Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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viernes, 5 de febrero de 2021

RESEÑA: Testamento de juventud.

 TESTAMENTO DE JUVENTUD


Título: Testamento de juventud. 

Autora: Vera Brittain (Newcastle-under-Lyme, 1893-Wimbeldon, 1970) fue una de las escritoras británicas más singulares del siglo XX, conocida también por sus ideas pacifistas y feministas. Estudió en la Universidad de Oxford, aunque se vio obligada a retrasar su formación para trabajar como enfermera voluntaria durante la mayor parte de la Primer Guerra Mundial. En 1923 publicó su primera novela (ya era conocida en algunos círculos, como poeta), The Dark Tide, pero el reconocimiento público le llegó diez años después con Testamento de juventud, fue todo un éxito de crítica y ventas y se convirtió en uno de los libros más comentados de su época. 


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: Vera Brittain dedicó casi veinte años a escribir esta obra portentosa, en la que debía haber espacio "para los seres queridos y también para aquellos a quienes no conoceremos nunca, pero que, no cabe duda, son nuestros iguales". Pocas veces se ha contado la vida de aquella juventud, la que sufrió la Primera Guerra Mundial y la posguerra, con tanta profundidad, elegancia y exactitud. Se combinan aquí las peripecias (siempre verdaderas) de la hija del propietario de una fábrica de papel de provincias que luchaba por emanciparse con las de la joven estudiante en Oxford y con el sufrimiento que esta misma joven, convertida en enfermera, encuentra en el frente durante la guerra; su pasión por el estudio y la literatura con el afecto por muchos de los que la rodearon de adolescente... Todos sus amigos lucharán en las trincheras, y todos sus amigos vivirán el fin de una época mejor en la que todo parecía más puro e ingenuo. "Si la guerra me perdona la vida", escribió Vera Brittain a su hermano, "mi único objetivo será inmortalizar en un libro nuestra historia, la de nuestros amigos". Aquel deseo, casi una promesa, se convirtió en uno de los libros de memorias más famosos y conmovedores del siglo XX. A pesar de su interés por ajustarse al marco histórico de lo sucedido y a los datos reales, Vera Brittain, cuando escribe, siempre lo hace en los alrededores de la poesía y de los sentimientos, respaldados por una inteligencia viva y sus fervientes creencias pacifistas y feministas. 

Su lectura me ha parecido: inquieta, emotiva, feminista, heroica, enorme (en todos los sentidos), pacifista, veraz, crudo en ocasiones, de grandísimo valor testimonial... Cada día, a las ocho de la tarde, entre los meses de marzo y abril del aciago 2020 se producía uno de los pocos fenómenos de unión vecinal, social, nacional - hasta patriótica me atrevería a decir - más emocionantes de cuantos he presenciado a lo largo de mi corta vida. De pronto, las calles, plazas, avenidas y demás lugares se llenaban de atronadores aplausos. Enérgicas palmadas acompañadas por el Resistiré, convertido por aquellos días en nuestro particular himno en medio del horror y la muerte. Un atisbo de esperanza y de reconocimiento rutinario a todas aquellas personas que, fuera de sus casas, y por tanto, con más posibilidades de sufrir las consecuencias del maldito virus, se jugaban (y se la siguen jugando, a pesar de la amnesia colectiva persistente) la vida por todas y todos nosotros, por nuestra salud y porque siguiésemos protegidos contra las consecuencias de la Covid-19. Dicho acto de empatía se vivía con mayor intensidad si cabía a la puerta de los hospitales y centros de salud, por aquel entonces sumidos en lo que posteriormente se conocería como "primera ola". Sus rostros compungidos, cansados y plagados de cicatrices físicas y emocionales devolvían el aplauso, así como lágrimas de agotamiento y tristeza. Poco importaban las horas trabajadas, la falta de sueño o las interminables guardias en urgencias; su deber estaba allí, con los enfermos, con los más leves y con los de la UCI, los entubados, los que peleaban (e insisto, siguen peleando) por cada bocanada de aire en sus pulmones. Muchos osaron, en su momento pensé que sin mucho atino, compararlo con todas aquellas y aquellos profesionales (voluntarios en su mayoría) que curaron y salvaron del putrefacto barro de las infinitas trincheras de Verdún o Somme a miles de soldados durante la Primera Guerra Mundial. Podríamos extenderlo a otros conflictos armados de gran calibre - como la Segunda Guerra Mundial por ejemplo - pero en realidad fue la conocida como "Gran Guerra" la que puso en valor, por primera vez en la historia, el trabajo de estas mujeres y hombres amparados por organizaciones, a día de hoy importantísimas, como Cruz Roja. Sabían que iban al frente, a primera línea, pero jamás se imaginaron las secuelas físicas y psicológicas que aquello les provocaría a lo largo de los sucesivos años marcando, de forma indeleble, a toda una generación. Aún es pronto para afirmarlo pero, es cierto que el Coronavirus está socavando la entereza de las y los que día a día se enfrentan al virus, llegando a hablarse incluso del desarrollo de estrés postraumático en algunos casos. Justo lo que en su momento padecieron hace más de cien años entre sangre y fuego cruzado. ¿La diferencia? que en la Primera Guerra Mundial la gente se desplomaba tras una explosión o un certero balazo en un espacio geográfico muy concreto, mientras que en la actualidad la muerte, con su icónica guadaña, pulula a nuestro al rededor. Sé que hacía tiempo que tendría que haber escrito la reseña del presente libro mucho antes, pero ha sido ahora y no antes cuando he encontrado el paralelismo, el puente entre dos contextos históricos tan diferentes, que no es otro que las manos que sanan, las palabras que consuelan y, sobre todo, las personas que hay tras ellas. Testamento de juventud: el recuerdo a los caídos o la herencia de lo vivido. 


Vera Brittain, nacida a finales de siglo XIX en el seno de una familia adinerada que, como siempre sucedía, pretendía hacer de ella una mujer florero. Intentando escapar de aquel terrible sino y en aras de alcanzar la ansiada emancipación, Brittain decide cursar estudios universitarios en una de las instituciones más importantes de Reino Unido (la Universidad de Oxford). Formación que decidió suspender temporalmente cuando tomó la decisión de trabajar como enfermera voluntaria durante la mayor parte de la Primera Guerra Mundial. A su vuelta - y tras conocer la noticia de que su hermano, su novio y algunos amigos de la infancia habían perecido en la contienda - le fue difícil insertarse en la sociedad de postguerra. Hasta que conoció a la también escritora Winifred Holtby a la que le unió una inquebrantable amistad hasta la muerte de ésta en los años 30, así como una aspiración compartida: la de asentarse en la escena literaria londinense de su tiempo. A partir de entonces fue habitual ver a Brittain en tertulias intelectuales, como oradora en la Sociedad de Naciones, participando en mítines del Partido Laborista o en manifestaciones a favor de los derechos de las mujeres, destacando por su defensa a ultranza del pacifismo en un mundo a punto de explotar de nuevo. Fue tal su grado de implicación en dicha causa que el Partido Nazi incluyó su nombre en el Libro Negro. Un texto que contenía una lista de más de 2.000 personas que debían ser arrestadas después de la invasión de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, si por algo es recordada Brittain - más allá del mundo anglosajón - es por su productiva carrera literaria, especialmente tras publicarse en el año 1940 el que es considerado su libro más importante y trascendente: Testamento de juventud. El que es considerado por muchos como el libro de memorias definitivo de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, sería muy injusto atenernos a opiniones tan reduccionistas. Es obvio que el grueso del libro - de unas 846 páginas - comprende los años en los que Vera Brittain trabajó como enfermera en el frente, pero no debemos olvidarnos de las importantes páginas que la autora dedica tanto a su vida anterior al enfrentamiento bélico (donde asistimos a las breves andanzas de una joven estudiante en Oxford), así como a esa parte final en la que se nos expone, desde un subjetivismo abrumador, sus opiniones y descripciones acerca de lo devastada que ha quedado su generación tras el fin de la guerra. De este modo tenemos, en primer lugar, una introducción donde su autora nos cuenta lo que suponía en aquellos años que una mujer accediera a la educación superior (con una fuerte impronta feminista), en segundo lugar, y a modo casi de diario personal, las experiencias vividas en la guerra sin ocultar la crudeza y sin descuidar cada detalle del relato (seguimos con esa reivindicación del papel de las mujeres, en este caso durante la contienda) para, en tercer y último lugar, hacer un ejercicio de memoria (con la perspectiva que ofrece el tiempo) que sirva de reflexión, ya no sólo para el lector de su tiempo, también para las futuras generaciones. Es ahí donde da rienda suelta a sus ideas pacifistas, pro feministas (sobre todo en lo que a libertad y emancipación se refería) y de un llamamiento a no repetir los errores del pasado. Algo, que, visto el panorama, no parece que hayamos entendido mucho.


Respecto al contenido de estas voluminosas memorias, lo primero que hay que aclarar es precisamente eso, su extenso número de páginas, capaces de disuadir a más de un lector. Y es que en los tiempos que corren parece que nos hemos acostumbrado a lecturas poco exigentes, amenas y a ser posible que no rebasen las 200 páginas (aunque en ocasiones también nos parezcan una barbaridad). Aunque, como ya digo, su voluminosidad tire para atrás, merece la pena adentrarse en esas 846 páginas para sumergirnos, no sólo en una época muy concreta de nuestro pasado - que aunque hayan pasado más de cien años, en términos históricos, queda relativamente cerca del presente - sino en la cabeza y en las experiencias de una de sus testigos más privilegiadas. Sin obviar esa primera, pero brevísima, parte en donde nos ponemos en sus zapatos y en las dificultades de lo que significaba ser mujer en una de las universidades más importantes, lo cierto es que el gran reclamo es el grueso del libro, en otras palabras, todas las páginas que le dedica a cuando trabajó como enfermera (voluntaria, no lo olvidemos) durante la Primera Guerra Mundial. Lejos de ser un texto nostálgico respecto a la contienda - en el peor de los sentidos - Testamento de Juventud se erige como un testimonio único desde el punto de vista historiográfico. Ya no sólo por ese equilibrio entre lo novelado y lo autobiográfico - aunque en este caso la balanza se incline más hacia lo segundo a pesar de que su autora emplee recursos narrativos para llegar a un público más amplio - también por la voz que nos cuenta estas experiencias. La de una joven que, desde la valentía y un sentimiento de solidaridad que roza la más pura inocencia, decide por voluntad propia viajar a los lugares más peligrosos, aquellos donde las trincheras recorren campos y bosques, aquellos en los que miles de hombres mueren, vomitan, lloran de dolor, de impotencia, acompañados de ratas... En definitiva, donde malviven en aras de una guerra cada vez más absurda y a la que acudieron cegados por un exacerbado heroísmo. La propia Vera Brittain sufrió aquel shock al comprobar como aquellos ideales sobre lo que significaba combatir o ayudar en el frente que tanto se habían inculcado desde las escuelas, universidades o las propias familias chocaban con una realidad más sangrienta y cruda. De ahí su indignación, su rabia, su impotencia de verse como un engranaje más  de un peligroso y falso patriotismo. Su retrato del cuerpo de enfermeras, aquellas que desde una mirada machista se les llamó "ángeles blancos", es abrumador, metódico, sin escaparse ningún detalle. Destacando el legado de Florece Nightingale - la considerada como pionera de la enfermería - vital desde un punto de vista inspiracional. No obstante, entre tanto horror, hubo hueco para la reinserción y la esperanza, ya que, en palabras de la propia autora, lo que la salvó de la desesperación - y de las profundas heridas psicológicas - fue el rodearse de mujeres. Tanto de heroínas de carne y hueso (como su amiga Holtby o sus profesoras del Somerville College), como pertenecientes al mundo de la literatura (entre las que destaca la novelista Olive Schrenier, cuya influencia fue vital para Brittain). Un universo femenino que cimentó aún más sus ideas feministas y su compromiso con la libertad de las mujeres trabajadoras. Como anécdota final - de esas que me gustan especialmente - contaros que la mismísima Virginia Woolf se pasó noches en vela leyendo el presente libro y alabándolo allá donde iba. De hecho, la escritora británica (en un acto de lucidez visionaria) se refirió a él como un relato insertado en un nuevo género, profundamente angustiante, propio de la juventud del momento y que ella no se atrevería nunca a escribir. Pensad por un momento en la cantidad de memorias y diarios que se han redactado en las sucesivas décadas. Y no es para menos, el contexto - encaminado a descubrir la cara más terrorífica del totalitarismo - lo pidió a gritos. No sé si en un futuro más o menos cercano tendremos en nuestras manos la autobiografía de una enfermera que vivió en primera persona la crisis del Covid-19 (lo más probable es que así sea), pero de lo que sí estoy segura es que, si se parece al inolvidable texto de Vera Brittain lo estudiaremos, lo apreciaremos, lo debatiremos, lo analizaremos... Para aprender, comprender, y sobre todo, para no olvidar. 

Testamento de juventud: una historia de guerra, tragedia, valentía, solidaridad, amistad, aprendizaje, secuelas, memoria, homenaje, reconocimiento, superación... La generación que la contienda sesgó a través de los ojos de quien los vio perecer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Mientras dura la guerra, el heroísmo que da lugar supera con mucho al embrutecimiento. Entre 1914 y 1919, hombres y mujeres jóvenes, desastrosamente puros de corazón y ajenos al egoísmo y a la cínica explotación de los mayores, se consagraron una y otra vez a un fin que creían, intentaron seguir creyendo, que era noble e idealista (...) sin duda, este estado mental era, como decían los propagandísticas antibélicos, "exaltación histérica", pero dio resultados concretos en forma de una paciencia formidable, una resistencia sobrehumana y una reafirmación constante de un valor inconcebible."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

jueves, 18 de junio de 2020

RESEÑA: La casa intacta.

LA CASA INTACTA

Título: La casa intacta. 

Autor: Willem Frederik Hermans (1921-1995) fue un prolífico y versátil escritor holandés. Escribió ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas; de ellas cabe destacar El cuarto oscuro de Damocles (1958) y No dormir nunca más (1966). En los años setenta tuvo un papel relevante en el desenmascaramiento de Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo falsas rutas de huida a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En 1977, Hermans obtuvo el Premio de Literatura Holandesa, el galardón literario más prestigioso de los Países Bajos. Junto con Harry Mulisch y Gerard Reve, está considerado uno de los tres grandes (De Grote Drie) escritores de la literatura holandesa de posguerra. 


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: holandés. 

Traductora: Catalina Ginard Féron. 

Sinopsis: Europa del Este, 1944. Un soldado holandés que lucha con un grupo de partisanos se refugia en una casa abandonada de aspecto señorial durante un cese de hostilidades. La casa está casi intacta por los estragos de la batalla, y el partisano se instala en ella como si la guerra no hubiese tenido lugar: se baña, se viste con ropa que encuentra en el armario, come restos de comida. Cuando las fuerzas alemanas recuperan la plaza y unos soldados nazis llaman a la puerta, él decide hacerse pasar por el propietario de la casa. Pero ¿cómo se las arreglará para mantener el engaño?

Su lectura me ha parecido: breve, sutil, en ocasiones explícita, pesadillesco, original en cuanto a su premisa, contundente, perversa, antipatriótica, antibelicista, universal... Durante la cuarentena huía, como quien escapa de un animal peligroso, de cualquier referencia literaria al interior, al hogar, a las pesadas cuatro paredes de mi cuarto. De ahí que, salvo alguna excepción, la mayoría de las lecturas que me han acompañado en el confinamiento han sido historias que acontecían fuera, más allá de los muros de la gran ciudad, en la Galicia rural, en la Italia bañada por el sol de una tarde de verano, en la California más chiflada que os podáis imaginar, en la gira de un grupo de rock inventado de los años 70, en algún lugar perdido del atlántico tras sufrir un accidente de avión durante la Segunda Guerra Mundial y hasta en un bibliobús que tenía a la mismísima Isabel II de Inglaterra entre sus usuarios más ilustres. Por supuesto, también me he mecido al son de la espiral autodestructiva de los personajes del cómic Hechizo Total, entretenido yendo de un lado a otro de la enorme casa de muñecas ideada por Patricia Esteban Erlés, llorado acompañada de Delphine de Vigan y su Nadie se opone a la noche - sin duda, el mejor libro de todos los que me leí durante el encierro - o partiéndome de risa con la inoperancia de los personajes de Documento 1 - en última instancia, los más apegados a la realidad y a la precariedad crónica de la sociedad actual -. Todos ellos libros en los que el factor introspectivo (y por tanto de reclusión) era imprescindible para poderlos apreciar en todo su esplendor. Sin embargo, siempre trataba de viajar, aunque fuese a través de mi imaginación, a todos aquellos lugares que, por el momento, son imposibles de visitar. Me angustiaba la idea de no volver a pisar la calle en mucho tiempo. Dicho así suena un tanto exagerado, pero sed conscientes de la incertidumbre, el alarmismo y la dramática situación que estaba teniendo lugar en los meses de marzo y abril. Unos hechos a los que estábamos obligados a hacer frente, sin anestesia alguna, sin que nadie nos hubiera preparado o mentalizado para ello. En mi caso, la medicina la encontré en parte en esas lecturas que me permitieron llenar un poco de aire los pulmones y despejar la cabeza de esos pensamientos trágicos que de vez en cuando me asaltaban por la noche o me producían dolor de barriga. Ahora que la desescalada es un hecho - y ya veremos si no nos tendremos que arrepentir de nuestra rapidez a la hora de gestionarla - he creído conveniente redactar y publicar la reseña del siguiente cuento. Un relato de interior, pero también de exteriores. Una narración que oscila entre el oasis en medio del caos y el horror de una guerra que se antoja la más sangrienta de la historia. La casa intacta: el retrato más macabro, helado y despiadado del sinsentido de la guerra.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, cabe presentar un poco a su autor Willem Frederik Hermans. Nacido en Ámsterdam en el año 1921, es uno de los escritores holandeses más importantes de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Con inquietudes científicas desde niño, Hermans trató de subsistir con la escritura en los duros años de la reconstrucción, algo que le obligó a desempeñar otros trabajos para poder mantenerse en una Holanda con las heridas de la guerra todavía abiertas. Sin haber participado en ella, su producción literaria está enormemente marcada por ésta. Además, por si fuera poco, Hermans se erigió en la década de los 70 como uno de los responsables a la hora de desenmascarar a Friedrich Weinreb. En este punto, permitidme que me detenga, ya que creo que es muy importante que sepáis un poco de esta historia - ya no sólo como curiosidad histórica, también porque, de cara a la novela que hoy reseñamos, lo encuentro bastante oportuno -. Veréis, el tal Friedrich Weinreb fue un economista y escritor judío que, durante los años de la ocupación nazi en Holanda, se dedicó a vender rutas seguras para los judíos que deseaban escapar del país. Las gente, desesperada, no dudaba en desembolsar grandes sumas de dinero con tal de escapar del horror y de una muerte segura en los campos de concentración. Sin embargo, la  ruta supuestamente segura fue en realidad una trampa para que los judíos cayesen en la trampa y acabasen arrestados por los nazis. Cuando fue descubierto en 1944, dejó su casa y se escondió en el pequeño pueblo de Ede. Tras la liberación y una vez capturado por los aliados, fue encarcelado tres años acusado de fraude y colaboracionismo. Pero no fue hasta 1969 cuando, a raíz de unas memorias publicadas ese mismo año, en las que afirmaba su intención de brindar a aquellos judíos esperanza de supervivencia, además de la creencia de que los Países Bajos iban a ser liberados antes de que los nazis ordenaran la deportación. El debate sobre su culpabilidad o inocencia se extendió durante décadas, llegando a su punto más álgido y acalorado en la década de los 70. Fueron muchos los intelectuales que se mojaron y dieron su opinión al respecto, entre ellos el propio Hermans, que lo señaló como culpable de la muerte de aquellas gentes. Años más tarde, y en un intento de poner fin al debate, el gobierno pidió al Instituto de los Países Bajos para la Documentación de la Guerra que investigase el asunto. Finalmente en 1976, y tras haber realizado un trabajo de documentación, cotejo y entrevistas a los pocos supervivientes que quedaban de los hechos, se presentó un informe en el que se señalaba la falsedad del testimonio que Weinreb plasma en sus memorias, señalando su intencionalidad estafadora y ascendiendo a 70 el número de victimas que la famosa "ruta". Esta pequeña pincelada de historia, que a priori parece no venir a cuento más allá de la opinión del propio autor al respecto, va más allá de lo meramente anecdótico. Ya que me permite a mi como crítica literaria enmarcaros no sólo en la época - asumo que todos la domináis más o menos - también en ese retrato de la maldad en estado puro. Una maldad que, en tiempos de guerra, se expone de la forma más explícita, naciendo del interior de personas que jamás imaginarías, mostrando que no existen límites en cuanto a crueldad humana se refiere. Weinreb supo ocultarla de la forma más retorcida y sibilina, una liga a la que los personajes de La casa intacta jamás podrían aspirar. 



Ambientada en un lugar desconocido de la Europa del este y en pleno apogeo de las hostilidades entre ambos bandos, asistimos a la historia de un soldado holandés - cuyo nombre jamás sabremos - que, en medio de un cese de disparos, decide separarse de sus compañeros partisanos y refugiarse en una casa abandonada y de aspecto señorial. La sorpresa es mayúscula cuando descubre que dicha mansión a penas se ha visto afectada por las bombas o los disparos de metralla, si hasta sigue emanando agua caliente. Una vez en su interior, el soldado se queda a vivir en ella, disfrutando de los objetos y comodidades de sus estancias, así como de las comida que los anteriores dueños no pudieron llevarse a la boca. La situación se le antoja idílica en medio del caos bélico, una especie de oasis en medio del bravo océano. Pero llegan los Nazis, recuperan la plaza y llaman a la puerta del caserón. A partir de ese momento, el soldado deberá fingir ser entonces el propietario de dicho lugar para evitar una muerte segura. Con esta premisa tan atractiva, Hermans ya consiguió que una servidora se interesase por esta novela corta - por no hablar de relato - y eso que, como ya he comentado en más de una ocasión, hacía años que no me adentraba en una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Mi aproximación a ella había sido desde una perspectiva más ensayística, memorialística, más pegada a los hechos que a la ficción que esta puede inspirar en cualquier pluma más o menos talentosa. Una vez vencido el escepticismo, La casa intacta duró pocos días en mi mesita de noche. Lo devoré. Con ansia. Con entusiasmo. Su brevedad fue determinante, pero también la forma con la que Hermans consigue que el lector no despegue los ojos del papel. A pesar de buscar siempre lo lírico en una narración, en esta ocasión adoré la hosquedad de su estilo, sin duda a corde con el contexto y la historia que se narra. Lejos de resultarme molesta, esa sequedad me impactó, me subyugó, hasta el punto de querer atesorar todos aquellos recursos, como si de una clase de escritura creativa se tratara. La casa intacta se adhiere perfectamente a la tesis de que, si quieres contar una historia en la que suceden cosas abominables, las palabras y el tono deben ir en consonancia si lo que se pretende es dejar huella en la memoria del lector. Así que gracias Hermans, gracias por esta lección de estilo. 


Dicho esto, y al hilo de lo ya expuesto, cabe rescatar el término "universo sádico" al que el escritor Cees Nooteboom hace referencia en el epílogo de la presente edición. Y es que en el relato de Hermans la violencia se presenta en toda su crudeza, explícita por momentos, incómoda de leer y que actúa como vehículo natural a lo largo de toda la narración. El lector se enfrenta a escenas inenarrables, atroces, pero todas ellas justificadas de cara a la intención por parte del autor en denunciar el sinsentido de la violencia. Algo que se acentúa si tenemos en cuenta el pensamiento nihilista de su protagonista - sólo ansía sobrevivir a cualquier precio - y la incursión de otros personajes que, independientemente de su posicionamiento ideológico u político, son capaces de cometer las mayores barbaridades en pos de una causa o un ideal en muchos casos maniqueo. Un acercamiento arriesgado pero efectivo que en los tiempos que corren nunca viene mal tener presente, sobre todo si de lo que se trata es de mandar un mensaje en favor de la no violencia cuando, a la vista está, todavía quedan resquicios de intolerancia y de agresiones movidas por el racismo, la xenofobia o la homofobia. Aunque Hermans lo capitalice en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la denuncia traspasa los límites temporales, alcanzando un estatus universal. Por otro lado, y ya para acabar, señalar la importancia de la casa, y sus características propias, dentro de la historia. Como si se tratara de un personaje más - el más importante diría yo - la mansión en la que el soldado se queda a vivir actúa como refugio más o menos habitable (hay que tener en cuenta que está teniendo lugar una sangrienta batalla y que haya sobrevivido de la forma en la que Hermans nos la describe es por lo menos increíble dentro de la verosimilitud que como lector quieras otorgarle a la novela) frente al terror que se vive a fuera. Al mismo tiempo, cada estancia actúa como un espacio propio, que en ocasiones parece condicionar al protagonista, incitándole a realizar ciertos comportamientos o a la toma de determinadas decisiones. Cuando los nazis irrumpen en sus dominios, la casa dejará de proteger al partisano, mostrando su cara más hostil, dejándole vendido y solo ante el peligro de que descubran su verdadera identidad. Este recurso no es nuevo, de hecho, son muchas las autoras y autores que, desde géneros muy dispares, han concebido novelas o relatos en los que su presencia es absolutamente imprescindible. Julio Cortázar, Edgar Allan Poe, Isabel Allende, Martine Desjardins, Daphne Du Maurier, Shirley Jackson, Adelaida García Morales... La lista es interminable. Nadie puede negar el tirón y las posibilidades de introspección y reflexión que tienen las casas - mansiones, pisos pequeños, apartamentos en la playa, casas perdidas en el monte, adosados - dentro de la literatura. Por lo que no es de extrañar que en los próximos meses, por culpa de la crisis del coronavirus, los lectores asistamos a una avalancha de novelas en las que las estructuras físicas como psicológicas de lo que comúnmente llamamos "hogar" sean elementos protagónicos. Tal vez se cree un nuevo género, una nueva generación que explore la intimidad y lo privado en tiempos de incertidumbre y enfermedad. Conociendo el estilo y una vez leído el relato de Hermans, estoy convencida de que todavía quedan otros puntos de vista que abordar desde lo clásico, aunque dicha mirada parta del interior, de unos ojos que observan el exterior con miedo, sintiendo el peso del techo sobre sus hombros, consolándose de que, al menos, se encuentra a salvo. Al menos de momento.

La casa intacta: una historia de terror, guerra, violencia gratuita, protección, lujos inesperados, ambigüedad, antipatriotismo, egoísmo, supervivencia... Un libro que, en tiempos de desescalada, tal vez nos atrevamos, esta vez sí, a leer.

Frases o párrafos favoritos: 

"Era como si todo este tiempo ella hubiese representado un papel y sólo ahora se mostrara tal y como había sido siempre en realidad: una cueva ventosa, llena de escombros e inmundicia."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

jueves, 14 de mayo de 2020

RESEÑA: Olga.

OLGA

Título: Olga. 

Autor: Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) ejerce de juez y vive entre Bonn y Berlín. Su novela El lector fue saludada como un gran acontecimiento literario y ha obtenido numerosos galardones: el premio Hans Fallada de la ciudad de Neumuenster, el premio Welt, el premio italiano Grinzane Cavour, el premio francés Laure Bataillon y el premio Ehrengabe de Düsseldorf Heinrich Society. Después publicó un extraordinario libro de relatos, Amores en fuga. Otras de sus novelas importantes son El regreso, La justicia de Selb (en colaboración con Walter Popp), El engaño de Sleb, El fin de semana y Mentiras de verano. (Fuente: Editorial).


Editorial: Anagrama. 

Idioma: alemán. 

Traductor: Carles Andreu. 

Sinopsis: Olga nace en la parte este del imperio alemán a finales de siglo XIX, sobrevive a dos guerras mundiales y muere en extrañas circunstancias. Su vida, a caballo entre dos siglos, transcurre marcada por la historia. De familia pobre, es criada por su abuela tras la temprana desaparición de sus padres; más adelante se enamora de Herbert, un joven de clase social superior, cuya familia se opone a la relación. Deberán mantener su amor en clandestinidad y después la relación quedará marcada por la distancia, porque Herbert, llevado por el entusiasmo de las guerras coloniales de Bismark, decide alistarse en el ejército. Viajará a África y por América del Sur y mas tarde formará parte de una expedición polar, mientras Olga se queda en casa y le escribe cartas. La novela relata la vida de la protagonista en tres partes y desde tres ángulos complementarios: un narrador en tercera persona, un testimonio en primera - el de un joven que la conoce en los años cincuenta, cuando Olga plancha para su familia - y por último las cartas que la propia Olga le envió durante años a su amado, sin obtener respuesta. (Fuente: Editorial). 

Su lectura me ha parecido: elegante, intensa, con un tríptico narrativo que la ensalza, plagada de momentos que atrapan al lector, oscilante en sus emociones, envolvente, muy esperada... Cuando leí el libro que hoy vuelvo a tener entre mis manos me encontraba en unas circunstancias bastante diferentes a las actuales. En vez de estar encerrada - o semi confinada con la desescalada - a cal y canto, Bernhard Schlink se fue conmigo varias veces a la playa, fue testigo de mis baños de agua salada, se llenó de arena en un pequeño descuido, reposó sobre la ardiente toalla. Me acompañó en las noches de sudor previas al sueño más profundo, en los mediodías de aire acondicionado y telenovela de Antena 3, en las mañanas previas al chapuzón en el Mediterráneo. Recuerdo la fuerza con la que lo agarraba, como si quisiese que se me pegase algo del autor de El lector, como si de aquella forma lograse entrar aún más en una historia ya de por si fascinante. En pocos días había sido testigo de la evolución de un país, de su historia, de sus resplandecientes luces, de sus tenebrosas sombras y de como la vida de un personaje tan anecdótico acaba erigiéndose y resultando representativa de todo un siglo europeo. Nadie, ni siquiera aquella lluvia que nos sorprendió casi al final de mi estancia en dicho lugar, logró perturbar la más memorable de las lecturas. Al menos de las acontecidas en aquel lejano y añorado verano de 2019. Hoy, a las puertas de las vacaciones más extrañas y atípicas de la historia, no dejo de pensar en todo aquello. De ahí que quisiese recuperar la novela que, irremediablemente, he acabado asociando con un tiempo que jamás volverá. O al menos hasta que una vacuna nos haga salir de la "nueva normalidad". Un nombre de mujer - que paradójicamente jamás se me habría ocurrido para dar título a un libro - me evoca vivencias pasadas, consigue ahogarme en nostalgia, pero su luz también apacigua la larga espera. Olga: una mujer, la sombra de Bismark y unas cartas sin respuesta. 


Cuando tuve noticias de que Bernhard Schlink iba a publicar nueva novela, y en concreto esta novela, algo en mi cabeza me decía que debía regresar a él. Lo descubrí tiempo atrás, y al igual que muchas y muchos de vosotros, a través de una novela que no sólo me entusiasmó, sino que suscitó una serie de reflexiones entorno a la ética y la moral en relación a uno de los procesos judiciales más tristes y famosos de la historia. Hablamos por supuesto de los juicios de Núremberg, en los que se juzgaron a los principales dirigentes del régimen Nazi que habían sobrevivido a la guerra o no habían conseguido quitarse la vida previamente. Así como a toda una serie de cargos bajos e intermedios que contribuyeron al funcionamiento de la máquina del horror. Entre ellos algunas mujeres, la mayoría guardianas de algunos de los campos de concentración más mortíferos y en los que, al igual que sus compañeros hombres, no dudaron en mostrar su alto grado de crueldad humana. En medio de ese contexto - que no de dicho juicio -  de reparación y condena, Bernhard Schlink se inventa un personaje, el de Hanna Smichtz, una analfabeta a la que acusan de, no solo ser guardiana de un campo de concentración en Cracovia, también de ser la responsable de la muerte de más de 300 mujeres calcinadas en una iglesia en la que pasaban la noche cuando fueron evacuadas de dicho campo en 1944. Existe un informe que lo prueba, del cual niegan el resto de acusadas, señalando todas ellas a Hanna la responsable del mismo. Pero Hanna, no sabe leer y por tanto no sabe escribir. Es el chivo expiatorio, la que cargará con la culpa en beneficio del resto de ex guardianas. Todo esto, más la tórrida relación que le unió en el pasado al verdadero protagonista del libro - Michael Berg - convertido en un estudiante de derecho y futuro abogado, llevan al lector a emprender un interesante viaje a través de la Alemania de la reconstrucción - física y memorialística - post nazismo y a una trama en la que la los dilemas morales respecto a la responsabilidad o la culpabilidad chocan con un pasado de encuentros sexuales y literarios (Hanna siempre le pedía a Michael que le leyese) en los que el joven no tenía ni idea de quien se escondía bajo esa mujer atractiva y amable veinte años mayor que él. Un verano del amor frente al horror de la verdad. El lector - que así se titula dicho libro - tuvo gran impacto en mi formación lectora que hasta tiré de él para más de un trabajo durante la carrera, especialmente en lo que a memoria histórica se trataba. Por eso, y a pesar de que Bernhard Schlink ha publicado más novelas, ésta última a diferencia del resto me interesó básicamente porque pensaba que regresaría al Schlink de El lector aunque con otra protagonista, otras intenciones por parte del autor pero la misma sensación de estar leyendo algo que trascienda más allá de la palabra escrita. Y lo ha conseguido, vaya si lo ha hecho. 


Para empezar, es importante decir que Olga es un tríptico narrativo. Es decir, una historia narrada a partir de tres voces diferentes. A saber, un narrador omnisciente en tercera persona que cree saberlo todo, un narrador en primera persona correspondiente al personaje de Ferdinand (quien conoce a Olga cuando ella trabajaba planchando para su familia) que tampoco conoce toda la historia y una última narradora - Olga - quien a través de las cartas que le envía a su amado sin respuesta, esta vez sí, nos ofrece la perspectiva que necesitamos para comprender mejor lo que el autor nos quiere contar. Como habéis podido comprobar - lejos de dificultad - esta decisión estructural lejos de entorpecer su lectura contribuye a ensalzarla y a observarla desde todos los puntos de vista posibles, tanto a nivel de personajes, cronologías y formatos. Cada voz tiene su tratamiento, su personalidad, su opinión al respecto de los hechos y hasta su propia sensibilidad. Por lo que es importante conocerlas todas, como quien se adentra en una investigación histórica y pretende abordar un problema concreto del pasado con todos los testimonios posibles. Este experimento literario, si lo hubiese usado alguien más pretencioso y con menos talento, habría sido un fracaso absoluto. Pero de manos de Schlink - uno de los mejores narradores alemanes de la actualidad - esto sólo podía ir a más, hasta convertirse en una de esas novelas involuntariamente didácticas para quien sueñe con triunfar en el mundo de la escritura. Si me tengo que quedar con alguno, en el caso de esta novela me quedo con la correspondencia. Es tan bonito, tan intenso sin entrar en pasteleos cursis y están tan bien escritas que como lectora he llegado casi a emocionarme. Escribir cartas - y en sí el género epistolar - es de lo más difícil en literatura. Un género que por desgracia, y en parte por culpa de las nuevas tecnologías, está cayendo poco a poco en el olvido hasta considerarse, tanto por los lectores como por la crítica, algo completamente denostado. Por lo que, en medio de esta decadencia del género, es de agradecer que de vez en cuando un autor traiga consigo un poco de aire fresco a través de las formas clásicas. En definitiva, una reivindicación totalmente acertada. Seguidamente, es irremediable que eludamos la absoluta y constante presencia de una protagonista, Olga, cuya vida y forma de ser condiciona todo, desde el tono de los narradores hasta las propias reflexiones que esta novela suscita en el lector nada más finalizar su lectura. No hablamos de un personaje temperamental, ni malvado, ni siquiera de una heroína de manual. Olga es inteligente, curiosa, con espíritu de supervivencia e independencia, pero sus orígenes así como las circunstancias que acabarán por convertirla en una mujer marcada por la soledad, el abandono y una invisibilidad que roza el ostracismo. A pesar de su apasionada y clandestina historia de amor con Herbert - hijo de una de las familias más poderosas del lugar que no ve con buenos ojos a Olga por ser de extracción más humilde - a finales del siglo XIX en una Alemania en pleno apogeo imperialista. A pesar de sus esfuerzos - ya que al provenir de una familia pobre siempre lo tendrá más difícil para estudiar - por sacar una plaza en el cuerpo de maestras. A pesar de una relación a distancia con Herbert que, influido por las ideas colonialistas de Bismark, no duda en alistarse en el ejercito y viajar por medio mundo llevando hasta el mismísimo Polo Norte los valores alemanes. Y por supuesto, a pesar de superar y sobrevivir a dos guerra mundiales - con todo lo que ello implica - y acabar planchando para una familia ya siendo una anciana. Sólo en los últimas páginas de la novela (en las que el autor efectúa un giro de guion que te deja con la boca abierta) el lector podrá ser cómplice, pero también testigo de la explosión. De las consecuencias de años de espera, sacrificio y odio contra el que ella misma considera culpable de, ya no sólo su propio drama personal, sino de que aconteciesen los años más oscuros en la historia de Alemania. De ahí que lo que podría haber sido una denuncia partiendo de lo íntimo e individual, acabe convirtiéndose en una crítica bestial y colectiva hacia el colonialismo y en especial a la figura de Otto von Bismark. Uno de los máximos exponentes de la ideología imperialista alemana. A diferencia de en El lector, en el que Schlink se detenía en clave judicial en evidenciar la barbarie nazi, en Olga realiza un ejercicio más literario y más cercano a los orígenes de ésta. Ya que a través de los narradores al mismo tiempo que se nos cuenta la historia de Olga, Schlink ofrece una panorámica que recorre la evolución de la nación alemana desde finales del siglo XIX hasta los años 70 del XX, situando el germen del mal (por llamarlo de alguna manera) en la política expansionista de Bismark. Una crítica tan audaz como plausible que de seguro habrá provocado algún debate en una Alemania, la del 2020, plenamente democrática, con una de las mejores líderes que ha dado la historia reciente pero con fantasmas totalitarios resucitando de unas tumbas que creíamos completamente selladas. 


Pero si hay un tema que vertebra Olga de principio a fin ese es el de espera. Una espera femenina, eterna y que vehiculado prácticamente la historia de nuestro sexo a lo largo del tiempo. Desde aquella Penélope - mito originario de la cuestión - que aguarda la llegada de su esposo Ulises de la Guerra de Troya mientras es pretendida por un montón de hombres y pasa sus días tejiendo un sudario que a la noche deshace para no tener que casarse con ninguno de aquellos acosadores. Ella siempre les prometía que cuando lo acabase se prometería con uno de ellos, pero en realidad, como buena esposa, Penélope espera, espera, espera... Lo que no todo el mundo conoce de dicha historia es que, al regreso de Ulises y enfadado ante la abundancia de pretendientes no dudó en matarlos a todos. Cual hombre henchido por los celos. Cual bestia que no duda en descender a los infiernos con tal de retener - sí, la palabra es la acertada - a una mujer a su lado. Una mujer, Penélope, que por supuesto ignora la cantidad de infidelidades cometidas por su marido durante la citada guerra y el viaje que lo traería de vuelta a casa. Especialmente escalofriante es el cuadro del pintor renacentista Francesco Primaticcio en el que Penélope parece querer decirle algo importante a su amado - la posición de sus manos lo evidencia - pero éste sólo piensa en que lo mire a él - de ahí que dirija con su mano la cabeza de ella para que sus ojos se topen con los suyos - anulando por completo las palabras de Penélope. Es tan sutil y tan delicado el gesto que pinta Primaticco que consigue ocultar el machismo bajo la idealización del amor romántico. También se nos ha vendido la idea de que todos los pretendientes eran hombres sin corazón, ruines, acosadores natos que lo único que querían era hacer daño a Penélope. De ahí que se justifique la violencia extrema de Ulises. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si le preguntásemos a la propia Penélope? ¿Y si de entre todos ellos hubo un pretendiente que se saliese de la norma? ¿Uno que la amase de verdad, y lo más importante, que la respetase y la tratase de igual a igual? Esta claro que el contexto que parió esta historia no era el más feminista de todos pero, no dejo de pensar en que si la mitología hubiese contado, por ejemplo, que una mujer no era la causante de todas las guerras y enfermedades del mundo, tal vez a día de hoy no se le echaría la culpa al sexo femenino de todo y tendría más peso en la toma de importantes decisiones. Tal vez, si una mujer llamada Europa no hubiese sido violada por Zeus metamorfoseado en Toro, la violencia sexual contra las mujeres no existiría, y mucho menos toda esa cultura de la violación que la ampara. Y por supuesto, si Penélope se hubiese ido con uno de sus pretendientes - o ella sola - de casa, es muy posible que las mujeres dejásemos de ser eternas esperadoras de hombres. Un famoso anuncio de la época franquista instaba a las mujeres a aguardar la llegada del marido con la cena hecha, emperifolladas y con copa de vino en mano para ofrecérsela nada más cruzar el umbral de la puerta. Por no hablar de aquellas mujeres que, angustiadas, esperan noticias de sus parejas en la agónica distancia mientras ellos luchan voluntariamente en una guerra absurda. Olga - protagonista de la novela de Bernhard Schlink - es la Penélope contemporánea, la que en vez de tejer escribe cartas a su amor, unas misivas nunca respondidas y que acrecientan más su tristeza con el paso del tiempo. Un mar de lágrimas, ira e incomprensión del que como lectores somos testigos. Un vaso a punto de colmarse del que deberíamos reflexionar todas y todos más allá de una preciosa y pertinente evocación del mito. 

Olga: una historia de amor, eterna espera, diferencias sociales, colonialismo, imperialismo, resentimiento, memoria, historia... Una novela de reencuentros entre escritor y lectora devota de las buenas y sufridas tramas. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Tuvimos que aprender a esperar. Hoy todos vais en coche y en avión y habláis por teléfono y pensáis que el otro está siempre disponible. Pero, en el amor, el otro nunca está disponible. A pesar de la resignación con que la señorita Rinke rememoraba las ausencias de Herbert, el anhelo que la inmensidad interminable provocaba en él seguía contrariándola."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de: Bookish

viernes, 29 de marzo de 2019

RESEÑA: Juventud sin Dios.

JUVENTUD SIN DIOS

Título: Juventud sin Dios.

Autor: Ödön von Horváth (Rijeka, Croacia, 1901- París, 1938) El intelectual austríaco de origen húngaro Ödön von Horváth es considerado uno de los escritores en lengua alemana con una visión más lúcida de los acontecimientos políticos y sociales que llevaron a la sociedad alemana a la Segunda Guerra Mundial. Autores como Hermann Hesse, Thomas Mann, Joseph Roth y Peter Handke manifestaron admiración por su obra. En 1931 fue galardonado, junto con Erik Reger, con el Premio Kleist. En 1933, con la llegada de Hitler al poder en Alemania, se mudó a Viena y en 1938 a París, donde murió al caerle encima la rama de un árbol durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos Elíseos. (Fuente: Nórdica Libros).


Editorial: Nórdica libros.

Idioma: alemán.

Traductor: Isabel Hernández.

Sinopsis: "Al igual que hizo Michael Haneke muchos años después en La cinta blanca, Ödön von Horváth narra en esta prodigiosa novela los orígenes del nacionalsocialismo y cómo la semilla del mal ya estaba presente en los jóvenes y en su educación. El narrador de Juventud sin Dios es un joven profesor a quien el director del colegio le pide que no corrija a un alumno que afirma que los negros son infrahumanos, y le recuerda, además, que su obligación es «educar para la guerra». Los valores patrióticos se inculcan en una especie de campamento paramilitar en el que se producirá un crimen misterioso. Horváth escribió esta obra en el verano de 1937, exiliado en Henndorf, en las proximidades de Salzburgo, y se publicó ese mismo año, alcanzando rápidamente una gran popularidad, incluso en el extranjero, siendo traducida a diez idiomas en los dos años siguientes. Las referencias a la realidad del nazismo son el elemento central en una obra en la que el autor describe una curiosa mezcla de la Alemania nazi con la Austria prefascista." (Sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: intrigante, ágil, inquietante, perversa, sorprendente, cero optimista, espeluznante... "Una crisis económica nunca trae nada bueno". Con estas palabras exactas sentenció la profesora de historia que tuve en cuarto de la ESO a raíz de una pregunta de un compañero o compañera (no recuerdo bien) mientras abordábamos las consecuencias del famoso crack del 29. Y no, no lo decía en relación a lo que el pueblo norteamericano sufriría tras una de las crisis más famosas y cinematográficas del capitalismo. En ese momento no le di tanta importancia, pero, al cabo de unos meses, cuando nos tocó enfrentarnos a la crudeza del Nazismo, supe entonces que aquellas palabras tenían más peso de lo que al principio me pareció. Si algo me ha enseñado la historia, tanto en mis años de estudiante de secundaria como posteriormente durante la carrera, es a pensar a largo plazo, a estar al día con lo que pasa en el mundo, a no quedarme con una sola opinión (de hecho, desde hace un tiempo que me he acostumbrado a ver las noticias del día en tres telediarios diferentes para desayunar, comer y cenar) para formarme un espíritu lo más crítico posible, pero sobre todo, a ser consciente de que la historia, muy a mi pesar, puede repetirse. Y esto, a día de hoy, no es un tópico o una frase bonita sin más sacada de cualquier página de citas célebres, por desgracia para todas/os es muy real. Y si no, que nos lo digan a nosotros, con el panorama que actualmente tenemos a nivel político, económico y social. Un caldo que a lo largo de todo este tiempo ha hervido a fuego lento y que ahora, a las puertas de las elecciones nacionales más inciertas de la historia de nuestro país, puede desbordar en cualquier momento. Tengo miedo, no lo voy a ocultar. Miedo de que las palabras de mi profesora del instituto (la más antipática e inspiradora que he tenido en mi vida) resuenen constantemente en mi cabeza cada vez que pongo la tele, de que esté siendo testigo de un discurso de odio y de desinformación que creía que la sociedad había superado, y lo más importante, tengo miedo de que, lecturas como la que hoy tengo el placer de reseñar, puedan estar teniendo lugar a mi lado. Juventud sin Dios: desenmascarando al Nazismo.


Las motivaciones que me llevaron a hacerme, gracias a Nórdica libros, con un ejemplar de Juventud sin Dios fueron en concreto dos. La primera, en parte, viene justificada por esa sobredosis que toda y todo futuro historiador experimenta cuando de pronto, un día, le hablan del Nazismo en el Instituto. En mi caso, para seros sincera, fue bastante heavy. Me obsesioné tanto, hasta el punto que, aquel mismo año, hice tres trabajos para tres asignaturas diferentes sobre esta temática. ¿El resultado? Llegué a los siguientes cursos siendo una experta en el tema, y a la carrera con la sensación que lo que había aprendido por el camino eran simplemente las migajas de lo que posteriormente descubriría en aquellas abarrotadas aulas. Luego, como es normal, vino el desencanto. Tanta sobredosis, sea de lo que sea, nunca es buena. Para después caer en el hastío (cosa que ahora me da mucha pena). Por fortuna, el Máster consiguió aportarme una mirada diferente, nuevas herramientas y sobre todo, nuevos nombres a los que poder acercarme relacionados con la etapa más oscura de la historia del país germano. La base entonces, estaba ahí, en continua formación, autoalimentándose y ampliándose a una velocidad, que si bien era pausada, su constancia, por el momento, no ha desaparecido. Además de esta razón, la segunda motivación que me impulsó fue, y gracias de nuevo a un profesor (uno de los más sabios, temidos e imponentes de la facultad), mi descubrimiento por la conocida como "época de entreguerras" o lo que es lo mismo, los años 20 y 30 del pasado siglo XX. Nunca pensé que aquellos años de desenfreno y posterior crisis económica diesen tanto de si, y menos descubrir que, un periodo tan corto de tiempo pudiese asentar las bases de lo que ocurrió después y que todas y todos conocemos. Eso me fascinó. Lejos de quedarse ahí la cosa, también descubrí las figuras de algunas de las y los intelectuales más potentes de Europa. ¡Y yo que hasta ese momento pensaba que la vanguardia literaria estaba en Estados Unidos con Scott Fitzgerald y compañía! ¡Que equivocada estaba! ¡Ojalá Herman Hesse, Emmy Henings, Leonhard Frank, Thomas Man y sobre todo Stefan Zweig hubiesen aparecido en mi vida antes! ¡La de noches que habría pasado en vela! ¡La de libros que habría descubierto! ¡La de historias maravillosas que abría devorado! La vida es la que es así, impredecible y en este sentido algo injusta. Sin embargo, y como es imposible (de momento) retroceder en el tiempo, dicha carencia la completo leyendo sus libros y descubriendo por el camino a otras y otros autores. De ese modo fue como conseguí dar con Ödön von Horváth, del que por supuesto jamás había escuchado hablar, y cuya biografía me resultó extraordinariamente breve y valiosa al mismo tiempo. Juventud sin Dios es, por el momento, el primer libro suyo que leo, y de verdad, espero que no sea el único.


En lo que a la reseña propiamente dicha se refiere, y saltándome todos los protocolos seguidos anteriormente, comenzaré por lo primero que ve el lector nada más toparse con la presente edición: su portada. En serio, desde aquí me gustaría felicitar a quien o a quienes hayan trabajado en el diseño de esta, así como a la mente brillante que tuvo la genial idea de escoger esa foto de las Juventudes Hitlerianas como carta de presentación. El objetivo es claro: contextualizar al lector y provocar inquietud. Dicho con palabras más coloquiales, dar yuyu. Lo del contexto queda claro nada más fijas la mirada en ella, pero, ese segundo golpe de efecto es magistral. Las miradas de esos dos niños que, uniformados, dirigen al lector consiguen cortar la respiración, helar la sangre, que éste se sienta incómodo. ¿Son de verdad niños alemanes bajo el Tercer Reich o por el contrario se han escapado de alguno de los pasajes de Los chicos del maíz? Pronto lo sabremos, mientras tanto, podemos asegurar a ciencia cierta que el objetivo se cumple con creces. Cuando el lector se adentra en Juventud sin Dios se encuentra, para su más grata sorpresa, con una narración ágil, dinámica, que va directa al grano, con unos capítulos realmente breves (alguno no alcanza las tres páginas), cuyos títulos rezuman una simpleza de manual pero que, sin embargo, jamás pierde la intención de la novela en su conjunto. Porque sí, queridas y queridos lectores, una novela de este calibre esconde ya no sólo una intención (la cual desgranaremos en el siguiente párrafo) sino que además, tal y como está narrada (desde un estremecedor pesimismo), Horváth nos conduce hacia una de esas reflexiones que impactan por su dureza y por estar, por desgracia, próximas a la realidad. La historia la hemos visto muchas veces reproducida tanto en la literatura y el cine. Juventud sin Dios narra, en una claustrofóbica y perpleja primera persona, la experiencia de un profesor de historia y geografía en un colegio masculino austríaco en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. En una de sus clases, el protagonista decide reprender a un alumno por un comentario racista sobre la inferioridad de los negros. A partir de ahí, la situación se complica para el profesor, siendo su actitud reprochada por profesores, padres, alumnos y miembros de la comunidad, además de ser testigo de como, poco a poco, la educación de los chicos y chicas del lugar se está redirigiendo hacia una paulatina militarización. Ante esta situación, el profesor se siente un incomprendido. Busca con desesperación a quien pueda entender lo que está sucediendo y dar respuesta a esos miedos que lo acosan. Y aunque le cuesta dar con ellos (ese otro Julio César y un párroco caído en desgracia), la cobardía y un necesario instinto de supervivencia comenzarán a apoderarse de él. El ambiente se vicia, el contexto es el que es, la despersonalización ha comenzado (ahora sus alumnos responden a iniciales no a nombres completos), la automatización, el lavado de cabeza y el adiestramiento (ya no moralmente, también físicamente) ha comenzado. Nunca es suficiente si lo que está por llegar es una nueva guerra más mortífera que la anterior. Este es el punto de partida, y entre clases y entrenamientos en las colonias durante las vacaciones de verano, el lector no sólo se nutre de párrafos que apuntan directos a nuestra memoria (algunos son para enmarcar) o de diálogos en donde la metáfora adquiere un toque terrorífico, también consigue de ser consciente de un comportamiento que tristemente repetimos casi a diario. Esos "yo paso", "me la suda" o ese "mirar hacia otro lado" nunca dolieron tanto como en Juventud sin Dios. Una sonora bofetada de realidad que nos despierta, de golpe y porrazo en una sociedad, desgraciadamente la actual, que en parte se ha nutrido de estos comportamientos. Pocas veces la escritura y la posterior publicación de una novela han estado más justificadas, tanto en el momento en el que ésta vio por primera vez la luz (nada más y nada menos que en el 1937, un año terrible para ser un intelectual de izquierdas en la Austria prefascista) como en el momento actual (en el que estamos siendo testigos de un espeluznante rebrote de las tendencias fascistas en Europa y Estados Unidos). Por último, y antes de pasar a la más que pertinente reflexión final, es posible, como ya he podido comprobar en muchas reseñas, que la de Horváth no sea una novela que satisfaga algunas expectativas. Sin embargo, dejadme deciros que Juventud sin Dios es sin lugar a dudas un documento histórico, una reliquia de un tiempo convulso que guarda más misterios de lo que aparenta. Así que sed pacientes y mantened los ojos bien abiertos. Palabra de historiadora.


La rama de un árbol le arrebató la vida a Ödön von Horváth mientras, bajo una intensa lluvia, paseaba por los Campos Elíseos en el año 1938. Muchos lamentaron entonces su muerte, incluyendo grandes personalidades de la cultura germana y austríaca. Y no era para menos, Horváth se iba de este mundo con tan solo treinta y siete años. Por fortuna para todos, durante su corta vida le dio tiempo a escribir, entre otros textos, el que hoy ocupa toda nuestra atención, cuya simpleza narrativa no enturbia una intencionalidad clara y universal. Todos hemos escuchado muchas veces que sin educación, el mundo es lugar menos seguro, o que la ignorancia crea monstruos. Pues francamente, no les falta razón, ya que ambas afirmaciones son totalmente ciertas. ¿Cuál es el problema entonces? Muy sencillo, que se hace muy poco o nada para favorecer el aprendizaje educativo, en otras palabras, que en el fondo, a unas ciertas élites no les interesa que las nuevas generaciones aprendan más de lo estrictamente necesario. Y no estamos hablando sólo de conocimientos generales, también de todas esas herramientas indispensables para desarrollar el espíritu crítico, eso tan incómodo que, si se emplea con inteligencia y agudeza, es capaz de sonrojar a hasta a la persona más poderosa del mundo. La historia, a lo largo de los siglos, ha demostrado que la educación, además de conocimiento, es poder, y por tanto, un  privilegio al alcance de muy pocos. Durante la Edad Media por ejemplo, las clases más desfavorecidas estaban privadas de toda opción de acceso a una educación superior, favoreciendo a una élite nobiliaria capaz de poder costearse unos estudios en las universidades más famosas de Europa. Hoy en día ese patrón está desfasado. Ya no hay una clase nobiliaria al uso, las mujeres pueden acceder libremente a la educación superior y no existe discriminación por sexo o raza al respecto. Y si bien todavía prevalece una brecha social entre clases, el derecho a la educación es universal. Con este panorama y con una de las generaciones mejor preparadas de la historia, ¿cómo es posible que existan partidos de ultraderecha? O lo más preocupante ¿por qué la gente les vota? La explicación a este paradójico fenómeno la encontramos en un clásico: "la gente ve demasiado la tele". Frase a la que le deberíamos añadir varias coletillas como: "y el ordenador", "y el móvil" "y Netflix"... Pues, según varios estudios, actualmente existe un porcentaje muy elevado de jóvenes que ya no consumen tanta televisión o directamente ya no la ven. ¿Es ese el problema? Pues sinceramente sí, entre otros, porque mientras mantienes los ojos pegados a la pantalla, por muy informado que crees estar, al final, resulta que no lo estás tanto. Eso es lo que consiguen las redes sociales, que además de ofrecerte la información personalizada (por tanto, sesgada) acabas quedándote con los titulares y no con el contenido de la misma. Y si a eso, además, le añadimos el poder de atracción de las grades plataformas digitales (capaces de conseguir que te tires todo un día haciéndote maratones de tu serie favorita), conseguimos la alienación total. Si algo nos enseña Horváth en Juventud sin Dios es a que con un poco de desinformación se puede conseguir que el humanismo quede aplastado por la irracionalidad del Nazismo. Traducido a nuestro tiempo:  que la gente pase de querer saber más sobre lo que pasa a su alrededor y que sólo le preocupe la calidad de las fotos de su teléfono móvil, el filtro Valencia o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. La ignorancia crea monstruos, y si además se fomenta, éstos pueden acabar devorándonos a todos. Juventud sin Dios: una historia de paradojas, cobardía, fanatismo, intolerancia, supervivencia, enfrentamiento, desamparo, con un hilo de esperanza algo descorazonadora... La prueba de que el ser humano ha vuelto a tropezar con la misma piedra.

Frases o párrafos favoritos:

"Que estos críos rechacen todo lo que para mí es sagrado no me parece tan grave. Lo que resulta más grave es como lo rechazan, sin conocerlo. Y lo peor de todo es que no quieren conocerlo de ningún modo. Para ellos, pensar es odioso."

Película/Canción: al igual que hiciese Ödön von Horvath en 1937, en el terreno cinematográfico el director alemán Michael Haneke dirige y estrena en el año 2009 La cinta blanca. Una película que describe la vida en un pequeño pueblo de Alemania de principios de siglo XX en donde tienen lugar una serie de extraños sucesos. Al final, la cinta de Haneke no deja de ser una búsqueda de los orígenes de todo tipo de terrorismo, sea de naturaleza política o religiosa en vísperas de la Primera Guerra Mundial. De ahí que se compare tanto con la novela de Horváth. Por eso y porque es un peliculón, es de justicia que en esta ocasión adjuntase su correspondiente tráiler. Espero que os animéis a verla.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Nórdica Libros

jueves, 17 de enero de 2019

RESEÑA: Las soldadesas.

LAS SOLDADESAS

Título: Las soldadesas.

Autor: "Ugo Pirro (1920-2008), nombre artístico de Ugo Mattone, nació en Battipaglia, Apulia. Es conocido sobre todo por su extraordinaria y prolífica producción como guionista cinematográfico, que le valió dos nominaciones a los Óscar (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y El jardín de los Finzi-Contini) y la fama de cineasta contestatario y políticamente comprometido gracias a películas como La clase obrera va al paraíso u Operación ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco. Su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial influyó en su temprana producción literaria, de la que forma parte Las soldadesas, su exordio como narrador. Otros títulos destacados de Pirro son Jovanca y las otras, Cinco mujeres marcadas, Frío furor y Mi hijo no sabe leer. " (Fuente: Altamarea).



Editorial: Altamarea.

Idioma: italiano.

Traductor: Gerardo Mataliana Medina.

Sinopsis: "Segunda Guerra Mundial, ocupación italiana de Grecia. Una misión muy peculiar rompe la alucinada monotonía de la vida militar de un joven teniente de estancia en Volos. Tendrá que ir a Atenas para recoger a un grupo de prostitutas griegas y entregarlas a las tropas italianas apostadas por diferentes puntos de la península helénica. Empieza así su viaje a través de una Grecia amiga y hostil, bella y desfigurada por la guerra y por el hambre. Un itinerario no sólo geográfico sino también interior, un periplo formativo que el joven soldado emprende niño y acaba hombre, después de haber conocido en el arco de unos pocos años el amor, la compasión, la vergüenza, el rencor y el remordimiento." (Fuente: Altamarea).

Su lectura me ha parecido: durísima, interesante, tremenda, reflexiva, sin adornos, salvaje, dolorosa, de esas que no puedes quitarte de la cabeza... Como muchos ya sabréis, uno de los temas que más de obsesionaron durante mi adolescencia fue el de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en cuanto descubrí que durante dicha contienda tuvo lugar uno de los mayores exterminios de vidas humanas, a lo que posteriormente se le conoció con el nombre de "Holocausto", no hubo quien me disuadiese durante aquel curso, a mis quince años de edad, de aprovechar cualquier oportunidad (trabajos de clase), para hablar sobre ello. Años más tarde, ya encontrándome en las aulas de la facultad de Geografía e Historia, me desencanté por completo del tema. Las causas: un profesor bastante descafeinado en sus lecciones y un hartazgo respecto a ese periodo concreto de la historia. Un hartazgo provocado, entre otras cosas, por una saturación, ya que, por si no lo sabíais, La Segunda Guerra Mundial y en concreto el Holocausto son los temas estrella que a toda o a todo interesado por la historia ha devorado, los que los alumnos (ya sean de secundaria, bachiller o universitarios) esperan con más ansia para ser abordados en clase, los que (ya sea por morbo o por verdadero interés) consiguen cambiar a las personas. Tras conocer lo sucedido durante los años que duró la contienda una ya no es la misma. Aunque con el paso del tiempo dediques tus pesquisas intelectuales a otros ámbitos, siempre acabarás regresando ahí, indirectamente incluso, pues el mundo cambió tras esa guerra, ese desembarco, esas ciudades devastadas, pero sobre todo, tras esas fotografías tomadas en Auschwitz.  Sin embargo, y a pesar de que todo parece ya contado, investigado, hablado, debatido, escuchado, verificado, fotografiado, publicado... Las y los otros protagonistas de la Segunda Guerra Mundial tienen aún mucho que decir. No me estoy refiriendo a esos grandes personajes que la historia nos ha puesto en bandeja, cuyas posaderas reposaron sobre sillas del Reichstag, la Casa Blanca o el parlamento de Westminster, sino a aquellos cuyas voces aún nos son completamente desconocidas, aquellos que, aún fallecidos, pueden arrojar luz sobre ciertos episodios de un mismo acontecimiento, distintas perspectivas de lo que todos sabemos o creemos conocer. Ejemplo de ello, como no podía ser de otra forma, es el libro que hoy tengo el placer de reseñar, cuyas páginas nos trasladan a aquellos años, a aquella mortífera guerra, pero también a un escenario (por desgracia) no tan conocido ni estudiado y a unos personajes que bien podrían haber existido. Todo ello bajo la pluma de un autor, del que hasta ese momento jamás había oído hablar, que vuelca sus experiencias como soldado en la contienda para hablarnos de la crueldad y la compasión humanas. Las soldadesas: cuando la boca del infierno se llamó Grecia.


La historia de como Las soldadesas llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sinceros, irrumpió de forma totalmente inesperada. No lo vi venir, no me lo imaginaba, ni siquiera concebía la idea de que un libro así pudiese existir. Hasta el día que la editorial Altamarea (especializada en literatura italiana) acaparó gran parte de la prensa, así como las reseñas de muchas compañeras/os de la red con esta novela, a mi la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial no me resultaba interesante. Ojo, que no digo que sea un episodio carente de contenido intelectual o indigno de estudiarse, al contrario, lo que sucedió es que, como a mucha gente, me interesó más en su momento lo más llamativo de esta contienda, que como todos bien sabréis, fue el régimen Nazi y todo lo que giraba al rededor suyo. Sé que suena muy típico, pero, ¿quién puede asistir impasible a unas clases de historia en las que se habla de una política que llevó el imperialismo y la intolerancia, en todas sus vertientes, a límites tan extremos? ¿Quién no se queda algo traumatizado cuando, por primera vez, la profesora habla de campos de concentración en los que se eliminaba sistemáticamente a seres humanos? ¿Qué mentes tan retorcidas fueron capaces de llevar a cabo todas aquellas atrocidades? La respuesta, todas y todos la sabemos. No obstante, y esto pasa en todas y cada una de las áreas de conocimiento en las que una o un estudiante puede especializarse una vez acabas la carrera de Historia, el mapa de los acontecimientos es basta, enorme y en ocasiones inabarcable. De ahí el desconocimiento del alumnado en algunos aspectos de nuestra historia, la falta de profundización en las distintas perspectivas (incluyendo la de género o la queer entre otras muchas) o el ninguneo respecto a ciertos episodios que, aún teniendo lugar en el mismo año que, por ejemplo, la toma de París por los Nazis, no son tenidos en cuenta. Los motivos, o bien la profesora/or no es experto en el tema o bien no lo considera importante para explicarlo. Esto fue lo que, simple y llanamente, sucedió ya no sólo con la figura de Benito Mussolini durante la guerra (al cual, por supuesto, abordamos al principio, cuando se instaura el fascismo en Italia, y no volvimos a saber de él hasta el final de la contienda, con sangrienta anécdota incluida), también respecto al papel que Italia desempeñó en la misma. Las menciones no sirven de nada, decir que Italia participó en la guerra y punto no vale si no profundizas, algo que por supuesto no se produjo. Esto impidió que, por ejemplo, pasase por alto la invasión de Grecia por parte de las tropas fascistas el 28 de octubre de 1940. Que, como consecuencia de ello, no supiera nada respecto, ni siquiera que la península helénica había estado sometida a las tropas del eje. Y en última instancia, que no me interesase por el tema, por falta de incentivación fundamentalmente, hasta que, como he comentado antes, leí la primera reseña de Las soldadesas de Ugo Pirro. Tras aquel primer contacto lo tuve claro, aquel libro no sólo me iba a ampliar conocimientos sino que iba a suplir una carencia académica que aquel joven profesor de Historia Contemporánea Universal no supo suplir. Pasó el tiempo y conseguí hacerme con un ejemplar gracias a Altamarea, ejemplar que por supuesto me bebí entero, sin pensar en el dolor que aquel brebaje me iba a provocar en el estómago y en el alma.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo, a modo de advertencia, que en Las soldadesas no hay lugar ni para contemplaciones ni para recreaciones excesivamente literarias. Quien espere de ella una lectura blandita, complaciente y que recurra constantemente a la autocensura; que se abstenga, o mejor, que lo lea tras haberse curtido en mil y un batallas literarias, con la crudeza que eso implica. Subestimar a Ugo Pirro, quien en este texto se revela como un narrador directo y de gran potencia visual, es un error garrafal, y más teniendo en cuenta que Las soldadesas no es más que la consecuencia de su experiencia en el frente. No debemos pasar por alto que Pirro fue combatiente en Yugoslavia, Cerdeña y por supuesto Grecia, escenario de esta novela y lugar al que regresa literariamente hablando. No es de extrañar que, tras el trauma de la contienda, decidiese canalizar sus sentimientos, vivencias y demás experiencias horrendas del frente de la mejor forma que sabe. A unos les dio por pintar, a otros por el cine, pero Pirro decidió que la escritura sería su modo de vida, a la vez que su vía de escape, su medicina, su terapia para sobrellevar una juventud truncada primero por el fascismo y luego por la guerra. ¿El resultado? Una carrera como guionista muy sólida, con un estilo extraordinariamente contestatario, reconocido internacionalmente y, en el caso de Las soldadesas, una prosa igual de comprometida y lacerante. Definir la obra de Pirro resulta complicado, sobre todo si una recuerda su crudeza, su fusión de géneros (pues bien podríamos estar hablando de una suerte de perversa road movie trasladada al papel), sus realistas y abrasivas descripciones, "ese momento" (del que algunas reseñas han hecho spoiler sin contemplación alguna) y los sentimientos a flor de piel que me provocó nada más finalizar su lectura, esa travesía, ese viaje a través de una Grecia hambrienta, destruida, arrasada por la guerra. Discernir entre lo verídico o la fantasía, de nuevo, para el lector más exigente se presenta como una laboriosa tarea. Mi opinión es que sí, que el joven protagonista es Ugo Pirro y que sí, efectivamente, desde los altos mandos fascistas en Grecia le ordenaron cumplir aquella insólita misión. Más allá de eso, lo que está claro es que, espero que intencionadamente, el autor buscó hablar de uno de los episodios más ignorados de la Segunda Guerra Mundial, al menos para el gran público, al mismo tiempo que mostrarnos una de las caras menos conocidas y por desgracia más desapercibidas de cualquier guerra, como fue el mundo de la prostitución, en concreto, durante la ocupación fascista de Grecia. Como bien apunta la sinopsis, el joven protagonista tiene que recoger a un grupo de prostatitas en la capital para luego repartirlas por los diferentes campamentos fascistas que se encontraban a lo largo de la península con el fin de "levantar la moral" a las tropas. Además de, en lo cinematográfico, recordarme constantemente a Apocalypse Now, y en lo literario, a un moderno Corazón de las tinieblas, lo que se desprende de esa historia es una amalgama de temas muy conocidos por el gran publico pero que aquí, en Las soldadesas, adquieren un matiz memorable. Esos paisajes destruidos que el protagonista recorre, ese hambre tatuado en los cuerpos de las meretrices de un burdel de Atenas, ese olor permanente a muerte, esa extraña y tierna relación con las prostitutas, las terribles razones por las que estas mujeres se vieron obligadas a ejercerla, la evolución de la relación del joven con una de las prostitutas llamada Eftijía (de la cual él el se llega a enamorar), las guerras por conseguir un pedazo de pan, las ejecuciones, los cuerpos en las cunetas, los niños famélicos, ese paso de la juventud a la madurez siempre de fondo, esa sensación de que estás leyendo una novela de iniciación o aprendizaje única,"ese momento" (tan fuerte como desgarrador)... Todo tiene su lugar en esta novela, dejando para la posteridad unas imágenes (pues Pirro era más guionista que novelista) que bien podrían hacernos temblar o incluso sollozar, pero también apuñalar nuestro estómago. Las soldadesas se ganó a pulso, y por méritos propios, estar en la lista de lo mejor que había leído en 2018. Espero que tras leer esta reseña no os acobardéis y me hagáis caso, ¿quién sabe? Es posible que esta lectura os haga pensar, reflexionar, descubrir que aún quedan muchas cosas por contar y que la guerra escuece, devora, aplasta, veja, amputa, viola; deja cicatrices imposibles de sanar.


En primer lugar, en el año 1942 se estableció el primer prostíbulo alemán en un campo de concentración, El de Mauthausen fue el primero, seguido del de Auschwitz en 1943 y el de Buchenwad en 1944. Fueron creados con el objetivo de crear un incentivo de colaboración para los prisioneros. Sin embargo, sus instalaciones fueron finalmente utilizadas por los kapos, funcionarios y criminales en su mayoría. Lejos de incentivar la productividad e los verdaderos cautivos, lo que provocó fue la proliferación de un mercado de cupones entre los altos mandos. Se calcula que al menos más de 34.140 mujeres fueron violadas en aquellos lugares y que la mayoría de ellas fueron trasladadas desde el campo de concentración Ravensbrück. Además de contraer enfermedades de transmisión sexual, lo cual las condenaba a una muerte segura, muchas de ellas fueron obligadas a someterse a esterilizaciones o abortos, los cuales en la mayoría de los casos provocaban su fallecimiento. El tema de la prostitución en los campos de concentración no aparece en los relatos de supervivientes hasta el año 1972, cuando se publicó la primera edición de Heinz Heger´s Book - traducido al español como Los hombres del triangulo rosa - un documento pionero narrado en primera persona sobre el internamiento de los homosexuales en los campos de concentración.  Hasta entonces, tema desconocido en la historiografía y para el gran público. Pero no fue hasta los años 90 del pasado siglo cuando las investigaciones de historiadoras de la talla de Christa Paul o Christa Schulz contribuyeron a desmontar el tabú de la prostitución femenina forzosa en dichos lugares. En segundo lugar, en 1981 salieron por primera vez a la luz los testimonios de mujeres como la coreana Lee Ok-seon, que con quince años fue raptada por el Ejercito Imperial para ejercer la prostitución. A pesar de su juventud, Ok-seon cuenta que tenía que acostarse con más de cincuenta soldados al día, o de lo contrario, recibían violentas palizas. Como ella, se calcula que más de 200.000 jóvenes procedentes de países como China, Corea, Filipinas y Japón fueron secuestradas y forzadas a ejercer la prostitución en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en la cual Japón tuvo un papel muy activo defendiendo a las potencias del eje en el pacífico contra los Estados Unidos. Pasado el tiempo, todavía encontramos en la sociedad nipona gente que niega su existencia, revisionistas que sostienen que las barbaridades cometidas contra las "mujeres de solaz" - como comúnmente se les suele conocer - fueron una invención para menoscabar la historia japonesa. Ya van quedando menos supervivientes de la violencia sexual, y las pocas que aún viven (algunas de ellas sobrepasan los ochenta años de edad) siguen esperando una disculpa más sincera que la que recibieron en el año 2007 por parte del gobierno de Japón, además de que las promesas de compensación (tanto social como económica) se cumplan. Y en último lugar, se ha escrito mucho sobre el Día D o la Batalla de Berlín, pero hasta hace bien poco no se ha puesto el foco en contar y sacar a la luz las historias de todas aquellas mujeres que fueron violadas por las tropas aliadas por un lado y soviéticas por el otro. En cuanto al desembarco de Normandía, se estima que unas 17.000 mujeres francesas fueron violadas por soldados norteamericanos. Y en cuanto una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial, estudios llevados a cabo por el historiador británico Anthony Beevor y el testimonio anónimo de Una mujer en Berlín arrojan luz sobre una tragedia que condenó a muchas mujeres agredidas sexualmente por las tropas soviéticas a un sangrante ostracismo. Tampoco debemos olvidar que de una violación tan terrible como la que sufrió Lynne Jones, esposa del novelista Anthony Burgess, en suelo británico y perpetrada por un grupo de soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, salió una de las novelas más escalofriantes y que el cine acabó convirtiendo en un icono: La Naranja Mecánica. Una denuncia y feroz crítica al sinsentido de la violencia, una violencia gratuita que por desgracia, en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos aprendido a normalizar. Las soldadesas de Ugo Pirro nos habla, entre otros muchos temas, de como una sociedad tan machista como la de mediados de siglo XX engendraba monstruos capaces de cometer las mayores barbaridades contra la población, en especial contra las mujeres. Pero también, y eso debe quedarnos a todas/os claro, la importancia de hablar, de escribir, de narrar. Pues si algo no se conoce, si no se menciona, si no se investiga, si permanece oculto, si nadie pone voz a los testimonios, si nadie los lleva ante las altas esferas, si nadie los da a conocer al público en... Entonces, para la sociedad, no pasó, ergo, no existió. Las soldadesas: una historia de guerra, hambre, destrucción, muerte, violaciones, prostitución forzosa, aprendizaje a golpe de realidad... La novela por la que los lectores estaremos eternamente agradecidos a Altamarea.

Frases o párrafos favoritos:

"-Eftijía, no somos enemigos... Las cosas son así... Nunca lo hemos sido... No se llega a serlo de un día para otro, no basta con una orden desde arriba para que nazca el odio en el interior. Para que crezca el odio se necesita tiempo... A veces no es suficiente ni siquiera un siglo... El amor es diferente: un chico ve a una chica y se enamora al instante... No..., no..., no hay una sola razón que justifique esta sangre..., esta hambre que os consume hasta la vergüenza... "

Película/Canción: si tuviera conocimientos sobre dirección cinematográfica y mucho dinero, estoy convencida de que llevaría esta historia a la gran pantalla. Que no os quepa la menor duda. Pero como eso no va a suceder (al menos en los próximos diez años, soy optimista a pesar de todo) os adjunto una pieza de la BSO de Zorba the Greek. Una cinta protagonizada por Anthony Quin y Alan Bates en la que la música del compositor griego Mikis Theodorakis habla por si sola. Puede que la pieza en cuestión sea demasiado alegre para lo que se narra en Las soldadesas, pero no he podido evitar recrearme en su sonido tan directo a la raíz de lo que musicalmente es Grecia para redactar la presente reseña.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea