Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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sábado, 7 de mayo de 2022

RESEÑA: Ayer

 AYER


Título: Ayer. 

Autora: Agota Kristof ((Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011). Por motivos políticos tuvo que exiliarse de su país para, en 1956, instalarse en Suiza. Tras cinco años trabajando en una fábrica de relojes, Kristof decidió aprender francés, lengua en la que escribió en 1986 su primera novela, El gran cuaderno, primera pieza de la trilogía protagonizada por Claus y Lucas, a la que seguirían La prueba (1988) y La tercera mentira (1992). Ha escrito otras obras de teatro y de narrativa, entre las que se encuentra el relato autobiográfico La analfabeta (2004), en el que Kristof recoge una breve parte de su intensa vida. Sin embargo, la trilogía de Claus y Lucas se sigue considerando su obra maestra, por la que recibió importantes galardones como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea.


Editorial: Libros del Asteroide. 

Idioma: francés. 

Traductor: Ana Herrera. 

Sinopsis: Sándor Lester, exiliado en una fría ciudad europea, lleva una vida solitaria y monótona. Inmerso en una rutina alienante en la fábrica de relojes en la que trabaja, pasa sus ratos libres escribiendo, frecuentando a gente en su misma situación o en compañía de Yolande, una mujer a la que no ama. Un día conoce a Line, una nueva empleada de la fábrica que procede del mismo país. Aunque está casada y tiene una hija de corta edad, Sándor se enamorará de la recién llegada y entre los dos surgirá un vínculo tan íntimo y esencial como doloroso y destructivo. 

Su lectura me ha parecido: breve, precisa, desasosegante, sin artificios, al hueso, tristísima, lírica, tosca, sombría, melancólica, impactante... La primera vez que leí a Agota Kristof me adentraba en la milla de oro de mi ciudad. Amparada en el nombre de un poético autor, sus portales no eran de otro mundo, ni sus balcones, ni siquiera los seguratas-porteros que las custodiaban. No como sus tiendas de decoración minimalista y letreros tan estilosos como relevadores en cuanto a su caché o valor de mercado. Esas cuyos escaparates parecen gritarte lo mucho que molan, lo caras que son y que jamás podrás si quiera poner un pie en ellas. Cruzar la barrera que separa a quienes frecuentan los alrededores del Mercado de Colón y los que nos tiramos a las rebajas de cualquiera de las tiendas que riegan la calle Colón pertenecientes al imperio Inditex. Emma Stone o Alicia Vikander te saludan, pretenden calar entre el populacho, venderte la idea de que, aunque no te puedas permitir un bolso de Louis Vuitton o una escultura de Lladró, siempre quedará la ilusión, el deseo, la fascinación por aquello que jamás podrás poseer. Una frialdad calculada escondida tras los ojos verdes de la primera y los almendra de la segunda. Entre clase y clase de un curso del paro que estaba realizando en unas oficinas situadas al principio de aquella calle y tras una rápida pero embelesada contemplación a la explosión de Rococó que representa el Palacio del Marqués de Dos Aguas, se me ocurrió empezar la lectura que llevaba tiempo postergando, sin saber muy bien porqué. Quedé tan atrapada por aquellas primeras descripciones de los horrores más perturbadores, terroríficos y escatológicos incluso de la guerra que estaba teniendo lugar en las páginas y en la película que estaba construyendo en mi imaginación que casi llego tarde a la explicación sobre el la comunicación en Facebook. Recuerdo que durante las horas que sucedieron a aquella lectura no pude pensar en otra cosa que no fuese en esa abuela rolliza, malvada y guarra - de no lavarse en un mes, entiéndase - y en lo mucho que, a pesar de detestarla a rabiar, me estaba fascinado como personaje. En mi memoria resurgió Annie Wilkies, protagonista de Misery, psicópata de la página en blanco, sádica pesadilla nocturna a la que mi yo adolescente había aupado al Olimpo de la creación literaria. Flechazos que, tanto en un caso como en el otro, he conseguido mantener intactos y firmes, defendiéndolos hasta la saciedad allá por donde voy. Continué en los días posteriores, la pasión fue en aumento, a pesar de haber dejado atrás esa burrada llamada El gran cuaderno. Cada una de las tres entregas de la trilogía me despertaba sentimientos bien diferentes, pero todos convergentes en la figura de su autora, de quien los había plasmado sobre el papel, de una mujer llamada Agota Kristof que, para mi sorpresa, escribió aquello en una lengua que no era la suya, sino en una que le vino de improviso, sin desearlo y a la que se tuvo que acostumbrar si quería prosperar allí donde la habían acogido en calidad de refugiada política. Entonces pensé que el descubrirla frente a uno de los edificios más bellos de la ciudad resultaba irónico, ahora siento que Agota se ha convertido en una autora de mi canon personal, tan imprescindible como rica en su forma de aproximarse a lo molesto, visceral, crudo. En otras palabras, aquello que no queremos ver. Luego amplías, lees otros títulos, te empapas de ellos sabiendo que, aunque no estén a la altura de la obra cumbre, Agota jamás defrauda. Ayer: el dolor del exilio, del pasado y de la creatividad ahogada en el trabajo mecánico. 


La desolación que una siente una vez pone punto y final a la lectura de esta pequeña novela debería ser una advertencia, sobre todo si la o el lector que se aventura a adentrarse en ella lo hace desde un ímpetu descontrolado. De todas formas, no hay nada mejor que iniciarse en la prosa de Agota que por este pequeño y amargo bombón de licor. Tan amargo que una servidora se estremece con tan solo recordarlo. Y es que la historia de Sándor Lester - magnífica elección del nombre en un claro homenaje al también expatriado Sándor Marai - actúa como vehículo narrativo así como catalizador de todas las emociones que su autora decide transmitir a través de él. Sosteniendo todo el peso de una trama que, a pesar de su aparente sencillez, esconde matices dignos de mención. Sándor es uno de los personajes más tristes de la literatura, al menos de la literatura a la que una ha accedido por el momento. Un rostro compungido, ausente, que se deja llevar por la inercia de un trabajo mecanizado y tremendamente alienante - esa gris fábrica de relojes - atormentado por un pasado que trata de dejar atrás y cuya única vida social fuera del trabajo la componen Yolande - una mujer con la que se acuesta pero no ama - y los exiliados del bar que, como el propio Sándor, no consiguen adaptarse al país que, por diversas circunstancias, han tenido que huir. Un hombre de imperturbable rostro, a lo Buster Keaton sin gracia, con frustrados sueños de grandeza literaria, ya sea por su falta de disciplina o por su falta de talento, ahí el lector es el que debe opinar. Imágenes que compone en su cabeza, sobre el papel o en la cárcel de tinta negra de la que jamás logran salir. La llegada de Line, una mujer casada y madre de una hija procedente del lugar en el que nació Sándor, pondrá patas arriba la anodina existencia del protagonista. Introduciendo a la o el lector en un juego literario en el que la ambigüedad jugará un papel fundamental. Una relación platónica en la que nos moveremos entre la cruda realidad y los deseos del propio protagonista, creando una tensa incertidumbre entre lo que es real y no, entre lo que está pasando y lo a Sándor le gustaría que pasase. Lo poético y onírico, a su vez, se cuelan en la narración de Kristof, otorgando al relato un toque más extraño y bello en una trama ya de por si oscura, convirtiéndose en el contrapunto necesario para sostenerla. Su parquedad narrativa - frases cortas, desnudas, carentes retórica banal, capaces de helar la sangre - así como ese toque siempre autobiográfico - la autora también trabajó en una fábrica de relojes - contribuyen, por otro lado, a ensombrecer más la narración. Y es que aunque ese punto lírico se cuele entre diálogos y descripciones, es importante mantener el sello de identidad, esa marcada personalidad que siempre ha caracterizado a Kristof tanto en su vertiente más larga - Klaus y Lucas - como en su faceta más sintética - Ayer -. Y aunque posea ciertos giros que te cambian de golpe y porrazo la percepción que tienes (y sientes) hacia los personajes, lo cierto que para una servidora esta nouvelle no se puede ni siquiera comparar con aquella magnífica trilogía que tanto me marcó, de hecho, por muy bien escrita que esté, no está ni siquiera a su altura. Sin embargo, esta lectura no solo me ha hecho admirarla más, también explorar otros campos temáticos al rededor de los que articular una trama, tales como la alienación que provoca el trabajo mecanizado - y su consecuente sometimiento psicológico - además del naufragio de las ideas literarias, de esos pequeños rayos de esperanza en unas circunstancias en las que ni el propio contexto ni el propio protagonista que las alumbra tienen cabida. Agota se condensa, se encoge, se atenúa; pero incluso achicándose escribe las mejores historias. Aunque tras su lectura te entren ganas de meterte en la cama, taparte con una manta y derramar alguna lágrima, como Sándor, en la más absoluta soledad. 

Ayer: una historia de decepciones, huida, asfixia, lírica lóbrega, frialdad, abatimiento, autoengaño, perturbación, destierro... La perfecta entrada al universo literario de Agota Kristof. 

Frases o párrafos favoritos: 

"En la cabeza todo se desarrolla con dificultad. Pero, en cuanto se escribe, los pensamientos se transforman, se deforman y todo se vuelve falso. A causa de las palabras."

"El tiempo se desgarra. ¿Dónde encontrar los descampados de la infancia? ¿Los soles elípticos paralizados en el espacio negro? ¿Dónde encontrar el camino volcado hacia el vacío? Las estaciones han perdido su significado. Mañana, ayer, ¿qué significan esas palabras? Solo existe el presente. En un momento dado, nieva. En otro, llueve. Luego hace sol, viento. Todo eso es ahora. No ha sido, no será. Es. Siempre. Todo a la vez. Ya que las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y en mí, todo es presente."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide

viernes, 29 de noviembre de 2019

RESEÑA: Claus y Lucas.

CLAUS Y LUCAS

Título: Claus y Lucas.

Autora: Agota Kristof  (Csikvánd, Hungría, 1935 - Neuchâtel, Suiza, 2011). Por motivos políticos tuvo que exiliarse de su país para, en 1956, instalarse en Suiza. Tras cinco años trabajando en una fábrica de relojes, Kristof decidió aprender francés, lengua en la que escribió en 1986 su primera novela, El gran cuaderno, primera pieza de la trilogía protagonizada por Claus y Lucas, a la que seguirían La prueba (1988) y La tercera mentira (1992). Ha escrito otras obras de teatro y de narrativa, entre las que se encuentra el relato autobiográfico La analfabeta (2004), en el que Kristof recoge una breve parte de su intensa vida. Sin embargo, la trilogía de Claus y Lucas se sigue considerando su obra maestra, por la que recibió importantes galardones como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller y el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austriaco de Literatura Europea. (Fuente: Editorial).


Editorial: Libros del Asterioide.

Idioma: francés.

Traductoras: Ana Herrera y Roser Berdagué.

Sinopsis: en un país en guerra ocupado por un ejército extranjero, dos hermanos, Claus y Lucas, han sido abandonados por su familia y puestos al cuidado de su abuela, a la que sus vecinos llaman la Bruja. La barbarie del convulso mundo en el que viven les lleva a emular la crueldad que ven en él. De una inteligencia superior, serán capaces de utilizar cualquier recurso para sobrevivir, pero una vez asegurada su supervivencia intentarán poner remedio a muchas de las dramáticas situaciones que les rodean. Los distintos caminos que terminan eligiendo al final de la guerra marcarán sus vidas para siempre. Formado por las novelas El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira, el tríptico Claus y Lucas es un retrato poliédrico de la complejidad humana, un libro extraordinario sobre los horrores de la guerra y los totalitarismos. Basado en las vivencias infantiles de su autora, una exiliada húngara que lo escribió en francés, este libro que se publicó por primera vez a finales de los años ochenta es un auténtico clásico moderno. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Brutal, adictiva, sincera, violenta, obscena, con un poso  autobiográfico, controvertida, impactante, escatológica, plagada de imágenes imposibles de olvidar, con personajes que tampoco consigues sacarte de la cabeza, diferente, única, un arrollador torrente emocional en el sentido más amplio de la palabra, maravillosamente dividida, construida y planificada, espeluznante, terrorífica... Como habéis podido comprobar, esta es con diferencia la reseña en la que más adjetivos he empleado para describirla, y aún así, siento que me quedo corta. Y es que no es para menos. Todo comenzó con un simple anuncio en redes sociales, cargado de entusiasmo eso sí, pero que podría haber pasado perfectamente desapercibido de no haber sido por el contenido de dicha noticia y porque, también en los mundos del Twitter y del Instagram, existen bibliófilas y bibliófilos empedernidos que saben distinguir un buen libro a la legua. Esa maravillosa novela iba a volver a estar de actualidad gracias a Libros del Asteroide, editorial nada sospechosa de haber publicado y reeditado en los últimos años autenticas joyas de la literatura, algo que los lectores aprobaron y aplaudieron a rabiar. De pronto su título estaba por todas partes: en las conversaciones internautas, en los foros, en los muros de algunos de los portales literarios más importantes o como protagonista de las historias de cientos de bookstagramers. Y en todos ellos, alabanzas tales como: "El libro que tenéis que leer antes de morir", "si no lo leéis ya estás tardando", "lectura obligatoria", "imprescindible", "su lectura te cambiará la vida"... Yo misma compartí la buena nueva, a pesar de que la sombra del escepticismo acechaba sobre cada uno de aquellos gritos de júbilo, sin ser consciente de que, un tiempo más tarde, estaría subscribiendo y dando la razón a cada uno de ellos. Es evidente que esta novela - aunque lo correcto sería decir "novelas" - no ha modificado ni un ápice de mi realidad cotidiana, pero os puedo asegurar, a riesgo de ser demasiado entusiasta, que Agota Kristof - bendito descubrimiento - ha conseguido que me reencuentre con el género autobiográfico, que me demuestre como éste también puede ser extraordinariamente trasversal, que me haya devuelto la esperanza respecto a la posibilidad de encontrarte con literatura de calidad sin necesidad de recurrir a los clásicos, y lo más importante, que se convierta en uno de mis referentes literarios en lo que a escritura se refiere. Con estas palabras nos adentramos en la oscuridad aberrante del ser humano, en los otros desastres de la guerra y sus correspondientes consecuencias para reseñar el que sin duda ha sido uno de los libros que como lectora y autora más me ha marcado este año. Claus y Lucas: el sueño de la razón produce monstruos y totalitarismo.


  Para empezar, como ya he señalado en el anterior párrafo, Claus y Lucas no es el título de una novela, sino el que engloba a una trilogía compuesta por: El gran cuaderno (1986), La prueba (1988)y La tercera mentira (1992). Novelas que Libros del Asteroide ha tenido la genial idea de juntar en una reedición que, sin duda, llega en un momento clave y crítico respecto al panorama político europeo. Un contexto en el que la ultraderecha ha pasado de ser un fantasma del pasado a ser una realidad formando parte o apoyando gobiernos - como sucede en Italia, Austria, Polonia, Hungría y España - o simplemente entrando con fuerza en los parlamentos de países como Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, Dinamarca o Finlandia. Por no hablar que en Estados Unidos, una de las naciones más poderosas del mundo, está actualmente gobernada por un empresario especulador procedente de la jet set americana que no duda en atacar a las mujeres, a los inmigrantes, a los homosexuales, y en definitiva a todo aquel que representa una supuesta "amenaza" para el país. En esas estábamos - y seguimos estando - cuando a principios de febrero salió a la venta Claus y Lucas, calificada por los críticos como una de las denuncias más demoledoras hacia el totalitarismo de cualquier signo y escrita por una autora - Agota Kristof - que paradójicamente se exilió por culpa de la proliferación de estos sistemas políticos en la Europa del este tras la Segunda Guerra Mundial. Suiza fue su país de acogida, país al que huyó con su marido y una hija de cuatro meses, en el que encontró un trabajo en una fábrica de relojes que le permitiría un sustento y algo de tiempo para dedicarse a la escritura y que fue testigo de la publicación - en francés - de los libros por los que será eternamente recordada. Con una ambigüedad autobiográfica (lo cual hace más aterradora la experiencia lectora) Kristof nos narra El gran cuaderno la historia de dos niños gemelos - cuyos nombres se corresponden con el de la trilogía - a los cuales su madre, incapaz de alimentarlos en una ciudad constantemente amenazada por las bombas, entrega a su abuela. Una mujer terrible, perversa, violenta, sospechosa de haber asesinado a su marido y que desconocía la existencia de sus nietos. Entre protestas e insultos, la abuela acoge a los niños en su casa a las afueras de un pueblo sin nombre tratándoles, desde el minuto uno, como si fuesen escoria, basura, perros. A partir de este momento, el lector será testigo de las brutalidades, la miseria, el pillaje y de la dura disciplina de aprendizaje - autoeducación con los pocos medios que disponen a su alcance y ejercicios extenuantes para fortalecer su cuerpo y ocultar sus emociones - que tanto Klaus como Lucas se autoimponen para sobrevivir en una sociedad cada vez más envilecida y martirizada por sus gobernantes, invasores y sus presuntos liberadores.

   Como ya comenté en su momento, y para que os sirva de orientación, una servidora experimentó asco, odio, rabia, impotencia, pena, repugnancia, fascinación y un nudo en el estómago imposible de describir. Y tan sólo llevaba cuarenta páginas leídas. Cuarenta páginas en las que advertí no sólo un excepcional talento narrativo, también la singularidad de una historia tantas veces contada pero nunca desde esa extrema frialdad. Leer El gran cuaderno es como tocar directamente el hielo, sin protección alguna, y sentir como se te congela la sangre a medida que los personajes van descendiendo en su particular infierno moral. Jamás había leído escenas tan duras, esas que si fuesen reales apartarías inmediatamente la mirada, esas que retratan al ser humano en la horrorosa desesperación, en su apogeo más monstruoso, esas que aún me producen escalofríos con solo rememorarlas. Claro que la brevedad de sus capítulos - los cuales rara vez superan las dos hojas de extensión - unido a unos giros en la trama totalmente inesperados y al uso de unas frases muy cortas desde un "nosotros" correspondiente a la voz de los hermanos y a sus anotaciones en el cuaderno, hacen de esta experiencia lectora más inversiva si cabe. Mención especial merecen todos y cada uno de los personajes, empezando por sus protagonistas - los cuales al final se acaban convirtiendo en seres sin escrúpulos capaces de soportar cualquier calamidad - y acabando por Cara de Liebre - no os hacéis una idea del shock que supuso leer lo que le sucede al final de la novela - sin olvidarnos, por supuesto, de la abuela. Terror en estado puro. Esa bestialidad, esa potencia, ese titán de la maldad hecha mujer con rostro ajado por el paso del tiempo merece un lugar privilegiado entre los mejores personajes literarios de la historia. Señalar, que duda cabe, el importantísimo papel que juega la naturaleza, el pueblo y la sucia y destartalada casa de campo - situada cerca de la línea fronteriza - en la que conviven abuela y nietos durante todo el transcurso de la guerra, metáfora de la sequedad y brutalidad tanto de lo cotidiano como del conflicto bélico.


   Tanto críticos como lectores no dudan en señalar a El gran cuaderno como la mejor y más lograda entrega de toda la trilogía. Sin embargo, los dos títulos que la completan, aunque menos interesantes en cuanto a su estilo narrativo, su contenido no es para nada desdeñable. Si la primera entrega nos narraba la traumática infancia de Claus y Lucas, en La prueba - sin capítulos y contada desde un narrador omnisciente - Agota Kristof nos cuenta la historia de los dos hermanos tras su separación, ahondando en las diferencias entre el entorno rural y el de la gran ciudad y en como lo acontecido en la primera parte de la trilogía condiciona de forma salvaje algunos aspectos de su vida. Tales como el trabajo, el amor, la familia, el compromiso político o su relación con el pasado. A continuación, en La tercera mentira - desde una interesante primera persona y dividida en dos partes - el lector asiste a un desenlace de altura, al esperado reencuentro muchos años después y al cuestionamiento de los hechos anteriormente narrados a base de revelaciones sorprendentes que caen como bombas antes de ese final digno de enmarcar. Si bien es cierto que El gran cuaderno podría perfectamente existir sin el sustento de los otros dos libros - dada su singularidad y calado emocional - tanto La prueba como La tercera mentira en su conjunto nos proponen las claves esenciales para entender las motivaciones que llevaron a su autora a escribir esta trilogía, las cuales acaban agrupadas y resguardadas bajo el paraguas de la mayor de las inquietudes: la de una desnuda denuncia a la herida de las guerras, a la puñalada social que supuso el nazismo y el comunismo de la Unión Soviética y a la huella que todo aquello dejó en la población, especialmente en los que, como Claus y Lucas, no conocieron otra realidad durante gran parte de sus desdichadas vidas. Dicho esto, ya sólo me queda exponer tres cuestiones.  En primer lugar, contener la respiración al mismo tiempo que instar a seguir luchando para que una parte de nuestra historia más reciente, la más oscura, no se vuelva a repetir ni a materializar en hombres y mujeres que resuciten discursos de los años 30 y 40. En segundo lugar, dar las gracias a ese lado arbitrario de la vida por haber permitido toparme con Agota Kristof cuando menos lo esperaba y, casualmente, en el momento que más lo necesitaba. De ahora en adelante siempre estaré a tus pies. Y en tercer lugar, por favor, por vuestro bien y en nombre de la buena literatura, haceos con un ejemplar. Me lo agradeceréis de por vida. No, no son palabras vacías, sino verdades como puños, como los de esa terrible abuela, como los de esos niños a los que la guerra y el totalitarismo cambió para siempre.

   Claus y Lucas: una historia de abusos, canalladas, abandonos, autodidactismo, voluntades férreas, venganzas explosivas, relaciones tóxicas, palizas, humillaciones, perspectivas, paso del tiempo... La triada del mal, de la supervivencia y del recuerdo.

Frases o párrafos favoritos:

   “La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre aún tenía madre.
   Nosotros la llamamos abuela.
   La gente la llama la Bruja.
   Ella nos llama “hijos de perra”.
   La abuela es menuda y flaca. Lleva una pañoleta negra en la cabeza. Su ropa es gris oscuro. Lleva unos zapatos militares viejos. Cuando hace buen tiempo va descalza. Su cara está llena de arrugas, de manchas oscuras y de verrugas de las que salen pelos. Ya no tiene dientes, al menos que se vean.
  La abuela no se lava jamás. Se seca la boca con la punta de la pañoleta cuando ha comido o ha bebido. No lleva bragas. Cuando tiene que orinar, se queda quieta donde está, separa las piernas y se mea en el suelo, por debajo de la falda. Naturalmente, eso no lo hace dentro de casa”.

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Libros del Asteroide