Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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martes, 29 de septiembre de 2020

RESEÑA: Desierto sonoro.

DESIERTO SONORO


Título: Desierto sonoro. 

Autora: Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los ensayos Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), todos ellos publicados en Sexto Piso. Ha colaborado, entre otros, en medios como The New York Times, Granta, The Guardian o El País. Sus obras, traducidas a más de veinte lenguas, han sido galardonadas dos veces con el Los Angeles Times Book Prize y con el American Book Award, y en dos ocasiones fueron finalistas del National Book Critics Circle Award. En la actualidad, reside en Nueva York.


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductores: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli 

Sinopsis: Un matrimonio en crisis viaja en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo. Mientras el coche familiar atraviesa el vasto territorio norteamericano, los dos niños, sentados en el asiento trasero confunden las noticias de la crisis migratoria con el genocidio de los pueblos originarios de Norteamérica. En su imaginación, estas historias se entremezclan, dando lugar a una aventura que es la historia de una familia, un país y un continente. 

Su lectura me ha parecido: extensa, aguda en su aproximación a los conflictos, emotiva, paisajística, sensorial, magnética, fotográfica, documentada, una gran metáfora... La primera, y por el momento única vez, que fui a Asturias tenía doce o trece años, no lo recuerdo bien. Salimos prontísimo de mi pueblo, situado en plena Sierra de Albarracín, con la intención de estar en Gijón por la tarde, a ser posible, antes de que se nos hiciera de noche en plena carretera. De los primeros kilómetros de viaje sólo me acuerdo de algún que otro pueblo coronado con su ruinoso castillo medieval y de la polilla que mi hermano casi se tragó por llevar la ventanilla demasiado baja. Actualmente sigue enfadándose cada vez que sale el tema, pero es que sigue siendo memorable. A continuación me vienen imágenes de eternos campos de trigo dorándose bajo el sol. Campos de Castilla sucediéndose, uno tras otro, y otro, y otro. Parecían no acabarse. Entre medio Burgos y su catedral observada, no sin admiración, desde la dolorosa lejanía del tráfico. Y más trigo, y más amarillo, y más pueblos que parecían sacados de una película de Almodóvar. Hasta que, de pronto, un túnel. Una oscuridad intermitente y amenizada con pequeños destellos de luz cada vez que atravesábamos el corazón de una nueva montaña. Estábamos buceando bajo la Cordillera Cantábrica y yo pensando que la bordearíamos, que vería impresionantes acantilados. En fin, mi gozo en un pozo. Recuerdo que el último tramo un negro prolongado hizo que por un momento me temiese lo peor, que nuestro destino estaría al final de dicho túnel, sin posibilidad de deleitarme con nada más que no fuera asfalto o edificios de siete plantas. Por fortuna, una explosión verdosa irrumpió ante nuestro más inocente asombro. Sabíamos que el norte era verde, verde intenso, verde humedad, ese que no abunda tanto por el Mediterráneo y que con gusto me llevaría un cachito para mi tierra. Huelga decir que, además de las montañas totalmente pobladas, lo primero que vimos fue una vaca - muy estereotipado lo sé, pero es que sucedió de verdad así - y un inclemente cielo grisáceo, incapaz de dejar pasar el mínimo rayo de sol. Gijón, Oviedo, Cudillero... Cada una a su estilo pero impregnadas de la herencia pesquera y minera que tanto ha caracterizado la zona. No así en Santander - otro de mis largos viajes, aunque aquella vez fue en tren - con mansiones de estilo neovictoriano salpicadas a lo largo del paseo marítimo de la Playa del Sardinero y lugar de veraneo por excelencia de la clase adinerada en la España de principios de siglo XX, incluyendo la propia familia real (algún día hablaré de mi experiencia durmiendo una semana en el Palacio de la Magdalena). O en Almería, una pequeña ciudad en medio de un mítico secarral - aún sigo soñando con visitar los estudios de las películas del Espagueti Western - y pueblos cercados por auténticos océanos de plástico. Con todo esto pretendo que seáis conscientes de la diversidad geográfica, ambiental y los diferentes derroteros históricos por los que han transitado las distintas zonas que conforman España en concreto; haciendo del país un lugar de fuertes contrastes. Lo mismo sucede en Francia, Japón, Italia, Marruecos o el mismo Estados Unidos por citar varios ejemplos. De hecho, si me lo permitís, nos quedaremos un rato en este último, nos subiremos al coche, llenaremos el depósito y emprenderemos un intenso viaje a través de uno de sus paisajes más cinematográficos para adentrarnos en dos de las heridas - tanto personales como históricas - más sangrantes de su corta existencia. Desierto sonoro: un road trip literario, un drama familiar y los conflictos más acuciantes con Monument Valley como telón de fondo. 


La idea para la presente novela le vino a Valeria Luiselli, una de las escritoras mejicanas más leídas y respetadas a nivel internacional, tras escribir en el año 2016 Los niños perdidos. Hasta la fecha, su ensayo más importante. En él, Luiselli recoge y reflexiona sobre las voces y las experiencias de los miles de niños que cada año cruzan la frontera entre México y Estados Unidos con el promesa de un futuro mejor, alejados de la violencia y la pobreza de su lugar de origen. Las circunstancias que envolvieron la escritura de dicho texto fueron, además, las más idóneas, ya que la propia Luiselli se encontraba en aquellos momentos esperando su correspondiente Green Card (nombre con el que se conoce al documento necesario para poder trabajar en EEUU) a la vez que se estaba produciendo un importante incremento de este tipo de inmigración y con las elecciones que darían como ganador a Donald Trump caldeando el ambiente. No es de extrañar que, con dicho panorama, Luiselli haya acabado dando forma a un texto que, a pesar de moverse dentro del terreno ficcional, se eleva como un documento casi arqueológico de la época actual. Puede parecer una exageración el hecho de haber empleado las palabras "documento" y "arqueológico" en la misma frase, pero creedme cuando os digo que, en esta ocasión, estamos ante uno de esos libros inolvidables desde el punto de vista literario y trascendentales desde su aspecto multitemático, así como su aproximación al campo documental. Partiendo de la base de un road trip - o road book si queréis - Luiselli nos sienta al lado de una familia de cuatro miembros (un un padre, una madre y un hijo y una hija) que se embarcan en la odisea - porque así es como el lector lo percibe) de viajar desde Nueva York hasta Arizona. Desde el cosmopolitismo y los infinitos rascacielos a la aridez del desierto y las postales fordianas. Desde la intelectualidad cultural a la hostilidad de la última frontera. Ya sólo por eso, por ese pedazo viajazo que se pega la familia en cuestión, ya merece la pena adentrarse en Desierto sonoro. Son tan bellas las descripciones, tan perceptibles los sonidos, tan vivos los colores, tan abrasador ese calor que cae con toda su furia sobre el capó del coche, tan luminosos los letreros yankees, tan desoladora esa casa de madera en medio de la nada, tan oxidados esos convoys de mercancías abandonados desde ni se sabe cuando, tan mítico, tan irreal, tan impactante, tan destructivo, tan sinestésico, tan hermoso a pesar de todo. ¿Alguien se ha preguntado aluna vez a que suena el desierto? ¿Y una megalópolis como Nueva York? ¿Qué puntos en común podemos encontrar? ¿Qué diferencias insalvables existen entre ambos mundos? Y lo más importante, ¿Pueden ilustrarnos sobre la forma en la que dichos sonidos se han transmitido y nuestra forma de interpretarlos a lo largo de la historia? La respuesta es afirmativa y nos la da, por supuesto, la misma Valeria Luiselli. 


Además de esta reflexión entorno a la transmisión del relato - que como historiadora he aplaudido con entusiasmo - Desierto sonoro transita entre dos aguas especialmente agitadas. La primera de ellas tiene que ver con los dos motivos por los que dicha familia emprende el viaje. Tanto el padre como la madre son dos prestigiosos documentalistas y cada uno de ellos persigue su propia hazaña dentro de dicho campo. Él, obsesionado con las tribus de los nativos americanos y su terrible sino en las reservas tras las Guerras Indias, se traslada a Arizona para documentarse e inventariar toda clase de fuentes sobre los últimos apaches libres y Gerónimo. Ella, por el contrario, ansía con viajar un poco más abajo, hasta la mismísima frontera, para encontrarse con las hijas de una conocida que han migrado solas desde un país latinoamericano para encontrarse con su madre. No es casualidad la elección de estos temas dignos de investigación documentalística, ya que representan dos puntos negros dentro de la historia de los Estados Unidos. El uno por las pretensiones imperialistas por parte de los colonos tornadas en un autentico genocidio contra los nativos americanos y que precisamente por su lejanía en el tiempo está en peligro de caer en el olvido. Aún conociendo la existencia de pequeños grupos reunidos en las reservas - lugares de la vergüenza, tristeza y alcohol -  que no cejan en su empeño por reivindicar su identidad, sus costumbres y su legitimidad. Al fin y al cabo ellos ya estaban allí muchos siglos antes de que el hombre y la mujer blanca pisasen por primera vez suelo norteamericano. El otro, por desgracia, sigue más vivo que nunca. No hay más que poner la televisión o hacer un pequeño ejercicio de memoria para evocar las escalofriantes imágenes de padres separados de sus hijos en los centros de internamiento de la frontera. Por no hablar de la promesa estrella de aquella campaña electoral de 2016 por parte del actual presidente de los Estados Unidos de levantar un muro con México, de hormigón esta vez, más alto, más robusto, imposible de escalar. ¿Nos suena verdad? Con todo esto Valeria Luiselli no sólo pretende hacer un mapa histórico de la historia más reciente del país que finalmente la acogió como periodista y escritora de renombre - situando el estado de Arizona como paradigma de las heridas no cicatrizadas y las surgidas en los últimos años - también sacarle los colores a una nación anclada en un anacrónico imperialismo al cual es incapaz de renunciar. Por otro lado, el otro mar en el que la autora se siente más cómoda tiene que ver con el drama familiar, los problemas de los progenitores - al borde de la ruptura - que intentan ocultar y aparentar normalidad ante sus hijos. Unos niños que, como buenos niños, no hacen más que preguntar y confundir las historias de sus padres, las historias de los nativos americanos con las de los niños que cruzan la frontera, creando ellos mismos, a la poste, su propio relato. Resulta tierno y divertido observar la confusión de los pequeños, así como la confección de una diáspora inventada que acabarán buscando por su cuenta. Desde el primer momento sabemos que la cosa no está bien, que ese matrimonio está condenado a su desintegración, pero la conjunción de historias y circunstancias hacen que el lector dude de que la ruptura pueda o no producirse. De lo íntimo a lo visible. De lo privado a lo público. De lo anecdótico a lo trascendental. De lo particular a lo inabarcable. Así nos lleva Luiselli, de la mano, a través de cajas, recuerdos, fotografías, documentos, rollos de película, guiones, maletas llenas de ropa... Objetos que conforman la identidad de los protagonistas al tiempo que los reduce a un pequeño grano de arena en medio del desierto. Un lugar mágico, cargado de mitología. Antaño, hogar de tribus apaches. Ahora, lugar de peregrinación para los amantes del western y principal escenario de la vergüenza perpetrada contra el inmigrante que sólo desea prosperar en la supuesta tierra de la libertad. Leyendo la presente novela una no sólo aprende a desmitificar a uno de los países más poderosos del globo, también a apreciarlo en toda su dimensión, con sus virtudes y sus sombras, en ocasiones, más alargadas si cabe. 

Desierto sonoro: una historia de quiebros, injusticias históricas, olvido, memoria, tragedias familiares, relatos inventados, sonidos, olores, colores, texturas, sabores... Un viaje imposible de olvidar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo nos enseña a callar."

"Tal vez diría que documentar es cuando se suma cosa y luz, luz menos cosa, fotografía tras fotografía; o cuando se agrega sonido, más silencio, menos sonido, menos silencio. Lo que se tiene al final, son todos los momentos que no forman parte de la experiencia real."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

sábado, 19 de septiembre de 2020

RESEÑA: Mandíbula.

MANDÍBULA


Título: Mandíbula. 

Autora: Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). Máster en Creación Literaria y en Teoría y Crítica de la Cultura, dio clases de Literatura en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Actualmente vive en Madrid, donde cursa un Doctorado en Humanidades sobre literatura pornoerótica. Ha publicado las novelas Nefando (Candaya, 2016) que tuvo una espectacular recepción crítica y La desfiguración de Silvia (Premio Alba de Narrativa 2014). En 2017 publicó el relato Caninos y otro de sus cuentos fue antologado en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya 2013). Con El ciclo de las piedras, su primer libro de poemas, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Desembarco en 2015. Forma parte de la prestigiosa lista de Bogotá 39-2017 que recoge a los 39 escritores latinoamericanos con más talento y proyección de la década. Mandíbula (Candaya 2019) y el poemario Historia de la leche (Candaya 2020) son sus últimas publicaciones. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: castellano. 

Sinopsis: Una adolescente fanática del horror y de los creepypastas despierta maniatada en una cabaña en medio del bosque. Su secuestradora no es una desconocida, sino su nueva profesora de Lengua y Literatura, una mujer joven a quien ella y sus amigas han atormentado durante meses en un colegio de élite del Opus Dei. Pero pronto los motivos de ese secuestro se revelarán mucho más oscuros que el bullying a una maestra: un perturbador amor juvenil, una traición inesperada y algunos ritos secretos e iniciáticos inspirados en esas historias virales y terroríficas gestadas en Internet. 

Su lectura me ha parecido: exuberante, poética, terrorífica, cruel, apabullante, con influencias literarias especialmente acertadas, una prosa en estado de gracia, extremadamente violenta... Acababa de salir de la librería en la que trabajaba - y sigo trabajando - cuando decidí, por fin, iniciar la lectura del presente libro. Junto a la cartera, el bonobús, la botella de agua, el móvil y algunos tickets con la tinta borrada la novela de Mónica Ojeda compartió trayecto y espera en el almacén. A la hora de almorzar no dudé y me lo llevé al horno donde normalmente la empanadilla y el café caliente suelen levantarme un poco el ánimo de cara a una nueva tanda de jubilados curiosos, señoras que piden libros que jamás tendremos y estudiantes que arramblan con las estanterías de psicología, autoayuda y política. Era una fría mañana de febrero, así que el café debía estar oloroso, calentito, y la empanadilla rellena de morcilla, cebolla y membrillo. Un capricho invernal, que queréis que os diga. Esperé mi comanda sentada en un taburete, con el hielo impactado sobre mis mejillas. Ojalá hubiese cerrado la puerta, pero al ser un horno, el dueño estaba en su derecho a dejarla de par en par, por si aparecían nuevos clientes a los que colocar una tarta de calabaza casera. Recuerdo la foto de rigor, para el Instagram, en plena era del postureo millenial. No me juzguéis, los que me conocéis sabéis que yo no hago nada sin contenido, sin una labor de documentación y de reflexión previas, sin un toque de ingenio que, a las doce del medio día, había entrado en una pequeña crisis creativa. En esas estaba cuando, tras haber dejado atrás unas pocas páginas, casi me atraganto con el hojaldre de la empanadilla. Una frase, ahí, situada de esa forma, explícita, apabullante y bella al mismo tiempo, terrible en el buen sentido, impactante. Era tan fuerte a nivel descriptivo y gráfico lo que estaba leyendo que por un momento dudé en si continuar engullendo aquella suculenta mezcla, o por el contrario, dejar a medias mi idolatrado aperitivo de media mañana. ¿A qué se debía aquel repentino dolor de barriga? ¿Acaso había conseguido aquella autora con su forma de narrar que el membrillo se me hiciese bola y anudar con fuerza mis dos intestinos? Anonadada me hallaba. Perpleja. En estado de shock. Durante el resto de la jornada en la librería no dejé de pensar en ello, en las sensaciones que me había provocado y en que estaba deseando que cayera la noche para ver con qué artificio literario me sorprendía. Pero sobre todo, si mis piernas temblarían de nuevo ante lo poderoso de sus palabras. Hoy, varios meses después y una vez reposada, me adentro en la oscuridad, en los relatos ultraviolentos de internet y en la cabaña gore para hablaros de Mandíbula: el cruce perfecto entre H. P. Lovecraft, Stephen King, Slenderman y José María Escrivá de Balaguer.


Para entender un poco mejor la razón de ser de Mandíbula - titulazo al canto por cierto - debemos tener en cuenta, o al menos conocer un poco, dos aspectos fundamentales. El primero de ellos tiene que ver con el contexto, y es que la verdad sea dicha. No se puede entender el éxito de Mónica Ojeda - recordemos, escritora y académica ecuatoriana - sin mencionar, aunque sea brevemente, el esplendor de las letras latinoamericanas actual. Caracterizado por ese brillante acercamiento a tradiciones literarias hasta entonces poco vistas o en algunos casos inexistentes en esa parte del globo, anclarlas al territorio en cuestión y por estar capitaneado, fundamentalmente, por una serie de autoras (muchas de ellas conocidas a nivel internacional) que han conseguido elevar sus preocupaciones, así como las de sus respectivos países de origen, al panorama literario mundial. De hecho, en algunos círculos intelectuales ya se está empezando a hablar de un nuevo Boom de la literatura latinoamericana comparable en talento y en ventas al que todas y todos conocemos acaecido a mediados del siglo XX. Con la gran diferencia de que esta vez son ellas las que están empuñando la pluma. Con todo esto, no debemos olvidarnos de las pioneras, las que durante la primera generación de autores que traspasaron fronteras con sus novelas - Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Bioy Casares, Mario Vargas Llosa y compañía - estuvieron injustamente a la sombra de sus compañeros de profesión. Gabriela Mistral, Rosario Ferré, Mavel Moreno, Pita Amor, Eunice Odio y sobre todo Elena Garro - cuyo caso es especialmente sangrante - asentaron las bases y han servido de inspiración a esta nueva generación de autoras que, como un manantial, beben de su influencia así como de su constante reivindicación y rescate del ostracismo. Son muchas, muchísimas por fortuna, pero dadas las características de la presente reseña y el género que va a protagonizar, enumeraré solamente las autoras adscritas al terror o al misterio pertenecientes a este nuevo Boom. La cabeza más visible, como no podía ser de otra manera, sigue siendo la argentina Mariana Enríquez - cuyos relatos de miedo y su primera novela de reciente publicación han conquistado a lectores del otro lado del charco - pero no debemos pasar por alto a escritoras como Jacinta Escudos (El Salvador), Fernanda Melchor (México), Ariana Harwicz (Agentina), Guadalupe Nettel (México), Samantha Schebwlin (Argenina) o la propia Mónica Ojeda; cuya proyección literaria acabo de descubrir y me encantaría seguir aprendiendo de su técnica, de su poética, pero sobre todo, de su ultraviolenta aproximación al terror. 

 
El segundo de ellos nos lo da la trama y una de sus múltiples fuentes de inspiración. Además de esa aproximación a lo sobrenatural desde una cosmogonía propia - heredera, como no, de H.P. Lovecraft - y de ese interesante cambio de roles - en Mandíbula el bullying lo ejercen las alumnas contra la maestra novata - lo que realmente destacaría en el apartado de influencias es su insólito acercamiento a los Creepypastas. Como muchas y muchos de vosotros seguramente no sabréis de lo que estoy hablando, ahí va una pequeña explicación y breve historia de este subgénero del terror. Los Creepypastas son historias cortas de miedo recogidas y compartidas en Internet en blogs, foros o videos de Youtube. Su principal intención es asustar al lector con historias en las que los límites que separan la realidad de la ficción rezuman una inquietante ambigüedad. Sus tramas normalmente parten de leyendas urbanas, aunque también recurren a imágenes de películas, videojuegos o videos supuestamente malditos. En otras palabras, los Creepypastas vendrían a ser los fanfictioners - tan populares en la literatura juvenil - pero de terror. Se cree que su origen está en la década de los 90, cuando los correos en cadena volvieron a los foros de Internet, convirtiéndose en el caldo de cultivo para toda una oleada de escritoras y escritores anónimos (aunque en los últimos tiempos se ha comenzado a reivindicar la autoría y por consiguiente la sucesión de demandas de plagio) irrumpieran con sus cuentos sobre rituales, anécdotas personales muy chungas y, por supuesto, las ya mencionadas leyendas urbanas. Aunque éstas últimas son las más populares - hasta el punto de configurar un género en si mismo - también se popularizaron los Episodios perdidos - en los que se hablaba de copias extraviadas de programas de televisión siempre por oscuros motivos - Videos ocultos - la historia que jamás te han contado de X video viral - o Juegos Malditos - el retorcimiento sanguinolento de los más famosos de nuestra infancia o, en el caso de los videojuegos, contar la historia terrorífica de cierto personaje descartado de la saga -. Sin duda, los Creepypastas más famosos son Jeff the Killer - un adolescente, traumatizado por una agresión perpetrada por tres adolescentes, acaba perdiendo la cordura y asesinando a puñaladas a todo aquel que se cruza en su camino - y sobre todo Slenderman - un ser con una entidad sobrenatural, alto, sin rostro, con las extremidades tentaculares, vestido como un hombre de negocios, capaz de hipnotizar y conseguir que sus víctimas obedezcan sus órdenes, por muy inmorales que sean -. De hecho, fue este segundo personaje el que acabó protagonizando alguna que otra película (la última estrenada en 2018) además de sonadas polémicas en los medios de comunicación estadounidenses al producirse un crimen donde las asesinas - de 12 años ¡ojo! - aseguraron actuar en nombre de Slenderman, que este los había poseído y que les había obligado a cometer dicha atrocidad contra una compañera de clase. En definitiva, clasicismo a la hora de plantear las tramas - ambigua en sus límites ficcionales y extremadamente sangrienta en su forma - pero revolución a la hora de darlas a conocer aprovechando todas las oportunidades que Internet ofrece. De ahí un mayor éxito, sobre todo entre la gente joven, dentro de portales específicos, donde los fans se congregan virtualmente para no perderse una nueva entrega de su Creepypasta favorito. Cuesta creerlo pero lo cierto es que, a pesar del fanatismo que despiertan, es un subgénero (por llamarlo de alguna forma) bastante machacado, sobre todo por las élites de la literatura de terror, de ahí la sorpresa mayúscula. Que de pronto una novela como Mandíbula, en la que sus protagonistas son fans absolutas de este formato - se llega a citar algunos de los más importantes - haya tenido el respaldo de la crítica no deja de evidenciar un notable cambio. ¿Saltarán los Creepypastas de las pantallas al papel en un futuro no tan lejano? ¿De lo viral a lo best seller? ¿Cómo lo verán sus fans? ¿Morirá con la letra impresa o por el contrario cogerá mayor popularidad? El tiempo lo dirá. 


La historia tiene un punto de partida muy sencillo. Clara, una joven profesora marcada por una compleja y traumática relación maternofilial, comienza a trabajar en un colegio elitista del Opus Dei en el que un grupo de alumnas empiezan a ejercer un terrorífico acoso contra ella. Tiempo después de abandonar el instituto ante el incesante ensañamiento, Clara decide secuestrar a Fernanda (la más temeraria) y dar rienda suelta a su sed de venganza, poder, violencia desmedida y psicopatías varias. Esto último como consecuencia de lo vivido en el pasado, cuyo relato trasciende más allá de la acción y que bien merecería una reflexión más larga al respecto. Desde el minuto uno, Mónica Ojeda ya te da las pistas suficientes como para que desconfíes de Clara. Disfrazada bajo una aparente fragilidad y un vestuario anticuado - un inquietante esfuerzo en parecerse a ella o transformarse en ella, muy a lo Norman Bates en Psicosis pero sin la personalidad múltiple - se esconde un personaje dolido, oscuro, que despierta hasta lástima en el lector. Pero a medida que va avanzando el relato te aseguro que desearías no toparte con una mujer así en tu vida. A su lado, Fernanda - en su rabiosa insolencia adolescente - y Analisse - otra de las jóvenes, superdotada y con una inusitada creatividad - parecen querubines en un cuadro de Rafael. Al tiempo que asistimos a la salvaje tortura en una cabaña perdida en el bosque, diversos flashbacks nos trasladarán al Colegio Bilingüe Delta, al espeluznante bullying y a las reuniones de las chicas en un edificio abandonado para rendir culto al Dios Blanco de la Edad Blanca en un rito sadomasoquista que explora la violencia magmática de la adolescencia  y que no deja de ser todo un homenaje a los citados Creepypastas. Es ahí donde entroncamos con Lovecraft y con los relatos de Internet mientras que, en la acción acaecida en el presente, nos sumergimos en un un estilo más cercano al Carrie de Stephen King. Su variedad de registros es soberbia, al igual que su poesía que, a pesar de ser testigo de imágenes completamente inenarrables, Ojeda abre una obertura, un pequeño circulo de luz sobre la asfixia de la sábana, entre las cuerdas rodeando las muñecas o reflejada en la sangre de las heridas. Ante esto último permitidme una advertencia, si sois aprensivas/os, vuestro umbral del dolor es bajo o si os ponéis límites a la hora de leer según que cosas, mi recomendación es que os entrenéis antes de adentraros en Mandíbula. Sé que cada lector es un mundo, que puede que lo leáis y os quedéis igual o que flipéis a lo bestia - aunque con pausas para poder descansar la cabeza de tanto horror - pero ahí queda. Espero no haberos asustado. Dicho esto, sólo me queda señalar, además de la brutal crítica que Ojeda hace del sistema educativo de su país y de ese homenaje explícito a lo más exploit de la literatura de terror, dejarme apuntar esa oportuna lectura acerca del poder de los hombres ausentes. De esas figuras masculinas que, a pesar de no existir o tener un papel minoritario (un profesor de teología, un psicoanalista mudo...), no dudan en imponer su mirada moral sobre cualquier aspecto de la vida. El ejemplo más paradigmático es, en el caso de esta novela, el de Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus fallecido en el año 1975 que, sin embargo, está presente en cada estampita, en cada sermón, en cada misa, en cada retrato del instituto, observando a la par que imponiendo su extremista visión de la iglesia católica. Ante ello, las mujeres de este texto se revuelven bajo unos postulados reaccionarios y machistas con sutileza, bajo una fingida contención que acaba explotando en la violencia más absoluta. En otras palabras: ante la asfixia, puñetazo limpio. 

Mandíbula: una historia de horror, bullying, madres estrictas, hijas reprimidas, adolescentes perturbadoras, elitismo, golpes, gritos, dolor, cuentos de miedo en blogs... Valiente apuesta. Léanla. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Todas las voces eran norias de cadáveres en su cabeza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya