Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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miércoles, 12 de mayo de 2021

RESEÑA: La ladrona de fruta.

 LA LADRONA DE FRUTA


Título: La ladrona de fruta. 

Autor: Peter Handke (Griffen, Austria, 1942). Premio Nobel de Literatura 2019, es todo un clásico contemporáneo de la literatura en lengua alemana. Su medio centenar de novelas, ensayos y obras de teatro tienen en común la angustia de la soledad y la incomunicación, con un estilo original que nunca renuncia a la creación cerebral. También ha escrito algunos guiones cinematográficos para Wim Wenders y dirigió la película La mujer zurda, basada en una novela homónima. Entre los numerosos numerosos premios que ha recibido a lo largo de su carrera es de destacar el Georg Büchner, equivalente al Cervantes de las letras alemanas. Handke también es autor de Contra el sueño profundo, La tarde de un escritor, Carta breve para un largo adiós, Desgracia impeorable, El miedo del portero al penalty o La noche de Morava entre otros. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: alemán. 

Sinopsis: Alexia, a la que todos llaman "la ladrona de fruta" va a emprender una "Expedición-de-una-sola-mujer" por la Picardía francesa en busca de su madre. Antes de partir, su padre le da algunos consejos para el camino. Pero el relato se inicia con Alexia, sino con el narrador, que parte un día de agosto de la "bahía de nadie": ¿para qué?, ¿para observar a "la ladrona de fruta"?, ¿para acompañarla en silencio? No: para dar fe de sus experiencias y aventuras en su viaje iniciático. 

Su lectura me ha parecido: densa, meta literaria, actual, pesimista, crítica, cálida, detallista, abrumadora en su lenguaje así como en datos, épica desde lo contemporáneo, reflexiva, un viaje (explícita e implícitamente) … En su híbrido ensayo la también Premio Nobel de Literatura Olga Tockarczuk - cuyo nombre sonó junto al del autor que ocupa la presente reseña delante del solemne portón dorado y frente a una nube de periodistas procedentes de medio mundo - hacía una pertinente distinción. Para la autora polaca lo volátil, lo móvil, en definitiva, lo errante, es civilizado según nuestra propia concepción europeísta y etnocentrista. Mientras que lo directo, ese lugar que se fija en el mapa para ir por el motivo que sea, se antoja más una conquista que cualquier otra acción. Los turistas invaden, llenan monumentos, dejan dinero en la ciudad y se van. Un poco como los bárbaros (o lo que desde una posición, de nuevo, no exenta de prejuicios consideramos como tal) al efectuar sus incursiones de conquista. Porque sí, los turistas conquistan, en una época concreta del año, pero a diferencia de los pueblos que acabaron por tomar Roma - por citar un ejemplo - o bien no vuelven nunca más o repiten, en sus ansias por seguir atesorando recuerdos, vivencias, instantáneas que ilustrarán los álbumes familiares del primer estante de la biblioteca del comedor. Siguiendo la opinión de Tockarczuk el verdadero viaje sería el no planificado, el que se emprende no por placer sino por conocimiento, el que supone un ejercicio de autodescubrimiento, el que no sigue la corriente - o el que escapa de las vías de turismo más tradicionales - y, por supuesto, el que no atiende a coherencia, horarios, necesidades generalizadas o plazos. Si bien es cierto que, para emprender una travesía como la que Tockarczuk nos expone en Los errantes, tendríamos que haber superado las trabas que el capitalismo más salvaje nos pone y, tener un nivel económico lo suficientemente solvente y, por supuesto, que la sociedad en general viese con buenos ojos otras opciones menos planificadas y más austeras (y no solo a nivel material). Dicho esto, fue una casualidad casi prodigiosa el toparme con esta conexión entre la escritora polaca - famosa por su literatura a caballo entre la crítica ecologista y un realismo mágico propio - y el autor austríaco de apellido casi cinéfilo - lo sé, Handke y Haneke no se parecen en nada, pero en mi cabeza parece ser que sí - de polémicas y despreciables declaraciones - sus opiniones negacionistas acerca del genocidio de Sreberinca causaron bastante revuelo - de innumerables  galardones literarios - incluyendo el Nobel de Literatura del año 2019 - y de una producción literaria larga y potente. Esta, mi primera incursión en su universo novelístico, os aseguro, no será la ultima. La ladrona de fruta: viaje iniciático, observación y la Picardía francesa. 


Este libro no es lo que parece. Eso os lo comento ya de antemano. Ni siquiera la brevísima sinopsis que nos encontramos en la contraportada refleja el mamotreto literario al que debe enfrentarse el lector si su objetivo es hincarle el diente para saciar cualquier apetito placentero o intelectual. Handke no es un escritor fácil, de hecho, está en las antípodas de lo que podríamos considerar literatura del montón. Handke viene de lo incómodo, de una posición de insumisión célebre dentro del conjunto literario europeo, de la experimentación, así como de un frontal rechazo a cualquier servidumbre de carácter comercial que implicase una traición a sus propios valores, y por tanto, a su propia forma de escribir y de concebir la literatura. Aún así y a pesar de sus polémicas opiniones de carácter político - de las cuales he citado un ejemplo en el primer párrafo - eso no ha evitado recibir en la última década aquellos galardones que acaban por engrandecer o condenar la carrera de un escritor. Esto no quiere decir, repito, que ser Premio Nobel sea sinónimo de escritor de difícil comprensión (de hecho, otras y otros galardonados se han caracterizado por poseer un estilo más accesible para el gran público tales como Svetlana Alexiévich, Alice Munro, Patrick Modiano o Kazuo Ishiguro entre otros) pero en el caso de Peter Handke hay que informarse previamente, aunque sea a través de reseñas u opiniones varias - hasta en caliente diría yo -, no vaya a ser que pensemos que nos vamos a topar con la típica historia veraniega para entretenernos sin pensar mucho cuando (y aunque lo estival está muy presente) es mucho más. Sí, La ladrona de fruta se ambienta en la estacijón más calurosa. Sí, el lector será testigo del viaje que emprende Alexia - cuyo apodo da título a la presente novela y confieso que me encanta - a lo largo de tres días en los que recorrerá parte del territorio francés hasta llegar a la Picardía. Y sí, existe un objetivo, el de encontrarse con su madre además de suponer una especie de viaje iniciático, de un acceso a la madurez desde la juventud. Pero, La ladrona de fruta es eso y mucho más. Podríamos pensar, antes de adentrarnos en sus páginas, que Alexia será la que lleve la voz cantante, la que nos guíe a través de las ciudades y pueblos que deja a su paso, que conoceremos su historia a través de sus pensamientos. Sin embargo, la sinopsis nos da la clave de que esto no va a ser tan fácil. Que es probable que disfrutemos de la novela, pero que el camino será largo, algo denso e introspectivo, muy introspectivo. Para empezar, Alexia - alias la ladrona de fruta - resulta ser el personaje más llamativo de cuantos se encuentra el verdadero narrador, quien parte de un lugar desconocido y la acompaña, en silencio, sin estridencias, observando sus pasos, decisiones, lugares por los que pasan. Todo para dar fe de su recorrido, del viaje que emprende y que, al mismo tiempo, le sirve a él de reflexión interna como viajante, escritor, intelectual y persona que le importa el contexto que tiene lugar a su alrededor. ¿Veis como no era simplemente un libro sobre unas vacaciones soñadas entre cobertizos, ríos y atalayas medievales?


Dividida en dos partes, La ladrona de fruta se presenta como una especie de continuación de una novela anterior - Por la sierra de Gredos (2002) y de la cual no entraré a hablar - y en la que al parecer hay un cambio de papeles. Si en Por la sierra de Gredos la historia giraba entorno a una madre en busca de su hija, en La ladrona de fruta es una hija la que emprende el viaje para encontrarse con su madre. Una odisea que, como ya he anticipado en el anterior párrafo, tiene un profundo poso de autodescubrimiento y confecciona el marco perfecto para que su autor, Peter Handke, exponga reflexiones entorno al conocimiento, la vida en general, el errante caminar - de ahí la conexión con Tockarczuck - los males de la sociedad actual así como sus reflexiones desde su posición de intelectual y escritor. Con un detallismo casi exhaustivo, Handke detalla los preparativos para el viaje del narrador - su alter ego - así como su condición de outsider social. Más adelante, vemos como éste va anunciando la aparición de Alexia hasta que finalmente se encuentran en un pueblo. A partir de ese momento, el narrador sigue los pasos de la ladrona de fruta en su viaje de "expedición-de-una-sola-mujer" por una tierra salpicada de castillos y arquitectura medieval. Es en ese momento en el que el narrador se echa a un lado para otorgarle cierto protagonismo, que no todo, a Alexia en su particular odisea. Dicho esto, observamos como Peter Handke, en palabras de la traductora Ana Montané, trata en La ladrona de fruta de redefinir, o de actualizar, el género de las epopeyas medievales. Aquellos textos que en prosa o en verso buscan narrar las aventuras del protagonista, un caballero y a menudo acompañado de un escudero, en la búsqueda de un objetivo concreto. Que la novela transcurra en la Picardía francesa - famosa por sus fortalezas góticas e impresionantes construcciones de la Plena y Baja Edad Media - ya nos sumerge en el mismo paisaje (aunque restaurado y visto con los ojos de alguien que habita el siglo XXI). Por no hablar del sentido del viaje, más allá de las reflexiones entorno a si se debería o no perseguir una motivación para emprenderlo, y ese joven que aparece en el tramo final, convirtiéndose en ese "escudero" contemporáneo que le faltaba a la historia. Aquí el caballero andante - tan celebrado y popularizado unos siglos después por Miguel de Cervantes - es en realidad una mujer decidida, fuerte y que está dispuesta a llevar a cabo su empresa. Por otro lado, Handke nos adentra en senderos poco transitados dentro de la literatura de viajes donde emergen los debates más candentes de la sociedad actual, así como su visión más deprimente: la indefensión de los inmigrantes ante la injusticia que se comete contra ellos, una población cada vez más "empantallada" o la vulneración de los espacios naturales. De este modo, lo que parecía un viaje al interior de Francia se convierte en un viaje al interior de la mente del escritor. Una cabeza en plena ebullición, en busca de una historia, de la inspiración, de aquello que haga fluir la tinta de la pluma. Algo que Peter Handke parece encontrar en Alexia, en la literatura medieval - especialmente la del escritor alemán Wolfrang von Eschenbach - y en la certeza de que, observando (ojo a las pormenorizadas descripciones de la novela) conseguirá culminar su obra magna. 

La ladrona de fruta: una historia de etapas, paisajes de otro tiempo, adalides, aprendizajes, iniciación, fascinación, deambular, acontecimientos insustanciales que acaban marcando un antes y un después... Una vuelta de tuerca contemporánea a uno de los géneros literarios más antiguos de la historia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y, además, el fuego, también preparado ya hacía raro, ardía, crepitaba, crujía, chisporroteaba y rugía en la chimenea, que, de nuevo, no era ni demasiado pequeña ni demasiado grande, tenía justo las proporciones adecuadas para esta noche. ¿Un fuego de chimenea en verano? ¿Y qué? ¿no estaba la mesa, que no era de ébano, o de mármol, pero tampoco de contrachapado o de plástico, puesta, no con porcelana de Limoges y cristal de..., pero tampoco con... ?: todo eso, como solo en las historias antiguas, muy antiguas. "¿Solo?" ¿Entonces eso quería decir: que a diferencia de en la vida, en realidad? ¡No! También en la vida sucedían cosas así, de vez en cuando y justo en el momento adecuado, y también en la realidad; lo real de la realidad."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 30 de abril de 2019

RESEÑA: Notas desde un manicomio.

NOTAS DESDE UN MANICOMIO

Título: Notas desde un manicomio.

Autora: Christine Lavant (1915, Gross-Edling – 1973, Wolfberg), que en realidad se llamó Christine Thonhauser, nació en un pueblecito de Carintia, San Esteban, en el valle del Lavant, de donde tomaría posteriormente su pseudónimo. La autora pasó la mayor parte de su vida en su pequeño pueblo, donde había nacido como novena hija de una familia de mineros. Introvertida, rodeada por la pobreza y la enfermedad, se ganaba la vida tejiendo. Fue honrada con numerosos premios literarios, entre ellos el Premio Nacional de Literatura de Austria en 1970, tres años antes de su muerte. (Fuente: Editorial).


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: alemán.

Traductora: Nieves Trabanco.

Sinopsis: Ésta es la historia de muchas opresiones y de una insurrección. Es también la historia de una rendición. Es, al fin y al cabo, la historia de una mujer pobre, sin recursos, que quiere —que necesita— dedicarse a leer y escribir. De una mujer que no será, como se espera de ella, ni esposa, ni madre: será poeta. Nietzsche decía que quien más sufre exige con la mayor intensidad la belleza, la produce; y bien podría estar hablando de este libro. En él, Christine Lavant, una de las poetas austriacas más admiradas, pero secretas, del siglo xx, narra su estadía voluntaria de un mes y medio en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt en 1935. Lavant no escribió este fulgurante texto hasta 1946, once años más tarde, y no consintió en publicarlo mientras vivía porque era demasiado personal: en él registra su fallido intento de suicidio, su insomnio, la convivencia con sus excéntricas compañeras, la autoritaria presencia de los médicos y su lucha diaria por sobrevivir escribiendo. Con una prosa exquisita, íntima y exacta, estas páginas tienen una desgarradora potencia. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Personal, íntimo, sin orden (ni falta que hace), crítico, breve, que trasciende a lo puramente testimonial, paradójicamente lúcido... A menudo el contexto nos juega malas pasadas. Y no me refiero a "contexto" como pasado histórico, más bien me gustaría retrotraerlo a la actualidad, y en concreto, al fin de semana que acabamos de dejar atrás. Cuesta hablar de ello. No os podéis imaginar el nudo que tengo ahora mismo en la garganta mientras escribo estas líneas. De hecho, por desgracia, no es la primera vez que soy testigo de ello. Lo que me lleva a encerrarme en mi misma, sacar a relucir ese gélido caparazón de tortuga para cobijarme bajo su protección, engancharme a mis auriculares y tratar de no pensar en ello. En que el pasado sábado mi padre llamó loca a mi madre. No hace falta ser muy lista para darse cuenta de que la locura y el sexo femenino han ido muchas veces de la mano, en lo que a descalificaciones provenientes del patriarcado más rancio se refiere, y por supuesto, siempre en relación con un ahogado grito de reconocimiento, libertad, independencia, escucha, comprensión, respeto u oportunidad por parte de la mujer. "Se vuelve loca" esa es la expresión que mi padre suele soltar a modo de autodefensa y justificación, como si él no tuviera la culpa de nada. Por ello digo que a menudo el contexto, el más reciente, nos puede afectar, y más cuando (casualidades de la vida) decides que el texto, el único texto de Christine Lavant traducido al español, aborda precisamente esa problemática. La siempre escabrosa, terrorífica y machista relación de las mujeres con el campo de la salud mental. ¿De verdad las mujeres estamos locas? ¿De verdad, hombres del mundo, no os habéis parado a pensar que a lo mejor la culpa la tiene que el mundo ha sido construido a vuestra imagen y semejanza, dificultando o dejando directamente fuera a las mujeres con talento? Notas desde un manicomio: el testimonio más allá del testimonio.

   Introduciendo "mujeres y salud mental" en el buscador de imágenes de Google, éste nos ofrece una respuesta de lo más clarificadora. Por un lado, abundan los carteles o fotos de congresos en los que se aborda el tema desde una perspectiva feminista. Lo cual nos puede hacer pensar que se está avanzando mucho en este aspecto. Sin embargo, en cuanto deslizamos el dedo por la rueda del ratón hacia abajo, descubrimos imágenes tremendas (como la de una publicidad de medicamentos capaces de tornar en sonrisa los labios de una mujer) o la insólita fotografía de Hugh Hefner posando con dos conejitas (la volatilidad de los algoritmos sigue siendo todo un misterio). Si seguimos bajando, entonces encontramos algunas (que no todas) de las causas por las que las mujeres sufrimos más enfermedades mentales y por tanto, somos las principales usuarias de psicólogos y médicos especializados. La mayoría de ellas, representadas bajo el paradigma de una mujer al bode de la extenuación y con mil cosas entre los brazos y en la cabeza. A lo que se conoce como "carga mental", en internet se reduce a un dibujo animado rodeado de mil y un bocadillos entre los que se puede leer: "cena", "compra", "reunión a las 17:00", "medicamento para la hija", "clases de violín del hijo", "tutoría"... Algo que, por supuesto, los hombres rara vez sufren. Ahora bien, si en lugar de "mujeres y salud mental" tecleamos "mujeres y salud mental en la historia", la panorámica que se nos ofrece es más inquietante. Y si a esa búsqueda le añadimos palabras tan fuertes para algunos como "psiquiátrico" o "manicomio", entonces ya nos adentramos en los inicios de una película de terror. Las fotografías antiguas se intercalan con otras más modernas (en las cuales se hace gala del buen mantenimiento de las instalaciones o de los procedimientos en dichos centros), no obstante, son las primeras las que de verdad permanecen en la retina de la curiosa o curioso internauta. Desde estampas de patios al aire libre en las que los internos aparecen de pie, sentados o encogidos en el suelo, hasta instantáneas donde podemos percibir las consecuencias de el aislamiento y las camisas de fuerza, pasando por las archiconocidas sesiones de electroshock que tantas veces hemos visto en el cine. Cuyas muecas de dolor y mandíbulas desencajadas podrían haber inspirado algún cuadro de Goya en su última y oscura etapa. Entre el estereotipo y lo verídico. Entre el terror y el rigor médico. Así oscila la percepción de las enfermedades mentales por parte de la sociedad. Y aunque, sobre todo el cine, ha contribuido a confeccionar una imagen un tanto perturbadora de la o el enfermo mental (no todos son asesinos psicópatas), en esta ocasión debemos decir que la ficción no anda tan despegada de la realidad. O al menos es lo que destilan las páginas del texto de Christine Lavant.

   Pongámonos en antecedentes. Christine Tonhauser (nombre real de la escritora austríaca) nació a principios de siglo XX en un pequeño pueblo llamado Gross-Edling en el valle del Lavant (nombre que posteriormente usaría como apellido). Siendo la novena hija de una familia pobre, dedicada a la minería, sintió a una edad muy temprana la necesidad de escribir y desarrollar su talento literario. No obstante, las perspectivas de futuro no eran tan alentadoras como ella se imaginó ya que, al igual que habían hecho las mujeres de su familia, lo que se esperaba de ella era que se casase, tuviese hijos y dedicase su vida al cuidado de éstos y del hogar. Eso, sumado a su carácter retraído y atormentada ante la idea de no encajar y no cumplir con las expectativas de su condición femenina, fueron los motivos por los que, en 1935, decidió ingresar por voluntad propia en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt. De este modo, Christine buscaba respuestas y la ayuda de los médicos para que consiguiesen enderezarla, hacerle ver que su destino era el de ser madre y esposa, para que sus padres no se sintiesen decepcionados, para asumir, en última instancia, su rol debía ser el de una mujer hacendosa y sumisa. Afortunadamente, entre las pertenencias que Christine se llevó consigo figuraban un cuaderno y unos cuantos lápices. Elementos que le servirían, durante su estancia, para contar al mundo el estado de las instituciones mentales, así como el trato que sus empleados ejercían con los pacientes. Tras seis semanas de internamiento, Christine Tonhauser  (a partir de ese momento Christine Lavant), con la urgencia de seguir escribiendo y con la certeza de que jamás asumiría el papel de esposa sacrificada.

   Teniendo en cuenta este breve e imprescindible apunte biográfico (tranquilas/os, aunque os haya contado el final no os he hecho un spoiler) tenemos que empezar diciendo que no estamos ni ante una novela, ni ante una autobiografía al uso (aunque si parcial), ni ante un ejemplo de metaficción, ni siquiera ante un diario; sino ante notas. Notas sueltas, sin un orden claro, sin una separación física - no hay capítulos - que van de un lado a otro, contándote cuestiones bien diferentes pero con un claro nexo de unión: la certeza del lugar en el que se encuentra, lo que sus ojos ven y las historias que escucha por parte de otras internas así como de los propios médicos. Este aparente caos narrativo no es tal si tenemos en cuenta las circunstancias en las que fue escrito (dentro del propio psiquiátrico) y  ese carácter testimonial que va más allá, como he dicho antes, del propio testimonio, ya que se nos presenta con una calidad nada desdeñable. Desde un intimismo bárbaro en cuanto a su complejidad, la descarnada voz de Lavant nos habla desde las sombras, lugar en el que se encuentran los pacientes del psiquiátrico - muchos de ellos rechazados por sus familias y por la sociedad en general - , pero también desde la perspectiva de quien decidió ingresar por voluntad propia, algo que, según ella, la distingue del resto, considerándolo como un hándicap en su proceso de recuperación. Lo que no sabrá es que, por el camino, irá conociendo la realidad de aquel lugar - no tan diferente a la de otros centros de la época - además del machismo imperante por parte de los que trabajan en su interior. Enseguida el lector puede apreciar la estricta jerarquía (y sus diferencias internas) así como las relaciones médico-paciente y como de ellas se desprende un trato paternalista cuyo reflejo más inmediato tiene lugar en empobrecimiento del propio sistema. En lugar de mejorar la salud mental de las pacientes, se recurre a comportamientos y tratamientos que ponen aún más en peligro la estabilidad emocional de éstas. Un ejemplo podría ser el hecho de que se considerase que algunas de estas mujeres sufren mal de amores y que por eso están ahí o que recomienden buscarse a una mujer para que les enseñase tareas domésticas una vez salgan del hospital. Podríamos achacarlo a la época, donde comentarios de ese tipo eran aceptados e interiorizados por las propias mujeres. Sin embargo, ¿creéis que hemos cambiado mucho de un tiempo a esta parte?

   En última instancia y antes de dar por finalizada la reseña del presente libro, queda por hablar de la gran cuestión. Y es que como hemos podido apreciar, el concepto "sana" - en femenino por supuesto - es automáticamente sinónimo de mujer que se amolda a los roles patriarcales. Ante ese panorama, estoy convencida que no pocas en esa misma situación, viéndose privadas de libertad por culpa de no ajustarse a lo que se espera de ellas, habrían acabado con sus vidas de la forma más rápida posible. No debemos olvidar, y la historia nos lo confirma, que muchas de estas pacientes estuvieron internadas en centros psiquiátricos en contra de su voluntad. De este modo, el manicomio - palabra que hoy sigue siendo tabú - se convirtió en la cárcel del talento femenino. En la prisión en la que muchos sueños y aspiraciones desaparecieron sin dejar rastro. La desconfianza en dicho sistema salvó a Christine Lavant del abismo, tal vez incluso de la muerte, algo que nos habría impedido disfrutarla en todo su esplendor. Actualmente las técnicas han avanzado y se está luchando para que la psiquiatría adquiera esa perspectiva de género tan necesaria y urgente. Aún así, ¿es posible que estos lugares infernales hayan mutado? ¿Es posible que exista confinamiento y pérdida de identidad hoy en día? ¿Es posible que los propios hogares se hayan convertido en el lugar de opresión más asfixiante? ¿Es posible que el patriarcado quiera volverlas a encerrar cambiando la institución mental por una cocina, una lavadora o un suelo que limpiar? ¿Es posible que ni siquiera algunos hombres, cómplices del sistema, no sepan o no quieran verlo? Sí, es posible. Charlotte Perkins Gilman no andaba tan desencaminada en su El papel pintado de amarillo, como tampoco Christine Lavant en su brutal y curiosamente lúcido testimonio, como tampoco lo están todas las mujeres que, como Charlotte o Christine, desean desarrollarse más allá del calor del hogar, la familia y la pareja. No estáis locas, ninguna de vosotras, sólo necesitáis respirar y la oportunidad de hacer realidad vuestras aspiraciones.

   Notas desde un manicomio: una historia de supervivencia, machismo, terribles diagnósticos, depresión, incomprensión, tenacidad, verdad... Una prueba más de lo mucho que queda por avanzar y de lo poco que en algunos casos hemos cambiado.

Frases o párrafos favoritos:

"Mientras que aquí se me considere una invitada de paso y que yo misma me sienta como tal, no habré traspasado la última frontera”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

viernes, 29 de marzo de 2019

RESEÑA: Juventud sin Dios.

JUVENTUD SIN DIOS

Título: Juventud sin Dios.

Autor: Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901- París, 1938) El intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth es considerado uno de los escritores en lengua alemana con una visión más lúcida de los acontecimientos políticos y sociales que llevaron a la sociedad alemana a la Segunda Guerra Mundial. Autores como Hermann Hesse, Thomas Mann, Joseph Roth y Peter Handke manifestaron admiración por su obra. En 1931 fue galardonado, junto con Erik Reger, con el Premio Kleist. En 1933, con la llegada de Hitler al poder en Alemania, se mudó a Viena y en 1938 a París, donde murió al caerle encima la rama de un árbol durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos. (Fuente: Nórdica Libros).


Editorial: Nórdica libros.

Idioma: alemán.

Traductor: Isabel Hernández.

Sinopsis: "Al igual que hizo Michael Haneke muchos años después en La cinta blanca, Ödön von Horváth narra en esta prodigiosa novela los orígenes del nacionalsocialismo y cómo la semilla del mal ya estaba presente en los jóvenes y en su educación. El narrador de Juventud sin Dios es un joven profesor a quien el director del colegio le pide que no corrija a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, y le recuerda, además, que su obligación es «educar para la guerra». Los valores patrióticos se inculcan en una especie de campamento paramilitar en el que se producirá un crimen misterioso. Horváth escribió esta obra en el verano de 1937, exiliado en Henndorf, en las proximidades de Salzburgo, y se publicó ese mismo año, alcanzando rápidamente una gran popularidad, incluso en el extranjero, siendo traducida a diez idiomas en los dos años siguientes. Las referencias a la realidad del nazismo son el elemento central en una obra en la que el autor describe una curiosa mezcla de la Alemania nazi con la Austria prefascista." (Sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: intrigante, ágil, inquietante, perversa, sorprendente, cero optimista, espeluznante... "Una crisis económica nunca trae nada bueno". Con estas palabras exactas sentenció la profesora de historia que tuve en cuarto de la ESO a raíz de una pregunta de un compañero o compañera (no recuerdo bien) mientras abordábamos las consecuencias del famoso crack del 29. Y no, no lo decía en relación a lo que el pueblo norteamericano sufriría tras una de las crisis más famosas y cinematográficas del capitalismo. En ese momento no le di tanta importancia, pero, al cabo de unos meses, cuando nos tocó enfrentarnos a la crudeza del Nazismo, supe entonces que aquellas palabras tenían más peso de lo que al principio me pareció. Si algo me ha enseñado la historia, tanto en mis años de estudiante de secundaria como posteriormente durante la carrera, es a pensar a largo plazo, a estar al día con lo que pasa en el mundo, a no quedarme con una sola opinión (de hecho, desde hace un tiempo que me he acostumbrado a ver las noticias del día en tres telediarios diferentes para desayunar, comer y cenar) para formarme un espíritu lo más crítico posible, pero sobre todo, a ser consciente de que la historia, muy a mi pesar, puede repetirse. Y esto, a día de hoy, no es un tópico o una frase bonita sin más sacada de cualquier página de citas célebres, por desgracia para todas/os es muy real. Y si no, que nos lo digan a nosotros, con el panorama que actualmente tenemos a nivel político, económico y social. Un caldo que a lo largo de todo este tiempo ha hervido a fuego lento y que ahora, a las puertas de las elecciones nacionales más inciertas de la historia de nuestro país, puede desbordar en cualquier momento. Tengo miedo, no lo voy a ocultar. Miedo de que las palabras de mi profesora del instituto (la más antipática e inspiradora que he tenido en mi vida) resuenen constantemente en mi cabeza cada vez que pongo la tele, de que esté siendo testigo de un discurso de odio y de desinformación que creía que la sociedad había superado, y lo más importante, tengo miedo de que, lecturas como la que hoy tengo el placer de reseñar, puedan estar teniendo lugar a mi lado. Juventud sin Dios: desenmascarando al Nazismo.


Las motivaciones que me llevaron a hacerme, gracias a Nórdica libros, con un ejemplar de Juventud sin Dios fueron en concreto dos. La primera, en parte, viene justificada por esa sobredosis que toda y todo futuro historiador experimenta cuando de pronto, un día, le hablan del Nazismo en el Instituto. En mi caso, para seros sincera, fue bastante heavy. Me obsesioné tanto, hasta el punto que, aquel mismo año, hice tres trabajos para tres asignaturas diferentes sobre esta temática. ¿El resultado? Llegué a los siguientes cursos siendo una experta en el tema, y a la carrera con la sensación que lo que había aprendido por el camino eran simplemente las migajas de lo que posteriormente descubriría en aquellas abarrotadas aulas. Luego, como es normal, vino el desencanto. Tanta sobredosis, sea de lo que sea, nunca es buena. Para después caer en el hastío (cosa que ahora me da mucha pena). Por fortuna, el Máster consiguió aportarme una mirada diferente, nuevas herramientas y sobre todo, nuevos nombres a los que poder acercarme relacionados con la etapa más oscura de la historia del país germano. La base entonces, estaba ahí, en continua formación, autoalimentándose y ampliándose a una velocidad, que si bien era pausada, su constancia, por el momento, no ha desaparecido. Además de esta razón, la segunda motivación que me impulsó fue, y gracias de nuevo a un profesor (uno de los más sabios, temidos e imponentes de la facultad), mi descubrimiento por la conocida como "época de entreguerras" o lo que es lo mismo, los años 20 y 30 del pasado siglo XX. Nunca pensé que aquellos años de desenfreno y posterior crisis económica diesen tanto de si, y menos descubrir que, un periodo tan corto de tiempo pudiese asentar las bases de lo que ocurrió después y que todas y todos conocemos. Eso me fascinó. Lejos de quedarse ahí la cosa, también descubrí las figuras de algunas de las y los intelectuales más potentes de Europa. ¡Y yo que hasta ese momento pensaba que la vanguardia literaria estaba en Estados Unidos con Scott Fitzgerald y compañía! ¡Que equivocada estaba! ¡Ojalá Herman Hesse, Emmy Henings, Leonhard Frank, Thomas Man y sobre todo Stefan Zweig hubiesen aparecido en mi vida antes! ¡La de noches que habría pasado en vela! ¡La de libros que habría descubierto! ¡La de historias maravillosas que abría devorado! La vida es la que es así, impredecible y en este sentido algo injusta. Sin embargo, y como es imposible (de momento) retroceder en el tiempo, dicha carencia la completo leyendo sus libros y descubriendo por el camino a otras y otros autores. De ese modo fue como conseguí dar con Ödön von Horváth, del que por supuesto jamás había escuchado hablar, y cuya biografía me resultó extraordinariamente breve y valiosa al mismo tiempo. Juventud sin Dios es, por el momento, el primer libro suyo que leo, y de verdad, espero que no sea el único.


En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, y saltándome todos los protocolos seguidos anteriormente, comenzaré por lo primero que ve el lector nada más toparse con la presente edición: su portada. En serio, desde aquí me gustaría felicitar a quien o a quienes hayan trabajado en el diseño de esta, así como a la mente brillante que tuvo la genial idea de escoger esa foto de las Juventudes Hitlerianas como carta de presentación. El objetivo es claro: contextualizar al lector y provocar inquietud. Dicho con palabras más coloquiales, dar yuyu. Lo del contexto queda claro nada más fijas la mirada en ella, pero, ese segundo golpe de efecto es magistral. Las miradas de esos dos niños que, uniformados, dirigen al lector consiguen cortar la respiración, helar la sangre, que éste se sienta incómodo. ¿Son de verdad niños alemanes bajo el Tercer Reich o por el contrario se han escapado de alguno de los pasajes de Los chicos del maíz? Pronto lo sabremos, mientras tanto, podemos asegurar a ciencia cierta que el objetivo se cumple con creces. Cuando el lector se adentra en Juventud sin Dios se encuentra, para su más grata sorpresa, con una narración ágil, dinámica, que va directa al grano, con unos capítulos realmente breves (alguno no alcanza las tres páginas), cuyos títulos rezuman una simpleza de manual pero que, sin embargo, jamás pierde la intención de la novela en su conjunto. Porque sí, queridas y queridos lectores, una novela de este calibre esconde ya no sólo una intención (la cual desgranaremos en el siguiente párrafo) sino que además, tal y como está narrada (desde un estremecedor pesimismo), Horváth nos conduce hacia una de esas reflexiones que impactan por su dureza y por estar, por desgracia, próximas a la realidad. La historia la hemos visto muchas veces reproducida tanto en la literatura y el cine. Juventud sin Dios narra, en una claustrofóbica y perpleja primera persona, la experiencia de un profesor de historia y geografía en un colegio masculino austríaco en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En una de sus clases, el protagonista decide reprender a un alumno por un comentario racista sobre la inferioridad de los negros. A partir de ahí, la situación se complica para el profesor, siendo su actitud reprochada por profesores, padres, alumnos y miembros de la comunidad, además de ser testigo de como, poco a poco, la educación de los chicos y chicas del lugar se está redirigiendo hacia una paulatina militarización. Ante esta situación, el profesor se siente un incomprendido. Busca con desesperación a quien pueda entender lo que está sucediendo y dar respuesta a esos miedos que lo acosan. Y aunque le cuesta dar con ellos (ese otro Julio César y un párroco caído en desgracia), la cobardía y un necesario instinto de supervivencia comenzarán a apoderarse de él. El ambiente se vicia, el contexto es el que es, la despersonalización ha comenzado (ahora sus alumnos responden a iniciales no a nombres completos), la automatización, el lavado de cabeza y el adiestramiento (ya no moralmente, también físicamente) ha comenzado. Nunca es suficiente si lo que está por llegar es una nueva guerra más mortífera que la anterior. Este es el punto de partida, y entre clases y entrenamientos en las colonias durante las vacaciones de verano, el lector no sólo se nutre de párrafos que apuntan directos a nuestra memoria (algunos son para enmarcar) o de diálogos en donde la metáfora adquiere un toque terrorífico, también consigue de ser consciente de un comportamiento que tristemente repetimos casi a diario. Esos "yo paso", "me la suda" o ese "mirar hacia otro lado" nunca dolieron tanto como en Juventud sin Dios. Una sonora bofetada de realidad que nos despierta, de golpe y porrazo en una sociedad, desgraciadamente la actual, que en parte se ha nutrido de estos comportamientos. Pocas veces la escritura y la posterior publicación de una novela han estado más justificadas, tanto en el momento en el que ésta vio por primera vez la luz (nada más y nada menos que en el 1937, un año terrible para ser un intelectual de izquierdas en la Austria prefascista) como en el momento actual (en el que estamos siendo testigos de un espeluznante rebrote de las tendencias fascistas en Europa y Estados Unidos). Por último, y antes de pasar a la más que pertinente reflexión final, es posible, como ya he podido comprobar en muchas reseñas, que la de Horváth no sea una novela que satisfaga algunas expectativas. Sin embargo, dejadme deciros que Juventud sin Dios es sin lugar a dudas un documento histórico, una reliquia de un tiempo convulso que guarda más misterios de lo que aparenta. Así que sed pacientes y mantened los ojos bien abiertos. Palabra de historiadora.


La rama de un árbol le arrebató la vida a Ödön von Horváth mientras, bajo una intensa lluvia, paseaba por los Campos Elíseos en el año 1938. Muchos lamentaron entonces su muerte, incluyendo grandes personalidades de la cultura germana y austríaca. Y no era para menos, Horváth se iba de este mundo con tan solo treinta y siete años. Por fortuna para todos, durante su corta vida le dio tiempo a escribir, entre otros textos, el que hoy ocupa toda nuestra atención, cuya simpleza narrativa no enturbia una intencionalidad clara y universal. Todos hemos escuchado muchas veces que sin educación, el mundo es lugar menos seguro, o que la ignorancia crea monstruos. Pues francamente, no les falta razón, ya que ambas afirmaciones son totalmente ciertas. ¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo, que se hace muy poco o nada para favorecer el aprendizaje educativo, en otras palabras, que en el fondo, a unas ciertas élites no les interesa que las nuevas generaciones aprendan más de lo estrictamente necesario. Y no estamos hablando sólo de conocimientos generales, también de todas esas herramientas indispensables para desarrollar el espíritu crítico, eso tan incómodo que, si se emplea con inteligencia y agudeza, es capaz de sonrojar a hasta a la persona más poderosa del mundo. La historia, a lo largo de los siglos, ha demostrado que la educación, además de conocimiento, es poder, y por tanto, un  privilegio al alcance de muy pocos. Durante la Edad Media por ejemplo, las clases más desfavorecidas estaban privadas de toda opción de acceso a una educación superior, favoreciendo a una élite nobiliaria capaz de poder costearse unos estudios en las universidades más famosas de Europa. Hoy en día ese patrón está desfasado. Ya no hay una clase nobiliaria al uso, las mujeres pueden acceder libremente a la educación superior y no existe discriminación por sexo o raza al respecto. Y si bien todavía prevalece una brecha social entre clases, el derecho a la educación es universal. Con este panorama y con una de las generaciones mejor preparadas de la historia, ¿cómo es posible que existan partidos de ultraderecha? O lo más preocupante ¿por qué la gente les vota? La explicación a este paradójico fenómeno la encontramos en un clásico: "la gente ve demasiado la tele". Frase a la que le deberíamos añadir varias coletillas como: "y el ordenador", "y el móvil" "y Netflix"... Pues, según varios estudios, actualmente existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que ya no consumen tanta televisión o directamente ya no la ven. ¿Es ese el problema? Pues sinceramente sí, entre otros, porque mientras mantienes los ojos pegados a la pantalla, por muy informado que crees estar, al final, resulta que no lo estás tanto. Eso es lo que consiguen las redes sociales, que además de ofrecerte la información personalizada (por tanto, sesgada) acabas quedándote con los titulares y no con el contenido de la misma. Y si a eso, además, le añadimos el poder de atracción de las grades plataformas digitales (capaces de conseguir que te tires todo un día haciéndote maratones de tu serie favorita), conseguimos la alienación total. Si algo nos enseña Horváth en Juventud sin Dios es a que con un poco de desinformación se puede conseguir que el humanismo quede aplastado por la irracionalidad del Nazismo. Traducido a nuestro tiempo:  que la gente pase de querer saber más sobre lo que pasa a su alrededor y que sólo le preocupe la calidad de las fotos de su teléfono móvil, el filtro Valencia o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. La ignorancia crea monstruos, y si además se fomenta, éstos pueden acabar devorándonos a todos. Juventud sin Dios: una historia de paradojas, cobardía, fanatismo, intolerancia, supervivencia, enfrentamiento, desamparo, con un hilo de esperanza algo descorazonadora... La prueba de que el ser humano ha vuelto a tropezar con la misma piedra.

Frases o párrafos favoritos:

"Que estos críos rechacen todo lo que para mí es sagrado no me parece tan grave. Lo que resulta más grave es como lo rechazan, sin conocerlo. Y lo peor de todo es que no quieren conocerlo de ningún modo. Para ellos, pensar es odioso."

Película/Canción: al igual que hiciese Ödön von Horvath en 1937, en el terreno cinematográfico el director alemán Michael Haneke dirige y estrena en el año 2009 La cinta blanca. Una película que describe la vida en un pequeño pueblo de Alemania de principios de siglo XX en donde tienen lugar una serie de extraños sucesos. Al final, la cinta de Haneke no deja de ser una búsqueda de los orígenes de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De ahí que se compare tanto con la novela de Horváth. Por eso y porque es un peliculón, es de justicia que en esta ocasión adjuntase su correspondiente tráiler. Espero que os animéis a verla.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

martes, 12 de septiembre de 2017

RESEÑA: Jardín de Invierno.

JARDÍN DE INVIERNO

Título: Jardín de Invierno.

Autor: Valerie Fritsch (1989) creció entre Graz y Carinthia, en Austria. Tras graduarse en 2007, completó sus estudios en fotografía y ha trabajado desde entonces como fotógrafa. Ha publicado en numerosas revistas literarias, participando en antologías, y sus textos han sido leídos en la radio. Además, ha participado en la escritura de guiones de teatro y de cine. Su primera novela Die VerkörperungEN se publicó en 2012. En 2015 ganó el Premio de Literatura Peter Rosegger por su segunda novela, Jardín de Invierno. (Fuente: Alianza Editorial).




Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: austríaco.

Traductor: Eduardo Gil Bera.

Sinopsis: Anton Invierno ha crecido en un idílico jardín con su numerosa familia, y su abuela es el epicentro de su mundo. En el horizonte se vislumbran la ciudad y el mar pero son mundos muy distantes, ignotos, universos paralelos. Todo es posible en la infancia, y en aquel jardín, hasta que Anton abandona el paraíso y se dirige a la ciudad, donde se dedica a criar aves, atrincherado en una azotea desde donde contempla el mundo. El apocalipsis parece inminente, y los suicidios están a la orden del día. Entonces, en medio del reino del caos y de la muerte, conoce a Frederike, y ella le sigue sin mediar palabra. Semanas antes de que el mundo se acabe, ellos se enamoran perdidamente por primera vez. (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: bucólica, descriptiva, bien escrita, demasiado etérea para mi gusto, bella, valiente...Queridos lectores y lectoras, como todos bien sabréis, el relato corto, el microrelato y la novela corta están más de moda que nunca. No obstante, y esto lo afirmo desde la propia experiencia personal, pienso que éste fenómeno trasciende a lo que "se lleva", que va más allá de un estilo imperante, y que son los propios escritores, sobre todo los más jóvenes, los que toman la iniciativa. Las redes sociales, el WhatsApp, Internet...Todo eso ha cambiado nuestras vidas de arriba abajo, pero, si por algo se define nuestro tiempo es por la inmediatez, una inmediatez que gracias a estas nuevas tecnologías, exigimos en todos los ámbitos de nuestro día a día. Por eso, en el terreno de la escritura, son muchos los escritores, tanto los conocidos como los que vienen pisando fuerte, los que han sabido adaptarse a esta nueva realidad, más rápida, en donde deseamos tenerlo todo al momento. Gracias a esto,  las narraciones cortas viven hoy su momento dorado. Cuanto más rápido y sencillo sea lo que leo mejor. Esto esta bien, pues, no deja de ser un ejercicio literario interesante, pero el problema viene cuando esa escritura se ve empobrecida por esa imperiosa exigencia. Por ello, es de agradecer que, de vez en cuando, el lector se tope con libros como el que hoy tengo el placer de reseñar, que aunque no es perfecto, arroja un poco de vida más allá de la simpleza. Jardín en Invierno: la poesía hecha novela.


La historia de como Jardín de Invierno llegó a mis manos es la historia de un fortuito descuido. Ya he comentado en más de una ocasión que desde hace unos años decidí ampliar horizontes e intentar conseguir colaboraciones con editoriales de este país, y la verdad sea dicha, desde el primer momento sentí una gran responsabilidad, pero también orgullo. Que grandes editoriales de este país confíen en tus reseñas levanta la moral a cualquiera. Pues bien, por medio de una de ellas, en este caso gracias a Alianza Editorial, una mañana del mes de mayo, el cartero me dejó en el buzón un sobre menos voluminoso de lo normal. Yo había acordado la lectura y la reseña de El despertar, de Line Papin, autora extraordinariamente joven de la cual pronto tendréis noticias en una futura entrada en este espacio. De modo que en ese momento pensé que se trataba de ese ejemplar. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no sólo me habían enviado El despertar, sino que un libro titulado Jardín de Invierno lo acompañó en ese viaje por correo desde la editorial hasta el patio de mi casa. Aunque ya conocía de su existencia y aunque ya había oído hablar de él en Página 2, la sorpresa fue mayúscula. En cuanto me fue posible me puse en contacto con Alianza y les comenté lo que había pasado, por si querían subsanar el error. Finalmente, acepté leer y reseñar aquella breve novela que había llegado a mi de la forma más sorprendente que recordaba. Evidentemente, y debido a que me pilló en un momento de bajón, tardé un tiempo en animarme con su lectura. No porque no me apeteciese leer en concreto esta novela, directamente, no tenía ganas de leer nada, ni siquiera esos libros que tanto había ansiado con leer en el pasado. Finalmente y justo antes de las vacaciones estivales, tomé dicho ejemplar entre mis manos y comencé a pasar sus páginas, una tras otra, hasta llegar a la última. Jardín en Invierno no se iba a convertir en una de mis lecturas favoritas, pero si que logró dos cosas, que regresase el frío y que me llevara conmigo una pertinente y necesaria reflexión.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Jardín en Invierno presenta una lectura sencilla, ligera, pero que exige por parte del lector una lectura más pausada, más recreativa, más evocadora si cabe. Si por algo destaca esta novela de tan sólo 147 páginas, es por la belleza de su prosa. Se nota que su joven autora, la austríaca Valerie Fritsch, ha prestado especial atención a este aspecto fundamental de toda creación literaria. Es más, tal y como está planteada la historia, el estilo poético es precisamente el que mejor se amolde a ella, más que un estilo directo y frío o uno que se deje llevar por el sentimentalismo más empalagoso. Sin embargo, y a pesar de todo ese trabajo, lo cierto es que en ocasiones Fritsch se pasa de retórico, de bucólico, de poético si lo queremos llamar así. Convirtiendo lo que en un principio parecía una novela tremendamente hermosa estilísticamente en un libro donde hay momentos donde la narración se atasca. Para seros sincera, yo soy una amante de este tipo de literatura, en donde los elementos poéticos juegan un papel fundamental en la narración y exposición de la historia. No obstante, reconozco que tanto recargamiento no le favorece en nada a una historia que parecía pintar bien. Hay quien opina que este estilo no funciona en textos largos y si en relatos cortos, yo pienso que todo es posible si se sabe usar en su justa medida. Pero no todo es malo en Jardín de Invierno, pues, por lo mencionado anteriormente, el lector no se encontrará una frase o un párrafo que no resulte hermoso a sus ojos. Todos ellos, y lo digo muy en serio, son dignos de enmarcar. Seguidamente, en lo que respecta a la historia, nos topamos con un inicio bastante sorprendente, por su esmero y descripción de un paisaje en el que todos querríamos estar en algún momento de nuestra vida. Ese jardín nevado y en donde se junta la diversión con los sueños, nos topamos con Anton Invierno. Dejando de lado ese inevitable símil que más de uno habrá establecido con la omnipresente Juego de Tronos en lo que respecta al nombre y apellido del protagonista, estamos ante un personaje superficial en un primer momento pero que a medida que avanzamos en la historia, va desprendiéndose de capas, dejándonos como resultado un interesante retrato del joven de nuestro tiempo. Por otro lado, el tema del apocalipsis es tratado de forma sutil, nada que ver con esas novelas en las que se aborda con actitud tremendista. Es más, por el propio estilo, parece incluso ser bello, ese fin de la humanidad y de lo que conocemos se torna en algo que exhala horror, pero también una estética digna del movimiento romántico de principios del XIX. La muerte es algo aterrador, pero no por ello, carece de un punto atractivo, estéticamente hablando por su puesto. La pintura lleva haciéndolo toda la vida ¿por qué no en la literatura? Finalmente, y aunque pensaba que eso no ocurriría por ese recargamiento poético, si que se puede vislumbrar una poderosa y tremenda reflexión, tan poderosa que es importante que la desarrollemos en el siguiente párrafo.


Muchas personas que he conocido y que pertenecen a mi generación me han dicho lo mismo cuando, por casualidades de la vida, nuestros caminos se han vuelto a encontrar. "Hoy todo el difícil", "No hay trabajo de lo mío", "¿Para qué he estudiado entonces?", "No hay futuro", "No se qué hacer con mi vida"... Todas éstas y más son algunas de las expresiones que más he escuchado en todo este tiempo desde que finalicé los estudios universitarios. Evidentemente, nadie nos va a traer el trabajo a casa, pero nadie nos ha regalado nada. Son muchos años de estudio, ilusión y esfuerzo los que de la noche a la mañana se desvanecen en cuestión de segundos y sin que a ninguno de los que ostenta el poder le importe. Por ello, ese pesimismo, ese derrotismo o incluso ese sentimiento de desarraigo y decepción para con nuestro país y nuestros gobernantes son los que imperan hoy por hoy entre las personas de mi generación, una generación con la que se ha metido todo el mundo pero que sinceramente lo está pasando mal y sufre cada vez que ve como su luz al final del túnel se va apagando poco a poco. De esta forma, a los llamados millennials, no nos queda otra que tragar y aceptar cualquier cosa, aunque ésta no tenga nada que ver con nuestros intereses o con lo que hayamos estudiado en la universidad. Algunos si pueden, y los que no, no tienen otra opción que hacer las maletas y enfrentarse a una vida lejos de tus seres queridos para poder hacer, si hay suerte, lo que de verdad deseas. La desazón, la falta de perspectivas, la incertidumbre y con la inmigración en el horizonte como, en ocasiones, única opción de subsistencia. Todos estos temas aparecen a lo largo de Jardín de Invierno, incluyendo el de la búsqueda de nuevas oportunidades fuera del lugar donde naciste, convirtiendo a Anton Invierno, como ya he comentado al principio de esta reseña, en un reflejo más o menos fiel de lo que muchos jóvenes sienten. Sin embargo, una servidora, partícipe de este generalizado sentir y que en ocasiones no puede evitar venirse abajo ante la falta de oportunidades y las cada vez más estrictas exigencias a la hora de tratar de encontrar, ya no un trabajo, sino un lugar acorde con tus ambiciones y expectativas; quiero creer que hay espacio para soñar, para luchar, para poder alcanzar nuestros objetivos más ansiados. Me han llamado "fantasiosa" por atreverme a decirlo, aunque también "valiente", y con éste último me quedo, pues sin valentía no hay nada, sólo conformismo. Un conformismo que los que ostentan el poder han pretendido generalizar entre mi generación, cortando las alas a los soñadores y bajándoles a una tierra plagada de graduados que ven su vida pasar mientras sirven en las terrazas de los bares y restaurantes. Todos tenemos miedo, todos sentimos esa inseguridad con respecto a nuestro futuro, todos somos un poco Anton Invierno, pero todos tenemos derecho a ser más felices y perseguir nuestros sueños. Jardín de Invierno: una historia de amor, incertidumbre, desarraigo, inmigración, fantasía, añoranza, caos, búsqueda de nuestro lugar...Un libro que invita a creer.

Frases o párrafos favoritos:

"Mientras afuera el mundo se deshacía en mil pedazos, las personas se acostaban juntas porque no sabían hacer con sus cuerpos que aún permanecían sanos otra cosa que apegarse entre sí en medio de todos los añicos. Del miedo a la muerte brotaban el deseo y la lujuria."

Película/Canción: hasta que eso ocurra, os adjunto la pieza musical que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Querido Handel, tú si que sabes crear atmósferas envolventes y verdaderamente emotivas.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

lunes, 2 de septiembre de 2013

RESEÑA: Cada Siete Olas

CADA SIETE OLAS
 
 
 
Título: Cada Siete Olas.
 
 Autor: Daniel Glattauer (Viena 1960). Desde 1987 colabora para el periódico austríaco Der Standard. Es autor de varias obras, pero su gran éxito es Contra el viento del Norte, finalista del prestigioso premio German Book Prize, y cuyos derechos derechos de traducción fueron vendidos a ventiocho idiomas. Glattauer también es autor de Cada siete olas, la segunda parte de Contra el viento del Norte, que contribuyó a forjarlo como escritor de éxito en medio mundo. 
 
Editorial: Alfaguara.
 
Idioma: Alemán.
 
Traductor: Macarena González.
 
Sinópsis: esta es la continuación de la inusual historia de amor en la que dos personas que jamás se han visto se enamoran perdidamente por e-mail. Leo Leike vuelve de Boston tras poco menos de un año. En casa lo esperan noticias de Emmi Rothner. Ambos se dan cuenta de que sus sentimientos no han cambiado y piensan que quizá deberían verse una vez en persona. Pero Leo ha empezado una relación y Emmi sigue casada.
 
Su lectura me ha parecido: regular. Tenía que decirlo. ¿Sabéis eso que dicen que las segundas partes nunca fueron buenas? Pues en este caso el libro que hoy tengo entre mis manos presenta ese problema, y no es poque el libro sea malo, en realidad es hasta entretenido, pero, pero, pero...La cuestión es: ¿era necesaria una segunda parte del afamado libro Contra el Viento del Norte? Muchos pensarán que si, claro, perfecto, ¿cómo no iba Daniel Glattauer a escribir la continuación de un libro que nos dejó la miel en los labios? Hasta ahi me parece correcto y estoy de acuerdo, pero mi opinión es que no merecía segunda parte. ¿Para confirmar lo que miles de lectores de Contra el Viento del Norte esperaban ansiosos? Si. ¿Para traernos una segunda entrega previsible? No. En fin, con todos ustedes: Cada Siete Olas, simplemente el desenlace de Contra el Viento del Norte.
 
Mi historia con este libro surgió en un principio como un amor a primera vista. En cuanto me enteré de que Daniel Glattauer había publicado la continuación de Contra el Viento del Norte, decidí casi en ese mismo momento que el libro debía ser mío, porque no podía dejar pasar aquella oportunidad de saber que ocurriría con Emmi y Leo, si se llegarían a ver de verdad, si seguirían hablando a través de e-mails eternamente o por el contrario terminarían por consolidar su historia de amor. Antes de comenzar su lectura intuí vagamente como sería el final del libro, después lo leí, y al confirmarse mis sospechas, pensé defraudada que su lectura no me había aportado nada que yo ya no supiera o que yo ya no intuyera. A veces la mágia de los libros consiste precisamente en eso, en hacer volar nuestra imaginación, sorprendernos y hacernos pensar en el camino que segurá la narración hasta llegar al final. Pero en esta historia tan sencilla y original a la vez, Daniel Glattauer no logró cautivarme en absoluto.
 
Resumiendo os digo que la historia está bien, siguiendo la misma original e ingeniosa linea de los correos electrónicos que pudimos ver en Contra el Viento del Norte, con ciertos reveses que hacen la historia algo interesante y un final, como digo, bastante previsible. Centrándonos en otros aspectos, cabe decir que Daniel Glattauer no iba dejar la historia a medias, ni mucho menos, pero como ya he repetido en otras reseñas, hay libros que no necesitan segunda parte, sobretodo en casos como el que nos encontramos en esta ocasión, en los que te lo compras sólo para saber como acaba la historia, que repito, no es algo malo, pero en mi más sincero parecer, creo que Contra el Viento del Norte es una novela fantástica, única, irrepetible, Cada Siete Olas es simplemente el final de esta historia tan novedosa o como dije en su momento con Carlos Ruíz Zafón con respecto al Juego del Ángel, una excusa para que el escritor y la editorial que publica las novelas gane dinero a costa de segundas partes simples y que no están a la altura de la ópera prima.
 
Por último, repito lo que dije en su momento en la reseña de Contra el Viento del Norte. las nuevas tecnologías estan cambiando nuestra forma de vida, repercutiendo sobretodo en la forma de comunicarnos. Las cartas de amor ya no caben en esta sociedad altamente tecnificada, ahora son las redes sociales, los mensajes de movil, los Whatsapp o los mismos correos electónicos los que nos están haciendo mella en nuestras relaciones sociales. Y tanto esta novela como su primera parte nos hacen reflexionar sobre ello, algo que no está nada mal. Cada Siete Olas: una novela romántica como las haya, de reflexión, pero que en mi caso, las olas no han llegado hasta la ansiada orilla.

Párrafos o frases favoritas:

"Por alguna razón, ésta es una noche triste. Oscuro final de primavera. Calma chica. Estancamiento. Estoy bebiendo un whisky. Y luego decidiré si bebo otro. Es que yo actúo siguiendo mis propios deseos. Y busco mi felicidad. Por suerte. O por desgracia. Ni idea. Eres un amor Leo. Eres un amor, de verdad. Pero ¿sólo puedes ser amado? ¿O podrás amar tú también alguna vez?"

Película/Canción: de esta novela no se conoce película alguna. Se hizo eso si, en España se hizo una adaptación teatral de Contra el Viento del Norte que tuvo gran éxito tanto de taquilla como de público. De todas formas, aquí os traigo una pieza que sugiere amor, ternura, pasión, complicidad...Todo lo que se suele derrochar en cualquier relacón sentimental, aunque se mantenga a base de golpe de tecla.


¡Un Saludo y Feliz Semana!


domingo, 26 de mayo de 2013

RESEÑA: Contra el viento del Norte

CONTRA EL VIENTO DEL NORTE

Título: Contra del viento del Norte.

Autor: Daniel Glattauer (Viena 1960). Desde 1987 colabora para el periódico austríaco Der Standard. Es autor de varias obras, pero su gran éxito es Contra el viento del Norte, finalista del prestigioso premio German Book Prize, y cuyos derechos derechos de traducción fueron vendidos a ventiocho idiomas. Glattauer también es autor de Cada siete olas, la segunda parte de Contra el viento del Norte, que contribuyó a forjarlo como escritor de éxito en medio mundo. 


Editorial: Alfaguara.

Idioma: alemán.

Traductor: Macarena González.

Sinopsis: en la vida diaria ¿hay lugar más seguro para los deseos secretos que el mundo virtual? Leo Leike recibe mensajes por error de una desconocida llamada Emmi. Como es educado, le contesta y como él la atrae, ella escribe de nuevo. Así, poco a poco, se entabla un diálogo en el que no hay marcha atrás. Parece sólo una cuestión de tiempo que se conozcan en persona, pero la idea los altera tan profundamente que prefieren posponer el encuentro. ¿Sobrevivirán las emociones enviadas, recibidas y guardadas a un encuentro "real"?

Su lectura me ha parecido: sencillamente muy interesante. Antes de comenzar a dar mi extendida opinión sobre la novela de la semana, quiero dejaros una reflexión que me ha estado acompañando durante la investigación y elaboración de la reseña. Señoras, señores, el mundo cambia. Se que es una obviedad, pero me gustaría que penásemos un poco cómo ha evolucionado nuestro mundo, y es que no estamos igual que hace por ejemplo 100 años, 50 años, 10 años; incluso de un año para otro las cosas cambian a una velocidad de vértigo. El pensamiento, la ciencia, las relaciones sociales, la política, los conflictos, la comunicación...Y por supuesto, la literatura. Los libros y la creación cultural avanza a la vez que los acontecimientos, adaptándose a los nuevos tiempos y a las nuevas exigencias de un lector cada vez más ávido de sorpresas y novedades. Contra el viento del Norte, la novela que hoy comentamos, pasará a la historia, no sólo por la historia que se narra, sino por la forma en la que está escrito, adecuándose a una sociedad mucho más dependiente de las nuevas tecnologías. 



Sinceramente, no recuerdo muy bien por qué decidí leerme este libro, pero algo me dice que fue por recomendación, tampoco se de quién exactamente. De lo que si que estoy segura es que al principio me resultó bastante aburrido pero después con forme se iba averiguando la historia de amor, mi interés fue aumentando paulatinamente. Y siguió así hasta que cerré el libro, intrigada y algo sorprendida por el formato de la novela. En mi vida había leído una novela igual, y la actualidad que irradiaba por todas partes hizo que me plantease muchas cosas acerca de Internet, ese invento tan mágico y tan maravilloso pero a veces resulta muy frío, distante y hasta peligroso.


Como ya he descrito en la sinopsis, la historia trata de dos completos desconocidos que  por un error del destino acaban entablando una amistad y algo más a través de extensos correos electrónicos en los que poco a poco van descubriendo aspectos del uno y del otro. Esta novela sería una de tantas de no ser por ese elemento de comunicación entre ambos sujetos, y es que la tecnología ha invadido nuestras vidas de tal forma que hasta con unos simples correos podemos llegar a causar gran impresión a la persona que nos está leyendo. Los poemas o las cartas de amor que se escribían nuestros antepasados para expresar nuestros sentimientos ya no tienen cabida en la sociedad de hoy en día, cosa que personalmente no comparto, pero es una realidad que poco a poco afecta a nuestra forma de expresar nuestros sentimientos. Además, la historia en si, está escrita a base de un correo tras otro, en el que el escritor se ha esmerado en adentrarnos en un universo cibernético del que a veces nos es muy difícil despegarnos. Contra el Viento del Norte, una historia de amor actual que espero que ayude a reflexionar sobre las nuevas relaciones entre seres humanos y sobre la dependencia de una máquina tan atractiva que nos ha cambiado la vida para siempre.

Párrafos o frases favoritas:

"El camino inverso que hemos recorrido nosotros era y es tremendamente excitante, pero no conduce a ninguna parte. Debo superar mi bloqueo mental. "

Película/ Canción: ni película ni banda sonora existe de momento para este libro, sin embargo y buscando por YouTube he descubierto una adaptación teatral española de esta novela, algo que me ha sorprendido mucho y que me entusiasma por la parte que me toca.


¡Un saludo y buena semana!