Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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viernes, 19 de abril de 2019

RESEÑA: Una educación.

UNA EDUCACIÓN

Título: Una educación.

Autora: Tara Westover  (Idaho, 1986). Inició sus estudios en la Brigham Young University con diecisiete años y se graduó en Arte en 2008. Gracias a varias becas pudo seguir estudiando y obtuvo un posgrado en el Trinity College, Cambridge, en 2009. Consiguió una maestría en Filosofía y se graduó en Historia en 2014, después de una estancia en la universidad de Harvard. Actualmente reside en Londres. Una educación es su primer libro, que se ha traducido en 22 países y ha sido aclamado por los lectores y la crítica, además de ser nominada a National Book Critics Circle en la categoría de autobiografías. Está considerado uno de los libros más importantes del año según The New York Times, BBC, Daily Express, Library Journal y Entertainment Weekly, y ha figurado desde su publicación en las listas de más vendidos.


Editorial: Lumen.

Idioma: inglés.

Traductora: Antonia Martín.

Sinopsis: Nacida en las montañas de Idaho, Tara Westover ha crecido en armonía con una naturaleza grandiosa y doblegada a las leyes que establece su padre, un mormón fundamentalista convencido de que el final del mundo es inminente. Ni Tara ni sus hermanos van a la escuela o acuden al médico cuando enferman. Todos trabajan con el padre, y su madre es curandera y única partera de la zona.
Tara tiene un talento: el canto, y una obsesión: saber. Pone por primera vez los pies en un aula a los diecisiete años: no sabe que ha habido dos guerras mundiales, pero tampoco la fecha exacta de su nacimiento (no tiene documentos). Pronto descubre que la educación es la única vía para huir de su hogar. A pesar de empezar de cero, reúne las fuerzas necesarias para preparar el examen de ingreso a la universidad, cruzar el océano y graduarse en Cambridge, aunque para ello deba romper los lazos con su familia.

Su lectura me ha parecido:

   Impactante, dura, brutal, crítica, devastadora, capaz de dejarte con la boca abierta, oportuna, enormemente reflexiva, actual, ¿redentora tal vez?... Hará por lo menos cinco meses desde que me adentré en el complejo y al mismo tiempo reconfortante universo de las clases particulares de Historia y Geografía (por el momento) a chicas y chicos de secundaria y bachillerato de diferentes niveles. Cada alumno es un mundo. Los hay que te miran fijamente mientras expones las causas y las consecuencias de la Guerra Civil Española. Los hay que no paran de tomar apuntes mientras explicas por qué Lenin lleva a cabo la Revolución de Octubre. Los hay que permanecen en silencio, como estatuas, atentos a tu disertación sobre la autarquía. Los hay que preguntan, como si no hubiera un mañana, incluso sobre las cuestiones más inverosímiles como si es verdad que existe un rey de los piratas o si se podría explicar el sistema feudal comparándolo con las películas de El Señor de los Anillos. Los hay que sólo les interesa memorizar para poder vomitarlo lo mejor posible en el próximo examen. Los hay que se conforman con un seis o un cinco. Los hay, en su mayoría, que una vez pasa el periodo de clases a domicilio, consiguen olvidar lo aprendido y seguir con sus vidas sin preguntarse el por qué de las cosas, ni siquiera por qué aún seguimos hablando de memoria histórica y por qué es tan necesaria. Por fortuna, también los hay, que absorben conocimientos, cual esponja, para retenerlos en su interior como verdaderas enseñanzas de vida. En estos cinco meses me ha tocado lidiar con todo ello, en ocasiones con entusiasmo, a veces a desgana y otras por absoluta necesidad económica. Sin embargo, si algo estoy sacando en claro de esta experiencia es que sin educación no se llega a ningún lado. Sin educación es más fácil sucumbir a la manipulación, al engaño, a los falsos bulos, y por tanto, a no ser capaz de organizar en tu cabeza un discurso y una mirada crítica respecto a los temas más importantes, independientemente de su vigencia. ¡Que valiosa es la educación! Pero sobre todo, con que clarividencia y crudeza lo deja bien claro Tara Westover, (autora a la que a partir de este mismo momento tendré en mi punto de vista) en el que ya es uno de los libros del año. Una educación: autenticidad, superación y una huella en la memoria del lector.


   Mi experiencia con la educación, y con el sistema educativo así en general, no ha sido ni lineal ni del todo satisfactoria. Para empezar, nunca he sido una estudiante de grandes resultados académicos (las notas bien lo reflejan), sin embargo, de un tiempo a esta parte y después de reflexionar detenidamente al respecto, creo que como alumna he sido bastante coherente con mi forma de ser, mis principios, mis gustos y demás aspectos de índole personal. Me explico. Si bien era una absoluta negada para las matemáticas (las cuales me trajeron más de una vez por el camino de la amargura hasta el primer curso de bachiller), por el contrario, se me daba bastante bien escribir redacciones, pintar o ser capaz de asociar conceptos e ir más allá de lo que aparece en los libros de texto (algo que en parte se lo agradeceré siempre a los libros, las películas, a la música, a mis padres por llevarme de museos en lugar de quedarnos los domingos en casa viendo la tele y a aquellas primeras revistas de Muy Historia). Pero sobre todo, era consciente de que poseía imaginación, tan desbordante que a veces me daba vergüenza manifestarla delate de los compañeros de clase. Por aquel entonces ya escribía, pequeñas cositas, nada del otro mundo y seguramente con mil y un faltas de ortografía, pero lo hacía, y eso me hacía sentir bien, aunque fuese en la intimidad. A pesar de ello, muy pocas veces conseguí que esas cualidades fuesen tenidas en cuenta o simplemente valoradas, sobre todo por algunos profesores (tanto de Primaria como de Secundaria). Esa obsesión por los números, por la aritmética, por las medias, por ser la o el que mejores notas sacaba de todo el curso me estresaba, y me consta que no era la única. Y lo peor de todo, por lo menos eso sucedía en mi instituto, es que ser sobresaliente era sinónimo de pasión por las ciencias, algo que a día de hoy sigo sin comprender. Poco he hablado de esa clase de Cuarto de la ESO de letras, en la que juntaron a quienes querían en un futuro estudiar una carrera o un ciclo profesional con alumnos que pasaban olímpicamente de estudiar (y por tanto se dedicaban a tocarse las narices y armar follón). De hecho, y esto es completamente cierto, en el instituto al que iba a la clase de letras de cuarto se le conocía como la clase de los tontos y a la de ciencias la de los listos. Tal cual, sin medias tintas.

   Pasando por alto la traumática experiencia del bachillerato (a la cual he dedicado párrafos enteros en este espacio y en la que la angustia y los nervios estaban a la orden del día), mi llegada a la universidad fue estupenda. Creía que por fin se abriría un mundo ante mi. Sin embargo, al final distó un poco de ser idílica pues descubrí que hasta la época de la historia más apasionante puede resultar un calvario si cae en manos de una profesora o profesor nefasto. Después siguió el máster, cursos de escritura creativa, uno de guion... Y en todo, absolutamente todo y a pesar de las deficiencias de nuestro sistema de educación, conseguí aprender más allá de cultura general y conocimientos básicos, sino verdaderas lecciones de vida. Por eso, en cuanto tuve noticias del libro de Tara Westover no pude evitar resistirme a leerlo. Me chocó de buenas a primeras su sinopsis. No podía creer lo que mis ojos estaban leyendo. ¿De verdad me hallaba ante las memorias de una mujer que nunca había ido a la escuela? Es decir, ¿Ante una persona que no sabía si quiera que era el Holocausto antes de entrar en la Universidad? Sí, estaba ante ella, y por supuesto, ante su difícil testimonio. Cuando lo sostuve entre mis manos, sintiéndolo por fin mío tras liberarlo de un papel de regalo navideño, no pude evitar meterme de lleno en su lectura, y como consecuencia, conocer a sus hermanos, a su madre, a su padre, a sus abuelas y todo lo que los envuelve deseando que todo aquello que estaba leyendo no fuese cierto.

   En cuanto el lector se sumerge en Una educación ya no hay vuelta atrás. En otras palabras, que si tenías pensado compaginar este libro con otras lecturas olvídate. No os podéis imaginar lo adictiva que me resultó su lectura, hasta el punto de que retomarla aprovechando la mínima oportunidad (no hace falta entrar en términos escatológicos, ya me entendéis). Esto no fue debido a su estilo (freso, ameno, pulcro y abrumadoramente sincero) sino a la historia que Tara Westover narra en su ¿novela?, ¿autobiografía? ¿memorias noveladas tal vez?... Es en este punto donde debemos ahondar, aunque sean unas pocas líneas, en la peculiaridad de este texto. Pues, si no te llegan a decir que lo que estás leyendo pasó de verdad (insisto, de verdad de la buena) habría pasado perfectamente por un interesante libro de ficción. No obstante, en cuanto el lector se da cuenta de la veracidad de los hechos se queda literalmente de piedra, elevando como consecuencia el valor de lo que acabamos de leer o incluso presenciar. En ese sentido, el texto de Westover sigue la estela de otros autores como Karl Ove Knausgård o Mary Karr, los cuales se valen de algunos aspectos de su biografía para construir libros en los que la línea que separa la verdad de lo inventado es muy fina, por lo que de buenas a primeras no resulta una gran novedad. Sin embargo, si Una educación ha conseguido calar en los lectores no ha sido por explotar el género autobiográfico para construir una narración más o menos convincente, sino por el contenido de ésta y sobre todo por la universalidad de su mensaje.

   Para empezar, Westover nos ilustra la cara más desconocida e insólita de la década de los 90 en Estados Unidos. Mientras la gran superpotencia imponía su poder sobre el resto del mundo lanzando satélites y sistemas operativos al espacio, una familia decide anclarse, por voluntad propia, en la versión bestia y peligrosa del american way of life. Dicho de otra forma, en la inconsciencia de una vida supeditada a los delirios de un padre autoritario, fanático, mormón y firme defensor de las teorías de la conspiración más locas que os podáis imaginar. Con este panorama, observamos como Tara, al igual que el resto de sus hermanos, no va a la escuela, carece de un certificado de nacimiento, no está muy segura de la edad que tiene, y por supuesto, nunca ha sido vacunada. Los electrodomésticos así como objetos tan importantes como el teléfono van llegando poco a poco, su madre (una matrona que ejerce en contra de su voluntad) es la encargada de curarles cuando están enfermos o sufren accidentes (algunos de ellos terribles), el padre obliga a sus hijos a trabajar en el desguace (sin medidas de protección o seguridad) y hasta almacenan conservas de melocotón por si, según el patriarca, se produce un cataclismo y se quedan ellos solos en el mundo. Visto de esta forma, Tara Westover le da una patada a esa imagen tan idílica de la vida en el campo, y ya de paso, un puñetazo en el estómago de los lectores. En esta historia, por fortuna, existen dos puntos de inflexión: el momento en el que, gracias a su bonita voz, consigue entrar en un coro (lo cual la introduce indirectamente en el microcosmos de su localidad) y cuando, instada por uno de sus hermanos mayores, decide seguir sus pasos y prepararse el examen para acceso a la Universidad, ya que las clases que su madre le imparte en casa dejan mucho que desear.

   A partir de ese momento, cuando por fin consigue acceder a la Universidad (y no olvidemos, a un aula por primera vez en su vida) empieza la verdadera lucha: afrontar la evidente ruptura entre lo que ha vivido desde su más tierna infancia y ese mundo al que consigue, no sin dificultad y a trompicones, acceder. En otras palabras, el paso de ser una niña asilvestrada a una culta investigadora. Esta es una historia de superación, sí, pero más allá de eso, lo que importa son los traumas que Tara que aún arrastra, esas heridas cuyo proceso de sanación fue doloroso y lo que implica dejar atrás todas las enseñanzas y modo de vida en contra, por supuesto, de su padre. El choque emocional es brutal, tanto que el lector no puede evitar sentir pena, compasión, querer traspasar el papel para abrazar a Tara y decirle que la entendemos, que la comprendemos, que no se preocupe, que estamos con ella. A todo esto, la propia Westover no percibe su experiencia como un triunfo, sino como un proceso largo en el que la humildad y sobre todo la inseguridad de entonces todavía carga a su espalda. Como es obvio, el proceso de adaptación no es fácil. Tara narra con total sinceridad su supina ignorancia frente a algunos principios básicos relacionados con la higiene, la sexualidad, así como aspectos de cultura general o fobias a medicamentos. Desde pequeña mamó un mormonismo extremadamente fundamentalista, así que le costó mucho desprenderse de ese escepticismo ante las ayudas del gobierno o ese temor a que, un día, dios les libraría de un posible apocalipsis. En Una educación, Tara Westover no reniega de sus orígenes a pesar de haberlos dejado atrás, algo que refuerza la idea de Una educación como una novela constructiva (escrita desde lo contenido y no desde la rabia) y de reconciliación con su pasado, o más bien con su padre, la piedra angular de su infancia y adolescencia cuya sombra aún parece alargada.

   Tras leer Una educación el lector siente impotencia, incredulidad, enfado, tristeza, esperanza... Todo un torrente de emociones que vienen a confirmar o cimentar la base de este libro, el mensaje universal al que antes hacíamos referencia, y es que la educación lo es todo. Sin ella, como Tara Westover nos muestra, no somos nada ni nadie. O lo más duro, que las consecuencias de no haber disfrutado de ese derecho básico pueden traducirse en heridas incurables o que tardan en cicatrizar años. Y lo peor de todo es lo poco que la valoramos en nuestra sociedad. Desde que leí la experiencia de Westover ya no percibo la educación de la misma manera, como si algo se hubiese movido dentro de mi, como si por fin fuese consciente de lo privilegiados que somos al concebir la educación como algo normal. Una vez que cierras el libro, no puedes evitar pensar en todas aquellas niñas y niños que por infinidad de circunstancias (políticas, económicas, sociales o culturales) no pueden ir a la escuela o simplemente les está prohibido. No debemos olvidar, en este punto de la reseña, el caso de Malala Yousafzai (cuya defensa de la educación para las niñas casi le cuesta la vida en su país natal) o la necesidad de educar en igualdad (algo que, por mucho que se empeñen algunos, nunca conseguirán frenar años de reivindicación desde el movimiento feminista). Para finalizar, me gustaría desde aquí darle las gracias a Tara Westover. Gracias por tu franqueza, gracias por tus memorias (las cuales me han volado literalmente la cabeza), gracias por reafirmarme en mis posiciones respecto a la importancia de la educación, gracias por hacer que desprecie a todo aquel que no la valora como toca, gracias por despojarme de toda la hipocresía que en ocasiones me asalta, gracias por demostrarme que hasta en el país más desarrollado del mundo pueden existir un submundo donde la incultura se anteponga al conocimiento, gracias por hablar de tu familia (especialmente de tu padre, grandísimo y temible personaje) y por supuesto, gracias por haberme devuelto la fe en el ser humano. Hay lugar para el aprendizaje, pero también, para las segundas oportunidades, para la redención, para observar un mundo más allá de la Princesa.

   Una educación: una historia de superación, supervivencia, valor, fanatismo, impotencia, sinceridad, lucha, choque emocional... Una vida para ser leída, digerida y reposarla sobre los cimientos de nuestra sociedad.

Frases o párrafos favoritos:

"Podéis llamarlo transformación. Metamorfosis. Falsedad. Traición. Yo lo llamo una educación."


¡Un saludo y a seguir leyendo!

viernes, 2 de octubre de 2015

RESEÑA: El Cuento número 13

EL CUENTO NÚMERO 13


Título: El Cuento número 13.

Autor: Diane Setterfield (Berkshire 1964) antes del año 2007, esta escritora inglesa llevaba una vida tranquila en Harrogate, una pequeña ciudad inglesa. Su trabajo consistía en dar clases de literatura francesa en la universidad y su pasión era, y sigue siendo, la lectura. Cinco años antes de su publicación, empezó a redactar las primeras líneas de lo que sería El Cuento número 13, y sólo después de mucho trabajo se atrevió a mostrarla a un agente literario, que enseguida supo apreciar las cualidades de esta novela excepcional. Desde entonces, la vida de la autora ha cambiado porque el éxito de El Cuento número 13 la obliga a viajar, aunque nunca olvida llevar siempre consigo un buen libro para leer y una libreta para ir escibiendo la que será su próxima novela. Diane Setterfield es también autora de El hombre que perseguía al tiempo y Bellman and Black. 

Editorial: Lumen.

Idioma: inglés.

Traductor: Marta Fernández de Villavivencio.

Sinopsis: entre mentiras, recuerdos e imaginación se teje la vida de la señora Winter, una famosa novelista ya muy entrada en años que pide ayuda a Margaret, una mujer joven y amante de los libros, para contar por fin, la historia de su misterioso pasado. "Cuéntame la verdad", pide Margaret, pero la verdad duele, y sólo el día en el que Vida Winter muera sabremos qué secretos encerraba El Cuento número 13, una historia que nadie se había atrevido a escribir.

Su lectura me ha parecido: interesante, misteriosa, elaborada, concisa, inesperada, hermosa, atrayente, perspicaz, romántica en ocasiones...Una vez más, queridos lectores y lectoras, me encuentro ante vosotros, frente al ordenador, tratando de poner orden mis pensamientos, intentando plasmar mis impresiones sobre la novela en cuestión lo mejor posible. Sin embargo, en esta ocasión, y aunque se que este primer párrafo sirve siempre como introducción a los temas que abordaré en la reseña de turno, no se me ocurre nada que añadir, es más, mi mente se queda completamente en blanco. Os pediría ayuda, queridos amigos y amigas, para ver si conseguís paliar ese mal que me aqueja, no obstante, y tras mucho meditarlo, he llegado a la siguiente conclusión: el motivo por el que no me salen las palabras o por el que me quedo aturdida ante este folio cibernético no es otra que el vacío, vacío, simple y absurdo vacío, pues, eso es lo que me provocó al finalizar la lectura de esta novela que hoy tengo el placer de reseñar. No pretendo hacer una mala crítica, no la haré en absoluto, pues, esta novela en concreto no la merece, sin embargo, tengo que reconocer que ha sido sin duda, la lectura más condicionada que he leído hasta la fecha, y eso, amantes de la lectura, nuca es buena señal. Sin demorarme más y pasando a continuación a abordar otras cuestiones os presento El Cuento número 13: la novela que todo nostálgico de las novelas de Jean Austen amará.


La historia de cómo El Cuento número 13 pasó a engrosar la larga lista de libros que una servidora lleva tras de si es y será de las más recordadas. El Cuento número 13 llegó a mis manos envuelto en papel de regalo de colores vistosos, no recuerdo exactamente si fue por un cumpleaños, si fue un presente de una mañana de reyes magos o un obsequio durante la mágica noche buena, eso sinceramente no lo atesoré en mi memoria. Lo que si sé es que tras ese momento, El Cuento número 13 reposó, durante años y años, en las estanterías de mi adorada biblioteca particular, la cual, como era de esperar, se iba haciendo cada vez más grande e interesante. He de reconocer que desde el momento en el que tomó su sitio pertinente en aquella estantería, rodeada de clásicos y no tan clásicos, mi mirada no se detenía en su lomo, ni en la cuidada edición, ni siquiera en la belleza de su portada. Más de una vez incluso, me han llegado a reprochar que no me lo leyese en su debido momento o preguntarme por qué no me animaba con su lectura, a lo que una servidora, hacía oídos sordos y se concentraba en otras novelas que me parecían más interesantes en ese momento. No fue hasta unos cuantos años después, cuando tuve la oportunidad de ver la adaptación cinematográfica de El Cuento número 13, la cual, tengo que reconocer, me dejó bastante impactada. Fue entonces cuando comprendí. cuando entendí, cuando por fin la curiosidad me asaltó de lleno, animándome a enfrentarme a un libro que durante tanto tiempo había rechazado. El resultado: nada de lo que una servidora esperaba experimentar.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, me gustaría aclarar ante todo que mi opinión puede distar un poco de las que un curioso lector pueda encontrar en internet, pues, y lo aplaudo, el libro ha recibido buenísimas críticas desde el momento de su publicación. No obstante, y estoy siendo completamente sincera afirmando que este ha sido una de esas lecturas buenas, interesantes, hasta apasionantes, pero que sin embargo, y como ya os adelanté en la introducción, leí bastante condicionada, condicionada, como no, por la adaptación cinematográfica. La película, en su momento, me dejó tan patidifusa que me empujó, casi por obligación y un cierto sentimiento de culpa, a leerme por fin El Cuento número 13. Sin embargo, lo que me encontré al adentrarme en su lectura fue una trama muy parecida a la del film, tan parecida que me fue inevitable ponerle rostro predeterminado a los personajes de la novela, adivinar ciertos aspectos y anticiparme a los acontecimientos, por lo que chafó mis expectativas, cortando las alas de una imaginación que quería explotar con su lectura. En segundo lugar, y dejando de lado lo comentado antes, El Cuento número 13 presenta una lectura ágil, sencilla, con cierta carga estilística muy interesante que hace que su lectura no pase desapercibida y con una humildad perenne, sin pretensiones de grandeza novelística, algo que dice mucho de la persona que está detrás de este libro, de su alma mater. Finalmente, El Cuento número 13 está plagado de un regusto romántico muy oportuno y acertado. No me estoy refriendo a que sea una novela noña, quien lo haya leído coincidirá conmigo en que ese apelativo no se le puede aplicar, me refiero al romanticismo, a ese halo que nos remite a épocas pasadas, a esa Inglaterra de principios de siglo XIX, a esa pluma que caracterizo al famoso Orgullo y Prejuicio o a Mansfield Park. Reconozco que todavía no me he atrevido con una novela de la gran Jean Austen, sin embargo, creo que El Cuento número 13, creo que respira ese estilo depurado y emotivo que desprenden las novelas de Austen, algo que en cierto sentido es de agradecer.


Adentrándonos en un terreno más reflexivo y menos crítico, quiero permitirme el privilegio y la ocasión para abordar las principales inquietudes que ha suscitado esta novela en mi, que como ya podréis haber imaginado, son más bien pocas. En este último párrafo podría reflexionar acerca del abandono, del drama psicológico en la literatura o de por ejemplo, las relaciones entre hermanos, temas que se repiten constantemente a lo largo de la novela. Sin embargo, en esta ocasión voy a hablaros de un aspecto que nada tiene que ver con la trama del libro, ni siquiera con la personalidad de los personajes, no, más bien tiene que ver con la autora que hizo posible que este libro se vendiera en medio mundo y de cómo, de la noche a la mañana, pasó de ser una desconocida a convertirse en una autora reconocida y de éxito. Hace unos días leía la siguiente pregunta: "¿Que es mejor, ser listo o tener suerte?". Trasladando esta frase al mundo editorial, parece que no, pero tiene mucho sentido, y más en los tiempos en los que nos encontramos. Hay quién tiene suerte, como todo en esta vida, y hay quién, por inteligencia, (y yo agregaría además esfuerzo, sacrificio y dedicación), logra sacar adelante un esplendido trabajo narrativo. Por desgracia para los amantes de la buena lectura y de la literatura, actualmente parece que la suerte (con unas buenas dosis de marketing detrás) tiene más merito que un arduo trabajo de investigación y de documentación. No hace falta que ponga ejemplos, vosotros mismos conoceréis seguro alguno, pues, hoy en día parece que todo el mundo sabe escribir novela histórica, policíaca o erótica que está tan de moda. Diane Setterfield, la autora de la novela que hoy reseñamos, aunque fuese tocada por la varita mágica de la suerte, no se encuentra entre ellos, ni por asomo, es más, creo que debería tenerse más en cuenta el trabajo que hay detrás de una buena novela, especialmente de sus escritores, algo que muchas veces no se valora, especialmente si no son escritores conocidos mundialmente. Por ello, desde aquí me gustaría felicitar a Setterfield y a todos esos escritores que os dejáis la piel en cada novela que escribís, en serio, ejercéis una labor cultural impagable, no como otros, los cuales, gracias a la suerte del principiante, publican novelas vacías de contenido. El Cuento número 13: una historia de temor, recuerdos, misterio, secretos, libros, hermanas, soledad, redención...Una historia apasionante que recomiendo a todo el mundo.

Frases o párrafos favoritos: 

"El primer día se resistió, gritó y pateó mientras Hester y el ama la desvestían y la sumergían en la bañera, pero cuando se vio en el espejo después del baño, cuando se vio limpia y con el pelo recogido en una cuidada trenza atada a un lazo verde, abrió la boca y entró en uno de sus trances".

Película/Canción: en el año 2013 se estrenó la primera adaptación de la novela con las intensas interpretaciones de Vanessa Redgrave (Howards Ends) Sophie Turner (Juego de Tronos) y Olivia Colman (Broadchurch). Aquí os dejo un enlace de la película que he encontrado en el Youtube, espero que os guste.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

jueves, 7 de noviembre de 2013

RESEÑA: La Ladrona de Libros

LA LADRONA DE LIBROS
 
 
Título: La Ladrona de Libros.
 
Autor: Markus Zusak (Sidney 1975), con su obra anterior I Am the Messenger, ganó uno de los premios más prestigiosos que su país dedica a la literatura juvenil. La Ladrona de Libros, que se inspira en lo que los padres del propio escritor vivieron en Alemania y Austria durante la Segunda Guerra Mundial, ha tenido mucho éxito en los Estados Unidos, Inglaterra y en los demás países en los que se ha publicado. En el año de su publicación en 2006 logró posicionarse en las litas de los más vendidos y recomendados por los lectores.
 
 
Editorial: Lumen.

Idioma: inglés.

Traductor: Laura Martín de Dios.

Sinopsis: érase una vez en un pueblo donde las noches eran largas y la muerte contaba su propia historia. En el pueblo vivía una niña que quería leer, un hombre que tocaba el acordeón y un joven judío que escribía cuentos hermosos para escapar del horror y de la guerra. Al cabo de un tiempo la niña se convirtió en una ladrona que robaba libros y regalaba palabras. Con estas palabras se escribió una historia hermosa y cruel que ahora ya es una novela inolvidable.

Su lectura me ha parecido: repitiendo y remarcando la mísma palabra con la que he finalizado la sinópsis, su lectura me ha parecido INOLVIDABLE! Creo que este es el calificativo que se le puede dar a esta novela y con el que seguramente coincidiré con todo aquel que también se la haya leído. Además, tratándose de este libro, me siento en la obligación de añadir a ese INOLVIDABLE! más calificativos positivos como bella, aterradora, real, lacrimógena, especial, maravillosa, intimista, histórica, original....Pero sobretodo DIFERENTE! un aspecto que junto con INOLVIDABLE! son los que más definen esta novela que hoy, después de tantos años, vuelve a estar entre mis manos. Señoras, señores, estamos ante una lectura increíble en la que descubriréis porque DIFERENTE! e INOLVIDABLE! deben de ir de la mano si hablamos de La Ladrona de Libros, la novela que todo el mundo debría leer.
 
Ahora mismo no recuerdo exactamente como llegó este libro a mi, si fue por una recomendación, por iniciativa propia o simplemente porque no sabía que libro leerme; lo que si que recuerdo es que fue en la biblioteca de mi colegio donde lo vi por vez primera, y donde intuyo que me entraron las ganas de leermelo. Pero ya os digo, no me acuerdo muy bien, lo que es una pena. Bueno, la cuestión es que me lo leí, y mientras me deleitaba con la ágil lectura de esta novela, me iba dando cuenta de que esto era distinto, que a pesar de haber leído muchas novelas de ficción histórica ambientadas en la Segunda Guerra Mundial, La Ladrona de Libros se diferenciaba a todo lo que había leído sobre esa temática, aspecto que inmediatamente se convirtió en un aliciente para que devorase cada página con ansia y curiosidad. Cuando llegué a la última página de la novela, me sentí tremendamente afortunada por haber gozado de una lectura así y deseaba tenerlo en mi colección personal etiquetada con el nombre de "Mis Imprescindibles"; libros que me definen y que de alguna manera han acabado formando parte de mi vida. Desde que decidí cambiar la temática del blog, llevaba algún tiempo queriendo hacer una reseña de este libro tan especial, pero no encontraba una solución, y así fué hasta que a través de otra biblioteca, esta vez la de mi barrio, conseguí hacerme con un ejemplar. Tenerlo de nuevo en mi posesión se me antojó emocionante, además de despertar emociones que experimenté durante su lectura. Estaba claro que la magia no se había perdido, Markus Zusak se había encargado de que la atesorara en mi memoria.
 
Para adentrandonos en los aspectos que realmente definen a esta excepcional novela, debo de explicar porqué INOLVIDABLE! y DIFERENTE! van de la mano. En primer lugar, La Ladrona de Libros es un relato INOLVIDABLE! básicamente, entre otros, por una poderosa razón: primero, La Ladrona de Libros es un libro con el que es complicado no empatizar con sus protagonistas, en especial con Liesel, esa misteriosa niña huerfana que es acogida por una família alemana en tiempos de la Segunda Guerra Mundial y del horror del Nazismo y que descubre el placer por la lectura de una forma muy especial y que llega a hacer reflexionar al lector. Además de Liesel, otro personaje que también merece un gran aplauso por mi parte es el personaje de Hans, el padrastro de Liesel, un hombre que ama con locura a su hija, a la que le proporciona un cariño infinito en tiempos de guerra y que oculta sus verdaderas ideas en un ambiente hostil y en el que el silencio es la mejor supervivencia. El resto de personajes también merecen mucho la pena, cada uno de ellos esconde una esencia diferente y que les hace únicos, personajes que prefiero no describir demasiado para incitaros a la lectura de este INOLVIDABLE! libro.
 
Por último tengo que decir que La Ladrona de Libros es una novela DIFERENTE! y remarco ese DIFERENTE! porque se de lo que hablo.  Casi todos lectores coincidiréis conmigo en que la Segunda Guerra Mundial ha dado pie para que los escritores se lanzaran a escribir novelas de ficción histórica ambientadas en esta época, convirtiéndose en la época fetiche de este género. Y espero que estéis conmigo en este hecho, en el hecho de que la inmensa mayoría de estas novelas explotan, en mi opinión en exceso, la visión de esa guerra desde la perspectiva de los judíos. Yo no niego que los judíos no fueran importantes, de hecho fue una tragedia las políticas de exterminio que se llevaron a cabo contra ellos en los campos de concentración, pero hubieron también otras víctimas directas o indirectas del conflicto igual o más importantes que los judíos. Me estoy refiriendo al exterminio de homosexuales, católicos, republicanos, anarquistas, discapacitados físicos y mentales, gitanos o comunistas soviéticos entre otros, a los que se les ha dedicado poca literatura. Tampoco debemos olvidarnos de otras víctimas que pocas veces son tratadas con la misma consideración, como era la población civil de la alemania en tiempos del Nazismo, los cuales también sufrieron las consecuencias de los desastres de la guerra. Es en este aspecto en el que entra en juego el calificativo DIFERENTE! pues La Ladrona de Libros trata el tema de la Segunda Guerra Mundial desde la perspectiva de los ciudadanos, de esos habitantes sometidos a un régimen, obligados a secundarlo y que son víctimas de la tiranía del Nazismo y de los bombardeos de la guerra sin tener la culpa de nada. Eso es precisamente lo que la hace DIFERENTE! al resto de novela histórica de esta misma temática, es una novela social y un canto al pueblo reprimido y atacado injustamente. La Ladrona de Libros, una historia de supervivencia, angustia, horror, belleza, honestidad, arrojo, literatura...Una lectura INOLVIDABLE! y DIFERENTE! que nadie debe dejar pasar.
 
 
Frases o párrafos favoritos:
 
"Sinceramente me esfuerzo por tratar el tema con tranquilidad, pero a casi todo el mundo le cuesta creerme, por más que yo proteste. Por favor, confía en mi. De verdad puedo ser alegre. Amable, agradable, afable... Y eso son las palabras que emiezan por "a". Pero no me pidas que sea simpática, la simpatía no va conmigo."
 
Película/Canción: a lo largo de la reseña habréis podido observar una serie de imágenes bastante fieles a la novela, y no es por casualidad o porque me he esforzado en buscar en las imágenes del Google. En absoluto. El 21 de Febrero del año 2014 está previsto el estreno en España de la esperadísima adpatación de la novela de Markus Zusak a la gran pantalla, algo que los fans de esta novela llevaban años esperando (incluida una servidora). Como habéis podido observar en las imágenes la película estará protagonizada por Sophie Nèlisse (Profesor Lazhar), Geofrey Rush (El Discurso del Rey) y Emily Watson (War Horse) entre otros. Para hacer un poco más rápida la espera, con solo teclear: "la ladrona de libros pelíucla" en Google, encontraréis información sobre la película y muchas fotos de los personajes, además de este espectacular trailer:
 
 
¡Un saludo y a seguir leyendo!