Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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martes, 13 de julio de 2021

RESEÑA: A la izquierda, donde el corazón.

 A LA IZQUIERDA, DONDE EL CORAZÓN


Título: A la izquierda, donde el corazón. 

Autor: Leonhard Frank (Wüzburg 1882-Múnich 1961) e origen humilde, llevó a cabo múltiples trabajos: mecánico, chófer, pintor de edificios, celador de hospital... Gracias a su talento para la pintura estudió bellas artes durante seis años en Múnich y en 1910 se instaló en Berlín. Humanista, pacifista y antifascista, llevado por la exaltación de la bohemia de Múnich y más tarde por la efervescencia intelectual y artística de Berlín, Frank creyó siempre en el poder transformador de la literatura. Durante la Primera Guerra Mundial se exilió a Suiza. Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en este periodo. En 1918 volvió a Alemania, convencido ya de dedicar su vida a la escritura, que le proporcionaría premios tan prestigiosos como el Theodor Fontane o el Kleist. Su novela Karl y Anna obtuvo un gigantesco éxito internacional, se convertía en una obra de teatro representada en salas de todo el mundo e incluso Hollywood se inspiraría en ella para la película Desire Me. A pesar de esto, en 1933 se prohibieron y quemaron todos sus libros en Alemania. Se exilió entonces de nuevo: primero a Suiza, luego a Francia (donde fue hecho prisionero tres veces) y, más tarde, a Portugal y Estados Unidos. Tras diecisiete años de exilio, regresó a un país en ruinas, pero eso no impidió que siguiese escribiendo. Frank es también autor de la fundamental A la izquierda, donde está el corazón.


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: alemán. 

Traductora: Esther Cruz Santaella. 

Sinopsis: Michael Vierkant abandona muy pronto su lugar de origen, la pobreza de su familia, para perseguir un sueño: convertirse en artista. Autodidacta que considera los cafés su propia universidad, vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo en la bohemia de Múnich de principios de siglo XX, para luego arrojarse a los "locos años veinte" berlineses: cabarets, fiestas, conciertos, tertulias literarias... Pero a pesar de las luces y el brillo de la metrópolis, el ambiente político comienza a ser agónico, crepuscular. Esta novela autobiográfica en gran parte, nos sumerge en unas décadas excepcionales, revelándonos todo un mundo fascinante: desde los ardores belicistas que anunciaron la Primera Guerra Mundial hasta las promesas de felicidad del periodo de entreguerras, desde la crisis económica hasta el ascenso del nazismo. Sin olvidar el exilio ( todos los exilios de su protagonista), la Francia ocupada por los nazis, el trabajo de Vierkant en Hollywood como guionista...

Su lectura me ha parecido: realista, objetiva, alejada de los grandes relatos autobiográficos, honesta, entretenida, con cierto punto amargo, sencilla en su lenguaje, lúcida, serena, un acierto su recuperación... Es el patrón de siempre. El que se ajusta a las medidas de la escritora o escritor de meteórico ascenso. El que escribe hasta sangrar, el que se rompe la cabeza tratando de encontrar la metáfora adecuada para la escena mas crucial del libro, el que no descansa en su delirante obsesión con cada palabra, cada frase, cada capítulo. La perfección es su perdición, pero también su pasaporte hacia las estrellas, las de la literatura, coronadas con una aureola tan brillante que es capaz de cegar a quienes se atrevan a mirarlas directamente a los ojos. Como si todavía quedase un resquicio de humanidad, de ser corriente y moliente, en su chispeante iris. No hablamos, por supuesto, de aquellas carreras literarias regadas por el alcohol y otras sustancias más fuertes - ¿o tal vez sí? Nunca se sabe - más bien nos detenemos en aquellas y aquellos, cuya fama alcanzó altas cotas de popularidad, pero que, por una serie de circunstancias (en la mayoría de casos ajenas a la propia figura de la autora o autor en cuestión) han acabado en el más absoluto olvido hasta ahora. La rama de un árbol que cayó durante una tormenta eléctrica en la París de los años 30 fue la causante de la muerte de Ödön von Horváth. Privando a la humanidad entera del talento de un escritor cuyas obras - Un hijo de nuestro tiempo y Juventud sin dios, las dos únicas novelas traducidas al español - auguraban un futuro literario a la altura del todo poderoso Stefan Zweig. El machismo, por el contrario, fue la tumba de Unica Zürn. Escritora polifacética donde las haya, fue representante del movimiento poético anagmático, así como el espejo en el que se mirarían artistas como Salvador Dalí, André Breton o Marcel Duchamp entre otros. Su suicido en los años 70 a causa de la enfermedad mental que arrastraba desde hacía más de una década tampoco ayudaron a que su literatura - destacando, por supuesto, Primavera sombría - encontrara nicho de lectores en un tiempo en el que todo lo concerniente a la salud mental era reducido al peor de los tabúes. Por último, el escritor que hoy ocupa nuestro tiempo - Leonhard Frank - gozó de enorme fama en la Europa de entreguerras, codeándose con autores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el ya citado Stefan Zweig. En otras palabras, la creme de la creme de la época. Sin embargo, fue el Nazismo lo que frenó casi en seco su carrera literaria, al incluir su nombre en la lista de autores prohibidos y siendo sus libros quemados públicamente en sendas hogueras de la barbarie. A pesar de todo, ya en el exilio, a Frank le dio tiempo a escribir uno de sus mejores trabajos que, junto con Karl y Anna, conforman un díptico imprescindible sobre el que observamos los trágicos y azarosos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Pero para entonces su obra, así como su figura, ya se habían diluido en la memoria colectiva. Ya nadie sabía quien era Leonhard Frank. Tuvo que venir Errata Naturae para que, en España, supiéramos de su existencia. Y cuando por fin pudimos conocerlo, después de tanto tiempo, el idilio no pudo ser más intenso. A la izquierda, donde el corazón: literatura y vida en tiempos convulsos. 


Resulta enormemente complicado abordar la reseña de un libro de estas características, ya que una no sabe muy bien si lo que acaba de leer es o no cierto. Si de verdad su autor experimentó aquella anécdota en sus carnes o si, por el contrario, sucumbió a la ficción como una especie de punto de fuga a través del que liberar la pesada carga autobiográfica. Sea alter ego o él mismo, lo cierto es que, en lo que a su sinopsis se refiere resulta sencillo resumirla. La o el lector que se adentre en A la izquierda, donde el corazón - ojo a su precioso título - se topará con una historia dividida en dos grandes etapas, dos enormes actos tras el telón de la historia de la primera mitad del siglo XX. En el primero vemos como Michael Vierkant - o el propio Leonhard Frank al que no dejaremos de seguirle la pista - un joven de humilde origen y con talento para convertirse en un artista llega a Múnich durante las primeras décadas del nuevo siglo. Un tiempo en el que los valores tradicionales que marcaron el devenir de todo el XIX fueron dando paso a una modernidad sedienta de nuevos adeptos. Atraído por el carácter bohemio del ambiente artístico e intelectual de la ciudad, el pobre Michael se mueve con prudencia, tímidamente, inseguro, por los círculos en los que aspira a entrar como pintor. Sin embargo, y en una carambola del destino, su camino no estará en la pintura, sino en la literatura, terreno que acabará dominando hasta el punto de hacerse notar entre los integrantes de las élites culturales a las que tanto admira. Su nombre comienza a estar en boca de todos, como una joven promesa a la que, si bien le falta madurez y escribir su obra definitiva, merece la pena tener en cuenta en las tertulias. Liberándose, poco a poco, de su falta de confianza en sí mismo, Michael comenzará a frecuentar cafés, reuniones y fiestas. Empapándose del espíritu de los llamados "locos años veinte" y asentando un estilo literario realista de claro compromiso social. La tan ansiada obra maestra no tarda en llegar, y lo hace a finales de la festiva década - coincide en años con la publicación de Karl y Anna, la obra maestra del propio Frank, lo que nos hace pensar que hay más verdad que ficción en el presente texto - así como el reconocimiento de la crítica y el público. Sin embargo, como anticipa la propia y escueta biografía que la editorial proporciona del autor, el declive de Michael se iniciará con la llegada del Nazismo al poder en Alemania. Con su internamiento en un campo de concentración francés y con su huida de película, llevando consigo un manuscrito escondido entre su ropa, hacia Estados Unidos. Allí seguirá trabajando, como guionista, sin adaptarse del todo al carácter del país y en unas condiciones totalmente invisibles para alguien que tuvo la fama en sus manos. Tiempo después, Michael regresará a Alemania, a su querido país, con la esperanza de reencontrarse con lo que dejó atrás. Pero, desgraciadamente, este tremendo segundo acto finaliza con un desalentador descubrimiento, el de que el lugar que consideró su hogar ha cambiado tanto que resulta irreconocible a los ojos de quien se lo bebió con ansia durante sus años de mayor esplendor. 


A medio camino, como ya he comentado, entre la ficción más atrayente y el ejercicio puramente autobiográfico, Leonhard Frank va desgranando una vida desde una extraña pero conmovedora distancia. El uso de la tercera persona es sin duda el elemento más determinante a la hora de crear esa sensación de alejamiento a la vez que de proximidad. En otras palabras, aproximar al lector a la historia que te quiere contar sin que, por el camino, acabe dañado. Algo que, por supuesto, pasa con muchas autoras o autores que toman la valiente pero arriesgada decisión de contar su vida, o parte de ella, ya que los recuerdos, dependiendo de su carácter o la forma en la que se presenten en la memoria, pueden doler más o menos. No estamos ante una narración pormenorizada de su extenso anecdotario ni ante un texto anclado en la autoficción, tan en boga en los últimos años, de hecho, Frank no se expone tanto, guardándose para sí mismo - y que se ha acabado llevando a la tumba - aquellas cuestiones pendientes que, en la cabeza del lector, irrumpen como interrogantes o preguntas que jamás podrán tener respuesta. Dejando, por tanto, en manos de éste la interpretación de las mismas. Renegando de cualquier tipo de amargura, Frank opta por centrarse en la pureza del relato, sin recrearse en la tragedia de forma desmedida. Todo ello, claro está, tomándose unas licencias estilísticas realmente adecuadas para la composición de la novela, como ese mimo con el que cuenta ciertos episodios importantes que le pasan a Michael. Tales como las largas veladas en los cabarets o en las tertulias literarias, en las cuales, casi se puede oler el tabaco, escuchar el ritmo de los tacones de las bailarinas sobre el escenario, apreciar el sutil verter del coñac sobre las copas de aquellos intelectuales enfrascados en discusiones - algunas más trascendentes que otras - o incluso el tacto de las páginas que Michael llena de ideas para sus futuras novelas. Especialmente memorable es la construcción del momento en el que conoce a su mujer, el cual estuvo rondándome en la cabeza durante semanas. A la altura de su coetáneo Stefan Zweig en sus magistrales Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. Así mismo, el libro es un no parar en ese sentido, un autentico desfile de gente: personalidades, amigos, enemigos, amantes, personas con las que se cruza y jamás vuelve a saber de ellas... Imprimiendo mayor riqueza al libro. Su realismo objetivo - en el que el autor se especializó como el que más - le permite crear un discurso de gran profundidad, a pesar de su ambigüedad con los hechos, regalando a los lectores una autentica crónica de una época con grandes dosis de emoción y verdad literaria. Mi parte favorita, el final, cuando el autor se reencuentra con las ruinas de las calles por las que alguna vez transitó. Trauma sobre felicidad ya extinta. De ahí la importancia de este libro como augurio, no solo del final de una carrera literaria ensombrecida por las fauces del fascismo, también de una época. El crepúsculo de quienes vivieron antes de que el horror cercenara aquel pedacito de actividad bohemia e intelectual que palpitó en pleno corazón de Europa. 

A la izquierda, donde el corazón: una historia de recuerdos, tertulias, literatura, arte, noches eternas, oscuridad, guerra, exilio, soledad, reencuentro devastador... Literatura e historia, una vez más, dándose la mano. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El escritor que no tiene detrás a su país cae en el abismo en la lista del respeto, como acciones de poco valor. Lo aceptó con serenidad y se retiró en sí mismo: estaba solo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

martes, 20 de junio de 2017

RESEÑA: Karl y Anna.

KARL Y ANNA

Título: Karl y Anna.

Autor: Leonhard Frank (Wüzburg 1882-Múnich 1961) e origen humilde, llevó a cabo múltiples trabajos: mecánico, chófer, pintor de edificios, celador de hospital... Gracias a su talento para la pintura estudió bellas artes durante seis años en Múnich y en 1910 se instaló en Berlín. Humanista, pacifista y antifascista, llevado por la exaltación de la bohemia de Múnich y más tarde por la efervescencia intelectual y artística de Berlín, Frank creyó siempre en el poder transformador de la literatura. Durante la Primera Guerra Mundial se exilió a Suiza. Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en este periodo. En 1918 volvió a Alemania, convencido ya de dedicar su vida a la escritura, que le proporcionaría premios tan prestigiosos como el Theodor Fontane o el Kleist. Su novela Karl y Anna obtuvo un gigantesco éxito internacional, se convertía en una obra de teatro representada en salas de todo el mundo e incluso Hollywood se inspiraría en ella para la película Desire Me. A pesar de esto, en 1933 se prohibieron y quemaron todos sus libros en Alemania. Se exilió entonces de nuevo: primero a Suiza, luego a Francia (donde fue hecho prisionero tres veces) y, más tarde, a Portugal y Estados Unidos. Tras diecisiete años de exilio, regresó a un país en ruinas, pero eso no impidió que siguiese escribiendo. Frank es también autor de la fundamental A la izquierda, donde está el corazón.


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: Alemán.

Traductor: Elena Sánchez Zwickel

Sinopsis: en plena Primera Guerra Mundial, Richard, el marido de Anna, sobrevive y trabaja con Karl durante unos meses en un campo de prisioneros siberiano. Día tras día, para hacer más llevadera su situación, le narra a su inseparable compañero cada detalle, esencial o sin importancia, de su pasada vida con Anna, a la que añora continuamente. La situación de desamparo, las vividas evocaciones de Richard, la nostalgia de un amor verdadero lograrán al fin que Karl se enamore de esa imagen femenina que con el tiempo ha adquirido para él rasgos cada vez más reales, con sus texturas y olores, con sus deseos; una imagen que lo impulsa también, al fin, a vivir y renacer tras el desastre- El azar separará a ambos amigos, y Karl huirá hacia Alemania para conocer al fin a Anna y hacerse pasar por su marido, sirviéndose de su parecido físico con Richard y de las terribles inseguridades provocadas por la guerra.

Su lectura me ha parecido: breve, concreta, interesante, típica, bien escrita, poderosamente reflexiva, intensa, muy recomendable...Queridos lectores y lectoras, todos hemos querido ser otra persona. Se que suena muy extraño así de buenas a primeras, pero es cierto, es algo que todos y cada uno de nosotros hemos deseado, al menos una vez en la vida. ¿Quién no ha soñado con ocupar el lugar de otro? ¿Quién no ha ansiado vivir la vida de alguien a quien admiramos o envidiamos? ¿Quién no ha intentado? o al menos ¿Quién no lo ha pensado en esos momentos de gran desazón y pesimismo? Todos tenemos ídolos a los que tratamos de emular, hay quien se conforma con adoptar su forma de vestir, pero hay quien lo lleva al extremo y directamente pretende convertirse en un clon. Pero también los hay que, lejos de las más altas pretensiones, se pondrían sin dudarlo en la piel y en el cuerpo de ese o esa, quien por su posición, su situación familiar, sus aspiraciones personales o su vida en general se nos antoja mejor que la nuestra. Es entonces cuando os lanzo las preguntas más pertinentes al respecto ¿Qué pasaría si el camino para lograr nuestro objetivo estuviese libre? ¿Si esa persona a la que tanto veneramos de repente desaparece sin dejar rastro? ¿Y si por el azar del destino, éste nos ha brindado la oportunidad de ocupar su lugar? De esto y de otras muchas cuestiones se habla en la siguiente novela que hoy tengo el placer de presentaros, que aunque muy típica en su planteamiento, nos hace por el contrario reflexionar y comprender un contexto interesante histórico. Karl y Anna: delicadeza y emoción con implicaciones sociales.


El por qué un libro como Karl y Anna llegó a mis manos y de paso a engrosar mi apreciada estantería, tiene su propia historia. La verdad es que éste es uno de esos libros a los que una servidora le había echado el ojo desde hacía bastante tiempo, desde que Errata Naturae lanzó la presente edición al mercado. Karl y Anna era un libro que perseguía con la mirada y que siempre buscaba cada vez que entraba en alguna librería de mi ciudad. Su sinopsis, aunque realmente típica, me atrajo desde el primer momento, algo que la verdad no es muy propio de mi. Adoro la originalidad y sorprenderme mientras leo, pero, lo cierto es que me sorprendí a mi misma interesándome por un relato cuyo tema ha sido explotado a lo largo de la literatura. No se, algo dentro de mi decía que Karl y Anna no iba a ser un libro cualquiera. En cuanto supe en qué contexto vio este libro la luz comencé a percatarme de que había algo más y de que seguramente, iba a ser una de esas lecturas que acabaría de seguro recomendando. Años después y gracias a la propia editorial, pude al fin, acariciar con mis dedos su portada y respirar el aroma que desprendían las páginas de cualquier libro que esperas con gran expectación. Reconozco, no obstante, que en los días previos a la lectura, los prejuicios acudirían raudos a mi cabeza. Tal vez había tenido un momento de debilidad, o no estaba en lo cierto al confiar tanto en este libro. Sin embargo, una vez abrí la novela por la primera página, tuve la sensación de quedar atrapada en ella. Sentí sumergirme en una época compleja y que con el tiempo, y gracias a la literatura de ciertos autores, ha acabado por fascinarme. Finalmente, y tras ese intenso recorrido, pude por fin despedirme de Karl y Anna, con la certeza de que había algo más allá del estereotipo novelístico.


En lo que respecta a la critica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Karl y Anna presenta una lectura sencilla pero ágil, breve pero intensa. Repito lo mismo que ya dije en la reseña de Agnes Grey, cuanto menos páginas, más se acentúan las emociones, si se hace bien claro. En el caso de Karl y Anna sucede lo mismo que con la novela de Anne Brontë, nos topamos ya no sólo con esa acentuación de la intensidad, también con una prosa exquisita y envolvente, capaz de transportar al lector y hacerle partícipe de la trama. Cual privilegiado espectador, el autor logra implicar a éste en la novela hasta el punto de obligarle a reflexionar, algo que a una servidora en particular le ha encantado realizar. Cabe ponernos en situación: Karl y Anna cuenta una historia de amor en la que intervienen tres personajes. Primero está Karl, quien se enamora de una imagen idealizada de Anna, la mujer de su compañero y amigo Richard, con quien soporta el día a día en un campo de prisioneros siberiano. Tras una fortuita separación, Karl se dirigirá a Berlín para conocer a Anna haciéndose pasar por su marido. En segundo lugar está Anna, quien pasa en soledad los años de la guerra y que a la llegada de ese que dice ser Karl, se encuentra ante un dilema: echar al farsante o entregarse a él sabiendo que no es su marido. Y en tercer lugar, la figura de Richard, el eterno ausente, el nombre que sobrevuela incesante las vidas y las conciencias de Karl y Anna. En definitiva, nos encontramos ante la clásica usurpación de identidad que tantas veces hemos visto en el cine y en alguna que otra novela. Este aspecto, sin duda, fue el que hizo que dudase de la singularidad de Karl y Anna, sin embargo, Frank logra que esta historia no pase desapercibida y que no se quede en lo superficial, algo que si que se aprecia en otros libros. Para conseguirlo, Frank se basa en el contexto histórico de su tiempo, esos años tras la Primera Guerra Mundial, en los que los recuerdos de lo vivido todavía siguen a flor de piel y en los que se empieza a apreciar las primeras consecuencias de la misma. Es más, situar la acción en el Berlín de la postguerra le aporta a la historia un plus, pues, el lector está acostumbrado a leer libros que transcurren en esta época, pero desde la perspectiva estadounidense o anglosajona mayoritariamente, por lo que resulta una novedad y un puerta abierta a descubrir la realidad en uno de los países perdedores y más castigados tras la guerra. Y claro, en un entorno histórico y social como ese, una historia como la que Frank nos narra no resulta inverosímil, hasta nos hace pensar que pudo haber ocurrido de verdad. Por último, y de forma muy breve, me ha encantado la construcción del personaje de Anna, porque toma partido, porque no es un objeto pasivo y porque representa perfectamente a todas esas mujeres que durante la contienda tuvieron que soportar la soledad, la incertidumbre y que lograron crear redes de solidaridad para ayudarse unas a otras para sobrellevar los días, los meses, los años... A la espera de que sus esposos e hijos regresasen. Todo ello, y eso me ha parecido muy acertado, sin ese halo romántico e irreal que siempre ha acompañado tradicionalmente estas situaciones. La cruda realidad, sin idealismos, sin artificios.

Centrándonos en la pertinente reflexión final, he de confesaros que me ha resultado relativamente fácil escoger el tema en cuestión. Y no, no son las profundas meditaciones que uno se hace si intenta ponerse en la piel de Anna, como tampoco la fuerza imparable e los sentimientos humanos en circunstancias adversas. No, nada de eso. Hoy me gustaría centrar este último párrafo en hablar de la guerra. Si, eso que deseamos que nunca suceda, pero que sin embargo, cuando ésta acontece al otro lado del mundo, en un país más pobre o en vías de desarrollo, la mezquindad humana surge en su faceta más miserable. La guerra, como acontecimiento, trae como consecuencia infinidad de cambios políticos, económicos, sociales y culturales. Además de la proliferación de nuevas ideas relacionadas con la psicología o la memoria misma. Esto es así, tras toda guerra, el pensamiento experimenta un notable cambio en el ser humano, y eso se refleja en infinidad de trabajos, algunos de ellos estrictamente relacionados con la literatura. Después de una guerra aparecen nuevos temas, nuevos conflictos, nuevos dilemas, nuevas circunstancias históricas que merecen ser plasmadas sobre el papel. Fomentando de esta forma la aparición de auténticos y prolíficos movimientos culturales o generaciones de escritores y escritoras que quisieron participar de estos años de forma activa. Este por ejemplo es el caso de la famosa generación perdida, que aglutinó a personalidades tan importantes como Ernest Hemingway, T.S Eliot, Francis Scott Fitzgerald, William Faulkner, John Dos Passos, Dorothy Parker, John Steinbeck o Gertrude Stein entre otros. Esta generación surgió de los estragos de la Primera Guerra Mundial, de hecho, algunos de sus componentes llegaron a combatir en la misma, y sus temas oscilan entre el pesimismo, el descreimiento, los felices años veinte, la bohemia parisina o en última instancia el crack del 29. Durante esos años de entre guerras también surgió otro movimiento cultural menos conocido, vinculado a Berlín, Austria y Suiza y cuyos exponentes respondían a los nombres de Thomas Mann, Herman Hesse, Stefan Zweig o Pierre-Jean Jouve entre otros. El autor de Karl y Anna, Leonhard Frank participó de la bohemia de Múnich y de ella, y del exilio que sufrió durante la Primera Guerra Mundial, se empapó para crear su producción literaria, llegando a tener un notable éxito en vida. Con esto no quiero decir que tiene que haber una guerra para que haya una posterior explosión cultural e intelectual, sólo quiero resaltar algo muy importante. La experiencia vivida conforma el carácter de una persona, y si en esa experiencia la guerra, el sufrimiento, la impotencia o el exilio han estado presentes, la personalidad no será la misma, será diferente de quien no haya vivido todo eso en carne propia. Lo mismo sucede con la escritura, susceptible a cualquier cambio y a cualquier recuerdo personal, por lo que, y hoy mas que nunca, hay que leer a estos autores. No sólo por lo que fueron y por lo que nos pueden transmitir, también en claro homenaje a sus correspondientes figuras y a su discurso tras años de injusto desprecio y de terrible olvido. Karl y Anna: una historia de amor, desesperación, soledad, cariño, remordimientos... Una novela que merece ser leída y recuperada para los lectores del siglo XXI.

Frases o párrafos favoritos:

"Llegaron a un punto en que el fluir de la vida, todo intercambio de sentimiento y toda lucha fecunda se hacían imposibles, tan imposibles como la unión de los cuerpos."

Película/Canción: en el año 1947 se estrenó la primera y única adaptación que existe de Karl y Anna. Bajo el título Desire Me y dirigida por Jack Conway, cosechó gran éxito de público y critica en su momento.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae