Presentación

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora." Proverbio hindú

"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca." Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V el Magnánimo (1394-1458) Rey de Aragón.

En este blog encontraréis reseñas, relatos, además de otras secciones de opinión, crítica, entrevistas, cine, artículos... Espero que os guste al igual de todo lo que vaya subiendo.

viernes, 12 de marzo de 2021

RESEÑA: Al final siempre ganan los monstruos.

 AL FINAL SIEMPRE GANAN LOS MONSTRUOS


Título: Al final siempre ganan los monstruos. 

Autor: Juan Manuel López, Juarma (Diefontes, Granada, 1981). Desde los catorce años dibuja y escribe, aunque la mayoría de las cosas que ha escrito permanecen inéditas (aún) y sus ilustraciones están casi todas descatalogadas. Es, no obstante, un referente en el mundo del cómic underground. Ha publicado tebeos y fanzines como Me gustas pero dentro de un nicho (autoeditado, 2020), Historia inventada del punk, con guiones de Jorge B. Ortiz (Ondas del Espacio, 2017), Romance neanderthal (Ultrarradio, 2016), Amor y policía (Ultrarradio, 2014) o Libertad para lo mío (Ultrarradio, 2013), entre muchos otros. Ha trabajado como jornalero, obrero de la construcción y camarero, entre otras muchas cosas. También autoeditó un poemario, Poemas escritos a navajazos (2017), casi dos décadas después de haberlo escrito. Al final siempre ganan los monstruos es la primera novela que publica. Fue escrita entre octubre y diciembre de 2017 en un Club de Lectura que él mismo creó en una red social. Participaron sesenta y cinco personas, para las que Juarma escribía sobre la marcha, sin guiones e ideas previas. El entusiasmo de sus lectores hizo que finalmente entrelazase las tramas, y que crease alrededor de los personajes todo un mundo ficticio que sin embargo se antoja de lo más real. 


Editorial: Blackie Books. 

Idioma: español. 

Sinopsis: Todas sus historias empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla mucho de ellos, pero no sabe nada de lo que les pasa. Son los que se perdieron, los que andan en la droga, los que se perdieron, los que andan en la droga, los que no se adaptan, los raros. El Juanillo, el Jony, Lolo, la Vanessa y el Cucaracha. Treintañeros con el pelo teñido y la música demasiado alta en el coche, beben cerveza y comen bolsas de patatas fritas, usan Tinder y se meten rayas, llegan tarde si es que llegan. Drogas, atracos chapuceros, líos en el trabajo y en el amor, mentiras y PlayStation. Todos sus problemas empiezan y acaban en este lugar: Villa de la Fuente. La gente habla de ellos, pero no tiene ni idea de qué sienten. 

Su lectura me ha parecido: coral, eléctrica, rápida, pesimista, amarga, generacional, descarnada, con pequeños huecos para el humor, nostálgica, convulsiva, un cóctel que te deja echa polvo... Odio las fajas. Las odio con ganas, con rabia, con una inquina que raya la exageración. Y no, no me estoy refiriendo a la prenda de vestir, esa que condena a las mujeres a amoldarse a unos cánones asquerosamente patriarcales. Sino a la de papel, la de mil y un colores, esa que siempre se engancha a la portada de un libro. Más allá de la promoción de una obra en concreto, jamás entenderé el porqué de dicho gasto, de la cantidad de papel desperdiciado en favor de una publicidad - que en la mayoría de casos no se necesita - y en detrimento del Amazonas. Sobre ella, frases, con todas las tipografías posibles, en negrita, en mayúsculas, en blanco, el arcoíris entero. La mayoría de ellas rimbombantes, exageradas, edulcoradas, buscando convencer al lector de turno, hasta el más avispado, el más curtido, el que de verdad ha leído. La mayoría de veces lo consiguen, y si no, que se lo pregunten a una servidora. Por su culpa he llegado a engullir verdaderas chapuzas literarias. Todavía recuerdo la faja de aquella novela de Sylvia Townsend Warner - cuando por aquel entonces devoraba todo lo que sonase a british - en la que se la definía como una gran novela cuando, en realidad, su lectura no sólo me aburrió, también provocó que me alejase de las numerosas novelas que se estaban traduciendo de ella en nuestro país. Una relación truncada que, por desgracia, sigue a día de hoy. Aunque las más memorables, en el podio reservado para los despropósitos en estas lides, tenemos los casos de Patria de Fernando Aramburu y el de Gente normal de Sally Ronney. El primero por esas fajas que casi tapan el título calificándolo como el mejor libro español de lo que llevamos de siglo XXI para después toparme con una prosa vaga y unos capítulos cortísimos. Y el segundo por la poca profundidad y la relación de los protagonistas, consistente en unas idas y venidas absurdas que, si hubiese existido un poco de comunicación, la novela habría sido muy diferente o directamente tal vez no habría novela, quien sabe. Algo que, por supuesto, no prometía su faja. A estas alturas todavía sigo siendo una hater de las fajas, y a mucho orgullo. Sin embargo, en las últimas semanas se ha obrado el milagro, una de las pocas excepciones que puedes contar con los dedos de una mano y que sólo pasa de año en año. Y es que en el caso de la novela de Juan Manuel López - Juarma en el mundo literario y en el cómic underground - la faja dice la verdad. Y no porque la cita sea de Cristina Morales - escritora que despierta pasión y odio a partes iguales y sin que exista término medio - sino porque de un perfecto resumen - aunque lo de Teresa de Jesús podría suscitar algún debate - abre la puerta a toparte con algo más, a rebasar las expectativas que las palabras-frases Trainspoitting, pueblo de Graná y hasta la polla de tó han dejado en nuestro subconsciente. Con todo, deciros que a veces, sólo a veces, las fajas no mienten y que, sin más preámbulos, me dispongo a hablaros de una de las sorpresas novelísticas de la temporada. Al final siempre ganan los monstruos: el ocaso de una generación regado de malas decisiones, desencanto, drogas y litronas de cerveza.  


De un club de lectura en Facebook en 2017 - donde Juarma iba publicando fragmentos de la presente novela  - a la autoedición en 2018 con la editorial granadina Camping Motel - y en una limitadísima edición - a finalmente, y en pleno 2021, la edición bajo el prestigioso sello Blackie Books. Editorial que, de un tiempo a esta parte, ha demostrado ser una experta en descubrir a autoras/es españoles y lanzarles al estrellato a base de auténticos bombazos literarios. La apuesta por Santiago Lorenzo - Los asquerosos eclipsó casi toda su obra anterior, también publicada en Blackie - así como la irrupción de Elisa Victoria - que con su Vozdevieja sentó un importante precedente dentro de la literatura social ambientada en la infancia y con ligeros toques autobiográficos tan en boga en los últimos años - o de Miqui Otero - sus novelas Rayos y Simón, la más reciente, actualmente son de las más queridas entre los lectores - son buen ejemplo de ello. Así que, siguiendo con esa lógica de otorgar mayor visibilidad a las nuevas voces del panorama literario español, Al final siempre ganan los monstruos se encuentra en esa línea. Aunque, como pasa con casi todos los textos patrios publicados por la editorial catalana, las historias más comunes y universales siempre acaban plasmándose desde un punto de vista nuevo, o si lo preferís, necesario dentro de las preocupaciones y los temas que los lectores más exigentes ansían ver por escrito. Se ha hablado largo y tendido - influenciado, claro está, por la dichosa faja - de la abrumadora comparación con la literatura del escritor británico Irvine Welsh (autor de la ya citada Trainspoitting y de otras novelas igual de importantes como Skagboys, Porno o La vida sexual de las gemelas siamesas entre otras), también de su acercamiento a William Faulkner (entiendo que en lo que a lo rural se refiere) y a Carson McCullers (donde los personajes inadaptados pueblan gran parte de su obra). Y sí, puedo estar de acuerdo, pero a medida que vamos sumando más y más referentes - habría que preguntarle también al propio autor sobre qué piensa al respecto - pienso que éstos acaban distorsionando la historia que Juarma, con unas tragaderas y una honestidad que quitan el hipo, nos quiere contar desde su asfixiante localismo. Con el recorrido que ésta ha tenido, desde aquellos sesenta y cinco seguidores que se engancharon a las escenas o diálogos que el autor escribía sobre la marcha y sin una idea predeterminada, desde aquella primera edición ultra independiente y, sobre todo, de la presente publicación - recordemos, cuatro años después de que  se fraguara en los marcos de una red social como Facebook - ya merece la pena leerla, o al menos que nos pique un poco la curiosidad. No debemos pasar por alto que si por algo es conocido Juarma no es por su plena dedicación a la escritura de novelas, sino por labrarse una larga carrera como dibujante y creador. Siendo especialmente prolífero en el campo del cómic, los fanzines y las redes sociales, donde su humor negro ha despertado tanto animadversión como fascinación. Conociendo un poco su trayectoria tanto artística como literaria, me gustaría pensar que hay algo de ello en Al final siempre ganan los monstruos, sobre todo en la construcción de ese mundo propio - tan habitual en la novela gráfica - con marcada personalidad al tiempo que, la universalidad de sus temas, hacen que, a pesar de sus particularidades propias, nos sintamos pertenecientes a ese pueblo, a Villa de la Fuente. Aunque jamás hayamos pisado los Montes Orientales de Granada, aunque seamos de esa planicie costera llamada Valencia Capital, aunque nos guste más la copa de vino tinto que la cerveza recalentada. 


El crítico - o lector - más torpe dirá que Al final siempre ganan los monstruos va de drogas, fiesta, atracos y peleas con el cine quinqui o mal llamado realismo sucio - etiqueta de la que, por cierto, su autor reniega categóricamente - como principal referente visual. El más abierto - o si lo preferís menos prejuicioso - sabrá apreciar las diferentes capas que dotan de profundidad al presente texto. Que sí, que los protagonistas esnifan coca, se emborrachan en la discoteca de turno, cometen delitos, mienten a sus parejas y familiares, se dan de ostias, dicen tacos, tienen malos viajes y hasta hay alguna que otra esquela. De no haberlo, la credibilidad sería nula. Sin embargo, Al final siempre ganan los monstruos camina, como si de un ejercicio funambulista se tratase, entre dos cuestiones que, de forma consciente, engrandecen el relato aportándole oxigeno, agilidad y calidad literaria. La primera de ellas tiene que ver con el mismo planteamiento al presentarnos toda una variedad de personajes cada cual más distinto al anterior. Es impresionante observar lo bien trabajados que están, desde su forma de hablar - hasta el punto de llegar a distinguirlos a partir de los insultos empleados pues, cada uno tiene, por decirlo de alguna manera, su favorito - su forma de pensar, sus problemas, sus traumas - algunos verdaderamente gordos - sus errores, logros, manías... En definitiva, todo lo que nos constituye como seres humanos. Cada capítulo es una voz diferente, un prisma nuevo, un relato adicional que nos ofrece la misma acción desde unos ojos nuevos. Algo que se caería, como un castillo de naipes, de no ser por su frenético ritmo, similar al de un paseo en moto a toda velocidad. Una novela coral que acaba sucumbiendo al frenesí de principio a fin, provocando un efecto efervescente muy parecido al de las drogas. Subidón de adrenalina que baja hasta el suelo, de golpe y porrazo, escociendo las rodillas, haciendo imposible no comparar el tramo final de la lectura con una brutal resaca tirada en el sofá, rodeada de los restos lisérgicos de la noche anterior. La segunda, y más importante si cabe, es la referente al plano temático, a las preocupaciones del propio autor que erupcionan en cada página. Y es que más allá de las alucinaciones - esa luz que lo perturba todo - u otros efectos nocivos que la droga provoca en los protagonistas, Al final siempre ganan los monstruos no es más que la historia de una amistad a prueba de riñas, desastres, cables cortados y ruedas pinchadas. Una unión que sale reforzada, a pesar de las movidas y los muertos. Un grupo con problemas, los de la generación del "podéis hacer todo lo que os propongáis" pero a la que la crisis económica atropelló y dejó abandonada en el arcén, la misma que se consume en precariedad, en pisos compartidos o entre los peluches de su infancia. Esa que todo el mundo acusa, pero que nadie escucha y que está más cerca de la treintena que de la llamada Generación Z. Aquí convulsionan, mandan a la mierda todo, sucumben a los placeres del alcohol y las drogas, se suben al tren, se evaden de la terrible situación socio-económica que les ha tocado vivir para después regresar, ojerosos, a seguir buscándose las castañas, aunque los medios no sean los más legales del mundo. Además de un certero y pesimista retrato de la frustración de la juventud española ante la ineficacia del sistema, aquí todos viven, o mejor dicho, sobreviven, en Villa de la Fuente, epicentro de esta historia y del descontento, de áridas adolescencias, del desconsuelo de seguir adelante, aunque pese, aunque no quieran. Y es que los monstruos, como reza su título, irremediablemente acaban invadiéndolo todo. Pero al menos están ahí, para recordar, para escupir, para dar fe de ello. Para contar lo que nadie quiere escuchar. 

Al final siempre ganan los monstruos: una historia de amistad, camaradería, muerte, luces mortíferas, parejas rotas, mentiras, asfalto, cerveza, desesperación, canalladas... Una novela sobre un lugar y sobre la imposibilidad de abandonarlo. 

Frases o párrafos favoritos: 

"Al principio era una luz amarilla, como un destello en un ángulo muerto de los ojos. No sé, no soy muy entendido en esto y supongo que tendrá algún nombre más científico. Pero vamos, tú me entiendes lo que te quiero decir. Sí. Como un parpadeo que cuando giras la cabeza ya no está. Como si apareciera una estrella fugaz y de repente se esfumase. Como la luz de un teléfono móvil cuando tienes una notificación. Solo que mido uno ochenta y tres y la luz la veo a la altura de mis ojos. Es imposible que sea el móvil. De hecho, muchas veces lo siguiente que hago es ubicar el teléfono, queriéndome convencer de que se trata de eso. Pero que hostias. No. Al principio era ocasional. Ya sabes. Ir de noche por la calle y ver la luz. Estar leyendo un libro y ver la luz. Hablar con alguien y girar la cabeza porque he visto la luz. No le daba mucha importancia. Pero llevo mucho tiempo en que la puta luz me está rayando un poco y no he sido capaz de contárselo a nadie."

¡Un saludo y a seguir leyendo!

Cortesía de Blackie Books

2 comentarios:

  1. una muy buena reseña de un libro que no conocía, aunque tengo que confesar que esta vez no me atrae.

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  2. ¡Hola! Acabo de encontrar tu blog, me ha gustado mucho, parece un libro muy interesante y que hace reflexionar. Te sigo y te invito a pasarte por mi blog. Un saludo.

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