Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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viernes, 29 de abril de 2022

RESEÑA: Jávea.

 JÁVEA


Título: Jávea. 

Autor: Alberto Torres Blandina ( Valencia, 1976) es profesor de literatura y de creación literaria. Ha publicado tres novelas Cosas que nunca ocurrirían en Tokio (Premio Internacional Las Dos Orillas 2007, Premio de la Médiathèque Bussy Saint-Georges a la mejor novela extranjera publicada en Francia en 2010, finalista del premio de la juventud Jean Monnet 2011), Niños rociando un gato con gasolina (finalista del Premio Café-Gijón 2008), Mapa desplegable del laberinto (2010), y la trilogía Con el frío (2015), Contra los lobos (2016) y Después de nunca (2019). También es autor del libro de poemas Los cementerios vacíos (2019) y de la novela infantil El aprendiz de héroe (2009). Su obra ha sido traducida al francés, alemán, italiano, portugués, griego y hebreo. En 2019 obtuvo la Beca de Residencia de escritores de Toji Cultural Foundation en Corea del Sur. Coordina el colectivo literario Hotel Postmoderno, con los que ha publicado varias novelas y espectáculos literarios como el Letring Catch. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: español. 

Sinopsis: "Cada vez estoy más convencido de que las novelas que parecen novelas son incapaces de llegar a ningún lugar interesante", dice el narrador de este singular libro, que es ante todo un ejercicio de memoria sin concesiones transitando por diferentes tiempos: una adolescencia aturdida por el aburrimiento y la ensoñación de lo que siempre está más allá, una juventud que navega entre el inconformismo y la necesidad de escapar de uno mismo, un mundo adulto donde los deseos alcanzados se parecen demasiado a su propia parodia. Jávea rescata la historia de una familia sacudida por la enfermedad, la muerte y la repetición, pero es también una disección implacable de esta opulenta Europa donde la brecha social entre ricos y pobres se ensancha, paradójicamente, cada vez más: las fronteras invisibles creadas por el dinero, el trabajo como forma de control, los lemas motivacionales alentando una meritocracia castradora, el triunfo personal medido por el tamaño del televisor, las drogas, el sexo y la religión como válvulas de escape, la desorientación, el rencor, la frustración, el suicidio...

Su lectura me ha parecido: sencilla, frenética, atrayente, feroz, humilde, versátil, enormemente crítica a la ingenuidad con la que muchas veces se percibe la meritocracia, con un narrador tan valiente como solvente, irónica, aguda, deconstructiva... Hacía calor cuando llegué a aquella urbanización de adosados colocados en fila, en formación, como si fueran a pasar revista, todos iguales, de teja roja y pared blanda. Tendría unos once o doce años cuando fui invitada por una amiga a pasar el día en el chalet que sus padres tenían en Náquera ¿o era Bétera? Poco importa. Éramos unas siete niñas, desenvueltas, nerviosas, correteando por la calle, a la sombra de aquella casa con jardín delantero. Recuerdo comer dentro, esos macarrones de tomate con queso gratinado, la tarta de chocolate que le sucedió y de la que no probé bocado (mis papilas gustativas seguían rechazando el dulce en todas sus formas y colores), las velas que mi amiga sopló con timidez, el aplauso de después, el juego de las tinieblas que casi le costó una bronca a la anfitriona (alguien se había cargado la cortina del baño y la barra que la sujetaba pensando que la bañera era el mejor sitio donde esconderse), la amiga que apareció a última hora, los bolis de Jordi Lavanda, la coreografía del festival de fin de curso (la cual hacía unos días que habíamos empezado a ensayar) y mi reticencia a sonreír demasiado por miedo a que se burlaran de mis brackets. Pedacitos de nostalgia de aquella primera década de los 2000 que viví en una nube de inocencia, felicidad, despreocupación y que solo abandonaba cuando había examen de matemáticas. Esa era mi gran cruz y no el paro, la incertidumbre, la falta de dinero, de oportunidades, de seguridad, de fe en una humanidad cada vez más idiotizada. No obstante, el azul pitufo de aquella piscina comunitaria es lo primero que acude a mi memoria cada vez que vuelvo a aquel lugar. Probablemente, la última fiesta de cumpleaños antes de cruzar la insalvable frontera de la adolescencia, cuando la jovialidad y la facilidad con la que se cimentan nuevas amistades resultaba todavía pasmosa. Ese azul, adornado con geometrías marinas desgastadas por el uso y el cloro en el que deseaba sumergirme, bucear y hacer el muerto, como la protagonista de Libertad en su versión fílmica, como me había enseñado mi madre en nuestras excursiones al Perelló o a la Malvarrosa. Pero lo quería para mi, todos los días, sobre mi piel. Deseaba que aquel añil fuera lo primero que mis ojos vieran nada más despertarme por las mañanas y lo último antes de sucumbir a la siesta veraniega. Fue entonces cuando comencé a preguntarme por qué mi amiga podía zambullirse en aquella cristalina piscina mientras yo me tenía que contentar con pasar Agosto entero en el pueblo de mi abuela. Y mira que me lo pasaba bien pero, la piscina del camping más cercano costaba dinero, había que subir una cuesta infernal, el fondo era gris y podías morir de hipotermia si permanecías mucho rato dentro de ella. "Ojalá vivir en un chalet" pensé "ojalá tener esa piscina en lugar de un solar donde tender la ropa", "ojalá ver la tele desde ese sofá y no desde una cama de colchón duro y cabecero de principios de siglo XX", o mejor aún, "ojalá convencer a los abuelos para que le compraran el solar a mi tía abuela y después construir la tan deseada piscina". Aquel chalet en Náquera o Bétera fue mi particular "Jávea". Por aquel entonces no tenía ni amiga ni novio con casa en la playa, por lo que aquel paraíso unifamiliar fue mi primer encontronazo con aquello a lo que comúnmente llamamos "envidia". Anhelo de poseer lo que otros, con más dinero, disfrutan unos meses al año o toda la vida. Aquello que no tienes y por lo que suspiras en la retaguardia del silencio. Sueños infantiles frustrados que se convierten en esa primera bofetada de realidad cuyo eco sigue escociendo décadas después. Jávea: la lúcida y resentida mirada sobre el capitalismo en el que, lo siento, estamos atrapados. 


Difícil es enfrentarse a la reseña de un texto que te ha despertado tantas sensaciones y levantado tantas ampollas. Sobre todo si tenemos en cuenta el ensalzamiento de un tipo de novela estándar, bien cerradita y justita de polémicas. Quien se adentre en Jávea debe saber que, además de no toparse en ningún momento con las aguas que bañan el "paraíso" situado entre Denia y Benitaxell, el viaje literario al que nos invita Alberto Torres Blandina es inclemente, tempestuoso, con su particular Moby Dick, tan terrorífico como lo es el capitalismo en su vertiente más despiadada, elitista e hipócrita. Muchos han tratado de ver en Jávea una suerte de autoficción con rasgos tan peculiares que la hacen destacar entre el millar de libros que ha alumbrado dicho género en los últimos años cuando, en realidad, podríamos hablar directamente de unas memorias en las que su autor ha tomado la decisión de desnudarse ante los lectores, con todo lo que ello conlleva, pero con la intención de no salir indemne, en lo que al proceso de escritura se refiere. Tal vez, el hecho de haber publicado una autobiografía (con sus pequeños toques de ficción allí donde la memoria no alcanza a observar con claridad) con cuarenta y cuatro años resulte, cuanto menos, reprochable, un ejemplo de narcisismo, dirían algunos, propio de ciertas autoras/es que que parecen más tweetstars que cronistas con los pies en el suelo. Sin embargo, lo que Blandina nos ha regalado a los lectores ha sido la maestría, tanto temática como estilística, de un escritor que, basándose en su propia experiencia, aprovecha para reflexionar - no sin mala leche - algunos de los temas que pivotan al rededor su propia literatura: el poder del dinero y la infelicidad del ser humano a pesar de tener a su disposición todos los medios para poder dejar de serlo. 


Como ya he comentado, aquí Jávea no aparece como tal más allá de esa construcción que ese Alberto niño se monta en su cabeza, la de un chaval que quiere pasar los veranos en un chalet en dicho municipio en lugar de quedarse en Sagunto, su pueblo, con la misma gente, en la calle de siempre. La geografía urbana de esta localidad próxima a Valencia y con el paisaje del castillo en lo alto, el barrio del Raval en las faldas, las ocres rocas del Palancia a un lado y los restos de la Gerencia y los Altos Hornos en el horizonte como telón de fondo, Blandina nos teje una infancia donde cabe todo, incluso los trapos sucios de una familia de perdedores - de la guerra civil y del sistema - de trabajadores, humilde, en donde la sombra de la enfermedad mental y los reproches de una madre al hijo narrador (con injerencias y correcciones dignas de ser mencionadas en cualquier clase de escritura creativa) sobrevuelan un monólogo que, sin tregua, te avasalla en su continua sucesión de anécdotas - algunas tan extremas que a veces dudas de la veracidad de las mismas - cavilaciones y etapas quemadas o que, de algún modo, no llegan a cerrarse nunca. Seguidamente el lector será testigo de su paso por la universidad, esos curros para podérsela permitir - esa cadena de montaje como metáfora del trabajo alienado y con el que el protagonista se desprende de muchos prejuicios - esos otros trabajos en el extranjero, su condición de viajero empedernido, su amistad con otros escritores de la escena local - desde un retrato pulp muy desenfadado y costumbrista - su compleja relación con la creación literaria, así como divagaciones varias propias de un discurso que se plasma sin tregua (y sin capítulos, dicho ya de paso) sobre el papel. Dentro de este retrato crudo, a veces deformado, deconstruido y plagado de unos ricos claroscuros - la vida misma, por si no había quedado lo suficientemente claro - sobresale el gran tema principal, o mejor aún, los diferentes subapartados de los que deriva la madre y razón de ser del libro: el dinero. Poderoso caballero y elemento fundamental a la hora de crear esa invisible pero abismal línea que separa el privilegio de quien, o bien no tiene nada, o bien tiene que currárselo mucho para llegar a aspirar a algo parecido a ese amigo, conocido o ser que aparece por la tele sin ocultar su privilegiada posición. Por supuesto, no hablamos de ostentación (que los hay) pero sí de la hipocresía de cierta juventud que, aún siendo ideológicamente de izquierdas, disfruta de su rebeldía sabiéndose seguro, protegido y, en el caso de que la caída sea estrepitosa, sabiendo que un buen colchón económico llamado "padres ricos" lo salvará del abismo. El problema no está en la cuna, el linaje o la suerte de haber nacido en una familia con el suficiente dinero como para permitirse un chalet en Jávea. La cuestión sobre la que deberíamos estar debatiendo, y que considero que Torres Blandina lo hace a la perfección, es acerca de ese deporte nacional e internacional (ambas modalidades son aceptadas) que es juzgar trabajos o comportamientos que no forman parte del relato fílmico de su día a día. Pues hay gente que se extraña, o encuentra inconcebible, que tengas que ponerte a trabajar para pagar una carrera universitaria, que no hayas encontrado trabajo a la primera, que no quedes con tus amigas a cenar porque, directamente, no te lo puedes permitir en esos momentos, que dejes pasar la posibilidad de ir de viaje al extranjero porque - ¡oh, sorpresa! - tienes que pagar el alquiler o que estudies como una burra una oposición porque es la única forma de encontrar algo estable y que te pueda sacar del club de los que viven con el agua al cuello. ¿Asco de ricos? No. Asco de clasismo, falsedad - o filtros, ¿qué más da? - y de esta sociedad incapaz de hacer autocrítica. Aquí no estigmatizamos a nadie, faltaría más, pero a aquellos que, leyendo estas líneas, se han sentido interpelados, mi consejo es que lean a Torres Blandina. No os lo recetará vuestro médico de cabecera pero, os aseguro que es una una cura de humildad en toda regla y para toda la vida. 

Jávea: una historia de rabia, familia, escape, creación, experiencias, crítica, orgullo de clase, aturdimiento, desahogo... La metáfora de lo materialmente inalcanzable, a no ser que tengas pasta o te dejes tu cuerpo y salud mental sobre esa "Dama de Hierro" que, según dicen, dignifica y al que socialmente hemos convenido a llamar "trabajo". 

Frases o párrafos favoritos: 

"Los pobres no se arriesgan a emprender. Los pobres no se arriesgan a perder."

"Ya mis dieciocho años soy un pedante que se cree superior a todos sus compañeros de trabajo. Esos hombres que, como pueden, rompiéndose la espalda doce horas diarias porque tal vez no tuvieron la oportunidad de estudiar, pagan los estudios de sus hijos. Como mi padre. Como mi madre. Se sacrifican haciendo traviesas o cribando naranja para que sus hijos puedan convertirse en pedantes que los miren por encima del hombro."

Frases o párrafos favoritos: 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Candaya

martes, 1 de junio de 2021

RESEÑA: Sanguínea.

 SANGUÍNEA


Título: Sanguínea. 

Autora: Gabriela Ponce (Quito, 1977) es escritora, directora de teatro y profesora de artes escénicas en la Universidad San Francisco de Quito. Ha publicado el libro de cuentos Antropofagias (2015, Premio del Ministerio de Cultura de Ecuador), el monólogo Cama, entro de una antología teatral Penumbra (2016) y la obra de teatro Lugar (2017, Premio Gallegos Lara). Sus cuentos han aparecido en varias antologías nacionales e internacionales. Forma parte del consejo editorial de la revista digital Sycorax, dedicada a la reflexión y a la crítica cultural. Es parte del colectivo Mitómana/Artes Escénicas y cofundadora de Casa Mitómana, invernadero cultural. Como escritora, directora y productora, ha llevado a escena las siguientes obras teatrales: Tazas Rosas de Té (2016, Premio Dramaturgia Inédita de la Fundación Teatro Nacional Sucre y Premio Francisco Tobar García del Municipio de Quito); Esas Putas Asesinas, adaptación para la escena del cuento de Roberto Bolaño (2015); Caída, Hemisferio Cero (2014). Su obra de teatro Entrada en la Pérdida (2013) ganó el premio internacional Escritura de las Diferencias y fue escenificada en Cuba y publicada en Francia. En el año 2020 publicó Sanguínea, su primera novela que ha sido recientemente adaptada al teatro en el año 2021. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: español. 

Sinopsis: en un entorno de naturaleza agreste y en relaciones salvajes, la protagonista de Sanguínea entre y sale de cavernas y cuerpos, de espacios fantasmales habitados o deshabitados, de vínculos atravesados por la pérdida, la negación del futuro y la esperanza. Sanguínea es el registro del flujo de conciencia y de una crisis íntima: la historia de una mujer que se desliza sobre unos patines por caminos abruptos y trata de enfrentar una deriva amorosa, una inesperada e imposible maternidad y el más doloroso de los desprendimientos. Pero Sanguínea también es una novela sobre la resistencia. De resistencia del cuerpo contra el cuerpo. Una novela de revelaciones turbadoras. Una novela que grita. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, poética, con toques eróticos, íntima, salvaje en lo que al entorno se refiere, corporal, extrema, como un incesante torrente... Nos horroriza la sangre. O al menos a la menstrual. Aquella que mancha bragas y compresas durante unos días al mes. Esa que, cuando llega por primera vez, es sinónimo de acceso a la adultez cuando tan solo eres un niña que no entiende lo que está pasando. La misma que hace que te den calambres en las piernas y sientas miles de bombas estallar en la parte baja del vientre. La que te afanas por ocultar, desde bien temprano, en el colegio, para que nadie sepa que te ha bajado por miedo a posibles burlas. Mismo modus operandi que no dudas en reproducir más allá de la mayoría de edad, en la universidad, en el trabajo, mientras tomas unas cervezas con tus amigos en el bar de siempre. Está tan interiorizado el esconder, como si de un anillo robado se tratara, el tampón en el bolsillo de tu vaquero que parece que hayamos nacido con eso, con una sensación de vergüenza azotándonos sin piedad cada vez que el rojo tiñe la sábana de la cama. Así, a modo de cuadro abstracto sobre lienzo blanco recién estrenado. Hay algo poético en la menstruación, de hecho, no será ni la primera ni la última pieza lírica que lea dedicada al tema, sobre todo de un tiempo a esta parte. Sin embargo, hay quien también ve algo asqueroso, horrible, indigno de ser fotografiado, mencionado o simplemente mostrado en televisión. De ahí que la regla sea azul clarito, y no escarlata, en los incontables anuncios que nos tragamos entre película de sobremesa y programa de actualidad. Publicidad que hemos engullido sin nosotras quererlo, donde las modelos saltan a la comba o hacen el pino, donde la sangre cían se vierte sobre la compresa a cuenta gotas para luego evaporarse - como si nunca hubiese existido - y por supuesto, donde la palabra "tabú" sobrevuela en su patriarcal retórica. Sí, sabemos que son coloridas historias que venden productos destinados a la higiene personal de las mujeres durante el periodo, pero, a pesar de ello, todavía seguimos evitando el tema y tratándolo como si fuera algo innombrable, como el malo de Harry Potter, aquello que está ahí, desde que el mundo es mundo, y a la vez nos afanamos por ocultar - incluso nosotras mismas - bajo términos carentes de profundidad y desprovistos de su crudo realismo. Definir a la novela que hoy tengo el placer de reseñar como un libro sobre la regla  sería completamente injusto. Es cierto que ésta tiene su particular y necesario protagonismo, pero Gabriela Ponce ha compuesto un retablo de temas mucho más amplio, sinuoso, delicado y brutal. Sanguínea: el cuerpo de la mujer como reflexión y campo de batalla. 


Gabriela Ponce, autora de la presente novela, es directora de teatro y profesora de artes escénicas. Un detalle biográfico y profesional que, aunque llamativo, puede pasar desapercibido para el lector menos experimentado y que poco o nada le importe las posibles influencias en la obra de cualquier escritora escritor. Sin embargo, en el caso de Ponce, este aspecto se convierte en algo significativo dado que en Sanguínea la presencia de lo escénico y, sobre todo, de lo físico, es notoria y palpable. Si hay algo que sorprende de la novela es precisamente su concepción teatral dentro de lo estrictamente narrativo. Aquí no hay acotaciones, ni descripciones de las acciones que ejecuta cada personaje, ni una estructura típica que nos haga pensar que estamos ante un texto para ser representado. No obstante, Ponce coloca al cuerpo - de la protagonista y por extensión el de todas las mujeres - en el centro de la obra, del montaje, de lo literario. Como punto cardinal a partir del que salen, como si de disparos se tratasen, reflexiones entorno a lo que éste es capaz de albergar, expulsar, supurar, mostrar. Al igual que una pieza de danza contemporánea - de hecho, no paraban de venirme imágenes de alguno de los muchos montajes escénicos a los que he asistido en calidad de espectadora - Sanguínea discurre, se tambalea, se encabrita, como un caballo desbocado en medio de un prado, en soledad. Su grito es sonoro, resuena sobre el escenario, al igual que los golpes de los brincos y movimientos que la actriz efectúa para goce y disfrute. Su cuerpo, como ya hemos dicho, epicentro del todo, rebosa de emociones imprimidas por la pluma, o dicho de otra forma, por una clara intención de rendir tributo a lo que se puede tocar, acariciar, besar, chupar. Hallando, entre tanto dolor - porque, como bien describe Ponce, el cuerpo sufre - una suerte de belleza sumamente intensa, que no idealizada. Y es tan real que muchas mujeres podemos identificarnos en ello, hasta el punto de debatir entorno a los deseos femeninos en la era del consentimiento, en los marcos feministas que, a pesar de reaccionarias proclamas, resultan enormemente liberadores. A pesar de estar leyendo párrafos de prosa fina y cuasi sensual, no es descabellado imaginarse, por unos instantes, a una intérprete llevar sobre las tablas lo que en ella se narra. Tanto en una declamación a viva voz como a partir de un lenguaje corporal igual de impactante. 


Sanguínea narra la historia de una mujer, una narradora omnipresente que, tras romper con su marido, intenta salir adelante en una huida desesperada hacia adelante siendo ella misma. Lo hace como quiere, como puede, como le nace de dentro. Y en ese tránsito se entrega al cuerpo, al lado salvaje de este, sin cortarse un pelo a la hora de experimentar, fundiéndose con un paraje de naturaleza indómita, entregándose a otros cuerpos - desde el plano sexual y social - en un intento por conocerse, autodescubrirse para, en última instancia, salvarse de lo que no quiere llegar a ser. En un monólogo tan fluido como incesante - como la sangre que recorre nuestro cuerpo - la protagonista nos parapeta frente a una especie de diario íntimo, frente a una confesión torrencial, como la incapacidad de controlar los pensamientos propios, tan vertiginosa como hermosa. A partir de aquí, Ponce da rienda suelta a su creatividad y a su faceta más escénica para mostrarnos escenas impactantes, icónicas, más allá de lo que a la protagonista se le pasa por la cabeza en su abrumador discurso. Dando la sensación de que éstas, por muy narrativas que sean, son capaces de traspasar el papel. En cuanto al contenido, Ponce huye de cualquier conservadurismo al hablarnos de temas altamente sensibles para una mente más cerrada, compacta, intolerante en la mayoría de los casos. Aquí el embarazo tiene una faz azabache que poco tiene que ver con lo que siempre nos han inculcado, incluso de niñas, sobre lo que significa tener a una personita habitando en tu vientre. En la novela la menstruación se ve, se toca, se huele. Un acto de tangibilidad revolucionario que busca una clara visibilización, así como de una concienciación social al respecto. Por fin la sangre es roja y se vierte sobre los muslos blanquecinos, formando ríos, venas a la vista, a plena luz del día, gritando, ordenando ser observadas, sobre todo por los ojos más puritanos. Aquí también hay abandono deseado, renuncia consciente de la maternidad, proponiendo otros modelos igual de válidos, además de una necesidad del derecho a abortar. Tema de intermitente actualidad en los medios de comunicación que, sin embargo, está presente en nuestra palpable realidad. Todo en Sanguínea es sensorial: la casa-cueva, la adopción (otro de los grandes temas del libro), el aprendizaje, los afectos, los duelos íntimos. También el cuerpo: fluidos, sangre, vómitos, semen, lágrimas, leche materna. Y por supuesto lo que provocan: dolor, ardor, deseo, insatisfacción, gula, frío... Todo ello, sin caer en lo ordinario, en comunión y ausencia de cualquier tabú. Como veis, Ponce no se guarda nada en este lírico ejercicio literario ejecutado con mano maestra. Valiente y necesario que busca, al fin y al cabo, que todas y cada una de nosotras dejemos de actuar como si la reprobación fuese nuestra madre y la vergüenza nuestro padre. 

Sanguínea: una historia de liberación, búsqueda, dolor, placer, erotismo, bravío, aprendizaje... De un cuerpo que sufre, llora y sangra; pero que también se eriza y se corre de placer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Y así va cubriendo nuestros cuerpos la noche de un halo de intimidad en medio del cual ambos nos quedamos dormidos: él, ebrio, yo, con una náusea que me despierta cada tanto y me hace correr por trozos de hielo para meterme en la boca."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya

sábado, 19 de septiembre de 2020

RESEÑA: Mandíbula.

MANDÍBULA


Título: Mandíbula. 

Autora: Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988). Máster en Creación Literaria y en Teoría y Crítica de la Cultura, dio clases de Literatura en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Actualmente vive en Madrid, donde cursa un Doctorado en Humanidades sobre literatura pornoerótica. Ha publicado las novelas Nefando (Candaya, 2016) que tuvo una espectacular recepción crítica y La desfiguración de Silvia (Premio Alba de Narrativa 2014). En 2017 publicó el relato Caninos y otro de sus cuentos fue antologado en Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (Candaya 2013). Con El ciclo de las piedras, su primer libro de poemas, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Desembarco en 2015. Forma parte de la prestigiosa lista de Bogotá 39-2017 que recoge a los 39 escritores latinoamericanos con más talento y proyección de la década. Mandíbula (Candaya 2019) y el poemario Historia de la leche (Candaya 2020) son sus últimas publicaciones. 


Editorial: Candaya. 

Idioma: castellano. 

Sinopsis: Una adolescente fanática del horror y de los creepypastas despierta maniatada en una cabaña en medio del bosque. Su secuestradora no es una desconocida, sino su nueva profesora de Lengua y Literatura, una mujer joven a quien ella y sus amigas han atormentado durante meses en un colegio de élite del Opus Dei. Pero pronto los motivos de ese secuestro se revelarán mucho más oscuros que el bullying a una maestra: un perturbador amor juvenil, una traición inesperada y algunos ritos secretos e iniciáticos inspirados en esas historias virales y terroríficas gestadas en Internet. 

Su lectura me ha parecido: exuberante, poética, terrorífica, cruel, apabullante, con influencias literarias especialmente acertadas, una prosa en estado de gracia, extremadamente violenta... Acababa de salir de la librería en la que trabajaba - y sigo trabajando - cuando decidí, por fin, iniciar la lectura del presente libro. Junto a la cartera, el bonobús, la botella de agua, el móvil y algunos tickets con la tinta borrada la novela de Mónica Ojeda compartió trayecto y espera en el almacén. A la hora de almorzar no dudé y me lo llevé al horno donde normalmente la empanadilla y el café caliente suelen levantarme un poco el ánimo de cara a una nueva tanda de jubilados curiosos, señoras que piden libros que jamás tendremos y estudiantes que arramblan con las estanterías de psicología, autoayuda y política. Era una fría mañana de febrero, así que el café debía estar oloroso, calentito, y la empanadilla rellena de morcilla, cebolla y membrillo. Un capricho invernal, que queréis que os diga. Esperé mi comanda sentada en un taburete, con el hielo impactado sobre mis mejillas. Ojalá hubiese cerrado la puerta, pero al ser un horno, el dueño estaba en su derecho a dejarla de par en par, por si aparecían nuevos clientes a los que colocar una tarta de calabaza casera. Recuerdo la foto de rigor, para el Instagram, en plena era del postureo millenial. No me juzguéis, los que me conocéis sabéis que yo no hago nada sin contenido, sin una labor de documentación y de reflexión previas, sin un toque de ingenio que, a las doce del medio día, había entrado en una pequeña crisis creativa. En esas estaba cuando, tras haber dejado atrás unas pocas páginas, casi me atraganto con el hojaldre de la empanadilla. Una frase, ahí, situada de esa forma, explícita, apabullante y bella al mismo tiempo, terrible en el buen sentido, impactante. Era tan fuerte a nivel descriptivo y gráfico lo que estaba leyendo que por un momento dudé en si continuar engullendo aquella suculenta mezcla, o por el contrario, dejar a medias mi idolatrado aperitivo de media mañana. ¿A qué se debía aquel repentino dolor de barriga? ¿Acaso había conseguido aquella autora con su forma de narrar que el membrillo se me hiciese bola y anudar con fuerza mis dos intestinos? Anonadada me hallaba. Perpleja. En estado de shock. Durante el resto de la jornada en la librería no dejé de pensar en ello, en las sensaciones que me había provocado y en que estaba deseando que cayera la noche para ver con qué artificio literario me sorprendía. Pero sobre todo, si mis piernas temblarían de nuevo ante lo poderoso de sus palabras. Hoy, varios meses después y una vez reposada, me adentro en la oscuridad, en los relatos ultraviolentos de internet y en la cabaña gore para hablaros de Mandíbula: el cruce perfecto entre H. P. Lovecraft, Stephen King, Slenderman y José María Escrivá de Balaguer.


Para entender un poco mejor la razón de ser de Mandíbula - titulazo al canto por cierto - debemos tener en cuenta, o al menos conocer un poco, dos aspectos fundamentales. El primero de ellos tiene que ver con el contexto, y es que la verdad sea dicha. No se puede entender el éxito de Mónica Ojeda - recordemos, escritora y académica ecuatoriana - sin mencionar, aunque sea brevemente, el esplendor de las letras latinoamericanas actual. Caracterizado por ese brillante acercamiento a tradiciones literarias hasta entonces poco vistas o en algunos casos inexistentes en esa parte del globo, anclarlas al territorio en cuestión y por estar capitaneado, fundamentalmente, por una serie de autoras (muchas de ellas conocidas a nivel internacional) que han conseguido elevar sus preocupaciones, así como las de sus respectivos países de origen, al panorama literario mundial. De hecho, en algunos círculos intelectuales ya se está empezando a hablar de un nuevo Boom de la literatura latinoamericana comparable en talento y en ventas al que todas y todos conocemos acaecido a mediados del siglo XX. Con la gran diferencia de que esta vez son ellas las que están empuñando la pluma. Con todo esto, no debemos olvidarnos de las pioneras, las que durante la primera generación de autores que traspasaron fronteras con sus novelas - Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Bioy Casares, Mario Vargas Llosa y compañía - estuvieron injustamente a la sombra de sus compañeros de profesión. Gabriela Mistral, Rosario Ferré, Mavel Moreno, Pita Amor, Eunice Odio y sobre todo Elena Garro - cuyo caso es especialmente sangrante - asentaron las bases y han servido de inspiración a esta nueva generación de autoras que, como un manantial, beben de su influencia así como de su constante reivindicación y rescate del ostracismo. Son muchas, muchísimas por fortuna, pero dadas las características de la presente reseña y el género que va a protagonizar, enumeraré solamente las autoras adscritas al terror o al misterio pertenecientes a este nuevo Boom. La cabeza más visible, como no podía ser de otra manera, sigue siendo la argentina Mariana Enríquez - cuyos relatos de miedo y su primera novela de reciente publicación han conquistado a lectores del otro lado del charco - pero no debemos pasar por alto a escritoras como Jacinta Escudos (El Salvador), Fernanda Melchor (México), Ariana Harwicz (Agentina), Guadalupe Nettel (México), Samantha Schebwlin (Argenina) o la propia Mónica Ojeda; cuya proyección literaria acabo de descubrir y me encantaría seguir aprendiendo de su técnica, de su poética, pero sobre todo, de su ultraviolenta aproximación al terror. 

 
El segundo de ellos nos lo da la trama y una de sus múltiples fuentes de inspiración. Además de esa aproximación a lo sobrenatural desde una cosmogonía propia - heredera, como no, de H.P. Lovecraft - y de ese interesante cambio de roles - en Mandíbula el bullying lo ejercen las alumnas contra la maestra novata - lo que realmente destacaría en el apartado de influencias es su insólito acercamiento a los Creepypastas. Como muchas y muchos de vosotros seguramente no sabréis de lo que estoy hablando, ahí va una pequeña explicación y breve historia de este subgénero del terror. Los Creepypastas son historias cortas de miedo recogidas y compartidas en Internet en blogs, foros o videos de Youtube. Su principal intención es asustar al lector con historias en las que los límites que separan la realidad de la ficción rezuman una inquietante ambigüedad. Sus tramas normalmente parten de leyendas urbanas, aunque también recurren a imágenes de películas, videojuegos o videos supuestamente malditos. En otras palabras, los Creepypastas vendrían a ser los fanfictioners - tan populares en la literatura juvenil - pero de terror. Se cree que su origen está en la década de los 90, cuando los correos en cadena volvieron a los foros de Internet, convirtiéndose en el caldo de cultivo para toda una oleada de escritoras y escritores anónimos (aunque en los últimos tiempos se ha comenzado a reivindicar la autoría y por consiguiente la sucesión de demandas de plagio) irrumpieran con sus cuentos sobre rituales, anécdotas personales muy chungas y, por supuesto, las ya mencionadas leyendas urbanas. Aunque éstas últimas son las más populares - hasta el punto de configurar un género en si mismo - también se popularizaron los Episodios perdidos - en los que se hablaba de copias extraviadas de programas de televisión siempre por oscuros motivos - Videos ocultos - la historia que jamás te han contado de X video viral - o Juegos Malditos - el retorcimiento sanguinolento de los más famosos de nuestra infancia o, en el caso de los videojuegos, contar la historia terrorífica de cierto personaje descartado de la saga -. Sin duda, los Creepypastas más famosos son Jeff the Killer - un adolescente, traumatizado por una agresión perpetrada por tres adolescentes, acaba perdiendo la cordura y asesinando a puñaladas a todo aquel que se cruza en su camino - y sobre todo Slenderman - un ser con una entidad sobrenatural, alto, sin rostro, con las extremidades tentaculares, vestido como un hombre de negocios, capaz de hipnotizar y conseguir que sus víctimas obedezcan sus órdenes, por muy inmorales que sean -. De hecho, fue este segundo personaje el que acabó protagonizando alguna que otra película (la última estrenada en 2018) además de sonadas polémicas en los medios de comunicación estadounidenses al producirse un crimen donde las asesinas - de 12 años ¡ojo! - aseguraron actuar en nombre de Slenderman, que este los había poseído y que les había obligado a cometer dicha atrocidad contra una compañera de clase. En definitiva, clasicismo a la hora de plantear las tramas - ambigua en sus límites ficcionales y extremadamente sangrienta en su forma - pero revolución a la hora de darlas a conocer aprovechando todas las oportunidades que Internet ofrece. De ahí un mayor éxito, sobre todo entre la gente joven, dentro de portales específicos, donde los fans se congregan virtualmente para no perderse una nueva entrega de su Creepypasta favorito. Cuesta creerlo pero lo cierto es que, a pesar del fanatismo que despiertan, es un subgénero (por llamarlo de alguna forma) bastante machacado, sobre todo por las élites de la literatura de terror, de ahí la sorpresa mayúscula. Que de pronto una novela como Mandíbula, en la que sus protagonistas son fans absolutas de este formato - se llega a citar algunos de los más importantes - haya tenido el respaldo de la crítica no deja de evidenciar un notable cambio. ¿Saltarán los Creepypastas de las pantallas al papel en un futuro no tan lejano? ¿De lo viral a lo best seller? ¿Cómo lo verán sus fans? ¿Morirá con la letra impresa o por el contrario cogerá mayor popularidad? El tiempo lo dirá. 


La historia tiene un punto de partida muy sencillo. Clara, una joven profesora marcada por una compleja y traumática relación maternofilial, comienza a trabajar en un colegio elitista del Opus Dei en el que un grupo de alumnas empiezan a ejercer un terrorífico acoso contra ella. Tiempo después de abandonar el instituto ante el incesante ensañamiento, Clara decide secuestrar a Fernanda (la más temeraria) y dar rienda suelta a su sed de venganza, poder, violencia desmedida y psicopatías varias. Esto último como consecuencia de lo vivido en el pasado, cuyo relato trasciende más allá de la acción y que bien merecería una reflexión más larga al respecto. Desde el minuto uno, Mónica Ojeda ya te da las pistas suficientes como para que desconfíes de Clara. Disfrazada bajo una aparente fragilidad y un vestuario anticuado - un inquietante esfuerzo en parecerse a ella o transformarse en ella, muy a lo Norman Bates en Psicosis pero sin la personalidad múltiple - se esconde un personaje dolido, oscuro, que despierta hasta lástima en el lector. Pero a medida que va avanzando el relato te aseguro que desearías no toparte con una mujer así en tu vida. A su lado, Fernanda - en su rabiosa insolencia adolescente - y Analisse - otra de las jóvenes, superdotada y con una inusitada creatividad - parecen querubines en un cuadro de Rafael. Al tiempo que asistimos a la salvaje tortura en una cabaña perdida en el bosque, diversos flashbacks nos trasladarán al Colegio Bilingüe Delta, al espeluznante bullying y a las reuniones de las chicas en un edificio abandonado para rendir culto al Dios Blanco de la Edad Blanca en un rito sadomasoquista que explora la violencia magmática de la adolescencia  y que no deja de ser todo un homenaje a los citados Creepypastas. Es ahí donde entroncamos con Lovecraft y con los relatos de Internet mientras que, en la acción acaecida en el presente, nos sumergimos en un un estilo más cercano al Carrie de Stephen King. Su variedad de registros es soberbia, al igual que su poesía que, a pesar de ser testigo de imágenes completamente inenarrables, Ojeda abre una obertura, un pequeño circulo de luz sobre la asfixia de la sábana, entre las cuerdas rodeando las muñecas o reflejada en la sangre de las heridas. Ante esto último permitidme una advertencia, si sois aprensivas/os, vuestro umbral del dolor es bajo o si os ponéis límites a la hora de leer según que cosas, mi recomendación es que os entrenéis antes de adentraros en Mandíbula. Sé que cada lector es un mundo, que puede que lo leáis y os quedéis igual o que flipéis a lo bestia - aunque con pausas para poder descansar la cabeza de tanto horror - pero ahí queda. Espero no haberos asustado. Dicho esto, sólo me queda señalar, además de la brutal crítica que Ojeda hace del sistema educativo de su país y de ese homenaje explícito a lo más exploit de la literatura de terror, dejarme apuntar esa oportuna lectura acerca del poder de los hombres ausentes. De esas figuras masculinas que, a pesar de no existir o tener un papel minoritario (un profesor de teología, un psicoanalista mudo...), no dudan en imponer su mirada moral sobre cualquier aspecto de la vida. El ejemplo más paradigmático es, en el caso de esta novela, el de Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus fallecido en el año 1975 que, sin embargo, está presente en cada estampita, en cada sermón, en cada misa, en cada retrato del instituto, observando a la par que imponiendo su extremista visión de la iglesia católica. Ante ello, las mujeres de este texto se revuelven bajo unos postulados reaccionarios y machistas con sutileza, bajo una fingida contención que acaba explotando en la violencia más absoluta. En otras palabras: ante la asfixia, puñetazo limpio. 

Mandíbula: una historia de horror, bullying, madres estrictas, hijas reprimidas, adolescentes perturbadoras, elitismo, golpes, gritos, dolor, cuentos de miedo en blogs... Valiente apuesta. Léanla. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Todas las voces eran norias de cadáveres en su cabeza."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Candaya