Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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domingo, 16 de enero de 2022

RESEÑA: Crónica de un silencio.

 CRÓNICA DE UN SILENCIO


Título: Crónica de un silencio. 

Autora: Lidia Chukóvskaia (San Petersburgo, 1907 - Moscú, 1996). Cultivó distintos géneros: poesía, memorias, crítica literaria y narrativa. Gracias a su padre - el famoso escritor para niños, traductor y crítico Kornei Chukovski -, tuvo acceso al mundo de la intelligentsia rusa durante un periodo especialmente tumultuoso. Su segundo marido fue Matvéi Bronstein - físico teórico pionero -, arrestado en 1937 y ejecutado un año después, lo que acrecentó su deseo de denunciar una verdad que vertió en todas sus obras. Errata Naturae ha publicado Sofía Petrovna. Una ciudadana ejemplar, novela escrita durante esa época y que no pudo publicarse en su país hasta cincuenta años después, e Inmersión. Íntima amiga de Anna Ajmátova, una de sus obras principales consiste en la consignación de veinte años de conversaciones y vivencias con la poeta, tal y como Eckermann hizo con Goethe. Ese texto fundamental será igualmente publicado por Errata Naturae. 


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma original: ruso. 

Traductora: Marta Rebón. 

Sinopsis: frente a un jurado de escritores, desvalida, casi ciega y sin apoyo alguno, Lidia Chukóvskaia ha de defenderse a sí misma. Estamos en 1974 y todo depende de esta sesión de la Unión de Escritores: el derecho a seguir publicando o la erradicación de sus libros de todas las bibliotecas de la URSS; la existencia de una posteridad para su obra o la completa supresión de su nombre y del título de cualquiera de sus libros de todas las publicaciones del país. Al final, quedará excluida incluso de la comisión del Patronato Literario de su padre, el gran intelectual Kornéi Chukovski, y tampoco podrá aparecer en las biografías que se le dediquen. No será solo una escritora silenciada, sino también un personaje horrado de la vida de sus seres queridos. Las consecuencias de esta sesión no solo se vinculan a la literatura o al pasado: vigilada de cerca por el KGB, quedará aislada de todos sus amigos. Algo especialmente difícil para una mujer de su edad: ya no se le permite recibir ni los medicamentos ni los bolígrafos especiales que solían traerle del extranjero... Tras este proceso de expulsión, Chukóvskaia se convertirá durante décadas en una escritora olvidada. Este libro no narra únicamente aquel juicio, sino toda una vida y obra dedicadas a combatir el miedo con la palabra, el silencio con el testimonio. 

Su lectura me ha parecido: interesante, reflexiva, muy documentada (en lo que a acontecimientos se refiere vividos se refiere), contundente, oscuro, con pinceladas de ironía, crítico, valioso... El silencio, aplastante y rotundo silencio. Que actúa, cual apisonadora, sobre ese espacio indefinido que lo rodea, envolvente, acariciando lo inmaterial, lo abstracto, lo que se escapa de entre las manos. Silencios hay muchos, pero dos de ellos resuenan últimamente en mi cabeza, sobre todo tras releer algunos párrafos del presente libro. El silencio buscado, por un lado, es el que últimamente más reclamamos, sobre todo quienes realizamos una tarea artística en condiciones enormemente desfavorables, los que pretenden, gracias a él, alcanzar una meta o un logro anecdótico o importante en la vida - ahí la subjetividad de cada uno es la que actúa como balanza - así como los que, y cada vez son más, necesitan parar, detenerse, sentirse suspendidos, respirar aliviados, desconectar de esa banda sonora cotidiana que abruma nuestra existencia. Como ya he dicho, y me incluyo, los adeptos a este tipo de silencio han ido creciendo. Ante la saturación de malas noticias, los nuevos giros de guion que la pandemia está trayendo en esta sexta temporada (u ola) y un mundo cada vez más rápido, en el que parece que si no te subes al avión no eres nadie, cualquiera desearía la orgásmica serenidad que veces produce no escuchar ni el más mínimo de los ruidos. Ni siquiera aquellos que toleramos o que incluso veneramos con toda nuestra pasión. Sin embargo, existe otra clase de sigilo se agolpaba en mis primigenias impresiones tras descubrir la prosa de Lidia Chukóvskaia: el impuesto, el condenatorio, en otras palabras, el no deseado. Capaz de desmenuzar en migas de pan el trabajo de toda una vida, de apagarse bajo toneladas de polvo, de silenciar cualquier palabra escrita o pronunciada a viva voz, de encerrar cualquier grito de auxilio bajo cuatro llaves para después tirarlas al mar embravecido, borrar las huellas de nuestro paso por este mundo. Convertirnos, finalmente, en la nada al negarnos la propia existencia. Como ya sabemos, muchas escritoras a lo largo de la historia han sufrido de este ostracismo silencioso, sobre todo por las injustas reglas que en su día fijo, y aún hay quien las sigue a rajatabla,  algo llamado patriarcado. Pero también, unido a ello, encontramos casos en los que el contexto político que les tocó vivir jugó en contra de sus escritos y sus correspondientes vidas literarias. Hasta el punto de eliminar de un plumazo la existencia de, ya no solo sus libros, sino la propia persona como individuo en una sociedad. Lidia Chukóvskaia no fue ajena a dicha injusticia - en su caso por haber denunciado la persecución de escritores en la Rusia soviética de los años 60 y 70 - y no dudó en legarnos el testimonio de la traumática experiencia que, por defender sus ideas, supuso perderlo todo, incluso su derecho a seguir escribiendo. Crónica de un silencio: el olvido como el peor castigo. 


Crónica de un silencio nace de la necesidad de denunciar la censura imperante e institucionalizada que se aplicó durante el gobierno de la URSS, de la cual ella misma fue, al mismo tiempo, testigo y víctima. Recordemos que Lidia Chukóvskaia - popular escritora de novelas, poemas y crítica literaria por aquel entonces y quien había comenzado a mostrarse contraria al régimen soviético en el momento en el que su marido fue eliminado durante la purga estalinista - se enfrentaba a la posibilidad de ser borrada, literalmente, del mapa literario y social debido a sus posicionamientos a favor de la liberación de escritores como Sájarov o Solzhenitsin entre otros muchos. A partir de ese hecho, y en dos partes bien diferenciadas, Chukóvskaia comienza a escribir el presente texto tras su expulsión de la conocida como Unión de Escritores, órgano intelectual compuesto por escritores afines a la URSS que se encargaban tanto de aprobar qué era publicable y qué no en los territorios que componían la Unión de Repúblicas Soviéticas, como de castigar a aquellas autoras o autores que se atrevieran a desafiar a las leyes establecidas. En su primera parte, escrita en 1974, Chukóvskaia era muy consciente de la sentencia de dicho tribunal y de que no podría publicar nunca más en su país, por lo que no deja de sorprender la serenidad y el pulso narrativo a la hora de contar, minuciosamente, todos los detalles del traumático proceso. Así como el de otros compañeros de letras, tales como los de Mandelstam o Bajtín (condenados al destierro) o los problemas que también sufrieron la poeta Anna Ajmatóva (a quien le unía una amistad de muchos años) el escritor y Premio Nobel de Literatura Boris Pasternak (cuya novela más célebre, Doctor Zhivago, no se publicó en Rusia hasta los años 80 a pesar de haber sido un éxito de crítica, engrandecido posteriormente con su impresionante adaptación cinematográfica, en los países del bloque capitalista). Por otro lado, en su segunda parte - plagada de escritos fechados en 1977 y 1978 - nos topamos con una serie de textos complementarios al grueso de esa detallada primera parte, sin abandonar esa inclemente primera persona y acentuando aún más si cabe el carácter ensayístico que impregna el conjunto de la obra. En ella, Chukóvskaia ahonda en más autores y en otras situaciones de censura, además de desplegar ante el lector un mapa cronológico de en qué momentos de la historia de URSS acontecen dichas injusticias intelectuales. Trascendiendo de lo individual - su propio proceso de borrado de la historia de la literatura rusa, en ese momento soviética - a lo universal y colectivo. Irónico, duro, sorpresivo a cada nueva página, Crónica de un silencio se nos presenta como un importante documento histórico que invita, no solo a repensar la investigación de lo acontecido durante los años en los que la URSS existió como una importante potencia mundial hasta su desaparición a finales de siglo XX, también a reflexionar sobre el término "censura" más allá de el caso soviético. En tiempos en los que andamos a vueltas con una censura mal entendida o criminalizada bajo el término "dictadura de los progres" y en los que otro tipo de censura más peligrosa, en el caso de este país proveniente de círculos próximos al ultracatolicismo y a la ultraderecha, aporrea la puerta cada dos por tres, Chukóvskaia nos azuza desde el pasado para tomar más consciencia de los peligros a los que nos enfrentamos en el presente. 

Crónica de un silencio: una historia de injusticia, espionaje, olvidos sistemáticos, condena, denuncia, crítica, censura... Testimonios que hacen de la historia la mejor de las herramientas para seguir caminando hacia adelante. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Su mezquina venganza y su rencor han sustituido los fundamentos de la cultura: la apasionada memoria creativa que nutre con su savia los brotes del futuro."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

sábado, 27 de noviembre de 2021

RESEÑA: Tienes que mirar.

 TIENES QUE MIRAR


Título: Tienes que mirar. 

Autora: Anna Starobinets (Moscú, 1978). Es periodista en el magazín Russki Reporter, escritora de obras distópicas y metafísicas - también de libros infantiles -, y guionista de cine y televisión. Estudió en el Liceo Oriental y en la Universidad Estatal de Moscú. Tras graduarse, comenzó a trabajar en el Diario Vremya Novostei y a profundizar desde la escritura en la realidad local rusa. Con tan solo veintisiete años, publicó su primer libro Una edad difícil (2005); El vivo (2011), ganador del Utopiales European Prize en 2016 y de la distinción ucraniana International Assambly of Sci-fi "The Portal"; La glándula de Ícaro Catlantis (2015), un relato para niños, Libro del Año para The Observer en Reino Unido; la saga Beastly Crime Chronicles (2015, 2016); y Tienes que mirar (2017), novela autobiográfica en clave de no ficción que le valió ser finalista del Premio International Bestseller en 2018. En 2012 recibió el Premio Nocte y en 2018 el Premio de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción. Actualmente vive en Moscú. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: ruso. 

Traductores: Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado. 

Sinopsis: en 2012, la escritora Anna Starobinets, descubre, en una visita rutinaria al médico, que el niño que espera no vivirá. Lo que comienza siendo la crónica de una decisión familiar, acaba convirtiéndose en una historia de terror. ¿Qué hacer cuando el futuro se desmorona en la pantalla de un ecógrafo? Starobinets narra con una desgarradora humanidad el peregrinaje por las instituciones sanitarias de su país, su posterior viaje a Alemania y el duelo por el hijo perdido. Tienes que mirar es la radiografía íntima de un trauma silenciado, el testimonio de una mujer que se enfrenta sola a un sistema que no la tiene en cuenta, un descenso a las simas más profundas del dolor y a la vez un canto a la vida. Un revelador texto cuya publicación desencadenó una tormenta en su país al abordar el tabú del poder de las mujeres sobre su propio cuerpo, y las secuelas personales y familiares de la pérdida de un hijo. 

Su lectura me ha parecido: cruda, fría, desasosegante, trise (al borde de la lágrima), bestia, realista a más no poder, agobiante, terrorífica, a cuya lectura asistes con el corazón en un puño, un antes y un después en la literatura, impepinablemente necesaria... Hace unas semanas asistí a la presentación de la novela Leña menuda, escrita por la madrileña Marta Barrio y merecedora del Premio Tusquets de novela de este año. Un libro en el que el lector sigue la historia de una mujer embarazada que ve truncado su deseo de ser madre al detectarse en unas pruebas que el bebé padece una enfermedad incurable, grave, de la que difícilmente sobrevivirá una vez tenga lugar el parto. De ahí que la protagonista decida finalmente abortar, circunstancia que le sirve a la autora para retratar las dificultades para asumir la pérdida y el desmoronamiento de un proyecto de vida tan trascendente como es traer a un niño o niña al mundo. Por supuesto, el tema del aborto estuvo presente en prácticamente los 60 minutos que duró la presentación, algo que vino muy bien para generar debate y conocer opiniones al respecto. De entre todo lo que se dijo, hubo algo que me llamó especialmente la atención, y es que, como bien decía Barrio, a la hora de escribir su novela se encontró huérfana de literatura sobre el aborto, o más concretamente, sobre el después, sobre duro camino hacia la recuperación física y psicológica en el caso de que el embarazo fuese deseado. Se ha escrito sobre vientres abultados, sobre vidas creciendo en su interior, sobre crianza, depresión postparto y sobre mil y un modelos de maternidad - toda una avalancha en los últimos años - donde ésta comienza a abordarse desde una perspectiva más realista y desechando cualquier tipo de tabú. Respecto a los abortos sí, hay novelas que lo han abordado, desde el derecho - mujeres que no quieren tener un bebé y recurren a ello legalmente - desde la dificultad - bajo pena de cárcel, repudio o muerte - e incluso visibilizando la peligrosidad de algunas técnicas o la insalubridad de los espacios - las cuales también pueden conducir al fallecimiento -. Y cierto, a mi también se me vino a la cabeza la imagen de Mia Farrow embarazada en La semilla del Diablo, así como la reflexión que entorno a ello plantea Desirée de Fez en su maravilloso ensayo La reina del grito. Pero entonces, antes de que la novela de Barrio se alzase con tan importante galardón, llegó Anna Starobinets. Desde Rusia, sin amor (o al menos desde un prisma completamente afilado), con una prosa capaz de cortar la respiración y con una punzante orden convertida en uno de los mejores libros del año. Tienes que mirar: duelo, trauma, caída en picado y desamparo institucionalizado. 


Pocas veces la o el lector tiene el privilegio de toparse con un libro de estas características. Un libro inclasificable, a caballo entre la novela de miedo, el ensayo más glacial y la crónica periodística más incisiva que nos sitúa en el inicio de un larguísimo tobogán. De esos que te puedes encontrar fácilmente en los parques acuáticos. Un oscuro tubo al que te lanzas con toda la valentía del mundo, sin pensar en los sobresaltos, las vertiginosas curvas, los chutes de adrenalina, pero también en los gritos, el miedo o el desesperado deseo de que todo pase pronto. Y entonces llega, ¡chof! Sales disparado hacia la inmensidad de la piscina. Hacia un supuesto fondo que a penas consigues visualizar entre torpes brazadas. Solo tienes que nadar, rápido, hacia la superficie, siguiendo la luz que atraviesa el agua cristalina. Pero en lugar de eso te hundes, algo te empuja hacia el fondo, pierdes aire, fuerza, desciendes, gritas, pero nadie te escucha, te ahogas. Nadie te prepara para una lectura así, por muchos libros de Stephen King que te hayas leído, por muchas historias que te hayan contado sobre mujeres que abortan, incluso, por mucha información que creas tener al respecto. Nadie, absolutamente nadie, sale indemne de Tienes que mirar - y quien diga lo contrario, entonces ellos son los que, y nunca mejor dicho, se lo tienen que hacer mirar -. "Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirte en la protagonista de un cuento de terror", así de potente inicia Anna Starobinets - recordemos, una conocida periodista y novelista rusa especializada en literatura de género - su particular relato de horror. Un inicio que, de buenas a primeras, debería ponernos en alerta - incluso sin haber leído la sinopsis de la contraportada - y obligarnos a respirar hondo y agenciarnos un paquete de pañuelos por lo que pudiera pasar. Yo, inconsciente de mí, no lo hice, y el resultado fue de todo menos agradable. Por un lado no podía creer lo que mis ojos estaban leyendo al tiempo que - en el segundo capítulo ¡ojo! - sentí unas irreprimibles ganas de llorar. Con una prosa tan gélida como los inviernos en la Plaza Roja de Moscú, directa y sin apenas elementos amables - salvo esos cariñosos apelativos "Tejón" y "Tejoncita" que emplea para referirse a su marido y a su hija - Starobinets edifica un libro que va más allá de lo puramente testimonial a base de salvajes mordiscos al rededor de la muerte perinatal. O lo que es lo mismo, del fallecimiento del feto o del bebé desde de las primeras 28 semanas del embarazo hasta la primera de vida. Algo que condujo a la consumación de un aborto y al estanque negro en el que la propia Anna se sumergió, como si de la laguna Estigia se tratase, y del que estuvo a punto de no regresar. 


Tienes que mirar es una odisea. Un azaroso viaje entre clínicas, ginecólogos, ecografías, juicios morales, miradas inquisitivas, pruebas y más pruebas y frialdad a raudales en una humilde barquita de madera. A pesar de no adscribirse a los códigos canónicos del terror, podemos afirmar que el retrato que Anna Starobinets hace de la sanidad pública y privada - aquí no se salva ni dios - rusa de la era Putin es de todo menos amable. Y da miedo, mucho miedo. No es de extrañar que la polémica estallara tras su publicación en un país en el que la deshumanización parece institucionalizada en este ámbito. Las formulas preestablecidas (sin importar los deseos o situación económica de la mujer), la lentitud, la falta de empatía, el machismo más arcaico - del palo que en algunos hospitales las mujeres no pueden ir a las revisiones acompañadas de sus parejas - o las amenazas con ir al Hospital Urbano 36 - en el distrito de Sokolínaya Gorá y de dudosa reputación - a las madres que consideran "negligentes" por atreverse a opinar sobre la forma en la que querrían o no dar a luz... La lista es larguísima, como los otros testimonios que aparecen en el libro y que Starobinets recopiló mientras se daba de bruces contra un acantilado llamado Displasia renal multiquística bilateral. Tras una serie de lamentables incidentes y de visitas infructuosas a especialistas, Starobinets decide abortar en Alemania. Y de nuevo, vuelta a empezar, otra vicisitud, alargando aún más la triste burocracia del duelo. Cierto es que la situación no es la misma, que el trato mejora considerablemente si lo comparamos con todo lo que hemos leído sobre el submundo del sistema ruso. Y de hecho, a pesar de que estamos viendo como Anna está durante todo el libro partida, literalmente, conseguimos apartar las cortinas de la ventana para que la luz entre de lleno en la habitación de la desazón. Pero entonces, una vez tiene lugar el objetivo del viaje - el aborto - viene lo peor. Cuando el lector cree que ya está bien, que ya no puede soportar más sufrimiento entre capítulo y capítulo, acontece la que para mi es la parte más terrorífica del libro. La que te deja tocada y hundida durante semanas. La depresión más horrorosa que te puedas imaginar en toda su crudeza. Nunca como lectora, y mira que han pasado libros por mis manos, había leído una descripción tan sangrante, humana y sincera de lo que muchas personas en el mundo sufren, en esta ocasión, por la muerte de un hijo al que ni siquiera la protagonista ha conocido. Una mano invisible tira de ella, con fuerza, impidiéndole comer, sonreír o salir a la calle sin que sufra ataques de pánico ante la indiferencia del resto de viandantes que pasean por un parque. Estremece, hasta el tuétano, pensar que todas y todos nos podemos ver en esa situación. Aunque asusta más saber el tabú en el que sigue todavía envuelta la salud mental y todas sus ramificaciones. Ahí es donde de verdad, retomando las palabras con las que Satorbinets inicia este libro, el lector se siente imbuido en el verdadero relato de terror. De lo cotidiano, de lo familiar, de lo amable, de lo deseado... Nada escapa de tornarse el horror más absoluto. Al final, ese machacón "tienes que mirar", del que al principio Starobinets no quiere ni oír hablar, se presenta como el principio de sanación - sin olvidarnos del imprescindible papel de la familia - para emprender de nuevo el camino de la vida. Un título que, en su literalidad, esconde la clave de esta novela-testimonio. Observar para avanzar, despedirse, dejar marchar. Desconozco si Anna Starobinets regresará a la Ciencia Ficción o seguirá explorando nuevos horizontes narrativos, pero de lo que sí estoy segura es que estamos delante de un libro único. No solo por el tema sobre el que pivota, sino por sus implacables imágenes construidas a base de un estilo que no entiende de buenísimos, banalidades o autocensuras varias. Un texto que, de seguro, cambiará - ya lo está haciendo - la literatura social tal y como la entendemos a través del feminismo, la denuncia y, sobre todo, un salvaje realismo. 

Tienes que mirar: una historia de tristeza, dolor, incomprensión, soledad, depresión, oscuridad, duelo, crítica, llanto, cura... Una nueva forma de terror llama a la puerta, y se llama violencia obstétrico-ginecológica legitimada. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me siento como una lombriz cortada en dos mitades con un trozo de cristal. Una mitad se retuerce, se humilla y suelta lágrimas y mocos porque quiere su ecografía. La otra a penas se mueve. Desprecia a la primera. Y le susurra: ¿es que no ves que ese tío es un cabrón?"

"Quisiera que alguien me tomara de la mano y me sacara de allí. Pero no hay nadie. Nunca vaya a sitios sola (…). Llévese a cualquiera que le ayude a encontrar la salida. No la salida definitiva, simplemente la salida del edificio."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

viernes, 4 de septiembre de 2020

RESEÑA: Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo.

POR QUÉ LAS MUJERES DISFRUTAN MÁS
 DEL SEXO BAJO EL SOCIALISMO

Título: Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo y otros argumentos a favor de la independencia económica. 

Autora: Kristen Ghodsee (Nueva Jersey, EEUU, 1970) profesora de Estudios de Rusia y Europa del Este y miembro del Grupo de Graduados en Antropología de la Universidad de Pensilvania. Siete de sus nueve libros se centran en la vida cotidiana y los trastornos sociales, políticos y económicos posteriores a la caída del Muro de Berlín en 1989. En las últimas dos décadas, se ha especializado en el estudio de la vida cotidiana bajo el socialismo y el postsocialismo, los efectos de género de las transformaciones posteriores a la Guerra Fría y el examen etnográfico de la memoria y la nostalgia en Europa del Este. Sus artículos y ensayos han sido traducidos a más de una decena de idiomas y han aparecidos en publicaciones destacadas como Forgein Affairs, Dissent, Jacobin Magazine, The Lancet, The New Republic, Aeon, The World Policity Journal, The Baffler, The Washington Post y The New York Times. Ha recibido numerosas becas de investigación residencial en Princeton, Harvard, el Centro Internacional Woodrow Wilson, el Instituto de Estudios Avanzados de Friburgo, la Friedrich-Schiller Universität, el Instituto Max Planck y la Universidad de Helsinki. En 2012 recibió una beca John Simon Guggenheim por su trabajo en antropología y estudios culturales. Ghodsee también suele escribir sobre temas de género para Chronicle of Higher Education y es coautora del libro Professor Mommy: Finding Work-Family Balance in Academia. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Capitán Swing. 

Idioma: ingles. 

Traductora: Blanca Rodríguez. 

Sinopsis: Esta es una investigación que explora enérgica y profundamente por qué el capitalismo es malo para las mujeres y cómo: cuando se desarrolla correctamente, el socialismo conduce a la independencia económica, a mejores condiciones laborales, a un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida y, sí, a un mejor sexo. En un artículo de opinión ingenioso e irreverente que se volvió viral, Kristen Ghodsee argumentó que las mujeres tenían mejor sexo bajo el socialismo. La respuesta fue tremenda: expresó claramente algo que muchas mujeres habían sentido durante años: el problema está en el capitalismo, no en nosotras. Ghodsee ha pasado años estudiando qué sucedió con las mujeres en países que pasaron del socialismo de Estado al capitalismo, y sostiene que éste último perjudica de manera de manera desproporcionada a las mujeres y que por ello debemos aprender del pasado, rechazando lo malo y rescatando lo bueno de las ideas socialistas, y así mejorar nuestras vidas. Las mujeres están alzando su voz como nunca antes, desde el aumento en el número de ellas que se postulan para argos públicos hasta en las marchas masivas o la ya constante protesta pública contra el acoso sexual. Cada vez está más claro para las mujeres que el capitalismo no funciona para ellas.

Su lectura me ha parecido: amena, entretenida, muy documentada, con un lenguaje a caballo entre lo técnico y lo divulgativo, feminista, irónico en algunos pasajes, autobiográfico al inicio de muchos capítulos, incisivo, nada complaciente, analítico, una lectura trasversal y muy oportuna; hasta en tiempos de coronavirus... El capitalismo se ahoga sin actividad económica. Y ha tenido que ser un virus procedente de China el responsable de que a día de hoy conozcamos las consecuencias de un parón a nivel global en toda su crudeza. Esa es una de las conclusiones que la ciudadanía puede sacar en claro al respecto de estos tres meses confinados en nuestras casas, bajo un estado de alarma que obligó a poner en pausa a una sociedad excesivamente acelerada y en los que no parábamos de asistir a noticias sobre nuevos contagios y muertes día tras día. Fue entonces cuando empezaron a aparecer los primeros problemas: agravamiento de las enfermedades mentales, la pobreza, la violencia de género, la soledad en el caso de los mayores o un aumento en los conflictos entre los integrantes de un mismo núcleo familiar, precariedad, imposibilidad de poder desconectar del trabajo al estar empleada/o en una actividad esencial, cese de la productividad, despido, erte, estrés ante la falta de oportunidades laborales en la "nueva normalidad"... Y de entre todas ellas, las dificultades para poder conciliar el trabajo con el ámbito familiar fue uno de los que más titulares acaparó en los últimos meses. Hubo quien creyó que las excepcionales medidas para potenciar el teletrabajo contribuirían, no sólo a una mayor conciliación, sino a asentar las bases del inicio de una equiparación o igualdad entre mujeres y hombres, aunque fuera en ese equilibrio entre lo doméstico y lo laboral. Sin embargo, lejos de tornar en realidad lo que durante siglos se ha considerado utópico, lo cierto es que la pandemia ha agravado todavía más las dificultades de conciliación, sobre todo si tenemos en cuenta que en muchos hogares es la mujer la que asume los cuidados y la mayoría de las tareas de la casa. Hay quien señaló, y muy acertadamente, el cierre de colegios como una de las causas determinantes para que muchas mujeres, aún teniendo la opción de trabajar desde casa, acabasen abandonando sus correspondientes empleos. Pero también, y esto había que decirlo, la falta de corresponsabilidad de los hombres respecto a esta situación. Si un porcentaje elevado de hombres hubiese asumido su parte correspondiente de tareas y cuidados, entonces estaríamos hablando de revolución y no de peligroso retroceso. De este modo, el teletrabajo se ha convertido en una trampa amarga que augura un futuro no muy halagüeño en cuestiones de igualdad. Por otro lado, cabe resaltar ese dato aplastante, ese 70% de mujeres que a nivel mundial copan el ámbito sanitario, convirtiéndolas en las principales luchadoras contra la enfermedad en puestos de médicas, enfermeras, celadoras o limpiadoras entre otras profesiones. También han sido las que más se han arriesgado a la hora de salir a hacer tareas como la compra o a cuidar a algún familiar o persona dependiente. Por no hablar de las empleadas de supermercados o farmacias, sectores altamente feminizados que han estado siempre al pie del cañón. Menos publicaciones académicas, menos libros, menos artículos en prensa, menos presencia en actividades profesionales... En definitiva, menos tiempo empleado para trabajar y, por supuesto, más paro, discriminación y desigualdad. Se que el asunto que aborda Kristen Ghodsee - recordemos, una de las mayores expertas en Estudios Rusos y de Europa del este - dista de lo que acabo de escribir en la introducción. De hecho, no estamos ante un libro que aborda directamente los entresijos de la pandemia, pero sí ante un texto que pone de manifiesto las debilidades del capitalismo en su vertiente más neoliberal. Y al fin y al cabo, las mujeres estamos como estamos en parte por culpa de un sistema que nos aplasta y construye esos irrompibles techos de cristal. Eso es algo que ya sabíamos, pero ha sido el Coronavirus el que nos ha hecho replantearnos otras formas para alcanzar la igualdad lejos de los postulados tacherianos. Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo: o por qué el capitalismo no ama a las mujeres.

Flora Tristán

Antes de adentrarnos un poco en ahondar en la tesis del presente ensayo, permitidme que imparta una pequeña clase de historia. El neoconservadurismo - movimiento político nacido en Estados Unidos durante la década de los 60 del pasado siglo XX - surge en un principio como reacción a una política exterior cada vez más pacifista del Partido Demócrata, al surgimiento de una nueva izquierda y a las protestas de la contracultura contrarias a la Guerra de Vietnam. La palabra "Neoconservador" ("neocon" como se conoce en su forma más abreviada) era la que se usaba para referirse a aquellos políticos e intelectuales comunistas americanos críticos con la ideología de la Unión Soviética. Así que el viaje ideológico de una punta a otra del espectro político fue notable, desde una izquierda antiestalinista hasta los campos y promulgados más conservadores. Por simplificar, ya que no estamos redactando una tesis doctoral, podríamos reunir sus principales características en las siguientes. En primer lugar, el neoconservadurismo se caracteriza por dotar de existencia y apoyo a las fuerzas militares para que defiendan al país de posibles ataques externos, al contrario que, por ejemplo, partidos más progresistas, que aboga por el dialogo, la negociación y la diplomacia a la hora de resolver conflictos. En segundo lugar, los neocon se decantan más por promover la libertad económica y el individualismo, frente a quienes abogan por el intervencionismo o el estado de bienestar. En tercer lugar, aunque esto no es algo generalizado, sus posicionamientos en materia religiosa son muy marcados, hasta el punto de no adoptar políticas que puedan afectar a los intereses de la propia iglesia. Y por último, en su momento, los neocon se consideraron fervientes opositores a toda idea comunista o que implicase medidas colectivistas en la sociedad. Gurús del neoconservadurismo como Daniel Bell, Nathan Glazer o Daniel Moynihan sostenían la idea de que la crisis de los 60 y 70 respectivamente fue producto de que los sindicatos y todos los colectivos surgidos de la cultura de la izquierda tenían demasiado poder, por lo que, según ellos, iba en detrimento de la economía. Y por si fuera poco, pensaban además que existía un relajamiento moral de la sociedad y que eso perjudicaba a la autoridad, a la paz y el orden. Por eso propusieron una liberalización masiva, en orbita con las ideas neocon, así como una vuelta a los valores tradicionales (iglesia, familia heterosexual, roles de género patriarcales...) dejando fuera al tiempo que discriminando a todo lo que se saliese de lo que ellos entendían como correcto. Estos influencers de la derecha - por llamarlos de alguna manera - acabaron siendo decisivos en el campo de la política, ya que fueron muchos los políticos que adoptaron estos postulados en sus respectivos países. Ronald Regan y Margaret Tacher son los más citados, pero también podemos apreciar lo neocon en los mandatos de los Bush (padre e hijo), José María Aznar, Jacques Chirac, Silvio Berlusconi o Wolfrang Schaüble. El impacto y fuerza arrolladora de esta nueva cultura política, junto con las medidas aperturistas y de transparencia que se aprobaron durante el gobierno de Mijaíl Gorvachov, acabaron desencadenando la caída de la propia Unión Soviética. Una mastodóntica unión de países bajo la órbita comunista con casi un siglo de historia caía, como las piedras del muro de Berlín, ante los ojos de medio mundo. Algunos sostienen que la URSS fue la primera víctima de la revolución neoconservadora. Y sí, puede ser, pero lo cierto es que luego le siguieron otras, como nosotras/os mismos, inconscientes perjudicados de un capitalismo en el que nosotras, en femenino, salimos enormemente perjudicadas. 

Rosa Luxemburgo

Una aclaración de última hora: que no os asuste su título. Que aunque parezca sacado de los típicos libros de auto ayuda - de ahí, en parte, su posible tirón comercial - nada tiene que ver con ese mundo de frases motivacionales o consejos para afrontar mejor los problemas que la vida te pueda lanzar. Dicho esto, más allá de llamativos enunciados y coloridas portadas, no sorprende que el libro de Kristen Ghodsee haya acaparado gran atención. En un mundo cada vez más polarizado, en el que por desgracia las ideologías de extrema derecha han entrado incluso en los parlamentos, en el que parece existir una terrorífica voluntad de retroceder atrás y desposeer de derechos y libertades a todos aquellos colectivos que tanto han luchado por alcanzarlos. En una sociedad en la que, en definitiva, la gente se cree lo que sale en la tele, sin contrastar, o simplemente, sin ejercer un sano espíritu crítico, que se publiquen y traduzcan libros así no está de más. Podíamos decir que hasta es un deber, aunque sea para intentar frenar esta espiral que en lugar de girar hacia adelante parece querer virar en el sentido contrario. Y aún más si son libros como este, en el que su tan interesante como controvertida tesis levanta alguna que otra ampolla, hurgando en la infectada llaga. La idea sobre la que pivota todo el libro es bien sencilla: las mujeres viven mejor bajo el socialismo, y por consiguiente, el sistema capitalista es peligroso para ellas. Sin duda, una hipótesis muy atrevida que no ha hecho, a pesar de las duras críticas procedentes de la caverna intelectual y mediática, más que corroborarse a lo largo de las sucesivas crisis económicas del siglo XX. De ahí la importancia de conocer la revolución neoconservadora - de la cual he hablado largo y tendido en el anterior párrafo - y sus postulados, propios del capitalismo más salvaje y que distan de la tradición socialista, sobre la que se ahonda en el presente ensayo y que tiene, por fin, a las mujeres como su objeto de estudio y análisis. Las razones que Ghodsee van desde la más pura de las obviedades hasta datos y estadísticas. Bajo un régimen de socialismo, que no bajo un sistema comunista (la autora se cuida mucho de usar las palabras adecuadas) se potencia lo común antes que lo individual. Esa idea de colectividad se traslada a todos los ámbitos, creando igualdad de oportunidades y acercando los servicios básicos a todo el mundo. De esta forma, es viable una red de cuidados estatal, en la cual están incluidos todos aquellos derechos que consideramos ganados tales como las pensiones, las ayudas por desempleo o los permisos de maternidad. 

Alexandra Kollontai

Es en este punto - lo concerniente a los derechos del sexo femenino - donde la autora se detiene para mostrarnos todo un catálogo de avances y medidas que, tanto a nivel político, económico y social, trataron de promover la independencia de las mujeres en los países, recordemos, bajo un socialismo de estado. Dicho de otra forma, aumentar la presencia de éstas en el tejido productivo de la sociedad. Todo ello, claro está, sin olvidarse de los errores o las medio victorias que tuvieron lugar en dichos países. Pero siempre resaltando la idea de que, desde sus primeros pasos - rememoremos la Segunda Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en el año 1910 - ya se recogían ideas pioneras a todos los niveles. Utopías en el pasado que, por aquel entonces, comenzaron a materializarse. Como el ya citado seguro de maternidad, por el cual, las mujeres ganaron una mayor autonomía, abriendo la veda en el camino hacia la tan ansiada igualdad de género. Seguro que el sistema capitalista, por supuesto, rechaza en su burbuja de libre mercado y de ensalzamiento de los valores individualistas. Al capitalismo, directamente, no le gustan las mujeres, por terrible y simple hecho de que éstas pueden quedarse embarazadas en cualquier momento, y por tanto, a ojos del empresario, resultar menos productivas, lo que se traduce en una molestia para los planes o el rendimiento de la empresa. De ahí que en muchas entrevistas de trabajo se pregunte precisamente por los futuros deseos reproductivos de la candidata en cuestión. Hecho que, por supuesto, vulnera los derechos de las mujeres, ya que intrínsecamente se revela como un flagrante acto discriminatorio por el simple hecho de haber nacido hembra. Al jefe - o al capitalismo, lo mismo da - no le importa si tenemos intención o no de ser madres. Por otro lado, el ensayo no pasa por alto la influencia que estas ideas tuvieron en la Europa Occidental de mediados de siglo XX - manteniéndose inamovibles desde entonces en algunos de ellos como es el caso de los países escandinavos por ejemplo - y como consiguieron introducirlas dentro de los sistemas capitalistas. De ahí surge lo que conocemos como socialdemocracia, muy arraigada en la Europa del norte, intocable desde entonces y que fomentó la proliferación de guarderías y comedores gratuitos financiados por el estado. Baluartes de una mejor conciliación, la libertad de elección, de una pronta inserción laboral para las mujeres y ya de paso, como reza el título, de una vida sexual más placentera y feliz (sí, el capitalismo también nos joroba hasta para echar un polvo). En definitiva, la creación de individuos plenos en una sociedad de mercado. Una vez expuesta la teoría, tanto de un lado como de otro, creo que es una lectura amena, más cercana a lo divulgativo que a lo puramente académico (algo que si está bien escrito se agradece). Con puntos irónicos, argumentos que desarmarían al más escéptico neoliberal, el ensayo de Ghoodse ofrece una mirada que, si bien todos conocíamos, o al menos las y los versados en estos temas, la fluidez y su carácter cercano lo hace apto para todos los públicos, así como su importancia dentro del contexto en el que nos estamos moviendo. Una época en la que, como ya he dicho, se hace más necesario que nunca reivindicar los derechos alcanzados, ya no sólo por las mujeres, sino por todos los colectivos en general. Cuanto más conscientes seamos de ello como sociedad, más fuerte apretaremos la mano, impidiendo que alguien, con oscuras intenciones, nos la intente abrir a la fuerza. No dejemos nunca de reivindicarlo, defenderlo, y por supuesto, de reivindicar a sus principales figuras, muchas de ellas mujeres por cierto. 

Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo: un libro de datos, estadísticas, argumentos, acontecimientos históricos, logros, hundimientos, nombres de mujer, pioneras, políticas, científicas, filósofas... Un ensayo que invita a mirar hacia el futuro, un futuro en el que nuestras hijas e hijos no hereden lo peor de un sistema amoral y arrollador. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La búsqueda de un futuro más brillante exige aprender de los errores del pasado, sin olvidar una evaluación ponderada de la historia del socialismo de Estado del siglo XX en Europa del Este."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Capitán Swing

viernes, 1 de marzo de 2019

RESEÑA: Primer amor.

PRIMER AMOR

Título: Primer amor.

Autor: Iván Turguénev (Oriol, Imperio Ruso, 1818 - Bougival, Francia, 1883) fue un escritor, novelista y dramaturgo considerado el más europeísta de los narradores rusos del XIX. Descendiente de una familia de terratenientes, su infancia estaría marcada por una madre autoritaria y un padre ausente. En 1838 es enviado a estudiar filosofía e historia en la universidad de Berlín. Contrario del sistema de servidumbre no tardó en trasladarse a vivir a Francia donde permanecería hasta el resto de sus días y donde entablaría una gran amistad con el escritor Gustave Flaubert. Fueron especialmente famosas las tensas relaciones que Turguénev mantuvo con Fiódor Dostoievsky y León Tolstoi, con éste último incluso estuvo a punto de batirse en duelo. De su amplia producción literaria destacan Padres e hijos, Memorias de un cazador, Diario de un hombre superfluo, Humo, En vísperas, Rudin y por supuesto Primer amor. Falleció a los 64 de un tumor en la médula espinal, siendo sus restos trasladados y finalmente enterrados en el cementerio de San Petersburgo. (Fuente: Alianza Editorial).



Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: ruso.

Traductora: Natalia Dvórkina.

Sinopsis: "pocos lectores, en efecto, podrán dejar de reconocer en mayor o menor medida un territorio ya visitado al leer el relato en primera persona del violento enamoramiento del que cae presa el adolescente Vladímir Petróvich por la joven princesa Zinaída Aleksándrovna y de los incesantes, cambiantes y contradictorios sentimientos que experimenta - amor, vergüenza, ensueños, desconcierto, ilusión, desaliento, hastío, celos, dudas... - dentro del marco de una historia casi trivial cuyo intenso e inexorable final abre las puertas de la edad adulta." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: breve, bella, íntima, elegante, sentimental (y no en el sentido que todas y todos conocemos), europea, rusa a pesar de todo... Nunca he sido un animal de costumbres, y menos en lo que a lecturas se refiere. Hay personas que, del mismo modo que necesitan estar tumbadas en la cama para poder leer tranquilamente o doblar las esquinas de las páginas (cosa que nunca entenderé) para no perderse en su lectura, necesitan adentrarse en libros cuya trama o ambientación especialmente transcurra en la estación en la que en ese momento se encuentra. Si es invierno, pues novelas rusas, escandinavas, alemanas, inglesas, algunas americanas, de la España más rural o simplemente en las que la Navidad aparezca como telón de fondo. Si es primavera, la novela decimonónica, en especial la Francesa, parece cumplir con esas expectativas, aunque también ocurre lo mismo con la literatura española, la sudamericana, la italiana, la oriental incluso. Si nos adentramos en el verano más largo, obviamente las historias donde aparezca una playa (cualquiera, no podemos ponernos tan exquisitos), una piscina, un complejo hotelero, una ciudad o pueblo con costa, un camping o simplemente un pueblo de veraneo (Delibes creó un género propio usando este último, pero la literatura norteamericana, la sudamericana, la australiana, la africana o la italiana nunca suelen defraudar en ese sentido, con excepción de algunas novelas británicas para quien no le guste demasiado el calor). Y por último, si el otoño comienza a teñir las copas de los árboles, lo que de verdad apetece es manta, café (o té) y un buen tocho de literatura centroeuropea entre las manos entre otros, pues no sólo en Alemania el otoño tiene que ser espectacular. Pues bien, hasta hace cuatro días yo no era de esas. Podía perfectamente estar leyendo una road novel con toques veraniegos en pleno mes de enero o adentrarme en las calles de cualquier pueblecito perdido de la estepa sueca entre baño y baño en mi playa favorita. Sin embargo, como acabo de decir, quise por una vez amoldarme a esa costumbre tan arraigada en muchas y muchos lectores. El cuerpo me pidió, a las puertas del crudo invierno, sumergirme en la nieve y el frío, pero no procedentes de un país cualquiera, sino de Rusia, mi "amada" y "bella" Rusia. ¿Se avecinan cambios? ¿Puede que poco a poco le esté perdiendo el miedo a la literatura de dicho lugar? ¿Es posible que haya perdido el norte? Aún no tengo respuesta. Lo que sí sé es que si os pasa igual que a mi, si sois de las y los que Crimen y castigo se os hace cuesta arriba probad entonces con la novela que hoy tengo el placer de reseñar. Primer amor: la calidez latiendo en el interior de un tímpano de hielo.


La historia de como Primer amor llegó a mis manos no surgió fruto de la casualidad. No, para nada. De hecho, si no llega a ser por Errata Naturae ni siquiera me habría interesado por la novela de Turguénev. En la primavera de 2017 esta fantástica editorial decidió publicar un libro titulado Agua salada, escrito por un autor estadounidense llamado Charles Simmons, autor del que por supuesto no había oído ni mentar. Dicha novela parecía estar escrita para mi: Estados Unidos, 1963, una isla en la costa atlántica, un barco, dos familias, dos protagonistas tan carismáticos como interesantes, verano, playa, sol, tormenta, noches de fiesta a la orilla del mar... Los que me conocen bien sabrán que no soy una entusiasta del calor y que hasta hace cuatro días prefería la montaña a la playa (algo que con el paso del tiempo ha ido cambiando). Sin embargo, en lo que a lecturas se refiere, siempre, de toda la vida, he sentido cierta predilección por las novelas ambientadas en la estación de las vacaciones, los helados de chocolate y los chiringuitos. ¿Cómo no me iba a gustar entonces Agua salada, en la que además, se cuenta de una forma tan intensa las sensaciones que todas y todos hemos experimentado al enamorarnos por primera vez? Me fundí su lectura en cuestión de días y desde entonces se lo recomiendo a todo el mundo que busque una novela de amor carente de toda cursilería y azúcar. ¿Qué tiene entonces en común Agua salada con Primer amor entonces? ¿Por qué el libro de Simmons me ha conducido a la novela de Turguénev? Muy sencillo, porque Simmons ha actualizado este clásico de la literatura rusa, se lo ha llevado a su terreno, a lo que conoce, a esa sociedad del American Way of Life que tanto me engancha. ¡Blanco y en botella! Sin embargo, nunca me imaginé que dicha posibilidad, si hasta en la ambientación son completamente distintos. Calor frente a frío, playa frente a páramos nevados, adolescentes americanos de clase media a adolescentes rusos de la nobleza. No daba crédito. Esta diferencia tan abismal entre ambos libros, a pesar del nexo que los unía, no sólo me hizo admirar la genialidad de Simmons, sino que además (¡socorro!) me entraron ganas de leer Primer amor. Y recalco lo de "¡socorro!" porque digamos que la literatura rusa del XIX no es mi fuerte. Leí Guerra y Paz demasiado pronto, y aunque hubieron aspectos del libro de Tolstoi que me gustaron, el resto se hizo una pelota enorme. Demasiadas descripciones, demasiadas escenas insignificantes, demasiadas páginas de árida lectura. Desde entonces siempre he tratado de evitar a los Karamazof o a las Annas Kareninas que se interponían en mi camino. No es que tenga un problema con la literatura rusa así en general, de hecho, Chejov me entusiasma y Turguénev, pese a mis reticencias, también me acabó gustando, sólo lo tengo con algunos autores de esa época, realistas y naturalistas todos. Con estos antecedentes, normal que me pensase dos veces el atreverme con Primer amor a pesar de que en el fondo me moría de ganas por leerlo. La brevedad de su texto (126 páginas) y el hecho de que se le considerase por la crítica como el autor ruso menos ruso respecto a sus ilustrados compatriotas (ya lo explicaré más adelante) me ablandaron. A día de hoy, y tras haberme leído Primer amor, siento que tomé una buena decisión. No sólo de cara a desprejuiciar la literatura rusa del siglo XIX sino también en vistas a, tal vez, una nueva actualización literaria en pleno siglo XXI. El tiempo ya lo dirá, mientras tanto, guardo esta idea en el cajón de futuros proyectos escritoriles.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Primer amor presenta una lectura sosegada, plana, sin demasiadas sorpresas pero muy intensa. Todos los que nos atrevemos con esta lectura ya conocemos de qué va, como se va a desarrollar, el tipo de personajes que nos vamos a encontrar e incluso podemos aventurar un final de lo más previsible. Estamos hartas y hartos de este tipo de argumentos, pero mira, caemos una vez y otra en ellos, repetimos, volvemos a ellos, como una especie de droga. Posiblemente para autoconvencernos de que todavía queda esperanza, que el amor está a la vuelta de la esquina, de que su pureza puede salvar al mundo y de que este es capaz de reproducir buenas personas. ¡Cuánto daño ha hecho el patriarcado! ¡Que tontos! ¿Cómo no lo vimos venir? ¿Quién iba a pensar que el amor también podría doler? ¿Quién en su sano juicio, mientras se empapa de propaganda heteropatriarcal, piensa que existen personas que pueden llegar a matar en nombre del amor? Tras este pequeño y reivindicativo paréntesis, tan necesario como didáctico, lo que está claro es que nos enamoran (nunca mejor dicho) las historias de amor. Eso si, cabe alertar a la lectora o lector más despistado que existe una delgadísima línea que separa el buen gusto y el empacho de algodón de azúcar. En este caso, por fortuna, Turguénev la sobrepasa, elevando lo que a priori nos parece una novela romántica sin más a una categoría superior. Un privilegiado lugar en el que el lector ya no sólo consigue disfrutar del libro que tiene entre manos, sino que además, lo vive, lo siente, lo encoge. Primer amor (un título tan explícito como sincero) narra precisamente eso, el primer amor, en concreto el del joven Vladímir Petrovich, quien desde el presente (no éste, sino el de la Rusia del XIX) lo recuerda con amargura y nostalgia. Su relato es uno más, pues se encuentra reunido con varios amigos, pero la suerte (o los deseos del autor) quiere que su historia protagonice la velada. Zinaída Aleksándrovna, una bella princesa de veintiún años es la otra protagonista del relato, la mujer de la que Vladímir se enamora nada más verla. Siempre rodeada de pretendientes y mostrando siempre un desdén digno de aplauso con todos ellos, Zinaída se aprovecha de todos ellos, jugando cruelmente con sus sentimientos, incluyendo los de Vladímir. El pobre ya no sabe qué hacer para captar su atención (sus desesperados intentos rayan lo ridículo y lo cómico) mientras que Zinaída, digna ella y con más personalidad que todos los personajes masculinos juntos, hace lo que quiere. ¿Es malvada por ello? Depende de como lo mires, pero ya os digo que me ha parecido el mejor personaje del libro. Me encantan los personajes femeninos con iniciativa, con empuje, que no se quedan a esperar, que toman sus propias decisiones. Y aunque su frivolidad a veces me produjese escalofríos o me indignase, eso es bueno, pues significa que está vivo y por tanto estamos ante un buen trabajo de profundización por parte de su autor. Primer amor ha sido definido por muchos estudiosos e intelectuales como la novela rusa más europea, en otras palabras, en las antípodas de lo que en Rusia se estaba dando en el terreno literario. Todos, por unanimidad, atribuyen esta peculiaridad al hecho de Turguénev pasase gran parte de su vida en Francia, pero sobre todo, a su estrecha amistad con Gustave Flaubert (sí, el que escribió la magnífica Madame Bovary). Y creo que tienen razón pues, comparado con la aspereza de Tolstoi o la aridez de  Dostoievsky, Turguénev es un campo de rosas en medio de la nieve, el sol entrando por las frías ventanas, una vela sobre el congelado lago. Es tal la calidez que desprende que a su lado Tolstoi o Dostoievsky parecen dos ancianos arrugados y encerrados en si mismos. Otra de las grandes virtudes de Primer amor, obviando su previsible trama, es la sensación de estar leyendo algo totalmente actual. Y es que la humanidad ha pasado por todo y se ha tenido que adaptar a mil y un cambios, pero el amor, señoras y señores, eso permanece inamovible, perenne, intacto. Primer amor no se lee, se siente, o al menos eso pretende su autor al aflorar esos sentimientos de alegría, fulgor, entusiasmo, tristeza, rechazo, impotencia que repito, a los que todas y todos hemos sucumbido una, dos, cincuenta, mil veces a lo largo de nuestra vida. Pocos saben captar todo eso y condensarlo en 162 páginas de nada, en un relato al alcance de todo el mundo y que, sólo por revivir nuestras propias alegrías o calabazas sentimentales, deberíamos leer. Por último, si alguien (alguna o algún valiente) está pensando en iniciarse en esto de la literatura rusa, sin duda, le recomendaría empezar por Turguénev. No es una novela en la que pase gran cosa, pero sí de las que su lectura no se borra tan fácilmente de la memoria.


Mientras leía Primer amor (y mi primera novela de Iván Turguénev por cierto) no pude evitar pensar que, sin querer, me había trasladado al pasado. Pero no sólo a esos palacios, a esos salones de baile o a esas escenas de cortejo en medio de un paisaje terriblemente invernal en la Rusia del siglo XIX, también a una forma de en la que se concebía el ritual de la lectura, y sobre todo, la forma en la que leemos los seres humanos. En aquella época, en la que las distracciones estaban a años luz de las que hoy en día podemos enumerar, las personas que sabían leer (una élite privilegiada por supuesto) leía o bien a solas o bien en comuna, reunidos. No debemos pasar por alto que es durante la edad moderna, y muy especialmente durante el siglo XVIII, cuando la lectura adquiere ese individualismo que ha trascendido hasta nuestros días. En esa transición, el lector aprendió a interiorizar mejor la lectura, a fijarse más en los personajes, en las descripciones, en los mensajes que dicha lectura lanzaba desde el papel. La crítica literaria floreció, por fin el lector podía armarse una opinión al respecto y alabarla o criticarla desde una perspectiva que con la lectura en voz alta hubiese sido imposible. Al igual que este cambio en lo que al acto de leer se refiere, también encontramos como los libros no eran especialmente trepidantes. Si bien es cierto que ya en el siglo XVIII, cuyo esplendor y camino de no retorno lo encontramos en pleno siglo XIX, que los best sellers existían, lo que proliferaban eran lecturas menos rápidas, más pausadas y cuyas tramas no contenían demasiados giros. Con aquellas novelas y ensayos, quien se adentraba en su interior y paseaba su mirada sobre la tinta de las palabras, no necesitaba de una excesiva implicación, simplemente leía, plácidamente, sin prisas, sin ningún otro factor externo que alterarse aquel imprescindible disfrute. A día de hoy, y a diferencia de lo que sucedía en épocas pasadas, parece que se ha acabado asociando que un libro es bueno cuando engancha, cuando te tiene en vilo, cuando no lo puedes soltar de las manos, cuando éste te acompaña a todos lados (incluso a cierto lugar, el que no debe ser nombrado, al que todos hemos acudido novela en mano). Nos hemos acostumbrados a textos cada vez más rápidos, fugaces, en cuyas tramas hay doscientos mil giros... Novelas que, en medio de todo ese caos, tristemente perdemos por el camino. Puede que su trama se nos haya grabado a fuego en nuestro cerebro o que nos sepamos incluso partes de memoria, cual fan de la última del autor o autora de moda, pero inevitablemente hay cosas que se quedan por el camino, pequeños detalles, alguna descripción memorable, pero sobre todo, esa paz que de la que antaño se asociaba al acto de leer. Con esto no quiero decir que no sigamos consumiendo lecturas trepidantes, de hecho a mi personalmente me encantan y me emociono cuando este tipo de lecturas llegan a tocarme la fibra sensible pero... ¡Sosegaos! ¡Parad! A veces los lectores merecemos un descanso, un momento de tranquilidad y entretenernos con lecturas más planas, las más criticadas, en las que parece no suceder nada pero que, en realidad, pasa todo. La vida no es una carrera, los libros no son un circuito de rally, también puede ser un campo, una senda por la que una persona camina mientras piensa en algo trascendental y que nos deja la piel completamente helada. Primer amor: una historia de celos, pasión, desamor, tristeza, frustración, vanidad, manipulación, atisbos de esperanza... Un relato encantador y evocador.

Frases o párrafos favoritos:

"Entonces, la reina oye los discursos, escucha la música, pero no mira a ninguno de los invitados. Seis ventanas están abiertas de par en par, desde el techo hasta el suelo, a través de las cuales se ve un cielo oscuro cubierto de estrellas refulgentes y el jardín con árboles grandes. La reina mira al jardín."

Película/Canción: aunque cada vez estoy más convencida de que Call me by your name de Luca Guadagnino tiene muchas conexiones con esta novela rusa del siglo XIX, me gustaría adjuntaros la pieza que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. No es de la época, pero no lo puedo evitar, cada vez que pienso en Rusia se me vienen a la cabeza dos nombres: Chaikovski y Prokofiev. Y del segundo en concreto esta magnífica pieza. Disfrútenla.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

miércoles, 2 de mayo de 2018

RESEÑA: Historias de Cine.

HISTORIAS DE CINE

Título: Historias de Cine. Relatos que inspiraron grandes películas.

Autoras/es: Ryunosuke Akutagwa (1892-1927), Guy de Mupassant (1850-1893), Ueda Akinari (1734-1809), Stefan Zweig (1881-1942), Damon Runyon (1880-1946), Agatha Christie (1890-1976), Dorothy M. Johnson (1905-1984), Daphne du Maurier (1907-1989), Isak Dinesen (1885-1962), Fiodor Dostoievski (1821-1881) y James Joyce (1882-1941).

Editorial: Siruela.

Idioma: inglés, francés, japonés, ruso y alemán

Traductoras/es: Mauro Armiño, Iván Díaz Sancho, José Fernández, Bela Martinova, José Menéndez Manjón, Juan Antonio Molina Foix y Kazuya Sakai.

Sinopsis: el distinto poder evocador de las palabras y de las imágenes es lo que diferencia principalmente los discursos compositivos de la literatura y del cine. Aunque , por su naturaleza concreta, el séptimo arte es incapaz de servirse de la capacidad sugestiva de la escritura, la verdadera ficción cinematográfica siempre encuentra la manera de metamorfosearse y, mediante un lenguaje propio, erigirse como una creación totalmente nueva y autónoma, sin por ello renunciar al espíritu de la narración original. Esta exquisita antología recoge once relatos - precedidos por una breve introducción sobre su adaptación fílmica - de algunos de los escritores más destacados de la literatura universal, que además de poseer en sí mismos una calidad ejemplar, dieron lugar a indiscutibles obras maestras de la gran pantalla. (Fuente: Siruela).

Su lectura me ha parecido: interesante, variada, un estímulo, completa, ambiciosa, inspiradora, curiosa, todo un tesoro...Queridas lectoras y queridos lectores, no hace mucho tiempo, creo recordar que durante el mes de febrero, os confesé que había logrado redactar la reseña más difícil hasta la fecha. Su lectura logró entusiasmarme hasta límites insospechados, pero en cuanto fui consciente que aquel libro tenía que pasar si o si por el filtro de la crítica, no pude evitar echarme las manos a la cabeza. Respiré hondo, muy hondo, tratando de mentalizarme y de hacerme a la idea de que tarde o temprano tenía que ponerme manos a la obra con su respectiva reseña. Costó, y mucho, de hecho en ocasiones llegué a pensar que no lo conseguiría. Pero el duro trabajo, como todo en esta vida, dio sus frutos, el más importante, el haber sido capaz de finalizar su redacción en tiempo récord. Después vinieron las alegrías indirectas y como consecuencia de aquel logro en forma de felicitaciones y comentarios de lo más cariñosos. ¿Su título? La nueva mujer: relatos de escritoras estadounidenses del siglo XIX. ¿Sus autoras? Un conglomerado de excelentes escritoras cuyos relatos habían conseguido hacerme reflexionar. ¿La editorial? La interesante, reivindicativa y de momento siempre acertada Dos Bigotes. ¿La edición? de Elena Fortún, quien además se encargó de su correspondiente traducción. Ese fue el libro que tantas alegrías me dio tras unas largas tardes de escritura, investigación y de romperme la cabeza. Hoy, unos meses más tarde, me encuentro ante un monstruo tan bello como terrible, en otras palabras, ante una reseña de esas mismas características. Difícil, abrumadora y de compleja redacción. Nadie dijo que esta profesión fuese fácil, y menos si entre tus manos sostienes un libro como el que hoy tengo el inmenso placer de reseñar. Sin embargo, el darlo a conocer compensa cualquier mal día y más si éste trata otra de mis grandes pasiones, esa que, al igual que la literatura, nos hace soñar, transportarnos a lugares imaginados, sufrir con el protagonista y reflexionar una vez finaliza, una vez la pantalla regresa al negro. Historias de cine: once relatos literarios, once adaptaciones cinematográficas que hicieron historia.


La historia de como este volumen de relatos llegó a mis manos tiene su por qué. A nadie que haya leído las últimas 243 reseñas literarias que he publicado en Jimena de la Almena le extrañará lo que estoy a punto de decir. Amo el cine. Es un hecho probado, contrastado y demostrado. Desde las primeras cintas de Disney que protagonizaron mi infancia (según mis padres no quería ver otra cosa que no fuese La Cenicienta) hasta lo último que haya podido ver esta semana (que en este caso fue la extraña pero interesante Suburbicon, de George Clonney) casi todos los géneros me gustan. Mi pasión por el cine llega hasta el punto de que, y todo gracias a Cinemanía y Fotogramas, sabía y sigo sabiendo algunos detalles de la historia del cine, ya sea español, americano, europeo...Dejando a un lado los típicos cotilleos tan predominantes en estas revistas, pues aunque son dos buenas lecturas éstas no consiguen escapar de ciertos chismes, lo cierto es que gracias a ellas conocí un poco mejor el trabajo que hay detrás de una película, los diferentes modos de abordar una crítica cinematográfica, los métodos interpretativos de las estrellas más importantes del cine mundial, las vidas de muchos directores que me siguen fascinando, el descubrimiento de algunas cineastas cuya trayectoria ha quedado enterrada por el machismo, no pocas técnicas de rodaje, el lado oscuro de la industria, la estética, los escenarios...Un aprendizaje autodidacta que me enriquecía intelectualmente y que me sirvió para contestar de forma acertada a alguna pregunta del Trivial Pursuit. Sin embargo, de todos aquellos aspectos, hubo siempre uno que me fascinó por encima de los demás: el guion. Supongo que el que haya pasado mucho tiempo encerrada en mi mundo, escribiendo e inventando historias contribuyó a que sintiese cierta atracción y curiosidad por la palabra cinematográfica, por esos párrafos, por esas frases memorables que los personajes recitan ante el espectador. "¡Pongo a dios por testigo que jamás pasaré hambre!", "Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia", "Siempre nos quedará París" o el épico "Yo soy tu padre" que constituye la mejor y más simple anagnórisis jamás escrita en la historia del cine tuvieron que salir de alguna mente privilegiada. Fue por este motivo, y otros que aquí no detallaré, el que me llevó a plantearme durante unos meses la posibilidad de ampliar mis estudios por esa vía, algo que finalmente se hizo realidad mediante un curso de Guion Cinematográfico en el que todavía me hallo inmersa. Y no, no es fácil, os lo aseguro. No tenía ni idea de lo mucho que hay que trabajar antes de escribir los diálogos escena por escena. Caracterización, escaleta, tratamiento, división del conocimiento, giros, tramas maestras, secuencias, contra plano...¡Una autentica locura! Afortunadamente, y gracias al estudio de la materia en la tranquilidad del hogar, todas esas palabras me resultan cada vez más familiares. Es durante esos meses de meditación antes de iniciarme en los secretos del guion cinematográfico cuando Historias de Cine, bellamente editado por Siruela, se presentó ante mis ojos como una revelación. Para seros sincera, no me apetecía por aquel entonces adentrarme en una lectura de esas características, en la que once relatos completamente diferentes desfilarían ante mis ojos, pero tenía la certeza de que en adelante iba a ir directamente a la estantería, lo cogería y lo devoraría en cuestión de semanas. Y así fue, tras hacerme con un ejemplar, dejé que éste reposase en la librería durante unos meses, hasta que, de pronto, un día me abalancé sobre él. Hoy, a pocos días de finalizar mi iniciación en el mundo del guion, estoy preparada para afrontar esta reseña con el conocimiento necesario de la materia, que no es otra que la magia y las trampas del cine.


Antes de adentrarnos en el apartado crítico de toda reseña he de comentar algo importante. Al tratarse de un libro compuesto por once relatos, cada uno de una autora/or diferente, escritos en épocas diferentes y adaptados cinematográficamente en diferentes contextos históricos intentaré ser lo más breve y profesional posible. En otras palabras, yendo al grano pero sin desatender algunas cuestiones que aparecen en los relatos que personalmente considero importantes. Una vez dicho esto, empecemos. En general, Historias e Cine se podría definir de dos formas: como un atrevimiento editorial o como una antología de coleccionista. Atrevimiento porque no todas las editoriales estarían dispuestas a publicar un libro de relatos de estas características pues, aunque el cine sigue moviendo a las masas y despertando el interés, lo cierto es que a la hora de la verdad desgraciadamente se tiende a no leer estas historias adaptadas porque el lector ya las ha visto en la gran o pequeña pantalla y considera que supondría una perdida de tiempo. Error. Por mucho que conozcas la película, la historia, el libro o relato que la ha inspirado puede deparar muchas sorpresas. Y antología de coleccionista porque, para los amantes del cine, el poseer un libro de estas características puede resultar fundamental para entender no solo el estilo de cada directora/or, también las piruetas y trampas que los guionistas utilizan a la hora de escribir un guion, en este caso adaptado. Hablando en términos más generales, diremos que Historias de Cine es un libro imprescindible pero en el que existe un desequilibrio. No todos los relatos son maravillosos, hay unos mejores que otros y en este caso, al tratarse de autores muy diferentes, la temática es totalmente dispar. Sin embargo, nos topamos ante una colección perfectamente ordenada, en base al año en el que se estrenaron las películas que adaptaron dichos cuentos, con una explicación al principio de cada nuevo relato con datos del contexto, los autores y directores de la cinta, y ante un prólogo realmente interesante escrito por J. A Foix. En él, Foix defiende el por qué de estos relatos y el mensaje que se quiere lanzar desde esta edición, que no es otro que el considerar al cine como un ente independiente a la literatura, aunque irremediablemente éstos estén unidos por las palabras. Un relato es un relato, y el cine es un arte diferente, y por tanto, cogerá entre sus manos dicho escrito y lo adaptará al estilo del guionista que lo adapta, que en muchos casos es el propio director, dándole su personalidad, su visión y opinión sobre la historia. Por eso no existe ninguna adaptación 100% fiel al libro, siempre habrá algo que lo diferencie más allá del recorte de capítulos. En lo que respecta a los relatos que aparecen en Historias de Cine he de confesar que no todos me han gustado, el de Tolstoi, que inspiro la película Una femme douce de Robert Bresson, se me ha hecho tremendamente pesado, a pesar de que la historia prometía. Al igual que Los muertos de Joyce, adaptada bajo el título Dublineses por John Huston. En cambio me ha deslumbrado el relato de Stefan Zweig, Miedo, con el que consigue que el lector experimente una sensación de desasosiego muy real. De hecho, tras leerlo, me queda la duda de saber como el director italiano Roberto Rosselini lo habrá adaptado siendo su filmografía tan particular y personalísima. También me ha entrado curiosidad de como Billy Wilder, el aclamado director de Con faldas y a lo loco y El apartamento (ésta última considerada como una de las películas más perfectas a nivel de guion y que se enseña en toda escuela de cine), se habrá enfrentado cinematográficamente a Agatha Christie, la gran dama del suspense británico. Pero si tengo que destacar algún relato serían en este caso tres: El hombre que mató a Liberty Valance, Los pájaros y Rashomon. El primero porque el relato constituye una mezcla perfecta entre el western más puro y el cine negro, y porque, en cuanto a autoría, fue toda una sorpresa. Recuerdo que cuando me pusieron esta película en clase, la cual me gustó bastante dentro de mi malograda opinión sobre el western, pensé que el guion lo había escrito un hombre. La sorpresa fue que, cuando inicié la lectura del relato, no solo descubrí que era una adaptación literaria, también que El hombre que mató a Liberty Valance lo había escrito una mujer, en concreto llamada Dorothy M. Johnson. Los prejuicios nos llevan a compensar que es imposible que una mujer pueda escribir una obra maestra del western, pero mira, esta edición ha conseguido replantearme el género y querer conocer mejor a esta autora norteamericana. El segundo relato, Los pájaros, es tal vez el más famoso e icónico de todos. Muchos somos los que hemos visto la película, y los que no tienen en su cabeza alguna escena de la película. Los pájaros, de Daphne du Maurier es tal vez el relato más próximo a la adaptación fiel, dirigida por un director, el legendario Alfred Hitchcock, que por el suspense de sus películas parecía destinado a adaptarla. Y aunque los críticos señalan que no es una de sus mejores películas, si que es cierto que logró plasmar el desasosiego, la angustia y el miedo del relato de Du Mauier sobre la pantalla y en el rostro de Tipi Hedren. Convirtiéndose, con el paso de los años, en una autentica obra de arte cinematográfica. Y por último, el tercer relato titulado Rashomon, y su continuación En la espesura del bosque, constituyen uno de los mayores hallazgos literarios. Los relatos, escritos por el japonés Ryunosuke Akutagwa, no son de los más brillantes a nivel de estilo, pero construyen la base perfecta para que, en la década de los 50, Akira Kurosawa encontrase la inspiración para rodar Rashomon, una de las películas más importantes del cine japonés y la primera que traspasó fronteras, llegando hasta el mismísimo Hollywood.  De hecho, creo que es la adaptación que más ganas tengo de ver tras leer este libro porque creo que Kurosawa engrandece los relatos y acentúa ese tremendo misterio que envuelve a la trama. Por último, antes de pasar a la reflexión final, me gustaría criticar el hecho de que en Historias de Cine aparezcan solo cuatro relatos escritos por mujeres frente a siete escritos por hombres. J. A. Molina Foix se excusa lamentando no haber podido incluir todas las historias que le hubiera gustado, pero creo que el haber añadido en esta antología tres relatos más con nombre de mujer no costaba nada. En estos temas no hay excusas que valgan.


Las historias surgen de lo más inverosímil. De un gesto, de una conversación, de una noticia que vemos por televisión, de una posición política, de una actitud concreta, de un sueño, de una pesadilla que nos ha asaltado en mitad de la noche, de nuestra percepción del mundo, de un cuadro colgado en la pared, de una fotografía olvidada en un cajón, de un llanto, de una palabra, de un gemido, de lo que amamos, de lo que detestamos, de una historia que leímos hace mucho tiempo, de una persona que nos inspira, de nuestros propios temores, de un animal, de un suceso traumático, de la soledad, de la certeza de que las cosas se pueden apreciar desde otro ángulo...Nada ni nadie está a salvo de protagonizar, en la mayoría de los casos inconscientemente, una historia. Pero si en la literatura, éstas historias se plasman en forma de palabras y en formatos en los que el lector tiene que hacer uso de su imaginación para componer en su cabeza la atmosfera y los personajes de la trama, en el cine es completamente diferente. En el conocido como séptimo arte, las historias cobran vida gracias a las acciones. Las y los guionistas escriben en base a lo que los personajes hacen o dejan de hacer. Da igual si éstos caminan, corren, tropiezan, lloran, ríen, tocan el piano, fuman, se baten en duelo, desmayan, mueren, matan, besan, pegan...Toda acción tiene su importancia, y con ellas los símbolos, Sin ambas características, el cine no sería cine. ¿Cómo sería el Padrino I si Don Vito Corleone no falleciese en un campo de naranjos ante la inocente mirada de su nieto? ¿Sería igual Psicosis sin la famosa escena de la ducha, o más importante aún, sin la maravillosa e inquietante escena de Janet Leigh conduciendo al principio del film? ¿Titanic seguiría siendo Titanic sin la escena del beso de los dos protagonistas encaramados en uno de los extremos del barco? ¿Tarantino hubiese sido recordado si hubiese decidido suprimir el baile entre Uma Thurman y John Travolta en Pulp Ficction? ¿Cuántos niños traumatizados se habría ahorrado Disney si la madre de Bambi no hubiese murerto al principio del film? ¿El mensaje feminista de Thelma y Louise habría desaparecido si Ridley Scott hubiese rodado un final alternativo? ¿Qué habría ocurrido si el cubo de sangre no hubiese caído sobre Carrie? ¿Cómo se las hubiese apañado Stanley Kubric sin la terrible mueca de locura de Jack Nicholson en El Resplandor? ¿Qué sería El silencio de los corderos sin las conversaciones entre Aníbal Lecter y Clarice? ¿Y Star Wars sin Darth Vader? El espectador, cuando se hace esas preguntas, comprende mejor el poder de las acciones en las películas, pues son ellas las que mueven todo: diálogos, escenarios, emociones, interpretaciones...Por eso, aunque la literatura y el cine son dos artes bien diferenciadas entre si, surgen ciertos puntos de contacto en los que pueden ambas disciplinas darse la mano. No es casualidad que muchos escritores hayan sido reclutados por directoras o directores para escribir guiones cinematográficos, como no lo es tampoco a la inversa, que los propios guionistas acaben sucumbiendo de vez en cuando ante el género novelístico, el ensayístico o el poético. Lo que está claro es que la literatura ha sustentado y sigue sustentando a la industria cinematográfica, no tenemos que olvidar que el 80% de los guiones son adaptaciones, y que el cine, ese maravilloso torrente de emociones, incorpora nuevas técnicas literarias y ofrece un punto de vista personal de la novela que todos creemos conocer. Historias de Cine: once relatos diferentes, potentes, intensos, cinematográficos, desiguales en calidad, interesantes...Once historias que el cine convirtió en iconos inmortales.

Frases o párrafos favoritos:

"Los pájaros habían estado más inquietos que nunca desde el final del año, la agitación era más apreciable porque los días eran apacibles. Mientras el tractor seguía su camino subiendo y bajando las colinas del oeste, la silueta del granjero perfilada en el asiento, el vehículo y el hombre encima se pedían de vista momentáneamente ocultos por una gran nube de pájaros que revoloteaban y chillaban. Eran muchos más de lo habitual; Nat estaba seguro de eso. En otoño siempre seguían al arado, pero en bandadas tan grandes como esas, no con tal clamor."

Película/Canción: es obvio, todos los relatos que aparecen en este libro han sido adaptados más pronto que tarde al cine. Sin embargo, y en lugar de adjuntar los once trialers de las once películas, he optado por, ya que hemos hablado de películas clásicas, finalizar con otro clásico, con la música del compositor de bandas sonoras Bernard Herman. Unas piezas entre las que, sorpresa, se encuentra la de la inquietante Psicosis.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela