Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 14 de marzo de 2019

RESEÑA: Luz brillante

LUZ BRILLANTE

Título: Luz brillante.

Autora: Kaori Ekuni (Tokio, 1964) es una de las escritoras más conocidas y de mayor prestigio en Japón. Tras graduarse en literatura japonesa por la Universidad Femenina de Mejiro, cursó un año de estudios en la Universidad de Delaware (EEUU). A los veinte años consiguió que un poema suyo fuera publicado en la revista de poesía Eureka y, en 1987, recibió el premio de literatura infantil Pequeño Cuento de Hadas por La historia de Kusanojo. Dos años después obtiene el Premio Fémina por 409 Radcliffe, relato que narra su experiencia universitaria en EEUU. Su primera novela, Luz brillante, obtiene el prestigioso Premio Murasaki Shikibu en 1992 y se convierte en un éxito internacional, con adaptación al cine en Japón y serie de televisión en Corea del Sur. Ha ganado asimismo numerosos premios, entre los cuales destacan el Premio Kawabata por El perro y la armónica (2012) y el Premio Tanizaki por Salamanquesas, ranas y mariposas (2015). Muchas de sus novelas han tenido su adaptación a la gran pantalla. Su última novela publicada hasta la fecha es Eterno atardecer de verano (2017). (Fuente: Funambulista).


Editorial: Funambulista.

Idioma: japonés.

Traductor: Juan Francisco González Sánchez.

Sinopsis: "Shoko y Mutsuki llevan casados diez días cuando empiezan a contarnos su historia. Una pareja - él es médico, y ella, traductora de italiano - que lleva, aparentemente, una vida matrimonial de lo más corriente. Sin embargo, poco a poco, a través de las voces de los dos protagonistas, descubrimos una realidad diferente respecto a la que muestran: ¿es la suya una inión de conveniencia detrás de la cual ambos se ocultan y se escudan? Mutsuki es homosexual y tiene un amante, Kon, que es su pareja real, un chico extravertido del que siempre ha estado enamorado; Shoko, en cambio, sufre una inestabilidad emocional que la lleva a la depresión y al abuso del alcohol. De mutuo acuerdo, se encuentran el uno en el otro el apoyo y el amor para eludir a las convenciones sociales, pero el tener que esconderse y no poder ser sí mismos ante los demás tal vez les dificulte conseguir la armonía y la felicidad deseadas. O no..." (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: limpia, intensa, atemporal en todos los aspectos, frágil, acogedora, crítica, menos japonesa de lo que me esperaba... Hace unos meses la novela que hoy tengo el placer de reseñar se vio envuelta en la polémica en España, aunque para ser más exactos, no fue el contenido del libro en sí lo que despertó las críticas, sino su faja. Como bien sabréis, y si no lo explico ahora mismo, en el mundo editorial-librero la "faja" es el papel o cartón que muchas veces encontramos sobre la portada del libro en cuestión a modo de solapa. Es habitual encontrarnos con ellas en los ejemplares que se venden en librerías o quioscos y, siempre, sirven para que el lector, a modo de orientación, sepa de qué va o las críticas que se han hecho al respecto. Es habitual encontrarnos en dichas "fajas" con citas de autoras/es o de medios de comunicación sobre lo que les ha parecido el libro o incluso con frases extraídas de alguna de sus páginas. Son, en pocas palabras, el primer contacto del lector con el libro antes de detenerse en su correspondiente sinopsis. Existen detractores acérrimos de las fajas (pues en ocasiones molestan o sobran), lectores indiferentes, otros que las adoran y un último grupo que directamente las colecciona (entre los que, a la fuerza, se incluye una servidora). Como habéis podido comprobar, el mundo de las "fajas" dentro del marketing editorial es más profundo e interesante de lo que parece. Sin embargo, en ocasiones, el contenido de algunas de estas "fajas" han resultado ser de lo más desafortunadas. Primero fue la cuenta de la librería independiente Deborahlibros la que denunció el caso, y tras ella, una catarata de comentarios en twitter clamando, con toda la razón del mundo, la tremenda injusticia que desde la editorial se estaba cometiendo contra Kaori Ekuni. "La Murakami femenina" lucía la "faja" del primer libro que se traducía al español de la autora asiática. ¿Alguien se ha percatado de que al contrario esto no sucede? ¿Qué jamás encontraremos "fajas" que recen: "El Ekuni masculino" refiriéndose a Haruki Murakami? Y aunque, cierto es, que Ekuni parece adecuarse a toda esa corriente de autoras y autores asiáticos tremendamente occidentalizados en cuanto a su estilo de escritura, eso no quita para que se le reduzca a una versión menor de su compatriota. Sin duda, estamos, una vez más, ante un nuevo caso de machismo que, conscientemente o inconscientemente, por desgracia está a la orden del día. Dicho esto, y en parte por culpa de esta polémica, el libro de Kaori Ekuni cayó finalmente en mis manos. Luz brillante: nuevos roles para una sociedad instaurada en la hipocresía y los prejuicios.


Parte de la historia de como Luz brillante llegó a mi vida os la he contado en el primer párrafo. La polémica siempre me ha atraído. Pero más allá de dicha casualidad, tengo que confesar que no tenía motivos para desconfiar de la novela de Kaori Ekuni. Mi relación con la literatura japonesa ha sido siempre espléndida, entretenida, un tranquilo riachuelo por el que han ido fluyendo historias cotidianas, de extraordinaria sensibilidad, perfectamente escritas, pero con la particularidad de que suceden a miles y miles de kilómetros de donde como lectora me hallo. Todo comenzó, como muchas lectoras y lectores de mi generación, con Haruki Murakami, ese señor japonés cuyas novelas estaban en boca de todo el mundo. Por primera vez en mucho tiempo, un autor conseguía unir y poner de acuerdo a muchas personas que, como yo, aman la literatura. Los pocos libros que me he leído de él, en especial esa maravilla titulada Tokio Blues, me absorbieron durante semanas. Creo que su literatura fue lo más cerca que estuve, hasta ese momento, de que me doliese el estómago. Y no precisamente de dolor, sino de tristeza, desazón, impotencia. Tras él llegaron otros, algunos de ellos de reciente publicación, los cuales, por desgracia, no consiguieron captar esas emociones que tanto recordaba de Tokio Blues. Uno de ellos, Los años de peregrinación del chico sin color (el título se las trae) me decepcionó tanto que desde entonces y hasta ahora no he vuelto a tocar un libro de Murakami, situación que, en los últimos días trato de revertir. No debemos prejuzgar tan a la ligera aunque las circunstancias nos tienten a ello. Después de Murakami, por supuesto, vinieron otros, aunque lo más correcto sería decir otras, pues mi aproximación a la literatura japonesa escrita por mujeres fue paulatina. No trepidante, pues pocas veces se me ha presentado la oportunidad, pero sí ascendente. Un camino largo que prefiero recorrer despacio, para no saturarme, para que, en el caso de que me topase con una decepción, el golpe fuese lo más leve posible. Yoko Ogawa y Hiromi Kawakami fueron mis autoras fetiche durante una buena temporada. Pero era hora de adentrarme en otras autoras, es más, me apetecía encontrar a una autora que, como Murakami, tuviese un toque occidentalizado sin llegar a ser Kazuo Ishiguro (que por razones obvias no se le puede considerar un escritor cien por cien oriental). No es que no me guste la literatura japonesa puramente oriental, de hecho creo que es la más cercana a la esencia del país y la que personalmente más me gusta. Sin embargo, estaba dispuesta a volver atrás sobre mis pasos, con la esperanza de toparme con alguna autora que hubiese pasado desapercibida por el camino. Finalmente un correo y una polémica me sacaron de mi incesante búsqueda. Kaori Ekuni y su Luz brillante habían irrumpido en mis inquietudes lectoras y, sin a penas intuirlo, vino a mi estantería para quedarse.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Luz brillante presenta una lectura amena, delicada y tremendamente íntima. Algo que por cierto, parece ser un mantra en la literatura japonesa. Cuando tengo la oportunidad de adentrarme en una novela del país nipón, tengo la sensación de estar sentada en el porche de una sauna situada sobre cualquier lago del norte de Europa. Pero también, y esto siempre me ha relajado, mirando fijamente al horizonte. Montaña o playa, me es igual, lo importante es fijar la vista en el infinito y no pensar en lada, al menos es lo que a mi me sucede cuando estoy sobre una montaña o frente al ancho mar. Eso mismo, la sensación de paz total, es lo que siento cada vez que me adentro en cualquier libro procedente de Asia, y muy especialmente si éste proviene de Japón, país dueño de una cultura milenaria tan ancestral o más que las que conocemos en occidente. Sin embargo, con Luz brillante me sucedió algo particular, y es que a parte de encontrar esa relajación que siempre espero, a parte de su carácter tan introspectivo (y eso la hace más parecida a Murakami de lo que podríamos pensar), me topo con un poso de crítica social inusitado. No me esperaba para nada esa fuerza al denunciar, por ejemplo, que la homosexualidad en Japón sigue siendo un tabú, así como el complejo mundo de las enfermedades mentales en la mujer. La sorpresa que me lleve fue mayúscula, tanto que fue precisamente eso lo que de verdad me enganchó de la novela. Su denuncia trasciende, precisamente porque aborda cuestiones que nos competen a todas y a todos, y sobre todo, porque la trama que nos narra Luz brillante, no nos es por desgracia ajena. La historia de Mutsuki (un médico homosexual que mantiene a escondidas una relación sentimental con Kon, el verdadero amor de su vida) y la de Shoko (una brillante traductora de italiano que ahoga en alcohol sus problemas de inestabilidad emocional por culpa de una medicina psiquiátrica anclada aún en el machismo) es la historia de dos seres necesitados de comprensión, ayuda, tolerancia y por supuesto de libertad. Pero en lugar de eso, la todavía férrea sociedad japonesa de los años 90 (sí, habéis leído bien, de los 90) acaba convenciendo a estas dos almas  de que la mejor tapadera para seguir con sus respectivas vidas es el matrimonio. Ambos se respetan, saben todo el uno del otro, pero no se aman como dos enamorados, sino que actúan como una suerte de compañeros de piso en la intimidad y de cara a la galería como un matrimonio feliz. Aún así ¿serán capaces de soportar la presión? ¿Sucumbir a la convivencia marital para salvaguardar sus verdadera forma de ser? ¿Acabarán ambos ahogados en una existencia donde el secreto y la ocultación se conviertan en rutina? ¿O ésta acaba convirtiéndose, finalmente, en el mejor medio para alcanzar su ansiada libertad? De lo que sucede al final, como es obvio, no os lo voy a contar. Eso mejor que os lo cuente Kaori Ekuni. Sin embargo, si os han inquietado los anteriores interrogantes, que sepáis que tienen lugar, a través de las palabras, y en forma de caminos a escoger. Una bifurcación trascendental, importante, vital. La novela fluye como un torrente hasta su punto de inflexión, que no es otro que el momento en el que Shoko, quién sabe si por un arrebato o por sentirse amada por alguien, empieza a interesarse por Kon, la pareja de su marido. Es entonces cuando, entre sexo y convivencia a tres, el lector asiste a un juego de poder dentro de este particular trío, en donde la mujer, en este caso Shoko, será la más perjudicada por culpa de los celos de Mutsuki. De nuevo, el dedo hurgando en lo más profundo de la llaga, el dedo de Kaori Ekuni, implacable, sobre las debilidades de un país con muchas caras.


Para la portada de la edición en español de Luz brillante, la editorial no pudo elegir mejor cuadro. Los que duermen y el que vela por ellos (1870) del pintor prerrafaelita Simeon Solomon no sólo inspiró a Kaori Ekuni para escribir la presente novela, sino que además, representa a la perfección la esencia de su historia y a sus propios personajes. Mientras Shoko y Mutsiki, marido y mujer por conveniencia, parecen haber sucumbido a un eterno sueño, un tercero en discordia, Kon, aparece despierto y en actitud seria, como si quisiera transmitirnos algo al espectador. Por si fuera poco, la autora también reveló el ostracismo al que fue condenado Simenon por ser homosexual. Ya puedes ser talentoso, tener conocimientos sobre el alma humana y ser capaz de saberlo plasmar sobre una pintura, que como se sepa que te gustan más los hombres que las mujeres, ya no existes para la comunidad académica de la época. Como habéis podido comprobar, Simenon tiene muchas cosas en común con Mutsiki y Shoko al mismo tiempo. Pues, los tres son personas a los que el sistema rechaza sistemáticamente, a los dos primeros por su condición sexual y a la segunda por no amoldarse a lo que se espera de ella como mujer. Y es que Japón, de un tiempo a esta parte, vive en una gran paradoja en lo que a su sociedad se refiere. La novela lo muestra en toda su crudeza la presión que existe por parte de las familias sobre sus hijos, sobre todo en lo que a cuestiones amorosas se refiere. Esta muy mal vista la soltería, tanto que, en parte debido a esa exigencia, alto es el porcentaje de consumo de aplicaciones de citas, así como de las que, directamente, te ofrecen la posibilidad de alquilar una novia o novio por horas para esa boda, esa cena o ese cumpleaños en el que está presente toda la familia. Por no hablar de las operaciones estéticas, sujetas a la moda del momento y con el objetivo, por supuesto, de encontrar esa pareja de tus sueños. Las apariencias duelen, y en Japón parecen llevarlas hasta un extremo casi distópico. Por otro lado, y como contraposición, recientemente se ha revelado que, paradójicamente, Japón es el país en el que más está creciendo la soltería, sobre todo entre las mujeres y los hombres más jóvenes. En el año 2017 se calculó que alrededor de un 69% de la población masculina permanece soltera en Japón frente al 59% de mujeres, de entre los cuales, un 43% de jóvenes de menos de 34 años son vírgenes. La consecuencia de todo esto es un descenso brutal de la natalidad, se estima que en los últimos cinco años sólo nacieron 8,4 niños por cada mil habitantes. Cifras realmente preocupantes que, según todos los sondeos, Japón retrocedería con el paso de los años a niveles propios de principios de siglo XX. ¿Las causas? El culto al trabajo (imperante desde la Segunda Guerra Mundial y principal motivo por el cual a día de hoy Japón es uno de los países más avanzados del mundo), el trabajar de sol a sol (o de tren a tren más bien), la masiva incorporación de la mujer al mercado laboral, la popularización de otras alternativas al placer tradicional (el consumo de pornografía así como juguetes sexuales de todo tipo se han disparado en los últimos años) o el individualismo social al que ha conducido los nuevos avances tecnológicos están detrás de estas cifras. En los años en los que se ambienta Luz brillante, los 90, el matrimonio era algo sagrado en la sociedad nipona. Ahora, dos décadas después, el país se debate entre una tradición en plena decadencia y una realidad a la que estoy a la que seguiremos, uno a uno, el resto de países. Luces y sombras de un país en donde los empleados de algunos hoteles son robots y en el que un hombre, y esto es completamente cierto, se ha casado con un holograma de su personaje femenino favorito de una serie de dibujos animados. Luz brillante: una historia de ocultación, mentiras, apariencias, falsedad, pasión, insatisfacción, deseos de libertad... El secreto mejor guardado de la literatura japonesa actual.

Frases o párrafos favoritos:

"La luz del interior del piso reflejaba en los cristales de las ventanas, recién abrillantados, y allí estábamos todos: el hombre violeta y la planta de Kon, el marido gay y la esposa alcohólica, entre los destellos de aquellos finos cristales."

Película/Canción: los libros de Kaori Ekuni han sido en su mayoría adaptados a la gran pantalla. Por desgracia, la adaptación de Luz brillante, estrenada en el año 1991, no ha tenido mucha repercusión en nuestro país. Aún así, he conseguido encontrar el tráiler de ésta, en japonés por supuesto. Si alguien de la blogsfera es un amante de la cultura nipona y la ha visto, por favor, que me escriba. Estaría interesada en verla, subtitulada o doblada a ser posible. Espero que os guste.


¡Un saludo y a seguir leyendo!


miércoles, 12 de septiembre de 2018

RESEÑA: Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Y CUADERNOS DEL CONGO

Título: El corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo.

Autor: "Joseph Conrad (Berdcyczów, Polonia, 1857- Bishopsbourne, Inglaterra, 1924). Su padre, un noble venido a menos, traductor de Shakespeare y escritor radical, fue arrestado y enviado a una prisión rusa cuando el joven Jozef era todavía un niño. Con diecisiete años se enrola en la Marina mercante francesa, experiencia que le permitió recorrer medio mundo y que surtió buena parte de su producción literaria. En 1878, tras un intento de suicidio, se enrola en un barco británico para librarse del servicio militar ruso. Sirvió en la Marina inglesa dieciséis años y, en 1884, se nacionalizó británico adoptando el nombre de Joseph Conrad. En 1895 publicó su primera obra en lengua inglesa, La locura de Almayer. A ella le siguieron obras maestras indiscutibles de la literatura universal como El negro de Narcissus, Corazón de las tinieblas, Lord Jim, Tifón, Nostromo y El agente secreto. También es autor de importantes relatos como El final de la cuerda, Suspense y El regreso. Murió el 3 de agosto de 1924 de un ataque al corazón y fue enterrado en el cementerio de Canterbury." (Fuente: Funambulista).

Editorial: Funambulista.

Idioma: inglés.

Traductor: Max Lacruz.

Sinopsis: "a través de la voz del marino Marlow, Conrad os lleva hasta el corazón del África negra en pleno periodo colonial, en un sobrecogedor testimonio autobiográfico que es a la vez una meditación profunda sobre la degradación del ser humano y una oblicua denuncia de la salvaje explotación de las potencias occidentales. Marlow relata la historia de la expedición por el río Congo para repatriar a Kurtz, misterioso agente de una compañía comercial belga considerado un autentico dios por las poblaciones locales. Si la mística figura de Kurtz concita todo tipo de reflexiones sobre el colonialismo europeo, la explotación de las tierras y de personas y la frontera entre la civilización y la barbarie, explorar los espacios vírgenes en los mapas, hundirse en lo desconocido revela aún más las tinieblas que anidan en el hondón del alma humana." (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: estremecedora, dura, algo densa en el desarrollo de su trama, atemporal, reflexiva, un documento histórico en toda regla...Queridas lectoras y lectores, ¿os he dicho alguna vez que Página Dos me parece de lo mejor que se hace actualmente en televisión? No se si lo conocéis o es la primera vez que escucháis hablar de el, sea lo que sea, desde mi humilde posición de espectadora os animo a que sintonicéis la 2, sí, ese programa tan "aburrido" en el que no hacen más que poner documentales, y le deis una oportunidad a este, por desgracia breve, programa. Entrevistas a afamadas/os escritores, las últimas novedades editoriales, adaptaciones literarias al cine o a la televisión, cuestionarios lectores y reportajes entorno a temas tan actuales e interesantes como el mundo de la autoedición, la novela juvenil, la poesía, la literatura en la red, los clubs de lectura, bibliotecas del mundo o incluso el futuro del sector del libro en la era de las nuevas tecnologías. Todo eso y más se aborda en tan solo media hora, media hora que se pasa volando y que en ocasiones, sobre todo para quienes estamos interesados en el tema, nos sabe realmente a poco. ¿Por qué os cuento todo esto? Por la sencilla razón de que en Página Dos, son muchas las autoras y autores que no tienen pudor alguno a confesar sus secretos lectores más inconfesables. Desde el libro que les hizo amar la literatura hasta que novela prestaron y nunca les devolvieron, pasando por esa lectura que dejaron a medias. Y de entre todas ellas, a la pregunta de qué título considera imprescindible, son muchas y muchos los que nombran, sin pensárselo dos veces, el libro que hoy tengo el honor de presentaros. Cuando escuchas que tantos escritores de éxito lo consideran parte de su corpus literario tiendes a dejarte llevar por el escepticismo, sin embargo, una vez te adentras en él, entiendes el por qué de tanto halago y no puedes evitar preguntarte ¿por qué no me lo he leído antes? Pero sobre todo ¿por qué no lo he reseñado?, ¿por qué he tardado tanto? En fin, ya va siendo hora de enmendar esta injusticia, así que me pongo los cascos, sintonizo a Richard Wagner en el Spotify y comienzo a redactar estas líneas sobre Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: el ejemplo perfecto de como la ficción puede llegar a describir un tema histórico en su dimensión más crítica e impactante.


La historia de como esta edición de Corazón de las tinieblas  que contiene los llamados Cuadernos del Congo tiene su origen en una mañana de noviembre del año 2015 si la memoria no me juega una mala pasada. Hacía un mes aproximadamente que ya conocía cual iba a ser mi área de investigación de cara a la defensa de mi TFG, o lo que es lo mismo, de ese trabajo final de carrera de obligatoria realización. Mi campo, el de las relaciones entre historia y literatura, no podía ser más amplio, así que no encontré mejor forma de acotar mis inquietudes investigadoras que yendo aquella mañana a la biblioteca de humanidades cercana a mi facultad. Era tan basto el número de novelas y las respectivas épocas históricas que por un momento me sentí bastante abrumada. Después de unos minutos de meditación y tras haber diseccionado cada una de las estanterías de novela, tomé la decisión de llevarme dos libros a modo de sondeo. Los dos comprendían tres ámbitos de investigación muy diferentes entre si. El primero de ellos Sin novedad en el frente, podía servirme para acercarme a la I Guerra Mundial desde la literatura de testimonios (algo que por otro lado me permitía pisar sobre seguro, ya que se había escrito mucho desde esa perspectiva). Y el segundo de ellos, fue, casualidades del destino, Corazón de las tinieblas. El profesor de Historia de África y Asia nos había hablado brevemente de él, y en aquellos momentos en los que lo tuve entre las manos pensé que podía ser una buena oportunidad de acercarme, no solo a Joseph Conrad, sino al tema del colonialismo europeo de finales de siglo XIX. Así que sin pensármelo dos veces, aquel libro se vino conmigo a casa. Finalmente, y aunque estuve a punto de decantarme por Conrad, Orwell y las distopías literarias del siglo XX vencieron al imperialismo. No obstante, el recuerdo de aquella lectura me persiguió durante años, su dureza, su denuncia, esas frases lapidarias no se borraron fácilmente de mi memoria. Pasó el tiempo, y en cuanto conocí la noticia de que la editorial Funambulista iba a sacar nueva edición de la novela de Conrad, supe que aquel era el momento de volver al Congo. Cual fue mi sorpresa que, al echar un vistazo a los detalles de la edición, me topé con los llamados Cuadernos del Congo, que son, nada más y nada menos, que los breves apuntes que del diario que Conrad portaba consigo cuando visitó aquellas tierras. Sin duda, el complemento perfecto para una relectura y, de paso, enriquecer aún más la experiencia lectora.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos por una cuestión puramente personal. Desde siempre me he referido a esta novela como El corazón de las tinieblas. De hecho, esta es la primera vez que me topo con una edición en la que se suprime el artículo "el". Seguramente se deba a que se ha querido respetar el título original de la novela en inglés, no obstante, y como apunte meramente anecdótico, como lectora me gusta más El corazón de las tinieblas que Corazón de las tinieblas. Tras este pequeño debate entorno a la traducción, he de decir que la novela de Conrad presenta una lectura muy interesante en cuanto a su contenido, pues si habéis leído la sinopsis habréis comprobado como éste no desmerece para nada, pero por el contrario demasiado densa. Tenemos que tener en cuenta que no estamos ante un best seller de lectura ágil, sino frente a un libro escrito a finales del XIX, casi a punto de entrar en el XX, cuyo autor representa un pensamiento y una visión muy subjetiva de lo que estaba sucediendo en ese momento. De hecho, precisamente por esto último, podríamos aventurar la posibilidad de que este clásico de la literatura universal sea uno de los pocos textos que no ha logrado alcanzar, al menos en su totalidad, la categoría de atemporal. Los clásicos trascienden, se vuelven intocables, se convierten en pilares de nuestra cultura y la fuerza de sus mensajes es imparable. Lo que sucede con Corazón de las tinieblas es muy simple, si bien es cierto que sus reflexiones han llegado hasta nuestros días, incluso parecen haber evolucionado, el punto de vista desde el que Conrad narra la historia es cuestionable y fácilmente criticable. Europeísta, parcial y plagado de estereotipos y prejuicios respecto a los nativos africanos. Así es como Conrad nos describe la realidad en Corazón de las tinieblas, sin embargo, no debemos olvidar que es un hombre de su tiempo, en concreto de finales del XIX principios del XX, por lo que es normal encontrarnos frases cargadas de racismo. Corazón de las tinieblas vio la luz en el ocaso del imperialismo europeo, momento en el que las teorías de la superioridad del hombre blanco todavía se estudiaban hasta en las universidades y en el que Europa se encaminaba a la I Guerra Mundial. Un momento crucial, una transición, un periodo del que la novela de Conrad bebe mucho. Dicho esto, el lector del siglo XXI, a pesar de su posición sesgada, debe leerlo con tiento, casi como si se tratase de una reliquia de un tiempo pasado. En otro orden de cosas, Corazón de las tinieblas es un libro dotado de una profundidad psicológica bastante peculiar y que le sirve al autor como excusa para abordar los temas que de verdad le interesan. Aspectos tan universales y que se resumen en la delgada línea que separa el bien del mal, los límites de la locura, el choque cultural, el viaje hacia lo desconocido e incluso buscar el ejemplo, sobre todo a través de sus personajes, de la famosa tesis de Thomas Hobbes es cierta, de que es verdad que el hombre es un lobo para el hombre. Incluso podría rastrearse las ideas de otro gran filósofo, las de John Locke, sobre la perversión de la sociedad sobre el hombre, antes bueno por naturaleza. Todo eso esta muy bien, pero, ¿no quiso Conrad abarcar demasiados temas para tan poco libro? La respuesta es un rotundo sí pues, a juzgar por el número de páginas y su correspondiente lectura, da la sensación de que el autor pecó de ambición y se quedó en un esbozo, en una descripción, en un simple dibujo sin la profundidad que el relato merece. A eso no ayuda, por supuesto, un constante cambio de narrador, que lo único que consigue es marear aún más al lector, con el peligro que eso conlleva. No obstante, si algo se salva de Corazón de las tinieblas, bajo mi punto de vista y en contra de lo que he podido leer por ahí, es el personaje de Kutz. Él es el verdadero centro de la novela, a quien buscan, la razón de ser del libro, y por tanto, gracias a un cierto suspense creado entorno a su figura, a quien el lector más ansía conocer. Complejo donde los haya, Kutz se convierte en una especie de figura divina para los indígenas a la vez que éste se aprovecha de ellos, mediante tácticas que escapan a la razón y a la ética, para hacerse con el marfil. ¿Estamos, por tanto, ante una descripción de las barbaridades cometidas en el Congo durante la época colonial ¿O por el contrario Kutz simbolizaría la decadencia del sistema atroz a punto de extinguirse? ¿Es Corazón de las tinieblas una denuncia al colonialismo europeo? ¿O simplemente una descripción de la última puesta de sol? Todas esas preguntas justifican de alguna manera la relativa popularidad de la novela, a pesar de su reprochable tono y de sus defectos estilísticos. Por último, mención a parte merecen los llamados Cuadernos del Congo, ese pequeño diario con anotaciones del propio Conrad y que nos narran lo que sus ojos veían durante aquel viaje al Congo Belga  y su interpretación de dichos acontecimientos. La editorial Funambulista acertó de pleno al incluirlos en esta nueva edición, pues gracias a ellos, el lector puede disfrutar de una lectura más amplia, más allá de la novela y de la pluma literaria del autor.


Antes hemos comentado que Corazón de las tinieblas es una novela a la que el tiempo no ha tratado demasiado bien. Sin embargo, a las pruebas me remito, su trama ha servido de inspiración para otros libros o incluso productos cinematográficos hoy día convertidos en clásicos inmortales. Pero más allá de eso, lo que de verdad ha mantenido a Corazón de las tinieblas en pie, aunque con dificultad, ha sido y es su crítica al colonialismo europeo. Un efecto de su tiempo que ha conseguido traspasar las fronteras del tiempo hasta llegar a nuestros días. Desde mi humilde posición de crítica literaria, y teniendo en cuenta esta premisa, me gustaría lanzar una pregunta a los lectores de este siglo, tan ávidos de conocimiento e imbuidos en las nuevas tecnologías: ¿en los tiempos que corren, es posible hablar de colonialismo? Seguramente muchas y muchos de vosotros habréis arqueado las cejas, y no me extraña, "colonialismo" es una palabra muy fuerte, aunque no deja de ser un eufemismo bajo el que se esconden otros términos como "invasión", "apropiación" o "destrucción", más terribles todavía. Cuando oímos hablar de colonialismo se nos vienen inmediatamente a la mente esas fotografías de los libros de historia en las que, por un lado, vemos a dueños de plantaciones de té en la India siendo abanicados y sus pies masajeados por los nativos del lugar, y por otro lado, a africanos encadenados y obligados a posar ante algún fotógrafo perteneciente a las numerosas expediciones que, por aquel entonces, se llevaban a cabo. Imágenes como la que he adjuntado en esta misma reseña, ante la que es imposible no sentir escalofríos e indignación. Pues bien, el colonialismo ha seguido su curso desde el siglo XIX, adaptándose a la evolución de las sociedades y, por supuesto, a la revolución tecnológica experimentada, especialmente durante los últimos años del siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI. No lo llamaremos colonialismo, pues repito, es una palabra con demasiada carga negativa y que tal vez anticuada, pero si lo llamaremos, si me lo permitís, imperialismo. De nuevo, una palabra que nos es familiar, muy ligada al colonialismo en su momento y que parece haber encontrado otra vía, a priori más efectiva, para llevar a cabo su objetivo, que no es otro que el imponer un modelo a todos los niveles (político, social, cultural, económico...) sobre otros ya establecidos con anterioridad. Si antes había que invadir países para doblegarlos, ahora las redes sociales cumplen esa función, consiguiendo, por ejemplo, que veas bueno ciertos productos o comportamientos en vez de otros. Quien tiene el poder en estos momentos, el país más influyente del mundo, es decir EEUU, no ha dudado en imponer, desde los tiempos de la Guerra Fría, su capitalismo más salvaje sobre miles de países al rededor del globo terráqueo. Desde ahí se controla todo, desde lo que esta de moda o no hasta temas tan serios como las formas de hacer política. Un sello, el americano, que estamos asimilando sin resistencia alguna, pues desde todas las plataformas posibles te convencen que lo de ellos es bueno y atractivo, mientras lo tuyo, lo autóctono es malo o se ha quedado desfasado. Y la asimilación no consiste solo, por poner un ejemplo de lo más simplista, en la proliferación de más cadenas de comida rápida cuyos nombres conocemos todas y todos, sino en el rechazo a lo nuestro. No hace falta arrebatar, con conseguir que menospreciemos nuestra cultura e idiosincrasia es suficiente. Dicho esto, ¿podemos hablar de una especie de colonialismo 2.0? Es posible ¿Cómo escapar de el? Pues muy fácil: apagando la tele, el móvil, el ordenador y sustituirlo por la lectura por ejemplo. Pero, lo malo de esto es que si lo haces, si tomas esa decisión, te excluyes del sistema, como si de un disidente en una novela distópica se tratase. Además, en cuanto pusieses un pie en la calle, el imperialismo volvería a materializarse, ya sea en anuncios publicitarios, nombres de comercios, en las conversaciones. Este es el mundo que hemos creado entre todos, una sociedad controlada, aleccionada, sometida en cierto modo y por si fuera poco vigilada por el inmenso poder de un país extranjero. Una situación que, si Conrad levantara la cabeza, seguramente contemplaría con horror. Corazón de las tinieblas y Cuadernos del Congo: una novela de viaje, horror, desasosiego, verdades, mentiras, reflexiones, injusticias, hipocresía, vanidad...Un clásico imperfecto pero imprescindible en toda biblioteca.

Frases o párrafos favoritos:

"La mente de un hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, el pasado y el futuro."

Película/Canción: desde un fallido primer proyecto de Orson Wells, pasando por una versión de Nicolas Roeg de 1993 (con Tim Roth y John Malkovich dando vida a los personajes principales) y finalizando en la locura cinematográfica Apocalypse Now. Esta última, dirigida por Francis Ford Coppola, traslada la acción de la novela de Conrad a la Guerra de Vietman. La película, protagonizada por Martin Sheen y por un inmenso Marlon Brando en el papel de Kurtz, estuvo rodeada por la polémica (desorbitado presupuesto, dificultades para encontrar un actor para interpretar al protagonista, un rodaje infernal, consumo de drogas en el set, las exigencias de Brando...). Aún así, con el paso del tiempo ha acabado convirtiéndose en un film de culto y sujeto de estudio en las escuelas de cine.  Aquí os dejo el tráiler de esta espectacular y nada convencional adaptación cinematográfica. Una película que, a mi juicio, junto con Dunkerque y La chaqueta metálica, posee una de las escenas más impactantes del cine bélico.  



¡Un saludo y a seguir leyendo!

martes, 12 de junio de 2018

RESEÑA: La vida y las aventuras de Jack Engle.

LA VIDA Y LAS AVENTURAS DE JACK ENGLE

Título: La vida y las aventuras de Jack Engle.

Autor: Walt Whitman (West Hils, Long Island 1819 - Camden, Nueva Jersey 1882). Segundo de nueve hijos de un matrimonio cuáquero, a los once años tuvo que abandonar los estudios para ayudar económicamente a su familia. Trabajó como profesor, taquígrafo y periodista durante muchos años, y gracias a esos empleos pudo acercarse al mundo de la escritura. Después de las primeras incursiones literarias con la novela Franklin Evans, en la que denunciaba la plaga social del alcoholismo, la carrera de Whitman se orientó esencialmente hacia la poesía y, en 1855, publicó, costeando él mismo los gastos de impresión, Hojas de hierba, una colección de poemas que fue enriqueciendo y revisando en varias ediciones, a lo largo de toda su vida y que lo consagró como uno de los escritores más influyentes de la literatura norteamericana. Su obra, rompedora y visionaria desde un punto de vista estilístico y argumental, trata temas diversos que van desde lo político-social - fue un encendido opositor a la expansión de la exclavitud en Estados Unidos - hasta la sexualidad del individuo. Murió en la localidad de Camden a los 72 años de edad. (Fuente: Funambulista).


Editorial: Funambulista.

Idioma: inglés.

Traductor: Mercedes Gutiérrez.

Sinopsis: publicada anónimamente en 1852, narra las aventuras y desventuras de Jack Engle, un joven huérfano que busca el sentido de la vida, el amor y un lugar bajo el sol en un mundo de picapleitos sin escrúpulos, virtuosos cuáqueros, actrices encantadoras y malandrines inolvidables.. Todo ello convive en este melodramático - pero al mismo tiempo lleno de humor - folletín de misterio e intriga en un entorno urbano, el Nueva York de mediados del siglo XIX. (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: interesante, a ratos divertida, en ocasiones terrible por la situación de los personajes, inocente, iniciática...No se si he comentado alguna vez por aquí que, y si no lo confieso sin problemas ahora mismo, El club de los poetas muertos es una de mis películas favoritas. Lo se, dado que soy una apasionada de la lectura y de la literatura es normal que esta cinta me gustase, por el contrario, lo que resulta verdaderamente sorprendente es que existan muchos detractores de ésta. Algo que sinceramente, y con todo el respeto del mundo, me parece increíble. Volviendo al tema que nos ocupa, El club de los poetas muertos está dentro de mi selecta lista de películas imprescindibles. Pero si algo diferencia a esta cinta de otras de mis favoritas, las cuales no voy a nombrar porque si no este párrafo sería eterno, es que la descubrí en un momento bastante delicado anímicamente. Durante la etapa estudiantil todos te dicen que tienes que perseguir tus sueños, que no debes desistir en el intento y que con trabajo duro los frutos no tardarán en aparecer. Lo que nadie te dice es que una vez finalices esa maravillosa y dura etapa, en la que los apuntes conviven con las relaciones sociales, es que la que sigue a continuación es más dura, más devastadora psicológicamente, menos estimulante en muchos sentidos y en la que esos sueños confeccionados durante años se rompen haciéndose añicos contra el suelo. Es en ese contexto, durante los años previos a finalizar la carrera, en los que por primera vez sentí ese vértigo ante el abismo que pronto se abriría ante mi, cuando redescubrí El club de los poetas muertos. El pesimismo inundaba las conversaciones que tenía con compañeras/os de carrera y nadie era capaz de ver el lado positivo, es más, alguno incluso me confesó que en más de una ocasión estuvo a punto de dejarse la carrera ante la falta de perspectivas profesionales y laborales que ofrece una carrera como la de Historia. Yo, aunque nunca me he arrepentido de haberla cursado, no pude evitar sentirme invadida por ese oscuro sentimiento de fracaso. Estaba comenzando a perder la fe en la humanidad y en las humanidades, tan maltratadas como ignoradas. Y entonces, El club de los poetas muertos me demostró que no todo estaba perdido, que las letras podían calar hondo en las futuras generaciones y que podían servir para cuestionar y cambiar los comportamientos sociales. Si antes la película había pasado sin pena ni gloria ante mis ojos, en aquellos momentos cobró un nuevo sentido, más revolucionario, más crítico, más inconformista. En pocas palabras vino a evidenciar, mediante el uso de la imagen, los diálogos y unos personajes inolvidables, lo que yo había estado defendiendo desde hacía mucho tiempo: la literatura puede cambiar a las personas, y por extensión, al mundo entero. ¿Por qué os he soltado todo este rollo sobre El club de los poetas muertos? Los que la hayan visto lo saben de sobra, pues la culpa de que hoy siga manteniendo esta opinión la tiene Walt Whitman. El escritor y poeta cuyos versos son pronunciados enérgicamente por el profesor Keating y sus alumnos a lo largo del film, un autor del que hoy tengo el placer de hablar a través de La vida y las aventuras de Jack Engle: la novela que la humanidad estuvo a punto de perderse.


La historia de como La vida y las aventuras de Jack Engle llegó a mis manos tiene dos partes. La primera de ellas tiene que ver con cómo y de que forma conocí la existencia de Walt Whitman, la cual he resumido bastante bien en el primer párrafo de la reseña. Muchos escuchamos por primera vez oír hablar de Walt Whitman en las clases de literatura impartidas por el inolvidable profesor Keating, interpretado por el gran Robin Williams, en El club de los poetas muertos. El "¡Oh capitán! ¡Mi capitán!", poema por cierto compuesto para honrar la memoria del presidente Lincon tras su asesinato, resuena en la memoria colectiva de todos los que en su día la vimos y la disfrutamos. Pero también, gracias a la película, supimos quien era Walt Whitman. Nos interesamos por él, por su biografía y por su producción poética, la cual va mucho más allá del famoso verso que El club de los poetas muertos convirtió en inmortal. Sin embargo, desgraciadamente no fue mi caso. La cinta me animó a conocer un poco más a este autor, sobre todo en lo que a datos biográficos se refiere, pero para nada me empujó a adentrarme en su literatura, y menos si se trataba de poesía. Los que lleváis más tiempo leyéndome sabréis que mi idilio con la poesía es relativamente reciente. Aunque había tenido que leer a poetas durante el colegio, el instituto y sobre todo en Bachiller (Charles Baudelaire siempre estará en mi corazón) por voluntad propia no era de las que se solía comprar un libro de poesía por que si, porque el cuerpo y el intelecto me lo pidiesen a gritos. Si me volviesen a preguntar, tal vez la respuesta sería diferente, pues ciertos autores, los cuales he leído recientemente, me han demostrado como la poesía puede contarnos una historia, expresar sentimientos, reivindicar derechos o incluso criticar los defectos de este mundo. La cuestión, volviendo al tema que nos ocupa, es que no leí en su momento ningún poema de Walt Whitman porque en aquellos momentos de mi vida, prefería enriquecer mi curiosidad intelectual básicamente con novelas. Y la cosa siguió así durante muchos años. Sabía que Walt Whitman estaba ahí, en un cajón, esperando ansiosamente a que una servidora lo liberase de ese injusto encierro. La cosa cambió cuando un día, de pronto, me topé con la noticia de que se había descubierto una novela desconocida de Whitman titulada La vida y las aventuras de Jack Engle, la cual los críticos literarios, dos siglos después de que fuese escrita, describían entre halagos. Este acontecimiento en su momento me llamó bastante la atención, Whitman había conseguido por fin que le hiciese caso, aunque fuese gracias a un golpe de suerte del investigador. Sin embargo, no fue hasta que me enteré de que la editorial Funambulista, con la que llevo colaborando bastante tiempo, iba a ser una de las que editaría La vida y las aventuras de Jack Engle no me di cuenta de que aquello podía ser una señal, el aliciente que me faltaba para adentrarme por fin en un texto escrito por Whitman. En cuanto pude hacerme con él no pude evitar manosearlo y abrir los ojos como platos, me sentí tan afortunada de tenerlo por fin en mis manos. Por avatares del tiempo y de la vida, no encontré el momento de enfrentarme a su lectura con la predisposición necesaria, pero cuando por fin lo hice, supe que La vida y las aventuras de Jack Engle sería uno de los tesoros más preciados de mi estantería.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que La vida y las aventuras de Jack Engle presenta una lectura ligera, dinámica, pero con ciertos momentos absoluta simpleza. Algo que sinceramente me ha sorprendido, ya que no estamos ante ningún escritor aficionado, sino con el autor de Hojas de hierba. Poemario al que muchos expertos no han dudado en calificar, no se si exageradamente ya que todavía no me he adentrado en él, como la Ilíada del Nuevo Mundo. Lo que sucede con la novela que reseñamos y que ya digo, me parece bastante chocante, tiene su por qué en el hecho de que ésta aparecía publicada por entregas en el The Sunday Dispach durante el año 1852. Ya lo comenté en su momento con los Penny Dreadfuls en la reseña de Sweeney Tood y vuelvo a hacer hincapié en ello. Al tratarse de una novela escrita y publicada por entregas, algo por cierto muy popular en la época y hasta hace cuatro días también, la calidad empeora, sobre todo si tenemos en cuenta que éstos se publicaban normalmente semanalmente. La historia debía ser por tanto sencilla, atractiva, que consiguiese enganchar a los usuarios del periódico o revista en cuestión. Sin embargo, eso no significa que estas publicaciones no aporten nada al lector más allá del mero disfrute y pasatiempo. Es más, es en este tipo de historias en las que tal vez encontremos más reflejada a la sociedad de ese momento, con la mayor de las simplezas y sin barroquismos, sí, pero más concisa imposible. En el caso de La vida y las aventuras de Jack Engle el propio título ya lo dice todo, pues el lector está ante la historia de su protagonista Jack Engle, la cual transcurre en el Nueva York de mediados del siglo XIX. Como todo protagonista que se precie, Jack Engle tiene unas características muy bien definidas y particulares. Huérfano a edad temprana y convirtiéndose por tanto en un joven sin futuro aparente, deambula por los suburbios de la Gran Manzana. Afortunadamente, un afable lechero lo salva a tiempo de ser engullido por la violenta ley de la calle, la cual no conoce ni la compasión ni las segundas oportunidades. Aún así, eso no evita que Jack Engle acabe trabajando para Covert, un abogado que se enriquece a costa del sufrimiento de la gente. Por culpa de este villano de manual, Jack Engle se verá envuelto en sus artimañas y acabará enredado en una trama de estafas y engaños en la que no faltan ni el humor, lo criminal y hasta una bailarina española. A lo largo de la novela, Jack Engle conocerá la desdicha, el lado más oscuro del ser humano y el amor. Todo ello desde la humildad y el instinto de supervivencia que le confiere la clase a la que pertenece. Si nos ponemos quisquillosos, podríamos encontrar ciertas similitudes con la picaresca española. Jack Engle y Lázaro solo se diferencian en la edad y en el contexto histórico de sus tramas, pero la base es la misma: la del huérfano que trata de sobrevivir en un mundo podrido. Dickens hizo lo mismo y justo en el XIX, aunque con mucha más carga dramática, con su Oliver Twist, por lo que podríamos decir que esta trama nunca va a desaparecer del todo. No estamos hablando de que los autores se copien entre si, sino que actualizan este convencionalismo tan clásico y lo adaptan a su estilo y objetivo como escritores. Además de esta conceptualización del Lazarillo norteamericano, Whitman dota a esta novela de una paleta de temas importantes en su momento como el debate entorno al consumo de alcohol, la esclavitud, la clase obrera o los movimientos sociales. Sus reflexiones sobre la multiculturalidad y la inmigración parecen atemporales si no fuera porque fueron escritas en pleno siglo XIX. Es en estos detalles en los que el lector se percata de que está ante algo importante, una obra menor en este caso, pero que justifica que su autor, Walt Whitman esté en el olimpo de los grandes de la literatura norteamericana. En cuanto a personajes no puedo más que aplaudir la construcción de Jack Engle, cuya inteligencia, vitalidad y optimismo destacan en un ambiente de lo más hostil y en el que ha crecido toda su vida. Pero también, Covert merece un párrafo entero, pues Whitman ha creado un personaje tan despreciable como interesante, tanto que éste logra permanecer en la memoria de quienes lo conocen a través de sus engaños y triquiñuelas. Por mi parte, y cerrando este párrafo de la mejor manera posible, sólo diré que ya está todo dicho y que ahora es vuestro turno. Espero que después de todo lo dicho, no lo dudéis ni un segundo más y os metáis de lleno en su lectura. Merece la pena.


Cuando alguien se adentra en La vida y las aventuras de Jack Engle no puede evitar sucumbir ante la cantidad de temas que el autor ofrece al lector para que éste los tome entre sus manos y reflexione a través de sus palabras. Sin embargo, de entre todos ellos, los cuales hemos nombrado muy brevemente en el párrafo anterior, uno es el que destaca sobre el resto de forma significativa. Puede que antes éste pasase completamente desapercibido para el lector, pero en los tiempos que corren, tan agitados políticamente hablando, una servidora no ha podido evitar rescatarlo y reflexionar a partir de él en este último párrafo. A lo largo de la novela, Jack Engle aprenderá de la vida, será testigo de como la bondad humana es la esperanza en un mundo donde es más fácil hacer daño que hacer el bien, de que las calles de Nueva York son un microcosmos propio (con sus leyes y líderes visibles), de que si luchas hasta el final el esfuerzo será recompensado y de que se puede conocer el amor incluso en tiempos intempestivos. Pero también, y este es tal vez el tema central de este libro, observará y se dará cuenta de una terrible paradoja, y es que la corrupción no sólo ocurre entre las clases más desfavorecidas, sino que ésta es ágil y consigue trepar hasta puestos más altos dentro de la pirámide social. Llegando a personas como Covert, el malo de la novela, quien hace uso de ella en su profesión de abogado para lucrarse a costa del sufrimiento de sus clientes, los cuales en su mayoría están desesperados. ¿Nos suena no? Seguro que muchos al leer la palabra "corrupción" han pensado directamente, y no de forma voluntaria, en los últimos años, en los que los ciudadanos de este país desayunábamos con un nuevo caso de corrupción. El enésimo a la larga lista que políticos, empresarios y demás personalidades de alto rango social han confeccionado a lo largo de todo este tiempo. Al principio nos indignaban, nos escandalizaban y soltábamos algún taco mientras nos echábamos las manos a la cabeza. Incluso había quien se pellizcaba para comprobar si no estaba aún soñando o peor, dentro de una terrible pesadilla. En aquella época salíamos a la calle, alzábamos la voz, clamábamos que la justicia fuese igual para todos y no hacíamos más que pedir la dimisión inmediata del político de turno que se había manchado las manos de corrupción. Ha pasado el tiempo, un par de años, no más, y parece que nos resbala la situación, hasta el punto de que ya no nos sorprende que se destapen nuevos casos en los que cuatro privilegiados se lucran con el dinero de los demás. Eso si, la indignación no ha desaparecido, pero ésta se manifiesta frente al televisor, sentados en el sofá, en conversaciones de bar o durante las comidas familiares. Nos hemos inmunizado ante la corrupción, es un hecho. Si desde los medios de comunicación, en especial la televisión, han conseguido que asistamos impasibles a las noticias de oriente medio en las que se nos muestran cadáveres sin ninguna censura, la propia política ha conseguido lo imposible, que refunfuñemos y ya está. Así de simple, sin que tenga más consecuencia que una pequeña pataleta. Hace unos días, afortunadamente, por fin la corrupción generalizada tuvo su escarmiento en el congreso de los diputados. Algo que desde la distancia aplaudí con euforia, pero no es momento de quedarnos atrás, porque la corrupción tiene que seguir combatiéndose, como hace Jack Engle en esta novela. Desde la cotidianeidad o desde los puestos de influencia. Desde las calles, desde los micrófonos, desde los escaños. Con fraude es imposible que una sociedad avance, bien lo sabía Walt Whitman que no dudó en plasmarlo en esta novela de recomendable lectura y que nos devuelve la confianza en el ser humano. La vida y aventuras de Jack Engle: una historia de pillaje, violencia, bondad, engaños, artimañas, sufrimiento, crimen, amor, esperanza...Un canto a la vitalidad desde las oscuras calles de Nueva York.

Frases o párrafos favoritos:

"Ojalá el demonio del Jardín del Edén le hubiese desvelado al joven el camino de la felicidad."

Película/Canción: de momento no hay noticias de una posible adaptación cinematográfica o televisiva de esta novela. Hasta que este acontecimiento tenga lugar os adjunto la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. No es de las mejores de Scorsese, pero merece una mención especial.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Funambulista

martes, 6 de marzo de 2018

RESEÑA: Memorias de dos jóvenes esposas.

MEMORIAS DE DOS JÓVENES ESPOSAS

Título: Memorias de dos jóvenes esposas.

Autor: Honoré Balzac (Tours 1799-París 1850) nació en el seno de una familia burguesa. Tras trasladarse a París en 1814, empezó los estudios de Derecho y consiguió trabajo en el despacho de un notario amigo de su padre. Sin embargo, el amor que nace en ese periodo por la literatura lo lleva a tomar la decisión de emprender la carrera de escritor profesional. Después de las primeras pruebas artísticas y los primeros fracasos firmados bajo pseudónimo, empieza varios negocios que se revelan desastrosos. En 1829 escribe su primera novela de éxito, Les Chouans, que firma con su propio nombre. A partir de ese momento, se convierte en uno de los escritores más prolíficos y más conocidos de su época. En estos años concibe la idea de La comedia humana, ambicioso proyecto que agrupa un total de 137 novelas - entre las cuales, Papá Goriot y Eugenia Grandet - cuyo tema común es el retratar la sociedad de su tiempo. Tras casarse en 1850 con la condesa Ewelina Hanska, murió cinco meses después y durante el funeral fue homenajeado por su amigo y admirador Víctor Hugo. (Fuente: Funambulista).

Editorial: Funambulista.

Idioma: francés.

Traductor: Joaquín García Bravo.

Sinopsis: cuando Louise y Renée, las dos protagonistas de la novela, salen del convento de Blois, separadas por la lejanía pero unidas por una profunda amistad, empiezan una correspondencia en la que describen sus más íntimas sensaciones sobre su existencia fuera de las paredes de la clausura: Louise vuelve a París, donde conocerá la vida mundana de la capital y el amor novelesco con un noble español; Renée regresa a la monotonía y austera vida de provincias y se resigna a un matrimonio al parecer de conveniencia y a un destino ya escrito. (Fuente: Funambulista).

Su lectura me ha parecido: densa, retórica, muy realista, rebelde, potente, clásica,  reveladora, extraordinariamente avanzada para su época...Queridos lectores y lectoras, en Jimena de la Almena vamos encadenando reto tras reto. Y lo cierto es que esto se debe a la más absoluta de las casualidades. Esta vez no me encuentro ante un libro escrito a varias manos, ni un recopilatorio de cuentos de diferentes autores o autoras, ni ante un volumen de crónicas periodísticas. No. Hoy, delante de mi se alza un título que a priori no infunde temor, pero que en cuanto averiguamos quien lo escribió, la presión y el respeto regresan a mi cabeza y a mi estómago. Este autor no necesita presentación, su nombre y su apellido hablan por si solos, al igual que su obra. Un escritor que concibió a mediados del siglo XIX la obra más monumental y extensa de la literatura universal. Bajo el título la Comedia Humana, inspirado claramente en la Divina Comedia de Dante, englobó un total de 137 novelas, aunque de ellas finalmente unas 50 quedaron desgraciadamente incompletas. ¿La intención? Plasmar sobre el papel un estudio pormenorizado y lo más realista posible de la sociedad francesa de ese momento, es decir, la que caracteriza esos años 40 y 50 del siglo XIX. Ese exhaustivo retrato era para hacerle, según una famosa frase que pronunció su autor: "la competencia al registro civil." Pues bien, visto el extraordinario currículum de este escritor francés, en Jimena de la Almena no podía pasar más tiempo sin que nos adentrásemos en algún título suyo. Un autor que ha escrito 137 novelas merece todo nuestro respeto, atención y esta reseña, que esperemos sea la primera de muchas. Memorias de dos jóvenes esposas: una oda a la amistad femenina narrada desde el realismo más extremo.


La historia de como Memorias de dos jóvenes esposas llegó a mis manos y a mi estantería fue fruto de la casualidad y lo inesperado. Los que me conocéis personalmente o los que leéis mis reseñas habréis comprobado como mi amor por los clásicos de la literatura universal es abrumador y que ha ido acrecentándose a medida que pasa el tiempo. Todo empezó gracias a la lectura de Madame Bovary de Gustave Flaubert cuando tenía 18 años. Fue una lectura que toda la clase de la asignatura de Literatura Universal teníamos que leer, pues en el mes de Junio caería de seguro en el examen de selectividad. Sin embargo, y contra todo pronóstico, me encantó. Es cierto que ayudó bastante el aproximarnos a esta historia combinando lectura en voz alta y comentarios al respecto, pero en conjunto puedo afirmar sin equivocarme que Madame Bovary fue la novela que me inició en la lectura de otros clásicos de la literatura universal. De aquella memorable lectura hasta hoy han pasado por mis manos numerables libros de autores y autoras tan insignes y de sobra conocidos por todos. Sin embargo, hay ciertas barreras que todavía a día de hoy no he superado como lectora, y una de ellas era la obra de Honoré Balzac. Me gusta el realismo, de no ser así, Madame Bovary no formaría parte de mis imprescindibles. No obstante, Balzac son palabras mayores y sinónimo de atracón literario en muchos casos. Pues bien, a lo largo del mes de septiembre del pasado año, durante esos días de incorporación paulatina a la rutina diaria, recibí la primera tanda de libros para reseñar tras las vacaciones de verano. Y de entre todos ellos, uno llegó por sorpresa junto con el libro que si que había pedido en un primer momento. Si, Walt Whitman había llegado con un compañero de viaje llamado Memorias de dos jóvenes esposas, cuyo autor era nada más y nada menos que Honoré Balzac. Mi primera reacción fue sonreír alegremente, no todos los días ocurre algo así, pero en cuestión de segundos mi rostro se tornó en preocupación, pues, Honoré Balzac no era un autor  cualquiera y representaba uno de esos autores que durante mucho tiempo había tratado de evitar. Dejé que pasara el tiempo, que el libro reposase pacientemente en la estantería, pero no había manera. Leer a Balzac seguía resultándome complicado, incluso llegue a pensar en tirar la toalla y no reseñar este libro. Pero entonces, un buen día leí en el extraordinario blog Las Inquilinas de Netherfield la reseña que habían realizado de Memorias de dos jóvenes esposas. Fue así como comprendí que no debía de tener reparos en leerlo, de hecho, si no llega a ser por esa reseña, probablemente hoy estaría escribiendo sobre otro libro bien distinto. No voy a negar que la lectura me haya resultado sencilla, porque fácil no es, pero si que me ha servido para desbloquear esa coraza y rechazo a un autor que a día de hoy me parece interesante.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Memorias de dos jóvenes esposas no es un libro fácil. Creo que hasta la fecha es el libro más denso que he leído en mucho tiempo. En él, Balzac hace honor a su tiempo, estilo e intención derrochando retórica de forma abrumadora. No debemos olvidar que Memorias de dos jóvenes esposas pertenece al proyecto de la Comedia Humana antes mencionado, por lo que las descripciones son extensas y el retrato psicológico es tan profundo que no puedes evitar distanciarte un poco y no sentirte dentro de la novela. Eso si, a pesar de todo, Balzac resulta ser un escritor bastante refinado en ciertos momentos, muestra de ello es la belleza de un lenguaje que por supuesto ya no se usa pero que no deja de sorprender a quien se adentra en su literatura por vez primera. En cuanto a la historia, el propio título ya nos hace un spoiler. Se trata de la historia de dos mujeres, Louise y Renée, quienes tras convivir y completar su educación en un convento de Blois, ambas toman caminos diferentes en la vida en función de sus diferentes caracteres, formas de ser y circunstancias personales. Por un lado, Louise es más extrovertida, se instala en el París con su familia aristócrata que no duda en presentarla en sociedad. Allí conoce el amor y el placer que le provocan los juegos de seducción, en especial con su profesor de español, un hombre igual de seductor pero que oculta un pasado bastante oscuro. Y por otro lado, Renée, más apocada, se traslada a una localidad de provincias en donde no tarda en contraer matrimonio con un hombre mucho más mayor que ella. Un matrimonio concertado que le proporcionará tranquilidad, estabilidad y una vida con un futuro del todo previsible. Dos personalidades y experiencias tan diferentes que convergen en dos detalles esenciales. En primer lugar, su prematuro ingreso en la edad adulta y los avatares que ésta les depara a dos jóvenes que acaban de dar sus primeros pasos dentro de esta nueva etapa. Y en segundo lugar, y más importante, su ininterrumpida relación epistolar. Tratándose de estos personajes, Balzac pareció tenerlo muy claro a la hora de escoger el subgénero epistolar como espina dorsal de la novela. No solo presentaba la trama de una forma bastante amoldada a su tiempo, pues la novela epistolar era bastante popular por entonces, sino que además logró justificar a través de él su intención primordial de Comedia Humana. ¿Qué mejor subgénero novelístico para describir a la sociedad que el epistolar? ¿Qué otro género podía ahondar en el pensamiento y las contradicciones de la gente del XIX? En ese momento muy pocos y Honoré Balzac lo sabía. De este modo y gracias a esa genialidad, el lector del siglo XXI puede aproximarse a la vida y el pensamiento de las dos mujeres que protagonizan Memorias de dos jóvenes esposas. Dos modelos de mujer enfrentados pero que resumen a la perfección los diferentes conceptos de feminidad, maternidad, matrimonio, amor y educación sentimental y sexual del momento. Por último, y de forma anecdótica, decir que Memorias de dos jóvenes esposas está dedicado a Georges Sand, pseudónimo de la escritora francesa Aurore Lucile Lupin. Defensora de los derechos de la mujer, crítica literaria, intelectual, autora de novelas como Consuelo o La Mare au Diable y una de las mejores amigas de Balzac. Felicito en ese sentido a la editorial Funambulista por haber incluido la dedicatoria entera en la presente edición.


En lo que respecta a la reflexión final voy a ser clara. En Memorias de dos jóvenes esposas el lector asiste a una relación epistolar a lo largo del tiempo entre dos mujeres muy diferentes entre si. La una más atrevida y dispuesta a vivir nuevas experiencias, sobre todo en el terreno del amor. Y la otra más apocada y dispuesta a resignarse a vivir una existencia más tranquila y pactada, en resumidas cuentas, la que se espera de una mujer como ella. A través de las cartas que se envían la una a la otra conocemos sus pensamientos, sus experiencias personales, sus sentimientos más profundos y asistimos a esas confesiones privadas que solo confiarías a alguien de confianza. A lo largo de estas cartas el lector no puede evitar maravillarse, ya no de la belleza con la que esta escrita esta novela, lo cual es subjetivo, también de que en ella se aborden temas que trascienden a la actualidad de un modo sorprendente.  Ambos relatos suscitan infinidad de reflexiones muy pertinentes. En primer lugar, a través de los personajes de Louise y Renée, Balzac aprovecha para hacernos una disertación sobre el alma femenina del momento en todo su esplendor. Un alma compuesta por diferentes compartimentos en cuyo interior encontramos, como no podía ser de otra manera, temas como el matrimonio, la vida conyugal, la maternidad, el amor, el sexo o lo que implica ser mujer a mediados de siglo XIX. Y al haber confeccionado dos personajes femeninos tan diferentes podemos apreciar como mientras Louise decide vivir al margen de los convencionalismos sociales y de lo que todos esperan de ella, Renée, al haberse casado y tenido hijos, su carácter se forja en una supuesta superioridad femenina tremendamente asentada en la época, una superioridad que le ha otorgado la maternidad y que le da derecho a opinar sobre las que no tienen hijos y a sentirse moralmente por encima del resto de mujeres, mujeres como Louise, quien no le preocupa tener hijos. Este tema, uno de los grandes temas de la novela, podría perfectamente trasladarse a la actualidad, pues aún existe la creencia de que si una mujer tiene hijos es mejor socialmente hablando que la que decide no tenerlos. Luego en el ámbito laboral los papeles cambian y es la madre la que se ve más perjudicada por la sociedad. Otro gran tema que aparece en Memorias de dos jóvenes esposas es la sororidad femenina, tan presente y silenciada a lo largo de la historia y que en los últimos años se ha reconocido. La relación y las confesiones que ambas plasman sobre el papel no deja de ser un ejemplo de solidaridad femenina en un contexto terriblemente patriarcal. Actualmente, gracias a la sororidad, el feminismo y las denuncias contra las injusticias padecidas por el sexo femenino parecen ser atendidas, reconocidas y escuchadas. Pero, como cabía esperar, Honoré Balzac no era feminista, como tampoco lo eran muchos compañeros intelectuales de su generación. Muestra de ello es la moraleja final de la historia, en la que la libre acaba pagando las consecuencias de su decisión y la tradicional acaba imponiéndose como baluarte del saber estar y lo correcto. Memorias de dos jóvenes esposas resulta en definitiva un tratado exhaustivo de la mujer francesa en el siglo XIX, pero también un ejercicio moralizante, una novela en la que se evidencia como el sistema amordaza en el fondo las libertades, deseos y sueños de la mujer. Memorias de dos jóvenes esposas: una historia de amor, confesiones, sororidad, perdida de la inocencia, madurez...Una novela de obligatoria reflexión crítica.

Párrafos o frases favoritas:

"Tú te casas y yo amo. Al cabo de cuatro meses, aquellas dos columnas que se elevaban tanto han caído en el pantano de la realidad."

"De nosotras dos, yo soy la razón y tú la imaginación, yo soy el deber grave y tú el amor loco; ese contraste de espíritu que existía entre las dos ha querido continuarlo la suerte en nuestros destinos."

Película/Canción: a falta de una adaptación que presentaros he adjuntado la pieza clásica que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Espero que os guste.





¡Un saludo y a seguir leyendo!


viernes, 1 de diciembre de 2017

RESEÑA: Hotel Iris.

HOTEL IRIS

Título: Hotel Iris.

Autor: Yoko Ogawa (Okayama 1962), estudia en la Universidad de Waseda en Tokio y en 1986 inicia su carrera de escritora inspirada por sus lecturas de los clásicos japoneses, El Diario de Ana Frank y las obras de Kenzaburo Oé. Ya con su primera novela, Cuando la mariposa se descompone, obtiene en 1988 el prestigioso Premio Kaien, y desde entonces, su fama no ha hecho más que crecer en Japón y en el extranjero. En 1991 logra el gran Premio Akutagawa por El embarazo de mi hermana, el cual, se convierte inmediatamente en un best seller en su país. En 2003 publica La fórmula preferida del Profesor que obtiene varios premios, entre ellos el de la Sociedad Nacional de Matemáticas por haber mostrado la belleza de la disciplina. A raíz del éxito de la novela y de su posterior adaptación al cine, a la radio y al cómic, en 2005 coescribe con el matemático Mashiko Fujiwara Una introducción a las matemáticas más elegantes. Además de las novelas mencionadas, Ogawa también es autora de Perfume de hielo, La niña que iba en hipopótamo a la escuela, La residencia de estudiantes, La Piscina, Amores al margen, Los tiernos lamentos, El museo del Silencio y Bailando con elefante y gato. (Fuente. Funambulista).


Editorial: Funambulista.

Idioma: japonés.

Traductor: Juan Francisco Fernández Sánchez.

Sinopsis: Mari, una muchacha de diecisiete años que ayuda a su madre en la gestión de un modesto hotel familiar cerca de la playa, en la noche escucha gritos de una mujer que sale medio desnuda de una de las habitaciones imprecando a un hombre de avanzada edad. Este, imperdurable, le manda callar con unas palabras tajantes. La autoridad con que las pronuncia tiene el efecto de un hechizo en la joven, que se siente inmediata e irremediablemente atraída por él. Algunos días después, lo encuentra por casualidad y siente la necesidad de seguirlo. El hombre es un traductor del ruso con un pasado oscuro - su mujer murió en circunstancias extrañas - que vive en una solitaria villa de una isla casi desierta. A partir de ese encuentro, nace entre ellos una turbia relación, y la casa del hombre se convierte en un inquietante lugar de trasgresión sexual. (Fuente. Funambulista).

Su lectura me ha parecido: inquietante, algo lenta, psicológica, con pequeños detalles muy interesantes, ligeramente cinematográfica, precipitada en cuanto a su desenlace...Queridos lectores y lectoras, a nadie se le escapa que el boom de la literatura erótica esta experimentando su particular y dulce ocaso. Hace unos años las librerías se llenaban de novelas que, bajo el todopoderoso calificativo de "best seller", abordaban de una forma un tanto decepcionante historias enmarcadas en el género erótico. Dichas novelas se vendían como churros, tal fue su impacto entre el público que incluso hay quien se hizo de oro con las ventas, y no solo hablamos de los propios autores, mujeres en su aplastante mayoría. Muchas editoriales nacieron al calor de este género tan en auge y el nombre de E.L. James acabó formando parte de la memoria de muchos fans y no tan fans de las novelas eróticas. Sin embargo, todo tiene una subida, que en ocasiones es vertiginosa, y una bajada, que también puede ser precipitada. Y en el caso de este género literario ya es un hecho que ha perdido ese impulso del principio y que, una vez forradas editoriales y escritoras, solo queda esperar y observar cual es el legado que este nuevo capítulo en la historia de la literatura dejará para la posteridad. Mientras tanto, lo que se está empezando a apreciar es un repentino interés por los clásicos del género y por una revisión de esas historias eróticas ñoñas que tanto habían triunfado, una vuelta de tuerca necesaria y que muestra al lector como todo eso que se consideraba sexy o placentero no es más que una apología de la dominación y una defensa de los roles de género tradicionales. Libros como el que hoy tengo el placer de reseñar, son ejemplo de ello y de que en Japón también se escriben novelas eróticas. Hotel Iris: la rebeldía frustrada por la sumisión.


La historia de como Hotel Iris llegó a mis manos y a mi adorada estantería es muy sencilla. Esta tiene su principio, que no es otro que el descubrimiento de Yoko Ogawa. Antes lo poco que sabía de lo que se escribía en Japón tenía más que ver con el éxito arrollador de Murakami. Sin embargo, y gracias a mi primer acercamiento a esta escritora con el impactante libro Lecturas de los rehenes, aprecié otro estilo, menos occidental en cierto sentido y más próximo a una forma de escribir con más identidad y personalidad, algo que por otro lado define perfectamente la literatura japonesa. Tras esa lectura vinieron otras, no muchas lo confieso, pero si lo suficientemente interesantes como para que una servidora acabase por conocer un poco más la cultura y la literatura de un país tan importante como desconocido en ciertos ámbitos. Pues, Japón no son solo robots, rascacielos, consumo salvaje, los videojuegos o el Manga. Existe un Japón muy desconocido, el que no ofertan las guías de viajes y que tiene su reflejo más fiel en la literatura. Volviendo a Yoko Ogawa, lo cierto es que tras Lecturas de rehenes estaba dispuesta y abierta a volver a su literatura en cuanto me fuese posible. Reconozco que no es una de mis autoras favoritas, pero en ella encontré formas de narración bastante originales que me marcaron para bien en su momento. Esa oportunidad, como no podía ser de otra forma, llegó en forma de libro nuevo, esta vez bajo el enigmático título Hotel Iris. Tras leer su sinopsis no tardé mucho tiempo en hacerme con un ejemplar, el cual, esperó pacientemente a ser leído. A medida que pasaba el tiempo fui leyendo casi por casualidad varias reseñas al respecto, algunas tremendamente positivas y otras no tanto. Ante esta circunstancia, una servidora acaba por pensar lo siguiente: o es extremadamente bueno o es terriblemente malo, no hay termino medio. Y aunque esas críticas no influyeron en que iniciase su lectura más tarde de lo que hubiese querido, mientras lo leía si que mantuve ese ojo crítico, al fin y al cabo, no deja de ser un libro del que una podía formarse una impresión sincera. Tras finalizar su lectura constaté en primer lugar que acababa de concluir una de esas historias con pequeños matices importantes para una posible reflexión y en segundo lugar que Hotel Iris no estaba a la altura de la tremenda Lecturas de los rehenes.


En lo que respecta a la critica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Hotel Iris presenta una lectura amena, distendida, pero que en ocasiones, por ello, resulta ligeramente monótona. Si bien es cierto que a medida que avanzamos en su lectura descubrimos más aspectos de todos los personajes, en especial de Mari y el traductor, Yoko Ogawa parece no resolver bien la narración. Esta no es una novela que sorprenda por la forma en la que esta escrita, no es como Lecturas de los rehenes, cuya premisa impacta, al igual que ese planteamiento narrativo tan interesante como dramático. Hotel Iris nos cuenta una historia que el lector ya ha leído muchas veces y a la que le falta impulso para poder estar a la altura de su antecesora. Si por este aspecto no destaca, si que lo hace por el contrario en el terreno de la construcción de los personajes. Hotel Iris no es una novela de estilo, sino de personajes, cuya potencia marca sobre el lector. Este libro se compone de tres personajes fundamentales que conforman una interesante pero clásica estructura triangular. En primer lugar encontramos a Mari, una joven obligada a dejar los estudios para trabajar en el hotel que regenta su madre. Tras verse superada por el control enfermizo que ejerce ésta sobre ella, encuentra una vía de escape en la particular relación con un desconocido. Ese desconocido, en segundo lugar, resulta ser un traductor de ruso cuyo pasado lleno de oscuridad y su forma de ser acaban sometiendo a Mari, llevándola por un camino truculento, plagado de violencia y sumisión. Y por último, la madre de Mari, implacable dueña del hotel, es tal vez el personaje más interesante de la novela. Dominadora, chantajista y fría como el hielo. La relación con su hija, producto de la soledad y la costumbre, ha desembocado en algo cordial y sin a penas muestras de cariño. Los tres con personalidades tan diferentes entre si conforman un relato típico pero en el que lo truculento está siempre presente. Asfixia es sin duda la palabra que a uno se le viene a la mente al recordar la lectura de Hotel Iris, una sensación de incomodidad presente de principio a fin, incluso en las situaciones donde no debería estar presente. ésta surge y se mantiene flotando en el ambiente, atrapando a los presentes. El escenario en el que se desarrolla la acción también ayuda a que esa sensación de ahogo, incluso al aire libre. El calor, la humedad, el sudor, la tensión...Todas esas cosas producen sin quererlo que el lector se sienta cierto agobio, algo que visto lo visto, es lo que sin duda Yoko Ogawa pretendía en esta novela. Por último, Hotel Iris no es más que una muestra de lo que ya hizo en su día el Marqués de Sade, es decir, denunciar situaciones habituales en la sociedad a través de la práctica sexual llevada al extremo. Pero evidentemente, Hotel Iris no está a la altura de la literatura del Divino Marqués.


Para poner punto y final a la redacción de esta reseña, pondremos los pies en polvorosa y reflexionaremos sobre uno de esos temas tan actuales como incómodos, pero del que, como no podía ser de otra manera, tenemos que hablar. En Hotel Iris se respira agua salada, sudor, pero también el insoportable aroma de la sumisión más absoluta. Como ya evidencia la sinopsis de la novela, esta no deja de ser una historia en donde las fuerzas están notablemente descompensadas y en la que podemos apreciar, explícitamente, dos tipos de dominación. Primero la de la madre sobre la hija, la cual vemos simbólicamente representada en la obsesión de la madre por cepillar el pelo de su hija Mari. Es un acto cotidiano y que muy fácilmente puede pasar desapercibido, sin embargo, en la novela adquiere un tono siniestro asociarlo con ese control sobre la vida de su única hija. La cotidianeidad convertida en un acto enfermizo. Y en segundo lugar la de el traductor sobre la propia Mari, la cual tampoco se ve y pasa inadvertida. Esta vez nos topamos con una sumisión en el terreno sentimental y sexual. La superioridad intelectual sobre la inocencia. La experiencia sobre la sobreprotección. La autoridad sobre la debilidad. Con estas características lector  no andará desencaminado al asociarlas con una relación de contrapesos, en la que el hombre está por encima de la mujer y en la que probablemente exista violencia física y psicológica por en medio. Ambos modos de dominación, de poder al fin y al cabo, pasan por encima arrollando al único personaje, el de Mari, en el que todavía residía algo de pureza y de bondad, las cuales acaban difuminándose hasta terminar desapareciendo. De esta forma, leyendo este tipo de novelas, el lector acaba siendo consciente de que a nuestro alrededor todo está construido de forma desigual, en donde siempre hay un poder que somete a lo que culturalmente se ha considerado inferior. Tanto en las relaciones sociales como en las laborales, incluso en el terreno de las ideas, la economía o la política; en todos los sectores hay un dominador y un dominado. Y ya si en ese sistema de desigualdad se incorporan cuestiones de género, sexo, raza o físico entre otras, entonces ésta es todavía más sangrante. Es evidente que es algo asentado y que es muy difícil luchar contra todo ese sistema, pero hay que hacerlo, aunque sea mediante pequeños gestos cotidianos, desde el anonimato, con contundencia. Los resultados no son inmediatos, pero con paciencia y constancia se hace el camino. Porque no puede ser que todavía, a día de hoy, no existan vías de escapatoria posibles, como le pasa a Mari, protagonista de la novela, que tratando de escapar de un tipo de dominación acaba por meterse en la boca del lobo, y nunca mejor dicho, que resulta ser otro sendero oscuro donde la sumisión es prácticamente absoluta. Hotel Iris: una historia de sometimiento, escapatoria, mentiras, oscuros pasados, falta de libertad, obsesiones, sábanas limpias, humedad...Una novela que demuestra que en Japón también podemos encontrar literatura erótica.

Frases o párrafos favoritos:

"Me parecía que aún quedaba en ellos algo de calor del hombre, quien, sin dirigirme una mirada siguiera, salió y se alejó bajo la lluvia."

Película/Canción: como no hay noticias de una posible adaptación cinematográfica aquí os dejo la pieza de J.S. Bach que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Simplemente excepcional y llena de matices.


¡Un saludo y a seguir leyendo!