Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alemania. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de octubre de 2021

RESEÑA: Primavera sombría.

 PRIMAVERA SOMBRÍA


Título: Primavera sombría.

Autora: Unica Zürn (Berlín, 1916 - París, 1970) fue una escritora y pintora alemana, destacada representante de la poesía anagramática y del dibujo automático, y célebre por sus colaboraciones con el pintor y escultor Hans Bellmer, del que fue compañera sentimental hasta 1953. Admirada por grandes artistas del surrealismo como Henri Michaux, Adré Breton, Man Ray, Hans Arp, Marcel Duchamp o Maz Ernst, en 1960 ingresó en un centro psiquiátrico tras sufrir un episodio psicótico, el desencadenante de un largo calvario que culminaría con su suicidio en 1970. Además de Primavera sombría, entre sus obras literarias destacan El hombre jazmín, El trapecio del destino y otros cuentos y Las trompetas de Jericó. 


Editorial: Pepitas de Calabaza. 

Idioma original: alemán. 

Traductora: Alba Lacaba Herrero. 

Sinopsis: En el que probablemente sea uno de sus textos más célebres, Primavera sombría, la autora alemana Unica Zürn plasma las emociones encontradas que acechan a una niña en el despertar de la vida. Una atmósfera familiar de violencia y sensualidad, que a un tiempo adora y repudia, prende en ella un imaginario erótico del placer en el dolor por el que finalmente se abisma. Apegos morbosos, juegos provocativos y ensoñaciones delirantes pueblan el turbulento universo de la protagonista de estas páginas, evocación de la propia infancia de Zürn, que acabó por quitarse la vida arrojándose al vacío desde el balcón de su cada en París a los cincuenta y cuatro años. Un relato hermosamente estremecedor, despojado de cualquier sentimentalismo y juicio moral, de una de las autoras más interesantes e injustamente olvidadas de la vanguardia europea. 

Su lectura me ha parecido: emocionante, verdadera, perturbadora, intensa, sobrecogedora, justa y necesariamente breve, un triple salto mortal sin red a la que el lector pueda agarrarse, de quitarse el sombrero, o la gorra, o lo que sea... Los que llevéis por aquí el mismo tiempo que yo - nueve años ya, ¡madre del amor hermoso! - sabréis la cantidad de autoras y autores, con sus correspondientes historias, que han pasado por este espacio, por lo visto, tan longevo. Hay veces que, como todo, olvido, y eso que me considero una persona con agudísima memoria. Sin embargo, han sido tantas y tantos los nombres - algunos rimbombantes otros no tanto - que a una se le han acabado escapando de ese abstracto espacio llamado memoria, o memoria lectora, como queráis llamarlo. Nada me ha intimidado, ni siquiera cuando, muy a mi pesar, me ha tocado resaltar aquellos aspectos que no me han acabado de funcionar en el escrito en cuestión, a veces con consecuencias algo desagradables o sepulcrales silencios. En todo este recorrido, como ya he dicho, he leído de todo y de casi todo. O casi todas, dado que de un tiempo a esta parte las autoras han copado gran parte del espacio de mi mesita de noche, y por consiguiente, del que le dedico en este lugar donde procuro que la literatura, la crítica y el debate se estrechen la mano. Aún así, hacía tiempo que una escritora no me abrumaba tanto, hasta el punto de sentir una especie de respeto eterno desde que la descubriera hace unos meses mientras el cielo de mi ciudad se preparaba para el chaparrón del siglo. En aquella primavera más sombría - dadas las excepcionales circunstancias en las que desde marzo de 2020 nos hayamos - que la que Unica Zürn (así se llama la escritora que a día de hoy me sigue poniendo los vellos de punta) describe en su relato. Escrito que inaugura el principio de una obsesión literaria, de infinita admiración, de respeto absoluto - y esperemos que inquebrantable - hacia una escritura extremadamente intimista, cierto halo poético y capaz de construir unas imágenes tan explícitas emocionalmente como tangibles a pesar, en mi caso, de no haberlas vivido en mi niñez. Su calidad de artista polifacética avala este talento, incomprensiblemente sepultado por el machismo existente en el mundo del arte - y la literatura - y el tabú entorno de una enfermedad mental mal tratada que la condujo tristemente a la tumba demasiado pronto. Hoy regresamos a los nubarrones, a los estómagos encogidos, a esa calma antes de la inclemente cascada, a la violencia silenciada, a esos pétalos marchitos picoteados por las gotas de lluvia. En definitiva, a esa Primavera sombría: el lado más tétrico e incómodo de la infancia. 


Más conocida - insisto, de manera injusta - por ser la musa y amante de Hans Bellmer (escritor y fotógrafo adscrito a la corriente surrealista famoso por sus retratos de carácter erótico) lo cierto es que, antes de modelar para Bellmer y conocer a la flor y nata e la intelectualidad y el mundo artístico del momento, Zürn escribió la mayoría de sus textos por pura supervivencia. En una Alemania recién salida de la Segunda Guerra mundial, tras un divorcio en el que había perdido la custodia de sus hijos y en una situación de absoluta vulnerabilidad económica, Zürn se ganó la vida escribiendo cuentos para periódicos, radios - llegando incluso a venderlos ella misma en la calle - mientras trabajaba en el cabaret y club de jazz Die Badewanne - lugar, por cierto, en el que se reunían los artistas más importantes de Berlín -. De nuevo, asistimos a un caso que, si lo miramos con la perspectiva actual, no dista mucho de la presente generación de autoras y autores españoles en los que, o bien la precariedad es el leitmotiv de sus creaciones literarias, o bien se han visto obligadas/os a producir literatura, en ocasiones en contra de sus ideas o posicionamientos de cualquier tipo, para poder subsistir. Sin embargo, lo más sorprendente es que, al contrario de lo que cabría esperar - rapidez, tramas que se resuelven con facilidad, personajes poco dibujados, poca precisión, ausencia de un estilo narrativo propio - en Zürn encontramos una voz poderosa y muy personal. Capaz de crear una sensación de indefensión al lector frente al texto. En el primer párrafo comparé su lectura con un salto de fe, al abismo y sin  nada que pudiese salvarte de él. Un cuento con el que te aferras con fuerza a sus palabras, aunque éstas estén recién salidas de una virulenta hoguera. Relato que, aunque breve, no le sobra ni una coma. Justo en su medida y que, a pesar de leerse de una sentada, el poso que su lectura te deja dura más allá de la tortuosa experiencia. Porque sí, Zürn no es complaciente y sus fluidas descripciones se incrustan, como un parásito, en el hueco de la memoria. Incluso cuando lo que acabas de leer sea incómodo, oscuro, un desgañitado grito desde la garganta de la propia autora.


Porque, efectivamente, Primavera sombría es, en su génesis, una autobiografía novelada, o si lo preferís, ficción con toques de realidad. Un texto aparentemente fácil en sus primeras páginas - algo que acaba dándose la vuelta para tornarse cuanto menos perturbador - no se donde Zürn te plasma el descubrimiento del género, de su cuerpo, del sexo, de sus propias obsesiones, de la vida de su alter ego, de esa niña a la que vemos crecer de los diez a los doce años, de la ausencia del padre, de los amantes de la madre, de ese hermano del que es mejor no hablar y, sobre todo, de sus intentos por intentar entender cuando nadie se digna a explicarle nada. Incompleta desde el primer momento, y en un clima de soledad extrema, la niña comienza a buscar aquello que la complemente encontrándola, finalmente, en una especie de experimentación sexual que alimenta unas incipientes fantasías masoquistas. Obviamente, esta valiente decisión a nivel novelístico no deja de resultar una crítica tanto a la teoría freudiana, así como la visión masculina del erotismo, mayoritaria en su época y de la que por ejemplo el ya citado Hans Bellmer hacía gala en sus composiciones artísticas. No obstante, esto se vuelve más trasgresor en el momento en el que nuestra protagonista se enamora de alguien fuera de su núcleo familiar, de un hombre más mayor ante el que, en lugar de comportarse como una ninfa precoz, se acomoda en el platonismo, siendo dicha pureza en su enamoramiento su fuente vital. Su final, tan impactante como demoledor, es tristemente premonitorio. Perfecto en cuanto a su ejecución y que, por supuesto, escandalizará a quienes, despistados por su enigmático título, se adentran en él buscando sencillez, ligereza o esa sensación de supuesta paz enmascarada bajo la pésima etiqueta de "libros para no pensar". Zürn impresiona, abruma, sobrecoge a cada página, a cada párrafo, a cada reflexión que el lector pueda hacer posteriormente. Cada día que pasa esta pequeña pero inquietante historia crece más y más, como esas películas que pasadas un tiempo no dejan de producir mil y un inquietudes y debates a pesar de haberse estrenado hace 20, 50 o 100 años. Ojalá poder absorber cada uno de sus pedacitos, retener sus enseñanzas, no solo porque Unica Zürn se haya convertido, de forma totalmente inesperada, en una de mis autoras favoritas - incluso un referente literario a seguir - también por la responsabilidad que con ello contraigo. La de que no caiga, inexorablemente, en un segundo y tal vez más largo olvido.

Primavera sombría: una historia de dolor, sexualidad, soledad, inocencia perdida, desazón, autodescubrimiento... El inicio de una, esperemos, grandísima admiración. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Sufre en silencio, perdida en ensoñaciones masoquistas en las que no caben pensamientos de venganza ni desquite. El dolor y el sufrimiento le causan placer. 

La vida, sin la desgracia, es insoportable.

Para poder soportar la vida,  no tiene más que refugiarse con todo su afán en la fantasía."


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza

martes, 13 de julio de 2021

RESEÑA: A la izquierda, donde el corazón.

 A LA IZQUIERDA, DONDE EL CORAZÓN


Título: A la izquierda, donde el corazón. 

Autor: Leonhard Frank (Wüzburg 1882-Múnich 1961) e origen humilde, llevó a cabo múltiples trabajos: mecánico, chófer, pintor de edificios, celador de hospital... Gracias a su talento para la pintura estudió bellas artes durante seis años en Múnich y en 1910 se instaló en Berlín. Humanista, pacifista y antifascista, llevado por la exaltación de la bohemia de Múnich y más tarde por la efervescencia intelectual y artística de Berlín, Frank creyó siempre en el poder transformador de la literatura. Durante la Primera Guerra Mundial se exilió a Suiza. Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en este periodo. En 1918 volvió a Alemania, convencido ya de dedicar su vida a la escritura, que le proporcionaría premios tan prestigiosos como el Theodor Fontane o el Kleist. Su novela Karl y Anna obtuvo un gigantesco éxito internacional, se convertía en una obra de teatro representada en salas de todo el mundo e incluso Hollywood se inspiraría en ella para la película Desire Me. A pesar de esto, en 1933 se prohibieron y quemaron todos sus libros en Alemania. Se exilió entonces de nuevo: primero a Suiza, luego a Francia (donde fue hecho prisionero tres veces) y, más tarde, a Portugal y Estados Unidos. Tras diecisiete años de exilio, regresó a un país en ruinas, pero eso no impidió que siguiese escribiendo. Frank es también autor de la fundamental A la izquierda, donde está el corazón.


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: alemán. 

Traductora: Esther Cruz Santaella. 

Sinopsis: Michael Vierkant abandona muy pronto su lugar de origen, la pobreza de su familia, para perseguir un sueño: convertirse en artista. Autodidacta que considera los cafés su propia universidad, vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo en la bohemia de Múnich de principios de siglo XX, para luego arrojarse a los "locos años veinte" berlineses: cabarets, fiestas, conciertos, tertulias literarias... Pero a pesar de las luces y el brillo de la metrópolis, el ambiente político comienza a ser agónico, crepuscular. Esta novela autobiográfica en gran parte, nos sumerge en unas décadas excepcionales, revelándonos todo un mundo fascinante: desde los ardores belicistas que anunciaron la Primera Guerra Mundial hasta las promesas de felicidad del periodo de entreguerras, desde la crisis económica hasta el ascenso del nazismo. Sin olvidar el exilio ( todos los exilios de su protagonista), la Francia ocupada por los nazis, el trabajo de Vierkant en Hollywood como guionista...

Su lectura me ha parecido: realista, objetiva, alejada de los grandes relatos autobiográficos, honesta, entretenida, con cierto punto amargo, sencilla en su lenguaje, lúcida, serena, un acierto su recuperación... Es el patrón de siempre. El que se ajusta a las medidas de la escritora o escritor de meteórico ascenso. El que escribe hasta sangrar, el que se rompe la cabeza tratando de encontrar la metáfora adecuada para la escena mas crucial del libro, el que no descansa en su delirante obsesión con cada palabra, cada frase, cada capítulo. La perfección es su perdición, pero también su pasaporte hacia las estrellas, las de la literatura, coronadas con una aureola tan brillante que es capaz de cegar a quienes se atrevan a mirarlas directamente a los ojos. Como si todavía quedase un resquicio de humanidad, de ser corriente y moliente, en su chispeante iris. No hablamos, por supuesto, de aquellas carreras literarias regadas por el alcohol y otras sustancias más fuertes - ¿o tal vez sí? Nunca se sabe - más bien nos detenemos en aquellas y aquellos, cuya fama alcanzó altas cotas de popularidad, pero que, por una serie de circunstancias (en la mayoría de casos ajenas a la propia figura de la autora o autor en cuestión) han acabado en el más absoluto olvido hasta ahora. La rama de un árbol que cayó durante una tormenta eléctrica en la París de los años 30 fue la causante de la muerte de Ödön von Horváth. Privando a la humanidad entera del talento de un escritor cuyas obras - Un hijo de nuestro tiempo y Juventud sin dios, las dos únicas novelas traducidas al español - auguraban un futuro literario a la altura del todo poderoso Stefan Zweig. El machismo, por el contrario, fue la tumba de Unica Zürn. Escritora polifacética donde las haya, fue representante del movimiento poético anagmático, así como el espejo en el que se mirarían artistas como Salvador Dalí, André Breton o Marcel Duchamp entre otros. Su suicido en los años 70 a causa de la enfermedad mental que arrastraba desde hacía más de una década tampoco ayudaron a que su literatura - destacando, por supuesto, Primavera sombría - encontrara nicho de lectores en un tiempo en el que todo lo concerniente a la salud mental era reducido al peor de los tabúes. Por último, el escritor que hoy ocupa nuestro tiempo - Leonhard Frank - gozó de enorme fama en la Europa de entreguerras, codeándose con autores de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse o el ya citado Stefan Zweig. En otras palabras, la creme de la creme de la época. Sin embargo, fue el Nazismo lo que frenó casi en seco su carrera literaria, al incluir su nombre en la lista de autores prohibidos y siendo sus libros quemados públicamente en sendas hogueras de la barbarie. A pesar de todo, ya en el exilio, a Frank le dio tiempo a escribir uno de sus mejores trabajos que, junto con Karl y Anna, conforman un díptico imprescindible sobre el que observamos los trágicos y azarosos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Pero para entonces su obra, así como su figura, ya se habían diluido en la memoria colectiva. Ya nadie sabía quien era Leonhard Frank. Tuvo que venir Errata Naturae para que, en España, supiéramos de su existencia. Y cuando por fin pudimos conocerlo, después de tanto tiempo, el idilio no pudo ser más intenso. A la izquierda, donde el corazón: literatura y vida en tiempos convulsos. 


Resulta enormemente complicado abordar la reseña de un libro de estas características, ya que una no sabe muy bien si lo que acaba de leer es o no cierto. Si de verdad su autor experimentó aquella anécdota en sus carnes o si, por el contrario, sucumbió a la ficción como una especie de punto de fuga a través del que liberar la pesada carga autobiográfica. Sea alter ego o él mismo, lo cierto es que, en lo que a su sinopsis se refiere resulta sencillo resumirla. La o el lector que se adentre en A la izquierda, donde el corazón - ojo a su precioso título - se topará con una historia dividida en dos grandes etapas, dos enormes actos tras el telón de la historia de la primera mitad del siglo XX. En el primero vemos como Michael Vierkant - o el propio Leonhard Frank al que no dejaremos de seguirle la pista - un joven de humilde origen y con talento para convertirse en un artista llega a Múnich durante las primeras décadas del nuevo siglo. Un tiempo en el que los valores tradicionales que marcaron el devenir de todo el XIX fueron dando paso a una modernidad sedienta de nuevos adeptos. Atraído por el carácter bohemio del ambiente artístico e intelectual de la ciudad, el pobre Michael se mueve con prudencia, tímidamente, inseguro, por los círculos en los que aspira a entrar como pintor. Sin embargo, y en una carambola del destino, su camino no estará en la pintura, sino en la literatura, terreno que acabará dominando hasta el punto de hacerse notar entre los integrantes de las élites culturales a las que tanto admira. Su nombre comienza a estar en boca de todos, como una joven promesa a la que, si bien le falta madurez y escribir su obra definitiva, merece la pena tener en cuenta en las tertulias. Liberándose, poco a poco, de su falta de confianza en sí mismo, Michael comenzará a frecuentar cafés, reuniones y fiestas. Empapándose del espíritu de los llamados "locos años veinte" y asentando un estilo literario realista de claro compromiso social. La tan ansiada obra maestra no tarda en llegar, y lo hace a finales de la festiva década - coincide en años con la publicación de Karl y Anna, la obra maestra del propio Frank, lo que nos hace pensar que hay más verdad que ficción en el presente texto - así como el reconocimiento de la crítica y el público. Sin embargo, como anticipa la propia y escueta biografía que la editorial proporciona del autor, el declive de Michael se iniciará con la llegada del Nazismo al poder en Alemania. Con su internamiento en un campo de concentración francés y con su huida de película, llevando consigo un manuscrito escondido entre su ropa, hacia Estados Unidos. Allí seguirá trabajando, como guionista, sin adaptarse del todo al carácter del país y en unas condiciones totalmente invisibles para alguien que tuvo la fama en sus manos. Tiempo después, Michael regresará a Alemania, a su querido país, con la esperanza de reencontrarse con lo que dejó atrás. Pero, desgraciadamente, este tremendo segundo acto finaliza con un desalentador descubrimiento, el de que el lugar que consideró su hogar ha cambiado tanto que resulta irreconocible a los ojos de quien se lo bebió con ansia durante sus años de mayor esplendor. 


A medio camino, como ya he comentado, entre la ficción más atrayente y el ejercicio puramente autobiográfico, Leonhard Frank va desgranando una vida desde una extraña pero conmovedora distancia. El uso de la tercera persona es sin duda el elemento más determinante a la hora de crear esa sensación de alejamiento a la vez que de proximidad. En otras palabras, aproximar al lector a la historia que te quiere contar sin que, por el camino, acabe dañado. Algo que, por supuesto, pasa con muchas autoras o autores que toman la valiente pero arriesgada decisión de contar su vida, o parte de ella, ya que los recuerdos, dependiendo de su carácter o la forma en la que se presenten en la memoria, pueden doler más o menos. No estamos ante una narración pormenorizada de su extenso anecdotario ni ante un texto anclado en la autoficción, tan en boga en los últimos años, de hecho, Frank no se expone tanto, guardándose para sí mismo - y que se ha acabado llevando a la tumba - aquellas cuestiones pendientes que, en la cabeza del lector, irrumpen como interrogantes o preguntas que jamás podrán tener respuesta. Dejando, por tanto, en manos de éste la interpretación de las mismas. Renegando de cualquier tipo de amargura, Frank opta por centrarse en la pureza del relato, sin recrearse en la tragedia de forma desmedida. Todo ello, claro está, tomándose unas licencias estilísticas realmente adecuadas para la composición de la novela, como ese mimo con el que cuenta ciertos episodios importantes que le pasan a Michael. Tales como las largas veladas en los cabarets o en las tertulias literarias, en las cuales, casi se puede oler el tabaco, escuchar el ritmo de los tacones de las bailarinas sobre el escenario, apreciar el sutil verter del coñac sobre las copas de aquellos intelectuales enfrascados en discusiones - algunas más trascendentes que otras - o incluso el tacto de las páginas que Michael llena de ideas para sus futuras novelas. Especialmente memorable es la construcción del momento en el que conoce a su mujer, el cual estuvo rondándome en la cabeza durante semanas. A la altura de su coetáneo Stefan Zweig en sus magistrales Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida. Así mismo, el libro es un no parar en ese sentido, un autentico desfile de gente: personalidades, amigos, enemigos, amantes, personas con las que se cruza y jamás vuelve a saber de ellas... Imprimiendo mayor riqueza al libro. Su realismo objetivo - en el que el autor se especializó como el que más - le permite crear un discurso de gran profundidad, a pesar de su ambigüedad con los hechos, regalando a los lectores una autentica crónica de una época con grandes dosis de emoción y verdad literaria. Mi parte favorita, el final, cuando el autor se reencuentra con las ruinas de las calles por las que alguna vez transitó. Trauma sobre felicidad ya extinta. De ahí la importancia de este libro como augurio, no solo del final de una carrera literaria ensombrecida por las fauces del fascismo, también de una época. El crepúsculo de quienes vivieron antes de que el horror cercenara aquel pedacito de actividad bohemia e intelectual que palpitó en pleno corazón de Europa. 

A la izquierda, donde el corazón: una historia de recuerdos, tertulias, literatura, arte, noches eternas, oscuridad, guerra, exilio, soledad, reencuentro devastador... Literatura e historia, una vez más, dándose la mano. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El escritor que no tiene detrás a su país cae en el abismo en la lista del respeto, como acciones de poco valor. Lo aceptó con serenidad y se retiró en sí mismo: estaba solo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

jueves, 14 de mayo de 2020

RESEÑA: Olga.

OLGA

Título: Olga. 

Autor: Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) ejerce de juez y vive entre Bonn y Berlín. Su novela El lector fue saludada como un gran acontecimiento literario y ha obtenido numerosos galardones: el premio Hans Fallada de la ciudad de Neumuenster, el premio Welt, el premio italiano Grinzane Cavour, el premio francés Laure Bataillon y el premio Ehrengabe de Düsseldorf Heinrich Society. Después publicó un extraordinario libro de relatos, Amores en fuga. Otras de sus novelas importantes son El regreso, La justicia de Selb (en colaboración con Walter Popp), El engaño de Sleb, El fin de semana y Mentiras de verano. (Fuente: Editorial).


Editorial: Anagrama. 

Idioma: alemán. 

Traductor: Carles Andreu. 

Sinopsis: Olga nace en la parte este del imperio alemán a finales de siglo XIX, sobrevive a dos guerras mundiales y muere en extrañas circunstancias. Su vida, a caballo entre dos siglos, transcurre marcada por la historia. De familia pobre, es criada por su abuela tras la temprana desaparición de sus padres; más adelante se enamora de Herbert, un joven de clase social superior, cuya familia se opone a la relación. Deberán mantener su amor en clandestinidad y después la relación quedará marcada por la distancia, porque Herbert, llevado por el entusiasmo de las guerras coloniales de Bismark, decide alistarse en el ejército. Viajará a África y por América del Sur y mas tarde formará parte de una expedición polar, mientras Olga se queda en casa y le escribe cartas. La novela relata la vida de la protagonista en tres partes y desde tres ángulos complementarios: un narrador en tercera persona, un testimonio en primera - el de un joven que la conoce en los años cincuenta, cuando Olga plancha para su familia - y por último las cartas que la propia Olga le envió durante años a su amado, sin obtener respuesta. (Fuente: Editorial). 

Su lectura me ha parecido: elegante, intensa, con un tríptico narrativo que la ensalza, plagada de momentos que atrapan al lector, oscilante en sus emociones, envolvente, muy esperada... Cuando leí el libro que hoy vuelvo a tener entre mis manos me encontraba en unas circunstancias bastante diferentes a las actuales. En vez de estar encerrada - o semi confinada con la desescalada - a cal y canto, Bernhard Schlink se fue conmigo varias veces a la playa, fue testigo de mis baños de agua salada, se llenó de arena en un pequeño descuido, reposó sobre la ardiente toalla. Me acompañó en las noches de sudor previas al sueño más profundo, en los mediodías de aire acondicionado y telenovela de Antena 3, en las mañanas previas al chapuzón en el Mediterráneo. Recuerdo la fuerza con la que lo agarraba, como si quisiese que se me pegase algo del autor de El lector, como si de aquella forma lograse entrar aún más en una historia ya de por si fascinante. En pocos días había sido testigo de la evolución de un país, de su historia, de sus resplandecientes luces, de sus tenebrosas sombras y de como la vida de un personaje tan anecdótico acaba erigiéndose y resultando representativa de todo un siglo europeo. Nadie, ni siquiera aquella lluvia que nos sorprendió casi al final de mi estancia en dicho lugar, logró perturbar la más memorable de las lecturas. Al menos de las acontecidas en aquel lejano y añorado verano de 2019. Hoy, a las puertas de las vacaciones más extrañas y atípicas de la historia, no dejo de pensar en todo aquello. De ahí que quisiese recuperar la novela que, irremediablemente, he acabado asociando con un tiempo que jamás volverá. O al menos hasta que una vacuna nos haga salir de la "nueva normalidad". Un nombre de mujer - que paradójicamente jamás se me habría ocurrido para dar título a un libro - me evoca vivencias pasadas, consigue ahogarme en nostalgia, pero su luz también apacigua la larga espera. Olga: una mujer, la sombra de Bismark y unas cartas sin respuesta. 


Cuando tuve noticias de que Bernhard Schlink iba a publicar nueva novela, y en concreto esta novela, algo en mi cabeza me decía que debía regresar a él. Lo descubrí tiempo atrás, y al igual que muchas y muchos de vosotros, a través de una novela que no sólo me entusiasmó, sino que suscitó una serie de reflexiones entorno a la ética y la moral en relación a uno de los procesos judiciales más tristes y famosos de la historia. Hablamos por supuesto de los juicios de Núremberg, en los que se juzgaron a los principales dirigentes del régimen Nazi que habían sobrevivido a la guerra o no habían conseguido quitarse la vida previamente. Así como a toda una serie de cargos bajos e intermedios que contribuyeron al funcionamiento de la máquina del horror. Entre ellos algunas mujeres, la mayoría guardianas de algunos de los campos de concentración más mortíferos y en los que, al igual que sus compañeros hombres, no dudaron en mostrar su alto grado de crueldad humana. En medio de ese contexto - que no de dicho juicio -  de reparación y condena, Bernhard Schlink se inventa un personaje, el de Hanna Smichtz, una analfabeta a la que acusan de, no solo ser guardiana de un campo de concentración en Cracovia, también de ser la responsable de la muerte de más de 300 mujeres calcinadas en una iglesia en la que pasaban la noche cuando fueron evacuadas de dicho campo en 1944. Existe un informe que lo prueba, del cual niegan el resto de acusadas, señalando todas ellas a Hanna la responsable del mismo. Pero Hanna, no sabe leer y por tanto no sabe escribir. Es el chivo expiatorio, la que cargará con la culpa en beneficio del resto de ex guardianas. Todo esto, más la tórrida relación que le unió en el pasado al verdadero protagonista del libro - Michael Berg - convertido en un estudiante de derecho y futuro abogado, llevan al lector a emprender un interesante viaje a través de la Alemania de la reconstrucción - física y memorialística - post nazismo y a una trama en la que la los dilemas morales respecto a la responsabilidad o la culpabilidad chocan con un pasado de encuentros sexuales y literarios (Hanna siempre le pedía a Michael que le leyese) en los que el joven no tenía ni idea de quien se escondía bajo esa mujer atractiva y amable veinte años mayor que él. Un verano del amor frente al horror de la verdad. El lector - que así se titula dicho libro - tuvo gran impacto en mi formación lectora que hasta tiré de él para más de un trabajo durante la carrera, especialmente en lo que a memoria histórica se trataba. Por eso, y a pesar de que Bernhard Schlink ha publicado más novelas, ésta última a diferencia del resto me interesó básicamente porque pensaba que regresaría al Schlink de El lector aunque con otra protagonista, otras intenciones por parte del autor pero la misma sensación de estar leyendo algo que trascienda más allá de la palabra escrita. Y lo ha conseguido, vaya si lo ha hecho. 


Para empezar, es importante decir que Olga es un tríptico narrativo. Es decir, una historia narrada a partir de tres voces diferentes. A saber, un narrador omnisciente en tercera persona que cree saberlo todo, un narrador en primera persona correspondiente al personaje de Ferdinand (quien conoce a Olga cuando ella trabajaba planchando para su familia) que tampoco conoce toda la historia y una última narradora - Olga - quien a través de las cartas que le envía a su amado sin respuesta, esta vez sí, nos ofrece la perspectiva que necesitamos para comprender mejor lo que el autor nos quiere contar. Como habéis podido comprobar - lejos de dificultad - esta decisión estructural lejos de entorpecer su lectura contribuye a ensalzarla y a observarla desde todos los puntos de vista posibles, tanto a nivel de personajes, cronologías y formatos. Cada voz tiene su tratamiento, su personalidad, su opinión al respecto de los hechos y hasta su propia sensibilidad. Por lo que es importante conocerlas todas, como quien se adentra en una investigación histórica y pretende abordar un problema concreto del pasado con todos los testimonios posibles. Este experimento literario, si lo hubiese usado alguien más pretencioso y con menos talento, habría sido un fracaso absoluto. Pero de manos de Schlink - uno de los mejores narradores alemanes de la actualidad - esto sólo podía ir a más, hasta convertirse en una de esas novelas involuntariamente didácticas para quien sueñe con triunfar en el mundo de la escritura. Si me tengo que quedar con alguno, en el caso de esta novela me quedo con la correspondencia. Es tan bonito, tan intenso sin entrar en pasteleos cursis y están tan bien escritas que como lectora he llegado casi a emocionarme. Escribir cartas - y en sí el género epistolar - es de lo más difícil en literatura. Un género que por desgracia, y en parte por culpa de las nuevas tecnologías, está cayendo poco a poco en el olvido hasta considerarse, tanto por los lectores como por la crítica, algo completamente denostado. Por lo que, en medio de esta decadencia del género, es de agradecer que de vez en cuando un autor traiga consigo un poco de aire fresco a través de las formas clásicas. En definitiva, una reivindicación totalmente acertada. Seguidamente, es irremediable que eludamos la absoluta y constante presencia de una protagonista, Olga, cuya vida y forma de ser condiciona todo, desde el tono de los narradores hasta las propias reflexiones que esta novela suscita en el lector nada más finalizar su lectura. No hablamos de un personaje temperamental, ni malvado, ni siquiera de una heroína de manual. Olga es inteligente, curiosa, con espíritu de supervivencia e independencia, pero sus orígenes así como las circunstancias que acabarán por convertirla en una mujer marcada por la soledad, el abandono y una invisibilidad que roza el ostracismo. A pesar de su apasionada y clandestina historia de amor con Herbert - hijo de una de las familias más poderosas del lugar que no ve con buenos ojos a Olga por ser de extracción más humilde - a finales del siglo XIX en una Alemania en pleno apogeo imperialista. A pesar de sus esfuerzos - ya que al provenir de una familia pobre siempre lo tendrá más difícil para estudiar - por sacar una plaza en el cuerpo de maestras. A pesar de una relación a distancia con Herbert que, influido por las ideas colonialistas de Bismark, no duda en alistarse en el ejercito y viajar por medio mundo llevando hasta el mismísimo Polo Norte los valores alemanes. Y por supuesto, a pesar de superar y sobrevivir a dos guerra mundiales - con todo lo que ello implica - y acabar planchando para una familia ya siendo una anciana. Sólo en los últimas páginas de la novela (en las que el autor efectúa un giro de guion que te deja con la boca abierta) el lector podrá ser cómplice, pero también testigo de la explosión. De las consecuencias de años de espera, sacrificio y odio contra el que ella misma considera culpable de, ya no sólo su propio drama personal, sino de que aconteciesen los años más oscuros en la historia de Alemania. De ahí que lo que podría haber sido una denuncia partiendo de lo íntimo e individual, acabe convirtiéndose en una crítica bestial y colectiva hacia el colonialismo y en especial a la figura de Otto von Bismark. Uno de los máximos exponentes de la ideología imperialista alemana. A diferencia de en El lector, en el que Schlink se detenía en clave judicial en evidenciar la barbarie nazi, en Olga realiza un ejercicio más literario y más cercano a los orígenes de ésta. Ya que a través de los narradores al mismo tiempo que se nos cuenta la historia de Olga, Schlink ofrece una panorámica que recorre la evolución de la nación alemana desde finales del siglo XIX hasta los años 70 del XX, situando el germen del mal (por llamarlo de alguna manera) en la política expansionista de Bismark. Una crítica tan audaz como plausible que de seguro habrá provocado algún debate en una Alemania, la del 2020, plenamente democrática, con una de las mejores líderes que ha dado la historia reciente pero con fantasmas totalitarios resucitando de unas tumbas que creíamos completamente selladas. 


Pero si hay un tema que vertebra Olga de principio a fin ese es el de espera. Una espera femenina, eterna y que vehiculado prácticamente la historia de nuestro sexo a lo largo del tiempo. Desde aquella Penélope - mito originario de la cuestión - que aguarda la llegada de su esposo Ulises de la Guerra de Troya mientras es pretendida por un montón de hombres y pasa sus días tejiendo un sudario que a la noche deshace para no tener que casarse con ninguno de aquellos acosadores. Ella siempre les prometía que cuando lo acabase se prometería con uno de ellos, pero en realidad, como buena esposa, Penélope espera, espera, espera... Lo que no todo el mundo conoce de dicha historia es que, al regreso de Ulises y enfadado ante la abundancia de pretendientes no dudó en matarlos a todos. Cual hombre henchido por los celos. Cual bestia que no duda en descender a los infiernos con tal de retener - sí, la palabra es la acertada - a una mujer a su lado. Una mujer, Penélope, que por supuesto ignora la cantidad de infidelidades cometidas por su marido durante la citada guerra y el viaje que lo traería de vuelta a casa. Especialmente escalofriante es el cuadro del pintor renacentista Francesco Primaticcio en el que Penélope parece querer decirle algo importante a su amado - la posición de sus manos lo evidencia - pero éste sólo piensa en que lo mire a él - de ahí que dirija con su mano la cabeza de ella para que sus ojos se topen con los suyos - anulando por completo las palabras de Penélope. Es tan sutil y tan delicado el gesto que pinta Primaticco que consigue ocultar el machismo bajo la idealización del amor romántico. También se nos ha vendido la idea de que todos los pretendientes eran hombres sin corazón, ruines, acosadores natos que lo único que querían era hacer daño a Penélope. De ahí que se justifique la violencia extrema de Ulises. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si le preguntásemos a la propia Penélope? ¿Y si de entre todos ellos hubo un pretendiente que se saliese de la norma? ¿Uno que la amase de verdad, y lo más importante, que la respetase y la tratase de igual a igual? Esta claro que el contexto que parió esta historia no era el más feminista de todos pero, no dejo de pensar en que si la mitología hubiese contado, por ejemplo, que una mujer no era la causante de todas las guerras y enfermedades del mundo, tal vez a día de hoy no se le echaría la culpa al sexo femenino de todo y tendría más peso en la toma de importantes decisiones. Tal vez, si una mujer llamada Europa no hubiese sido violada por Zeus metamorfoseado en Toro, la violencia sexual contra las mujeres no existiría, y mucho menos toda esa cultura de la violación que la ampara. Y por supuesto, si Penélope se hubiese ido con uno de sus pretendientes - o ella sola - de casa, es muy posible que las mujeres dejásemos de ser eternas esperadoras de hombres. Un famoso anuncio de la época franquista instaba a las mujeres a aguardar la llegada del marido con la cena hecha, emperifolladas y con copa de vino en mano para ofrecérsela nada más cruzar el umbral de la puerta. Por no hablar de aquellas mujeres que, angustiadas, esperan noticias de sus parejas en la agónica distancia mientras ellos luchan voluntariamente en una guerra absurda. Olga - protagonista de la novela de Bernhard Schlink - es la Penélope contemporánea, la que en vez de tejer escribe cartas a su amor, unas misivas nunca respondidas y que acrecientan más su tristeza con el paso del tiempo. Un mar de lágrimas, ira e incomprensión del que como lectores somos testigos. Un vaso a punto de colmarse del que deberíamos reflexionar todas y todos más allá de una preciosa y pertinente evocación del mito. 

Olga: una historia de amor, eterna espera, diferencias sociales, colonialismo, imperialismo, resentimiento, memoria, historia... Una novela de reencuentros entre escritor y lectora devota de las buenas y sufridas tramas. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Tuvimos que aprender a esperar. Hoy todos vais en coche y en avión y habláis por teléfono y pensáis que el otro está siempre disponible. Pero, en el amor, el otro nunca está disponible. A pesar de la resignación con que la señorita Rinke rememoraba las ausencias de Herbert, el anhelo que la inmensidad interminable provocaba en él seguía contrariándola."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de: Bookish

viernes, 17 de enero de 2020

RESEÑA: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

SIEMPRE LA MISMA NIEVE, Y SIEMPRE EL MISMO TÍO

Título: Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío.

Autora: Herta Müller (Nitzkydorf 1953), descendiente de suabos emigrados a Rumanía, es uno de los valores más sólidos de la literatura rumana en lengua alemana. Estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y se vio obligada a salir de su país por su relevante papel en defensa de los derechos de la minoría alemana. Desde 1987 vive en Berlín. Herta Müller, Premio Nobel de Literatura 2009, ha sido galardonada también con los premios Aspekte (1984), Ricarda Huch (1987), Roswitha von Gandersheim (1990), Franz Kafka (1999) y Würth (2006), entre otros. En 2015 le concedieron el Premio Heinrich-Böll. Es autora de El hombre es un gran faisán del mundo, En tierras bajas, La piel de zorro, Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mi misma, El rey se inclina y mata, La bestia del corazón, Hambre y seda, En la trampa y Mi patria era una semilla de manzana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: alemán.

Traductora: Isabel Díaz Adánez

Sinopsis: El discurso de agradecimiento que dio Herta Müller al recibir el Premio Nobel de 2009 comienza así: «La peripecia de una niña que cuida vacas en un valle hasta llegar aquí, hasta el Ayuntamiento de Estocolmo, es muy extraña». No hay textos que expliquen mejor que sus ensayos ese camino desde la aldea rumana hasta el mundo de la gran literatura. La obra de Herta Müller es una construcción rica y compleja que se nutre de sus experiencias, y como tal refleja la profunda sensibilidad de una autora que se ha posicionado con firmeza para defender sus ideales más allá de la esfera política, como una forma de concebir el mundo. En los textos que componen este libro habla de su niñez y de su juventud, relata la persecución que sufrió por parte de los servicios secretos, reflexiona sobre cuestiones de su propia escritura y comenta las lecturas de autores clave para ella por su faceta literaria o política. Una obra imprescindible y muy personal de una de las autoras más lúcidas e importantes de nuestros días. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: sorprendente, muy interesante, en donde los elementos autobiográficos se filtran a través de formas pertenecientes a la ficción, lírica, sencilla, un descubrimiento, capital para conocer en profundidad la obra y la biografía de la Premio Nobel de Literatura... Cuando el lector se aproxima a una obra en concreto lo hace movida o movido por mil y un intereses. Es posible que haya dado con ese libro por recomendación de una persona cercana, por el boca a boca de las redes sociales - tan habitual en los tiempos que corren - o simplemente por el mero capricho de disfrutar de un buen texto. Los hay que leen obligados, cansados, por compromiso; pero también por afición, pasión o un particular interés intelectual. También existen los que, selectivamente, eligen sus lecturas en función de los gustos o apetencias que en ese momento saben que deben satisfacer, como quien come porque tiene el estómago vacío. Pueden guiarse a partir de los géneros en los que se sienten como peces en el agua, por esa autora o autor que les mantuvo en vilo hasta las tantas de la madrugada, por el interesante tema que dicho libro aborda críticamente o con precisión, o simplemente porque quieren matar el aburrimiento con una historia que no les haga pensar mucho; por lo que en este caso no todos las novelas o ensayos valen. Y por último, están los que siempre van más allá de las palabras escritas, los que se quedan horas y horas reflexionando sobre lo que acaban de leer, los que leen con un ojo siempre puesto en cuestiones como el contexto histórico, la vida de la escritora/or de turno o la visión que ésta o éste tiene sobre determinados debates y como éstos pueden o no encajar en el mundo que nos rodea. Oscilando entre categorías se halla una servidora. Hay momentos en los que, por A o por B, me apetece adentrarme en historias que abordan temas muy determinados, como de pronto me apetece algo más ligerito en épocas en las que siento que la cabeza me va a explotar. Sin embargo, siempre acabo haciéndome muchas preguntas, demasiadas tal vez, pero ninguna con menos valiosa que la anterior. ¿Qué habrá pensado al escribir esto? ¿En qué lugar suele trabajar? ¿Acompañará sus quebraderos de cabeza con un música de fondo? ¿Con una taza de café tal vez?¿O con algo más fuerte? ¿Cómo se le ocurrió eso? ¿Cuántas veces habrá sufrido el síndrome de la importora/or? ¿Lo habrá soñado? ¿Lo habrá escuchado furtivamente mientras caminaba por la calle o en el transporte público? ¿Cuánto tiempo le llevo la investigación?... Y lo más importante: ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿En qué medida su vida ha marcado su literatura? Para estos y otros interrogantes del estilo tenemos libros como el que hoy tengo el placer de reseñar. Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: la escritora tras el Premio Nobel de Literatura 2009.


   Lo reconozco. El título de este libro no puede ser más llamativo. Aún recuerdo la cara de prima que se me quedó la primera vez que vi este libro en una librería. No sabía qué pensar. ¿Era una broma o simplemente la autora tiene un don maravilloso para ponerle nombre a sus criaturas literarias? En cuanto pude, por fin, dedicarle tiempo y días a su lectura descubrí que así también se titula uno de los numerosos textos que componen el volumen, un escrito que, si bien es brillante, resume a la perfección su razón de ser en el panorama literario actual. Autora de importantes novelas, articulista, conferenciante y reconocida con algunos de los premios más importantes - incluyendo el Nobel - Herta Müller es una de las quince mujeres en recibir el máximo galardón de las letras a nivel internacional. Sin embargo, y antes de adentrarnos en la crítica propiamente dicha, debemos en primer lugar ahondar brevemente en la biografía de dicha escritora. Herta Müller nace en el año 1953 en Nitzkydorf, un pequeño pueblo situado al suroeste de Rumanía. Descendiente de inmigrantes suabos, Müller pertenecía a la minoría alemana asentada en la región desde hacía varios siglos. Nieta de un granjero cuyas tierras fueron expropiadas por el régimen comunista e hija de una madre deportada a la Unión Soviética en 1945 donde pasó cinco años en un campo de trabajo y de un padre camionero y exmiembro de las SS que curaba su cargo de conciencia aferrado a una botella de alcohol, Herta creció rodeada de silencios y numerosos tabúes entorno al pasado de su familia. Ya en la universidad, y tras haber aprendido rumano en la escuela, Müller acudía asiduamente a las reuniones de un grupo de escritores rumano-alemanes. Tiempo después, dichos encuentros acabaron conformando lo que se conoce como el círculo literario "Adam Müller-Guttembrunn" en el que Müller era la única mujer. Tras negarse a colaborar con el servicio secreto de la dictadura, Herta fue despedida de la fabrica en la que trabajaba como traductora técnica. Es entonces cuando las amenazas y los interrogatorios de la Securitate se sucedieron. Hasta tal punto llegó la situación que Müller tomó la decisión de exiliarse a Alemania Occidental junto a su marido y su madre. Una vez allí no cesó en su empeño por denunciar las atrocidades que el régimen de Cartaescu estaba cometiendo contra sus ciudadanos, una lucha que se prolongó más allá de la caída del muro de Berlín o la desmantelación de la URSS. En lo que a su carrera literaria se refiere, aunque desde bien pequeña manifestó un especial interés por las lenguas y la escritura, no fue hasta que comenzó a trabajar en la fábrica técnica de Tehnometal cuando empezó a escribir las primeras líneas de una extensa carrera literaria. En cuanto al tema principal de su obra, como no podía ser de otra forma, es la dictadura rumana y las terribles consecuencias en la población civil. La infancia, el desarraigo, el mundo rural, la pobreza, la segunda guerra mundial, la intolerancia, la corrupción o la inmigración son otras de las preocupaciones de Müller como autora. Debido a su activismo contra Cartaescu, y sobre todo a partir de la publicación de Tango opresivo en los años ochenta, se le prohibió publicar en Rumanía a pesar de que sus libros cosechaban gran éxito de público y crítica fuera de sus fronteras. Huelga decir que hasta que el régimen comunista rumano cayó, sus libros estuvieron prohibidos y censurados y que la concesión del Premio Nobel de Literatura en el 2009 provocó que millones de lectores al rededor del mundo se interesasen en aquel oscuro periodo de la historia.


   Una vez investigas un poco sobre su peculiar e interesante vida no puedes evitar a continuación querer conocer a esta autora más en profundidad a través de las diversas novelas que ha publicado. Y eso es precisamente lo que Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío provoca en el lector, la necesidad de seguir leyendo más y más. Tal vez, al no haber leído nada de Herta Müller antes de dar con el presente libro, la inquietud haya alcanzado unos niveles muy altos. Sin embargo, para quienes hayan ahondado en su producción literaria con anterioridad, este libro podrá aportar una mirada más amplia y complementaria. Desde un estilo depurado, sencillo y sin ocultar un lirismo que se podría considerar como su sello de identidad como escritora, Müller va desgranando algunos aspectos de su biografía a través de breves ensayos y artículos que podrían perfectamente pasar por relatos dada la implicación literaria de éstos. En ocasiones ni cuenta te das de que lo novelístico - en cuanto a las formas - invade lo real. Su sincera y osada pluma recorre el pasado nazi del patriarca de la familia, la traumática experiencia de su madre en un campo de trabajo, sus enriquecedoras reuniones en círculos intelectuales, el terror con el que tuvo que convivir al ser consciente de que la inteligencia rumana estaba tras sus pasos, sus dudas y opiniones acerca del noble arte de la escritura, su vida en Berlín, su mirada desde el exilio o algunos episodios concretos de su infancia. En ese sentido, resultan especialmente interesantes textos como "Cada palabra sabe del círculo vicioso" - el primero con el que el lector se topa nada más abrir el libro - o "Mucho cuerpo para tan poco motor" - testimonio único de la complicada relación con su padre -. Sin olvidarnos de sus constantes referencias a los autores que inspiran su obra tales como el filósofo rumano Cioran - exiliado en Francia - el poeta Oskar Pastor - constantemente idolatrado por Müller - o Theodor Kramer - autor judío muy poco conocido por el gran público - entre otros. Y por si fuera poco, Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío contiene tanto el discurso que la autora pronunció durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel y las palabras que posteriormente dedicó durante la tradicional cena de los premiados. Ambos testimonios de incalculable valor tanto literario como histórico. Al igual que le sucedió a autores como Jorge Semprún (deportado al campo de concentración de Buchenwald y autor de, entre otros libros, El largo viaje), Primo Levy (también cautivo en el campo de concentración nazi de Monowice y cuyas experiencias plasmó sus memorias Si esto es un hombre y La tregua) o Aleksandr Solzhenitsyn (que tras pasar por varios campos de trabajo de la URSS escribió el voluminoso Archipiélago Gulag), la obra de Herta Müller podría ser apreciada y doblemente valorada. En primer lugar, desde lo puramente literario, y en segundo lugar desde su poderoso carácter testimonial acerca del horror del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu en Rumanía. Dicho esto, y por ir concluyendo la presente reseña, podríamos definir a Müller, no sólo como una gran escritora, también como uno de esos personajes inquebrantables, que supo y sigue defendiendo sus ideas contrarias al poder hasta las últimas consecuencias y un ejemplo de la independencia del pensamiento intelectual frente a lo establecido. No sé si a vosotros os habrán entrado ganas de leer El hombre es un gran faisán del mundo o En tierras bajas - dos de sus más aclamadas novelas - tras haber leído esta crítica. Pero en lo que a mi respecta estoy deseando acercarme a la biblioteca de mi barrio para ver que libros tienen de ella. Si lecturas como esta incitan a la incontinencia intelectual, entonces es que Herta Müller ha conseguido su objetivo.

Siempre la misma nieve, y siempre el mismo tío: una historia de denuncia, de injusticia, de desigualdad, de confesiones personales, de discursos institucionales, de prestigio, de exilio, de terror, de literatura... Un libro que, tras su lectura, querréis volver a él.

Frases o párrafos favoritos:

"¿Llevas un pañuelo?, me preguntaba mi madre todas las mañanas en la puerta de casa, antes de salir a la calle. Yo no llevaba. Y, como no llevaba, tenía que volver a mi cuarto a coger un pañuelo. No lo llevaba ningún día, porque cada mañana esperaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre, por la mañana, me cuidaba. En las horas que seguían y para el resto de cosas del día ya tenía que arreglár­melas sola. La pregunta "¿Llevas un pañuelo?" era una mues­tra indirecta de cariño. Una muestra directa habría resultado embarazosa —eso no es cosa de campesinos—. El amor se disfrazaba de pregunta. Solo así se podía expresar en tono seco, como una orden, como cualquier instrucción sobre el trabajo. En tono hosco, incluso subrayaba la ternura. Todas las mañanas me encontraba delante de la puerta: una vez sin pañuelo y la segunda con pañuelo. Y entonces ya sí salía a la calle, como si llevando el pañuelo también se viniera mi madre conmigo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

jueves, 4 de julio de 2019

RESEÑA: Nadie con los terneros.

NADIE CON LOS TERNEROS

Título: Nadie con los terneros. 

Autora: Alina Herbing ( Lübeck, 1984) vive en Berlín y Colonia. Estudió Filología e Historia en Greifswald, Literatura Alemana Moderna en Berlín, así como Escritura Literaria y Creativa y Periodismo Cultural en Hildesheim. Ha publicado diversos textos en antologías y revistas. Nadie con los terneros (2017) es su primera novela. Herbin es profesora de Escritura Literaria en la Academia de Artes de Colonia. (Fuente: Editorial).


Editorial: Volcano Libros.

Idioma: alemán.

Traductora: Claudia Toda Castán.

Sinopsis: Christin, una joven de veinticinco años, vive con su novio, Jan, que trabaja y administra una explotación ganadera junto a su padre en una pequeña localidad del norte de Alemania, cerca del antiguo Muro. Mientras que la vaquería lo es todo para Jan, el sueño de Christin es vivir en una gran ciudad, vestir zapatos de tacón y tener un trabajo de oficina. Un sueño al que debe renunciar por su dependencia emocional y financiera. Para huir del trabajo y ganar su propio espacio, Christin recurre a la mentira ocasional y a las escapadas con un ingeniero de una empresa de mantenimiento mayor que ella.

Su lectura me ha parecido:

Amena, desmitificadora, antiromantica, implacable, realista, violenta, rozando lo despiadado, tremendamente actual... Hace unas semanas y a propósito de la presente reseña revisé el historial de entradas, con el único objetivo de ver cuanto espacio le había dedicado a la literatura germana en los últimos años. Y la verdad es que es para preocuparse. En todo este tiempo sólo he reseñado doce (sí, habéis leído bien) doce libros escritos por autoras u autores alemanes. Y lo más llamativo, además de este pésimo dato, fue descubrir dos cosas verdaderamente sorprendentes y que deberían conducirnos a una reflexión más profunda. En primer lugar, la abundancia de historias pertenecientes o bien al periodo entreguerras (tan turbulento como apasionante) o bien de las décadas siguientes al fin de la Segunda Guerra Mundial. Entre las cuales, como no podía ser de otra forma, nos topamos con lecturas de inspiración autobiográfica (varias de ellas incluso consideradas como fieles autobiografías) y con otras más ficticias pero sin despegarse del todo de la realidad de su momento. Y en segundo lugar, lo más preocupante, y es que abundan en mi archivo más escritores que escritoras germanas. Algo que, con el tiempo y de manera consciente, he tratado de subsanar poco a poco. ¿Cuál es la conclusión a la que llego con esto? Pues, por un lado, que mi amor por los años 20 y 30 del siglo pasado sigue igual de intacto, y por otro lado, que hacen falta más libros escritos por mujeres en lengua alemana ya no sólo en este espacio de opinión y debate, sino para que también acaben, con el tiempo, formando parte de mi biblioteca material y mental. ¿Qué hacer entonces? Pues muy fácil, apostando por voces femeninas - y no cesar en el empeño nunca - al mismo tiempo que abriéndonos a otras épocas, como la actual, en donde seguro encontramos novelas interesantes que nos hablen desde el presente más o menos inmediato. O lo que es lo mismo, desde la Alemania del progreso económico, la Alemania de la hegemonía política, la Alemania de Merkel... O mejor aún, desde la Alemania desconocida y cuya cara parece ser menos amable. Nadie con los terneros: el campo como condena y la ciudad como vía de escapatoria.

   En todo esto no sólo sorprende la juventud de su autora - nacida en 1984 y por tanto perteneciente a una generación que, aunque nacida en tiempos de la Guerra Fría, no ha vivido su adolescencia y desarrollo profesional con las limitaciones de ésta - sino que además Nadie con los terneros resulta ser su primera novela. Aunque a decir verdad, y desde todo el respeto del mundo, creo que deberíamos ir a estas alturas dejar de concebir "joven" con "inexperiencia. Dos palabras que para muchos siempre van juntas y cogidas de la mano. Claro que las primeras obras son imperfectas, cualquier escritora o escritor con un mínimo de autocrítica te sacará infinidad de defectos a su opera prima - el caso de Almudena Grandes respecto a Las edades de Lulú es uno de los más clamorosos en las letras españolas. No obstante, cuando el trabajo está bien hecho y la novela es sorprendentemente solvente - que las hay - se debería reconocer independientemente de la edad que tenía cuando le vino de pronto la inspiración. Además de este eterno y siempre abierto debate, lo importante es que el lector sepa que en este caso la juventud no entiende de límites, y menos en lo que a talento narrativo se refiere. Si bien es cierto que la historia ya la hemos visto reproducida en infinidad de formatos - y no sólo en lo estrictamente literario - en esta ocasión nos topamos con un tono extraordinariamente chocante, además de unas localizaciones espaciales y temporales que no son habituales encontrarnos en la literatura alemana.

   Áspera, brutal y en ocasiones cruda. Con estas tres palabras podríamos definir perfectamente y a grandes rasgos la lectura de Nadie con los terneros. Pero estaríamos sin duda quedándonos en la superficie, en ese lugar en el que como lectoras y lectores nos sentimos cómodos y en el que sabemos que nada ni nadie nos hará daño. ¿Qué aburrido no? Eso mismo pensaría Herbing durante el proceso de escritura, y por eso podemos hablar de una novela que sin contemplaciones nos hace bajar hasta los infiernos y alterarnos nuestra idealizada percepción sobre las cosas. Porque, al igual que su lectura, el campo también puede ser, en ocasiones, áspero, brutal y crudo. Desde la desesperada mirada de su protagonista Christin - a la que al principio coges un poco de manía pero a la que después entiendes perfectamente - nos adentramos en el desierto de Mecklenburg-Vorpommern. Que para quienes no lo sepáis es no de los dieciséis estados de los que se compone Alemania. Delimitada al norte por el Báltico, al oeste con el estado de Schleswig-Holstein, al suroeste con la Baja Sajonia, al sur con Brandemburgo y al este con Polonia; Mecklenburg-Vorpommern es una región de carácter prácticamente rural, en donde la agricultura todavía a día de hoy sostiene a gran parte de su población y que en comparación a otros estados Alemanes el porcentaje dedicado a la explotación del campo es superior. Es muy importante saber esto ya que, en Nadie con los terneros, es la geografía lo que condiciona la vida de sus habitantes, entre los que se encuentra por supuesto Christin. Es normal que a lo largo de su lectura tengamos la sensación de que, a pesar de su verdoso paisaje, Shattin (pueblo en el que se desarrolla la trama) nos parezca una especie de páramo desolado, cubierto de campos de cultivo, animales, pequeñas aldeas y granjas diseminadas. Sin duda un desierto en la mente de Christin, quien no sueña con acabar sus días entre estiércol y el cacarear del gallo a primera hora de la mañana, sino con una vida más interesante e independiente en la gran ciudad. Le sobran argumentos para largarse, empezando por su relación con su novio (la cual no puede ser más tóxica) y acabando por su padre (alcohólico y sin esperanzas de abandonar dicha adicción). Pero también una urgente necesidad de realización personal, de escapar y vivir la vida que siempre quiso para ella. Por ello, en cuanto se le presenta la oportunidad - gracias a un ingeniero llamado Klaus y con alguna mentira de por medio - no duda en agarrarse a ella. Nada en la novela de Herbing deja al lector impasible, ni la actitud de los habitantes de Shattin, ni los celos enfermizos de Jan, ni siquiera el olor a abono. Porque sí, su autora en lugar de maquillar realza, describe y presenta sin cortapisas la vida en el campo desde la perspectiva de Christin. Una veinteañera sin apenas formación, condenada a una existencia que no se la desearía ni a mi peor enemigo y con la esperanza de subirse a un tren para no volver nunca más.

   En tiempos en los que se reivindica el retorno a los pueblos. En una semana en la que hemos asistido a protestas de carácter vecinal y medioambiental en el pleno corazón de Madrid. En un siglo, el XXI, en el que por fin nos hemos dado cuenta que el calentamiento global es una realidad y no una falacia como nos han hecho creer empresarios y políticos. En definitiva, en años en los que la causa ecologista está más viva y de actualidad que nunca, una novela como Nadie con los terneros nos propone justo lo contrario. Un camino a la inversa que, si lo pensamos fríamente, lleva siendo habitual desde siempre. No hace falta irse muy lejos en la historia para encontrar casos muy parecidos o similares a lo que se narra en la novela de Herbing. Pensemos en nuestras abuelas y abuelos, nacidos en su mayoría en pueblos de Teruel, Albacete, Zaragoza, Cuenca, Soria o Cáceres por citar algunos ejemplos. Pensemos en sus lugares de procedencia que - salvando las distancias temporales y espaciales - no eran los mejores para desarrollar ya no sólo sus ambiciones personales, sino que en aquellas pequeñas localidades veían su futuro coartado por la pobreza, la falta de oportunidades laborales o incluso por asfixiante peso de la tradición. Por todo ello no dudaron en emigrar en masa a ciudades como Barcelona, Valencia, Bilbao o a la propia capital en busca de un futuro y una vida mejor. Como he comentado antes, actualmente se aboga por la vida en el campo, por los cultivos ecológicos, por recuperar o salvar a pueblos en vías de extinción o por ofrecer - en el ámbito del turismo - pacs que combinan alojamiento más trabajo en granjas. Todo por y para que el cliente disfrute de una vida campestre plena. Sin embargo, hay que decir que ni la vida en el mundo rural es perfecta, así como tampoco lo es vivir en una gran urbe. Las megalópolis de hormigón gris no son del todo atractivas, pero es que tras ese halo bucólico, de ese cúmulo de estereotipos, descubrimos que el verdor de los campos esconden también muchos inconvenientes. En Nadie con los terneros, Herbing nos propone una reflexión un tanto paradójica en un momento en el que parece instaurarse la nostalgia, el regreso a los orígenes, a la comunión del ser humano con la naturaleza. La de que a día de hoy hay personas, como Christine, que ven en el asfalto la materialización de sus sueños y en la tierra un lugar en el que simplemente se hunden los pies. Nadie con los terneros: una historia de escapatoria, agobio, olores fuertes, animales de granja, violencia de género, urbanidad, ruralidad... Una primera y gran novela que, espero, sea el inicio de algo mucho más ambicioso.

Frases o párrafos favoritos:

"Unas cuantas moscas se posan en los ojos del ternero y le recorren la boca. La vaca lo empuja otra vez y las espanta, pero enseguida vuelven y por un momento pienso en meterme en uno de los chamizos y quedarme ahí tirada hasta que los hierbajos me crezcan por encima. Justo entonces las vacas del bebedero se echan a un lado y Jan aparece entre ellas por la pradera. Guardo el móvil."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Volcano Libros

martes, 20 de noviembre de 2018

RESEÑA: Hombres.

HOMBRES
Título: Hombres.

Autora:
Angelika Schrobsdroff (Friburgo 1927). Emigró a Sofía en 1939 con su madre y regresó a Alemania en 1947. Se casó con el cineasta Claude Lanzmann, director de Shoah, en 1971, con quien se mudó a Isrrael en 1983, tras más de una década entre París y Munich. Hoy en día, convertida en una autora mítica, sobretodo gracias a Tú no eres como otras Madres (libro que se ha convertido en todo un éxito de ventas en Alemania y que se ha traducido a lenguas como el inglés, el francés o el castellano entre otras), Schrobsdroff vive en Berlín. Es autora de diez novelas y dos libros de cuentos que han marcado la narrativa alemana de la segunda mitad del siglo XX, como Hombres (su primera novela: el escándalo que produjo su publicación la hizo inmediatamente conocida), Die Reise nach Sofía (publicada con un prólogo de Simone de Beauvoir), Die kurze Stunde zwischen Tag und Nacht o Jerusalem war immer eine schwere Adresse. (Fuente: Errata Naturae).


Editorial: Errata Naturae.

Idioma: alemán.

Traductor: Joaquín de Aguilera Gamoneda.

Sinopsis: la autora narra en Hombres la educación sentimental de una hermosa joven que alcanza su madurez entregada ala furia de vivir, sobrevivir y revivir. Eveline Clausen, la turbadora protagonista de esta novela, es hija de padre alemán y madre judía, y su infancia se desarrolla en pleno ascenso del nazismo. No es sólo un personaje "construido" con partes de la vida de la propia autora y de otras mujeres a las que conoció en su juventud, sino toda una figura de carne y hueso. Una verdadera mujer que pierde su candidez, su inocencia, y se lanza a vivir ávida e intensamente, sin ninguna preocupación moral, para ahuyentar todos esos miedos que la acechan desde muy niña. Los hombres, los distintos hombres que pasan por su vida (este libro es un perfecto estudio de los muchos tipos de ellos), son tan sólo el medio para evadirse de la dura realidad, de la persecución y el hambre. Estos hombres, que siempre ocupan una posición de poder (y lo ejercen), van convirtiéndose, gradualmente, en el único universo de Eveline; les pide amor, pasión y las posibilidad de huir (de su madre, de sus propios deseos, tristezas y necesidades), aunque casi todos ellos, víctimas también del egocentrismo de la joven, le resultan decepcionantes. (Fuente: Errata Naturae).

Su lectura me ha parecido: amena, fresca, embriagadora, interesante en su contenido, algo extensa para mi gusto, incapaz de superar a su novela más célebre... La vida es un misterio. Una frase tan manida como real. Objeto de campañas de marketing, publicidad así como de una suerte de lema (no sé hasta que punto motivador) impreso en tazas, libretas y demás artilugios que cualquiera puede adquirir en un Alehop o en la página de Mister Wonderfull. Si nos atenemos, sólo y exclusivamente, al ámbito literario, comprobamos casi al instante como esas cuatro palabras se transforman, caen bajo el poder de algún hechizo y nos devuelven un prisma, una cara, uno de esos tótems inmortales que la literatura y sus discípulos van a seguir explotando hasta el fin del mundo. Para cualquier escritora/or la vida, o en otras palabras, las experiencias que cada uno atesora en sus recuerdos, conforma el principal elemento de inspiración para cualquier texto, ya sea novela, ensayo o teatro y abarcando todos los subgéneros posibles. Al basarse en ella, o inspirarse que no es lo mismo, la autora/or camina por un hilo de alambre que separa dos realidades posibles. Arriba, la gloria, el reconocimiento, el que el público vea más allá de las notas autobiográficas. Abajo, el morbo, que por un lado beneficia en cuanto ventas, pero que sin duda acaba condenando a quien escribe a un sambenito perpetuo a cada paso que da en el mundo del libro. No es este el caso de la novela que hoy tengo el placer de reseñar y presentaros, cuya composición no deja lugar a dudas, al igual que su intención, ajena a toda provocación (a pesar de que en su momento parece ser que su publicación supuso un escándalo en Alemania) y a cualquier atisbo de duda. Eso si, hay que reconocer que para Angelika Schrobsdroff su propio y peculiar árbol genealógico le ha servido para asentar una robusta carrera literaria. Empezando por su madre (a quién conocimos en su novela más aclamada) acabando por su padre y en medio, los múltiples recuerdos que desde niña ha ido guardando pacientemente hasta poder plasmarlos (en parte seguramente) en esta novela. Hombres: un tratado sobre el amor, el desamor, el engaño, los deseos y las relaciones íntimas en tiempos realmente revueltos.


La historia de como Hombres llegó a mis manos es bien sencilla, de hecho, llegó acompañado de las memorias de Edna O´Brien, una de mis autoras favoritas. Pero mentiría si no dijera que la última novela traducida y publicada (que no escrita) de Angelika Schrobsdroff no hubiese tenido cabida en mi universo lector de no haber sido por su madre. ¿Madre? ¿Qué madre? Los que estéis más puestos en las novedades editoriales habréis captado la ironía de la frase, porque es gracias a la madre que la parió (a Angelika Schrobsdroff claro), una mujer llamada Else Krischner, por quien hoy muchos lectores hemos querido adentrarnos en Hombres. Y es que Else no es otra que la protagonista de Tú no eres como otras madres. Un libro bárbaro, aclamado por el público y la crítica, cuya publicación supuso un punto de inflexión en los géneros que la prensa usó para definirla y catalogarla. ¿Era una novela? Sí. ¿Una biografía? Absolutamente. ¿Una autobiografía? Por supuesto. ¿Unas memorias con aires a tiempos pasados? También. Fueron muchos los factores (entre los que destacaría el estilo de Schrobsdroff, la ausencia de capítulos y la construcción de esa icónica protagonista) que hicieron de Tú no eres como otras madres el libro del año, y por extensión de la década. Fuimos muchos los lectores que caímos rendidos ante Else Krischner y Angelika Schrobsdroff, conscientes de que estábamos inmersos en una historia tan universal como única. Schrobsdroff había hecho de su propia madre un monumento, un manual, un tratado de la primera mitad del siglo XX desde una impecable perspectiva de género. Con ese recuerdo todavía palpitante en mi memoria, y en cuanto tuve noticia de que Errata Naturae y Periférica iban a unir de nuevo sus fuerzas para sacar adelante la edición de una nueva novela de Schrobsdroff, esperé ansiosa el momento en el que se conocieran más detalles. El día llegó más pronto que tarde, Hombres era su título y el diseño de su portada no podía ser más evocador (tanto que en ocasiones recordaba al que se empleó en Tú no eres como otras madres). Indagando un poco sobre él descubrí para mi asombro que no estábamos ante la nueva y esperada novela de Schrobsdroff, sino frente a una obra anterior, en concreto su primera novela. A pesar de que un cierto escepticismo empezó a nublar mi entendimiento, decidí finalmente darle una oportunidad. Estaba escrito por Schrobsdroff, autora de Tú no eres como otras madres, ¿qué podía salir mal? El resultado de su lectura, tras unos largos y pesados meses de mayo, me dejó con muchas preguntas, algo en teoría bueno, pero también con la sensación de haber leído una obra menor, igualmente ambiciosa, pero sin estar a la altura de la eclosión tanto estilística como emocional que supuso escribir sobre su madre.
  

Centrándonos en la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Hombres presenta una lectura sencilla, entretenida, ligera, en la que su autora trata siempre de mantener una relación amigable con el lector. La idea de que la lectura ágil resta valor literario a una obra determinada es completamente falsa, al menos en esta novela no se cumple, ya que cada capítulo da paso a momentos de lucidez narrativa que si bien no son barrocos, si que consiguen que el lector permanezca pegado al papel, capítulo a capítulo, párrafo tras párrafo. No hace falta escribir como si estuviéramos en el XIX para que un libro sea considerado literatura de altura. Cada época histórica tiene sus modas y sus códigos, y como siempre, a veces es mejor la sencillez que cientos y cientos de páginas plagadas de tecnicismos. En Hombres nos topamos con una Schrobsdroff generosa, más abierta, que ha sido capaz de desnudarse biográfica y emocionalmente ante los lectores de medio mundo, por lo que la prosa por momentos parece adquirir un tono más vitalista y menos cronológico (tan importante en Tú no eres como otras madres). Se nota que esta novela, su primera novela, la escribió con una libertad pasmosa y que abruma a medida que el lector va dejando atrás un capítulo tras otro. Hombres no es más que la historia sentimental (y no sólo sentimental) de la propia autora. Sus idas y venidas, sus múltiples relaciones amorosas, sus escarceos, sus noches de fiesta y glamour, sus estancias en villas de lujo, sus desgarradores paseos por las calles arrasadas por la guerra, sus peleas, sus inseguridades, su complicada relación con su madre, sus deseos de evadirse de la desgracia, su egocentrismo crónico y sus decepciones entre otras muchas historias. A priori y tras haber leído la sinopsis, el lector espera toparse con una novela de aprendizaje de manual. Pero Schrobsdroff es más astuta (literariamente hablando) como para dejarse llevar por lo convencional, por una trama universal que en antaño ya había sido explotada por numerosos autores. Hombres presenta a una protagonista muy poco convencional, alejada de esa imagen de mujer apocada, tímida y estudiosa que acaba aprendiendo de la vida. Eveline Clausen (protagonista y alter ego de la autora) es diferente. Sus numerosas caras sorprenden al lector, dejando claro que Eveline es una joven con ideas muy claras, decidida e independiente a la hora de opinar o de tomar sus propias decisiones. Ante esta protagonista, es inevitable no preguntarse ¿qué hace de Hombres una novela de aprendizaje si su protagonista parece saber como funciona el mundo y la vida? Schrobsdroff responde a esa pregunta por medio de los errores que comete Eveline, consecuencia de su forma de ser y de su intento por desprenderse de sus propios fantasmas. El ser humano, por muy espabilado que sea, no es perfecto y Eveline aprenderá esa lección a base de golpes y más golpes. Una vez dicho esto, sólo me queda por apuntar dos cuestiones para mi importantes. La primera de ellas tiene que ver con la propia recepción de Hombres en el momento de su publicación en la Alemania (recordemos que partida en dos) de los años sesenta. Sinceramente, al principio no entendía el por qué de la polémica, no encontraba explicación alguna. Sin embargo y tras analizarlo detenidamente, es posible que la sociedad alemana no estuviese todavía preparada para que una mujer les hablase de su historial amoroso de forma tan transparente, y más allá de eso, que a los propios alemanes les costase todavía recordar los desastres de la II Guerra Mundial y en particular del Nazismo. Algo que aparece constantemente descrito en el libro y que supone uno de los numerosos fantasmas de los que la protagonista parece huir. ¿No les ocurriría lo mismo a los alemanes en aquellos años? ¿Es entonces Eveline Clausen la viva imagen de un pueblo recuperándose poco a poco de sus heridas más profundas? ¿O por el contrario el recuerdo de lo que aún muchos quieren olvidar? La segunda cuestión a tratar es más personal, pues, y a pesar de que Hombres es una novela que como lectora he disfrutado, siento que le falta algo, no sé, llámalo madurez, recorrido o una buena idea. Pero lo que está claro es que la sombra de Tú no eres como otras madres es alargada, demasiado alargada. Hay que tener en cuenta que Hombres es su primera novela, por lo que, aunque podamos atisbar el estilo que empleará en su obra más importante, no está a la altura de la novela que le ha hecho mundialmente famosa. Eso si, Hombres constituye la continuación perfecta de Tú no eres como otras madres, una suerte de segunda parte menos talentosa pero igual de disfrutable.


En el apartado más reflexivo, he querido dejar para el final el propio eje de la novela, el motor al rededor del que giran todas las tramas y subtramas. Pues al fin y al cabo es el tema más importante y que más reflexiones me ha suscitado tras su lectura. Como ya hemos comentado a lo largo de la reseña, Hombres es algo más que una novela de carácter autobiográfico donde la autora habla de cada una de las relaciones amorosas que ha tenido a lo largo de los años. Hombres es también un tratado, sí, lo he dicho bien, una especie de estudio (novelado eso si y con abundancia de diálogos) de los diferentes tipos de hombres que existían a mediados de siglo XX. Sus comportamientos, sus palabras, sus pensamientos, sus ideologías, sus profesiones, sus formas de ver el mundo y a las propias mujeres, sus miedos, sus inseguridades, sus constantes contradicciones...Un análisis psicológico tan exhaustivo e interesante que, no sé hasta que punto intencionadamente, busca mostrar toda esa paleta de gamas, texturas y colores al lector. ¿El motivo? ¿Tal vez para que nos demos cuenta de lo poco que hemos cambiado en cuanto a roles de género se refiere? ¿O para apreciar los diferentes modelos de masculinidad? Ambas respuestas cobran sentido y lógica una vez te adentras en la lectura de esta novela. El repertorio es tan brillante como perturbador. Desde el primer amor, al marido buenazo, pasando por la imponente figura paterna, la de sus propios hermanos varones y el hombre tóxico, manipulador y vago que la hiere especialmente con más dureza. Todos y cada uno de ellos están perfectamente caracterizados, de hecho, da la sensación de que Schrobsdroff ha llevado consigo una suerte de diario íntimo durante los años en los que mantuvo todas aquellas relaciones. Cada detalle, cada aspecto, cada palabra...Todo esta plasmado en Hombres, hasta el punto de que cada capítulo lleva por título frases tan evidentes como: "El capitán de corbeta", "Los hermanos", "El seductor", "El esposo" y así hasta un total de ocho capítulos. En ocasiones la historia provee al lector de libros únicos, que nos hablan del pasado con total sinceridad, sin censuras, y por supuesto, sin esconder los tabúes del momento. Es precisamente en esto último donde reside la grandeza de este libro, pues hasta nos relata las secuelas que dichas relaciones, amatorias o no, han dejado tanto en su cabeza como en su propio cuerpo. A decir verdad, si algo evidencia Hombres es lo que ya apuntábamos al principio de este párrafo, el hecho de que la masculinidad (así como los diferentes modelos de hombre) sigue siendo la misma que a mediados de los años cincuenta del pasado siglo. Si bien se ha avanzado, pues hoy en día existen muchos hombres que abanderan la causa feminista y practican dicho feminismo en su día a día, todavía existen hombres que se niegan a bajarse de su pedestal de macho alfa. Hombres que se niegan a aceptar sus errores, que no lloran, que no soportan que una mujer les supere intelectualmente, en definitiva, que no dudan en usar todas y cada una de las herramientas que la estructura patriarcal les proporciona para ejercer su poder. Ante esta cruda realidad, es importante, y lo repetiré las veces que haga falta, en lo que al mundo del libro se refiere, que las editoriales sigan apostando por textos de este tipo. Que aunque no denuncian la situación de forma explicitica, si que muestran los horrores de una relación donde los roles de género se mantienen inquebrantables y en las que exista un cambio, un "romper con lo establecido". O al menos una protagonista tan imperfecta como Evelina Clausen. Y si el libro en cuestión está ambientado en el pasado, mejor, no hay nada mejor que aprender de nuestros propios errores para poder enmendarlos en la actualidad. Hombres: una historia de amor, celos, independencia, manipulación, traumas, diversión, egoísmo, huida hacia adelante... Una novela que nos descubre a una Angelika Schrobsdroff más joven, más vitalista, más entregada al peso de sus propios recuerdos.

Frases o párrafos favoritos:

       "—Seguro que tienes muchas amigas —continuó. Yo ya conocía esta frase y la odiaba. Todas las personas mayores se creen obligadas a utilizarla en sus conversaciones con las chicas jóvenes.

       —No —respondí—. No tengo ninguna amiga."

Película/Canción: a la espera de que alguien de la industria cinematográfica aprecie el potencial que tiene la literatura de Angelika Schrobsdroff para ser llevada a la gran pantalla de la forma más fiel posible, os adjunto una pieza procedente de uno de los grandes musicales del celuloide. No sé si es la mejor canción, pero me ha acompañado a lo largo de la redacción de la presente reseña y creo que posee un cierto regusto a aquella época, a aquellos oscuros años, a la lúgubre y animada noche berlinesa.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae