Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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miércoles, 21 de julio de 2021

RESEÑA: Bienvenidos a América.

 BIENVENIDOS A AMÉRICA


Título: Bienvenidos a América. 

Autora: Linda Boström Knausgard (Estocolmo, 1927) es poeta, novelista y productora de documentales para la radio sueca. Su primera novela, Helioskatastrofen, fue galardonada con el Premio Kandre en 2014. Bienvenidos a América, su segunda novela, se ha traducido a más de veinte idiomas y fue finalista del prestigioso Premio August y del Premio Literario Svenska Dagbladet en 2016. Su libro más reciente, de corte autobiográfico, es Oktoberbarn


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: sueco. 

Traductora: Carmen Montes. 

Sinopsis: Ellen tiene once años y cree haber cometido un acto atroz: ha suplicado a Dios la muerte de su padre, un hombre alcohólico y atormentado. Ahora su deseo se ha cumplido y Ellen, sumida en la culpa, enmudece por por temor al poder de sus pensamientos. Su hermano adolescente se atrinchera en su habitación, escucha música a todo volumen y orina botellas vacías. Su madre, una de las actrices más famosas de Suecia, se empeña en aparentar una normalidad inexistente y repite con insistencia que forman una "familia de luz", pero su optimismo no logra disipar la tiniebla que amenaza con engullirlos a todos. 

Su lectura me ha parecido: dura, intensa, afilada, amarga, perturbadora, oscura, violenta, con una protagonista imborrable, un cóctel lleno de lágrimas... Es la misma historia de siempre. Él, pelo largo, canoso, de mirada azulada y limpia. Arrugas en su rostro, nariz alargada, cuidada barba. Se pone a escribir, a sabiendas de su talento para ello, con una ambiciosa idea en la cabeza: la de contar con pelos y señales su vida. Hasta el más ínfimo detalle, con una prosa lenta y meticulosa. Bajo el título Mi lucha - nada que ver, por supuesto, con el libro que todas y todos sabemos; aunque no le falta cierto grado de pretenciosísimo, había que decirlo - publicó sus dos primeros volúmenes, los cuales acabaron siendo un éxito rotundo en Noruega. Un país de a penas 5 millones de habitantes que, como bien nos han contado, son bastante conocidos por su pasión por la lectura. Algo extensible, por supuesto, a gran parte de la órbita escandinava. A esos dos siguió una tercera entrega, y otra, y otra. Así hasta un total de seis volúmenes en los que asistimos a los detalles más íntimos del escritor, incluyendo algunos que afectan a sus amistades y hasta su propia familia, trayendo consigo las críticas de familiares cercanos y algún que otro divorcio como consecuencia de una sobreexposición, en ocasiones, no consentida. Sin embargo, eso no impidió que dichos libros saltaran al mercado internacional e inundaran las casas de medio mundo. A día de hoy son pocos los que no tienen uno o varios ejemplares de su monumental saga en sus estanterías del salón - yo debo ser una rara avis - expuestos, en orden, o rigiéndose por las leyes del libre albedrío. Pero ahí están. Para ser vistos. Admirados. O en mi caso criticados. No me escondo, Karl Ove Knausgard me parece de los escritores más sobrevalorados del panorama literario actual. Aunque, eso sí, le debamos gran parte de las toneladas de ejemplares adscritos a la sobre explotada "Autoficción" que en los últimos años nos hemos comido con patatas. Unos con mejor entusiasmo que otros. Y es que, y en esto debo ser totalmente sincera, no todo el mundo sirve para esto, no todo el mundo sabe plasmar con artefactos literarios algo supuestamente 100% verdadero. Dicho esto, seguro que muchas y muchos de vosotros os estaréis preguntando a qué ha venido la parrafada sobre el afamado escritor noruego. La pista la encontramos, por supuesto, en esa frase inicial, en esa retórica patriarcal que no nos deja mirar más allá de la figura del gran escritor de éxito. Esa que nos impide atisbar el poder narrativo de una de sus parejas, Linda Boström, aquella que quedó ensombrecida ante el mastodonte literario, aquella que, un año después de alejarse de él, nos regalaría un texto - irónicamente con toques autobiográficos o disfrazado de ellos, no lo sabemos - impecable que, a pesar de la dureza de las imágenes que nos describe, merece la pena leer. Bienvenidos a América: el odio al padre, la violencia subyacente y la infancia como prisión. 


Reconozco que cuando lo empecé a leer tuve que meditarlo, dejarlo estar día sí día también, reposar cada párrafo que, como una bala, impactaba de lleno en la herida que se abrió hace unos años en mi estómago. Desde entonces, todo libro - especialmente si son novelas, aún no he conseguido averiguar el por qué - en el que los hijos odian, de forma extraordinariamente visceral y lacerante, a sus progenitores provoca que dicho corte se agrande unos centímetros más, haciendo inviable cualquier intento de aproximación a su lectura. Todavía me sorprendo de, hace unos años, haber salido indemne de un libro como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (de Tatiana Tibuleac). Una historia en la que somos testigos del rencor que un adolescente herido le profiere a su madre enferma y a la que le queda poco tiempo de vida. Yo creo que fue la poesía, como lleva sucediendo desde que redescubrí los versos del poeta alicantino más importante que ha dado las letras españolas, de sus imágenes lo que acabó salvando a aquella lectura de la injustificada condena. De que ardiese en la imaginaria hoguera de las novelas que hacen daño. Algo parecido me sucedió con el texto que hoy tengo el placer de reseñar, en el que, aunque no exista belleza lírica por ningún lado - de hecho el retrato que propone es capaz de escocer la piel - sí que encontré episodios de abstracción y de contención narrativa que me hicieron alejarme, psicológicamente hablando, de los hechos que se estaban narrando en ella. Automáticamente coloqué un muro de contención, por si las palabras eran en realidad agujas fuera del costurero, pero al no recrearse en exceso en sobreexplotar el drama, éste acabó evaporándose, aunque esa inquina - en este caso hacia el padre - quiso que en más de alguna ocasión me afectase más de la cuenta. Salvando toda implicación que solamente compete al ámbito estrictamente privado, cabe ensalzar el trabajo de Boström a la hora de introducir al lector en un ambiente tan opresivo como desasosegante. En ese hogar antaño feliz pero ensombrecido por las adicciones, la muerte y el silencio. Sobre todo esto último. Convertido en el verdadero leitmotiv y aliciente de la novela. El silencio de una niña que, tras pedirle a Dios que matase a su padre, enmudece ante su fallecimiento - debido a su profundo alcoholismo - creyendo que han sido sus propias palabras las que lo han conducido, queriendo en este caso, a la tumba. Como veis, una lectura nada amable, no apta, por supuesto, para quienes se encuentren en momentos especialmente delicados emocionalmente. Aunque existan kamikazes que en ocasiones desoigan recomendaciones.


El silencio de Ellen - tremendísimo personaje el que ha construido Boström - desquicia a todos los que la rodean. Incluyendo a la madre, exitosa actriz de teatro, y a su hermano, encerrado en sí mismo, en su cuarto y en esas botellas que llena con su propia orina. Sin embargo, el torrente de pensamientos que asaltan a la propia Ellen es incesante, como una riada que arrasa todo lo que pilla por delante. Rabia y culpa se conjugan en el interior de su cabeza, pero también la hipersensibilidad, narrada desde dentro, desde un lugar que remueve al lector, sin adornos ni recursos excesivamente dramáticos, pero con el regusto devastador que éste provoca. Aunque sin duda, el mayor acierto de esta novela corta es, precisamente, la consecuencia que se desprende de la ausencia de voz por parte de la joven protagonista. Y es que la falta de comunicación no solo genera una poderosa reflexión entorno a los problemas que la sociedad contemporánea atraviesa en lo que a hermetismo y paulatino aislamiento social (enormemente favorecido por la apabullante revolución tecnológica) se refiere, también, desde un plano más doméstico, en lo que respecta a los roles establecidos dentro del hogar. El silencio, poderoso silencio, es capaz de destronar a la madre que parecía tenerlo todo bajo control o al hijo en plena catarsis psicológica. Destruyendo, por completo, la inquebrantable imagen de la familia perfecta, como se refiere la propia madre en un pasaje de la novela. La hipocresía, por supuesto, es otro de los grandes temas de la misma que, como si de un monstruo invisible se tratara, va devorando a cada uno de los personajes, a todos menos a Ellen que, con su tajante decisión de no pronunciar palabra alguna, rompe el pacto ancestral, la piedra angular que ha regido siempre sobre el ámbito privado, la sagrada regla de fingir normalidad, tranquilidad, o incluso felicidad, cuando, en realidad, ésta hace tiempo que se esfumó por la ventana. Hipocresía es aparentar en vez de lanzar un grito de socorro o de furia contra aquello o aquel que te obliga a representarla a diario. Aunque se parecería más a una alfombra, vieja, desteñida, esas que podrías encontrar perfectamente en cualquier tienda de antigüedades, bajo la que escondemos toda la mierda - perdonad el término, pero es que es así - hasta que de pronto, cuando queremos hacer limpieza, ésta nos devuelve un polvo difícil de quitar. Suspendido en el aire, viciando la casa, despertando reanimando problemas enquistados. De todo esto y mucho más va Bienvenidos a América - cuyo título hace referencia a una obra que Ellen ve - y que no deja de resultar la metáfora perfecta de como las esperanzas, en este caso de pertenecer a un hogar idílico, se truncan de forma desgarradora. América, cuna de la libertad y de las oportunidades que, como vemos a diario, acaban por volatilizarse entre dulcificadas retóricas de tierras prometidas, extrapolándose a realidades más frías, del norte de Europa donde los sueños, y los silencios, parecen más largos. 

Bienvenidos a América: una historia de culpabilidad, dolor, incomprensión, monólogos internos, incomunicaciones insalvables, cierto grado de perversidad... Linda Boström ha llegado, dispuestas a rompernos el corazón y el alma con sus extraordinarias novelas. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hace ya tiempo que dejé de hablar. Todos se han acostumbrado. Mi madre, mi hermano...Mi padre está muerto, así que no sé que diría. Quizá que es herencia. En mi familia esa herencia causa estragos. Implacable. Con los descendientes directos. Tal vez yo llevaba dentro el silencio desde siempre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

sábado, 20 de marzo de 2021

RESEÑA: Los que cambiaron y los que murieron.

 LOS QUE CAMBIARON Y LOS QUE MURIERON


Título: Los que cambiaron y los que murieron. 

Autora: Barbara Comyns (1909-1992). Nació en el condado inglés de Warwickshire, en una familia venida a menos. Estudió arte en Londres y contrajo matrimonio con Arthur Price, un pintor con el que tuvo dos hijos. Se ganó la vida de las formas más variopintas: vendedora de coches antiguos, modelo, cocinera o criadora de caniches. En 1945, se casó en segundas nupcias con Richard Comyns, un funcionario del Forgein Office que trabajaba bajo las ordenes de Kim Philby y con quien viviría en Ibiza y en Barcelona durante dieciséis años. De sus novelas cabe destacar: Y las cucharillas eran de Woolworths (1950), La hija del veterinario (1959), The Skin Chairs (1962), El enebro (1985), Mr. Fox (1987) y The House of Dolls (1989), entre otras. Murió en Shropshire en 1992. 


Editorial: Gatopardo Ediciones. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Inés Clavero. 

Sinopsis: El verano de 1911 se promete feliz para los habitantes del condado de Warwickshire. Nadie se imagina que una misteriosa pandemia está a punto de partir la comunidad en dos: los que cambiaron y los que murieron. "¿Quién será la próxima víctima que se cobrará esta locura mortífera?", se pregunta el periódico local. Un episodio de resonancias bíblicas preludia la llegada de la epidemia: el río se desborda, anegando los campos y trayendo el caos a la ya de por sí caótica vida de la familia Willoweed. Los patos nadan por el caserón inundado, cerdos sin vida flotan a la deriva y el viudo Ebin y sus hijas navegan en un bote de remos por el jardín sumergido. A la destrucción natural le sigue una serie de calamidades, muertes y suicidios que parecen fruto de un apocalipsis planeado más que del azar. La búsqueda de una explicación a la epidemia despierta el afán persecutorio de algunos lugareños. Pero hay quien aprovecha la situación para pescar en el río revuelto. Es el caso de Ebin, que retoma la vocación periodística, aún a costa de contribuir al pánico con el sensacionalismo de sus artículos, sin sospechar que la enfermedad no tardará en llamar a su puerta. 

Su lectura me ha parecido: ácida, pesadillesca, cruda, trágica, disparatada, con un humor negrísimo absolutamente delicioso, desmitificadora, siniestra, devastadora a todos los niveles... El pasado 14 de marzo se cumplió un año exacto del decreto de Estado de Alarma, de aquella comparecencia histórica en la que el presidente del gobierno, tratando de ocultar bajo una rectitud labial su compungimiento, pronunciaba las palabras más difíciles. De la noche a la mañana pasamos de tomar las calles a deshabitarlas, de coger el trasporte para ir al trabajo a levantarnos de la cama para dirigirnos teletrabajo, de atender a la lección de la profesora/or desde el pupitre a hacerlo desde la mesa de nuestro cuarto, de comprar la ansiada chaqueta en tienda a tenerla en un solo clic, a perdernos en la inmensidad de la pantalla de cine a consumir, insaciables, a través de las plataformas de steeming. Después vinieron los paseos, los aforos, las distancias sociales - o de seguridad - los geles, los cierres perimetrales, los permisos y, por supuesto, las mascarillas que, de un tiempo a esta parte, han acabado convirtiéndose en el complemento más importante. Sin embargo, poco o nada nos hemos parado a pensar en lo literario, en la palabra escrita, en aquello que se publicará influenciado, claro está, por las nuevas dinámicas adquiridas y en definitiva por las consecuencias de la pandemia a todos los niveles. Aunque todavía es un poco pronto para hablar de "literatura pandémica" o "generación Covid", si que es cierto que ya empiezan a asomar los primeros textos que abordan el actual contexto de crisis e incertidumbre. De hecho, podemos distinguir dos claras tendencias: la primera más ensayística (abordando los retos de la ciencia, la necesidad de una mayor inversión en sanidad pública, reflexionando entorno al origen del virus desde un punto de vista biológico, el abordaje de las distintas epidemias acaecidas a lo largo de la historia y los cambios que éstas han provocado o cuantificando las consecuencias de la pandemia a nivel económico entre otros muchos temas) y la segunda puramente testimonial (desde aquel primer texto que apareció editado en Seix Barral sobre la experiencia del confinamiento narrado por una habitante de Wuhan hasta auténticos diarios de la cuarentena publicados en distintos medios de comunicación). No obstante, también ha proliferado la reedición o recuperación de algunos textos clásicos sobre la materia. Desde La peste de Albert Camus - el libro más socorrido y leído durante el confinamiento - hasta 1984 de George Orwell - por aquello de que vivíamos una Distopía - pasando por el Decameron de Bocaccio, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, La gran plaga de Daniel Defoe o Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia de Dacia Maraini entre otros muchos. Algo que, visto con perspectiva, es mejor que una novela escrita de prisa, al calor de los acontecimientos, y sin su correspondiente periodo de reflexión posterior. De entre todos los títulos que han renacido en popularidad, algunos desde unas cenizas casi extintas, destaca especialmente el escrito por la autora inglesa Barbara Comyns en los años 50. Un libro en el que, si bien todo gira al rededor de una perturbadora pandemia, demuestra la destreza de su autora para, en primer lugar, construir un personaje de los que no te dejan dormir por las noches, y en segundo lugar, cargarse la idílica imagen literaria de un lugar tan ensalzado en el pasado para devolver al lector una postal nueva y revolucionaria al mismo tiempo. Hablamos por supuesto de Los que cambiaron y los que murieron: nunca antes la campiña inglesa dio tanto miedo y tanta risa. 


"Los patos atravesaron nadando las ventanas del salón. El peso del agua las había abierto a la fuerza, de modo que los animales entraron en el interior. Circunnavegaron la estancia entre graznidos de aprobación, después partieron otra vez hacia al exterior para explorar el maravilloso nuevo mundo que había llegado durante la noche." Así, de esta forma tan abrupta y directa, comienza Los que cambiaron y los que murieron. Unas líneas a las que, más adelante, se le añade una serie de descripciones de toda clase de animales muertos. Ovejas, gatos, caballos, perros... Un trágico bestiario de criaturas habituales en las hermosas tierras del condado de Warwikshire - lugar de nacimiento de la propia Barbara Comyns - perecidos en una fortuita y extraña riada. De buenas a primeras la imagen impacta, ya no sólo por su explicitud (cabe mencionar que la presente novela fue prohibida en Irlanda por este motivo), también por la visceral rotura con una cierta tradición literaria que buscó en la campiña inglesa una exacerbada idealización de la vida campestre. Sin duda Jane Austen fue una de las mayores contribuidoras. Sus paisajes exuberantes y llenos de belleza ya son indisociables del lugar, hasta el punto de conquistar nuestro imaginario popular y convertirlo en un género literario en sí mismo. La lista es larga: Edmund Crispin, Barbara Pym, Josephine Tey, Sarah Perry, Stella Gibons... Así como las localidades emblemáticas de esta zona: Castle Combe, Lacock, Bibury, Dunster, Shaftesbury o el propio Stratford-Upon-Avon (pueblo natal de William Shakespeare). La trama de estas novelas tiene un patrón muy claro en el que se orbita al rededor de un conflicto - muy problemático pero salvable - con personajes pintorescos, casi todas protagonizadas por una heroína arquetípica, grandes dosis de humor británico, mucho salseo amoroso, un pelín de crítica social (sin pasarse) y una resolución que contenta a todo el mundo. Este topicazo británico - que en el fondo me encanta y engancha como lectora - contrasta en gran medida con lo que Barbara Comyns le plantea al lector, por no decir que arrasa, cual pantanosa riada, todos los estereotipos asociados. Precisamente ese arranque impactante y mortífero ya te avisa de que esto no es una novela británica al uso ambientada en los Costwolds. Aunque, si bien es cierto que antes del incidente todo era muy típico. Que si nombres florales, que si mermeladas, que si los huertos, que si las herramientas para cultivar, que si las vestimentas típicas, que si la sonrisa perenne en el rostro... Barbara Comyns pega carpetazo con una historia que, aunque ambientada en dicho lugar, nada tiene que ver con las de sus antecesores. Dejando bien claro que la belleza puede quebrarse. Que la desgracia llega hasta al más precioso de los pueblos ingleses. Ya sea por medio de un lodazal de ovejas muertas o de síndromes esquizofrénicos. En definitiva, en forma de una extrañísima epidemia. 


Además de inundar casas y provocar que los habitantes del lugar se tengan que trasladar al centro en un bote de remos, la pandemia adquiere tintes más siniestros cuando, de pronto, los lugareños son asaltados por un extraño síndrome u enfermedad que provoca manías persecutorias y delirios que conducen al suicidio. Diezmando de esta forma la población de manera repentina y sistemática. Como si de pronto la calamidad se hubiese posado sobre el pueblo sin esperanzas de que ésta acabe disipándose, como la niebla, esa tan característica de Inglaterra. Envueltos en esta catástrofe que parece salida del Apocalipsis Bíblico, nos encontramos a los Willoweed, una familia que se presenta, en un antagonismo extremo, como los únicos vertebradores de la novela. Si bien, como ya hemos comentado, los personajes literarios situados en la campiña inglesa parecen no enfadarse jamás (o si lo hacen pronto se les pasa), aquí son todo lo contrario. Empezando por Ebin, viudo y pésimo padre al que despidieron del periódico local que ve en la epidemia la oportunidad de relanzar su carrera a base de generar sensacionalismo y alarma social, y terminando con la abuela Willoweed, la glotona, rica, déspota y energúmena matriarca de la familia. El primero se aprovecha de las desgracias ajenas para enriquecerse y poder seguir dándole a la bebida mientras que la segunda se ríe, a carcajada limpia, de las penurias de sus vecinos. En medio, las hijas de Ebin - Emma y Hattie - privilegiadas testigos de la letal enfermedad y de la desidia familiar. De nuevo, Comyns se aleja de la tradición literaria para ofrecernos un descarnado retrato del alma humana del que no se salva nadie, ni siquiera la familia más pudiente. Por quedarme con uno me quedo con la abuela, de hecho, su grotesco retrato me ha recordado por momentos a otra infame abuela, la de la trilogía de Klaus Y Lucas de Agota Kristof, solo que más aseada y con más dinero en el bolsillo. Sin duda, uno de esos personajes que te descolocan y te acompañan días y noches, hasta en tus peores pesadillas. A pesar de alejarse lo máximo posible del intocable canon, Comyns decidió dejar el humor, ese tan típico, tan británico, tan de proporcionar diálogos divertidos a la par que inteligentes con, eso sí, un retorcimiento sarcástico e irónico en su vertiente más oscura. Puro humor negro que, como cabía de esperar, casa a la perfección con lo que se está narrando. En último lugar y para ir finalizando sólo me queda por lanzar un oportuno llamamiento a autoras/es, imprentas, librerías y muy especialmente a editoriales. Está bien ir publicando textos ambientados en la terorífica actualidad, de hecho, al cabo de un tiempo éstos pueden ser sujetos de lectura crítica, ensayos, tesis doctorales o simplemente convertirse en nuevos clásicos de la literatura. Sin embargo, y a la espera de que lleguen historias que de verdad recojan gran parte de la incertidumbre provocada por "el bicho" - como muchas y muchos se han empeñado erróneamente en llamarlo - y que sean producto de una larga reflexión y viaje interno, deberíamos apostar por los que ya están. Por aquellas pandemias verídicas que los autores supieron describir - ya sea porque lo vivieron en su propia piel o porque se atrevieron a usarlas como pretexto para criticar su propio presente o directamente porque vieron en ellas el vehículo narrativo perfecto para contar una gran historia - así como las ficticias, sin duda las más complejas, cuya destreza imaginativa nos conduce a caminos literarios poco transitados. Es poco probable que el mundo asista a una pandemia como la que se inventa de Barbara Comyns, cuya inspiración no puede beber más de los ídolos e ídolas del terror contemporáneo. Lo que está claro es que, como reza su apropiado título, ante cualquier acontecimiento de gravísimas consecuencias hay dos clases de personas: las que se adaptan a la nueva realidad tratando de sobrevivir al cambio y las que perecen con el consuelo de que la historia, según en que lugares, las recordará siempre. 

Los que cambiaron y los que murieron: una historia de riadas, extrañas muertes, familias desestructuradas, hambre de poder, inquina, desgracia, humor ante el que no sabes si reír o llorar... La prueba de que la campiña inglesa puede dejar de ser aquel reducto de paz, alegría y sosiego donde no puede sobrevenir el terror más primitivo

Frases o párrafos favoritos: 

"Se rió para sus adentros y se contentó un poco. Aunque le gustaría tanto campar a sus anchas por el pueblo y oír como los gritos salían por las ventanas de las casas y quizá incluso ayudar a socorrer a alguno de los desafortunados afectados. Le encantaría encontrarse con alguien que se creyera perseguido por los monstruos. De momento solo se habían dado cinco casos, pero llegarían más (...) La imagen del viejo Ives devorado por unos monstruos imaginarios le levantó considerablemente el ánimo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

jueves, 18 de junio de 2020

RESEÑA: La casa intacta.

LA CASA INTACTA

Título: La casa intacta. 

Autor: Willem Frederik Hermans (1921-1995) fue un prolífico y versátil escritor holandés. Escribió ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas; de ellas cabe destacar El cuarto oscuro de Damocles (1958) y No dormir nunca más (1966). En los años setenta tuvo un papel relevante en el desenmascaramiento de Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo falsas rutas de huida a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En 1977, Hermans obtuvo el Premio de Literatura Holandesa, el galardón literario más prestigioso de los Países Bajos. Junto con Harry Mulisch y Gerard Reve, está considerado uno de los tres grandes (De Grote Drie) escritores de la literatura holandesa de posguerra. 


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: holandés. 

Traductora: Catalina Ginard Féron. 

Sinopsis: Europa del Este, 1944. Un soldado holandés que lucha con un grupo de partisanos se refugia en una casa abandonada de aspecto señorial durante un cese de hostilidades. La casa está casi intacta por los estragos de la batalla, y el partisano se instala en ella como si la guerra no hubiese tenido lugar: se baña, se viste con ropa que encuentra en el armario, come restos de comida. Cuando las fuerzas alemanas recuperan la plaza y unos soldados nazis llaman a la puerta, él decide hacerse pasar por el propietario de la casa. Pero ¿cómo se las arreglará para mantener el engaño?

Su lectura me ha parecido: breve, sutil, en ocasiones explícita, pesadillesco, original en cuanto a su premisa, contundente, perversa, antipatriótica, antibelicista, universal... Durante la cuarentena huía, como quien escapa de un animal peligroso, de cualquier referencia literaria al interior, al hogar, a las pesadas cuatro paredes de mi cuarto. De ahí que, salvo alguna excepción, la mayoría de las lecturas que me han acompañado en el confinamiento han sido historias que acontecían fuera, más allá de los muros de la gran ciudad, en la Galicia rural, en la Italia bañada por el sol de una tarde de verano, en la California más chiflada que os podáis imaginar, en la gira de un grupo de rock inventado de los años 70, en algún lugar perdido del atlántico tras sufrir un accidente de avión durante la Segunda Guerra Mundial y hasta en un bibliobús que tenía a la mismísima Isabel II de Inglaterra entre sus usuarios más ilustres. Por supuesto, también me he mecido al son de la espiral autodestructiva de los personajes del cómic Hechizo Total, entretenido yendo de un lado a otro de la enorme casa de muñecas ideada por Patricia Esteban Erlés, llorado acompañada de Delphine de Vigan y su Nadie se opone a la noche - sin duda, el mejor libro de todos los que me leí durante el encierro - o partiéndome de risa con la inoperancia de los personajes de Documento 1 - en última instancia, los más apegados a la realidad y a la precariedad crónica de la sociedad actual -. Todos ellos libros en los que el factor introspectivo (y por tanto de reclusión) era imprescindible para poderlos apreciar en todo su esplendor. Sin embargo, siempre trataba de viajar, aunque fuese a través de mi imaginación, a todos aquellos lugares que, por el momento, son imposibles de visitar. Me angustiaba la idea de no volver a pisar la calle en mucho tiempo. Dicho así suena un tanto exagerado, pero sed conscientes de la incertidumbre, el alarmismo y la dramática situación que estaba teniendo lugar en los meses de marzo y abril. Unos hechos a los que estábamos obligados a hacer frente, sin anestesia alguna, sin que nadie nos hubiera preparado o mentalizado para ello. En mi caso, la medicina la encontré en parte en esas lecturas que me permitieron llenar un poco de aire los pulmones y despejar la cabeza de esos pensamientos trágicos que de vez en cuando me asaltaban por la noche o me producían dolor de barriga. Ahora que la desescalada es un hecho - y ya veremos si no nos tendremos que arrepentir de nuestra rapidez a la hora de gestionarla - he creído conveniente redactar y publicar la reseña del siguiente cuento. Un relato de interior, pero también de exteriores. Una narración que oscila entre el oasis en medio del caos y el horror de una guerra que se antoja la más sangrienta de la historia. La casa intacta: el retrato más macabro, helado y despiadado del sinsentido de la guerra.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, cabe presentar un poco a su autor Willem Frederik Hermans. Nacido en Ámsterdam en el año 1921, es uno de los escritores holandeses más importantes de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Con inquietudes científicas desde niño, Hermans trató de subsistir con la escritura en los duros años de la reconstrucción, algo que le obligó a desempeñar otros trabajos para poder mantenerse en una Holanda con las heridas de la guerra todavía abiertas. Sin haber participado en ella, su producción literaria está enormemente marcada por ésta. Además, por si fuera poco, Hermans se erigió en la década de los 70 como uno de los responsables a la hora de desenmascarar a Friedrich Weinreb. En este punto, permitidme que me detenga, ya que creo que es muy importante que sepáis un poco de esta historia - ya no sólo como curiosidad histórica, también porque, de cara a la novela que hoy reseñamos, lo encuentro bastante oportuno -. Veréis, el tal Friedrich Weinreb fue un economista y escritor judío que, durante los años de la ocupación nazi en Holanda, se dedicó a vender rutas seguras para los judíos que deseaban escapar del país. Las gente, desesperada, no dudaba en desembolsar grandes sumas de dinero con tal de escapar del horror y de una muerte segura en los campos de concentración. Sin embargo, la  ruta supuestamente segura fue en realidad una trampa para que los judíos cayesen en la trampa y acabasen arrestados por los nazis. Cuando fue descubierto en 1944, dejó su casa y se escondió en el pequeño pueblo de Ede. Tras la liberación y una vez capturado por los aliados, fue encarcelado tres años acusado de fraude y colaboracionismo. Pero no fue hasta 1969 cuando, a raíz de unas memorias publicadas ese mismo año, en las que afirmaba su intención de brindar a aquellos judíos esperanza de supervivencia, además de la creencia de que los Países Bajos iban a ser liberados antes de que los nazis ordenaran la deportación. El debate sobre su culpabilidad o inocencia se extendió durante décadas, llegando a su punto más álgido y acalorado en la década de los 70. Fueron muchos los intelectuales que se mojaron y dieron su opinión al respecto, entre ellos el propio Hermans, que lo señaló como culpable de la muerte de aquellas gentes. Años más tarde, y en un intento de poner fin al debate, el gobierno pidió al Instituto de los Países Bajos para la Documentación de la Guerra que investigase el asunto. Finalmente en 1976, y tras haber realizado un trabajo de documentación, cotejo y entrevistas a los pocos supervivientes que quedaban de los hechos, se presentó un informe en el que se señalaba la falsedad del testimonio que Weinreb plasma en sus memorias, señalando su intencionalidad estafadora y ascendiendo a 70 el número de victimas que la famosa "ruta". Esta pequeña pincelada de historia, que a priori parece no venir a cuento más allá de la opinión del propio autor al respecto, va más allá de lo meramente anecdótico. Ya que me permite a mi como crítica literaria enmarcaros no sólo en la época - asumo que todos la domináis más o menos - también en ese retrato de la maldad en estado puro. Una maldad que, en tiempos de guerra, se expone de la forma más explícita, naciendo del interior de personas que jamás imaginarías, mostrando que no existen límites en cuanto a crueldad humana se refiere. Weinreb supo ocultarla de la forma más retorcida y sibilina, una liga a la que los personajes de La casa intacta jamás podrían aspirar. 



Ambientada en un lugar desconocido de la Europa del este y en pleno apogeo de las hostilidades entre ambos bandos, asistimos a la historia de un soldado holandés - cuyo nombre jamás sabremos - que, en medio de un cese de disparos, decide separarse de sus compañeros partisanos y refugiarse en una casa abandonada y de aspecto señorial. La sorpresa es mayúscula cuando descubre que dicha mansión a penas se ha visto afectada por las bombas o los disparos de metralla, si hasta sigue emanando agua caliente. Una vez en su interior, el soldado se queda a vivir en ella, disfrutando de los objetos y comodidades de sus estancias, así como de las comida que los anteriores dueños no pudieron llevarse a la boca. La situación se le antoja idílica en medio del caos bélico, una especie de oasis en medio del bravo océano. Pero llegan los Nazis, recuperan la plaza y llaman a la puerta del caserón. A partir de ese momento, el soldado deberá fingir ser entonces el propietario de dicho lugar para evitar una muerte segura. Con esta premisa tan atractiva, Hermans ya consiguió que una servidora se interesase por esta novela corta - por no hablar de relato - y eso que, como ya he comentado en más de una ocasión, hacía años que no me adentraba en una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Mi aproximación a ella había sido desde una perspectiva más ensayística, memorialística, más pegada a los hechos que a la ficción que esta puede inspirar en cualquier pluma más o menos talentosa. Una vez vencido el escepticismo, La casa intacta duró pocos días en mi mesita de noche. Lo devoré. Con ansia. Con entusiasmo. Su brevedad fue determinante, pero también la forma con la que Hermans consigue que el lector no despegue los ojos del papel. A pesar de buscar siempre lo lírico en una narración, en esta ocasión adoré la hosquedad de su estilo, sin duda a corde con el contexto y la historia que se narra. Lejos de resultarme molesta, esa sequedad me impactó, me subyugó, hasta el punto de querer atesorar todos aquellos recursos, como si de una clase de escritura creativa se tratara. La casa intacta se adhiere perfectamente a la tesis de que, si quieres contar una historia en la que suceden cosas abominables, las palabras y el tono deben ir en consonancia si lo que se pretende es dejar huella en la memoria del lector. Así que gracias Hermans, gracias por esta lección de estilo. 


Dicho esto, y al hilo de lo ya expuesto, cabe rescatar el término "universo sádico" al que el escritor Cees Nooteboom hace referencia en el epílogo de la presente edición. Y es que en el relato de Hermans la violencia se presenta en toda su crudeza, explícita por momentos, incómoda de leer y que actúa como vehículo natural a lo largo de toda la narración. El lector se enfrenta a escenas inenarrables, atroces, pero todas ellas justificadas de cara a la intención por parte del autor en denunciar el sinsentido de la violencia. Algo que se acentúa si tenemos en cuenta el pensamiento nihilista de su protagonista - sólo ansía sobrevivir a cualquier precio - y la incursión de otros personajes que, independientemente de su posicionamiento ideológico u político, son capaces de cometer las mayores barbaridades en pos de una causa o un ideal en muchos casos maniqueo. Un acercamiento arriesgado pero efectivo que en los tiempos que corren nunca viene mal tener presente, sobre todo si de lo que se trata es de mandar un mensaje en favor de la no violencia cuando, a la vista está, todavía quedan resquicios de intolerancia y de agresiones movidas por el racismo, la xenofobia o la homofobia. Aunque Hermans lo capitalice en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la denuncia traspasa los límites temporales, alcanzando un estatus universal. Por otro lado, y ya para acabar, señalar la importancia de la casa, y sus características propias, dentro de la historia. Como si se tratara de un personaje más - el más importante diría yo - la mansión en la que el soldado se queda a vivir actúa como refugio más o menos habitable (hay que tener en cuenta que está teniendo lugar una sangrienta batalla y que haya sobrevivido de la forma en la que Hermans nos la describe es por lo menos increíble dentro de la verosimilitud que como lector quieras otorgarle a la novela) frente al terror que se vive a fuera. Al mismo tiempo, cada estancia actúa como un espacio propio, que en ocasiones parece condicionar al protagonista, incitándole a realizar ciertos comportamientos o a la toma de determinadas decisiones. Cuando los nazis irrumpen en sus dominios, la casa dejará de proteger al partisano, mostrando su cara más hostil, dejándole vendido y solo ante el peligro de que descubran su verdadera identidad. Este recurso no es nuevo, de hecho, son muchas las autoras y autores que, desde géneros muy dispares, han concebido novelas o relatos en los que su presencia es absolutamente imprescindible. Julio Cortázar, Edgar Allan Poe, Isabel Allende, Martine Desjardins, Daphne Du Maurier, Shirley Jackson, Adelaida García Morales... La lista es interminable. Nadie puede negar el tirón y las posibilidades de introspección y reflexión que tienen las casas - mansiones, pisos pequeños, apartamentos en la playa, casas perdidas en el monte, adosados - dentro de la literatura. Por lo que no es de extrañar que en los próximos meses, por culpa de la crisis del coronavirus, los lectores asistamos a una avalancha de novelas en las que las estructuras físicas como psicológicas de lo que comúnmente llamamos "hogar" sean elementos protagónicos. Tal vez se cree un nuevo género, una nueva generación que explore la intimidad y lo privado en tiempos de incertidumbre y enfermedad. Conociendo el estilo y una vez leído el relato de Hermans, estoy convencida de que todavía quedan otros puntos de vista que abordar desde lo clásico, aunque dicha mirada parta del interior, de unos ojos que observan el exterior con miedo, sintiendo el peso del techo sobre sus hombros, consolándose de que, al menos, se encuentra a salvo. Al menos de momento.

La casa intacta: una historia de terror, guerra, violencia gratuita, protección, lujos inesperados, ambigüedad, antipatriotismo, egoísmo, supervivencia... Un libro que, en tiempos de desescalada, tal vez nos atrevamos, esta vez sí, a leer.

Frases o párrafos favoritos: 

"Era como si todo este tiempo ella hubiese representado un papel y sólo ahora se mostrara tal y como había sido siempre en realidad: una cueva ventosa, llena de escombros e inmundicia."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

miércoles, 15 de mayo de 2019

RESEÑA: Lo que Maisie sabía

LO QUE MAISIE SABÍA

Título: Lo que Maisie sabía.

Autor: Henry James (1843-1916), escritor americano, nacionalizado británico, está considerado uno de los grandes novelistas de finales del siglo xix y principios del xx. De su extensa obra cabe destacar novelas y relatos tan conocidos como: Daisy Miller (1878), Washington Square (1881), Retrato de una dama (1881), Las bostonianas (1886), Los papeles de Aspern (1888), Otra vuelta de tuerca (1898), Las alas de la paloma (1902) o La copa dorada (1904). (Fuente: Editorial).


Editorial: Gatopardo.

Idioma: inglés.

Traductor: Sergio Pitol.

Sinopsis: Lo que Maisie sabía cuenta la historia de Maisie, una niña que a causa del divorcio de sus padres se ve obligada a vivir un periodo de seis meses con cada uno de ellos. Entre madre, padre, madrastra, padrastro, institutrices y niñeras, Maisie intentará comprender, con mirada inocente y mente perspicaz, el complejo mundo de los adultos, en el que la ambigüedad, la hipocresía, el engaño y la culpa constituyen su entramado emocional y sentimental. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Concentrada, a ratos densa, oscura, con un narrador adecuado para esta historia, profunda, humana, bien escrita (no es para menos), terriblemente actual... Resulta muy curioso que se me ocurriera una tarde, mientras aguardaba en la habitación de un hospital junto a mi hermano, iniciarme precisamente en la lectura de Otra vuelta de tuerca, la novela con la que me enamoré de Henry James. Estadounidense de nacimiento, británico como rebelión. Barroco en sus novelas, accesible en sus relatos. Retratista del alma humana por las mañanas, autor de terror gótico por la noche. Aunque dicha obra (la cual un siglo después Amenábar adaptaría con gran acierto y con una Nicole Kidman en uno de sus papeles más icónicos) se adecuase a lo segundo más que a lo primero - a pesar de esa radiografía psicológica marca de la casa - poco me importó en cuanto tuve la oportunidad de leer la primera página. Desde entonces, y siempre que puedo, trato de reunir en mi biblioteca todo lo que puedo de él - el leerlo de inmediato, como sucede con todo lector, es otro cantar -. Sin embargo, con la novela que tengo de nuevo entre mis manos es diferente, pues tanto su extensión (317 páginas de Henry James pueden ser una gloria o un pequeño suplicio), así como su temática - dura hasta decir basta a pesar de su aparente simpleza - me hacían replantearme una y otra vez su lectura. Hasta el punto de enfocar mi interés en títulos menores del autor a sabiendas que ésta era una de sus mejores novelas. Desvíos claramente intencionados e injustificados que desembocaron, como no podía ser de otra forma, en una oportunidad muy bien aprovechada, digerida, llorada y por supuesto leída. Lo que Maisie sabía: una niña como escudo y testigo de los cristales rotos de un espejo llamado matrimonio.


   Adentrarse en la prosa de Henry James es similar a adentrarse en un laberinto. Nunca sabes si vas a conseguir salir de él rápidamente o, por el contrario, tardaras en encontrar la salida y te perderás entre callejones sin salida o caminos que parecen conducir a ninguna parte. Lejos de alarmaros (ya que a Henry James hay que leerlo sí o sí tanto si eres un lector común como si tu sueño es poder vivir algún día de la escritura), lo que pretendo con mis palabras es aportar toda la sinceridad del mundo. Los clásicos no son fáciles, y menos cuando superan las 300 páginas, y en el caso de Henry James son palabras mayores. Ya nos lo avisó la que fuera su discípula, amiga y confidente durante muchos años - la grandísima Edith Wharton - al admitir que algunos pasajes de su extensa obra resultaban bastante incomprensibles. La admiración implica sinceridad, algo que todas y todos los que nos dedicamos a la crítica literaria deberíamos tatuarnos en la piel, o si no queremos llegar a esos extremos, al menos prestar atención a la relación entre maestro y alumna - aventajada en este caso - en lo que intercambios de impresiones se refiere. Con respeto, pero sin dejar de lado la verdad. Dicho esto, no puedo estar más de acuerdo con Wharton, ya que en esta obra en concreto, en ocasiones - debido a un barroquismo inusitado - al lector se le hace bola. Sin embargo, para que el efecto derivado de su estilo inusitadamente barroco fuese más  leve - ya que en este caso es imposible aportar un remedio - como lectora me concentré en lo que James me estaba contando, y a partir de ahí dejarme llevar. No hay nada más efectivo que cambiar el chip de "lectora común" a "lectora-historiadora" para acabar maravillándome de su atemporalidad, porque sí, lo que sucede en Lo que Maisie sabía podría bien estar aconteciendo al otro lado del rellano.

   Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Lo que Maisie sabía debemos empezar por algo capital, algo que confiere de originalidad la presente novela, algo de lo que muchas veces no nos damos cuenta y que resulta imprescindible para cualquier historia: la particularidad de su narrador. Acostumbrada a toparme con narradores en primera persona o con narradores omniscientes capaces de conocer hasta los sentimientos más ocultos de los personajes, de pronto, Henry James me sorprende con un interlocutor en una tercera persona muy poco convencional. Lo podemos catalogar como frío, impasible, pero personalmente creo que el adjetivo más adecuado para definirlo es el de "distante". Es decir, nos narra la historia pero sin llegar a involucrarse al 100% en ella, dando la sensación de que tiene opiniones propias - las cuales no duda en verter ante el asombro del lector - y sobre todo, que no quiere - por deseo personal - contar más de lo que realmente sabe del asunto. Este narrador no cae bien, no busquéis empatizar con él, no forcéis la maquinaria, pues ahí está la magia de esta novela, en la originalidad de un autor que ha decido contarnos lo que pasa desde la distancia, algo que por cierto, encaja perfectamente con el argumento y la trama. Lo que Maisie sabía cuenta, como habéis podido leer en la sinopsis, la historia de un matrimonio que se rompe con una hija en común. Una historia a la que el lector asiste con verdadera vergüenza, estupor, impotencia e indignación al descubrir como, tanto el padre como la madre, usan a la pequeña para fastidiarse el uno al otro. Y mientras tanto Maisie, de tan solo seis años, acaba entrando sin ella quererlo en un mundo de emociones adultas que ni ella misma comprende. Resulta abrumador como el lector consigue empatizar con la niña, hasta el punto de sentir la misma tristeza, la misma confusión y misma la sensación de estar perdida/o en una dinámica que no le corresponde para su edad. Lejos de solucionarse el problema con una custodia compartida - seis meses con cada uno - los tiras y aflojas entre sus padres recién separados continuarán. De esta forma, Maisie deberá acostumbrarse a vivir en dos realidades diferentes - sus padres consiguen rehacer sus vidas - con dos familias que no siempre tienen ganas o tiempo para ocuparse de ella, ya que la propia Maisie simboliza el recuerdo del fracaso matrimonial. O al menos eso es lo que nos quiere transmitir el narrador desde su "objetivo" punto de vista. A medida que vas avanzando, el lector asiste al proceso de crecimiento y maduración de Maisie, quien sobrevive como puede a la situación, algo que prolonga la angustia y la preocupación del lector, el cual acaba odiando a los padres y sobre protegiendo - como si fuera su propia hija - a la pobre Maisie. Por último, y antes de pasar al siguiente párrafo, me gustaría destacar la magnífica habilidad del autor a la hora de confeccionar y dotar de psicología a los personajes infantiles. Ya lo demuestra en Otra vuelta de Tuerca - Miles y Flora aún me siguen dando escalofríos - y de nuevo encontramos a Maisie, una niña que ya tiene padres, pero aún así, Henry James consigue que queramos adoptarla, sacarla de aquella casa, llevárnosla para cuidarla en un lugar mejor.

   Resulta decepcionante comprobar lo poco que el ser humano ha cambiado. Sobre todo respecto a algunos temas, los cuales, por arraigo social y cultural, parecen no evolucionar nunca. Dicho esto, es importante comentar que la obra de Henry James resulta bastante pionera en ese sentido. Ya no sólo en lo que al argumento de la misma se refiere - que de seguro devino en escandalo - pues por primera vez el lector pudo adentrarse en la espesura y en la oscuridad que en ocasiones reinan en lo privado, en la casa, en ese hogar que desde el XIX nos han intentado vender como idílico. También desde el punto de vista universal ya que, como podemos observar tanto a nuestro alrededor como nada más poner la tele, las relaciones tras el divorcio - y más cuando hay uno o más niños en común - no siempre son buenas. Algunas series de televisión muy conocidas en este país se lo toman a humor - hasta llegar a lo histriónico - pero la realidad es que los que más sufren en ese sentido, los niños, ven afectado su mundo en un momento crucial en sus vidas, en pleno desarrollo y siendo testigos de los rifirrafes entre sus propios padres. Sin embargo, a pesar de su avanzado planteamiento narrativo, no debemos olvidar que Lo que Maisie sabía es hija de su tiempo, como lo fue el propio Henry James. ¿Recordáis mi insistencia entorno al particular narrador de esta novela? Sí, pues en ese caso ¿no estamos entonces ante un narrador que, social y culturalmente, podría también ser un arquetipo de su época? ¿Esa frialdad y esos posicionamientos partidistas que en la mayoría de ocasiones otorga al padre no lo delatan? Y lo más importante ¿nos está queriendo su autor lanzar un mensaje de que, en cuestiones de divorcio, el hombre es el que siempre gana? ¿Crítica social entonces? No lo creo ¿reflejo de los cambios y resistencias de una época? Respuesta correcta.

Lo que Maisie sabía: una historia de enfrentamientos, tristeza, impotencia, infancia alterada, incomprensión, egoísmos, desconcierto... La trascendencia de un debate social en constante ebullición.

Frases o párrafos favoritos:

"Así, la fuerza principal de la niña procedía de su aguda sensación de ser espectadora, de la larga costumbre de ser, desde un principio, motivo de discusiones y en contra la violencia de estás -tenía una cierta idea del juego de fútbol- una especie de compensación por el hecho de verse condenada a tan peculiar pasividad. A menudo esa sensación le permitía ser espectadora de su propia vida, como si la observase con la nariz aplastada detrás de una ventana."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

jueves, 20 de diciembre de 2018

RESEÑA: Un poco menos que ángeles.

UN POCO MENOS QUE ÁNGELES

Título: Un poco menos que ángeles.

Autora: Barbara Pym (1913-1980) nació en Oswestry, Shropshire. Se licenció en literatura inglesa en St. Hilda´s College, en Oxford. En la Segunda Guerra Mundial prestó servicio en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Armada británica. Posteriormente trabajó en el Instituto Internacional Africano en Londres. A lo largo de su vida escribió varias novelas, entre las que destacamos Mujeres excelentes (1952), Jane y Prudence (1953), Un poco menos que ángeles (1955), Los hombres de Wilmet (1958), No Fond Return of Love (1961), Murió la dulce paloma (1978), A Few Green Leaves (1980). Tras su muerte en 1980, se publicó su diario, A Very Private Eye (1985). Junto a Elizabeth Taylor está considerada una de las escritoras inglesas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. (Fuente: Gatopardo).


Editorial: Gatorpardo

Idioma: inglés.

Traductora: Irene Oliva Luque.

Sinopsis: esta novela narra la historia de los amores, trabajos y las esperanzas de un grupo de antropólogos. Catherine Oliphant es escritora y vive con el apuesto antropólogo Tom Mallow. Su relación se tambalea cuando él comienza a tontear con una estudiante, Deirdre Swan. Al enterarse, Catherine empieza a mostrarse interesada por el solitario antropólogo Alaric Lydgate. Al enredo amoroso se le añadirán los tejemanejes de los compañeros de Deirdre y la competitividad que existe entre ellos por ganar una prestigiosa beca de investigación. (Fuente: Gatopardo).

Su lectura me ha parecido: dulce, amable, irónica a más no poder, especialmente divertida, con un regusto austenita imposible de disimular... El año pasado, casi por estas mismas fechas, incluí en la ya tradicional lista de "mejores lecturas" a Mujeres excelentes. Una deliciosa novela escrita por la Barbara Pym, editada por Gatopardo Ediciones y que sin duda supuso un gran descubrimiento, además de la demostración de que el humor puede ser novelado, y si éste es inglés todavía más. Aquella fue una de las lecturas que me acompañó en los días previos a las vacaciones de verano y la disfruté tanto que no pude contenerme, llegando incluso a escribir personalmente a la editorial para felicitarles por el buen ojo que habían tenido al apostar por esta autora inglesa y su microcósmos particular, que no es otro que el de la Inglaterra de los años 50 y 60 del pasado siglo XX pero con aires de otra época, más lejana, igual de apasionante y que tuvo como protagonista a la gran Jane Austen.  Sobrevalorada para unos, pionera para otros, un ejemplo en el que deberíamos mirarnos todas las mujeres que aspiramos a convertimos en escritoras. La cuestión es que su literatura provocó la eclosión, siglos más tarde, de Barbara Pym, hoy en día considerada una de sus herederas en lo que a escritura se refiere que no dudó en pasar a cada uno de sus personajes por el filtro Austen para crear historias tan divertidas como inolvidables a pesar de su a edulcorada puesta en escena. Debido al gran éxito que supuso en España la traducción y publicación de Mujeres excelentes, la editorial siguió apostando por Pym. Desde entonces hasta ahora son tres las novelas de Pym que el lector puede adquirir en cualquier librería o biblioteca de barrio, aunque la editorial se está afanando por regalarnos un cuarto volumen en verano de 2019. Entre ellas, la que hoy tengo el placer de reseñar. Una novela que se encuentra en la misma línea de su novela mas conocida y que ha permitido reencontrarme con ese toque british que tanto echaba de menos. Un poco menos que ángeles: amor, celos, amistad y rivalidad académica con algún que otro problema burocrático de por medio.
                       

La historia de como esta novela acabó entre mis manos no hubiese sido posible, como ya habréis intuido en el primer párrafo, sin la irrupción de Mujeres excelentes en el verano de 2017. Como ya comenté en su momento no fue un libro que me llamase especialmente la atención, de hecho, el encontrarme tantas reseñas positivas me hizo sospechar, ir con pies de plomo, dirigirme a dicho libro con mucha cautela. La misma historia de siempre: libro que tanto los lectores como la crítica no duda en ponerlo por las nubes para luego, una vez te adentras en su lectura, pegarte el batacazo del siglo al descubrir que tampoco era para tanto. Eso me sucedió con Mujeres excelentes durante un tiempo, hasta que, y vencida por una insaciable curiosidad (pues en el fondo quería comprobar si todo aquellos maravillosos comentarios eran ciertos) decidí darle una oportunidad. La bofetada que sentí fue memorable, metafóricamente hablando, al igual que esa expresión de asombro. Se me cayó literalmente la cara de vergüenza y sólo me quedó confirmar a modo de reseña que Mujeres excelentes era todo eso y más. Incluso vi justa la comparación que algunas y algunos hacían respecto a Jane Austen, algo que con otras escritoras en concreto hubiese criticado, negado y hasta maldecido. Hacía tiempo que no me pasaba, que no encontraba justificadas las críticas, y es que la novela de Pym, además de estar bien escrita, te hacía pasar un buen rato, alegraba mi sesión de lectura, esperaba a que fuese de noche para retomarla y continuar por donde lo había dejado el día anterior. No es que a raíz de esto me volviese una fan absoluta de Barbara Pym, pues hay otros géneros y autoras que me llenan más, pero si de su estilo y de su forma de contarnos las relaciones de pareja de la Inglaterra de mediados de siglo XX, sacándole todo el partido que se merece a las situaciones completamente anodinas y que para otros autores no merecen ni siquiera un poco de atención. El recuerdo de Mujeres excelentes me acompañó durante mucho tiempo, aunque con el paso del tiempo éste se fue diluyendo, dejando hueco a otras lecturas que en aquellos momentos acaparaban toda mi atención. Sin embargo, a punto de empezar las vacaciones de verano, conocí la noticia de que Gatopardo iba a publicar Un poco menos que ángeles, algo que me hizo primero exclamar de alegría y afinar los oídos para enterarme te todo lo concerniente a este ejemplar al respecto. La única pega que le encontré fue su título, tan blandito, tan dulce, tan ñoño, como esa canción de ABBA que traducida al castellano viene a decir "creo en angelitos"... Tras hacerme con ella y resistirme durante unos meses a su lectura, pues pillé un momento en el que el terror acaparó gran parte de mis sesiones de mantita, sofá y libro, conseguí hacerme el ánimo. Una vez llegué a la última página saqué dos conclusiones bien claras: la primera, que seguía sin convencerme el título, y la segunda, que el regreso al universo de Barbara Pym no pudo ser mejor.

Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Un poco menos que ángeles presenta una lectura amena, ágil, a ratos un tanto previsible (uno de los pocos fallos, junto con el título, que ahora mismo me vienen a la cabeza), retorcida en cuanto al enredo (derivando hacia lo cómico), pero sobre todo, extraordinariamente divertida. No te partes la caja con sus ocurrencias, que las hay y a borbotones, pero si sonríes, sueltas una ligera risilla, no demasiado estridente (como si me sucedió con la lectura de Wilt de Thom Sharpe o con la última novela de Ian McEwan) o simplemente sonríes, tímidamente, como las mujeres de esta novela, algunas de ellas en las antípodas de lo que la sociedad quiere que sean. La historia es sencilla. Un poco menos que ángeles narra las peripecias de un grupo de personas: una escritora (protagonista absoluta de la novela), su marido (reputadísimo antropólogo), la amante de éste, la madre y la tía de ésta última, una bibliotecaria, su hermana, su otro hermano (un antropólogo de segunda e incapaz de escribir su propio libro con sus investigaciones) y dos estudiantes (de antropología, ¡como no!) obsesionados por conseguir una beca de investigación. Con esta amalgama de personajes, alejados de la construcción plana o de la excesiva caracterización, Barbara Pym construye una historia de líos, malentendidos, celos que matan con la mirada y situaciones absurdas en el marco de una pugna intelectual por ascender dentro de la compleja aristocracia universitaria. Nadie se salva de hacer mella en el lector que los conoce, en especial Catherine Oliphant (la escritora cuyo apellido es un claro homenaje a Margaret Oliphant, una de las escritoras de terror más famosas de la época victoriana), su arrogante compañero sentimental el antropólogo Tom Mallow (cuya única preocupación es el trabajo, ergo, sus investigaciones dentro del ámbito académico), las hermanas Mabel y Rhoda (cuyas diferencias de opinión respecto a ciertos temas arrancan más de una sonrisa en el lector), Alaryc (personaje frustrado, amargado, envidioso y que mantiene una constante lucha consigo mismo y con sus conocimientos que, sin embargo, de poco le sirven a la hora de la verdad) y los ambiciosos e intrépidos estudiantes Mark Penflod y Digby Fox (sin duda, el dúo dinámico de la novela). A parte de la genialidad de sus personajes, Un poco menos que ángeles destaca por sus sutiles y bien expuestas metáforas que, aunque no se nombren explícitamente, el lector las asimila hasta el punto de posibilitar una reflexión a partir de ellas. Una de las más clamorosas es el hecho de que Pym nos presente una novela en la que se abordan las diferentes relaciones sociales entre sujetos de marcada personalidad a la vez que nos introduce en los pormenores de los estudios de la antropología, ciencia que precisamente estudia los comportamientos humanos. Abordado desde lo indirecto y aderezado con un humor muy característico, elevan la nota de esta novela de aprobado a notable. Mención a parte merece, como ya comenté en su momento en relación a Mujeres extraordinarias, el humor, parecido, por no decir calcado al que empleaba Jane Austen en Emma, Orgullo y prejuicio o Lady Susan entre otras. No hay mejor arma que la ironía para evidenciar las equivocaciones del ser humano, Barbara Pym lo sabe bien y por eso no ha dudado en adoptarlo una y otra vez no sólo en ésta novela en concreto, también en la cuasi totalidad de su obra. La coralidad y la variedad de edades, trabajos, mentes más liberales o más cuadriculadas se entremezcla con una sutileza que, en última instancia y a modo de conclusión, reviste de profesionalidad a una novela en la que lo que nos parece a insignificante cobra un singular y divertido protagonismo.


“Yo no soy una de esas mujeres excelentes que pueden simplemente quedarse en casa, comerse un huevo cocido, prepararse una taza de té y estar espléndidas, pensó, ¡pero qué bien le vendría serlo!" . Con estas palabras Barabara Pym aglutina su razón de ser en el mundo de la literatura, su personalidad, su constante a lo largo y ancho de sus páginas. Nadie puede reprochar a Pym de haber creado unos personajes que, desde una apariencia conservadora y aparentemente rancia, brote un espíritu libre con el que nos gustaría toparnos más a menudo y no sólo en el terreno de la palabra escrita. Personajes como Catherine Oliphant, de quien nos podríamos tirar horas y horas hablando, cuya fortaleza y mayor virtud radica en una férrea independencia de los hombres. A pesar de vivir bajo en mismo techo con Tom Mallow, Catherine se reafirma en dos cuestiones. La primera, que ella jamás se comportaría como otras mujeres que conoce, mujeres excelentes (atento al descarado guiño de la autora a su novela más famosa) que se levantan por las mañanas temprano para preparar el desayuno a sus maridos o un té, como viene siendo una constante a lo largo de la novela (tan británicos). Esta acción cotidiana viene a decirnos, en otras palabras, que no está dispuesta a caer en las exigencias que por ser mujer está obligada a cumplir, y por supuesto, a pensar en ella antes que en el resto, antes que un hombre en definitiva. Y la segunda, la cuestión matrimonial. En el libro, Catherine y Tom viven juntos, bajo un mismo techo, son pareja pero sin un anillo de por medio. Algo que no les impide llevar una vida normal. Catherine lo tiene claro, no necesita el matrimonio para ser feliz ni para reafirmarse como mujer. De hecho, cuando los problemas empiezan a aparecer en la pareja, es ella la que toma las riendas de su vida, guiada por su innata independencia, convencida de sus posibilidades sin la necesidad de tener a un hombre a su lado. En este sentido, a diferencia de su idolatrada Jane Austen quien sí creía en el matrimonio y su importancia en la vida de toda mujer (no le podemos pedir mucho a una mujer que vivió en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX), Pym modela unos personajes femeninos que, en un mundo tan conservador y no tan alejado del universo austenita, consiguen sobreponerse sobre los estereotipos, los prejuicios y lo que se espera de ellas. A pesar de todo, las novelas de Pym en general lanzan un mensaje claro y contundente, el de que el mundo no necesita mujeres perfectas, atentas, dóciles, serviciales, sumisas, excelentes, dispuestas a preparar un aperitivo o una merienda copiosa o de obedecer a pies juntillas las órdenes del marido, padre o hijo de turno. En resumen, de dejar de ser ellas mismas. ¿Y si en realidad lo que la sociedad necesita son otro tipo de mujeres? Imperfectas, con personalidad, que se equivocan, que no se rigen por la corrección política, que luchan por sus sueños, que aspiran a comerse a bocados la vida sin que nadie se lo impida, con independencia, pasión y tesón. ¿Y si en realidad las mujeres excelentes son de verdad estas últimas? ¿Y si dejasen de ser un poco menos que ángeles? ¿Ángeles del hogar? ¿Ángeles protectores? ¿Y si hacemos que bajen a la tierra y se comporten como de verdad quieren ser? ¿No sería maravilloso? Un poco menos que ángeles: una historia de enredo, envidias académicas, antropología, emancipación femenina, grandes dosis humor irónico... Una novela perfecta para pasar un buen rato en compañía de una taza de Earl Grey.

Párrafos o frases favoritas:

"Pero seguro que había, o tenía que haber, alguna amiga íntima, alguna antigua compañera del colegio a quien pudiera recurrir. ¿Alguien que viviese en un piso compartido, que trajinara de acá para allá para prepararle unos huevos revueltos y café en un hornillo de gas y después se sentara con ella, dispuesta a escuchar sus confidencias?”

Película/Canción: a falta de una adaptación audiovisual, he decidido adjuntar la pieza de BSO que me ha acompañado a lo largo de la escritura de la presente reseña. Lo sé, pertenece a un western, pero en mi cabeza siempre la he asociado o bien al espíritu de Cantando bajo la lluvia o a la vida tranquila y apacible a las afueras de cualquier ciudad británica que tanto nos muestra la literatura. La imaginación no está reñida con la realidad.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

viernes, 6 de julio de 2018

RESEÑA: Quédate conmigo.

QUÉDATE CONMIGO

Título: Quédate conmigo.

Autora: Ayòbámi Adébáyò (Lagos, Nigeria, 1988). Sus historias han aparecido en diversas revistas y antologías literarias, y han sido muy elogiadas por el jurado de Commonwealth Short Story Prize en 2009. Tras cursar un máster en Literatura inglesa en la Universidad de Obafemi Awolowo, Adébáyò realizó otro de Escritura Creativa en la Universidad de East Anglia, donde recibió una beca de Escritura Creativa. También ha obtenido otras becas de investigación y ha sido residente en Ledig House, el Sinthain Cultural Centre, Hedgebrook, la Ox-Bow School of Art, Ebedi Hill y el Sienna Art Institute. Quédate conmigo es su primera novela. (Fuente: Gatopardo).


Editorial: Gatopardo.

Idioma: inglés.

Traductora: Irene Oliva Luque.

Sinopsis: Yejide espera un milagro: un hijo. Es lo único que quiere su marido, lo único que quiere su suegra, y ella lo ha probado todo: duros peregrinajes, consultas médicas, plegarias a Dios. Pero cuando sus familiares se empeñan en buscar una nueva esposa, cruzan el límite de lo que Yejide es capaz de soportar. Y se verá abocada a los celos, la traición y la desesperación. (Fuente: Gatopardo).

Su lectura me ha parecido: intensa, compleja, estremecedora, durísima, de las que dejan huella, exquisita, grandiosa, elegante, deliciosa... Hace unos días, mientras meditaba cual sería el libro que protagonizaría la próxima reseña en este blog, me di una vuelta por el índice de contenidos que podéis encontrar en Jimena de la Almena si deslizáis hacia abajo el ratón. Leí cada uno de los apartados, algo que no hacía desde el momento en el que comencé a despreocuparme de los números y las visitas, y me topé con algunos datos curiosos. ¿Es posible que de las 257 reseñas que llevo publicadas, unas 68 sean de libros escritos por autoras o autores ingleses? Sí, es posible, ya que mi idilio con la literatura de dicho país parece ser eterno. Le sigue de cerca Estados Unidos con 56 reseñas y en tercera posición España con 48 (algo a lo que tendré que poner remedio más pronto que tarde). Bastante más alejados están Francia con 19 y Alemania con 10, pero a grandes rasgos estos serían los cinco países cuya literatura he reseñado más, al menos si nos ceñimos a los datos numéricos. Sin embargo, dentro de todo ese índice compuesto de periodos históricos, nombres de autoras/es, corrientes literarias, temas y editoriales; hay representados una serie de países cuyo número de reseñas es bastante inferior. Entre ellos se encuentra Irlanda con 6 reseñas (este ha sido sin duda el país que más he descubierto este año literariamente hablando gracias especialmente a Edna O´Brien), Italia con 5 (increíble pero cierto), Australia con 5 (cortesía de Kate Morton), Chile con 3 (bendita Isabel Allende) Suecia con 5 (alabada sea Camilla Läckberg y todas las escritoras/es de novela negra de este país), Austria con 3, Dinamarca con 2 y Grecia también con 2. Y un escalón más abajo, una tímida representación países como Brasil, China, Corea del Norte, Estonia, Finlandia, Hungría, Islandia, Portugal, República Checa, India, Suiza, Turquía y Vietnam. Cada uno con un solo libro reseñado. Este repaso general, además de demostrar que soy una lectora bastante ecléctica aunque con claras preferencias, me ha hecho reflexionar acerca de la cantidad de literatura que existe y que nos queda por descubrir. Es cierto que, como acabo de demostrar, en cuanto a gustos literarios la influencia anglosajona pesa mucho, y la americana ya ni os cuento, pero ahí están otras autoras/es procedentes de los países más remotos que nos podamos imaginar, deseosos de que su obra sea conocida por el gran público. El libro que hoy tengo el placer de reseñar está escrito por una novelista cuyo país de procedencia inaugura nueva pestaña en el índice, y con él, la irrupción de un continente, el africano, el cual está demostrando en los últimos años que esta plagado de talento literario. Quédate conmigo: la maternidad como motor de una historia tan dolorosa como hermosa.


La historia de como Quédate conmigo (sí, yo también pensé en Pastora Soler la primera vez que leí el título de este libro) llegó a ocupar un privilegiado lugar en mi adorada estantería es bien sencillo. Pero estaría siendo injusta con todos vosotros si no relatase esta breve explicación de los hechos desde el verdadero principio, que no es otro que desde ese desconocimiento absoluto por la literatura procedente de África. Todo sistema capitalista que se precie, en especial los más invasivos y devastadores, se encargan siempre de repetirte hasta la saciedad que lo que éstos ofrecen es lo mejor y que por tanto es digno de ser consumido salvajemente. Y por el contrario, lo que consideran perjudicial o una posible amenaza al "chiringuito" que tienen montado, no dudan en despreciarlo y realizar un lavado de cerebro a todos nosotros, con el objetivo de crearnos una opinión desfavorable o indiferente sobre X cuestión, producto, cultura, etc. Eso es justo lo que ocurre cuando escuchamos hablar de África. Muchos no dudan en evocar las imágenes del Rey León, fragmentos sueltos de algún documental de naturaleza, la icónica danza de los masáis que se uso para un conocido anuncio, los simpáticos y marchosos lémures de Madagascar o el famoso vuelo en avioneta de Memorias de África. Pero más allá de lo que el mundo audiovisual nos haya podido transmitir, lo cierto es que cuando escuchamos "África" la palabra que se nos viene a la cabeza de inmediato es "hambre"a la que se le suman otras tantas como "pobreza", "muerte", "desnutrición", "guerra" "inmigración" o "enfermedad". Agoreras palabras que consiguen crear una imagen que, si bien es cierta por desgracia, no define en su totalidad al territorio africano dejando a un lado ese poso cultural tan importante que éste posée a lo largo y ancho del continente. África no está muy presente en los telediarios, y cuando lo hace es por una mala noticia (atentados terroristas, golpes de estado, hambrunas, rebrote de enfermedades mortales, catástrofes naturales, inmigración ilegal...) pero no porque uno de sus hijas o hijos naturales, por ejemplo, haya alcanzado un notable logro en cualquier campo del conocimiento o a nivel profesional. Afortunadamente, aunque a cuenta gotas, los lectores occidentales estamos poco a poco conociendo más este continente tan fascinante más allá de los problemas y los tópicos con los que se suele asociar a través de una serie de singulares autores. Desde el candidato al Premio Nobel como el keniata Nügï wa Thiong´o hasta la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (cuyas novelas y ensayos feministas han conseguido colarse entre los más leídos a nivel global), pasando por Yaa Gyasi, Nuruddin Farah o Nii Ayikwei Parkes entre otros. Nadie duda que la literatura africana, por un motivo u otro, ha comenzado a conquistar las ventas y los halagos de la crítica más exigente, y una servidora no pensaba quedarse atrás. Aunque he de confesar que me inicié en la literatura procedente de este continente con los Ted Talks feministas de Chimamanda Ngozi Adichie, no ha sido hasta Quédate conmigo, la novela que hoy reseñamos, cuando de verdad he podido degustar las migas de una literatura tan autóctona y especial como es la africana. En cuanto lo vi por vez primera a través de las redes sociales, supe que el libro de Ayòbámi Adébáyò tenía que ser mío. Un amor a primera vista que parece prolongarse en el tiempo y en mi memoria.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Quédate conmigo presenta una de esas lecturas que no quieres que acaben nunca. Sabemos que ningún libro es infalible, ni absolutamente perfecto, pero existen unos pocos que consiguen aproximarse, tanto que hasta parecen rozarla con sus palabras. En el caso de esta novela, Ayòbámi Adébáyò logra una cosa muy difícil: contar una historia tan dura como la vida misma, o más incluso, y al mismo tiempo atrapar al lector en ella sin que éste alce la mirada del papel, sin que dude, sin que pestañeé, fascinado por como la cuenta. En Quédate conmigo ese experimento consistente en filtrar la crudeza de la trama a través de un estilo depurado, sugestivo y hasta colorido si se me permite el atrevimiento, da como resultado una doble fórmula: la de un inmediato éxito editorial y la que convierte a esta novela en un recuerdo imborrable en el lector que se atreve con su lectura. Adébáyò construye una historia que ya nos la han contado muchas veces, sobre todo desde el plano más occidental. Que levante la mano quien no haya leído un libro en el que la protagonista no puede quedarse embarazada y tiene que asistir a los problemas o a las consecuencias de su sino. Sin embargo, al ambientarse en Nigeria, y encima en el contexto de las revoluciones sociales a las que el país asistió durante la década de los 80 del pasado siglo, ésta adquiere una dimensión totalmente nueva y novedosa a ojos del lector. A grandes rasgos, Quédate conmigo narra la historia de Yejide, una mujer movida por un único objetivo: ser madre. Sin embargo, no consigue quedarse embarazada, situación que aviva las presiones desde su entorno más cercano, empezando por las de su marido Akin y finalizando por las de su suegra Moomi, la cual amenaza con buscarle a su hijo una nueva esposa (algo que finalmente lleva a cabo), y que llevará a la protagonista a iniciar un desesperado periplo con el único fin de mantener intacta la vida que tenía. El amor está presente a lo largo de esta novela, pero no es un amor romántico al uso, sino llevado al extremo, hasta el punto de que éste acaba por materializarse en un hilo, tan fino que en cualquier momento puede romperse, y con él, todo lo construido a lo largo de los años. De esta forma tan metafórica, Adébáyò nos habla de la fragilidad de las relaciones de pareja, así como de los sacrificios que se hacen (en este caso de forma evidentemente desigual) para que la convivencia siga siendo tan armoniosa como al principio. Una historia la de Quédate conmigo que nos ofrece unas pocas pinceladas del marco espacial y cronológico en el que ésta se desarrolla. No muchas, pero si las suficientes como para que el lector se sitúe en medio de un país que oscila entre lo político-social (el clima de tensión y violencia se palpa en el ambiente y en el carácter de los propios personajes) y el misticismo de las creencias ancestrales tan arraigadas en los comportamientos humanos. En medio de ese caos en el que parece que ha caído el país, Yejide peregrina hacia una montaña en busca de los milagros de un supuesto profeta. Un contraste que acentúa aún más esa dualidad entre lo ancestral y anacrónico y la realidad más acuciante. Mención a parte merecen los personajes de esta novela, en especial el Yejide de la protagonista absoluta. Su complejidad, su determinación, sus momentos de flaqueza, pero sobre todo su fuerza, la cual saca de donde no hay, hacen que este personaje se quede en la retina del lector. Si bien es cierto que a medida que nos acercamos al final parece decaer en intensidad, no podemos quitarle el merito a Adébáyò, capaz de cargar sobre los hombros de su protagonista femenina todo el peso de la historia sin ningún remordimiento. Akin, el marido de Yejide, también es importante para esta historia, pues si en Quédate conmigo conocemos la historia desde la perspectiva de ella, la introducción de un personaje como el de Akin nos sirve como contrapunto y como excusa para contar la historia desde la otra mirada, es decir, desde la mirada masculina. La cual por supuesto, no tiene nada que ver con la femenina, ni en tratamiento ni en protagonismo. Es interesante conocer su versión, como él vive el hecho de que su mujer no pueda tener hijos, pero éstas escenas son escasas en comparación con las que vive Yejide. Creo que en este sentido Adébáyò podría haber equilibrado mejor las dos narraciones para que éstas no quedasen totalmente descompensadas. Y por último, si ha habido un personaje que he odiado con todas mis fuerzas ese es el de Moomi, la madre de Akin y por tanto suegra de Yejide. Una mujer que representa ese mundo tradicional y a la vez caduco tan presente en la novela y que no hace más que machacar a su nuera para que le de un nieto. Sin duda un personaje tan odioso como atemporal. Nadie a estas alturas de la reseña duda que, además de todo lo mencionado, el poder cautivador de Quédate conmigo reside en su exotismo. El lector occidental, raramente acostumbrado a consumir literatura que traspase las fronteras de lo convencional, encontrará en esta novela la puerta de acceso a un universo literario nuevo, tan fascinante como demoledor, pero que es necesario conocer.


Salta a la vista que Quédate conmigo parece erigirse como un tratado novelado sobre la maternidad en todas sus facetas. Pero también de un enorme tabú, tan antiguo y tan trascendental que éste ha llegado hasta nuestros tiempos. Que no es otro que el de la infertilidad, en concreto de la infertilidad masculina. Desde que el mundo es mundo siempre se ha culpado a la mujer de la imposibilidad de tener hijos, lo cual ha comportado como consecuencia duros castigos o sambenitos que provocan gran estigma social. Y esto es así porque a la mujer siempre se le ha asociado con esa capacidad biológica, sin tener en cuenta que en el proceso el hombre juega un papel fundamental. Sin los espermatozoides la vida no nace dentro de la mujer, eso es de cajón, de primero de educación sexual y de clase de biología. Sin embargo, la sociedad patriarcal salvaguarda el honor de los hombres, pues se da por hecho que los hombres no son infértiles por naturaleza. Todas y todos estamos cansados de ver, ya sea a través de los libros de texto o en algunos casos en vivo y en directo, cuerpos de hombres desnudos. Es una constante: desde las esculturas clásicas de las antiguas Grecia y Roma, hasta los cuadros más modernos, pasando por todas esas corrientes pictóricas y escultóricas del Renacimiento, el Barroco, el Neoclasicismo o el Romanticismo entre otras. En cada una de estas etapas históricas, la figura masculina se nos presenta erguida, fuerte, musculosa, en actitud defensiva o realizando algún movimiento concreto (siempre relacionado con actividades tan fuertes e impactantes visualmente como el combate, el ejercicio físico o la toma de decisiones trascendentales). Unos cuerpos perfectos en los que los miembros viriles están presentes y a la vista de todo el mundo. Aunque curiosamente es cierto que a lo largo de la historia éstos se han visto censurados. Ejemplo de ello son las famosas hojas de parra colocadas con posterioridad sobre algunas esculturas clásicas o la censura de la que hizo gala Pío IV al ordenar al pintor Danielle di Volterra vestir los desnudos de la Capilla Sixtina, los cuales en su mayoría son masculinos. Por no hablar de que, en el año 2012, una televisión china pixeló los genitales del David de Miguel Ángel durante un reportaje. Aunque más reciente es el hecho de que en muy pocos productos audiovisuales (cine y televisión principalmente) aparezcan desnudos integrales masculinos. Creo recordar que en Juego de Tronos aparece alguno, al igual que en las series Roma, Deadwood o en la reciente The Leftovers. Y en cuanto al cine la cosa no es muy habitual. Uno de los más recordados es el de Michael Fassbander en Shame, pero también lo son los de actores como Viggo Mortensen, Vicent Cassel, Ewan McGregor o Daniel Craige. Sin embargo, en cuanto a desnudos masculinos en el cine o en televisión siempre nos muestran el plano trasero, por lo que es muy difícil que el espectador pueda ver el pene del actor en concreto. ¿A qué se debe todo esto? Muy fácil, a que todavía persiste en el mundo del arte y en el plano social-cultural la idea de que la debilidad del hombre reside en el pene. En otras palabras, a que su supuesta "masculinidad" y "fertilidad" están en juego en función del tamaño de su miembro. Se que suena demasiado chabacano, brusco incluso, pero es así. Hasta en la actualidad muchos chicos se obsesionan con el tamaño de su pene, midiéndoselo y comparándolo con el de los demás en los vestuarios o en la privacidad del hogar (y esto es completamente verídico). Una obsesión que acaba por convertirse en una cuestión de honor, algo que podemos apreciar en el mundo del cine. ¿Alguien ha pensado alguna vez que hubiese sido de Arnold Schwarzenegger si en algún momento de su carrera cinematográfica se hubiese prestado a un desnudo frontal? Nunca lo sabremos, pues el derecho a preservar esa posible "mancha" en su anatomía, y por tanto su "hombría", está asegurado. De estar en lo cierto, automáticamente su imagen de tipo duro, hipermusculoso y agresivo (no muy lejano a la masculinidad de las esculturas clásicas). Ese hombre que el patriarcado quiere venderte como modelo a seguir a través del consumo de masas se iría al traste. Sin embargo, con las mujeres no pasa eso. Las mujeres en las películas se desnudan, incluso frontalmente, dejando al descubierto sus órganos sexuales. Pero la diferencia radica en que, en el mundo de la ficción, las mujeres sufrimos más el sexo o los desnudos gratuitos. En parte gracias a que nuestro cuerpo ha sido tomado en el mundo del arte como un bello objeto, dejando a un lado claro está, todo debate intelectual entorno a él. Un cuerpo al servicio de los hombres, los cuales están llamados a otros quehaceres de mayor altura. Un cuerpo que es usado hasta la saciedad y cuya única función es la de tener hijos. Un cuerpo, como sucede en Quédate conmigo, sujeto al escarnio público y a las presiones de la sociedad. Un cuerpo cuyo honor y derecho a ser respetado no alcanza al del de los hombres. Un cuerpo diferente al del sexo masculino y cuya evolución en el imaginario artístico, literario y social parece no sufrir cambio alguno con el paso de los siglos. Dejando patente, una vez más, lo mucho que nos queda por avanzar. Quédate conmigo: una historia de amor descomunal, infertilidad, roles de género, tradiciones anacrónicas, maternidad, tensiones sociales...Una novela necesaria para los tiempos que corren.

Párrafos o frases favoritas:

"Ya entonces intuía que habían venido en son de guerra. Los veía a través de las hojas de cristal en la puerta. Oía su cháchara. No parecieron percatarse de que llevaba casi un minuto entero de pie al otro lado de la puerta. Quería dejarlos plantarlos allí fuera, subir las escaleras y volver a acostarme. Tal vez se derritiesen en charcos de fango marrón si se quedaban al solo el tiempo suficiente."

Película/Canción: como no existe una posible adaptación audiovisual a la vista, he optado por adjuntaros una pieza de BSO preciosa, una de mis favoritas. La película para que fue compuesta no tiene nada que ver con Quédate conmigo, sin embargo, sus notas no pudieron evitar evocarme algunos pasajes del libro, en los que la alegría y el drama se funden en un mismo color.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones