Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 23 de junio de 2022

RESEÑA: La intimidad.

 LA INTIMIDAD


Título: La intimidad. 

Autora: Rosa Moncayo (Palma de Mallorca, 1993) publicó su primera novela con tan solo veintitrés años. Dog café, que así se titulaba, publicada por Expediciones Polares en 2017, recibió excelentes opiniones de crítica y público que auparon a la escritora como una de las más firmes promesas de su generación en el nuevo boom de literatura por medios como El País o Playground Magazine. Antes de eso, Rosa Moncayo había estudiado Administración de Empresas en la Universidad Carlos III y le concedieron una beca para estudiar en Corea del Sur. La intimidad (2020) es su segunda novela. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Una joven pareja en plena espiral de drogas, obsesiones y autodestrucción decide dejar la ciudad y mudarse a una casa de campo para escapar del círculo social tóxico que la rodea. Una novela en la que Rosa Moncayo describe con crudeza poética la intimidad de una relación al borde del colapso. 

Su lectura me ha parecido: lírica, delicada, cruda, alejada de cualquier tipo de sentimentalismo, sosegada, punzante, sensorial, que va más allá de ser una novela millennial... Hay libros que requieren tiempo, calma, dejarse embriagar por sus reflexiones durante días, semanas, meses si hace falta. Novelas que una vez empiezas nunca sabes en qué momento las conseguirás acabar o si acabarán siendo abandonadas en ese estante de la infamia. Textos rápidos, agiles, sí, pero que merecen toda nuestra atención, de todo puede extraerse oro, incluso de aquellos pasajes que en su momento desechaste porque no acaban de cuadrarte en la realidad tangible y emocional que te rodeaba por aquel entonces. Páginas que sobresalen, entre una mediocridad manifiesta, pero que el mercado editorial te insta a saltarlas o leerlas en vertical porque hay libros más nuevos cuya lectura no puede esperar. Palabras que se instalan en tu cerebro, activando ese botón de la creatividad que creías adormecido entre tanta producción libresca a la que hemos convenido a llamar "fast book". Literatura que, en última instancia, acaba injustamente olvidada por culpa de la masificación, el modelo de producción, de promoción, las redes sociales y la fragilidad de la popularidad. Con la novela que hoy tengo el placer de reseñar me ha pasado precisamente eso. No es que la dejara de leer, de hecho me la bebí de un tirón . No es que carezca de talento, que lo tiene en su poética forma de narrar el desmembramiento sentimental. No es que la haya dejado "morir" en favor de otras lecturas más llamativas, puede que en esto un poco sí, Panza de burro de Andrea Abreu - soy de las que les gustó y mucho - tal vez eclipsó el otro gran lanzamiento de Barrett, que no es otro que la presente historia de la que me dispongo a hablaros. Y sí, la dejé en esa balda, leída, durante bastante tiempo, esperando ser digerida y procesada por una servidora hasta que, al fin, decido meterle mano en sus tripas para convenceros de que leáis a Rosa Moncayo. Autora de mi edad, del 93, cuya trayectoria profesional dista mucho de la mía propia a la que decidí darle una oportunidad cuando el mundo parecía derrumbarse tras los cristales de nuestras casas, o jaulas de oro, como queráis llamarlo. A lo que muchos llaman el estante de la infamia, yo lo llamo el estante del reposo sano. Y es que en ocasiones no estamos preparados para hablar de una lectura en concreto. Algo que se percibe extraño o anómalo en la era de la impresión, de la reacción y no de la pausa, de la interiorización o de la reflexión madurada. Que sirva esta reseña como recomendación y autocrítica (yo misma me veo a veces devorada por las novedades y la rapidez de este mundo interconectado). Si con ella consigo que acudáis a vuestra biblioteca privada y cojáis ese libro cuya "vida" parece haberse agotado ante los ojos de todo el mundo, ya me daría por satisfecha. La intimidad: las rupturas amorosas nunca fueron fáciles, tampoco para nuestra generación líquida. 


En un tiempo en el que nuestro propio hogar se convirtió en nuestro mundo o en nuestra peor pesadilla, Rosa Moncayo ya habló de ello un mes antes del confinamiento, de las miradas furtivas entre vecinos que jamás habías visto asomados al balcón, de las numerosas bombas de relojería que se escondían tras los muros de los edificios. En esas casas convertidas, de la noche a la mañana, en búnkeres contra una enfermedad todavía desconocida. Moncayo ya exploró todo eso pero llevándoselo a dos terrenos bien diferenciados que comprenden contenido y forma. Por un lado, la autora mallorquina nos habla del dolor que traviesa el pecho de quien observa como la relación que ha tratado de mantener a flote durante años se va a pique sin que nadie sea capaz de remediarlo. Ni siquiera con un cambio de aires - anticipándose a toda la ornada de novelas sobre el mundo rural que vendrían tras la pandemia - o el abandono de ciertos círculos tóxicos que les impiden (aunque deberíamos hablar mejor en singular) arreglar lo que ya parece no tener solución. La centrifugadora en la que parece haber entrado la existencia de Gaspar y la narradora-protagonista (adicta a las drogas duras) parece sumirlos en una espiral en la que es imposible pensar y dejar la mente lo más despejada posible. Como un cielo raso. Sin que las ruidosas azoteas de los edificios perturbe la limpieza cromática del paisaje. En La intimidad somos testigos de dos viajes bien diferenciados. El de la joven protagonista por abandonar el consumo de estupefacientes, el cual deja atrás con una sorprendente facilidad, y el de una muchacha fiestera y cosmopolita al de una mujer atapada en un aburrido pueblo. De oficinista de palo, a una más dentro de un paisaje de Andrew Wyeth en el que, a pesar de las incomodidades propias de la vida en el campo, consigue observar el dolor desde una mirada más clara, pero no por ello exenta de su pequeña dosis de crueldad. Somos así de masoquistas a veces. Este relato a ratos lírico - el talento de Moncayo en estas lides es interesante - a ratos tan exagerado como terrenal - abundan las metáforas y las hipérboles - nos pone frente al espejo de las emociones humanas, del monstruo de las galletas llamado Capitalismo voraz y de la más primitiva de las libertades, la que, según la autora, insta a "portarnos mal" o a dejar de hacer aquello para lo que estamos predestinados para reencontrarnos con nuestro verdadero ser. En palabras de Moncayo: "entrar tarde y, a pesar de todo, poder salir pronto". La intimidad en la presente novela no es el tacto, la soledad o la introspección, también el aislamiento - al cual tuvimos que acostumbrarnos hace unos pocos años - que termina por sentenciar aquello que no acaba de morir. Ya sea una relación de pareja - como es el caso - de amistad, familiar, profesional, contigo misma/o. Un tsunami claustrofóbico en plena sierra que desemboca en una huida, la tuya propia, antes de que a la otra parte implicada se le ocurra hacerlo antes. Punzantes capítulos - algunos más sobresalientes que otros - que se complementan, como no podía ser de otra manera, con una playlist que lleva más allá la experiencia literaria y que ya empleó, por ejemplo, Marina L. Ruidoms para su memorable Había una fiesta. Millenial en su forma, universal en su profundo fondo, consiguiendo de esta lectura una de las novelas más lúcidas de los últimos años. Al menos si nos atenemos a esas ventanas aislantes socialmente que cada una y uno nos hemos construido inconscientemente por culpa de un confinamiento del que se hablará largo y tendido en los libros de historia de las próximas décadas. 

La intimidad: una historia de escapatorias, encierros, incomunicación, nubosidad lisérgica, agujas en forma de poesía, ruralidad, vorágine urbanita.... Cuando el amor agoniza y no se le deja morir como es debido. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La intimidad era esa casa temporal que nos acogió. No sé permanecer. No sé quedarme. La intimidad era ver cómo sufrías y no hacer nada por impedirlo; saber que no mereces a nadie mejor que yo, tener la certeza de que ni siquiera ibas a salir a buscarlo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barrett

domingo, 23 de enero de 2022

RESEÑA: Ensayo y (error) Benidorm.

 ENSAYO Y ERROR BENIDORM


Título: Ensayo y error Benidorm. 

Autoras/es: Leo Bassi, Joaquín Rodríguez, María Teresa Campos, Iago Carro, Ana Fernández, Vicenta Orquín, Marta Sanz, Josa Ppiqueres, Carlos Ferrater, Felipe Hernández, Alberto del Castillo, Ion de Sosa, Alberto Alcaraz, los alumnos del CEIP Ausias March de Benidorm, Boris Strzelczyk, Javier Calderón, Kike García, Alejandro Guijarro, Christina Linares y Kike Parra. 

Editorial: Barrett

Idioma: español. 

Sinopsis: con un desarrollo urbanístico muy particular, eficiente y sostenible, Benidorm es conocida como la "Nueva York del Mediterráneo" por la cantidad de rascacielos que dibujan su silueta, y que tratan de alojar la ingente cantidad de turistas que todos los años la visitan. Al igual que su arquitectura, sus habitantes y sus costumbres culturales, económicas y sociales han evolucionado a pasos agigantados desde que a mediados del siglo XX el Boom turístico transformara Benidorm. Ensayo y (error) Benidorm es una reflexión sobre la ciudad de Benidorm que trata todos estos aspectos de una forma singular, desterrando el concepto de ciudad con un turismo rancio o anticuado o el arquetipo de destrucción costera. Aquí participan veinte profesionales de diferentes ámbitos, dando una visión heterogénea y multidisciplinar. La arquitectura (Carlos Ferrater) y el urbanismo (Iago Caro), el cine (Ion de Sosa), la música (Joaquín Rodríguez de Los Nikis) o la literatura (Marta Sanz y Kike Parra) entre otros. 

Su lectura me ha parecido: entretenida, amena, interesante, magnética, literaria, fotogénica, melómana, cinéfila, estética, divertida, desprejuiciada, inspiradora... Durante el proceso de reconexión con el presente libro - cuya lectura tuvo lugar en el primer tramo del segundo agosto pandémico que transcurrió tranquilamente entre procesiones a la playa, tardes de helados de frambuesa observando el ligero transitar de los retostados turistas y siestas al son de la telenovela de turno - revisité Nieva en Benidorm de Isabel Coixet. Cinta que, al contrario de lo que muchos críticos y espectadores opinaron al respecto, me parece soberbia en su baile de imágenes más propias de un sueño que de la propia realidad. En ella, un acertadísimo Timothy Spall dando vida a un insulso aunque entrañable Peter Riordan se adentra en la idiosincrasia de una ciudad que parece crecer hacia el cielo. Sus ojos se ciegan ante el primer rayo de sol nada más salir del aeropuerto, el cual no duda en fotografiar en cuanto llega a la lujosa habitación de un hermano que no da señales de vida situada en uno de los rascacielos más altos de la imponente urbe. Obsesionado con los fenómenos climatológicos - cliché británico donde los haya - toma instantáneas también del moteado cielo que protagoniza su primer día en un lugar en el que se siente perdido. Sus ojos son el vivo reflejo de la incredulidad, la sorpresa, pero también de ciertos prejuicios sobre Benidorm, destino favorito de los ingleses en el que, sin embargo, se siente como un pez fuera del agua. Encorvada, su figura resulta cómica a cada paso y descubrimiento que la ciudad levantina le brinda. Como cuando irrumpe en plena clase de baile de jubilados en medio del paseo marítimo, cuando prueba por vez primera el pulpo y las anchoas con tomate o, sobre todo, cuando deambula entre luces de neón, despedidas de solteras, flayers de clubs de strippers, camellos ofreciendo su mercancía - incluyendo, como es lógico, la viagra en su catálogo de ofertas lisérgicas - y compatriotas desfasando hasta límites que rozan el ridículo más espantoso mientras el Yes Sir, Can Boogie aporrea los tímpanos del pobre protagonista. Imitadores de Elvis, serpientes, tangas en forma de bogavante y espectáculos eróticos en los que se extraen perlas de la vagina. Todo tiene cabida en el espectáculo kitsch que es la noche en Benidorm. O más bien de ese Benidorm, de ese microcosmos particular que la directora nos ha querido mostrar. En el mar de rascacielos, nuestro Peter Riordan se percibe un intruso, una hormiga cuyas facciones transitan entre el estupor y la famosa cortesía británica en cuestión de segundos. Al final, Peter acabará aclimatándose al lugar de la mano de una serie de personajes que le mostrarán el Benidorm menos conocido, vacío, silencioso, rodeado de esqueletos de la fiebre inmobiliaria y de arquitectura ensoñadora (le perdonamos los planos de la Muralla Roja a pesar de encontrarse en Calpe). Plagado de historias, como la de la breve estancia de Sylvia Plath en la ciudad durante su luna de miel, que convergen con una serie de acontecimientos climáticos totalmente excepcionales en una ciudad donde el sol aplasta chiringuitos, balcones, hebillas de sandalias y la piel de los guiris. Esta es una mirada, una más, la cinematográfica, de las muchas que a lo largo de los últimos años se han vertido sobre la ciudad que más sentimientos encontrados provoca, y no solo a los que la visitan por vez primera, ya que con cada nueva estancia ésta se eleva, nunca mejor dicho, en un trencadís de formas, aristas y posibilidades. Benidorm no te lo acabas, bien lo demuestra la fascinación que sigue suscitando y las miradas que en este peculiar ensayo convergen, cual cóctel de exótico nombre servido con sombrillita y bengala en el mítico Café San Remo. Ensayo y error  Benidorm: fenómeno histórico, artístico y sociológico. 


Sin pretensiones más allá del disfrute lector y el descubrimiento de nuevas perspectivas multidisciplinares acerca de la ciudad mediterránea con más rascacielos, Ensayo y error Benidorm irrumpe en el panorama literario con gran acierto. No solo por esa inmejorable portada obra del fotógrafo británico Martin Parr - al que, por supuesto, se le dedica un interesante capítulo en el presente libro - con esa maravillosa señora de bañador morado metalizado, gorra verde, ojos cerrados y brazos extendidos a los lados recibiendo la inclemencia del Lorenzo más veraniego a la que inconsciente he acabado llamando Margaret o Concha (según como me pillase). También por esa colección de textos que ayudan al lector a ponerse en situación hasta acabar por quitarle capas y capas de prejuicios acumulados durante décadas respecto a la imagen preconcebida que todas y todos hemos atesorado cuando se habla de Benidorm. Salvo algunas defensas que se vierten al respecto, sobre todo las tocantes a la cuestión medioambiental con las que, particularmente, estoy más en desacuerdo - e ahí mi particular conflicto, otras personas lo tendrán con otros aspectos - lo cierto es que Ensayo y error  Benidorm contiene pequeñas piezas periodísticas, ensayísticas, testimoniales o de carácter más literario que bien podrían haber aparecido en alguno de los planos que Coixet le dedicó a la ciudad. Desde la historia del viaje en vespa que emprendió Pedro Zaragoza (alcalde de Benidorm) hacia Madrid en 1953 para convencer a Franco de que el bikini será la clave de un modelo turístico que perdura hasta nuestros días y no una prenda que merecía arder en el infierno a la del flotador gigante en forma de pato que Leo Bassi colocó en la playa que le valió a la ciudad y al propio cómico el ingreso en el Guiness de los Récords. Pasando por la del festival punk Funtastic Dracula que eligió la ciudad de Benidorm como sede en el año 2009 por sus discotecas en forma de platillos volantes, la del primer hotel construido en la ciudad - el Hotel Joya - regentado por un almadrabero y una ama de casa en los años 60, la de los inicios del famoso festival de la canción que descubrió a Raphael o a Julio Iglesias e incluso la del multitudinario funeral en el cementerio municipal a Manolo Escobar, quien llevaba años viviendo allí. 



Lugar en el que se rodaron películas como Sueñan los androides de Ion de Sosa y que despierta la creatividad de escritores como Marta Sanz, Kike Parra - sin lugar a dudas los textos que más me han gustado del libro - o Esther García Llovet con su más reciente novela Spanish Beauty rebosa en un imperfecto maridaje de hormigón, pubs donde se celebran las principales festividades británicas y agua marina. Pero Benidorm es mucho más que el turismo de cuño franquista que reza "sol y playa" que hemos acabado naturalizando, sobre todo los que como una servidora han nacido de cara al Mediterráneo y se han criado durante una parte del año entre asfalto o empedrado, tardes infinitas al sol, paellas domingueras - o arroces negros, a banda o del senyoret que están más ricos - salitre y pies sumergidos en la arena de la playa. Benidorm, ante todo, y parafraseando las palabras de Kike Parra, "es el Nueva York para quienes no han soñado nunca con ir a Nueva York". Un trozo de litoral con el que miles de familias que nunca habían visto el mar soñaban cada año en una época donde las necesidades apretaban y el consuelo se resumía en quince días tostados al sol alejados del ajetreo propio de la capital o de la en ocasiones insoportable monotonía de ese pueblo de lo que hoy conocemos como España vaciada. Epicentro de la felicidad de una incipiente clase media española que acabó convirtiendo a Benidorm en referente turístico a costa de la propia historia de un municipio en el que la pesca era, hasta ese momento, su único modo de vida. Para acabar, un testimonio, el de Martina Navarro, una niña del colegio público Ausias March que en 2008 contó que lo que más le gusta del lugar donde vive es la calle de su abuela. La razón: allí se puede pasear. Cuanta verdad resumida en tan pocas palabras. Y lo más importante, ¿variará el testimonio de las nuevas generaciones de benidormenses de aquí a unos años? Tal vez, como apunta otra alumna llamada Laura Monroy, tras la última revolución social en el año 2038 y, tras la sequía de 2020, los habitantes deberán ir rapados para mantener una máxima limpieza para evitar enfermedades. No lo sabremos, aunque lo de las pandemias mundiales y las mascarillas en un Benidorm totalmente irreconocible y solitario, como el semblante de Peter Riordan, ya forman parte de su paisaje. Pero eso ya es otra historia. 

Ensayo y error Benidorm: una historia de música, cine, literatura,  fotografía, arquitectura, gastronomía, sombrillas, tumbonas, hoteles, turistas, nativos... Una cápsula hortera elevada a lo cool. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Benidorm es la idea de una mente capitalista pensando en cómo tiene que ser el turismo y el ocio para la clase media y baja. Con el paso de los años, Benidorm se ha convertido en la ciudad que tiene ganas de ser Benidorm."

"Los primeros años nos establecemos en la parte alta, al lado de la escuela; con el tiempo vamos bajando hasta conseguir un apartamento frente al mar. Como si fuéramos turistas todo el año, sin formar nunca parte de la ciudad cerrada. Nos acompañan otros turistas perpetuos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett



miércoles, 14 de abril de 2021

Reseña: Panza de Burro

PANZA DE BURRO

Título: Panza de Burro. 

Autora: Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995). Creció entre gatos y flores de bruja y, al cumplir los dieciocho, comenzó sus estudios de periodismo en la Universidad de la Laguna (ULL). Después de incontables cambios de residencia, se mudó a Madrid en verano de 2017, para cursar el Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Desde entonces, ha sido becaria, camarera y dependienta de una famosa tienda de lencería. Como periodista, ha escrito para la sección de Cultura del diario 20Minutos y para diferentes medios, como Tentaciones (El País), Oculta Lit, LOLA (BuzzFeed), Quimera o Vice. Sus textos literarios han sido incluidos en varias revistas digitales y en papel. También en antologías como Macaronesia, de La Galla Ciencia; Los muchachos ebrios, antología de la poesía jovencísima transoceánica, de La Tribu, o Piel fina. Poesía joven española (Maremagnum, 2019). Es autora del poemario Mujer sin párpados (Versátiles Editorial, 2017) y el fanzine Primavera que sangra (2017), un breve análisis poético sobre su relación con el dolor menstrual y que en 2020 apareció en la editorial Demipage. Ha participado en varios eventos literarios, como el festival cordobés de poesía Cosmopoética 2018 y es codirectora del Festival de Poesía Joven de Alcalá de Henares. El pasado 2019 fue galardonada con el accésit del XXXI Premio Ana María Matute de narrativa de mujeres. Panza de burro es su primera novela y uno de los mayores éxitos de crítica y público del pasado 2020. Hace unos días se incluyó su nombre en la famosa lista de GRANTA de los mejores autores menores de 35 años. 


Editorial: Barrett

Idioma: español. 

Sinopsis: es verano, principios de los 2000 y estamos en un pueblo del norte de Tenerife. Allí acompañaremos a la protagonista, a la que Isora se dirige como Shit, recorriendo las empinadas calles del lugar, siempre oscurecidas, alejadas de la imagen idílica que siempre hemos asociado al paisaje canario, bajo el amparo de un cielo siempre nublado. A medida que conocemos sus rincones y su gente, seremos testigos de como Shit inicia su particular viaje hacia el autodescubrimiento, iniciático, dejando atrás la adolescencia para abrazar todas aquellas sensaciones nuevas que comienza a experimentar. Todo ello a través de su mejor amiga Isora. 

Su lectura me ha parecido: cálida, hermosa, ambigua, punzante, feroz, poética, con unas protagonistas inolvidables y que ya forman parte de la memoria colectiva de toda una generación, desmitificadora, en los márgenes, política, con un armazón lingüístico que ensalza la idiosincrasia (en este caso de lo canario) como pocas veces se ha hecho en la literatura de este país... Hace poco, mientras paseábamos por las calles de una semi desierta Valencia en el día de su más distinguido patrón, hablaba con mi pareja sobre aquellas novelas en las que el uso del lenguaje resultase determinante. Lo sé, existen otros temas más distendidos, más amenos, menos aburridos. Pero es lo que sucede cuando de pronto se te enciende la bombilla. Cuando estás en pleno proceso de documentación y redacción de la reseña de un libro - de los más importantes publicados el pasado año - y necesitas contrastar opiniones. Él, tras pensarlo y tras sacarle a colación, como ejemplo, el caso de Juan Rulfo en Pedro Páramo, me habló de nuestro clásico más importante. Y es que Cervantes en El Quijote quiso dejar bien claro la negativa impresión que a don Alfonso de Quijano le producía la forma de hablar de su más fiel escudero. Su lenguaje llano, desprovisto de florituras novelísticas, de esa epicidad que tanto caracteriza a su compañero de aventuras y anclado en la fonética del pueblo era siempre corregido con el antiguo Hidalgo. Sin duda, una de las primeras muestras, ya no solo de elitismo social, también de elitismo cultural que podemos apreciar en la literatura española y universal. De ahí otros nombres y novelas desfilaron por mi cabeza. Desde aquellas de tiempos decimonónicos en las que el lenguaje se empleaba para diferenciar clases sociales - desde Benito Pérez Galdós a Clarín, pasando por Emilia Pardo Bazán - a las escritas por autoras y autores latinoamericanos, los cuales, jamás han tenido reparos en plasmar el habla de sus lugares de origen para, a través de él, reflexionar entorno al amor, la venganza, la muerte, la vejez y todos los grandes temas que la literatura ha contribuido a universalizar. Aún recuerdo aquel impresionante descenso a los infiernos que supuso leer, durante el verano pandémico, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor. El terror más perturbador cuando me acerqué a los cuentos de Mariana Enríquez. O el nudo en el estómago que me produjo Mandíbula de Mónica Ojeda. México, Argentina y Ecuador. Tres países, tres autoras, tres formas de atrapar al lector sin dejarse la impronta lingüística por el camino. Respecto a España, Miguel Delibes - uno de mis favoritos - supo trasladar al papel lo que suponía vivir en lo que hoy conocemos como España Vaciada en una época en la que ni tan siquiera esa cuestión estaba en los debates político-sociales. Aunque cierto es que durante muchas décadas - esa terrible y pesada losa llamada Franquismo - la diversidad estuvo mal vista o directamente prohibida, también a nivel de bilingüismo o dejes típicos de algunos territorios - aunque estos tuviesen como lengua principal el castellano - actualmente se vive una celebración de la riqueza del lenguaje. Sobre todo en el terreno del audiovisual. Hemos pasado de esconder los acentos en televisión a escuchar y alabar lo gallego, andaluz, catalán, murciano, euskera o canario por citar algunos ejemplos. Algo que, por supuesto, ha acabado trasladándose a la literatura, a la escrita por una generación muy concreta y en boga, la de los millenials, los cuales han sabido reivindicar - algunos con gran talento - la pluralidad lingüística y social con historias muy de ahora, del presente precario o del pasado, cuando no existía ni Twitter ni Instagram. Siendo ésta la última generación virgen tecnológicamente hablando. Y dentro de todas ellas, la de Andrea Abreu - nacida hace veintiséis años en Icod de los Vinos - sobresale con mayor esplendor. Panza de Burro: oda al lenguaje, a la inocencia salvaje y a ese mar de nubes que parece envolverlo todo. 


Nacida en un taller de escritura creativa y escrita en un contexto de precariedad - Abreu tuvo que compaginar el sacar adelante la presente novela con un empleo como dependienta para una conocida marca de lencería - Panza de Burro se revela como un triunfo ante la adversidad, ante las zancadillas del capitalismo y, por supuesto, la visivilización del trabajo de escritora/or por y a pesar de las circunstancias. En esta historia de superación y lucha contra la adversidad, el libro en cuestión podría haber pasado perfectamente desapercibido, sin pena ni gloria, como le ocurre a la gran mayoría de los textos que se publican en este país. Triste pero cierto. Sin embargo, algo hizo que Panza de Burro se quedase, anclado, a las estanterías de las librerías de todo el país. A esa mesa de novedades por la que desfilan miles y miles de títulos. Y, en última instancia, a ese hueco en nuestra memoria, reservada única y exclusivamente a los mejores recuerdos literarios. Aquellos que no se borran tan fácilmente, ni siquiera con la mítica goma de borrar Milán. Ahí, entre best-sellers, long-sellers, libros de autoayuda, de cocina, erótica, policíaca, romántica, histórica, juvenil... La mayoría de ellos, como ya he dicho, de efímera trayectoria. Ahí está, inmóvil, como si tuviese reserva, un privilegio que solo pueden disfrutar las y los más grandes. Para después esfumarse, rápidamente, porque los lectores han corrido raudos y veloces a por él, atraídos por el boca a boca (sin duda, uno de los principales éxitos de la novela) y por la promesa de encontrar algo distinto a lo que han leído antes. Lo cogen, lo ojean, lo huelen incluso, hacen la cola, pagan y se van. Nada, ni los exabruptos de algunos fieles a la RAE, ni los comentarios paternalistas o machistas vertidos sobre su autora por su juventud, ni una pandemia mundial - su publicación se retrasó debido al confinamiento - han podido con el fenómeno Panza de Burro. En aquella ocasión, y en vista de aquellas reseñas aparecidas en tiempos de desescalada y paulatina apertura de comercios, el escepticismo no hizo su entrada triunfal, como habitualmente suele ocurrir. Quise leerlo, devorarlo, tenerlo entre mis manos durante los días o semanas que su lectura requiriese, comprobar que era cierto, que las críticas no exageraban, con la promesa de trasladarme a Canarias por unas horas. Me lo creí y llegó, de los primeros, junto a otras lecturas igualmente deseadas durante los meses que pasé (y pasamos) encerrada en mi casa. Y lo leí, con el calor de Agosto en pleno apogeo. Y me dejé llevar, fui echadita palante, tan sin miedo y me sumergí, placentera y llanamente, en el interior del volcán. 


Además de su enorme difusión gracias a las recomendaciones boca-oreja, la grandeza de Panza de Burro reside en dos motivos muy concretos. El primero tiene que ver con el localismo y la importancia de el uso del lenguaje. Como ya he avanzado en la sinopsis, la novela está ambientada en verano y en un pueblo del Norte de Tenerife, presumiblemente (aunque no se mencione en ningún momento) en Icod de los Vinos, lugar del que Andrea Abreu hoy por hoy es su hija predilecta. Si bien es cierto que la historia juega a la ambigüedad narrativa - es decir, puedes tomar como verdaderos los hechos que se narran o por el contrario asumir que es todo producto de la imaginación de su autora, yo personalmente me mantengo en una posición intermedia - lo importante de todo esto es que Abreu nos presenta una Canarias diferente, alejada del imaginario peninsular, de los hoteles atestados de guiris, de las playas cada vez más estandarizadas a las demandas de los extranjeros. Aquí estamos en el norte de la isla, donde el cielo luce un manto de nubes grises, donde pocas veces penetra la luz del sol y las playas lucen una negra arena volcánica. Esto no es lo urbanita, sino una ruralidad peculiar, bañada por la calima, el polvo y el empedrado de sus calles. Y sí, la vegetación es exótica, pero contrasta con las gentes del lugar, con las perennes tradiciones y, sobre todo, su habla. Es en este punto, como ya dije en el primer párrafo, donde la novela gana en credibilidad, personalidad e intencionalidad política. En Panza de Burro el lenguaje es fundamental, así como la alteración del orden lógico - o lo que el español estandarizado entiende por lógico - de las frases para adaptarlas al habla y al vocabulario canario. Dejando bien claro desde el primer momento la importancia de preservar la lengua frente a cualquier maniobra de emborronamiento de la herencia cultural recibida. Un potente mensaje que cae como una bomba en un contexto de una cada vez más exacerbada reacción nacionalista tanto desde posicionamientos más progresistas como desde los más reaccionarios y contrarios a la diversidad lingüística existente en este país. Con sus distintos tratamientos - Abreu retrata a la perfección las diferencias entre el habla de las abuelas y el habla de las dos protagonistas - la novela irrumpe en este acalorado debate como un soplo de aire fresco, permitiendo al lector descubrir una Canarias autentica, más cercana a las cenizas del volcán y no tanto a la arena blanca de las playas masificadas de Santa Cruz de Tenerife. No obstante, esta novela se habría quedado en un mero ejercicio lingüístico más de no haber sido por la universalidad de su trama. La historia de amistad entre la protagonista (a la que conocemos como Shit) e Isora es el segundo motivo por el que su lectura cala hondo en el lector. Una amistad en tonalidades grisáceas, como las nubes que vuelan bajo (el propio fenómeno meteorológico característico del archipiélago que da nombre a la novela) en la que una sobresale por encima de la otra, donde una es más atrevida que otra, donde una imita a la otra. Shit e Isora pasean, juegan, chatean por el Messenger, se bañan en la playa y se masturban juntas. Autodescubrimiento precoz, nítido, ausente de tabúes, con el que me he sentido especialmente identificada y que pocas veces vemos correctamente representado en literatura. Amistad imperfecta, como la vida misma, pero grandiosa, a la altura de Lila y Lenú en la saga La amiga estupenda de Elena Ferrante o de Sofía Montalvo y María León en Nubosidad Variable de Carmen Martín-Gaite. Unión que conmueve, que engancha, que no puedes parar de observarlas en su cada vez más atenuada inocencia. Como remate final a esta reseña, y tras haberos convencido de que se puede hacer activismo a través del lenguaje, solo me queda animaros a que os adentréis en él, que no estamos ni ante una novela postureo ni un producto manufacturado - aunque en esta colección de Barrett la importancia de la editora, en este caso Sabina Urraca, ha sido crucial - sino frente a un texto del que espero que el tiempo juegue a su favor y acabemos hablando de él como hoy lo hacemos de Nada de Carmen Laforet o de El Camino de Miguel Delibes. 

Panza de Burro: una historia de amistad, tardes de juegos bebiendo sevená, fisquitos de sol entre las nubes, confidencias, abuelas que hacen de madres, ceniza, volcán, autoaprendizaje, construcción de personalidades... Léanlo ¡shit!

Frases o párrafos favoritos: 

"Le hubiese seguido al baño, a la boca del volcán, me hubiese asomado con ella hasta ver el fuego dormido, hasta sentir el fuego dormido del volcán dentro del cuerpo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett

lunes, 12 de octubre de 2020

RESEÑA: Documento 1.

 DOCUMENTO 1


Título: Documento 1. 

Autor: François Blais. Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps...), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de "nombres improbables extraídos de los anales de la literatura". François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento 1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: francés. 

Traductora: Luisa Lucuix. 

Sinopsis: Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec, pasan sus horas muertas viajando con Google Maps, descubriendo los nombres más curiosos de ciudades de EEUU y las historias que hay detrás de ellos. Un buen día deciden emprender un viaje real a una localidad perdida que les ha llamado la atención: Bird-in-Hand (Pájaro en mano), pero para emprender ese viaje necesitan dos cosas, dinero y un coche. No se les ocurre una idea mejor que pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. 

Su lectura me ha parecido: divertida, directa, ligera, extraña, con unos personajes que rozan lo apático, triste, acertada, memorable... Surrealismo, confusión, como estar inmersa en una película apocalíptica. Esas que te tragas a las cuatro de la tarde mientras calientas con tu culo el hueco del sofá, esas que por lo general no te crees y acabas durmiéndolas hasta que el rugido de tu estómago te avisa de que es la hora de meterte un Colacao con galletas entre pecho y espalda. Pero entonces pasa y de la noche a la mañana no puedes salir de tu casa porque hay un virus campando a sus anchas sesgando la vida de tus vecinos. Te acojonas, compras toneladas de papel higiénico, no puedes esquivar la sugestión. Entras en pánico ante cada estornudo, carraspeo o leve dolor de garganta. Tanto que le pides a tus convivientes que ni se te acerquen, aunque sea para proponerte hacer pan casero juntos, aunque sea para ver la enésima serie de Netflix. Aún así, todavía conservas un pequeño resquicio de esperanza. "Sólo son quince días" piensas mientras haces planes en tu cabeza. "¿Dónde me voy esta Semana Santa?" "¿No suspenderán las procesiones verdad?" "¿Es verdad que las Fallas se aplazan al verano?" Pasan esos quince días, y otros quince, y quince más. Es un no parar. Entonces tú, que eres una lectora empedernida, repelente en algunos aspectos - estás al día de todo, te sabes los nombres de todos y lo sabes todo del mundillo - decides desempolvar todos aquellos libros cuya trama transcurre dentro del hogar. Poco te importa el género, como si es de terror, como si es una novela de Stephen King en la que su protagonista se dedica a asesinar a quienes no llevan la mascarilla puesta por la calle. A estas alturas del panorama ya no te sorprende nada. La casualidad hace que de entre todas esas historias claustrofóbicas o en las que abundan idealizadas odas al microondas de la cocina te topas con un tal François Blais. No te suena, jamás lo has oído mencionar, pero la sinopsis y su colorida portada - la viva imagen de la cuarentena pero sin aplausos de por medio y con gente paseando libremente por la calle - acaban convenciéndote. Ya es abril, sabes desde hace unas semanas que no va a haber Feria del Libro, así que te consuelas leyendo la novela de François Blais sentada en el balcón, rodeada de plantas y con el olor a tabaco del vecino descendiendo desde el sexto. Una carcajada, un suspiro, un capítulo más devorado. Así hasta que te das cuenta de que todo lo mencionado anteriormente es mentira - salvo alguna cosa - y que la literatura, sólo la literatura, es capaz de salvarnos en los peores momentos, justo lo que consiguió François Blais, sus desesperanzados protagonistas y la poca inventiva que todavía conservo. Documento 1: metaliteratura, precariedad, un sueño y Google Maps. 


Para las y los lectores poco convencionales, que se pasan durante horas buscando ese libro que - no tiene porque ser una novedad de reciente publicación - les vuele la tapa de los sesos o que, simplemente, les permita vivir unas aventuras de cariz épico, Documento 1 será su desesperación que no perdición. Porque, si bien es cierto que podríamos enmarcarlo en esa categoría literaria en la que entrarían las autenticas rarezas y delicatessen novelísticas, en la novela de François Blais no pasan grandes cosas, ni se desatan tramas que te hacen estar pegada al texto durante horas, ni un desarrollo extremadamente profundo de los personajes que lo habitan. Aquí, para empezar, casi no salimos del piso de alquiler en el que conviven Tess y Jude - maravillosa referencia, por cierto, a dos de los personajes más importantes de la literatura de Thomas Hardy - dos jóvenes apáticos, tristes, sosos y aparentemente conformistas. Y remarco lo de "aparentemente" porque el gran cambio de la novela se produce a partir de esa pequeña evolución (por no decir minúscula) en la que, un poco hastiados de pasarse horas viajando a través de Google Maps, toman la decisión de desvirtualizar uno de sus lugares favoritos: Bird-in-Hand. De ahogar su tiempo libre tras una dura jornada vendiendo bocadillos en el SubWay descubriendo los pueblos con los nombres más raros de EEUU a tomar la iniciativa, aunque sea de una desgana crónica, para emprender por fin el viaje que tanto han anhelado en sus sueños cibernéticos. El problema viene cuando ni un empleo en el SubWay te permite reunir el dinero suficiente como para irte de vacaciones, de ahí que se les ocurra, casi a la desesperada, pedir una subvención al estado para escribir una novela y usar el dinero para poder marcharse por fin. Todo ello sin tener ni pajotera idea de como se escribe una novela. Tess, en ese sentido y en aras de una sinceridad tan abrumadora como inquietante a partes iguales, llega incluso a dirigirse al lector, como si de una actriz mirando a la cámara se tratase, para confesarle lo evidente, que ella de literatura y de juntar palabras sobre el papel no entiende, y mucho menos los manuales, los cuales le producen más de un dolor de cabeza. Jude, por su parte y al igual que Tess, no dudan en aprovecharse del dinero público y de un pobre escritor (enamorado de Tess) que les presta su nombre para que pidan la ayuda económica. 


La novela, descrita así, puede parecer un verdadero tostón, pero en realidad - y sobre todo en el momento tan excepcional en el que la leí - encierra una serie de virtudes que han acabado por inclinar la balanza. En primer lugar, una constante sensación claustrofóbica pero cómoda para el lector. ¿Quién no se ha sentido encerrado y a la vez a salvo en el propio hogar? Últimamente la mayoría de personas que habitamos en este mundo, pero antes de la pandemia, esa paradoja ya se daba y en el tiempo prepandémico en el que se mueven Tess y Jude, aunque ahora nos parezca irreal y un documento casi arqueológico de la vida antes del desastre. En segundo lugar, Documento 1 contiene la pareja de personajes más aburrida, parca, triste y deliciosamente aburrida que he tenido el placer de conocer a través de la literatura. Con empleos de mierda, con salarios de mierda y pisos de mierda; ambos pertenecen a la que ya se conoce como la "Generación Perdida" del siglo XXI, imbuidos en un capitalismo salvaje que casi no les deja respirar, o lo que es lo mismo, aspirar a algo más que pasarse su vida atendiendo a desagradecidos clientes en la franquicia de comida rápida de turno. Dos jóvenes que, a pesar de las circunstancias, disfrutan a su manera de las aficiones más extrañas, como la de hacer turismo virtual. Eso les pirra, pero también se convierte en su terrible consuelo. Si no podemos viajar por falta de pasta, siempre nos quedará el Google Maps. En tercer lugar, a raíz de esto último, el halo de tristeza que impregna la novela es constante. Una tristeza crónica, fruto de las consecuencias de la crisis económica y la falta de expectativas tanto laborales como personales, que no sólo afecta a Tess y a Jude, también a todo lo que los rodea. Convirtiendo su día a día en un campo de minas que ambos se han negado volver a atravesar por miedo a hacerse daño de nuevo, adoptando un irritante conformismo frente a una valentía que les precipitaría a un pozo sin fondo. No todo es desazón en esta novela, ya que en cuarto lugar, el pequeño rayo de esperanza se abre cuando deciden estafar para poder, al menos por un mes, abandonar su anodina existencia. Y con él llega el humor. Un humor muy irónico y descacharrante que funciona a la perfección y que cobra especial genialidad en el momento en el que aparece este escritor que decide venderse por amor a Tess, aunque existan atisbos de correspondencia. Pero es que también hay escenas tronchantes antes de todo eso, cuando elaboran la surrealista lista de pueblos con nombres raros de Estados Unidos, cuando descubren la belleza de Bird-in-Hand (su destino soñado), cuando Tess le suelta a Jude que son infelices y éste le llama gótica, la monotonía del SubWay o hasta en los momentos de distensión, de no hacer nada, también como lector te ríes. François Blais consigue que tanto Tess como Jude parezcan dos animalillos de sobra adaptados a su medio - casa, casa y más casa - que al sacarlos de su hábitat natural, al atreverse a emigrar, cambiar de aires, se sientan completamente extraños, fuera de lugar, como si la novedad no fuese con ellos. Algo que se puede apreciar, por ejemplo, en su memorable final. En última instancia, hacía años que no leía una novela con un carácter metaliterario tan potente que, más allá de tomar prestados los nombres de sus protagonistas del universo hardyano, el libro va también de como escribir una novela, de sus dificultades y de la desesperación de estos dos seres tan fuera de onda por ceñirse a los manuales que han encontrado en la biblioteca. Tras leer Documento 1 a la futura o futuro escritor se le quitan todas esas ínfulas de superioridad, y al que es muy dado a criticar a los escritores - a los cuales suele referirse como "muertos de hambre" - por fin se le podrá la mejilla roja de la merecida bofetada. Para acabar, simplemente decir que, a pesar de que durante el confinamiento muchas y muchos descubrimos las bondades y desventajas de no salir de casa en casi tres meses, es triste pensar que antes de todo esto ya existía la precariedad, el desempleo, la desmotivación y, por supuesto, millones de personas pegándose el viaje padre a Hawái, París, Nueva York o Tokio. Sin moverse de casa, eso sí. 

Documento 1: una historia de aficiones extrañas, internet, pobreza, chantajes, amores no correspondidos, tristeza, humor, sueños imposibles de cumplir sin fraudes de por medio... El no viaje al rededor del globo terráqueo desde la comodidad del sofá, de la cama o del balcón selvático. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. ("Y viviremos como príncipes . Y criaremos conejos. ¡´Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George"). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con esto, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos un poquito. Cuando le dije eso a Jude ("¡Me parece que somos infelices tío!"), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamo gótica."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett

martes, 4 de febrero de 2020

RESEÑA: Imposible salir de la tierra.

IMPOSIBLE SALIR DE LA TIERRA

Título: Imposible salir de la tierra.

Autora: Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970). Hija de argentinos que llegaron a Chile tras el golpe militar, su primer vinculo con la literatura surge de una imagen nocturna de doble dimensión: su madre, sentada cada noche en la orilla de la cama, en los primeros años de la década de los setenta, leyéndole historias de Sherezade. Y la de la hija del visir, sentada en la orilla de la cama del sultán despechado (que se ha propuesto matar a una mujer cada noche), atreviéndose a contarle historias con un final abierto y dejando que el suspenso pactado cada noche la salve de la muerte. Tras haber desarrollado su talento literario en el instituto y de haber estudiado periodismo participó en talleres y realizó una Maestría y un Doctorado en Literatura. Ha escrito para diversas revistas como Rocinante, Gatopardo, Rolling Stone, El Malpaseante y Anfibia. Su primer libro, la novela En voz baja, publicada en 1996, fue su despegue en el mundo literario donde ha cosechado muchos éxitos. Por destacar algunos: finalista del Premio Planeta de Casamérica en 2007 por Dile que no estoy, el Premio Altazor 2006 por Últimos fuegos o el Premio Anna Seghers en 2008 al mejor autor latinoamericano del año. Recientemente, en 2018, ha quedado finalista del Premio Herralde de novela con El sistema del tacto. Imposible salir de la tierra es su volumen de relatos escritos entre 2005 y 2015, publicados en diversos periódicos, libros y revistas o completamente inéditos hasta la fecha.


Editorial: Editorial Barrett.

Idioma: castellano.

Sinopsis: Imposible salir de la Tierra es una colección de los mejores relatos de Alejandra Costamagna, una figura sin la cual no podría entenderse la literatura actual chilena y latinoamericana. En sus historias, apasionantes y sorprendentes, tienen cabida las relaciones prohibidas, los amores perdidos y unos personajes brutales y conmovedores con todas sus contradicciones, obsesiones y delirios. Con una prosa brillante y precisa, Alejandra Costamagna crea un mundo del que no podrás y no querrás escapar.

Su lectura me ha parecido: diáfana, sincera, aparentemente pesimista, fría desde la perspectiva de la cotidianeidad, alejada de los grandes relatos, más centrada en las pequeñas luchas, desigual al tratarse de una antología de relatos, plagada de personajes unidos por un sólo objetivo... Hay semanas en las que deseas salir de la tierra. Metafóricamente. Pero también literalmente. Días en los que sientes que te pesan los hombros, en los que sientes que estás perdiendo el tiempo, en los que deseas viajar en el tiempo para recomenzar o cambiar aspectos de tu pasado. Jornadas maratonianas, de no tener un hueco en tu cabeza para tus verdaderas pasiones, de médicos, de inconscientes comeduras de tarro que lo único que consiguen es ralentizar tu trabajo, no cumplir con los objetivos marcados. Mañanas que te las pasas mirando el techo de la habitación, buscando algo, eso que tanto ansías y que no aparece por ninguna parte, ni siquiera entre las manchas del gotelé. Tardes de automotivación que se tornan en desesperación porque algo ha fallado. Llamémoslo "imprevisto de última hora" o "distracción fortuita" que consigue poner patas arriba el horario que previamente te habías marcado. Ante esta situación sales a la calle, con la excusa de despejar tus neuronas de la tormenta eléctrica. A veces corres, otras aprietas el paso, aunque lo que en realidad haces es pasear lentamente, como si acompañases a una corte de hormigas. Observas a tu alrededor, deseas encontrar algo novedoso, algo que haga de tu existencia más atractiva, pero lo único que encuentras son descampados, edificios a medio construir y polvo, mucho polvo. Cierras los ojos, piensas en algo bonito, te recreas en ello hasta que te duelen los párpados. Al abrirlos, todo se ha esfumado y vuelta a empezar, asumiendo con resignación que lo imaginado será simplemente eso, algo maravilloso pero producto de tu subconsciente. Hay semanas en las que deseas salir de la tierra, dejarlo todo atrás, desaparecer. El problema viene cuando hay mil y un motivos por los que es, voluntaria e involuntariamente, imposible partir. Mientras leía a Alejandra Costamagna - magnífico descubrimiento - pensaba en todo eso y en como su envoltorio puede tornarse perverso e irreal. Imposible salir de la tierra: once cuentos que te mantienen los pies en el suelo y la cabeza en otros lares.


   Sara Gallardo, Samantha Schweblin, Ana María Shua, Laura Restrepo o Ariana Harwicz. Quizás a alguna de vosotras/os no os suenen para nada estos nombres. Y no me extraña, ya que las autoras latinoamericanas han permanecido siempre a la sombra de sus colegas escritores, y no digamos cuando a mediados de siglo XX el mundo asistió al despertar - también llamado "boom" - de la literatura procedente de países como Mexico, Colombia, Perú o Argentina. Un movimiento imparable que se extendería a lo largo de las siguientes décadas. Por supuesto, sus nombres nos los han tatuado a fuego en nuestra cabeza: Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Adolfo Bioy Casares, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y por supuesto Gabriel García Márquez como punta de lanza del movimiento. Sin embargo, y sin desmerecer su enorme talento literario, poco se habla, por ejemplo, de Elena Garro, o de Gabriela Mistral, o de Rosario Ferré o de Silvina Ocampo o de María Luisa Bombal entre otras. Si hacemos una búsqueda rápida, observamos como solamente estas dos últimas aparecen mencionadas y reconocidas como escritoras precursoras de terrenos literarios como el realismo mágico o los cuentos de carácter  metafísicos tan característico de esta oleada creativa. Si indagamos un poco más, descubrimos - en la misma página de Wikipedia dedicada al boom latinoamericano - un nombre de mujer más, el de Elena Garro, relegada a la categoría de "Otras figuras" junto con Clarice Lispector (que aunque Brasileña, importante es la influencia de esta corriente literaria en sus novelas y ensayos) cuando, y está demostrado que su novela Los recuerdos del porvenir - publicada varios años antes que Cien años de soledad - asienta los pilares del realismo mágico del que acabarían asociándose con el nombre de Gabriel García Márquez. Con estas palabras no busco desmerecer el talento del escritor colombiano, faltaría más, simplemente aspiro a que los que lean estas líneas entiendan que en este mundo existen hombres y mujeres, y que como tales, merecemos conocer la historia de ambos y estudiar sus aportaciones a la humanidad en igualdad y sin discriminación o silencio alguno. Actualmente, algunas editoriales parece que han escuchado la llamada del feminismo, por lo que en sus catálogos, de la noche a la mañana, autoras latinoamericanas de primer orden - tanto las que protagonizan en panorama literario actual como las que ya no están y podemos considerar verdaderas maestras - copan las listas de ventas y de premios internacionales. A mi estantería, el año pasado, vinieron para quedarse las nombradas en el primer párrafo. Escritoras que, además de trasladarnos a universos e historias increíbles, llevan con orgullo el sentirse pertenecientes a un nuevo movimiento cultural que en los últimos años no ha hecho más que dar alegrías al calor de los numerosos despertares sociales que están teniendo lugar en países como Chile, Argentina o Puerto Rico. De todas ellas, Sara Gallardo es la que, a pesar de pertenecer a la generación pionera, sus textos han cobrado protagonismo gracias a una impresionante labor de recuperación. Samantha Schweblin (capaz de trasladar el concepto de Black Mirror a la Argentina del siglo XXI) Ana María Shua (una bestia del microrelato), Laura Restrepo (la más internacional) o Ariana Harwicz (cuya última novela me heló la sangre) dan la bienvenida a otras autoras de reciente incorporación a mi estantería como Mónica Ojeda, Valeria Luiselli, Rosario Ferré o Alejandra Costamagna. Esta última, la autora del libro que a continuación reseñaremos.


   Lo primero que se me vino a la cabeza cuando vi por primera vez la portada y el título del presente volumen de relatos fue que estaba en mi terreno, que en su interior me toparía con cuentos de ciencia ficción o al menos próximos a ella. Comprendedme, la poca concección de la sinopsis y esa nave - la cual parece más pequeña de lo que en realidad sería - a punto de despegar o de aterrizar ¿quién sabe? me hicieron pensar que me pasaría aquellos días de septiembre pegada a historias que me hiciesen viajar a inexplorados planetas. No obstante, y a pesar de mis expectativas, me encontré con algo muy distinto y a la vez cercano a lo que una servidora se imaginó. Haciendo honor a su título - Imposible salir de la tierra - Costamagna escribe una serie de relatos cortos plagados de personajes que desean con todas sus fuerzas escapar. Pero no hablamos de una huida geográfica, sino de ellos mismos, de su propia existencia. En otras palabras, a estos protagonistas les duele el simple hecho de respirar, porque de donde quieren marcharse es de su propia identidad, de su propio cuerpo, de su razón de ser en este mundo que no hace más que oprimirles, estrujarles, asfixiarles. De ahí que aparezcan ligeras pinceladas de ciencia ficción, ya que su máxima aspiración, en todos los casos, se consigue a través de la muerte, pero a pesar de ello, los personajes sostienen la búsqueda de otra solución, aunque ésta sea a todas luces imposible. No es de extrañar que, con este hilo conductor, la prosa de Costamagna sea fría, algo distante y ausente de cualquier atisbo de sentimentalismo o dramatismo. Son historias tan tremendas y realistas que incluso sus finales felices - o medio felices - resultan imposibles de encontrar en la vida real, de ahí que hablemos de ficción realista con toques de irrealidad que parecen cercanos a la ciencia ficción. Pero la diferencia es que el género que tanto cultivaron Asimov o Lem se sustenta sobre bases científicas bastante verosímiles, Costamagna no busca verosimilitud en los deseos de sus personajes, de hecho, algunos resultan enormemente incomprensibles, sin embargo, consigue que el lector acabe comprendiéndolos y al menos sopesando sus argumentos. Cada uno de los cuentos que componen esta antología contienen rarezas, obsesiones, peculiares relaciones humanas que nos hacen ver la fragilidad sobre la que se sustenta la vida y las relaciones sociales. Una realidad que, aunque incómoda, debemos aprender a observar, y sobre todo, a entender.

  Por citar algunos de los relatos más representativos de la pluma de Costamagna destacaría, por supuesto, el que da nombre al libro - Imposible salir de la tierra - en donde Julieta (una joven de 19 años que se debate entre terminar como "planta" o como "perro" a causa de un tumor y cuya capacidad de toma de decisiones le ha sido arrebatada) busca en la muerte su única vía de escape para trascender más allá de la vida. El problema viene cuando Raquel, hermana de Julieta, se aferra a las pocas esperanzas que quedan, como si aún existiese solución. Pero Julieta no quiere ser una "planta" - entiéndase como estado vegetativo - a ella hace tiempo que todo le da igual y lo único que quiere es terminar con todo antes de que su hermana cometa una locura en pos del amor fraternal y las "buenas intenciones". Seguidamente, otro texto que me causó una honda reflexión fue Are you ready donde, desde la ironía mas mordaz, se aborda el tema de la muerte. Desde lo que conlleva dicho acontecimiento - confusión, llanto, palabras en muchas ocasiones vacías y eufemismos para referirse al hecho de fallecer - hasta lo que significa desde la perspectiva del muerto - silencio sepulcral, frialdad, piel vacía y la sensación de lo que pudo ser y nunca fue - así como lo concerniente a la propia liturgia - la cual acaba, irremediablemente, convirtiéndose en un acto social más allá del motivo que ha unido a todas/os al rededor de un ataúd -. La hipocresía sobrevuela sobre el féretro y al protagonista todo eso, como bien leemos, le produce una repugnancia difícil de digerir. Por último, "Naturalezas muertas" aborda la dependencia afectivo-amorosa entre Martín Canossa - un hombre acabado y sostenido por el revulsivo de los antidepresivos - y Alia Votti - una mujer en la que Canossa acaba volcando todas sus esperanzas -. Alia Votti se convierte en la nueva droga de Canossa, la persona que conseguirá sacarlo del abismo cuando, en realidad, la solución a sus problemas pasa con hacer las paces consigo mismo. La relación parece ir viento en popa hasta el momento en el que Votti comienza a mostrar indiferencia hacia sus palabras o actos. Es entonces cuando Canossa comienza a sufrir las consecuencias de haberse olvidado de él mismo y de una mente perpetuamente obsesiva y despierta.

   En este último párrafo concluiremos destacando el talento de Costamagna, en primer lugar, para crear personajes totalmente normales en su contexto social pero con fantasías - las de experimentar su propia inexistencia - que escapan de la lógica o de las convenciones de una cultura asentada en los valores de la religión católica. Y en segundo lugar, para concienciarnos de que, en cualquier momento de nuestra vida, podemos ser Julieta o Martín Canossa. En otras palabras, que podemos ansiar nuestra desaparición en el momento más inesperado, estando cuerdos y hasta en un momento en el que las circunstancias de cualquier signo nos sonrían de oreja a oreja. Pero como bien reza Costamagna. es imposible, al menos por el momento - y si la ciencia no lo democratiza - salir de este mundo y observarlo tras un cristal a salvo de cualquier peligro procedente de la raza humana. Imposible salir de la tierra: once historias de irrealidad, de terrenidad, de pequeñas desgracias personales, de deseos inmorales a ojos de la sociedad, de adicciones, de muerte, de un halo de esperanza... Un libro, y sobre todo una autora, procedente de un país (Chile) en el que Isabel Allende va a tener que acabar compartiendo protagonismo literario.

Frases o párrafos favoritos:

“Ahora, esta noche húmeda en la capital, el hombre está de pie en la boletería de un cine, a punto de conocer a la persona que extirpará, milagrosamente o no, los aguijones de su cabeza.”

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barret Editorial