Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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miércoles, 21 de julio de 2021

RESEÑA: Bienvenidos a América.

 BIENVENIDOS A AMÉRICA


Título: Bienvenidos a América. 

Autora: Linda Boström Knausgard (Estocolmo, 1927) es poeta, novelista y productora de documentales para la radio sueca. Su primera novela, Helioskatastrofen, fue galardonada con el Premio Kandre en 2014. Bienvenidos a América, su segunda novela, se ha traducido a más de veinte idiomas y fue finalista del prestigioso Premio August y del Premio Literario Svenska Dagbladet en 2016. Su libro más reciente, de corte autobiográfico, es Oktoberbarn. 


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: sueco. 

Traductora: Carmen Montes. 

Sinopsis: Ellen tiene once años y cree haber cometido un acto atroz: ha suplicado a Dios la muerte de su padre, un hombre alcohólico y atormentado. Ahora su deseo se ha cumplido y Ellen, sumida en la culpa, enmudece por por temor al poder de sus pensamientos. Su hermano adolescente se atrinchera en su habitación, escucha música a todo volumen y orina botellas vacías. Su madre, una de las actrices más famosas de Suecia, se empeña en aparentar una normalidad inexistente y repite con insistencia que forman una "familia de luz", pero su optimismo no logra disipar la tiniebla que amenaza con engullirlos a todos. 

Su lectura me ha parecido: dura, intensa, afilada, amarga, perturbadora, oscura, violenta, con una protagonista imborrable, un cóctel lleno de lágrimas... Es la misma historia de siempre. Él, pelo largo, canoso, de mirada azulada y limpia. Arrugas en su rostro, nariz alargada, cuidada barba. Se pone a escribir, a sabiendas de su talento para ello, con una ambiciosa idea en la cabeza: la de contar con pelos y señales su vida. Hasta el más ínfimo detalle, con una prosa lenta y meticulosa. Bajo el título Mi lucha - nada que ver, por supuesto, con el libro que todas y todos sabemos; aunque no le falta cierto grado de pretenciosísimo, había que decirlo - publicó sus dos primeros volúmenes, los cuales acabaron siendo un éxito rotundo en Noruega. Un país de a penas 5 millones de habitantes que, como bien nos han contado, son bastante conocidos por su pasión por la lectura. Algo extensible, por supuesto, a gran parte de la órbita escandinava. A esos dos siguió una tercera entrega, y otra, y otra. Así hasta un total de seis volúmenes en los que asistimos a los detalles más íntimos del escritor, incluyendo algunos que afectan a sus amistades y hasta su propia familia, trayendo consigo las críticas de familiares cercanos y algún que otro divorcio como consecuencia de una sobreexposición, en ocasiones, no consentida. Sin embargo, eso no impidió que dichos libros saltaran al mercado internacional e inundaran las casas de medio mundo. A día de hoy son pocos los que no tienen uno o varios ejemplares de su monumental saga en sus estanterías del salón - yo debo ser una rara avis - expuestos, en orden, o rigiéndose por las leyes del libre albedrío. Pero ahí están. Para ser vistos. Admirados. O en mi caso criticados. No me escondo, Karl Ove Knausgard me parece de los escritores más sobrevalorados del panorama literario actual. Aunque, eso sí, le debamos gran parte de las toneladas de ejemplares adscritos a la sobre explotada "Autoficción" que en los últimos años nos hemos comido con patatas. Unos con mejor entusiasmo que otros. Y es que, y en esto debo ser totalmente sincera, no todo el mundo sirve para esto, no todo el mundo sabe plasmar con artefactos literarios algo supuestamente 100% verdadero. Dicho esto, seguro que muchas y muchos de vosotros os estaréis preguntando a qué ha venido la parrafada sobre el afamado escritor noruego. La pista la encontramos, por supuesto, en esa frase inicial, en esa retórica patriarcal que no nos deja mirar más allá de la figura del gran escritor de éxito. Esa que nos impide atisbar el poder narrativo de una de sus parejas, Linda Boström, aquella que quedó ensombrecida ante el mastodonte literario, aquella que, un año después de alejarse de él, nos regalaría un texto - irónicamente con toques autobiográficos o disfrazado de ellos, no lo sabemos - impecable que, a pesar de la dureza de las imágenes que nos describe, merece la pena leer. Bienvenidos a América: el odio al padre, la violencia subyacente y la infancia como prisión. 


Reconozco que cuando lo empecé a leer tuve que meditarlo, dejarlo estar día sí día también, reposar cada párrafo que, como una bala, impactaba de lleno en la herida que se abrió hace unos años en mi estómago. Desde entonces, todo libro - especialmente si son novelas, aún no he conseguido averiguar el por qué - en el que los hijos odian, de forma extraordinariamente visceral y lacerante, a sus progenitores provoca que dicho corte se agrande unos centímetros más, haciendo inviable cualquier intento de aproximación a su lectura. Todavía me sorprendo de, hace unos años, haber salido indemne de un libro como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (de Tatiana Tibuleac). Una historia en la que somos testigos del rencor que un adolescente herido le profiere a su madre enferma y a la que le queda poco tiempo de vida. Yo creo que fue la poesía, como lleva sucediendo desde que redescubrí los versos del poeta alicantino más importante que ha dado las letras españolas, de sus imágenes lo que acabó salvando a aquella lectura de la injustificada condena. De que ardiese en la imaginaria hoguera de las novelas que hacen daño. Algo parecido me sucedió con el texto que hoy tengo el placer de reseñar, en el que, aunque no exista belleza lírica por ningún lado - de hecho el retrato que propone es capaz de escocer la piel - sí que encontré episodios de abstracción y de contención narrativa que me hicieron alejarme, psicológicamente hablando, de los hechos que se estaban narrando en ella. Automáticamente coloqué un muro de contención, por si las palabras eran en realidad agujas fuera del costurero, pero al no recrearse en exceso en sobreexplotar el drama, éste acabó evaporándose, aunque esa inquina - en este caso hacia el padre - quiso que en más de alguna ocasión me afectase más de la cuenta. Salvando toda implicación que solamente compete al ámbito estrictamente privado, cabe ensalzar el trabajo de Boström a la hora de introducir al lector en un ambiente tan opresivo como desasosegante. En ese hogar antaño feliz pero ensombrecido por las adicciones, la muerte y el silencio. Sobre todo esto último. Convertido en el verdadero leitmotiv y aliciente de la novela. El silencio de una niña que, tras pedirle a Dios que matase a su padre, enmudece ante su fallecimiento - debido a su profundo alcoholismo - creyendo que han sido sus propias palabras las que lo han conducido, queriendo en este caso, a la tumba. Como veis, una lectura nada amable, no apta, por supuesto, para quienes se encuentren en momentos especialmente delicados emocionalmente. Aunque existan kamikazes que en ocasiones desoigan recomendaciones.


El silencio de Ellen - tremendísimo personaje el que ha construido Boström - desquicia a todos los que la rodean. Incluyendo a la madre, exitosa actriz de teatro, y a su hermano, encerrado en sí mismo, en su cuarto y en esas botellas que llena con su propia orina. Sin embargo, el torrente de pensamientos que asaltan a la propia Ellen es incesante, como una riada que arrasa todo lo que pilla por delante. Rabia y culpa se conjugan en el interior de su cabeza, pero también la hipersensibilidad, narrada desde dentro, desde un lugar que remueve al lector, sin adornos ni recursos excesivamente dramáticos, pero con el regusto devastador que éste provoca. Aunque sin duda, el mayor acierto de esta novela corta es, precisamente, la consecuencia que se desprende de la ausencia de voz por parte de la joven protagonista. Y es que la falta de comunicación no solo genera una poderosa reflexión entorno a los problemas que la sociedad contemporánea atraviesa en lo que a hermetismo y paulatino aislamiento social (enormemente favorecido por la apabullante revolución tecnológica) se refiere, también, desde un plano más doméstico, en lo que respecta a los roles establecidos dentro del hogar. El silencio, poderoso silencio, es capaz de destronar a la madre que parecía tenerlo todo bajo control o al hijo en plena catarsis psicológica. Destruyendo, por completo, la inquebrantable imagen de la familia perfecta, como se refiere la propia madre en un pasaje de la novela. La hipocresía, por supuesto, es otro de los grandes temas de la misma que, como si de un monstruo invisible se tratara, va devorando a cada uno de los personajes, a todos menos a Ellen que, con su tajante decisión de no pronunciar palabra alguna, rompe el pacto ancestral, la piedra angular que ha regido siempre sobre el ámbito privado, la sagrada regla de fingir normalidad, tranquilidad, o incluso felicidad, cuando, en realidad, ésta hace tiempo que se esfumó por la ventana. Hipocresía es aparentar en vez de lanzar un grito de socorro o de furia contra aquello o aquel que te obliga a representarla a diario. Aunque se parecería más a una alfombra, vieja, desteñida, esas que podrías encontrar perfectamente en cualquier tienda de antigüedades, bajo la que escondemos toda la mierda - perdonad el término, pero es que es así - hasta que de pronto, cuando queremos hacer limpieza, ésta nos devuelve un polvo difícil de quitar. Suspendido en el aire, viciando la casa, despertando reanimando problemas enquistados. De todo esto y mucho más va Bienvenidos a América - cuyo título hace referencia a una obra que Ellen ve - y que no deja de resultar la metáfora perfecta de como las esperanzas, en este caso de pertenecer a un hogar idílico, se truncan de forma desgarradora. América, cuna de la libertad y de las oportunidades que, como vemos a diario, acaban por volatilizarse entre dulcificadas retóricas de tierras prometidas, extrapolándose a realidades más frías, del norte de Europa donde los sueños, y los silencios, parecen más largos. 

Bienvenidos a América: una historia de culpabilidad, dolor, incomprensión, monólogos internos, incomunicaciones insalvables, cierto grado de perversidad... Linda Boström ha llegado, dispuestas a rompernos el corazón y el alma con sus extraordinarias novelas. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hace ya tiempo que dejé de hablar. Todos se han acostumbrado. Mi madre, mi hermano...Mi padre está muerto, así que no sé que diría. Quizá que es herencia. En mi familia esa herencia causa estragos. Implacable. Con los descendientes directos. Tal vez yo llevaba dentro el silencio desde siempre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

martes, 13 de julio de 2021

RESEÑA: A la izquierda, donde el corazón.

 A LA IZQUIERDA, DONDE EL CORAZÓN


Título: A la izquierda, donde el corazón. 

Autor: Leonhard Frank (Wüzburg 1882-Múnich 1961) e origen humilde, llevó a cabo múltiples trabajos: mecánico, chófer, pintor de edificios, celador de hospital... Gracias a su talento para la pintura estudió bellas artes durante seis años en Múnich y en 1910 se instaló en Berlín. Humanista, pacifista y antifascista, llevado por la exaltación de la bohemia de Múnich y más tarde por la efervescencia intelectual y artística de Berlín, Frank creyó siempre en el poder transformador de la literatura. Durante la Primera Guerra Mundial se exilió a Suiza. Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en este periodo. En 1918 volvió a Alemania, convencido ya de dedicar su vida a la escritura, que le proporcionaría premios tan prestigiosos como el Theodor Fontane o el Kleist. Su novela Karl y Anna obtuvo un gigantesco éxito internacional, se convertía en una obra de teatro representada en salas de todo el mundo e incluso Hollywood se inspiraría en ella para la película Desire Me. A pesar de esto, en 1933 se prohibieron y quemaron todos sus libros en Alemania. Se exilió entonces de nuevo: primero a Suiza, luego a Francia (donde fue hecho prisionero tres veces) y, más tarde, a Portugal y Estados Unidos. Tras diecisiete años de exilio, regresó a un país en ruinas, pero eso no impidió que siguiese escribiendo. Frank es también autor de la fundamental A la izquierda, donde está el corazón.


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: alemán. 

Traductora: Esther Cruz Santaella. 

Sinopsis: Michael Vierkant abandona muy pronto su lugar de origen, la pobreza de su familia, para perseguir un sueño: convertirse en artista. Autodidacta que considera los cafés su propia universidad, vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo en la bohemia de Múnich de principios de siglo XX, para luego arrojarse a los "locos años veinte" berlineses: cabarets, fiestas, conciertos, tertulias literarias... Pero a pesar de las luces y el brillo de la metrópolis, el ambiente político comienza a ser agónico, crepuscular. Esta novela autobiográfica en gran parte, nos sumerge en unas décadas excepcionales, revelándonos todo un mundo fascinante: desde los ardores belicistas que anunciaron la Primera Guerra Mundial hasta las promesas de felicidad del periodo de entreguerras, desde la crisis económica hasta el ascenso del nazismo. Sin olvidar el exilio ( todos los exilios de su protagonista), la Francia ocupada por los nazis, el trabajo de Vierkant en Hollywood como guionista...

Su lectura me ha parecido: realista, objetiva, alejada de los grandes relatos autobiográficos, honesta, entretenida, con cierto punto amargo, sencilla en su lenguaje, lúcida, serena, un acierto su recuperación... Es el patrón de siempre. El que se ajusta a las medidas de la escritora o escritor de meteórico ascenso. El que escribe hasta sangrar, el que se rompe la cabeza tratando de encontrar la metáfora adecuada para la escena mas crucial del libro, el que no descansa en su delirante obsesión con cada palabra, cada frase, cada capítulo. La perfección es su perdición, pero también su pasaporte hacia las estrellas, las de la literatura, coronadas con una aureola tan brillante que es capaz de cegar a quienes se atrevan a mirarlas directamente a los ojos. Como si todavía quedase un resquicio de humanidad, de ser corriente y moliente, en su chispeante iris. No hablamos, por supuesto, de aquellas carreras literarias regadas por el alcohol y otras sustancias más fuertes - ¿o tal vez sí? Nunca se sabe - más bien nos detenemos en aquellas y aquellos, cuya fama alcanzó altas cotas de popularidad, pero que, por una serie de circunstancias (en la mayoría de casos ajenas a la propia figura de la autora o autor en cuestión) han acabado en el más absoluto olvido hasta ahora. La rama de un árbol que cayó durante una tormenta eléctrica en la París de los años 30 fue la causante de la muerte de Ödön von Horváth. Privando a la humanidad entera del talento de un escritor cuyas obras - Un hijo de nuestro tiempo y Juventud sin dios, las dos únicas novelas traducidas al español - auguraban un futuro literario a la altura del todo poderoso Stefan Zweig. El machismo, por el contrario, fue la tumba de Unica Zürn. Escritora polifacética donde las haya, fue representante del movimiento poético anagmático, así como el espejo en el que se mirarían artistas como Salvador Dalí, André Breton o Marcel Duchamp entre otros. Su suicido en los años 70 a causa de la enfermedad mental que arrastraba desde hacía más de una década tampoco ayudaron a que su literatura - destacando, por supuesto, Primavera sombría - encontrara nicho de lectores en un tiempo en el que todo lo concerniente a la salud mental era reducido al peor de los tabúes. Por último, el escritor que hoy ocupa nuestro tiempo - Leonhard Frank - gozó de enorme fama en la Europa de entreguerras, codeándose con autores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el ya citado Stefan Zweig. En otras palabras, la creme de la creme de la época. Sin embargo, fue el Nazismo lo que frenó casi en seco su carrera literaria, al incluir su nombre en la lista de autores prohibidos y siendo sus libros quemados públicamente en sendas hogueras de la barbarie. A pesar de todo, ya en el exilio, a Frank le dio tiempo a escribir uno de sus mejores trabajos que, junto con Karl y Anna, conforman un díptico imprescindible sobre el que observamos los trágicos y azarosos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Pero para entonces su obra, así como su figura, ya se habían diluido en la memoria colectiva. Ya nadie sabía quien era Leonhard Frank. Tuvo que venir Errata Naturae para que, en España, supiéramos de su existencia. Y cuando por fin pudimos conocerlo, después de tanto tiempo, el idilio no pudo ser más intenso. A la izquierda, donde el corazón: literatura y vida en tiempos convulsos. 


Resulta enormemente complicado abordar la reseña de un libro de estas características, ya que una no sabe muy bien si lo que acaba de leer es o no cierto. Si de verdad su autor experimentó aquella anécdota en sus carnes o si, por el contrario, sucumbió a la ficción como una especie de punto de fuga a través del que liberar la pesada carga autobiográfica. Sea alter ego o él mismo, lo cierto es que, en lo que a su sinopsis se refiere resulta sencillo resumirla. La o el lector que se adentre en A la izquierda, donde el corazón - ojo a su precioso título - se topará con una historia dividida en dos grandes etapas, dos enormes actos tras el telón de la historia de la primera mitad del siglo XX. En el primero vemos como Michael Vierkant - o el propio Leonhard Frank al que no dejaremos de seguirle la pista - un joven de humilde origen y con talento para convertirse en un artista llega a Múnich durante las primeras décadas del nuevo siglo. Un tiempo en el que los valores tradicionales que marcaron el devenir de todo el XIX fueron dando paso a una modernidad sedienta de nuevos adeptos. Atraído por el carácter bohemio del ambiente artístico e intelectual de la ciudad, el pobre Michael se mueve con prudencia, tímidamente, inseguro, por los círculos en los que aspira a entrar como pintor. Sin embargo, y en una carambola del destino, su camino no estará en la pintura, sino en la literatura, terreno que acabará dominando hasta el punto de hacerse notar entre los integrantes de las élites culturales a las que tanto admira. Su nombre comienza a estar en boca de todos, como una joven promesa a la que, si bien le falta madurez y escribir su obra definitiva, merece la pena tener en cuenta en las tertulias. Liberándose, poco a poco, de su falta de confianza en sí mismo, Michael comenzará a frecuentar cafés, reuniones y fiestas. Empapándose del espíritu de los llamados "locos años veinte" y asentando un estilo literario realista de claro compromiso social. La tan ansiada obra maestra no tarda en llegar, y lo hace a finales de la festiva década - coincide en años con la publicación de Karl y Anna, la obra maestra del propio Frank, lo que nos hace pensar que hay más verdad que ficción en el presente texto - así como el reconocimiento de la crítica y el público. Sin embargo, como anticipa la propia y escueta biografía que la editorial proporciona del autor, el declive de Michael se iniciará con la llegada del Nazismo al poder en Alemania. Con su internamiento en un campo de concentración francés y con su huida de película, llevando consigo un manuscrito escondido entre su ropa, hacia Estados Unidos. Allí seguirá trabajando, como guionista, sin adaptarse del todo al carácter del país y en unas condiciones totalmente invisibles para alguien que tuvo la fama en sus manos. Tiempo después, Michael regresará a Alemania, a su querido país, con la esperanza de reencontrarse con lo que dejó atrás. Pero, desgraciadamente, este tremendo segundo acto finaliza con un desalentador descubrimiento, el de que el lugar que consideró su hogar ha cambiado tanto que resulta irreconocible a los ojos de quien se lo bebió con ansia durante sus años de mayor esplendor. 


A medio camino, como ya he comentado, entre la ficción más atrayente y el ejercicio puramente autobiográfico, Leonhard Frank va desgranando una vida desde una extraña pero conmovedora distancia. El uso de la tercera persona es sin duda el elemento más determinante a la hora de crear esa sensación de alejamiento a la vez que de proximidad. En otras palabras, aproximar al lector a la historia que te quiere contar sin que, por el camino, acabe dañado. Algo que, por supuesto, pasa con muchas autoras o autores que toman la valiente pero arriesgada decisión de contar su vida, o parte de ella, ya que los recuerdos, dependiendo de su carácter o la forma en la que se presenten en la memoria, pueden doler más o menos. No estamos ante una narración pormenorizada de su extenso anecdotario ni ante un texto anclado en la autoficción, tan en boga en los últimos años, de hecho, Frank no se expone tanto, guardándose para sí mismo - y que se ha acabado llevando a la tumba - aquellas cuestiones pendientes que, en la cabeza del lector, irrumpen como interrogantes o preguntas que jamás podrán tener respuesta. Dejando, por tanto, en manos de éste la interpretación de las mismas. Renegando de cualquier tipo de amargura, Frank opta por centrarse en la pureza del relato, sin recrearse en la tragedia de forma desmedida. Todo ello, claro está, tomándose unas licencias estilísticas realmente adecuadas para la composición de la novela, como ese mimo con el que cuenta ciertos episodios importantes que le pasan a Michael. Tales como las largas veladas en los cabarets o en las tertulias literarias, en las cuales, casi se puede oler el tabaco, escuchar el ritmo de los tacones de las bailarinas sobre el escenario, apreciar el sutil verter del coñac sobre las copas de aquellos intelectuales enfrascados en discusiones - algunas más trascendentes que otras - o incluso el tacto de las páginas que Michael llena de ideas para sus futuras novelas. Especialmente memorable es la construcción del momento en el que conoce a su mujer, el cual estuvo rondándome en la cabeza durante semanas. A la altura de su coetáneo Stefan Zweig en sus magistrales Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. Así mismo, el libro es un no parar en ese sentido, un autentico desfile de gente: personalidades, amigos, enemigos, amantes, personas con las que se cruza y jamás vuelve a saber de ellas... Imprimiendo mayor riqueza al libro. Su realismo objetivo - en el que el autor se especializó como el que más - le permite crear un discurso de gran profundidad, a pesar de su ambigüedad con los hechos, regalando a los lectores una autentica crónica de una época con grandes dosis de emoción y verdad literaria. Mi parte favorita, el final, cuando el autor se reencuentra con las ruinas de las calles por las que alguna vez transitó. Trauma sobre felicidad ya extinta. De ahí la importancia de este libro como augurio, no solo del final de una carrera literaria ensombrecida por las fauces del fascismo, también de una época. El crepúsculo de quienes vivieron antes de que el horror cercenara aquel pedacito de actividad bohemia e intelectual que palpitó en pleno corazón de Europa. 

A la izquierda, donde el corazón: una historia de recuerdos, tertulias, literatura, arte, noches eternas, oscuridad, guerra, exilio, soledad, reencuentro devastador... Literatura e historia, una vez más, dándose la mano. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El escritor que no tiene detrás a su país cae en el abismo en la lista del respeto, como acciones de poco valor. Lo aceptó con serenidad y se retiró en sí mismo: estaba solo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

lunes, 16 de marzo de 2020

RESEÑA: El boxeador polaco.

EL BOXEADOR POLACO

Título: El boxeador polaco.

Autor: Eduardo Halfon nació en 1971 en la ciudad de Guatemala. Ha publicado Esto no es una pipa, Saturno (2003), De cabo roto (2003), El ángel literario (2004), Siete minutos de desasosiego (2007), Clases de hebreo (2008), Clases de dibujo (2009), El boxeador polaco (2008), La pirueta (2010), Mañana nunca lo hablamos (2011), Elocuencias de un tartamudo (2012), Monasterio (Libros del Asteroide, 2014), Signor Hoffman (Libros del Asteroide, 2015), Duelo (Libros del Asteroide, 2017) y Biblioteca bizarra (2018). Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano, serbio, portugués, holandés, japonés, noruego y croata. En 2007 fue nombrado uno de los treinta y nueve mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá. En 2011 recibió la beca Guggenheim, y en 2015 le fue otorgado en Francia el prestigioso Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana. Su última novela, Duelo, fue galardonada con el Premio de las Librerías de Navarra (España), el Prix du Meilleur Livre Étranger (Francia) y el Edward Lewis Wallant Award (EE. UU.). En 2018 recibió el Premio Nacional de Literatura de Guatemala, el mayor galardón literario de su país natal. Actualmente vive en París, becado por la Universidad de Columbia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Un abuelo polaco cuenta por primera vez la historia secreta del número que lleva tatuado en el antebrazo. Un pianista serbio añora su identidad prohibida. Un joven indígena maya está desgarrado entre sus estudios, sus obligaciones familiares y su amor por la poesía. Una hippie israelí anhela respuestas y experiencias alucinógenas en Antigua Guatemala. Un viejo académico reivindica la importancia del humor. Todos ellos, seducidos por algo que está más allá de la razón, buscan lo hermoso y lo efímero a través de la música, las historias, la poesía, lo erótico, el humor o el silencio, mientras un narrador −profesor universitario y escritor guatemalteco también llamado Eduardo Halfon− empieza a rastrear las huellas de su personaje más enigmático: él mismo. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, al mismo tiempo lenta, embaucadora, capaz de hacer con el lector lo que le de la gana, interesante, con una reflexión entorno a los usos de la autoficción, desigual, intelectual... El año pasado, a nivel personal y literario, se produjo un importante acontecimiento: el descubrimiento, casi por sorpresa, de un autor nuevo con una voz literaria única llamado Eduardo Halfon. Y no sólo eso, sino que a partir de entonces estuve atenta a todo lo que se editaba de él en España. El hallazgo se produjo por el azar del destino al recibir por parte de Jekyll and Hill - de las editoriales independientes más singulares de este país - dos ejemplares muy peculiares y distintos entre sí. Yo en ese momento aún no lo sabía, pero estaba a punto de que mi cabeza hiciese "clic" con la lectura de dichos libros. El primero, bajo el extraño título Biblioteca bizarra, me volvió loca gracias a esa mezcla entre ensayo, ficción, crónica periodística y episodios de la propia vida del autor. A la vez que proseguía ávida su lectura, mi cabeza no paraba de darle vueltas a las reflexiones que aquellas páginas me suscitaban al mismo tiempo que mi cara reflejaba una mueca oscilante entre la perplejidad y la felicidad. El segundo, de corte más tradicional y con el sugerente título de Saturno, me lo ventilé en un sólo día. Está claro que era un cuento, extraordinariamente breve, pero era tan fuerte lo que en él se contaba que era imposible que despegase los ojos de la letra impresa. De nuevo, tal y como había sucedido con Biblioteca bizarra, volvieron a aparecer las dudas de si lo que estaba leyendo era una reproducción fidedigna de los pensamientos del autor respecto a su padre. ¿El resultado? Pues que una vez más no me quedó más remedio que arrodillarme ante sus pies. Pasado aquel caluroso verano llegó la gran noticia: con motivo de su décimo aniversario, Libros del Asteroide - editorial de las más queridas por los lectores - iba a editar la novela que hoy tengo el placer de reseñar. Sin pensármelo dos veces, y en cuanto tuve la oportunidad, no dudé solicitar un ejemplar para poder leerlo y reseñarlo una vez pasase su tiempo de reposo. Sin embargo, y a pesar de que el resultado en general ha sido positivo, en el fondo me esperaba algo más.  El boxeador polaco: el autor como protagonista de su propio relato.


Nada en estcapa a la subjetividad, o lo que es lo mismo, a la percepción y opinión personal que vertemos sobre cualquier cuestión. Las circunstancias son mil, imposibles de mencionar en una sola página, pero eso en cierta medida enriquece todo debate que se genera a posteriori, nada más ver una película, escuchar un disco o de poner punto y final a una lectura. En el caso de El boxeador polaco creo que cabrían una serie de reflexiones. Para empezar, debemos partir de que no es un volumen de relatos que se haya escrito en la más rabiosa de las actualidades, sino que, al contrario, Halfon lo firmó y publicó en la pasada década. Esa que ahora mismo se nos antoja extraordinariamente lejana pero cuyo recuerdo todavía nos retumba detrás de la oreja. Desde entonces, el manuscrito ha viajado de editorial en editorial hasta que Libros del Asteroide quiso recuperarlo y reeditarlo coincidiendo con la celebración de los diez años que habían pasado desde que viera por primera vez la luz allá por el 2009. No obstante, y he ahí la cuestión, la edición que ahora mismo tengo en mis manos es diferente a la primera versión ya que desde la propia editorial, y para esta nueva reimpresión, se ofreció al autor la libertad de que ordenase los relatos según su idea original. Los cuales (imagino que por razones editoriales) no estaban dispuestos tal y como se los encuentra el lector actual si toma la presente edición entre sus manos. Desconozco por completo cual era el orden anterior, ni siquiera me interesaba Eduardo Halfon en el 2009 - año en el que descubrí y me obsesioné con la novela policíaca - así que en ese sentido no puedo decir nada. Lo que sí que señalaré, a menos como dato a tener en cuenta, es la crucial importancia que tiene elaborar un buen ordenamiento de relatos, no sólo en esta, sino en cualquier antología. No es baladí que, por ejemplo, el libro se inicie con la lectura del relato más llamativo, que a mitad se coloque otro igual o más impactante y que el del final sea o bien uno demoledor o uno que actúe como crepúsculo, y por tanto, tenga un cariz más reflexivo. Hay antologías de todo tipo, y por supuesto, no todas se rigen a este patrón expuesto, si bien es cierto que la mayoría de ellas parecen amoldarse a él, ya sea por intuición o por estrategia de marketing. Se como sea, lo que está claro es que en El boxeador polaco en particular, tal y como el lector se la encuentra si la adquiere es un estilo bastante tradicional y al mismo tiempo efectivo.


Ahondando, esta vez sí, en el contenido, forma y temáticas que abordan los relatos me gustaría decir en primer lugar que su lectura me ha parecido inmersiva, estupendamente escrita pero con los habituales altibajos de cualquier libro de cuentos. Como siempre sucede, ni todos los textos son buenos ni todos van a conseguir el objetivo que todo escritora o escritor persigue con su profesión: que sus palabras resuenen en tu cabeza formando parte de tu memoria y esencia como persona. Como os he contado en el primer párrafo, venía de leerme otros títulos de Halfon y de "flipar en colores" con su manera de narrar sus preocupaciones. Sin embargo, con el Boxeador Polaco - seguramente por las altas expectativas que había depositado en dicha lectura - no acabó llenándome del todo. Aún así, hay algunos aspectos a resaltar que merecen toda nuestra atención como lectores sibaritas que somos. En primer lugar, un recurso muy clásico, el que todos los cuentos estén conectados entre sí y todo ellos, aquí va la novedad, protagonizados por el propio autor. Si lo analizamos desde el punto de vista de la creación literaria no puedo parar de aplaudir, hasta con las orejas, el que Halfon haya tenido la valentía de desnudarse de esa manera ante los lectores de medio mundo. Huelga decir que, obviamente, desconocemos que es real o que no, que le ha sucedido de verdad o es simplemente producto de su imaginación. Los limites de la autoficción, como ya sabéis, son extremadamente endebles. En ellos, Halfon nos desgrana su relación de pareja, viajes varios, encuentros, ponencias, recuerdos, remordimientos, borracheras, caladas, pensamientos, errores y demás episodios autobiográficos formando un anecdotario que escapa al morbo y a lo intrascendente. Si algo podemos destacar de la prosa de Eduardo Halfon es su capacidad de embaucar al lector, hasta el que no acostumbra a leer con mayor frecuencia. Su poder para agarrarte y no soltarte, mantenerte en vilo y dejarte marchar una vez pones punto final a cualquiera de sus escritos es de alabar. Sin duda, Halfon es uno de los pocos escritores capaces de contener la tensión narrativa, y con ella la de todos los lectores. En El boxeador polaco lo consigue, no siempre, pero el regusto de la lectura en su conjunto al final acaba desequilibrando ligeramente la balanza hacia opiniones más favorables. Por destacar algún relato, obviamente el que da título a la antología resulta el más interesante a ojos de una lectora graduada en Historia y experta en Historia Contemporánea. Una breve historia inspirada en el abuelo del propio Halfon - que escapó de un campo de concentración gracias a la ayuda de, como no, un boxeador polaco - y que el autor descubrió en el momento en el que se percató de los números que su abuelo llevaba tatuados en el antebrazo. Eso fue de pequeño, cuando no supo el significado de dichos dígitos hasta que, una vez adulto, pudo compartir un whisky a medias y escuchar la gran historia que escondían. Y mientras, a la espera de la gran revelación, el niño que Halfon fue siempre creyó que era el número de teléfono de su abuelo que, para recordarlo siempre, había decidido tatuárselo sobre la piel. Esta mentira familiar, este relato oculto, este secreto es al rededor del que pivotan el resto de relatos, unidos por el rol protagónico de su autor, así como de otros temas como la culpa, la búsqueda, el desarraigo o la intelectualidad. Para terminar diremos que la antología de Halfón, más allá de los detalles estilísticos o narrativos, lo que suscita es una pertinente reflexión entorno a las posibilidades del género de la autoficción. Un género que nos abruma - no hay más que echar un vistazo a los catálogos online de las librerías para apreciar su ingente cantidad - y demasiado canónico que necesita con urgencia una renovación conceptual y replantear las formas de abordarlo. Algo que Eduardo Halfon ha conseguido a través de la fusión con otro género, más ancestral, muchísimo más tradicional, y en los tiempos que corren, el más versátil y de más éxito entre los lectores del siglo XXI. Hablamos del cuento, hablamos de la tradición oral y por consiguiente, de la esencia de nosotras y nosotros mismos, justo la conclusión que se extrae del presente libro. El poder de la literatura para abordar preocupaciones hereditarias y perennes.

El boxeador polaco: una historia de memoria, descubrimiento, afrontar la realidad, universitarios, divagaciones, escritoras, escritores... Una historia dentro de otra, y de otra, y de otra.

Frases o párrafos favoritos:

"No tardé tanto en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de su número."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Libros del Asteroide

jueves, 23 de enero de 2020

RESEÑA: Los felices días del verano.

LOS FELICES DÍAS DEL VERANO

Título: Los felices días del verano.

Autor: Fulco di Verdura (Palermo, 1898 – Londres, 1978), último duque de Verdura, creció en un entorno en el cual desarrolló una vívida imaginación, un salvaje sentido del humor y un gran amor por los animales. Impresionada con su trabajo como creador de joyas, Coco Chanel lo convirtió en diseñador jefe de joyas de su marca. En 1934, Di Verdura dejó Chanel para abrir un salón en la Quinta Avenida de Nueva York, visita indispensable para las estrellas del cine y el teatro del momento, así como para la alta sociedad norteamericana. En 1973, convertido en una celebridad, se retiró a Londres, donde continuó dibujando y pintando. (Fuente: Editorial).


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: inglés. h

Traductora: Txaro Santoro.

Sinopsis: Fulco di Verdura es uno de esos elegantes escritores secretos, amado por unos escogidos lectores de todo el mundo, que primero se da a conocer en un mundo ajeno en apariencia a la literatura; en su caso, el de la moda (junto a la gran Coco Chanel). En este libro de memorias, que tiene muchos momentos a la altura de El Gatopardo, pero donde un gran sentido del humor (hasta la risa) baña el relato, Di Verdura describe su idílica infancia en la magnífica Villa Niscemi, centro para él de un mundo y un tiempo inolvidables: la aristocrática Palermo anterior a la Primera Guerra Mundial. En esos felices días sicilianos, las travesuras infantiles conviven con la primera ópera, la muerte de los ancestros queridos con los jardines espectaculares que dora el sol, las lecciones de sus institutrices inglesas con los helados memorables o las fiestas más sorprendentes…Todo ello perdura en el recuerdo del autor, de prodigiosa memoria, décadas después. En este maravilloso libro nos seduce con anécdotas de sus familiares, sus excéntricos vecinos o los animales con los que tanto disfrutaba junto a su hermana, al mismo tiempo que retrata el progresivo desarrollo de su sensibilidad. Pero esa prosa evocadora sabe narrar la «acción» como el mejor novelista, así que estas páginas no son sólo de la estirpe de Proust, sino que también nos hacen pensar en el Stendhal de las Crónicas italianas. (Fuente: Editorial)

Su lectura me ha parecido: ligera, curiosa, interesante, glamorosa, veraniega, con ecos de El Gatopardo, bien escrita, maravillosamente descriptiva, un sorprendente documento histórico... Ahora llueve a cantaros sobre los tejados y terrazas de mi ciudad. Llueve tanto que parece que las gotas agujerean el suelo y los truenos rompen los cristales. Hace días que no salgo de casa, y no es un encierro voluntario, ya que si por mi fuera saldría a pasear por las calles del barrio o habría una visita a alguna de las tiendas del centro. Menos mal que por el momento mi trabajo me permite poder resguardarme de la tormenta cuando ésta ruge sin piedad, otras personas, por desgracia, no tienen la misma suerte. Últimamente, y aunque el sonido del agua caer siempre me ha relajado, cuando acontecen días de oscuridad y humedad pienso en el mar, en la playa y en los aromas que desde la infancia pertenecen a mi memoria particular. Cuando era pequeña me bañaba, me embadurnaba y construía mil y un castillos en la orilla. Siendo una adolescente la empecé a aborrecer, el simple hecho de que mi piel mojada entrase en contacto con la arena me agobiaba. Supongo que me volví más perezosa entonces. Años más tarde volví a ella con fuerza, gracias en parte a las lecturas de temática estival que durante tantos meses había devorado. Comprendí entonces la innata conexión que nos ata a las personas que hemos nacido en la costa con esa azulada línea del horizonte y el microcosmos que rodea al concepto de "vacaciones en el mar" el cual, desde el punto de vista literario, ofrece infinitas posibilidades. Ahora, en medio del aguacero, me apetece escuchar su salada melodía y perderme en el infinito en lugar de observar, día sí y día también, edificios de hormigón. Es esas estoy mientas, a mi izquierda, reposa uno de los libros que han marcado mi verano playero y que, a riesgo de parecer enormemente inoportuno dada la climatología, me ha apetecido rescatar de mi librería y hablaros de él. La urgencia manda, a pesar del tiempo adverso, las bajas temperaturas o el cementerio de paraguas en el que se ha convertido la calle. Los felices días del verano: la infancia de Fulco di Verdura bañada por el sol y la decadencia de la aristocracia siciliana.


   Para poder entender en su conjunto el libro que hoy tengo el placer de reseñar, es importante conocer, aunque sea muy brevemente, algunas pinceladas de la biografía de su autor. Fulco di Verdura nació el 20 de marzo de 1898 en la ciudad de Palermo (Sicilia). Descendiente de aristócratas - los Verdura y los Murata de la Cerda - Fulco se crió en un ambiente privilegiado en el que los juegos en el jardín y las fiestas de alta alcurnia con otros ilustres nobles eran parte de la cotidianeidad de su rango social. Fulco heredó el título de duque al fallecer su padre. Dicha distinción le proporcionó libertad, pero económicamente en la Italia de los años 20 su situación no estaba tan boyante, por lo que se buscó un empleo que se ajustase a su posición y que le proporcionase los ingresos suficientes para llevar la vida de lujos a la que estaba acostumbrado desde niño. De este modo - y tras hacer contactos en exclusivas fiestas - fue como acabó trabajando para la mismísima Coco Chanel en el diseño de las joyas de la futura marca. Esta unión empresarial duró unos largos ocho años, los cuales aprovechó para ensanchar su red de clientes en el otro lado del atlántico, llegando a considerarse como el joyero preferido de las celebrities hollywoodienses del momento. Sus motivos de inspiración floral y su profesionalidad al frente de su propia empresa lo llevaron a colaborar con pintores como Salvador Dalí y con empresarios como Vincent Astor, por lo que se podría decir que Fulco di Verdura supo moverse con bastante soltura entre la élite intelectual y burguesía en tiempos de colapso y retrocesos políticos. Así mismo, y como curiosidad significativa, mencionar que él fue primo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa autor de El Gatopardo, una de las obras cumbre de la literatura italiana del siglo XX. Dicho esto, y siguiendo con lo último que he comentado, podemos asegurar que existe una conexión más allá de los lazos familiares y de clase social entre Verdura y Lampedusa; sino que en el plano literario tanto El Gatopardo como Los felices días del verano hablan prácticamente de lo mismo. Ambos están escritos desde épocas distintas pero no tan alejadas en el tiempo - el primero en 1958 y el segundo en 1976 -. Los dos se mueven en los ambientes círculos aristocráticos, y aunque existen diferencias de estilo y tono, la cronología en la que se ambientan los textos casi se solapa - la historia de El Gatopardo transcurre entre 1860 y 1919 haciendo especial hincapié en la unificación italiana,  mientras que la de Los felices días del verano se acopla a la Italia anterior a la Primera Guerra Mundial -. Y por si fuera poco, los dos escritores no esconden su nostalgia hacia aquellos años, por motivos bien distintos, pero ahí está, latente en cada página. Si la de Lampedusa es de carácter político-social, la de Verdura es más mundana, menos profunda, más terrenal en comparación con la de su ilustre primo. ¿Y cuál es la gran diferencia entre un libro y otro? Que mientras El Gatopardo aborda la decadencia de la nobleza siciliana desde un punto de vista más público, Los felices días del verano se adentra en lo privado, en la cotidianeidad, en lo a priori superfluo y carente de interés para narrarnos los cambios en las élites italianas.


   Lejos de encontrarnos ante un texto carente de personalidad, en Los felices días del verano Fulco di verdura nos introduce desde una perspectiva muy privilegiada - en ambos sentidos de la palabra - y desde la madurez adulta en el retrato de su infancia, y lo más importante, de lo que para él significó ser niño en ese contexto histórico. Fuente inagotable de novelas, ensayos, poesías y obras teatrales, la niñez jamás dejará de regalarnos impresionantes textos, algunos de ellos hoy clásicos de la literatura universal. Así como proporcionar al lector infinidad de aproximaciones desde perspectivas y géneros totalmente opuestos entre sí. En el caso del libro de Verdura, éste nos plantea una estructura clásica dentro del terreno testimonial con, evidentemente, recursos novelescos que contribuyen a hacer de su lectura más atractiva. Como ya podemos intuir, y a pesar de encontrarnos ante un documento histórico de gran valor, Fulco se agarra esa máxima tantas veces escuchada y leída en este tipo de textos de "quizás no ocurrió de este modo, pero así me lo contaron, o así me gusta recordarlo". ¿Esto qué quiere decir? Pues simplemente que el autor hace un pacto no escrito con el lector que, al igual que sucede en la autoficción, en el que se admite las trampas de la memoria y las subjetividades a las que ésta puede conducir. El propio Verdura es honesto al reconocer tal realidad y al asegurar que en ocasiones lo verídico puede confundirse entre algunas licencias que éste usa para hacer más atractivo el libro. De este modo, los lectores, los cuales siempre tienen la última palabra, tienen la libertad de asimilar que es cierto y que es completamente falso; encendiendo la chispa que hace tan atractivas estas peculiares memorias. El texto arranca con un recuerdo, con el de la imponente Villa Niscemi - situada en la populosa ciudad de Palermo - en donde pasa toda su infancia, para después enlazarlo con sendas e interesantes descripciones del paisaje y sus gentes. A través de su divertida y curiosa mirada de niño, Fulco nos guía por cada una de las espectaculares estancias de la mansión, detallando las principales características arquitectónicas y los diversos animales que en ella habitan. A continuación, y sin olvidarnos del despampanante y árido jardín - sin duda las escenas más hermosas del libro - nos describe los habitantes (humanos). Empezando por su hermana mayor, su temperamental abuela, algunos parientes lejanos, el personal del servicio, las niñeras inglesas y por supuesto algunos de sus más ilustres antepasados. Cada personaje y anécdota que Fulco plasma sobre el papel funcionan como fotos de la vida en aquel lugar, y por extensión, el día a día de la alta sociedad. No debemos de pasar por alto que Verdura era - así, sin medias tintas - un niño "pijo" de su época, y por tanto, es muy probable que muchos de sus comentarios nos resulten hipócritas y superfluos. Pero os diré una cosa, en cualquier aproximación histórica hay que leer de todo y a todos, tanto a los que tuvieron una vida muy dura como a los que la tienen solucionada desde la mismísima cuna. Así podremos conseguir una visión más amplia del periodo, en este caso en concreto, de la Italia anterior a la Primera Guerra Mundial.


  Una de las cuestiones que más me ha llamado la atención del libro, además de su cosmopolitismo en las expresiones tanto en francés e italiano que nos topamos a lo largo de su lectura (no debemos olvidar que el presente texto está escrito originariamente en inglés a pesar del origen siciliano del autor), ha sido por supuesto el momento en el que Fulco di Verdura descubre la crueldad infantil. Él mismo se reconoce como un niño caprichoso, un alumno perezoso y fácilmente irritable. Una criatura que llevaba locas a las institutrices y primas con sus trastadas pero que, sin embargo, empieza a comprender a una edad muy temprana la sensibilidad y el valor del arte. Su gran descubrimiento pue sin duda la ópera, así como las representaciones pictóricas y grandes obras de teatro. Espectáculos a los que, debido a su privilegiado estatus social, pudo acceder y disfrutar sin problemas. Siendo conscientes de su posterior trayectoria profesional, es normal que el pequeño Fulco acabase por imbuirse en esa espiral de creatividad, aunque desde una perspectiva insólita y poco predecible. Personalmente, una de las imágenes que también merecen un pequeño espacio en este párrafo es la del terremoto que en el año 1908 tuvo lugar la ciudad de Mesina siendo, junto con la ciudad Regio de Calabria, completamente destruidas. Tras dicho seísmo, un tsunami con olas de hasta 12 metros sacudió la costa calabresa llevándose por delante la vida de entre 75.000 y 200.000 personas. Los temblores llegan hasta la Villa Niscemi, y la inquietud se apodera de sus inquilinos. Sin embargo, lo más interesante de este capítulo es la solidaridad que la propia ciudad de Palermo demuestra ante aquella inesperada tragedia. Casi no vemos el paisaje devastador, sólo lo que Fulco nos cuenta a partir de conversaciones entre los adultos, aún así, el lector no puede evitar estremecerse e ir corriendo a internet para comprobar la devastación y los cadáveres en blanco y negro. Por ir acabando esta reseña, concluiremos diciendo que el libro de Fulco di Verdura se erige como unas memorias muy al uso de las clases altas de la sociedad, en el que la buena literatura se funde con un testimonio único de un acontecimiento que, sin ser del todo llamativo, fue fundamental para entender los cambios de mentalidad y el mundo anterior al primer gran conflicto bélico de la historia universal. El mundo estaba cambiando, lo sabemos desde el presente y lo supieron algunas y algunos de sus protagonistas - tanto ilustres nombres como voces procedentes del anonimato - y estaba dándose en muchos lugares de aquella Europa post siglo XIX. Una Europa que, en lo que a la alta alcurnia se refería, seguía como si la entrada del nuevo siglo no hubiese tenido lugar. Una clase privilegiada que, cegada por su poder, su influencia y su dinero no atisbaba a ver lo que estaba por venir, lo que ya asomaba desde el horizonte, ese hedor a muerte procedente de las futuras trincheras. Esos hechos, esas etapas de transición, son fundamentales para entender los grandes hitos de la historia que, por desgracia, suelen normalmente quedarse en un segundo plano. De ahí que textos como el de Fulco di Verdura sean imprescindibles ya no sólo para comprender un hecho concretísimo, también para poderlos enmarcar dentro de una cronología más amplia en la que podamos comparar desde una actitud crítica. En la literatura, el final del verano es, como ya lo mencionamos en Vozdevieja, símbolo del cierre de una etapa vital - de infancia a adolescencia, de adolescencia a madurez o de madurez a vejez - pero en este testimonio, el ocaso de la estación más calurosa permite el nacimiento de una época más turbulenta, oscura y decisiva.

Los felices días del verano: una historia de nobles, primas, arbolados jardines, barrocas estancias, juegos en la playa, ilustres parientes, abuelas convertidas en matriarcas, travesuras, lujos, fiestas, tardes interminables... El libro que os hará más llevaderas la lluvia, la nieve y los días de encierro involuntario.

Frases o párrafos favoritos:

"Para mí continuará siendo lo que siempre fue: “La Casa”, la única casa que realmente he amado, con ese amor que no conoce reservas y que sólo puede albergar un niño".

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

viernes, 17 de enero de 2020

RESEÑA: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

SIEMPRE LA MISMA NIEVE, Y SIEMPRE EL MISMO TÍO

Título: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

Autora: Herta Müller (Nitzkydorf 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir de su país por su relevante papel en defensa de los derechos de la minoría alemana. Desde 1987 vive en Berlín. Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. En 2015 le concedieron el Premio Heinrich-Böll. Es autora de El hombre es un gran faisán del mundo, En tierras bajas, La piel de zorro, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mi misma, El rey se inclina y mata, La bestia del corazón, Hambre y seda, En la trampa y Mi patria era una semilla de manzana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: alemán.

Traductora: Isabel Díaz Adánez

Sinopsis: El discurso de agradecimiento que dio Herta Müller al recibir el Premio Nobel de 2009 comienza así: «La peripecia de una niña que cuida vacas en un valle hasta llegar aquí, hasta el Ayuntamiento de Estocolmo, es muy extraña». No hay textos que expliquen mejor que sus ensayos ese camino desde la aldea rumana hasta el mundo de la gran literatura. La obra de Herta Müller es una construcción rica y compleja que se nutre de sus experiencias, y como tal refleja la profunda sensibilidad de una autora que se ha posicionado con firmeza para defender sus ideales más allá de la esfera política, como una forma de concebir el mundo. En los textos que componen este libro habla de su niñez y de su juventud, relata la persecución que sufrió por parte de los servicios secretos, reflexiona sobre cuestiones de su propia escritura y comenta las lecturas de autores clave para ella por su faceta literaria o política. Una obra imprescindible y muy personal de una de las autoras más lúcidas e importantes de nuestros días. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: sorprendente, muy interesante, en donde los elementos autobiográficos se filtran a través de formas pertenecientes a la ficción, lírica, sencilla, un descubrimiento, capital para conocer en profundidad la obra y la biografía de la Premio Nobel de Literatura... Cuando el lector se aproxima a una obra en concreto lo hace movida o movido por mil y un intereses. Es posible que haya dado con ese libro por recomendación de una persona cercana, por el boca a boca de las redes sociales - tan habitual en los tiempos que corren - o simplemente por el mero capricho de disfrutar de un buen texto. Los hay que leen obligados, cansados, por compromiso; pero también por afición, pasión o un particular interés intelectual. También existen los que, selectivamente, eligen sus lecturas en función de los gustos o apetencias que en ese momento saben que deben satisfacer, como quien come porque tiene el estómago vacío. Pueden guiarse a partir de los géneros en los que se sienten como peces en el agua, por esa autora o autor que les mantuvo en vilo hasta las tantas de la madrugada, por el interesante tema que dicho libro aborda críticamente o con precisión, o simplemente porque quieren matar el aburrimiento con una historia que no les haga pensar mucho; por lo que en este caso no todos las novelas o ensayos valen. Y por último, están los que siempre van más allá de las palabras escritas, los que se quedan horas y horas reflexionando sobre lo que acaban de leer, los que leen con un ojo siempre puesto en cuestiones como el contexto histórico, la vida de la escritora/or de turno o la visión que ésta o éste tiene sobre determinados debates y como éstos pueden o no encajar en el mundo que nos rodea. Oscilando entre categorías se halla una servidora. Hay momentos en los que, por A o por B, me apetece adentrarme en historias que abordan temas muy determinados, como de pronto me apetece algo más ligerito en épocas en las que siento que la cabeza me va a explotar. Sin embargo, siempre acabo haciéndome muchas preguntas, demasiadas tal vez, pero ninguna con menos valiosa que la anterior. ¿Qué habrá pensado al escribir esto? ¿En qué lugar suele trabajar? ¿Acompañará sus quebraderos de cabeza con un música de fondo? ¿Con una taza de café tal vez?¿O con algo más fuerte? ¿Cómo se le ocurrió eso? ¿Cuántas veces habrá sufrido el síndrome de la importora/or? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo habrá escuchado furtivamente mientras caminaba por la calle o en el transporte público? ¿Cuánto tiempo le llevo la investigación?... Y lo más importante: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿En qué medida su vida ha marcado su literatura? Para estos y otros interrogantes del estilo tenemos libros como el que hoy tengo el placer de reseñar. Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: la escritora tras el Premio Nobel de Literatura 2009.


   Lo reconozco. El título de este libro no puede ser más llamativo. Aún recuerdo la cara de prima que se me quedó la primera vez que vi este libro en una librería. No sabía qué pensar. ¿Era una broma o simplemente la autora tiene un don maravilloso para ponerle nombre a sus criaturas literarias? En cuanto pude, por fin, dedicarle tiempo y días a su lectura descubrí que así también se titula uno de los numerosos textos que componen el volumen, un escrito que, si bien es brillante, resume a la perfección su razón de ser en el panorama literario actual. Autora de importantes novelas, articulista, conferenciante y reconocida con algunos de los premios más importantes - incluyendo el Nobel - Herta Müller es una de las quince mujeres en recibir el máximo galardón de las letras a nivel internacional. Sin embargo, y antes de adentrarnos en la crítica propiamente dicha, debemos en primer lugar ahondar brevemente en la biografía de dicha escritora. Herta Müller nace en el año 1953 en Nitzkydorf, un pequeño pueblo situado al suroeste de Rumanía. Descendiente de inmigrantes suabos, Müller pertenecía a la minoría alemana asentada en la región desde hacía varios siglos. Nieta de un granjero cuyas tierras fueron expropiadas por el régimen comunista e hija de una madre deportada a la Unión Soviética en 1945 donde pasó cinco años en un campo de trabajo y de un padre camionero y exmiembro de las SS que curaba su cargo de conciencia aferrado a una botella de alcohol, Herta creció rodeada de silencios y numerosos tabúes entorno al pasado de su familia. Ya en la universidad, y tras haber aprendido rumano en la escuela, Müller acudía asiduamente a las reuniones de un grupo de escritores rumano-alemanes. Tiempo después, dichos encuentros acabaron conformando lo que se conoce como el círculo literario "Adam Müller-Guttembrunn" en el que Müller era la única mujer. Tras negarse a colaborar con el servicio secreto de la dictadura, Herta fue despedida de la fabrica en la que trabajaba como traductora técnica. Es entonces cuando las amenazas y los interrogatorios de la Securitate se sucedieron. Hasta tal punto llegó la situación que Müller tomó la decisión de exiliarse a Alemania Occidental junto a su marido y su madre. Una vez allí no cesó en su empeño por denunciar las atrocidades que el régimen de Cartaescu estaba cometiendo contra sus ciudadanos, una lucha que se prolongó más allá de la caída del muro de Berlín o la desmantelación de la URSS. En lo que a su carrera literaria se refiere, aunque desde bien pequeña manifestó un especial interés por las lenguas y la escritura, no fue hasta que comenzó a trabajar en la fábrica técnica de Tehnometal cuando empezó a escribir las primeras líneas de una extensa carrera literaria. En cuanto al tema principal de su obra, como no podía ser de otra forma, es la dictadura rumana y las terribles consecuencias en la población civil. La infancia, el desarraigo, el mundo rural, la pobreza, la segunda guerra mundial, la intolerancia, la corrupción o la inmigración son otras de las preocupaciones de Müller como autora. Debido a su activismo contra Cartaescu, y sobre todo a partir de la publicación de Tango opresivo en los años ochenta, se le prohibió publicar en Rumanía a pesar de que sus libros cosechaban gran éxito de público y crítica fuera de sus fronteras. Huelga decir que hasta que el régimen comunista rumano cayó, sus libros estuvieron prohibidos y censurados y que la concesión del Premio Nobel de Literatura en el 2009 provocó que millones de lectores al rededor del mundo se interesasen en aquel oscuro periodo de la historia.


   Una vez investigas un poco sobre su peculiar e interesante vida no puedes evitar a continuación querer conocer a esta autora más en profundidad a través de las diversas novelas que ha publicado. Y eso es precisamente lo que Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío provoca en el lector, la necesidad de seguir leyendo más y más. Tal vez, al no haber leído nada de Herta Müller antes de dar con el presente libro, la inquietud haya alcanzado unos niveles muy altos. Sin embargo, para quienes hayan ahondado en su producción literaria con anterioridad, este libro podrá aportar una mirada más amplia y complementaria. Desde un estilo depurado, sencillo y sin ocultar un lirismo que se podría considerar como su sello de identidad como escritora, Müller va desgranando algunos aspectos de su biografía a través de breves ensayos y artículos que podrían perfectamente pasar por relatos dada la implicación literaria de éstos. En ocasiones ni cuenta te das de que lo novelístico - en cuanto a las formas - invade lo real. Su sincera y osada pluma recorre el pasado nazi del patriarca de la familia, la traumática experiencia de su madre en un campo de trabajo, sus enriquecedoras reuniones en círculos intelectuales, el terror con el que tuvo que convivir al ser consciente de que la inteligencia rumana estaba tras sus pasos, sus dudas y opiniones acerca del noble arte de la escritura, su vida en Berlín, su mirada desde el exilio o algunos episodios concretos de su infancia. En ese sentido, resultan especialmente interesantes textos como "Cada palabra sabe del círculo vicioso" - el primero con el que el lector se topa nada más abrir el libro - o "Mucho cuerpo para tan poco motor" - testimonio único de la complicada relación con su padre -. Sin olvidarnos de sus constantes referencias a los autores que inspiran su obra tales como el filósofo rumano Cioran - exiliado en Francia - el poeta Oskar Pastor - constantemente idolatrado por Müller - o Theodor Kramer - autor judío muy poco conocido por el gran público - entre otros. Y por si fuera poco, Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío contiene tanto el discurso que la autora pronunció durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel y las palabras que posteriormente dedicó durante la tradicional cena de los premiados. Ambos testimonios de incalculable valor tanto literario como histórico. Al igual que le sucedió a autores como Jorge Semprún (deportado al campo de concentración de Buchenwald y autor de, entre otros libros, El largo viaje), Primo Levy (también cautivo en el campo de concentración nazi de Monowice y cuyas experiencias plasmó sus memorias Si esto es un hombre y La tregua) o Aleksandr Solzhenitsyn (que tras pasar por varios campos de trabajo de la URSS escribió el voluminoso Archipiélago Gulag), la obra de Herta Müller podría ser apreciada y doblemente valorada. En primer lugar, desde lo puramente literario, y en segundo lugar desde su poderoso carácter testimonial acerca del horror del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu en Rumanía. Dicho esto, y por ir concluyendo la presente reseña, podríamos definir a Müller, no sólo como una gran escritora, también como uno de esos personajes inquebrantables, que supo y sigue defendiendo sus ideas contrarias al poder hasta las últimas consecuencias y un ejemplo de la independencia del pensamiento intelectual frente a lo establecido. No sé si a vosotros os habrán entrado ganas de leer El hombre es un gran faisán del mundo o En tierras bajas - dos de sus más aclamadas novelas - tras haber leído esta crítica. Pero en lo que a mi respecta estoy deseando acercarme a la biblioteca de mi barrio para ver que libros tienen de ella. Si lecturas como esta incitan a la incontinencia intelectual, entonces es que Herta Müller ha conseguido su objetivo.

Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: una historia de denuncia, de injusticia, de desigualdad, de confesiones personales, de discursos institucionales, de prestigio, de exilio, de terror, de literatura... Un libro que, tras su lectura, querréis volver a él.

Frases o párrafos favoritos:

"¿Llevas un pañuelo?, me preguntaba mi madre todas las mañanas en la puerta de casa, antes de salir a la calle. Yo no llevaba. Y, como no llevaba, tenía que volver a mi cuarto a coger un pañuelo. No lo llevaba ningún día, porque cada mañana esperaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre, por la mañana, me cuidaba. En las horas que seguían y para el resto de cosas del día ya tenía que arreglár­melas sola. La pregunta "¿Llevas un pañuelo?" era una mues­tra indirecta de cariño. Una muestra directa habría resultado embarazosa —eso no es cosa de campesinos—. El amor se disfrazaba de pregunta. Solo así se podía expresar en tono seco, como una orden, como cualquier instrucción sobre el trabajo. En tono hosco, incluso subrayaba la ternura. Todas las mañanas me encontraba delante de la puerta: una vez sin pañuelo y la segunda con pañuelo. Y entonces ya sí salía a la calle, como si llevando el pañuelo también se viniera mi madre conmigo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

lunes, 16 de diciembre de 2019

RESEÑA: Cosas que no quiero saber.

COSAS QUE NO QUIERO SABER

Título: Cosas que no quiero saber.

Autora: Deborah Levy (Johannesburgo, 1959) es novelista, dramaturga y poeta británica. Es autora de seis novelas: Beautiful Mutants (1986), Swallowing Geography (1993), The Unloved (1994), Billy Girl (1996), Nadando a casa (2015), y Leche caliente (2018). Nadando a la casa fue finalista del Man Brooker Prize y del Jewish Quarterly Wingate Prize en 2012, y Leche caliente fue seleccionada para el Man Booker Prize y el Goldsmiths Prize en 2016. Deborah Levy es también autora de una colección de cuentos, Black Vodka (2013), finalista del BBC International Short Story Award y del Frank O´Connor International Short Story. Ha escrito para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Cosas que no quiero saber es la primera parte de su "autobiografía en construcción", seguida por El coste de vivir. Cerrará este tríptico un último volumen de próxima publicación.


Editorial: Literatura Random House.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Deborah Levy arranca estas memorias recordando la etapa de su vida en que rompía a llorar cuando subía unas escaleras mecánicas. Ese movimiento inocuo la llevaba a rincones de su memoria a los que no quería volver. Son esos recuerdos los que forman Cosas que no quiero saber, el inicio de su "autobiografía en construcción". Esta primera parte de lo que será un tríptico sobre la condición de ser mujer nace como respuesta al ensayo "Por qué escribo", de George Orwell. Sin embargo, Levy no viene a dar respuestas. Viene a abrir interrogantes que deja flotando en una atmósfera formada por toda la fuerza poética de su escritura. Su magia no es otra que la de las conexiones impredecibles de la memoria: el primer mordisco a un albaricoque la traslada a la salida de sus hijos de la escuela, observando a las otras madres, "jóvenes convertidas en sombras de lo que habían sido"; el llanto de una mujer le devuelve la nieve cayendo sobre su padre en el Johannesburgo del apartheid, poco antes de ser encarcelado; el olor del curry la lleva a su adolescencia en Londres, escribiendo en servilletas de bares y soñando con una habitación propia. Leer a Levy es querer entrar en sus recuerdos y dejarse llevar por la calma y el aplomo de quien ha aprendido todo lo que sabe (y todo lo que no querría saber) a fuerza de buscar su propia voz.

Su lectura me ha parecido:

   Ágil, breve, visual, con un lenguaje para nada complejo pero capaz de hacernos reflexionar, autobiográfico, personal, abierta, oportuna para quienes quieran ganarse la vida con la escritura (especialmente las mujeres), necesario para su autora, con un punto catártico, fugaz testimonio de una época... En un panorama literario como el actual, plagado de autoficción sin duda fomentada por la imperante cultura del "yoismo", es de agradecer que, de vez en cuando, aparezcan libros en los que no se combinen hechos reales con invenciones de la escritora o escritor de turno y que aporten un poco de aire fresco a un mercado cada vez más saturado de personalismos innecesarios. Sé que es simplificar demasiado este popular género, pero son muchos años reseñando historias en las que no sabes si lo que se está contando es cierto o no, y aunque he de reconocer que puede funcionar en ciertos géneros como el terror, la novela social o los que tengan pinceladas de crónica periodística, nadie puede negarme que ante esta marabunta de títulos el lector corra despavorido. Como Indiana Jones escapando de la gran bola de piedra en a primera entrega de la saga. Sin embargo, como acabo de comentar, no todo es autoficción, y es de buenos ser agradecidos cuando de pronto llega a nuestras manos un libro que, en medio del fenómeno de turno, se eleva rompiendo costuras y definiéndose como "autobiografía en construcción". El término, como habréis comprobado, no tiene mucho misterio. Aún así, la combinación de ambas palabras - "autobiografía", es decir, episodios reales de la vida de la persona que escribe y "construcción", lo que viene a significar que dicho texto jamás estará completo - son el resultado de una intención, un debate o tal vez del inicio de un nuevo género literario. Es todavía muy pronto para ponernos a divagar o a lanzar argumentos que respalden esta teoría, por lo que de momento, lo que una servidora va a hacer es centrarse y sacarle el máximo partido a este fenómeno editorial incluido, ya era hora, dentro de lo que podríamos denominar como "no ficción" a pesar de que su autora, de la que hablaremos largo y tendido, ha navegado por las relativamente calmadas aguas de la novela y el relato. Cosas que no quiero saber: apartheid, Mallorca y George Orwell como vertebradores de la primera memoria.


Deborah Levy - autora de la presente "autobiografía en construcción" - es una de las escritoras más presentes en el panorama literario actual. De la escasa información que se desprende de una de las solapas interiores del presente libro, destacaríamos su polifacético talento - el cual le ha llevado a escribir tanto novela, teatro así como relato - la cantidad de premios que ha ganado a lo largo de su carrera - entre ellos el prestigioso Man Booker Prize - y que ha escrito para nada más y nada menos que para la Royal Shakespeare Company y para la BBC. Sin duda, todo un señor currículum. No obstante, y como cabía de esperar, Deborah Levy no es sólo esa brevísima reseña, sino que como todo ser humano, lleva una mochila de vida y experiencia cargada sobre sus hombros, la cual, ha creído conveniente narrar a través de sus peculiares memorias. Y resalto lo de "peculiares" porque, al contrario de lo que habitualmente asociamos con el género biográfico (tochos importantes, encuadernación de tapa dura y con un estilo terriblemente farragoso) esta primera entrega titulada Cosas que no quiero saber sólo tiene 136 páginas. Sí, habéis leído bien, 136 páginas en las que Levy aborda algunos episodios de su vida en clave íntima, intelectual y en relación con su trabajo como escritora. ¿Son 136 un número demasiado escaso de páginas? En este caso, y al contrario de lo que he podido ir husmeando por internet, para nada. La razón debemos encontrarla tanto en el planteamiento de esta biografía en construcción, que como bien hemos dicho presuponemos que habrán en total tres volúmenes, y por supuesto en que Deborah Levy, a pesar de su trayectoria, no pretende hacer de sus memorias un tratado, ni poner su vida a la altura de los grandes e ilustres personajes de la historia. En ese sentido, y es de agradecer, Levy es más humilde. A lo que, por otro lado, cabría añadir que es muy probable que, a pesar de que estas memorias estén planteadas en tres libros, Levy sienta la necesidad de escribir un ejemplar más. De no ser así ¿qué sentido tendría el término "en construcción"?


   Planteada como un tríptico sobre la condición de la mujer - a la par que una aproximación a la figura de la autora - Levy inicia estas memorias respondiendo al mismísimo George Orwell en su conocido ensayo Por qué escribo. Una replica algo pretenciosa pero que, sin duda, todos los que escribimos hemos querido redactar. ¿Por qué escribo? Esa es la pregunta que Levy se hace a sí misma y al mismo tiempo sirve como punto de partida para lo que el lector va a leer a continuación. Articulada a partir de los cuatro motivos que el escritor británico de origen indio desgrana en el citado ensayo, Levy divide esta primera parte de sus memorias en cuarto partes, o lo que es lo mismo, en cuatro motivos que la han llevado a escribir a saber: puro egoísmo, entusiasmo estético, impulso histórico y propósito político. Siendo cada uno de ellos el paraguas bajo el cual se narrarán algunos episodios de su vida. En "Puro egoísmo", viajamos a Mallorca, lugar que Levy escoge como lugar de retiro temporal para buscar un respiro ya que, como ella dice, sigue llorando mientras sube las escaleras mecánicas. A priori parece una frivolidad, una tontería, pero si nos paramos a pensar detenidamente en este episodio real inevitablemente se nos vienen a la cabeza esos momentos en los que nos hemos sorprendido llorando en el lugar más insospechado. Sin ir más lejos, ayer, mientras veía una obra de un festival de navidad extraescolar no pude evitar soltar una lagrima. Y eso que no conocía a ninguna de las niñas y niños que actuaban en ella. Si la memoria no me falla también he llorado en trayectos de tren, en viajes en bus, en el baño de la facultad, alguna noche mientras intentaba dormirme y estoy convencida que estas navidades no voy a poder esquivarlas. El que se acabe una década me excita y me pone triste al mismo tiempo. Sobre todo porque cumplo veintisiete, el carnet de la biblioteca de humanidades va a caducar, soy incapaz de acabar lo que escribo y siento que los esfuerzos no son siempre sinónimo de recompensas. No lloré cuando leí este episodio de Deborah Levy, pero sí la entendí. En él también se nos habla de lo que ella denomina "suburbio de la feminidad", sobre los problemas de la maternidad y reflexiona entorno a si las mujeres deberían - parafraseando a un director polaco que aconseja a uno de sus alumnos - no hablar más alto sino con el derecho a expresar un deseo. ¿Cuántas veces se me ha aconsejado que no hable tan alto? ¿Cuántas veces me han mandado callar justo cuando estaba dando mi opinión o disculpándome por algo que había hecho mal? ¿Cuántas han sido las ocasiones en las que he tenido que hablar más alto para que se me escuchase entre un grupo de gente? Y por último ¿cuántas veces he expresado un deseo? Últimamente pocas.

   En "Impulso histórico" - mi parte favorita - Levy regresa a su infancia en la Sudáfrica del Apartheid. Una sociedad segregada en la que de pequeña es testigo de la detención de su padre por ser miembro del ANC (al cual perteneció también Nelson Mandela y que abogaba por otorgar el voto a los africanos negros y mestizos, además de acabar con el sistema de discriminación y que otorgaba el poder exclusivamente a la minoría blanca). Durante estas páginas, las más memorables, conocemos a Melissa, la responsable de otorgarle a Levy la confianza suficiente para hacer algo tan sencillo como hablar, simplemente hablar, trasladar las palabras que escribía en sus cuadernos en sonidos fonéticos para así expresar sus inquietudes y verdaderas opiniones. Según la autora este es el "impulso histórico" que le lanzó de lleno a la escritura, y no, como cabría esperar, los acontecimientos históricos que rodearon a esta historia de amistad. Seguidamente, en "Puro egoísmo", Levy nos traslada al Londres de su adolescencia, en plena efervescencia política y cultural, un Londres gris en el que, sin embargo, la autora experimenta su etapa más prolífera en cuanto a sesiones de creación literaria y habito lector. Particularmente emotivo es el momento en el que nos cuenta como el Curry es el olor con el que asociará siempre a dicha ciudad y como escribía hasta en servilletas de papel mientras soñaba con tener, como Virginia Woolf, su cuarto propio. Ahí no he podido, una vez más, sentirme identificada con esa vitalidad creativa de los 15 años y con esa constancia que hoy se me antoja demasiado lejana. Por aquel entonces me sentaba, enchufaba el ordenador y no me levantaba hasta que no hubiese escrito un numero considerable de páginas. Luego la historia no valía un pimiento, pero yo me sentía bien haciéndolo, como si rellenase de dicha un hueco importante en mi cerebro. No ansiaba un cuarto propio, ni siquiera sabía de la existencia de Woolf, pero sí comprensión, apoyo y algo de tranquilidad. Actualmente el bache es importante, tanto que a veces pienso en tirar la toalla, pero supongo que todo se reduce a etapas vitales y que hay que superarlas de la mejor forma posible. Tanto si existe la fórmula mágica como si no.

   Por último en "Entusiasmo estético" viajamos de nuevo a Mallorca - símbolo del autoconocimiento y la necesaria desconexión - para que el lector observe como, la mujer que paseaba su tristeza por centros comerciales atestados de gente, hoy se ha fortalecido a medida que ha ido asimilando vivencias y experiencias de su vida privada que antes prefería no contar, no compartir, no saber. Al final, además de una breve autobiografía narrada con una prosa muy especial, lo que nos queda es una investigación, la experimentación  y la constatación de como cuando tomamos decisiones que rompen con lo que hemos sido, o lo que hemos vivido. Cuando mandamos a tomar por saco todos esos trabajos, las comodidades y esas personas que ya no nos proporcionan la misma felicidad que antes. Cuando arriesgamos, nos movemos fuera de nuestra aérea de confort o cuando decidimos de la noche a la mañana cambiar de vida nos asaltan inquietudes, preguntas e inseguridades extrañas y nuevas. Es entonces cuando, paradójicamente, nos sentimos más cerca de la mujer que llora en las escaleras mecánicas que de cualquier otra mujer a su alrededor. No sé si esta "autobiografía en construcción" trascenderá como sí lo han hecho otros textos similares (como el Mientras escribo de Stephen King o Vivir para contarla de Gabriel García Márquez) de lo que sí estoy segura es de que este volumen llegó en el momento más propicio para salvarme, una vez más, de los nubarrones y los truenos llamados inseguridad. La literatura no cura, pero sí nos abraza en momentos de incertidumbre.

  Cosas que no quiero saber: una historia de autoconciencia, autodescubrimiento, memoria, coraje, verdad, literatura, escritura, impulsos, egoísmos, estética, entusiasmo, pasión, flaqueza... El inicio del viaje de una escritora en el momento más álgido de su carrera.  

Frases o párrafos favoritos:

“No alcanzaba a oírla, pero sabía que sus palabras tenían que ver con decir las cosas en voz alta, admitir las cosas que deseaba, estar en el mundo y no dejarme vencer por él”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!