Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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jueves, 23 de junio de 2022

RESEÑA: La intimidad.

 LA INTIMIDAD


Título: La intimidad. 

Autora: Rosa Moncayo (Palma de Mallorca, 1993) publicó su primera novela con tan solo veintitrés años. Dog café, que así se titulaba, publicada por Expediciones Polares en 2017, recibió excelentes opiniones de crítica y público que auparon a la escritora como una de las más firmes promesas de su generación en el nuevo boom de literatura por medios como El País o Playground Magazine. Antes de eso, Rosa Moncayo había estudiado Administración de Empresas en la Universidad Carlos III y le concedieron una beca para estudiar en Corea del Sur. La intimidad (2020) es su segunda novela. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Una joven pareja en plena espiral de drogas, obsesiones y autodestrucción decide dejar la ciudad y mudarse a una casa de campo para escapar del círculo social tóxico que la rodea. Una novela en la que Rosa Moncayo describe con crudeza poética la intimidad de una relación al borde del colapso. 

Su lectura me ha parecido: lírica, delicada, cruda, alejada de cualquier tipo de sentimentalismo, sosegada, punzante, sensorial, que va más allá de ser una novela millennial... Hay libros que requieren tiempo, calma, dejarse embriagar por sus reflexiones durante días, semanas, meses si hace falta. Novelas que una vez empiezas nunca sabes en qué momento las conseguirás acabar o si acabarán siendo abandonadas en ese estante de la infamia. Textos rápidos, agiles, sí, pero que merecen toda nuestra atención, de todo puede extraerse oro, incluso de aquellos pasajes que en su momento desechaste porque no acaban de cuadrarte en la realidad tangible y emocional que te rodeaba por aquel entonces. Páginas que sobresalen, entre una mediocridad manifiesta, pero que el mercado editorial te insta a saltarlas o leerlas en vertical porque hay libros más nuevos cuya lectura no puede esperar. Palabras que se instalan en tu cerebro, activando ese botón de la creatividad que creías adormecido entre tanta producción libresca a la que hemos convenido a llamar "fast book". Literatura que, en última instancia, acaba injustamente olvidada por culpa de la masificación, el modelo de producción, de promoción, las redes sociales y la fragilidad de la popularidad. Con la novela que hoy tengo el placer de reseñar me ha pasado precisamente eso. No es que la dejara de leer, de hecho me la bebí de un tirón . No es que carezca de talento, que lo tiene en su poética forma de narrar el desmembramiento sentimental. No es que la haya dejado "morir" en favor de otras lecturas más llamativas, puede que en esto un poco sí, Panza de burro de Andrea Abreu - soy de las que les gustó y mucho - tal vez eclipsó el otro gran lanzamiento de Barrett, que no es otro que la presente historia de la que me dispongo a hablaros. Y sí, la dejé en esa balda, leída, durante bastante tiempo, esperando ser digerida y procesada por una servidora hasta que, al fin, decido meterle mano en sus tripas para convenceros de que leáis a Rosa Moncayo. Autora de mi edad, del 93, cuya trayectoria profesional dista mucho de la mía propia a la que decidí darle una oportunidad cuando el mundo parecía derrumbarse tras los cristales de nuestras casas, o jaulas de oro, como queráis llamarlo. A lo que muchos llaman el estante de la infamia, yo lo llamo el estante del reposo sano. Y es que en ocasiones no estamos preparados para hablar de una lectura en concreto. Algo que se percibe extraño o anómalo en la era de la impresión, de la reacción y no de la pausa, de la interiorización o de la reflexión madurada. Que sirva esta reseña como recomendación y autocrítica (yo misma me veo a veces devorada por las novedades y la rapidez de este mundo interconectado). Si con ella consigo que acudáis a vuestra biblioteca privada y cojáis ese libro cuya "vida" parece haberse agotado ante los ojos de todo el mundo, ya me daría por satisfecha. La intimidad: las rupturas amorosas nunca fueron fáciles, tampoco para nuestra generación líquida. 


En un tiempo en el que nuestro propio hogar se convirtió en nuestro mundo o en nuestra peor pesadilla, Rosa Moncayo ya habló de ello un mes antes del confinamiento, de las miradas furtivas entre vecinos que jamás habías visto asomados al balcón, de las numerosas bombas de relojería que se escondían tras los muros de los edificios. En esas casas convertidas, de la noche a la mañana, en búnkeres contra una enfermedad todavía desconocida. Moncayo ya exploró todo eso pero llevándoselo a dos terrenos bien diferenciados que comprenden contenido y forma. Por un lado, la autora mallorquina nos habla del dolor que traviesa el pecho de quien observa como la relación que ha tratado de mantener a flote durante años se va a pique sin que nadie sea capaz de remediarlo. Ni siquiera con un cambio de aires - anticipándose a toda la ornada de novelas sobre el mundo rural que vendrían tras la pandemia - o el abandono de ciertos círculos tóxicos que les impiden (aunque deberíamos hablar mejor en singular) arreglar lo que ya parece no tener solución. La centrifugadora en la que parece haber entrado la existencia de Gaspar y la narradora-protagonista (adicta a las drogas duras) parece sumirlos en una espiral en la que es imposible pensar y dejar la mente lo más despejada posible. Como un cielo raso. Sin que las ruidosas azoteas de los edificios perturbe la limpieza cromática del paisaje. En La intimidad somos testigos de dos viajes bien diferenciados. El de la joven protagonista por abandonar el consumo de estupefacientes, el cual deja atrás con una sorprendente facilidad, y el de una muchacha fiestera y cosmopolita al de una mujer atapada en un aburrido pueblo. De oficinista de palo, a una más dentro de un paisaje de Andrew Wyeth en el que, a pesar de las incomodidades propias de la vida en el campo, consigue observar el dolor desde una mirada más clara, pero no por ello exenta de su pequeña dosis de crueldad. Somos así de masoquistas a veces. Este relato a ratos lírico - el talento de Moncayo en estas lides es interesante - a ratos tan exagerado como terrenal - abundan las metáforas y las hipérboles - nos pone frente al espejo de las emociones humanas, del monstruo de las galletas llamado Capitalismo voraz y de la más primitiva de las libertades, la que, según la autora, insta a "portarnos mal" o a dejar de hacer aquello para lo que estamos predestinados para reencontrarnos con nuestro verdadero ser. En palabras de Moncayo: "entrar tarde y, a pesar de todo, poder salir pronto". La intimidad en la presente novela no es el tacto, la soledad o la introspección, también el aislamiento - al cual tuvimos que acostumbrarnos hace unos pocos años - que termina por sentenciar aquello que no acaba de morir. Ya sea una relación de pareja - como es el caso - de amistad, familiar, profesional, contigo misma/o. Un tsunami claustrofóbico en plena sierra que desemboca en una huida, la tuya propia, antes de que a la otra parte implicada se le ocurra hacerlo antes. Punzantes capítulos - algunos más sobresalientes que otros - que se complementan, como no podía ser de otra manera, con una playlist que lleva más allá la experiencia literaria y que ya empleó, por ejemplo, Marina L. Ruidoms para su memorable Había una fiesta. Millenial en su forma, universal en su profundo fondo, consiguiendo de esta lectura una de las novelas más lúcidas de los últimos años. Al menos si nos atenemos a esas ventanas aislantes socialmente que cada una y uno nos hemos construido inconscientemente por culpa de un confinamiento del que se hablará largo y tendido en los libros de historia de las próximas décadas. 

La intimidad: una historia de escapatorias, encierros, incomunicación, nubosidad lisérgica, agujas en forma de poesía, ruralidad, vorágine urbanita.... Cuando el amor agoniza y no se le deja morir como es debido. 

Frases o párrafos favoritos: 

"La intimidad era esa casa temporal que nos acogió. No sé permanecer. No sé quedarme. La intimidad era ver cómo sufrías y no hacer nada por impedirlo; saber que no mereces a nadie mejor que yo, tener la certeza de que ni siquiera ibas a salir a buscarlo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Barrett

miércoles, 13 de abril de 2022

RESEÑA: Como cambia el mar.

 COMO CAMBIA EL MAR


Título: Como cambia el mar. 

Autora: Elizabeth Jane Howard (Londres 1923 - Suffolk 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida del público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la radio y la televisión por la BBC. La publicación del primer volumen de la saga, Los años ligeros, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo, de Anthony Powell. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico. 


Editorial: Siruela. 

Idioma original: inglés. 

Traductora: Raquel G. Rojas. 

Sinopsis: Catorce años después de su muerte, el recuerdo de su hija Sarah persigue aún al famoso dramaturgo Emmanuel Joyce y a su esposa Lillian. Acompañados siempre por Jimmy - el devoto representante de Emmanuel -, el matrimonio viaja continuamente de ciudad en ciudad, recurriendo a distintas estrategias para sobrellevar la pérdida: él seduce a todas sus secretarias y ella coloca las fotos de su hija en el tocador de cada nuevo hotel en el que se alojan. Hasta que, la víspera de su partida a Nueva York para seleccionar el reparto de su próximo montaje, un incidente con la última conquista del dramaturgo les obliga a encontrar de inmediato una sustituta. Cuando Alberta Young, hija de un clérigo de Dorset, llega a la entrevista con un ejemplar de Middlemarch bajo el brazo, las vidas de todos ellos no volverán a ser las mismas nunca más. 

Su lectura me ha parecido: ágil, ligera, elegante, hermosa en sus descripciones atmosféricas, con una capacidad de enganche marca de la casa, seductora, amable a pesar del sufrimiento de sus personajes, capaz de pasar del glamour a lo mundano sin mucho esfuerzo, con toques muy a lo F. Scott Fitzgerald... Hace unas semanas, para alegría de muchas y muchos, que los fans de las películas-novelas inglesas de época en las que se narran problemas de ricos en contraposición a los problemas de los que los cepillan, visten y alimentan en ese submundo dentro de enormes mansiones victorianas podemos disfrutar de Downton Abbey de nuevo. Ya sea con puntualidad, nunca mejor dicho, inglesa - sobre las 16:00h en TVE - o en diferido para quienes, como una servidora, no tenemos tiempo de descansar a esas horas frente al televisor en su correspondiente página web o canal gratuito de streaming. Y mira que un tiempo a esa parte accedo a dichos productos literarios y audiovisuales con cierto recelo, ya que cada vez me escama más esa imagen de los marqueses-condes-duques-nuevos ricos provistos de una excesiva amabilidad y gentileza que dista mucho de lo que en realidad sucedía en aquellas épocas históricas. No obstante, hay algo en ellas que siempre me acaba embaucando, sin llegar a convencer, pero sí a querer seguir la pista de la lady en sus infructuosos intentos por encontrar un buen marido, de ese criado mal encarado con oscuras intenciones o de esa doncella enamorada del ayuda de cámara que le saca como veinte años (algo que sinceramente, comentario random, no llegaré a entender). Y ese algo tiene que ver con un guion muy bien pensado, escrito e interpretado frente a las cámaras. Un texto que, a pesar de revestirlo de clase y rigor histórico, no está muy lejos de los melodramas de sobremesa que muchos nos hemos comido con patatas fritas. Adorándolos pegados al televisor si son medianamente decentes, usándolos como ruido ambiental mientras hacemos otras tareas si lo que nos narran no tiene sentido alguno o durmiéndolos si la cosa ya no se sostiene. Algunos de ellos los recomiendo encarecidamente para coger el sueño si quieres echarte una siesta. Como dirían las generaciones que nos antecedieron: mano de santo. Con esta resaca de tacitas, recibimientos multitudinarios al pie de la abadía  y líneas de guion que jamás pronunciarías en la vida real afronto la reseña de la presente novela. Escrita por un autora que, gracias a Las crónicas de los Cazalet - la madre de lo que Julian Fellowes llevó a la televisión británica allá por el 2010 - consiguió que me renganchara a un tipo de ficción que, a pesar de que lo extremadamente perturbador sea lo que bombeé mi sangre, también tengo hueco para una buena dosis de cortesía al más puro estilo british. Así que, bienvenido sea, aunque con notables diferencias al universo cazaletiano. Como cambia el mar: secretos, apariencias y tragedias familiares entre el champagne neoyorquino y el turquesa de la costa griega. 


Aunque yo me esperaba encontrarme aquel resquicio del estilo que hizo tan grande a la saga de Los Cazalet, lo cierto es que una servidora se sorprendió al toparse con algo más complejo, más maduro, más interesante a nivel de forma. La propia trama ya nos avanza el gran cambio: un dramaturgo mujeriego, una esposa que no supera la muerte de su hija, el drama que sobrevuela cada escena, una secretaria amable, un atormentado escritor, una glamurosa ciudad de los rascacielos, el paraíso mediterráneo a las faldas de los templos clásicos... Si bien es cierto que ese punto donde convergen el entretenimiento literario con el "salseo" está presente - si no no estaríamos hablando de Elizabeth Jane Howard - la verdadera sorpresa se hace patente desde dos aspectos fundamentales y que, como ya he comentado, la propia sinopsis nos sirve como preludio de esta gran ópera narrativa. Por un lado, tenemos la parte estilística con la que la autora ha venido a jugar con el lector, mostrando el gran potencial del que es poseedora, para envidia sana de quienes queremos dedicarnos al noble arte de la escritura. Alternando, no solo narradores, también los formatos a través de los cuales articulan su discurso y, en definitiva, su propio punto de vista de la historia. Mientras Lillian (la esposa) y Jimmy (el fiel ayudante) adoptan una íntima primera persona, Alberta (la secretaria) lo hace a través de larguísimas y detalladas cartas. Muy al contrario que Emmanuel (el marido) cuyas acciones, pensamientos y sentimientos se nos muestran desde un distante narrador omnisciente. Esto no solo eleva las expectativas en cuanto a experiencia lectora, sino que además aporta personalidad y profundidad a los personajes. Gracias a ello, podemos situarnos en la trama, así como ante las distintas psicologías que muestran cada uno de los personajes. Y al rededor de todos ellos: el trauma. La muerte de Sarah, esa hija cuya dolorosa ausencia que ha puesto patas arriba el matrimonio entre Emmanuel y Lillian, poniendo en evidencia la disparidad de opciones a la hora de asumir el duelo o enfrentarse a la terrible realidad que los azota, como las espumosas olas del Mar Egeo. Si Emmanuel apacigua la tristeza coleccionando amantes mientras prepara su próximo estreno teatral, Lillian no se despega de su recuerdo, llevando consigo fotos de Sarah allá donde van, pensando que dicha acción apaciguará su desazón. Este clima, por supuesto, acaba afectando tanto a Alberta - el ser de luz de la novela - y a Jimmy - cuya lealtad con Emmanuel se tornará crítica. Además de este armazón narrativo que le otorga una dimensión más amplia y profunda, el otro gran aspecto que varía respecto a lo que ya conocemos de la autora es precisamente ese cambio de escenarios. Abandonamos Brighton para meternos de lleno en lado más acaudalado y cosmopolita de la ciudad de Nueva York, así como en la belleza terrenal de un lugar como Hidra - donde encontramos la ambientación más ensoñadora y cálida - sin olvidarnos de un Londres que dista del descrito en la saga de Los Cazalet. Howard abre escenarios, amplía horizontes, hasta coquetear con lo mejor de Francis Scott Fitzgerald, especialmente cuando dejaba de lado la inclemencia de la gran urbe y se refugiaba en el sofocante Mediterráneo. Y es que la novela de Howard no hace sino recordarme a aquel matrimonio protagonista de Suave es la noche. Novela en la que, las noches de la Riviera Francesa amparan una crisis matrimonial agravada por desencuentros y la enfermedad. Cambia la Costa Azul por esa Grecia de columnas jónicas y pueblos de paredes de cal y obtienes como resultado una revisión pertinente de un clásico a reivindicar. No sé si la insaciable inquietud lectora me regalará un nuevo encuentro con una autora a la que le tengo que agradecer largas tardes de entretenimiento puro. Ojalá nuestros caminos se vuelvan a cruzar, aunque sea de forma breve. El mundo necesita historias que, a pesar de ahondar en la pérdida y en la desintegración matrimonial, nos regalen momentos de calma, sosiego y adicción a la palabra escrita. 

Como cambia el mar: una historia de tensiones, paisajes de ensueño, crisis creativas, pérdida, duelo, luz, desencuentros, inflexión, perspectivas... Elizabeth Jane Howard, más allá de los muros de Home Place, es una autentica delicia. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Estamos en Atenas, el aire es blanco y polvoriento, todas las carreteras parecen atestadas, hay edificios que se están construyendo, y el tráfico va o bien a toda velocidad o con una lentitud desesperante (...) El aire parece una cortina caliente que me cae sobre la cara, y me pregunto por qué quería venir aquí y cuando podremos dejar este sórdido caldo de calor, asfalto deslumbrante y cenizas de la Antigüedad, todo mezclado sin ningún criterio y cocido a fuego lento con nubes de polvo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Siruela

miércoles, 9 de febrero de 2022

RESEÑA: Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia.

 TRÍO. DOS AMIGAS, UN HOMBRE Y LA PESTE EN SICILIA


Título: Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. 

Autora: Dacia Maraini (1936) es una de las grandes voces femeninas de la literatura italiana contemporánea. Nacida en Fiesole (Florencia), se trasladó con toda su familia y tan solo dos años de edad a Japón, donde, tras la alianza del país nipón con las fuerzas de Mussolini, vivió la experiencia del campo de concentración. Una vez regresada a Italia, se estableció antes en Sicilia y luego en Roma, donde ligó muy pronto su vida a la literatura y comenzó a publicar sus primeras novelas y obras teatrales. Los años rotos (1963), Isolina (1980), La larga vida de Marianna Ucrìa (1990) y El tren de la última noche (2008) son algunas de sus novelas más importantes. Ganadora de los premios Formentor (1963) Campiello (1990) y Strega (1999), muchas de sus obras se consideran fundamentales en la historia del feminismo italiano y europeo, y han sido adaptadas al cine y traducidas a numerosas lenguas. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia, escrito durante el confinamiento del año 2020, es su última novela. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma original: italiano. 

Traductora: Raquel Olcoz

Sinopsis: Sicilia, 1743. La peste diezma la población de la ciudad de Messina. Desde el forzoso confinamiento impuesto por la epidemia, dos mujeres - dos amigas - se intercambian cartas. En ellas hablan del tiempo que pasa despacio, del miedo al contagio, de la vida amenazada por una enfermedad ciega e imprevisible y, sobre todo, de amor; del amor que las une al mismo hombre, marido de Agata y amante de Annuzza. En esta intensa novela epistolar - con la que Maraini regresa a la ficción histórica que la consagró como una de las más influyentes autoras del siglo XX - amistad y amor se entrelazan en un delicado equilibrio que ampara de la voraz llama de los celos y de las convenciones sociales la inquebrantable relación que liga a las dos mujeres y no conoce egoísmo ni exclusividad. En esta delicada obra, impregnada de los aromas y de los colores de una Sicilia tan lejana en el tiempo y a la vez tan cercana al presente, Dacia Maraini nos cuenta qué puede salvarnos cuando fuera todo se derrumbaba. 

Su lectura me ha parecido: tierna, cálida, triste, sensible, delicada, sólida, expresionista en sus retratos sobre la peste, clásica en cuanto al formato escogido, con la mirada puesta en el presente más inmediato... En tiempos de confinamiento, cuando una simple vuelta a la manzana se convirtió en nuestro deseo más anhelado, cuando redescubrimos ese lugar al que llamamos casa o cuando aprendimos a valorar los pequeños actos cotidianos, incluyendo esas miradas, saludos o besos al aire entre el pasillo de la fruta y el de los lácteos ya se barruntaba. Y es que, como bien pronosticaron algunos escritores, editores y demás profesionales sobre los que pivota la industria del libro, en pocos meses se sucedió toda una hornada de textos que tenían la pandemia del Coronavirus como telón de fondo. Ya sea desde una perspectiva más ensayística - por el momento, los que más abundan - o ahondando más en el poder de la ficción para retratar lo acontecido durante aquellos meses de encierro. Nada como el diario - sin duda, el formato que parece responder estilísticamente a las exigencias de este tipo de relatos - periodístico o personal, tanto da, para plasmar lo que sucedía cada día, cada hora, cada momento de un acontecimiento histórico global como hacía tiempo que no sucedía. Los Anna Frank, Franz Kafka, Susan Sontag, Marguerite Duras de 2022, salvando muchísimas distancias claro está, pero mismo espíritu creador, cronista o de desahogo, según el caso. En lo único que se equivocaron aquellos que se atrevieron a reflexionar entorno a las relaciones entre Covid y literatura fue en señalar que el esperado aluvión sería inmediato e ingente, algo que a todas luces no se está cumpliendo. Tal vez la herida está demasiado reciente y conviene cicatrizar, reflexionar y encontrar las palabras adecuadas. No es fácil rememorar el torrente de emociones vivido durante aquellos meses. Puede que ni siquiera tengan ganas. Son seres humanos ante todo. No obstante, entre todo lo que sí se ha publicado que gira al rededor de esta nueva normalidad a la que parece que nos hemos acostumbrado demasiado rápido, hay una novela que brilla con luz propia entre las tinieblas de otra epidemia - la de la peste - y que es capaz de emocionar al lector a partir de un ejercicio clásico - o neoclásico, como prefiráis llamarlo - enormemente inteligente. Desde el pasado, desde un formato tristemente en desuso, desde el género histórico (ahora mismo inmerso en una necesaria renovación), pero con un pie en el presente, en el de esa Italia vacía de sus gentes, confinada, sin el eco de los pasos que caminan hacia adelante, sin ningún rumbo concreto, sin esos ojos que se alzan abrumados al cielo, sin esas voces retumbando a la vuelta de la esquina. Solo el silencio, el viento y los ojos tras el cristal. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: narrar el pasado para aprender el presente. 


Dacia Maraini lleva décadas plasmando historias amargas, transversales, universales. Todas ellas atravesadas por la crítica social y un feminismo del que muchas y muchos deberíamos aprender, tanto quienes quieren dedicarse a la escritura como los que simplemente buscan ampliar sus inquietudes políticas y literarias. Por lo que no iba a ser menos en su particular e indirecto retrato de la pandemia del Covid. Y es que son varios los aciertos que podemos destacar de Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. El primero de ellos, el que salta la vista nada más iniciar su lectura, su capacidad de dialogar con los lectores de la década del 2020 - y los sucesivos años en los que nos hemos visto obligados a convivir con el virus - desde la Messina de 1743. Como bien nos expone la autora en el necesario prólogo, la idea de escribir el presente texto le vino mientras se documentaba para la escritura de una de sus obras cumbres, La larga vida de Marianna Ucría, al leer sobre lo acontecido durante la peste en dicha ciudad siciliana. En aquel momento, como nos confiesa, no le pareció que aquel acontecimiento tuviese interés para la historia que pretendía escribir y lo desechó. Sin embargo, en cuanto el Covid llegó a tierras italianas, Maraini comenzó a apreciar similitudes entre las crónicas que en su día leyó sobre los métodos para evitar el contagio por peste bubónica y las decisiones que el gobierno italiano estaba tomando al respecto de aquel primer contagiado en Codogno. Todo ello, junto con el bagaje obtenido sobre la historia del siglo XVIII italiano decidió ponerse manos a la obra y escribir la novela que hoy vuelvo a tener en mis manos. Resulta fascinante observar como a los barcos que llegaban a las costas sicilianas se les ponía en cuarentena - palabra que hoy nos es bastante conocida - si existían sospechas de que pudieran portar cualquier tipo de enfermedad o como tras el fallecimiento de un capitán de uno de ellos - cuyo cuerpo estaba lleno de pústulas - las autoridades decidieron poner a la embarcación bajo secuestro. Algo que resultó insuficiente, ya que al poco tiempo la gente de Messina comenzó a enfermar. Al poco tiempo la situación se les había ido de las manos, hasta el punto de que la gente comenzó a escapar al campo y el pánico cundió por toda la isla. ¿Nos suena verdad? Cierto es que durante la epidemia de peste no se conocían los virus, pero los remedios que las autoridades aplicaron sobre la ciudad no distaron mucho de los que aplicaron en los primeros meses de 2020: aislamiento de los enfermos, prohibir eventos multitudinarios y confinamientos preventivos. Si por aquel entonces los culpables eran los pecadores que habían permitido que la ira de Dios cayese sobre los mortales, hoy es el cambio climático, aunque hubo un tiempo en el que se miró con cierto odio a China. Y aunque no quemamos barcos o cadáveres en las playas, sí que hubieron quienes no pudieron ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Como muchos de aquellos sicilianos que, recluidos en sus casas, trataban de esquivar la enfermedad. Pasado y presente dialogan, al igual que las emociones - sorprendentemente intactas - las cuales se manifiestan a un lado y al otro de la línea espacio-temporal, algo que Dacia Maraini quiso dejar bien claro en 95 páginas en los que una no puede evitar verse reflejada.


Además de esta acertadísima decisión de fondo, en segundo lugar no podemos menospreciar lo visual, el envoltorio, la forma escogida para transmitirnos, más allá de la psique y forma de ser de las dos protagonistas, aquellas emociones que, como ya he comentado en el anterior párrafo, todas y todos hemos experimentado durante el encierro. Para ello, Maraini escoge el género más olvidado, el epistolar, perfecto si quieres ambientar la novela en el siglo XVIII, crucial para obtener esa empatía espacio-temporal con el lector actual. Y es que, aunque los seres humanos nos hayamos pasado al correo electrónico y aunque a día de hoy existen generaciones que jamás han visto o escrito una carta (lo cual me parece triste), ¿qué mejor soporte donde volcar anécdotas, sentimientos o preocupaciones que una carta escrita con puño y letra? La implicación del lector es total, ya que la naturalidad y lo visceral quedan retratados en su más magistral crudeza. En tercer y último lugar, dentro del clasicismo estilístico, Dacia Maraini apuntala los pilares de una historia de amistad y de amor realmente moderna. Pues, a través de una relación epistolar conocemos la historia de dos mujeres, Agata y Annuzza, obligadas a permanecer separadas por culpa de la epidemia de peste. Mientras la primera trata de protegerse en una villa próxima a Messina, la segunda hace lo propio en un pueblo cercano a Palermo, ciudad en la que están subiendo los contagios de forma alarmante. Ambas, amigas y confidentes, intercambian sensaciones, pareceres, opiniones sobre sus lecturas - de las cuales se desprende cierto laicismo intelectual - sus inquietudes respecto a la enfermedad, sus efectos, los rumores que surgen al rededor de la misma... Pero más allá de eso y, repito, en un contexto de confinamiento, lo que da cuerpo al relato es el amor que ambas mujeres sienten por Girolamo - marido de la primera, amante de la segunda - lo cual hace que ambas sellen un pacto sagrado: el de que esto no interferirá en su amistad. Entendiendo por ambas partes que lo mejor para él es que tenga lo mejor de los dos ambientes, el del calor de una familia y el de las aventuras amorosas fuera del hogar. Dicho de otra forma, "ser libre y permanecer atado" como bien se cita en la novela. Sabemos que el acuerdo es precario, que las probabilidades de que se venga abajo son altísimas, pero una no puede evitar sentir esa punzada en el estómago, ese deseo de que ese frágil y consentido triángulo amoroso perdure y sobreviva al estertor de la muerte. Este bellísimo equilibrio y acuerdo tácito al que llegan estas dos mujeres me parece emocionante, rompedor y, en cierto modo, muy adecuado en un contexto en el que andamos a vueltas con el poliamor u otras formas de vivir el amor - y por extensión las relaciones de pareja - que dejan atrás todo tipo de convencionalismo tradicional. De hecho, la relación de Agata y Annuzza es sólida, inquebrantable, ausente de celos, baluarte de una clara voluntad, la de mantener lo que tienen, aunque el mundo se acabe, aunque la enfermedad pueda llevárselos en cualquier momento, más allá de cualquier adversidad. Sobrevivir, sí, pero juntos, en ese triángulo - o trío - amoroso y de amistad que juntos han construido con las piedras más solidas de la cantera. Dacia Mararini, de nuevo, dándonos sabias lecciones, Liberándonos de prejuicios para abrazar nuevas posibilidades de amar que ya están ahí, latentes, esperando ser exploradas. 

Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: una historia de amor, pasión, tristeza, peste, reclusión, confidencias, reflexión, admiración, amistad, deseo, fuerza, comprensión, robustez... De nuevo, una novela histórica marcando el camino a seguir. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Si es de verdad lo que deseas, te ayudaré. ¿Pero qué pasará si Girolamo se entera de que te has enamorado de otro? Temo que nos haría infelices tanto a ti como a mí. Tengo la impresión de ir en contra de toda ley moral diciéndote esto, pero estoy aquí para rogarte que no dejes de amar a mi marido, porque le haría sufrir y entonces él me haría sufrir a mí. Sé que nunca nos haría daño ni a ti, ni a mí, ni a nuestra hija, pero el sufrimiento es en sí un mal que, cuando te alcanza, se difunde también entre las personas que están a tu lado."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea

miércoles, 23 de septiembre de 2020

RESEÑA: Sus hijos después de ellos.

 SUS HIJOS DESPUÉS DE ELLOS


Título: Sus hijos después de ellos. 

Autor: Nicolas Mathieu (Épinal, Francia, 1978). Después de estudiar historia y cinematografía se trasladó a París y en 2014 publicó su primera novela, Aux animaux la guerre, premio Erckmann-Chatrain, y colaboró en la adaptación para convertir su libro en una serie televisiva que emitió France 3. Su segunda novela, Sus hijos después de ellos, además de entusiasmar a la crítica, ha recibido el Premio Goncourt 2018 y otros muchos galardones, entre ellos el Premio Blù de la asociación Jean-Marc Roberts, el Feuille d´Or de la Spiess- Le Central a la segunda novela. En la actualidad, Nicolas Mathieu reside en Nancy. 


Editorial: Adn (Alianza Novelas). 

Idioma: francés. 

Traductora: Amaya García Gallego. 

Sinopsis: Agosto de 1992 en el oeste de Francia: un valle olvidado, unos altos hornos extinguidos, un lago y el calor canicular de la noche. Anthony tiene catorce años y, por puro aburrimiento, acaba robando, junto a su primo, una canoa para ir a curiosear a la famosa playa nudista de la orilla de enfrente. Allí lo que espera es el primer amor, el primer verano, el que marca todo lo que le sucederá después. Así se inicia el drama de la vida. Este libro es la novela de un valle, de una era y de la adolescencia; es el relato político de una juventud que tiene que encontrar su propio camino en un mundo agonizante. Cuatro veranos, cuatro momentos, desde Smells like a teen spirit al Mundial de fútbol de 1998, para relatar unas vidas que transcurren a toda velocidad en esa Francia intermedia, la de las ciudades medianas y las zonas residenciales, entre el aislamiento rural y el hormigón de los polígonos. La Francia de Johnny Hallyday, la de los pueblos que se divierten en las atracciones de feria y se enfrentan a concursos de televisión; la de los hombres que se consumen en el tajo y las mujeres enamoradas que se marchitan a los veinte años. Un país en la retaguardia de la globalización, atrapado entre la nostalgia y el declive, la decencia y la rabia. 

Su lectura me ha parecido: entretenida, íntima, generacional, con constantes referencias a la cultura popular francesa, noventera hasta decir basta, veraniega, claustrofóbica en cierto modo, bella, desesperada... El verano, la estación más deseada y odiada a partes iguales. Unos por la libertad que para ellos representa la arena, una tumbona y el horizonte azul contemplado a través de unas oscuras gafas de sol. Otros por el horror materializado en camisas chorreantes de sudor, sombrillas que no protegen correctamente del sol o el simple hecho de matarte a trabajar mientras el resto se pega la vida padre. Los veranos tienden a recordarse, a evocarse, a reproducirse en bucle, como si de una canción del Spotify se tratase. Sobre todo aquellos que, de alguna manera, han marcado nuestra vida, algunos sustancialmente y otros para siempre. Cada veraneante estival es un mundo. Están los que se alquilan un apartamento en la costa y se pasan los quince días de la playa a la cama, o de la playa al chiringuito, o de la playa a la discoteca, o de la playa a la playa. Los que, hijos del éxodo rural, se pasan los días de vacaciones en la casa del abuelo o de la abuela que todavía conserva en el pueblo del que un día, hace muchos años, salió en busca de un futuro mejor. Pero también, no debemos olvidarnos, los hay que no tienen ni apartamento en la playa ni ningún familiar cercano con vivienda en la España rural y la ciudad, la jungla de asfalto, se convierte en su refugio hasta que la rueda comience a dar vueltas de nuevo amparados por una resignada virgen de agosto. En esta subjetiva clasificación también incluiremos, como no, a las y los privilegiados que consiguen viajar al extranjero una vez al año; algunos de los cuales, no sin cierta desidia, desprecian lo que el país que les ha visto nacer puede ofrecerles. Los veranos que hunden su ancla en nuestra memoria tienden a ser los mismos: el de la infancia (por ser de los primeros, aunque la nitidez de las vivencias no sea del todo fiable), el de la adolescencia (episodios concretos, idealizados hasta la exageración y de algún modo determinantes) y los de la edad adulta o madurez (cuando o bien estás harta/o de volver siempre al mismo lugar y te despides por un tiempo de él o bien se produce una inusitada reconciliación con lo que tanto repudiaste y ahora observas con ojos menos prejuiciosos). Y hablando de veranos, este ha sido especialmente memorable, no sólo por el hecho de que hayamos sacado a pasear la mascarilla (hasta en la playa) o que nuestras manos se hayan convertido en un muestrario de geles hidroalcohólicos. También por haber sido el verano de los redescubrimientos. De pronto esa calle del centro no es tan fea como parecía o ese sendero que conduce al pueblo de al lado es menos difícil de lo que recordábamos. Si hasta la Giralda, la Catedral de Santiago o la Muralla de Ávila nos vuelven a resultar hermosos. Como si el haber permanecido meses sin salir de casa hubiese alterado nuestra percepción y ahora se nos antoje todo nuevo, impactante, deslumbrante. Precisamente de calores aplastantes, de descubrimientos - y algún que otro redescubrimiento - y de las peculiaridades de cualquier idiosincrasia patria (en este caso la francesa) va la novela que hoy reseño para todas vosotras/os. Merecedora del Goncourt y perteneciente a una tendencia literaria en ascenso. Sus hijos después de los nuestros: adolescencia noventera y decadencia industrial de la Francia periférica. 


Si hace unos años la nostalgia ochentera parecía invadirlo todo, sobre todo a nivel cinematográfico y seriéfilo. Algunos lo achacaron al arrollador éxito de la serie de Netflix Stranger Things - sobresaliente en su primera temporada, predecible en las dos siguientes - ya que en ella, además de Demogorgons y niñas con poderes telequinéticos (inolvidable Eleven), la ficción se revelaba como un brutal y bello homenaje a una década clave a nivel cultural, cuyos iconos han acabado imponiéndose, con todo el derecho del mundo, en los primeros puestos dentro de nuestro imaginario popular. Su visionado te hacía revisitar clásicos como Los Cazafantasmas, Los Goonies, Tiburón, la saga de Indiana Jones, Top Gun, Regreso al futuro, Terminator o La historia interminable. Así como volver a sumergirte en los acordes de los Village People, Bonny Tyler, The Police, Europe, Blondie, Madonna o Def Lepard. Otros por el contrario achacaron este revisionismo a que la mayoría de las películas citadas cumplían la friolera de veinticinco años - algo que cuesta de asimilar ya que su esencia sigue tan o más vigente que entonces - . Por el contrario, a menos que yo sepa, a nivel literario la fiebre de los 80 no tuvo tanta repercusión más allá de alguna novela ambientada en dicha época que pasó por el mercado editorial sin mucha gloria. Lo que sí sucedió en España en particular, y esto es importante reseñar, fue una revisión menos idílica de lo que significó la Movida Madrileña. Un movimiento socio-cultural imprescindible para entender las nuevas corrientes artístico-literarias que entraron como un torrente en nuestro país - algunas de ellas todavía prevalecen en campos como el cinematográfico, el musical o el de la creación literaria - y que llenaron el país de libertad y luz pero que, en su génesis, también se observan muchas sombras. Pues bien, si los 80 volvieron con fuerza, los 90 han irrumpido por una puerta todavía más grande. El estreno - cumpliendo la profecía que le hizo Laura Palmer al agente Cooper en la famosa Habitación Roja de que volverían a verse dentro de veinticinco años - de la tan ansiada como sorprendente tercera temporada de Twin Peaks en el año 2017 ya era un aviso de lo que estaba por llegar. Y aunque el amor en la Lombardía de los años ochenta entre Elio y Oliver en Call me by your name nos dejó mudos de asombro también aquel lejano 2017, los 90 estaban a punto de llamar al timbre. Esta vez sí que la literatura se atrevió a coger el guante, lo que ha provocado el surgimiento de nuevas voces (la mayoría mujeres) nacidas en dicha década o que la vivieron marcadas/os por el conflicto entre la tradición y la modernidad. Elisa Victoria, Sally Ronney, Andrea Abreu, Angelo Nestore, Marina L. Riudoms, Anna Pacheco, Luna Miguel, Emma Cline, Víctor Parkas... La lista es larguísima. Películas como Las niñas (2020) de la directora Pilar Palomero o Verónica (2018) de Paco Plaza, una nueva reivindicación del disco Nevermind de Nirvana, ese acercamiento intelectual a los iconos culturales de la época como la Ruta del Bakalao o que de cara al próximo invierno las camisas de leñador vuelvan a estar de moda (herederas del estilo desaliñado y grunge de Kurt Kobain) revelan esta nueva fiebre retro. Algo parecido sucede con Sus hijos después de ellos, novela en la que su autor ha pretendido mostrar al mundo, más allá de las fronteras físicas de su país, como era ser joven o adulto en los turbulentos 90. El resultado se revela fascinante y demasiado autóctono a partes iguales. 


Sus hijos después de ellos atrapa desde el primer momento, haciendo las delicias de todas aquellas lectoras/es que sientan, como una servidora, especial debilidad por las novelas ambientadas en lo más caluroso del caluroso verano. Y más aún cuando de repente descubrimos que la acción trascurrirá a lo largo de cuatro estíos bien diferentes (1992, 1994, 1996 y 1998 respectivamente). Cuatro fechas que el autor no ha escogido al azar así por que sí, sino que, en su conjunto, pretenden englobar toda una época dentro de la historia de Francia. De este modo Mathieu va de lo colectivo a lo particular, hablando de acontecimientos trascendentes en el devenir del país - como el desmantelamiento de la industria - así como otros no tan importantes a simple vista pero que desde el punto de vista popular aún siguen rememorándose - como el Mundial de Futbol de 1998 donde Francia se alzó con la ansiada copa -. Todo ello como telón de fondo sobre el que se proyecta la historia de los personajes de esta novela. Ambientada en un valle del este cuyo nombre el autor se inventa para la ocasión, la novela arranca con toallas extendidas sobre la tierra, Ray-Bans falsas, porros, bocadillos de queso y el robo de una canoa por parte de Anthony y su primo para ir a la zona nudista con la única intención de ver chicas en toples. Todo ello con un halo de decadencia bajo el implacable sol dorando sus blanquecinas pieles. Su inicio no puede ser más perverso e interesante a partes iguales. Pillaje adolescente envuelto en una mediocridad - percibida tanto por los personajes como por el propio lector que se adentra en sus páginas - que no desaparecerá e irá in crescendo a medida que avancemos en su lectura. A partir de ahí iremos conociendo mejor a Anthony - hijo de una clase obrera a punto de extinguirse que emprende una huida hacia adelante tratando de escapar de un destino parecido al de su propio padre - a Step - hija de la burguesía provinciana con deseos de aspirar a algo mejor convertida en el intermitente amor de Anthony - y Hacine - hijo de la inmigración y de los márgenes de la sociedad, consigue aún así ascender a pesar de su azarosa caída en picado -. Entre motocicletas robadas, Música de Nirvana, coches de choques, drogas, barrios marginales, fábricas abandonadas y las primeras experiencias sexuales los jóvenes parecen transitar en un paisaje sociológico plagado de pesimismo. En donde los símbolos de la época - como la música de Johnny Hallyday - cobran un gran protagonismo. Fue sin duda en este punto en el que como lectora tal vez me sentí fuera de la historia. Si fuera francesa o conociese más a fondo su historia más reciente a nivel cultural y sobre todo televisivo tal vez hubiese disfrutado de otra forma la novela de Mathieu. El autor ha querido hacer una radiografía tan exacta de los 90 franceses que hay cosas que se me escapaban. Eso sí, me ha encantado saber que nuestros vecinos también enfrentaban a pueblos en un programa de televisión veraniego, como nuestro Grand Prix pero sin la vaquilla, claro está. 


Leyendo esta historia de adolescentes rebeldes, de ciudades cuyo esplendor ha pasado a mejor vida, de padres que proyectan sus frustraciones y sueños sobre sus hijos (sí, en esta novela los progenitores juegan un papel clave), de vasos de tubo arrojados al suelo tras la borrachera y de tragedias personales; me he dado cuenta de que nuestra historia más reciente ha transitado por derroteros más o menos parecidos. Nosotros también sufrimos una traumática reconversión industrial, vivimos un año concreto de gloria - en nuestro caso el 92 - y algunos episodios que nos volvían de golpe y porrazo a una realidad que, por muchas exposiciones universales o juegos olímpicos que se celebrasen, seguía estando ahí. También, al igual que les sucede a los protagonistas del libro, los jóvenes de los 90 caminaban entre dos realidades, la de las generaciones anteriores (en particular la de los padres y sobre todo los abuelos) y la de un presente cuyo desenlace de preveía incierto pero prometedor. Por si fuera poco, aquella fue la última generación virgen de nuevas tecnologías. La última que jugaba a juegos de mesa, a las muñecas o al pilla pilla en lugar de entretenerse con una aplicación de la Tablet. La última que consiguió dejar volar su imaginación o entablar una conversación con amigas/os sin la necesidad de estar mirando cada dos por tres la pantalla de un teléfono móvil. En definitiva, la última capaz de sostener la mirada sin bajar la cabeza. A pesar de que el pesimismo fue la tónica de la década, lo cierto es que durante ese tiempo también nos sentimos un poco los reyes del mambo, los amos del mundo. Por fin parecía que se nos empezaba a tomar en serio, que la gente encontraba trabajo sin dificultad alguna, que podíamos dormir tranquilos, con la certeza de que nada malo nos sucedería. Visto con los ojos del 2020, del confinamiento, de las mascarillas, de los geles, de la distancia de seguridad, de las restricciones, del brutal paro. Con los ojos de un mundo percibido como apocalíptico (sobre todo desde los medios de comunicación) y en el que todo parece haber cambiado para peor, nos entra la risa floja, la carcajada más histriónica, peor que la del Joker. Esa que tanto miedo nos hizo sentir y que, sin a penas quererlo, se ha convertido en un recuerdo más de la antigua normalidad. Un trasto más en ese cajón que con tanto cariño guardamos en nuestra cabeza, esperando tiempos mejores. Mientras tanto, parafraseando a Humphrey Bogart en Casablanca, siempre nos quedarán aquellos veranos noventeros. 

Sus hijos después de ellos: una historia de amor adolescente, huidas hacia adelante, robos, engaños, heridas sin cicatrizar, decadencia, periferia, pueblos de fiesta, lagos refrescantes, fiestas hasta el amanecer, inseguridades... Un Smells like a teen spirit en toda regla y a la francesa. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El sol caía a plomo sobre las aguas del lago confiriéndoles la densidad del petróleo. De tanto en tanto, esa superficie de terciopelo se estremecía al pasar una carpa o un lucio. El chico sorbió. El aire estaba cargado con ese mismo olor a lodo y a tierra plúmbea por el sol. El mes de julio le había salpicado de pecas la espalda, ya ancha. No llevaba puesto a parte de un pantalón de fútbol viejo y un par de Ray-Ban falsas. Hacía un calor para morirse, pero eso no lo explicaba todo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de AdN Novelas

lunes, 1 de junio de 2020

RESEÑA: Todos quieren a Daisy Jones.

TODOS QUIEREN A DAISY JONES

Título: Todos quieren a Daisy Jones. 

Autora: Taylor Jenkins Reid (1983) es capaz de construir personajes memorables porque trabajó durante mucho tiempo para directores de cásting que seleccionaban actores. Después de un periodo como profesora, comenzó a publicar sus propias historias en 2013. Desde entonces sus novelas han entrado en todas las listas de ventas y miles de clubes de lectura, la gran prueba de hasta que punto los lectores la adoran. Todos quieren a Daisy Jones, Best Seller de New York Times, cautivó a Reesse Whiterspoon, que la ha defendido en numerosas entrevistas y ha impulsado una miniserie sobre el libro. Fascinada tanto por El gran Gatsby como por El principito, también por textos de Nora Ephron, Jenkins Reid escribe cada día acompañada de un té helado, un refresco de cola y, sobre todo, de su perro. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Lucía Barahona. 

Sinopsis: Tiene el mundo a sus pies, pero todo se le va de las manos. Ella es la estrella de rock más importante del planeta. Todos tienen una opinión sobre ella. Todos sueñan con ella. Todos buscan ser como ella. Todos quieren algo de ella. 

Su lectura me ha parecido: adictiva, verosímil, un chute de buena música, ágil, cinematográfica, seriéfila, con unos personajes muy atractivos en su complejidad, retrato de una época de desfase a todos los niveles, poseedor de una potente reflexión entorno a la figura de la mujer artista.. Definitivamente ya es un hecho, la cultura de las series de televisión ha llegado a la literatura. No lo digo yo, sino Taylor Jenkins Reid - autora de esta interesante novela que hoy reseño - al presentarnos en el apartado formal una historia estructurada para ser rodada, interpretada y cortada en ocho capítulos (número estándar en la actualidad) de una hora cada uno. Una estructura que, los más puristas van a repudiar inmediatamente, ya que en ocasiones no sabes si estas leyendo un guion o prosa al uso. A mi tesis debemos sumar los intereses de Reese Whiterspoon - actriz, ganadora de un Oscar en el año 2006 por la película Walk the Line y actual artífice gracias a su productora Pacific Standard de algunas de las series feministas más importantes de los últimos años, siendo la maravillosa Big Little Lies la más conocida por el gran público - por adaptar en un formato más pequeño, miniserie en concreto, la novela de Jekins Reid. Si tendemos a pensar mal, podríamos deducir con facilidad la posibilidad de que este libro haya nacido por y para este fin, sobre todo a juzgar por la forma en la que está escrito (de lo cual ya hablaremos más adelante). Lo que está claro es que, mal que les pese a algunos, las series de televisión han ido ganando tanto en calidad como en complejidad argumental gracias a la revolución del sreeming de la mano de Netflix. Una revolución - a la que ha arrastrado otros canales de televisión convencionales como HBO o la FOX y propiciado la creación de otras plataformas como Amazon, Filmin o la reciente Disney Plus - que se antoja imparable. Algo que, por supuesto, hemos podido comprobar durante el largo confinamiento. Y os lo dice alguien que se ha visto unas cuantas series y que ahora mismo compagina tres ficciones al mismo tiempo. Soy así, una biblioteca seriéfila y cinéfila con patas y no lo puedo remediar. Por otro lado, creo que es importante señalar los cambios en el comportamiento de los espectadores a raíz de esta revolución seriéfila. Ya no sólo el hecho de que la profesión de showruner - el guionista de toda la vida - se haya convertido en una de las más deseadas en los últimos años (lo cual en parte me alegra desde el punto de vista de la creación artística), también ha provocado una evolución en la forma de consumir un producto de estas características. Lejos de las apuestas a la antigua usanza de por ejemplo HBO - un capítulo a la semana - Netflix te cuelga todos los capítulos de golpe, sin esperas, lo que genera una ansia y un consumo rápido de ficción. Esta fast-serial no invita al reposo, a la reflexión (aunque la serie en cuestión lo requiera) y elimina de un plumazo la tan molesta como necesaria impaciencia del espectador, factor fundamental para ganar un público más fiel (los casos de Juego de Tronos o El Ministerio del Tiempo lo reflejan). Esa falta de paciencia está llegando poco a poco a la literatura - de ahí que las editoriales ya no apuesten por libros de más de 1.000 páginas a no ser que seas Ken Follett - y a la publicación de ficciones cada vez más influenciadas por las posibilidades de adaptación. El caso de la novela de Taylor Jenkins Reid podría adscribirse a esta corriente (a pesar de tener más de 400 páginas) pero es una rara avis al presentarnos una historia que arrambla con todo y cuya lectura, a pesar de las formas, es un constante disfrute. Sin duda, uno de los libros de la temporada y de mi cuarentena. Todos quieren a Daisy Jones: un falso documental literario al servicio de melómanos y amantes de la música en general. 


Y tras esta chapa entorno a la literatura y su inevitable relación con la cultura de las series en la actualidad, me dispongo a abrir el melón, o dicho de otra forma, a hablaros del aspecto más llamativo de la novela: la forma. Como si de un guion se tratase - el nombre del personaje, dos puntos y su correspondiente parlamento - Taylor Jenkins Reid construye una novela peculiar en ese aspecto. Sin repetirnos demasiado, ya me he explayado a gusto en el primer párrafo, os confesaré que a pesar de todo a mi me ha gustado. No me ha molestado ni me ha dificultado a la hora de adentrarme en la historia que la autora nos cuenta. Si bien es cierto que de buenas a primeras choca, una vez te acostumbras a esa peculiaridad, prácticamente te olvidas de ese estilo guionizado y extraordinariamente marcado. Es muy probable que si la historia no hubiese sido la que es, una servidora habría abandonado la lectura al finalizar los primeros capítulos de cortesía. Pero es que la trama es lo suficientemente llamativa como para que, o bien te gastes tus dineros en este libro o bien acabes leyéndolo con una predisposición especialmente positiva. Ambientada en los años 70 del pasado siglo, y en concreto en el mundo de la industria musical de aquella época - con sus conciertos, giras, drogas, sexo y mucho rock and roll - Jenkins Reid nos cuenta la historia de fundación, inicio, triunfo, separación y olvido del grupo de música The Six a través de los testimonios de los propios miembros de la banda, así como de quienes fueron testigos de cada una de sus etapas. Centrando especialmente la atención en el testimonio de Daisy Jones - la arrolladora, compleja, salvaje y talentosa protagonista de la novela - quien gracias a su voz y magnetismo sobre el escenario consigue llevar a The Six - hasta ese momento un grupo de moderado éxito - a lo más alto. Una de las mayores virtudes de la novela se presenta nada más empaparte de la historia de estos personajes, ya que en Todos quieren a Daisy Jones lo que se cuenta es ficción, pero su verisimilitud es tan extrema que el lector se cree que ese grupo existió de verdad. A riesgo de quedar como una pardilla en los anales de internet, os confesaré que busqué The Six en Google. Tenía que cerciorarme de su existencia, me consta que no he sido la única a la que le ha pasado y sinceramente en el fondo deseaba que el buscador me devolviese videos de conciertos, un documental o al menos una entrada en Wikipedia sobre Daisy Jones. Mi gozo en un pozo. Con esto Jenkins Reid ya me conquistó como lectora. Que una novela consiga que creas cierto lo que sus páginas transmiten me parece el mayor logro y por el que todas y todos deberíamos rendirnos ante el talentazo de esta autora. De nuevo, y dentro de una ambientación melómana, la editorial Blackie Books lo ha vuelto a hacer. Los que flipasteis con Lena y Karl de Mo Davidau, a pesar de ser más clásica en cuanto a la trama, Todos quieren a Daisy Jones os va a dejar con el mismo buen sabor de boca. 


Para darle más realismo y veracidad a la trama, su autora se ha empleado a fondo en cuatro aspectos fundamentales: ambientación histórica, conocimiento de la escena musical (en especial del rock) de la época, la construcción de personajes memorables y la estructura de falso documental. En primer lugar, la reconstrucción literaria que hace Jenkis Reid de los Estados Unidos de los años 70 es un aplauso rotundo, y lo más sorprendente es que lo logra sin la necesidad de unas descripciones de cinco páginas - señor Follett, tome nota - las cuales yo como lectora, si están bien escritas, no me importa adentrarme en ellas. De hecho, en su momento fui una de las kamikazes que se tragó las más de diez páginas explicativas del estilo gótico medieval en Los Pilares de la Tierra (la historia del arte tuvo la culpa). Con la presente novela Jenkins Reid consigue con poco lo que para muchos es sinónimo de una explicación que no viene al cuento y sirve más como relleno que otra cosa. Al igual que las buenas novelas de terror - a las malas mejor ni acercarse - la ambientación es clave para el entendimiento de la trama, llegando esta a influir de forma determinante en los personajes. En Todos quieren a Daisy Jones los valores de la contracultura, a pesar de haber vivido su apogeo a finales de la anterior década, todavía siguen presentes, al igual que las formas de ocio y disfrute de la juventud de entonces. Lejos de endulzarla, su autora no esconde los claroscuros, incluyendo la crudeza de las drogas, los desfases de las fiestas, la delincuencia juvenil, el racismo o el desarraigo. Incluso las tesis del movimiento feminista y de la liberación sexual de entonces están presentes, sobre todo en la génesis de los personajes femeninos, asumiendo los cambios y reivindicaciones como algo natural, y por tanto, visibles al resto de actores que interactúan con ellas. Enorgullece el empoderamiento de estas mujeres, sobre todo cuando les toca desmentir estereotipos, superar barreras o hacerse valer en medio de un grupo de "gallitos de corral". En segundo lugar, Jenkins Reid da una clase magistral al exponer su basto conocimiento sobre la industria musical de ese tiempo. Y no hablo a nivel de saberse al dedillo los grupos musicales que lo "petaban" entonces. Es alucinante observar como recrea al milímetro, por ejemplo, como es la relación entre una banda y su discográfica, los posibles rifirrafes, la jerarquía dentro de estas empresas dedicadas al descubrimiento de millonarios pelotazos musicales, el dinero que se mueve dentro del negocio, la poca ética que en ocasiones impera en este mundo, las "putadas" entre miembros de la formación, la publicidad, las formas de enfrentarse a la hoja en blanco durante la composición de una canción, los procesos creativos... Y todo ello, de nuevo, sin necesidad de repetirse o extenderse demasiado. Jenkins Reid es capaz de contarte todo eso en pocas palabras, manteniendo el pulso narrativo y al mismo entreteniendo al lector hasta el punto de conseguir que éste no pueda parar de leer. 


En tercer lugar, Todos quieren a Daisy Jones se podría definir perfectamente como una novela de personajes, simple y llanamente, ya que en base a sus testimonios se construye toda la arquitectura literaria. Es fácil encontrar similitudes entre The Six y la banda británica Fleetwood Mac (aunque en una reciente entrevista Jenkins Reid confesó haberse inspirado en los Eagels), aunque sin duda, corroborado a su vez por la autora, Daisy Jones es la encarnación de Stevie Niks - la cantante que estaba llamada a cambiar para siempre la música británica -. Pero como siempre sucede, los celos, los desencuentros, los amores no correspondidos y los excesos acabaron quemando a un grupo al que auguraban grandes cosas. Lo mismo sucede con The Six, unos componentes a los que el lector llega a conocer a fondo y a ser testigo de sus logros, éxitos y desgracias varias. Es tal el nivel empático que el lector desarrolla con todos ellos - no hay ninguno, bajo mi punto de vista, que no tenga fallos a nivel de construcción física y psicológica - que en ocasiones deseas que el libro no acabe, que siga hacia adelante, que exista vida más allá del triunfo fugaz de una banda inexistente. Y de entre todos ellos, Daisy Jones es la punta de lanza, el personaje sobre el que pivota todo, la cantante talentosa de pasado adinerado que se escapa de su jaula de oro en busca de independencia y libertad. Esa mujer de carácter arrollador, vibrante, capaz de cautivar al público, que llora, que se enamora, que estalla de ira, cuyas líneas de diálogo son las mejores del libro y que, por supuesto, jamás se considerará menos que nadie y defenderá a muerte su posición en el grupo. "No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien" palabras pronunciadas en la ficción por la líder de un grupo de rock setentero que suponen una carta de presentación rotunda y poderosamente feminista. Lejos de los discursos tan machirulos que vinculan la creatividad artística masculina con la presencia de una mujer reducida precisamente a eso, a un ser totémico sin más aspiración que la de servir de estímulo al artista, Daisy Jones directamente se define como ese alguien, la artista que compone y realiza el trabajo intelectual. Teniendo en cuenta que muchas de estas "musas" - el caso de Dora Maar respecto a Picasso por ejemplo - fueron en muchos casos mujeres brillantes machacadas por ego machista de sus compañeros sentimentales, que un personaje, aunque sea desde la ficción, rompa con ese calificativo es totalmente inspirador. Ya por eso deberían leer esta novela todas las adolescentes de este planeta. Por último, y no menos importante, la técnica del falso documental en la literatura no me ha podido parecer más original. Hasta el momento es un recurso que solo había visto en el cine en películas como REC o Yo Tonya y por supuesto en series como Modern Family o Los Simpsons. Una técnica la del mockumentary - nombre por el que se conoce dentro de la jerga cinematográfica - permite a la directora o director aproximarse a la realidad, mostrar a los entrevistados en su faceta más intima hasta lograr cierto grado de empatía por parte del espectador. Eso, aplicado a la literatura, es rarísimo, y por eso resulta una maravillosa sorpresa. ¿Es ésta una de las reseñas más largas del blog? Sí. ¿Puede que me haya enrollado más de la cuenta? Probablemente. ¿Es suficiente toda la información que os acabo de vomitar? No, nunca es suficiente, pero voy a parar. Porque podría tirarme párrafos hablando de esta novela de Taylor Jenkins Reid, pero soy consciente y se parar cuando toca, aunque me cueste a veces horres. Simplemente diré, para cerrar esta extensa reseña, que os la tenéis que leer. No va a pasar a la historia de la literatura, pero si queréis pasar un buen rato leyendo algo que merece la pena, os lo recomiendo. A mi me salvó parte de la cuarentena, a lo mejor os salva a vosotros de la siguiente (nótese la ironía). 

Todos quieren a Daisy Jones: una historia de música, pasión, acordes, duros comienzos, drogas, sexo, rock and roll, éxito, estrellas fugaces, testimonios, nostalgia setentera... La novela que, esta vez sí, me gustaría ver adaptada. ¡Date prisa Reese!

Frases o párrafos favoritos: 

"No soy la musa de alguien. No soy musa. Soy ese alguien."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Blackie Books

miércoles, 27 de mayo de 2020

RESEÑA: La falsa amante.

LA FALSA AMANTE

Título: La falsa amante. 

Autor: Honoré de Balzac (Tours 1799 - París 1850) fue uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX. Trabajador infatigable (las cincuenta tazas de café que tomaba al día sin duda ayudaban), elaboró la obra monumental La comedia humana con un objetivo claro: describir la sociedad francesa de manera exhaustiva para "hacerle la competencia al registro civil". Durante un periodo de difíciles relaciones con Madame Hanska, Balzac escribió este alegato sobre la necesidad de una "falsa amante" para ocultar el amor verdadero. 


Editoral: Ediciones Invisibles. 

Idioma: francés. 

Traductor: José Ramón Monreal. 

Sinopsis: el matrimonio formado por Clémentine du Rouvre, una bella heredera parisina, y Adam Mitgislas, un noble tan feo como elegante, vive momentos de éxito y bienestar. Sin embargo, la buena administración del patrimonio conyugal se deben según descubre la esposa, al mejor amigo de su marido, Tadeusz Paz, un atractivo aristócrata polaco. El joven Tadeusz está enamorado secretamente de Clémentine, pero de ningún modo quisiera traicionar a su mejor amigo. Y como tampoco quiere herir los sentimientos de ella, decide inventarse una falsa amante para justificar su fingida indiferencia ante Clémentine. 

Su lectura me ha parecido: breve, apasionada, romántica, irónica, culta, cómica, crítica respecto a la decadencia de los ambientes aristocráticos, con una prosa que fluye a gran velocidad... Señoras y señores, en la siempre tradicional introducción antes de adentrarnos de lleno en la reseña en cuestión, hoy vengo a hablaros de los libros de bolsillo. Efectivamente, los que adquirimos los lectores cuando nos vemos apurados de pasta y que consiguen salvarnos cuando la inquietud lectora asoma tras las estanterías. Su historia es cuanto menos curiosa. La necesidad de publicar libros de estas características - más baratos y destinados a la culturización de las masas - ya existía en la antigua Roma con la aparición de los llamados pugiliares en forma de códice y que podían perfectamente sujetarse con la mano. Tras la invención de la Imprenta en el año 1450 se lanzó la primera colección de libros en pequeño formato pensada para su uso durante largos viajes. La idea fue del italiano Aldo Manucio y fue determinante para que en el siglo XVII una familia de impresores holandeses, los Elzebir, produjesen la primera colección de clásicos de la literatura asequibles para el gran público. A partir del XVIII el libro de bolsillo se convirtió en un producto asociado a la burguesía, sobre todo en países como Francia e Inglaterra, transformando, no sólo las relaciones sociales, sino que provocó la irrevocable transición de la lectura litúrgica - en voz alta y dirigida a un gran número de personas que simplemente escuchaban - a la lectura individualista - en solitario y de carácter introspectivo -. Esto favoreció el surgimiento de los primeros clubs de lectura y a los ilustrados, quienes vieron en este invento la posibilidad de extender sus ideas más allá de las cuatro paredes del salón donde tenían lugar las tertulias literarias. Por aquel entonces se popularizaron las novelas didácticas y los folletines de temática amorosa. Ya en el siglo XIX nos encontramos con los primeros Best Sellers cuya popularidad no entiende de clases sociales. Ejemplo de ello serían los famosos Penny Dreadfuls (historias de baja calidad literaria, normalmente policíacas o de terror que se centraban en lo escabroso y sangriento) los cuales vivieron su particular edad de oro en la Inglaterra victoriana. Sin embargo, la idea de libro de bolsillo tal y como hoy la conocemos se materializó en 1935 con la editorial inglesa Penguin Books - germen de Penguin Random House - conjugando calidad literaria con económicos precios. Pronto la editorial estadounidense Suscher sacó su particular packet book destinado a satisfacer las apetencias lectoras de sus soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. En España no fue hasta 1939 cuando la editorial Espasa Calpe lanzó su primera colección de bolsillo bajo el nombre de "Colección Austral" - la cual se mantiene hasta nuestros días -. A estas alturas os estaréis preguntando qué hago hablándoos de los libros de bolsillo así tan arbitrariamente. La respuesta la encontraréis en la novela que hoy reseño - un clásico sin parangón - y en su formato tan asequible y tan pequeño que cabe, y nunca mejor dicho, hasta en el bolsillo del pantalón. Cortesía de Ediciones Invisibles y de su apuesta por sus "Pequeños placeres" que han llegado para quedarse. La falsa amante: una comedia de enredo francesa, polaca y con toques autobiográficos. 


Antes de ahondar y meternos de lleno en el cuento de Balzac, merece la pena ponernos un poco en contexto, y en concreto destinar unas pocas líneas a hablar de La Comedia Humana, ya que La falsa amante no se entiende sin el enorme proyecto literario que a su autor le tuvo tan ocupado. Ante la cantidad de deudas y problemas económicos que arrastraba, Honoré de Balzac - el gran maestro de las letras francesas - se comprometió ante sus editores a escribir un total de 137 novelas. De las cuales, solo pudo escribir 85 debido a su inesperada muerte en el año 1850. Afortunadamente, antes de su pronto fallecimiento, al autor le dio tiempo a ordenar, revisar y glosar algunos textos inacabados. Este ingente volumen de historias serían el germen de La Comedia Humana, las cuales comprendían en cronología desde la caída del Imperio Napoleónico (1814) con la correspondiente restauración de los Borbones a la llamada Monarquía de Julio (1830-1848) y la llegada de la dinastía Orleans. La finalidad del autor, además de plasmar una panorámica histórica digna de admiración, era elaborar un pormenorizado estudio de la sociedad francesa de su tiempo, desde los grandes acontecimientos hasta la vida de los más humildes, pasando por mil y un detalles sociales, políticos, económicos, culturales y hasta culinarios. Convirtiéndose de ese modo en un observador de la vida cuyos escritos, gracias a su estilo extremadamente realista, son clave no sólo para la investigación histórica del periodo que nos ocupa, sino que también supone un acercamiento inaudito hasta entonces desde el plano literario a la condición humana de principios y mediados del siglo XIX. En La Comedia Humana Balzac no distinguía de clases sociales: campesinos, aristócratas, burgueses, comerciantes, prostitutas, panaderos, floristas, médicos, abogados, maestros... Ya fueran más o menos ricos, más o menos estirados, más o menos atractivos. Todo el mundo era sujeto de interés y de creación literaria a sus ojos naturalistas. Ante la enorme cantidad de escritos, el propio Balzac no dudó en clasificarlos en tres categorías: Estudios morales, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Más que nada para hacer más accesibles sus textos a quienes quisieran ahondar en ellos. En el caso de La falsa amante, que vio la luz en 1841 en un periódico, pertenece a los Estudios morales - incluyéndose posteriormente y tras la muerte del autor, a su vez en una subcategoría titulada "Estudios de la vida privada" - siendo asignada el número 13 en la clasificación general de La Comedia Humana. También es importante señalar la muy posible carga autobiográfica que posee este pequeño texto, ya que como se desvela en su sinopsis, parece que Balzac lo escribió en un momento de grandes desavenencias con Madame Hanska, su amante y futura esposa. De nuevo, biografía y literatura al servicio de un lector que debe o bien asumir dicha historia o bien otorgarle un aura de leyenda al rededor de la figura de Balzac. Aunque os confieso que la disfrutaréis más si pensáis que dichas disputas amatorias fueron reales, sobre todo si os gusta el salseo tanto como a mi. 


Ambientada durante los años treinta del siglo XIX, con el telón de la Monarquía de Julio y con el regreso de los exiliados polacos a la capital francesa, La falsa amante cuenta en muy pocas páginas un triangulo amoroso de manual. El compuesto por el conde Adam Mitgislas - un joven feo perteneciente a una dinastía de rancio abolengo y muy aficionado al juego - Clémentine Rouvre - rica heredera y esposa de Adam - y Tadeusz Paz - el administrador del conde enamorado en secreto de Clémentine -. La trama arranca tarde, aunque es delicioso apreciar el detallismo con el que Balzac describe la decadencia de los salones aristocráticos parisinos, tanto que en ocasiones conseguía acariciar con la punta de los dedos el arcaico mobiliario de aquellos lugares o escuchar avivados debates entorno a la política y la economía francesa. No es hasta el regreso de Adam y Cleméntine del fastuoso viaje de novios - para eso vienen de familias de bien - cuando la historia cobra interés al hacer acto de presencia Tadeusz. Justo la pieza que faltaba para que el cuento no se cayese con todo el equipo en tan pocas páginas leídas. Tadeusz, y sus sentimientos ocultos hacia la joven condesa, no olvidemos, esposa de su amigo y principal cliente al que ha sacado de más de un apuro económico y cuya presencia había sido ocultada deliberadamente a Clémentine por parte de Adam, será la chispa que prenda la narración. Una llama que se avivará en el momento en el que Tadeusz finja tener una amante para jugar con los sentimientos de Clémentine a la vez que no levantar sospechas en el juerguista Adam. Haciéndola más interesante, amena y en ocasiones adictiva. Me sorprende usar la palabra "amena" asociada a Balzac, ya que en general Balzac era de todo menos ameno. Bien lo demuestran sus novelas más extensas, algo que por el contrario no sucede en sus obras más cortas. De hecho, personalmente me gusta más el Balzac breve, ya que en ellas parece crecer en ingenio y en la fina ironía que lo caracteriza. Su pluma culta, sublime se eleva hasta alcanzar un lenguaje digno de admirar y del que todas y todos deberíamos aprender, aunque sea para imaginarnos llegar algún día a estar a su altura literariamente hablando, algo a todas luces imposible. Con todo esto, lo que podría haber sido un folletín excesivamente azucarado en manos de un escritor mediocre, Balzac lo eleva a una categoría superior, donde la universalidad del amor es el eje central y en el que, más allá de ser una divertida comedia de enredo - con un exquisito toque glamouroso - de ella se desprenden críticas a los comportamientos de una aristocracia en horas bajas, la decadencia de los valores revolucionarios o la cultura del chismorreo que no distingue ni de personas ni de clases sociales. Por no hablar de sus constantes referencias a la Divina Comedia de Dante Alighieri, del que el propio Balzac era un grandísimo admirador, que riegan de principio a fin la novela. No es sin duda la mejor novela que he leído de él, pero sí una de las que más he disfrutado, sobre todo antes de que el mundo se paralizase a nuestro al rededor de la noche a la mañana. A partir de ahí, pocas veces me atreví con una novela de amor, no quería que sus personajes me recordasen lo mucho que echaba de menos a mi pareja. Hoy vuelvo a ellos, con cautela, sin hacerme muchas ilusiones, sin creérmelos demasiado, pero el hormigueo y el calor en el estómago asoman desde el umbral, esperando que les deje pasar con todas las precauciones del mundo. 

La falsa amante: una historia de amor, pasión, sentimientos ocultos, mentiras para aparentar, salones parisinos, música clásica, poderío... Una novela que convierte lo típico en algo más profundo e intelectual. 

Frases o párrafos favoritos: 

"El enamorado de Clémentine se encontraba como en el fondo de uno de los abismos descritos por Aliguieri."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Ediciones Invisibles