Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 27 de noviembre de 2021

RESEÑA: Tienes que mirar.

 TIENES QUE MIRAR


Título: Tienes que mirar. 

Autora: Anna Starobinets (Moscú, 1978). Es periodista en el magazín Russki Reporter, escritora de obras distópicas y metafísicas - también de libros infantiles -, y guionista de cine y televisión. Estudió en el Liceo Oriental y en la Universidad Estatal de Moscú. Tras graduarse, comenzó a trabajar en el Diario Vremya Novostei y a profundizar desde la escritura en la realidad local rusa. Con tan solo veintisiete años, publicó su primer libro Una edad difícil (2005); El vivo (2011), ganador del Utopiales European Prize en 2016 y de la distinción ucraniana International Assambly of Sci-fi "The Portal"; La glándula de Ícaro Catlantis (2015), un relato para niños, Libro del Año para The Observer en Reino Unido; la saga Beastly Crime Chronicles (2015, 2016); y Tienes que mirar (2017), novela autobiográfica en clave de no ficción que le valió ser finalista del Premio International Bestseller en 2018. En 2012 recibió el Premio Nocte y en 2018 el Premio de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción. Actualmente vive en Moscú. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: ruso. 

Traductores: Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado. 

Sinopsis: en 2012, la escritora Anna Starobinets, descubre, en una visita rutinaria al médico, que el niño que espera no vivirá. Lo que comienza siendo la crónica de una decisión familiar, acaba convirtiéndose en una historia de terror. ¿Qué hacer cuando el futuro se desmorona en la pantalla de un ecógrafo? Starobinets narra con una desgarradora humanidad el peregrinaje por las instituciones sanitarias de su país, su posterior viaje a Alemania y el duelo por el hijo perdido. Tienes que mirar es la radiografía íntima de un trauma silenciado, el testimonio de una mujer que se enfrenta sola a un sistema que no la tiene en cuenta, un descenso a las simas más profundas del dolor y a la vez un canto a la vida. Un revelador texto cuya publicación desencadenó una tormenta en su país al abordar el tabú del poder de las mujeres sobre su propio cuerpo, y las secuelas personales y familiares de la pérdida de un hijo. 

Su lectura me ha parecido: cruda, fría, desasosegante, trise (al borde de la lágrima), bestia, realista a más no poder, agobiante, terrorífica, a cuya lectura asistes con el corazón en un puño, un antes y un después en la literatura, impepinablemente necesaria... Hace unas semanas asistí a la presentación de la novela Leña menuda, escrita por la madrileña Marta Barrio y merecedora del Premio Tusquets de novela de este año. Un libro en el que el lector sigue la historia de una mujer embarazada que ve truncado su deseo de ser madre al detectarse en unas pruebas que el bebé padece una enfermedad incurable, grave, de la que difícilmente sobrevivirá una vez tenga lugar el parto. De ahí que la protagonista decida finalmente abortar, circunstancia que le sirve a la autora para retratar las dificultades para asumir la pérdida y el desmoronamiento de un proyecto de vida tan trascendente como es traer a un niño o niña al mundo. Por supuesto, el tema del aborto estuvo presente en prácticamente los 60 minutos que duró la presentación, algo que vino muy bien para generar debate y conocer opiniones al respecto. De entre todo lo que se dijo, hubo algo que me llamó especialmente la atención, y es que, como bien decía Barrio, a la hora de escribir su novela se encontró huérfana de literatura sobre el aborto, o más concretamente, sobre el después, sobre duro camino hacia la recuperación física y psicológica en el caso de que el embarazo fuese deseado. Se ha escrito sobre vientres abultados, sobre vidas creciendo en su interior, sobre crianza, depresión postparto y sobre mil y un modelos de maternidad - toda una avalancha en los últimos años - donde ésta comienza a abordarse desde una perspectiva más realista y desechando cualquier tipo de tabú. Respecto a los abortos sí, hay novelas que lo han abordado, desde el derecho - mujeres que no quieren tener un bebé y recurren a ello legalmente - desde la dificultad - bajo pena de cárcel, repudio o muerte - e incluso visibilizando la peligrosidad de algunas técnicas o la insalubridad de los espacios - las cuales también pueden conducir al fallecimiento -. Y cierto, a mi también se me vino a la cabeza la imagen de Mia Farrow embarazada en La semilla del Diablo, así como la reflexión que entorno a ello plantea Desirée de Fez en su maravilloso ensayo La reina del grito. Pero entonces, antes de que la novela de Barrio se alzase con tan importante galardón, llegó Anna Starobinets. Desde Rusia, sin amor (o al menos desde un prisma completamente afilado), con una prosa capaz de cortar la respiración y con una punzante orden convertida en uno de los mejores libros del año. Tienes que mirar: duelo, trauma, caída en picado y desamparo institucionalizado. 


Pocas veces la o el lector tiene el privilegio de toparse con un libro de estas características. Un libro inclasificable, a caballo entre la novela de miedo, el ensayo más glacial y la crónica periodística más incisiva que nos sitúa en el inicio de un larguísimo tobogán. De esos que te puedes encontrar fácilmente en los parques acuáticos. Un oscuro tubo al que te lanzas con toda la valentía del mundo, sin pensar en los sobresaltos, las vertiginosas curvas, los chutes de adrenalina, pero también en los gritos, el miedo o el desesperado deseo de que todo pase pronto. Y entonces llega, ¡chof! Sales disparado hacia la inmensidad de la piscina. Hacia un supuesto fondo que a penas consigues visualizar entre torpes brazadas. Solo tienes que nadar, rápido, hacia la superficie, siguiendo la luz que atraviesa el agua cristalina. Pero en lugar de eso te hundes, algo te empuja hacia el fondo, pierdes aire, fuerza, desciendes, gritas, pero nadie te escucha, te ahogas. Nadie te prepara para una lectura así, por muchos libros de Stephen King que te hayas leído, por muchas historias que te hayan contado sobre mujeres que abortan, incluso, por mucha información que creas tener al respecto. Nadie, absolutamente nadie, sale indemne de Tienes que mirar - y quien diga lo contrario, entonces ellos son los que, y nunca mejor dicho, se lo tienen que hacer mirar -. "Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirte en la protagonista de un cuento de terror", así de potente inicia Anna Starobinets - recordemos, una conocida periodista y novelista rusa especializada en literatura de género - su particular relato de horror. Un inicio que, de buenas a primeras, debería ponernos en alerta - incluso sin haber leído la sinopsis de la contraportada - y obligarnos a respirar hondo y agenciarnos un paquete de pañuelos por lo que pudiera pasar. Yo, inconsciente de mí, no lo hice, y el resultado fue de todo menos agradable. Por un lado no podía creer lo que mis ojos estaban leyendo al tiempo que - en el segundo capítulo ¡ojo! - sentí unas irreprimibles ganas de llorar. Con una prosa tan gélida como los inviernos en la Plaza Roja de Moscú, directa y sin apenas elementos amables - salvo esos cariñosos apelativos "Tejón" y "Tejoncita" que emplea para referirse a su marido y a su hija - Starobinets edifica un libro que va más allá de lo puramente testimonial a base de salvajes mordiscos al rededor de la muerte perinatal. O lo que es lo mismo, del fallecimiento del feto o del bebé desde de las primeras 28 semanas del embarazo hasta la primera de vida. Algo que condujo a la consumación de un aborto y al estanque negro en el que la propia Anna se sumergió, como si de la laguna Estigia se tratase, y del que estuvo a punto de no regresar. 


Tienes que mirar es una odisea. Un azaroso viaje entre clínicas, ginecólogos, ecografías, juicios morales, miradas inquisitivas, pruebas y más pruebas y frialdad a raudales en una humilde barquita de madera. A pesar de no adscribirse a los códigos canónicos del terror, podemos afirmar que el retrato que Anna Starobinets hace de la sanidad pública y privada - aquí no se salva ni dios - rusa de la era Putin es de todo menos amable. Y da miedo, mucho miedo. No es de extrañar que la polémica estallara tras su publicación en un país en el que la deshumanización parece institucionalizada en este ámbito. Las formulas preestablecidas (sin importar los deseos o situación económica de la mujer), la lentitud, la falta de empatía, el machismo más arcaico - del palo que en algunos hospitales las mujeres no pueden ir a las revisiones acompañadas de sus parejas - o las amenazas con ir al Hospital Urbano 36 - en el distrito de Sokolínaya Gorá y de dudosa reputación - a las madres que consideran "negligentes" por atreverse a opinar sobre la forma en la que querrían o no dar a luz... La lista es larguísima, como los otros testimonios que aparecen en el libro y que Starobinets recopiló mientras se daba de bruces contra un acantilado llamado Displasia renal multiquística bilateral. Tras una serie de lamentables incidentes y de visitas infructuosas a especialistas, Starobinets decide abortar en Alemania. Y de nuevo, vuelta a empezar, otra vicisitud, alargando aún más la triste burocracia del duelo. Cierto es que la situación no es la misma, que el trato mejora considerablemente si lo comparamos con todo lo que hemos leído sobre el submundo del sistema ruso. Y de hecho, a pesar de que estamos viendo como Anna está durante todo el libro partida, literalmente, conseguimos apartar las cortinas de la ventana para que la luz entre de lleno en la habitación de la desazón. Pero entonces, una vez tiene lugar el objetivo del viaje - el aborto - viene lo peor. Cuando el lector cree que ya está bien, que ya no puede soportar más sufrimiento entre capítulo y capítulo, acontece la que para mi es la parte más terrorífica del libro. La que te deja tocada y hundida durante semanas. La depresión más horrorosa que te puedas imaginar en toda su crudeza. Nunca como lectora, y mira que han pasado libros por mis manos, había leído una descripción tan sangrante, humana y sincera de lo que muchas personas en el mundo sufren, en esta ocasión, por la muerte de un hijo al que ni siquiera la protagonista ha conocido. Una mano invisible tira de ella, con fuerza, impidiéndole comer, sonreír o salir a la calle sin que sufra ataques de pánico ante la indiferencia del resto de viandantes que pasean por un parque. Estremece, hasta el tuétano, pensar que todas y todos nos podemos ver en esa situación. Aunque asusta más saber el tabú en el que sigue todavía envuelta la salud mental y todas sus ramificaciones. Ahí es donde de verdad, retomando las palabras con las que Satorbinets inicia este libro, el lector se siente imbuido en el verdadero relato de terror. De lo cotidiano, de lo familiar, de lo amable, de lo deseado... Nada escapa de tornarse el horror más absoluto. Al final, ese machacón "tienes que mirar", del que al principio Starobinets no quiere ni oír hablar, se presenta como el principio de sanación - sin olvidarnos del imprescindible papel de la familia - para emprender de nuevo el camino de la vida. Un título que, en su literalidad, esconde la clave de esta novela-testimonio. Observar para avanzar, despedirse, dejar marchar. Desconozco si Anna Starobinets regresará a la Ciencia Ficción o seguirá explorando nuevos horizontes narrativos, pero de lo que sí estoy segura es que estamos delante de un libro único. No solo por el tema sobre el que pivota, sino por sus implacables imágenes construidas a base de un estilo que no entiende de buenísimos, banalidades o autocensuras varias. Un texto que, de seguro, cambiará - ya lo está haciendo - la literatura social tal y como la entendemos a través del feminismo, la denuncia y, sobre todo, un salvaje realismo. 

Tienes que mirar: una historia de tristeza, dolor, incomprensión, soledad, depresión, oscuridad, duelo, crítica, llanto, cura... Una nueva forma de terror llama a la puerta, y se llama violencia obstétrico-ginecológica legitimada. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me siento como una lombriz cortada en dos mitades con un trozo de cristal. Una mitad se retuerce, se humilla y suelta lágrimas y mocos porque quiere su ecografía. La otra a penas se mueve. Desprecia a la primera. Y le susurra: ¿es que no ves que ese tío es un cabrón?"

"Quisiera que alguien me tomara de la mano y me sacara de allí. Pero no hay nadie. Nunca vaya a sitios sola (…). Llévese a cualquiera que le ayude a encontrar la salida. No la salida definitiva, simplemente la salida del edificio."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 8 de junio de 2021

RESEÑA: Una chica es una cosa a medio hacer.

 UNA CHICA ES UNA COSA A MEDIO HACER


Título: Una chica es una cosa a medio hacer. 

Autora: Eimerar McBride (Liverpool, 1975) se mudó a Irlanda cuando tenía tres años. Creció en Tubbercurry, vivio en los condados de Sligo y de Mayo, y finalmente se mudó a los diecisiete años a Londres, donde estudió en el Drama Centre. A la muerte de su hermano, hizo un viaje a Rusia y comenzó a escribir. La intimidad que estableció con el lenguaje le condujo a una revelación y recuperó el gaélico como lengua literaria. Una chica es una cosa a medio hacer representa su debut literario y fue escrita en tan solo seis meses, cuando Eimear McBride contaba veintisiete años de edad. Tras casi una década sin encontrar editor, la novela apareció en un pequeño sello independiente inglés, Galley Beggar, y constituyó una de las mayores sorpresas de la temporada editorial inglesa, alzándose con el premio Desmond Elliot, el Baileys Women´s Prize for Fiction, el Kerry Group Irish Novel of the Year y el Geoffrey Faber Memorial Prize. Más tarde se publicaría en Estados Unidos, de la mano de la prestigiosa editorial Coffe House Press, hasta ser fichada por Faber & Faber. Su segunda novela, The Lesser Bohemians (2016), se hizo con el premio James Tait Black Memorial Prize, y fue selecionada para los premios Goldsmith y RSL Encore. En 2020 ha publicado su tercera novela, Strange Hotel. Ha prologado libros de la destacada escritora y poeta rusa Anna Ajmatóva y de la irlandesa Edna O´Brien, y es colaboradora habital en medios como The Guardian, TLS y The New Stataesman. Actualmente vive en Norwich junto a su marido y su hija. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: gaélico. 

Traductor: Rubén Martín Giráldez. 

Sinopsis: una novela deslumbrante sobre los pensamientos, el despertar sexual y la incomodidad de una chica irlandesa que se precipita hacia la edad adulta, mientras se dirige continuamente a un "tú": su hermano menor, gravemente enfermo. El trauma de la enfermedad recorre el texto con brutal detalle, y el tono desafiante y la atmósfera angustiosa, debido a la fe católica inquebrantable de su madre, se funden para alumbrar una manera de relacionarse con el mundo poderosa y extrema. Un relato feroz que no nos habla del vivir, sino del sobrevivir. 

Su lectura me ha parecido: densa, abrumadora, a ratos dolorosa, violenta, extrañamente original en las formas, outsider, desestructurada (o desmembrada), rota, un torrente oral en busca de impacto... A lo largo de todo este tiempo han sido muchas las novelas leídas. Es tal el número de ficciones que han pasado por mis manos, reposado en cualquier parte de mi casa - incluso en los lugares más insospechados - y que han acabado encontrando su hueco, como si de un privilegio se tratara, en mi adorada estantería que es imposible fijar una cifra concreta. Sé que no soy la única, aunque haya quien se sorprenda de mi voraz apetito lector, glotón desde la adolescencia y que he acabado perfeccionando hasta convertirme en una suerte de gourmet literaria. Hace tiempo que para mi no todo vale, ni siquiera aquella saga de entregas policíacas nórdicas que con gran apetito engullía como si de Donuts se tratasen o aquella novela histórica, una de las que acabó por convencerme que estudiar Historia y no Derecho, era la mejor de las opciones, que degusté apasionadamente, tanto que acabé gastando el propio papel de tanto releer las mismas páginas una y otra vez. Ahora, aunque muy de vez en cuando aún me sorprendo observándolos con cierta nostalgia o acudiendo a aquellos pasajes que en su momento tanto me aportaron, son otras lecturas las que han acabado formando mi corpus, mi estructura, mi razón de ser como escritora en continuo aprendizaje y como lectora incapaz de negar la sofisticación de la palabra. Los ojos me hacen chiribitas con aquella trama que, aunque típica, me conduzca por caminos nunca antes transitados. Con ese lenguaje rico sin ser pretencioso, gustoso en lugar de rimbombante, dulce pero sin pasarse con el azúcar. Con ese paisaje henchido de belleza que se rompe llenándose de suciedad y desasosiego. Con esos diálogos que te transportan de la carcajada más estridente al borde de los párpados empapados. Con esos personajes, o ese personaje, tan carismático en lo excesivo pero también en lo intimista, los dos extremos me valen. Y sobre todo, con la última cucharada, con ese botón del pantalón desabrochado, las ganas de repetir a sabiendas de que ha sido toda una experiencia intelectual. Respecto a la novela de la que hoy tengo el placer de hablaros costó hincarle el cubierto, demasiado tal vez, como si de un filete de solomillo excesivamente hecho se tratase. Para después dejarme fluir, en su acidez y amargura, entre sus muchos matices sensoriales. Dejando muy claro, a pesar de todo, que hay que seguir la pista a su autora, Eimear McBride, aunque solo sea para comprobar si seguirá por esta atrevida estela o, por el contrario, sucumbirá a formas más convencionales. Una chica es una cosa a medio hacer: enfermedad, carne, infancia robada y Dios. 


Una historia ambientada en la Irlanda más rural, en la que el catolicismo todavía sigue rigiendo la vida de sus habitantes más allá de cualquier cuestionamiento ateísta o moral, donde asistimos a la historia de una protagonista a la que arrebatan, de golpe y porrazo, la inocencia de los trece años, a su correspondiente huida, a las secuelas del trauma y, por si fuera poco, con uno de los títulos más perturbadores y originales que he visto en años. Yo no sé vosotros pero poco tardé en hacerme con él, así como abrirlo por la primera página. El susto vino en el primer párrafo, cuando me topé con palabras sueltas, frases extremadamente cortas y puntos seguidos que, con rabia, parecían escupir sobre la cara del lector. Y sin embargo, llenos de poesía, como si a pesar del pequeño tropiezo, aún existiese algo de esperanza en el texto. De hecho, no pude evitar sentir, en última instancia, que estaba ante una novela que me recordaba a aquellos primeros escritos de adolescencia. Cuando tiendes a enfatizar una acción o cualquier sentimiento a través de la forma, como si la máxima de "cuanto más cortas sean las frases mejor" sirviese para todos los textos. La ternura, entonces, se apoderó de mi. Sin embargo, a esas primeras líneas les siguieron las demás y la novela continuaba con el mismo estilo, acentuándolo más, como si del momento cumbre de una Ópera se tratara, conforme se aproximaba al final. Estaba dentro, vaya si lo estaba, pero para mi gusto la fórmula empleada - tan valiente como arriesgada - acaba resultando un agitado maridaje entre densidad, sorpresa y necesidad de reposar la lectura por miedo a desear tirar la toalla. A pesar de todo, y esto hay que comentarlo, el ejercicio literario que Eimear McBride lleva a cabo en Una chica es una cosa a medio hacer es brutal, a la altura de aquellas plumas curtidas en trabajo, años de práctica y cierto don que solo se le concede a unos pocos. Cuesta creer que la autora británica - aunque de corazón irlandés - tardase tan solo seis meses en escribirla ya que, todo en ella, es superlativo. Esa fragmentación (bella y cruda al mismo tiempo), esa sensación de inconexión (como si te estuviese contando mil cosas y una al mismo tiempo) y, sobre todo, esa ausencia de sintaxis (ante la que cualquier lector inexperto hubiera pedido socorro a gritos) confieren al texto una originalidad digna de aplaudirse, aunque también el peligro de no ser comprendida por el gran público. De hecho, creo que el mayor error es precisamente ese, el de no advertir de que Eimear McBride juega en otra liga, en una superior a las formas del Best Seller. Pensad que se la ha llegado a comparar tanto en tradición como en escritura con nada más y nada menos que James Joyce y Edna O´Brien. Dos titanes, a su manera, de la literatura Irlandesa, que poco tienen que ver el uno con el otro - sobre todo si tenemos en cuenta que Joyce directamente es la liga en mayúsculas - pero que, sin embargo, han sabido, al igual que McBride dejar patentes sus sellos personalísimos, así como de su visión de Irlanda muy cercana a la contemporaneidad de los propios autores. Si no avisas, si no alertas de la complejidad de la misma, el batacazo puede ser memorable. Por suerte, en mi caso no fue tan aparatoso. Pero pudo haberlo sido de no haber existido una trama lo suficientemente potente como para que el lector no lo abandonase a la primera de cambio. Ahogado en la plomiza lluvia y el verdoso paisaje irlandés. 

Si hemos dicho que la revolución - por emplear un término más o menos conveniente - se produce en la forma de contarnos la historia, el contenido no puede ser más clásico, aunque positivamente osado también teniendo en cuenta lo que se está narrando. No hay que pasar por alto que a McBride le costó diez años encontrar una editorial que se atreviese a publicar la presente novela. Quiero pensar que el envoltorio no convencería a muchos editores, sin embargo, me apuesto lo que sea a que el narrar un tema tan delicado como el abuso sexual en la infancia, además de ofrecer una visión pésima y crítica del fervor católico, no sentaría muy bien a una Irlanda que, aún en los años 70, seguía - y sigue - muy apegada a algunas de sus tradiciones más arraigadas. El éxito posterior una vez hallada la editorial - independiente, por supuesto - que puso los medios para que ésta viera la luz resulta un acto de verdadera justicia poética, pero también de que los tiempos estaban cambiando, al igual que la sociedad, la cual ya no estaba dispuesta a callar según que ciertos comportamientos hasta entonces asumidos, ocultados y que teñían de impunidad a los verdaderos culpables. En Una chica es una cosa a medio hacer sabemos que estamos en Irlanda - primero en un pueblo y más tarde en una ciudad universitaria - pero desconocemos el nombre de éstas, al igual que el nombre bajo el que responden los personajes. Tampoco sabemos exactamente en que tiempo espacio temporal nos encontramos, la sola presencia de un Walkman en un pasaje en el que la autora tiene doce años nos hace una idea de que nos movemos entre mediados o finales de los 80. Esta difusa ambientación nos sumerge en un entorno que, aunque real, parece contener elementos propios de la ficción, en este caso, de la visión que tiene la propia McBride de su tierra de adopción, que no de nacimiento. Aún así, pronto aparecen los problemas endémicos que nos atan a la tierra, aquellos que supuran entre los poros de la piel, aquellos ante los cuales, en la presente novela, su autora nos convierte en incómodos personajes. Aquí el machismo grita, es lacerante y se hace presente de la forma más cruel posible, en este caso, a partir de la violación de la protagonista por parte de un familiar. Pero es que en el libro tenemos la constante presencia de la sombra del catolicismo, y de esa madre fanática, cruel y con un a tendencia a la autovictimización, cubriendo los rostros de quienes a su lado se encuentran. La crueldad es manifiesta en lo familiar, escolar, filial y hasta en lo psicológico; provocando una inestabilidad tanto en la imagen como en las palabras. Lo único que parece sostener a la protagonista, aunque ello implique estar cerca de quien la violó, en medio de tanta maldad es, paradójicamente la enfermedad, la de su hermano mayor - un tumor cerebral que irrumpe siendo aún un bebé y cuyas secuelas son patentes - único receptor de sus desahogos, ya que es a él a quien va dirigido el texto, así nos lo deja claro McBride prácticamente desde el minuto uno. Al igual que nuestra herida protagonista, en esta novela todos están, como reza el título a medio hacer, dañados por las vicisitudes de la vida o las conductas totalmente condenables amparadas siempre por una sociedad machista y tradicional que no duda en dar alas, aunque ello implique mayor sufrimiento. El padre ausente, la madre violenta, el hijo enfermo, los familiares retorcidos o la propia narradora, cuyo desamparo nos hace compadecernos de ella, querer defenderla durante su horrible adolescencia, evitar la violación, ese traumático e infernal despertar sexual que tan bien se describe en la novela. A todos les falta algo, como a la mayoría de los seres humanos: amor, afecto, reconocimiento, educación, sexo, dinero, alimento que llevarse a la boca... Un pedacito de alma sesgada que McBride, desde la originalidad estilística, ha querido mostrárnosla en su expresión más horrible. Muchas son las novelas que abordan infancias de verdadero cuento de terror pero pocas, muy pocas, consiguen hacerlo con personalidad y un arrojo casi suicida. 

Una chica es una cosa a medio hacer: una historia de enfermedad, confesiones entrecortadas, poesía, dolor insoportable, violación, inocencia robada, huidas, palizas, praderas por las que correr campo a través, lágrimas en los ojos, desmembramientos... Para Eimear McBride el infierno, al contrario que nuestro admirado Dante Alighieri, está en el camino que une la habitación de invitados con el cuarto de los niños. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dentro de mí. Pasándome de largo. Él. Duele. Pasado mi pecho apretados los dientes apretados mis pulmones apretados mi cerebro apretado aplastar mi sangre sabiendo adónde ir mi corazón para cuando bien puede pasar el tema. Hacer que. Me haga. Y le doy (...) Soy un amasijo de sangre y vergüenza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

sábado, 9 de mayo de 2020

RESEÑA: Damas asesinas.

DAMAS ASESINAS

Título: Damas asesinas. 

Autora: Tori Telfer. Es una escritora y periodista norteamericana. Sus artículos han aparecido en medios como The Believer, Vice, Rolling Stone y The Atlantic. Ha trabajado en una revista infantil como lectora en pruebas y editora académica. Actualmente vive en Nueva York con su marido. Damas asesinas es su primer libro. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Alicia Frieyro Gutiérrez. 

Sinopsis: Al hablar sobre los criminales más letales de la historia, siempre pensamos en Jack el destripador, Ted Bundy o John Wayne Gacy. De hecho, en 1998, el FBI afirmó que las asesinas en serie "no existían". Pero ¿qué hay de la infame condesa Erzsébet Bathory - apodada "la Condesa Sangrienta" -, de Mary Ann Cotton - virtuosa del "arsénico sin compasión" -, de Darya Nikolayevna Saltykova - la "Torturadora Rusa" -, de Nannie Doss - "la Abuelita Risueña" -, de Alice Kyteler - "la Hechicera de Kilkenny" - o de Kate Bender - "la Bella Rebanadora de Pescuezos" -? Ingenioso y provisto de un enfoque que arrincona las explicaciones fáciles ("lo hizo por amor", "es un asunto hormonal", "un hombre malvado le obligó a hacerlo") y los tópicos machistas ("era una femme fatale o una bruja"), este esclarecedor estudio glosa las actividades agresivas y predatorias que de las mujeres más letales nos han legado para la posteridad. (Fuente: Editorial). 

Su lectura me ha parecido: oscura, interesante, feminista en cuanto a su perspectiva, muy completa, terrorífica, fascinante, impactante, el ensayo que todo amante de la literatura de miedo debe tener o al menos echarle un largo vistazo... Anoche por fin terminé de ver la que sin duda se ha convertido en la serie de mi cuarentena, y recalco lo de "mi cuarentena" porque ésta no ha sido igual para todo el mundo, a saber Mindhunter. Dos temporadas, 16 capítulos en total, con una interesante primera temporada, con una segunda aún mejor, en la que los últimos capítulos de ésta podrían haber constituido el guion de una película independiente de la trama central, en la que la caza al autor de los asesinatos de Atlanta de finales de los 70 se convierte en una reflexión entorno al racismo, la opinión pública, la lentitud burocracia, la política y la doble vara de medir en lo que a investigación criminal se refiere. En definitiva, sin ser una de esas series que más me ha marcado en la vida, no dudo en recomendarla por sus interpretaciones, su libreto y su inquietante trama. En Mindhuner el espectador sigue las vidas y avatares de los agentes del FBI Holden Ford, Bill Tench y la doctora Wendy Carr en sus investigaciones y entrevistas a asesinos en serie en prisión para poder anticiparse y resolver casos en curso. Ed Kemper, Richard Speck, David Berkowitz, Denis Rader y hasta Charles Manson - sin duda uno de los momentos interpretativos más escalofriantes y esperados de la serie - son algunas de las macabras y sangrientas personalidades que desfilan en la pequeña pantalla para provocar que el espectador, a pesar de las barbaridades cometidas, acabe asustado, sintiendo un escalofrío o en última instancia acabar empatizando de alguna manera con ellos. Excepto Manson, el resto se insertan en la categoría de asesinos en serie, siendo en este sentido, los más letales de Estados Unidos, que es donde se desarrolla la ficción de David Fincher. A colación de esto, y lejos de cualquier imaginario seriefilo, cabe rescatar una frase de otro agente del FBI llamado Roy Hazelwood en la que en 1998 afirmaba que "las asesinas en serie no existen". La rotundidad de sus palabras nunca dejará de sorprenderme, y más aún tras haber leído el libro que hoy tengo el placer de reseñar. Tal vez por eso en Mindhunter los protagonistas no entrevisten a ninguna mujer. Tal vez por eso hemos tardado siglos en conocer los nombres de muchas de ellas. Tal vez por eso, y por prejuicios machistas, se nos han ocultado sus identidades. Esta claro que este no es un tema agradable, de hecho la lectura de este ensayos se hace por momentos dura, pero hasta las asesinas en serie sufrieron del imaginario heteropatriarcal. Afortunadamente, ahí está Tori Telfer para hablar de ellas y ofrecer una visión completamente alejada de las versiones oficiales. Damas asesinas: una restauración de la igualdad en el mundo del crimen. 


En primer lugar, y antes de adentrarnos en el perfil de estas asesinas en serie, es importante detenerse unas líneas para dejar claras las intenciones de Tori Telfer, la autora de este monumental, terrorífico y entretenido ensayo. La idea que sobrevuela cada página es clara: Telfer quiere rescatar la figura de estas mujeres y dotarles de una perspectiva de género a mi juicio valiente y necesaria en los tiempos que corren y aunque sus actos fueron moralmente probables. Lejos de buscar la empatía o compasión del lector, Telfer te las muestra tal y como fueron a partir de una bibliografía perfectamente citada. Documentación para cimentar y dar pie, en este caso, a una argumentación feminista de la misma. Los más cortos de miras creerán que de buenas a primeras la autora quiere mitificar a estas mujeres para hacerlas adalides del feminismo contemporáneo de la era Me Too cuando, en realidad, Telfer busca rescatar sus nombres, presentarlos al lector y ofrecerles una perspectiva de género a la hora de responder la eterna pregunta de: "por qué lo hicieron". Tal y como podemos comprobar en la contraportada, cuando pensamos en asesinos en serie inmediatamente se nos vienen a la cabeza personajes como "Jack el Destripador", el "Carnicero de Berlín" o tantos otros ya mencionados en el primer párrafo. Sin embargo, fijaos en el detalle de que, inconscientemente, obviamos el género femenino al referirnos a estos sujetos. Como si diéramos por hecho de que, como bien dijo  Roy Hazelwood, las asesinas en serie no existen. Si bien es cierto que en cuanto a porcentaje están muy por debajo de los hombres - a lo largo de la historia se han contabilizado 150 asesinas en serie censadas en estudios serios frente a un millar largo de asesinos varones - eso no es excusa para pasar por alto su existencia. Por no hablar de la manida y falseada creencia de que las mujeres son incapaces de cometer ciertos delitos de sangre, y mucho menos llegar a dejar tras de sí regueros de cadáveres. En general, desde una perspectiva machista, siempre se han considerado más proclives a cometer este tipo de barbaridades el sexo masculino, ya que son más calculadores, meticulosos, agresivos, fríos y poseen la fuerza bruta suficiente como para llevar el asesinato a cabo. Por el contrario, las mujeres somos el ángel del hogar, las nacidas para cuidar y ser cuidadas, las que no podemos valernos por nosotras mismas, las menos beligerantes, las más pasionales... ¿Quién pensaría por aquel entonces que una chica pudiese igualar o superar en crueldad a cualquier hombre? Nótese el tono irónico de la pregunta. De el mismo modo que en el caso de que la policía se topara con una de estas asesinas en serie, los argumentos siempre se reducen a tópicos machistas como "lo hizo por amor", "es un asunto hormonal", "estaba con la regla", "un hombre malvado la obligó a hacerlo", "era una femme fatale" o "era una bruja". Sin elevarlas a los altares ni convertirlas en iconos, Tori Telfer las despoja del argumentario patriarcal que dudaba de su feminidad, que las convertía en seres sin criterio, incapaces de mostrar frialdad, sin una capacidad planificadora o que las creía poseídas por el diablo para contar su historia y demostrar sus motivaciones especificas más allá de cualquier estereotipo. 


Tras el extenso prólogo, la primera gran dama del crimen que inicia lo que sería el contenido principal del libro no es otra que Erzsébet Báthory, más conocida como "La Condesa Sangienta". Sin duda, este personaje tenía que estar sí o sí en un libro de estas características, por no hablar que, en comparación con las otras asesinas en serie que desfilan a lo largo de sus 394 páginas, es la más mediática de todas. Considerada como la criminal con más víctimas a sus espaldas de la historia - 650 en total aunque hay estudios que engrosan aún más la cifra - protagonizó en pleno siglo XVI uno de los episodios más sangrientos que se recuerden en tierras húngaras. Descendiente de Vlad Tepes (recordemos, el príncipe de Valaquia que su sangrienta forma de torturar a sus enemigos inspiró a Bram Stoker para escribir Drácula) y obsesionada con la belleza, no dudaba en infligir a sus doncellas y criados las torturas más despiadadas. Desde cortarles los dedos, quemarlas/os vivos, hasta obligarles a practicar canibalismo o encerrarlos en "La Doncella" un instrumento originario de la inquisición que consistía en una especie de armario con afilados pinchos en su interior. Todo ello auspiciado y teniendo como testigos a Majorova - una bruja que habitaba en el bosque colindante al castillo - y a sus secuaces. Pero sin duda, lo que pasó a la posteridad relacionado con estos brutales acontecimientos era la afición de Báthory de bañarse en la sangre de sus criadas o beberla ante la creencia de que así conseguiría esquivar a la vejez. Hecho que, como bien sugiere el ensayo, muy pocos consideran verídico. Desde entonces, la fascinación entorno a este personaje no ha hecho más que aumentar, llegando a erotizarse o a servir de inspiración para la construcción de personajes femeninos en el terror. Incluso existen investigaciones históricas que apuntan a la teoría de la conspiración, es decir, que esta leyenda negra fuese en realidad un complot de los nobles húngaros para quitarse de en medio a una condesa que, por aquella época se erigía como la más poderosa e influyente del lugar. Verídica o no, lo cierto es que Erzsébet Báthory ha sido una de las pocas asesinas del libro que ha conseguido pasar a la historia. Por otro lado, la segunda asesina en serie más conocida del libro es la inglesa Mary Ann Cotton cuya tortuosa vida inspiró al mismísimo Frank Capra para filmar una de sus mejores películas. Esta virtuosa del arsénico se cargó en el siglo XIX a tres de sus cuatro maridos y tal vez a once de sus trece hijos con esta sustancia letal treinta años antes de que Jack el Destripador sembrase el terror en Whitechapel. En plena Inglaterra victoriana, insalubre y con una alta tasa de mortalidad infantil, Cotton consiguió pasar durante años desapercibida gracias a que la pandemia del tifus - sí, no la del Coronavirus - azotaba gravemente a los barrios humildes de la ciudad y pudo hacer pasar sus muertes por víctimas de la citada enfermedad. Por supuesto, la ciencia forense todavía no estaba al nivel de la de ahora. Finalmente fue detenida y ejecutada en el año 1873 pero sólo por la muerte de uno de sus hijos. 



Además de estas conocidas asesinas en serie, el libro repasa otras criminales menos conocidas pero con perfiles igual de inquietantes e interesantes para quien busque en este libro una lectura más instructiva. Por citar algunas de ellas, Damas asesinas cuenta la historia de la Marquesa de Brinvillers que a mediados del siglo XVIII comenzó a asesinar a sus amantes cuando se cansaba de ellos, la de Anna Marie Hann que tiene el dudoso honor de ser la primera mujer en ser sentenciada en Estados Unidos a la silla eléctrica por haber envenenado a cinco personas a principios de siglo XX o la de la rusa Darya Nicolayevna Saltycova que bajo el mandato de Catalina la Grande asesinó a 38 sirvientes de las maneras más terribles que una o uno se pudiera imaginar. Sin embargo, si me tengo que quedar con un caso en concreto, más allá de mi fascinación por el personaje de Erzsébet Báthory, sinceramente me quedo con el de los "Ángeles de la Muerte" de Nagyrev. A mi juicio el episodio más escalofriante y perturbador de los que Tori Telfer habla en su libro. En este caso se cuenta la historia de como, de la noche a la mañana, las mujeres de una pequeña aldea húngara comenzaron a asesinar a los hombres de dicho lugar. Las motivaciones eran tan variopintas como especialmente inquietantes. Al principio muchas de ellas comenzaron a envenenar a sus parejas que, traumatizadas de lo vivido en la Primera Guerra Mundial, volvían con graves problemas psicológicos y con una ira desmedida que no dudaban en manifestar a través de la violencia de género. Más adelante, los motivos se volvieron cada vez más específicos. Librarse de un matrimonio forzoso, de un padre moribundo, de un niño no deseado, de una boca que alimentar, de un marido alcohólico, de un depredador sexual... En total en aquel lugar conocido hoy en día como el "distrito del crimen" se cometieron entre 45 y 50 asesinatos a mediados de la década de los 20 del pasado siglo. Una de aquellas mujeres se llamaba Zsuzsanna Fazekas a la que no le temblaba la mano a la hora de prescribir el asesinato a sus desesperadas clientas repartiendo veneno como si de un remedio a las migrañas se tratara. A veces incluso era ella misma la que se encargaba de los asesinatos en el caso de que alguna clienta tuviese reparos en llevarlo a cabo. Ante la ausencia de médico y al ser partera de profesión, Zsuzsanna ostentaba un gran poder en la comunidad, hasta el punto que su autoridad e inteligencia intimidaban a los habitantes. Tras una década sin que nadie dijese nada, ya que tenían a todo el pueblo atemorizado, finalmente se detuvo a 34 de aquellas mujeres, siendo finalmente condenadas a muerte dos de ellas. Este caso en concreto no sólo ha conseguido prender una pequeña chispa en mi cabeza para escribir algo inspirado en estos sucesos, también me ha hecho reflexionar entorno a las motivaciones del crimen las cuales, a pesar de ser inmorales, no he podido evitar comprenderlas hasta cierto punto. Dicho esto, sólo me queda lanzar la reflexión que ha protagonizado estos días de encierro entorno a la literatura de terror, y es que en tiempos como en los que nos ha tocado vivir, en los que parece que vivamos en una novela distópica en la que el miedo determina cada uno de nuestros actos, las historias de horror se han convertido en una especie de bálsamo. Como si nos aliviara saber que existe alguien que, aunque sea en el campo de la ficción, lo está pasando peor. Es posible que nos consuele el hecho de la existencia de asesinas en serie que cometieron atrocidades en el pasado, atrocidades que se nos antojan lejanas e imposibles de cometer en los tiempos que corren. ¿De verdad estamos seguras/os de ello? ¿Quién nos asegura que entre nosotros no esté la próxima Erzsébet Báthory? ¿Podemos afirmarlo categóricamente? ¿O las piernas nos comienzan a temblar cuando pensamos en dicha posibilidad? E ahí la esencia del terror y la universalidad de sus temas. 

Damas asesinas: catorce historias de terror, avaricia, poder, supervivencia, machismo, sangre, torturas, infancias rotas, espeluznante sororidad, controversia... Un ensayo para los amantes del género que prefieren cavar y llegar a las profundidades de la perversión humana desde una perspectiva feminista. 

Frases o párrafos favoritos: 

"A las mujeres únicamente se las considera capaces de cometer homicidios de tipo expresivo impulsivo - el asesinato como resultado de una acción en defensa propia, un arrebato de furia, un trastorno hormonal, un ataque de histeria -, no de llevar a cabo homicidios de tipo instrumental-cognitivo, que son premeditados, planificados y se ejecutan a sangre fría."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Impedimenta 

martes, 26 de noviembre de 2019

RESEÑA: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.

EL VERANO EN QUE MI MADRE
TUVO LOS OJOS VERDES

Título: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes.

Autora: Tatiana Ţîbuleac (1978, Chisináu, Moldavia) hija única de un periodista y de la correctora de un periódico, ya en la universidad empezó a colaborar con diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera mientras realizaba sus estudios de Periodismo y Comunicación. Se dio a conocer en 1995, cuando empezó la columna "Historias verdaderas" en el periódico flux, uno de los diarios más importantes en lengua rumana. En 1999 empezó a trabajar en televisión como una de las reporteras principales del telediario de la cadena pro tv, donde consolidó su papel dentro del periodismo de corte social. Su primer libro, una colección de relatos titulada Fábulas modernas, se publicó en 2014. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016), su primera novela, impactó a crítica y lectores, y se consideró un auténtico fenómeno literario en Rumanía. Ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos y la revista literaria rumana Observator Cultural, y está siendo traducida a numerosos idiomas. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio. Actualmente, Ţîbuleac sigue trabajando en el mundo de la comunicación audiovisual y vive en París con sus dos hijos. (Fuente: Editorial).

Editorial: Impedimenta.

Idioma: rumano.

Traductora: Marian Ochoa de Eribe.

Sinopsis: Aleksy aún recuerda el último verano que pasó con su madre. Han transcurrido muchos años desde entonces, pero, cuando su psiquiatra le recomienda revivir esa época como posible remedio al bloqueo artístico que está sufriendo como pintor, Aleksy no tarda en sumergirse en su memoria y vuelve a verse sacudido por las emociones que lo asediaron cuando llegaron a aquel pueblecito vacacional francés: el rencor, la tristeza, la rabia. ¿Cómo superar la desaparición de su hermana? ¿Cómo perdonar a la madre que lo rechazó? ¿Cómo enfrentarse a la enfermedad que la está consumiendo? Este es el relato de un verano de reconciliación, de tres meses en los que madre e hijo por fin bajan las armas, espoleados por la llegada de lo inevitable y por la necesidad de hacer las paces entre sí y consigo mismos. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Intensa, delicada, rabiosa al principio, constructiva seguidamente, reflexivo en su tramo final, poética, con una capacidad metafórica admirable, lacrimógena, brutal... La figura de la madre, a lo largo de la historia, siempre ha estado rodeada de un halo de inquebrantable misticismo, como una figura religiosa a la que le debes todo - desde la vida hasta el mantenerte siempre a flote - y a la que veneras a pies juntillas todos y cada uno de sus mandamientos. Por eso, cuando de pronto entre tus manos aparecen libros en los que el protagonista desearía directamente matar a su madre, cuando el odio que le tiene es mayor incluso que el amor que en algún momento de su biografía le profesó, cuando eso sucede, no podemos evitar escandalizarnos y echarnos las manos a la cabeza. Tenemos tan interiorizada la sacra figura materna que la creemos incorruptible cuando, en realidad, mi madre, la tuya y la de ese desconocido que viaja a tu lado en el autobús son seres de carne y hueso. Mujeres que poseen las mismas virtudes y debilidades que cualquier persona de nuestro al rededor. Crueles y amables. Envidiosas o generosas. Conformistas o inconformistas. Irónicas o apocadas. Resignadas o ambiciosas...  Como el dios Jano, nadie en este planeta nace con una sola faz, sino que metafóricamente venimos al mundo con una personalidad poliédrica, plagada de características y una personalidad propia. Algo que, en el caso de las mujeres - y sobre todo en las que son madres - acaba mutando en una sola, como si todas las que deciden tener hijos perdiesen eso que las hace únicas por el camino para encomendarse a un destino más sacro y a salvo de cualquier profanación. Hace tiempo que las madres se cayeron de dicho pedestal. Las madres, simplemente, no son perfectas y la actualidad literaria más acuciante parece haberse enterado por fin de esa realidad tantas veces ignorada. Por eso no son pocos los libros que ahondan y reflexionan entorno a su figura, a su concepto, a su cuerpo; ningún campo parece quedarse atrás en estos interesantes análisis. Ni siquiera el novelístico, el cual encuentra en Tatiana Ţîbuleac - la gran sensación de las letras rumanas - y en el libro que hoy tengo el placer de reseñar un espacio lírico, doloroso y profundamente conmovedor. El verano en que mi madre tuvo los ojos azules: del órdago adolescente a la comprensión de la madurez.


   Alesky, nuestro protagonista y peculiar narrador, está lleno de resentimiento. Desde bien pequeño siempre se ha creído fuera de lugar, un hijo no deseado en aquel núcleo familiar a la sombra de una hermana adorable que, por desgracia, fallece siendo una niña. Y lo cierto es que en realidad nunca se ha sentido querido. Para él, su padre es el ausente, el que nunca está, el que un día hizo las maletas y se largó de casa. Esa figura fantasmal contrasta con la que Alesky tiene de su madre, la cual queda bien clara desde el primer párrafo, desde el mismo arranque de la novela en el que leemos lo siguiente: "Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento." En tan sólo cinco frases Ţîbuleac ya nos ha presentado casi en su totalidad a quien va a ser nuestro acompañante durante todo el libro. Un adolescente cuyo odio hacia la figura de la madre es casi enfermizo, que además tiene problemas psiquiátricos - los cuales acentúan su virulencia en el momento en el que deja de tomarse la medicación - es mal estudiante y cuya única preocupación es seguir perteneciendo a la pandilla de amigos con las hormonas aún más revotadas. Un joven que no oculta su enfermedad y que observa a su progenitora desde una mirada alterada y desquiciante. Ante un espejo deformado que le devuelve el reflejo de alguien malvado y poseedor de todos los defectos posibles. A medida que nos adentramos en el relato - y más a partir del momento en el que la enfermedad de la madre irrumpe en su vida avanzando galopante - percibimos un cambio en Alesky. De pronto ya no le parece tan terrible pasar el verano en un pueblo de la campiña francesa junto a su madre en lugar de estar de juerga con sus colegas en Ámsterdam. De pronto la misma ferocidad con la que la reprendía constantemente adquiere un significado diferente. La locura se torna en devoción y la oscura lente de sus ojos se torna de una lucidez casi mística. Si antes su madre parecía tener muecas de terrible indiferencia o la risa más estúpida del mundo; ahora se eleva como una criatura mágica ante Alesky, una hada de largos cabellos, enfermiza figura y de unos relucientes ojos verdes - los cuales estarán presentes a lo largo y ancho de todo el libro - incapaces de inspirar temor o algún tipo de maldad.


    Sin duda el dominio de lo sensorial, lo poético, lo emotivo y sobre todo de lo metafórico son sin duda los puntos clave para entender no sólo esta historia, sino el estilo de una autora - Tatiana Ţîbuleac - que ha caído en el panorama literario internacional como agua de mayo. La potencia del libro arranca en la primera frase ya citada - ¿cómo se puede descargar tanta ira en tan pocas líneas? - y continua en un viaje casi alucinógeno en el que el lector es testigo del viaje vital de Alesky, desde el pozo de sapos y culebras hasta ese redescubrir la figura sobre la que tantas pestes ha echado. Y en ese aprendizaje se nos desvelan esos pequeños detalles que hacen de la madre no tan estúpida o anodina como Aleksy nos quería hacer creer. En el fondo, ella era una mujer llena de sueños, ilusiones, proyectos; los cuales se vieron truncados en el momento en el que se quedó embarazada Alesky sin quererlo y tras cometer el error de casarse con el padre de la criatura, el cual al final no resultó ser ni un buen marido ni un buen padre. La maternidad socavada, esa posición invisible y los constantes ataques de su primogénito hacen que su historia, al menos durante la primera parte de la novela, quede totalmente desdibujada. Algo que no ocurre en su gloriosa segunda parte, donde la poética se vuelve cada vez más extraordinaria y el protagonismo recae sobre ella y su existencia, la cual está, paradójicamente, en vías de evaporación. Hay historias que importan desde su inminente contenido, pero hay otras en la que el cómo adquiere un peso importante. Este es el caso de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes es un ejemplo más de destreza narrativa, personalidad literaria y sobre todo del buen uso de las emociones. Pocas son las frases o los párrafos exentos de belleza, de hecho, la brevedad de sus capítulos - algunos de ellos precedidos por frases de ensueño en las que los que se homenajea esas esmeraldas que tiñen su iris -  permite al lector admirar, inspirar y sentir mejor todo ese lenguaje, toda esa buena literatura al servicio de un público en busca de nuevas experiencias narrativas. Pero no todo es hermoso en esta historia. La sombra de la muerte es cada vez más alargada, y ni siquiera el paso del tiempo - en donde vemos a un Alesky convertido en un perturbado artista de éxito - consigue alejarle de su recuerdo y de sus particulares demonios interiores. Es entonces cuando, paradójicamente, en el momento en el que más solo se va quedando, sólo entonces, comienza a entender a su madre y a recuperar su cariño y su amor. Afectos que se verán arrastrados por una mortífera ráfaga de viento. Ţîbuleac ha parido a un protagonista difícil de olvidar, perfectamente construido y cuyos desequilibrios mentales no sólo nos emocionan o repugnan a partes iguales, sino que también nos ayudan a entender la soledad del diferente y a como el arte, en ocasiones, actúa como una pastilla que palia pero no cura, como la única forma de comunicarse en un mundo en el que, individualmente, también ha dejado de existir. A medida que avanzaba en la lectura de esta novela sentía envidia, sana por supuesto, pero también gran admiración. Dentro de los países del este de europa, Rumanía es un país muy a tener en cuenta dentro del panorama literario internacional, un país que, de seguro, más pronto que tarde recibirá una gran alegría en forma de Premio Nobel de Literatura de la mano de Mircea Cărtărescu. Sin embargo, no debemos descartar la posibilidad de que, con el tiempo, empleemos los mismos términos para referirnos a la moldava Tatiana Ţîbuleac. Una autora que ha pasado de novel a experta dando un puñetazo emocional en el corazón de los lectores dejando claro, de una vez por todas, que ha venido para quedarse.

   El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes: una historia de distorsión, idealización, odio encarnizado, revelaciones vitales, soledad, sensibilidad artística, reaprendizaje, desarmes emocionales... La novela que os hará abrazar a vuestras madres con una lágrima pendiendo de las pestañas, al menos eso es lo que me sucedió a mi.

Frases o párrafos favoritos:

"El campo de girasoles había perdido los pétalos y ahora parecía un rostro destrozado por el acné."

"Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro."

"Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 12 de noviembre de 2019

RESEÑA: De la educación de las Damas.

DE LA EDUCACIÓN DE LAS DAMAS

Título: De la educación de las damas para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres.

Autor: Poulain de la Barre (París 1647 - Ginebra 1725) fue un escritor, sacerdote, profesor y filósofo cartesiano. Procedente de una familia burguesa, durante toda su infancia y adolescencia se formó para acceder a la carrera eclesiástica, llegando a alcanzar el grado de bachiller de teología por la Universidad de la Sorbona. Fue ordenado sacerdote católico en 1688, aunque posteriormente se convirtió al calvinismo, siendo por ello repudiado por su familia. Fue perseguido y, después de la revocación del edicto de Nantes (1685), tuvo que huir a Ginebra. Acogido como ciudadano en Suiza, allí se casi, tuvo dos hijos y se dedicó hasta el fin de sus días a la enseñanza. Participó activamente, durante sus años de universidad, en los diversos debates intelectuales de la época que estaban teniendo lugar en las calles y en los salones parisinos, espacios de libertad y emancipatorios. Así fue como entró en contacto con las nuevas corrientes cartesianas, llegando a convertirse a la nueva filosofía. Más adelante, en los salones literarios, entra en contacto con el movimiento Preciosista y sus querellas de las mujeres. Consciente de las exigencias de las aristócratas francesas para poder acceder al mundo intelectual y su cuestionamiento sobre la autoridad marital, Poulain de la Barre no dudó en secundar sus reivindicaciones a través de ensayos como De l’égalité des deux sexes, discours physique et moral où l’on voit l’importance de se défaire des préjugez (1676),  De l’excellence des hommes contre l’égalité des sexe (1675) y De l’éducation des dames pour la conduite de l’esprit dans les sciences et dans les mœurs (De la educación de las damas para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres; 1674) convirtiéndose en uno de los precursores del feminismo. A su vez, Barre también escribió sendos textos sobre la defensa del francés como lengua o sobre los exámenes públicos de conciencia.


Editorial: Cátedra.

Idioma: francés.

Traductor: Ana Amorós.

Sinopsis: Poulain de la Barre, discípulo de Descartes, destina su obra De la educación de las Damas, al igual que sus demás tratados, a la difusión de la filosofía cartesiana: se inscribe dentro de la polémica sobre las mujeres que se extiende en el ámbito mundano y cortesano de la segunda mitad del siglo XVII, y centra el debate sobre la igualdad de los sexos en la instrucción femenina, cuestión que será crucial en los siglos venideros. Poulain de la Barre es un filósofo de la modernidad, un preilustrado. El feminismo le es, sin duda, deudor por haber sido el primero en dotar a este de un fundamento racional incuestionable, suministrando el gran argumento ilustrado: en nombre de la razón se derivan iguales derechos para los dos sexos, y el primero de ellos es el derecho a ejercitarla para poder desarrollarse plenamente como ser humano. El derecho a la educación no consiste en otra cosa.

Su lectura me ha parecido:

  Difícil, muy compleja, densa, idónea para lecturas más sosegadas, inminentemente didáctica, necesariamente reflexiva, expositiva, dialogada (hasta con el lector), feminista, interesante, oportuna, universal, por supuesto filosófica, todo un descubrimiento... Mientras buscaba información para la redacción de esta reseña me topé con algo muy curioso, y es que parece ser que existe cierta controversia por parte de los estudios feministas en lo concerniente a la conocida como "primera ola feminista". Por un lado, las investigaciones europeas, sitúan el inicio de este movimiento político-económico-social-cultural en el periodo de la ilustración, exactamente a mediados de siglo XVIII, argumentando que a pesar de los antecedentes - como el de Christine de Pizan en el siglo XV con La ciudad de las damas - es durante la crisis del sistema absolutista cuando se empieza a fraguar el llamado feminismo moderno. Para ellos, el  Siglo de las Luces ampara las polémicas entorno a la naturaleza de la mujer y el cuestionamiento de la jerarquización de los sexos. Por el contrario, la genealogía del feminismo de inspiración anglosajona (especialmente la estadounidense), asegura que la primera ola se inició coincidiendo con el movimiento sufragista que se desarrolló tanto en EEUU como en Reino Unido a mediados de siglo XIX, teniendo como momento culmen la Declaración de Seneca Falls (1848), texto resultante de una reunión de feministas, abolicionistas y asociaciones políticas de talante liberal que puso de manifiesto las desigualdades entre hombres y mujeres. De este modo, esta segunda corriente no incluye gran parte del legado acaecido durante la edad moderna, en este caso, consta como un antecedente. Como veis, ha pasado el tiempo, los años y los siglos y el feminismo - como campo de estudio interdisciplinar - aún sigue siendo rico en cuanto a teorías y corrientes intelectuales. Sin embargo, en lo que coinciden prácticamente todos es en señalar a tres nombres fundamentales como - ya sean antecedentes o precursores - los que desde el plano académico y político se dedicaron a desarrollar la base de la conciencia feminista. Fundamental para, no sólo para las décadas venideras, también para el presente más acuciante. Dos  de ellos son nombres de mujeres que todos los versados en estas lides conocemos: la francesa Olympe de Gouges - autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1790) que murió guillotinada por su apoyo a los Girondinos - y la británica Mary Wollstonecraf - autora de Vindicación de los derechos de la mujer (1792) y madre de Mary Shelley -. El tercero fue Poulain de la Barre, un joven cura que defendió la inclusión de la mujer en el pensamiento filosófico tanto como tema como desde lo inminentemente práctico, es decir, que ellas también tuviesen el derecho de expresar sus opiniones y a plasmarlas sobre el papel para ser posteriormente difundidas entre los círculos culturales del momento. Pensamientos que no dudó en volcarlos sobre su ensayo más famoso y que hoy tengo el placer de reseñar. De la educación de las Damas: un feminista preilustrado en la era del Barroco.


   Cuando descubrí que Poulain de la Barre se adscribía a la filosofía cartesiana no pude evitar rememorar ese angustioso Segundo de Bachillerato y, en concreto, a ese pensador del XVII, cuyo apellido inspira dicha corriente intelectual y el, por desgracia, se convirtió en mi cruz durante todo el curso. Hablo, como no, de René Descartes, cuyo discurso se me hizo muy pesado de aprender y arduo de entender. De hecho, a día de hoy, y tras haber superado la Selectividad y una asignatura de primero de carrera en la que me volví a encontrar con su pensamiento, confieso que sigo sin entender algunos aspectos de su corpus metafísico. Descartes fue un filósofo que se atrevió con todo, desde formular los pilares de la "moral provisional" dentro de la filosofía moral a adentrarse en el mundo científico para reflexionar entorno a disciplinas como las matemáticas, la física o la química. Hasta se atrevió a afirmar, entorno al concepto de la razón, que los animales eran seres sin conciencia ni inteligencia, incapaces de sentir dolor o ansiedad al carecer de alma, cosa que sí poseen los seres humanos. Como veis, ese ente incorpóreo también era objeto de sus desvelos intelectuales. Sin embargo, Descartes es fundamentalmente conocido por ser el autor del Discurso del Método, donde plantea la necesidad de una reforma del entendimiento de cara a abordar los problemas y retos que la nueva ciencia - la de la época por supuesto - requería. Para ello, creó un método de investigación fundamentado en la lógica, el análisis geométrico y en el álgebra. Incorporando a su vez la llamada "duda metódica" - dudar de todo - para llegar a la "verdad" - con su correspondiente moral provisional - que le llevará a crear el primer principio de su nueva filosofía: "Pienso, luego existo". Sí, esa frase que hemos escuchado en más de una ocasión - y no necesariamente en contextos filosóficos - es en realidad el argumento que revolucionó el pensamiento de la época, por la cual Descartes estableció la existencia de Dios y que acabó situando al oriundo de La Haye en Touraine como el padre de la filosofía moderna. Su influencia fue tal que, en las décadas y siglos venideros fueron muchos los pensadores que difundieron sus ideas o incluso adscribieron sus teorías al cartesianismo. Uno de ellos fue nuestro protagonista, Poulain de la Barre, que, desde las trincheras del conocimiento, le dio una especie de reciclaje feminista a las ideas de Descartes.

   A modo de historia novelada inminentemente didáctica, anticipándose a obras de la Ilistración y sin perder de vista su carácter de tratado filosófico, en De la educación de las damas Poulain de la Barre nos sumerge en los diálogos de tres personajes llamados Sofía, Timandro, Eulalia y Estasímaco. A través de los cuales el autor reflexiona entorno al derecho de las mujeres a recibir la misma educación que los hombres ya que, tirando de argumentación cartesiana, considera son igual de válidas que sus colegas masculinos. A partir de la teoría de las dos sustancias formulada por René Descartes, la de la "res extensa" (o sustancia extensa) y la "res cogitans" (o sustancia pensante), Poullain de la Barre los usa para concebir la universalidad no genérica de la razón y reconocer a las mujeres la misma competencia de su uso. En un vocablo menos académico, que el sexo femenino tiene cuerpo, pero es la capacidad de pensar, la de ser "res cogitans" la que determina esa igualdad de la que habla su autor. Si Descartes proponía una visión más antropocéntrica del discurso del método, Poulain de la Barre aporta de este modo el argumento para considerar a las mujeres como tema al rededor del que también debería girar la filosofía, así como la necesidad de que éstas puedan instruirse para estar a la altura de los pensadores hombres. Para De la Barre la mujer pasa a ser un objeto epistemológico en un momento en el que comenzaba a fraguarse un género de vindicación - influenciado por las ideas de la reforma y el cartesianismo - que pusieron la base de un concepto de igualdad - entre hombres claro - bastante potente contra todo lo que representaba el Antiguo Régimen que, sin embargo, excluía sin piedad a las mujeres. En otras palabras, hasta que no se pelearon (derramando mucha sangre en algunos casos) los derechos del hombre no se pudo vindicar los de la mujer. Para él, la diferencia entre los sexos no concierne más que al cuerpo y sus correspondientes particularidades biológicas (como la reproducción en el caso de ellas), que en lo que a inteligencia se refiere no existe distinción alguna y que en todo caso habría que distinguir entre las mujeres más o menos instruidas. Y es en este punto, desde una lectura procedente del siglo XXI claro está, podemos señalar el elitismo de su autor. Debido a su origen burgués y a los círculos intelectuales en los que se movía no es de extrañar que De la Barre concibiese su pensamiento entorno a las mujeres de clases altas o burguesas, excluyendo al resto de la población femenina procedente de la base de la pirámide estamental. Ellas, evidentemente, no estaban ni en sus pensamientos ni en sus textos filosóficos. Huelga decir que, en cuanto a estilo, nos topamos con un texto farragoso, cuya lectura requiere de una paciencia infinita y que sólo es apta para quienes de verdad estén interesados en el tema. No apta para lectores poco acostumbrados al lenguaje filosófico o adictos a la literatura efímera.


   ¿Estamos entonces ante un aliado de la causa feminista en pleno Barroco? ¿Un hombre adelantado a su tiempo? ¿O simplemente frente a un escritor que, formalmente e ideológicamente, se anticipó a la Ilustración? Sí y no. En primer lugar no podemos pasar por alto que Poulain de la Barre era un hombre de su tiempo, y como buen hombre de su tiempo estaba condicionado no sólo por su sexo - dominante muy a su pesar - también por el feminismo filosófico de la época que le tocó vivir. Estaba a favor de la igualdad entre hombres y mujeres, además de apoyar la instrucción académica de éstas porque consideraba que eran igual de inteligentes que los hombres, y que por tanto eran igual de válidas para participar en tertulias filosóficas o publicar libros en los que manifestasen sus ideas. Incluso, tal y como refleja el subtítulo de la presente obra - para la formación del espíritu en ciencias y en las costumbres - poder aspirar a estudiar en las universidades carreras de ciencias. Sin embargo, dudo mucho que estuviese a favor de otros aspectos como el divorcio o el sufragio femenino. En cuanto a su influencia en los filósofos ilustrados es más que notable, sin ir más lejos Jean-Jacques Rousseau se inspiró en De la educación de las Damas, en cuanto a estilo literario y poderoso poso didáctico, para su Emilio o De la Educación. Eso sí, Rousseau no dudó - quién sabe con qué intención - en apropiarse de uno de los personajes de la obra de De la Barre - el de Sofía en concreto - para conducirla a un destino totalmente diferente. Confinarla en el ámbito de lo privado y otorgarle de una educación siempre en relación al hombre. Parafraseando al propio Rousseau, las mujeres deben: "Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar de ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, consolarlos y hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que desde su niñez se las debe enseñar. En tanto no alcancemos este principio, nos desviaremos de la meta, y todos los preceptos que les demos no servirán de ningún provecho para su felicidad ni para la nuestra". Leyendo esto queda claro que a Rousseau - uno de los padres de la Ilustración y artífice el contrato social - la causa feminista le traía al pairo. Al menos Poulain de la Barre, desde su posición privilegiadamente elitista, pensó al menos en ellas, dándose cuenta de que las mujeres piensan y que por tanto merecen recibir la misma educación que la que se ofrece a  los hombres, especialmente en ámbitos como las matemáticas, la física, la biología, la astronomía o la química. Más allá de influencias, apropiaciones y demás cuestiones, lo que saco en claro después de haber leído a Poulain de la Barre es que, en primer lugar, la historia no dejará nunca de sorprenderme con el hallazgo de personajes interesantes, y en segundo lugar, reivindicar, aún en pleno siglo XXI, el acceso de las mujeres a una buena educación, especialmente para las niñas. No debemos pasar por alto que todavía a día de hoy hay muchos países del mundo donde se les impide ir a la escuela o ven interrumpida su educación por motivos culturales, políticos, económicos o sociales. En este mundo no debería existir impedimento alguno para que una mujer pueda estudiar y conseguir completar su formación con garantías. Poulain de la Barre nos lo recuerda desde el siglo XVII, si la mente no tiene sexo, si la mujer y el hombre son iguales, si los dos poseen la misma capacidad de asimilación de conocimientos, en la educación no debería tampoco existir esa distinción.

De la educación de las Damas: un texto de aprendizaje, feminismo preilustrado, diálogos, debates, cartesianismo... Un texto pionero para leer, releer y volver a él las veces que haga falta.

Frases o párrafos favoritos:

"La mente no tiene sexo"

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Cortesía de Cátedra