Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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miércoles, 23 de junio de 2021

RESEÑA: Ninguno de nosotros volverá.

 NINGUNO DE NOSOTROS VOLVERÁ


Título: Ninguno de nosotros volverá. 

Autora: Charlotte Delbo (Vigneaux-sur-Seine 1913 - París, 1985). Hija de emigrantes italianos a los diecisiete comenzó a trabajar como secretaria en la capital francesa. En 1932 se adhirió a las Juventudes comunistas, y dos años más tarde conoció a Georges Dudach, muy activo en el seno del partido, con el que se casó en 1936. Un año más tarde, se convirtió en la secretaria de Louis Jouvet, entonces director del Thêatre de l´Athénnée. El 2 de marzo de 1942, Charlotte y su marido fueron arrestados por las brigadas especiales de la policía francesa. Delbo fue encarcelada en La Santé, donde vio a Dudach por última vez el 23 de mayo, el mismo día que fue fusilado. Fue trasladada a Auschwitz-Birkenau el 24 de enero de 1943 en un convoy con otras doscientas treinta mujeres, la mayoría miembros, como ella, de la Resistencia. A principios de 1944 fue trasladada de nuevo, esta vez al campo de Ravensbrück, y en abril de 1945 fue liberada, después de veintisiete meses de cautiverio. De las doscientas treinta mujeres del convoy que llegó a Auschwitz, regresaron cuarenta y nueve. Unos meses después, mientras se recuperaba en un sanatorio suizo, Delbo comenzó a escribir Ninguno de nosotros volverá, que se convertiría, veinticinco años más tarde, en el primer volumen de la trilogía Auschwitz y después. En 1947, comenzó a trabajar para la ONU en Ginebra y vivió en Suiza doce años. A su regreso a París trabajó como asistente del filósofo Henri Lefebvre, a quien había conocido en 1932. Allí falleció a los setenta y dos años. 

Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: en 1942, Charlotte Delbo fue detenida en París y encarcelada por pertenecer a la Resistencia francesa y, en 1943, deportada al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau junto con doscientas treinta presas francesas, de las que solo sobrevivieron cuarenta y nueve. El presente volumen recoge los dos primeros libris de su elogiada trilogía Auschwitz y después, en los que relata esa experiencia. Delbo reconstruye su recuerdo a partir de breves y poéticas estampas de la vida y de muerte, y lo hace en gran medida desde una voz colectiva femenina, la de todas las cautivas que, pese hacer sido desposeídas de su identidad, supieron sostenerse las unas a las otras. A partir de esa particular mirada, la autora logra encontrar palabras para lo inefable e ir todavía más allá, creando belleza donde no podía haberla. Uno de los testimonios más emotivos y necesarios de la literatura concentracionaria, a la altura de los de Primo Levi o Elie Wiesel. Sin duda, una obra maestra literaria. 

Su lectura me ha parecido: dolorosa, escalofriante, realista, trágica, impecable, insospechadamente poética, impactante, monumental, un testimonio que el feminismo del siglo XXI debería leer con igual o mayor avidez... Llevamos dos años duros. Lo sé. Venimos de un 2020 que se las pintaba glorioso. Con aquella publicidad emulando la locura y el desenfreno de los famosos años 20 del siglo pasado que comenzó a emitirse en las Navidades del 2019. Todos estábamos eufóricos. Una nueva década se abría ante nosotros. Parecíamos haber dejado atrás los peores años de nuestra vida. Aquellos ahogados entre precariedad, paro e inestabilidad económica. En otras palabras, nos creímos los amos del mundo. Por eso el golpe dolió tanto. Una violenta patada en un estómago henchido de optimismo que acabó explotando, salpicando cada rincón del lugar en el que, a partir de ese momento, se convertiría en nuestra particular cárcel de oro. Una catarsis emocional que arrastramos durante semanas, meses, por los pasillos revestidos de gotelé, por esa cocina que redescubrimos - algunos con pasión y otros con cierto hastío - o por ese pequeño balconcito - si es que tuviste suerte de comprar o alquilar un piso con unas vistas que no fueran al deslunado grisáceo y atestado de ropa interior tendida - al que pronto convertimos en nuestro particular oasis. A fuera, el silencio reinaba, aunque los ecos de colapso y muerte que procedían de los hospitales eran cada vez más fuertes, desesperados, desgarradores. Unos aplausos a las ocho de la tarde nos hermanaban - hubo quien descubrió que tenía vecinos majos justo en el edificio de enfrente - pero no nos evadían de la tragedia, cuya proximidad nos atormentaba, apretando aún más el nudo formado en nuestra barriga a principios de marzo. La tristeza (esto es así, y quien no quiera verlo es que de verdad está hecho de piedra en lugar de piel humana) comenzó a instaurarse en nuestras vidas, como una compañera más, caminando a nuestro lado, sin darnos tregua, como si de ella dependiera cada compartimento de nuestra cotidianeidad. En mi caso, y os voy a ser sincera, me da la sensación de que se ha tornado crónica. De que ha ascendido un nivel, como en el Candy Crush, pero sin toda esa gama de colores fluorescentes que dañan el entendimiento y la vista. Una invisible pesadilla que, sumada a otras cuestiones de índole personal, a veces acaba por sumirme en un estado de apatía y con la lágrima al borde del llanto. Por eso, y porque sé que no soy la única que sufre esta especie de desazón pandémica, no me apetecía mucho leer Literatura Concentracionaria. Una suerte de masoquismo intelectual y más en los tiempos que corren. En los que tratamos de huir de todo aquello que nos apene, acongoje o simplemente nos haga reflexionar más de la cuenta. Y sobre todo, donde la muerte - salvando las distancias, por supuesto - es omnipresente. Comprenderéis que no quería echar más leña al fuego, más desazón sobre el desconsuelo acumulado. Pero la historia nos interpela, así como los testimonios que surgen de ella. Los cuales, por muy terroríficos que sean, están ahí para iluminar nuestro conocimiento, rellenar de saber aquellas lagunas que otros, por desgracia, se empeñan en desecar. Y a eso, chicas/os, jamás debemos darle la espalda. Ninguno de nosotros volverá: la noche que no cesa. 


Estamos en 1945 en la habitación de un sanatorio suizo. Me imagino la luz, a pesar del gélido paisaje, atravesando, inclemente, el cristal de la ventana. Salpicando de claroscuros el rostro de Charlotte Delbo, una de las pocas supervivientes de aquel convoy de doscientas mujeres hacinadas que llegó a Auschwitz-Birkenau en el invierno de 1943. ¿Su delito? Haber luchado contra el nazismo desde la clandestinidad y conocer a gran parte de los líderes de la conocida como Resistencia francesa. Ella se salvó, la liberaron, regresó, tuvo la oportunidad de sanar sus heridas físicas y mentales; no como algunas de sus compañeras, cuyos cuerpos acabaron apilados en montañas de cadáveres, abandonados en medio de la nieve, gaseados o convertidos en un negro humo que se podía ver a varios kilómetros a la redonda. Creo que el día que decidió, mientras trataba de asimilar todo lo sufrido, empuñar la pluma para escribir el inicio de su famosa trilogía, recordó todo esto. Segundos más tarde - los cuales se extendieron a lo largo de varios años - buscó las palabras más certeras, aunque doliesen, para dotar de literatura (sin recursos enormemente rimbombantes o que condujesen a una frivolidad poco deseada en este caso) el dolor de las palizas, de los días sin probar bocado, de las torturas, en definitiva, de la muerte que la rodeaba en su terrorífica cotidianeidad. Así me imagino a Charlotte, una mujer herida, por dentro y por fuera, haciendo un esfuerzo enorme por contar la verdad, su verdad, de lo acontecido en los campos de concentración y de exterminio de la Alemania Nazi. Sin embargo, como resultado, Delbo nos legó el que es considerado como uno de los primeros testimonios de lo que más adelante pasó a llamarse Literatura Concentracionaria. Un una semilla literaria que acabaría por devenir en género propio a medida que los supervivientes fueron escribiendo sus vivencias. De entre los más conocidos no podemos dejar de citar los de Primo Levi, Elie Wiesel, Ramón J. Sender o el de Leo Classen - éste último de gran actualidad por su reciente reimpresión y por tratarse de uno de los primeros testimonios del "triangulo rosa", o lo que es lo mismo, de un hombre homosexual enviado a un campo de concentración por dicho motivo - . Sin embargo, el de Charlotte Delbo destaca, no solo por su pronta publicación, también por tratase de uno de los primeros testimonios femeninos en estas lides. A partir de entonces se abrió la veda, con la aparición de la trilogía Auschwitz y después, a que otras mujeres víctimas del nazismo pudiesen alzar la voz. La lista es enorme: Violeta Friedman, Ruth Klüger, Helga Weiss, Anise-Postel Vinay, Edith Bruck, Germaine Tillon u Odette Elina entre otras muchas. La experiencia femenina acababa de irrumpir, entre tanto testimonio de varón, para evidenciar que la violencia ejercida sí distinguía por sexos. Tal y como nos lo cuenta, desde un estremecedor estilo, la propia Charlotte Delbo. 


En la presente edición de Libros del Asteroide - con nueva traducción por parte de Regina López Muñoz - se recogen las dos primeras entregas de la trilogía a saber Ninguno de nosotros volverá (la cual da nombre al título bajo el que se ha decidido publicar ambos textos) y Un conocimiento inútil. Su tercera entrega, La mesura dels dies, por el momento está traducida y publicada en lengua catalana por la importante editorial Club Editor. Por lo que, en la presente reseña, solo podemos hablar de las primeras dos entregas, ambas correspondientes a su llegada, la experiencia en los campos de concentración y la posterior liberación en un glorioso capítulo titulado "La mañana de la libertad". Todo ello, como ya hemos comentado en el anterior párrafo, desde una mirada única que, entre otras cosas, nos revela como fue el cautiverio de millones de mujeres por aquellos horribles años. Las imágenes que la página devuelve son verdaderamente terroríficas. Desde la mujer a la que le rapan varias veces la cabeza a las salvajes torturas cometidas por las guardianas del campo, pasando por la falta de enseres de higiene íntima femenina, el cadáver como manjar para las ratas, la esterilización, los perros entrenados para morder a los prisioneros si estos se resentían de su tarea, el sonido del silbato como preludio de la muerte... Así hasta que el lector no puede más y necesita reposar la lectura durante unos días antes de atreverse a sumergirse en ella de nuevo. En el campo de concentración también se dan paradojas, como la de aquella prisionera que decide acortar el camisón de rayas - la coquetería no está reñida con el cautiverio concluye la autora tras una poderosa reflexión entorno a la perdida de identidad en aquellos lugares - o como la de la propia Delbo al encenderse un cigarrillo con un mechero perteneciente a una SS el día de la liberación. Así como momentos que en algunos casos salvan a las prisioneras de caer en en la depresión o el suicidio, como el hallazgo de un ejemplar de El misántropo de Molière que decidieron en el mismo barracón representarla durante dos horas y cuyos pasajes no dudaban en recitar antes de apagar las luces. Constituyendo uno de las pocas bocanadas de oxigeno, de aire, de liberación dentro del más absoluto terror. A fuera, la gente cae fulminada sobre el barro o la nieve, dentro, dos horas de magia, que les hacían resistir a pesar de que los efectos del cansancio, las palizas y la desnutrición eran cada vez más acuciantes en su cuerpo y en su salud mental. Sorprende, en última instancia pero no por ello menos importante, el juego estilístico que Delbo emplea para contar su testimonio. En lugar de una primera persona a camino entre la fragilidad y una actitud inquebrantable a pesar de todo, aquí encontramos segundas personas perfectamente construidas que aparecen, inesperadamente, a lo largo del libro. Párrafos más extensos de carácter más oral, microrrelatos que actúan como pequeños golpes de efecto visuales - algunos de ellos consiguen helarte la sangre - e incluso poesía, versos que evocan lugares, sensaciones y huecos que solo la memoria puede llenar. Todo esto, en conjunto, ensalza no solo su lectura, sino su originalidad dentro del género. Demostrando que hasta del horror más insoportable se puede hacer literatura sin desvirtuar o emborronar el relato y su trascendental importancia para la historia. Charlotte Delbo es una superviviente más de la peor cara del Nazismo, de las pocas que regresaron de aquel hacinado trayecto. Y como tantas otras, quiso dejar constancia de lo sufrido entre barracones, comandantes de las SS y esqueléticos cadáveres. Sin embargo, a diferencia de muchos de los textos escritos y publicados desde entonces, Delbo no se conformó con verter palabras cual río descontrolado, quiso hallar las palabras adecuadas, un formato más híbrido y otorgar un protagonismo inusitado a las mujeres prisioneras. Una perspectiva de género que, en los tiempos que corren, deberíamos tener en cuenta a la hora de abordar dicho periodo tanto si lo que se pretende es enseñar en un instituto como armar una investigación de carácter histórico. Así como, si estamos ante una lectora/or corriente, saciar su apetito intelectual y teñir, un poco más, su mirada hacia un morado cada vez más intenso. 

Ninguno de nosotros volverá: una historia de horror, supervivencia, violencia, sororidad femenina... Un ejercicio de memoria y literatura digno de estudio y reivindicación en tiempos de defensa democrática contra los neofascismos europeos que, en pleno siglo XXI, pretenden que caminemos hacia atrás. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La chimenea humea. El cielo está bajo. El humo vaga por el campo y pesa y nos envuelve y es el olor de la carne que arde". 

"Yo no pensaba en nada. No miraba nada. No sentía nada. Era un esqueleto de frío con el fríos soplando a través de todos esos abismos que forman las costillas de un esqueleto."

"Las que están tumbadas ahí, en la nieve, son nuestras compañeras de ayer. Ayer estaban de pie durante el reencuentro (...) Iban a trabajar, se arrastraban en dirección hacia las ciénagas. Ayer tenían hambre. Tenían piojos, se rascaban. Ayer se engullían la sopa pésima. Tenían diarrea y les pegaban. Ayer sufrían. Ayer deseaban morir. Ahora están ahí, cadáveres desnudos sobre la nieve."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 3 de noviembre de 2020

RESEÑA: La condesa sangrienta.

LA CONDESA SANGRIENTA

Título: La condesa sangrienta. 

Autora: Valentine Penrose (Mont-de-Marsan, Francia 1898- Chiddingly, Inglaterra 1978) hija de coronel, en 1925 contrae matrimonio con el fotógrafo, poeta y pintor inglés Roland Penrose, quien la introduce en el movimiento surrealista en Inglaterra. Ambos frecuentarán a los surrealistas parisienses como Paul Éluard, Max Ernst o Joan Miró. Sus primeros poemas aparecen publicados en 1926 en la revista Cuadernos del Sur. En 1936, atraída por la filosofía hinduista abandona a su marido para vivir en Ashram con la pintora Alice Rahon Paleen. A su regreso a Europa y tras la Segunda Guerra Mundial Penrose vivirá en Inglaterra y pasará largas estancias en Cataluña y Canarias. Además de su pequeña aparición en la película surrealista La edad de oro de Luis Buñuel, Penrose es conocida sobre todo por su producción poética, literaria y ensayística. En 1962 publica La condesa sangrienta, uno de sus textos más famosos, y que inspirará a la poeta argentina Alejandra Pizarnik para escribir su obra más importante. Así mismo, Penrose se interesó por otros personajes igual de inquietantes como Giles de Rais. 


Editorial: Wunderkammer. 

Idioma: francés. 

Traductor: María Teresa Gallego y María Isabel Reverte. 

Sinopsis: Esta es la historia real de Erzsébet Báthory, una condesa húngara del siglo XVI que fue apodada "la condesa sangrienta" o también "la alimaña". Mujer fascinante y de belleza magnética, su fijación por la juventud, la brujería y un sadismo fuera de toda medida la llevaron a convertirse en una de las mayores asesinas de la historia: más de seiscientas doncellas murieron torturadas y desangradas en sótanos de su castillo en Csejthe. Cuatro siglos después, la gran poeta surrealista Valentine Penrose sucumbió al hechizo de la Condesa y reconstruyó su vida en forma de novela, con un minuciosidad y un lirismo fuera de lo común. Por encima de todo enjuiciamiento, la autora logra transmitirnos con libertad y viveza las profundidades de un personaje maldito que ha trascendido la crónica negra para convertirse en mito. Quizá porque, tal y como afirma Penrose en el texto: "No nos fascina lo agradable, nos fascina lo insondable."

Su lectura me ha parecido: poética, terrorífica, adictiva, absorbente, fascinante, reflexiva, oscura, sangrienta, perversa, con una protagonista que trasciende lo histórico, magnética, con un interesante punto esotérico, intelectual, elegante, vampírica, el sueño de toda y todo escritor fascinado con las tinieblas del alma humana... Mi primer contacto con la historia fue a través de la divulgación. Esta revelación no es nueva - más de una vez lo he comentado en este espacio de crítica y debate - y además, no debería suscitar ningún tipo de controversia o escandalo, a pesar de que, en terrenos más academicistas escuchar hablar de una aproximación a la materia para todos los públicos parece dar alergia. Más allá de consideraciones puramente personales (potenciar el lado más divulgativo de la historia no denigra dicho saber sino que puede convertirse en el medio perfecto para captar futuros expertos en la materia) lo cierto es que fue una revista de dicho cariz la que me descubrió por vez primera la cara más siniestra del alma humana. Mi primer ejemplar de la Muy Historia - en cuyas páginas me sigo sumergiendo a día de hoy maravillada por su capacidad de conectar al lector con un contenido de lo más completo y accesible - versaba sobre los malos de la historia. Un paraguas temático bajo el que se resguardaban las figuras que a todas y a todos se nos vienen a la cabeza (Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Leopoldo de Bélgica, Franco y un larguísimo etcétera) así como otros personajes menos conocidos pero igualmente perturbadores por sus acciones moralmente reprochables. Recuerdo tres de aquellas personalidades con especial nitidez. La primera fue Giles de Rais, noble francés del siglo XV que luchó en la Guerra de los Cien Años. La leyenda, que no las fuentes históricas, aseguran que estaba secretamente enamorado de Juana de Arco, de hecho fue un supuesto rechazo por parte de la Doncella de Orleans lo que hizo que Gilles se recluyera en su castillo de Tiffauges y comenzara a secuestrar a niños para, tras violarlos, asesinarlos a sangre fría. No es de extrañar que siglos después de su muerte en la horca el escritor Charles Perrault se inspirara en él para escribir Barba Azul, uno de los relatos más vivos en el debate intelectual gracias a la siempre necesaria perspectiva de género. La segunda fue Ranavalona I, reina de Madagascar durante los años 1828 y 1861 y apodada la "Calígula femenina". Acusada de haber asesinado al menos 150 mil personas, Ranavalona se reveló como una gran estratega, con un amplio círculo de espías e implacable con los cristianos, así como con la etnia malgache (mayoritaria en la isla). A pesar de haber llevado su defensa de las tradiciones y creencias religiosas de su isla hasta las últimas consecuencias - sus enemigos perecían en ríos llenos de cocodrilos - Ranavalona murió en su cama, en paz, sin una sentencia que la condenase por sus crímenes. Sin embargo, fue Erzsébet Báthory la que consiguió que durante un tiempo me obsesionara su figura, apariencia, trascendencia histórica, contexto y, por supuesto, los asesinatos que cometió con la ayuda de una serie de personajes más oscuros todavía y los distintos elementos mágicos que rodearon dichos sucesos. De ahí que, en cuanto tuve noticias de la publicación de este texto, me adentrara en el bosque y en las mazmorras de Csejthe para conocerla mejor a través de una de las voces más poéticas que he leído últimamente. La condesa sangrienta: lo macabro hecho poesía. 


No hay cosa que más miedo me de - a parte de las alturas - que encontrarme con una araña reptando por cualquier superficie. Ya sea en medio del campo, sobre la antigua chimenea de la casa del pueblo, entre las sábanas, e incluso saliendo de detrás de una estantería llena de libros. Hace poco me topé con dos de ellas, justo en el portal de mi casa, en una esquina, mecidas en su invisible tela de araña. Me observaban quietas, pacientes, esperando el momento oportuno para descender y aflorar mis terrores más primitivos. Por eso, no es de extrañar que al principio recelase de la portada del presente libro editado por la magnífica editorial Wunderkammer. Grande, negra, espeluznante y además peluda. Mi peor pesadilla vamos. Sin embargo, y una vez superado el hecho de que dicho arácnido jamás saltaría del papel a mi cara, me adentré con verdadera devoción a su lectura. Al fin y al cabo me considero una entusiasta de la leyenda negra de la condesa. Tras haberme empapado de documentación de mayor o menor grado intelectual acerca del personaje histórico, así como de los sangrientos hechos que envolvieron su vida, el texto de Valentine Penrose vino a arrojar luz sobre una perspectiva nueva. Lejos de aclarar algunas lagunas de la historia que se cuenta a partir de la información existente, lo que hace Penrose es directamente ofrecer una aproximación inminentemente literaria. Al principio no conseguía encajarla en ningún género en concreto. ¿Es novela? ¿Es ensayo? ¿Es biografía? Finalmente y tras meditarlo mucho, creo que la respuesta no reside en la categorización ni en las etiquetas, sino en la capacidad de su autora para la hibridación del texto. Literatura que navega entre varios mares por los que siente predilección pero, al mismo tiempo, sigue su propio camino, sin decantarse por alguno de ellos, creando una deliciosa ambigüedad en la que el lector se empapará lejos de cualquier barrera que impida una mayor comprensión de la obra. La poesía inunda el relato desde el principio, otorgando mayor belleza y lirismo a una historia tenebrosa y sanguinolenta. Intuía que Penrose, al pertenecer al movimiento surrealista inglés y, sobre todo, al tener una interesante obra poética en su haber, podía conducir la historia por dichos derroteros. Lo que no me esperaba es que ésta se convirtiese en una impresionante masterclass de escritura creativa. Hasta el punto de haberse convertido en una de mis lecturas de cabecera en lo que a creación literaria se refiere. Es tal la sensibilidad que Penrose imprime en el texto, combinándolo con esa siniestralidad y los distintos elementos fantásticos (brujas, magia negra, vampirismo, rituales, leyendas de la Hungría medieval...), que el resultado entre realidad y esoterismo - del que su autora es una experta - resulta tan inquietante como hermoso. Y todo esto sin descuidar la bibliografía, los documentos y toda clase de información que su autora ha recabado para la redacción del presente libro. Reconozco que su lectura es abrumadora, repleta de información y de un tono tan perturbador que a veces necesitaba descansar y reflexionar para regresar a esa Erzsébet Báthory tan "penrosiana". Una condesa que, a ojos de la autora, es un personaje que camina, sigilosamente, pero firme, impulsiva, dejando tras de sí el intenso carmín de doncellas previamente torturadas. Penrose no emite juicios de valor, ni siquiera se cuestiona la veracidad o no de los hechos, simplemente actúa como espectadora y documentalista, introduciendo al lector en el contexto de la Hungría feudal al tiempo que describe la última y sádica ocurrencia de la condesa sangrienta. 


Antes de marcharme hasta la próxima reseña me gustaría plantear un debate entorno a la siguiente pregunta: ¿fueron ciertos los crímenes de los que se le hicieron responsable a Erzsébet Báthory? Aunque para hilar aún más fino el asunto, el interrogante sería ¿existieron de verdad o fue un complot de los nobles húngaros de su tiempo para apartarla del poder a la muerte de su marido? Si tenemos en cuenta los sucesivos artículos - tanto históricos, artísticos, políticos así como médicos - lo cierto es que muchos coinciden en señalar su inquietante personalidad deriva de una serie de factores plausibles pero no exentos de un cierto halo literario. El primero de ellos es la endogamia, muy habitual en las monarquías o en los linajes aristocráticos - no debemos olvidar que los padres de Erzsébet eran primos - lo que nos conduce al siguiente punto a tener en cuenta, sus supuestos problemas mentales y la epilepsia. Si bien es cierto que las prácticas endogámicas podían ser determinantes en el padecimiento de enfermedades, ataques de ira, apariencia raquítica (ejemplo de ello es sin duda Carlos II de España) respecto a Báthory no existen pruebas claras de ningún trastorno congénito por culpa de la unión de sus padres más allá de la leyenda negra vertida sobre su figura. Y aunque, casualidades de la vida, es descendiente directa del famoso Vlad Tepes - recordemos, Príncipe de Valaquia cuya crueldad inspiró a Bram Stocker para escribir Drácula - no podemos afirmar con rotundidad que Erzsébet hubiese heredado, como si de una maldición se tratara, la maldad de su antepasado. Lo que si parecen confirmar es que sí sufría de epilepsia (enfermedad que, por supuesto, no estaba ni tratada ni estudiada en el siglo XVI) al tiempo que era testigo, desde bien pequeña, de las numerosas torturas que sus padres ejercían contra sus criados. Tal vez fue eso y no una supuesta enfermedad mental lo que acabó forjando un cruel carácter y una inaudita insensibilidad respecto a la violencia. Hecho que no hizo sino acrecentarse en el momento en el que la casaron a los doce años con Frenec Nádasdy - primo también y apodado el Caballero Negro de Hungría por su afición a empalar enemigos en tiempos de guerra -. Ambos eran muy distintos, ella más instruida para la época y él un orgulloso analfabeto - pero compartían su afición por elaborar métodos de tortura cada vez más sofisticados y sanguinarios con los que castigar a sus criadas. Fue la súbita muerte de Frenec en pleno campo de batalla lo que provocó, según los expertos, el enriquecimiento por un lado y declive psicológico por otro de la propia Báthory. Es ahí donde entra lo que Valentine Penrose cuenta en su libro. Esa terrorífica reclusión, prácticas de brujería, sadismo, secuestros, doncellas de hierro, baños de sangre y todo eso con ayuda de Ficzkó - su más estrecho colaborador y que en el libro da mucho miedo - y de las brujas Dorotea, Helena y Prioska y Katryna. Cinco personajes cada cual más perturbador cuyas vidas acabaron en la picota o en la hoguera tras el juicio Bitcse (en el que se juzgó los crímenes tanto de la condesa como de los secuaces anteriormente nombrados). Pero, en toda esta historia falta comentar el papel que tuvieron los nobles de su tiempo que, al ver como Erzsébet Báthory se convertía a la muerte de su esposo en la señora feudal con más poder de toda Transilvania, no dudaron en instigar todo tipo de rebeldías y complots contra ella, aunque también hay que decir que Báthory no se quedaba atrás en la política de intrigas y espionaje. Las aspiraciones de la nobleza se vieron recompensadas en dicho juicio y, aunque por aquellos tiempos una ley impedía que una aristócrata fuese procesada, Erzsébet fue recluida en su castillo de Csejthe hasta que cuatro años después un guarda la encontró tirada, boca abajo y con el corazón tan frio como el hielo. Tras su muerte y los problemas que supuso su entierro - a día de hoy no se sabe a ciencia cierta donde descansan sus huesos - se prohibió hablar de ella en todo el país y se sellaron sus documentos durante más de un siglo. Verídico o no, lo cierto es que, de descubrirse la falsedad de las acusaciones - lo cual es muy poco probable que suceda - afirmaríamos con rotundidad que el mito surgido a posteriori se habría creado sobre las cenizas de una falsedad demasiado horrible para ser cierta pero igualmente atractiva desde el punto de vista de la creación literaria o artística. ¿Cuál es mi opinión? Que siga la investigación, que se encuentren los famosos diarios perdidos de la condesa (si es que alguna vez existieron) y, por supuesto, que se haga desde una perspectiva de género. Mientras tanto, nos quedará el terror, la leyenda y textos como el de Penrose, capaces de arrancarnos un escalofrío mientras observamos la copa rebosante de sangre a punto de ser ingerida. 

La condesa sangrienta: una historia de terror, cuchillos, mazmorras, doncellas enterradas en el huerto, traición, conspiraciones, brujas, leyendas medievales, ríos de sangre, deseos sexuales reprimidos, alienación, chantaje, belleza, poesía... El desconocido clásico del terror que ha vuelto para quedarse. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Un día trajeron desde muy lejos, desde una aldea situada más allá de Eger, cercana a los Grandes Cárpatos, donde moran los vampiros, donde las brujas pueblan las nubes, y a veces de cisnes, el cielo, a una muchacha de cuya belleza había trascendido la fama. Los juegos de espejos informaron, de castillo en castillo, de que se iba acercando. El viaje duró un mes: y, mientras otras estaban esperando desde hacía mucho su turno en los subterráneos de Csejthe, a ella la sacrificaron la misma noche que llegó."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de WunderKammer

miércoles, 23 de septiembre de 2020

RESEÑA: Sus hijos después de ellos.

 SUS HIJOS DESPUÉS DE ELLOS


Título: Sus hijos después de ellos. 

Autor: Nicolas Mathieu (Épinal, Francia, 1978). Después de estudiar historia y cinematografía se trasladó a París y en 2014 publicó su primera novela, Aux animaux la guerre, premio Erckmann-Chatrain, y colaboró en la adaptación para convertir su libro en una serie televisiva que emitió France 3. Su segunda novela, Sus hijos después de ellos, además de entusiasmar a la crítica, ha recibido el Premio Goncourt 2018 y otros muchos galardones, entre ellos el Premio Blù de la asociación Jean-Marc Roberts, el Feuille d´Or de la Spiess- Le Central a la segunda novela. En la actualidad, Nicolas Mathieu reside en Nancy. 


Editorial: Adn (Alianza Novelas). 

Idioma: francés. 

Traductora: Amaya García Gallego. 

Sinopsis: Agosto de 1992 en el oeste de Francia: un valle olvidado, unos altos hornos extinguidos, un lago y el calor canicular de la noche. Anthony tiene catorce años y, por puro aburrimiento, acaba robando, junto a su primo, una canoa para ir a curiosear a la famosa playa nudista de la orilla de enfrente. Allí lo que espera es el primer amor, el primer verano, el que marca todo lo que le sucederá después. Así se inicia el drama de la vida. Este libro es la novela de un valle, de una era y de la adolescencia; es el relato político de una juventud que tiene que encontrar su propio camino en un mundo agonizante. Cuatro veranos, cuatro momentos, desde Smells like a teen spirit al Mundial de fútbol de 1998, para relatar unas vidas que transcurren a toda velocidad en esa Francia intermedia, la de las ciudades medianas y las zonas residenciales, entre el aislamiento rural y el hormigón de los polígonos. La Francia de Johnny Hallyday, la de los pueblos que se divierten en las atracciones de feria y se enfrentan a concursos de televisión; la de los hombres que se consumen en el tajo y las mujeres enamoradas que se marchitan a los veinte años. Un país en la retaguardia de la globalización, atrapado entre la nostalgia y el declive, la decencia y la rabia. 

Su lectura me ha parecido: entretenida, íntima, generacional, con constantes referencias a la cultura popular francesa, noventera hasta decir basta, veraniega, claustrofóbica en cierto modo, bella, desesperada... El verano, la estación más deseada y odiada a partes iguales. Unos por la libertad que para ellos representa la arena, una tumbona y el horizonte azul contemplado a través de unas oscuras gafas de sol. Otros por el horror materializado en camisas chorreantes de sudor, sombrillas que no protegen correctamente del sol o el simple hecho de matarte a trabajar mientras el resto se pega la vida padre. Los veranos tienden a recordarse, a evocarse, a reproducirse en bucle, como si de una canción del Spotify se tratase. Sobre todo aquellos que, de alguna manera, han marcado nuestra vida, algunos sustancialmente y otros para siempre. Cada veraneante estival es un mundo. Están los que se alquilan un apartamento en la costa y se pasan los quince días de la playa a la cama, o de la playa al chiringuito, o de la playa a la discoteca, o de la playa a la playa. Los que, hijos del éxodo rural, se pasan los días de vacaciones en la casa del abuelo o de la abuela que todavía conserva en el pueblo del que un día, hace muchos años, salió en busca de un futuro mejor. Pero también, no debemos olvidarnos, los hay que no tienen ni apartamento en la playa ni ningún familiar cercano con vivienda en la España rural y la ciudad, la jungla de asfalto, se convierte en su refugio hasta que la rueda comience a dar vueltas de nuevo amparados por una resignada virgen de agosto. En esta subjetiva clasificación también incluiremos, como no, a las y los privilegiados que consiguen viajar al extranjero una vez al año; algunos de los cuales, no sin cierta desidia, desprecian lo que el país que les ha visto nacer puede ofrecerles. Los veranos que hunden su ancla en nuestra memoria tienden a ser los mismos: el de la infancia (por ser de los primeros, aunque la nitidez de las vivencias no sea del todo fiable), el de la adolescencia (episodios concretos, idealizados hasta la exageración y de algún modo determinantes) y los de la edad adulta o madurez (cuando o bien estás harta/o de volver siempre al mismo lugar y te despides por un tiempo de él o bien se produce una inusitada reconciliación con lo que tanto repudiaste y ahora observas con ojos menos prejuiciosos). Y hablando de veranos, este ha sido especialmente memorable, no sólo por el hecho de que hayamos sacado a pasear la mascarilla (hasta en la playa) o que nuestras manos se hayan convertido en un muestrario de geles hidroalcohólicos. También por haber sido el verano de los redescubrimientos. De pronto esa calle del centro no es tan fea como parecía o ese sendero que conduce al pueblo de al lado es menos difícil de lo que recordábamos. Si hasta la Giralda, la Catedral de Santiago o la Muralla de Ávila nos vuelven a resultar hermosos. Como si el haber permanecido meses sin salir de casa hubiese alterado nuestra percepción y ahora se nos antoje todo nuevo, impactante, deslumbrante. Precisamente de calores aplastantes, de descubrimientos - y algún que otro redescubrimiento - y de las peculiaridades de cualquier idiosincrasia patria (en este caso la francesa) va la novela que hoy reseño para todas vosotras/os. Merecedora del Goncourt y perteneciente a una tendencia literaria en ascenso. Sus hijos después de los nuestros: adolescencia noventera y decadencia industrial de la Francia periférica. 


Si hace unos años la nostalgia ochentera parecía invadirlo todo, sobre todo a nivel cinematográfico y seriéfilo. Algunos lo achacaron al arrollador éxito de la serie de Netflix Stranger Things - sobresaliente en su primera temporada, predecible en las dos siguientes - ya que en ella, además de Demogorgons y niñas con poderes telequinéticos (inolvidable Eleven), la ficción se revelaba como un brutal y bello homenaje a una década clave a nivel cultural, cuyos iconos han acabado imponiéndose, con todo el derecho del mundo, en los primeros puestos dentro de nuestro imaginario popular. Su visionado te hacía revisitar clásicos como Los Cazafantasmas, Los Goonies, Tiburón, la saga de Indiana Jones, Top Gun, Regreso al futuro, Terminator o La historia interminable. Así como volver a sumergirte en los acordes de los Village People, Bonny Tyler, The Police, Europe, Blondie, Madonna o Def Lepard. Otros por el contrario achacaron este revisionismo a que la mayoría de las películas citadas cumplían la friolera de veinticinco años - algo que cuesta de asimilar ya que su esencia sigue tan o más vigente que entonces - . Por el contrario, a menos que yo sepa, a nivel literario la fiebre de los 80 no tuvo tanta repercusión más allá de alguna novela ambientada en dicha época que pasó por el mercado editorial sin mucha gloria. Lo que sí sucedió en España en particular, y esto es importante reseñar, fue una revisión menos idílica de lo que significó la Movida Madrileña. Un movimiento socio-cultural imprescindible para entender las nuevas corrientes artístico-literarias que entraron como un torrente en nuestro país - algunas de ellas todavía prevalecen en campos como el cinematográfico, el musical o el de la creación literaria - y que llenaron el país de libertad y luz pero que, en su génesis, también se observan muchas sombras. Pues bien, si los 80 volvieron con fuerza, los 90 han irrumpido por una puerta todavía más grande. El estreno - cumpliendo la profecía que le hizo Laura Palmer al agente Cooper en la famosa Habitación Roja de que volverían a verse dentro de veinticinco años - de la tan ansiada como sorprendente tercera temporada de Twin Peaks en el año 2017 ya era un aviso de lo que estaba por llegar. Y aunque el amor en la Lombardía de los años ochenta entre Elio y Oliver en Call me by your name nos dejó mudos de asombro también aquel lejano 2017, los 90 estaban a punto de llamar al timbre. Esta vez sí que la literatura se atrevió a coger el guante, lo que ha provocado el surgimiento de nuevas voces (la mayoría mujeres) nacidas en dicha década o que la vivieron marcadas/os por el conflicto entre la tradición y la modernidad. Elisa Victoria, Sally Ronney, Andrea Abreu, Angelo Nestore, Marina L. Riudoms, Anna Pacheco, Luna Miguel, Emma Cline, Víctor Parkas... La lista es larguísima. Películas como Las niñas (2020) de la directora Pilar Palomero o Verónica (2018) de Paco Plaza, una nueva reivindicación del disco Nevermind de Nirvana, ese acercamiento intelectual a los iconos culturales de la época como la Ruta del Bakalao o que de cara al próximo invierno las camisas de leñador vuelvan a estar de moda (herederas del estilo desaliñado y grunge de Kurt Kobain) revelan esta nueva fiebre retro. Algo parecido sucede con Sus hijos después de ellos, novela en la que su autor ha pretendido mostrar al mundo, más allá de las fronteras físicas de su país, como era ser joven o adulto en los turbulentos 90. El resultado se revela fascinante y demasiado autóctono a partes iguales. 


Sus hijos después de ellos atrapa desde el primer momento, haciendo las delicias de todas aquellas lectoras/es que sientan, como una servidora, especial debilidad por las novelas ambientadas en lo más caluroso del caluroso verano. Y más aún cuando de repente descubrimos que la acción trascurrirá a lo largo de cuatro estíos bien diferentes (1992, 1994, 1996 y 1998 respectivamente). Cuatro fechas que el autor no ha escogido al azar así por que sí, sino que, en su conjunto, pretenden englobar toda una época dentro de la historia de Francia. De este modo Mathieu va de lo colectivo a lo particular, hablando de acontecimientos trascendentes en el devenir del país - como el desmantelamiento de la industria - así como otros no tan importantes a simple vista pero que desde el punto de vista popular aún siguen rememorándose - como el Mundial de Futbol de 1998 donde Francia se alzó con la ansiada copa -. Todo ello como telón de fondo sobre el que se proyecta la historia de los personajes de esta novela. Ambientada en un valle del este cuyo nombre el autor se inventa para la ocasión, la novela arranca con toallas extendidas sobre la tierra, Ray-Bans falsas, porros, bocadillos de queso y el robo de una canoa por parte de Anthony y su primo para ir a la zona nudista con la única intención de ver chicas en toples. Todo ello con un halo de decadencia bajo el implacable sol dorando sus blanquecinas pieles. Su inicio no puede ser más perverso e interesante a partes iguales. Pillaje adolescente envuelto en una mediocridad - percibida tanto por los personajes como por el propio lector que se adentra en sus páginas - que no desaparecerá e irá in crescendo a medida que avancemos en su lectura. A partir de ahí iremos conociendo mejor a Anthony - hijo de una clase obrera a punto de extinguirse que emprende una huida hacia adelante tratando de escapar de un destino parecido al de su propio padre - a Step - hija de la burguesía provinciana con deseos de aspirar a algo mejor convertida en el intermitente amor de Anthony - y Hacine - hijo de la inmigración y de los márgenes de la sociedad, consigue aún así ascender a pesar de su azarosa caída en picado -. Entre motocicletas robadas, Música de Nirvana, coches de choques, drogas, barrios marginales, fábricas abandonadas y las primeras experiencias sexuales los jóvenes parecen transitar en un paisaje sociológico plagado de pesimismo. En donde los símbolos de la época - como la música de Johnny Hallyday - cobran un gran protagonismo. Fue sin duda en este punto en el que como lectora tal vez me sentí fuera de la historia. Si fuera francesa o conociese más a fondo su historia más reciente a nivel cultural y sobre todo televisivo tal vez hubiese disfrutado de otra forma la novela de Mathieu. El autor ha querido hacer una radiografía tan exacta de los 90 franceses que hay cosas que se me escapaban. Eso sí, me ha encantado saber que nuestros vecinos también enfrentaban a pueblos en un programa de televisión veraniego, como nuestro Grand Prix pero sin la vaquilla, claro está. 


Leyendo esta historia de adolescentes rebeldes, de ciudades cuyo esplendor ha pasado a mejor vida, de padres que proyectan sus frustraciones y sueños sobre sus hijos (sí, en esta novela los progenitores juegan un papel clave), de vasos de tubo arrojados al suelo tras la borrachera y de tragedias personales; me he dado cuenta de que nuestra historia más reciente ha transitado por derroteros más o menos parecidos. Nosotros también sufrimos una traumática reconversión industrial, vivimos un año concreto de gloria - en nuestro caso el 92 - y algunos episodios que nos volvían de golpe y porrazo a una realidad que, por muchas exposiciones universales o juegos olímpicos que se celebrasen, seguía estando ahí. También, al igual que les sucede a los protagonistas del libro, los jóvenes de los 90 caminaban entre dos realidades, la de las generaciones anteriores (en particular la de los padres y sobre todo los abuelos) y la de un presente cuyo desenlace de preveía incierto pero prometedor. Por si fuera poco, aquella fue la última generación virgen de nuevas tecnologías. La última que jugaba a juegos de mesa, a las muñecas o al pilla pilla en lugar de entretenerse con una aplicación de la Tablet. La última que consiguió dejar volar su imaginación o entablar una conversación con amigas/os sin la necesidad de estar mirando cada dos por tres la pantalla de un teléfono móvil. En definitiva, la última capaz de sostener la mirada sin bajar la cabeza. A pesar de que el pesimismo fue la tónica de la década, lo cierto es que durante ese tiempo también nos sentimos un poco los reyes del mambo, los amos del mundo. Por fin parecía que se nos empezaba a tomar en serio, que la gente encontraba trabajo sin dificultad alguna, que podíamos dormir tranquilos, con la certeza de que nada malo nos sucedería. Visto con los ojos del 2020, del confinamiento, de las mascarillas, de los geles, de la distancia de seguridad, de las restricciones, del brutal paro. Con los ojos de un mundo percibido como apocalíptico (sobre todo desde los medios de comunicación) y en el que todo parece haber cambiado para peor, nos entra la risa floja, la carcajada más histriónica, peor que la del Joker. Esa que tanto miedo nos hizo sentir y que, sin a penas quererlo, se ha convertido en un recuerdo más de la antigua normalidad. Un trasto más en ese cajón que con tanto cariño guardamos en nuestra cabeza, esperando tiempos mejores. Mientras tanto, parafraseando a Humphrey Bogart en Casablanca, siempre nos quedarán aquellos veranos noventeros. 

Sus hijos después de ellos: una historia de amor adolescente, huidas hacia adelante, robos, engaños, heridas sin cicatrizar, decadencia, periferia, pueblos de fiesta, lagos refrescantes, fiestas hasta el amanecer, inseguridades... Un Smells like a teen spirit en toda regla y a la francesa. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El sol caía a plomo sobre las aguas del lago confiriéndoles la densidad del petróleo. De tanto en tanto, esa superficie de terciopelo se estremecía al pasar una carpa o un lucio. El chico sorbió. El aire estaba cargado con ese mismo olor a lodo y a tierra plúmbea por el sol. El mes de julio le había salpicado de pecas la espalda, ya ancha. No llevaba puesto a parte de un pantalón de fútbol viejo y un par de Ray-Ban falsas. Hacía un calor para morirse, pero eso no lo explicaba todo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de AdN Novelas

miércoles, 27 de mayo de 2020

RESEÑA: La falsa amante.

LA FALSA AMANTE

Título: La falsa amante. 

Autor: Honoré de Balzac (Tours 1799 - París 1850) fue uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX. Trabajador infatigable (las cincuenta tazas de café que tomaba al día sin duda ayudaban), elaboró la obra monumental La comedia humana con un objetivo claro: describir la sociedad francesa de manera exhaustiva para "hacerle la competencia al registro civil". Durante un periodo de difíciles relaciones con Madame Hanska, Balzac escribió este alegato sobre la necesidad de una "falsa amante" para ocultar el amor verdadero. 


Editoral: Ediciones Invisibles. 

Idioma: francés. 

Traductor: José Ramón Monreal. 

Sinopsis: el matrimonio formado por Clémentine du Rouvre, una bella heredera parisina, y Adam Mitgislas, un noble tan feo como elegante, vive momentos de éxito y bienestar. Sin embargo, la buena administración del patrimonio conyugal se deben según descubre la esposa, al mejor amigo de su marido, Tadeusz Paz, un atractivo aristócrata polaco. El joven Tadeusz está enamorado secretamente de Clémentine, pero de ningún modo quisiera traicionar a su mejor amigo. Y como tampoco quiere herir los sentimientos de ella, decide inventarse una falsa amante para justificar su fingida indiferencia ante Clémentine. 

Su lectura me ha parecido: breve, apasionada, romántica, irónica, culta, cómica, crítica respecto a la decadencia de los ambientes aristocráticos, con una prosa que fluye a gran velocidad... Señoras y señores, en la siempre tradicional introducción antes de adentrarnos de lleno en la reseña en cuestión, hoy vengo a hablaros de los libros de bolsillo. Efectivamente, los que adquirimos los lectores cuando nos vemos apurados de pasta y que consiguen salvarnos cuando la inquietud lectora asoma tras las estanterías. Su historia es cuanto menos curiosa. La necesidad de publicar libros de estas características - más baratos y destinados a la culturización de las masas - ya existía en la antigua Roma con la aparición de los llamados pugiliares en forma de códice y que podían perfectamente sujetarse con la mano. Tras la invención de la Imprenta en el año 1450 se lanzó la primera colección de libros en pequeño formato pensada para su uso durante largos viajes. La idea fue del italiano Aldo Manucio y fue determinante para que en el siglo XVII una familia de impresores holandeses, los Elzebir, produjesen la primera colección de clásicos de la literatura asequibles para el gran público. A partir del XVIII el libro de bolsillo se convirtió en un producto asociado a la burguesía, sobre todo en países como Francia e Inglaterra, transformando, no sólo las relaciones sociales, sino que provocó la irrevocable transición de la lectura litúrgica - en voz alta y dirigida a un gran número de personas que simplemente escuchaban - a la lectura individualista - en solitario y de carácter introspectivo -. Esto favoreció el surgimiento de los primeros clubs de lectura y a los ilustrados, quienes vieron en este invento la posibilidad de extender sus ideas más allá de las cuatro paredes del salón donde tenían lugar las tertulias literarias. Por aquel entonces se popularizaron las novelas didácticas y los folletines de temática amorosa. Ya en el siglo XIX nos encontramos con los primeros Best Sellers cuya popularidad no entiende de clases sociales. Ejemplo de ello serían los famosos Penny Dreadfuls (historias de baja calidad literaria, normalmente policíacas o de terror que se centraban en lo escabroso y sangriento) los cuales vivieron su particular edad de oro en la Inglaterra victoriana. Sin embargo, la idea de libro de bolsillo tal y como hoy la conocemos se materializó en 1935 con la editorial inglesa Penguin Books - germen de Penguin Random House - conjugando calidad literaria con económicos precios. Pronto la editorial estadounidense Suscher sacó su particular packet book destinado a satisfacer las apetencias lectoras de sus soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En España no fue hasta 1939 cuando la editorial Espasa Calpe lanzó su primera colección de bolsillo bajo el nombre de "Colección Austral" - la cual se mantiene hasta nuestros días -. A estas alturas os estaréis preguntando qué hago hablándoos de los libros de bolsillo así tan arbitrariamente. La respuesta la encontraréis en la novela que hoy reseño - un clásico sin parangón - y en su formato tan asequible y tan pequeño que cabe, y nunca mejor dicho, hasta en el bolsillo del pantalón. Cortesía de Ediciones Invisibles y de su apuesta por sus "Pequeños placeres" que han llegado para quedarse. La falsa amante: una comedia de enredo francesa, polaca y con toques autobiográficos. 


Antes de ahondar y meternos de lleno en el cuento de Balzac, merece la pena ponernos un poco en contexto, y en concreto destinar unas pocas líneas a hablar de La Comedia Humana, ya que La falsa amante no se entiende sin el enorme proyecto literario que a su autor le tuvo tan ocupado. Ante la cantidad de deudas y problemas económicos que arrastraba, Honoré de Balzac - el gran maestro de las letras francesas - se comprometió ante sus editores a escribir un total de 137 novelas. De las cuales, solo pudo escribir 85 debido a su inesperada muerte en el año 1850. Afortunadamente, antes de su pronto fallecimiento, al autor le dio tiempo a ordenar, revisar y glosar algunos textos inacabados. Este ingente volumen de historias serían el germen de La Comedia Humana, las cuales comprendían en cronología desde la caída del Imperio Napoleónico (1814) con la correspondiente restauración de los Borbones a la llamada Monarquía de Julio (1830-1848) y la llegada de la dinastía Orleans. La finalidad del autor, además de plasmar una panorámica histórica digna de admiración, era elaborar un pormenorizado estudio de la sociedad francesa de su tiempo, desde los grandes acontecimientos hasta la vida de los más humildes, pasando por mil y un detalles sociales, políticos, económicos, culturales y hasta culinarios. Convirtiéndose de ese modo en un observador de la vida cuyos escritos, gracias a su estilo extremadamente realista, son clave no sólo para la investigación histórica del periodo que nos ocupa, sino que también supone un acercamiento inaudito hasta entonces desde el plano literario a la condición humana de principios y mediados del siglo XIX. En La Comedia Humana Balzac no distinguía de clases sociales: campesinos, aristócratas, burgueses, comerciantes, prostitutas, panaderos, floristas, médicos, abogados, maestros... Ya fueran más o menos ricos, más o menos estirados, más o menos atractivos. Todo el mundo era sujeto de interés y de creación literaria a sus ojos naturalistas. Ante la enorme cantidad de escritos, el propio Balzac no dudó en clasificarlos en tres categorías: Estudios morales, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Más que nada para hacer más accesibles sus textos a quienes quisieran ahondar en ellos. En el caso de La falsa amante, que vio la luz en 1841 en un periódico, pertenece a los Estudios morales - incluyéndose posteriormente y tras la muerte del autor, a su vez en una subcategoría titulada "Estudios de la vida privada" - siendo asignada el número 13 en la clasificación general de La Comedia Humana. También es importante señalar la muy posible carga autobiográfica que posee este pequeño texto, ya que como se desvela en su sinopsis, parece que Balzac lo escribió en un momento de grandes desavenencias con Madame Hanska, su amante y futura esposa. De nuevo, biografía y literatura al servicio de un lector que debe o bien asumir dicha historia o bien otorgarle un aura de leyenda al rededor de la figura de Balzac. Aunque os confieso que la disfrutaréis más si pensáis que dichas disputas amatorias fueron reales, sobre todo si os gusta el salseo tanto como a mi. 


Ambientada durante los años treinta del siglo XIX, con el telón de la Monarquía de Julio y con el regreso de los exiliados polacos a la capital francesa, La falsa amante cuenta en muy pocas páginas un triangulo amoroso de manual. El compuesto por el conde Adam Mitgislas - un joven feo perteneciente a una dinastía de rancio abolengo y muy aficionado al juego - Clémentine Rouvre - rica heredera y esposa de Adam - y Tadeusz Paz - el administrador del conde enamorado en secreto de Clémentine -. La trama arranca tarde, aunque es delicioso apreciar el detallismo con el que Balzac describe la decadencia de los salones aristocráticos parisinos, tanto que en ocasiones conseguía acariciar con la punta de los dedos el arcaico mobiliario de aquellos lugares o escuchar avivados debates entorno a la política y la economía francesa. No es hasta el regreso de Adam y Cleméntine del fastuoso viaje de novios - para eso vienen de familias de bien - cuando la historia cobra interés al hacer acto de presencia Tadeusz. Justo la pieza que faltaba para que el cuento no se cayese con todo el equipo en tan pocas páginas leídas. Tadeusz, y sus sentimientos ocultos hacia la joven condesa, no olvidemos, esposa de su amigo y principal cliente al que ha sacado de más de un apuro económico y cuya presencia había sido ocultada deliberadamente a Clémentine por parte de Adam, será la chispa que prenda la narración. Una llama que se avivará en el momento en el que Tadeusz finja tener una amante para jugar con los sentimientos de Clémentine a la vez que no levantar sospechas en el juerguista Adam. Haciéndola más interesante, amena y en ocasiones adictiva. Me sorprende usar la palabra "amena" asociada a Balzac, ya que en general Balzac era de todo menos ameno. Bien lo demuestran sus novelas más extensas, algo que por el contrario no sucede en sus obras más cortas. De hecho, personalmente me gusta más el Balzac breve, ya que en ellas parece crecer en ingenio y en la fina ironía que lo caracteriza. Su pluma culta, sublime se eleva hasta alcanzar un lenguaje digno de admirar y del que todas y todos deberíamos aprender, aunque sea para imaginarnos llegar algún día a estar a su altura literariamente hablando, algo a todas luces imposible. Con todo esto, lo que podría haber sido un folletín excesivamente azucarado en manos de un escritor mediocre, Balzac lo eleva a una categoría superior, donde la universalidad del amor es el eje central y en el que, más allá de ser una divertida comedia de enredo - con un exquisito toque glamouroso - de ella se desprenden críticas a los comportamientos de una aristocracia en horas bajas, la decadencia de los valores revolucionarios o la cultura del chismorreo que no distingue ni de personas ni de clases sociales. Por no hablar de sus constantes referencias a la Divina Comedia de Dante Alighieri, del que el propio Balzac era un grandísimo admirador, que riegan de principio a fin la novela. No es sin duda la mejor novela que he leído de él, pero sí una de las que más he disfrutado, sobre todo antes de que el mundo se paralizase a nuestro al rededor de la noche a la mañana. A partir de ahí, pocas veces me atreví con una novela de amor, no quería que sus personajes me recordasen lo mucho que echaba de menos a mi pareja. Hoy vuelvo a ellos, con cautela, sin hacerme muchas ilusiones, sin creérmelos demasiado, pero el hormigueo y el calor en el estómago asoman desde el umbral, esperando que les deje pasar con todas las precauciones del mundo. 

La falsa amante: una historia de amor, pasión, sentimientos ocultos, mentiras para aparentar, salones parisinos, música clásica, poderío... Una novela que convierte lo típico en algo más profundo e intelectual. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El enamorado de Clémentine se encontraba como en el fondo de uno de los abismos descritos por Aliguieri."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Invisibles

jueves, 30 de abril de 2020

RESEÑA: Génie la loca.

GÉNIE LA LOCA

Título: Génie la loca. 

Autora: Inés Cagnati (Monclar, 1937 - Orsay 2007), francesa, descenciente de una familia de inmigrantes italianos, creció en una región campesina en el suroeste de Francia, donde sus padres eran agricultores. Después de estudiar Letras Modernas, trabajó como maestra. Su infancia en un entorno rural tuvo gran influencia en su obra. De un modo u otro todos sus libros exploran este tema (así como el deseo de huir de los ambientes opresivos de la pobreza). Su primera novela Le Jour de congé, ganó el Premio Roger-Nimier en 1973, y Génie la loca, el Premio Deux Magots en 1977. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: francés. 

Traductora: Vanesa García Cazorla. 

Sinopsis: Génie la loca, que fue toda una sensación literaria en Francia a finales de los años setenta, es una novela poderosa, bellísima, y un canto muy singular al amor de una hija, de una niña, por su silenciosa madre. Gracias a la contención de su escritura y la crudeza de su argumento, este libro ha sido considerado como una de las cumbres de la literatura francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Rodeada de viñedos, granjas y oscuras cocinas, Marie espera a su madre. Cuando no la espera, corre detrás de ella por caminos polvorientos y campos de labor. A su madre la llaman Génie la loca, y es la «oveja negra» de una buena familia; una madre convertida, para su desgracia, en mujer «para todo», poco más que una trabajadora agrícola que lucha contra el mundo en medio de un silencio propio y, en apariencia, indestructible. Génie es una figura misteriosa e inaccesible a la que Marie, su hija, sigue incansablemente, soñando con hacerla sonreír algún día. Ésta es la historia de un crimen público que nadie condena, pero cuyas víctimas (femeninas, por supuesto) soportan la carga de la vida en un mundo durísimo. A pesar de algunas miserias, nada puede compararse al amor que une a estas dos mujeres. A pesar de la vida, a pesar de la tragedia. (Fuente: Editorial). 

Su lectura me ha parecido: elegante, contenida, rural, elegante, fría por momentos, con una interesante narración no lineal, sobria en su lirismo, una durísima crítica social... Todos los pueblos tienen a su propio "loco", o como ha reproducido hasta la saciedad tanto la literatura como lo audiovisual, su "tonto" particular. Lejos de causar la comicidad rayando el ridículo, el esperpento o el mal gusto estereotipado que podemos ver, por ejemplo, en algunas series de televisión, lo cierto es que no deja de ser una mofa oscura y cruel. Suele retratarse como alguien proveniente de extracción social humilde - incluso desde la pobreza más absoluta - vaga solo, con la cabeza gacha, tratando de pasar inútilmente desapercibido. Se diferencian del resto de habitantes por tener una tara que - visible o invisible - siempre habrá alguien que se la recuerde, convirtiéndose en el perpetuo sambenito con el que tienen que lidiar día sí día también. Además de todo lo mencionado, en la cultura popular se ha asociado siempre con la salud mental, con una infancia traumática o con alguna minusvalía física o psíquica. De ahí que siempre aparezcan armando escándalos, metiéndose en líos o sufriendo el escarnio, burlas, palizas y toda clase de vejaciones por parte de los que consideran que diferente es sinónimo de peligroso. Nos olvidamos que, en muchas ocasiones, el "tonto" o "loco" del pueblo siempre ha sido hombre, cuando, las mujeres también han sido consideradas en muchas comunidades rurales objetos de cuchicheos y humillaciones públicas. Y aún más si la mujer en cuestión se revela contra los estereotipos de género o ansía con aspirar a algo más. Entonces éstas se convierten en "locas", "histéricas", "marimachos", "putas", "brujas"... El listado es extraordinariamente largo. Las más "afortunadas" - entre comillas siempre - sólo tenían que soportar estos graves calificativos, pero las más rebeldes eran condenadas al ostracismo o a la rehabilitación psicológica más terrorífica. Todo para que volviesen a ser las esposas, hijas o madres canónicas, o dicho de otro modo, lo que la sociedad patriarcal espera de ellas. Y si la cosa iba a más el exilio, forzoso o voluntario, se convertía en el horizonte para muchas. No obstante, cabía la posibilidad de que su marginación también se debiese a cuestiones jamás mencionadas, de las que ellas no tenían la culpa y que vienen directamente de la desigualdad de géneros. De esa violencia sexual de carácter heteropatriarcal silenciada y de la que siempre se ha condenado a las mujeres cuando en realidad son víctimas de la misma. Una realidad silenciada que abocaba irremediablemente a la huida, la precariedad y el eterno estigma. Todo eso y más habita, como un corazón palpitante, en la novela que hoy me dispongo a reseñar. Un libro adecuado para los tiempos que corren más allá del Covid, vivo en su crítica y estilísticamente impactante. Génie la loca: crónica, marginación y aislación entre vides. 


Una de las cosas que más he escuchado estos días es la necesidad, por parte de las lectoras/es, de adentrarse en un determinado tipo de literatura concreto para sobrellevar mejor el confinamiento durante el estado de alarma. Muchas y muchos optan por géneros hasta el momento duramente olvidados como el humorístico - hasta entonces el patito feo de toda librería que se precie - el de viajes - cuya relectura seguro provoca una renovación profunda a nivel temático y estilístico - o las novelas de aventuras - que vuelven con más fuerza que nunca -. Tambien, y de forma totalmente paradójica, se está leyendo literatura de terror y ciencia ficción - poniendo especial foco en las ucronías y distopías - como nunca. Y es que como ya comentaré en la siguiente reseña, psicológicamente pensamos que paliaremos nuestros sufrimientos y miedos provocados por la situación actual si observamos que, aunque sea en el plano de la ficción, alguien lo está pasando peor que nosotros. Lo que está claro es que el lector confinado ansía con derribar las paredes de su casa y trasladarse a lugares muy lejandos en los que poder evadirse un rato de las malas noticias, la saturación informativa, los bulos y la incertidumbre. Y aunque, como he mencionado antes, existen ciertos géneros predilectos para lograrlo, las novelas de cariz costumbrista también se convierten en la opción más humilde - y en cierto modo más realista - para marcharte sin que el shock sea abismal. Dicho de otra manera, para que resulte más fácil regresar a nuestro encierro sin caer en dramas traumáticos para la lectora o el lector. En Génie la loca no nos vamos muy lejos, viajamos físicamente y temporalmente a la Francia de mediados de los años 70. Aquí al lado vamos. A un paisaje vinícola perdido entre la Rochelle y Hyères plagado de pequeñas granjas y trabajadores de la vid siguiendo los pasos de Génie (a las que todos se refieren como "la loca") y su hija Marie en su recluida vida en una pequeña granja en la cima de una colina. Estampa que, aunque lejana en kilómetros, nos resulta bastante familiar. Y por si fuera poco nos adentramos en una historia donde, bajo una capa gruesa de discreción, se esconde uno de los relatos más potentes y sombríos sobre la condición femenina en el ostracismo que he leído en años. Así que muy atentas/os porque es posible que tras leer esta reseña. y en el momento que por fin abran las librerías, vais a preguntar a vuestra o vuestro librero de confianza por este texto. Y si no, tiempo al tiempo. 


Como ya apuntaba en el primer párrafo, "Génie la loca" es el mote que recibe Génie - la secundaria silenciosa de esta historia -. Un apelativo que la sociedad rural le ha impuesto no porque tenga una malformación física, ni padezca una enfermedad mental, sino el hecho de haber traído una hija bastarda al mundo en una época y en un lugar en el que tener hijos fuera del matrimonio suponía un escandalo de proporciones bíblicas. Se sabe que, tiempo atrás, Génie pertenecía a una familia rica y acomodada de la zona, pero hasta ellos, sus propios padres, renegaron de ella. Y no, no está loca, Génie conserva la cordura a pesar de haber sido rechazada por su clase social viéndose obligada a una vida itinerante trabajando en la vid en condiciones de semiesclavitud con una hija a cuestas. Lo que está es sola, recluida en la pequeña casa de la colina, alejada del núcleo urbano del pueblo más cercano, donde nadie podía acercarse para insultarla, menospreciarla o hacer daño a su pequeña Marie. Aún así, la gente de los alrededores se aprovecha de su desesperación y necesidad para encargarle las tareas agrícolas más duras. Génie, aunque sabe lo injusto de la situación, las acata con resignación y a costa de su propia salud pensando que algún día el estigma de ser madre soltera acabará desapareciendo. Pero lejos de suceder, Génie acaba aceptando su mote y la condena que ello supone. Los años pasan, nada cambia, Génie sigue siendo "Génie la loca", pero Marie crece y su relación son su madre es cada día más difícil y compleja. A través del punto de vista de la pequeña iremos conociendo la vida en la granja, la dureza del campo, la pobreza hostil, sus amigos los animales y por supuesto la frialdad que su madre muestra hacia ella. Marie ha crecido al lado de una madre que siempre ha rechazado sus abrazos, besos, manteniendo un doloroso e intencionado desapego. Génie quiere a su hija, pero se lo demuestra apartándola de su lado, pasando menos tiempo con ella y esquivando sus muestras de cariño para que la pequeña no acabe heredando su mala fama. Como si fuese un ente contagioso, como si el hecho de pasar tiempo con ella acabase desembocando en los comportamientos por los que todo el mundo la repudia. Esta malsana relación no es comprendida por Marie, quien se tiene que contentar con los juegos que ella misma se inventa y hablar con los animales - se hace amiga de un locuaz pato Bienot y de una ternera ciega con triste final llamada Rose -. Al mismo tiempo, Marie es rechazada por todos los niños de la comunidad. Nadie quiere jugar con ella, su abuelo paterno rara vez tiene detalles con ella y la marginación hace poco a poco mella en su personalidad. Sólo pequeñas muestras de solidaridad femenina - como la declinación de Génie a una proposición - añaden matices a la convivencia, evidenciando que en el fondo los vecinos saben que Génie no se merece el escarnio al mismo tiempo que se ven obligados a guardar las distancias, como si se les pudiese pegar algo de ella. "El qué dirán", como siempre, detrás de estos comportamientos hipócritas. 


A través de una narración no lineal - en la que se alternan dos tiempos cronológicos no tan lejanos en el tiempo - asistimos a los pensamientos de Marie, atrapada entre dos caminos. Por un lado, el de la resignación a permanecer toda su vida en el campo al lado de una mujer que dice ser su madre pero no se comporta como tal a ojos de la pequeña. Y por otro, su capacidad de escapar de la marginalidad a través de la imaginación, de sus conversaciones con los animales, como si soñar despierta le diese esperanzas para seguir adelante. Es entonces cuando entra en escena Pierre, un joven al que Marie conoce en la estación y que poco a poco acaba convirtiéndose en un faro que le guía hacia nuevas perspectivas de futuro. Pero cuidado, lejos de parecerse a los príncipes azules de los cuentos de hadas, Pierre tiene sus propios problemas a los que se enfrenta todos los días. De esta forma la autora se carga la narrativa que tanto nos han inculcado de pequeñas, esa que hablaba de la existencia de hombres valiente y guapos que, guiados por las toxicidades del amor romántico, estaban dispuestos a poner en peligro su vida para salvar a la princesa de turno, la cual, debía aguardar pacientemente a ser rescatada de las garras del dragón, ogro, madrastra o monstruo malvado de turno. Todos tienen problemas, y la vida en la Francia rural parece no ser fácil para nadie. Es tremenda la capacidad que tiene la autora para encoger el estómago del lector con esta doble marginalidad del personaje de Génie. Presentando, en primer lugar, una reclusión física materializada en su encierro en la casa de la montaña, alejada de todo y todos, en un lugar en el que, aunque llegan insultos, se siente un poco más protegida que si viviese en plena plaza mayor. Y en segundo lugar, una reclusión interna, la más dolorosa de las dos y la que comporta mayores sacrificios para ella. Esto se ve reflejado, por ejemplo en la ausencia de voz. Génie casi no habla, y los pocos vocablos que pronuncia son absolutamente necesarios para su propia supervivencia, pero no para su integración como ciudadana y persona dentro de la comunidad. Esta mudez representa la ausencia más absoluta, similar a un fantasma que vaga sin rumbo arrastrando del pie una condena a todas luces eterna. Si no existes automáticamente no eres nada ni nadie, y por tanto, no tienes derecho a vivir plenamente o a relacionarte con la gente, eso está reservado a los corpóreos, no para los expulsados, los apestados, los que permanecen en los márgenes, los que, en última instancia, existen pero nadie quiere verlos. En Génie la loca, Inés Cagnati plantea la doble moral con la que se condenaba a las mujeres por el simple hecho de no amoldarse a los cánones de género, pasando por alto la violencia patriarcal, a todas luces silenciada, causante en muchos casos de la caída en desgracia de muchas mujeres. Hablamos por supuesto de abusos, agresiones, maltratos y en última instancia embarazos provocados por esta cultura de la violación. Pienso que, gracias a su estilo tan contenido para huir del melodrama, esas descripciones sobrias, así como ese poso de crítica feminista a la situación de las mujeres francesas en esa época de la historia conforman una novela en la que, si os adentráis sufriréis - es así, no os lo voy a ocultar - pero merece la pena en el momento en el que aceptas la frialdad estilística de Inés Cagnati y consigues sentir la aspereza de la tierra bajo la palma de tus manos. Al finalizar su lectura, y esto es verídico, querréis regresar a la literatura rural que un día dejasteis de lado por prejuicios sin ningún sentido. Querréis conocer la realidad de las mujeres en el campo, tanto desde el plano de lo ficticio como desde el de la no ficción. Y sobre todo, ya no volveréis a mirar a las mujeres de los pueblos con ese sentimiento de superioridad snob, sino que trataréis de entrar en su mundo y escuchar las historias que con tanto celo han guardado para sí mismas. A lo mejor, de todo esto sale una novela, un poemario, una obra de teatro, un artículo periodístico, un ensayo... Pero eso será en tiempos de postpandemia y reconstrucción. 

Génie la loca: una historia de rechazo, infancia atípica, escarnio, esperanza, claroscuros, imaginación, ternura, injusticia, reclusión... Un libro sobre el poder heteropatriarcal en el campo, una novela sobre mujeres en los márgenes perpetuos de la sociedad. 

Frases o párrafos favoritos: 

   "Cuando atravesaba así el pueblo, cosa que rara vez hacía, pues la mayoría de las veces, para dirigirse a las granjas, lo esquivaba tomando atajos o yendo campo através, la gente se callaba para observarla llegar, pasar, alejarse. No le sonreían. No la saludaban con jovialidad. Ella cruzaba, con la mirada perdida, yo corría tras ella y la gente la miraba.
Si tenían que dirigirle la palabra, le decían: 
    - Génie la loca. 
    Nunca: 
    - Eugene. 
    Ni: 
    - Señora. 
    Siempre: 
    - Génie la loca."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Errata Naturae