Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 23 de junio de 2022

RESEÑA: La intimidad.

 LA INTIMIDAD


Título: La intimidad. 

Autora: Rosa Moncayo (Palma de Mallorca, 1993) publicó su primera novela con tan solo veintitrés años. Dog café, que así se titulaba, publicada por Expediciones Polares en 2017, recibió excelentes opiniones de crítica y público que auparon a la escritora como una de las más firmes promesas de su generación en el nuevo boom de literatura por medios como El País o Playground Magazine. Antes de eso, Rosa Moncayo había estudiado Administración de Empresas en la Universidad Carlos III y le concedieron una beca para estudiar en Corea del Sur. La intimidad (2020) es su segunda novela. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Una joven pareja en plena espiral de drogas, obsesiones y autodestrucción decide dejar la ciudad y mudarse a una casa de campo para escapar del círculo social tóxico que la rodea. Una novela en la que Rosa Moncayo describe con crudeza poética la intimidad de una relación al borde del colapso. 

Su lectura me ha parecido: lírica, delicada, cruda, alejada de cualquier tipo de sentimentalismo, sosegada, punzante, sensorial, que va más allá de ser una novela millennial... Hay libros que requieren tiempo, calma, dejarse embriagar por sus reflexiones durante días, semanas, meses si hace falta. Novelas que una vez empiezas nunca sabes en qué momento las conseguirás acabar o si acabarán siendo abandonadas en ese estante de la infamia. Textos rápidos, agiles, sí, pero que merecen toda nuestra atención, de todo puede extraerse oro, incluso de aquellos pasajes que en su momento desechaste porque no acaban de cuadrarte en la realidad tangible y emocional que te rodeaba por aquel entonces. Páginas que sobresalen, entre una mediocridad manifiesta, pero que el mercado editorial te insta a saltarlas o leerlas en vertical porque hay libros más nuevos cuya lectura no puede esperar. Palabras que se instalan en tu cerebro, activando ese botón de la creatividad que creías adormecido entre tanta producción libresca a la que hemos convenido a llamar "fast book". Literatura que, en última instancia, acaba injustamente olvidada por culpa de la masificación, el modelo de producción, de promoción, las redes sociales y la fragilidad de la popularidad. Con la novela que hoy tengo el placer de reseñar me ha pasado precisamente eso. No es que la dejara de leer, de hecho me la bebí de un tirón . No es que carezca de talento, que lo tiene en su poética forma de narrar el desmembramiento sentimental. No es que la haya dejado "morir" en favor de otras lecturas más llamativas, puede que en esto un poco sí, Panza de burro de Andrea Abreu - soy de las que les gustó y mucho - tal vez eclipsó el otro gran lanzamiento de Barrett, que no es otro que la presente historia de la que me dispongo a hablaros. Y sí, la dejé en esa balda, leída, durante bastante tiempo, esperando ser digerida y procesada por una servidora hasta que, al fin, decido meterle mano en sus tripas para convenceros de que leáis a Rosa Moncayo. Autora de mi edad, del 93, cuya trayectoria profesional dista mucho de la mía propia a la que decidí darle una oportunidad cuando el mundo parecía derrumbarse tras los cristales de nuestras casas, o jaulas de oro, como queráis llamarlo. A lo que muchos llaman el estante de la infamia, yo lo llamo el estante del reposo sano. Y es que en ocasiones no estamos preparados para hablar de una lectura en concreto. Algo que se percibe extraño o anómalo en la era de la impresión, de la reacción y no de la pausa, de la interiorización o de la reflexión madurada. Que sirva esta reseña como recomendación y autocrítica (yo misma me veo a veces devorada por las novedades y la rapidez de este mundo interconectado). Si con ella consigo que acudáis a vuestra biblioteca privada y cojáis ese libro cuya "vida" parece haberse agotado ante los ojos de todo el mundo, ya me daría por satisfecha. La intimidad: las rupturas amorosas nunca fueron fáciles, tampoco para nuestra generación líquida. 


En un tiempo en el que nuestro propio hogar se convirtió en nuestro mundo o en nuestra peor pesadilla, Rosa Moncayo ya habló de ello un mes antes del confinamiento, de las miradas furtivas entre vecinos que jamás habías visto asomados al balcón, de las numerosas bombas de relojería que se escondían tras los muros de los edificios. En esas casas convertidas, de la noche a la mañana, en búnkeres contra una enfermedad todavía desconocida. Moncayo ya exploró todo eso pero llevándoselo a dos terrenos bien diferenciados que comprenden contenido y forma. Por un lado, la autora mallorquina nos habla del dolor que traviesa el pecho de quien observa como la relación que ha tratado de mantener a flote durante años se va a pique sin que nadie sea capaz de remediarlo. Ni siquiera con un cambio de aires - anticipándose a toda la ornada de novelas sobre el mundo rural que vendrían tras la pandemia - o el abandono de ciertos círculos tóxicos que les impiden (aunque deberíamos hablar mejor en singular) arreglar lo que ya parece no tener solución. La centrifugadora en la que parece haber entrado la existencia de Gaspar y la narradora-protagonista (adicta a las drogas duras) parece sumirlos en una espiral en la que es imposible pensar y dejar la mente lo más despejada posible. Como un cielo raso. Sin que las ruidosas azoteas de los edificios perturbe la limpieza cromática del paisaje. En La intimidad somos testigos de dos viajes bien diferenciados. El de la joven protagonista por abandonar el consumo de estupefacientes, el cual deja atrás con una sorprendente facilidad, y el de una muchacha fiestera y cosmopolita al de una mujer atapada en un aburrido pueblo. De oficinista de palo, a una más dentro de un paisaje de Andrew Wyeth en el que, a pesar de las incomodidades propias de la vida en el campo, consigue observar el dolor desde una mirada más clara, pero no por ello exenta de su pequeña dosis de crueldad. Somos así de masoquistas a veces. Este relato a ratos lírico - el talento de Moncayo en estas lides es interesante - a ratos tan exagerado como terrenal - abundan las metáforas y las hipérboles - nos pone frente al espejo de las emociones humanas, del monstruo de las galletas llamado Capitalismo voraz y de la más primitiva de las libertades, la que, según la autora, insta a "portarnos mal" o a dejar de hacer aquello para lo que estamos predestinados para reencontrarnos con nuestro verdadero ser. En palabras de Moncayo: "entrar tarde y, a pesar de todo, poder salir pronto". La intimidad en la presente novela no es el tacto, la soledad o la introspección, también el aislamiento - al cual tuvimos que acostumbrarnos hace unos pocos años - que termina por sentenciar aquello que no acaba de morir. Ya sea una relación de pareja - como es el caso - de amistad, familiar, profesional, contigo misma/o. Un tsunami claustrofóbico en plena sierra que desemboca en una huida, la tuya propia, antes de que a la otra parte implicada se le ocurra hacerlo antes. Punzantes capítulos - algunos más sobresalientes que otros - que se complementan, como no podía ser de otra manera, con una playlist que lleva más allá la experiencia literaria y que ya empleó, por ejemplo, Marina L. Ruidoms para su memorable Había una fiesta. Millenial en su forma, universal en su profundo fondo, consiguiendo de esta lectura una de las novelas más lúcidas de los últimos años. Al menos si nos atenemos a esas ventanas aislantes socialmente que cada una y uno nos hemos construido inconscientemente por culpa de un confinamiento del que se hablará largo y tendido en los libros de historia de las próximas décadas. 

La intimidad: una historia de escapatorias, encierros, incomunicación, nubosidad lisérgica, agujas en forma de poesía, ruralidad, vorágine urbanita.... Cuando el amor agoniza y no se le deja morir como es debido. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La intimidad era esa casa temporal que nos acogió. No sé permanecer. No sé quedarme. La intimidad era ver cómo sufrías y no hacer nada por impedirlo; saber que no mereces a nadie mejor que yo, tener la certeza de que ni siquiera ibas a salir a buscarlo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barrett

viernes, 27 de mayo de 2022

RESEÑA: Azucre.

 AZUCRE


Título: Azucre. 

Autora: Bibiana Candia (A Coruña, 1977) es escritora. Ha publicado los poemarios La rueda del hámster y Las trapecistas no tenemos novio, el libro de relatos El pie de Kafka y el artefacto narrativo Fe de erratas. Colabora de manera regular con Jot Down, Letras Libres y The Objective. Azucre es su primera novela y ha sido merecedora del Nollegiu de novela y del Premio de las Librerías de Navarra como uno de los mejores libros de 2021. 




Editorial: Pepitas de Calabazas. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Galicia 1853. El invierno más lluvioso de la historia ha destrozado las cosechas y una epidemia de cólera empieza a hacer estragos entre la población. Orestes, el Tísico, el Rañeta y Trasdelrío, el Comido, Tomás el de Coruña y muchos otros rapaces que anhelan un futuro mejor para ellos y sus familias deciden deciden abandonar sus hogares y partir rumbo a Cuba para ganarse la vida en las plantaciones de caña de azúcar. Pero ese viaje les tiene reservado un calvario que sus cándidas mentes jamás habrían sido capaces de imaginar. Azucre es el relato novelado de la auténtica historia de mil setecientos jóvenes que viajaron a Cuba para trabajar y terminaron vendidos como esclavos por obra de Urbano Feijóo de Sotomayor, un gallego afincado en la isla que, aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África. 

Su lectura me ha parecido: interesante, atípica, condensada, construida a base de impactos, muy visual, lírica, potente, pesadillesca en sus mejores momentos, plural en sus voces narrativas, epopéyica... Mi primer contacto con la historia - disciplina intelectual con la que algunas/os en este país tienen una relación más que problemática - fue, como a muchas y muchos de los que nos apasiona, a través de aquellos primeros ejemplares de la Muy Historia que cada mes devoraba como si de un bocadillo de atún con queso se tratara. Recuerdo el primero, dedicado a los (y las) malos malísimos de la historia. Ejemplar que aún, a día de hoy, guardo como oro en paño - no como aquel dedicado a la historia de la piratería que, misteriosamente, desapareció un verano en el pueblo - y que supuso entonces todo un shock para mi inquieta mente abierta a toda clase de información y aprendizajes. A lo que unos veían como una chorrada o una pérdida de tiempo, yo lo encontraba fascinante, entretenido y una buena forma de pasar el rato cuando el tedio aplanaba los días. Aquel primer contacto me llevó por senderos amazónicos, por una selva llena de criaturas - las y los susodichos personajes malvados del pasado - cuya fascinación se instaló en mi de inmediato. Fue en esas páginas donde descubrí figuras como las de Erzsébet Báthory - "La Condesa Sangrienta" para el común de los mortales - Josef Menguele, Calígula, Irma Grese, Mao Tse Tung, Guy de Rais, Iósif Stalin, Nerón, Pol Pot, Jorge Videla, Adolf Hitler, Leopoldo I de Bélgica y un larguísimo etcétera compuesto por dictadores, generales, reyes, lugartenientes fanáticos, médicos de dudosa ética, aristócratas, empresarios, matrimonios aparentemente "ideales" y anónimos que de pronto se revelan como el "carnicero de" o la "asesina de". Estoy convencida de que ahí empezó mi interés por leer sobre el mal, tratando de buscar la respuesta al porqué de dichos actos a todas luces totalmente condenables, de ahí mi fascinación por esos personajes - en el terreno de la ficción pero que bien podrían haber existido en la vida real - tan amorales y cuyo acercamiento supone un enorme desafío para la o el lector. Por eso cuando me topé, gracias a Bibiana Candia, con Urbano Feijóo de Sotomayor algo en mi cabeza hizo "clic", reconectándome directamente con aquellas perversas figuras que tanto me habían impresionado de adolescente. A pesar de que su presencia es más figurada que física, como esa inquietante mano que mece la cuna (o la política), lo cierto es que bien podría formar parte de una nueva lista, más patria, cercana, en la que figure como uno de los culpables de condenar a la esclavitud a casi 1.500 gallegos tras prometerles una vida mejor en la próspera Cuba de mediados de siglo XIX. Azucre: la terrorífica travesía hacia un aciago y vil destino. 


Algo se mueve dentro del terreno de la novela histórica cuando textos como los de Dacia Maraini - veterana escritora italiana que consiguió plasmar las emociones de un mundo, por aquel entonces, con las cicatrices del confinamiento a través de una trama epistolar ambientada en la Sicilia del siglo XVIII - o de Maggie O´Farrell - cuyo Hamnet es una magistral carta de amor y reivindicación a aquellas mujeres que se han perdido entre los pliegues de la historia - tienen una repercusión tan positiva. El género está cambiando, evolucionando, sin olvidar la épica o el clasicismo formal en algunos casos, pero con un ojo puesto en el mundo que envuelve la escritura de estas piezas literarias. Prueba de ello es precisamente la primera novela - tras un intenso camino dentro del terreno de la lírica - de la escritora gallega Bibiana Candia y su Azucre. Un libro que, en comparación con los best sellers históricos al uso los cuales, por otro lado, siguen copando las listas de los más vendidos, destaca precisamente por esa notable diferenciación. Lejos queda Azucre de, por ejemplo, aquellas novelas que se mueven en la horquilla de las quinientas y mil páginas que nos siguen entregando una serie de autores cada dos o tres años. De hecho, además de su breve extensión, la novela de Candia sorprende desde la primera página, cuando la lectora o el lector se se adentra en ella descubre una presentación más sencilla, espaciada y con capítulos que, en ocasiones, no llegan a llenar la página entera. Aunque más que capítulos, habría que hablar más bien de impresiones, flashes visuales sobre los que su autora se apoya para tejer lo que quiere contar. Del mismo modo, el lirismo del que se enriquece - fruto de, como ya he comentado, sus inicios en la poesía - dista mucho de esos textos tan extensos como farragosos que a veces inundan la mesa de novedades de histórica. No por contenido (que nunca está de más) sino por no saber encauzarlos para resultar, ya no digo digeribles, al menos llamativos para el público. Más que una novela histórica al uso, Azucre resulta una rara avis dentro del género, ya que se mueve en dos terrenos, hasta ahora, muy diferentes. Por un lado, el rigor que exige cualquier libro que se aproxime a un hecho concreto del pasado y, por otro, el estilo que bien podría emplearse para elaborar prosa poética, así como un formato que destila profesionalidad y delicadeza. En cuanto a ese acontecimiento histórico que se narra en Azucre, lo cierto es que es la segunda y gran baza con la que juega ya que, al tratarse de un episodio relativamente desconocido - o al menos para una gran parte de las y los lectores - el reclamo es aún mayor. Gracias a esa poesía y una contención narrativa inusual, Candia sabe ahondar en la coralidad del relato para meternos de lleno en un viaje tan esperanzador - los rapaces lo emprenden motivados por alcanzar una vida mejor - como terrible - tanto en las condiciones de las naves donde viajan, como en su desolador destino una vez pisan tierras cubanas -. Mezclando lo mítico con lo terrenal, las leyendas con la aspereza, los amuletos con las cañas de azúcar o la humedad de los tablones de madera en constante contacto con el agua marina, Candia nos habla de estos antepasados gallegos a los que un político-empresario engañó vilmente en favor de unas ideas racistas. Pero también parece estar refiriéndose a aquellos otros jóvenes, los del siglo XXI, que cruzan el Mediterráneo en condiciones pésimas si no los ha engullido el mar, depositando su cuerpo en el extenso camposanto de algas, peces y tumbas arenosas. Cuesta comprender como, a pesar de la distancia histórica, todavía existen injusticias que, lejos de ponerles fin, se repiten una y otra vez ante nuestros ojos, los cuales han acabado asumiendo, casi sin darnos cuenta, pestilentes discursos de elitismo cultural eurocentristas. De esta tangible realidad nos habla Candia, aunque la trama transcurra a mediados en 1853, justo lo que, a mi juicio, debería hacer toda buena novela histórica que se precie. Por muy voluminosa o alternativa que sea. Tender puentes entre pasado y presente para hablarnos de como la capa del poder pervierte a quien la lleva puesta, así como de los que son expulsados o no son dignos de la protección que ofrece su aterciopelado manto. 

Azucre: una historia de deseos, compañerismo, peligrosidad, fe, paganismo, crueldad, fascinación, dureza, esclavitud, silencio... Al rescate de aquellos hechos vergonzosos de nuestro pasado a golpe de imagen y poesía. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La locomotora es una bestia dormida que resopla, grande como seis bueyes, brillante y cubierta de humo como una olla puesta al fuego. La impresión de La Habana aún no se ha desprendido de los rostros y ya están frente a un monstruo de hierro que jadea como un toro manso. Al hombre de la compañía, que de este lado viste de blanco impecable y tiene aspecto de alimentarse regularmente, lo acompañan dos mulatos jóvenes que no hablan, pero caminan justo detrás de él. Por edad podrían ser los rapaces; sin embargo, se miran como sabiendo bien si son de la misma especie. Los guían como un rebaño manso. Vamos, muchachos, no se me queden atrás, que el ferrocarril les espera, aún tienen por delante un camino de varias leguas hasta que lleguen a sus destinos.
    Desde La Habana hasta los ingenios, el camino de hierro ahorra tiempo, carros y animales de carga. Nunca más llegamos, no era suficiente cruzar el océano, aún no llegamos. Nos han dado la bienvenida, pero aún no es aquí; aún hay que entrar más en la tierra, más lejos aún. ¿Seguirá existiendo el mundo que dejamos atrás? Nunca más llegaremos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza

sábado, 7 de mayo de 2022

RESEÑA: Ayer

 AYER


Título: Ayer. 

Autora: Agota Kristof ((Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011). Por motivos políticos tuvo que exiliarse de su país para, en 1956, instalarse en Suiza. Tras cinco años trabajando en una fábrica de relojes, Kristof decidió aprender francés, lengua en la que escribió en 1986 su primera novela, El gran cuaderno, primera pieza de la trilogía protagonizada por Claus y Lucas, a la que seguirían La prueba (1988) y La tercera mentira (1992). Ha escrito otras obras de teatro y de narrativa, entre las que se encuentra el relato autobiográfico La analfabeta (2004), en el que Kristof recoge una breve parte de su intensa vida. Sin embargo, la trilogía de Claus y Lucas se sigue considerando su obra maestra, por la que recibió importantes galardones como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea.


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductor: Ana Herrera. 

Sinopsis: Sándor Lester, exiliado en una fría ciudad europea, lleva una vida solitaria y monótona. Inmerso en una rutina alienante en la fábrica de relojes en la que trabaja, pasa sus ratos libres escribiendo, frecuentando a gente en su misma situación o en compañía de Yolande, una mujer a la que no ama. Un día conoce a Line, una nueva empleada de la fábrica que procede del mismo país. Aunque está casada y tiene una hija de corta edad, Sándor se enamorará de la recién llegada y entre los dos surgirá un vínculo tan íntimo y esencial como doloroso y destructivo. 

Su lectura me ha parecido: breve, precisa, desasosegante, sin artificios, al hueso, tristísima, lírica, tosca, sombría, melancólica, impactante... La primera vez que leí a Agota Kristof me adentraba en la milla de oro de mi ciudad. Amparada en el nombre de un poético autor, sus portales no eran de otro mundo, ni sus balcones, ni siquiera los seguratas-porteros que las custodiaban. No como sus tiendas de decoración minimalista y letreros tan estilosos como relevadores en cuanto a su caché o valor de mercado. Esas cuyos escaparates parecen gritarte lo mucho que molan, lo caras que son y que jamás podrás si quiera poner un pie en ellas. Cruzar la barrera que separa a quienes frecuentan los alrededores del Mercado de Colón y los que nos tiramos a las rebajas de cualquiera de las tiendas que riegan la calle Colón pertenecientes al imperio Inditex. Emma Stone o Alicia Vikander te saludan, pretenden calar entre el populacho, venderte la idea de que, aunque no te puedas permitir un bolso de Louis Vuitton o una escultura de Lladró, siempre quedará la ilusión, el deseo, la fascinación por aquello que jamás podrás poseer. Una frialdad calculada escondida tras los ojos verdes de la primera y los almendra de la segunda. Entre clase y clase de un curso del paro que estaba realizando en unas oficinas situadas al principio de aquella calle y tras una rápida pero embelesada contemplación a la explosión de Rococó que representa el Palacio del Marqués de Dos Aguas, se me ocurrió empezar la lectura que llevaba tiempo postergando, sin saber muy bien porqué. Quedé tan atrapada por aquellas primeras descripciones de los horrores más perturbadores, terroríficos y escatológicos incluso de la guerra que estaba teniendo lugar en las páginas y en la película que estaba construyendo en mi imaginación que casi llego tarde a la explicación sobre el la comunicación en Facebook. Recuerdo que durante las horas que sucedieron a aquella lectura no pude pensar en otra cosa que no fuese en esa abuela rolliza, malvada y guarra - de no lavarse en un mes, entiéndase - y en lo mucho que, a pesar de detestarla a rabiar, me estaba fascinado como personaje. En mi memoria resurgió Annie Wilkies, protagonista de Misery, psicópata de la página en blanco, sádica pesadilla nocturna a la que mi yo adolescente había aupado al Olimpo de la creación literaria. Flechazos que, tanto en un caso como en el otro, he conseguido mantener intactos y firmes, defendiéndolos hasta la saciedad allá por donde voy. Continué en los días posteriores, la pasión fue en aumento, a pesar de haber dejado atrás esa burrada llamada El gran cuaderno. Cada una de las tres entregas de la trilogía me despertaba sentimientos bien diferentes, pero todos convergentes en la figura de su autora, de quien los había plasmado sobre el papel, de una mujer llamada Agota Kristof que, para mi sorpresa, escribió aquello en una lengua que no era la suya, sino en una que le vino de improviso, sin desearlo y a la que se tuvo que acostumbrar si quería prosperar allí donde la habían acogido en calidad de refugiada política. Entonces pensé que el descubrirla frente a uno de los edificios más bellos de la ciudad resultaba irónico, ahora siento que Agota se ha convertido en una autora de mi canon personal, tan imprescindible como rica en su forma de aproximarse a lo molesto, visceral, crudo. En otras palabras, aquello que no queremos ver. Luego amplías, lees otros títulos, te empapas de ellos sabiendo que, aunque no estén a la altura de la obra cumbre, Agota jamás defrauda. Ayer: el dolor del exilio, del pasado y de la creatividad ahogada en el trabajo mecánico. 


La desolación que una siente una vez pone punto y final a la lectura de esta pequeña novela debería ser una advertencia, sobre todo si la o el lector que se aventura a adentrarse en ella lo hace desde un ímpetu descontrolado. De todas formas, no hay nada mejor que iniciarse en la prosa de Agota que por este pequeño y amargo bombón de licor. Tan amargo que una servidora se estremece con tan solo recordarlo. Y es que la historia de Sándor Lester - magnífica elección del nombre en un claro homenaje al también expatriado Sándor Marai - actúa como vehículo narrativo así como catalizador de todas las emociones que su autora decide transmitir a través de él. Sosteniendo todo el peso de una trama que, a pesar de su aparente sencillez, esconde matices dignos de mención. Sándor es uno de los personajes más tristes de la literatura, al menos de la literatura a la que una ha accedido por el momento. Un rostro compungido, ausente, que se deja llevar por la inercia de un trabajo mecanizado y tremendamente alienante - esa gris fábrica de relojes - atormentado por un pasado que trata de dejar atrás y cuya única vida social fuera del trabajo la componen Yolande - una mujer con la que se acuesta pero no ama - y los exiliados del bar que, como el propio Sándor, no consiguen adaptarse al país que, por diversas circunstancias, han tenido que huir. Un hombre de imperturbable rostro, a lo Buster Keaton sin gracia, con frustrados sueños de grandeza literaria, ya sea por su falta de disciplina o por su falta de talento, ahí el lector es el que debe opinar. Imágenes que compone en su cabeza, sobre el papel o en la cárcel de tinta negra de la que jamás logran salir. La llegada de Line, una mujer casada y madre de una hija procedente del lugar en el que nació Sándor, pondrá patas arriba la anodina existencia del protagonista. Introduciendo a la o el lector en un juego literario en el que la ambigüedad jugará un papel fundamental. Una relación platónica en la que nos moveremos entre la cruda realidad y los deseos del propio protagonista, creando una tensa incertidumbre entre lo que es real y no, entre lo que está pasando y lo a Sándor le gustaría que pasase. Lo poético y onírico, a su vez, se cuelan en la narración de Kristof, otorgando al relato un toque más extraño y bello en una trama ya de por si oscura, convirtiéndose en el contrapunto necesario para sostenerla. Su parquedad narrativa - frases cortas, desnudas, carentes retórica banal, capaces de helar la sangre - así como ese toque siempre autobiográfico - la autora también trabajó en una fábrica de relojes - contribuyen, por otro lado, a ensombrecer más la narración. Y es que aunque ese punto lírico se cuele entre diálogos y descripciones, es importante mantener el sello de identidad, esa marcada personalidad que siempre ha caracterizado a Kristof tanto en su vertiente más larga - Klaus y Lucas - como en su faceta más sintética - Ayer -. Y aunque posea ciertos giros que te cambian de golpe y porrazo la percepción que tienes (y sientes) hacia los personajes, lo cierto que para una servidora esta nouvelle no se puede ni siquiera comparar con aquella magnífica trilogía que tanto me marcó, de hecho, por muy bien escrita que esté, no está ni siquiera a su altura. Sin embargo, esta lectura no solo me ha hecho admirarla más, también explorar otros campos temáticos al rededor de los que articular una trama, tales como la alienación que provoca el trabajo mecanizado - y su consecuente sometimiento psicológico - además del naufragio de las ideas literarias, de esos pequeños rayos de esperanza en unas circunstancias en las que ni el propio contexto ni el propio protagonista que las alumbra tienen cabida. Agota se condensa, se encoge, se atenúa; pero incluso achicándose escribe las mejores historias. Aunque tras su lectura te entren ganas de meterte en la cama, taparte con una manta y derramar alguna lágrima, como Sándor, en la más absoluta soledad. 

Ayer: una historia de decepciones, huida, asfixia, lírica lóbrega, frialdad, abatimiento, autoengaño, perturbación, destierro... La perfecta entrada al universo literario de Agota Kristof. 

Frases o párrafos favoritos: 

"En la cabeza todo se desarrolla con dificultad. Pero, en cuanto se escribe, los pensamientos se transforman, se deforman y todo se vuelve falso. A causa de las palabras."

"El tiempo se desgarra. ¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? ¿Los soles elípticos paralizados en el espacio negro? ¿Dónde encontrar el camino volcado hacia el vacío? Las estaciones han perdido su significado. Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

miércoles, 13 de abril de 2022

RESEÑA: Como cambia el mar.

 COMO CAMBIA EL MAR


Título: Como cambia el mar. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Raquel G. Rojas. 

Sinopsis: Catorce años después de su muerte, el recuerdo de su hija Sarah persigue aún al famoso dramaturgo Emmanuel Joyce y a su esposa Lillian. Acompañados siempre por Jimmy - el devoto representante de Emmanuel -, el matrimonio viaja continuamente de ciudad en ciudad, recurriendo a distintas estrategias para sobrellevar la pérdida: él seduce a todas sus secretarias y ella coloca las fotos de su hija en el tocador de cada nuevo hotel en el que se alojan. Hasta que, la víspera de su partida a Nueva York para seleccionar el reparto de su próximo montaje, un incidente con la última conquista del dramaturgo les obliga a encontrar de inmediato una sustituta. Cuando Alberta Young, hija de un clérigo de Dorset, llega a la entrevista con un ejemplar de Middlemarch bajo el brazo, las vidas de todos ellos no volverán a ser las mismas nunca más. 

Su lectura me ha parecido: ágil, ligera, elegante, hermosa en sus descripciones atmosféricas, con una capacidad de enganche marca de la casa, seductora, amable a pesar del sufrimiento de sus personajes, capaz de pasar del glamour a lo mundano sin mucho esfuerzo, con toques muy a lo F. Scott Fitzgerald... Hace unas semanas, para alegría de muchas y muchos, que los fans de las películas-novelas inglesas de época en las que se narran problemas de ricos en contraposición a los problemas de los que los cepillan, visten y alimentan en ese submundo dentro de enormes mansiones victorianas podemos disfrutar de Downton Abbey de nuevo. Ya sea con puntualidad, nunca mejor dicho, inglesa - sobre las 16:00h en TVE - o en diferido para quienes, como una servidora, no tenemos tiempo de descansar a esas horas frente al televisor en su correspondiente página web o canal gratuito de streaming. Y mira que un tiempo a esa parte accedo a dichos productos literarios y audiovisuales con cierto recelo, ya que cada vez me escama más esa imagen de los marqueses-condes-duques-nuevos ricos provistos de una excesiva amabilidad y gentileza que dista mucho de lo que en realidad sucedía en aquellas épocas históricas. No obstante, hay algo en ellas que siempre me acaba embaucando, sin llegar a convencer, pero sí a querer seguir la pista de la lady en sus infructuosos intentos por encontrar un buen marido, de ese criado mal encarado con oscuras intenciones o de esa doncella enamorada del ayuda de cámara que le saca como veinte años (algo que sinceramente, comentario random, no llegaré a entender). Y ese algo tiene que ver con un guion muy bien pensado, escrito e interpretado frente a las cámaras. Un texto que, a pesar de revestirlo de clase y rigor histórico, no está muy lejos de los melodramas de sobremesa que muchos nos hemos comido con patatas fritas. Adorándolos pegados al televisor si son medianamente decentes, usándolos como ruido ambiental mientras hacemos otras tareas si lo que nos narran no tiene sentido alguno o durmiéndolos si la cosa ya no se sostiene. Algunos de ellos los recomiendo encarecidamente para coger el sueño si quieres echarte una siesta. Como dirían las generaciones que nos antecedieron: mano de santo. Con esta resaca de tacitas, recibimientos multitudinarios al pie de la abadía  y líneas de guion que jamás pronunciarías en la vida real afronto la reseña de la presente novela. Escrita por un autora que, gracias a Las crónicas de los Cazalet - la madre de lo que Julian Fellowes llevó a la televisión británica allá por el 2010 - consiguió que me renganchara a un tipo de ficción que, a pesar de que lo extremadamente perturbador sea lo que bombeé mi sangre, también tengo hueco para una buena dosis de cortesía al más puro estilo british. Así que, bienvenido sea, aunque con notables diferencias al universo cazaletiano. Como cambia el mar: secretos, apariencias y tragedias familiares entre el champagne neoyorquino y el turquesa de la costa griega. 


Aunque yo me esperaba encontrarme aquel resquicio del estilo que hizo tan grande a la saga de Los Cazalet, lo cierto es que una servidora se sorprendió al toparse con algo más complejo, más maduro, más interesante a nivel de forma. La propia trama ya nos avanza el gran cambio: un dramaturgo mujeriego, una esposa que no supera la muerte de su hija, el drama que sobrevuela cada escena, una secretaria amable, un atormentado escritor, una glamurosa ciudad de los rascacielos, el paraíso mediterráneo a las faldas de los templos clásicos... Si bien es cierto que ese punto donde convergen el entretenimiento literario con el "salseo" está presente - si no no estaríamos hablando de Elizabeth Jane Howard - la verdadera sorpresa se hace patente desde dos aspectos fundamentales y que, como ya he comentado, la propia sinopsis nos sirve como preludio de esta gran ópera narrativa. Por un lado, tenemos la parte estilística con la que la autora ha venido a jugar con el lector, mostrando el gran potencial del que es poseedora, para envidia sana de quienes queremos dedicarnos al noble arte de la escritura. Alternando, no solo narradores, también los formatos a través de los cuales articulan su discurso y, en definitiva, su propio punto de vista de la historia. Mientras Lillian (la esposa) y Jimmy (el fiel ayudante) adoptan una íntima primera persona, Alberta (la secretaria) lo hace a través de larguísimas y detalladas cartas. Muy al contrario que Emmanuel (el marido) cuyas acciones, pensamientos y sentimientos se nos muestran desde un distante narrador omnisciente. Esto no solo eleva las expectativas en cuanto a experiencia lectora, sino que además aporta personalidad y profundidad a los personajes. Gracias a ello, podemos situarnos en la trama, así como ante las distintas psicologías que muestran cada uno de los personajes. Y al rededor de todos ellos: el trauma. La muerte de Sarah, esa hija cuya dolorosa ausencia que ha puesto patas arriba el matrimonio entre Emmanuel y Lillian, poniendo en evidencia la disparidad de opciones a la hora de asumir el duelo o enfrentarse a la terrible realidad que los azota, como las espumosas olas del Mar Egeo. Si Emmanuel apacigua la tristeza coleccionando amantes mientras prepara su próximo estreno teatral, Lillian no se despega de su recuerdo, llevando consigo fotos de Sarah allá donde van, pensando que dicha acción apaciguará su desazón. Este clima, por supuesto, acaba afectando tanto a Alberta - el ser de luz de la novela - y a Jimmy - cuya lealtad con Emmanuel se tornará crítica. Además de este armazón narrativo que le otorga una dimensión más amplia y profunda, el otro gran aspecto que varía respecto a lo que ya conocemos de la autora es precisamente ese cambio de escenarios. Abandonamos Brighton para meternos de lleno en lado más acaudalado y cosmopolita de la ciudad de Nueva York, así como en la belleza terrenal de un lugar como Hidra - donde encontramos la ambientación más ensoñadora y cálida - sin olvidarnos de un Londres que dista del descrito en la saga de Los Cazalet. Howard abre escenarios, amplía horizontes, hasta coquetear con lo mejor de Francis Scott Fitzgerald, especialmente cuando dejaba de lado la inclemencia de la gran urbe y se refugiaba en el sofocante Mediterráneo. Y es que la novela de Howard no hace sino recordarme a aquel matrimonio protagonista de Suave es la noche. Novela en la que, las noches de la Riviera Francesa amparan una crisis matrimonial agravada por desencuentros y la enfermedad. Cambia la Costa Azul por esa Grecia de columnas jónicas y pueblos de paredes de cal y obtienes como resultado una revisión pertinente de un clásico a reivindicar. No sé si la insaciable inquietud lectora me regalará un nuevo encuentro con una autora a la que le tengo que agradecer largas tardes de entretenimiento puro. Ojalá nuestros caminos se vuelvan a cruzar, aunque sea de forma breve. El mundo necesita historias que, a pesar de ahondar en la pérdida y en la desintegración matrimonial, nos regalen momentos de calma, sosiego y adicción a la palabra escrita. 

Como cambia el mar: una historia de tensiones, paisajes de ensueño, crisis creativas, pérdida, duelo, luz, desencuentros, inflexión, perspectivas... Elizabeth Jane Howard, más allá de los muros de Home Place, es una autentica delicia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Estamos en Atenas, el aire es blanco y polvoriento, todas las carreteras parecen atestadas, hay edificios que se están construyendo, y el tráfico va o bien a toda velocidad o con una lentitud desesperante (...) El aire parece una cortina caliente que me cae sobre la cara, y me pregunto por qué quería venir aquí y cuando podremos dejar este sórdido caldo de calor, asfalto deslumbrante y cenizas de la Antigüedad, todo mezclado sin ningún criterio y cocido a fuego lento con nubes de polvo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

sábado, 5 de marzo de 2022

RESEÑA: La mejor voluntad.

 LA MEJOR VOLUNTAD


Título: La mejor voluntad. 

Autora: Jane Smiley ( Los Ángeles, California, 1949) es autora de una veintena de obras de ficción y ensayo. Recibió el Premio Pulitzer de narrativa y el Premio Nacional de la Crítica por su novela Heredarás la tierra (1991). Entre otras obras, ha publicado La edad del desconsuelo (1987), Un amor cualquiera (1989), La mejor voluntad (1989) The Greenlanders (1988) y, en los últimos años, la trilogía formada por Some Luck (2014), Early Warning (2015) y Golden Age (2015). Desde 2001 forma parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma original: inglés.

Traductora: Inga Pellisa. 

Sinopsis: Bob Miller ha creado el paraíso con el que siempre soñó: una granja en lo alto del valle, a cinco kilómetros del pueblo más cercano, donde él y su esposa Liz viven y crían a su hijo de siete años, Tommy, cultivando su propia comida, hilando y tejiendo su ropa, fabricando sus propios muebles. Él mismo construyó la casa en la que habitan, sin teléfono, ni televisor, sin automóvil, sin más conexión cotidiana con el mundo exterior que los viajes diarios de Tommy a la escuela. Allí viven, piensa Bob, y allí vivirán siempre. Bob y Liz se enorgullecen del estilo de vida autosuficiente que han escogido, pero si de algo se siente verdaderamente orgulloso Bob es de Tommy, ese chico entusiasta, receptivo, obediente y dispuesto a dejarse guiar por su padre. Por eso nunca habría imaginado que un día su hijo fuera capaz de agarrar dos muñecas de una compañera de clase y destrozarlas. Sin embargo, ese día llega y a Bob le recorre un escalofrío. Algo va mal, realmente mal, y él no lo ha visto venir. 

Su lectura me ha parecido: breve, intensa, económica en su descripción de los hechos narrados, actual, reflexiva, desmitificadora, paradójica, un cuchillo de doble filo que se traslada más allá de su oportuno título... En ocasiones me dan ganas de dejarlo todo y marcarme un Walden. Así de claro. Abandonar las comodidades propias de la ciudad o del pueblo grande y marcharme a una casita en medio del campo. Sin televisión, ni internet, ni ruidos propios de la megalópolis, sin la presencia de lo que mundialmente hemos convenido en llamar "ser humano" - hay quien creo que no debería merecer dicho honor - como a 50 kilómetros o más a la redonda. Yo, mis circunstancias, libros, papel, boli, gas, electricidad, agua corriente - por supuesto, que de burguesa tarda una en salirse, aunque en realidad un waldenista extremo renunciaría a estas tres cosas - y un pequeño huerto del que sobreviviría y que, mediante la ancestral técnica del trueque, me permitiría sobrevivir en medio de la nada para unos, en el paraíso terrenal para otros. Rodeada de monte, rocas, plantas silvestres, tal vez un riachuelo-lago-abundante río, insectos mil y algún que otro animal salvaje (con todo lo que ello conlleva). Por supuesto, y tras este breve exabrupto, sin duda producto de la beligerante actualidad a todos los niveles (y no solo en lo que, por desgracia, atañe a la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin) me queda claro que liarte la manta a la cabeza y plantarte en medio de la naturaleza más agreste con la intención de construir un lugar donde poder habitar y subsistir a partir de lo que ésta ofrezca está al alcance de muy pocas y pocos. Por no decir que eso lo pueden hacer cuatro privilegiados y, bueno, los que siguen a pies juntillas las palabras de Thoreau en su imprescindible ensayo sin un ápice de espíritu crítico en dicha lectura. Con el riesgo de acabar como Christopher McCandless - protagonista de la película Hacia rutas salvajes y del libro de John Krakauer - en su "Odisea de Alaska". Retiros más o menos extremos a parte, lo cierto es que hay quienes lo consiguen, quienes logran - aunque con algunas comodidades indispensables y a las que cuesta renunciar como una cama en lugar de los gastados asientos de un autobús abandonado - con empeño y trabajo vivir al margen de lo que conocemos por "civilización" o mejor aún, de entornos que nos generan un desapego absoluto con la madre naturaleza y sus múltiples virtudes. Sin embargo, como bien plantea la novela que hoy tengo el placer de reseñar, ¿estamos dispuestas/os a llevar nuestras convicciones hasta el final? ¿Cómo se congenia eso de tener descendencia y querer inculcar en nuestra prole unos valores y una forma de vivir determinada? ¿Y si nuestra hija o hijo, de pronto, parece reusar todo ese saber y modo de vida aprendido desde la cuna? Y lo más importante: ¿se puede escapar de las garras del capitalismo por muy aislado que quieras estar de todo aquello que lo sustenta? La mejor voluntad: la libertad como espejismo y el materialismo como ese robusto tronco que no dudamos en abrazar. 


Tras esa lectura algo desinflada de La edad del desconsuelo y la publicación, que no incursión, de Un amor cualquiera - novela a la que seguramente le acabe dando una oportunidad - regresaba a Jane Smiley con cierto escepticismo. Lo confieso, mi primer contacto con ella no fue del todo satisfactorio, por lo que me inquietaba pensar que, a pesar de mi pasión por la literatura estadounidense, no fuese para mí. No obstante y para mi sorpresa, Smiley acabó entrando por mis ojos como un torrente de aire fresco en un momento en el que necesitaba precisamente dejarme llevar y mecerme en unas formas que, si bien conocía de sobra, me ayudaron a desconectar de aquello que me perturbaba. Siguiendo un estilo muy parecido al de La edad del desconsuelo, pero con pequeñas sutilezas y, sobre todo, una trama que refuerza unas determinadas preocupaciones, Smiley nos acompaña a través de la palabra escrita en la historia de Bob, Liz y Tommy; padre, madre e hijo respectivamente. Una familia - los Miller - de las que, como he apuntado en el anterior párrafo, consigue realizar su sueño de vivir en una granja en lo alto de una colina, ser autosuficientes y libres de cualquier atisbo materialista - o lo que ellos consideran como tal - que perturbe su día a día. Sin televisor, teléfono, coche y con las salidas de su hijo al colegio y los libros que toman prestados de la biblioteca pública como únicos medios de conexión con el exterior. A través de la voz del padre iremos conociendo mejor tanto a la familia como su rutina en ese idílico paraíso entre el huerto y los remiendos de la ropa que tejen a mano. Así como el ensimismamiento en el que que Bob, ese progenitor férreo en sus ideales, vive respecto a Tommy, al cual considera su mejor creación. Un niño nacido y criado en dicho ambiente y asumiendo todas las enseñanzas y valores que, sobre todo su padre, vuelca sobre él, creyéndose la idea de que junto a su esposa han creado a un niño modelo y futuro ciudadano ejemplar. Sin embargo, un inesperado incidente en el colegio conseguirá tambalear los cimientos, no solo de la educación que dichos padres han dado a su hijo, también de los propios pilares sobre los que se asienta un matrimonio aparentemente perfecto y seguro de lo que han construido y de lo que querían cuando iniciaron dicho proyecto juntos. Sin ahondar en cualquier clase de spoiler - sobre todo para los más puristas en estas lides - simplemente me limitaré a comentar que, la eclosión del inesperado hecho, supone una reflexión para el lector más allá de las consecuencias que éste acarrea para a la unidad familiar. Y es que de una forma sutil lo que Smiley nos está tratando de hacer ver es que nada puede escapar del capitalismo. Por mucho que te aísles y te creas libre de toda atadura del sistema, lo cierto es que ambos modelos se sustentan en una constante comparación, creyéndose ambos la mejor opción al tiempo que se admiran mutuamente, ya que en última instancia, ambos mundos - el de la familia Miller y el que representa el resto de personas que forman la comunidad - acaban reconociendo carencias y deseos que solo pueden hallar si se pasan al otro bando. La libertad es un espejismo, parece sentenciar Smiley, capitalista en este caso, algo que ni - como reza su título - la mejor de las voluntades, ni siquiera la de ese padre que cree estar haciendo lo mejor para su hijo (también esta es una novela sobre los modelos de paternidad y maternidad) parece aplacar un problema sustentado en la confrontación, el individualismo o la falsa meritocracia entre otras muchos contrafuertes. 

La mejor voluntad: una historia de aislamiento, modelos de habitar el mundo, paradojas, desigualdad, grietas emocionales, ideales que se deshinchan, autonomía, autoridad, ruido pragmático... La prole como campo de experimentos y cubo rebosante de expectativas paterno y materno filiales. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me pregunto como sería criar a un niño con dinero. Toda su vida hemos estado inventando cosas para él; ha sido nuestro sujeto experimental, y reconozco que ha sido uno muy bueno, receptivo agradecido, flexible con esas ideas que pintaban bien sobre el papel pero que no funcionaron."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

sábado, 19 de febrero de 2022

RESEÑA: Cielos de Córdoba.

CIELOS DE CÓRDOBA


Título: Cielos de Córdoba. 

Autor: Federico Falco (General Cabrera, Argentina 1977). Considerado uno de los escritores con más talento de su generación, sus cuentos han sido celebrados unánimemente por la crítica e incluidos en numerosas antologías. Ha publicado los libros de cuentos 222 patitos, 00 (ambos en 2004), La hora de los monos (2010) y Un cementerio perfecto (2016). También es autor del poemario Made in China (2008), la obra de teatro Diosa de Barrio (2010) y la novela breve Cielos de Córdoba (2011; Las afueras 2020). En 2010 fue seleccionado por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. Actualmente reside en Buenos Aires, donde coordina talleres de escritura y codirige el proyecto editorial Cuentos de María Susana. En 2020 su novela Los llanos fue finalista del Premio Herralde de novela. 

Editorial: Las Afueras. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Cielos de Córdoba es una novela de iniciación, la de Tino, un preadolescente solitario con una madre gravemente enferma internada en un hospital y un padre obsesionado por los ovnis que regenta un museo dedicado a la ufología. Entre esas figuras ausentes se mueve el protagonista de esta historia, obligado por la vida a madurar y  asumir responsabilidades antes de tiempo, mientras trata de lidiar con el caos y las pulsiones del deseo propias de su edad. 

Su lectura me ha parecido: fluida, breve, curiosa, triste, minimalista, lírica, pequeña, sutil, delicada, sin artificios que entorpezcan, casi silenciosa... Desde pequeña me apasiona observar el cielo, sobre todo de día, ese gran azul infinito que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Testigo privilegiado de lo mejor, pero también de lo peor. Obligado a observar besos, abrazos, caricias, cualquier expresión de cariño, felicidad, solidaridad, empatía o amor. Así como a contemplar, sin posibilidad de apartar los ojos, de los actos más terribles que el ser humano pude perpetrar. Yo lo miro, pasiva y activamente, tratando o bien de relajarme o bien de buscar aquello que lo haga especial, prestando mucha atención a los marcos que lo recortan. Cúpulas, terrazas, barandillas, antenas parabólicas, balcones copas de los árboles, montañas, pináculos, agujas góticas, torres, campanarios, formas vanguardistas, un avión que de pronto cruza de lado a lado, una anárquica bandada de estorninos, otra no tan amable que sobrevuela en círculos, nubes amorfas, chorros de estelas químicas dibujando sobre la pizarra azul toda clase de rectas, círculos y figuras que se escapan a lo geométrico. Mi favorito, últimamente el de mi ciudad, tan brillante, epatante, insolente y soberbio que da envidia solo mirarlo. Alzar la mirada al cielo también tiene cierto poder terapéutico, sobre todo cuando lo terrenal, lo que te ancla a la cruda y a veces odiosa realidad te supera. Buscando entre los pliegues de los gigantes blancos ese clic, ese botón que lleva escrita la palabra "evasión" en mayúsculas que todas y todos hemos necesitado pulsar alguna vez en nuestra vida. Pero también hay quien eleva sus fanales, fijando las pupilas en ese efecto óptico o fenómeno extraño que ha percibido de pura casualidad. Con la esperanza de confirmar la existencia de vida extraterrestre, de platillos volantes - o de lo que sea - sobrevolando nuestro planeta, de seres que poco tienen que ver con los que el cine o la televisión ha conseguido incrustar en la cultura popular. Además de una afición o de una rama más dentro de la investigación científica - totalmente respetable por cierto - también podría ser vista como una forma más de evasión, de no pensar, de soltar el nudo, observar los problemas desde una mirada de pájaro, astronauta o marciano sacado del imaginario de Bradbury. De todo esto y más habla la novelita - corta en extensión, grande en su retrato de una cotidianeidad quebrada - que hoy tengo el placer de reseñar. Cielos de Córdoba: un coming of age entre visitas al hospital y ufología. 


Desde una prosa sencilla, íntima y sin muchos sobresaltos Federico Falco - nombre a tener en cuenta dentro de la nueva ola de autoras y autores argentinos que han venido, parafraseando al Señor de los anillos, para dominarnos a todos - nos presenta una novela de iniciación clásica con toques realmente peculiares. Y es que Tino, el protagonista de esta historia, es un preadolescente atrapado en una realidad muy complicada. Por un lado tenemos a su madre, enferma, internada en un hospital a la espera de una mejoría que parece no llegar nunca. Y por otro el padre, aficionado - o más bien obsesionado - a la ufología y quien ha convertido su casa en un museo dedicado a su pasión. Tino transita entre el hospital, los platillos volantes, el instituto y las pequeñas aventuras en las que se ve involucrado en su obligado salto a la madurez. A pesar de su carácter solitario y la serenidad adulta con la que enfrenta cada jornada, fruto sin duda de la delicada situación familiar que atraviesa, Tino se hará amigo de Omar, el chico más popular de la clase. Con él vivirá una suerte de iniciación en temas como la amistad o el sexo en los que Tino, hasta ese momento, desconoce completamente. En el retrato de esta particular relación, Falco parece crecerse, no en elocuencia o en grandes parrafadas que te dejan los ojos secos, más bien todo lo contrario, abrazando un estilo que celebra lo ajustado y simple. De hecho, a Cielos de Córdoba - precioso título en su metáfora evasiva - no le sobra ni le falta ni una sola palabra, ni una coma, ni un punto. Porque con Falco, nos queda claro, que menos siempre es más, algo que en un panorama literario trufado de discursos pretenciosos y grandilocuentes es más que necesario. La humildad como bandera y la intimidad bien entendida - pequeñas historias donde los sentimentalismos y el regodeo en la desgracia quedan relegados a los márgenes del relato - como bastón de mando. Por supuesto, una nouvelle de estas características es imposible sostenerse sin grandes dosis de realismo, de esos pequeños detalles que contribuyen, desde el candor costumbrista, a que el lector no suelte de mano al personaje principal, algo en lo que Falco parece moverse como pez en el agua. Por citar algunos, me quedaría con los tristes y surrealistas momentos que "comparte" con el padre - esa inolvidable escena cocinando huevos fritos - a pesar de que éste permanezca en un constante segundo plano o con su divertida amistad con la anciana Alcira - el otro gran personaje del libro -. Y así, entre tareas del hogar y la abstracción (o creencia) de que tarde o temprano los ovnis harán acto de presencia, Falco teje un micromundo plagado de personajes atrapados en sus propias incertidumbres e incomunicación de la que, para sorpresa del lector, sobresale un protagonista capaz de canalizar el peso del texto a través de sus fugas inquietas. Lo que le hace vivir  y experimentar toda clase de peripecias en un momento de fragilidad familiar. No será la lectura más trascendental del mundo para una servidora, pero sí el ejemplo perfecto de que no hacen falta fuegos artificiales cuando tienes Córdoba, el cielo y la contagiosa curiosidad de un joven aprendiendo, lo mejor que puede, a transitar por las circunstancias que le ha tocado vivir. 

Cielos de Córdoba: una historia de aprendizaje, madurez, amargura, humor, ligero optimismo, amistad, abstracción, enfermedad, naves espaciales, caramelos, libros... La naturalidad de asumir los cambios, las adversidades y lo nuevo que está por llegar.  

Frases o párrafos favoritos: 

"Con los brazos bien abiertos, bien extendidos y los ojos cerrados, Tino escuchaba el sonar submarino de la correntada. El sol le doraba la cara y el río lo mecía. Cruzó las ollas. En las orillas había muchos chicos que hacían ruido y un quiosco de lata donde vendían bebidas y ponían música a todo volumen. Seguramente Omar estaba entre ellos y lo miraba pasar."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras

miércoles, 9 de febrero de 2022

RESEÑA: Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia.

 TRÍO. DOS AMIGAS, UN HOMBRE Y LA PESTE EN SICILIA


Título: Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. 

Autora: Dacia Maraini (1936) es una de las grandes voces femeninas de la literatura italiana contemporánea. Nacida en Fiesole (Florencia), se trasladó con toda su familia y tan solo dos años de edad a Japón, donde, tras la alianza del país nipón con las fuerzas de Mussolini, vivió la experiencia del campo de concentración. Una vez regresada a Italia, se estableció antes en Sicilia y luego en Roma, donde ligó muy pronto su vida a la literatura y comenzó a publicar sus primeras novelas y obras teatrales. Los años rotos (1963), Isolina (1980), La larga vida de Marianna Ucrìa (1990) y El tren de la última noche (2008) son algunas de sus novelas más importantes. Ganadora de los premios Formentor (1963) Campiello (1990) y Strega (1999), muchas de sus obras se consideran fundamentales en la historia del feminismo italiano y europeo, y han sido adaptadas al cine y traducidas a numerosas lenguas. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia, escrito durante el confinamiento del año 2020, es su última novela. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma original: italiano. 

Traductora: Raquel Olcoz

Sinopsis: Sicilia, 1743. La peste diezma la población de la ciudad de Messina. Desde el forzoso confinamiento impuesto por la epidemia, dos mujeres - dos amigas - se intercambian cartas. En ellas hablan del tiempo que pasa despacio, del miedo al contagio, de la vida amenazada por una enfermedad ciega e imprevisible y, sobre todo, de amor; del amor que las une al mismo hombre, marido de Agata y amante de Annuzza. En esta intensa novela epistolar - con la que Maraini regresa a la ficción histórica que la consagró como una de las más influyentes autoras del siglo XX - amistad y amor se entrelazan en un delicado equilibrio que ampara de la voraz llama de los celos y de las convenciones sociales la inquebrantable relación que liga a las dos mujeres y no conoce egoísmo ni exclusividad. En esta delicada obra, impregnada de los aromas y de los colores de una Sicilia tan lejana en el tiempo y a la vez tan cercana al presente, Dacia Maraini nos cuenta qué puede salvarnos cuando fuera todo se derrumbaba. 

Su lectura me ha parecido: tierna, cálida, triste, sensible, delicada, sólida, expresionista en sus retratos sobre la peste, clásica en cuanto al formato escogido, con la mirada puesta en el presente más inmediato... En tiempos de confinamiento, cuando una simple vuelta a la manzana se convirtió en nuestro deseo más anhelado, cuando redescubrimos ese lugar al que llamamos casa o cuando aprendimos a valorar los pequeños actos cotidianos, incluyendo esas miradas, saludos o besos al aire entre el pasillo de la fruta y el de los lácteos ya se barruntaba. Y es que, como bien pronosticaron algunos escritores, editores y demás profesionales sobre los que pivota la industria del libro, en pocos meses se sucedió toda una hornada de textos que tenían la pandemia del Coronavirus como telón de fondo. Ya sea desde una perspectiva más ensayística - por el momento, los que más abundan - o ahondando más en el poder de la ficción para retratar lo acontecido durante aquellos meses de encierro. Nada como el diario - sin duda, el formato que parece responder estilísticamente a las exigencias de este tipo de relatos - periodístico o personal, tanto da, para plasmar lo que sucedía cada día, cada hora, cada momento de un acontecimiento histórico global como hacía tiempo que no sucedía. Los Anna Frank, Franz Kafka, Susan Sontag, Marguerite Duras de 2022, salvando muchísimas distancias claro está, pero mismo espíritu creador, cronista o de desahogo, según el caso. En lo único que se equivocaron aquellos que se atrevieron a reflexionar entorno a las relaciones entre Covid y literatura fue en señalar que el esperado aluvión sería inmediato e ingente, algo que a todas luces no se está cumpliendo. Tal vez la herida está demasiado reciente y conviene cicatrizar, reflexionar y encontrar las palabras adecuadas. No es fácil rememorar el torrente de emociones vivido durante aquellos meses. Puede que ni siquiera tengan ganas. Son seres humanos ante todo. No obstante, entre todo lo que sí se ha publicado que gira al rededor de esta nueva normalidad a la que parece que nos hemos acostumbrado demasiado rápido, hay una novela que brilla con luz propia entre las tinieblas de otra epidemia - la de la peste - y que es capaz de emocionar al lector a partir de un ejercicio clásico - o neoclásico, como prefiráis llamarlo - enormemente inteligente. Desde el pasado, desde un formato tristemente en desuso, desde el género histórico (ahora mismo inmerso en una necesaria renovación), pero con un pie en el presente, en el de esa Italia vacía de sus gentes, confinada, sin el eco de los pasos que caminan hacia adelante, sin ningún rumbo concreto, sin esos ojos que se alzan abrumados al cielo, sin esas voces retumbando a la vuelta de la esquina. Solo el silencio, el viento y los ojos tras el cristal. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: narrar el pasado para aprender el presente. 


Dacia Maraini lleva décadas plasmando historias amargas, transversales, universales. Todas ellas atravesadas por la crítica social y un feminismo del que muchas y muchos deberíamos aprender, tanto quienes quieren dedicarse a la escritura como los que simplemente buscan ampliar sus inquietudes políticas y literarias. Por lo que no iba a ser menos en su particular e indirecto retrato de la pandemia del Covid. Y es que son varios los aciertos que podemos destacar de Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. El primero de ellos, el que salta la vista nada más iniciar su lectura, su capacidad de dialogar con los lectores de la década del 2020 - y los sucesivos años en los que nos hemos visto obligados a convivir con el virus - desde la Messina de 1743. Como bien nos expone la autora en el necesario prólogo, la idea de escribir el presente texto le vino mientras se documentaba para la escritura de una de sus obras cumbres, La larga vida de Marianna Ucría, al leer sobre lo acontecido durante la peste en dicha ciudad siciliana. En aquel momento, como nos confiesa, no le pareció que aquel acontecimiento tuviese interés para la historia que pretendía escribir y lo desechó. Sin embargo, en cuanto el Covid llegó a tierras italianas, Maraini comenzó a apreciar similitudes entre las crónicas que en su día leyó sobre los métodos para evitar el contagio por peste bubónica y las decisiones que el gobierno italiano estaba tomando al respecto de aquel primer contagiado en Codogno. Todo ello, junto con el bagaje obtenido sobre la historia del siglo XVIII italiano decidió ponerse manos a la obra y escribir la novela que hoy vuelvo a tener en mis manos. Resulta fascinante observar como a los barcos que llegaban a las costas sicilianas se les ponía en cuarentena - palabra que hoy nos es bastante conocida - si existían sospechas de que pudieran portar cualquier tipo de enfermedad o como tras el fallecimiento de un capitán de uno de ellos - cuyo cuerpo estaba lleno de pústulas - las autoridades decidieron poner a la embarcación bajo secuestro. Algo que resultó insuficiente, ya que al poco tiempo la gente de Messina comenzó a enfermar. Al poco tiempo la situación se les había ido de las manos, hasta el punto de que la gente comenzó a escapar al campo y el pánico cundió por toda la isla. ¿Nos suena verdad? Cierto es que durante la epidemia de peste no se conocían los virus, pero los remedios que las autoridades aplicaron sobre la ciudad no distaron mucho de los que aplicaron en los primeros meses de 2020: aislamiento de los enfermos, prohibir eventos multitudinarios y confinamientos preventivos. Si por aquel entonces los culpables eran los pecadores que habían permitido que la ira de Dios cayese sobre los mortales, hoy es el cambio climático, aunque hubo un tiempo en el que se miró con cierto odio a China. Y aunque no quemamos barcos o cadáveres en las playas, sí que hubieron quienes no pudieron ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Como muchos de aquellos sicilianos que, recluidos en sus casas, trataban de esquivar la enfermedad. Pasado y presente dialogan, al igual que las emociones - sorprendentemente intactas - las cuales se manifiestan a un lado y al otro de la línea espacio-temporal, algo que Dacia Maraini quiso dejar bien claro en 95 páginas en los que una no puede evitar verse reflejada.


Además de esta acertadísima decisión de fondo, en segundo lugar no podemos menospreciar lo visual, el envoltorio, la forma escogida para transmitirnos, más allá de la psique y forma de ser de las dos protagonistas, aquellas emociones que, como ya he comentado en el anterior párrafo, todas y todos hemos experimentado durante el encierro. Para ello, Maraini escoge el género más olvidado, el epistolar, perfecto si quieres ambientar la novela en el siglo XVIII, crucial para obtener esa empatía espacio-temporal con el lector actual. Y es que, aunque los seres humanos nos hayamos pasado al correo electrónico y aunque a día de hoy existen generaciones que jamás han visto o escrito una carta (lo cual me parece triste), ¿qué mejor soporte donde volcar anécdotas, sentimientos o preocupaciones que una carta escrita con puño y letra? La implicación del lector es total, ya que la naturalidad y lo visceral quedan retratados en su más magistral crudeza. En tercer y último lugar, dentro del clasicismo estilístico, Dacia Maraini apuntala los pilares de una historia de amistad y de amor realmente moderna. Pues, a través de una relación epistolar conocemos la historia de dos mujeres, Agata y Annuzza, obligadas a permanecer separadas por culpa de la epidemia de peste. Mientras la primera trata de protegerse en una villa próxima a Messina, la segunda hace lo propio en un pueblo cercano a Palermo, ciudad en la que están subiendo los contagios de forma alarmante. Ambas, amigas y confidentes, intercambian sensaciones, pareceres, opiniones sobre sus lecturas - de las cuales se desprende cierto laicismo intelectual - sus inquietudes respecto a la enfermedad, sus efectos, los rumores que surgen al rededor de la misma... Pero más allá de eso y, repito, en un contexto de confinamiento, lo que da cuerpo al relato es el amor que ambas mujeres sienten por Girolamo - marido de la primera, amante de la segunda - lo cual hace que ambas sellen un pacto sagrado: el de que esto no interferirá en su amistad. Entendiendo por ambas partes que lo mejor para él es que tenga lo mejor de los dos ambientes, el del calor de una familia y el de las aventuras amorosas fuera del hogar. Dicho de otra forma, "ser libre y permanecer atado" como bien se cita en la novela. Sabemos que el acuerdo es precario, que las probabilidades de que se venga abajo son altísimas, pero una no puede evitar sentir esa punzada en el estómago, ese deseo de que ese frágil y consentido triángulo amoroso perdure y sobreviva al estertor de la muerte. Este bellísimo equilibrio y acuerdo tácito al que llegan estas dos mujeres me parece emocionante, rompedor y, en cierto modo, muy adecuado en un contexto en el que andamos a vueltas con el poliamor u otras formas de vivir el amor - y por extensión las relaciones de pareja - que dejan atrás todo tipo de convencionalismo tradicional. De hecho, la relación de Agata y Annuzza es sólida, inquebrantable, ausente de celos, baluarte de una clara voluntad, la de mantener lo que tienen, aunque el mundo se acabe, aunque la enfermedad pueda llevárselos en cualquier momento, más allá de cualquier adversidad. Sobrevivir, sí, pero juntos, en ese triángulo - o trío - amoroso y de amistad que juntos han construido con las piedras más solidas de la cantera. Dacia Mararini, de nuevo, dándonos sabias lecciones, Liberándonos de prejuicios para abrazar nuevas posibilidades de amar que ya están ahí, latentes, esperando ser exploradas. 

Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: una historia de amor, pasión, tristeza, peste, reclusión, confidencias, reflexión, admiración, amistad, deseo, fuerza, comprensión, robustez... De nuevo, una novela histórica marcando el camino a seguir. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Si es de verdad lo que deseas, te ayudaré. ¿Pero qué pasará si Girolamo se entera de que te has enamorado de otro? Temo que nos haría infelices tanto a ti como a mí. Tengo la impresión de ir en contra de toda ley moral diciéndote esto, pero estoy aquí para rogarte que no dejes de amar a mi marido, porque le haría sufrir y entonces él me haría sufrir a mí. Sé que nunca nos haría daño ni a ti, ni a mí, ni a nuestra hija, pero el sufrimiento es en sí un mal que, cuando te alcanza, se difunde también entre las personas que están a tu lado."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea