Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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lunes, 21 de marzo de 2022

RESEÑA: El Evangelio.

 EVANGELIO


Título: El Evangelio. 

Autora: Elisa Victoria (Sevilla, 1985). Por este orden y entre otras cosas, se ha dedicado a coleccionar muñecas Chabel, a vender pizzas y hamburguesas con gorra roja, a estudiar Filosofía y Magisterio Infantil y a escribir compulsivamente desde la pubertad como método eficaz de supervivencia. Ha publicado dos libros. El primero, Porn & Pains, salió en diciembre de 2013 gracias a Esto no es Berlín y fue reeditado en junio de 2017. El segundo, La sombra de los pinos, fue publicado en marzo de 2018 por la misma editorial. Ha colaborado en sitios como Tentaciones, Tribus Ocultas, El Estado Mental, Cáñamo, Vice, Playground, El Butano Popular, Primera Línea, diversos fanzines (Una buena barba, Clift, Orfidal, Yo no soy esa, Diario ultrasecreto de Honey, Fango) y antologías (Hijos de Mary Shelley, Erotismo desviado, La familia, Hijos de Sedna, Frankenstein resuturado, El Moyanito). Le encantan los cómics, los sintetizadores y chupar limones. Es capaz de comunicarse rápida y profundamente con los animales y los niños. Con los humanos adultos no tanto. Con Vozdevieja, su primera novela, consiguió gran éxito de público y crítica. Algo que le ha permitido ver publicados algunos de sus relatos en sendas antologías. Con El Evangelio y El quicio - novela ilustrada por Mireia Pérez - ha acabado por confirmarse como una de las grandes voces de este país. 



Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español.

Sinopsis: Lali tiene que hacer prácticas de magisterio, pero olvida echar la instancia. Cuando descubre que le han asignado un colegio de monjas ya es demasiado tarde. Sin embargo tendrá que superar el miedo y aprender que también esos niños necesitan lo mejor de ella, que también el amor se desvanece, que también los adultos incumplen las promesas expedidas. 

Su lectura me ha parecido: amarga, retratista, con un humor triste que surge en el momento más inesperado, ágil, generacional, algo desangelada.... Cuando tuve noticias de la editorial Blackie Books ya me habían impactado sus famosísimas ediciones. Caracterizadas por una gruesa tapa dura, una robustez categórica y, sobre todo, unas portadas que ya pertenecen a la historia de la edición de este país. Yo los conocí con Amor de monstruo, una novela de terror freak escrita por Katherine Dunn muy a lo American Horror Story, muy a lo Tim Burton cuando su estilo no se había diluido al compás de los encargos, franquicias y films fallidos. Sinceramente, me alucinó, ya que por aquel entonces seguía muy apegada a lo insólito y a las historias donde cierta fantasía oscura conseguía colarse en la realidad más visceral, algo a lo que sigo estando ligada aunque los caminos que conducen a ello se hayan ampliado considerablemente. Después llego Mo Daviau y su Lena y Karl, novela que, literalmente, me voló la cabeza, convenciéndome una vez más de que, a la hora de abordar la ciencia ficción, todavía existen perspectivas inexploradas. Como aquella que Daviau consiguió al aunar los viajes en el tiempo con la melomanía más nostálgica, haciendo realidad el sueño de todo amante del rock, poder teletransportarte al concierto de tus sueños, de tu vida o a aquel en el que te hubiera gustado saltar, cantar a grito pelado y vibrar con cada canción sin importar que, por aquel entonces, tu existencia no estuviera ni siquiera programada. También, en uno de esos veranos tórridos, me llegó en su edición de bolsillo una barbaridad llamada Peyton Place de Grace Metalious que, en un cruce entre lo mejor de Patricia Highsmith y toda la tradición adscrita al gótico sureño norteamericano da como resultado la novela que dio lugar a series tan célebres como Melrose Place y Twin Peaks. Con ese pueblo en el que ve alterada su anodina existencia con pequeños e inquietantes sucesos, esa arquitectura ordenada y uniforme - una de las cosas que más yuyu me da, lo confieso -  y, sobre todo, esos vecinos a través de los que podemos vislumbrar un despiadado retrato de la sociedad estadounidense de los años 50. Como veis, parte de mi educación sentimental en lo que a literatura actual fantástico-terrorífica con toques cifi se la debo a Blackie, editorial que, más allá de estos tres inamovibles referentes, me ha permitido descubrir a autores como Juarma, Taylor Jenkis Reid, Desireé de Fez, Muriel Spark o la propia Elisa Victoria, cuya novela Vozdevieja se ha convertido en todo un referente de la literatura española actual. Algo que ha venido en parte a repetir en la novela que hoy tengo el placer de reseñaros que, aunque en mi caso no ha sido lo que esperaba, confirmamos la continuidad de una autora interesante y de un genuino estilo narrativo. El Evangelio: los problemas de la generación Millenial (o Z) entre docencia y crucifijos. 



Elisa Victoria, a través de sus escritos, derrocha talento, frescura, seguridad, además de una marcada personalidad literaria que la ha posicionado como una autora de extremos - la manida dualidad del "o la odias o la amas" - así como la asunción del calificativo, por parte de la prensa, de escritora "generacional". Algo que, en el caso de esto segundo, lo considero bastante cierto. Pero más allá de lo que puedan decir de ella los más populares tabloides de este país, lo cierto es que Victoria ha regresado con fuerza, con contundencia y, sobre todo, con una de las mejores ediciones que ha parido Blackie Books desde sus oficinas en Barcelona. Con ese negro sotana, esa tipografía dorada que entronca directamente con esas biblias de bolsillo (sin perder ese plus ceremonioso o solemne que siempre ha caracterizado a la institución desde tiempos inmemoriales) al tiempo que se acerca al público más teen, con ese relieve en forma de cruz, esas tijeras en el centro y, sobre todo, ese canto rosa obispo tan llamativo. Sin duda, Blackie Books ha tirado la casa por la ventana con la segunda novela de una de sus autoras estrella, echando el resto en una de las mejores campañas de marketing editorial con un diseño que - aunque sigo enamorada de la edición de Vozdevieja - no ha dejado indiferente a nadie. Dejando a un lado cuestiones más artísticas y empresariales (de las cuales en esta ocasión era muy difícil escapar) lo cierto es que El evangelio no ha cumplido del todo las expectativas con las que una servidora llegaba a su lectura. Aunque, y esto es importante, es necesario reconocer cierta evolución y asentamiento del universo "victoriano" - precariedad laboral, infancias bajo el paraguas de las abuelas/os, ausencia de la figura paterna, incertidumbre congénita, costumbrismo andaluz, humor escatológico, dramas y desaliento juvenil - en la presente novela. Si bien es cierto que me esperaba, como prometían algunas reseñas, una crítica despiadada al sistema educativo español actual y, muy especialmente, al que se ejerce en los colegios católicos - algo que, sinceramente, se queda en agua de borrajas - me he topado, como cierta compensación la confirmación de que tendremos Elisa Victoria para muchos años, más allá de si el libro sea bueno o malo. Volviendo a lo que comentaba al principio, la autora sevillana lleva con gran orgullo eso de considerarse una escritora del momento, del aquí, del ahora, sin olvidarse de los orígenes - Vozdevieja es un ejemplo - y con una desalentadora mirada hacia un futuro que no parece existir. Ejemplo de esto último es la relación que acaba estableciendo Lali (la pizzera-futura maestra a la que, por culpa de un descuido, acaban asignándole las prácticas en un colegio de monjas) con los niños y niñas a los que da clase. Criaturas educadas bajo la férrea batuta de la religión y un exhaustivo control sobre su comportamiento, trascendiendo más allá de lo puramente educativo. Miradas puras sobre las que Lali - alter ego de la propia Elisa Victoria - vierte una profunda reflexión entorno a su porvenir y las formas de lidiar con él desde una mirada triste, con ciertos momentos para el humor, aunque éste tamiza sobre el gran tema principal de la novela, que no es otro que la ausencia de expectativas. El Evangelio, en última instancia, más allá de su protagonista - con la que puedes empatizar más o menos - sus turnos en la pizzería, la relación con su familia, las prácticas y de las ideas preconcebidas sobre la educación en colegios católicos, de lo que te habla es de la oscuridad, del azabache. No el de la vestimenta de los curas, sino el de la incerteza, aquel al que por desgracia parecen habernos condenado a esa generación (mi generación) que tildan de ninis al tiempo que le exigen lo imposible para acceder, ya no a un trabajo, sino a una vida o a un espejismo de lo que nuestros progenitores consiguieron.

El Evangelio: una historia de conciencia, precariedad, educación justa y crítica, monjas de toda clase y condición, subtextos, alumnos imperfectos, hipocresía, pesadez vital.... El provocador artefacto de una autora cada vez más henchida y convencida de sus interesantes y efectivos recursos literarios. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Mundo maldito, llévame a mí si quieres que ya estoy podrida de todas formas pero no me chafes a Alberto, a Alberto déjamelo tranquilo dando saltos en su cada vestido de gato, déjamelo que haga dibujos, que plante árboles, que baile, que le ponga retos crueles, que se escape, que no se haga mayor como un cadáver dentro de un cuerpo grande con el que sea imposible volver a comunicarse, que no se queden sus huesitos arrojados en el interior de un tonto que monte un negocio vinculado con el diablo y se pase las jornadas firmando papeles y hablando con despotismo. No me pudras a este niño, mundo asqueroso, solo te pido eso, asústame a mí, enférmame, tortúrame, échame a una zanja y que nunca me encuentren, hazme daño a mí y a ese niño que nada lo vuelva malo."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

sábado, 19 de febrero de 2022

RESEÑA: Cielos de Córdoba.

CIELOS DE CÓRDOBA


Título: Cielos de Córdoba. 

Autor: Federico Falco (General Cabrera, Argentina 1977). Considerado uno de los escritores con más talento de su generación, sus cuentos han sido celebrados unánimemente por la crítica e incluidos en numerosas antologías. Ha publicado los libros de cuentos 222 patitos, 00 (ambos en 2004), La hora de los monos (2010) y Un cementerio perfecto (2016). También es autor del poemario Made in China (2008), la obra de teatro Diosa de Barrio (2010) y la novela breve Cielos de Córdoba (2011; Las afueras 2020). En 2010 fue seleccionado por la revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. Actualmente reside en Buenos Aires, donde coordina talleres de escritura y codirige el proyecto editorial Cuentos de María Susana. En 2020 su novela Los llanos fue finalista del Premio Herralde de novela. 

Editorial: Las Afueras. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Cielos de Córdoba es una novela de iniciación, la de Tino, un preadolescente solitario con una madre gravemente enferma internada en un hospital y un padre obsesionado por los ovnis que regenta un museo dedicado a la ufología. Entre esas figuras ausentes se mueve el protagonista de esta historia, obligado por la vida a madurar y  asumir responsabilidades antes de tiempo, mientras trata de lidiar con el caos y las pulsiones del deseo propias de su edad. 

Su lectura me ha parecido: fluida, breve, curiosa, triste, minimalista, lírica, pequeña, sutil, delicada, sin artificios que entorpezcan, casi silenciosa... Desde pequeña me apasiona observar el cielo, sobre todo de día, ese gran azul infinito que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. Testigo privilegiado de lo mejor, pero también de lo peor. Obligado a observar besos, abrazos, caricias, cualquier expresión de cariño, felicidad, solidaridad, empatía o amor. Así como a contemplar, sin posibilidad de apartar los ojos, de los actos más terribles que el ser humano pude perpetrar. Yo lo miro, pasiva y activamente, tratando o bien de relajarme o bien de buscar aquello que lo haga especial, prestando mucha atención a los marcos que lo recortan. Cúpulas, terrazas, barandillas, antenas parabólicas, balcones copas de los árboles, montañas, pináculos, agujas góticas, torres, campanarios, formas vanguardistas, un avión que de pronto cruza de lado a lado, una anárquica bandada de estorninos, otra no tan amable que sobrevuela en círculos, nubes amorfas, chorros de estelas químicas dibujando sobre la pizarra azul toda clase de rectas, círculos y figuras que se escapan a lo geométrico. Mi favorito, últimamente el de mi ciudad, tan brillante, epatante, insolente y soberbio que da envidia solo mirarlo. Alzar la mirada al cielo también tiene cierto poder terapéutico, sobre todo cuando lo terrenal, lo que te ancla a la cruda y a veces odiosa realidad te supera. Buscando entre los pliegues de los gigantes blancos ese clic, ese botón que lleva escrita la palabra "evasión" en mayúsculas que todas y todos hemos necesitado pulsar alguna vez en nuestra vida. Pero también hay quien eleva sus fanales, fijando las pupilas en ese efecto óptico o fenómeno extraño que ha percibido de pura casualidad. Con la esperanza de confirmar la existencia de vida extraterrestre, de platillos volantes - o de lo que sea - sobrevolando nuestro planeta, de seres que poco tienen que ver con los que el cine o la televisión ha conseguido incrustar en la cultura popular. Además de una afición o de una rama más dentro de la investigación científica - totalmente respetable por cierto - también podría ser vista como una forma más de evasión, de no pensar, de soltar el nudo, observar los problemas desde una mirada de pájaro, astronauta o marciano sacado del imaginario de Bradbury. De todo esto y más habla la novelita - corta en extensión, grande en su retrato de una cotidianeidad quebrada - que hoy tengo el placer de reseñar. Cielos de Córdoba: un coming of age entre visitas al hospital y ufología. 


Desde una prosa sencilla, íntima y sin muchos sobresaltos Federico Falco - nombre a tener en cuenta dentro de la nueva ola de autoras y autores argentinos que han venido, parafraseando al Señor de los anillos, para dominarnos a todos - nos presenta una novela de iniciación clásica con toques realmente peculiares. Y es que Tino, el protagonista de esta historia, es un preadolescente atrapado en una realidad muy complicada. Por un lado tenemos a su madre, enferma, internada en un hospital a la espera de una mejoría que parece no llegar nunca. Y por otro el padre, aficionado - o más bien obsesionado - a la ufología y quien ha convertido su casa en un museo dedicado a su pasión. Tino transita entre el hospital, los platillos volantes, el instituto y las pequeñas aventuras en las que se ve involucrado en su obligado salto a la madurez. A pesar de su carácter solitario y la serenidad adulta con la que enfrenta cada jornada, fruto sin duda de la delicada situación familiar que atraviesa, Tino se hará amigo de Omar, el chico más popular de la clase. Con él vivirá una suerte de iniciación en temas como la amistad o el sexo en los que Tino, hasta ese momento, desconoce completamente. En el retrato de esta particular relación, Falco parece crecerse, no en elocuencia o en grandes parrafadas que te dejan los ojos secos, más bien todo lo contrario, abrazando un estilo que celebra lo ajustado y simple. De hecho, a Cielos de Córdoba - precioso título en su metáfora evasiva - no le sobra ni le falta ni una sola palabra, ni una coma, ni un punto. Porque con Falco, nos queda claro, que menos siempre es más, algo que en un panorama literario trufado de discursos pretenciosos y grandilocuentes es más que necesario. La humildad como bandera y la intimidad bien entendida - pequeñas historias donde los sentimentalismos y el regodeo en la desgracia quedan relegados a los márgenes del relato - como bastón de mando. Por supuesto, una nouvelle de estas características es imposible sostenerse sin grandes dosis de realismo, de esos pequeños detalles que contribuyen, desde el candor costumbrista, a que el lector no suelte de mano al personaje principal, algo en lo que Falco parece moverse como pez en el agua. Por citar algunos, me quedaría con los tristes y surrealistas momentos que "comparte" con el padre - esa inolvidable escena cocinando huevos fritos - a pesar de que éste permanezca en un constante segundo plano o con su divertida amistad con la anciana Alcira - el otro gran personaje del libro -. Y así, entre tareas del hogar y la abstracción (o creencia) de que tarde o temprano los ovnis harán acto de presencia, Falco teje un micromundo plagado de personajes atrapados en sus propias incertidumbres e incomunicación de la que, para sorpresa del lector, sobresale un protagonista capaz de canalizar el peso del texto a través de sus fugas inquietas. Lo que le hace vivir  y experimentar toda clase de peripecias en un momento de fragilidad familiar. No será la lectura más trascendental del mundo para una servidora, pero sí el ejemplo perfecto de que no hacen falta fuegos artificiales cuando tienes Córdoba, el cielo y la contagiosa curiosidad de un joven aprendiendo, lo mejor que puede, a transitar por las circunstancias que le ha tocado vivir. 

Cielos de Córdoba: una historia de aprendizaje, madurez, amargura, humor, ligero optimismo, amistad, abstracción, enfermedad, naves espaciales, caramelos, libros... La naturalidad de asumir los cambios, las adversidades y lo nuevo que está por llegar.  

Frases o párrafos favoritos: 

"Con los brazos bien abiertos, bien extendidos y los ojos cerrados, Tino escuchaba el sonar submarino de la correntada. El sol le doraba la cara y el río lo mecía. Cruzó las ollas. En las orillas había muchos chicos que hacían ruido y un quiosco de lata donde vendían bebidas y ponían música a todo volumen. Seguramente Omar estaba entre ellos y lo miraba pasar."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Las Afueras

jueves, 30 de diciembre de 2021

RESEÑA: La muela.

 LA MUELA


Título: La muela. 

Autora: Rosario Villajos (Córdoba, 1978). Formada en Bellas Artes, ha trabajado en la industria musical, cinematográfica y artística. Ha publicado la novela Ramona (Mrs. Danvers, 2019) y la novela gráfica Face (Ponent, 2017). Gran parte de su obra tiene la marca de lo efímero, de lo que no podrá ser reciclado ni restaurado. Su última novela, La muela (Aristas Martínez, 2021) se ha convertido en un éxito de crítica y público.


Editorial: Aristas Martínez. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Rebeca huye de su familia, del duelo no superado por la muerte de su padre y de una madre, casi ciega, que deja a cargo de su hermana. Ahora busca su lugar en Londres, donde sobrevive con un trabajo de cincuenta horas semanales en una sucia buhardilla compartida con ratones, a base de sopas de microondas, conversaciones imaginarias con David Attenborough y su hermana al otro lado del teléfono como único soporte. Sus nuevas amistades y futuras metas resultan tan efímeras como el empeño por comunicarse en otro idioma, y su soledad se vuelve tan profunda como el hueco donde estaba su muela.

Su lectura me ha parecido: contemporánea, ácida, perturbadora, intensa, destructora, cautivadora, triste, irónica, tremendamente divertida... Este año las mujeres me han dado muchas alegrías. Así, tal cual, como suena, y si hace falta con la boca bien abierta. Para alguien que se ha criado con referentes masculinos en esto del noble arte de la palabra escrita es toda una revolución. Y más si, repasando un poco la enorme lista de libros engullidos como si del Monstruo de las Galletas se hubiera adueñado de mi cuerpo y apetito, las mejores lecturas han sido firmadas por mujeres llamadas Bárbara, Maggie, Unica, Elisa, Marta, Emma, Anna o Bonnie entre otras muchas. Nadie dijo que fuera fácil, que ese camino de rosas que tanto nos prometieron no existía y que en su lugar se alzaba una empinada pista forestal por la que se deslizan toda clase de balones, ruedas, más piedras. Convirtiendo lo que supuestamente nos hemos ganado tras siglos de lucha feminista en una despiadada partida de balón-tiro. Por eso, cuando saltó la noticia de que eran tres señores los que se escondían tras el famoso pseudónimo de "Carmen Mola" - firmante del último y más polémico Premio Planeta de, por supuesto, toda su historia - se me abrieron las carnes. No me considero una persona especialmente interesada por estos asuntos (aunque he de confesar que donde esté un buen salseo literario que se quite cualquier serie turca de sobremesa) pero no debemos pasar por alto la estocada mortal que ha supuesto dicha decisión para uno de los premios que, ojo, en sus inicios nos descubrió a autoras tan importantes a día de hoy como Ana María Matute, Concha Alós o Soledad Puértolas. Aunque tampoco debería sorprendernos. Sin ir más lejos en Babelia - sí, ese suplemento cultural de El País en el que muchas personas depositan su eterna confianza a la hora de elegir la próxima lectura y que algunos toman como el santo patrón de lo que está de moda en literatura - hasta no hace mucho eran los hombres los que copaban la famosa lista. Esa en la que una serie de escritores y críticos eligen los mejores libros publicados a lo largo del año. Hecho que la pandemia, y quiero creer que el feminismo también, ha cambiado drásticamente, aunque todavía observamos como el porcentaje sigue siendo inferior. Así como la sonada ausencia de autoras españolas en dicho recopilatorio en su edición del presente año, el aciago 2021, al que muchos estamos deseando darle portazo. Pero bueno, quedémonos con lo bueno, con los las lecturas vibrantes, con aquellas escritoras que me han puesto el estómago del revés y la cabeza cerca de una picadora de carne. Con ellas, con las que solitas - sin necesidad de dos cabezas pensantes más - han conseguido alumbrar en un periodo al que llamaron, con demasiada prisa, el de la recuperación. Voces como la de Rosario, incluida en otra lista, la más personal, en mi salón de la memoria selectiva, en el cajoncito de las referentes. La muela: el amargo y cachondo hueco de la pérdida.
 

Londres abruma. Desde el momento en el que pones un pie en el aeropuerto de Stansted o en el de Heathrow. Desde esa regia mirada que Isabel II te echa mientras te diriges hacia no sé que terminal. Desde que te metes en el tube y descubres que las escaleras mecánicas parecen no tener fin y que bajan hasta el mismísimo centro de la tierra. Desde que, a la salida lde la estación de Waterloo, te topas con la primera placa dedicada a los caídos durante la Primera Guerra Mundial que trabajaron en dicho lugar (la primera de muchísimas, por cierto, y no todas dedicadas exclusivamente a dicha contienda). Desde que ves por vez primera el Big Ben - no es tan grande como parece pero sí ostentosamente dorado - el parlamento, Picadilly Circus, el Tower Bridge, la abadía de Westminster (el mayor cementerio de famosos en el que he estado en mi vida), todos los rascacielos del distrito financiero, ese barco de la armada aparcado en la orilla del Támesis - ignoro si seguirá allí - el propio Támesis (con sus molinillos y corrientes), el British Museum (si eres historiadora/or el síndrome de Stendhal es complicado de gestionar), los sucesivos mercadillos de Portobello (mi hermano y yo buscamos como locos la famosa puerta de Nothing Hill y las casitas de colores), Brick Lane o Camden Town (donde de verdad me agobié). Sin olvidarnos de los parques como Hyde Park y Richmond Park. Toda una experiencia si eres de los que, como yo, sabe apreciar la belleza anárquica de la naturaleza agreste mientras te imaginas que en cualquier momento pueden aparecer el señor Darcy (en cuanto a Orgullo y prejuicio soy de la generación Knightley-Macfayden, lo siento) y Elisabeth Bennet. Menos su reloj más universal, todo es grande, imponente, a lo bestia, en sintonía con la famosa flema británica, nostálgicos del imperio, convirtiendo en hormiguitas a sus habitantes y en pulguitas a quienes llegan por vez primera a la ciudad que tanto hemos visto a través de los libros de texto o del buscador de Google. Es en ese Londres, el abrumador e insaciable, capaz de sacar las fauces a pasear, en el que Rosario Villajos nos ha querido situar. Y esto es muy importante ya que la literatura, al contrario de lo que podemos encontrar en otros formatos más mayoritarios - esa romantización del exilio millennial y boomer del que muy a menudo hacen uso programas como Españoles por el mundo o Callejeros viajeros ha hecho más mal que bien - rezuma sinceridad y crudeza a la hora de retratar los viajes sin regreso, motivados por una supuesta mejora del nivel de vida en todos los aspectos (laboral, emocional, sentimental, social) y que, en ocasiones, no son sinónimo de cambios a mejor. Con todo, Londres me encantó, en serio. Conseguí acostumbrarme a su opulencia, días grises, los silencios en el vagón y sus largas distancias. Y eso que fue mi hermano, y no yo, el que se tiró dos años viviendo en una buhardilla muchísimo más adecentada que la de Rebeca en La muela, sin ratones, con el ruido de los aviones de fondo en un barrio residencial cercano al tramo más bello del Támesis. Con el Asda, un estadio de rugby y la casa donde Van Gogh vivió durante su estancia en el Gran Londres entre 1873 y 1874 cerca. Los estudios fueron la razón y aunque estoy convencida de que volvería a hacerlo, los momentos duros no se los quitó nadie, por mucha cultura underground empapada o cuadros de la National Gallery admirados. Algo de lo que bien sabe Rebeca en su Londres de chimeneas industriales en desuso y cabinas telefónicas que huelen a pis.
 

En La muela, Rosario Villajos nos narra con descaro, crudeza y, sobre todo, grandes dosis de sorna las peripecias de Rebeca. Una joven que decide mudarse a Londres con su pareja en un intento por cambiar de vida y de paso huir de su propia familia, así como de aquellas cuentas pendientes emocionales no superadas. Creyéndose todas las promesas más propias de un eslogan de Míster Wonderful que de la vida misma, se ve muy pronto de bruces con la realidad que parece devorarla a pasos agigantados hasta conducirla a la pérdida de la muela y su consecuente y particular naufragio. Sin duda, no es la caída de dicho molar lo que de verdad nos tiene que importar como lectores, sino el hueco que queda, la ausencia intolerable para unos, brillante metáfora de lo que arrastra la propia Rebeca a lo largo de la novela y en lo que podemos vernos casi todos identificados. La pérdida del arraigo, de lo conocido, de esa figura paterna irremplazable, de esas esperanzas de una carrera profesional de éxito, de ese bonito apartamento tantas veces construido en su imaginación, de esa vida junto al ser amado, de la dignidad, de la salud. Todo ello reflejado, a modo de epicentro, en ese pequeño vacío en la sonrisa de Rebeca. Lejos de conformarse con unas formas simplonas y excesivamente tradicionalistas, Rosario Villajos toma la decisión de añadirle una capa gruesa del mejor humor, negrísimo, irónico e hiriente en algunos casos. Memorables son, por ejemplo, los pasajes en los que se refiere a su hermana pequeña - a la cual apoda Gabino por su enorme parecido al actor Gabino Diego - en los que es imposible no contener la risa. Así como los momentos, que son muchos, en los que se burla literalmente de las miserias de la protagonista - incluyendo de su propia formación universitaria en la que había depositado toda su fe a la hora de entrar por la puerta grande en el mercado laboral - sus parodias sobre la infalibilidad de las apps de citas, sus ingeniosas reflexiones entorno a la maternidad (o más bien ante la imposibilidad de ejercerla), esas ratas que inundan su decadente buhardilla - no sé por qué me acordé del Dickens más accesible - las relaciones que establece con las compañeras de curro - y la consecuente e insalvable brecha cultural y generacional que se establece - sus propios y desastrosos intentos por comunicarse en un idioma que a penas domina... Por no hablar de esos pequeños y gloriosos momentos en el que la protagonista parece desdoblarse y replicarse a sí misma a través de otra Rebeca - no a lo Gollum, más bien a lo Pepito Grillo - que proyecta su mirada en el futuro. En una de esas se hace referencia muy brevemente a la pandemia del Covid-19 desde un tiempo, el de la novela, en el que a pesar de las miserias, todavía éramos felices. A vueltas de nuevo con la contemporaneidad, La muela no escatima en ingeniosos recursos para dotar a la narración de una mayor hilaridad como planos del metro de Londres, callejeros, conversaciones de WhatsApp, fotos pixeladas - no diremos de qué - esquemas, dibujos hechos por la propia autora y hasta una divertidísima fotonovela (sin duda, mi favorito). A pesar de su urgencia e intrahistoria - la novela, a pesar del revestimiento humorístico, no deja de narrar la amargura que sufre Rebeca - La muela se puede entender como una relectura de aquellos clásicos del XIX en los que la crítica social y el retrato de la pobreza era su razón de ser. He citado antes a Charles Dickens, pero también pensé en Los miserables de Víctor Hugo y en su descarnado retrato de quienes no tenían nada para llevarse a la boca. No hemos evolucionado mucho desde entonces, todavía hay quien, como Fantine, se ve obligado a prostituirse a cambio de dinero para la manutención de su hija. Sin embargo, como bien apunta Rosario Villajos, estos nuevos miserables, jóvenes criados bajo la premisa de prosperidad, hijos de la generación que vivió mejor que sus padres, sobrecualificados, con smartphone y cuenta de Instagram se ven igualmente aplastados por un capitalismo feroz que premia la insana competitividad frente a la igualdad de oportunidades. Contemporánea, sí, pero por desgracia hay cosas que nunca cambian. 

La muela: una historia de desorientación, precariedad, ratones, sueños hechos añicos, promesas que se desvanecen, quiebras, crueldades, inseguridad, situaciones con las que te ríes a carcajada limpia... Con humor, las "putadas" del neoliberalismo se llevan mejor. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Las uñas le parecen breves después de años mordiéndoselas, muestran una fina y constante medialuna negra. Los dientes, lo que queda de ellos, tienen el mismo tono marrón que los posos del té, solo que, en lugar de futuro, dejan ver en ellos perfectamente el pasado. Y luego está el olor; no es solo el sudor, sino la acidez de su PH mezclada con grandes cantidades de tabaco y, sobre todo, de marihuana. Hasta el semen te huele a marihuana, piensa Rebeca cuando el hombre le pasa el papel higiénico por la barriga. 

"A Hermana Menor solo la llaman por el nombre de sus pacientes. Los que la conocen de toda la vida la llaman Gabino a sus espaldas por su parecido con el actor Gabino Diego. Hermana Menor sabía que este era su mote durante la infancia, pero hoy por hoy no se imagina o no se para siquiera a pensar si alguien la sigue llamando así, a parte de Rebeca, claro, que sí lo hace abiertamente, aunque, desde que se arregló la boca, ya no es tan fea. De hecho, nunca lo ha sido. Tan solo era fea por odiosa comparación con su hermana en el pueblo donde vivían y donde se conocían todos. Allí Rebeca era como una Dulcinea del Toboso, la más bella del lugar; pero ahora vive en Londres donde hay gente mucho más guapa que ella y, además, le falta una muela."

¡Un saludo y feliz año nuevo!

Cortesía de Aristas Martínez  

jueves, 23 de septiembre de 2021

RESEÑA: Un par de cómicos.

 UN PAR DE CÓMICOS


Título: Un par de cómicos. 

Autor: Don Carpenter (California, 1931-1995) escribió numerosas novelas, cuentos y guiones de cine a lo largo de veintidós años de carrera. Su primera novela, Dura la lluvia que cae, se publicó en 1966. A ésta le siguieron títulos como Un par de cómicos (1979) o La promoción del 49 (1985). Fue alabado por la crítica y sus colegas, pero su obra nunca llegó a un público masivo. Víctima de una serie de enfermedades que lo acabaron incapacitando, se suicidó en 1995 antes de acabar su última novela, Los viernes en Enrico´s, terminada y prologada por Jonathan Lethem y publicada por Sexto Piso en 2015. 


Editorial: Sexto Piso. 

Idioma: inglés.

Traductor: Rubén Martín Giráldez.

Sinopsis: Desde hace años. Jim Larson y Dave Ogilvie forman un célebre dúo cómico cómodamente asentado en la fama. Cuando no están actuando en Las Vegas o de gira por el país, se encuentran en Hollywood grabando alguna de sus taquilleras películas. La amistad entre Dave y Jim parece haber sobrevivido al tiempo, al éxito (también al extraño cansancio que éste conlleva), a la implacable maquinaria del show business, e incluso a algún que otro avispado agente que quiere que Jim emprenda una carrera en solitario. A pesar de todo, siempre han sabido moverse como pez en el agua en un mundillo que conocen y aman, sin pagar, aparentemente, un peaje demasiado caro. Aún así, cíclicamente, Jim necesita desaparecer sin avisar a nadie, y Dave teme que alguna de esas veces sea la definitiva y todo acabe. 

Su lectura me ha parecido: tragicómica, ligera, burlesca, implacable en su retrato de lo que sucede tras las bambalinas del mundo del espectáculo, ausente de sentimentalismos, una brisa entre un panorama literario a rebosar de intranscendentes dramas... La risa, esa que aflora de nuestros labios y garganta, como si de una idea que por necesidad tenemos que exponer en voz alta, para que todo el mundo la oiga, hasta los comensales situados a la otra punta del restaurante. Cuantos más mejor. Porque, si de algo vive la risa es de la compañía, de una comunión de afines que dan su aprobación en forma de más carcajadas. Complacientes, sinceras, comedidas, exageradas, con implicaciones nasales, lagrimales, vocales o todo a la vez. No hay una risa única, como tampoco aquello que nos conduce a ella. Dentro del infinito catálogo, los libros - adscritos al género humorístico - figuran en un puesto destacado a pesar, eso sí, del descrédito vertido más por la crítica que por parte del público, el cual, se entrega a ellas cual fan de una legendaria banda de rock. Homero fue, como en casi todo todo, pionero del noble arte de conseguir que nos partiéramos la caja con su epopeya Batracomiomaquia. Al igual que Aristófanes, Menandro o Luciano de Samosata con sus obras de teatro que bailaban entre lo pícaro, lo explícito y la sátira social. Siglos más tarde encontraríamos aquellos autores que provocaron cierta hilaridad en tiempos medievales tales como Chaucer, Martínez de Toledo o el Arcipreste de Talavera, capaz de aunar el carácter cortesano con ingenio verbal. Aunque el Decamerón de Boccaccio se considera uno de los textos de humor más importantes de la historia de la literatura - y en los últimos tiempos una suerte de manual para sobrevivir a una pandemia a base de contar historias cada cual más loca y subida de tono que la anterior - no podemos olvidarnos de nuestros patrios Fernando de Rojas con La Celestina y esa misteriosa o misterioso anónimo (no descartemos que fuese una mujer la que escribiese tremendo libro) que figura bajo El lazarillo de Tormes. Dos obras de impensable importancia que saben moverse entre los recovecos de la tragicomedia sin olvidarse de un despiadado retrato de la sociedad de su tiempo. Siglos más tarde llegarían Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca o William Shakespeare para renovar - en el caso del primero la novela y los tres siguientes el teatro - provocando regocijos desde los siglos XVI y XVII hasta nuestros días. Y más cercanos a la actualidad Sharpe, Whodehouse, Waugh, Durrell, Lodge, Pratchett, Jardiel Poncela, Fo o Gómez de la Serna entre otros. Todos ellos influenciados por escritores tan dispares como Wilde, Dikens, Twain, Valera o Zúñiga (nótese la ausencia de autoras en este género, lo cual nos debería hacer pensar). Luego, y tras este breve pero entretenido repaso a la historia de la literatura más desternillante, está Carpenter. Un guionista curtido en una escritura precisa y no exenta de comicidad que nos regaló una joya desconocida - al menos para una servidora - que nos habla de lo que se esconde tras los focos, de la otra cara de la fama, de las apariencias forzosas cuando, en el mundo de las icónicas parejas humorísticas, uno de los integrantes decide bajarse del barco. Un par de cómicos: jocosidad y desenfreno tras el dorado cartel de Hollywood. 


En su extraordinaria labor por rescatar novelas de un injusto ostracismo, la editorial Sexto Piso se afana por traernos de vuelta la obra de Don Carpenter. Escritor de una dilatada experiencia de, ojo, veintidós años dedicada a la escritura de escaletas y diálogos para el séptimo arte. Autor de gran agilidad estilística y poseedor de un imaginario literario indisociable de su biografía - o más bien de sus vivencias entorno a la dorada Babilonia, más conocida como la industria Hollywoodiense - que, por desgracia, nos dejó demasiado pronto en el año 1995. Dicho esto, y a falta de haberme leído su obra póstuma y editada por la mencionada editorial Los viernes en el Enrico´s, Un par de cómicos viene a iniciar lo que se la venido a llamar la Trilogía de Hollywood, en la que Carpenter nos sumerge en el brillante pero podrido mundo del show business para hacernos reír pero también para revelarnos lo que todos ya sabemos aunque nunca viene mal recordarlo de vez en cuando: que el negocio del cine norteamericano, fascinante donde los haya, tiene el poder de colocarte en lo más alto de la fama planetaria como, al mismo tiempo, condenarte al más absoluto de los olvidos. Dicho de otra forma, unos días estás arriba, con las estrellas del firmamento, y otros en el sótano del fracaso del que se antoja complicada su salida. En el caso de Un par de cómicos (la primera novela que nos llega de esta temática abordada por Carpenter) no estamos tanto en un terreno pantanoso donde somos testigos de la decadencia de un actor o actriz cuyo tiempo de gloria ha quedado atrás, ni ante algo parecido a El crepúsculo de los Dioses hecho novela, sino en el meollo de una historia de amistad más allá del ámbito profesional que está a punto de llegar a su fin. Como los grupos de música, los dúos míticos o, por supuesto, las legendarias parejas de cómicos, muchos han acabado separándose y, por consiguiente, poniendo fin a sus carreras para volar, con mejor o peor suerte, en solitario. Justo lo que les sucedió a Dean Martin y Jerry Lewis (pareja cómica en la que claramente se inspira la novela de Carpenter) mientras el primero sucumbió ante los egos de su compañero de profesión por culpa de las críticas de la prensa y, como consecuencia, su popularidad fue cayendo con los años, el segundo despegó y creció hasta convertirse en uno de los humoristas y directores más importantes de la historia del cine. 


Con un poso de comicidad con atisbos de patetismo y dramatismo - o lo que es lo mismo, lo que llamamos comedia triste - Carpenter nos habla de Jim Larson y Dave Oglive (magnífico perfilamiento de ambos personajes tanto en sus virtudes como en sus numerosos defectos), de su historia en común, de sus idas y venidas (sobre todo por parte de Jim influenciado por un productor que le insta a abandonar a Dave para actuar en solitario), de las fiestas glamurosas y regadas de alcohol que ambos se pegan y, sobre todo, de la sordidez y perversidad que impregna la trastienda del mundo de los teatros o sets de rodaje. Especialmente memorables son los pasajes en los que describen sus inicios, su primer encuentro y el inicio de la amistad que, ahora, está a punto de truncarse. Así como las insistentes arengas del productor, las lamentaciones y meditaciones de Dave en su rancho de Somona, el satirizante retrato del Hollywood de los 60-70 (décadas que cambiarían la industria para siempre) o el propio ambiente de las juergas - con aparición de Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, incluida - desinhibidas y plagadas de arquetipos que le sirven al autor como ejemplos para acentuar la degradación social y moral. Una fauna de interesados y carroñeros a ojos de alguien que, paradójicamente, forma parte de la propia maquinaria. Ligereza y pericia en sus diálogos - la mano de guionista es prácticamente palpable en cada página - Un par de cómicos no deja de ser el reflejo, bastante trasnochado, de la vida misma en cuanto a relaciones sociales se trata. El ser humano tiende a relacionarse con otras personas, ya sea por afinidades concretas - amor, amistad, trabajo, familia, ocio... - o por interés, sin llegar a estrechar un vínculo particular, simplemente por la coyuntura de la situación. Éstas pueden ser duraderas, tanto que solo la muerte acabará por truncarlas. Pero, ¿qué pasa cuando algo falla? ¿Cuando ya no reconoces a la persona con la que has pasado gran parte de tu vida? ¿Cuándo existen más diferencias que puntos en común? ¿Cuándo vuestros intereses difieren por completo? ¿Cuándo has aborrecido la compañía de quien, hasta hace poco, era imprescindible en tu vida? Los ciclos existen, y en lo que a relaciones sociales éste está a la orden del día. Por eso evolucionamos, exploramos nuevos territorios que en ese momento nos resultan más atractivos, en definitiva, cambiamos. Y en ese camino, seguramente, algunos de los que considerábamos una extensión de nosotros mismos acaben quedándose por el camino. Ley de vida dicen, como sucede en la novela de Carpenter. Sin duda, la mejor bisagra entre esa lectura trascendental de 1.000 páginas y ese cuento que exige toda tu atención. 

Un par de cómicos: una novela solvente, crítica, sin complejos temáticos y literarios, entretenida, que vuela en tus manos sin descuidar el contenido... Sin chistes malos pero con una buena dosis de tragedia burlona. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Hacer películas es aburrido, y trabajar en Las Vegas es aterrador: ésa es la principal diferencia. Después de nueve o diez horas de aburrimiento, lo único que quiero hacer es irme a casa y ver la televisión, pero después de dos horas de terror, el mundo parece un lugar maravilloso."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Sexto Piso

miércoles, 10 de febrero de 2021

RESEÑA: Transirak

 TRANSIRAK


Título: Transirak. 

Autor: David Pasual Huertas "Mr. Perfumme" (Valencia, 1981) es escritor, guionista y dibujante. Ha publicado los libros El Satélite Ruso (Ediciones Encendidas). Eso fue lo que pasó (Malatesta), Una pequeña llama en mitad de un terrible incendio  y Saber Matar (Chebooks/Contrabando). También ha participado en los libros colectivos La isla revisitada (Flechas desde Atalanta) y Zukerberg, una biografía no oficial (Chebooks/Contrabando). Además fue guionista en el largometraje Pobre Diablo y el documental The Mystery of the pink flamingos y recibió una beca Graners de Creació colaborando con el colectivo teatral Miss Panamá. Así mismo, es profesor del Taller de experimentación narrativa de Lapiscifactoria Laboratorio de Creación. En marzo de este 2021 publicará nueva novela con el sello Temas de Hoy titulada Gordo de Porcelana


Editorial: niños gratis*. 

Idioma: español. 

Sinopsis: A Sadam Husseín le diagnosticaron el sida entre 1995 y 1997. Desde el año 93, cuando puso en marcha La Campaña de la Fe, con la que instrumentalizó el Islam para sus propios intereses, en Irak hubo una época de relativa calma. Hasta el 96 no se crearon los primeros fármacos antirretrovirales que lograron convertir el virus en una enfermedad con la que se podía convivir de una manera mínimamente digna. Para cuando Sadam pudo tener acceso a estos tratamientos, su salud ya estaba deteriorada, aunque solo pocos hombres de su círculo más íntimo lo sabían. 

Su lectura me ha parecido: extraña, loquísima, inesperada, desconcertante, arriesgada, desternillante, dramática, sesuda, marciana (metafórica y literalmente), deliciosamente extravagante... En honor a la cinematográfica cita con la que el lector se topa nada más abrir el presente libro - de la cual hablaré más adelante - permitidme que haga mía otra gran frase cinéfila cuya correcta pronunciación es vital tanto para dar yuyu como para perturbar un poco el ambiente: "Ya están aquí". Y es que es cierto, ya están aquí, por fin, las y los autores valencianos. En las librerías de barrio, en las de los centros comerciales, en el Corte Inglés, en el quiosco de la esquina, y por supuesto, en nuestras estanterías más personales. Esas que cuidamos como si fueran un miembro más de la familia y que, en ocasiones, nos cuesta desmembrar por miedo a que queden incompletas o se rompa alguna de sus robustas páginas. Sí, lo sé, llevamos siglos rodeados de escritoras y escritores de la terreta. Si no fueran por las machaconas y benditas clases de valenciano en las que, si a la profesora o profesor de turno se enrollaba un poco, dedicaba parte del temario a ahondar en la literatura de nuestro amado como odiado territorio, ninguno de estos nombres nos sonaría, ni siquiera cuando deambulamos por el intrincado callejero. Desde los versos del cetrero real Ausias March - cuyo "veles e vents" lo tengo incrustado en la memoria - a Joanot Martorell - considerado por muchos el padre de la novela moderna y el antecedente más directo del Quijote de Cervantes - sin olvidarnos del misógino Jaume Roig, de las justas poéticas de Calatá de Valeriola o de los textos místicos de sor Isabel de Villena entre otros. Con Vicente Blasco Ibáñez - al que, a pesar de sus rancios gustos, muchos de los que nos dedicamos a la escritura deberíamos rendir pleitesía - cruzamos el charco, nos volvimos internacionales y comenzamos a mirar a la Albufera con una nueva lente. Con Rafael Chirbes - otro al que admirar por los siglos de los siglos - redescubrimos la podredumbre que habita bajo el milagro valenciano, o dicho de otra forma, en los cimientos de los enormes rascacielos de Benidorm. Con Joan Fuster nos sentimos más valencianos que la propia paella. Con Vicent Andrés Estellés aprendimos que la poesía podía emocionarnos más allá del idioma o las formas empleadas. Con Enric Valor me aprendí de cabo a rabo la rondalla del "Mig Pollastre" a la cual le tengo especial cariño. Con Isabel Clara-Simó accedimos a un universo literario plagado de personajes femeninos de gran envergadura en clave juvenil (muchos de los libros que me mandaban leer en el instituto eran precisamente de ella). Y, por supuesto, con Laura Gallego nos convencimos de que no teníamos porque que ser J.K. Rowlling o vivir en Escocia para atrevernos a escribir fantasía made in Valencia. La lista no acaba ahí, de hecho, no ha hecho más que aumentar: Manuel Vicent, Santiago Posteguillo, Elia Barceló, Alberto Torres Blandina, Elisabeth Benavent, Joan Francesc Mira, Bárbara Grau o Elisa Ferrer (ambas merecedoras del prestigioso premio Tusquets de Novela es sus dos últimas ediciones). ¡Casi nada! A esta tira de nombres debemos añadir el de David Pascual Huertas, más conocido por su pseudónimo Mr Perfumme. Un autor que, a pesar de pertenecer a la misma hornada de nuevos talentos valencianos, se revela como el menos ortodoxo en las formas, capaz de explotar la cabeza del lector con propuestas que te obligan a mudarte de la zona de confort o en las que directamente se pasa por el forro las normas no escritas acerca de lo que es o no considerado objeto literario. Ejemplo de lo que os comento es Transirak: la genial rayada monumental protagonizada por dos hermanas, el doble de Sadam Husseín y la Virgen del Casquete. 


Antes de meternos de lleno a comentar lo más llamativo de la novela de Mr Perfumme, en esta ocasión debemos detenernos unas líneas (o el párrafo entero si es necesario) en adentrarnos un poco en la editorial que ha hecho posible Transirak, así como en su peculiar edición, la cual acaba jugando un papel fundamental tanto en la lectura como en la comprensión de la obra en cuestión. Es la primera vez en los años que llevo administrando este blog que le dedico este espacio a hablar de una editorial en concreto, y es posible que lo que os vaya a contar o ya lo sepáis o no os interese para nada, pero es que de verdad, es importante, porque este caso es extraordinariamente singular. De buenas a primeras sorprende el nombre escogido - niños gratis* - por no hablar de su carta de presentación que cito textualmente: "niños gratis* es una editorial. Hacemos libros todavía. Todos buenos. Aunque ya no sean más que una extravagancia, aún nos apetece disfrutar de ellos. Hacerlos, leerlos y hablarlos." Una filosofía que, si lo analizamos desde su ironía y su buscada parquedad, tiene todo el sentido del mundo. Sobre todo si tenemos en cuenta la cantidad de personas, por llamarlas de alguna manera, asocian que asocian "lujo superfluo" con el libro y el simple acto de leer. Sí, niños gratis* sigue haciendo libros, muy pocos en comparación con otras editoriales, pero los hace, como si eso significase un acto suicida o algo por el estilo. Algo que, en tiempos pandémicos, no es descabellado pensarlo. Más allá de su sentido del humor, niños gratis* arriesga tanto en sus títulos como en la forma de presentarlos al lector. Para empezar encontramos un catálogo de lo más variopinto. Donde lo costumbrista, lo queer, lo experimental o lo más contemporáneo en cuanto a temáticas y debates se dan la mano. Desconozco si todos los libros que publican, como afirman, son buenos. Pero a juzgar por lo que he podido ir descubriendo, lo cierto es que el factor sorpresa parece entrar entre sus prioridades. Ya sea por la vía del contenido como por sus formas. No obstante, lo que de verdad sorprende y que me ha llevado a dedicarles toda esta segunda parte es su envoltorio. El pequeño formato - estos sí son libros de bolsillo, de los que te caben en cualquier lado - y por supuesto el poster desplegable en el que se convierte su sobre cubierta. El cual, a través de sus distintos elementos, el lector se puede hacer una idea de por donde van los tiros respecto a la novela que está a punto de leer. Eso o enmarcarlo para colgarlo en la pared, pues en el caso de Transirak (diseñado por los Hnos Paadín) es digno de un marco. Así se presenta niños gratis* en un valiente como novedoso equilibrio entre los beneficios de la palabra escrita y la belleza del lenguaje visual. 


Tras el pseudónimo Mr Perfumme se esconde el escritor valenciano David Pasual. Un autor con varios libros en su haber - algunos de ellos colectivos - y cuyas inquietudes artísticas, más allá del ámbito literario, han transitado hacia disciplinas tan distintas como el guion, el teatro (escribiendo y codirigiendo), el dibujo o la música. Este polifacético carácter se traslada de una forma muy personal a sus novelas, o al menos a Transirak, donde la fluidez de géneros, temas, personajes, situaciones - cada cual más loquísima que la anterior - tonos y emociones provocadas mantiene al lector en una continua sorpresa. En Transirak, aplicando un surrealismo ilógico pero racional en su disposición, todo es una locura. Ya la cita de Robocop 2 al principio de la novela es chocante. Nada de Oscar Wilde, James Joyce, o Dante Alighieri por nombrar a los más socorridos, no, Robocob 2, para que el lector alucine o se parta de risa nada más empezar. A continuación, como si de un viaje alucinógeno se tratase, Mr Perfumme nos sumerge en dos historias que transcurren en una misma y loca línea argumental. En primer lugar, tenemos la historia de Paula y Candela, dos hermanas en una situación crítica, ya que una de ellas - Candela en concreto - se está muriendo de cáncer. El autor sitúa la acción en la sala de espera del hospital y es a través de los pensamientos de Paula como conocemos la terrible realidad que está teniendo lugar a su alrededor así como los demonios familiares que pueblan sus recuerdos. Al mismo tiempo, y a medida que vamos teniendo más información sobre la difícil vida de las hermanas, esta historia se entrelaza con la de Sadam Husseín - recordemos, dictador iraquí al que Estados Unidos se encargó de demonizar y culpabilizar falsamente tras los atentados del 11S - muerto de sida en los años 90 y sustituido por un doble llamado Mohamed. Una deliciosa y desternillante alteración de la historia para ofrecernos una imposible pero efectiva conexión entre ambos relatos. Casar tramas totalmente diferentes y en las antípodas parece ser la especialidad de Mr Perfumme, eso y su asombrosa capacidad para negarse cualquier tipo de autocensura en lo que a ideas se refiere. Que si la Virgen en realidad es un extraterrestre, que si todos tenemos cáncer y sólo hay que esperar a que se active por medio de los chemtrails (algo que en tiempos de negacionismo y teorías conspirativas no me pudo parecer más acertado), que si Sadam Husseín tuvo más de doce dobles, que si Irak llegó a desarrollar un programa tan descabellado llamado Fuego Devastador... En el universo literario de David Pascual todo vale, por muy loco que resulte, todo acaba encontrando su coherencia dentro del caos. ¿Cuál es entonces la conexión? ¿Lo que hace de esta pequeña novela algo más que un festival surrealista? La respuesta la encontramos en el retrato de lo monstruoso, o las distintas formas en las que éste se manifiesta. El cáncer o el Sida son son, la invisible mano de la muerte que se posa de forma arbitraria sobre los hombros desconocidos, pero también los propios seres humanos que pueblan el libro, las criaturas creadas artificialmente para aterrar o los inminentemente cotidianos que, a través de inofensivas acciones, se están cargando el planeta y envenenando nuestras sociedades (a esos los llamamos ignorancia u odio). Pienso en CharlieBeta Jr., el mono en cuyo interior se creó sin querer el virus del Sida, pero también en ese murciélago - al menos son las sospechas que se tienen por el momento - sin nombre que pasó la enfermedad del Coronavirus al hombre, el primero de todos, el que jamás se imaginaría la que liaría en el ya cancelado 2020. De nuevo el monstruo de la enfermedad arrasando todo a su paso. 

Transirak: una historia de vírgenes, hermanas, dictadores iraquíes, dobles, marcianos, teorías de la conspiración, muerte, rezos, robots... Un huracán renovador a punto de extenderse más allá de las fronteras territoriales y mentales. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Nadie lo ve. No ha pasado. Magia. Mi hermana se queda sin habla. Imagino como le tiembla la barbilla y los ojos, imagino el cubo de sangre de Carrie cayéndole sobre los hombros y la cabeza, pero nada de eso ocurre. El cura le hace un gesto con los ojos indicándole que salga de la fila y mi hermana obedece. Un gesto sutil en el que nadie repara. Tachán. Conmigo repite la misma acción paso por paso. Algo que no entendemos nos deja una herida profunda que nos acompañará para siempre."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Niños Gratis

miércoles, 18 de noviembre de 2020

RESEÑA: La Bella y la Bestia.

 LA BELLA Y LA BESTIA


Título: La Bella y la Bestia. 

Autor: Bayard Taylor (Kennett Plaza, Pensilvania, 1825- Berlín, Alemania 1878). Poeta, crítico, periodista y diplomático. Fue un gran viajero que recorrió cinco continentes para contar sus experiencias en libros enormemente populares en su tiempo. Fue también, en muchos sentidos, un visionario social que acertó a predecir los derechos de las mujeres, las uniones homosexuales y el culto a la naturaleza y la vida sana. 


Editorial: Hermida Editores. 

Idioma original: inglés. 

Traductor: Losé Luis Piquero. 

Sinopsis: Un príncipe brutal y libertino que reina sobre almas y haciendas. Dos gemelos idénticos que ni sus padres ni la novia de uno de ellos pueden distinguirlos. Un hermano cuáquero que oculta a su pequeña y humilde comunidad un secreto casi increíble. Los estrafalarios miembros de una comuna que se adelante en cien años al movimiento hippy. Éstos son algunos de los personajes que se asoman en las páginas de La bella y la bestia. Y lo hacen en relatos en los que a veces se impone el humor (un humor desenfrenado e incluso algo gamberro) y otras veces la delicadeza de los sentimientos humanos más íntimos. Referencias tan dispares como Mark Twain, Dickens y Bret Harte, Las mil y una noches, los libros de viajes, los cuentos de hadas y las distopías sociales que un siglo más tarde harán furor en la literatura europea y norteamericana nutren una obra con hechuras de gran clásico que, sin embargo, nunca ha sido traducida a nuestro idioma y que incluye, en el relato que da título al conjunto, la idea original de la leyenda de la bella y la bestia, tantas veces llevada al cine. 

Su lectura me ha parecido: sorprendente, clásico en su forma, anticipador en su contenido, algo pesado, desigual, inquietante, gamberra, delicada, muy personal, una grata sorpresa... Tal vez esto que voy a confesaros en este primer párrafo suene un tanto frívolo pero la verdad es que, durante el confinamiento, llevé muy mal eso de no recibir libros por parte de las editoriales. Esa sensación de encontrarte en el buzón el libro que tanto has peleado, con mayor o menor intensidad dependiendo de los casos, para poder meter tus ojos en su interior e ir extrayendo cada una de las ideas para, posteriormente, plasmarlas sobre una cibernética hoja en blanco. Tan impoluta, tan dispuesta a resguardar cada una de las palabras tecleadas. Esa sonrisa que siempre se me queda cada vez que el cartero sube cargado (a veces hasta con cinco paquetes) para entregármelos en mano porque en el buzón, como es de esperar, no caben. De estos pequeños encuentros saqué en claro su amabilidad y profesionalidad, además de su afición por el ajedrez, al cual me imagino que dedicaría parte de su tiempo de encierro colectivo. Las editoriales dejaron de enviar ejemplares a prensa, algo lógico si tenemos en cuenta la necesidad de reducir los riesgos ante posibles contagios, y por tanto, el cartero dejó de pasarse tan a menudo por mi casa. Aún así, no me faltó trabajo, tenía reseñas atrasadas, lecturas a las que pegarles un buen repaso y una antología que fue, poco a poco, dando sus primeros pasos. Sin embargo, ese olor a libro nuevo, ese placer que sentía - y todavía siento - al rasgar el paquete, esas muestras de cariño y pasión lectora por parte de las editoriales cada vez que sacaban un ejemplar nuevo me faltaban en mi día a día. Sólo esos correos formales al término de cada nueva crítica me conectaban con esa antigua cotidianeidad por entonces quebrada. Nos preguntábamos cómo estábamos, nos deseábamos que todo estuviera bien, que la cosa pasase pronto para volver de nuevo a la carga. Todo ello desde la lejanía, desde nuestras respectivas casas, entonces convertidas en despachos compartidos. Por supuesto, hubieron algunos libros que se devolvieron, que se perdieron - aún no conocemos el paradero - o que se enviaron a la sucursal equivocada. Esa misma suerte corrió el libro del que hoy tengo el placer de hablaros. Viajó desde su lugar de origen y erró en su destino, en plena pandemia, en plena limitación de movimientos. El paquete regresó, con la promesa de emprender, esta vez, el camino correcto. A los pocos días de levantarse algunas de las restricciones, el presente volumen de relatos acabó por fin en mis manos. Desde entonces a este - y a su insigne compañero de viaje - los llamo "libros errantes", en clara alusión al ensayo de Tokarczuk y a su odisea en tiempos pandémicos. Hoy uno de ellos, el más tocho, regresa a mi mesa de trabajo, dispuesto a dejarse destripar (en el buen sentido) por una servidora. La Bella y la Bestia: gemas literarias, comunas y visionarias distopías sociales al servicio del público del siglo XXI. 


Antes de adentrarnos en las entrañas del conjunto de relatos que compone La Bella y la Bestia y otros cuentos del hogar (así se titula en realidad, sin acotaciones, la antología en cuestión) es preciso conocer la figura de su autor. ¿Quién es Bayard Taylor? ¿A qué se dedicaba? Y lo más importante ¿cómo es posible que actualmente tengamos tan poco, por no decir casi nada, de él traducido y editado en nuestro país? Para empezar, si buceamos un poco por internet, lo primer que nos llama la atención de su biografía son los cientos de viajes que Taylor se pegaba al rededor del mundo, llegando a poner pie en los cinco continentes. Debido a su condición de diplomático, a pesar de sus humildes orígenes, éste no dudaba en visitar algunos de los lugares más fascinantes del globo terráqueo. Desde Japón a Australia, pasando por Rusia, la antigua Prusia o la Europa del norte. Fue especialmente este territorio por el que más fascinación sintió, llegando a pasar largas temporadas en Suecia para aprender el idioma, política y costumbres del lugar. De esta pasión por el país nórdico su poema narrativo Lars, sus numerosos artículos publicados posteriormente bajo el título Northen Travel: Summer and Winter Pictures. A decir verdad, para el autor estadounidense cada estancia y viaje que emprendía, la mayoría por trabajo aunque también por placer, le servía como excusa para poder plasmar sus vivencias, anécdotas u opiniones acerca del lugar en el que se encontraba. Todos ellos desde un carácter que oscilaba entre lo divulgativo y lo intelectual. Fue así como Taylor escribió libros como Una visita a India, Japón y China en el año 1853, Las tierras del Sarraceno, Colorado: un viaje de verano o Cuadros de Palestina, Asia Menor, Sicilia y España (¿os creíais que Taylor, con lo viajero que era, no iba a poner pie aquí? y encima durante el reinado de Isabel II). Además de sus distintas visitas a países extranjeros, Taylor cultivó una fuerte amistad con el científico alemán Alexander von Humboldt - recordemos, padre de la Geografía como disciplina y la ciencia empírica - llegando incluso a acompañarle en alguno de sus viajes científicos a lugares como la Asia central. Por si fuera poca su vinculación con el mundo de la ciencia, Taylor se casó en segundas nupcias con María Hansen, hija de Peter Hansen, un conocido astrónomo germano-danés al que le debemos el cálculo de las posiciones lunares a partir de la teoría de la gravedad de Newton. Antes de morir en Berlín en el año 1878, tras su nombramiento como ministro de Estados Unidos para Prusia, a Taylor le dio tiempo a escribir Una historia de Pensilvania y a visitar de nuevo sus adorados países escandinavos, en especial Islandia. A pesar de considerarlo como uno de los más insignes escritores de libros de viajes la crítica, no obstante, señaló su falta de imaginación, calificándolo como un autor convencional dentro del sentimentalismo tan típico en la literatura del siglo XIX. Esto último, para los que hemos leído La Bella y la Bestia y otros cuentos del hogar, no dejará de parecerme un chiste del mal gusto. Si bien es cierto que no todos son perfectos y que algunos parecen enclaustrados en las modas estilísticas de la época, me parece desproporcionado tachar a Taylor de poco original teniendo en cuenta lo mucho que se anticipó a algunas de las realidades y debates más acuciantes en la actualidad. Estaba claro que no todo eran crónicas viajeras en su vida y que la ficción más especulativa o terrible lograron, al fin trascender, aunque fuese a trompicones y desoyendo discursos academicistas. 


Reconozco que lo que me llamó la atención de su sinopsis fue la promesa de encontrar en su interior la idea original de la leyenda que inspiró el cuento La Bella y la Bestia. Una historia que, según los estudios, parece tener su origen o bien en la historia de Apuleyo titulada Cupido y Psique incluida en El Asno de Oro y que tendría sus reseñables versiones de la mano de Gabrielle-Suzane de Villeneuve y de Jeanne-Marie Leprice de Beaumont en el siglo XVIII. Cada cual más distinta entre sí pero que sirvieron de base para la proliferación de interpretaciones históricas, sociales y hasta psicológicas; así como de adaptaciones cinematográficas enormemente populares. Algunas edulcoradas - la de la compañía Disney del año 1991 - otras con argumentos secundarios añadidos - como la versión de Jean Cocteau de 1946 - y hasta fue trascendente para el nacimiento de auténticos iconos literarios o cinéfilos de la cultura popular - a saber King Kong o El fantasma de la Opera entre otros -. Teniendo en cuenta todos estos datos, las expectativas estaban por las nubes. Sin embargo, me encontré una lectura de casi setenta páginas - es el relato, aunque deberíamos referirnos a él como nouvelle, más largo del libro - y que sorprendentemente no tiene nada que ver con lo que conocemos del relato. Ni hay relación romántica, ni una profecía, ni un Gastón, ni una rosa que se marchita con el paso de los días acortando la vida del protagonista. Lo único que sí que se mantiene es la premisa de un príncipe cruel - que incluso tortura y da rienda suelta a un inusitado libertinaje - y una joven bella y bondadosa que irrumpe en su vida para trastocarla por completo. Si bien este relato en concreto - que por cierto se curró poco su título - no tiene el mejor de los pulsos narrativos, de hecho en ocasiones resulta bastante soporífero a pesar de lo atractiva que puede parecer la idea, al menos desde un punto de vista de márquetin, es de agradecer que la crueldad esté presente, así como una ambientación interesante que nos retrotrae a los orígenes del propio cuento. El resto de historias - ocho sin contar el que da nombre al volumen - podemos referirnos a ellas de dos formas. O bien dando la razón, aunque con regañadientes, a los estudiosos al tratarse de tramas en las que los personajes fingen ser quien no son (el pobre que es inmensamente rico o el que pretende ocultar un secreto oscuro de su pasado para aparentar), amores imposibles por pertenecer a clases sociales diferentes y en los que siempre la moraleja, para bien o para mal, siempre está presente. Todas ellos, como ya he dicho, muy típicas de la literatura del XIX. O bien abrazado todos aquellos temas realmente revolucionarios como el acoso escolar, la igualdad entre hombres y mujeres, el ecologismo o la existencia de comunas cuya descripción encajaría más con una autora o autor de los años 60 que con la de un decimonónico. Dicho de otra forma, Bayard Taylor se adelantó cien años a la aparición de las distopías sociales que tan populares harían a escritoras y escritores como George Orwell, Margaret Atwood, Aldous Huxley o Ray Bradbury a lo largo del siglo XX. Por no hablar de que prácticamente inventa el hipismo y algunas de las características más reseñables de lo que posteriormente se llamará "Contracultura". Con todo, ¿es Bayard Taylor un buen escritor? Dependiendo de tu disposición, paciencia y estado de ánimo lo tolerarás mejor o peor. ¿Es entonces un autor a tener en cuenta y a seguir la pista? Sí, y éste es rotundo, a pesar de su desequilibrio narrativo, siempre será bueno aprender e investigar, desde un punto de vista histórico, dos de mis grandes pasiones intelectuales: los viajes y las distopías. Así que no tenerle miedo, ni respeto, que su humor - desenfrenado en ocasiones - merece la pena. La Bella y la Bestia: nueve relatos y una novela corta llenos de ironía, crítica, ingenio, estrafalarios comuneros, inquietantes gemelos, príncipes lujuriosos... El primer paso para traer más criaturas literarias de Bayard Taylor a nuestro idioma. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Bueno, como en algún momento debo terminar, que sea aquí y ahora. Para volver a citar a lord Bacon, tome mi "relato redondo y sin pulir" y quizá el mundo aún reconozca que algún bien ha hecho quien esto firma."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Hermida Editores

lunes, 12 de octubre de 2020

RESEÑA: Documento 1.

 DOCUMENTO 1


Título: Documento 1. 

Autor: François Blais. Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps...), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de "nombres improbables extraídos de los anales de la literatura". François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento 1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: francés. 

Traductora: Luisa Lucuix. 

Sinopsis: Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec, pasan sus horas muertas viajando con Google Maps, descubriendo los nombres más curiosos de ciudades de EEUU y las historias que hay detrás de ellos. Un buen día deciden emprender un viaje real a una localidad perdida que les ha llamado la atención: Bird-in-Hand (Pájaro en mano), pero para emprender ese viaje necesitan dos cosas, dinero y un coche. No se les ocurre una idea mejor que pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. 

Su lectura me ha parecido: divertida, directa, ligera, extraña, con unos personajes que rozan lo apático, triste, acertada, memorable... Surrealismo, confusión, como estar inmersa en una película apocalíptica. Esas que te tragas a las cuatro de la tarde mientras calientas con tu culo el hueco del sofá, esas que por lo general no te crees y acabas durmiéndolas hasta que el rugido de tu estómago te avisa de que es la hora de meterte un Colacao con galletas entre pecho y espalda. Pero entonces pasa y de la noche a la mañana no puedes salir de tu casa porque hay un virus campando a sus anchas sesgando la vida de tus vecinos. Te acojonas, compras toneladas de papel higiénico, no puedes esquivar la sugestión. Entras en pánico ante cada estornudo, carraspeo o leve dolor de garganta. Tanto que le pides a tus convivientes que ni se te acerquen, aunque sea para proponerte hacer pan casero juntos, aunque sea para ver la enésima serie de Netflix. Aún así, todavía conservas un pequeño resquicio de esperanza. "Sólo son quince días" piensas mientras haces planes en tu cabeza. "¿Dónde me voy esta Semana Santa?" "¿No suspenderán las procesiones verdad?" "¿Es verdad que las Fallas se aplazan al verano?" Pasan esos quince días, y otros quince, y quince más. Es un no parar. Entonces tú, que eres una lectora empedernida, repelente en algunos aspectos - estás al día de todo, te sabes los nombres de todos y lo sabes todo del mundillo - decides desempolvar todos aquellos libros cuya trama transcurre dentro del hogar. Poco te importa el género, como si es de terror, como si es una novela de Stephen King en la que su protagonista se dedica a asesinar a quienes no llevan la mascarilla puesta por la calle. A estas alturas del panorama ya no te sorprende nada. La casualidad hace que de entre todas esas historias claustrofóbicas o en las que abundan idealizadas odas al microondas de la cocina te topas con un tal François Blais. No te suena, jamás lo has oído mencionar, pero la sinopsis y su colorida portada - la viva imagen de la cuarentena pero sin aplausos de por medio y con gente paseando libremente por la calle - acaban convenciéndote. Ya es abril, sabes desde hace unas semanas que no va a haber Feria del Libro, así que te consuelas leyendo la novela de François Blais sentada en el balcón, rodeada de plantas y con el olor a tabaco del vecino descendiendo desde el sexto. Una carcajada, un suspiro, un capítulo más devorado. Así hasta que te das cuenta de que todo lo mencionado anteriormente es mentira - salvo alguna cosa - y que la literatura, sólo la literatura, es capaz de salvarnos en los peores momentos, justo lo que consiguió François Blais, sus desesperanzados protagonistas y la poca inventiva que todavía conservo. Documento 1: metaliteratura, precariedad, un sueño y Google Maps. 


Para las y los lectores poco convencionales, que se pasan durante horas buscando ese libro que - no tiene porque ser una novedad de reciente publicación - les vuele la tapa de los sesos o que, simplemente, les permita vivir unas aventuras de cariz épico, Documento 1 será su desesperación que no perdición. Porque, si bien es cierto que podríamos enmarcarlo en esa categoría literaria en la que entrarían las autenticas rarezas y delicatessen novelísticas, en la novela de François Blais no pasan grandes cosas, ni se desatan tramas que te hacen estar pegada al texto durante horas, ni un desarrollo extremadamente profundo de los personajes que lo habitan. Aquí, para empezar, casi no salimos del piso de alquiler en el que conviven Tess y Jude - maravillosa referencia, por cierto, a dos de los personajes más importantes de la literatura de Thomas Hardy - dos jóvenes apáticos, tristes, sosos y aparentemente conformistas. Y remarco lo de "aparentemente" porque el gran cambio de la novela se produce a partir de esa pequeña evolución (por no decir minúscula) en la que, un poco hastiados de pasarse horas viajando a través de Google Maps, toman la decisión de desvirtualizar uno de sus lugares favoritos: Bird-in-Hand. De ahogar su tiempo libre tras una dura jornada vendiendo bocadillos en el SubWay descubriendo los pueblos con los nombres más raros de EEUU a tomar la iniciativa, aunque sea de una desgana crónica, para emprender por fin el viaje que tanto han anhelado en sus sueños cibernéticos. El problema viene cuando ni un empleo en el SubWay te permite reunir el dinero suficiente como para irte de vacaciones, de ahí que se les ocurra, casi a la desesperada, pedir una subvención al estado para escribir una novela y usar el dinero para poder marcharse por fin. Todo ello sin tener ni pajotera idea de como se escribe una novela. Tess, en ese sentido y en aras de una sinceridad tan abrumadora como inquietante a partes iguales, llega incluso a dirigirse al lector, como si de una actriz mirando a la cámara se tratase, para confesarle lo evidente, que ella de literatura y de juntar palabras sobre el papel no entiende, y mucho menos los manuales, los cuales le producen más de un dolor de cabeza. Jude, por su parte y al igual que Tess, no dudan en aprovecharse del dinero público y de un pobre escritor (enamorado de Tess) que les presta su nombre para que pidan la ayuda económica. 


La novela, descrita así, puede parecer un verdadero tostón, pero en realidad - y sobre todo en el momento tan excepcional en el que la leí - encierra una serie de virtudes que han acabado por inclinar la balanza. En primer lugar, una constante sensación claustrofóbica pero cómoda para el lector. ¿Quién no se ha sentido encerrado y a la vez a salvo en el propio hogar? Últimamente la mayoría de personas que habitamos en este mundo, pero antes de la pandemia, esa paradoja ya se daba y en el tiempo prepandémico en el que se mueven Tess y Jude, aunque ahora nos parezca irreal y un documento casi arqueológico de la vida antes del desastre. En segundo lugar, Documento 1 contiene la pareja de personajes más aburrida, parca, triste y deliciosamente aburrida que he tenido el placer de conocer a través de la literatura. Con empleos de mierda, con salarios de mierda y pisos de mierda; ambos pertenecen a la que ya se conoce como la "Generación Perdida" del siglo XXI, imbuidos en un capitalismo salvaje que casi no les deja respirar, o lo que es lo mismo, aspirar a algo más que pasarse su vida atendiendo a desagradecidos clientes en la franquicia de comida rápida de turno. Dos jóvenes que, a pesar de las circunstancias, disfrutan a su manera de las aficiones más extrañas, como la de hacer turismo virtual. Eso les pirra, pero también se convierte en su terrible consuelo. Si no podemos viajar por falta de pasta, siempre nos quedará el Google Maps. En tercer lugar, a raíz de esto último, el halo de tristeza que impregna la novela es constante. Una tristeza crónica, fruto de las consecuencias de la crisis económica y la falta de expectativas tanto laborales como personales, que no sólo afecta a Tess y a Jude, también a todo lo que los rodea. Convirtiendo su día a día en un campo de minas que ambos se han negado volver a atravesar por miedo a hacerse daño de nuevo, adoptando un irritante conformismo frente a una valentía que les precipitaría a un pozo sin fondo. No todo es desazón en esta novela, ya que en cuarto lugar, el pequeño rayo de esperanza se abre cuando deciden estafar para poder, al menos por un mes, abandonar su anodina existencia. Y con él llega el humor. Un humor muy irónico y descacharrante que funciona a la perfección y que cobra especial genialidad en el momento en el que aparece este escritor que decide venderse por amor a Tess, aunque existan atisbos de correspondencia. Pero es que también hay escenas tronchantes antes de todo eso, cuando elaboran la surrealista lista de pueblos con nombres raros de Estados Unidos, cuando descubren la belleza de Bird-in-Hand (su destino soñado), cuando Tess le suelta a Jude que son infelices y éste le llama gótica, la monotonía del SubWay o hasta en los momentos de distensión, de no hacer nada, también como lector te ríes. François Blais consigue que tanto Tess como Jude parezcan dos animalillos de sobra adaptados a su medio - casa, casa y más casa - que al sacarlos de su hábitat natural, al atreverse a emigrar, cambiar de aires, se sientan completamente extraños, fuera de lugar, como si la novedad no fuese con ellos. Algo que se puede apreciar, por ejemplo, en su memorable final. En última instancia, hacía años que no leía una novela con un carácter metaliterario tan potente que, más allá de tomar prestados los nombres de sus protagonistas del universo hardyano, el libro va también de como escribir una novela, de sus dificultades y de la desesperación de estos dos seres tan fuera de onda por ceñirse a los manuales que han encontrado en la biblioteca. Tras leer Documento 1 a la futura o futuro escritor se le quitan todas esas ínfulas de superioridad, y al que es muy dado a criticar a los escritores - a los cuales suele referirse como "muertos de hambre" - por fin se le podrá la mejilla roja de la merecida bofetada. Para acabar, simplemente decir que, a pesar de que durante el confinamiento muchas y muchos descubrimos las bondades y desventajas de no salir de casa en casi tres meses, es triste pensar que antes de todo esto ya existía la precariedad, el desempleo, la desmotivación y, por supuesto, millones de personas pegándose el viaje padre a Hawái, París, Nueva York o Tokio. Sin moverse de casa, eso sí. 

Documento 1: una historia de aficiones extrañas, internet, pobreza, chantajes, amores no correspondidos, tristeza, humor, sueños imposibles de cumplir sin fraudes de por medio... El no viaje al rededor del globo terráqueo desde la comodidad del sofá, de la cama o del balcón selvático. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. ("Y viviremos como príncipes . Y criaremos conejos. ¡´Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George"). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con esto, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos un poquito. Cuando le dije eso a Jude ("¡Me parece que somos infelices tío!"), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamo gótica."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett