Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 23 de septiembre de 2021

RESEÑA: Un par de cómicos.

 UN PAR DE CÓMICOS


Título: Un par de cómicos. 

Autor: Don Carpenter (California, 1931-1995) escribió numerosas novelas, cuentos y guiones de cine a lo largo de veintidós años de carrera. Su primera novela, Dura la lluvia que cae, se publicó en 1966. A ésta le siguieron títulos como Un par de cómicos (1979) o La promoción del 49 (1985). Fue alabado por la crítica y sus colegas, pero su obra nunca llegó a un público masivo. Víctima de una serie de enfermedades que lo acabaron incapacitando, se suicidó en 1995 antes de acabar su última novela, Los viernes en Enrico´s, terminada y prologada por Jonathan Lethem y publicada por Sexto Piso en 2015. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés.

Traductor: Rubén Martín Giráldez.

Sinopsis: Desde hace años. Jim Larson y Dave Ogilvie forman un célebre dúo cómico cómodamente asentado en la fama. Cuando no están actuando en Las Vegas o de gira por el país, se encuentran en Hollywood grabando alguna de sus taquilleras películas. La amistad entre Dave y Jim parece haber sobrevivido al tiempo, al éxito (también al extraño cansancio que éste conlleva), a la implacable maquinaria del show business, e incluso a algún que otro avispado agente que quiere que Jim emprenda una carrera en solitario. A pesar de todo, siempre han sabido moverse como pez en el agua en un mundillo que conocen y aman, sin pagar, aparentemente, un peaje demasiado caro. Aún así, cíclicamente, Jim necesita desaparecer sin avisar a nadie, y Dave teme que alguna de esas veces sea la definitiva y todo acabe. 

Su lectura me ha parecido: tragicómica, ligera, burlesca, implacable en su retrato de lo que sucede tras las bambalinas del mundo del espectáculo, ausente de sentimentalismos, una brisa entre un panorama literario a rebosar de intranscendentes dramas... La risa, esa que aflora de nuestros labios y garganta, como si de una idea que por necesidad tenemos que exponer en voz alta, para que todo el mundo la oiga, hasta los comensales situados a la otra punta del restaurante. Cuantos más mejor. Porque, si de algo vive la risa es de la compañía, de una comunión de afines que dan su aprobación en forma de más carcajadas. Complacientes, sinceras, comedidas, exageradas, con implicaciones nasales, lagrimales, vocales o todo a la vez. No hay una risa única, como tampoco aquello que nos conduce a ella. Dentro del infinito catálogo, los libros - adscritos al género humorístico - figuran en un puesto destacado a pesar, eso sí, del descrédito vertido más por la crítica que por parte del público, el cual, se entrega a ellas cual fan de una legendaria banda de rock. Homero fue, como en casi todo todo, pionero del noble arte de conseguir que nos partiéramos la caja con su epopeya Batracomiomaquia. Al igual que Aristófanes, Menandro o Luciano de Samosata con sus obras de teatro que bailaban entre lo pícaro, lo explícito y la sátira social. Siglos más tarde encontraríamos aquellos autores que provocaron cierta hilaridad en tiempos medievales tales como Chaucer, Martínez de Toledo o el Arcipreste de Talavera, capaz de aunar el carácter cortesano con ingenio verbal. Aunque el Decamerón de Boccaccio se considera uno de los textos de humor más importantes de la historia de la literatura - y en los últimos tiempos una suerte de manual para sobrevivir a una pandemia a base de contar historias cada cual más loca y subida de tono que la anterior - no podemos olvidarnos de nuestros patrios Fernando de Rojas con La Celestina y esa misteriosa o misterioso anónimo (no descartemos que fuese una mujer la que escribiese tremendo libro) que figura bajo El lazarillo de Tormes. Dos obras de impensable importancia que saben moverse entre los recovecos de la tragicomedia sin olvidarse de un despiadado retrato de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde llegarían Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o William Shakespeare para renovar - en el caso del primero la novela y los tres siguientes el teatro - provocando regocijos desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días. Y más cercanos a la actualidad Sharpe, Whodehouse, Waugh, Durrell, Lodge, Pratchett, Jardiel Poncela, Fo o Gómez de la Serna entre otros. Todos ellos influenciados por escritores tan dispares como Wilde, Dikens, Twain, Valera o Zúñiga (nótese la ausencia de autoras en este género, lo cual nos debería hacer pensar). Luego, y tras este breve pero entretenido repaso a la historia de la literatura más desternillante, está Carpenter. Un guionista curtido en una escritura precisa y no exenta de comicidad que nos regaló una joya desconocida - al menos para una servidora - que nos habla de lo que se esconde tras los focos, de la otra cara de la fama, de las apariencias forzosas cuando, en el mundo de las icónicas parejas humorísticas, uno de los integrantes decide bajarse del barco. Un par de cómicos: jocosidad y desenfreno tras el dorado cartel de Hollywood. 


En su extraordinaria labor por rescatar novelas de un injusto ostracismo, la editorial Sexto Piso se afana por traernos de vuelta la obra de Don Carpenter. Escritor de una dilatada experiencia de, ojo, veintidós años dedicada a la escritura de escaletas y diálogos para el séptimo arte. Autor de gran agilidad estilística y poseedor de un imaginario literario indisociable de su biografía - o más bien de sus vivencias entorno a la dorada Babilonia, más conocida como la industria Hollywoodiense - que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto en el año 1995. Dicho esto, y a falta de haberme leído su obra póstuma y editada por la mencionada editorial Los viernes en el Enrico´s, Un par de cómicos viene a iniciar lo que se la venido a llamar la Trilogía de Hollywood, en la que Carpenter nos sumerge en el brillante pero podrido mundo del show business para hacernos reír pero también para revelarnos lo que todos ya sabemos aunque nunca viene mal recordarlo de vez en cuando: que el negocio del cine norteamericano, fascinante donde los haya, tiene el poder de colocarte en lo más alto de la fama planetaria como, al mismo tiempo, condenarte al más absoluto de los olvidos. Dicho de otra forma, unos días estás arriba, con las estrellas del firmamento, y otros en el sótano del fracaso del que se antoja complicada su salida. En el caso de Un par de cómicos (la primera novela que nos llega de esta temática abordada por Carpenter) no estamos tanto en un terreno pantanoso donde somos testigos de la decadencia de un actor o actriz cuyo tiempo de gloria ha quedado atrás, ni ante algo parecido a El crepúsculo de los Dioses hecho novela, sino en el meollo de una historia de amistad más allá del ámbito profesional que está a punto de llegar a su fin. Como los grupos de música, los dúos míticos o, por supuesto, las legendarias parejas de cómicos, muchos han acabado separándose y, por consiguiente, poniendo fin a sus carreras para volar, con mejor o peor suerte, en solitario. Justo lo que les sucedió a Dean Martin y Jerry Lewis (pareja cómica en la que claramente se inspira la novela de Carpenter) mientras el primero sucumbió ante los egos de su compañero de profesión por culpa de las críticas de la prensa y, como consecuencia, su popularidad fue cayendo con los años, el segundo despegó y creció hasta convertirse en uno de los humoristas y directores más importantes de la historia del cine. 


Con un poso de comicidad con atisbos de patetismo y dramatismo - o lo que es lo mismo, lo que llamamos comedia triste - Carpenter nos habla de Jim Larson y Dave Oglive (magnífico perfilamiento de ambos personajes tanto en sus virtudes como en sus numerosos defectos), de su historia en común, de sus idas y venidas (sobre todo por parte de Jim influenciado por un productor que le insta a abandonar a Dave para actuar en solitario), de las fiestas glamurosas y regadas de alcohol que ambos se pegan y, sobre todo, de la sordidez y perversidad que impregna la trastienda del mundo de los teatros o sets de rodaje. Especialmente memorables son los pasajes en los que describen sus inicios, su primer encuentro y el inicio de la amistad que, ahora, está a punto de truncarse. Así como las insistentes arengas del productor, las lamentaciones y meditaciones de Dave en su rancho de Somona, el satirizante retrato del Hollywood de los 60-70 (décadas que cambiarían la industria para siempre) o el propio ambiente de las juergas - con aparición de Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, incluida - desinhibidas y plagadas de arquetipos que le sirven al autor como ejemplos para acentuar la degradación social y moral. Una fauna de interesados y carroñeros a ojos de alguien que, paradójicamente, forma parte de la propia maquinaria. Ligereza y pericia en sus diálogos - la mano de guionista es prácticamente palpable en cada página - Un par de cómicos no deja de ser el reflejo, bastante trasnochado, de la vida misma en cuanto a relaciones sociales se trata. El ser humano tiende a relacionarse con otras personas, ya sea por afinidades concretas - amor, amistad, trabajo, familia, ocio... - o por interés, sin llegar a estrechar un vínculo particular, simplemente por la coyuntura de la situación. Éstas pueden ser duraderas, tanto que solo la muerte acabará por truncarlas. Pero, ¿qué pasa cuando algo falla? ¿Cuando ya no reconoces a la persona con la que has pasado gran parte de tu vida? ¿Cuándo existen más diferencias que puntos en común? ¿Cuándo vuestros intereses difieren por completo? ¿Cuándo has aborrecido la compañía de quien, hasta hace poco, era imprescindible en tu vida? Los ciclos existen, y en lo que a relaciones sociales éste está a la orden del día. Por eso evolucionamos, exploramos nuevos territorios que en ese momento nos resultan más atractivos, en definitiva, cambiamos. Y en ese camino, seguramente, algunos de los que considerábamos una extensión de nosotros mismos acaben quedándose por el camino. Ley de vida dicen, como sucede en la novela de Carpenter. Sin duda, la mejor bisagra entre esa lectura trascendental de 1.000 páginas y ese cuento que exige toda tu atención. 

Un par de cómicos: una novela solvente, crítica, sin complejos temáticos y literarios, entretenida, que vuela en tus manos sin descuidar el contenido... Sin chistes malos pero con una buena dosis de tragedia burlona. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hacer películas es aburrido, y trabajar en Las Vegas es aterrador: ésa es la principal diferencia. Después de nueve o diez horas de aburrimiento, lo único que quiero hacer es irme a casa y ver la televisión, pero después de dos horas de terror, el mundo parece un lugar maravilloso."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

miércoles, 27 de mayo de 2020

RESEÑA: La falsa amante.

LA FALSA AMANTE

Título: La falsa amante. 

Autor: Honoré de Balzac (Tours 1799 - París 1850) fue uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX. Trabajador infatigable (las cincuenta tazas de café que tomaba al día sin duda ayudaban), elaboró la obra monumental La comedia humana con un objetivo claro: describir la sociedad francesa de manera exhaustiva para "hacerle la competencia al registro civil". Durante un periodo de difíciles relaciones con Madame Hanska, Balzac escribió este alegato sobre la necesidad de una "falsa amante" para ocultar el amor verdadero. 


Editoral: Ediciones Invisibles. 

Idioma: francés. 

Traductor: José Ramón Monreal. 

Sinopsis: el matrimonio formado por Clémentine du Rouvre, una bella heredera parisina, y Adam Mitgislas, un noble tan feo como elegante, vive momentos de éxito y bienestar. Sin embargo, la buena administración del patrimonio conyugal se deben según descubre la esposa, al mejor amigo de su marido, Tadeusz Paz, un atractivo aristócrata polaco. El joven Tadeusz está enamorado secretamente de Clémentine, pero de ningún modo quisiera traicionar a su mejor amigo. Y como tampoco quiere herir los sentimientos de ella, decide inventarse una falsa amante para justificar su fingida indiferencia ante Clémentine. 

Su lectura me ha parecido: breve, apasionada, romántica, irónica, culta, cómica, crítica respecto a la decadencia de los ambientes aristocráticos, con una prosa que fluye a gran velocidad... Señoras y señores, en la siempre tradicional introducción antes de adentrarnos de lleno en la reseña en cuestión, hoy vengo a hablaros de los libros de bolsillo. Efectivamente, los que adquirimos los lectores cuando nos vemos apurados de pasta y que consiguen salvarnos cuando la inquietud lectora asoma tras las estanterías. Su historia es cuanto menos curiosa. La necesidad de publicar libros de estas características - más baratos y destinados a la culturización de las masas - ya existía en la antigua Roma con la aparición de los llamados pugiliares en forma de códice y que podían perfectamente sujetarse con la mano. Tras la invención de la Imprenta en el año 1450 se lanzó la primera colección de libros en pequeño formato pensada para su uso durante largos viajes. La idea fue del italiano Aldo Manucio y fue determinante para que en el siglo XVII una familia de impresores holandeses, los Elzebir, produjesen la primera colección de clásicos de la literatura asequibles para el gran público. A partir del XVIII el libro de bolsillo se convirtió en un producto asociado a la burguesía, sobre todo en países como Francia e Inglaterra, transformando, no sólo las relaciones sociales, sino que provocó la irrevocable transición de la lectura litúrgica - en voz alta y dirigida a un gran número de personas que simplemente escuchaban - a la lectura individualista - en solitario y de carácter introspectivo -. Esto favoreció el surgimiento de los primeros clubs de lectura y a los ilustrados, quienes vieron en este invento la posibilidad de extender sus ideas más allá de las cuatro paredes del salón donde tenían lugar las tertulias literarias. Por aquel entonces se popularizaron las novelas didácticas y los folletines de temática amorosa. Ya en el siglo XIX nos encontramos con los primeros Best Sellers cuya popularidad no entiende de clases sociales. Ejemplo de ello serían los famosos Penny Dreadfuls (historias de baja calidad literaria, normalmente policíacas o de terror que se centraban en lo escabroso y sangriento) los cuales vivieron su particular edad de oro en la Inglaterra victoriana. Sin embargo, la idea de libro de bolsillo tal y como hoy la conocemos se materializó en 1935 con la editorial inglesa Penguin Books - germen de Penguin Random House - conjugando calidad literaria con económicos precios. Pronto la editorial estadounidense Suscher sacó su particular packet book destinado a satisfacer las apetencias lectoras de sus soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En España no fue hasta 1939 cuando la editorial Espasa Calpe lanzó su primera colección de bolsillo bajo el nombre de "Colección Austral" - la cual se mantiene hasta nuestros días -. A estas alturas os estaréis preguntando qué hago hablándoos de los libros de bolsillo así tan arbitrariamente. La respuesta la encontraréis en la novela que hoy reseño - un clásico sin parangón - y en su formato tan asequible y tan pequeño que cabe, y nunca mejor dicho, hasta en el bolsillo del pantalón. Cortesía de Ediciones Invisibles y de su apuesta por sus "Pequeños placeres" que han llegado para quedarse. La falsa amante: una comedia de enredo francesa, polaca y con toques autobiográficos. 


Antes de ahondar y meternos de lleno en el cuento de Balzac, merece la pena ponernos un poco en contexto, y en concreto destinar unas pocas líneas a hablar de La Comedia Humana, ya que La falsa amante no se entiende sin el enorme proyecto literario que a su autor le tuvo tan ocupado. Ante la cantidad de deudas y problemas económicos que arrastraba, Honoré de Balzac - el gran maestro de las letras francesas - se comprometió ante sus editores a escribir un total de 137 novelas. De las cuales, solo pudo escribir 85 debido a su inesperada muerte en el año 1850. Afortunadamente, antes de su pronto fallecimiento, al autor le dio tiempo a ordenar, revisar y glosar algunos textos inacabados. Este ingente volumen de historias serían el germen de La Comedia Humana, las cuales comprendían en cronología desde la caída del Imperio Napoleónico (1814) con la correspondiente restauración de los Borbones a la llamada Monarquía de Julio (1830-1848) y la llegada de la dinastía Orleans. La finalidad del autor, además de plasmar una panorámica histórica digna de admiración, era elaborar un pormenorizado estudio de la sociedad francesa de su tiempo, desde los grandes acontecimientos hasta la vida de los más humildes, pasando por mil y un detalles sociales, políticos, económicos, culturales y hasta culinarios. Convirtiéndose de ese modo en un observador de la vida cuyos escritos, gracias a su estilo extremadamente realista, son clave no sólo para la investigación histórica del periodo que nos ocupa, sino que también supone un acercamiento inaudito hasta entonces desde el plano literario a la condición humana de principios y mediados del siglo XIX. En La Comedia Humana Balzac no distinguía de clases sociales: campesinos, aristócratas, burgueses, comerciantes, prostitutas, panaderos, floristas, médicos, abogados, maestros... Ya fueran más o menos ricos, más o menos estirados, más o menos atractivos. Todo el mundo era sujeto de interés y de creación literaria a sus ojos naturalistas. Ante la enorme cantidad de escritos, el propio Balzac no dudó en clasificarlos en tres categorías: Estudios morales, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Más que nada para hacer más accesibles sus textos a quienes quisieran ahondar en ellos. En el caso de La falsa amante, que vio la luz en 1841 en un periódico, pertenece a los Estudios morales - incluyéndose posteriormente y tras la muerte del autor, a su vez en una subcategoría titulada "Estudios de la vida privada" - siendo asignada el número 13 en la clasificación general de La Comedia Humana. También es importante señalar la muy posible carga autobiográfica que posee este pequeño texto, ya que como se desvela en su sinopsis, parece que Balzac lo escribió en un momento de grandes desavenencias con Madame Hanska, su amante y futura esposa. De nuevo, biografía y literatura al servicio de un lector que debe o bien asumir dicha historia o bien otorgarle un aura de leyenda al rededor de la figura de Balzac. Aunque os confieso que la disfrutaréis más si pensáis que dichas disputas amatorias fueron reales, sobre todo si os gusta el salseo tanto como a mi. 


Ambientada durante los años treinta del siglo XIX, con el telón de la Monarquía de Julio y con el regreso de los exiliados polacos a la capital francesa, La falsa amante cuenta en muy pocas páginas un triangulo amoroso de manual. El compuesto por el conde Adam Mitgislas - un joven feo perteneciente a una dinastía de rancio abolengo y muy aficionado al juego - Clémentine Rouvre - rica heredera y esposa de Adam - y Tadeusz Paz - el administrador del conde enamorado en secreto de Clémentine -. La trama arranca tarde, aunque es delicioso apreciar el detallismo con el que Balzac describe la decadencia de los salones aristocráticos parisinos, tanto que en ocasiones conseguía acariciar con la punta de los dedos el arcaico mobiliario de aquellos lugares o escuchar avivados debates entorno a la política y la economía francesa. No es hasta el regreso de Adam y Cleméntine del fastuoso viaje de novios - para eso vienen de familias de bien - cuando la historia cobra interés al hacer acto de presencia Tadeusz. Justo la pieza que faltaba para que el cuento no se cayese con todo el equipo en tan pocas páginas leídas. Tadeusz, y sus sentimientos ocultos hacia la joven condesa, no olvidemos, esposa de su amigo y principal cliente al que ha sacado de más de un apuro económico y cuya presencia había sido ocultada deliberadamente a Clémentine por parte de Adam, será la chispa que prenda la narración. Una llama que se avivará en el momento en el que Tadeusz finja tener una amante para jugar con los sentimientos de Clémentine a la vez que no levantar sospechas en el juerguista Adam. Haciéndola más interesante, amena y en ocasiones adictiva. Me sorprende usar la palabra "amena" asociada a Balzac, ya que en general Balzac era de todo menos ameno. Bien lo demuestran sus novelas más extensas, algo que por el contrario no sucede en sus obras más cortas. De hecho, personalmente me gusta más el Balzac breve, ya que en ellas parece crecer en ingenio y en la fina ironía que lo caracteriza. Su pluma culta, sublime se eleva hasta alcanzar un lenguaje digno de admirar y del que todas y todos deberíamos aprender, aunque sea para imaginarnos llegar algún día a estar a su altura literariamente hablando, algo a todas luces imposible. Con todo esto, lo que podría haber sido un folletín excesivamente azucarado en manos de un escritor mediocre, Balzac lo eleva a una categoría superior, donde la universalidad del amor es el eje central y en el que, más allá de ser una divertida comedia de enredo - con un exquisito toque glamouroso - de ella se desprenden críticas a los comportamientos de una aristocracia en horas bajas, la decadencia de los valores revolucionarios o la cultura del chismorreo que no distingue ni de personas ni de clases sociales. Por no hablar de sus constantes referencias a la Divina Comedia de Dante Alighieri, del que el propio Balzac era un grandísimo admirador, que riegan de principio a fin la novela. No es sin duda la mejor novela que he leído de él, pero sí una de las que más he disfrutado, sobre todo antes de que el mundo se paralizase a nuestro al rededor de la noche a la mañana. A partir de ahí, pocas veces me atreví con una novela de amor, no quería que sus personajes me recordasen lo mucho que echaba de menos a mi pareja. Hoy vuelvo a ellos, con cautela, sin hacerme muchas ilusiones, sin creérmelos demasiado, pero el hormigueo y el calor en el estómago asoman desde el umbral, esperando que les deje pasar con todas las precauciones del mundo. 

La falsa amante: una historia de amor, pasión, sentimientos ocultos, mentiras para aparentar, salones parisinos, música clásica, poderío... Una novela que convierte lo típico en algo más profundo e intelectual. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El enamorado de Clémentine se encontraba como en el fondo de uno de los abismos descritos por Aliguieri."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Invisibles

martes, 16 de abril de 2019

RESEÑA: Fisiología del funcionariado.

FISIOLOGÍA DEL FUNCIONARIADO

Título: Fisiología del funcionario.

Autor: Honoré de Balzac (Tours, 1799-París, 1850) es autor de una de las obras más extensas e influyentes de la literatura universal; está considerado como uno de los fundadores de la novela moderna y un extraordinario observador de la naturaleza humana. En Fisiología del funcionario, describe con precisión de cirujano el mundo de la administración parisina del siglo XIX. Balzac nos muestra su gusto por las clasificaciones y taxonomías, que son uno de los elementos fundamentales de su obra La comedia humana. (Fuente: Editorial).


Editorial: Mármara.

Idioma: Francés.

Traductor: Hugo Savino.

Sinopsis: En su particular anhelo por cambiar el mundo a través de la literatura, en esta Fisiología del funcionario nos encontramos con un Balzac desconocido; convertido ahora en un panfletista incisivo y virtuoso que nos descubre el funcionamiento de la administración. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Divertido, irónico, mordaz, completo, detallista, crítico, libre, a ratos desternillante, una lectura de bolsillo de verdad... Si en este país existe una profesión al rededor de la cual se han construido infinidad de estereotipos, convirtiéndose de este modo en objeto de burla o de una imagen preconcebida, esa es sin duda la del funcionariado. Desde los que mantienen el hecho de que éstas y éstos no hacen nada durante su jornada laboral (a parte de percibir su salario todos los meses), así como los que directamente les desprecian por considerarlos una especie de clase privilegiada dentro de la jerarquía laboral (sobre todo en periodos de dura crisis económica). La realidad, queridas y queridos, dista mucho de lo que dichos tópicos nos han inculcado en el imaginario colectivo y popular, ya que para llegar a serlo hay que estudiar una oposición (algunas de ellas extraordinariamente duras), oposiciones que, por supuesto, no se suelen convocar muy a menudo. Este proceso puede llevar años de mucha incertidumbre, impotencia, rabia, desgaste intelectual y mucha paciencia. Cuando se consigue superar la prueba, toca el momento de la asignación de plaza, momento en el que nunca llueve a gusto de todos, ya que sólo las y los primeros en la lista (los que mayores notas sacan) son los que tienen más posibilidades de optar a esa plaza deseada (en tu propia ciudad, en tu propio barrio, en tu propia calle, asociada al ámbito en al que tanto ansías pertenecer...). Mientras que el resto, tienen que contentarse con la que les toca, porque no tienen más remedio, resignándose a soportar largos trayectos en bus, tren o directamente sucumbir la necesidad, que no deseo, de mudarse al lugar al que tienes que acudir según tu plaza concedida. La vida no es justa, como acabamos de comprobar, tampoco lo es para las y los funcionarios. Por eso, el humor inteligente y afrancesado siempre viene bien, aunque sea para templar los ánimos, aunque sea para combatir y soportar toda clase de mofas con, irónicamente, más mofas.

   En Fisiología del funcionario (un pequeño panfleto literario de cuya existencia una servidora ignoraba) y que acabó en mi estantería gracias a una breve pero ardua incursión en la literatura de Balzaquiana. Si no hubiera leído Memorias de dos jóvenes esposas, tal vez no hubiese aceptado el reto de reencontrarme con ese monstruo de las letras francesas al que todos temen y adoran al mismo tiempo. Mi relación con el realismo es verdaderamente paradójica, ya que lo adoro desde el punto de vista histórico pero lo temo desde el ámbito más mundano, el de lectora común. De hecho, hay países en que en lo que a realismo se refiere, para mi están vetados por el momento. Rusia y prácticamente la mayoría de sus escritores del XIX me resultan abrumadores, hasta el punto de sentir verdadero terror a adentrarme de nuevo en algunas de sus novelas (aún me dura el trauma que cogí por culpa de Guerra y Paz). Y aunque he dado pasos importantes al respecto, como leer Primer amor de Turguénev, todavía no me atrevo con los Dostoyevskis y por supuesto con los Tolstóis. Y es que la única novela rusa considerada realista no era exactamente cien por cien rusa, sino más bien francesa, de la cuerda de Flaubert, cuya Madame Bovary marcó un antes y un después en mi educación lectora y en mi relación con los clásicos. Sin embargo, no todos los escritores realistas franceses eran Gustave Flaubert ni sus heroínas se parecían a la compleja Emma Bovary. Por eso existe Zola (padre del naturalismo y autor que todavía se me resiste) y por supuesto Balzac, cuya sombra se extiende más allá de la literatura. La lectura de Memorias de dos jóvenes esposas me impresionó, me descubrió a un autor capaz de moverse como pez en el agua dentro de la psicología femenina de la época, pero también, conocí una forma de escribir tan compleja que en ocasiones estuve tentada de abandonar su lectura. La relación del lector con el realismo es así: o lo amas o lo odias. Por fortuna, existen términos medios, y Fisiología del funcionario es un buen ejemplo de ello.

   Como he comentado antes, Fisiología del funcionario es un panfleto (pero también podría tratarse de un folleto informativo, de una sátira vendida por entregas o simplemente de una obra menor dentro de la extensa producción de Balzac). Y como buen panfleto, folleto, sátira u obra menor no busca tanto impresionar al lector con la riqueza de su lenguaje (algo que si consigue en la época actual), sino causar impresión para ser leído con ímpetu, ganas, curiosidad y sobre todo con rapidez. Sorprende que el lector actual, el del siglo XXI, digiera tan bien un texto que vio por vez primera la luz en el año 1841. Y no es para menos, ya que su tema (el de la jerarquía dentro del universo y ecosistema del funcionariado) nos es conocida. No somos unas o unos expertos en el tema, pero muchos conocemos al menos a un funcionario o funcionaria. La persona que nos ha renovado el carnet de identidad, la que nos ha soportado de adolescentes en cualquier aula de cualquier colegio público, la que tramita nuestros datos a la hora de pedir una ayuda o solicitar alguna beca al estado, la que permite que muchos amantes de la lectura podamos pedir prestados libros de la biblioteca... Existen tantos ejemplos que prácticamente es imposible contarlos con los dedos de las dos manos. Basándose en esa suposición, la que dice que todas y todos sabemos de la existencia del funcionariado y su papel en nuestra sociedad, Balzac construye de la forma más irónica y refinada posible la descripción de su jerarquía.

   Mediante apartados, el autor francés nos desgrana sus características, curiosa jornada laboral así como cuestiones tan importantes como el sueldo, y demás curiosidades variopintas como los días de fiesta, sus rivalidades, su dieta, su estado civil, las veces que practican sexo a la semana, los entresijos de su lenguaje administrativo, sus inclinaciones políticas, sus respectivas viviendas las cuales varían dependiendo del rango del funcionario en cuestión, el número de hijos, su inclinación atea o religiosa, su nivel de "aborregamiento" según el puesto de responsabilidad e incluso dedica un capítulo entero a describir las características pormenorizada de un despacho usado con fines públicos. Cual rana a punto de ser diseccionada por un científico en pos del descubrimiento, el intelectualismo y la ciencia. Todo ello, por si ya no fuera suficiente, acompañado de axiomas (los cuales podemos encontrar al final de casi todos los capítulos), perfectamente numerados y que acaban por redondear el discurso expuesto en dicho apartado del libro. Éstos, los axiomas, junto con las quisquillosas descripciones, son tal vez lo más divertido de este texto, los cuales, en ocasiones, esconden grandes dosis de mala leche además de enormes verdades ante las que el lector no puede evitar arrodillarse y aplaudir hasta que le escuezan las palmas de las manos. Mención a parte merecen las cómicas y originales ilustraciones de Luis Joseph Trimolet que acompañan a la presente edición. En este caso no sólo cumplen la función para las que fueron creadas, la de ilustrar al lector de lo que Balzac está hablando, sino que además, su carácter sencillo tirando hacia lo grotesco acaban por evidenciar la provocativa esencia del libro en cuestión.

   La originalidad de su punto de vista (más próximo al de un biólogo que diserta sobre una nueva criatura descubierta en el reino animal) así como su tronchante y agudo estilo convierten a Fisiología del funcionariado en un texto atemporal, vivo, actual y que nos demuestra dos cosas. La primera, lo poco que, en cierto modo, ha cambiado la percepción que tiene la sociedad del funcionario, tanto del sistema que lo engloba, como de su jerarquía así como de las labores que éste tiene que ejecutar. Las cosas han evolucionado, ya no hablamos sólo de funcionarios, sino también y por fortuna, de funcionarias, por no hablar de que las condiciones laborales y salariales distan mucho de las de aquellos 40.000 funcionarios de los que Balzac habla en su libro. Pero sin duda, la imagen que todos asociamos del funcionario de manual no dista mucho de la que Balzac se burla. Y la segunda, que desde el siglo XIX el ser humano no ha cambiado ni un ápice en el terreno del humor. Todavía seguimos haciendo chistes de todas las profesiones habidas y por haber, sobre todo en España, país en el que nos hemos reído de todo y de todos. En tiempos donde la libertad de expresión está más cuestionada que nunca, merece la pena retornar a los clásicos, de la literatura también, para respirar entre tanto humo. Está claro que hay chistes que no deberían seguir haciéndose (por cuestiones de raza, condición sexual o por su importante carga machista), sin embargo, y tras leer Fisiología del funcionariado, me gustaría romper una lanza por Balzac, homenajearlo, rendirme ante su genialidad. ¿Y qué mejor forma de hacerlo que regalándole un ejemplar a esa funcionaria o funcionario que se sienta a tu lado en las reuniones familiares? Sí, a esa o ese que trata de venderte el trabajo en la administración pública como lo mejor del mundo, esa o ese que trata de convencerte para que te pases los próximos años de tu vida estudiando una oposición cuando, en realidad, tus planes de vida y de futuro van por otros derroteros. Tal vez, de esta forma las conversaciones sobre la rutina de los funcionarios fuesen menos aburridas. Os lo dice una servidora, a cuya mesa se sientan, por el momento, dos funcionarias. ¡Suficientes!

   Fisiología del funcionariado: un texto sobre estereotipos, humor ácido, descripciones cuasi científicas, tareas sin fin, clases sociales dentro de la jerarquía, privilegiados, intermediarios, pobres desgraciados con sueldos aceptables... El manual definitivo, y divertido, sobre la profesión.

Frases o párrafos favoritos:

"El escritorio es la cáscara de funcionario. No hay escritorio sin funcionario ni funcionario sin escritorio."

Cortesía de Mármara Ediciones 

viernes, 22 de marzo de 2019

RESEÑA: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

MARY POPPINS
VUELVE MARY POPPINS

Título: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins.

Autora: "P. L. Travers, preudónimo de Helen Lyndon Goff (1899-1996) nació en Australia, si bien en 1925 se trasladó a Inglaterra, donde adaptó su nuevo nombre y residió el resto de su vida. Admiradora de James M. Barrie - creador de Peter Pan -, fue una mujer de fuerte personalidad y temperamento independiente cuyo carácter vivo y curioso la llevó a viajar por buena parte del mundo. Además de ser la creadora de Mary Poppins, la niñera más famosa de la literatura, también fue actriz de teatro, periodista y autora de poemas que vieron la luz en revistas como The Bulletin o Traid. Así mismo, Travers participó en la famosa adaptación musical de Disney en calidad de asesora de producción." (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: inglés.

Traductor: Borja María Bercero.

Sinopsis: "popularizados en todo el mundo por la versión cinematográfica que de ellas hiciera en 1964 Walt Disney, las aventuras de Mary Poppins son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Con todo, a través de la singular institutriz, P.L. Travers dio vida a un personaje a caballo entre el hada buena de cuya protección y virtudes todos hemos deseado gozar, en nuestra fantasía, alguna vez, y un espíritu más misterioso que, por sus poderes, parece estar arraigado en el sustrato mismo de la Naturaleza. El presente volumen reúne las dos primeras novelas de la serie - Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins - junto con las ilustraciones que para la primera edición de la obra hizo Mary Shepard." (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: mágica, original, bien estructurada en cuanto a su primera parte, algo más caótica en cuanto a la segunda, interesante, a ratos tierna, extraordinariamente diferente... ¿Quién todavía tiene vivo en su memoria el recuerdo de una mujer sobrevolando con un paraguas y un bolso de flores sobre el oscuro cielo de Londres? ¿Quién no ha deseado, en esos días de viento intenso, poder volar sobre las nubes? ¿Quién no ha buscado por los tejados a los saltimbanquis deshollinadores? ¿Quién no ha soñado con meterse, de un salto, en el interior de un dibujo pintado a tiza sobre el sucio suelo? ¿Quién no se ha sorprendido tarareando o directamente cantando alguna de sus pegadizas canciones? ¿Quién no es capaz de soltar de carrerilla "supercalifragilísticoespialidoso" sin fallar ni una sola palabra? ¿Quién no ha sentido rabia cuando el Señor Banks le obliga a su hijo, Michael Banks, a depositar un penique en el banco en lugar de dárselo a la mujer de las palomas? ¿Quién no se acuerda de la mujer de las palomas? ¿Quién no sabe que con un poco de azúcar la vida se ve de otra manera? ¿Quién no querría pasarse los días levitando como el Tío Albert? ¿Quién no habría deseado observar desde el catalejo del Almirante Boom la Calle del Cerezo? ¿Quién no se ha partido de risa con los momentos delirantes protagonizados por las criadas Ellen la Sra Brill? ¿Quién no ha sentido una punzada en el corazón con la escena de las cometas, justo en la que el inquebrantable Señor Banks, tan adulto y responsable, vuelve a ser niño por unos instantes? ¿Quién no ha sentido ternura por Jane y Michael Banks, especialmente cuando detallan a sus padres, punto por punto, las razones por las que deberían contratar una niñera? ¿Quién no ha querido ser alguna vez Bert? ¿Quién no se ha visto contagiada/do por su perenne vitalidad y sentido del humor? ¿Quién no ha deseado tener el poder de ordenar su cuarto con sólo chasquear los dedos? ¿Quién no ha deseado subir las escaleras sentado en la barandilla? Y la gran cuestión: que levante la mano quien haya visto esta película de la factoría Disney como mínimo unas diez veces, la mayoría de ellas durante la infancia. Si es que somos animales de costumbres, y con lo que nos gusta todavía más. Ahora bien, ¿qué pasaría si os dijera que la niñera más famosa de la literatura no es, sobre el papel, como vosotros os la imaginabais? ¿Y si Julia Andrews estaba interpretando una versión más edulcorada de ésta? ¿Y si el libro no se corresponde al 100% con nuestros recuerdos cinéfilos? Esta claro que no se puede tener todo en esta vida, y menos en lo que a nuestros tótems infantiles se refiere, pues corres el riesgo de decepcionarte o de ver, a partir del momento en el que descubres su verdadera esencia, ese personaje o esa película con otros ojos. Y esto último es justo lo que, a mi particularmente, me ha sucedido con ella, con la gran Mary Poppins. Una niñera mágica, sí, pero de su tiempo.


La primera vez que vi la película de Mary Poppins quedé completamente fascinada. Era incapaz de apartar la mirada del televisor. Recuerdo con especial cariño las escenas en las que las personas de carne y hueso interactuaban con auténticos dibujos animados o la de los deshollinadores saltando de tejado en tejado en un frenético y divertido baile. Para mi, una de las más memorables del film. Adoraba a Mary Poppins, pero creo que en su momento empatizaba más con Bert (¡grandioso Dick van Dick!), que era todo alegría, diversión, optimismo y jolgorio; el contrapunto perfecto en una historia en la que Julie Andrews, Mary Poppins, representaba una felicidad más contenida con un toque de responsabilidad debido a su trabajo. Alucinaba con las caras de sorpresa de Jane y Michael Banks, los niños a los que Poppins cuida (¡abrían tanto la boca!), me reía con las criadas (tan serias y a la vez tan desternillantes), con ese hilarante Tío Albert (todo un señor personaje), con  el Almirante Boom (cuyos cañonazos provocaban más de un terremoto en el número 17 de la Calle del Cerezo) y con la decrepitud de los banqueros (uno de ellos, el dueño del banco, era incapaz de tenerse en pie sin ayuda). Por no hablar del Señor Banks (el personaje que más odiaba de pequeña) y la Señora Banks (¡que era sufragista y yo sin saberlo a mis cinco años de edad!) cuyo papel en la película es meramente anecdótico. En definitiva, creo que todas y todos, o al menos una gran parte de mi generación, ha crecido con los clásicos infantiles de Disney, entre los que no podía faltar las aventuras de la niñera inglesa. De un tiempo a esta parte, y tras dedicarle un necesario visionado una vez tuve la madurez suficiente como para darme cuenta de que el Señor Banks es un personaje más profundo de lo que parece y de la escandalosa crítica a la figura de la sufragista personificada en la Señora Banks (sus movimientos mientras canta "Socia Sufragista" así como su actitud cómica y despreocupada respecto a sus hijos configuran una imagen peyorativa y ridícula de uno de los mayores movimientos sociales de la historia), he llegado a la conclusión de que Mary Poppins es una de las películas que más ha marcado mi infancia. Todavía a día de hoy me sorprendo canturreando o tarareando alguna de sus pegadizas y maravillosas canciones. Sin embargo, muy pocos de los que disfrutamos de ella, sabíamos que se trataba de una adaptación, y que por tanto, existía no sólo un libro, sino ocho en total. Toda una saga dedicada a aquella niñera que volaba y hablaba con los animales. A pesar de ello, nunca sentí la necesidad de aproximarme a ella a través de los libros de P. L. Travers (de nuevo, una autora condenada a esconderse tras un pseudónimo y unas siglas para poder publicar). Tenía a Mary Poppins en un pedestal y temía que los libros pudieran producir grietas en él. Pero entonces llegaron las navidades de 2018, y con ellas, una nueva película de la niñera mágica (película que por cierto aún no he visto). Algo que desde Alianza Editorial no quisieron dejar escapar, por lo que acabaron, coincidiendo con su estreno, reeditando y publicando un volumen con las dos primeras entregas de la saga: Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins (con las ilustraciones originales incluidas). Y en ese momento, como muchos ya habréis adivinado, no pude resistirme. Una vez en mis manos y en mi estantería, esperé al mejor momento para acercarme a él, justo después de una de esas lecturas que te rompen por dentro. Tardé más de lo que habría imaginado en leerlo, de hecho, lo dejé reposar entre parte y parte. Obteniendo como resultado, no sólo una experiencia más sosegada, sino una perspectiva más amplia y analítica sobre este clásico de la literatura juvenil.


Antes de adentrarme en la reseña propiamente dicha, me gustaría hacer una advertencia. Quien piense que el libro es igual que la película esta muy equivocada/do. No hay ni una sola adaptación cinematográfica fiel al producto original en el que ésta se inspira. Ni una. ¿Por qué? Muy fácil, porque el lenguaje literario y el cinematográfico son muy diferentes a pesar de sus puntos en común. Una película puede captar a la perfección el paisaje, la intención de la autora/or, el mensaje que el libro quiere transmitir, la psicología de los personajes e incluso saber reproducir con gran exactitud pasajes que podemos leer sobre el papel. Sin embargo, la mirada de la directora/or, así como la limitación del tiempo (¿os imagináis, por ejemplo, una adaptación cinematográfica de Los Pilares de la tierra fiel al libro? No, ¿verdad? Yo tampoco, y ya me cuesta creer que Rydley Scott lo consiguiese condensar en una miniserie de ocho episodios) son dos de los aspectos que provocan que una adaptación cinematográfica nunca sea a gusto de todos. Este es el caso de Mary Poppins, aunque para ser más sincera, la versión de Robert Stevenson dista mucho del libro, pero muchísimo. La verdad es que nunca he sido de las que ahonda en las diferencias entre X libro y la película, en el caso de que ésta exista por supuesto. Sin embargo, y teniendo en cuenta su magnitud (pues creo que estamos ante uno de los muchos ejemplos de cintas que devoran al libro) no lo puedo prometer. Para empezar, en cuanto a su lectura, diremos que ésta se hace amena, entretenida, aunque contiene una cierta dificultad. Y es aquí, en este punto precisamente, donde reside una de las mayores críticas que se le puede hacer a la novela de Travers. Tanto Mary Poppins como Vuelve Mary Poppins no son novelas al uso, sino un conjunto de pequeños relatos que la autora ha decidido juntar para construir lo que hoy podemos leer y tener en nuestras estanterías. De hecho, da la sensación de que éstos fueron escritos por separado, e incluso me atrevería a decir que en diferentes momentos. ¿Entonces es un libro de cuentos? No, pues a pesar de su independencia (pues Travers nos narra pequeñas aventuras que Mary Poppins vive sola,  junto a los hijos de los Banks o acompañada de otros personajes, cada cual más loca, surrealista y divertida) hay un hilo que los guía, lo que permite que evolucione al calificativo de novela, dotándola además de una coherencia argumental a pesar de esa explosión de fantasía. Esto es lo que sucede en Mary Poppins y que personalmente echo en falta en Vuelve Mary Poppins, en donde ese hilo, ese conducto, ese nexo es más invisible, y por tanto, las historias que se narran son un tanto inconexas. Si Mary Poppins es el orden dentro del caos, Vuelve Mary Poppins es la anarquía sin un sentido claro. En cuanto a lo que se nos narra, especialmente la primera parte, difiere bastante de la adaptación cinematográfica. Si bien hay escenas memorables que en aparecen en la novela (como la visita al Tío Albert o la importancia de la mujer de las palomas, aquí de los pájaros), la mayoría de historias se pasaron por alto. No obstante, si hay un detalle en particular que yo destacaría al respecto es la diferencia entre la Mary Poppins de Travers y la Mary Poppins de Julie Andrews (o de Disney). En el libro, Travers crea una protagonista menos entrañable, más seca, antipática y hasta estricta. En otras palabras, más pegada a la realidad de su época, en la que las institutrices inglesas respondían a esos estereotipos. De hecho, sólo hay un momento en todo el libro en el que creo que podríamos encontrar a esa Mary Poppins que tanto adoramos, y es en la escena en la que se encuentra con Bert. Ahí podemos casi observar un atisbo de sonrisa. Sin embargo, la riqueza de esta lectura reside en otros detalles que en la película pasaron completamente por alto, como son, por ejemplo, el origen de los poderes de la protagonista y la explicación a su forma de ser. Y la respuesta no puede ser más nostálgica y hermosa. ¿Es mejor el libro que la película entonces? No sabría que deciros. Personalmente ha supuesto una especie de shock, pero la novela no es ni mejor ni peor, es simplemente diferente, ni más ni menos. Creo que, en este caso en particular, se debería dar una oportunidad a su lectura, ya que son muchos los aspectos desconocidos para el gran público que merecerían conocerse respecto del personaje de Mary Poppins. Y por favor, olvidaos de la versión de Disney cuando lo leáis. Sé que es difícil, que el "supercalifragilísticoespialidoso" es un recuerdo muy poderoso, pero intentadlo, sólo así podréis disfrutar de esta lectura. Seguid mi consejo, por vosotros y por la verdadera Mary Poppins.


Es posible que La Cenicienta sea, con total seguridad, la película que mas veces he visto durante mi infancia, y curiosamente, de la que guardo menos recuerdos (salvo, obviamente, ese inolvidable "Bibidi, Babidi Bum que aún sigo tarareando a mis 26 años de edad). Aunque para películas imprescindibles, Lo que el viento se llevó, ese interminable pero maravilloso clasicazo del siglo XX que, habiéndolo visto muy pocas veces, consigo evocar en mi memoria sin demasiada dificultad. Como podéis comprobar, todas y todos tenemos productos culturales idealizados. Ya sea porque nos han acompañado durante la infancia, o porque han irrumpido en un momento clave de nuestras vidas. Sea como sea, el caso es que al nombrarlo, releerlo o visionarlo de nuevo, consiguen transportarnos directamente a esos instantes que, por un motivo u otro, quedan alojados en la memoria para siempre. Sin embargo, y pasado un tiempo, cuando la madurez llama a la puerta para asentarse en el sofá de la vida, la mirada que tenemos sobre dichos productos culturales puede cambiar o incluso mostrarse reticente a dichos cambios. Nadie ha dicho que fuera fácil asumir que, por ejemplo, la Cenicienta no tuviese más ambiciones que las de casarse para poder salir del infierno en el que su madrastra le tenía sumida. O que Bella, tan lectora e inteligente, acabase casándose con su captor. O que películas como Forest Gump o la saga Rambo fuesen una visión simplona y patriótica respectivamente de la Guerra de Vietnam. O que Grease, sí, esa película que muchas y muchos tenemos entre nuestras imprescindibles, tenga uno de los finales más machistas de la historia. O que El Rey León, además de ser una adaptación del inolvidable Hamlet de William Shakespeare, contuviese una escena (la de Scar con las hienas desfilando) cuya semejanza con algunas partes de El triunfo de la Voluntad de Leni Reifenstahl sea tan clamorosa. ¿Y qué me decís de Harry Potter? Esa saga de libros y de películas que ha marcado a toda una generación repleta de lagunas argumentales por culpa de una autora a la que no le importa saltarse el canon cada dos por tres en favor de la trama (algo que, en Animales fantásticos, adquiere proporciones realmente grotescas y escandalosas). ¿Y qué pensáis de mi idolatrada Lo que el viento se llevó? Repleta de racismo y clasismo. Esos mismos sentimientos encontrados los experimentarían, muy probablemente, los fans de Woody Allen (tras conocer su polémica vida películas como Annie Hall no se vuelven a ver de la misma forma), los de Shakespeare in love (cuyo productor no es otro que el malogrado Harvey Wenstein) o los del cantante Michael Jackson (a quien el controvertido documental Living in Neverland está perjudicando económicamente aún después de muerto). Son muy pocas y pocos los que aún les cuesta creer que, en el mundo de la literatura, Pablo Neruda violase a una camarera de piso, que Cortázar ocultase el talento literario de Aurora Bernárdez (la que fuese su compañera sentimental durante gran parte de su vida) o que Lewis Carroll tuviese una obsesión con Alice Liddell, la niña que inspiró Alicia en el país de las maravillas. Esos son sólo ejemplos ilustrativos de nuestros constantes debates internos respecto a algunos libros o películas que, con el paso del tiempo, no han conseguido sobrevivir a la crítica, totalmente justificada en muchos casos, que lanzamos desde el siglo XXI. Lejos de prohibir su lectura o visionado, lo que deberíamos hacer es aceptar que, nuestros héroes pueden ocultar un monstruoso secreto, que esa película que creíamos tan perfecta a lo mejor es más machista de lo que parece o que ese libro tan inolvidable tal vez contenga cantidades ingentes de racismo. La mirada crítica es importante, así como su aplicación. Si lo analizamos fríamente, la saga de Mary Poppins no deja de ser una reproducción de los roles de género tradicionales y, en su versión cinematográfica, una crítica encubierta al sufragismo. Pero... ¿Quién le dice que no a una tarde de palomitas a su lado? De nuevo, la contradicción humana está servida. Mary Poppins y Vuelve Mary Poppins: una historia de fantasía, infancia, locura, mundos mágicos, disciplina, imaginación, ternura... Una maravillosa locura literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Zarandeada y doblada por la fuerza del viento, la figura levantó el pasador de la verja, y entonces los niños vieron que se trataba de una mujer, que iba sujetándose el sombrero con una mano y agarrando una bolsa con la otra. Mientras la observaban, Jane y Michael vieron ocurrir algo verdaderamente chocante. En cuanto aquella figura estuvo dentro del jardín, el viento pareció levantarla por el aire y lanzarla contra la puerta de la casa. Era como si después de haberla arrojado a la verja, hubiera esperado a que la abriera para cogerla de nuevo en volandas y lanzarla, bolsa incluida, contra la puerta. Los niños, que no perdían detalle, oyeron un tremendo estruendo y, mientras la mujer aterrizaba, la casa se estremeció.

Película/Canción: hemos hablado de ella durante toda la reseña, así que la adaptación musical de 1964 por parte de la factoría Disney es posiblemente la más importante e influyente de todas las que se han hecho. Protagonizada por Julie Andrews (quien se llevó por esta película el Oscar a Mejor Actriz Protagonista) y Dick van Dick; la cinta no fue fácil de rodar, en parte debido a las continuas desavenencias entre P.L. Travers y el propio Walt Disney. Tal fue el enfado de ésta al comprobar que la película no reflejaba la verdadera esencia de su personaje que desautorizó la posibilidad de rodar una segunda parte. Además de la versión de 1964, la novela de Travers ha tenido otras adaptaciones (dos de ellas soviéticas), algunas para televisión y recientemente se ha estrenado la segunda parte (Vuelve Mary Poppins). Sin embargo, y a pesar de que ésta última está de moda, permitirme que me recree en aquella primera adaptación, la del "supercalifragilísticoespialidoso", la que nos enamoró tan sólo con un poco de azúcar.


Y aunque me es complicado escoger una sola canción de entre todas las que se cantan en la película, he decidido adjuntaros una de las menos conocidas y que a mi en particular me gusta bastante. A veces lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo que la gente suele ignorar, puede convertirse en algo grandioso.



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

martes, 2 de octubre de 2018

RESEÑA: Ubú Rey.

UBÚ REY

Título: Ubú Rey.

Autor: Alfred Jarry (Laval, 1873-París 1907). Dramaturgo, poeta y novelista francés conocido por sus hilarantes obras de teatro y su estilo de vida disoluto y excéntrico. Hijo de un acomodado negociante de telas, Jarry se presentó tres veces al concurso de acceso a École Normale Supériure pero suspendió. Ingresó entonces en La Sorbona para cursar estudios de literatura pero no logró licenciarse. Obtuvo pronto el éxito literario con sus poemas en verso y prosa original. A los veinte años publicó su primera obra. Poco después murió su madre, y a los dos años su padre, quien le dejó una cuantiosa herencia, lo cual, sumado a su prematuro éxito, le permitió llevar una existencia despreocupada durante buena parte de su vida. De 1894 a 1895 dirige junto con Remy Gourmont la lujosa revista satírica Ymagier. Pero tras una riña con Gourmont decide fundar su propia revista, Perhindérion, de la que solo se publican dos números. Posteriormente trabaja para el director Lugné-Poe que le confía la programación de la temporada del Têâtre de l´Ouvre, en París, lugar en el que se estrenará en 1896 Ubú Rey, su obra más conocida. Una vez lapidada su fortuna, Jarry abandonará su lujoso piso en el Boulevard Saint-Germain e irá cambiando de domicilio constantemente, alternando sus estancias en un modesto apartamento en Rue de la Cassette, en el distrito IV de París, con sus temporadas en las casas de amigos como el pintor Henri Rousseau o el compositor Claude Terrasse. Acosado por los acreedores y completamente arruinado, muere de una meningitis tuberculosa en 1907. Además de Ubú Rey, a Jarry le debemos óperas bufas, espectáculos de cabaret, su novela Le Surmâle, su obra por entregas La Dragonne y la invención de pseudociencia Patafísica (la ciencia de las soluciones imaginarias) y de cuya influencia bebieron artistas como Marcel Duchamp o Joan Miró entre otros. (Fuente: Alianza Editorial).


Editorial: Alianza Editorial.

Idioma: Francés.

Traductor: Wenceslao-Carlos Lozano.

Sinopsis: situada ficticiamente en Polonia - lo que equivale a decir "en ninguna parte" o "en todas" - Ubú Rey, obra bufa, sátira implacable y guiñolesca válida para todo tiempo y lugar, se ha convertido por derecho propio en uno de los grandes clásicos de la literatura. Con la creación del personaje de Ubú, Alfres Jarry dio forma genialmente al emblema del ser humano egoísta, mediocre, despreciable y mezquino que suele abundar en las fangosas aguas del poder y pulular en ellas siempre atento a su medro y a su perturbación, sin importar quien caiga en su camino. (Fuente: Alianza Editorial).

Su lectura me ha parecido: desternillante, perturbadora, terrorífica, marciana, alucinante, disparatada, con muchos momentos en los que lloras de la risa, soez, directa, sin filtros, poderosamente reflexiva...Queridas lectoras y lectores, lo voy a decir sin rodeos, hoy nos encontramos ante una brillante locura. Es más, me hace muchísima ilusión poderos hablar de esta obra de teatro por motivos más que obvios.  Dicen que el texto forma parte de un ciclo de obras menores, cuya primera versión su autor escribió a la temprana  a edad de quince años, según él, inspirándose en sus profesores del instituto de Rennes. Dicen, desde el ámbito académico, que éste constituye una burla y parodia de la obra Macbeth de William Shakespeare. Dicen, para más inri, que el que su personaje principal luzca en la panza el dibujo de una espiral (algo puramente subjetivo y relacionado con el ámbito del atrezzo, pero no por ello menos importante) simboliza el sumum del egocentrismo. Dicen también que su estreno sobre las tablas fue un autentico escandalo en la capital francesa. Dicen las crónicas que se tuvo que interrumpir la representación al menos en dos ocasiones debido a los abucheos de una parte del público por un lado y a los vítores de los vanguardistas por otro. Dicen que un tal William Yeats, que resultó ser una de las figuras claves en el renacimiento literario de Irlanda durante los primeros años de siglo XX y merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1923, escribió en sus memorias a propósito de la noche del estreno: "Después de nosotros, El Dios Salvaje." Dicen, además que Alfred Jarry, su autor, a quien el impacto de la obra le pilló desprevenido, comenzó a comportarse como el protagonista, llegando incluso a portar un revolver que solía disparar cuando se encontraba bajo los efectos de la absenta (arma que, casualidades de la vida, acabó siendo adquirida años más tarde por Pablo Picasso). Y por último, y más importante, dicen que este texto fue el precursor de movimientos artísticos tan importantes como el surrealismo, el dadaísmo y por supuesto del teatro del absurdo. Dicho esto (y tras haber invadido Polonia de nuevo y, ¡mierdra! cagarme por enésima vez en mi moco verde) os presento Ubú Rey: la comedia que mejor refleja, a su manera, lo grotesco del poder.


La historia de como este ejemplar de Ubú Rey llegó a mis manos es bastante reciente. Sin embargo, no escuché hablar de la obra hasta que, durante una fría tarde de enero del año 2012, el profesor de teatro nos comunicó que íbamos a representarla en junio. Nadie sabía nada, ni siquiera conocíamos a quien la escribió allá por la última década del siglo XIX, incluso hubo quien exclamó al combrobar que la primera palabra que se pronunciaba en la obra era, sin filtro alguno, "mierdra" (es decir, "mierda"). Todo nos sonaba tan extraño, pero a la vez tan excitante. De creer que nos subiríamos a las tablas con algo más convencional, llamémoslo Shakespeare o García Lorca (sí, es uno de mis sueños interpretativos que me aún me quedan por cumplir), a meternos en un registro a caballo entre lo brutal (llegando a lo gutural la mayor parte del tiempo) y lo excepcional (pues dentro de ese aparente sinsentido, se escondía un mensaje tan atronador como atemporal). A las pocas semanas, y tras leer el texto doscientas mil veces, se repartieron los papeles. Junto con otras tres estupendas compañeras, a una servidora le tocó dar vida a Madre Ubú o Tía Ubú dependiendo de las traducciones. Al principio fue todo júbilo, era mi primer papel principal y estaba exultante, no cabía en mi de gozo. Pero al cabo de unos cuantos días bajé a la tierra y empecé a temblar. Dar vida a un personaje como Tía Ubú (aunque en mi corazón siempre será Madre Ubú) fue de lo más difícil que he hecho a nivel interpretativo. Gracias a ese personaje descubrí una versión de mi misma que me repugnaba por un lado pero que por otro me proporcionó las mayores carcajadas de mi vida. Aprendí a andar espatarrada, a chillar, a alargar las frases, a exagerar mis movimientos, a adquirir posiciones que en la vida real corresponderían a una edad más avanzada a la mía, a abrir los ojos como platos, a jalear, a dejar salir mi lado más bruto, a ver en mi personaje el vivo reflejo de la fauna que muchas veces se prodiga por los platós de televisión, a ser más sibilina, egoísta, pragmática, más echada para adelante...En definitiva, a ser más valiente sobre el escenario. Si el personaje de Tía Ubú existiese en la vida real (aunque estoy convencida de que sí ) no querría juntarme con ella ni con el ambiente que la acompaña. Pero de lo que estoy segura es que, gracias a su fuerza y maldad, conseguí esa seguridad que tanto necesitaba, ya no sólo en la actuación, sino en mi día a día. Había veces que caminaba con la intención de comerme el mundo y me lo comía, literalmente. Y si encima a eso le añades la ilusión de ese primer año de universidad y esos compañeros que actuaron conmigo (no os olvido chicos) la experiencia fue totalmente intensa. Pasaron las semanas, los meses, los años y Ubú Rey siguió estando ahí. Incluso había veces que sin querer en mi cabeza lo evocaba, sobre todo al contemplar algunas noticias y escándalos en los medios de comunicación. Hasta que un día, sin previo aviso, Ubú Rey volvió a mi vida en forma de libro, el libro que a continuación reseñaré y que de seguro me acompañará toda la vida.


Tras un segundo párrafo plagado de nostalgia, pasaremos a comentar por qué tenéis que leer y ver, si tenéis la oportunidad, una representación de Ubú Rey. En primer lugar, ésta no es una obra de teatro corriente y al uso. De hecho, creo que es uno de los pocos textos teatrales que más me ha sorprendido durante la lectura y con los que más he disfrutado, ya no sólo por su lenguaje (el cual conocía de sobra) sino por las diferentes traducciones que existen al respecto. En la presente, elaborada (ironías del destino) por Wenceslao Carlos-Lozano, encontramos una traducción que desconocía de Ubú Rey, en la que Madre Ubú es Tía Ubú y la expresión "¡Por mi chápiro verde!" es sustituida por "¡Por mi moco verde!". No digo que lo del moco verde (la cual causó sensación cuando hice alusión a ella en Instagram) tenga su gracia, de hecho, provoca que el lector y el espectador sienta más asco y vea al protagonista más hilarante aún. Pero ¿qué queréis que os diga? Con mi chápiro verde soy más feliz que una perdiz, aunque nos costase lo suyo averiguar el significado de la palabra en su momento. Salvo ese pequeño comentario, totalmente subjetivo, sobre la traducción, el resto no puede ser más extraordinario. Que una obra de teatro arranque literalmente con un "¡mierdra!" no puede ir a peor, sino ir a más, y eso es justo lo que sucede en Ubú Rey. La obra de Alfred Jarry pone en escena la rocambolesca y estremecedora historia de un desequilibrado mental, narcisista, egocéntrico (de ahí la espiral de su atuendo más clásico), grosero y brutal Tío Ubú, quien, instigado por su mujer (la manipuladora, avariciosa, inteligente e igual de maleducada Tía Ubú) invade Polonia, derroca a su rey (quien comparte nombre con nuestro querido traductor), destierra a sus descendientes y gobierna en el reino con mano de hierro y sangre, mucha sangre. Pero tranquilos, no estamos ante una obra de teatro de alto contenido violento (aunque si bien es cierto que se han subido a las tablas propuestas ligeramente más explícitas en ese sentido) sino ante algo menos ofensivo, más caricaturesco, más cercano al teatro de marionetas, pero igual de polémico. El lenguaje empleado por Jarry (tan ingenioso como soez), la construcción de Tío Ubú (quien merece capítulos y capítulos de reflexión) y su puesta en escena (la cual se adelantó unas décadas al surrealismo y al teatro del absurdo) pusieron el nombre de su autor en el centro del candelero social de la época. Hasta entonces nadie se había atrevido a reflexionar sobre temas tan espinosos como la corrupción, el abuso de poder, el sin sentido de la violencia o la decadencia de la nobleza (la cual ya empezaba a manifestar síntomas de debilidad por aquel entonces) desde una mirada totalmente disparatada y plagada de sin sentidos bien hilados y coherentes en la mente del espectador. Los personajes en Ubú Rey no son personas ni seres humanos normales,  sino que se comportan como autenticas bestias sacadas de cualquier zoológico. En ella, los personajes actúan las veces, metafóricamente claro, de leones, gacelas, gusanos, sanguijuelas, serpientes, flamencos, lobos, monos, cotorras...En definitiva un lado animal que Jarry conoce muy bien y que parece fusionarse a la perfección con la idiosincrasia de los personajes, como si de una segunda piel se tratase. ¿Y que me decís de Polonia? Ese país en el que transcurre la obra y que bien podría también pasar en cualquier otro lugar. A parte del cachondeo más evidente (pues Polonia se disolvió y se refundó muchas veces a lo largo de su historia), Polonia se convierte en símbolo de que cualquier estado es susceptible de padecer el mismo destino, de esa anarquía, de esa extrema subida de impuestos, de esas masacres, en definitiva, de estar gobernada por alguien como Tío Ubú. Por último, y antes de pasar a la pertinente reflexión final, solo me queda deciros que por favor leáis primero la obra, y si por casualidad ésta se representa en vuestra ciudad, que corráis a comprar una entrada. Le estaréis haciendo un favor a los que viven del teatro, pero también a vosotros mismos, pues esas risas que Ubú Rey produce son realmente terapéuticas.


Efectivamente. Sé lo que estáis pensando. No es casualidad que a lo largo de la reseña haya resaltado el hecho de que, en la versión más clásica de la obra, Tío Ubú lleve dibujada en su oronda panza una espiral (símbolo del egocentrismo más absoluto). Como tampoco lo es el que haya decidido adjuntar la enésima caricatura de Donald Trump de las muchas que pululan por internet desde el día que conocimos la noticia de que se iba a convertir en el Presidente de los Estados Unidos. No, no es un acto inocente ni improvisado, aunque he de confesaros que el toparme con este dibujo, en el que se compara a Trump con Tío Ubú, si que no me lo esperaba. Una fortuita casualidad que me ha reafirmado aún más en hablaros del tema que ya tenía pensado tratar en este último párrafo. Queridas lectoras y lectores, es un hecho, estamos rodeados de Tíos Ubús. En la calle, en el supermercado, en el transporte público, en el trabajo, en nuestro propio hogar...Tal vez no nos lo hayamos planteado antes, pero, es muy posible que el compañero con el que compartáis café a medio día, el que se sienta a vuestro lado en el metro o incluso la persona con la que compartís vida bajo un mismo techo; escondan en el fondo una personalidad muy parecida a la de Tío Ubú. ¿Pero sabéis qué es lo peor de todo? Que hemos dejado que tipos así escalen los puestos de poder, llegando en ocasiones hasta la cima, o lo que es lo mismo, a convertirse en jefes de gobierno, presidentes de entidades financieras, dueños de importantes empresas y demás representantes de los diferentes ámbitos de la sociedad. Aunque sinceramente, lo que más duele es comprobar como en la mayoría de los casos los hemos aupado los propios ciudadanos. Los motivos nunca los entenderé, hay quien los vota por cachondeo, por falta de perspectivas, porque les dicen lo que en ese momento quieren oír, por morbo...Pero también porque a ciertos poderes les interesa tenerlo en un cargo de máxima responsabilidad. ¿Qué es mejor? ¿Tener a un idealista con fuertes convicciones o a un egocéntrico, narcisista y que se comporta como un niño para así manipularlo, cual marioneta, al antojo de quien más le convenga? Es posible que con esta descripción se os haya venido inmediatamente a la cabeza la imagen de Donald Trump desatado en uno de sus numerosos mítines. Pero también, las de otros Tíos Ubús, como por ejemplo Silvio Berlusconi en Italia o Jesús Gil (cuya lista de cargos da miedo enumerar teniendo en cuenta la personalidad del susodicho). Y voy a decir más, con Ubú Rey, Alfred Jarry se anticipó unas décadas a lo que sucedería en Europa durante la primera mitad del siglo XX. Una Europa en la que empezaron a brotar las figuras de una serie de dictadores cuyas formas de actuar y ejercer el poder no distaban mucho de las de Tío Ubú en el trono de Polonia. Da miedo pensar que ha sido el conjunto de la sociedad la que ha otorgado el máximo poder a personajes tan grotescos, tan parecidos al Tío Ubú que Alfred Jarry imaginó gruñir y gritar "¡mierdra!". Sin dejar de lado este tema, me llama poderosamente la atención que, en el caso de las mujeres con cargos de gran responsabilidad no nos topemos con una Tía Ubú. La explicación parece simple, a las mujeres se nos ha educado para no destacar, para no fanfarronear, para ser fieles, para no alardear delante de la gente, para estar calladas y dejar que los hombres hablen por nosotras. La gran mujer detrás de un gran hombre (algunos de ellos grandes de verdad) que, en el caso de Ubú Rey, tiende a ser sibilina y manipuladora, todo un tópico que trata de dar respuesta a por qué las mujeres no deben ejercer el poder ocupando puestos importantes. Ubú Rey es una obra de teatro machista, y lo digo con total sinceridad y a pesar del cariño que le tengo a este texto, hija de su época y de la mentalidad patriarcal de finales de siglo XIX principios del XX. Y vista desde el presente, podemos sacar dos cosas en claro. La primera, que los Tíos Ubús existen, y algunos de ellos son los responsables de dirigir nuestras vidas, algo que debería hacernos reflexionar. Y segundo, que el machismo de la obra nos despierta y nos puede ayudar a cambiar la situación. Moraleja: menos Tíos Ubús en el poder y más mujeres en las altas esferas desprovistas de los tópicos de Madre Ubú. Ubú Rey: una historia de ambiciones desmedidas, gruñidos, tacos, golpes de estado, monarquías en decadencia, tiranos con panza, subordinados inútiles...Una obra de teatro visionaria.

Frases o párrafos favoritos:

"TÍO UBÚ: ¡Mierdra!
TÍA UBÚ:  Muy bonito, Tío Ubú, menudo golfante está usted hecho.
TÍO UBÚ: ¡A que le rompo la crisma Tía Ubú!
TÍA UBÚ: No es a mí, Tío Ubú, sino a otro al que habría que asesinar.

Película/Canción: aunque existen infinidad de compañías que han representado Ubú Rey sobre las tablas, esta vez me he decantado por algo distinto. En el año 2003 se estrenó en Polonia una interesante adaptación cinematográfica de la obra que, bajo el título Ubu Król, se mostraba una versión grotesca del país inmediatamente después de la caída del comunismo.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial

lunes, 13 de junio de 2016

RESEÑA: Sueño de una noche de Verano

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


Título: Sueño de una noche de Verano. 

Autor: William Shakespeare (Stratford-upon-Avon, Reino Unido 1564-1616) fue un dramaturgo, poeta y actor inglés; considerado el autor más importante en lengua inglesa y uno de los más célebres de la literatura universal. Conocido en el mundo entero, Shakespeare es uno de los escritores más prolíficos de la historia de la literatura con 10 tragedias, 12 comedias, 11 dramas históricos y cientos de sonetos recopilados bajo los títulos de Sonetos y Venus y Adonis. Sin embargo, Sahkespeare es mundialmente conocido sobretodo por sus más famosas y eternas obras de teatro, tales como Hamlet, Romeo y Julieta, El Rey Lear, El Mercader de Venecia, Mucho ruido y pocas Nueces, Otelo, Macbeth, Julio César, Enrique IV, La fierecilla domada, Las alegres comadres de Windsor...Sueño de una noche de Verano es una de sus comedias más conocidas. 


Editorial: Alianza Editorial. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Luís Astrana Marín. 

Sinopsis: en los inicios de su carrera como dramaturgo, William Shakespeare compuso su obra más alegre y desenfadada, Sueño de una noche de Verano (1594). Mitología, costumbrismo cómico, bromas, equívocos, humor y poesía conviven dentro de ella en una zarabanda mágica ambientada en la noche pagana de San Juan, en la que todo es posible, si bien al final, frente al caos, se imponen el orden y la armonía. Esta alocada fantasía de amor está, como no se puede ser de otra manera, teñida de elementos inconscientes y oníricos, y entre la galería de personajes que la pueblan, Oberón y el duendecillo Puck han alcanzado fortuna en la memoria de los hombres. 

Su lectura me ha parecido: ligera, original, sugerente, divertida, ágil, serena, clásica, imaginativa, colorida, especial...Queridos lectores y lectoras, los que a menudo os dejáis caer por este espacio, sabéis de sobra que no es la primera vez que reseñamos un clásico de este calibre. Es más, ya avisé que en esta tercera temporada de reseñas íbamos a prestar más atención si cabe a esos libros que hoy por hoy se consideran imprescindibles dentro de la historia de la literatura. Sin embargo, eso no quita que una servidora sienta respeto, y más en esta ocasión tan especial, en la que en este espacio de crítica y opinión rendimos homenaje a uno de los grandes entre los grandes. Este año, como todos bien sabréis, se conmemoran muchos aniversarios literarios de autores que todos los días deberíamos recordar y traer a nuestra memoria de vez en cuando. En esta ocasión, y para unirnos de nuevo a  la extensa lista de homenajes expresados a lo largo de este 2016, ¿qué mejor obra para resaltar la genialidad de un autor único e irrepetible que la que hoy tengo entre mis manos? Un escrito que ha perdurado a lo largo de los siglos, cuyos elementos fantásticos y sensoriales siguen provocando en el lector una tremenda fascinación, pero que sin embargo, esconde entre sus páginas un mensaje realmente conservador. Sin duda, y más en las fechas en las que nos encontramos, próximas a la noche más mágica y corta del año, es el momento perfecto para disfrutar y reflexionar sobre Sueño de una noche de Verano: la calidez, la libertad, lo cómico y lo fantástico unidos para hacer reír y pensar al público.


La historia de como Sueño de una noche de Verano fue a parar a mis manos es bien sencilla, pero para contarla bien, debemos remontarnos unos años atrás, a la época en la que una servidora disfrutaba de las mieles del teatro en riguroso directo. Como bien sabréis por anteriores reseñas, mi pasión por el teatro es inmensa, hasta tal punto que incluso llegué a hacer mis pinitos como actriz en grupos de teatro amateur, permitiéndome la versatilidad para moverme en diferentes géneros teatrales. Para mi desgracia, y esto es una espinita que siempre llevaré clavada, jamás en mis años de aprendizaje actoral, representé una obra de William Shakespeare. Si que me aproximé a otra de sus obras más conocidas, Romeo y Julieta, cuando tenía 17 años en una obra que versaba sobre las diversas concepciones y significados del amor. Sin embargo, ese leve acercamiento se resumió en aprendernos una parte muy pequeña de una inmensa escena, concretamente la Romeo y Julieta se conocen y se besan por vez primera. Sin embargo, y como os podréis haber imaginado, aquella escena adaptada a nuestros días y en la que una servidora se limitó a narrar lo que acontecía, me supo más bien a poco. Dos años más tarde, durante aquel intenso año en el que logré mi primer, y hasta la fecha, papel como protagonista; fui a ver, junto con el resto de mis compañeros, a nuestro profesor de interpretación actuar en una obra de teatro, la cual, no fue otra que Sueño de una noche de Verano. Recuerdo que su inicio era lento y algo pesado, pero conforme la representación avanzaba, el ritmo creía vertiginosamente, y las escenas absurdas y cómicas se precipitaban, lo que provocó que las carcajadas inundasen el teatro. Recuerdo que me reí tanto que no pude evitar que las lágrimas recorriesen mis mejillas y que no pudiese apartar la mirada de toda un universo sobrenatural y realista al mismo tiempo. Al finalizar la función, salí con una sonrisa dibujada en mi rostro, soñando con ponerme en la piel de algún chiflado cómico o en la de la misma y serena Titania. Pero sobretodo, con la sensación de haber disfrutado como nunca de la magia del teatro, éste fue el principal motivo que empujó a que pidiese al Grupo Anaya el texto teatral, el cual, leí con un aura de felicidad y nostalgia incontrolable. 


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha, comenzaremos diciendo que Sueño de una noche de Verano es una pieza teatral muy ágil y movida, donde la acción de los personajes tiene un papel fundamental. Los personajes están en constante movimiento, de un lado a otro, desplazándose constantemente, incluso estas acciones resultan imprescindibles para el transcurso de la trama y con él el de la propia historia que sobre las tablas pretende narrarse. Esto hace que sobre el escenario no resulte una representación monótona y sobre el papel no pierda ritmo, por lo que su lectura sería atractiva a ojos del más exigente lector. Seguidamente, la construcción de los personajes, de cada uno de ellos, desde el que posea menos texto al que se lleve la palma en cuanto a diálogos, es absolutamente perfecta. Dentro de este ámbito, todos sabemos que Shakespeare era todo un maestro, pero aún así, sorprende encontrarse una obra que, a diferencia de las que nos tiene acostumbrados, despliega todo un universo de personajes singulares: hadas, duendes, reyes, princesas, cómicos....Todos ellos extraídos de una de las mentes más ingeniosas que ha dado la humanidad. Pero lo mejor de todo es que cada uno de ellos, está inserto en un mundo totalmente inventado, fantástico, mágico, que incluso a veces resulta sensual y hedonista. Su creación recuerda mucho a otros entornos inventados tales como Nunca Jamás o Narnia, universos paralelos donde todo es posible, y donde el ente fantástico cobra gran protagonismo desplegando todo su atractivo poder. De hecho, es muy probable que los afamados autores de Peter Pan y Las Crónicas de Narnia bebiesen de este influencia shakesperiana. Finalmente, lo que hace de Sueño de una noche de Verano una de las mejores comedias que he leído es su poética ingeniosa, la cual, induce inmediatamente a la risa más desaforada. No sólo las situaciones y la trama son proclives a equívocos y demás confusiones, sino que la riqueza de su lenguaje hace que incluso el propio lector acabe soltando sonoras carcajadas y alguna que otra lagrima descontrolada. 


Como pertinente y muy necesaria reflexión final, pues, toda obra literaria, hasta la menos insospechada, nos puede ofrecer aspectos de gran interés y discusión, me gustaría centrarme en una cuestión importante, y que de cara a próximas fechas, viene bien tener en cuenta. He de reconocer ante vosotros, queridos lectores y lectoras, que me costó escoger el tema de debate relacionado con Sueño de una noche de Verano. Por un lado imperaba la falta de creatividad arrastrada por culpa de trabajos en el entorno universitario, y por otro lado, el inmenso respeto que una servidora le tiene al gran dramaturgo inglés. Todo ello retrasó para mi desgracia, las ganas que tenía de plasmar sobre esta hoja electrónica lo que había extraído de su lectura, y así fue hasta hace unos días, cuando de pronto, me vino la divina inspiración. Un fantástico documental titulado El Bosco, El jardín de los sueños, el cual recomiendo encarecidamente ver, y que para mi suerte, tuve el placer de verlo en el salón de actos de mi facultad, me descubrió la moraleja y el mensaje que hay detrás de Sueño de una noche de Verano. Como sucede en todas las fiestas, ya sean las más comunes, como los cumpleaños o las bodas, hasta las más grandes, como las fiestas patronales de un pueblo o una ciudad, la gente aprovecha para hacer lo que nunca harían en otras fechas del año. Es el momento de disfrutar, de dejarse llevar y de sucumbir a placeres tales como la bebida, el baile, el sexo sin restricción o la comida en exceso. En definitiva, el ser humano necesita desconectar de vez en cuando de la rutina, de la realidad y de las obligaciones para entregarse a la diversión. Esto sucede más de lo que muchos nos imaginamos, y es en estos acontecimientos tan señalados, cuando se tiene la sensación, aunque más bien sería, la filosofía de que todo es posible. Al igual que sucede con la parte central del famoso tríptico de El Bosco, en Sueño de una noche de Verano, los personajes, se ríen, disfrutan de la vida, del amor, de las pasiones, de la locura, del entorno privilegiado. Inmersos al fin y al cabo en un paganismo que en la época de Shakespeare no sería visto con buenos ojos. Pero como todo en esta vida, la fiesta llega a su fin, y es hora del recogimiento, del descanso y de poco a poco, de la vuelta a la normalidad. Esa es la principal moraleja que se desprende de esta obra, y la noche de San Juan, sin duda, es el mejor ejemplo para modstrar este hecho, donde la magia de las hogueras junto con el mar bañado por las estrellas invita a no desaprovechar ni un minuto y dejarse mecer, al compás de la espuma de las olas y del calor de las llamas. Sueño de una noche de Verano: una historia de amor, pasión, fantasía, hadas, risas, distracciones, equivocaciones, situaciones cómicas, mensaje....Una obra que una servidora no dudaría en verla de nuevo representada y que con gusto reelería. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Dejemos a los amantes y a estas imaginaciones ardientes, a esas extravagantes fantasías que van más allá de lo que la razón pueda percibir."

Película/Canción: Sueño de una noche de Verano se ha llegado a apatar al cine en más de 8 ocasiones, de las cuales, las más famosas son la de 1935 dirigida por Max Reinhardt, la de 1955 de Igmar Berman, la versión libre y sensual de Woody Allen en 1982 y la de 1996 protagonizada por Michelle Pfeiffer y Stanley Tucci entre otros. Sin embargo, y aprovechando la ocasión, he decidido adjuntaros la escena de Sueño de una noche de Verano de una de mis películas favoritas, la cual, de seguro os sonará. 


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Alianza Editorial (Grupo Anaya)