Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 5 de marzo de 2022

RESEÑA: La mejor voluntad.

 LA MEJOR VOLUNTAD


Título: La mejor voluntad. 

Autora: Jane Smiley ( Los Ángeles, California, 1949) es autora de una veintena de obras de ficción y ensayo. Recibió el Premio Pulitzer de narrativa y el Premio Nacional de la Crítica por su novela Heredarás la tierra (1991). Entre otras obras, ha publicado La edad del desconsuelo (1987), Un amor cualquiera (1989), La mejor voluntad (1989) The Greenlanders (1988) y, en los últimos años, la trilogía formada por Some Luck (2014), Early Warning (2015) y Golden Age (2015). Desde 2001 forma parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma original: inglés.

Traductora: Inga Pellisa. 

Sinopsis: Bob Miller ha creado el paraíso con el que siempre soñó: una granja en lo alto del valle, a cinco kilómetros del pueblo más cercano, donde él y su esposa Liz viven y crían a su hijo de siete años, Tommy, cultivando su propia comida, hilando y tejiendo su ropa, fabricando sus propios muebles. Él mismo construyó la casa en la que habitan, sin teléfono, ni televisor, sin automóvil, sin más conexión cotidiana con el mundo exterior que los viajes diarios de Tommy a la escuela. Allí viven, piensa Bob, y allí vivirán siempre. Bob y Liz se enorgullecen del estilo de vida autosuficiente que han escogido, pero si de algo se siente verdaderamente orgulloso Bob es de Tommy, ese chico entusiasta, receptivo, obediente y dispuesto a dejarse guiar por su padre. Por eso nunca habría imaginado que un día su hijo fuera capaz de agarrar dos muñecas de una compañera de clase y destrozarlas. Sin embargo, ese día llega y a Bob le recorre un escalofrío. Algo va mal, realmente mal, y él no lo ha visto venir. 

Su lectura me ha parecido: breve, intensa, económica en su descripción de los hechos narrados, actual, reflexiva, desmitificadora, paradójica, un cuchillo de doble filo que se traslada más allá de su oportuno título... En ocasiones me dan ganas de dejarlo todo y marcarme un Walden. Así de claro. Abandonar las comodidades propias de la ciudad o del pueblo grande y marcharme a una casita en medio del campo. Sin televisión, ni internet, ni ruidos propios de la megalópolis, sin la presencia de lo que mundialmente hemos convenido en llamar "ser humano" - hay quien creo que no debería merecer dicho honor - como a 50 kilómetros o más a la redonda. Yo, mis circunstancias, libros, papel, boli, gas, electricidad, agua corriente - por supuesto, que de burguesa tarda una en salirse, aunque en realidad un waldenista extremo renunciaría a estas tres cosas - y un pequeño huerto del que sobreviviría y que, mediante la ancestral técnica del trueque, me permitiría sobrevivir en medio de la nada para unos, en el paraíso terrenal para otros. Rodeada de monte, rocas, plantas silvestres, tal vez un riachuelo-lago-abundante río, insectos mil y algún que otro animal salvaje (con todo lo que ello conlleva). Por supuesto, y tras este breve exabrupto, sin duda producto de la beligerante actualidad a todos los niveles (y no solo en lo que, por desgracia, atañe a la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin) me queda claro que liarte la manta a la cabeza y plantarte en medio de la naturaleza más agreste con la intención de construir un lugar donde poder habitar y subsistir a partir de lo que ésta ofrezca está al alcance de muy pocas y pocos. Por no decir que eso lo pueden hacer cuatro privilegiados y, bueno, los que siguen a pies juntillas las palabras de Thoreau en su imprescindible ensayo sin un ápice de espíritu crítico en dicha lectura. Con el riesgo de acabar como Christopher McCandless - protagonista de la película Hacia rutas salvajes y del libro de John Krakauer - en su "Odisea de Alaska". Retiros más o menos extremos a parte, lo cierto es que hay quienes lo consiguen, quienes logran - aunque con algunas comodidades indispensables y a las que cuesta renunciar como una cama en lugar de los gastados asientos de un autobús abandonado - con empeño y trabajo vivir al margen de lo que conocemos por "civilización" o mejor aún, de entornos que nos generan un desapego absoluto con la madre naturaleza y sus múltiples virtudes. Sin embargo, como bien plantea la novela que hoy tengo el placer de reseñar, ¿estamos dispuestas/os a llevar nuestras convicciones hasta el final? ¿Cómo se congenia eso de tener descendencia y querer inculcar en nuestra prole unos valores y una forma de vivir determinada? ¿Y si nuestra hija o hijo, de pronto, parece reusar todo ese saber y modo de vida aprendido desde la cuna? Y lo más importante: ¿se puede escapar de las garras del capitalismo por muy aislado que quieras estar de todo aquello que lo sustenta? La mejor voluntad: la libertad como espejismo y el materialismo como ese robusto tronco que no dudamos en abrazar. 


Tras esa lectura algo desinflada de La edad del desconsuelo y la publicación, que no incursión, de Un amor cualquiera - novela a la que seguramente le acabe dando una oportunidad - regresaba a Jane Smiley con cierto escepticismo. Lo confieso, mi primer contacto con ella no fue del todo satisfactorio, por lo que me inquietaba pensar que, a pesar de mi pasión por la literatura estadounidense, no fuese para mí. No obstante y para mi sorpresa, Smiley acabó entrando por mis ojos como un torrente de aire fresco en un momento en el que necesitaba precisamente dejarme llevar y mecerme en unas formas que, si bien conocía de sobra, me ayudaron a desconectar de aquello que me perturbaba. Siguiendo un estilo muy parecido al de La edad del desconsuelo, pero con pequeñas sutilezas y, sobre todo, una trama que refuerza unas determinadas preocupaciones, Smiley nos acompaña a través de la palabra escrita en la historia de Bob, Liz y Tommy; padre, madre e hijo respectivamente. Una familia - los Miller - de las que, como he apuntado en el anterior párrafo, consigue realizar su sueño de vivir en una granja en lo alto de una colina, ser autosuficientes y libres de cualquier atisbo materialista - o lo que ellos consideran como tal - que perturbe su día a día. Sin televisor, teléfono, coche y con las salidas de su hijo al colegio y los libros que toman prestados de la biblioteca pública como únicos medios de conexión con el exterior. A través de la voz del padre iremos conociendo mejor tanto a la familia como su rutina en ese idílico paraíso entre el huerto y los remiendos de la ropa que tejen a mano. Así como el ensimismamiento en el que que Bob, ese progenitor férreo en sus ideales, vive respecto a Tommy, al cual considera su mejor creación. Un niño nacido y criado en dicho ambiente y asumiendo todas las enseñanzas y valores que, sobre todo su padre, vuelca sobre él, creyéndose la idea de que junto a su esposa han creado a un niño modelo y futuro ciudadano ejemplar. Sin embargo, un inesperado incidente en el colegio conseguirá tambalear los cimientos, no solo de la educación que dichos padres han dado a su hijo, también de los propios pilares sobre los que se asienta un matrimonio aparentemente perfecto y seguro de lo que han construido y de lo que querían cuando iniciaron dicho proyecto juntos. Sin ahondar en cualquier clase de spoiler - sobre todo para los más puristas en estas lides - simplemente me limitaré a comentar que, la eclosión del inesperado hecho, supone una reflexión para el lector más allá de las consecuencias que éste acarrea para a la unidad familiar. Y es que de una forma sutil lo que Smiley nos está tratando de hacer ver es que nada puede escapar del capitalismo. Por mucho que te aísles y te creas libre de toda atadura del sistema, lo cierto es que ambos modelos se sustentan en una constante comparación, creyéndose ambos la mejor opción al tiempo que se admiran mutuamente, ya que en última instancia, ambos mundos - el de la familia Miller y el que representa el resto de personas que forman la comunidad - acaban reconociendo carencias y deseos que solo pueden hallar si se pasan al otro bando. La libertad es un espejismo, parece sentenciar Smiley, capitalista en este caso, algo que ni - como reza su título - la mejor de las voluntades, ni siquiera la de ese padre que cree estar haciendo lo mejor para su hijo (también esta es una novela sobre los modelos de paternidad y maternidad) parece aplacar un problema sustentado en la confrontación, el individualismo o la falsa meritocracia entre otras muchos contrafuertes. 

La mejor voluntad: una historia de aislamiento, modelos de habitar el mundo, paradojas, desigualdad, grietas emocionales, ideales que se deshinchan, autonomía, autoridad, ruido pragmático... La prole como campo de experimentos y cubo rebosante de expectativas paterno y materno filiales. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Me pregunto como sería criar a un niño con dinero. Toda su vida hemos estado inventando cosas para él; ha sido nuestro sujeto experimental, y reconozco que ha sido uno muy bueno, receptivo agradecido, flexible con esas ideas que pintaban bien sobre el papel pero que no funcionaron."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

jueves, 23 de septiembre de 2021

RESEÑA: Un par de cómicos.

 UN PAR DE CÓMICOS


Título: Un par de cómicos. 

Autor: Don Carpenter (California, 1931-1995) escribió numerosas novelas, cuentos y guiones de cine a lo largo de veintidós años de carrera. Su primera novela, Dura la lluvia que cae, se publicó en 1966. A ésta le siguieron títulos como Un par de cómicos (1979) o La promoción del 49 (1985). Fue alabado por la crítica y sus colegas, pero su obra nunca llegó a un público masivo. Víctima de una serie de enfermedades que lo acabaron incapacitando, se suicidó en 1995 antes de acabar su última novela, Los viernes en Enrico´s, terminada y prologada por Jonathan Lethem y publicada por Sexto Piso en 2015. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés.

Traductor: Rubén Martín Giráldez.

Sinopsis: Desde hace años. Jim Larson y Dave Ogilvie forman un célebre dúo cómico cómodamente asentado en la fama. Cuando no están actuando en Las Vegas o de gira por el país, se encuentran en Hollywood grabando alguna de sus taquilleras películas. La amistad entre Dave y Jim parece haber sobrevivido al tiempo, al éxito (también al extraño cansancio que éste conlleva), a la implacable maquinaria del show business, e incluso a algún que otro avispado agente que quiere que Jim emprenda una carrera en solitario. A pesar de todo, siempre han sabido moverse como pez en el agua en un mundillo que conocen y aman, sin pagar, aparentemente, un peaje demasiado caro. Aún así, cíclicamente, Jim necesita desaparecer sin avisar a nadie, y Dave teme que alguna de esas veces sea la definitiva y todo acabe. 

Su lectura me ha parecido: tragicómica, ligera, burlesca, implacable en su retrato de lo que sucede tras las bambalinas del mundo del espectáculo, ausente de sentimentalismos, una brisa entre un panorama literario a rebosar de intranscendentes dramas... La risa, esa que aflora de nuestros labios y garganta, como si de una idea que por necesidad tenemos que exponer en voz alta, para que todo el mundo la oiga, hasta los comensales situados a la otra punta del restaurante. Cuantos más mejor. Porque, si de algo vive la risa es de la compañía, de una comunión de afines que dan su aprobación en forma de más carcajadas. Complacientes, sinceras, comedidas, exageradas, con implicaciones nasales, lagrimales, vocales o todo a la vez. No hay una risa única, como tampoco aquello que nos conduce a ella. Dentro del infinito catálogo, los libros - adscritos al género humorístico - figuran en un puesto destacado a pesar, eso sí, del descrédito vertido más por la crítica que por parte del público, el cual, se entrega a ellas cual fan de una legendaria banda de rock. Homero fue, como en casi todo todo, pionero del noble arte de conseguir que nos partiéramos la caja con su epopeya Batracomiomaquia. Al igual que Aristófanes, Menandro o Luciano de Samosata con sus obras de teatro que bailaban entre lo pícaro, lo explícito y la sátira social. Siglos más tarde encontraríamos aquellos autores que provocaron cierta hilaridad en tiempos medievales tales como Chaucer, Martínez de Toledo o el Arcipreste de Talavera, capaz de aunar el carácter cortesano con ingenio verbal. Aunque el Decamerón de Boccaccio se considera uno de los textos de humor más importantes de la historia de la literatura - y en los últimos tiempos una suerte de manual para sobrevivir a una pandemia a base de contar historias cada cual más loca y subida de tono que la anterior - no podemos olvidarnos de nuestros patrios Fernando de Rojas con La Celestina y esa misteriosa o misterioso anónimo (no descartemos que fuese una mujer la que escribiese tremendo libro) que figura bajo El lazarillo de Tormes. Dos obras de impensable importancia que saben moverse entre los recovecos de la tragicomedia sin olvidarse de un despiadado retrato de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde llegarían Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o William Shakespeare para renovar - en el caso del primero la novela y los tres siguientes el teatro - provocando regocijos desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días. Y más cercanos a la actualidad Sharpe, Whodehouse, Waugh, Durrell, Lodge, Pratchett, Jardiel Poncela, Fo o Gómez de la Serna entre otros. Todos ellos influenciados por escritores tan dispares como Wilde, Dikens, Twain, Valera o Zúñiga (nótese la ausencia de autoras en este género, lo cual nos debería hacer pensar). Luego, y tras este breve pero entretenido repaso a la historia de la literatura más desternillante, está Carpenter. Un guionista curtido en una escritura precisa y no exenta de comicidad que nos regaló una joya desconocida - al menos para una servidora - que nos habla de lo que se esconde tras los focos, de la otra cara de la fama, de las apariencias forzosas cuando, en el mundo de las icónicas parejas humorísticas, uno de los integrantes decide bajarse del barco. Un par de cómicos: jocosidad y desenfreno tras el dorado cartel de Hollywood. 


En su extraordinaria labor por rescatar novelas de un injusto ostracismo, la editorial Sexto Piso se afana por traernos de vuelta la obra de Don Carpenter. Escritor de una dilatada experiencia de, ojo, veintidós años dedicada a la escritura de escaletas y diálogos para el séptimo arte. Autor de gran agilidad estilística y poseedor de un imaginario literario indisociable de su biografía - o más bien de sus vivencias entorno a la dorada Babilonia, más conocida como la industria Hollywoodiense - que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto en el año 1995. Dicho esto, y a falta de haberme leído su obra póstuma y editada por la mencionada editorial Los viernes en el Enrico´s, Un par de cómicos viene a iniciar lo que se la venido a llamar la Trilogía de Hollywood, en la que Carpenter nos sumerge en el brillante pero podrido mundo del show business para hacernos reír pero también para revelarnos lo que todos ya sabemos aunque nunca viene mal recordarlo de vez en cuando: que el negocio del cine norteamericano, fascinante donde los haya, tiene el poder de colocarte en lo más alto de la fama planetaria como, al mismo tiempo, condenarte al más absoluto de los olvidos. Dicho de otra forma, unos días estás arriba, con las estrellas del firmamento, y otros en el sótano del fracaso del que se antoja complicada su salida. En el caso de Un par de cómicos (la primera novela que nos llega de esta temática abordada por Carpenter) no estamos tanto en un terreno pantanoso donde somos testigos de la decadencia de un actor o actriz cuyo tiempo de gloria ha quedado atrás, ni ante algo parecido a El crepúsculo de los Dioses hecho novela, sino en el meollo de una historia de amistad más allá del ámbito profesional que está a punto de llegar a su fin. Como los grupos de música, los dúos míticos o, por supuesto, las legendarias parejas de cómicos, muchos han acabado separándose y, por consiguiente, poniendo fin a sus carreras para volar, con mejor o peor suerte, en solitario. Justo lo que les sucedió a Dean Martin y Jerry Lewis (pareja cómica en la que claramente se inspira la novela de Carpenter) mientras el primero sucumbió ante los egos de su compañero de profesión por culpa de las críticas de la prensa y, como consecuencia, su popularidad fue cayendo con los años, el segundo despegó y creció hasta convertirse en uno de los humoristas y directores más importantes de la historia del cine. 


Con un poso de comicidad con atisbos de patetismo y dramatismo - o lo que es lo mismo, lo que llamamos comedia triste - Carpenter nos habla de Jim Larson y Dave Oglive (magnífico perfilamiento de ambos personajes tanto en sus virtudes como en sus numerosos defectos), de su historia en común, de sus idas y venidas (sobre todo por parte de Jim influenciado por un productor que le insta a abandonar a Dave para actuar en solitario), de las fiestas glamurosas y regadas de alcohol que ambos se pegan y, sobre todo, de la sordidez y perversidad que impregna la trastienda del mundo de los teatros o sets de rodaje. Especialmente memorables son los pasajes en los que describen sus inicios, su primer encuentro y el inicio de la amistad que, ahora, está a punto de truncarse. Así como las insistentes arengas del productor, las lamentaciones y meditaciones de Dave en su rancho de Somona, el satirizante retrato del Hollywood de los 60-70 (décadas que cambiarían la industria para siempre) o el propio ambiente de las juergas - con aparición de Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, incluida - desinhibidas y plagadas de arquetipos que le sirven al autor como ejemplos para acentuar la degradación social y moral. Una fauna de interesados y carroñeros a ojos de alguien que, paradójicamente, forma parte de la propia maquinaria. Ligereza y pericia en sus diálogos - la mano de guionista es prácticamente palpable en cada página - Un par de cómicos no deja de ser el reflejo, bastante trasnochado, de la vida misma en cuanto a relaciones sociales se trata. El ser humano tiende a relacionarse con otras personas, ya sea por afinidades concretas - amor, amistad, trabajo, familia, ocio... - o por interés, sin llegar a estrechar un vínculo particular, simplemente por la coyuntura de la situación. Éstas pueden ser duraderas, tanto que solo la muerte acabará por truncarlas. Pero, ¿qué pasa cuando algo falla? ¿Cuando ya no reconoces a la persona con la que has pasado gran parte de tu vida? ¿Cuándo existen más diferencias que puntos en común? ¿Cuándo vuestros intereses difieren por completo? ¿Cuándo has aborrecido la compañía de quien, hasta hace poco, era imprescindible en tu vida? Los ciclos existen, y en lo que a relaciones sociales éste está a la orden del día. Por eso evolucionamos, exploramos nuevos territorios que en ese momento nos resultan más atractivos, en definitiva, cambiamos. Y en ese camino, seguramente, algunos de los que considerábamos una extensión de nosotros mismos acaben quedándose por el camino. Ley de vida dicen, como sucede en la novela de Carpenter. Sin duda, la mejor bisagra entre esa lectura trascendental de 1.000 páginas y ese cuento que exige toda tu atención. 

Un par de cómicos: una novela solvente, crítica, sin complejos temáticos y literarios, entretenida, que vuela en tus manos sin descuidar el contenido... Sin chistes malos pero con una buena dosis de tragedia burlona. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hacer películas es aburrido, y trabajar en Las Vegas es aterrador: ésa es la principal diferencia. Después de nueve o diez horas de aburrimiento, lo único que quiero hacer es irme a casa y ver la televisión, pero después de dos horas de terror, el mundo parece un lugar maravilloso."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

jueves, 1 de julio de 2021

RESEÑA: Muro fantasma.

 MURO FANTASMA


Título: Muro fantasma. 

Autora: Sarah Moss (Glasgow, 1975) creció en Manchester y estudió en la Universidad de Oxford. En la actualidad, trabaja como profesora de Escritura Creativa en la Universidad de Warwick. Es autora de seis novelas, entre ellas Tierra fría (Duomo, 2010), Night Walking (2011) o The Tidal Zone (2016). Muro fantasma fue escrogido como uno de los libros del año por The Times, The Guardian, The Times Literary Supplement, Financial Times, The Spectator y New Statesman. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductora: Vanesa García Cazorla. 

Sinopsis: a lo largo de sus dieciséis años de vida, Silvie ha aprendido de su padre, aficionado a la historia de la Edad del Hierro, como vivían los antiguos britanos - qué tipo de túnicas vestían, qué raíces comestibles recolectaban, cómo encontraban agua potable - y también como morían algunas de sus mujeres y niñas: atadas de pies y manos, ahogadas en un pantano, víctimas de sacrificios rituales a manos de su propia tribu. La familia de Silvie participa en una "experiencia" organizada por un profesor de arqueología para sus estudiantes: recrear, en una acampada en los páramos del norte de Inglaterra, la vida de los britanos; adoptar sus costumbres y adaptarse a sus condiciones de vida, subsistiendo con lo que la naturaleza ofrece. A medida que pasan los días, Silvie se da cuenta de que el afán de su padre por imitar con mayor fidelidad el pasado pone en peligro el delicado equilibrio de la convivencia del grupo, y se pregunta con pavor qué estará dispuesto a sacrificar, en el nombre de la pureza cultural, ese hombre autoritario y temperamental que tan bien conoce. 

Su lectura me ha parecido: inquietante, perturbadora, extrema, asfixiante, crítica, breve, contundente en su pertinente reflexión, visual, perversa... La arqueología experimental, englobada dentro de las ciencias sociales, podríamos definirla como una ciencia auxiliar de la historia, y muy especialmente de la propia arqueología. Antaño fuera del plan educativo de la carrera de Historia, hoy día, integrada como una disciplina más a pesar de abarcar otras áreas del conocimiento como la biología, la economía, la agricultura, la medicina o la gastronomía entre otros muchos saberes. A través del empleo de diferentes técnicas o la propia implicación de la arqueóloga/o en la elaboración de toda clase de objetos u actividades de toda índole, la arqueología experimental trata de comprender las fases empleadas por nuestros antepasados a la hora de realizar sus actividades cotidianas. Desde elaborar cerámica durante la Grecia Clásica, hasta tallar puntas de flecha en la Prehistoria, pasando por la construcción de castillos medievales, el uso de la rueca durante la Edad Moderna o la propia navegación en tiempos de la Ruta de la Seda. Esta recreación del uso y modo de obtención de los materiales permite a los arqueólogos desechar ideas y modificar teorías una vez son comparados con el objeto original. De esta forma pueden estudiarse al mismo tiempo los métodos de fabricación, la procedencia de la materia prima y los usos que, una vez construidos, les daban. Los fines pueden ser didácticos (incluyendo la animación sociocultural en museos o yacimientos y lo puramente turístico), así como científicos. Porque, a diferencia de la arqueología clásica, en la que se limita a estudiar los hechos del pasado que dejaron una huella visible (vestigios, manuscritos, monumentos, testimonios...), la experimental recoge el saber etnográfico invisible más allá de la organización social (hablamos, por supuesto, del esfuerzo, el trabajo y la dureza de la vida de las mujeres y hombres del pasado). Pues bien, una vez soltado todo este rollo ¿os imagináis una situación límite con la arqueología experimental como telón de fondo? ¿A una persona que prefiere vivir como los habitantes de la Edad del Hierro antes que en su propio presente? ¿Alguien que arrastra su familia a convivir con un grupo de investigadores que se dedica, con aspiraciones intelectuales, a reproducir la cotidianeidad de aquellos antepasados hasta sus últimas consecuencias? Recalco lo de "últimas consecuencias" ya que, aunque en clave de ficción, la escritora escocesa Sarah Moss nos ha regalado a los lectores una historia con esta tan original como estremecedora premisa. Muro fantasma: un folk horror en tiempos del Brexit. 


Las polémicas declaraciones de un político de extrema derecha británico en las que instaba a la recuperación de ciertos valores medievales una vez saliese el Brexit adelante y la exposición Scotland´s People del National Museum de Escocia donde se exponían los cuerpos y objetos de quienes habitaron la frontera durante la Edad del Hierro fueron las dos principales fuentes de inspiración que Sarah Moss empleó para la escritura de Muro Fantasma. Una novela que, a pesar de estar ambientada en uno de los muchos campos de trabajo donde se lleva a cabo técnicas propias de la arqueología experimental, nos sumerge en el conocido como Folk Horror, un género tanto literario como cinematográfico cuya popularidad ha ido in crescendo a lo largo de los últimos años a la vez que asistíamos, atónitos, a una vertiginosa sucesión de acontecimientos de carácter ultraconservador. Una relación que, lejos de parecer casualidad, rima con los tiempos que corren. Años en los que hemos tratado de escapar - literal y figuradamente - al campo para huir de todos los males propios de las grandes urbes, confiando en que, entre árboles y pueblos de aspecto idílico, no hubiera racismo, paro, machismo, neonazis o explotación laboral entre otras muchas dolencias del sistema. Al tiempo que, como locos, muchos hacían las maletas para mudarse de la ciudad al campo (últimamente a causa del Coronavirus), las mentes de las y los novelistas se pusieron manos a la obra, al igual que muchas y muchos cineastas, quienes vieron en estas circunstancias el caldo de cultivo perfecto para, o bien a través de espinosas palabras o bien desde la imagen más terrorífica, hablarnos de nuestras inseguridades, miedos o, incluso, de los problemas de idealizar tanto nuestro pasado histórico. De ahí el título, en relación con el famoso Muro de Adriano que aparece en la novela, pero construido de cero, sin piedras, desde lo tergiversado. A pesar de que cada vez que me adentraba en Muro fantasma me imaginaba el rostro de Silvie, la protagonista, con el rostro de la actriz Florence Pugh - protagonista absoluta de Midsommar, una de mis películas de terror favoritas - y el grupo de arqueología experimental en algo parecido a la secta que aparece en la película, lo cierto es que una idea no dejaba de sobrevolar en mi cabeza a medida que avanzaba en su lectura. Aquella que confirmaba mis sospechas respecto al libro, y es que, además de ser una gran novela breve Sarah Moss quiso encerrar en aquel "idílico" paisaje de Northumbria una llamada de atención a quienes piensan que cualquier tiempo fue mejor o, directamente, se dedican a mutilar el pasado histórico en favor de sus intereses personales. Algo muy propio de los sistemas totalitarios del siglo XX y que en Muro fantasma lo hallamos personificado en el personaje de Bill, el padre de Silvie, conductor de autobuses de profesión y cuya pasión - aunque más bien obsesión - por la Edad del Hierro le lleva a construir su propia versión de dicho periodo adecuándolo a su retrógrado pensamiento y su hiriente machismo. Para Bill no existe otra verdad que la suya propia y el pasado, por supuesto, fue como él quiere que sea. Y quien lo cuestiona o no acata sus órdenes, aunque sea por un descuido, entonces el castigo a la "antigua usanza" es severo y totalmente desproporcionado. 


No hace falta ser una experta/o en la Edad del Hierro para entender lo que sucede en Muro fantasma. De hecho, a pesar de que su autora se ha documentado para su escritora y aunque haya soltado algunas cuestiones básicas sobre el tema, esto, en comparación con el verdadero corazón del libro, no deja de ser una forma de preparación. Una base sobre la que el lector repose y se sienta cómodo antes de sumergirlo en la vorágine y la locura que se desata en ese asentamiento ficticio. Su lectura es rápida, voraz, con capítulos largos que nos permiten no solo conocer a los personajes en profundidad - sobre todo el de Silvie, ya que junto a ella seremos testigos de lo que sucede - también reservar la suficiente fuerza mental para el siguiente impacto. Sin embargo, y a pesar de lo que pueda parecer, Muro fantasma no es una novela de terror al uso, de esas que te impide conciliar el sueño por las noches, como si sucedió, en mi caso, con Misery de Stephen King o Mandíbula de Mónica Ojeda. Más bien nos encontramos ante un texto inquietante, con una atmósfera abierta - no dejamos de estar en una pradera al aire libre - pero a su vez viciada y agobiante debido a la actitud de Bill y su impacto sobre su mujer e hija. Eso no quita que las situaciones que Moss describe en él no sean calificadas como terroríficas, sobre todo las que tienen lugar en su tramo final, contadas desde la contención pero sin dejar de lado la desesperación y la incredulidad de Silvie al ser consciente, con horror, de lo que su padre está dispuesto a hacer por seguir a raja tabla las costumbres de las sociedades de su tiempo. Aunque aquello suponga la quiebra del ya de por si débil equilibrio del grupo acampado y sobrepase el límite que separa lo racional de lo irracional en pleno siglo XXI. Porque una cosa es vestirse como ellos, comer como ellos, dormir como ellos, obtener alimento como ellos... Pero otra cosa muy distinta es escarmentar a quien no sea puro en su recreación histórica - la de Bill, por supuesto - con la muerte o la tortura ceremonial. De ahí que el primer capítulo, de los más breves, en el que se narra, precisamente, el fallecimiento de una mujer en un sacrificio ritual durante la Edad de Hierro, no en la actualidad, sirva como terrible anticipo de lo que está por llegar. A diferencia de otras novelas, en las que los personajes parecen vivir en una gran mentira, aquí Silvie sabe, aunque con matices, que todo es mentira. De hecho, será su ligera ignorancia sobre el periodo lo que le acarreará incontables problemas con su padre, incluyendo el más atroz de todos, así como el machismo al que Bill la somete. A ella y a su madre. Escudando dicho comportamiento en la supuesta sociedad patriarcal que imperaba en Edad del Hierro. Sin embargo, el segundo aspecto importante de la novela es precisamente ese, el no saber a ciencia cierta si se dio o no este tipo de desigualdad. De este modo, Sarah Moss nos invita a abandonar ideas preconcebidas respecto a estos primeros pobladores, a no dar todo por sentado solo porque, a lo largo de la historia, la mujer ha sido la relegada en lugar de la punta de lanza de la escena pública. A sostener, en definitiva, la hipótesis de que también pudieron ser ellas las que ostentaron el poder. En Muro fantasma, además de criticar el clima de apropiacionismo histórico derivado de la aprobación del Brexit, Moss aboga, de forma explícita, por la normalización de la perspectiva de género a la hora de conocer o investigar nuestro pasado, también en la prehistoria, disciplina no siempre querida - en mi caso estudiarla me produjo algún quebradero de cabeza - pero esencial para entender el origen de nuestras propias sociedades sedentarias. 

Muro fantasma: una historia de investigación histórica, tiranía paterno filial, experimentación, misoginia, locura, terroríficos rituales, abnegación, rebeldía... El terror rural ha llegado para quedarse, echar raíces y hacer felices a quienes desean empaparse de él. 

Frases o párrafos favoritos: 

"A lo largo del día, a medida que nos acercábamos a los confines de la ciudad, mi padre fue poniéndose de mejor humor, pese a que las praderas estuvieran surcadas por carreteras sobre pilotes que atravesaban el paisaje. Aquel primer día el Muro no era más que un mero foso, aunque al menos era un foso romano, eso sí, una manifestación física de la resistencia de los britanos que aún marcaba aquella tierra, y se veía que mi padre extraía fuerzas de ésta."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

jueves, 25 de febrero de 2021

RESEÑA: Casas vacías.

 CASAS VACÍAS


Título: Casas vacías. 


Autora: Brenda Navarro (Ciudad de México, 1982) es socióloga y economista feminista por la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó un máster de Estudios de Género, Mujeres y Ciudadanía por la Universidad de Barcelona. Ha sido redactora, guionista, reportera y editora. Ha trabajado en diversas ONG relacionadas con derechos humanos. Es fundadora del #EnjambreLiterario, un proyecto editorial enfocado en publicar obras escritas por mujeres. Casas vacías es su primera novela. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma original: español. 

Sinopsis: La maternidad, que casi siempre asociamos con la felicidad, también puede ser una pesadilla: la de una mujer cuyo hijo desaparece en el parque donde estaba jugando, y la de aquella otra mujer que se lo lleva para criarlo como propio. Ubicada en un contexto de profunda precariedad física y emocional, la historia de estas dos mujeres, madres del mismo niño - un niño que primero se llama Daniel y que después será rebautizado como Leonel - y madres, además, de un mismo vacío, nos confronta con las ideas preconcebidas que tenemos de la intimidad, las violencias familiares, la desigualdad social, la soledad, el acompañamiento, el cuidado, la culpa y el amor. 

Su lectura me ha parecido: devastadora, estremecedora, con multitud de lecturas, cuidadosa en su estructura, rica, audaz, enmudecedora... El aquel lunes invernal de 1993 nací con los ojos completamente abiertos - o al menos eso es lo que siempre me han contado esbozando nostálgicas sonrisas - lo cual he acabado asociando a una primigenia pasión por la observación y la curiosidad. Las cuales siempre me han acompañado allí donde la belleza se antoja desconocida. Otra anécdota vivida - que no recordada - fueron las mantas con las que mis dos abuelas me cubrieron tras salir del paritorio. Parecía un garbancito rosa embutido entre felpa y amor desmedido. El médico - o la médica, no recuerdo bien su sexo - tuvo que llamarles la atención ya que con tanta capa me iban a ahogar. Sin embargo, otro acontecimiento no tan entrañable tuvo lugar días después. Una monja (sí, vine al mundo en un hospital universitario católico) le espetó a mi madre una frase que, a día de hoy, sigue resonando en el interior de su cerebro: "Si no eres capaz de tomarte un jarabe por tu hija, mala madre serás". Incapaz de ingerir cualquier tipo de medicina en estado líquido desde bien pequeña, mi madre simplemente, ante el apremio de la monja para que se lo bebiera, preguntó si cabía la posibilidad de que se lo diesen en pastilla o por vía intravenosa. Unas vitaminas recetadas por la ginecóloga desencadenaron dicha condena que, como cabía de esperar, cayó como una losa sobre la conciencia de mi madre. A veces, cuando esta historia vuelve a cobrar presencia, me la imagino acercarse, salir de la penumbra, frunciendo el entrecejo, severa, mientras sostiene con unos dedos extremadamente largos el vaso de denso y asqueroso contenido. No deja de resultar paradójico el hecho de que fuera una sierva del señor - cínica y perversa como ella misma - la que pronunciase aquellas palabras ya que si alguien ha inculcado el sentimiento de culpa en nuestra sociedad ha sido precisamente la iglesia católica. La cual expiamos o bien en el confesionario o bien enmendando los supuestos errores que nos han conducido a ella. Se ha convertido en algo tan intrínseco del ser humano que nos sentimos incapaces de prescindir de ella. Ésta nos acompaña, a cada paso, expectante, aguardando el momento oportuno, su irrupción en forma de dolor estomacal o de lágrimas acariciando mejillas. Aún así, si bien todas y todos la hemos experimentado en mayor o en menor medida, es en las mujeres donde ésta ha conseguido echar raíces más profundas. Todo ello gracias a eternas comeduras de tarro con regusto patriarcal desde la mismísima cuna. Cuanto más culpable se sienta la mujer, más terreno cedido y, por tanto, más oportunidades para que los hombres lo ocupen. En la novela que hoy tengo el inmenso placer de reseñar no hay medicinas, ni camas de hospital, ni monjas chungas con la palabra "reprobación" tatuada en los labios. Pero sí culpa, mucha culpa, relacionada, como no puede ser de otra forma, con esa otra palabra tan deconstruida y redefinida en los últimos años: maternidad. Sin embargo, ésta es solo la punta del iceberg. Casas vacías: el lacerante dolor de la ausencia. 


El día que estuve a punto de leer Casas vacías acababa de iniciarse el conocido como "verano de la pandemia". Tres meses de insoportable calor a los que tuvimos que añadirle la sudorosa mascarilla, la reglamentaria distancia social, el pringoso gel de manos, así como una serie de precauciones de obligado cumplimiento que, sin embargo, quedaban a merced de la responsabilidad individual. Salí de un confinamiento difícil - en todos los sentidos - para meterme en una de las estaciones que, en aquellas circunstancias, se me hacía raro disfrutar al menos de lo poco que nos dejaban hacer. Las fronteras se abrieron, aunque en general fuimos más precavidos al no irnos demasiado lejos y ver en el pueblo de toda la vida esa mota de oasis en medio de tanta mala noticia. De hecho, salvo por la presencia de las mascarillas - mejor o peor puesta - la ausencia de verbenas y las limitaciones de aforo en el típico bar de la plaza o en la tienda de toda la vida, el aroma que se respiraba recordaba ligeramente al de aquel añorado 2019. Un año de mierda que al final conseguimos entre todos revestirlo de una compacta pero jugosa masa de fondant. En mi maleta, cuatro libros - ¿o eran cinco? - entre ellos Casas vacías, la opera prima de la escritora mexicana Brenda Navarro. Novela perteneciente a la malograda cosecha del 2020, aquella cuya puesta de largo tuvo lugar en febrero, a las puertas de la hecatombe que vendría después. Texto que, como tantos otros, tuvo la gran suerte de redescubrirse con la desescalada, llegando a formar parte de las listas de lo mejorcito del turbulento año. Sin embargo, y a pesar del privilegio que supone siempre adentrarse en un texto de gran repercusión, lo dejé pasar. La dureza de su sinopsis podía convertir el incipiente dolor de tripa en una semana de apatía y tristeza que no estaba dispuesta a asumir de nuevo. Casas vacías reposó durante meses hasta que otra autora mexicana llamada Guadalupe Nettel oxigenó mis pulmones para lo que estaba por llegar. El golpe fue tremendo por dos motivos. El primero, por haber conseguido armar una novela de tal calibre a pesar de que su grosor, de unas escasas 161 páginas, pudiese indicar impaciencia o una narración abrupta sólo apta para los escritores más mediocres. Brenda Navarro construye dos monólogos bien diferenciados - aquí el trabajo sobre los recursos lingüísticos es impecable - que nos presentan, a su vez, dos realidades y formas de ver el mundo casi antagónicas pero unidas por el cordón umbilical de la maternidad, sus propias tragedias personales y la presencia o ausencia de Daniel o Leonel, dependiendo de en que monologo nos encontremos. La primera es la madre biológica de Daniel, un niño con autismo que desaparece mientras juega en el parque, una mujer aquejada por la culpa de no haberlo vigilado mejor así como la de no quererlo lo suficiente al no ser un embarazo deseado al tiempo que, como si de un pesado saco de patatas se tratase, le cae la maternidad no elegida de su sobrina Nagore, cuya madre ha muerto a manos de su marido. La segunda es la raptora, la que elige a Daniel, la que se lo queda y la que le cambia el nombre - ahora es Leonel - la que comete el delito en aras de mejorar la convivencia con un marido maltratador pensando que un hijo lo arreglaría todo aunque, en realidad, la maternidad y sobre todo el niño escogido no son lo que ella esperaba. Dos experiencias profundas que se enriquecen de una serie de personajes secundarios de gran riqueza (Nagore, Fran, Rafael, las respectivas suegras, Amara) y de un pulso narrativo simétrico - a lo Kubrick pero en literatura - que oscila entre el pellizco, el quejido y el desgarro. Asaeteadas por la culpa (la de la pérdida, la de no poder engendrar hijos, la de haberse casado con el hombre equivocado, la de no querer la propia maternidad...) al final de la lectura una no sabe bien como reaccionar ante la inexistencia de bandos pues, al fin y al cabo, ambas podríamos ser o haber sido todas nosotras. 


El segundo golpe, y tal vez el más duro, vino no sólo por esa envidia sana hacia aquellas autoras/es cuya primera novela resulta a todas luces magistral, también y más importante por una crucial decisión de estilo. Como todos sabemos, México es el país de los desaparecidos, lugar del que en muchas ocasiones nos llegan noticias de secuestros, tiroteos o fosas comunes halladas en medio del bosque. A la vez, en una macabra ironía, México también es el país del culto a los muertos, del recuerdo de los que ya no están, de los altares atestados de fotos y de flores, de las reuniones, comidas y vigilias familiares a los pies de la tumba. Ejemplo de ello lo encontramos en su cada vez más internacional Día de muertos. Consciente de ello, Brenda Navarro no quiso conformarse simplemente con escribir la historia de estas dos mujeres cuya forma de vivir la maternidad está en las antípodas de lo socialmente aceptado. Navarro, a sabiendas, construye la narración sobre un tiempo y unas formas completamente ajenas a cualquier época que el lector pudiese reconocer con facilidad. Aquí el contexto es remoto - de hecho la novela está narrada en pasado - como si hubiese pasado hace años, pero con la sensación de no encuadrarse en un marco temporal concreto, un momento donde no existen costuras, etéreo, en el que los personajes parecen levitar sobre una realidad que les pertenece y asusta al mismo tiempo. La clave de todo esto la encontramos en la que tal vez sea la mejor fase del libro: "¿Por qué los llaman desaparecidos y no se atreven a llamarlos muertos? Porque los muertos somos los que buscamos, ellos siempre, siempre seguirán vivos." ¿Y si en realidad las dos protagonistas están muertas? O peor aún ¿Vagan, como fantasmas plañideros, arrastrando la cadena de la culpa? Esta representación cercana a lo fantasmagórico entronca, por supuesto, no sólo con la invisibilidad a la que se la condenado a la mujer a lo largo de la historia, también con todas aquellos espíritus de mujeres que ingresan en el reino de los muertos tras haber sufrido violencia machista, o como Brenda Navarro subraya en la novela, feminicidio. Esta abstracta idea cobra forma en el personaje de Amara, la madre de Nagore, quien muere a manos de su pareja y tras años de vejaciones y palizas. Una presencia sobrenatural que, como la Rebecca de Daphne du Maurier, sobrevuela la rutina de su cuñada de forma asfixiante. En última instancia, una alegoría a las que no están y que constantemente recuerdan el poder que el patriarcado sigue teniendo sobre nuestra sociedad y la delgada línea que separa la vida de la muerte. Fantasmas o no, lo cierto es que Casas vacías no sólo es un magistral ejercicio de creación literaria, también de abstracción perturbadora llevada a sus últimas consecuencias. Haciéndonos dudar en todo momento si en realidad nos están hablando dos personas de carne y hueso o más bien sus voces de ultratumba, desde los albores del tiempo. 

Casas vacías: una historia de silencios, testimonio, muertos en vida, maternidades fuera de la norma, culpas que se clavan como puñales... Una novela que no deja indiferente a nadie. 

Frases o párrafos favoritos: 

"¿Por qué los llaman desaparecidos y no se atreven a llamarlos muertos? Porque los muertos somos los que buscamos, ellos siempre, siempre seguirán vivos."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

martes, 29 de septiembre de 2020

RESEÑA: Desierto sonoro.

DESIERTO SONORO


Título: Desierto sonoro. 

Autora: Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), es autora de las novelas Los ingrávidos (2011) y La historia de mis dientes (2013) y de los ensayos Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016), todos ellos publicados en Sexto Piso. Ha colaborado, entre otros, en medios como The New York Times, Granta, The Guardian o El País. Sus obras, traducidas a más de veinte lenguas, han sido galardonadas dos veces con el Los Angeles Times Book Prize y con el American Book Award, y en dos ocasiones fueron finalistas del National Book Critics Circle Award. En la actualidad, reside en Nueva York.


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductores: Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli 

Sinopsis: Un matrimonio en crisis viaja en coche con sus dos hijos pequeños desde Nueva York hasta Arizona. Ambos son documentalistas y cada uno se concentra en un proyecto propio: él está tras los rastros de la última banda apache en rendirse al poder militar estadounidense; ella busca documentar la diáspora de niños que llegan a la frontera sur del país en busca de asilo. Mientras el coche familiar atraviesa el vasto territorio norteamericano, los dos niños, sentados en el asiento trasero confunden las noticias de la crisis migratoria con el genocidio de los pueblos originarios de Norteamérica. En su imaginación, estas historias se entremezclan, dando lugar a una aventura que es la historia de una familia, un país y un continente. 

Su lectura me ha parecido: extensa, aguda en su aproximación a los conflictos, emotiva, paisajística, sensorial, magnética, fotográfica, documentada, una gran metáfora... La primera, y por el momento única vez, que fui a Asturias tenía doce o trece años, no lo recuerdo bien. Salimos prontísimo de mi pueblo, situado en plena Sierra de Albarracín, con la intención de estar en Gijón por la tarde, a ser posible, antes de que se nos hiciera de noche en plena carretera. De los primeros kilómetros de viaje sólo me acuerdo de algún que otro pueblo coronado con su ruinoso castillo medieval y de la polilla que mi hermano casi se tragó por llevar la ventanilla demasiado baja. Actualmente sigue enfadándose cada vez que sale el tema, pero es que sigue siendo memorable. A continuación me vienen imágenes de eternos campos de trigo dorándose bajo el sol. Campos de Castilla sucediéndose, uno tras otro, y otro, y otro. Parecían no acabarse. Entre medio Burgos y su catedral observada, no sin admiración, desde la dolorosa lejanía del tráfico. Y más trigo, y más amarillo, y más pueblos que parecían sacados de una película de Almodóvar. Hasta que, de pronto, un túnel. Una oscuridad intermitente y amenizada con pequeños destellos de luz cada vez que atravesábamos el corazón de una nueva montaña. Estábamos buceando bajo la Cordillera Cantábrica y yo pensando que la bordearíamos, que vería impresionantes acantilados. En fin, mi gozo en un pozo. Recuerdo que el último tramo un negro prolongado hizo que por un momento me temiese lo peor, que nuestro destino estaría al final de dicho túnel, sin posibilidad de deleitarme con nada más que no fuera asfalto o edificios de siete plantas. Por fortuna, una explosión verdosa irrumpió ante nuestro más inocente asombro. Sabíamos que el norte era verde, verde intenso, verde humedad, ese que no abunda tanto por el Mediterráneo y que con gusto me llevaría un cachito para mi tierra. Huelga decir que, además de las montañas totalmente pobladas, lo primero que vimos fue una vaca - muy estereotipado lo sé, pero es que sucedió de verdad así - y un inclemente cielo grisáceo, incapaz de dejar pasar el mínimo rayo de sol. Gijón, Oviedo, Cudillero... Cada una a su estilo pero impregnadas de la herencia pesquera y minera que tanto ha caracterizado la zona. No así en Santander - otro de mis largos viajes, aunque aquella vez fue en tren - con mansiones de estilo neovictoriano salpicadas a lo largo del paseo marítimo de la Playa del Sardinero y lugar de veraneo por excelencia de la clase adinerada en la España de principios de siglo XX, incluyendo la propia familia real (algún día hablaré de mi experiencia durmiendo una semana en el Palacio de la Magdalena). O en Almería, una pequeña ciudad en medio de un mítico secarral - aún sigo soñando con visitar los estudios de las películas del Espagueti Western - y pueblos cercados por auténticos océanos de plástico. Con todo esto pretendo que seáis conscientes de la diversidad geográfica, ambiental y los diferentes derroteros históricos por los que han transitado las distintas zonas que conforman España en concreto; haciendo del país un lugar de fuertes contrastes. Lo mismo sucede en Francia, Japón, Italia, Marruecos o el mismo Estados Unidos por citar varios ejemplos. De hecho, si me lo permitís, nos quedaremos un rato en este último, nos subiremos al coche, llenaremos el depósito y emprenderemos un intenso viaje a través de uno de sus paisajes más cinematográficos para adentrarnos en dos de las heridas - tanto personales como históricas - más sangrantes de su corta existencia. Desierto sonoro: un road trip literario, un drama familiar y los conflictos más acuciantes con Monument Valley como telón de fondo. 


La idea para la presente novela le vino a Valeria Luiselli, una de las escritoras mejicanas más leídas y respetadas a nivel internacional, tras escribir en el año 2016 Los niños perdidos. Hasta la fecha, su ensayo más importante. En él, Luiselli recoge y reflexiona sobre las voces y las experiencias de los miles de niños que cada año cruzan la frontera entre México y Estados Unidos con el promesa de un futuro mejor, alejados de la violencia y la pobreza de su lugar de origen. Las circunstancias que envolvieron la escritura de dicho texto fueron, además, las más idóneas, ya que la propia Luiselli se encontraba en aquellos momentos esperando su correspondiente Green Card (nombre con el que se conoce al documento necesario para poder trabajar en EEUU) a la vez que se estaba produciendo un importante incremento de este tipo de inmigración y con las elecciones que darían como ganador a Donald Trump caldeando el ambiente. No es de extrañar que, con dicho panorama, Luiselli haya acabado dando forma a un texto que, a pesar de moverse dentro del terreno ficcional, se eleva como un documento casi arqueológico de la época actual. Puede parecer una exageración el hecho de haber empleado las palabras "documento" y "arqueológico" en la misma frase, pero creedme cuando os digo que, en esta ocasión, estamos ante uno de esos libros inolvidables desde el punto de vista literario y trascendentales desde su aspecto multitemático, así como su aproximación al campo documental. Partiendo de la base de un road trip - o road book si queréis - Luiselli nos sienta al lado de una familia de cuatro miembros (un un padre, una madre y un hijo y una hija) que se embarcan en la odisea - porque así es como el lector lo percibe) de viajar desde Nueva York hasta Arizona. Desde el cosmopolitismo y los infinitos rascacielos a la aridez del desierto y las postales fordianas. Desde la intelectualidad cultural a la hostilidad de la última frontera. Ya sólo por eso, por ese pedazo viajazo que se pega la familia en cuestión, ya merece la pena adentrarse en Desierto sonoro. Son tan bellas las descripciones, tan perceptibles los sonidos, tan vivos los colores, tan abrasador ese calor que cae con toda su furia sobre el capó del coche, tan luminosos los letreros yankees, tan desoladora esa casa de madera en medio de la nada, tan oxidados esos convoys de mercancías abandonados desde ni se sabe cuando, tan mítico, tan irreal, tan impactante, tan destructivo, tan sinestésico, tan hermoso a pesar de todo. ¿Alguien se ha preguntado aluna vez a que suena el desierto? ¿Y una megalópolis como Nueva York? ¿Qué puntos en común podemos encontrar? ¿Qué diferencias insalvables existen entre ambos mundos? Y lo más importante, ¿Pueden ilustrarnos sobre la forma en la que dichos sonidos se han transmitido y nuestra forma de interpretarlos a lo largo de la historia? La respuesta es afirmativa y nos la da, por supuesto, la misma Valeria Luiselli. 


Además de esta reflexión entorno a la transmisión del relato - que como historiadora he aplaudido con entusiasmo - Desierto sonoro transita entre dos aguas especialmente agitadas. La primera de ellas tiene que ver con los dos motivos por los que dicha familia emprende el viaje. Tanto el padre como la madre son dos prestigiosos documentalistas y cada uno de ellos persigue su propia hazaña dentro de dicho campo. Él, obsesionado con las tribus de los nativos americanos y su terrible sino en las reservas tras las Guerras Indias, se traslada a Arizona para documentarse e inventariar toda clase de fuentes sobre los últimos apaches libres y Gerónimo. Ella, por el contrario, ansía con viajar un poco más abajo, hasta la mismísima frontera, para encontrarse con las hijas de una conocida que han migrado solas desde un país latinoamericano para encontrarse con su madre. No es casualidad la elección de estos temas dignos de investigación documentalística, ya que representan dos puntos negros dentro de la historia de los Estados Unidos. El uno por las pretensiones imperialistas por parte de los colonos tornadas en un autentico genocidio contra los nativos americanos y que precisamente por su lejanía en el tiempo está en peligro de caer en el olvido. Aún conociendo la existencia de pequeños grupos reunidos en las reservas - lugares de la vergüenza, tristeza y alcohol -  que no cejan en su empeño por reivindicar su identidad, sus costumbres y su legitimidad. Al fin y al cabo ellos ya estaban allí muchos siglos antes de que el hombre y la mujer blanca pisasen por primera vez suelo norteamericano. El otro, por desgracia, sigue más vivo que nunca. No hay más que poner la televisión o hacer un pequeño ejercicio de memoria para evocar las escalofriantes imágenes de padres separados de sus hijos en los centros de internamiento de la frontera. Por no hablar de la promesa estrella de aquella campaña electoral de 2016 por parte del actual presidente de los Estados Unidos de levantar un muro con México, de hormigón esta vez, más alto, más robusto, imposible de escalar. ¿Nos suena verdad? Con todo esto Valeria Luiselli no sólo pretende hacer un mapa histórico de la historia más reciente del país que finalmente la acogió como periodista y escritora de renombre - situando el estado de Arizona como paradigma de las heridas no cicatrizadas y las surgidas en los últimos años - también sacarle los colores a una nación anclada en un anacrónico imperialismo al cual es incapaz de renunciar. Por otro lado, el otro mar en el que la autora se siente más cómoda tiene que ver con el drama familiar, los problemas de los progenitores - al borde de la ruptura - que intentan ocultar y aparentar normalidad ante sus hijos. Unos niños que, como buenos niños, no hacen más que preguntar y confundir las historias de sus padres, las historias de los nativos americanos con las de los niños que cruzan la frontera, creando ellos mismos, a la poste, su propio relato. Resulta tierno y divertido observar la confusión de los pequeños, así como la confección de una diáspora inventada que acabarán buscando por su cuenta. Desde el primer momento sabemos que la cosa no está bien, que ese matrimonio está condenado a su desintegración, pero la conjunción de historias y circunstancias hacen que el lector dude de que la ruptura pueda o no producirse. De lo íntimo a lo visible. De lo privado a lo público. De lo anecdótico a lo trascendental. De lo particular a lo inabarcable. Así nos lleva Luiselli, de la mano, a través de cajas, recuerdos, fotografías, documentos, rollos de película, guiones, maletas llenas de ropa... Objetos que conforman la identidad de los protagonistas al tiempo que los reduce a un pequeño grano de arena en medio del desierto. Un lugar mágico, cargado de mitología. Antaño, hogar de tribus apaches. Ahora, lugar de peregrinación para los amantes del western y principal escenario de la vergüenza perpetrada contra el inmigrante que sólo desea prosperar en la supuesta tierra de la libertad. Leyendo la presente novela una no sólo aprende a desmitificar a uno de los países más poderosos del globo, también a apreciarlo en toda su dimensión, con sus virtudes y sus sombras, en ocasiones, más alargadas si cabe. 

Desierto sonoro: una historia de quiebros, injusticias históricas, olvido, memoria, tragedias familiares, relatos inventados, sonidos, olores, colores, texturas, sabores... Un viaje imposible de olvidar. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Nuestras madres nos enseñan a hablar y el mundo nos enseña a callar."

"Tal vez diría que documentar es cuando se suma cosa y luz, luz menos cosa, fotografía tras fotografía; o cuando se agrega sonido, más silencio, menos sonido, menos silencio. Lo que se tiene al final, son todos los momentos que no forman parte de la experiencia real."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

miércoles, 20 de mayo de 2020

RESEÑA: La edad del desconsuelo.

LA EDAD DEL DESCONSUELO

Título: La edad del desconsuelo. 

Autora: Jane Smiley ( Los Ángeles, California, 1949) es autora de una veintena de obras de ficción y ensayo. Recibió el Premio Pulitzer de narrativa y el Premio Nacional de la Crítica por su novela Heredarás la tierra (1991). Entre otras obras, ha publicado La edad del desconsuelo (1987), The Greenlanders (1988) y, en los últimos años, la trilogía formada por Some Luck (2014), Early Warning (2015) y Golden Age (2015). Desde 2001 forma parte de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Francisco González López. 

Sinopsis: "nunca más volveré a ser feliz", mustia Dana en el asiento trasero del coche familiar, sin reparar en que piensa en voz alta. Al oírlo, Dave, su marido, siente que ambos están a punto de perder todo aquello que una vez desearon: sus años de apacible matrimonio, tres hijas, la próspera clínica dental que comparten. Ahora Dave está convencido de que Dana se ha enamorado de otro hombre y, de manera inesperada, decide que la mejor manera de salvar su relación es evitar que su esposa descubra que él lo sabe. 

Su lectura me ha parecido: ágil, algo original en cuanto a su estructura, depurada, algo manida, en la que los personajes secundarios son más interesantes que los principales, destructora, perfecta - por decir algo - para lectores que no les importe leer la misma historia una vez más, aunque con algunos matices... En tiempos de coronavirus la montaña rusa de las emociones ha sido de lo más vertiginosa. De pronto queríamos abrazar a cuantos se nos pusiesen por delante - incluyendo al hermano que suele reusarlos pero que en el fondo los sabe disfrutar - como querer pegar a alguien y te consuelas aporreando la pared o la almohada de tu cama. Unos días es imposible borrar la sonrisa de tu cara aunque las bombas en forma de malas noticias no dejan de caer sobre el tejado. Otros prefieres encerrarte a cal y canto en tu cuarto buscando un espacio de soledad ante la hostil coraza que has construido al rededor de tus emociones. Hay veces en las que dices sí a todo, aunque estés completamente en contra o sostengas una opinión diferente por miedo a unas represalias en forma de gritos o contestaciones desdeñosas. Pero también las hay en las que, desde la ironía más fina - siendo una digna sucesora de Jane Austen - no dejas de soltar lo que te parece por la boca, importándote un comino si ofendes o enfadas a quien se sienta a tu lado a comer todos los días de la cuarentena. Nadie ha estado a gusto estos días - y quien sí lo haya estado que levante la mano que estaría encantada de conocer su idílica perspectiva - ni siquiera esas interminables jornadas en las que la luz entra de lleno en el comedor y te autoconvences que las próximas 24 horas serán un oasis en medio de la tragedia. Ni siquiera cuando la calma se instala en tu dormitorio, espejismo del brutal terremoto que tiene lugar justo debajo de nuestra propia piel. De ahí que hablar de amor - en concreto del amor a la pareja - se nos antoje el ejercicio más complejo en los tiempos que corren, como si ante un dificilísimo examen nos hallásemos. Son miles las historias: parejas que han pasado el encierro juntos, separados, divorciados, en pleno apogeo de su amor, con la relación enquistada, a punto de casarse, en el inicio de la relación, a kilómetros de distancia, encerrados cada uno en una habitación ante la posibilidad de estar contagiados... Todas ellas vertebradas y condicionadas por la crisis del Covid-19. El amor y las relaciones afectivas van a cambiar para siempre, nos tenemos que hacer a la idea, aunque no nos guste, aunque queramos con todas nuestras fuerzas volver a lo de antes. Del mismo modo que los libros nos recordarán que hubo un tiempo en el que las mascarillas no existían como complemento indispensable del día a día o también lo harán respecto a las relaciones amorosas. Y seguirá así, lamentablemente, hasta que no tengamos la milagrosa vacuna. Sin embargo, hay cosas que jamás se verán alteradas, como el hastío, la infelicidad o la frustración; señales que advierten de una más que posible ruptura. Avisos que, como una losa, caen sobre el pecho del protagonista del libro que hoy reseño: La edad del desconsuelo: la universalidad del desamor. 


Escrito del tirón y sin capítulos - lo cual para una servidora, purista en este asunto, resulta siempre complicado - como si de una confesión se tratase, el lector se adentra en la mente y en las entrañas de un matrimonio típico de clase media norteamericano. El punto de vista no será objetivo, ya que nuestros ojos serán los de Dave, el marido, quien junto a Dana (me encanta y me divierte a partes iguales la sonoridad que provocan sus nombres juntos), su compañera de trabajo, esposa y madre de sus tres hijas, parecen vivir en una apacible convivencia. Ambos regentan una clínica dental, ambos se conocieron mientras estudiaban en la universidad y ambos se vieron atraídos inmediatamente el uno por el otro. Hasta la página 25 la historia es la más típica del mundo, de hecho, por este motivo en concreto, me costó en un primer momento conectar con el narrador, los personajes y la propia trama. Ese recurso explotado hasta la saciedad junto con la típica sucesión de acontecimientos casi consiguen que abandonase su lectura por un tiempo, y digo casi porque fue pasar la página 25 y a continuación encontrarme algo más interesante dentro de lo habitual. Por un momento creí que Jane Smiley no tendría nada que aportarme de cara a una lectura más profunda y ya puestos en mis ganas de saciar ese apetito lector que arrastraba desde hacía días. Una confesión, que casi pasa desapercibida para el propio Dave, provoca el cataclismo de proporciones épicas en un núcleo familiar que podríamos definir como tradicional. "Nunca jamás volveré a ser feliz" suelta de pronto Dana mientras va con su marido en coche. Ella piensa que él no le ha oído, ya que sus palabras se enredan en un murmullo, pero Dave las ha escuchado perfectamente, es tal la nitidez con la que se graban en su cabeza que serán muchas las preguntas que le asalten a la cabeza desde ese preciso instante. Ese y no otro va a ser el motivo que vehicule el resto de esta breve novela acabando con la tranquilidad de un esposo hasta el momento poco interesante a nivel de personaje. ¿Estará Dana engañándole con otro hombre? ¿Estará enamorada de él? ¿Por qué se lo ha ocultado todo este tiempo?... Estos y otros interrogantes no dejan de revolotear al rededor de la cabeza de Dave quien, ante la situación que supondría dar al traste con un matrimonio de tantos años y unas hijas maravillosas, toma la decisión de salvarlo todo fingiendo no saber nada del asunto, dicho de otro modo, evitar que Dana descubra que sabe de la existencia de un segundo hombre en su vida. Pero las dudas están ahí, le asaltan a todas horas, perturbando su vida, mezclándose con la cotidianeidad, afectándola involuntariamente. Con todo esto, y a pesar de ese interesante juego de sospechas y fingimientos - cosa que se hubiese solucionado con confianza y sinceridad, pero claro, en ese caso nos hubiéramos quedado sin novela - los personajes de Dave y Dana no han conseguido convencerme, ya que los encontré demasiado pegados a los arquetipos habituales. Sin embargo, no me sucedió lo mismo con las hijas, cuya construcción es perfecta y original desde un punto de vista literario. Sus diferentes personalidades están perfectamente perfiladas y conectadas con los sentidos. Lizzie, la mayor, tiene unos ojos enormes y reacciona ante cualquier estímulo visual. Stephanie, la segunda, lo escucha todo para luego actuar. Y la menor, Leah, es todo piel, por lo que necesita ser abrazada. El modo en el que estas tres niñas interactúan entre ellas y con la delicada situación de sus padres - no dejan de ser así mismo víctimas de lo acontecido - es una clase magistral de ingenio y técnica literaria. Más allá de eso, La edad del desconsuelo ha resultado ser uno de esos libros que no ha acabado de cuajar en mi cabeza. Esperemos que su siguiente novela, que si todo va bien se publicará cuando todo esto pase, consigue al menos llevarme por caminos poco transitados del amor. 


En la novela de Jane Smiley, Dave asegura haber alcanzado la edad del desconsuelo exactamente a los treinta y cinco años de edad. Una edad que más que con el exceso del conocimiento acerca de las vicisitudes y tortuosos caminos que conlleva el vivir, él la relaciona con los impedimentos entre las circunstancias personales y las del resto del mundo, las cuales son dinamitadas y sepultadas bajo toneladas de escombros. Como un edificio cuya utilidad y esplendor han pasado a mejor vida y es hora de construir sobre sus cenizas una nueva criatura de hormigón y acero. Esa es la opinión de Dave, un personaje ficticio salido de una consolidada escritora norteamericana. Pero, y a riesgo de frivolizar un poco al respecto, pienso que una de las pocas grandezas que esta breve novela nos puede aportar es precisamente la potencia de su mensaje. Ese discurso descorazonador, deprimente, asfixiante en muchos casos, que nos oprime los pulmones hasta vaciarlos de aire. Una reflexión que llega a mi generación, la de la precariedad, la de la incertidumbre y del presente más inmediato multiplicada y deformada. Cayendo como una pesada piedra desde un empinado acantilado, haciéndose añicos en el momento de su impacto contra el rocoso suelo de la montaña. Tal vez, precisamente por eso, me haya costado tanto reseñar La edad del desconsuelo, porque en cierto modo, y tomando bastante distancia del testimonio de Dave, me encuentro en ella, personalizada y plagada de mil y un circunstancias, pero sí, lo estoy. Pero a diferencia del protagonista y narrador de la historia, a nosotras/os ni siquiera podemos imaginar lo que él tiene y que considera objeto de su desconsuelo. Esa mentalidad cortoplacista en la que nos hemos educado a la fuerza y a trompicones nos impide ver más allá de la semana que viene o del mes que viene, por lo que temas como la maternidad, el acceso a una vivienda digna, a un trabajo justamente remunerado ni siquiera se vislumbran en el horizonte. Y no por falta de ganas, sino porque el sistema nos ha arrebatado la capacidad de pensar en todo ello. Hemos asociado trabajo con plenitud y felicidad, hemos comprado las promesas de prosperidad con esfuerzo, educación  y dedicación y hasta, en medio del clima actual, somos de los que tendemos a reinventarnos más. Pero nadie nos preparó para el baño de realidad, ese ardiente cubo de agua que quema los sueños, la paciencia y las expectativas generadas desde la más tierna e ingenua adolescencia. Las quemaduras escuecen, están llenas de pus, algunas son muy graves, pero no queda otra que curarlas - o medio sanarlas - y tirar hacia adelante, soportando más golpes, impidiendo que la fuerza quiebre nuestro junco, seguir en pie, volvernos de hierro para endurecer nuestra piel... ¿Os suena verdad? Llevo días escuchándola cada vez que salíamos al balcón a aplaudir y hasta ahora no me había percatado de la ironía que entraña. No se si la novela de Smiley es la mejor opción para leer durante la desescalada, pero lo que sí se es que no hay que darle la espalda a la realidad traumática del desamor, aunque sea a través del lenguaje novelístico, aunque ello implique deprimirnos aún más de lo que ya estamos. De lo contrario, pensaremos que es una invención, como esa generación castigada por dos crisis que, según los señoros de turno, no tienen derecho a quejarse porque no pegan un palo al agua. 

La edad del desconsuelo: una historia de desconfianza, incomunicación, paternidad, preguntas obsesivas, murmullos convertidos en bombas atómicas, matrimonio, confesión... Un libro que, visto de esta forma, tal vez debamos leer cuando la telaraña del Coronavirus deje de pegarse a nuestra piel, 

Frases o párrafos favoritos: 

"Tengo treinta y cinco años y creo que he alcanzado la edad del desconsuelo (…). Es por lo que sabemos, ahora que - a nuestro pesar - hemos dejado de pensar en ello. No es solo que sepamos que el amor se acaba, que nos roban a los hijos, que nuestros padres mueren sintiendo que sus vidas no han valido la pena. No es solo eso (…) Es más bien que las barreras entre nuestras propias circunstancias y las del resto del mundo se han derrumbado a pesar de todo, a pesar de toda la educación recibida."

¡Un saludo, a seguir leyendo y ánimo!

Cortesía de Sexto Piso