Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

sábado, 19 de octubre de 2019

RESEÑA: Cómo acabar con la escritura de las mujeres

CÓMO ACABAR CON LA ESCRITURA DE LAS MUJERES

Título: Cómo acabar con la escritura de las mujeres.

Autora: Johanna Russ (Nueva York, 1937 - Tucson, 2011) fue una académica y feminista radical estadounidense. Es la autora de varias obras de ciencia ficción, fantasía y crírica literaria feminista como Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Su obra más célebre es El Hombre Hembra, una novela que combina la sátira con la ficción utópica. Ganadora de los premios Hugo y Nébula, fue también profesora de inglés en la Universidad de Washington.


Editorial: Dos Bigotes.

Idioma: inglés.

Traductora: Gloria Fortún.

Sinopsis: en Cómo acabar con la escritura de las mujeres, la galardonada novelista y ensayista Johanna Russ expone las estrategias sutiles, y no tan sutiles, que la sociedad usa para ignorar, condenar o menospreciar a las mujeres que producen literatura. Publicada originalmente en 1983 y nunca traducida al español, esta obra, tan relevante hoy como entonces, ha motivado a generaciones de lectores con una poderosa crítica feminista. Con tono sarcástico e irreverente, Russ examina las fuerzas que sistemáticamente impiden a un amplio reconocimiento del trabajo de las mujeres.

Su lectura me ha parecido:

   Acertada, irónica, subversiva, crítica a rabiar, estupendamente documentada, con una mirada inminentemente intelectual, imprescindible, obligatorio, absolutamente necesario ahora y siempre... Escribo, y por tanto, me considero escritora. Esa es una verdad como una catedral de grande. Una realidad que vivo en mis carnes cada vez que me siento frente al ordenador o cuando me toca documentarme sobre un tema en concreto del que, con gusto, me gustaría hablaros en cada reseña, artículo o relato. Escribo desde bien pequeña, aún conservo algunas hojas donde garabateé mis primeros cuentos y por supuesto aquella primera obrita de teatro concebida para ser representada delante de familiares varios. Escribo también desde la adolescencia, desde aquella mente despierta en medio de una clase en la que me costaba horrores ser comprendida y valorada por mi gran pasión. Escribo, y por eso muchos de esos trabajos que supuestamente había que hacer en grupo acababan en mis manos a pesar de mi indignación y mis intentos por hacerles entrar en razón. Escribo, y gracias a eso conseguí canalizar el impacto que supuso descubrir temas como el Holocausto a través de uno de mis primeros relatos, el cual resultó ganador de un concurso que, a pesar de no ser muy importante, me hizo sentirme en una nube. Escribo, y por eso conozco lo que se siente ante la derrota, ante la certeza de siempre o casi siempre va a haber alguien mejor que tú y que hay que aceptarla sí o sí. Escribo porque una vez alguien me dijo que valía para esto y desde entonces he ido mejorando día tras día. Escribo porque con ello me desahogo y proyecto sobre el papel cuestiones que particularmente me preocupan. Escribo para darle voz a esos personajes que han carecido de ella durante tanto tiempo. Escribo, y por eso quiero aprender, para arrojarme a terrenos literarios en los que siempre he soñado moverme como pez en el agua. Escribo, porque una de mis mayores ilusiones es llegar a publicar y dedicarme, si es posible, a este noble oficio. Escribo, a pesar de la invisibilidad que eso conlleva. Escribo, aunque a veces me cueste y en ocasiones me obligue a hacerlo. Escribo sin ganas, medio dormida, enfadada, decepcionada; pero escribo. Escribo y abandono textos a medio terminar. Escribo, aunque lleve un tiempo en una terrible barrena creativa. Escribo cuando puedo, cuando me dejan, cuando lo necesito. Escribo hasta con interrupciones. Escribo a sabiendas de que dicha tarea implica quedarse tardes enteras encerrada entre cuatro paredes y con la música a un volumen razonable saliendo de mis voluminosos cascos. Escribo y no me pagan por ello, al menos por el momento. Escribo a cambio de visibilidad. Escribo porque tengo historias que contar. Escribo y eso me hace feliz. Entonces ¿por qué a mis veintisiete años aún me cuesta decir en público que soy escritora? ¿Por qué me autoboicoteo de esa manera? ¿Por qué lo oculto, como si de un secreto se tratase? El poco o nulo reconocimiento social, así como el desconocimiento del trabajo que hay detrás son algunos de los motivos. Pero también existe un componente de género que, como bien apunta Joanna Russ en el presente ensayo, no ha permitido a las mujeres brillar en el momento que les correspondía dentro del terreno de la literatura. Y es que va a ser cierto eso de que las  autoexigencias o la autoinvisibilización son en parte culpa del patriarcado. Cómo acabar con la escritura de las mujeres: el libro que todas las autoras estábamos esperando.


   Han tenido que pasar treintaicinco años (sí, habéis leído bien) para que el ensayo de la académica y novelista Johanna Russ se tradujese al español. Treintaicinco años en los que hemos visto nacer, desarrollarse, morir o frustrarse la carrera de muchas autoras alrededor del mundo. Un intervalo de tiempo demasiado largo si tenemos en cuenta todo lo que ha sucedido en medio y de los progresos que ha hecho la sociedad en estas lides - y no solo en el campo de la creación literaria -. Sin embargo, el mensaje de Cómo acabar con la escritura de las mujeres (entiéndase la ironía de su propio título) resulta a día de hoy tan actual y tan vigente como lo fue en su momento, en los años ochenta, década en la que las mujeres creadoras estaban todavía más invisibilizadas. Con un tono extremadamente crítico e irónico - magistral y oportuno - Russ va desgranando poco a poco los mecanismos sociales, económicos y culturales tramados para menospreciar las obras literarias escritas por mujeres. Intercalando ejemplos protagonizados por conocidas autoras del pasado - a saber Charlotte Brontë, Virginia Woolf, George Elliot o Sylvia Plath entre otras - así como de escritoras coetáneas a la autora y muy especialmente dedicadas a la escritura de novela de género - como la pionera y ya fallecida Úrsula K. Leguin - Johanna Russ muestra una herramienta analítica basándose en una serie de realidades categóricas las cuales no serían posibles sin la existencia de una heterodoxia heteropatriarcal de supremacía blanca. Estas categorías se agrupan, según Russ, en una serie de excusas usadas durante siglos y que por desgracia, a día de hoy, de vez en cuando aún seguimos escuchando:

- La negación de la autoría ("No lo escribió ella. Pero si resulta evidente que lo hizo..."): seguramente por hobby, diversión, pasar el rato, acabar con el aburrimiento... Pero nunca por inquietudes intelectuales o por ambiciones literarias."

- La prohibición ("Lo escribió ella, pero no debería haberlo hecho..."): seguramente por haber hablado de política, sexo, feminismo o porque su estilo literario es demasiado masculino y eso no puede ser.

- La censura ("Lo escribió ella, pero mira que cosas escribió..."): seguramente escribió alguna escena que transcurre en un dormitorio conyugal, en la cocina, habló de su propia familia o simplemente las mujeres son las protagonistas de la historia.

- El menosprecio ("Lo escribió ella, pero no es una artista de verdad y no resulta autentico arte.."): seguramente porque se trate de un thriller, un romance, un libro infantil, una novela de ciencia ficción, de fantasía o de terror. Géneros tradicionalmente denostados por la crítica o en los tres últimos casos muy masculinizados.

- La duda ("Lo escribió ella, pero alguien la ayudó..."): algún familiar, amigo, pareja o simplemente el "lado masculino" de la autora.

- La anomalía ("Lo escribió ella, pero es una anomalía): en este caso se reconoce la autoría, pero se destaca el carácter excepcional de la misma, como una rareza, algo que no ocurre mucho y que por tanto se da por hecho que nunca más va a ocurrir. En otras palabras, que la mujer en cuestión no volverá a empuñar una pluma.

   Johanna Russ demuestra con esta estructura que más allá de los prejuicios de género, estos "peros" implican a corto y largo plazo otra serie de consecuencias. Disuasión, falta de tiempo para dedicarse a la escritura, dificultad para acceder a la documentación y a formación que les permita desarrollar su talento, aislamiento social, acoso sexual y por supuesto las discusiones entorno al carácter y belleza física de la autora como motivos de éxito editorial. Todos ellos son factores clave para para acabar apartando a las mujeres de la escritura, y aún peor, que ellas mismas se convenzan de que no sirven para ello y acaben abandonando. En este punto, y una vez finalizada la lectura de este imprescindible ensayo de Russ, cabría realizar un estudio sociológico al respecto. Averiguar si todavía existen escritoras que aún a día de hoy han tenido que escuchar estos comentarios. Saber su porcentaje y determinar si la tesis de Cómo acabar con la escritura de las mujeres es cierta, aunque sinceramente dudo que ande desencaminada. Y por supuesto, conocer hasta que punto se ha interiorizado en el interior de las mujeres la imposibilidad de dedicarse en cuerpo y alma a la escritura - ya no de un género en concreto, que eso es otro cantar - sino simplemente del acto de ejercerla y de tratar de sus palabras lleguen a las y los lectores.

   En un último apunte, Russ señala una certeza inquebrantable y la cual se ha demostrado a lo largo de los años, esa que dice que el modo de entender la literatura no está incompleto, más bien distorsionado. Ya que, por un lado, no podemos negar la presencia de autoras a lo largo de la historia, otra cosa reside en como nos han llegado éstas y sus obras a nuestro presente - totalmente manoseadas por una crítica machista - y por otro lado, la imposibilidad, gracias a esas reseñas manipuladas o a la terrible labor de ocultación, de que las lectoras acaben empatizando con las obras escritas por autoras y acaben encontrando consuelo en textos donde los personajes femeninos son un compendio de estereotipos, roles imposibles de quebrantar y destinos altamente previsibles y en beneficio de la sociedad patriarcal. Como escritora no puedo dejar de pensar en lo que habría sucedido si hubiese leído este ensayo antes, con quince años - edad a la que experimenté mayor efervescencia creativa - una edad en la que anteponía la escritura a otras cuestiones. No sé cual habría sido mi sino, pero de lo que estoy segura es que habría ganado, por lo menos, más confianza en mi misma. Si algo me ha enseñado el libro de Russ (además de a amar aún más mi profesión, a pesar de las piedras en el camino que eso conlleva) es a que debemos hacer piña. estar juntas, apoyarnos entre nosotras, crear redes de sororidad entre autoras y denunciar inmediatamente lo que esté mal dentro de este ámbito. Porque la unión hace la fuerza, y porque está demostrado que - aún habiendo alcanzado muchos derechos y haber roto algún techo de cristal - ensayos académicos feministas como el de Johanna Russ siguen siendo igual de necesarios. Porque en tiempos en los que las mujeres superamos a los hombres en matriculaciones en estudios superiores, todavía se nos cierran muchas puertas. Que no nos quiten nuestros sueños, aspiraciones, inquietudes... En definitiva, que no acaben con nosotras y por supuesto con nuestra mirada en la creación literaria con excusas - y perdonen la palabrota - de mierda.

Frases o párrafos favoritos:

"El truco reside en hacer que la libertad solo sea nominal y después (...) desarrollar diferentes estrategias para ignorar, condenar o minusvalorar las obras artísticas resultantes."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Dos Bigotes

martes, 15 de octubre de 2019

RESEÑA: La sirena y la señora Hancock.

LA SIRENA Y LA SEÑORA HANCOCK

Título: La sirena y la señora Hancock.

Autora: Imogen Hermes Gowar nació en Londres. Estudió Arqueología, Antropología e Historia del Arte y empezó a trabajar en diversos museos. En 2013 obtuvo una beca de The Malcom Bradbury Memorial Trust para estudiar un máster de Escritura Creativa en la Universidad de East Anglia. La sirena y la señora Hancock, traducida a siete idiomas, es su primera novela y uno de los debuts más sonados de los últimos años. (Fuente: Editorial).


Editorial: Siruela.

Idioma: inglés.

Traductor: Carlos Jiménez Arribas.

Sinopsis: Londres, septiembre de 1785. Uno de los capitanes del armador Jonah Hancock llama con urgencia a su puerta en mitad de la noche para comunicarle la increíble noticia de que ha vendido su barco a cambio de algo absolutamente excepcional: el cuerpo disecado de una pequeña sirena. El rumor se propaga como la pólvora, desde los astilleros y los burdeles hasta los cafés y los salones nobiliarios; todo el mundo quiere ver la recién descubierta maravilla. El encuentro del señor Hancock con Angelica Neal, la cortesana más deseable y cotizada de la ciudad, marcará el nuevo rumbo de sus vidas. ¿Dónde los llevará su ambición en una época de improbables ascensos sociales? ¿Y podrán escapar al poder de aniquilación que, según dicen, posee la mítica criatura marina? (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido: 

   Inmersiva, sensorial, deslumbrante en cuanto  su ambientación, con un estilo literario bastante denso, demasiado extensa para lo que se cuenta, donde los personajes están muy bien perfilados, elegante, bien documentado... Ya es la segunda lectura en lo que llevamos de mes, y por consiguiente, la segunda reseña en la que, esta vez sí, me toca hablar de una tendencia que he ido observando en la literatura actual, sobre todo en la que llega a nuestras librerías desde el extranjero, y más concretamente desde el ámbito anglosajón. De todas y todos es bien conocido que el género histórico es uno de los que más público atrae. Hordas de seguidores se postran ante los escaparates a la espera de que esa o ese autor, experto en trasladar al lector a X época de la historia, con mejor o menor talento narrativo, escriba de una vez su última novela. Este, a diferencia de otros, se mantiene y sorprendentemente sobrevive al azote de las modas gracias a una continua renovación generacional y la fidelidad de su público. No obstante, una nueva corriente está empezando a surgir con fuerza, dejando claro, por un lado, la versatilidad del género, y por otro, que las mujeres han venido para quedarse. En primer lugar, hablamos de desmontar la rigidez por la que en muchos casos se ha caracterizado la novela histórica y experimentar con otros géneros tan dispares como el terror o la fantasía. Todo ello sin perder de vista la ambientación histórica y la propia verosimilitud de la trama. En segundo lugar, como no podía ser de otra forma, nos referimos a ellas, tanto a autoras como a las protagonistas de sus novelas que, lejos del esquema patriarcal, vienen rompiendo estereotipos de género a través de heroínas capaces de decidir sobre su destino e incluso cambiar la historia. Sin duda, una bocanada de aire fresco en un género que necesitaba urgentemente abrirse a los nuevos tiempos. Circe, de la estadounidense Madeline Miller es el ejemplo perfecto de fusión entre historia - mitológica - y fantasía además de ofrecer una revisión bastante necesaria de la figura de la hechicera más famosa de la Odisea. Pero no es la única, porque hoy, desde tierras británicas, reseñamos otro ejemplo más de esta nueva deriva en donde, esta vez, nos trasladamos al Londres de finales de siglo XVIII. La sirena y la señora Hancock: un armador, una cortesana y una sirena cuyo misterioso magnetismo cambiará sus vidas.


   No consigo recordar exactamente el lugar en el que vi por primera vez un ejemplar de la novela de Imogen Hermes Gowar, sin embargo, de lo que si me acuerdo es de las circunstancias que envolvieron a aquel repentino interés por esta novela. Cansada de tanto realismo y superada por una mala racha de lecturas, decidí saltar al vacío, salir de la zona de confort en la que me había aposentado durante tanto tiempo y apostar por una historia y sobre todo por una autora primeriza. Porque eso sí, esta es la primera novela de la autora - y arqueóloga - británica. El resultado de esta aventura es que salí indemne - literariamente hablando - de una lectura que, aunque imperfecta, si que me ha parecido interesante en algunos aspectos. La sirena y la señora Hancock nos sumerge en el ajetreado y húmedo Londres de finales de siglo XVIII. Una ciudad a las puertas de sufrir las consecuencias de la revolución que estaba teniendo lugar al otro lado del Canal de la Mancha. Una urbe sobrepoblada donde los astilleros, los bajos fondos y las mansiones de alto copete conviven con la imposibilidad de ascenso social. Una capital donde, a pesar de los avances científicos y tecnológicos que están empezando a producirse - no olvidemos, estamos en la era preindustrial todavía - conviven con las más variopintas supersticiones. Una metrópolis, en definitiva, georgiana y al mismo tiempo sacada de cualquier novela satírica de Tackeray. En este aspecto, y dado su formación como historiadora, Imogen Hermes Gowar no duda en sacar la artillería pesada - documentación y más documentación - para presentarnos un retrato de la época lo más verosímil posible. Y la verdad es que lo consigue. No sólo a nivel formal, sino también en los pequeños detalles, prestando especial atención a los objetos, telas, mobiliario y demás utensilios que cargan de veracidad a la historia. Dado que la autora es una gran experta en estas lides - llegando a trabajar incluso en el Museo Británico - no esperaba menos. Sin embargo, Hermes Gowar comete un pequeño error al tratar de trasladar esto de la ambientación histórica al propia narración de la novela. Es sorprendente toparse con una obra en la que se emule el lenguaje de la época o el estilo de las grandes obras literarias de ese tiempo, de ahí la comparación con la célebre Moll Flanders de Daniel Defoe, cuna del género picaresco británico. No obstante esa sobrecarga más que enaltecer entorpece y dificulta a veces el ritmo de su lectura. Aún así, para quienes estén más acostumbrados a los clásicos de la literatura del siglo XVIII, La sirena y la señora Hancock os resultará una delicia en ese sentido.

   Dejando a un lado la excelente ambientación - en la que el lector deambula o bien por La Calle de la Cerveza o por el contrario por La Calle de la Ginebra que tan bien satirizó William Hogart en sus conocidos gravados - y centrándonos más en la trama, diremos un par de cosas. En primer lugar, quien espere una historia en donde la misteriosa sirena de la que se habla en la sinopsis sea la absoluta protagonista está muy equivocada/o. De hecho, otro de los grandes errores de la novela es precisamente ese, el no haber sabido aprovechar mejor la presencia de ésta, reduciéndola a una mera anécdota donde lo importante, parece ser, el desarrollo de los dos personajes protagonistas a partir de ese acontecimiento. Y sí, eso último está muy logrado, pero podría haber tenido más peso en la trama. En segundo lugar, Imogen Hermes Gowar hace un gran trabajo perfilando las características de todos y cada uno de sus personajes. Empezando por la generosidad y el carácter bonachón y manipulable del armador Jonah Hancock y finalizando con la astucia y picardía de la cortesana Angelica Neal. Sin olvidarnos de unos secundarios de lujo como Sukie - la inteligente sobrina del señor Hancock - la señora Chappel - dueña del burdel más famoso de la ciudad - o George Rockingham - un teniente no tan bueno como aparenta ser -. Todos ellos verán sus vidas alteradas por el descubrimiento de la momia de la misteriosa sirena, la cual desde el primer momento es exhibida y requerida por todos, independientemente de su clase y condición. La sirena atrae a curiosos y eso se traduce en ganancias y quien sabe si a largo plazo la posibilidad de ascender en la rígida jerarquía social de la época, por lo que no son pocos los pretendientes en este juego de poder. Algo que, unido a la misteriosa leyenda que envuelve a dicho ser mitológico, la hace cuanto menos atractiva. En tiempos de picaresca, libertinaje y excesos - no tan alejados de la Francia prerevolucinaria - la presencia de una criatura mágica parece aumentar la locura y el desenfreno con su ligero canto. Los placeres más terrenales se contraponen a la razón, viviendo su particular ocaso antes de que todo cambie y se abra paso un acontecimiento que cambiaría la historia para siempre. Dicho esto, cabría preguntarnos cómo afectará la sirena, metáfora perfecta del contexto al que hacemos constante alusión, a las vidas de los personajes de la presente novela. Las respuestas, como siempre, nos las proporcionará su correspondiente lectura.


   Las sirenas son criaturas marinas de carácter mitológico pertenecientes al ámbito de las leyendas y el folclore. Del griego antiguo "Sireinhn" - las que atan y desatan - y del semítico "Sir" - canto - tienen su origen en la antigüedad clásica, época en la que se les representaba como un hibrido entre mujeres (cabeza y torso) y pájaro (alas y garras) siendo Ligeia, Molpe, Radne o Teles algunas de las más famosas. El primer texto en el que se hace mención a las sirenas es, como no podía ser de otra manera, en la Odisea de Homero, las cuales protagonizan la escena más memorable del libro, esa en la que hacen uso de su engatusador canto para matar a los tripulantes mientras Ulises permanece atado al palo del mástil para de esta forma sobrevivir a su magnético poder de persuasión. Otro de los grandes autores griegos, Hesíodo, se atrevió a imaginarse su hogar, en la isla de Antemoesa, donde aguardaban la llegada de barcos, al contrario que el romano Virgilio, quien las situó en unas islas rocosas, la perfecta trampa mortal para los marineros. Ya en el siglo VI, cuando el cristianismo se antepuso a cualquier otra religión politeísta, las sirenas cambiaron significativamente de apariencia adoptando una más pisciforme (hermosas mujeres con cola de pez en lugar de piernas que habitaban en las profundidades del océano y que no dudaban en cantar para hacer naufragar a las naves que se topaban con ellas). A esta nueva imaginería también contribuyeron las corrientes intelectuales del momento. Sin ir más lejos, en la Vulgata de Jerónimo, se utiliza la palabra "sirena" como símbolo de las tentaciones del mundo. Desde entonces y hasta nuestros días, la interpretación de estos seres mitad mujer mitad pez ha ido marcada por esta influencia medievalista y claramente patriarcal. Mujer y peligro. Mujer y monstruosidad. Mujer y engaño. Mujer y persuasión. O para que nos quede más claro: mujer bella y atractiva que en el fondo aguarda su verdadera identidad, la de una criatura despiadada, fea y capaz de matar a los hombres. ¿No os resulta familiar esta asociación? ¿Cuántas veces se nos ha dicho que calladitas estamos más guapas? ¿Y a cuántas nos han espetado eso de que cuando nos enfadamos nos ponemos feas? ¿Somos acaso sirenas? ¿Unas sirenas cuya interpretación intelectual es claramente machista? ¿Unas sirenas incapaces de razonar? ¿Unas sirenas reducidas a la bipolaridad y a una irracional tendencia destructiva hacia a los hombres?... Veis como todo tiene su origen, su germen, por qué. Ni la anecdótica sirena de la presente novela se libra, al igual que algunas de las mujeres que la protagonizan, condenadas a una construcción social que, afortunadamente y con empeño, algunas tratan de destruir y abrirse paso con decisión y sin necesidad de entonar canto alguno.

   La sirena y la señora Hancock: una historia de ambición, poder, magia, aventura, amores aparentemente inverosímiles, ascensos sociales, superación... La sirena como metáfora perfecta del ocaso de una era, un tiempo que ya nunca volverá.

Frases o párrafos favoritos:

"Los tratas como si fueran en centro del universo y enseguida se lo creen. Menuda vida de cuento viven estos hombres, si no han sentido nunca la necesidad de mirar bajo la superficie de las cosas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Siruela

miércoles, 9 de octubre de 2019

Reseña: Chica de campo.

CHICA DE CAMPO
MEMORIAS

Título: Chica de campo. Memorias. 

Autora: Edna O´Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) es una de las voces más prestigiosas de la narrativa en lengua inglesa de nuestro tiempo, aclamada tanto por la crítica como por los más prestigiosos autores contemporáneos. O´Brien siempre sintió la necesidad de escribir; sin embargo en 1950 terminó sus estudios de Farmacia, que había comenzado obligada por su familia. Su carrera literaria arrancó con Las chicas de campo (1960), que le proporcionó fama mundial tanto por su calidad literaria como por reivindicar la independencia de las mujeres en un ambiente hostil. La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas que pueden leerse sin conocer el libro anterior, amplían las aventuras de las dos protagonistas de quella primera novela. Considerada la grande dame de las letras irlandesas, desde la publicación de esa primera obra, Edna O´Brien ha creado un corpus literario único, con novelas como Un lugar pagano y Las sillitas rojas. (Fuente: Editorial).


Editorial: Errata Naturae. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Regina López Muñoz. 

Sinopsis: toda la lucidez y la audacia de Edna O´Brien están presentes en sus deslumbrantes memorias. Esta "chica de campo" - nacida en 1930 en las profundidades de la Irlanda rural - dibuja ante nosotros el retrato de una mujer libre, de una creadora ferozmente apegada a su independencia. La primera novela de Edna O´Brien, Las chicas de campo, se publicó en 1960 y escandalizó tanto a la gente de su pueblo que el libro fue quemado en público en la plaza mayor. Hay en estas páginas mucho de acción y de reflexión, y una personalidad singularísima: conventos de monjas, fugas, divorcios, maternidad... Incluso locas fiestas en el Londres de lo años sesenta y encuentros con gigantes de Hollywood. Y también de manera central, amor. Mucho amor: feliz en alguna ocasión y, sobre todo, no correspondido. Chica de campo nos lleva a los prados irlandeses a Jackie Onassis, de los brazos de Robert Mitchum a Hillary Clintos, de sus pasos por Nueva York nevado a sus extraños encuentros en Paría con Samuel Beckett o Margueritte Duras, pasando por un sinfín de personajes míticos. Una narración embriagadora, mucho más apasionante que cualquier novela. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Interesante, absorbente, cargada de pasión, de superación, de honestidad, de amor por el oficio, apasionante... La escritora irlandesa Edna O´Brien llegó a mi vida como un torbellino. Reconozco que me pilló desprevenida, tanto que, al desconocer tanto su figura como su producción literaria en su totalidad, la sacudida no pudo ser más fuerte. En el primero de sus libros que leí - Las sillitas rojas - O´Brien me tendió la mano con una amabilidad pasmosa. Yo me dejé llevar y cogida fuertemente de su brazo nos vimos arrastradas por la fuerza del aire. En dicho remolino conseguí distinguir a una autora de una fuerza narrativa muy singular, con una personalidad propia y capaz de provocar reflexiones tan importantes como atemporales. Una vez finalicé aquel primer viaje, y a pesar de que posteriormente me enteré de que aquella no era su mejor obra - de lo cual estoy en parte de acuerdo - quise seguir descubriéndola. En esas estaba cuando, unos años más tarde, un segundo y más potente tornado irrumpió ante mis ojos. Su nombre, esta vez, era Un lugar pagano. Recuerdo la impaciencia con la que agarré su mano. Estaba deseando conocer una versión distinta de O´Brien, esa que los más puristas de la obra de la autora irlandesa consideran como la verdadera esencia de O´Brien, esa anclada a la tierra, al pueblo, a la hostil infancia protagonizada por prados verdes y una familia no del todo comprensiva. En definitiva, a ese retrato tan embaucador como desalentador de la Irlanda de principios de siglo XX. Su asfixiante microcosmos me recordó una vez más que, algunas las autoras y autores, toman prestados de su selectiva memoria recuerdos, vivencias, emociones, sensaciones experimentadas en el pasado para después plasmarlas sobre las blancas hojas de papel o expresarlas por boca de esa o ese protagonista ficticio. Edna O´Brien llegó a mi vida como un torbellino, como un huracán capaz de poner patas arriba mi biblioteca personal para hacerse un hueco al lado, nada mas y nada menos, que de Joyce Carol Oates, sin duda otra de las grandes. Hace tiempo que no regreso a ella - en concreto desde que leí la presente autobiografía que hoy tengo el placer de reseñar - y ni siquiera he sido capaz de acercarme a famosísima trilogía Las chicas de campo. He necesitado mi tiempo, mis jornadas de reflexión, de  mis tardes para ordenar pensamientos y redactar estas líneas concienzudamente. ¿Vértigo? Bastante, pero por Edna y su torbellino merece la pena. Chica de campo: la humildad y el respeto hacia su profesión y hacia sus propios recuerdos.


   Tal y como Edna relata en su autobiografía, nació en la profunda Irlanda, y como tal, estaba destinada a ser una chica de aldea. De esas que permanece anclada a las raíces de la tradición, preocupada por el qué dirán y que moriría en el mismo lugar que la vio nacer. Para O´Brien, Tuamgraney se convirtió en el cerrado microcosmos que la marcó de por vida y que posteriormente, aún habiendo abandonado definitivamente su país de origen, la siguió acompañando tanto literariamente como personalmente. Las novelas de O´Brien no podrían entenderse sin esa infancia rural marcada por un padre terco - y con constantes recaídas en el alcohol - una madre con la que encontraba cierta tranquilidad ante la intermitente ausencia de la figura paterna - y una férrea educación religiosa de la que siempre quiso escapar. Violencia silenciada, tardes monótonas, paseos por el campo y la imposición patriarcal de unos estudios - los de farmacia - para los que O´Brien no estaba destinada. Ese fue el caldo de cultivo de su gran debut literario en los años 60 - Las chicas de campo - el cual ella misma confiesa escribió en tan sólo tres semanas. Esta proeza no sólo supuso su peculiar salto de altura dentro del mundo de las letras irlandesas, también que los habitantes de Tuamgraney quemaran ejemplares de Las chicas de campo en la plaza mayor. En otras palabras, su inesperado éxito propició halagos y la cólera de su comunidad.

   Sin embargo, antes de comenzar su carrera literaria, la figura de Ernest Gébler - su marido - fue una especie de punto de inflexión en su vida. Divorciado, con un hijo, la familia de Edna O´Brien no lo veía con buenos ojos, aún así se casaron, se mudaron a Inglaterra y tuvieron dos hijos. El matrimonio duró tan sólo diez años, diez años marcados por la maternidad, el deterioro de la idea del "amor romántico" y los celos de su marido por su inesperado éxito profesional. En sus memorias, O´Brien relata su complicado proceso de divorcio, los problemas con la custodia de los hijos y sus reflexiones entorno a lo que dicha traumática experiencia le aportó a nivel literario - reflejado décadas después, por ejemplo, en Las sillitas rojas - como personal al despertar en ella la necesidad de abordar en sus obras la experiencia femenina entorno a temas como la amistad, el amor, la desigualdad  de género o la crianza de los hijos. Memorables fueron también, por otro lado, sus fiestas enmarcadas en el Londres de los años 60. Su residencia en la capital británica se convirtió en un hervidero de ideas gracias a la presencia de lo más granado de la élite cultural del momento. Unas fiestas en las que, como no, la propia O´Brien se dio de bruces con la hipocresía, las puñaladas por la espalda entre escritores y el consumo de LSD. Sin embargo, no todo fueron desgracias en la vida social e intelectual de la autora irlandesa. En Chica de campo ahonda en algunas de sus amistades mas duraderas, como la que mantuvo con el fallecido escritor norteamericano Philip Roth - cuya relación destilaba respeto y admiración mutua - en anécdotas la mar de curiosas - como la vez que compartió mesa con Jack Nicholson y Hillary Clinton - y en sus encuentros fugaces con personalidades de la talla de Paul McCartney, Jane Fonda, Marlon Brando o Judy Garland. Lejos de darse aires de superioridad, O´Brien trata de desmitificar el glamour para otorgarle la naturalidad que se merece. Porque por muy estrellas que sean, al fin y al cabo, son personas, de carne y hueso y con las que podemos tener en común infinidad de hobbies y opiniones.


   A todas y a todos nos cuesta ser sinceros con nosotros mismos y auto evaluarnos desde la sinceridad más descarnada. Esta frase que parece sacada de cualquier charla sobre empleabilidad - lo cual es cierto - o de alguna conferencia-tertulia automotivacional tan en boga en los tiempos que corren. Pero, la verdad es que es completamente cierto, y más cuando lo trasportamos del ámbito psicológico al literario. Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en la literatura de terror. ¿Por qué hay tan poca? ¿Por qué no es un género de masas? ¿Por qué está tan desprestigiado por el público más generalista? ¿Por qué no tiene el mismo prestigio que por ejemplo la novela histórica? ¿Por qué existe una baja tasa de escritoras/es que se dedica de pleno a desarrollar su carrera literaria entorno al terror? La respuesta parece compleja, pero en realidad no lo es, ya que sólo tenemos que observar lo mucho que nos cuesta admitir nuestras debilidades, fobias o miedos. Las buenas novelas y relatos de terror, por mucho que algunas y algunos digan lo contrario, se escriben desde las entrañas y desde los pequeños o grandes temores que la autora o autor en cuestión posee en su interior. Cuanto más verdadero, más sincero, más real es ese miedo, más verosímil y mayor capacidad de empatía se conseguirá por parte del lector. Lo mismo sucede con otro de los géneros más interesantes y al mismo tiempo más infravalorados del mercado editorial: las autobiografías. Si una biografía ya resulta de por si interesante - aunque en los últimos tiempos ha proliferado, por desgracia, una infame corriente en busca del morbo o los detalles menos importantes  de dichos textos - una autobiografía lo es todavía mas, ya que es el propio escritor (en este caso escritora) la que se desnuda personal, emocionalmente y profesionalmente ante el lector. Cosa que no siempre es cómoda y que, como sucede con la literatura de terror, resulta una tarea compleja. No todo el mundo es capaz de contar su vida en un puñado de páginas, y menos cuando eso implica hablar de los aspectos que te han hecho llegar hasta el punto vital en el que te encuentras, aspectos que, en algunas ocasiones, forman parte de traumas o episodios de los que se ha tratado de huir u olvidar por el motivo que sea. De ahí que las autobiografías posean un carácter emocional bastante catártico que, de cara a la investigación más intelectual, también pueden resultar de gran utilidad. La autobiografía es el espejo, más o menos sincero, de ese ídolo al que tanto amamos, de esa personalidad que nos atrae por cualquier circunstancia, de ese personaje detestable en muchos aspectos pero que, sin embargo, no podemos despegar los ojos de las hojas en las que plasma sus anécdotas. Todo eso y más es una autobiografía, que en el caso de Edna O´Brien - una de las autoras irlandesas más importantes a nivel internacional - nos regala con una pasmosa honestidad un pedazo de si misma. El resto de piezas debemos buscarlas entre Irlanda, Inglaterra y en los corazones de algunos de los que la conocieron y siguen siendo sus compañeros de tertulias u confesiones más allá de lo puramente literario. Dicho esto, y a pocas horas de que se conceda el doble Premio Nobel de Literatura - además de Margaret Atwood o Joyce Carol Oates - no estaría mal que Irlanda recibiese, gracias a O´Brien un reconocimiento literario tan prestigioso. Desde 1995 ninguna autora o autor irlandés se ha alzado con dicho galardón. Puestos a soñar, ¿por qué no un Nobel para Edna O´Brien?

  Chica de campo: una autobiografía sincera, verdadera, rural, cosmopolita, muy pegada a la realidad, con un principio, un nudo y un desenlace todavía abierto... Un libro en el que queda muy claro que Edna O´Brien siempre será una "chica de campo."

Frases o párrafos favoritos:

"Aquel día de agosto de mi septuagésimo octavo año de vida me senté para empezar las memorias que me había jurado no escribir jamás."

"Como escritora se me consideraba lasciva e irracional, con una gama de temas estrecha y obsesiva, una mera mezcolanza de tópicos destinada a los extranjeros. Según las críticas, no era capaz de poner ninguna experiencia en perspectiva; la misma historia se repetía hasta la saciedad. Una periodista inglesa, de evidente ascendencia irlandesa, juzgaba mi prosa de "asfixiante", y, con la sensibilidad de una chismosa provinciana, afirmó que había hecho bien en irme de Irlanda."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Errata Naturae

sábado, 5 de octubre de 2019

Reseña: Circe.

CIRCE


Título: Circe.

Autora: Madeline Miller (Boston, Massachusetts, 1978) estudió en la universidad de Brown, donde se licenció en filología clásica. Desde hace diez años enseña latín, griego, y la obra de Shakespeare a estudiantes de Bachillerato. También ha estudiado dramaturgia en la Escuela de Arte Dramático de Yale, centrándose en la adaptación de textos clásicos. Actualmente vive en Filadelfia (Pensilvania). Su primera novela es La canción de Aquiles. Con Circe, su segunda obra, entró en la lista de libros más vendidos del New York Times nada más ser publicada y ganó el Premio Goodreads 2018 a mejor novela de fantasía. 


Editorial: AdN Novelas. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Celia Recarey Redondo.

Sinopsis: en el palacio de Helios, dios del sol y el más poderoso de los titanes, nace una niña. Pero Circe es una niña rara: carece de los poderes de su padre y de la agresiva capacidad de seducción de su madre. Cuando acude al mundo de los mortales en busca de compañía, descubre que sí posee un poder, el poder de la brujería, con el que puede transformar a sus rivales en monstruos y amenazar a los mismísimos dioses. Temeroso, Zeus la destierra a una isla desierta, donde Circe perfecciona sus oscuras artes, doma bestias salvajes y se va topando con numerosas figuras célebres de la mitología griega: desde el Minotauro a Dédalo y su desventurado hijo Ícaro, la asesina Medea y, por supuesto, el astuto Odiseo. Pero también acecha el peligro, y Circe, sin saberlo, la ira tanto de los humanos como de los dioses, por lo que acaba teniendo que enfrentarse con uno de los olímpicos más importantes y vengativos. Para proteger aquello que ama, Circe deberá hacer acopio de todas sus fuerzas y decidir, de una vez por todas, si pertenece al mundo en el que ha nacido o al mundo mortal que ha llegado a amar.

Su lectura me ha parecido: 

   Densa, irregular, más bibliográfica que novelística, estupendamente documentada, con abrumadores toques feministas, demasiado ambiciosa tal vez... Uno de los libros que me hizo amar la historia - además de el Diario de Anna Frank y Los pilares de la tierra - fue un breve volumen sobre mitología. Recuerdo que por aquel entonces - a una edad a la que normalmente se repudiaba eso de leer - era uno de mis imprescindibles, tanto que hasta lo usaba para la realización de algunos trabajos del colegio y el instituto. Plagado de imágenes, dibujos y anexos explicativos, aquel tesoro me permitió conocer esas historias sobre titanes destructores, valkirias cabalgando a lomos de majestuosos caballos, héroes que se movían como peces en el agua entre el mundo de los dioses y el de los mortales, asombrosas trasformaciones de humanos en animales u plantas o legendarias epopeyas con su correspondiente moraleja. En un momento en el que debería haber pasado de los libros aprendí, sin ser consciente, los mitos más importantes, sobre los cuales, se asientan gran parte de las sociedades actuales. Porque sí, la tecnología ha invadido nuestras vidas, pero os aseguro que estamos rodeados y supeditados a la influencia de ciertos relatos irracionales que hemos acabado dando por buenos. Pero regresando a aquella imagen a la que suelo acudir en momentos de oscuridad y de pesimismo, lo que de verdad me interesaba por aquel entonces era el cuento, porque sí, la historia de como París acabó entregándole la manzana dorada a Helena de Troya me pareció fascinante. A ojos de una niña todo es más impresionable. Sin embargo, con el tiempo - y por supuesto con más formación y un espíritu crítico más desarrollado - fui consciente ya no sólo de la influencia de estas historias en la sociedad de su momento (la cual se ha extendido por supuesto a la actualidad), también de la sangrante misoginia imperante en dichos relatos. Por eso, cuando tuve noticias de la publicación de la novela de Madeline Miller - precedida de un aluvión de halagos procedentes del otro lado del charco - en España, traté de hacerme con un ejemplar lo más pronto que pude. Estaba muy emocionada, estaba convencida de que me iba a sumergir en la reinterpretación desde una perspectiva de género de uno de los personajes mitológicos menos conocidos y a la vez más importantes. Sin embargo, y a pesar de que la idea de leerlo durante unas vacaciones de Semana Santa en Tarragona me pareció perfecta, me topé con una lectura de contrastes y alguna que otra decepción. Circe: la puesta en valor de la hechicera más despiadada de la Odisea.



   Desde una narración en primera persona y sin perder nunca de vista la versión de la protagonista, la novela nos narra la historia de Circe - sin duda, uno de los personajes más infames de la mitología clásica - hija de Helios (titán y personificación del Sol) y la oceánide Perseis. Desde bien pequeña no parece destacar demasiado, ni siquiera ha heredado los poderes de sus progenitores. Sin embargo, eso cambia en el momento en el que su verdadero don se revela - el de la brujería - un don que atemoriza al propio Zeus que decide expulsarla del Olimpo y desterrarla a la isla desierta de Eea. Allí perfeccionará su poder al mismo tiempo que llegan a sus dominios algunos de los héroes o divinidades más importantes, siendo la fortuita irrupción de Odiseo - Ulises para que nos entendamos - la que marcará un antes y un después en su vida. Ante esta bárbara sinopsis de lo que no hay que calificar a Madeline Miller es de ser una cobarde, todo lo contrario, habría que felicitarla por haberse atrevido a escribir y a poner en valor a Circe. Castigada por la misoginia tan presente en las leyendas mitológicas y posteriormente reducida a una mera hechicera que convertía a los humanos en cerdos - justo lo que hizo con parte de la tripulación de Odiseo tras un fastuoso banquete -. Pero Circe era mucho más y eso en la presente novela queda más que demostrado. No obstante, lejos de ser un libro perfecto, Circe presenta algunos aspectos que han acabado por declinar la balanza hacia una posición no tan enaltecedora y halagadora. En primer lugar, al tratarse de una historia donde la mitología está tan presente, una espera toparse con una historia donde lo trepidante esté a la orden del día. Sin embargo, esto no es así, dado que la autora ha optado más por una narración más sosegada y más pegada a la bibliografía que por una mas cercana al género de aventuras. Por mi parte - y aunque como historiadora agradezco ese esfuerzo por parte de la autora - creo que se ha perdido la oportunidad de hacer un bonito homenaje a esas historias y a ese estilo tan propio de las leyendas mitológicas. En segundo lugar no existe una regularidad en Circe, hasta podría definirse como una novela de extremos - o te entusiasma o te aburre - por suerte en mi caso me he quedado en una posición intermedia que, eso sí, no me ha resultado para nada cómoda. De escenas donde se podía extraer algo de interés pasamos, en pocas páginas, a otras que se convierten en una mera sucesión de personajes (el Minotauro, Dédalo e Ícaro, Medea y el propio Odiseo). Siguiendo con esto último, me impresionó ver como el episodio cumbre de la historia de Circe - ese tan famoso y memorable que aparece en La Odisea - quedaba bastante desaprovechado. Esta claro que la intención de la autora es otra, pero podría haberle dado más juego a ese encuentro entre ambos personajes. ¿Obra irregular? ¿Novela fallida? ¿O tal vez demasiado ambiciosa? Sí y no al mismo tiempo. Lo que si que podríamos decir, para terminar con este apartado, es que, por un lado, Circe se sale con la suya tirando de documentación, el amplio conocimiento de la autora respecto al tema y la mirada feminista con la que ha decidido construir a su protagonista. Pero por otro lado, tengo la sensación de que le ha faltado más consistencia, un ritmo más estable y posiblemente - por parte de su autora - replantearse mejor la historia. Aún así estoy convencida de que estamos ante una escritora con una arrolladora personalidad literaria en proceso de desarrollo y de la que en un futuro esperaremos grandes cosas.



Circe no es una reinterpretación del mito - y quien lo siga pensando está muy equivocada/o - sino, como he comentado en el primer párrafo, una necesaria puesta en valor. Si antes hemos destacado los aspectos a mejorar, ahora es el turno de reivindicar las virtudes de esta novela, entre las cuales se encuentra precisamente esa mirada violeta que sobrevuela todo el relato. En Circe nos topamos con muchísimo machismo, con sangrante misoginia y con escenas en las que se discrimina a la mujer inmediatamente. Hay quien se sorprende de la poca sororidad existente entre las deidades femeninas, algo que no fue en mi caso, dado que conocía la mayoría de los mitos griegos y sabía lo que me iba a encontrar. Los hechos, inventados o no, son los que son y es muy difícil poder cambiarlos de golpe y porrazo. Sin embargo, lo que como autoras y autores podemos hacer es cambiar la percepción con la que se accede a esos relatos, en otras palabras, la mirada con la que los leemos. Una mirada más crítica, más curiosa, más abierta y por supuesto más feminista. Si lo ponemos en práctica es posible que dentro de un tiempo consigamos cambiar la versión del relato, el cual seguirá siempre ahí, pero al que se le añadirá una interpretación diferente. La mitología griega está plagada de mujeres sometidas al control patriarcal. Desde Pandora, a la que la curiosidad la llevó a ser considerada por los hombres como la culpable de los males y enfermedades que azotan el mundo de los mortales, hasta Helena de Troya, cuya "vanidad" inició la guerra de Troya, pasando por las distintas amantes de Zeus a las cuales raptó y violó usando sus poderes para transformarse por ejemplo en animales. Por eso y sin perder de vista la importancia que aún siguen teniendo los mitos en la actualidad - los cuales han ido evolucionando con el paso de los siglos - debemos, desde la educación, incentivar a las nuevas generaciones a que no vean las cosas como blancas o negras, sino a que sepan apreciar los contrastes y los distintos matices en esos relatos que, inconscientemente, todos hemos dado por válidos. Sin espíritu crítico las sociedades no avanzan, y sin una perspectiva de género la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres tampoco. No se trata de censurar - eso nunca - sino de hacer ver lo injusta que ha sido la historia y entender la oportunidad que todas y todos tenemos para conseguir cambiar las cosas. Los relatos están ahí, son los que son, pero admitir que a Europa la violó Zeus transformado en toro o que Circe - como demuestra Madeline Miller - era algo más que una hechicera perversa ya son grandes logros. Circe: una historia de dioses, mortales, dilemas, poderes, desigualdades, magia... La novela que nos acompañará, a juzgar por las últimas noticias procedentes de HBO, durante mucho tiempo.

Frases o párrafos favoritos: 

"En pocos días mi vida había dado un vuelco. De nuevo me había convertido en una niña, esperando que mi padre condujera su carro, mientras mi madre pasaba el día en holganza en las riberas de Océano. Me echaba en los salones vacíos, con la garganta arañada por la soledad, y, cuando no podía soportarla más, huía a los días con Eetes en mi playa desierta. Allí encontraba las piedras que habían tocado los dedos de mi hermano. Caminaba por las arenas que habían hollado sus pies. Era evidente que no podía quedarse: era un hijo divino de Helios, brillante y esplendoroso, con voz propia, listo y con esperanzas de llegar a ser rey. ¿Y yo?"

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de AdN Novelas

martes, 1 de octubre de 2019

RESEÑA: La señora Dalloway.

LA SEÑORA DALLOWAY

Título: La señora Dalloway.

Autora: "Virginia Woolf (1882-1941), pilar de la narrativa contemporánea y figura central del Grupo de Bloomsbury, cultivó con éxito la novela escribiendo títulos tan memorables como La señora Dalloway, Al faro o Las olas entre otras. Al mismo tiempo también se atrevió con el ensayo literario (El lector común), el político (Tres guineas), el feminista (Una habitación propia), la biografía (Roger Fry) y sendos volúmenes de cuentos. También lo que podríamos denominar un nuevo género: la biografía semificticia, como el caso de Orlando. Miembro de lo que se ha denominado la aristocracia intelectual británica, a su muerte suicidándose en el río Ouse, cercano a su domicilio.

Editorial: Alianza Editorial

Idioma: inglés.

Traductor: José Luís López Muñoz.

Sinopsis: novela en la que se inspiró la película Las horas - protagonizada por Meryl Streep, Nicole Kidman y Julianne Moore - La señora Dalloway relata un día en la vida de una mujer de la clase alta londinense desde el punto de vista de una conciencia que experimenta con plena intensidad cada instante vivido, en el que se mezclan sentimientos, pensamientos y emociones y se condensan en el pasado, el entorno y el presente.

Su lectura me ha parecido:

   Densa, perfecta en cuanto a extensión, reflexiva, profundamente sensible, con más enjundia de lo que parece, un ejercicio narrativo, a pesar de su lentitud, impecable... Confieso que pocas han sido las veces que he podido viajar al extranjero, menos de las que me gustaría. Eso sí, aquellos viajes totalmente excepcionales los he aprovechado al máximo, tanto que mis pies acaban convirtiéndose en un estoico mapa de dolores provocados por el frenetismo y las caminatas propias del turista más insaciable. En uno de ellos me encontraba, por segunda vez, en Londres. Pero no en el Londres parlamentario del Big Ben, ni en el royal del Bukingham Palace, ni en el alternativo de mercadillos como Portobello o Camden Town. Más bien estaba en el Londres más helenístico, más imperial, más egipcio, más mesopotámico... En definitiva, en el más clásico. Rodeado por edificios construidos hace dos siglos se alzaba ante mi uno de los lugares más imponentes y que, desde que me familiaricé con el mundo de las mitologías griegas y romanas, deseaba con todas mis fuerzas visitar. El British Museum - o el lugar que acoge uno de los mayores expolios de la historia - consiguió fascinarme. Comprender que para una historiadora - independientemente de su especialización - el estar rodeada de sarcófagos, bustos de emperadores romanos, los relieves del Partenón de Atenas o la famosa Piedra Rosetta (casi me dio un parraque cuando supe que estaba allí) es comparable a dejar a una niña en una tienda de chucherías. Sin embargo, no fui consciente hasta que salí de aquella bárbara exposición de que me encontraba en Bloomsbury. Sí lectoras y lectores. En Bloomsbury. No hace falta tener una carrera de filología inglesa para saber que, entre aquellas asombrosas y señoriales calles, el 46 de Gordon Square y lo que en su interior se cocía marcó un antes y un después en la historia, ya no sólo de la literatura británica, sino de la de muchos otros países. Me imagino a una joven, de unos veinticinco años, mirando tímidamente desde la ventana del salón. Su mueca es triste, pues no hace mucho que se mudó a aquella casa junto a su familia, como tampoco desde su última crisis nerviosa. Pero su cabeza rezuma de creatividad y de unas ideas que, aunque adelantadas a su época, no duda plasmarlas en el frío papel. Esa mujer, por supuesto, es Virginia Woolf, contemplando la calle, confeccionando su propia visión de su nuevo hogar, ese Londres que magistralmente describió en el libro que hoy tengo el placer de reseñar. La señora Dalloway: cuando las apariencias, los traumas y los recuerdos matan.

  Dicen que a Virginia Woolf se le ocurrió la trama de La señora Dalloway - probablemente junto con Orlando su novela más cinematográfica - tras haber leído con suma fascinación y seguramente paciencia (mucha paciencia) el Ulisses de James Joyce. Dejando a un lado el hecho de que la novela del mejor escritor que ha dado las letras irlandesas no haya envejecido del todo bien, diremos que son muchos los puntos que unen a ambas obras, entre los cuales el "monologo interior" destaca por encima de todos ellos. Si en la monumental novela de Joyce éste se sirve para describir los pensamientos del personaje de Molly Bloom - ocho larguísimas oraciones sin signos de puntuación que a día de hoy nos atemorizan y al mismo tiempo nos impresionan - en La señora Dalloway Woolf le da una vuelta de tuerca al usarlo de una forma más práctica. Al contrario en Ulisses - caracterizado por un cierto caos narrativo y estilístico - en la presente novela se usa para ordenar pensamientos, para enmarcarlos dentro de una lógica, para que al lector le quede claro que (a pesar de que la mente humana puede semejarse a un campo sembrado de anarquía) existen unos temas de reflexión prioritarios que subyacen de un montón de tramas que la autora ha querido poner sobre la mesa. A veces me daba la sensación, leyendo a La señora Dalloway, que me encontraba en aquel salón, rodeada de mucha gente que anda, de aquí para allá, que cambia de sitio, de compañeros de tertulia, de cubierto... Pero que, sin embargo, podía localizar todas y cada una de las preocupaciones que tanto le importaron a Woolf entre tanto personaje difuminado por el movimiento, o lo que es lo mismo, a esas almas humanas imprescindibles para el relato.



  La historia parece muy sencilla. El lector asiste a las 24 horas en la vida de una mujer llamada Clarissa Dalloway. Perteneciente al sector más acomodado de la sociedad inglesa, representa la represión sexual y económica bajo una fachada de feliz y equilibrada esposa. Esa jornada estará marcada por un acontecimiento muy importante, ya que Clarissa será la anfitriona de una fiesta que tendrá lugar en su casa, a la cual, acudirán una serie de personajes. Entre todos ellos, uno sobresale por encima del resto, el de Septimus Warren, veterano de guerra enloquecido tras volver del frente. A partir de esa premisa, Woolf articula una historia sobre las corazas emocionales construidas para aparentar y no para dejar entrever lo que de verdad nos hace personas. En ese sentido, una novela como La señora Dalloway irrumpe con fuerza, agrietando los valores victorianos para dar paso a otros más nuevos. Uno de ellos, como no podía ser de otra forma, tiene que ver con el feminismo, impulsado, como no, por los acontecimientos que habían tenido lugar durante aquellos azarosos años. Cuando esta novela de Virginia Woolf se publicó en el año 1925, en Reino Unido - tras una larga y perseverante lucha por parte del movimiento sufragista - las mujeres mayores de 30 años y con propiedades, desde 1918, ya podían votar. También ser elegidas diputadas gracias a una ley parlamentaria promulgada ese mismo año. No obstante, aún habría que esperar tres años para que se rebajase la mayoría de edad de la mujer británica (fijándose en los 21) y se ampliase a todas las capas de la sociedad. Es en ese contexto de logros y de objetivos aún por alcanzar en el que Virginia Woolf encuentra su lugar desde el plano intelectual, concentrando en el personaje de Clarissa Dalloway los males del patriarcado, de los cuales, ella misma se va desprendiendo a medida que se va dando cuenta de su personalidad, de sus gustos, de sus ambiciones, de sus verdaderos sentimientos. Las mujeres tenemos identidad propia. ¿Sencillo no? Pues parece que para la Inglaterra de postguerra eso no estaba todavía claro, de ahí que figuras como la de Woolf se empeñasen en reivindicarlo.

   Por otro lado, no debemos dejar de lado a Septimus Warren y su trauma tras haber pasado los últimos cinco años de su vida luchando desde las trincheras. En sus pies, el barro de Verdún. En sus manos, el peso del fusil. Y en su rostro, la torcida mueca de quien presencia la innecesaria muerte de tantos hombres. Además de fascinarme, Woolf consigue con Septimus Warren describir a la perfección el clima agridulce que trajo consigo la I Guerra Mundial para Inglaterra. Al pertenecer al bando vencedor, el país salió muy reforzado, ganándose de ese modo un gran respeto internacional. Algo que desde la clase política se trató de vender como una victoria aún mayor. Y sí, lo era. No obstante la otra cara de la moneda la encontramos en quienes volvieron - de una pieza o no físicamente - de aquel infierno. Esos jóvenes a los que (mediante una propaganda patriótica) se les convenció de las virtudes de participar en la guerra pero que, sin embargo, regresaron de ella siendo otras personas completamente distintas. Sus sueños, sus principios, todo se quedó allí, sepultado bajo la metralla y el olor a cadáver. Septimus Warren sintetiza ese sentimiento de incomprensión social, de frustración, ese doloroso trauma imposible de extirpar que le lleva a delirar - como que las aves cantan en griego - y a padecer tendencias suicidas. Dicho esto, si fusionamos la personalidad de Clarissa Dalloway y el deterioro mental de Septimus Warren, podríamos considerar - y lanzo la siguiente hipótesis - la posibilidad de que la propia Virginia Woolf se hubiese retratado a ella misma en sus dos complejas realidades: la de una mujer feminista en constante construcción que durante toda su vida ha luchado contra toda clase de enfermedades mentales. Más allá de una novela sobre la liberación de la mujer, más allá de su sello antibelicista, más allá de su carácter coral, más allá de su "homenaje" al legado literario de James Joyce; La señora Dalloway es un libro que revela una realidad incontestable: la de que nuestra existencia es una constante pelea y un intento de conciliación entre nuestras facetas, problemas y preocupaciones. Virginia Woolf, al igual que Clarissa y Septimus, es única y al mismo tiempo muchas "Virginias", en otras palabras, diferentes versiones de una misma. Si entendemos eso entenderemos el feminismo por ejemplo, pero también, y más importante, a las personas que nos rodean.

   La señora Dalloway: una historia de personajes fuertes, personajes difuminados, personajes heridos, personajes atrapados, personajes libres, personajes imprescindibles... Una novela que requiere paciencia, reposo y grandes dosis de tertulia literaria.

Frases o párrafos favoritos:

"Tenía la extrañísima sensación de que nadie la veía ni la conocía; se había acabado el matrimonio y tener hijos, sólo quedaba aquel sorprendente avanzar de manera solemne, aquel ser la señora Dalloway; ni siquiera Clarissa ya; tan solo la señora de Richard Dalloway."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de La Señora Dalloway

jueves, 26 de septiembre de 2019

RESEÑA: II Premio Ripley. Relatos de ciencia ficción y terror.

II PREMIO RIPLEY

Título: II Premio Ripley.

Autoras:Beatriz Esteban (primer premio), Ana Roux (segundo premio), Lorena Arce, Almijara Barbero, Arantxa Rochet, Yaiza Carrasco, Asun Blanco Cobelo, Marina Tena, Patricia Macías, Eva García Guerrero, Olga Tenorio, Amparo Montejano. (Fuente: Triskel Ediciones).

Editorial: Triskel Ediciones.

Idioma: español.

Sinopsis: Dicen que un grito de terror no puede ser escuchado en mitad del espacio plagado de estrellas. Pero, en cambio, puede ser descrito. Este volumen está repleto de descripciones de lo que sólo se podría considerar como imposible: familias que adoptan niños por tiempo limitado, guionistas en Marte que deciden nuestro destino, viajes espaciales donde el origen y el destino quedan desdibujados para siempre, monstruos con cara de víctima de nuestros abusos diarios... Y convendría estar atentos, porque también dicen que la ciencia ficción y el terror tienen una cualidad que los diferencia de otros géneros literarios: lo imaginado, con frecuencia, suele hacerse realidad. (Fuente: Triskel Ediciones).

Su lectura me ha parecido:

   Amena, variada, mejor de lo que me esperaba, sorprendente, poderosamente reflexiva, muy pegada a la actualidad desde la originalidad de sus respectivos géneros, reivindicativa, con futuro... De todas y todos es bien sabido que las mujeres estamos muy presentes en la industria del libro. Desde las que con sus plumas o teclados de ordenador paren las historias que servirán de tema de conversación durante meses hasta las que lo hacen posible gracias al arduo trabajo de edición, traducción, maquetación, corrección, diseño, promoción o distribución entre otras muchos ámbitos del sector editorial. Por no hablar de las que venden dichas historias a la lectora o lector más entusiasta, las que desde un mostrador los prestan con un tiempo limitado, así como las que lupa en una mano y bibliografía en otra tratan de sacarles partido redactando sendas críticas literarias. Y sin olvidarnos, por supuesto, de la cantidad de lectoras que hay en todo el mundo, superando en número a los hombres en lo que a hábitos de lectura o pertenencia-asistencia a eventos relacionados con su promoción. Los estudios lo avalan, somos más mujeres que hombres trabajando en o para, directa o indirectamente para el bello y duro mundo del libro tal y como hoy lo entendemos. Sin embargo, sorprende y mucho toparnos con una realidad que aún escapa de nuestro entendimiento. Desde su creación en el año 1901 hasta el año 2017, el Premio Nobel de literatura sólo lo han ganado 14 mujeres frente a 100 hombres. El Cervantes - sin duda el premio más importante en lengua castellana - ha premiado a 4 mujeres y a un total de 38 hombres. Y el Planeta - tan reputado en el pasado y tan denostado en el presente - sólo agrega a su larga historia el nombre de 17 mujeres. Estos no son los únicos, pero si ejemplos más que suficientes de la tremenda brecha que existe entre escritoras y escritores, algo que, por supuesto, se extiende a los géneros literarios, siendo algunos de ellos copados en la mayoría por hombres. Por eso es importante la convocatoria de certámenes literarios - bastante habituales en los últimos años - en los que se potencie el talento femenino, algo que ayuda a que su presencia en ciertos géneros y subgéneros sea más notoria. Uno de ellos, el Premio Ripley, aunque en actual proceso de evolución y redefinición, busca premiar los mejores relatos de autoras españolas dentro de géneros como el terror o la ciencia ficción, géneros que, por desgracia, siguen siendo todavía muy masculinos desde el punto de vista de la creación literaria. Hoy me dispongo a reseñar su segunda entrega, y aunque sé que con retraso - ya que el volumen de la tercera edición está a punto de salir a la venta - nunca es tarde para hablar de distopías, viajes espaciales, terribles monstruos o perturbadoras familias entre otras criaturas. II Premio Ripley: en España la literatura de género tiene nombre de mujer.

   Nada más abrir el libro nos topamos con las palabras de una pionera, por no decir de una de las más grandes y aclamadas escritoras de terror de nuestro país. Pilar Pedraza es una eminencia en el género, además de una bellísima persona - os lo digo yo que tuve el privilegio de charlar un rato con ella sobre historia del arte y sobre su relato incluido en la última antología de la editorial Amor de Madre - pero más allá de lo subjetivo de aquel encuentro, lo importante es destacar su oportuno prólogo. En él, esta escritora toledana de nacimiento y valenciana de adopción expone brevemente las principales características que componen la base de la literatura de género actual en relación con el contexto que nos rodea y señalando las líneas de inspiración y temáticas que abordan los relatos de la presente antología. A grandes rasgos, y coincidiendo plenamente con el análisis de Pedraza, tanto el relato ganador, como el finalista, así como el resto de textos seleccionados tienen una serie de denominadores comunes. Historias de astronautas más trasgresoras y alejadas de los referentes clásicos. Distopías de carácter transhumanístico - con un claro guiño a El Cuento de la Criada de Margaret Atwood - en las que se señalan los peligros del hipercapitalismo en su vertiente más perversa. Cuentos protagonizados por robots que sirven para concienciar sobre la pérdida de la individualidad y la esclavitud - desarrollando incluso una perspectiva de género al rededor del placer y su consiguiente objetivización -. Siguiendo en esta línea, también se aborda el conocimiento del cuerpo femenino en un intento por liberarse de la censura y la abyección. La nostalgia hacia un pasado aparentemente feliz pero que en realidad no deja de ser una traición más de nuestro subconsciente. Viajes superónicos de carácter exótico capaces de romper las reglas espacio temporales. Y por último un canibalismo de inspiración fantástica que, harto de los zombis, anima al lector a imaginar la posibilidad de llevarse a la boca nuevos alimentos de lo más gourmets.

   De este modo, a continuación, el lector se abre paso entre una variedad que, como acabamos de señalar, denota talento e ingenio por parte de sus autoras. Niña caduca - relato ganador del certamen y escrito por la valenciana Beatriz Eseban - se revela como el más cercano al género distópico de inspiración atwoodiana además de provocar cierta angustia con su reflexión entorno a los limites de un hipotético capitalismo tecnificado, de un futuro en el que los niños no nacen, se fabrican. Seguidamente nos adentramos en Buen viaje - finalista y escrito por la salamantina Ana Roux - protagonizado por una anciana a las puertas de la muerte a la que todavía le queda un gran deseo por cumplir. Sin duda el más lacrimógeno de la antología. A continuación nos sumergimos en el resto de relatos que, aunque no hayan conseguido alzarse con los principales galardones, merecen con creces formar parte de este volumen.


   El primero de ellos, Genlisea, escrito por Lorena Arce, es de los más oníricos y atrevidos en lo que a la ficción climática se refiere con una protagonista memorable y viaje espacial incluido. Seguidamente nos moriremos de la risa con la raruna y original propuesta de Almijara Barbero en Los guionistas. ¿Os imagináis que nuestras vidas fuesen el guion de una película o una serie de televisión, incluyendo las de personalidades tan importantes como la de la familia real? Un aspirante a guionista trata de construir el destino de Leonor de Gorbón y Potriz. ¿Le comprarán la idea? Y lo más importante ¿se la compraríamos nosotros como lectores? Ya te digo que después de leerla mi sí es rotundo. La rabia del siguiente relato - titulado Denominados y escrito por Arantxa Rochet - nos aplastará con esta historia en la que su autora se imagina un futuro en donde el agua, por desgracia, está al alcance de muy pocos. Escalofriante y satisfactorio en cuanto a su resolución. Sangre oscura - cuya autoría corresponde a Yaiza Carrasco - es el que más me ha gustado de toda la antología, ya que desde el terror más gore aprovecha para hablarnos de la regla. Porque se acabó eso de no mencionarla, de referirse a ella con eufemismos, de esconderla, de invisibilizarla. En el presente texto es la principal protagonista, ella y Aitana, quien a través de su regla asistiremos a una narración in creccendo y a uno de los giros en la trama más radicales. Asun Blanco Cobelo firma Ese preciso instante, tal vez el relato más clásico en cuanto a su trama - protagonizada por una astronauta en busca de ondas gravitacionales para alterar el espacio tiempo . y que demuestra, al mismo tiempo, como lo poético no está reñido con la ciencia ficción.

   Y tras este viaje espacial cambiamos radicalmente de género de la mano de María Tena Tena y su Raíces, donde pone los pelos de punta con una historia protagonizada por una familia, una antigua casa de campo y una tierra constantemente amamantada por los secretos y las oscuras costumbres de sus miembros. Terror en estado puro. La cosificación del cuerpo femenino protagoniza mi segundo relato favorito de la antología - Explorando el futuro de Patricia Macías - que desde la perspectiva de un informe policial se nos desgrana los entresijos del Proyecto Cuerpos. Es mejor que lo leáis, ya que en este caso, si os cuento más, perdería todo el sentido. La segunda persona inunda Cuaderno de campo - de Eva García Guerrero - en el que un accidente de tráfico desencadenará una escalofriante revelación en un relato en el que el terror y la ciencia ficción forman la mezcla perfecta. El worldbuilding del penúltimo relato - Trascendencia de Olga Tenorio - se construye al rededor de un cuento cuya trama hemos leído muchas veces - y más los aficionados a la literatura de género - pero que sin embargo destaca por la personalidad de su protagonista y lo impactante de su final. Y por último, Amparo Montejano nos regala con El monstruo de las galletas el relato más original en cuanto a estilo - extraordinariamente azucarado - y del que estoy segura que los lectores no saldrán indemnes.


   Esta claro que la ciencia ficción predomina sobre el terror, también en la presente antología (ocho frente a cuatro), algo que no deja de provocarme algunas preguntas relacionadas con la dificultad creativa. ¿Es más fácil escribir sobre, por ejemplo, viajes espaciales que, de nuevo otro ejemplo, sobre los miedos que inundan irracionalmente al ser humano? Creo que yo misma con la formulación de este interrogante me acabo de contestar, aunque también subrayo la dificultad de ambos géneros - por experiencia desde el campo de la escritura -. La que escribe estas líneas no se puede mostrar objetiva ante la existencia de este premio, dado que para la siguiente entrega traté de escribir un relato sin demasiado éxito y porque desde que leí 1984 me siento en deuda con la literatura de género. Ya no sólo por el hecho de que uno de mis sueños literarios es el de llegar a escribir una distopía - para lo cual aún me quedan años de práctica y maduración como autora - y saberme mover en el terror como pez en el agua - algo que aún sigo trabajando -, también porque gracias a ella he podido apreciar los problemas del mundo en el que vivo desde una perspectiva más reivindicativa si cabe. El imaginar futuros aterradores u excesivamente utópicos, viajes espaciales a otras dimensiones, civilizaciones de alienígenas con las que puedes perfectamente sentirte identificada/do, historias familiares con más secretos que verdades, las consecuencias de tener el rostro del terror delante de nuestras narices...¿No son entonces los perfectos canales de denuncia de los males de nuestra sociedad? ¿Acaso no denuncian lo mismo que una novela más realista? Y si es así, entonces ¿por qué todavía siguen despreciándose por una gran parte de la crítica y algunos lectores? Afortunadamente tenemos que agradecer - a modo de excepción - el hecho de que actualmente se hayan puesto de moda. Por lo que no debemos desaprovechar la oportunidad de abrazar esta realidad y potenciar estas historias entre un público más generalista. Sacarlas del ostracismo para que todas y todos puedan disfrutarlas y quien sabe si cultivar las próximas generaciones de escritoras/es de terror y ciencia ficción.

II Premio Ripley: doce historias de miedo, de aventuras espaciales, de ética aplicada a las tecnologías, de sistemas políticos inmorales... Doce relatos que demuestran que al Premio Ripley aún le queda mucho futuro por delante.

Frases o párrafos favoritos: 

"Pasar tiempo con mis versiones robóticas me entristecía, sentía como si las estuviese enviando a la boca del lobo."


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Triskel Ediciones