Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 12 de marzo de 2022

RESEÑA: El palacio de hielo.

 EL PALACIO DE HIELO


Título: El palacio de hielo. 

Autor: Tarjei Vesaas (1897-1970) nació y creció a la orilla del lago Vinjevatn, en Noruega, rodeado de una idílica y solitaria naturaleza que influyó en toda su obra literaria. De carácter muy sensible, quedó marcado para siempre por la destrucción de la que fue testigo durante la Primer Guerra Mundial y la culpabilidad que sentía por haber decidido en su momento no hacerse cargo de la granja familiar. Entre sus estudios y el servicio militar encontró tiempo para seguir escribiendo novelas, poesía y teatro, y finalmente, en 1923, consiguió publicar Hijos de humanos, que le abrió definitivamente las puertas de su carrera literaria. Fue tres veces candidato al Nobel de Literatura y hoy es considerado uno de los mejores escritores noruegos del siglo XX. La literatura de Vesaas, con una aparente sencillez, rebosa simbolismo y poesía y conjuga a la perfección el paisaje noruego con la psicología de sus personajes. Es autor de novelas como El palacio de hielo (1963), Los pájaros (1957) y Los vientos (1953). 


Editorial: Trotalibros. 

Idioma original: noruego. 

Traductoras: Kristi Baggethun y Mª Asunción Lorenzo. 

Sinopsis: esta es la historia de dos niñas de once años que, aunque son muy diferentes, sienten una conexión muy especial desde el primer momento. Esta es la historia de una promesa y de un palacio de hielo con laberintos pasillos, inmensas salas y bosques encantados en su interior. Esa es la historia de Unn, que se adentra sola en el palacio de hielo y desaparece, y de Siss, que busca contra el tiempo y el olvido. 

Su lectura me ha parecido: envolvente, sutil, potente, con tintes mágicos, pausada pero no por ello aburrida, lírica, sobrecogedora... A veces tengo un sueño recurrente. Me veo a mi, quieta, abrigada hasta las cejas y en medio de un bosque nevado. El frío me paraliza. Muevo los dedos de las manos para que la sangre siga circulando, ya que en ese primer golpe de irrealidad, creo estar petrificada. El paisaje me es familiar. Siempre pienso que es el monte que rodea el pueblo de mi infancia, aquel por el que corrí y perturbé con gritos de júbilo mientras rodaba ladera abajo o al tiempo que las palmas de mis manos, enfundadas en unos llamativos guantes rojos, acariciaban el hielo convertido en un amorfo muñeco de nieve. Pero bien podría ser otro lugar, más lejano, Islandia tal vez. No es descabellado pensar que mis deseos viajeros se cuelen en mi subconsciente, como señal de que necesito salir de mi ciudad de sol y playa que, aunque la adoro, una siente que debe abandonarla al menos por unos días, semanas, meses si el dinero no fuera un problema. Comienza a nevar, los copos se posan en mis pestañas, creando una cortina de hielo entre molesta y hermosa. No estoy de foto, ni mucho menos, de hecho estoy deseando huir de allí. Adoro el frío, pero en mi recurrente ensoñación éste se convierte en mil agujas clavándose en mi blanca piel forrada de capas y más capas. Algo se mueve al fondo, no sé muy bien lo que puede ser, nunca he visto animales salvajes rondar entre los pinos de mi niñez, aunque las historias que se cuentan de generación en generación afirman todo lo contrario. Camino, por fin, en dirección hacia aquello misterioso, huidizo. Timidez embriagadora con aroma a tierra mojada que me empuja a averiguar su forma, esencia, carácter. Avanzo, temerosa, pero firme en mi inquietud. Me pierdo, el silbido del viento es relajante y las copas de los árboles, llenas, arden en deseos por descargar el exceso de nieve acumulada. Me fundo. No me importa. Creo estar a salvo, tranquila, como no lo he estado en mucho tiempo. Ya puede venir la ventisca del siglo y enterrarme bajo toneladas de pálido albor que a mi no me sacan de ese lugar, ni de ese letargo devenido en placer, aunque lo pesadillesco me agarrase con fuerza de los tobillos al principio de esta increíble historia. Lo confieso, las catedrales de hielo - o lo que es lo mismo, las novelas ambientadas en la estación más odiada - me han regalado grandes momentos lectores. Y es que son la ambientación perfecta, tanto si lo que pretendes es construir un relato costumbrista impregnado de gran amabilidad, como si lo que te calienta el alma es retorcer géneros para contar una historia de terror puro. O todo a la vez, ganando en empatía y complejidad narrativa. No, no estamos ante una novela que se caracterice precisamente por darte sustos de muerte, tampoco frente a una en la que lo enternecedor decaiga en cursilería melodramática. Aquí, el frío, viene por la ambientación, el carácter de sus habitantes y, sobre todo, por su peculiar geografía emocional encarnada en dos niñas que, sin duda, harán las delicias de toda aquella lectora o lector que sepa leer más allá de la sinopsis oficial. El palacio de hielo: la no tan gélida naturaleza del duelo. 


Desde la Noruega más misteriosa, rural y evocadora Tarjei Vesaas - recordemos, tres veces candidato al Nobel de Literatura y todo un referente en las letras escandinavas - nos trajo una historia de lo más interesante a nivel argumental y estilístico. La de dos niñas - Unn y Siss - que, sobre sus pequeños hombros, su autor descarga toda la trama y la emoción que ésta acumula en esas 198 páginas. De hecho son ellas, sus diferentes caracteres - una más popular y la otra más retraída - y el suceso que marca sus todavía cortas vidas son prácticamente la razón de ser de una obra, insisto, tan especial como los paisajes en los que Vesaas es capaz de introducirnos. Y es que la naturaleza, así como los cambios climatológicos que acompañan a las cuatro estaciones y sus consecuentes impactos sobre la misma, no solo vehiculan el devenir de los acontecimientos, también acompañan a la perfección las emociones que experimentan tanto los personajes como el propio lector al acercarse a ellas. En El palacio de hielo abundan las descripciones de dicho ecosistema cambiante, de ese lago cercano al pueblo - helado al principio de la novela que pronto amanecerá con una enorme capa de nieve, anunciando la llegada del crudo invierno - y, por supuesto, de esa cascada congelada y llena de estalactitas a la que el autor bautiza como el "palacio de hielo" (el otro gran personaje del libro) que, como si de una casa encantada gótica se tratase, hace las veces de morada del horror, así como de cofre donde guardar los secretos más inconfesables. La Premio Nobel de Literatura Doris Lessing se refirió precisamente a ese sigilo en su correspondiente reseña que escribió para The Independent en 1993, impresión para nada descabellada teniendo en cuenta la relación que ambas protagonistas establecen bajo los carámbanos de hielo. De unos comienzos algo accidentados en los que se establece una pequeña relación de poder en cuanto a la asunción de papeles (la líder y la sumisa) que puede recordarnos a las inmortales Lenú y Lila que tan bien Elena Ferrante retrató en La amiga estupenda, pasamos a algo más sutil, interesante y adulto como es la tristeza ante la pérdida. Porque, si algo es El palacio de hielo es una oda al duelo y al torrente de emociones que éste provoca, incluyendo ese pedregoso acantilado que hay que escalar hasta llegar a la cima de la recuperación, o de la aceptación, o del "convivir con ello". En este caso, para más fascinación, la poesía parece poseer la pluma de Vesaas, abordándolo desde la más pura de las elegancias, sin provocar la lágrima fácil, pero sí una sensación de amor por esa amistad y por Siss, sobre todo por Siss. La que permanece, la que espera, la que no ha desaparecido en el "palacio de hielo", la que no busca medio pueblo, la que, en última instancia, echa de menos a aquella tímida niña de once años llamada Unn por la que había comenzado a sentir atracción. Sin recrearse en lo morboso, Vesaas nos regala un relato atmosférico, cargado de afecto, ternura, ciertos toques de misterio y un halo de irrealidad constante - a veces parece que derive en una especie de cuento e hadas - que, aupado por una arquitectura agreste, unas protagonistas construidas desde el mimo más enternecedor y un palacio soñado para que, en la mente de cada lectora o lector, adquiera las formas que dicte su personal y desbordante imaginación. Y es que la literatura, en toda su grandeza, está no solo para trasladarnos a lugares inauditos, también para cultivar aquellos huertos que creíamos sembrados de conocimiento. 

El palacio de hielo: una historia de amor, amistad, vivencias traumáticas, caminos sombríos, nieve, paso del tiempo, heridas que sanan, infancia, aprendizaje... Larga vida a Tarjei Vesaas y a Trotalibros Editorial que, en tiempos de crisis y shocks mediáticos, consigue apaciguar nuestras volátiles curvas emocionales cargadas de sobreinformación, tragedias y demás sorpresas con clásicos a reivindicar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La oscuridad a los lados del camino. No tiene ni forma ni nombre, pero el que anda por ahí nota que aparece, que le persigue y le hace sentir arroyos corriendo corriéndole por la espalda."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Trotalibros Editorial

jueves, 2 de julio de 2020

RESEÑA: Cuentos imprescindibles.

CUENTOS IMPRESCINDIBLES

Título: Cuentos imprescindibles. 

Autor: Egar Allan Poe (Boston 1809- Baltimore 1849) es una de las figuras clave de la literatura moderna. Tras el abandono de su padre y el fallecimiento prematuro de su madre, Edgar fue acogido por el matrimonio Allan, una familia rica de Richmond (Virginia). Tras estudiar en la universidad de Virginia, el autor se enroló una temporada en el ejército y posteriormente comenzó a escribir, por motivos económicos, relatos y crítica literaria en algunos periódicos locales de la época, llegando a ser reconocido en el ambiente como un autor de estilo caustico y elegante. El influjo de su obra se puede rastrear la raíz de muchos de los géneros actuales más populares, así como en numerosísimos autores posteriores, desde Charles Baudelaire a Julio Cortázar. Aunque es mayoritariamente conocido por su obra cuentística, Poe también escribió Narración de Arthur Gordon Pym y El cuervo y otros poemas. Adicto al alcohol, su cuerpo sin vida fue encontrado en una calle de Baltimore a la edad de cuarenta años. 

Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: inglés. 

Traductor: José Luis López Muñoz. 

Sinopsis: Los cuentos de Edgar Allan Poe fueron desde su publicación un hito y referente inexcusables en la literatura fantástica, de misterio y de terror. Este volumen reúne sus Cuentos imprescindibles, todos aquellos de los que se ha oído o se pude oír hablar alguna vez y que han ejercido unánime fascinación sobre generaciones de lectores. Desde El pozo y el péndulo a El corazón delator, desde La caída de la casa Usher a Bernice, se concentra en estas páginas, como en un hipnótico frasco robado del laboratorio de un viejo alquimista, la quintaescencia de su genio. 

Su lectura me ha parecido: apasionante, reflexiva, terrorífica, controlada, intensa, sugerente, genuina, gótica, misteriosa, fantástica, pesadillesca, universal, influyente, sensitiva, un torrente incesante de inspiración... Siempre me ha obsesionado la muerte de Edgar Allan Poe, incluso antes de estremecerme con ese corazón que late bajo el suelo de madera, de admirar el incendio de la mansión de los Usher o de, dicho de forma coloquial, flipar lo más grande con la resolución del caso del crimen de la calle Morgue. Si hasta la idea de escribir un relato sobre aquellos últimos momentos de vida antes de encontrarse cara a cara, como si de uno de sus protagonistas se tratara, con la parca todavía sigue rondándome insistentemente. No se si sería el mejor homenaje, pero al menos lograría una aproximación a la decadencia del genio, cuya oscuridad - hablar de luz sería totalmente ridículo - se iluminó en el momento en el que dejó de existir, en el instante en el que se supo que jamás volvería a atemorizarnos con su pluma gatuna o alada. Me lo imagino caminando a trompicones, vagando por los callejones de la vieja Baltimore, tal vez con una botella de absenta en la mano, escuchando a lo lejos el gentío de cualquier taberna de mala muerte. Se decía que días antes había tenido un encuentro fortuito con una antigua amante, que las deudas lo exprimían, que los acreedores lo perseguían, que los cuentos y poemas que escribía ya no le daban para pagar todo lo que debía, que alternaba episodios de felicidad absoluta con intentos de suicidio. Si hasta cuenta la leyenda más macabra y morbosa que el propio Poe le pidió a María Clemm - tía y suegra al mismo tiempo y único familiar con el que mantenía contacto - que muriese a su lado. Tras la alcoholizada odisea, Edgar Allan Poe fue hallado a la mañana siguiente - el 3 de octubre de 1949 - tirado en el suelo y vistiendo unas ropas que no eran suyas. ¿Ataque cardíaco? ¿Delirium tremens? ¿Epilepsia? ¿Sífilis? ¿Cólera? ¿Asesinato?... Nunca lo sabremos. Dicen los que lo encontraron que su estado rozaba el delirio, que estaba falto de ayuda y atención inmediata. La leyenda recogida especialmente por Julio Cortázar - sin duda, uno de sus más dignos sucesores - apunta a un Poe torturado, obsesionado con la figura de un tal Reynolds - ¿el personaje real que le había servido de inspiración para La narración de Arthur Gordon Pym o simplemente un ente ficticio producto de una quebrada creatividad? - al cual no dejaba de invocar constantemente. Al expirar, como bien señala Cortázar, pronunció las siguientes palabras: "¡Que Dios se apiade de mi pobre alma!". Lo cual cuadraría bastante con la peculiar y trágica vida del propio autor. Aunque una servidora es menos épica al pensar que lo último que sus ojos vieron fue la silueta de un cuervo picoteándole la palma de la mano tras haber ejecutado un majestuoso vuelo. Sí, lo reconozco, soy más tenebrosa, siempre buscando resquicios en lo perturbador para confeccionar imágenes poéticas pero impactantes; y eso se lo debo al que considero uno de mis maestros en el complejo y gratificante arte de la escritura. Nunca estaré a su altura, eso lo sé, pero si algún día consigo llegar a transmitir las mismas sensaciones que sus relatos provocaron en mi durante mis años de universidad, entonces habrá merecido la pena pasar tanto miedo. Cuentos imprescindibles: maestro, inspiración, influencia y el causante del mayor grado de pesadillas de la era contemporánea. 


Si hablamos de los cuentos de Edgar Allan Poe es importante, en primer lugar, hablar aunque sea brevemente de algunos aspectos determinantes de su vida - y que sin duda vendrían a confeccionar una personalidad de lo más inquietante - así como de lo que le sirvió como inspiración para crear uno de los volúmenes de cuentos más famosos e importantes de la historia de la literatura. En primer lugar, ya lo he anticipado, la vida de Edgar Allan Poe ha venido marcada siempre por la tragedia y la polémica. Huérfano desde muy pequeño, enemistado con su padre adoptivo por culpa de su afición al juego, al alcohol y las deudas que desde la universidad comenzó a acumular, obsesionado con su madre y su supuesta vida desordenada, sus relaciones románticas poco fructíferas - o acababan como el rosario de la aurora o se le morían, como fue el caso de su última esposa, Virginia Clemm, con la que se casó en secreto cuando ella sólo tenía 13 años y el 26 -, la muerte de la propia Virginia de la cual no se recuperó, sus intentos desesperados por vivir de la escritura, la pobreza extrema, las dificultades para ver su trabajo remunerado, sus polémicas en la escena literaria de la época, el fracaso en su breve incursión en la política, el sueño frustrado de fundar su propia publicación, su intento de suicido ingiriendo grandes cantidades de láudano. Todo ello teniendo también en cuenta su propia muerte, de la cual he hablado en el primer párrafo, que sin duda le confiere ese toque tenebroso y misterioso del que tanto ha hecho gala en su literatura. Por otro lado, y en segundo lugar, no existe escritor sin influencias, sin lecturas, sin esos gustos lectores adquiridos desde bien temprano y que resultaron, en el caso de Poe, tremendamente determinantes. Se cuenta que su pasión por ambientar sus relatos en entornos de fuerte impronta gótica le vino de su corta estancia en un internado inglés, experiencia de la cual el escritor no guarda precisamente un buen recuerdo. Seguidamente, a una edad muy temprana comenzó a escuchar las truculentas historias de los esclavos negros que trabajaban en la plantación de la que era dueño su padre adoptivo. Cuerpos desmembrados, cementerios, fantasmas errantes y demás criaturas terribles poblaban aquella tradición oral de barracón que, en lugar de traumatizar al joven Poe, le causaron gran fascinación. Ya en su etapa estudiantil, el futuro escritor leyó todo lo que se le ponía ante los ojos, no le hacía ascos a nada. Sin embargo, si que sentía especial devoción por una serie de autores a la larga claves para su desarrollo en el terreno del relato. Para empezar, leyó con gran pasión a Bocaccio y Chaucer - sin duda, dos grandes nombres a tener en cuenta si lo que pretendes es dedicarte a escribir cuentos - así como todo lo que pudo de literatura gótica inglesa - especialmente a Horace Walpole, Anne Radcliffe y Mattew G. Lewis -. Lejos de quedarse ahí, el natural de Boston se adentró en otros autores como Daniel Defoe, Walter Scott o Washington Irving; así como en el estudio de los principales científicos de su tiempo como Laplace, Newton y Kepler. Pero si hubo un escritor por el que sentía especial devoción ese era Lord Byron, hasta el punto de tratar de imitar algunos de sus comportamientos más extravagantes durante su juventud. Dicho esto, si juntamos la desdichada - en cierto modo buscada - vida que tuvo, todas las influencias literarias de las que bebió y su talento a la hora de ponerse frente al papel, sinceramente, raro sería que el cuervo adoptivo de Virginia no hubiese escrito, no sólo unos cuentos que estilísticamente y temáticamente son en su mayoría perfectos, también todo ese icónico e influyente ideario que los envuelve. 


Partiendo de la base de que una servidora es muy fan de las ediciones en las que aparece Julio Cortázar citado como traductor, aún así debo reconocer las razones de Alianza Editorial sacando esta edición - en una colección cuyos tres volúmenes restantes versan sobre vampiros, algunos de los mejores textos de Lovecraf y los cuentos de terror de Dickens -. Y es que ha querido reunir los mejores cuentos de Edgar Allan Poe en un solo libro en un intento por no asustar al lector menos acostumbrado a leer clásicos. Sin embargo, en esta noble causa se han dejado unos cuantos textos que igual no hubiese estado mal incluirlos en el presente volumen tales como La carta robada, El misterio de Marie Rogêt o el escalofriante El demonio de la perversidad (que si no lo habéis leído ya estáis tardando). Dicho esto, toca hablar de los que sí que están, de los que el lector podrá disfrutar si lee esta edición. Y es que hay que ser sinceros, los que la editorial ha decidido incluir son prácticamente los más famosos y trascendentes, que obviamente coinciden con los mejores a nivel literario. El propio Julio Cortázar a la hora de traducir y ejercer como editor de los mismos decidió dividirlos en varios bloques en función de los temas que los engloban y que sirven como catalizadores para sus respectivas tramas. A saber: terror, sobrenaturales, metafísicos, analíticos, de anticipación y retrospección, de paisaje y grotescos o satíricos. Sin embargo, y en vistas de que la presente edición poco se amolda a lo que el Premio Nobel argentino estructuró en su día, he preferido ceñirme a una relación más amplia y generalista. La cual me permitirá abordar casi la totalidad de los relatos recogidos en el presente libro de la forma más resumida posible. Dentro de esta nueva ordenación iniciaremos nuestro viaje al origen del mal de la mano de el género de terror. Sin duda, el leitmotiv de toda antología que se reedite de Edgar Allan Poe. Porque si por algo es conocido este escritor es por conseguir que lectores de todas las generaciones pasen miedo, tengan pesadillas o al menos perturbarlos. Culpa de ello tiene su especial talento para la construcción de atmosferas impregnadas de un delicioso estilo gótico - llevado a su Norteamérica de mediados del siglo XIX - su deje poético y por supuesto, esos "punch" en la trama que conducen a algunos de sus relatos a coquetear con el gore o lo sobrenatural. Dentro de esta categoría encontraríamos El pozo y el péndulo - espeluznante  y sangrienta reflexión entorno a la desorientación y la desesperanza de alguien que sabe que va a morir - La caída de la casa Usher - súper actualizado a lo largo de la historia de la literatura y una alegoría al estigma de la enfermedad - El gato negro - el culpable de que a día de hoy todavía asociemos la mala suerte con los felinos de oscuro pelaje - Ligeia - una enorme elegía al duelo y las dificultades para superarlo - La máscara de la muerte roja - curiosamente de pertinente lectura en los pandémicos tiempos en los que nos hayamos - o Entierro prematuro - un título que en sí es un autentico spoiler y que relata precisamente la peor de nuestras pesadillas -. Pero si me lo permitís, dejadme que me deleite unas líneas con El corazón delator. Lo sé, suena muy típico, citado hasta la saciedad, incluso Los Simpsons lo han parodiado en un memorable capítulo. Aún así, a día de hoy todavía me recorre un escalofrío al rememorar aquel breve relato en el que el arrepentimiento y la culpa jamás estuvieron tan bien descritos. Y esa voz, esa primera persona, esa perturbadora personalidad... Una maravilla. 


No estaría siendo justa si me dejase por el camino el otro gran pilar que sustenta la producción cuentística de Edgar Allan Poe. Pues si se le daba de miedo - valga la redundancia - plantear poderosas reflexiones a través de gatos que traen desdicha, verdugos con terribles métodos de tortura o muertos que reviven en forma de fantasmas; también lo clavaba en sus relatos de corte más detectivesco. Tal era su habilidad que Arthur Connan Doyle a su lado era simplemente un aficionado. ¿Y cuáles son los cuentos de este estilo más famosos y que, por descontado, aparecen en la presente edición? Pues tenemos El escarabajo de oro - una historia de obsesiones y criptograma incluido con el que Poe ganó un concurso literario valorado en 100 dólares - y Los crímenes de la calle Morgue - considerado el primer cuento de detectives moderno en el que el detective Auguste Dupin se enfrenta a la resolución de un doble crimen brutal e inenarrable que desafía al raciocinio y a cualquier respuesta lógica -. Detengámonos, si me lo permitís, en este relato, uno de los más memorables del autor, en el que el misterio, la trama policial y esa resolución imprevisible y totalmente salvaje se juntan con el canon que servirá de inspiración para futuras novelas policíacas. Con Auguste Dupin Poe asienta las bases de, por ejemplo, el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle o el Hercules Poirot de Agatha Christie. Es decir, la creación de un detective ingenioso, carismático, inteligente, cuyo método de investigación parte de lo analítico y de buscar al culpable menos sospechoso a ojos del lector y que, por supuesto, siempre sale airoso de cada nueva investigación. Y remarco lo de cada nueva investigación porque la revolución que propició Poe en el género fue el hecho de que este detective pudiese resolver otros casos, dicho de otro modo, protagonizar otras historias. Siempre episódicas eso sí - con un final cerrado y sin posibilidad de desarrollar una subtrama, eso llegará más adelante - pero que en su momento supuso todo un cambio en el paradigma. Dicho de este modo, podría decirse que un norteamericano fue el padre de la novela detectivesca británica, la misma que durante años se ha considerado como la más clásica de todas las vertientes, por lo que muchas autoras y muchos autores cuya fama ha sido estratosférica en este género, le deben prácticamente todo al malogrado Poe. Es una pena que Alianza Editorial no incluyera más relatos de corte detectivesco en esta antología, ya que si una de las intenciones es iniciar a los lectores en la literatura de este autor, podrían haber diversificado más y haber incluido el mismo número de cuentos de terror y de misterio. Así la presentación sería más equilibrada y éste podría tener la libertad de decantarse, si por el Poe más policíaco o por el Poe más sobrenatural. Aunque si me preguntasen mi opinión, sin dudarlo, y a pesar de que amo Los crímenes de la calle Morgue, yo me quedo con su versión más oscura. Una vez vomitados datos biográficos, literarios, concernientes a la crítica literaria y de carácter más personal; creo que queda más que clara mi total admiración por su obra y reflexiones que se desprenden de su prosa extraordinariamente lírica. No me cabe la menor duda que Edgar Allan Poe seguirá creando legiones de lectores, así como de escritoras y escritores apasionados por nuestros mayores temores - H.P. Lovecraft, Robert Louis Stevenson, Charles Baudelaire, Ray Bradbury, Shirley Jackson, Jorge Luis Borges, Alfred Hitchcock, René Margritte, Stephen King, David Lynch, Horacio Quiroga o Marilyn Manson entre otros se han declarado admiradores y deudores de su literatura -. Desde escritores a pintores, pasando por filósofos, poetas, cineastas e incluso músicos. Todos se han visto empapados o influidos por su forma de sacar a la luz lo peor de la condición humana y lo cierto es que la cosa va para largo. A no ser que el coronavirus - y el terror que ha provocado a nivel mundial - inicien un nuevo ciclo en esta siniestra y siempre lúcida tradición literaria. El tiempo lo dirá. Mientras, Edgar Allan Poe seguirá ahí para estremecernos y abrirnos el camino. Aunque sea desde sus perturbada visión del mundo, vistiendo ropa vieja y con síntomas de haberse pasado tres pueblos con el láudano. 

Frases o párrafos favoritos:

"Mientras la contemplaba, la grieta se ensanchó muy deprisa - llegó el feroz soplo del remolino -, la esfera completa del satélite estalló de golpe ante mis ojos y mi cerebro se tambaleó al ver cómo los tremendos muros se desmoronaban - cómo se oía un largo grito tormentoso, semejante a la voz de mil aguas - y cómo el frío y profundo estanque a mis pies se cerraba, hosco y silencioso, sobre las ruinas de la Casa Usher."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Alianza Editorial

jueves, 18 de junio de 2020

RESEÑA: La casa intacta.

LA CASA INTACTA

Título: La casa intacta. 

Autor: Willem Frederik Hermans (1921-1995) fue un prolífico y versátil escritor holandés. Escribió ensayos, estudios científicos, poesía, cuentos y novelas; de ellas cabe destacar El cuarto oscuro de Damocles (1958) y No dormir nunca más (1966). En los años setenta tuvo un papel relevante en el desenmascaramiento de Friedrich Weinreb, que se había lucrado vendiendo falsas rutas de huida a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En 1977, Hermans obtuvo el Premio de Literatura Holandesa, el galardón literario más prestigioso de los Países Bajos. Junto con Harry Mulisch y Gerard Reve, está considerado uno de los tres grandes (De Grote Drie) escritores de la literatura holandesa de posguerra. 


Editorial: Gatopardo. 

Idioma: holandés. 

Traductora: Catalina Ginard Féron. 

Sinopsis: Europa del Este, 1944. Un soldado holandés que lucha con un grupo de partisanos se refugia en una casa abandonada de aspecto señorial durante un cese de hostilidades. La casa está casi intacta por los estragos de la batalla, y el partisano se instala en ella como si la guerra no hubiese tenido lugar: se baña, se viste con ropa que encuentra en el armario, come restos de comida. Cuando las fuerzas alemanas recuperan la plaza y unos soldados nazis llaman a la puerta, él decide hacerse pasar por el propietario de la casa. Pero ¿cómo se las arreglará para mantener el engaño?

Su lectura me ha parecido: breve, sutil, en ocasiones explícita, pesadillesco, original en cuanto a su premisa, contundente, perversa, antipatriótica, antibelicista, universal... Durante la cuarentena huía, como quien escapa de un animal peligroso, de cualquier referencia literaria al interior, al hogar, a las pesadas cuatro paredes de mi cuarto. De ahí que, salvo alguna excepción, la mayoría de las lecturas que me han acompañado en el confinamiento han sido historias que acontecían fuera, más allá de los muros de la gran ciudad, en la Galicia rural, en la Italia bañada por el sol de una tarde de verano, en la California más chiflada que os podáis imaginar, en la gira de un grupo de rock inventado de los años 70, en algún lugar perdido del atlántico tras sufrir un accidente de avión durante la Segunda Guerra Mundial y hasta en un bibliobús que tenía a la mismísima Isabel II de Inglaterra entre sus usuarios más ilustres. Por supuesto, también me he mecido al son de la espiral autodestructiva de los personajes del cómic Hechizo Total, entretenido yendo de un lado a otro de la enorme casa de muñecas ideada por Patricia Esteban Erlés, llorado acompañada de Delphine de Vigan y su Nadie se opone a la noche - sin duda, el mejor libro de todos los que me leí durante el encierro - o partiéndome de risa con la inoperancia de los personajes de Documento 1 - en última instancia, los más apegados a la realidad y a la precariedad crónica de la sociedad actual -. Todos ellos libros en los que el factor introspectivo (y por tanto de reclusión) era imprescindible para poderlos apreciar en todo su esplendor. Sin embargo, siempre trataba de viajar, aunque fuese a través de mi imaginación, a todos aquellos lugares que, por el momento, son imposibles de visitar. Me angustiaba la idea de no volver a pisar la calle en mucho tiempo. Dicho así suena un tanto exagerado, pero sed conscientes de la incertidumbre, el alarmismo y la dramática situación que estaba teniendo lugar en los meses de marzo y abril. Unos hechos a los que estábamos obligados a hacer frente, sin anestesia alguna, sin que nadie nos hubiera preparado o mentalizado para ello. En mi caso, la medicina la encontré en parte en esas lecturas que me permitieron llenar un poco de aire los pulmones y despejar la cabeza de esos pensamientos trágicos que de vez en cuando me asaltaban por la noche o me producían dolor de barriga. Ahora que la desescalada es un hecho - y ya veremos si no nos tendremos que arrepentir de nuestra rapidez a la hora de gestionarla - he creído conveniente redactar y publicar la reseña del siguiente cuento. Un relato de interior, pero también de exteriores. Una narración que oscila entre el oasis en medio del caos y el horror de una guerra que se antoja la más sangrienta de la historia. La casa intacta: el retrato más macabro, helado y despiadado del sinsentido de la guerra.


Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, cabe presentar un poco a su autor Willem Frederik Hermans. Nacido en Ámsterdam en el año 1921, es uno de los escritores holandeses más importantes de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Con inquietudes científicas desde niño, Hermans trató de subsistir con la escritura en los duros años de la reconstrucción, algo que le obligó a desempeñar otros trabajos para poder mantenerse en una Holanda con las heridas de la guerra todavía abiertas. Sin haber participado en ella, su producción literaria está enormemente marcada por ésta. Además, por si fuera poco, Hermans se erigió en la década de los 70 como uno de los responsables a la hora de desenmascarar a Friedrich Weinreb. En este punto, permitidme que me detenga, ya que creo que es muy importante que sepáis un poco de esta historia - ya no sólo como curiosidad histórica, también porque, de cara a la novela que hoy reseñamos, lo encuentro bastante oportuno -. Veréis, el tal Friedrich Weinreb fue un economista y escritor judío que, durante los años de la ocupación nazi en Holanda, se dedicó a vender rutas seguras para los judíos que deseaban escapar del país. Las gente, desesperada, no dudaba en desembolsar grandes sumas de dinero con tal de escapar del horror y de una muerte segura en los campos de concentración. Sin embargo, la  ruta supuestamente segura fue en realidad una trampa para que los judíos cayesen en la trampa y acabasen arrestados por los nazis. Cuando fue descubierto en 1944, dejó su casa y se escondió en el pequeño pueblo de Ede. Tras la liberación y una vez capturado por los aliados, fue encarcelado tres años acusado de fraude y colaboracionismo. Pero no fue hasta 1969 cuando, a raíz de unas memorias publicadas ese mismo año, en las que afirmaba su intención de brindar a aquellos judíos esperanza de supervivencia, además de la creencia de que los Países Bajos iban a ser liberados antes de que los nazis ordenaran la deportación. El debate sobre su culpabilidad o inocencia se extendió durante décadas, llegando a su punto más álgido y acalorado en la década de los 70. Fueron muchos los intelectuales que se mojaron y dieron su opinión al respecto, entre ellos el propio Hermans, que lo señaló como culpable de la muerte de aquellas gentes. Años más tarde, y en un intento de poner fin al debate, el gobierno pidió al Instituto de los Países Bajos para la Documentación de la Guerra que investigase el asunto. Finalmente en 1976, y tras haber realizado un trabajo de documentación, cotejo y entrevistas a los pocos supervivientes que quedaban de los hechos, se presentó un informe en el que se señalaba la falsedad del testimonio que Weinreb plasma en sus memorias, señalando su intencionalidad estafadora y ascendiendo a 70 el número de victimas que la famosa "ruta". Esta pequeña pincelada de historia, que a priori parece no venir a cuento más allá de la opinión del propio autor al respecto, va más allá de lo meramente anecdótico. Ya que me permite a mi como crítica literaria enmarcaros no sólo en la época - asumo que todos la domináis más o menos - también en ese retrato de la maldad en estado puro. Una maldad que, en tiempos de guerra, se expone de la forma más explícita, naciendo del interior de personas que jamás imaginarías, mostrando que no existen límites en cuanto a crueldad humana se refiere. Weinreb supo ocultarla de la forma más retorcida y sibilina, una liga a la que los personajes de La casa intacta jamás podrían aspirar. 



Ambientada en un lugar desconocido de la Europa del este y en pleno apogeo de las hostilidades entre ambos bandos, asistimos a la historia de un soldado holandés - cuyo nombre jamás sabremos - que, en medio de un cese de disparos, decide separarse de sus compañeros partisanos y refugiarse en una casa abandonada y de aspecto señorial. La sorpresa es mayúscula cuando descubre que dicha mansión a penas se ha visto afectada por las bombas o los disparos de metralla, si hasta sigue emanando agua caliente. Una vez en su interior, el soldado se queda a vivir en ella, disfrutando de los objetos y comodidades de sus estancias, así como de las comida que los anteriores dueños no pudieron llevarse a la boca. La situación se le antoja idílica en medio del caos bélico, una especie de oasis en medio del bravo océano. Pero llegan los Nazis, recuperan la plaza y llaman a la puerta del caserón. A partir de ese momento, el soldado deberá fingir ser entonces el propietario de dicho lugar para evitar una muerte segura. Con esta premisa tan atractiva, Hermans ya consiguió que una servidora se interesase por esta novela corta - por no hablar de relato - y eso que, como ya he comentado en más de una ocasión, hacía años que no me adentraba en una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Mi aproximación a ella había sido desde una perspectiva más ensayística, memorialística, más pegada a los hechos que a la ficción que esta puede inspirar en cualquier pluma más o menos talentosa. Una vez vencido el escepticismo, La casa intacta duró pocos días en mi mesita de noche. Lo devoré. Con ansia. Con entusiasmo. Su brevedad fue determinante, pero también la forma con la que Hermans consigue que el lector no despegue los ojos del papel. A pesar de buscar siempre lo lírico en una narración, en esta ocasión adoré la hosquedad de su estilo, sin duda a corde con el contexto y la historia que se narra. Lejos de resultarme molesta, esa sequedad me impactó, me subyugó, hasta el punto de querer atesorar todos aquellos recursos, como si de una clase de escritura creativa se tratara. La casa intacta se adhiere perfectamente a la tesis de que, si quieres contar una historia en la que suceden cosas abominables, las palabras y el tono deben ir en consonancia si lo que se pretende es dejar huella en la memoria del lector. Así que gracias Hermans, gracias por esta lección de estilo. 


Dicho esto, y al hilo de lo ya expuesto, cabe rescatar el término "universo sádico" al que el escritor Cees Nooteboom hace referencia en el epílogo de la presente edición. Y es que en el relato de Hermans la violencia se presenta en toda su crudeza, explícita por momentos, incómoda de leer y que actúa como vehículo natural a lo largo de toda la narración. El lector se enfrenta a escenas inenarrables, atroces, pero todas ellas justificadas de cara a la intención por parte del autor en denunciar el sinsentido de la violencia. Algo que se acentúa si tenemos en cuenta el pensamiento nihilista de su protagonista - sólo ansía sobrevivir a cualquier precio - y la incursión de otros personajes que, independientemente de su posicionamiento ideológico u político, son capaces de cometer las mayores barbaridades en pos de una causa o un ideal en muchos casos maniqueo. Un acercamiento arriesgado pero efectivo que en los tiempos que corren nunca viene mal tener presente, sobre todo si de lo que se trata es de mandar un mensaje en favor de la no violencia cuando, a la vista está, todavía quedan resquicios de intolerancia y de agresiones movidas por el racismo, la xenofobia o la homofobia. Aunque Hermans lo capitalice en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, la denuncia traspasa los límites temporales, alcanzando un estatus universal. Por otro lado, y ya para acabar, señalar la importancia de la casa, y sus características propias, dentro de la historia. Como si se tratara de un personaje más - el más importante diría yo - la mansión en la que el soldado se queda a vivir actúa como refugio más o menos habitable (hay que tener en cuenta que está teniendo lugar una sangrienta batalla y que haya sobrevivido de la forma en la que Hermans nos la describe es por lo menos increíble dentro de la verosimilitud que como lector quieras otorgarle a la novela) frente al terror que se vive a fuera. Al mismo tiempo, cada estancia actúa como un espacio propio, que en ocasiones parece condicionar al protagonista, incitándole a realizar ciertos comportamientos o a la toma de determinadas decisiones. Cuando los nazis irrumpen en sus dominios, la casa dejará de proteger al partisano, mostrando su cara más hostil, dejándole vendido y solo ante el peligro de que descubran su verdadera identidad. Este recurso no es nuevo, de hecho, son muchas las autoras y autores que, desde géneros muy dispares, han concebido novelas o relatos en los que su presencia es absolutamente imprescindible. Julio Cortázar, Edgar Allan Poe, Isabel Allende, Martine Desjardins, Daphne Du Maurier, Shirley Jackson, Adelaida García Morales... La lista es interminable. Nadie puede negar el tirón y las posibilidades de introspección y reflexión que tienen las casas - mansiones, pisos pequeños, apartamentos en la playa, casas perdidas en el monte, adosados - dentro de la literatura. Por lo que no es de extrañar que en los próximos meses, por culpa de la crisis del coronavirus, los lectores asistamos a una avalancha de novelas en las que las estructuras físicas como psicológicas de lo que comúnmente llamamos "hogar" sean elementos protagónicos. Tal vez se cree un nuevo género, una nueva generación que explore la intimidad y lo privado en tiempos de incertidumbre y enfermedad. Conociendo el estilo y una vez leído el relato de Hermans, estoy convencida de que todavía quedan otros puntos de vista que abordar desde lo clásico, aunque dicha mirada parta del interior, de unos ojos que observan el exterior con miedo, sintiendo el peso del techo sobre sus hombros, consolándose de que, al menos, se encuentra a salvo. Al menos de momento.

La casa intacta: una historia de terror, guerra, violencia gratuita, protección, lujos inesperados, ambigüedad, antipatriotismo, egoísmo, supervivencia... Un libro que, en tiempos de desescalada, tal vez nos atrevamos, esta vez sí, a leer.

Frases o párrafos favoritos: 

"Era como si todo este tiempo ella hubiese representado un papel y sólo ahora se mostrara tal y como había sido siempre en realidad: una cueva ventosa, llena de escombros e inmundicia."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones

miércoles, 27 de mayo de 2020

RESEÑA: La falsa amante.

LA FALSA AMANTE

Título: La falsa amante. 

Autor: Honoré de Balzac (Tours 1799 - París 1850) fue uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX. Trabajador infatigable (las cincuenta tazas de café que tomaba al día sin duda ayudaban), elaboró la obra monumental La comedia humana con un objetivo claro: describir la sociedad francesa de manera exhaustiva para "hacerle la competencia al registro civil". Durante un periodo de difíciles relaciones con Madame Hanska, Balzac escribió este alegato sobre la necesidad de una "falsa amante" para ocultar el amor verdadero. 


Editoral: Ediciones Invisibles. 

Idioma: francés. 

Traductor: José Ramón Monreal. 

Sinopsis: el matrimonio formado por Clémentine du Rouvre, una bella heredera parisina, y Adam Mitgislas, un noble tan feo como elegante, vive momentos de éxito y bienestar. Sin embargo, la buena administración del patrimonio conyugal se deben según descubre la esposa, al mejor amigo de su marido, Tadeusz Paz, un atractivo aristócrata polaco. El joven Tadeusz está enamorado secretamente de Clémentine, pero de ningún modo quisiera traicionar a su mejor amigo. Y como tampoco quiere herir los sentimientos de ella, decide inventarse una falsa amante para justificar su fingida indiferencia ante Clémentine. 

Su lectura me ha parecido: breve, apasionada, romántica, irónica, culta, cómica, crítica respecto a la decadencia de los ambientes aristocráticos, con una prosa que fluye a gran velocidad... Señoras y señores, en la siempre tradicional introducción antes de adentrarnos de lleno en la reseña en cuestión, hoy vengo a hablaros de los libros de bolsillo. Efectivamente, los que adquirimos los lectores cuando nos vemos apurados de pasta y que consiguen salvarnos cuando la inquietud lectora asoma tras las estanterías. Su historia es cuanto menos curiosa. La necesidad de publicar libros de estas características - más baratos y destinados a la culturización de las masas - ya existía en la antigua Roma con la aparición de los llamados pugiliares en forma de códice y que podían perfectamente sujetarse con la mano. Tras la invención de la Imprenta en el año 1450 se lanzó la primera colección de libros en pequeño formato pensada para su uso durante largos viajes. La idea fue del italiano Aldo Manucio y fue determinante para que en el siglo XVII una familia de impresores holandeses, los Elzebir, produjesen la primera colección de clásicos de la literatura asequibles para el gran público. A partir del XVIII el libro de bolsillo se convirtió en un producto asociado a la burguesía, sobre todo en países como Francia e Inglaterra, transformando, no sólo las relaciones sociales, sino que provocó la irrevocable transición de la lectura litúrgica - en voz alta y dirigida a un gran número de personas que simplemente escuchaban - a la lectura individualista - en solitario y de carácter introspectivo -. Esto favoreció el surgimiento de los primeros clubs de lectura y a los ilustrados, quienes vieron en este invento la posibilidad de extender sus ideas más allá de las cuatro paredes del salón donde tenían lugar las tertulias literarias. Por aquel entonces se popularizaron las novelas didácticas y los folletines de temática amorosa. Ya en el siglo XIX nos encontramos con los primeros Best Sellers cuya popularidad no entiende de clases sociales. Ejemplo de ello serían los famosos Penny Dreadfuls (historias de baja calidad literaria, normalmente policíacas o de terror que se centraban en lo escabroso y sangriento) los cuales vivieron su particular edad de oro en la Inglaterra victoriana. Sin embargo, la idea de libro de bolsillo tal y como hoy la conocemos se materializó en 1935 con la editorial inglesa Penguin Books - germen de Penguin Random House - conjugando calidad literaria con económicos precios. Pronto la editorial estadounidense Suscher sacó su particular packet book destinado a satisfacer las apetencias lectoras de sus soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En España no fue hasta 1939 cuando la editorial Espasa Calpe lanzó su primera colección de bolsillo bajo el nombre de "Colección Austral" - la cual se mantiene hasta nuestros días -. A estas alturas os estaréis preguntando qué hago hablándoos de los libros de bolsillo así tan arbitrariamente. La respuesta la encontraréis en la novela que hoy reseño - un clásico sin parangón - y en su formato tan asequible y tan pequeño que cabe, y nunca mejor dicho, hasta en el bolsillo del pantalón. Cortesía de Ediciones Invisibles y de su apuesta por sus "Pequeños placeres" que han llegado para quedarse. La falsa amante: una comedia de enredo francesa, polaca y con toques autobiográficos. 


Antes de ahondar y meternos de lleno en el cuento de Balzac, merece la pena ponernos un poco en contexto, y en concreto destinar unas pocas líneas a hablar de La Comedia Humana, ya que La falsa amante no se entiende sin el enorme proyecto literario que a su autor le tuvo tan ocupado. Ante la cantidad de deudas y problemas económicos que arrastraba, Honoré de Balzac - el gran maestro de las letras francesas - se comprometió ante sus editores a escribir un total de 137 novelas. De las cuales, solo pudo escribir 85 debido a su inesperada muerte en el año 1850. Afortunadamente, antes de su pronto fallecimiento, al autor le dio tiempo a ordenar, revisar y glosar algunos textos inacabados. Este ingente volumen de historias serían el germen de La Comedia Humana, las cuales comprendían en cronología desde la caída del Imperio Napoleónico (1814) con la correspondiente restauración de los Borbones a la llamada Monarquía de Julio (1830-1848) y la llegada de la dinastía Orleans. La finalidad del autor, además de plasmar una panorámica histórica digna de admiración, era elaborar un pormenorizado estudio de la sociedad francesa de su tiempo, desde los grandes acontecimientos hasta la vida de los más humildes, pasando por mil y un detalles sociales, políticos, económicos, culturales y hasta culinarios. Convirtiéndose de ese modo en un observador de la vida cuyos escritos, gracias a su estilo extremadamente realista, son clave no sólo para la investigación histórica del periodo que nos ocupa, sino que también supone un acercamiento inaudito hasta entonces desde el plano literario a la condición humana de principios y mediados del siglo XIX. En La Comedia Humana Balzac no distinguía de clases sociales: campesinos, aristócratas, burgueses, comerciantes, prostitutas, panaderos, floristas, médicos, abogados, maestros... Ya fueran más o menos ricos, más o menos estirados, más o menos atractivos. Todo el mundo era sujeto de interés y de creación literaria a sus ojos naturalistas. Ante la enorme cantidad de escritos, el propio Balzac no dudó en clasificarlos en tres categorías: Estudios morales, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Más que nada para hacer más accesibles sus textos a quienes quisieran ahondar en ellos. En el caso de La falsa amante, que vio la luz en 1841 en un periódico, pertenece a los Estudios morales - incluyéndose posteriormente y tras la muerte del autor, a su vez en una subcategoría titulada "Estudios de la vida privada" - siendo asignada el número 13 en la clasificación general de La Comedia Humana. También es importante señalar la muy posible carga autobiográfica que posee este pequeño texto, ya que como se desvela en su sinopsis, parece que Balzac lo escribió en un momento de grandes desavenencias con Madame Hanska, su amante y futura esposa. De nuevo, biografía y literatura al servicio de un lector que debe o bien asumir dicha historia o bien otorgarle un aura de leyenda al rededor de la figura de Balzac. Aunque os confieso que la disfrutaréis más si pensáis que dichas disputas amatorias fueron reales, sobre todo si os gusta el salseo tanto como a mi. 


Ambientada durante los años treinta del siglo XIX, con el telón de la Monarquía de Julio y con el regreso de los exiliados polacos a la capital francesa, La falsa amante cuenta en muy pocas páginas un triangulo amoroso de manual. El compuesto por el conde Adam Mitgislas - un joven feo perteneciente a una dinastía de rancio abolengo y muy aficionado al juego - Clémentine Rouvre - rica heredera y esposa de Adam - y Tadeusz Paz - el administrador del conde enamorado en secreto de Clémentine -. La trama arranca tarde, aunque es delicioso apreciar el detallismo con el que Balzac describe la decadencia de los salones aristocráticos parisinos, tanto que en ocasiones conseguía acariciar con la punta de los dedos el arcaico mobiliario de aquellos lugares o escuchar avivados debates entorno a la política y la economía francesa. No es hasta el regreso de Adam y Cleméntine del fastuoso viaje de novios - para eso vienen de familias de bien - cuando la historia cobra interés al hacer acto de presencia Tadeusz. Justo la pieza que faltaba para que el cuento no se cayese con todo el equipo en tan pocas páginas leídas. Tadeusz, y sus sentimientos ocultos hacia la joven condesa, no olvidemos, esposa de su amigo y principal cliente al que ha sacado de más de un apuro económico y cuya presencia había sido ocultada deliberadamente a Clémentine por parte de Adam, será la chispa que prenda la narración. Una llama que se avivará en el momento en el que Tadeusz finja tener una amante para jugar con los sentimientos de Clémentine a la vez que no levantar sospechas en el juerguista Adam. Haciéndola más interesante, amena y en ocasiones adictiva. Me sorprende usar la palabra "amena" asociada a Balzac, ya que en general Balzac era de todo menos ameno. Bien lo demuestran sus novelas más extensas, algo que por el contrario no sucede en sus obras más cortas. De hecho, personalmente me gusta más el Balzac breve, ya que en ellas parece crecer en ingenio y en la fina ironía que lo caracteriza. Su pluma culta, sublime se eleva hasta alcanzar un lenguaje digno de admirar y del que todas y todos deberíamos aprender, aunque sea para imaginarnos llegar algún día a estar a su altura literariamente hablando, algo a todas luces imposible. Con todo esto, lo que podría haber sido un folletín excesivamente azucarado en manos de un escritor mediocre, Balzac lo eleva a una categoría superior, donde la universalidad del amor es el eje central y en el que, más allá de ser una divertida comedia de enredo - con un exquisito toque glamouroso - de ella se desprenden críticas a los comportamientos de una aristocracia en horas bajas, la decadencia de los valores revolucionarios o la cultura del chismorreo que no distingue ni de personas ni de clases sociales. Por no hablar de sus constantes referencias a la Divina Comedia de Dante Alighieri, del que el propio Balzac era un grandísimo admirador, que riegan de principio a fin la novela. No es sin duda la mejor novela que he leído de él, pero sí una de las que más he disfrutado, sobre todo antes de que el mundo se paralizase a nuestro al rededor de la noche a la mañana. A partir de ahí, pocas veces me atreví con una novela de amor, no quería que sus personajes me recordasen lo mucho que echaba de menos a mi pareja. Hoy vuelvo a ellos, con cautela, sin hacerme muchas ilusiones, sin creérmelos demasiado, pero el hormigueo y el calor en el estómago asoman desde el umbral, esperando que les deje pasar con todas las precauciones del mundo. 

La falsa amante: una historia de amor, pasión, sentimientos ocultos, mentiras para aparentar, salones parisinos, música clásica, poderío... Una novela que convierte lo típico en algo más profundo e intelectual. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El enamorado de Clémentine se encontraba como en el fondo de uno de los abismos descritos por Aliguieri."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Invisibles

jueves, 30 de abril de 2020

RESEÑA: Génie la loca.

GÉNIE LA LOCA

Título: Génie la loca. 

Autora: Inés Cagnati (Monclar, 1937 - Orsay 2007), francesa, descenciente de una familia de inmigrantes italianos, creció en una región campesina en el suroeste de Francia, donde sus padres eran agricultores. Después de estudiar Letras Modernas, trabajó como maestra. Su infancia en un entorno rural tuvo gran influencia en su obra. De un modo u otro todos sus libros exploran este tema (así como el deseo de huir de los ambientes opresivos de la pobreza). Su primera novela Le Jour de congé, ganó el Premio Roger-Nimier en 1973, y Génie la loca, el Premio Deux Magots en 1977. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: francés. 

Traductora: Vanesa García Cazorla. 

Sinopsis: Génie la loca, que fue toda una sensación literaria en Francia a finales de los años setenta, es una novela poderosa, bellísima, y un canto muy singular al amor de una hija, de una niña, por su silenciosa madre. Gracias a la contención de su escritura y la crudeza de su argumento, este libro ha sido considerado como una de las cumbres de la literatura francesa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Rodeada de viñedos, granjas y oscuras cocinas, Marie espera a su madre. Cuando no la espera, corre detrás de ella por caminos polvorientos y campos de labor. A su madre la llaman Génie la loca, y es la «oveja negra» de una buena familia; una madre convertida, para su desgracia, en mujer «para todo», poco más que una trabajadora agrícola que lucha contra el mundo en medio de un silencio propio y, en apariencia, indestructible. Génie es una figura misteriosa e inaccesible a la que Marie, su hija, sigue incansablemente, soñando con hacerla sonreír algún día. Ésta es la historia de un crimen público que nadie condena, pero cuyas víctimas (femeninas, por supuesto) soportan la carga de la vida en un mundo durísimo. A pesar de algunas miserias, nada puede compararse al amor que une a estas dos mujeres. A pesar de la vida, a pesar de la tragedia. (Fuente: Editorial). 

Su lectura me ha parecido: elegante, contenida, rural, elegante, fría por momentos, con una interesante narración no lineal, sobria en su lirismo, una durísima crítica social... Todos los pueblos tienen a su propio "loco", o como ha reproducido hasta la saciedad tanto la literatura como lo audiovisual, su "tonto" particular. Lejos de causar la comicidad rayando el ridículo, el esperpento o el mal gusto estereotipado que podemos ver, por ejemplo, en algunas series de televisión, lo cierto es que no deja de ser una mofa oscura y cruel. Suele retratarse como alguien proveniente de extracción social humilde - incluso desde la pobreza más absoluta - vaga solo, con la cabeza gacha, tratando de pasar inútilmente desapercibido. Se diferencian del resto de habitantes por tener una tara que - visible o invisible - siempre habrá alguien que se la recuerde, convirtiéndose en el perpetuo sambenito con el que tienen que lidiar día sí día también. Además de todo lo mencionado, en la cultura popular se ha asociado siempre con la salud mental, con una infancia traumática o con alguna minusvalía física o psíquica. De ahí que siempre aparezcan armando escándalos, metiéndose en líos o sufriendo el escarnio, burlas, palizas y toda clase de vejaciones por parte de los que consideran que diferente es sinónimo de peligroso. Nos olvidamos que, en muchas ocasiones, el "tonto" o "loco" del pueblo siempre ha sido hombre, cuando, las mujeres también han sido consideradas en muchas comunidades rurales objetos de cuchicheos y humillaciones públicas. Y aún más si la mujer en cuestión se revela contra los estereotipos de género o ansía con aspirar a algo más. Entonces éstas se convierten en "locas", "histéricas", "marimachos", "putas", "brujas"... El listado es extraordinariamente largo. Las más "afortunadas" - entre comillas siempre - sólo tenían que soportar estos graves calificativos, pero las más rebeldes eran condenadas al ostracismo o a la rehabilitación psicológica más terrorífica. Todo para que volviesen a ser las esposas, hijas o madres canónicas, o dicho de otro modo, lo que la sociedad patriarcal espera de ellas. Y si la cosa iba a más el exilio, forzoso o voluntario, se convertía en el horizonte para muchas. No obstante, cabía la posibilidad de que su marginación también se debiese a cuestiones jamás mencionadas, de las que ellas no tenían la culpa y que vienen directamente de la desigualdad de géneros. De esa violencia sexual de carácter heteropatriarcal silenciada y de la que siempre se ha condenado a las mujeres cuando en realidad son víctimas de la misma. Una realidad silenciada que abocaba irremediablemente a la huida, la precariedad y el eterno estigma. Todo eso y más habita, como un corazón palpitante, en la novela que hoy me dispongo a reseñar. Un libro adecuado para los tiempos que corren más allá del Covid, vivo en su crítica y estilísticamente impactante. Génie la loca: crónica, marginación y aislación entre vides. 


Una de las cosas que más he escuchado estos días es la necesidad, por parte de las lectoras/es, de adentrarse en un determinado tipo de literatura concreto para sobrellevar mejor el confinamiento durante el estado de alarma. Muchas y muchos optan por géneros hasta el momento duramente olvidados como el humorístico - hasta entonces el patito feo de toda librería que se precie - el de viajes - cuya relectura seguro provoca una renovación profunda a nivel temático y estilístico - o las novelas de aventuras - que vuelven con más fuerza que nunca -. Tambien, y de forma totalmente paradójica, se está leyendo literatura de terror y ciencia ficción - poniendo especial foco en las ucronías y distopías - como nunca. Y es que como ya comentaré en la siguiente reseña, psicológicamente pensamos que paliaremos nuestros sufrimientos y miedos provocados por la situación actual si observamos que, aunque sea en el plano de la ficción, alguien lo está pasando peor que nosotros. Lo que está claro es que el lector confinado ansía con derribar las paredes de su casa y trasladarse a lugares muy lejandos en los que poder evadirse un rato de las malas noticias, la saturación informativa, los bulos y la incertidumbre. Y aunque, como he mencionado antes, existen ciertos géneros predilectos para lograrlo, las novelas de cariz costumbrista también se convierten en la opción más humilde - y en cierto modo más realista - para marcharte sin que el shock sea abismal. Dicho de otra manera, para que resulte más fácil regresar a nuestro encierro sin caer en dramas traumáticos para la lectora o el lector. En Génie la loca no nos vamos muy lejos, viajamos físicamente y temporalmente a la Francia de mediados de los años 70. Aquí al lado vamos. A un paisaje vinícola perdido entre la Rochelle y Hyères plagado de pequeñas granjas y trabajadores de la vid siguiendo los pasos de Génie (a las que todos se refieren como "la loca") y su hija Marie en su recluida vida en una pequeña granja en la cima de una colina. Estampa que, aunque lejana en kilómetros, nos resulta bastante familiar. Y por si fuera poco nos adentramos en una historia donde, bajo una capa gruesa de discreción, se esconde uno de los relatos más potentes y sombríos sobre la condición femenina en el ostracismo que he leído en años. Así que muy atentas/os porque es posible que tras leer esta reseña. y en el momento que por fin abran las librerías, vais a preguntar a vuestra o vuestro librero de confianza por este texto. Y si no, tiempo al tiempo. 


Como ya apuntaba en el primer párrafo, "Génie la loca" es el mote que recibe Génie - la secundaria silenciosa de esta historia -. Un apelativo que la sociedad rural le ha impuesto no porque tenga una malformación física, ni padezca una enfermedad mental, sino el hecho de haber traído una hija bastarda al mundo en una época y en un lugar en el que tener hijos fuera del matrimonio suponía un escandalo de proporciones bíblicas. Se sabe que, tiempo atrás, Génie pertenecía a una familia rica y acomodada de la zona, pero hasta ellos, sus propios padres, renegaron de ella. Y no, no está loca, Génie conserva la cordura a pesar de haber sido rechazada por su clase social viéndose obligada a una vida itinerante trabajando en la vid en condiciones de semiesclavitud con una hija a cuestas. Lo que está es sola, recluida en la pequeña casa de la colina, alejada del núcleo urbano del pueblo más cercano, donde nadie podía acercarse para insultarla, menospreciarla o hacer daño a su pequeña Marie. Aún así, la gente de los alrededores se aprovecha de su desesperación y necesidad para encargarle las tareas agrícolas más duras. Génie, aunque sabe lo injusto de la situación, las acata con resignación y a costa de su propia salud pensando que algún día el estigma de ser madre soltera acabará desapareciendo. Pero lejos de suceder, Génie acaba aceptando su mote y la condena que ello supone. Los años pasan, nada cambia, Génie sigue siendo "Génie la loca", pero Marie crece y su relación son su madre es cada día más difícil y compleja. A través del punto de vista de la pequeña iremos conociendo la vida en la granja, la dureza del campo, la pobreza hostil, sus amigos los animales y por supuesto la frialdad que su madre muestra hacia ella. Marie ha crecido al lado de una madre que siempre ha rechazado sus abrazos, besos, manteniendo un doloroso e intencionado desapego. Génie quiere a su hija, pero se lo demuestra apartándola de su lado, pasando menos tiempo con ella y esquivando sus muestras de cariño para que la pequeña no acabe heredando su mala fama. Como si fuese un ente contagioso, como si el hecho de pasar tiempo con ella acabase desembocando en los comportamientos por los que todo el mundo la repudia. Esta malsana relación no es comprendida por Marie, quien se tiene que contentar con los juegos que ella misma se inventa y hablar con los animales - se hace amiga de un locuaz pato Bienot y de una ternera ciega con triste final llamada Rose -. Al mismo tiempo, Marie es rechazada por todos los niños de la comunidad. Nadie quiere jugar con ella, su abuelo paterno rara vez tiene detalles con ella y la marginación hace poco a poco mella en su personalidad. Sólo pequeñas muestras de solidaridad femenina - como la declinación de Génie a una proposición - añaden matices a la convivencia, evidenciando que en el fondo los vecinos saben que Génie no se merece el escarnio al mismo tiempo que se ven obligados a guardar las distancias, como si se les pudiese pegar algo de ella. "El qué dirán", como siempre, detrás de estos comportamientos hipócritas. 


A través de una narración no lineal - en la que se alternan dos tiempos cronológicos no tan lejanos en el tiempo - asistimos a los pensamientos de Marie, atrapada entre dos caminos. Por un lado, el de la resignación a permanecer toda su vida en el campo al lado de una mujer que dice ser su madre pero no se comporta como tal a ojos de la pequeña. Y por otro, su capacidad de escapar de la marginalidad a través de la imaginación, de sus conversaciones con los animales, como si soñar despierta le diese esperanzas para seguir adelante. Es entonces cuando entra en escena Pierre, un joven al que Marie conoce en la estación y que poco a poco acaba convirtiéndose en un faro que le guía hacia nuevas perspectivas de futuro. Pero cuidado, lejos de parecerse a los príncipes azules de los cuentos de hadas, Pierre tiene sus propios problemas a los que se enfrenta todos los días. De esta forma la autora se carga la narrativa que tanto nos han inculcado de pequeñas, esa que hablaba de la existencia de hombres valiente y guapos que, guiados por las toxicidades del amor romántico, estaban dispuestos a poner en peligro su vida para salvar a la princesa de turno, la cual, debía aguardar pacientemente a ser rescatada de las garras del dragón, ogro, madrastra o monstruo malvado de turno. Todos tienen problemas, y la vida en la Francia rural parece no ser fácil para nadie. Es tremenda la capacidad que tiene la autora para encoger el estómago del lector con esta doble marginalidad del personaje de Génie. Presentando, en primer lugar, una reclusión física materializada en su encierro en la casa de la montaña, alejada de todo y todos, en un lugar en el que, aunque llegan insultos, se siente un poco más protegida que si viviese en plena plaza mayor. Y en segundo lugar, una reclusión interna, la más dolorosa de las dos y la que comporta mayores sacrificios para ella. Esto se ve reflejado, por ejemplo en la ausencia de voz. Génie casi no habla, y los pocos vocablos que pronuncia son absolutamente necesarios para su propia supervivencia, pero no para su integración como ciudadana y persona dentro de la comunidad. Esta mudez representa la ausencia más absoluta, similar a un fantasma que vaga sin rumbo arrastrando del pie una condena a todas luces eterna. Si no existes automáticamente no eres nada ni nadie, y por tanto, no tienes derecho a vivir plenamente o a relacionarte con la gente, eso está reservado a los corpóreos, no para los expulsados, los apestados, los que permanecen en los márgenes, los que, en última instancia, existen pero nadie quiere verlos. En Génie la loca, Inés Cagnati plantea la doble moral con la que se condenaba a las mujeres por el simple hecho de no amoldarse a los cánones de género, pasando por alto la violencia patriarcal, a todas luces silenciada, causante en muchos casos de la caída en desgracia de muchas mujeres. Hablamos por supuesto de abusos, agresiones, maltratos y en última instancia embarazos provocados por esta cultura de la violación. Pienso que, gracias a su estilo tan contenido para huir del melodrama, esas descripciones sobrias, así como ese poso de crítica feminista a la situación de las mujeres francesas en esa época de la historia conforman una novela en la que, si os adentráis sufriréis - es así, no os lo voy a ocultar - pero merece la pena en el momento en el que aceptas la frialdad estilística de Inés Cagnati y consigues sentir la aspereza de la tierra bajo la palma de tus manos. Al finalizar su lectura, y esto es verídico, querréis regresar a la literatura rural que un día dejasteis de lado por prejuicios sin ningún sentido. Querréis conocer la realidad de las mujeres en el campo, tanto desde el plano de lo ficticio como desde el de la no ficción. Y sobre todo, ya no volveréis a mirar a las mujeres de los pueblos con ese sentimiento de superioridad snob, sino que trataréis de entrar en su mundo y escuchar las historias que con tanto celo han guardado para sí mismas. A lo mejor, de todo esto sale una novela, un poemario, una obra de teatro, un artículo periodístico, un ensayo... Pero eso será en tiempos de postpandemia y reconstrucción. 

Génie la loca: una historia de rechazo, infancia atípica, escarnio, esperanza, claroscuros, imaginación, ternura, injusticia, reclusión... Un libro sobre el poder heteropatriarcal en el campo, una novela sobre mujeres en los márgenes perpetuos de la sociedad. 

Frases o párrafos favoritos: 

   "Cuando atravesaba así el pueblo, cosa que rara vez hacía, pues la mayoría de las veces, para dirigirse a las granjas, lo esquivaba tomando atajos o yendo campo através, la gente se callaba para observarla llegar, pasar, alejarse. No le sonreían. No la saludaban con jovialidad. Ella cruzaba, con la mirada perdida, yo corría tras ella y la gente la miraba.
Si tenían que dirigirle la palabra, le decían: 
    - Génie la loca. 
    Nunca: 
    - Eugene. 
    Ni: 
    - Señora. 
    Siempre: 
    - Génie la loca."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Errata Naturae

viernes, 24 de abril de 2020

RESEÑA: La casa más lejana.

LA CASA MÁS LEJANA

Título: La casa más lejana. 

Autor: Henry Beston (Quinci, Massachusetts, 1888-1968) naturalista y escritor licenciado por la Universidad de Harvard, ejerció como profesor en la Universidad de Lyon durante un año, y en 1915 se alistó en el ejército francés como conductor de ambulancia durante la I Guerra Mundial. En 1918 Beston se convirtió en oficial de prensa de la Marina de los Estados Unidos. En 1928 publicó su libro más conocido, La casa más lejana. Posteriormente se casó con la poeta y novelista Elizabeth Coastworth, con quien se estableció en una granja, en Maine, hasta el final de sus días. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Volcano Libros. 

Idioma: inglés. 

Traductoras: Inés Clavero e Irene Oliva. 

Sinopsis: en 1925, Henry Beston construyó una pequeña casa sobre las dunas de la playa de Cape Cod, en Massachusetts, a la que bautizó como Fo´castle (castillo de proa) porque, al igual que en un barco, desde su amplio ventanal podría contemplar el vasto océano. En 1926, y aunque había pensado pasar allí únicamente dos semanas, Beston permaneció todo un año para capturar con palabras la naturaleza y la misteriosa belleza de aquel paisaje: las migraciones de las aves marinas, los ritmos de la marea, las dunas arrasadas por el viento y la inmensidad del cielo estrellado. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: abierta, minuciosa, sensorial, excesivamente lírica, curiosa, perfecta para quienes tengan la necesidad de un retiro literario... Cape Cod - Cabo Cod en español - es una península situada en el extremo más oriental del estado de Massachusetts, al noreste de los Estados Unidos. Rodeado de pequeñas islas, Cape Cod se formó a partir de un antiguo glaciar situado en el océano Atlántico y solo dos puentes - el Bourne y el Sagamore - permiten a los vehículos acceder al lugar. Su privilegiada situación geográfica, así como la inmensa playa que se extiende a lo largo de todo el cabo ha convertido al lugar en un foco turístico de gran importancia, sobre todo en los meses más calurosos. Sus tierras fueron, durante siglos, hogar de la tribu Wampanoag, la cual comprendían a la perfección los mecanismos del consumo sostenible y el control del paisaje para mantener el ecosistema de la zona en perfecto equilibrio. Por el contrario, Cape Cod también está muy ligado a la historia de los colonos europeos, desde las primeras incursiones nórdicas allá por la Edad Media, hasta las de la Edad Moderna, que a fin de cuentas fueron los que cartografiaron y colonizaron el lugar, sin olvidarnos de la llegada en 1620 de los llamados "Padres Peregrinos" a bordo del Mayflower desde una Inglaterra en la que, por sus credos religiosos, eran duramente perseguidos. Pero Cape Cod también es el escenario en el que emerge, como si de entre la espuma de las olas se tratase, una pequeña casa de madera muy particular. Destaca en medio de la arena y el agua marina por su singularidad y localización, convirtiéndola en una especie de destino deseado para quienes ansían un poco de tranquilidad en su proceso de creación literaria o artística. Los visitantes no dudan en fotografiarla, desde todos los ángulos posibles, maravillados de su existencia, así como de la historia que encierra. Y es que entre sus saladas paredes vivió durante un año entero el naturalista y escritor Henry Beston. Fue él el que con su fuerza y maña consiguió ponerla en pie, pero también uno de los autores que elevó el concepto "naturaleza" a la categoría de "epopeya" a través de un lirismo bello y al mismo tiempo excesivamente recargado. La casa más lejana: un lugar al que escaparse a través de las palabras. 


De nuevo un Nature Writing, de nuevo un digno sucesor de Henry David Thoreau y de nuevo un texto que, por su contenido, no deja de ser interesante de cara al lector menos versado en estas lides. Se podría decir que el ensayo naturalista, intimista y profundamente inmersivo de Beston es canónico dentro del género, dicho de otro modo, que salvo por su estilo - del cual hablaremos largo y tendido - podría pasar por un Nature Writing más de los que últimamente se están traduciendo o reeditando como si no hubiera un mañana. Porque todo sea dicho, el cambio climático y la preocupación cada vez más generalizada entorno a él han contribuido a que, de la noche a la mañana, las librerías amaneciesen con nuevas secciones tipo "ecología" o "naturaleza", consiguiendo una popularidad sólo antes vista con los ensayos feministas o de temática LGTBI. Sin embargo, cada vez que esto sucede, el lector puede toparse con ensayos que de verdad merecen la pena - y que incluso pagarías por leerlos - o con un montón de morralla sin pies ni cabeza y que no hay por donde coger su correspondiente lectura. Por fortuna, La casa más lejana no llega a ese extremo de considerarse un libro del montón dentro del aclamado género, de hecho está considerado un autentico clásico del mismo - hasta el punto de definir a su autor como el heredero de Thoreau -  pero como lectora asidua, que no fan número uno de esta literatura, no ha conseguido entusiasmarme. Y es que su estilo narrativo no puede ser más lírico, extremadamente lírico. Adoro la poesía, últimamente no leo tanta, pero cuando lo hago las sensaciones que experimento a continuación son en ocasiones indescriptibles. Por eso aplaudo cuando una autora o autor usa elementos poéticos en el terreno de la prosa. Me parece un ejercicio de estilo y de personalidad literaria brutal, y si la o el que está detrás responde al nombre de Virginia Woolf por ejemplo, la novela en cuestión se eleva a una categoría superior. Como si de una deidad del Olimpo se tratara. El problema viene cuando esa prosa lírica se lleva a extremos imposibles, cuando superas el límite de la contención y acabas cayendo en la exageración. Eso mismo es lo que en ocasiones le sucede a Beston en La casa más lejana, que trata de atrapar a través de su pluma la máxima expresión poética de la naturaleza que le rodea, que en ocasiones se pasa de frenada. Como ya he dicho, adoro las imágenes idílicas que solo la poesía puede crear, pero es que Beston lo vive tanto, lo siente tanto y lo atrapa tanto que más que una observación subjetiva parece más un éxtasis al borde del colapso. Dicho esto, y tras haberme sincerado en este espacio de crítica y opinión, debo señalar algunos aspectos que salvan al texto de Beston de ser un libro intrascendente para el lector. Ya que, entre otros muchos aspectos, es tal el estudio pormenorizado que el autor hace de la flora y fauna de Cape Cod y la forma tan divulgativa que usa para trasladar dicho conocimiento que sin duda cualquier persona de este planeta es capaz de acceder sin dificultad a él. Beston atraviesa las nubes, examina la línea del horizonte, hace una fotografía de los comportamientos de las aves migratorias, disecciona el sonido de una cigarra. Su pureza es digna de admirar. Trazando una invisible línea entre la naturaleza y lo urbano que, según el propio autor, jamás debimos traspasar. Aquí pueden surgir diversas opiniones al respecto, pero lo cierto es que, como animales cada vez más tecnológicos y desapegados de lo manual, a lo mejor no es mala idea regresar, de vez en cuando, a esos orígenes que nos recomponen en cada exhalación de aire libre de agentes contaminantes. 

Durante estos cuarenta días - efectivamente, ni en mis peores pesadillas soñaba que llegaríamos a cumplir una cuarentena entera encerrados en casa - he tenido tiempo para leer, escribir, aprender cosas nuevas y sobre todo para bloquearme frente al ordenador o ante cualquier circunstancia. La cabeza se me llena de un humo gris, espeso, feo. Capaz de emborronar cualquier motivación con la que haya amanecido. La saturación de información en ocasiones puede conmigo y no tengo más remedio que ocupar mi cabeza en realizar otras tareas ajenas a lo creativo y estrictamente literario. Actividades que no me hagan pensar mucho ni darle vueltas a la cabeza. De lo contrario, en ocasiones puedo llegar a colapsar. De ahí que la lectura se haya convertido en mi huida cuando la niebla se espesa más y más. Ya lo era en el pasado, antes de la pandemia, antes del estado de alarma, antes de que mires donde mires todo te recuerda inevitablemente al acontecimiento histórico más importante de los últimos años. A decir verdad todas y cada una de las novelas que me he leído entre las cuatro paredes de mi habitación han supuesto una regulación o desahogo de las emociones, esas que, al igual que cualquier montaña rusa, sufren continuos y bruscos altibajos. Unas me han gustado más, otras un poco menos. Unas las he soportado hasta su agónico final, otras la trama se convertía en un cohete ultrasónico hasta evaporarse de entre mis manos. Se que cada persona es un mundo, una vida y unas circunstancias que nos hacen únicos en medio de una sociedad hoy encerrada en cómodas jaulas de oro. Pero es cierto que existen un tipo de historias que, más allá de lo bien que estén escritas o de que los personajes te atraigan más o menos, consiguen evadirte por unos minutos de esta asfixiante y terrorífica realidad. Son aquellas cuya capacidad de trasladarte a lugares más allá del gotelé o las acristaladas ventanas es digna de ser aplaudida por todas y todos nosotros. Hoy en día no hace falta imaginarse estar en la típica playa paradisiaca de arena blanca y opulentas palmeras, ni callejeando por el impresionante casco antiguo de cualquier ciudad europea a la que desearíamos viajar una vez finalice el confinamiento. Basta con evocar los elementos básicos de la naturaleza para teletransportarnos a, como bien señala Beston a lo largo de todo el libro, a la esencia perdida, a ese contacto con la naturaleza que poco a poco hemos ido perdiendo por el camino. Siento envidia sana de los niños, sobre todo los de las zonas rurales, los de esa "España vaciada" que antaño restábamos importancia, ridiculizábamos o ignorábamos deliberadamente. Al menos tendrán un bosque cerca, un camino por el que pasear, un prado en el que poder escuchar la banda sonora de pinos mecidos por el viento, gorriones revoltosos y abejas en plena polinización. Unos sonidos conocidos por todos que, en tiempos de pandemia, se hacen más necesarios que nunca. 

La casa más lejana: una historia de exploración, experiencias, reflexiones, observación, poesía, iniciación, conexión, comprensión... El libro de la evasión en medio de la crisis. 


Frases o párrafos favoritos: 

"El océano brama, pálidas briznas y jirones de nube gélida azotados por el viento deslizan sobre las dunas, y los corremolinos sueñan en equilibrio sobre una para, con la cabeza despeinada y bien hundida entre las plumas."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!