Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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domingo, 28 de marzo de 2021

RESEÑA: Hechizo total.

 HECHIZO TOTAL


Título: Hechizo total. 

Autor: Simon Hanselmann (Launceston, Australia, 1981) vive su infancia y adolescencia en la localidad con mayor índice de criminalidad de toda Australia. Su padre es un "motero" y su madre una adicta a la heroína que recurre a los pequeños hurtos y ayudas sociales para sacar adelante a su hijo. A los 8 años Hanselmann realiza ya sus primeros fanzines. En su adolescencia, el dibujante comienza a recibir terapia para tratar episodios de ansiedad y depresión, y poco después comienza a consumir alcohol y las drogas psicotrópicas en abundancia. En 2001 abandona el hogar materno y entre 2009 y 2011 se instala en Londres. Desde 2005 dibuja el drama adolescente parcialmente autobiográfico Girl Mountain, que en 2010 constaba ya de más de 200 páginas de las aproximadamente 1.000  de las que se compone el proyecto hasta la fecha inédito. En 2008 dibuja por primera vez, para una exposición, a una bruja y su gato, a quienes pronto se sumaría un búho. Megg, Mogg y Owl se convierten inmediatamente en el interés principal del autor. En 2012 crea un tumblr donde ofrece las historias de estos personajes al público, que rápidamente se convierten en un fenómeno viral. En 2013, año de su consagración como dibujante, pasó de ver publicados sus cómics en pequeñas tiradas y autoediciones a ser publicado por las grandes editoriales especializadas y a recibir algunos de los premios más prestigiosos del sector. Hanselmann es autor de los comics Hechizo total, Melancolía, Bahía de san Búho, El mal camino, Meg & Mogg y Hail Satan! (todos ellos de la serie Meg, Mogg y Owl) así como de la serie Truth Zone (en la que los personajes se dedican a destripar o loar la obra de otros autores de cómic) entre otros. 


Editorial: Fulgencio Pimentel. 

Idioma original: inglés. 

Traductores: César Sánchez y Alberto G. Marcos. 

Sinopsis: Hechizo total es la primera entrega de la serie en curso Megg, Mogg y Owl, una sitcom en forma de tebeo protagonizada por la bruja Megg, su gato Mogg y el búho Búho, sin olvidar personajes como el excesivo Werewolf Jones, el nigromante Mike y el monstruo asustaniños transexual Moco. A partir de aquí, la serie se centra en pequeños capítulos autoconclusivos en los que Simon Hanselmann va desarrollando una comedia generacional, luminosa y descreída a partes iguales, que irá convirtiéndose poco a poco en una fotografía apenas deformada del Zietgeist contemporáneo. Las tramas giran entorno a la vida cotidiana, repartida mayormente entre el sofá de la casa y los pasillos del centro comercial cercano. Una convivencia, la de esta serie de personajes imposibles, marcada por las bromas pesadas, el consumo indiscriminado de drogas y el visionado maratoniano de series de televisión, sus únicas vías de escape ante una realidad frustrante. Por las fisuras del humor a veces cafre y a veces sutil, ocasionalmente cruel de Hanselmann, se filtra una sensibilidad única que invita al lector a descodificar una soterrada clave de miedo, depresión, confusión y abulia. 

Su lectura me ha parecido: nihilista, hiriente, extrema, con personajes que parecen sacados de un mal sueño (o un mal viaje, depende de como se mire), lisérgica, cruel en sus derivas humorísticas, dolorosa y muy, pero que muy burra... Era el 31 de marzo de 2020. Ya llevábamos unos cuantos días confinados en nuestras casas. Aunque no los suficientes como para añorar la vida (a la que pronto le seguiría la llamada "nueva normalidad") que a día de hoy estamos deseando recuperar. Y eso que el 2019 no fue un gran año, más bien fue una bajona, aunque comparado con el 2020 hacemos bueno cualquiera de los que le antecedieron. Y cuando digo cualquiera es cualquiera. En esas estábamos, asistiendo a las terribles cifras de contagiados y muertos, aplaudiendo a las ocho de la tarde - a pesar del frío y la lluvia, resistimos, nunca mejor dicho - aprendiendo a hacer pan - o a requemar bizcochos en el horno - haciendo más deporte que nunca - había que estar preparados para cuando permitiesen salir para hacer footing, aunque el simple hecho de correr de tu casa al parque e traduzca en jadeos y falta de aire - subiendo videos al TickTock compulsivamente y engullendo una serie tras otra, como si de una bolsa de patatas fritas se tratara. Así nos encontrábamos la inmensa mayoría de habitantes del hemisferio norte, capitalista como los que más y atascados en la tóxica cultura del "yoismo". Aquella mañana de finales del infame marzo estaba tirada, con la regla, sin muchas ganas de hacer nada productivo. Me faltaba el tarro de Nutella, una cuchara y mi boca manchada del tan delicioso como indigesto manjar. Decadencia en estado puro. Pero no, en lugar de guarrear me dirigí a mi apreciada biblioteca y saqué de ella el cómic más, como ahora se dice mucho, "shockeante" que había leído en años. Toda la decostrucción, todos los autoaprendizajes, todo ese tiempo señalando lo que me parecía bien o mal, todo ese tiempo repensando conceptos dentro de la era de lo políticamente correcto se fueron literalmente por el agujero del váter. Me lo bebí en una tarde, en un par de horas, y aunque no me libró del amargo sabor del ibuprofeno - por supuesto, la bajona siguió intermitentemente más allá de dicha la menstruación - sí consiguió distraerme, aunque sólo fuese un rato, a base de sketches autoconclusivos de lo más bestias, sórdidos y, tras capas y capas de barbaridades a lo Jakass, profundamente tristes. Aunque los personajes, paradójicamente, parezcan sacados del Mago de Oz más oscuro o de una versión extremísima de Shrek. Hechizo total: la trasgresión corrosiva como terapia ante la depresión. 


Hoy, en este espacio de crítica y debate, me encuentro ante un acontecimiento realmente excepcional. No solo por el simple hecho de que este es el segundo cómic que reseño a lo largo de los años que llevo escribiendo en él - el primero fue un Mortadelo y Filemón bastante "polémico" alláh por los años de la Mari Castaña - también por encontrarme ante uno de los más famosos Enfants Terribles de la novela gráfica. Un dibujante australiano llamado Simon Hanselmann - cuya biografía está trágicamente atravesada por una infancia difícil, el padecimiento de ansiedad y depresión como consecuencia de ello así como su acercamiento a las drogas y el alcohol - que, en un intento por exorcizar los demonios interiores y aplacar los demoledores efectos de dichas enfermedades mentales comenzó a contar historias - inminentemente autobiográficas - a través de los personajes de la bruja Megg, el gato Mogg y el búho Búho sin autocensuras, contemplaciones y desde un estilo corrosivo hasta decir basta. La idea no es original, de hecho es bien sabido que los personajes de Megg, Mogg y Búho surgieron de la cabeza de Hellen Nicoll y de la pluma de Jan Pienkowski en forma de populares cómics infantiles. A partir de ellos, lo que hizo Hanselmann fue retorcerlos, darles volumen y dotarles de una perversa amoralidad, de un entorno sucio, claustrofóbico, propenso al hastío, a los pensamientos más locos que os podáis imaginar y a que los personajes se vean arrastrados a la autodestrucción. De esta forma tenemos a Megg - una bruja que se apunta a cualquier exceso para escapar a sus terroríficas tendencias depresivas - a Mogg - un gato fumeta y sibilino, él es el instigador de la mayor parte de las ideas descabelladas, cuya atracción sexual por Megg es notoria y explícita - y a Búho - el receptor de todas las desagradables "putadas" y de la bestialidad que el resto de personajes es capaz de ejercer -. Al rededor de ellos, otros personajes se elevan como auténticos roba escenas profesionales. El más importante, Werewolf Jones, un lobo que representa directamente lo que jamás de los jamases haría una persona si estuviese en su sano juicio. Su excesivo comportamiento (por no llamarlo barbaridades en toda regla) - que va desde meterse un electrodo por el recto a frotarse el escroto con un rallador de cocina, pasando por el intento de violación a Búho que luego resultaría ser una "broma" de cumpleaños - pone a prueba constantemente la tolerancia del lector. Hasta el punto de cuestionarte tus propios límites a la hora de leer - y de contemplar en este caso - según que escenas. Algo que, en la era de lo políticamente correcto, supone un contrapunto a tener en cuenta si lo que se pretende es iniciar un debate al respecto. Como habéis podido comprobar no es un cómic ni para todos los públicos ni para todos los gustos, buscando desde el ala más decadente del underground a ese lector leído - más allá de la novela gráfica - que no se escandalice ante viñetas en las que aparece zoofilia, consumo desenfrenado de estupefacientes, laceraciones, coprofagia, palabrotas, aberraciones sexuales y toda una serie de personajes miserables, en los límites de la sociedad pero que, al mismo tiempo, acabas siguiendo sus "andanzas" alucinógenas a la espera de la próxima burrada. Todo ello con un humor igual de hiriente ante el que, al igual que el comportamiento de Werewolf, no sabes como reaccionar. Muy a lo Shacha Baron Cohen en Borat. Dicho de otra forma, de nuevo, funambulismo sobre la delgada línea que separa la risa de la ofensa. 


Además de su estructura muy de Sitcom - como si a Los Simpson hubiesen amanecido en el universo de Irvine Welsh - con pequeñas historietas autoconclusivas, esas viñetas en las que la expresividad del dibujo hace innecesario el empleo de bocadillos o una álgida escalada de la incomodidad magnética, Hechizo total es, sobre todo, un grito, entre vómito, botellines de cerveza y porros de auxilio. Como ya he mencionado en el anterior párrafo, Simon Hanselmann proyecta gran parte de sus vivencias y su relación con la depresión - y las enfermedades mentales en general - sobre sus personajes, en especial sobre Megg. Resultan especialmente terroríficas las partes en las que Hanselmann baja a los infiernos de la dolencia para retratarnos, desde una expresividad inquietante, lo que Megg - claramente el alter ego del propio Hanselmann - siente. Las eternas noches en blanco, sin dormir, mirando el techo, con los ojos rojos, incapaces de cerrarse. Los momentos en los que Megg acude al alcohol o a las drogas como medio de evasión, pero entonces sus efectos se vuelven en su contra provocándole alucinaciones o un estado de depresión aún mayor. O mi favorito por su simbolismo, la ilustración que antecede al presente párrafo, en la que tres cabezas de tez pálida, cabello enmarañado y ojos inyectados en sangre vomita bilis negra sobre la habitación, la cama y la propia Megg que, como cabía de esperar, sigue mirando al techo. Sin duda estos retratos, con tono pesadillesco, a una enfermedad tan devastadora como es la depresión, y en general esa representación y visivilización de las enfermedades mentales a través del comic me parece de lo más acertado. Algo que se eleva a la categoría de necesario cuando, además, partimos de una inspiración autobiográfica. Y es que Hechizo total - primera parte de una saga de comics de la que nos deparan muchas más entregas - se erige como uno de esas novelas gráficas que mejor ha sabido captar los problemas de los jóvenes del siglo XXII. Una época en la que la desesperanza, el paro y la exigencia de más y más requisitos abocan a toda una generación a emplearse en trabajos precarios, a posponer los planes de vida, a presenciar como los sueños se hacen añicos ante sus ojos, a seguir buscando curro sin mucho éxito o, directamente, a marcharse fuera de las fronteras que les vieron nacer. Trayendo consigo unas consecuencias que, a nivel psicológico, agravan el problema más aún. El debate está sobre la mesa, aunque, como hemos podido comprobar en las últimas semanas - recordemos el desagradable comentario que un diputado de la bancada del PP soltó cuando Iñigo Errejón decidió usar su intervención en la sesión de control para hablar sobre las enfermedades mentales durante la crisis del Covid - todavía existe ciertos prejuicios totalmente inaceptables en los tiempos que corren. Cierto que Hechizo total es una representación bastante más desagradable y tremendamente perturbada del asunto, hasta el punto de que resulta irreal - más allá de que sus personajes sean las versiones sucias de los clásicos y entrañables personajes de cuento - pero, no es el esperpento, llevado a sus últimas consecuencias, uno de los mejores espejos donde deformar la realidad para así criticarla como es debido. 

Hechizo total: una historia de decadencia, borracheras, drogas, fiestas de la bajona, depresión, aberraciones, personajes extremos... Un cómic de los que hay que leer, hasta en tiempos de pandemia. 

Párrafos o frases favoritas: 

"Creo que el cerebro se me cae a pedazos". 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Fulgencio Pimentel

martes, 2 de abril de 2019

RESEÑA: Historias reales.

HISTORIAS REALES

Título: Historias reales.

Autora: Helen Garner (Geelong, Australia, 1942) allí creció hasta ingresar en la Universidad de Melbourne. Dio clases en diferentes institutos, pero en 1972 fue despedida por responder a las preguntas de sus alumnos sobre sexo. Garner comenzó entonces a trabajar como periodista. Es autora de una amplia producción literaria tanto de ficción como de no ficción. Su primera novela, Monkey Grip (1977), ganó el National Book Council de Australia y fue adaptada al cine en 1982. Desde entonces, Garner ha publicado varias novelas, cuentos cortos, ensayos y reportajes. La habitación de invitados (2008) es su último título de ficción y uno de sus libros más reconocidos. Entre sus obras de no ficción destacan The First Stone (1995), un controvertido reportaje sobre un caso de abuso sexual en la Universidad de Melbourne; Historias reales (1996; Libros del Asteroide, 2018) y La casa de los lamentos (2014). En 2006 Helen Garner recibió el primer Melbourne Prize for Literature en reconocimiento a su carrera. (Fuente: Libros del Asteroide).


Editorial: Libros del Asteroide.

Idioma: inglés.

Traductora: Cruz Rodríguez Juiz.

Sinopsis: Helen Garner visita un depósito de cadáveres y se va de crucero en un barco ruso; la despiden de un colegio por hablar de sexo con sus alumnos; asiste a un parto y a una boda; escribe sobre cumplir los cincuenta, sobre su familia y sobre el revuelo causado por uno de sus libros. Garner vive y observa, y luego lo cuenta con inteligencia y compasión. Sus piezas de no ficción, escritas originalmente para prensa, abarcan los más diversos temas: «siempre vendrá una idea a salvarme justo cuando esté a punto de sentarme ante el abismo de comenzar una novela». En todas ellas encontramos aquello que solo la auténtica literatura es capaz de darnos: trozos de vida. Helen Garner es una de las más importantes escritoras australianas contemporáneas; Historias reales reúne sus principales piezas de no ficción, reportajes y artículos seleccionados por la propia autora entre los más destacados de su dilatada carrera. (sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: amena, vocacional, con personalidad, veraz, sincera, en ocasiones autobiográfica, perfecta para una desconexión temporal de todo lo que huela a ficción inverosímil... Es un hecho, en Jimena de la Almena llevamos una racha importante de autoras australianas cuyos libros han sido reseñados en este espacio de crítica y opinión a lo largo del pasado mes de marzo. La casualidad, de nuevo, ha querido que mis investigaciones semanales se dirijan a uno de los países más remotos y fascinantes de la tierra, cuya historia no hace sino sorprenderme a cada nuevo dato que descubro. Sin embargo, y en un último intento por toparme con algo excepcional, decidí indagar en su literatura, faceta poco conocida de un lugar en el que las playas paradisíacas y el agreste paisaje conviven de una forma casi mágica. Cual fue mi sorpresa que, tras mirar en la Wikipedia (página a la que siempre acudo en primer lugar para extraer fuentes primarias sin mayores dificultades, sí, las que aparecen citadas y en ocasiones con enlaces justo debajo de la información), pude comprobar que en ésta sólo se nombraba a una mujer, Anna Maria Bunn, autora de The Guardian: a tale, considerada por muchos como la primera novela escrita y publicada por una mujer australiana. ¿El resto? Todo hombres, incluyendo su único Premio Nobel de literatura, concedido a Patrick White en el año 1973. A continuación tecleé el nombre de "Anna Maria Bunn" en Google. La respuesta que me dio el buscador me hirvió la sangre pues, no sólo me topé con una página de Wikipedia en inglés dedicada solo y exclusivamente a ella (repito, tuve que teclear su nombre, no seguir un enlace desde "Literatura de Australia"), sino que además, otros nombres de australianas ilustres del mundo de las letras se sucedieron ante mis ojos. Rosa Campbell Praed, Matilda Jane Evans, Louisa Lawson, Ethel Pedley, Louise Mack, Mary Gaunt, Louisa Atkinson, Jennings Carmichael y por supuesto Barbara Baynton (considerada por muchos críticos como la gran innovadora y renovadora dentro del panorama literario australiano y cuya obra más importante reseñamos la semana pasada). La cuestión entonces es bien sencilla. Me parece estupendo que tengan, la inmensa mayoría de ellas, página propia en el mayor portal de búsqueda de información, pero, ¿no sería lógico que también estuviesen presentes, junto con sus colegas masculinos, en "Literatura en Australia"? En vistas de esta tremenda injusticia y en relación con la reseña que nos ocupa, me gustaría recalcar que, si no es por estas pioneras, muchas escritoras australianas que lo están dando todo hoy en día y cuyas novelas han llegado por fortuna a nuestras estanterías, no existirían. Como tampoco existirían mujeres que, como Helen Garner, persiguen la verdad a golpe de pluma y buen periodismo. Historias reales: la tranquilidad de lo verídico.


La historia de como el libro de Helen Garner llegó a mis manos surgió debido a una imperiosa necesidad, a una urgencia lectora, a una desesperada búsqueda de lecturas enmarcadas dentro de la no ficción. De toda la vida, y esto la gente que me conoce lo podrá afirmar, me he sentido atraída por la ficción. Al principio desde todas sus ramas (incluyendo la más abstracta y fantástica), para ir con el paso del tiempo especializándome (hubo una época que sólo leía historias con marcado tinte social) y finalmente volver a abrirme a aquellos géneros a los que un día les cerré la puerta (incluyendo al terror y a la ciencia ficción de corte distópico, hoy por hoy, dos de mis géneros literarios favoritos). Con la conocida como "no ficción" reconozco, me costó más hacerme a ella, y eso que estudié Historia, una de esas carreras en las que tienes la obligación de leer, sí o sí, muchos ensayos. Durante los años que duró mi experiencia universitaria alterné la ficción con la no ficción siempre que pude. De hecho, hubo épocas en las que me agobiaba tanto que, como si de una medicina se tratase, necesitaba reencontrarme, aunque fuera con unas pocas líneas, con algo inventado, imaginado, salido de la mente de la autora/or y que aunque su inspiración fuese, yo que sé, la vida de una familia de clase burguesa durante el contexto de la Primera Guerra Mundial, me hiciera pensar en ese periodo desde otra perspectiva. Desde la de querer estar ahí y desde la de "me tengo que estudiar este mismo tema para los exámenes de junio". Casualmente, por esa época me dio por leer el Hobbit (toda una proeza teniendo en cuenta lo relativamente negada que he sido para la literatura fantástica). Ironías del destino, una vez acabada la carrera fue cuando me picó el gusanillo por la no ficción y los ensayos de corte histórico (y si abordaban los sujetos de estudio desde una perspectiva de género mucho mejor), así como algunas fuentes históricas que durante la carrera ni se me hubiera pasado por la cabeza adentrarme en ellas. Suspenso en coherencia amigas y amigos. De entre todos aquellos libros que pasaron por mis manos, si hubo uno en concreto que provocase que, muchos años después, tenga las Historias reales de Helen Garner entre mis manos, ese es Voces de Chernóbil, de la periodista, escritora y Premio Nobel de Literatura Alexandra Alexiévich. Era periodismo, sí, pero desde una mirada descontaminada, veraz, directa, impactante, con la intención de hacer reflexionar al lector, en donde no existe lugar para la indiferencia. Y lo más importante, elaborado a partir de testimonios que, desde una precisión que sonrojaría a más de uno que se considera "historiador", son tratados como lo que son, testimonios de un hecho, sin censura, bien escogidos, bien presentados, tal cual fueron confesados a la propia Alexiévich. Expuestos al lector, quien en última instancia es el que debe opinar sobre ellos desde una mirada critica y conocedora de los hechos. Aquel libro me dejó tan impactada que, no sólo acabé leyendo más libros de Alexiévich, sino que busqué insistentemente otros ensayos o crónicas periodísticas similares. Fue durante esa exhaustiva odisea cuando, de pronto, Helen Garner se alzó ante mis ojos como una oportunidad de seguir ampliando mis miras en un momento de ligero desencanto con la ficción (los finales inverosímiles de mis últimas lecturas tuvieron la culpa). Gracias a Libros del Asteroide pude hacerme con un ejemplar, llevármelo de viaje a Soria, leerlo entre migas y torreznos y ponerle punto y final una ve regresé a casa con la convicción de que existe el buen periodismo.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que son dos las palabras que mejor definen lo que el lector se va encontrar una vez inicie la lectura de Historias reales: relato y verdad. En primer lugar, y a pesar de que el libro de Garner se compone de una serie de artículos periodísticos publicados en diferentes medios de comunicación, su presentación es puramente literaria, muy cercana precisamente al cuento o a la narración breve. Agrupados bajo cuatro títulos muy peculiares (El señor Tiarapu, Canta por la cena, La chaqueta violeta y De crucero) que a su vez actúan como una especie de capítulos, cualquiera pensaría que está ante un libro de relatos que ante una serie de pequeñas crónicas periodísticas. Además de la disposición de estos textos, ese carácter literario también se traslada a la forma que tiene Garner de abordar las noticias, casi siempre partiendo de anécdotas personales, acontecimientos que le han marcado significativamente o simplemente a colación de una noticia en particular y con una versatilidad que la pone a la altura de las y los grandes cronistas. A la vez que vas dejando atrás cada una de sus páginas, el lector tiene la sensación de que no está leyendo un artículo de opinión novelizado, sino una historia con recursos literarios al uso y todo. Me llama especialmente la atención que además de "rigurosa" y "precisa" una de las citas que acompaña la presente edición de Libros del Asteroide la califique su prosa como "seca" (la del Wall Street Journal), algo que particularmente no entiendo. Pues, bajo mi punto de vista, siempre sujeto a cualquier debate o discrepancia, creo que "seca" no es el mejor adjetivo para definir su prosa. Seco, creo, es cuando en un texto sueltas las frases no con la intención de producir belleza o harmonía, sino para crear más tensión para que la relación con el lector sea algo más distante. Sin embargo, en Historias reales se aprecia más una calidez y un claro intento de no alejar tanto éste de lo que se está leyendo. Y eso, queridísima Garner, se agradece. En segundo lugar, lo que diferencia este libro de muchos otros de su estilo es la potente verdad que emanan cada una de sus historias, cumpliendo de este modo una de las máximas del periodismo. Vivimos tiempos donde la llamada "máquina del fango" está a pleno rendimiento, y no solo en el terreno de las fake news. Un fenómeno que no hace más que viciar el ambiente y, como consecuencia, permitir la caída de la credibilidad en los medios de comunicación por parte de la sociedad. Por eso, que el lector habitual de ensayos o crónicas periodísticas se encuentre con un libro como Historias reales permite una vía por la que poder respirar aire puro, sin contaminación, sin peligro a caer en sensacionalismos o mentiras para favorecer a los intereses del poder. Podría, en el caso de los artículos, detenerme en cada uno de ellos. Decir que en el titulado ¿Por qué sólo le duele a las mujeres? aborda con un ligero toque de humor la falta de educación sexual femenina en los colegios e institutos, que en Un álbum de recortes sienta a sus cuatro hermanas a hablar sobre los trapos sucios de su propia familia, que en Canta por la cena aborda su curiosa experiencia en su primer festival literario al que asistió como escritora o que en Matar a Daniel trata de esclarecer los porqués de un terrible asesinato (sin duda, el texto más impactante). Podría pasear, lentamente, y hablaros de cada uno de ellos. Sin embargo, una de las virtudes de este texto en concreto y en general del buen libro de crónicas periodísticas es que no te lo cuenten demasiado. Saber lo justo y necesario. Así cuando te haces el animo y lo tomas entre tus manos mientras te acomodas en la cama a la luz de la lamparita, el primer contacto puede ser más intenso, y por tanto, menos prejuicioso.


En los últimos años los lectores hemos apreciado como cada vez más y más estanterías se llenan de textos calificados con el término anglosajón "non fiction". Esto no es una novedad, ya que a lo largo de la historia de la literatura, las modas han ido yendo y viniendo, y la apuesta por los ensayos de toda la vida, al igual que sucedía con otra clase de libros, irrumpía en el panorama editorial con una fuerza descomunal para, al cabo de unos meses, evaporarse de los escaparates de la librerías más importantes del mundo. Sin embargo, y a diferencia de otras ocasiones, la venta de ensayos se ha disparado, forzando la aparición de una lista paralela a la que todas y todos conocemos, esa que enumera de mayor a menor los libros más vendidos en el terreno de la ficción. Ahora, los lectores de todo el globo pueden consultar que libro de "non fiction" o "no ficción" es el que más gente se lleva a sus casas. Lo cual es un gran paso. No obstante, dentro de esta tendencia cada vez más ascendente (la cual podría explicarse debido al contexto en el que estamos inmersos, donde la televisión comienza a verse como un medio contaminado por los intereses políticos y económicos de quienes de verdad gobiernan sobre nuestras vidas), hay un subgénero que está tomando la delantera, el llamado y conocido como "true crime". Tan desarrollado por algunas series norteamericanas de corte policíaco, ahora parece trasladarse al papel para seguir ganando legiones y legiones de fieles seguidores. Pero, ¿en qué consiste entonces el "true crime"? Muy sencillo, consiste en la elaboración de un ensayo periodístico a partir de un suceso que, por A o por B, ha conmocionado o conmocionó en su momento a la sociedad de un determinado país. Y tal y como revela el propio nombre de este popular subgénero, este suceso debe haber sucedido de verdad, de lo contrario, estaríamos ante una novela de misterio policíaca de toda la vida. Aunque durante la época victoriana algunos autores coquetearon con él (base más o menos verídica para luego dar rienda suelta a su imaginación y siempre influenciados por el sensacionalismo de los Penny Dreadfuls), no fue hasta mediados de siglo XX cuando nos topamos con el que probablemente sea el "true crime" más famoso de la literatura. Por supuesto, estamos hablando de A sangre fría escrita por Thruman Capote en 1965. La historia de aquel injustificable y sangriento asesinato a una familia en el tranquilo pueblo de Holcomb (Kansas) sacudió la opinión pública, lanzó una feroz crítica contra el sistema judicial estadounidense y dio una lección de talento periodístico a toda la profesión. Opiniones contrastadas antes que morbo. Literatura antes que amarillismo. Testimonio antes que prejuzgar. Creó escuela, eso no cabe duda, Muchos de las y los periodistas que le sucedieron trataron de ponerse a su altura, algunos con gran éxito (el caso de Gay Talese, Thomas Wolffe o la ya mencionada Premio Nobel Svetlana Alexiévich) y desde sus distintas sensibilidades periodísticas. Sin embargo, la falta de nombres femeninos dentro de este popular subgénero dentro de la crónica periodística no dejaba de ser escandalosa hasta hace unos años. Tuvieron que llegar entonces periodistas como Helen Garner, entre otras, para que el mundo supiera que las mujeres también escribían sobre sucesos. Aunque en Historias reales apreciamos más facetas de su autora, Garner es una consumada autora de "true crime" que, lejos de convertirse en superventas, consiguen hacer reflexionar al lector sobre cuestiones verdaderamente incómodas. El periodismo es una valiosa fuente primaria, y Garner lo sabe, por eso sus escritos, pegados a la realidad más palpable, nos enternecen, nos indignan,  nos escuecen, nos duelen y por último nos estremecen. Historias reales: veintiocho crónicas cotidianas, extraordinarias, escalofriantes, reflexivas... Al fin y al cabo, veintiocho historias verídicas.

Frases o párrafos favoritos:

"Es de esos desconocidos que ves a veces en un lugar público con algo en su forma de comportarse que te dan ganas de abordarlos para decirles “Cuénteme la historia de su vida, por favor. Cuénteme todo lo que usted sabe y yo no”

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, en esta ocasión, dejadme que os adjunte esta pieza tan divertida y original de Leroy Anderson. En mi cabeza siempre la he asociado con alguna escena en blanco y negro protagonizada por una intrépida o intrépido periodista.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

martes, 26 de marzo de 2019

RESEÑA: Estudios de lo salvaje.

ESTUDIOS DE LO SALVAJE

Título: Estudios de lo salvaje.

Autora: "Barbara Baynton (Scone, Australia 1857 - Melbourne, Australia 1929) No obstante, ella siempre sostuvo que había nacido cinco años después, en 1862, y no fue este el único dato biográfico que falsearía. Hasta sus nietos creyeron que había sido la hija ilegítima de dos irlandeses que se enamoraron en el barco que los llevaba a Australia, cuyos nombres eran distintos a los de sus verdaderos progenitores. También cambió la profesión de su padre e hizo que pasara de carpintero a terrateniente. Esta ficción se gestó cuando Baynton se trasladó a Sídney después de que su primer marido la abandonara con tres hijos a su cargo. En 1890, al día siguiente de haber obtenido el divorcio, se casó con su segundo marido, Thomas Baynton, con quien empezó una nueva vida. Su ascenso social fue inmediato, y pronto algunos de sus relatos comenzaron a ver la luz en la revista The Bulletin. Seis de ellos se reunirían en la antología Estudios de lo salvaje, publicada en Londres en 1902, en Gerald Duckworth and Company, después de que varios editores australianos la rechazaran por sus descripciones poco benévolas de las regiones del interior del país. No hay en sus textos el más mínimo rastro de orgullo nacional, como tampoco esa exaltación romántica por la vida de los habitantes de las zonas más despobladas, que empapaba la literatura australiana predominante en la década de 1890. Su segundo marido murió en 1904, y ella comenzó a invertir en bolsa y en antigüedades, lo que derivaría en una pasión por el mundo de las joyas que persistió hasta su muerte. Publicó Human Toll, su única novela, en 1907, y en 1917 vio la luz Cobbers, una nueva antología de relatos que añadía dos a los ya recogidos en Estudios de lo salvaje. Durante la Primera Guerra Mundial vivió en Inglaterra, y en 1921 se casó con su tercer marido, el barón Headley. A pesar de la brevedad de su producción literaria, la visión personalísima de Barbara Baynton ha sido reconocida como una de las más significativas de la creación literaria australiana. Murió en Melbourne, el 28 de mayo de 1929." (Fuente: Impedimenta).



Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: "Una joven embarazada baja de un tren en una estación desierta para recorrer un camino inhóspito y salvaje. Una mujer se enfrenta a la soledad de su cabaña después de talar un árbol y ser derribada por una de las ramas, que la deja inmovilizada. Una madre ha de abandonar su casa para defenderse del ataque de un hombre, y huye con su hijo atado al pecho. Los relatos de Barbara Baynton sitúan a sus protagonistas en el paisaje indómito de las regiones australianas del interior, lejos de las ciudades, y las somete al aislamiento y los rigores de un entorno feroz que las obliga a luchar por su propia supervivencia día tras día, con la única compañía de sus perros. No hay ayuda, no hay miradas afables ni compasión en la naturaleza inexplorada a la que llegan los personajes de Baynton. Su único recurso es el de la resistencia, la obstinación e incluso la ira." (Sinopsis editorial). 

Su lectura me ha parecido: intensa, agreste, estremecedora, desmitificadora, cruda, brutal, sin margen para el buenísimo o la complacencia... Hace unos años vi la que para mi es una de las películas más hermosas, hostiles y feministas de la historia (por encima de mi adoradísima Thelma y Louise): El piano. Llevaba un tiempo arrastrando las ganas de ponerme con ella, y cuando por fin pude hacerlo, aquella tarde gris y aguantando un catarro de mil demonios, mis ojos no pudieron despegarse de la pantalla. Empezando por esos primeros y memorables acordes que aún suenan en mi cabeza y finalizando por esa escena en la que la protagonista (una magistral y honesta Holly Hunter), aún atada a su amado piano, levita en la inmensidad del océano pacífico, cual alga mecida por las caprichosas mareas del fondo marino. Más impresionante fue lo que, a continuación, sucede después, pues a pesar de que aquel instrumento ha formado parte de su vida desde niña, comprende que merece más la pena nadar, ascender y subir a la superficie. Morir junto a los recuerdos o abrazar una nueva vida en esa primera bocanada de aire. Aunque, sin duda, a parte del carisma de Anna Paquin (tan tierna como despiadada) lo que de verdad se me quedó grabado en la memoria fue ese viaje, esa toma de tierra, ese desembarco en una tierra, Nueva Zelanda, cuya naturaleza parecía abrumadora. Y digo parecía, porque, en los siguientes quince minutos la percepción del espectador gira 180 grados. No todo es tan bello ni tan idílico, y menos para una madre y una hija del XIX. Las imágenes de ellas siendo levantadas por rudos y maleducados marineros para evitar que sus espectaculares vestidos (con corsé y aros de acero incluidos) se mojasen es impresionante. Nunca una película, en ese sentido, expresó tan bien la oposición de dos mundos tan opuestos pero que, sin embargo, en esta ocasión están condenados a soportarse. Barro, sudor, humedad, charcos, lluvia... Pero precedido de una maravillosa playa en la que Jane Campion nos regala las escenas más memorables del film. Algo parecido sentí cuando, hace unas semanas, me adentré en los hostiles relatos de Barbara Baynton, en los que el lector está en la obligación de luchar en contra de esa idílica concepción para arrojarse a una realidad, la de la Australia más rural, hermosa, sí, pero sumamente peligrosa. Estudios de lo salvaje: género y supervivencia.


La historia de como esta colección de cuentos llegó a mis manos y a mi idolatrada estantería es bien sencilla. Aunque para seros más sincera, lo cierto es que, a pesar de que jamás había oído hablar de Barbara Baynton (así como de tantas y tantas otras escritoras por desgracia), sí que me apasiona, desde el punto de vista de la escritura incluso, todas aquellas historias de ambientación rural. Si para mi, la playa es el entorno en el que en mi imaginario como escritora tienen lugar los acontecimientos próximos al descubrimiento y el paso de la adolescencia a la madurez, el campo representa eso y algo más. Y ese algo más tiene mucho que ver con el hecho de que el mundo rural siempre se ha considerado la cuna de la tradición, del retorno, de los recuerdos, del ocaso de nuestras vidas... Pero también pueden ser entornos en los que la asfixia, el rechazo o la soledad pueden adquirir protagonismo. Una de las primeras autoras que leí en ese sentido fue a Edna O´Brien, una autora irlandesa cuya producción literaria de marcado carácter autobiográfico está orientada a un discurso realmente crítico con el mundo rural, en este caso del de los pueblos irlandeses de principios de siglo XX. Cuando, por ejemplo, finalizas la lectura de Un lugar pagano el lector acaba generando sentimientos encontrados. Por un lado, encuentras en sus palabras una rabiosa crítica a toda esa tradición inamovible que durante años la protagonista (alter ego de la propia O´Brien) tiene que soportar. Sin embargo, por otro lado, no puedes evitar que la curiosidad invada tu mente, hasta el punto de desear hacer las maletas y planificar unas vacaciones de verano en la Irlanda más profunda. Estas contradicciones, totalmente humanas, sostienen gran parte del sentido y finalidad de la literatura. Así mismo, y aunque ya he repetido en más de una ocasión mi total desagrado, debo reconocer que la descripción que Emily Brontë hace al inicio de su única novela es de las mejores que he leído. Esas impresionantes y ya icónicas fincas (Cumbres Borrascosas y los Tordos) elevándose sobre unas praderas que, lejos de mostrar una verdosa luz, su sequedad pone en situación al lector. No estamos ante una novela romántica sin más, sino ante algo más agresivo, apasionado, frío, como el viento que sin duda creemos resbalar por nuestras mejillas mientras contemplamos dicho paisaje. No debo olvidarme, si mi explicación pretende ser sincera, de esa maravilla de Picnic en Hanging Rock. Misterio a raudales, un delicioso toque gótico al más puro estilo british, un paisaje que oscila entre la espectacularidad y lo terrorífico y una autora, Joan Lindsay, jugando constantemente con la ambigüedad de su trama (todavía hay quien cree que los sucesos acaecidos aquel San Valentín de 1900 son ciertos). Desde esas obras, entre otras muchas, he ido ampliando mis conocimientos, mi inspiración y mi biblioteca con sendos títulos. Estudios sobre lo salvaje fue, en ese sentido, una de mis últimas incorporaciones, pensando que su lectura podría arrojar un toque de amplitud, un nuevo punto de vista, una mirada de la que poder extraer todo lo que a mi como lectora y escritora me interesa. Tras su correspondiente degustación lectora, saqué en claro dos conclusiones: la primera, que el campo puede matar, y la segunda, que Joan Lindsay le debe a Barbara Baynton mucho más que el compartir nacionalidad.


Como ya he comentado en numerosas ocasiones, reseñar relatos siempre entraña una cierta complicación. Ya no sólo en lo que al mayor o menor número de historias se refiere, sino también a la variedad temática que éstos puedan encerrar. El estilo es el mismo: depurado, limpio, ágil, pero sobre todo, ausente de complacencia o autocensura. Los cuentos que el lector se encuentra en Estudios de lo salvaje, son precisamente eso, pequeñas capsulas, breves tesoros que describen una época y situaciones a las que, por su crudeza y violencia, las mujeres no desearían enfrentarse jamás. Y digo mujeres porque son ellas las absolutas protagonistas de cada uno de ellos. Sin embargo, esto no exime a que los hombres del temor a padecer alguna de estas historias, aunque sea en sus peores pesadillas. El miedo no entiende de género, así es y debería serlo. No obstante, el que Barbara Baynton haya decidido, conscientemente quiero pensar, que sean mujeres las que protagonicen estos relatos tan hostiles y cero edulcorados, nos debería hacer pensar. Estamos a principios de siglo XX, siglo en el que el movimiento sufragista comienza a cobrar importancia y a extenderse por numerosos países. No debemos de olvidar que en Australia las mujeres pueden ejercer su derecho a voto nada más y nada menos que desde 1092, dieciséis años antes que en Reino Unido, veintinueve años antes que en España o cuarenta y dos años antes que en Francia. De este modo, Australia se convirtió, junto con Nueva Zelanda (país que había logrado aprobar el sufragio universal femenino en 1893 gracias a la lucha de la sufragista Kate Sheppard), en uno de los países pioneros en este ámbito. Casualmente, en el mismo año que tiene lugar tan importante conquista social, Estudios de lo salvaje es publicado por la editorial inglesa Gerald Duckworth and Company. Todo eso tras el rechazo unánime de varios editores australianos al considerar que sus descripciones del Bush (el interior de Australia) distaban mucho de ser benévolas. Es cierto, sus descripciones de la Australia más rural no dejan lugar a dudas, pero, ¿y si no era eso lo que de verdad les molestaba a los editores? ¿Y si la razón por la que rechazaron publicar los relatos en su país natal responde más a una cuestión puramente machista? ¿Y si lo que les escama no es su opinión sobre el Bush sino que sean mujeres las que se enfrentan a las adversidades del mundo rural? El azar quiso poner, aquel glorioso 1902, a una autora Australiana en el mapa, escritora que, con el tiempo, logró convertirse en una de las más importantes y fundamentales de la literatura en un país situado en los confines del mundo. En el relato "La compañera de Squaker" (mi favorito y el más brutal) vemos a una mujer talando árboles y sufrir un accidente como consecuencia. En "Billy Skywonkie" son las aborígenes australianas las que hacen frente a la hostilidad del medio y a la los abusos por parte de los hombres. Y en "Una iglesia en la maleza" es la sociedad, en este caso una comunidad alejada de todo elemento utópico, la que oprime a la mujer. No menos interesante, a pesar de ser uno de los más flojos del volumen, es "Mano tullida", el único relato protagonizado por un hombre pero en el que, sin embargo, podemos hallar una desnudez total respecto a estereotipos masculinos al conferirle a su personaje de un sentimiento de temor frente a lo desconocido. Mujeres que luchan contra las fuerzas de la naturaleza (con mejor o peor suerte) y hombres con una doble psicología (la de la cara más despiadada del patriarcado por un lado y la emocional por otro, enterrada bajo capas y capas de educación sexista). Eso es lo que nos encontramos en la obra de Baynton, además de los pilares fundamentales de una tradición literaria tan sólida que sus ecos llegaron hasta la mismísima Joan Lindsay. De hecho, Picnic en Hanging Rock podría considerarse, salvando las distancias, como la perfecta heredera de Estudios de lo salvaje al recoger y hacer propios esa imagen tan desmitificadora del campo con ese delicioso toque gótico que bien podemos apreciar en su relato "La soñadora", justo el que abre la presente edición. Como acabáis de comprobar, las distancias temporales son salvables en el momento en el que alguien consigue, con sus escritos, remover la conciencia de quien tiene abiertas las puertas al conocimiento y a la inspiración.


Reconozco que a la hora de ponerme a escribir este párrafo estuve a punto de centrarlo en hablar de su autora, de Barbara Baynton, cuya biografía es del todo desconcertante (su afición a falsear algunos datos de su pasado me dejó bastante perpleja). Sin embargo, y teniendo en cuenta algunas de las principales reflexiones que se agolparon en mi cabeza tras finalizar su lectura, me centraré en algo más importante, en hablar de la vida en el campo. Todas y todos tenemos en mente una imagen bastante idealizada de lo que es una jornada en el mundo rural. En parte, por culpa del turismo y esa visión tan bucólica que siempre nos han tratado de vender, porque sí, al final todo se reduce pura y exclusivamente a términos capitalistas. Cada vez que un pueblo sale por la tele, automáticamente destacamos las virtudes de vivir en el campo (aire puro, lejos del ajetreo, menos preocupaciones...), las cuales, por supuesto, son totalmente imaginadas. Incluso el turismo rural, cuya demanda ha ido creciendo de un tiempo a esta parte en adeptos, no se aproxima ni en sueños a la verdadera vida en el campo. Esta muy bien, eso no lo niego, alquilar una casa rural en ese pueblo perdido en medio de los Pirineos oscenses o en esa semi deshabitada aldea perdida entre campos de Castilla. Claro que es precioso. Sin embargo, tanto quien consume ese tipo de turismo debería ser consciente de que, en temporada baja, los pueblos son auténticos desiertos demográficos, así como lugares en los que la vida no es tan fácil. La falta de recursos (incluyendo en ocasiones los sanitarios), sumado a la ausencia de lugares de entretenimiento al uso (como por ejemplo un simple cine), las inclemencias meteorológicas que padecen algunos de ellos (sobre todo en el frío y largo invierno), las escasas conexiones, su geografía, su orografía, así como sus particularidades propias hacen de estos lugares entornos menos atractivos para aquellos que conciben el mundo rural como el paraíso. Por no hablar, por supuesto, del trabajo, que en muchas ocasiones está enfocado al trabajo de la tierra. En una época en la que se ha puesto de moda tener pequeños huertos urbanos en los balcones y en los barrios de las grandes ciudades en un intento por ser más ecologistas, a veces se nos olvida que, si no fuera por todos esos agricultores que trabajan de sol a sol labrando y sembrando la tierra, hoy no tendríamos ni frutas ni verduras en los supermercados. Pero más allá de esa estampa bucólica en la que las granjas se nos presentan como algo parecido a un parque de atracciones donde los animales campan a sus anchas, de lo que deberíamos estar hablando es de el papel de las mujeres en el mundo rural. Una figura que afortunadamente con el paso del tiempo ha pasado de ser esa figura invisible a reconocerse y a ampararse en asociaciones en favor de sus derechos dentro del sector primario. Quien conozca este mundo, en especial desde esa literatura rural tan popular en los últimos tiempos, se habrá dado cuenta de que éste relato es sesgado, ya que narra los acontecimientos o su realidad desde una perspectiva masculina cuando, en realidad, deberíamos estar hablando de más realidades. Pues, ¿no es igual de interesante lo que una campesina, una agricultora, una ganadera o una pastora nos puedan contar sobre su vida en el campo? Barbara Baynton no sólo fundó una corriente literaria cuya influencia en Australia es notable, sino que además, nos desmonta dos patrones. En primer lugar, al dibujar un paisaje del Bush más realista, lejos de esa lírica patriótica tan en boga en su época. Y en segundo lugar, al preferir que sea la mujer y no el hombre el que haga frente a la bestia, que no es otra que la propia naturaleza. Estudios de lo salvaje: seis historias de veracidad, tensión, hostilidad, paisajes perversos, violencia... Seis relatos de lo salvaje, pero también de destreza.

Frases o párrafos favoritos:

"La mujer llevaba la bolsa con el hacha, el mazo y las cuñas; el hombre, el cazo y las bolsas limpias de comida. La sierra la llevaban entre los dos, de modo que parecía que caminaban unidos por ella. La mujer era más alta que el hombre, y la firmeza de su cuerpo, tan distinto del que él, que caminaba con flojera, arrastrando los pies y dejando caer los hombros, hacía que la diferencia entre ambos resultara más evidente. Los hombres la llamaban "la compañera del Squeaker", y todos parecían estar de acuerdo en que no había mejor camarada de pelo largo con unas enaguas puestas. Las mujeres de los colonos agrícolas habían intentado retarla a que se pusiera unas ropas más femeninas, pero la compañera del Squeaker no les hizo ni caso, si es que llegó a escuchar siquiera lo que querían."

Película/Canción: como no podía ser de otra manera, y a pesar de que su trama nada tiene que ver a priori con Estudios de lo salvaje, me gustaría adjuntaros la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de la presente reseña. La de mi película favorita por cierto.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

viernes, 22 de marzo de 2019

RESEÑA: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

MARY POPPINS
VUELVE MARY POPPINS

Título: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

Autora: "P. L. Travers, preudónimo de Helen Lyndon Goff (1899-1996) nació en Australia, si bien en 1925 se trasladó a Inglaterra, donde adaptó su nuevo nombre y residió el resto de su vida. Admiradora de James M. Barrie - creador de Peter Pan -, fue una mujer de fuerte personalidad y temperamento independiente cuyo carácter vivo y curioso la llevó a viajar por buena parte del mundo. Además de ser la creadora de Mary Poppins, la niñera más famosa de la literatura, también fue actriz de teatro, periodista y autora de poemas que vieron la luz en revistas como The Bulletin o Traid. Así mismo, Travers participó en la famosa adaptación musical de Disney en calidad de asesora de producción." (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Borja María Bercero.

Sinopsis: "popularizados en todo el mundo por la versión cinematográfica que de ellas hiciera en 1964 Walt Disney, las aventuras de Mary Poppins son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Con todo, a través de la singular institutriz, P.L. Travers dio vida a un personaje a caballo entre el hada buena de cuya protección y virtudes todos hemos deseado gozar, en nuestra fantasía, alguna vez, y un espíritu más misterioso que, por sus poderes, parece estar arraigado en el sustrato mismo de la Naturaleza. El presente volumen reúne las dos primeras novelas de la serie - Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins - junto con las ilustraciones que para la primera edición de la obra hizo Mary Shepard." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: mágica, original, bien estructurada en cuanto a su primera parte, algo más caótica en cuanto a la segunda, interesante, a ratos tierna, extraordinariamente diferente... ¿Quién todavía tiene vivo en su memoria el recuerdo de una mujer sobrevolando con un paraguas y un bolso de flores sobre el oscuro cielo de Londres? ¿Quién no ha deseado, en esos días de viento intenso, poder volar sobre las nubes? ¿Quién no ha buscado por los tejados a los saltimbanquis deshollinadores? ¿Quién no ha soñado con meterse, de un salto, en el interior de un dibujo pintado a tiza sobre el sucio suelo? ¿Quién no se ha sorprendido tarareando o directamente cantando alguna de sus pegadizas canciones? ¿Quién no es capaz de soltar de carrerilla "supercalifragilísticoespialidoso" sin fallar ni una sola palabra? ¿Quién no ha sentido rabia cuando el Señor Banks le obliga a su hijo, Michael Banks, a depositar un penique en el banco en lugar de dárselo a la mujer de las palomas? ¿Quién no se acuerda de la mujer de las palomas? ¿Quién no sabe que con un poco de azúcar la vida se ve de otra manera? ¿Quién no querría pasarse los días levitando como el Tío Albert? ¿Quién no habría deseado observar desde el catalejo del Almirante Boom la Calle del Cerezo? ¿Quién no se ha partido de risa con los momentos delirantes protagonizados por las criadas Ellen la Sra Brill? ¿Quién no ha sentido una punzada en el corazón con la escena de las cometas, justo en la que el inquebrantable Señor Banks, tan adulto y responsable, vuelve a ser niño por unos instantes? ¿Quién no ha sentido ternura por Jane y Michael Banks, especialmente cuando detallan a sus padres, punto por punto, las razones por las que deberían contratar una niñera? ¿Quién no ha querido ser alguna vez Bert? ¿Quién no se ha visto contagiada/do por su perenne vitalidad y sentido del humor? ¿Quién no ha deseado tener el poder de ordenar su cuarto con sólo chasquear los dedos? ¿Quién no ha deseado subir las escaleras sentado en la barandilla? Y la gran cuestión: que levante la mano quien haya visto esta película de la factoría Disney como mínimo unas diez veces, la mayoría de ellas durante la infancia. Si es que somos animales de costumbres, y con lo que nos gusta todavía más. Ahora bien, ¿qué pasaría si os dijera que la niñera más famosa de la literatura no es, sobre el papel, como vosotros os la imaginabais? ¿Y si Julia Andrews estaba interpretando una versión más edulcorada de ésta? ¿Y si el libro no se corresponde al 100% con nuestros recuerdos cinéfilos? Esta claro que no se puede tener todo en esta vida, y menos en lo que a nuestros tótems infantiles se refiere, pues corres el riesgo de decepcionarte o de ver, a partir del momento en el que descubres su verdadera esencia, ese personaje o esa película con otros ojos. Y esto último es justo lo que, a mi particularmente, me ha sucedido con ella, con la gran Mary Poppins. Una niñera mágica, sí, pero de su tiempo.


La primera vez que vi la película de Mary Poppins quedé completamente fascinada. Era incapaz de apartar la mirada del televisor. Recuerdo con especial cariño las escenas en las que las personas de carne y hueso interactuaban con auténticos dibujos animados o la de los deshollinadores saltando de tejado en tejado en un frenético y divertido baile. Para mi, una de las más memorables del film. Adoraba a Mary Poppins, pero creo que en su momento empatizaba más con Bert (¡grandioso Dick van Dick!), que era todo alegría, diversión, optimismo y jolgorio; el contrapunto perfecto en una historia en la que Julie Andrews, Mary Poppins, representaba una felicidad más contenida con un toque de responsabilidad debido a su trabajo. Alucinaba con las caras de sorpresa de Jane y Michael Banks, los niños a los que Poppins cuida (¡abrían tanto la boca!), me reía con las criadas (tan serias y a la vez tan desternillantes), con ese hilarante Tío Albert (todo un señor personaje), con  el Almirante Boom (cuyos cañonazos provocaban más de un terremoto en el número 17 de la Calle del Cerezo) y con la decrepitud de los banqueros (uno de ellos, el dueño del banco, era incapaz de tenerse en pie sin ayuda). Por no hablar del Señor Banks (el personaje que más odiaba de pequeña) y la Señora Banks (¡que era sufragista y yo sin saberlo a mis cinco años de edad!) cuyo papel en la película es meramente anecdótico. En definitiva, creo que todas y todos, o al menos una gran parte de mi generación, ha crecido con los clásicos infantiles de Disney, entre los que no podía faltar las aventuras de la niñera inglesa. De un tiempo a esta parte, y tras dedicarle un necesario visionado una vez tuve la madurez suficiente como para darme cuenta de que el Señor Banks es un personaje más profundo de lo que parece y de la escandalosa crítica a la figura de la sufragista personificada en la Señora Banks (sus movimientos mientras canta "Socia Sufragista" así como su actitud cómica y despreocupada respecto a sus hijos configuran una imagen peyorativa y ridícula de uno de los mayores movimientos sociales de la historia), he llegado a la conclusión de que Mary Poppins es una de las películas que más ha marcado mi infancia. Todavía a día de hoy me sorprendo canturreando o tarareando alguna de sus pegadizas y maravillosas canciones. Sin embargo, muy pocos de los que disfrutamos de ella, sabíamos que se trataba de una adaptación, y que por tanto, existía no sólo un libro, sino ocho en total. Toda una saga dedicada a aquella niñera que volaba y hablaba con los animales. A pesar de ello, nunca sentí la necesidad de aproximarme a ella a través de los libros de P. L. Travers (de nuevo, una autora condenada a esconderse tras un pseudónimo y unas siglas para poder publicar). Tenía a Mary Poppins en un pedestal y temía que los libros pudieran producir grietas en él. Pero entonces llegaron las navidades de 2018, y con ellas, una nueva película de la niñera mágica (película que por cierto aún no he visto). Algo que desde Alianza Editorial no quisieron dejar escapar, por lo que acabaron, coincidiendo con su estreno, reeditando y publicando un volumen con las dos primeras entregas de la saga: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins (con las ilustraciones originales incluidas). Y en ese momento, como muchos ya habréis adivinado, no pude resistirme. Una vez en mis manos y en mi estantería, esperé al mejor momento para acercarme a él, justo después de una de esas lecturas que te rompen por dentro. Tardé más de lo que habría imaginado en leerlo, de hecho, lo dejé reposar entre parte y parte. Obteniendo como resultado, no sólo una experiencia más sosegada, sino una perspectiva más amplia y analítica sobre este clásico de la literatura juvenil.


Antes de adentrarme en la reseña propiamente dicha, me gustaría hacer una advertencia. Quien piense que el libro es igual que la película esta muy equivocada/do. No hay ni una sola adaptación cinematográfica fiel al producto original en el que ésta se inspira. Ni una. ¿Por qué? Muy fácil, porque el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes a pesar de sus puntos en común. Una película puede captar a la perfección el paisaje, la intención de la autora/or, el mensaje que el libro quiere transmitir, la psicología de los personajes e incluso saber reproducir con gran exactitud pasajes que podemos leer sobre el papel. Sin embargo, la mirada de la directora/or, así como la limitación del tiempo (¿os imagináis, por ejemplo, una adaptación cinematográfica de Los Pilares de la tierra fiel al libro? No, ¿verdad? Yo tampoco, y ya me cuesta creer que Rydley Scott lo consiguiese condensar en una miniserie de ocho episodios) son dos de los aspectos que provocan que una adaptación cinematográfica nunca sea a gusto de todos. Este es el caso de Mary Poppins, aunque para ser más sincera, la versión de Robert Stevenson dista mucho del libro, pero muchísimo. La verdad es que nunca he sido de las que ahonda en las diferencias entre X libro y la película, en el caso de que ésta exista por supuesto. Sin embargo, y teniendo en cuenta su magnitud (pues creo que estamos ante uno de los muchos ejemplos de cintas que devoran al libro) no lo puedo prometer. Para empezar, en cuanto a su lectura, diremos que ésta se hace amena, entretenida, aunque contiene una cierta dificultad. Y es aquí, en este punto precisamente, donde reside una de las mayores críticas que se le puede hacer a la novela de Travers. Tanto Mary Poppins como Vuelve Mary Poppins no son novelas al uso, sino un conjunto de pequeños relatos que la autora ha decidido juntar para construir lo que hoy podemos leer y tener en nuestras estanterías. De hecho, da la sensación de que éstos fueron escritos por separado, e incluso me atrevería a decir que en diferentes momentos. ¿Entonces es un libro de cuentos? No, pues a pesar de su independencia (pues Travers nos narra pequeñas aventuras que Mary Poppins vive sola,  junto a los hijos de los Banks o acompañada de otros personajes, cada cual más loca, surrealista y divertida) hay un hilo que los guía, lo que permite que evolucione al calificativo de novela, dotándola además de una coherencia argumental a pesar de esa explosión de fantasía. Esto es lo que sucede en Mary Poppins y que personalmente echo en falta en Vuelve Mary Poppins, en donde ese hilo, ese conducto, ese nexo es más invisible, y por tanto, las historias que se narran son un tanto inconexas. Si Mary Poppins es el orden dentro del caos, Vuelve Mary Poppins es la anarquía sin un sentido claro. En cuanto a lo que se nos narra, especialmente la primera parte, difiere bastante de la adaptación cinematográfica. Si bien hay escenas memorables que en aparecen en la novela (como la visita al Tío Albert o la importancia de la mujer de las palomas, aquí de los pájaros), la mayoría de historias se pasaron por alto. No obstante, si hay un detalle en particular que yo destacaría al respecto es la diferencia entre la Mary Poppins de Travers y la Mary Poppins de Julie Andrews (o de Disney). En el libro, Travers crea una protagonista menos entrañable, más seca, antipática y hasta estricta. En otras palabras, más pegada a la realidad de su época, en la que las institutrices inglesas respondían a esos estereotipos. De hecho, sólo hay un momento en todo el libro en el que creo que podríamos encontrar a esa Mary Poppins que tanto adoramos, y es en la escena en la que se encuentra con Bert. Ahí podemos casi observar un atisbo de sonrisa. Sin embargo, la riqueza de esta lectura reside en otros detalles que en la película pasaron completamente por alto, como son, por ejemplo, el origen de los poderes de la protagonista y la explicación a su forma de ser. Y la respuesta no puede ser más nostálgica y hermosa. ¿Es mejor el libro que la película entonces? No sabría que deciros. Personalmente ha supuesto una especie de shock, pero la novela no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, ni más ni menos. Creo que, en este caso en particular, se debería dar una oportunidad a su lectura, ya que son muchos los aspectos desconocidos para el gran público que merecerían conocerse respecto del personaje de Mary Poppins. Y por favor, olvidaos de la versión de Disney cuando lo leáis. Sé que es difícil, que el "supercalifragilísticoespialidoso" es un recuerdo muy poderoso, pero intentadlo, sólo así podréis disfrutar de esta lectura. Seguid mi consejo, por vosotros y por la verdadera Mary Poppins.


Es posible que La Cenicienta sea, con total seguridad, la película que mas veces he visto durante mi infancia, y curiosamente, de la que guardo menos recuerdos (salvo, obviamente, ese inolvidable "Bibidi, Babidi Bum que aún sigo tarareando a mis 26 años de edad). Aunque para películas imprescindibles, Lo que el viento se llevó, ese interminable pero maravilloso clasicazo del siglo XX que, habiéndolo visto muy pocas veces, consigo evocar en mi memoria sin demasiada dificultad. Como podéis comprobar, todas y todos tenemos productos culturales idealizados. Ya sea porque nos han acompañado durante la infancia, o porque han irrumpido en un momento clave de nuestras vidas. Sea como sea, el caso es que al nombrarlo, releerlo o visionarlo de nuevo, consiguen transportarnos directamente a esos instantes que, por un motivo u otro, quedan alojados en la memoria para siempre. Sin embargo, y pasado un tiempo, cuando la madurez llama a la puerta para asentarse en el sofá de la vida, la mirada que tenemos sobre dichos productos culturales puede cambiar o incluso mostrarse reticente a dichos cambios. Nadie ha dicho que fuera fácil asumir que, por ejemplo, la Cenicienta no tuviese más ambiciones que las de casarse para poder salir del infierno en el que su madrastra le tenía sumida. O que Bella, tan lectora e inteligente, acabase casándose con su captor. O que películas como Forest Gump o la saga Rambo fuesen una visión simplona y patriótica respectivamente de la Guerra de Vietnam. O que Grease, sí, esa película que muchas y muchos tenemos entre nuestras imprescindibles, tenga uno de los finales más machistas de la historia. O que El Rey León, además de ser una adaptación del inolvidable Hamlet de William Shakespeare, contuviese una escena (la de Scar con las hienas desfilando) cuya semejanza con algunas partes de El triunfo de la Voluntad de Leni Reifenstahl sea tan clamorosa. ¿Y qué me decís de Harry Potter? Esa saga de libros y de películas que ha marcado a toda una generación repleta de lagunas argumentales por culpa de una autora a la que no le importa saltarse el canon cada dos por tres en favor de la trama (algo que, en Animales fantásticos, adquiere proporciones realmente grotescas y escandalosas). ¿Y qué pensáis de mi idolatrada Lo que el viento se llevó? Repleta de racismo y clasismo. Esos mismos sentimientos encontrados los experimentarían, muy probablemente, los fans de Woody Allen (tras conocer su polémica vida películas como Annie Hall no se vuelven a ver de la misma forma), los de Shakespeare in love (cuyo productor no es otro que el malogrado Harvey Wenstein) o los del cantante Michael Jackson (a quien el controvertido documental Living in Neverland está perjudicando económicamente aún después de muerto). Son muy pocas y pocos los que aún les cuesta creer que, en el mundo de la literatura, Pablo Neruda violase a una camarera de piso, que Cortázar ocultase el talento literario de Aurora Bernárdez (la que fuese su compañera sentimental durante gran parte de su vida) o que Lewis Carroll tuviese una obsesión con Alice Liddell, la niña que inspiró Alicia en el país de las maravillas. Esos son sólo ejemplos ilustrativos de nuestros constantes debates internos respecto a algunos libros o películas que, con el paso del tiempo, no han conseguido sobrevivir a la crítica, totalmente justificada en muchos casos, que lanzamos desde el siglo XXI. Lejos de prohibir su lectura o visionado, lo que deberíamos hacer es aceptar que, nuestros héroes pueden ocultar un monstruoso secreto, que esa película que creíamos tan perfecta a lo mejor es más machista de lo que parece o que ese libro tan inolvidable tal vez contenga cantidades ingentes de racismo. La mirada crítica es importante, así como su aplicación. Si lo analizamos fríamente, la saga de Mary Poppins no deja de ser una reproducción de los roles de género tradicionales y, en su versión cinematográfica, una crítica encubierta al sufragismo. Pero... ¿Quién le dice que no a una tarde de palomitas a su lado? De nuevo, la contradicción humana está servida. Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins: una historia de fantasía, infancia, locura, mundos mágicos, disciplina, imaginación, ternura... Una maravillosa locura literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado a la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa se estremeció.

Película/Canción: hemos hablado de ella durante toda la reseña, así que la adaptación musical de 1964 por parte de la factoría Disney es posiblemente la más importante e influyente de todas las que se han hecho. Protagonizada por Julie Andrews (quien se llevó por esta película el Oscar a Mejor Actriz Protagonista) y Dick van Dick; la cinta no fue fácil de rodar, en parte debido a las continuas desavenencias entre P.L. Travers y el propio Walt Disney. Tal fue el enfado de ésta al comprobar que la película no reflejaba la verdadera esencia de su personaje que desautorizó la posibilidad de rodar una segunda parte. Además de la versión de 1964, la novela de Travers ha tenido otras adaptaciones (dos de ellas soviéticas), algunas para televisión y recientemente se ha estrenado la segunda parte (Vuelve Mary Poppins). Sin embargo, y a pesar de que ésta última está de moda, permitirme que me recree en aquella primera adaptación, la del "supercalifragilísticoespialidoso", la que nos enamoró tan sólo con un poco de azúcar.


Y aunque me es complicado escoger una sola canción de entre todas las que se cantan en la película, he decidido adjuntaros una de las menos conocidas y que a mi en particular me gusta bastante. A veces lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo que la gente suele ignorar, puede convertirse en algo grandioso.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 18 de septiembre de 2018

RESEÑA: Picnic en Hanging Rock.

PICNIC EN HANGING ROCK

Título: Picnic en Hanging Rock.

Autora: Joan Lindsay (St. Kilda West 1896- Melbourne 1984). Era descendiente de una familia Boyd, puede que la más famosa y prolífica dinastía artística de Australia. De 1916 a 1919 estudió pintura en la National Gallery School de Melbourne, e incluso llegó a exponer como pintora. Se casó con Daryl Lindsay, vástago de una importante familia de artistas y escritores ingleses, el día de San Valentín de 1922, en Londres. Día que, precisamente, sería el elegido por Joan Lindsay para situar los hechos de su novela más célebre, Picnic en Hanging Rock. El matrimonio se instaló en Australia, donde ella se dedicaría a la pintura, hasta que, tras la Gran Depresión, Daryl fue contratado como director de la National Gallery de Victoria. En 1956, fue nombrado caballero del Imperio Británico. Aunque la primera novela de Joan, Through Darkest Pondelayo, una sátira sobre los turistas ingleses, fue publicada en 1936, no sería hasta el año 1962 cuando viera la luz su primera obra reseñable, Time Without Clocks, un texto de fuerte contenido autobiográfico en el que retrató sus primeros años de casada. El autentico éxito le llegaría, no obstante, con Picnic en Hanging Rock (1967), que automáticamente le reportó fama mundial, y que se convertiría por derecho propio en una de las más reseñables novelas de culto de la literatura australiana. Parte del éxito de la novela se basó en que la autora nunca desveló si lo narrado fue un hecho real o no. La extraordinaria repercusión de la obra persiguió a Lindsay hasta el día de su muerte, y constituyó un antes y un después en la historia de la literatura australiana del siglo XX. Joan Lindsay murió por causas naturales en Melbourne a los 88 años. (Fuente: Impedimenta).

Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Pilar Adón.

Sinopsis: Febrero de 1900. Un grupo de alumnas del selecto colegio Appleyard para señoritas se dispone a celebrar un picnic el día de San Valentín. Lo que empieza siendo una inocente comida campestre se torna en tragedia cuando tres niñas y una profesora desaparecen misteriosamente entre los recovecos de Hanging Rock, un imponente conjunto de rocas rodeado de la salvaje y asfixiante vegetación australiana. La única chica que logra regresar, presa de la histeria, no recuerda nada de lo sucedido. (sinopsis editorial).

Su lectura me ha parecido: inquietante, bella, fresca, envolvente, misteriosa, capaz de mantenerte en vilo desde la primera hasta la última página, ¿verídica tal vez?...La mañana no podía empezar de mejor manera, un picnic en la naturaleza siempre apetece, y más cuando el frío da un pequeño respiro en el crudo invierno. No tardamos en llegar al lugar, su belleza corta la respiración, hasta el punto de querer sumergirte y descubrir hasta el último de sus secretos. Es imposible no aburrirse entre claro y claro del luminoso bosque. Un divertido juego de cartas, una agradable conversación, una lectura con mucho fundamento, un chiste espontáneo, unas risas como respuesta, una canción amena, un dibujo improvisado sobre las piedras...Y si el sueño llega sin previo aviso, cualquier lugar a la sombra las milenarias rocas puede convertirse en el mejor dormitorio. El aire puro entra por los pulmones, oxigenándolos, liberando toda compostura y rectitud, tan propias de la disciplina del día a día. En las faldas del Moncayo las nuevas tecnologías no tienen cabida ¿Quién necesita mirar la última actualización del WhatsApp o subir una foto a Instagram cuando puede disfrutar contemplando el paisaje? ¿Qué podía salir mal en un día tan idílico como aquel?  Pero entonces, un grito, el cielo se oscurece, algo se rompe en la perfecta estampa invernal. Dicen que unas compañeras y una profesora han desaparecido, el pánico y la confusión se apodera de las presentes. Ya no hay juegos de cartas, ni cotilleos, ni lecturas, ni chistes, ni risas que los correspondan. Las leyendas de las ninfas que habitaron el lugar dejaron de tener sentido, a menos que sus rostros, demacrados por alguna maldición, estuviesen detrás del misterio. Nadie sabe qué hacer, salvo esperar hasta que la angustia venza y no quede más remedio que marcharse y comunicar lo sucedido. En el momento de la partida, muchas echamos la mirada hacia atrás preguntándonos cómo había podido suceder, si lo estábamos pasando en grande, si hasta habíamos conseguido olvidar el colegio y a sus odiosas monjas. Mientras el autobús se alejaba serpenteando, el Moncayo se alzaba majestuoso, escondiendo su frío corazón de piedra, sepultando las voces de cuatro mujeres para siempre. Aquello sucedió el catorce de febrero de 2018, ciento dieciocho años después de que en las inmediaciones de Hanging Rock, tres alumnas y una profesora desaparecieran sin dejar rastro durante un picnic el día de San Valentín de 1900. ¿Verdad? ¿Ficción? ¿Cuál de las dos historias ocurrió de verdad? A todo eso juega la autora del libro que hoy tengo el placer de reseñar, a todo eso juega una servidora que, desde la humildad, ha querido actualizar a la par que homenajear a una de las mejores lecturas del verano. Picnic en Hanging Rock: una desaparición, un internado de inspiración victoriana y una terrible maldición.


La historia de como Picnic en Hanging Rock llegó a mis manos es realmente sencilla. Pero si quiero ser honesta con vosotros, debería comenzar este relato, verídico esta vez, describiendo como, desde hace un tiempo, mis gustos lectores han experimentado un gran cambio. Como he comentado en más de una ocasión, el género fantástico fue durante mucho tiempo uno de los grandes olvidados entre mis lecturas habituales. Si bien es cierto que a los cuentos infantiles, en los que se entremezclaba la realidad con elementos o personajes típicos de la literatura fantástica, les tenía verdadero aprecio, ninguna historia más adulta de estas características lograba cautivarme. Por no decir que alguna vez menosprecié el género en público, sin cortarme ni un pelo. La cosa cambió cuando descubrí que había mundo más allá de las historias de hadas buenas, orcos perversos o reinos gobernados por criaturas sobrenaturales. Un mundo que, por otro lado, me inquietaba, me resultaba apasionante y provocaba mil y un preguntas en una mente tan curiosa como la mía. Estoy hablando del terror, sí, de ese género tan venerado, en cuyo seno acoge a algunas obras cumbre de la literatura universal, tan temido por la mitad de los lectores, tan venerado por la otra mitad y con unas características más versátiles de lo que aparenta. Gracias al descubrimiento del terror de la mano de uno de los grandes maestros (aún sigo sorprendida ante el estremecimiento que sentí al leer Corazón delator de Edgar Allan Poe), fui poco a poco ampliando mis lecturas al respecto. A este paulatino descubrimiento del género ayudó que, de la noche a la mañana, muchas editoriales de este país comenzasen a editar novela de terror, especialmente de inspiración gótica, victoriana o neovictoriana, como si no hubiese un mañana. Los fantasmas, las casas encantadas, los espigados acantilados, los cementerios y demás tópicos del género volvieron a estar de actualidad y a despertar el interés de la crítica y de los lectores a partes iguales. Fue durante esa etapa de aprendizaje, en la cual me encuentro actualmente, cuando llegó a mis oídos la historia de Hanging Rock de la mano de Impedimenta y de algunas reseñas colgadas en internet. Hasta ese momento, había leído mayoritariamente novelas o cuentos del género  siempre ambientados en Reino Unido o Estados Unidos, así que en cuanto descubrí que su autora era australiana e indagué sobre el lugar en el que se desarrollaba la acción no me lo pensé dos veces. Pensé que sería interesante y podía enriquecerme aún más como lectora. El libro llegó a mis manos a mediados de julio y durante el mes de agosto se convirtió en una de las lecturas del verano, por no decir que en una de mis imprescindibles.


Centrándonos en la reseña propiamente dicha comenzaremos diciendo que Picnic en Hanging Rock presenta una de las lecturas más adictivas que he experimentado en mucho tiempo. Y eso que la premisa de trama, la cual hemos desgranado al principio de la reseña, no tiene en un principio mucho misterio. ¿Cuántas novelas o relatos se han escrito sobre la desaparición de personas en el bosque, en el campo, en parajes de ensueño? Muchísimas, demasiadas tal vez, y la mayoría de ellas han acabado derivando hacia el género policíaco. No obstante, lo que hace especial a la novela de Lindsay es que el lector que se adentra en sus páginas no se encuentra ante la canónica historia de detectives y delincuentes o asesinos a los que dar caza, sino ante algo más complejo, más siniestro. Gracias a una ambientación de ensueño, de la que al principio nos enamoramos y de la que después sentimos verdadera asfixia, y por supuesto, a un manejo magistral del suspense, la autora arma una historia tan sugerente que el lector se siente incapaz de abandonar su lectura. Con Picnic en Hanging Rock, Lindsay crea un público adicto y que no parará hasta llegar al final de esta historia. Y lo mejor de todo es que lo consigue sin recurrir, como si hacen otras autoras y autores, a elementos explícitos y bastante forzados típicos del propio suspense. Unas mínimas y sutiles pinceladas bastan para que se metiese y se siga metiendo a legiones de lectores en el bolsillo. Todo eso está muy bien pero, ¿Qué fue lo que de verdad desató la locura por esta novela? ¿Qué es lo que ha provocado que cada año muchos curiosos viajen hasta Australia y visiten las montañas de Hanging Rock? ¿Qué mantiene fascinados a los lectores de medio mundo desde el momento de su publicación hasta nuestros días? La respuesta es sencilla: su excepcional ambigüedad, y es que su autora jamás reveló si lo que se narra en la novela ocurrió de verdad o simplemente es pura invención. Ese doble misterio fue suficiente para que por un lado la novela trascendiese de lo popular, y por otro, para que Lindsay ganase mucho dinero gracias al éxito entre los lectores. Pero más allá de cuestiones de marketing, pues cabe la posibilidad de que todo se redujese a una estrategia editorial pura y dura, lo que está claro es que Picnic en Hanging Rock es algo más que un best seller de la época, sino un ejemplo de agudeza, destreza y originalidad literaria. Ese excelente equilibrio entre realidad y ficción nos empuja a una historia que, por muy extraño que parezca, no va del misterio de la desaparición en si, sino de lo que ésta provoca en el internado de señoritas al que pertenecen las tres alumnas y la profesora extraviadas. Lindsay no esclarece el enigma, sino que se limita a explicarlo y a narrarnos las consecuencias, el cataclismo al que tienen que hacer frente alumnas, profesoras, la directora y los trabajadores del lugar. En esta novela no hay, bajo mi punto de vista, un personaje que sobresalga sobre otro, a pesar del empaque de Herster Appleyard (directora del internado), convirtiendo a Picnic en Hanging Rock en una novela coral en la que las distintas voces se entremezclan, acentuando todavía más la sensación de asfixia. ¿Y qué pasa con el final? ¿Qué sucede? ¿Consiguen volver las tres chicas y la profesora sanas y salvas? No está en mi mano responder a todas esas preguntas, si tanta curiosidad os ha despertado esta reseña, sólo tenéis que hacerme caso, salir de casa, acudir a vuestra librería o biblioteca más cercana y haceros con un ejemplar. No os arrepentiréis, os lo aseguro.  


Como acostumbro a hacer en mis reseñas, lo mejor me lo dejo para el final, y es que si un libro no insta a la curiosidad, no reactiva la imaginación o no provoca preguntas en el lector ¿de qué sirve entonces este último párrafo? Lo suprimiría y punto. Pero como soy una optimista empedernida, siempre trato de sacarle el máximo partido a las lecturas. De todo se puede aprender, incluso de las bazofias literarias o de esas novelas cuyo final nos ha indignado. Afortunadamente, no es el caso del libro que acabamos de reseñar, pues si de algo debe estar orgullosa Joan Lindsay es de haber provocado miles de teorías relacionadas con la novela y el paradero de sus cuatro personajes desaparecidos. Cada cual más disparatada y original que la anterior. Desgraciadamente no vengo a formular una hipótesis al respecto, sino a hablaros de la palabra "cambio". Si realizamos una rápida búsqueda en internet comprobamos enseguida las diferentes connotaciones que atesora este término. Cambio de día, cambio de año, cambio de planes, cambio de hora, cambio de decisiones, cambio de parecer, cambio de ropa, cambio de costumbres, cambio de pensamiento, cambio de destino, cambio de vida...Desde las más anecdóticas hasta las más trascendentales, pero todas unidas por un nexo común, el de desprenderse de lo que nos ha acompañado durante tanto tiempo a todos los niveles y sustituirlo por algo nuevo. Es entonces cuando la incertidumbre y las dudas aparecen de improviso, obligándonos a contestar a preguntas del tipo: "¿será lo mejor?", "¿estoy obrando correctamente?", "¿no estoy arriesgándome demasiado?", "¿qué me deparará todo esto?", "¿y si fracaso?" "¿y si no consigo lo que pretendo?". Los cambios asustan, es normal, y al principio todos nos resistimos a él. Nos hemos acostumbrado tanto a un patrón determinado que cuando tenemos que subir el siguiente escalón o nos sacan de la zona de confort entramos en crisis. Algo así sucede en Picnic en Hanging Rock, siendo éste uno de los temas centrales de la novela. Todo en ella gira al rededor del cambio y son muchos los elementos que nos dan pistas. No es casualidad que la autora haya decidido ambientar la novela en el año 1900 (toda una declaración de intenciones) como tampoco la fecha escogida, el catorce de febrero. En primer lugar, 1900 marca un interesante punto de inflexión, pues al tiempo que simboliza el fin de una era de esplendor marcada por la expansión imperialista fundamentalmente, también representa el inicio de otra más convulsa, más mortífera, menos pacífica. Todos sabemos los acontecimientos que marcaron el siglo XX, por eso, respecto al XIX, se produce un notorio cambio a nivel mundial. En 1900, la gente aún desconocía los próximos conflictos y atrocidades a los que el mundo se iba a tener que enfrentar, pero si apreciaron la evolución a la que invitaba la entrada en el nuevo siglo. Seguidamente, en la novela el día de San Valentín adquiere una dimensión distinta. Se acabó el romanticismo y los estándares tradicionales tan repetidos hasta el momento. La tragedia de Hanging Rock provoca una pérdida de inocencia brutal entre las protagonistas, sobre todo entre las alumnas, preludio de lo que estaba por venir en las próximas décadas de siglo XX. Tampoco es producto del azar la inspiración neo-victoriana del libro. Son muchos aspectos los que nos trasladan al XIX: la dualidad entre belleza y terror respecto al paisaje, el carácter británico de su directora, la superstición o la constitución del propio internado (que nada tiene que envidiar a las típicas mansiones tétricas de la época victoriana). En ese sentido Appleyard se erige como una especie de último bastión de una época que toca a su fin, como un anacronismo dentro de una normalidad a punto de quebrarse. Solo ante la noticia de la desaparición, los pilares que antes soportaban con dignidad todo síntoma de cambio empiezan a quebrarse. La maldición se cierne sobre Appleyard cual novela victoriana se tratase, los gritos de cambio comienzan a devorar todo lo aprendido, ni siquiera la estricta educación impartida ni la artificial inocencia de las alumnas servirán para afrontar lo que traerá consigo el siglo XX. Y todo esto sin recurrir a fantasmas, cementerios encantados o criaturas fantásticas. La realidad, o mejor dicho, el cambio de realidad da más miedo que cualquier ser espeluznante. Picnic en Hanging Rock: una historia de tradiciones desfasadas, miedos, paisajes entre lo idílico y lo hostil, alumnas que pierden el candor, maestras que se resisten al cambio, una comunidad al borde del abismo...En una palabra: léanla.


Frases o párrafos favoritos:

"El picnic perturbó el normal desarrollo de sus vidas, en algunos casos de un modo muy violento. Y lo mismo sucedió con innumerables criaturas de presencia mucho más insignificante. Arañas, ratones, escarabajos… También ellos se escabulleron, se ocultaron o salieron corriendo aterrorizados, de manera parecida pero a una escala más pequeña. La trama comenzó a urdirse en el colegio Appleyard en el mismo instante en que los primeros rayos de luz del día de San Valentín cayeron sobre las dalias, y las alumnas se levantaron para ver lo espléndida que era la mañana e iniciar el inocente intercambio de tarjetas y regalos."

Película/Canción: en el año 1975 se estrenó la única adaptación cinematográfica de esta novela a cargo de Peter Weir, que con el tiempo ha acabado por convertirse en un film de culto de gran belleza cinematográfica al rodar gran parte de sus escenas en entornos naturales de la Australia más agreste. Por otro lado, este mismo año se ha estrenado su primera adaptación televisiva en el canal COSMO, en la que podemos encontrar a la actriz británica Natalie Dormer dando vida a la estricta directora del internado Herster Appleyard. En esta ocasión, me inclino por adjuntaros el tráiler de la versión de 1975, y es que su dirección de fotografía así como su estilo me han fascinado.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Nos vemos el año que viene, el 14 de febrero, en Hanging Rock.

Cortesía de Impedimenta