reflexión al respecto. 

Al final, Hamnet no va sobre genios, excentricidades o aventuras en la capital - a la cual el "preceptor de latín" se traslada, sumiendo a Agnes en una punzante soledad - va sobre las aristas del dolor más devastador y universal, el de la pérdida de un hijo. Al final, como si de una epifanía se tratase, observamos como ese marido ausente - en eso, por desgracia, no hemos cambiado - expía su tristeza a través de la escritura, del teatro, de poner sobre las tablas su obra más famosa: Hamlet. Cierto es que la mayoría de estudios señalan la influencia de Ur-Hamlet de Thomas Kid - obra perdida y poco conocida - como la principal fuente de inspiración para la escritura de Hamlet. Sin embargo, en un acto de gran valentía, O´Farrell decide decantarse por la hipótesis más humana, estableciendo una relación directa entre el príncipe de Dinamarca y el hijo muerto. Probablemente el supuesto "plagio" tenga más consistencia que cualquier otra razón que implique exponer los sentimientos de un hombre triste, pero ¿no resulta más interesante observar la historia desde dicha perspectiva? Esa en la que el padre - figura aparentemente inquebrantable emocionalmente - se hunde y llora a través de diálogos y acotaciones. La novela de O´Farrell es una radiografía del duelo, sí, pero también de esa perspectiva de género tan necesaria tanto en los estudios historiográficos como en la propia creación literaria. Enseñanzas que ponen el foco sobre las ignoradas, vilipendiadas o ocultas. La misma que es capaz de hablarnos de William Shakespeare, sin necesidad de nombrarlo, bajo el prisma de quien lo amó, o de plantearnos hasta que punto lo que nos han contado es cierto. Porque sí, en cuanto buscas en internet compruebas que el verdadero nombre de la esposa del bardo de las letras inglesas es Anne Hataway, no Agnes. Pero,¿cuántos nombres de esposas/amantes de insignes escritores conocemos? O mejor aún, ¿cuántos nombres de mujeres anónimas cuya importancia es trascendental, a pesar de no salir en los libros de historia, se han perdido entre los pliegues de la misma? En última instancia, da igual, sea Agnes o Anne, el quid de la cuestión es el anonimato, como estigma, representado en el impersonal rostro de la mujer de la portada que, sin embargo, se atreve a mirar al lector. 

Hamnet: una historia de abatimiento, muerte, domesticidad, complejas relaciones familiares, crianza, amor maternal... Testimonio de un tiempo - el actual - llamado a convertirse en la punta de lanza de libros que aún están por escribirse. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La crueldad y la devastación nos aguardan a la vuelta de cualquier esquina, dentro de un arcón, detrás de una puerta: saltan sobre una en cualquier momento, como un ladrón o un bandido. La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está a salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves villanos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide


miércoles, 23 de junio de 2021

RESEÑA: Ninguno de nosotros volverá.

 NINGUNO DE NOSOTROS VOLVERÁ


Título: Ninguno de nosotros volverá. 

Autora: Charlotte Delbo (Vigneaux-sur-Seine 1913 - París, 1985). Hija de emigrantes italianos a los diecisiete comenzó a trabajar como secretaria en la capital francesa. En 1932 se adhirió a las Juventudes comunistas, y dos años más tarde conoció a Georges Dudach, muy activo en el seno del partido, con el que se casó en 1936. Un año más tarde, se convirtió en la secretaria de Louis Jouvet, entonces director del Thêatre de l´Athénnée. El 2 de marzo de 1942, Charlotte y su marido fueron arrestados por las brigadas especiales de la policía francesa. Delbo fue encarcelada en La Santé, donde vio a Dudach por última vez el 23 de mayo, el mismo día que fue fusilado. Fue trasladada a Auschwitz-Birkenau el 24 de enero de 1943 en un convoy con otras doscientas treinta mujeres, la mayoría miembros, como ella, de la Resistencia. A principios de 1944 fue trasladada de nuevo, esta vez al campo de Ravensbrück, y en abril de 1945 fue liberada, después de veintisiete meses de cautiverio. De las doscientas treinta mujeres del convoy que llegó a Auschwitz, regresaron cuarenta y nueve. Unos meses después, mientras se recuperaba en un sanatorio suizo, Delbo comenzó a escribir Ninguno de nosotros volverá, que se convertiría, veinticinco años más tarde, en el primer volumen de la trilogía Auschwitz y después. En 1947, comenzó a trabajar para la ONU en Ginebra y vivió en Suiza doce años. A su regreso a París trabajó como asistente del filósofo Henri Lefebvre, a quien había conocido en 1932. Allí falleció a los setenta y dos años. 

Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: en 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivieron cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libris de su elogiada trilogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia. Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de la vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese hacer sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria. 

Su lectura me ha parecido: dolorosa, escalofriante, realista, trágica, impecable, insospechadamente poética, impactante, monumental, un testimonio que el feminismo del siglo XXI debería leer con igual o mayor avidez... Llevamos dos años duros. Lo sé. Venimos de un 2020 que se las pintaba glorioso. Con aquella publicidad emulando la locura y el desenfreno de los famosos años 20 del siglo pasado que comenzó a emitirse en las Navidades del 2019. Todos estábamos eufóricos. Una nueva década se abría ante nosotros. Parecíamos haber dejado atrás los peores años de nuestra vida. Aquellos ahogados entre precariedad, paro e inestabilidad económica. En otras palabras, nos creímos los amos del mundo. Por eso el golpe dolió tanto. Una violenta patada en un estómago henchido de optimismo que acabó explotando, salpicando cada rincón del lugar en el que, a partir de ese momento, se convertiría en nuestra particular cárcel de oro. Una catarsis emocional que arrastramos durante semanas, meses, por los pasillos revestidos de gotelé, por esa cocina que redescubrimos - algunos con pasión y otros con cierto hastío - o por ese pequeño balconcito - si es que tuviste suerte de comprar o alquilar un piso con unas vistas que no fueran al deslunado grisáceo y atestado de ropa interior tendida - al que pronto convertimos en nuestro particular oasis. A fuera, el silencio reinaba, aunque los ecos de colapso y muerte que procedían de los hospitales eran cada vez más fuertes, desesperados, desgarradores. Unos aplausos a las ocho de la tarde nos hermanaban - hubo quien descubrió que tenía vecinos majos justo en el edificio de enfrente - pero no nos evadían de la tragedia, cuya proximidad nos atormentaba, apretando aún más el nudo formado en nuestra barriga a principios de marzo. La tristeza (esto es así, y quien no quiera verlo es que de verdad está hecho de piedra en lugar de piel humana) comenzó a instaurarse en nuestras vidas, como una compañera más, caminando a nuestro lado, sin darnos tregua, como si de ella dependiera cada compartimento de nuestra cotidianeidad. En mi caso, y os voy a ser sincera, me da la sensación de que se ha tornado crónica. De que ha ascendido un nivel, como en el Candy Crush, pero sin toda esa gama de colores fluorescentes que dañan el entendimiento y la vista. Una invisible pesadilla que, sumada a otras cuestiones de índole personal, a veces acaba por sumirme en un estado de apatía y con la lágrima al borde del llanto. Por eso, y porque sé que no soy la única que sufre esta especie de desazón pandémica, no me apetecía mucho leer Literatura Concentracionaria. Una suerte de masoquismo intelectual y más en los tiempos que corren. En los que tratamos de huir de todo aquello que nos apene, acongoje o simplemente nos haga reflexionar más de la cuenta. Y sobre todo, donde la muerte - salvando las distancias, por supuesto - es omnipresente. Comprenderéis que no quería echar más leña al fuego, más desazón sobre el desconsuelo acumulado. Pero la historia nos interpela, así como los testimonios que surgen de ella. Los cuales, por muy terroríficos que sean, están ahí para iluminar nuestro conocimiento, rellenar de saber aquellas lagunas que otros, por desgracia, se empeñan en desecar. Y a eso, chicas/os, jamás debemos darle la espalda. Ninguno de nosotros volverá: la noche que no cesa. 


Estamos en 1945 en la habitación de un sanatorio suizo. Me imagino la luz, a pesar del gélido paisaje, atravesando, inclemente, el cristal de la ventana. Salpicando de claroscuros el rostro de Charlotte Delbo, una de las pocas supervivientes de aquel convoy de doscientas mujeres hacinadas que llegó a Auschwitz-Birkenau en el invierno de 1943. ¿Su delito? Haber luchado contra el nazismo desde la clandestinidad y conocer a gran parte de los líderes de la conocida como Resistencia francesa. Ella se salvó, la liberaron, regresó, tuvo la oportunidad de sanar sus heridas físicas y mentales; no como algunas de sus compañeras, cuyos cuerpos acabaron apilados en montañas de cadáveres, abandonados en medio de la nieve, gaseados o convertidos en un negro humo que se podía ver a varios kilómetros a la redonda. Creo que el día que decidió, mientras trataba de asimilar todo lo sufrido, empuñar la pluma para escribir el inicio de su famosa trilogía, recordó todo esto. Segundos más tarde - los cuales se extendieron a lo largo de varios años - buscó las palabras más certeras, aunque doliesen, para dotar de literatura (sin recursos enormemente rimbombantes o que condujesen a una frivolidad poco deseada en este caso) el dolor de las palizas, de los días sin probar bocado, de las torturas, en definitiva, de la muerte que la rodeaba en su terrorífica cotidianeidad. Así me imagino a Charlotte, una mujer herida, por dentro y por fuera, haciendo un esfuerzo enorme por contar la verdad, su verdad, de lo acontecido en los campos de concentración y de exterminio de la Alemania Nazi. Sin embargo, como resultado, Delbo nos legó el que es considerado como uno de los primeros testimonios de lo que más adelante pasó a llamarse Literatura Concentracionaria. Un una semilla literaria que acabaría por devenir en género propio a medida que los supervivientes fueron escribiendo sus vivencias. De entre los más conocidos no podemos dejar de citar los de Primo Levi, Elie Wiesel, Ramón J. Sender o el de Leo Classen - éste último de gran actualidad por su reciente reimpresión y por tratarse de uno de los primeros testimonios del "triangulo rosa", o lo que es lo mismo, de un hombre homosexual enviado a un campo de concentración por dicho motivo - . Sin embargo, el de Charlotte Delbo destaca, no solo por su pronta publicación, también por tratase de uno de los primeros testimonios femeninos en estas lides. A partir de entonces se abrió la veda, con la aparición de la trilogía Auschwitz y después, a que otras mujeres víctimas del nazismo pudiesen alzar la voz. La lista es enorme: Violeta Friedman, Ruth Klüger, Helga Weiss, Anise-Postel Vinay, Edith Bruck, Germaine Tillon u Odette Elina entre otras muchas. La experiencia femenina acababa de irrumpir, entre tanto testimonio de varón, para evidenciar que la violencia ejercida sí distinguía por sexos. Tal y como nos lo cuenta, desde un estremecedor estilo, la propia Charlotte Delbo. 


En la presente edición de Libros del Asteroide - con nueva traducción por parte de Regina López Muñoz - se recogen las dos primeras entregas de la trilogía a saber Ninguno de nosotros volverá (la cual da nombre al título bajo el que se ha decidido publicar ambos textos) y Un conocimiento inútil. Su tercera entrega, La mesura dels dies, por el momento está traducida y publicada en lengua catalana por la importante editorial Club Editor. Por lo que, en la presente reseña, solo podemos hablar de las primeras dos entregas, ambas correspondientes a su llegada, la experiencia en los campos de concentración y la posterior liberación en un glorioso capítulo titulado "La mañana de la libertad". Todo ello, como ya hemos comentado en el anterior párrafo, desde una mirada única que, entre otras cosas, nos revela como fue el cautiverio de millones de mujeres por aquellos horribles años. Las imágenes que la página devuelve son verdaderamente terroríficas. Desde la mujer a la que le rapan varias veces la cabeza a las salvajes torturas cometidas por las guardianas del campo, pasando por la falta de enseres de higiene íntima femenina, el cadáver como manjar para las ratas, la esterilización, los perros entrenados para morder a los prisioneros si estos se resentían de su tarea, el sonido del silbato como preludio de la muerte... Así hasta que el lector no puede más y necesita reposar la lectura durante unos días antes de atreverse a sumergirse en ella de nuevo. En el campo de concentración también se dan paradojas, como la de aquella prisionera que decide acortar el camisón de rayas - la coquetería no está reñida con el cautiverio concluye la autora tras una poderosa reflexión entorno a la perdida de identidad en aquellos lugares - o como la de la propia Delbo al encenderse un cigarrillo con un mechero perteneciente a una SS el día de la liberación. Así como momentos que en algunos casos salvan a las prisioneras de caer en en la depresión o el suicidio, como el hallazgo de un ejemplar de El misántropo de Molière que decidieron en el mismo barracón representarla durante dos horas y cuyos pasajes no dudaban en recitar antes de apagar las luces. Constituyendo uno de las pocas bocanadas de oxigeno, de aire, de liberación dentro del más absoluto terror. A fuera, la gente cae fulminada sobre el barro o la nieve, dentro, dos horas de magia, que les hacían resistir a pesar de que los efectos del cansancio, las palizas y la desnutrición eran cada vez más acuciantes en su cuerpo y en su salud mental. Sorprende, en última instancia pero no por ello menos importante, el juego estilístico que Delbo emplea para contar su testimonio. En lugar de una primera persona a camino entre la fragilidad y una actitud inquebrantable a pesar de todo, aquí encontramos segundas personas perfectamente construidas que aparecen, inesperadamente, a lo largo del libro. Párrafos más extensos de carácter más oral, microrrelatos que actúan como pequeños golpes de efecto visuales - algunos de ellos consiguen helarte la sangre - e incluso poesía, versos que evocan lugares, sensaciones y huecos que solo la memoria puede llenar. Todo esto, en conjunto, ensalza no solo su lectura, sino su originalidad dentro del género. Demostrando que hasta del horror más insoportable se puede hacer literatura sin desvirtuar o emborronar el relato y su trascendental importancia para la historia. Charlotte Delbo es una superviviente más de la peor cara del Nazismo, de las pocas que regresaron de aquel hacinado trayecto. Y como tantas otras, quiso dejar constancia de lo sufrido entre barracones, comandantes de las SS y esqueléticos cadáveres. Sin embargo, a diferencia de muchos de los textos escritos y publicados desde entonces, Delbo no se conformó con verter palabras cual río descontrolado, quiso hallar las palabras adecuadas, un formato más híbrido y otorgar un protagonismo inusitado a las mujeres prisioneras. Una perspectiva de género que, en los tiempos que corren, deberíamos tener en cuenta a la hora de abordar dicho periodo tanto si lo que se pretende es enseñar en un instituto como armar una investigación de carácter histórico. Así como, si estamos ante una lectora/or corriente, saciar su apetito intelectual y teñir, un poco más, su mirada hacia un morado cada vez más intenso. 

Ninguno de nosotros volverá: una historia de horror, supervivencia, violencia, sororidad femenina... Un ejercicio de memoria y literatura digno de estudio y reivindicación en tiempos de defensa democrática contra los neofascismos europeos que, en pleno siglo XXI, pretenden que caminemos hacia atrás. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga por el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde". 

"Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el fríos soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto."

"Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el reencuentro (...) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección hacia las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer se engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

miércoles, 17 de febrero de 2021

RESEÑA: Clima.

 CLIMA


Título: Clima. 

Autora: Jenny Offill (Massachusetts, Estados Unidos, 1968) es autora de las novelas Last Things (1999) y Departamento de especulaciones (2014; Libros del Asteroide, 2016), que fue finalista de los premios Pen Faulkner, International Dublín y Folio y está considerada por la crítica estadounidense como una de las mejores novelas de la última década. Clima (2020) es su muy esperada tercera novela. Actualmente vive en el norte del estado de Nueva York y es profesora de escritura en la Universidad de Syracuse y en la Universidad de Queens. 


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Eduardo Jordá. 

Sinopsis: Lizzie Benson es bibliotecaria en Brooklyn. Divide sus atenciones entre su hijo Eli, su marido Ben y su hermano Henry, que se está recuperando de su adicción a la droga. Además, ayuda a una antigua profesora con el abundante correo que recibe por su exitoso podcast sobre el cambio climático, un tema que atrae a extremistas de todo tipo: desde aquellos que se preparan para el fin del mundo hasta los que afirman que la civilización cristiana está en peligro. Y aunque Lizzie intenta ser positiva, ni las clases de meditación ni los consejos que extrae de los estantes de la biblioteca consiguen calmar su inquietud por la situación de su hermano y por la furia que percibe en su entorno. 

Su lectura me ha parecido: breve, sintomática, retratista, ágil, irónica, algo desesperada, híbrida, sarcástica, mucho mejor que su anterior trabajo... El seis de enero de este mismo año asistimos atónitos a las imágenes de hombres armados hasta los dientes y vistiendo, como si de un chungo ritual chamánico se tratara, pieles y cuernos de bisonte asaltando el Capitolio de los Estados Unidos. Uno de los símbolos, en teoría, de la democracia norteamericana. Al principio nos reímos, sobre todo de Jake Angeli, cuya vestimenta sacada de las mismísimas pinturas de Altamira y su rostro pintado con los colores de la bandera nacional dio para más de un meme o video paródico. Pero a las pocas horas nos quedamos mudos. Las banderas del QAnon - el mayor hervidero de teorías conspirativas - ondeaban junto a las confederadas. Las mismas que a mediados de siglo XIX presidían las instituciones y los balcones de algunas de las mansiones de los terratenientes más ricos de los estados del sur. Miradores desde los que, a pocos quilómetros, podía observarse el campo de algodón. Un manto blanco manchado por el sudor y la sangre de los esclavos negros que lo recolectaban con la amenazante sombra del látigo impactando sobre su espalda. Ahora nos escandalizamos pero, la realidad es que siempre estuvieron ahí, agazapados, escondidos, esperando a que alguien abonara el terreno. Que lo llenara de mierda para, una vez abierta la veda, seguir expandiéndola. Su fétido olor ha llegado a todas partes. Inundando de porquería y de surrealismo el raciocinio de quien menos te lo esperas. La última, durante la histórica nevada que dejó Filomena en gran parte de nuestro país, mujeres y hombres al grito de "Esto es una mierda que nos mandan. Esto es puro plástico y nos siguen engañando con todo" trataron de argumentar, quemando con un mechero bolas de nieve, la inexistencia de ésta. De la nieve, de la violencia de género, del Coronavirus, de la represión franquista, del Holocausto, del matrimonio igualitario, del VIH, de la teoría de la evolución, del terrorismo, del agua, de las vacunas, del cambio climático, de la esfericidad de la tierra, de la democracia, de Australia, del alunizaje, de las patatas fritas, de los osos polares, las camisas con hombreras, del calor en verano... Hay tantos negacionismos como juguetes en el Kinder Sorpresa. Sólo hacía falta políticos igual de irresponsables adscritos a la conspiración (absolutos generadores de escepticismo e intolerancia) y un lugar - o varios - en internet donde amplificar sus locuras para darles (y nunca mejor dicho) alas para volar. El mundo está loco. Enfermo de ignorancia. E incluso da la sensación de que éste gira cada vez más rápido, a la velocidad con la que vuelan los videos de Youtube, las fotos publicadas en Instagram o los titulares - que no noticias - que brotan de la bandeja de Facebook. Todo esto, de alguna manera, lo tenía que reflejar la literatura. Y así ha sido, al menos Offill ha conseguido que nos olvidemos de Departamento de especulaciones para, por fin, mostrarnos de lo que de verdad es capaz. Clima: la inquietud y Twitter a las puertas de un apocalipsis climático. 


Las y los que tenéis más memoria ya sabréis que Jenny Offill - la autora de la novela que hoy reseñamos - lo "petó" bastante con su trabajo anterior titulado Departamento de especulaciones. Un libro que, si recordáis, narraba la historia del derrumbamiento de un matrimonio y los intentos por parte de la protagonista de buscar en el pasado ese elemento, la causa de que todo se esté desmoronando. Dicha premisa le valió a su escritora innumerables premios internacionales, todos ellos de gran prestigio literario. Un reconocimiento que, sin embargo, no entendí, ya que la novela en sí no me acabó de convencer del todo. Si bien es cierto que tenía elementos que la hacían sobresalir, como un particular estilo que en la presente novela ha acabado explotando para bien, pero en general los lugares comunes en los que ésta incurría hacían que perdiera todo ese potencial apreciado. Algo que, afortunadamente, no ocurre en Clima donde Offill, en un ejercicio de madurez interesante, ha sabido conjugar un contenido de rabiosa actualidad con una forma igual o más moderna si cabe, muy a corde con el sistema que nos rodea y las nuevas formas que el ser humano tiene para comunicarse en pleno siglo XXI. Todo ello con una cercanía y una deliciosa ironía (de la cual hablaré más adelante) para hacer aún más accesible sus preocupaciones como autora. La sinopsis puede parecer algo simplona. Tenemos a Lizzie Benson, una bibliotecaria en Brooklyn a caballo entre su vida familiar - marido y un hijo - y la de su hermano Henry - en plena recuperación de su adicción a las drogas -. Así como en su trabajo ayudando a una antigua profesora - al frente de un exitoso Podcast sobre el cambio climático - con su abundante correspondencia. Como ya he dicho, la trama carecería de interés u originalidad de no haber sido por la innata curiosidad que el tema despierta en Lizzie. Una inquietud que evoluciona de los razonamientos más simples a preguntas más complejas a medida que avanza en su conocimiento acerca de los efectos del calentamiento global y que le hace replantearse, no solo su papel en el debate existente, sino su propia relación con las personas con las que convive a diario. De nuevo, lo personal elevado a lo político. Así mismo no debemos obviar el contexto en el que aparece Clima. Una época donde la realidad dominada por las tres "c" - caótica, cambiante y contradictora -  en la que, a la vez que somos conscientes de que nuestro planeta está en serio peligro de sufrir las consecuencias de todos los gases que hemos ido vertiendo a la atmósfera durante siglos, existe una deriva política (la puya al expresidente Trump es más que evidente) cuyo reaccionarismo está agravando más el problema. Ensanchando el, cada vez más frágil, agujero en la capa de ozono. Todo eso está en la novela de Offill, incluyendo esos pellizcos de humor - que alargada es la sombra de Jane Austen en este aspecto -  cuando son los conspiranoicos de toda índole los que toman papel y boli para exponer sus loquísimos y siempre terroríficos argumentos. 


Además de, como ya he apuntado en el anterior párrafo, proporcionarnos un retrato de la sociedad contemporánea actual. Offill lleva más allá su acercamiento a este movido siglo XXI mediante las formas, en otras palabras, a través del estilo empleado y que, en mi humilde opinión, es el mayor acierto de Clima. Su estructura narrativa a golpe de frases cortas, separadas, como si de pequeños textos independientes se tratasen. Una buscada fragmentación que no sólo pisa el acelerador en lo que a la lectura se refiere, sino que además intenta trasladarnos un potente reflexión, muy al hilo de lo que impera en nuestro día a día. Y es que las redes sociales - ese extenso universo escondido tras coloridos logos que lucen apabullantes tras las pantallas de nuestros dispositivos digitales - hoy por hoy son el pan nuestro de cada día. Lugar de comunicación entre personas a millones de kilómetros de distancia, espacio de debates, tertulias, encuentros, donde uno puede fundar grupos de conversación sobre un tema en concreto - clubs de lectura, videojuegos, cocina... - marco en el que poder difundir ideas, noticias, así como llamamientos a la protesta ciudadana - no son pocas las manifestaciones, concentraciones y demás actos similares cuya génesis ha tenido lugar en los muros de Facebook o Twitter -. Un amplio paraje en el que, por qué no, buscamos todo tipo de información u opinión respecto a cualquier cosa que se nos pueda ocurrir. No obstante, las redes sociales también pueden convertirse en una ciénaga, un barrizal en el que tiene lugar el acoso, el insulto, el chantaje, el bullying, el sexting, el racismo, la homofobia, la transfobia, así como la amplificación de noticias falsas, bulos o mensajes de odio de toda clase. No es de extrañar, siguiendo con esto último, que grupos de cariz reaccionario hayan visto en estas plataformas el altavoz extra que necesitaban para llegar a un público más amplio, ese que divide su tiempo entre la televisión, el ordenador y el móvil, ese que prefiere ver telebasura - o cualquier serie de Netflix - en lugar de estar informado de lo que pasa en su país, en definitiva, el miso que un día decidió cambiar el libro por el smartphone. Un público más inculto, menos leído, polarizado, y por tanto, más susceptible de creerse toda fake new o mensaje de intolerancia que se le presente, por muy fascista, machista o loco que suene. Está claro que Clima llega en un momento muy particular a estos niveles, en el que parece haberse instaurado una pereza lectora sin precedentes, en el que parece que poco a poco se está perdiendo esa curiosidad innata por como funciona este mundo, y por supuesto, en el que se le da más credibilidad a las palabras del tertuliano/influencer/famoso de turno que a la que sale por boca de expertos en X materia. Ese estilo twittero, de pocos caracteres, fugaz, es el que emplea, de forma crítica, la novela de Offill. Un libro en el que, paradójicamente, la protagonista del libro deposita la respuesta al porqué de las cosas en la información que obtiene a través de internet. Dejando claro desde el primer momento que los seres humanos no moriremos por una apocalíptica crisis climática, sino por no poder vivir sin Internet. Vamos, que de esta tampoco salimos bien paradas/os. 

Clima: una historia de opiniones polarizadas, emisiones de efecto invernadero, dramas familiares, correspondencias masivas, tweets, teorías de la conspiración, curiosidad, luz, espíritu crítico... Ahora sí, Jenny Offill ha vuelto. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Vete a dormir, solía decirte. Ya te despertaré cuando lleguemos a algún sitio."

"En las películas de catástrofes, si alguien descubre un objeto perteneciente a la época anterior al desastre - un cargador de teléfono, por ejemplo, o la Estatua de la Libertad - de repente se echa a llorar."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 20 de octubre de 2020

RESEÑA: Incienso.

 INCIENSO


Título: Incienso. 

Autora: Eileen Chang (1920-1995) nació en el seno de una familia de clase alta de Shanghái. Su madre fue una mujer moderna educada en Inglaterra; su padre un adicto al opio de ideas tradicionales. El matrimonio terminó en divorcio y Eileen quedaría bajo la custodia de su padre, hasta que los maltratos a los que éste la sometía la obligaron a irse a vivir con su madre. Tras la invasión japonesa en Hong Kong en 1941, en cuya universidad estudiaba literatura, volvió a la también ocupada Shanghái, donde empezó a publicar en revistas los cuentos y nouvelles que la convirtieron en una famosa escritora. En 1944 se casó con Hu Lancheng, un político que colaboraba con los japoneses y del que se divorciaría tres años después. La llegada de los comunistas al poder la llevaría a EEUU en 1955, donde moriría cuarenta años más tarde sin haber vuelto nunca a China. Durante sus años en EEUU, Chang dio clases en distintas universidades y continuó escribiendo ensayos, narrativa y guiones para películas rodadas en Hong Kong, durante el régimen comunista sus libros quedaron relegados en la China continental por motivos políticos. En los años noventa, coincidiendo con la apertura del régimen y el ascenso de una pujante clase media, su obra fue redescubierta con gran éxito. Entre sus libros destacan La jaula dorada, La rosa roja y la rosa blanca, Incienso, Un amor que destruye ciudades y Deseo y peligro (llevada al cine por el oscarizado director Ang Lee en 2007).


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: chino. 

Traductora: Anne-Hélène Suárez. 

Sinopsis: cuando Ge Weilong se presenta inesperadamente en casa de su tía, la señora Liang, para pedirle que la acoja y así poder proseguir con sus estudios en Hong Kong, no se imagina hasta qué punto ese encuentro cambiará su vida. La señora Liang le abrirá las puertas a un ambiente mundano, regido por la suntuosidad y la hipocresía, y Weilong tendrá que decidir si quiere formar parte de él. Así arranca la primera de las dos novelas cortas que contiene este volumen: un retrato esplendido de la decadente China colonial. Dos historias que, como apunta la narradora, se leen en el tiempo que tarda en arder un puñado de incienso. 

Su lectura me ha parecido: sorprendente, bella, que te deja con ganas de más, metafóricamente interesante, con unos personajes interesantes en su construcción - sobre todo en lo que se refiere al primer texto - una foto del Hong Kong anterior a la Segunda Guerra Mundial en todo su esplendor y convivencia colonial... Existe el dicho de "somos lo que comemos" o el de "dime qué comes y te diré como eres". Ambos son muy parecidos, por no decir que los dos conducen a la misma conclusión salida, casi, de los universos multicolores de Mister Wonderfull. Yo, sinceramente, soy más del de "enséñame tu librería y te diré quien eres". Cierto, me lo acabo de inventar, está visto que últimamente reboso imaginación, hasta en los terrenos más insospechados. Dejando a un lado las mamarrachadas de turno, lo cierto es que, si nos paramos todas y todos frente a nuestra librería - en otras palabras, nuestro templo cultural más personal y en ocasiones intransferible - descubriremos que abundan lecturas de autoras y autores estadounidenses, españoles o franceses entre otras muchas nacionalidades. En mi caso, las y los ingleses ganan por mayoría, aunque en los últimos años la literatura latinoamericana, la norteamericana y la procedente de países tanto del norte como del este de Europa han aumentado con el paso de los años. Al igual que el color, de un tono crema normalito a un negro cada vez más azabache. Por decirlo de alguna manera, así describo últimamente mi deriva hacia lo oscuro, siniestro, turbulento. Más allá de eso, lo que de verdad me preocupó fue descubrir la poca representación que tenía en los estantes de literatura procedente de países como Japón, Corea del Sur, Vietnam o China por citar algunos ejemplos. Es más, estoy convencida de que a vosotras y a vosotros también os sucede. Y no, esos libros de Haruki Murakami que tanto has releído no compensan el olvido sistémico más allá de las editoriales especializadas de turno (cuya labor pocas veces es reconocida). En lo que a China compete - ya que es el lugar de nacimiento de la autora del libro que pasaremos a continuación a reseñar - el lector de a pie sólo se acuerda de Confucio - algunos, por desgracia, gracias al chiste fácil que me niego en este espacio de crítica y opinión a reproducir - o de Sun Tzu y su Arte de la guerra - actualmente sigue siendo el libro chino más traducido y trascendente en occidente - y para de contar. Afortunadamente , y desde hace unos años, Libros del Asteroide ha ido arrojando luz sobre una de sus escritoras menos conocidas para el público generalista. Una pluma que describió como nadie la época precomunista - con sus virtudes y defectos - aunque fuese finalmente condenada al exilio por el régimen de Mao Tse Tung en el año 1955. A pesar de que en los últimos años su escritura se viese influenciada por las formas occidentales, sus textos anteriores a la década de los 50 aún consiguen acercarnos como nadie a una época histórica trascendental en la historia de china, a esa convivencia entre el tradicionalismo y la modernidad y, sobre todo, a sus aromas. Incienso: la sencillez luminosa, incluso antes de extinguirse la llama. 


Dividida en dos partes - Primer incensario y Segundo incensario - el libro de Eileen Chang asienta de alguna manera los parámetros literarios en los que la autora se va a desenvolver, como pez en el agua, a lo largo de toda su producción novelística. Ya lo vimos en Un amor que destruye ciudades (reseñada que podéis encontrar también en el blog) y lo volvemos a apreciar en Incienso, aunque con más lírica, menos contención y una aproximación más intensa al Hong Kong de entreguerras y previo al ascenso del Comunismo en China. Usando el símil del incienso, cuya fragancia se desprende tras la chispa provocada por una cerilla, Chang va poco a poco adentrando al lector en su mundo, desde una pasmosa sencillez y unas descripciones realmente embriagadoras. Llama especialmente la atención su forma de aproximarse a la cotidianeidad de las situaciones, así como la inclusión de una paleta de colores tan fascinante como abrumadora. A través de ellos, Chang nos describe un vestido, un plato de comida tradicional o una estancia con la misma facilidad con la que puede evocarnos la incomodidad, la pobreza, la envidia, el amor o la enemistad. Partiendo de los que todas y todos conocemos: azul intenso, rojo resplandeciente, esmeralda o amarillo crema. Pero también de otros completamente desconocidos para mí como el cardenillo - similar al turquesa y que se forma al rededor de objetos de cobre o latón por culpa de la humedad - otorgando, de este modo, mayor originalidad a ambos textos. Por otro lado, al igual que sucede, al parecer, en lo que conocemos de su corpus narrativo, Chang siente especial fijación por retratar, visibilizar y poner sobre la mesa como era la vida en el Hong Kong cosmopolita - rara vez observamos otra realidad que no sea esa - y en especial las relaciones entre sus habitantes y las influencias anglosajonas que, por culpa de la colonización, acabaron por implosionar en la cultura, sociedad y costumbres de un país, tradicionalmente, muy apegado a lo tradicional. En relación a esto último y como autora, Chang se posiciona de forma muy crítica en el Segundo Incensario, elaborando un relato lúcido y en el que se plantea una situación bastante comprometida. Seguidamente, ambos textos quedan irremediablemente marcados por otro de los grandes intereses de su autora: el de visibilizar la realidad de las mujeres chinas en este contexto tan determinante. Si en Primer Incensario el lector sigue los pasos de Ge Weilong - una joven que se debate entre ir a la escuela y después buscar un trabajo o llevar una vida cómoda estrechamente unida a los placeres - , en el Segundo Incensario es el estilo de vida colonialista y la falta de educación sexual en las mujeres lo que hará que, tras la boda de Roger y Susie, se desencadenen los inesperados acontecimientos. Si me tengo que quedar con uno, me inclinaría por el primero. Weilong es un personaje fascinante, el de la tía odioso pero al que no puedes evitar querer, esa aproximación a la vida acomodada (con tradiciones ancestrales y desdén a las doncellas incluidos) así como la reflexión final de Weilong - tan triste como comprensible si tenemos en cuenta el contexto en el que nació el relato - merecen un lugar destacado en mi memoria lectora. 


La vida de Eileen Chang - la cual hemos empezado a conocer gracias a la traducción de sus novelas al Español y a la encomiable labor de Libros del Asteroide de traerla por primera vez a las librerías de este país - parece no distanciarse mucho de las tramas de sus novelas. Ya desde sus primeros años de vida podemos captar una de sus influencias, al ser educada por una madre moderna y viajera y por un padre de ideas tradicionales y adicto al opio. Uno la maltrataba, la otra le dio la oportunidad de ver mundo una vez aquel matrimonio tocó a su fin. De ahí su preocupación por hacer hincapié en las problemáticas relaciones entre lo autóctono y las influencias extranjeras, entre una sociedad todavía anclada en valores reaccionarios a unas costumbres que, si bien arrasaron con parte de la idiosincrasia del país, para algunos supuso toda una fuente de inspiración. A los 23 años, que se dice pronto, Eileen Chang ya era toda una afamada escritora, sin embargo, dicho estatus no la libró de las duras críticas por parte de algunos colegas de profesión al ofrecer un estilo muy liviano y casi complaciente de la ocupación colonial. Época en la que, por cierto, muchos autores dejaron de escribir como protesta ante la invasión. Perdidamente enamorada de Hu Lancheng, hombre de dudosa reputación y ministro de propaganda del gobierno pro Japonés de Wuhan (sí, la mismísima Wuhan, no es una broma), Eileen Chang escribió sus obras más importantes al tiempo que tenía lugar la invasión nipona y los escarceos de su marido con otras mujeres. Divorciada de Lacheng - tras tres años de larga espera - vivió con incomodidad la llegada del comunismo a su país. De la noche a la mañana, Chang pasó de reputada escritora a una presencia incómoda para el régimen de Mao. No es de extrañar que tras la llegada del Maoísmo al poder, decidiese exiliarse a los Estados Unidos, lugar en el que ejerció como profesora en diferentes universidades y puso un pie en la industria hollywoodiense gracias a su talento como guionista. Sus textos, desde entonces, se vieron irremediablemente empapados del occidentalismo estadounidense pero jamás dejó de mirar más allá del océano Pacífico, más allá de la gran Muralla a ese país que literariamente tanto le aportó. El final de Eileen Chang fue triste, muriendo en Los Angeles en la década de los 90 sin haber podido volver a China, y aunque en los últimos tiempos se haya reivindicado, por fin, su literatura dentro del panorama literario de su tierra, eso no nos libra del amargor de saber que, de haber vivido un poco más, tal vez sus ojos hubieran sido testigos del éxito, tardío, pero éxito. La importancia de Chang, además del redescubrimiento de una autora desconocida traducida por vez primera al español, radica en su biografía, en sus ideas implícitas y en su valioso testimonio literario. ¿Os imagináis que hubiese cambiado de opinión? ¿Qué se hubiese unido a sus compañeros escritores y hubiese dejado de publicar durante la época colonial? A estas alturas se me antoja imposible. 

Incienso: dos historias de tradición, modernidad, independencia, tutelas, sofisticación, choque colonialista, relaciones de poder, domesticidad, interiores... La sinestesia hecha literatura. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La calle era un caos de fuegos artificiales y petardos volando en cualquier dirección. La pareja tenía que hacerse a un lado cada dos por tres para evitar las cometas rojas y verdes (…) Frente a todo este gentío, toda esa luz, todas esas mercancías, se extendían, sombríos, el cielo y el mar - una desolación, un espanto sin límite - igual que su futuro."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

lunes, 16 de marzo de 2020

RESEÑA: El boxeador polaco.

EL BOXEADOR POLACO

Título: El boxeador polaco.

Autor: Eduardo Halfon nació en 1971 en la ciudad de Guatemala. Ha publicado Esto no es una pipa, Saturno (2003), De cabo roto (2003), El ángel literario (2004), Siete minutos de desasosiego (2007), Clases de hebreo (2008), Clases de dibujo (2009), El boxeador polaco (2008), La pirueta (2010), Mañana nunca lo hablamos (2011), Elocuencias de un tartamudo (2012), Monasterio (Libros del Asteroide, 2014), Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), Duelo (Libros del Asteroide, 2017) y Biblioteca bizarra (2018). Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano, serbio, portugués, holandés, japonés, noruego y croata. En 2007 fue nombrado uno de los treinta y nueve mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. En 2011 recibió la beca Guggenheim, y en 2015 le fue otorgado en Francia el prestigioso Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana. Su última novela, Duelo, fue galardonada con el Premio de las Librerías de Navarra (España), el Prix du Meilleur Livre Étranger (Francia) y el Edward Lewis Wallant Award (EE. UU.). En 2018 recibió el Premio Nacional de Literatura de Guatemala, el mayor galardón literario de su país natal. Actualmente vive en París, becado por la Universidad de Columbia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Un abuelo polaco cuenta por primera vez la historia secreta del número que lleva tatuado en el antebrazo. Un pianista serbio añora su identidad prohibida. Un joven indígena maya está desgarrado entre sus estudios, sus obligaciones familiares y su amor por la poesía. Una hippie israelí anhela respuestas y experiencias alucinógenas en Antigua Guatemala. Un viejo académico reivindica la importancia del humor. Todos ellos, seducidos por algo que está más allá de la razón, buscan lo hermoso y lo efímero a través de la música, las historias, la poesía, lo erótico, el humor o el silencio, mientras un narrador −profesor universitario y escritor guatemalteco también llamado Eduardo Halfon− empieza a rastrear las huellas de su personaje más enigmático: él mismo. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, al mismo tiempo lenta, embaucadora, capaz de hacer con el lector lo que le de la gana, interesante, con una reflexión entorno a los usos de la autoficción, desigual, intelectual... El año pasado, a nivel personal y literario, se produjo un importante acontecimiento: el descubrimiento, casi por sorpresa, de un autor nuevo con una voz literaria única llamado Eduardo Halfon. Y no sólo eso, sino que a partir de entonces estuve atenta a todo lo que se editaba de él en España. El hallazgo se produjo por el azar del destino al recibir por parte de Jekyll and Hill - de las editoriales independientes más singulares de este país - dos ejemplares muy peculiares y distintos entre sí. Yo en ese momento aún no lo sabía, pero estaba a punto de que mi cabeza hiciese "clic" con la lectura de dichos libros. El primero, bajo el extraño título Biblioteca bizarra, me volvió loca gracias a esa mezcla entre ensayo, ficción, crónica periodística y episodios de la propia vida del autor. A la vez que proseguía ávida su lectura, mi cabeza no paraba de darle vueltas a las reflexiones que aquellas páginas me suscitaban al mismo tiempo que mi cara reflejaba una mueca oscilante entre la perplejidad y la felicidad. El segundo, de corte más tradicional y con el sugerente título de Saturno, me lo ventilé en un sólo día. Está claro que era un cuento, extraordinariamente breve, pero era tan fuerte lo que en él se contaba que era imposible que despegase los ojos de la letra impresa. De nuevo, tal y como había sucedido con Biblioteca bizarra, volvieron a aparecer las dudas de si lo que estaba leyendo era una reproducción fidedigna de los pensamientos del autor respecto a su padre. ¿El resultado? Pues que una vez más no me quedó más remedio que arrodillarme ante sus pies. Pasado aquel caluroso verano llegó la gran noticia: con motivo de su décimo aniversario, Libros del Asteroide - editorial de las más queridas por los lectores - iba a editar la novela que hoy tengo el placer de reseñar. Sin pensármelo dos veces, y en cuanto tuve la oportunidad, no dudé solicitar un ejemplar para poder leerlo y reseñarlo una vez pasase su tiempo de reposo. Sin embargo, y a pesar de que el resultado en general ha sido positivo, en el fondo me esperaba algo más.  El boxeador polaco: el autor como protagonista de su propio relato.


Nada en estcapa a la subjetividad, o lo que es lo mismo, a la percepción y opinión personal que vertemos sobre cualquier cuestión. Las circunstancias son mil, imposibles de mencionar en una sola página, pero eso en cierta medida enriquece todo debate que se genera a posteriori, nada más ver una película, escuchar un disco o de poner punto y final a una lectura. En el caso de El boxeador polaco creo que cabrían una serie de reflexiones. Para empezar, debemos partir de que no es un volumen de relatos que se haya escrito en la más rabiosa de las actualidades, sino que, al contrario, Halfon lo firmó y publicó en la pasada década. Esa que ahora mismo se nos antoja extraordinariamente lejana pero cuyo recuerdo todavía nos retumba detrás de la oreja. Desde entonces, el manuscrito ha viajado de editorial en editorial hasta que Libros del Asteroide quiso recuperarlo y reeditarlo coincidiendo con la celebración de los diez años que habían pasado desde que viera por primera vez la luz allá por el 2009. No obstante, y he ahí la cuestión, la edición que ahora mismo tengo en mis manos es diferente a la primera versión ya que desde la propia editorial, y para esta nueva reimpresión, se ofreció al autor la libertad de que ordenase los relatos según su idea original. Los cuales (imagino que por razones editoriales) no estaban dispuestos tal y como se los encuentra el lector actual si toma la presente edición entre sus manos. Desconozco por completo cual era el orden anterior, ni siquiera me interesaba Eduardo Halfon en el 2009 - año en el que descubrí y me obsesioné con la novela policíaca - así que en ese sentido no puedo decir nada. Lo que sí que señalaré, a menos como dato a tener en cuenta, es la crucial importancia que tiene elaborar un buen ordenamiento de relatos, no sólo en esta, sino en cualquier antología. No es baladí que, por ejemplo, el libro se inicie con la lectura del relato más llamativo, que a mitad se coloque otro igual o más impactante y que el del final sea o bien uno demoledor o uno que actúe como crepúsculo, y por tanto, tenga un cariz más reflexivo. Hay antologías de todo tipo, y por supuesto, no todas se rigen a este patrón expuesto, si bien es cierto que la mayoría de ellas parecen amoldarse a él, ya sea por intuición o por estrategia de marketing. Se como sea, lo que está claro es que en El boxeador polaco en particular, tal y como el lector se la encuentra si la adquiere es un estilo bastante tradicional y al mismo tiempo efectivo.


Ahondando, esta vez sí, en el contenido, forma y temáticas que abordan los relatos me gustaría decir en primer lugar que su lectura me ha parecido inmersiva, estupendamente escrita pero con los habituales altibajos de cualquier libro de cuentos. Como siempre sucede, ni todos los textos son buenos ni todos van a conseguir el objetivo que todo escritora o escritor persigue con su profesión: que sus palabras resuenen en tu cabeza formando parte de tu memoria y esencia como persona. Como os he contado en el primer párrafo, venía de leerme otros títulos de Halfon y de "flipar en colores" con su manera de narrar sus preocupaciones. Sin embargo, con el Boxeador Polaco - seguramente por las altas expectativas que había depositado en dicha lectura - no acabó llenándome del todo. Aún así, hay algunos aspectos a resaltar que merecen toda nuestra atención como lectores sibaritas que somos. En primer lugar, un recurso muy clásico, el que todos los cuentos estén conectados entre sí y todo ellos, aquí va la novedad, protagonizados por el propio autor. Si lo analizamos desde el punto de vista de la creación literaria no puedo parar de aplaudir, hasta con las orejas, el que Halfon haya tenido la valentía de desnudarse de esa manera ante los lectores de medio mundo. Huelga decir que, obviamente, desconocemos que es real o que no, que le ha sucedido de verdad o es simplemente producto de su imaginación. Los limites de la autoficción, como ya sabéis, son extremadamente endebles. En ellos, Halfon nos desgrana su relación de pareja, viajes varios, encuentros, ponencias, recuerdos, remordimientos, borracheras, caladas, pensamientos, errores y demás episodios autobiográficos formando un anecdotario que escapa al morbo y a lo intrascendente. Si algo podemos destacar de la prosa de Eduardo Halfon es su capacidad de embaucar al lector, hasta el que no acostumbra a leer con mayor frecuencia. Su poder para agarrarte y no soltarte, mantenerte en vilo y dejarte marchar una vez pones punto final a cualquiera de sus escritos es de alabar. Sin duda, Halfon es uno de los pocos escritores capaces de contener la tensión narrativa, y con ella la de todos los lectores. En El boxeador polaco lo consigue, no siempre, pero el regusto de la lectura en su conjunto al final acaba desequilibrando ligeramente la balanza hacia opiniones más favorables. Por destacar algún relato, obviamente el que da título a la antología resulta el más interesante a ojos de una lectora graduada en Historia y experta en Historia Contemporánea. Una breve historia inspirada en el abuelo del propio Halfon - que escapó de un campo de concentración gracias a la ayuda de, como no, un boxeador polaco - y que el autor descubrió en el momento en el que se percató de los números que su abuelo llevaba tatuados en el antebrazo. Eso fue de pequeño, cuando no supo el significado de dichos dígitos hasta que, una vez adulto, pudo compartir un whisky a medias y escuchar la gran historia que escondían. Y mientras, a la espera de la gran revelación, el niño que Halfon fue siempre creyó que era el número de teléfono de su abuelo que, para recordarlo siempre, había decidido tatuárselo sobre la piel. Esta mentira familiar, este relato oculto, este secreto es al rededor del que pivotan el resto de relatos, unidos por el rol protagónico de su autor, así como de otros temas como la culpa, la búsqueda, el desarraigo o la intelectualidad. Para terminar diremos que la antología de Halfón, más allá de los detalles estilísticos o narrativos, lo que suscita es una pertinente reflexión entorno a las posibilidades del género de la autoficción. Un género que nos abruma - no hay más que echar un vistazo a los catálogos online de las librerías para apreciar su ingente cantidad - y demasiado canónico que necesita con urgencia una renovación conceptual y replantear las formas de abordarlo. Algo que Eduardo Halfon ha conseguido a través de la fusión con otro género, más ancestral, muchísimo más tradicional, y en los tiempos que corren, el más versátil y de más éxito entre los lectores del siglo XXI. Hablamos del cuento, hablamos de la tradición oral y por consiguiente, de la esencia de nosotras y nosotros mismos, justo la conclusión que se extrae del presente libro. El poder de la literatura para abordar preocupaciones hereditarias y perennes.

El boxeador polaco: una historia de memoria, descubrimiento, afrontar la realidad, universitarios, divagaciones, escritoras, escritores... Una historia dentro de otra, y de otra, y de otra.

Frases o párrafos favoritos:

"No tardé tanto en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de su número."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Libros del Asteroide