Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 11 de junio de 2022

RESEÑA: Memorias de una beatnik.

 MEMORIAS DE UNA BEATNIK


Título: Memorias de una beatnik.

Autora: Diane di Prima (Nueva York, 1934 - San Francisco, 2020) fue una poeta, teórica, profesora y activista desbordante. Escribió más de una treintena de libros de poesía y prosa, entre ellos títulos hoy míticos como sus Revolutionary Letters (1971) o Loba (1978). Nieta de un inmigrante italiano anarquista cercano a Emma Goldman, Di Prima abandonó pronto la universidad, en la que había trabado amistad con la poeta Aurde Lorde, para instalarse en Manhattan, epicentro de la contracultura y el movimiento Beat en los años cincuenta, decidida a convertirse en poeta. Allí entró en contacto con Frank O´Hara, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti o Merce Cunningham y su escritura, tan revolucionaria como su vida sexual, se consolidó como una voz fundamental de la generación Beat. Di Prima decidió convertirse, además, en madre soltera, rompiendo con muchos tabús de la época. Editó la revista The Floating Bear, junto a Leroi Jones (Amri Baraka) y fundó la editorial The Poets Press. Todo esto queda recogido en su obra posterior, titulada Recollections of My Life as a Woman: The New York Years (2001). A finales de los sesenta se instaló en San Francisco. Tuvo cinco hijos de distintas parejas y su vida fue una constante búsqueda espiritual. Vivió en California hasta su muerte en 2020. 


Editorial: Las Afueras. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Luis Rubio Paredes. 

Sinopsis: Publicada en 1969, Memorias de una beatnik es una reivindicación del placer, la libertad y la experimentación, que brilla de forma singular dentro de la obra de la poeta estadounidense Diane di Prima. Lejos de ser unas memorias en un sentido escrito, Di Prima se inspira en los vibrantes años de su vida en Nueva York, en la década de los cincuenta, durante la emergencia del movimiento Beat, y los lleva hacia una ficción erótica, salvaje y divertida. Desde el inicio, donde la protagonista se despierta tras su primera noche con un desconocido, hasta el final - cuando se une a una orgía en compañía de Allen Ginsberg y Jack Kerouac -, la historia de Di Prima es la de una mujer joven e independiente que explora el mundo que le rodea a través del sexo con hombres y mujeres, la amistad, la literatura, el jazz y las drogas. Una atrevida y excepcional novela de crecimiento y formación tanto sentimental como artística. 

Su lectura me ha parecido: poética, extraña, con dos partes algo desiguales, pornográficamente sensual en ocasiones, fresca, interesante, bohemia, explícita, sincera, exenta de tabúes, con cierto peligro de descontextualización si no se persiste en su lectura... Cuando lees tu primer libro de lo que vino a llamarse la Generación Beat el apetito sigue estando ahí, rugiendo tu estómago, insaciable. Muchas personas, o al menos a las que he tenido el honor de preguntar, cuentan haberse iniciado en la literatura de este grupo de intelectuales de vidas tan alternativas como fascinantes con el mismo libro: En el camino de Jack Kerouac. Lectura que, una servidora, devoró compulsivamente, como si de un trozo de pizza cuatro quesos con extra de mozzarella se tratara, durante un verano en el pueblo. Siendo una adolescente a la que, aunque le preocupase encajar, no quería abandonar la excitante euforia de los libros recién descubiertos. Aunque lleven décadas publicados, más de cincuenta reimpresiones, su autor esté criando malvas en el Edson Cementery y la novela en cuestión fuese un préstamo bibliotecario - de hecho, algún día lo adquiriré ya que considero un libro importante para una fanática de la literatura estadounidense -. Recuerdo el ímpetu con el que dejaba una tras otra las páginas de aquel ejemplar de bolsillo anaranjado, de las polvorientas imágenes que pronto poblaron mi imaginación y, sobre todo, de las ganas de subrayar aquellos párrafos que, a mi juicio, consideré los más bellos del mundo. Lo sé, todavía estaba en mi etapa estudiantil, así que lo de escribir en los libros lo llevaba bien, no como ahora. Todavía sostengo la teoría de que a las y los autores de la Generación Beat hay que leerlos siendo joven. Pero no en cualquier etapa de la lozanía corpórea. Sino en aquella en la que aún nos creemos rebeldes por el hecho de empalmar la noche con el día, emborracharnos o tener nuestras primeros coqueteos con el tabaco o el sexo. No cuando la precariedad, la desazón y el hartazgo nos han consumido por dentro, parcial o plenamente, como esa rama de olivo pasto de las llamas en un incendio veraniego. Ahí, cuando los ojos siguen aún brillantes, ahí es cuando hay que leer a las y los Beat. Sí, señores, las hubo, y muchas. Lo que pasa es que Kerouac, con su azarosa biografía - material del que decidió nutrirse para su breve producción literaria - y su belleza desgarbada y apolínea se acabó convirtiendo en el icono por excelencia de la Generación Beat. Y tras él, otros, como Allen Ginsberg o William Burroughts. Aunque a mi parecer, en ese desordenado panteón debería estar Diane di Prima, ya no solo por haber sido coetánea, editora clave - sin ella muchos de los colegas de promoción literaria no se habrían dado a conocer - también por poseer un don narrativo inmenso, a la altura del señor Kerouac y de tantos autores adscritos al movimiento. De hecho, y a pesar del peligro que tienen esta suerte de memorias - ya explicaré el porqué - en manos de un lector contagiado de esta sociedad cada vez más unidimensional, lo cierto es que ha cambiado mi opinión hacia Kerouac. ¿Lo seguiré leyendo? Por supuesto. ¿Me atreveré con Burroughts? El almuerzo desnudo está entre mis próximos objetivos lectores. Pero ahora mis ojos y mis sentidos estarán más puestos en ellas, en las olvidadas, en las poetas, en las que también se bebieron, fumaron y follaron el East Village. En las que, como Diane Di Prima, nos hacen desear esa verdadera y talentosa rebeldía. Memorias de una beatnik: de la necesidad económica a la trascendencia de la voz de una mujer en plena búsqueda de la creatividad, la exploración y el placer. 


Maurice Giordias - principal cabeza visible de la mítica editorial Olympia Press - quiso otro hit. Algo que pudiese enganchar al lector desde la polémica del momento: el sexo. Poco importaba lo enrevesado de la trama o la profundidad psicológica de los personajes. De hecho no era extraño verle adquirir novelas de simplones planteamientos para que, previa contratación de sus servicios, la o el escritor de turno salpicase de coitos - explícitos a ser posible - las páginas de dicho manuscrito. Por eso, tras quedar fascinado por las gráficas y poéticas descripciones de una de sus escritoras fantasma (la propia Diane di Prima) y sabedor de su implicación en la Generación Beat, decidió encargarle la escritura de sus propias memorias a cambio de que trufase el texto de erotismo pornográfico. Di Prima necesitaba el dinero, así que aceptó el encargo. No solo le permitía seguir pagando sus facturas sino que además se aseguraba ver su nombre unido a la historia de Olympia Press. Editorial que, gracias a Girodias, alcanzó su máxima popularidad editando Lolita de Vladimir Nabokov - el escándalo literario de la época - y apostando por un autor llamado Henry Miller. Ese hit que tanto persiguió Girodias, quien confiaba revalidar el impacto que tuvo la historia de Humbert Humbert en los lectores de medio mundo, no fue el esperado. Y eso que apremió a Di Prima para que incluyese más y más capítulos de alta carga sexual. Mientras la protagonista se lo pasara en grande teniendo mil y un experiencias orgásmicas, el resto no importaba, ni siquiera ese otro relato paralelo, el de una mujer joven en el Manhattan de los años 50-60 viviendo la vida bohemia mientras se nutre de literatura, jazz y conversaciones hasta las tantas. Menos mal que Di Prima dejó hueco para todo aquello, perdiendo la posibilidad de convertirse en un best seller pero ganando en credibilidad, y lo que es más importante, interés artístico e histórico. Sin duda las exigencias de un editor demasiado ambicioso a la par que morboso son las causantes de que, hasta más o menos la mitad del libro, las y los lectores más exigentes abandonen su lectura. Aunque si bien es cierto que son las escenas de sexo mejor descritas, desprejuiciadas y más exuberantes que he leído en mucho tiempo, éstas acaban por tornarse algo monótonas, incluso en lo que a estilo se refiere, repitiendo una y otra vez la misma estructura, a pesar de las peculiaridades, diversidad y su riqueza en cuanto a educación sexual se refiere. Una vez dejadas atrás las primeras cien páginas, incluyendo la decepcionante orgía que tiene con Allen Ginsberg y Jack Kerouac (situada en el trayecto final de la novela y en la que, por salvar algo, tenemos un momento glorioso en el que la autora se deshace de todo tipo de tabúes para hablar de la menstruación) la o el lector por fin se encuentra ante el verdadero corazón del texto, ese retrato de la Generación Beat a través de los ojos de una de sus protagonistas lo cual, teniendo en cuenta la falocrática perspectiva con la que siempre se han abordado los estudios de dicho movimiento literario, es siempre una buena noticia. Diane di Prima deslumbra, no solo por su sensibilidad lírica - su producción poética es increíble, al menos la poca que hay traducida al español - también por su forma de afrontar la vida, sus valores, su visión de lo que para ella significa familia (la que se elige y la que se cimenta sin la necesidad de un contrato matrimonial de por medio), la maternidad que ella misma quiso y ejerció (cinco hijos de cuatro hombres diferentes), su sexualidad (que bien abordada está la bisexualidad) y sus opiniones sobre otros temas no menos importantes como los métodos anticonceptivos, la política del momento, las relaciones humanas, la creación literaria, la precariedad, la vida nómada o el amor. Aunque más bien podríamos hablar de poliamor, dejando en evidencia, una vez más, a toda una generación que parece haber descubierto América gracias a las redes sociales y a Zygmunt Buman. Que vamos de modernas y modernos sin ser conscientes de que algunas personas que ahora mismo tienen la edad de tus abuelos se lo pasaron en grande fuera de los límites de la monogamia. Que el amor líquido y el punk ya estaba inventado, bien lo supo Diane Di Prima, quien falleció en el aciago 2020 sin que nadie la llorase como es debido, como a tantas otras mujeres de la Generación Beat que se han ido sin pena ni gloria. Indignante silencio que abrasa estómagos, conciencias y almas. Por fortuna existen personas que han decidido, al fin, poner en valor esos legados ocultos en sendas antologías poéticas y reeditando libros como el que he tenido el placer de reseñar. Textos que perforan y descolocan por su actualidad, a pesar de estar escritos a mediados de siglo XX. Palabras que van dirigidas a rellenar ese conocimiento incompleto para ser conscientes de que, sin mujeres como Diane di Prima, muchas de nosotras no estaríamos aquí. Para agradecer, a pesar de no ser ni la mitad de modernas de lo que fue ella en su momento, su simple existencia, su actitud ante la vida y, sobre todo, su férrea decisión de proteger su libertad - dejemos de banalizar el término ¡por dios! - en todos los aspectos. 

Memorias de una Beatnik: una historia de experimentación, sexo, cariño, relaciones sociales que van y vienen, literatura, fotografía, independencia, feminismo, creación, familia, pobreza económica, felicidad, abatimiento... Agradecimiento eterno a Diane Di Prima y a todas las pioneras de la escritura, aunque el olvido haya pisoteado sus nombres. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Estaba demasiado excitada para preocuparme del guiso. Lo dejé en manos de Beatrice y sin siquiera darle las gracias a Bradley por la puerta con su nuevo libro. Anduve unas cuantas manzanas hasta el muelle de la calle Sesenta y me senté frente al río Hudson para leer y asimilar lo que estaba ocurriendo. No se me iban de la cabeza las palabras "abriendo nuevos caminos". Sabía que el tal Allen Ginsberg, quien quiera que fuese, nos había abierto nuevos caminos a todos nosotros por el mero hecho de publicar aquello. Todavía no sabía lo que significaba, ni hasta dónde nos llevaría.

El poema también me produjo cierta pesadumbre. Se suponía que, si había una persona como Allen, tenía que haber más aparte de mis colegas, otros que también escribían lo que oían, escribían como hablaban, que vivían ocultos y marginados, escondiéndose aquí y allá, y que ahora, de repente, estaban a punto de hablar en voz alta. Tenía la impresión de que Allen solo era, solo podía ser, la vanguardia de algo mucho más grande (…) No muchos los escucharían, pero ellos por fin podían escucharse los unos a los otros. Estaba a punto de encontrar a mis hermanos y hermanas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras

sábado, 26 de marzo de 2022

RESEÑA: El poder del perro.

 EL PODER DEL PERRO


Título: El poder del perro. 

Autor: Thomas Savage (Salt Lake City, 1915 - Virginia Beach, 2003) creció en un rancho en las llanuras de Montana. Estudió escritura creativa en la Montana State College. En 1980 obtuvo la prestigiosa beca Guggenheim, trece años después de publicar El poder del perro, una obra maestra instantánea y uno de los exponentes más recientes de lo que ha venido a llamarse como Literatura del Oeste americano y recientemente adaptada al cine de la mano de la directora Jane Campion. Además de El poder del perro, Savage es autor de trece novelas, entre las que encontramos Línea de medianoche (1976), El paso (1944) o Lona Hanson (1948). Ésta última también fue llevada al cine y fue protagonizada por Rita Hayworth y William Holden. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Eduardo Hojman. 

Sinopsis: Montana, 1924. Phil y George son hermanos y socios, copropietarios del rancho más grande del valle. Cabalgan juntos, transportando miles de cabezas de ganado, y siguen durmiendo en la habitación que habían tenido de niños, en las mismas camas de bronce. Phil es alto y anguloso, George rechoncho e imperturbable. Phil podría haber sido cualquier cosa que se propusiera, George es tranquilo y no tiene aficiones. A Phil le gusta provocar, George carece de sentido del humor, pero tiene ganas de amar y de ser amado. Cuando George se casa con Rose, una joven viuda, y la trae a vivir a la hacienda, Phil comienza una campaña implacable para destruirla. Pero los más débiles no siempre son quienes uno cree. 

Su lectura me ha parecido: abrasiva, sigilosa, asfixiante, perturbadora, gráfica, tensa, oscura, con unos personajes bien cimentados, retorcida... El western, género clásico donde los haya que inconscientemente hemos acabado por asociarlo al séptimo arte gracias a directores y actores muy concretos y ya indisociables de sus formas, también es literatura con mayúsculas. Desde sus orígenes en la Norteamérica de mediados de siglo XIX, al compás de los trascendentales acontecimientos históricos que estaban teniendo lugar en el país tanto a nivel político-geográfico (el "Destino manifiesto" y la "Tesis de la frontera") así como de carácter económico-social y belicoso (la conquista del Oeste, la repoblación, la fiebre del oro, las guerras indias y el consecuente destierro de los pueblos nativos a las reservas etc...), el western se ha nutrido de las historias que emanaban de dichas experiencias y testimonios resultantes. Tomando como textos fundadores los conocidos como "cuentos de la frontera" James Fenimore Cooper, escritor de novelas de aventuras históricas, ostenta el honor de ser el primer autor en inaugurar esta tradición literaria con sus cinco novelas recogidas bajo el título Los cuentos de Leatherstocking. Escapando al anonimato y convirtiendo los montes de los Apalaches en territorio western. Entre la década de 1850 a los primeros años del siglo XX el género vive su primera gran revolución, adaptándose a los nuevos tiempos y a las necesidades de los lectores gracias a las "Dime Novels". Tomando como ejemplo los famosos y populares "Penny Dreadfuls" británicos - recordemos, historietas publicadas por entregas en revistas o periódicos generalmente ancladas en el terror más sensacionalista y sanguinario - comenzaron a proliferar pequeñas publicaciones que, por diez centavos, hicieron las delicias de aquellas primeras generaciones de masas. Los hombres de la montaña, los colonos, los indios y los forajidos que actuaban fuera de la ley eran los personajes más repetidos. Y dentro de todos ellos, los más populares fueron los que se atrevieron a friccionar a partir de personajes reales como Bufalo Bill o Billy the Kid entre otros. En los años 30 del siglo XX las revistas pulp ayudaron a la expansión del género en Europa y Asia, además de la incipiente industria hollywoodiense que, en su edad dorada, alumbró las primeras películas mudas de un por aquel entonces desconocido John Ford. Sin embargo, no fue hasta los 60 cuando el western vivió su mayor cuota popularidad, tanto en ventas de novelas - las cuales habían ganado en calidad literaria - como visionados tanto en el cine como en la televisión. Y aunque durante las siguientes décadas el género entró en declive - debido, sobre todo, a la aceptación que alcanzó el policíaco en su revisión del noir - lo cierto es que nunca ha dejado de reinventarse sin renunciar, en parte, a ese apelativo de "literatura de quiosco" que tantos se han empeñado en convertir en un insulto dentro del mundo de la literatura. Al western van asociados nombres de escritores como Jack Schafer, Louis L´Amour, Lucke Short, Cormac McCarthy Clarence Mulford o nuestro Marcial Lafuente Estefanía. También de mujeres, menos por desgracia, como Dorothy M. Johnson - quien escribió ¡ojo! El árbol del ahorcado y El hombre que mató a Liberty Valance -, Elinore Pruitt Stewart o B.M. Boyer. Y por supuesto el de Thomas Savage, escritor criado en un rancho de Montana y fallecido en el 2003 que vuelve a estar de actualidad gracias a Jane Campion y la película por la que puede alzarse este domingo con el máximo galardón de la 94 edición de los premios Oscar. El poder del perro: el atípico y sibilino western queer. 


Dejando a un lado el film de Campion - aunque resulte inevitable dado el magnífico trabajo de adaptación - así como la impresionante interpretación de quien para mi debería arrebatarle el Oscar a Will Smith - Benedict Cumberbach, de Sherlock Holmes y Alan Turing a  Doctor Strange, y de ahí a un rudo vaquero digno sucesor de John Wayne - lo cierto es que El poder del perro, a nivel literario, es un western extraño. Y remarco lo de extraño porque, si bien en cuanto a su estructura y geografía es enormemente clásico, no lo es tanto en lo que a su contenido se refiere. Algo que, si observamos el contexto del autor, nos da una enorme pista del porqué de esta interesante decisión narrativa. Thomas Savage publica El poder del perro en 1967, década, la de los 60, marcada en Estados Unidos no solo por la Guerra de Vietnam, también por el ambiente contracultural que surgió en los márgenes hasta llegar a conquistar el espacio político y público de por aquellos años. Movimiento que, entre sus muchas aportaciones, reflexionó entorno a las libertades, incluyendo la sexual, sin ser excesivamente visionaria, pero sí avanzada para la época. Unas reivindicaciones que, en la novela de Savage, se cuelan desde un prisma más progresista al plantear un western clásico en el que la temática LGTBI quede expuesta, a pesar de las diferentes capas que el autor le agrega, en un primerísimo primer plano. Mucho antes de que Annie Porlux - autora del posfacio de la presente edición de Alianza - escribiera aquel relato para The New York Times titulado Brokeback Mountain que años más tarde adaptaría con gran éxito Ang Lee, Savage ya se atrevió a corromper la figura del tosco e impenetrable cowboy a base de matices, sutilezas y pequeños detalles colocados, como si de un attrezzo teatral se tratara, en un desconcertante segundo plano para, capítulos después, estamparlos en los ojos del lector. Aunque considero la película de Jane Campion - directora de El piano, una de mis películas favoritas - por momentos superior al texto que la inspira, no debemos desmerecer los diferentes puntos fuertes sobre los que El poder del perro (novela) se sustenta. Tales como la milimétrica construcción de sus personajes, especialmente las de los hermanos protagonistas - Phil y George - deliciosamente antagónicos, la de esa machacada Rose - desesperada ante el desprecio de su cuñado, quien se empeña en hacerles la vida imposible - o la de ese Peter - hijo de Rose - que, bajo su apariencia "débil" y siendo el blanco de todas las burlas homófobas, se esconde un astuto joven con un oscuro plan. De hecho, la gran sorpresa de la novela viene dada por ese plow twist - o giro busco en este caso - de la trama en sus últimas líneas. Un volantazo que hace replantearte el libro en su totalidad, otorgando sentido a la extrañeza inicial y concluyendo en una poderosísima reflexión entorno al terror que algunos hombres sienten al ver que su "masculinidad" - a la antigua usanza - ya no tiene cabida en este mundo, así como la relación de éstos con las peores caras de la misma. Este sugerente cambio de rumbo contrasta, por otro lado, con un estilo seco, a ratos árido y con numerosas descripciones bastante explícitas de lo que implica trabajar en un rancho. Un ejemplo de esto sería su impactante inicio, en el que se narra la castración de una res sin cortapisas. Cierto es que respeto la decisión del autor y entiendo que tras ello se esconde una razón de estilo que, es cierto, casa a la perfección con lo que nos quiere contar. Sin embargo, a título personal, lo del "despiece" se me ha atragantado. No me caracterizo precisamente por ser una lectora melindrosa - en todo este tiempo he leído libros bastante fuertecitos - pero esta vez no he conseguido sentirme cómoda con dichas escenas. En definitiva, y a pesar de la casquería, la novela de Savage merece un hueco en aquellos lectores de mente abierta que amen el western, los thrillers soterrados y, aviso de nuevo, las imágenes fuertecitas. Aunque aquí lo importante es observar como es posible desmontar el discurso heteropatriacal desde, hasta ahora, uno de los géneros tradicionalmente más testosterónicos de la literatura y del séptimo arte. Paradojas que, hoy por hoy, me dan la vida. 

El poder del perro: una historia de secretos, acosos, derribos, paisajes áridos, desollamientos, orientaciones sexuales reprimidas, masculinidades tóxicas quebradas, venganza, justicia "divina"... Seguiré leyendo westerns. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Puertas, puertas, puertas, puertas; cinco puertas exteriores en la casa. Rose conocía el sonido que hacía cada una de ellas al abrirse o cerrarse. La puerta trasera que usaba Phil dejaba entrar un fuerte viento, que hinchaba la alfombra y hacía que se retorciera como una serpiente. Una tarde, supo que Phil había entrado en la casa: caminaba con un paso rápido, ligero, muy arqueado, con sus pies más bien pequeños Ella lo oyó entrar en su dormitorio y cerrar la puerta. Protegida de sus pensamientos y emanaciones por esa puerta cerrada, se sentó y empezó a tocar; pero, cuando empezó a escuchar de manera crítica sus propias interpretaciones, oyó otro sonido, el del banjo de Phil, y de pronto se dio cuenta de que cuando ella practicaba él también tocaba. Hizo una pausa, mirando las teclas. El punteo del banjo también se detuvo. Cautelosamente empezó a tocar de nuevo. De nuevo, el banjo. Hizo una pausa; el banjo hizo una pausa. Entonces tuvo la sensación de que algo le trepaba por la nuca: él estaba tocando precisamente lo que estaba tocando ella... y mejor."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

sábado, 5 de marzo de 2022

RESEÑA: La mejor voluntad.

 LA MEJOR VOLUNTAD


Título: La mejor voluntad. 

Autora: Jane Smiley ( Los Ángeles, California, 1949) es autora de una veintena de obras de ficción y ensayo. Recibió el Premio Pulitzer de narrativa y el Premio Nacional de la Crítica por su novela Heredarás la tierra (1991). Entre otras obras, ha publicado La edad del desconsuelo (1987), Un amor cualquiera (1989), La mejor voluntad (1989) The Greenlanders (1988) y, en los últimos años, la trilogía formada por Some Luck (2014), Early Warning (2015) y Golden Age (2015). Desde 2001 forma parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma original: inglés.

Traductora: Inga Pellisa. 

Sinopsis: Bob Miller ha creado el paraíso con el que siempre soñó: una granja en lo alto del valle, a cinco kilómetros del pueblo más cercano, donde él y su esposa Liz viven y crían a su hijo de siete años, Tommy, cultivando su propia comida, hilando y tejiendo su ropa, fabricando sus propios muebles. Él mismo construyó la casa en la que habitan, sin teléfono, ni televisor, sin automóvil, sin más conexión cotidiana con el mundo exterior que los viajes diarios de Tommy a la escuela. Allí viven, piensa Bob, y allí vivirán siempre. Bob y Liz se enorgullecen del estilo de vida autosuficiente que han escogido, pero si de algo se siente verdaderamente orgulloso Bob es de Tommy, ese chico entusiasta, receptivo, obediente y dispuesto a dejarse guiar por su padre. Por eso nunca habría imaginado que un día su hijo fuera capaz de agarrar dos muñecas de una compañera de clase y destrozarlas. Sin embargo, ese día llega y a Bob le recorre un escalofrío. Algo va mal, realmente mal, y él no lo ha visto venir. 

Su lectura me ha parecido: breve, intensa, económica en su descripción de los hechos narrados, actual, reflexiva, desmitificadora, paradójica, un cuchillo de doble filo que se traslada más allá de su oportuno título... En ocasiones me dan ganas de dejarlo todo y marcarme un Walden. Así de claro. Abandonar las comodidades propias de la ciudad o del pueblo grande y marcharme a una casita en medio del campo. Sin televisión, ni internet, ni ruidos propios de la megalópolis, sin la presencia de lo que mundialmente hemos convenido en llamar "ser humano" - hay quien creo que no debería merecer dicho honor - como a 50 kilómetros o más a la redonda. Yo, mis circunstancias, libros, papel, boli, gas, electricidad, agua corriente - por supuesto, que de burguesa tarda una en salirse, aunque en realidad un waldenista extremo renunciaría a estas tres cosas - y un pequeño huerto del que sobreviviría y que, mediante la ancestral técnica del trueque, me permitiría sobrevivir en medio de la nada para unos, en el paraíso terrenal para otros. Rodeada de monte, rocas, plantas silvestres, tal vez un riachuelo-lago-abundante río, insectos mil y algún que otro animal salvaje (con todo lo que ello conlleva). Por supuesto, y tras este breve exabrupto, sin duda producto de la beligerante actualidad a todos los niveles (y no solo en lo que, por desgracia, atañe a la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin) me queda claro que liarte la manta a la cabeza y plantarte en medio de la naturaleza más agreste con la intención de construir un lugar donde poder habitar y subsistir a partir de lo que ésta ofrezca está al alcance de muy pocas y pocos. Por no decir que eso lo pueden hacer cuatro privilegiados y, bueno, los que siguen a pies juntillas las palabras de Thoreau en su imprescindible ensayo sin un ápice de espíritu crítico en dicha lectura. Con el riesgo de acabar como Christopher McCandless - protagonista de la película Hacia rutas salvajes y del libro de John Krakauer - en su "Odisea de Alaska". Retiros más o menos extremos a parte, lo cierto es que hay quienes lo consiguen, quienes logran - aunque con algunas comodidades indispensables y a las que cuesta renunciar como una cama en lugar de los gastados asientos de un autobús abandonado - con empeño y trabajo vivir al margen de lo que conocemos por "civilización" o mejor aún, de entornos que nos generan un desapego absoluto con la madre naturaleza y sus múltiples virtudes. Sin embargo, como bien plantea la novela que hoy tengo el placer de reseñar, ¿estamos dispuestas/os a llevar nuestras convicciones hasta el final? ¿Cómo se congenia eso de tener descendencia y querer inculcar en nuestra prole unos valores y una forma de vivir determinada? ¿Y si nuestra hija o hijo, de pronto, parece reusar todo ese saber y modo de vida aprendido desde la cuna? Y lo más importante: ¿se puede escapar de las garras del capitalismo por muy aislado que quieras estar de todo aquello que lo sustenta? La mejor voluntad: la libertad como espejismo y el materialismo como ese robusto tronco que no dudamos en abrazar. 


Tras esa lectura algo desinflada de La edad del desconsuelo y la publicación, que no incursión, de Un amor cualquiera - novela a la que seguramente le acabe dando una oportunidad - regresaba a Jane Smiley con cierto escepticismo. Lo confieso, mi primer contacto con ella no fue del todo satisfactorio, por lo que me inquietaba pensar que, a pesar de mi pasión por la literatura estadounidense, no fuese para mí. No obstante y para mi sorpresa, Smiley acabó entrando por mis ojos como un torrente de aire fresco en un momento en el que necesitaba precisamente dejarme llevar y mecerme en unas formas que, si bien conocía de sobra, me ayudaron a desconectar de aquello que me perturbaba. Siguiendo un estilo muy parecido al de La edad del desconsuelo, pero con pequeñas sutilezas y, sobre todo, una trama que refuerza unas determinadas preocupaciones, Smiley nos acompaña a través de la palabra escrita en la historia de Bob, Liz y Tommy; padre, madre e hijo respectivamente. Una familia - los Miller - de las que, como he apuntado en el anterior párrafo, consigue realizar su sueño de vivir en una granja en lo alto de una colina, ser autosuficientes y libres de cualquier atisbo materialista - o lo que ellos consideran como tal - que perturbe su día a día. Sin televisor, teléfono, coche y con las salidas de su hijo al colegio y los libros que toman prestados de la biblioteca pública como únicos medios de conexión con el exterior. A través de la voz del padre iremos conociendo mejor tanto a la familia como su rutina en ese idílico paraíso entre el huerto y los remiendos de la ropa que tejen a mano. Así como el ensimismamiento en el que que Bob, ese progenitor férreo en sus ideales, vive respecto a Tommy, al cual considera su mejor creación. Un niño nacido y criado en dicho ambiente y asumiendo todas las enseñanzas y valores que, sobre todo su padre, vuelca sobre él, creyéndose la idea de que junto a su esposa han creado a un niño modelo y futuro ciudadano ejemplar. Sin embargo, un inesperado incidente en el colegio conseguirá tambalear los cimientos, no solo de la educación que dichos padres han dado a su hijo, también de los propios pilares sobre los que se asienta un matrimonio aparentemente perfecto y seguro de lo que han construido y de lo que querían cuando iniciaron dicho proyecto juntos. Sin ahondar en cualquier clase de spoiler - sobre todo para los más puristas en estas lides - simplemente me limitaré a comentar que, la eclosión del inesperado hecho, supone una reflexión para el lector más allá de las consecuencias que éste acarrea para a la unidad familiar. Y es que de una forma sutil lo que Smiley nos está tratando de hacer ver es que nada puede escapar del capitalismo. Por mucho que te aísles y te creas libre de toda atadura del sistema, lo cierto es que ambos modelos se sustentan en una constante comparación, creyéndose ambos la mejor opción al tiempo que se admiran mutuamente, ya que en última instancia, ambos mundos - el de la familia Miller y el que representa el resto de personas que forman la comunidad - acaban reconociendo carencias y deseos que solo pueden hallar si se pasan al otro bando. La libertad es un espejismo, parece sentenciar Smiley, capitalista en este caso, algo que ni - como reza su título - la mejor de las voluntades, ni siquiera la de ese padre que cree estar haciendo lo mejor para su hijo (también esta es una novela sobre los modelos de paternidad y maternidad) parece aplacar un problema sustentado en la confrontación, el individualismo o la falsa meritocracia entre otras muchos contrafuertes. 

La mejor voluntad: una historia de aislamiento, modelos de habitar el mundo, paradojas, desigualdad, grietas emocionales, ideales que se deshinchan, autonomía, autoridad, ruido pragmático... La prole como campo de experimentos y cubo rebosante de expectativas paterno y materno filiales. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me pregunto como sería criar a un niño con dinero. Toda su vida hemos estado inventando cosas para él; ha sido nuestro sujeto experimental, y reconozco que ha sido uno muy bueno, receptivo agradecido, flexible con esas ideas que pintaban bien sobre el papel pero que no funcionaron."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

sábado, 8 de enero de 2022

RESEÑA: Mi padre el pornógrafo.

 MI PADRE EL PORNÓGRAFO


Título: Mi padre el pornógrafo. 

Autor: Chris Offutt (Lexington, Kentucky, 1958) pasó su infancia y primera juventud en Handelman, Kentucky, una población minera de doscientos habitantes que ya no existe. Tras licenciarse en la Universidad de Morehead, recorrió los Estados Unidos a dedo y trabajó en más de cincuenta empleos. Alumno de James Salter y Frank Conroy en el curso de escritura creativa de la Universidad de Iowa, Chris Offutt debutó con su libro de relatos Kentucky seco (1992; Sajalín, 2019). Al que le seguiría, en el campo de la literatura breve, Lejos del bosque (1999; Sajalín, 2021). Offutt es autor de tres novelas, The Good Brother (1997) y Noche cerrada (2018; Sajalín 2020) y Los cerros de la muerte (2021; Sajalín 2021) - esta última la primera de una trilogía -. Así como de tres memoirs, Dos veces el mismo río (1993; Malas Tierras 2022), No Heroes: A Memoir of Comming Home (2002) y Mi padre el pornógrafo (2016; Malas Tierras 2019). Sus relatos y ensayos han aparecido en publicaciones como The New York Times, Harper´s, Esquire, GQ, Playboy, Tin House y The Oxford American. La revista Granta lo incluyó en su lista de veinte jóvenes escritores norteamericanos en 1996. Además, ha escrito guiones para las series True Blood, Weeds y Treme, y ha sido nominado a un Emmy. En la actualidad vive en el condado de Lafayette, Misisipi. 


Editorial: Malas Tierras. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Ce Santiago. 

Sinopsis: cuando Andrew Offutt murió, heredó un escritorio, un rifle y ochocientos kilos de porno. Andrew fue considerado el rey de la pornografía escrita del siglo XX, con una carrera literaria que comenzó como medio para pagar la ortodoncia de su hijo y que ponto cobró vida hasta alcanzar su punto álgido durante la década de los setenta, cuando la popularidad comercial de la novela erótica llegó a su apogeo. Con su esposa ejerciendo como mecanógrafa, Andrew escribió desde su casa en las colinas de Kentucky, encerrado en una oficina en la que nadie osaba entrar, más de cuatrocientas novelas. Pero, cuanto más escribía, más crecía su ambición y más difícil era para sus hijos formar parte de ese mundo. En el verano de 2013, Chris regresó a su cuidad natal para ayudar a su madre, ya viuda, a salir de la casa de su infancia. Cuando comenzó a leer los manuscritos y las cartas de su padre, por fin tuvo la oportunidad de conocer a aquel hombre difícil, voluble y, a veces, cruel al que había amado y temido a partes iguales, y se dio cuenta de que en ausencia de su padre, podría dar sentido a su vida y a su legado. 

Su lectura me ha parecido: impactante, áspera, dura, adictiva, piadosa, inmersiva, severa, explosiva, catártica, tenebrosa, plagada de claroscuros, emotiva en su justísima medida... Cuando una se aproxima, con paso sigiloso pero decidido, a la sección de "Biografías" el resultado suele ser, cuanto menos, algo decepcionante. Los reyes y reinas, tan importantes como inmortales gracias a los libros de texto, son los que copan más del 50% de la sección, así como aquellos ministros, banqueros, duques, marqueses, condes, presidentes y demás advenedizos que se codearon con los que ostentaban la corona por legitimación divina. De todos ellos, siempre hay hueco para los más contemporáneos, aquellos que, inexplicablemente, suscitan cierto interés en una importante parte de los lectores y cuya literatura deja mucho que desear. Seguidamente, nos topamos con los mediáticos que, aún teniendo toda la vida por delante, deciden posar sus cortas y respectivas biografías en manos de un autor/a s sueldo o confiar en el poder de su talento en el noble arte de la escritura para plasmar como ha sido su vida desde que nacieron hasta el mismísimo momento en el que deciden rellenar la página en blanco. Por supuesto, éstas son las más solicitadas, las más aclamadas por el público más generalista, las que primero se agotan en cualquier librería que se precie. Pero, también, las primeras en llegar a los templos del libro de segunda mano o a Wallapop. Después, y no por ello menos importante, encontramos las biografías bisagra, las que actúan como puente entre lo que se considera "alta" y "baja" literatura. Entiéndase alta, por citar un ejemplo, las biografías que Stefan Zweig le dedicó a monarcas como María Antonieta o María Estuardo, y baja, la que alguien escribió sobre otra princesa más llana, más de andar por casa, más del pueblo. Esas suelen estar protagonizadas por toda una serie de personajes que, lejos de ahuyentarnos, consiguen atraernos aún más si cabe gracias a ese halo de leyenda que la cultura popular - y alguna serie de Netflix o HBO - ha contribuido a otorgarles a pesar de no haber llevado la vida más ejemplarizante. Pablo Escobar, Diego Armando Maradona o la pareja de atracadores Bonnie y Clyde serían un ejemplo perfecto en estas lides. Y por último, tras hurgar un buen rato en las estanterías, una servidora acaba topándose con los desconocidos. Rostros que observan desde el otro lado del papel, nombres antaño anónimos, plumas que - con mayor o peor talento - tratan de acercarnos a las vidas de quienes, hasta ese instante, no eran más que polvo en la historia. Algunas de ellas de tal calibre que incluso llegan a considerarse clásicos instantáneos de lo biográfico, a la altura de los que dedican su esfuerzo a escribir sobre Isabel la Católica, Godoy, Kurt Cobain o Magallanes entre otros muchos, descubriéndonos personajes imposibles de olvidar. Esto es precisamente lo que le sucede al libro que hoy tengo el placer de reseñar, digno heredero - aunque con muchos matices por supuesto y sin entrar en rimbombancias absurdas - de Franz Kafka cuando decidió criticar el carácter abusivo y déspota de su progenitor en Carta al padre. Mi padre el pornógrafo: el imposible equilibrio entre la severidad y la misericordia. 


De un tiempo a esta parte ya son pocas las personas que no conocen el nombre de Chris Offutt. Autor, a mi juicio, poco reivindicado y que, hasta hace unos años, era habitual en pequeños grupúsculos de lectores amantes de la grit lit. De un tiempo a esta parte, y sobre todo gracias a la puesta en valor del noir y del neonoir tanto en literatura como en cine (Fargo es la punta de lanza, pero no la única), Offutt ha conseguido por fin colocarse en primera línea en el terreno novelístico gracias a su acercamiento a un nada artificioso y crudo retrato de las miserias humanas presentes en lo que comúnmente hemos venido a llamar, sin demasiado acierto, la Norteamérica profunda. Kentucky seco es sin duda su obra más celebrada - un volumen de relatos que está empezando a ser tenido en cuenta en muchas escuelas de escritura creativa - pero tanto Noche cerrada como Lejos del bosque (novela y antología de cuentos respectivamente) engrosan una producción literaria tan interesante como valiosa. Y aunque el pasado otoño volvió al candelero de la actualidad gracias al inicio de su primera trilogía - la cual ha inaugurado con ese libro de formidable título llamado Los cerros de la muerte - lo cierto es que, a pesar de haber coqueteado con el mundo de las series de televisión, Offutt se nos descubre como un excelente autor de no ficción. Por desgracia (aunque la editorial Malas Tierras pronto pondrá remedio a tal injusticia) solo nos ha llegado traducido al español Mi padre el pornógrafo. Libro que una servidora, siguiendo ese instinto que me ha aportado el mismo número de alegrías y que de decepciones a lo largo de todo este tiempo, acabó devorando con ansia durante los últimos meses de un julio, el de 2021, no muy distinto al de 2020. Recuerdo todavía las miradas de extrañeza y perplejidad de alguno de los parroquianos de aquella cafetería de la calle Molinell cuando, en mis descansos de la hora del almuerzo tras unas intensas horas entre montañas de libros y conversaciones a pie de mostrador, se me ocurría sacar el libro para seguir degustándolo al compás del café con leche y tostada de tomate. Y no me extraña. Yo misma me quedé algo perpleja la primera vez que tuve noticias de su existencia. Su título desprendía incomodidad mirases por donde mirases, al igual que el inquietante montaje de su portada - donde aparece el propio autor de niño y de adulto - y, sobre todo, esa mirada severa, esos ojos con cierto toque sombrío, esa cara de pocos amigos que, sin duda, no invita de buenas a primeras a leerlo. Sin embargo, y a riesgo de fastidiarla - soy plenamente consciente de que este libro no es para todos - os animo a que superéis la portada y su impactante título para adentraros en la perturbadora historia de uno de los escritores más prolíficos y desconocidos del siglo XX. Ahora bien, no saldréis indemnes de ella. Quien avisa no es traidor. 



Al igual que su hijo, el padre de Chris Offutt - Andrew J. Offutt V - también fue escritor. Uno de los que se inició, no por amor a las letras, sino por motivos económicos (había que pagarle la ortodoncia al niño). Uno de los que se encerraba en su oscuro despacho, de los que trabajaban día y noche, de los que echaba mano de la esposa - que triste resulta el personaje de Jodie McCabe Offutt - para que le ayudase a mecanografiar, corregir o pasar a limpio las novelas sin recibir una pizca de reconocimiento. Uno de los que no dejaba que sus hijos se acercara a su máquina de escribir bajo amenaza o levantando un muro infranqueable, de los que se llenó de ambición, de los que prefería frecuentar convenciones plagadas de frikis a pasar tiempo con su prole. Uno de severos castigos, machista redomado, de los que ignoraba a sus hijos, hasta el punto de no llegar a conocerlos del todo. Pero, a cambio, Offutt padre era uno de los que escribía ferozmente, a la carrera, como si le fuera la vida en ello, usando para ello hasta veinte pseudónimos diferentes - el más memorable el de John Cleve - obteniendo como resultado más de 400 novelas cortas. Un Marcial Lafuente Estefanía del pulp, la fantasía, la ciencia ficción y del porno. Sobre todo del porno. Ya que es el género que más frecuentó y del que más títulos contabilizó el propio Offutt tras la muerte del patriarca. De hecho, esta peculiar biografía arranca con dicho fallecimiento, las conversaciones con la que fuera su esposa y todo el material que Chris Offutt encontró en su despacho, lugar que, como ya hemos comentado, le estaba vetado y sobre el que parece haber caído una especie de maldición en forma de incómodo legado. Porque sí, no es fácil asumir que tu padre, además de escribir novelas de gran carga sexual en las que daba rienda suelta a toda una clase de perversiones que a día de hoy nos parecerían intolerables, tampoco ejerció como tal. ¿O sí? A pesar de la dejadez, su incapacidad para dedicarle tiempo a todo lo que no fueran sus novelas o el maltrato psicológico que ejercía contra su mujer. En un honesto y magistral ejercicio literario - no estamos muy alejados de lo que hizo Mary Karr en El club de los mentirosos al retratar la problemática relación con sus padres - Offutt nos narra la vida de su padre desde sus inicios como hijo de la Gran Depresión hasta sus últimos días, pasando por su momento de mayor apogeo y popularidad - los 70 fueron los años del boom de la novela de ciencia ficción erótica - y sin olvidar a aquellos personajes secundarios fundamentales, como lo fueron su madre y sus hijos. Es en este punto donde Offutt consiguió ganarme por completo como lectora al incluirse a él mismo dentro de la propia historia en busca de una catarsis emocional, dicho de otra forma, de ajustar cuentas con su pasado. En Mi padre el pornógrafo no solo descubrimos al hombre cruel, maniático e implacable que fue Andrew J. Offutt V, también al propio Chris Offutt durante aquellos años y los que le sucedieron a la muerte de éste. Especialmente doloroso fue descubrir los abusos que Chris sufrió de niño por parte de un desconocido a cambio de dinero - y que confesó muchísimos años después - de las dudas que aquello le produjo respecto a su sexualidad, la hostilidad del lugar en el que vivían - en las montañas de Kentucky - sus intentos de huir, su responsabilidad como hermano mayor - a los seis años tenía que hacerse cargo de sus hermanos y de las tareas de la casa mientras sus padres estaban de convención - así como la repulsión al sexo que padeció cuando descubrió el material pornográfico y, muy especialmente, ese cómic inédito que dibujaba como vía de escape para sus obsesiones y pulsiones. Las de un hombre al que, según sus propias palabras, la escritura le había impedido ser un asesino en serie. La escritura como terapia, o la terapia como escritura, así podríamos definir a este libro crítico al tiempo que piadoso, despiadado y a la vez emotivo, sin medias tintas y, sin embargo, gris. Moviéndose en una tan incomprensible como acertada distancia exorcizante en la que, matando al padre, consigue el mejor de los ensayos biográficos. 

Mi padre el pornógrafo: una historia de desidia, maltrato, frialdad, obsesiones, novelas que se escriben como churros, recuerdos amargos, infancias difíciles, escritura compulsiva... Los demonios de la creación literaria y sus consecuencias. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Rara vez papá nos dejaba la casa sobre la que se ostentaba el dominio absoluto. Cuando lo hacía iba a convenciones, un ambiente que saciaba su ego en todos los sentidos. Terminó por acostumbrarse a esos dos extremos y se mostraba resentido cuando su familia no lo trataba como lo trataban los fans. Lo decepcionábamos con nuestra necesidad de tener un padre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

lunes, 20 de diciembre de 2021

RESEÑA: Hija de sangre y otros relatos.

 HIJA DE SANGRE Y OTROS RELATOS


Título: Hija de sangre y otros relatos. 

Autora:  Octavia E. Butler (Pasadena, Estados Unidos, 1947 - Lake Forest Park, Estados Unidos, 2006). La apodada como "la gran dama de la ciencia ficción" vivió su infancia en un barrio interracial, siendo criada por su abuela y su madre y devorando cada revista sobre dicho género que caía en sus manos. Años más tarde ingresó en la California State University, la cual abandonó para comenzar a estudiar Escritura Creativa en la Universidad de los Ángeles llegando a recibir su título de profesora asociada en Artes en 1968 en el Pasadena Community College. Así mismo, también estudió en el Screenwriter´s Guild Open Door Program y en el Clarion Sciencie Writer´s Workshop, donde asistió a clase con el maestro de la ciencia ficción Harlan Ellison. Su primera historia, Crossover, fue publicada en la antología Clarion de 1971. Pattermaster, su primer a novela, fue el primer volumen de una serie de cinco entregas - Mind of my mind (1997), Survivor (1978), Wild Seed (1980) y Clay´s Ark (1984) -. Con la publicación de Parentesco en 1979, Butler logró mantenerse como escritora a tiempo completo y al fin el reconocimiento a su obra. Butler también es autora de la trilogía Xenogenesis, de La parábola del sembrador (1993) así como de una colección de cuentos cortos publicados bajo el título Hijo de sangre y otras historias (1995). Ha ganado algunos de los premios más prestigiosos que reconocen las obras de ciencia ficción, entre ellos el Premio Locus, el Premio Hugo, el Premio Nébula o el Premio Science Fiction Chronicle. 


Editorial: Consonni. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Arrate Hidalgo. 

Sinopsis: Esta colección de siete cuentos y dos ensayos, publicados y escritos entre los años sesenta y noventa, es una introducción perfecta para quienes descubren a Octavia Butler y un título imprescindible para los incondicionales. Traducida ahora por primera vez al español, fue en su día incluida en la lista anual de destacados del New York Times. Incluye dos de sus más aclamados relatos cortos Hija de sangre, relato ganador en 1984 de los prestigiosos premios literarios Hugo y Nébula, y Sonidos de habla, también ganador de un premio Hugo al año siguiente. Inéditos hasta su publicación en esta antología, se encuentran Amnistía y El libro de Martha. Cada texto viene acompañado de un epílogo de la misma autora y los ensayos consejos precisos sobre la escritura. En ellos, Butler relata sus vicisitudes como mujer negra y escritora en una época, en la que el género fantástico estaba dominado por hombres blancos. 

Su lectura me ha parecido: potente, enriquecedora, reflexiva, muy original, honesta, distópica, utópica, crítica, reivindicativa, tremendamente vigente... La ciencia ficción ha sido siempre uno de los géneros más populares de la historia de la literatura, al menos desde que en el siglo XIX una escritora inglesa de tan solo veinte años llamada Mary Shelley - maestra absoluta también del terror - lo inventase para la posteridad en una de las obras más importantes de todos los tiempos. Hablamos, por supuesto, de Frankenstein o el Moderno Prometeo. Género que, a pesar de haber aumentado las posibilidades creativas dentro del campo de la escritura, se vio sumido en un injusto ostracismo al que solo unos pocos valientes se atrevieron a asomarse. No obstante, con la irrupción del feminismo, el antirracismo o los movimientos por los derechos LGTBI y, muy especialmente, la merecidísima segunda vida de un libro como El cuento de la criada de la también grandísima, y varias veces candidata al Nobel, Margaret Atwood - llamado a convertirse en clásico de la literatura - han supuesto un antes y un después en la percepción social hacia el género. Si antes la ciencia ficción era automáticamente despreciada - sobre todo por las élites culturares del momento - y concebida como literatura menor, o más en concreto, un reducto para el goce y disfrute de unos pocos frikis, ahora es raro no toparse con alguien que hable de ella con mil y un halagos. Hasta el punto de convertirse en objeto de estudio y debate intelectual. Y es que el género está plagado de auténticos eruditos: George Orwell, Aldous Huxley, Philip K. Dick, Anthony Burgess, Ray Bradbury, Stanislaw Lem, Isaac Asimov, Richard Matheson... Pero también de eruditas: la ya citada Margaret Atwood, Ursula K. le Guin, Johanna Russ, Sheri S. Tepper, Elia Barceló, Analee Newitz, V. E. Schwab, Nnedi Okorafor, Laura Fernández... Si hasta Emilia Pardo Bazán hizo sus pinitos en el género con relatos como La cabeza a componer o su primera novela Pascual López: autobiografía de un estudiante de medicina. Al calor de este clima de cambio y reivindicación, en España muchas editoriales especializadas en el género han visto reforzada su posición - tales como Gigamesh o los sellos Minotauro o Fancy de Planeta o Penguin Random House respectivamente - pero también ha favorecido la irrupción de editoriales más pequeñas como Consonni, Pulpture, Crononauta, Tryskel, Aristas Martínez, Bunker, Nova (esta absorbida por Penguin), Shackleton entre otras. Así como la aparición de portales web relevantes como La nave invisible - en el que buscar visibilizar las autoras de género - o podcasts como Marea Nocturna o Escritoras de Urras. El cambio ha sido drástico, capaz de darle un vuelco a dos ideas erróneas. La primera, que la ciencia ficción es cosa de marginados y raritos (aunque paradójicamente, incluso cuando se denigraba, era uno de los géneros más populares). Y la segunda, a nivel de escritura, que la ciencia ficción es un terreno de hombres blancos y heterosexuales, estereotipo que Octavia Butler - de la que hemos hablado largo y tenido aquí - tumbó con su presencia y galardones en un momento en el que la lucha por los derechos sociales de la comunidad afroamericana atravesaba su momento más efervescente. Hija de sangre y otros relatos: el black lives matter de los 70 no está reñido con la ciencia ficción más trasgresora. 


En ocasiones la obra literaria y el contexto histórico que la ha visto nacer son completamente indisociables el uno del otro. Ocurre con La divina comedia, El Quijote, El segundo Sexo o incluso con Hamnet (cuya reseña publiqué la semana pasada). Algo que también sucede con Hija de sangre y otros relatos de Octavia Butler, cuya lectura es un constante diálogo con los Estados Unidos de mediados de siglo debido a que, en su mayoría, los textos fueron escritos al calor de las protestas, marchas y manifestaciones llevadas a cabo por la comunidad afroamericana exigiendo sus derechos en un país que los seguía discriminando sistemáticamente. Mientras la lucha seguía en la calle y a medida que iban alcanzando más conquistas sociales durante los 60, 70 y 80 del pasado siglo, una escritora Octavia Butler irrumpía en el panorama literario de su país con una serie de escritos que pusieron patas arriba el canon que se había seguido hasta ese momento, cambiando la historia de la literatura de ciencia ficción para siempre. En un mundo de hombres blancos, Butler supo, no sin haber peleado lo indecible, hacerse un hueco entre ellos ganando varios de los premios más prestigiosos del género tales como el Nébula o el Hugo entre otros muchos, convirtiéndose en la primera de muchas cosas. No solo su condición de mujer, también las de mujer negra y lesbiana, dotó a sus novelas, ensayos y relatos de una perspectiva nunca antes explorada en la ciencia ficción y que a la larga, resultaría crucial para las futuras generaciones de escritoras y escritores deseosos de explorar este campo de la literatura en pleno siglo XXI. Convirtiéndose, casi en el acto, en todo un referente atemporal. Reivindicada hasta la saciedad en los últimos años - no hay más que ver las reediciones de algunas de sus obras más importantes por parte de editoriales como Capitán Swing o Consonni entre otras - la obra de Butler respira vigencia. Ya no solo por sus alegatos antirracistas y el afrofeminismo tan cercano a las tesis de Angela Davis, también por lo que respecta al contexto social en el que actualmente nos movemos. En el que parecen haber resucitado, como si de una pesadilla se tratase, toda una clase de viejas ideologías intolerantes, xenófobas, homófobas y antifeministas que creíamos haber enterrado definitivamente bajo kilos de tierra. Algo que en Estados Unidos no ha dejado de sucederse, sobre todo desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, y la visibilidad que han adquirido las protestas contra la violencia policial y los crímenes racistas. De ahí que los relatos de Octavia Butler resulten más necesarios que nunca, arrojando crítica, inclusión y diversidad en un mundo que, de nuevo, parece que tiene que volver a pelear por unos derechos ganados en el pasado. 


Centrándonos en la lectura en cuestión, todas y todos conocíamos el talento de Butler para la novela, pero al menos una servidora desconocía el inmenso potencial que esconden sus narraciones más cortas. Y es que, como siempre he sostenido, una o un gran escritor se mide en su capacidad de síntesis, en ser capaz de condensar sus inquietudes y estilo en un cuento. O al menos atendiendo a lo que, desde la academia, se ha considerado como tal. Con su extensión, sus reglas, sus parámetros. Hija de sangre y otros relatos - antología que Consonni ha traducido y publicado por primera vez en nuestro país - resulta casi un ejemplo perfecto de como debería escribirse un relato de ciencia ficción, solo comparable con aquellos relatos que Ray Bradbury se sacaba de la manga para hacernos la vida más amena a la vez que aprendías un poco de ciencia y de las posibilidades de esta en clave de humor. A diferencia de, por ejemplo, Crónicas marcianas, Butler traza una serie de cuentos con un tono menos distendido, menos afable, planteando futuros donde los seres humanos hemos fracasado a todos los niveles. Convirtiéndonos en extranjeros dentro de planetas imaginados, esclavos de nuestros propios inventos ideológicos o sufriendo las más terribles consecuencias de nuestra propia ambición. Desde convertirnos en objeto de estudio por parte de unos alienígenas con aspecto de insectos en Hija de sangre - donde además se plantea la posibilidad del embarazo masculino - a sufrir enfermedades genéticas que nos conducen a la autodestrucción en La tarde, la mañana y la noche, pasando por esa inquietante sociedad que, por culpa de un virus, ha perdido la posibilidad para comunicarse a través del habla en Sonidos de habla - sin duda, mi relato favorito de la antología -. De hecho, ahondando un poco más en este cuento, Butler plantea una regresión hacia un primitivísimo violento que ha conseguido helarme la sangre. Obviamente como sociedad no estamos en esa situación pero asusta observar como la comunicación, o mejor dicho, la falta de ella, es un problema cada vez más preocupante, algo de lo que las nuevas tecnologías, y más en concretamente las redes sociales, tienen mucha culpa. Por otro lado, y no menos importante, la antología se completa con tres textos que se salen de la norma. El primero de ellos, el que lleva por título Al otro lado, nos introduce en la vida de una mujer que trabaja en empleos precarios en medio de una aplastante soledad mientras anhela el amor de un hombre encarcelado y convertirse en escritora. Durísimo relato por ese retrato de las relaciones tóxicas, pero también por esa desazón que provocan los sueños rotos. Un cuento que, a pesar de no tener toques cifi, golpea de la misma forma que el resto. A continuación, dos micro ensayos (Obsesión positiva y Furor Scribendi) en los que Butler nos cuenta los inicios de su amor por la literatura y la historia de sus numerosos rechazos editoriales, así como los consejos que ella misma nos da para convertirse en escritor, insistiendo muy especialmente en la perseverancia. A priori la inclusión de estos textos en medio de la antología puede resultar extraño, desconcertante, pero al ofrecer la mirada más humana de la autora que hay detrás de tan excepcionales relatos entiendes un poco mejor su escritura y los motivaciones personales que la llevaron a escribirlos. La antología se cierra, a modo de epifanía, con su cuento más optimista, El libro de Martha, de inspiración bíblica en el que una joven es elegida para encontrar la manera de que la humanidad no acabe exterminándose de puro egoísmo. Un cierre perfecto que contribuye, no solo a agrandar la leyenda de Octavia Butler, también a que el lector acabe metiendo sus ojos en otros de sus libros. Que son muchos y, afortunadamente, cada vez más accesibles. 

Hija de sangre y otros relatos: nueve historias de extinción, especulación científica, antirracismo, feminismo, condición humana, experimentos, virus, pandemias, pequeños huecos para la esperanza... Una antología que todo amante de la Ciencia Ficción debería tener en su estantería. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Supongo que es porque nos han vuelto a desplazar del centro del universo. A los seres humanos digo. A lo largo de la historia, en los mitos y hasta en la ciencia, nunca hemos dejado de colocarnos en el centro y nunca han dejado de desalojarnos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Consonni

sábado, 9 de octubre de 2021

RESEÑA: Azúcar quemado.

 AZÚCAR QUEMADO


Título: Azúcar quemado. 

Autora: Avni Doshi (New Jersey, 1982). Estudió Arte en el Bernard College en Nueva York y luego Historia en la University College de Londres. Volvió a la India, el país de sus padres, para ser curadora de arte durante cinco años, antes de decidir dedicarse enteramente a la escritura. Azúcar quemado es su primera novela y la logrado entrar en la Shortlist del Booker 2020. 


Editorial: Temas de Hoy. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Raquel Vicedo. 

Sinopsis: La madre de Antara siempre fue una mujer indomable, que despreció las convenciones de su familia, su marido y su época. Pero ahora que está perdiendo memoria y Antara quiere que recuerde. Que recuerde las veces que le hizo daño, los lugares a los que la arrastró de niña por huir de un matrimonio aburrido, el culto religioso en el que vivieron, los meses en la calle después de que le rompieran el corazón. Antara piensa en todo eso mientras acompaña a su madre y se pregunta cómo cuidar de alguien que no la cuidó jamás. 

Su lectura me ha parecido: dura, contundente, caótica al principio, ágil a medida que le vas pillando el punto, en los límites de lo "cómodo", desestabilizadora, cautivadora en última instancia... ¿Hasta dónde llegan nuestras obligaciones con nuestros progenitores? ¿Por qué la sociedad nos incita a condenar conductas moralmente reprobables si vienen de amigos, vecinos o parejas y, en cambio, nos obliga a reprimirnos cuando los que las ejercen son nuestros propios padres? ¿Tenemos los roles paterno-materno filiales demasiado idealizados? ¿Qué pasa cuando se rompe el paradigma? Y lo más importante: ¿debemos perdonarles cualquier conducta, por muy destructora que sea, en favor de un amor, en ocasiones inexistente, o porque la sociedad-tradición, de nuevo, nos empuja a ello? Al igual que el amor romántico pienso que el concepto de familia - entiéndase en su manifestación más arcaica - está también en plena deconstrucción. No sólo por el hecho de que lo nuevos modelos familiares más allá de la opción monógama de toda la vida (padre, madre e hijos) van ganando más aceptación social, también por la extensión propia del término. Familia, tradicionalmente, venían a ser tus progenitores, pero ahora cualquier núcleo de afecto - como los amigos por ejemplo - puede llevarlo asociado o acabar conformándose en ello, ya sea por una visible evolución socio-cultural o por pura supervivencia - un ejemplo serían las amistades como refugio familiar ante casos de homofobia, racismo, machismo o cualquier otra forma de discriminación -. Sin embargo, a pesar de que estas realidades no son conocidas, seguimos apostando por la felicidad por encima de cualquier otra cosa. Por los oídos sordos en lugar de atender a las injusticias que, en algunas familias, los padres vierten sobre sus hijos. Borrón y cuenta nueva en lugar de hablar o cortar de raíz la relación (dos opciones igual de válidas y que nadie, absolutamente nadie, debería poner en duda). Porque nos han enseñado que la familia es un retablo, un panteón, un tótem que nadie debe romper, aunque ésta nos haga daño, aunque queramos poner tierra de por medio, aunque peligre nuestra propia salud mental. La memoria es traicionera, sí, pero también nítida, y hay cosas que son imposibles de olvidar, y menos cuando vienen de esa institución que, se supone, jamás debe defraudarnos. Creo que, en ese sentido, debemos ser realistas y aprender a bajar de los pedestales de una vez por todas a nuestro padre y nuestra madre para luego no llevarnos, con perdón, las hostias. Todo ello auspiciado por un sistema que esconde la mierda bajo idílicos retratos de los 90. De todo esto y focalizada en la figura de la progenitora - la del padre merece un extenso capítulo a parte - nos habla, o mejor, nos hace reflexionar la novela que hoy regresa a mis manos. Desmitificadora como pocas que, sin embargo, consigue retorcerte el estómago. Azúcar quemado: la memoria como ejercicio redentor y la ambivalencia de la maternidad. 


El propio título - de un lirismo tan precioso como amargo - nos avanza la carga simbólica de lo que, si nos animamos, encontraremos en el interior de sus páginas. Y es que Azúcar quemado no deja de ser, en apariencia, una disección literaria más de lo compleja que a veces resulta las relaciones entre madres e hijas. De hecho, la lapidaria frase con la que Avni Doshi inicia el presente libro ya nos anticipa tanto el tono como la contundencia de su discurso: "Mentiría si dijera que nunca he sentido placer cuando a mi madre le ocurre una desgracia". Sin duda, a la altura de aquellos inicios inolvidables - tales como el devastador principio de El verano en el que mi madre tuvo los ojos verdes o la intrigante, pero no menos escalofriante, confesión que da el pistoletazo de salida en Agua salada - en los que las relaciones familiares no son siempre ideales. A pesar de su confusa primera parte (a la que asistes con desconcierto hasta que, de pronto, la particular situación en la que se encuentra el personaje de la madre justifica dicho caos narrativo) la historia fluye a través de los ojos de Antara, la hija, quien ya adulta y viéndose en la "obligación" de cuidar a su madre - diagnosticada de Alzheimer - comienza a recordar. Y es a través de ellos, y de la dureza de los mismos, como Doshi nos sumerge en esta tormentosa relación. Estos se mezclan, irremediablemente, con el presente de Antara, quien como hija se debate entre la abnegación y su propia salid mental. O lo que es lo mismo, entre lo que es moralmente correcto o lo que es realmente justo. Tara, la madre de nuestra narradora, es un personaje complejo, contraria a cualquier convención social, de espíritu independiente, libre, pero a la vez bastante inestable emocional y psicológicamente. En esa incesante, y nunca satisfactoria, búsqueda del lugar o de esa felicidad plena, arrastra a Antara sin tener en cuenta su opinión, su seguridad, integridad y sin recibir un ápice de cariño por su parte.


Las calles de Pune - magnífica ambientación - así como los detalles religiosos, históricos e incluso gastronómicos son el escenario de esta historia de traumas infantiles (los cuales sobreviven al tiempo soldados en la memoria de Antara) así como del olvido paulatino a causa de una terrible enfermedad (manida, sí, pero no viene mal recordar una vez más que la desmemoria no es una excusa para olvidar el daño infringido durante años). Ese empeño por no olvidar - algo que, irremediablemente, me ha recordado lo mucho que nos cuesta en este país hacer, a otros niveles por supuesto, sin recibir insultos, silencios o exabruptos varios; incluso por parte de algunos que ocupan escaño en el Congreso de los Diputados - y esa relación de amor/odio entre madre e hija le sirve a Avni Doshi para ofrecernos, no solo un retrato del fango que abunda a los pies de cada núcleo familiar, también para poner al lector frente a un dilema. El de posicionarnos al lado de Antara, y por lo tanto en contra del comportamiento de Tara o, al contrario, desarrollar un pensamiento crítico en relación a los modelos de maternidad. Dicho de otro modo, tal vez estemos siendo demasiado duros con Tara al juzgar sus actos fuera de los roles tradicionales en favor de su libertad como mujer. Ahora bien, la decisión de hasta qué punto éstos son más o menos reprochables la tenemos nosotros, los que amamos el noble arte de escribir novelas. Aunque estas, en ocasiones, te coloquen al borde del precipicio. 

Azúcar quemado: una historia de desazón, impotencia, maternidad fuera de la norma, irresponsabilidad, olvido, recuerdo, desesperación, debates éticos y morales, tradición, liberación, precios que se pagan caros... A pesar se su extraño final, de esos que no entiendes si no regresas unas páginas atrás, el panorama literario, y una gran parte de los lectores, acogen con los brazos abiertos a una nueva voz dentro del cada vez más diverso panorama literario mundial. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me parece injusto que pueda quitarse el pasado de la cabeza mientras que yo la tengo a rebosar de pasado todo el tiempo. Yo lleno papeles, cajones, habitaciones enteras con registros, notas, pensamientos, mientras que a ella la mente se le nubla cada día que pasa."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Temas de Hoy

jueves, 23 de septiembre de 2021

RESEÑA: Un par de cómicos.

 UN PAR DE CÓMICOS


Título: Un par de cómicos. 

Autor: Don Carpenter (California, 1931-1995) escribió numerosas novelas, cuentos y guiones de cine a lo largo de veintidós años de carrera. Su primera novela, Dura la lluvia que cae, se publicó en 1966. A ésta le siguieron títulos como Un par de cómicos (1979) o La promoción del 49 (1985). Fue alabado por la crítica y sus colegas, pero su obra nunca llegó a un público masivo. Víctima de una serie de enfermedades que lo acabaron incapacitando, se suicidó en 1995 antes de acabar su última novela, Los viernes en Enrico´s, terminada y prologada por Jonathan Lethem y publicada por Sexto Piso en 2015. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés.

Traductor: Rubén Martín Giráldez.

Sinopsis: Desde hace años. Jim Larson y Dave Ogilvie forman un célebre dúo cómico cómodamente asentado en la fama. Cuando no están actuando en Las Vegas o de gira por el país, se encuentran en Hollywood grabando alguna de sus taquilleras películas. La amistad entre Dave y Jim parece haber sobrevivido al tiempo, al éxito (también al extraño cansancio que éste conlleva), a la implacable maquinaria del show business, e incluso a algún que otro avispado agente que quiere que Jim emprenda una carrera en solitario. A pesar de todo, siempre han sabido moverse como pez en el agua en un mundillo que conocen y aman, sin pagar, aparentemente, un peaje demasiado caro. Aún así, cíclicamente, Jim necesita desaparecer sin avisar a nadie, y Dave teme que alguna de esas veces sea la definitiva y todo acabe. 

Su lectura me ha parecido: tragicómica, ligera, burlesca, implacable en su retrato de lo que sucede tras las bambalinas del mundo del espectáculo, ausente de sentimentalismos, una brisa entre un panorama literario a rebosar de intranscendentes dramas... La risa, esa que aflora de nuestros labios y garganta, como si de una idea que por necesidad tenemos que exponer en voz alta, para que todo el mundo la oiga, hasta los comensales situados a la otra punta del restaurante. Cuantos más mejor. Porque, si de algo vive la risa es de la compañía, de una comunión de afines que dan su aprobación en forma de más carcajadas. Complacientes, sinceras, comedidas, exageradas, con implicaciones nasales, lagrimales, vocales o todo a la vez. No hay una risa única, como tampoco aquello que nos conduce a ella. Dentro del infinito catálogo, los libros - adscritos al género humorístico - figuran en un puesto destacado a pesar, eso sí, del descrédito vertido más por la crítica que por parte del público, el cual, se entrega a ellas cual fan de una legendaria banda de rock. Homero fue, como en casi todo todo, pionero del noble arte de conseguir que nos partiéramos la caja con su epopeya Batracomiomaquia. Al igual que Aristófanes, Menandro o Luciano de Samosata con sus obras de teatro que bailaban entre lo pícaro, lo explícito y la sátira social. Siglos más tarde encontraríamos aquellos autores que provocaron cierta hilaridad en tiempos medievales tales como Chaucer, Martínez de Toledo o el Arcipreste de Talavera, capaz de aunar el carácter cortesano con ingenio verbal. Aunque el Decamerón de Boccaccio se considera uno de los textos de humor más importantes de la historia de la literatura - y en los últimos tiempos una suerte de manual para sobrevivir a una pandemia a base de contar historias cada cual más loca y subida de tono que la anterior - no podemos olvidarnos de nuestros patrios Fernando de Rojas con La Celestina y esa misteriosa o misterioso anónimo (no descartemos que fuese una mujer la que escribiese tremendo libro) que figura bajo El lazarillo de Tormes. Dos obras de impensable importancia que saben moverse entre los recovecos de la tragicomedia sin olvidarse de un despiadado retrato de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde llegarían Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o William Shakespeare para renovar - en el caso del primero la novela y los tres siguientes el teatro - provocando regocijos desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días. Y más cercanos a la actualidad Sharpe, Whodehouse, Waugh, Durrell, Lodge, Pratchett, Jardiel Poncela, Fo o Gómez de la Serna entre otros. Todos ellos influenciados por escritores tan dispares como Wilde, Dikens, Twain, Valera o Zúñiga (nótese la ausencia de autoras en este género, lo cual nos debería hacer pensar). Luego, y tras este breve pero entretenido repaso a la historia de la literatura más desternillante, está Carpenter. Un guionista curtido en una escritura precisa y no exenta de comicidad que nos regaló una joya desconocida - al menos para una servidora - que nos habla de lo que se esconde tras los focos, de la otra cara de la fama, de las apariencias forzosas cuando, en el mundo de las icónicas parejas humorísticas, uno de los integrantes decide bajarse del barco. Un par de cómicos: jocosidad y desenfreno tras el dorado cartel de Hollywood. 


En su extraordinaria labor por rescatar novelas de un injusto ostracismo, la editorial Sexto Piso se afana por traernos de vuelta la obra de Don Carpenter. Escritor de una dilatada experiencia de, ojo, veintidós años dedicada a la escritura de escaletas y diálogos para el séptimo arte. Autor de gran agilidad estilística y poseedor de un imaginario literario indisociable de su biografía - o más bien de sus vivencias entorno a la dorada Babilonia, más conocida como la industria Hollywoodiense - que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto en el año 1995. Dicho esto, y a falta de haberme leído su obra póstuma y editada por la mencionada editorial Los viernes en el Enrico´s, Un par de cómicos viene a iniciar lo que se la venido a llamar la Trilogía de Hollywood, en la que Carpenter nos sumerge en el brillante pero podrido mundo del show business para hacernos reír pero también para revelarnos lo que todos ya sabemos aunque nunca viene mal recordarlo de vez en cuando: que el negocio del cine norteamericano, fascinante donde los haya, tiene el poder de colocarte en lo más alto de la fama planetaria como, al mismo tiempo, condenarte al más absoluto de los olvidos. Dicho de otra forma, unos días estás arriba, con las estrellas del firmamento, y otros en el sótano del fracaso del que se antoja complicada su salida. En el caso de Un par de cómicos (la primera novela que nos llega de esta temática abordada por Carpenter) no estamos tanto en un terreno pantanoso donde somos testigos de la decadencia de un actor o actriz cuyo tiempo de gloria ha quedado atrás, ni ante algo parecido a El crepúsculo de los Dioses hecho novela, sino en el meollo de una historia de amistad más allá del ámbito profesional que está a punto de llegar a su fin. Como los grupos de música, los dúos míticos o, por supuesto, las legendarias parejas de cómicos, muchos han acabado separándose y, por consiguiente, poniendo fin a sus carreras para volar, con mejor o peor suerte, en solitario. Justo lo que les sucedió a Dean Martin y Jerry Lewis (pareja cómica en la que claramente se inspira la novela de Carpenter) mientras el primero sucumbió ante los egos de su compañero de profesión por culpa de las críticas de la prensa y, como consecuencia, su popularidad fue cayendo con los años, el segundo despegó y creció hasta convertirse en uno de los humoristas y directores más importantes de la historia del cine. 


Con un poso de comicidad con atisbos de patetismo y dramatismo - o lo que es lo mismo, lo que llamamos comedia triste - Carpenter nos habla de Jim Larson y Dave Oglive (magnífico perfilamiento de ambos personajes tanto en sus virtudes como en sus numerosos defectos), de su historia en común, de sus idas y venidas (sobre todo por parte de Jim influenciado por un productor que le insta a abandonar a Dave para actuar en solitario), de las fiestas glamurosas y regadas de alcohol que ambos se pegan y, sobre todo, de la sordidez y perversidad que impregna la trastienda del mundo de los teatros o sets de rodaje. Especialmente memorables son los pasajes en los que describen sus inicios, su primer encuentro y el inicio de la amistad que, ahora, está a punto de truncarse. Así como las insistentes arengas del productor, las lamentaciones y meditaciones de Dave en su rancho de Somona, el satirizante retrato del Hollywood de los 60-70 (décadas que cambiarían la industria para siempre) o el propio ambiente de las juergas - con aparición de Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, incluida - desinhibidas y plagadas de arquetipos que le sirven al autor como ejemplos para acentuar la degradación social y moral. Una fauna de interesados y carroñeros a ojos de alguien que, paradójicamente, forma parte de la propia maquinaria. Ligereza y pericia en sus diálogos - la mano de guionista es prácticamente palpable en cada página - Un par de cómicos no deja de ser el reflejo, bastante trasnochado, de la vida misma en cuanto a relaciones sociales se trata. El ser humano tiende a relacionarse con otras personas, ya sea por afinidades concretas - amor, amistad, trabajo, familia, ocio... - o por interés, sin llegar a estrechar un vínculo particular, simplemente por la coyuntura de la situación. Éstas pueden ser duraderas, tanto que solo la muerte acabará por truncarlas. Pero, ¿qué pasa cuando algo falla? ¿Cuando ya no reconoces a la persona con la que has pasado gran parte de tu vida? ¿Cuándo existen más diferencias que puntos en común? ¿Cuándo vuestros intereses difieren por completo? ¿Cuándo has aborrecido la compañía de quien, hasta hace poco, era imprescindible en tu vida? Los ciclos existen, y en lo que a relaciones sociales éste está a la orden del día. Por eso evolucionamos, exploramos nuevos territorios que en ese momento nos resultan más atractivos, en definitiva, cambiamos. Y en ese camino, seguramente, algunos de los que considerábamos una extensión de nosotros mismos acaben quedándose por el camino. Ley de vida dicen, como sucede en la novela de Carpenter. Sin duda, la mejor bisagra entre esa lectura trascendental de 1.000 páginas y ese cuento que exige toda tu atención. 

Un par de cómicos: una novela solvente, crítica, sin complejos temáticos y literarios, entretenida, que vuela en tus manos sin descuidar el contenido... Sin chistes malos pero con una buena dosis de tragedia burlona. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hacer películas es aburrido, y trabajar en Las Vegas es aterrador: ésa es la principal diferencia. Después de nueve o diez horas de aburrimiento, lo único que quiero hacer es irme a casa y ver la televisión, pero después de dos horas de terror, el mundo parece un lugar maravilloso."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso