Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 26 de marzo de 2022

RESEÑA: El poder del perro.

 EL PODER DEL PERRO


Título: El poder del perro. 

Autor: Thomas Savage (Salt Lake City, 1915 - Virginia Beach, 2003) creció en un rancho en las llanuras de Montana. Estudió escritura creativa en la Montana State College. En 1980 obtuvo la prestigiosa beca Guggenheim, trece años después de publicar El poder del perro, una obra maestra instantánea y uno de los exponentes más recientes de lo que ha venido a llamarse como Literatura del Oeste americano y recientemente adaptada al cine de la mano de la directora Jane Campion. Además de El poder del perro, Savage es autor de trece novelas, entre las que encontramos Línea de medianoche (1976), El paso (1944) o Lona Hanson (1948). Ésta última también fue llevada al cine y fue protagonizada por Rita Hayworth y William Holden. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Eduardo Hojman. 

Sinopsis: Montana, 1924. Phil y George son hermanos y socios, copropietarios del rancho más grande del valle. Cabalgan juntos, transportando miles de cabezas de ganado, y siguen durmiendo en la habitación que habían tenido de niños, en las mismas camas de bronce. Phil es alto y anguloso, George rechoncho e imperturbable. Phil podría haber sido cualquier cosa que se propusiera, George es tranquilo y no tiene aficiones. A Phil le gusta provocar, George carece de sentido del humor, pero tiene ganas de amar y de ser amado. Cuando George se casa con Rose, una joven viuda, y la trae a vivir a la hacienda, Phil comienza una campaña implacable para destruirla. Pero los más débiles no siempre son quienes uno cree. 

Su lectura me ha parecido: abrasiva, sigilosa, asfixiante, perturbadora, gráfica, tensa, oscura, con unos personajes bien cimentados, retorcida... El western, género clásico donde los haya que inconscientemente hemos acabado por asociarlo al séptimo arte gracias a directores y actores muy concretos y ya indisociables de sus formas, también es literatura con mayúsculas. Desde sus orígenes en la Norteamérica de mediados de siglo XIX, al compás de los trascendentales acontecimientos históricos que estaban teniendo lugar en el país tanto a nivel político-geográfico (el "Destino manifiesto" y la "Tesis de la frontera") así como de carácter económico-social y belicoso (la conquista del Oeste, la repoblación, la fiebre del oro, las guerras indias y el consecuente destierro de los pueblos nativos a las reservas etc...), el western se ha nutrido de las historias que emanaban de dichas experiencias y testimonios resultantes. Tomando como textos fundadores los conocidos como "cuentos de la frontera" James Fenimore Cooper, escritor de novelas de aventuras históricas, ostenta el honor de ser el primer autor en inaugurar esta tradición literaria con sus cinco novelas recogidas bajo el título Los cuentos de Leatherstocking. Escapando al anonimato y convirtiendo los montes de los Apalaches en territorio western. Entre la década de 1850 a los primeros años del siglo XX el género vive su primera gran revolución, adaptándose a los nuevos tiempos y a las necesidades de los lectores gracias a las "Dime Novels". Tomando como ejemplo los famosos y populares "Penny Dreadfuls" británicos - recordemos, historietas publicadas por entregas en revistas o periódicos generalmente ancladas en el terror más sensacionalista y sanguinario - comenzaron a proliferar pequeñas publicaciones que, por diez centavos, hicieron las delicias de aquellas primeras generaciones de masas. Los hombres de la montaña, los colonos, los indios y los forajidos que actuaban fuera de la ley eran los personajes más repetidos. Y dentro de todos ellos, los más populares fueron los que se atrevieron a friccionar a partir de personajes reales como Bufalo Bill o Billy the Kid entre otros. En los años 30 del siglo XX las revistas pulp ayudaron a la expansión del género en Europa y Asia, además de la incipiente industria hollywoodiense que, en su edad dorada, alumbró las primeras películas mudas de un por aquel entonces desconocido John Ford. Sin embargo, no fue hasta los 60 cuando el western vivió su mayor cuota popularidad, tanto en ventas de novelas - las cuales habían ganado en calidad literaria - como visionados tanto en el cine como en la televisión. Y aunque durante las siguientes décadas el género entró en declive - debido, sobre todo, a la aceptación que alcanzó el policíaco en su revisión del noir - lo cierto es que nunca ha dejado de reinventarse sin renunciar, en parte, a ese apelativo de "literatura de quiosco" que tantos se han empeñado en convertir en un insulto dentro del mundo de la literatura. Al western van asociados nombres de escritores como Jack Schafer, Louis L´Amour, Lucke Short, Cormac McCarthy Clarence Mulford o nuestro Marcial Lafuente Estefanía. También de mujeres, menos por desgracia, como Dorothy M. Johnson - quien escribió ¡ojo! El árbol del ahorcado y El hombre que mató a Liberty Valance -, Elinore Pruitt Stewart o B.M. Boyer. Y por supuesto el de Thomas Savage, escritor criado en un rancho de Montana y fallecido en el 2003 que vuelve a estar de actualidad gracias a Jane Campion y la película por la que puede alzarse este domingo con el máximo galardón de la 94 edición de los premios Oscar. El poder del perro: el atípico y sibilino western queer. 


Dejando a un lado el film de Campion - aunque resulte inevitable dado el magnífico trabajo de adaptación - así como la impresionante interpretación de quien para mi debería arrebatarle el Oscar a Will Smith - Benedict Cumberbach, de Sherlock Holmes y Alan Turing a  Doctor Strange, y de ahí a un rudo vaquero digno sucesor de John Wayne - lo cierto es que El poder del perro, a nivel literario, es un western extraño. Y remarco lo de extraño porque, si bien en cuanto a su estructura y geografía es enormemente clásico, no lo es tanto en lo que a su contenido se refiere. Algo que, si observamos el contexto del autor, nos da una enorme pista del porqué de esta interesante decisión narrativa. Thomas Savage publica El poder del perro en 1967, década, la de los 60, marcada en Estados Unidos no solo por la Guerra de Vietnam, también por el ambiente contracultural que surgió en los márgenes hasta llegar a conquistar el espacio político y público de por aquellos años. Movimiento que, entre sus muchas aportaciones, reflexionó entorno a las libertades, incluyendo la sexual, sin ser excesivamente visionaria, pero sí avanzada para la época. Unas reivindicaciones que, en la novela de Savage, se cuelan desde un prisma más progresista al plantear un western clásico en el que la temática LGTBI quede expuesta, a pesar de las diferentes capas que el autor le agrega, en un primerísimo primer plano. Mucho antes de que Annie Porlux - autora del posfacio de la presente edición de Alianza - escribiera aquel relato para The New York Times titulado Brokeback Mountain que años más tarde adaptaría con gran éxito Ang Lee, Savage ya se atrevió a corromper la figura del tosco e impenetrable cowboy a base de matices, sutilezas y pequeños detalles colocados, como si de un attrezzo teatral se tratara, en un desconcertante segundo plano para, capítulos después, estamparlos en los ojos del lector. Aunque considero la película de Jane Campion - directora de El piano, una de mis películas favoritas - por momentos superior al texto que la inspira, no debemos desmerecer los diferentes puntos fuertes sobre los que El poder del perro (novela) se sustenta. Tales como la milimétrica construcción de sus personajes, especialmente las de los hermanos protagonistas - Phil y George - deliciosamente antagónicos, la de esa machacada Rose - desesperada ante el desprecio de su cuñado, quien se empeña en hacerles la vida imposible - o la de ese Peter - hijo de Rose - que, bajo su apariencia "débil" y siendo el blanco de todas las burlas homófobas, se esconde un astuto joven con un oscuro plan. De hecho, la gran sorpresa de la novela viene dada por ese plow twist - o giro busco en este caso - de la trama en sus últimas líneas. Un volantazo que hace replantearte el libro en su totalidad, otorgando sentido a la extrañeza inicial y concluyendo en una poderosísima reflexión entorno al terror que algunos hombres sienten al ver que su "masculinidad" - a la antigua usanza - ya no tiene cabida en este mundo, así como la relación de éstos con las peores caras de la misma. Este sugerente cambio de rumbo contrasta, por otro lado, con un estilo seco, a ratos árido y con numerosas descripciones bastante explícitas de lo que implica trabajar en un rancho. Un ejemplo de esto sería su impactante inicio, en el que se narra la castración de una res sin cortapisas. Cierto es que respeto la decisión del autor y entiendo que tras ello se esconde una razón de estilo que, es cierto, casa a la perfección con lo que nos quiere contar. Sin embargo, a título personal, lo del "despiece" se me ha atragantado. No me caracterizo precisamente por ser una lectora melindrosa - en todo este tiempo he leído libros bastante fuertecitos - pero esta vez no he conseguido sentirme cómoda con dichas escenas. En definitiva, y a pesar de la casquería, la novela de Savage merece un hueco en aquellos lectores de mente abierta que amen el western, los thrillers soterrados y, aviso de nuevo, las imágenes fuertecitas. Aunque aquí lo importante es observar como es posible desmontar el discurso heteropatriacal desde, hasta ahora, uno de los géneros tradicionalmente más testosterónicos de la literatura y del séptimo arte. Paradojas que, hoy por hoy, me dan la vida. 

El poder del perro: una historia de secretos, acosos, derribos, paisajes áridos, desollamientos, orientaciones sexuales reprimidas, masculinidades tóxicas quebradas, venganza, justicia "divina"... Seguiré leyendo westerns. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Puertas, puertas, puertas, puertas; cinco puertas exteriores en la casa. Rose conocía el sonido que hacía cada una de ellas al abrirse o cerrarse. La puerta trasera que usaba Phil dejaba entrar un fuerte viento, que hinchaba la alfombra y hacía que se retorciera como una serpiente. Una tarde, supo que Phil había entrado en la casa: caminaba con un paso rápido, ligero, muy arqueado, con sus pies más bien pequeños Ella lo oyó entrar en su dormitorio y cerrar la puerta. Protegida de sus pensamientos y emanaciones por esa puerta cerrada, se sentó y empezó a tocar; pero, cuando empezó a escuchar de manera crítica sus propias interpretaciones, oyó otro sonido, el del banjo de Phil, y de pronto se dio cuenta de que cuando ella practicaba él también tocaba. Hizo una pausa, mirando las teclas. El punteo del banjo también se detuvo. Cautelosamente empezó a tocar de nuevo. De nuevo, el banjo. Hizo una pausa; el banjo hizo una pausa. Entonces tuvo la sensación de que algo le trepaba por la nuca: él estaba tocando precisamente lo que estaba tocando ella... y mejor."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

miércoles, 28 de octubre de 2020

RESEÑA: Como si existiese el perdón.

 COMO SI EXISTIESE EL PERDÓN


Editorial: Las Afueras. 

Autora: Mariana Travacio (Argentina, 1967). Nació en Rosario, pasó su infancia en Brasil y actualmente reside en Buenos Aires. Es licenciada en Psicología por la Universidad de Buenos Aires donde se desempeñó como docente de la Cátedra de Psicología Forense. Es Magister en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero y traductora de francés y portugués. Sus cuentos han recibido numerosos premios nacionales e internacionales y han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, Uruguay, Brasil, Cuba, España y Estados Unidos. Es autora de los libros de relatos Cotidiano (2015) y Cenizas de Carnaval (2018) y de la novela Como si existiese el perdón (2016, Las Afueras, 2020).


Editorial: Las Afueras. 

Idioma: castellano. 

Sinopsis: Como si existiese el perdón es una historia de venganza y redención. Mariana nos conduce a través de un mundo desolado, que trae a la memoria las mejores páginas de Juan Rulfo, hasta un final inevitable que tiene sabor de venganza antigua. Inevitable decíamos, porque todos los personajes de esta historia parecen marcados por la fatalidad, pero también porque la autora no nos da la oportunidad de apartar la mirada de este libro duro y memorable, con un estilo tan desnudo y poético como los paisajes que describe. Un libro cargado de simbolismos, una historia que atrapa e impacta por su crudeza. Desde la primera página, el lector comprobará que tiene en la mano algo más que un western kafkiano o una nueva vuelta de tuerca a la literatura gauchesca. Esta novela es, sobre todo, una fábula moral sobre la naturaleza humana, la violencia y la justicia. 

Su lectura me ha parecido: breve, espectral, sobrio, demasiado escueto, furioso en ocasiones, poético, simbólico, polvoriento, que te lo lees de una sentada... "Gaucho" - como término - se utiliza para referirse a los habitantes característicos de las llanuras o zonas próximas de lugares como Argentina, Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y una parte de Brasil. Aunque existen muchas controversias entorno al origen etimológico de la palabra, existen expertos que aseguran que podría derivar de "hachu" (vagabundo en quechua), del árabe "chaucho" (látigo utilizado en el arreo de los animales) o del portugués "garrucho" (instrumento para atrapar al ganado) entre otras hipótesis. Se identificaba por su condición de hábil jinete y por su vinculación con la proliferación de vacunos en las regiones rurales, siendo además partícipes de actividades económicas y culturales al rededor del consumo de carne y la industria del cuero. Así mismo, los gauchos - en su mayoría - a día de hoy son considerados iconos de la tradición y de las costumbres del campo. Repudiados antaño, una corriente historiográfica está empeñada, no sin razón, en poner a estos hombres  y mujeres (porque haberlas haylas) como símbolos de la liberación colonialista. De hecho, fueron muchos los que participaron de forma muy activa en los distintos procesos de independencia acaecidos en Sudamérica a principios del siglo XIX. Por no hablar de su rol protagónico en la historia del conocido como Cono Sur - recordemos, el área más austral del continente americano que comprende los países de Argentina, Chile y Uruguay - donde no sólo asentaron su forma de vida en las zonas menos pobladas, sino que además, lograron alcanzar cotas de poder e influencia nunca vistas en otros lugares de América Latina. A partir de 1852, los partidos políticos sustentados por los gauchos comienzan su particular declive, sobre todo en Argentina, quedando su presencia reducida al clientelismo y siendo sus tierras controladas por estancieros latifundistas. La introducción del alambrado de púa en 1860 fue, en última instancia, la último obstáculo que supuso la definitiva decadencia del gaucho tradicional al no poder desempeñar la trashumancia a la antigua usanza. Al calor del mito nació lo que conoce como Literatura Gauchesca en la que sobresalieron nombres como los de José Hernández - autor de Martín Fierro, un poema narrativo que muchos estudiosos señalan como texto fundacional y canónico - o Eduardo Gutiérrez - autor de Juan Moreira, una especie de Robin Hood argentino -. Los cuales no hicieron sino engrandecer su figura hasta equipararla a la de los cowboys norteamericanos, de hecho, no es de extrañar que en ocasiones, sobre todo en aquellas sucias e hiperrealistas películas del Espagueti Western, creamos ver algunos rasgos del gaucho argentino, uruguayo o chileno. ¿O fue al revés? O fue Sergio Leone, por citar un ejemplo, el que se empapó de esa influencia en un intento por alejarse de la idealización del western norteamericano. Dicho esto, preparen las provisiones, ensillen a sus caballos y recibamos al son de la guitarra a una nueva pluma que ha conseguido revitalizar el género a base de cruzar influencias tanto literarias como cinematográficas. Como si existiese el perdón: el western gauchesco que, en el fondo, estábamos deseando. 


Desde uno de esos inicios tan evocadores como asfixiantes, Mariana Travacio se mete en el bolsillo a los lectores en el momento en el que irrumpe, como si de una aparición fantasmagórica se tratase, un extraño personaje. Su presencia perturba a los protagonistas, a ese Manoel que narra esta historia y a Tano, una suerte de Sancho Panza más siniestro pero igualmente leal. Un espíritu que acabará reapareciendo en su doble, en ese mellizo que acabará por confundirse con el muerto, hasta el punto de no distinguirlos. Sin duda esta introducción del doppelganger - del que autores como Stevenson o Dostoievsky  o cineastas como Lynch usarían de forma magistral - ya nos da una pista de que, al contrario que Hernández o Gutiérrez (recordemos, padres del género gauchesco) Travacio prefiere cabalgar por otras tierras, optando por la transversalidad y potenciar la accesibilidad de una tradición literaria muy demasiado reduccionista. Si bien es cierto que la novela tiene sentido gracias a la profundización en uno de los grandes temas de la literatura universal - la venganza - la autora explora los distintos caminos que conducen a ella. Y en ese camino entran en conjugación recursos que mezclados entre sí ayudan a ensalzar una historia que, aunque corta en su extensión, deja un recuerdo en la memoria de quien se atreva a leerla. En primer lugar la magia - o el realismo mágico como comúnmente se le conoce - surge de forma natural de entre la arena del desierto, del polvo en suspensión, de esas botas con años de experiencia en sus suelas o en los mismos paisajes que los protagonistas recorren en su pretensión de llevar a cabo su particular vendetta. A priori podría parecer que Travacio ha optado por homenajear a Gabriel García Márquez desde una humildad supina, pero a medida que vamos metiéndonos en la historia y empapándonos del estilo de la escritora, descubrimos que su suciedad y esa constante presencia de símbolos son más cercanos a Juan Rulfo - otro de los grandes pero, por desgracia, menos recordado - que al autor colombiano. Con esto algunos pensarán que Travacio rebaja sus expectativas cuando, en mi más sincera opinión, lo que hace es tomar las enseñanzas de otro gran maestro para hacerlas suyas, a pesar de que, una vez dicho esto, no podamos evitar pensar en Pedro Páramo cada vez que Travacio hace gala de sus descripciones oníricas. En segundo lugar, la influencia del western es notable y de una abrumadora obviedad. No hay que olvidar que los distintos puntos en común entre los gauchos argentinos y los cowboys norteamericanos. Ya el propio título - Como si existiese el perdón - parece un homenaje explícito a aquellas cintas en las que la implacable mirada de Clint Eastwood conseguía ponernos alerta o en tensión. De hecho, muy lejos del extremo estiramiento del tiempo cinematográfico tan característico de dichas películas, Travacio construye su novela como disparos, con capítulos que a penas llegan a la media página y con contundentes escenas que mejoran y agilizan la trama. Por todo esto me atrevo a comparar más la novela de Travacio con esa vertiente literaria tan de quiosco - donde Marcial Lafuente Estefanía brilló entreteniendo con sus novelas del Oeste a la generación de nuestros abuelos - y de rápido consumo. Tal vez la intención de la autora fuese más autoral a la hora de revitalizar el género que el de parecerse, literariamente hablando, a Leone o a Corbucci. Más Rulfo o Michael Chabon y menos el hombre sin nombre. Eso sí, permitidme una sugerencia, si lo que queréis es vivir una experiencia inmersiva probad con Morricone dirigiendo la orquesta y Alessandroni silbando a lo lejos. Simplemente embriagador. 


Por último señalar dos aspectos primordiales: la visivilización de las mujeres gauchas y el viaje tanto físico como interior. El primero de ellos sin duda supone la que creo que es la verdadera revolución dentro de la literatura gauchesca más allá de las influencias externas a dicho género. Y es que hasta ahora las mujeres en las novelas protagonizadas por gauchos estaban relegadas a un segundo plano, por no decir que su presencia, en ocasiones, se reducía a mera anécdota, siendo el objeto - que no el sujeto - de espeluznantes trueques o de viles manipulaciones. Todo ello en detrimento de su autoestima y en refuerzo de la autoridad masculina. Sin embargo, en Como si existiese el perdón las gauchas toman un protagonismo inaudito, situándolas en un estadio similar al de los hombres en cuanto a profundidad psicológica y carácter. Su presencia, siempre marcada por un carácter mágico y extraordinario, puebla la novela de una originalidad exquisita. Ejemplos de ello son los personajes de Ramona, la mujer de Juancho, a la que llevan ofrendas porque concede milagros, Pepa, capaz de sanar cualquier herida, Miranda e Iris, personajes femeninos que nunca se muestran pero que el lector es capaz de imaginarse con rasgos de poderosas hechiceras u Ofelia, la madre de Lopete y que comparte gran parte de su enajenación mental silenciosa con el personaje shakespeariano. De hecho, Ofelia es precisamente de los personajes más interesantes de la novela precisamente por esas constantes conexiones hamletianas, con apariciones espectrales incluidas y rápidos episodios de violencia sangrienta de los que el propio dramaturgo inglés estaría muy orgulloso. Por otro lado, el segundo de ellos - lo referente al significado del viaje - no puede pasarse por alto dado su aproximación hacia el clasicismo. Como si existiese el perdón está llena de tropos literarios, desde esa venganza tan cercana a lo hamletiano a el miedo más subyugante partiendo de lo mágico, pasando por un intenso amor, en este caso por la familia. Pero es en la odisea que emprenden Manoel y Tano donde podemos apreciar una mayor impronta clásica, llegando en ocasiones a coquetear con la concepción Homérica, canónica a todas luces, que aún así sigue sirviendo de guía a las y los escritores de las generaciones más actuales y las que está por venir. De este modo, cada dificultad en el camino (polvo, lluvias torrenciales, calor infernal...) va directo a nuestros sentidos, apreciando esa punzada tan típica en el estómago que, sin embargo, indica la pericia de sus palabras. Cada parada en la ruta cobran protagonismos inesperados (la casa de Luisa se nos antoja la de Penélope en su habilidad tejiendo y en esa especie de Oasis que ambos personajes encuentran a su llegada). No obstante, el propósito no es noble, al contrario, el lector prevé una matanza sanguinolenta final de dicho trayecto. Nada que ver con lo que Homero nos describió al llegar a su adorada Ítaca. Pero dejadme que os diga que es en el "mientras tanto" donde los lectores pueden encontrarse cómodos, en ese cabalgar por las praderas, en esa superación de las adversidades, en los pensamientos que se cruzan, como una estrella fugaz, en la mente de Manoel o Tano. Un "mientras tanto" que, por supuesto, ansías sea eterno. 

Como si existiese el perdón: una historia de venganzas, sangre, fantasmas, desiertos, casas familiares, honor, honores que enmendar, mujeres cruciales, largos caminos... Una ráfaga de aire fresco en tiempos de limitaciones y deseos contenidos. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Allá donde vivíamos, venía el viento del norte. Era un viento de calor que nos cercaba hasta instalarse como un perro hambriento. Cuando nos tenía rodeados, dormíamos unas siestas interminables. Nos despertábamos cuando el sol se iba y el cielo quedaba con un resplandor que seguía levantando el olor de la tierra seca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras