Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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martes, 10 de septiembre de 2019

RESEÑA: Fruitlands. Una experiencia trascendental.

FRUITLANDS
UNA EXPERIENCIA TRASCENDENTAL

Título: Fruitlands. Una experiencia trascendental.

Autora: Louisa May Alcott (Germantown, Pensilvania, 29 de noviembre de 1832 - Boston, 6 de marzo de 1888) fue educada en el campo junto con sus hermanas, bajo la influencia de su padre, el filósofo Amos Bronson Alcott, y varios amigos de este, como Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne y Henry David Thoreau, de cuyo pensamiento se empapó desde la infancia. Debido a la pobreza de su familia, empezó a trabajar muy joven, ya fuera como maestra, costurera, institutriz o criada; también buscó compensación económica con su literatura: por ejemplo, a los dieciséis años escribió una serie de relatos para Ellen Emerson, que en 1854 serían publicados bajo el título Flower Fables. En 1860 empezó a escribir, bajo pseudónimo, para la revista Atlantic Monthly, y, durante la guerra de Secesión, entre 1862 y 1863, fue enfermera en el Hospital de la Unión en Georgetown, donde contrajo la fiebre tifoidea, algo que afectó a su salud el resto de su vida. Las cartas en que refería sus experiencias como enfermera, publicadas bajo el título Hospital Sketches (1863), la lanzaron a la fama. Su primera novela, Moods, se publicó al año siguiente, y en 1865 se marchó a Europa, para volver dos años después y asumir la dirección de una revista para niños, Merry’s Museum. Pero el verdadero éxito le llegó con la publicación de la novela autobiográfica Mujercitas (1868), una obra que escribió por encargo de su editor y en la que se aprecia uno de los temas más importantes de Alcott: la educación de las mujeres durante la juventud. Más tarde escribiría Una muchacha anticuada (1870), Hombrecitos (1871), Ocho primos (1875), Rosa en flor (1876) y Los chicos de Jo (1886), también inspiradas en sus experiencias como educadora. En otra línea más adulta, produjo una serie de novelas y ensayos de gran valor publicadas bajo pseudónimo, como Fruitlands (1873; Impedimenta, 2019) o Un Mefistófeles moderno (1887). Durante toda su vida, Alcott fue una entregada defensora de los derechos de la mujer, abogando en sus ensayos por el derecho al voto, y también apoyando la causa abolicionista. Pasó sus últimos años de vida en Boston, Massachusetts, donde murió en 1888, días después del fallecimiento de su padre. (Fuente: Editorial).


Editorial: Impedimenta.

Idioma: inglés.

Traductora: Consuelo Rubio Alcover.

Sinopsis: Massachusetts, finales de 1840. Los Lamb acaban de llegar por fin a su edén particular: una comuna que profesa la filosofía de los trascendentalistas (la de Thoreau y Emerson). Allí, planean vivir apartados del resto de la sociedad, alimentándose de la tierra y siguiendo los principios de la belleza, la virtud, la justicia y el amor, en su búsqueda de una existencia perfectamente armonizada con su entorno y las demás criaturas de Dios. Todo parece sencillo y amigable en ese bosque lleno de intelectuales bienintencionados, pero quizá necesiten algo más que filosofía para sobrevivir: ¿cómo harán frente al crudo invierno de Nueva Inglaterra? ¿Acaso saben algo sobre el mundo del pastoreo y la agricultura? ¿Qué ocurrirá cuando lleguen las primeras tormentas? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, amena, irónica, tierna, entrañable, claramente autobiográfica, toda una sorpresa... Que triste resulta, en ocasiones, lo mal que están planteadas algunas asignaturas durante una etapa tan importante como la ESO desde el punto de vista más práctico, ese que sólo depende única y exclusivamente de quien tome las riendas del temario, de quien, desde su voz de docente, tiene el poder de remover conciencias o despertar en las alumnas/os una necesaria sed de conocimientos. Si alguien me hubiese advertido de lo que sucedería en segundo, cuando el profesor que teníamos en Sociales - interesante palabra para englobar materias como geografía, historia e historia del arte - inexplicablemente pasó por alto todo el tema de la Edad Moderna. Ni los Reyes Católicos, ni el descubrimiento de América, ni la dinastía de los Austrias, ni el Conde Duque de Olivares, ni Lutero, ni la Reforma, ni la Contrarreforma, ni el Luteranismo, ni el Calvinismo, ni el Anglicanismo, ni los Tudor, ni Richelieu, ni los Medecci, ni Luis XIV, ni la Guerra de los Treinta años, ni las Provincias Unidas,  ni el Imperio Germánico, ni la confección de las monarquías absolutistas, ni el auge de la burguesía de las ciudades, ni la revolución científica, ni el renacimiento, ni el barroco, ni el humanismo... A la larga, aquella falta de conocimiento se asemejó a una especie de agujero negro, un hueco en blanco que no sabíamos como rellenar para entender las características de la era contemporánea, igual de apasionante, larga y compleja. Que suerte la mía, por otro lado, haber tirado de un aprendizaje autodidacta para poder engarzar una realidad histórica con la otra. Lo mismo me sucedió con la historia de género, esa gran olvidada en los institutos y que tanto cuesta introducir en la universidad, esa imprescindible perspectiva que debería estar presente en todos los ámbitos educativos, absolutamente todos. Porque si estudiamos que las españolas pudieron votar por primera vez en las elecciones de 1933, lo lógico también sería explicar el proceso y la lucha que llevó conseguirlo. Las figuras históricas de mujeres se erigen y caminan, a paso firme, decidido. Algunas de ellas, son capaces de transformarlo todo, romper esquemas, incluso alterar la visión que tenía al respecto. Louisa May Alcott es sin duda una más, pero desde hace un tiempo, también es la responsable de que en mi estantería abunden más títulos suyos, más ensayos, más cuentos de terror... Porque para mi Alcott era sinónimo de Mujercitas, sin ser consciente de la impresionante biblioteca que, pluma en mano, ha conseguido regalarnos al mundo. Y de entre todos ellos, un ejemplar único y de obligado conocimiento como lo es Fruitlands: la crónica de un fracaso anunciado, pero también de un aprendizaje vital.

   Antes de adentrarnos en la reseña propiamente dicha, es importante situarnos tanto cronológicamente como espacialmente. Así como entender, muy brevemente, las claves del filosóficas que Louisa May Alcott aborda en este breve ensayo. Para empezar, tal y como versa la sinopsis de la presente edición, Fruitlands fue una comuna fundada en 1840 en el estado de Massachusetts (EEUU) inspirada en las ideas de Henry David Thoreau y muy especialmente de Ralph Waldo Emerson siguiendo los principios de belleza, virtud, justicia y amor; además de la máxima de aprovechar los recursos que la naturaleza ofrece para poder sobrevivir. Esta pequeña sociedad - cuyos valores parecen anticipar los del movimiento Hippie de mediados de los 60 del siglo XX - no se puede entender sin el contexto histórico que la rodea, coincidiendo con la aparición y boom de los falansterios o las sociedades utópicas de efímero éxito (especialmente abundantes en Francia e Inglaterra), con la transformación de las ciudades a causa de la Revolución Industrial (y con la consiguiente aparición de la conciencia de clase y el movimiento obrero), con la irrupción del Segundo Gran Despertar en Estados Unidos (cuyo éxito auspició la aparición de, entre otros, los Mormones, los Adventistas o los Discípulos de Cristo) y muy especialmente con la difusión y posterior interpretación del trascendentalismo. Partiendo del fundamento trascendental planteado un siglo antes por el filosofo alemán Immanuel Kant - los elementos no son cognoscibles en sí mismos, sino a través de una estructura cultural, temporal u espacial que dicho objeto proyecta sobre el mundo - los trascendentalistas americanos utilizaron ese principio para argumentar en diversas publicaciones la verdadera independencia del individuo a través de la intuición y la observación directa de las leyes de la naturaleza. En otras palabras, que el contacto con los elementos más primigenios de nuestro planeta  (plantas, tierra, montañas, ríos...) proporcionará al ser humano el acercamiento a lo puro, a la verdadera fuente de vida; la cual, como no, era identificada como Dios. Sendos libros plasmaron, con notables variaciones, estas ideas. El Walden de Thoreau es probablemente el más importante e influyente, dado que en lo que llevamos de siglo no ha parado de reivindicarse y servir de inspiración para la causa ecologista. También lo fue en su momento - aunque menos conocido en la actualidad - Ensayo sobre la Natualeza de Emerson, el cual traemos a colación dado que Fruitlands no hubiese tenido razón de ser sin las tesis definidas en dicho texto. Tesis que tanto a Emerson como Amos Bronson Alcott (padre de la futura autora de Mujercitas) unieron, dando como resultado una relación de amistad y admiración mutua.

   En lo que al brevísimo - por desgracia - ensayo se refiere, comenzaremos diciendo que sorprende la ligereza de su lectura. Hasta el punto de que en ocasiones casi te olvidas de que estás dentro de un texto escrito a mediados del siglo XIX, lo cual, desde un punto de vista siempre subjetivo, puede generar debate y diversas opiniones. En ese sentido, también cabe señalar las principales particularidades del presente libro, que no son otras que su extraordinaria versatilidad y la posibilidad de que el lector se aproxime a él desde la óptica que más le interese en ese preciso momento. De ahí que recomiende, encarecidamente, una segunda o una tercera lectura. No por la dificultad de comprender su contenido - la cual en esta ocasión es inexistente - sino para poder tener una percepción más amplia de lo que Louisa May Alcott nos quiere decir, o más bien describir. Para empezar, y en primer lugar, Fruitlands se puede leer desde una óptica puramente filosófica, dado que desde la primera página la autora ya te está poniendo en la tesitura de exponerte, de la forma más sencilla posible, los principales pilares ideológicos de la comuna en la que la autora vivió con su familia cuando tenía diez años de edad en el año 1847. En aquel bosque de intelectuales americanos - apartados de los males de la civilización y subsistiendo de los recursos que la naturaleza podía proporcionarles - todo parecía sencillo y amigable, hasta que llega el invierno, las primeras lluvias, la manifiesta inexperiencia en el terreno del cuidado del campo y las paradojas respecto a los bienes de consumo básicos. En otras palabras, que comienzan a aflorar - y nunca mejor dicho - las contradicciones por las que toda sociedad utópica acaba fracasando estrepitosamente. Unas contradicciones que provocaron división, enfrentamiento, enemistades y la pronta disolución de la comuna en menos de siete meses de vida. En Fruitlands, Alcott defiende, de hecho no se entendería su producción literaria sin las ideas de Thoreau y Emerson - a quienes por cierto tuvo como mentores y amigos - pero también evidencia la realidad, la imposibilidad, al menos por el momento, de llevar a cabo dichas ideas a término. En segundo lugar, el lector podrá disfrutar de este libro desde una mirada más estilística, dado que, como la autora ha mostrado en más de una ocasión, es capaz de defenderse y moverse como pez en el agua en varios campos de la creación literaria. Desde el ensayo más puro - con recursos particularmente novelísticos - hasta la ficción más encomiable (dado el grado de empatía y ternura que despiertan sus personajes que, aunque bajo nombres ficticios, sabemos que responden a los de sus propios padres y hermanos), pasado por un manejo interesante del formato "diario" que le sirve a la autora para narrar su corta experiencia trascendentalista en Fruitlands.

   En último lugar - y a mi juicio lo más importante - Fruitlands es un texto histórico en su naturaleza así como en su concepción. Histórico a dos niveles: respecto a su contenido y en relación con el estudio de una época determinada del pasado. Hay críticas que definen a Fruitlands como un compendio de documentos - ensayísticos, ficticios, visuales, personales... - agrupados bajo una clara intención, la de dar a conocer la existencia de las comunas claramente precursoras del ecologismo y la lucha medioambiental. Algo que, todo sea dicho, en los tiempos que corren no viene mal. Sin embargo, yo añadiría algo más, ya que no podemos pasar por alto el increíble valor que tiene su publicación para el campo de la historia. Para empezar, como he comentado antes, en su interior encontramos varios elementos de gran interés. En primer término, un texto claramente autobiográfico que - aunque emplee características propias de la ficción como recurso narrativo - nos ilustra sobre las diferentes corrientes de pensamiento, la cotidianeidad de las familias de la época, las claves de su supervivencia bajo los códigos trascendentalistas, el propio contexto histórico, la opinión acerca de algunos de los grandes personajes que dieron lugar a este experimento social,  así como, y esto es hilar muy fino, la propia personalidad de la autora. Seguidamente, un breve diario, fundamental para entender lo que sucedía desde la óptica de la propia autora, que recordemos, por aquel entonces tenía diez años, y en el que podemos apreciar todos los aspectos anteriormente nombrados desde una perspectiva más personal e íntima, lo cual no deja de generar interés en quien esté sobre todo interesado en indagar en las profundidades de la sociedad norteamericana de mediados de siglo XIX. Y por último, dos documentos históricos impresionantes: una selección de las cartas que intercambiaron Amos Emerson Alcott y Charles Lane - fundadores e integrantes de la comuna - que recogen sus disertaciones filosóficas sobre Fruitlands y un plano donde podemos apreciar los terrenos en los que se situó geográficamente el proyecto fruto de un puñado de filósofos más preocupados por las ideas que por las cuestiones prácticas. Todo ello confluye, ordenadamente, en armonía bajo un título y una clara intención, la de proveer al lector del conocimiento de un problema histórico a penas conocido y que en los últimos parece experimentar un claro auge; y por supuesto, la de descubrirnos, una vez más, la cara menos conocida de Louisa May Alcott. Una autora talentosa, inteligente, feminista y convencida de la capacidad de la educación para remover conciencias que quiso mostrarnos, a través del presente texto, el origen de su pensamiento, de sus inquietudes, de su forma de mirar el mundo y plasmarlo sobre el papel.

  Fruitlands: una historia de experiencias, buenas intenciones, intelectualidad, enfrentamientos ideológicos, contacto con la naturaleza, problemas, paradojas, fracaso, aprendizaje... La experiencia trascendental - y germinal - de Louisa May Alcott.


Frases o párrafos favoritos:

    "-¿A qué parte del trabajo se siente más predispuesto usted? —preguntó la Hermana Hope, con un destello divertido en sus sagaces ojos.  
    - Esperaré a que me sea revelado. Ser por encima de hacer, esa es la gran meta a alcanzar, y a ella llegaremos profesando una voluntad resignada, nunca entregándonos a la actividad caprichosa, pues esta última es un obstáculo para todo crecimiento divino —respondió el Hermano Timon.  
   - Eso pensaba yo. —La señora Lamb soltó un suspiro bien audible."  

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

lunes, 28 de mayo de 2018

RESEÑA: El espectro del abad.

EL ESPECTRO DEL ABAD

Título: El espectro del abad.

Autora: Louisa May Alcott (Germantown, Pensylvania 1832- Boston 1888) hija del reformista pedagogo Amos Bronston Alcott, su infancia y adolescencia transcurrió en los círculos trascendentalistas de Boston y de Concord (Massachusetts), siendo alumna de Emerson y de Thoreau, cuyas enseñanzas humanistas ejercieron una gran influencia en su pensamiento y en sus obras literarias. Tras el fracaso de su padre en la fundación de una comunidad utópica en Harvard, Louisa se vio obligada a impartir clases y a trabajar como costurera y asistenta. Sin embargo, éstas circunstancias no le impidieron desarrollar una carrera literaria que abarca más de trescientas obras, entre las que destacan. Mujercitas es su obra más conocida, y la que le permitió saldar las deudas de la familia, pero también destacan Estado de Ánimo, Hombrecitos, Los muchachos de Jo, Un moderno Mistófeles, Un susurro en la Oscuridad o Flower fables (publicado en 1854 y que la convirtió en pionera del cuento de hadas americano). Desde 1868 a 1870 dirigió la revista infantil Merry´s Museum. (Fuente: Pulpture).

Editorial: Pulpture.

Idioma: inglés.

Traductor: Oscar Mariscal.

Sinopsis: reunirse en Navidad es el pretexto que congrega a un grupo de personajes en la antigua abadía, ahora convertida en mansión. Cada uno tiene que lidiar con los problemas propios de su posición: una herencia, un compromiso...Todo queda relegado para juntarse en torno al hogar y contar historias de fantasmas. Pero lo que empieza como un mero entretenimiento, acabará en tragedia...(Fuente: Pulpture).

Su lectura me ha parecido: breve, bien resuelta aunque con un importante cabo suelto, de inspiración victoriana, sencilla, envolvente, clásica, sencilla de leer...Queridas lectoras y lectores, si habéis leído las anteriores reseñas habréis comprobado que últimamente en Jimena de la Almena me he vuelto especialmente monotemática. Y no es para menos, dado el abundante número de libros de terror que inundan las librerías desde hace unos cuantos meses, éste hecho no podía pasar desapercibido en este espacio de crítica y debate. La moda (porque en realidad eso es lo que es, una moda literaria) ha hecho posible dos cosas: la primera, que nuevas escritoras y escritores se estén dando a conocer internacionalmente gracias a novelas o bien de inspiración gótico-victoriana o directamente tratando de emular al mismísimo Charles Dickens. Y la segunda, que muchas editoriales se hayan puesto manos a la obra en la titánica labor de recuperación de textos publicados durante el siglo XIX, de traducción de los mismos y de difusión a través de las redes sociales. Algo que, como no podía ser de otra forma, se ha traducido en éxitos editoriales casi inmediatos. En tiempos de reflexión y en los que la auto ficción y el ensayo copan por primera vez en mucho tiempo el interés de los lectores, parece curioso como un volumen de relatos como Damas oscuras, editado por Impedimenta, haya arrasado en ventas durante las pasadas navidades. Es evidente que como sociedad necesitamos evasión, y este hecho lo demuestra, o tal vez los fantasmas se hayan vuelto a convertir en la metáfora de nuestros errores y mayores temores como sociedad imbuida en la era del ultrasónico progreso. Aunque por otro lado, seguramente haya sido Frankenstein (que este año cumple 200 años) lo que haya impulsado toda esta fiebre por la literatura de terror, algo de lo que su autora Mary Shelley, esté donde esté, estará observando con enorme satisfacción. El libro que hoy tengo el placer de presentaros proviene, al igual que otros textos que he reseñado últimamente, de este trabajo de recuperación, y a diferencia de los anteriores, aunque de inspiración británica, lo escribió una autora norteamericana muy importante. El espectro del abad: un thriller gótico de inspiración dickensiana.


La historia de como El espectro del abad llegó a mis manos es bien sencilla. Sin embargo, debemos remontarnos unos años atrás, al momento en el que mi opinión sobre los libros de Louisa May Alcott era totalmente diferente a la que hoy tengo. Simple, edulcorada, poco profunda, una ñoñada...Todo eso y más me pareció en su momento la película Mujercitas, estrenada en 1994 y la cual no concebimos sin el rostro de la actriz estrella de los 90 Winona Ryder. Esto y el abuso de los anuncios publicitarios por parte de la cadena en cuestión contribuyeron a que ni siquiera consiguiese verla entera. Desde entonces, e invadida por una serie de prejuicios injustificados, pensé casi en el acto que si la película me había resultado especialmente soporífera y cursi, el libro iba a ser tres cuartos de lo mismo. Y así seguí durante unos cuantos años, sosteniendo la certeza de que Mujerecitas era un libro que por sus características no iba conmigo ni con mis gustos lectores de por aquel entonces. Sin embargo, el paso del tiempo puso a cada cual en su lugar, y a mi en concreto en el del arrepentimiento y la vergüenza. Algo que sucedió en el momento en el que me enteré, gracias a Hermida Editores, de que Louisa May Alcott había escrito más cosas que Mujercitas, en concreto una amplia colección de novelas y relatos de terror. Un susurro en la oscuridad fue el primer libro que me leí de esta autora norteamericana, en parte debido a ese shock que me había producido el saber que Louisa May Alcott no era autora de una sola novela. El resultado de aquella lectura, además de su correspondiente reseña que podéis encontrar si indagáis un poco en el blog, me dejó bastante impactada. No sólo su lectura no me había resultado ñoña sino que además había descubierto a una Alcott que no conocía y que distaba mucho de la idea que me había hecho de ella en la cabeza. Una infancia que transcurre en los círculos intelectuales más alternativos de la época, alumna de nada más y nada menos que de Emerson y Thoreau, directora de una revista infantil de gran éxito, autora de más de trescientas obras, miembro del movimiento feminista en los Estados Unidos, una de las pocas escritoras que puede presumir de haber conseguido éxito en vida gracias a Mujercitas y otros libros como Hombrecitos o Los muchachos de Jo, que tristemente escribió gran parte de su obra bajo el pseudónimo A.M. Barnard e incluso fue pionera del cuento de hadas norteamericano. Además, durante esta pequeña investigación descubrí que Mujercitas precisamente, ese libro que tanto me he negado a leer, reivindica el papel de la mujer en la sociedad del XIX. Así que tras aquel primer contacto con su faceta de autora de terror y tras desmontar esa pirámide de prejuicios que permanecía firme en mi cabeza, decidí que no iba a dejar pasar la oportunidad de conocer mejor a Louisa May Alcott. Por lo que, cuando a finales del año pasado descubrí que la joven e interesante editorial Pulpture había publicado El espectro del abad, no me pude contener. Ya solo con su portada, en la que se aprecia un detalle del cuadro Autum Monring, de John Atkinson Grimshaw, uno de mis pintores británicos favoritos, me habían conquistado. Ahora faltaba saber si el interior, la historia, estaba a la altura de mis expectativas. Reconozco que tardé un tiempo en animarme con su lectura, pero en cuanto lo hice, el resultado no pudo ser más interesante.


Adentrándonos en el apartado puramente crítico comenzaremos diciendo que El espectro del abad presenta una lectura amena, sencilla y en la que no abundan barroquismos de ningún tipo. Algo que sorprende, dada la época en la que fue escrito este libro pero que sin duda nos da dos claves: la primera, que la autora precisamente buscó de forma intencionada un estilo menos enrevesado para atraer a un espectro más amplio de lectores, y la segunda, que aunque estadounidense, Alcott no pudo evitar rendirse ante el atractivo que por aquel entonces suscitaba la literatura victoriana. Es evidente que, si leemos el breve resumen de la contraportada, toda esa influencia de lo que se estaba cociendo literariamente al otro lado del charco, ese reconocible sello, está en cada detalle del libro, en cada página, en cada personaje, incluso en la atmosfera escogida. Sin duda, con todos estas características, El espectro del abad podría calificarse como una burda copia, pero su autora es Louisa May Alcott, por lo que el lector puede esperar algo más allá de los tópicos del género. No hace falta ser muy espabilada/o para no darse cuenta de que tanto el escenario (una antigua abadía reconvertida en mansión en la que habita el fantasma de un abad) y la época (la Navidad) fueron usados en exceso por las escritoras y escritores del XIX. Pero Alcott logra envolverlos en la tensión propia o más bien cercana al thriller, marca de la casa de la literatura estadounidense. Al combinar ambas cosas, las influencias anglosajonas con un estilo cercano y capaz de confeccionar absorbentes tramas de misterio, consigue que este libro no pase desapercibido y mantener constante pulso con los lectores, similar, aunque con clamorosas diferencias, al típico best seller de nuestros días. ¿Qué cuenta El espectro del abad? Algo muy simple.  Los Treherne, una acomodada familia americana que tiene a Jasper Treherne como heredero de la millonaria fortuna, invitan a unos cuantos amigos a pasar las Navidades alojados en su mansión, una mansión que en antaño fue una abadía y que, según la leyenda y las habladurías, está encantada y custodiada por el espíritu de un abad que vaga por los pasillos. Dos de estos parientes, Frank Annon y Maurice Treherne, se disputan el amor de Olivia Treherne. El primero es el mejor amigo de Jasper, hijo de los anfitriones, y el segundo es primo de la propia Olivia. A todo esto se le añade Olivia detesta a Annon y aunque siente cierta predilección por Maurice, ésta acaba haciendo caso a su madre y acepta darle una oportunidad a Annon. La cosa se embrolla más cuando hace acto de presencia el general Snowdon y su jovencísima esposa Edith, la cual se casa con el general por despecho hacia sus dos antiguos pretendientes, Jasper y Maurice, quienes se disputaron su amor en el pasado. Y por si fuera poco, aparece y toma mucha fuerza el drama por excelencia de este tipo de novelas, que no es otro que los problemas de la herencia y las luchas de poder internas para conseguir ser el beneficiado. Y si a todo eso le añadimos la presencia sobrenatural del misterioso abad, tenemos la novela prácticamente resuelta y presentada. De hecho, con esta trama y estos personajes parece que estemos ante una comedia de enredo que ante una novela de misterio y terror, que es lo que en realidad es. No me gustaría contar nada más al respecto, ni lo que sucede ni la importancia del espectro, pues la finalidad de una reseña no es destriparos la historia sino animar o desaconsejar su lectura. Eso si, en lo que a personajes se refiere, si que os diré que sólo Edith me ha resultado ligeramente interesante, el resto no me han dicho nada. No es que no me hayan gustado, de hecho hay que reconocerle a Alcott el trabajo de construcción psicológica de cada uno de ellos y, simplemente que no he logrado conectar con ellos. Por mucho que me hayan gustado los tejemanejes que se producen entre ellos, no han sido especialmente unos personajes dignos de recuerdo. Sin embargo, rompo una lanza en favor de Alcott al encontrarme a lo largo de la lectura con algo muy importante, y es que la presencia femenina a lo largo de la novela es abundante. Una serie de mujeres con fuerte personalidad que simbolizan y demuestran que los personajes femeninos pueden ser igual de potentes que los masculinos. Tampoco podemos olvidarnos del soberbio tratamiento de los escenarios. Esa abadía soberbia y tétrica, ese fuego que invita a los personajes a desnudarse emocionalmente a través de los cuentos de fantasmas, ese espíritu navideño que se traslada a todos los rincones del lugar, esos pasillos interminables por los que el abad pasea perturbado por la presencia de desconocidos en sus dominios...Por último, antes de finalizar este párrafo, me gustaría felicitar a Pulpture, por su valentía a la hora de editar un libro como éste, pero sobre todo, por la espectacular edición, que más allá de la preciosa portada, esconde otras muchas sorpresas en su interior.


En este último párrafo, dedicado a suscitar debate y reflexión entre los lectores, me gustaría dedicarlo en esta ocasión a responder a una serie de preguntas que llevo haciéndome desde que hace unos meses inicié mi aprendizaje intelectual a través de la literatura del siglo XIX, en especial la de tradición anglosajona. ¿Por qué a las escritoras y los escritores británicos de la época victoriana les fascinaba la Navidad? ¿Qué tiene de especial? ¿Por qué es tan importante literariamente? Y lo más curioso ¿Por qué se utiliza como ambientación temporal para las historias de fantasmas? Sé que no estamos ni en las fechas ni en el contexto oportuno, pues el verano como quien dice está a la vuelta de la esquina. Sin embargo, estas preguntas han rondado mi cabeza desde el primer texto puramente victoriano que tuve entre mis manos, que no fue otro que Canción de Navidad de Charles Dickens, probablemente el relato fundador y que inspiró a todos los demás. Tras aquella lectura, incluida en un impresionante volumen junto con otros relatos de temática navideña escritos por Charles Dickens, no paré de darle vueltas a la cuestión, y la verdad, resulta muy complejo. Por un lado, si pensamos en la festividad, todos la asociamos con felicidad, regalos, comida en cantidades ingentes, reuniones familiares, la risa de los niños, la nieve, el árbol, en algunos países el belén, el muérdago, los villancicos, las uvas, los brindis, las felicitaciones, los dulces típicos...Pero también asociamos a la navidad con la meditación, con el poner los pies en polvorosa, con el detenerse a reflexionar y hacerlo en relación con lo vivido durante todo el año. Pensar en nuestros logros, en los errores cometido, en las cosas que quisimos decir y nos callamos, en el aprendizaje adquirido y recordar a las personas que ya no están. Tal vez por eso la navidad sea una fiesta mágica, en la que todo puede pasar y en la que tiene cabida la presencia de elementos sobrenaturales, como por ejemplo, la presencia de espíritus. No debemos olvidar que en Canción de Navidad, al egoísta y desagradable protagonista, el señor Scrooge, se le aparecen una serie de fantasmas en representación del pasado, del presente y del futuro, los cuales le hacen ver al protagonista del cuento lo equivocado que estaba, traduciéndose finalmente en un cambio de actitud para mejor. Los fantasmas, hacen acto de presencia cuando menos nos lo imaginamos, algo que sucede incluso en el mundo real, trascendiendo de lo puramente fantástico. ¿A quién no le ha sucedido que de pronto, y sin venir a cuento, un recuerdo del pasado asalte tus pensamientos y te deje en shock? ¿Quién no ha experimentado la sensación de haber liberado la caja de Pandora tras haber rememorado un acontecimiento vivido? No es casualidad que popularmente se refiera a esos momentos como "fantasmas del pasado", pues aunque aparecen y desaparecen, la sensación que perdura dentro de uno mismo es similar a cuando, en el mundo de la literatura, un personaje se ve sorprendido por un fantasma. Por eso, tampoco es baladí que la Navidad, en donde la fantasía y el recuerdo están más vivos que nunca, sea la ambientación perfecta para que todos esos malos actos y remordimientos se materialicen en fantasmas. No se si me he logrado explicar correctamente, pero, en resumidas cuentas lo que vengo a decir es que los fantasmas existen, no en forma de seres que deambulan por edificios antiguos como el espíritu de El espectro del abad, pero si en nuestra cabeza, capaces de asaltar nuestros pensamientos y detener el transcurso de la vida unos míseros segundos, y no necesariamente en fechas cercanas a la Navidad. El espectro del abad: una historia de enredo, familia, dinero, amor, ambición, fantasía, presencias sobrenaturales, misterio...Una novela que merece la pena redescubrir en pleno siglo XXI.

Frases o párrafos favoritos:

"Las mentes humanas atesoran más misterios que cualquier obra escrita, y son más mudables que las formas de las nubes en el claro cielo de abril."

Película/Canción: al no existir noticias de una posible adaptación cinematográfica, he optado por adjuntar la pieza de BSO  que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. Espero que os guste y que os dejéis llevar por los oscuros matices de ésta:


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pulpture

miércoles, 4 de mayo de 2016

RESEÑA: Un susurro en la Oscuridad.

UN SUSURRO EN LA OSCURIDAD


Título: Un susurro en la Oscuridad. 

Autor: Louisa May Alcott (Germantown, Pensylvania 1832- Boston 1888) hija del reformista pedagogo Amos Bronston Alcott, su infancia y adolescencia transcurrió en los círculos trascendentalistas de Boston y de Concord (Massachusetts), siendo alumna de Emerson y de Thoreau, cuyas enseñanzas humanistas ejercieron una gran influencia en su pensamiento y en sus obras literarias. Tras el fracaso de su padre en la fundación de una comunidad utópica en Harvard, Louisa se vio obligada a impartir clases y a trabajar como costurera y asistenta. Sin, embargo, éstas circunstancias no le impidieron desarrollar una carrera literaria que abarca más de trescientas obras, entre las que destacan. Mujercitas es su obra más conocida, y la que le permitió saldar las deudas de la familia, pero también destacan Estado de Ánimo, Hombrecitos, Los muchachos de Jo, Un moderno Mistófeles, o Un susurro en la Oscuridad. 


Editorial: Hermida Editores. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Óscar Mariscal. 

Sinopsis: en medio de una realidad desconcertante, producto de una relación amorosa con intereses enfrentados en la que intervienen más personas, la protagonista se encuentra encerrada en una habitación bajo el control médico y mental de un doctor.

Su lectura me ha parecido: interesante, frenética, absorbente, sorprendente, reflexiva, penetrante, desconcertante, mágica, profética...Queridos lectores y lectoras, en esta reseña toca sincerarme un poco, pues, sin duda, ha sido uno de esos descubrimientos importantes a nivel literario, pero también a nivel personal, pues, ésta lectura me ha liberado de algún que otro prejuicio. Me explico, como muchos sabréis, la autora de éste libro es también la autora del famoso Mujercitas, un libro en el que todavía no he tenido la oportunidad de leer, y no ha sido por falta de oportunidades, lo que pasaba es que estaba demasiado influenciada por aquella película de 1994 protagonizada entre otros por Winona Ryder. Una película que, a ojos de una servidora, le pareció de lo más cursi que había visto hasta la fecha, por lo que las ganas de atreverme con Mujercitas no fueron muchas la verdad. Sin embargo, toda esa negativa opinión y todos esos prejuicios infundados saltaron por los aires cuando me topé con la lectura que tengo el placer de reseñar. Fue entonces cuando se desvaneció todo, como por arte de magia, y esa edulcorada visión que tenía de la literatura de la autora desapareció de un plumazo. Por todo ello, os aconsejo, queridos lectores y lectoras, que no juzguéis una lectura antes de hora, se que es difícil, y más cuando hay muchos condicionantes en el terreno literario y cinematográfico, sin embargo, y os lo digo por experiencia, hay que darle el beneficio de la duda, pues, al igual que me ha sucedido con ésta lectura que hoy os presento, a lo mejor descubrís esa lectura sorprendente que tanto habéis estado esperando. Un susurro en la Oscuridad: la sorpresa literaria con mayúsculas. 


La historia de como Un susurro en la Oscuridad llegó a mis manos para convertirse, entre otras cosas, en el primer libro que inicia esa colección de novelas bien colocadas y ordenadas en mi adorada estantería, fue sencilla, sin ambargo, como ya he mencionado en la introducción, las cosas no fueron fáciles en un principio. Como os he comentado, una servidora, tenía una serie de prejuicios anteriores con respecto a la literatura de Louisa May Alcott, todo ello si haber leído nada, simplemente con el recuerdo de una adaptación cinematográfica, algo que no me perdonaré. No obstante, y tras esa primera reseña surgida con Hermida Editores, eché un vistazo al catálogo y de pronto, Un susurro en la Oscuridad se presentó ante mis narices. Lo primero que pensé, y la verdad, me arrepiento de ello, fue "¿Louisa May Alcott? Madre mía, ¿cómo tiene que ser ésto?", pero contra todo pronóstico y tras leer la sinopsis y algunas valoraciones por parte de otros compañeros de la blogsfera, me quedé impactada, pues, no era la trama que me esperaba encontrar, me sorprendió gratamente, tanto que al final, sin una servidora apenas creerselo, acabé pidiendo el libro a la editorial. Tardé un poco en iniciar ésta lectura, lo reconozco, sin embargo, desde que abrí la novela por la primera página, nadie me pudo parar. Si mi impresión antes de leer Un susurro en la Oscuridad fue, como ya he citado antes: "¿Louisa May Alcott? Madre mía, ¿cómo tiene que ser ésto?". En aquellos instantes fue más o menos así: "Que equivocada estaba" seguido de "¿Cómo tanto puede caber en tan poco? ¿Como esa tremenda historia es capaz de llenarte en tan sólo 75 páginas?"


Centrándonos en este tercer párrafo en ofrecer una opinión y crítica al libro, comenzaremos diciendo que Un susurro en la Oscuridad es una de esas lecturas bien estructuradas en todos los sentidos, pues, en ella no sólo se nota esa intención de que ésta tuviese el formato de historia corta-cuento, sino que en lo que respecta al estilo queda todo muy delimitado, muy medido. Esto hace que de éste libro se asemeje a una perfecta obra de ingeniería, en la que todo está en su lugar, en la que los personajes parecen moverse en unos parámetros muy determinados y en la que no sobra ni falta nada, en la que todo está, en definitiva, perfecto en su justa medida. Los personajes, por otro lado, son un pilar fundamental de la novela. Presenta una estructura pequeña en ese sentido, pues son tres los personajes importantes, con un cuarto en discordia y algunos que no existen materialmente pero sin duda, están muy presentes en el relato. Éstos son muy dispares entre ellos y presentan una psicología muy interesante y que marca como puntos de distancia entre unos y otros, un ejemplo de ello sería el carácter infantil, dulce y malcriado de Sybil, la protagonista de Un susurro en la Oscuridad, como choca con el carácter ambiguo y oscuro de su primo Guy o el de su tío. Ésta diferencia tan notable de caracteres sin duda es un recurso que la autora ha llevado hasta casi rozar el límite y que ha permitido trazar una historia interesante y profunda, dejando de este modo al lector, un margen de opinión y discusión muy oportuno. Muy importante, seguidamente es el tono empleado y la ambientación de la novela, Un susurro en la Oscuridad oscila entre una ambientación típicamente de finales del siglo XIX, en la que se insertan elementos góticos y tenebrosos en cierto sentido, y entre un ritmo sorprendentemente trepidante. Ésto, además de crear un entorno ya de por si bello pero a la vez hostil y susceptible a cualquier peligro, con el tono ágil consigue que el lector se meta de lleno en esa casa llena de secretos y que acompañe a Sybil, en un viaje tortuoso e impactante, hasta el final de la novela; algo que sin duda, es un punto a favor de su lectura. Por último y para acabar, solamente señalaré que, Un susurro en la Oscuridad, por los temas que en ella se abordan, representa un descubrimiento, pero también una novedad para la época en la que fue escrito, algo de lo que hablaremos más profundamente en el párrafo siguiente.


Antes de finalizar la redacción de esta reseña, todavía queda por abordar la reflexión final, la cual, tratándose del libro ante el que nos encontramos, será muy pertinente. A diferencia de como he hecho en anteriores ocasiones, esta vez, si los lectores y lectoras me lo permiten, me gustaría dirigir mi reflexión a partir del título del libro, desde Un susurro en la Oscuridad. Pues, amigos y amigas, ¿qué connotaciones puede tener "un susurro en la oscuridad"? Por un lado, alguien puede, y es cierto, susurrarnos en un entorno como bien dice oscuro, ya sea por las circunstancias que sean, ya sea para contarnos un secreto importante, para compartir alguna confidencia, para disimular ante el resto de personas que puedan estar en el mismo lugar, o susurrarnos algo por cualquier cosa, incluso por lo más insustancial del mundo. Pero los susurros en la oscuridad no tienen porque siempre ir acompañados de una buena intención, pues, no todo es amable en esta vida. Puede que nos susurren palabrotas, nos acusen de algo, nos amenacen sutilmente, nos cuenten los trapos sucios de alguien en cuestión, o tal vez, pueden incluso advertirnos del peligro más grande al que uno deba enfrentarse. Sin embargo, éstos susurros en la oscuridad, ya sean favorables o inocentes, perversos o malévolos, también, pueden no ser verdad, pueden no existir, pueden no haberse producido, pueden, en definitiva, ser mentira. Las fronteras o límites entre lo que se considera ficción y realidad han sido un debate muy intenso que ha ocupado las tertulias intelectuales durante muchos años, incluso siglos. Sin embargo, y he aquí la novedad, la aparición de nuevas formas de controlar la mente humana y el uso de sustancias para paliar las enfermedades mentales pueden tener efectos secundarios terribles, y en algunos casos irreversibles, por lo que es fácil que, bajo estos síntomas, podamos escuchar, desde lo más lejano, susurros en la oscuridad, pero ¿son de verdad? ¿o le interesa a alguien, un segundo o todo un sistema, que éstos sean ciertos, aunque sean producto de nuestra imaginación? ¿Es una forma de control social? Piénsenlo. Un susurro en la Oscuridad: una historia de secretos, mentiras, narcóticos, enfermedad, frivolidad, inocencia, pasado...Una novela capaz de tenerte en vilo hasta la última página.

Párrafos o frases favoritas: 

"A sus dieciocho años, Sybil está lista para casarse con su primo, según el pacto alcanzado entre mi hermano y yo, cuando ambos estaban en su infancia. Mi hijo se encuentra conmigo ahora, y me gustaría que estuvieran juntos durante los próximos meses; por consiguiente, mi sobrina dejarla antes de lo que en principio yo pretendía. Hágame el favor de prepararla para una separación inmediata y definitiva, pero deje para mi todas las revelaciones, pues prefiero que la niña permanezca, por el momento, ignorante de la cuestión"

Película/Canción: bajo mi más sincera opinión, debería adaptarse este libro, sobretodo por las posibilidades que éste ofrece. Sin embargo, y para amenizar la espera, os adjunto una pieza que le va como anillo al dedo a la trama, o al menos, eso a mi me ha sugerido:


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores