Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 25 de febrero de 2021

RESEÑA: Casas vacías.

 CASAS VACÍAS


Título: Casas vacías. 


Autora: Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) es socióloga y economista feminista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó un máster de Estudios de Género, Mujeres y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. Ha sido redactora, guionista, reportera y editora. Ha trabajado en diversas ONG relacionadas con derechos humanos. Es fundadora del #EnjambreLiterario, un proyecto editorial enfocado en publicar obras escritas por mujeres. Casas vacías es su primera novela. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma original: español. 

Sinopsis: La maternidad, que casi siempre asociamos con la felicidad, también puede ser una pesadilla: la de una mujer cuyo hijo desaparece en el parque donde estaba jugando, y la de aquella otra mujer que se lo lleva para criarlo como propio. Ubicada en un contexto de profunda precariedad física y emocional, la historia de estas dos mujeres, madres del mismo niño - un niño que primero se llama Daniel y que después será rebautizado como Leonel - y madres, además, de un mismo vacío, nos confronta con las ideas preconcebidas que tenemos de la intimidad, las violencias familiares, la desigualdad social, la soledad, el acompañamiento, el cuidado, la culpa y el amor. 

Su lectura me ha parecido: devastadora, estremecedora, con multitud de lecturas, cuidadosa en su estructura, rica, audaz, enmudecedora... El aquel lunes invernal de 1993 nací con los ojos completamente abiertos - o al menos eso es lo que siempre me han contado esbozando nostálgicas sonrisas - lo cual he acabado asociando a una primigenia pasión por la observación y la curiosidad. Las cuales siempre me han acompañado allí donde la belleza se antoja desconocida. Otra anécdota vivida - que no recordada - fueron las mantas con las que mis dos abuelas me cubrieron tras salir del paritorio. Parecía un garbancito rosa embutido entre felpa y amor desmedido. El médico - o la médica, no recuerdo bien su sexo - tuvo que llamarles la atención ya que con tanta capa me iban a ahogar. Sin embargo, otro acontecimiento no tan entrañable tuvo lugar días después. Una monja (sí, vine al mundo en un hospital universitario católico) le espetó a mi madre una frase que, a día de hoy, sigue resonando en el interior de su cerebro: "Si no eres capaz de tomarte un jarabe por tu hija, mala madre serás". Incapaz de ingerir cualquier tipo de medicina en estado líquido desde bien pequeña, mi madre simplemente, ante el apremio de la monja para que se lo bebiera, preguntó si cabía la posibilidad de que se lo diesen en pastilla o por vía intravenosa. Unas vitaminas recetadas por la ginecóloga desencadenaron dicha condena que, como cabía de esperar, cayó como una losa sobre la conciencia de mi madre. A veces, cuando esta historia vuelve a cobrar presencia, me la imagino acercarse, salir de la penumbra, frunciendo el entrecejo, severa, mientras sostiene con unos dedos extremadamente largos el vaso de denso y asqueroso contenido. No deja de resultar paradójico el hecho de que fuera una sierva del señor - cínica y perversa como ella misma - la que pronunciase aquellas palabras ya que si alguien ha inculcado el sentimiento de culpa en nuestra sociedad ha sido precisamente la iglesia católica. La cual expiamos o bien en el confesionario o bien enmendando los supuestos errores que nos han conducido a ella. Se ha convertido en algo tan intrínseco del ser humano que nos sentimos incapaces de prescindir de ella. Ésta nos acompaña, a cada paso, expectante, aguardando el momento oportuno, su irrupción en forma de dolor estomacal o de lágrimas acariciando mejillas. Aún así, si bien todas y todos la hemos experimentado en mayor o en menor medida, es en las mujeres donde ésta ha conseguido echar raíces más profundas. Todo ello gracias a eternas comeduras de tarro con regusto patriarcal desde la mismísima cuna. Cuanto más culpable se sienta la mujer, más terreno cedido y, por tanto, más oportunidades para que los hombres lo ocupen. En la novela que hoy tengo el inmenso placer de reseñar no hay medicinas, ni camas de hospital, ni monjas chungas con la palabra "reprobación" tatuada en los labios. Pero sí culpa, mucha culpa, relacionada, como no puede ser de otra forma, con esa otra palabra tan deconstruida y redefinida en los últimos años: maternidad. Sin embargo, ésta es solo la punta del iceberg. Casas vacías: el lacerante dolor de la ausencia. 


El día que estuve a punto de leer Casas vacías acababa de iniciarse el conocido como "verano de la pandemia". Tres meses de insoportable calor a los que tuvimos que añadirle la sudorosa mascarilla, la reglamentaria distancia social, el pringoso gel de manos, así como una serie de precauciones de obligado cumplimiento que, sin embargo, quedaban a merced de la responsabilidad individual. Salí de un confinamiento difícil - en todos los sentidos - para meterme en una de las estaciones que, en aquellas circunstancias, se me hacía raro disfrutar al menos de lo poco que nos dejaban hacer. Las fronteras se abrieron, aunque en general fuimos más precavidos al no irnos demasiado lejos y ver en el pueblo de toda la vida esa mota de oasis en medio de tanta mala noticia. De hecho, salvo por la presencia de las mascarillas - mejor o peor puesta - la ausencia de verbenas y las limitaciones de aforo en el típico bar de la plaza o en la tienda de toda la vida, el aroma que se respiraba recordaba ligeramente al de aquel añorado 2019. Un año de mierda que al final conseguimos entre todos revestirlo de una compacta pero jugosa masa de fondant. En mi maleta, cuatro libros - ¿o eran cinco? - entre ellos Casas vacías, la opera prima de la escritora mexicana Brenda Navarro. Novela perteneciente a la malograda cosecha del 2020, aquella cuya puesta de largo tuvo lugar en febrero, a las puertas de la hecatombe que vendría después. Texto que, como tantos otros, tuvo la gran suerte de redescubrirse con la desescalada, llegando a formar parte de las listas de lo mejorcito del turbulento año. Sin embargo, y a pesar del privilegio que supone siempre adentrarse en un texto de gran repercusión, lo dejé pasar. La dureza de su sinopsis podía convertir el incipiente dolor de tripa en una semana de apatía y tristeza que no estaba dispuesta a asumir de nuevo. Casas vacías reposó durante meses hasta que otra autora mexicana llamada Guadalupe Nettel oxigenó mis pulmones para lo que estaba por llegar. El golpe fue tremendo por dos motivos. El primero, por haber conseguido armar una novela de tal calibre a pesar de que su grosor, de unas escasas 161 páginas, pudiese indicar impaciencia o una narración abrupta sólo apta para los escritores más mediocres. Brenda Navarro construye dos monólogos bien diferenciados - aquí el trabajo sobre los recursos lingüísticos es impecable - que nos presentan, a su vez, dos realidades y formas de ver el mundo casi antagónicas pero unidas por el cordón umbilical de la maternidad, sus propias tragedias personales y la presencia o ausencia de Daniel o Leonel, dependiendo de en que monologo nos encontremos. La primera es la madre biológica de Daniel, un niño con autismo que desaparece mientras juega en el parque, una mujer aquejada por la culpa de no haberlo vigilado mejor así como la de no quererlo lo suficiente al no ser un embarazo deseado al tiempo que, como si de un pesado saco de patatas se tratase, le cae la maternidad no elegida de su sobrina Nagore, cuya madre ha muerto a manos de su marido. La segunda es la raptora, la que elige a Daniel, la que se lo queda y la que le cambia el nombre - ahora es Leonel - la que comete el delito en aras de mejorar la convivencia con un marido maltratador pensando que un hijo lo arreglaría todo aunque, en realidad, la maternidad y sobre todo el niño escogido no son lo que ella esperaba. Dos experiencias profundas que se enriquecen de una serie de personajes secundarios de gran riqueza (Nagore, Fran, Rafael, las respectivas suegras, Amara) y de un pulso narrativo simétrico - a lo Kubrick pero en literatura - que oscila entre el pellizco, el quejido y el desgarro. Asaeteadas por la culpa (la de la pérdida, la de no poder engendrar hijos, la de haberse casado con el hombre equivocado, la de no querer la propia maternidad...) al final de la lectura una no sabe bien como reaccionar ante la inexistencia de bandos pues, al fin y al cabo, ambas podríamos ser o haber sido todas nosotras. 


El segundo golpe, y tal vez el más duro, vino no sólo por esa envidia sana hacia aquellas autoras/es cuya primera novela resulta a todas luces magistral, también y más importante por una crucial decisión de estilo. Como todos sabemos, México es el país de los desaparecidos, lugar del que en muchas ocasiones nos llegan noticias de secuestros, tiroteos o fosas comunes halladas en medio del bosque. A la vez, en una macabra ironía, México también es el país del culto a los muertos, del recuerdo de los que ya no están, de los altares atestados de fotos y de flores, de las reuniones, comidas y vigilias familiares a los pies de la tumba. Ejemplo de ello lo encontramos en su cada vez más internacional Día de muertos. Consciente de ello, Brenda Navarro no quiso conformarse simplemente con escribir la historia de estas dos mujeres cuya forma de vivir la maternidad está en las antípodas de lo socialmente aceptado. Navarro, a sabiendas, construye la narración sobre un tiempo y unas formas completamente ajenas a cualquier época que el lector pudiese reconocer con facilidad. Aquí el contexto es remoto - de hecho la novela está narrada en pasado - como si hubiese pasado hace años, pero con la sensación de no encuadrarse en un marco temporal concreto, un momento donde no existen costuras, etéreo, en el que los personajes parecen levitar sobre una realidad que les pertenece y asusta al mismo tiempo. La clave de todo esto la encontramos en la que tal vez sea la mejor fase del libro: "¿Por qué los llaman desaparecidos y no se atreven a llamarlos muertos? Porque los muertos somos los que buscamos, ellos siempre, siempre seguirán vivos." ¿Y si en realidad las dos protagonistas están muertas? O peor aún ¿Vagan, como fantasmas plañideros, arrastrando la cadena de la culpa? Esta representación cercana a lo fantasmagórico entronca, por supuesto, no sólo con la invisibilidad a la que se la condenado a la mujer a lo largo de la historia, también con todas aquellos espíritus de mujeres que ingresan en el reino de los muertos tras haber sufrido violencia machista, o como Brenda Navarro subraya en la novela, feminicidio. Esta abstracta idea cobra forma en el personaje de Amara, la madre de Nagore, quien muere a manos de su pareja y tras años de vejaciones y palizas. Una presencia sobrenatural que, como la Rebecca de Daphne du Maurier, sobrevuela la rutina de su cuñada de forma asfixiante. En última instancia, una alegoría a las que no están y que constantemente recuerdan el poder que el patriarcado sigue teniendo sobre nuestra sociedad y la delgada línea que separa la vida de la muerte. Fantasmas o no, lo cierto es que Casas vacías no sólo es un magistral ejercicio de creación literaria, también de abstracción perturbadora llevada a sus últimas consecuencias. Haciéndonos dudar en todo momento si en realidad nos están hablando dos personas de carne y hueso o más bien sus voces de ultratumba, desde los albores del tiempo. 

Casas vacías: una historia de silencios, testimonio, muertos en vida, maternidades fuera de la norma, culpas que se clavan como puñales... Una novela que no deja indiferente a nadie. 

Frases o párrafos favoritos: 

"¿Por qué los llaman desaparecidos y no se atreven a llamarlos muertos? Porque los muertos somos los que buscamos, ellos siempre, siempre seguirán vivos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

martes, 29 de septiembre de 2020

RESEÑA: Desierto sonoro.

DESIERTO SONORO


Título: Desierto sonoro. 

Autora: Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los ensayos Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), todos ellos publicados en Sexto Piso. Ha colaborado, entre otros, en medios como The New York Times, Granta, The Guardian o El País. Sus obras, traducidas a más de veinte lenguas, han sido galardonadas dos veces con el Los Angeles Times Book Prize y con el American Book Award, y en dos ocasiones fueron finalistas del National Book Critics Circle Award. En la actualidad, reside en Nueva York.


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductores: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli 

Sinopsis: Un matrimonio en crisis viaja en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo. Mientras el coche familiar atraviesa el vasto territorio norteamericano, los dos niños, sentados en el asiento trasero confunden las noticias de la crisis migratoria con el genocidio de los pueblos originarios de Norteamérica. En su imaginación, estas historias se entremezclan, dando lugar a una aventura que es la historia de una familia, un país y un continente. 

Su lectura me ha parecido: extensa, aguda en su aproximación a los conflictos, emotiva, paisajística, sensorial, magnética, fotográfica, documentada, una gran metáfora... La primera, y por el momento única vez, que fui a Asturias tenía doce o trece años, no lo recuerdo bien. Salimos prontísimo de mi pueblo, situado en plena Sierra de Albarracín, con la intención de estar en Gijón por la tarde, a ser posible, antes de que se nos hiciera de noche en plena carretera. De los primeros kilómetros de viaje sólo me acuerdo de algún que otro pueblo coronado con su ruinoso castillo medieval y de la polilla que mi hermano casi se tragó por llevar la ventanilla demasiado baja. Actualmente sigue enfadándose cada vez que sale el tema, pero es que sigue siendo memorable. A continuación me vienen imágenes de eternos campos de trigo dorándose bajo el sol. Campos de Castilla sucediéndose, uno tras otro, y otro, y otro. Parecían no acabarse. Entre medio Burgos y su catedral observada, no sin admiración, desde la dolorosa lejanía del tráfico. Y más trigo, y más amarillo, y más pueblos que parecían sacados de una película de Almodóvar. Hasta que, de pronto, un túnel. Una oscuridad intermitente y amenizada con pequeños destellos de luz cada vez que atravesábamos el corazón de una nueva montaña. Estábamos buceando bajo la Cordillera Cantábrica y yo pensando que la bordearíamos, que vería impresionantes acantilados. En fin, mi gozo en un pozo. Recuerdo que el último tramo un negro prolongado hizo que por un momento me temiese lo peor, que nuestro destino estaría al final de dicho túnel, sin posibilidad de deleitarme con nada más que no fuera asfalto o edificios de siete plantas. Por fortuna, una explosión verdosa irrumpió ante nuestro más inocente asombro. Sabíamos que el norte era verde, verde intenso, verde humedad, ese que no abunda tanto por el Mediterráneo y que con gusto me llevaría un cachito para mi tierra. Huelga decir que, además de las montañas totalmente pobladas, lo primero que vimos fue una vaca - muy estereotipado lo sé, pero es que sucedió de verdad así - y un inclemente cielo grisáceo, incapaz de dejar pasar el mínimo rayo de sol. Gijón, Oviedo, Cudillero... Cada una a su estilo pero impregnadas de la herencia pesquera y minera que tanto ha caracterizado la zona. No así en Santander - otro de mis largos viajes, aunque aquella vez fue en tren - con mansiones de estilo neovictoriano salpicadas a lo largo del paseo marítimo de la Playa del Sardinero y lugar de veraneo por excelencia de la clase adinerada en la España de principios de siglo XX, incluyendo la propia familia real (algún día hablaré de mi experiencia durmiendo una semana en el Palacio de la Magdalena). O en Almería, una pequeña ciudad en medio de un mítico secarral - aún sigo soñando con visitar los estudios de las películas del Espagueti Western - y pueblos cercados por auténticos océanos de plástico. Con todo esto pretendo que seáis conscientes de la diversidad geográfica, ambiental y los diferentes derroteros históricos por los que han transitado las distintas zonas que conforman España en concreto; haciendo del país un lugar de fuertes contrastes. Lo mismo sucede en Francia, Japón, Italia, Marruecos o el mismo Estados Unidos por citar varios ejemplos. De hecho, si me lo permitís, nos quedaremos un rato en este último, nos subiremos al coche, llenaremos el depósito y emprenderemos un intenso viaje a través de uno de sus paisajes más cinematográficos para adentrarnos en dos de las heridas - tanto personales como históricas - más sangrantes de su corta existencia. Desierto sonoro: un road trip literario, un drama familiar y los conflictos más acuciantes con Monument Valley como telón de fondo. 


La idea para la presente novela le vino a Valeria Luiselli, una de las escritoras mejicanas más leídas y respetadas a nivel internacional, tras escribir en el año 2016 Los niños perdidos. Hasta la fecha, su ensayo más importante. En él, Luiselli recoge y reflexiona sobre las voces y las experiencias de los miles de niños que cada año cruzan la frontera entre México y Estados Unidos con el promesa de un futuro mejor, alejados de la violencia y la pobreza de su lugar de origen. Las circunstancias que envolvieron la escritura de dicho texto fueron, además, las más idóneas, ya que la propia Luiselli se encontraba en aquellos momentos esperando su correspondiente Green Card (nombre con el que se conoce al documento necesario para poder trabajar en EEUU) a la vez que se estaba produciendo un importante incremento de este tipo de inmigración y con las elecciones que darían como ganador a Donald Trump caldeando el ambiente. No es de extrañar que, con dicho panorama, Luiselli haya acabado dando forma a un texto que, a pesar de moverse dentro del terreno ficcional, se eleva como un documento casi arqueológico de la época actual. Puede parecer una exageración el hecho de haber empleado las palabras "documento" y "arqueológico" en la misma frase, pero creedme cuando os digo que, en esta ocasión, estamos ante uno de esos libros inolvidables desde el punto de vista literario y trascendentales desde su aspecto multitemático, así como su aproximación al campo documental. Partiendo de la base de un road trip - o road book si queréis - Luiselli nos sienta al lado de una familia de cuatro miembros (un un padre, una madre y un hijo y una hija) que se embarcan en la odisea - porque así es como el lector lo percibe) de viajar desde Nueva York hasta Arizona. Desde el cosmopolitismo y los infinitos rascacielos a la aridez del desierto y las postales fordianas. Desde la intelectualidad cultural a la hostilidad de la última frontera. Ya sólo por eso, por ese pedazo viajazo que se pega la familia en cuestión, ya merece la pena adentrarse en Desierto sonoro. Son tan bellas las descripciones, tan perceptibles los sonidos, tan vivos los colores, tan abrasador ese calor que cae con toda su furia sobre el capó del coche, tan luminosos los letreros yankees, tan desoladora esa casa de madera en medio de la nada, tan oxidados esos convoys de mercancías abandonados desde ni se sabe cuando, tan mítico, tan irreal, tan impactante, tan destructivo, tan sinestésico, tan hermoso a pesar de todo. ¿Alguien se ha preguntado aluna vez a que suena el desierto? ¿Y una megalópolis como Nueva York? ¿Qué puntos en común podemos encontrar? ¿Qué diferencias insalvables existen entre ambos mundos? Y lo más importante, ¿Pueden ilustrarnos sobre la forma en la que dichos sonidos se han transmitido y nuestra forma de interpretarlos a lo largo de la historia? La respuesta es afirmativa y nos la da, por supuesto, la misma Valeria Luiselli. 


Además de esta reflexión entorno a la transmisión del relato - que como historiadora he aplaudido con entusiasmo - Desierto sonoro transita entre dos aguas especialmente agitadas. La primera de ellas tiene que ver con los dos motivos por los que dicha familia emprende el viaje. Tanto el padre como la madre son dos prestigiosos documentalistas y cada uno de ellos persigue su propia hazaña dentro de dicho campo. Él, obsesionado con las tribus de los nativos americanos y su terrible sino en las reservas tras las Guerras Indias, se traslada a Arizona para documentarse e inventariar toda clase de fuentes sobre los últimos apaches libres y Gerónimo. Ella, por el contrario, ansía con viajar un poco más abajo, hasta la mismísima frontera, para encontrarse con las hijas de una conocida que han migrado solas desde un país latinoamericano para encontrarse con su madre. No es casualidad la elección de estos temas dignos de investigación documentalística, ya que representan dos puntos negros dentro de la historia de los Estados Unidos. El uno por las pretensiones imperialistas por parte de los colonos tornadas en un autentico genocidio contra los nativos americanos y que precisamente por su lejanía en el tiempo está en peligro de caer en el olvido. Aún conociendo la existencia de pequeños grupos reunidos en las reservas - lugares de la vergüenza, tristeza y alcohol -  que no cejan en su empeño por reivindicar su identidad, sus costumbres y su legitimidad. Al fin y al cabo ellos ya estaban allí muchos siglos antes de que el hombre y la mujer blanca pisasen por primera vez suelo norteamericano. El otro, por desgracia, sigue más vivo que nunca. No hay más que poner la televisión o hacer un pequeño ejercicio de memoria para evocar las escalofriantes imágenes de padres separados de sus hijos en los centros de internamiento de la frontera. Por no hablar de la promesa estrella de aquella campaña electoral de 2016 por parte del actual presidente de los Estados Unidos de levantar un muro con México, de hormigón esta vez, más alto, más robusto, imposible de escalar. ¿Nos suena verdad? Con todo esto Valeria Luiselli no sólo pretende hacer un mapa histórico de la historia más reciente del país que finalmente la acogió como periodista y escritora de renombre - situando el estado de Arizona como paradigma de las heridas no cicatrizadas y las surgidas en los últimos años - también sacarle los colores a una nación anclada en un anacrónico imperialismo al cual es incapaz de renunciar. Por otro lado, el otro mar en el que la autora se siente más cómoda tiene que ver con el drama familiar, los problemas de los progenitores - al borde de la ruptura - que intentan ocultar y aparentar normalidad ante sus hijos. Unos niños que, como buenos niños, no hacen más que preguntar y confundir las historias de sus padres, las historias de los nativos americanos con las de los niños que cruzan la frontera, creando ellos mismos, a la poste, su propio relato. Resulta tierno y divertido observar la confusión de los pequeños, así como la confección de una diáspora inventada que acabarán buscando por su cuenta. Desde el primer momento sabemos que la cosa no está bien, que ese matrimonio está condenado a su desintegración, pero la conjunción de historias y circunstancias hacen que el lector dude de que la ruptura pueda o no producirse. De lo íntimo a lo visible. De lo privado a lo público. De lo anecdótico a lo trascendental. De lo particular a lo inabarcable. Así nos lleva Luiselli, de la mano, a través de cajas, recuerdos, fotografías, documentos, rollos de película, guiones, maletas llenas de ropa... Objetos que conforman la identidad de los protagonistas al tiempo que los reduce a un pequeño grano de arena en medio del desierto. Un lugar mágico, cargado de mitología. Antaño, hogar de tribus apaches. Ahora, lugar de peregrinación para los amantes del western y principal escenario de la vergüenza perpetrada contra el inmigrante que sólo desea prosperar en la supuesta tierra de la libertad. Leyendo la presente novela una no sólo aprende a desmitificar a uno de los países más poderosos del globo, también a apreciarlo en toda su dimensión, con sus virtudes y sus sombras, en ocasiones, más alargadas si cabe. 

Desierto sonoro: una historia de quiebros, injusticias históricas, olvido, memoria, tragedias familiares, relatos inventados, sonidos, olores, colores, texturas, sabores... Un viaje imposible de olvidar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo nos enseña a callar."

"Tal vez diría que documentar es cuando se suma cosa y luz, luz menos cosa, fotografía tras fotografía; o cuando se agrega sonido, más silencio, menos sonido, menos silencio. Lo que se tiene al final, son todos los momentos que no forman parte de la experiencia real."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

sábado, 26 de julio de 2014

RESEÑA: Como Agua para Chocolate

COMO AGUA PARA CHOCOLATE
 
 
Título: Como Agua para Chocolate.
 
Autor: Laura Esquivel (Ciudad de Méjico 1950), durante muchos años, se ha dedicado a la escritura de guiones cinematográficos, colaborando estrechamente con su marido, el actor y director Alfonso Arau. Su guión para la película Chido Guan, el Tacos de Oro, realizado en 1985, le sirvió para ser nominada por la Academia de las Ciencias y Artes Cinematográficas de Méjico, al premio Ariel como mejor guión cinematográfico. Como Agua para Chocolate fue su primera novela, obteniendo rápidamente un clamoroso éxito de ventas, sorprendiendo a la crítica especializada de medio mundo por la frescura en el planteamiento de la acción y la gran calidad demostrada en la redacción de la novela. Como Agua para Chocolate ha sido traducida a varios idiomas y ha sido publicada en diversos países.
 

 
Editorial: Suma de Letras
 
Idioma: Castellano.
 
Sinopsis: Tita es la más joven de las tres hermanas que viven con su madre viuda en la hacienda familiar,  el norte de Méjico. Locamente enamorada de Pedro, descubre horrorizada que jamás podrá casarse con él cuando Mamá Elena, su madre, le recuerda la tradición familiar según la cual la hija menor debe permanecer soltera para cuidarla en la vejez. Cuando Pedro pide su mano en matrimonio y su madre la niega, a Tita le cuesta entender porque él acepta casarse con Rosaura, su hermana. Sin embargo, no le lleva mucho tiempo descubrir que el amor que Pedro siente hacia ella es sincero y que aquel era el único camino para no perderla para siempre. Convertida en la cocinera familiar de la casa, desde la muerte de la vieja Nacha, poco antes de  la boda, Tita descubre e inventa un nuevo lenguaje amoroso a través de la comida que de ahora en adelante preparará en la vieja cocina familiar.
 
Su lectura me ha parecido: deliciosa, embaucadora, sutil, fresca, armoniosa, hermosa, original, especial, vital, magistral... Queridos lectores y lectoras, hoy el blog de Jimena de la Almena tiene el placer de reseñar uno de los libros más singulares y maravillosos, tanto para vuestro selecto paladar, como para vuestros lectores ojos. Un libro que os enganchará desde la primera página, sintiéndoos incapaces de despegar la vista de esta historia tan bien urdida y tan bien pensada. Una novela clásica, perteneciente a un realismo mágico de época tardía, pero que perfectamente puede competir con otros grandes libros de la misma corriente literaria y estilística. Una historia que enamora y que os hechizará desde el momento uno, maravillándoos de cada uno de sus personajes, pero sobretodo de Tita, su gran protagonista. Un libro único, y que a todo cocinillas y no cocinillas le gusta... En definitiva, no quiero extenderme más de lo necesario, pues, aquí os he dejado plasmada una pequeña introducción de mi opinión de este libro, que, como habréis podido comprobar, va a ser realmente positiva. Y sin enrollarme más, queridos lectores y lectoras aquí os traigo Como Agua para Chocolate: la novela que supo fusionar a la perfección la cocina con la narrativa.


La historia de cómo este libro fue a parar a las manos de una lectora tan empedernida como yo es bastante curiosa, y digo curiosa porque a mi hasta hace muy poco, el mundo de la cocina no me ha atraído mucho. Es más, la cocina era la parte de la casa en la que menos me gustaba estar, no se, supongo que no me interesaba lo suficiente. Sin embargo, lo realmente curioso y sorprendente fue que en aquella época me atreviese con la lectura de un libro como Como Agua para Chocolate, en el que la trama y el arte culinario se entremezclaban. No estoy segura pero creo que fue una intuición lo que me llevó a que, finalmente, sacase este libro de su lugar en la estantería, no se, seguramente me llamaría la atención por algo en especial, pero sinceramente no lo recuerdo. Cuando lo leí me pareció maravilloso, entretenido, romántico.... En fin, todos los adjetivos que he nombrado antes y más. En resumidas cuentas su lectura logró cautivarme por completo. Unos años más tarde, y con la repentina llegada de los Talent Shows de cocina a la pequeña pantalla, pronto me sentí más atraída por el mundo de la gastronomía y de esos sabores que se abrían ante el espectador como una inmensa y sofisticada paleta de color. Reconozco que todavía no soy lo que se dice una erudita en la cocina, pero poco a poco me voy abriendo a atreverme a hacer cosas, a superar las torpezas del primer día, y a valorar el trabajo que representa el cocinar todos los días. Finalmente, os tengo que confesar que ahora, en la actualidad, teniendo muy presente el argumento de esta excepcional novela, puedo apreciar mejor los diversos matices de la novela, lo cual me ha enriquecido bastante.
 
 
En lo que respecta a los aspectos que más me han gustado de Como Agua para Chocolate, podría enrollarme muchísimo, pues es una lectura que me ha aportado mucho personalmente, sin embargo, para que no se os haga pesado, seré breve. En primer lugar, es evidente que la magia y el éxito de esta novela entre los lectores se puede encontrar en lo que he mencionado con anterioridad en la introducción. Como Agua para Chocolate es una novela que sabe fusionar y combinar a la perfección una narrativa mágica y apasionante con la profesionalidad y la creatividad de los libros de cocina, esta es una idea muy original pues, además de que puedes atraer a un mayor número de lectores, también a nivel estilístico resulta formidable. Un ejemplo de esta fusión es el incluir al inicio de cada capítulo, recetas culinarias, con sus ingredientes correspondientes, y que la explicación de la elaboración se narre y se inserte dentro del capitulo correspondiente, claro está, todos ellos cocinados por Tita, la inolvidable protagonista de esta novela.  En segundo lugar, pienso que Como Agua para Chocolate va más allá de una historia de amor sacada de folletín tradicional, pues, a lo largo de la historia aparecen elementos muy interesantes y que obligan al lector a reflexionar. Uno de ellos, por ejemplo sería el de las férreas tradiciones familiares, que a día de hoy, todavía persisten en muchos lugares del mundo. Por último, me gustaría resaltar la importancia de su estilo y de ese halo de imaginación que lo rodea, y es que, esta novela se encuentra enmarcada literariamente dentro del Realismo Mágico, algo tardío con respecto a las obras de Gabriel García Márquez, pero que en su lectura se respira constantemente, algo que, como habréis supuesto, resultó un absoluto deleite para mis pupilas.
 
Llegados a este punto, queridos lectores y lectoras, en el que siempre aprovecho para escribir la reflexión o reflexiones que he sacado de el libro que me he leído en cuestión, me gustaría en esta ocasión hacerla sobre la comida. Si amigos y amigas, la comida, eso que nos activa, eso que nos deleita, eso que nos aporta las vitaminas y proteínas que necesitamos para vivir. De una forma casi inesperada, el año pasado, irrumpieron en la televisión los conocidos como Talent Shows de cocina, importados de otros países como Estados Unidos o Reino Unido, siendo emitidos en horarios de máxima audiencia televisiva y cosechando a su paso gran éxito y popularidad. Master Chef fue el primero, a él le siguió Top Chef, y tras él, otros programas como Deja sitio para el postre o Mi madre cocina mejor que la tuya o una edición infantil de Master Chef bajo el nombre Master Chef Junior. El pasado miércoles se celebró la final de la segunda edición de Master Chef , una de las más polémicas, y pronto, después del verano, volveremos a ver a Chicote ejerciendo de jurado en una nueva edición de Top Chef. Personalmente, a mi me encantan estos programas, de hecho, me he visto las dos ediciones de Master Chef y la primera de Top Chef, y he disfrutado con ambos programas, pues, me parece muy interesante ver como cocinan en directo, las recetas, las pruebas de exteriores, cuando llevan a reputados cocineros, etc. Aunque os he de confesar que eso de la presión y la limitación del tiempo es horrible, para ellos y para el resto de los mortales. Toda esta disertación que os acabo de soltar no os la soltaría si no fuese porque, aunque reconozco haber visto algunos de estos programas, pienso que, en el momento en el que nos encontramos, en el que hay niños que por la crisis pasan hambre, y conociendo que este verano, algunas comunidades autónomas no van a abrir los comedores escolares para que estos niños coman, resulta de mal gusto ver como se defiende en estos programas la "excelencia del producto" y a la conocida como "alta cocina". En definitiva, una excelencia y una cocina que no está al alcance del bolsillo de la mayoría de la gente y un hipocresía televisiva que ve a la comida como una diversión, una competición, y no como una necesidad vital, porque con la comida, nunca se debe jugar. Como Agua para Chocolate: una historia de amor, pasión, sentimiento, rebeldía, magia, sabores, deleites.... Una combinación de sabores y texturas que conforman el mejor manjar, capaz de saciar vuestro impetuoso apetito lector.
 
Frases o párrafos favoritos:
 
"Lo malo de llorar cuando uno pica la cebolla no es el simple echo de llorar, sino que a veces uno empieza y ya no puede parar".
 
Película/Canción: en el año 1992 el director y marido de la autora, Alfonso Arau, llevó con maestría a la gran pantalla la novela de su esposa, cosechando gran éxito y una larga lista de premios nacionales e internacionales.
 
 
¡Un saludo y a seguir degustando jugosas lecturas!