Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.
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lunes, 14 de diciembre de 2020

RESEÑA: Kuessipan.

 KUESSIPAN


Título: Kuessipan. 

Autora: Joan Fontaine (Uashat, Canadá, 1987) es una escritora canadiense perteneciente a la nación algoquiana innu. Nacida en la reserva de Uashat, con siete años se trasladó junto a su madre a la ciudad de Quebec, donde terminó su formación, realizó estudios universitarios de creación literaria y actualmente vive junto con su hijo. Ha publicado dos novelas: Kuessipan, que tuvo un gran impacto, con una mención al Premio de los Cinco Continentes de Francofonía, y Manikanetish, inspirada en sus alumnos adolescentes de la reserva de Uashat. Es coodirectora de la antología literaria de las Primeras Naciones Tracer un chemin: Meshkanatsheu. Fue una de las "mujeres del año" de la edición quebequesa de Elle y "revelación del año" de la revista especializada Les Libraires. 


Editorial: Pepitas de Calabaza. 

Idioma original: francés. 

Traductora: Lucia Lucuix

Sinopsis: Kuessipan evoca la vida cotidiana en la reserva innu de Uashat. Con una escritura altamente poética, luminosa, de una sensibilidad muy femenina y con un componente reivindicativo exento de cualquier tipo de cólera, Naomi Fontaine habla de lugares, de rostros conocidos y amados. De cazadores nómadas. De pescadores nostálgicos. De vidas al rededor de una bahía que refleja las cosas de la tierra. De liebres. Del pan tradicional. De rituales. De tambores de piel de caribú. De niños que crecen. De ancianos que se reúnen para recordar el pasado. De salmones. De abetos. De barreras invisibles e invisibles. De placeres efímeros. Del alcohol que todo lo mata. De viajes en tren. Y, sobre todo, de la certeza de que la vida es un conjunto de piezas que hay que ensamblar para que surja la magia. 

Su lectura me ha parecido: cruda, intensa, de lectura pausada, fragmentaria, dura en su desnudez, bella en sus vaivenes poéticos, ligeramente reivindicativa, como congelada en el tiempo... Este año, más que nunca, las ganas de marcharme a un lugar solitario han aumentado. Un sitio en el que el bosque quedase a pocos kilómetros. En donde los frondosos senderos se abrieran ante mí como mágicos pasillos sacados del cuento más hermoso. Donde el agua formara un espejo cuando el invierno azotase con toda su rabia. Donde las hojas cristalizasen, las piedras temblaran y las chimeneas humearan. Un lugar donde la tierra creciera, dejando al descubierto una paleta de colores que los urbanitas desconocen por completo. Con esos tonos anaranjados, verdes, ocres y violetas cuando la primavera decide abrir la puerta. A veces me despierto con la humedad del campo pegada a la nariz en una de las muchas alucinaciones somnolientas, esas que no consigues probar su veracidad o falsedad, esas que tanto deseas en el fondo pero que se escapan, como dientes de león, entre tus manos. Sorbes el café, frente a ti, la ventana te ofrece un campo de hormigón armado. Pero tú ansías ver un manto mojado, la lluvia resbalarse por entre las hojas y los atisbos de una incipiente niebla. Un fantasmagórico paisaje que, en lugar de atemorizarte, inunda de regocijo una tarde de escritura altamente productiva. Mi Cumbres borrascosas ideal, sin Heathcliff y sin todo el melodrama, sería algo parecido a las Highlands escocesas o las Hébridas. Esas islas en el fin del mundo, aisladas de cualquier peligro, problema, temor. Con el faro que tan bien describió Virginia Woof en una de sus más logradas novelas como guía y las rocas de Storr arañando el grisáceo cielo. Así son los sueños, bonitos, perfectos, idealizados hasta la extenuación. A la hora de cogerlos de la mano, bajarlos a la tierra, sumergirlos en las aguas del barreño y observar la aplastante soledad que te rodea, de pronto ya no ves con malos ojos las vistas al patio interior o al descampado inundado tras la tromba de agua. Nada como un buen baño de realidad para entender que los lugares más fríos, remotos y con tradiciones aún entroncadas con un pasado tan remoto como las leyendas que pueblan su imaginario no están exentos de su lado menos atractivo y áspero. El turismo y el capitalismo nos han educado así y tal vez, sobre todo en los tiempos que corren, ya va siendo hora de volver a atrás y deshacer lo aprendido para ofrecer una perspectiva más realista y, por supuesto, con el conocimiento de la realidad y del día a día de quienes habitan dichas zonas. En esta reseña no os voy a hablar ni de las Orcadas, ni de la isla de Skye, sino de algo menos conocido: la reserva de Uashat. Un pedacito de tierra canadiense donde cazadores nómadas e instrumentos antiquísimos conviven con una cotidianeidad bañada por el poco reconocimiento, la nieve, la depresión y los sueños de quienes sólo desean prosperar fuera de sus invisibles muros. Kuessipan: una canción helada, un testimonio ardiente. 


Al asomarse por vez primera a esta novela fragmentaria - de una libertad estructural alucinante y que ya va siendo habitual en la literatura en general - una tiene la sensación de estar viviendo un autentico privilegio al alcance de muy pocos. Es como si la propia Naomi Fontaine - autora del libro - no pusiera resistencias a la llegada de inquietos lectores al lugar de donde proceden sus más profundas raíces, pero con una importante advertencia previa. Para que éste sea consciente de que lo que está a punto de leer no es la imagen más idílica ni de la nieve, ni del frío, y por supuesto, ajena a cualquier tipo de blanqueamiento de la situación de su comunidad dentro del grandísimo país como es Canadá. Sin embargo, lo que te encuentras nada más lees la primera página es poesía, denuncia también, pero sobre todo poesía, encerrada en un témpano de hielo, pero lírica al fin y al cabo. Su estructura en pequeños párrafos (algunos de ellos no llegan a ocupar la página entera) narrándote en cada uno de ellos la cotidianeidad o pequeñas historias ambientadas en Uashat - reserva innu situada en Quebec y a la cual pertenece la escritora - ayuda a que los recursos propios del verso fluyan de manera ágil a ojos del lector. Sintiéndose, por un lado, abrumado ante las emociones que Fontaine es capaz de transmitir a través de un magistral talento para la ambientación y la condensación de lo mejor y lo peor del alma humana, y por otro tristeza, impotencia, una pelota de lana en el estómago. En Kuessipan, Fontaine no busca la lágrima fácil - aunque algunos de sus relatos bien podrían merecerlas - sino una emoción en pequeñito, íntima, pero cuyo carácter trascendental acaba provocando un torrente de sensaciones gratificantes en el lector. La dualidad modernidad-tradición están muy presentes en la novela, hasta el punto de que considero que ese y no otro es el verdadero vehículo del texto, lo que lo engrandece, en otras palabras, su razón de ser. Rimando, de este modo, con una de las corrientes literarias de más actualidad. En los últimos años ha acontecido una especie de boom de lo que se conoce como "literatura rural" o "ruralismo literario". Movimiento literario que, aunque por desgracia ha acabado derivando en una moda que no ha hecho sino banalizar o tirar por tierra la grandeza estilística de los primeros libros, ha conseguido revitalizar temas que creíamos arcaicos o superados como la vida en el pueblo, el trabajo en el campo, la idea de ruralidad, lo determinante de los orígenes, el éxodo (esta vez a la inversa, de las ciudades al campo), las relaciones intergeneracionales (en especial con los abuelos) y evidentemente la reivindicación de estos lugares no sin su correspondiente baño de realidad y crítica a las costumbres más intolerables. En otras palabras, y por poner como referencia a nuestro país: los Delibes de la generación Millenial. Respecto a Naomi Fontaine, si bien por edad correspondería de pleno con esta nueva ornada, en cuanto a estilo se aleja del costumbrismo casi cañí - al que aquí le hemos puesto un altar desde el punto de vista tanto literario como cinematográfico - para ahondar en la introspección, en la fragilidad y en lo inquebrantable, como ese hielo que no parece derretirse, como esos tambores de caribú, como esas leyendas que sobreviven al paso de los siglos, como esos ancianos que, nostálgicos de tiempos pasados, se niegan a abandonar las costumbres de su pueblo, las cuales la metrópoli trató en su momento de arrebatarles. En Kuessipan los niños maduran demasiado pronto, las adolescentes se quedan embarazadas antes de la mayoría de edad, los cazadores aún son nómadas, los árboles parecen conversar con los humanos, la depresión inunda la mente de quienes no soportan vivir allí y la soledad se torna en la compañía más desasosegante. Como veis, nada que ver con lo nuestro, con ese carácter extrovertido, el color o el sello "typical spanish" pero, al mismo tiempo, entroncados en lo que no se ve o no queremos ver. 


Lejos de una mirada autocompasiva o extremadamente beligerante, Naomi Fontaine - a pesar de ser ella misma una escritora indígena nativa de la reserva de Uashat - ha decidido enfocar su Kuessipan hacia, en primer lugar, la desmitificación de la vida en lugares como el que la vio nacer, mostrando su realidad desde la más absoluta franqueza (no exenta de una exquisita poesía, como ya hemos comentado), y en segundo lugar, homenajear todo aquello que hace único a Uashat. Su texto parece congelado en el tiempo, tanto en su brevedad como en su intencionalidad expositiva, en unos recuerdos de niña y adolescente, en historias verídicas o procedentes de la imaginación cuyo deshielo sólo compete al lector de turno. Para ella, el legado de su pueblo es universal: desde las manos hundidas en la masa de pan hasta los secretos que esconde la bahía, pasando por los muchos rituales o el pequeño riachuelo congelado por el frío. A su vez, Kuessipan se alza como una novela altamente política, en su implícita crítica, no tanto al colonialismo o a la pérdida de la identidad, como a esos hombres y mujeres perdidos, habitantes de un mundo cada vez más cambiante, rápido, globalizado que busca la renovación constante antes que la pausa. Una disociación que se critica a través de la inexistencia o fracaso del Mito del Buen Salvaje. De este modo Naomi Fontaine ofrece una panorámica en la que asistimos a una idea caduca del romanticismo nómada frente a una supervivencia cada vez más desesperada. Como si estos hombres y mujeres viviesen en una capsula temporal y al mismo tiempo en una realidad que les impide día a día ejercer sus trabajos - por muy rudimentarios, duros o desfasados en tecnología que sean - o incluso manifestar su identidad cultural. No debemos olvidar que los Innus fueron los primeros pobladores de Canadá y que de un tiempo a esta parte, son los principales afectados laboralmente, políticamente, económicamente y hasta psicológicamente de las consecuencias adversas de la reubicación. Porque todo sea dicho, a los Innus, al igual que tantas y tantas tribus indias de Norteamérica, fueron invadidos por los colonos - en este caso Franceses - en algunos casos masacrados y posteriormente expulsados de sus tierras ancestrales para vivir en reservas alejadas de sus lugares de origen. De hecho, dadas estas circunstancias, no me extraña que en muchos de estos lugares la depresión y el alcoholismo estén casi a la orden del día. Al mismo tiempo que existe esta frustración como comunidad, también podemos observar como los problemas de la globalización afectan más si cabe a su forma de vida, como el paulatino declive de la pesca y la caza tal y como las habían ejercido tradicionalmente, así como los efectos de la contaminación y un exacerbado ocio hacia el nido, sobre todo por parte de los más jóvenes o de los que quieren escapar de ese microcosmos antes de darse a la bebida para evadirse de su desgracia. Sin embargo, en todo paisaje helado el sol acaba saliendo, aunque sea tras los blancos tejados, rebotando en los lagos, entrando por puertas y ventanas. En definitiva, que la ternura se antepone a la dureza de la vida, o eso es lo que Naomi Fontaine quiere que extraigamos de Kuessipan. No es un mensaje extraído del último best seller de autoayuda, tampoco una frase motivadora con la que podemos toparnos en redes sociales. Simplemente es una pequeña esperanza, un reconocimiento un bello optimismo que el observador - o lector - más inteligente podrá hallar en el lugar más deprimente. En el invierno más crudo, asfixiante, expectante al surgimiento de una nueva primavera. 

Kuessipan: una historia de identidad, tradición, cazadores, ancianos contadores de historias, botellines de cerveza, existencias desorientadas, paso del tiempo, amistades, maternidades, cabañas en medio del hielo... Un libro para masticarlo, digerirlo, pensarlo y repensarlo. 

Frases o párrafos favoritos: 

    "Los recalcitrantes se cierran en banda, se enfrentan a la autoridad. Su combate: criar a la carne, educarla para que se conviertan en hombres, en mujeres, en una nación que se les parezca, que no dominará, que subsistirá, que vivirá. 
    El anciano de piel blanca se ha vestido con sus plumas y sus ropas de colores. Se ha puesto sus mocasines. lo que hace de él un indio. Pipa en mano, irá a parlamentar con el jefe del Estado." 

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Pepitas de Calabaza

lunes, 12 de octubre de 2020

RESEÑA: Documento 1.

 DOCUMENTO 1


Título: Documento 1. 

Autor: François Blais. Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps...), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de "nombres improbables extraídos de los anales de la literatura". François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento 1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país. 


Editorial: Barrett. 

Idioma: francés. 

Traductora: Luisa Lucuix. 

Sinopsis: Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec, pasan sus horas muertas viajando con Google Maps, descubriendo los nombres más curiosos de ciudades de EEUU y las historias que hay detrás de ellos. Un buen día deciden emprender un viaje real a una localidad perdida que les ha llamado la atención: Bird-in-Hand (Pájaro en mano), pero para emprender ese viaje necesitan dos cosas, dinero y un coche. No se les ocurre una idea mejor que pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. 

Su lectura me ha parecido: divertida, directa, ligera, extraña, con unos personajes que rozan lo apático, triste, acertada, memorable... Surrealismo, confusión, como estar inmersa en una película apocalíptica. Esas que te tragas a las cuatro de la tarde mientras calientas con tu culo el hueco del sofá, esas que por lo general no te crees y acabas durmiéndolas hasta que el rugido de tu estómago te avisa de que es la hora de meterte un Colacao con galletas entre pecho y espalda. Pero entonces pasa y de la noche a la mañana no puedes salir de tu casa porque hay un virus campando a sus anchas sesgando la vida de tus vecinos. Te acojonas, compras toneladas de papel higiénico, no puedes esquivar la sugestión. Entras en pánico ante cada estornudo, carraspeo o leve dolor de garganta. Tanto que le pides a tus convivientes que ni se te acerquen, aunque sea para proponerte hacer pan casero juntos, aunque sea para ver la enésima serie de Netflix. Aún así, todavía conservas un pequeño resquicio de esperanza. "Sólo son quince días" piensas mientras haces planes en tu cabeza. "¿Dónde me voy esta Semana Santa?" "¿No suspenderán las procesiones verdad?" "¿Es verdad que las Fallas se aplazan al verano?" Pasan esos quince días, y otros quince, y quince más. Es un no parar. Entonces tú, que eres una lectora empedernida, repelente en algunos aspectos - estás al día de todo, te sabes los nombres de todos y lo sabes todo del mundillo - decides desempolvar todos aquellos libros cuya trama transcurre dentro del hogar. Poco te importa el género, como si es de terror, como si es una novela de Stephen King en la que su protagonista se dedica a asesinar a quienes no llevan la mascarilla puesta por la calle. A estas alturas del panorama ya no te sorprende nada. La casualidad hace que de entre todas esas historias claustrofóbicas o en las que abundan idealizadas odas al microondas de la cocina te topas con un tal François Blais. No te suena, jamás lo has oído mencionar, pero la sinopsis y su colorida portada - la viva imagen de la cuarentena pero sin aplausos de por medio y con gente paseando libremente por la calle - acaban convenciéndote. Ya es abril, sabes desde hace unas semanas que no va a haber Feria del Libro, así que te consuelas leyendo la novela de François Blais sentada en el balcón, rodeada de plantas y con el olor a tabaco del vecino descendiendo desde el sexto. Una carcajada, un suspiro, un capítulo más devorado. Así hasta que te das cuenta de que todo lo mencionado anteriormente es mentira - salvo alguna cosa - y que la literatura, sólo la literatura, es capaz de salvarnos en los peores momentos, justo lo que consiguió François Blais, sus desesperanzados protagonistas y la poca inventiva que todavía conservo. Documento 1: metaliteratura, precariedad, un sueño y Google Maps. 


Para las y los lectores poco convencionales, que se pasan durante horas buscando ese libro que - no tiene porque ser una novedad de reciente publicación - les vuele la tapa de los sesos o que, simplemente, les permita vivir unas aventuras de cariz épico, Documento 1 será su desesperación que no perdición. Porque, si bien es cierto que podríamos enmarcarlo en esa categoría literaria en la que entrarían las autenticas rarezas y delicatessen novelísticas, en la novela de François Blais no pasan grandes cosas, ni se desatan tramas que te hacen estar pegada al texto durante horas, ni un desarrollo extremadamente profundo de los personajes que lo habitan. Aquí, para empezar, casi no salimos del piso de alquiler en el que conviven Tess y Jude - maravillosa referencia, por cierto, a dos de los personajes más importantes de la literatura de Thomas Hardy - dos jóvenes apáticos, tristes, sosos y aparentemente conformistas. Y remarco lo de "aparentemente" porque el gran cambio de la novela se produce a partir de esa pequeña evolución (por no decir minúscula) en la que, un poco hastiados de pasarse horas viajando a través de Google Maps, toman la decisión de desvirtualizar uno de sus lugares favoritos: Bird-in-Hand. De ahogar su tiempo libre tras una dura jornada vendiendo bocadillos en el SubWay descubriendo los pueblos con los nombres más raros de EEUU a tomar la iniciativa, aunque sea de una desgana crónica, para emprender por fin el viaje que tanto han anhelado en sus sueños cibernéticos. El problema viene cuando ni un empleo en el SubWay te permite reunir el dinero suficiente como para irte de vacaciones, de ahí que se les ocurra, casi a la desesperada, pedir una subvención al estado para escribir una novela y usar el dinero para poder marcharse por fin. Todo ello sin tener ni pajotera idea de como se escribe una novela. Tess, en ese sentido y en aras de una sinceridad tan abrumadora como inquietante a partes iguales, llega incluso a dirigirse al lector, como si de una actriz mirando a la cámara se tratase, para confesarle lo evidente, que ella de literatura y de juntar palabras sobre el papel no entiende, y mucho menos los manuales, los cuales le producen más de un dolor de cabeza. Jude, por su parte y al igual que Tess, no dudan en aprovecharse del dinero público y de un pobre escritor (enamorado de Tess) que les presta su nombre para que pidan la ayuda económica. 


La novela, descrita así, puede parecer un verdadero tostón, pero en realidad - y sobre todo en el momento tan excepcional en el que la leí - encierra una serie de virtudes que han acabado por inclinar la balanza. En primer lugar, una constante sensación claustrofóbica pero cómoda para el lector. ¿Quién no se ha sentido encerrado y a la vez a salvo en el propio hogar? Últimamente la mayoría de personas que habitamos en este mundo, pero antes de la pandemia, esa paradoja ya se daba y en el tiempo prepandémico en el que se mueven Tess y Jude, aunque ahora nos parezca irreal y un documento casi arqueológico de la vida antes del desastre. En segundo lugar, Documento 1 contiene la pareja de personajes más aburrida, parca, triste y deliciosamente aburrida que he tenido el placer de conocer a través de la literatura. Con empleos de mierda, con salarios de mierda y pisos de mierda; ambos pertenecen a la que ya se conoce como la "Generación Perdida" del siglo XXI, imbuidos en un capitalismo salvaje que casi no les deja respirar, o lo que es lo mismo, aspirar a algo más que pasarse su vida atendiendo a desagradecidos clientes en la franquicia de comida rápida de turno. Dos jóvenes que, a pesar de las circunstancias, disfrutan a su manera de las aficiones más extrañas, como la de hacer turismo virtual. Eso les pirra, pero también se convierte en su terrible consuelo. Si no podemos viajar por falta de pasta, siempre nos quedará el Google Maps. En tercer lugar, a raíz de esto último, el halo de tristeza que impregna la novela es constante. Una tristeza crónica, fruto de las consecuencias de la crisis económica y la falta de expectativas tanto laborales como personales, que no sólo afecta a Tess y a Jude, también a todo lo que los rodea. Convirtiendo su día a día en un campo de minas que ambos se han negado volver a atravesar por miedo a hacerse daño de nuevo, adoptando un irritante conformismo frente a una valentía que les precipitaría a un pozo sin fondo. No todo es desazón en esta novela, ya que en cuarto lugar, el pequeño rayo de esperanza se abre cuando deciden estafar para poder, al menos por un mes, abandonar su anodina existencia. Y con él llega el humor. Un humor muy irónico y descacharrante que funciona a la perfección y que cobra especial genialidad en el momento en el que aparece este escritor que decide venderse por amor a Tess, aunque existan atisbos de correspondencia. Pero es que también hay escenas tronchantes antes de todo eso, cuando elaboran la surrealista lista de pueblos con nombres raros de Estados Unidos, cuando descubren la belleza de Bird-in-Hand (su destino soñado), cuando Tess le suelta a Jude que son infelices y éste le llama gótica, la monotonía del SubWay o hasta en los momentos de distensión, de no hacer nada, también como lector te ríes. François Blais consigue que tanto Tess como Jude parezcan dos animalillos de sobra adaptados a su medio - casa, casa y más casa - que al sacarlos de su hábitat natural, al atreverse a emigrar, cambiar de aires, se sientan completamente extraños, fuera de lugar, como si la novedad no fuese con ellos. Algo que se puede apreciar, por ejemplo, en su memorable final. En última instancia, hacía años que no leía una novela con un carácter metaliterario tan potente que, más allá de tomar prestados los nombres de sus protagonistas del universo hardyano, el libro va también de como escribir una novela, de sus dificultades y de la desesperación de estos dos seres tan fuera de onda por ceñirse a los manuales que han encontrado en la biblioteca. Tras leer Documento 1 a la futura o futuro escritor se le quitan todas esas ínfulas de superioridad, y al que es muy dado a criticar a los escritores - a los cuales suele referirse como "muertos de hambre" - por fin se le podrá la mejilla roja de la merecida bofetada. Para acabar, simplemente decir que, a pesar de que durante el confinamiento muchas y muchos descubrimos las bondades y desventajas de no salir de casa en casi tres meses, es triste pensar que antes de todo esto ya existía la precariedad, el desempleo, la desmotivación y, por supuesto, millones de personas pegándose el viaje padre a Hawái, París, Nueva York o Tokio. Sin moverse de casa, eso sí. 

Documento 1: una historia de aficiones extrañas, internet, pobreza, chantajes, amores no correspondidos, tristeza, humor, sueños imposibles de cumplir sin fraudes de por medio... El no viaje al rededor del globo terráqueo desde la comodidad del sofá, de la cama o del balcón selvático. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. ("Y viviremos como príncipes . Y criaremos conejos. ¡´Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George"). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con esto, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos un poquito. Cuando le dije eso a Jude ("¡Me parece que somos infelices tío!"), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamo gótica."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Barrett

sábado, 16 de noviembre de 2019

RESEÑA: El nenúfar y la araña.

EL NENÚFAR Y LA ARAÑA

Título: El nenúfar y la araña.

Autora: Claire Legendre (Niza, 1979) oscila desde su primer libro, Making-off (publicado cuando tenía dieciocho años), entre la novela negra y la autoficción (Viande, La méthode Stanislavski, L’écorchée vive, Photobiographies). Vivió en Roma (haciendo una residencia en Villa Médici, en el año 2000) y en Praga antes de establecerse en Quebec, donde desde 2011 imparte clases de creación literaria en la Universidad de Montreal. (Fuente: Editorial).


Editorial: Tránsito.

Idioma: francés.

Traductora: Laura Salas Rodríguez.

Sinopsis: El nenúfar y la araña es un relato literario y autobiográfico sobre cómo el miedo nos ata las manos. Explora los síntomas, las raíces y la génesis de la angustia, desde la más íntima hasta la más universal. En este libro profundo y ágil, elegante y salpicado de ironía, Claire Legendre  desmonta a lo largo de sus cortos capítulos —que son también fragmentos de vida— los mecanismos psicológicos, físicos y sociales asociados a la angustia que provoca la imposible necesidad de tener el control. (Fuente: Editorial).

Su lectura me ha parecido:

   Adictiva, introspectiva, cuya lectura se pasa volando, íntimo, psicológica, entre lo autobiográfico, el ensayo y algunos toques de terror, de alguna manera universal... Al igual que Claire Legendre, a una servidora le dan pavor las arañas. Desde bien pequeñita, desde que una comenzó a recorrer mi pierna, desde que el pasado verano le cayó del árbol a mi madre una enorme - os prometo que lo era - en el hombro mientras disfrutábamos de un día de apacible tranquilidad campestre en familia. Era blanca, gris, negra. No lo recuerdo bien. Pero no se me olvida el grito que pegué nada más verla. Se escuchó por toda la Sierra de Albarracín. Tampoco soporto las escaleras de caracol - lo cual es un problema siendo historiadora y una apasionada de los monumentos históricos - miedo que descubrí mientras subía las de la Torre del Miguelete (un campanario gótico de unos 207 escalones que forma parte del complejo catedralicio de la ciudad de Valencia). También me da miedo, en relación a las escaleras, esas en las que hay un hueco entre peldaño y peldaño. Soy como James Stewart en Vértigo - nunca antes se interpretó, rodó y visibilizó mejor la acrofobia en el séptimo arte - del gran Alfred Hitchcock. Bajo mis pies el suelo parece tan lejano que sólo de pensarlo tiemblo. Como aquella vez durante un viaje a Tarragona en el que tuve que recurrir al ascensor - cristalizado - para poder subir al último piso de la Torre del Pretor si quería ser testigo de las mejores vistas de la ciudad. Me dan miedo las polillas (sobre todo las que al desplegar sus alas son más grandes que la palma de tu propia mano), las agujas, quedarme ciega, quedarme sorda (de ahí que no me guste llevar el volumen de los cascos por encima de 10), la oscuridad (sobre todo cuando he tenido un mal día), la página en blanco (el terror de toda escritora), las montañas rusas (desde el Colosus de Port Aventura), no despertar de una pesadilla, sufrir un accidente de tráfico (de ahí mis reticencias a no sacarme el carnet de conducir al menos de momento),  los imprevistos, a los cambios (creo que mi mayor temor), la anarquía, ciertos políticos (en las pasadas elecciones a todos los de Vox), la desinformación, no saber qué camino escoger (y en eso sigo), trabajar en algo que odio, la desmemoria, que la gota colme finalmente el vaso... Parece fácil, pero os aseguro que me ha costado muchísimo escribir este párrafo, y es que hablar de nuestros miedos es difícil. Por eso, admiro la osadía y el atrevimiento con los que Claire Legendre, autora del libro que hoy tengo el placer de reseñar, ha escrito este libro. Un texto tan interesante como importante en los tiempos que corren. El nenúfar y la araña: literatura de lo hipocondriaco.

   Tal y como Irene Rodrigo comenta en su último video en su canal Léeme dedicado a la "autoficción", parece ser que no tenemos muy clara la definición de dicho género literario - tan de moda en estos tiempos - y menos aún las y los que se dedican a estudiarlo en profundidad. Cada uno tiene una opinión al respecto, cada cual más dispar a la anterior. Sin embargo, sí que debemos señalar algo que, coincidiendo con la presentadora y divulgadora literaria, hay que tener muy en cuenta. En primer lugar, como ya he comentado en más de una ocasión, vivimos en un mundo cada vez más de puertas para adentro, en donde nuestras preocupaciones han pasado de ser colectivas a ser personales. Ahora nos importa más lo que nos pasa, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestras opiniones - algo que la irrupción de las redes sociales ha ayudado a asentar -. En definitiva, que el yo y nadie más que yo, directa o indirectamente, ha pasado a ser el centro de todo. En segundo lugar, como los seres humanos somos cotillas por naturaleza, el toparnos con un libro en el que se nos venda la idea de que un porcentaje de lo que ocurre en el libro es verídico no puede ser más tentador. Sin embargo, hay que tener en cuenta, como señala Rodrigo, el pacto ambiguo que firmamos cuando accedemos a leer un texto de estas características. Una ambigüedad que reside en lo personal, en lo subjetivo, en lo que tu, como lector, otorgues más o menos credibilidad. Por eso, en una sociedad cada vez más introvertida y en la que son muchas las autoficciones que nos podemos encontrar en las estanterías de cualquier librería, es de agradecer que de vez en cuando nos demos de bruces con algún título que, sin dejar de ser autoficción, te saque de la zona de confort. Eso es precisamente lo que hace Claire Legendre con El nenúfar y la araña, ya que en esta ocasión estamos ante un libro que va más allá de lo autobiográfico al resaltar, entre todos los aspectos de su vida, una cuestión en concreto: los miedos. Aunque más bien tendríamos que estar hablando en clave sinonímica. Los temores, los pavores, los pánicos, los canguelos, los horrores, los terrores. Todo eso que hace que el cuerpo se detenga en seco, que no puedas evitar soltar un grito o simplemente que no seas capaz de reaccionar. Llevamos muchos de ellos en nuestro interior, como pequeños secretos, pero que en el momento de la verdad no sabemos disimular, contener, encerrar. ¿Y si ha llegado el momento, gracias a Legendre, de no avergonzarnos por ellos?

   Para que os hagáis una idea, El nenúfar y la araña entró en mi vida durante las vacaciones del pasado verano y aún sigo recordando algunos de sus pasajes e identificándome con algunas reflexiones que la autora vierte sobre el papel. Partiendo de un eje claramente cronológico, Legendre va contándonos su vida a través de lo que le da miedo. Desde la profecía de que morirá a los veintisiete años - para de este modo ingresar en la malograda lista de cantantes fallecidos a esa misma edad - para lo que se fue mentalizando desde que una gitana le leyese la mano en el patio del colegio cuando tenía nueve. Tenía claro que, llegados los veintisiete, moriría en un accidente de tráfico - ya que a esa edad la gente no fallecía por enfermedad, sino por cuestiones más fortuitas e inesperadas - y que para evitarlo, su amiga Lisa y ella se suicidarían saltando al vacío en un pedregoso acantilado, coincidiendo con el aniversario de la muerte de su idolatrado Jim Morrison. Pero eso no sucedió y entonces, al cumplir los veintisiete, Legendre se dio cuenta de que no existía ninguna fecha fija para morir, sino que cualquiera podría ser perfecta para que la parca irrumpiese y se la llevase definitivamente. Es entonces cuando la autora se explaya más y la narración, a pesar de su poso autobiográfico, se hace extrañamente trepidante, como si de una novela de misterio se tratase. Miedo a la enfermedad - de ahí el 50% del título del libro - al abandono, a que el amor se acabe, a volar, a las arañas, a hablar en público, a merecer todo lo malo, a ser juzgado sin justificación, y en definitiva, a vivir. Tras leer esto, parece que el lector esté ante una sucesión de excusas o de síntomas producto de una mente excesivamente hipocondríaca. Sin embargo, al contrario de lo que puede interpretarse como una simple enumeración de fobias, El nenúfar y la araña es una singularidad dentro del panorama editorial actual, atestado de yoismos sin fundamento. Una voz personalísima que desde las entrañas y la osadía, la autora se abre en canal ante el lector más exigente, ofreciendo un eslabón más dentro de la autoficción. Porque hay muchas formas de contar una vida, pero hacerlo desde lo que menos nos gusta, confesando al mundo eso que te mantiene siempre en alerta, es una exposición muy pocas veces apreciada. Ahora bien, la decisión de lo que creamos cierto o no de lo que nos cuenta, compete sola y exclusivamente a quien se adentra entre sus páginas. El pacto, por tanto, continua siendo ambiguo.


   En última instancia queda por saber, a raíz de la concienzuda lectura de este libro, si alguna vez, si en un futuro el miedo podrá ser erradicado. O al menos paliarlo. Ya existen, como comenta la propia autora, tratamientos contra los síntomas (estrés, nauseas, taquicardias...) pero que, irremediablemente, no curan lo que produce dicha reacción. Eliminas lo visible pero no el origen, siempre oculto entre las capas de piel en nuestro inconsciente. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que se nos inculcó que el miedo - como concepto abstracto y en todas sus manifestaciones - había que cortarlo de raíz, y que la mejor forma era enfrentarse a él. Simplemente. Sin medias tintas. Situarse a pocos pasos de él y sufrirlo para superarlo de una vez por todas. Como si fuera tan fácil. Como si la sociedad exigiese total inmunidad ante él. De este modo, y como habréis podido deducir, el miedo también sufre de los roles de género, al menos es lo que durante tantos años nos inculcaron tanto en casa como en la escuela. Las niñas debían ser temerosas, asustadizas, y de este modo ser el blanco perfecto de las bromas y las chanzas. Eso no estaba mal visto, se aceptaba. Otra cosa eran los chicos, a los cuales no se les permitía padecer alguna fobia o sentir pánico. No. Ellos debían ser incorruptibles, implacables y no temer a nada ni a nadie. Unos Chuck Norris en miniatura. Con esta educación es normal que las mujeres, muy a nuestro pesar, arrastremos más miedos de los que deberíamos y que los hombres, bajo su coraza de hierro, se esfuercen por mantener un rostro férreo e impenetrable. Afortunadamente cada vez se oyen menos esos comentarios que buscan perpetuar estereotipos. Parece que poco a poco nos vamos dando cuenta que el miedo no entiende de sexos, y lo más importante, tampoco de vergüenzas. Porque el miedo es algo natural, universal, y como tal no debemos ocultarlo cuando éste intenta salir al exterior. Hay que expulsarlo. Es en cierto modo terapéutico. Catárquico. Liberador.

El nenúfar y la araña: una historia de síntomas, tristeza, autobiografía, personalidad, sustos, angustias, terrores... Un libro al que acercarse con sigilo y devorarlo antes de que el ser arácnido se pose sobre vuestra cabeza.  

Frases o párrafos favoritos:

"Los fóbicos lo saben: la presencia de la araña en la habitación es mucho más odiosa que la araña en sí. (…). Porque si hay algo peor que el hecho de que te colonice una araña —o un tumor— es que te colonicen sin que tú lo sepas."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Editorial Tránsito

martes, 27 de marzo de 2018

RESEÑA: La cámara verde.

LA CÁMARA VERDE

Título: La cámara verde.

Autor: Martine Desjardins (Montreal, Canadá, 1957). Segunda hija de una familia de seis hermanos, estudió italiano y ruso, además de Literatura Comparada. En 1997 dio el salto a la fama tras la publicación de su primera novela, Le Circle de Clara, que fue un éxito inmediato de crítica y público. Ha trabajado en varias revistas, entre ellas Elle Quebec. En 2005 obtuvo el Premio Ringuet de la Academia de las Letras de Quebec por L´evocation. Su novela Maleficium (2009) le granjeó el Premio Jacques-Brossard de Ciencia Ficción y Narrativa Fantástica. Y ha vuelto a recibir dicho galardón en 2017 gracias a La cámara verde, su quinta novela, considerada su mejor obra hasta el momento. (Fuente: Impedimenta).


Editorial: Impedimenta.

Idioma: francés.

Traductor: Luisa Lucuix Venegas.

Sinopsis: todas las casas tienen sus pequeños secretos, pero algunas los protegen con más ahínco que otras. Durante años, los engaños y vilezas de la familia Delorme han sido celosamente custodiados por las robustas paredes de su hogar, una mansión gótica situada en Mont-Royal, a las afueras de Montreal. Tras sus sesenta y siete cerraduras, el edificio ha ocultado las historias más perturbadoras de sus habitantes. Sin embargo, todas ellas saldrán a la luz con la irrupción de la intrigante y hermosa Penny Sterling. Con su llegada se desvelarán los pecados de los Delorme, incluyendo los cometidos en la habitación abovedada conocida como "la cámara verde", donde se esconde el espeluznante cuerpo de una mujer momificada que sujeta entre los dientes un ladrillo con una moneda de plata. (Fuente: Impedimenta).  

Su lectura me ha parecido: divertida, retorcida, afilada, gótica, inteligente, original, sobrenatural, extravagante, delirante hasta decir basta...Se que lo he contado muchas veces en otras reseñas, pero, hoy me apetece volver a rememorar un episodio que viví durante mi último viaje al extranjero. Durante mi último día de estancia en Londres, ciudad a la que había viajado para visitar a mi hermano, y encontrándome aquella mañana completamente libre, no me lo pensé dos veces y decidí dedicar parte de esta última jornada a visitar Richmond. Iba sola, sin compañía de nadie y no pude, en aquellos momentos, sentirme mejor. Para los que no sepáis donde está, Richmond es un barrio a las afueras de Londres ubicado en lo que allí se conoce como "El Gran Londres", formado por varios núcleos de población y en donde, antiguamente y en la actualidad, la gente más adinerada levanta autenticas mansiones para escapar de el ajetreo y la contaminación de la gran ciudad. Un idílico lugar en el que, a poco que te alejes del núcleo urbano, te adentras en el bosque o te topas con extensas praderas en donde las vacas pastan a sus anchas. Aquella mañana, como no podía ser de otra forma, quise descubrir todo aquello. Bordeando el Támesis, cruzando un puente construido en tiempos de la Revolución Industrial, pasando cerca de un antiguo coto de caza usado por las dinastías Tudor y Estuardo, recorriendo el embarcadero de Richmond, deteniéndome frente a un monumento a los caídos en las dos grandes guerras, continuando por un camino más arenoso, parándome en todos los paneles informativos que me encontraba a mi paso. Fue así como, por sorpresa, llegué a Ham House. Una mansión de estilo eduardiano se alzaba ante mi imponente, majestuosa y con un cierto halo de misterio. Se que me repito mucho, pero, aquello fue lo más próximo que he estado de las historias sobre casas encantadas, mansiones de inspiración gótica que ocultan secretos, fantasmas redentores, mayordomos siniestros, impenetrables amas de llaves...En definitiva, todo ese universo literario que tan bien se les ha dado a los ingleses desde el siglo XIX. Aquella experiencia, ha vuelto a mi memoria a medida que iba leyendo el libro que hoy tengo el placer de reseñar. Una novela que, aunque Canadiense, su autora parece haberse empollado a fondo toda esa tradición literaria, obteniendo como resultado una novela tan inquietante como tronchante. Ham House ha resucitado en mis recuerdos gracias a La cámara verde: la divertida e ingeniosa caída de la Casa Delorme.


La historia de como La cámara verde llegó a mis manos fue fruto de la casualidad. Jamás había oído hablar de este libro, y mucho menos de su autora, la canadiense Martine Desjardins. Sin embargo, la explicación a esta pregunta, al por qué de mi repentino interés por esta novela en concreto, debemos buscarlo en un momento para mi crucial en mi vida como escritora y lectora. En la tarde en la que leímos en voz alta El corazón delator de Edgar Allan Poe. Fue durante una de las clases del breve curso de Escritura Creativa al que asistí el año pasado, el día en el que la profesora nos explicó los pormenores y las características del terror en la literatura. Aquel relato me cautivó en el acto. Me estremeció de tal forma que durante los días sucesivos no podía sacármelo de la cabeza. Dicho recuerdo acabó no sólo influyendo en mi forma de escribir y en la percepción que hasta entonces tenía del género de terror, también me empujó a atreverme con lecturas muy similares. Antes de El corazón delator jamás se me hubiese pasado por la cabeza adentrarme en libros de terror, incluso desear leer a Lovecraft, autor que se sitúa en las antípodas de lo que hasta ese momento había leído. Pero, además de El corazón delator, años antes había sucumbido a la maravillosa complejidad de Frankesntein, y como no, al Otra vuelta de tuerca de Henry James. Éste último fue el que de alguna manera hizo que me familiarizase con las viejas mansiones, con las inocentes institutrices, con los niños siniestros, con los fenómenos paranormales y con los secretos inconfesables. Con este cóctel de lecturas era imposible que una servidora no cayese prendada del terror, en especial el gótico, cuyas reminiscencias al pasado medieval y sus interesantes particularidades provenientes de la época victoriana a día de hoy me siguen fascinando. De este modo, y envistas a los antecedentes, llegamos al presente, un presente en el que, en el terreno editorial, están empezando a aparecer publicadas novelas con marcado estilo gótico o que de alguna forma, desde la actualidad, pretenden acercarse o imitar la forma de escribir de los autores de ese lejano tiempo. Así fue como me adentré en La serpiente de Essex de Sarah Perry y en La cámara verde, siendo esta última la que ha acabado por imponerse.


En lo que respecta la reseña propiamente dicha comenzaremos diciendo que La cámara verde presenta una lectura tremendamente amena, tan amena que las páginas se deslizan velozmente entre los dedos de quienes se adentran en ella. La primera impresión que tuve, justo antes comenzar su lectura, fue la típica. Estaba segura de que me iba a gustar pero, probablemente, acabaría pareciéndome una novela más dentro de esta "moda" de la literatura gótica que en los últimos meses parece haberse instaurado con fuerza en el sector editorial. Sin embargo, nada más abrir el libro por la primera página, el lector más escéptico comprueba que La cámara verde no es una novela gótica más con los típicos recursos del género. ¿Hay una mansión? Sí ¿estamos ante la historia de una saga familiar? Si, la de los Delorme ¿Aparecen elementos sobrenaturales a lo largo de la novela? Unos cuantos ¿Hay misterio? A rabiar. Pero todo estos clichés tan clásicos como trillados, y en La cámara verde estereotipados hasta el extremo, aparecen en escena de una manera un tanto peculiar, una entrada triunfal basada en un cuidado y estudiado equilibrio entre lo que el lector ya conoce de la literatura gótica y un humor tremendamente afilado y de inspiración británica. Por decirlo de otra manera, La cámara verde sería un cruce entre La caída de la casa Usher y las clásicas comedias negras británicas. La referencia al famoso relato de Poe esta clara en cuanto el lector descubre quién es la narradora en La cámara verde, que no es otra que la propia casa. A diferencia de lo que se narra en La caída de la casa Usher, Desjardins nos presenta una mansión cansada de la actitud de sus huéspedes, de una saga familiar con una obsesión enfermiza por el ahorro (para ellos el no gastar es una victoria), que no gasta un duro en el mantenimiento de sus aposentos, que maltrata los muebles y que para más desconcierto veneran a un curioso dios en la estancia que da nombre a la novela (una mujer momificada que entre sus dientes sostiene un ladrillo con una moneda de plata). ¿Es o no para echarse a temblar? ¿Qué mansión en su sano juicio alojaría a dichos especímenes bajo su tejado? Menos mal que esta casa puede intentar cambiar su destino, cual persona de carne y hueso, porque ante todo, la Casa Delorme desea que ese dinero que tanto ahorran se lo gasten en ella. No le gustan sus viejas cortinas, le avergüenzan sus usadas alfombras , el bochornoso estado de sus paredes, la gruesa capa de polvo que cubre sus muebles...¿Cómo lo conseguirá? La respuesta la encontraréis en sus páginas. La influencia del mejor humor negro británico, por otro lado, reside en el lenguaje, en un estilo muy cuidado. Es tal el dominio que Desjardins demuestra que puede permitirse la licencia de lanzar afilados cuchillos en forma de pullas literarias. Nadie en esa casa se salva de la mala leche de la casa, ni siquiera las hermanas Mórula, Gástrula, Blástula, contra las que lanza los comentarios más memorables de toda la novela. Por no hablar del patriarca, Louis Dollard-Dellorme (a quien la casa lo apoda como "su venerable fundador") quién desde niño tiene una obsesión por los bancos de madera, algo que se traduce en la forma final de la casa, que como no, tiene forma de banco. En definitiva, un controlado y deslenguado humor típicamente british dentro de una lógica narrativa de corte fantástico. Como apunte final a esta crítica literaria, comentar la tremenda reflexión que Desjardins se marca en esta novela en torno a uno de los temas más universales: la codicia. Una codicia que llega a ser enfermiza y que evoluciona a medida que nos vamos acercando al final en compañía de la primera, segunda y tercera generación de los Delorme.


Centrándonos en la reflexión estrictamente personal, esta vez nos vamos poner imaginativos. Como hemos explicado a lo largo de la reseña, La cámara verde es la historia de auge y caída de la familia Delorme durante tres generaciones comprendidas entre 1913 y 1963 narrada por su propio hogar, la casa bajo la cual se desarrolla toda la novela. Pues bien ¿y si por un momento creemos de verdad a Martine Desjardins? ¿Y si es cierto, y si las casas tuviesen alma propia y sintiesen de la misma forma que un ser humano? Si eso fuera verdad, haría mucho tiempo que éstas nos hubiesen echado a patadas de su interior. No somos conscientes, en parte porque en la sociedad en la que vivimos, tan poco dada a planteamientos e hipótesis que se salgan de lo estrictamente real, pero imaginemos por un momento que la casa, el piso, el edificio en el que vivimos tuviese la capacidad, como en La cámara verde, de cambiar su propio destino tener por seguro que lo haría sin rechistar. Ni os imagináis lo que sufriría, y todo por culpa sola y exclusivamente de quienes acoge en su seno. Cada portazo sería equivalente a una patada en las piernas, cada grito por parte de los inquilinos se transformaría en un insoportable dolor de oídos, cada puñetazo contra la pared sería una sonora bofetada en la cara, cada paso o carrera por el suelo acabaría convirtiéndose en un dolor de espalda, de esos de los que cuesta recuperarte. Cada mancha, un disgusto. Cada mota de polvo, una alergia. Cada cortina vieja, una humillación. Cada objeto caído contra el suelo, un pellizco. Cada cristal roto, una puñalada. Las casas, como se suele decir, reflejan el carácter de sus habitantes, pero no sólo eso, también su posición económica, su ideología política o su concepto de supervivencia. Las casas, en definitiva, no dejan de ser un reflejo de nosotros mismos, metáfora de nuestro paso por la tierra, metáfora de lo que hacemos bien, pero también, de nuestros propios errores. En la casa, tal y como se le concibe, también se viven momentos de alegría, como cumpleaños, improvisadas cenas de celebración, risas interminables e incluso la posibilidad de que en su seno nazca algo importante, tan importante como por ejemplo un cuadro, un libro o una pieza musical. Incluso la casa puede hacer cosas importantes por nosotros, ¿no es ella acaso la que resguarda nuestra desnudez ante el resto del mundo? ¿No es ella la que escucha cada una de nuestras confesiones en voz alta? ¿La que nos reconforta cuando necesitamos soledad? ¿La que, al mirarnos al espejo, nos devuelve un reflejo sincero de nosotros mismos? ¿La que nos dice, de una vez por todas, la verdad a la cara? ¿La que nos empuja a mejorar día a día? Sin embargo, al mismo tiempo, puede hacernos sufrir la soledad, el aislamiento, la impotencia, el cansancio, la desazón, el estrés, el aburrimiento...Además de alertarnos sobre el peligro del dinero, La cámara verde es también una oda a nuestra propia condición humana, y de como nuestra innato egoísmo nos impide ver el daño que estamos causando inconscientemente, incluso al lugar que consideramos hogar, metáfora de la vida misma y de las consecuencias de las decisiones que vamos tomando a lo largo de nuestra existencia. La cámara verde: una historia de tacañería, misterio, extravagantes cultos, injusticia, despreocupación, fortuna, miseria...La extrema avaricia contada desde la mejor versión del gótico humorístico.

Frases o párrafos favoritos:

"Por mucho que aflojo las válvulas o abro por completo la trampilla de mi chimenea, enrojezco hasta las cornisas. Si la tierra pudiese abrirse bajo mis cimientos, con gusto dejaría que me tragase. Desgraciadamente, el suelo de arcilla en el que he sido plantada tiene la estabilidad del patrón oro, y mi humillación no había hecho más que empezar."

Película/Canción: a la vista de que no hay ningún proyecto de adaptación cinematográfica o televisiva de La cámara verde, os adjunto la pieza de BSO de una de las series más originales y góticas del panorama televisivo que me ha acompañado durante la redacción de la reseña. Creo que su fuerza rítmica y halo misterioso le va como anillo al dedo.


¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta

jueves, 28 de diciembre de 2017

RESEÑA: El cuento de la criada.

EL CUENTO DE LA CRIADA


Título: El cuento de la criada.

Autor: Margaret Atwood (Ottawa 1939) es una de las escritoras canadienses de mayor renombre internacional. Autora prolífica, ha cultivado diversos géneros literarios y su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan, además de Alias Grace, El cuento de la criada, Por último, el corazón y Ojo de gato, finalistas del premio Booker, un galardón que obtuvo con El asesino ciego, su décima novela. Ha recibido así mismo el Governor General´s Award, la Orden de las Artes y las Letras, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Montale, el Premio Giller, el National Arts Club Literary Award, el Premio Internacional Franz Kafka, el Premio de la Paz del Gremio de Libreros Alemanes y desde hace unos años su nombre suena con fuerza entre los candidatos al premio Nobel de Literatura. Gracias a las adaptaciones televisivas de El cuento de la criada y Alias Grace, Margaret Atwood ha vuelto a posicionarse entre las autoras más vendidas a nivel mundial. (Fuente: Salamandra).



Editorial: Salamandra.

Idioma: inglés.

Traductor: Elsa Mateo Blanco.

Sinopsis: amparándose en la coartada del turismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder, y como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. En esta nueve República, la de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal y como imponen las normas establecidas por la dictadura puritana que gobierna el país. Si Defred se rebela - o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir - le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a las Colonias en las que sucumbirá a la producción de residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su indumentaria y hasta sus relaciones sexuales. Pero nadie, ni siquiera un gobierno despótico parapetado tras el mandato de un dios todopoderoso, puede gobernar el pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo. (Fuente: Salamandra).

Su lectura me ha parecido: importante, trascendental, atemporal, bien escrita, dura, seca, crítica, con un mensaje rabiosamente feminista, escalofriante, perturbadora, terrorífica...Queridos lectores y lectoras, ya quedan pocos días para que comamos las 12 uvas y demos la bienvenida al 2018 por todo lo alto. Son fechas señaladas, que duda cabe, en las que se da rienda suelta a la nostalgia y en las que proliferan listas de "lo mejor de 2017" procedentes de cada disciplina científica, artística, humanística...Por ello y porque desde Jimena de la Almena no quería quedarme atrás y he decidido dejar lo mejor del año para el final. Y no, no es una reseña de Patria de Fernando Aramburu. Es cierto que en un principio esa era la idea, terminar este año de reseñas con una crítica al libro que más éxito editorial ha tenido en España. Pero tras meditarlo detenidamente, he optado, y creo que acertadamente, por reseñar el presente texto. Todos habéis oído hablar de él, muchos de vosotros habéis visto la serie y habréis alucinado con lo que se muestra y se narra. Todo eso lo se. Pero lo que muy poca gente sabe es que este libro, tan actual y cuya sinopsis podría encontrarse perfectamente en cualquier novela publicada este año, se escribió en los años ochenta. Si, en los ochenta ya se criticaban muchas cosas, entre ellas, la falta de libertad de la que hoy en día no disfrutan muchas mujeres de este mundo. Esto demuestra dos cosas: primero, que no hace falta que un libro se publique en 2017 para que se convierta en el libro del año, y segundo, que si no lo habéis hecho ya, espero que estas navidades vayáis alguna librería y adquiráis este libro. Regalarlo si queréis, afortunado será quien en su biblioteca tenga un ejemplar de El cuento de la criada: la perfecta y más terrorífica heredera de 1984.


La historia de como este libro llegó a mis manos es bien sencilla. Sin embargo, debemos remontarnos a mis años de estudiante universitaria. Como muchos ya sabréis, una servidora realizó el conocido como Trabajo Final de Grado sobre el totalitarismo a través de una serie de novelas distópicas. Libros como Un mundo feliz, 1984, Farenheit 451 y La naranja mecánica fueron los seleccionados y a los que sometí un intenso análisis para demostrar como el totalitarismo adquiría formas similares y diferentes al mismo tiempo entre unas novelas y otras. Fue durante ese proceso de documentación e investigación cuando descubrí a Margaret Atwood y El cuento de la criada. La verdad es que tras leer la sinopsis el libro me cautivó de inmediato. Es más, si lo usaba para mi trabajo podía darle una perspectiva de género tan necesaria como interesante para el estudio del tema. Sin embargo, y por falta de tiempo y espacio, El cuento de la criada se tuvo que quedar fuera de mi Trabajo Final de Grado. Eso unido al hecho de que me había resultado misión imposible encontrar un ejemplar, hicieron que la lectura de la novela de Margaret Atwood quedase apartada. Durante los años posteriores, y aunque no lo había leído, no me cansé de hablar de este libro y de recomendar su lectura. Me arriesgaba mucho, pero, mi intuición me decía que aquella novela no era el best seller de turno, sino algo más grande e inquietante. Pasado un tiempo y ya imbuidos en la era Netflix o HBO, se estrenó una serie que adaptaba de forma bastante fiel el libro de Margaret Atwood. En ese momento, casi por inercia, supe que algo estaba cambiando en el panorama cultural, y no solo desde el ámbito seriefilo. Al poco conseguí, gracias a un golpe de suerte, poder adentrarme en El cuento de la criada. Su lectura duró en mis manos unos días, los suficientes como para que pudiese asimilar la historia y todo lo que esta transmitía en cada capítulo. Tras finalizarla pude por fin disfrutar de la serie protagonizada por Elizabeth Moss, la inolvidable Peggy Olson de Mad Men, y comprobar como en ocasiones la ficción, en el caso de El cuento de la criada, podría superar a la realidad.


En lo que respecta a la crítica propiamente dicha comenzaremos diciendo que El cuento de la criada presenta una lectura amena, rápida, adictiva, pero no por ello ausente de contenido. Como ya he dicho en el párrafo anterior, este no es un libro cualquiera, pues ha sentado un precedente muy importante en la literatura distópica que se publicó posteriormente. Para empezar, y aunque en estilo recuerda mucho al 1984 de George Orwell, esa narración en primera persona, ese tono tan dolorosamente nostálgico y esa constante reflexión interna por parte de la narradora consigue que el lector empatice de inmediato con Defred y el resto de mujeres cuya vida se ha visto truncada a medida que se sucedían los acontecimientos en la nueva república, la de Gilead. Y por otro lado, el que sea una mujer la protagonista de esta historia hace que la novela adquiera una dimensión nunca antes vista. En las más famosas distopías literarias siempre es un hombre el que disiente de las normas del sistema, el que experimenta una revolución interior, el que en ocasiones lidera la resistencia o el que incluso logra cambiar las cosas. La mujer en estas novelas siempre aparece como elemento secundario, dejándole todo el protagonista al hombre. En El cuento de la criada, Defred se alza como voz de esa terrible experiencia vivida, pero también, como esa luz tan necesaria en un mundo de oscuridad, una luz que no logra apagarse. Margaret Atwood eleva su fortaleza e inteligencia a la misma altura de los hombres, a pesar de que su situación como mujer en Gilead esté por los suelos y sujeta a la férrea normativa moral del país.



Centrándonos en la historia que se nos narra tenemos que comentar que esta no puede ser más terrorífica: un futuro inmediato, en donde tras un asalto al congreso por parte de unos terroristas se establece un gobierno teocrático basado en el puritanismo y en una interpretación extrema del Antiguo Testamento. Una sociedad en la que los derechos de las mujeres no existen y su actividad es controlada al milímetro. En este país las mujeres, además de verse privadas de sus libertades, son distribuidas en tres grupos: las esposas, las Criadas y las Marthas (amas de casa). De los tres, la función de las Criadas, compuesto por mujeres fértiles secuestradas, es la reproducción. Las Criadas son sometidas de forma violenta a una serie de humillantes actos que tienen que acatar, tales como ser las que provean de hijos a las familias de los oligarcas, sufrir cada mes la violación para poder quedar embarazadas, perder su identidad propia, ser testigo de las ejecuciones e incluso formar parte de ellas como obligados verdugos. Las que se revelan, las que no pueden tener hijos y las llamadas "intelectuales" son apartadas inmediatamente de la sociedad y mandadas a las Colonias, un lugar en donde sobrevivir es imposible. June, ahora Defred, pierde su trabajo, a su pareja, a su hija pequeña, a su mejor amiga, pero también su dignidad como ser humano, siendo tratada como una perpetua menor de edad y un objeto enfundado en un traje simbólicamente rojo. Además del de Defred, cuya construcción psicológica no puede ser más perfecta, nos encontramos con otros personajes igual de trascendentales. De entre todos ellos, yo destacaría el de Serena Joy y el de Tía Lidia. El primero por representar lo opuesto a Defred: sumisión, resignación, pero también autoridad. Al ser la esposa del comandante con mayor rango del sistema, se erige en su posición privilegiada. Sin embargo, en la novela también se muestra como al ejercer ese papel la propia Serena experimenta momentos de debilidad, sintiendo que, al igual que las Criadas, está viviendo una existencia que nunca se imaginó protagonizar, todo ello a pesar de sus fuertes y fanáticas convicciones religiosas. Y el segundo, el de Tía Lidia, no puede ser más malvado. Violencia, sadismo, mano de hierro, poder...Todos estos calificativos y más describirían perfectamente su carácter. Tía Lidia es una de las guardianas del conocido como Centro Rojo, un lugar donde preparan a las mujeres fértiles para convertirse en Criadas, un recinto donde la rebeldía se castiga con extrema violencia y en donde Tía Lidia ejerce un papel que oscila entre el de la madre protectora y el de la torturadora más peligrosa. El resto de personajes, tan inolvidables como escalofriantes, conforman esta atemporal historia. Por último, no podemos dejar pasar ese final tan atípico que desmonta los esquemas del lector más tradicional. Evidentemente no voy a desvelaros que es lo que sucede, pero si compartir con vosotros que éste es totalmente imprevisible y tan extraño que algunos críticos se han atrevido a opinar que Margaret Atwood ha dejado la novela inconclusa. Ni final abierto ni cerrado, simplemente ha hecho algo nunca antes visto y que sorprende por su brusquedad tal vez intencionada. Cierto o no lo que está claro es que el final de El cuento de la criada disgusta y fascina a partes iguales.


Muchos medios de comunicación de todo el mundo coinciden en definir al año 2017 como el año del feminismo, y la verdad razón no les falta. Por primera vez en muchos años, y gracias en parte a las Redes Sociales, el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres se ha convertido, por fin, en un tema de debate y discusión, llegando incluso al ámbito político. Conceptos como "micromachismo", "machirulo", "sociedad patriarcal" o "cultura de la violación" han tenido cabida en los medios de comunicación y en las discusiones académicas más importantes. Además, las campañas de visivilización de problemas tan grabes como la violación, el acoso sexual, la violencia machista o la discriminación en ámbitos como el laboral o el familiar han obtenido una impresionante acogida a nivel global. Algunas, como la del #MeToo (yo también) han logrado una repercusión planetaria sin precedentes. En un año en el que como mujeres hemos sido más conscientes de las injusticias cometidas contra nuestro sexo, en el que hemos aprendido a cuestionar los estereotipos de género y en el que hemos desarrollado una mirada más crítica hacia ciertos productos de consumo de masas; hay todavía quienes pretenden vivir como hace 50 años, por lo que no dudan en insultar y amenazar de muerte a quienes se posicionan en favor de una igualdad real entre mujeres y hombres. Por eso y para combatir toda esa injusticia vertida sobre el sexo femenino durante siglos, es importante el feminismo. En El cuento de la criada se reflexiona sobre muchos temas, algunos tan actuales que asustan, pero de lo que podemos estar seguros es que Margaret Atwood defiende la urgencia de una ideología feminista en cada página de la novela. La moraleja viene a ser la siguiente: sin feminismo, las mujeres pueden correr la misma suerte que Defred, sin feminismo, la sociedad patriarcal puede volverse tan fanática como la de la República de Gilead, sin feminismo, en última instancia, como mujeres perdemos todo, absolutamente todo, incluso la capacidad de decidir sobre nuestro propio destino. No debemos pasar por alto que en muchos países, algunos de gran peso e influencia, la mujer es tratada como un objeto, e incluso como en El cuento de la criada, es controlada hasta su forma de vestir, por no hablar de las relaciones sexuales o su opción sexual. Como tampoco olvidar que en los países más desarrollados del mundo la mujer esta viendo como sus derechos retroceden a paso de gigante, con la amenaza permanente de que la cosa puede ir a peor. El debate de la legalización de la gestación subrogada en España o el recorte de ayudas a la violencia doméstica en Rusia son ejemplos de como de mal está la situación. Por ello deberíamos hacer más caso a Margaret Atwood y defender nuestros derechos como mujeres, pues, si no hacemos nada, harán con nuestras vidas lo que quieran. El cuento de la criada: una historia de terror, reflexión, feminismo, realidad, ficción, lucha, rebeldía, amor...Un cuento que esperemos, por la cuenta que nos trae, que siga siendo eso, un cuento.

Frases o párrafos favoritos:

"La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación."

Película/Canción: en 1990 se estrenó la primera adaptación cinematográfica de la novela de Margaret Atwood, con las interpretaciones de Natasha Richardson, Faye Dunaway y Robert Duvall. Pero ha sido en el 2017 cuando se estrenó su adaptación más exitosa. Esta vez en formato televisivo y con las interpretaciones de Elizabeth Moss, Joseph Fiennes, Yvone Strahovski, Alexis Bledel, Ann Dow y Shamira Wiley entre otros. La serie ha sido premiada en los Emmy de este año en categorías tan importantes como Mejor serie Dramática, Mejor actriz protagonista, Mejor actriz secundaria y Mejor guion adaptado. En los próximos Globos de Oro compite en las categorías de Mejor Serie Dramática, Mejor actriz protagonista en una serie de televisión y Mejor actriz secundaria en una serie de televisión.


¡Un saludo, a seguir leyendo y feliz año nuevo!

lunes, 19 de diciembre de 2016

RESEÑA: Oso

OSO


Título: Oso. 

Autor: Marian Engel (Toronto 1933-1985). Licenciada en Estudios Lingüísticos en la Universidad de Ontario, se especializó en Literatura Canadiense en Montreal y estudió en Aix-en-Provence. En 1962 se casó con un productor de la televisión pública canadiense, Howard Engel, del que se divorciaría en 1977. En 1964 volvieron a Toronto y, a pesar de que tuvo que criar a dos gemelos, comenzó a escribir. En 1968 publicó su primera novela, No Clouds of Glory. Sin embargo, su obra maestra es Oso. El libro considerado un escándalo, le valió, aún así, el Governor General´s Literary Award for Fiction en 1976. Marian Engel fue una apasionada activista de los derechos de los escritores en el mundo, y está considerada una gloria nacional en Canadá, siendo alabada por autores como Robertson Davies, Margaret Atwood o Alice Munro entre otros. Fue la primera mujer en pertenecer a la junta directiva del sindicato de escritores de Canadá y en 1982 fue nombrada Oficial de la Orden Canadiense. Murió de cáncer en Toronto en el año 1985. 

Editorial: Impedimenta. 

Idioma: inglés. 

Traductor: Magdalena Palmer. 

Sinopsis: la joven e introvertida Lou abandona su trabajo como bibliotecaria cuando se le encarga hacer inventario de los libros de una mansión victoriana situada en una remota isla canadiense, propiedad de un enigmático coronel, ya fallecido. Ansiosa por reconstruir la curiosa historia de la casa, pronto descubre que la isla tiene otro habitante: un oso. Cuando se da cuenta de que este es el único que puede proporcionarle algo de compañía, surgirá entre ellos una extraña relación. Una relación íntima, inquietante, y nada ambigua. Gradualmente, Lou se va convenciendo de que el oso es el compañero perfecto, que colma todas sus expectativas. En todos los sentidos. Será entonces cuando aprenda un camino de autodescubrimiento.

Su lectura me ha parecido: fascinante, íntima, pequeña, sobresaliente, calculadamente trasgresora, reflexiva, hostil, hermosa, impecable...Queridos lectores y lectoras, desde hace unos años tengo la sensación de que ya no se escribe como antes. Me explico, desde que la inmediatez y el afán por redactar libros más sencillos y rápidos de leer, hemos dejado poco a poco de lado la belleza que durante tantos años ha representado la creación literaria. El escritor por un lado, presionado por las editoriales y bajo el paraguas de las modas de turno, se conforma con escribir y ganar millones a costa del buen nombre de la literatura. Y el lector, que tampoco se salva en esta cuestión, parece haber sucumbido a una forma de leer demasiado convencional y en la que hay muy poco margen para la reflexión. Un buen libro debe emocionar, impactar, hacer pensar al lector, engañarlo incluso, convencerlo de que lo irreal o extraño a priori se convierta en lo más normal del mundo. Y muchas veces, como suele suceder, este tipo de libros no se encuentran entre los más vendidos, ni siquiera entre la todopoderosa "élite" de los best sellers, sino que hay que buscar más a fondo, donde nadie mira, para toparnos con verdaderas joyas narrativas. El libro que hoy tengo el placer de reseñar pertenece a esa categoría, una novela que todavía sigue sugiriéndome nuevos temas de debate y que no desaparecerá de mi vida tan fácilmente. Oso: lo natural y la naturaleza fundidos en una relación poco convencional y sana al mismo tiempo.


La historia de como Oso llegó a mis manos y a colocarse en un lugar privilegiado de mi biblioteca particular es reciente. No obstante, la narración debería remontarse a hace unos cuantos meses, cuando por vez primera divisé aquella bellísima portada en un abarrotado escaparate de la feria del libro de mi ciudad. No recuerdo con exactitud de qué día era ni de en qué caseta lo vendía, sin embargo, de lo que si que estoy segura es que su enigmático título y el sugerente diseño se me quedaron gravados en mi cabeza durante mucho tiempo. Posteriormente, ya encontrándome colaborando con Contexto Editores, me percaté que una de las editoriales a las que podía pedir libros para leer y reseñar era nada más y nada menos que Impedimenta. Una de las más preocupadas por la calidad literaria y que cuida la elaboración de sus portadas y su presentación con una delicadeza y originalidad que sorprenden enormemente. Al ser consciente una vez de esto, y sin pensarlo dos veces, tecleé el nombre de la editorial en Google, pinché en su catálogo y sin más rodeos pedí Oso. Esperé con gran impaciencia la llegada del ansiado paquete, hasta que una mañana apareció dentro del buzón. En su interior: el esperado ejemplar, una ilustración de la portada, una nota proveniente de la editorial y un folio con datos de la novela y la autora. Pasó un tiempo hasta que una noche inicié su lectura, y, como ya me revelaba la sinopsis, y en gran medida la portada, Oso resultó ser uno de los libros menos tradicionales pero a la vez mejor planteados y escritos que había leído en mucho tiempo.


En lo respecta a la opinión puramente personal, comenzaremos diciendo que Oso presenta una lectura sencilla, ligeramente descriptiva, introspectiva, reflexiva y con unos cimientos narrativos muy sólidos. Todo ello acompañado de un estilo cohesionador y en cierta medida envolvente, como si Engel tratase de acoger al lector en una especie de abrazo para conducirlo después a los parajes en los que se desarrolla la novela. Seguidamente, nos encontramos ante un libro en el que no hay trampa ni cartón y en el que las medias tintas y la ambiguedad tienen poca cabida. Como bien dice la sinopsis: "Gradualmente, Lou se va convenciendo que el oso es el compañero perfecto, que colma todas sus expectativas. En todos los sentidos." Pero también, como ya nos revela la portada, que sin duda nos prepara para lo que estamos a punto de leer. En definitiva, nos topamos ante una historia donde se narra la relación entre Lou, la protagonista, y un oso. Una relación que traspasa los límites físicos y morales que dicta una sociedad como la del siglo XX, y en cierto modo también la del XXI. Es imposible negar que al principio me resultó chocante, sin embargo, pronto me sentí absolutamente cómoda leyendo esta novela. Y esto es así gracias a la naturalidad con la que Engel narra la historia, contándola como si fuera lo más normal del mundo, como si no existiese prejuicio alguno, como si los convencionalismos literarios y temáticos le importasen más bien poco. Como cabía de esperar, Oso fue recibido con gran polémica entre el mundo literario, pero pronto logró las mayores simpatías de personas tan renombradas como Alice Munro o Margaret Atwood, e incluso llevarse uno de los premios más prestigiosos del panorama literario canadiense. Esa es precisamente la gran fortaleza de la novela, el naturalizar lo polémico, transformarlo en algo real, verdadero, excitante incluso. ¿Se podría hablar de novela trasgresora y avanzada a su tiempo? Calculadamente diría más bien, aunque si que es cierto que no existen muchas novelas en el mundo capaces de lograr lo de Marian Engel en Oso. Por otro lado, si la naturaleza está presente en la relación, lo está como no en el paisaje y entorno en el que nos movemos: árboles, plantas, agua, madera, tierra... Un espacio agradable pero intimidante al mismo tiempo, en el que Lou acaba realizándose y transformando su forma de ser. Definitivamente, y a modo de recapitulación, diremos que en Oso, la autora logra con una serie de recursos literarios construir una obra importante, sencilla, hermosa y con un amplio margen de discusión y debate permanente.


Centrándonos en la tradicional reflexión, es inevitable pasar por alto el principal mensaje que lanza de forma tan abrumadora una lectura como la de Oso. Podríamos haber hablado sobre ésto mucho antes aprovechando otras reseñas, sin embargo, es un tema tan evidente que merece ser considerado. Hablamos por supuesto, del sexo, del sexo en todas sus facetas, pero también, del sexo en un contexto en el que aún hoy en día resulta en algunos ámbitos y sociedades un auténtico tabú. En los tiempos que corren estamos hartos de ver como en las principales librerías se abarrotan los estantes de literatura erótica de "supuesta" calidad. Muchos, de eso estoy segura, caerán en el más absoluto de los olvidos, otros, como algunos que todos y todas conocemos, pasarán a los annales de la historia de la literatura, a pesar de su falta de originalidad temática y literaria. Pero, y en relación a esto, debemos pararnos un momento, pensar, y luego ser conscientes de que la inmensa mayoría de estos libros abordan el sexo y las relaciones sexuales de una forma bastante convencional: heterosexuales, homosexuales, bisexuales, tríos, orgías, con elementos sadomasoquistas... Todo eso esta muy bien, no voy a prohibir que se escriba sobre ello, pero lo cierto es que estos recursos y estos modelos ya los hemos visto infinitamente repetidos a lo largo de la historia de la literatura erótica. Es más, me atrevería a decir que gracias a esa repetición de influencias se ha conseguido normalizar, superar la barrera del escándalo, y atraer cada vez a más público. Sin embargo, corregidme si me equivoco, pero, una servidora no conoce ningún libro donde se aborde por ejemplo el bestialismo, la necrofilia o la dendrofilia sin que se perciba como un escándalo mayúsculo. Vivimos en una sociedad cada vez más liberal e informada en temas de sexualidad, pero en la que se sigue percibiendo con cierto resquemor y pavor ciertas prácticas sexuales que se salen de lo habitual, que no están sujetas a una tradición que ha imperado durante siglos y que muy lentamente estamos contribuyendo a cambiar. Tal vez Marian Engels quiso mandarnos un mensaje a través de Oso, el de no someterse al encorsetamiento de los prejuicios y a que salgamos de la jaula de lo correcto para adentrarnos en lo que de verdad nos produce satisfacción, no sólo sexual, sino en todos los ámbitos de la vida. Oso: una historia de amor, pasión, amistad, naturaleza salvaje, reflexión, libertad, plenitud...Una novela que todos sin excepción deberíamos leer. 

Frases o párrafos favoritos: 

"No tengo que complacer a nadie. Qué más da si no te excito, te quiero y basta."

Película/Canción: aunque todavía no exista una adaptación como tal, he decidido adjuntaros la pieza de BSO que me ha acompañado durante la redacción de esta reseña. En esta película también aparece un oso, muy distinto al de la novela, pero que no se diferencia tanto si tenemos en cuenta el paisaje bello y hostil en el que se ambienta: 



¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Impedimenta