Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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miércoles, 27 de octubre de 2021

RESEÑA: Diario del duelo.

 DIARIO DEL DUELO


Título: Diario del duelo. 

Autora: Mary W. Shelley (1797-1851) narradora, escritora, ensayista y biógrafa británica. Hija de del filósofo político William Godwin y de la teórica feminista Mery Wollstonecraft, frecuentó los más selectos ámbitos culturales y literarios de la mano de su esposo el poeta Percy Bysshe Shelley. Su obra más importante sin duda, fue Frankenstein, nacida tras una apuesta entre Lord Byron, John William Polidori, Percy Shelley y la propia Mary durante las vacaciones del año 1816 en una mansión Cerca de Ginebra. Tras el fallecimiento de su esposo, se dedicó en cuerpo y en alma a la educación de su único hijo y a forjar su carrera como escritora, sin embargo, la última década de su vida estuvo dominada por enfermedades probablemente asociadas al tumor cerebral que acabaría con ella en el año 1851. Además de Frankenstein, Mary Shelley es autora de Mathilda, El útlimo Hombre o Falkner entre otros.


Idioma original: inglés. 

Revisado, editado y corregido por: Germán Molero y Gonzalo Torné. 

Sinopsis: Mary Shelley es una de las escritoras más importantes del siglo XIX. Gracias a Frankenstein, su fama ha trascendido el ámbito de los lectores y se ha convertido en un hito de la cultura popular. Con el paso de los años, cada vez son más conocidos sus relatos, sus fascinantes poemas, sus cartas... Pero hay un libro escrito de su puño y letra que sigue llevando una existencia confidencial, casi secreta, como si se tratase de un tabú: sus diarios personales. Más de un siglo después de su muerte, todavía no disponemos de una edición fiable en inglés y no se han traducido a ninguna otra lengua. ¿Qué ocurre con los diarios de Mary Shelley? Para que el lector pueda extraer sus propias conclusiones presentamos, por primera vez en castellano una amplia selección de sus diarios, que cubre desde la huida con el que se convertiría en su marido, Percy Shelley, hasta los meses posteriores a la muerte del poeta romántico, convertida en su viuda. Diarios muy viajados (Francia, Italia, Suiza...), dedicados a contar los entusiasmos y dificultades que les procura la vida audaz que han elegido, que de repente la inesperada muerte de Percy detiene. Momento en el que el libro se transforma en un estremecedor diario de duelo, en un intento de retener con palabras la vida que se ha desvanecido, de no permitir que avance hacia un tiempo que ya no puede ofrecerle nada. Unas páginas de una fuerza expresiva insólitas que conducen a los lectores a un espacio donde quizás no hayan estado nunca y que confirman que el Diario de Mary Shelley, un libro que apenas ha leído nadie, es una de las grandes obras de la literatura inglesa. 

Su lectura me ha parecido: adversa, cotidiana, reflexiva, atormentada, poética, desgarradora, fluida, plagada de momentos trascendentales, histórica... No es ningún secreto. Tampoco una sorpresa. Ni siquiera una rareza dada mi, a pesar de la cada vez más ingente cantidad de libros que atesoro de muchos géneros, ligera predilección por aquellas lecturas que han venido a englobarse bajo la etiqueta "terror". Aquellas que, bajo mi punto de vista, mejor han sabido reflejar las realidades de su época a través de los miedos, paranoias y demás elementos perturbadores de éstas. De hecho, lo cierto es que podría analizarse las etapas por las que las mujeres y los hombres han transitado a lo largo de la historia través de la evolución de sus mayores temores. Dicho esto, no es de extrañar que una de mis autoras de cabecera sea la grandísima Mary Shelley que, más allá de Frankenstein - novela a la que le he dedicado millones de elogios y debates intelectuales, y aún me siguen pareciendo pocos - alberga una de las producciones literarias más interesantes, y al mismo tiempo, más infravaloradas del panorama literario. Antes de empuñar la pluma en la famosa Villa Diodati y después de haber conseguido publicarla anónimamente - siendo injustamente atribuida a su marido Precy Shelley - Mary Shelley siguió escribiendo. Novelas como Mathilda - sin duda, el libro que mejor describe la idea de "nostalgia" en su más oscura y bella crudeza - o sus relatos recopilados recientemente en la antología Amar y revivir - en los que se evidencia su enorme talento para las historias románticas con tintes de terror histórico, así como su enorme capacidad para sembrar su opinión acerca de los grandes debates filosóficos de su tiempo - así como El último hombre - una de las primeras distopías literarias que bien merecería una reedición a la altura - y otros títulos como Falkner o Lodore - cuyas traducciones ni están ni se las espera - no hacen sino confirmar su universo literario más allá ede su mítica novela, así como la desidia con la que se ha abordado su acercamiento a los lectores de este país. Por fortuna, desde Hermida Editores (como si hubieran acudido a la llamada de mi desesperado auxilio) se han afanado por ir recuperando con la ayuda de Gonzalo Torné - lo dije en su momento, uno de los mayores expertos en Mary Shelley y, por extensión, de los autores del llamado círculo Diodati - gran parte de su legado. Sin embargo, en esta ocasión, en una decisión tan arriesgada como necesaria, dicha labor ha conducido a traer a nuestras librerías, por primera vez en castellano - lo cual no deja de ser todo un acontecimiento histórico - la faceta más íntima de la autora. ¿Y qué hay más íntimo, y ya puestos más esclarecedor, que sus diarios? Para los amantes del salseo, un caramelito muy dulce con el que poder saciar su morbo más primitivo. Para los fans de la autora - como una servidora - la oportunidad de conocer, no solo a la escritora, sino a la persona detrás de la leyenda impresa por la historia y la propia cultura popular. Diario del duelo: el lírico y tormentoso secretos de un matrimonio del siglo XIX. 


Leer Diario del duelo es un privilegio, sobre todo si quien lo lee y escribe estas líneas es historiadora experta en la edad Contemporánea, aunque en los tiempos de Mary Shelley hacía pocas décadas que ésta había comenzado a andar con paso firme y decidido. Una de esas oportunidades que solo pasa una vez en la vida y que decidí aprovecharla al máximo, hasta el punto de cambiar el chip y adoptar una lectura más crítica, analítica, alejada de lo placentero. Tratando de captar cada aspecto vertido, cada anécdota, cada opinión que Mary Shelly dejaba por escrito y que, por consiguiente, me ayudaría a profundizar en el porqué de su literatura. Si bien es cierto que la primera parte nos encontramos una serie de anotaciones casi diarias que tienen su inicio en 1814 - año en el que se escapa con Percy y su medio hermana Claire Clairmont a Francia - éstas nos presentan un momento convulso en la pareja, en la que los problemas de adaptación a su nueva realidad lejos de Inglaterra y los intentos por llegar a un terreno neutral son los absolutos protagonistas. Es a partir de entonces cuando Mary, ya con el habito de la escritura personal, decide escribir pequeños informes de su vida y las circunstancias que rodean dichos momentos difíciles, llenos de adversidad, pero también de felicidad apasionada al lado del que considera su gran amor. Llama la atención, en relación con esto último y en general, la importancia que el matrimonio Shelley le daba a la literatura más allá de su condición de escritores. Y es que son muchas las conversaciones recogidas por Mary en las que intercambian pareceres acerca de los libros que están leyendo, así como su necesidad de empaparse de la escritura de sus coetáneos - aunque algún clásico también cae - para lograr alcanzar un estilo propio dentro de lo que se estaba cociendo por aquel entonces en esa Europa de principios de siglo XIX. 


Seguidamente, vemos como las entradas del diario se van espaciando más en el tiempo. Mary ya no escribe con la misma constancia que al principio y las entradas se vuelven mucho más escuetas y concisas, alejándose del carácter literario para centrarse única y exclusivamente acciones diarias y sus más profundas preocupaciones. Sin duda, la época previa al fallecimiento de su marido fue de todo menos tranquila y probablemente aquello le dejaría poco lugar para la escritura de textos más elaborados aunque, entre medias, nos topemos con alguno de sus relatos más sombríos. Es en este punto donde me surge la duda de si, en el texto original, estas breves creaciones literarias aparecieron así, intercaladas, o ha sido, por el contrario, una decisión puramente editorial. Sea como sea, lo cierto es que ayuda a oxigenar una parte del texto caracterizada por la monotonía y en algunos casos la poca trascendencia de los hechos que se describen. Pero entonces llega la muerte de Shelley y la escritura de Mary cambia drásticamente. Convirtiéndose ésta en la vía para volcar y exorcizar todo su dolor, prestando atención a aquellos trágicos episodios que, de una forma u otra, han marcado su existencia. Aquí la escritura es más depurada, más poética, más cercana a los sentimientos que le invaden, consiguiendo que como lector acabes experimentando la misma angustia, incomprensión y desgarro de sus palabras. De todos aquellos acontecimientos que marcaron la vida de ambos - la huida de Shelley, la adversidad de sus viajes por Europa, la muerte de su hijo, el suicidio de la anterior esposa de Percy, etc... - yo me quedo, por supuesto, con las entradas en las que hace referencia a la reunión en la Villa Diodati de 1816. Sorprendentes como poco. Y eso que Lord Byron aparece nombrado incontables ocasiones algo que, a pesar de la controversia y los excesos de dicho personaje, no deja de resultar enormemente atractiva tanto su presencia como lo que opina la propia Shelley de él. En última instancia, ya para cerrar, si algo me ha enseñado este libro es, por un lado, a desmitificar aún más al matrimonio Shelley reafirmándome en su toxicidad y en la peligrosidad del amor romántico. Y por otro lado a admirar aún más si cabe a Mary, no sólo por su incuestionable talento y legado, también en lo que a fascinación se refiere. Y es que con ella una no deja de aprender, reflexionar y sorprenderse. Incluso desde su mirada más personal, aquella que debía quedarse para ella pero a la que, como buenos lectores, debemos acercarnos con el máximo de los respetos. La escritora de la primera novela de ciencia ficción de la historia bien lo merece. 

Diario del duelo: una historia de desazón, tristeza, expiación, acontecimientos vitales, rutinas anodinas, pensamientos, literatura, amor desbocado... Las entrañas de una autora universal. 

Frases o párrafos favoritos: 

"He regresado a casa en un estado que incluso el murmullo del mar parecía presionarme. El caso es que por primera vez desde hace más o menos un año he pasado dos horas en compañía de Albe, y al llegar a casa he tenido que escribir estos párrafos que no terminan de expresar toda la fuerza de mis sentimientos. ¡Shelley, amado mío! Miro las estrellas, y la naturaleza entera me habla de ti con una voz clara. ¿Por qué no me respondes? ¿Han destruido allí donde estés el instrumento de tu voz? Soportaría siglos de dolor si se me concediese el don de sentir por un segundo cómo roza mi oído tu voz."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores

jueves, 9 de septiembre de 2021

RESEÑA: Heridas abiertas.

 HERIDAS ABIERTAS


Título: Heridas abiertas. 

Autora: Begoña Méndez (Palma, 1976) es licenciada en Lingüística General y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. También en la UB, se remasterizó en Literatura de la Era Digital y más tarde fue Premio Extraordinario en el máster de Humanidades de la UOC, con un trabajo centrado en Diario de juventud de la escritora uruguaya Idea Vilariño. Es profesora de lengua y literatura en una escuela de adultos y colaboradora en las revistas culturales Pliego Suelto, El Cultural y Mercurio. Ha publicado Una flor sin pupila y la mujer de nieve (Sloper, 2019), artefacto literario hecho de versos, escritura automática y collages. Heridas abiertas es su último texto publicado. 


Editorial: Wunderkrammer. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Santa Teresa, Soledad Acosta, Zenobia Camprubí, Teresa Wilms Montt, Lily Íñiguez, Marga Gil Roësset, Idea Vilariño, Susan Sontag, Alejandra Pizarnik y Mariana Eva Pérez son las diez autoras objeto de este ensayo. Leerlas es irse de viaje hacia los límites de la existencia y de la identidad, pues en sus cuadernos personales donde se mostraron desnudas en extremo, con sus deseos y su dolor expuestos. Si los diarios empezaron siendo herramientas censoras y vigilantes por parte de instancias de autoridad (la Iglesia, la madre, el marido...), ellas consiguieron transformarlos - aunque pagaran un alto precio por ello - en espacios de libertad. Este libro existe por todas las mujeres que transformaron su malestar y marginalidad en parajes para la rebelión artística, en territorios para la insubordinación y la conquista de sí. 

Su lectura me ha parecido: personal, interesante, demasiado breve, literario, delicioso, un suspiro en manos de la o el lector más ávido, íntimo... Comencé a escribir un diario al rededor de los once años. En una etapa tal vez demasiado temprana. Ni la constancia ni un objetivo concreto más allá de plasmar lo que había hecho durante las jornadas en las que se me ocurría abrirlo para escribir en él dominaban mis impulsos. Cumpleaños, exámenes de matemáticas que suspendía, algún que otro secreto que a día de hoy suscitaría más risas que inquietud, juegos en el patio, las salidas de los domingos en familia... En resumidas cuentas, poca cosa. Sin embargo, a medida que fui creciendo e iba siendo consciente de que la escritura - como acto en sí - se había convertido en una parte intrínseca de mi, redacté otro diario, allá por los quince años (etapa que recuerdo con cierto desasosiego, la secundaria, ya sabéis) y que duró, con periodos de sequía intermitente, hasta más o menos el primer año de universidad. Ahí la tenacidad y la disciplina fueron mayores. El sentarme, todos (o casi todos) los días a escribir un poco de, no solo lo que acontecía en mi vida (más interesante que cuando aún estaba en primaria), también aquellas inquietudes y reflexiones que a una servidora más le importaban. Aquí las primeras veces - desengaños, desamores, desilusiones, descubrimientos y demás palabras iniciadas por "des" - se confundían con opiniones acerca de temas de la actualidad de entonces, apuntes para posibles "proyectos" literarios reducidos a meras anotaciones sueltas en medio de disertaciones personales - maldito síndrome de la impostora - o incluso el testimonio de aquello que no entendía y que, ya sea por desconfianza o vergüenza - no me atrevía a preguntar. Por supuesto, a pesar de que las sesiones de escritura intimista se convirtieron en una especie de ritual en una habitación propia a día de hoy extinguida, ni el estilo, ni la forma, ni siquiera el contenido que vomitaba cada tarde sobre las páginas me importaban. La función estética o el sentido literario eran ajenos a mi persona cuando quería exponer pasajes tan reservados. Solo los empleaba cuando rascaba tiempo entre exámenes y trabajos para escribir algún relato o un capítulo más de aquella novela influida por Física o Química y las escenas de amor de las novelas juveniles que solía leer a esa edad. Jamás pensé que un diario pudiese ser tomado en serio a esos niveles - y eso que los quince leí el Diario de Anna Frank, con todas las consecuencias que aquello trajo consigo - hasta que me percaté del poder de dicho género (a nivel histórico) para ofrecernos un tipo de información igual de válida que la que podemos encontrar en otra clase de documentos, así como llegar a trascender desde lo personal a lo político. Normal que, tiempo después, devorase todo aquello que tuviese un punto de autobiográfico, incluyendo algunos diarios - no tantos como me gustaría - de aquellas autoras capitales en mi panteón literario. En mis manos, de nuevo, un pequeño ensayo que nos ahonda en el género, así como en la escritura personal de una serie de escrituras que la cultivaron. Heridas abiertas: un apasionante recorrido por la palabra escondida. 


Aunque para los fans del buen thriller de misterio con toques de terror - del malo ya andamos más que saturadas/os - el título de este ensayo pueda llevar al lector de a pie a confundirlo con esa maravilla escrita por Gillian Flynn, éste se nos presenta de una forma muy particular. En primer lugar, englobado en la magnífica (aunque demasiado breve, lo siento, tenía que volver a decirlo) colección Chaiers, editada por la interesantísima editorial Wunderkrammer. Una colección de no ficción que busca introducir, que no informar, de aquellos temas de interés que, por decirlo de alguna forma, escapan a lo generalista. De ahí que en su mayoría estén vinculados a aspectos relacionados con la literatura, como objeto de estudio así como de reflexión personal o persiguiendo una intención más cercana a lo intelectual. En segundo lugar, la portada, ilustrada con una Calcedonia roja (marca de la casa en cada ejemplar que publican de la nombrada colección). Un mineral de sílice que en una de sus múltiples variedades - llamada Cornalina - presenta un tono rojizo intenso. Prefecto, en este caso, para crear un diálogo estético entre título y cubierta. Cuando la observamos, no solo vemos dicho pedrusco, sino que inconscientemente creemos percibir una metáfora, la de la propia carne abriéndose tras un profundo corte, dejando al descubierto la sangre. En otras palabras, aquello que nos mantiene vivos, burbujeantes, como el relieve de la roca escarlata. A su vez, también se asemeja a un órgano, al corazón si me apuras, latente, de nuevo, símbolo de aquello que no se ve pero que, sin embargo, palpita bajo nuestro pecho. Como veis, la sugestiva portada no para de darnos pistas de lo que podemos encontrarnos dentro. Y por último, y a riesgo de parecer una fetichista de lo visual - aspecto crucial a la hora de que un libro, además de por su sinopsis, acabe formando parte de las estanterías de tu cuarto - su tamaño, pequeño, ligero, no mucho más grande que la palma de mi mano. Lo cual favorece el transito y la movilidad del objeto, y del conocimiento, más allá del salón o la biblioteca. No existe, evidentemente, un interés especial a la hora de justificar el porqué esta editorial y no otras para comentar la parte extraliteraria, muy importante, por cierto, de la creación de cualquier proyecto de carácter editorial. Pero cuando el trabajo es bueno y está bien hecho, se reconoce. Y si es editando ensayos - aunque sean de carácter más divulgativo - todavía más. 


En lo que a su contenido se refiere, como ya he comentado, nos encontramos ante un texto puramente introductorio - para que tu, una vez finalices su lectura, vayas a tu librería más cercana y arrambles con los diarios que se han publicado de las autoras que en él se menciona - y en el que, primando un orden cronológico y temático, te va exponiendo a cada una de ellas a través de la escritura de sus diarios. De este modo, Heridas abiertas podría definirse como una aproximación, que no profundización, a el lado más íntimo de escritoras como Santa Teresa de Jesús, Zenobia Camprubí, Idea Vilariño, Alejandra Pizarnik o Susan Sontag entre las más conocidas, o de Marga Gil Roësset y Teresa Wilms Mott, cuyos nombres son más desconocidos para el público en general. Tras un breve pero impecable primer capítulo en el que, a modo de introducción, Méndez aborda la historia del género desde sus orígenes hasta la revolución cultural que se produjo entre los siglos XVIII y sobre todo el XIX, al irrumpir, por un lado, lo que conocemos como "individuo moderno" - el paso de la liturgia a la lectura privada fue clave para su surgimiento - y por otro el concepto moderno de familia - erigida sobre la base de unos afectos que en anteriores épocas no existían -. Una vez superado dicho prólogo, el lector se sumerge en la escritura de cada una de las autoras que aparecen en el presente ensayo, transitando por sus textos memorialísticos. Desde la más alejada de su tiempo - la ya mencionada Santa Teresa de Jesús que en 1560 escribió su Libro de la Vida como ejercicio de control exigido a sus confesores - a autoras de los siglos XIX y XX en donde apreciamos como el diario constituye una herramienta de control tricéfalo: materno, marital o como un medio de supervivencia. Este, por ejemplo, es el caso de Zenobia Camprubí, escritora perteneciente al grupo de las Sin sombrero que durante décadas solo se le conocía como la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. En sus diarios, según Méndez, apreciamos no solo su depurada técnica, también los síntomas de una época en la que las mujeres transitaban entre la obediencia y la subversión, entre no eclipsar al marido de turno y el poder de unas palabras que, tiempo después, la han colocado en el lugar que se merecían, al lado y, en ocasiones, por encima del señor Premio Nobel. Seguidamente, escritoras como  Marga Gil Roësset o Teresa Wilms Mott ponen el foco en las mujeres que todavía no tienen ni el espacio ni la autonomía para desarrollar una literatura personal. Reivindicando aquellos territorios u espacios que por derecho, al igual que los hombres, también les pertenecen. Habitaciones propias que para vidas tan intensas que, en ocasiones, han desembocado en el suicidio  (como es el caso de Alejandra Pizarnik). Para cada autora escribirlos significó una cosa, así como las motivaciones que las llevaron a ello. Pero si algo podemos destacar, a modo de cierre, de este ensayo - con el que me he quedado con ganas de más - es la pasión de su autora por descubrirnos estas desconocidas facetas en muchos casos para, en última instancia, reivindicar ese paisaje poético, esas atmósferas seguras, esas soledades buscadas en las que la escritora deposita la palabra sobre cortes sangrantes. 

Heridas abiertas: un ensayo reivindicativo, cercano, divulgativo, plagado de reflexiones para subrayar, que invita a buscar, investigar, empaparse... La oportunidad para descubrir autoras, escrituras y perspectivas pocas veces tenidas en cuenta. 

Frases o párrafos favoritos: 

"En los diarios, la intimidad se genta en el tuétano de la experiencia cotidiana y emerge en la soledad de la habitación o de la casa. Una escritora enclaustrada que, sin embargo, quiere irse a algún otro lado. Porque hay en las diaristas, aun en las más secretas y en sobras, incluso en las más periféricas, una voluntad de ser leídas, conscientes como son del valor de su labor literaria."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Wunderkrammer

lunes, 16 de diciembre de 2019

RESEÑA: Cosas que no quiero saber.

COSAS QUE NO QUIERO SABER

Título: Cosas que no quiero saber.

Autora: Deborah Levy (Johannesburgo, 1959) es novelista, dramaturga y poeta británica. Es autora de seis novelas: Beautiful Mutants (1986), Swallowing Geography (1993), The Unloved (1994), Billy Girl (1996), Nadando a casa (2015), y Leche caliente (2018). Nadando a la casa fue finalista del Man Brooker Prize y del Jewish Quarterly Wingate Prize en 2012, y Leche caliente fue seleccionada para el Man Booker Prize y el Goldsmiths Prize en 2016. Deborah Levy es también autora de una colección de cuentos, Black Vodka (2013), finalista del BBC International Short Story Award y del Frank O´Connor International Short Story. Ha escrito para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Cosas que no quiero saber es la primera parte de su "autobiografía en construcción", seguida por El coste de vivir. Cerrará este tríptico un último volumen de próxima publicación.


Editorial: Literatura Random House.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Deborah Levy arranca estas memorias recordando la etapa de su vida en que rompía a llorar cuando subía unas escaleras mecánicas. Ese movimiento inocuo la llevaba a rincones de su memoria a los que no quería volver. Son esos recuerdos los que forman Cosas que no quiero saber, el inicio de su "autobiografía en construcción". Esta primera parte de lo que será un tríptico sobre la condición de ser mujer nace como respuesta al ensayo "Por qué escribo", de George Orwell. Sin embargo, Levy no viene a dar respuestas. Viene a abrir interrogantes que deja flotando en una atmósfera formada por toda la fuerza poética de su escritura. Su magia no es otra que la de las conexiones impredecibles de la memoria: el primer mordisco a un albaricoque la traslada a la salida de sus hijos de la escuela, observando a las otras madres, "jóvenes convertidas en sombras de lo que habían sido"; el llanto de una mujer le devuelve la nieve cayendo sobre su padre en el Johannesburgo del apartheid, poco antes de ser encarcelado; el olor del curry la lleva a su adolescencia en Londres, escribiendo en servilletas de bares y soñando con una habitación propia. Leer a Levy es querer entrar en sus recuerdos y dejarse llevar por la calma y el aplomo de quien ha aprendido todo lo que sabe (y todo lo que no querría saber) a fuerza de buscar su propia voz.

Su lectura me ha parecido:

   Ágil, breve, visual, con un lenguaje para nada complejo pero capaz de hacernos reflexionar, autobiográfico, personal, abierta, oportuna para quienes quieran ganarse la vida con la escritura (especialmente las mujeres), necesario para su autora, con un punto catártico, fugaz testimonio de una época... En un panorama literario como el actual, plagado de autoficción sin duda fomentada por la imperante cultura del "yoismo", es de agradecer que, de vez en cuando, aparezcan libros en los que no se combinen hechos reales con invenciones de la escritora o escritor de turno y que aporten un poco de aire fresco a un mercado cada vez más saturado de personalismos innecesarios. Sé que es simplificar demasiado este popular género, pero son muchos años reseñando historias en las que no sabes si lo que se está contando es cierto o no, y aunque he de reconocer que puede funcionar en ciertos géneros como el terror, la novela social o los que tengan pinceladas de crónica periodística, nadie puede negarme que ante esta marabunta de títulos el lector corra despavorido. Como Indiana Jones escapando de la gran bola de piedra en a primera entrega de la saga. Sin embargo, como acabo de comentar, no todo es autoficción, y es de buenos ser agradecidos cuando de pronto llega a nuestras manos un libro que, en medio del fenómeno de turno, se eleva rompiendo costuras y definiéndose como "autobiografía en construcción". El término, como habréis comprobado, no tiene mucho misterio. Aún así, la combinación de ambas palabras - "autobiografía", es decir, episodios reales de la vida de la persona que escribe y "construcción", lo que viene a significar que dicho texto jamás estará completo - son el resultado de una intención, un debate o tal vez del inicio de un nuevo género literario. Es todavía muy pronto para ponernos a divagar o a lanzar argumentos que respalden esta teoría, por lo que de momento, lo que una servidora va a hacer es centrarse y sacarle el máximo partido a este fenómeno editorial incluido, ya era hora, dentro de lo que podríamos denominar como "no ficción" a pesar de que su autora, de la que hablaremos largo y tendido, ha navegado por las relativamente calmadas aguas de la novela y el relato. Cosas que no quiero saber: apartheid, Mallorca y George Orwell como vertebradores de la primera memoria.


Deborah Levy - autora de la presente "autobiografía en construcción" - es una de las escritoras más presentes en el panorama literario actual. De la escasa información que se desprende de una de las solapas interiores del presente libro, destacaríamos su polifacético talento - el cual le ha llevado a escribir tanto novela, teatro así como relato - la cantidad de premios que ha ganado a lo largo de su carrera - entre ellos el prestigioso Man Booker Prize - y que ha escrito para nada más y nada menos que para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Sin duda, todo un señor currículum. No obstante, y como cabía de esperar, Deborah Levy no es sólo esa brevísima reseña, sino que como todo ser humano, lleva una mochila de vida y experiencia cargada sobre sus hombros, la cual, ha creído conveniente narrar a través de sus peculiares memorias. Y resalto lo de "peculiares" porque, al contrario de lo que habitualmente asociamos con el género biográfico (tochos importantes, encuadernación de tapa dura y con un estilo terriblemente farragoso) esta primera entrega titulada Cosas que no quiero saber sólo tiene 136 páginas. Sí, habéis leído bien, 136 páginas en las que Levy aborda algunos episodios de su vida en clave íntima, intelectual y en relación con su trabajo como escritora. ¿Son 136 un número demasiado escaso de páginas? En este caso, y al contrario de lo que he podido ir husmeando por internet, para nada. La razón debemos encontrarla tanto en el planteamiento de esta biografía en construcción, que como bien hemos dicho presuponemos que habrán en total tres volúmenes, y por supuesto en que Deborah Levy, a pesar de su trayectoria, no pretende hacer de sus memorias un tratado, ni poner su vida a la altura de los grandes e ilustres personajes de la historia. En ese sentido, y es de agradecer, Levy es más humilde. A lo que, por otro lado, cabría añadir que es muy probable que, a pesar de que estas memorias estén planteadas en tres libros, Levy sienta la necesidad de escribir un ejemplar más. De no ser así ¿qué sentido tendría el término "en construcción"?


   Planteada como un tríptico sobre la condición de la mujer - a la par que una aproximación a la figura de la autora - Levy inicia estas memorias respondiendo al mismísimo George Orwell en su conocido ensayo Por qué escribo. Una replica algo pretenciosa pero que, sin duda, todos los que escribimos hemos querido redactar. ¿Por qué escribo? Esa es la pregunta que Levy se hace a sí misma y al mismo tiempo sirve como punto de partida para lo que el lector va a leer a continuación. Articulada a partir de los cuatro motivos que el escritor británico de origen indio desgrana en el citado ensayo, Levy divide esta primera parte de sus memorias en cuarto partes, o lo que es lo mismo, en cuatro motivos que la han llevado a escribir a saber: puro egoísmo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Siendo cada uno de ellos el paraguas bajo el cual se narrarán algunos episodios de su vida. En "Puro egoísmo", viajamos a Mallorca, lugar que Levy escoge como lugar de retiro temporal para buscar un respiro ya que, como ella dice, sigue llorando mientras sube las escaleras mecánicas. A priori parece una frivolidad, una tontería, pero si nos paramos a pensar detenidamente en este episodio real inevitablemente se nos vienen a la cabeza esos momentos en los que nos hemos sorprendido llorando en el lugar más insospechado. Sin ir más lejos, ayer, mientras veía una obra de un festival de navidad extraescolar no pude evitar soltar una lagrima. Y eso que no conocía a ninguna de las niñas y niños que actuaban en ella. Si la memoria no me falla también he llorado en trayectos de tren, en viajes en bus, en el baño de la facultad, alguna noche mientras intentaba dormirme y estoy convencida que estas navidades no voy a poder esquivarlas. El que se acabe una década me excita y me pone triste al mismo tiempo. Sobre todo porque cumplo veintisiete, el carnet de la biblioteca de humanidades va a caducar, soy incapaz de acabar lo que escribo y siento que los esfuerzos no son siempre sinónimo de recompensas. No lloré cuando leí este episodio de Deborah Levy, pero sí la entendí. En él también se nos habla de lo que ella denomina "suburbio de la feminidad", sobre los problemas de la maternidad y reflexiona entorno a si las mujeres deberían - parafraseando a un director polaco que aconseja a uno de sus alumnos - no hablar más alto sino con el derecho a expresar un deseo. ¿Cuántas veces se me ha aconsejado que no hable tan alto? ¿Cuántas veces me han mandado callar justo cuando estaba dando mi opinión o disculpándome por algo que había hecho mal? ¿Cuántas han sido las ocasiones en las que he tenido que hablar más alto para que se me escuchase entre un grupo de gente? Y por último ¿cuántas veces he expresado un deseo? Últimamente pocas.

   En "Impulso histórico" - mi parte favorita - Levy regresa a su infancia en la Sudáfrica del Apartheid. Una sociedad segregada en la que de pequeña es testigo de la detención de su padre por ser miembro del ANC (al cual perteneció también Nelson Mandela y que abogaba por otorgar el voto a los africanos negros y mestizos, además de acabar con el sistema de discriminación y que otorgaba el poder exclusivamente a la minoría blanca). Durante estas páginas, las más memorables, conocemos a Melissa, la responsable de otorgarle a Levy la confianza suficiente para hacer algo tan sencillo como hablar, simplemente hablar, trasladar las palabras que escribía en sus cuadernos en sonidos fonéticos para así expresar sus inquietudes y verdaderas opiniones. Según la autora este es el "impulso histórico" que le lanzó de lleno a la escritura, y no, como cabría esperar, los acontecimientos históricos que rodearon a esta historia de amistad. Seguidamente, en "Puro egoísmo", Levy nos traslada al Londres de su adolescencia, en plena efervescencia política y cultural, un Londres gris en el que, sin embargo, la autora experimenta su etapa más prolífera en cuanto a sesiones de creación literaria y habito lector. Particularmente emotivo es el momento en el que nos cuenta como el Curry es el olor con el que asociará siempre a dicha ciudad y como escribía hasta en servilletas de papel mientras soñaba con tener, como Virginia Woolf, su cuarto propio. Ahí no he podido, una vez más, sentirme identificada con esa vitalidad creativa de los 15 años y con esa constancia que hoy se me antoja demasiado lejana. Por aquel entonces me sentaba, enchufaba el ordenador y no me levantaba hasta que no hubiese escrito un numero considerable de páginas. Luego la historia no valía un pimiento, pero yo me sentía bien haciéndolo, como si rellenase de dicha un hueco importante en mi cerebro. No ansiaba un cuarto propio, ni siquiera sabía de la existencia de Woolf, pero sí comprensión, apoyo y algo de tranquilidad. Actualmente el bache es importante, tanto que a veces pienso en tirar la toalla, pero supongo que todo se reduce a etapas vitales y que hay que superarlas de la mejor forma posible. Tanto si existe la fórmula mágica como si no.

   Por último en "Entusiasmo estético" viajamos de nuevo a Mallorca - símbolo del autoconocimiento y la necesaria desconexión - para que el lector observe como, la mujer que paseaba su tristeza por centros comerciales atestados de gente, hoy se ha fortalecido a medida que ha ido asimilando vivencias y experiencias de su vida privada que antes prefería no contar, no compartir, no saber. Al final, además de una breve autobiografía narrada con una prosa muy especial, lo que nos queda es una investigación, la experimentación  y la constatación de como cuando tomamos decisiones que rompen con lo que hemos sido, o lo que hemos vivido. Cuando mandamos a tomar por saco todos esos trabajos, las comodidades y esas personas que ya no nos proporcionan la misma felicidad que antes. Cuando arriesgamos, nos movemos fuera de nuestra aérea de confort o cuando decidimos de la noche a la mañana cambiar de vida nos asaltan inquietudes, preguntas e inseguridades extrañas y nuevas. Es entonces cuando, paradójicamente, nos sentimos más cerca de la mujer que llora en las escaleras mecánicas que de cualquier otra mujer a su alrededor. No sé si esta "autobiografía en construcción" trascenderá como sí lo han hecho otros textos similares (como el Mientras escribo de Stephen King o Vivir para contarla de Gabriel García Márquez) de lo que sí estoy segura es de que este volumen llegó en el momento más propicio para salvarme, una vez más, de los nubarrones y los truenos llamados inseguridad. La literatura no cura, pero sí nos abraza en momentos de incertidumbre.

  Cosas que no quiero saber: una historia de autoconciencia, autodescubrimiento, memoria, coraje, verdad, literatura, escritura, impulsos, egoísmos, estética, entusiasmo, pasión, flaqueza... El inicio del viaje de una escritora en el momento más álgido de su carrera.  

Frases o párrafos favoritos:

“No alcanzaba a oírla, pero sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

martes, 10 de septiembre de 2019

RESEÑA: Fruitlands. Una experiencia trascendental.

FRUITLANDS
UNA EXPERIENCIA TRASCENDENTAL

Título: Fruitlands. Una experiencia trascendental.

Autora: Louisa May Alcott (Germantown, Pensilvania, 29 de noviembre de 1832 - Boston, 6 de marzo de 1888) fue educada en el campo junto con sus hermanas, bajo la influencia de su padre, el filósofo Amos Bronson Alcott, y varios amigos de este, como Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne y Henry David Thoreau, de cuyo pensamiento se empapó desde la infancia. Debido a la pobreza de su familia, empezó a trabajar muy joven, ya fuera como maestra, costurera, institutriz o criada; también buscó compensación económica con su literatura: por ejemplo, a los dieciséis años escribió una serie de relatos para Ellen Emerson, que en 1854 serían publicados bajo el título Flower Fables. En 1860 empezó a escribir, bajo pseudónimo, para la revista Atlantic Monthly, y, durante la guerra de Secesión, entre 1862 y 1863, fue enfermera en el Hospital de la Unión en Georgetown, donde contrajo la fiebre tifoidea, algo que afectó a su salud el resto de su vida. Las cartas en que refería sus experiencias como enfermera, publicadas bajo el título Hospital Sketches (1863), la lanzaron a la fama. Su primera novela, Moods, se publicó al año siguiente, y en 1865 se marchó a Europa, para volver dos años después y asumir la dirección de una revista para niños, Merry’s Museum. Pero el verdadero éxito le llegó con la publicación de la novela autobiográfica Mujercitas (1868), una obra que escribió por encargo de su editor y en la que se aprecia uno de los temas más importantes de Alcott: la educación de las mujeres durante la juventud. Más tarde escribiría Una muchacha anticuada (1870), Hombrecitos (1871), Ocho primos (1875), Rosa en flor (1876) y Los chicos de Jo (1886), también inspiradas en sus experiencias como educadora. En otra línea más adulta, produjo una serie de novelas y ensayos de gran valor publicadas bajo pseudónimo, como Fruitlands (1873; Impedimenta, 2019) o Un Mefistófeles moderno (1887). Durante toda su vida, Alcott fue una entregada defensora de los derechos de la mujer, abogando en sus ensayos por el derecho al voto, y también apoyando la causa abolicionista. Pasó sus últimos años de vida en Boston, Massachusetts, donde murió en 1888, días después del fallecimiento de su padre. (Fuente: Editorial).


Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Consuelo Rubio Alcover.

Sinopsis: Massachusetts, finales de 1840. Los Lamb acaban de llegar por fin a su edén particular: una comuna que profesa la filosofía de los trascendentalistas (la de Thoreau y Emerson). Allí, planean vivir apartados del resto de la sociedad, alimentándose de la tierra y siguiendo los principios de la belleza, la virtud, la justicia y el amor, en su búsqueda de una existencia perfectamente armonizada con su entorno y las demás criaturas de Dios. Todo parece sencillo y amigable en ese bosque lleno de intelectuales bienintencionados, pero quizá necesiten algo más que filosofía para sobrevivir: ¿cómo harán frente al crudo invierno de Nueva Inglaterra? ¿Acaso saben algo sobre el mundo del pastoreo y la agricultura? ¿Qué ocurrirá cuando lleguen las primeras tormentas? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, amena, irónica, tierna, entrañable, claramente autobiográfica, toda una sorpresa... Que triste resulta, en ocasiones, lo mal que están planteadas algunas asignaturas durante una etapa tan importante como la ESO desde el punto de vista más práctico, ese que sólo depende única y exclusivamente de quien tome las riendas del temario, de quien, desde su voz de docente, tiene el poder de remover conciencias o despertar en las alumnas/os una necesaria sed de conocimientos. Si alguien me hubiese advertido de lo que sucedería en segundo, cuando el profesor que teníamos en Sociales - interesante palabra para englobar materias como geografía, historia e historia del arte - inexplicablemente pasó por alto todo el tema de la Edad Moderna. Ni los Reyes Católicos, ni el descubrimiento de América, ni la dinastía de los Austrias, ni el Conde Duque de Olivares, ni Lutero, ni la Reforma, ni la Contrarreforma, ni el Luteranismo, ni el Calvinismo, ni el Anglicanismo, ni los Tudor, ni Richelieu, ni los Medecci, ni Luis XIV, ni la Guerra de los Treinta años, ni las Provincias Unidas,  ni el Imperio Germánico, ni la confección de las monarquías absolutistas, ni el auge de la burguesía de las ciudades, ni la revolución científica, ni el renacimiento, ni el barroco, ni el humanismo... A la larga, aquella falta de conocimiento se asemejó a una especie de agujero negro, un hueco en blanco que no sabíamos como rellenar para entender las características de la era contemporánea, igual de apasionante, larga y compleja. Que suerte la mía, por otro lado, haber tirado de un aprendizaje autodidacta para poder engarzar una realidad histórica con la otra. Lo mismo me sucedió con la historia de género, esa gran olvidada en los institutos y que tanto cuesta introducir en la universidad, esa imprescindible perspectiva que debería estar presente en todos los ámbitos educativos, absolutamente todos. Porque si estudiamos que las españolas pudieron votar por primera vez en las elecciones de 1933, lo lógico también sería explicar el proceso y la lucha que llevó conseguirlo. Las figuras históricas de mujeres se erigen y caminan, a paso firme, decidido. Algunas de ellas, son capaces de transformarlo todo, romper esquemas, incluso alterar la visión que tenía al respecto. Louisa May Alcott es sin duda una más, pero desde hace un tiempo, también es la responsable de que en mi estantería abunden más títulos suyos, más ensayos, más cuentos de terror... Porque para mi Alcott era sinónimo de Mujercitas, sin ser consciente de la impresionante biblioteca que, pluma en mano, ha conseguido regalarnos al mundo. Y de entre todos ellos, un ejemplar único y de obligado conocimiento como lo es Fruitlands: la crónica de un fracaso anunciado, pero también de un aprendizaje vital.

   Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, es importante situarnos tanto cronológicamente como espacialmente. Así como entender, muy brevemente, las claves del filosóficas que Louisa May Alcott aborda en este breve ensayo. Para empezar, tal y como versa la sinopsis de la presente edición, Fruitlands fue una comuna fundada en 1840 en el estado de Massachusetts (EEUU) inspirada en las ideas de Henry David Thoreau y muy especialmente de Ralph Waldo Emerson siguiendo los principios de belleza, virtud, justicia y amor; además de la máxima de aprovechar los recursos que la naturaleza ofrece para poder sobrevivir. Esta pequeña sociedad - cuyos valores parecen anticipar los del movimiento Hippie de mediados de los 60 del siglo XX - no se puede entender sin el contexto histórico que la rodea, coincidiendo con la aparición y boom de los falansterios o las sociedades utópicas de efímero éxito (especialmente abundantes en Francia e Inglaterra), con la transformación de las ciudades a causa de la Revolución Industrial (y con la consiguiente aparición de la conciencia de clase y el movimiento obrero), con la irrupción del Segundo Gran Despertar en Estados Unidos (cuyo éxito auspició la aparición de, entre otros, los Mormones, los Adventistas o los Discípulos de Cristo) y muy especialmente con la difusión y posterior interpretación del trascendentalismo. Partiendo del fundamento trascendental planteado un siglo antes por el filosofo alemán Immanuel Kant - los elementos no son cognoscibles en sí mismos, sino a través de una estructura cultural, temporal u espacial que dicho objeto proyecta sobre el mundo - los trascendentalistas americanos utilizaron ese principio para argumentar en diversas publicaciones la verdadera independencia del individuo a través de la intuición y la observación directa de las leyes de la naturaleza. En otras palabras, que el contacto con los elementos más primigenios de nuestro planeta  (plantas, tierra, montañas, ríos...) proporcionará al ser humano el acercamiento a lo puro, a la verdadera fuente de vida; la cual, como no, era identificada como Dios. Sendos libros plasmaron, con notables variaciones, estas ideas. El Walden de Thoreau es probablemente el más importante e influyente, dado que en lo que llevamos de siglo no ha parado de reivindicarse y servir de inspiración para la causa ecologista. También lo fue en su momento - aunque menos conocido en la actualidad - Ensayo sobre la Natualeza de Emerson, el cual traemos a colación dado que Fruitlands no hubiese tenido razón de ser sin las tesis definidas en dicho texto. Tesis que tanto a Emerson como Amos Bronson Alcott (padre de la futura autora de Mujercitas) unieron, dando como resultado una relación de amistad y admiración mutua.

   En lo que al brevísimo - por desgracia - ensayo se refiere, comenzaremos diciendo que sorprende la ligereza de su lectura. Hasta el punto de que en ocasiones casi te olvidas de que estás dentro de un texto escrito a mediados del siglo XIX, lo cual, desde un punto de vista siempre subjetivo, puede generar debate y diversas opiniones. En ese sentido, también cabe señalar las principales particularidades del presente libro, que no son otras que su extraordinaria versatilidad y la posibilidad de que el lector se aproxime a él desde la óptica que más le interese en ese preciso momento. De ahí que recomiende, encarecidamente, una segunda o una tercera lectura. No por la dificultad de comprender su contenido - la cual en esta ocasión es inexistente - sino para poder tener una percepción más amplia de lo que Louisa May Alcott nos quiere decir, o más bien describir. Para empezar, y en primer lugar, Fruitlands se puede leer desde una óptica puramente filosófica, dado que desde la primera página la autora ya te está poniendo en la tesitura de exponerte, de la forma más sencilla posible, los principales pilares ideológicos de la comuna en la que la autora vivió con su familia cuando tenía diez años de edad en el año 1847. En aquel bosque de intelectuales americanos - apartados de los males de la civilización y subsistiendo de los recursos que la naturaleza podía proporcionarles - todo parecía sencillo y amigable, hasta que llega el invierno, las primeras lluvias, la manifiesta inexperiencia en el terreno del cuidado del campo y las paradojas respecto a los bienes de consumo básicos. En otras palabras, que comienzan a aflorar - y nunca mejor dicho - las contradicciones por las que toda sociedad utópica acaba fracasando estrepitosamente. Unas contradicciones que provocaron división, enfrentamiento, enemistades y la pronta disolución de la comuna en menos de siete meses de vida. En Fruitlands, Alcott defiende, de hecho no se entendería su producción literaria sin las ideas de Thoreau y Emerson - a quienes por cierto tuvo como mentores y amigos - pero también evidencia la realidad, la imposibilidad, al menos por el momento, de llevar a cabo dichas ideas a término. En segundo lugar, el lector podrá disfrutar de este libro desde una mirada más estilística, dado que, como la autora ha mostrado en más de una ocasión, es capaz de defenderse y moverse como pez en el agua en varios campos de la creación literaria. Desde el ensayo más puro - con recursos particularmente novelísticos - hasta la ficción más encomiable (dado el grado de empatía y ternura que despiertan sus personajes que, aunque bajo nombres ficticios, sabemos que responden a los de sus propios padres y hermanos), pasado por un manejo interesante del formato "diario" que le sirve a la autora para narrar su corta experiencia trascendentalista en Fruitlands.

   En último lugar - y a mi juicio lo más importante - Fruitlands es un texto histórico en su naturaleza así como en su concepción. Histórico a dos niveles: respecto a su contenido y en relación con el estudio de una época determinada del pasado. Hay críticas que definen a Fruitlands como un compendio de documentos - ensayísticos, ficticios, visuales, personales... - agrupados bajo una clara intención, la de dar a conocer la existencia de las comunas claramente precursoras del ecologismo y la lucha medioambiental. Algo que, todo sea dicho, en los tiempos que corren no viene mal. Sin embargo, yo añadiría algo más, ya que no podemos pasar por alto el increíble valor que tiene su publicación para el campo de la historia. Para empezar, como he comentado antes, en su interior encontramos varios elementos de gran interés. En primer término, un texto claramente autobiográfico que - aunque emplee características propias de la ficción como recurso narrativo - nos ilustra sobre las diferentes corrientes de pensamiento, la cotidianeidad de las familias de la época, las claves de su supervivencia bajo los códigos trascendentalistas, el propio contexto histórico, la opinión acerca de algunos de los grandes personajes que dieron lugar a este experimento social,  así como, y esto es hilar muy fino, la propia personalidad de la autora. Seguidamente, un breve diario, fundamental para entender lo que sucedía desde la óptica de la propia autora, que recordemos, por aquel entonces tenía diez años, y en el que podemos apreciar todos los aspectos anteriormente nombrados desde una perspectiva más personal e íntima, lo cual no deja de generar interés en quien esté sobre todo interesado en indagar en las profundidades de la sociedad norteamericana de mediados de siglo XIX. Y por último, dos documentos históricos impresionantes: una selección de las cartas que intercambiaron Amos Emerson Alcott y Charles Lane - fundadores e integrantes de la comuna - que recogen sus disertaciones filosóficas sobre Fruitlands y un plano donde podemos apreciar los terrenos en los que se situó geográficamente el proyecto fruto de un puñado de filósofos más preocupados por las ideas que por las cuestiones prácticas. Todo ello confluye, ordenadamente, en armonía bajo un título y una clara intención, la de proveer al lector del conocimiento de un problema histórico a penas conocido y que en los últimos parece experimentar un claro auge; y por supuesto, la de descubrirnos, una vez más, la cara menos conocida de Louisa May Alcott. Una autora talentosa, inteligente, feminista y convencida de la capacidad de la educación para remover conciencias que quiso mostrarnos, a través del presente texto, el origen de su pensamiento, de sus inquietudes, de su forma de mirar el mundo y plasmarlo sobre el papel.

  Fruitlands: una historia de experiencias, buenas intenciones, intelectualidad, enfrentamientos ideológicos, contacto con la naturaleza, problemas, paradojas, fracaso, aprendizaje... La experiencia trascendental - y germinal - de Louisa May Alcott.


Frases o párrafos favoritos:

    "-¿A qué parte del trabajo se siente más predispuesto usted? —preguntó la Hermana Hope, con un destello divertido en sus sagaces ojos.  
    - Esperaré a que me sea revelado. Ser por encima de hacer, esa es la gran meta a alcanzar, y a ella llegaremos profesando una voluntad resignada, nunca entregándonos a la actividad caprichosa, pues esta última es un obstáculo para todo crecimiento divino —respondió el Hermano Timon.  
   - Eso pensaba yo. —La señora Lamb soltó un suspiro bien audible."  

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

miércoles, 12 de septiembre de 2018

RESEÑA: Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Y CUADERNOS DEL CONGO

Título: El corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

Autor: "Joseph Conrad (Berdcyczów, Polonia, 1857- Bishopsbourne, Inglaterra, 1924). Su padre, un noble venido a menos, traductor de Shakespeare y escritor radical, fue arrestado y enviado a una prisión rusa cuando el joven Jozef era todavía un niño. Con diecisiete años se enrola en la Marina mercante francesa, experiencia que le permitió recorrer medio mundo y que surtió buena parte de su producción literaria. En 1878, tras un intento de suicidio, se enrola en un barco británico para librarse del servicio militar ruso. Sirvió en la Marina inglesa dieciséis años y, en 1884, se nacionalizó británico adoptando el nombre de Joseph Conrad. En 1895 publicó su primera obra en lengua inglesa, La locura de Almayer. A ella le siguieron obras maestras indiscutibles de la literatura universal como El negro de Narcissus, Corazón de las tinieblas, Lord Jim, Tifón, Nostromo y El agente secreto. También es autor de importantes relatos como El final de la cuerda, Suspense y El regreso. Murió el 3 de agosto de 1924 de un ataque al corazón y fue enterrado en el cementerio de Canterbury." (Fuente: Funambulista).

Editorial: Funambulista.

Idioma: inglés.

Traductor: Max Lacruz.

Sinopsis: "a través de la voz del marino Marlow, Conrad os lleva hasta el corazón del África negra en pleno periodo colonial, en un sobrecogedor testimonio autobiográfico que es a la vez una meditación profunda sobre la degradación del ser humano y una oblicua denuncia de la salvaje explotación de las potencias occidentales. Marlow relata la historia de la expedición por el río Congo para repatriar a Kurtz, misterioso agente de una compañía comercial belga considerado un autentico dios por las poblaciones locales. Si la mística figura de Kurtz concita todo tipo de reflexiones sobre el colonialismo europeo, la explotación de las tierras y de personas y la frontera entre la civilización y la barbarie, explorar los espacios vírgenes en los mapas, hundirse en lo desconocido revela aún más las tinieblas que anidan en el hondón del alma humana." (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: estremecedora, dura, algo densa en el desarrollo de su trama, atemporal, reflexiva, un documento histórico en toda regla...Queridas lectoras y lectores, ¿os he dicho alguna vez que Página Dos me parece de lo mejor que se hace actualmente en televisión? No se si lo conocéis o es la primera vez que escucháis hablar de el, sea lo que sea, desde mi humilde posición de espectadora os animo a que sintonicéis la 2, sí, ese programa tan "aburrido" en el que no hacen más que poner documentales, y le deis una oportunidad a este, por desgracia breve, programa. Entrevistas a afamadas/os escritores, las últimas novedades editoriales, adaptaciones literarias al cine o a la televisión, cuestionarios lectores y reportajes entorno a temas tan actuales e interesantes como el mundo de la autoedición, la novela juvenil, la poesía, la literatura en la red, los clubs de lectura, bibliotecas del mundo o incluso el futuro del sector del libro en la era de las nuevas tecnologías. Todo eso y más se aborda en tan solo media hora, media hora que se pasa volando y que en ocasiones, sobre todo para quienes estamos interesados en el tema, nos sabe realmente a poco. ¿Por qué os cuento todo esto? Por la sencilla razón de que en Página Dos, son muchas las autoras y autores que no tienen pudor alguno a confesar sus secretos lectores más inconfesables. Desde el libro que les hizo amar la literatura hasta que novela prestaron y nunca les devolvieron, pasando por esa lectura que dejaron a medias. Y de entre todas ellas, a la pregunta de qué título considera imprescindible, son muchas y muchos los que nombran, sin pensárselo dos veces, el libro que hoy tengo el honor de presentaros. Cuando escuchas que tantos escritores de éxito lo consideran parte de su corpus literario tiendes a dejarte llevar por el escepticismo, sin embargo, una vez te adentras en él, entiendes el por qué de tanto halago y no puedes evitar preguntarte ¿por qué no me lo he leído antes? Pero sobre todo ¿por qué no lo he reseñado?, ¿por qué he tardado tanto? En fin, ya va siendo hora de enmendar esta injusticia, así que me pongo los cascos, sintonizo a Richard Wagner en el Spotify y comienzo a redactar estas líneas sobre Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: el ejemplo perfecto de como la ficción puede llegar a describir un tema histórico en su dimensión más crítica e impactante.


La historia de como esta edición de Corazón de las tinieblas  que contiene los llamados Cuadernos del Congo tiene su origen en una mañana de noviembre del año 2015 si la memoria no me juega una mala pasada. Hacía un mes aproximadamente que ya conocía cual iba a ser mi área de investigación de cara a la defensa de mi TFG, o lo que es lo mismo, de ese trabajo final de carrera de obligatoria realización. Mi campo, el de las relaciones entre historia y literatura, no podía ser más amplio, así que no encontré mejor forma de acotar mis inquietudes investigadoras que yendo aquella mañana a la biblioteca de humanidades cercana a mi facultad. Era tan basto el número de novelas y las respectivas épocas históricas que por un momento me sentí bastante abrumada. Después de unos minutos de meditación y tras haber diseccionado cada una de las estanterías de novela, tomé la decisión de llevarme dos libros a modo de sondeo. Los dos comprendían tres ámbitos de investigación muy diferentes entre si. El primero de ellos Sin novedad en el frente, podía servirme para acercarme a la I Guerra Mundial desde la literatura de testimonios (algo que por otro lado me permitía pisar sobre seguro, ya que se había escrito mucho desde esa perspectiva). Y el segundo de ellos, fue, casualidades del destino, Corazón de las tinieblas. El profesor de Historia de África y Asia nos había hablado brevemente de él, y en aquellos momentos en los que lo tuve entre las manos pensé que podía ser una buena oportunidad de acercarme, no solo a Joseph Conrad, sino al tema del colonialismo europeo de finales de siglo XIX. Así que sin pensármelo dos veces, aquel libro se vino conmigo a casa. Finalmente, y aunque estuve a punto de decantarme por Conrad, Orwell y las distopías literarias del siglo XX vencieron al imperialismo. No obstante, el recuerdo de aquella lectura me persiguió durante años, su dureza, su denuncia, esas frases lapidarias no se borraron fácilmente de mi memoria. Pasó el tiempo, y en cuanto conocí la noticia de que la editorial Funambulista iba a sacar nueva edición de la novela de Conrad, supe que aquel era el momento de volver al Congo. Cual fue mi sorpresa que, al echar un vistazo a los detalles de la edición, me topé con los llamados Cuadernos del Congo, que son, nada más y nada menos, que los breves apuntes que del diario que Conrad portaba consigo cuando visitó aquellas tierras. Sin duda, el complemento perfecto para una relectura y, de paso, enriquecer aún más la experiencia lectora.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos por una cuestión puramente personal. Desde siempre me he referido a esta novela como El corazón de las tinieblas. De hecho, esta es la primera vez que me topo con una edición en la que se suprime el artículo "el". Seguramente se deba a que se ha querido respetar el título original de la novela en inglés, no obstante, y como apunte meramente anecdótico, como lectora me gusta más El corazón de las tinieblas que Corazón de las tinieblas. Tras este pequeño debate entorno a la traducción, he de decir que la novela de Conrad presenta una lectura muy interesante en cuanto a su contenido, pues si habéis leído la sinopsis habréis comprobado como éste no desmerece para nada, pero por el contrario demasiado densa. Tenemos que tener en cuenta que no estamos ante un best seller de lectura ágil, sino frente a un libro escrito a finales del XIX, casi a punto de entrar en el XX, cuyo autor representa un pensamiento y una visión muy subjetiva de lo que estaba sucediendo en ese momento. De hecho, precisamente por esto último, podríamos aventurar la posibilidad de que este clásico de la literatura universal sea uno de los pocos textos que no ha logrado alcanzar, al menos en su totalidad, la categoría de atemporal. Los clásicos trascienden, se vuelven intocables, se convierten en pilares de nuestra cultura y la fuerza de sus mensajes es imparable. Lo que sucede con Corazón de las tinieblas es muy simple, si bien es cierto que sus reflexiones han llegado hasta nuestros días, incluso parecen haber evolucionado, el punto de vista desde el que Conrad narra la historia es cuestionable y fácilmente criticable. Europeísta, parcial y plagado de estereotipos y prejuicios respecto a los nativos africanos. Así es como Conrad nos describe la realidad en Corazón de las tinieblas, sin embargo, no debemos olvidar que es un hombre de su tiempo, en concreto de finales del XIX principios del XX, por lo que es normal encontrarnos frases cargadas de racismo. Corazón de las tinieblas vio la luz en el ocaso del imperialismo europeo, momento en el que las teorías de la superioridad del hombre blanco todavía se estudiaban hasta en las universidades y en el que Europa se encaminaba a la I Guerra Mundial. Un momento crucial, una transición, un periodo del que la novela de Conrad bebe mucho. Dicho esto, el lector del siglo XXI, a pesar de su posición sesgada, debe leerlo con tiento, casi como si se tratase de una reliquia de un tiempo pasado. En otro orden de cosas, Corazón de las tinieblas es un libro dotado de una profundidad psicológica bastante peculiar y que le sirve al autor como excusa para abordar los temas que de verdad le interesan. Aspectos tan universales y que se resumen en la delgada línea que separa el bien del mal, los límites de la locura, el choque cultural, el viaje hacia lo desconocido e incluso buscar el ejemplo, sobre todo a través de sus personajes, de la famosa tesis de Thomas Hobbes es cierta, de que es verdad que el hombre es un lobo para el hombre. Incluso podría rastrearse las ideas de otro gran filósofo, las de John Locke, sobre la perversión de la sociedad sobre el hombre, antes bueno por naturaleza. Todo eso esta muy bien, pero, ¿no quiso Conrad abarcar demasiados temas para tan poco libro? La respuesta es un rotundo sí pues, a juzgar por el número de páginas y su correspondiente lectura, da la sensación de que el autor pecó de ambición y se quedó en un esbozo, en una descripción, en un simple dibujo sin la profundidad que el relato merece. A eso no ayuda, por supuesto, un constante cambio de narrador, que lo único que consigue es marear aún más al lector, con el peligro que eso conlleva. No obstante, si algo se salva de Corazón de las tinieblas, bajo mi punto de vista y en contra de lo que he podido leer por ahí, es el personaje de Kutz. Él es el verdadero centro de la novela, a quien buscan, la razón de ser del libro, y por tanto, gracias a un cierto suspense creado entorno a su figura, a quien el lector más ansía conocer. Complejo donde los haya, Kutz se convierte en una especie de figura divina para los indígenas a la vez que éste se aprovecha de ellos, mediante tácticas que escapan a la razón y a la ética, para hacerse con el marfil. ¿Estamos, por tanto, ante una descripción de las barbaridades cometidas en el Congo durante la época colonial ¿O por el contrario Kutz simbolizaría la decadencia del sistema atroz a punto de extinguirse? ¿Es Corazón de las tinieblas una denuncia al colonialismo europeo? ¿O simplemente una descripción de la última puesta de sol? Todas esas preguntas justifican de alguna manera la relativa popularidad de la novela, a pesar de su reprochable tono y de sus defectos estilísticos. Por último, mención a parte merecen los llamados Cuadernos del Congo, ese pequeño diario con anotaciones del propio Conrad y que nos narran lo que sus ojos veían durante aquel viaje al Congo Belga  y su interpretación de dichos acontecimientos. La editorial Funambulista acertó de pleno al incluirlos en esta nueva edición, pues gracias a ellos, el lector puede disfrutar de una lectura más amplia, más allá de la novela y de la pluma literaria del autor.


Antes hemos comentado que Corazón de las tinieblas es una novela a la que el tiempo no ha tratado demasiado bien. Sin embargo, a las pruebas me remito, su trama ha servido de inspiración para otros libros o incluso productos cinematográficos hoy día convertidos en clásicos inmortales. Pero más allá de eso, lo que de verdad ha mantenido a Corazón de las tinieblas en pie, aunque con dificultad, ha sido y es su crítica al colonialismo europeo. Un efecto de su tiempo que ha conseguido traspasar las fronteras del tiempo hasta llegar a nuestros días. Desde mi humilde posición de crítica literaria, y teniendo en cuenta esta premisa, me gustaría lanzar una pregunta a los lectores de este siglo, tan ávidos de conocimiento e imbuidos en las nuevas tecnologías: ¿en los tiempos que corren, es posible hablar de colonialismo? Seguramente muchas y muchos de vosotros habréis arqueado las cejas, y no me extraña, "colonialismo" es una palabra muy fuerte, aunque no deja de ser un eufemismo bajo el que se esconden otros términos como "invasión", "apropiación" o "destrucción", más terribles todavía. Cuando oímos hablar de colonialismo se nos vienen inmediatamente a la mente esas fotografías de los libros de historia en las que, por un lado, vemos a dueños de plantaciones de té en la India siendo abanicados y sus pies masajeados por los nativos del lugar, y por otro lado, a africanos encadenados y obligados a posar ante algún fotógrafo perteneciente a las numerosas expediciones que, por aquel entonces, se llevaban a cabo. Imágenes como la que he adjuntado en esta misma reseña, ante la que es imposible no sentir escalofríos e indignación. Pues bien, el colonialismo ha seguido su curso desde el siglo XIX, adaptándose a la evolución de las sociedades y, por supuesto, a la revolución tecnológica experimentada, especialmente durante los últimos años del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI. No lo llamaremos colonialismo, pues repito, es una palabra con demasiada carga negativa y que tal vez anticuada, pero si lo llamaremos, si me lo permitís, imperialismo. De nuevo, una palabra que nos es familiar, muy ligada al colonialismo en su momento y que parece haber encontrado otra vía, a priori más efectiva, para llevar a cabo su objetivo, que no es otro que el imponer un modelo a todos los niveles (político, social, cultural, económico...) sobre otros ya establecidos con anterioridad. Si antes había que invadir países para doblegarlos, ahora las redes sociales cumplen esa función, consiguiendo, por ejemplo, que veas bueno ciertos productos o comportamientos en vez de otros. Quien tiene el poder en estos momentos, el país más influyente del mundo, es decir EEUU, no ha dudado en imponer, desde los tiempos de la Guerra Fría, su capitalismo más salvaje sobre miles de países al rededor del globo terráqueo. Desde ahí se controla todo, desde lo que esta de moda o no hasta temas tan serios como las formas de hacer política. Un sello, el americano, que estamos asimilando sin resistencia alguna, pues desde todas las plataformas posibles te convencen que lo de ellos es bueno y atractivo, mientras lo tuyo, lo autóctono es malo o se ha quedado desfasado. Y la asimilación no consiste solo, por poner un ejemplo de lo más simplista, en la proliferación de más cadenas de comida rápida cuyos nombres conocemos todas y todos, sino en el rechazo a lo nuestro. No hace falta arrebatar, con conseguir que menospreciemos nuestra cultura e idiosincrasia es suficiente. Dicho esto, ¿podemos hablar de una especie de colonialismo 2.0? Es posible ¿Cómo escapar de el? Pues muy fácil: apagando la tele, el móvil, el ordenador y sustituirlo por la lectura por ejemplo. Pero, lo malo de esto es que si lo haces, si tomas esa decisión, te excluyes del sistema, como si de un disidente en una novela distópica se tratase. Además, en cuanto pusieses un pie en la calle, el imperialismo volvería a materializarse, ya sea en anuncios publicitarios, nombres de comercios, en las conversaciones. Este es el mundo que hemos creado entre todos, una sociedad controlada, aleccionada, sometida en cierto modo y por si fuera poco vigilada por el inmenso poder de un país extranjero. Una situación que, si Conrad levantara la cabeza, seguramente contemplaría con horror. Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: una novela de viaje, horror, desasosiego, verdades, mentiras, reflexiones, injusticias, hipocresía, vanidad...Un clásico imperfecto pero imprescindible en toda biblioteca.

Frases o párrafos favoritos:

"La mente de un hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, el pasado y el futuro."

Película/Canción: desde un fallido primer proyecto de Orson Wells, pasando por una versión de Nicolas Roeg de 1993 (con Tim Roth y John Malkovich dando vida a los personajes principales) y finalizando en la locura cinematográfica Apocalypse Now. Esta última, dirigida por Francis Ford Coppola, traslada la acción de la novela de Conrad a la Guerra de Vietman. La película, protagonizada por Martin Sheen y por un inmenso Marlon Brando en el papel de Kurtz, estuvo rodeada por la polémica (desorbitado presupuesto, dificultades para encontrar un actor para interpretar al protagonista, un rodaje infernal, consumo de drogas en el set, las exigencias de Brando...). Aún así, con el paso del tiempo ha acabado convirtiéndose en un film de culto y sujeto de estudio en las escuelas de cine.  Aquí os dejo el tráiler de esta espectacular y nada convencional adaptación cinematográfica. Una película que, a mi juicio, junto con Dunkerque y La chaqueta metálica, posee una de las escenas más impactantes del cine bélico.  



¡Un saludo y a seguir leyendo!

martes, 9 de enero de 2018

RESEÑA: Una mujer en Berlín.

UNA MUJER EN BERLÍN

Título: Una mujer en Berlín.

Autor: Marta Hillers (Krefeld, Imperio Alemán, 1911 - Basilea, Suiza, 2001) fue una periodista alemana y autora del libro autobiográfico Una mujer en Berlín, su diario desde el 20 de abril al 22 de junio de 1945 en Berlín (durante la Batalla de Berlín). Fue publicado de manera anónima para proteger su identidad ya que el libro narra su experiencia como víctima de las violaciones durante la ocupación del Ejército Rojo. Tras un largo proceso de investigación y de trabajos comparativos por parte de Walter Kempowski, fue finalmente el historiador británico Anthony Beevor quien confirmó la autoría del libro. (Fuente: Anagrama).

Editorial: Anagrama.

Idioma: alemán.

Traductor: Jorge Seca.

Sinopsis: en este documento único no se ilustra lo singular sino lo que les tocó vivir a millones de mujeres durante la Batalla de Berlín: primero la supervivencia entre escombros, sin agua, sin gas, sin electricidad, acuciadas por el hambre, el miedo y el asco, y posteriormente, tras la batalla, por la venganza de los vencedores. No hay rastro aquí de aquella autocompasión que padecieron los alemanes tras ser derrotados.  Con el prólogo de Hans Magnus Enzensberger y un epílogo de Kurt W. Marek, crítico y periodista al que la autora confió el manuscrito, Anagrama publica un texto capital para conocer lo que sucedió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. (Fuente: Anagrama).

Su lectura me ha parecido: a veces, queridos lectores y lectoras, una se siente incapaz de describir lo que de verdad opino acerca del libro que hoy reseño. Os diría que es dolorosamente desgarradora, que su rotunda sinceridad abruma y que un escalofrío recorre tu cuerpo de arriba a abajo cada vez que posas la mirada sobre el papel. Os diría que es valiente, contundente, 0 condescendencia, tremendo, con un punto terriblemente sinestesico, arrollador, perturbador, devastador. Os diría que pertenece a esa clase de libros difíciles de olvidar, cuyo recuerdo se te incrusta en el cerebro para siempre, como un continuo aviso, un desesperado mensaje, un sonoro toque de atención tan necesario como atemporal. Una sacudida brutal capaz de mover los cimientos más solidos que todo lector construye a través de todos los libros que uno va leyendo a lo largo de su existencia. Como habéis podido comprobar, a veces es difícil escoger los adjetivos adecuados para describir una experiencia lectora, y más si se trata del libro que hoy vuelvo a tener entre mis manos. Una sola palabra no basta para contar una historia, ni para describir con pelos y señales lo que sucedió durante aquellos días en los que los cimientos de la capital del Tercer Reich comenzaban a desquebrajarse. Una palabra no es lo que se merecen sus habitantes, en especial las mujeres, absolutas protagonistas de este imprescindible relato. Una mujer en Berlín: la supervivencia entre destrucción y las terribles represalias de los vencedores.


Una mujer en Berlín forma parte de mis recuerdos más recientes y resume, en parte, una de las cuestiones que durante un tiempo ocupó mi interés intelectual, que no es otro que el de la lectura de testimonios procedentes del pasado. Fue en tercero de carrera cuando experimenté ese primer y verdadero contacto con este tipo de fuentes. Durante mi etapa en el instituto, y siempre por voluntad propia, me había hartado de leer libros de un corte similar al famosísimo Diario de Anna Frank, pero en cuando comencé a leer aquellos textos, el mundo pareció abrirse ante mis curiosos ojos. Esta primera experiencia me ayudó a introducirme en su lectura, pero no fue hasta el Máster cuando entonces tuve el privilegio de leer más testimonios, analizarlos como es debido, investigar a través de estas fuentes e incluso asistir a una conferencia sin precedentes en la facultad, en la que pude escuchar el relato de Sigfried Meir, superviviente de Auschwitz y Mauthausen. Sin embargo, aún se me quedaban cortos dichos conocimientos adquiridos, por lo que empecé a buscar por mi cuenta otros diarios, escritos y demás libros que pudiesen mostrarme otra cara de la Segunda Guerra Mundial. Fue de este modo como di con Una mujer en Berlín, mientras buscaba, distraída, algún libro para poder leer aquel caluroso verano de 2016. Uno de los profesores del Máster, cuya presencia lograba imponer a más de uno, fue el que nos habló de dicho libro, sin embargo, y siempre por culpa del tiempo, no pudimos entrar en su lectura y análisis. Desde entonces, desde aquella clase, no pude dejar de pensar en Una mujer en Berlín. Algo me decía que aquel era el libro que tanto buscaba y que anímicamente estaba preparada para leer, por lo que en cuando lo vi, allí, reposando sobre uno de los enormes estantes de la Biblioteca de Humanidades, no lo dudé ni un segundo. Junto con La Pimpinela Escarlata se convirtió en la lectura más importante de aquel verano, tanto que, como ya he comentado en el primer párrafo, su recuerdo lo llevo grabado a fuego en mi memoria. Hacía mucho tiempo que un libro no lograba superar mis expectativas ni ofrecerme las respuestas que necesitaba, y éste en concreto me hablaba de lo que verdad andaba buscando, es decir, de esas voces situadas en los márgenes de la historia, de esos protagonistas que durante años habían sido silenciados, ignorados y olvidados por historiadores y la sociedad en general. Hoy, dos años después y tras haberme nutrido de otras lecturas similares, os puedo asegurar que ninguna ha logrado superar el estilo y la dureza de Una mujer en Berlín.


En lo que respecta a su lectura, comenzaremos diciendo que Una mujer en Berlín presenta una lectura con diferentes caras. Por un lado, para quienes estén interesados en el tema, se toparan con un libro que rebosa las expectativas y todo lo que hayáis podido escuchar acerca de él. Y por otro, para quienes no estén acostumbrados a leer este tipo de libros, el impacto tal vez sea mayor. Eso si, lo que está claro es que este texto en su conjunto se compone de varios elementos esenciales. El primero de ellos, una observación desmedidamente despiadada. Sin tapujos, sin artificios, sin tratar de esconder los detalles más duros, la autora nos narra lo sucedido durante aquellos tres meses en los que Berlín se caía a pedazos y en los que las tropas rusas arrasaron con todo, sin importar el daño que podían causar. Y para ello, no hay mejor arma que la franqueza, que conduce irremediablemente a la verdad, por muy terrible que al lector le parezca. La autora no se deja nada en el tintero, absolutamente nada, lo que nos da una idea de que la finalidad de Una mujer en Berlín va más allá de la de proporcionar un simple testimonio. El segundo, la impactante serenidad. Sus ojos observan sin filtro su alrededor, un paisaje nada halagüeño en donde la supervivencia entre el caos y la destrucción propias de una guerra se apodera de los habitantes de la capital alemana. Pero ese es el día a día, desde hace un tiempo, y la autora, aunque en el fondo desea que la contienda finalice, vive su realidad con una serenidad curtida a base de la experiencia que ofrece la crudeza de una guerra. Todos los personajes, reales todos ellos, que aparecen en el libro conviven con el miedo y la incertidumbre, tanto es así que estas emociones acaban por volverse cotidianas. Las circunstancias les han obligado a naturalizar todo eso, algo que el lector no puede evitar observar con pasmo, para después darse cuenta de que en las mismas circunstancias, probablemente actuaríamos del mismo modo. El tercero, ese humor macabro que no hace sino envolver a Una mujer en Berlín de una escalofriante bruma. Introducir el humor en un libro de este tipo siempre es arriesgado, se corre el peligro de caer en la frivolidad o en el chiste de peor gusto. Sin embargo, es precisamente el pertinente uso del humor, un humor sin condescendencias y tan frío como el hielo, lo que hace que el lector acabe cautivado. Su autora logra prender una leve chispa en los momentos adecuados, que en ocasiones, suelen ser los que el lector menos se espera. Dicen que hay que tomarse las cosas con humor, pero cuando hay una guerra de por medio, éste acaba apareciendo en medio de bunkers atestados de gente, en plazas convertidas en auténticos campos de batalla e incluso en esos momentos en los que es mejor cerrar los ojos y no moverse. Lo dicho, humor oscuro para tiempos aún más oscuros. Y por último, en cuarto lugar, una reflexión clara e insobornable: la de que ningún bando es bueno. Ni el de los alemanes ni el de los rusos, todos cometen las mismas atrocidades cuando la guerra lo inunda todo. Y aunque Una mujer en Berlín se centra en narrar las barbaridades cometidas por el ejército soviético en un terrible sentimiento revanchista y vengativo, la autora deja bien claro que ante una situación así, las personas se muestran tal y como son, y en algunos casos, pueden parecerse al mismísimo demonio. Finalmente, y a modo de recapitulación, os diré que Una mujer en Berlín, aunque no sea una novela, aunque esté estructurada a modo de diario personal y a pesar de todo lo que he comentado, lo cual, puede echar para atrás a más de uno por su dureza, os aseguro que merece la pena leerlo. Su lectura logra removerte el estómago, pero también la conciencia, y eso es lo más importante.


Nadie que haya leído Una mujer en Berlín puede negar que éste es un libro único, no sólo por la forma en la que su autora narra lo sucedido, también por esa valentía al atreverse a hablar de las grandes olvidadas de los conflictos bélicos: las mujeres. El machismo impregna cualquier guerra, hasta el punto de llevar dichas actitudes normalizadas por la sociedad del momento al extremo más despiadado y terrible. Y dentro de todas las atrocidades que se cometen contra las mujeres en contexto de guerra, las violaciones están a la orden del día. En Una mujer en Berlín, la autora describe con pelos y señales como los soldados soviéticos, ávidos de venganza, asaltaban a las mujeres alemanas para violarlas salvajemente. Incluso a lo largo del libro, la propia autora es víctima de acoso sexual y de intentos de violación. En aquella época, la violación suponía condenar a la mujer moral y socialmente para el resto de su vida. La perdida de confianza por parte de la sociedad, la dificultad de encontrar un trabajo digno, la demonización de la persona o, en el caso de que fruto de la violación naciese un bebé, te colgasen el San Benito de "madre soltera", algo que no estaba bien visto a mediados del siglo XX y que todavía sigue suscitando habladurías en pleno XXI. El lector eso lo sabe de sobra, pero en cuanto, tras leer Una mujer en Berlín, comprueba como, sin necesidad de montar una guerra, se siguen produciendo violaciones, incluso en el primer mundo, a dos manzanas de su casa, su rostro palidece al instante. La idea de asociar a la mujer con un objeto y la conocida como "cultura de la violación" hacen posible que se produzcan casos como el de La Manada y tantos otros no tan mediáticos. Hace unas horas la presentadora, actriz y activista por los derechos sociales Oprah Winfrey pronunció uno de esos discursos para la historia, en donde enarbolaba el famoso "Time´s Up" y la verdad, como mujer y persona que soy, no puedo dejar pasar la oportunidad de reclamar mayor igualdad y menos impunidad. Ninguna mujer debería ser agredida sexualmente ni ser discriminada por su condición femenina, y para ello, para lograr un mundo más igualitario, la educación en fundamental, la única vía para lograr que la situación cambie. Lecturas como Una mujer en Berlín pueden ayudar a los historiadores a comprender mejor esa parte de la historia que, por desgracia, ha permanecido durante mucho tiempo en los márgenes o directamente olvidada. Las mujeres en la historia son importantes, algo que ya nos debería haber quedado claro desde hace mucho tiempo. Pero también, Una mujer en Berlín puede leerse en las escuelas, en la asignatura de Historia, ya no sólo para conocer la historia desde una perspectiva nueva, también para que las futuras generaciones, tanto la de las mujeres, pero especialmente la de los hombres, sepan que meter mano a una mujer sin su consentimiento o piropearla por la calle es acoso sexual. En guerra las violaciones se cuentan por millones, pero en tiempos de paz, éstas se convierten en invisibles para la sociedad. Una mujer en Berlín: una historia de terror, hambre, combates, disturbios, acoso, discriminación, violación...El más valiente testimonio de denuncia  frente a la cara más despiadada del poder patriarcal.

Frases o párrafos favoritos:

"Quien quiera enterarse de lo que en realidad ocurrió en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, tendrá que preguntarle a las mujeres. Y es que, entre las ruinas, los hombres demostraron ser el "sexo débil"."

Película/Canción: en el año 2008 se estrenó la primera adaptación cinematográfica de este libro. Bajo el título Anonyma, dirigida por Max Färberböck y protagonizada por la actriz alemana Nina Hoss.  


¡Un saludo y a seguir leyendo!