Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
Mostrando entradas con la etiqueta Altamarea Editorial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Altamarea Editorial. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de febrero de 2022

RESEÑA: Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia.

 TRÍO. DOS AMIGAS, UN HOMBRE Y LA PESTE EN SICILIA


Título: Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. 

Autora: Dacia Maraini (1936) es una de las grandes voces femeninas de la literatura italiana contemporánea. Nacida en Fiesole (Florencia), se trasladó con toda su familia y tan solo dos años de edad a Japón, donde, tras la alianza del país nipón con las fuerzas de Mussolini, vivió la experiencia del campo de concentración. Una vez regresada a Italia, se estableció antes en Sicilia y luego en Roma, donde ligó muy pronto su vida a la literatura y comenzó a publicar sus primeras novelas y obras teatrales. Los años rotos (1963), Isolina (1980), La larga vida de Marianna Ucrìa (1990) y El tren de la última noche (2008) son algunas de sus novelas más importantes. Ganadora de los premios Formentor (1963) Campiello (1990) y Strega (1999), muchas de sus obras se consideran fundamentales en la historia del feminismo italiano y europeo, y han sido adaptadas al cine y traducidas a numerosas lenguas. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia, escrito durante el confinamiento del año 2020, es su última novela. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma original: italiano. 

Traductora: Raquel Olcoz

Sinopsis: Sicilia, 1743. La peste diezma la población de la ciudad de Messina. Desde el forzoso confinamiento impuesto por la epidemia, dos mujeres - dos amigas - se intercambian cartas. En ellas hablan del tiempo que pasa despacio, del miedo al contagio, de la vida amenazada por una enfermedad ciega e imprevisible y, sobre todo, de amor; del amor que las une al mismo hombre, marido de Agata y amante de Annuzza. En esta intensa novela epistolar - con la que Maraini regresa a la ficción histórica que la consagró como una de las más influyentes autoras del siglo XX - amistad y amor se entrelazan en un delicado equilibrio que ampara de la voraz llama de los celos y de las convenciones sociales la inquebrantable relación que liga a las dos mujeres y no conoce egoísmo ni exclusividad. En esta delicada obra, impregnada de los aromas y de los colores de una Sicilia tan lejana en el tiempo y a la vez tan cercana al presente, Dacia Maraini nos cuenta qué puede salvarnos cuando fuera todo se derrumbaba. 

Su lectura me ha parecido: tierna, cálida, triste, sensible, delicada, sólida, expresionista en sus retratos sobre la peste, clásica en cuanto al formato escogido, con la mirada puesta en el presente más inmediato... En tiempos de confinamiento, cuando una simple vuelta a la manzana se convirtió en nuestro deseo más anhelado, cuando redescubrimos ese lugar al que llamamos casa o cuando aprendimos a valorar los pequeños actos cotidianos, incluyendo esas miradas, saludos o besos al aire entre el pasillo de la fruta y el de los lácteos ya se barruntaba. Y es que, como bien pronosticaron algunos escritores, editores y demás profesionales sobre los que pivota la industria del libro, en pocos meses se sucedió toda una hornada de textos que tenían la pandemia del Coronavirus como telón de fondo. Ya sea desde una perspectiva más ensayística - por el momento, los que más abundan - o ahondando más en el poder de la ficción para retratar lo acontecido durante aquellos meses de encierro. Nada como el diario - sin duda, el formato que parece responder estilísticamente a las exigencias de este tipo de relatos - periodístico o personal, tanto da, para plasmar lo que sucedía cada día, cada hora, cada momento de un acontecimiento histórico global como hacía tiempo que no sucedía. Los Anna Frank, Franz Kafka, Susan Sontag, Marguerite Duras de 2022, salvando muchísimas distancias claro está, pero mismo espíritu creador, cronista o de desahogo, según el caso. En lo único que se equivocaron aquellos que se atrevieron a reflexionar entorno a las relaciones entre Covid y literatura fue en señalar que el esperado aluvión sería inmediato e ingente, algo que a todas luces no se está cumpliendo. Tal vez la herida está demasiado reciente y conviene cicatrizar, reflexionar y encontrar las palabras adecuadas. No es fácil rememorar el torrente de emociones vivido durante aquellos meses. Puede que ni siquiera tengan ganas. Son seres humanos ante todo. No obstante, entre todo lo que sí se ha publicado que gira al rededor de esta nueva normalidad a la que parece que nos hemos acostumbrado demasiado rápido, hay una novela que brilla con luz propia entre las tinieblas de otra epidemia - la de la peste - y que es capaz de emocionar al lector a partir de un ejercicio clásico - o neoclásico, como prefiráis llamarlo - enormemente inteligente. Desde el pasado, desde un formato tristemente en desuso, desde el género histórico (ahora mismo inmerso en una necesaria renovación), pero con un pie en el presente, en el de esa Italia vacía de sus gentes, confinada, sin el eco de los pasos que caminan hacia adelante, sin ningún rumbo concreto, sin esos ojos que se alzan abrumados al cielo, sin esas voces retumbando a la vuelta de la esquina. Solo el silencio, el viento y los ojos tras el cristal. Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: narrar el pasado para aprender el presente. 


Dacia Maraini lleva décadas plasmando historias amargas, transversales, universales. Todas ellas atravesadas por la crítica social y un feminismo del que muchas y muchos deberíamos aprender, tanto quienes quieren dedicarse a la escritura como los que simplemente buscan ampliar sus inquietudes políticas y literarias. Por lo que no iba a ser menos en su particular e indirecto retrato de la pandemia del Covid. Y es que son varios los aciertos que podemos destacar de Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia. El primero de ellos, el que salta la vista nada más iniciar su lectura, su capacidad de dialogar con los lectores de la década del 2020 - y los sucesivos años en los que nos hemos visto obligados a convivir con el virus - desde la Messina de 1743. Como bien nos expone la autora en el necesario prólogo, la idea de escribir el presente texto le vino mientras se documentaba para la escritura de una de sus obras cumbres, La larga vida de Marianna Ucría, al leer sobre lo acontecido durante la peste en dicha ciudad siciliana. En aquel momento, como nos confiesa, no le pareció que aquel acontecimiento tuviese interés para la historia que pretendía escribir y lo desechó. Sin embargo, en cuanto el Covid llegó a tierras italianas, Maraini comenzó a apreciar similitudes entre las crónicas que en su día leyó sobre los métodos para evitar el contagio por peste bubónica y las decisiones que el gobierno italiano estaba tomando al respecto de aquel primer contagiado en Codogno. Todo ello, junto con el bagaje obtenido sobre la historia del siglo XVIII italiano decidió ponerse manos a la obra y escribir la novela que hoy vuelvo a tener en mis manos. Resulta fascinante observar como a los barcos que llegaban a las costas sicilianas se les ponía en cuarentena - palabra que hoy nos es bastante conocida - si existían sospechas de que pudieran portar cualquier tipo de enfermedad o como tras el fallecimiento de un capitán de uno de ellos - cuyo cuerpo estaba lleno de pústulas - las autoridades decidieron poner a la embarcación bajo secuestro. Algo que resultó insuficiente, ya que al poco tiempo la gente de Messina comenzó a enfermar. Al poco tiempo la situación se les había ido de las manos, hasta el punto de que la gente comenzó a escapar al campo y el pánico cundió por toda la isla. ¿Nos suena verdad? Cierto es que durante la epidemia de peste no se conocían los virus, pero los remedios que las autoridades aplicaron sobre la ciudad no distaron mucho de los que aplicaron en los primeros meses de 2020: aislamiento de los enfermos, prohibir eventos multitudinarios y confinamientos preventivos. Si por aquel entonces los culpables eran los pecadores que habían permitido que la ira de Dios cayese sobre los mortales, hoy es el cambio climático, aunque hubo un tiempo en el que se miró con cierto odio a China. Y aunque no quemamos barcos o cadáveres en las playas, sí que hubieron quienes no pudieron ni siquiera despedirse de sus seres queridos. Como muchos de aquellos sicilianos que, recluidos en sus casas, trataban de esquivar la enfermedad. Pasado y presente dialogan, al igual que las emociones - sorprendentemente intactas - las cuales se manifiestan a un lado y al otro de la línea espacio-temporal, algo que Dacia Maraini quiso dejar bien claro en 95 páginas en los que una no puede evitar verse reflejada.


Además de esta acertadísima decisión de fondo, en segundo lugar no podemos menospreciar lo visual, el envoltorio, la forma escogida para transmitirnos, más allá de la psique y forma de ser de las dos protagonistas, aquellas emociones que, como ya he comentado en el anterior párrafo, todas y todos hemos experimentado durante el encierro. Para ello, Maraini escoge el género más olvidado, el epistolar, perfecto si quieres ambientar la novela en el siglo XVIII, crucial para obtener esa empatía espacio-temporal con el lector actual. Y es que, aunque los seres humanos nos hayamos pasado al correo electrónico y aunque a día de hoy existen generaciones que jamás han visto o escrito una carta (lo cual me parece triste), ¿qué mejor soporte donde volcar anécdotas, sentimientos o preocupaciones que una carta escrita con puño y letra? La implicación del lector es total, ya que la naturalidad y lo visceral quedan retratados en su más magistral crudeza. En tercer y último lugar, dentro del clasicismo estilístico, Dacia Maraini apuntala los pilares de una historia de amistad y de amor realmente moderna. Pues, a través de una relación epistolar conocemos la historia de dos mujeres, Agata y Annuzza, obligadas a permanecer separadas por culpa de la epidemia de peste. Mientras la primera trata de protegerse en una villa próxima a Messina, la segunda hace lo propio en un pueblo cercano a Palermo, ciudad en la que están subiendo los contagios de forma alarmante. Ambas, amigas y confidentes, intercambian sensaciones, pareceres, opiniones sobre sus lecturas - de las cuales se desprende cierto laicismo intelectual - sus inquietudes respecto a la enfermedad, sus efectos, los rumores que surgen al rededor de la misma... Pero más allá de eso y, repito, en un contexto de confinamiento, lo que da cuerpo al relato es el amor que ambas mujeres sienten por Girolamo - marido de la primera, amante de la segunda - lo cual hace que ambas sellen un pacto sagrado: el de que esto no interferirá en su amistad. Entendiendo por ambas partes que lo mejor para él es que tenga lo mejor de los dos ambientes, el del calor de una familia y el de las aventuras amorosas fuera del hogar. Dicho de otra forma, "ser libre y permanecer atado" como bien se cita en la novela. Sabemos que el acuerdo es precario, que las probabilidades de que se venga abajo son altísimas, pero una no puede evitar sentir esa punzada en el estómago, ese deseo de que ese frágil y consentido triángulo amoroso perdure y sobreviva al estertor de la muerte. Este bellísimo equilibrio y acuerdo tácito al que llegan estas dos mujeres me parece emocionante, rompedor y, en cierto modo, muy adecuado en un contexto en el que andamos a vueltas con el poliamor u otras formas de vivir el amor - y por extensión las relaciones de pareja - que dejan atrás todo tipo de convencionalismo tradicional. De hecho, la relación de Agata y Annuzza es sólida, inquebrantable, ausente de celos, baluarte de una clara voluntad, la de mantener lo que tienen, aunque el mundo se acabe, aunque la enfermedad pueda llevárselos en cualquier momento, más allá de cualquier adversidad. Sobrevivir, sí, pero juntos, en ese triángulo - o trío - amoroso y de amistad que juntos han construido con las piedras más solidas de la cantera. Dacia Mararini, de nuevo, dándonos sabias lecciones, Liberándonos de prejuicios para abrazar nuevas posibilidades de amar que ya están ahí, latentes, esperando ser exploradas. 

Trío. Dos amigas, un hombre y la peste en Sicilia: una historia de amor, pasión, tristeza, peste, reclusión, confidencias, reflexión, admiración, amistad, deseo, fuerza, comprensión, robustez... De nuevo, una novela histórica marcando el camino a seguir. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Si es de verdad lo que deseas, te ayudaré. ¿Pero qué pasará si Girolamo se entera de que te has enamorado de otro? Temo que nos haría infelices tanto a ti como a mí. Tengo la impresión de ir en contra de toda ley moral diciéndote esto, pero estoy aquí para rogarte que no dejes de amar a mi marido, porque le haría sufrir y entonces él me haría sufrir a mí. Sé que nunca nos haría daño ni a ti, ni a mí, ni a nuestra hija, pero el sufrimiento es en sí un mal que, cuando te alcanza, se difunde también entre las personas que están a tu lado."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea

martes, 9 de noviembre de 2021

RESEÑA: Los gatos salvajes de Kerguelen.

 LOS GATOS SALVAJES DE KERGUELEN


Título: Los gatos salvajes de Kerguelen. 

Autora: Marta Barrio (New Haven, 1986) es licenciada en Filología Hispánica y en Estudios de Asia Oriental por la Universidad Autónoma de Madrid. Posteriormente cursó el Máster en Edición Santillana en la Universidad de Salamanca. Actualmente trabaja como editora en Alianza Editorial. Los gatos salvajes de Kerguelen (2020), su primera novela, fue finalista del Premio Memorial Silverio Cañada en la Semana Negra de Gijón. Su segundo libro, Leña menuda (2021), ha sido recientemente galardonada con el Premio Tusquets de Novela. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Un grupo de jóvenes investigadores viaja a las islas de la Desolación frente a la Antártida, para registrar los efectos del cambio climático en la fauna y flora. Es un territorio hostil, completamente aislado de la civilización y azotado por vientos huracanados, donde innumerables naufragios y tragedias se han ido sucediendo desde su descubrimiento en 1772. Forzados a una desconexión total, los científicos, dominados por insospechadas pulsiones atizadas el inevitable confinamiento, se verán enfrentados a sí mismos y a los demás en un sur gélido y despiadado como la misma condición humana. Al tiempo que estudian los signos que predicen la llegada del fin del mundo tal y como lo conocemos, este grupo de estudiosos asistirá a una serie de misteriosas desapariciones, mientras los icebergs, amenazantes y présagos de inexorables tragedias, se perfilan en su horizonte geográfico y vital. 

Su lectura me ha parecido: inquietante, feroz, serpenteante, hostil, estimulante a medida que la trama avanza, con una protagonista imposible, concienciadora, tremendamente gélida... A principios de este año que pronto sepultaremos bajo un generalizado optimismo - aunque el Covid no haya desaparecido - kilos de espumillón, gambas y papel de regalo tuvo lugar uno de los fenómenos climáticos más mediáticos de los últimos tiempos: Filomena. En otras palabras, una intensa ola de frío que tiñó de blanco gran parte de la Península Ibérica causando el aislamiento y, en algunos casos, la falta de suministros en muchas localidades del país. Sin embargo, el único recuerdo que parecemos atesorar de aquello son las impresionantes imágenes de Madrid nevado. Cierto que hacía mucho tiempo que la capital del país no se veía de esta guisa, con un extraordinario espesor de nieve cubriendo las calles y monumentos más emblemáticos. Si hasta se improvisó una cuestionable batalla de bolas de nieve en pleno centro. Todos asistimos maravillados a aquellos videos que todos los días copaban los telediarios, así como a los primeros problemas que los bellos copos habían traído consigo y la mala gestión que se hizo al respecto, perdiendo un poco la perspectiva de que Filomena nos había afectado a todos. En Valencia, donde no nieva desde los años 60 - o eso dicen la sabiduría popular - se nos congeló el rostro, las manos y el alma. No fuimos bendecidos con la misma "suerte" en forma de instagrameables muñecos de nieve a lo Frozeen, pero aquel fue el año que más cerca estuvimos de ella. Tanto que su aliento rasgaba mejillas hasta transformarlas en paredes de hielo. Durante aquellos días no estaba pasando por mi mejor momento. No entraré en detalles, no viene al caso, pero con la tercera ola a la vuelta de la esquina - que por estos lares fue especialmente dramática - y envuelta en una grisácea manta buscaba a tientas refugio en una serie de lecturas a cordes con el pesimismo y el agarrotamiento que estaban sufriendo mis dedos. Una de ellas destacó entre portadas de montañas nevadas y tramas que invitaban a aposentar tu cuerpo sobre el sofá mientras esperas a que se haga el café (que maravilloso cliché, lo confieso). En la que, bajo uno de los títulos más extraños y enigmáticos - recuerdo que busqué Kerguelen en el Google Maps - me di un baño glaciar así, a lo bruto, sin piscolabis caliente de por medio. Las convenciones peliculeras están muy bien pero existen libros que, aunque no exijan una total y absoluta dependencia, te entregas a ellos sin medias tintas. Esperando que ese espectacular carámbano rezume calidez en medio de la nada blanquecina que, como en Fargo, nos impide ver el horizonte. Los gatos salvajes de Kerguelen: el infierno es frío y está en las islas de la Desolación. 


Que no os engañe su nombre - Tierra de Fuego - pues dentro de su amplio archipiélago, si observamos su parte más astral, nuestros ojos se topan con una serie de islas cuyo nombre inspira temor. Y es que "Desolación" es una palabra completamente negativa que, paradójicamente, es la que mejor se acopla a las características de dicho lugar. Desde que fueron descubiertas por el oficial de marina y navegante francés Yves Joseph de Kerguelen de Trémarec (de ahí su otro nombre por el que es conocido) en 1772, las islas se han convertido en un autentico paraíso para diferentes expediciones - incluyendo la del famoso capitán James Cook en 1776 - con el fin de observar el trayecto de Venus así como recabar información con fines científicos para el estudio de su fauna y flora. Si bien es cierto que en la segunda mitad del siglo XIX hubo un intento de implantar una especie de monarquía por parte de algunos pescadores de la zona, finalmente fue el gobierno francés el que tomó oficialmente posesión sobre Kerguelen. En la actualidad su población está principalmente compuesta por un centenar de científicos y sus familias, cuya presencia es de carácter temporal - sobre todo durante el conocido como verano austral - instalados en la base Port-aux-Français situada al este de la isla principal. El clima en Kerguelen no es precisamente apacible, ya que al ser perhúmedo subantártico - en otras palabras, que llueve o nieva, da igual que sea inverno o verano, de forma dispersa a lo largo del año - las condiciones para la vida humana son especialmente difíciles. No así para los animales que las habitan. Desde pingüinos, focas, lobos marinos, renos, ovejas (estos dos últimos introducidos durante el siglo XIX) o la Anatalanta aptera (la mosca sin alas detritívora que estudia Olivia, la protagonista de esta novela, durante su estancia en las islas). Su particular y escarpada geografía, su extremo clima, así como la irrupción de frecuentes neblinas les ha servido a muchos autores de inspiración para ambientar sus novelas en las islas de la Desolación. Siendo Edgar Allan Poe el que más popularizó el lugar gracias a su escalofriante novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, aunque Julio Verne con La esfinge de los hielos o Patrick O´Brian con su Desolation Island - sin traducción al español - le siguen muy de cerca. Ahora la escritora madrileña Marta Barrios se una a la exclusiva lista desde una mirada más contemporánea, realista, concienciada, pero sin descuidar elementos cercanos al suspense, al misterio y ¿por qué no? Al terror más accesible, aunque no por ello menos inquietante. 


Desde una escritura tan contenida como plagada de matices, muy en consonancia con el terreno baldío que se nos describe, la autora decide ambientar la novela en el lugar menos atractivo para situarla: una base científica en un lugar en medio, literalmente, de la nada. Y eso que con bases parecidas se han construido enormes clásicos de la aventura o el terror - respecto a esto último, mientras lo leía, no dejaba de pensar en La cosa de John Carpenter y en que Kurt Russell aparecería pilotando un helicóptero -. No obstante Los gatos salvajes de Kerguelen se aleja de lo fantástico y de las horripilantes metamorfosis para adentrarse en una trama con tintes de thriller sicológico y cuerpo de novela de intriga clásica. De hecho, conforme avanzaba la trama, ésta no hacía más que evocarme a los Diez negritos de Agatha Christie pero con frío, acolchados, aislamiento y grandes dosis de hostilidad por parte, tanto del paisaje como de los propios personajes. En las antípodas del carácter british que impregna cada una de sus entregas policíacas. Aquí, como ya he comentado, se explora el miedo a lo desconocido - como para no tenerlo sabiendo que vas a pasar un año entero en el fin del mundo - pero ese desconocimiento también se traslada a la condición humana, a lo que Thomas Hobees resumió en la manida frase "el hombre es un lobo para el hombre" sin llegar a extremos o a imágenes explícitas (salvo en una impactante recta final en la que los ojos se abren como platos). De hecho, no sé que da más miedo, si las desapariciones que tienen lugar a lo largo del libro o la frialdad con la que su autora ha conseguido mimetizar dichas acciones con la idiosincrasia del marco paisajístico que las envuelve.  Por supuesto, esta novela se habría quedado en agua de borrajas de no haber sido por Olivia. Sí, esa mujer atormentada, cínica, a ratos antipática, solitaria pero independiente, cargada con una mochila demasiado pesada desde la infancia, manipuladora, práctica, superviviente, perversa, despreciable, impulsiva, una excelente entomóloga - estudia los insectos - que se ve, no sin quererlo, obligada a convivir en aislamiento con otros colegas científicos por los que parece no tener simpatía alguna. Olivia es un personaje imposible, un tropo del que gran parte de los lectores huirían pero que, sin embargo, logra establecer una poderosa conexión con quien decide darle una oportunidad. Permitiendo, desde una tercera persona realmente intimista, acercarnos más a ella para entender el porqué de su forma de ser y aguantar a su lado, por muy mal que te caiga, lo cual es un gran mérito por parte de Barrio. Por otro lado, la novela es entorno, acantilados, albatros sobrevolando la cubierta del barco que los transporta a la base, elefantes marinos despezándose en las orillas de la isla. En definitiva, pura visualidad. Algo que se traslada al terreno más sensorial, resultando especialmente inclemente con los personajes y el lector, hasta el punto de sentir el impacto de la chuchilla helada sobre tus mejillas o de creer que de tus uñas van a colgar estalactitas. Por no hablar del trasfondo que planea, como una gaviota antártica, al rededor de la trama, que no es otro que el ecologismo como única vía para frenar los efectos del cambio climático. De hecho, los personajes acuden a Kerguelen con el fin de estudiar los posibles efectos adversos que dicha realidad está provocando sobre animales, plantas, rocas, fondo marino y demás ámbitos de la zona. Así es como Marta Barrio consigue, de lo particular - unas islas perdidas entre Chile y la Antártida - extraer reflexiones y denuncias para encajarlos en un ámbito más global. Porque la emergencia climática es cosa de todas y todos. No de unos pocos. Su final, en consonancia con el citado Poe, hiela la sangre desde un hermetismo casi doloroso. Horror aséptico en la cumbre, espiral pragmática llevada al límite, una terrible y literal llamada de lo salvaje empañan los últimos párrafos de una novela singular y fresca, fresquita, como ese pequeño iceberg flotando en tu refresco de Coca-Cola.

Los gatos salvajes de Kerguelen: una historia de aislamiento, misterio, frío, fauna y flora en peligro, estudios ecologistas, amoralidad, perversidad... Una rara avis literaria a reivindicar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Los vientos hostiles castigan a quienes se atreven a visitar este confín perdido que parece sacado de una leyenda, por su sideral lejanía e inhospitalidad. Es el lugar ingrato donde los héroes árticos acuden a la llamada de lo desconocido y son azotados por el aire gélido como castigo a su atrevimiento. Buscan la isla del tesoro pero encuentran una tierra baldía."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea Ediciones

miércoles, 28 de julio de 2021

RESEÑA: Agostino

 AGOSTINO


Título: Agostino. 

Autor: Alberto Moravia (1907-1990) nació en Roma con el nombre de Alberto Pincherle. Considerado uno de los más refinados novelistas del siglo XX, demostró un precoz y deslumbrante talento plasmado en una extensa producción literaria que incluye ensayos, piezas teatrales, artículos periodísticos y reportajes de viajes. Máximo exponente del existencialismo italiano, Moravia ha explorado con gran agudeza temas como la sexualidad y la alienación social en los libros convertidos en clásicos de la literatura universal, entre los cuales destacan Los indiferentes (su exordio literario, de 1929), El desprecio, El conformista, La campesina y El aburrimiento. Muchas de sus novelas han sido adaptadas a la gran pantalla por directores de la talla de Godard o De Sica; de Agostino también existe una versión cinematográfica estrenada en 1962 bajo la dirección de Mauro Bolognini. 


Editorial: Altamarea. 

Idioma original: italiano. 

Traductora: Raquel Olcoz.

Sinopsis: Agostino es una historia de un despertar sexual, de la abrupta pérdida de la inocencia por parte de un atormentado adolescente de la burguesía romana; es el relato de su educación sentimental, que se consuma en el seno de una idílica relación madre-hijo en la que el amor materno es correspondido por un sentimiento ambivalente: una atracción a la vez ingenua e impura, etérea y carnal, que empieza a fermentar en Agostino el día en que su madre, conoce, durante unas vacaciones en la playa toscana, a un hombre con el que coquetea. Su inesperada aparición desata en Agostino una inquietud hasta entonces desconocida. El brusco descubrimiento de su madre es, también y antes que nada, una mujer convierte su inocente sentimiento de admiración y amor filial en una edípica pulsión erótica que turba al adolescente. Desorientado y resentido, en un orgulloso acto de rebelión, Agostino intenta liberarse del dulce yugo materno y se integra en una pandilla de gamberros que lo repele y lo atrae, y a la que se aferra con masoquista determinación para superar la crisis existencial que marcará su ingreso en la edad adulta. 

Su lectura me ha parecido: fascinante, retorcida, sutil, ligera, brillante, con una inspiración deliciosamente clásica, sórdida por momentos, tierna en su primera parte, obsesiva, veraniega en última instancia... Sófocles. El poeta, el dramaturgo, el político, el teórico y el sacerdote. Pero sobre todo, el maestro indiscutible de la tragedia clásica griega. Aquel que se enfrentó en más de treinta ocasiones a otros autores del olimpo dramático - legendaria fue su rivalidad con Eurípides - en las conocidas como Grandes Dionisias. Celebraciones en honor al dios Dionisio en las que los grandes dramaturgos del momento competían entre sí para alzarse con el honor de haber representado la mejor historia ante centenares de personas. Espectadores que, sentados en las hileras de piedra que conformaban el teatro - una de las mayores aportaciones de la Grecia clásica a la historia de la humanidad - y sin saberlo, estaban haciendo historia. Ante sus ojos desfilaron los textos que hoy consideramos capitales para entender, no solo la evolución de la literatura hasta nuestros días, también aquello que, como sociedad, hemos ido reproduciendo a lo largo de los siglos. Y es que no hay mejor escaparate de la condición humana, así como de las ideologías, tradiciones y demás recovecos oscuros del alma que aquello capaz de traducirse en una representación. Emoción a través de miradas, monólogos, cuerpos en movimiento y - en el caso que nos ocupa - enormes máscaras que evidenciaban el estado de ánimo del personaje en cuestión. Imprescindible herencia a la que, a pesar de la invasión de las nuevas tecnologías, nos resistimos a renunciar. De entre todas aquellas maravillosas propuestas dramáticas, una sobresale por encima de todas: Edipo Rey. La gran tragedia griega por excelencia, compuesta por diversos elementos y temas aún presentes en la literatura contemporánea. A saber los caprichos del destino - entre el libre albedrío y la fatalidad del error trágico - los riesgos del acceso al conocimiento - según que clase de conocimiento por supuesto - la importancia de los Dioses en la cotidianeidad - de hecho, se deja muchas veces en sus manos las decisiones más importantes de la trama - el control del estado, la ceguera como metáfora del arrepentimiento ante los crímenes cometidos, así como elemento irónico, ya que en la tragedia, Tiresias (a pesar de su ceguera) es el único personaje que sabe la que se le viene encima a Edipo. Y, como no, el incesto. En primer plano y sin ningún tipo de cortapisa. Entre madre e hijo. Sin saberlo, sin conocer su verdadero parentesco hasta la tremenda anagnórisis. Dicho tema, de los más importantes de la obra, serviría de inspiración al propio Freud para elaborar su famoso "Complejo de Edipo" donde argumentó que el primer despertar sexual se da durante la infancia hacia el progenitor de sexo opuesto. Freud se basó en Edipo Rey para demostrar que los deseos incestuosos están ligados a nuestra herencia humana más primitiva, y por tanto, susceptible de heredarse o de experimentar dichas pulsiones sexuales. Algo de lo que tomó buena nota el escritor italiano Alberto Moravia, protagonista de la reseña de hoy que, con su breve texto, demostró, no solo su maestría a la hora de actualizar clásicos de la literatura, también su perspicacia a la hora de enganchar al lector pese a que las imágenes que reproduce en su cabeza rezumen a erotismo y perversión. Agostino: la tragedia juvenil acechante entre sombrillas y cuerpos al sol. 


Agostino lo tiene todo para ser la novela perfecta de cualquier verano. Esa que por sus ligeras dimensiones - 115 páginas de nada - te llevarías a cualquier lugar (playa, pueblo, camping, apartamento...), que por la sinopsis encandila por su baño - nunca mejor dicho - de todos los tópicos de la estación más deseada por muchas/os y que incluso, gracias a ese maravilloso diseño de portada - con ese modelo de silla playera que dejaba marcas en la piel cada vez que te levantabas de ella y ese amarillo chillón de fondo - consigue transportarte a las playas italianas, a la sal en los labios y a los chapuzones mediterráneos. El título, Agostino, también juega en su favor, convirtiendo esta apuesta de Altamarea Ediciones (la editorial que nos está proveyendo de lo mejorcito del pasado y del presente de la literatura italiana, sin olvidarnos de su reciente incursión en lo nacional en un intento por dar voz a nuevas plumas del panorama literario español) en un acierto de cara a unos meses en los que el entretenimiento gana a sesudos planteamientos. Sin embargo, y a pesar de que el paisaje vacacional estrella está presente - con todos los tópicos, claro está, de mediados de siglo XX - Agostino se revela como una actualización, por la vía de lo narrativo, de la ya citada tragedia griega Edipo Rey. En una deriva, eso sí, más estilizada, pero igual de desasosegante e impactante. En ella, el joven protagonista (cuyo nombre da título a la novela) ve quebrado todo su naif e idílico mundo interior al enterarse de que su madre ha conocido a un hombre por el que empieza a sentirse sexualmente atraída. Lleno de rabia, al ver que la mujer que más ama en el mundo - en el sentido más perturbador de la palabra - decide romper con esa admiración que tanto le profesaba y rebelarse de la mejor forma que se le ocurre. Juntándose con malas compañías y uniéndose a una banda de chiquillos que solo buscan meterse en problemas, cada cual más gordo que el anterior. Alberto Moravia construye un relato en continuo descenso en lo que a formas se refiere - que no en calidad, por supuesto - pasando de un estilo limpio, inocente, en donde asistimos con cierto resquemor y ternura a la relación de Agostino con su madre, a un embrutecimiento verbal y físico sustituyendo los modales exquisitos por apodos pandilleros (acepta que le apoden "Pisa" por su lugar de nacimiento) y por una actitud chulesca ante el supuesto "abandono" físico y psicológico perpetrado por su, antaño, querida y adorada madre. En otras palabras, clasicismo revestido de oportuna contemporaneidad digna de ser analizada y reflexionada. Aunque la inclemencia de Lorenzo nos invite a no pensar y a tirarnos sobre la colorida toalla, Agostino persiste en nuestra memoria. 


Desde una tercera persona muy particular, la cual conoce todos los pormenores y pensamientos que a Agostino se le pasan por la cabeza, Moravia nos regala una narración plagada de rupturas, siendo la más importante la que evidencia el abismo existente entre hijo y madre - que no de madre e hijo - al rededor de la cual pivota toda la novela. Al igual, y esto es importante señalarlo, la descripción a través del tormento de un hijo desplazado, cuyo comportamiento edípico y fascinación casi erótica no le deja pensar más allá del "trauma" que crea en su mente, de aquella regla no escrita que asegura que las mujeres, cuando son madres, dejan automáticamente de serlo. Como ya he señalado, Agostino no es una novela que lo critique o que se posicione explícitamente a favor de las libertades femeninas, como tampoco es una novela feminista al uso, ni Moravia un aliado de dicha causa, Más bien se sugiere, subyace, por debajo, como un temblor, entre conversaciones materno filiales y pasajes cargados de gran belleza y sentido metafórico. No obstante, desde mi punto de vista, lo que hace Moravia en Agostino es simplemente un ejercicio de aproximación literaria a dicho supuesto para efectuar el mejor retrato de la ideología machista que envuelve el relato. Desde antes del nacimiento, a las mujeres ya se nos carga de estereotipos y de deberes que cumplir. Cuando somos niñas, estos aumentan, al igual que las prohibiciones o las recomendaciones de lo que debes o no hacer. Sin embargo, en esta imperfecta sociedad, en el momento en el que te viene la regla, automáticamente dejas de ser una niña y asciendes un peldaño más en la escalera patriarcal. Ya no eres una chiquilla, ahora, eres una mujer, aunque tengas doce años y todavía te guste correr tras una pelota en el parque o balancearte en los columpios con una sonrisa de oreja a oreja. Aunque, en el fondo, no entiendas lo que sucede o lo que significa ser una mujer. Después, cuando decides tener hijos, entonces ya no eres mujer, eres madre. Palabra que devora despiadadamente - como un tiburón a su presa - a todo lo demás. Y sí, eres madre, hasta la tumba, pero nada más. De ahí que antaño (y hoy en día) se sigue castigando o criticando a toda aquella madre que se escapa a las convenciones de su estatus. Como, por ejemplo, en el caso de ser madre soltera, viuda o divorciada - o incluso casada, lo mismo da - el iniciar una relación sentimental con otra persona, tener relaciones sexuales sin compromiso o simplemente sentirse atraída por alguien. Todo eso se muestra en Agostino de una forma sucia y psicológicamente hostil hasta desembocar en un clima tan insoportable como contradictorio a pesar del espíritu veraniego que la envuelve. Lo mejor, además de las incomodas escenas voyeurs, su final. Una dolorosa torta que - en su concepción de novela de iniciación que, a su vez, escapa a los tópicos de la misma - acaba por romper la burbuja de pureza y desparramar su contenido en un festín de cruda realidad. ¿Perfecta para el verano? Por supuesto. Ligereza y oscuridad aseguradas. Y los helados y cócteles que no falten. 

Agostino: una historia de perversión, erotismo, "abandono", rebeldía, celos, complejos de Edipo, transiciones, revelaciones traumáticas, violencia psicológica... La nouvell que te hará regresar, una y otra vez, a una de las épocas de mayor esplendor de la literatura italiana. 


Frases o párrafos favoritos: 

"Agostino se sentó bajo la sombrilla y esperó. Le parecía que la excursión de la madre se estaba prolongando más de lo normal. Y, olvidando que el joven del patín había llegado más tarde de lo habitual y que no había sido la ,madre la que quiso irse sola, sino que había sido él quien había querido desaparecer, se decía a sí mismo que, aquellos dos, seguro que habían aprovechado su ausencia para hacer esas cosas de las que le habían hablado los muchachos y Saro. Ante esta idea, no sentía ningún tipo de celos, sino más bien un nuevo y extraño escalofrío de complicidad, de que su madre actuara así con el joven, que se fuera con él cada día en patín y que, en esos momentos, lejos de miradas indiscretas, entre el cielo y el mar, se abandonara entre aquellos brazos. Era justo, y él ya perfectamente capaz de darse cuenta de ello. Entre estos pensamientos escrutaba el mar, y buscaba en él a los dos amantes."

¡Un saludo y feliz verano!

Cortesía de Altamarea Ediciones

domingo, 12 de abril de 2020

RESEÑA: Mujeres en lucha.

MUJERES EN LUCHA 


Título: Mujeres en lucha. 

Autora: Isabella Lorusso nació en Ostuni, Apulia, en 1967, y terminó sus estudios en Bolonia con una tesis sobre la guerra civil española. Se trasladó a Perú donde enseñó italiano en las universidades de Lima, Cuzco y Tumbes. Actualmente vive en Inglaterra. Ha publicado La maga, Senza pelle y T/3. Storia di un femminicidio y, en España, Un día sin ti, Potosí: historia de un viaje en el sur del mundo y Voces del POUM. (Fuente: Editorial). 


Editorial: Altamarea. 

Idioma: italiano. 

Prólogo: Beatriz Gimeno. 

Epílogo: Dolors Marín. 

Sinopsis: Mujeres en lucha es un libro coral, un conjunto de entrevistas realizadas a mujeres españolas que participaron en la guerra civil. Algunas tomaron las armas y combatieron en el frente, otras militaron en el POUM, en Mujeres Libres o en diferentes grupos anarquistas. Todas lucharon contra el franquismo y por la emancipación de la mujer, y juntas lograron avances sociales tan significativos como el aborto libre y gratuito. Emprendieron toda una revolución, y para ello no solo tuvieron que enfrentarse al fascismo, sino también, a veces, a sus propios compañeros. Sus sobrecogedoras memorias nos invitan a reflexionar acerca de una lucha que pertenece a otro tiempo y que, sin embargo, se revela aún hoy actual y necesaria. Sus voces, que poseen la fuerza y la inmediatez propias del testimonio directo, presentan sin tapujos la complejidad de una época cuyas contradicciones casi nunca afloran en el discurso historiográfico oficial. Sus punzantes recuerdos arrojan una nueva luz sobre acontecimientos tan cruciales como las Jornadas de Mayo de 1937 o el asesinato de Andreu Nin, y ahondan en los orígenes del movimiento feminista en España. Gracias al trabajo de Isabella Lorusso, este extraordinario mensaje de rebelión y justicia queda al resguardo de la voracidad del olvido y se reaviva para las nuevas generaciones de mujeres en lucha.

Su lectura me ha parecido: valiosa, completa, un documento histórico al que debemos acudir en masa a consultar, completa, veraz, impactante, rebosante de sabiduría, imprescindible... La primera vez que me acerqué a un texto cuya importancia trascendía a lo puramente literario fue gracias a la lectura del Diario de Anna Frank. Por aquel entonces tendría entre catorce o quince años y quedé completamente ensimismada, perturbada, maravillada y horrorizada. Todo eso al mismo tiempo. Ese fue sin duda el libro que me impulsó, como quien se tira de cabeza a la piscina, a investigar por mi cuenta y a leer sobre historia. Primero, como no podía ser de otra forma, me obsesioné con el tema del holocausto, de ahí pasé al nazismo y de ahí a la complejidad de la Segunda Guerra Mundial en un momento en el que en el instituto todavía no nos habían hablado de ello. En segundo de bachiller me topé con otro título fundamental y que acabó reafirmándome en la valiente - o kamikaze según algunos - decisión de estudiar la carrera de Historia. Esta vez fue una novela titulada Los pilares de la tierra. Evidentemente no estaba ante un documento histórico como tal - aunque años más tarde lo usaría para evidenciar la visión que desde el siglo XXI se tiene de la Edad Media - pero a partir de su lectura me sumergí en un montón de historias - algunas más memorables que otras - y sobre todo en el homenaje que su autor, Ken Follett, hizo a la arquitectura gótica y a los constructores que la ensalzaron a través de catedrales (edificios góticos por excelencia). Esta historia de amor, luchas de poder, guerras civiles y venganzas personales en la Inglaterra del siglo XII al amparo de la construcción de una catedral ficticia me alucinó y me hizo más llevaderos los días de estudio y nervios. Un año después, entendí el poder de la literatura para adentrarse en un tema del pasado a través de la lectura de Los Miserables. Me costó, sí, pero gracias a ese libro - hoy prestado y ausente de mi apreciada librería - pude comprender por fin como lo ficticio puede ayudar a investigar el pasado o a meterte de lleno en el pensamiento del autor que lo escribió, en este caso a mediados de siglo XIX. Además de que la relación entre Jan Valjan y el inspector Javert es una de las más completas de la literatura universal. Tuve que esperar a cuarto de carrera para encontrar la última pata que sostendría mis valores como historiadora y lectora empedernida. Ese pilar se llamaba "perspectiva de género", algo con lo que ya me había topado sin darme cuenta - recordemos la lectura de Anna Frank - pero que hasta ese momento no supe ponerle nombre. Tuvo que ser Betty Friedan y su Mística de la feminidad la que me dio la bofetada de realidad que necesitaba para comprender que la historia había sido contada y construida por los mismos, por los ganadores primero, y en segunda instancia y más importante, los hombres. Desde entonces devoré cada ensayo donde se resaltase o relatase la historia de las mujeres, tradicionalmente ninguneada, ridiculizada u olvidada. Uno de esos libros fue el que hoy recupero de mi estantería para hablaros de uno de los episodios más interesantes, y a menudo poco tenido en cuenta, dentro de la Guerra Civil Española. Mujeres en lucha: la doble revolución de las mujeres republicanas. 


Tal y como se desprende en la lectura de este libro, hubo un tiempo no tan lejano en el que los bailes - una de las formas de distracción más populares de la época - se convertían en cantera de futuros y futuras sindicalistas. Remarco esta distinción de género porque, aunque hayan pasado a la historia muchos nombres de hombre en este ámbito, también existieron mujeres que guiadas por sus convicciones políticas y su espíritu rebelde e inconformista no dudaron en afiliarse a los sindicatos o partidos políticos de izquierdas más potentes y multitudinarios del momento. Unas fueron a parar, entre otros, al POUM (Partido Obrero de la Unificación Marxista) - fundado en 1935 y contrario al comunismo estalinista - o a Mujeres Libres - organización femenina dentro del anarcosindicalismo español fundada en abril de 1936 como respuesta al machismo imperante de sus compañeros de lucha dentro del ámbito anarquista -. Y es en este punto donde me gustaría detenerme unos segundos para resaltar, creo yo, la mayor virtud del trabajo de la investigadora Isabella Lorusso en el presente libro: el de dejar clara la doble lucha que estas mujeres llevaron acabo, además de la impresionante recopilación de testimonios que abalan dicha tesis. Lorusso recorrió cientos de kilómetros para dar con las voces de esas mujeres que mejor podían ilustrarle la época y el tema que le inquietaba intelectualmente para, esta vez sí, escribir el libro que le hubiese gustado leer en su época más militante dentro del movimiento feminista italiano. Su pasión por la historia del POUM la llevó a rascar en la historia, encontrando las vivencias de estas mujeres republicanas que habían participado de los acontecimientos desde la primera fila de batalla o desde posiciones más políticas. Marxistas, comunistas, anarquistas, milicianas... Su procedencia era lo de menos, para Lorusso, lo importante era lo que podían aportar a través de su experiencia y vivencias, las cuales habían permanecido ocultas demasiado tiempo. Sí, la historia olvida a los perdedores, los sepulta bajo toneladas de tierra hasta ahogarlos - perfecta metáfora de lo que aquí sucedió una vez finalizó la Guerra Civil hasta llegar a nuestros días - la historia es doblemente injusta con aquellas que fueron injustamente apartadas dentro del mismo bando derrotado, las que por el hecho de ser mujer no fueron reconocidas de igual modo que a sus camaradas hombres. Ni siquiera cuando militaban juntos, ni siquiera cuando pronunciaban discursos ante un pueblo ávido de sus ideas, y por supuesto, ni siquiera cuando en la guerra empuñaban el mismo fusil contra los fascistas. 

De este modo, conocemos historias como la de Pepita Carpena (1919-2005) obrera de una fábrica textil desde los doce años que se inició en política de la mano de la CNT para posteriormente unirse a Mujeres Libres en el momento de mayores turbulencias sociales. Ella, como tantas otras, vivió el golpe de estado, la Guerra Civil, la posterior dictadura y por supuesto el exilio. Su testimonio rinde cuenta no sólo de su lucha constante fuera y dentro de casa, también del machismo imperante dentro de las propias filas. De hecho, señala como el momento más duro de su experiencia como militante el hecho de enfrentarse a ellos, los cuales no entendían del todo el papel de Mujeres Libres dentro del movimiento anarcosindicalista. A veces, incluso, lo confundían con libertinaje. Jamás volvió a España. En esa misma línea el testimonio de Teresa Carbó ( 1908-2010) arroja una pequeña pero importante reflexión: la de la normalización de la invisibilidad. Si no se habla de tu labor, si no se reconoce tu trabajo, si no se valora tu papel en la historia; normal que muchas de estas mujeres acabasen quitando importancia a hazañas o experiencias dignas de señalar. Así le ocurrió a Carbó, quien en un primero momento declinó la entrevista pero que más tarde accedió a ella al darse cuenta de que su testimonio podía aportar luz sobre la presencia de las mujeres en la Guerra Civil al ser ella la última persona que vio con vida  a Andreu Nin - fundador del Partido Obrero de Unificación Marxista - tras haber desaparecido durante los hechos de Mayo de 1937. Su condición de enfermera dentro del conocido como Socorro Rojo dedicado a ayudar a heridos y presos le permitió ser testigo de los que probablemente serían los últimos momentos de Nin con vida. Ya en el exilio, Carbó siguió ejerciendo la enfermería a la vez que colaboraba con la resistencia Francesa. Tras una vida de peregrinaje y huida por varios países de Sudamérica, volvió a España tras la muerte de Franco. En el presente volumen también encontramos testimonios como el de Dolores Jiménez Álvarez, más conocida como Blanca Navarro, (1918-2012) militante anarquista y miliciana que luchó en la famosa Columna Durruti asistiendo a la dura retirada del frente de Aragón permaneciendo en el frente a pesar de la prohibición por parte del gobierno central de que las mujeres combatiesen en la guerra, el de Manola Rodríguez (1917-2009) perteneciente a las Juventudes Comunistas que participó activamente en la defensa de Madrid donde conoció al que sería su futuro marido - su testimonio es importante para entender las relaciones sexuales y amorosas en el frente - o el de María Manonells i Riera ( 1913-2003) sindicalista del POUM y articulista; su testimonio fue determinante para el director de cine británico Ken Loach que a partir de sus palabras construyó los personajes femeninos de la película Tierra y libertad. Todos ellos, como acabamos de comprobar, marcados por una juventud en sindicatos o partidos de izquierdas, una guerra en las que estuvieron en el frente o en la retaguardia, el exilio a un país desconocido en el que sin embargo arrimaron el hombro en su lucha contra el Nazismo y por supuesto la vuelta o no retorno a la patria. 


Hace unos años mi madre me contó una historia que hoy, más que nunca, vuelve irremediablemente a mi memoria. Un día me habló del abuelo de una de sus mejores amigas. De izquierdas, culto y gran lector cuyos valores eran bastante progresistas. La abuela, en cambio, era una mujer que no sabía ni leer ni escribir. Curioso contraste para un matrimonio en el que uno de los dos miembros gozaba de unas ideas aprendidas a través de los libros y el otro ni siquiera era capaz de entenderlas ante la falta de un aprendizaje vital durante la infancia. Dicha carencia llamó la atención de la amiga de mi madre, la cual acabó reprochando a su abuelo su pasotismo al respecto. ¿Por qué no le has enseñado a la abuela a leer? le preguntó un día. Desconozco cual fue la respuesta, pero ya me puedo imaginar que ésta habría revelado la verdadera naturaleza de la situación. De puertas para afuera todo eran consignas de revolución, propuestas para conseguir la tan ansiada justicia social, proclamas por un estado más igualitario y libre. De puertas para adentro nada cambiaba, todo seguía siendo igual, bajo una justicia patriarcal que no hacía sino ahogar a las mujeres entre crianza y tareas del hogar. Seguro que ni se le ocurrió la posibilidad de enseñarle a leer y escribir, o simplemente consideraba que no le hacía falta a juzgar por sus actividades que ella ejercía en el hogar. Muchos de estos hombres que lucharon por cambiar este país a golpe de discurso o con metralleta en mano sostenían, erróneamente, que una vez se alcanzasen los objetivos deseados, la situación de sus compañeras cambiará, beneficiándose de los mismos derechos. Sin embargo, lo que desconocían o no querían admitir, era el hecho de que para que un cambio social se produzca hace falta lucha, tomar las calles, hacerse visibles y perseverar. Sobre todo perseverar. Y si las mujeres no participaban de dichos actos, difícilmente podrán alcanzar objetivos que las equiparen a la misma altura que los hombres. Sin el clamor por los derechos destinados a las preocupaciones de un colectivo en concreto, el de las mujeres, jamás podrán ser libres. Pero claro, eso entonces era considerado libertinaje, cosa de chicas o cuestiones que a nosotros como hombres no nos interesan para nada. En aquella historia que un día mi madre me contó echo en falta implicación, empatía y reconocimiento. Por el contrario, lo que veo es machismo, injusticia y superioridad patriarcal. Y la moraleja es bastante cruda, la que evidencia como, independientemente de la ideología política, hubo un tiempo en el que los hombres, quienes tenían el altavoz para hacer llegar sus ideas a más gente, prefirieron acogerse a la máxima del absolutismo - "cambiar para que nada cambie" - en vez de aprovechar su visibilidad para hacer más visibles a sus compañeras y apoyarlas en su respectiva lucha. Los tiempos cambian, aunque todavía queda el resquicio de quienes aspiran a recortar los derechos de las mujeres hasta retrotraernos a una España neofranquista. De ahí que el libro de Isabella Lorusso se presente como una urgente lectura de cara a combatir las falsedades de una ultraderecha intolerante y que odia profundamente a las mujeres. 

Mujeres en lucha: una radiografía del patriarcado, la valentía, el feminismo, la Guerra Civil, el exilio, los ideales políticos, las desigualdades internas, sindicatos, la retaguardia, el frente, el olvido... Un texto contra la desmemoria y los que pretenden convencernos de que aquello jamás existió. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Ponían a los hombres ante una contradicción cotidiana, porque ellos mismos hablaban de cómo cambiar el mundo y luego volvían a casa y el mundo que hubieran podido cambiar no lo cambiaban"

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Altamarea 

lunes, 28 de octubre de 2019

RESEÑA: Los años rotos.

LOS AÑOS ROTOS

Título: Los años rotos.

Autora: Dacia Maraini (1936) es una de las grandes voces femeninas de la literatura italiana contemporánea. Nacida en Fiesole (Florencia), se trasladó con toda su familia y tan solo dos años de edad a Japón, donde, tras la alianza del país nipón con las fuerzas de Mussolini, vivió la experiencia del campo de concentración.Una vez regresada a Italia, se estableció antes en Sicilia y luego en Roma, donde ligó muy pronto su vida a la literatura y comenzó a publicar sus primeras novelas y obras teatrales. Los años rotos (1963), Isolina (1980), La larga vida de Marianna Ucrìa (1990) y El tren de la última noche (2008) son algunas de sus novelas más importantes. Ganadora de los premios Campiello (1990) y Strega (1999), muchas de sus obras se consideran fundamentales en la historia del feminismo italiano y europeo, y han sido adaptadas al cine y traducidas a numerosas lenguas. (Fuente: Editorial).


Editorial: Altamarea.

Idioma: italiano.

Traductora: Raquel Olcoz.

Sinopsis: Enrica tiene diecisiete años y sobrevive pasivamente en una cotidianidad mediocre y asfixiante. En su casa, como ajenos a su presencia, coexisten un padre abstraído en la construcción de invendibles jaulas para pájaros y una madre desengañada que se consume en una rutina anodina y frustrante. Sumida en esta condición de crónico desamparo, Enrica se ve obligada a hacer frente sola a los cambios de una existencia desconcertante sin más armas que su desidia. Indolente y resignada, se deja arrastrar por la inercia de la vida y deambula a tientas entre el amor y el sexo buscando en ellos un refugio y una forma de definirse. En este paisaje de desoladora aridez emocional, que se refleja en la sórdida atmósfera de la periferia proletaria de la Roma de principios de los años sesenta, se lleva a cabo la educación sentimental de una adolescente aturdida por una descarga continua de sensaciones sin sentimientos que lucha instintivamente para encontrar su propia identidad de mujer. Un bellísimo retrato que destaca por la fuerza narrativa y la inmediata sencillez realista que acomuna a los mejores personajes femeninos creados por Dacia Maraini.(Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Directa, cruda, plagada de brillantes diálogos, sin medias tintas, envolvente, adictiva, un retrato de su tiempo, una reflexión tras otra... Cuando leí La amiga estupenda de la ya no tan enigmática Elena Ferrante - primera entrega de la saga Dos amigas - me quedé con la sensación de que estaba ante un libro que, lejos de parecerse al típico best seller escrito la autora o autor italiano de turno, trata de homenajear, en todos sus aspectos, a una de las tradiciones más fascinantes dentro de la literatura italiana: la de la novela intimista de la postguerra y los años sesenta escrita por autoras patrias. En ella, sus protagonistas - Elena y Lila - sobreviven desde bien pequeñas a la brutalidad cotidiana de un barrio a las afueras del Nápoles de mediados de siglo. Un barrio en el que todos se conocen, en el que el escrutinio social está a la orden del día, en donde el machismo más salvaje hace acto de presencia día sí día también, en donde existe una férrea jerarquía imposible de quebrantar, donde unas normas no escritas rigen las vidas de sus habitantes y lo más importante, un lugar del que es complicado escapar, y menos siendo mujer. De esta época, de la Italia de los 60, se me vienen dos fotogramas bien definidos a la mente. La primera, la de Anita Ekberg dándose un sensual baño en la Fontana de Trevi mientras un embobado Marcello Mastroianni no deja de observarla embelesado en La Dolce Vita de Federico Fellini Y la segunda - una de mis favoritas - la de Audrey Hepburn y Gregory Peck dando un divertido paseo en Vespa de la mano del director William Wyler y su Vacaciones en Roma. Evidentemente se trata de dos hitos con mayúsculas del cine clásico, sin embargo, muchas y muchos tenemos en la cabeza esa imagen. La del esplendor de Cinecittà, la del glamour y el lujo de sus villas, la de Sofía Loren,  la de los helados en la escalinata de la Plaza de España... En definitiva, la de esa Roma henchida y más bella que nunca cuando la realidad era otra, más próxima al Nápoles que Elena Ferrante describió, porque en Roma también había extrarradio, fábricas, pequeños negocios familiares, miseria humana y sentimiento de comunidad. Un mundo que dista de lo que los integrantes de la gran edad de oro del cine italiano - en algunos casos - quisieron mostrar. En Ferrante, como no, hay mucho de Elsa Morante, de mi admirada Natalia Ginzburg y estoy convencida de que Dacia Maraini, autora del libro que hoy tengo el placer de reseñar, también fue una de las principales influencias. Los años rotos: hombres y mujeres, mujeres y hombres; y ambos desnudos frente al espejo.


   Sin duda, Los años rotos ha sido una de las sorpresas de este año tanto a nivel literario como personal. Desde el plano más íntimo, he de confesaros que lo he devorado, que duró días en mis manos y que por si fuera poco, la historia, valga la redundancia, casi me devora también. Me tuvo tan obsesionada durante aquel breve espacio de tiempo que desde entonces he ido informándome de los libros que se habían traducido de Dacia Maraini al castellano, con la mala suerte de toparme con el temor que toda y todo lector siente en algún momento de su vida. Ese en el que descubres que la obra de esa o ese autor que acabas de descubrir y que te ha acabado apasionando hasta límites insospechados, o bien no está traducida o bien, simplemente, hace mucho que una editorial no se pone las pilas en una posible reedición. Este último, por desgracia, fue el caso de Dacia Maraini. Sin embargo, y a juzgar por la buena acogida que está teniendo la joven editorial Altamarea - especializada en traducir y sacar a la luz todas esas pequeñas y grandes joyas de la literatura italiana contemporánea - es probable que los fans, los existentes y los nuevos, en los próximos años tengamos libros de Maraini para rato. Desde el plano puramente literario, deciros que Los años rotos es a grandes rasgos una novela de iniciación con protagonista femenina, muy en la línea por ejemplo de Nada de Carmen Laforet. De hecho, hay muchos elementos que entroncan esta novela de tradición italiana con la con este clásico de la postguerra española, aunque sin duda el más importante es el trato y la forma con la que ambas autoras se aproximan a los problemas y dilemas de su protagonista. Si en Nada es Andrea, en Los años rotos es Enrica y su mirada, y sus decisiones, y su visión del entorno que le ha tocado vivir. El lector se encuentra en un barrio obrero de la periferia de la Roma de los años 60 en donde Enrica, de origen humilde, se mueve entre sus clases de mecanografía - un oficio al que sí puede aspirar debido a su baja extracción social - la realidad de un entorno familiar desalentador y el descubrimiento de su propia identidad a través de experiencias sexuales no del todo satisfactorias y el contexto que acompaña a esta historia. La narración de Enrica entra con dureza, sin sentimentalismo alguno y directa a lo que se nos está describiendo. Especialmente impactante es su inicio, el momento en el que se nos presenta a Enrica y a su amigo en el enésimo encuentro sexual que tienen. Todo normal hasta que descubrimos que él tiene novia y el trato servilista de dicha relación plagada de ordenes y exigencias por parte de él. En tan sólo un capitulo, Maraini ya nos ha dejado helados y con la sensación de que ya nada puede ir a mejor.

   A continuación descubrimos como, al volver al hogar, Enrica se encuentra con un padre dedicado a construir jaulas - sin duda la gran metáfora de la novela - más que por trabajo como vía de escape y de desatención de las tareas domésticas y una madre arisca, prematuramente envejecida y a la que Enrica le es imposible asociar con otra cosa que no sea realizando tareas de la casa. La frustración de su madre, unido a la consciente despreocupación de su padre la sumen en una especie de desamparo y desilusión perpetua. No es de extrañar que Enrica aproveche cualquier circunstancia para salir a la calle, alejarse de sus padres y lanzarse en brazos de cualquiera que le prometa un refugio seguro y reconfortante - amigas, amantes, estudios -. Sin embargo, eso nunca es suficiente y acaba resignándose a que no puede aspirar a algo mejor. En su mundo, es difícil ascender socialmente, por lo que muchos encuentran el consuelo en empleos precarios, mal pagados y caracterizados por una irritante monotonía. Trabajos en los que por su puesto, en el caso de las mujeres, no se les enseñaba a creer en ellas mismas ni se les mostraba su valía. Uno de los mayores terrores de Enrica es acabar como su madre, el ejemplo perfecto de la otra cara de la moneda, la de esas mujeres que son engullidas por el patriarcado en el momento en el que se establecen en el hogar, dando por sentado que son ellas y sólo ellas las que deben ocuparse del hogar y de los ciudados. Ante esta situación, Enrica acabará luchando, a pesar de las adversidades, contra el sistema, las conveniencias sociales y el destino que le espera como mujer y proletaria. Los tiempos la acompañan, ya que los cambios hacia una sociedad más igualitaria y los ecos de la "nueva mujer" resuenan en prensa, en las conversaciones, en los libros... No obstante, Enrica tendrá la ardua tarea de definirse y buscar su propia identidad entre los dos modelos de mujer que siguen perviviendo: el de la mujer abnegada que renuncia a sus sueños para formar una familia (su madre) o el de la mujer de éxito pero eternamente condenada por haber antepuesto su independencia a todo lo demás (la señora Bardengo). Enrica, al igual que otras tantas heroínas de la literatura social, se siente en un primer momento desamparada, pero poco a poco será consciente de que los primeros pasos importan, que el conocerse a sí misma - en lo bueno y en lo malo - es una de las mejores formas de generar conciencia de género y que las jaulas, por muy claustrofóbicas que sean, hay que romperlas para a continuación alzar el vuelo en pos de la tan ansiada libertad.


   Pero si por algo destaca Los años rotos es por la impecable radiografía y el estudio de las identidades y modelos, tanto femeninos como masculinos, que aparecen a lo largo de sus 242 páginas. En cuanto a éstas primeras, la propia Maraini insiste mucho dejar muy claro al lector la idea del cuerpo femenino como ente cambiante a lo largo del tiempo y de las circunstancias. La adolescencia, el despertar sexual, los juegos del amor, el embarazo, el aborto, la maternidad, el cansancio, la enfermedad... Todo eso hace mella en el cuerpo de la mujer, concebido en esta novela no sólo una especie de mapa vital, también como un símbolo del malestar social y de los abusos que el propio patriarcado ha ejercido sobre él. No importa la edad, el dinero o el país en el que naces, ya que a todas y cada una de nosotras se nos inculca el pudor respecto al cuerpo, generando un tabú que deja, como consecuencia, sin las herramientas suficientes para que las mujeres puedan realizarse tanto en él ámbito profesional como el personal. Parece que la sociedad no es consciente de ello, pero cuando una mujer consiente relaciones sexuales en condiciones desiguales; cuando una mujer es explotada laboralmente, cuando una mujer deja de lado su plenitud física en pos de un embarazo, alumbramiento y correspondiente crianza; cuando una mujer se preocupa excesivamente por mantenerse eternamente joven; cuando una mujer decide abortar y lo hace a escondidas y sin que nadie lo sepa... En todas esas situaciones el cuerpo sufre, pero sistemáticamente es invisibilizado, ocultado, negado... En cuanto a ellos, regresando a la presente novela, son muchos los nombres que aparecen. Cesare, Carlo, Giulio, Francesco, el padre de Enrica... Todos ellos se mueven en unos parámetros claramente influenciados por la extracción social a la que pertenecen: el cabeza de familia que por culpa de una frustración personal y profesional no sabe canalizar la presión del hogar , la hipocresía del prometido pero con amantes, el "buen chico" que se convierte en bestia cuando no es correspondido sentimentalmente, la superficialidad de quien lo tiene todo y el misógino que esconde sus verdaderos secretos bajo la alfombra. No son más felices que las mujeres, pero para Maraini tienen ciertos privilegios, lo cual no es sinónimo de saberlos usar en el momento preciso o que no sufran algunas desigualdades entre ellos. También llevan el ritmo y compás de las relaciones - tanto profesionales como personales - y por supuesto dan por hecho ciertos aspectos supuestamente intrínsecos a su género - tales como llevar la iniciativa, hablar más alto, tener más autoridad... - . Y frente a ellos está Enrica que, a modo de espejo, los observa detenidamente, a cierta distancia y sin hacer ruido. Aprende de ellas, aprende de ellos. Es consciente de las cosas que los unen, las que los separan, las que agrietan más la brecha y las que por el contrario contribuyen a cicatrizar cualquier herida. A ellas las comprende, a ellos les marca los límites. Todo ello, como hemos dicho, frente al espejo, a cuyo reflejo deberían acostumbrarse tanto mujeres como hombres. Porque arreglarse frente a él está muy bien, es útil, pero lo es más el hecho de detenerse, clavar los ojos en el cristal y autoanalizarse. Tal vez entonces, los roles de género comenzarán a diluirse, a mezclarse con el agua, para acabar desapareciendo por el estrecho agujero de la pila.  

Los años rotos: una historia de superación, conciencia feminista, machismo, dominación, escapatoria, mujeres, hombres, diferencia de clases, desigualdad, cotidianeidad...Una novela que nos redescubre a una autora a la que nunca debimos perder la pista.

Frases o párrafos favoritos:

“Mientras encendía el gas, apretó los labios resecos, como de vieja, y me pareció verme a mí misma en su lugar, con un hombre sentado en el sitio de papá y una cocina idéntica a esta, con los mismos olores y los mismos gestos. Me sentí consternada”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea

jueves, 17 de enero de 2019

RESEÑA: Las soldadesas.

LAS SOLDADESAS

Título: Las soldadesas.

Autor: "Ugo Pirro (1920-2008), nombre artístico de Ugo Mattone, nació en Battipaglia, Apulia. Es conocido sobre todo por su extraordinaria y prolífica producción como guionista cinematográfico, que le valió dos nominaciones a los Óscar (Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha y El jardín de los Finzi-Contini) y la fama de cineasta contestatario y políticamente comprometido gracias a películas como La clase obrera va al paraíso u Operación ogro, sobre el asesinato de Carrero Blanco. Su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial influyó en su temprana producción literaria, de la que forma parte Las soldadesas, su exordio como narrador. Otros títulos destacados de Pirro son Jovanca y las otras, Cinco mujeres marcadas, Frío furor y Mi hijo no sabe leer. " (Fuente: Altamarea).



Editorial: Altamarea.

Idioma: italiano.

Traductor: Gerardo Mataliana Medina.

Sinopsis: "Segunda Guerra Mundial, ocupación italiana de Grecia. Una misión muy peculiar rompe la alucinada monotonía de la vida militar de un joven teniente de estancia en Volos. Tendrá que ir a Atenas para recoger a un grupo de prostitutas griegas y entregarlas a las tropas italianas apostadas por diferentes puntos de la península helénica. Empieza así su viaje a través de una Grecia amiga y hostil, bella y desfigurada por la guerra y por el hambre. Un itinerario no sólo geográfico sino también interior, un periplo formativo que el joven soldado emprende niño y acaba hombre, después de haber conocido en el arco de unos pocos años el amor, la compasión, la vergüenza, el rencor y el remordimiento." (Fuente: Altamarea).

Su lectura me ha parecido: durísima, interesante, tremenda, reflexiva, sin adornos, salvaje, dolorosa, de esas que no puedes quitarte de la cabeza... Como muchos ya sabréis, uno de los temas que más de obsesionaron durante mi adolescencia fue el de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en cuanto descubrí que durante dicha contienda tuvo lugar uno de los mayores exterminios de vidas humanas, a lo que posteriormente se le conoció con el nombre de "Holocausto", no hubo quien me disuadiese durante aquel curso, a mis quince años de edad, de aprovechar cualquier oportunidad (trabajos de clase), para hablar sobre ello. Años más tarde, ya encontrándome en las aulas de la facultad de Geografía e Historia, me desencanté por completo del tema. Las causas: un profesor bastante descafeinado en sus lecciones y un hartazgo respecto a ese periodo concreto de la historia. Un hartazgo provocado, entre otras cosas, por una saturación, ya que, por si no lo sabíais, La Segunda Guerra Mundial y en concreto el Holocausto son los temas estrella que a toda o a todo interesado por la historia ha devorado, los que los alumnos (ya sean de secundaria, bachiller o universitarios) esperan con más ansia para ser abordados en clase, los que (ya sea por morbo o por verdadero interés) consiguen cambiar a las personas. Tras conocer lo sucedido durante los años que duró la contienda una ya no es la misma. Aunque con el paso del tiempo dediques tus pesquisas intelectuales a otros ámbitos, siempre acabarás regresando ahí, indirectamente incluso, pues el mundo cambió tras esa guerra, ese desembarco, esas ciudades devastadas, pero sobre todo, tras esas fotografías tomadas en Auschwitz.  Sin embargo, y a pesar de que todo parece ya contado, investigado, hablado, debatido, escuchado, verificado, fotografiado, publicado... Las y los otros protagonistas de la Segunda Guerra Mundial tienen aún mucho que decir. No me estoy refiriendo a esos grandes personajes que la historia nos ha puesto en bandeja, cuyas posaderas reposaron sobre sillas del Reichstag, la Casa Blanca o el parlamento de Westminster, sino a aquellos cuyas voces aún nos son completamente desconocidas, aquellos que, aún fallecidos, pueden arrojar luz sobre ciertos episodios de un mismo acontecimiento, distintas perspectivas de lo que todos sabemos o creemos conocer. Ejemplo de ello, como no podía ser de otra forma, es el libro que hoy tengo el placer de reseñar, cuyas páginas nos trasladan a aquellos años, a aquella mortífera guerra, pero también a un escenario (por desgracia) no tan conocido ni estudiado y a unos personajes que bien podrían haber existido. Todo ello bajo la pluma de un autor, del que hasta ese momento jamás había oído hablar, que vuelca sus experiencias como soldado en la contienda para hablarnos de la crueldad y la compasión humanas. Las soldadesas: cuando la boca del infierno se llamó Grecia.


La historia de como Las soldadesas llegó a mis manos es bien sencilla, aunque para seros sinceros, irrumpió de forma totalmente inesperada. No lo vi venir, no me lo imaginaba, ni siquiera concebía la idea de que un libro así pudiese existir. Hasta el día que la editorial Altamarea (especializada en literatura italiana) acaparó gran parte de la prensa, así como las reseñas de muchas compañeras/os de la red con esta novela, a mi la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial no me resultaba interesante. Ojo, que no digo que sea un episodio carente de contenido intelectual o indigno de estudiarse, al contrario, lo que sucedió es que, como a mucha gente, me interesó más en su momento lo más llamativo de esta contienda, que como todos bien sabréis, fue el régimen Nazi y todo lo que giraba al rededor suyo. Sé que suena muy típico, pero, ¿quién puede asistir impasible a unas clases de historia en las que se habla de una política que llevó el imperialismo y la intolerancia, en todas sus vertientes, a límites tan extremos? ¿Quién no se queda algo traumatizado cuando, por primera vez, la profesora habla de campos de concentración en los que se eliminaba sistemáticamente a seres humanos? ¿Qué mentes tan retorcidas fueron capaces de llevar a cabo todas aquellas atrocidades? La respuesta, todas y todos la sabemos. No obstante, y esto pasa en todas y cada una de las áreas de conocimiento en las que una o un estudiante puede especializarse una vez acabas la carrera de Historia, el mapa de los acontecimientos es basta, enorme y en ocasiones inabarcable. De ahí el desconocimiento del alumnado en algunos aspectos de nuestra historia, la falta de profundización en las distintas perspectivas (incluyendo la de género o la queer entre otras muchas) o el ninguneo respecto a ciertos episodios que, aún teniendo lugar en el mismo año que, por ejemplo, la toma de París por los Nazis, no son tenidos en cuenta. Los motivos, o bien la profesora/or no es experto en el tema o bien no lo considera importante para explicarlo. Esto fue lo que, simple y llanamente, sucedió ya no sólo con la figura de Benito Mussolini durante la guerra (al cual, por supuesto, abordamos al principio, cuando se instaura el fascismo en Italia, y no volvimos a saber de él hasta el final de la contienda, con sangrienta anécdota incluida), también respecto al papel que Italia desempeñó en la misma. Las menciones no sirven de nada, decir que Italia participó en la guerra y punto no vale si no profundizas, algo que por supuesto no se produjo. Esto impidió que, por ejemplo, pasase por alto la invasión de Grecia por parte de las tropas fascistas el 28 de octubre de 1940. Que, como consecuencia de ello, no supiera nada respecto, ni siquiera que la península helénica había estado sometida a las tropas del eje. Y en última instancia, que no me interesase por el tema, por falta de incentivación fundamentalmente, hasta que, como he comentado antes, leí la primera reseña de Las soldadesas de Ugo Pirro. Tras aquel primer contacto lo tuve claro, aquel libro no sólo me iba a ampliar conocimientos sino que iba a suplir una carencia académica que aquel joven profesor de Historia Contemporánea Universal no supo suplir. Pasó el tiempo y conseguí hacerme con un ejemplar gracias a Altamarea, ejemplar que por supuesto me bebí entero, sin pensar en el dolor que aquel brebaje me iba a provocar en el estómago y en el alma.


En lo que respecta a la reseña propiamente dicha, comenzaremos diciendo, a modo de advertencia, que en Las soldadesas no hay lugar ni para contemplaciones ni para recreaciones excesivamente literarias. Quien espere de ella una lectura blandita, complaciente y que recurra constantemente a la autocensura; que se abstenga, o mejor, que lo lea tras haberse curtido en mil y un batallas literarias, con la crudeza que eso implica. Subestimar a Ugo Pirro, quien en este texto se revela como un narrador directo y de gran potencia visual, es un error garrafal, y más teniendo en cuenta que Las soldadesas no es más que la consecuencia de su experiencia en el frente. No debemos pasar por alto que Pirro fue combatiente en Yugoslavia, Cerdeña y por supuesto Grecia, escenario de esta novela y lugar al que regresa literariamente hablando. No es de extrañar que, tras el trauma de la contienda, decidiese canalizar sus sentimientos, vivencias y demás experiencias horrendas del frente de la mejor forma que sabe. A unos les dio por pintar, a otros por el cine, pero Pirro decidió que la escritura sería su modo de vida, a la vez que su vía de escape, su medicina, su terapia para sobrellevar una juventud truncada primero por el fascismo y luego por la guerra. ¿El resultado? Una carrera como guionista muy sólida, con un estilo extraordinariamente contestatario, reconocido internacionalmente y, en el caso de Las soldadesas, una prosa igual de comprometida y lacerante. Definir la obra de Pirro resulta complicado, sobre todo si una recuerda su crudeza, su fusión de géneros (pues bien podríamos estar hablando de una suerte de perversa road movie trasladada al papel), sus realistas y abrasivas descripciones, "ese momento" (del que algunas reseñas han hecho spoiler sin contemplación alguna) y los sentimientos a flor de piel que me provocó nada más finalizar su lectura, esa travesía, ese viaje a través de una Grecia hambrienta, destruida, arrasada por la guerra. Discernir entre lo verídico o la fantasía, de nuevo, para el lector más exigente se presenta como una laboriosa tarea. Mi opinión es que sí, que el joven protagonista es Ugo Pirro y que sí, efectivamente, desde los altos mandos fascistas en Grecia le ordenaron cumplir aquella insólita misión. Más allá de eso, lo que está claro es que, espero que intencionadamente, el autor buscó hablar de uno de los episodios más ignorados de la Segunda Guerra Mundial, al menos para el gran público, al mismo tiempo que mostrarnos una de las caras menos conocidas y por desgracia más desapercibidas de cualquier guerra, como fue el mundo de la prostitución, en concreto, durante la ocupación fascista de Grecia. Como bien apunta la sinopsis, el joven protagonista tiene que recoger a un grupo de prostatitas en la capital para luego repartirlas por los diferentes campamentos fascistas que se encontraban a lo largo de la península con el fin de "levantar la moral" a las tropas. Además de, en lo cinematográfico, recordarme constantemente a Apocalypse Now, y en lo literario, a un moderno Corazón de las tinieblas, lo que se desprende de esa historia es una amalgama de temas muy conocidos por el gran publico pero que aquí, en Las soldadesas, adquieren un matiz memorable. Esos paisajes destruidos que el protagonista recorre, ese hambre tatuado en los cuerpos de las meretrices de un burdel de Atenas, ese olor permanente a muerte, esa extraña y tierna relación con las prostitutas, las terribles razones por las que estas mujeres se vieron obligadas a ejercerla, la evolución de la relación del joven con una de las prostitutas llamada Eftijía (de la cual él el se llega a enamorar), las guerras por conseguir un pedazo de pan, las ejecuciones, los cuerpos en las cunetas, los niños famélicos, ese paso de la juventud a la madurez siempre de fondo, esa sensación de que estás leyendo una novela de iniciación o aprendizaje única,"ese momento" (tan fuerte como desgarrador)... Todo tiene su lugar en esta novela, dejando para la posteridad unas imágenes (pues Pirro era más guionista que novelista) que bien podrían hacernos temblar o incluso sollozar, pero también apuñalar nuestro estómago. Las soldadesas se ganó a pulso, y por méritos propios, estar en la lista de lo mejor que había leído en 2018. Espero que tras leer esta reseña no os acobardéis y me hagáis caso, ¿quién sabe? Es posible que esta lectura os haga pensar, reflexionar, descubrir que aún quedan muchas cosas por contar y que la guerra escuece, devora, aplasta, veja, amputa, viola; deja cicatrices imposibles de sanar.


En primer lugar, en el año 1942 se estableció el primer prostíbulo alemán en un campo de concentración, El de Mauthausen fue el primero, seguido del de Auschwitz en 1943 y el de Buchenwad en 1944. Fueron creados con el objetivo de crear un incentivo de colaboración para los prisioneros. Sin embargo, sus instalaciones fueron finalmente utilizadas por los kapos, funcionarios y criminales en su mayoría. Lejos de incentivar la productividad e los verdaderos cautivos, lo que provocó fue la proliferación de un mercado de cupones entre los altos mandos. Se calcula que al menos más de 34.140 mujeres fueron violadas en aquellos lugares y que la mayoría de ellas fueron trasladadas desde el campo de concentración Ravensbrück. Además de contraer enfermedades de transmisión sexual, lo cual las condenaba a una muerte segura, muchas de ellas fueron obligadas a someterse a esterilizaciones o abortos, los cuales en la mayoría de los casos provocaban su fallecimiento. El tema de la prostitución en los campos de concentración no aparece en los relatos de supervivientes hasta el año 1972, cuando se publicó la primera edición de Heinz Heger´s Book - traducido al español como Los hombres del triangulo rosa - un documento pionero narrado en primera persona sobre el internamiento de los homosexuales en los campos de concentración.  Hasta entonces, tema desconocido en la historiografía y para el gran público. Pero no fue hasta los años 90 del pasado siglo cuando las investigaciones de historiadoras de la talla de Christa Paul o Christa Schulz contribuyeron a desmontar el tabú de la prostitución femenina forzosa en dichos lugares. En segundo lugar, en 1981 salieron por primera vez a la luz los testimonios de mujeres como la coreana Lee Ok-seon, que con quince años fue raptada por el Ejercito Imperial para ejercer la prostitución. A pesar de su juventud, Ok-seon cuenta que tenía que acostarse con más de cincuenta soldados al día, o de lo contrario, recibían violentas palizas. Como ella, se calcula que más de 200.000 jóvenes procedentes de países como China, Corea, Filipinas y Japón fueron secuestradas y forzadas a ejercer la prostitución en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en la cual Japón tuvo un papel muy activo defendiendo a las potencias del eje en el pacífico contra los Estados Unidos. Pasado el tiempo, todavía encontramos en la sociedad nipona gente que niega su existencia, revisionistas que sostienen que las barbaridades cometidas contra las "mujeres de solaz" - como comúnmente se les suele conocer - fueron una invención para menoscabar la historia japonesa. Ya van quedando menos supervivientes de la violencia sexual, y las pocas que aún viven (algunas de ellas sobrepasan los ochenta años de edad) siguen esperando una disculpa más sincera que la que recibieron en el año 2007 por parte del gobierno de Japón, además de que las promesas de compensación (tanto social como económica) se cumplan. Y en último lugar, se ha escrito mucho sobre el Día D o la Batalla de Berlín, pero hasta hace bien poco no se ha puesto el foco en contar y sacar a la luz las historias de todas aquellas mujeres que fueron violadas por las tropas aliadas por un lado y soviéticas por el otro. En cuanto al desembarco de Normandía, se estima que unas 17.000 mujeres francesas fueron violadas por soldados norteamericanos. Y en cuanto una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial, estudios llevados a cabo por el historiador británico Anthony Beevor y el testimonio anónimo de Una mujer en Berlín arrojan luz sobre una tragedia que condenó a muchas mujeres agredidas sexualmente por las tropas soviéticas a un sangrante ostracismo. Tampoco debemos olvidar que de una violación tan terrible como la que sufrió Lynne Jones, esposa del novelista Anthony Burgess, en suelo británico y perpetrada por un grupo de soldados estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial, salió una de las novelas más escalofriantes y que el cine acabó convirtiendo en un icono: La Naranja Mecánica. Una denuncia y feroz crítica al sinsentido de la violencia, una violencia gratuita que por desgracia, en muchos ámbitos de nuestra vida, hemos aprendido a normalizar. Las soldadesas de Ugo Pirro nos habla, entre otros muchos temas, de como una sociedad tan machista como la de mediados de siglo XX engendraba monstruos capaces de cometer las mayores barbaridades contra la población, en especial contra las mujeres. Pero también, y eso debe quedarnos a todas/os claro, la importancia de hablar, de escribir, de narrar. Pues si algo no se conoce, si no se menciona, si no se investiga, si permanece oculto, si nadie pone voz a los testimonios, si nadie los lleva ante las altas esferas, si nadie los da a conocer al público en... Entonces, para la sociedad, no pasó, ergo, no existió. Las soldadesas: una historia de guerra, hambre, destrucción, muerte, violaciones, prostitución forzosa, aprendizaje a golpe de realidad... La novela por la que los lectores estaremos eternamente agradecidos a Altamarea.

Frases o párrafos favoritos:

"-Eftijía, no somos enemigos... Las cosas son así... Nunca lo hemos sido... No se llega a serlo de un día para otro, no basta con una orden desde arriba para que nazca el odio en el interior. Para que crezca el odio se necesita tiempo... A veces no es suficiente ni siquiera un siglo... El amor es diferente: un chico ve a una chica y se enamora al instante... No..., no..., no hay una sola razón que justifique esta sangre..., esta hambre que os consume hasta la vergüenza... "

Película/Canción: si tuviera conocimientos sobre dirección cinematográfica y mucho dinero, estoy convencida de que llevaría esta historia a la gran pantalla. Que no os quepa la menor duda. Pero como eso no va a suceder (al menos en los próximos diez años, soy optimista a pesar de todo) os adjunto una pieza de la BSO de Zorba the Greek. Una cinta protagonizada por Anthony Quin y Alan Bates en la que la música del compositor griego Mikis Theodorakis habla por si sola. Puede que la pieza en cuestión sea demasiado alegre para lo que se narra en Las soldadesas, pero no he podido evitar recrearme en su sonido tan directo a la raíz de lo que musicalmente es Grecia para redactar la presente reseña.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Altamarea