Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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viernes, 27 de mayo de 2022

RESEÑA: Azucre.

 AZUCRE


Título: Azucre. 

Autora: Bibiana Candia (A Coruña, 1977) es escritora. Ha publicado los poemarios La rueda del hámster y Las trapecistas no tenemos novio, el libro de relatos El pie de Kafka y el artefacto narrativo Fe de erratas. Colabora de manera regular con Jot Down, Letras Libres y The Objective. Azucre es su primera novela y ha sido merecedora del Nollegiu de novela y del Premio de las Librerías de Navarra como uno de los mejores libros de 2021. 




Editorial: Pepitas de Calabazas. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Galicia 1853. El invierno más lluvioso de la historia ha destrozado las cosechas y una epidemia de cólera empieza a hacer estragos entre la población. Orestes, el Tísico, el Rañeta y Trasdelrío, el Comido, Tomás el de Coruña y muchos otros rapaces que anhelan un futuro mejor para ellos y sus familias deciden deciden abandonar sus hogares y partir rumbo a Cuba para ganarse la vida en las plantaciones de caña de azúcar. Pero ese viaje les tiene reservado un calvario que sus cándidas mentes jamás habrían sido capaces de imaginar. Azucre es el relato novelado de la auténtica historia de mil setecientos jóvenes que viajaron a Cuba para trabajar y terminaron vendidos como esclavos por obra de Urbano Feijóo de Sotomayor, un gallego afincado en la isla que, aprovechando la situación de necesidad de sus compatriotas, promovió una campaña de colonización blanca y sustitución de la mano de obra llevada desde África. 

Su lectura me ha parecido: interesante, atípica, condensada, construida a base de impactos, muy visual, lírica, potente, pesadillesca en sus mejores momentos, plural en sus voces narrativas, epopéyica... Mi primer contacto con la historia - disciplina intelectual con la que algunas/os en este país tienen una relación más que problemática - fue, como a muchas y muchos de los que nos apasiona, a través de aquellos primeros ejemplares de la Muy Historia que cada mes devoraba como si de un bocadillo de atún con queso se tratara. Recuerdo el primero, dedicado a los (y las) malos malísimos de la historia. Ejemplar que aún, a día de hoy, guardo como oro en paño - no como aquel dedicado a la historia de la piratería que, misteriosamente, desapareció un verano en el pueblo - y que supuso entonces todo un shock para mi inquieta mente abierta a toda clase de información y aprendizajes. A lo que unos veían como una chorrada o una pérdida de tiempo, yo lo encontraba fascinante, entretenido y una buena forma de pasar el rato cuando el tedio aplanaba los días. Aquel primer contacto me llevó por senderos amazónicos, por una selva llena de criaturas - las y los susodichos personajes malvados del pasado - cuya fascinación se instaló en mi de inmediato. Fue en esas páginas donde descubrí figuras como las de Erzsébet Báthory - "La Condesa Sangrienta" para el común de los mortales - Josef Menguele, Calígula, Irma Grese, Mao Tse Tung, Guy de Rais, Iósif Stalin, Nerón, Pol Pot, Jorge Videla, Adolf Hitler, Leopoldo I de Bélgica y un larguísimo etcétera compuesto por dictadores, generales, reyes, lugartenientes fanáticos, médicos de dudosa ética, aristócratas, empresarios, matrimonios aparentemente "ideales" y anónimos que de pronto se revelan como el "carnicero de" o la "asesina de". Estoy convencida de que ahí empezó mi interés por leer sobre el mal, tratando de buscar la respuesta al porqué de dichos actos a todas luces totalmente condenables, de ahí mi fascinación por esos personajes - en el terreno de la ficción pero que bien podrían haber existido en la vida real - tan amorales y cuyo acercamiento supone un enorme desafío para la o el lector. Por eso cuando me topé, gracias a Bibiana Candia, con Urbano Feijóo de Sotomayor algo en mi cabeza hizo "clic", reconectándome directamente con aquellas perversas figuras que tanto me habían impresionado de adolescente. A pesar de que su presencia es más figurada que física, como esa inquietante mano que mece la cuna (o la política), lo cierto es que bien podría formar parte de una nueva lista, más patria, cercana, en la que figure como uno de los culpables de condenar a la esclavitud a casi 1.500 gallegos tras prometerles una vida mejor en la próspera Cuba de mediados de siglo XIX. Azucre: la terrorífica travesía hacia un aciago y vil destino. 


Algo se mueve dentro del terreno de la novela histórica cuando textos como los de Dacia Maraini - veterana escritora italiana que consiguió plasmar las emociones de un mundo, por aquel entonces, con las cicatrices del confinamiento a través de una trama epistolar ambientada en la Sicilia del siglo XVIII - o de Maggie O´Farrell - cuyo Hamnet es una magistral carta de amor y reivindicación a aquellas mujeres que se han perdido entre los pliegues de la historia - tienen una repercusión tan positiva. El género está cambiando, evolucionando, sin olvidar la épica o el clasicismo formal en algunos casos, pero con un ojo puesto en el mundo que envuelve la escritura de estas piezas literarias. Prueba de ello es precisamente la primera novela - tras un intenso camino dentro del terreno de la lírica - de la escritora gallega Bibiana Candia y su Azucre. Un libro que, en comparación con los best sellers históricos al uso los cuales, por otro lado, siguen copando las listas de los más vendidos, destaca precisamente por esa notable diferenciación. Lejos queda Azucre de, por ejemplo, aquellas novelas que se mueven en la horquilla de las quinientas y mil páginas que nos siguen entregando una serie de autores cada dos o tres años. De hecho, además de su breve extensión, la novela de Candia sorprende desde la primera página, cuando la lectora o el lector se se adentra en ella descubre una presentación más sencilla, espaciada y con capítulos que, en ocasiones, no llegan a llenar la página entera. Aunque más que capítulos, habría que hablar más bien de impresiones, flashes visuales sobre los que su autora se apoya para tejer lo que quiere contar. Del mismo modo, el lirismo del que se enriquece - fruto de, como ya he comentado, sus inicios en la poesía - dista mucho de esos textos tan extensos como farragosos que a veces inundan la mesa de novedades de histórica. No por contenido (que nunca está de más) sino por no saber encauzarlos para resultar, ya no digo digeribles, al menos llamativos para el público. Más que una novela histórica al uso, Azucre resulta una rara avis dentro del género, ya que se mueve en dos terrenos, hasta ahora, muy diferentes. Por un lado, el rigor que exige cualquier libro que se aproxime a un hecho concreto del pasado y, por otro, el estilo que bien podría emplearse para elaborar prosa poética, así como un formato que destila profesionalidad y delicadeza. En cuanto a ese acontecimiento histórico que se narra en Azucre, lo cierto es que es la segunda y gran baza con la que juega ya que, al tratarse de un episodio relativamente desconocido - o al menos para una gran parte de las y los lectores - el reclamo es aún mayor. Gracias a esa poesía y una contención narrativa inusual, Candia sabe ahondar en la coralidad del relato para meternos de lleno en un viaje tan esperanzador - los rapaces lo emprenden motivados por alcanzar una vida mejor - como terrible - tanto en las condiciones de las naves donde viajan, como en su desolador destino una vez pisan tierras cubanas -. Mezclando lo mítico con lo terrenal, las leyendas con la aspereza, los amuletos con las cañas de azúcar o la humedad de los tablones de madera en constante contacto con el agua marina, Candia nos habla de estos antepasados gallegos a los que un político-empresario engañó vilmente en favor de unas ideas racistas. Pero también parece estar refiriéndose a aquellos otros jóvenes, los del siglo XXI, que cruzan el Mediterráneo en condiciones pésimas si no los ha engullido el mar, depositando su cuerpo en el extenso camposanto de algas, peces y tumbas arenosas. Cuesta comprender como, a pesar de la distancia histórica, todavía existen injusticias que, lejos de ponerles fin, se repiten una y otra vez ante nuestros ojos, los cuales han acabado asumiendo, casi sin darnos cuenta, pestilentes discursos de elitismo cultural eurocentristas. De esta tangible realidad nos habla Candia, aunque la trama transcurra a mediados en 1853, justo lo que, a mi juicio, debería hacer toda buena novela histórica que se precie. Por muy voluminosa o alternativa que sea. Tender puentes entre pasado y presente para hablarnos de como la capa del poder pervierte a quien la lleva puesta, así como de los que son expulsados o no son dignos de la protección que ofrece su aterciopelado manto. 

Azucre: una historia de deseos, compañerismo, peligrosidad, fe, paganismo, crueldad, fascinación, dureza, esclavitud, silencio... Al rescate de aquellos hechos vergonzosos de nuestro pasado a golpe de imagen y poesía. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La locomotora es una bestia dormida que resopla, grande como seis bueyes, brillante y cubierta de humo como una olla puesta al fuego. La impresión de La Habana aún no se ha desprendido de los rostros y ya están frente a un monstruo de hierro que jadea como un toro manso. Al hombre de la compañía, que de este lado viste de blanco impecable y tiene aspecto de alimentarse regularmente, lo acompañan dos mulatos jóvenes que no hablan, pero caminan justo detrás de él. Por edad podrían ser los rapaces; sin embargo, se miran como sabiendo bien si son de la misma especie. Los guían como un rebaño manso. Vamos, muchachos, no se me queden atrás, que el ferrocarril les espera, aún tienen por delante un camino de varias leguas hasta que lleguen a sus destinos.
    Desde La Habana hasta los ingenios, el camino de hierro ahorra tiempo, carros y animales de carga. Nunca más llegamos, no era suficiente cruzar el océano, aún no llegamos. Nos han dado la bienvenida, pero aún no es aquí; aún hay que entrar más en la tierra, más lejos aún. ¿Seguirá existiendo el mundo que dejamos atrás? Nunca más llegaremos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza

sábado, 27 de noviembre de 2021

RESEÑA: Tienes que mirar.

 TIENES QUE MIRAR


Título: Tienes que mirar. 

Autora: Anna Starobinets (Moscú, 1978). Es periodista en el magazín Russki Reporter, escritora de obras distópicas y metafísicas - también de libros infantiles -, y guionista de cine y televisión. Estudió en el Liceo Oriental y en la Universidad Estatal de Moscú. Tras graduarse, comenzó a trabajar en el Diario Vremya Novostei y a profundizar desde la escritura en la realidad local rusa. Con tan solo veintisiete años, publicó su primer libro Una edad difícil (2005); El vivo (2011), ganador del Utopiales European Prize en 2016 y de la distinción ucraniana International Assambly of Sci-fi "The Portal"; La glándula de Ícaro Catlantis (2015), un relato para niños, Libro del Año para The Observer en Reino Unido; la saga Beastly Crime Chronicles (2015, 2016); y Tienes que mirar (2017), novela autobiográfica en clave de no ficción que le valió ser finalista del Premio International Bestseller en 2018. En 2012 recibió el Premio Nocte y en 2018 el Premio de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción. Actualmente vive en Moscú. 


Editorial: Impedimenta. 

Idioma original: ruso. 

Traductores: Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado. 

Sinopsis: en 2012, la escritora Anna Starobinets, descubre, en una visita rutinaria al médico, que el niño que espera no vivirá. Lo que comienza siendo la crónica de una decisión familiar, acaba convirtiéndose en una historia de terror. ¿Qué hacer cuando el futuro se desmorona en la pantalla de un ecógrafo? Starobinets narra con una desgarradora humanidad el peregrinaje por las instituciones sanitarias de su país, su posterior viaje a Alemania y el duelo por el hijo perdido. Tienes que mirar es la radiografía íntima de un trauma silenciado, el testimonio de una mujer que se enfrenta sola a un sistema que no la tiene en cuenta, un descenso a las simas más profundas del dolor y a la vez un canto a la vida. Un revelador texto cuya publicación desencadenó una tormenta en su país al abordar el tabú del poder de las mujeres sobre su propio cuerpo, y las secuelas personales y familiares de la pérdida de un hijo. 

Su lectura me ha parecido: cruda, fría, desasosegante, trise (al borde de la lágrima), bestia, realista a más no poder, agobiante, terrorífica, a cuya lectura asistes con el corazón en un puño, un antes y un después en la literatura, impepinablemente necesaria... Hace unas semanas asistí a la presentación de la novela Leña menuda, escrita por la madrileña Marta Barrio y merecedora del Premio Tusquets de novela de este año. Un libro en el que el lector sigue la historia de una mujer embarazada que ve truncado su deseo de ser madre al detectarse en unas pruebas que el bebé padece una enfermedad incurable, grave, de la que difícilmente sobrevivirá una vez tenga lugar el parto. De ahí que la protagonista decida finalmente abortar, circunstancia que le sirve a la autora para retratar las dificultades para asumir la pérdida y el desmoronamiento de un proyecto de vida tan trascendente como es traer a un niño o niña al mundo. Por supuesto, el tema del aborto estuvo presente en prácticamente los 60 minutos que duró la presentación, algo que vino muy bien para generar debate y conocer opiniones al respecto. De entre todo lo que se dijo, hubo algo que me llamó especialmente la atención, y es que, como bien decía Barrio, a la hora de escribir su novela se encontró huérfana de literatura sobre el aborto, o más concretamente, sobre el después, sobre duro camino hacia la recuperación física y psicológica en el caso de que el embarazo fuese deseado. Se ha escrito sobre vientres abultados, sobre vidas creciendo en su interior, sobre crianza, depresión postparto y sobre mil y un modelos de maternidad - toda una avalancha en los últimos años - donde ésta comienza a abordarse desde una perspectiva más realista y desechando cualquier tipo de tabú. Respecto a los abortos sí, hay novelas que lo han abordado, desde el derecho - mujeres que no quieren tener un bebé y recurren a ello legalmente - desde la dificultad - bajo pena de cárcel, repudio o muerte - e incluso visibilizando la peligrosidad de algunas técnicas o la insalubridad de los espacios - las cuales también pueden conducir al fallecimiento -. Y cierto, a mi también se me vino a la cabeza la imagen de Mia Farrow embarazada en La semilla del Diablo, así como la reflexión que entorno a ello plantea Desirée de Fez en su maravilloso ensayo La reina del grito. Pero entonces, antes de que la novela de Barrio se alzase con tan importante galardón, llegó Anna Starobinets. Desde Rusia, sin amor (o al menos desde un prisma completamente afilado), con una prosa capaz de cortar la respiración y con una punzante orden convertida en uno de los mejores libros del año. Tienes que mirar: duelo, trauma, caída en picado y desamparo institucionalizado. 


Pocas veces la o el lector tiene el privilegio de toparse con un libro de estas características. Un libro inclasificable, a caballo entre la novela de miedo, el ensayo más glacial y la crónica periodística más incisiva que nos sitúa en el inicio de un larguísimo tobogán. De esos que te puedes encontrar fácilmente en los parques acuáticos. Un oscuro tubo al que te lanzas con toda la valentía del mundo, sin pensar en los sobresaltos, las vertiginosas curvas, los chutes de adrenalina, pero también en los gritos, el miedo o el desesperado deseo de que todo pase pronto. Y entonces llega, ¡chof! Sales disparado hacia la inmensidad de la piscina. Hacia un supuesto fondo que a penas consigues visualizar entre torpes brazadas. Solo tienes que nadar, rápido, hacia la superficie, siguiendo la luz que atraviesa el agua cristalina. Pero en lugar de eso te hundes, algo te empuja hacia el fondo, pierdes aire, fuerza, desciendes, gritas, pero nadie te escucha, te ahogas. Nadie te prepara para una lectura así, por muchos libros de Stephen King que te hayas leído, por muchas historias que te hayan contado sobre mujeres que abortan, incluso, por mucha información que creas tener al respecto. Nadie, absolutamente nadie, sale indemne de Tienes que mirar - y quien diga lo contrario, entonces ellos son los que, y nunca mejor dicho, se lo tienen que hacer mirar -. "Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirte en la protagonista de un cuento de terror", así de potente inicia Anna Starobinets - recordemos, una conocida periodista y novelista rusa especializada en literatura de género - su particular relato de horror. Un inicio que, de buenas a primeras, debería ponernos en alerta - incluso sin haber leído la sinopsis de la contraportada - y obligarnos a respirar hondo y agenciarnos un paquete de pañuelos por lo que pudiera pasar. Yo, inconsciente de mí, no lo hice, y el resultado fue de todo menos agradable. Por un lado no podía creer lo que mis ojos estaban leyendo al tiempo que - en el segundo capítulo ¡ojo! - sentí unas irreprimibles ganas de llorar. Con una prosa tan gélida como los inviernos en la Plaza Roja de Moscú, directa y sin apenas elementos amables - salvo esos cariñosos apelativos "Tejón" y "Tejoncita" que emplea para referirse a su marido y a su hija - Starobinets edifica un libro que va más allá de lo puramente testimonial a base de salvajes mordiscos al rededor de la muerte perinatal. O lo que es lo mismo, del fallecimiento del feto o del bebé desde de las primeras 28 semanas del embarazo hasta la primera de vida. Algo que condujo a la consumación de un aborto y al estanque negro en el que la propia Anna se sumergió, como si de la laguna Estigia se tratase, y del que estuvo a punto de no regresar. 


Tienes que mirar es una odisea. Un azaroso viaje entre clínicas, ginecólogos, ecografías, juicios morales, miradas inquisitivas, pruebas y más pruebas y frialdad a raudales en una humilde barquita de madera. A pesar de no adscribirse a los códigos canónicos del terror, podemos afirmar que el retrato que Anna Starobinets hace de la sanidad pública y privada - aquí no se salva ni dios - rusa de la era Putin es de todo menos amable. Y da miedo, mucho miedo. No es de extrañar que la polémica estallara tras su publicación en un país en el que la deshumanización parece institucionalizada en este ámbito. Las formulas preestablecidas (sin importar los deseos o situación económica de la mujer), la lentitud, la falta de empatía, el machismo más arcaico - del palo que en algunos hospitales las mujeres no pueden ir a las revisiones acompañadas de sus parejas - o las amenazas con ir al Hospital Urbano 36 - en el distrito de Sokolínaya Gorá y de dudosa reputación - a las madres que consideran "negligentes" por atreverse a opinar sobre la forma en la que querrían o no dar a luz... La lista es larguísima, como los otros testimonios que aparecen en el libro y que Starobinets recopiló mientras se daba de bruces contra un acantilado llamado Displasia renal multiquística bilateral. Tras una serie de lamentables incidentes y de visitas infructuosas a especialistas, Starobinets decide abortar en Alemania. Y de nuevo, vuelta a empezar, otra vicisitud, alargando aún más la triste burocracia del duelo. Cierto es que la situación no es la misma, que el trato mejora considerablemente si lo comparamos con todo lo que hemos leído sobre el submundo del sistema ruso. Y de hecho, a pesar de que estamos viendo como Anna está durante todo el libro partida, literalmente, conseguimos apartar las cortinas de la ventana para que la luz entre de lleno en la habitación de la desazón. Pero entonces, una vez tiene lugar el objetivo del viaje - el aborto - viene lo peor. Cuando el lector cree que ya está bien, que ya no puede soportar más sufrimiento entre capítulo y capítulo, acontece la que para mi es la parte más terrorífica del libro. La que te deja tocada y hundida durante semanas. La depresión más horrorosa que te puedas imaginar en toda su crudeza. Nunca como lectora, y mira que han pasado libros por mis manos, había leído una descripción tan sangrante, humana y sincera de lo que muchas personas en el mundo sufren, en esta ocasión, por la muerte de un hijo al que ni siquiera la protagonista ha conocido. Una mano invisible tira de ella, con fuerza, impidiéndole comer, sonreír o salir a la calle sin que sufra ataques de pánico ante la indiferencia del resto de viandantes que pasean por un parque. Estremece, hasta el tuétano, pensar que todas y todos nos podemos ver en esa situación. Aunque asusta más saber el tabú en el que sigue todavía envuelta la salud mental y todas sus ramificaciones. Ahí es donde de verdad, retomando las palabras con las que Satorbinets inicia este libro, el lector se siente imbuido en el verdadero relato de terror. De lo cotidiano, de lo familiar, de lo amable, de lo deseado... Nada escapa de tornarse el horror más absoluto. Al final, ese machacón "tienes que mirar", del que al principio Starobinets no quiere ni oír hablar, se presenta como el principio de sanación - sin olvidarnos del imprescindible papel de la familia - para emprender de nuevo el camino de la vida. Un título que, en su literalidad, esconde la clave de esta novela-testimonio. Observar para avanzar, despedirse, dejar marchar. Desconozco si Anna Starobinets regresará a la Ciencia Ficción o seguirá explorando nuevos horizontes narrativos, pero de lo que sí estoy segura es que estamos delante de un libro único. No solo por el tema sobre el que pivota, sino por sus implacables imágenes construidas a base de un estilo que no entiende de buenísimos, banalidades o autocensuras varias. Un texto que, de seguro, cambiará - ya lo está haciendo - la literatura social tal y como la entendemos a través del feminismo, la denuncia y, sobre todo, un salvaje realismo. 

Tienes que mirar: una historia de tristeza, dolor, incomprensión, soledad, depresión, oscuridad, duelo, crítica, llanto, cura... Una nueva forma de terror llama a la puerta, y se llama violencia obstétrico-ginecológica legitimada. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me siento como una lombriz cortada en dos mitades con un trozo de cristal. Una mitad se retuerce, se humilla y suelta lágrimas y mocos porque quiere su ecografía. La otra a penas se mueve. Desprecia a la primera. Y le susurra: ¿es que no ves que ese tío es un cabrón?"

"Quisiera que alguien me tomara de la mano y me sacara de allí. Pero no hay nadie. Nunca vaya a sitios sola (…). Llévese a cualquiera que le ayude a encontrar la salida. No la salida definitiva, simplemente la salida del edificio."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

martes, 9 de noviembre de 2021

RESEÑA: Los gatos salvajes de Kerguelen.

 LOS GATOS SALVAJES DE KERGUELEN


Título: Los gatos salvajes de Kerguelen. 

Autora: Marta Barrio (New Haven, 1986) es licenciada en Filología Hispánica y en Estudios de Asia Oriental por la Universidad Autónoma de Madrid. Posteriormente cursó el Máster en Edición Santillana en la Universidad de Salamanca. Actualmente trabaja como editora en Alianza Editorial. Los gatos salvajes de Kerguelen (2020), su primera novela, fue finalista del Premio Memorial Silverio Cañada en la Semana Negra de Gijón. Su segundo libro, Leña menuda (2021), ha sido recientemente galardonada con el Premio Tusquets de Novela. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Un grupo de jóvenes investigadores viaja a las islas de la Desolación frente a la Antártida, para registrar los efectos del cambio climático en la fauna y flora. Es un territorio hostil, completamente aislado de la civilización y azotado por vientos huracanados, donde innumerables naufragios y tragedias se han ido sucediendo desde su descubrimiento en 1772. Forzados a una desconexión total, los científicos, dominados por insospechadas pulsiones atizadas el inevitable confinamiento, se verán enfrentados a sí mismos y a los demás en un sur gélido y despiadado como la misma condición humana. Al tiempo que estudian los signos que predicen la llegada del fin del mundo tal y como lo conocemos, este grupo de estudiosos asistirá a una serie de misteriosas desapariciones, mientras los icebergs, amenazantes y présagos de inexorables tragedias, se perfilan en su horizonte geográfico y vital. 

Su lectura me ha parecido: inquietante, feroz, serpenteante, hostil, estimulante a medida que la trama avanza, con una protagonista imposible, concienciadora, tremendamente gélida... A principios de este año que pronto sepultaremos bajo un generalizado optimismo - aunque el Covid no haya desaparecido - kilos de espumillón, gambas y papel de regalo tuvo lugar uno de los fenómenos climáticos más mediáticos de los últimos tiempos: Filomena. En otras palabras, una intensa ola de frío que tiñó de blanco gran parte de la Península Ibérica causando el aislamiento y, en algunos casos, la falta de suministros en muchas localidades del país. Sin embargo, el único recuerdo que parecemos atesorar de aquello son las impresionantes imágenes de Madrid nevado. Cierto que hacía mucho tiempo que la capital del país no se veía de esta guisa, con un extraordinario espesor de nieve cubriendo las calles y monumentos más emblemáticos. Si hasta se improvisó una cuestionable batalla de bolas de nieve en pleno centro. Todos asistimos maravillados a aquellos videos que todos los días copaban los telediarios, así como a los primeros problemas que los bellos copos habían traído consigo y la mala gestión que se hizo al respecto, perdiendo un poco la perspectiva de que Filomena nos había afectado a todos. En Valencia, donde no nieva desde los años 60 - o eso dicen la sabiduría popular - se nos congeló el rostro, las manos y el alma. No fuimos bendecidos con la misma "suerte" en forma de instagrameables muñecos de nieve a lo Frozeen, pero aquel fue el año que más cerca estuvimos de ella. Tanto que su aliento rasgaba mejillas hasta transformarlas en paredes de hielo. Durante aquellos días no estaba pasando por mi mejor momento. No entraré en detalles, no viene al caso, pero con la tercera ola a la vuelta de la esquina - que por estos lares fue especialmente dramática - y envuelta en una grisácea manta buscaba a tientas refugio en una serie de lecturas a cordes con el pesimismo y el agarrotamiento que estaban sufriendo mis dedos. Una de ellas destacó entre portadas de montañas nevadas y tramas que invitaban a aposentar tu cuerpo sobre el sofá mientras esperas a que se haga el café (que maravilloso cliché, lo confieso). En la que, bajo uno de los títulos más extraños y enigmáticos - recuerdo que busqué Kerguelen en el Google Maps - me di un baño glaciar así, a lo bruto, sin piscolabis caliente de por medio. Las convenciones peliculeras están muy bien pero existen libros que, aunque no exijan una total y absoluta dependencia, te entregas a ellos sin medias tintas. Esperando que ese espectacular carámbano rezume calidez en medio de la nada blanquecina que, como en Fargo, nos impide ver el horizonte. Los gatos salvajes de Kerguelen: el infierno es frío y está en las islas de la Desolación. 


Que no os engañe su nombre - Tierra de Fuego - pues dentro de su amplio archipiélago, si observamos su parte más astral, nuestros ojos se topan con una serie de islas cuyo nombre inspira temor. Y es que "Desolación" es una palabra completamente negativa que, paradójicamente, es la que mejor se acopla a las características de dicho lugar. Desde que fueron descubiertas por el oficial de marina y navegante francés Yves Joseph de Kerguelen de Trémarec (de ahí su otro nombre por el que es conocido) en 1772, las islas se han convertido en un autentico paraíso para diferentes expediciones - incluyendo la del famoso capitán James Cook en 1776 - con el fin de observar el trayecto de Venus así como recabar información con fines científicos para el estudio de su fauna y flora. Si bien es cierto que en la segunda mitad del siglo XIX hubo un intento de implantar una especie de monarquía por parte de algunos pescadores de la zona, finalmente fue el gobierno francés el que tomó oficialmente posesión sobre Kerguelen. En la actualidad su población está principalmente compuesta por un centenar de científicos y sus familias, cuya presencia es de carácter temporal - sobre todo durante el conocido como verano austral - instalados en la base Port-aux-Français situada al este de la isla principal. El clima en Kerguelen no es precisamente apacible, ya que al ser perhúmedo subantártico - en otras palabras, que llueve o nieva, da igual que sea inverno o verano, de forma dispersa a lo largo del año - las condiciones para la vida humana son especialmente difíciles. No así para los animales que las habitan. Desde pingüinos, focas, lobos marinos, renos, ovejas (estos dos últimos introducidos durante el siglo XIX) o la Anatalanta aptera (la mosca sin alas detritívora que estudia Olivia, la protagonista de esta novela, durante su estancia en las islas). Su particular y escarpada geografía, su extremo clima, así como la irrupción de frecuentes neblinas les ha servido a muchos autores de inspiración para ambientar sus novelas en las islas de la Desolación. Siendo Edgar Allan Poe el que más popularizó el lugar gracias a su escalofriante novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, aunque Julio Verne con La esfinge de los hielos o Patrick O´Brian con su Desolation Island - sin traducción al español - le siguen muy de cerca. Ahora la escritora madrileña Marta Barrios se una a la exclusiva lista desde una mirada más contemporánea, realista, concienciada, pero sin descuidar elementos cercanos al suspense, al misterio y ¿por qué no? Al terror más accesible, aunque no por ello menos inquietante. 


Desde una escritura tan contenida como plagada de matices, muy en consonancia con el terreno baldío que se nos describe, la autora decide ambientar la novela en el lugar menos atractivo para situarla: una base científica en un lugar en medio, literalmente, de la nada. Y eso que con bases parecidas se han construido enormes clásicos de la aventura o el terror - respecto a esto último, mientras lo leía, no dejaba de pensar en La cosa de John Carpenter y en que Kurt Russell aparecería pilotando un helicóptero -. No obstante Los gatos salvajes de Kerguelen se aleja de lo fantástico y de las horripilantes metamorfosis para adentrarse en una trama con tintes de thriller sicológico y cuerpo de novela de intriga clásica. De hecho, conforme avanzaba la trama, ésta no hacía más que evocarme a los Diez negritos de Agatha Christie pero con frío, acolchados, aislamiento y grandes dosis de hostilidad por parte, tanto del paisaje como de los propios personajes. En las antípodas del carácter british que impregna cada una de sus entregas policíacas. Aquí, como ya he comentado, se explora el miedo a lo desconocido - como para no tenerlo sabiendo que vas a pasar un año entero en el fin del mundo - pero ese desconocimiento también se traslada a la condición humana, a lo que Thomas Hobees resumió en la manida frase "el hombre es un lobo para el hombre" sin llegar a extremos o a imágenes explícitas (salvo en una impactante recta final en la que los ojos se abren como platos). De hecho, no sé que da más miedo, si las desapariciones que tienen lugar a lo largo del libro o la frialdad con la que su autora ha conseguido mimetizar dichas acciones con la idiosincrasia del marco paisajístico que las envuelve.  Por supuesto, esta novela se habría quedado en agua de borrajas de no haber sido por Olivia. Sí, esa mujer atormentada, cínica, a ratos antipática, solitaria pero independiente, cargada con una mochila demasiado pesada desde la infancia, manipuladora, práctica, superviviente, perversa, despreciable, impulsiva, una excelente entomóloga - estudia los insectos - que se ve, no sin quererlo, obligada a convivir en aislamiento con otros colegas científicos por los que parece no tener simpatía alguna. Olivia es un personaje imposible, un tropo del que gran parte de los lectores huirían pero que, sin embargo, logra establecer una poderosa conexión con quien decide darle una oportunidad. Permitiendo, desde una tercera persona realmente intimista, acercarnos más a ella para entender el porqué de su forma de ser y aguantar a su lado, por muy mal que te caiga, lo cual es un gran mérito por parte de Barrio. Por otro lado, la novela es entorno, acantilados, albatros sobrevolando la cubierta del barco que los transporta a la base, elefantes marinos despezándose en las orillas de la isla. En definitiva, pura visualidad. Algo que se traslada al terreno más sensorial, resultando especialmente inclemente con los personajes y el lector, hasta el punto de sentir el impacto de la chuchilla helada sobre tus mejillas o de creer que de tus uñas van a colgar estalactitas. Por no hablar del trasfondo que planea, como una gaviota antártica, al rededor de la trama, que no es otro que el ecologismo como única vía para frenar los efectos del cambio climático. De hecho, los personajes acuden a Kerguelen con el fin de estudiar los posibles efectos adversos que dicha realidad está provocando sobre animales, plantas, rocas, fondo marino y demás ámbitos de la zona. Así es como Marta Barrio consigue, de lo particular - unas islas perdidas entre Chile y la Antártida - extraer reflexiones y denuncias para encajarlos en un ámbito más global. Porque la emergencia climática es cosa de todas y todos. No de unos pocos. Su final, en consonancia con el citado Poe, hiela la sangre desde un hermetismo casi doloroso. Horror aséptico en la cumbre, espiral pragmática llevada al límite, una terrible y literal llamada de lo salvaje empañan los últimos párrafos de una novela singular y fresca, fresquita, como ese pequeño iceberg flotando en tu refresco de Coca-Cola.

Los gatos salvajes de Kerguelen: una historia de aislamiento, misterio, frío, fauna y flora en peligro, estudios ecologistas, amoralidad, perversidad... Una rara avis literaria a reivindicar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Los vientos hostiles castigan a quienes se atreven a visitar este confín perdido que parece sacado de una leyenda, por su sideral lejanía e inhospitalidad. Es el lugar ingrato donde los héroes árticos acuden a la llamada de lo desconocido y son azotados por el aire gélido como castigo a su atrevimiento. Buscan la isla del tesoro pero encuentran una tierra baldía."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea Ediciones

jueves, 1 de julio de 2021

RESEÑA: Muro fantasma.

 MURO FANTASMA


Título: Muro fantasma. 

Autora: Sarah Moss (Glasgow, 1975) creció en Manchester y estudió en la Universidad de Oxford. En la actualidad, trabaja como profesora de Escritura Creativa en la Universidad de Warwick. Es autora de seis novelas, entre ellas Tierra fría (Duomo, 2010), Night Walking (2011) o The Tidal Zone (2016). Muro fantasma fue escrogido como uno de los libros del año por The Times, The Guardian, The Times Literary Supplement, Financial Times, The Spectator y New Statesman. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Vanesa García Cazorla. 

Sinopsis: a lo largo de sus dieciséis años de vida, Silvie ha aprendido de su padre, aficionado a la historia de la Edad del Hierro, como vivían los antiguos britanos - qué tipo de túnicas vestían, qué raíces comestibles recolectaban, cómo encontraban agua potable - y también como morían algunas de sus mujeres y niñas: atadas de pies y manos, ahogadas en un pantano, víctimas de sacrificios rituales a manos de su propia tribu. La familia de Silvie participa en una "experiencia" organizada por un profesor de arqueología para sus estudiantes: recrear, en una acampada en los páramos del norte de Inglaterra, la vida de los britanos; adoptar sus costumbres y adaptarse a sus condiciones de vida, subsistiendo con lo que la naturaleza ofrece. A medida que pasan los días, Silvie se da cuenta de que el afán de su padre por imitar con mayor fidelidad el pasado pone en peligro el delicado equilibrio de la convivencia del grupo, y se pregunta con pavor qué estará dispuesto a sacrificar, en el nombre de la pureza cultural, ese hombre autoritario y temperamental que tan bien conoce. 

Su lectura me ha parecido: inquietante, perturbadora, extrema, asfixiante, crítica, breve, contundente en su pertinente reflexión, visual, perversa... La arqueología experimental, englobada dentro de las ciencias sociales, podríamos definirla como una ciencia auxiliar de la historia, y muy especialmente de la propia arqueología. Antaño fuera del plan educativo de la carrera de Historia, hoy día, integrada como una disciplina más a pesar de abarcar otras áreas del conocimiento como la biología, la economía, la agricultura, la medicina o la gastronomía entre otros muchos saberes. A través del empleo de diferentes técnicas o la propia implicación de la arqueóloga/o en la elaboración de toda clase de objetos u actividades de toda índole, la arqueología experimental trata de comprender las fases empleadas por nuestros antepasados a la hora de realizar sus actividades cotidianas. Desde elaborar cerámica durante la Grecia Clásica, hasta tallar puntas de flecha en la Prehistoria, pasando por la construcción de castillos medievales, el uso de la rueca durante la Edad Moderna o la propia navegación en tiempos de la Ruta de la Seda. Esta recreación del uso y modo de obtención de los materiales permite a los arqueólogos desechar ideas y modificar teorías una vez son comparados con el objeto original. De esta forma pueden estudiarse al mismo tiempo los métodos de fabricación, la procedencia de la materia prima y los usos que, una vez construidos, les daban. Los fines pueden ser didácticos (incluyendo la animación sociocultural en museos o yacimientos y lo puramente turístico), así como científicos. Porque, a diferencia de la arqueología clásica, en la que se limita a estudiar los hechos del pasado que dejaron una huella visible (vestigios, manuscritos, monumentos, testimonios...), la experimental recoge el saber etnográfico invisible más allá de la organización social (hablamos, por supuesto, del esfuerzo, el trabajo y la dureza de la vida de las mujeres y hombres del pasado). Pues bien, una vez soltado todo este rollo ¿os imagináis una situación límite con la arqueología experimental como telón de fondo? ¿A una persona que prefiere vivir como los habitantes de la Edad del Hierro antes que en su propio presente? ¿Alguien que arrastra su familia a convivir con un grupo de investigadores que se dedica, con aspiraciones intelectuales, a reproducir la cotidianeidad de aquellos antepasados hasta sus últimas consecuencias? Recalco lo de "últimas consecuencias" ya que, aunque en clave de ficción, la escritora escocesa Sarah Moss nos ha regalado a los lectores una historia con esta tan original como estremecedora premisa. Muro fantasma: un folk horror en tiempos del Brexit. 


Las polémicas declaraciones de un político de extrema derecha británico en las que instaba a la recuperación de ciertos valores medievales una vez saliese el Brexit adelante y la exposición Scotland´s People del National Museum de Escocia donde se exponían los cuerpos y objetos de quienes habitaron la frontera durante la Edad del Hierro fueron las dos principales fuentes de inspiración que Sarah Moss empleó para la escritura de Muro Fantasma. Una novela que, a pesar de estar ambientada en uno de los muchos campos de trabajo donde se lleva a cabo técnicas propias de la arqueología experimental, nos sumerge en el conocido como Folk Horror, un género tanto literario como cinematográfico cuya popularidad ha ido in crescendo a lo largo de los últimos años a la vez que asistíamos, atónitos, a una vertiginosa sucesión de acontecimientos de carácter ultraconservador. Una relación que, lejos de parecer casualidad, rima con los tiempos que corren. Años en los que hemos tratado de escapar - literal y figuradamente - al campo para huir de todos los males propios de las grandes urbes, confiando en que, entre árboles y pueblos de aspecto idílico, no hubiera racismo, paro, machismo, neonazis o explotación laboral entre otras muchas dolencias del sistema. Al tiempo que, como locos, muchos hacían las maletas para mudarse de la ciudad al campo (últimamente a causa del Coronavirus), las mentes de las y los novelistas se pusieron manos a la obra, al igual que muchas y muchos cineastas, quienes vieron en estas circunstancias el caldo de cultivo perfecto para, o bien a través de espinosas palabras o bien desde la imagen más terrorífica, hablarnos de nuestras inseguridades, miedos o, incluso, de los problemas de idealizar tanto nuestro pasado histórico. De ahí el título, en relación con el famoso Muro de Adriano que aparece en la novela, pero construido de cero, sin piedras, desde lo tergiversado. A pesar de que cada vez que me adentraba en Muro fantasma me imaginaba el rostro de Silvie, la protagonista, con el rostro de la actriz Florence Pugh - protagonista absoluta de Midsommar, una de mis películas de terror favoritas - y el grupo de arqueología experimental en algo parecido a la secta que aparece en la película, lo cierto es que una idea no dejaba de sobrevolar en mi cabeza a medida que avanzaba en su lectura. Aquella que confirmaba mis sospechas respecto al libro, y es que, además de ser una gran novela breve Sarah Moss quiso encerrar en aquel "idílico" paisaje de Northumbria una llamada de atención a quienes piensan que cualquier tiempo fue mejor o, directamente, se dedican a mutilar el pasado histórico en favor de sus intereses personales. Algo muy propio de los sistemas totalitarios del siglo XX y que en Muro fantasma lo hallamos personificado en el personaje de Bill, el padre de Silvie, conductor de autobuses de profesión y cuya pasión - aunque más bien obsesión - por la Edad del Hierro le lleva a construir su propia versión de dicho periodo adecuándolo a su retrógrado pensamiento y su hiriente machismo. Para Bill no existe otra verdad que la suya propia y el pasado, por supuesto, fue como él quiere que sea. Y quien lo cuestiona o no acata sus órdenes, aunque sea por un descuido, entonces el castigo a la "antigua usanza" es severo y totalmente desproporcionado. 


No hace falta ser una experta/o en la Edad del Hierro para entender lo que sucede en Muro fantasma. De hecho, a pesar de que su autora se ha documentado para su escritora y aunque haya soltado algunas cuestiones básicas sobre el tema, esto, en comparación con el verdadero corazón del libro, no deja de ser una forma de preparación. Una base sobre la que el lector repose y se sienta cómodo antes de sumergirlo en la vorágine y la locura que se desata en ese asentamiento ficticio. Su lectura es rápida, voraz, con capítulos largos que nos permiten no solo conocer a los personajes en profundidad - sobre todo el de Silvie, ya que junto a ella seremos testigos de lo que sucede - también reservar la suficiente fuerza mental para el siguiente impacto. Sin embargo, y a pesar de lo que pueda parecer, Muro fantasma no es una novela de terror al uso, de esas que te impide conciliar el sueño por las noches, como si sucedió, en mi caso, con Misery de Stephen King o Mandíbula de Mónica Ojeda. Más bien nos encontramos ante un texto inquietante, con una atmósfera abierta - no dejamos de estar en una pradera al aire libre - pero a su vez viciada y agobiante debido a la actitud de Bill y su impacto sobre su mujer e hija. Eso no quita que las situaciones que Moss describe en él no sean calificadas como terroríficas, sobre todo las que tienen lugar en su tramo final, contadas desde la contención pero sin dejar de lado la desesperación y la incredulidad de Silvie al ser consciente, con horror, de lo que su padre está dispuesto a hacer por seguir a raja tabla las costumbres de las sociedades de su tiempo. Aunque aquello suponga la quiebra del ya de por si débil equilibrio del grupo acampado y sobrepase el límite que separa lo racional de lo irracional en pleno siglo XXI. Porque una cosa es vestirse como ellos, comer como ellos, dormir como ellos, obtener alimento como ellos... Pero otra cosa muy distinta es escarmentar a quien no sea puro en su recreación histórica - la de Bill, por supuesto - con la muerte o la tortura ceremonial. De ahí que el primer capítulo, de los más breves, en el que se narra, precisamente, el fallecimiento de una mujer en un sacrificio ritual durante la Edad de Hierro, no en la actualidad, sirva como terrible anticipo de lo que está por llegar. A diferencia de otras novelas, en las que los personajes parecen vivir en una gran mentira, aquí Silvie sabe, aunque con matices, que todo es mentira. De hecho, será su ligera ignorancia sobre el periodo lo que le acarreará incontables problemas con su padre, incluyendo el más atroz de todos, así como el machismo al que Bill la somete. A ella y a su madre. Escudando dicho comportamiento en la supuesta sociedad patriarcal que imperaba en Edad del Hierro. Sin embargo, el segundo aspecto importante de la novela es precisamente ese, el no saber a ciencia cierta si se dio o no este tipo de desigualdad. De este modo, Sarah Moss nos invita a abandonar ideas preconcebidas respecto a estos primeros pobladores, a no dar todo por sentado solo porque, a lo largo de la historia, la mujer ha sido la relegada en lugar de la punta de lanza de la escena pública. A sostener, en definitiva, la hipótesis de que también pudieron ser ellas las que ostentaron el poder. En Muro fantasma, además de criticar el clima de apropiacionismo histórico derivado de la aprobación del Brexit, Moss aboga, de forma explícita, por la normalización de la perspectiva de género a la hora de conocer o investigar nuestro pasado, también en la prehistoria, disciplina no siempre querida - en mi caso estudiarla me produjo algún quebradero de cabeza - pero esencial para entender el origen de nuestras propias sociedades sedentarias. 

Muro fantasma: una historia de investigación histórica, tiranía paterno filial, experimentación, misoginia, locura, terroríficos rituales, abnegación, rebeldía... El terror rural ha llegado para quedarse, echar raíces y hacer felices a quienes desean empaparse de él. 

Frases o párrafos favoritos: 

"A lo largo del día, a medida que nos acercábamos a los confines de la ciudad, mi padre fue poniéndose de mejor humor, pese a que las praderas estuvieran surcadas por carreteras sobre pilotes que atravesaban el paisaje. Aquel primer día el Muro no era más que un mero foso, aunque al menos era un foso romano, eso sí, una manifestación física de la resistencia de los britanos que aún marcaba aquella tierra, y se veía que mi padre extraía fuerzas de ésta."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

martes, 20 de abril de 2021

RESEÑA: Amar y revivir.

 AMAR Y REVIVIR


Título: Amar y revivir. 

Autora: Mary W. Shelley (1797-1851) narradora, escritora, ensayista y biógrafa británica. Hija de del filósofo político William Godwin y de la teórica feminista Mery Wollstonecraft, frecuentó los más selectos ámbitos culturales y literarios de la mano de su esposo el poeta Percy Bysshe Shelley. Su obra más importante sin duda, fue Frankenstein, nacida tras una apuesta entre Lord Byron, John William Polidori, Percy Shelley y la propia Mary durante las vacaciones del año 1816 en una mansión Cerca de Ginebra. Tras el fallecimiento de su esposo, se dedicó en cuerpo y en alma a la educación de su único hijo y a forjar su carrera como escritora, sin embargo, la última década de su vida estuvo dominada por enfermedades probablemente asociadas al tumor cerebral que acabaría con ella en el año 1851. Además de Frankenstein, Mary Shelley es autora de MathildaEl útlimo Hombre Falkner entre otros.


Editorial: Hermida Editores. 

Idioma original: inglés. 

Edición: Gonzalo Torné.

Traductores/Correctores: Germán Molero y Hermida Editores. 

Sinopsis: Un romano regresa a la vida y se ve obligado a contemplar su Roma natal transformada y alterada por el tiempo; un joven ingiere (creyendo que se trata de un filtro de amor) una poción que al volverle inmortal le condena a ver envejecer y morir a todos sus seres queridos; un caballero romántico sufre la irrupción de un doble que amenaza con arrebatarle su vida; una doncella se debate entre el amor y la lealtad deja su decisión en manos de una santa que la obliga a dormir en una pequeña terraza sobre un acantilado; la única posibilidad de redención de un noble calavera pasa por cambiar de cuerpo con un horrible duende... Estos son algunos de los nervios narrativos que animan nuestra selección de relatos con los que Mary Shelley prolonga el magisterio que exhibió en Frankenstein. Ambientados en una Italia tan bella como peligrosa, en estos relatos se suceden una secuencia de amores desesperados, situaciones límite y vidas presionadas por la irrupción de la guerra... Pero ante todo estos relatos prolongan la indagación pionera de Mary Shelley sobre los claroscuros de una ciencia que empezaba a parecer capaz de todo, sin haberse podido plantear todavía sus consecuencias morales. Un campo prodigioso que a veces se confunde con los últimos coletazos del mundo de la hechicería. 

Su lectura me ha parecido: sugestiva, mágica, sobrenatural, gótica, imaginativa, un envidiable pulso narrativo, una ensoñación... Cuando leí por primera vez a Mary Shelley lo hice sin arnés, a lo loco, sin esperar aterrizar en una superficie lo más segura posible. Y casi fue la mejor manera de adentrarme en ella y en su universo literario. Sin pensarlo mucho, motivada por su inquebrantable y resplandeciente aura de pionera de la ciencia ficción, así como de gran maestra del terror y de algunos de los subgéneros que de él partieron con mayor o peor gloria. Por supuesto lo hice a través de Frankenstein, su obra cumbre, que duda cabe, pero por entonces la única que por aquel entonces podías encontrar en las estanterías de las librerías. Si bien es cierto que no era su único texto traducido - con el tiempo fui poco a poco recopilando todos ellos, cual acérrima fan en tiempos donde el terror prácticamente no se estilaba - sí era y es el que copa, eclipsa, relegando a un lugar menos visible el resto de su producción literaria. Hecho que ha provocado un absoluto y patológico desconocimiento hacia todas aquellas obras escritas con anterioridad o posteridad a su novela más insigne. Dolorosas injusticias a parte - de las que hablaré largo y tendido a lo largo de la presente reseña - lo cierto es que Frankenstein es magistral, trascendente e historia de la literatura a infinidad de niveles. No sólo por el tratamiento de sus personajes, el revolucionario uso de la especulación científica para reflexionar y ahondar entorno a los peligros y avances de la misma en un contexto en el que ésta iba ganando mayor peso en detraimiento de la superstición religiosa o las magistrales descripciones en las que los contrastes entre paisaje - desolador, como el hielo que protagoniza la primera parte de la novela - y emociones humanas son enormes. También por sugerir en tiempos de románticos empedernidos (recordemos, las interpretaciones por parte de lectores, escritores, intelectuales y crítica especializada de Frankenstein son inabarcables) toda una serie de debates y cuestiones realmente adelantados a su época. Mis favoritos, los más visionarios, como el que asegura que Frankenstein ya anticipa las relaciones sociales de poder y sumisión de la era industrial - donde el empresario burgués (el Doctor Frankenstein) somete al proletariado (La criatura) y lo maneja a su antojo y capricho sin importar cualquier tipo de necesidad o sentimiento - o aquel en el que se argumenta la mención implícita de la teoría Queer en la novela de Mary Shelley - recordemos, el ser que el Doctor Frankenstein crea en su laboratorio no tiene sexo, de hecho, no se especifica en ningún momento de la novela - así como todo el proceso hetero cultural que ha acabado por convencer a la gente de que el "monstruo" de Frankenstein en realidad es un hombre y no un ser de género no binario. Una vez soltada toda la perorata sobre porqué os tenéis que leer Frankenstein sí o sí - aunque podamos hablar de él en términos literarios cercanos a lo terrorífico no da miedo, os lo aseguro, palabrita de lectora edde género - queda referirnos al resto de sus obras, a las bastardas, aquellas ensombrecidas por el poder mediático que suscita el renombrado libro. De esa Mathilda - una romántica oda a la nostalgia y la soledad en clave autobiográfica - El último hombre - difícil de encontrar traducida a día de hoy y que la convierte, también, en pionera del género distópico - de su Diario del duelo - recién traducido al español y en el que somos testigos de sus desahogos ante la muerte de su marido Percy Shelley - o de sus cuentos, los cuales pueblan de pistas sobre sus ambientaciones, preocupaciones o temas literarios favoritos. Algo que, desde Hermida Editores y en colaboración con Gonzalo Torné - escritor y conocedor de la obra del grupo de la Villa Diotati - han querido remediar. Amar y revivir: la antología que los amantes de Mary Shelley necesitábamos. 


Amar y revivir se compone de trece relatos en total. Trece historias que ofrecen diferentes sensaciones según el tipo de lector que se enfrente a ellas. Para los que, por un lado, no hayan leído nada de Mary Shelley, ni siquiera Frankenstein, pues estos textos le llegarán con una inusitada frescura, sobre todo si eres amante de lo sobrenatural, la magia y las ambientaciones históricas con tintes gótico-románticos (muy en mi caso, sobre todo esto último). Para los que, por otro, seáis amantes de la autora británica, tengáis unas cuantas nociones de su breve biografía (más allá de lo acontecido en la Villa Diodati) y, sobre todo, os encante Frankenstein, con Amar y revivir vais a disfrutarlo más si cabe, ya que se pueden apreciar no sólo temáticas presentes en la famosa novela de Mary Shelley, también registros e historias que plagan de matices una carrera literaria más rica de lo que muchas y muchos piensan. En cualquier caso, ya sea porque no has leído nada de ella antes o porque te conoces obra y milagros de todo lo que tenga que ver con sus libros, Amar y revivir se revela como otra posible puerta de entrada a su universo literario, más ameno tal vez, pero sin descuidar la complejidad y la trascendencia filosófica que posee Frankenstein. Como ya he dicho y a grandes rasgos la presente antología permite a su autora, así como a las y los lectores, transitar entre distintas ideologías, movimientos artísticos, sensibilidades emocionales o periodos históricos muy concretos. Aquí viajamos desde el espíritu romántico - al que se adscribieron artistas, músicos, novelistas o poetas coetáneos como Lord Byron, Gustavo Adolfo Bécquer, Friedrich Schiller, José de Espronceda, Caspar David Friedrich, Eugène Delacroix, Ludwig van Beethoven, Francisco de Goya, Víctor Hugo o Rosalía de Castro entre otras/os - a los arcos apuntados de una iglesia o castillo gótico - casi siempre en ruinas o habitado por un ser malévolo - a los últimos coletazos de la magia en contraste con la irrupción de la ciencia - de hecho, podría tratarse del gran tema que une a todos los relatos - hasta llegar a lo contemporáneo en debates, que no el contexto. Porque si por algo todas y todos le debemos respeto absoluto a Mary Shelley, hasta los que no leen ciencia ficción o pasen del terror, es por su enorme capacidad para poner sobre la palestra cuestiones enormemente avanzadas para su época. Ideas que a día de hoy debatimos acaloradamente en comidas familiares, en cafeterías o tras la tribuna de oradores del congreso pero que Shelley ya planteó en pleno siglo XIX. Cuando la ciencia comenzaba a ganarle terreno a la religión, y todavía más importante, cuando las mujeres escritoras seguían firmando bajo "anónimo" o pseudónimo masculino (algo que la propia Mary Shelley vivió en sus carnes). 


Por ir desgranando algunos de los relatos más interesantes que componen Amar y revivir para así  aprender un poco más de la autora inglesa, empezaremos por uno de los que más me ha sorprendido. Aquel que lleva por título Ferdinando Eboli donde, a pesar de envolvernos en una atmósfera tremendamente gótica y de encontrarnos todos los topicazos de la misma, el relato presenta dos elementos enormemente modernos. El primero de ellos, la presencia del doppelgänger - la figura del doble en la literatura - como augurio de la muerte para quien se encuentra cara a cara con él. No es un recurso nuevo, de hecho es el propio movimiento romántico el que lo rescata de las leyendas medievales, pero sí resulta interesante la modernización del mismo a través de la pluma de Shelley, adelantándose décadas a las novelas de August Strindberg - a quien se le atribuye el origen de la palabra  doppelgänger - a El Doble de Fiódor Dostoievsky, a los relatos de Guy de Maupassant, a El Doctor Jekyll y Míster Hyde de Robert Louis Stevenson y por supuesto a todas las series (Twin Peaks), películas (El gabinete del Doctor Caligari) y novelas de terror que de una manera u otra han hecho uso de él en los siglos posteriores. El segundo de ellos viene por su protagonista, Adalinda, que aunque encaje en el prototipo de doncella gótica, Shelley le otorga una determinación y arrojo que la alejan de cualquier estereotipo femenino en literatura. Siguiendo con este tema, imposible de obviar como el feminismo y la denuncia de la inferioridad de las mujeres respecto a los hombres (ambos presentes en su literatura) se traslada al relato La novia de la Italia moderna, donde la crítica a la hipocresía de la religión y, sobre todo, a los matrimonios de conveniencia a los que se debían someter muchas mujeres de su época - este relato está ambientado en el presente de la autora - se convierte en un alegato a la independencia y a la libertad de elección, también lo que a cuestiones amorosas se refiere. Aunque, sin lugar a dudas, mi relato favorito es Valerio, el romano reanimado, donde Shelley introduce a un romano de la época imperial en la Roma de principios de siglo XIX. Un relato que nos permite, no solo admirar la fidelidad histórica y una capital diferente a lo que en su día fue durante sus siglos de mayor gloria, también reflexionar entorno a la decadencia y esplendor que, a pesar de los siglos, siguen padeciendo las ciudades. Una oda al paso del tiempo que debería sobresalir dentro de la producción literaria de la autora. Para los que quieran referencias claras a Frankenstein tenemos El mortal inmortal, donde las constantes apelaciones a la moralidad de ciertas prácticas científicas apelan constantemente a su obra magna. Aunque a decir verdad, la antología está plagada de títulos - el revivir de su título es la señal más clara - que irremediablemente evocan al famoso texto y nos hacen pensar que Mary Shelley estaba, de alguna manera, destinada a escribir una novela como Frankenstein. Por último, cabe señalar su fijación y pasión por Italia, ya que casi todos los relatos están ambientados allí. Pero la Italia de Shelley no es pletórica, luminosa y llena de jolgorio, sino un lugar oscuro, tenebroso, plagado de antiguos torreones, castillos y mazmorras donde sus protagonistas se enfrentan a los dilemas más trascendentales. Tradición literaria - la influencia de El castillo de Oranto de Walpole es clara - y connotaciones autobiográficas - Shelley pasó varias etapas de su vida en dicho país - se dan de la mano en esta antología para ofrecernos una mirada diferente de una autora que, de manera injusta, quedó ensombrecida por la presencia de su icónica e inmortal criatura. 

Amar y revivir: trece historias de redención, amor, aventuras, castillos góticos, transformaciones, pociones, magia, oscuridad, romanticismo... El legado de Mary Shelley más allá de Frankenstein

Frases o párrafos favoritos: 

"Roma ha caído, de acuerdo, pero el mundo sigue venerándola. Es una visión muy hermosa asistir a cómo sus descendientes, por alejados que estén de sus modelos, han tratado de consevar sus templos. De todas las partes del mundo acuden viajeros deseosos de visitarlos, y sólo se alejan de Roma a regañadientes. Para muchos hombres, todo lo que se conserva dentro de estas murallas es un templo sagrado... aunque fuese profanado tantas veces. La compasión debe mezclarse con la indignación si queremos ser justos. Ni la edad ni el dolor han logrado destruir el espíritu de Roma. Si se apoderase de mí la mayor de las desgracias, encontraría un gran consuelo en saber que he vivido en Roma. Si un hombre de su época reviviese en Atenas, ¿no tendría mayores motivos para estar triste usted?"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores

sábado, 20 de marzo de 2021

RESEÑA: Los que cambiaron y los que murieron.

 LOS QUE CAMBIARON Y LOS QUE MURIERON


Título: Los que cambiaron y los que murieron. 

Autora: Barbara Comyns (1909-1992). Nació en el condado inglés de Warwickshire, en una familia venida a menos. Estudió arte en Londres y contrajo matrimonio con Arthur Price, un pintor con el que tuvo dos hijos. Se ganó la vida de las formas más variopintas: vendedora de coches antiguos, modelo, cocinera o criadora de caniches. En 1945, se casó en segundas nupcias con Richard Comyns, un funcionario del Forgein Office que trabajaba bajo las ordenes de Kim Philby y con quien viviría en Ibiza y en Barcelona durante dieciséis años. De sus novelas cabe destacar: Y las cucharillas eran de Woolworths (1950), La hija del veterinario (1959), The Skin Chairs (1962), El enebro (1985), Mr. Fox (1987) y The House of Dolls (1989), entre otras. Murió en Shropshire en 1992. 


Editorial: Gatopardo Ediciones. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Inés Clavero. 

Sinopsis: El verano de 1911 se promete feliz para los habitantes del condado de Warwickshire. Nadie se imagina que una misteriosa pandemia está a punto de partir la comunidad en dos: los que cambiaron y los que murieron. "¿Quién será la próxima víctima que se cobrará esta locura mortífera?", se pregunta el periódico local. Un episodio de resonancias bíblicas preludia la llegada de la epidemia: el río se desborda, anegando los campos y trayendo el caos a la ya de por sí caótica vida de la familia Willoweed. Los patos nadan por el caserón inundado, cerdos sin vida flotan a la deriva y el viudo Ebin y sus hijas navegan en un bote de remos por el jardín sumergido. A la destrucción natural le sigue una serie de calamidades, muertes y suicidios que parecen fruto de un apocalipsis planeado más que del azar. La búsqueda de una explicación a la epidemia despierta el afán persecutorio de algunos lugareños. Pero hay quien aprovecha la situación para pescar en el río revuelto. Es el caso de Ebin, que retoma la vocación periodística, aún a costa de contribuir al pánico con el sensacionalismo de sus artículos, sin sospechar que la enfermedad no tardará en llamar a su puerta. 

Su lectura me ha parecido: ácida, pesadillesca, cruda, trágica, disparatada, con un humor negrísimo absolutamente delicioso, desmitificadora, siniestra, devastadora a todos los niveles... El pasado 14 de marzo se cumplió un año exacto del decreto de Estado de Alarma, de aquella comparecencia histórica en la que el presidente del gobierno, tratando de ocultar bajo una rectitud labial su compungimiento, pronunciaba las palabras más difíciles. De la noche a la mañana pasamos de tomar las calles a deshabitarlas, de coger el trasporte para ir al trabajo a levantarnos de la cama para dirigirnos teletrabajo, de atender a la lección de la profesora/or desde el pupitre a hacerlo desde la mesa de nuestro cuarto, de comprar la ansiada chaqueta en tienda a tenerla en un solo clic, a perdernos en la inmensidad de la pantalla de cine a consumir, insaciables, a través de las plataformas de steeming. Después vinieron los paseos, los aforos, las distancias sociales - o de seguridad - los geles, los cierres perimetrales, los permisos y, por supuesto, las mascarillas que, de un tiempo a esta parte, han acabado convirtiéndose en el complemento más importante. Sin embargo, poco o nada nos hemos parado a pensar en lo literario, en la palabra escrita, en aquello que se publicará influenciado, claro está, por las nuevas dinámicas adquiridas y en definitiva por las consecuencias de la pandemia a todos los niveles. Aunque todavía es un poco pronto para hablar de "literatura pandémica" o "generación Covid", si que es cierto que ya empiezan a asomar los primeros textos que abordan el actual contexto de crisis e incertidumbre. De hecho, podemos distinguir dos claras tendencias: la primera más ensayística (abordando los retos de la ciencia, la necesidad de una mayor inversión en sanidad pública, reflexionando entorno al origen del virus desde un punto de vista biológico, el abordaje de las distintas epidemias acaecidas a lo largo de la historia y los cambios que éstas han provocado o cuantificando las consecuencias de la pandemia a nivel económico entre otros muchos temas) y la segunda puramente testimonial (desde aquel primer texto que apareció editado en Seix Barral sobre la experiencia del confinamiento narrado por una habitante de Wuhan hasta auténticos diarios de la cuarentena publicados en distintos medios de comunicación). No obstante, también ha proliferado la reedición o recuperación de algunos textos clásicos sobre la materia. Desde La peste de Albert Camus - el libro más socorrido y leído durante el confinamiento - hasta 1984 de George Orwell - por aquello de que vivíamos una Distopía - pasando por el Decameron de Bocaccio, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, La gran plaga de Daniel Defoe o Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia de Dacia Maraini entre otros muchos. Algo que, visto con perspectiva, es mejor que una novela escrita de prisa, al calor de los acontecimientos, y sin su correspondiente periodo de reflexión posterior. De entre todos los títulos que han renacido en popularidad, algunos desde unas cenizas casi extintas, destaca especialmente el escrito por la autora inglesa Barbara Comyns en los años 50. Un libro en el que, si bien todo gira al rededor de una perturbadora pandemia, demuestra la destreza de su autora para, en primer lugar, construir un personaje de los que no te dejan dormir por las noches, y en segundo lugar, cargarse la idílica imagen literaria de un lugar tan ensalzado en el pasado para devolver al lector una postal nueva y revolucionaria al mismo tiempo. Hablamos por supuesto de Los que cambiaron y los que murieron: nunca antes la campiña inglesa dio tanto miedo y tanta risa. 


"Los patos atravesaron nadando las ventanas del salón. El peso del agua las había abierto a la fuerza, de modo que los animales entraron en el interior. Circunnavegaron la estancia entre graznidos de aprobación, después partieron otra vez hacia al exterior para explorar el maravilloso nuevo mundo que había llegado durante la noche." Así, de esta forma tan abrupta y directa, comienza Los que cambiaron y los que murieron. Unas líneas a las que, más adelante, se le añade una serie de descripciones de toda clase de animales muertos. Ovejas, gatos, caballos, perros... Un trágico bestiario de criaturas habituales en las hermosas tierras del condado de Warwikshire - lugar de nacimiento de la propia Barbara Comyns - perecidos en una fortuita y extraña riada. De buenas a primeras la imagen impacta, ya no sólo por su explicitud (cabe mencionar que la presente novela fue prohibida en Irlanda por este motivo), también por la visceral rotura con una cierta tradición literaria que buscó en la campiña inglesa una exacerbada idealización de la vida campestre. Sin duda Jane Austen fue una de las mayores contribuidoras. Sus paisajes exuberantes y llenos de belleza ya son indisociables del lugar, hasta el punto de conquistar nuestro imaginario popular y convertirlo en un género literario en sí mismo. La lista es larga: Edmund Crispin, Barbara Pym, Josephine Tey, Sarah Perry, Stella Gibons... Así como las localidades emblemáticas de esta zona: Castle Combe, Lacock, Bibury, Dunster, Shaftesbury o el propio Stratford-Upon-Avon (pueblo natal de William Shakespeare). La trama de estas novelas tiene un patrón muy claro en el que se orbita al rededor de un conflicto - muy problemático pero salvable - con personajes pintorescos, casi todas protagonizadas por una heroína arquetípica, grandes dosis de humor británico, mucho salseo amoroso, un pelín de crítica social (sin pasarse) y una resolución que contenta a todo el mundo. Este topicazo británico - que en el fondo me encanta y engancha como lectora - contrasta en gran medida con lo que Barbara Comyns le plantea al lector, por no decir que arrasa, cual pantanosa riada, todos los estereotipos asociados. Precisamente ese arranque impactante y mortífero ya te avisa de que esto no es una novela británica al uso ambientada en los Costwolds. Aunque, si bien es cierto que antes del incidente todo era muy típico. Que si nombres florales, que si mermeladas, que si los huertos, que si las herramientas para cultivar, que si las vestimentas típicas, que si la sonrisa perenne en el rostro... Barbara Comyns pega carpetazo con una historia que, aunque ambientada en dicho lugar, nada tiene que ver con las de sus antecesores. Dejando bien claro que la belleza puede quebrarse. Que la desgracia llega hasta al más precioso de los pueblos ingleses. Ya sea por medio de un lodazal de ovejas muertas o de síndromes esquizofrénicos. En definitiva, en forma de una extrañísima epidemia. 


Además de inundar casas y provocar que los habitantes del lugar se tengan que trasladar al centro en un bote de remos, la pandemia adquiere tintes más siniestros cuando, de pronto, los lugareños son asaltados por un extraño síndrome u enfermedad que provoca manías persecutorias y delirios que conducen al suicidio. Diezmando de esta forma la población de manera repentina y sistemática. Como si de pronto la calamidad se hubiese posado sobre el pueblo sin esperanzas de que ésta acabe disipándose, como la niebla, esa tan característica de Inglaterra. Envueltos en esta catástrofe que parece salida del Apocalipsis Bíblico, nos encontramos a los Willoweed, una familia que se presenta, en un antagonismo extremo, como los únicos vertebradores de la novela. Si bien, como ya hemos comentado, los personajes literarios situados en la campiña inglesa parecen no enfadarse jamás (o si lo hacen pronto se les pasa), aquí son todo lo contrario. Empezando por Ebin, viudo y pésimo padre al que despidieron del periódico local que ve en la epidemia la oportunidad de relanzar su carrera a base de generar sensacionalismo y alarma social, y terminando con la abuela Willoweed, la glotona, rica, déspota y energúmena matriarca de la familia. El primero se aprovecha de las desgracias ajenas para enriquecerse y poder seguir dándole a la bebida mientras que la segunda se ríe, a carcajada limpia, de las penurias de sus vecinos. En medio, las hijas de Ebin - Emma y Hattie - privilegiadas testigos de la letal enfermedad y de la desidia familiar. De nuevo, Comyns se aleja de la tradición literaria para ofrecernos un descarnado retrato del alma humana del que no se salva nadie, ni siquiera la familia más pudiente. Por quedarme con uno me quedo con la abuela, de hecho, su grotesco retrato me ha recordado por momentos a otra infame abuela, la de la trilogía de Klaus Y Lucas de Agota Kristof, solo que más aseada y con más dinero en el bolsillo. Sin duda, uno de esos personajes que te descolocan y te acompañan días y noches, hasta en tus peores pesadillas. A pesar de alejarse lo máximo posible del intocable canon, Comyns decidió dejar el humor, ese tan típico, tan británico, tan de proporcionar diálogos divertidos a la par que inteligentes con, eso sí, un retorcimiento sarcástico e irónico en su vertiente más oscura. Puro humor negro que, como cabía de esperar, casa a la perfección con lo que se está narrando. En último lugar y para ir finalizando sólo me queda por lanzar un oportuno llamamiento a autoras/es, imprentas, librerías y muy especialmente a editoriales. Está bien ir publicando textos ambientados en la terorífica actualidad, de hecho, al cabo de un tiempo éstos pueden ser sujetos de lectura crítica, ensayos, tesis doctorales o simplemente convertirse en nuevos clásicos de la literatura. Sin embargo, y a la espera de que lleguen historias que de verdad recojan gran parte de la incertidumbre provocada por "el bicho" - como muchas y muchos se han empeñado erróneamente en llamarlo - y que sean producto de una larga reflexión y viaje interno, deberíamos apostar por los que ya están. Por aquellas pandemias verídicas que los autores supieron describir - ya sea porque lo vivieron en su propia piel o porque se atrevieron a usarlas como pretexto para criticar su propio presente o directamente porque vieron en ellas el vehículo narrativo perfecto para contar una gran historia - así como las ficticias, sin duda las más complejas, cuya destreza imaginativa nos conduce a caminos literarios poco transitados. Es poco probable que el mundo asista a una pandemia como la que se inventa de Barbara Comyns, cuya inspiración no puede beber más de los ídolos e ídolas del terror contemporáneo. Lo que está claro es que, como reza su apropiado título, ante cualquier acontecimiento de gravísimas consecuencias hay dos clases de personas: las que se adaptan a la nueva realidad tratando de sobrevivir al cambio y las que perecen con el consuelo de que la historia, según en que lugares, las recordará siempre. 

Los que cambiaron y los que murieron: una historia de riadas, extrañas muertes, familias desestructuradas, hambre de poder, inquina, desgracia, humor ante el que no sabes si reír o llorar... La prueba de que la campiña inglesa puede dejar de ser aquel reducto de paz, alegría y sosiego donde no puede sobrevenir el terror más primitivo

Frases o párrafos favoritos: 

"Se rió para sus adentros y se contentó un poco. Aunque le gustaría tanto campar a sus anchas por el pueblo y oír como los gritos salían por las ventanas de las casas y quizá incluso ayudar a socorrer a alguno de los desafortunados afectados. Le encantaría encontrarse con alguien que se creyera perseguido por los monstruos. De momento solo se habían dado cinco casos, pero llegarían más (...) La imagen del viejo Ives devorado por unos monstruos imaginarios le levantó considerablemente el ánimo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Gatopardo Ediciones